Empezaba a calentar otro día
más sin que nadie, dios o demonio, quisiese esparcir un algo de misericordia
sobre sus huesos, arrebatándole la vida. Extenuado habría sido una definición
para su estado físico harto benévola. Apenas le quedaban fuerzas para respirar,
pero seguía haciéndolo, a su pesar. Tenía los huesos entumecidos y sonrió
desmadejado, pensando que pasados los años el reuma le haría sufrir; ¿qué años?
¡Cómo era el ser humano!, que era capaz de seguir imaginando futuro donde no
había más que a duras penas presente y para eso, áspero y craso de
sufrimientos. Se obligó a abrir los ojos, tuvo que reunir fuerzas de donde ya
no quedaban, para reclutar la voluntad suficiente que le hiciese levantar sus
párpados. Esperaba que al abrirlos se topasen con un obstáculo, por lejano que
estuviese, un asidero, un clavo ardiendo, una tabla de salvación..., no, una
tabla de salvación no, otra no. Abrió los ojos y la línea de su vista fue capaz
de llegar hasta el horizonte más lejano sin que nada la distrajese. Nada. La
nada, y sin embargo tan llena de vida, pero una vida que pedía como precio por
ser su espectador, la tuya propia.
Debió abandonarse aquella noche
maldita, hacía ya siete días. Todo habría pasado en segundos y se habría
ahorrado aquel horror, la tortura de seguir vivo no queriendo morir y sabiendo
que queda poco tiempo de vida. Y nada en su cuerpo le permitía aventurar que la
muerte se encontraba ya cercana; la agonía iba a ser lenta, por lo que iba
comprobando la degustaría con morosidad de gourmet. Y siempre la esperanza,
inasequible, berroqueña, manteniendo la llama de la supervivencia viva,
impidiendo el abandono que pusiese fin al suplicio.
Allí, sobre aquellas astillas,
en medio de aquel océano inmenso y hostil, aún conservaba la esperanza de que
le estuviesen buscando, pero ¿cómo? Había salido de Nassau sin comunicar nada a
nadie. Eran nueve días los que habían transcurrido nada más desde que llegó a
Bahamas, solo, con su doce metros, con todo lo último en medidas de navegación.
Se había empeñado, la misma terquedad que le había hecho amasar su pequeña gran
fortuna le hizo empecinarse en navegar en solitario, como los grandes,
sacudirse la modorra que da el dinero en abundancia viviendo una aventura
controlada, pero aventura al fin. Sentirse vulnerable sabiendo que se puede
volver a la seguridad de la tibieza que da el colchón mullido del dinero le
devolvía a los años en los que cada mañana se tiraba de la cama con la
seguridad de que llamarían a su puerta para llevarle por apropiación indebida a
la trena, a embargarle por falta de pago o algo peor aún. Pero ese tesón que le
llevaba contra toda lógica a pensar que le estaban buscando fue el que le hizo sortear todos los
obstáculos hasta conseguir remontar el vuelo y entrar, por la cola, de acuerdo,
pero en la lista Forbes, la de los ricos entre los ricos. Era imposible que
nadie le echase de menos.
El sol estaba ya alto y
castigaba. Sentía su piel arder y gritando de desesperación chapoteaba en el
agua para remojarse y aliviar el ardor que le provocaba el astro rey. Tenía
fuego en la garganta y a pesar de que tomó la determinación de beber su orina
incapaz de rendirse, como siempre, necesitaba beber más. La inmensidad del agua
que le rodeaba le hacía gemir de dolor porque no podía beberla. Se humedecía
los labios con el agua salada que le provocaba un escozor desmedido porque los
tenía ulcerados de tanto sol, de tanto salitre, de tanto morderlos de rabia por
aquella tormenta que tuvo la ocurrencia de atravesar en lugar de buscar el
abrigo de cualquiera de las islas que se encontraban a menos de una hora de su
derrota. El sabor de las lágrimas de impotencia se mezclaba con el sabor salado
del agua del mar en sus labios y le hacia gritar de irritación, de dolor, de
miedo y pena por si mismo. Decidió que estaba bien de sufrir y haciendo cuenco
con las manos comenzó a beber copiosamente del agua que le rodeaba, pero lo
mismo que su espíritu era irreducible y no se resignaba nunca ni a lo
imposible, su cuerpo se rebelaba también contra la determinación tomada y le
hizo vomitar entre convulsas arcadas el agua ingerida. Quedó exhausto y
desmadejado tendido en el fondo del averiado bote que pudo arriar antes de que
el océano con aquella ola tremenda de furia, poder y celos del ímpetu marinero
le partiese en dos la embarcación vengándose de ella por surcarle desafiando su
poderío.
Allí, en el fondo del bote,
aneado por los rizos suaves de la superficie del agua y acariciado de una suave
brisa que le aliviaba de los rigores del sol del mediodía, Casto se quedó dormido,
agotado de tanto sinsabor y pudo soñar que habría sido de su vida de no haber
hecho caso de su intuición. En medio del desvalimiento en el que se encontraba
una sonrisa de satisfacción se le instaló en su rostro; las comisuras de los
labios se levantaron y la felicidad le iluminó la requemada cara.
Se metió la mano en el bolsillo
derecho, donde lo habitual era que llevase el dinero que tuviese y rebuscó por
todos los rincones. Después el izquierdo; mismo resultado que en el otro, o
sea, nada. Sacó su tarjeta de crédito y buscó, levantando la cabeza, un cajero,
que no tardó en localizar. Consultó primero el saldo que le quedaba y después
la quemó.
Con los pocos billetes
conseguidos se dirigió al Malibú. En el coche consultó el reloj y comprobó con
contrariedad que aún faltaban un par de horas para que abriese. Detuvo el coche
y entró a tomar una copa al primer bar que encontró. Ese bar iba a ser el punto
de arranque de su fortuna. Podría no haber entrado o haberlo hecho en el del al
lado..., o haberse resignado a no llevar dinero sin ganas de quemar su tarjeta.
Pero no, su destino estaba allí en aquel
bar impersonal, anodino, como hay cientos en cualquier ciudad. Al entrar la
primera nota fue de olor. Ese olor a tasca de aceite rancio, fritura fría y basura
acumulada que se camufla estúpidamente con ambientadores. Se acomodó en una
esquina de la barra y pidió un güisqui con mucho agua, como siempre lo tomaba. Masculló
una interjección de fastidió al ver como el camarero escanciaba un güisqui
corriente, de barrio, pero éste ni se inmutó por la callada protesta y siguió a
lo suyo. Entonces, desde el fondo del local alguien embozado en la penumbra
comentó en voz alta, con intención de ser oído, que efectivamente el güisqui no
valía nada, que era peor aún de lo que podría deducirse de la marca que
pregonaba el marbete y que lo que merecía el camarero era un tiro del cuarenta
y cinco entre las cejas.
Casto se volvió a ver quien era
el dueño de esa voz de entonación plana pero sentenciosa, casi ausente, propia
de alguien que tenía en su cuerpo más de dos y más de tres copas. Una vez le
sirvieron su trago largo lo cogió y se encaminó a la mesa de la que partía la
voz.
-
¿Me puedo sentar? – dijo al tiempo que retiraba la
silla de la mesa para sentarse. Daba por hecho que le diría que si.
-
Haga lo que le venga en gana, pero esta mesa es mía. –
intentaba ser forzadamente desagradable.
-
No pienso comprársela. Está usted solo, yo estoy solo y
he pensado que podríamos darnos conversación para matar el tiempo..., pero que
si le estorbo ya estoy yo en Pekín. – hizo intención de levantarse de donde se
acababa de sentar esperando que su fallido interlocutor educadamente se lo
impidiese, pero se equivocó.
-
En la barra estarás mejor, si. Venga, ahueca, y déjame
en paz, yo no tengo que matar el tiempo, es el tiempo el que me está matando a mí.
Casto recogió de malos modos su
trago largo jurando por lo bajo y se retiró a la barra. El individuo de la mesa
llamó al camarero pidiéndole otro vaso de vodka. Luego riéndose de forma
descarada y poco educada gritó pareciendo que se dirigía a Casto.
-
¡Es peor aún que el güisqui pero tiene más alcohol y se
acaba antes!
Casto se volvió hacia el rincón
del que salía la voz, se quedó mirando desafiante al bulto ensombrecido y se
volvió sobrado hacia la barra para seguir bebiendo. El desconocido se levantó
en ese momento de la silla y tambaleante se acercó donde estaba Casto. Cuando
estaba a menos de un palmo de él le medio escupió:
-
¿A ti que te pasa?, que eres muy importante para hablar
con un pobre desgraciado. Si, eso debe ser.
Sin esperar la respuesta se dio
media vuelta con demasiada celeridad, aparentando más sobriedad de la que podía
disponer y trastabilló. Casto, haciendo gala de unos portentosos reflejos, se
percató de que el pobre hombre iba a dar un crismazo con todo su cuerpo en el
suelo y no tuvo más que girarse, y para poder sostenerle por el cuello de la
americana su poderosa mano derecha hizo presa en la prenda y el hombre se
detuvo en su caída quedando en posición inclinada como una torre de Pisa
humana. Casto volvió a colocar al hombrecillo en posición de pie, que
vacilante, dio las gracias como si su ayudador se hubiese limitado a recoger la
caja de cerillas que se le había caído y volviéndose a tambalear llegó hasta la
mesa de donde venía, derrumbándose al llegar.
Casto meneó la cabeza a un lado
y otro sintiendo autentica conmiseración por el pobre hombre. Volvió a coger el
vaso de la barra y se acercó una vez más a la mesa semioculta en la penumbra
del rincón en el que se hallaba. Sin sentarse dejó su vaso en la mesa y puso su
mano en el hombro del hombre.
-
¿Le puedo ayudar?
El hombre levantó la cabeza con
los ojos vidriosos de alcohol y vacíos de vida y con mucha dificultad
manteniendo la cabeza erguida a duras penas contestó:
-
Nadie puede ayudarme y tampoco le recomiendo a nadie
que intente ayudarme.
Estaba aún más borracho de lo
que hubiera parecido por la perdida de equilibrio al marchar. El habla era
pastosa y difícilmente entendible. Con indecible esfuerzo mantenía los párpados
abiertos y hacía arcadas anunciando un inminente vomito. Un hilillo de saliva
le hacía el gesto aún más repugnante . Llegó el camarero con el vodka que había
pedido y al ponerlo en la mesa, se retrajo en el último instante. Con voz
desapasionada y aburrida le avisó que hasta que no le pagase lo que le debía no
le iba a seguir sirviendo.
-
Que luego se yo lo que pasa; que con el cachondeito de
la borrachera; acaba viniendo una ambulancia a llevárselo y si te he visto...,
ya sabe usted.
Se intentaba justificar delante
de Casto que asistía como testigo imparcial a la escena. El desconocido había
dejado caer con estrépito la cabeza sobre la mesa, rendido por el agotamiento
dando la impresión de que respiraba con dificultad.
-
¿No se habrá muerto?, verdad usted – se dirigió el
camarero una vez más a Casto – porque eso si que iba ya a ser un problema de
los gordos, que no quiero yo fiambres en mi bar.
Se acerco al hombre y después
de dejar el vaso de vodka sobre la mesa le zarandeó suavemente rogándole que le
pagase y se marchará. El hombre en ese instante se despertó y con una agilidad
impropia de su estado agarró el vaso de licor echándoselo al coleto de una sola
vez, hipando a continuación. Con un gesto de paciencia hecho con la mano que no
sostenía el vaso pidió algo de tiempo y agachándose al suelo, pegado a la pared
se escuchó el característico sonido de una cremallera que se abre. Se escuchó
ruido de papeles revueltos y al fin sacó la mano el borracho de donde fuese que
la hubiese metido con un billete de quinientos euros en la mano. Con una
sonrisa bobalicona y babeando por la comisura del labio le puso el billete al
camarero delante de la cara.
-
¿Cree que con esto será suficiente?
Inició a continuación el
esquema de lo que debería haber sido una carcajada que se abortó porque un
vomito mal oliente y urgente se apresuró a decorar las vestimentas de los dos
espectadores. Entrechocando por la necesidad Casto y camarero se apartaron
jurando en los idiomas que sabían mientras el borracho pedía disculpas o por lo
menos eso es lo que el hubiese querido hacer porque en lugar de palabras siguió
saliendo contenido gástrico de su boca.
-
¡Mira guarro, no te creas que te voy a dar la vuelta de
esto – dijo agitando el billete lila en el aire - va a ser para gastárselo en lejía para limpiar
el local de tu apestosa mascada, cabrón!
-
Me da exactamente igual, tengo más..., muchos más, te
lo puedes quedar, te lo regalo y encima te doy otro si lo quieres – le escupió
en la cara metiendo al tiempo la mano en la bolsa que tenía a sus pies.
Casto comprendió que algo gordo
estaba sucediendo delante de sus narices y los reflejos no le traicionaron.
-
Déjate ya de hombradas tío, que seguro que lo que
llevas ahí es la paga para tu casa. ¿qué quieres, que tu familia pase hambre? –
y dirigiéndose al camarero continuó – yo me lo llevaré, no se apure, le
rebuscaré en la cartera su dirección y le dejare en su casa, no es más que un
pobre desgraciado borrachín.
