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jueves, 13 de diciembre de 2012

EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

El Amor es mas fuerte que la muerte

El agua resbalaba, dócil y cansina, por los cristales empañados, despeñándose sobre el alfeizar de la ventana a través de los que Almudena observaba, melancólica y triste, el distante mar que rompía furioso contra el acantilado. El coraje y  la rabia de Almudena eran mas poderosos que la desatada fuerza del mar y sus lagrimas competían con las gotas de la lluvia precipitándose al vacío. A ratos el viento estrellaba contra los cristales las gotas de la lluvia y obligaba a retirarse instintivamente a la niña.
Ese mar, ese despiadado y generoso mar, tronchaba otra vez su corazón tierno y espléndido. Lo de su hermano mayor pasó por su vida de la forma mas extraña. Quería a su hermano, jugaba con ella y le admiraba. Guapo, fuerte, simpático y espontáneo, no podía haber alguien parecido. Era incomprensible aquel cambio de la noche a la mañana; ¿a que se debía ese dolor, desconsuelo y desesperación de su madre?, ¿y el color verdoso pintado en el rostro de muerto que paseaba por la vida su padre?, ¿y sus vómitos?, comiese o no, y, sobre todo, ¿porqué Paco, su hermano mayor, su querido hermano, no había vuelto a aparecer desde aquel día por casa?, nunca entendió porque Paquito tuvo que dejar de venir provocando tanta pena a mama, ¿es que no la quería ya?. Se iba a enterar quien era ella, en el momento que apareciese, como otros días que regresaba, ya de amanecida, de tomar unos chiquitos con la cuadrilla. No había derecho a dar ese disgusto a sus padres, sobre todo a su madre. No lo había.
Pasaron días, semanas y meses con la ausencia inexplicable e inexplicada de su hermano como protagonista mudo e hiriente de la casa. Todo giraba en torno a la no presencia de Paco. Todo en aquella casa se contemplaba en clave negativa, cualquier cosa era en función de la no presencia de su hermano. Cuando fue algo mas mayor, se empeñó, y al fin consiguió, acompañar a su madre, aquel nuevo uno de Noviembre.
Era  la primera vez que entraba en el cementerio..., para ir al cementerio. Siempre pasaba por allí, cada domingo, cuando iba a misa, con sus padres,  pero ir para ver las tumbas..., no lo entendía. ¿Qué tendría que verse, que de interesante podría tener aquel sitio tan misterioso, inhóspito y quieto?. No tuvo que esperar la respuesta a la pregunta de porqué el nombre de Paquito estaba grabado en esa piedra en el suelo debajo de su fotografía antigua, borrosa y triste. La angustia, junto al gemido ahogado, como de animal, que su madre le trasmitió al abrazarla le empapó como un buen txirimiri y le hizo crecer de repente, al comprender que Paco, su hermano mayor, el que siempre jugaba con ella, al que ella tanto quería, no se iba a llevar jamás su rapapolvo por la aplastante razón de que Paco estaba muerto, allí metido, debajo de esa espantosa piedra. Entendió con un escalofrió que la desgajó en lo mas profundo, que la muerte significaba la ausencia total, orfandad eterna; que su hermano querido existiese dentro de ella, su sonrisa, su juventud reales, no casaba con esa experiencia  de aniquilación que acababa de experimentar. Y eso significaba que no había espacio a la esperanza, mejor olvidarlo,  arrancarlo a base de lagrimas de su corazón, porque cada vez que se recordase iba a suponer sumirse en la desesperación de lo irremediable. Abandonar aquel bonito ramillete de flores sobre aquella piedra fría y herida del nombre herido, el de su hermano, no dejaba lugar a dudas; en su casa la desgracia, como en la de su amiga Laurita, como en la de tantas compañeras de colegio, formaría ya para siempre parte de la decoración del alma familiar. Esas miradas ausentes, muertas, perdidas, de las madres, tenían ya justificación. Querría haberse arrancado esa pena del centro de su pecho, dolía, dolía mucho y sus ojos reflejados en el espejo de su cuarto habían perdido la inocencia que le permitía contemplar la vida con alegría cuando aún no sabía, no entendía que era un cementerio.
