Los años de Seminario
transcurrieron deprisa. Iba creciendo en santidad a los ojos de mis compañeros
y superiores y hundiéndome en la más mísera de las degeneraciones en la
realidad de mi interior, la exclusiva realidad que a mí me afectaba. No fui
capaz de ser sincero siquiera conmigo mismo y menos aún con el resto de mis
compañeros de institución fueran superiores o iguales. Me acomodé, me hice a
esa artera mentira y solventé los avisos de peligro que me lanzaba mi
conciencia con la mentira mas grande aún que me fabriqué según la cual el
escándalo que provocaría con mi defección rebasaría en perjuicio al mal que
supuestamente provocaba a mi alrededor, porque bien mirado el mal era solo para
mi, que acabaría condenado. Era, pues, un negocio entre Dios que conocía de
todas mis aberraciones y yo que respondería de ellas algún día. Mejor no
escandalizar a esos pobres angelitos que cuando veían un tobillo de mujer
creían que incurrían en pecado nefando.
Cada año regresaba a casa
durante un mes por el verano. Mis hermanas y mi madre esperaban ansiosas mi
llegada y me prodigaban toda clase de cuidados. A partir del tercer curso en
que la sotana era obligatoria como estudiante de Teología, los ayes y aspavientos
al verme fueron aún más aduladores. Todos me consideraban un santo y mi madre
solía convocar una reunión de sus amistades para lucirme en ella como triunfo
de su estirpe en la escala social. En petit comité les revelaba que ya le
tenían dicho a ella que el niño iba para Obispo, que era cuestión de tiempo,
porque mis virtudes no eran vistas en un Seminario y mis estudios revelaban que
tenía una brillante inteligencia.
Según pude enterarme después
por mi hermana Pura, que finalmente se reconcilió conmigo, Don Mariano recibió
del Obispado un rapapolvo medio regular por haber puesto en duda mi vocación
sacerdotal a la vista de la demostración publica que yo hacía de virtudes
teologales y la manera que llevaba a la practica la Santa Obediencia, pilar
fundamental de la vida de la Iglesia. Tanto debió ser que a partir de aquella
reprimenda Don Mariano se dedico a decir a todo el que quisiera escucharle que
ya estaba visto que en el pueblo teníamos un santo que antes o después
alcanzaría el capelo cardenalicio. Mi madre con mejor sentido común y quizá
haciendo uso del conocimiento que de mi tenía, como todas las madres de sus
hijos, lo dejaba en púrpura de Obispo, que le parecía suficiente.
Yo me resignaba a estas
demostraciones sociales de triunfo, vanaglorias mundanas que agradaban a mis
hermanas que estrenaban trajes y se mostraban en el mejor de sus esplendores
salvo Eutímia que me miraba de forma despectiva como si yo le agrediese con mi
sotana cada vez que llegaba a casa. No perdía oportunidad de decirme cuando
coincidíamos a solas que lo que yo tenía que hacer era ser menos hipócrita y
vivir de acuerdo a mis inclinaciones de degenerado, porque ella me conocía
mejor que todas las demás. Yo no le hacía caso aunque me recorría un escalofrío
toda la espalda y me dejaba el cuerpo destemplado para todo el día. No
alcanzaba a comprender como Eutímia había podido leer en lo hondo de mi corazón
la hoja de mi vida escrita con sangre podrida por la parte de atrás, pero la
había leído, eso estaba fuera de duda..., pero no lo podría demostrar porque
todo eso pertenecía al almario de mis entrañas que solo yo y Dios, que haría
caer sobre mi su Justicia, cuando le conviniese, conocíamos.
El primer verano que pase en
casa, el del año del descubrimiento de lo insondable del placer en cuyas simas más
profundas se entrelaza con el dolor y se enroscan los dos en un abrazo
imposible de desentrañar, Pura no me dirigía la palabra. Me miraba y yo la
miraba a ella. El cuerpo se le había puesto en sazón y no se si a propósito,
empecinada en hacerme ver lo dulce que podía ser su consumo, o por descuido, me
enseñaba partes de su cuerpo que aunque solo por haber sido seminarista, no
debería haber podido vislumbrar siquiera. Yo seguía en las mismas, se me iban
los ojos detrás de aquellas voluptuosas redondeces y de quien tan
maliciosamente las movía, imaginaba oscuridades húmedas y me estremecía de
placer que no se acompañaba del más mínimo movimiento de mi cuerpo. Luego en la
intimidad de mi dormitorio en cuanto mi carne sentía el mordisco del agudo
cilicio o el castigo de la disciplina todo se precipitaba y la memoria de todo
lo visto se multiplicaba en placeres sin cuento terminando en ansia por no
poder poseer el cuerpo de mi hermana Pura teniéndome que conformar con la
tediosa masturbación estimulada por el dolor provocado.
Aquella madrugada asfixiante de
calor de finales de Julio no me dejaba dormir tanto el sudor que me empapaba
como la sensación lubrica de humedad en que mi cuerpo se estaba bañando. Esa
tarde Pura se bañaba en el patio en una tina de zinc y yo la espiaba babeante,
recreándome en los pechos blancos y tersos y el vientre levemente abultado con
un ombligo perfecto y profundo. Cuando se levantó para secarse pude alcanzar a
ver el triangulo de seda negra, fiel guardián de ignorados placeres que a mi
siempre se me habían negado a pesar de habérseme ofrecido tantas veces.
En la cama, rememorando la
imagen de mi hermana sin poder culminar el placer que me proponían y deseando
poder hacerlo me levante, busque la disciplina y comencé, furioso, el castigo
sobre mis nalgas. Mucho ruido debí hacer porque al poco, con una excitación que
estaba a punto de hacerme estallar mi miembro apareció Pura en la habitación.
Llevaba un camisón de hilo que trasparentaba su cuerpo. Al verla en la puerta
en lugar de cortarme seguí azotando con redobladas fuerzas y le clave mis ojos
suplicantes en los suyos horrorizados y sorprendidos. Miró mi enorme excitación
y se acercó a la cama en la que me azotaba. Si dejar de hacerlo ella se llevó a
su boca mi miembro y en menos de tres segundos me derrame en ella entre
espasmos de un placer que hasta ese momento yo no conocía. Ella escupió a
continuación y me beso profundamente. Sujeto mi mano que seguía disciplinando y
me desnudó por completo. La excitación desapareció por arte de magia pero ella
con el camisón levantado tumbada encima de mí comenzó una danza sexual
restregándose con todo mi cuerpo imposible de relatar. Llegó un momento en que
se apretó muy fuerte contra mi sexo e hizo ruidos guturales que me hicieron
temer por su vida, yo nunca había asistido a un orgasmo femenino de aquella
intensidad y me asuste, pero ella no soltaba presa y a un espasmo siguió otro y
luego otro, y luego cayó desfallecida, como desmayada a mi lado, hasta que
pasados unos minutos se volvió a mi con la cara luminosa, como si fuese de una
inmaculada traspasada de la contemplación divina.
-
Ya sabía yo, que tu Pedrito, acabarías por darme
placer. Y la próxima vez te vaciaras en mi cuerpo no en mi cabeza aunque para
ello tenga que arrancarte la piel a tiras que ahora comprendo yo..., ¿pero como
es posible esa aberración?
Le expliqué a mi hermana el
camino duro y pedregoso que había transitado hasta llegar a comprender mi
naturaleza. Le enseñe mis quemaduras y cicatrices y se dolió pero al tiempo se
alegró de haber encontrado la piedra Roseta con la que ya si, ahora si, podría
leer en mi interior y extraerme todo aquello que por desconocimiento, había
dejado pasar delante de sus ojos, años atrás. Al tiempo le hice saber el
sufrimiento al que estaba sometido, porque todos interpretaban esas penitencias
como muestras de santidad cuando no eran en realidad mas que muestras, y
fehacientes, de pecado, y de pecado contra el Espíritu Santo al hacer
sacrilegio de cada confesión y cada comunión con lo que me tenía granjeada la
condenación eterna. Pero al tiempo, como ya era incapaz de deshacer el
entuerto, por las implicaciones escandalosas que iban a tener. Pura con la
visión práctica de las cosas que solo las mujeres saben tener me despejó un
montón de dudas.
