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martes, 30 de octubre de 2012

CINCO DÍAS DE..., DOMINGO I

Cinco días. Domingo I



Un rayo de sol de una cálida y luminosa primavera agonizante hirió la cara de un Roberto beatifico que descansaba ajeno a la ausencia de María. Soñaba en ese momento que una diosa tocada del sol mas brillante le miraba, deslumbrándole y cuanto mas se le acercaba mas ciego se quedaba y mejor veía a la diosa. Llegó un momento que tal fue la cercanía de la bellísima que su luz extrema le hizo saltar una lagrima y escocer los ojos.
Se restregó los ojos porque la luz del sol le molestaba y despertó. Buscó instintivamente a su mujer palpando la cama sin abrir los ojos. Sobresaltado al no toparse con ningún cuerpo al lado se sentó en la cama.
-          ¿María?
Precipitadamente se levantó. Volvió a buscar por todas las dependencias de la casa inútilmente. Una viscosa sensación de pánico se instaló en su boca del estomago. Un accidente, habían tenido un accidente. Atropellado se lanzó al teléfono y marco el teléfono de la policía.
-          Aquí no tenemos ninguna incidencia con ese nombre, pero llame usted a la policía de trafico, quizá ellos puedan informarle. No se asuste usted, una cana al aire la echa cualquiera y nosotros tenemos experiencia en estos menesteres.
-          Pues guárdese usted sus consejos y su experiencia para quien se los pida, estamos hablando de mi mujer, no de un ligue.
Colgó el auricular auténticamente cabreado. Volvió a descolgarlo inmediatamente para llamar a tráfico. Allí tampoco sabían nada pero es que encima en la carretera por la que tendrían que haber venido esa noche precisamente no se reportó ningún accidente.
Estaba descolocado. ¿Qué podría haber pasado?
¡Pero que estúpido! ¿Y para que están los teléfonos móviles? Marcó el número de María: buzón de voz. “Llámame cariño, estoy muy preocupado. No has dormido en casa, ¿qué ocurre? Te quiero”.
Se sentó en el sillón de su despacho, hipotónico, solo se le ocurrían cosas desagradables que explicasen esa ausencia. La primera vez desde que se casaron, que no dormía en casa. Desolado no era la palabra, era poco, destrozado se le ajustaba mejor.
La noche anterior se le olvido apagar el ordenador y al sentarse se movió el ratón lo suficiente para que la pantalla se iluminase. Había un parpadeante mensaje de nuevo correo. Aquello le enfadó aún más de lo que estaba y sin cerrar los archivos abiertos apagó el ordenador.
-          ¡Que te den por el culo fea!
Estaba ya desesperado sin saber que hacer cuando sintió que la puerta se abría. Se levantó de forma precipitada en dirección al vestíbulo.
-          ¿Qué ha pasado? Cariño, dios mío, he pensado de todo, te he visto tirada en una cuneta, en cualquier hospital. ¿Porqué no me has llamado? Te estuve esperando hasta las tantas. Bueno dime algo.
-          Estoy muerta Roberto, por favor, no seas histérico, déjame que me vaya a la cama. Luego hablaremos.
-          ¿Eso es todo?, después de lo que he pasado. Creí que estabas muerta por lo menos. ¿No crees que merezco una explicación, al menos?
-          ¡Ay, si!, no seas mas coñazo, te he dicho que estoy hecha polvo. Me voy a la cama. Cuando me reponga hablaremos. ¿No ves que estoy entera?, pues déjate de papeles. Y si estás tan preocupado, llama a Esther para consolarte, es lo que te gusta, ¿no? Pues olvídame.
La última frase dejó a Roberto mudo. ¿Qué había querido decir?. Esther, la muy zorra, se lo había contado todo. No se lo podía creer, Esther no era de esas, de querérselo decir hacía tiempo que lo habría hecho. No, solo quería hacerle daño sembrando la duda en su mente. Pero aún quedaba por dilucidar el porqué. ¿Qué había pasado esa noche?, ¿Dónde había estado?, tenía realmente mal aspecto, como si se hubiese pasado la noche bregando con una compañía de la Legión. Cada vez más irritado por las interrogantes que le provocaban una ansiedad que le quitaba la respiración se lanzó al dormitorio dispuesto sacar respuestas aunque María no quisiese.
-          Me debes una explicación María, no estoy dispuesto a esperar ni un minuto. ¿Dónde has estado toda la noche?, ¿Qué has estado haciendo? ¿No estaba yo equivocado?
-          Roberto déjame dormir, no tengo fuerzas para contestarte. Todo tiene su explicación, ten compasión de mi. Lee la prensa y cuando descanse algo, hablamos.
María estaba profundamente dormida antes incluso de terminar su frase. Roberto comprendió que tendría que esperar. Entró en el vestidor se cambió y se fue a la calle.
Saludó maquinalmente al kiosquero mientras recogía el periódico. Con él debajo del brazo paseando lentamente por la alameda que bordeaba la bellísima e impresionante catedral se dirigió al café donde habitualmente desayunada los domingos con su mujer.
-          Buenos días Don Roberto. ¿Va a esperar a su señora, o le sirvo ya el café?
-          Tráigame el café, la señora no puede venir hoy.
-          ¿Churros?
Se quedó dudando, mirando ausente las agujas de la catedral que se recortaban contra el intenso azul del cielo. ¿Qué sentido tenía que estuviese él allí solo mientras su mujer dormía quien sabe que juerga..., o que pena? El camarero esperaba sorprendido de la dilatada vacilación de su cliente.
-          Bueno, si, unos churros calentitos no me vendrán mal.
Mientras el propio le traía su desayuno abrió maquinalmente el periódico. Lo hizo porque lo hacía cada domingo, pero éste no tenía a María al lado hojeando el dominical y sin darse cuenta, lo notaba. Comenzó a leer sin enterarse de lo que leía y cuando se convenció que no iba a ningún lado lo que hacía, cerró el diario y lo dejó con la mirada perdida en el vacío sobre el velador.
Bebió el café, que sorprendentemente le resulto reconfortante pero prácticamente dejo intactos los churros, no tenía cuerpo para comer nada. Con lo que le gustaban los churros en domingo, desde pequeño, le producía nauseas hoy, llevarse uno a la boca. Dejó el dinero de la consumición encima del velador sin esperar al camarero. Con la prensa debajo del brazo se levantó de la terraza e inició un paseo sin rumbo por la sosegada alameda a esas horas de la mañana. Testigos inertes de la lúdica madrugada eran los cadáveres vidriosos de los alcorques de los árboles: vasos, botellas y bolsas de plástico componían una escultura deconstruída, máximo exponente del feísmo, como inconsciente suicidio cultural a la que la sociedad carente de valores sometía a la juventud desorientada que encontraba en el hedonismo la respuesta  mas válida a la inanidad de sus mayores. Encima de lo deprimido que se encontraba por lo que personalmente le estaba sucediendo el denigrante espectáculo de la preciosa alameda salvada de la especulación le hacía sentirse, por la parte alícuota que le correspondía, responsable de esa juventud desnortada.
Al pasar por la puerta de la catedral y escuchar los acordes del órgano que de ella salían sintió necesidad de internarse en ese bosque de columnas altas, de atmósfera serena, de oloroso incienso, de silencio reparador.
Aquel anchuroso espacio, aquella frescura de penumbra, rota por los colores de los que se vestían los rayos de sol que se colaban por los vitrales, le sirvieron de lenitivo a sus dolores.
Comenzó a rodear el coro central por el pasillo que le circundaba, lentamente, sorbiendo la calma que destilaban las piedras centenarias por cada poro de su piel. Observaba en las capillas dedicadas a cada santo la sencillez ingenua con que el artesano plasmaba en su obra la virtud que le había valido a su titular la elevación a los altares. Rodeando aquella construcción perfecta se vio como el aprendiz que transitaba por el camino iniciático de un saber escondido, del conocimiento que era capaz de conferir la felicidad a costa del sufrimiento que supone tener que pasar el camino. Olvidó por unos momentos sus problemas conyugales, en ese ambiente todo se tornaba relativo, nada era lo suficientemente importante como para dedicarle un instante de emoción. Era la perfección hecha piedra, era la sabiduría de saber rodear un espacio regenerador con trozos de naturaleza amaestrada dándole la forma del cielo. Aquel que fue capaz de determinar que el espacio no solo se mide a la ancho y a lo largo, sino que la dimensión alto también existe debió visitar antes el infinito para poder darle forma en la tierra, tuvo antes que viajar a las estrellas para adquirir el sentido cósmico del arte. El alma se le ensanchó. El reposo inundó su corazón.