Haciendo gala de su fortaleza
física levantó con un brazo al borracho y con el otro libre cogió la bolsa
abierta a través de cuya cremallera a medio cerrar se adivinaban bastantes
fajos de billetes del mismo color que el que había dado al camarero. Sin más
dilaciones que hiciesen poder reflexionar al dueño del bar arrastró
materialmente al hombre fuera y le llevó hasta su coche. Le metió en el asiento
trasero donde quedó acostado durmiendo como un bebe. Casto con la bolsa se
metió en el coche, la depositó en el asiento del acompañante y arrancó con
rapidez pero prudencia, lo que menos quería en ese momento era que nadie se
fijase ni en él ni en su vehículo.
Condujo unas cuantas calles
hasta una zona residencial, poco transitada y tranquila, detuvo el coche junto
a la acera y tras echar una ojeada a la piltrafa que le estaba embadurnando de
miseria la tapicería de su coche se dedicó a registrar el contenido de la bolsa
con las palpitaciones del corazón cada vez mas aceleradas.
La bolsa, de las de deporte que
se compran en cualquier baratillo por menos de lo que cuesta un café, estaba
llena a rebosar de billetes de quinientos como el que sacó en el bar. Revolvió
un poco y calculó que al menos habría unos seis millones, si no más. En ese
momento el borracho protestó, rebulló en el asiento poniéndose boca arriba y
continuó durmiendo con ronquidos ruidosos que amenazaban con atraer a todo el
vecindario. Casto empezó a imaginar todo lo que podría hacer él con ese dinero
y le empezaron a resbalar gruesas
lágrimas de emoción. En ese momento escuchó un gorgoteo extraño, a continuación
un escalofriante ronquido y otro gorgoteo más prolongado. Miró al asiento
trasero y comprendió la causa de ruido tan desasosegante. El borracho se había
colocado boca arriba, había vomitado una vez más estando inconsciente y se
había ahogado en su propio vomito. Con toda la celeridad que pudo salió del
coche y entró en la parte trasera, pero ya no había nada que hacer. Aquel
hombre yacía inmóvil con los ojos muy abiertos y la cara morada, casi negra por
la asfixia. Probablemente murió sin darse cuenta de lo que le pasaba. Y
comprendió el lío en el que estaba metido. Tenía un cadáver en su coche y
además y lo que era mucho más excitante, una bolsa con al menos seis millones
de euros. Le apestó a peligro.
No se le pasó ni por la
imaginación ir a la policía, que seguro no se creería nada y mientras se
aclaraba la cosa y no, él iba a pasarlo como nunca. Se felicitó porque su
instinto y sus reflejos no le habían fallado, sabía que detrás de aquel
apestoso borracho se escondía algo de provecho y no se equivocó. Era la
oportunidad que todo desposeído como él lleva esperando la vida entera que pase
delante de sus narices y la había olido a distancia. No, no la iba a
desperdiciar.
El plan se trazó solo en su
cabeza. Era así de sencillo. Iba a llevar el coche a un aparcamiento
subterráneo al último rincón del mismo y allí iba a dejar el coche hasta la
noche. Luego, en la soledad de la madrugada conduciría hasta un descampado
donde arrojaría el cadáver. Dejó el coche en un aparcamiento subterráneo
cercano a su casa, cubrió el cadáver con una manta y se llevó la bolsa a su
casa. Estuvo fumando sin parar hasta que dieron las tres de la madrugada.
Recogió el coche y condujo hasta las afueras de la ciudad. Allí en un
descampado, con el mayor cuidado posible para que la policía no encontrase ni
una huella de nada y menos de violencia y dejando la documentación del hombre
bien a la vista abandono al desgraciado que iba a conseguirle el pasaporte a la
libertad que da tener todo el dinero que
pueda hacer falta y mucho más.
Después se fue a su casa y
esperó. Las horas se hicieron eternas pero Casto las derrochó en contar
minuciosamente los billetes. ¡Que malo era calculando!, la suma que tenía la
bolsa era exactamente doce millones cuatrocientos noventa y nueve mil
quinientos. Faltaban como era de suponer los quinientos que dejó en el bar o
que más bien le robó el tendero aprovechándose de que era un borracho
indefenso.
¡Doce millones y medio!, ¡doce
millones y medio!, se lo repetía incesantemente y al comprenderlo y verlo
delante de si, apilado en la mesa de la cocina no quería creérselo; se
restregaba los ojos y le parecía mentira. Fue en ese instante cuando el llanto
le irrumpió enseñoreado de su persona. Pasaron por delante de su vista todos
los avatares que había sufrido y las zancadillas y sinsabores y traiciones
menudas diarias que tenía que soportar para poder tener un techo miserable bajo
el que guarecerse y aún así a trompicones y de vez en cuando sableando a todo
el que se pusiese a tiro. Tenía a su alcance la cizalla que segase sus cadenas
de un solo limpio corte y la iba a utilizar. Pero antes era preciso esperar a
escuchar la noticia de la aparición de un hombre en el descampado donde él lo
dejó. Todo ese dinero tan cerca y tan lejos. No parecía desde luego que un
hombre de esa calaña tuviese el dominio de tanto capital pero quien podría
saber nada de nadie. Ese dinero con ese aspecto..., ¿cómo podría
pertenecerle?..., ¿y porqué no?, pero en cualquier caso ese hombre tendría
familia, conocidos, amigos, socios que echarían en falta el dinero sin duda y no
se iban a quedar quietos esperando a ver si un alma caritativa iba a
devolvérselo. De todas formas no había manera de relacionarle a él con ese
hombre. ¿Cómo se llamaba?, lo había leído en su carné de identidad. Un nombre
que parecía como extranjero o así, Carmen Blanco Rakdani. Nunca tuvo que
preocuparse de su memoria siempre le había venido a ayudar en los momentos
precisos. Esperaría en casa el tiempo que fuese menester hasta saber quien era
y quien le buscaba para saber que hacer. Defendería con toda su alma y su
coraje esa fortuna que le había caído de lo alto, era suya y nadie podría
arrebatársela ya, si era preciso daría su sangre, pero estaba decidido a
abandonar esa vida gris y anodina que llevaba, cobrando facturas ajenas y
alimentándose de imágenes porque de realidades no había forma, eran
inalcanzables.
Después de toda la noche en
vela el cansancio comenzaba a hincarle el diente y a sentir sus imperios. Se
fue a la cama y tal como estaba sin desnudarse, como si hacerlo le significase
abdicar de lo conseguido y lo decidido, se tendió inundándole un sueño de
inmediato. Instantes antes de dormir se imaginó a la caña de un magnifico
velero surcando los siete mares, el solo, disfrutando de saberse rico y
poderoso, el solo sin tener que compartir, como nadie lo había hecho nunca con
él, bregando con tormentas y mares encrespados, con las galernas rompiéndole en
la cara y empapado de agua salada y fría que él desafiaba con redaños, era el
dueño, el único, era inmortal. Una sonrisa le estiró la línea de los labios
para esbozar una sonrisa de satisfacción y se quedó dormido.
Se despertó sobresaltado al
soñar que se quedaba dormido soñando con un velero arreciado por una tormenta.
El sol estaba ya cayendo y tenía ampollas en la frente del sol que le había estado
castigando todo el día mientras dormía después de vomitar el agua salada con la
que intentó poner fin a aquella agonía.
Recordaba perfectamente el
sueño que recreaba fielmente aquella aventura que inició de aquella airada
manera y que al parecer estaba terminando de más trágica forma. Carmen Blanco
Rakdani se estaba vengando, estaba seguro de eso y le hacía pasar por el
suplicio. Era curioso que mientras él moría lenta, sádicamente su fortuna
crecía y crecía. Su olfato para invertir en las fantasías de aquellos chavales
medios locos que veían al mundo enteramente intercomunicado le estaban haciendo
doblar su fortuna cada hora y cuando se embarcó en aquella estúpida aventura ya
sentía el aliento de los grandes en su cogote acariciándole el oído con sus
cantos de sirena. Esa fue una de las razones para quitarse de en medio sin
decir nada a nadie, que se cociesen en su salsa esos engolados y orgullosos
hijos de puta mientras un pobre y desahuciado naufrago como él les amenazaba
donde mas les dolía, en sus bolsillos y sus privilegios. ¿No era una
ilustrativa paradoja? De repente se sintió encantado de estar solo con su
desgracia porque sabía que mucha gente pensaba en él sin saber donde se
encontraba y eso le regocijaba. Era una persona importante, tanto, que ni la
prensa mas inquisitiva era capaz de encontrarle, y tampoco estaría mal después
de todo que lo hiciesen. Miro al horizonte que empezaba a teñirse de malvas,
rojos y azules marinos al tiempo que el maldito sol iniciaba su acostumbrada
senda camino de la eterna vuelta a desaparecer. De repente el tiempo cambio, la
brisa se tornó en fuerte viento frío que le hizo estremecerse. El frágil
esquife en el que se encontraba acusó el cambio de mar y se tambaleó de una
forma alarmante empezando a dar bandazos. La superficie del agua espumó y Casto
presagió lo peor. Era el final, su naturaleza se rebeló y en su mente cambió
toda su fortuna, esa que se doblaba hora a hora por una playa aunque fuese
desierta, lo importante era sobrevivir, sin ninguna razón especial, solo
sobrevivir porque él era ya un superviviente de la vida y su naturaleza le
impedía cualquier opción que no fuese seguir viviendo, esclavo de la vida, sin
capacidad para el abandono. El podía decidir acabar, como cuando lo intentó con
agua salada, pero que otro, fuese mar, persona o meteoro, lo decidiesen sin
consulta previa no era de recibo y decidió que moriría, si, pero luchando por
su vida. Con los remos que la barca de salvamento tenía, intentó durante toda
la noche mantenerse al pairo y dejarse llevar por la furia de la olas esperando
nada más que una de ellas más voraz y desalmada no le engullese de un golpe
dando cuenta de su persona. Y la suerte, su tesón o los dioses confabulados
para no dejarle morir y que purgase la vida a base de sufrimientos
divirtiéndose de él viendo como se debatía, consiguió el milagro y a la mañana
siguiente, exhausto, agotado y feliz observó como el sol anunciaba su salida
por oriente un alba más, destiñendo el negro de humo del horizonte en una
sinfonía de azules, verdes, amarillos y azules. Cuando el primer rayo le hirió
los ojos se dejó caer otra vez en el fondo del bote y el sueño le rindió una
vez más. Contemplar en su sueño la mesa de su cocina de aquel miserable pisito
en semejante barrio extremo de la ciudad, cubierta por pilas de billetes de
quinientos euros le sacó la mejor de sus sonrisas. Si hubiese habido algún
espectador oculto habría concluido que a Casto la brega de la noche le había
terminado de volver loco.
Nada más despertarse por los
ruidos de la calle y de la casa con sus tabiques de papel de fumar se lanzó a
la cocina a ver si era verdad o solo un sueño agradable. Si era verdad, allí
estaban las pilas de billetes como los había dejado la madrugada anterior,
indiferentes a lo que significaban para cualquiera con su vocación de papel
aristocrático de colores apagados pero atrayentes. Consultó su reloj, las dos y
media de la tarde. Prendió el televisor y esperó las noticias de las tres.
Fumando sin parar y agotando hasta las colillas del día anterior consumió el
informativo sin que se diese noticia del cadáver. Apagó el receptor y se fue a
la calle no sin antes volver a meter el dinero en su bolsa y guardarlo en el
altillo del ropero de su dormitorio.
Se fue directo al kiosco para
comprar la prensa y cuando llegó comprendió que no habría dado tiempo a que si
se había encontrado el cadáver se hubiese publicado la noticia. Compró eso si,
tabaco en cantidad y tomó el camino a su casa. En el trayecto dedujo que si el
cadáver había sido encontrado debería haber alguna señal en el sitio donde él
lo dejó de manera que cambió el destino y se fue por su coche y condujo con
suma prudencia hasta el lugar donde depositó el muerto.
A medida que se acercaba fue
viendo más animación de la que sería de esperar a esas horas en un sitio de
esos, con coches de policía, ambulancia y policías de uniforme regulando el tráfico.
Le habían encontrado, solo era cuestión de esperar a ver que decían en las
noticias, que decía su familia, quien era, si un financiero famoso que se había
vuelto loco, un ladrón cogido en falta o sencillamente un correo llevando
dinero de difícil justificación de un lado a otro.
Pasó despacio por el lugar y
quiso tentar la suerte; se detuvo al lado de un policía y le preguntó que
pasaba, el agente sin darle más importancia le comentó que un borracho se había
ahogado en su propio vomito y que se moviese que interrumpía el trafico.
Regresó Casto a su casa
exultante. Todo hacía prever que aquello iba a discurrir por los cauces más
adecuados. Ni trazando un plan a propósito habría salido tan redondo. Esperar y
ver. Nada más que tener paciencia, que era precisamente de lo que ya no iba
estando sobrado. Pero se obligó a tomárselo con calma. No pudo evitar volver a
sacar del altillo la bolsa con el dinero y volver a esparcirlo encima de la
cama. Era mucho, mucho, más del que podía haber imaginado jamás que pudiera
llegar a tener en sus manos y sin embargo ahí estaba, para él, a su entera
disposición..., bueno, aún no estaba, faltaba el pequeño requisito de saber quien
era ese Carmen Blanco Rakdani para saber cual era la determinación a tomar.