-
¿Tu que te crees, que todos los que están a tu
alrededor, Obispos, Cardenales y hasta el Papa, no tienen su secreto, como tu
tienes el tuyo? Pedro, cariño, espabila. Tú no eres un caso raro. ¿No pensarás
que perteneces a una clase especial de hombre que ha concentrado en ti todos
los vicios y está ayuno de cualquier virtud? No Pedro, no; se trata de lo que
los demás piensan de ti, eso es lo que eres tú. Si no hubiese mas hombre en la
tierra, no sabrías si tu comportamiento sería aceptable o no. Vives con otros
hombres y ellos aprueban tu forma de producirte, pues adelante, dales la razón.
No quieras cambiar el mundo, que es como es, a fuerza de llevar haciendo estas
cosas muchos siglos. Ellos dicen que eres un santo, y tu, ¿quien eres para
llevarles la contraria?, cuando lo dicen, algo de verdad tendrán. Tus pecados
te los solventarás tú con tu Dios cuando llegue el momento y quien sabe si lo
que para ti es algo horrendo para tu Dios no es más que la chiquillada de un
muchacho travieso y adorable, eso va a depender de la perspectiva que tome el
que mira. Deja correr las cosas y cuando estés entre nosotras dame mucho placer
a mi, eso es bueno porque tu gozas, yo gozo y a tu Dios ¿qué le importa esa
pequeñez?, creo incluso que se alegrará de ver como dos de sus hijos disfrutan
con los atributos que El ha querido darnos. Prepárate, mañana por la noche te
haré sentir lo que jamás podrás volver a sentir.
Y de la misma manera que
apareció en la alcoba se fue, dejándome extasiado por lo sucedido. Dormí plácidamente
el resto de la noche levantándome por la mañana optimista y alegre. Me dolían
las nalgas del castigo de la noche, pero se me estaban ya encalleciendo de
tanto golpe y las heridas no eran ya tan profundas, cicatrizando con prontitud.
Encima la sensación de dolorimiento que me producían al sentarme ya las
reinterpretaba mi cuerpo como sensaciones placenteras de manera que cada vez
que me sentaba sufría mi entrepierna una deleitosa trasformación que me elevaba
a esferas de fruición inimaginables.
En el comedor desayunando mi
madre olió un aroma especial en el ambiente y me interrogó. A mi madre era
difícil tomarle el pelo.
-
Te veo una cara luminosa de satisfacción hijo. ¿Has
pasado buena noche a pesar del calor?
-
Si madre, que no he dormido mal.
-
Pues ya has tenido mas suerte que..., Pura por ejemplo
que debe haber pasado la noche en el corral porque a eso de las tres de la
madrugada en su cuarto no estaba. ¿Tenias tanta calentura, Pura?
Lo de la calentura en lugar de
calor, llevaba carga de caballería ligera. Mi hermana Pura se arreboló y
humilló sus ojos. Con las mejillas encendidas estaba preciosa. Siempre fue la más
guapa y con esos colores indicadores de buena salud, gloriosa.
-
Te pregunto a ti, Pura. En el corral, ¿no?
No había escapatoria, Pura
había sido demandada directamente y debía contestar, estaba acorralada. Con voz
tremola de improvisación y casi sin levantar la cabeza contestó.
-
Algo debió sentarme mal en la cena y he tenido que
pasarme casi toda la noche en el retrete. Ahora parece que ya estoy algo mejor.
-
No sabes lo que me alegra que vayas estando mejor. Hoy
estarás a dieta liquida todo el día y verás como esta noche no tienes porque
salir tanto de tu alcoba y descansas sin interrupciones agotadoras.
La entonación dada a esa parte
de la frase que le pronosticaba a mi hermana que no tendría porque salir de la
alcoba no dejaba lugar a dudas de que mi madre estaba al cabo de la calle de
todo lo sucedido esa gloriosa noche. Imposible saber si alguna otra hermana de
forma inopinada o torticera nos vio en nuestros manejos y fue con el cuento,
despechada, a madre o si madre, intentó sacar de mentira verdad, haciendo uso
de los años que nos llevaba de ventaja y del conocimiento que de nosotros
tenía.
De manera que esa noche y
muchas más me quedé a solas en mi alcoba esperando inútilmente a que Pura
apareciese. No podía remediar tomar el látigo y acariciarlo como si fuese algo
entrañable. Lo abrazaba y besaba para a continuación esgrimirlo sin piedad
contra mi cuerpo lo que provocaba explosivos orgasmos que me dejaban agotado.
Cuando de mañana mi madre me llamaba para ir a misa de siete, el agotamiento se
me pintaba en los ojos y me sentía con la resaca de sueño del que ha pasado la
noche de farra, e incluso ese agotamiento, ese entumecimiento de músculos y
miembros me resultaba estimulante para mi sexo. Gozaba con cualquier cosa que
pudiera producirme una incomodidad y no dejaba oportunidad de exprimirle todo
el jugo a esa situación.
Pasó el mes de mis vacaciones y
ni una noche más pudo Pura acceder a mi alcoba, tan vigilada la tenía madre que
sabía, a ciencia cierta, cuales eran sus manejos y los míos.
La vida en el Seminario el
resto de cursos transcurrió como había transcurrido el primer curso, yo
creciendo en santidad a los ojos de los demás y en ignominia a los míos, pero a
cada día que pasaba que era presentado como epígono de toda virtud mas difícil
se me hacia deshacer el malentendido hasta que me acostumbré a la situación
como el cojo se acostumbra a su muleta y llega a creerse que forma parte de su
anatomía.
Cada verano pasaba el mes de
rigor en casa y cada verano mi madre se encargaba de vigilar que Pura no se
escabullese de noche a mi alcoba. Pero siempre había algún velatorio al que mi
madre no podía excusar su presencia y aprovechábamos para darnos mutuamente el
placer mas violento. Pura descubrió que gozaba infringiéndome castigo y yo me
deshacía a cada nuevo latigazo que ella me daba. Pero no lo hacíamos todas las
veces que hubiéramos deseado y eso nos entristecía a los dos. En las comidas Pura
se sentaba enfrente de mí y me miraba con ávidos ojos que al principio no
entendí. Cuando en una de esas inquisitivas miradas la voz de madre resonó
tonante por encima de todos nosotros y restalló una carcajada de la Eutímia , comprendí que
entre Pura y yo debía existir algo más que yo no alcanzaba a entender.
-
¡Pura!, que sea la última vez. Si a ti, la última vez,
¿me oyes? Me sabes muy capaz de tirarte al arroyo y no me van a doler prendas,
cualquier cosa menos eso. Ya lo sabes, estás avisada.
Se dirigió a continuación a Eutímia
con la voz más dura aún.
-
Y tu, ¡virago!, sujeta tu risa o no voy a responder de
mi, que me tenéis entre unas y otras muy harta.
La risa de Eutímia se le
congeló y una vez más fue la sinfonía de cacharros de loza entrechocando con el
metal de los cubiertos la melodía que amenizó la comida.
El último verano que fui a casa
de vacaciones, estando ordenado ya subdiácono. Después de acomodarme en mi
dormitorio, salí al patio de la casa a tomar una limonada que Pura preparaba
con una ramita de hierbabuena como nadie sabía prepararla. Llamé en voz alta a
Pura, pero fue Teresa la que me trajo el refresco. No tenía la ramita de menta
y me sorprendí.
-
¿No está Pura? ¿Le ha pasado algo?
Por toda respuesta Teresa se
echó a llorar y se fue corriendo camino de la cocina. Dejé el vaso de la
limonada en la mesa y me levante airado, llamando en alta voz, de lo que hasta
yo mismo me sorprendí, a mi madre.
-
Madre. Madre, donde estás, tengo que hablar contigo.
Doña Soledad entraba en ese
momento por la puerta y en la consola de la entrada se estaba quitando la aguja
de perla australiana que sujetaba el velo.
-
¿Qué voces son esas?
-
Mi hermana Pura, ¿dónde está? Se lo he preguntado a
Teresa y ha salido como alma que lleva el diablo llorando como una descosida.
Mi madre me dio la espalda por
respuesta, como si yo no existiese y se alejó camino de su alcoba. Me acerqué y
la sujeté por el hombro.
-
¿Es que no me has oído?, te he preguntado por la Pura,
¿dónde está?
Se giró lentamente con la vista
acerada y dura, fija en mi mano que le sujetaba el hombro y con voz reprimida
de violencia contestó cuando le hube retirado la presa de su cuerpo.
-
En esta casa no hay ninguna Pura, y si alguna vez llego
a haberla ten por seguro que ha muerto. Para mí al menos ya no existe.
