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miércoles, 16 de enero de 2013

ESPERANZA IRREDUCTIBLE

Esperanza Irreductible



La sombra alargada, anoréxica, inquietante, perseguía como cada día al atardecer, a una Vicenta cansada, pero determinada a regresar cada atardecida al solitario apeadero. Caminaba, la cabeza humillada, para evitar la hiriente puñalada de los últimos rayos de sol en sus glaucos, líquidos ojos, confinados en unas profundas cuencas excavadas en el rostro anguloso y avejentado de una mujer hecha al desconsuelo y los reveses de la vida.
Cada tarde desde hacia cuarenta años recorría los cuatro kilómetros que le separaban del apeadero desde el que, tragándose las lagrimas, un tres de Febrero del año 1937 dijo adiós a su Miguel. Le escuchó, anhelante, cómo a voces, desde el pescante, se despedía entre los bufidos de aquella vieja y renqueante chocolatera, asegurándole que sería cuestión de unas pocas semanas, las que tardarían ellos, los milicianos, en echar al mar a los amotinados, que fuera acicalándose para cuando él volviera.
Vicenta desde entonces, regresaba al andén, donde su vida le dijo adiós aquel crudo invierno en que no era fácil distinguir si aquellos sordos ruidos correspondían a los bombardeos de los rebeldes o a lejanos truenos.
Sentada en el banco de mampostería bajo el gran reloj encargado de denunciar día a día los retrasos del tren, se aposentaba Vicenta con la mirada perdida a lo lejos sobre la vía única que tan pomposamente inauguraron unos señores principales vestidos de levita y chistera cuando contaba ella pocos años aún. Sobrecogida por la cantidad de gente congregada medio escondida en el pañolón de su madre, observó como una maquina estremecedora de vapor y furibundos resoplidos ganaba la reluciente estación con la que habían querido beneficiar a su pueblo; eso decían ellos. Se le hinchaba aún el pecho, orgullosa, viendo inmortalizado, en azulejo de Talavera, el nombre de su pueblo: Castilblanco de los Donceles y se quedaba las horas muertas, hipnotizada, deletreando las silabas mágicas que lo eran aún más por estar tintadas de ese azul tan peculiar del pueblo toledano. Después, la bestia de hierro y ruido engulló aquellos seres ennegrecidos de paño de Tarrasa y seda oriental, alejándose en busca de quien sabe que otras esforzadas maravillas.
Cada día, después del almuerzo, emprendía el camino, trillado de años, hasta ganar el rudimentario andén y se sentaba en el banco, también alicatado de los mismos azulejos que componían el nombre del pueblo, observándose los pies, cada vez un poco más hinchados, pero sin importarle, como tampoco le importaban las malas lenguas, que al principio le imprecaban, tildándola de loca, porqué ya no vendría tren alguno, ni traería ningún Miguel, por muy suyo que fuese y cuando se desengañaron de su fuerza de voluntad y firme decisión de seguir acudiendo, que le llevaba con renovadas esperanzas hasta la vía del tren cada día, descorriendo los visillos a hurtadillas o meneando la cabeza en señal de desaprobación al verla pasar. Por eso, con el paso de los meses y los años, llegó a no hablarse con nadie y poco a poco fue convirtiéndose en un fantasma para todos en el que nadie reparaba ya.
Una vez sentada sobre la frialdad de la cerámica meditaba sobre el que habría sido de ella si su madre no le hubiese dejado esa pequeña fortuna que le permitía al menos comer y mantener viva la llama de la espera y al felicitarse de poder seguir allí sin haber tenido que buscarse la vida alejándose de su meta de persistente espera, se dejaba embargar por la somnolencia de satisfacción que le cerraba los ojos, para dejar de escudriñar el horizonte donde los raíles se juntaban, esperando ver el penacho blanco elevándose en el aire como un alegre algodón que anunciaba que su Miguel estaba a punto de llegar. Soñaba en su debilidad vespertina que con una sinfonía de vapores y chirridos llegaba la vieja chocolatera con su Miguel a bordo saludándola de lejos con el sombrero agitado al aire, la sonrisa, esa inimitable sonrisa suya de oreja a oreja y los ojos empañados por la lagrimas de la emoción del reencuentro. Y al fin despertaba sobresaltada e inquieta por si hubiese llegado el tren y ella no se hubiese dado cuenta.
