En la meseta, las mañanas de
Septiembre son frías y los mediodía bochornosos, pegajosos, de otoño. Una de
esas mañanas, confusas de frío y cielos trasparentes, de vencejos escandalosos
y enlutados grajos, en que las mujeres caminan presurosas a misa de siete y los
hombres rezagados enfilan el tajo, emprendimos mi madre y yo el viaje a la
capital.
El coche de línea estuvo
esperando un cuarto de hora mientras el
conductor no cesaba de protestar por la demora, pero el hijo del alcalde se
retrasaba, por causa a buen seguro plenamente justificada, y nadie habría
tenido redaños suficientes para dejarle en tierra, nadie que conociese
medianamente como se las gastaba el regidor de mi pueblo, cacicazo donde los
hubiera, y no porque fuese prepotente de nuevo cuño, sino porque habiendo sido
hijo y nieto de corregidor lo natural era ser como él era y a ver quien era el
listo que le llevaba la contraria.
Llegado el pollo pera, el
conductor se sumió en un mutismo tenso, serio, despectivo y fue el señor
alcalde el que le animó a sonreír.
-
Ramón, no pongas esa cara de estreñido que al muchacho
solo se le han pegado las sabanas un poco, que es que salís muy temprano, que
no tenéis consideración con la gente de orden.
-
Haga usted el favor, señor alcalde, que llevamos un
poco de retraso, tenemos que salir.
-
Que tengáis buen viaje.
A pesar del ruido del motor al
arrancar, y debido a la cercanía de nuestros asientos al del chofer, alcancé a
escuchar el juramento de Ramón, que deseaba que al señor alcalde le visitaran
las entrañas con violencia a través del orificio natural mas bajo que
cualquiera posee en su cuerpo.
El viaje hasta la capital era
pesado, parando en cada caserío por pequeño que fuera para dejar o tomar
viajeros. Yo entretenía la espera mirando por la ventanilla un paisaje monótono
y plano animado de tanto en tanto por un desmedrado chaparro o un grupo escaso
de chopos haciendo visajes con sus hojas agitadas por el recio viento de la
estepa. Con semejante estimulo la mirada se me perdió en la cabeza y se enredó
en mis obsesiones y dudas. De repente se me fueron menguando las fuerzas
imaginando la vida regulada de un internado como aquel al que iba a enterrarme
para de inmediato hacer lo propio
anticipando la supuesta vida en casa rodeado de mujeres y raudo como el rayo me
congratulé de estar en aquel coche de línea. De seguir en aquella casa, con mi
madre a la cabeza, habría acabado como el zángano en la colmena, expulsado,
cuando no aniquilado cuando ya no les satisficiese, por no hablar del estado
físico al que me vería abocado de rendirme finalmente a mis tendencias.
Finalmente debí quedarme dormido
porque lo siguiente que recuerdo es un traqueteo que me sacó de la modorra que
me acunaba al pasar el coche sobre unos raíles al cruzar la vía del tren,
entrando en la capital.
-
Vete espabilando niño, que estamos llegando.
Abrí los ojos y las calles de la
ciudad me sorprendieron una vez mas, con la cantidad de coches y esos tranvías
con su trole que tantas chispas hacían saltar y me sobresaltaban; en el pueblo
no había nada parecido, pero aún así, me fascinaba ese enjambre aparentemente
desordenado de casas y gente moviéndose sin destino, o eso me parecía que les
debía suceder a la vista de lo erráticos que se mostraban. El coche hacia como
una gymkhana a vueltas y revueltas en el dedalillo de calles que conformaban el
centro de la ciudad, hasta que llegó a la estación, una nave mas grande que la
del señor alcalde, donde guarda sus tractores, y repleta de coches como en el
que veníamos y aún mas grandes, todos ordenados uno al lado del otro llenándose
o vaciándose de riadas de gente. Cuando estuvimos en el verano no había tanta
gente, ahora había más movimiento, debía ser por el comienzo del curso.
Descendimos del autobús y
esperamos a que Ramón bajase de la baca los equipajes. Recogimos las maletas y
mi madre contrató un mozo de los que por allí se acuartelaban para que nos
llevase las maletas, que pesaban lo suyo, hasta un coche de alquiler que nos
acercase al Seminario que se encontraba a las afueras.
Cada vez me dolía más la barriga.
A medida que el auto aquel se acercaba renqueante al edificio de ladrillo rojo
y piedra de Colmenar de aspecto mastodontico en el centro de una inmensa
explanada, mas se me anudaban las tripas y me entraban ganas de hacer de
vientre. Me aguanté como pude mientras me caían gruesos goterones de sudor por
la frente. Mi madre a la que no se le
escapa ni una me dijo muy desabrida.
-
Por última vez Pedro. Si quieres que nos volvamos a
casa, dilo ahora mismo, no me vengas después con milongas.
La tentación a la que me sometía,
sabia mi madre, me hizo dudar un instante para recomponer mi animo al instante
y responder con la mayor de las seguridades que podía aparentar.
-
No mama, me quedo. Está decidido.
En la entonación de mi madre se
leía a la perfección un ultimátum inapelable. Si me empeñaba en dejarlas a
todas solas en aquel caserón del pueblo sería a mi entera discreción, ella, yo
bien lo sabía, no iba a mover ni un
músculo para ayudarme en el caso de que me cansase. “Ten cuidado, hijo, con la
cuchara que elijas habrás de comer”, era su sentencia preferida, no admitía un
error, ni una debilidad humana, por eso creo que despreciaba a mi padre y con
el paso de los años llegué a comprender que al morirse el Señor le concedió una
gran gracia. Mi madre, Doña Soledad para el resto de los mortales habría sido
digna contrincante de Doña María de Molina.
La puerta de entrada a la finca
la formaban dos robustas columnas de piedra que servían de cerco a unas hojas
de hierro colado herrumbrosas y trabajosamente labradas que debido al desuso
permanecían medio desvencijadas permitiendo la entrada a quien quiera que lo
desease. Me sorprendió esa dejadez, pero por otra parte tampoco el vallado era
una cortapisa para entrar. Era un muro hecho de tapial de Dios sabe cuando,
derrumbado en determinados puntos que ocupaban zarzas y madreselvas, que dejaba
a las claras que el mantenimiento hacía años que no se llevaba, ni bien ni mal.
Un camino de viejos cipreses,
grandes como gigantes desaliñados, escoltaban el paso y daban sombra relativa
al caminante y engalanaban la senda. Al poco, los cipreses desaparecían y
dejaban a la vista libre para que a duras penas alcanzase a vislumbrar el fondo
de la finca. De forma aparentemente aleatoria unas desmedradas acacias se
hallaban desperdigadas por todos lados aunque un examen posterior me permitió
comprobar que marcaban los límites de los diferentes campos de deportes, por
llamarlos de alguna forma benevolente.
Una edificación mas pequeña, como
vivienda de personal de servicio al lado del imponente edificio principal daba
aspecto de casita de montaña y desentonaba con el entorno, aparentaba ser como el capricho de un niño malcriado y
confundía su tamaño por juzgarlo en relación a su compañero mayor.
Al acercarse el coche al edificio
principal se apreciaba su tamaño en todo su esplendor. Me dio la impresión de
que nos aproximábamos a un palacio en lugar de a un Seminario. Al ascender las docena de escalones que nos
separaban de la puerta, que se encontraba abierta, comprendí el aspecto confuso
del edifico. Una placa antigua y desgastada rezaba así:
“ESTE PALACIO FUE DONADO AL
OBISPADO POR LA EXCMA SRA. MARQUESA VIUDA DEL ENMEDIO, CONDESA DE LA PEDROSA,
RAZON POR LA QUE OBTUVO INDULGENCIAS PLENARIAS A PERPETUIDAD POR PARTE DE SU
SANTIDAD”.
Con el tiempo me enteré que la
señora Condesa reposaba indigna, bajo una losa sin nombre aledaña a la
cochinera en lugar de bajo el Altar Mayor como fue pactado que sería enterrada
al donarse la finca. Cuando me lo contaron, vomité de asco.
Aquel vestíbulo vacío y
desangelado daba escalofríos no tanto por la temperatura como por el aspecto
poco acogedor. Solté allí al lado de la puerta cerca de la pared las maletas
que pesaban más de la cuenta. Hacían falta, inmensas dosis de imaginación para
hacer de aquel casi campo de fútbol una estancia medio hospitalaria. Desde el
suelo de grandes losas de granito sin pulir con sus llagas tan desgastadas que
tropezarse al ir caminando era la regla si no estabas avisado, a las paredes
altas y necesitadas de una mano de cal posiblemente desde que la marquesa esa
decidió castigar a la Iglesia legándole semejante mamotreto. El techo se perdía
en las alturas necesitándose echar la cabeza hacía atrás con tanto recorrido
que invariablemente todo el que se empeñaba en ver el oscuro y carcomido artesonado
acababa por los suelos victima del peor de los vértigos. Pues eso, que daba
escalofríos, parecía la casa de las apariciones y aparición fue la de Don
Severino, maestro de filósofos, con su aire aristocrático y más que regular
altura que desde una excusada puerta lateral se plantó delante de nosotros, que
parecía que había descendido de los cielos. Con impostada voz y calculada
parsimonia, gesto severo y despectivo se dirigió a mi madre. Nunca llegué a
saber si es que alguien específicamente encargado del asunto fue el que avisó
que habíamos llegado o que la Divina Providencia hizo que aquel santo varón
pasase por allí.
-
Usted dirá señora ¿que hace aquí con éste zagalón?
Mi madre, ya se sabe, no es mujer
que se deje intimidar por nadie, ni aunque ese nadie lleve casi dos varas de
buen paño negro cubriendo su patricio cuerpo.
-
¡Bien sabe Dios Nuestro Señor, Padre, que no estoy aquí
por mi gusto! Y este zagalón, como usted le ha llamado, no es ningún zagalón,
que es mi hijo, benjamín y único al que tuve el orgullo de poner el nombre de
su ilustre abuelo, Pedro, boticario a la sazón y presidente de su gremio en la
provincia, con lo que ya puede usted irse imaginando que por cuna, y por
lecturas, yo no soy muy proclive a estas efusiones religiosas, pero, ya ve, el
niño ha dado en querer vestir de mujer sin haber llegado a saber que es ser
hombre..., pero es su voluntad y la respeto.
-
No tiene usted porque enfadarse, señora, no es común,
en estos tiempos una mujer ilustrada como usted, pero si su señor padre era boticario
se entiende, que es difícil en ese oficio encontrar hoy día devotos y píos de
la Santa Madre Iglesia.
