El tiempo transcurría espeso y
caliente. Era ir en medio de una nube que desdibuja los contornos de las cosas
y vuelve irreal lo físico. A medida que subía las escaleras, que tan pocas
veces transitaba, se sentía más liberado y menos triste. La decisión estaba
tomada y eso le relajó. Había dejado de sufrir en el mismo momento que tuvo la
valentía, ¡que sarcasmo!, de decidir el final de su historia y eso le había
devuelto la alegría. Se le vino a la cabeza la imagen de su mujer y sus hijos
pero en forma caleidoscópica de manera que sus contornos se formaban y
destruían a medida que él iba dando pasos decididos camino de la azotea. Todo
se le antojaba un juego, amargo y triste juego al que pondría fin en breve. Ni
nunca entendió como tuvo la desfachatez de casarse y menos como se le ocurrió
tener un hijo tras el otro hasta completar ese trío de cagones berreones que le
sacaban de sus casillas, no le dejaban dormir y siempre le interrumpían cuando
mas feliz estaba consiguiendo ser. Pero no quería decir que no los quisiera,
eran sus hijos, ¡caramba!, solo que no conseguía asumir que su obligación en
cuanto niños era consumirle todo el tiempo del que disponía, y del que no
disponía también, como por ejemplo el del sueño. Y sí, quería a su mujer pero
nunca comprendería la forma de entender la vida que tenía, en la que todo se
resolvía a base de lágrimas y consejas de amigas o hermanas o vecinas sin un
ápice de sensatez, sin seriedad ni raciocinio. Por eso su familia se le
antojaba ahora como un caleidoscopio en el que cada uno era parte de todos y
nadie en particular tenía entidad propia. La misión al parecer en la vida de
todos ellos era incordiarle colegiadamente. Por eso después de mas de diez años
casado había tomado la decisión mas concluyente.
Alcanzó la puerta del final de la
escalera que daba la azotea donde las mujeres y cada vez mas hombres se
afanaban cada día en tender y recoger ropa. Que cansancio de siempre la misma
cantinela, por eso quería subir a tender solo y a recoger también; le agobiaba
escuchar los dictámenes doctos, siempre repetidos, calculadamente repetidos
parecía, que pontificaban que la del tercero era muy puerca que tenía la ropa
renegrida o que la del segundo no se le veía dos veces la misma prenda porque
era un despilfarro que no sabía lavar y estropeaba la ropa. Ahora, de noche
cerrada, al abrir la puerta de la azotea solo alguna cuerdas conservaban ropa
tendida, ya seca, que se olvidó su dueña de recoger o bien que no tuvo tiempo
de hacerlo, el resto de azotea era un laberinto de cuerdas y cables cubiertos
de pinzas multicolores que como pájaros de madera y plástico poblaban esas
finas ramas de artificio que nos habíamos inventado para secar lo mojado y que
hacían difícil el pasear sin engancharse por semejante anchuroso espacio libre.
Aspiró el aire fresco de la noche y se reconfortó. Era ese aire del sototoño
cargado de esencias dulzonas, húmedas y frescas que siempre le habían puesto
optimista y melancólico al tiempo. Y ahora también le hacían disfrutar de toda
la vida que le quedaba por gozar, la que él había decidido que le quedase. Una
vida absurda, sin trascendencia, de borrico uncido a la noria, y no se
consentía que pasase ni un segundo mas sin acabar con ella para evitarse el
sonrojo de tener que seguir viviendo a sabiendas de que no era mas que un topo
sin finalidad caminando a tientas, por muy abiertos que tuviese los ojos,
debatiéndose con las pasiones que le torturaban y recluían en las mazmorras de
la vulgaridad. La alienación empezaba a apoderarse de él y prefería hacer lo
que tenía decidido que al menos sería algo concluido en plenas facultades sin
que la barahúnda de propaganda de uno y otro lado le condujesen a tomar la
decisión. Estaba harto de que le llevasen como a un borrego a impulsos de mensajes
subliminales y no, encauzándolo sin posibilidad de análisis a los pastos de
pseudointelectualidad que mas convenían a cualquiera en cada momento. La
decisión que ya había tomado, no sin antes haber pasado por el calvario de la
angustia que le suponía la aniquilación ontológica, le parecía la mas humana de
todas las decisiones haciendo uso de la propiedad soberana de su yo. Pensaba en
sus hijos, pero que duda cabía en cabeza de nadie que saldrían adelante sin
necesidad de él; al fin y al cabo su mujer se lo tenía repetido multitud de
veces, cada vez que él intentaba sentar las bases de un análisis someramente
razonable de lo que debía ser su vida; que no se fuese a pensar que él era
imprescindible, que ella también, sin él ni el miserable dinero de su nomina
era capaz de sacar adelante a la prole. Por eso, cuando él dentro de pocos
segundos acabase sus días de forma voluntaria sería para su familia la
impresión del que se tira al agua fría del otoño en el mar, que al poco de
sumergirse se da cuenta de las ventajas que tiene bañarse en esas gélidas
aguas, aunque haya que pasar por el mal trago del primer chapuzón; sale uno
tonificado y con mas ganas de enfrentar el día.
