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martes, 23 de octubre de 2012

N A U F R A G O

Naufrago


Empezaba a calentar otro día más sin que nadie, dios o demonio, quisiese esparcir un algo de misericordia sobre sus huesos, arrebatándole la vida. Extenuado habría sido una definición para su estado físico harto benévola. Apenas le quedaban fuerzas para respirar, pero seguía haciéndolo, a su pesar. Tenía los huesos entumecidos y sonrió desmadejado, pensando que pasados los años el reuma le haría sufrir; ¿qué años? ¡Cómo era el ser humano!, que era capaz de seguir imaginando futuro donde no había más que a duras penas presente y para eso, áspero y craso de sufrimientos. Se obligó a abrir los ojos, tuvo que reunir fuerzas de donde ya no quedaban, para reclutar la voluntad suficiente que le hiciese levantar sus párpados. Esperaba que al abrirlos se topasen con un obstáculo, por lejano que estuviese, un asidero, un clavo ardiendo, una tabla de salvación..., no, una tabla de salvación no, otra no. Abrió los ojos y la línea de su vista fue capaz de llegar hasta el horizonte más lejano sin que nada la distrajese. Nada. La nada, y sin embargo tan llena de vida, pero una vida que pedía como precio por ser su espectador, la tuya propia.
Debió abandonarse aquella noche maldita, hacía ya siete días. Todo habría pasado en segundos y se habría ahorrado aquel horror, la tortura de seguir vivo no queriendo morir y sabiendo que queda poco tiempo de vida. Y nada en su cuerpo le permitía aventurar que la muerte se encontraba ya cercana; la agonía iba a ser lenta, por lo que iba comprobando la degustaría con morosidad de gourmet. Y siempre la esperanza, inasequible, berroqueña, manteniendo la llama de la supervivencia viva, impidiendo el abandono que pusiese fin al suplicio.
Allí, sobre aquellas astillas, en medio de aquel océano inmenso y hostil, aún conservaba la esperanza de que le estuviesen buscando, pero ¿cómo? Había salido de Nassau sin comunicar nada a nadie. Eran nueve días los que habían transcurrido nada más desde que llegó a Bahamas, solo, con su doce metros, con todo lo último en medidas de navegación. Se había empeñado, la misma terquedad que le había hecho amasar su pequeña gran fortuna le hizo empecinarse en navegar en solitario, como los grandes, sacudirse la modorra que da el dinero en abundancia viviendo una aventura controlada, pero aventura al fin. Sentirse vulnerable sabiendo que se puede volver a la seguridad de la tibieza que da el colchón mullido del dinero le devolvía a los años en los que cada mañana se tiraba de la cama con la seguridad de que llamarían a su puerta para llevarle por apropiación indebida a la trena, a embargarle por falta de pago o algo peor aún. Pero ese tesón que le llevaba contra toda lógica a pensar que le estaban  buscando fue el que le hizo sortear todos los obstáculos hasta conseguir remontar el vuelo y entrar, por la cola, de acuerdo, pero en la lista Forbes, la de los ricos entre los ricos. Era imposible que nadie le echase de menos.
El sol estaba ya alto y castigaba. Sentía su piel arder y gritando de desesperación chapoteaba en el agua para remojarse y aliviar el ardor que le provocaba el astro rey. Tenía fuego en la garganta y a pesar de que tomó la determinación de beber su orina incapaz de rendirse, como siempre, necesitaba beber más. La inmensidad del agua que le rodeaba le hacía gemir de dolor porque no podía beberla. Se humedecía los labios con el agua salada que le provocaba un escozor desmedido porque los tenía ulcerados de tanto sol, de tanto salitre, de tanto morderlos de rabia por aquella tormenta que tuvo la ocurrencia de atravesar en lugar de buscar el abrigo de cualquiera de las islas que se encontraban a menos de una hora de su derrota. El sabor de las lágrimas de impotencia se mezclaba con el sabor salado del agua del mar en sus labios y le hacia gritar de irritación, de dolor, de miedo y pena por si mismo. Decidió que estaba bien de sufrir y haciendo cuenco con las manos comenzó a beber copiosamente del agua que le rodeaba, pero lo mismo que su espíritu era irreducible y no se resignaba nunca ni a lo imposible, su cuerpo se rebelaba también contra la determinación tomada y le hizo vomitar entre convulsas arcadas el agua ingerida. Quedó exhausto y desmadejado tendido en el fondo del averiado bote que pudo arriar antes de que el océano con aquella ola tremenda de furia, poder y celos del ímpetu marinero le partiese en dos la embarcación vengándose de ella por surcarle desafiando su poderío.
Allí, en el fondo del bote, aneado por los rizos suaves de la superficie del agua y acariciado de una suave brisa que le aliviaba de los rigores del sol del mediodía, Casto se quedó dormido, agotado de tanto sinsabor y pudo soñar que habría sido de su vida de no haber hecho caso de su intuición. En medio del desvalimiento en el que se encontraba una sonrisa de satisfacción se le instaló en su rostro; las comisuras de los labios se levantaron y la felicidad le iluminó la requemada cara.

Se metió la mano en el bolsillo derecho, donde lo habitual era que llevase el dinero que tuviese y rebuscó por todos los rincones. Después el izquierdo; mismo resultado que en el otro, o sea, nada. Sacó su tarjeta de crédito y buscó, levantando la cabeza, un cajero, que no tardó en localizar. Consultó primero el saldo que le quedaba y después la quemó.
Con los pocos billetes conseguidos se dirigió al Malibú. En el coche consultó el reloj y comprobó con contrariedad que aún faltaban un par de horas para que abriese. Detuvo el coche y entró a tomar una copa al primer bar que encontró. Ese bar iba a ser el punto de arranque de su fortuna. Podría no haber entrado o haberlo hecho en el del al lado..., o haberse resignado a no llevar dinero sin ganas de quemar su tarjeta. Pero  no, su destino estaba allí en aquel bar impersonal, anodino, como hay cientos en cualquier ciudad. Al entrar la primera nota fue de olor. Ese olor a tasca de aceite rancio, fritura fría y basura acumulada que se camufla estúpidamente con ambientadores. Se acomodó en una esquina de la barra y pidió un güisqui con mucho agua, como siempre lo tomaba. Masculló una interjección de fastidió al ver como el camarero escanciaba un güisqui corriente, de barrio, pero éste ni se inmutó por la callada protesta y siguió a lo suyo. Entonces, desde el fondo del local alguien embozado en la penumbra comentó en voz alta, con intención de ser oído, que efectivamente el güisqui no valía nada, que era peor aún de lo que podría deducirse de la marca que pregonaba el marbete y que lo que merecía el camarero era un tiro del cuarenta y cinco entre las cejas.
Casto se volvió a ver quien era el dueño de esa voz de entonación plana pero sentenciosa, casi ausente, propia de alguien que tenía en su cuerpo más de dos y más de tres copas. Una vez le sirvieron su trago largo lo cogió y se encaminó a la mesa de la que partía la voz.
-          ¿Me puedo sentar? – dijo al tiempo que retiraba la silla de la mesa para sentarse. Daba por hecho que le diría que si.
-          Haga lo que le venga en gana, pero esta mesa es mía. – intentaba ser forzadamente desagradable.
-          No pienso comprársela. Está usted solo, yo estoy solo y he pensado que podríamos darnos conversación para matar el tiempo..., pero que si le estorbo ya estoy yo en Pekín. – hizo intención de levantarse de donde se acababa de sentar esperando que su fallido interlocutor educadamente se lo impidiese, pero se equivocó.
-          En la barra estarás mejor, si. Venga, ahueca, y déjame en paz, yo no tengo que matar el tiempo, es el tiempo el que me está matando a mí.
Casto recogió de malos modos su trago largo jurando por lo bajo y se retiró a la barra. El individuo de la mesa llamó al camarero pidiéndole otro vaso de vodka. Luego riéndose de forma descarada y poco educada gritó pareciendo que se dirigía a Casto.
-          ¡Es peor aún que el güisqui pero tiene más alcohol y se acaba antes!
Casto se volvió hacia el rincón del que salía la voz, se quedó mirando desafiante al bulto ensombrecido y se volvió sobrado hacia la barra para seguir bebiendo. El desconocido se levantó en ese momento de la silla y tambaleante se acercó donde estaba Casto. Cuando estaba a menos de un palmo de él le medio escupió:
-          ¿A ti que te pasa?, que eres muy importante para hablar con un pobre desgraciado. Si, eso debe ser.
Sin esperar la respuesta se dio media vuelta con demasiada celeridad, aparentando más sobriedad de la que podía disponer y trastabilló. Casto, haciendo gala de unos portentosos reflejos, se percató de que el pobre hombre iba a dar un crismazo con todo su cuerpo en el suelo y no tuvo más que girarse, y para poder sostenerle por el cuello de la americana su poderosa mano derecha hizo presa en la prenda y el hombre se detuvo en su caída quedando en posición inclinada como una torre de Pisa humana. Casto volvió a colocar al hombrecillo en posición de pie, que vacilante, dio las gracias como si su ayudador se hubiese limitado a recoger la caja de cerillas que se le había caído y volviéndose a tambalear llegó hasta la mesa de donde venía, derrumbándose al llegar.
Casto meneó la cabeza a un lado y otro sintiendo autentica conmiseración por el pobre hombre. Volvió a coger el vaso de la barra y se acercó una vez más a la mesa semioculta en la penumbra del rincón en el que se hallaba. Sin sentarse dejó su vaso en la mesa y puso su mano en el hombro del hombre.
-          ¿Le puedo ayudar?
El hombre levantó la cabeza con los ojos vidriosos de alcohol y vacíos de vida y con mucha dificultad manteniendo la cabeza erguida a duras penas contestó:
-          Nadie puede ayudarme y tampoco le recomiendo a nadie que intente ayudarme.
Estaba aún más borracho de lo que hubiera parecido por la perdida de equilibrio al marchar. El habla era pastosa y difícilmente entendible. Con indecible esfuerzo mantenía los párpados abiertos y hacía arcadas anunciando un inminente vomito. Un hilillo de saliva le hacía el gesto aún más repugnante . Llegó el camarero con el vodka que había pedido y al ponerlo en la mesa, se retrajo en el último instante. Con voz desapasionada y aburrida le avisó que hasta que no le pagase lo que le debía no le iba a seguir sirviendo.
-          Que luego se yo lo que pasa; que con el cachondeito de la borrachera; acaba viniendo una ambulancia a llevárselo y si te he visto..., ya sabe usted.
Se intentaba justificar delante de Casto que asistía como testigo imparcial a la escena. El desconocido había dejado caer con estrépito la cabeza sobre la mesa, rendido por el agotamiento dando la impresión de que respiraba con dificultad.
-          ¿No se habrá muerto?, verdad usted – se dirigió el camarero una vez más a Casto – porque eso si que iba ya a ser un problema de los gordos, que no quiero yo fiambres en mi bar.
Se acerco al hombre y después de dejar el vaso de vodka sobre la mesa le zarandeó suavemente rogándole que le pagase y se marchará. El hombre en ese instante se despertó y con una agilidad impropia de su estado agarró el vaso de licor echándoselo al coleto de una sola vez, hipando a continuación. Con un gesto de paciencia hecho con la mano que no sostenía el vaso pidió algo de tiempo y agachándose al suelo, pegado a la pared se escuchó el característico sonido de una cremallera que se abre. Se escuchó ruido de papeles revueltos y al fin sacó la mano el borracho de donde fuese que la hubiese metido con un billete de quinientos euros en la mano. Con una sonrisa bobalicona y babeando por la comisura del labio le puso el billete al camarero delante de la cara.
-          ¿Cree que con esto será suficiente?
Inició a continuación el esquema de lo que debería haber sido una carcajada que se abortó porque un vomito mal oliente y urgente se apresuró a decorar las vestimentas de los dos espectadores. Entrechocando por la necesidad Casto y camarero se apartaron jurando en los idiomas que sabían mientras el borracho pedía disculpas o por lo menos eso es lo que el hubiese querido hacer porque en lugar de palabras siguió saliendo contenido gástrico de su boca.
-          ¡Mira guarro, no te creas que te voy a dar la vuelta de esto – dijo agitando el billete lila en el aire -  va a ser para gastárselo en lejía para limpiar el local de tu apestosa mascada, cabrón!
-          Me da exactamente igual, tengo más..., muchos más, te lo puedes quedar, te lo regalo y encima te doy otro si lo quieres – le escupió en la cara metiendo al tiempo la mano en la bolsa que tenía a sus pies.
Casto comprendió que algo gordo estaba sucediendo delante de sus narices y los reflejos no le traicionaron.
-          Déjate ya de hombradas tío, que seguro que lo que llevas ahí es la paga para tu casa. ¿qué quieres, que tu familia pase hambre? – y dirigiéndose al camarero continuó – yo me lo llevaré, no se apure, le rebuscaré en la cartera su dirección y le dejare en su casa, no es más que un pobre desgraciado  borrachín.
Haciendo gala de su fortaleza física levantó con un brazo al borracho y con el otro libre cogió la bolsa abierta a través de cuya cremallera a medio cerrar se adivinaban bastantes fajos de billetes del mismo color que el que había dado al camarero. Sin más dilaciones que hiciesen poder reflexionar al dueño del bar arrastró materialmente al hombre fuera y le llevó hasta su coche. Le metió en el asiento trasero donde quedó acostado durmiendo como un bebe. Casto con la bolsa se metió en el coche, la depositó en el asiento del acompañante y arrancó con rapidez pero prudencia, lo que menos quería en ese momento era que nadie se fijase ni en él ni en su vehículo.
Condujo unas cuantas calles hasta una zona residencial, poco transitada y tranquila, detuvo el coche junto a la acera y tras echar una ojeada a la piltrafa que le estaba embadurnando de miseria la tapicería de su coche se dedicó a registrar el contenido de la bolsa con las palpitaciones del corazón cada vez mas aceleradas.
La bolsa, de las de deporte que se compran en cualquier baratillo por menos de lo que cuesta un café, estaba llena a rebosar de billetes de quinientos como el que sacó en el bar. Revolvió un poco y calculó que al menos habría unos seis millones, si no más. En ese momento el borracho protestó, rebulló en el asiento poniéndose boca arriba y continuó durmiendo con ronquidos ruidosos que amenazaban con atraer a todo el vecindario. Casto empezó a imaginar todo lo que podría hacer él con ese dinero y le  empezaron a resbalar gruesas lágrimas de emoción. En ese momento escuchó un gorgoteo extraño, a continuación un escalofriante ronquido y otro gorgoteo más prolongado. Miró al asiento trasero y comprendió la causa de ruido tan desasosegante. El borracho se había colocado boca arriba, había vomitado una vez más estando inconsciente y se había ahogado en su propio vomito. Con toda la celeridad que pudo salió del coche y entró en la parte trasera, pero ya no había nada que hacer. Aquel hombre yacía inmóvil con los ojos muy abiertos y la cara morada, casi negra por la asfixia. Probablemente murió sin darse cuenta de lo que le pasaba. Y comprendió el lío en el que estaba metido. Tenía un cadáver en su coche y además y lo que era mucho más excitante, una bolsa con al menos seis millones de euros. Le apestó a peligro.
No se le pasó ni por la imaginación ir a la policía, que seguro no se creería nada y mientras se aclaraba la cosa y no, él iba a pasarlo como nunca. Se felicitó porque su instinto y sus reflejos no le habían fallado, sabía que detrás de aquel apestoso borracho se escondía algo de provecho y no se equivocó. Era la oportunidad que todo desposeído como él lleva esperando la vida entera que pase delante de sus narices y la había olido a distancia. No, no la iba a desperdiciar.
El plan se trazó solo en su cabeza. Era así de sencillo. Iba a llevar el coche a un aparcamiento subterráneo al último rincón del mismo y allí iba a dejar el coche hasta la noche. Luego, en la soledad de la madrugada conduciría hasta un descampado donde arrojaría el cadáver. Dejó el coche en un aparcamiento subterráneo cercano a su casa, cubrió el cadáver con una manta y se llevó la bolsa a su casa. Estuvo fumando sin parar hasta que dieron las tres de la madrugada. Recogió el coche y condujo hasta las afueras de la ciudad. Allí en un descampado, con el mayor cuidado posible para que la policía no encontrase ni una huella de nada y menos de violencia y dejando la documentación del hombre bien a la vista abandono al desgraciado que iba a conseguirle el pasaporte a la libertad que da  tener todo el dinero que pueda hacer falta y mucho más.
Después se fue a su casa y esperó. Las horas se hicieron eternas pero Casto las derrochó en contar minuciosamente los billetes. ¡Que malo era calculando!, la suma que tenía la bolsa era exactamente doce millones cuatrocientos noventa y nueve mil quinientos. Faltaban como era de suponer los quinientos que dejó en el bar o que más bien le robó el tendero aprovechándose de que era un borracho indefenso.
¡Doce millones y medio!, ¡doce millones y medio!, se lo repetía incesantemente y al comprenderlo y verlo delante de si, apilado en la mesa de la cocina no quería creérselo; se restregaba los ojos y le parecía mentira. Fue en ese instante cuando el llanto le irrumpió enseñoreado de su persona. Pasaron por delante de su vista todos los avatares que había sufrido y las zancadillas y sinsabores y traiciones menudas diarias que tenía que soportar para poder tener un techo miserable bajo el que guarecerse y aún así a trompicones y de vez en cuando sableando a todo el que se pusiese a tiro. Tenía a su alcance la cizalla que segase sus cadenas de un solo limpio corte y la iba a utilizar. Pero antes era preciso esperar a escuchar la noticia de la aparición de un hombre en el descampado donde él lo dejó. Todo ese dinero tan cerca y tan lejos. No parecía desde luego que un hombre de esa calaña tuviese el dominio de tanto capital pero quien podría saber nada de nadie. Ese dinero con ese aspecto..., ¿cómo podría pertenecerle?..., ¿y porqué no?, pero en cualquier caso ese hombre tendría familia, conocidos, amigos, socios que echarían en falta el dinero sin duda y no se iban a quedar quietos esperando a ver si un alma caritativa iba a devolvérselo. De todas formas no había manera de relacionarle a él con ese hombre. ¿Cómo se llamaba?, lo había leído en su carné de identidad. Un nombre que parecía como extranjero o así, Carmen Blanco Rakdani. Nunca tuvo que preocuparse de su memoria siempre le había venido a ayudar en los momentos precisos. Esperaría en casa el tiempo que fuese menester hasta saber quien era y quien le buscaba para saber que hacer. Defendería con toda su alma y su coraje esa fortuna que le había caído de lo alto, era suya y nadie podría arrebatársela ya, si era preciso daría su sangre, pero estaba decidido a abandonar esa vida gris y anodina que llevaba, cobrando facturas ajenas y alimentándose de imágenes porque de realidades no había forma, eran inalcanzables.
Después de toda la noche en vela el cansancio comenzaba a hincarle el diente y a sentir sus imperios. Se fue a la cama y tal como estaba sin desnudarse, como si hacerlo le significase abdicar de lo conseguido y lo decidido, se tendió inundándole un sueño de inmediato. Instantes antes de dormir se imaginó a la caña de un magnifico velero surcando los siete mares, el solo, disfrutando de saberse rico y poderoso, el solo sin tener que compartir, como nadie lo había hecho nunca con él, bregando con tormentas y mares encrespados, con las galernas rompiéndole en la cara y empapado de agua salada y fría que él desafiaba con redaños, era el dueño, el único, era inmortal. Una sonrisa le estiró la línea de los labios para esbozar una sonrisa de satisfacción y se quedó dormido.