-
¡Uy!, que va..., usted no sabe como es Doña Soledad
enfadada, me he limitado a pararle los pies y enterarle con quien se va a jugar
usted los cuartos de aquí en adelante hasta que Pedro salga con su coronilla
puesta y pueda ser dueño de sus actos.
-
Bien..., Doña Soledad, yo soy el Padre Severino, el
maestro de filósofos y por tanto el ojo vigilante de la Iglesia en lo que a su
hijo se refiere hasta que pase a ser Teólogo. Una vez trazadas perfectamente
las fronteras podemos empezar la conversación. Si tiene usted la bondad de
darme los papeles que a buen seguro el párroco habrá tenido a bien entregarle
pasaremos a la oficina para formalizar el ingreso. El niño, si quiere, puede
salir a dar patadas a un balón, seguro que por alguno de los campos habrá
compañeros echando un partido.
Salí afuera pero la inmensidad
que me rodeaba me imponía temor, de manera que opté por regresar al vestíbulo,
momento en el que veía la falda de mi madre desaparecer detrás de la puerta por
la que debió salir el Padre Severino delante de ella. Me quedé conteniendo el
aliento en medio de aquella estancia con la sensación de que cada latido de mi
corazón provocaba un estruendo y cada pisada un estrépito. No sabía que hacer,
temía salir, pero allí tampoco podía quedarme in aeternum y como si fuese la
solución mas lógica opté por seguir los pasos de mi madre. Al atravesar la
puerta que ella había franqueado antes alcancé a ver como el cura le cedía el
paso dentro de lo que debía ser una oficina del Seminario, después de entrar
ella, el Padre Severino la siguió y cerró la puerta tras de si. Cuando reuní
suficientes fuerzas pude apreciar donde me encontraba.
Un soberbio patio rodeado de una
galería, que de tratarse de un convento habríase denominado claustro, dejaba
ver a través de sus arcos acristalados un cuidadísimo jardín con un brocal de
mármol gris finamente tallado justo en el centro. Era el jardín de proporciones
acordes con el edificio, es decir enorme, e invitaba al paseo y la meditación,
pero por nada del mundo se me hubiera ocurrido tomar esa decisión sin permiso.
De forma que lo que se me ocurrió fue acercarme hasta la puerta tras la que se
encontraba mi madre parlamentando con Don Severino y esperar. Reparé al
acercarme que había un banco austero, de madera lavada con lejía, blanquísimo,
sin respaldo pero que servía a mis intereses, que era esperar hasta donde se
pudiera cómodo a que salieran de aquella oficina que estaba rotulada en el
dintel en letras de monja: MAESTRO
DE FILOSOFOS. Me senté y deje volar mi imaginación para fantasear como
iba a ser a partir de ese momento mi vida sin madre y hermanas, sin escuchar
comentarios sobre mi virilidad y sobre todo sin la tortura de ver como me
atraían tanto las mujeres pero sin poder corresponder con mi cuerpo esa
tendencia de mi espíritu. Allí apartado de las tentaciones olvidaría para
siempre esa peculiaridad mía y jamás volvería a hacerme daño. Y al mentar la
palabra daño, ésta llevó a castigo y..., horror, mi cuerpo se movió
espantosamente violento. Cerré los ojos e inmediatamente rece una jaculatoria a
la virgen tal y como me había recomendado Don Mariano. Y esa fue la locución
dicha en voz alta por mi madre la que me saco del ensimismamiento. Hablaba de
forma inusualmente alta, por eso no tuve que hacer ningún esfuerzo para
enterarme.
-
¿Don Mariano?, ese..., ese..., bueno me voy a callar
porque soy una señora. Pero que ese..., degenerado, ¡¡si!! no ponga esa cara,
degenerado es la palabra. En los pueblos se sabe todo y nadie quiere que su
hijo sea monaguillo, por algo será. Que ese degenerado haya recomendado por
detrás, ¡¡hipócrita!! la no admisión de mi Pedro es incalificable. Pero mi hijo
se queda, ¡¡vaya que si se queda!!
Me levanté despacito porque al
callar mi madre el tal Don Severino intentaba calmarla hablándola bajito, como
cuando se quiere apaciguar a un perro furioso a base de palabras amigables y
suaves, pero mi madre mordía, no iba a dejarse apaciguar.
-
No se vaya a usted a consentir con que por ser mi padre
boticario y liberal no tenemos conocimientos en la curia..., y muy altos. Me
llevaré a mi hijo ahora, ¡sea!, pero regresaré, ¡ya verá como regresaré! y
pueda que le cueste el puesto, que no estaría de más que fuese mandado a alguna
pedanía del Pirineo a convertir osos y probar la fe.
Don Severino al ver que se
tentaban ya las cosas de comer, supuse yo, y sabiéndose mayor para soportar los
rigores de un lugar tan bello como inhóspito, alzó la voz intentando aparentar
tanta indignación como la de mi madre.
-
Señora, por la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor
Jesucristo, no hay que llegar a mayores, que yo solo le he informado de las
comunicaciones en sigilo de conciencia del párroco del que depende el
Seminarista. Pero, vamos, ¿quién puede conocer mejor a un hijo que la madre que
lo ha llevado en sus amorosas entrañas? Baste para mi que usted diga que esos
informes están sesgados y quizá un poco parciales debido a Dios sabe que
condicionantes, sin maldad alguna por descontado, para que yo los acepte de
buen grado..., que no me dejó usted terminar mi discurso con sus indignadas
urgencias. Además no dude usted, ni un instante...
Y deje de escuchar porque el cura
adoptó un tono confidencial para hablar que me impedía, por mucho que aguzaba
el oído, escuchar sino bisbiseos, lo que me tranquilizó un punto porque con la
tormenta descargando en aquel despacho seguro que era anatematizado si se me
encontraba donde no era previsible que estuviera, habiéndoseme mandado a dar puntapiés
a un balón junto a cuatro arrapiezos que ni me iban ni me venían. El que la
conversación volviese a discurrir por cauce en lugar de en rambla me
tranquilizó como he dicho cuando de un salto me puse en pie al abrirse la
puerta de la dependencia.
-
Queda dicho señor cura, a su cargo queda, espero de su
rectitud un trato justo y severo con las indisciplinas, aunque Pedro está
acostumbrado a obedecer como el que mas..., ¡ah!, Pedro, estás aquí, ¿no fuiste
a jugar como se te dijo?
-
No iba preparado, madre y preferí quedarme aquí
esperándoles. Además, no conozco a ningún muchacho aún.
-
Eso se va a solucionar enseguida, porque ya han venido
unos cuantos que son los que están jugando ahí fuera, pero faltan casi todos. A
medida que vayan viniendo los iras conociendo porque estarán como tu, nuevos.
De forma que nada de miedos ni respetos humanos. Vamos a despedir a tu madre y
a subir al dormitorio.
Acompañó el último dicterio de un
leve tirón de patilla a contrapelo que me hizo ver las estrellas y sentir
cierto cosquilleo en la entrepierna, pero que mi madre, por la cara que puso,
interpretó como un cariño al uso y aprobó implícitamente. A mi me pareció que
aquel hombre me daba la pista de por donde iba a transcurrir mi existencia en
los próximos años y sentí una sensación de mariposas en el estomago y cierta
sensación de mareo. Me dio mucha rabia saber que ni entre aquellas paredes iba
a poder sentir paz, porque comprobé asustado que no importaba, al parecer, de
quien procedía el castigo para sentir ese placer tan furibundo que me embargaba
y me hacía perder la cabeza. Intentaría permanecer el mayor tiempo alejado de
aquel cura que se perfilaba como mi primer enemigo en aquel lugar.
Regresamos al vestíbulo
desangelado y frío que ya me parecía familiar y agradable incluso, donde madre
se despidió de mi con un abrazo de guardarropía y un beso de atrezzo. Era su
forma de ser, yo sabía que era imposible que no me quisiera aunque la impresión
fuese la contraría.
Quedé en lo alto de la solemne
escalinata de entrada viendo como el coche de alquiler se llevaba a mi madre
esperando inútilmente que en un último arranque de debilidad volviese la cabeza
y me saludase pañuelo en mano, simulando siquiera, una lagrima arrancada del
dolor del corazón materno por la separación, pero no, yo sabía que eso era lo
mismo que esperar que el día se hiciese noche o que las lechugas plantadas al
revés medrasen por mucha fe y obediencia que se pusiese en el empeño. Madre
podía morirse de dolor pero jamás se vendería a un afecto que mostrase su debilidad,
de otra forma mis hermanas se la comerían cruda y alguien debía mantener el
orden y la autoridad en el predio. Madre era prisionera de su obligación y a mi
me dejaba huérfano del afecto que tanto necesitaba.
Cuando la polvareda terminó de
camuflar el coche hasta perderlo de vista, Don Severino con dos golpes secos en
el hombro, ayunos del todo de afecto me hizo saber que se habían terminado las
contemplaciones y que debía regresar al edificio. Yo empecé a aprender que en
esta vida todo tiene un precio y el que tendría que pagar yo por haber violentado mi madre la voluntad de aquel
sacerdote iba a ser alto. Me asusté de esos dos golpes secos y urgentes que me
horadaban el hombro. Debería alejarme de ahí en adelante, y en la medida de lo
posible, de Don Severino.
Cargué las maletas que habían
quedado en el vestíbulo y seguí los pasos del maestro de filósofos atravesando
el patio en el que hacia escasos minutos había estado sentado, y ascendimos por
una escalera hasta el piso superior donde se encontraba el pabellón donde unas
cincuenta camas se alineaban contra las paredes. Al lado de cada cama un armario
pequeño debería servir para colocar los enseres y pertenencias de cada uno. Me
fijé que había ya ocho camas hechas, lo que quería decir que otros ocho compañeros
ya habían llegado antes que yo. Don Severino me instó a deshacer las maletas
meter las cosas en el armario y hacer la cama con las mantas que reposaban
perfectamente dobladas sobre el somier. Las maletas debía meterlas debajo de la
cama. Una vez terminé de hacer la cama como Dios me dio a entender, que la borra
del colchón era intratable, me quedé sentado en la esquinita, como se me tenía
enseñado, para no desarmarla, sin saber que hacer, pensando en lo absurdo de mi
estancia allí. No estaba seguro de tener vocación de cura y de todas formas no
era demasiado mayor para estar seguro de nada. Esperaba que sonase una campana
que avisase de algo para poderme mover porque era incapaz de tomar cualquier
determinación. Aquel pabellón de tan altos techos, con esos globos de cristal
blanco colgando casi, casi del cielo daba al ambiente una atmósfera de tristeza
pesada y asfixiante. ¿Dónde ir?, alguien vendría.
