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viernes, 5 de octubre de 2012

E L S I L E N C I O XXIV - Final

El Silencio


XXIV

-     Y eso es todo. Tengo las cartas aquí. Ahora que él se ha ido puede usted llevárselas. Nunca las leí. No porque no tuviera oportunidad, él me daba toda la libertad del mundo, que es con la que él vivía, pero no me hizo falta leerlas, ¿para qué?, si le tenía a él. No se crea que no estoy apenada, fíjese, todo este trabajo por hacer y sin su presencia que allanaba todos los caminos, nada veía difícil y siempre estaba de buen humor cómo si nadie ni nada pudiera ofenderle. Solo vivía y murió por sus prójimos. En ellos encontraba la paz. Estoy segura que perdonó y no solo eso, que amó, a los que, le cosieron a puñaladas mientras estaban matándole, por eso yo soy incapaz de rencor. El lo veía todo de otra manera. Me decía, “escucha lo que dice el silencio y todo tendrá encaje y explicación”. Nunca lo terminé de entender del todo pero cuando sus palabras salían de su boca era perfectamente comprensible, su cuerpo entero lo hacía comprensible.
-     Pero usted me ha referido cosas que sucedieron, si no lo he entendido mal, cuando él estaba en el monasterio.
-     Cuando regresó del monasterio libre y pletórico de vida quiso atar todos los cabos. Enterarse que había sido de Rosa, en que circunstancias murió el padre Alfredo, en fin, cerrar capítulos de su vida. Habló con todo el que quiso hablar con él y de esa forma terminó por reconstruir lo que yo le he contado, el vicario, el sacristán, el padre de Rosa, la policía. Cuando hubo colocado cada incógnita con su respuesta y se dio por satisfecho apareció por aquí.
-     ¿Tenía premeditado venirse a vivir aquí?
-     ¡Como se ve que no le conocía! Una vez que calmó el prurito de verdad que le inquietaba se sintió plenamente libre para salir al mundo a darse. Pasaba por aquí cerca haciendo dedo. Quería irse al sudeste asiático, ¡fíjese!, que lejos se quedó. Pero como él nunca hacia planes. Escuchó gritos, los míos y sin pensárselo dos veces corrió en dirección a la angustia, cuando todos huyen de ella. No sé como pudo amedrentar a los dos esbirros de la mafia que secuestra chicas para venderlas a los harenes de los degenerados esos. A él no le gustaba que yo dijese esas cosas, pero me sigue indignando que desaparezcan niñas y niños y como somos pobres que a nadie le interese. En aquella ocasión querían llevarme a mí. De haber sabido que tenía dieciocho ni lo habrían intentado pero siempre he sido muy aniñada, incluso ahora no aparento mi edad. El caso es que los puso en fuga, mi madre, viuda de un alcohólico que la pegaba por deporte, se lo quiso agradecer invitándole a comer las papas que había hecho y le contó sus cuitas y las de todos los vecinos del poblado. Se quedó con nosotros y nos ayudó de todas las maneras imaginables. Me enteré de que era cura después de tener su segundo hijo, cuando decidió que quería bautizarle de su mano. Era todo un hombre. Fíjese que a su ejemplo vinieron voluntarios a seguirle pero él no quería seguimientos ni liderazgos. No ha entrado ni una ONG en este poblado sin que Emilio le diese el visto bueno. Desde que le asesinaron no han parado de llegar gentes de todo tipo, espoleadas por su fama, que él no deseaba. Todos quieren ayudar y yo soy el que los tiene que organizar. Nos llueven las donaciones y ya se me hace difícil manejarlas. Tanto dinero es malo, acabará por traernos buitres, como la miel atrae a las moscas. Menos mal que ya no lo verá.
-     Pero, se sabe ya quien le mató.
-     Claro que se sabe, pero como dice la policía, no hay pruebas, tienen coartada. Eso da igual. El no hubiese querido que se le hiciese el menor daño, porque él no daba ningún valor a lo que hacia, sencillamente era su obligación y disfrutaba con ello. Ahora perdóneme, tengo que ocuparme de los niños y dentro de nada, estarán ya  aquí los voluntarios y habrá que darles tarea.
-     ¿Era un santo?
-     ¡Que bobadas! Eso, como decía Emilio era delirio consumista de santidad. Hace falta merchandising de santidad y se necesitan santos. Santos somos todos, hombre, ¿no sabe que somos hijos de Dios? Perdóneme.
Me había llamado la atención un suelto en la página de sucesos de un periódico de tirada provincial que cayó en mis manos en uno de tantos trasbordos que debía hacer por mis constantes viajes para hacer reportajes a gentes de todo tipo. Decía el suelto:
            “Un físico nuclear que vivía en la concentración de chabolas de levante muere apuñalado. Se sospecha de una mafia que se dedica a la trata de blancas. Al funeral que ofició el Obispo de la diócesis acudió una representación vaticana y contó con la presencia de innumerables personas que llenaron hasta abarrotar la parroquia”.
Era altamente sorprendente que al funeral de un físico nuclear acudiese una representación vaticana y encima lo oficiase el Obispo.
Cuando llegué al poblado Remedios, su viuda, me recibió con bastante prevención y me costó más de un viaje hacerme de su confianza. Tuve la inmensa suerte de que fuese una mujer de inteligencia natural con una innata capacidad para retener lo que escuchaba. Cuando le convencí para que me contase la historia me advirtió:
-     Repito las cosas tal y como las he escuchado y a veces como las he escuchado tantas veces las refundo, pero no me puede interrumpir, tendría que volver a empezar de nuevo. Así, que no me interrumpa o tendría que volver al principio.
Le mostré mi acuerdo y durante cerca de un mes estuve yendo a su casa para grabar lo que ella recitaba, a veces sin sentido.
Todo lo que me refirió lo ordené según mi leal saber y entender y esto es el resultado, retazos de la vida de un hombre, que apartado de las normas, fue autentico hasta la santidad, aunque a él no le gustase ese calificativo.


LAS CARTAS

Cuando recibí de Remedios, la mujer del padre Emilio, las cartas de su amigo Boni, que ella nunca había tenido curiosidad de leer las saqué y ordené por orden cronológico. Entre ellas, unas ya las había recitado Remedios y mi magnetófono las registro con algunas pequeñas variantes con respecto a las originales que a continuación se adjuntan. Y me encontré una carta más de la que Remedios nunca llegó a saber su existencia. Una única carta del padre Emilio dirigida a un Boni ya muerto hacía años pero en mi opinión la más entrañable y valiente. Se adjunta al final de las de Boni.
CARTA Nº 1 DE BONI A EMILIO.
Noche del 30 de septiembre de 1983.
Queridísimo amigo mío: este viernes todavía no se si tendré el valor necesario para hacerte llegar estas letras, no se que temo más, si tu burla o tu rechazo, aunque mis sentimientos sean absolutamente legítimos, ¿qué sentimiento puro, solo por el hecho de serlo, no lo es? No debería avergonzarme de lo que me susurra el corazón pero temo perder tu cercanía, tu presencia cerca de mi.
Es madrugada y soy incapaz de pegar un ojo, solo pienso en ti, en tu cara, tu ceño cuando te enfadas y en tu hilera de dientes blancos cuando te ríes. Me da coraje, no sabes hasta que punto me enrabieto, cuando al dejar volar mis alma a los dominios de la tuya mi cuerpo responde, reclamando el protagonismo que yo no quiero darle. Desearía ser solo materia etérea para que no pudiese materializarse de ninguna manera mi anhelo, mi sed de ti.
No, amor mío, no. No es tu sexo lo que yo quiero. ¡Que paupérrimo sería mi amor si lo intentará resumir en una incomoda tirantez aliviada torpemente con una caricia más torpe aún! Es lo que yo siento por ti más profundo, más radical.  Muchas veces, como esta madrugada, no puedo reprimir las lágrimas imaginándote aquí cerca de mi, sonriendo ante mi azogue, condescendiente con mi candidez. Entonces solo puedo dar rienda suelta a mi melancolía derramando mis impaciencias sobre una hoja de papel y en muchas ocasiones solo puedo plasmar mis frustraciones en forma de mal poema.
¿Sabes?, esta mañana al salir al patio me dejaste apenado. Comprendo que te llame la atención Julia. La envidié y le deseé lo peor. Luego me arrepentí, que culpa tiene ella de que yo te quiera. Tuve que hacer denodados esfuerzos para no llorar de rabia y pena. Solo supe sentarme en el rincón de la basura, el sitio que en ese momento pensé que me correspondía, y escribirte esta poesía.
            ¿Dónde has dejado los ojos, amor?
            No eres capaz de ver, aunque mires
            No sabes entender, aunque escuches
Sentirás quizá, de mi alma el dolor.
¿Es que no ves de mi cara el color,
cuando en mi cara tus ojos posas?,
¿No oyes el tremolar de mi voz
Cuando es tu voz  que mi oído arrulla?