Sorteando cuerdas y alambres de
toda laya colocados de anárquica manera según el leal saber y entender de cada
vecino llegó hasta el pretil de la azotea. Pensó una vez mas de forma estúpida
que sería preciso ordenar esas cuerdas de alguna manera con el fin de cada
vecino tuviese más o menos la misma cantidad de metros de tendido, para
inmediatamente sonreír amargamente de la bobada que se le acaba de ocurrir. Sin
pensárselo más se subió al pretil y miró los ocho pisos de altura que le
separaban de su definitiva liberación. El ser humano hace las cosas más
absurdas en los momentos más importantes. ¿Qué podía importarle a Félix la hora
que fuera? Y sin embargo antes de saltar al vacío tuvo que mirar el reloj.
Marcaba las 23:24:54. Tuvo un postrer enfado por haber consumido parte de los
últimos segundos de su vida en mirar la hora, como si para morirse se llegase
alguna vez con retraso. Y saltó.
23:24:55
En el momento de saltar se le
ocurrió pensar en lo que le quedaba antes de estrellarse contra la acera, era
una cuenta muy sencilla. El edificio tendría aproximadamente unos treinta
metros y puesto que “g” es 9,8 m/s, en unos tres segundos habría llegado a su
destino poniendo colofón a su desdicha y ahorrando a la humanidad la existencia
de un ser gris y prescindible. Según comenzó la caída el pensamiento se le
aceleró hasta el punto de que era capaz, se daba incluso cuenta, de pensar y
rememorar imágenes y sucesos para los que hacía solo unos minutos habría sido
incapaz de prestar la mínima atención. El pensar por ejemplo en el calculo de
lo que tardaría en llegar al suelo era algo que habría sido impensable antes
del salto y ahora sin embargo, cuando no llevaba recorridos ni dos metros de
fachada camino de la acera se le había ocurrido pensarlo y no había sido capaz
de sorprenderse de su frialdad. Al tiempo, cada milímetro de su ser gozaba con
la sensación de ingravidez que le proporcionaba la caída. No podía determinar
en que posición se encontraba en cada instante, le estaba haciendo cosquillas
el estomago y eso le hacia reír. Era una sensación de vértigo pero sin nauseas,
placentera, como la que le despertaba su padre cuando le daba volteretas sobre
su cabeza y el se desternillaba de risa por los manejos de su papa. Le
resultaba extraño que aún no hubiese llegado al suelo cuando su retina se quedó
impresionada por la imagen del dormitorio de los del octavo. Al pasar como una
exhalación por delante de la ventana le dio tiempo a observar todos los
detalles y se sintió hondamente reconfortado. El tenía razón, su mujer, que si
era mal pensado, que qué maldad tenía y todas esas cosas que dicen las mujeres
de cada uno cuando la maledicencia no sale de su boca o no se les ocurre a
ellas. Fue solo el instante de pasar delante del ventanal pero pareció que el
tiempo se congelaba para que él pudiera recoger toda la información. Allí
estaba el estirado señor Vivanco con la estúpida de su mujer formando un cuadro
ridículo para todo el que contemplase la escena; ¡lástima de cámara de fotos!
El body escarlata que vestía el señor le sentaba de pena, pero ya con la
capucha que le cegaba la vista era una irrisión. Y que decir del traje
claveteado de cuero de la tonta de la señora que dejaba los pechos y el sexo al
aire, con ese barrigón, esgrimiendo la fusta con la que golpeaba las nalgas del
estirado de Vivanco.