Empezaba a sentir hambre que más
antes que después terminaría por animarme a moverme buscando pitanza cuando
apareció en la puerta una rotunda mujer que me sobresaltó. Nunca habría
imaginado que en un lugar como aquel pudiese existir una mujer, sencillamente
era como encontrar una playa en el desierto, incompatible.
-
¿Tu que haces aquí? ¿No tienes sotana? ¡Vamos, póntela
y baja al patio a jugar, vamos! Dentro de nada estará la comida. Además ya
aprenderás que en el dormitorio no se puede permanecer.
Tal como me echó esa cariñosa
reprimenda salió por la puerta contraria a la que había entrado. No había reparado
en aquella otra puerta y me intrigó el saber donde conduciría. Me prometí
averiguarlo. Me calcé la sotana, me puse el fajín y salí por la puerta
desandando el camino hasta llegar al campo donde después de echar una ojeada
alrededor localicé a los muchachos que jugaban pateando alegremente un balón de
cuero toscamente recosido. Me dirigí al campo en el que corrían todos detrás de
la pelota como si en ello les fuese la vida. Llevaban la sotana remangada a la
cintura sujeta por el fajín mientras los bonetes reposaban en montón informe en
el alcorque de una de las acacias. Me quedé allí, recostado sobre uno de los
troncos mirando, a la espera de que me invitasen a incorporarme al juego, pero
a nadie se le ocurrió, hasta que al que parecía mandar en el grupo, un muchacho
menudo de cuerpo y nervioso de ademán, le dio por reparar en mi y cogiendo el
balón bajo su brazo izquierdo para que nadie fuese a jugar sin su
consentimiento, supuse, se dirigió a mi, desenvuelto y me preguntó.
-
¿Quieres ponerte de portero?
En mi vida había jugado al
fútbol, era algo ajeno a mi vida. Yo veía a los niños de mi pueblo correr
desgalichados y sudorosos detrás de lo que fuese con tal de que rodase y tomara
rutas erráticas. Siempre lo consideré una solemne estupidez, habida cuenta de
que los contactos físicos eran mas que frecuentes y los niños se herían con
frecuencia rodillas y codos y no había cosa que mas sacase a mi madre de sus
casillas que volviese a casa de jugar de la calle, cuando me dejaba salir, con
la ropa rasgada o con heridas sangrantes que manchaban la ropa lo que la hacía
especialmente difícil de lavar. Cuando aquel muchacho nervioso de grandes ojos
sinceros y negros y pocas carnes me hizo la pregunta me sentí feliz, podría
jugar sin sentir la espada de Damocles de la severa mirada de madre sobre mis
hombros que intentaban esconder la cabeza abrumada de responsabilidad por
haberla llevado la contraria.
Asentí con la cabeza vivamente
interesado. Se suponía que dada mi estatura, acorde con los dos o tres años que
llevaba a aquellos rapaces sería un buen guardián de la puerta que simulaba una
meta, aunque sin red y que detendría los soberanos puntapiés que los niños
arreaban al balón como si en ello fuese lo último que se pudiese hacer en la
vida. Me dirigí a la portería resuelto como si estuviese harto de recorrer el
camino infinidad de veces, cuando la realidad es que no tenía ni idea de que es
lo que tendría que hacer. Imité sin que se notase demasiado la forma de
remangarme la sotana y me situé bajo los palos.
No se exactamente que pasó,
porque lo siguiente que recuerdo es que estaba en una habitación toda alicatada
de blanco con muebles metálicos pintados de blanco también y yo tumbado en una
especie de cama alta mientras Don Severino me sujetaba firmemente apretada una
toalla contra la nariz provocándome un dolor inhumano. Recuerdo que me
atragantaba porque tragaba toda la sangre que el Maestro impedía salir con la
dichosa toalla. En un momento dado sufrí una especie de espasmo que me levantó
de la camilla a pesar de la oposición de Don Severino con su toalla y vomité
mas sangre que la que debía tener en la venas. Me salvó la mujer que me
encontró en el dormitorio, que llegó cuando estaba vomitando sangre y el cura
estaba a punto de tirar la toalla en todos los sentidos. Rápidamente se hizo
con la situación. Aprecié en un verbo que esa mujer tenía ascendiente, mandaba,
lo que no dejaba de tener gracia en un mundo en el que las mujeres estaban
proscritas, en un mundo de hombres una mujer imponía orden. Sorprendente.
-
¡Vamos, fuera todo el mundo!, ¿quién ha visto tumbar al
crío? Ale, a levantarse de ahí y te sientas con las piernas colgando en el
vació sin apoyarlas. Y luego con tu dedito te lo pones exactamente aquí.
Me cogió mi dedo índice de la
mano derecha y me lo puso en el ala de la nariz apretando contra el hueso. Fue
milagroso, como si se hubiese cerrado un grifo, deje de sangrar y de tragar
sangre. La mujer, que se llamaba, según supe después, Isabel, me conminó a no
ceder en la presión con el dedo hasta que ella volviese, ya que en el momento
que dejó las instrucciones dadas se dio media vuelta y salió como alma que
lleva el diablo, algo muy perentorio, colegí, debería tener que hacer.
Regresó al cabo de poco, o eso
creí yo, y con la misma desenvoltura que me colocó el dedo, me lo quitó y me
mando bajar de la camilla.
-
¡Ea!, se acabó la mosqueta. Vamos, lávate esa cara y
las manos que pareces un matarife. Mira, mira, cómo te has puesto la sotana de
sangre. Te la tendrás que quitar. ¿Tienes otra?
-
No señora, ésta es la única.
-
Pues hala, a quitártela, que habrá que lavarla para que
dé tiempo a que se seque.
Me quedé un tanto cortado, por
tener que desnudarme delante de aquella mujer. Parece que se dio cuenta y le
quitó hierro al asunto.
-
¿Ahora vas a tener vergüenza?, ¡si puedo ser tu madre!
Ella misma me ayudo a sacarme la
sotana. A pesar de ir vestido como si fuese a salir a la calle con pantalón
largo y camisa, la sensación era que me quedaba desnudo por el hecho de que
fuese una mujer la que iniciase el proceso de sacarme la ropa y me daba la
absoluta sensación de estar cometiendo la mayor de las inmoralidades. Se me
quedó mirando, juraría que a salva sea la parte, y entrecerrando los ojos
afirmó, como el que hace un descubrimiento fuera de lo común.
-
Tú eres grande. ¿Qué edad tienes?
-
Diecisiete señora.
-
¿Y a estas alturas ingresas tu?, el mas mayor de los de
primero no alcanza los trece años, vas a parecer su padre.
Y rompió a reír a carcajadas
descaradas que me parecieron fuera de lugar y que no me cabía duda que se me dispensaban
a mi por el hecho de ser mas mayor que el resto y suponer eso que yo era mas
torpe que los otros.
Recibí un azote cariñoso en el
culo, que me sorprendió por la familiaridad, al salir de aquella pequeña
habitación oliendo a desinfectante y a yodo. Me encontré al resto de los
seminaristas expectantes suponiendo que saldría exangüe con los pies por delante o que de un momento a
otro aparecerían los camilleros para trasladarme a un hospital donde a buen
seguro acabaría mis días de la forma más estéril posible. Al aparecer en la
puerta y sin sotana los demás muchachos cohibieron una exclamación de sorpresa.
Desde luego suponía todo un atrevimiento el deambular por los claustros del
Seminario sin el preceptivo uniforme por muy justificado que la señora Isabel
lo encontrase.
-
Ha sido el Miguel que es muy bruto disparando..., pero
es que tú tampoco has hecho nada por parar el balón. Oye, ¿tu como te llamas?
-
Pedro, me llamo Pedro.
-
Perdona, eh Pedro, pero no me podía imaginar que no
ibas a poner las manos. Te quedaste haciendo la estatua. Lo que está claro es
que no vas para Zamora. ¿Tú has jugado
al fútbol alguna vez?
Me quedé petrificado. Habría
preferido cien balonazos más en plena cara con el dolor que me produjeron que
el que me hiciese esa pregunta. ¿Cómo les explicaba yo que me crié entre
mujeres y que mi madre no estaba muy dispuesta a admitir ni balones, ni
bicicletas ni ninguna de esas actividades a las que se entregaban con
delectación el resto de muchachos sin educación que se dedicaban a partir cristales
por todo el pueblo?.
-
Poco, la verdad..., a mi madre..., es que mi padre
murió siendo yo pequeño y mis hermanas...
Me pareció exculpatorio el
declarar que me crié sin padre. Eso sin duda aclaraba, en mi imaginario, el
porqué de mi ausencia de conocimientos y justificaba mi actuación como arquero.
-
¿Tú no tienes hermanos entonces?
-
Solo tengo seis hermanas, mayores que yo, y todas
siempre encima de mi, “no hagas esto, déjate venir en eso, no se te ocurra ir
por ahí”.
Se quedaron con la boca abierta.
Parecía que en sus planteamientos era impensable el que alguien, varón,
naturalmente, no tuviese mas homólogos en su entorno. Me escudriñaban con
curiosidad poniendo cara de grima al tener delante un espécimen único en su
especie. El más atrevido fue el que disparó primero hiriéndome en mi parte más
sensible. Raúl era un muchacho, sonrisa perenne en su cara de traviesa
inocencia, que tal como se le ocurrían las cosas las escupía fuese quien fuese
la diana destinataria lo que le ocasionó más de un problema a lo largo de su
estancia en el Seminario. Fue él, naturalmente, el que se hizo portavoz del
resto de los compañeros y me sacó los colores.
-
Pero tú serás un hombre, ¿no?
La sangre me encendió las
mejillas dejándome balbuceando una disculpa sin sentido que no es que no fuese
entendida es que provocó una carcajada general que me azoró todavía mas.
-
¿No serás raro?, o sea, ¿que tendrás pito como todos?
En esta ocasión la sangre,
voluble como nadie, se le ocurrió abandonarme la cara dejándome en palidez
cadavérica. Sentí una sensación de nausea y tuve que hacer esfuerzos por no
ensuciarme encima. Pero lo que me angustió mas aún fue sentir la tirantez en la
entrepierna que mezclaba el temblor de la excitación al sentirme insultado con
el terror a ser descubierto en la forma en que yo encontraba placer, siendo
vejado, vilipendiado, ultrajado.
Pero el mismo Raúl con su
desenvoltura nada afectada y su sinceridad fue el que me saco del apuro. Me dio
un palmetazo en el hombro, de camaradería y proximidad y desarmó en un instante
el ambiente tenso y violento que él había contribuido a montar sin ninguna
intención.