Acabando el recorrido se encontró frente a la reja laboriosamente trabajada en plata que le separaba del espacio sagrado donde se concentraba toda la magia del lugar. El enorme facistol central imponía respeto, en torno al cual se articulaban los escaños desde donde se elevaban hasta las cúpulas del universo los cánticos que componen el lenguaje en el que los dioses se comunican directamente al corazón del hombre, regenerándole. Reculó, para no perder de vista aquella magnificencia  hasta dar con un banco en el que respetuosamente se sentó. Con la tranquilidad y la ecuanimidad conseguida de forma milagrosa, pudo volver a pensar desapasionadamente en lo que estaba ocurriéndole. Fue tomando conciencia de la forma en que su vida conyugal había ido deteriorándose, de los desencuentros, cada vez mas frecuentes, del menudeo de sus enfrentamientos por nimiedades que hacía solo unos meses desembocaban en risas flojas que se trasformaban rápidamente en quejidos de placer sin necesidad de la celebración de todo un rito para el que era preciso casi un cursillo que desembocase en un ayuntamiento acartonado, soso y frío que se resolvía en orgasmos apenas placenteros. La María que el encontraba, cada vez  más escasamente, en sus brazos no se parecía en absoluto a la de hacía meses atrás, entregada, fogosa, ruborosa y atrevida a un tiempo, siempre sorprendiéndole con registros de gozo insospechados y haciéndole a él sentir placeres solo imaginados. ¿Cuál era la clave para interpretar ese giro tan radical en su comportamiento?, ¡tanta jaqueca de un tiempo a esta parte! Desde que comenzó a trabajar, actividad que él le alentó para que se sintiese útil, la equidistancia entre ambos cada vez era más dilatada. ¿Es que el sentirse autónoma económicamente le impelía a desentenderse de él?, en tal caso, realmente ¿le quiso alguna vez? ¿Era solo su autosuficiencia la que alejaba o alguien se había metido por medio?, pero, ¿quién? Federico, ¡no, joder!, era su amigo del alma, nunca le haría algo así. Olvidaba que las cosas son, habitualmente, lo que parecen. Hablarían y lo aclararían, aunque doliese, esa situación, que existía, y que no había querido admitir, tenía que resolverse hoy e intuía que le iba a doler, como la muerte de su padre, con esa sensación de orfandad profunda, ontológica, aniquilante, pero no peor que el purgatorio en el que vivían, con ese dolor de bajo perfil pero perseverante, sin expectativa ni de mejorar ni de empeorar, plano, constante, miserable.
 Allí, solo, las horas fueron pasando mientras aquel lugar se iba poblando de gentes que a medida que inundaban sus espacios con su inconsciente irreverencia convertían el lugar, sagrado, en un punto de encuentro, nada más. En ese momento la inquietud que Roberto llevaba al llegar y que se diluyó por maravilla volvió a irrumpir con fuerza en su corazón. Decidió volver a su casa. Tenía la inquietud, si, pero se llevaba de aquella estancia la determinación de aclararlo todo, mansamente, sin prejuicios, sin dejarse llevar de emociones ni sentimentalismos y si tenía que acabarse todo, se acabaría. Dos lágrimas se asomaron a sus ojos sin que llegasen a precipitarse al vacío porque quiso coartar antes el llanto para conservar la serenidad que necesitaba para hablar con su mujer.
Se levantó del banco, relajado, tranquilo, con la angustia justa por sopesar la posibilidad de que su vida sufriese una conmoción que tanto temía como necesita. Regresó despacio a su casa, disfrutando de aquella mañana primaveral. Echó una ojeada al reloj, sorprendiéndose de tiempo transcurrido. El suspiro que pasó desde que llegó a la catedral resultaba que habían sido dos horas, el tiempo se contraía a impulsos de serenidad y espacios silenciosos y le depositaba en una situación templada para abordar un espinoso asunto.
A esas horas, las gente menudeaba por calle camino de la catedral a oír misa y saludaba a quien era sobradamente conocido, él inclinaba educado la cabeza sin detenerse con nadie para no perder la concentración que tanto necesitaba en aquellos momentos.
Entró en su casa casi sin hacer ruido por si su mujer seguía dormida, no quería que se despertase por su culpa y se añadiese un factor mas al enfrentamiento, que sin duda, iban a tener. En su despacho dejó el periódico con aburrimiento sobre su mesa, no le apetecía nada un mal desenlace a su relación.
Ya en el dormitorio le sorprendió que la cama estuviese vacía.
-          ¿María?
No le contestó. Encontró la puerta del baño cerrada. Intentó abrirla y ésta cedió a su impulso. María  se estaba duchando. A través del cristal traslucido de la cabina de ducha se adivinaba, débilmente desdibujado el cuerpo de su mujer que se frotaba el cuerpo con movimientos que sin intentar ser eróticos a Roberto se le antojaban radicalmente lúbricos. Su cuerpo reaccionó con presteza y la deseó. El deseo era tan urgente que le hizo conceder en su mente la disculpa que ella quisiera esgrimir por su ausencia nocturna, lo que fuese, incluso una debilidad pasajera fruto de los vapores etílicos ahogados en un cuerpo joven e intransigente con las negativas, su mujer era muy apetecible y además ardiente cuando quería serlo. Se rindió; en realidad no quería enfrentamientos, preferiría solventar sus diferencias en el mullido colchón de su cama y olvidar de una buena vez todo lo demás, lo que fuese. Gozando del espectáculo, con una bobalicona sonrisa en los labios, le sorprendió María al salir de la ducha goteando agua mientras se secaba los cabellos.
-          Ah, ¿llevabas mucho tiempo ahí?
-          No, no, acababa de llegar, no te encontré en la cama y supuse...
-          ¿Te importa prepararme un te con limón mientras termino?
-          No, ¿te lo subo?
-          Lo tomaré abajo, gracias y así hablamos, ¿vale?
Su tono de voz era el de siempre, no era agresivo, ni nada que hiciese sospechar ninguna galerna emocional. Pensó con un suspiro que a lo peor se había pasado de la raya imaginando cosas. Seguramente la conversación versaría sobre el tiempo que ella debía dedicar a su trabajo, que tan bien se le estaba dando, lo que le obligaría a ausentarse en horas intempestivas, quizá viajes, fines de semana..., bueno eso obligaría a algunos reajustes en la convivencia pero nada que durase mucho tiempo, ese ritmo no era fácilmente mantenible y menos cuando se iban cumpliendo años a la velocidad que ellos ya los cumplían.
Bastante mas relajado por sus reflexiones, sin duda acertadas,  saco una bolsita de te que introdujo en un vaso de agua y colocó en el microondas. Una vez caliente se sentó en la cocina a esperar que María bajase.
Envuelta en su albornoz celeste pálido y con la toalla envolviéndole el pelo entró en la cocina. Le sorprendió agradablemente que usara su albornoz, era un síntoma de tregua. Cuando hacia esto es que se encontraba satisfecha y relajada. Respiró aliviado.
-          ¿No te he dicho que no uses mi albornoz, tramposilla?
-          Déjate de juegos Roberto, el que no esté desmelenada y dando voces no quiere decir que no pase nada. No te confundas, pretendo que esta conversación trascurra por la senda de la civilización y que no terminemos como enemigos, espero conseguirlo con tu ayuda.
-          No te entiendo, María.
-          Si, claro que me entiendes. Esta mañana me preguntaste que donde había pasado la noche. ¿Quieres que te lo diga?
La pregunta era retórica, se lo iba a decir y Roberto era lo último que deseaba escuchar. En un instante se le derrumbó el castillo de naipes bienintencionados que edificó al abrigo de su deseo de no beligerancia casi patológica.
-          He pasado la noche con Federico.
Roberto se congestionó e intentó protestar pero las palabras se atropellaban en su boca intentando salir todas a la vez. María continuó con el martirio.
-           No te indignes, por favor, déjalo para el final, ahórrate la escenita y permite que termine lo que tengo que decir.
No admitía replica, tendría que esperar a escucharlo todo, apurar el cáliz de amargura, pero una pregunta le botaba en la cabeza y tenía que salir por la boca. Necesitaba saberlo.
-          Entonces..., aquella conversación del restaurante, ¿era con él?
-          Si, lo era, pero te he dicho que me escuches. Estoy harta, hastiada de nuestra relación. En Federico he encontrado todo lo que tu has sido incapaz de darme; ilusión, futuro, erotismo y lujuria, ¿sabes?, hasta que no me rendí a la tentación no supe que era pasión verdadera, fue cuando me di cuenta que lo nuestro tenía dicha la misa del mes hacía años y eso porque no sabía que tenía mas cuernos que una ganadería brava. Y yo tan estúpida aguantando como una gilipollas este matrimonió apestando a cadáver. ¡Como tienes que haberte reído de mi! Yo hecha una chacha representando el papel de esposa ejemplar y tu representado el papel de esposo adultero y cabrón que solo quiere una mujer en su casa como servicio de apoyo logístico para lo que al señor se le antoje desear, cama incluida. ¿Full service, no? ¿Cuánto tiempo duró?, porque la zorra de Esther no quiso decírmelo, solo mentiras, ¿o dura aún?, no me extrañaría nada. yo si voy a ser sincera contigo, será esta la última vez que como pareja lo haga. Desde hace un año tengo una aventura con Federico, tu gran amigo Federico, para que veas como sois los hombres, cuando hay unas faldas por medio no respetáis ni lo mas sagrado. Créeme si te digo que cada vez que follaba con tu amigo los remordimientos de conciencia era mas hirientes, porque pensaba que no te merecías que se te tratase así. Ahora me doy cuenta que ese famoso sexto sentido que se nos atribuye a las mujeres funcionó al ciento por ciento en mi, porque detrás de esos remordimientos vivaqueaba una reconfortante e inexplicable sensación de revancha, que no entendía como podía convivir con ese remordimiento, pero ahora todo es claro. Yo creía que esa  satisfacción que se colaba por entre los entresijos del remordimiento era el castigo, justo castigo, por no saber hacerme sentir como yo me merecía, como una mujer en sazón, en la cumbre de su vida sexual que desperdiciaba lastimosamente en tu cama. No era eso, no, era el conocimiento, el olfato, tu aura sucia o el cerebro de reptil, ¡yo que se!, lo que me hacia saber que tu me engañabas e hizo que me rindiese a los requerimientos y galanteos de tu amigo.
Se había levantado con el vaso en la mano a medio consumir y vuelta hacía la puerta, con el mentón hundido en el pecho y la mano libre sujetando su frente comenzó a sollozar.
-          Te quería, cabrón. ¿Por qué tenías que engañarme con mi mejor amiga? ¡Yo te quería!.
-          María, no, escucha, aquello sucedió hace tiempo, no significa nada para mí. ¡No hay nada! ¿Por qué me has engañado tu con Federico?, es lo último que habría creído de ti. Además comenzó antes, mucho antes de que Esther, la muy traidora, quisiese separar nuestro matrimonio contándote dios sabe que cosas.
