Memoria Dolorosa
El curso tocó a
su fin y el verano con sus largos y tórridos
días envolvían nuestra existencia en una atmósfera pesada y morosa. Los veranos en Madrid son de
autentico infierno, menos mal que nosotros teníamos la piscina, obligadamente
con forma de riñón, como la de todo nuevo rico que se preciase para aliviar los
rigores caniculares. Yo a mis diez años estaba mas tiempo en remojo que enjuto y mientras cada quien, iba a sus
obligaciones yo dilapidaba mi tiempo bañándome en nuestra piscina o en la del
vecino, el piscinero, con su color de piscina en turquesa y que tanto
emocionaba a mi hermana Celia, aunque realmente, después pude comprobar, lo que
realmente le emocionaba era José Mari el hermano pequeño de los vecinos, que se
dedicaba, precisamente a montar filtros de piscina, los primeros que allá por
los años cincuenta hacían cosas de estas que por aquellas fechas no eran muy
comunes.
Hay que
comprender que la casa en la que yo vivía era una de esas que hoy llaman la
atención. El salón, inmenso, se comunicaba por unas puertas correderas
acristaladas del tamaño de la pared entera con una amplísima terraza que se
colgaba sobre la piscina a la que se bajaba por dos escaleras laterales al
efecto. Entre ambas escaleras había un seto de aligustre que hacia las veces de
barandal y delante de éste un balancín de tamaño natural, tapizado, nunca lo
olvidare, en lona color calabaza. Daban sombra a aquella inmensa terraza dos
soberbios castaños de indias que en otoño se ocupaban de poner perdido de hojas
todo el jardín. En una de las esquinas de aquel terrado una fuentecilla baja se
ocupaba de ofrecer su cantinela cristalina para añadir sensación de frescor a
la que ya daban de por si los árboles. En el estanque que formaba la
fuentecilla llevaban su aburrida existencia unos pececillos de colores en lo
que era la expresión más cutre de todas las que el dinero era capaz de dar. El
colmo del esnobismo más rabioso. No faltaba, claro es, la rocalla con verbena
enmarcando el estanquecito. Primoroso.
Tarde tórrida de
julio o quizás agosto. Los poros se abren para permitir al sudor aflorar a la
piel para refrescarla. Calor aplastante que impide moverse, ralentiza los
gestos y relaja la voluntad. Canícula inmisericorde que evapora las hormonas en
un cuerpo en ebullición y cuyas burbujas estallan en forma de erección pujante
e inquisitiva que clama por satisfacer los impulsos de la madre naturaleza.
Lastima de ausencia de imperativos morales no desarrollados o quien sabe, si no
asumidos a conciencia, para dar satisfacción egoísta a los instintos, ¡que mas
da! Estaba a punto de subirse el telón de una tragicomedia que aún hoy día no
ha puesto el punto y final y no lo pondrá hasta que el telón de mi vida caiga
definitivamente y se acabe la función. Dos niños, uno, yo, de unos diez años,
en Meyba que no me quitaba en todo el verano, otra, mi hermana, Eugenia, de
entorno a los cinco, con vestidito fresquito y las braguitas como única
indumentaria. La temperatura, impía, lujuriosa, voluptuosa, lasciva se enroscó
en mi cuerpo haciendo surgir de inmediato un deseo irrefrenable, pero no creo
que únicamente lascivo. Una buena oportunidad, que duda cabía, para probar
aquello de Juanita, que escuché a los mayores del colegio, ¿por qué no? Si a
aquellos gamberros, a mi me lo parecían, les resultaba tan gozoso y tan
divertido ¿porque no a mi? Sinceramente, siempre pensé que aquello que me
proponía, estando relacionado con las partes pudendas no estaba bien, y mas
sabiendo de las negativas de mi prima a cualquier trasteo por esos andurriales,
pero la maravillosa sensación de abundantísimas mariposas en el estomago pesaba
mas en mi decisión que cualquier consideración mas o menos sospechada de
punibilidad. Además, ¿quién se iba a enterar? Lo que no tenía muy claro era
cómo, por donde habría yo de calzar aquella tirantez tan admirable y deleitosa
para dar culminación a aquella determinación que era dueña de mi voluntad.