En el informativo de esa noche
salió la noticia sin imágenes. Se informaba que un hombre llamado Carmen Blanco
había sido encontrado muerto en un descampado y se daba la versión de la
policía en el sentido de que había muerto ahogado en su propio vomito al estar
semiinconsciente por la ebriedad. Nada más. Pasó la noche en vela una vez más
incapaz de conciliar el sueño y además en la cama dormían placidamente los doce
millones de euros y no era cuestión de molestarles, con contemplarles era
suficiente. Cada ruido, cada crujido o lejano grito se le antojaba que era
señales de que venían a por él. Quien sabe si el del bar escuchó la noticia y
reconoció el caso. El tampoco se dio cuenta si el camarero salió detrás de
ellos para tomarle la matricula del coche. Entraba dentro de lo posible que de
alguna remota manera se le relacionase con el cadáver, quien sabe, un pelo, una
huella, las rodadas de su coche, cualquier cosa y a cada nueva circunstancia
que se le ocurría más nervioso e insomne se ponía.
Finalmente, como la noche
anterior las claritas de la mañana le rindieron sobre la cantidad de billetes
esparcidos sobre la cama. Le despertó con sobresalto el timbre de la puerta.
Sin darse bien cuenta de su aspecto se lanzó a abrir la puerta para encarar lo
que tuviese que ser, estaba convencido que habían dado con él y era obvio que
venían a buscarle. Abrió de sopetón intimidando y así fue, el que se sintió
intimidado fue el testigo de Jehová que pretendía hacer proselitismo en el
lugar menos adecuado. Cuando comprendió de qué se trataba sin una disculpa, de
un portazo, les cerró la puerta en toda su cara, mandándoles lo más lejos
posible con el exabrupto más grueso que pudo articular en ese instante. Pero
aún tenía que agradecerles que le hubiesen sacado de su sopor porque era ya
mediodía y necesitaba comprar la prensa del día. Volvió a repetir la operación
de guardar el dinero y salió rumbo al kiosco.
Y aquel día si. Aquel día toda
la prensa, con mayor o menor despliegue informaba del acontecimiento luctuoso
del borracho, pero en ninguno se hacía mención a ninguna bolsa ni a una
considerable cantidad de dinero en efectivo en billetes grandes. Solo en la
Nación se dejaba caer que el tal Carmen Blanco Rakdani tuvo en su día relación
con uno de los padrinos de la mafia de la droga colombiana, algo que según el
periódico nadie pudo comprobar fehacientemente. El tal Carmen era soltero y no
se le conocía familia, si se anotaba que frecuentaba ambientes homosexuales de
la ciudad por lo que en alguna ocasión estuvo en la comisaría e incluso se
encontraba empapelado por un asunto de pornografía infantil.
En seguida Casto lo tuvo claro;
era dinero de la droga que el tal Carmen llevaba como correo de un lado al
otro..., y por el camino se le perdió. Nadie iba a reclamar nada de nada por la
sencilla razón de que los delincuentes no denuncian a los que les roban, y él
tendría que tener cien ojos a partir de ese momento. Cabía la posibilidad de
que tuviese un vigilante encubierto que se hubiese quedado con toda la historia
y en el momento que las aguas se calmasen irían inmediatamente por él. De
cualquier forma un tipejo así, ¿quien podría confiarle tal cantidad de pasta?,
¿y si se trataba del rescate de un secuestro?, el secuestrado se pudriría donde
estuviese, porque o bien el secuestrador ya no podría rematar la faena o los
que dejase el tal Carmen al cuidado viendo lo sucedido tirarían por la calle de
en medio. La cabeza le empezaba a dar vueltas y no se sentía capaz de fijar una
línea de pensamiento y seguirla, saltaba de un tema al otro de forma errática.
Además empezaba a tener dificultades para respirar, se estaba asfixiando y el
agobio le pesaba como una locomotora que le pasase sobre sus pies. Se fijó que
tenía un cigarrillo en la mano y otro en el cenicero, los dos encendidos; con
un gesto de asco los apagó, se secó con la mano el sudor que le decoraba la
frente y sintió un irrefrenable deseo de pegar a alguien. De un manotazo
estampó el cenicero contra la pared esparciendo las colillas por la habitación
como se le estaban esparciendo sus ilusiones a medida que iba comprendiendo la
locura que había cometido. ¿Quién podía dejar perder doce millones de euros así
porque si?; era palmario que alguien en algún lado estaría dando ya los pasos
para recuperar lo suyo, porque lo que quedaba fuera de duda es que ese dinero
pudiera ser del pobre diablo de Carmen. Pero el dinero no tiene nombre, es de
quien lo posee y era Casto Gutiérrez Blanco el poseedor en ese instante y
estaba dispuesto a defender esa posesión con su vida si era necesario. ¿Qué
querían que abandonase junto al cadáver la bolsa con el dinero? Quedaba
decidido, para todos los efectos el no había visto bolsa alguna. De hecho la
bolsa iba a dejar de existir en breves momentos. Rebusco por los armarios de la
casa sin encontrar lo que buscaba. Cerró la puerta de la casa y fue al trastero
donde después de ponerse perdido de polvo acumulado de años encontró la mochila
que buscaba. ¿Cuántos años hacía que no se iba a la montaña?, se estaba
volviendo viejo, los sinsabores arrebatan la juventud y encorvan el alma, por
no hablar del espinazo. De dos manotazos medio adecentó la bolsa y se lanzó a
la carrera a su piso. Embutió el dinero en el morral, dobló lo mejor que pudo
la bolsa que llevaba Carmen y la metió en una bolsa de unos grandes almacenes,
se echó la mochila a la espalda y se fue a la calle. Al pasar por el contenedor
de basuras arrojó la bolsa y con paso firme y nervioso se acercó al banco donde
habitualmente su cuenta resplandecía de rojo. Cuando se dirigió al funcionario
que custodiaba las cajas de seguridad tomó conciencia de que era inmensamente
rico y con aplomó y seguro de si mismo le dijo en tono monocorde, como si fuese
algo que repetía cotidianamente:
-
Necesito contratar una caja de seguridad.
La repentina voz del empleado
irrumpiendo mientras colocaba el dinero en la caja le hizo dar un respingo, el
mismo que sacó de su sueño a Casto en el fondo de su bote. El sol estaba alto y
pegaba fuerte aunque unas nubes comenzaban a mitigar los rayos lancinantes de
calor y fuego. Las nubes se fueron reclutando de donde no se sabía hasta
entoldar del todo el cielo. Un viento inequívoco de agua y frescor comenzó a
soplar y las primeras gotas cayeron como un bálsamo del cielo. Casto abrió la
boca para sentir la frescura del agua pura al caer y puesto de pie sobre el
bote extendió los brazos para recibir las gotas regeneradoras en su cuerpo.
Incomprensible pero se sentía enormemente feliz. Unas pocas gotas de agua le
hacían feliz, y no había tenido que usar el fax ni su exclusiva tarjeta
Centurión, ni el móvil, ni siquiera las había buscado, eran un regalo.
Comprendía el sentido de esa palabra tan manida, tan gastada y adulterada, algo
que no se espera pero se desea, no se puede pedir porque nadie te escucha pero
se te ofrece cuando más lo necesitas y sobre todo, no hay manera de agradecerlo
ni de devolverlo, es tuyo, viene para ti y se puede rechazar o no sin que nadie
se desconsuele y sin herir ninguna susceptibilidad. De pronto entendió que él
nunca había recibido nada gratis, jamás le había regalado nada nadie porque
siempre se esperaba de él que fuese reciproco de alguna manera y devolviese el
favor. Recordó la cantidad ingente de regalos que recibió en cuanto empezó a
ser notorio que con unos ahorrillos bien colocados su fortuna se hacía medio
regular, y a más grande la fortuna más enormes los regalos..., pero no, no eran
regalos, eran inversiones que los otros hacían en él para obtener el máximo de
réditos. ¿Dónde estaban esos regalos, cuando los necesitaba de verdad? Por eso
al recibir la lluvia en su cuerpo refrescándole y prolongándole materialmente
la vida sintió una íntima satisfacción, felicidad de una calidad que no creía
que existiese y que aunque de lejos le recordaba aquella otra que sintió cuando
a los once años su vecina, de nombre ya olvidado, le dejó besarla y tocarle los
pechos y no tuvo que comprometerse a nada y ella nunca le exigió nada; eso
también fue un regalo. La lluvia arreciaba cada vez más y llegó el punto en que
Casto tuvo que empezar el achique de agua del bote. Cuando más ocupado se
encontraba un relámpago restalló como si del látigo de un domador furioso se
tratase y a renglón seguido un trueno ensordecedor le hizo dar un respingo que
casi le tira de la embarcación. A ese trueno siguió otro, y otro y otro más
hasta que la tormenta tomo carta de naturaleza sobre el océano que curiosamente
no acompañaba en su furia a las nubes. Y de repente, la furiosa tempestad como
había entrado se deshizo y el sol volvió a reinar en el cielo. El calor después
de la lluvia se volvió sofocante y lo mismo que Casto se había refrescado
comenzó a sofocarse del calor. El sol era ahora de justicia y parecía que el
tiempo se hubiese detenido en ese instante, creía, tras el chaparrón, que se le
fuese a incendiar la piel, por lo que sin pensárselo dos veces se sumergió en
el agua, que parecía que hubiese salido directamente del calentador de su
ducha, pero era algo mas fresco que lo que recibía en el bote. Como si le
estuviesen tocando el hombro, de súbito pensó que en aquellas aguas los
tiburones estarían a sus anchas y de un salto volvió a subirse a su bote y
entonces vio la aleta dorsal de uno y luego otra y otra más que comenzaron a
rodear su barca estrechando los círculos con cada vuelta llegando un momento
que parecía que arremeterían contra él. Haciendo uso de uno de los remos empezó
a intentar golpear los lomos de las bestias cuando pasaban cerca. La desigual
lucha duró todo el tiempo que los tiburones consideraron oportuno hasta que
decidieron que no merecía la pena seguir acosando a su presa y se ausentaron.
Casto quedó extenuado no tanto por el trabajo realizado que con ser duro no
había durado tanto sino por la falta de alimento que ya comenzaba a mermarle
las fuerzas. El agotamiento de la brega le confinó una vez más en el fondo de
la lancha y le hizo perder el conocimiento. La sensación de vértigo mientras
que caía por el tobogán de la inconsciencia era parecido al que sintió cuando salía
del banco de depositar la fortuna en la caja de seguridad.
-
¡Por dios!, ¿qué quiere? Que susto me ha pegado.
-
Perdone señor, pensé que necesitaba ayuda, cómo tardaba
tanto tiempo pensé...
-
Pues piense menos y déjeme en paz, se supone que esto
es confidencial y el que tiene que saber lo que meto en la caja soy yo solo.
¡Váyase!
Esperó hasta que los nervios
del susto se hubiesen pasado y continuó metiendo lo mejor colocados que pudo
los billetes hasta dejar la mochila vacía. Cerró la caja y antes de
introducirla en su alojamiento se detuvo y quedó pensativo unos instantes.
Luego de dudar unos segundos volvió a sacar la caja y extrajo de ella diez
billetes, “Para los gastillos”, pensó para si, y entonces con toda la celeridad
que pudo dejó la caja en su ubicación, cerró la puerta y salió de la cámara
acorazada. Al pasar por delante del empleado le espetó:
-
Ya puede meterse en la jodida sala, ¡cotilla!
Con la llave de la caja de
seguridad fuertemente apretada en su mano pensó que podría hacer.
Inmediatamente se acordó de aquella película en la que el protagonista se envía
a si mismo una carta con una nota exculpatoria y se le ocurrió mandarse a una
dirección la llave y cuando las aguas se calmasen podría ir a buscarla y como
él no era el protagonista de ninguna película no tenía domicilio donde enviarse
nada, de forma que se lo mandaría a lista de correos de una ciudad en la nunca
hubiera estado antes y por lo tanto con la que nadie pudiera relacionarle.
Al entrar en la oficina de
correos para el envío de la llave sintió en la boca del estomago una sensación
de vértigo que se asemejaba a aquella que le embargaba cada vez que montaba en
la noria de la calle del infierno de la feria de su pueblo. Una sensación a
medias estimulante, a medias nauseosa y a medias desagradable, deseas que se
acabe cuanto antes, pero cuando llegas al final lamentas que haya durado tan
poco. Una vez abandonó en la oficina de correos la llave en su sobre rumbo a
donde solo él habría podido saber se relajó y le inundó una sensación de
bienestar.