Se levantó él también y fue a abrazarla por la espalda. Ella se desembarazó del abrazo de Roberto con furia y recompuso su debilidad.
-          Olvídalo, Roberto. Se acabó. No hay marcha atrás. Me voy a vivir con Federico, no soportaría volver a acostarme contigo pensando que tú a quien abrazabas era a Esther. No voy a hablar más. De ahora en adelante que se pongan de acuerdo los abogados.
Dejó el vaso en la losa de cristal que hacía de encimera y mientras se desliaba la toalla de la cabeza salió de la cocina, decidida, sin una vacilación, camino del piso superior.
Roberto se dejó caer sobre la silla con la vista perdida en el vacío. Al parecer su vida había terminado. Ni la preparación que traía para enfrentar lo que fuese, ni la calma para aceptar lo sospechado le sirvieron para aminorar el dolor del rechazo, de la ruptura. Estaba confuso, sin capacidad para tomar ninguna decisión. Su mente iba de la irritación con Esther, por irse de la lengua en el peor momento, a la ira contra Federico por haberle traicionado tan marranamente, pero no sabía como dar forma a esos sentimientos. Estaba agarrotado e insensible, querría haber podido llorar, desahogarse, gritar, desgañitarse, pero no podía. Podía definir su estado como de anestesia afectiva, todo le daba igual.
No sabía el tiempo transcurrido, pudo haber sido un suspiro o una eternidad, pero de su estatismo le saco el sonido de la puerta al cerrarse. En ese momento comprendió lo que había sucedido, la realidad le aplastó del todo.
Ella se había ido para siempre y la soledad en la que quedaba, no era un estado trabajosamente conseguido para mantener un espacio de intimidad en el tráfago de la vida domestica sino que era ya para él una forma de vida. Los ojos se le arrasaron de lagrimas; hundiendo la cabeza entre sus brazos arregazados sobre la mesa.



Blanca, se levantó cuidadosamente de la cama para no despertar a Larry. Miró el despertador que marcaba las ocho de la mañana y encamino sus pasos a la ducha. Mientras el agua caliente acariciaba su piel ella se restregaba con fuerza intentando arrastrar cualquier vestigio de la noche en compañía de aquel viejo. Se sentía dolorida por delante y por detrás pero le compensaba si pensaba en su madre y consentía aquellas degradaciones con tal que no le faltase ni gloria bendita. El creía que soportaba aquella relación por el dinero para regalarse una vida muelle y nunca sospecharía en que lo utilizaba ni quería que se enterase, eso sería como envilecer a su madre. Nadie podía saberlo, prefería pasar por ser una zorrita descarada cuyo única meta era vivir a lo grande.
-          ¿Ya te vas, gatita?
Salía de la ducha envuelta en una sabana y vio a Larry que desnudo sobre la cama exhibía su erección pugnando por asomar entre una montaña de grasa con grosero impudor.
-          Tengo que marcharme Larry. Mañana entro temprano a trabajar y tengo mi apartamento abandonado, tengo muchas cosas que ordenar.
-          ¿Por qué te empeñas en trabajar, gatita?, conmigo tienes todo lo que puedas necesitar.
-          Me gusta lo que hago, Larry, de verdad. Además, no soy ninguna mantenida, yo no puedo estar al albur de que un día te canses de mi o que encuentres a otra.
-          Venga, quédate un ratito mas, no seas mala.
Blanca con resignada seriedad, no dejando resquicio a ninguna duda, se quedó mirándole durante unos interminables y densos segundos.
-          No puedo. De verdad. Esta tarde no veremos, ¿vale?
-          Como tú quieras, me tendré que aliviar yo solo.
-          ¡A tu edad!, resérvate, sátiro.
Se acercó a el y mientras le acariciaba su sexo le rozo suavemente los labios, con los suyos.
-          Guarda tus fuerzas para esta tarde. Espérame aquí a eso de las siete.
-          No pienso levantarme de la cama gatita, aquí estaré cuando vengas.
-          ¡Anda!, no seas vago, levántate y desayuna, repón fuerzas, las necesitarás ésta tarde. Estaré impaciente.
El tiempo de tomar el ascensor fue el preciso para borrar de su mente a Larry. Sus pensamientos íntegros fueron para su madre, que a estas horas, ya, tampoco la estaría esperando, como siempre, aunque algo en su interior le aseguraba que agradecía aquella obligada visita. Le provocaba profundo dolor el pensar en esa ausencia indiferente con la que la recibía y aún más con la que se despedía, porque ella no sabía que se despedía, todo parecía darle igual pero ella necesitaba tener fe, creer que algo se le movía a su madre en su interior, solo que era incapaz de expresarlo; siempre lo asociaba a un ordenador sin monitor, se tocase la tecla que se tocase era imposible saber cual era el resultado. Le provocaba desasosiego el pensar que tocaba teclas equivocadas que provocaban errores en el interior del cerebro de su madre y eso la hacia sufrir, pero no podía dejar de intentar interaccionar, mejor eso que la inactividad.
Gloria, su madre, era una mujer alegre, a pesar de la mala vida pasada, su prematura viudez y las penalidades pasadas para sacar adelante a esa única niña; ella. Hubiera querido ser médico como su padre, ¡aquel maldito accidente!, ¡aquellas inhumanas guardias!, el sueño que rinde al volante y toda una vida destrozada, la de su madre. Solo pudo darle aquellos estudios de auxiliar. Al principio se reían de aquellos despistes, eran realmente graciosos y las dos disfrutaban de una vida que al fin parecía enderezarse. Todo transcurría placidamente, incluso sus kilos de más que algo le acomplejaban  los apuntaba al debe de su felicidad y los daba por bien empleados. Pero, aquellos despistes fueron menudeando y su madre se mostraba cada vez mas ausente. En el hospital, el neurólogo fue concluyente, aquello que comenzó como una causa de risas y bromas lúdicas, tenía nombre: Alzheimer. Se le administró medicación pero el pronostico no podía ser mas sombrío.
-          Mira Blanca, en la actualidad, con ésta medicación, se podrá ralentizar la evolución dos, quizá tres años, después tendrás que pensar en internar a tu madre. Por muy doloroso que te resulte vete buscando una institución especializada y empieza a realizar las gestiones, porque el proceso es irreversible. Tu no podrás ocuparte de ella y a estos pacientes hay que vigilarlos todas las horas del día. Toma, esta es una lista de establecimientos a los que puedes acudir, pregunta precios, negocia, vete preparando su internamiento, hay mucha lista de espera.
Cuando salió de la consulta, estaba mareada. En sus oídos resonaban las palabras del médico, “el proceso es irreversible”, de forma machacona, incurable, eso quería decir, incurable. Pensó en su madre que se encontraba sentada en la sala de espera, algo ausente y ajena a la sentencia dictada.
-          ¿Qué te ha dicho?, ¿me voy a morir, no?
-          ¡Que tonterías dices mama!
Apretó las mandíbulas hasta hacer rechinar las muelas mientras pugnaba por tragarse las lágrimas y a pesar de ello le rebosaban tumultuosas corriendo mejillas abajo.
-          Quédate aquí mama, me estoy haciendo pipi.
Entró en el servicio, se metió en una cabina y sentada en la taza hundió la cabeza entre sus manos y lloró desesperadamente. Se calmó por obligación y recomponiéndose de la mejor manera posible ensayó delante del espejo su mejor sonrisa.
Recordaba el dolor que tuvo que soportar mientras disimulaba con su madre. Ese era el dolor que se reeditaba cada domingo, como éste, en que una vez más tendría que tragarse las lagrimas para no llorar delante de su madre. En alguna ocasión, que la debilidad le jugo una mala pasada y las lágrimas se asomaron a saludar a su madre, ésta se le quedaba mirando muy fija, sin mudar el gesto, pero un rayo interrogativo le cruzaba el rostro durante un instante, solo un imperceptible momento, para volver a adoptar su mirada ausente de siempre.
Nadie supo nunca nada, ni en el trabajo ni entre sus escasas amistades. Comenzó a ahorrar de forma desesperada, para operarse de sus kilos de más, decía ella. De por si algo retraída, se volvió completamente introvertida, dejó de salir con nadie. Todo era para su madre, tiempo, dinero, palabras, todo.
Convencer a su madre en aquellas circunstancias que retirase el dinero de la indemnización del accidente de su padre no fue complicado. Gloria a ratos era consciente de que se le iba la memoria y fue delegando en su hija. El dinero es aquellos quince años había producido. Vivían modestamente de la pensión de viudedad. El otro dinero, el que dejaba el ralo interés, era para una vejez digna, así lo decidió desde siempre su madre y Blanca lo acepto sin rechistar. Ahora era menester utilizarlo. Se dedicó a su madre, quiso estudiar Medicina, para ayudarla. Imposible, muchos años, enfermería, haría enfermería, adquiriría destrezas para cuidarla mejor. No salía, ¿clases?, las imprescindibles, estudiar, cuidar, estudiar y vuelta a preocuparse de ella, solo ella, su madre, su queridísima madre.
Mientras conducía por una ciudad desierta de mañana de domingo, relajadamente, sin tener que preocuparse del tráfico recordaba aquel primer día en que tuvo que separarse de ella, aquella primera noche sola, desamparada en medio de aquella elegante, aséptica y fría residencia.
Volvía ella a casa con la alegría de su última papeleta con un soberbio sobresaliente que enseñar orgullosa a su madre y la casa estaba vacía. Una olla se requemaba en la lumbre con los últimos restos de comida socarrada a punto de inflamarse, el olor a achicharrado, el humo y la sensación de que el mundo se hunde. Apagar la candela y lanzarse escaleras abajo tropezándose, cayendo y levantándose sin sentir dolor, los ojos desencajados y gritando el nombre de su madre. Unos metros corriendo despavorida la calle del barrio de toda la vida y toparse de manos a boca con el señor Dionisio, el tendero, que conducía a Gloria del brazo camino de su casa.