Habían pasado unos pocos años, los ojos no habían recobrado la lozanía y no la recobrarían ya. La tempestad embestía, una vez mas y siempre, aquella bendita y crudelísima costa, como tantas veces. El tiempo pasado, como era obligación suya, había cubierto con bálsamo de suavidad, la aspereza de la perdida de Paquito y su madre recuperaba una sonrisa, que preñada de melancolía, permitía olvidar, con algo de buena voluntad, que la vida, el vivir, es la actividad mas cruel y que no merece la pena seguir viviendo si es a expensas del olvido.
La lluvia arreciaba y Almudena no quitaba la vista de la ventana. El sol obediente a los dictados del padre tiempo se hundía en el horizonte dejando que las tinieblas añadiesen dramatismo ornamental al que ya presidía su hogar. A sus espaldas, en la casa había trasiego. Mujeres que entraban y salían, vestidas de negro, como su madre; se respiraba nerviosismo y se escuchaban ayes medio reprimidos y suspiros abortados por la consiguiente jaculatoria. Escuchaba la estéril discusión sobre la conveniencia de ir al muelle con la que estaba cayendo, aquel temporal ya no lo era, se había travestido de tempestad, y a pesar de ello su madre estaba firmemente decidida incluso a disolverse en la lluvia, si con ello conseguía ser la primera en avistar las luces de “La Gaviota”. Si aparecía en lontananza, ella sería quien diese la voz de alarma, esa era su misión, su obligación, su consuelo. Solo las mujeres con maridos o hijos en aquel falucho de poético nombre se iban a quedar al sereno, aunque les ahogasen las lagrimas mas que las aguas del inclemente cielo, al fin y al cabo que mejor destino para ellas que ahogarse, como sus deudos en aquel lanchón, que a buen seguro reposaba ya destrozado entre los escollos de aquella ribera asesina.
Ella no, ella ya había decidido permanecer detrás de aquella ventana, dejando que las lagrimas le resbalasen por la mejillas haciéndole gustar lo salobre del dolor, tan salado como la mar, aquel celoso monstruo liquido que maldecía una y otra vez por no haber consentido devolver a su hermano, ni siquiera después de alimentar su egoísmo de amante exclusivo con su abierta sonrisa, con su juventud rebosante, con su arrogancia de fuerte pescador curtido en las lides de la mar a pesar de sus pocos años. ¡A su padre no!, a su padre no se lo iba a quedar, porque no quería, porque ella ya lo había decidido así y no habría fuerza en la naturaleza, ni la de la mar, que fuese capaz de oponerse a su voluntad. Por eso, solo por eso se iba a quedar detrás de aquella ventana, esperando a su padre, que iba a regresar, porque era lo justo, porque ella así lo había decidido. No podía ser de otra forma.
Escuchó como el silencio se enseñoreaba de su casa. Su madre y el resto de recias, enlutadas mujeres, debían estar ya en el muelle, calándose del agua de la lluvia por fuera y del agua del miedo y de la muerte por dentro; presintiendo lo inevitable pero plantándole cara, con coraje, con dolor irreducible. Ahora comprendía aquello que escuchaba gritar a su madre tantas y tantas noches, asustada bajo las mantas, rezando torpemente las oraciones de la escuela: “Te lo llevaste, pero es mío y lo será siempre, aunque creas que ya es tuyo por no devolvérmelo, lo llevo aquí, te enteras, aquí, muy dentro, mi hijo”, y sonaban los ciclópeos golpes propinados contra su propio pecho con la fuerza que da la rabia de saberse poseedora de la verdad, como si la intensidad de los golpes estuviese en proporción con el grado de posesión. Aquellos golpes de pecho, graves, le retumbaban en su cabeza y le obligaban a esconder su cabecita de niña inocente bajo la almohada, pero el sonido era mas cruel en su determinación de alcanzarla que su decisión de no escucharlo. Y a la mañana siguiente, nada mas despertarse, corría a abrazar a su madre que con unas ojeras negras enmarcando unos ojos sin vida apartaba delicadamente a la niña para no herirla inútilmente con su asumida desesperación.
Un terrorífico golpe de viento del norte consiguió abrir la ventana tras de la cual Almudena se convertía en el único espectador cualificado de aquella tormenta. Con el agua golpeando su cara y el cabello alborotado por el torbellino de aire que se colaba en su habitación consiguió volver a cerrar las dos hojas de la ventana. Cuando la hubo cerrado, el terror la estremeció. Ese viento era capaz de abrir su ventana y estaba en su casa, a salvo. ¿Qué no haría a la intemperie de la mar?. La olas, de mas de siete metros, dijo la radio, convertían cualquier embarcación, por segura que fuese, en un frágil esquife. Su padre, no era preciso que nadie se lo confirmase, era el mejor patrón de pesca de bajura de toda la costa, pero esa mar..., ¡no!, no iba a rendirse; ¡su padre no!. No existía razón para irse al muelle, solo había que quedarse tranquila en casa y esperar que papa entrase por la puerta preguntando poderoso y vocinglero por su sardinita. Esperaba anhelante ese abrazo fuerte y cálido con penetrante olor a pescado mezclado con gasoil que en su cabeza se convertía en el perfume mas sugerente y tierno que nunca volvería a sentir. Era solo cuestión de tiempo, papa, acabaría entrando por su puerta echándole los brazos y preguntando por ella.
Se acercó a la ventana y limpió el vaho con sus manos. El vidrio estaba frío y mojado, resbaloso y desagradable. Las gotas del agua condensada corrían cristal abajo compitiendo entre ellas por llegar cuanto antes al junquillo formando un charquito en el cerco. Almudena comprendió que hasta su ventana lloraba por el incierto destino de su padre.   Fuera, era ya de noche, ya no se veía el rompiente pero por la intensidad del fragor que llegaba hasta su casa se adivinaba que la mar estaba todavía mas enfurecida que antes. Las ráfagas de lluvia se veían gracias a los haces de luz que salían de las farolas parpadeantes a impulsos del viento y hacían suponer un autentico diluvio. Un escalofrío cruel le atravesó el cuerpo partiéndole el alma. El temporal no cedía, arreciaba. Sin darle tiempo a recomponerse, los pucheros se le apoderaron y las lagrimas le arrasaron los ojos. Comenzó muy bajo a decir que no, hasta que en un grito desgarrado, en la seguridad de que nadie la escucharía, se desgañitó, vociferó hasta rajarse la garganta, que no, que se negaba, intentando ofender, enardecer, provocar a los dioses y su capricho; la galerna inconsciente, irreverente y despectiva para con el hombre, para con su padre.
Sin saber cómo, se despertó. Seguía allí, junto a la ventana, sentada en el suelo, bajo ella ajena al estruendo del agua estrellándose contra los cristales, hasta que tomó conciencia del porqué se encontraba donde se encontraba. Si,  seguía diluviando y por el horizonte ya se adivinaban los malvas, azules y rojos oscuros que anunciaban que el gran disco incandescente advertía su aparición por mucho que las nubes le negasen su presencia. No entendía como pudo quedarse dormida allí, apoyada contra la pared. Prestó oídos a la casa. Nada, solo el batir de la lluvia contra las ventanas, no se escuchaba nada más. Sintió el escalofrío de la madrugada y la soledad desamparada en sus carnes, le dolía el estomago y creía que iba a vomitar. Se quedó mirando su cama, tan hecha como se la dejó su madre el día anterior. “Un ratito nada más”, se dijo, rota de cansancio, en voz alta para convencerse de que el acto de descansar en semejantes circunstancias era moralmente disculpable siempre que el tiempo invertido no fuera excesivo y se acurrucó tal como estaba, vestida, sobre la cama.
De inmediato vio como su padre le tendía los brazos. De momento se regocijó. Estaba sonriente y gozoso y le reclamaba cerca de él. Pero Almudena se fijó bien y ahora le veía pálido y demacrado y a pesar de la sonrisa su aspecto le producía estremecimiento. Salía como por ensalmo de las profundidades del mar intentando atraerla hacia él con palabras que solo él sabía decir. Finalmente ella, confianzuda, se acercó y su padre la agarró fuertemente por los hombros, le clavaba los dedos y le hacia daño, tirando de ella a las profundidades, ella se negaba e intentaba encontrar algún apoyo en la olas para zafarse. Su padre la zarandeaba cada vez mas fuertemente intentando arrastrarla hasta que abrió los ojos y contempló a su tía Angustias que la sacudía sujetándola por los hombros conminándola a despertar para dar por terminada su terrible pesadilla y disponerse a ir a la escuela. La hora del colegio era sagrada y salvo confirmación cruel y amenazadora de desaparición efectiva del padre, al colegio había que ir. Si cada vez que un barco no hacía arribada hubiese que dejar de ir al colegio no se iría nunca. Estaba asumido, además del peso de la mochila, hoy, había que cargar con el peso de la ausencia de papa, tragarse las lagrimas y hacer como que los otros niños no te miraban y callaban reverentes al pasar delante de ellos, respirando aliviados porque no eran ellos el blanco de las miradas conmiserativas de todos, asumir que la maestra hoy no se atrevería a preguntarte nada, aunque se te saliese el brazo a fuerza de levantarlo para poder salir del pozo en el que te sume la pena negra que te calcina el corazón, respondiendo a cual es el imperativo del verbo ir, que era lo que la señorita Candelaria preguntaba siempre, cuando quería coger en falta a la clase entera, para distraer la atención. ¿Idos o Iros?.
El tiempo de escuela transcurría como todos los días. La mente de Almudena volaba a otros mundos por obra y gracia de su inocencia y el saber hacer de la maestra. De súbito la puerta del aula se abrió. Entró el conserje que se dirigió a la tarima y tras decir algo muy bajito a la señorita se marchó cerrando la puerta tras él muy, muy despacito.
Cuando la maestra se dirigió a Almudena para decirle que le esperaban en conserjería, que se podía marchar por hoy a su casa, se mareó. Tuvo unas postreras fuerzas para reprimir el escape de orina que inició una loca carrera pierna abajo hasta el calcetín. No, no señor, eso no era nada bueno, no se le consiente a nadie que se vaya de clase si no es por una razón de peso. Temblándole las manos recogió sus cosas y tambaleante se dirigió a la puerta. La señorita, con muchas tablas, cortó de raíz el comentario de su compañero de banca que ya se disponía a publicar que había orines en el suelo que había estado pisando Almudena.
Salió del aula y no tuvo cabeza para volver a cerrar la puerta. A medida que se acercaba a la puerta del colegio el corazón se le iba acelerando hasta el punto de obligarla a jadear de ansia. Al doblar la esquina del pasillo vio a la tía Angustias plantada, seria, seca, con su cara de enjuta severidad inasequible, insobornable. Al llegar a su altura ni una palabra, ni una explicación, se limitó a sujetarla firmemente de la mano como si ella fuese a escapar. Parecía que intentaba trasmitirle la fuerza y la seguridad que era incapaz de vocalizarle por su parquedad en las palabras, como si con cada frase aventada al aire se le fuese a escapar la vida por la boca.
Caminaron bajo la lluvia que no cesaba y que ahora era mansa, como lagrimas serenas de resignación. Pasaron por delante del cementerio y Almudena miró hacia dentro como si ya tuviese la seguridad de que su padre se encontraba allí y ella pudiera verle y rescatarla de lo inevitable. Le inundó la paz. Estaba segura, acababa de perder a su padre. Empezó a llorar como lo hacía la lluvia, despacio, calmada, plácida podría llegar a pensarse. A pesar de que la mano de la tía Angustias era recia y apretaba ella apretó aún más a su tía intentando encontrar apoyo a su desfallecer al sentirse huérfana del cariño de papa.
Al pasar por el muelle no quiso mirar al lugar de atraque de “La Gaviota” y giró la cabeza. En ese momento dejó de llover y las nubes a rasgarse a jirones para dejar que unos rayos de sol llegasen a su pueblo. La tía Angustias miró al cielo y masculló una  jaculatoria de acción de gracias. Almudena se sorprendió de la quebradura del proverbial mutismo de la tía y se le quedó mirando interrogante haciendo intención de pararse. Angustias se detuvo y se le quedó mirando y ocurrió lo impensable. La tía Angustias esbozó lo que se podía interpretar como una sonrisa y se limitó a tirar de ella para que reiniciase la marcha.
Al llegar a la puerta de su casa otra vez el puño que le golpeaba duro en la boca del estomago, la sensación de nausea y el mareo que le hacia tambalear. No se escuchaba nada, ni un sollozo, ni un ay, ni un suspiro, nada. La tía sacó la llave y abrió la puerta.
-          Ve a cambiarte de ropa y ponte la de los domingos.
¿Dónde habría que ir a penar ahora?. Ropa de domingo era, una de dos, o un funeral o una fiesta y para fiestas no estaba la cosa. Se reafirmó en sus sospecha. Entró en su cuarto y se tiró en la cama desconsolada llorando sin alivio posible. Pasado un rato volvió a entrar tía Angustias.
-          ¿Qué haces?. Vístete o perderemos el coche de línea.
Almudena se volvió aún con los ojos anegados mirando con sorpresa a su tía. ¿Coche de línea?, ¿Para qué?.
-          ¿Dónde tenemos que ir tía?. Por lo de papa, ¿no?.
-          ¿Porqué habría de ser, niña?. Vamos, menos cháchara y a arreglarse.
Almudena no estaba dispuesta a seguir siendo un espectador pasivo de lo que en realidad ella era la protagonista. No se movería de su habitación hasta que no le dijesen que pasaba.
-          Tía, soy ya mayor. Dímelo, papa se ha ido a pique con “La Gaviota”, ¿verdad?, ya se ha muerto, ¿no es eso?, ¡¡dime, dime!!.
-          Tienes razón “La Gaviota” se ha ido a pique...
La vista se le enturbió, el mareo se hizo torbellino y la nausea, vomito, sintió que la cara se le ponía fría y los dedos de las manos se le acorchaban. La cama sobre la que se encontraba fue indulgente con su perdida de conciencia y la acunó.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba en brazos de la tía que la miraba llorosa con los surcos de la cara aún mas profundos de lo que eran por el susto que se acababa de llevar. La tía la apretaba contra su pecho alternativamente con la contemplación de su rostro para comprobar si volvía en si o no. Entre brumas, como quien escucha una canción lejana de la que uno no esta muy seguro si será real o fruto de un sueño escuchaba como la tía Angustias hablaba de su padre.
-          Mi niña, mi querida niña, si, “La Gaviota”, la maldita “Gaviota” se fue a pique pero tu padre está bien, está bien, mi niña. Se han salvado todos, no como con tu hermano Paquito, mi hermano, tu padre, se ha salvado esta vez, gracias a Dios.
Adornaba este discurso con un balanceo sincopado como de acompañamiento de nana meciendo el leve cuerpo de la niña.
-          ¿Entonces papa, no va estar debajo de una piedra como Paquito?.
La tía, llorando ruidosamente, y meciendo aun con mas fuerza a su sobrina negaba con la cabeza, con desesperación, ante la imposibilidad de hacerlo con la boca porque los jipidos se lo impedían.
Cogieron el autocar a la capital con el tiempo justo. Su padre esperaba en el hospital recuperándose de la peligrosa aventura de ganarse la vida. Ella sabía que había sido su determinación, su negativa a rendirse la que le había devuelto a su padre. No se lo diría nunca a nadie pero ella sabía la verdad, la única verdad y es que el amor, la fuerza de su amor fue lo que salvo a su padre de tener que quedarse debajo de una piedra en la que grabarían su nombre debajo de su foto, como le pasó a Paquito por haber sido ella demasiado pequeña y no haber querido enterarla de nada.

13.12.13