Al llegar, como cada día, a su casa encontraba la mesa que ella misma dejó preparada con su mantel a cuadros bien limpio, como toda la casa, y el plato de comida, ya frío, que como todos los días también, dejaba preparado porque cuando su Miguel regresase; vendría hambriento y querría cenar sin espera. Esta rutina diaria no le arrebataba la ilusión del porvenir de las siguientes horas, ¿qué le pondría de comer mañana?, lo que más le gustase, eso por descontado. Pero lo primero era tirar la comida intacta y volver a guardar en la alacena la carta que llegó a la casa dos meses después de irse él, para con el mayor esmero, volver a colocarla al lado de la servilleta, que Miguel la viese y pudiera abrirla al fin, que debía ser una carta importante, porque tuvo que poner la huella en un libro cuando se la trajeron, ella no sabía escribir, ni leer, ¡para que!
Vicenta se levantaba temprano para tener recogida la casa y en perfecto orden, que a su Miguel las cosas fuera de sitio le enfurecían y no había porqué provocarlo, que si no ¿a que quejarse si se llevaba un buen pescozón?, pero no, él era muy bueno y trabajador, si no, de qué iba ella a echar la tarde en la vieja estación del pueblo, que cada vez estaba mas vacía porque los jóvenes se iban a la ciudad llevados por el mismo tren que se llevó a su Miguel.
No comprendía Vicenta el porqué de un tiempo a esta parte nadie se ocupaba de adecentar la estación, ni de limpiar de matojos las vías, ni de reparar los desconchones que los niños más gamberros se dedicaban a provocar en los azulejos a base de chinazos de sus tirachinas. Ya no se volvió a abrir la ventanilla por la que se vendían los billetes, aunque era natural, hacía tiempo que no aparecía ningún convoy y eso tenía que deberse a que si Miguel no aparecía nadie debería tener derecho a aparecer.
Aquella tarde, como todas las tardes desde hacía..., ni se acordaba ya cuantos meses, una corazonada la llevó en volandas, con una sonrisa pintada en los labios, a recorrer los cuatro kilómetros que le conducían al apeadero con una gozosa certeza. Esa sería la tarde, esa si. Se lo decía una sensación en su pecho que la dejaba sin resuello, como si se desfalleciese y al tiempo le imprimiese una nueva alegría de vivir. Le hormigueaban las manos y parecía que tuviese alas en los pies. Estaba segura que la vista era ahora más aguda y que divisaba más a lo lejos. Llegando a la estación comprobó con tristeza que una mano criminal había arrancado los cercos de las ventanas y de la puerta, que tanto tiempo llevaba cerrada y para mayor dolor habían demolido su escabel, ese que fue testigo de miles de esperas durante tantos años, pero no le importó. A pesar de la edad estaba aún ágil y pudo dejarse caer con la espalda apoyada en la pared resbalando hasta dar en el suelo y quedar allí en cuclillas. No importaba la postura, no iba a permanecer mucho tiempo de esa manera porque ya escuchaba a lo lejos el silbato de la maquina y el piafar abusivo del caballo de hierro. Aguzó el oído mejor y comprobó que no se equivocaba. Efectivamente pitaba el tren. Al poco, divisó la gran columna de humo que pugnaba por alcanzar la maquina que, terca, conseguía siempre escapar de ella. La imagen cada vez era mayor y empezaban a distinguirse detalles; los bronces reluciendo al sol de la tarde, la cabina del maquinista con la cabeza del mismo asomando y haciendo sonar el silbato de vapor y un poco más atrás un sombrero agitándose sin parar movido, incansable, por un brazo inconfundible. Un poco más cerca y la sonrisa incomparable terminó de disipar una pequeña duda si es que llegó a existir alguna vez. Definitivamente era su Miguel. Las lagrimas, desde hacía lustros, empezaban a hacer acto de presencia. Ella estaba segura, cuando todos la ponían de loca, no se dejó amilanar y se mantuvo fiel a su amor y ahora veía la recompensa, ¡vaya chasco se iban a llevar todos cuando la viesen aparecer del brazo de su hombre!, les iba a mirar sobrada de orgullo sin decirles ni una palabra de reproche, bastante tendrían todos al verle a él; se morirían de rabia y envidia y ella ganaría diez kilos de satisfacción. El corazón se le iba a salir por la boca de excitación, se veía ya en brazos de su hombre y no sabía si se desmayaría, se echaría a llorar o saldría corriendo, cuando de golpe le inundó una gran paz, se relajó al  ver ya nítidas las facciones de su Miguel y una sonrisa beatifica pintada en sus resquebrajados labios agostados por la brisa helada del páramo se le instaló para no abandonarlos jamás. Dos tímidas lágrimas asomaron a sus ojos y al cerrar los párpados las dos perlas saladas le rodaron las mejillas y sintió como el corazón se le paraba de la impresión que le producía la contemplación de la persona tanto tiempo anhelada y esperada.