Félix se rió ahora para sus
adentros sacando de sus entresijos toda la carga de condescendencia que le
quedaba para disculparles a los dos. No se hablaban con nadie de la escalera
creyéndose que eran especiales y ahora quedaba meridiano en que consistía esa
especialidad, ¡que manera de arrastrar una triste existencia por la vida!, ¿no
era mas honesto lo que estaba él haciendo..., o mas estúpido?, que mas daba, la
decisión se tomó y se estaba ejecutando, ahora todo daba igual, él se sentía
feliz. Al fin conseguía equiparar nombre y estado de ánimo. Siempre se imagina
uno al suicida en el escasísimo margen que media entre el salto o el apretón al
gatillo de la escopeta y el final de las cuitas arrepintiéndose una y mil veces
y haciendo mil votos y promesas urgentes e inútiles para conseguir que los
hados no se hagan cargo de su decisión y le respeten la vida por un milagro a
cambio de entregar esa misma vida en holocaustos particulares y estériles lo
que les quede de rutinaria existencia. El no sentía nada de eso, solo que
empezaba a barajar la posibilidad de que doliese al contacto con la acera o lo
que era peor que la mala fortuna hiciese que algún vecino o viandante pasase
por allí y le estrujase con su peso multiplicado por la aceleración..., y ya
estaba otra vez en cálculos baratos que no sabía a cuento de qué venían a su
mente. Ya debería llegar al suelo y acabar lo comenzado, hacía una eternidad
que había dado el salto definitivo y parecía faltar otra eternidad, al menos,
para rendir viaje. Pero estaba empezando a sospechar que algún espíritu burlón
le estaba sosteniendo ingrávido en el aire haciéndole dar vueltas y vueltas
para hacerle creer que caía cuando la realidad podría ser que ascendía o que se
agitaba de lado a lado como en una atracción de feria. No era posible que
transcurriese tanto tiempo entre el salto y la estrellada en la acera y estaba
empezando a impacientarse. Intentó mirar el reloj pero era tarea imposible
porque las vueltas que daba en el aire le incapacitaban para mirar un objeto
tan pequeño y fijarse en la posición relativa de las saetillas girantes. De
haber podido ver la esfera del reloj se habría dado cuenta de que en ese
instante marcaba exactamente casi las once y veinticinco de la noche.
23:24:56
Al pasar la manecilla de los
segundos por encima de la división cincuenta y seis de la esfera Félix pasaba
como un cohete fuera de control por la ventana del salón de los vecinos suyos
de abajo del sexto A. Pudo alcanzar a ver a Soledad recogiendo la mesa de la
cena mientras quiso vislumbrar como Álvaro, su marido le increpaba, como
siempre porque le interrumpía la línea de visión con la pantalla del televisor.
Él siempre sospechó que lo hacía a propósito para fastidiar a su marido que le
daba una vida de perros sin dejarla salir a la calle mas que para el mañaneo y
eso porque tenía que hacer la compra. No era de extrañar que se comentase en
todo el barrio que ella se dejaba medio dinero de la comida en la maquinas y Félix
con su mujer convenían que no era por interés lúdico, ni por vicio sino por dar
en las narices de alguna manera a su marido que tan mala vida le daba. Mientras
pensaba en aquello vio con toda claridad que Álvaro lo que tenía era una
querendona y por eso mantenía a su mujer enclaustrada, quería de ella una
criada que le tuviese atendido. No sabía como no se había dado cuenta antes y
eso que su mujer se lo tenía advertido, que las mujeres en estos menesteres
siempre llevan la razón. En eso que por una ráfaga de viento o porque la
posición de los brazos en el aire se lo procuró pero pudo darse la vuelta y
mirar hacía abajo. ¿Y porque antes no había mirado hacia abajo?, el salto fue
de frente, por tanto debería haber visto la acera a lo lejos y sin embargo
hasta este momento cuando aún le faltaba media vida para llegar al suelo, no se
había percatado de lo deprisa que éste se le acercaba a la cara y sin embargo
tenía la sensación de tiempo detenido porque le estaba dando tiempo a acordarse