¿Hasta cuando habré de atesorar
en lo hondo de mi roto corazón
las dulces palabras de amor
que no me atrevo a  pronunciar?
Tristes versos, ya ves, que no son capaces, para mi desgracia, de revelar la infinitud de lo que siento por ti, amado Emilio.
Es tarde ya, ¿sabes? Cuando por la mañana me preguntas por las ojeras quisiera decirte que son tuyas, que las disfruto, no las sufro, porque las he conseguido pensando solo en tu persona, pero se consume mi alma sin podértelo comunicar, que aún más profundas las daría por bien empleadas si algún día me acariciases aunque solo fuese por equivocación, ¡pero eres tan reservado!, y prefiero que así seas, eso me consuela de que nadie más es dueño de tus manos, que poseen, de tus manos, que sostienen, de tus caricias, de ti. Me he consumido de celos, amor pero como solo deseo tu felicidad callo estoico ante lo inevitable. A fuerza de carecer, de pasar pena, he aprendido a gozar con lo mínimo. El acompañarte al ir o regresar del instituto ya es para mi alcanzar el cielo.
Ya me despido de ti, amor. Sueño con que llegue el lunes y pueda volver a permanecer cerca de ti, rozándote descuidadamente mientras vamos a clase. Un prieto beso, un abrazo fundido con tu corazón.
Bonifacio.
CARTA Nº 2 DE BONI A EMILIO.
Tarde del 5 de Octubre de 1983
Querido y entrañable amigo Emilio: hoy habría matado. No he podido esperar a la noche, en que el silencio provoca magia y magnifica los sentidos ciegos que son los más potentes, los más severos, los más fecundos.
La irritación que he sentido ante el trato al que te ha sometido el cabrón de filosofía me ha provocado tal dolor de estomago que no me ha dejado ni comer, y en su lugar me he tenido que zambullir en la hoja en blanco. La exclusiva forma de aliviarme es escribiéndote otra vez,  manifestarte mi incondicional amor, desearte con vehemencia, respirar tu aire y apurar el amargo vaso del ridículo, la humillación a la que te han querido reducir esta mañana.
Habría sido el ser más realizado si hubiera podido cambiarme por ti. He vivido esos minutos de zozobra con angustia. Habría deseado acunarte, abrazarte, protegerte y cubrirte de besos. He llorado secas lágrimas de rabia y de dolor que me han anegado el alma ahogando todo sentimiento de indulgencia hacia cualquiera que quisiera ni siquiera rozarte con mala intención, mi amor.
Pero has salido triunfante, has sabido plegarte como un junco y no te han podido violentar, has resistido todos los embates y al final has dejado en evidencia al inútil que intentaba cubrir su incompetencia con la descalificación. Esa respuesta sobre lo que él suponía que tu no podrías saber nunca de la navaja de Guillermo de Ockam le ha descolocado. He gozado con tu triunfo. No solo te quiero Emilio, te admiro, te respeto. ¿De donde sacas el tiempo para ser tan culto, mi amor?
Cuando caminábamos de regreso a casa me he sentido orgulloso de poder marchar a tu lado. Tu no reparabas, pero nos miraba todo el que se cruzaba con nosotros, a ti, sorprendidos de tu belleza y tu prestancia, a mi de envidia por ser tu acompañante, por poder tenerte tan cerca. ¡Ay!, no tan cerca como yo quisiera, pero al menos puedo estarlo tanto que puedo oler tu colonia por las mañanas y tu sudor fresco cuando regresamos y eso me tranquiliza, me sosiega.
Es tanta la ternura que me inspiras que solo puedo plasmarla en cuatro medio versos deslavazados, pero estate seguro que sinceros y llenos de ilusión.
            Aspiro tu perfume y me embeleso,
            Oigo tu voz, que se avecina recia,
            Hablando fiera de sus viriles cosas
            Y el alma brincando se me extasía
            Sin atreverse siquiera a interrumpir
            Ni contestar, para del momento
            No romper el ensalmo de magia
            Que me trasporta a otro mundo
            En el que la muerte no existe
            En el que tu eres el Dios
            En el que yo, tu amante esclavo
            Solo la felicidad encuentra
            Si te sirve hasta la muerte.
Algún día, quiero creerme, me miento constantemente en este miércoles, que pueda hacerte llegar estos míseros papeles para que sepas que hay alguien que estaría dispuesto a entregar su vida si eso, aunque de forma minúscula, te satisficiese.
Escribirte estas líneas mal engarzadas me ha servido para tranquilizarme y solo sospechar que alguna vez las puedas leer me ruboriza y me entra vértigo si fabulo que te tocan el corazón y por lo menos no me desprecias.
Te querré para siempre, aún después de muerto, te querré.
Bonifacio.
CARTA Nº 3 DE BONI A EMILIO.
Nochevieja de 1983/1984. Madrugada triste
Muero de tristeza y celos amor mío. Y me recrimino por sentir celos. Se que estás con Julia en el cotillón y a pesar de llevar preparándome para esta catástrofe desde que me enteré, no por eso la puñalada es menos dolorosa. Se que no tengo derecho a ti, se que nunca podrás comprenderme ni aceptarme como amante, ni siquiera como esclavo, porque ¿sabes?, me conformaría con estar a toda hora cerca de ti, tu mera contemplación colma mis expectativas, solo deseo permanecer a tu sombra, olerte, verte, sentirte, intuirte y servirte. Pero no, me recrimino porque sentir celos de ti, es alguna manera de rechazo, porque encrespa mi anima en contra tuya y cualquier sentimiento por muy tenue que sea, por muy justo que sea, que te cuestione, no me lo consiento, porque todo lo que tu hagas bien hecho está y yo no soy quien para afeártelo.
¿Llegará el día en que pueda confesarte todo esto cara a cara? Me atenaza la posibilidad de tu rechazo, de tu burla, de tu desprecio. No lo soportaría. Preferiría acabar mis tediosos días de una manera rápida aunque trágica, a tener que arrastrar mi desengaño en la seguridad que no existirá consuelo de ningún tipo en este valle de lágrimas. ¿Te das cuenta que eres mi Dios?, ¿que fuera de ti no existe la felicidad para mi?, por eso, el no poder encontrar la forma de vinculo contigo, troncha cualquier salida digna y honrosa a mi existencia. ¿Comprendes, mi amor, que mi mundo acabará cuando de tu boca salga el temido “no”? No te merezco, ¿ves?, me rindo antes de empezar a luchar.
He cenado con mis padres y tía Elvira, ¿te acuerdas?, la solterona que me hacia felaciones cuando yo era pequeño. “¡Que suerte, cabrón!”, me decías. Ella cree que yo no me acuerdo, pero el asco, la repugnancia, el rechazo que sentía en aquellos momentos se grabó indeleble en mi memoria. He aguantado hasta después de las uvas, luego no he podido más que venir a mi cuarto a intentar que el aire entrase en mis pulmones, a intentar que mi corazón no estallase en pedacitos deleznables. Necesitaba la soledad para construir tu imagen dentro de mi sin que le faltase un detalle y poderte poseer mío, solo para mi y sentirte y derramar lágrimas de alegría al engañarme, cerrando los ojos, viéndote a mi lado. Odio tener que dar explicaciones absurdas y traicioneras de las lágrimas que derramo cuando pienso en ti soportando  a duras penas las muestras de apoyo de mis padres que creen que pueden aliviarme las penas. Y yo solo puedo disimular, travestirme de adolescente ingrávido y caprichoso que llene y dé sentido a los planteamientos paternalistas y encasillados de los dos seres que más quiero y más lejos quisiera ver en esos momentos. Porque cuando mi madre me pregunta por las lágrimas y tengo que mentirle estoy pecando contra ti, me hago indigno de ti y me desespero porque me aleja.
Cuento los días, amado Emilio, que aún faltan para que comience el curso, para poder volver a caminar a tu lado, rozarte por descuido, sujetarte por la cintura cuando nos atascamos en la puerta del aula o demorarme cuando voy delante de ti para que tu cuerpo empuje el mío.
Quisiera escribirte un poema esta noche, obligatoriamente mágica, que no lo es para mi si tu no estás y esta soledad cruel me seca el alma y me devasta el espíritu no dejándome más que palabras de desconsuelo y desamor sabiendo que te embelesa a estas horas la cercanía, el calor, la humedad de Julia.
Pero no voy a cejar, seré quien soy a pesar de todo. Si intentase ser otro te perdería definitivamente, no porque tu me rechazases, sino porque yo no tendría vergüenza de mirarte a la cara. Te lo digo mejor con estos versos. No voy a venderme a emociones y afectos, mi amor no es moneda de nada.
Perdido, abatido, desazonado y débil
Me voy ahogando, resignado,
En un mar de dudas, exhausto, febril,
Como castigo. Indultado por la vida,
Atenazado, esposado y preso,
De mis propios miedos y emociones
Transito, cadáver bello, entre muertos
Y carroña dulce, que me hiere y me tortura
Por no querer gustar su hedor, dócil.
