Powered By Blogger

martes, 2 de octubre de 2012

E L S I L E N C I O XVI - XVIII

El Silencio


XVI

El padre Alfredo había binado aquella mañana ante la ausencia de su coadjutor y terminada la misa que por turno le correspondía se fue a su casa a desayunar, hecho lo cual fue a su despacho para realizar sus tareas administrativas.
Estaba optimista. La providencial llamada del vicario le había despejado sus dudas. Ya no necesitaba las cartas, con la siembra de la duda iba a ser suficiente; bastante tendría Emilio con explicar sus relaciones con Rosa y siempre quedaría la incertidumbre de si no habría algo de verdad en esas visitas al domicilio del coadjutor. De cualquier manera su suerte estaba decidida, sin ninguna duda y por mucho que se demostrase que no hubo nada pecaminoso en esas visitas el padre Emilio acabaría en alguna parroquia del extrarradio sin ninguna opción a promocionarse a cargos de responsabilidad en la organización episcopal por mucho que el jovenzuelo trajese aura del seminario de terminar en Roma de secretario de algún cardenal influyente.
Abrió el cajón donde se encontraban las cartas. Se lamentó de los quinientos euros que le costó aquel rimero de papel inservible pero las cosas son así, se dijo.
Rebaño todos los papelotes del cajón y los puso directamente en la papelera con un gesto de satisfacción irrefrenable; las dos manos entrelazadas en la nuca y columpiándose sobre las patas traseras del sillón de su mesa de despacho. Si no fuese por el humo que producirían las quemaría, al fin y al cabo ni el padre Emilio tenía conocimiento de las cartas ni presumiblemente tendría noticia de ellas nunca más. Tampoco las necesitaría para nada. Cartas de un maricon relapso escritas en medio del delirio de sexo más aberrante. Se dejó caer hasta quedar apoyado en las cuatro patas. En ese momento un decidido golpe repetido en la puerta le rescató de su situación de autocomplacencia. Sin solución de continuidad la puerta se abrió y entró el padre Emilio.
-     Con su permiso, padre.
-     ¡Hombre, padre Emilio! Tenía ganas de verle. ¿Cómo está su madre? ¿Qué ha sido ello?
-     Nada, se resbaló en la cocina se cayó y se golpeo con la puerta del lavavajillas. Se hizo una brecha y perdió el conocimiento. Ha estado en observación pero esta mañana le darán el alta. Yo también tenía ganas de verle a usted.
-     ¡Ah!, pues venga. ¿De que quiere que hablemos?, del asunto de Rosa, ¿no? Pues adelante, pero déjeme que le diga algo antes. Ha llamado el vicario...
-     No, no, no, no quiero hablar ahora de eso, ya habrá tiempo. Hay otra cosa que me preocupa ahora más.
-     Usted dirá.
-     Un desaprensivo le ha vendido a usted unos documentos que me pertenecen y lo que no acabo de explicarme es el porqué ha valorado esos papeles nada menos que en quinientos euros. ¿Qué me tiene que decir?
Alfredo palideció e inmediatamente se recordó a él mismo hacia escasos minutos concluyendo la imposibilidad de que aquel hombre que tenía delante se enterase de la existencia de las cartas. Por lo que estaba comprobando, desde que llegó aquel muchacho a la parroquia no estaba ganado para sobresaltos. El párroco acostumbrado a transformar la necesidad en virtud rápidamente improvisó una respuesta.
-     Se presentó en el templo un personaje de no muy buen aspecto que le preguntó al sacristán por usted. Quiso Don Telesforo que le dejase el recado pero no quería el hombre, estaba esquivo y desconfiado y no consentía en dejarle un sobre que portaba. Estaban ya poniéndose las cosas crudas porque había que cerrar, era tarde y Don Telesforo quería irse cuando yo escuché voces. Me acerqué y aquel hombre con pinta más que extraña insistía en verle. Finalmente le conduje hasta aquí y me soltó lo que el creía era una bomba. Eran unas cartas que según afirmaba le comprometían a usted. Cómo no había forma de convencerle y antes de que acabasen esas cartas, que he hojeado por encima, en malas manos decidí comprárselas para acabar con el asunto. Me pidió nada menos que tres mil euros pero acabe conformándole con quinientos. Fíjese la importancia que yo le daría que decidí que lo mejor era tirarlas a la basura y de hecho..., miré, como aún no han limpiado hoy, aquí están. Tome sus cartas, pero le recomiendo que no las lea, tienen muy poco interés, créame.
-     Déjeme que eso lo decida yo. Al fin y al cabo esas cartas se escribieron desde el corazón, según me he enterado, sin quererlo y aunque estén equivocadas de base tengo derecho a saber si en esos papeles se esconde la clave de mis remordimientos por creer que mía fue la culpa de que esa persona se suicidase.
El padre Alfredo se agacha en la papelera y recoge lo que minutos antes había tirado satisfecho. El padre Emilio retiró de manos de su párroco las cartas de Boni casi con reverencia y sin querer sintió un punto de emoción al tocar aquellos papeles que ahora sabía que concentraban todo el amor del que era capaz una persona por otra aunque fuese equivocado el sentimiento, sobre todo porque su decepción acabó en muerte, amarga muerte de un pobre muchacho melancólico.
Se entretuvo en colocar los folios y hacer un mazo más o menos regular con ellos que le permitiese darles la dignidad que el creía que merecían. Esperaba con ansia llegar a su casa y ponerse a leer las cartas con tranquilidad esperando encontrar algún pensamiento entrelíneas que le permitiese rehabilitar ante su conciencia la imagen de Boni. Deseaba tener intimidad al ponerse delante de las letras de Boni, como si volviese a encontrarse con él, sabiendo ya sus intenciones, y le quisiese convencer de su error.
-     Ya tiene usted sus papeles. No se merecen ni un minuto de atención, pero usted sabrá. Otra cosa. Ayer llamó el señor vicario a preguntarme por usted. Ya sabe que es costumbre preguntar por los nuevos coadjutores en sus destinos a ver como se han adaptado a sus nuevas parroquias. Se hará cargo que no he tenido, en conciencia, más remedio que hablarle de sus, como diría, intimidades con esa feligresa con la que tiene usted fijación, Rosa.
-     ¿Qué yo tengo fijación, con quien? ¿Qué es esto? ¿Qué clase de encerrona me ha preparado? Pero no dude, padre, que la verdad, refulgirá al sol de la inocencia. No se crea que con esta maniobra se vaya a librar su reverencia de las responsabilidades que le son propias. Nunca pude pensar que estuviese tan corrompido para orquestar semejante calumnia.
-     No se escandalice. Dígame si no que hacía a horas intempestivas esa mujer bajando de su casa. Porque yo sabía que usted no estaba en casa ayer pero quien me dice a mi que en otras ocasiones no han tenido ustedes más que palabras en su casa. ¿Qué hacia esa mujer en esta rectoral?, contésteme, ¿qué hacía? Mudo, ve, mudo. Haga examen de conciencia y sea sincero consigo mismo. En fin, el señor vicario ya hablará con usted, me vi en la obligación moral de informar. Quizá no haya pasado nada pero la sombra de la sospecha es suficiente para hacer averiguaciones. Esa Rosa será capaz incluso de querer involucrarme a mi en este embrollo.
