XXIV
- Y eso es todo. Tengo las
cartas aquí. Ahora que él se ha ido puede usted llevárselas. Nunca las leí. No
porque no tuviera oportunidad, él me daba toda la libertad del mundo, que es
con la que él vivía, pero no me hizo falta leerlas, ¿para qué?, si le tenía a
él. No se crea que no estoy apenada, fíjese, todo este trabajo por hacer y sin
su presencia que allanaba todos los caminos, nada veía difícil y siempre estaba
de buen humor cómo si nadie ni nada pudiera ofenderle. Solo vivía y murió por
sus prójimos. En ellos encontraba la paz. Estoy segura que perdonó y no solo
eso, que amó, a los que, le cosieron a puñaladas mientras estaban matándole,
por eso yo soy incapaz de rencor. El lo veía todo de otra manera. Me decía,
“escucha lo que dice el silencio y todo tendrá encaje y explicación”. Nunca lo
terminé de entender del todo pero cuando sus palabras salían de su boca era
perfectamente comprensible, su cuerpo entero lo hacía comprensible.
- Pero usted me ha referido
cosas que sucedieron, si no lo he entendido mal, cuando él estaba en el
monasterio.
- Cuando regresó del
monasterio libre y pletórico de vida quiso atar todos los cabos. Enterarse que
había sido de Rosa, en que circunstancias murió el padre Alfredo, en fin,
cerrar capítulos de su vida. Habló con todo el que quiso hablar con él y de esa
forma terminó por reconstruir lo que yo le he contado, el vicario, el
sacristán, el padre de Rosa, la policía. Cuando hubo colocado cada incógnita
con su respuesta y se dio por satisfecho apareció por aquí.
- ¿Tenía premeditado venirse a
vivir aquí?
- ¡Como se ve que no le
conocía! Una vez que calmó el prurito de verdad que le inquietaba se sintió
plenamente libre para salir al mundo a darse. Pasaba por aquí cerca haciendo
dedo. Quería irse al sudeste asiático, ¡fíjese!, que lejos se quedó. Pero como
él nunca hacia planes. Escuchó gritos, los míos y sin pensárselo dos veces
corrió en dirección a la angustia, cuando todos huyen de ella. No sé como pudo
amedrentar a los dos esbirros de la mafia que secuestra chicas para venderlas a
los harenes de los degenerados esos. A él no le gustaba que yo dijese esas
cosas, pero me sigue indignando que desaparezcan niñas y niños y como somos
pobres que a nadie le interese. En aquella ocasión querían llevarme a mí. De
haber sabido que tenía dieciocho ni lo habrían intentado pero siempre he sido
muy aniñada, incluso ahora no aparento mi edad. El caso es que los puso en
fuga, mi madre, viuda de un alcohólico que la pegaba por deporte, se lo quiso
agradecer invitándole a comer las papas que había hecho y le contó sus cuitas y
las de todos los vecinos del poblado. Se quedó con nosotros y nos ayudó de
todas las maneras imaginables. Me enteré de que era cura después de tener su
segundo hijo, cuando decidió que quería bautizarle de su mano. Era todo un
hombre. Fíjese que a su ejemplo vinieron voluntarios a seguirle pero él no
quería seguimientos ni liderazgos. No ha entrado ni una ONG en este poblado sin
que Emilio le diese el visto bueno. Desde que le asesinaron no han parado de
llegar gentes de todo tipo, espoleadas por su fama, que él no deseaba. Todos
quieren ayudar y yo soy el que los tiene que organizar. Nos llueven las
donaciones y ya se me hace difícil manejarlas. Tanto dinero es malo, acabará
por traernos buitres, como la miel atrae a las moscas. Menos mal que ya no lo
verá.
- Pero, se sabe ya quien le
mató.
- Claro que se sabe, pero como
dice la policía, no hay pruebas, tienen coartada. Eso da igual. El no hubiese
querido que se le hiciese el menor daño, porque él no daba ningún valor a lo
que hacia, sencillamente era su obligación y disfrutaba con ello. Ahora
perdóneme, tengo que ocuparme de los niños y dentro de nada, estarán ya aquí los voluntarios y habrá que darles
tarea.
- ¿Era un santo?
- ¡Que bobadas! Eso, como
decía Emilio era delirio consumista de santidad. Hace falta merchandising de
santidad y se necesitan santos. Santos somos todos, hombre, ¿no sabe que somos
hijos de Dios? Perdóneme.
Me había llamado la atención un suelto en la página
de sucesos de un periódico de tirada provincial que cayó en mis manos en uno de
tantos trasbordos que debía hacer por mis constantes viajes para hacer
reportajes a gentes de todo tipo. Decía el suelto:
“Un
físico nuclear que vivía en la concentración de chabolas de levante muere
apuñalado. Se sospecha de una mafia que se dedica a la trata de blancas. Al
funeral que ofició el Obispo de la diócesis acudió una representación vaticana
y contó con la presencia de innumerables personas que llenaron hasta abarrotar
la parroquia”.
Era altamente sorprendente que al funeral de un
físico nuclear acudiese una representación vaticana y encima lo oficiase el
Obispo.
Cuando llegué al poblado Remedios, su viuda, me
recibió con bastante prevención y me costó más de un viaje hacerme de su
confianza. Tuve la inmensa suerte de que fuese una mujer de inteligencia
natural con una innata capacidad para retener lo que escuchaba. Cuando le
convencí para que me contase la historia me advirtió:
- Repito las cosas tal y como
las he escuchado y a veces como las he escuchado tantas veces las refundo, pero
no me puede interrumpir, tendría que volver a empezar de nuevo. Así, que no me
interrumpa o tendría que volver al principio.
Le mostré mi acuerdo y durante cerca de un mes
estuve yendo a su casa para grabar lo que ella recitaba, a veces sin sentido.
Todo lo que me refirió lo ordené según mi leal saber
y entender y esto es el resultado, retazos de la vida de un hombre, que
apartado de las normas, fue autentico hasta la santidad, aunque a él no le
gustase ese calificativo.
LAS CARTAS
Cuando recibí de Remedios, la mujer del padre
Emilio, las cartas de su amigo Boni, que ella nunca había tenido curiosidad de
leer las saqué y ordené por orden cronológico. Entre ellas, unas ya las había
recitado Remedios y mi magnetófono las registro con algunas pequeñas variantes
con respecto a las originales que a continuación se adjuntan. Y me encontré una
carta más de la que Remedios nunca llegó a saber su existencia. Una única carta
del padre Emilio dirigida a un Boni ya muerto hacía años pero en mi opinión la más
entrañable y valiente. Se adjunta al final de las de Boni.
CARTA Nº 1 DE BONI A EMILIO.
Noche del 30 de septiembre de 1983.
Queridísimo amigo mío: este viernes todavía no se si
tendré el valor necesario para hacerte llegar estas letras, no se que temo más,
si tu burla o tu rechazo, aunque mis sentimientos sean absolutamente legítimos,
¿qué sentimiento puro, solo por el hecho de serlo, no lo es? No debería
avergonzarme de lo que me susurra el corazón pero temo perder tu cercanía, tu
presencia cerca de mi.
Es madrugada y soy incapaz de pegar un ojo, solo
pienso en ti, en tu cara, tu ceño cuando te enfadas y en tu hilera de dientes
blancos cuando te ríes. Me da coraje, no sabes hasta que punto me enrabieto,
cuando al dejar volar mis alma a los dominios de la tuya mi cuerpo responde,
reclamando el protagonismo que yo no quiero darle. Desearía ser solo materia etérea
para que no pudiese materializarse de ninguna manera mi anhelo, mi sed de ti.
No, amor mío, no. No es tu sexo lo que yo quiero.
¡Que paupérrimo sería mi amor si lo intentará resumir en una incomoda tirantez
aliviada torpemente con una caricia más torpe aún! Es lo que yo siento por ti más
profundo, más radical. Muchas veces,
como esta madrugada, no puedo reprimir las lágrimas imaginándote aquí cerca de
mi, sonriendo ante mi azogue, condescendiente con mi candidez. Entonces solo
puedo dar rienda suelta a mi melancolía derramando mis impaciencias sobre una
hoja de papel y en muchas ocasiones solo puedo plasmar mis frustraciones en
forma de mal poema.
¿Sabes?, esta mañana al salir al patio me dejaste
apenado. Comprendo que te llame la atención Julia. La envidié y le deseé lo
peor. Luego me arrepentí, que culpa tiene ella de que yo te quiera. Tuve que
hacer denodados esfuerzos para no llorar de rabia y pena. Solo supe sentarme en
el rincón de la basura, el sitio que en ese momento pensé que me correspondía,
y escribirte esta poesía.
¿Dónde
has dejado los ojos, amor?
No
eres capaz de ver, aunque mires
No
sabes entender, aunque escuches
Sentirás quizá, de mi alma
el dolor.
¿Es que no ves de mi cara el
color,
cuando en mi cara tus ojos
posas?,
¿No oyes el tremolar de mi
voz
Cuando es tu voz que mi oído arrulla?
¿Hasta cuando habré de
atesorar
en lo hondo de mi roto
corazón
las dulces palabras de amor
que no me atrevo a pronunciar?