Numantina resistencia a diluirme,
La aterida desnudez es preferida
A, de uniforme de orbe indumentado
Confundirme, en deseos, anhelos y votos
Con el común de vacíos fantasmas
Que aíslan, excluyen y escupen
Todo disconforme con seguir viviendo.
Y para mi seguir viviendo solo se concibe si es a tu lado. Te quiero mi amor. Te querré aún después de dejar este miserable y desnudo cuerpo aquí.
Boni.
CARTA Nº 4 DE BONI A EMILIO.
Tarde del día de Reyes de 1984
Amor mío tu llamada de ésta mañana ha sido no solo mi mejor regalo de Reyes, ha sido “el regalo de Reyes”. Y no únicamente porque te hayas acordado de mi sino porque a partir del lunes voy a poder fundir mi pecho en tu espalda y reposar mi mejilla en tu hombro cada día, al ir al Instituto, y mi pena es que éste año hayan caído los Reyes en Viernes y tendré que esperar aún dos eternos, inacabables días, antes de poder tocarte.
Tu voz. Mi corazón se me ha querido salir del pecho cuando al descolgar el auricular he oído ese “¡macho, Boni, que me han traído la moto!”, tan varonil, ten ilusionadamente brusco, tan sencillamente básico. En mi cerebro ese timbre bronco de tu voz ya hecha, de hombre, en tu cuerpo de aún adolescente, ha tenido el balsámico efecto del árnica. Mi madre se ha alegrado sorprendida cuando al colgar el teléfono, me he abalanzado sobre ella y la he comido a besos. Eran para ti, ¿sabes?, reventaba de gozo, era preciso que se los diese a alguien y ese alguien era mi madre que ha tenido justo consuelo al disgusto de la mañana cuando no he hecho demasiados aspavientos al ver mis regalos, ya sabes lo de siempre, cassettes, alguna camisa y una chupa de cuero, que me parece que te habría ido mejor a ti, realzando tu espléndida figura de atleta, a mi se me antoja demasiado dura, muy ariscaza para mi estilo.
Te tengo que pedir perdón Emilio. Al recibir la gozosa noticia de que te habían comprado la moto y al sentir que tu contabas conmigo para llevarme a clase cada día, he imaginado mi cuerpo muy cercano al tuyo y la erección que he tenido, aunque placentera, me ha disgustado porque me ha parecido que prostituia mi amor hacia ti. He sentido que te ofendía, que te afrentaba, pero enseguida me he disculpado, he purgado mi falta al negarme a dar satisfacción a mi cuerpo por más que me haya estado importunando toda la mañana impidiéndome que se cayese de mi imaginación mi pecho contra tu espalda, tu calor fecundando mi ilusión en un viaje que se me imaginaba interminable alejándose el Instituto cada metro que tu flamante moto nos acercaba a él. No he tenido valor para volverte a llamar después de comer para quedar a que me enseñases la moto y poder verte. Temía descubrirme y no estoy preparado para tu rechazo, prefiero vivir en la incertidumbre, prolongar el suspenso hasta donde sea posible y cuando ya sea materialmente imposible ocultar mi condición de secreto amante, obrar en consecuencia. Se que mi final es morir porque no concibo ningún tipo de proyecto de vida en la que tu no presidas cada acto, cada movimiento de mi vida. Si no pudiera ser así, ¿qué sentido tendría seguir arrastrando una existencia insulsa y rutinaria sin saber qué final me reservaba el destino?, prefiero ser yo el dueño de mi destino si no puedes serlo tu y decidir cuando se ha de poner el punto y final.
            El futuro se viste de nada sin ti,
            Mi vida oscurece su gozo, llora
            Cuando tu sonrisa, seria, se hiela
            Y se clava impía en el frenesí
            De mi adoración por tu piel
            Y castiga con un desprecio de rictus
            De asco y rechazo por el temblor
            Que tu presencia me provoca.
            No es tu culpa, mío el pecado
            De quererte sin derecho alguno
            A esperar que tu alma se evapore
            Con la temperatura de mi mirada.
Quedo tranquilo. Espero anhelante este lunes que me pueda dar el oxigeno del alma sin el que moriría, tenlo por seguro.
Espero que no tengas que leer nunca esta cartas que necesito como el aire, o el alimento, para poder seguir sobrellevando esta melancólica existencia. Si llegas a leerlas, ten por seguro que te estaré hablando desde la otra parte del amor, esa a la que es preciso llegar renunciando hasta a la vida y en la que nada puede dañarte salvo la existencia.
Nada en este mundo o en el otro conseguirá coartar mi amor, eso, el amor que siento yo por ti, nadie, ni tu, amor, podrá quitármelo y para mi ya es suficiente.
Bonifacio.      
CARTA Nº 5 DE BONI A EMILIO.
Madrugada del 10 de Abril de 1984
Esta primavera, Emilio, permite tener abierta la ventana, y a estas horas de la madrugada, el frescor del ambiente contribuye a encalmar el volcán rugiente en que se ha convertido mi corazón ésta mañana y aún a estas alturas permanece efervescente. Todo el calor de mi sangre, al helarse esta mañana en mis venas, fue directo a mantener incandescente la irritación que me produjo el verte llegar con Julia de paquete en tu moto. A partir de ese momento, mareado, nauseoso, ya no he sabido que ha ocurrido a lo largo del día. He estado ausente en clase, he estado ausente en casa y mi espíritu se ausentó de mi, en pos de otros mundos en los que el sufrimiento no fuese la única opción cuando pensaba en ti. ¿¡Porqué, porqué, porqué!? ¿Es que disfrutas riéndote de mi? ¿Es posible que no te hayas dado cuenta aún de cuales son mis sentimientos? ¡Es tan evidente! ¿No te has percatado de las sonrisitas a nuestro paso, los cuchicheos a nuestras espaldas, los meneos denigratorios de cabeza? Yo si me doy cuenta y me siento orgulloso de ello, no hay mejor galardón para mi que me hagan de pareja tuya y me extraña que tu permanezcas ajeno.
¿Te has dado cuenta y pretendes taparte aprovechando a Julia como capa? No quiero pensar que, cobarde de la peor especie, estés hurtándome tus sentimientos y engañándote a ti mismo. ¿Es eso cierto? No quiero pensarlo, no quiero sentirme decepcionado de ti, te amo demásiado como para pensarte rajado..., o tan estúpido como para no comprender que después de meses de acompañarte todos los días al Instituto el trote de mi corazón no haya traspasado tu piel y susurrado al tuyo que lo que hay entre nosotros es algo más que un simple compañerismo. Y por eso nos has querido dar en las narices a todos, y a mi de paso, utilizando a Julia como arma arrojadiza.
Si continuas en la misma actitud no se si podré seguir mucho tiempo así, no soporto tu despego, tu frialdad, tu desamor. No puedo entender, por muy macho que tu te encuentres, que no sientas algo de lo que yo quiero trasmitirte. ¿No hablan suficientemente claro mis ojos?, no paran de chillar que te quiero, que eres mi vida, que fuera de ti para mi no hay nada más que la nada. ¿Qué piensas, que yo no leo los tuyos?  Pienso. No, no pienso, se positivamente, que ya te has dado cuenta y coqueteas conmigo, nadie puede ser tan insensible o al menos tan insensitivo porque, ¿como podrás negar que no notaste mi tremenda y apesadumbrada excitación?, a mi pesar, si, bien es cierto. No te quejaste, no te incomodaste, ni siquiera intentaste apartarte en la medida de lo que permite el exiguo espacio del sillín de la moto y así un día tras otro. Estaba convencido ya de que disfrutabas de mi cercana presencia. ¿No comprendes que las alas que me dabas cada vez eran más grandes y me permitían llegar más lejos en mis vuelos? Has sido cruel, amor mío, has sido muy cruel y a pesar de todo no puedo dejar de quererte. Se me acerca el final, y no quisiera hacerte sufrir pero pienso que lo harás si yo no salgo de esta escena. Sufro tanto con tu desdén que creo que es forzado, violento. Mírate dentro, analiza tus sentimientos. ¿Qué de malo tiene el que me ames?, explícamelo, amor, ¿por qué te niegas la felicidad? Yo se cómo eres y te quiero así. Se valiente, afronta tu realidad, ¿qué hay de terrorífico en dejarse llevar del corazón?, es bonito, ¿no comprendes el daño que te estás haciendo?, no me importa sufrir por ti, partirme en pedazos por ti, inmolarme por tu felicidad, pero siento que mi sacrificio es estéril si tu te violentas los sentimientos y los achicharras hasta reducirlos a cenizas. Se ahora que vas a leer esto dentro de poco, porque se también que mis días se cuentan como escasos en la mente de los dioses. Me acogota la melancolía y me asfixia la angustia de saber que tu amor no es que sea imposible es que tu lo haces imposible.
Es ya tarde esta madrugada, apuro los minutos en esta noche perfumada de azahar y me duele no poder disfrutar este ambiente como se merece; contigo. Los dos lo vamos a sufrir a nuestro pesar, yo sufriría tu parte, pero no puede ser, solo me conforta saber que  ya no existiré cuando tu tengas que padecer y te esperaré al otro lado con los brazos abiertos. Entonces podremos gozar, desprovistos de todo aquello que para los demás es sucio y reprochable, el uno del otro.