-     ¡Que asco!, no se puede ser más rastrero y más cínico. No me extraña que la Iglesia se encuentre en este estado de postración, con gentuza como usted dirigiéndola, cualquier cosa.
Con una sensación de desasosiego que le partía el alma salió de aquel despacho con las cartas de su amigo que desde el pasado regresaba para hacer que naufragasen sus certezas. Nunca hubiera podido imaginar que un miembro de la Iglesia pudiera arbitrar semejante engaño y encima con la criminal intención de llevarlo a cabo. ¡Y se permitía hablar del pecado y dar consejos sobre ello! Eso no podía ser así, esa falta de honestidad que le hacia comportarse como un ser degradado moralmente juzgando a personas como Boni por su desviado comportamiento. ¿Dónde estaba la desviación, quien era el degenerado antinatural?
Con ganas de estrangular a alguien se fue a su casa a tranquilizarse, a pedir perdón y paciencia al supremo hacedor por lo que acababa de pasar. Tenía el corazón rajado por el terremoto que acababa de sacudirle y no tenía muy claro si podría restañar la herida sin que quedase una cicatriz que le recordase para siempre que el que va a pecho descubierto se lo tatúan. Tenía la impresión de que se estaba comportando de forma imprudente  en esa selva que el pensaba que no era sino un prado florido en primavera. Le estaban abriendo los ojos y tenía razón el Maestro; había que ser prudente como las serpientes y el se estaba comportando como una mariposa errática dejándose ver en todo lugar exhibiendo sus más atrayentes colores para que todos los depredadores pudieran elegir acabar con ella su antojo.
Por primera vez desde que entró en el Seminario barajó seriamente la posibilidad de tirar la toalla. ¿A que conducía todo aquello?, ¿porque sucedían estas cosas? Estaba organizándose en su cabeza una especie de enmarañada conspiración sin cabeza sin saber exactamente a que conducía, pero que en su más profunda convicción tenía una sola intención y era acabar con él. En muy poco tiempo se habían confabulado varias circunstancias encadenadas que llevaban irremisiblemente a terminar con su vida tal como él la había concebido. ¿Pero que clase de delito había cometido para tener que pasar por todas estas humillaciones? Solo quería ser un cura para ayudar a todos aún a riesgo de la propia vida y sin embargo no solo no le dejaban sino que le enfangaban en historias en las que no solo no tenía que ver sino que eran el polo opuesto de lo que le imputaban.
Entró en su casa con la serena intención de rezar, encalmarse y dejar el asunto en manos de Dios. El sería el que en ultima instancia lo juzgaría todo y pondría a cada uno en su sitio, pero mientras eso ocurría no podía quedarse quieto, tendría que defenderse. Hablaría con Rosa para que declarase su inocencia liberándole de la añagaza del párroco. Dejó las cartas sobre la mesa de su despacho y se sentó en el sillón contemplándolas sin atreverse a tocarlas siquiera. Encima de todo lo que se le venía encima tenía el pálpito de que leer esas líneas iba a representar para él lo que para Adán el comer del fruto del árbol del Bien y del Mal. Pero una tentación más fuerte que la de la carne le obligaba a entregarse a su lectura. El corazón se le aceleraba a medida que se iba agigantando en su cabeza la certeza de que bebería las cartas más que leerlas. Todo se desteñía en una necesidad morbosa de sumergirse en la lectura y poco a poco todo fue desapareciendo del entorno de su realidad para quedarse él y las cartas como únicos habitantes de su mundo. Ya a nada se le daba más importancia que no tuviesen los renglones escritos llenos de ternura y vacilación enamorada.
Poco a poco fue leyendo las cartas, primero aquellas que estaban arrugadas por mano del criminal que las leyó primero y que el alisó a medida que leía con el mayor esmero. Párrafos enteros que repetía sin darse cuenta de lo que hacía, en voz alta, impresionado por la sinceridad que destilaban y la ausencia de deseo vicioso en ellas.
“Me amaba de verdad”, repetía una y otra vez en alta voz. Y al decirlo tenía que recordarse a cada silaba que quien le amaba con esa vehemencia era otro hombre y entonces gritaba sin consuelo “¡yo no soy así!” doliéndose de alguna manera por no poseer esa capacidad de dejarse ser amado por otro hombre. El que, quien le demostrase ese amor estuviese tan alejado en el tiempo, le quitaba tabú al hecho. Quien así se manifestaba ya no tenía cuerpo y por tanto no había posibilidad de ayuntamiento contra natura y sin embargo en lo más hondo de su ser algo se revolvía y en otra parte algo le decía que se felicitase de ser tan querido. ¿Y cual de esas partes era la que dependía de prejuicios y cual no?
Escogió una carta al azar y la leyó en alta voz mientras las lágrimas acudían atropellándose entre si por salir antes y enturbiar los ojos que se tenía que limpiar, desconsolado, a cada momento, para poder seguir leyendo.
Viernes 28 de junio de 1984. Madrugada Sensual.
Querido amigo Emilio. Si, me resigno, amigo, solo amigo. Y no he dejado de quererte, de amarte. Son mis sentimientos hacia ti los mismos que hace meses pero más intensos, más tenaces, más sólidos, más serenos y menos incendiarios, como el amor eterno de otoño, como el amor último que solo necesita la mirada para penetrar el amado hasta el fondo de las entrañas y no echa de menos la carne erguida para irrumpir en el alma del otro. Me embarga una tristeza asumida para respetar tu libertad pero que me deja tranquilo, sosegado, abrazado a esta tristeza que es tu alegría.
Se acaba el curso y no volveremos a vernos. Tu has elegido Físicas, va contigo, aunque cercenas esa parte de ti que desconoces y que antes o más tarde quizá, se personará ante tu conciencia a pedirte cuentas. Emilio, mi amor, la vida es algo más que la Física que tanto adoras. Me ensimismaba escuchándote hablar de la posibilidad de encontrar el origen de la vida, del Universo entero, plasmada en una formula matemática, era tal la ilusión y el empeño en la empresa que contagiabas y había que dejarse llevar y me enamorabas cada vez más, como enamorabas a todos los que te escuchaban, aunque ellos no lo supiesen y reaccionasen tildándote de pedante, asustados de su embobamiento. Eso me gustaba porque eliminaba contrincantes que solo sabían chapotear en el légamo de la estupidez, por muy listos que se creyesen; así eras todo para mí.