Se despertó sobresaltado al soñar que se quedaba dormido soñando con un velero arreciado por una tormenta. El sol estaba ya cayendo y tenía ampollas en la frente del sol que le había estado castigando todo el día mientras dormía después de vomitar el agua salada con la que intentó poner fin a aquella agonía.
Recordaba perfectamente el sueño que recreaba fielmente aquella aventura que inició de aquella airada manera y que al parecer estaba terminando de más trágica forma. Carmen Blanco Rakdani se estaba vengando, estaba seguro de eso y le hacía pasar por el suplicio. Era curioso que mientras él moría lenta, sádicamente su fortuna crecía y crecía. Su olfato para invertir en las fantasías de aquellos chavales medios locos que veían al mundo enteramente intercomunicado le estaban haciendo doblar su fortuna cada hora y cuando se embarcó en aquella estúpida aventura ya sentía el aliento de los grandes en su cogote acariciándole el oído con sus cantos de sirena. Esa fue una de las razones para quitarse de en medio sin decir nada a nadie, que se cociesen en su salsa esos engolados y orgullosos hijos de puta mientras un pobre y desahuciado naufrago como él les amenazaba donde mas les dolía, en sus bolsillos y sus privilegios. ¿No era una ilustrativa paradoja? De repente se sintió encantado de estar solo con su desgracia porque sabía que mucha gente pensaba en él sin saber donde se encontraba y eso le regocijaba. Era una persona importante, tanto, que ni la prensa mas inquisitiva era capaz de encontrarle, y tampoco estaría mal después de todo que lo hiciesen. Miro al horizonte que empezaba a teñirse de malvas, rojos y azules marinos al tiempo que el maldito sol iniciaba su acostumbrada senda camino de la eterna vuelta a desaparecer. De repente el tiempo cambio, la brisa se tornó en fuerte viento frío que le hizo estremecerse. El frágil esquife en el que se encontraba acusó el cambio de mar y se tambaleó de una forma alarmante empezando a dar bandazos. La superficie del agua espumó y Casto presagió lo peor. Era el final, su naturaleza se rebeló y en su mente cambió toda su fortuna, esa que se doblaba hora a hora por una playa aunque fuese desierta, lo importante era sobrevivir, sin ninguna razón especial, solo sobrevivir porque él era ya un superviviente de la vida y su naturaleza le impedía cualquier opción que no fuese seguir viviendo, esclavo de la vida, sin capacidad para el abandono. El podía decidir acabar, como cuando lo intentó con agua salada, pero que otro, fuese mar, persona o meteoro, lo decidiesen sin consulta previa no era de recibo y decidió que moriría, si, pero luchando por su vida. Con los remos que la barca de salvamento tenía, intentó durante toda la noche mantenerse al pairo y dejarse llevar por la furia de la olas esperando nada más que una de ellas más voraz y desalmada no le engullese de un golpe dando cuenta de su persona. Y la suerte, su tesón o los dioses confabulados para no dejarle morir y que purgase la vida a base de sufrimientos divirtiéndose de él viendo como se debatía, consiguió el milagro y a la mañana siguiente, exhausto, agotado y feliz observó como el sol anunciaba su salida por oriente un alba más, destiñendo el negro de humo del horizonte en una sinfonía de azules, verdes, amarillos y azules. Cuando el primer rayo le hirió los ojos se dejó caer otra vez en el fondo del bote y el sueño le rindió una vez más. Contemplar en su sueño la mesa de su cocina de aquel miserable pisito en semejante barrio extremo de la ciudad, cubierta por pilas de billetes de quinientos euros le sacó la mejor de sus sonrisas. Si hubiese habido algún espectador oculto habría concluido que a Casto la brega de la noche le había terminado de volver loco.