Esa sensación le era familiar,
no era la primera vez que le invadía esa paz cálida, suave y blanda. La primera
vez, ni era capaz de recordar la edad que tenía, todo estaba nebuloso pero, la
invasión de bienestar aún estaba presente y le reconfortaba. La estatuilla de
porcelana de Sevres, que hoy habría sabido horterísima, era la joya de su
abuela porque alguien muy querido, (más adelante supo que ese ser no era su
abuelo y a éste le alegró sobremanera que el cagón de su nieto se la cepillase)
se la había traído de muy lejos. La dejó caer por ver cual era el resultado,
resultado que pronto fue capaz de comprobar. Al ruido de los trozos hechos
añicos acudió la susodicha abuela que lejos de castigar, gritar, azotar o
desdeñar al niño se limitó a cubrirle de besos en respuesta a las lágrimas que
de entre miedo y desazón derramaba al tiempo que le comunicaba que ya había un
cacharro menos para quitar el polvo, (aunque supo ya mas mayorcito, que para
sus adentros, derramó lágrimas de sangre). El medio millón de toneladas que
gravitaban sobre su cabeza de los que su abuela le alivió en un instante fue lo
que produjo esa sensación placentera que ahora le recordaba a la que sentía al
haberse desprendido de la llave y por ende del dinero mal conseguido. Caminaba
distendido ya deshecho del cuerpo del delito y aspiró el aire fresco de la
mañana. Creyó que de repente había puesto fin a sus problemas. Pasaba delante
del escaparate de una tienda de electrodomésticos cuando vio repetida varias
veces en diferentes tamaños la cara de su ocasional y cadavérico ocupante de
coche. Era incapaz de escuchar lo que estaban diciendo como fondo a la imagen
hasta que el realizador tuvo la ocurrencia de ponerle un pie a la fotografía:
“El Moro”, Carmen Blanco Rakdani, conocido Jefe de la Mafia del contrabando y
trafico de estupefacientes, acusado de pederastia. El contenido del estomago de
Casto intento escapar de su confinamiento. La desagradable sensación de ir a
vomitar llenándosele la boca de saliva fue rápidamente reprimida, pero no pudo
evitar marearse y tener que dar un paso atrás para no derrumbarse de la
impresión. A duras penas conseguía reprimirse el vomito y luchaba contra el
mareo y el escalofrío que cada vez más intenso pugnaba por apoderarse de todo
su ser. No quería ni pensar lo que ocurriría si alguien llegase a identificarle
como postrer compañero del jefe mafioso. Como pudo se retiró con la impresión
de que todos los que se cruzaban con él le reconocían como el definitivo
asesino del padrino estilo nacional. Alcanzó con dificultad y quebranto físico
su casa y sin poderlo remediar se tendió
en la cama con la intención de tranquilizarse pero solo consiguió que los jugos
acres e irritantes del estomago se le viniesen a la boca.
El sol, aquella mañana,
reinando sobre un día trasparente y azul calentaba el cascarón en el que Casto
descansaba aún de la noche de brega con las aguas encrespadas de la mar. La
cabeza sin protección alguna se recalentó en exceso, subió la temperatura y la
fiebre le provocó un vomitó que le sacó de la ensoñación. Abrió los ojos para
ver el entorno que a pesar de conocido no le dejaba de despertar curiosidad, ¿o
era rutina de desesperación? Veía turbio y los contornos de las escasas
ondulaciones del agua, borrosos. El mar estaba anómalamente calmo y la calima
sobre las aguas añadía una decoración de misterio al entorno. Sintió que se
mareaba y se notaba la cabeza muy caliente por lo que se llevó las manos a la
frente notando que estaba más ardiente que el sol que inmisericorde le
castigaba. Sin poder evitarlo cayó,
desmadejado, al fondo de la barca. Recogiendo con los restos de fuerzas que le
quedaban las pocas ganas de vivir que le quedaban alcanzó la bolsa impermeable
con los cuatro enseres de supervivencia que llevaba el bote salvavidas. Como
pudo sacó el pequeño botiquín, rebuscó y encontró las aspirinas. Masticó dos de
ellas porque agua ya no le quedaba, y con la garganta ardiéndole de fiebre y
sed asomó las manos por la borda y las hundió en el agua. Con las gotas que
mojaban las manos se humedeció los labios y eso le alivió algo el sequero de la
garganta. Poco a poco se volvió a dejar caer en el fondo del bote hasta que la
fiebre y las aspirinas luchando por el cuerpo que habían tomado como campo de
batalla le sumieron en un estado de
delirio y obnubilación que le hacían ora reír, ora llorar o gritar y rebelarse
contra su destino.
Las aguas ondulantes mecian la
barca y mantenían, acunando a Casto, el sueño pesado, morboso, que tenía preso
al naufrago. En medio del delirio de la fiebre intentando, sin conseguirlo,
poner algo de orden en sus ideas evocó el día de su primera comunión. No sabía
porqué pero se sentía liviano, en medio del delirio que le provocaba la fiebre
le achacó a ésta el que se viese a sí mismo vestido de marinerito pasando el
peor día de su vida. Aquel fue un día
desagradable y tenso y siempre pensó que el espíritu rebelde, que le procuró
tantos disgustos en su vida, se debía en buena parte a la nausea que le provocó
aquel esperpento de ceremonia. El alma inocente de aquel “Tito”, se juramentó
aquel día que jamás volvería a dejarse manipular ni de esa ni de ninguna
manera.
Todo tenía que desarrollarse
ateniéndose a una programación estricta de obligado cumplimiento. Las mojas del
colegio donde se desarrolló la ceremonia eran lo más parecido a una compañía de
marines; ni un error, ni un fallo ni una dilación en la programación horaria e
implacables con los fallos; no les temblaba la mano a ninguna cuando de azotar
las pantorrillas con la vara se trataba,
escocía mucho y si alguien
intentaba esquivar el golpe se lo daban con redoblado esfuerzo. Las
piernas temblaban y no solo porque la
comunión fue un 30 de Abril en que hacía un frío de muerte sino por el miedo al
fuego del infierno y los arteros varazos que aquella sádica de monja les
prometió a los tres que comulgában si las cosas no salían como ella había
pontificado que deberían salir. Casto, Tito, tenía la barriga descompuesta de
los nervios y no pudo reprimir en medio de la ceremonia, en la exclusiva
capilla de aquel exclusivo colegio de monjas aristocráticas que se le escapase
algo de caldo intestinal más o menos maloliente y decididamente coloreado de un
siena tostado que rápido, como el rayo que despedían los ojos de la monja,
coloreó el inmaculado blanco del pantaloncito de marinero que su madre le había
comprado con mil sacrificios. Dio el tiempo justo a tomar la hostia consagrada
y poco más porque la religiosa tonante como el rayo de Odín expulsó por reprobó y sacrílego sin
ningún miramiento a Casto de la capilla donde había cagado de forma irreverente
mientras el sacerdote celebraba la misa. Fue un escándalo y el pobre niño se
sintió desgraciado, no tanto por la incomodidad de verse cagado y hecho
escarnio de todos, principalmente las monjas, sino por los vahídos y
privaciones de que fue objeto su madre al comprobar como su niño del alma era
puesto como ejemplo de endemoniado con ganas de echar basura sobre lo mas
sagrado. Esa misma urgencia que en aquella escrupulosa capilla oliendo a calas,
azucenas y celindas, le sobrevino por sentirse atenazado de terror pánico era
la que ahora mismo le llamaba a la puerta de su tripa pugnando por aliviarla.
Despertó en el fondo de la barca al sentirse enmerdado de una diarrea apestosa.
Las aspirinas habían conseguido refrescarle de la fiebre pero de alguna manera
le habían desatado el intestino y ahora se sentía mísero y desamparado. Sin
saber que hacer, de repente se dio cuenta de que lo que le sobraba era agua
para lavarse. Con el cuerpo quebrantado por la fiebre, dolorido por la piel
quemada y sobre todo sin esperanza alguna para él, se despojó del pantalón y el
calzoncillo. Se dejó caer por la borda y durante unos minutos la frescura del
agua le alivió, pero el recuerdo de los tiburones que pudieron terminar con sus
desgracias le devolvió, ya limpio, al barco otra vez. El pantalón fue enjuagado
y el calzoncillo se hundió en el agua nada más ser arrojado con furia lejos de
la barca. Derrotado y deshecho después de desprenderse, de lanzar lejos su ropa
interior sucia, como si quisiese con ese gesto desgajarse de lo que le estaba
sucediendo, se quedó sentado en la borda inclinado sobre su regazo llorando
desconsoladamente. En ese momento una gaviota graznó encima de su cabeza y una
brillante luz le iluminó el cerebro. La tierra no podía estar tan lejos. ¿Pero
donde? Una luz se encendió al fondo de su desamparo. ¿Cuántas millas podría
volar mar adentro una gaviota?, no tenía ni idea. Pero que estaba cerca de
tierra era seguro, cerca del tesoro más preciado para su cuerpo, para su vida,
tierra, gente, vida humana, relación,
todas esas cosas que nunca apreció, porque lo primero era su individualidad, su
antojo, su deseo y siempre había alguien o algo que se interponía. Después de
todo no estaba tan solo ahora como antes; ahora estaba en peligro de desaparecer
y deseaba contacto humano, aunque muriese después, pero morir solo sin un por
ahí te pudras de un semejante era radicalmente perverso. Cuando lo tenía todo,
desconfiaba de todos y cuando además tuvo dinero fue incapaz de saber si quien
se acercaba a él era por su dinero o por su persona. ¡Quien se acercaba a él!
Se le vino a la cabeza Claudia. El llanto al recordarla recrudeció y la
angustia le asfixiaba. Por fin pudo gritar de ansiedad, hasta enronquecer, su
nombre. Ahora, en esa menesterosa situación si era capaz de interpretar sus
gestos, su acercamiento, su mirada y concluía que eran sinceros, no preñados de
interés como su egoísmo le susurraba cuando ella se acercó para simplemente
estar a su lado..., y la rechazó, después de la primera increíble impresión,
pasando por el famoso sentido común sus verdaderos sentimientos; no se fiaba,
tenía que defender su patrimonio y quien sabe si ella venía a arrebatárselo.
¿Porqué no hizo caso a su corazón?, ¿porqué pasar por la cartera sus
sentimientos espontáneos?
Casto continuó con su tedioso
trabajo durante tres meses más sin salirse de su rutina. Esa rutina le defendía
de sospechas pero no le libraba de mirar por encima del hombro, de cambiar de
convoy en el metro en cuanto creía que alguien le miraba torcido, o de
detenerse ante un escaparate cualquiera para despistar, en su paranoia, al que
él estaba convencido que le seguía para apiolarle. Únicamente quebró esa rutina
a los diez días de mandarse a lista de correos la llave de la caja de seguridad
viajando dando un gran rodeo hasta la ciudad donde se encontraba su llave para
recogerla.
Al cabo de esos tres meses
escuchó en la radio del coche que el caso del mafioso encontrado muerto,
quedaba cerrado. Del dinero que llevaba, nadie dijo nada y Casto harto ya de
saberse rico aparentando ser pobre se despidió de la empresa aduciendo una
alergia que le obligaba a desaparecer. Se fue en busca de su dinero, lo metió
en una bolsa de viaje y cogió el primer vuelo que salía para las islas. Fue
sencillo, ropa cara, cambio de aspecto, apartamento de lujo y visita a un banco
donde depositar el dinero. Ante tal cantidad de efectivo, el director de
aquella sucursal intentó que no le diese un infarto y sin rechistar recogió
aquella cantidad ingente de billetes y con la mejor de sus sonrisas se le puso
de alfombra a Casto. Quedaron para dos días más tarde en que después de
consultar los mejores valores del mercado el dinero pudiese colocarle en las
condiciones más ventajosas.
Aquella tarde con la mejor de
sus sonrisas se puso en manos de una masajista y esteticista que le dejó su
piel con diez años menos y el espíritu exultante de satisfacción por el
triunfo. Si, valieron la pena los tres meses de infierno y miedo cerval que le
hicieron adelgazar diez kilos, pues siempre tenía un nudo en el estomago. Ahora
el nudo se había desecho milagrosamente y tenía hambre y se sentía pletórico y
quería disfrutar de lo que la vida y un golpe de suerte le ofrecía.
Bajó a la playa con ganas de
tomar un tibio bañó de sol y refrescarse a continuación en las cálidas y
turquesas aguas de la bahía. Se tumbó en una hamaca y a los pocos minutos pasó prácticamente flotando delante
de sus ojos aquella diosa. Fue un instante, quizá dos segundos, como máximo
tres pero aquellos ojos verde agua le miraron de otra forma. Eso no era mirar,
era atravesar, disecar, abrasar con una mirada. Sonrió, hizo ademán de
detenerse y siguió de largo sin volver la vista atrás. Tan tórrida,
electrizante, densa, cargada de deseo vehemente fue que ni se fijó que cuerpo
portaba la cabeza que poseía unos ojos capaces de mirar así. Aquella diosa se
perdió entre la gente de la playa y para cuando decidió que tenía que conocer a
aquella mujer la había perdido. Dio vueltas y más vueltas y cuanto más tiempo
pasaba más se recriminaba no haber sabido reaccionar y saltar para preguntarle
su nombre, quien era, que quería, de donde venía, donde iba..., y sobre todo,
porqué esa mirada. Cuando comprendió que no podría encontrarla, dejó de tener
ganas de sol y playa y regresó a su apartamento cabizbajo y triste. Tenía la
impresión de que se había olvidado algo importante pero sin poder determinar
qué, desazón de no saber que le faltaba en ese día y se suponía que no debería
faltarle nada. Durmió inquieto aquella noche, demasiadas vueltas en la cama,
sudoración pegajosa y boca pastosa al despertarse. El poco tiempo que pudo
conciliar el sueño la mirada de aquella mujer le incendiaba el alma y al arder
entero experimentaba un placer especial, tanto que una de las veces que se
despertó tenía la entrepierna pegajosamente húmeda y maloliente. Se recriminó
por tener poluciones nocturnas a esas alturas de su edad y ya no pudo pegar ojo
en toda la noche. Sentado en la terraza de la habitación, fumando
incansablemente y con los pies apoyados en el barandal estaba hipnotizado por
la plata liquida que la luna derramaba al mar, pero en su cabeza solo existía
la mirada, y la sonrisa esbozada posterior de la mujer misteriosa que le
trastornó el día. De repente, como un mazazo, la duda se abrió paso con la facilidad
que un puño penetra un bloque de mantequilla templada. ¿Le estaban buscando?