Los operarios de la contrata encargada de la demolición de los antiguos apeaderos de la provincia se llevaron el susto de su vida cuando al llegar de buena mañana para terminar el trabajo iniciado el día anterior se encontraron un bulto de color pardo oscuro con aspecto vagamente humano, encogido e inquietantemente inmóvil. Al apartarle el pañuelo que le cubría la cabeza observaron la cara de un cadáver extraordinariamente relajada y sonriente; podría haberse dicho que era la muerta más feliz del mundo.
Cuando el juez entró en casa de Vicenta a instancias de la policía, el plato de comida sobre la mesa de inmaculado mantel de cuadros, hedía. Al abrir un sobre amarilleando de viejo y manoseo, que reposaba paciente al lado del plato de podrida comida, pudo comprobar que no era más que un frío comunicado del Ministerio de la Guerra de la 2ª Republica en el que se informaba a Vicenta García Martín, que su compañero Miguel Vela Guerra había caído victima de un mortero rebelde a los dos días de llegar al frente. Estaba fechada un 13 de Febrero de 1937.

16.1.13

viernes, 11 de enero de 2013

MEMORIA DOLOROSA

Memoria Dolorosa



El curso tocó a su fin y el verano con sus largos y tórridos  días envolvían nuestra existencia en una atmósfera pesada  y morosa. Los veranos en Madrid son de autentico infierno, menos mal que nosotros teníamos la piscina, obligadamente con forma de riñón, como la de todo nuevo rico que se preciase para aliviar los rigores caniculares. Yo a mis diez años estaba mas tiempo en remojo que  enjuto y mientras cada quien, iba a sus obligaciones yo dilapidaba mi tiempo bañándome en nuestra piscina o en la del vecino, el piscinero, con su color de piscina en turquesa y que tanto emocionaba a mi hermana Celia, aunque realmente, después pude comprobar, lo que realmente le emocionaba era José Mari el hermano pequeño de los vecinos, que se dedicaba, precisamente a montar filtros de piscina, los primeros que allá por los años cincuenta hacían cosas de estas que por aquellas fechas no eran muy comunes.
Hay que comprender que la casa en la que yo vivía era una de esas que hoy llaman la atención. El salón, inmenso, se comunicaba por unas puertas correderas acristaladas del tamaño de la pared entera con una amplísima terraza que se colgaba sobre la piscina a la que se bajaba por dos escaleras laterales al efecto. Entre ambas escaleras había un seto de aligustre que hacia las veces de barandal y delante de éste un balancín de tamaño natural, tapizado, nunca lo olvidare, en lona color calabaza. Daban sombra a aquella inmensa terraza dos soberbios castaños de indias que en otoño se ocupaban de poner perdido de hojas todo el jardín. En una de las esquinas de aquel terrado una fuentecilla baja se ocupaba de ofrecer su cantinela cristalina para añadir sensación de frescor a la que ya daban de por si los árboles. En el estanque que formaba la fuentecilla llevaban su aburrida existencia unos pececillos de colores en lo que era la expresión más cutre de todas las que el dinero era capaz de dar. El colmo del esnobismo más rabioso. No faltaba, claro es, la rocalla con verbena enmarcando el estanquecito. Primoroso.