Tristes versos, ya ves, que no son capaces, para mi
desgracia, de revelar la infinitud de lo que siento por ti, amado Emilio.
Es tarde ya, ¿sabes? Cuando por la mañana me
preguntas por las ojeras quisiera decirte que son tuyas, que las disfruto, no
las sufro, porque las he conseguido pensando solo en tu persona, pero se
consume mi alma sin podértelo comunicar, que aún más profundas las daría por
bien empleadas si algún día me acariciases aunque solo fuese por equivocación,
¡pero eres tan reservado!, y prefiero que así seas, eso me consuela de que
nadie más es dueño de tus manos, que poseen, de tus manos, que sostienen, de
tus caricias, de ti. Me he consumido de celos, amor pero como solo deseo tu
felicidad callo estoico ante lo inevitable. A fuerza de carecer, de pasar pena,
he aprendido a gozar con lo mínimo. El acompañarte al ir o regresar del
instituto ya es para mi alcanzar el cielo.
Ya me despido de ti, amor. Sueño con que llegue el
lunes y pueda volver a permanecer cerca de ti, rozándote descuidadamente
mientras vamos a clase. Un prieto beso, un abrazo fundido con tu corazón.
Bonifacio.
CARTA Nº 2 DE BONI A EMILIO.
Tarde del 5 de Octubre de 1983
Querido y entrañable amigo Emilio: hoy habría
matado. No he podido esperar a la noche, en que el silencio provoca magia y
magnifica los sentidos ciegos que son los más potentes, los más severos, los más
fecundos.
La irritación que he sentido ante el trato al que te
ha sometido el cabrón de filosofía me ha provocado tal dolor de estomago que no
me ha dejado ni comer, y en su lugar me he tenido que zambullir en la hoja en
blanco. La exclusiva forma de aliviarme es escribiéndote otra vez, manifestarte mi incondicional amor, desearte
con vehemencia, respirar tu aire y apurar el amargo vaso del ridículo, la humillación
a la que te han querido reducir esta mañana.
Habría sido el ser más realizado si hubiera podido
cambiarme por ti. He vivido esos minutos de zozobra con angustia. Habría
deseado acunarte, abrazarte, protegerte y cubrirte de besos. He llorado secas lágrimas
de rabia y de dolor que me han anegado el alma ahogando todo sentimiento de
indulgencia hacia cualquiera que quisiera ni siquiera rozarte con mala
intención, mi amor.
Pero has salido triunfante, has sabido plegarte como
un junco y no te han podido violentar, has resistido todos los embates y al
final has dejado en evidencia al inútil que intentaba cubrir su incompetencia
con la descalificación. Esa respuesta sobre lo que él suponía que tu no podrías
saber nunca de la navaja de Guillermo de Ockam le ha descolocado. He gozado con
tu triunfo. No solo te quiero Emilio, te admiro, te respeto. ¿De donde sacas el
tiempo para ser tan culto, mi amor?
Cuando caminábamos de regreso a casa me he sentido
orgulloso de poder marchar a tu lado. Tu no reparabas, pero nos miraba todo el
que se cruzaba con nosotros, a ti, sorprendidos de tu belleza y tu prestancia,
a mi de envidia por ser tu acompañante, por poder tenerte tan cerca. ¡Ay!, no
tan cerca como yo quisiera, pero al menos puedo estarlo tanto que puedo oler tu
colonia por las mañanas y tu sudor fresco cuando regresamos y eso me
tranquiliza, me sosiega.
Es tanta la ternura que me inspiras que solo puedo
plasmarla en cuatro medio versos deslavazados, pero estate seguro que sinceros
y llenos de ilusión.
Aspiro
tu perfume y me embeleso,
Oigo
tu voz, que se avecina recia,
Hablando
fiera de sus viriles cosas
Y
el alma brincando se me extasía
Sin
atreverse siquiera a interrumpir
Ni
contestar, para del momento
No
romper el ensalmo de magia
Que
me trasporta a otro mundo
En
el que la muerte no existe
En
el que tu eres el Dios
En
el que yo, tu amante esclavo
Solo
la felicidad encuentra
Si
te sirve hasta la muerte.
Algún día, quiero creerme, me miento constantemente
en este miércoles, que pueda hacerte llegar estos míseros papeles para que
sepas que hay alguien que estaría dispuesto a entregar su vida si eso, aunque
de forma minúscula, te satisficiese.
Escribirte estas líneas mal engarzadas me ha servido
para tranquilizarme y solo sospechar que alguna vez las puedas leer me ruboriza
y me entra vértigo si fabulo que te tocan el corazón y por lo menos no me
desprecias.
Te querré para siempre, aún después de muerto, te
querré.
Bonifacio.
CARTA Nº 3 DE BONI A EMILIO.
Nochevieja de 1983/1984. Madrugada triste
Muero de tristeza y celos amor mío. Y me recrimino
por sentir celos. Se que estás con Julia en el cotillón y a pesar de llevar
preparándome para esta catástrofe desde que me enteré, no por eso la puñalada
es menos dolorosa. Se que no tengo derecho a ti, se que nunca podrás
comprenderme ni aceptarme como amante, ni siquiera como esclavo, porque
¿sabes?, me conformaría con estar a toda hora cerca de ti, tu mera
contemplación colma mis expectativas, solo deseo permanecer a tu sombra,
olerte, verte, sentirte, intuirte y servirte. Pero no, me recrimino porque
sentir celos de ti, es alguna manera de rechazo, porque encrespa mi anima en
contra tuya y cualquier sentimiento por muy tenue que sea, por muy justo que
sea, que te cuestione, no me lo consiento, porque todo lo que tu hagas bien
hecho está y yo no soy quien para afeártelo.
¿Llegará el día en que pueda confesarte todo esto
cara a cara? Me atenaza la posibilidad de tu rechazo, de tu burla, de tu
desprecio. No lo soportaría. Preferiría acabar mis tediosos días de una manera
rápida aunque trágica, a tener que arrastrar mi desengaño en la seguridad que
no existirá consuelo de ningún tipo en este valle de lágrimas. ¿Te das cuenta
que eres mi Dios?, ¿que fuera de ti no existe la felicidad para mi?, por eso,
el no poder encontrar la forma de vinculo contigo, troncha cualquier salida
digna y honrosa a mi existencia. ¿Comprendes, mi amor, que mi mundo acabará
cuando de tu boca salga el temido “no”? No te merezco, ¿ves?, me rindo antes de
empezar a luchar.
He cenado con mis padres y tía Elvira, ¿te
acuerdas?, la solterona que me hacia felaciones cuando yo era pequeño. “¡Que
suerte, cabrón!”, me decías. Ella cree que yo no me acuerdo, pero el asco, la
repugnancia, el rechazo que sentía en aquellos momentos se grabó indeleble en mi
memoria. He aguantado hasta después de las uvas, luego no he podido más que
venir a mi cuarto a intentar que el aire entrase en mis pulmones, a intentar
que mi corazón no estallase en pedacitos deleznables. Necesitaba la soledad
para construir tu imagen dentro de mi sin que le faltase un detalle y poderte
poseer mío, solo para mi y sentirte y derramar lágrimas de alegría al
engañarme, cerrando los ojos, viéndote a mi lado. Odio tener que dar
explicaciones absurdas y traicioneras de las lágrimas que derramo cuando pienso
en ti soportando a duras penas las
muestras de apoyo de mis padres que creen que pueden aliviarme las penas. Y yo
solo puedo disimular, travestirme de adolescente ingrávido y caprichoso que
llene y dé sentido a los planteamientos paternalistas y encasillados de los dos
seres que más quiero y más lejos quisiera ver en esos momentos. Porque cuando
mi madre me pregunta por las lágrimas y tengo que mentirle estoy pecando contra
ti, me hago indigno de ti y me desespero porque me aleja.
Cuento los días, amado Emilio, que aún faltan para
que comience el curso, para poder volver a caminar a tu lado, rozarte por
descuido, sujetarte por la cintura cuando nos atascamos en la puerta del aula o
demorarme cuando voy delante de ti para que tu cuerpo empuje el mío.
Quisiera escribirte un poema esta noche,
obligatoriamente mágica, que no lo es para mi si tu no estás y esta soledad
cruel me seca el alma y me devasta el espíritu no dejándome más que palabras de
desconsuelo y desamor sabiendo que te embelesa a estas horas la cercanía, el
calor, la humedad de Julia.
Pero no voy a cejar, seré quien soy a pesar de todo.
Si intentase ser otro te perdería definitivamente, no porque tu me rechazases,
sino porque yo no tendría vergüenza de mirarte a la cara. Te lo digo mejor con
estos versos. No voy a venderme a emociones y afectos, mi amor no es moneda de
nada.
Perdido,
abatido, desazonado y débil
Me
voy ahogando, resignado,
En
un mar de dudas, exhausto, febril,
Como
castigo. Indultado por la vida,
Atenazado,
esposado y preso,
De
mis propios miedos y emociones
Transito,
cadáver bello, entre muertos
Y
carroña dulce, que me hiere y me tortura
Por
no querer gustar su hedor, dócil.
Numantina
resistencia a diluirme,
La
aterida desnudez es preferida
A,
de uniforme de orbe indumentado
Confundirme,
en deseos, anhelos y votos
Con
el común de vacíos fantasmas
Que
aíslan, excluyen y escupen
Todo
disconforme con seguir viviendo.