Te amo, te amo, te amo, a pesar de todo, a pesar de tu esquivez, a pesar de mi. Perdona mi indignación, es la urgencia de mi amor la que me presta la intransigencia que bebe directamente en la desesperación de saber que nunca serás mío.
Te querré siempre pase lo que pase.
Bonifacio.
CARTA Nº 6 DE BONI A EMILIO.
Viernes 28 de junio de 1984. Madrugada Sensual.
Querido amigo Emilio. Si, me resigno, amigo, solo amigo. Y no he dejado de quererte, de amarte. Son mis sentimientos hacia ti los mismos que hace meses pero más intensos, más tenaces, más sólidos, más serenos y menos incendiarios, como el amor eterno de otoño, como el amor último que solo necesita la mirada para penetrar el amado hasta el fondo de las entrañas y no echa de menos la carne erguida para irrumpir en el alma del otro. Me embarga una tristeza asumida para respetar tu libertad pero que me deja tranquilo, sosegado, abrazado a esta tristeza que es tu alegría.
Se acaba el curso y no volveremos a vernos. Tu has elegido Físicas, va contigo, aunque cercenas esa parte de ti que desconoces y que antes o más tarde quizá, se personará ante tu conciencia a pedirte cuentas. Emilio, mi amor, la vida es algo más que la Física que tanto adoras. Me ensimismaba escuchándote hablar de la posibilidad de encontrar el origen de la vida, del Universo entero, plasmada en una formula matemática, era tal la ilusión y el empeño en la empresa que contagiabas y había que dejarse llevar y me enamorabas cada vez más, como enamorabas a todos los que te escuchaban, aunque ellos no lo supiesen y reaccionasen tildándote de pedante, asustados de su embobamiento. Eso me gustaba porque eliminaba contrincantes que solo sabían chapotear en el légamo de la estupidez, por muy listos que se creyesen; así eras todo para mí.
Esta madrugada, con el curso ya acabado, con el aire perfumado de jazmín y dama de noche, de celindo y de verano me siento realmente feliz, abandonado a la melancolía sensual de la sabiduría que solo da el amor que todo lo entrega, hasta la vida, si ello fuera preciso, porque aunque se que no te tendré, al menos no te perderé de mi memoria, asumo la perdida de tu compañía en la seguridad de que no volviéndote a ver permanecerás dentro de mi como siempre, inalterado, eterno, para mi, solo para mi, y ahí, tan dentro, serás mi prisionero y no podrás abandonarme, te poseeré siempre.
La facultad de Ciencias, está al otro lado de la ciudad, en el lado opuesto al campus de Letras de lo que me congratulo y en cuanto a los sitios por los que nos moveremos salvo intercesión de hados de mal agüero no nos cruzaremos jamás. Pero te he de reconocer una cosa, Emilio, sufrí un sobresalto cuando después de decirte que posiblemente no volveríamos a vernos me dijiste que lo sentías. Fue un rayo de sol cegador por entre los nubarrones amenazantes de mi resignación, pero supe cerrar los ojos de mi corazón a tiempo y no me deje deslumbrar, comprendí que  no era más que el cumplido aterrador de un conocido que no sabe como terminar una conversación, no era más que cáscara de amor. Me preguntaste que porqué Filosofía Pura y no supe responderte sin descubrir mis sentimientos hacia ti, te respondí que no me iban las matemáticas, atropelladamente, por decir algo y salir del apuro en lugar de decirte que para no volver a verte si no iba a poder tenerte.
Estoy tranquilo, ¿sabes?, ya he aceptado que te perdí y si hace unos meses estaba decidido a poner termino a la tortura con una muerte rápida, hoy prefiero seguir viviendo; pienso que si muero, no podré volver a pensarte, a recrear tu abierta risa confiada, a ver el guiño eterno de tus ojos que enamora solo con verlo una vez y ese hoyito de la barba que empuja a acariciar tu cara. Prefiero sufrir, si ese es el precio que tengo que pagar por no perder tu memoria. He conseguido reunir fuerzas para vencer la cobardía que me empujaba a morir para terminar de penar, pero no sé si esas fuerzas serían las suficientes si tuviera que convivir contigo a diario viendo como gozas y te gozan otros, otras. Te confieso que he deseado que Julia muriese, se desvaneciese, no sin antes tener que sufrir la décima parte de lo que lo hago yo. Si tuviese que verte todos los días seguramente no me embargaría el sosiego de saber que la intensidad del dolor de no tenerte ha llegado a su cima y lo más que se puede esperar ya es que disminuya.
Espero, amor mío, que ésta tenga que ser el omega de mi necesidad epistolar que algún día, no me cabe duda, leerás para que puedas saber que has sido el hombre más amado del universo mundo, pues no me parece creíble que pueda existir, ni haber existido alguien que ame tan intenso y más entregadamente que yo.
            Vuela infinito a tu gloria
            Corre en busca del amor
            Corre sin descanso y luego
            Decide si es el dolor
            De buscar y no encontrarlo
            El mismo que a mi me anima
            Aquel que le da el color
            A tu ausencia decidida
            Y a las lágrimas da el sabor
            De la muerte más querida
            De la pena y el temor
            De perderte para siempre
            De perderte y sin amor
            Perderme en el desconsuelo
            De saberme prisionero
            De tu ausencia y mi dolor.
No creo, mi amor que pueda volver a escribirte, como temo que pudieras llegar a leer alguna vez estas cartas. Las guardaré para leerlas y releerlas yo cientos, miles de veces, cuando ya no seas sino una sombra en mi memoria. No volveré a verte, no debo volver a verte, no quiero verte más. Debo sobrevivir y enmarañado en la madeja de mi amor que tu no puedes desenredar, terminaría por  ahorcarme. ¡Ah!, si una sola palabra tuya cayese como fecunda agua de lluvia de otoño sobre mi alma sedienta de tu frescor, sería suficiente, pero no es bueno que espere eso porque no ocurrirá jamás porque si eso ocurriera, el agua más que empapar mi sequedad, resbalaría y se perdería para siempre, yo me quedaría más sediento de ti que antes y tu no volverías a fecundarme.
Es mejor que corras sin descanso en busca de ese amor que a mi me ha provocado ausencia y dolor. Ojalá lo encuentres.
Tu querido amigo Boni.
CARTA Nº7 DE BONI A EMILIO
Lunes 27 de Mayo de 1985
Mi querido y nunca olvidado Emilio, ¡que largo se me ha hecho este curso sin ti! Me había prometido no volverte a escribir, me he violentado a olvidar, no he podido y me alegro porque me confirma que mi amor no era capricho de adolescente rijoso. Conseguí resistirme hasta hoy en la supuesta seguridad de que negándome la memoria acabaría por arrinconar tus ojos, tu boca, tu olor, tu presencia en el más profunda y olvidada grieta de mi cerebro. Pero tu brillo dentro de mi, ciega, aunque cierre los ojos del alma y por muy ladrillo que quiera ser, tu calor, que no se entibia, reblandece hasta la piedra más dura.
Tengo la sensación de que he perdido un año entero de mi vida. Cada vez que me levantaba hacía uso de toda la fuerza de voluntad que podía reunir, sabiendo que no tenía sentido moverse si no te iba a ver un día más. Y así y todo apilaba un día tras otro sobre mis espaldas, arrastrando todo el peso de mi tedio, todo el peso de un cadáver, el mío, porque ya no estoy vivo; mi corazón late, el aire penetra en mis pulmones y mi vientre bajo se agita presa de las más bajas y animales pasiones, pero no, no estoy vivo. Recuerdo cuando lo estaba, cuando el corazón galopaba desbocado y se me enfriaba la cara y las manos la ver que de lejos, levantabas el brazo y lo agitabas alegre y confiado saludándome. Cada día que pasaba, mi alimento era tu imagen y mi aire tus palabras cuidadosamente, amorosamente conservadas en mi cabeza.
Las clases asedan la aspereza de mi pena. Los compañeros de curso se quejan de las aridez de las materias porque no conocen el páramo sediento  en que se convirtió mi alma desde el momento que asumí que estabas perdido para mi. Pero, ¿sabes una cosa amor? He descubierto algo maravilloso. Se puede, si, se puede amar sin ser correspondido. Es más, el ser correspondido conlleva algo de transacción, de mercadería, parece que supone que uno de los dos ha de pujar y el otro debe poner el precio, siempre hay un precio, y depende de la añoranza del ser querido que parezca un precio abusivo o siempre parezca barato. Pero no, mi amor por ti no puede reducirse a unas cifras, aunque no se puedan escribir como números. La infinitud de mi amor esta fuera de todo comercio, por eso el que yo sea el único dueño de este bien me permite no pensar en ninguna contrapartida, te quiero y eso ya me remunera y no es preciso que tu me correspondas, a mi me basta con que yo te quiera. Pensar en que tu me pudieses corresponder me ruboriza, me abruma, me supera. Me temo que te esté idealizando, pero que más da, a mi me hace feliz.