Tarde tórrida de julio o quizás agosto. Los poros se abren para permitir al sudor aflorar a la piel para refrescarla. Calor aplastante que impide moverse, ralentiza los gestos y relaja la voluntad. Canícula inmisericorde que evapora las hormonas en un cuerpo en ebullición y cuyas burbujas estallan en forma de erección pujante e inquisitiva que clama por satisfacer los impulsos de la madre naturaleza. Lastima de ausencia de imperativos morales no desarrollados o quien sabe, si no asumidos a conciencia, para dar satisfacción egoísta a los instintos, ¡que mas da! Estaba a punto de subirse el telón de una tragicomedia que aún hoy día no ha puesto el punto y final y no lo pondrá hasta que el telón de mi vida caiga definitivamente y se acabe la función. Dos niños, uno, yo, de unos diez años, en Meyba que no me quitaba en todo el verano, otra, mi hermana, Eugenia, de entorno a los cinco, con vestidito fresquito y las braguitas como única indumentaria. La temperatura, impía, lujuriosa, voluptuosa, lasciva se enroscó en mi cuerpo haciendo surgir de inmediato un deseo irrefrenable, pero no creo que únicamente lascivo. Una buena oportunidad, que duda cabía, para probar aquello de Juanita, que escuché a los mayores del colegio, ¿por qué no? Si a aquellos gamberros, a mi me lo parecían, les resultaba tan gozoso y tan divertido ¿porque no a mi? Sinceramente, siempre pensé que aquello que me proponía, estando relacionado con las partes pudendas no estaba bien, y mas sabiendo de las negativas de mi prima a cualquier trasteo por esos andurriales, pero la maravillosa sensación de abundantísimas mariposas en el estomago pesaba mas en mi decisión que cualquier consideración mas o menos sospechada de punibilidad. Además, ¿quién se iba a enterar? Lo que no tenía muy claro era cómo, por donde habría yo de calzar aquella tirantez tan admirable y deleitosa para dar culminación a aquella determinación que era dueña de mi voluntad. Decían que por donde se meaba y lo cierto es que habría de estar mas o menos a la altura de mi infantil erección, o mas bien al grosor, que a esa edad, sin haber desarrollado todavía, no era para tirar cohetes.
Al otro extremo de la piscina y medianero con el frontón, de tamaño regular, hasta el “10” llegaba, que mi padre se construyó para su solaz deportivo, se erigían los vestuarios, mas propios de un club deportivo que de una casa de familia; hay que recordar que éramos ricos y nobleza obliga, además mi madre no quería a nadie entrando y saliendo de casa para cambiarse después de bañarse o jugar un partidito de frontón y menos aún andar pidiendo toallas de baño, con lo que hubiese en los vestuarios habrían de apañarse los invitados. De manera que mi padre, desmesurado y sobrado de soberbia por su magnifica situación financiera no resistió la tentación y edificó unas dependencias con todos los servicios propios de estas instalaciones. Estaban rematados, estos vestuarios, por una pérgola que daba sombra a expensas de una preciosa glicinia que el ingeniero agrónomo que diseñó el jardín se le antojó plantar. Cada vez se hacia mas desasosegante la tirantez de mi entrepierna y mas deseable aquélla niña, no porque fuese ella precisamente, con toda seguridad si hubiese sido un niño hubiera reaccionado igual, era un cuerpo caliente, brillante de perlas de sudor y deseable, sin saber bien para qué pero seguro que útil a mis urgencias. He de puntualizar que yo aún no me masturbaba y no sabía que eso se hiciese. Las erecciones que sufría se resolvían por si solas al no saber como darles justo fin.