de lo mas inverosímil. Y en ese preciso instante, pasando delante del quinto
escuchó un ruido de cristales rotos y se vio de pie con sus pantaloncitos
cortos tiritando de espanto con el famoso jarrón chino de la abuela a sus pies
hecho añicos. El ruido que salía del quinto era clavadito al que hizo aquella
vasija de porcelana que decía la abuela que se trajo su abuelo de china cuando
estuvo una vez por allí en una misión comercial. Aquello de que el abuelo de la
abuela hubiese estado una vez en china le sobrecogía, primero porque hablar de
esas fechas era como remontarse al paleolítico para un niño de cuatro años y
luego el hecho de haber estado en un sitio tan lejano en espacio y tan extraño
en cultura era realmente importante y digno de reverencia. De manera que
cuando, sin saber como, el famoso jarrón chino de finísima porcelana se estampó
en el suelo a sus pies por obra y gracia del tropezón contra el macetero en el
que la abuela le tenía colocado para que mejor se viese, no era de extrañar que
se mease de miedo esperando, paralizado por el miedo a la reprimenda de todos y
cada uno de los habitantes de aquella casa que tuviese siquiera un día de edad
mas que él. Aquello fue el fin del mundo y eso que nadie se atrevió a darle un
azote, pero solo el ver como la abuela se desmayaba y se abría la cabeza contra
el quicio de la puerta fue suficiente castigo. Ahora, pasados tantísimos años,
comprendía aquella emoción tan rara que sintió sin saber como interpretarla;
era la misma sensación que había dado como resultado el que tomase la decisión
de quitarse la vida. Si aquel niño en aquel fatídico instante de la rotura
hubiese tenido el conocimiento necesario para poder interpretar aquel viscoso y
desagradable sentimiento a buen seguro que no habría dado lugar a que él
saltase de aquel pretil, se habría quitado la vida de la mejor manera posible
para las entendederas de un niño. En
plena cada libre a Félix le empezó a temblar el labio inferior como cada vez
que rememoraba el episodio, pero de su disgusto le sacó un grito de terror que
venía de la calle. Al parecer alguien se percataba de que otro alguien caía
para partirse la crisma contra la acera y no se pudo reprimir el terror
manifestado en grito desgarrador. Desde su caída le hubiera gustado a Félix
explicar y consolar al involuntario espectador que no pasaba nada, que no era
un accidente ni nada por el estilo, solo que él había tomado la decisión
sopesada de acabar sus días de esa manera y era menester que nadie se alterase
ni se escandalizase de su decisión que era en firme. Pero el grito, como el
famoso del cuadro de Munch, se extendía “in aeternum” perforándole el tímpano y
molestándole aún mas que el aire que se le metía en los ojos al caer
provocándole lagrimeo que ya casi le impedía ver lo que ocurría a su alrededor.
23:24:57
Iba ya por el tercero. Aquel
postrer viaje estaba tardando mucho. En ese momento enlazando con la idea de
tardanza se acordó que al día siguiente tenía que levantarse temprano para ir a
recoger el coche al taller, para inmediatamente sentirse aliviado de no tener
que hacerlo y ahorrarse el trago del facturón que a buen seguro le iban a
presentar. Pasando por la ventana de la cocina de la del segundo D escuchó como
le decía la mujer a su marido que algo que era importantísimo no se le podía
olvidar hacer y Félix comprendió que la importancia de las cosas está en la
expectativa de permanencia que se tenga y que todo es importante en la medida
que se haga por que se tiene que hacer
no en función de los beneficios a obtener; porque el sabía con antelación
cuando iba a morir y ordenar los asuntos según importancia en relación al
tiempo de vida pero ¿y el que no lo sabía?, que era el común, se debatía en
trabajos y disgustos por cosas que le consumían la vida y le hacían infeliz
dejando de hacer y de ser cosas que ordenaban en la escala de las importancias
como menudencias cuando seguramente eran las cosas mas importantes a realizar.