Y para mi seguir viviendo solo se concibe si es a tu
lado. Te quiero mi amor. Te querré aún después de dejar este miserable y
desnudo cuerpo aquí.
Boni.
CARTA Nº 4 DE BONI A EMILIO.
Tarde del día de Reyes de 1984
Amor mío tu llamada de ésta mañana ha sido no solo
mi mejor regalo de Reyes, ha sido “el regalo de Reyes”. Y no únicamente porque
te hayas acordado de mi sino porque a partir del lunes voy a poder fundir mi
pecho en tu espalda y reposar mi mejilla en tu hombro cada día, al ir al
Instituto, y mi pena es que éste año hayan caído los Reyes en Viernes y tendré
que esperar aún dos eternos, inacabables días, antes de poder tocarte.
Tu voz. Mi corazón se me ha querido salir del pecho
cuando al descolgar el auricular he oído ese “¡macho, Boni, que me han traído
la moto!”, tan varonil, ten ilusionadamente brusco, tan sencillamente básico.
En mi cerebro ese timbre bronco de tu voz ya hecha, de hombre, en tu cuerpo de
aún adolescente, ha tenido el balsámico efecto del árnica. Mi madre se ha
alegrado sorprendida cuando al colgar el teléfono, me he abalanzado sobre ella
y la he comido a besos. Eran para ti, ¿sabes?, reventaba de gozo, era preciso
que se los diese a alguien y ese alguien era mi madre que ha tenido justo
consuelo al disgusto de la mañana cuando no he hecho demasiados aspavientos al
ver mis regalos, ya sabes lo de siempre, cassettes, alguna camisa y una chupa
de cuero, que me parece que te habría ido mejor a ti, realzando tu espléndida
figura de atleta, a mi se me antoja demasiado dura, muy ariscaza para mi
estilo.
Te tengo que pedir perdón Emilio. Al recibir la
gozosa noticia de que te habían comprado la moto y al sentir que tu contabas
conmigo para llevarme a clase cada día, he imaginado mi cuerpo muy cercano al
tuyo y la erección que he tenido, aunque placentera, me ha disgustado porque me
ha parecido que prostituia mi amor hacia ti. He sentido que te ofendía, que te
afrentaba, pero enseguida me he disculpado, he purgado mi falta al negarme a
dar satisfacción a mi cuerpo por más que me haya estado importunando toda la
mañana impidiéndome que se cayese de mi imaginación mi pecho contra tu espalda,
tu calor fecundando mi ilusión en un viaje que se me imaginaba interminable
alejándose el Instituto cada metro que tu flamante moto nos acercaba a él. No
he tenido valor para volverte a llamar después de comer para quedar a que me
enseñases la moto y poder verte. Temía descubrirme y no estoy preparado para tu
rechazo, prefiero vivir en la incertidumbre, prolongar el suspenso hasta donde
sea posible y cuando ya sea materialmente imposible ocultar mi condición de
secreto amante, obrar en consecuencia. Se que mi final es morir porque no
concibo ningún tipo de proyecto de vida en la que tu no presidas cada acto,
cada movimiento de mi vida. Si no pudiera ser así, ¿qué sentido tendría seguir
arrastrando una existencia insulsa y rutinaria sin saber qué final me reservaba
el destino?, prefiero ser yo el dueño de mi destino si no puedes serlo tu y
decidir cuando se ha de poner el punto y final.
El
futuro se viste de nada sin ti,
Mi
vida oscurece su gozo, llora
Cuando
tu sonrisa, seria, se hiela
Y
se clava impía en el frenesí
De
mi adoración por tu piel
Y
castiga con un desprecio de rictus
De
asco y rechazo por el temblor
Que
tu presencia me provoca.
No
es tu culpa, mío el pecado
De
quererte sin derecho alguno
A
esperar que tu alma se evapore
Con
la temperatura de mi mirada.
Quedo tranquilo. Espero anhelante este lunes que me
pueda dar el oxigeno del alma sin el que moriría, tenlo por seguro.
Espero que no tengas que leer nunca esta cartas que
necesito como el aire, o el alimento, para poder seguir sobrellevando esta
melancólica existencia. Si llegas a leerlas, ten por seguro que te estaré
hablando desde la otra parte del amor, esa a la que es preciso llegar
renunciando hasta a la vida y en la que nada puede dañarte salvo la existencia.
Nada en este mundo o en el otro conseguirá coartar
mi amor, eso, el amor que siento yo por ti, nadie, ni tu, amor, podrá
quitármelo y para mi ya es suficiente.
Bonifacio.
CARTA Nº 5 DE BONI A EMILIO.
Madrugada del 10 de Abril de 1984
Esta primavera, Emilio, permite tener abierta la ventana,
y a estas horas de la madrugada, el frescor del ambiente contribuye a encalmar
el volcán rugiente en que se ha convertido mi corazón ésta mañana y aún a estas
alturas permanece efervescente. Todo el calor de mi sangre, al helarse esta
mañana en mis venas, fue directo a mantener incandescente la irritación que me
produjo el verte llegar con Julia de paquete en tu moto. A partir de ese
momento, mareado, nauseoso, ya no he sabido que ha ocurrido a lo largo del día.
He estado ausente en clase, he estado ausente en casa y mi espíritu se ausentó
de mi, en pos de otros mundos en los que el sufrimiento no fuese la única
opción cuando pensaba en ti. ¿¡Porqué, porqué, porqué!? ¿Es que disfrutas
riéndote de mi? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta aún de cuales son mis
sentimientos? ¡Es tan evidente! ¿No te has percatado de las sonrisitas a
nuestro paso, los cuchicheos a nuestras espaldas, los meneos denigratorios de
cabeza? Yo si me doy cuenta y me siento orgulloso de ello, no hay mejor
galardón para mi que me hagan de pareja tuya y me extraña que tu permanezcas
ajeno.
¿Te has dado cuenta y pretendes taparte aprovechando
a Julia como capa? No quiero pensar que, cobarde de la peor especie, estés
hurtándome tus sentimientos y engañándote a ti mismo. ¿Es eso cierto? No quiero
pensarlo, no quiero sentirme decepcionado de ti, te amo demásiado como para
pensarte rajado..., o tan estúpido como para no comprender que después de meses
de acompañarte todos los días al Instituto el trote de mi corazón no haya
traspasado tu piel y susurrado al tuyo que lo que hay entre nosotros es algo más
que un simple compañerismo. Y por eso nos has querido dar en las narices a
todos, y a mi de paso, utilizando a Julia como arma arrojadiza.
Si continuas en la misma actitud no se si podré
seguir mucho tiempo así, no soporto tu despego, tu frialdad, tu desamor. No
puedo entender, por muy macho que tu te encuentres, que no sientas algo de lo
que yo quiero trasmitirte. ¿No hablan suficientemente claro mis ojos?, no paran
de chillar que te quiero, que eres mi vida, que fuera de ti para mi no hay nada
más que la nada. ¿Qué piensas, que yo no leo los tuyos? Pienso. No, no pienso, se positivamente, que
ya te has dado cuenta y coqueteas conmigo, nadie puede ser tan insensible o al
menos tan insensitivo porque, ¿como podrás negar que no notaste mi tremenda y
apesadumbrada excitación?, a mi pesar, si, bien es cierto. No te quejaste, no
te incomodaste, ni siquiera intentaste apartarte en la medida de lo que permite
el exiguo espacio del sillín de la moto y así un día tras otro. Estaba
convencido ya de que disfrutabas de mi cercana presencia. ¿No comprendes que
las alas que me dabas cada vez eran más grandes y me permitían llegar más lejos
en mis vuelos? Has sido cruel, amor mío, has sido muy cruel y a pesar de todo
no puedo dejar de quererte. Se me acerca el final, y no quisiera hacerte sufrir
pero pienso que lo harás si yo no salgo de esta escena. Sufro tanto con tu
desdén que creo que es forzado, violento. Mírate dentro, analiza tus
sentimientos. ¿Qué de malo tiene el que me ames?, explícamelo, amor, ¿por qué
te niegas la felicidad? Yo se cómo eres y te quiero así. Se valiente, afronta
tu realidad, ¿qué hay de terrorífico en dejarse llevar del corazón?, es bonito,
¿no comprendes el daño que te estás haciendo?, no me importa sufrir por ti,
partirme en pedazos por ti, inmolarme por tu felicidad, pero siento que mi
sacrificio es estéril si tu te violentas los sentimientos y los achicharras
hasta reducirlos a cenizas. Se ahora que vas a leer esto dentro de poco, porque
se también que mis días se cuentan como escasos en la mente de los dioses. Me
acogota la melancolía y me asfixia la angustia de saber que tu amor no es que
sea imposible es que tu lo haces imposible.
Es ya tarde esta madrugada, apuro los minutos en
esta noche perfumada de azahar y me duele no poder disfrutar este ambiente como
se merece; contigo. Los dos lo vamos a sufrir a nuestro pesar, yo sufriría tu
parte, pero no puede ser, solo me conforta saber que ya no existiré cuando tu tengas que padecer y
te esperaré al otro lado con los brazos abiertos. Entonces podremos gozar,
desprovistos de todo aquello que para los demás es sucio y reprochable, el uno
del otro.