De la mano de mi hermana por el camino de grandes planchas de granito sin pulir con césped sembrado entre ellas me llevé a la niña, dócil, con el pretexto de enseñarle algo. Ella iba confiada de mi mano sin oponer ninguna resistencia, ¿por qué iba oponerse? Entramos en aquella estancia umbrosa de estrechos y elevados ventanales  con su suelo cubierto de tarimas de enrejado de madera para evitar los resbalones de los deportistas recién duchados, y bancos iguales cercando las paredes. De las múltiples perchas colgaban aún las toallas del baño del mediodía que el servicio no había retirado. Me quité el bañador y la erección surgía de una piel lampiña haciendo visera a unas minúsculas bolsas. La niña se quedó sorprendida de ver aquello tan ridículamente raro pero no dijo ni hizo nada, es mas creo que lo ignoró. Le baje sus bragas; prácticamente era igual que yo salvo que no sobresalía nada de la misma piel calva, únicamente una minúscula hendidura se perdía entre sus piernecitas. Estaba quieta sin abrir la boca y yo tenía, debía hacer algo. Lógicamente aquella pequeña grieta era la solución a mis apremios, por ahí se meaba, ¿no?, pues por ahí debía ser. Ella notablemente mas baja que yo, me obligó a doblar las piernas para poder apuntar con mi verguita a su sexo infantil. Y apreté. Y se quejo ruidosamente. Volví a intentarlo y se volvió a quejar, esta vez con llanto, no creo que por el dolor sino porque yo intentase salirme con la mía pasando por encima de su negativa. Una amenaza velada y proferida sin mucha convicción con su media lengua, una subida de bragas y puesta de bañador y a la calle a olvidarlo todo cuanto antes, aquello no era viable, debía ser de otra manera, reuniría más datos y lo intentaría en otra ocasión. Algún detalle se me habría tenido que escapar para que todo parase en aquel fiasco. Una frustración en suma.
Salíamos por la puerta cuando una madre alarmada y escamada se plantó en el umbral impidiéndonos la salida. ¿Pero que hacía mi madre allí?, ¿qué mala conciencia animaba a mi madre buscando algo pecaminoso en la relación entre dos niños estrictamente hablando? ¿Qué maldad era esa de preguntar que qué hacíamos allí solos? La pregunta estaba de más, no se porqué tuvo que plantearla si ella ya sabía la respuesta. De nada sirvieron las magnificas amenazas a mi hermana de que mantuviese la boca cerrada, a la primera pregunta, la niña, con todo el candor que solo dan los cuatro años, dijo crudamente, cruelmente, sencillamente que yo se la había intentado colar por ahí abajo.
Y comenzó el fin del mundo, el principio de mi abismo.
Creo que todos hemos leído, o visto en alguna peli o algún documental que cuando se está preparando una catástrofe de magnas proporciones, se ve precedida por un silencio aterrador, una calma sospechosa, una paz como de tumba que al poco avisado le hace creer erróneamente que no ha pasado nada y que lo que intuía como una deflagración de proporciones apocalípticas no es mas que una falsa alarma propia de un estado paranoico fruto de los temores mas primarios. Y cuanto más pertinaz es ese silencio, esa calma, mayor es la calamidad. Así me ocurrió a mí.
No entendía yo la desproporción entre los alaridos de mi madre y lo que allí dentro del vestuario se había cocido. ¡Joder, no era para tanto!, pero mi madre no paraba de vociferar aquello que tengo grabado a fuego en mi memoria y juro por lo mas sagrado, que sigo, a día de hoy sin entenderlo.
-         ¡Mi niña, pobrecita, con lo que duele, con lo que duele!
Hoy comprendo que o mi padre era un violador matrimonial o que mi madre nunca disfrutó del sexo, porque lo audible de sus bramidos era lo del dolor.
Repetido una y otra y otra vez, armando un gran revuelo y consternación.
No se me puso una mano encima, nadie me dijo ni esta boca es mía. Se me confinó en mi habitación sin salir y allí me quedé. Solo, con un regusto amargo en la boca y sensación vertiginosa en la boca del estomago esperaba una buena tunda de un momento a otro, porque aunque a mi me pareciese que  no era para tanto, las proporciones de la respuesta de mi madre hacía esperar lo peor de lo peor. Nada, nadie, silencio de cementerio. Y sin saber que hacer allí metido. Me dormí. A la hora de cenar se me llamó, baje al comedor, cené y me volvieron a enviar a mi celda, porque así es como yo lo vivía. Mi padre no estaba y mi madre no cenó. Aquello era raro, pero desde el incidente nada era normal, se masticaba un silencio espeso. Ninguno de mis hermanos pululaba por allí, lo que hacia la situación aún mas extravagante.