Esta madrugada, con el curso ya acabado, con el aire perfumado de jazmín y dama de noche, de celindo y de verano me siento realmente feliz, abandonado a la melancolía sensual de la sabiduría que solo da el amor que todo lo entrega, hasta la vida, si ello fuera preciso, porque aunque se que no te tendré, al menos no te perderé de mi memoria, asumo la perdida de tu compañía en la seguridad de que no volviéndote a ver permanecerás dentro de mi como siempre, inalterado, eterno, para mi, solo para mi, y ahí, tan dentro, serás mi prisionero y no podrás abandonarme, te poseeré siempre.
La facultad de Ciencias, está al otro lado de la ciudad, en el lado opuesto al campus de Letras de lo que me congratulo y en cuanto a los sitios por los que nos moveremos salvo intercesión de hados de mal agüero no nos cruzaremos jamás. Pero te he de reconocer una cosa, Emilio, sufrí un sobresalto cuando después de decirte que posiblemente no volveríamos a vernos me dijiste que lo sentías. Fue un rayo de sol cegador por entre los nubarrones amenazantes de mi resignación, pero supe cerrar los ojos de mi corazón a tiempo y no me deje deslumbrar, comprendí que  no era más que el cumplido aterrador de un conocido que no sabe como terminar una conversación, no era más que cáscara de amor. Me preguntaste que porqué Filosofía Pura y no supe responderte sin descubrir mis sentimientos hacia ti, te respondí que no me iban las matemáticas, atropelladamente, por decir algo y salir del apuro en lugar de decirte que para no volver a verte si no iba a poder tenerte.
Estoy tranquilo, ¿sabes?, ya he aceptado que te perdí y si hace unos meses estaba decidido a poner termino a la tortura con una muerte rápida, hoy prefiero seguir viviendo; pienso que si muero, no podré volver a pensarte, a recrear tu abierta risa confiada, a ver el guiño eterno de tus ojos que enamora solo con verlo una vez y ese hoyito de la barba que empuja a acariciar tu cara. Prefiero sufrir, si ese es el precio que tengo que pagar por no perder tu memoria. He conseguido reunir fuerzas para vencer la cobardía que me empujaba a morir para terminar de penar, pero no sé si esas fuerzas serían las suficientes si tuviera que convivir contigo a diario viendo como gozas y te gozan otros, otras. Te confieso que he deseado que Julia muriese, se desvaneciese, no sin antes tener que sufrir la décima parte de lo que lo hago yo. Si tuviese que verte todos los días seguramente no me embargaría el sosiego de saber que la intensidad del dolor de no tenerte ha llegado a su cima y lo más que se puede esperar ya es que disminuya.
Espero, amor mío, que ésta tenga que ser el omega de mi necesidad epistolar que algún día, no me cabe duda, leerás para que puedas saber que has sido el hombre más amado del universo mundo, pues no me parece creíble que pueda existir, ni haber existido alguien que ame tan intenso y más entregadamente que yo.
            Vuela infinito a tu gloria
            Corre en busca del amor
            Corre sin descanso y luego
            Decide si es el dolor
            De buscar y no encontrarlo
            El mismo que a mi me anima
            Aquel que le da el color
            A tu ausencia decidida
            Y a las lágrimas da el sabor
            De la muerte más querida
            De la pena y el temor
            De perderte para siempre
            De perderte y sin amor
            Perderme en el desconsuelo
            De saberme prisionero
            De tu ausencia y mi dolor.
No creo, mi amor que pueda volver a escribirte, como temo que pudieras llegar a leer alguna vez estas cartas. Las guardaré para leerlas y releerlas yo cientos, miles de veces, cuando ya no seas sino una sombra en mi memoria. No volveré a verte, no debo volver a verte, no quiero verte más. Debo sobrevivir y enmarañado en la madeja de mi amor que tu no puedes desenredar, terminaría por  ahorcarme. ¡Ah!, si una sola palabra tuya cayese como fecunda agua de lluvia de otoño sobre mi alma sedienta de tu frescor, sería suficiente, pero no es bueno que espere eso porque no ocurrirá jamás porque si eso ocurriera, el agua más que empapar mi sequedad, resbalaría y se perdería para siempre, yo me quedaría más sediento de ti que antes y tu no volverías a fecundarme.
Es mejor que corras sin descanso en busca de ese amor que a mi me ha provocado ausencia y dolor. Ojala lo encuentres.
Tu querido amigo Boni.
Terminó de leer los últimos párrafos en franco llanto sin consuelo. Era, Boni una persona que le quería sin precio. No necesitaba remuneración de correspondencia, no era un objeto en sus manos. Era él como era, para él, lo máximo. Todos, hasta sus padres, que le tomaban como campo de batalla, intentaban sacar algo de él. Solo Boni por lo que llevaba leído le había amado sin más, sin límite, hasta la muerte. Experimentaba una sensación extraña. Le agradaba saberse amado de forma tan sin límite pero el que el emisor de tanto amor fuese hombre le producía rechazo y remordimiento porque no se consentía el sentir agrado porque le amase un hombre. ¿Pero no era Cristo hombre y constantemente habla de que ama a todos? ¿Por qué a Cristo, que era hombre y tenía anatomía de hombre, se le daba por negado el que no sintiese determinada pulsión y sin embargo él le asignaba a Boni esas pulsiones tan bajas?, sobre todo cuando él explicita que renuncia al sexo. Constantemente hacia alusiones en sus cartas a la pureza de su amor por encima de efusiones hormonales y sin embargo él, que era cura, que tanto había estudiado aquello de que no hay que juzgar experimentaba rechazo al saberse amado de otro hombre. Cada vez se le embrollaba más la cabeza y más confundido se encontraba. Hubiera deseado que Boni estuviese delante de él en carne mortal para poder rechazarlo físicamente y así acallar su conciencia de una vez por todas, pero esa carne estaba podrida desde hace años, ¿por qué entonces le provocaba esos escrúpulos? Intentó buscar la respuesta en otras cartas. Revolvió las que estaban sobre la mesa y eligió otra al azar comenzándola a leer.
Alboreando el 20 de Agosto de 1991.
Mi amor, mi vida, ya no lo soporto más. Creía que todo estaba ya terminado y olvidado, un bello sueño dorado quedaba para aligerar las tediosas noches de insomnio por la vaciedad de una vida como la mía sin finalidad alguna, pero no, dolorosamente no, he tenido que encontrarte en el concierto esta noche para volver a ser trasportado a territorios yermos por los que no creí que tuviese que volver a transitar. Si la vida ya me era fea, desagradable y dura desde que te perdí, anoche además se trasmutó en agresiva e hiriente. No sabrás jamás de que clase fue la conmoción, el terremoto, el cataclismo que le sobrevino a mi alma al verte, tuve que hacer esfuerzos para no desmayarme. Si hubiese llegado a sospechar que te podía estimular este tipo de música no se me habría ocurrido aparecer a mí. Temía que algún día sucediese este acontecimiento y mis miedos se quedaron cortos. La descarga que experimenté al rozarte el hombro me convirtió definitivamente en ceniza despreciable en tu presencia. Menos mal que dio comienzo el espectáculo, si no llega a ser así, no habría sido capaz de reunir las fuerzas suficientes para moderar mi comportamiento. Todo el concierto transcurrió navegando por mi ilusorio mundo, yo no estuve en la sala, no me enteré de una sola nota, el tiempo se me pasó iluminando escenarios en los que los dos nos amábamos sin cortapisa. No te quité los ojos de encima comprobando que efectivamente estabas solo lo que dio más alas aún a mi imaginación. Estuve tiritando de emoción todo el rato y deshojando la margarita de si iba o no a aparecer después del concierto a la puerta del teatro, donde quedamos, no quería que se rompiese la magia del momento, que se prolongaría, en la medida que de mí dependiera, varias eternidades juntas.
