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viernes, 30 de noviembre de 2012

EL VASO DE LA ESPERANZA

El vaso de la Esperanza

La luz de otoño, dorada como las manzanas maduradas en su árbol, se filtraba por los vidrios antiguos de la ventana de su dormitorio, estrellándose sobre la mesa camilla y derramando su agonía de mieles rubias y espesas como las de sus desayunos infantiles en casa de la abuela. Las ventanas, nevadas del polvo de  meses  hacían de tamiz, un reto para los rayos del sol que se proponían atravesarlos desde el horizonte, tras el que se disponía ya a dormirse, allá en poniente, por donde se deja caer agotado al cabo del día. Esas saetas ambarinas y sesgadas hacían del ambiente un ballet de motas diminutas de polvo demorado en el aire que al verse sorprendido por la mano vacía de interés, agitado en su danza, se escapaba a regiones más discretas.
La mano vacilante, desesperada y sola, jugueteaba sin finalidad con los postreros rayos, fríos ya por el aburrimiento de la lejanía, mientras decidía si acercarse a la copa dulce y amiga que escribiese el epilogo. Una mano vellosa y nervuda, de piel manchada y seca, tan distinta de aquella otra tersa y ágil, despreocupada e inocente, que gozaba resbalando por entre los pechos de su reina, se acercó despacio y acarició apenas con las yemas de sus dedos la superficie lisa del vaso. Separando la mano con premeditada lentitud se la acercó a sus ojos y se entretuvo observando los dedos consumidos con fingida curiosidad, las uñas crecían ahora más deprisa que hacía años o el tiempo era el que corría deprisa para darle alcance a él. Pero se topó, maldita enfermedad, con ella y debió conformarse, llevándosela. De los cansados, húmedos y entrecerrados ojos se deslizaron unas cuantas lágrimas, que rodaron mejilla abajo, hasta rendir viaje en las comisuras de la boca, mientras el grueso del pelotón elegía el camino de la nariz para buscar su ansiada libertad. De la punta justo, se despeñó hasta la mesa una gota de liquido trasparente y filante reflejando en su caída el angulado rayo de sol que se resistía a dejar de iluminar la escena.
Con la mirada perdida en el vacío, lleno del sueño del sol, arrastró sin mucha convicción la gota desprendida de su nariz terminando de secarse la mano en las faldas de la camilla. Del vacío al vaso, alternativamente, y a la tela de la camilla, levemente húmeda de su lágrima de dolor, iba su mirada, acariciando cada detalle, cada textura. Sin motivo aparente, cómo suelen ser las razones de más peso, se cubrió el rostro con las manos y se abandonó al sollozo fácil y blando.
El sol terminó finalmente por perderse en la lejanía haciendo el guiño de reflejo malva en las nubes del cielo de atardecida y la habitación fue sumiéndose en las sombras que hiciesen juego con las que cruzaban el semblante al anciano. La mano temblorosa buscó a tientas el interruptor de línea en el cable de la lamparita de pie que le regaló a ella, ya ni se acordaba cuando, para que pudiese bordar en las largas y tediosas noches de invierno mientras él apuraba el tiempo observándola con la misma ilusión de cincuenta años atrás, cuando era incapaz de dejarle dar tres puntadas seguidas sin cubrirle la cara y las manos de besos. La bombilla con sus meses de polvo y desesperación encima, iluminaba con un denso color sucio parte de la mesa camilla dejando en penumbra el resto de la habitación. La mortecina luz se hundía en el liquido trasparente del vaso levantando reflejos iridiscentes que herían la pupila del hipnotizado espectador. Estaba absorto en la contemplación del líquido, como si de su observación dependiese su vida y pasaban los minutos sin que moviese ni un solo músculo. Finalmente con gesto vacilante acercó las manos al vaso, tomándolo con las dos al tiempo, sin dejar de observarlo. Lo levantó despacio, recreándose en la acción hasta dejarlo a la altura de los ojos y sin dejar de mirarlo esbozó una mueca parecida a una triste sonrisa para volver a derramar lágrimas pacificas y agónicas, más de impotencia que de dolor.
Otra vez dejó reposar, con cuidado de amante, el vaso sobre la mesa y rebuscó en sus bolsillos hasta dar con el pañuelo que le secase las lágrimas. Quedó agotado, rendido y entregado, después de limpiarse los ojos casi sin vida ya, reposando la cabeza en una de la orejas del sillón. Cerró lentamente los párpados y se durmió al instante con una respiración agitada que reflejaba sufrimiento. El vaso sobre la mesa veló el sueño inquieto del anciano, como lo hizo el día anterior y el otro y el otro. Y así aburridamente desde hacía cuatro meses.

Era de ella el sillón y no consintió moverse de él desde que cuatro meses atrás tomó la determinación de reunir fuerzas para poder iniciar el viaje que le llevase a su lado. Sosegadamente, con alegría, se había preparado el vaso de viático que le condujera de la forma más certera junto a su amada, pero la cobardía es la divisa del débil y a su edad solo cabía dolerse, nunca rebelarse. No cesaba de pensar y angustiarse porque ella, que era su fortaleza, ya no le acompañaba. Iba a ser la primera vez en la vida que tuviese que llevar a cabo algo trascendente sin que ella estuviese a su lado, dándole calor, galvanizando sus miedos, disipando sus temores al error. Y así, en la angustia del amor anhelado e imposible de alcanzar, porque ella se había alejado de su lado, transcurrieron los cuatro meses en que a nadie consintió que moviese un dedo en la habitación desde la que ella se  marchó a esperarle del otro lado.
Cada día quedaba absorto y magnetizado por el vaso lleno del agua mágica que le conduciría, de beberla, hasta su cielo. Y cada día se quedaba dormido con la pena de no tener el valor de traspasar su cobardía, su egoísmo, aún sabiendo que ella le esperaba con los brazos abiertos y la sonrisa angelical en su boca, con solo que él se atreviese a comulgar del cáliz que aguardaba paciente sobre la mesa.
Y cada vez que él se quedaba dormido una amorosa y condescendiente mano sustituía el líquido, agua mineral, por más agua mineral nueva y fresca sin que él lo supiese, desde que le quitaron el primero que él con tanta dedicación y amor se preparó para poder viajar al jardín del edén junto a su novia eterna.
De madrugada se desvelaba, como siempre, y agradecía a la sonda el no tener que levantarse, abandonar el sitial que ella ocupó primero y sentirla cerca. Poder quedarse mirando el vaso con los ojos rasos de lágrimas y como los niños pequeños quedarse dormido una vez más, acunado por la lágrimas de la pena y la impotencia.
Otra mañana. Vuelta a fijar los ojos esperanzados en poder reunir el valor suficiente para poder acercarse el vaso a los labios y alcanzar al fin la ansiada unión. Y como siempre el sol volvía a derramar su fluido amarillo, espeso como bilis, sobre la mesa y el vaso de sus anhelos, antes de dejar la habitación sumida en la desesperación de las expectativas no colmadas.
Ésa tarde fue diferente. Algo comenzó a moverse en su interior. El corazón cansado y remolón, comenzó a saltar en su pecho. Tuvo la certeza de que algo importante iba a suceder. Observó el vaso;  era ya distinto. No pesaba toneladas en su cabeza, se le antojaba liviano y atrayente. Respiró hondo y comprendió que la vida volvía a correr por sus venas. ¿Cómo podía él renunciar a lo que no tenía? ¡Lo acababa de descubrir en medio de gran excitación! Estaba muerto, en el limbo de la muerte, por eso no era capaz de beber su fin. Pero ahora se sentía lleno de vitalidad, si quisiese podría salir corriendo, pero lo que venía esperando desde que lo decidió hacia cuatro meses, era la prioridad. El corazón cada vez cabalgaba más deprisa y de tanto que corría, casi le faltaba el aire y se le nublaba la vista y le zumbaban los oídos, volvía a ser joven, se lo notaba; cómo cuando la conoció en el jardín del pozo,  que casi pierde el conocimiento al rozarle sus dedos con los suyos..., clavadito a lo que ahora notaba y era porque ella venía a buscarle y solo hacía falta que bebiese de la copa del amor para vivir con ella eternamente.
El sudor empezó a humedecer primero y mojar francamente después la piel de su frente y reclutando gota a gota, correr hasta encontrar la barrera de sus cejas que pronto fue rebasada para producir el escozor en los ojos que le obligaba a entrecerrarlos.
Y así, a medio tientas, sus manos dieron con el vaso de la mesa. Lo aferró como el alpinista su piolet y con franco temblor se lo acercó a la boca. Tuvo una última vacilación que hizo que detuviese la mano cuando el vaso llegaba a su destino y parte del preciado líquido se derramó en sus piernas. Se sobresaltó y con decisión, que incluso a él extrañó, terminó de acercar el brebaje a su boca. Su nariz estaba preparada para recibir el aroma sutil del bebedizo y el no percibir olor alguno fue achacado a la perdida de facultades que en pocos segundos ya no sería problema.
Nada más sentir el líquido en los labios, el corazón le dio un salto en su pecho e intentó salírsele  por la boca. ¡Efectivamente era el amor que hacía de él otro hombre, el que siempre fue, el que ella conoció!. La luz del sol se ausentó de sopetón de sus ojos y los brazos le desfallecieron, seguramente de amor.
El vaso se precipitó sobre su regazo, empapándole, pero ya no se daba cuenta, rebotó y cayó al suelo con el estrépito del vidrió roto, pero ya no se daba cuenta. Al ruido seco y urgente acudieron los que aguardaban lo peor y exclamaron de dolor, pero ya no se daba cuenta.
El feliz anciano no se podía dar cuenta. Estaba ya a millones de kilómetros de emoción, cogido de la mano de su amada, recorriendo ambos, plenos de ternura, el jardín del pozo, aquel en el que por poco se desmaya al rozarle sus dedos con los suyos.