Te amo, te amo, te amo, a pesar de todo, a pesar de
tu esquivez, a pesar de mi. Perdona mi indignación, es la urgencia de mi amor
la que me presta la intransigencia que bebe directamente en la desesperación de
saber que nunca serás mío.
Te querré siempre pase lo que pase.
Bonifacio.
CARTA
Nº 6 DE BONI A EMILIO.
Viernes
28 de junio de 1984. Madrugada Sensual.
Querido amigo Emilio. Si, me resigno, amigo, solo
amigo. Y no he dejado de quererte, de amarte. Son mis sentimientos hacia ti los
mismos que hace meses pero más intensos, más tenaces, más sólidos, más serenos
y menos incendiarios, como el amor eterno de otoño, como el amor último que
solo necesita la mirada para penetrar el amado hasta el fondo de las entrañas y
no echa de menos la carne erguida para irrumpir en el alma del otro. Me embarga
una tristeza asumida para respetar tu libertad pero que me deja tranquilo,
sosegado, abrazado a esta tristeza que es tu alegría.
Se acaba el curso y no volveremos a vernos. Tu has
elegido Físicas, va contigo, aunque cercenas esa parte de ti que desconoces y
que antes o más tarde quizá, se personará ante tu conciencia a pedirte cuentas.
Emilio, mi amor, la vida es algo más que la Física que tanto adoras. Me ensimismaba
escuchándote hablar de la posibilidad de encontrar el origen de la vida, del
Universo entero, plasmada en una formula matemática, era tal la ilusión y el
empeño en la empresa que contagiabas y había que dejarse llevar y me enamorabas
cada vez más, como enamorabas a todos los que te escuchaban, aunque ellos no lo
supiesen y reaccionasen tildándote de pedante, asustados de su embobamiento.
Eso me gustaba porque eliminaba contrincantes que solo sabían chapotear en el
légamo de la estupidez, por muy listos que se creyesen; así eras todo para mí.
Esta madrugada, con el curso ya acabado, con el aire
perfumado de jazmín y dama de noche, de celindo y de verano me siento realmente
feliz, abandonado a la melancolía sensual de la sabiduría que solo da el amor
que todo lo entrega, hasta la vida, si ello fuera preciso, porque aunque se que
no te tendré, al menos no te perderé de mi memoria, asumo la perdida de tu
compañía en la seguridad de que no volviéndote a ver permanecerás dentro de mi
como siempre, inalterado, eterno, para mi, solo para mi, y ahí, tan dentro,
serás mi prisionero y no podrás abandonarme, te poseeré siempre.
La facultad de Ciencias, está al otro lado de la
ciudad, en el lado opuesto al campus de Letras de lo que me congratulo y en
cuanto a los sitios por los que nos moveremos salvo intercesión de hados de mal
agüero no nos cruzaremos jamás. Pero te he de reconocer una cosa, Emilio, sufrí
un sobresalto cuando después de decirte que posiblemente no volveríamos a
vernos me dijiste que lo sentías. Fue un rayo de sol cegador por entre los
nubarrones amenazantes de mi resignación, pero supe cerrar los ojos de mi
corazón a tiempo y no me deje deslumbrar, comprendí que no era más que el cumplido aterrador de un
conocido que no sabe como terminar una conversación, no era más que cáscara de
amor. Me preguntaste que porqué Filosofía Pura y no supe responderte sin
descubrir mis sentimientos hacia ti, te respondí que no me iban las
matemáticas, atropelladamente, por decir algo y salir del apuro en lugar de
decirte que para no volver a verte si no iba a poder tenerte.
Estoy tranquilo, ¿sabes?, ya he aceptado que te
perdí y si hace unos meses estaba decidido a poner termino a la tortura con una
muerte rápida, hoy prefiero seguir viviendo; pienso que si muero, no podré
volver a pensarte, a recrear tu abierta risa confiada, a ver el guiño eterno de
tus ojos que enamora solo con verlo una vez y ese hoyito de la barba que empuja
a acariciar tu cara. Prefiero sufrir, si ese es el precio que tengo que pagar
por no perder tu memoria. He conseguido reunir fuerzas para vencer la cobardía
que me empujaba a morir para terminar de penar, pero no sé si esas fuerzas
serían las suficientes si tuviera que convivir contigo a diario viendo como
gozas y te gozan otros, otras. Te confieso que he deseado que Julia muriese, se
desvaneciese, no sin antes tener que sufrir la décima parte de lo que lo hago
yo. Si tuviese que verte todos los días seguramente no me embargaría el sosiego
de saber que la intensidad del dolor de no tenerte ha llegado a su cima y lo más
que se puede esperar ya es que disminuya.
Espero, amor mío, que ésta tenga que ser el omega de
mi necesidad epistolar que algún día, no me cabe duda, leerás para que puedas
saber que has sido el hombre más amado del universo mundo, pues no me parece
creíble que pueda existir, ni haber existido alguien que ame tan intenso y más
entregadamente que yo.
Vuela
infinito a tu gloria
Corre
en busca del amor
Corre
sin descanso y luego
Decide
si es el dolor
De
buscar y no encontrarlo
El
mismo que a mi me anima
Aquel
que le da el color
A
tu ausencia decidida
Y a
las lágrimas da el sabor
De
la muerte más querida
De
la pena y el temor
De
perderte para siempre
De
perderte y sin amor
Perderme
en el desconsuelo
De
saberme prisionero
De
tu ausencia y mi dolor.
No creo, mi amor que pueda volver a escribirte, como
temo que pudieras llegar a leer alguna vez estas cartas. Las guardaré para
leerlas y releerlas yo cientos, miles de veces, cuando ya no seas sino una
sombra en mi memoria. No volveré a verte, no debo volver a verte, no quiero
verte más. Debo sobrevivir y enmarañado en la madeja de mi amor que tu no
puedes desenredar, terminaría por
ahorcarme. ¡Ah!, si una sola palabra tuya cayese como fecunda agua de
lluvia de otoño sobre mi alma sedienta de tu frescor, sería suficiente, pero no
es bueno que espere eso porque no ocurrirá jamás porque si eso ocurriera, el
agua más que empapar mi sequedad, resbalaría y se perdería para siempre, yo me
quedaría más sediento de ti que antes y tu no volverías a fecundarme.
Es mejor que corras sin descanso en busca de ese
amor que a mi me ha provocado ausencia y dolor. Ojalá lo encuentres.
Tu querido amigo Boni.
CARTA Nº7 DE BONI A EMILIO
Lunes
27 de Mayo de 1985
Mi querido y nunca olvidado Emilio, ¡que largo se me
ha hecho este curso sin ti! Me había prometido no volverte a escribir, me he
violentado a olvidar, no he podido y me alegro porque me confirma que mi amor
no era capricho de adolescente rijoso. Conseguí resistirme hasta hoy en la
supuesta seguridad de que negándome la memoria acabaría por arrinconar tus
ojos, tu boca, tu olor, tu presencia en el más profunda y olvidada grieta de mi
cerebro. Pero tu brillo dentro de mi, ciega, aunque cierre los ojos del alma y
por muy ladrillo que quiera ser, tu calor, que no se entibia, reblandece hasta
la piedra más dura.
Tengo la sensación de que he perdido un año entero
de mi vida. Cada vez que me levantaba hacía uso de toda la fuerza de voluntad
que podía reunir, sabiendo que no tenía sentido moverse si no te iba a ver un
día más. Y así y todo apilaba un día tras otro sobre mis espaldas, arrastrando
todo el peso de mi tedio, todo el peso de un cadáver, el mío, porque ya no
estoy vivo; mi corazón late, el aire penetra en mis pulmones y mi vientre bajo
se agita presa de las más bajas y animales pasiones, pero no, no estoy vivo.
Recuerdo cuando lo estaba, cuando el corazón galopaba desbocado y se me
enfriaba la cara y las manos la ver que de lejos, levantabas el brazo y lo
agitabas alegre y confiado saludándome. Cada día que pasaba, mi alimento era tu
imagen y mi aire tus palabras cuidadosamente, amorosamente conservadas en mi
cabeza.
Las clases asedan la aspereza de mi pena. Los
compañeros de curso se quejan de las aridez de las materias porque no conocen
el páramo sediento en que se convirtió
mi alma desde el momento que asumí que estabas perdido para mi. Pero, ¿sabes
una cosa amor? He descubierto algo maravilloso. Se puede, si, se puede amar sin
ser correspondido. Es más, el ser correspondido conlleva algo de transacción,
de mercadería, parece que supone que uno de los dos ha de pujar y el otro debe
poner el precio, siempre hay un precio, y depende de la añoranza del ser
querido que parezca un precio abusivo o siempre parezca barato. Pero no, mi
amor por ti no puede reducirse a unas cifras, aunque no se puedan escribir como
números. La infinitud de mi amor esta fuera de todo comercio, por eso el que yo
sea el único dueño de este bien me permite no pensar en ninguna contrapartida,
te quiero y eso ya me remunera y no es preciso que tu me correspondas, a mi me
basta con que yo te quiera. Pensar en que tu me pudieses corresponder me
ruboriza, me abruma, me supera. Me temo que te esté idealizando, pero que más
da, a mi me hace feliz.