Acaba el curso y una compañera, que me ha estado asediando todo el curso, me ha planteado abiertamente que copule con ella. ¡Dios, Emilio!, soy virgen y soy tuyo y no te creas que no halaga al Narciso que llevo dentro el que Davinia haya hecho resbalar su lasciva mirada sobre mi, cuando es codiciada por la clase entera, pero cuando pienso en la sola posibilidad de que no sea tu cuerpo el que se encuentre entre mis brazos se me aplaca cualquier deseo y me siento incapaz de hacer sexo con nadie. He observado también que un compañero me observa a distancia y me recuerdo a mi robándote las presencias, doliéndome de tus ausencias y se que no podré colmar las expectativas de mi compañero porque tu siempre estarás ahí, presidiendo mi vida y mi muerte quizá.
Creo que aprobaré todo el curso, porque estudio a todas horas para encalmar la galerna que agita mi espíritu y mi padre ha dicho que iremos a pasar el verano a la sierra, a la casa del pueblo de mi abuela. Pasaré los días bajo los olmos y las noche contemplando las estrellas intentando imaginar que cada una de ellas brilla la décima parte de lo que brillarían tus ojos si me mirasen con la intención que yo desearía.
            Cae la noche como sudario
            Tenue de tul ligero y negro
            Escondiendo la amargura
            Pastosa, sucia y opaca.
            Pero tu, aun iluminas
            La llaga abierta que sangra
            Tu ausencia, que supura
            Angustia y desesperación
            Sabiendo que tu marcha
            Es a la eternidad.
            Que tu perdida, sin remedio
            Tendré que tragar cruda
            Aunque las nauseas
            Me ahoguen, me asfixien
            Y me aniquilen.
Daría varias vidas porque pudieses  leer estos versos que salen directamente del surtidor impenitente de la ilusión de que me mires a los ojos y pueda leer en los tuyos que no te soy indiferente.
Te quiero, amor mío, te adoro.
Bonifacio.



CARTA Nº 8 DE BONI A EMILIO          
15 de Agosto de 1985. Madrugada del día de la Virgen.
No pensaba amor mío volver a tener que dirigirme a ti pero el remordimiento me consume, me hierven las entrañas y no tengo idea de lo que hacer para secar la fuente inagotable de lágrimas. ¿Qué he hecho?, ¿qué te he hecho? Me cuesta trabajo confesarlo pero de no hacerlo creo que jamás podría volver a evocar tu imagen sin que furiosos anhelos de consumir mi existencia se hiciesen realidad. No tengo ganas de vivir más.
Esta noche, amor mío, esta noche. ¡Oh Dios, Dios!, ¿cómo pude?
Era fiesta en el pueblo. Estamos en la sierra, ya sabes, el pueblo de la abuela. El día grande, como en tantos pueblos en el que todos se tiran a la calle y se festeja de la forma más étnica posible: bebiendo hasta caer de culo. Y yo me he dejado llevar. ¿Qué otra cosa se puede hacer en este sitio horrible, falsamente sencillo, alegremente acartonado, en el que todo aquello que no sea previsible está condenado al frío exterior de la exclusión y a la ordenada murmuración que despelleja pulcramente al que se atreve a vulnerar el orden establecido. Se puede ser depravado, delincuente incluso, pero guardando las formas, ¡faltaría más! Pues eso, que he bebido y se me ha relajado la guardia, las defensas han caído y he sido pasto de mis más desastrosas y programadas inclinaciones. El cuerpo dejado a su dominio, la carne sin cabeza ni sensibilidad.
El alcohol crea un mundo de mentira en el que se antoja vivir libre y feliz, en el que el alma se esponja como si fuese de pompas de jabón y le hace creer a uno que es lo que no es y da la sensación de que todo está solucionado, incluso lo que no representa ningún problema que solucionar. No es fácil ser como yo soy, mi amor. Cansa el mantener la dignidad y la autoestima mientras se rema a contracorriente. Hay que mantener la cabeza muy serena para no abandonarse al ¿y porque no?, y porque no ser uno más, confundirse con la mása y colocarse la careta inexpresiva de la comodidad, de la ruindad y la miseria. Y eso es lo que me ha pasado a mi, me rendí a la morosidad de lo rutinario y bebí, y bebí. Al parecer no paso tan desapercibido como yo creo y estaba en el punto de mira de alguien. Al tener ojos solo para ti no me fijo en nada más y no me puse en guardia y sucedió. Otra veraneante, mayor que yo, no mucho más mayor, me abordó, me envolvió y acabé en su cama.
No quiero ser mentiroso, no contigo. No voy a decir que no experimenté el goce físico, que lo sentí, pero puedo jurar por lo más sagrado, por el amor que te tengo, que ha sido un placer deshuesado, contrahecho, artificial y cuando acabó todo, me he sentido vacío, asfixiado, sofocado, animalizado. Esto que me ha sucedido me ha ensuciado y no se como limpiarme. Ya no soy virgen para ti. Me reservaba para darme entero. Ha sido la primera vez, Emilio, que otra persona me ha tocado ¡y no has sido tu!, ni siquiera otro hombre, y me ha hecho sentir inmensamente desgraciado. No lo habría imaginado nunca así.  Soy de esta manera y no puedo ser de otra forma. Al menos esto que me ha ocurrido ha servido para tomar conciencia cierta de lo que significa ser homosexual. Ser así, es algo muy serio, no es una opción que se toma libremente, se es y no hay que buscarle más explicaciones. No se es gay como el que se hace socio de un club de fútbol y sufre con sus constantes derrotas, no se parte el carné de homosexual cuando se harta uno de rechazo y perdidas. Hay que ser muy hombre para poder soportar la homosexualidad sin perder la dignidad de serlo.
Me gustas por el hecho de que eres tu. No se si existirá una mujer que sea como tu, con tu forma de ser, si existiese a lo mejor me enamoraba de ella, pero lo dudo, creo que me he enamorado de ti, primero por tu forma de ser y estar y luego porque eres hombre, reaccionas como hombre y como hombre me has ignorado bien a mi pesar.
Todo esto ha sido doloroso para mi. No creo que vuelva a tomar alcohol nunca más, no quiero otro mundo artificial que me haga ser débil y creer que se puede vivir otra vida con el cuerpo de uno. Ya no soy virgen, Emilio, pero mi amor esta inalterado y así va a continuar siempre, contigo o sin ti, y así permanecerá, incluso cuando yo no exista. El amor es independiente del que lo goza o lo sufre, tiene vida propia y lo sentirás en tu carne, te lo exprese yo o no y te acompañará allá donde te encuentres. Quiera el cielo que cuando sientas ese amor en tu carne sea yo el que se encuentre cerca, si no es de esta manera, solo deseo que seas el más feliz del mundo.
Siempre te amare, Emilio, de hombre a hombre. No quiero ser “como una mujer”, quiero ser un hombre que te ama porque eres hombre y estoy orgulloso de poder sentirlo.
Boni.
CARTA Nº 9 DE BONI A EMILIO.
Tarde del lunes 7 de Octubre de 1985.
Querido Emilio, pensé que no podría volver a escribirte, abochornado por mi infidelidad y veo con desolación y alegría al tiempo que estoy más cerca de ti de que yo creía. La fiesta que hacía mi cuerpo cuando te veía o sabía que te iba a ver al día siguiente en clase yo la quería disfrazar de amor intemporal para satisfacer mis ansias de pureza, cuando en realidad solo ansiaba beberme tu cuerpo de un sorbo y eso me escandalizaba. Llegué a pensar que más hombres, o menos hombres, entrarían en mi vida o quizá tendría que meterlos yo a fuerza de voluntad, y vendrían a suplir tu presencia, acabando, a buen seguro, por olvidarte. Pero, ¡ay!, al contrario, cuanto más busco menos encuentro, cuanto más miro menos veo y me imagino ciego porque al ser tu mi universo y  no estar cerca de mi, el resto me es indiferente, puede no existir el mundo sensible y si es que existe a mi no me importa.
Después del episodio de aquella mujer engolfada en mi cuerpo, (¡¿como pude?!) me entregué al placer, al que me estimulaba, a la busca del cuerpo recio de hombre que eres tu en todos y es ninguno por mucho que me empeñe.