Nada más despertarse por los ruidos de la calle y de la casa con sus tabiques de papel de fumar se lanzó a la cocina a ver si era verdad o solo un sueño agradable. Si era verdad, allí estaban las pilas de billetes como los había dejado la madrugada anterior, indiferentes a lo que significaban para cualquiera con su vocación de papel aristocrático de colores apagados pero atrayentes. Consultó su reloj, las dos y media de la tarde. Prendió el televisor y esperó las noticias de las tres. Fumando sin parar y agotando hasta las colillas del día anterior consumió el informativo sin que se diese noticia del cadáver. Apagó el receptor y se fue a la calle no sin antes volver a meter el dinero en su bolsa y guardarlo en el altillo del ropero de su dormitorio.
Se fue directo al kiosco para comprar la prensa y cuando llegó comprendió que no habría dado tiempo a que si se había encontrado el cadáver se hubiese publicado la noticia. Compró eso si, tabaco en cantidad y tomó el camino a su casa. En el trayecto dedujo que si el cadáver había sido encontrado debería haber alguna señal en el sitio donde él lo dejó de manera que cambió el destino y se fue por su coche y condujo con suma prudencia hasta el lugar donde depositó el muerto.
A medida que se acercaba fue viendo más animación de la que sería de esperar a esas horas en un sitio de esos, con coches de policía, ambulancia y policías de uniforme regulando el tráfico. Le habían encontrado, solo era cuestión de esperar a ver que decían en las noticias, que decía su familia, quien era, si un financiero famoso que se había vuelto loco, un ladrón cogido en falta o sencillamente un correo llevando dinero de difícil justificación de un lado a otro.
Pasó despacio por el lugar y quiso tentar la suerte; se detuvo al lado de un policía y le preguntó que pasaba, el agente sin darle más importancia le comentó que un borracho se había ahogado en su propio vomito y que se moviese que interrumpía el trafico.
Regresó Casto a su casa exultante. Todo hacía prever que aquello iba a discurrir por los cauces más adecuados. Ni trazando un plan a propósito habría salido tan redondo. Esperar y ver. Nada más que tener paciencia, que era precisamente de lo que ya no iba estando sobrado. Pero se obligó a tomárselo con calma. No pudo evitar volver a sacar del altillo la bolsa con el dinero y volver a esparcirlo encima de la cama. Era mucho, mucho, más del que podía haber imaginado jamás que pudiera llegar a tener en sus manos y sin embargo ahí estaba, para él, a su entera disposición..., bueno, aún no estaba, faltaba el pequeño requisito de saber quien era ese Carmen Blanco Rakdani para saber cual era la determinación a tomar.
En el informativo de esa noche salió la noticia sin imágenes. Se informaba que un hombre llamado Carmen Blanco había sido encontrado muerto en un descampado y se daba la versión de la policía en el sentido de que había muerto ahogado en su propio vomito al estar semiinconsciente por la ebriedad. Nada más. Pasó la noche en vela una vez más incapaz de conciliar el sueño y además en la cama dormían placidamente los doce millones de euros y no era cuestión de molestarles, con contemplarles era suficiente. Cada ruido, cada crujido o lejano grito se le antojaba que era señales de que venían a por él. Quien sabe si el del bar escuchó la noticia y reconoció el caso. El tampoco se dio cuenta si el camarero salió detrás de ellos para tomarle la matricula del coche. Entraba dentro de lo posible que de alguna remota manera se le relacionase con el cadáver, quien sabe, un pelo, una huella, las rodadas de su coche, cualquier cosa y a cada nueva circunstancia que se le ocurría más nervioso e insomne se ponía.
Finalmente, como la noche anterior las claritas de la mañana le rindieron sobre la cantidad de billetes esparcidos sobre la cama. Le despertó con sobresalto el timbre de la puerta. Sin darse bien cuenta de su aspecto se lanzó a abrir la puerta para encarar lo que tuviese que ser, estaba convencido que habían dado con él y era obvio que venían a buscarle. Abrió de sopetón intimidando y así fue, el que se sintió intimidado fue el testigo de Jehová que pretendía hacer proselitismo en el lugar menos adecuado. Cuando comprendió de qué se trataba sin una disculpa, de un portazo, les cerró la puerta en toda su cara, mandándoles lo más lejos posible con el exabrupto más grueso que pudo articular en ese instante. Pero aún tenía que agradecerles que le hubiesen sacado de su sopor porque era ya mediodía y necesitaba comprar la prensa del día. Volvió a repetir la operación de guardar el dinero y salió rumbo al kiosco.
Y aquel día si. Aquel día toda la prensa, con mayor o menor despliegue informaba del acontecimiento luctuoso del borracho, pero en ninguno se hacía mención a ninguna bolsa ni a una considerable cantidad de dinero en efectivo en billetes grandes. Solo en la Nación se dejaba caer que el tal Carmen Blanco Rakdani tuvo en su día relación con uno de los padrinos de la mafia de la droga colombiana, algo que según el periódico nadie pudo comprobar fehacientemente. El tal Carmen era soltero y no se le conocía familia, si se anotaba que frecuentaba ambientes homosexuales de la ciudad por lo que en alguna ocasión estuvo en la comisaría e incluso se encontraba empapelado por un asunto de pornografía infantil.
En seguida Casto lo tuvo claro; era dinero de la droga que el tal Carmen llevaba como correo de un lado al otro..., y por el camino se le perdió. Nadie iba a reclamar nada de nada por la sencilla razón de que los delincuentes no denuncian a los que les roban, y él tendría que tener cien ojos a partir de ese momento. Cabía la posibilidad de que tuviese un vigilante encubierto que se hubiese quedado con toda la historia y en el momento que las aguas se calmasen irían inmediatamente por él. De cualquier forma un tipejo así, ¿quien podría confiarle tal cantidad de pasta?, ¿y si se trataba del rescate de un secuestro?, el secuestrado se pudriría donde estuviese, porque o bien el secuestrador ya no podría rematar la faena o los que dejase el tal Carmen al cuidado viendo lo sucedido tirarían por la calle de en medio. La cabeza le empezaba a dar vueltas y no se sentía capaz de fijar una línea de pensamiento y seguirla, saltaba de un tema al otro de forma errática. Además empezaba a tener dificultades para respirar, se estaba asfixiando y el agobio le pesaba como una locomotora que le pasase sobre sus pies. Se fijó que tenía un cigarrillo en la mano y otro en el cenicero, los dos encendidos; con un gesto de asco los apagó, se secó con la mano el sudor que le decoraba la frente y sintió un irrefrenable deseo de pegar a alguien. De un manotazo estampó el cenicero contra la pared esparciendo las colillas por la habitación como se le estaban esparciendo sus ilusiones a medida que iba comprendiendo la locura que había cometido. ¿Quién podía dejar perder doce millones de euros así porque si?; era palmario que alguien en algún lado estaría dando ya los pasos para recuperar lo suyo, porque lo que quedaba fuera de duda es que ese dinero pudiera ser del pobre diablo de Carmen. Pero el dinero no tiene nombre, es de quien lo posee y era Casto Gutiérrez Blanco el poseedor en ese instante y estaba dispuesto a defender esa posesión con su vida si era necesario. ¿Qué querían que abandonase junto al cadáver la bolsa con el dinero? Quedaba decidido, para todos los efectos el no había visto bolsa alguna. De hecho la bolsa iba a dejar de existir en breves momentos. Rebusco por los armarios de la casa sin encontrar lo que buscaba. Cerró la puerta de la casa y fue al trastero donde después de ponerse perdido de polvo acumulado de años encontró la mochila que buscaba. ¿Cuántos años hacía que no se iba a la montaña?, se estaba volviendo viejo, los sinsabores arrebatan la juventud y encorvan el alma, por no hablar del espinazo. De dos manotazos medio adecentó la bolsa y se lanzó a la carrera a su piso. Embutió el dinero en el morral, dobló lo mejor que pudo la bolsa que llevaba Carmen y la metió en una bolsa de unos grandes almacenes, se echó la mochila a la espalda y se fue a la calle. Al pasar por el contenedor de basuras arrojó la bolsa y con paso firme y nervioso se acercó al banco donde habitualmente su cuenta resplandecía de rojo. Cuando se dirigió al funcionario que custodiaba las cajas de seguridad tomó conciencia de que era inmensamente rico y con aplomó y seguro de si mismo le dijo en tono monocorde, como si fuese algo que repetía cotidianamente:
-          Necesito contratar una caja de seguridad.

La repentina voz del empleado irrumpiendo mientras colocaba el dinero en la caja le hizo dar un respingo, el mismo que sacó de su sueño a Casto en el fondo de su bote. El sol estaba alto y pegaba fuerte aunque unas nubes comenzaban a mitigar los rayos lancinantes de calor y fuego. Las nubes se fueron reclutando de donde no se sabía hasta entoldar del todo el cielo. Un viento inequívoco de agua y frescor comenzó a soplar y las primeras gotas cayeron como un bálsamo del cielo. Casto abrió la boca para sentir la frescura del agua pura al caer y puesto de pie sobre el bote extendió los brazos para recibir las gotas regeneradoras en su cuerpo. Incomprensible pero se sentía enormemente feliz. Unas pocas gotas de agua le hacían feliz, y no había tenido que usar el fax ni su exclusiva tarjeta Centurión, ni el móvil, ni siquiera las había buscado, eran un regalo. Comprendía el sentido de esa palabra tan manida, tan gastada y adulterada, algo que no se espera pero se desea, no se puede pedir porque nadie te escucha pero se te ofrece cuando más lo necesitas y sobre todo, no hay manera de agradecerlo ni de devolverlo, es tuyo, viene para ti y se puede rechazar o no sin que nadie se desconsuele y sin herir ninguna susceptibilidad. De pronto entendió que él nunca había recibido nada gratis, jamás le había regalado nada nadie porque siempre se esperaba de él que fuese reciproco de alguna manera y devolviese el favor. Recordó la cantidad ingente de regalos que recibió en cuanto empezó a ser notorio que con unos ahorrillos bien colocados su fortuna se hacía medio regular, y a más grande la fortuna más enormes los regalos..., pero no, no eran regalos, eran inversiones que los otros hacían en él para obtener el máximo de réditos. ¿Dónde estaban esos regalos, cuando los necesitaba de verdad? Por eso al recibir la lluvia en su cuerpo refrescándole y prolongándole materialmente la vida sintió una íntima satisfacción, felicidad de una calidad que no creía que existiese y que aunque de lejos le recordaba aquella otra que sintió cuando a los once años su vecina, de nombre ya olvidado, le dejó besarla y tocarle los pechos y no tuvo que comprometerse a nada y ella nunca le exigió nada; eso también fue un regalo. La lluvia arreciaba cada vez más y llegó el punto en que Casto tuvo que empezar el achique de agua del bote. Cuando más ocupado se encontraba un relámpago restalló como si del látigo de un domador furioso se tratase y a renglón seguido un trueno ensordecedor le hizo dar un respingo que casi le tira de la embarcación. A ese trueno siguió otro, y otro y otro más hasta que la tormenta tomo carta de naturaleza sobre el océano que curiosamente no acompañaba en su furia a las nubes. Y de repente, la furiosa tempestad como había entrado se deshizo y el sol volvió a reinar en el cielo. El calor después de la lluvia se volvió sofocante y lo mismo que Casto se había refrescado comenzó a sofocarse del calor. El sol era ahora de justicia y parecía que el tiempo se hubiese detenido en ese instante, creía, tras el chaparrón, que se le fuese a incendiar la piel, por lo que sin pensárselo dos veces se sumergió en el agua, que parecía que hubiese salido directamente del calentador de su ducha, pero era algo mas fresco que lo que recibía en el bote. Como si le estuviesen tocando el hombro, de súbito pensó que en aquellas aguas los tiburones estarían a sus anchas y de un salto volvió a subirse a su bote y entonces vio la aleta dorsal de uno y luego otra y otra más que comenzaron a rodear su barca estrechando los círculos con cada vuelta llegando un momento que parecía que arremeterían contra él. Haciendo uso de uno de los remos empezó a intentar golpear los lomos de las bestias cuando pasaban cerca. La desigual lucha duró todo el tiempo que los tiburones consideraron oportuno hasta que decidieron que no merecía la pena seguir acosando a su presa y se ausentaron. Casto quedó extenuado no tanto por el trabajo realizado que con ser duro no había durado tanto sino por la falta de alimento que ya comenzaba a mermarle las fuerzas. El agotamiento de la brega le confinó una vez más en el fondo de la lancha y le hizo perder el conocimiento. La sensación de vértigo mientras que caía por el tobogán de la inconsciencia era parecido al que sintió cuando salía del banco de depositar la fortuna en la caja de seguridad.
-          ¡Por dios!, ¿qué quiere? Que susto me ha pegado.
-          Perdone señor, pensé que necesitaba ayuda, cómo tardaba tanto tiempo pensé...
-          Pues piense menos y déjeme en paz, se supone que esto es confidencial y el que tiene que saber lo que meto en la caja soy yo solo. ¡Váyase!
Esperó hasta que los nervios del susto se hubiesen pasado y continuó metiendo lo mejor colocados que pudo los billetes hasta dejar la mochila vacía. Cerró la caja y antes de introducirla en su alojamiento se detuvo y quedó pensativo unos instantes. Luego de dudar unos segundos volvió a sacar la caja y extrajo de ella diez billetes, “Para los gastillos”, pensó para si, y entonces con toda la celeridad que pudo dejó la caja en su ubicación, cerró la puerta y salió de la cámara acorazada. Al pasar por delante del empleado le espetó:
-          Ya puede meterse en la jodida sala, ¡cotilla!
Con la llave de la caja de seguridad fuertemente apretada en su mano pensó que podría hacer. Inmediatamente se acordó de aquella película en la que el protagonista se envía a si mismo una carta con una nota exculpatoria y se le ocurrió mandarse a una dirección la llave y cuando las aguas se calmasen podría ir a buscarla y como él no era el protagonista de ninguna película no tenía domicilio donde enviarse nada, de forma que se lo mandaría a lista de correos de una ciudad en la nunca hubiera estado antes y por lo tanto con la que nadie pudiera relacionarle.
Al entrar en la oficina de correos para el envío de la llave sintió en la boca del estomago una sensación de vértigo que se asemejaba a aquella que le embargaba cada vez que montaba en la noria de la calle del infierno de la feria de su pueblo. Una sensación a medias estimulante, a medias nauseosa y a medias desagradable, deseas que se acabe cuanto antes, pero cuando llegas al final lamentas que haya durado tan poco. Una vez abandonó en la oficina de correos la llave en su sobre rumbo a donde solo él habría podido saber se relajó y le inundó una sensación de bienestar.
Esa sensación le era familiar, no era la primera vez que le invadía esa paz cálida, suave y blanda. La primera vez, ni era capaz de recordar la edad que tenía, todo estaba nebuloso pero, la invasión de bienestar aún estaba presente y le reconfortaba. La estatuilla de porcelana de Sevres, que hoy habría sabido horterísima, era la joya de su abuela porque alguien muy querido, (más adelante supo que ese ser no era su abuelo y a éste le alegró sobremanera que el cagón de su nieto se la cepillase) se la había traído de muy lejos. La dejó caer por ver cual era el resultado, resultado que pronto fue capaz de comprobar. Al ruido de los trozos hechos añicos acudió la susodicha abuela que lejos de castigar, gritar, azotar o desdeñar al niño se limitó a cubrirle de besos en respuesta a las lágrimas que de entre miedo y desazón derramaba al tiempo que le comunicaba que ya había un cacharro menos para quitar el polvo, (aunque supo ya mas mayorcito, que para sus adentros, derramó lágrimas de sangre). El medio millón de toneladas que gravitaban sobre su cabeza de los que su abuela le alivió en un instante fue lo que produjo esa sensación placentera que ahora le recordaba a la que sentía al haberse desprendido de la llave y por ende del dinero mal conseguido. Caminaba distendido ya deshecho del cuerpo del delito y aspiró el aire fresco de la mañana. Creyó que de repente había puesto fin a sus problemas. Pasaba delante del escaparate de una tienda de electrodomésticos cuando vio repetida varias veces en diferentes tamaños la cara de su ocasional y cadavérico ocupante de coche. Era incapaz de escuchar lo que estaban diciendo como fondo a la imagen hasta que el realizador tuvo la ocurrencia de ponerle un pie a la fotografía: “El Moro”, Carmen Blanco Rakdani, conocido Jefe de la Mafia del contrabando y trafico de estupefacientes, acusado de pederastia. El contenido del estomago de Casto intento escapar de su confinamiento. La desagradable sensación de ir a vomitar llenándosele la boca de saliva fue rápidamente reprimida, pero no pudo evitar marearse y tener que dar un paso atrás para no derrumbarse de la impresión. A duras penas conseguía reprimirse el vomito y luchaba contra el mareo y el escalofrío que cada vez más intenso pugnaba por apoderarse de todo su ser. No quería ni pensar lo que ocurriría si alguien llegase a identificarle como postrer compañero del jefe mafioso. Como pudo se retiró con la impresión de que todos los que se cruzaban con él le reconocían como el definitivo asesino del padrino estilo nacional. Alcanzó con dificultad y quebranto físico su casa y sin  poderlo remediar se tendió en la cama con la intención de tranquilizarse pero solo consiguió que los jugos acres e irritantes del estomago se le viniesen a la boca.