-
¡Era broma hombre!, claro que tienes que tener lo que
todos, si no, no habrías podido entrar aquí.
En ese momento campanilleó el
timbre que avisaba que la comida estaba preparada en el refectorio, que así
llamaban allí al comedor, lo que provocó la desbandada de los muchachos. Yo les
seguí, mientras Raúl me regalaba una mirada limpia de amistad y complicidad y
me animaba a correr para llegar ligero a comer.
-
¡Vamos Pedro, corre, que nos quitan el pan!
Entramos en el refectorio a la
carrera y ya estaban los otros siete compañeros sentados a la misma mesa. Había
solo una mesa montada para diez personas y éramos nueve. Cuando llegamos a la mesa,
era cierto, ya no había pan, todo lo habían cogido el resto de los muchachos
más por juego que por necesidad y se intercambiaron miradas cómplices cuando
llegamos nosotros y nos vimos sin ración. La carcajada al vernos corridos de
sorpresa por la ausencia del pan fue general y Raúl en lugar de cortarse echó
redaños y se encaró con todos ellos.
-
¡Ya está bien, venga el pan, que aquí todos tenemos
hambre.
Todos se quedaron serios con las
risas contenidas mirando ora al suelo, ora al de al lado, pero sin que los
trozos de pan apareciesen.
Finalmente, en medio del
desconcierto general apareció la omnipresente señora Isabel con su mando en
plaza templando y poniendo orden como de madre postiza.
-
¿Qué pasa aquí? ¡Un poco de silencio y vergüenza!
Ante el mutismo general, la
señora Isabel volvió a interrogar sin dejar lugar a dudas de quien era la que
llevaba la batuta.
-
¿Qué habéis hecho con el pan?, ¿ya os lo comisteis?
Bueno ahora traigo más y el primer plato pero ni una palabra más.
Entró en ese momento el padre
Severino y todos callamos, el gesto se nos estiró y el estomago se nos puso en
la garganta.
-
Ya ve usted padre, los niños que tienen ganas de
jarana..., pero ya he puesto yo orden, descuide usted.
El padre Severino se acercó a mi
vera y se colocó justo detrás de mí. Me puso sus manos en los hombros y se
dirigió a la señora Isabel.
-
Este muchachote seguro que ha tenido algo que ver en
este revuelo.
Acompañó la aseveración con un
inmisericorde y rabioso tirón de orejas que me hizo enrojecer de ira y
vergüenza por ser hecho delante de todos los compañeros, que bajaron los ojos y
mudaron el semblante. Pero la irritación se consumó en todos los aspectos
cuando de forma simultánea al dolor que me provocaba el arrancamiento de mis
orejas mi entrepierna reaccionaba como por un resorte desconocido y a más dolor
más deseo de que el dolor se prolongase porque el placer que llevaba adosado
era lo más deseado. Sin poderlo remediar comencé a jadear de placer a lo que no
fue ajeno el padre Severino que soltó la presa en cuanto recibió el mensaje de
mi quejumbroso gozo.
-
¡Levántese usted!
Mi erección era manifiesta, la
ausencia de sotana impedía cualquier disimulo y el azoramiento de verme
expuesto al escarnio de la evidencia hizo que permaneciese sentado aún a riesgo
de levantar las iras del padre Severino.
-
¿Está sordo? Bien empieza usted. ¡Le he dicho que se
ponga de pie!
En esos escasos segundos de
ganancia de tiempo la erección había remitido al mismo ritmo que el dolor y
despacio me fui poniendo de pie como me pedía el cura.
-
¿Dónde está su sotana?, ¿porqué no lleva usted puesta
la sotana?
No sabía que responder, ni
siquiera balbucear podía. Antes de que me diese cuenta la omnipresente señora
Isabel vino en mi auxilio.
-
Se la he quitado yo para lavársela. Con tanta sangre se
la puso perdida y no quedaba mas remedio, no iba a tenerla ensangrentada. El
muchacho no tiene más que la puesta. De manera que si tiene que echarle la
culpa a alguien me la echa a mí.
Todos nos dimos cuenta de que
ante la palabra de la señora Isabel no había cura ni Maestro que valiese un
pimiento. El padre Severino fijó los ojos en los de la señora Isabel que le
mantuvo la mirada y le hizo retroceder la suya. Finalmente el padre humilló la
vista y sin decir ni palabra se dio media vuelta y salió del refectorio. Nos
quedamos todos con la boca abierta sin saber a que atenernos hasta que la dueña
de la casa puso punto y final al incidente.
-
Venga tu, siéntate ya, y vosotros, cerrad la boca que
se os llenará de moscas que voy a traer la sopa. Y a comer en paz y en gracia
de Dios.
La comida transcurrió en el más
denso de los silencios. De esta manera no podía alimentar nada de lo que
hubiese cocinado la señora Isabel. Me ilustraron mis compañeros acerca de la
existencia de la señora en el Seminario. Era un poco de todo, a modo de ama de
llaves de toda la vida y entre sus funciones estaba la de cocinera. A mi me
extrañó que tuviese que estar una mujer en semejante lugar pero si las cosas
eran así ¿quién era yo para ponerlo en solfa?
Aquella tarde, después de un rato
de recreo en los campos que dedicamos a contarnos cosas nos llamaron con la
campana para ir a la capilla y ahí empezaron mis problemas.
La capilla donde habitualmente
íbamos a rezar y meditar era un templo pequeño y recoleto. Nada que ver con el
tremendo templo en el que se oficiaban las profesiones de estado, las
ordenaciones sacerdotales y las ceremonias solemnes en las que el señor Obispo
actuaba.
Nuestra capilla estaba bajo la
advocación de San Sebastián y una imagen
de este santo ocupaba el tabernáculo del altar de aquella estancia junto a la
que titilaba la lucecilla roja que anunciaba la presencia del Omnipotente a
nuestro alcance.
Nada mas entrar en la capilla me
sedujo la talla del santo y ya no fui capaz de apartar los ojos de ella. Un bello
joven semidesnudo, con cara de sufrimiento consentido y la boca entreabierta
con labios brillantes de rojo fresón se
retorcía, atado al tronco torturado de un árbol seco, por las varias flechas
que se clavaban en partes no vitales del cuerpo. Los ojos plenos de juventud,
suplicaban desorbitados al cielo, pero no quedaba muy claro que es lo que
solicitaban tan ávidos, si el final del suplicio o que no cesase nunca. De cada
dardo hiriendo su fresca piel surgía un hilillo de sangre que contribuía a dar
colorido al conjunto. He de confesar que ante la contemplación de aquella
imagen me mareé. Era la plasmación plástica de mis deseos que hasta ese momento
no había sabido como concretar. Gozaba con su contemplación, imaginaba que era
yo mismo el que se encontraba atado, vejado, alanceado y sometido. Sentía el
mordisco de las flechas en los brazos y los muslos, cerca de las ingles como si
fuesen en mis propias carnes y no podía ni quería, evitar una insolente
erección en la que me complacía sin el menor remordimiento. Imaginaba el dolor
que hacía que me retorciese y echaba de menos la sangre fresca haciendo
reguerillos sobre mi piel. Deseaba que la pintura roja sobre la talla fuese
sangre real sobre mi cuerpo. En ese momento me entregué, supe exactamente donde
se encontraba mi destino y donde se hallaba el pozo sin fondo donde podría
extraer todo el placer imaginable. Me gustaba el dolor, deseaba el dolor y
quería sufrirlo y cuando más me entregaba a esa idea más rotunda era mi
excitación. Tenía fija mi vista en la imagen y no reparaba en que el padre
Severino daba por terminada la visita a la capilla. Se habían rezado unos Padre
Nuestros y unas Ave Marías para ir haciendo boca y ya tocaba retirarse. Yo,
ajeno a todo, solo tenía ojos y mente para San Sebastián, de manera que cuando
el cura me agarró de la oreja y me hizo experimentar el dolor mas agudo fue la
gota que colmó el vaso de mi excitación y me derrame en medio de temblores de
placer. El pobre cura se alarmó al verme caer entre espasmos suponiendo que
acaba de darme un ataque epiléptico desencadenado por su castigo lo que tuvo
por virtud que no volviese a tocarme en todo el tiempo que permanecí entre
aquellas paredes. Siempre recordaré con gozo aquel orgasmo, de corte religioso,
como el más dulcemente intenso que volviese a sentir nunca. La oreja, roja del
castigo, quedó como dedo acusador de la tropelía cometida sin causa ni justificación, aunque nunca pude
agradecerle del todo al padre Severino el servicio que me prestó confirmando mi
naturaleza de gozoso sufriente.
Estaba auténticamente enganchado.
Siempre que tenía un minuto me escapaba a la capilla. La contemplación de San
Sebastián me hipnotizaba y sacaba a relucir mis más lujuriosos sentimientos.
Deseaba ardientemente que me azotasen, que me asaeteasen, necesitaba castigo y
gozo, muerte y vida. Y me hice aureola de santo. Si había que mentar a algún
alumno por sus virtudes contemplativas ese era yo, si era preciso un ejemplo de
recogimiento ese era yo también. Imposible para nadie averiguar que las
motivaciones de mis constantes visitas a la capilla era lubricas. Imposible
sacarse de encima ya la fama de santo y orante.
Como si de una premonición se
hubiese tratado a los pocos meses de estar en el Seminario llegó una orden del
Obispado que nos liberaba de la obligación de vestir de sotana a los
seminaristas. Se reservaba a los ya ordenados diáconos el uso preceptivo de la
sotana como antesala de la orden del sacerdocio. A nosotros nos supuso una
liberación, en general, si bien en mi caso fue un problema bastante engorroso.
A la edad que yo ya tenía, mis atributos masculinos estaban en toda su sazón y
puestos en tesitura de orgullo eran más que difíciles de disimular. Con la
sotana era pan comido, ahora sin ella siempre estaba abrumado por que se me
notase el exceso de celo piadoso acudiendo varias veces al día a la capilla a
visitar la imagen que se me antojaba lo mas pornográfico jamás imaginado.
Pasaron los primeros nervios y
acomodos de las semanas de inicio y poco a poco cada cual iba tomando su sitio
tanto en la organización de la vida docente como en la organización informal de
los seminaristas que según el carácter de cada uno dominaba a otros o se dejaba
dominar.