Parece mentira lo que es capaz de decir una mirada si el que la recibe está dispuesto, motivado para ello. Me atiborré, hasta la corcha, sin recato, que descampados había y aunque apestando a oveja, apriscos vacíos, que el ganado lo pasa en verano al sereno, convirtiéndolos en improvisadas habitaciones de alquiler por horas donde entregarse al desenfreno y el sexo más horrendo y radical, pero excitante. Borrarte, esa era mi misión y lo iba a conseguir, estúpido de mi, a base de acumular piel sobre mi piel, ensuciando mi cuerpo con el de otros que solo pretendían, ¡que dolor!, arrebatarme la vida prostituyendo mi entrega, mi sinceridad. Pero he aprendido, ¿de que se trata, de sexo?, pues puro, de los de mil milésimas, marginalidad carnal, exquisita casquería de emuntorios, mera transmisión nerviosa. ¡Pues no! Me niego a reconocer la bajeza de Rilke, ¡No, no, no es eso, hostias, no! Me niego, voy a seguir negándome y no se si podré resistirme y si no puedo quizá sea menester que acabe todo, esta vida errabunda y estéril sin poder compartir contigo. Amor mío, el sexo si no es contigo, no me remunera, al contrario me gasta la vida, se la come.
Esta mañana ha comenzado el curso en mi facultad y no he podido  borrar esa imagen tuya, tallada en el diamante de mi corazón, llegando a recogerme en tu flamante moto. Esa cara angelical, de satisfacción total, de plenitud, no habrá forma humana de borrarla de mi memoria como no sea matándome. Y el temblor que me embargó al acomodarme a horcajadas detrás de ti. “Agarra fuerte  mi cintura, Boni, no te vayas a caer”, esa frase todavía me saca lágrimas de emoción, me recupera para la dignidad que pierdo a pequeños sorbos con cada nuevo escalón que desciendo por la escalera de la degeneración más absurda entregado a la más amarga genitalidad.
Es así mi amor, si no es contigo terminaré por diluirme en el vomito de la insensibilidad brutal del sexo anónimo, sin finalidad, sin esperanza.
Avanzará el curso y espero que la aridez de los razonamientos lógicos me abstraiga de tu memoria. Seguiré existiendo, moroso y aburrido, esperando que llegue el día en que aparezcas radiante, con tu abierta sonrisa, agitando tu brazo, entusiasmado por el reencuentro. Aunque siendo realista lo que me queda será esperar que el tiempo tire inmisericorde de las riendas, me haga sentir el bocado y me obligue a la derrota que el destino me tenga preparada. Pero mientras me quede aliento yo seguiré pugnando por llevar el timón a la vía, a mi rumbo, reemprender la singladura que arribe al puerto que yo tengo en ordenes desde siempre, habrás comprendido ya que ese puerto eres tu.
El corazón me pide entonar una canción exaltando mi amor por ti, como otras que ya te tengo escritas, pero la desazón en lo suficientemente intensa como para hacer sentir que la angustia que me produce me imposibilita para cualquier actividad que no sea dolerme de tu ausencia y por nada quisiera entristecerte por lo que no quiero que una vez más esta carta rezume más rejalgar que el preciso.
Te sigo queriendo y así seguirá siendo.
Boni.
CARTA Nº 10 DE BONI A EMILIO.
Semana Santa de 1986. Madrugada de Jueves Santo.
Querido Emilio, escucho a los lejos los solemnes tambores que escoltan al Nazareno y me viene a la cabeza tu imagen, no se porqué, o quizá si. Nada tiene que ver la procesión de este Jueves Santo, es que tu imagen representa para mi la pasión y de cualquier forma se me pinta indeleble por nimia que sea la causa.
Mis padres están en la procesión, yo no he querido ir, nunca me hicieron demasiada gracia este tipo de cosas, ni frío ni calor, ya sabes, y desde luego con la disposición actual que tengo nada de eso me motiva. No tengo ganas de nada, Emilio. Cuando tu imagen invade mi cerebro y lo impregna todo siento tu ausencia y hasta respirar se me hace tedioso. Todo está de más.
No se ni porque te escribo, no se siquiera si te escribo a ti. Casi con toda seguridad escribo para sentir que sigo vivo, para poder leer aquello que soy capaz de imaginar porque la manera de que llegue a ti éste y otros escritos solo ha de ser una y me estremece barajar esa posibilidad. Ya no soy capaz de deslindar lo que es amor verdadero de lo que es empecinamiento. ¿Pues no tengo ya suficientes muestras de que nunca conseguiré tenerte a mi lado? Lo se. Lo se demasiado bien, pero no puedo renunciar. Solo pensar en renunciar a ti me ahoga en espuma amarga de angustia.
Huele el ambiente a incienso y a nardo, la madrugada es indulgente esta primavera y la brisa de Abril acaricia la piel con ternura, la sensualidad que despierta incita a abandonarse al placer de vivir. ¡Si!, me gustaría poder olvidar, y vivir y gozar de estos veinte años recién estrenados que me empujan a apurar el cáliz de la vida con avaricia, pero la nausea se me instala en la garganta cuando constato que ese vaso repleto es intragable si no lo ofreces tu de tu mano. ¿Qué hacer?, dime como evitar el deseo de ver esta casi estrenada existencia consumida en el fuego de la desesperación al experimentar la helada sensación de que tu te alejas y me dejas a la intemperie de tu presencia.
No te lo voy a ocultar más tiempo, mi amor, que cada vez estoy más vacío. A medida que lleno mis espacios de cuerpos desnudos enardecidos por el sexo más me siento una cáscara  hueca, una marioneta desfallecida sin amo que la gobierne a merced de lo que cada quien quiera hacer conmigo. Cada vez me entrego más y más al descarnado placer de cuerpo bestial, desalmado, en una espiral desmembrante que cada vez me deshace más en trozos de carne que se entrega como carroña a toda fiera que quiera consumirla a dentelladas de placer arrebatado. Siento que se me acaba el tiempo si mi gran relojero no me da tiempo. Me agoto en mi propio desprecio, porque a medida que me voy dando cuenta de lo que estoy haciendo con mi vida menos me gusta lo que veo y más deseo tener la determinación final de descansar en el frío y deshumanizado mármol de un mortuorio.
Ya te dejo mi amor. Me confortan las lágrimas que ruedan alegremente mejilla abajo cuando abro mi corazón a ti, porque te siento cerca, pero la trampa se cierra porque es lejana esa cercanía y el saber que no conseguiré nunca sentir la calidez de tu piel junto a la mía me desespera.
Hoy estoy especialmente tenebroso en mi animo pero no me puedo reprimir enhebrar unas cuantas frases que puedan aliviar la negra angustia que se apodera de mi pecho y estruja mi corazón, hasta dejarlo exhausto.
            Dime amor, te estoy gritando
            Y tu la espalda me vuelves
            Aun sabiendo que me duele
            Que lo que yo hablando
            Te grito, es solo que te quiero
            Y alzando la voz espero
            Que escuches mi corazón
            Que se rompe de dolor
            Porque sigues siendo sordo
            A mi anhelo que te pide
            Que me escuches un momento
            Y no te olvides que yo
            A pesar de tus desprecios
            Siempre, siempre te esperaré.
Ya lo dejo. Voy a salir a la noche de este Jueves Santo a perderme entre la gente que abarrota las calles, a olvidarme de que una vez te vi y quede eternamente encadenado. A sentir en mi cabeza el nevero de la soledad acompañada y en mi corazón el puñal de tu falta, de tu ignoro. Beberé y beberé hasta desfallecer y posiblemente me hundiré un poco más aún en la inhumanidad del sexo anónimo hasta que se insensibilice el corazón y deje de añorarte. Tarea hercúlea prácticamente imposible pero ¿qué quieres?, la felicidad es un paraíso al que tengo vedado el paso. Te amo.
Boni.
CARTA 11º DE BONI A EMILIO
29 de Junio de 1988
Querido Emilio, hacía mucho tiempo que no te escribía y hoy acabando el curso, ya el paso del Ecuador, fíjate cómo pasa el tiempo, pues eso, que acabando el curso se ha hecho primavera en mi tediosa y macilenta vida. Te lo tengo que contar a ti mi amor porque creo que se ha acabado para mi la mala racha. Me he hartado de escribirte con problemas y penas, era razón que alguna vez te participase algo feliz. Siempre, siempre ocuparás en mi corazón un lugar de privilegio pero yo no puedo seguir arrastrando mi desencanto que más antes que después terminará por hacerme saltar la tapa de los sesos.
Habrá sido hace cosa de un mes. No tenía idea de quien era. Un seminario sobre Kierkegaard me resultó interesante y me inscribí, daba bastantes créditos y el existencialismo siempre me llamó la atención, aunque lo impartía el Sánchez. Estábamos esperando a que apareciera el coñazo de marca, pero tardaba y ya hablábamos de marcharnos. En eso que se coló un tío nuevo muy apresurado. Nos miramos unos a otros extrañados y festivos. ¿Quién es éste? Se presentó; resulta que se acababa de incorporar al departamento recién llegado de una estancia de tres años como lector de español en Viena. Los ojos penetrantes, negros como el pozo sin fondo que era mi futuro hasta ese instante y el pelo largo y ensortijado como el de un bailaor de raza, como el transito de mi vida a través del desierto del dolor. Cuando abrió la boca y sus palabras se me enredaron en los entresijos de mi cabeza supe que acababan de terminar mis penalidades. Mientras se presentaba, Ángel Maria nos dijo, un nombre dulce como la miel de jara, le intenté encontrar el fondo a sus pupilas despreocupándome de todo lo demás. Cuando cruzó en una de sus pasadas por el aula su mirada con la daga de mis ojos ya no pudo mirar hacia otro lado. Los cuarenta minutos que duró el seminario eran para mi, a mi se dirigía, a mi miraba, a mi sonreía. Yo creía, Emilio amigo, que tu sonrisa era irrepetible, que no existían perlas más blancas en una boca más húmeda y aterciopelada, que jamás volvería a degustar la sensación de desleírme en tu alegría. Me quedé petrificado cuando me miró sonriendo y reconocí en el gesto, tu gesto. Le devolví la sonrisa y entornó los ojos de la forma más sensual que nunca habría sospechado. Me parece imposible que no se dieran cuenta mis compañeros de lo que en aquel seminario se estaba fraguando.