Cuando acabó todo y desde detrás de una columna te espiaba deseando y temiendo que te aburrieses del plantón y te fueses para acabar de una vez con el sufrimiento, la ilusión de rehacer una relación, que de hecho nunca existió, fue la que me hizo poner fin a aquella tortura y aparecer ante ti para continuar la noche deseando que la ficción se hiciese realidad, que el espacio de lo imaginado se fundiese con el de lo deseado y surgiese de ese ayuntamiento una situación hecha a mi medida. ¡Iluso!, estúpido iluso hasta las heces. ¿A qué ésta necesidad de los humanos de engañarnos?, ¿a qué ésta necesidad de desear una existencia ajena a nuestra contingencia? Solo hay un espacio en el que definitivamente me sentiré cómodo, la muerte, mi amor, la muerte, la realidad incontestable que no me hará daño. Estoy harto de sufrimiento, estoy cansado de hacerme ilusiones sobre mi existencia, el tedio de la vulgaridad me asfixia y tu eres el único sol que pudiera calentar lo inhóspito de mi pasar por este mundo; saber que eso no va a poder ser así de verdad, porque Julia se interpone (¿es eso o es otra de mis quimeras?) despeja la postrer duda a mi angustia.
No estoy triste amor, no te contristes tú. Te he de reconocer que lo pasé mal mientras decidía, anoche mismo, entre copa y copa, poner el punto y final a mi desorganizada existencia. Vi la sorpresa, querido mío, en tu rostro, cuando de estar grave y melancólico comencé a reír y a alborotar despreocupadamente, ese fue el momento en que superado el amargo trance de la decisión ya todo era puro tramite. Sabido y deseado cual era el desenlace de mi dilema me relajé y me encontré bien. ¡Dejé de sufrir!, algo que hacía años que ni durmiendo me ocurría. Ya solo espero con ansiedad el momento que te reservo para que me encuentres en todo el esplendor de mi amor. Por tu amor voy ha hacer lo que tu vas a ver. Quiero que seas el primero en contemplarme en toda mi menesterosidad, que compruebes hasta que punto es capaz un humano de llegar, por otro, no lo hago para que sufras sino por todo lo contrario para que sientas el orgullo de saberte infinitamente amado hasta el punto de morir por ti, de no poder ser tuyo no hay justificación para seguir existiendo, un sacrificio más puro que el de Cristo porque el suyo era utilitario, era para una finalidad, salvar a los hombres del pecado, (¡que sarcasmo!), el mío es más puro, no es útil a nadie, se consume en si mismo, no pretendo nada, es solo para que te sientas orgulloso de lo que una persona, yo, sería capaz de hacer por ti.
¿Mis padres?, ellos se quieren, acabarán por acostumbrarse, además casi podría afirmar que empiezo a ser un estorbo de modo que a nadie voy a molestar con mi partida y sin embargo se que me llevarás grabado a fuego en tu memoria hasta la consumación de los tiempos, tendrías que ser de palo para olvidarte de mi y te conozco lo suficiente para estar seguro que eres de carne y hueso.
El sol ya me lame el alma
Cuando se acerca mi hora
Tu mente será mía ahora
Como mía es ya la calma.
Para toda la eternidad serás para mí, en mi nada y viviré en ti, a pesar de no representar nada en tu vida.
No podía más. No podía seguir con esa tortura. Cada carta leída era una nueva puñalada más dolorosa que la anterior y a cada nueva frase en la que quedaba patente la inocuidad de ese amor sentía Emilio no poder tener a su lado a Boni para abrazarse, en la seguridad de que como a él los hombres no le gustaban y Boni le respetaría su decisión todo se terminaría en esa especie de camaradería intensa entre hombres.
“¿Porque no me lo dijiste?”, susurraba una y otra vez, “no habría sucedido nada y tu aún estarías vivo, ¿porque no me lo dijiste?”. Le dolía sobre manera el que un ser humano, por su culpa al fin y al cabo, hubiese muerto sumido en la desesperación, por su gusto, pero muerto al final.
Sumido en gran dolor y sorprendido de estar pasando por eso, algo que en otro momento habría sido impensable escuchó que llamaban a su puerta. Se quedó, al escuchar como alguien golpeaba su puerta, en alerta y con cara de suspicacia. No creía que fuese el padre Alfredo y menos a esas horas el vicario. Su padre estaría en el hospital esperando el alta de su madre de forma que no esperaba a nadie. Volvieron a sonar los nudillos de una mano sobre el contrachapado de la puerta. Entonces se decidió a levantarse e ir a abrir. ¿Qué más podría ocurrir?, ¿Ley de Murphy?
Al abrir se quedó sorprendido. No eran horas, pero allí estaba.
-     Hola Rosa. ¿Qué te trae por aquí?
Al verle allí, tan cerca, con los ojos rojos como de acabar de levantarse o de hartarse de llorar el primer impulso fue echarse a su cuello y besarle para rescatarle del supuesto disgusto que le daba ese aspecto de sereno sufriente. Se sintió cortada porque no se atrevía a enroscarse en su cuerpo y las mejillas se le encendieron de temor y frustración al sospecharse el rechazo. Había fabulado tantas veces durante la noche sobre ese encuentro y había resuelto cada pequeño detalle con tanta soltura que ahora que tenía oportunidad de llevarlo a cabo estaba estupefacta por haber llegado al punto en el que todo debiera desarrollarse sin el menor estorbo, y sin embargo no poder lanzarse a ejecutar lo previsto. Según sus cálculos, por el tiempo transcurrido desde que le abrió la puerta, ya debería estar a punto de meterse en la cama con el padre Emilio, y sin embargo permanecía como un pasmarote sin saber que responder a tan sencilla pregunta. Con lo fácil que habría sido decir a lo que iba. Y no era capaz de articular palabra sintiendo cada vez más calor en su rostro. La cara de Emilio de trasmitir seriedad fue trasformándose en divertida sorpresa por el mutismo de su visitante que no terminaba de arrancar y a cada décima de segundo que pasaba más cerca estaba Rosa del colapso y Emilio de la carcajada por la chusca situación suscitada.
-     Bueno, sigo esperando. Aquí no podemos quedarnos toda la vida. ¿Vas a entrar o prefieres irte?