Pasó el tiempo de Navidad que se
celebró con recogimiento y alegría. Algún alumno tuvo permiso para regresar a
su casa por mor de la soledad de una madre viuda o por causa de grave
enfermedad de un familiar directo. El resto permanecimos viviendo el nacimiento
del Salvador entre villancicos, rezos, visitas al Santísimo y juegos. Sirvieron
unos días de asueto para intimar entre nosotros y coger confianza. Yo seguí
creciendo en virtud a los ojos de los demás porque siempre que podía me
extasiaba en la capilla de San Sebastián. La conciencia cada día se anestesiaba
más en su machacona recriminación de que esa fama de santurrón que estaba
cogiendo era autentico fraude de ley, porque la realidad era que a cada visita
a la capilla se sucedían una serie de manejos y caricias de difícil explicación
y que terminaban inexcusablemente en efusión de liquido vital. Llegó a
parecerme natural como el amanecer o la anochecida. Las cosas eran así y yo no
había decidido que me excitase la contemplación de un cuerpo torturado al punto
de desear la tortura para mi carne y que encima me procurase ingentes y
tórridas cantidades de placer. Como yo no era dueño del impulso que me lanzaba
a gran velocidad por la selva del placer ¿qué podía yo remediar?; la conciencia
no tenía otro remedio que conformarse con la rutina diaria de las visitas a la
capilla con su San Sebastián presidiendo. Haber visitado en lugar de nuestra
capilla el templo mayor de las grandes solemnidades habría sido un alarde de
soberbia por mi parte y habría cundido el rechazo por parte de todos. De alguna
manera me encantaba ser reconocido como el santito del Seminario, formaba parte
de un juego perverso y peligroso que me estimulaba y me divertía al tiempo. Yo
era el dueño de la llave del mecanismo del truco, alguno podía llegar a pensar
que yo era un impostor con tanta visita a la capilla pero nadie que no fuese yo
podría desentrañar la verdad completa. Yo creo que por vez primera en mi vida
era feliz. Yo dominaba la situación y le sacaba todo el jugo posible.
Pero no pensé que el hombre por
muy dominador que sea es incapaz de prever cuando le va picar un mosquito y le
va a amargar la más dulce las noches. Una cosa lleva a la otra y yo siendo
joven como era no podía ni imaginar que existían otros con mente mas
calenturienta que la mía, disfrazada o no, de la mas dulce de la piedades.
Me llamó entrada ya la Cuaresma
el padre Severino, como Maestro, a su despacho. Asistí pleno de unción y
recogimiento por que ese era el papel que por lo visto tenía ya asignado en
aquella organización. Quizá fue deseo honesto de hacerme crecer en la virtud o
pudiera ser que vistas las retorcidas intenciones que se iban cosechando
tuviese la intención de desenmascarar una falsa devoción para con la oración,
el caso es que después de hacerme entrar en su despacho y permitirme el tomar
asiento me habló con aparente sinceridad.
-
La Divina Providencia en su inmensa caridad y sabiduría
se encarga de dejar en evidencia nuestra soberbia calladamente, para que
aprendamos que no debemos juzgar y que la humildad es el más alto galardón al que
debemos aspirar. He de confesarle que me equivoqué con usted. El tiempo y el
Señor se ha encargado de poner cada cosa en su sitio y me ha demostrado que su
fondo es leal y verdadero. Sus virtudes van siendo ya algo más que un rumor y
todos en el Seminario hablan de su piedad y espíritu de oración. Su fama, no debería yo decírselo
para no tentar su orgullo, ha llegado al Obispado y se le sigue ya con
atención.
Me quedé de piedra, empecé a
temblar y las lágrimas acudieron a mis ojos. Esto era demasiado. Solo yo, solo,
sabía la verdadera razón de mis frecuentes visitas a la capilla pero no era
capaz de declararlo. Yo no era responsable de esa desviación mía y quien sabe
si las visitas en las que encontraba esa libido tan intensa no tenían de alguna
impensable manera efecto beneficioso sobre mi alma. El padre Severino al ver
mis ojos humedecidos por las lagrimas se conmovió y se levantó de su sitial en
señal de solidaridad y vino junto a mi lado a echarme el brazo sobre mis
hombros y confortarme. Continuó con lo que quería decirme.
-
No se perturbe Pedro, no debí regalarle los oídos y
ahora siente usted el aguijón de la vanidad y le duele el pecado. Para esto
precisamente le he llamado para ayudarle a perseverar y a crecer en santidad.
Esto hijo quedará entre tu y yo. Normalmente esta penitencia se reserva a los
teólogos pero yo considero que su altura espiritual es tal, que es preciso que
profundice en los misterios de los sufrimientos de Nuestro Señor para tomar
conciencia de lo horrendo de los pecados que le llevaron a la Cruz.
Se volvió a su mesa y abrió un
cajón. Con aire misterioso y cómplice sacó unos objetos que depositó en la
mesa.
-
Si te sientes con presencia de animo los coges, si
declinas la invitación lo comprenderé, es duro soportarlo pero el que algo
quiere algo le cuesta y no me cabe duda de que querrás crecer en olor de
santidad.
Los objetos que había depositado
delante de mi no los había visto en mi vida. Eran a modo de unas cuerdas
rematadas por unos nudos y solidarizadas todas mediante un hábil trenzado. El
otro eran dos. Era como una malla de alambre articulada de unos tres centímetros
de ancho y mas de treinta de largo una y cincuenta la otra, de cuyos extremos
partían unas correillas con un hebilla en uno de los extremos. Me quedé mirando
interrogativo al padre Severino mientras tocaba descuidadamente los objetos
hasta que toqué algo en las mallas que hería la piel que me hizo retirar la
mano de forma instintiva.
El padre Severino me miró
sonriendo, condescendiente, y me explicó.
-
Ya veo que no sabes de que se trata. ¿Es nuevo para ti
criatura?
Asentí con la cabeza a su
interrogación y él continuó.
-
Esto que tengo en la mano se llama disciplina y sirve
para mortificar la carne mediante el azote. Estos nudos del extremo cuando las
ansias de purga de pecado quieren asemejarse a la grandeza de la misericordia
divina se cambian por bolitas de plomo y así con los golpes, cada bolita
arranca una tira de piel con lo que el dolor es nada más que parecido al que
sufrió Nuestro Señor cuando fue azotado miserablemente antes de ser
crucificado. Esto otro son dos cilicios, uno de muslo y otro de cintura y
sirven para poder meditar en la forma en que tus pecados y los míos y los de
todos hincaban en la cabeza de Nuestro Señor las espinas de la corona. De tu
coraje y ganas de expiación depende lo que quieras apretar las correas y el
tiempo que quieras mantenerlo.
Me quedé frió pensando en el
castigo que aquellos instrumentos de tortura podían procurarme y sin mediar mas
espacio sentí una erección gloriosa. Me estremecí de placer y deseé salir de
allí para poder colocarme esos instrumentos que me lacerasen la piel por
comprobar si el dolor que deseaba viendo al San Sebastián de la capilla era
cierto o no. Alargué la mano y humillando los ojos le pedí que me diese la
disciplina y los cilicios.
-
No me ha defraudado usted. Temía que rechazase el
crecer en la vida espiritual y que todo no fuese mas que la niñería de un
muchacho débil que cree que la vida es fácil y se reduce a rezar jaculatorias
sin parar. Adelante, usted llegará lejos en la Iglesia, tiene coraje.
Recogí los instrumentos y después
de pedir permiso me levante y salí.
Caminaba por los pasillos,
tembloroso, pensando en el flagelo que llevaba en la mano y cómo serían los
latigazos que daría. ¿Cómo sería el dolor?, soportable, insufrible, placenteros
en su mordisco de la piel o desagradables en el golpe torpe. ¿Sería yo capaz de
aplicarme el castigo?, ¿pero donde? En el dormitorio comunal imposible, sin
levantar expectación imposible de sobrellevar. Entonces comprendí el porqué los
teólogos tenían el privilegio de las celdas individuales, es preciso intimidad
para según que cosas y en mi caso para el uso que deseaba dar era mas
imprescindible todavía la soledad. Me vi obligado a guardar la disciplina
sintiendo en mis nalgas ya la ausencia del castigo. La piel de esa parte del
cuerpo anhelaba el beso de cada nudo, la caricia violenta de cada cola del
látigo y tenía siete. Me tendría que conformar con probar los cilicios, tanto
el de la pierna como el de la cintura. E inmediatamente, mi imaginación se
saltó el cauce y desbordando los usos previstos le asignó al cilicio un uso más
cercano a las partes más sensibles. Fue pensarlo y experimentar la excitación más
dolorosa de dureza y urgencia. Decidí entrar a una cabina de retrete y
colocármelo, deseaba que se me rasgase la piel, ya sentía reguerillos de sangre
como los de la imagen corriendo por mis ingles camino de los pies. Me estremecí
de enardecimiento y en un movimiento rápido me acomode el bulto de mi
entrepierna para que no fuese evidente.
Nada mas entrar en la cabina y
echar el pestillo, respiré hondo y me bajé los pantalones y los calzones. Así,
desnudo a solas conmigo y el cilicio sopese el dejarlo para mejor vez y hacer
creer a todos que los llevaba, nadie me levantaría la ropa para comprobar la
certeza de su suposición. La mera contemplación de los pinchos agudos por obra
y gracia de los alicates que manos expertas habían manejado con el único objeto
de producir dolor me decidió a colocármelo. Al fin y al cabo, me dije, para
quitármelo en cuanto comprobase la imposibilidad de llevarlo era suficiente.
Me lo coloque con cuidado en
torno al muslo y ajuste la correa para que no apretase demasiado. Luego me
coloqué el cilicio de la cintura e hice lo mismo. Sentí la molestia más que el
dolor, una algo de incomodidad que no despertaba en mi ningún movimiento ni
exaltación del cuerpo. Decidí volverme y apretar las correas un poco más.
Tenía, debía sentir dolor para comprobar si me movía a placer y si eso no
ocurría y me curaba de mi obsesión cultivada en la contemplación de la imagen
sería un milagro en mi vida y me sentiría liberado de esa carga.
Otra vez en el retrete me armé de
valor y de un fuerte tirón de una de las correas me apreté el cilicio de muslo.
De inmediato sentí un agudo dolor que me llegó como una punzada hasta el ano y
desde allí me estalló en la punta del pene que simultáneamente se irguió con
orgullo. Efectivamente, el dolor tan agudo iba preñado de placer que parió de
inmediato una erección no conocida por gozosa. Hice lo mismo con el cilicio de
cintura y la erección se reafirmó, pero en esta ocasión a través de una
sensación desconocida en mis pezones que me cortó la respiración. Con
movimientos pausados y cuidadosos volví a vestirme cuidando que la evidencia de
mi pecado no se notase. Salí del retrete y mis pasos se encaminaron a la capilla,
como si me halasen de una cadena invisible. Necesitaba la contemplación del
santo desde mi propio castigo, verle ensartado y sentir lo que el sintió para
saber si la cara representada era de dolor consentido para gozar o de martirio
aceptado como parte del compromiso con Dios.