Terminó la disertación y recogiendo los folios y las carpetas fue desfilando la gente camino de la puerta comentando los pormenores del lance. Me quedé descaradamente quieto, sin moverme de la silla, observando divertido, feliz como aquel ángel ordenaba pausadamente sus notas y las guardaba en su cartera sintiéndose observado, me parecía que le gustaba sentirse observado. Cuando acabó de recoger sus cosas se volvió, se apoyó sobre la mesa y me prestó su mirada sin parpadear para después de dejar un lapso de silencio revelador finalmente preguntarme si no tenía mejor cosa que hacer que quedarme allí escudriñando cada movimiento suyo, “esto no es una clase de entomología”, terminó por decirme. Como no le contesté, -solo sabía sonreírle, estaba excitadísimo sabiéndome a solas con él-, finalmente me dijo: “anda, vamos a tomarnos unas cañas..., ¿cómo te llamas?”.
Emilio, amor, si era lindo en clase no te puedes ni imaginar como se conducía en privado, ¡que treinta y cinco años!
Lo que siguió va a quedarse para pasto de imaginación, no es necesario ser explicito porque lo realmente importante ya te lo he contado líneas arriba. Pase la noche en su casa. No sabía yo que se pudiese ser tan dichoso. Imaginé esa misma situación contigo de protagonista  alguna vez, pero nunca como fue en realidad y además la expectativa era de imposibilidad por lo que nunca le concedí demasiado crédito, necesitaba un gran esfuerzo de imaginación para mantener tu imagen adherida a la mía.
Espero volver a escribirte para contarte con se desarrolla todo. Me habría gustado decirte todo esto en persona, pero bueno me consuelo manchando hojas en blanco aún sabiendo que nunca leerás estas líneas. Antes pensaba que cuando me quitase de en medio te llegarían estos papeles, ahora no quiero que los leas jamás. Porque lo que más deseo en el mundo es vivir y que no se acabe esta borrachera de felicidad que me guía el bolígrafo. Creo que he encontrado la felicidad que tantas veces y años se me ha negado.
Pero a ti, por encima de quien sea y como sea  te querré siempre, para siempre.
Boni.
CARTA Nº 12 DE BONI A EMILIO
29 de Agosto de 1988, noche de Lunes amargo a Martes de rabia y guerra.
Solo se me ha ocurrido escribirte a ti, la desesperación del fraude me enceguece, la escarcha del desconsuelo congela cualquier emoción positiva en mi alma. Hoy soy peor persona. La maldad es contagiosa, solo deseo perjudicar y no me reconozco por eso me acuerdo de ti cuando solo tu presencia, incluso tu recuerdo, me reconciliaba con la humanidad. Cada día estoy más convencido que fuera de ti, para mi no hay vida posible. Estoy sobrepasado. Voy por un camino a pie enjuto y cómodo y de repente ha caído una espesa niebla que no me deja ver donde doy el siguiente paso, por donde vago. No hay más salida para mi y antes de dar el postrer paso, el definitivo, quiero contarlo, que alguien sepa, que tu sepas.
¿Pero cómo puede una cara así coexistir en el mismo cuerpo con un corazón podrido? Ángel, ¡hay Dios!, creí haber encontrado el puerto seguro donde descansar despreocupadamente, en el que producirme, bajas las murallas, indefenso fiado en el amor. ¡¿Pero como se puede ser tan degenerado?! Yo fui radicalmente leal y el se estuvo divirtiendo de mi desde que me invitó a tomar aquella caña.
Nos tomamos más de dos cervezas y sucedió lo que era obligado. Me dijo así, de sopetón, que desde que entró en el aula tuvo la impresión de que un foco me iluminaba, que era como si fuese el único alumno en el aula. Si tenía alguna reserva se diluyó como un grano de sal en una olla de agua hirviendo, me conquistó y me entregué.
Se que causé un gran dolor a mi madre pero era preciso que se lo contase. Me sorprendió que aparentase no inmutarse. Se sonrió al tiempo que una lagrima daba brillo a su mirada de amor, me acarició la cabeza y me dijo que me quería, que ella quería a su hijo, al que tuvo hacia veintitrés años, como fuese, que nunca hizo reserva de conciencia, “no llevaba en mi vientre un ingeniero guapo y triunfador, llevaba algo más; un hijo mío”. Apostilló que si yo era feliz siendo como era, adelante, pero que le hiciera un favor enorme, que fuese siempre feliz, no soportaría que no lo fuese, se moriría de pena. Me abrazó y me dio el beso más tierno y más cálido que jamás nadie pudiera recibir. Moriría antes que defraudar a mi madre. Después de aquello quedé relajado y pletórico. Fui en busca de mi amado a darle la gran noticia, era doblemente libre y dichoso, amaba a un hombre que me amaba y mi madre, lo que yo más quería, daba su consentimiento y se congratulaba conmigo..
Ocurrió hace tres días, el viernes. Había quedado con él en su casa, que compartíamos, después de recoger ropa limpia en casa. Iba gozando de antemano del fin de semana que me había dicho que iba a ser de fábula. ¡Y vaya si lo fue! Aún hoy sigo preguntándome que clase de persona hay que ser para poder mantener una mentira tanto tiempo sin echar el bofe de asco.
Abrí la puerta con la llave que Ángel me había dado desde el primer día y nada más entrar me quedé sorprendido. Me di la vuelta para comprobar que la puerta que franqueé era la puerta, mire la llave desconcertado y los muebles, que eran los de siempre. No, no me había equivocado, pero el niñato de gimnasio y dieta con una tableta de chocolate por barriga, que estaba sentado medio desnudo en el sofá de la sala estaba fuera de lugar, no formaba parte del cuadro. Cuando iba a preguntarle que qué hacía allí apareció el cerdo de Ángel y me saco de dudas. El chaval era el que, al parecer, él necesitaba. Cuando vio mi cara se le cayó la careta y apareció el verdadero rostro sardónico, inmisericorde. ¡Por todos los santos como se pueden decir esas cosas sin sentirlas!, ¿qué retorcida mente es capaz de engañar de tamaña manera? Pero lo mejor estaba por venir, el chavalote descarado del sofá, no era un tercero en discordia, ¡era su pareja!, estaba de vacaciones con su familia y mientras tanto yo no fui más que un divertimento, el sustituto. Y no voy a continuar porque las lágrimas de indignación y pena me nublan las vista y mojan el papel.
Ya no tengo fuerzas, Emilio, he tirado la toalla. Solo me queda recuperar fuerzas para poder dejar de sufrir.
A ti hace tiempo que te perdí, a mi pesar, por mi cobardía, porque, qué se yo como habrías reaccionado de haberte hablado claro, de haberte presionado con mi amor. Cuando estaba todo perdido creí que los hados se habían apiadado de mi y que al fin los años de dolor encontraban justa compensación.
Me ha pasado lo peor que le puede ocurrir a cualquier ser humano, perder la esperanza y estar aburrido. Ya he experimentado que en mi vida el amor no prenderá jamás llamás de ardorosa pasión y así no merece la pena seguir viviendo, me niego a ser un espectro arrastrando su tragedia pasto de compasión, envejeciendo y amargando la vida de todo el que me rodeé que culpa tendrá ninguna de mi avatar.
Y te seguiré amando, cuando muera, cuando ya no exista más que en la mente de los dioses que se regocijan de mi desgracia. Se feliz mi amado, mi deseado, mi imposible amor.
CARTA 13 DE BONI A EMILIO
31 de Diciembre de 1990
Querido mío Emilio, hace tanto tiempo ya que no te veo que me resulta hasta extraño el dirigirme a ti. ¿Me estaré volviendo loco? La verdad es que a veces pienso que sobro en este mundo. Cada vez estoy más hastiado. Este lunes fin de año en el que hay que estar exultante y hacer el gilipollas por obligación a instancias de una hoja de dudoso gusto que cuelga de la puerta de la cocina, yo me niego y me resisto. Contigo a mi lado celebraría cada día y no este único al año.
Vivo por inercia mi amor y deseó fervorosamente que llegue el día de mi muerte que saludaré con agradecimiento a los dioses si ellos fueran los que apiadados de mi arrastrar la desesperación por este desierto de agonía deciden poner fin a mis sufrimientos.