Inmediatamente rechazó la idea, no se consentía abandonarse al estado paranoico
de creerse que todo el que le rozaba pretendía aniquilarle. De haber dado
pábulo a la sospecha, se habría marchado de inmediato a otro lugar con su
dinero puesto ya a buen recaudo, pero era incapaz de dejar que ese fantasma que
le pasó delante de los ojos se diluyera en su deseo como una de las volutas de
su cigarro lo hacía en la templada atmósfera de la madrugada. Y si después de
todo estaba siendo objeto de una trampa con el objeto de hacerse con su dinero
asumía el riesgo. Tenía que saber quien era esa mujer, iba a saber quien era,
estaba firmemente decidido.
Al día siguiente, después de un
desayuno sin ganas, volvió a bajar a la playa y la mala noche pasada le sumió
en un dulce sueño sobre la hamaca. Cuando despertó de la modorra el sol estaba
alto y algún ángel custodio había tenido el sentido de ponerle una sombrilla
que le cobijase del ardiente sol del mediodía. El ángel resultó ser el camarero
del apartotel que atendía esa zona de playa que en cuanto comprendió que Casto
había regresado al mundo de los vivos se aprestó a ofrecerle algo de beber.
Casto entre nebulosas aún de la cabezadita contempló como le ponían en la mesa
una cerveza bien fría y en ese momento se le ocurrió que quizá él que podría
saber algo de la mujer de la mirada tensa podría ser el camarero. Pero por más
señas que le quiso dar el pobre empleado se disculpaba diciendo que el estaba a
su trabajo, que algunas mujeres llamaban más la atención que otras pero que con
los pocos datos que le daba no sabía.
Estuvo todo ese día y el
siguiente esperando en su hamaca todo el tiempo que pudo pero la mujer de la
mirada tensa no se dejaba ver. Poco a poco la imagen de aquella cabeza clavando
la mirada en sus ojos fue difuminándose y llegó un momento en que ya no era
capaz de dilucidar si la mirada era más o menos intensa o incluso si habría
sido dirigida a él. Las horas iban tendiendo un manto de polvo de olvido sobre
el recuerdo hasta que éste no era poco más que un sueño agradable pero
impalpable. Finalmente, al segundo día de espera y con el amargor de aquella
mujer perdida que ya pertenecía a la categoría de los ensueños desistió de seguir
empecinándose en encontrarla. Se juramentó mientras se duchaba que nunca jamás
volvería a obsesionarse. Tenía todo lo que se podía comprar con dinero, y si
quería mujeres de bandera..., pues también. ¡A la mierda con los
sentimentalismos!
Se vistió completamente de lino
crudo para salir a la noche blanda y sensual del verano. El local de más marcha
y prestigio era el “Mr. Peter”, un establecimiento enorme con tres plantas,
antigua harinera reciclada a lugar de moda más chic de toda la isla. El conserje
del apartotel le facilitó una tarjeta para poder entrar por la puerta VIP sin
necesidad de hacer cola.
Enseñar la tarjeta al gorila de
la puerta y franqueársele todas las sonrisas, más abiertas que las puertas, le
dejaron paso a un ambiente pleno de glamour y lujo caro. A la puerta se
arremolinaba una cantidad de gente que pugnaba por acceder al local pagando lo
que hiciese falta, pero no era cuestión solo de dinero, se trataba de que no se
colase nadie indeseable o que fuese incapaz de soportar las conductas de los
parroquianos más excéntricos.
Se dirigió Casto a la barra que
encontró más cercana abriéndose paso entre la multitud elegante que pululaba
como hipnotizada por la música y las luces. Pidió una ginebra sola y le dio la
espalda a la barra con el vaso en la mano. Haciendo balance de los pasados
meses se complació en su destino y se felicitó de lo bien que lo había manejado
todo. De repente se le provocó un terremoto en el corazón y todos sus
propósitos de ser inmune a las miradas viniesen de donde viniesen se derruyeron
como un castillo de naipes. Estaba allí la mujer de la mirada tensa. Intentó
sostenerle la mirada pero fue incapaz de hacerlo más de cinco segundos. Algo
tenían aquellos ojos que le hacían batirse en retirada; era fuerte, sólida, viniendo
de unos ojos inexpugnables, imposibles de traspasar. Dibujó una sonrisa en su
boca sin dejar de mirarle y con gran seguridad se le acercó, la misma seguridad
que Casto iba perdiendo a medida que veía que ella estaba cada vez más cerca de
él.
No hicieron falta muchas mas
palabras porque ella con sus gestos, sus mohines y con su mirada, esa mirada
profunda que le hacía temblar sin que pudiese reprimírselo derribaron todas la
barreras y amalgamaron los corazones. Pero quedaron de súbito detenidos, con el
tiempo congelado a su alrededor, dejaron ambos de escuchar la música y los
ruidos que le acompañaban. Se miraban a los ojos incapaces incluso de parpadear
para que la magia del instante no se deteriorase. Casto deseaba alargar su mano
y tocarla pero no era capaz, temía que con su roce se disolviese como una
voluta de humo la imagen. Ella miraba con una bonita sonrisa colgada de sus
labios que entreabiertos dejaban ver una hilera perfecta de esmaltes blancos
como el aura que en torno a ella veía Casto. Los labios brillantes y suculentos
fueron el talismán que terminó por romper la inercia de la inactividad. No fue
pensado, tenía que suceder y sucedió. Casto se inclinó hacia ella, ajeno a
cualquier proyecto de voluntad y rozó
los labios con los suyos momento que aprovecho ella para abrir un poco más la
boca e insinuar la lengua húmeda y cálida que rozó levemente los labios de él
que ya no le quedó otro remedio que cerrar los ojos y flotar libre por el éter
de su encandilamiento. Después de un interminable segundo que duró el contacto,
con la piel erizada y los labios quemados del tenue beso preguntó con temor a
perder el sortilegio del instante por el nombre de la hechicera que acababa de
robarle el corazón.
La sensación quemante de la
boca le devolvió a la desesperante realidad, le escocían los labios que le
sangraban por las grietas provocadas al hacer los gestos del sollozo. El calor
asfixiante le ayudó a subir la fiebre hasta hacerle delirar una vez más. Medio
tirado en el fondo del bote se asomó por la borda porque escuchaba como le
llamaban por su nombre. Al mirar a lo lejos pudo observar a pocos metros una
playa de arena clara con cocoteros que llegaban justo hasta el agua. Veía
borroso pero creía distinguir alguien que le hacia señales para que se lanzase
al agua cuanto antes y ganase nadando la orilla. Tenía pocas fuerzas para
saltar la borda del falucho pero lo intentó. Estaba agotado de la fiebre y los
días al sol abrasador del trópico, la falta de alimento y de agua; no le
faltaría demasiado para rendir viaje de la vida hacía ese otro lado oscuro del
que nunca se preocupó en exceso. Pero la playa estaba allí al alcance de su
mano, cerca, con su promesa de agua fresca y alimentos y reposo. Levantó la
pierna derecha para sacarla del bote y poder lanzarse al agua y el gesto le
llevó de la mano de su fiebre y el delirio a sacar de su memoria el mismo gesto
que realizó con Claudia nada mas conocerla.
La melodía arrebatadora de una
voz cristalina y firme al tiempo, pronunciando el nombre; Claudia, hizo que Casto
desease morir en aquel momento porque se habían cumplido todas sus expectativas
de gozo y felicidad. Escuchar el nombre de aquella mujer que le rendía era como
si se apropiase de ella misma y se la llevase a vivir en lo mas profundo de su
corazón; ya no necesitaba más, ya lo tenía todo, estaba lleno de felicidad y la
alegría le chorreaba por los ojos en forma de lágrimas serenas y abundantes.
Ella le sonreía y él la tomó por las manos. No necesitaba más, al parecer, de
modo que al unísono, sin necesidad de acuerdo o complicidad se fueron hacia la
puerta. A Casto le resultaba difícil conducir hasta el apartotel porque era
incapaz de estar más de cinco segundos sin perder su mirada en Claudia. Se
felicitaba una y otra vez de haberse encontrado con el mafioso de marras que le
franqueó el paso a este encuentro que se anunciaba como la solución definitiva
a su soledad, que por otra parte tanto apreciaba, pero le lastraba en cuanto a
la necesidad de compañía en bastantes ocasiones. Se sentía un colegial, un quinceañero
que acaba de descubrir la sexualidad confundida con el amor y la alegría de
vivir. Deseaba que aquel momento no terminase, pero finalmente, después de
algún que otro despiste en la conducción, terminó en el aparcamiento. Sin salir
del coche, se besaron largamente, con reposo, tranquilidad y parsimonia,
disfrutando de cada roce, de cada seda de lengua de cada humedad de saliva
dulce anunciando la humedad de otra oquedad más secreta, placentera y oscura.
El portero rompió el encantamiento acercándose al coche para ver si les sucedía
alguna cosa desagradable y les sorprendió en el penúltimo beso dulce lo que
produjo en el empleado un azoramiento respetable y unas risas de niño cogido en
la última travesura simpática por parte de la pareja que encontraba en ser
sorprendidos en plena faena otro motivo de disfrute.
Descendieron del coche plenos
de vida y placer y vieron la piscina que a esas horas se encontraba cerrada al público.
No les hizo falta más que una mirada cómplice para levantar, con la agilidad
que presta el amor ilimitado, la pierna por encima del barandal que hacía de
obstáculo para que no se utilizasen las instalaciones fuera de horario y entrar
al recinto para tomar el baño fresco los dos juntos.
Casto sonrió febril y mórbido
al verse saltando la baranda de la piscina del apartotel pero se sintió
sorprendido cuando en lugar de encontrar el mullido césped debajo de sus pies
al otro lado, solo encontró, agua salada y caliente en la que hundía su mísero
cuerpo que se abandonaba ya definitivamente a su destino que era ser pasto de
los peces. Recordó a Claudia por última vez, cerró los ojos resignado y se dejó
sepultar en agua, un agua como aquel de la piscina en que también se dejó
sumergir.
Sentía las manos de Claudia en
su cabeza empujándole hacía el fondo y se regocijaba dejándose hundir. Cuando
estaba llegando al fondo sujetaba las piernas de su amor y la llevaba al fondo
con él. Después los dos emergían exultantes de gozo por el juego llevado a cabo
y se besaban tiernamente abandonándose otra vez al fondo sin apartar el
contacto de los labios. Permanecieron así el tiempo preciso hasta que el
vigilante nocturno alertado por el chapoteo inspeccionó lo que ocurría. Como
dos niños felices de vivir se disculparon riendo y empapados se salieron del
agua dirigiéndose al apartamento de Casto dejando por el camino un rastro de
agua.
Se desnudaron con avidez. Ya la
urgencia se imponía. Lo que antes era disfrute de la morosidad se convertía en
necesidad imperiosa de alcanzar la meta cuanto antes. Los dos se necesitaban
como si hiciese una vida entera que no se hubiesen visto, porque la sensación
era que se conocían de toda la vida solo que las circunstancias les apartaron y
no les consintieron encontrarse hasta esa noche.
Como dos chavales retozaron y se
exploraron hasta los más recónditos lugares de sus anatomías con sus lenguas y
sus bocas. Ninguna parte de cada cuerpo se quedó sin ser conocida por el otro y
disfrutada. No hubo reservas, tan solo entrega y placer. La vida podría haber
muy bien terminado allí, el armagedón no habría conseguido interrumpir lo
empezado, nada tenía absolutamente importancia fuera de ellos dos, la
naturaleza entera, el cosmos entero se resumía en aquellos dos cuerpos desnudos
rozando sus pieles e intercambiando sus sudores. Eran en aquel momento la
culminación de la creación y eran perfectos acoplándose con la exactitud de un
reloj suizo. Gozaron, se gozaron hasta que los cuerpos se agotaron de goce y
placer y les sumieron en el más reparador de los sueños, pero entrelazados, sin
desprenderse el uno del otro porque ya formaban una sola cosa.
Los primeros rayos del sol
bañaron los cuerpos triunfantes de los amantes despertándolos de su merecido
sueño. Fue cuando empezaron las palabras las que se abrieron paso entre los
gestos y las caricias arrumbándolas en la zona oscura de los sentires y se
hicieron dueñas de la situación cuando los problemas empezaron para Casto.
Palabras, malditas palabras.
No se dio cuenta porque ya
estaba muerto, o eso es lo que él creía, pero unas manos poderosas le izaron
dentro de una embarcación. El no pudo escuchar como en otro idioma alguien
repetía de forma martilleante y ansiosa: “está vivo, está vivo”, y de haberlo
escuchado tampoco lo habría entendido. Le despertaron los rayos del sol de otro
día impactando en su cara. Al abrir los ojos se vio rodeado de gente extraña
con caras sonrientes, caras que traslucían amistad. Le hablaban, pero él no
entendía lo que querían decirle, como tampoco entendió nunca porqué aquellas
palabras de Claudia le tuvieron que arañar el alma haciendo que sangrase
desconfianza y matase el amor que había sentido solo unas horas antes.
-
¿Te das cuenta que no usamos preservativo?,- en la voz
de Claudia había una entonación maldita.
-
¿Y para que podríamos haberle querido, mi amor? Yo no
tengo ninguna enfermedad, de haberla tenido mi prioridad habría sido
preservarte de ella, y en el caso de que la tuvieses tú, nada me honraría más
que compartir esa enfermedad contigo, porque sería tuya y deseo de forma ciega
y reverencial todo aquello que te pertenezca. Finalmente en el caso de que te
quedases embarazada ¿que mayor orgullo y gloria que ser el padre del hijo que
llevarías en tus entrañas?