Nada mas llegar a la capilla me
arrodillé y sentí el aguijonazo del cilicio de muslo al hincarme de rodillas y
contemplando la cara de la imagen la imité. ¡Si, en efecto!, poner esa cara
induce a gozar, pensé y me concentré en todos y cada uno de los finos estiletes
que me clavaban y me hacían notar ya, que empezaba a sangrar. Tomar conciencia
de que estaba sangrando y sentir un intensísimo orgasmo fue todo uno. Se me
nubló la vista, me mareé y por poco no di con huesos en el suelo. El placer que
sentí no soy capaz de expresarlo con palabras. Si eso se conseguía con esos
pocos pinchos en un muslo que no se conseguiría con una buena sesión de azote o
látigo o mas, colocándose esos mismos pinchos en los genitales. Una vez conseguido
el orgasmo los cilicios se me hicieron insufribles y volé hasta el retrete a
quitármelos. Me asusté. Varios de los pinchos más agudos se habían hundido en
la carne y ésta me sangraba. Con un dolor tremendo me desclavé los pinchos y me
quité los instrumentos de tortura.
Me dirigí al despacho del padre
Severino.
-
Entre, entre. Otra vez por aquí. ¿Tiene alguna duda?,
¿le puedo ayudar en algo?
Por una parte me aterraba que las
heridas se poblasen de putridez y acabasen por dejarme tullido pero lo que mas
me gravaba la moral era que apareciese ante el maestro, padre Severino como un
pusilánime incapaz de sufrimiento alguno y que mi aureola de santidad se
diluyese como un grano de sal en el pozo del patio. Pero estaba tan asustado
que no tuve más remedio que hablar.
-
Creo..., creo que..., que..., no se colocarme los
cilicios..., estoy sangrando por algunos sitios..., y..., me he asustado mucho.
-
¡Señor, Señor!, ¿qué has hecho?, has debido apretar en
exceso las correas. A ver, enséñame esas heridas.
Con todo el pudor del mundo me
tuve que bajar los pantalones, la vista clavada en las losetas desportilladas
del suelo y encendido de vergüenza. Al ver el padre Severino las marcas con
sangre, ya seca, dejadas por los pinchos, se echó las manos a la cabeza.
-
¡Muchacho, por todos los clavos de Cristo! Se cuenta
que Santa Teresa cuando murió le descubrieron unos cilicios enterrados en la
carne de su cintura que le debieron procurar tanto dolor y penitencia como gozo
divino le producían las visiones de la gloria suprema..., pero Santa Teresa...,
en fin que usted aún no llega a ni a soñar con acercarse a las sandalias de la
Santa. No debe ser usted tan radical. Vaya paulatinamente en la aplicación de
la mortificación de la carne; tenga en cuenta que sin la misericordia divina es
imposible soportar esos dolores. Y otra cosa en la que yo no había reparado,
¿dónde se ha colocado usted el cilicio?, comprenda que no es conveniente que
sus compañeros le vean, podrían escandalizarse, son..., digamos demasiado
inmaduros, en lo relacionado con la
mortificación de los sentidos. Quizá sería conveniente que se le
asignase una celda de teólogo, es usted una media de tres años mayor que sus
condiscípulos y..., lo consultaré con el Rector, mientras tanto absténganse de
utilizar esos objetos no sea que consigamos un mal persiguiendo un bien. Ahora
acompáñeme a la enfermería a ponerle un poco de yodo en esas heridas.
El yodo escocía como el vinagre
en las llagas de la boca que hace el madroño y manchaba aún más que ardía, pero
lo soporté con estoicismo para mantener mi aureola de ascetismo. Era ya rehén
de la fama que me había edificado a ojos de los demás, y a ella me debía.
Transcurrieron las siguientes
semanas en el recogimiento propio de las fechas. Yo no podía apartar de mi
memoria la sensación experimentada en la capilla de San Sebastián con los
cilicios hiriéndome la carne de forma cruel y premeditada haciendo que el dolor
alcanzase cotas insufribles y al mismo tiempo, como si de la mano fuese
indisolublemente unido como gemelos, el placer mas dulce. No podía evitar
tiritar de excitación sintiendo la erección tan placentera que sentía al evocar
el dolor-placer.
Faltaban unos días nada más para
que se iniciase la Semana Santa cuando el padre Severino me llamó a la salida
del rezo de vísperas.
-
Acompáñeme Pedro, he de hablar con usted.
Me descompuse. El tono con que lo
dijo no me dejaba resquicio a la duda. El saberme culpable de una gran mentira
urdida sin voluntad de hacerlo hacía que creyese que había sido desenmascarado
y me iban a poner delante de mis contradicciones. No tenía ni idea de por donde
iba a salir, que explicación iba a dar, cómo me defendería, aunque lo mío era
indefendible. Enseguida me imagine regresando al pueblo con la orejas gachas,
abochornado por la expulsión y sin poder volver a mirar a la cara a nadie.
Sería en adelante el cínico del pueblo, el apestado, lo que acabaría por
llevarme lejos de mi casa con mi baldón a cuestas, un paria que llevaría mi
responsabilidad y mi culpa, donde nadie me conociese.
-
Bien, Pedro, no se crea que ha sido fácil, pero he
conseguido lo que me propuse. El señor Rector insistió en que era preciso que
usted hiciese vida de comunidad con sus condiscípulos aunque al final triunfó
la perfección con que lleva su vida espiritual.
Respire aliviado y se me
aflojaron los nervios. Las lágrimas acudieron a mis ojos. Las dejé resbalar con
mansedumbre por mis mejillas sin mover ni un músculo de la cara.
-
Es evidente que
destaca usted de sus compañeros, a los que les falta más de un hervor, en la
mayoría de los casos, para alcanzar su madurez. Tiene usted su celda en el ala
de los Teólogos, lo que no quiere decir que vaya usted a hacer vida con ellos,
no sería conveniente, pero podrá tener intimidad para sus penitencias y
oraciones. Ni que decir tiene que estará ahora mas vigilado para evitar que se
sienta superior por tener celda propia y aunque sin premeditación, no voy a
decir que desprecie a sus compañeros, pero si que les haga sentir inferiores.
No pierda de vista jamás la humildad, no solo denota piedad, sino inteligencia
sobre todo.
-
Descuide usted padre, nada de eso sucederá. Es más, yo
le aseguro...
-
No asegure usted nada. Estamos colgados de la Divina
Providencia y si ella nos deja caer un solo instante estamos perdidos, por eso
la actitud más humilde es aquella que nos hace pensar que por nuestra virtud
somos incapaces de nada bueno, sino, antes bien, todo lo contrario, lo peor.
Nos faltarían horas en el día para dar gracias al Espíritu Santo por los
beneficios que nos reparte sin merecerlo. Y ahora acompáñeme, le enseñaré su
celda para que pueda hacer el traslado.
Me quedé como flotando, sin saber
que hacer. La luz que me envolvía se tornó como de calidoscopio, nublada,
esmerilada de colores turbios y confusos y las nubes del cielo buscaban las
suelas de mis zapatos para hacerme levitar y conducirme detrás del padre
Severino camino del ala de los Teólogos.
La celda quedaba en el mismo
pasillo donde los teólogos moraban aunque algo apartada, ya que se trataba de
la celda del director espiritual, que por ser además secretario del señor
Obispo, habitaba en el Palacio Episcopal. En realidad no iba a tener muchas
posibilidades de intimar con nadie lo que para mi era una ventaja porque
triunfaba mi independencia. Volví al dormitorio común, recogí mi ropa, la metí en
las maletas y la subí a mi nueva habitación. La celda era grande, luminosa, con
un ventanal al patio central que le daba alegría. Me llevé una sorpresa al
encontrar un lavabo en una de las esquinas, eso era todo un lujo, el no tener
que salir a asearse por la mañana temprano, pero lo mejor era un retrete que
descubrí al abrir una puerta que supuse que sería un armario. No tener que
hacer una excursión de noche cada vez que se quería orinar o la cena había
sentado mal era una verdadera comodidad a la que sería fácil acostumbrarse. El
mobiliario lo componía una cama como las de los otros seminaristas, ni mejor ni
peor, un reclinatorio que se encontraba a los pies de un crucifijo de medianas
proporciones, con una talla cuya primera impresión era de que sangraba en
exceso, una mesa con tres cajones, una silla y una estantería sencilla de tres
baldas colgada de la pared.
La primera noche que pase en la
celda me puse manos a la obra con manos temblorosas de excitación. No hacia
frío esa Semana Santa que caía ese año a finales de abril aún así cada músculo
de mi cuerpo tiritaba como una hoja agitada por el viento de otoño. Me desnude
por completo y me arrodille en el reclinatorio con la disciplina en la mano.
Miraba al crucificado desde mi postura de supuesta humillación y pedí perdón
por lo que era insuperable para mi, el desear ver mi carne mordida por el
látigo. La vista se me nublaba y la espera de la llaga de las cuerdas en mis
nalgas hizo que estallase en una erección dolorosa.
Humillé la cabeza en el mueble sobre
el que reposaba e inicié los azotes en la cintura, a derecha e izquierda, a
derecha e izquierda. Tenía levantado el brazo izquierdo para que la disciplina
pasase sin dificultad por debajo del brazo. Sentía el escozor de las colas del
azote sobre la sensible carne de la cintura y parte baja de mi espalda. Pero a
medida que aceleraba la cadencia de los golpes para contrarrestar la progresiva
insensibilidad de la piel iba bajando los golpes hasta llegar a azotar con
rabia, con furia, las nalgas. Cuanto más dolor y escozor sentía más fuerte era
la excitación sexual. Llegó el punto en que todo dolor era poco para mis
necesidades lubricas y comencé a castigar mis bolsas con furiosos golpes de
fusta. Agarré la disciplina por las colas y con el mango golpee con más crudeza
aún, mis partes más nobles, hasta que el dolor dio con mi cuerpo inerte en el
suelo. Recuperé la conciencia no se cuanto tiempo después, estaba
ensangrentado, dolorido y el semen frío se había hecho agua y formaba
reguerillos sobre mi barriga. No recordaba haber eyaculado pero estaba
extrañamente satisfecho de sentir el dolor en los testículos, la sensación
gratificante de los músculos cansados después del ejercicio regenerador era lo
que mas se le acercaba en concepto. Miré el reloj despertador y había pasado
dos horas. Me levanté y en el lavabo me enjuague las heridas hechas con el
látigo, escocían y dolían pero no me importaba, en el tiempo transcurrido
habían dejado de sangrar. Con extremo cuidado me vestí. La ropa sobre las
heridas molestaba en extremo y la molestia hizo que mi cuerpo despertase del
letargo una vez más. Con la camiseta puesta y sin calzoncillo comprobé como el
pene crecía, pero yo no quería más. Me daba impresión de abuso el volver a
proporcionarme placer, todo debería tener una medida. Me calcé la ropa interior
y ahí si que sentí dolor en las nalgas. Parecía que me hubiese golpeado con un
tablón en lugar de con unas tiras endebles de cuerda trenzada. Me palpé con
cuidado y dolía bastante. Descolgué el espejo que tenía el lavabo encima y me
miré. Me sobresalté. Resaltaban las líneas rojas delgadas de las tiras de
bramante trenzado pero como si un río se desbordase otras líneas mas gruesas
color escarlata, enmarcando las rojas, daban a mis nalgas un aspecto
deplorable. Terminé de vestirme y baje al refectorio, iba siendo la hora de la
cena.