30.11.12

viernes, 23 de noviembre de 2012

NUNCA DEBI DESEAR ESE TIPO DE SEXO

Nunca debí desear ese tipo de sexo


Hay que tener cuidado con lo que se desea, no sea que se consiga. Esto, nos decía una monja del colegio, que nada tenía que ver con el resto de monjas, la hermana Valle, nunca la olvidaré y esto viene a cuento de que a mis diecisiete años cuando hacia el amor con mi novio Jesús, fantaseaba para mi que me trataba como si fuese una puta degenerada. Imaginaba que me forzaba después de raptarme de un polígono industrial, donde medio desnuda hacia la carrera principalmente con camioneros barrigones y malolientes. En ocasiones para poder culminar mi orgasmo tenía que cerrar los ojos e imaginar que un hombre ya mayor, vestido de cuero, con barriga, siempre con barriga, detestable, sucio y oliendo a agrio, me agarraba de los pelos y me obligaba a mamársela hasta que se corría y me atragantaba con su semen. Llegó un momento en que el sexo que tenía con Jesús se convirtió en una sosería, imposible de soportar. El pobre, que me quería de verdad, se desesperaba.
-          Pero ¿qué te falta?, ¿qué echas de menos, amor mío?, estás fría como una losa de cementerio, parece que estoy haciendo el amor con un cadáver, inmóvil, frío, insensible. ¿Finges los orgasmos, verdad?
Después de varias veces intentando explicarle que me sucedía, aunque la vergüenza me embargaba, decidí que no era legal seguir mintiéndole y que debería ser leal con él y decirle la verdad. Sabía que le dolería pero más le iba a doler cuando se enterase de la mentira.
-          Jesús, el sexo contigo no me satisface, le falta..., chispa, es..., aburrido, insulso, pareces un calvinista corroído por la culpa y los remordimientos. Creo que si usases el camisón con portañuela del siglo XV sería más excitante.
-          Yo te hago el amor con toda la delicadeza de la que soy capaz..., intento ser un amante perfecto, galante, respetuoso, lo que tú te mereces que eres mi princesa.
-          Ese es el asunto..., demasiada delicadeza, le falta algo de reciedumbre. ¿Sabes?, en mis fantasías me veo siendo poseída violentamente por hombres sucios y groseros y eso me excita. Me penetran sin piedad por delante por detrás y luego por la boca, me atan y me castigan y no cesan de follarme hasta que caigo desfallecida. Ese sexo es el que me excita, me hace chorrear, me atrae. Comprendo que lo que tu me proporcionas es lo correcto pero a mi no me basta. Conociéndote se que nunca serías capaz de proporcionarme un tipo de sexo así o por lo menos capaz de alimentarme estas fantasías de las que seguro que abominas, así no vamos a poder seguir mi amor, te quiero mucho pero en la cama no llegaremos a entendernos nunca.
Puso cara de inenarrable sorpresa, enrojeció, no se si de vergüenza o irritación, abrió la boca intentando articular palabra sin poder decir nada. Finalmente encogió lo hombros adoptó habito de resignación mirándome de forma conmiserativa y me contestó.
-          ¿De manera que eso es lo que quieres?, estarás segura. Deberías habérmelo dicho antes. Siempre desee penetrarte por detrás, me encanta el sexo anal y ahora te confieso que tanto activo como pasivo, siempre que sea una mujer la que me sodomice con un consolador mientras la follo, pero el respeto que te tenía me impedía proponértelo, imaginaba que me despedirías escandalizada de mis depravaciones. De igual manera me excitaba aún mas penetrarte sin piedad alguna, al tiempo que otro lo hacia por el culo y otro te poseía la boca.
-          Eso que estás diciendo me está mojando. Espero que no sea esta respuesta una salida más o menos airosa a mi confesión. Y en quien habías pensado para acompañarte en la orgía que está a punto de hacer que me corra solo de pensarlo.
-          Espera, espera. ¿Seguro que estás hablando en serio..., serio del todo? Me quieres convencer que no te importaría ahora mismo hacerlo con quien yo te dijese.
-          Pues claro, Jesús. Me harías la mujer más feliz, colmarías todas mis aspiraciones. Bueno, ¿en quien estás pensando?
Jesús me miró de forma penetrante a los ojos, intentando averiguar donde estaba la trampa, después hizo un par de llamadas, dijo cuatro palabras de las que no entendí el significado, apagó el móvil, esbozó una sonrisa malévola que no le conocía y sin  más espera me metió la mano con violencia por debajo de la minifalda y de un tirón me arrancó el tanga. Eso me excito aún más y di un gemido de placer.
-          ¿Esto es lo que te va, no?, durillo. Pues duro va a ser. Nos están esperando ya. Aparte de mí habrá otras cuatro personas.
Cuando pensé que cinco hombres me iban a tener a su disposición me maree de excitación. Que inocencia la mía. Luego me enteré que los hombres tienen siempre un lésbico en sus fantaseos sexuales. Durante todo el camino en el coche hasta nuestro destino Jesús no cesó de pellizcarme con fuerza, para provocarme dolor, en el clítoris y los pezones. En un semáforo, se abrió la bragueta, dejó salir de su escondrijo el pene tieso y reluciente y cogiéndome la cabeza con fuerza, sin importarle que la gente que cruzaba se quedara mirando, me obligó a mamarle. No hubiera hecho falta esa demostración de fuerza, porque yo después de tanto castigo al clítoris y los pezones, que me ardían, me estaba corriendo de gusto y deseaba meterla en mi boca, que se corriese y chuparle toda la leche hasta dejarle seco.
Finalmente llegamos a una urbanización de las afueras de la ciudad, de esas que tiene todas las casitas iguales con su jardín, su sótano y su buhardilla que les daba el falso aspecto de villa de calidad. Al llegar a la verja, tocó la bocina y salió una chica a abrir la puerta. Le dijo a Jesús que metiera el coche en el garaje, para que no se viese.
Por una puerta lateral entramos a la casa y de allí Jesús me llevó a empujones hasta el  salón. La chica que nos abrió la verja estaba ya de pie junto a la chimenea con el resto de habitantes de la casa, fumando, observándome con insistencia. Sentados en un sofá un hombre entrado en años, otro de mediana edad y uno joven, de la edad de Jesús mas o menos.
-          Os presento al putón de mi novia, se llama Verónica. No sabe que es el sexo, aunque se corre pensando que se la follan por el culo cuatro camioneros y quiere aprender cuanto antes las artes del buen gozar, aunque haya que penar.
Con lo caliente que yo estaba después del viaje, el oír que el muy educado Jesús me tildase de putón me hizo estremecer de gusto. La verdad es que las secreciones me corrían por los muslos y me provocaban aún mas excitación al sentirlos resbalosos deslizarse el uno contra el otro.
Me presentó primero al más mayor, se llamaba Marcelo. Se levantó del sofá, con bastante agilidad y se acercó a mí. Sin mediar palabra me saco un pecho de la blusa, examinó su turgencia y enrojecimiento y me lo pellizcó al tiempo que se mostraba encantado con una amplia sonrisa en los labios. Al hacer intento de huir de la presa el hizo mas fuerza aún y la acompañó de un cachete muy fuerte en el culo con la otra mano al tiempo que deshacía su sonrisa de la cara y severo me avisaba que había que ser obediente y aguantar lo que cada uno se había comprometido a aguantar, “y si no haber tenido la boquita cerrada, zorra”. Después de Marcelo, que me impresionó voluptuosamente me presentó al de mediana edad. Era el tío de Jesús, Marcos. Marcelo era su íntimo amigo de francachelas. Me acerqué a darle un beso y por toda respuesta me hizo arrodillarme y con destreza se saco la verga y me la metió en la boca. Estuve así mamándole a la vista de todos hasta que le pareció bien. Cuando se cansó me apartó sin miramientos dirigiéndose a su sobrino.
-          ¡A ver si enseñas a esta guarra a mamarla, lo hace fatal! ¿No será tortillera?, vamos a ver.
Me cogió de los pelos me levantó, me dio la vuelta me agachó y dirigió su polla a mi ano haciéndole conocer a su capullo mis dimensiones de entrada, que eran de virgen por ese lado, pero cuando estaba a punto de dar un golpe de caderas y destrozarme el culo Marcelo le dijo que se dejase venir, que todo llegaría.
A estas alturas, y aún no habíamos empezado, yo temblaba, no sabía si de excitación o de miedo, aunque me tranquilizaba el hecho de que estuviese Jesús allí que jamás consentiría que se me hiciese daño, o por lo menos lo que yo pensaba que sería un daño inaceptable para él.
Seguidamente me presentaron al más joven, Ricardo. Era guapísimo y tenía los ojos pintados, o eso creí yo. Al presentarnos antes de hacer cualquier otra cosa se dirigió a Jesús.
-          No llevará ropa interior, eso sería imperdonable, no la llevamos ninguno.
Jesús negó con la cabeza y con habilidad y delicadeza, Ricardo, me acerco a él tocándome el sexo con suavidad. Comprobó que estaba muy mojada y me metió los dedos de golpe lo que me hizo gemir de gusto. De repente sacó uno de ellos y encontrando mí agujerito posterior lo metió sin contemplaciones al tiempo que hurgaba bien dentro de la vagina. Fue un placer raro, mezclado con incomodidad teñida de placer. Estuvo así un rato hasta que sacó todos los dedos se los observó con curiosidad y me los volvió a meter, pero esta vez solamente por el culo, después anunció a todos:
-          Valdrá, haremos carrera de esta zorrita.
Cuando acabó, Marcos les dijo a todos que al sótano a jugar. Me quedé mirando a Jesús extrañada y con descaro y echando redaños, como si no estuviese asustada por lo que ni en las noches mas calenturientas hubiera imaginado que me iba a suceder le dije a Jesús en alta voz:
-          ¿No me dijiste que eran otros cuatro, además de tu mismo, falta uno?
Me contesto con una fina y cínica sonrisa, Marcos, que parecía que llevaba la voz cantante.
-          ¿Es que no has reconocido a Sonia?, ella te abrió la puerta. Sonia, saluda a nuestra invitada.
Me dio un vuelco el corazón, con una tía yo no contaba para estos devaneos, me daban asco las mujeres, pero aguanté el tipo. La mujer se me acercó y por el camino apagó el cigarrillo en un cenicero. Llegó a mi altura y antes de que pudiera darme cuenta tenía su lengua dentro de mi boca al tiempo que se quitaba la falda y restregaba su sexo contra el mío. Estaba inmovilizada. Eso no lo habría sospechado nunca. Marcos volviéndose a su sobrino le recriminó en broma.
-          ¡Jesús!, ¿no le habías dicho que sin lésbico no hay placer completo para un hombre como dios manda?
Sonia se apartó de mi satisfecha del efecto que me había provocado, y siguió a todos, escaleras abajo al sótano.
Jesús bajó detrás de mí abrazándome por la cintura circunstancia que aprovechó para desabrocharme la minifalda, con lo que como la camisa que llevaba era cortita me encontré desnuda antes de llegar abajo del todo. Me sentí incomoda porque yo era con Sonia, la única que estaba desnuda y no sabía bien como actuar; taparme me parecía fuera de lugar pero sentirme así expuesta no sabía como colocarme. No sabía que enseguida iba a despejar la duda de cual tendría que ser la postura mas adecuada.
Entré en una espaciosa sala que si no ocupaba todo el bajo de la casa le faltaba poco. Tenía una especie de mesa alta con argollas, un bastidor de metal con cadenas que colgaban y un montón de otros instrumentos, algunos que imaginaba para que podrían servir y algunos otros imposible de imaginar cual sería su aplicación. De entre los que si sabía para que pudieran servir estaba una sustanciosa colección de dildos de diferentes tamaños, formas y colores. Todos mis acompañantes se colocaron en torno a la mesa y Jesús me dijo que me subiese para que todos pudieran verme bien. Me encaramé a la mesa mediante un escabel que al efecto tenían previsto para las que como yo jamás podrían jugar al basket. Me quedé encima de la mesa de pie sin saber que hacer mientras todos me observaban sin decir nada.