Sin saber como, dos lagrimones como dos guisantes, saltaron fuera de sus ojos haciéndole picar la nariz y provocándole un sonoro e intempestivo estornudo. Emilio no pudo reprimir una carcajada. Había olvidado como por ensalmo el asunto de las cartas y la jugada del párroco y solo disfrutaba al verse centro de una situación cada vez más cómica. Rosa al comprender el tono menor en que se estaba desarrollando la escena mutó la seriedad de la cara y la disposición mental de irritación por unos rasgos relajados y una aceptación del ridículo que estaba empeñada en hacer y acompañó a Emilio en la carcajada.
-     Lo siento padre. Me estoy comportando como si fuese una colegiala. No se porque me he quedado tan, tan...
-     ¿Impresionada? Anda pasa. ¿Te apetece un café, has desayunado?
-     No, no, solo..., bueno en realidad, no se porqué he venido. Necesitaba hablar con usted. Me dijo que cuando lo necesitase...
-     Naturalmente. Para eso estoy yo aquí. Tengo que decirte sin embargo, que ahora no estoy bajo sigilo de confesión y por tanto si me hablas de cualquier tema que hayas podido tratar anteriormente en confesión yo me sentiré liberado de ese secreto y podré utilizarlo según mi conciencia.
-     ¡Que va!, no padre. La verdad es que... Bueno ya no tiene caso seguir con las vacilaciones. Cuando ayer llamé a su puerta y me recibió tan, no se cómo decirlo, sexy, me dejó impresionada su..., físico, por decirlo de alguna manera. Pensé que al reaccionar ante mi presencia de esa manera..., tan contundente, no tendría más que presentarme aquí con más tiempo para..., ya sabe.
-     ¿Rosa?, por todos los santos del cielo. ¡Pero, cómo has podido... suponer, pensar, que yo, que yo...!, pero, ¿has perdido el juicio?
Al escuchar la insinuación de Rosa una alarma le atronó la cabeza, le deslumbró el alma, le descoyuntó su capacidad de entrega, le laminó su fe. Otra vez. Volvía a ocurrir. No había acabado de leer las cartas anonadándose al saberse deseado por un amigo cuando una feligresa a la que conocía escasamente hacía días se le entregaba en bandeja. ¿Eso era una prueba? ¿Le estaba el Señor calibrando su fe?, o era el demonio que se refocilaba en su contingencia. Aunque no se explicase más que en clave de casualidad, ¿no eran demasiadas casualidades en tan poco tiempo? Incluso llegó a sopesar la posibilidad de que Boni desde el infierno le estuviese poniendo zancadillas para de inmediato desechar la locura que interpretaba en clave paranoica dados los acontecimientos que le martirizaban y para los que no encontraba explicación.
-     ¡Pero yo le amo padre Emilio!, que importancia tiene que seas sacerdote o no. Eres un hombre y yo una mujer, ¿por qué no podemos ser felices?¿que te impide amarme?
-     ¡Es que yo no te amo! Rosa, Rosa, ¿qué has llegado a imaginarte?, ¿de donde has podido sacar la falsa certeza de que yo podía estar prendado de ti? Me limité a comportarme de acuerdo a los códigos de mi fe y con arreglo a mi mejor sapiencia en el arte de confortar al que le sufre. ¡Nada más! ¡Nada! Eres una ilusa. Ahora ya no se hasta donde es verdad lo que te confesaste incriminando al padre Alfredo. Sabrás que es un gran pecado intentar engañar al Espíritu Santo.
-     Pero tu, pero tu..., ayer..., te excitaste, yo lo vi. Cuando llegué a tu puerta pude apreciar como tu cuerpo respondía a mi presencia y te delataba la toalla con la que te cubrías.
-     ¿Y qué, dime, que quiere decir eso? Solo que soy un hombre, y yo aunque sea sacerdote no domino mi cuerpo, puedo intentar dominar mi voluntad pero el cuerpo en esas funciones es ajeno a la voluntad. Y la prueba es que rápidamente corté la conversación y cerré la puerta. Mía es la responsabilidad de abrir la puerta, tan ligero de ropa, pero con mi madre en el hospital la imprudencia se puede disculpar. Pero de ahí a deducir que yo puedo estar por tus huesos, ¡es una locura!
-     Entonces, eso quiere decir que no tengo ninguna posibilidad, que he hecho el ridículo, que no sirvo..., para...nada.
-     No es así, Rosa, no es así. Solo tienes que centrarte y no hacerte ilusiones, dejar de vivir en ese mundo de deseos en el que vives y dedicarte a mirar en derredor tuyo y tomar conciencia de donde te mueves, con que cuentas y hasta donde eres capaz de llegar. Eres una buena chica, tienes sensibilidad pero eres algo más que inocente, eres una inocente imprudente y te conviertes en presa fácil del demonio que se aprovecha de tus ensoñaciones para ponerte en situaciones comprometidas, para que te desesperes, como ahora y te eches en sus brazos olvidándote de que Cristo te quiere como eres no como quieres ser.
-     Ya está bien de sermones, padre. Lo he comprendido perfectamente. No soy lo suficientemente buena para usted. Seguramente aspirará a más de lo que yo pueda ofrecerle. Todos son iguales, al final, todos son iguales.
Con un gesto de asco, de desprecio y suficiencia, Rosa se dio media vuelta y se fue de la casa dando un buen portazo. Al ruido de la puerta al cerrarse, el padre Alfredo que acababa de llegar a su casa  se asomó y alcanzó a ver una Rosa, hecha una magdalena, bajar corriendo la escalera llorando a moco tendido. Se quedó pensativo mirando alternativamente al piso de arriba y al tramo de escalera por el que se acababa de perder de vista Rosa. Finalmente decidió subir hasta la casa de Emilio para remachar su maldad de la supuesta y pecaminosa relación con Rosa. Llamó a la puerta y esperó. La puerta al punto se abrió casi con violencia y el padre Emilio apareció con la cara desencajada por la situación apenas vivida hacía escasos minutos y espetó a quien se creía que llamaba a la puerta:
-     ¡No me tortures más, soy sacerdote!..
Con la última silaba cayó en la cuenta de que no era Rosa la que insistía otra vez llamando en su puerta y se quedaba de una pieza al ver en su umbral al padre Alfredo.
-     ¿En qué debería no torturarle, padre?
-     Lo siento..., creí que era otra persona.
-     ¿La sinvergüenza esa que ha salido escopetada escaleras abajo dando portazos y llorando desconsoladamente era la otra persona? Rosa, ¿no? De manera que no había nada entre ustedes. Tendrá que responder de todo esto ante el vicario. Esta situación tendrá que resolverse cuanto antes. Esta parroquia tiene un prestigio entre sus feligreses y un escándalo de estas proporciones podría echar por tierra años de trabajo honesto y callado.
-     Un momento, un momento, no es lo que usted ha colegido, es justamente lo contrario. ¿Acaso desconfía usted de mi honestidad?