Acaba el curso y una compañera, que me ha estado
asediando todo el curso, me ha planteado abiertamente que copule con ella.
¡Dios, Emilio!, soy virgen y soy tuyo y no te creas que no halaga al Narciso
que llevo dentro el que Davinia haya hecho resbalar su lasciva mirada sobre mi,
cuando es codiciada por la clase entera, pero cuando pienso en la sola
posibilidad de que no sea tu cuerpo el que se encuentre entre mis brazos se me aplaca
cualquier deseo y me siento incapaz de hacer sexo con nadie. He observado
también que un compañero me observa a distancia y me recuerdo a mi robándote
las presencias, doliéndome de tus ausencias y se que no podré colmar las
expectativas de mi compañero porque tu siempre estarás ahí, presidiendo mi vida
y mi muerte quizá.
Creo que aprobaré todo el curso, porque estudio a
todas horas para encalmar la galerna que agita mi espíritu y mi padre ha dicho
que iremos a pasar el verano a la sierra, a la casa del pueblo de mi abuela.
Pasaré los días bajo los olmos y las noche contemplando las estrellas
intentando imaginar que cada una de ellas brilla la décima parte de lo que
brillarían tus ojos si me mirasen con la intención que yo desearía.
Cae
la noche como sudario
Tenue
de tul ligero y negro
Escondiendo
la amargura
Pastosa,
sucia y opaca.
Pero
tu, aun iluminas
La
llaga abierta que sangra
Tu
ausencia, que supura
Angustia
y desesperación
Sabiendo
que tu marcha
Es
a la eternidad.
Que
tu perdida, sin remedio
Tendré
que tragar cruda
Aunque
las nauseas
Me
ahoguen, me asfixien
Y
me aniquilen.
Daría varias vidas porque pudieses leer estos versos que salen directamente del
surtidor impenitente de la ilusión de que me mires a los ojos y pueda leer en
los tuyos que no te soy indiferente.
Te quiero, amor mío, te adoro.
Bonifacio.
CARTA Nº 8 DE BONI A EMILIO
15
de Agosto de 1985. Madrugada del día de la Virgen.
No pensaba amor mío volver a tener que dirigirme a
ti pero el remordimiento me consume, me hierven las entrañas y no tengo idea de
lo que hacer para secar la fuente inagotable de lágrimas. ¿Qué he hecho?, ¿qué
te he hecho? Me cuesta trabajo confesarlo pero de no hacerlo creo que jamás
podría volver a evocar tu imagen sin que furiosos anhelos de consumir mi
existencia se hiciesen realidad. No tengo ganas de vivir más.
Esta noche, amor mío, esta noche. ¡Oh Dios, Dios!,
¿cómo pude?
Era fiesta en el pueblo. Estamos en la sierra, ya
sabes, el pueblo de la abuela. El día grande, como en tantos pueblos en el que
todos se tiran a la calle y se festeja de la forma más étnica posible: bebiendo
hasta caer de culo. Y yo me he dejado llevar. ¿Qué otra cosa se puede hacer en
este sitio horrible, falsamente sencillo, alegremente acartonado, en el que
todo aquello que no sea previsible está condenado al frío exterior de la
exclusión y a la ordenada murmuración que despelleja pulcramente al que se
atreve a vulnerar el orden establecido. Se puede ser depravado, delincuente
incluso, pero guardando las formas, ¡faltaría más! Pues eso, que he bebido y se
me ha relajado la guardia, las defensas han caído y he sido pasto de mis más
desastrosas y programadas inclinaciones. El cuerpo dejado a su dominio, la
carne sin cabeza ni sensibilidad.
El alcohol crea un mundo de mentira en el que se
antoja vivir libre y feliz, en el que el alma se esponja como si fuese de
pompas de jabón y le hace creer a uno que es lo que no es y da la sensación de
que todo está solucionado, incluso lo que no representa ningún problema que
solucionar. No es fácil ser como yo soy, mi amor. Cansa el mantener la dignidad
y la autoestima mientras se rema a contracorriente. Hay que mantener la cabeza
muy serena para no abandonarse al ¿y porque no?, y porque no ser uno más,
confundirse con la mása y colocarse la careta inexpresiva de la comodidad, de
la ruindad y la miseria. Y eso es lo que me ha pasado a mi, me rendí a la
morosidad de lo rutinario y bebí, y bebí. Al parecer no paso tan desapercibido
como yo creo y estaba en el punto de mira de alguien. Al tener ojos solo para
ti no me fijo en nada más y no me puse en guardia y sucedió. Otra veraneante,
mayor que yo, no mucho más mayor, me abordó, me envolvió y acabé en su cama.
No quiero ser mentiroso, no contigo. No voy a decir
que no experimenté el goce físico, que lo sentí, pero puedo jurar por lo más
sagrado, por el amor que te tengo, que ha sido un placer deshuesado,
contrahecho, artificial y cuando acabó todo, me he sentido vacío, asfixiado,
sofocado, animalizado. Esto que me ha sucedido me ha ensuciado y no se como
limpiarme. Ya no soy virgen para ti. Me reservaba para darme entero. Ha sido la
primera vez, Emilio, que otra persona me ha tocado ¡y no has sido tu!, ni
siquiera otro hombre, y me ha hecho sentir inmensamente desgraciado. No lo
habría imaginado nunca así. Soy de esta
manera y no puedo ser de otra forma. Al menos esto que me ha ocurrido ha
servido para tomar conciencia cierta de lo que significa ser homosexual. Ser
así, es algo muy serio, no es una opción que se toma libremente, se es y no hay
que buscarle más explicaciones. No se es gay como el que se hace socio de un
club de fútbol y sufre con sus constantes derrotas, no se parte el carné de
homosexual cuando se harta uno de rechazo y perdidas. Hay que ser muy hombre
para poder soportar la homosexualidad sin perder la dignidad de serlo.
Me gustas por el hecho de que eres tu. No se si
existirá una mujer que sea como tu, con tu forma de ser, si existiese a lo
mejor me enamoraba de ella, pero lo dudo, creo que me he enamorado de ti,
primero por tu forma de ser y estar y luego porque eres hombre, reaccionas como
hombre y como hombre me has ignorado bien a mi pesar.
Todo esto ha sido doloroso para mi. No creo que
vuelva a tomar alcohol nunca más, no quiero otro mundo artificial que me haga
ser débil y creer que se puede vivir otra vida con el cuerpo de uno. Ya no soy
virgen, Emilio, pero mi amor esta inalterado y así va a continuar siempre,
contigo o sin ti, y así permanecerá, incluso cuando yo no exista. El amor es
independiente del que lo goza o lo sufre, tiene vida propia y lo sentirás en tu
carne, te lo exprese yo o no y te acompañará allá donde te encuentres. Quiera
el cielo que cuando sientas ese amor en tu carne sea yo el que se encuentre
cerca, si no es de esta manera, solo deseo que seas el más feliz del mundo.
Siempre te amare, Emilio, de hombre a hombre. No
quiero ser “como una mujer”, quiero ser un hombre que te ama porque eres hombre
y estoy orgulloso de poder sentirlo.
Boni.
CARTA
Nº 9 DE BONI A EMILIO.
Tarde del lunes 7 de Octubre de 1985.
Querido Emilio, pensé que no podría volver a
escribirte, abochornado por mi infidelidad y veo con desolación y alegría al
tiempo que estoy más cerca de ti de que yo creía. La fiesta que hacía mi cuerpo
cuando te veía o sabía que te iba a ver al día siguiente en clase yo la quería
disfrazar de amor intemporal para satisfacer mis ansias de pureza, cuando en
realidad solo ansiaba beberme tu cuerpo de un sorbo y eso me escandalizaba.
Llegué a pensar que más hombres, o menos hombres, entrarían en mi vida o quizá
tendría que meterlos yo a fuerza de voluntad, y vendrían a suplir tu presencia,
acabando, a buen seguro, por olvidarte. Pero, ¡ay!, al contrario, cuanto más
busco menos encuentro, cuanto más miro menos veo y me imagino ciego porque al
ser tu mi universo y no estar cerca de
mi, el resto me es indiferente, puede no existir el mundo sensible y si es que
existe a mi no me importa.
Después del episodio de aquella mujer engolfada en
mi cuerpo, (¡¿como pude?!) me entregué al placer, al que me estimulaba, a la
busca del cuerpo recio de hombre que eres tu en todos y es ninguno por mucho
que me empeñe.
Parece mentira lo que es capaz de decir una mirada
si el que la recibe está dispuesto, motivado para ello. Me atiborré, hasta la
corcha, sin recato, que descampados había y aunque apestando a oveja, apriscos
vacíos, que el ganado lo pasa en verano al sereno, convirtiéndolos en
improvisadas habitaciones de alquiler por horas donde entregarse al desenfreno
y el sexo más horrendo y radical, pero excitante. Borrarte, esa era mi misión y
lo iba a conseguir, estúpido de mi, a base de acumular piel sobre mi piel,
ensuciando mi cuerpo con el de otros que solo pretendían, ¡que dolor!,
arrebatarme la vida prostituyendo mi entrega, mi sinceridad. Pero he aprendido,
¿de que se trata, de sexo?, pues puro, de los de mil milésimas, marginalidad
carnal, exquisita casquería de emuntorios, mera transmisión nerviosa. ¡Pues no!