-
A ti, claro, te daría igual, veo – giro en redondo
señalando los muebles y enseres que le rodeaban - que te sobra el dinero para
ir en busca de cura para cualquier enfermedad al lugar del mundo que te haga
falta, en cambio yo, imagina que tu tienes lo que no sabes y yo lo contraigo – Claudia
cambió la entonación y le dio a la frase siguiente una coloración sarcástica y
como de humorada - Solo esa posibilidad necesitaría de una compensación.
Los oídos de Casto no estaban
preparados para sarcasmos ni sutilezas de semejante jaez y ocurrió lo que no
debería haber sucedido jamás.
La palabra rebotó en las
paredes de la habitación como una bala perdida que cruel, busca carne a la que
herir. Esa sola palabra, ”compensación”. Se le abrieron los ojos y palideció,
no había estado con él por él..., una vez más perseguían su dinero. ¡Con que
rapidez huelen las hienas la carroña! El mundo se le derrumbó bajo el peso de
la decepción. Claudia no fue ajena al cambio de coloración de su acompañante y
se le quedó mirando interrogativa. Después de sostener un largo silencio lo
rompió con temblor en la voz. Se dio cuenta entonces que aún no le había dicho
el nombre y dándose cuenta de que la situación se había vuelto de pronto
violenta sin saber cómo intentó rebajar la temperatura de hielo que se alzaba
entre ellos haciendo uso del nombre que no conocía.
-
¿He dicho algo que te haya ofendido?, se te ha cambiado
no solo el gesto sino el color de la cara..., y a propósito, aún no me has
dicho tu nombre – se acercó a él remolona con la sonrisa retratada en sus ojos
– y yo si te lo he dicho a ti. ¡Ya!, eso es, te ha sentado mal que no te haya
preguntado el nombre, pero es que..., compréndeme, te conozco desde siempre y
tu nombre es mío aunque no sepa pronunciarlo. Enséñame a decirlo con tus labios
y yo te prestaré los míos para expresarlo.
Casto con los ojos rasos de
lágrimas de un dolor que se creía no iba a poder resistir esperó a que se le
acercase y le rodease con sus brazos. Dejó caer la cabeza en su hombro y siguió
llorando con sentimiento.
-
¿A que te referías cuando me hablaste de una
compensación? Eres una profesional, ¿no es eso? Pero yo no te he tratado como a
tal. Creía que eras...
-
¡No sigas, por favor, no sigas! – y le puso sus dedos
en los labios para que callase la ignominia que estaba recitando.
-
Si Claudia, si tengo que seguir. Yo creí cuando
cruzaste tu mirada con la mía que esa mirada era sincera, pero no lo era, solo
era profesional. ¡Enhorabuena!, eres una magnifica profesional, conseguiste
engañarme...
-
¡¡No!!. – con el gesto recio y la entonación de acero
le preguntó - ¡Dime tu nombre para que pueda seguir hablando!
-
Casto, el estúpido, el inocentón, el bobo de Casto que
tiene necesidad de que le quieran y se cree lo que tiene necesidad de creer.
-
¡Escúchame Casto!, no tengo ni la más remota idea de lo
que te ha sucedido pero yo no he tenido nada que ver. – Se detuvo un momento
dejando en el aire flotando el silencio más espeso, al tiempo que entornaba los
ojos y asentía con la cabeza como la que ha descubierto el misterio de los
mayas -. Ya me doy cuenta de que como lo que querías ya lo has conseguido.
¡Claro hombre!, se impone ahora el inocente corazón roto del hombre cabal por
no se sabe que ofensa hecha por la arpía de la mujer de turno para cargarse de
razón y darle el boleto. ¡No, no digas ni media palabra más!, lo he entendido
perfectamente. Te creí diferente y una vez más he patinado. Pero eso sí, no
quieran los hados que me quede preñada de ti, pero si eso sucediese, el aborto
corre de tu cuenta, espero que hasta ahí pueda llegar tu caballerosidad.
En medio del estupor de Casto,
Claudia recogió sus pertenencias, se vistió con ligereza y sin mirar hacia
atrás salió del apartamento dando un portazo.
Aún no sabía que había
sucedido, estaba perplejo pero lo que hacía pocos minutos era la eternidad
hecha amor, incendio de corazones al unísono, vibración de almas en comunión se
deshacía como la sal en el agua. En las pocas horas que van de la madrugada al
alba había edificado una ciudad entera con el amor de su vida y la había
arrasado utilizando para ello la fuerza de una palabra pronunciada a destiempo,
no entendida e interpretada de forma torticera.
Poco a poco la vista se le fue
acostumbrando al entoldado verde a través del que se filtraban los rayos del
sol de forma amortiguada. Sentía frescor en la boca y la lengua porque se le
estaba mojando con agua fresca. Y a medida que podía ir acomodando su visión se
le fue conformando sobre él la cabeza de una persona que no conocía y de un
color oscuro y unos surcos y tatuajes que le recorrían la cara. Intentaba
decirle algo que él no entendía, pero prefirió quedarse a la expectativa.
Aquellas palabras ininteligibles para él fueron haciéndose machaconas. Casto
finalmente decidió que era mejor intentar utilizar los signos universales para
entenderse, de forma que se encogió de hombros para dar a entender que no era
capaz de comprender su lengua. Pero tampoco sabía que en aquella sociedad ese
inocente gesto era toda una ofensa para el que lo recibía. Aquella cara
inclinada sobre él de aparecer amistosa se tensó en guerrera y empezó a escupir
lo que no tenía más remedio que ser insultos preparativos de una agresión más
contundente que la de las palabras. Llegó en ese momento una persona de mayor
edad y gestos autoritarios que no tuvo más que decir cuatro palabras en tono
medio para que los ánimos se calmasen. Después de echar a todos del recinto
donde Casto se encontraba, le invito con un gesto a que se sentase, el hizo lo
propio enfrente de él y se le quedó mirando con gesto compasivo. El silencio
solo roto por los ruidos de la naturaleza viva que venían del exterior se
estaba haciendo eterno hasta que Casto, con los nervios destrozados por la
espera se decidió a hablar.
-
Aunque usted no me entienda, tengo que decirle que no
se que hago aquí. Supongo que no estoy muerto porque esto no tiene aspecto de
infierno que es lo que merezco, pero el caso es que no recuerdo más que me
hundía en el agua del océano y no me importaba en absoluto morir. Tengo dinero,
mucho dinero, mi barco naufragó no se cuantos días hace ya, pero podría darles
lo que quisiesen por acercarme a la civilización. Fue una locura aventurarme
para una singladura en solitario sin la debida experiencia. Supongo que nunca
se tiene la suficiente..., he sido temerario..., no se como hacerme entender.
Solo soy un naufrago que no sabe como hacerse entender y al que todo el dinero
que tiene no le sirve sino para ser el hombre más desgraciado del mundo, que no
sabe separar la paja del interés del grano de la sincera amistad..., quizá
porqué yo nunca supe brindar ese tipo de amistad a nadie. Un naufrago de la
vida que ejemplariza su estado perdiéndose en medio del océano y que
finalmente, para su más rematada desgracia, es rescatado en el último instante
cuando tenía la decisión asumida de desaparecer.
El hombre escuchaba con ojos
profundos de extremada atención y solidaridad con una persona que a la vista
estaba que sufría y no sabía como poner fin a ese sufrimiento.
El portazo que dio Claudia al
salir por la puerta le estalló en los oídos como si una granada le hubiese
explotado a escasos centímetros de la cabeza y en el corazón le hizo el efecto
de una bomba de fragmentación en un museo de cristal de Murano, añicos por
todos lados sin posibilidad de reparación.
¿Qué había pasado? Todo había
transcurrido en un ambiente mágico, de cuento de hadas. Ni escrito por un mal
guionista de culebrones venezolanos podría haber salido más redondo. Los tres
días primeros de angustia, la renuncia final ante la imposibilidad de lo
inalcanzable y el premio final cuando las esperanzas no eran más que delirios
de demente en una noche de mala borrachera de alcohol de garrafón.
¿Qué carga podía llevar esa
maldita palabra, “compensación”, para hacerle saltar todas las alarmas en su
cabeza y sacarle las uñas más afiladas?, ¿Tan poco valía él para que no pudiese
encontrar quien le quisiese por su alma en lugar de por su cartera? Pero
Claudia solo había dicho “compensación” y compensaciones las había de muchas
clases no necesariamente dinerarias, ¿porqué tuvo que reaccionar así?
Casto, en ese momento
comprendió lo que acababa de perder por estar solo pendiente de la cartera en
lugar de su corazón. Intentaba echar la basura del interés sobre los otros
cuando el único interesado era él, que pasaba todo aquello que escuchaba, por
muy poco equivoco que fuese por la interpretación en clave de compra y le escocía
tanto que veía los ojos de los otros solo como pantallas de caja registradora.
Sin darse cuenta Casto había mercantilizado su vida pero exigiendo a los demás
el más exquisito de los rechazos a todo lo que fuese interés.
Pensó en correr detrás de
Claudia pero estaba apabullado por lo que acababa de hacer, avergonzado por su
mercantilismo. Recordaba aquella mirada limpia y profunda, una mirada que solo
quería absorberle por ser él quien era, no por lo que tenía, llevárselo dentro
de sí entrando a saco a través de los ojos. ¿Cómo pudo...?
No pudo reprimir las lágrimas
que le escocían en los ojos porque se peleaban por salir fuera todas a la vez.
Cayó desmadejado, llorando de pena negra y
de indignación consigo mismo al tiempo y se quedó allí en el sofá, inerte,
como si fuese un cojín más del mueble. El profundo disgusto le rindió en forma
de sueño pesado.
El anciano que le escuchaba
quedó en silencio después de que Casto terminase su perorata. Casto esperaba
que rompiese a hablar en la jerga en la que se dirigieron antes a él y la
desesperación le mordió el alma como si un perro hambriento y rabioso se
ensañase con su carne. No podría hacerse entender y permanecería durante dios
sabe cuanto tiempo en aquel mundo apartado sin la fortuna que tantos sinsabores
le procuró hasta que pudo hacerse con su dominio. Allí de nada le valía, no
sabía donde se encontraba ni la forma de salir de aquella cárcel sin barrotes.
La desesperación le hizo agitar su respiración, angustiarse y contraer el gesto
de su cara por el dolor infernal al que no encontraría nunca alivio. Cuando no
pudo más se acercó al anciano que sonriente y pasivo, en apariencia, se
encontraba delante de él y con su cara a escasos centímetros de la suya le
chilló.
-
¿Porqué no me dejaron morir?
El anciano ni se inmuto. Se
limitó a sonreír y contestar con parsimonia.
-
No habría estado bien dejar morir a un semejante. Los
dioses antes o después nos lo habrían demandado cobrándose al menos diez vidas
por la suya.
Casto no podía creer lo que
escuchaba. Estaba oyendo hablar en su propio idioma. Con los ojos desorbitados
y boqueando como un pez fuera del agua consiguió finalmente hilar unas
palabras.
-
¿Porqué..., porqué no me dijeron antes que hablaban mi
idioma?, he estado como un imbecil hablando y hablando sin que nadie me
respondiese, ¿porqué?
-
No hay porqué. Yo soy el único que habla tu idioma y a
mi directamente no me preguntaste nada, te limitaste a dar por hecho todo. Yo
callé respetuoso con tu dolor. Solo esperaba que te vaciases para poder empezar
a ayudarte. En nuestro pueblo siempre pensamos que no hay nada tan inútil como
intentar ayudar a alguien sin esperanza, es mejor que primero se agote
debatiéndose contra su propia incapacidad y después...
-
Ha debido divertirse mucho a costa de mi desesperación.
-
No, he sufrido, pero no necesito que lo crea. Si desea
que le acerquemos a lo que usted llama civilización lo haremos, pero ya no
podrá ser hasta mañana. Ahora disfrute usted de lo que queda de día y de noche
y mañana podrá volver a su jungla, que por cierto se encuentra más cerca de lo
que usted se piensa. Pero antes de decidir si quiere o no volver a su mundo,
¿se ha parado a pensar porqué los dioses han querido depositarle aquí?
Seguramente no se ha dado cuenta aún que los dioses le están escondiendo de
usted mismo, de otra forma no tendría ningún sentido que haya venido hasta aquí
y los dioses siempre hacen las cosas con miras a favorecer a los hombres,
aunque muchas veces nosotros, pobres indigentes, no sepamos ver las autenticas
razones que mueven a los dioses a actuar.
-
¡Pero que dioses, ni que dioses!, están todos los
locos, el mundo lo mueven las leyes de la física y los caprichos de los
hombres, nada más.
Casto se quedó pensativo
intentando colocar cada pieza en su sitio. Cada vez entendía menos las cosas.
Sabía que mañana volvería de regreso a su mundo desde este otro en que todos
pensaban que lo mejor es esperar antes de actuar, en el que todo debía tener
una razón para existir, donde lo primero
es escuchar antes que hablar. Hablar...
-
¿Cómo aprendió usted mi lengua? – puso cara de
entomólogo ante un insecto sin catalogar.
-
¿Tanto le supone saberlo? Pero antes de todo debemos
saber nuestros nombres de otra forma, ¿cómo podríamos seguir hablándonos? Mi
nombre, escrito en las estrellas es Chak-too-li, ¿y el tuyo?
-
Casto, solo Casto.