Estábamos en Semana Santa, como
vengo diciendo, y teníamos que preparar los oficios divinos de fechas tan
señaladas. Parecía que todo se
confabulaba para conducirme al abismo mas lubrico y degenerado. Sin yo
buscarlo, descubría cada día ocasiones de procurarme dolor que acrecentaban mi
placer solitario y en aquella Semana Santa descubrí mas formas abyectas de
llegar a cotas de satisfacción impensables.
Una de ellas coincidió con la
confesión general que se acostumbraba a hacer con motivo de la Pascua. Estaba en
un brete, porque de confesarme todo aquello de lo que tendría obligación de
confesarme, me ordenaría el confesor de forma fulminante que abandonase el
Seminario por degenerado y relapso pero si no lo confesaba estaría cometiendo
un fraude directo al Espíritu Santo con lo que el peligro de condenación eterna
no sería una posibilidad sino una certeza,
eso eran ya palabras mayores y empecé a temblar.
La ceremonia de la penitencia el
día de Jueves Santo era y es, creo, que solemne. Por turno íbamos pasando por
los confesionarios que estaban al completo pues todos los sacerdotes
disponibles se ocupaban de que la ceremonia no se alargase de manera
interminable. Yo veía como mis compañeros de fila iban entrando y saliendo con
relativa celeridad de los confesionarios y a medida que me iba encontrando en
primera fila para mi turno mas me temblaban las piernas y me sudaba el pecho de
una forma tan excesiva que la camisa se me pegaba al cuerpo ocasionándome una
incomodidad añadida. Me encontraba mal paulatinamente, el estomago lo tenía
revuelto y empalidecía por momentos. Todo se me puso como en una nube y supe
que me desmayaría y en ese momento en el que uno ya se abandona al deleite de
la perdida de conciencia, el compañero que tenía detrás me dio un golpecito en
el hombro.
-
Te toca a ti Pedro.
Fue un instante interminable en
el que se me congeló la sangre y me convertí en estatua incapaz de todo
movimiento. El sacerdote que me correspondía carraspeó, tosió y mi compañero me
empujó suavemente al tiempo que me reprendía.
-
¿A que esperas?, que vas a enfadar al padre.
Desperté como de un sueño y me
acerqué resuelto al confesionario. En ese corto espacio de tiempo se me
aclararon las ideas y lo vi todo diáfano, nítido y con seguridad supe
exactamente que debería hacer. Me convencí de que todo estaba perdido por lo
que no había razón para complicarse la vida. ¿Qué disfrutaba de mi cuerpo?, yo
no perseguí descubrir esa peculiaridad en mi y menos aún puse en la capilla esa
imagen descaradamente pornográfica para cualquiera que con una mínima
sensibilidad apreciase la lujuria que destilaba ese contoneo de formas y esa
cara de gozo en el suplicio. Estaba condenado, seguiría por ese camino, me daba
terror comenzar otro, que sabiendo por los derroteros que discurría mi
existencia, con toda seguridad sería peor todavía. Me arrodillé y contesté con
mi peculiar “En gracia concebida”.
Cuando me levanté del
confesionario lo primero que me sorprendió fue no caer fulminado por un dardo
divino al haber sido sacrílego en el uso pervertido del sacramento y por el
contrario me quedé tranquilo y relajado, tanto, tan a gusto conmigo mismo que
sentí la tirantez de entrepierna lo que me hizo esbozar una sonrisa que al
compañero de banco le debió parecer de beatitud cuando era de impureza, de
voluptuosidad. Cerré los ojos y se me pasó por mi memoria la película de la
primera vez hacia pocos días, que me había disciplinado las nalgas y la
espalda. Me propuse volver a hacerlo pero con los cilicios puestos para
acrecentar el tormento. Mi cuerpo me respondió al proyecto imaginado con
contundencia reafirmándome en mi trayectoria decidida.
A partir del Viernes Santo a
mediodía empezaba el ayuno preceptivo hasta que se comía el cordero Pascual una
vez se celebraba de madrugada la Misa del Gallo. Eran treinta y seis horas sin
probar bocado. Nunca hasta ese momento había estado tanto tiempo sin comer nada
y la experiencia iba a ser aleccionadora. En esas horas, aparte de los Oficios
que rezábamos de manera interminable, todo el tiempo era libre, se suponía que
dedicado a la meditación. La charla estaba terminantemente prohibida, puesto
que el Salvador había muerto, y hasta que no resucitase, circunstancia que
celebraríamos en la Misa
Nocturna de Pascua, estábamos de luto riguroso y cualquier
conversación era por definición ociosa, pecaminosa.
Desde que a la hora del mediodía
se apagaron los fogones de la cocina del Seminario, tomé conciencia de lo que
era un ayuno a medianoche, cuando ya en el jergón, me era imposible conciliar
el sueño a causa del rugir terco y doloroso de las tripas. A medida que el
organismo se empecinaba en reclamar alimento mas doloroso se volvía y menos
tolerable. Nos tenían dicho que rezásemos como mejor método de enfrentarnos al
problema del hambre y meditásemos en los sufrimientos del Hijo de Dios para que
por comparación consideráramos la banalidad del nuestro. Trampa, una vez más.
Imaginé al Cristo atado a la columna y siendo azotado por un látigo de verdad,
no el conato de azote que yo tenía, y el cuerpo entero se levantó en armas
contra mi alma y el hambre, el terrible hambre que tenía, aunó fuerzas y añadió
un matiz nuevo al dolor que provocaba mas placer del que yo habría imaginado
jamás. Me levanté del catre enfebrecido, busqué con ansiedad la disciplina y
los cilicios. Me desnudé, me amarré con fuerza los cilicios y sentí la carne
hendida por las agujas de alambre; temblé de excitación y lascivia. Deseaba que
los ángeles del infierno viniesen a torturarme atado como el San Sebastián de
la capilla. Ansiaba morir de un orgasmo brutal, lacerada la carne por el castigo infringido. Me hinqué de
rodillas y comencé el azote con fuerza. Las lagrimas se me saltaban del dolor y
a duras penas conseguía contener los gemidos arrancados por los latigazos.
Además, por el instintivo movimiento de huida a consecuencia de los azotes, las
puntas aguzadas del cilicio desgarraban la piel y hacían correr la sangre.
Sentir los hilillos de sangre manchando la piel por la que pasaba me ponía aún más
fuera de sentido. Estar desfallecido por la falta de calorías parecía que
aumentaba la sensación de placer arrancada al castigo y me felicité de estar en
ayuno, porque la erección era como nunca y la sensibilidad genital se
manifestaba como era imposible imaginar. Note flaquearme las fuerzas, se me
nubló la vista y caí al suelo.
Cuando desperté ya había
amanecido, estaba aterido de frío y la sangre se me había secado sobre la piel.
Me dolían todos los músculos. Me quité los cilicios, a base de dolor
insufrible, que me hizo llorar, no se si por el dolor físico o por el uso
vicioso de esos adminículos que me entregaron para santificarme.
Cada movimiento se me hacía una
montaña y seguía tiritando. Me puse de pie y me maree, cayendo en la cama, lo
que amortiguó el golpe. Volví a levantarme despacio y me lave como pude en el
lavabo. El espejo me enseñó el espectro de la imagen que yo tenía de mi mismo y
me estremecí. Estaba demacrado, pálido, los ojos mas grandes de lo que yo creía
y hundidos en unas cuencas lívidas. Los labios secos y resquebrajados. El
rostro se me ensombreció y me preocupe pero me sorprendí excitándome con mi
propia imagen. Comencé a jadear de frenesí urgente y desatado y sin poder
controlar mi voluntad me masturbé,
absolutamente entregado, hasta la consumación del acto. Un calambre
espantoso me recorrió el periné desde el ano hasta la punta del glande sin que
apareciese líquido alguno y que me aflojó las piernas al punto de dar con mi
maltrecho cuerpo en el suelo una vez más. Atravesado de una sensación de
enfermedad, que se parecía al concepto que yo tenía de muerte, me levante a
fuerza de terror pánico a ser hallado en mala situación que pusiese al
descubierto mis satánicas inclinaciones, me vestí como buenamente pude y bajé a
tomar un poco de aire con un libro de la vida de San Francisco en la mano.
Estaba desecho y caminaba intentando huir de los dolores que producían las
heridas del cilicio y la disciplina. Me senté en un banco a la sombra de una
acacia, como de media anqueta, huyendo del dolor que me producían las heridas y
abría el libro cuando apareció el padre Severino. Se sentó a mi lado guardando
prudencial distancia y cuidadosamente, temiendo desfondar el banco con el peso
de su humanidad. Estuvo durante un rato con la mirada perdida en la lejanía sin
abrir la boca y sin hacer el mínimo gesto hasta que volviéndose un poco hacia
mi me habló.
-
Pedro, me tiene usted preocupado. Creo que debería ser más
cauteloso en lo referente a la penitencia. He hablado con el Rector y he obtenido
permiso para dispensarle del ayuno. Debe usted ir a comer algo. Vaya a la
cocina y que la señora Isabel le prepare algo.
-
Pero padre...,
-
Obediencia, Pedro, obediencia. Coma usted, recupere el
color. El Señor no quiere sacrificio sin salud. Si la pierde no podrá servirle.
Le he estado observando durante la celebración de la penitencia, su rostro
macilento, los ojos hundidos, desvitalizados, extraviados y eso me impulsó a
solicitar la dispensa, conseguida ya no es una opción, es una obligación. Esto,
será para usted, en esta Semana Santa, su penitencia. Para todos va a quedar
perfectamente meridiano que su vida es servir al Señor, suficientes muestras
está dando de manera que porque rompa el ayuno nada va a suceder.