Me niego a reconocer la bajeza de Rilke, ¡No, no, no es eso, hostias, no! Me
niego, voy a seguir negándome y no se si podré resistirme y si no puedo quizá
sea menester que acabe todo, esta vida errabunda y estéril sin poder compartir
contigo. Amor mío, el sexo si no es contigo, no me remunera, al contrario me
gasta la vida, se la come.
Esta mañana ha comenzado el curso en mi facultad y
no he podido borrar esa imagen tuya,
tallada en el diamante de mi corazón, llegando a recogerme en tu flamante moto.
Esa cara angelical, de satisfacción total, de plenitud, no habrá forma humana
de borrarla de mi memoria como no sea matándome. Y el temblor que me embargó al
acomodarme a horcajadas detrás de ti. “Agarra fuerte mi cintura, Boni, no te vayas a caer”, esa
frase todavía me saca lágrimas de emoción, me recupera para la dignidad que
pierdo a pequeños sorbos con cada nuevo escalón que desciendo por la escalera
de la degeneración más absurda entregado a la más amarga genitalidad.
Es así mi amor, si no es contigo terminaré por
diluirme en el vomito de la insensibilidad brutal del sexo anónimo, sin
finalidad, sin esperanza.
Avanzará el curso y espero que la aridez de los
razonamientos lógicos me abstraiga de tu memoria. Seguiré existiendo, moroso y
aburrido, esperando que llegue el día en que aparezcas radiante, con tu abierta
sonrisa, agitando tu brazo, entusiasmado por el reencuentro. Aunque siendo
realista lo que me queda será esperar que el tiempo tire inmisericorde de las
riendas, me haga sentir el bocado y me obligue a la derrota que el destino me
tenga preparada. Pero mientras me quede aliento yo seguiré pugnando por llevar
el timón a la vía, a mi rumbo, reemprender la singladura que arribe al puerto
que yo tengo en ordenes desde siempre, habrás comprendido ya que ese puerto
eres tu.
El corazón me pide entonar una canción exaltando mi
amor por ti, como otras que ya te tengo escritas, pero la desazón en lo
suficientemente intensa como para hacer sentir que la angustia que me produce
me imposibilita para cualquier actividad que no sea dolerme de tu ausencia y
por nada quisiera entristecerte por lo que no quiero que una vez más esta carta
rezume más rejalgar que el preciso.
Te sigo queriendo y así seguirá siendo.
Boni.
CARTA
Nº 10 DE BONI A EMILIO.
Semana
Santa de 1986. Madrugada de Jueves Santo.
Querido Emilio, escucho a los lejos los solemnes
tambores que escoltan al Nazareno y me viene a la cabeza tu imagen, no se
porqué, o quizá si. Nada tiene que ver la procesión de este Jueves Santo, es
que tu imagen representa para mi la pasión y de cualquier forma se me pinta
indeleble por nimia que sea la causa.
Mis padres están en la procesión, yo no he querido
ir, nunca me hicieron demasiada gracia este tipo de cosas, ni frío ni calor, ya
sabes, y desde luego con la disposición actual que tengo nada de eso me motiva.
No tengo ganas de nada, Emilio. Cuando tu imagen invade mi cerebro y lo
impregna todo siento tu ausencia y hasta respirar se me hace tedioso. Todo está
de más.
No se ni porque te escribo, no se siquiera si te
escribo a ti. Casi con toda seguridad escribo para sentir que sigo vivo, para
poder leer aquello que soy capaz de imaginar porque la manera de que llegue a
ti éste y otros escritos solo ha de ser una y me estremece barajar esa
posibilidad. Ya no soy capaz de deslindar lo que es amor verdadero de lo que es
empecinamiento. ¿Pues no tengo ya suficientes muestras de que nunca conseguiré
tenerte a mi lado? Lo se. Lo se demasiado bien, pero no puedo renunciar. Solo
pensar en renunciar a ti me ahoga en espuma amarga de angustia.
Huele el ambiente a incienso y a nardo, la madrugada
es indulgente esta primavera y la brisa de Abril acaricia la piel con ternura,
la sensualidad que despierta incita a abandonarse al placer de vivir. ¡Si!, me
gustaría poder olvidar, y vivir y gozar de estos veinte años recién estrenados
que me empujan a apurar el cáliz de la vida con avaricia, pero la nausea se me
instala en la garganta cuando constato que ese vaso repleto es intragable si no
lo ofreces tu de tu mano. ¿Qué hacer?, dime como evitar el deseo de ver esta
casi estrenada existencia consumida en el fuego de la desesperación al
experimentar la helada sensación de que tu te alejas y me dejas a la intemperie
de tu presencia.
No te lo voy a ocultar más tiempo, mi amor, que cada
vez estoy más vacío. A medida que lleno mis espacios de cuerpos desnudos
enardecidos por el sexo más me siento una cáscara hueca, una marioneta desfallecida sin amo que
la gobierne a merced de lo que cada quien quiera hacer conmigo. Cada vez me
entrego más y más al descarnado placer de cuerpo bestial, desalmado, en una
espiral desmembrante que cada vez me deshace más en trozos de carne que se
entrega como carroña a toda fiera que quiera consumirla a dentelladas de placer
arrebatado. Siento que se me acaba el tiempo si mi gran relojero no me da
tiempo. Me agoto en mi propio desprecio, porque a medida que me voy dando
cuenta de lo que estoy haciendo con mi vida menos me gusta lo que veo y más
deseo tener la determinación final de descansar en el frío y deshumanizado
mármol de un mortuorio.
Ya te dejo mi amor. Me confortan las lágrimas que
ruedan alegremente mejilla abajo cuando abro mi corazón a ti, porque te siento
cerca, pero la trampa se cierra porque es lejana esa cercanía y el saber que no
conseguiré nunca sentir la calidez de tu piel junto a la mía me desespera.
Hoy estoy especialmente tenebroso en mi animo pero
no me puedo reprimir enhebrar unas cuantas frases que puedan aliviar la negra
angustia que se apodera de mi pecho y estruja mi corazón, hasta dejarlo
exhausto.
Dime
amor, te estoy gritando
Y
tu la espalda me vuelves
Aun
sabiendo que me duele
Que
lo que yo hablando
Te
grito, es solo que te quiero
Y
alzando la voz espero
Que
escuches mi corazón
Que
se rompe de dolor
Porque
sigues siendo sordo
A
mi anhelo que te pide
Que
me escuches un momento
Y
no te olvides que yo
A
pesar de tus desprecios
Siempre,
siempre te esperaré.
Ya lo dejo. Voy a salir a la noche de este Jueves
Santo a perderme entre la gente que abarrota las calles, a olvidarme de que una
vez te vi y quede eternamente encadenado. A sentir en mi cabeza el nevero de la
soledad acompañada y en mi corazón el puñal de tu falta, de tu ignoro. Beberé y
beberé hasta desfallecer y posiblemente me hundiré un poco más aún en la
inhumanidad del sexo anónimo hasta que se insensibilice el corazón y deje de
añorarte. Tarea hercúlea prácticamente imposible pero ¿qué quieres?, la
felicidad es un paraíso al que tengo vedado el paso. Te amo.
Boni.
CARTA
11º DE BONI A EMILIO
29
de Junio de 1988
Querido Emilio, hacía mucho tiempo que no te
escribía y hoy acabando el curso, ya el paso del Ecuador, fíjate cómo pasa el
tiempo, pues eso, que acabando el curso se ha hecho primavera en mi tediosa y
macilenta vida. Te lo tengo que contar a ti mi amor porque creo que se ha
acabado para mi la mala racha. Me he hartado de escribirte con problemas y
penas, era razón que alguna vez te participase algo feliz. Siempre, siempre
ocuparás en mi corazón un lugar de privilegio pero yo no puedo seguir
arrastrando mi desencanto que más antes que después terminará por hacerme
saltar la tapa de los sesos.
Habrá sido hace cosa de un mes. No tenía idea de
quien era. Un seminario sobre Kierkegaard me resultó interesante y me inscribí,
daba bastantes créditos y el existencialismo siempre me llamó la atención,
aunque lo impartía el Sánchez. Estábamos esperando a que apareciera el coñazo
de marca, pero tardaba y ya hablábamos de marcharnos. En eso que se coló un tío
nuevo muy apresurado. Nos miramos unos a otros extrañados y festivos. ¿Quién es
éste? Se presentó; resulta que se acababa de incorporar al departamento recién
llegado de una estancia de tres años como lector de español en Viena. Los ojos
penetrantes, negros como el pozo sin fondo que era mi futuro hasta ese instante
y el pelo largo y ensortijado como el de un bailaor de raza, como el transito
de mi vida a través del desierto del dolor. Cuando abrió la boca y sus palabras
se me enredaron en los entresijos de mi cabeza supe que acababan de terminar
mis penalidades. Mientras se presentaba, Ángel Maria nos dijo, un nombre dulce
como la miel de jara, le intenté encontrar el fondo a sus pupilas despreocupándome
de todo lo demás. Cuando cruzó en una de sus pasadas por el aula su mirada con
la daga de mis ojos ya no pudo mirar hacia otro lado. Los cuarenta minutos que
duró el seminario eran para mi, a mi se dirigía, a mi miraba, a mi sonreía. Yo
creía, Emilio amigo, que tu sonrisa era irrepetible, que no existían perlas más
blancas en una boca más húmeda y aterciopelada, que jamás volvería a degustar
la sensación de desleírme en tu alegría. Me quedé petrificado cuando me miró
sonriendo y reconocí en el gesto, tu gesto. Le devolví la sonrisa y entornó los
ojos de la forma más sensual que nunca habría sospechado. Me parece imposible
que no se dieran cuenta mis compañeros de lo que en aquel seminario se estaba
fraguando.