Marcos con gestos me indicaba algo que yo no entendía y cuando se cansó de que no la entendiese me indicó que me acercase al borde de la mesa. Cuando estuve a su alcance me agarró la blusa y de un tirón fuerte me la arrancó. Lancé un grito de terror, pero me excité aún más, deseaba ser objeto de más violencia de ese tipo. Desnuda ya del todo me ruboricé y me quedé cortada al principio, pero inmediatamente tome conciencia de lo que estaba haciendo y de donde estaba y comencé a moverme de la forma más lúbrica.
Ricardo en ese momento a instancias de Marcelo me acercó hasta la mesa una buena colección de dildos de diferentes tamaños y dejándolos allí esperando que yo los cogiese. Marcelo me habló con urgencia y mando.
-          Vamos putilla aficionada, elige uno que te lo vas a clavar para que veamos hasta donde eres capaz de llegar para excitarnos.
¡Querían que me metiese el consolador! Yo les iba a enseñar como se excita y hace excitar una hembra con su sexo. Para impresionarlos elegí un consolador largo y grueso que sabía que me entraría bien y me haría gozar a mí de paso.
Empecé a excitarme con el roce del cacharro haciendo movimientos más y más lúbricos hasta que la excitación me hizo perder la poca vergüenza que me quedaba y a base de quejidos y gemidos empecé a introducirme el dildo en la vagina. Cuando mas entusiasmada estaba, Marcos me interrumpió al dirigirse a su sobrino Jesús.
-          Pero Jesús, ¿qué clase de puta loca nos has traído? ¡Tu, guarra!, ya sabemos que en el coño te entra de todo, queremos saber lo que te entra por el culo, ten en cuenta que después tendrás que tragarte esto.
Y se saco su miembro en pie, parado con un capullo gordo y sonrosado, brillante y terso que destilaba por la punta abundante precum trasparente que colgaba filante hasta el suelo. Jesús me alcanzó un tubo de vaselina echándomela desde donde se encontraba y yendo a caer a mis pies. Me quedé paralizada sin saber que hacer. Había ensoñado repetidas veces que me enculaban pero en realidad nadie me lo había hecho jamás. Para mi desgracia el dildo que había elegido era enorme para mi ano pero ya no había vuelta atrás, o me desvirgaba el culo yo con todo el cuidado del mundo o lo harían todos aquellos sin moderación alguna. Me agaché y abrí el tubo descargando una porción en mis dedos. Miré a Jesús, mi novio que por señas me dijo que me pusiese bastante más. Le hice caso y me embadurne metiéndome un dedo para que la vaselina penetrase bien. Luego me metí dos dedos para intentar dilatar y empecé a sentir algo parecido al placer. Entrecerré los ojos para concentrarme culeando mientras me metía y sacaba los dedos. Escuché a Ricardo que decía en voz baja, mientras se frotaba suavemente el capullo: “Esto es otra cosa, esto va prometiendo”. Eso me animó y seguí con mis contoneos metiéndome y sacándome ya hasta tres dedos que entraban con dificultad mientras que con la otra mano me pellizcaba los pezones con furia lo que me permitía arremeter adentro con mis dedos. Llegó un momento en que sentí necesidad de que me entrase el dildo y me lo apliqué al ojete con decisión. De un primer intento me entró la punta y sentí una punzada, pero me aguanté. Seguí aplicando presión a pesar del dolor y la vaselina hizo el resto. El ano parecía que absorbía el consolador y a medida que entraba sentía que se me llenaba la vagina de una forma diferente y me proporcionaba un placer tan tremendo que me hizo perder la noción de donde me encontraba enloqueciendo por el deseo de que el dildo siguiese entrando y entrando hasta el infinito. Se me olvidó que estaba siendo observada y empecé a sentir un orgasmo interminable. De repente caí sobre la mesa y noté que el dildo se me salía del ano. Me quejé ruidosamente de que se me privase de esa fuente de placer y abrí los ojos. Alcancé a ver a Sonia que me retiraba el consolador y vi a Marcos que se acercaba con uno más grande. Al verlo acercarse le ofrecí el ano para que me penetrase y grité y grité hasta desfallecer.
-          ¡Clávamelo, por favor, clávamelo en el culo!
Marcos ni se molestó en lubricar el enorme dildo, me lo apuntó y empujó sin contemplaciones. Sentí que estallaba por dentro al tiempo que el clítoris desde dentro me era empujado hacía arriba y afuera haciéndome volver a gozar. Era una mezcla de dolor, presión y placer incalculable. Me quejaba de gozo de forma desvergonzada reclamando más y más. Miraba enfebrecida a mí alrededor y solo veía caras sonrientes y llenas de vicio. Alguien que no supe identificar le dijo a Sonia que me pusiese el sexo al alcance de mi boca. Sonia se despojó del resto de su ropa y quedo desnuda del todo. Me volvió boca arriba y mientras, Jesús, mi novio, me levantaba las piernas y las separaba para que Marcos pudiese violarme por el culo con el consolador y así permitir además que Sonia me cabalgase sobre mi cuello poniéndome su sexo sobre mi boca. Nunca había hecho nada parecido pero me pareció una propuesta magnifica. Chupé, mordisquee y lamí con avidez el chocho de Sonia que gemía de placer y les anunciaba al resto incluido mi novio. Yo por mi parte no llegué ni siquiera a plantearme que tuviera que sentir asco de comerle el sexo a una tía, sencillamente hacerlo añadía placer al que experimentaba al ser violentada por el culo con enorme dildo.
-          Esta zorra sabe comerse un coño, tiene arte. ¿Estás seguro, Jesús que no se lo hace con ninguna amiguita?
No hubo respuesta y yo me sentí halagada de esa apreciación aplicándome con más fruición aún, haciendo que la mujer alcanzase el orgasmo rápidamente. Pero yo seguía insatisfecha. Deseaba mas, quería sentirme mas llena por todos mis agujeros. Sonia ahíta de placer se había retirado de mi cara. Parecía que había pasado un siglo desde que Sonia desapareció cuando ocupó su lugar Ricardo en mi cuello. Me colocó  sus huevos en la boca y se deslizaba adelante y atrás de forma que alternativamente le chupaba las bolsas o el ano en el que metía la lengua con avidez, con tanta que llegó un momento que debí provocar tanto placer en el ano a Ricardo que se detuvo sobre mi boca y se restregaba con fuerza para que le clavase la lengua lo mas profundamente posible. Estaba entusiasmada intentando penetrar en el ano de Ricardo cuando  noté que me reventaban las entrañas. Marcos había sacado el dildo después de trabajarlo exhaustivamente y metía con fuerza su mano en mi ano y al tiempo utilizaba el dildo para penetrar por mi coño. Sentía que me reventaba pero le pedía que me reventase ya, necesitaba que me destrozase. A un orgasmo se sucedía otro y estaba ya agotada de tanto placer cuando de repente todo se detuvo. Marcos se retiro de mi ano y mi vagina, Ricardo descendió de mi cabeza y quedé desfallecida deseando dormir. Estaba a punto de quedar felizmente dormida cuando un dolor punzante en uno de mis pezones me hizo levantarme de súbito.
Cual no sería mi sorpresa cuando vi a mi novio, Jesús, perforándome con unos ganchos afilados primero un pezón que fue el que me alertó con su dolor y llevaba en la mano el otro gancho destinado al otro pezón. Intenté defenderme y rápido como el rayo varias manos me inmovilizaron. Jesús me miraba, al parecer encantado de lo que hacia, sonriente y me decía:
-          Este tipo de sexo es el mejor, ¿verdad mi amor? Así, duro, estas son las emociones que tú buscabas, pues aquí las tienes. Disfruta, esto no ha hecho más que empezar.
Me perforó el otro pezón al tiempo que yo desgarraba el ambiente con un grito de dolor ilimitado, pero no lo rechazaba, lo deseaba.  Enganchó después a cada anzuelo el extremo de una cadena. El dolor agudo fue aminorándose y sentí que los pezones estimulados por la agresión sangrienta se endurecían y me provocaban mucho placer, algo parecido a un orgasmo brutal de dolor y deseo, algo que ni se me hubiese pasado por la cabeza.
Marcelo, desnudo del todo, como todos ya a estas alturas, enarbolando un enorme pene me apartó del centro de la mesa y se tumbo boca arriba con su enorme verga insultantemente enhiesta apuntando al techo. Jesús me ayudó a levantarme y me depositó sobre esa carne dura y amenazante. Me sentí deliciosamente clavada por mi vagina y una punzada me atravesó el cuerpo desde el clítoris hasta el ano. Los pezones estaban al rojo, me dolían y me daban gusto a un tiempo. Yo estaba disfrutando cabalgando sobre esa pija tan grande cuando Marcelo agarró la cadena que conectaba los pezones y de un tirón brutal hizo que abandonase con un grito mi posición erecta y me plegase sobre su pecho. En ese instante sentí que alguien me penetraba el ano haciéndome sentir plena. Empecé a sentir otro orgasmo, uno más,  brutal, que me hacía casi convulsionar y casi perder el conocimiento. Cuando más disfrutaba sentí que quien me sodomizaba se salía de mi cuerpo y saltando por encima de mí se colocaba delante y me penetraba la boca hasta la garganta haciéndome atragantar. Era Jesús el que se había salido de mi culo e inmediatamente me la metía en la boca. El sabor de su verga no dejaba lugar a dudas de donde había estado, pero mi estado de excitación era tal que deseaba que ese asqueroso sabor fuese aún mas intenso. Estaba mamando encantada de ser sometida a esas vejaciones cuando sentí que me volvían a penetrar el ano y fue ya el acabose. Marcelo al ver mi estado de locura  sexual intentó hacerme bajar mi temperatura y me dio otro tirón de la cadena de los pezones, pero el resultado fue el opuesto porque el tremendo dolor que me desgarraba los pechos hizo que el orgasmo se desencadenase de tal manera e intensidad que con un enorme grito, lo último que recuerdo, me desvanecí del todo.
Me desperté en el apartamento de mi novio. El estaba a mi lado y me acariciaba y me besaba por todos lados con una tremenda suavidad. Me susurraba muy tierno que me quería y que quería casarse conmigo. Abrí los ojos y le dije:
-          No te puedes ni imaginar lo que he soñado. Uffff, que sueño más..., más...tórrido. me da vergüenza hasta contártelo.
-          Inténtalo, a lo mejor..., no me asusto.
Hice intención de incorporarme en la cama y al hacerlo un dolor lancinante en los pezones me hizo comprender, y con un grito me derrumbé en la cama otra vez.
Jesús me miraba divertido con aire de suficiencia. Dejó pasar un rato para que tomase conciencia de que lo que yo creía un sueño no era más que una pesadilla absolutamente real.
-          ¿Vas a querer repetirlo, o preferirías que siguiéramos como antes? No me importaría ser un depravado contigo si eso es lo que te gusta, pero, ¿no crees que ese tipo de sexo fantasioso no conduce más que a una vida marginal?
No supe que contestar o quizá temía dar la contestación equivocada. Me había dado una lección. Era una niña estúpida y malcriada que creía que estaba muy avanzada en sexo porque era capaz de imaginar cosas y situaciones que en el fondo no creía que pudieran darse y me había dejado meridiano que esas practicas estaban tan cerca y eran tan reales como que él mismo, Jesús, podía organizar una sesión de esas en minutos.
Miré con ojos implorantes a Jesús y le pedí perdón por haber sido tan cabeza loca y tan tonta. Mientras él me abrazaba diciéndome que no me preocupase mas, yo pensaba en que manera de disfrutar mas tremenda. Con Jesús de compañero eso se tendría que repetir, no tendría más que echarle en cara que era sosote en su sexo para que intentase darme otra lección. Al abrazarme sentía como los pezones me dolían y al tiempo empezaba a destilar lubricación por mi vagina. Ese dolor no lo era tanto, era placer adulto. Se repetiría. Me obligaría a repetirlo, no creía que pudiese pasar mucho tiempo sin ese tipo de sexo.
Nunca debí desear vivir una experiencia así. Ahora ya con el veneno en el cuerpo no había salvación ni antídoto posible. Pero no importaba, deseaba repetirlo y lo haría y más bestia aún si pudiera, para que el placer lo fuese también así, atroz y salvaje.