Y mientras, no creas que voy de viuda triste por la vida, ¡que va! Resulta que soy hasta popular, sobre todo entre los de Bellas Artes; son más abiertos, extravertidos que los compañeros de la Facultad de Filosofía y me han invitado lo menos a cuatro cotillones. Me he negado a todos, no podría asistir porque esta noche es para mi la noche en que sudé sangre viéndote con los ojos de mis celos enardecerte con Julia. Todos los fines de año desde aquel han sido un calvario y me desespera pensar que estás en otros brazos, que tus labios resbalan sobre otros que no son los míos, que tus ojos son para fijar la atención de otros ojos y que tu sonrisa encandila un alma que no es la mía. Desearía que este día no existiese porque a cada nuevo año más cuesta arriba se me hace. Cada vez que alborea el nuevo año pienso que quizá, que ojalá sea el último y si algo me impide poner fin a mis penas es que tu no sabrás jamás que hubo alguien que te amó como nadie en ninguna época del mundo pudo amar a otra persona y espero siempre que en un respiro de ninfa, en una décima de segundo por no se muy bien intercesión de quien aparezcas y puedas asistir a mi halito final para que vivas con la satisfacción de saberte amado.
Me faltan las palabras porque se me seca el corazón de angustia sabiendo que no te tendré nunca. Me estoy muriendo y debería rebelarme pero me reconforta pensar que muriendo ya no sufriré más. Me atruena los oídos la ausencia de tu voz, me deslumbra los ojos la oscuridad de tu eclipse. Me estoy volviendo loco, mi amor, me estoy volviendo loco.
Boni.
CARTA Nº 14 DE BONI A EMILIO.
Alboreando el 20 de Agosto de 1991.
Mi amor, mi vida, ya no lo soporto más. Creía que todo estaba ya terminado y olvidado, un bello sueño dorado quedaba para aligerar las tediosas noches de insomnio por la vaciedad de una vida como la mía sin finalidad alguna, pero no, dolorosamente no, he tenido que encontrarte en el concierto esta noche para volver a ser trasportado a territorios yermos por los que no creí que tuviese que volver a transitar. Si la vida ya me era fea, desagradable y dura desde que te perdí, anoche además se trasmutó en agresiva e hiriente. No sabrás jamás de que clase fue la conmoción, el terremoto, el cataclismo que le sobrevino a mi alma al verte, tuve que hacer esfuerzos para no desmayarme. Si hubiese llegado a sospechar que te podía estimular este tipo de música no se me habría ocurrido aparecer a mi. Temía que algún día sucediese este acontecimiento y mis miedos se quedaron cortos. La descarga que experimenté al rozarte el hombro me convirtió definitivamente en ceniza despreciable en tu presencia. Menos mal que dio comienzo el espectáculo, si no llega a ser así, no habría sido capaz de reunir las fuerzas suficientes para moderar mi comportamiento. Todo el concierto transcurrió navegando por mi ilusorio mundo, yo no estuve en la sala, no me enteré de una sola nota, el tiempo se me pasó iluminando escenarios en los que los dos nos amábamos sin cortapisa. No te quité los ojos de encima comprobando que efectivamente estabas solo lo que dio más alas aún a mi imaginación. Estuve tiritando de emoción todo el rato y deshojando la margarita de si iba o no a aparecer después del concierto a la puerta del teatro, donde quedamos, no quería que se rompiese la magia del momento, que se prolongaría, en la medida que de mi dependiera, varias eternidades juntas.
Cuando acabó todo y desde detrás de una columna te espiaba deseando y temiendo que te aburrieses del plantón y te fueses para acabar de una vez con el sufrimiento, la ilusión de rehacer una relación, que de hecho nunca existió, fue la que me hizo poner fin a aquella tortura y aparecer ante ti para continuar la noche deseando que la ficción se hiciese realidad, que el espacio de lo imaginado se fundiese con el de lo deseado y surgiese de ese ayuntamiento una situación hecha a mi medida. ¡Iluso!, estúpido iluso hasta las heces. ¿A que esta necesidad de los humanos de engañarnos?, ¿a que esta necesidad de desear una existencia ajena a nuestra contingencia? Solo hay un espacio en el que definitivamente me sentiré cómodo, la muerte, mi amor, la muerte, la realidad incontestable que no me hará daño. Estoy harto de sufrimiento, estoy cansado de hacerme ilusiones sobre mi existencia, el tedio de la vulgaridad me asfixia y tu eres el único sol que pudiera calentar lo inhóspito de mi pasar por este mundo; saber que eso no va a poder ser así de verdad, porque Julia se interpone (¿es eso o es otra de mis quimeras?) despeja la postrer duda a mi angustia.
No estoy triste amor, no te contristes tu. Te he de reconocer que lo pasé mal mientras decidía, anoche mismo, entre copa y copa, poner el punto  final a mi desorganizada existencia. Vi la sorpresa, querido mío, en tu rostro, cuando de estar grave y melancólico comencé a reír y a alborotar despreocupadamente, ese fue el momento en que superado el amargo trance de la decisión ya todo era puro tramite. Sabido y deseado cual era el desenlace de mi dilema me relajé y me encontré bien. ¡Dejé de sufrir!, algo que hacía años que ni durmiendo me ocurría. Ya solo espero con ansiedad el momento que te reservo para que me encuentres en todo el esplendor de mi amor. Por tu amor voy ha hacer lo que tu vas a ver. Quiero que seas el primero en contemplarme en toda mi menesterosidad, que compruebes hasta que punto es capaz un humano de llegar, por otro, no lo hago para que sufras sino por todo lo contrario para que sientas el orgullo de saberte infinitamente amado hasta el punto de morir por ti, de no poder ser tuyo no hay justificación para seguir existiendo, un sacrificio más puro que el de Cristo porque el suyo era utilitario, era para una finalidad, salvar a los hombres del pecado, (¡que sarcasmo!), el mío es más puro, no es útil a nadie, se consume en si mismo, no pretendo nada, es solo para que te sientas orgulloso de lo que una persona, yo, sería capaz de hacer por ti.
¿Mis padres?, ellos se quieren, acabarán por acostumbrarse, además casi podría afirmar que empiezo a ser un estorbo de modo que a nadie voy a molestar con mi partida y sin embargo se que me llevarás grabado a fuego en tu memoria hasta la consumación de los tiempos, tendrías que ser de palo para olvidarte de mi y te conozco lo suficiente para estar seguro que eres de carne y hueso.

El sol ya me lame el alma
Cuando se acerca mi hora
Tu mente será mía ahora
Como mía es ya la calma.
Para toda la eternidad serás para mí, en mi nada y viviré en ti, a pesar de no representar nada en tu vida.

*  *  *

CARTA DE EMILIO A BONI.
Mi querido amigo, mí añorado amigo. Hoy es un día de alegría y consuelo para mí. Estoy seguro que desde algún sitio leerás o al menos, sentirás lo que yo siento al emborronar este folio.
Tengo que confesarte mi inconsciente cobardía para no reconocer tu interés. O eso es lo que sigo queriendo creer a pesar de haber podido tener la inmensa suerte de recibir el don de ver. He podido mirar al fondo de mi corazón y he visto brotes de vida fosilizados por no saber o no querer abonarlos al sospechar que la planta que creciese no daría frutos apreciados por los demás. Has sido fuerte y valiente enfrentándote a ti mismo y tus contradicciones. ¿Por qué no me esperaste? Te faltó paciencia y me dejaste en la estacada. Pero las cosas son como son y cuando tenía que haberme decantado por el amor valiente no tuve, no supe tener el coraje de afrontarlo, pero se que esa semilla está en mi y me entristece no haber podido vivir una historia de amor contigo. Cada vez que te estrechabas contra mí en la moto o me depositabas tu mano abierta y generosa sobre mi espalda o te rozaba tu dorso de la mano la mía sentía un estremecimiento al que me negaba a dar crédito. No se, quizá hubiésemos sido felices..., o no, eso sería lo de menos, pero hoy tu estarías vivo y gozando de la vida como gozo yo. Eso es lo que me contrista el corazón que no compartes la vida conmigo ni con nadie. Para que yo esté aquí, tenga hijos con la mujer más maravillosa, sea sacerdote a riesgo de ser excomulgado, todo hay que decirlo, y esté entregado a los otros tú tienes que estar muerto y me parece un precio excesivo por mi felicidad, aunque luego pienso que te fuiste precisamente para que yo quedase en paz.
Se que me esperas allí donde yo se que tu estás, diga lo que diga la ortodoxia, para que cuando llegue, pueda fundirme en un abrazo de amor como no nos podríamos haber dado jamás en la tierra, sin precios ni condiciones, sin vencedores ni vencidos, sin rechazos por parte de la sociedad hipócrita contra y para la que batallo.
Rezo por ti cada día, como mejor medio para no olvidarte. No me olvides tu, ahí donde la contemplación de la gloria es excluyente. Espérame Boni, espérame, te amaré para siempre.
Emilio.

5.10.12

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