Terminó la disertación y recogiendo los folios y las
carpetas fue desfilando la gente camino de la puerta comentando los pormenores
del lance. Me quedé descaradamente quieto, sin moverme de la silla, observando
divertido, feliz como aquel ángel ordenaba pausadamente sus notas y las guardaba
en su cartera sintiéndose observado, me parecía que le gustaba sentirse
observado. Cuando acabó de recoger sus cosas se volvió, se apoyó sobre la mesa
y me prestó su mirada sin parpadear para después de dejar un lapso de silencio
revelador finalmente preguntarme si no tenía mejor cosa que hacer que quedarme
allí escudriñando cada movimiento suyo, “esto no es una clase de entomología”,
terminó por decirme. Como no le contesté, -solo sabía sonreírle, estaba
excitadísimo sabiéndome a solas con él-, finalmente me dijo: “anda, vamos a
tomarnos unas cañas..., ¿cómo te llamas?”.
Emilio, amor, si era lindo en clase no te puedes ni
imaginar como se conducía en privado, ¡que treinta y cinco años!
Lo que siguió va a quedarse para pasto de
imaginación, no es necesario ser explicito porque lo realmente importante ya te
lo he contado líneas arriba. Pase la noche en su casa. No sabía yo que se
pudiese ser tan dichoso. Imaginé esa misma situación contigo de
protagonista alguna vez, pero nunca como
fue en realidad y además la expectativa era de imposibilidad por lo que nunca
le concedí demasiado crédito, necesitaba un gran esfuerzo de imaginación para
mantener tu imagen adherida a la mía.
Espero volver a escribirte para contarte con se
desarrolla todo. Me habría gustado decirte todo esto en persona, pero bueno me
consuelo manchando hojas en blanco aún sabiendo que nunca leerás estas líneas.
Antes pensaba que cuando me quitase de en medio te llegarían estos papeles,
ahora no quiero que los leas jamás. Porque lo que más deseo en el mundo es
vivir y que no se acabe esta borrachera de felicidad que me guía el bolígrafo.
Creo que he encontrado la felicidad que tantas veces y años se me ha negado.
Pero a ti, por encima de quien sea y como sea te querré siempre, para siempre.
Boni.
CARTA
Nº 12 DE BONI A EMILIO
29 de Agosto de 1988, noche de Lunes amargo a Martes
de rabia y guerra.
Solo se me ha ocurrido escribirte a ti, la
desesperación del fraude me enceguece, la escarcha del desconsuelo congela
cualquier emoción positiva en mi alma. Hoy soy peor persona. La maldad es
contagiosa, solo deseo perjudicar y no me reconozco por eso me acuerdo de ti
cuando solo tu presencia, incluso tu recuerdo, me reconciliaba con la
humanidad. Cada día estoy más convencido que fuera de ti, para mi no hay vida
posible. Estoy sobrepasado. Voy por un camino a pie enjuto y cómodo y de
repente ha caído una espesa niebla que no me deja ver donde doy el siguiente
paso, por donde vago. No hay más salida para mi y antes de dar el postrer paso,
el definitivo, quiero contarlo, que alguien sepa, que tu sepas.
¿Pero cómo puede una cara así coexistir en el mismo
cuerpo con un corazón podrido? Ángel, ¡hay Dios!, creí haber encontrado el
puerto seguro donde descansar despreocupadamente, en el que producirme, bajas
las murallas, indefenso fiado en el amor. ¡¿Pero como se puede ser tan
degenerado?! Yo fui radicalmente leal y el se estuvo divirtiendo de mi desde
que me invitó a tomar aquella caña.
Nos tomamos más de dos cervezas y sucedió lo que era
obligado. Me dijo así, de sopetón, que desde que entró en el aula tuvo la
impresión de que un foco me iluminaba, que era como si fuese el único alumno en
el aula. Si tenía alguna reserva se diluyó como un grano de sal en una olla de
agua hirviendo, me conquistó y me entregué.
Se que causé un gran dolor a mi madre pero era
preciso que se lo contase. Me sorprendió que aparentase no inmutarse. Se sonrió
al tiempo que una lagrima daba brillo a su mirada de amor, me acarició la
cabeza y me dijo que me quería, que ella quería a su hijo, al que tuvo hacia
veintitrés años, como fuese, que nunca hizo reserva de conciencia, “no llevaba
en mi vientre un ingeniero guapo y triunfador, llevaba algo más; un hijo mío”.
Apostilló que si yo era feliz siendo como era, adelante, pero que le hiciera un
favor enorme, que fuese siempre feliz, no soportaría que no lo fuese, se
moriría de pena. Me abrazó y me dio el beso más tierno y más cálido que jamás
nadie pudiera recibir. Moriría antes que defraudar a mi madre. Después de
aquello quedé relajado y pletórico. Fui en busca de mi amado a darle la gran
noticia, era doblemente libre y dichoso, amaba a un hombre que me amaba y mi
madre, lo que yo más quería, daba su consentimiento y se congratulaba conmigo..
Ocurrió hace tres días, el viernes. Había quedado
con él en su casa, que compartíamos, después de recoger ropa limpia en casa.
Iba gozando de antemano del fin de semana que me había dicho que iba a ser de
fábula. ¡Y vaya si lo fue! Aún hoy sigo preguntándome que clase de persona hay
que ser para poder mantener una mentira tanto tiempo sin echar el bofe de asco.
Abrí la puerta con la llave que Ángel me había dado
desde el primer día y nada más entrar me quedé sorprendido. Me di la vuelta
para comprobar que la puerta que franqueé era la puerta, mire la llave desconcertado
y los muebles, que eran los de siempre. No, no me había equivocado, pero el
niñato de gimnasio y dieta con una tableta de chocolate por barriga, que estaba
sentado medio desnudo en el sofá de la sala estaba fuera de lugar, no formaba
parte del cuadro. Cuando iba a preguntarle que qué hacía allí apareció el cerdo
de Ángel y me saco de dudas. El chaval era el que, al parecer, él necesitaba.
Cuando vio mi cara se le cayó la careta y apareció el verdadero rostro
sardónico, inmisericorde. ¡Por todos los santos como se pueden decir esas cosas
sin sentirlas!, ¿qué retorcida mente es capaz de engañar de tamaña manera? Pero
lo mejor estaba por venir, el chavalote descarado del sofá, no era un tercero
en discordia, ¡era su pareja!, estaba de vacaciones con su familia y mientras
tanto yo no fui más que un divertimento, el sustituto. Y no voy a continuar
porque las lágrimas de indignación y pena me nublan las vista y mojan el papel.
Ya no tengo fuerzas, Emilio, he tirado la toalla.
Solo me queda recuperar fuerzas para poder dejar de sufrir.
A ti hace tiempo que te perdí, a mi pesar, por mi
cobardía, porque, qué se yo como habrías reaccionado de haberte hablado claro,
de haberte presionado con mi amor. Cuando estaba todo perdido creí que los
hados se habían apiadado de mi y que al fin los años de dolor encontraban justa
compensación.
Me ha pasado lo peor que le puede ocurrir a
cualquier ser humano, perder la esperanza y estar aburrido. Ya he experimentado
que en mi vida el amor no prenderá jamás llamás de ardorosa pasión y así no
merece la pena seguir viviendo, me niego a ser un espectro arrastrando su
tragedia pasto de compasión, envejeciendo y amargando la vida de todo el que me
rodeé que culpa tendrá ninguna de mi avatar.
Y te seguiré amando, cuando muera, cuando ya no
exista más que en la mente de los dioses que se regocijan de mi desgracia. Se
feliz mi amado, mi deseado, mi imposible amor.
CARTA
13 DE BONI A EMILIO
31
de Diciembre de 1990
Querido mío Emilio, hace tanto tiempo ya que no te
veo que me resulta hasta extraño el dirigirme a ti. ¿Me estaré volviendo loco?
La verdad es que a veces pienso que sobro en este mundo. Cada vez estoy más
hastiado. Este lunes fin de año en el que hay que estar exultante y hacer el
gilipollas por obligación a instancias de una hoja de dudoso gusto que cuelga
de la puerta de la cocina, yo me niego y me resisto. Contigo a mi lado
celebraría cada día y no este único al año.
Vivo por inercia mi amor y deseó fervorosamente que
llegue el día de mi muerte que saludaré con agradecimiento a los dioses si
ellos fueran los que apiadados de mi arrastrar la desesperación por este
desierto de agonía deciden poner fin a mis sufrimientos.