23.11.12

viernes, 16 de noviembre de 2012

CALLEJÓN MORTAL

Callejón Mortal




La única bombilla que iluminaba, triste y melancólica aquella esquina, asistía día a día, como la esfinge, perenne e impávida, al paso de los que presurosos, pasaban bajo su manto amarillo sucio para alejarse cuanto antes de aquellos dominios inhóspitos y desangelados.
Aquel pequeño callejón en forma de L mal parida, comunicaba de forma anómala dos grandes y céntricas  calles pero estaba sin adoquinar,  sin un mal encachado siquiera de cantos rodados. Cuando llovía se convertía en un barrizal impracticable. Cuando no hacía muchos años aquellos andurriales no eran sino descampados yermos del extrarradio ajenos a cualquier cultivo o urbanización, lo que ahora era un sucio callejón fue motivo de un pleito por lindes entre familias, haciendo de ellas enemigas irreconciliables por un problema de servidumbre de paso. Aquellos escasos metros cuadrados fueron estigmatizados por ambos clanes, de uno por tener que plegarse a los dictados de un juez que les obligaba a dar franqueo a la otra, y ésta que vio como su hijo mas preclaro moría a manos de quien nunca se pudo demostrar que pertenecía a la familia contraría.
Fue la ciudad engullendo campo y más campo, criando feos edificios enfermos de aluminosis, hasta que estuvo en su punto de especulación la zona que contenía aquel paso forzado de lustros y lustros. Se vendieron las parcelas de unos ruinosos edificios en lastimoso estado de conservación y a ninguna de las dos familias dueñas se le olvidó decir en la notaría que sobre aquel sendero en forma de ángulo obtuso no se podía edificar por tener servidumbre de paso quedando huérfano de atenciones desde entonces. La solitaria bombilla enganchada al palo que la sostenía quedó allí como lujo que se olvidó de recoger el operario de una de las obras que la colocó mientras se edificaban los imponentes falos amenazando al cielo y que albergarían innumerables oficinas, quedando conectada la humilde bombilla nadie sabe en qué cuadro de luces. Se apagaba cuando se apagaban las luces de los edificios y se encendía cuando lo hacían aquellos. El consistorio, una vez edificados los rascacielos que no abrían ni un solo hueco, ventana o puerta al callejón, no reconocía la municipalidad de aquel paso y nadie se mostró interesado en demostrárselo por lo que se etiquetó de calle particular quedando al arbitrio e intemperie del destino en todos los sentidos. Cuando la pequeña bombilla se fundiese nadie daría un ardite por reintegrar la débil iluminación a la callejuela, con lo que el desamparado y condenado paso encajonado entre los interminables edificios no sería más que un trozo de pasado salvaje en medio del deslumbrante presente de la gran ciudad y de no más de una vara de anchura. En contraste con la altura de los edificios que le escoltaban, el escaso metro de ancho de la calleja resultaba aún más estrecho con lo que atravesar por ella se convertía en una experiencia opresiva y umbrosa en la que, hasta que se daba la vuelta a la esquina y se volvía a divisar la luz de la otra calle con la que se comunicaba, daba la impresión de ir a ser emparedado sin remedio.

Elvira había llegado a la ciudad desde una localidad cercana bien pertrechada de su master en recursos humanos por una Universidad extrajera de esas de nombre complicado e impronunciable. La empresa para la que trabajaba se ubicaba en la deshumanizada planta cuarenta y dos de uno de los dos rascacielos hermanados por el desfiladero sin nombre. Tenía su plaza de aparcamiento en los bajos del edificio contrario en el que se ubicaba su oficina, por haber sido la última en llegar y no haber otra plaza disponible en su edificio. Para llegar desde su plaza de garaje hasta la entrada de su lugar de trabajo se tardaba, rodeando la torre donde dejaba el coche, unos diez minutos, tales eran las proporciones de las construcciones y la vuelta que era preciso dar, pero si se atajaba por el callejón de la sucia y triste bombilla el tiempo quedaba reducido a tres minutos. Elvira nunca dudaba al llegar o regresar del trabajo en tomar el camino mas largo; le daba pavor entrar por esa ratonera en la que lo más fácil era acorralar a alguien, pero cuando el trafico estaba imposible o se le pegaban las sabanas, los minutos eran como pepitas de oro y no quedaba otro remedio que atrochar para llegar a fichar a tiempo.
Aquella mañana de Enero fue de esas en que la lluvia hacía de la conducción un ejercicio de paciencia  hasta que la desesperación hacia presa en uno y le iba enfureciendo, llegando a trasmutarle en el mas violento de todos los energúmenos. Elvira, ese día veía con horror que las manecillas del reloj mordían ya la hora máxima a la que si no encaraba el ascensor que la llevase a su planta cuarenta y dos no llegaría a tiempo de fichar.
Aparcó su utilitario en la plaza de garaje y a la carrera se dirigió a la calle. No vaciló, sin pensárselo dos veces, casi despavorida, por el miedo a pasar casi a oscuras y por no llegar a tiempo a fichar, enfiló el callejón que a esas horas tan tempranas aún mantenía encendida su mortecina bombilla y con trote vivo se dispuso a sortear charcos para alcanzar con el menor numero posible de salpicones de barro la entrada de su edificio.
No lo vio, la bombilla, no sería de más de veinticinco vatios y la decoraba el polvo de años y encima con la claridad del día encapotado que se atareaba en despuntar no servía para mucho más que para enceguecer. Era un bulto informe cubierto por un ajado plástico, inmóvil, confundido con la basura que en rimero maloliente y empapado se adosaba a la pared junto a la que caminaba ligero, casi corriendo, Elvira. Y sucedió lo imposible.
Intentó utilizar la pared para apoyarse, se raspó la mano, chilló de dolor y sorpresa, se torció la muñeca, dio tres, cuatro pasos trastabillando y chapoteando en los charcos que tan escrupulosa intentaba esquivar y fue a zambullirse en el más grande de todos bien repleto de resbaladizo y fino barro. Levantó la cara para no morir asfixiada. Con una mano se apoyaba en el fondo de la laguna de barro pugnando por no perder apoyo al escurrirse y con la otra se limpiaba los ojos y apartaba el pelo embadurnado que le caía sobre la cara. Los zapatos se habían perdido por el camino y las medias lucían unos bonitos agujeros  por los que se colaba el légamo más sutil.
Resoplando para escupir el barro que había sorbido, y no para enjuagarse, se puso a cuatro patas con la intención de recuperar la verticalidad.
En postura tan airada con las faldas levantadas hasta la cintura, el tanga travestido en braga de barro y la lluvia lavando su carne rotunda del terso y canela trasero sintió un fugaz y repentino deseo. Era una fantasía que siempre había acariciado y nunca se atrevió a susurrar a ningún oído ni en las circunstancias más favorables. Se veía luchando en barro con otra hembra de las de bandera y justo cuando era derrotada con la cerviz doblada y la vencedora pisando su espalda derrotada, el árbitro tomaba ocasión de la disposición de sus muslos entreabiertos poseyéndola ante el regocijo de los espectadores. Fue solo un flash pero suficiente para diluir en la gratificación que le proporcionaba, la contrariedad por el tropezón. Este instantáneo pensamiento le llevó justo a pensar en que cosa habría sido  la que le había hecho tropezar y dar en tierra.
No hizo falta pensar más. Sintió como sus secretos e inconfesables deseos comenzaban a hacerse realidad. ¿Estaría soñando? Una poderosa y sarmentosa mano se le apoyaba en la espalda al tiempo que una garra que le rasgaba la piel de las nalgas le arrancaba el tanga. Una sensación poderosa de vértigo se le instaló en el estomago haciéndole levantar las caderas de forma instintiva para exponer su sexo a la brutalidad del que le arrancaba su ropa interior. Se felicitó de haberse tropezado, le importaba poco la causa de la caída, todas las mañanas pasaría por el callejón, se lo juraba. Empezaba a sentir un calambre que partiéndole de su entrepierna más intima le estallaba en las entrañas levantándola en nubes de algodón suave y perfumado. Emitió un gemido de impaciencia y el dolor del tirón de los cabellos empapados de barro le hizo chillar de sorpresa y dolor. La cabeza se extendió exageradamente a instancias de los tirones que le daban cuando sintió la brutal irrupción en sus entrañas. El embate era bestial, ella estaba empapada por dentro y fuera y así y todo notaba como la reventaban a empujones de un descomunal objeto de un carnoso acero, duro y vigoroso.
Se estaba cumpliendo su fantasía y superándola. El gozo era ya inenarrable, estallando en estrellas de color cuando algo raro, en lo que nunca había podido pensar se produjo. Un cosquilleo en la garganta, un hormigueo frío y ligeramente inquietante y luego un río extrañamente caliente y consolador que le bañaba el pecho. Estaba mareándose, del éxtasis sin duda. Quiso chillar de placer y solo alcanzó a escuchar un gorgoteo que salía de su cuerpo pero que no podía reconocer como su voz, las fuerzas comenzaron a abandonarle, pero no dejaba de gozar a pesar de todo. La vista se le nubló y el chapoteo de las gotas de lluvia en los charcos comenzó a alejarse como si fuese ella la que se elevase y dejase el suelo de ser su apoyo. No podía, ni en sus mejores sueños, sospechar que se pudiera experimentar tanto placer, tanto, que hiciese llegar a perder el conocimiento. Lo que le extrañó fue el que estando a punto de caer sumida en el más dulce de los sueños quiso creer escuchar una desagradable voz que le gritaba al oído:
-          Pedazo de guarra, a ver si tienes coño de despertarme mañana con la garganta rebanada.
En el punto que perdía el conocimiento del todo quiso creer que lo escuchado pertenecía a parte de una pesadilla que se iniciaba al coger el relajante y placentero sueño producido por el más dulce de los orgasmos. Elvira cerró los ojos y se abandonó a la muerte dulce.
El vagabundo se levantó del suelo propinando un despectivo empujón al cuerpo inerte de Elvira que se llegó a confundir medio sumergido con el fango del charco. Limpiando la hoja de su navaja cabritera en los harapos empapados que le cubrían el desarrapado ganó la calle atestada a esas horas de coches que pugnaban por llegar a su destino. No había llegado a gozar como con las ovejas, cuando era pastor, pero al menos le había dado una lección a aquella imbécil por importunarle.