Cada cosa que se hace o se vive, por nimia que sea es la mas importante, porque
es la última, ya que nadie tiene patente de inmortalidad y nadie puede afirmar
que no sea la última. Y hablando de caídas, la suya se estaba haciendo ya
interminable. Pensó aquello de que con Iberia ya habría llegado y se sonrió
entre si por el humor negro que era capaz de desarrollar, algo impensable en
él, justo instantes antes de estamparse y quedar hecho papilla a las puertas
del bar del Nicasio, entre las sillas y las mesas que los parroquianos ocupaban
al mediodía para tomarse el aperitivo. Suponía que no le sería muy perjudicial
para el negocio el que un hombre muriese justo allí y que nadie fuese a dejar
de tomarse sus calamares fritos o su ración de gambas plancha con su cervecita
fresca porque un desgraciado, sin razón ni causa se quisiese quitar la vida
frisando la medianoche. ¡Caramba!, pensó, a lo mejor le beneficio por el morbo
añadido de la gente de ir a sentarse “en el sitio donde el imbécil ese cayó”,
intentando desentrañar cuales eran los restos de sangre que pudieran haber
quedado entre las llagas de los baldosines de la acera. En una de las vueltas
que dio en el vacío cayendo pudo observar cerca ya del duro suelo como ese
suelo no aparecía por ningún lado. En su lugar veía o creía ver una superficie más
o menos tersa de color arena, sucio, que ocultaba su estación de destino. Félix
ya no se acordaba del toldo de Nicasio y de todas formas el no era muy
aficionado a salir de noche y ese detalle se le había pasado por alto. Nicasio,
en cuanto se avecinaba el otoño con sus humedades, para atraer al personal,
acostumbraba a echar el toldo que además de proteger de los rigores del sol
inclemente, a la atardecida, preservaba de las rociadas a la clientela, y esa
noche no iba a ser una excepción, de manera que Félix se disponía en breves
instantes a aterrizar en la tersa superficie de lona recia del toldo del bar de
Nicasio. Esto no entraba en sus planes, capaz de no matarse, y eso no era lo
malo, sino que tendría que pagar los desperfectos del toldo y el mobiliario en
el caso de no morir como era su intención, y en el caso de que muriese, podría
pedirle daños y perjuicios a sus deudos, que rácano como un prestamista e
inflexible como un banquero era el Nicasio este, un asturiano llegado hace años
a la ciudad y que con mil desvelos y sudores había conseguido hacerse con el
negocio en el que entró de chico para todo. A Félix le entró el miedo, no a
matarse sino al ridículo de no morirse, como era su intención.
Estaba pasando ya el primero y el
toldo se extendía bajo él dispuesto a acogerle como los brazos de una madre
recién parida al niño recién nacido. No era justo, lo había planificado todo y
se había dejado ese cabo suelto, pero ¿cómo no se acordaría de la agonía del
Nicasio?
Sintió una repentina deceleración
como si su cuerpo recuperase de repente todo su peso, no solo sus ochenta y
siete kilos, sino todos aquellos que la deliciosa ingravidez paladeada durante
esos interminables momentos le habían ahorrado. La pierna derecha al impactar
la lona intentó de forma refleja aguantar el golpe pero se dobló de una forma
grotesca, como un gigante es capaz de aplastar un mondadientes, bajo su propio
peso que ahora se le antojaba a Félix de elefante. Escuchó un chasquido que
provenía de esa pierna pero no le dolió ni sintió nada de nada, solo que
comprobó como perdía control sobre ese miembro de su cuerpo que poco a poco iba
reposando sobre el toldo del bar hasta que un sonido como de rasgar tela, el
sonido que hacían las sabanas viejas que su mujer convertía en trapos para
limpiar, pero mas rotundo. Ese sonido tan redondo se fue acentuando y el cuerpo
de Félix perdió peso otra vez. Se sintió mas ligero mientras atravesaba el
enorme siete que su caída había provocado en el toldo y acababa por impactar a
los pies de un parroquiano que libaba ginebra desde hacía rato.
No sintió nada. Escuchaba a lo
lejos un murmullo de voces muy agitadas que reclamaban urgencia y ligereza en
las llamadas telefónicas. Félix al llegar a la acera solo notó blandura, que su
cuerpo se adaptaba a los relieves de la acera con sometimiento total, sin
dolor, como si su cuerpo fuese de masilla fresca. Entonces pensó “¿Esto es
todo? ¿Ya está? ¿Ya estoy muerto?, pues no era para tanto, ni duele ni nada”.
Quiso moverse y ahí si que sintió que la pierna derecha le regalaba una punzada
que le recordaba que seguía vivo. Escuchó un “no se mueva que ya viene la
ambulancia, si no llega a ser por el toldo. A ver quien me lo paga a mi ahora”,
y antes de comenzar a navegar por otros mundos menos prosaicos pensó que
Nicasio nunca cambiaría pero que así estaba bien, solo defendía lo duramente
conseguido, y que los Vivanco es que no sabrían vivir de otra manera y que el
jarrón chino a lo mejor tenía menos valor para sus padres que lo que valía él
para ellos y resulta que le querían y que todo en esta vida tiene una segunda y
una tercera y aún una cuarta lectura y que después de todo vivir para ver esas
pequeñas cosas a lo mejor no estaba tan mal. Instantes antes de perder el
conocimiento, el de la ginebra, que ni siquiera se levantó de su silla, anunció
en medio de sus vapores, aunque nadie le hizo el menor caso, que había
escuchado decir muy bajito al caído: “¡Que bonita es la vida!”.
17.10.12

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