Y mientras, no creas que voy de viuda triste por la
vida, ¡que va! Resulta que soy hasta popular, sobre todo entre los de Bellas
Artes; son más abiertos, extravertidos que los compañeros de la Facultad de Filosofía y me han invitado lo menos
a cuatro cotillones. Me he negado a todos, no podría asistir porque esta noche
es para mi la noche en que sudé sangre viéndote con los ojos de mis celos
enardecerte con Julia. Todos los fines de año desde aquel han sido un calvario
y me desespera pensar que estás en otros brazos, que tus labios resbalan sobre
otros que no son los míos, que tus ojos son para fijar la atención de otros
ojos y que tu sonrisa encandila un alma que no es la mía. Desearía que este día
no existiese porque a cada nuevo año más cuesta arriba se me hace. Cada vez que
alborea el nuevo año pienso que quizá, que ojalá sea el último y si algo me
impide poner fin a mis penas es que tu no sabrás jamás que hubo alguien que te
amó como nadie en ninguna época del mundo pudo amar a otra persona y espero
siempre que en un respiro de ninfa, en una décima de segundo por no se muy bien
intercesión de quien aparezcas y puedas asistir a mi halito final para que
vivas con la satisfacción de saberte amado.
Me faltan las palabras porque se me seca el corazón
de angustia sabiendo que no te tendré nunca. Me estoy muriendo y debería
rebelarme pero me reconforta pensar que muriendo ya no sufriré más. Me atruena
los oídos la ausencia de tu voz, me deslumbra los ojos la oscuridad de tu
eclipse. Me estoy volviendo loco, mi amor, me estoy volviendo loco.
Boni.
CARTA Nº 14 DE BONI A EMILIO.
Alboreando el 20 de Agosto de 1991.
Mi amor, mi vida, ya no lo soporto más. Creía que
todo estaba ya terminado y olvidado, un bello sueño dorado quedaba para
aligerar las tediosas noches de insomnio por la vaciedad de una vida como la
mía sin finalidad alguna, pero no, dolorosamente no, he tenido que encontrarte
en el concierto esta noche para volver a ser trasportado a territorios yermos
por los que no creí que tuviese que volver a transitar. Si la vida ya me era
fea, desagradable y dura desde que te perdí, anoche además se trasmutó en
agresiva e hiriente. No sabrás jamás de que clase fue la conmoción, el
terremoto, el cataclismo que le sobrevino a mi alma al verte, tuve que hacer
esfuerzos para no desmayarme. Si hubiese llegado a sospechar que te podía
estimular este tipo de música no se me habría ocurrido aparecer a mi. Temía que
algún día sucediese este acontecimiento y mis miedos se quedaron cortos. La
descarga que experimenté al rozarte el hombro me convirtió definitivamente en
ceniza despreciable en tu presencia. Menos mal que dio comienzo el espectáculo,
si no llega a ser así, no habría sido capaz de reunir las fuerzas suficientes
para moderar mi comportamiento. Todo el concierto transcurrió navegando por mi
ilusorio mundo, yo no estuve en la sala, no me enteré de una sola nota, el
tiempo se me pasó iluminando escenarios en los que los dos nos amábamos sin
cortapisa. No te quité los ojos de encima comprobando que efectivamente estabas
solo lo que dio más alas aún a mi imaginación. Estuve tiritando de emoción todo
el rato y deshojando la margarita de si iba o no a aparecer después del
concierto a la puerta del teatro, donde quedamos, no quería que se rompiese la
magia del momento, que se prolongaría, en la medida que de mi dependiera,
varias eternidades juntas.
Cuando acabó todo y desde detrás de una columna te
espiaba deseando y temiendo que te aburrieses del plantón y te fueses para
acabar de una vez con el sufrimiento, la ilusión de rehacer una relación, que
de hecho nunca existió, fue la que me hizo poner fin a aquella tortura y
aparecer ante ti para continuar la noche deseando que la ficción se hiciese
realidad, que el espacio de lo imaginado se fundiese con el de lo deseado y
surgiese de ese ayuntamiento una situación hecha a mi medida. ¡Iluso!, estúpido
iluso hasta las heces. ¿A que esta necesidad de los humanos de engañarnos?, ¿a
que esta necesidad de desear una existencia ajena a nuestra contingencia? Solo
hay un espacio en el que definitivamente me sentiré cómodo, la muerte, mi amor,
la muerte, la realidad incontestable que no me hará daño. Estoy harto de
sufrimiento, estoy cansado de hacerme ilusiones sobre mi existencia, el tedio
de la vulgaridad me asfixia y tu eres el único sol que pudiera calentar lo
inhóspito de mi pasar por este mundo; saber que eso no va a poder ser así de
verdad, porque Julia se interpone (¿es eso o es otra de mis quimeras?) despeja
la postrer duda a mi angustia.
No estoy triste amor, no te contristes tu. Te he de
reconocer que lo pasé mal mientras decidía, anoche mismo, entre copa y copa,
poner el punto final a mi desorganizada
existencia. Vi la sorpresa, querido mío, en tu rostro, cuando de estar grave y
melancólico comencé a reír y a alborotar despreocupadamente, ese fue el momento
en que superado el amargo trance de la decisión ya todo era puro tramite. Sabido
y deseado cual era el desenlace de mi dilema me relajé y me encontré bien.
¡Dejé de sufrir!, algo que hacía años que ni durmiendo me ocurría. Ya solo
espero con ansiedad el momento que te reservo para que me encuentres en todo el
esplendor de mi amor. Por tu amor voy ha hacer lo que tu vas a ver. Quiero que
seas el primero en contemplarme en toda mi menesterosidad, que compruebes hasta
que punto es capaz un humano de llegar, por otro, no lo hago para que sufras
sino por todo lo contrario para que sientas el orgullo de saberte infinitamente
amado hasta el punto de morir por ti, de no poder ser tuyo no hay justificación
para seguir existiendo, un sacrificio más puro que el de Cristo porque el suyo
era utilitario, era para una finalidad, salvar a los hombres del pecado, (¡que
sarcasmo!), el mío es más puro, no es útil a nadie, se consume en si mismo, no
pretendo nada, es solo para que te sientas orgulloso de lo que una persona, yo,
sería capaz de hacer por ti.
¿Mis padres?, ellos se quieren, acabarán por acostumbrarse,
además casi podría afirmar que empiezo a ser un estorbo de modo que a nadie voy
a molestar con mi partida y sin embargo se que me llevarás grabado a fuego en
tu memoria hasta la consumación de los tiempos, tendrías que ser de palo para
olvidarte de mi y te conozco lo suficiente para estar seguro que eres de carne
y hueso.
El sol ya me lame el alma
Cuando se acerca mi hora
Tu mente será mía ahora
Como mía es ya la calma.
Para toda la eternidad serás para mí, en mi nada y
viviré en ti, a pesar de no representar nada en tu vida.
* * *
CARTA DE EMILIO A BONI.
Mi querido amigo, mí añorado amigo. Hoy es un día de
alegría y consuelo para mí. Estoy seguro que desde algún sitio leerás o al
menos, sentirás lo que yo siento al emborronar este folio.
Tengo que confesarte mi inconsciente cobardía para
no reconocer tu interés. O eso es lo que sigo queriendo creer a pesar de haber
podido tener la inmensa suerte de recibir el don de ver. He podido mirar al
fondo de mi corazón y he visto brotes de vida fosilizados por no saber o no
querer abonarlos al sospechar que la planta que creciese no daría frutos
apreciados por los demás. Has sido fuerte y valiente enfrentándote a ti mismo y
tus contradicciones. ¿Por qué no me esperaste? Te faltó paciencia y me dejaste
en la estacada. Pero las cosas son como son y cuando tenía que haberme
decantado por el amor valiente no tuve, no supe tener el coraje de afrontarlo,
pero se que esa semilla está en mi y me entristece no haber podido vivir una
historia de amor contigo. Cada vez que te estrechabas contra mí en la moto o me
depositabas tu mano abierta y generosa sobre mi espalda o te rozaba tu dorso de
la mano la mía sentía un estremecimiento al que me negaba a dar crédito. No se,
quizá hubiésemos sido felices..., o no, eso sería lo de menos, pero hoy tu
estarías vivo y gozando de la vida como gozo yo. Eso es lo que me contrista el
corazón que no compartes la vida conmigo ni con nadie. Para que yo esté aquí,
tenga hijos con la mujer más maravillosa, sea sacerdote a riesgo de ser excomulgado,
todo hay que decirlo, y esté entregado a los otros tú tienes que estar muerto y
me parece un precio excesivo por mi felicidad, aunque luego pienso que te
fuiste precisamente para que yo quedase en paz.
Se que me esperas allí donde yo se que tu estás,
diga lo que diga la ortodoxia, para que cuando llegue, pueda fundirme en un
abrazo de amor como no nos podríamos haber dado jamás en la tierra, sin precios
ni condiciones, sin vencedores ni vencidos, sin rechazos por parte de la
sociedad hipócrita contra y para la que batallo.
Rezo por ti cada día, como mejor medio para no
olvidarte. No me olvides tu, ahí donde la contemplación de la gloria es
excluyente. Espérame Boni, espérame, te
amaré para siempre.
Emilio.
5.10.12

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