16.11.12 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

CARTA DE AMOR

Carta de Amor


Queridísima Rosa, me he enterado por la calle y no he podido reprimir le tentación de escribirte al fin, ya que no tengo valor para ponerme delante de ti sin que pueda derrumbarme al verte tan cerca otra vez o al comprobar que no me recuerdas.
¿Cuanto tiempo ha pasado?, ¡que más da ya el tiempo!. Aún conservo el olor a lavanda, a espliego, a gloria, de tus cabellos enredados en mis manos que solo querían arrullar tu cabeza con sus caricias, ese cabello castaño, fuerte y ensortijado con ese bucle grande que tanta rabia te daba, ¿te acuerdas?: “O lacio o rizado, pero esto...”, y me mostrabas la melena entre tus dedos, la que yo volvía a besar una y mil veces haciéndola resbalar por mi mejilla imaginando que desparramada en el tálamo la acariciaba sin pausa ni cansancio.
Ha sido un suspiro de eternidad que ora me enloquecía, ora me irritaba o me desesperaba hasta desear la muerte. Hoy agradezco a los dioses que me hayan condenado a vivir porque puedo estar emborronando de amor este papel para que lanzado como dardo te alcance el corazón otra vez como aquella en el río. ¡Que niños éramos y cómo crecimos de repente!. Te asustaste de tus mismos deseos y al verte la expresión me asusté de mi mismo porque tus deseos eran los míos, pero pudo mas la pujanza del amor..., si, era amor Rosa, ahora podrás reconocerlo al fin. Aún sueño con aquella orilla, entre juncos y papiros donde nos convertimos en dioses por una eternidad entera empapados de sol, enardecidos de agua fresca y limpia. ¿Has vuelto por allí?, seguro que si, aunque no hayas podido compartirlo con nadie porque era solo nuestro. Yo no pude volver, ya sabes..., mi padre se puso como loco, creyó una vez más, que en lugar de un hijo no era mas que un paquete de acciones que debían producirle rendimientos. Pudieron desterrarme y no se lo pensaron, pudieron castigarme y vaya si lo hicieron, pudieron hacerme barbaridades y aún hoy sufro las consecuencias, pero no consiguieron arrancar de mi corazón ese dulce veneno que me inoculaste aquella tarde, que nos inoculamos, porque nadie pudo hacerme creer las mentiras, las calumnias que te levantaron, cuanto mas inverosímiles, más bizarras, más me convencían de que seguías viviendo solo para mi.
Pero, por Dios, que importancia podía tener que mi padre fuese..., o el tuyo..., ya no tiene relevancia, nos separaron los cuerpos y a mi me convirtieron en un autómata sin alma, ese alma que se quedó junto a ti, para siempre, como yo me llevé el tuyo.
Se me quedó grabado en el sentido tu risa grácil y fresca cuando aquella infausta tarde de nuestra separación me viste llegar cojeando y renqueante a tu casa. Me dijiste que estaba gracioso con el contoneo que le daba a la marcha. Aún me duele cuando cambia el tiempo el tobillo que me torcí al saltar del balcón de mi habitación para ir en tu busca. Siempre desee desde entonces que hubiese nublado, ¡con lo que me gustaba el sol!, ¿recuerdas?, porque la molestia me traía a la memoria aquella última tarde en que nos vimos. Nunca te lo dije, pero me volví loco cuando mi padre, revestido de toda la razón que le daban sus dineros a espuertas pontificó aquella tarde que me iba a Londres a estudiar. Te dije que no tenía importancia para que no sufrieras pero... Tu imagen se me deshizo en la cabeza, se me congeló el corazón y la garganta fue el vertedero de la arena del desierto. Se me aflojo la vida y me orine de miedo. Se me confinó en  mi dormitorio hasta la salida a la estación. No me lo pensé, me lancé por la ventana sin sopesar que nuestra casa era de estilo colonial y un primero valía por cualquier tercero. Se me torció el tobillo y aún hoy me hace cojear, pero no me importa, eso ha mantenido viva la imagen de aquel postrer encuentro. Lo recuerdo con todo detalle, aún permanece en mi cerebro la sensación de olor a jabón y almidón fresco, el reverberar de los rayos del sol filtrándose por los visillos de tu cuarto en el turquesa de tus ojos, el vibrar de tu risa con el encanto y delicadeza de la celesta, la suavidad de melocotón de tu piel limpia y morena y el arrebolamiento de las mejillas firmes, cálidas y sinceras.
La delicadeza con que tus manos acariciaron las mías no se me ha olvidado en todo este tiempo y los vellos se ponen en pie cuando rememoró el roce de tus labios en los míos aquella despedida cruel a la que nos forzaron. No creas que la distancia pudo con mi amor. Se que te visitaron para hacerte perder cualquier esperanza. Mi padre cometió la felonía. No se que te dirían pero tus cartas se interrumpieron. Se que no creíste nada aunque te viste obligada a suspender la espera. Nunca, ni en los momentos de mayor desesperación te culpé de nada. Las tres cartas que recibí las memoricé y eran el estimulo que me permitía arrastrar mi árida existencia en el Reino Unido.
Ha pasado el tiempo ya lo se. Te casaste, ¿que otra cosa podías hacer?. Me casé..., fui débil, no debí rendirme, no yo..., pero nunca te olvidé. Se casó mi cuerpo, con el que consumé el contrato, porque solo fue eso, un contrato; mi alma siguió siendo tuya y aún hoy es tuya por eso nunca perdí noticia de tu vida, ¿cómo se podía olvidar la razón de la existencia?. De haber olvidado tu calor, la entrega en aquella bendita orilla emboscados entre los juncos, tus besos, tu orgasmo que no acababa, habría muerto de asfixia por falta del aire de tus suspiros, de inanición a falta de la comida de tus labios, el descanso de tu sexo me permitía dormir cada noche. Sin ti mi amor yo no soy nada.
Y como me era imposible continuar existiendo sin ti, sin verte, te espié. Fue un viaje tedioso y largo desde Londres, pero mereció la pena. Perdóname, pero me aposté entre las flores de la plaza del mercado y esperé hasta que apareciste con tu cesta pero sin valor para darme a ver, sabía que estabas casada ya y no quería añadir a tu sacrificio más dolor, sabiendo que tu honestidad te impediría seguirme pero te desgarraría el corazón y a mi me llevaría definitivamente a la desesperación del suicidio. Estabas magnifica con tu uniforme negro y tu delantal blanquísimo llevando de la mano aquel niño, que por su conducta caprichosa y detestable no podía ser mas que un niño de la casa consentido y maleducado, que con lo buena que tu eres seguro que te esclavizaba y te hacía penar y me sangraba el corazón viéndote intentar convencerle de que no se soltase de la mano y te acompañase. Seguías con tu misma cintura de avispa, tu seno generoso y las caderas acogedoras que temblaban bajo mi mano cuando conseguían medirlas con la firmeza del gesto cariñoso que palpaba la dureza de tu carne. Y alcanzaba a ver el bronceo de tus torneadas piernas que imaginaba como ascendían cual columnas de un templo dedicado al amor mas enloquecedor juntándose en el cielo del placer, aquel, que imposible de imaginar, experimenté mientras era cosquilleado por los juncos doblegados bajo el peso de nuestro amor. Tuve que reprimir el ímpetu juvenil que me empujaba a salir del escondite tras los nardos y raptarte en un arrebato, para perdernos en lo mas profundo del olvido del dolor que suponía la separación que nos acongojaba en la ignorancia de la infelicidad mutua.
Siempre creí en ti pero..., no hay nada peor que la murmuración. Nadie me dijo directamente nada de ti, les habría partido el alma pero dejaban caer frases sueltas cuando sabían que yo escuchaba y consiguieron sembrar la cizaña en mi confianza. Tenía que verte, mirar a tus ojos y ver si ese color turquesa se había enturbiado con el fango del tunanterio en que todos parecían coincidir que te habías engolfado. No tuve mas que mirarte entre aquellas varas en flor para saber que todo era una asquerosa mentira urdida para apartarnos. ¿Qué clase de aversión podía tener mi padre por ti?. Es mi padre, si, pero se merece mi maldición por eso.
Cuando aquel tiranuelo te dio esa patada en la espinilla porque te negabas a soltarle de la mano, se me subió la sangre a la cabeza, se me tiñó la vista de rojo y quise abalanzarme. Sentí yo el dolor en lo mas profundo de mis entrañas, quise vomitar de rabia y salí de mi encelada pero al tropezar con una maceta me enfrié en mis ansias de venganza y no debí enfriarme, quizá si..., ya no tiene solución. Yo ya tenía novia, una inglesa colorada y de pelo color panocha, no era mala, resultó borracha al final, como todas estas y me abandonó por uno de su calaña, yo no trasegaba lo suficiente para su gusto al parecer y tu tenías al Antonio, buen chaval, aunque un poco brutote, pero de haber salido de mi escondite y haberte abordado habríamos terminado juntos para siempre y hoy no estaría escribiéndote estas líneas.
Para cuando me había disculpado con la dueña de los nardos tu habías desaparecido en el tráfago de la plaza y no volví a verte ya.
Todavía es hoy, ¡ha llovido, Dios mío!, y no me explico como nada mas verte, en lugar de irme para ti, llenarme de tu vida, beberte con mis ojos y arrebatarte de esa vida de macuma uniformada que me hería el alma, decidí emboscarme para espiarte de lejos. Caí en la depresión mas inmisericorde. No era hombre para arrancar de mi memoria esa imagen de caderas basculantes sostenidas por dos pantorrillas perfectas con ese bamboleo de las faldas que incitaba a especular con el roce de los muslos cerca la humedad mas dulce, de la oscuridad rasgada a orilla de aquel río ya imposible.
Me negué a comer. Aceptaba hacerlo si eras tu la que me daba la comida de tu mano..., y tu estabas lejos, en otro mundo, en otra vida. Había ya decidido morir si no podía vivir contigo, dejarme llevar de la nostalgia para apurarla como una fruta pasada y desagradable como tu ausencia, pero dulce como la promesa de la muerte que me liberaría dolor de no poder tenerte, de no poder ser en ti, entrar en ti, ser solo uno contigo, mi Rosa. Y una vez mas mi padre con el dinero, que es capaz de corromper hasta la misma muerte, que para él es la sangre que vivifica su corazón quiso solventarlo todo, como si quisiese rescatar una joya pignorada, o levantar el embargo de una propiedad, que a la postre era lo que yo era para él, su propiedad y por eso me llevó a aquella clínica carísima donde me tendrían que curar de mi tristeza maligna, que para eso invertía su peculio en ello.