Me quedé sin respiración. Pedí
explicaciones haciendo uso de la parca autoridad que me confería mi sotana.
-
Ha muerto para ti, sea. Pero dime por donde deambula
ese supuesto cadáver. Tengo que verla. ¿Es que has perdido la cabeza?, no
tienes ni caridad cristiana, ni humanidad. ¡Echar de su casa a una hija, es el
colmo de la perfidia!
-
¡Yo no la he echado!, ella quiso irse y punto final a
la discusión. ¡No me hagas hablar, no me hagas hablar!
Con paso firme enfiló el
pasillo que daba a su dormitorio y la alcancé ya dentro de él. Entré furioso,
no me reconocía en ese ataque de furibunda ira. De una patada cerré la puerta y
nos quedamos a solas los dos. A gritos le exigí una explicación.
-
¡De aquí no va a salir nadie hasta que me lo digas
todo, ¡todo!, y no te voy a consentir que me amenaces, no te lo voy a permitir!
-
¿Y que vas a hacer, me vas a pegar?
Se acercó a mi con decisión, y
con destreza que me sorprendió para su edad me abofeteó por dos veces con toda
la fuerza de que era capaz. Me escoció la cara y mi cuerpo obediente respondió
con una instantánea erección difícil de disimular. Ella no se dio cuenta de
esta circunstancia sino a buen seguro que no habría hecho lo que se le ocurrió
a continuación.
Al ver los dos soberanos
sopapos que me había asestado se arrepintió y cayo de rodillas delante de mí
abrazándose a mis piernas mientras llorando, pedía perdón con la mala fortuna
de que su cara quedó a la altura de mi excitación. Fue un somero instante en
que ella recreó su cara en mi dureza, lo se, pero reaccionó de inmediato y como
un gato de un salto se puso de pie. Estaba a punto de la congestión, roja, con
las venas del cuello a estallar. Abría y cerraba la boca sin emitir sonido
alguno con los ojos desorbitados de incredulidad señalándome exactamente mi
bragueta. Finalmente pudo vociferar entre convulsos sollozos.
-
¡Degenerado, degenerado! Fuera, fuera de mi casa,
degenerado. ¿A tu propia madre vas a desear?, cerdo. Fuera de mi casa.
Cayó al suelo y se desmayó. A
las voces desgarradas acudieron mis hermanas que encontraron el cuadro. Todas a
la vez gritando y llorando histéricas por la supuesta muerte de su madre. Solo Eutímia,
el hombre de la casa, pudo poner orden.
-
¡Que no está muerta, locas, que estáis todas locas!,
¿no veis como respira? Y tu Pedro, ¿qué ha pasado?
Le conté la razón de la
reacción histérica de madre y mientras las demás se afanaban en echar aire con
lo que encontraban a mano a madre y se inclinaban sobre ella para quitarle el
poco que le llegaba, Eutímia me llevó a un aparte y me lo contó todo.
-
Hubo una discusión muy violenta hace una semana, pocos
días antes de venir tu del Seminario a pasar el mes de verano. Estábamos en el
comedor para la cena cuando Pura dijo en voz alta que ya te echaba de menos,
que estaba deseando verte. Madre entonces la miró como tu sabes que solo ella
sabe mirar cuando quiere hacer daño y mascullo entre dientes, pero para que la
entendiésemos todas: “perra salida”. Pura soltó el cubierto encima de la mesa y
se encaró con madre. Le dijo muchas cosas, que si ella era una perra salida lo
prefería a ser una viciosa reprimida y le interrogó por el consolador de
porcelana que al parecer madre tiene escondido entre sus ropas y con el que
ella la había visto emboscaba entre las cortinas darse placer tanto por delante
como por detrás. Excuso decirte la que se lió Pedro. Aquí en casa todas le
tenían envidia a Pura porque a nadie se le escapa que se entiende contigo, y no
me pongas esa cara de no haber roto un plato en tu vida.
Me huyó la sangre de la cara y
no fui capaz de argumentar ni una disculpa. Eutímia decía lo que decía con
autoridad, cargada de razón y sin resquicio a la duda.
-
De manera que
esa fue buena ocasión para que se sintieran heridas en el honor de madre y se
enzarzaran en un tironeo de pelos y patadas donde mas daño pudieran hacer que
tuve que acabar yo a empellones a tirios y troyanos. Cuando las aguas parecía
que volvían a su cauce madre recuperó un poco su dignidad y echó a Pura a la
calle, con lo puesto. Madre le dijo que se había muerto que aunque la viese arrastrándose
y dependiese de ella su salvación no movería un dedo para recuperarla. Me dio
pena y me impuse. Esa noche Pura la pasó en la cocina y al día siguiente
recogimos entre las dos sus cosas, fuimos a casa de Don Mariano a contarle por
encima lo sucedido y él le dio las señas de una casa de la capital donde
necesitaban servicio. Le dio unas letras de presentación y la acerqué al coche
de línea. Aún no tenemos noticia suya. Supongo que estará sirviendo en esa casa
de la ciudad.
-
¿Y tienes las señas?
-
No, que va. Ella quedó en escribir a Don Mariano y él
sería el que nos daría razón de ella.
-
Voy a preguntar a Don Mariano por esas señas y voy a
traerla a casa.
-
Pedro..., tu estás enamorado de la Pura, mira que eso
no es natural, que es tu hermana y encima en un cura, ¡que escándalo!, y se que
no soy la mas indicada para hablar de pecados contra natura pero esto se salta
todas las leyes humanas y divinas. No te pierdas ni pierdas el buen nombre de
la familia. Deja las cosas como están de momento, que tiempo habrá. Se
discreto. Ordénate cura y cuando tengas tu parroquia te la llevas de ama. ¿Qué
cura no tiene una hermana soltera que le cuida y le lleva la casa? Se paciente
y todo se arreglará.
-
Es sensato, Eutímia, pero tengo que saber en la casa
que se encuentra y no ya por lo que tu has dicho, sino por saber si se
encuentra a gusto, si necesita algo. Que sepa que no está sola. Nunca la dejaré
sola.
-
No seas duro con madre, ha pasado mucho y necesita ser
fuerte para apacentar este rebaño de lobas hambrientas que tiene a su cargo.
Compréndela Pedro, se va haciendo mayor y no sabe que será de nosotras cuando
ella falte. Piensa que no saldremos adelante sin ella.
No quise seguir hablando más de
ese tema y dando media vuelta me dirigía a la puerta para ir a la casa parroquial
para pedirle a Don Mariano esa dirección. Cuando estaba a punto de perderme de
vista escuché que Eutímia me llamaba. Me detuve y sin volverme escuché lo que
quería decir de forma postrera.
-
¡Pedro, espera! Que aunque yo sea como sea, también te
quiero. Eres el hombre de esta casa. Eres nuestro hombre y te queremos todas.
Me dejó planchado. Esa
declaración de amor y reverencia me conmovió hasta la última costura de mi
dulleta. Me volví con la teja en la mano y sin moverme de donde estaba le
sonreí y le di las gracias.
-
Yo también os quiero a vosotras. A todas, sin
distinción Eutímia, sin distinción.
A buen paso recorrí el escaso
espacio que separaba nuestra casa de la de Don Mariano. Llamé a la puerta y
cuando me disponía a abandonar la empresa por falta de respuesta apareció el
cura detrás de mí. Venía de confortar enfermos, ora acompañándolos, ora
dándoles el viático, ora confesándolos y siempre que las circunstancias no lo
impedían administrándoles el sacramento de la comunión.
-
¿Qué de bueno le trae por aquí a nuestro futuro Obispo?
-
No se burle usted, Don Mariano. Eso es una pesada carga
que no se cuando ni en que lugar me aplastará bajo su enorme peso. Yo no elegí
ser así, supongo que la Divina
Providencia en su inmensa sabiduría ha dispuesto las cosas de este modo
para mayor gloria del Altísimo. El motivo que me trae es bien sencillo. Usted
recomendó a mi hermana Pura para servir en una casa de la capital, después de
pelearse con mi madre, quiero esas señas para poder ir a verla, enterarme de
cómo se encuentra, saber de ella. Es mi hermana.
-
Si hijo, si. ¡Que disgusto! Tu madre es todo un
carácter, ¡en fin...! Ella está bien, ya me he informado yo, pero espera, te
apuntaré la dirección. La familia es cristiana de primera y con buena posición.
Es un matrimonio mayor con dos hijos, varón y hembra ya casados y con familia.