El padre Alfredo haciendo gala de la frialdad y el cinismo mejor cultivado, esbozando una sonrisa meliflua en los labios, saboreando su triunfo de antemano se acercó al oído de Emilio y le sopló bajito y bien articulado
-     No, bobo, no. Nunca desconfiaría de su honestidad. La honradez de la que usted hace gala no es para desconfiar de ella es para aterrorizarse ante ella. Es usted un peligro. Mira que se lo advertí en la comida del otro día, pero no quiso o no supo entenderlo. Me creo que usted no ha tocado un pelo a esa pelandusca de la misma forma que me creo que si se le deja solo utilizando la verdad esa de la usted hace tanta gala, como arma, es capaz de acabar con la Iglesia. La verdad es aquella que la Jerarquía, la Santa Jerarquía, acuña mediante la voz de sus representantes legales, lo demás, mi santo amigo, son opiniones que de llevar a la práctica pueden hacer más daño que bien. Lo dicho, es usted un peligro usando “su” verdad como arma arrojadiza, y si se ha de mentir para apartarle de sus convicciones e incluso de su ministerio, desacreditarle y hundirle lo haré. De momento, mañana mismo se presentará usted al vicario general de la Diócesis para responder de sus relaciones con esta muchacha. Es un escándalo que reciba en su propia casa, aquí en la rectoral a mujeres que además son de dudosa honorabilidad. En su mano está reconducir la situación, confesar humildemente su pecado ante el vicario y aceptar la penitencia que se le imponga. Recomendaré un año en una clausura sometido a régimen de ayuno que le permita recapacitar sobre su fe y su lugar en la Iglesia. El comportamiento como el guerrero del antifaz  no es ni conveniente, ni entra dentro de los planteamientos de la Iglesia. Un año en silencio y alejado de toda tentación que no venga de usted mismo le permitirá aprender que la virtud más señera de la Santa Madre Iglesia es la obediencia, sin pasarla por su razón, a ciegas. Una vez se haya purificado de sus fantasías podrá incorporarse al trabajo pastoral. Créame, estúpido, que lo hago por su bien, por la salud de su alma.
Emilio sintió que el mundo, el suelo sobre el que él se desenvolvía, se desmoronaba ante sus ojos. Contra esa mentira como forma de vida él no tenía defensa. No era ese el mundo. Se veía como un alienígena, totalmente fuera de lugar. De nada valdría protestar vociferando la injusticia y la añagaza que se le tendía. Pero nada estaba perdido, aceptaba el envite, recogía el guante y permitiría la humillación del proceso interno al que se le iba a someter. Rosa siempre declararía todo lo contrario de lo que arteramente el párroco quería acusarle. Al pensar en cómo Rosa estaba de destrozada al confesarse con él y el agradecimiento por el apoyo que le dio además de la entereza con que él la rechazó esa misma mañana, hacía escasos minutos demostrándola su honradez se sintió más tranquilo encarando la procacidad del cerdo que ante él se encontraba.
-     ¿Escuece la integridad? Es un testigo permanente y mudo de su pecado. Está podrido. Es usted el que debería someterse, no ya a una clausura, con ayuno, sino a penitencia de incesto, mortificando la carne con cilicios y disciplinas. Pero al final resplandecerá la verdad. A Nuestro Señor, fariseos como usted le crucificaron. Es usted un digno descendiente de esa casta solo preocupada por mantener sus privilegios olvidándose cual es su autentica misión, servir a los demás.
Alfredo no pudo reprimir la carcajada espesa empezando ya a saborear el triunfo viendo que su coadjutor no aprendería jamás, por mucho que se le castigase. El seguía en sus trece de su conciencia estrecha, recta y coriácea. Aún no había aprendido que la conciencia debería ser flexible y acomodaticia en lugar de acerada e insobornable. Nunca aprendería. Se felicitó.
-     Sigue. No aprende. Está usted destinado a ser un mártir, padre. Si eso es lo que le gusta, eso es lo que tendrá. Allá usted.
Emilio tuvo en su pecho la sensación de que una ola de espuma amarga ascendía y le ahogaba, al tiempo que le empezaban a escocer los ojos debido a que las lágrimas querían ver la luz para ejemplarizar la irritación y la pena que le producía lo que le acababa de suceder. Cuando cerró la puerta se quedó apoyado en ella deshecho en sollozos. Se sentía injustamente agredido. No podía entender porqué en lugar de aceptar que había pecado y pedir perdón por ello, ¡caramba, él habría comprendido la debilidad de la carne!, se había revuelto como una alimaña y ahora intentaba destruirlo. ¿Qué estaba sucediendo? No entendía nada, estaba desorientado y necesitaba centrarse, recobrar la calma.
Se dirigió a la sala en la que las cartas de Boni reposaban desordenadas sobre la mesa. Se desplomó sobre una de las sillas con la mirada perdida, desparramada sobre los papeles cubiertos de letras sin saber que eran. Era incapaz de pensar con serenidad. Solo retumbaban en su memoria las amenazas proferidas por un sacerdote degenerado con visos de ser cumplidas. ¿Qué él era un peligro por ir con la verdad por delante?, estaba absolutamente escandalizado. Tenía que localizar a Rosa y rogarle, suplicarle que hablase por él. Que dijese claro que la había rechazado cuando ella se le ofreció en bandeja. Contra el prestigio que presentaba en el Obispado el padre Alfredo, ella era la única que podía desmontar aquella espantosa y desalmada trama para hundirle y apartarle por completo de lo que para él era como el aire fresco, la pastoral en contacto con la gente. Sabía que no soportaría un año entero sin hablar y sometido a una disciplina tan dura, en perfecta contemplación sin desempeñar ninguna actividad como no sea estar horas y horas en oración. No lo soportaría. Tendría que localizar el teléfono de Rosa y llamarla cuanto antes y él no lo tenía, pero..., ya sabía como localizarla. Gilbert.
El padre Alfredo descendió ufano de su triunfo hasta su domicilio. Recogió los papeles por los que había subido y regresó a su despacho. Aposentado en su sillón levantó triunfante el auricular y marco el número personal del vicario.
-     ¿Vicario? Soy el padre Alfredo.
-     Dígame, padre. ¿Que me cuenta?
-     Me duele tener que comunicarle que he sorprendido al padre Emilio. Ya no es solo una sospecha. Además tengo motivos para pensar que ha abusado de una feligresa.
-     Eso es grave, padre.
-     Ya lo se. Le he hecho la pertinente admonición y parece que se ha venido a razones, pero claro, ya sabe su reverencia que en estos casos..., el pecado enraizado fuertemente..., el maligno que sujeta con firmeza. Le he emplazado a una entrevista con usted para mañana en el obispado.
-     Me parece una decisión acertada. ¿A las diez le parece bien?
-     Perfecto, a las diez nos veremos. Hasta mañana padre Alfredo. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos, en estos tiempos un asunto como estos, truculento, de sexo y sotanas es lo menos que nos hace falta.

XVII

-     ¿Y tu hijo, ya se ha quitado de en medio? Eso es todo lo que yo le importo. Claro, ¿que le va a importar su madre?, lo que ha visto de su padre.