A la primera descarga el universo entero estalló en miles de estrellas en mi cerebro y cada una de ellas llevaba tu cara. Cagué, meé y eyaculé todo a la vez, me sentí sucio y desgraciado y esa, decían, era la forma de rescatarme del laberinto del minotauro de la tristeza. Me dejó maltrecho para días y cuando me recuperaba a fuerza de recordar tu risa, de cegarme con el fuego de tus ojos y la dulzura de tus labios me desgarraron con mas descargas eléctricas y luego mas y mas hasta que me hicieron olvidar quien era yo, pero no consiguieron hacerme olvidarte a ti, pero le hice creer que si, para que dejasen de torturarme. Al cabo de trece meses mi padre dio por recuperada en forma de salud de su hijo la inversión efectuada y volví a mi casa. La británica había decidido abandonarme por su compatriota, mas borracho que ella y me alegré. Creo que eso fue lo que me rescató de la profunda depresión, porque en contra de lo que suponía mi padre las libras esterlinas de la muchacha no consiguieron ocultar a mis ojos su afición a la ginebra. Casi sin querer aunque no sin dolor, la situación se había reconducido al lugar que nunca debió abandonar: mi soledad, que consagrase mi vida a tu devoción, a no olvidarte jamás.
Corrieron los días, pasaron las estaciones; una persiguiendo a la otra, porfiando por adelantarse, y lejos de diluirse mi amor en el océano de lagrimas y soledad en el que me vi arrojado se recreció hasta tomar proporciones de rambla presidiendo cada acto, cada resuello, cada segundo de mi detestable vida.
Me había resignado. Había desistido ya de poder volver a verte, olerte, emocionarme con tu leve parpadeo y saborear el aleteo de todas las mariposas primaverales en el estomago al estimulo de tu mirada cuando sentí el galope del corazón al escuchar tu nombre como protagonista de la desdicha, el infortunio de verse abocada a la perdida y la soledad. Experimenté sentimientos encontrados. Sufrí por ti que debiste saborear la amargura de la muerte de tu marido sin que nadie estuviese a tu lado para aliviarte de la carga; también se que no llegaste a tener hijos, el primero se te malogró y te dejaron hueca, ya sabes que te he seguido a pesar de todo y siempre he sabido informarme de todos tus avatares. Pero además de la punzada del dolor porque tu sufrías, mi corazón brincó de gozo sabiendo que estabas libre y que quizá pudiéramos..., y se me viene a la memoria aquel día en la ribera. ¿Sabes?, tengo en la nariz, como si los años no hubiesen pasado, en realidad para mi amor no ha pasado, el olor a tierra húmeda, la tibieza de la primavera besándonos a los dos en la piel, haciéndonos añadir gozo a nuestra sensualidad y la frescura del agua lamiéndonos los pies mientras nuestros cuerpos ayuntaban enardecidos de fiesta.
No he vuelto a verte desde aquel día en el mercado y no se que pasaría si me pusiese delante de ti. ¿Me reconocerías?. Has estado existiendo dentro de mi todo este tiempo y no se si tu has pasado por el mismo calvario de añoranza y nostalgia que yo. Quizá todo esté en mi cabeza y no sepas, no te acuerdes, te produzca indiferencia o temor, mi presencia.
Creo que no soportaría que no te acordases de mi, por eso aun no se si esta carta llegará a su destino. Cada vez se me agiganta mas el terror pánico sobre mi cabeza por que puedas desechar la carta con un “chalado de atar”, y revolees la carta donde no sea mas que un papel viejo inservible. El sonido de la siringa mágica del fauno me enloquece y prefiero hacer oídos sordos a palpitos inconvenientes y pesadillas espesas. Es impensable, no barajable siquiera en mi imaginación mas desbordada la posibilidad de que hayas olvidado mis ojos en los tuyos, mis manos adorando tus caderas, nuestros labios provocando la energía del rayo cuando se rozaban, no es posible que tu cuerpo haya olvidado el peso del mío, ni su ardor, ni su amor, en mi es tan presente que me niego a pensar que en ti no quede ni rastro de nuestra vida eterna, porque eterno era el amor que nos jurábamos y eterno sigue siendo en mi.
No ha pasado un día, una noche, un minuto en que tu semblante no haya iluminado mi existencia, haya guiado mi camino. No tengo un solo retrato tuyo pero no me ha hecho falta, tu imagen en mi cabeza es mas real y nítida que cualquier pintura así la hubiese realizado un Velázquez o un Goya, porque en esa imagen que bulle viva en mi cabeza no solo están tus rasgos, está tu risa limpia y franca, tu aroma a limpio y añil, tu pelo, ese cabello de bucle grande ondeando cuando corrías a mis brazos al encontrarnos en esa siempre omnipresente y siempre nueva orilla del río donde nos consagramos el uno al otro sin mas oficiante que el aire terso y ligero del levante ni mas testigos que los pececillos, que los papiros y los juncos doblados bajo nuestro levísimo peso, porque era tal el amor que allí se destilaba que flotábamos mientras nos amábamos sin reservas ni limites.
Cuando me dijeron que habías enviudado algo saltó en mi corazón. Nunca habría imaginado que se te fuese a morir el bueno de Antonio, tan sano que parecía, pero es como si la parca se hubiera apiadado de nuestro lejanía y quisiese allanar obstáculos para nuestro reencuentro. No se hasta que punto estarás con ganas de retomar nuestra relación donde nos la robaron sin misericordia alguna; eres tan buena que seguro te gustará guardar el luto oficial, pero a pesar de ello te escribo esta carta, no tan larga como hubiera querido yo, que interminable tendría que haber sido, pero suficiente para que sepas que no estás sola, que sigo aquí para ti, como siempre. Todo el tiempo transcurrido no es nada ya, el sufrimiento de tu ausencia se borró. Palpo, huelo tu presencia, cierro los ojos y hasta soy capaz de tocar el terciopelo de tu piel con mis dedos. Cuando leas esta carta se que se te erizarán todos los vellos del cuerpo y quiero que te olvides de esos ochenta y dos años que has cumplido para que yo pueda hablarte ahora que vuelves a ser libre. Desde mis ochenta y cuatro algo achacosos te digo que estarás tan bella y lozana como siempre, quizá el pelo algo mas plateado como signo de que has ganado en valía a lo largo de estos pocos años en que hemos estado separados a mi pesar..., ¿al tuyo también, amor mío?.
Solo de pensar que voy, en breve, a volver a tomar tus manos, finas y delicadas entre las mías me hace temblar como aquel adolescente que en la Alameda del Río se llevó la primera bofetada de su vida cuando se acercó a la muchacha mas bella que paseaba el cuerpo mas gentil de todo el pueblo. El roce de tu mano en mi mejilla por mucha fuerza que llevase esa mano al bosquejar la caricia, me dejó tan a tus pies como ahora me hallo, que veo cerca el encuentro para poder dar cumplimiento a la tendencia de mi corazón que es el mandato de, sin dilación, unirme a ti.
Quizá pienses que ya no tenemos edad. Hablar de la edad querida mía es como hablar de la verdad, ¿quién puede decir lo que es?. Lo mismo que lo que nos esforzamos por llamar verdad no es mas que otra forma de mentira, la edad no es sino otra forma de medir nuestra impaciencia por saber si realmente seremos inmortales o acabaremos rendidos a esa mentira que es la gran verdad de la vida: la muerte. Dirás que han pasado años y años pero medítalo bien, porque para mi esos años y años que tanto te aplastan, que terminan por dejarte inmóvil como se quedan los muertos, esos años para mi, repito, solo han sido sufrimientos y angustias que me han ayudado a continuar avizorando el horizonte por si se hacía la luz, esa luz que es tu mirada y tu sonrisa amplia y sincera; y ya ves, ese momento ha llegado y me alegro por lo que he pasado porque ahora puedo por contraste saber que lo pasado se justifica solo por este momento en que intuyo como una posibilidad real el que puedas volver a acariciarme y susurrarme al oído como aquella gloriosa tarde, que me quieres. Nada tiene que ver el amor con las hojas del almanaque que inexorables caducan día a día. El amor nace de la inmortalidad del ser y por tanto inmune a su contingencia. Mi amor, Rosa sigue siendo el mismo amor de adolescente que nunca pudo llegar a desarrollarse porque a fuerza de oro le detuvieron, como se detiene a un subversivo, con alevosía, casi con nocturnidad, con escalo, el mío, arrojándome del balcón para reunirme contigo, sin darle tiempo ni a coger la camisa y así han mantenido ese amor insolente, irrefrenable, insobornable, durante toda una vida, pero no han conseguido matarle, porque yo me he encargado de alimentarle, mimarle y no dejarle caer en el olvido.
Como si fuese el imberbe que te robó el corazón junto al río hace unos minutos aunque a ti te hubiesen parecido años, te esperaré en la acera de enfrente de tu casa. Cuando hayas leído estas letras descorre los visillos y mira al otro lado de la calle, quizá el que veas esté algo cambiado y no reconozcas en él al muchacho cojitranco que llegó jadeante a contarte la tropelía que su padre iba a cometer con los dos, conmigo sobre todo pero contigo también. Pero no te quedes en la piel, que si, puede cambiar algo; mira mas dentro, utiliza los ojos de tu corazón y penetra esa piel ajada a través de mis ojos y te sorprenderá ver que sigo dentro de esos ochenta y cuatro años y que aún podemos vivir una eternidad de felicidad, porque un segundo de mirada intensa de deseo total del otro vale por todo un universo infinito que nunca tendrá fin, aunque se acabe por trasformar en cenizas.
Ya acabo estas mal hiladas frases con las que he querido refrescar de mi memoria imágenes de las que he podido sobrevivir en esta tumba negra que ha sido mi absurda vida sin ti. Vuelo a tu casa a esperar que se mueva ese visillo y al descorrerse se inaugure una nueva era. No quiero ni imaginar que nunca desvelarás la cortinilla dejándome en la incertidumbre de saber si es que ya no te acuerdas de mi y piensas que un loco está haciendo de las suyas o es que acordándote no quieres saber ya nada de mi porque nunca fui para ti mas que una aventura de primavera bajo la luz cegadora del levante. Y así y todo quiero que sepas que siempre, siempre te querré como nadie jamás pudo pensar siquiera en quererte.