La casa no es de mucho trabajo y se acostumbrará. Y el sueldo no es de los
peores.
Recogí, el billete que me dio
el párroco, le di las gracias y regresé a casa.
No pude descansar en toda la
noche, imaginaba a mi hermana llorando entre sabanas remendadas malamente,
sobre un jergón inmundo en una covacha húmeda, maloliente e insana. Se me
encrespaba el corazón contra mi madre. Salía a relucir una parte de mí que no
conocía. Don Fernando, el profesor de Teología, nos lo tenía dicho, que la
carne era lo de menos, que no nos confundiésemos, donde el maligno hincaba las
garras y no soltaba era por la parte de la ira que se despierta a consecuencia
de lo que consideramos injusticia, porque de esa forma nos acercamos a él en su
soberbia, causa de su desgracia, querer ser Juez Supremo y dictar sentencias en
función de nuestros gustos y preferencias; y contra eso solo existía la
penitencia que nos recordaba nuestra contingencia de seres endebles y finitos
incapaces de nada bueno si no fuese por intercesión del Espíritu Santo.
A pesar de todo me hervía la
sangre pensando en Pura y rabiaba en silencio mordiendo el embozo de la sabana
por no gritar desesperadamente. En el reloj de la Iglesia dieron las tres de la
madrugada. Me levanté furioso y eché mano de la disciplina una vez más. Primer
golpe y descenso a los infiernos del goce más rastrero pero más reconfortante.
Golpeé y golpeé hasta caer rendido después de dos orgasmos dolorosamente
placenteros. Desperté sucio y frío, desnudo sobre las sabanas. Me dolía todo.
Miré el despertador y no habían dado las seis aún, no había dormido ni dos
horas y me dolía la cabeza de forma penitencial. Lo decidí en un momento. Me
levanté, me vestí e iba en busca de Ramón, el conductor del coche de línea,
cuando me cortó el paso mi madre.
-
¿Dónde vas tan temprano?, Pedro.
-
Voy a traer a casa a mi hermana Pura, ya está bien,
madre, ya está bien. ¿Qué hace mi hermana de fregona en la capital?, me parece
intolerable, no se como puedes...
-
¿Cómo puedo consentir un incesto en mi casa?, ¿cómo me
aguanto las ganas de vomitar cuando veo como un seminarista precedido de fama
de santo no es mas que un asqueroso vicioso..., y encima de mi sangre? Lo que
es intolerable es tu hipocresía, tu tendencia libidinosa, incestuosa,
aberrante. No me obligues a echarte de casa con el consiguiente escándalo. Con
que Pura se haya ido es suficiente por ahora.
-
El año que viene me ordeno sacerdote. Si no quieres que
vuelva a pisar esta casa, persiste en tus trece de no permitir que Pura
regrese. Te lo aseguro, no volverás a verme y el que avisa no es traidor, ya no
soy el niño que salió asustado hace cinco años de casa sin saber exactamente si
me equivocaba o no. Ahora, lo esté o no, es el camino elegido y no es mal modus
vivendi, es como otro trabajo cualquiera y encima reconocido socialmente. Quizá
haga hasta carrera en la Iglesia. De mis pecados responderé ante Dios nunca
ante ti, que no eres quien para juzgar y menos a un hijo. Y ahora voy por Pura
para traerla a su casa.
-
Si esa es tu decisión es mejor que recojas tus cosas y
te vayas de una vez, porque aquí, con esa perdida, no entras.
-
Sea, madre. Sea como tú quieras. Así se hará, pero no
te duelas después de las consecuencias.
Vistas las cosas de esa manera,
me volví a mi alcoba a recoger mis cosas. Sabía que si no había doblegado a mi
madre en ese momento ya no lo haría. Ella podría consumirse de dolor, pero si
su obligación, tal como ella la entendía, era no derogar su decreto domestico,
así lo haría aunque supusiese no volver a verme a mi que era lo mas quería
parir desde que tuvo a Eutímia.
Llegué a casa de Ramón cuando
salía para sacar de la cochera el vehículo. Me confirmó que había plazas para
la capital, “hoy las que quiera, aquí hay mercado” y le acompañé a la tasca de
la plaza para hacer tiempo. Me tomé un café bien cargado y Ramón dos copas de
aguardiente, que no me explicaba yo como sería capaz de llevar ese autobús sin
que se saliese de la vereda.
Mientras me sentía mecido por
el traqueteo de las ballestas del coche pensaba en mi hermana Pura.
Acostumbrada siempre a lo mejor, verse reducida prácticamente a esclavitud, que
no era otra cosa el estado en el que se encontraba, disfrazado de trabajo que
se presta por unas monedas, pero sin libertad para pisar la calle salvo cuando
al ama se le antoje. Debía sufrir, e imaginando su sufrimiento se me
entrecortaba la respiración y la cara se me contraía anunciando el llanto que
no podía reprimir. Me provocaba ternura evocarla junto a mi, a pesar de la disciplina
y del dolor que presidía nuestra relación, pero como testigo imparcial,
necesario para poder dar lugar a la relación pero incompetente en lo tocante a
nuestros sentimientos. El que yo desease a Pura y precisase de un estimulo para
consumar el deseo no quitaba ni un ápice de sinceridad a ese deseo.
Recordé el primer viaje que
hice, no hacía tantos años, en ese mismo coche con mi madre al lado, imaginando
mundos que luego se revelaron diferentes a como los había yo creado. Y ahora mi
madre no estaba a mi lado pero su figura se cernía sobre nosotros, sobre Pura y
sobre mí. No tenía ni idea de cómo conseguiría aliviar la situación de mi
hermana, pero no se me olvidaba aquello de que la voluntad es el escultor de la
realidad, solo hace falta aplicarse con determinación y se termina por extraer
el resultado pretendido por muy imposible que parezca.
Acabé por dormirme al vaivén
del coche y como en otra ocasión me desperté llegando a la estación.
Estaba mediada ya la mañana
cuando descendí del autobús y esperé a que Ramón bajase mis bultos de la baca.
Me dirigí al Seminario para dejar las cosas bastante decaído por no saber que
dirección tomar en la resolución del caso de mi hermana, mi queridísima
hermana. Entré en el Seminario vacío. Era verano y todos en ese mes estaban en
sus casas. Subí a mi celda y volví a ocuparla para quedarme hasta que empezase
el último curso que permanecería en aquella casona. Allí sentado en el catre,
desanimado al verme inútil dejé pasar las horas. A eso de las dos de la tarde
sentí hambre. Bajé a la cocina. La señora Isabel algo tendría para llevarse a
la boca. Efectivamente allí estaba afanada en limpiezas de peroles enormes y
sartenes de diámetros ciclópeos, preparando con tiempo la apertura del curso.
Se sobresaltó, al escuchar mi voz.
-
¡Pedazo de...!, que alegría, Pedro. ¿Qué haces tu por
aquí?, has venido a hacerme una visita ¿no es eso?
El rostro sombrío y los hombros
escurridos le dieron pistas suficientes para cambiar el tono de su voz y hacer
que su cara se trasformara, se descolgase, sería y nublada.
-
Vamos, sabes que a esta vieja tú no puedes ocultarle
nada, desde que te curé aquella mosqueta es como si te hubiera parido. ¿Qué
ocurre?, no es normal, algo ha sucedido. Cuéntame, al decirlo y compartir tu
problema te sentirás aliviado, aunque yo no pueda ayudarte, que ya me
extrañaría.
Me echó su mano sobre mi hombro
y me confortó su roce áspero y rudo de mujer poco dada a niñerías. Me senté y
le conté lo que podía ser contado sin escandalizarla.
-
...y se ha negado. Mi madre es dura, aunque debe serlo
para llevar adelante a tanta mujer que de no tener una guía segura y firme a
buen seguro acabarían a farolazos. Y ahora no puedo volver a casa, ni puedo
ayudar a mi hermana..., un desastre señora Isabel, me parece que he metido la pata
y bien. De esta manera poco voy a poder ayudar a mi hermana Pura.
La señora Isabel, se quedó
pensativa. Se levantó con evidente dificultad y me di cuenta de lo mayor y
trabajada que estaba. Cogió un paño de cocina de un anaquel y se limpió la boca
de esa saliva espesa y blanca que solo a los viejos se les forma en las
comisuras como la espuma en los belfos de los caballos cuando están ya agotados
de correr; a los viejos debe formárseles ese salivazo cuando están agotados de
vivir. Se enganchó el paño en el delantal y volvió a sentarse a mi lado. Me
cogió el antebrazo entre sus poderosos dedos y se quedó mirándome. Sonrió de la
forma maternal que yo suponía que alguna vez terminaría por hacerlo mi madre,
pero a la que nuca se lo vi hacer.