-     Celia, por Dios, no empieces otra vez. El chico estuvo ayer todo el día fuera de la parroquia, ha pasado la noche en vela contigo y ahora porque se va a su casa a cambiarse y hacer acto de presencia en su trabajo tu te pones como un basilisco.
-     Claro, tu disculpándole, como no. Anda, ayúdame con la ropa, me duele la cabeza y estos inútiles de médicos no son ni para darme una pastilla, que se puede una morir aquí. Y tu hijo y tu sois tal para cual, sacando siempre la cara el uno por el otro. Vámonos cuanto antes de este antro.
Emiliano ayudaba a vestirse a Celia cuando entró el médico en la habitación a pasar visita.
-     ¿Usted es Celia?
-     ¡Vaya, saben que existo! Si, soy Celia y ya me voy. Esto es peor que una cárcel. ¡Valiente trato le dan a una aquí!
-     Señora, ¿tiene usted alguna queja del trato?
-     Déjese de milongas. ¿Trae mi alta?, y si no la trae me da lo mismo, me voy igual.
-     Celia, caramba, el doctor solo quería ser amable.
Con un gesto conformista y de sorpresa el médico salió de la habitación informando en plano que el alta se encontraba en el control
-     Celia, ¿no podrías ser una pizquita amable?, no te pido que seas un dechado de simpatía pero al menos podrías mantenerte en la línea de la buena educación.
-     O sea, que soy una maleducada.
Con un reiterado meneo de cabeza a lado y lado desesperado por la actitud de su mujer Emiliano recogió las pocas cosas que quedaban en el cuarto y siguió a Celia que con la cabeza en actitud de altivez insufrible salía camino del pasillo que la condujese al ascensor. Durante todo el trayecto hasta su domicilio ninguno de los dos cruzó palabra lo que no supuso que cada uno no rumiase su disconformidad con el otro, en silencio, en una tregua tacita para evitar el choque de trenes en que podía convertirse el trayecto hasta la casa.
Al entrar, en silencio aún, en su casa, lo primero que hizo Celia fue dirigirse a la cocina sin dar opción a otra disposición. Al entrar y ver las cosas de la misma manera en que las dejó cuando se accidentó, los gritos vociferando la inutilidad de Emiliano las escucharon en todo el patio. Emiliano fue incapaz de hacerle comprender a su mujer que estando en el hospital haciéndole compañía a ella no podía estar en su casa recogiendo el desbarajuste formado.
-     ¿Lo ves?, si no me hubieses dado el sofión que me diste, nada de esto habría pasado. La culpa es tuya y no lo quieres reconocer. Es muy fácil echarle la culpa a la de siempre.
-     ¡Pero yo no he echado culpas a nadie! Te empeñas en encontrar culpables donde no hay más que circunstancias adversas. Déjate venir Celia, relájate que nadie a acusado a nadie de nada. Acabemos esta historia en paz y en gracia de Dios.
-     ¡Ya estamos con las pamplinas esas de Dios!, no aprenderás, ¿verdad?
Emiliano estaba ya al borde de su paciencia cuando le vino a rescatar de su irritación apenas contenida el campanilleo del teléfono.
-     Dígame. ¡Ah!, claro. Aquí estamos los dos. Te esperamos.
-     ¿Quién es ahora? Ya viene alguien a incordiar, ¿no? Pues conmigo no cuentes, no pienso hacerle parabienes a nadie. Yo me voy a la cama, me duele la cabeza.
-     Es Emilio, Celia, que quiere hablar con nosotros. Ha tenido un disgusto y quiere hablar de un tema delicado.
-     A ver si tenemos suerte y ha decidido colgar la sotana. Sería la mejor alegría que pudiera darme, aunque no caerá esa breva. Este niño es medio tonto.
Emiliano se le quedó mirando, exhausto, de la dureza de su mujer. No daba cuartel ni aunque el enemigo se pusiese de alfombra. Quería vencer y laminar, no se conformaba con la capitulación, necesitaba el escarnio. Cada vez comprendía menos como pudo pasar tantos años con ella. Ya no se acordaba, pero quizá al principio no fue así, o el que no era como ahora, era él, que estaba ciego al ser más joven, más descabezado y despreocupado, echándose a la espalda todo, sin darle importancia a sus salidas de tono y cultivando la amnesia de afrenta. Estaba ya bastante agotado de esa forma de ser que le hacía ser asocial y desagradable.
Celia varió su determinación de acostarse y decidió esperar a su hijo recogiendo la cocina obviando que había manifestado su insoportable dolor de cabeza mientras que su marido decidió escuchar la radio con los auriculares puestos para no escuchar las protestas de rigor de su mujer.
Ninguno de los dos escuchó, enfrascado cada uno en su actividad, como Emilio abría la puerta de la calle. Entró en la sala donde su padre escuchaba la radio con los ojos cerrados y se sentó en el sofá derrotado. Tocó el codo a su padre que abrió los ojos sobresaltado.
-     ¡Ah, no te he escuchado entrar!, ¿llevas mucho tiempo aquí?
-     Acabo de llegar, papá. Estoy hecho polvo, no se por donde empezar, me han metido en un lío del que no se como voy a salir.
-     Espera que llame a tu madre, que está en la cocina. ¡Celia, ven que ya ha llegado Emilio!
Celia llegó en un verbo de la cocina muy excitada.
-     ¿Cómo has llegado, volando? Has debido entrar de puntillas. Bueno, ¿que te ha pasado? ¿Qué te han hecho esos degenerados de curas?
Emilio dibujo con todo detalle el escenario en el que se estaba desenvolviendo su vida en las últimas horas. Desde el asunto de las cartas de Boni al barullo formado con el asunto de Rosa y la acusación del párroco. Pedía consejo, estaba aturdido, desolado y desorientado.
-     Está clarísimo Emilio, parece mentira que con toda tu inteligencia, como la de tu padre, no te hayas dado cuenta que quien tiene un lío con esa muchacha es el fulano ese, que nunca me gustó desde que lo vi el día, maldito día, que entraste en aquella cueva. En cuanto a lo de Boni, siempre dije que no era más que un tío raro. Menos mal que se quitó de en medio. Las cartas esas las tiras, no leas ni una más, ni póstumo ni leches, a la basura con ellas, las leídas quedan leídas las que no hayas leído, ¿qué interés pueden tener?
-     Mira Celia, si el párroco tiene o no un lío con la muchacha o no es lo de menos, lo importante ahora es que el chico pueda defenderse mañana de esas falsas acusaciones. Y no hay otra forma de apoyar tu palabra que con el testimonio de esa.., ¿cómo se llama?
-     Rosa, papa, Rosa.
-     Pues venga. Ya la estas llamando. ¿Sabrás su teléfono?
-     No, pero se cómo conseguirlo.
-     Esa, esa es tu Santa Iglesia. Que vergüenza, que falta de ética. ¿No te das cuenta que todo eso está podrido?
-     Ya está bien, Celia, ya tiene bastante el chico. Vamos Emilio llama a esa Rosa.