Se levantó del banco para
retirarse, dio tres pasos y se volvió hacia mí que aún estaba reuniendo fuerzas
para hacerlo.
-
¡Ah!, otra cosa. Suspenda usted la aplicación de
penitencia física. Guarde los cilicios y la disciplina hasta que se recupere
del todo.
-
Yo...
-
Ni una palabra mas, Pedro, se acabo la conversación.
Obediencia y nada más.
Obediencia. La palabra escondía
una sorpresa. Al pensar en lo que suponía violentar mi voluntad por una orden
tajante una sensación de vértigo se instaló en mi estomago. Saberme doblegado,
forzado a hacer lo que yo no quería revitalizó mi ansia de placer. Empecé a
gozar intensamente al verme esclavizado por una orden. Era realmente morboso
aceptar la imposición no razonada sino por escalafón, sin consultar mi opinión.
Hubiese preferido que me atasen y amordazasen, pensarlo me hacia levitar de
placer y enseguida San Sebastián se me hizo presente, con sus dardos y sus
ataduras crueles que le añadían al terror psicológico el dolor físico. Saber
que se va a morir poco a poco, desear que el siguiente dardo impacte en un lugar
vital y en lugar de eso sentir la carne rasgarse en un miembro que aumenta el
desangrado y hará morir poco a poco sufriendo el suplicio mas intenso. Para
este momento ya estaba deseando volver a encontrarme solo para darme el placer
que mi imaginación exigía. Intenté sacudirme las ideas lubricas encaminándome a
la cocina en busca de la señora Isabel.
Estaba preparando la cena
colación de los enfermos y los dispensados por diferentes circunstancias del
ayuno.
-
¡Ah!, ya estás aquí. Me ha avisado el padre Severino
que vendrías a tomar algo. ¡Que chiquillos! Con esas penitencias..., como si
fueseis anacoretas. ¿Tenéis edad de esas tonterías?, que no se entere
Severino..., ¡perdón!, el padre Severino, pero vamos que no es consentido que
hagáis esas locuras, tiempo tendréis. Bueno, ya está. Te voy a preparar una
tortilla liadita de tres huevos y te la voy a meter en pan, verás como te
enmiendas enseguidita. Y te vas a tomar un vasito de vino del de el Rector que
te va a sacar los colores..., y ni una palabra mas. Siéntate y espera que en un
pis pas te apaño yo la tortilla.
Me agradó el tono maternal en que
me trataba la cocinera. Así, ni mi madre me había tratado nunca. Me quedé
mirándole la espalda mientras trajinaba en los fogones y la deseé. Sabía que
jamás podría rozarle ni un vello del brazo, no me atrevería, pero la forma en
que yo sabría corresponder a su gesto solo podría expresarlo a través del sexo.
Me escandalizó sorprenderme fantaseando con la cocinera, una mujer de más de
cincuenta años. Ya no había duda, era un degenerado, sin disculpa, podrido.
El bocadillo me supo a gloria y
el vasito de vino, resulto un vaso de los del agua lleno de un vino de
Villafránca del Bierzo, espeso y morado como el paño que cubría la imagen de
San Sebastián.
Me plegué, obediente, efectivamente
era otro filón de placer. Sabía que mi voluntad estaba en manos de otra persona
y eso me estimulaba. Lo que me mandasen, cualquier cosa, y mi imaginación
volaba a otros mundos en los que me veía sometido a las ordenes mas
humillantes. Verme obedeciendo me trasportaba a otra dimensión. Ya no era
preciso llegar al orgasmo para gozar. El placer de perder autonomía como
persona incluso llegando hasta la muerte por expresa voluntad de tu dueño era
superior a cualquier estimulación física. La Obediencia llevaba una carga de
sexualidad grande y yo acababa de descubrirla. El sacrificio supremo como acto
de suprema obediencia sería la consumación del placer mas depurado. ¿Eso era el
martirio?, por eso decían que a los mártires se les concedía el no sufrir de
acervos dolores; no es que no los sufriesen, es que los sublimaban en placer
extenso y profundo y a mas dolor mas gozo, por eso, esa cara que se les
representaba en las imágenes, que en lugar de contraídas de terror y
sufrimiento estaban transidas de aceptación y gozo.
Desde ese momento hasta que
comenzó el lucernario de la Pascua estuve flotando en la nube de la gracia
divina que se me concedía en forma de placer, por ser consciente de mi
condición de esclavo que no cuestiona la voluntad del amo.
Y ocurrió algo que me hizo perder
la serenidad adquirida.
En mi pueblo nunca se había hecho
esto del lucernario que consiste en ir encendiendo la vela que cada uno lleva
apagada en la mano en un fuego que se prende para ejemplarizar la luz que
Cristo representa en la creación. De esa forma se adquiere la luz que es lo que
nos conduce a través de las tinieblas del pecado. Esa liturgia me pareció
sorprendente y al tiempo emotiva. Fui de los primeros en encender mi vela y
contemplar con curiosidad como cada uno hacia lo propio y se iba colocando en
su sitio a esperar la consumación del rito antes de comenzar la celebración de
la Misa de Pascua propiamente dicha. Dio lugar a que mi vela se fuese
consumiendo y atesorando en torno a su torcida buena cantidad de cera liquida y
ardiente. Esperaba que todos culminasen la labor para que se pudiesen apagar
las velas cuando uno de los compañeros que intentaba ubicarse a mi lado, debido
casi con seguridad a la falta de iluminación, tropezó, me desplazó y la cera hirviendo
fue a caer sobre mi mano. La quemazón fue instantánea y el dolor agudo, pero
debido a la solemnidad del acto hube de callar y aguantar lo que fuese para no
alborotar. La quemadura de la cera en la mano me estimuló como nada hasta
entonces lo había conseguido. Sentí mi cuerpo crecer vertiginosamente y la
tirantez me desconcentró de la ceremonia en la que me encontraba. Enseguida
deseé que cayese mas cera y provoqué esa caída y ahí si que disfruté. El
liquido hirviente me excitaba tanto que consiguió que el orgasmo se abriese
paso a pesar del lugar en que me encontraba y el leve estremecimiento que me
provocó bastó para que el compañero que desencadenó la galerna sin saberlo se
interesase por mi salud.
-
¿Te está sucediendo algo?, ¿te encuentras bien?
-
Nada, gracias, ha sido solo un escalofrío, será de la
emoción.
Estuve toda la celebración
imaginando que sería el caer de esas gotas sobre mi miembro tenso. El dolor
habría de ser insoportable y deseaba con impaciencia que acabase todo aquello
para, en la soledad de mi celda, experimentarlo. Las tres horas que duró la
ceremonia no bajé la guardia, relamiéndome, mirando la vela como si fuese el
bien mas preciado que nunca pudiera conseguir, deseando verla convertida en
liquido que me arrasase los genitales y me volviese loco de lujuria.
Comulgué con la seguridad de que
en ese momento firmaba ya mi sentencia de fuego eterno, y aún eso, me hacía
temblar de emoción, porque la fantasía de quemarme mientras me masturbaba
estaba presente en todas mis sesiones fuese, como por último, azotado, o no.
Cuando acabó la Pascua todos
pasamos al refectorio para tomar el refrigerio de la cena Pascual y celebrar la
alegría de la resurrección de Cristo. Yo prácticamente no comí, me gustaba
sentir esa sensación de hambre, que me provocaba desfallecimiento, porque
cuanto mas desfallecido de fuerzas me encontraba, mas deseo de sexo tenía y más
disfrutaba de él.
Nunca me faltaban las velas en mi
celda. Era la sensación más maravillosa que nunca experimentase. Gozaba
contemplándome, en la soledad del cuarto, las cicatrices de las quemaduras. Una
de ellas se me infectó y pasé unas fiebres que nadie sabía a que atribuir
porque era debida a una quemadura infectada en el frenillo del glande que nadie
se preocupó de explorar, porque, ¿a quien podría ocurrírsele semejante
aberración obscena? Se me curó como podía haberme llevado a la tumba. Recuerdo
aquella herida como la que mas placer me proporcionó y la que me convenció de
que lo que me sucedía no era sino una condena por algún pecado cometido por mí
en alguna otra vida pasada o futura. Estaba disolviéndome en medio de un
torbellino que me chupaba y me hacia descender cada vez mas, y a cada nuevo
nivel que descendía, más placer y de mayor calidad obtenía. Me parecía
vislumbrar a lo lejos, al final de la tolvanera, la muerte como pináculo de la
obtención del placer, lo que al principio me daba escalofríos y posteriormente,
entre espasmos de placer, me daba certeza de que cualquier día ocurriría. No
había cómo luchar contra esa fuerza que me trataba como un polichinela, pero lo
mejor de todo es que cada día que pasaba menos ganas tenía de luchar, más a
gusto y cómodo me encontraba rebozándome en la basura del sexo sin limite ni
control.
Cuando estaba en medio de las
fiebres, que todo hay que decirlo, la señora Isabel que me velaba siempre que
podía, me contó un delirio que tuve.
Gritaba en alta voz, asustado
diciendo que Cristo chorreaba semen en la cruz, yo, al parecer, estaba allí al
lado de su madre y San Juan y estaba escandalizado. Le gritaba a San Juan,
fuera de mi, que eso no podía ser y el me respondía al parecer que como no iba
a chorrear semen, que tamaño suplicio debía producir un orgasmo tremendo.
Finalmente cuando expiró, la señora Isabel me dijo que yo me ponía las manos en
la cara para no ver la cara de gozoso vicio que se le puso y como en un ultimo
espasmo roció de semen a los presentes y gritaba que no era posible, que no era
posible y me desmayé.
Yo permanecía en mis trece de
utilizar látigo y mortificación a expensas del cilicio lo que servía a todos
para convencerse día a día que mi piedad iba en aumento. Mis confesiones se
volvían cada vez más falaces e imaginativas lo que contribuía a acrecentar mi
aureola de ascetismo y santidad. Mis pecados se reducían a acusarme de falta de
diligencia al aplicarme la penitencia. Pereza al levantarme de madrugada para
rezar prima o gula por desear comer algo más que un caldo de colación y una
fruta por la noche. Pensar que pudiese relatar mis andanzas eróticas a base de
suplicio me erizaba los cabellos. De cualquier forma estaba condenado al fuego
eterno y no había fuerza que pudiese arreglar eso, por lo menos el tiempo que
viviese en ese ambiente disfrutaría de la fama afianzada en mi secreto y de
paso gozaría de los placeres que esta forma de vida le proporcionaba.
18.10.12

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