-
Bien Casto. Justo antes de que pasasen siete épocas de
tifones recaló un barco en nuestra isla. Una mujer se encaprichó de mí y un día
que estaba nadando en la mar en compañía de mis amigos fui raptado por unos
criados de la mujer. Estuve llorando una semana entera en un caserón enorme,
casi tan grande como esta isla, sin comer siquiera, hasta que la tentación de
unos alimentos suculentos puestos a mi alcance hicieron que desistiese de mi
pena por la perdida de mis padres y mi gente y me resignase a mi nueva situación que sin duda era querida por
los dioses aunque yo no lo entendiese en aquel momento. La señora, como luego
comprendí, había perdido un hijo que por lo visto tenía parecido conmigo y ocupé
de alguna forma su lugar. Al terminar mis estudios de relaciones
internacionales, - Casto no pudo reprimir una carcajada, ante la que
Chak-too-li sonrió condescendiente, dejó que Casto terminase de reír y siguió
con su relato –, como iba diciendo, al volver de Georgetown con mi diploma bajo
el brazo se lo entregué a la señora y le dije humildemente que ya que había
hecho lo que ella quería, debería dejarme a mi ahora hacer lo que yo quería y
lo que quería era volver a mi isla, a esta isla. Le dije que prefería hacerlo
con su bendición, porque aprendí a respetarla, me trató siempre como a un hijo,
pero que de cualquier forma me vendría a la tierra de mis padres. Los dioses
quisieron que la señora recapacitase y pude volver con sus bendiciones; nunca
le reproche el secuestro y ella no llegó a entender que rechazase una vida
muelle llena de lujo por una existencia dura y de privaciones. Lo que aprendí
me sirvió para defender a mi pueblo de los intereses que querían hacer de mi
isla una urbanización de lujo permitiendo que nuestras costumbres perdurasen
como eran desde hacía siglos y pudiésemos seguir siendo felices. Entonces
comprendí cuales eran las miras de los dioses permitiendo que me llevaran.
Ahora ya sabes porque hablo tu idioma y porque he comprendido a la perfección
todo lo que has dicho y precisamente por eso te compadezco. Eres presa del
materialismo y así nunca serás feliz y por lo tanto por mucho que te esfuerces
en ningún sitio estarás a gusto. Por tus venas no corre sangre, corre dinero y
como es natural te lo podrán robar y con el tu vida. ¿Porque no te quedas entre
nosotros y aprendes a conocerte?
Casto no conseguía salir de su
asombro. ¡Quedarse él en aquel agujero!, ¿y el móvil, los bancos, las
tarjetas?, antes morirse. Hizo como que no escuchaba y cambió la conversación.
-
Y..., ese nombre
de chok..., ¿cómo era?
-
Chak-too-li.
-
Eso, Chak-too-li, ese nombre..., escrito en las
estrellas – pronunció con sorna la última frase -, ¿qué significa?
Chak, se dio perfecta cuenta de
que Casto intentaba no solo cambiar de conversación, sino también dejarle en
evidencia. Hizo un leve gesto de contrariedad, sonrió compasivamente y se
explicó.
-
El nombre lo eligió mi abuelo antes de que yo naciese.
Para eso estuvo una semana en la montaña meditando en las estrellas. Por eso te
dije que mi nombre estaba escrito en la estrellas. Significa, “Aquel que dice
siempre la verdad”. Supongo que el significado de tu nombre no hará honor...
-
¿Casto?, una broma de mis padres. Mi madre quería que
fuese sacerdote, quizá por eso me puso Casto, pero no, no, de hacer honores,
nada de nada, eso no conduce a nada. Hablando de otra cosa, ya que tenemos
tiempo. ¿Supongo que no estaría tomándome el pelo cuando me ha dicho que hizo
estudios superiores en Washington?, - sin esperar la respuesta que fue dada con
un leve asentimiento de cabeza Casto continuó – pues entonces no me explico
como no para de hablar de dioses, como si se creyese lo que dice o como si se
pensase que me lo iba a hacer creer a mi.
Chak-too-li, mantuvo un breve
silencio durante el cual humilló los ojos y exhaló aire de sus pulmones como el
que se aburre de tener delante un alumno poco aventajado y del que se sabe que
nunca conseguirá aprender nada de lo que se le intenta enseñar.
-
Amigo naufrago, veo que ya lo era usted antes de perder
su embarcación, se limitó a escenificar el estado de su alma. ¿No se si usted
se habrá molestado en leer al más grande poeta del siglo XX, Thomas Stearns
Eliot?
-
Pues no, la verdad.
-
T.S.Eliot dice en su famoso Notas para la Definición de
Cultura, que no ha existido cultura alguna que se haya desarrollado fuera del
útero caliente y confortable de la religión. Se queja Occidente que pierde
identidades y referentes pero le da la espalda a la religión y no se da cuenta
que haciéndolo en el paquete se escapa de rondón la cultura y sin cultura, ese
compendio de belleza e inteligencia que decía Arnold solo queda la anarquía y
la desintegración. ¿Comprende ahora porqué le decía lo de que ya era usted un
naufrago antes de verse solo y abandonado en el océano a merced de las fuerzas
de la naturaleza? He vivido en su mundo, ese al que a usted le falta tiempo
para volver y le aseguro que se me parte el alma cuando constato que siglos y
siglos de pensamiento noble y cultura se deshace como la sal en el agua
caliente por ese empecinamiento en renunciar a sus raíces hebraístas, como si
fuesen sintoístas o musulmanas, solo que su civilización tiene esa raíz
hebraica y no puede simular que no lo sabe o que no le complace. Pero ¡que más
da!, supongo que todo esto en boca de un, para usted, estrafalario indígena
ornado de plumas y pinturas no será más que una anécdota para referir en su
club cuando regrese mañana a su civilización.
Las últimas palabras estaban
tintadas de amargura por saberse no comprendido y entristecido, por tener
delante un ciego que creía que sin él, como
miembro de una etnia dominante, no existía el norte y ni posibilidad de
destino.
Casto escuchaba pensando que
aquel enfebrecido lugareño debía haber perdido la cabeza a consecuencia del sol
que le daba en la cabeza. Pero así y todo algo le rondaba en la cabeza, una
duda que no podía quedar sin satisfacer.
-
Chak. Permítame que abrevie el nombre. Chak, comprendo
su postura, usted ha conocido los dos mundos, las dos formas de comprender la
vida y de vivirla y ha podido elegir, después de haber estudiado y haberse
formado en una de las mejores instituciones académicas del mundo, el quedarse
en esta isla sobreviviendo, más que viviendo. Pero sus compañeros que nunca han
salido de aquí, ¿cómo sabe que ellos han elegido libremente quedarse en ésta
isla por muy paradisíaca que parezca?
Chak-too-li, clavó sus ojos
menudos y de un azul profundo e intenso en los turbios y grises de Casto con
tal ímpetu que le obligó a humillar la mirada. En los ojos de aquel hombre de
anciano aspecto se condensaba toda la energía y la sabiduría de eones, esa
sabiduría que no es discutible ni argumentable, es sencillamente “la
sabiduría”. Finalmente entornó parsimoniosamente los ojos y contestó con la
paciencia del maestro que sabe que tiene que tener perseverancia con el alumno
poco aventajado para que al fin llegue a adquirir algo de la sabiduría que él
le quiere trasmitir.
-
Amigo mío, tiene usted un concepto de la libertad mercantilizado. Se le aplican a la libertad
la leyes del mercado y así todo se reduce a dirigirse a una gran superficie de
esas que hay en inmensos y artificiales centros comerciales cerca de enormes
autopistas, para poder elegir, eso si libremente, entre entrar en el
hipermercado X o el supermercado Y, para que siguiendo al carro que lleva delante,
pueda ir cogiendo de los diferentes estantes entre cuatro o mil, que más da,
marcas diferentes de galletas. Ese es su entendimiento de lo que es la
libertad. Tenerla es poder comprar entre varias opciones. Y se equivocan, la
libertad no se tiene, como si fuese un
bien de consumo más, la libertad se ejerce porque la libertad se es, no se
tiene. Realmente cree usted que Nelson Mandela durante los treinta años que
estuvo encarcelado no era libre porque era incapaz de decidir donde ir a cenar
cada noche o que película ver un fin de semana. Si llevaría libertad dentro de
si que tuvo suficiente para amamantar con ella a toda una nación y hacerla
libre. Quizá le parece a usted más libre aquel que puede comprar un arma
automática y apostado detrás de un pretil ir cazando hombres como el que caza
patos. La libertad se lleva en la parte más noble del ser humano, en la
voluntad. Se es lo que se desea ser, aunque duela quererlo y se sepa que
alcanzándolo se va a provocar dolor. Ustedes tienen un concepto de la libertad,
como del amor, como del bien, como de la felicidad, de película rosa o de
videojuego. Nosotros en esta isla vivimos felices, amamos, nos respetamos y
somos libres porque sabemos lo que somos y donde estamos. ¿Qué hay tifones y la
naturaleza se encrespa?, claro que si, forma parte de la vida de la que
formamos parte nosotros, ¿qué a veces produce perdidas irreparables y dolor?,
no se lleva nada que no sea suyo y el dolor es la cara oculta del placer, se
asume y se acepta que se forma parte de un todo, lo principal es el todo,
nosotros partes de ese todo somos felices de pertenecerle y tenemos asumido que
los dioses, ¿quién si no?, saben por donde es mejor llevarnos. Intentar hacer
de la libertad un arma de combate para oponernos a los designios de los dioses
solo conduce a crear seres encontrados consigo mismo que se hacen daño a cada
paso que dan.
Casto no entendía aquello que
escuchaba, una mezcla de animismo, politeísmo y filosofía existencial que hacia
decir a Chak toda una serie de cosas sin sentido.
-
Yo pienso Chak, que la libertad es la capacidad que
tienen los hombres de que partiendo de la misma línea de salida, haciendo uso
de los medios a su alcance o conseguidos con el esfuerzo del trabajo llegar
donde cada uno haya puesto la meta sin que pueda haber nadie que se lo impida
porque no este de acuerdo con sus ilusiones, no es como usted dice eso de poder
comprar o no.
Los ojillos de Chak, brincaron
de contento mirando a Casto. Había algo en ellos que producía en Chak inmensa
alegría, como el encontrar la gema perdida entre un montón de basura después de
haberse ensuciado, enfangándose en estiércol las manos, sin perder nunca la
esperanza de encontrarla al fin.
-
¿Usted Casto, sabe que estuvo muchas horas entre
nosotros presa de altísima fiebre durante la que no paraba de hablar y hablar?
-
No, suponía cuando me desperté que habían pasado pocas
horas.
-
Pasaron tres largos días en los que Huaka-baa-de, no re
retiró de su lado, sin dormir siquiera, cuidándole y refrescándole de esa
fiebre que le consumía. El fue el que le rescató cuando ya se sumergía y por
tanto, según nuestra cultura, es usted responsabilidad suya para siempre, por
eso, el y no otro es el que le cuidó hasta que se despertó.
-
¡Ah!, vaya, suponía que ese nombre era de una mujer. Ya
se sabe, la indígena inocente que se prenda del naufrago apuesto...
-
No me sea usted salaz además de sarcástico.
Huaka-baa-de es uno de los mejores miembros de la tribu, tiene tres mujeres que
se encargan de sus dieciocho hijos y sus cerdos. Podríamos decir que es lo que
ustedes llamarían un rico hacendado.
Casto estaba ya impacientándose
con tanta explicación. Lo que quería era ya salir de allí y llegar a su
civilización donde poder tomarse un buen trago de cerveza fría sin necesidad de
que un viejo delirante le viniese dando la paliza con la fábula del indígena
bueno. No quería por otra parte parecer ofensivo pero estaba irritado y todo lo
que se le venía a la cabeza eran improperios para sacudirse la presión
moralista a la que estaba sometido. Rebuscó en la cabeza y dio con una pregunta
inocente que además venía al caso.
-
Y..., ese nombre de Huaka..., ¿cómo era?, es que
comprenda usted Chak que me resulta difícil...
-
Si. Huaka-baa-de. ¿Que qué significa quería usted
preguntar? “Aquel que siempre actúa con rectitud”. Y si, su abuelo tuvo que
meditar, como lo hizo el mío, mirando a las estrellas hasta que los dioses
quisieron regalarle el nombre. El nombre es el compendio de lo que es cada uno.
En el se resume su esencia y la felicidad te embarga en la medida que haces honor
a lo que el nombre dice de ti. Si te revuelves e intentas ser lo contrario
nunca encontrarás la paz, serás siempre infeliz y acabarás convirtiéndote en
una especie de bestezuela que solo sabe guiarse de sus instintos. Por eso Huaka
permaneció a tu lado, sin moverse, hasta que despertaste, eso es actuar con
rectitud entre nosotros; él ahora es feliz, descansa en la paz de su corazón y
de su familia y todos le admiran y respetan.
-
Chak, me dijiste que a consecuencia de la fiebre no
paraba de hablar y hablar. ¿Llamaba por casualidad a Claudia en mi delirio?
-
Si, y también llamaba usted a Carmen Blanco Rakdani.
Cuando le nombraba era cuando más se agitaba y enervándose proclamaba que usted
no le había matado. Luego estaba lo del dinero que usted no robó, algo que
gritaba y defendía con mucha energía, aunque se lo llevó a pesar de saber que
no era suyo...
-
¿Todo eso dije?
-
Todo eso. Es cierto entonces que se apropió usted de un
dinero que no le pertenecía.