-          ¡Mama!, Dionisio, ¿dónde estaba? Mama, ¿estas bien?, ¿qué ha pasado?
-          Señorita Blanca, Juani la de la mercería la ha visto en la boca del Metro pidiendo. Decía que como usted la mata de hambre no le queda más remedio que pedir para comer. Yo, que conocía bien a su padre, cuando éramos jóvenes, ya sabe usted señorita, que lastima de su padre..., pues eso, que yo sabía lo que usted se preocupa de su madre y he ido a buscarla. No me ha conocido. No sabía que estuviese mala. Lo siento, eh.
-          Gracias Dionisio, muchas gracias.
Aderezó las últimas palabras con unas irrefrenables lágrimas mientras que tomaba del brazo amorosamente a su madre y echándole el otro brazo por el hombro la condujo hasta su casa.
-          Mama, quédate sentada aquí. No te muevas, tengo que llamar por teléfono. No, no te levantes, ahí, sentadita ¿eh? Quietecita.
¿Residencia del Dr. Goya? Soy Blanca Martínez. Ya ha llegado el momento. Se me ha escapado de casa, se ha puesto a pedir...
Se le quebró la voz en ese instante. Sollozaba y sollozaba sin poder contenerse.
-          Señorita Martínez, tranquilícese, soy el Dr. Goya, tranquilícese. Ya hablamos de que esto pasaría, donde mejor estará su madre es aquí. Felicítese de que ha podido pagar esta reserva. Recomponga su ánimo y tráiganos a su madre. La esperamos. Lo siento.
El teléfono daba señal de comunicar y Blanca continuaba con él al oído, llorando desconsoladamente, sin saber que hacer. Sabía que ese instante llegaría pero nunca pudo imaginar que el dolor pudiera llegar a ser tan agudo. Finalmente dejó el auricular reposar con suavidad en el zócalo, cómo si todo lo que tuviese relación desde ese momento con su madre fuese obligatorio tratarlo con la mayor de las exquisiteces. Se secó torpemente los ojos con sus manos y fue a sentarse al lado de su madre, se abrazó a ella y volvió a deshacerse en llanto. Gloria era lo más parecido a una estatua, como si no fuese con ella, inexpresiva, hasta que finalmente reaccionó.
-          No llores mama, no te apures, ya veras como papa vuelve.
Ese fue el detonante. Le había llamado mama y sabía que sucedería. El dolor se le hizo insoportable. Se levantó del sillón y corriendo se metió en su cuarto y hundida en la cama gritó y gritó hasta desgañitarse. De súbito, como animada por un resorte recordó que había dejado a su madre sola y corriendo, seca la fuente de la amargura como por ensalmo, se plantó en la sala. La puerta de la calle abierta y la ausencia de su madre de donde estaba sentada la enloquecieron.
-          ¡Mama!. Dios mío, otra vez no.
Volvió a lanzarse escaleras abajo alcanzándola en el portal donde, dubitativa, no se decidía si tirar a la derecha o a la izquierda.
-          Vamos a casa, tenemos que hacer una excursión.
Sin rechistar, ni oponerse se dejo conducir hasta el piso, donde sin perderla de vista Blanca le hizo una maleta con una muda y un camisón.
A pocos kilómetros de la ciudad, de la carretera general, salía un pequeño camino pulcramente asfaltado y flanqueado de cipreses, que al cabo de unos quinientos metros desembocaba en una verja cerrada y vigilada por un circuito cerrado de televisión. Bajó del coche y pulsó el interfono.
En aquella primera ocasión, en que se acercó a aquella residencia para enfermos incapacitados hizo lo mismo, pulsar el timbre. Cuando le franquearon la entrada quedó impresionada del cuidado de los jardines, la limpieza de los caminos y la sensación en general de reposo y sosiego. “Esto debe costar un riñón. Me parece que esto no es para nosotros”, se dijo para el cuello de su camisa. Con estos pensamientos fue recibida por el Dr. Goya en persona. Inspiraba confianza, maduro, impecable, elegante sin ninguna concesión al exceso. No podía decirse que olía a perfume, olía a médico limpio. Su aspecto predisponía a creerse todo lo que te dijera. Para colmo su timbre de voz era cálido, enamoraba, envolvía y te acunaba. Se rindió. Su madre, sin sombra de duda, estaría allí como en ningún lugar. Era el más caro de todos los que había visitado, pero se las arreglaría, haría miles de guardias, doblaría turno, no dormiría, pero su madre permanecería allí.
-          ¿Señorita Martínez?, la estábamos esperando. Le abro.
Cuando regresó al coche, Gloria ya estaba intentando salir del sin conseguirlo. Blanca la reconvino suavemente, como a un niño, y entró en la propiedad.
En la puerta de la residencia, desde la altura de los cinco escalones que le separaba del camino el Dr. Goya esperaba con un rictus grave en la cara. Con extrema solicitud sujetó a Gloria por el codo y la condujo al vestíbulo.
-          Cuanto tiempo sin vernos, Doña Gloria, ¿cómo se encuentra?
-          Aquí..., he venido..., yo..., esto..., mi madre...
La cara de desorientación pero intentando mantener cierta dignidad, hacía que su habito fuese lastimoso.
-          Bueno, bueno, Doña Gloria, no hay porque dar explicaciones. Acompáñeme al despacho. Blanca, cuando termine de cumplimentar los datos del ingreso pase al despacho.
-          Lo que pasa..., es que con las prisas no me he traído la chequera. ¿Le importa que le haga mañana una trasferencia por el ingreso y el primer mes?
-          En absoluto. Cuando usted pueda.
Una vez aposentada en su habitación, una luminosa y amplia estancia a modo de apartamento con una salita pequeña y coqueta y un dormitorio amplio, tuvo que marcharse para no tener que ponerse histérica al tener que dejar a su madre abandonada. Le daba la impresión de que la dejaba tirada, a pesar de la pequeña fortuna que aquello costaba, un abandono caro, pero abandono al fin.
Una vez más en lo alto de aquellos cinco escalones de la entrada el Dr. Goya fue claro y profesional.
-          Está mal, muy mal. Desde la última vez que la vi ha progresado mucho la enfermedad. Por otra parte es joven y fuerte, no tiene otra patología, lo que hace presumir una larga y dolorosa enfermedad. Lo siento, de veras. Haremos lo posible y lo imposible por aminorar el progreso del mal pero...
-          No siga, todo eso ya me lo he dicho yo. Me da igual, el tiempo que sea será bueno para mí.
Ahora delante de aquellos cinco escalones lo recordaba todo como si hubiese ocurrido esa misma mañana, como si los años transcurridos hubiesen sido un suspiro, como si aquellos dos primeros meses de guardia tras guardia, casi sin dormir, hubiesen servido para algo más que para pagar las propinas. ¿Qué caro era aquello?, si no llega a aparecer Larry no habría sabido que hacer. ¡Que de dinero parecía el de la indemnización y que poco duró!. Ya nada importaba ahora, tenía y de sobra; el yanqui pagaba.
Mientras conducía lentamente, morosamente, mirando constantemente por el retrovisor, como si tuviese miedo que lo pasado dejase de existir, con el remordimiento redivivo de cada domingo por abandonar a su madre en la jaula de oro que le proporcionaba su relación con Larry, miraba los altos cipreses verde azulado elevándose muy enhiestos, orgullosos dando al paseo hasta la autovía un aire aristocrático. Habría preferido quedarse a dar la cena a su madre, como le dio la comida, aunque le hacia sufrir ver ese constante amasamiento de sus faldas, el eterno mareo de la comida en la boca que le desesperaba y tenía la odiosa virtud de despertarle los mas amargos remordimientos por sentir esa impaciencia, ese prurito porque tragase y se acabase el sufrimiento de ver a su madre en ese estado. Y luego, ese constante olor a heces inútilmente camuflado de ambientadores, desodorantes y antisépticos, olor a muerte dolorosa e inútil, cruel y estéril. Eso no era vida, no era la vida. Su madre funcionaba, como una maquina bien engrasada, aunque obsoleta, pero no estaba viva, su madre hacía tiempo que desapareció, delante de sus narices, dejándole un fantasma en su lugar que se la recordaba.
-          No creo que pase mucho tiempo antes de que haya que colocarle una sonda de alimentación. Creo que se da usted cuenta.
Si, se daba cuenta. No quería que se lo recordasen. Por su profesión lo había visto en innumerables ocasiones y le parecía la solución mas acertada. Un paciente cuya familia se negó a la sonda nasogástrica, murió al hacer una aspiración de alimento a pulmón y no fue nada agradable ver el duelo de esa familia echándose en cara mutuamente la culpa por no permitir ese recurso de ensañamiento caritativo con un inocente. Pero su madre era otra cosa. Su madre no. Solo de pensar en el mal trago de colocarla era ya una tortura y más aún ver a su madre atada porque se la querría arrancar hasta que su naturaleza se resignase a verse anclada a un tubo de plástico por el que inyectar papilla. Que no pudiese volver a saborear aquellos dulces que tanto le gustaban le dolía más que las nauseas que tenía que reprimir cuando Larry le pedía una felación. ¿Era aquel organismo su madre?, ¿merecía todo aquello, después de todo por lo que había tenido que pasar?. ¿Hasta que punto podía darse cuenta de algo? ¿Sabía lo que decía cuando de tarde en tarde, mirándola fijamente, le decía: “¡que te estoy haciendo pasar!”. Cuando pensaba que lo mejor para ella sería que muriese, era incapaz de valorar si lo pensaba por egoísmo o por que creía que era lo mejor para ella. Todo esto le provocaba sentimientos encontrados que le producían un pellizco en el estomago que le obligaba a consumir ansiolíticos constantemente. Siempre le parecía poco el tiempo que pasaba con su madre pero cuando se encontraba allí era tal el dolor por el menesteroso estado en el que la veía sumida que solo deseaba salir corriendo para no volver la vista atrás y vuelta a la culpa.