Amaneció el día siguiente y como todos los días me dirigí a la piscina a darme el primer baño. Me sequé y fui a la cocina, donde Beni, la buena Beni, una asturiana extremadamente delgada que era interna en casa, preparaba el Cola-Cao. Me volví a la piscina con la extraña sensación de que algo fuera de lo común acontecía en mi casa. Todo el mundo callado y serio como si hubiese muerto alguien. No comprendo, como no sea en las coordenadas de mi inocencia, como no salí corriendo barruntándome la tormenta que iba a descargar directamente sobre mi cabeza. Desde el día anterior no veía a mi padre; era comprensible, yo había preparado una buena y hasta que no se le pasase no me dirigiría la palabra, era lo común. Lo que si era fuera de lo común es que mi padre llegase a casa tan pronto. Calculo que serían sobre las once o las doce de la mañana cuando escuche entrar el Renault Gordini en el garaje de casa y mi madre con toda la autoridad de que era capaz me mando escaleras arriba a mi dormitorio. Ya está, me dije, mi padre me castigó a mi cuarto y no consentiría que estuviese fuera de él cuando entrase. Y ese iba a ser el castigo; estaba por dilucidar el tiempo que esto iba a transcurrir de esta manera. No creía que todo el verano, eso si que sería excesivo.
La escalera de mi casa, de esas modernas colgadas del aire, era de un solo tramo, desembarcaba en un distribuidor en cuya pared de enfrente mismo estaba mi dormitorio. Espié como mi padre subía al suyo y se cambiaba de ropa de casa para volver a bajar. Pasaron unos minutos. Por la puerta entreabierta observé como volvía a subir, lentamente, resuelto, ataviado con su pantalón corto de dril azul y su camisa polo de punto finito, muy fresquito todo. Sus delgadas y nervudas piernas rematadas por unas “Wambas” azul marino igualmente. Agarraba fuertemente en su mano derecha un azote.
El jardín de mi casa era, como he dicho, grande, no existían aún los riegos automáticos y se regaba con mangueras de caucho negras, listradas de marca “Pirelli”, que si se dejaban a la intemperie en invierno se cuarteaban, tal era su falta de elasticidad. Tenían alma de cuerda para no resquebrajarse y eran  duras, muy duras y resistentes, pero se les podía dar más entereza aún si se les embutía dentro una manguera de las que se usan para el butano.
Ese era el azote de más o menos medio metro. Fue verlo y saber lo que me esperaba. Mi madre, sí, en alguna ocasión me tentó el culo con unos azotazos, dados con la palma de la mano, ni tan siquiera con la zapatilla como me decían alguno de los compañeros del colegio, por esto o aquello, pero mi padre jamás me había tocado. Aquello que se me venía encima no era nada tranquilizador. Sentí cómo el bañador se calentaba y mojaba, pegándose a la piel por efecto de la orina que se me escapaba del cuerpo. El pavor me hacía acelerar la respiración y los ralos vellos de mi cuerpo se erizaban. Comencé a temblar como una hoja mecida por el viento de otoño. Allí, en el umbral de mi dormitorio, paralizado por el terror, con la orina resbalándome por las piernas formando un charco a mis pies y aterido de adrenalina me encontró mi padre. Me agarró con violencia difícilmente contenida del brazo izquierdo y me metió dentro mientras que con su pierna, de una patada, cerraba la puerta. No conocía ese rasgo violento de mi padre y no se lo he vuelto a conocer jamás, era mucho el veneno que le corría por sus venas. De un manotazo cerró la ventana y bajo la persiana con un sonido de carraca que revelaba urgencia por empezar la función. Aquel sonido, aquel portazo tremendo, que debió retumbar en toda la casa, fue la subida del telón del drama del que yo iba a ser protagonista a mi pesar. Comencé a marearme otra vez seguramente por efecto de la alerta hormonal ante el inminente peligro. Las nauseas amenazaron con convertirse en vomito lo que no llegó a suceder porque siempre he sido duro para esos menesteres.
No tengo ni idea de como comenzó a machacarme ni del tiempo que duró la tortura, mi padre golpeaba por todo el cuerpo, menos en la cabeza; lo se, porque fue el único lugar del cuerpo que estaba sin señales. A cada nuevo golpe, me llamaba cabrón y me preguntaba que qué había hecho, que así aprendería y vuelta a llamarme cabrón. Aquello de llamarme cabrón me parecía extremo, el colmo del insulto, yo era un niño, era casi peor que los palos que recibía. El castigo duraba ya mas de la cuenta, un solo vergajazo de aquellos, dispensado con aquella inquina, era ya mas de la cuenta y yo solo acertaba a decir que ya, que iba a ser bueno, que ya, por favor y en ese plan me volví a mear otra vez, pero esta vez me cagué también. Pero al parecer no fue suficiente para él aquella demostración de terror y desamparo. No fue suficiente señal para disparar la piedad en su corazón. ¿Sabría de qué se trataba?