El sol, aquella mañana, reinando sobre un día trasparente y azul calentaba el cascarón en el que Casto descansaba aún de la noche de brega con las aguas encrespadas de la mar. La cabeza sin protección alguna se recalentó en exceso, subió la temperatura y la fiebre le provocó un vomitó que le sacó de la ensoñación. Abrió los ojos para ver el entorno que a pesar de conocido no le dejaba de despertar curiosidad, ¿o era rutina de desesperación? Veía turbio y los contornos de las escasas ondulaciones del agua, borrosos. El mar estaba anómalamente calmo y la calima sobre las aguas añadía una decoración de misterio al entorno. Sintió que se mareaba y se notaba la cabeza muy caliente por lo que se llevó las manos a la frente notando que estaba más ardiente que el sol que inmisericorde le castigaba. Sin  poder evitarlo cayó, desmadejado, al fondo de la barca. Recogiendo con los restos de fuerzas que le quedaban las pocas ganas de vivir que le quedaban alcanzó la bolsa impermeable con los cuatro enseres de supervivencia que llevaba el bote salvavidas. Como pudo sacó el pequeño botiquín, rebuscó y encontró las aspirinas. Masticó dos de ellas porque agua ya no le quedaba, y con la garganta ardiéndole de fiebre y sed asomó las manos por la borda y las hundió en el agua. Con las gotas que mojaban las manos se humedeció los labios y eso le alivió algo el sequero de la garganta. Poco a poco se volvió a dejar caer en el fondo del bote hasta que la fiebre y las aspirinas luchando por el cuerpo que habían tomado como campo de batalla  le sumieron en un estado de delirio y obnubilación que le hacían ora reír, ora llorar o gritar y rebelarse contra su destino.
Las aguas ondulantes mecian la barca y mantenían, acunando a Casto, el sueño pesado, morboso, que tenía preso al naufrago. En medio del delirio de la fiebre intentando, sin conseguirlo, poner algo de orden en sus ideas evocó el día de su primera comunión. No sabía porqué pero se sentía liviano, en medio del delirio que le provocaba la fiebre le achacó a ésta el que se viese a sí mismo vestido de marinerito pasando el peor día de su vida.  Aquel fue un día desagradable y tenso y siempre pensó que el espíritu rebelde, que le procuró tantos disgustos en su vida, se debía en buena parte a la nausea que le provocó aquel esperpento de ceremonia. El alma inocente de aquel “Tito”, se juramentó aquel día que jamás volvería a dejarse manipular ni de esa ni de ninguna manera.
Todo tenía que desarrollarse ateniéndose a una programación estricta de obligado cumplimiento. Las mojas del colegio donde se desarrolló la ceremonia eran lo más parecido a una compañía de marines; ni un error, ni un fallo ni una dilación en la programación horaria e implacables con los fallos; no les temblaba la mano a ninguna cuando de azotar las pantorrillas con la vara se trataba,  escocía mucho y si alguien  intentaba esquivar el golpe se lo daban con redoblado esfuerzo. Las piernas  temblaban y no solo porque la comunión fue un 30 de Abril en que hacía un frío de muerte sino por el miedo al fuego del infierno y los arteros varazos que aquella sádica de monja les prometió a los tres que comulgában si las cosas no salían como ella había pontificado que deberían salir. Casto, Tito, tenía la barriga descompuesta de los nervios y no pudo reprimir en medio de la ceremonia, en la exclusiva capilla de aquel exclusivo colegio de monjas aristocráticas que se le escapase algo de caldo intestinal más o menos maloliente y decididamente coloreado de un siena tostado que rápido, como el rayo que despedían los ojos de la monja, coloreó el inmaculado blanco del pantaloncito de marinero que su madre le había comprado con mil sacrificios. Dio el tiempo justo a tomar la hostia consagrada y poco más porque la religiosa tonante como el rayo de  Odín expulsó por reprobó y sacrílego sin ningún miramiento a Casto de la capilla donde había cagado de forma irreverente mientras el sacerdote celebraba la misa. Fue un escándalo y el pobre niño se sintió desgraciado, no tanto por la incomodidad de verse cagado y hecho escarnio de todos, principalmente las monjas, sino por los vahídos y privaciones de que fue objeto su madre al comprobar como su niño del alma era puesto como ejemplo de endemoniado con ganas de echar basura sobre lo mas sagrado. Esa misma urgencia que en aquella escrupulosa capilla oliendo a calas, azucenas y celindas, le sobrevino por sentirse atenazado de terror pánico era la que ahora mismo le llamaba a la puerta de su tripa pugnando por aliviarla. Despertó en el fondo de la barca al sentirse enmerdado de una diarrea apestosa. Las aspirinas habían conseguido refrescarle de la fiebre pero de alguna manera le habían desatado el intestino y ahora se sentía mísero y desamparado. Sin saber que hacer, de repente se dio cuenta de que lo que le sobraba era agua para lavarse. Con el cuerpo quebrantado por la fiebre, dolorido por la piel quemada y sobre todo sin esperanza alguna para él, se despojó del pantalón y el calzoncillo. Se dejó caer por la borda y durante unos minutos la frescura del agua le alivió, pero el recuerdo de los tiburones que pudieron terminar con sus desgracias le devolvió, ya limpio, al barco otra vez. El pantalón fue enjuagado y el calzoncillo se hundió en el agua nada más ser arrojado con furia lejos de la barca. Derrotado y deshecho después de desprenderse, de lanzar lejos su ropa interior sucia, como si quisiese con ese gesto desgajarse de lo que le estaba sucediendo, se quedó sentado en la borda inclinado sobre su regazo llorando desconsoladamente. En ese momento una gaviota graznó encima de su cabeza y una brillante luz le iluminó el cerebro. La tierra no podía estar tan lejos. ¿Pero donde? Una luz se encendió al fondo de su desamparo. ¿Cuántas millas podría volar mar adentro una gaviota?, no tenía ni idea. Pero que estaba cerca de tierra era seguro, cerca del tesoro más preciado para su cuerpo, para su vida, tierra, gente, vida  humana, relación, todas esas cosas que nunca apreció, porque lo primero era su individualidad, su antojo, su deseo y siempre había alguien o algo que se interponía. Después de todo no estaba tan solo ahora como antes; ahora estaba en peligro de desaparecer y deseaba contacto humano, aunque muriese después, pero morir solo sin un por ahí te pudras de un semejante era radicalmente perverso. Cuando lo tenía todo, desconfiaba de todos y cuando además tuvo dinero fue incapaz de saber si quien se acercaba a él era por su dinero o por su persona. ¡Quien se acercaba a él! Se le vino a la cabeza Claudia. El llanto al recordarla recrudeció y la angustia le asfixiaba. Por fin pudo gritar de ansiedad, hasta enronquecer, su nombre. Ahora, en esa menesterosa situación si era capaz de interpretar sus gestos, su acercamiento, su mirada y concluía que eran sinceros, no preñados de interés como su egoísmo le susurraba cuando ella se acercó para simplemente estar a su lado..., y la rechazó, después de la primera increíble impresión, pasando por el famoso sentido común sus verdaderos sentimientos; no se fiaba, tenía que defender su patrimonio y quien sabe si ella venía a arrebatárselo. ¿Porqué no hizo caso a su corazón?, ¿porqué pasar por la cartera sus sentimientos espontáneos?