-
No desesperes, quizá haya una solución. El padre
Severino, tu maestro, ¿te acuerdas?, no ha pasado tanto tiempo y parece que fue
hace mil años, es el Rector ahora, ya sabes. Tiene que estar al caer para la
comida. Veremos.
-
¿Que se le ha ocurrido?, explíquemelo antes de hacer
ninguna locura, que la conozco.
-
Como habrás visto, ya no estoy en la mejor forma. Me
van fallando las fuerzas y el trabajo cada vez se me hace mas pesado. No me
vendría mal una ayuda, alguien a quien enseñar y que tomase las riendas cuando
yo ya no pudiese seguir. Esa ayuda podría haberla enviado el Señor en forma de
tu hermana. No creo que Don Severino ponga ningún obstáculo, sabes que yo me lo
manejo la mar de bien.
Puso cara cómplice que me hizo
dar por sentado que los manejos que la señora se traía con el padre Severino estaban
fundamentados en algo más serio que una relación puramente laboral.
Cuando el Rector apareció para
el almuerzo, venía con otro sacerdote hablando animadamente cuando me vio y
puso cara de sorpresa. Miró alternativamente a la señora Isabel y a mí de forma
interrogativa esperando alguna explicación hasta que impaciente preguntó.
-
Bueno..., ¿a que debemos esta visita?
No supe que decir. Me quedé
mudo. No existía razón explicable para mi presencia y no se me ocurría nada que
me justificase. Fue la señora Isabel la que con su autoridad no solo explicó
sino que me resolvió el laberinto en el que me había metido por mi debilidad
por mi hermana Pura.
-
Ha tenido algún problemilla en casa por sacar la cara
por una hermana que tiene un carácter mas parecido al mío que al suyo y éste es
el único sitio al que podía ir. Al fin y al cabo esta es su casa, ¿no le parece?
-
Naturalmente, ningún problema, además en no muchos
meses será miembro de derecho de la comunidad sacerdotal y tendrá todo el derecho
del mundo, ¡hasta el canónico!
Se echó a reír de la gracia que
se le había ocurrido, momento en el que la señora Isabel aprovechó para
plantear el asunto.
-
Resulta que su hermana está sirviendo en una casa donde
la tienen, bueno, pues no muy bien vista. Yo ya no soy la que era, padre, me
van fallando las fuerzas y no creo que pase mucho tiempo antes de que necesite
unas nuevas manos que me ayuden y a las que enseñar mis obligaciones para que
se vayan haciendo cargo. Que digo yo, que si no sería de caridad, traerse aquí
a esa niña que siempre estaría mejor bajo este techo que en una casa que Dios
sabe como la trataran y a que humillaciones la someterán, que se las somete, no
sería la primera. Que sabe usted que no es conveniente que una hermana de un
sacerdote se vea reducida a casi esclavitud, no estaría bien visto, y de
cualquier forma cuando Don Pedro sea ordenado, si quiere llevarse a su hermana
de ama de llaves, ya estará enseñada en la manera que hay que llevar a los
curas..., que no son fáciles de llevar, que todo hay que decirlo.
Pronunció esta última frase con
cierto retintín mirando de forma oblicua a Don Severino, que no pudo evitar
esbozar una inapreciable sonrisa.
-
Tiene usted mi permiso, para traer a esa señorita...,
¿cómo se llama?...
-
Pura, Don Severino, mi hermana Pura.
-
Eso, Pura. Que venga. Usted Isabel la acomodará en la
alcoba que hay junto a la suya y le dará las instrucciones pertinentes. No
quisiera meter la zorra en el gallinero..., ¡con perdón!, era solo una frase
hecha, nunca se me ocurriría..., bueno, basta de cháchara, ¿hay comida para dos
curas hambrientos?
-
Siéntense en el refectorio y les pongo la comida. Pedro
le acompañará si no les incomoda, él aún no ha almorzado.
-
Por supuesto, es una obra de misericordia, dar de comer
al hambriento.
Permanecí en silencio todo el
tiempo que duró la comida que nos presentó la señora Isabel. Contestaba con la
mejor de las amabilidades cuando era demandado y si no callaba y permanecía con
la vista humillada. Mientras tanto me regocijaba pensando en que en el momento
que me levantase me faltaría tiempo para llegarme a la dirección dada a
rescatar a mi hermana y traérmela al Seminario.
Con el último bocado del
postre, excelente arroz con leche de la señora Isabel, me disculpe con Don
Severino y el otro cura y me retiré. Pasé por la cocina para anunciar que iba a
buscar a mi hermana y salí.
La dirección que me dio Don
Mariano no fue difícil de encontrar. En todo el cogollo de la ciudad, se
trataba de un palacete, algo decadente, pero bien conservado. Llamé a la puerta
y me abrió un mayordomo de librea. El respeto a mi sotana hizo que se me pasase
a la sala de respeto. Pregunté por el señor de la casa, que no se encontraba
por lo que fue la señora, una mujer de más que mediana edad, que me recibió con
la mas esmerada educación.
-
Usted me dirá padre. Nosotros ya hacemos suficientes
obras de caridad
-
No, señora, aún no lo soy, si Dios quiere y el señor
Obispo lo considera oportuno lo seré dentro de unos meses. Y no vengo para
pedir ninguna fortuna.
-
Pues explíquese joven.
-
En esta casa sirve desde hace no muchos días una
señorita que vino con carta de recomendación del Padre Mariano de mi pueblo.
Esta señorita llamada Pura es mi hermana y dado que ni por posición social, ni
por educación está acostumbrada a servir he venido a llevármela. Lo siento.
Y una manta de silencio y de
espesa violencia flotó en el ambiente. La señora que hasta ese momento había
conservado su postura distante y educada, humilló la mirada y se arreboló. Se
llevó una mano a la frente y tras un instante y un profundo suspiro tocó la
campanilla.
En el corto lapso de tiempo que
medió entre el campanilleo y la irrupción del mayordomo en la sala solo hubo tiempo para que la señora me dijese con
la más meditada y estudiada fría entonación.
-
Esa..., esa señorita y la denomino así por respeto a su
habito ya no está en esta casa.
Entró el mayordomo en la sala
serio y distante.
-
Fermín el Padre se va ya, acompáñele a la puerta.
-
Pero...
No me dejo continuar, se
levantó me dio la espalda y salió. El mayordomo se colocó a mi lado y educado
como correspondía a su cargo, aunque firme, me dijo:
-
Padre, por favor...
Llegué hasta la puerta y al
traspasar el umbral me volví antes de que cerrase la puerta y suplicante
pregunté sabiendo que era una ociosa pregunta.
-
¿Qué ha sido de mi hermana Pura?
Me di la vuelta y enfilé la
verja de salida. No había caminado cuatro pasos cuando escuché la voz de Fermín
que me llamaba, ya con otra entonación.
-
¡Padre...!
Me detuve y sin volverme le
conteste.
-
No soy aún cura..., y no se ya si lo llegaré a ser.
Continué en dirección a la
cancela y me volvió a llamar.
-
Se donde se encuentra. Se donde está su hermana Pura.
Ahora si, se me iluminó el
rostro y lleno de alegría me revolví y en dos zancadas me plante a escasa
distancia de su cara.
-
¿Donde está?, ¿qué pasó?
-
Su hermana es brava, tiene mucho carácter. El primer
día que llegó, el ama de llaves la envió a limpiar las escupideras y se puso a
vociferar que antes puta que quitar los gargajos de nadie, que para pasar asco
por lo menos ganar dinero de verdad. Ni que decir tiene que se la puso de
patitas en la calle en cuanto se la escuchó decir esas blasfemias. La señora es
muy piadosa. A los dos días, por casualidad, ¿eh?, pasé por el barrio
innombrable y la vi en una esquina, apoyada contra la pared. Le pregunté y me
dijo que estaba con una madame muy conocida en la ciudad y divinamente, con
perdón, aunque por su cara no parecía que el pasar fuese muy allá. Por lo
menos, pensé, no le faltará un plato de comida. Me dio lastima, de veras, no parece
de ese tipo de mujer y ahora que veo quien es su familia menos. Sáquela usted
de allí, a mi me pareció que está enconada nada más y en el fondo desea que
alguien le eche una mano, y ¿quién mejor que su sangre?