 No dejaba de pedir perdón y prometer que iba a ser bueno, intentando esquivar a duras penas el horror que aquel hombretón de 39 años, cobardemente, me procuraba. Aquel crucifijo en la cabecera de la cama, no movió un dedo, el magnifico crucifijo románico primorosamente policromado, magnifica copia, colocada allí por un decorador de moda en aquellos tiempos en Madrid y equivoco, permanecía hierático ante la flagrante injusticia que se estaba perpetrando, al menos ante la desproporción de la pena. No puedo continuar porque no recuerdo mas, supongo que  me moriría para resucitar después y poder seguir purgando a conciencia el tremendo pecado cometido. Y desearía no poder recordar nada. Lo siguiente que recuerdo es a Beni subiéndome comida a la habitación y dándomela, porque yo no me podía mover. No se si  me metí en la cama o me metieron, debí perder el conocimiento en realidad y cuando desperté no sabía porque estaba en la cama, ni que hora era. De noche, porque no se filtraba luz por la persiana, pero nunca sabré si de aquel mismo día o del siguiente. Intente levantarme, de eso si me acuerdo, y no pude moverme. Alguien debió lavarme y ponerme un pijama. Tampoco se el tiempo que transcurrí en esta situación. Hoy ya sé que lo que me pasaba era que estaba en amnesia, lo que le ocurre a cualquiera que después de sufrir un trauma insoportable, ya sea psíquico o físico, o los dos, como me pasó a mi, se evade de manera inconsciente, borrando lo sufrido del registro de lo experimentado por serle insoportable y no entendible lo vivido. Pero queda registro, solo hay que saber encontrarlo entre la hojarasca de las penas acuciantes, sangrantes y arrancarlo como una mala espina, que nunca sabremos como encajar en nuestra historia; pero es conveniente buscar esas puyas, aventarlas, denunciarlas, para perderles el miedo, para inactivarlas, para olvidarlas, aunque no se consiga, solo la lucha, ya libera y ennoblece. No fueron horas, ni un solo día, lo que permanecí invalido, eso es seguro, probablemente algo menos de una semana, pero sin determinar si tres, cuatro o siete días, no lo sé, solo sé que fue un infierno en que el tiempo pasaba, dormido, incapaz de pensar, de decidir, porque no recuerdo nada. Nadie, absolutamente nadie, subió a verme, solamente Beni, la buena de Beni me llevaba comida y me daba algo de calor humano preguntándome muy bajito, el porqué había tenido que hacer yo eso, sin violencia, sin reproche, con disculpa, función de madre vicariada. Yo no respondía, no iba a responder a lo que no sabía, e inundaba de lagrimas mis ojos no se si de arrepentimiento o de pena porque acababa de constatar que en aquella casa no era muy bien recibido, nadie me quería, solo la muchacha. Me tendría que marchar, pero ¿dónde?, ¿como me ganaría la vida? Era muy pequeño, joder, era muy pequeño y había recibido penitencia de hombre. Ahora ya se que el tiempo que permanecí dolorido y postrado no ha terminado aún. Una cosa así, finalmente, se acaba por comprender que no acaba nunca.