14.11.12

lunes, 12 de noviembre de 2012

NO ES MAS QUE AMARGURA

No es mas que amargura


Doy por perdido el juego
Ya no espero que te mueras
Me conformo si me muero
Y ya se hace larga la espera,
Porque el cuerpo se resiste,
La mano vacila inquieta
Para al final derramar,
Por los suelos,
Ilusiones y esperanzas
Junto a venenos piadosos
Que sin coraje no escancias.
Brebajes de mala hechura
Que no se pueden tomar
Resignándose a los restos
A escucharse los reproches
Que solo son de recordar
De cuando joven reía,
Y de maduro me holgaba
Con todo lo que encartaba
Mientras tú te desgastabas
En limpiezas y bobadas.
Ya no puede ser más triste,
La imaginación se desgasta
El cuerpo se desbarata
Y vives por las pastillas,
Aunque a fuer de bien nacido
Se tenga que agradecer
Que la vista es lo que queda
Y por la calle mirar
Lo que te hace olvidar
Esperando que algún día,
(No lejano)
En lugar de morir yo de mala gana
Lo hagas tú en la próxima semana.

12.11.12

domingo, 11 de noviembre de 2012

LA MUERTE MAS DIGNA

La muerte mas digna


El sol se desplomaba de lo alto con pereza indiferente, castigando sin culpa la tierra, que sin quejarse, se agrietaba a medida que la humedad se escapaba de entre sus dedos de barro. Gruesas perlas trasparentes y saladas de tersa superficie brillante reflejando mil  soles en su convexidad, rodaban por la frente evitando, a base de voluntad los surcos que el tiempo se había entretenido en tallar sin prisas en la piel del desesperado Set, estrellándose en los cilios de la cejas por entre cuyos tallos se dividían en multitud de regatos que iban confluyendo al termino del bosque piloso para volver a reencontrarse en gruesas gotas que eran conducidas hasta la raíz de la nariz y resbalaban por su caballete hasta que llegando a la punta, antes de despeñarse, se aferraban con fuerza negándose a caer hasta acostumbrarse al vértigo que les producía el inminente salto al vacío al termino del cual el reseco suelo esperaba ansioso  recibir esa sola gota liquida.
Sin atreverse a mirar fijamente el disco reluciente, del que le defendía su tosco sombrero de fibras, entretejidas por las toscas manos de las mujeres, de reojo, le reprochaba su contumacia en calentar, en hacer arder, en inflamar la superficie de la doliente tierra y a todos sus habitantes. La brillante luz conseguía que en lontananza la extensión infinita de la tierra se asemejase a un inmenso espejo de bruñida plata que resplandecía simulando que el aire danzaba sobre su planura figurando bailarines trasparentes de algodón.
La tierra ígnea le quemaba las plantas de los pies traspasando las durezas callosas que tantas veces le defendían de la crudeza del campo y le obligaba a caminar sin pausa para poder levantar los pies del suelo y aliviar la quemazón alternativamente. No podía quedarse quieto ni reposar unos instantes, no había mas sombra que la que proporcionaba su cuerpo y no era para cobijarse en ella. Los labios resecos y cuarteados ya no se suavizaban con la saliva que demasiado espesa decoraba las comisuras que querían aparecer como si fuese el pico de un gorrión reciente.
Miraba y remiraba a lo lejos intentando atisbar con ansiedad una imagen que sugiriese verticalidad, algo en pie que no deseaba ver pero que buscaba sin reposo. Nada, todo era horizontalidad, solo él era vertical y de seguir el sol castigando de esa mala manera ni el rompería con la monotonía de la meseta. Pero la voluntad era mas poderosa que el desanimo y la ausencia de fuerzas, y era el motor que le empujaba una pierna detrás de la otra con la única consigna de seguir, seguir y seguir, hasta que el postrer aliento coincidiese con el último paso.
A medida que pasaban las horas el sol se iba ablandando en su iracundia para con la tierra dirigiéndose con paso lento y firme hacia el horizonte, a regañadientes, roneando de poder y alardeando de misericordia, pero marchándose sin remisión. La temperatura de la tierra se fue moderando y el gelatinoso horizonte fue haciéndose cada vez más nítido y violeta. La sombra, que pertinaz primero, le precedía, ahora le perseguía demorándose más y más, alargándose y difuminándose. Donde antes sentía calor insoportable encontraba ahora escalofríos que le aterían. El sol se fue acostando definitivamente detrás de la raya lejana desparramando rojos y bermellones por el cielo hasta que los trocó en azules ultramar metálico para teñirlos por último de negro definitivo y opaco. Y el frío se enseñoreó del aire y la carne de Set tiritó protestando por el castigo.
Por mucho que miraba a lo lejos ya no distinguía nada. Ya no había ni horizontalidad ni verticalidad, simplemente no había más que la conciencia de que él seguía existiendo. Le pareció que comenzaba a caminar sobre espuma y sintió vértigo. Ni un ruido, ni una luz, ni el vuelo de un mosquito, nada. Creyó al fin no existir de tanta quietud. “¿Así será la muerte?”, pensó. “¿Estará ya así mi padre?”, se preguntaba.
Sin resguardo ni cobijo recordó lo que tantas veces le habían repetido, “los hombros contra el viento, si no, te cogerá los resuellos y se acabó”. Se acostó donde no veía, como le habían dicho, se acurrucó y tiritando quedó dormido porque el agotamiento pudo más que el frío. En un último pensamiento sopesó la posibilidad de morir allí aquella noche, pero no le importó. La extenuación de todo el día, bajo el sol de hierro le exigía cerrar los ojos y dejar que la naturaleza impusiese su ley, si había de morir quizá tuviese que ser así como se reencontrase con su padre.
No le dio crédito y debería no haber hecho caso nunca a su mujer, que sabía que no le tenía ley. Cuando le vio salir con la soga agarrada con toda la furia que le permitía su decrepitud hizo caso a su mujer y espero impaciente el momento de verle regresar abatido y resignado. Pero su mujer se había equivocado, como en casi todas las cosas que se referían a los asuntos de los hombres en los que la honra y la dignidad están comprometidas; “Nunca debí prestarle oídos, ¿ella que sabe de orgullos de hombre herido?, las mujeres son practicas, los hombres carne de honor o no son”, se repetía una y otra vez mientras el cansancio y el sueño luchaban, venciendo, contra la tiritona del frío de la estepa.
Aullidos muy lejanos, entumecimiento de la carne y una sensación de nausea mas fría que el amanecer instalada en la boca del estomago hizo abrir los ojos a Set. Estaba helado. Se levantó y comenzó a dar patadas al suelo como si quisiese despertar a todos los espíritus de la tierra que le ayudasen a buscar a su padre. Miró a levante y ya el temible sol lanzaba el heraldo de su llegada mediante brochazos de azul oscuro en lo que mas tarde se pintaría de línea de horizonte. Se echó a caminar con el pellizco del hambre en el estomago y la turbación de divisar algo enhiesto sobre la tierra. Tierra dura y sin concesiones, intransigente, no quería por encima de ella más que el cielo y pugnaba desde hacía siglos con el hombre porque se levantaba cada día hollándola sin su permiso. Desierto de piedra y pena al que sacaba algo de leche a base de mantener cuatro cabras de los pocos matojos que medraban en tanto baldío.
Cielo y tierra y dos jornadas de camino. Nunca se había alejado tanto de la choza y nada en el horizonte más que los fantasmas que le acosaban sin piedad haciéndole ver ahorcados donde no había más que aire elevándose en columnas ligeras inducidas por el calor del sol. Espejismos. Miró a lo alto y tanteó el odre. Un escalofrío le paseó la espalda con descaro. No necesitaba medidas, al tanteo sabía que o regresaba ya o no quedaría agua para la vuelta. Indeciso vaciló. La desesperación, la angustia y el amor a su padre le aguzaron la vista. A lo lejos, muy, muy lejos se divisaba un bulto, “no, son imaginaciones mías”, le intentaba convencer el instinto de conservación que le halaba a su casa intentando evitar que su terquedad le convirtiese en una huesa más de tantas que se había encontrado, blanqueada al sol. Pero la llamada de la sangre, la obstinación o la inercia le hicieron continuar con la vista puesta en aquel montón de algo inmóvil, informe, desdeñable y feo pero que cómo la antorcha atraía todos los insectos le atraía a él hipnotizándole. ¿Terminaría quemándose él también, como los bichos?
El sol volvía, irrenunciable en sus prerrogativas, a calcinar los huesos. Ni una nube, ni una sombra, insolación impía como el corazón de un tirano que no le enternece la lágrima ni el alarido del condenado. Pero el fardo seguía en el mismo sitio agrandándose a cada paso. Primero era oscuro, luego grisáceo y ahora pardo con ciertas formas que en la cabeza de Set se organizaban para convencerle que su padre se encontraba en forma de paquete inerte y roto en medio de la nada.
Cuando la cercanía a lo que irremediablemente no podía ser mas que una persona tirada en el suelo, acurrucada como un perro miedoso le convenció que su padre había sido encontrado, la emoción regeneró sus piernas que olvidando el agotamiento de los días precedentes, casi sin comer y ahorrando cada gota de agua, se lanzó a la carrera como si ya los segundos fuesen preciosos para conservar la poca vida que se le antojaba le quedaría al padre. Finalmente llegado al lado del bulto comprobó que una persona que se parecía tan extraordinariamente a su padre si no fuese por el aspecto de cadáver todavía respiraba trabajosamente pero amenazaba con dejarlo de hacer de un momento a otro. Al lado del tronco seco y derribado de lo que tuvo que ser un gran árbol se encontraba agazapado. A un lado, pero sujeta con fuerza, una cuerda yacía ajena a la tragedia del anciano y la angustia del hijo que le buscaba.
Se tiró materialmente a su lado y con la ternura del amante lo hizo reposar en su regazo acunándole y meciéndole mientras derramaba lágrimas de dolor maldiciendo a los dioses y estremeciéndose de miedo por hacerlo. Le cubría de besos que se estampaban en la reseca piel y los cuarteados labios ensangrentados. Con toda la delicadeza de la que era capaz con sus manazas, le derramó unas gotas de agua sobre la boca entreabierta lo que tuvo la virtud de hacer que el viejo entreabriese los ojos.
Estuvo durante largo tiempo taladrando con su seca mirada la húmeda mirada del hijo dándole cuenta de su drama. Lamentaba no haber encontrado el árbol vivo; sabía que no había ningún árbol donde echarse la soga al cuello por los alrededores pero confiaba que existiese uno que vio cuando de pequeño se extravió y su abuelo le encontró explicándole que aquel gran árbol era el único que quedaba después de que la locura de los hombres acabase con todos y dejase paso al reino de la sed y el calor. Fue en su busca para poder poner fin a sus días con dignidad y no pudo. Ahora ya ni eso, ni árbol que acogiese la dignidad del hombre que decide su final. El hijo lo entendió y amó a su padre hasta el punto más trágico. Tanteó el odre y sopeso las posibilidades de volver con su padre donde sus hijos pudieran algún día rendirle el servicio que él, con el mayor dolor, con toda la ternura y la responsabilidad del hijo amante iba a rendir a su padre.
Abrazó al viejo con todas sus fuerzas y le pidió perdón. El viejo abrió sus ojos otra vez pero está ocasión saltaban de alegría. Con un gesto indicó a su hijo que se acercase y al hacerlo le dio el beso más cálido que jamás hijo alguno pudiera recibir perdonándole de esta forma, liberándole del tabú y agradeciéndole el gesto.
Con dolor, amor, decisión y ternura rodeó con sus fuertes manos el enjuto cuello del anciano que con un parpadeo suave dio a entender que estaba preparado. Fue un movimiento rápido y vigoroso. Set apretó el cuello de su padre hasta que este emitió un ruido sordo y desfalleció. Con el cuidado con que se trata a la esposa recién poseída dejó reposar el cuerpo glorioso del padre en el sitio donde su abuelo años atrás le encontró. Al lado del último árbol, el que se fue a buscar para que le ayudase a terminar sus días. El le velaría con su esqueleto de madera seca.
Ya no volvería la vista atrás. Ahora él era el jefe del clan. Haberse dejado llevar de sentimientos de debilidad y haber cargado con él habría supuesto la muerte para los dos, algo que el grupo no habría podido soportar. Estaba orgulloso, su padre había muerto de su mano, no a dentelladas de cualquier alimaña. Había recibido la muerte de quien recibió la vida de él, de su hijo. Su padre estaría, donde estuviese, orgulloso de él.