Casto continuó con su tedioso trabajo durante tres meses más sin salirse de su rutina. Esa rutina le defendía de sospechas pero no le libraba de mirar por encima del hombro, de cambiar de convoy en el metro en cuanto creía que alguien le miraba torcido, o de detenerse ante un escaparate cualquiera para despistar, en su paranoia, al que él estaba convencido que le seguía para apiolarle. Únicamente quebró esa rutina a los diez días de mandarse a lista de correos la llave de la caja de seguridad viajando dando un gran rodeo hasta la ciudad donde se encontraba su llave para recogerla.
Al cabo de esos tres meses escuchó en la radio del coche que el caso del mafioso encontrado muerto, quedaba cerrado. Del dinero que llevaba, nadie dijo nada y Casto harto ya de saberse rico aparentando ser pobre se despidió de la empresa aduciendo una alergia que le obligaba a desaparecer. Se fue en busca de su dinero, lo metió en una bolsa de viaje y cogió el primer vuelo que salía para las islas. Fue sencillo, ropa cara, cambio de aspecto, apartamento de lujo y visita a un banco donde depositar el dinero. Ante tal cantidad de efectivo, el director de aquella sucursal intentó que no le diese un infarto y sin rechistar recogió aquella cantidad ingente de billetes y con la mejor de sus sonrisas se le puso de alfombra a Casto. Quedaron para dos días más tarde en que después de consultar los mejores valores del mercado el dinero pudiese colocarle en las condiciones más ventajosas.
Aquella tarde con la mejor de sus sonrisas se puso en manos de una masajista y esteticista que le dejó su piel con diez años menos y el espíritu exultante de satisfacción por el triunfo. Si, valieron la pena los tres meses de infierno y miedo cerval que le hicieron adelgazar diez kilos, pues siempre tenía un nudo en el estomago. Ahora el nudo se había desecho milagrosamente y tenía hambre y se sentía pletórico y quería disfrutar de lo que la vida y un golpe de suerte le ofrecía.
Bajó a la playa con ganas de tomar un tibio bañó de sol y refrescarse a continuación en las cálidas y turquesas aguas de la bahía. Se tumbó en una hamaca y a los pocos  minutos pasó prácticamente flotando delante de sus ojos aquella diosa. Fue un instante, quizá dos segundos, como máximo tres pero aquellos ojos verde agua le miraron de otra forma. Eso no era mirar, era atravesar, disecar, abrasar con una mirada. Sonrió, hizo ademán de detenerse y siguió de largo sin volver la vista atrás. Tan tórrida, electrizante, densa, cargada de deseo vehemente fue que ni se fijó que cuerpo portaba la cabeza que poseía unos ojos capaces de mirar así. Aquella diosa se perdió entre la gente de la playa y para cuando decidió que tenía que conocer a aquella mujer la había perdido. Dio vueltas y más vueltas y cuanto más tiempo pasaba más se recriminaba no haber sabido reaccionar y saltar para preguntarle su nombre, quien era, que quería, de donde venía, donde iba..., y sobre todo, porqué esa mirada. Cuando comprendió que no podría encontrarla, dejó de tener ganas de sol y playa y regresó a su apartamento cabizbajo y triste. Tenía la impresión de que se había olvidado algo importante pero sin poder determinar qué, desazón de no saber que le faltaba en ese día y se suponía que no debería faltarle nada. Durmió inquieto aquella noche, demasiadas vueltas en la cama, sudoración pegajosa y boca pastosa al despertarse. El poco tiempo que pudo conciliar el sueño la mirada de aquella mujer le incendiaba el alma y al arder entero experimentaba un placer especial, tanto que una de las veces que se despertó tenía la entrepierna pegajosamente húmeda y maloliente. Se recriminó por tener poluciones nocturnas a esas alturas de su edad y ya no pudo pegar ojo en toda la noche. Sentado en la terraza de la habitación, fumando incansablemente y con los pies apoyados en el barandal estaba hipnotizado por la plata liquida que la luna derramaba al mar, pero en su cabeza solo existía la mirada, y la sonrisa esbozada posterior de la mujer misteriosa que le trastornó el día. De repente, como un mazazo, la duda se abrió paso con la facilidad que un puño penetra un bloque de mantequilla templada. ¿Le estaban buscando? Inmediatamente rechazó la idea, no se consentía abandonarse al estado paranoico de creerse que todo el que le rozaba pretendía aniquilarle. De haber dado pábulo a la sospecha, se habría marchado de inmediato a otro lugar con su dinero puesto ya a buen recaudo, pero era incapaz de dejar que ese fantasma que le pasó delante de los ojos se diluyera en su deseo como una de las volutas de su cigarro lo hacía en la templada atmósfera de la madrugada. Y si después de todo estaba siendo objeto de una trampa con el objeto de hacerse con su dinero asumía el riesgo. Tenía que saber quien era esa mujer, iba a saber quien era, estaba firmemente decidido.
Al día siguiente, después de un desayuno sin ganas, volvió a bajar a la playa y la mala noche pasada le sumió en un dulce sueño sobre la hamaca. Cuando despertó de la modorra el sol estaba alto y algún ángel custodio había tenido el sentido de ponerle una sombrilla que le cobijase del ardiente sol del mediodía. El ángel resultó ser el camarero del apartotel que atendía esa zona de playa que en cuanto comprendió que Casto había regresado al mundo de los vivos se aprestó a ofrecerle algo de beber. Casto entre nebulosas aún de la cabezadita contempló como le ponían en la mesa una cerveza bien fría y en ese momento se le ocurrió que quizá él que podría saber algo de la mujer de la mirada tensa podría ser el camarero. Pero por más señas que le quiso dar el pobre empleado se disculpaba diciendo que el estaba a su trabajo, que algunas mujeres llamaban más la atención que otras pero que con los pocos datos que le daba no sabía.
Estuvo todo ese día y el siguiente esperando en su hamaca todo el tiempo que pudo pero la mujer de la mirada tensa no se dejaba ver. Poco a poco la imagen de aquella cabeza clavando la mirada en sus ojos fue difuminándose y llegó un momento en que ya no era capaz de dilucidar si la mirada era más o menos intensa o incluso si habría sido dirigida a él. Las horas iban tendiendo un manto de polvo de olvido sobre el recuerdo hasta que éste no era poco más que un sueño agradable pero impalpable. Finalmente, al segundo día de espera y con el amargor de aquella mujer perdida que ya pertenecía a la categoría de los ensueños desistió de seguir empecinándose en encontrarla. Se juramentó mientras se duchaba que nunca jamás volvería a obsesionarse. Tenía todo lo que se podía comprar con dinero, y si quería mujeres de bandera..., pues también. ¡A la mierda con los sentimentalismos!
Se vistió completamente de lino crudo para salir a la noche blanda y sensual del verano. El local de más marcha y prestigio era el “Mr. Peter”, un establecimiento enorme con tres plantas, antigua harinera reciclada a lugar de moda más chic de toda la isla. El conserje del apartotel le facilitó una tarjeta para poder entrar por la puerta VIP sin necesidad de hacer cola.
Enseñar la tarjeta al gorila de la puerta y franqueársele todas las sonrisas, más abiertas que las puertas, le dejaron paso a un ambiente pleno de glamour y lujo caro. A la puerta se arremolinaba una cantidad de gente que pugnaba por acceder al local pagando lo que hiciese falta, pero no era cuestión solo de dinero, se trataba de que no se colase nadie indeseable o que fuese incapaz de soportar las conductas de los parroquianos más excéntricos.
Se dirigió Casto a la barra que encontró más cercana abriéndose paso entre la multitud elegante que pululaba como hipnotizada por la música y las luces. Pidió una ginebra sola y le dio la espalda a la barra con el vaso en la mano. Haciendo balance de los pasados meses se complació en su destino y se felicitó de lo bien que lo había manejado todo. De repente se le provocó un terremoto en el corazón y todos sus propósitos de ser inmune a las miradas viniesen de donde viniesen se derruyeron como un castillo de naipes. Estaba allí la mujer de la mirada tensa. Intentó sostenerle la mirada pero fue incapaz de hacerlo más de cinco segundos. Algo tenían aquellos ojos que le hacían batirse en retirada; era fuerte, sólida, viniendo de unos ojos inexpugnables, imposibles de traspasar. Dibujó una sonrisa en su boca sin dejar de mirarle y con gran seguridad se le acercó, la misma seguridad que Casto iba perdiendo a medida que veía que ella estaba cada vez más cerca de él.
No hicieron falta muchas mas palabras porque ella con sus gestos, sus mohines y con su mirada, esa mirada profunda que le hacía temblar sin que pudiese reprimírselo derribaron todas la barreras y amalgamaron los corazones. Pero quedaron de súbito detenidos, con el tiempo congelado a su alrededor, dejaron ambos de escuchar la música y los ruidos que le acompañaban. Se miraban a los ojos incapaces incluso de parpadear para que la magia del instante no se deteriorase. Casto deseaba alargar su mano y tocarla pero no era capaz, temía que con su roce se disolviese como una voluta de humo la imagen. Ella miraba con una bonita sonrisa colgada de sus labios que entreabiertos dejaban ver una hilera perfecta de esmaltes blancos como el aura que en torno a ella veía Casto. Los labios brillantes y suculentos fueron el talismán que terminó por romper la inercia de la inactividad. No fue pensado, tenía que suceder y sucedió. Casto se inclinó hacia ella, ajeno a cualquier proyecto de voluntad y  rozó los labios con los suyos momento que aprovecho ella para abrir un poco más la boca e insinuar la lengua húmeda y cálida que rozó levemente los labios de él que ya no le quedó otro remedio que cerrar los ojos y flotar libre por el éter de su encandilamiento. Después de un interminable segundo que duró el contacto, con la piel erizada y los labios quemados del tenue beso preguntó con temor a perder el sortilegio del instante por el nombre de la hechicera que acababa de robarle el corazón.

La sensación quemante de la boca le devolvió a la desesperante realidad, le escocían los labios que le sangraban por las grietas provocadas al hacer los gestos del sollozo. El calor asfixiante le ayudó a subir la fiebre hasta hacerle delirar una vez más. Medio tirado en el fondo del bote se asomó por la borda porque escuchaba como le llamaban por su nombre. Al mirar a lo lejos pudo observar a pocos metros una playa de arena clara con cocoteros que llegaban justo hasta el agua. Veía borroso pero creía distinguir alguien que le hacia señales para que se lanzase al agua cuanto antes y ganase nadando la orilla. Tenía pocas fuerzas para saltar la borda del falucho pero lo intentó. Estaba agotado de la fiebre y los días al sol abrasador del trópico, la falta de alimento y de agua; no le faltaría demasiado para rendir viaje de la vida hacía ese otro lado oscuro del que nunca se preocupó en exceso. Pero la playa estaba allí al alcance de su mano, cerca, con su promesa de agua fresca y alimentos y reposo. Levantó la pierna derecha para sacarla del bote y poder lanzarse al agua y el gesto le llevó de la mano de su fiebre y el delirio a sacar de su memoria el mismo gesto que realizó con Claudia nada mas conocerla.

La melodía arrebatadora de una voz cristalina y firme al tiempo, pronunciando el nombre; Claudia, hizo que Casto desease morir en aquel momento porque se habían cumplido todas sus expectativas de gozo y felicidad. Escuchar el nombre de aquella mujer que le rendía era como si se apropiase de ella misma y se la llevase a vivir en lo mas profundo de su corazón; ya no necesitaba más, ya lo tenía todo, estaba lleno de felicidad y la alegría le chorreaba por los ojos en forma de lágrimas serenas y abundantes. Ella le sonreía y él la tomó por las manos. No necesitaba más, al parecer, de modo que al unísono, sin necesidad de acuerdo o complicidad se fueron hacia la puerta. A Casto le resultaba difícil conducir hasta el apartotel porque era incapaz de estar más de cinco segundos sin perder su mirada en Claudia. Se felicitaba una y otra vez de haberse encontrado con el mafioso de marras que le franqueó el paso a este encuentro que se anunciaba como la solución definitiva a su soledad, que por otra parte tanto apreciaba, pero le lastraba en cuanto a la necesidad de compañía en bastantes ocasiones. Se sentía un colegial, un quinceañero que acaba de descubrir la sexualidad confundida con el amor y la alegría de vivir. Deseaba que aquel momento no terminase, pero finalmente, después de algún que otro despiste en la conducción, terminó en el aparcamiento. Sin salir del coche, se besaron largamente, con reposo, tranquilidad y parsimonia, disfrutando de cada roce, de cada seda de lengua de cada humedad de saliva dulce anunciando la humedad de otra oquedad más secreta, placentera y oscura. El portero rompió el encantamiento acercándose al coche para ver si les sucedía alguna cosa desagradable y les sorprendió en el penúltimo beso dulce lo que produjo en el empleado un azoramiento respetable y unas risas de niño cogido en la última travesura simpática por parte de la pareja que encontraba en ser sorprendidos en plena faena otro motivo de disfrute.
Descendieron del coche plenos de vida y placer y vieron la piscina que a esas horas se encontraba cerrada al público. No les hizo falta más que una mirada cómplice para levantar, con la agilidad que presta el amor ilimitado, la pierna por encima del barandal que hacía de obstáculo para que no se utilizasen las instalaciones fuera de horario y entrar al recinto para tomar el baño fresco los dos juntos.

Casto sonrió febril y mórbido al verse saltando la baranda de la piscina del apartotel pero se sintió sorprendido cuando en lugar de encontrar el mullido césped debajo de sus pies al otro lado, solo encontró, agua salada y caliente en la que hundía su mísero cuerpo que se abandonaba ya definitivamente a su destino que era ser pasto de los peces. Recordó a Claudia por última vez, cerró los ojos resignado y se dejó sepultar en agua, un agua como aquel de la piscina en que también se dejó sumergir.

Sentía las manos de Claudia en su cabeza empujándole hacía el fondo y se regocijaba dejándose hundir. Cuando estaba llegando al fondo sujetaba las piernas de su amor y la llevaba al fondo con él. Después los dos emergían exultantes de gozo por el juego llevado a cabo y se besaban tiernamente abandonándose otra vez al fondo sin apartar el contacto de los labios. Permanecieron así el tiempo preciso hasta que el vigilante nocturno alertado por el chapoteo inspeccionó lo que ocurría. Como dos niños felices de vivir se disculparon riendo y empapados se salieron del agua dirigiéndose al apartamento de Casto dejando por el camino un rastro de agua.
Se desnudaron con avidez. Ya la urgencia se imponía. Lo que antes era disfrute de la morosidad se convertía en necesidad imperiosa de alcanzar la meta cuanto antes. Los dos se necesitaban como si hiciese una vida entera que no se hubiesen visto, porque la sensación era que se conocían de toda la vida solo que las circunstancias les apartaron y no les consintieron encontrarse hasta esa noche.
Como dos chavales retozaron y se exploraron hasta los más recónditos lugares de sus anatomías con sus lenguas y sus bocas. Ninguna parte de cada cuerpo se quedó sin ser conocida por el otro y disfrutada. No hubo reservas, tan solo entrega y placer. La vida podría haber muy bien terminado allí, el armagedón no habría conseguido interrumpir lo empezado, nada tenía absolutamente importancia fuera de ellos dos, la naturaleza entera, el cosmos entero se resumía en aquellos dos cuerpos desnudos rozando sus pieles e intercambiando sus sudores. Eran en aquel momento la culminación de la creación y eran perfectos acoplándose con la exactitud de un reloj suizo. Gozaron, se gozaron hasta que los cuerpos se agotaron de goce y placer y les sumieron en el más reparador de los sueños, pero entrelazados, sin desprenderse el uno del otro porque ya formaban una sola cosa.
Los primeros rayos del sol bañaron los cuerpos triunfantes de los amantes despertándolos de su merecido sueño. Fue cuando empezaron las palabras las que se abrieron paso entre los gestos y las caricias arrumbándolas en la zona oscura de los sentires y se hicieron dueñas de la situación cuando los problemas empezaron para Casto. Palabras, malditas palabras.

No se dio cuenta porque ya estaba muerto, o eso es lo que él creía, pero unas manos poderosas le izaron dentro de una embarcación. El no pudo escuchar como en otro idioma alguien repetía de forma martilleante y ansiosa: “está vivo, está vivo”, y de haberlo escuchado tampoco lo habría entendido. Le despertaron los rayos del sol de otro día impactando en su cara. Al abrir los ojos se vio rodeado de gente extraña con caras sonrientes, caras que traslucían amistad. Le hablaban, pero él no entendía lo que querían decirle, como tampoco entendió nunca porqué aquellas palabras de Claudia le tuvieron que arañar el alma haciendo que sangrase desconfianza y matase el amor que había sentido solo unas horas antes.