¿Dónde estabas, mama?, ¿porque no me defendiste?, dos o tres vergajazos, vale, ¿pero aquello? Quiero creer que tu, mientras tanto, llorabas en un rincón pensando en que al final solo encontrarías un cuerpo desmadejado y muerto, pero me resulta difícil, no, imposible, el creerlo cuando al quedarme ya solo, roto e inconsciente ni siquiera subiste a ver el resultado de tus voces de  plañidera de tragedia griega. Mas fácil me es imaginarte, histérica perdida, dando la vara, terca como una mula, machacando a tu marido diciéndole que lo que necesitaba era una buena lección, y lo fue, ¡vaya que si lo fue! Con que desde abajo hubieses dicho con ese tono firme y amenazante tuyo “basta ya”, me habría sentido confortado, aunque hubiese seguido el enloquecido aquel todo el día apaleándome, pero no, de tu boca no salió nada, por lo que supongo que a cada nuevo golpe tu apostillabas eso que tantas veces te he escuchado, “para que aprendas, te está muy bien empleado”. Y no puedo dejar de preguntarte, ¿dónde estabas?, ¿tan malo era yo, como para eso? ¡Eran nueve años, coño, madre, solo nueve! Comprendo que los tiempos eran otros pero reconoce que los sentimientos de una madre siguen siendo los mismos, ¿por qué esa crueldad? ¿Fui realmente yo tan cruel con mi hermana?, ¿me lo merecía?, sinceramente, mama, ¿me lo merecía? ¿Disfrutaste?, ¿es posible que la degeneración general te hiciese llegar a eso? A día de hoy sigo sin entenderlo, y lo que es peor, te morirás y no me lo podrás aclarar nunca, a lo peor porque no tiene aclaración posible.
Y tu papa, ¿mereces, merezco, llamarte así?, ¿que sentías?, ¿no te dolía cada golpe que asestabas?, ¿tan despreciable me considerabas? Debías saberte el brazo ejecutor de la justicia divina al menos y te sentías obligado a aplicarla en todo su rigor. ¿De verdad te creíste que de esa forma ibas a reconducir mi vida, por supuesto, a la avanzada edad de nueve años, ya echada a perder? ¿No tuviste ni un mínimo escrúpulo? ¿No te dio vergüenza abusar de esa mala manera? Podría haber llegado a entender, mas tarde, mas mayor, que en el acaloramiento del momento te hubiese cegado la ira de padre sorprendido, zaherido, al ver a su niña pequeña intentada violar, ¿violar?, hasta eso admito, que te creyeses que yo quería violarla, y hubieses querido matarme, pero ¡esa frialdad!, ese dejar pasar casi veinticuatro horas me suena hoy a degustación del frío plato de la venganza, porque ¿fue una venganza, no es cierto? Me habría gustado contemplar tú decidida bajada de escalera, triunfante, orgulloso del trabajo bien hecho, padre responsable impartiendo justicia en el seno de su perfecta familia, comunicándole a tu mujer que ya estaba todo arreglado; tu sabías como reconducir las situaciones. Deberían haberlo publicado en el “Arriba” como ejemplo de los valores nacional-sindicalistas. ¿Sabes papa?, a veces me he llegado a preguntar si todo lo que fue mi vida a partir de ese instante no hunde sus raíces en aquellos espantosos minutos, si todo lo que hice no tenía la sagrada intención de humillarte, de avergonzarte, de verte derrotado. Mi alma inocente de niño clamaba venganza primitiva desde la incomprensión de aquella hecatombe. La violencia, papa, me enseñaste muy didácticamente, que solo puede generar más violencia y me asustó y aún hoy me asusta. Te agradezco al menos el haber podido recoger esa enseñanza, que la violencia, aplicada, por quien la aplique ni tiene justificación, ni más finalidad que alimentar la ausencia de raciocinio. ¡Y tenías el mismo cociente intelectual de Mozart!, de que poco te sirvió. La sangría de mi alma, que aún no ha cesado, cuarenta años después, ha mantenido viva la memoria del dolor injusto no para permitirme tomar revancha, que no la quiero, ha sido para recordarme que se puede, que se debe seguir adelante aún en las circunstancias mas adversas creyendo incluso que se fracasa. Y fracasando y todo, el triunfo está en continuar a pesar del dolor y el desengaño. Eso es la hombría, papa, eso es la hombría, no empuñar un arma contra un indefenso inocente.
Y a pesar de los pesares yo seguí queriendo a mi madre, nunca la culpé por aquello, me culpe yo, que había sido el causante del desavío. A mi padre, no se, no se si volví a quererle en algún momento. Lo que si llegué, fue a perderle todo respeto, le temía, nada mas. Si puedo decir que cuando, ya enterrado, me enteré de su muerte, nadie me avisó por otra parte, ni sentí, ni padecí, lamenté su muerte, como la de cualquiera, como una convención, pero me dejó frío, me disgustó no sentir nada, eché en falta la ausencia del calor de padre que se ha ido, pero no conseguí derramar ni una lagrima. Tampoco me alegré.

11.1.13