-
¿Y que podría haber hecho?, el hombre murió ahogado en
su propio vomito en mi coche, ese dinero no era de nadie. De haber ido a la
policía habría tenido que dar demasiadas explicaciones y no me gusta meterme en
esas complicaciones. Además del dinero nadie habló nunca, era mi oportunidad,
“la oportunidad”.
-
Entonces todo eso de llegar a la meta propuesta
utilizando los medios al alcance incluía también el robo, el expolio, el todo
vale. Bonito concepto tiene usted de la libertad. Si, es mejor que se vaya
usted de entre nosotros, aquí no sería más que una fuente de conflictos porque
veo que su límite es su ambición y no se pararía usted en barras si considerase
que tenía que salirse con la suya, pasando por encima de quien fuese. La
libertad que usted esgrime lleva en las manos la ambición desmedida como arma
ofensiva y así consigue usted y muchos como usted, ejercerla aunque ello
suponga conculcar la de los otros.
Es tarde ya.
Vamos a descansar. Mañana le conduciremos al otro lado de la isla donde hay un
embarcadero. Todos los viernes llega el barco con los víveres y enseres que
hacen falta del continente. En él se podrá ir usted. Piense en todo lo que
hemos estado hablando y cuando llegue a su destino medite bien en ello. Quieran
los dioses que haya sido yo capaz de sembrar la semilla de la rectitud en su
corazón y de igual forma que Huaka-baa-de, le impidió ahogarse en el mar,
germine esa semilla dentro de usted y pueda ser rescatado de la asfixia que
supone vivir nada más que para lo material. Cuando le trajeron finalmente a la
isla un niño pequeño nada mas verle le llamó Ekelar. Ojalá una vez más los
dioses hubiesen hablado por boca del niño, como es su costumbre, y fuese verdad
que ese nombre respondía a una realidad.
-
¿Qué significado tiene Ekelar?
-
“Salvado de la muerte”, o si usted lo prefiere, podría
traducirse por “Resucitado a una nueva vida”.
Con la última palabra dos
muchachas sonrientes y nerviosas trajeron unas fuentes con cerdo asado al fuego
vivo y frutas frescas cortadas en grandes trozos. Chak-too-li, invitó a Casto a
comer de los alimentos preparados para ellos y reponer algo de fuerzas antes de
partir por la mañana temprano hasta el otro lado de la isla donde se encontraba
el embarcadero.
-
Coma usted ahora Casto – casi ordenó Chak-too-li, sin
dejar lugar a excusas -, mañana alboreando saldremos hacia el embarcadero y el
viaje es a buen paso y de no menos de cinco horas para poder llegar a tiempo a
coger su barco.
Luego de aquella extraña charla
a Casto no le quedó mucha hambre para hacerle comer, aunque por cortesía hacia
sus salvadores se obligó a masticar algo de cerdo que estaba excesivamente
salado y crudo, algo que pudo compensar con las frutas que estaban frescas y en
su punto de madurez y dulzor. Comieron en silencio ellos solos en la cabaña en
la que se encontraban y que Chak-too-li abandonó sin despedirse en el momento
que dio por terminada la cena. Casto se sorprendió de la espantada de su
anfitrión y no se reprimió.
-
Eso en mi cultura se llama despedirse a la francesa y
suele considerarse un agravio fruto de la mala educación.
Chak-too-li se detuvo un
instante, giró la cabeza, la movió lentamente de un lado a otro en signo de
desaprobación y sin abrir la boca continuó su marcha dejando solo a Casto
sumido en la más absoluta de las perplejidades.
La noche la pasó desasosegado
con pesadillas agobiantes en las que Claudia aparecía de espaldas con la cabeza
vuelta, con gesto serio y cabeceando de un lado a otro como se le quedó la
imagen de Chak-too-li cuando se marchó de la cabaña. De repente la cara de
Claudia ardía en medio de un fuego azul y rosa y dejaba, cuando el fuego se
extinguía, la cara de Carmen Blanco vomitando fuego que alcanzándole le
envolvía en llamas pero extrañamente no le quemaban, le producían escalofríos
heladores haciéndole tiritar. Llegaba entonces Chak-too-li vestido con ropas de
mujer que le abrigaba con una manta suave y liquida. Cuando se encontraba más
confortable y se habían disipado las malas impresiones de piras, fuegos y fríos
otra vez Chak-too-li llegaba y con manos frías le quitaba la confortable manta
que antes le había cobijado.
-
Es hora de salir Casto.
Efectivamente era Chak-too-li
el que le arrebataba la manta pero esta vez era de verdad. Le destapaba para
despertarle de su viscoso sueño y salir sin más dilación hacía el embarcadero.
El camino transcurrió los
primeros kilómetros en silencio, Chak-too-li abría el camino a través de
bosques bastantes cerrados por una senda casi imperceptible. Comprendió Casto
que él solo se habría perdido en aquel dedalillo de árboles, lianas y plantas
epifitas que emborronaban la senda real. Agradeció a su guía que se mantuviese
en silencio porque le dolía algo la cabeza y no habría soportado otra perorata
de maestro Jedi de la jungla. Cuando estaba a punto de caer rendido por la
caminata Chak-too-li, se detuvo en un claro y se sentó sobre un tronco caído,
testigo mudo de quizá un rayo hirviente lanzado en una de aquella virulentas
tormentas que se declaraban en aquel Caribe inasequible a cualquier confianza.
Con un gesto de cabeza invitó a Casto a sentarse a su lado. Este después de
dejar caer sus manos sobre las rodillas en un gesto de agotamiento extremo y
jadear un poco se sentó al lado de su práctico de selva y mirándole de forma
interrogativa le preguntó.
-
¿Qué pretendía usted, que llegase cadáver al barco?
Chak-too-li levantó la cabeza
con cachaza miró con desaprobación una vez más a Casto y sacando de su zurrón
un trozo de carne de cerdo seca y salada se la tendió con determinación. Casto
la recogió dubitativo, se quedó mirando el trozo de carne no muy convencido y
sin llevárselo a la boca finalmente preguntó.
-
¿Porqué se marchó anoche sin un buenas noches o un
hasta mañana. Era tan difícil ser un poco cortés?
El guía arrancó un trozo de su
comida con los dientes, lo masticó trabajosamente sin prisas y una vez hubo
tragado contestó.
-
Anoche hablamos de culturas. En la nuestra una vez que
se come con el sol puesto ya no se vuelve a hablar hasta que no sale el sol. Es
una costumbre que se hunde en la profundidad de los siglos. No sabemos cual es
su significado, pero eso no implica que no lo tenga. Cuando lo hemos recibido
es seguro que reviste utilidad para la seguridad del grupo. Ustedes al no saber
la razón de las cosas enseguida las desechan. A su civilización, con esa
cultura de derribo que tienen como bandera, le aqueja un empirismo que, como
una gangrena, terminará por dar cuenta de ella. Yo he vivido en su cultura, yo
la conozco y se lo que estoy diciendo. No todo tiene respuesta razonada, hay
cosas, generalmente las importantes que solo encuentran respuesta en el corazón
y no son respuestas a las que se pueda aplicar la leyes de la lógica, no son
reproducibles científicamente, lo que no quiere decir que no sean tan ciertas
como una ecuación matemática. Pero usted no lo entiende, ¿me equivoco?
-
Le quiero entender pero ya no puedo, es demasiado tarde
para mí, demasiado involucrado con esa cultura que usted dice de derribo, pero
es la mía y a ella me debo. De todas formas gracias a esa cultura que usted
dice hay determinadas enfermedades que ustedes ya no padecen y sus hijos no se
mueren por trastornos banales.
-
No hay nada de malo en aprovechar los avances de cada
uno, seríamos torpes si nos negásemos. Pero de igual forma ustedes podrían
aprovechar lo que de aprovechable tiene otras culturas en lugar de hacer todos
los esfuerzos posibles por absorberlas y triturarlas. Reconozca que la soberbia
les pierde y esa soberbia nace de no reconocer que existen dioses o un dios, me
da lo mismo, que tiene razones que con la razón humana no son entendibles. Han
colocado en el trono divino a la ciencia y la adoran como si ella les fuese a
dar todas las respuestas, cuando la realidad es que a cada respuesta nueva les
plantea mil interrogantes más. Quieren ser dioses y atesoran vicios que son de
demonio, creerse que son imprescindibles. La naturaleza es un inmenso organismo
que terminará, cuando se desperece, por arrollarlos sin inmutarse y no quedará
nadie para llorar la perdida. Se nos hace tarde ya y nos queda aún mucho
camino. En marcha.
Sin volver a cruzar palabra
siguieron la marcha. Casto fue masticando, no sin algo de asco, la carne seca
que tuvo la virtud de darle fuerzas para continuar. Al coronar una colina
vieron el mar otra vez formando una amplia rada. En la línea de costa se veían
construcciones modernas de no más de dos plantas y un embarcadero flamante con
bastantes embarcaciones de recreo. Entrando en la ensenada observaron un barco
de mayor calado que el resto que se aproximaba al muelle.
-
Ahí tiene usted su puerta a la civilización. A lo que
ustedes, en su ceguera, llaman civilización.
-
Chak, usted dirá lo que quiera, pero lo que yo estoy
viendo es una moderna zona de ocio, y eso es parte de esa civilización de la
usted reniega tanto.
-
Ya le dije que lo que aprendí me sirvió para salvar a
mi isla de la especulación salvaje que terminaría finalmente por acabar con
nuestra forma de vida, pero eso no significa que yo me negase a que mas gente
disfrutase de las maravillas de mi isla y si de paso eso nos ayudaba a tener
acceso a lo que de bueno tiene su
organización...
-
En eso, Chak, hay un algo de cinismo, no me lo puede
negar. Pero ya está bien de discutir, bajemos ya hasta la ciudad, tengo ganas
de llegar..., por cierto, ese barco me va a llevar, ¿dónde?
-
A Nassau, está a ochenta millas, en cuatro o cinco
horas más estará usted en su casa.
El resto de trayecto lo
hicieron en silencio hasta llegar al embarcadero. Para cuando llegaron, el
barco que le devolvería a Nassau, el Shark II, ya estaba aprestándose para
hacerse a la mar. Chak-too-li habló algo con el capitán y Casto pudo embarcar.
En la plancha de acceso Casto se despidió de su anfitrión que se limitó a
desearle que los dioses le guiasen por la senda de la sabiduría y sin más
preámbulos le dio la espalda para no volver la cabeza ni una sola vez. Su
figura se perdió por callejuelas que salían del pequeño puerto y Casto nunca
jamás volvería a verle.
La singladura, a pesar de la
invitación del capitán de que bajase al camarote, la realizó en cubierta
recibiendo la brisa que a veces era racheada, en la cara. Durante unos minutos
cayó un chaparrón de agua caliente que Casto agradeció, porque el mediodía en
las aguas del Caribe es sofocante. A medida que iba pasando el tiempo y las
palabras de Chak-too-li empapaban la memoria de Casto se le iba abriendo la
puerta a la posibilidad de que aquel hombre no estuviese tan descaminado. Era
ecléctico, utilizaba de cada forma de vida lo mejor que cada una era capaz de
ofrecer. Si, su conducta era envidiable, no le habría sorprendido que en alguna
de aquellas cabañas se camuflase una moderna estación de comunicaciones, Internet
incluido. Pero eso era ya el pasado. Con todo, se le había ya olvidado que era
un naufrago que estuvo a punto de morir después de perder su barco. El millón
de euros que le había costado era lo de menos, tenía muchos más, su vida era lo
importante y la conservaba. ¿Debería seguir como hasta ahora?, ¿De que le
habrían valido todos esos millones que atesoraba si Huaka-baa-de no le hubiese
podido echar el guante mientras se hundía? De repente se le ocurrió. En cuanto
llegase a su casa llamaría a su abogado, se acabó llamarse Casto, a partir de
entonces su nombre iba a ser Ekelar. Sonaba bien, E-K-E-L-A-R.
En la línea del horizonte se
recortó contra el límpido cielo la silueta de los edificios del puerto de
Nassau. Casto-Ekelar, cerró los ojos y no pudo reprimir que se le anegasen de
salobres lágrimas los ojos que ya no sabía si eran debidas a que se le
aflojaban todos los nervios acumulados de tanta emoción vivida en los días
pasados o si eran de simple agradecimiento a los hombres sencillos que le
salvaron de una muerte segura. Se sintió de pronto contingente y hasta que el
barco no toco puerto no dejo de derramar lágrimas.
Una semana después en los
principales diarios del país se publicó a página completa un remitido:
Un conocido financiero que
prefiere mantenerse en el anonimato ha decidido dotar con el 95% de su fortuna
la fundación que lleva este nombre.
La fundación tendrá como
principal objetivo el acercamiento entre diferentes culturas fomentando el
respeto entre ellas mediante el conocimiento mutuo en libertad.
Serán miembros de pleno derecho
de la Ejecutiva de la Fundación en cada país en la que se instale un representante designado de cada religión
imperante, sea la que sea. Destacados científicos de acreditada solvencia.
Miembros vitalicios serán, con
derecho a veto:
Excelentísimo Señor
Chak-too-li.
Excelentísimo Señor
Huaka-baa-de.
El conocido financiero que ha
dotado esta Fundación.
Serán sustituidos a su
fallecimiento por las personalidades que ellos hayan designado ante notario
antes de su desaparición, salvo la del Financiero que da nombre a la Fundación
que no podrá ser sustituida y se dará por amortizada.
23.10.12

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