XVIII

Desesperada corrió escaleras abajo llorando con desconsuelo. Todas sus esperanzas o más bien quimeras tiradas por los suelos. Había sido duro y despectivo. Podía haber sido más suave, más caritativo, pero no, fue directo, para dañarla. No era más que un sepulcro blanqueado, como todos los curas. ¿Qué diferencia había entre el lascivo padre Alfredo y el falsamente humilde y caritativo padre Emilio?, iguales, peor incluso, porque Alfredo era lo que se veía venir. El otro mucho más sibilino, primero te entra como adalid del débil para dar confianza y cuando más consentida esta una, mayor es el  desengaño rechazándote amparándose en su vocación, ¡cobarde!, eso es lo que es, un reprimido. Después de todo lo pasado en su triste vida, tanto desengaño y dudas, el cerdo del párroco se aprovecha de su buena fe y en el colmo de la desesperación, cuando cree haber encontrado al hombre de su vida le sale el tiro por la culata. No sabía como, pero se vengaría, estaba harta de ser siempre la victima, ¡alguna vez tendría ella que ser la fiera!
No paró de correr hasta que se le secó la fuente de las lágrimas y pudo gustar la enorme aridez del desamor. Poco a poco los rasgos de la cara se fueron tornando de angustiados a duros e inexpresivos. Ya no había más oportunidad para la esperanza, ahora le tocaba a ella ser desalmada e intransigente. Mientras daba pasos acercándose a su casa se iba imaginando cómo sería su vida a partir de ese acontecimiento pilotada desde un alma seca de piel agrietada y desilusionada, sin horizonte, como un cadáver ambulante. Pero eso es lo que se esperaba de ella. Que fuese insensible, que se hiciese de piel de cuero curtido, duro, imposible de rayar y a ser posible de textura rasposa e hiriente. Lo peor sería aprender a gozar con el sufrimiento ajeno, pero estaba firmemente decidida a cambiar con tal de que nadie volviese a hacerla daño.
Nada más entrar en la casa, su padre detectó que algo extraño estaba pasando. Estaba acostumbrado a ver a su hija deshecha y triste, abatida y confusa, pero el habito con el que decía ese “hola papa” hoy era diferente.
-     ¿Qué te ha pasado Rosa, hija? Te veo..., no se, no se como explicarlo, tienes una cara rara.
-     Nada papa, estoy haciendo un máster de relaciones acelerado. Acabo de pasar un examen muy duro y lo he suspendido, pero no volverá a suceder, ocurre que creí estar suficientemente preparada pero en realidad había tocado los temas equivocados.
-     No me habías dicho nada de un examen.
-     Se me olvidaría. Me voy a mi habitación, necesito estar sola.
Ya en su cuarto se dejo caer sobre el borde de la cama con los hombros escurridos de abatimiento y la cabeza gacha acercada al pecho. La mirada perdida enroscada entre el laberinto de los dibujos de la alfombra y deseando que los ojos volviesen a manar porque los sentía secos como las rocas del desierto. Se tapó la cara con las manos y comenzó a balancearse atrás y adelante recitando la misma palabra a modo de mantra liberalizador: “porqué, porqué, porqué”. El tiempo se detuvo en la alcoba de Rosa y cuando su padre le avisó que era la hora de comer se sorprendió de que hubiesen pasado tantas horas. Era incomprensible.
Estaba haciendo como que tenía ganas de comer cuando sonó el teléfono.
-     Mira tu quien es papá, yo no tengo ganas de hablar con nadie.
-     Es para ti. Dice que es el padre Emilio.
Rosa dio un respingo en el asiento y la cuchara que tenía llena de sopa camino de la boca se le derramó en la falda. Se limpió más como caricatura que intención real de eliminar la mancha y de un salto se puso en pie.
En el escaso metro y medio que le separaba del auricular que su padre sostenía tuvo toda una eternidad para imaginar al padre Emilio disculpándose del trato dispensado y rogándole que volviese para borrar el mal sabor de boca con el paladar de su piel. Olvidados quedaron en ese micro instante sus firmes propósitos de dureza y desaire ante el más mínimo intento de acercamiento. Con renovada e inexplicable ilusión tomó el teléfono.
-     ¿Que quiere padre Emilio?
-     Rosa, verás, estoy en un apuro y tú eres la única persona que puede hacer resplandecer la verdad. El padre Alfredo se empeña en que tú y yo..., en fin, ya sabes y me ha acusado formalmente ante el vicario. Mañana tengo que comparecer ante él en el obispado. Tú sabes que yo no te he tocado ni un pelo y he podido hacerlo. Tendrías que venir mañana a decir la verdad, de esa forma el padre Alfredo quedaría desacreditado y de alguna manera te vengarías de él. ¿Vendrás?
-     ¿Después de lo que ha ocurrido ésta mañana, aún...?
-     Por favor, Rosa. Me conoces a mí y conoces al padre Alfredo, lo dejo a tu conciencia.
-     No se. Me lo pensaré. Estoy comiendo, perdone, adiós.
Colgó el auricular y sin soltarlo se quedó pensativa con la mirada dura y afilada  perdida en la pared de enfrente. ¡Encima quería que le ayudase! Estaba más escandalizada todavía que cuando el padre Alfredo la violó. Su padre comprendió que algo anormal sucedía.
-     ¿Qué quería?
-     Nada, que si podía asistir mañana a una reunión de catequesis.
-     ¿Vas a ir?
-     No se, me lo tengo que pensar. Esas reuniones se están poniendo ya muy cargantes y me aburren.
Emilio colgó el teléfono y se apoyó en la mesa pasándose la mano por la cabeza echándose hacia atrás el cabello en signo de preocupación. La cara color ceniza preocupó a su padre.
-     Bueno, ¿Qué te ha dicho? Habrá dicho que irá, ¿no?
-     No ha dicho nada. Intentó envolverme esta mañana, ¿sabéis? Y la rechacé. Una mujer rechazada es potencialmente una bomba de espoleta retardada que me puede estallar en la cara en cualquier momento. No se si irá y en realidad no estoy muy seguro de querer que vaya mañana. Confío en su honestidad. No se, es mejor confiar en la voluntad de Dios.
-     Eso, eso, sigue confiando en la voluntad de alguien que no existe verás que bien te va.
-     Celia, por favor no eches más leña al fuego. Las creencias de tu hijo le ayudan a sobrellevar este asunto, tiene donde asirse cuando todo lo demás le falle.
-     Déjala papá. Está enfadada por lo que no es más que una gran injusticia y los dos la vemos desde diferente óptica. Yo pienso que tengo más consuelo que ella pero eso es algo que pertenece a la orbita de la conciencia y es muy personal. Me voy a mi casa. Allí estaré más tranquilo, podré rezar y vosotros también descansareis, después de lo del hospital estaréis rotos. Mañana cuando todo haya terminado vendré a veros.


2.10.12

No hay comentarios:

Publicar un comentario