-          ¿Te das cuenta que no usamos preservativo?,- en la voz de Claudia había una entonación maldita.
-          ¿Y para que podríamos haberle querido, mi amor? Yo no tengo ninguna enfermedad, de haberla tenido mi prioridad habría sido preservarte de ella, y en el caso de que la tuvieses tú, nada me honraría más que compartir esa enfermedad contigo, porque sería tuya y deseo de forma ciega y reverencial todo aquello que te pertenezca. Finalmente en el caso de que te quedases embarazada ¿que mayor orgullo y gloria que ser el padre del hijo que llevarías en tus entrañas?
-          A ti, claro, te daría igual, veo – giro en redondo señalando los muebles y enseres que le rodeaban - que te sobra el dinero para ir en busca de cura para cualquier enfermedad al lugar del mundo que te haga falta, en cambio yo, imagina que tu tienes lo que no sabes y yo lo contraigo – Claudia cambió la entonación y le dio a la frase siguiente una coloración sarcástica y como de humorada - Solo esa posibilidad necesitaría de una compensación.
Los oídos de Casto no estaban preparados para sarcasmos ni sutilezas de semejante jaez y ocurrió lo que no debería haber sucedido jamás.
La palabra rebotó en las paredes de la habitación como una bala perdida que cruel, busca carne a la que herir. Esa sola palabra, ”compensación”. Se le abrieron los ojos y palideció, no había estado con él por él..., una vez más perseguían su dinero. ¡Con que rapidez huelen las hienas la carroña! El mundo se le derrumbó bajo el peso de la decepción. Claudia no fue ajena al cambio de coloración de su acompañante y se le quedó mirando interrogativa. Después de sostener un largo silencio lo rompió con temblor en la voz. Se dio cuenta entonces que aún no le había dicho el nombre y dándose cuenta de que la situación se había vuelto de pronto violenta sin saber cómo intentó rebajar la temperatura de hielo que se alzaba entre ellos haciendo uso del nombre que no conocía.
-          ¿He dicho algo que te haya ofendido?, se te ha cambiado no solo el gesto sino el color de la cara..., y a propósito, aún no me has dicho tu nombre – se acercó a él remolona con la sonrisa retratada en sus ojos – y yo si te lo he dicho a ti. ¡Ya!, eso es, te ha sentado mal que no te haya preguntado el nombre, pero es que..., compréndeme, te conozco desde siempre y tu nombre es mío aunque no sepa pronunciarlo. Enséñame a decirlo con tus labios y yo te prestaré los míos para expresarlo.
Casto con los ojos rasos de lágrimas de un dolor que se creía no iba a poder resistir esperó a que se le acercase y le rodease con sus brazos. Dejó caer la cabeza en su hombro y siguió llorando con sentimiento.
-          ¿A que te referías cuando me hablaste de una compensación? Eres una profesional, ¿no es eso? Pero yo no te he tratado como a tal. Creía que eras...
-          ¡No sigas, por favor, no sigas! – y le puso sus dedos en los labios para que callase la ignominia que estaba recitando.
-          Si Claudia, si tengo que seguir. Yo creí cuando cruzaste tu mirada con la mía que esa mirada era sincera, pero no lo era, solo era profesional. ¡Enhorabuena!, eres una magnifica profesional, conseguiste engañarme...
-          ¡¡No!!. – con el gesto recio y la entonación de acero le preguntó - ¡Dime tu nombre para que pueda seguir hablando!
-          Casto, el estúpido, el inocentón, el bobo de Casto que tiene necesidad de que le quieran y se cree lo que tiene necesidad de creer.
-          ¡Escúchame Casto!, no tengo ni la más remota idea de lo que te ha sucedido pero yo no he tenido nada que ver. – Se detuvo un momento dejando en el aire flotando el silencio más espeso, al tiempo que entornaba los ojos y asentía con la cabeza como la que ha descubierto el misterio de los mayas -. Ya me doy cuenta de que como lo que querías ya lo has conseguido. ¡Claro hombre!, se impone ahora el inocente corazón roto del hombre cabal por no se sabe que ofensa hecha por la arpía de la mujer de turno para cargarse de razón y darle el boleto. ¡No, no digas ni media palabra más!, lo he entendido perfectamente. Te creí diferente y una vez más he patinado. Pero eso sí, no quieran los hados que me quede preñada de ti, pero si eso sucediese, el aborto corre de tu cuenta, espero que hasta ahí pueda llegar tu caballerosidad.
En medio del estupor de Casto, Claudia recogió sus pertenencias, se vistió con ligereza y sin mirar hacia atrás salió del apartamento dando un portazo.
Aún no sabía que había sucedido, estaba perplejo pero lo que hacía pocos minutos era la eternidad hecha amor, incendio de corazones al unísono, vibración de almas en comunión se deshacía como la sal en el agua. En las pocas horas que van de la madrugada al alba había edificado una ciudad entera con el amor de su vida y la había arrasado utilizando para ello la fuerza de una palabra pronunciada a destiempo, no entendida e interpretada de forma torticera.

Poco a poco la vista se le fue acostumbrando al entoldado verde a través del que se filtraban los rayos del sol de forma amortiguada. Sentía frescor en la boca y la lengua porque se le estaba mojando con agua fresca. Y a medida que podía ir acomodando su visión se le fue conformando sobre él la cabeza de una persona que no conocía y de un color oscuro y unos surcos y tatuajes que le recorrían la cara. Intentaba decirle algo que él no entendía, pero prefirió quedarse a la expectativa. Aquellas palabras ininteligibles para él fueron haciéndose machaconas. Casto finalmente decidió que era mejor intentar utilizar los signos universales para entenderse, de forma que se encogió de hombros para dar a entender que no era capaz de comprender su lengua. Pero tampoco sabía que en aquella sociedad ese inocente gesto era toda una ofensa para el que lo recibía. Aquella cara inclinada sobre él de aparecer amistosa se tensó en guerrera y empezó a escupir lo que no tenía más remedio que ser insultos preparativos de una agresión más contundente que la de las palabras. Llegó en ese momento una persona de mayor edad y gestos autoritarios que no tuvo más que decir cuatro palabras en tono medio para que los ánimos se calmasen. Después de echar a todos del recinto donde Casto se encontraba, le invito con un gesto a que se sentase, el hizo lo propio enfrente de él y se le quedó mirando con gesto compasivo. El silencio solo roto por los ruidos de la naturaleza viva que venían del exterior se estaba haciendo eterno hasta que Casto, con los nervios destrozados por la espera se decidió a hablar.
-          Aunque usted no me entienda, tengo que decirle que no se que hago aquí. Supongo que no estoy muerto porque esto no tiene aspecto de infierno que es lo que merezco, pero el caso es que no recuerdo más que me hundía en el agua del océano y no me importaba en absoluto morir. Tengo dinero, mucho dinero, mi barco naufragó no se cuantos días hace ya, pero podría darles lo que quisiesen por acercarme a la civilización. Fue una locura aventurarme para una singladura en solitario sin la debida experiencia. Supongo que nunca se tiene la suficiente..., he sido temerario..., no se como hacerme entender. Solo soy un naufrago que no sabe como hacerse entender y al que todo el dinero que tiene no le sirve sino para ser el hombre más desgraciado del mundo, que no sabe separar la paja del interés del grano de la sincera amistad..., quizá porqué yo nunca supe brindar ese tipo de amistad a nadie. Un naufrago de la vida que ejemplariza su estado perdiéndose en medio del océano y que finalmente, para su más rematada desgracia, es rescatado en el último instante cuando tenía la decisión asumida de desaparecer.
El hombre escuchaba con ojos profundos de extremada atención y solidaridad con una persona que a la vista estaba que sufría y no sabía como poner fin a ese sufrimiento.

El portazo que dio Claudia al salir por la puerta le estalló en los oídos como si una granada le hubiese explotado a escasos centímetros de la cabeza y en el corazón le hizo el efecto de una bomba de fragmentación en un museo de cristal de Murano, añicos por todos lados sin posibilidad de reparación.
¿Qué había pasado? Todo había transcurrido en un ambiente mágico, de cuento de hadas. Ni escrito por un mal guionista de culebrones venezolanos podría haber salido más redondo. Los tres días primeros de angustia, la renuncia final ante la imposibilidad de lo inalcanzable y el premio final cuando las esperanzas no eran más que delirios de demente en una noche de mala borrachera de alcohol de garrafón.
¿Qué carga podía llevar esa maldita palabra, “compensación”, para hacerle saltar todas las alarmas en su cabeza y sacarle las uñas más afiladas?, ¿Tan poco valía él para que no pudiese encontrar quien le quisiese por su alma en lugar de por su cartera? Pero Claudia solo había dicho “compensación” y compensaciones las había de muchas clases no necesariamente dinerarias, ¿porqué tuvo que reaccionar así?
Casto, en ese momento comprendió lo que acababa de perder por estar solo pendiente de la cartera en lugar de su corazón. Intentaba echar la basura del interés sobre los otros cuando el único interesado era él, que pasaba todo aquello que escuchaba, por muy poco equivoco que fuese por la interpretación en clave de compra y le escocía tanto que veía los ojos de los otros solo como pantallas de caja registradora. Sin darse cuenta Casto había mercantilizado su vida pero exigiendo a los demás el más exquisito de los rechazos a todo lo que fuese interés.
Pensó en correr detrás de Claudia pero estaba apabullado por lo que acababa de hacer, avergonzado por su mercantilismo. Recordaba aquella mirada limpia y profunda, una mirada que solo quería absorberle por ser él quien era, no por lo que tenía, llevárselo dentro de sí entrando a saco a través de los ojos. ¿Cómo pudo...?
No pudo reprimir las lágrimas que le escocían en los ojos porque se peleaban por salir fuera todas a la vez. Cayó desmadejado, llorando de pena negra y  de indignación consigo mismo al tiempo y se quedó allí en el sofá, inerte, como si fuese un cojín más del mueble. El profundo disgusto le rindió en forma de sueño pesado.