Se volvió a la casa y regresó
con un papel escrito con la dirección donde debería encontrarse mi hermana
Pura. Me lo entregó sin decir nada más pero la cara que puso de pésame fue
suficientemente ilustrativa de lo que tendría que afrontar.
Mi primera intención fue
dirigirme sin demora al barrio de mala nota al rescate de mi querida hermana,
pero luego me miré y me di cuenta de que si tenía que preguntar en cualquier
local o a alguien de la calle mi indumentaria no era la mas apropiada para
inspirar confianza si de solicitar confidencias se trataba.
Me encaminé al Seminario otra
vez para despojarme de la sotana y la teja. Me sentí obligado a confesarme con
la señora Isabel. La buena mujer se hacia cruces y me pareció adivinar en su
rostro alguna lagrima disimulada.
-
No te apures hijo, verás como la encuentras sana y
salva. ¡Dios quiera que no sea irreparable!, en realidad no ha pasado tanto
tiempo y el destrozo no puede ser muy grave. Anda, ve y ten cuidado.
Encomiéndate a la Santísima Virgen y ten confianza, en esos sitios también hay
buena gente, yo lo se.
Me animaron e intrigaron las
palabras de la señora Isabel y con más confianza me fui camino de mi quimera,
encontrar a mi hermana sana y salva.
El barrio, era como deberían
ser todos los barrios de ese estilo, daba igual donde estuviese. Nuestro profesor
de Moral siempre nos decía que esos barrios eran fiel reflejo del desorden
moral que envenenaba los corazones de esas gentes. Y si las callejuelas eran
estrechas y malolientes era porque sus habitantes no querían más que ocultarse
porque eran conscientes de su pecado y como Adán se quería ocultar de la mirada
justiciera del Señor sintiéndose sucio y despreciable así son esas calles
sucias y detestables que solo pueden producir horror a un alma pura y limpia.
Luego nos daba toda una disertación de cómo por el amor de Nuestro Señor
Jesucristo se puede llegar a esos sitios para llevarles el consuelo de la
Palabra, aunque todo hay que decirlo las más de las veces son sordos a la
Verdad, pero, decía carraspeando, eso es ya cuestión del profesor de pastoral y
no me gusta inmiscuirme en terreno de nadie que luego surgen las desavenencias
y las suspicacias que tan mal ejemplo dan.
Temblando tanto de miedo como
de nervios por la tarea sobrevenida y para la que no me encontraba preparado me
adentré en el barrio. Con el papel que me dio el mayordomo en la mano,
estrujándolo sin querer, intenté orientarme, pero el dedalillo de vueltas y
revueltas consiguió que me perdiese. Había una mujer joven, sonriente, apoyada
en una pared junto a un portal, me acerqué a preguntar sin tener conciencia cierta de que me encontraba
en un inmenso lupanar en el que si no era para contratar unos minutos de
compañía cualquier conversación se consideraba ociosa. Antes de que abriese la
boca me espetó una cifra de dinero sin desdibujar la sonrisa de sus labios. Me
asustó realmente y me retiré con tal expresión en la cara que la muchacha
transformó su sonrisa en una zafia carcajada mientras se llevaba la mano a sus
partes pudendas y se las agarraba con firmeza. Trastabillé y por poco no me
caigo en un charco de orines recién echados desde una ventana después del
preceptivo e indolente “agua va”.
Seguí caminando durante mas de
media hora sin saber donde dirigirme hasta que en una de las esquinas por las
que pasé topé, para mi sorpresa, con la calle que estaba buscando, que para
mayor escarnio era Marques de los Honestos. Cómo estaba ya a punto de rendirme
y desistir cuando como por ensalmo apareció la calle mendigada, no me cupo duda
que la Santísima Virgen había guiado mis pasos a pesar de mis muy horrendos
pecados. Seguí la numeración hasta dar con la que señalaba el papel. Era un
portal oscuro y húmedo, que en algún momento de su historia pudo ser incluso
elegante, pero la cochambre era de tal categoría que incluso pasar bajo su
dintel erizaba los vellos del cuerpo. En las jambas unas placas desconchadas
anunciaban que se alquilaban camas por horas o días, y en otras se hacia saber
que en tal o cual piso había una pensión. Precisamente en el piso que señalaba
el papel que me dio el mayordomo coincidía con el de una de las placas antiguas
que manifestaba que era una pensión. Aquello me tranquilizó. Al menos mi
hermana Pura tenía alquilada una habitación donde pasar las noches, por tanto
no se encontraba tirada en la calle como le habían querido hacer creer. Subió
pisando con bastante prevención los gastados escalones de madera que crujían
bajo su peso amenazando derrumbarse a cada paso, pero no era capaz de agarrar
el pasamanos de la cantidad de suciedad, de años, que atesoraba. Al fin llegué
al descansillo del tercer piso tan malamente iluminado como el resto de la
escalera sorprendiéndome que la puerta de la pensión de mi hermana estuviese
iluminada con un farolillo de luz roja, en lugar de blanca, pero, pensé, serían
excentricidades del dueño.
Algo me decía que detrás de esa
puerta se escondía algo inconveniente, y
por eso me mostraba remiso a llamar, pero cómo nada tenía yo que temer y encima
iba a llevarme a mi hermana a un mejor destino me armé de valor y oprimí con
ganas el pulsador del timbre. Se escuchó bastante a lo lejos un sonido de
campana que se reproducía cada vez que yo pulsaba, por eso a la segunda vez
dejé de insistir y esperé a que alguien abriese. Pasó lo que para mi gusto fue
excesivo tiempo y al fin la puerta cedió y por una rendija estrecha una mujer
entradita en años y pintarrajeada me preguntó de mala manera quien me enviaba.
Me quedé mudo, desconcertado, no sabía que decir.
-
Vengo buscando a la Pura.
-
No me extraña, es mi mejor pupila, pero si no me dice
quien le recomienda ya puede irse escaleras abajo.
Estaba visto que aquello de ser
una pensión lo era de otra especie. Era meridiano que era una casa de tratos
camuflada que para ponerse a cubierto de las visitas inoportunas de gente
curiosa o incluso de la policía, o se daba el nombre de uno de los clientes
como aval o no se entraba. Y como la necesidad hace el órgano, de inmediato me
acordé de que si el mayordomo de la señora donde sirvió mi hermana sabía la
dirección era porque posiblemente hubiese frecuentado los servicios que allí se
dispensaban. La puerta había comenzado a cerrarse cuando me lancé.
-
Bueno, si he de ser sincero, me envía Fermín, el
mayordomo de la casa de los señores de Collantes.
-
¿Y porqué no lo ha dicho antes?
La puerta se abrió de par en
par y dejo franco el paso a Pedro.
-
Venga, joven, pase, pase por aquí. La Pura está ocupada
en un servicio, pero ya no debe quedarle mucho, en cuantito se lave y adecente
ya la tiene usted a su disposición. Se paga por adelantado y aparte tiene que
invitar a la chica a una consumición, lo que ella quiera. Usted también tiene
obligación de consumir aunque solo sea la primera vez. Pura es la mas cara,
aunque también como le dije antes, es la mejor, es que se entrega como si cada
vez fuese la primera y encima estuviese enamorada, llegará lejos esta chica,
aunque tendrá que moderar sus ímpetus y no entregarse tanto.
Me quedé sin palabras. No supe
que responder. ¡Mi hermana metida a tunanta y encima hecha toda una profesional!
Dios mío, ¿que habíamos hecho?, entre todos, de la pobre Pura. Me fijé en mí
alrededor. Era aquella una sala muy ricamente decorada que nadie hubiera
pensado que pudiera encontrarse en aquel edificio, pura cochambre. Los suelos
estaban alfombrados de ejemplares isabelinos de gran calidad y los muebles de
estilos revueltos pero combinados con ingenio también revelaban gusto y estilo.
Había allí otros hombres, que por su indumentaria podría afirmarse que
pertenecían a la buena sociedad y seguramente buscaban algún tipo de aventura
excitante que en modo alguno habrían consentido que su santa esposa les hubiese
suministrado. Uno entre todos ellos se me quedó mirando con fijeza severa lo
que me obligó a humillar la mirada y a ruborizarme; aquel hombre seguramente me
había reconocido y reprochaba el hecho
de ser seminarista y entregarse a los vicios que en aquel lupanar se
encontraban. El caso es que la cara de aquel hombre de incendiaria mirada me
resultaba ligeramente familiar pero por más que rebuscaba en mis archivos de
memoria era incapaz de ponerle nombre o al menos insertarla en un entorno que me
ayudase a poder localizarla.