11.11.12

REMORDIMIENTO

Remordimiento


¡Qué duro es saber!, ¿porqué quisiste la verdad?, cuanto mejor no es mantenerse en la ignorancia que anestesia los sentidos y ahorra dolores y penas. Y no me refiero al afán de saber inocente por acumular conocimientos, es a otro tipo de interés por saber cosas de las que hablo, son esas que interesan por morbosidad, por riesgo, que a sabiendas de que pueden hacer daño, intrigan hasta el punto de consentir en restregarse en sus espinas agudas, como lo es la realidad, para escandalizarse después  por las heridas que infringen. ¡Y que clase de atracción produce ese saber!, se persigue, se busca a tientas si es preciso, hasta encontrarle, abrazarse a el y no soltarle ni cuando se hunde en el mar de las dudas, se une tu propio destino al suyo y se cierra los ojos a cualquier otro modo de explicación que no sea la que ahoga en pena. Da la impresión de que se busca el vértigo de la congoja y la aflicción más que la serenidad del placer sosegado y tranquilo, ese del niño al que solo interesa sorprenderse de cada paso que da.
Todavía resuena en mis oídos la pregunta aguda como un punzón, cortante como un machete, hiriente como el desdén. “¡Dime la verdad, aunque duela, dímela!”.
¿Qué te impulsaba, Cristina, a desgarrarte la garganta, preguntando, con miedo, temblándote la barbilla si, pero con determinación? No guardabas ya memoria de nuestros días despejados, cálidos, de cielo azul, de brisa bonancible porque de pronto nos encontramos en medio de un temporal de poniente, ese que encrespa las olas y  provoca el pánico por la violencia desatada, la misma con que amenaza un mar de leva que se traga falúas y hombres sin inmutarse, distante. Un techo de nubes negras, como los presagios que despertaban tu pregunta, se cernía sobre mi cabeza jurándome descargar el diluvio mesopotámico para ahogarme en explicaciones que cuanto mas farragosas, más increíbles, más agonizantes. Llorabas, mi buena Cristina, desconsoladamente, con los ojos como dos tajadas de asadura de tanto penar, pero terca, no cejabas en tu pregunta al tiempo que, acabándosete el poco tiempo que te concedía la impaciencia, levantabas los manos bien cerradas estrangulando el aire que te envolvía y amenazando con sancionar mi silencio con unas buenas puñadas golpeando con debilidad  mi pecho. “No te calles, ¡habla ya! Quiero la verdad”.
El gesto demudado, las lágrimas goteándote de la nariz roja como una rosa de sangre de tanto llanto y el corazón encogido, gimiendo, te detuviste a escasos centímetros de mi palidez, de mi cobardía y mi vergüenza esperando mi respuesta. Te iba a hacer daño, bastante daño, y sin embargo asumías el agravio y las seguras resultas de lo que, con toda probabilidad, sabías que tendrías que escuchar. ¿No habría sido más sencillo, más practico, más útil, mirar hacia otro lado?, ¿porque ese masoquismo terco e inútil?, ¿que sacabas en limpio haciéndome sudar, destilar dolorosamente la verdad?
Y a la postre, ¿era la verdad lo que me exigías? ¿No estarías suplicándome que te mintiera? Era, encaramiento desesperado con lo inevitable a buen seguro,  que solo escondía la secreta ambición de que fuese una equivocación en tu sospecha y que todo acabase en un desgraciado malentendido. ¿Merecía la pena decir la verdad o no?, el tiempo se acababa y no estabas dispuesta a esperar mucho tiempo más, aquella tensa situación no podía prolongarse por los siglos. Probablemente Cristina, como dije antes, lo que no querías era saber, por eso exigías la verdad con tanta rabia, con tanta urgencia, para que te la negase. Nunca habías deseado tanto equivocarte.
¡Aunque doliese!, me dijiste. ¿Más dolor? ¿Más aún? Lo se, tu no tienes la culpa, nadie la tiene, pero ¿y yo, la tengo yo? Lo intenté pero, ni tenía vocación de mártir entonces ni la tengo ahora. Nunca entendí esa estética del sufrimiento con la que parece que todo se soluciona y te franquea no se qué puerta a que remota y algodonosa gloria, mediante la purga redentora por el dolor. Me pusiste en bandeja la salida, ¿recuerdas?, y yo me lo creí a pies juntillas, cuando en realidad, ahora lo comprendo, me suplicabas que permaneciese incólume, ¿cómo podía yo saberlo?. Y ahora me pides la verdad. Cuál, ¿la mía, la que tu necesitas, la que te puedo decir o la que sé que acabará contigo antes de que lo haga el perro rabioso que te desgarra las entrañas? Si, no soy mártir, por eso no soporto verte sufrir..., y sin embargo comprendo que lo he hecho; no quieras ahora que confirme tus temores y no solo eso sino que los acreciente, pues quizá la realidad que puedas escuchar supere tus más  increíbles imaginaciones.
Cristina, mi vida, aguanté todo lo que pude hasta que deshecho en angustia, se me diluía en el magma de la desesperación mi pena por ti. De haber sabido tu verdadera intención, entendido tu súplica paradójica, me habría castrado con mis propias manos. No fue fácil, de verdad, no lo fue y ahora tú me pides la verdad. Recuérdalo, tú me empujaste, y no quiero ser cruel. Sería quizá conmiseración por mi quejido mudo, tu instinto de protección o tu exagerada valoración de mis más carnales necesidades, pero, cerraste los ojos, pusiste cara de heroína romántica decidida a morir en el intento y me diste carta blanca. Resistí, Cristina, resistí, más de lo que creí que pudiera, para finalmente sucumbir, con dolor, debes creerme, empujado por tu salvoconducto, con remordimiento y pesar, y no se como contarte esto ahora, porque se que te va a escocer. Comprendo que cuando, como el que se toma una medicina amarga, me abriste la barrera, lo hacías creyendo, ¿sabiendo?, confiando que nunca utilizaría la credencial que me  brindabas, pero..., nunca sopesaste en toda su magnitud mi debilidad. Confiaste en exceso en mi fortaleza y ahora me pides, exiges una explicación a mi debilidad.
Aún recuerdo aquel infausto día, ¿cómo podría olvidarlo? ¿Se olvida el primer beso, la primera cita, esa primera vez tan frustrante y al tiempo tan...mágica? Empalidecí y te miré a la cara, estabas hierática, ausente, aquello no te concernía, aquel agorero se refería a otra persona, solo que nosotros estábamos allí y lo escuchamos, éramos dos entrometidos queriendo enterarse de lo que no les competía, de la desgracia ajena, como diablos cojuelos burlones levantando techos al anochecer. Había resonado entre aquellas cuatro paredes la palabra maldita, la palabra talismán que rebotando en las sucias esquinas buscaba ávida nuestros corazones para abrumarlos con su magia, hasta que impactando en nuestros oídos adquirió el poder de aislarnos de la realidad, para que creyésemos que eso jamás te podría ocurrir a ti, ni a mi, y ni tu ni yo quisimos enterarnos de la trascendencia de la entrevista, ni de lo que allí se dijo. La culpa de tu dolor creo que fue mía, tu habrías pasado de puntillas sobre el asunto, ignorándolo, siendo inocente y feliz hasta el final en esa ignorancia que ahora quieres abandonar, ¿para qué, para que vuelva a hacerte sufrir? En aquella ocasión, lo que te arrebató la felicidad y te entregó a la desagradable y cruda realidad fueron mis lagrimas derramadas, por debilidad, delante de ti, confirmandote bien a mi pesar, que la persona de la que se habló en aquel desangelado despacho no era otra que tu.
Te lo tengo dicho, el saber provoca dolor, es mas lenitiva la ignorancia, pero no, una vez arrastrada a la prosaica realidad, quisiste llegar hasta el final y pudiste, pudimos, yo contigo, degustar el final a cada día, que siempre parecía el último, la agonía de no saber si nos iluminaría otra aurora más y el triunfo de poder contemplarla otra vez cada día. Después del primer choque y recompuestos los dos, de los abollones del siniestro te entregaste como nunca..., aunque siempre teníamos que acabar con la amenaza del destino anunciado una vez devueltos a la amarga realidad desde la más dulce de las inmortalidades. Hasta que, me cuesta recordarlo, mi amor, me duele rememorar tu ojos implorantes de mi indulgencia, como si yo fuese a reprocharte algo. Se que sufrías por mi, no por ti, ya lo se, cuando tendrías que haber utilizado todas tus energías en ocuparte solo de ti, pero no, siempre me quisiste como una loca, y a veces pensaba si aquel insulso técnico, con menos humanidad que un nazi, no habría trabucado los nombres y en realidad se estuviese refiriendo a mi en lugar de a ti, los dos fumábamos,  tal era la despreocupación que exhibías acerca de ti misma. Me confundías, será que nunca entendí a las mujeres, nunca fui capaz de anticipar del todo tus reacciones, por eso llegó un momento que me enervaste, creía que intentabas confundirme, llegué a pensar, paranoico yo, que te habías puesto de acuerdo con el arúspice de blanco para que me asustase y aburrido te dejase, abrumado por la responsabilidad y la crispación de la abstinencia obligada.
Te voy a empezar a confesar algo de esa verdad que me reclamas Cristina, comenzaré el lento desgranar de toda la crudeza que anhelas. ¿Te acuerdas de aquella última vez? Entre sollozos y sufrimientos, con el corazón encogido, te rendiste, me obligaste a abandonar, no pudiste más y me quedé sin poder culminar la ascensión al Monte Perdido del gozo de tu carne. Tenía que haberme dado cuenta, y no me la di, la vida anunciaba su retirada agostando tu voluntad secándote aquella fuente inagotable de placer, pero no me arredré, necesitaba desahogarme y utilicé aquella crema, contrariado, la calentura estranguló la piedad, asesinó el amor que pudiera habitar en mi..., no me di cuenta. Cuando renunciaste, dolorida, agotada, me aguanté la indignación de mi narcisismo, aunque lo comprendí. Estabas ya muy débil y no debimos empezar..., pero lo hicimos. Tu amor era infinito, como mi materialismo que no estaba dispuesto a renunciar a la excitación. Lo se, mi amor, soy egoísta y ahora pensándolo me escandalizo de ello, pero te dejé en la cama sumida en la desesperación por haber tenido que rechazar mi deseo, y me fui al baño a masturbarme. No sabes cuantas veces he deseado que pudiera borrarse, como la memoria de los muertos, aquel incidente, pero..., mi cuerpo necio y soberbio reclamaba su parte en la bacanal de la vida y yo no pude, no supe, no quise negársela, luego, ya sabes, frío vacío, viscosidad que se agarra más al alma que a las manos para no dejar de recordarte que eres un ingrato que solo te deseas a ti. Por más que te lavas..., ¡ay Cristina!, yo sufro y me quedo peor aún, si, peor. Mientras tú te vas borrando, difuminando del mundo sensible, emborronándose tu imagen en mi memoria yo organizo mi futuro y con ilusión a mi pesar, que ya me dolía tenerla, pero se me imponía entreverada con el dolor de tu ocaso. Ya se, ya se, que ningún derecho tenía a una perspectiva de futuro, que mi futuro contigo al lado eras tu, pero..., ¿qué podía hacer?, lo tuyo era inevitable y además, ¡tu me lo dijiste!, no tienes derecho a exigirme la verdad, además, ¿para que lo preguntas, no sabes ya la verdad?, deja de mirarme con esos ojos, deja de acusarme inmóvil.
Estaba muy solo amor, me encontraba aterido, desnudo de todo sosiego, solo revestido de la aflicción de tu partida, no sabía como enfrentar la tragedia que nos zarandeaba y necesitaba apoyarme en alguien y ella me ayudó y me hizo sentir bien. No te dejé de amar, nunca me olvidé de tu amor y para colmo cuando aquélla noche que creíste, y yo lo temí también, que el transito iniciaba su cuenta atrás me pediste, me exigiste que rehiciese mi vida, que fuese feliz, que no me quedase solo nunca. ¿Tan traidor fui por hacerte caso?, quizá no debí llevarte donde pudieran rescatarte de las manos de la parca y si, fui culpable, de rescatarte para la vida, unos días más. ¿Debí dejarte morir?
Aquellos ojos fueron los primeros que me ofrecieron apoyo de verdad. Los demás, hasta los mas cercanos, tu gente, la mía, ofrecían toda la ayuda mirando hacia otro lado para que no fuese a creérmela del todo y no les incordiase en su acomodada y frívola vida. Ella sin conocerme, sin conocernos, se apiadó de los dos pero supo desde siempre que el que se queda es el que lo sufre. Nunca encontraste a nadie que te tratase con esa solicitud y cariño, me lo dijiste sorprendida, y ese mismo cariño me lo ofreció a mi..., y yo no pude dejar de ser hombre por mucho trago que tu estuvieses pasando. Me estaba derrumbando al tiempo que tú te consumías. Todo estaba oscuro, mi vida se convertía paulatinamente en un eterno ocaso, cada vez  más a tientas, tu te ibas y yo me quedaba solo, no sabía como podría encararlo y apareció Nuria. Me ayudó. Te ayudó, reconócelo, te ayudó, y a mi..., y te traicionamos, esa es la sensación que me quedó cuando, desorbitada, con las fuerzas al limite, me exigiste la verdad, ¡pero tu me habías franqueado!, y me lo creí. Tengo que repetírtelo hasta la saciedad, porque me volveré loco si no lo soluciono.
¡¡ ¿Por qué no me morí yo en lugar de tu?!!Te has muerto y me has dejado solo y te has quedado tan tranquila, pero antes de irte me has exigido la verdad y yo no puedo dártela, porque tan verdad es que te he querido y te sigo queriendo como que amo a Nuria que en momentos duros me sirvió de báculo para que no me derrumbase y te trató con toda la ternura que no sabré como agradecer aunque viva mil años. ¿Qué es verdad entonces, que no esperé a tu último suspiro para retomar la vida, que antes de rezarte el responso había ya rezado un Aleluya? Pues si, de eso soy culpable, soy culpable de no poder vivir sin amar ni ser amado, culpable de la cobardía de tener horror a quedarme solo, culpable de no haberme inmolado contigo al morir, pero de no amarte, de no respetarte, de no tenerte siempre en mi memoria, de eso amor mío soy inocente.
-          No te tortures más Fernando, no te culpes de nada, recuerda que ella bendijo nuestra relación antes de morir, ahora ella descansa, es razón que lo hagas tu también, tenemos derecho a ser felices. Tú tienes ya la obligación de ser feliz después de todos estos meses de padecimiento, para cumplir con sus deseos. Horas antes de morir pedía a voces la verdad, quería saber la razón de tanto dolor y no pude dársela, luego llegaste tú y te la pidió también y solo supiste llorar. Es duro ver a la persona más amada como se consume de pena y de locura por no aceptar lo absurdo. Ya dejó de sufrir. Yo te ayudaré a ti a volver a vivir otra vez, como era su voluntad, como me pidió antes de expirar.

11.11.12