Decían que por donde se meaba y lo cierto es que habría de estar mas o menos a
la altura de mi infantil erección, o mas bien al grosor, que a esa edad, sin
haber desarrollado todavía, no era para tirar cohetes.
Al otro extremo
de la piscina y medianero con el frontón, de tamaño regular, hasta el “10”
llegaba, que mi padre se construyó para su solaz deportivo, se erigían los
vestuarios, mas propios de un club deportivo que de una casa de familia; hay
que recordar que éramos ricos y nobleza obliga, además mi madre no quería a
nadie entrando y saliendo de casa para cambiarse después de bañarse o jugar un
partidito de frontón y menos aún andar pidiendo toallas de baño, con lo que
hubiese en los vestuarios habrían de apañarse los invitados. De manera que mi
padre, desmesurado y sobrado de soberbia por su magnifica situación financiera
no resistió la tentación y edificó unas dependencias con todos los servicios
propios de estas instalaciones. Estaban rematados, estos vestuarios, por una
pérgola que daba sombra a expensas de una preciosa glicinia que el ingeniero
agrónomo que diseñó el jardín se le antojó plantar. Cada vez se hacia mas
desasosegante la tirantez de mi entrepierna y mas deseable aquélla niña, no
porque fuese ella precisamente, con toda seguridad si hubiese sido un niño
hubiera reaccionado igual, era un cuerpo caliente, brillante de perlas de sudor
y deseable, sin saber bien para qué pero seguro que útil a mis urgencias. He de
puntualizar que yo aún no me masturbaba y no sabía que eso se hiciese. Las
erecciones que sufría se resolvían por si solas al no saber como darles justo
fin.
De la mano de mi
hermana por el camino de grandes planchas de granito sin pulir con césped
sembrado entre ellas me llevé a la niña, dócil, con el pretexto de enseñarle
algo. Ella iba confiada de mi mano sin oponer ninguna resistencia, ¿por qué iba
oponerse? Entramos en aquella estancia umbrosa de estrechos y elevados
ventanales con su suelo cubierto de
tarimas de enrejado de madera para evitar los resbalones de los deportistas
recién duchados, y bancos iguales cercando las paredes. De las múltiples
perchas colgaban aún las toallas del baño del mediodía que el servicio no había
retirado. Me quité el bañador y la erección surgía de una piel lampiña haciendo
visera a unas minúsculas bolsas. La niña se quedó sorprendida de ver aquello
tan ridículamente raro pero no dijo ni hizo nada, es mas creo que lo ignoró. Le
baje sus bragas; prácticamente era igual que yo salvo que no sobresalía nada de
la misma piel calva, únicamente una minúscula hendidura se perdía entre sus
piernecitas. Estaba quieta sin abrir la boca y yo tenía, debía hacer algo. Lógicamente
aquella pequeña grieta era la solución a mis apremios, por ahí se meaba, ¿no?,
pues por ahí debía ser. Ella notablemente mas baja que yo, me obligó a doblar
las piernas para poder apuntar con mi verguita a su sexo infantil. Y apreté. Y
se quejo ruidosamente. Volví a intentarlo y se volvió a quejar, esta vez con
llanto, no creo que por el dolor sino porque yo intentase salirme con la mía
pasando por encima de su negativa. Una amenaza velada y proferida sin mucha
convicción con su media lengua, una subida de bragas y puesta de bañador y a la
calle a olvidarlo todo cuanto antes, aquello no era viable, debía ser de otra
manera, reuniría más datos y lo intentaría en otra ocasión. Algún detalle se me
habría tenido que escapar para que todo parase en aquel fiasco. Una frustración
en suma.
Salíamos por la
puerta cuando una madre alarmada y escamada se plantó en el umbral
impidiéndonos la salida. ¿Pero que hacía mi madre allí?, ¿qué mala conciencia
animaba a mi madre buscando algo pecaminoso en la relación entre dos niños
estrictamente hablando? ¿Qué maldad era esa de preguntar que qué hacíamos allí
solos? La pregunta estaba de más, no se porqué tuvo que plantearla si ella ya
sabía la respuesta. De nada sirvieron las magnificas amenazas a mi hermana de
que mantuviese la boca cerrada, a la primera pregunta, la niña, con todo el
candor que solo dan los cuatro años, dijo crudamente, cruelmente, sencillamente
que yo se la había intentado colar por ahí abajo.
Y comenzó el fin
del mundo, el principio de mi abismo.
Creo que todos
hemos leído, o visto en alguna peli o algún documental que cuando se está
preparando una catástrofe de magnas proporciones, se ve precedida por un
silencio aterrador, una calma sospechosa, una paz como de tumba que al poco
avisado le hace creer erróneamente que no ha pasado nada y que lo que intuía
como una deflagración de proporciones apocalípticas no es mas que una falsa
alarma propia de un estado paranoico fruto de los temores mas primarios. Y
cuanto más pertinaz es ese silencio, esa calma, mayor es la calamidad. Así me
ocurrió a mí.
No entendía yo
la desproporción entre los alaridos de mi madre y lo que allí dentro del
vestuario se había cocido. ¡Joder, no era para tanto!, pero mi madre no paraba
de vociferar aquello que tengo grabado a fuego en mi memoria y juro por lo mas
sagrado, que sigo, a día de hoy sin entenderlo.
-
¡Mi niña, pobrecita, con lo que duele, con lo que
duele!
Hoy comprendo
que o mi padre era un violador matrimonial o que mi madre nunca disfrutó del
sexo, porque lo audible de sus bramidos era lo del dolor.
Repetido una y
otra y otra vez, armando un gran revuelo y consternación.
No se me puso
una mano encima, nadie me dijo ni esta boca es mía. Se me confinó en mi
habitación sin salir y allí me quedé. Solo, con un regusto amargo en la boca y
sensación vertiginosa en la boca del estomago esperaba una buena tunda de un
momento a otro, porque aunque a mi me pareciese que no era para tanto, las proporciones de la
respuesta de mi madre hacía esperar lo peor de lo peor. Nada, nadie, silencio
de cementerio. Y sin saber que hacer allí metido. Me dormí. A la hora de cenar
se me llamó, baje al comedor, cené y me volvieron a enviar a mi celda, porque
así es como yo lo vivía. Mi padre no estaba y mi madre no cenó. Aquello era
raro, pero desde el incidente nada era normal, se masticaba un silencio espeso.
Ninguno de mis hermanos pululaba por allí, lo que hacia la situación aún mas
extravagante.
Amaneció el día
siguiente y como todos los días me dirigí a la piscina a darme el primer baño.
Me sequé y fui a la cocina, donde Beni, la buena Beni, una asturiana
extremadamente delgada que era interna en casa, preparaba el Cola-Cao. Me volví
a la piscina con la extraña sensación de que algo fuera de lo común acontecía
en mi casa. Todo el mundo callado y serio como si hubiese muerto alguien. No
comprendo, como no sea en las coordenadas de mi inocencia, como no salí
corriendo barruntándome la tormenta que iba a descargar directamente sobre mi
cabeza. Desde el día anterior no veía a mi padre; era comprensible, yo había
preparado una buena y hasta que no se le pasase no me dirigiría la palabra, era
lo común. Lo que si era fuera de lo común es que mi padre llegase a casa tan
pronto. Calculo que serían sobre las once o las doce de la mañana cuando
escuche entrar el Renault Gordini en el garaje de casa y mi madre con toda la
autoridad de que era capaz me mando escaleras arriba a mi dormitorio. Ya está,
me dije, mi padre me castigó a mi cuarto y no consentiría que estuviese fuera
de él cuando entrase. Y ese iba a ser el castigo; estaba por dilucidar el
tiempo que esto iba a transcurrir de esta manera. No creía que todo el verano,
eso si que sería excesivo.
La escalera de
mi casa, de esas modernas colgadas del aire, era de un solo tramo, desembarcaba
en un distribuidor en cuya pared de enfrente mismo estaba mi dormitorio. Espié
como mi padre subía al suyo y se cambiaba de ropa de casa para volver a bajar.
Pasaron unos minutos. Por la puerta entreabierta observé como volvía a subir,
lentamente, resuelto, ataviado con su pantalón corto de dril azul y su camisa
polo de punto finito, muy fresquito todo. Sus delgadas y nervudas piernas
rematadas por unas “Wambas” azul marino igualmente. Agarraba fuertemente en su
mano derecha un azote.
El jardín de mi
casa era, como he dicho, grande, no existían aún los riegos automáticos y se
regaba con mangueras de caucho negras, listradas de marca “Pirelli”, que si se
dejaban a la intemperie en invierno se cuarteaban, tal era su falta de
elasticidad. Tenían alma de cuerda para no resquebrajarse y eran duras, muy duras y resistentes, pero se les
podía dar más entereza aún si se les embutía dentro una manguera de las que se
usan para el butano.
Ese era el azote
de más o menos medio metro. Fue verlo y saber lo que me esperaba. Mi madre, sí,
en alguna ocasión me tentó el culo con unos azotazos, dados con la palma de la
mano, ni tan siquiera con la zapatilla como me decían alguno de los compañeros
del colegio, por esto o aquello, pero mi padre jamás me había tocado. Aquello
que se me venía encima no era nada tranquilizador. Sentí cómo el bañador se
calentaba y mojaba, pegándose a la piel por efecto de la orina que se me
escapaba del cuerpo. El pavor me hacía acelerar la respiración y los ralos
vellos de mi cuerpo se erizaban. Comencé a temblar como una hoja mecida por el
viento de otoño. Allí, en el umbral de mi dormitorio, paralizado por el terror,
con la orina resbalándome por las piernas formando un charco a mis pies y
aterido de adrenalina me encontró mi padre. Me agarró con violencia difícilmente
contenida del brazo izquierdo y me metió dentro mientras que con su pierna, de
una patada, cerraba la puerta. No conocía ese rasgo violento de mi padre y no
se lo he vuelto a conocer jamás, era mucho el veneno que le corría por sus
venas. De un manotazo cerró la ventana y bajo la persiana con un sonido de
carraca que revelaba urgencia por empezar la función. Aquel sonido, aquel
portazo tremendo, que debió retumbar en toda la casa, fue la subida del telón
del drama del que yo iba a ser protagonista a mi pesar. Comencé a marearme otra
vez seguramente por efecto de la alerta hormonal ante el inminente peligro. Las
nauseas amenazaron con convertirse en vomito lo que no llegó a suceder porque
siempre he sido duro para esos menesteres.
No tengo ni idea
de como comenzó a machacarme ni del tiempo que duró la tortura, mi padre
golpeaba por todo el cuerpo, menos en la cabeza; lo se, porque fue el único
lugar del cuerpo que estaba sin señales. A cada nuevo golpe, me llamaba cabrón
y me preguntaba que qué había hecho, que así aprendería y vuelta a llamarme
cabrón. Aquello de llamarme cabrón me parecía extremo, el colmo del insulto, yo
era un niño, era casi peor que los palos que recibía. El castigo duraba ya mas
de la cuenta, un solo vergajazo de aquellos, dispensado con aquella inquina,
era ya mas de la cuenta y yo solo acertaba a decir que ya, que iba a ser bueno,
que ya, por favor y en ese plan me volví a mear otra vez, pero esta vez me
cagué también. Pero al parecer no fue suficiente para él aquella demostración
de terror y desamparo. No fue suficiente señal para disparar la piedad en su
corazón. ¿Sabría de qué se trataba?
No dejaba de pedir perdón y prometer que iba a
ser bueno, intentando esquivar a duras penas el horror que aquel hombretón de
39 años, cobardemente, me procuraba. Aquel crucifijo en la cabecera de la cama,
no movió un dedo, el magnifico crucifijo románico primorosamente policromado,
magnifica copia, colocada allí por un decorador de moda en aquellos tiempos en
Madrid y equivoco, permanecía hierático ante la flagrante injusticia que se
estaba perpetrando, al menos ante la desproporción de la pena. No puedo
continuar porque no recuerdo mas, supongo que
me moriría para resucitar después y poder seguir purgando a conciencia
el tremendo pecado cometido. Y desearía no poder recordar nada. Lo siguiente
que recuerdo es a Beni subiéndome comida a la habitación y dándomela, porque yo
no me podía mover. No se si me metí en
la cama o me metieron, debí perder el conocimiento en realidad y cuando desperté
no sabía porque estaba en la cama, ni que hora era. De noche, porque no se
filtraba luz por la persiana, pero nunca sabré si de aquel mismo día o del
siguiente. Intente levantarme, de eso si me acuerdo, y no pude moverme. Alguien
debió lavarme y ponerme un pijama. Tampoco se el tiempo que transcurrí en esta
situación. Hoy ya sé que lo que me pasaba era que estaba en amnesia, lo que le
ocurre a cualquiera que después de sufrir un trauma insoportable, ya sea
psíquico o físico, o los dos, como me pasó a mi, se evade de manera
inconsciente, borrando lo sufrido del registro de lo experimentado por serle
insoportable y no entendible lo vivido. Pero queda registro, solo hay que saber
encontrarlo entre la hojarasca de las penas acuciantes, sangrantes y arrancarlo
como una mala espina, que nunca sabremos como encajar en nuestra historia; pero
es conveniente buscar esas puyas, aventarlas, denunciarlas, para perderles el
miedo, para inactivarlas, para olvidarlas, aunque no se consiga, solo la lucha,
ya libera y ennoblece. No fueron horas, ni un solo día, lo que permanecí
invalido, eso es seguro, probablemente algo menos de una semana, pero sin
determinar si tres, cuatro o siete días, no lo sé, solo sé que fue un infierno
en que el tiempo pasaba, dormido, incapaz de pensar, de decidir, porque no
recuerdo nada. Nadie, absolutamente nadie, subió a verme, solamente Beni, la
buena de Beni me llevaba comida y me daba algo de calor humano preguntándome
muy bajito, el porqué había tenido que hacer yo eso, sin violencia, sin reproche,
con disculpa, función de madre vicariada. Yo no respondía, no iba a responder a
lo que no sabía, e inundaba de lagrimas mis ojos no se si de arrepentimiento o
de pena porque acababa de constatar que en aquella casa no era muy bien
recibido, nadie me quería, solo la muchacha. Me tendría que marchar, pero ¿dónde?,
¿como me ganaría la vida? Era muy pequeño, joder, era muy pequeño y había
recibido penitencia de hombre. Ahora ya se que el tiempo que permanecí dolorido
y postrado no ha terminado aún. Una cosa así, finalmente, se acaba por
comprender que no acaba nunca.
¿Dónde estabas,
mama?, ¿porque no me defendiste?, dos o tres vergajazos, vale, ¿pero aquello?
Quiero creer que tu, mientras tanto, llorabas en un rincón pensando en que al
final solo encontrarías un cuerpo desmadejado y muerto, pero me resulta
difícil, no, imposible, el creerlo cuando al quedarme ya solo, roto e
inconsciente ni siquiera subiste a ver el resultado de tus voces de plañidera de tragedia griega. Mas fácil me es
imaginarte, histérica perdida, dando la vara, terca como una mula, machacando a
tu marido diciéndole que lo que necesitaba era una buena lección, y lo fue,
¡vaya que si lo fue! Con que desde abajo hubieses dicho con ese tono firme y
amenazante tuyo “basta ya”, me habría sentido confortado, aunque hubiese
seguido el enloquecido aquel todo el día apaleándome, pero no, de tu boca no
salió nada, por lo que supongo que a cada nuevo golpe tu apostillabas eso que
tantas veces te he escuchado, “para que aprendas, te está muy bien empleado”. Y
no puedo dejar de preguntarte, ¿dónde estabas?, ¿tan malo era yo, como para
eso? ¡Eran nueve años, coño, madre, solo nueve! Comprendo que los tiempos eran
otros pero reconoce que los sentimientos de una madre siguen siendo los mismos,
¿por qué esa crueldad? ¿Fui realmente yo tan cruel con mi hermana?, ¿me lo
merecía?, sinceramente, mama, ¿me lo merecía? ¿Disfrutaste?, ¿es posible que la
degeneración general te hiciese llegar a eso? A día de hoy sigo sin entenderlo,
y lo que es peor, te morirás y no me lo podrás aclarar nunca, a lo peor porque
no tiene aclaración posible.
Y tu papa,
¿mereces, merezco, llamarte así?, ¿que sentías?, ¿no te dolía cada golpe que
asestabas?, ¿tan despreciable me considerabas? Debías saberte el brazo ejecutor
de la justicia divina al menos y te sentías obligado a aplicarla en todo su
rigor. ¿De verdad te creíste que de esa forma ibas a reconducir mi vida, por
supuesto, a la avanzada edad de nueve años, ya echada a perder? ¿No tuviste ni
un mínimo escrúpulo? ¿No te dio vergüenza abusar de esa mala manera? Podría
haber llegado a entender, mas tarde, mas mayor, que en el acaloramiento del
momento te hubiese cegado la ira de padre sorprendido, zaherido, al ver a su
niña pequeña intentada violar, ¿violar?, hasta eso admito, que te creyeses que
yo quería violarla, y hubieses querido matarme, pero ¡esa frialdad!, ese dejar
pasar casi veinticuatro horas me suena hoy a degustación del frío plato de la
venganza, porque ¿fue una venganza, no es cierto? Me habría gustado contemplar tú
decidida bajada de escalera, triunfante, orgulloso del trabajo bien hecho,
padre responsable impartiendo justicia en el seno de su perfecta familia,
comunicándole a tu mujer que ya estaba todo arreglado; tu sabías como
reconducir las situaciones. Deberían haberlo publicado en el “Arriba” como
ejemplo de los valores nacional-sindicalistas. ¿Sabes papa?, a veces me he
llegado a preguntar si todo lo que fue mi vida a partir de ese instante no
hunde sus raíces en aquellos espantosos minutos, si todo lo que hice no tenía
la sagrada intención de humillarte, de avergonzarte, de verte derrotado. Mi
alma inocente de niño clamaba venganza primitiva desde la incomprensión de
aquella hecatombe. La violencia, papa, me enseñaste muy didácticamente, que
solo puede generar más violencia y me asustó y aún hoy me asusta. Te agradezco
al menos el haber podido recoger esa enseñanza, que la violencia, aplicada, por
quien la aplique ni tiene justificación, ni más finalidad que alimentar la
ausencia de raciocinio. ¡Y tenías el mismo cociente intelectual de Mozart!, de
que poco te sirvió. La sangría de mi alma, que aún no ha cesado, cuarenta años
después, ha mantenido viva la memoria del dolor injusto no para permitirme
tomar revancha, que no la quiero, ha sido para recordarme que se puede, que se
debe seguir adelante aún en las circunstancias mas adversas creyendo incluso
que se fracasa. Y fracasando y todo, el triunfo está en continuar a pesar del
dolor y el desengaño. Eso es la hombría, papa, eso es la hombría, no empuñar un
arma contra un indefenso inocente.
Y a pesar de los
pesares yo seguí queriendo a mi madre, nunca la culpé por aquello, me culpe yo,
que había sido el causante del desavío. A mi padre, no se, no se si volví a
quererle en algún momento. Lo que si llegué, fue a perderle todo respeto, le
temía, nada mas. Si puedo decir que cuando, ya enterrado, me enteré de su
muerte, nadie me avisó por otra parte, ni sentí, ni padecí, lamenté su muerte,
como la de cualquiera, como una convención, pero me dejó frío, me disgustó no sentir
nada, eché en falta la ausencia del calor de padre que se ha ido, pero no
conseguí derramar ni una lagrima. Tampoco me alegré.
11.1.13