Se me acercó una señorita
entradita en carnes, horriblemente pintarrajeada, con los pechos prácticamente
al aire y ceñidísima por un corsé que debía tenerla exhausta sin poder respirar,
aunque a ella parecía no afectarle. El corsé llegaba hasta bien abajo para
medio disimular su sexo, que cuando se acercó comprobé que llevaba al aire. Le
colocó en el velador, al lado del cual se había sentado, una copa de coñac
llena de ese preciado aguardiente. Pero yo nunca había bebido semejante
brebaje. Recordaba un padre borracho en casa vomitando las bilis por la resaca
y me provocaba nauseas pensar en que tuviese que tener que tomar alcohol. Con
descaro propio del lugar en el que se encontraba a pesar del ringo rango de la
decoración y los clientes que la frecuentaban la pintarrajeada me espetó con
una desagradabilísima y chirriante voz aguardentosa:
-
¿Lo va a abonar ahora o prefiere esperar a que venga su
servicio y que pida lo suyo?
-
Cuando..., cuando venga la señorita Pura...
-
¡Jajá jajá!, señorita, ¿no?, jajá, pues anda que no es
puta la Pura.
Me sentí abochornado,
humillado, deshecho. El resto de caballeros que allí estaban congregados
esperando sus “servicios”, parecieron no inmutarse, al parecer sabían como se
las gastaba la camarera y ya no le hacían caso.
El hombre que anteriormente me
había fulminado con esos ojos cobijados bajo las espesas cejas se acerco a mi
lado y tomó asiento. Me sorprendió su familiaridad al saludarme dándome un
golpecito con su ancha y regordeta mano derecha en la rodilla. Me llamó la
atención el enorme anillo de piedra roja que portaba en el dedo corazón..., y
entonces se me nubló la vista. En un instante supe a quien pertenecía esa cara,
esa mano y ese anillo. Me puse a temblar como un pajarillo caído del nido y él
debió notármelo. Porque volvió a tocarme la rodilla pero esta vez me apretó con
la fortaleza confianzuda del que tiene el privilegio de la confidencia.
-
No se escandalice usted. Si, soy su Ordinario y ésta es
mi debilidad, la carne que me tortura y me desgarra el alma, pero soy incapaz
de sustraerme a su reclamo. Menos mal que la Santa Madre Iglesia con su
misericordiosa confesión me libera de mis horrendos pecados para poder seguir
sirviéndola de la mejor forma posible. No es el Obispo el que peca, es el
hombre, muchacho, de la misma forma que no peca el seminarista que es usted, al
que habré de ordenar dentro de pocos meses, sino el joven impulsivo y
concupiscente que con la gracia de Dios ira poco a poco remodelando sus pecados
hasta convertirlos en virtudes heroicas para que resplandezca la Gloria Divina.
Espero de su discreción que esto quede entre nosotros. Yo no debería estar aquí
pero usted tampoco, así que confidencia por confidencia, los dos sabremos como
ayudarnos llegado el caso.
No supe que decir, ni como
explicarle a aquel hombre en manos del que dentro de poco estaría mi destino,
que mi presencia allí no se debía a la lujuria sino a la pena que me daba el
que la dureza de mi madre hubiese hecho de mi hermana Pura un pingajo que en
poco tiempo no sería mejor que el espécimen que me había servido el coñac,
descarada, avejentada, inoportuna y desvergonzada. Tampoco podría habérselo
dicho pues le habría dejado a él en mala situación sin clavo ardiendo al que
poderse agarrar actuando como dedo de Dios acusador con mi actitud
misericordiosa frente a la que él, exhibía una lascivia desatada. Conseguí
articular alguna palabra exculpatoria acompañada de una medio sonrisa
bobalicona para hacerle saber que me hacia cargo de la situación y su
debilidad. De todas formas yo tampoco era mucho mejor que él, porque al fin y
al cabo el señor Obispo era presa de su carne, nada mas, pero ¿y yo?, ¿acaso no
era yo un degenerado que solo encontraba el placer en el dolor y la
contemplación de lo que debería haberme despertado ansias de no pecar y la
piedad mas exquisita?
-
Descuide usted señor O..., perdón aquí, no quisiera
yo..., en realidad no se como dirigirme a su Ilustrísima, ¡oh! perdón otra vez.
-
Todos estos caballeros me conocen de sobra y me
disculpan y yo a ellos, somos hombres y eso no es algo que pueda disimularse
mucho tiempo, no todos, desgraciadamente, pueden recorrer la senda del martirio
santo.
Estaba en estas cínicas
explicaciones el cura degenerado aquel, cuando apareció en la sala Pura. Se fue
hacía la camarera y le preguntó por el caballero que seguía a continuación y
había preguntado por ella. La descarada le señaló en mi dirección.
Cuando Pura se volvió y me vio
se tuvo que agarrar a la primera silla que encontró, después trastabilló y tuvo
que caer sobre un tú y yo que había al lado para no hacerlo a todo lo largo en
el suelo de la impresión. Fue solo un instante, al momento se repuso, se
levantó y se encaminó hacía donde estábamos el Obispo y yo. Se plantó delante
de mí y en tono frío y despectivo me interrogó.
-
Y tu, ¿qué coño haces aquí?, ya te estás largando.
-
¡Caramba, muchacho!, es pura dinamita esta hembra, tu
si que sabes a quien buscar. Os dejo para que os ajustéis en las condiciones,
veo que no va a ser fácil y necesitareis intimidad.
El Obispo se levantó y fue a
hacer corrillo con otros caballeros que estaban chanceando con la chusca
camarera que, al parecer, les hacia mucha gracia.
-
Pura, yo no tengo la culpa de que tú estés aquí. He
venido a llevarte conmigo. Ya he hablado...
-
Mira, no me hagas perder el tiempo, hermanito. Tú
tienes tanta culpa como madre, que me echó. No se que veneno me metiste desde
chico en mi cuerpo que ya ves lo que ha hecho de mi, una puta rastrera, cara,
pero rastrera.
-
¡Escucha, Pura!, tú no eres ninguna puta. Te vas a
venir conmigo al Seminario, ya he hablado con la señora Isabel, está ya mayor y
necesita alguien a quien enseñar el oficio. El Rector está de acuerdo y no hay
problema.
-
¿De fregona, otra vez? Todos los curas sois iguales,
como ese Don Mariano que me mando a casa de esa bruja, “verás, hija, verás que
bien te tienen, como si fueses una hija mas de la familia”, ¿cómo una hija,
no?, durmiendo en el sobrado en un lecho de paja podrida llena de chinches.
Todavía tengo señales de los picotazos que me metieron la primera noche. Menos
mal que mandé lejos a la virtuosa señora, al cabrón de su mayordomo y me vine.
Aquí al menos me consideran, tengo un colchón de lana, no de borra y duermo en
sabanas de seda. ¿Que tengo que joder con todos esos babosos?, ya me llegará a
mi la hora de la revancha. De momento tengo ya más dinero junto que el que
madre pueda haber visto reunido jamás. Se lo voy a restregar por los hocicos en
cuanto pueda, para que se de cuenta de que yo en el arroyo no me iba a ver
tirada nunca. Y tu, si no estás dispuesto a pagar ya estas ahuecando el ala,
que mi tiempo son muchos duros los que vale.
-
¿Eso es lo que quieres?, dinero. Pues yo te voy a
alquilar. Vamos al cuarto.
-
Primero mi consumición.
Pidió a su compañera la copa de
aguardiente de yerbas que en realidad era agua de te azucarada y nada mas
trasegarla le dijo a su hermano:
-
Paga, y vamos, no tengo ganas de perder el tiempo.
Cuando se alejaban, apartando
las cortinas de cordones con madroños, las miradas morbosas de los que se
concentraban en el corrillo con el Obispo le siguieron suspirando por la
juventud de aquel muchacho que tendría para dar replica a esa especie de volcán
inextinguible que era la Pura.