El anciano que le escuchaba quedó en silencio después de que Casto terminase su perorata. Casto esperaba que rompiese a hablar en la jerga en la que se dirigieron antes a él y la desesperación le mordió el alma como si un perro hambriento y rabioso se ensañase con su carne. No podría hacerse entender y permanecería durante dios sabe cuanto tiempo en aquel mundo apartado sin la fortuna que tantos sinsabores le procuró hasta que pudo hacerse con su dominio. Allí de nada le valía, no sabía donde se encontraba ni la forma de salir de aquella cárcel sin barrotes. La desesperación le hizo agitar su respiración, angustiarse y contraer el gesto de su cara por el dolor infernal al que no encontraría nunca alivio. Cuando no pudo más se acercó al anciano que sonriente y pasivo, en apariencia, se encontraba delante de él y con su cara a escasos centímetros de la suya le chilló.
-          ¿Porqué no me dejaron morir?
El anciano ni se inmuto. Se limitó a sonreír y contestar con parsimonia.
-          No habría estado bien dejar morir a un semejante. Los dioses antes o después nos lo habrían demandado cobrándose al menos diez vidas por la suya.
Casto no podía creer lo que escuchaba. Estaba oyendo hablar en su propio idioma. Con los ojos desorbitados y boqueando como un pez fuera del agua consiguió finalmente hilar unas palabras.
-          ¿Porqué..., porqué no me dijeron antes que hablaban mi idioma?, he estado como un imbecil hablando y hablando sin que nadie me respondiese, ¿porqué?
-          No hay porqué. Yo soy el único que habla tu idioma y a mi directamente no me preguntaste nada, te limitaste a dar por hecho todo. Yo callé respetuoso con tu dolor. Solo esperaba que te vaciases para poder empezar a ayudarte. En nuestro pueblo siempre pensamos que no hay nada tan inútil como intentar ayudar a alguien sin esperanza, es mejor que primero se agote debatiéndose contra su propia incapacidad y después...
-          Ha debido divertirse mucho a costa de mi desesperación.
-          No, he sufrido, pero no necesito que lo crea. Si desea que le acerquemos a lo que usted llama civilización lo haremos, pero ya no podrá ser hasta mañana. Ahora disfrute usted de lo que queda de día y de noche y mañana podrá volver a su jungla, que por cierto se encuentra más cerca de lo que usted se piensa. Pero antes de decidir si quiere o no volver a su mundo, ¿se ha parado a pensar porqué los dioses han querido depositarle aquí? Seguramente no se ha dado cuenta aún que los dioses le están escondiendo de usted mismo, de otra forma no tendría ningún sentido que haya venido hasta aquí y los dioses siempre hacen las cosas con miras a favorecer a los hombres, aunque muchas veces nosotros, pobres indigentes, no sepamos ver las autenticas razones que mueven a los dioses a actuar.
-          ¡Pero que dioses, ni que dioses!, están todos los locos, el mundo lo mueven las leyes de la física y los caprichos de los hombres, nada más.
Casto se quedó pensativo intentando colocar cada pieza en su sitio. Cada vez entendía menos las cosas. Sabía que mañana volvería de regreso a su mundo desde este otro en que todos pensaban que lo mejor es esperar antes de actuar, en el que todo debía tener una razón  para existir, donde lo primero es escuchar antes que hablar. Hablar...
-          ¿Cómo aprendió usted mi lengua? – puso cara de entomólogo ante un insecto sin catalogar.
-          ¿Tanto le supone saberlo? Pero antes de todo debemos saber nuestros nombres de otra forma, ¿cómo podríamos seguir hablándonos? Mi nombre, escrito en las estrellas es Chak-too-li, ¿y el tuyo?
-          Casto, solo Casto.
-          Bien Casto. Justo antes de que pasasen siete épocas de tifones recaló un barco en nuestra isla. Una mujer se encaprichó de mí y un día que estaba nadando en la mar en compañía de mis amigos fui raptado por unos criados de la mujer. Estuve llorando una semana entera en un caserón enorme, casi tan grande como esta isla, sin comer siquiera, hasta que la tentación de unos alimentos suculentos puestos a mi alcance hicieron que desistiese de mi pena por la perdida de mis padres y mi gente y me resignase a mi  nueva situación que sin duda era querida por los dioses aunque yo no lo entendiese en aquel momento. La señora, como luego comprendí, había perdido un hijo que por lo visto tenía parecido conmigo y ocupé de alguna forma su lugar. Al terminar mis estudios de relaciones internacionales, - Casto no pudo reprimir una carcajada, ante la que Chak-too-li sonrió condescendiente, dejó que Casto terminase de reír y siguió con su relato –, como iba diciendo, al volver de Georgetown con mi diploma bajo el brazo se lo entregué a la señora y le dije humildemente que ya que había hecho lo que ella quería, debería dejarme a mi ahora hacer lo que yo quería y lo que quería era volver a mi isla, a esta isla. Le dije que prefería hacerlo con su bendición, porque aprendí a respetarla, me trató siempre como a un hijo, pero que de cualquier forma me vendría a la tierra de mis padres. Los dioses quisieron que la señora recapacitase y pude volver con sus bendiciones; nunca le reproche el secuestro y ella no llegó a entender que rechazase una vida muelle llena de lujo por una existencia dura y de privaciones. Lo que aprendí me sirvió para defender a mi pueblo de los intereses que querían hacer de mi isla una urbanización de lujo permitiendo que nuestras costumbres perdurasen como eran desde hacía siglos y pudiésemos seguir siendo felices. Entonces comprendí cuales eran las miras de los dioses permitiendo que me llevaran. Ahora ya sabes porque hablo tu idioma y porque he comprendido a la perfección todo lo que has dicho y precisamente por eso te compadezco. Eres presa del materialismo y así nunca serás feliz y por lo tanto por mucho que te esfuerces en ningún sitio estarás a gusto. Por tus venas no corre sangre, corre dinero y como es natural te lo podrán robar y con el tu vida. ¿Porque no te quedas entre nosotros y aprendes a conocerte?
Casto no conseguía salir de su asombro. ¡Quedarse él en aquel agujero!, ¿y el móvil, los bancos, las tarjetas?, antes morirse. Hizo como que no escuchaba y cambió la conversación.
-          Y..., ese  nombre de chok..., ¿cómo era?
-          Chak-too-li.
-          Eso, Chak-too-li, ese nombre..., escrito en las estrellas – pronunció con sorna la última frase -, ¿qué significa?
Chak, se dio perfecta cuenta de que Casto intentaba no solo cambiar de conversación, sino también dejarle en evidencia. Hizo un leve gesto de contrariedad, sonrió compasivamente y se explicó.
-          El nombre lo eligió mi abuelo antes de que yo naciese. Para eso estuvo una semana en la montaña meditando en las estrellas. Por eso te dije que mi nombre estaba escrito en la estrellas. Significa, “Aquel que dice siempre la verdad”. Supongo que el significado de tu nombre no hará honor...
-          ¿Casto?, una broma de mis padres. Mi madre quería que fuese sacerdote, quizá por eso me puso Casto, pero no, no, de hacer honores, nada de nada, eso no conduce a nada. Hablando de otra cosa, ya que tenemos tiempo. ¿Supongo que no estaría tomándome el pelo cuando me ha dicho que hizo estudios superiores en Washington?, - sin esperar la respuesta que fue dada con un leve asentimiento de cabeza Casto continuó – pues entonces no me explico como no para de hablar de dioses, como si se creyese lo que dice o como si se pensase que me lo iba a hacer creer a mi.
Chak-too-li, mantuvo un breve silencio durante el cual humilló los ojos y exhaló aire de sus pulmones como el que se aburre de tener delante un alumno poco aventajado y del que se sabe que nunca conseguirá aprender nada de lo que se le intenta enseñar.
-          Amigo naufrago, veo que ya lo era usted antes de perder su embarcación, se limitó a escenificar el estado de su alma. ¿No se si usted se habrá molestado en leer al más grande poeta del siglo XX, Thomas Stearns Eliot?
-          Pues no, la verdad.
-          T.S.Eliot dice en su famoso Notas para la Definición de Cultura, que no ha existido cultura alguna que se haya desarrollado fuera del útero caliente y confortable de la religión. Se queja Occidente que pierde identidades y referentes pero le da la espalda a la religión y no se da cuenta que haciéndolo en el paquete se escapa de rondón la cultura y sin cultura, ese compendio de belleza e inteligencia que decía Arnold solo queda la anarquía y la desintegración. ¿Comprende ahora porqué le decía lo de que ya era usted un naufrago antes de verse solo y abandonado en el océano a merced de las fuerzas de la naturaleza? He vivido en su mundo, ese al que a usted le falta tiempo para volver y le aseguro que se me parte el alma cuando constato que siglos y siglos de pensamiento noble y cultura se deshace como la sal en el agua caliente por ese empecinamiento en renunciar a sus raíces hebraístas, como si fuesen sintoístas o musulmanas, solo que su civilización tiene esa raíz hebraica y no puede simular que no lo sabe o que no le complace. Pero ¡que más da!, supongo que todo esto en boca de un, para usted, estrafalario indígena ornado de plumas y pinturas no será más que una anécdota para referir en su club cuando regrese mañana a su civilización.
Las últimas palabras estaban tintadas de amargura por saberse no comprendido y entristecido, por tener delante un ciego que creía que sin él, como  miembro de una etnia dominante, no existía el norte y ni posibilidad de destino.
Casto escuchaba pensando que aquel enfebrecido lugareño debía haber perdido la cabeza a consecuencia del sol que le daba en la cabeza. Pero así y todo algo le rondaba en la cabeza, una duda que no podía quedar sin satisfacer.
-          Chak. Permítame que abrevie el nombre. Chak, comprendo su postura, usted ha conocido los dos mundos, las dos formas de comprender la vida y de vivirla y ha podido elegir, después de haber estudiado y haberse formado en una de las mejores instituciones académicas del mundo, el quedarse en esta isla sobreviviendo, más que viviendo. Pero sus compañeros que nunca han salido de aquí, ¿cómo sabe que ellos han elegido libremente quedarse en ésta isla por muy paradisíaca que parezca?
Chak-too-li, clavó sus ojos menudos y de un azul profundo e intenso en los turbios y grises de Casto con tal ímpetu que le obligó a humillar la mirada. En los ojos de aquel hombre de anciano aspecto se condensaba toda la energía y la sabiduría de eones, esa sabiduría que no es discutible ni argumentable, es sencillamente “la sabiduría”. Finalmente entornó parsimoniosamente los ojos y contestó con la paciencia del maestro que sabe que tiene que tener perseverancia con el alumno poco aventajado para que al fin llegue a adquirir algo de la sabiduría que él le quiere trasmitir.
-          Amigo mío, tiene usted un concepto de la libertad  mercantilizado. Se le aplican a la libertad la leyes del mercado y así todo se reduce a dirigirse a una gran superficie de esas que hay en inmensos y artificiales centros comerciales cerca de enormes autopistas, para poder elegir, eso si libremente, entre entrar en el hipermercado X o el supermercado Y, para que siguiendo al carro que lleva delante, pueda ir cogiendo de los diferentes estantes entre cuatro o mil, que más da, marcas diferentes de galletas. Ese es su entendimiento de lo que es la libertad. Tenerla es poder comprar entre varias opciones. Y se equivocan, la libertad no se tiene, como si fuese  un bien de consumo más, la libertad se ejerce porque la libertad se es, no se tiene. Realmente cree usted que Nelson Mandela durante los treinta años que estuvo encarcelado no era libre porque era incapaz de decidir donde ir a cenar cada noche o que película ver un fin de semana. Si llevaría libertad dentro de si que tuvo suficiente para amamantar con ella a toda una nación y hacerla libre. Quizá le parece a usted más libre aquel que puede comprar un arma automática y apostado detrás de un pretil ir cazando hombres como el que caza patos. La libertad se lleva en la parte más noble del ser humano, en la voluntad. Se es lo que se desea ser, aunque duela quererlo y se sepa que alcanzándolo se va a provocar dolor. Ustedes tienen un concepto de la libertad, como del amor, como del bien, como de la felicidad, de película rosa o de videojuego. Nosotros en esta isla vivimos felices, amamos, nos respetamos y somos libres porque sabemos lo que somos y donde estamos. ¿Qué hay tifones y la naturaleza se encrespa?, claro que si, forma parte de la vida de la que formamos parte nosotros, ¿qué a veces produce perdidas irreparables y dolor?, no se lleva nada que no sea suyo y el dolor es la cara oculta del placer, se asume y se acepta que se forma parte de un todo, lo principal es el todo, nosotros partes de ese todo somos felices de pertenecerle y tenemos asumido que los dioses, ¿quién si no?, saben por donde es mejor llevarnos. Intentar hacer de la libertad un arma de combate para oponernos a los designios de los dioses solo conduce a crear seres encontrados consigo mismo que se hacen daño a cada paso que dan.
Casto no entendía aquello que escuchaba, una mezcla de animismo, politeísmo y filosofía existencial que hacia decir a Chak toda una serie de cosas sin sentido.
-          Yo pienso Chak, que la libertad es la capacidad que tienen los hombres de que partiendo de la misma línea de salida, haciendo uso de los medios a su alcance o conseguidos con el esfuerzo del trabajo llegar donde cada uno haya puesto la meta sin que pueda haber nadie que se lo impida porque no este de acuerdo con sus ilusiones, no es como usted dice eso de poder comprar o no.
Los ojillos de Chak, brincaron de contento mirando a Casto. Había algo en ellos que producía en Chak inmensa alegría, como el encontrar la gema perdida entre un montón de basura después de haberse ensuciado, enfangándose en estiércol las manos, sin perder nunca la esperanza de encontrarla al fin.
-          ¿Usted Casto, sabe que estuvo muchas horas entre nosotros presa de altísima fiebre durante la que no paraba de hablar y hablar?
-          No, suponía cuando me desperté que habían pasado pocas horas.
-          Pasaron tres largos días en los que Huaka-baa-de, no re retiró de su lado, sin dormir siquiera, cuidándole y refrescándole de esa fiebre que le consumía. El fue el que le rescató cuando ya se sumergía y por tanto, según nuestra cultura, es usted responsabilidad suya para siempre, por eso, el y no otro es el que le cuidó hasta que se despertó.
-          ¡Ah!, vaya, suponía que ese nombre era de una mujer. Ya se sabe, la indígena inocente que se prenda del naufrago apuesto...
-          No me sea usted salaz además de sarcástico. Huaka-baa-de es uno de los mejores miembros de la tribu, tiene tres mujeres que se encargan de sus dieciocho hijos y sus cerdos. Podríamos decir que es lo que ustedes llamarían un rico hacendado.
Casto estaba ya impacientándose con tanta explicación. Lo que quería era ya salir de allí y llegar a su civilización donde poder tomarse un buen trago de cerveza fría sin necesidad de que un viejo delirante le viniese dando la paliza con la fábula del indígena bueno. No quería por otra parte parecer ofensivo pero estaba irritado y todo lo que se le venía a la cabeza eran improperios para sacudirse la presión moralista a la que estaba sometido. Rebuscó en la cabeza y dio con una pregunta inocente que además venía al caso.
-          Y..., ese nombre de Huaka..., ¿cómo era?, es que comprenda usted Chak que me resulta difícil...
-          Si. Huaka-baa-de. ¿Que qué significa quería usted preguntar? “Aquel que siempre actúa con rectitud”. Y si, su abuelo tuvo que meditar, como lo hizo el mío, mirando a las estrellas hasta que los dioses quisieron regalarle el nombre. El nombre es el compendio de lo que es cada uno. En el se resume su esencia y la felicidad te embarga en la medida que haces honor a lo que el nombre dice de ti. Si te revuelves e intentas ser lo contrario nunca encontrarás la paz, serás siempre infeliz y acabarás convirtiéndote en una especie de bestezuela que solo sabe guiarse de sus instintos. Por eso Huaka permaneció a tu lado, sin moverse, hasta que despertaste, eso es actuar con rectitud entre nosotros; él ahora es feliz, descansa en la paz de su corazón y de su familia y todos le admiran y respetan.
-          Chak, me dijiste que a consecuencia de la fiebre no paraba de hablar y hablar. ¿Llamaba por casualidad a Claudia en mi delirio?
-          Si, y también llamaba usted a Carmen Blanco Rakdani. Cuando le nombraba era cuando más se agitaba y enervándose proclamaba que usted no le había matado. Luego estaba lo del dinero que usted no robó, algo que gritaba y defendía con mucha energía, aunque se lo llevó a pesar de saber que no era suyo...
-          ¿Todo eso dije?
-          Todo eso. Es cierto entonces que se apropió usted de un dinero que no le pertenecía.
-          ¿Y que podría haber hecho?, el hombre murió ahogado en su propio vomito en mi coche, ese dinero no era de nadie. De haber ido a la policía habría tenido que dar demasiadas explicaciones y no me gusta meterme en esas complicaciones. Además del dinero nadie habló nunca, era mi oportunidad, “la oportunidad”.
-          Entonces todo eso de llegar a la meta propuesta utilizando los medios al alcance incluía también el robo, el expolio, el todo vale. Bonito concepto tiene usted de la libertad. Si, es mejor que se vaya usted de entre nosotros, aquí no sería más que una fuente de conflictos porque veo que su límite es su ambición y no se pararía usted en barras si considerase que tenía que salirse con la suya, pasando por encima de quien fuese. La libertad que usted esgrime lleva en las manos la ambición desmedida como arma ofensiva y así consigue usted y muchos como usted, ejercerla aunque ello suponga conculcar la de los otros.
Es tarde ya. Vamos a descansar. Mañana le conduciremos al otro lado de la isla donde hay un embarcadero. Todos los viernes llega el barco con los víveres y enseres que hacen falta del continente. En él se podrá ir usted. Piense en todo lo que hemos estado hablando y cuando llegue a su destino medite bien en ello. Quieran los dioses que haya sido yo capaz de sembrar la semilla de la rectitud en su corazón y de igual forma que Huaka-baa-de, le impidió ahogarse en el mar, germine esa semilla dentro de usted y pueda ser rescatado de la asfixia que supone vivir nada más que para lo material. Cuando le trajeron finalmente a la isla un niño pequeño nada mas verle le llamó Ekelar. Ojalá una vez más los dioses hubiesen hablado por boca del niño, como es su costumbre, y fuese verdad que ese nombre respondía a una realidad.
-          ¿Qué significado tiene Ekelar?
-          “Salvado de la muerte”, o si usted lo prefiere, podría traducirse por “Resucitado a una nueva vida”.
Con la última palabra dos muchachas sonrientes y nerviosas trajeron unas fuentes con cerdo asado al fuego vivo y frutas frescas cortadas en grandes trozos. Chak-too-li, invitó a Casto a comer de los alimentos preparados para ellos y reponer algo de fuerzas antes de partir por la mañana temprano hasta el otro lado de la isla donde se encontraba el embarcadero.
-          Coma usted ahora Casto – casi ordenó Chak-too-li, sin dejar lugar a excusas -, mañana alboreando saldremos hacia el embarcadero y el viaje es a buen paso y de no menos de cinco horas para poder llegar a tiempo a coger su barco.
Luego de aquella extraña charla a Casto no le quedó mucha hambre para hacerle comer, aunque por cortesía hacia sus salvadores se obligó a masticar algo de cerdo que estaba excesivamente salado y crudo, algo que pudo compensar con las frutas que estaban frescas y en su punto de madurez y dulzor. Comieron en silencio ellos solos en la cabaña en la que se encontraban y que Chak-too-li abandonó sin despedirse en el momento que dio por terminada la cena. Casto se sorprendió de la espantada de su anfitrión y no se reprimió.
-          Eso en mi cultura se llama despedirse a la francesa y suele considerarse un agravio fruto de la mala educación.
Chak-too-li se detuvo un instante, giró la cabeza, la movió lentamente de un lado a otro en signo de desaprobación y sin abrir la boca continuó su marcha dejando solo a Casto sumido en la más absoluta de las perplejidades.
La noche la pasó desasosegado con pesadillas agobiantes en las que Claudia aparecía de espaldas con la cabeza vuelta, con gesto serio y cabeceando de un lado a otro como se le quedó la imagen de Chak-too-li cuando se marchó de la cabaña. De repente la cara de Claudia ardía en medio de un fuego azul y rosa y dejaba, cuando el fuego se extinguía, la cara de Carmen Blanco vomitando fuego que alcanzándole le envolvía en llamas pero extrañamente no le quemaban, le producían escalofríos heladores haciéndole tiritar. Llegaba entonces Chak-too-li vestido con ropas de mujer que le abrigaba con una manta suave y liquida. Cuando se encontraba más confortable y se habían disipado las malas impresiones de piras, fuegos y fríos otra vez Chak-too-li llegaba y con manos frías le quitaba la confortable manta que antes le había cobijado.
-          Es hora de salir Casto.
Efectivamente era Chak-too-li el que le arrebataba la manta pero esta vez era de verdad. Le destapaba para despertarle de su viscoso sueño y salir sin más dilación hacía el embarcadero.
El camino transcurrió los primeros kilómetros en silencio, Chak-too-li abría el camino a través de bosques bastantes cerrados por una senda casi imperceptible. Comprendió Casto que él solo se habría perdido en aquel dedalillo de árboles, lianas y plantas epifitas que emborronaban la senda real. Agradeció a su guía que se mantuviese en silencio porque le dolía algo la cabeza y no habría soportado otra perorata de maestro Jedi de la jungla. Cuando estaba a punto de caer rendido por la caminata Chak-too-li, se detuvo en un claro y se sentó sobre un tronco caído, testigo mudo de quizá un rayo hirviente lanzado en una de aquella virulentas tormentas que se declaraban en aquel Caribe inasequible a cualquier confianza. Con un gesto de cabeza invitó a Casto a sentarse a su lado. Este después de dejar caer sus manos sobre las rodillas en un gesto de agotamiento extremo y jadear un poco se sentó al lado de su práctico de selva y mirándole de forma interrogativa le preguntó.
-          ¿Qué pretendía usted, que llegase cadáver al barco?
Chak-too-li levantó la cabeza con cachaza miró con desaprobación una vez más a Casto y sacando de su zurrón un trozo de carne de cerdo seca y salada se la tendió con determinación. Casto la recogió dubitativo, se quedó mirando el trozo de carne no muy convencido y sin llevárselo a la boca finalmente preguntó.
-          ¿Porqué se marchó anoche sin un buenas noches o un hasta mañana. Era tan difícil ser un poco cortés?
El guía arrancó un trozo de su comida con los dientes, lo masticó trabajosamente sin prisas y una vez hubo tragado contestó.
-          Anoche hablamos de culturas. En la nuestra una vez que se come con el sol puesto ya no se vuelve a hablar hasta que no sale el sol. Es una costumbre que se hunde en la profundidad de los siglos. No sabemos cual es su significado, pero eso no implica que no lo tenga. Cuando lo hemos recibido es seguro que reviste utilidad para la seguridad del grupo. Ustedes al no saber la razón de las cosas enseguida las desechan. A su civilización, con esa cultura de derribo que tienen como bandera, le aqueja un empirismo que, como una gangrena, terminará por dar cuenta de ella. Yo he vivido en su cultura, yo la conozco y se lo que estoy diciendo. No todo tiene respuesta razonada, hay cosas, generalmente las importantes que solo encuentran respuesta en el corazón y no son respuestas a las que se pueda aplicar la leyes de la lógica, no son reproducibles científicamente, lo que no quiere decir que no sean tan ciertas como una ecuación matemática. Pero usted no lo entiende, ¿me equivoco?
-          Le quiero entender pero ya no puedo, es demasiado tarde para mí, demasiado involucrado con esa cultura que usted dice de derribo, pero es la mía y a ella me debo. De todas formas gracias a esa cultura que usted dice hay determinadas enfermedades que ustedes ya no padecen y sus hijos no se mueren por trastornos banales.
-          No hay nada de malo en aprovechar los avances de cada uno, seríamos torpes si nos negásemos. Pero de igual forma ustedes podrían aprovechar lo que de aprovechable tiene otras culturas en lugar de hacer todos los esfuerzos posibles por absorberlas y triturarlas. Reconozca que la soberbia les pierde y esa soberbia nace de no reconocer que existen dioses o un dios, me da lo mismo, que tiene razones que con la razón humana no son entendibles. Han colocado en el trono divino a la ciencia y la adoran como si ella les fuese a dar todas las respuestas, cuando la realidad es que a cada respuesta nueva les plantea mil interrogantes más. Quieren ser dioses y atesoran vicios que son de demonio, creerse que son imprescindibles. La naturaleza es un inmenso organismo que terminará, cuando se desperece, por arrollarlos sin inmutarse y no quedará nadie para llorar la perdida. Se nos hace tarde ya y nos queda aún mucho camino. En marcha.
Sin volver a cruzar palabra siguieron la marcha. Casto fue masticando, no sin algo de asco, la carne seca que tuvo la virtud de darle fuerzas para continuar. Al coronar una colina vieron el mar otra vez formando una amplia rada. En la línea de costa se veían construcciones modernas de no más de dos plantas y un embarcadero flamante con bastantes embarcaciones de recreo. Entrando en la ensenada observaron un barco de mayor calado que el resto que se aproximaba al muelle.
-          Ahí tiene usted su puerta a la civilización. A lo que ustedes, en su ceguera, llaman civilización.
-          Chak, usted dirá lo que quiera, pero lo que yo estoy viendo es una moderna zona de ocio, y eso es parte de esa civilización de la usted reniega tanto.
-          Ya le dije que lo que aprendí me sirvió para salvar a mi isla de la especulación salvaje que terminaría finalmente por acabar con nuestra forma de vida, pero eso no significa que yo me negase a que mas gente disfrutase de las maravillas de mi isla y si de paso eso nos ayudaba a tener acceso a lo que de bueno tiene  su organización...
-          En eso, Chak, hay un algo de cinismo, no me lo puede negar. Pero ya está bien de discutir, bajemos ya hasta la ciudad, tengo ganas de llegar..., por cierto, ese barco me va a llevar, ¿dónde?
-          A Nassau, está a ochenta millas, en cuatro o cinco horas más estará usted en su casa.
El resto de trayecto lo hicieron en silencio hasta llegar al embarcadero. Para cuando llegaron, el barco que le devolvería a Nassau, el Shark II, ya estaba aprestándose para hacerse a la mar. Chak-too-li habló algo con el capitán y Casto pudo embarcar. En la plancha de acceso Casto se despidió de su anfitrión que se limitó a desearle que los dioses le guiasen por la senda de la sabiduría y sin más preámbulos le dio la espalda para no volver la cabeza ni una sola vez. Su figura se perdió por callejuelas que salían del pequeño puerto y Casto nunca jamás volvería a verle.

La singladura, a pesar de la invitación del capitán de que bajase al camarote, la realizó en cubierta recibiendo la brisa que a veces era racheada, en la cara. Durante unos minutos cayó un chaparrón de agua caliente que Casto agradeció, porque el mediodía en las aguas del Caribe es sofocante. A medida que iba pasando el tiempo y las palabras de Chak-too-li empapaban la memoria de Casto se le iba abriendo la puerta a la posibilidad de que aquel hombre no estuviese tan descaminado. Era ecléctico, utilizaba de cada forma de vida lo mejor que cada una era capaz de ofrecer. Si, su conducta era envidiable, no le habría sorprendido que en alguna de aquellas cabañas se camuflase una moderna estación de comunicaciones, Internet incluido. Pero eso era ya el pasado. Con todo, se le había ya olvidado que era un naufrago que estuvo a punto de morir después de perder su barco. El millón de euros que le había costado era lo de menos, tenía muchos más, su vida era lo importante y la conservaba. ¿Debería seguir como hasta ahora?, ¿De que le habrían valido todos esos millones que atesoraba si Huaka-baa-de no le hubiese podido echar el guante mientras se hundía? De repente se le ocurrió. En cuanto llegase a su casa llamaría a su abogado, se acabó llamarse Casto, a partir de entonces su nombre iba a ser Ekelar. Sonaba bien, E-K-E-L-A-R.
En la línea del horizonte se recortó contra el límpido cielo la silueta de los edificios del puerto de Nassau. Casto-Ekelar, cerró los ojos y no pudo reprimir que se le anegasen de salobres lágrimas los ojos que ya no sabía si eran debidas a que se le aflojaban todos los nervios acumulados de tanta emoción vivida en los días pasados o si eran de simple agradecimiento a los hombres sencillos que le salvaron de una muerte segura. Se sintió de pronto contingente y hasta que el barco no toco puerto no dejo de derramar lágrimas.

Una semana después en los principales diarios del país se publicó a página completa un remitido:

 FUNDACIÓN EKELAR

Un conocido financiero que prefiere mantenerse en el anonimato ha decidido dotar con el 95% de su fortuna la fundación que lleva este nombre.
La fundación tendrá como principal objetivo el acercamiento entre diferentes culturas fomentando el respeto entre ellas mediante el conocimiento mutuo en libertad.
Serán miembros de pleno derecho de la Ejecutiva de la Fundación en cada país en la que se instale  un representante designado de cada religión imperante, sea la que sea. Destacados científicos de acreditada solvencia.
Miembros vitalicios serán, con derecho a veto:
Excelentísimo Señor Chak-too-li.
Excelentísimo Señor Huaka-baa-de.
El conocido financiero que ha dotado esta Fundación.
Serán sustituidos a su fallecimiento por las personalidades que ellos hayan designado ante notario antes de su desaparición, salvo la del Financiero que da nombre a la Fundación que no podrá ser sustituida y se dará por amortizada.

23.10.12

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