Se incorporó al flujo de vehículos que transitaban en poca cantidad en ese momento por la autovía, alejándose de la ciudad, continuó hasta el cambio de sentido y se dispuso a poner a prueba sus nervios en la caravana de tarde de domingo que se dirigía a la ciudad. Larry estaría esperándola y llegaría por lo menos media hora tarde. No querría enfadarlo.
-          ¿Larry? Soy Blanca. Estoy metida en un atasco increíble, llegaré un poco tarde.
-          No te preocupes gatita mía, estaré esperándote calentando motores.
En ocasiones era divertido, pero en eso era algo rácano, la mayoría de las veces se mostraba procaz y grotescamente rijoso. Se congratuló que fuese domingo noche, la sesión sería corta aunque no por eso menos desagradable. Pensó en la jornada del día siguiente para mitigar la angustia que le producía el tener que volver a pasar por el fielato del yanqui para poder mantener a su madre en la residencia. Dejó la mente en blanco, puso la radio para que el murmullo de la crónica de los partidos del domingo le impidiese seguir el curso del pensamiento lúgubre que venía desarrollando y se limitó a dejarse llevar por la corriente de vehículos hasta perderse en las calles de la ciudad.



Se quitó los zapatos y echó a caminar hacía la ciudad. Lloraba de rabia e impotencia. En ese momento recordó que tenía el móvil. Rebuscó en la oscuridad de la noche en su bolso hasta dar con el instrumento aquel, estaba raro, pesaba poco y no respondía al pulsado de teclas. Entonces se dio cuenta que no tenía batería. Maldijo a su amiga, había sido cruel con ella. Volvió a tentar el fondo de su bolso y no conseguía dar con ese objeto plano y compacto; seguramente, pensó, al tirar el bolso de esa manera el golpe debió desprender la batería y salirse, ¡cualquiera la encontraba en medio de aquella negrura! Es lo que faltaba para el duro, sola, desamparada y sin teléfono, siempre pasaba lo mismo cuando mas falta hacia. La tentación era en ese momento sentarse allí mismo a esperar lo que tuviera que ocurrir, pero su temperamento recio heredado de su abuela le obligaba a echar un paso detrás del otro.
Mientras caminaba cansina por el arcén los coches pasaban a toda velocidad levantando polvo y soltando en ocasiones pequeñas chinitas que en ocasiones le golpeaban las piernas haciendo que gritase inútilmente a los causantes involuntarios de su molestia. A cada nuevo paso la irritación contra María se hacia mas efervescente elucubrando la manera mas cruel de vengarse de aquella putada. Llegado su momento gritó.
-          ¡¿Por qué?!.
Cuanto más lo pensaba le resultaba más difícil de entender. Comprendía su irritación al enterarse de lo suyo con su marido, pero por lo menos podía haberla dejado en alguna venta o en una gasolinera, pero no, en medio de la nada, a esas horas. Estaba convencida de que desde que se montaron en el coche estaba decidida a jugarle esa mala pasada. Agradecía no tener que encontrársela en ese momento, habría sido capaz de estrangularla.
Al salir de una amplia curva a la derecha se topó con un cartel que anunciaba gasolinera, hotel y restaurante. Espacio hasta llegar dos mil metros.
-          ¡Dos kilómetros todavía!, ¡no!
Necesitaba decirlo en voz alta, escucharlo de su voz, convencerse de que era ella la que estaba viviendo aquella pesadilla y no la protagonista de un mal culebrón televisivo. Pero no cabía otra solución, revestirse de paciencia y seguir caminando hasta aquella salvadora área de servicio. A medida que restaba metros a la distancia, más se animaba. En un principio pensó en llamar un taxi desde la gasolinera pero a medida que la caminata y sobre todo los nervios, le restaban más y más fuerzas cambió sus primitivos planes por tomar una habitación en el hotel, darse un baño caliente y descansar. Al día siguiente, casi ya, era domingo. De día y con más calma ya vería que hacer. En aquel momento tomar otra decisión que no fuese descansar estaría condenada previsiblemente a la equivocación.
Finalmente avistó el área de servicio.
-          ¡Luces, por fin!
Fue casi una oración de acción de gracias. Los nervios se le aflojaron, las piernas también y se echó a llorar y cayó de cuclillas. Con la cara escondida entre las manos se mantuvo unos segundos hasta tranquilizarse; a pocos pasos ya estaba su salvación y su descanso. Llegando casi, se volvió a poner los zapatos lo que le costó su trabajo, se le habían hinchado los pies y presentaban rozaduras y alguna pequeña herida. Otra vez maldijo a María.
Al entrar en la gasolinera un empleado le salió al paso. A esas horas era extraño ver a pie a alguien con su aspecto. Miró el reloj, “joder”, se dijo, “la una de la madrugada, ya domingo, María no tienes perdón”.
-          ¿Se le ha averiado el coche?, ¿quiere que llame a una grúa?
No iba a ponerse a explicar que su mejor amiga le había jugado una mala pasada. No iba a ponerse a explicar nada.
-          No, ya por la mañana, ahora estoy demasiado agotada, muchas gracias. Voy a ver si hay habitación en hotel, si no la hay entonces veremos, gracias otra vez.
El empleado le sonrió de una forma extraña, una sonrisilla escéptica y preñada de suficiencia y teñida de sarcasmo que Esther quiso interpretar como que le iba a resultar difícil encontrar habitación. Le daba igual, lo intentaría.
Se dirigió a la puerta donde un luminoso intermitente en color violeta anunciaba que había habitaciones. Todo el perímetro de la construcción estaba enmarcado en luces de neón, esta vez de iluminación permanente en dos colores, violeta y rojo. “Que hortera, dios mío”.
Entró y se dirigió a la recepción. Un empleado entrado en años, con no muy buen aspecto le depositó un par de toallas en el mostrador y la llave de una habitación mientras le preguntaba.
-          Eres nueva, ¿no?
Mirando por encima de su hombro hacia la entrada y poniendo cara de extrañeza volvió a preguntar.
-          El caballero ¿dónde anda?
-          ¿Qué caballero?
El viejo alzó el tono de voz.
-          ¿Quién va a ser, coño?, ¿no será una mujer?, aquí no quiero guarrerias de esas.
Esther empezaba ya a estar harta de sorpresas. Estaba descolocada.
-          Yo..., no le entiendo.
Nada mas terminar se le hizo la luz. Estaba empezando a entender. Ahora encajaba la sonrisa cínica del gasolinero, las toallas sin preguntar, las luces de neón de ese típico color. Se indignó. Su voz sonó con una dureza que no dejaba lugar a dudas.
-          Un momento, un momento. Me parece que no nos estamos entendiendo. Ahí fuera un luminoso, pone “Hotel”. Yo no voy a discutir por el precio, estoy agotada, me he quedado tirada en la carretera y necesito descansar. No soy mercenaria y nadie viene conmigo. Por favor no me lo ponga más difícil de lo que ya lo tengo.
El hombre comprendió al instante que aquella mujer no era de las que el estaba acostumbrado a tratar.
-          Bueno..., usted perdone, no se, tendré que llamar al dueño, esto no es ni medio normal. Usted perdone eh, yo no quería ofenderla, usted perdone. Y eso de mercenaria yo no se que es.
-          Está perdonado, le entiendo perfectamente. Y lo de mercenaria es lo que usted ya sabe y si no, se lo imagina, que para eso está usted aquí. ¿Pero que puede pasar porque me alquile la habitación por esta noche?, le voy a pagar. A usted que más le da lo que yo no haga en la habitación.
-          Visto así... De todas formas necesitará usted una toalla para lavarse.
-          ¿Cuánto es?
-          No por dios señorita. Mañana me pagará usted. ¿Quiere que le avise a alguna hora?
-          Si a las nueve no me he despertado, me llama, ¿me hará usted el favor?
-          Descuide usted. Tendrá usted la edad de mi hija. Perdone por confundirla, pero ya sabe usted..., lo que uno ve aquí no es...
-          Hasta mañana.
La habitación era infernal, pensada para lo que estaba pensada. Sórdida, de mal gusto e incomoda. El espejo colocado en el techo justo encima de la cama despejaba cualquier duda si alguien con desusada buena fe todavía quería poner algún pero. El cuarto de baño al menos apestaba a lejía y eso era una garantía. Abrió el grifo de la ducha. Tardó en aparecer pero al fin, el agua comenzó a transformarse en vapor a medida que iba saliendo. Habría deseado sumergirse en aquella caliente agua pero a pesar de la peste a lejía le daba reparo poner en contacto su piel con el fondo de la bañera. Dejó que las gotas dispersas de agua le bautizasen el cuerpo arrastrando al husillo no solo el polvo de la carretera sino una amistad de toda una vida.
Relajada por el baño y cansada de la larga caminata se tumbó en la cama con algo de aprensión, pero la necesidad de descanso era superior a sus reservas en cuanto a la higiene de las sabanas.
Boca arriba, sobre aquel catre se veía reflejada en su ropa interior en el espejo de intencionalidad lúbrica. Se desnudó del todo. Había engordado algo, de eso no cabía duda, pero, así de espaldas el vientre se mantenía plano y los huesos de las caderas se le marcaban de una forma prometedora, su monte de venus conservaba buena parte de su triangular adorno, aún negro brillante que, con sus bien torneados muslos juntos solo dejaba adivinar su fruta prohibida. A sus cuarenta todavía estaba en condiciones de levantar alguna pasión. Se gustó.
Estaba agotada, pero el sueño no se presentaba, la imagen de María, desencajada, expulsándola del coche era la imagen que más se asemejaba a la de los ángeles de flamígera espada echando con cajas destempladas a Adán y Eva del paraíso. Algo no le cuadraba, su amiga no era así. Fueron muchos años de convivencia, muchas situaciones álgidas en las que la reacción ante acontecimientos muy adversos siempre estuvo presidida por la ecuanimidad y la mesura. Mientras que las lágrimas asomaban a sus ojos pensaba las horas de gozo sencillo y sincera camaradería que pasaron juntas. Seguía sin creerse que lo pasado fuese real, alguna razón de peso tenía que existir para ese comportamiento. Romper la amistad, de acuerdo, ¿pero añadir la maldad de abandonarla? Ya no se sentía dolida tanto por la faena sino por la pérdida de la amiga en que siempre se podía confiar. Podían pasar años sin verse pero el tiempo no existía, su amistad era intemporal, el tiempo pasado coyuntural, siempre era como si se hubiesen despedido hacía pocos minutos, ¿cómo se desmonta eso, por unos pocos minutos de sexo, en un abrir y cerrar de ojos?
Se secó las lágrimas, se tranquilizó un poco, apago la luz, cerró los ojos y el sueño misericordioso apareció.



Se había marchado. Con él. Sentía un doloroso vacío en el estomago y las ganas de vomitar apremiaban. Los músculos de la cara estaban atónicos y la piel fría. Rescató su cara del refugio seguro de sus brazos y regresó a la realidad imparcial e indiferente con su estado.
¿Así era como se acababa?, ¿de esta forma tan prosaica?, con un “Te quería. Cabrón” acababa toda una vida, un proyecto, un esbozo de vida eterna en felicidad. En ocasiones imaginaba que una vida como la suya iba a terminar de forma más teatral, más importante, pero aquel colofón a su biografía común no se correspondía con sus cánones. En una cocina, que se le antojaba extraña y fría como la de un apartotel, todo era consumado, despachado con dos malos pases de capote y una cornada sin pena ni gloria que para colmo de falta de grandeza no era ni mortal, dolorosa, para que demostrase a los cuatro vientos su falta de heroicidad, su minusvalía emocional, pero que le dejaba vivo para hacerle recordar siempre su incapacidad de bregar con la vida.
Pero tenía que ser indulgente con el mismo, ¿qué tendría que haber hecho?, ¿enrocarse en una posición numantina y exagerada y haberse liado a cuchilladas?, peor que peor, mas humillante aún para su inteligencia que le exigía un comportamiento civilizado y acorde con su estatus social. Se sentía obligado por su autoimagen.
Pero había que moverse, no se podía quedar allí indefinidamente, pero ¿adónde? Si al menos fuese lunes, el trabajo le sacaría de su postración, le haría olvidar un momento.
De forma automática, impelido por instinto se levantó y con el esfuerzo del que lleva la casa a cuestas, subió las escaleras dirigiéndose a la alcoba. A mitad de camino se detuvo, quedó estático durante lo que le pareció una eternidad. No sabía que decisión tomar, ¿ir a su despacho a conectar con su ciberamig@?, ¿para qué?, ¿llegar hasta el dormitorio?, ¿para qué? Preferiría quedarse como una estatua, allí, en medio del pasillo, que se detuviese el tiempo hasta que el se convirtiese en polvo inerte, dejaría de sufrir. Una vez más su curiosidad innata, su espíritu de aventura, el vértigo de lo desconocido marcó la diferencia, se dio media vuelta e inexplicablemente resuelto se encaminó a su despacho.
Se sentó al ordenador casi ilusionado por poder hablar con alguien desapasionado, que no se sintiese emocionalmente condicionado, aunque le pusiesen a parir, es más, casi deseaba que alguien le zarandease, que le pudiese dar otro punto de vista, que le sacase de la inercia de lamerse sus  heridas y encontrar placer en ello.
            “Adivina fat&ugly, ¡joder!, tenías razón. Tenía una amante y para colmo mi mejor amigo. Ya que eres tan lista, dime, ¿qué hago ahora?. Ha sido una cuchillada trapera a baja altura, que no me ha matado pero duele de la hostia. Dime algo, consuélame o mándame a la mierda pero necesito que alguien me diga algo. Lamento haberme puesto tan barriobajero pero es que estoy desesperado.
Un saludo”.
Nada mas pulsar la tecla de enviar se sintió liberado, relajado, podría decir que hasta feliz. Por algún vericueto desconocido de su cabeza se despeñó de golpe su pena, partiéndose la crisma, y le dejo aliviado,  era absurdo ese comportamiento, pero era de esta manera, y a pesar de sentir lo más parecido al remordimiento por no estar hundido, se congratulaba de poder compartir su disgusto y sentirse mejor. Permaneció durante un tiempo sin apartar la vista de la pantalla esperando el aviso de llegada de una respuesta. Con las manos cruzadas en la nuca la espera se fue prolongando más de lo que la cordura habría permitido hasta que se convenció de que, por el momento, o pudiera que nunca, no habría respuesta. Poco a poco la pena que creía enterrada, fue sacando sus manos de la tumba y apretando su corazón, con más ahínco que antes, cortándole la respiración, el aire no le llenaba los pulmones, la angustia hacia acto de presencia otra vez, todo fue un espejismo. Ni al ciberimbecil ese, le interesaba más allá de llenar su  tedio, lo que a él le pudiera ocurrir. Se divirtió un rato a su costa, disparó por elevación con ganas de joder  y atinó, nada más. Ni a nadie que no fuese él mismo le iba a interesar su marasmo sentimental.
Quizá Esther..., pero no, era su amiga del alma y seguro que la disculparía y para mas inri le iba a asignar la culpa de todo. No estaba para aguantar más broncas.
La almendra de todo era la que le martilleaba sin cesar y le hacia sentir ya el maldito dolor de cabeza: ¿qué había hecho él para que María se dejase caer en los brazos de Federico?, o que había dejado de hacer.
En realidad los últimos meses, ¿años?, no habían pasado de ser dos compañeros de piso, no llevándose mal, que muy de vez en cuando se dan un homenaje, sin compromisos. Cuando el no podía ir a comer era ella la que tenía un almuerzo con algún cliente y las noches que ella estaba relajada en casa él siempre tenía o guardia o una reunión de esas que llaman científicas. Si tenía un viaje de fin de semana ella se negaba a ir, “todas son iguales, vista una, vistas todas, además para escuchar sandeces de cuatro estúpidas engoladas, me quedo en casa, pero vete tu, yo prefiero quedarme en casa, he tenido una semana de locos”. Al principio no se separaban para nada. Fue cuando empezó a trabajar. Su primera venta fue todo un acontecimiento y lo celebraron cómo solo se podía celebrar en un matrimonio joven y enamorado. Después de pasar unos últimos años descorazonadores en los que la relación se iba haciendo rutinaria y en la que ella se iba apagando y secando como una rosa en agosto, envejeciendo de ánimo que era peor aún, aquel trabajo la rejuveneció, incluso parecía que sus arrugas se difuminaban y el rictus de amargura en sus labios se deshacía. Volvió a frecuentar la peluquería, la esteticista y su ropa adquirió forma y color y con todo ello dejo de estar en casa cuando el regresaba y en otras ocasiones ya estaba dormida, ya se sabe, “una complicada negociación para cerrar un contrato millonario”. La verdad es que sus ausencias para comer menudearon los seis meses anteriores, en los que a toda certeza los pasaba con su amante, pero él no se daba cuenta de nada, su agotamiento estaba perfectamente justificado. Se habría jugado su carrera sin dudarlo, que María le fuese infiel no era ni una hipótesis, como mucho, la locura mentirosa de un enemigo con ganas de fastidiar.
¡Que tonto, que insensato!, ¿qué le habría hecho creer a él que su mujer no podría adornarle la cabeza?, una de dos, o el se sobrevaloraba o subestimaba a su mujer. Como fuera, su felicidad tocaba a su fin. ¿Felicidad?, todo el tiempo, los años transcurridos, de autómata, ¿podía considerarlos felicidad? Bueno, y ¿porqué era obligatorio ser feliz? Todo el mundo tiene como meta la felicidad, ¿por qué esa mitificación de ese estado que realmente nadie alcanza? ¿O es que María, su María, era ahora feliz por estar en brazos de Federico? ¡Es que su meta era hacer a su mujer la mas feliz del mundo!, si ahora lo era ¿por qué se apenaba? El cinismo, su cinismo, una vez más, intentaba salvarle del naufragio. Se daba cuenta, ahora, amargamente, que creyendo buscar la felicidad de su mujer, solo intentaba encontrar la suya; egoísmo, nada más. Eso subyace detrás de cada búsqueda de felicidad, intentar la felicidad del otro en la medida que sea la nuestra la que encontremos. ¡Si no puedo ser feliz, que nadie más lo sea! Si, como siempre le dijeron, la felicidad suprema está en buscar la del otro primero, ¿por qué se sentía como se sentía?. Estaba defraudado, no solo porque María le engañase, sino por llegar a la conclusión de que ese sentimiento, la felicidad, no existía. ¿Se puede vivir, sin el espejismo de la felicidad?, ¿es posible la existencia asumiendo la ausencia de felicidad?, ¿es la ausencia de felicidad la tristeza?
 Se pasó nerviosamente las manos por la cabeza mesándose los cabellos para acabar haciendo con sus manos una mascara tras la que ocultar su cara. Eran demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados interrogantes martilleándole y perpetuándole el dolor de cabeza. Sería mejor asumir que de ahora en adelante tendría que vivir en un espacio límbico en el que ni frío ni calor le hiciesen palpitar el corazón.
Un pitido corto, seco y penetrante acompañado de un parpadeo de pantalla le avisó de que un mensaje entrante pugnaba por ser leído. Esa alarma sonora tuvo la virtud de distraerle de sus pesimistas pensamientos pero se mantuvo quieto, inmóvil, saboreando por anticipado el mensaje. No sabía cual iba a ser su contenido, le daba igual si le ponía a caer de un burro, era alguien que se comunicaba,  no estaba absolutamente solo, la peor y más viscosa y mas fría y mas desconcertante sensación que se puede experimentar. El aviso confirmaba que era de fat&ugly, la respuesta a su correo, pero prefería imaginar una respuesta lenitiva, un consuelo, un placer; ¿era el placer la felicidad? Necesitaba sexo, era incomprensible, pero necesitaba un encuentro sexual, anónimo, rápido, una gratificación en medio de tanta amargura. Deseó que fat&ugly fuese una mujer, gorda y fea, le daba igual, un olor a mujer, una tersura de piel, un refugio suave, húmedo y caliente a su impulso. Se censuró por ser tan asquerosamente lubrico y urgente, en esa situación tan vulnerable y complicada.
Pulsó el botón de “leer”.
            “Mi cornudo amigo, je je, no te ofendas, era solo una broma. ¿Estás jodido eh? ¿Cómo quieres que yo sepa lo que tienes que hacer?, ¡tu sabrás!. De cualquier forma reflexiona coño, piensa con tu cabeza grande: te ha tocado la lotería, ¿no te das cuenta que no te quiere? ¡Que le den! ¿Y tu mejor amigo?, con esos amigos no necesitas enemigos tío. ¡Eres libre joder!, disfruta de ello, no se que edad tendrás pero sea la que sea seguro que aún tienes capacidad de goce. Exprime la vida, sácale todo el jugo y emborráchate con el, hasta que te caigas de culo. Muere jodiendo, no hay nada más, créeme.
PD: ¿sabes?, me gustaría conocerte.”
Se sorprendió con una sonrisa bobalicona colgada de su boca mientras, hipnotizado, era incapaz de quitar la vista de la pantalla del ordenador. ¡Y le encantaría conocerle!
Una idea se fue abriendo paso en su mente. ¿Y si ese nick tan feo y raro fuese en realidad el contrapunto sarcástico a una mujer de bandera que le gustase pasearse por la red haciendo guiños cínicos?
Sus ansias de aventura y jugueteo una vez más le abrían horizontes, volvía a ser el joven bullanguero del que ya no se acordaba, enterrado en el aburguesamiento de una vida convencional y muelle. Se sentía bien, pero lo actual se imponía. El hecho manifiesto es que María no iba a regresar y hasta que no pasase un tiempo prudencial, no se repondría, y ese tiempo prudencial no le gustaría que fuese prolongado. Asumía que no hubiese felicidad para él, pero no le agradaba la incomodidad del vacío, de la ausencia. No era su intención hacer un duelo por perdida revestido de plañidera.
Ante todo, su vida, la suya propia, la que no experimentaba intersecciones con María, debía seguir siendo la misma, es decir, la profesional. No iba a consentir que su ejercicio se tiñese de luto porque a su mujer le pusiese calentita un cabrón con pintas como Federico. Y para ejemplarizarlo se iba a ir al Hospital a ver a su paciente hospitalizado.
¡No, joder, no, no tenía ganas de ir a ningún lado!, ¡solo quería morirse! Su sempiterno voluntarismo le aburría, no soportaba ser tan educado y urbano. Habría deseado ser el protagonista de un drama rural con sangre y desahogo.
Unas irreprimibles ganas de llorar le acudieron impetuosas a sus ojos, la nariz comenzó a escocerle desesperadamente. A pesar de todas las razones y sin razones esgrimidas, por mas convincentes que fuesen, una última razón, inexplicable, se abría paso a empellones desde lo profundo de su corazón. Era incapaz de dar forma de raciocinio a ese sentimiento, de crueldad impenitente, que no le importaba si le hacia penar o no, o quizá intentaba precisamente que purgase algún pecado cometido que el no conocía, pero que intuía que debía tener relación con su mujer. Incapaz de reprimir el llanto, de mantener la compostura, de la que le habían hecho rehén al educarle, el sonido del teléfono le echó una mano para obligarle a tranquilizarse.
-          Diga.
-          Roberto, soy María.
Había recapacitado. Era menester dejarle una salida honrosa.
-          ¡María, mi amor...!
-           Déjate de sensiblerías, Roberto, no es ya el momento, se te acabó, se nos acabo el tiempo. Esta tarde..., en fin..., voy a ir por mis cosas y mi ropa. Te agradecería que no estuvieses ahí. No quiero que esto tenga que ser más doloroso de lo que ya lo es. No te creas que yo estoy gozando con esto.
-          María, ¿por qué no hablamos? Joder, María, esto es mi casa también, y quieres que me vaya. ¿porqué?
-          Sigues sin entender nada. Voy a ir con Federico. ¿Quieres una escenita?, pues si eso es lo que quieres, ¡quédate! Iremos a las cinco estés o no. Allá tú.
Con el microteléfono en la mano y la mirada perdida quedó con la mente en blanco. Sinceramente no tenía idea que era lo siguiente que debería hacer. Al fin salió de su ensimismamiento y tomo su primera decisión: colgó el teléfono, y esa acción provocó toda una cascada de otras que dieron con él en la calle.
Cuando se dio cuenta estaba paseando sin rumbo, entre familias primorosamente endomingadas con su atadito de dulces camino de su ineludible cita con la paella. El no lo sabía, pero la razón de que le mirasen de reojo, no era que todos hubiesen sabido de su separación, algo que Roberto pensaba que llevaba pintado en la cara, era que se había calzado un zapato marrón y otro negro. Llamaba la atención cuando hubiera querido ser transparente. Continuó caminando, sin importarle donde, hasta llegar al parque que escoltaba el río a su paso por la ciudad.
Allí, apoyado en el barandal, teorizó con su desaparición. Se vio a si mismo flotando en las aguas del río con sus ojos muertos, fríos, inexplicables, intentando desentrañar los misterios de ese fondo que daba lo mismo cuan alejado estuviese de sus vacíos ojos. No le gustó la escena, le repugnó y la nausea se instaló en la base de su lengua, la boca se le llenó de saliva liquida depositando en aquellas depuradas aguas su vaciedad en forma de jugos acres. Cuando ya no tenía nada en su cuerpo, como nada había en su alma, un llanto sereno, consolador y tierno comenzó a lavar sus miserias, dejo de ser Roberto, médico prestigioso, triunfador y envidiado para convertirse nada más que en un indigente emocional que incapaz de comprender la vida en soledad solo encuentra proyecto a su vida en la muerte. Despojado de todo oropel de superficialidad, de cualquier atisbo de frivolidad que da el triunfo de las cosas materiales le inundó un sólido sentido de tranquilidad, de paz. A medida que las lagrimas cambiaban en su boca la amargura del vomito por el agradable sabor salobre de su propio ser  manado por la parte mas noble de su cuerpo, la que enlaza con los pensamientos directamente, fue recobrando la serenidad. Recordó entonces que hacía años que no se limpiaba la nariz con el dorso de la mano, ni sorbía los mocos, como cuando niño, libre, inmune a la convención social. Abrió la mente y comprendió que los adultos pierden la virginidad, la ternura, la frescura al hacerse correctos socialmente; la corrección social consiste en no ser natural, confundir a los prójimos, ¡que no nos lleguen a conocer, no sea que no les gustemos!, ¿en que clase miserable de gente hay que llegar a convertirse para poder ser aceptado socialmente? Se escuchó su voz como salida de otra garganta:
-          Estoy desvariando.
¿Cuántos años hacía que no lloraba?, ¡con lo bien que sentaba!, estaría desvariando pero se encontraba infinito.
Aspiró profundamente el aire húmedo del río, entorno los ojos y se reconcilió con el y con María. ¿Quién era él para sentirse dueño de nadie?, ¿de qué?, solo se es dueño de la propia humanidad y nos empeñamos constantemente en camuflarla con hojarasca que nos oculte a todos, terminando por ser desconocidos incluso para nosotros mismos. Eso es lo que le había pasado a él; debió llegar un momento que su mujer se encontró viviendo con un extraño que no le gustaba, que no era el que ella había elegido y sencillamente busco una salida..., y la encontró. Efectivamente, suya era la responsabilidad. ¡Cuánto debió sufrir María hasta tomar la decisión, dar el salto al vacío!, a sabiendas que le haría sufrir, porque estaba convencido que le seguía queriendo. Ahora se sentía afrentada pero más tarde o más temprano se hartaría de Fede y  volvería a tenerla. El remordimiento por el daño infringido a su esposa le hizo volver a llorar.



-          ¡Ya está!
Al tiempo que anunciaba el cumplimiento de su promesa le abría los brazos para permitir que el la estrechase.
-          Tengo que confesarte que no tenía ni idea de cómo enfocar este negocio. Y me lo ha dado en bandeja. Hombre, lo lamento porque he tenido que hacerle la gran faena en diferido a mi gran amiga Esther, pero la escenita de la esposa afrentada era imprescindible. Además en cuanto Roberto la llame para consolarse y Esther le ponga al día del incidente él se va a mosquear conmigo y eso le ayudará a olvidarme.
-          Espera, espera. ¿Qué me he perdido? De lo único que me he enterado es que le has dicho a tu marido que se acabó, pero lo de la faena, ¿qué faena es esa?
-          Anoche quedamos a cenar ¿no?, bueno, pues cuando llegué yo, ya estaba allí Esther y al parecer Roberto le había confesado sus temores de que yo tuviese una aventura. Vamos, Esther, me conoce mejor que a ella misma y en cuanto lo negué, me leyó los ojos como si fuese un luminoso, pero sus ojos fueron para los míos igual y en ese instante supe que ella había tenido o mantenía aún, una aventurita con Roberto. Estuvimos las dos muy civilizadas hasta terminar de cenar y cuando tocó marcharse, como Esther al parecer llegó en taxi, me ofrecí a traerla y en el coche le monté el numerito de la esposa despechada y rematadamente iracunda. La imprequé, subiendo el tono hasta que en el colmo de la indignación la deje tirada en medio de la autovía. Fue una guarrada, lo se, pero era preciso escenificar toda mi amargura para poder cargarme de razón y mandar a la mierda a Roberto con fundamento.
-          Eres una perfecta cínica cariño, no me extraña que se te den tan bien los tratos. Bueno, ¿y Roberto cómo se lo tomó?
-          Se quedó de una pieza, te lo puedes imaginar. No sabía más que balbucear. Me dio pena, le vi tan indefenso, tan entregado, pero no le iba a ceder ni un palmo de terreno. Lo reconozco, me ensañe un poco, pero la presa, en su aventura con Esther, no era para soltarla sino para zarandearla hasta quedarme con el trozo entre los dientes y así lo hice. Y para terminar de joderle la vida remate la faena diciéndole que le quería pero que su infidelidad no tenía forma de componenda. Allí se quedó congelado, como la imagen de un video y creo que hasta con rayitas y todo. Por cierto, que le voy a llamar para decirle que vamos a ir esta tarde a recoger mis cosas.
-          María, coño, ¿no pretenderás que vaya contigo?
-          ¡Pues claro que vas a venir!. Por eso voy a llamarle, para que se vaya a dar una vuelta y nos deje el campo libre. Me pone a cien echar un polvo en su cama..., en mi cama, vamos.
Mientras llamaba a Roberto, Federico se quedó sopesando su dureza, su frialdad su ausencia de emociones. ¿Quién era en realidad aquella mujer?. A medida que escuchaba como se desarrollaba la conversación fue invadiéndole un escalofrío fino y desasosegante. No le gustaba lo que estaba viendo. No mostraba ni la mínima conmiseración con el que todavía era su marido, aunque solo fuese por el tiempo vivido en común. Algún momento de felicidad habrían tenido, algún orgasmo compartido incluso pero, al parecer eso no tenía el menor apunte en el haber de la relación. Todo se había resuelto en un inmenso debe que le lanzaba a la cara con toda la saña de la que era capaz y por lo que veía era mucha. Desde luego, dijese lo que dijese no estaba dispuesto, no ya a pegarse, ni siquiera a discutir. ¡Coño, Roberto era su amigo! Le había levantado a su mujer, de acuerdo, pero de ahí a regodearse con la faena iba un trecho que no iba a recorrer, ni por María ni por ninguna mujer. Desde luego no se iba a colgar por ella. Lo suyo duraría lo que tuviese que durar y punto.
-          A las cinco. No estará, te lo aseguro.
Colgó el auricular y poniendo carita de mimosa se le acercó echándole los brazos al cuello y obsequiándole con un beso sensual, cálido y suave que fue aumentando de tono e intensidad hasta convertirse en un acto lujurioso en el que su lengua exploraba ávidamente la boca de Federico. Dejó caer los brazos del cuello acariciando en su camino hacia las nalgas el torso con avaricia. Federico, enardecido por esa demostración de deseo sin dejar que el beso se deshiciese, la cogió en brazos y la condujo hasta el dormitorio.



-          Me tengo que marchar ya Larry. Tengo que trabajar.
-          Pasa la noche aquí, gatita, no me dejes tan solo. Te prometo que no te tocaré.
-          No puedo Larry, de verdad, tengo el uniforme limpio en casa y allí tengo mis cosas. Yo te llamaré.
-          ¿Qué necesidad tienes de trabajar, gatita? Te puedo dar lo que tú necesites y más, creo que te lo he demostrado y no tengo que repetírtelo más veces.
-          No volvamos a empezar Larry. Me voy.
-          Como tú quieras. Dame un besito, gatita mía.
Le dio el beso, contuvo esa extraña y sempiterna nausea a duras penas y sin decir ni una palabra más se marchó.
No comprendía muy bien como podía ser que al dar un beso a cualquiera y especialmente  a Larry sintiese esa nausea coloreada de cariño. La ambigüedad. La ambigüedad de saber que a pesar de comportarse como una mantenida, ella sabía que no lo era. Quizá la nausea no era debida al otro, ni siquiera a Larry, sino a ella misma. Se asqueaba de no haber tenido la suficiente entereza para afrontar la enfermedad de su madre sin tener que venderse. No sabía ya si por todo lo que estaba pasando era por su madre o por no sufrir ella en su carne la desesperación de verla postrada en ese estado de vegetal insensible. Estaba empezando a hartarse de tanta confusión y tanta culpabilidad que le ahogaba, sintiéndose responsable del Alzheimer de su madre.
Al entrar en su casa y encender la luz, se quedó, como cada vez, desde que faltaba su madre; plantada en el umbral, inundándole la pereza por entrar y cerrar la puerta pensando que ya nunca escucharía aquel “hija que tarde, me tenías ya con cuidado”. Finalmente, como cada vez, daba el paso fatídico y de una patada a modo de coz de rabia, dando un portazo, cerraba la puerta. Solo podía cerrar de esa manera, nunca encontraba presencia de ánimo para resignarse a aceptar que la puerta era algo mas que un trozo de madera; era una barrera infranqueable que le separaba, para siempre, de su madre.
Con su semblante triste, el de cada noche, y la dura obligación de su aseo nocturno se puso el pijama, el que le regaló su madre el ultimo invierno que pasó allí, se preparó un vaso de leche caliente y se metió en la cama.
Blanca iba de la mano de dos personas. Una, Gloria, su madre, la otra no la conocía, tenía la cara de Larry, pero no sabía quien era, y sin embargo la sentía como si fuese su padre. Caminaba entre ellos y una corriente de felicidad y confort le recorría el cuerpo, el pequeño cuerpo que aún tenía. Les miraba a los dos alternativamente para lo cual debía echar la cabeza muy atrás y ellos le correspondían con sonrisas de satisfacción. La gente al cruzarse con ellos les paraba y preguntaba por ella haciéndose lenguas de lo mayor y lo guapa que estaba. Caminaban por una calle muy bonita llena de árboles frondosos y arriates de flores de todos los colores. No reconocía la calle pero sabía que iban a su casa. Al llegar, se sorprendió de que no sacasen ninguna llave. Se quedaron frente a la puerta, que era la del despacho del Dr Goya, hasta que su padre toco el timbre. Aquel sonido le resultó desagradabilísimo y comenzó a llorar. Como nadie abría su padre siguió insistentemente pulsando aquel botón en la pared y a medida que aquel sonido se le clavaba en sus oídos de niña pequeña mas miedo le daba, tal llegó a ser el terror que finalmente despertó inundada de sudor y comprendió que aquel timbre que tan insistentemente sonaba era el de su teléfono. Encendió la lamparilla de la mesa de noche y miró, guiñando los ojos, heridos por la luz, el despertador. Las tres de la madrugada y el cacharro aquel, no cejaba en su empeño de que lo descolgase. Cuando finalmente se hizo con la situación, se tiró de la cama con la imagen de su madre grabada a fuego en su cabeza y el corazón galopando de angustia por lo que sospechaba que iba a revelarle aquel aparato.
-          Diga, diga.
-          ¿Blanca Martínez?
-          Si, soy yo, ¿quién es?, ¿qué quiere a estas horas?
-          Le llamo de la Residencia del Dr. Goya. Su madre, doña Gloria, acaba de fallecer. Lo siento. Nos hemos permitido iniciar los trámites del sepelio, según las indicaciones de su ficha de ingreso.
Se le cayó el auricular de la mano. Comenzó a marearse y noto que la vida se le escapaba por sus ojos que paulatinamente iban quedándose ciegos. La entrepierna se le inundó de orina que resbalaba piernas abajo. En el último momento comprendió que se desmayaba y le dio tiempo a sentarse. Después, vacío, oscuridad. Se despertó con un pastoso dolor de cabeza y empapada las bragas de una humedad fría, sin saber que estaba sucediendo. Recordó la llamada de teléfono al tiempo que la frialdad de aquella garra de hielo que le atenazaba el corazón le quitaba la respiración. Cuando las lágrimas se confabularon, para presentarse en sus ojos, todas a la vez fue en el momento en que una profunda inspiración la salvó de la asfixia y ya fue incapaz de contener aquella marea de dolor agudísimo que le traspasaba el cuerpo entero. Al detenerse el tiempo, no supo que permaneció allí sentada llorando más de una hora sin poder tomar ninguna decisión. Cuando al fin se hizo otra vez con su persona comprendió que ella era la única familia de su madre. Iba a estar sola con ella y no se sentía con fuerzas para soportarlo. Se había hecho la composición de lugar miles de veces y sabía que iba a ser muy desagradable y difícil de soportar pero hasta esos limites de sufrimiento ni en el peor de los escenarios pensados. Debía ir a lavarse, vestirse y marchar a la Residencia pero el desmadejamiento le convertía sus piernas en trapos sin posibilidad de gobierno. Ella, que se creía que era inmune a la necesidad de ayuda, que nunca se vería en el trance de pedir apoyo, rebuscaba ahora desesperadamente en su memoria alguien a quien acudir, alguien con una mano lo suficientemente cálida como para consolarla y prestarle el calor humano que necesitaba para enfrentarse a la realidad de juzgado, sin trampas ni paliativos. Era como la citación al juicio de su vida en la que se le juzgaría su actuación para con su madre. ¿Acciones?, ¿Omisiones?. Se derrumbaría sola. ¡Esther!, llamaría a su compañera, era buena con ella, aunque ella, a veces fuese tan desagradable con todo el mundo. Busco en la agenda de su móvil. Había registrado su número, estaba segura. Efectivamente, allí estaba.
-          ¿Esther? Perdona las horas.

4.11.12




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