Nada mas llegar a la alcoba,
débilmente iluminada por una lamparilla roja, Pedro se hizo cargo de la
situación. De una forma u otra debería conseguir que su hermana abjurase de esa
forma de vida y se fuese con él para el Seminario. No parecía importarle
entregarse a todo el que llegase con tal de que le pagase bien. Pedro suponía
que era una forma de venganza de la madre, porque antes o mas tarde una voz
llevaría al pueblo el que la Pura, la nieta del boticario, se había metido a
meretriz y además de las caras y eso, sabía de sobra Pura, que haría arder de
dolor a su madre. Su venganza.
Una vez cerrada la puerta Pura
se desabrochó voluptuosamente el corpiño que llevaba y que le hacía una figura
de abundantes redondeces de cintura muy estrecha y amplias y prometedoras
caderas. Se quedó desnuda delante de él, como la recordaba en aquel contraluz
en su dormitorio aquel verano. La deseó de inmediato aunque su cuerpo era
incapaz de reaccionar. A cada movimiento más lubricó que el anterior mas
deseaba Pedro que su miembro se desperezase de su absurdo sueño y reclamase lo
que él sabía que era suyo desde pequeño. Se abalanzó sobre Pura y empezó a
besarla y a comerla por todas partes pero sin que su sexo saliese de su
estupor. Ella reaccionaba con prestancia a los estímulos de su hermano
volviéndose sinuosa en el roce pero sin conseguir nada de nada. Pedro se acordó
entonces de su disciplina y sus cilicios y los echó en falta. Se fijó en los
cordones de sujeción de las cortinas de las ventana y sin mas dilación ni
vergüenza hipócrita se fue hacía ellos y los arrancó, hizo con ellos un azote y
se lo entregó ciego de lujuria a su hermana Pura.
-
¡Pura, amor mío, azótame sin piedad!
Dicho lo cual se abrazó a una
de las columnas que servían de apoyo al dosel de la cama exponiendo sus nalgas
al castigo. Pura no se hizo de rogar y empezó a descargar golpes de azote en
las posaderas de su hermano que iban dejando marcas violáceas a medida que el
castigo menudeaba. Desde el primer golpe el cuerpo de Pedro revivió como el de
Lázaro a la orden de Cristo y cuanto mas violento era el castigo mas
contundente y enorme era la erección. Lejos de intentar escapar de los azotes,
el cuerpo de Pedro comenzó una danza voluptuosa de caderas que hacía saber a su
hermana que la corrección era la adecuada y se prodigó en acelerar los golpes y
aplicarlos con la mayor fuerza posible que le permitía su fortaleza de mujer.
Cuando Pedro sintió que la
efusión de sus líquidos vitales estaba a punto de producirse se deshizo de su
abrazo a la columna del dosel y se fue por Pura que nunca había conseguido ver
tamaño tan grande de miembro. Enardecida por la visión se tiró prácticamente
sobre él para hacerle una felación suave y profunda, mientras que con sus manos
daba palmetazos fuertes, donde antes daba latigazos con el cordón de seda de
las cortinas. En un momento en que Pedro sintió que no podía más, en un intento
de prolongar el placer, detuvo a su hermana, la llevó hasta la cama y allí la
depositó y se dedicó él a repasarle toda su anatomía con la lengua sin
olvidarse ni un rincón, ni una humedad, ni un pliegue hasta hacerle gritar de
placer. Sumergido en la entrepierna de su hermana mordisqueó, olisqueó,
chupeteó y dio lengüetazos sin dejar ni un trozo se sexo sin repasar. Pura
arqueaba su espalda sintiendo un placer inenarrable, como ningún hombre le había
hecho sentir y gemía y rabiaba de tanto placer como su hermano la
proporcionaba. Estaba exhausta de tanto gozar y le costaba trabajo hasta
respirar, estaba sofocada de jadear y con voz entrecortada le dijo a su
hermano:
-
Ya mi amor, ya mi precioso hermano, te acompañaré. Te
seguiré a donde tú quieras, no sabría vivir sin tu compañía. Hazme tuya del
todo, quiero que entres en mi cuerpo y lo bautices con tu vida, quiero ser tu
esclava y tu amante.
Ante semejante declaración
Pedro sintió que su pene le explotaba de placer. Desde un remoto punto dentro,
muy dentro de sus entrañas sintió una punzada animal que le nubló la vista y le
hizo dar un ágil salto que le colocó completamente encima de su hermana. El
miembro buscó y encontró con extrema facilidad el camino del éxtasis y se clavó
profundamente, como un puño se clava en mantequilla tibia, extrayendo de la
mujer un gemido de queja por no sentirlo aún más profundo, más pleno. A Pedro
no le hizo falta mover ni un músculo porque su verga, enorme, cobró vida independiente
de su cuerpo y no le fue posible controlarla, comenzó a palpitar dentro de su
hermana arrancando gritos desgarrados de placer al tiempo que hacía temblar
todo su cuerpo. Al punto de terminar su eyaculación el cuerpo de Pura entro en
tensión absoluta. Agarró a Pedro por las nalgas y le apretó con suma violencia
contra su pelvis con desesperación al tiempo que le gritaba que la atravesase,
la perforase y le diese la vida entera. Después de eso se relajó como la
marioneta que abandona el feriante en su baúl y a Pedro le dio la impresión que
Pura abandonaba el mundo de los vivos. Después de unos interminables segundos
Pura abrió los ojos con expresión satisfecha y feliz. Acercó sus labios a los
de su hermano y le beso con dulzura.
-
Nunca te voy a consentir que te separes de mí. Y me da
igual que llegues a ser el Papa, eres para mí para siempre. Te mataré antes de
perderte.
-
Te prometo que nunca te dejaré, Pura, nunca. Antes
descenderé a los infiernos.
En reloj de la sala donde los
clientes esperaban que les diesen los servicios, daban las diez de la noche
cuando Pedro y su hermana salían del lupanar camuflado de pensión honesta. No
hubo forma de convencer a Pura, ni siquiera cuando la madame le prometió un
porcentaje en los beneficios. La señora sabía que con ella se le iba una
sustanciosa parte del negocio, pero se tuvo que resignar.
-
Que seas feliz con este muchacho que te retira. Muy
bueno ha de ser para hacerte desistir de lo que ayer mismo para ti era tu vida
entera. Que encuentres la suerte en la vida Pura, te la mereces.
-
Ya he encontrado la suerte, este muchacho, como usted
le llama, es mi hermano, y dentro de muy poco será sacerdote, ¿con quien mejor
podría estar?
-
Claro, por eso charlaba tan animadamente con el señor
Obispo. Un buen cliente nuestro, espero que siga usted el ejemplo y nos visite
de vez en cuando, esto no es pecado. Pecado es trastearse a los chiquillos de
los seminarios, a esos bujarrones habría que caparlos. Pero ¿esto?, ¿con quien
mejor?, discreción y limpieza, lejos de las miradas de las señoronas hipócritas
de la buena sociedad que se escandalizan de esto y no de las condiciones de
esclavitud en que tiene al servicio, ¿verdad Pura?
Pura asintió con la cabeza y
gesto melancólico y con una sonrisa de agradecimiento y una lágrima imposible
de reprimir salió por la puerta del brazo de su hermano.
El curso de la ordenación lo
recordaba Pedro como el mejor de su vida. El rector le trataba con especial
deferencia. Siempre le había tratado con respeto y corrección pero este curso
parecía que una estrella se había depositado sobre su cabeza y todos le
mostraban admiración. Las visitas de su hermana Pura a su celda no eran vistas
con recelo por nadie, ¡era su hermana de sangre! Y los dos pasaban horas y
horas de holganza y placer mutuo. Cada vez menos necesitaba de castigo para
excitarse con su hermana y algunas veces debía detener la mano de Pura porque
disfrutaba solo de las caricias en lugar de los golpes. Cada vez la quería más
y se planteaba incluso su carrera eclesiástica. Pura con dos pies en el suelo
le cortaba las alas antes de que las plumas comenzasen a cosquillearle la
imaginación.
-
Pedro, cariño, ¿Que haríamos? Tu crees que nos iban a
dar la dispensa, ¡somos hermanos!, que no se te olvide y para el mundo lo que
hacemos es aberrante. No te dejes engañar por tus sentimientos, somos dos
parias condenados a esconder nuestro amor para siempre. Deja las cosas como
están y todo nos irá bien. Al fin y al cabo lo dice tu religión, cuando veas la
imperdible te arrepientes de corazón y listo. Ala, a dormir, mañana es tu
ordenación y debes estar fresco para hacerlo bien.
20.10.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario