Solas las dos en aquella sala de velatorio,
impersonal y cruel, permanecían sentadas una al lado de la otra sin hablar. El
resto de salas estaba a rebosar. Mucha gente en las zonas comunes charlaba
animadamente ajena por completo al dolor de los deudos, claro, una cosa era
cumplir con los conocimientos y otra bastante diferente negarse a una buena
conversación de velatorio para aliviar la espera. Cerca de las cinco de la
mañana la gente fue retirándose con las excusas de rigor dejando a los
dolientes con su cara verde demudada por el sufrimiento y la expresión ausente
de la vaciedad de alma.
-
¿Quieres que te traiga un café?
-
¿De la maquina?
-
Claro, lo que hay.
-
No, déjalo, bastante pena tengo ya como para amargarme más la noche con
un vomitivo. Quédate conmigo, no me dejes sola ahora, precisamente.
Miró ausente su reloj de dije.
-
En menos de una hora abre la cafetería. No me dejes sola, por favor. Ya
tomaremos café.
Se levantó de su asiento dirigiéndose a la pecera
tras de la cual, de la forma más aséptica, reposaba, convenientemente encajada,
su madre que dejaba ver únicamente la cara enmarcada por la bolsa de plástico y
todo el cuerpo rodeado de rasos y tiras bordadas del peor gusto. El maquillaje
con el que se intentaba disimular la cruda realidad degradaba la dignidad del
cadáver coloreándole excesivamente las mejillas, al punto, de hacer creer al
espectador que la muerta se ruborizaba por estar tan obscenamente expuesta.
Mirándola fijamente, el titilar de las velas
eléctricas de simulación, permitía creer al que quisiese creérselo, que aquel
inerte cuerpo respiraba. Blanca sabía que no, que no existían los milagros,
pero el corazón se le aceleraba cuando una sombra fugaz le hacía un visaje al
rostro de su madre. Apoyando la cabeza en el cristal comenzó a llorar llamando
a su madre. Esther se acercó a consolarla.
-
¡La he fallado, Esther, la he fallado! Podría haber estado más tiempo a
su lado. Se me ha muerto de pena, la abandoné, en una cárcel dorada, pero una
cárcel.
-
Venga, deja ya de decir tonterías, has hecho por tu madre todo lo que
estaba a tu alcance y lo que no estaba también. No te creas que muchas personas
iban a tolerar una relación no querida por amor a su madre, con el peligro de
ser tildadas de lo que no son, con lo cruel que es la gente.
-
Tu también crees que soy una puta, ¿verdad?
-
Blanca, no es tan importante lo que yo crea o piensen los demás, lo que
realmente lo es, es que opinión tienes tu de ti misma, si te reprochas todo lo
que hayas tenido que hacer. Piensa si ha merecido la pena. Tu sabes en que
condiciones llegan algunos ancianos y menos ancianos al hospital por falta de cuidados.
Tu madre ha estado perfectamente atendida y puedes estar segura que no ha
sufrido ningún mal trato solo por el hecho de tener la mala fortuna de estar
enferma. No intento disculpar ni acusar, solo quiero que seas realista. Tú
sabrás si te mereció la pena o no. No tengas, de todas maneras, demasiado en
cuenta la opinión de nadie, por muy querido que te sea, porque en cualquier
instante, según los intereses del momento, te dejará vendida, sin el menor
escrúpulo.
-
Tu si que eres una amiga.
-
Desengáñate, eso no existe. No tienes ni idea de lo que he tenido que
pasar ayer. María, la mujer de Roberto, ¿te acuerdas?, el medico que fue al
hospital el viernes.
-
Si.
-
Pues después de la cena en el club se ofreció a traerme a casa en su
coche y por el camino me dejo tiraba en medio de la autovía. Tuve que caminar más
de cuatro kilómetros, de noche, hasta que encontré una gasolinera con un hostal
de esos de carretera, ya sabes. Y se suponía que era mi amiga del alma.
-
Así, por las buenas. Esa tía, ¿está loca?
-
No sé. Es que se enteró esa noche de mi aventura con su marido, y yo me
enteré de la suya con su jefe. Se empeñó en llevarme para hacerme la putada y
de paso cargarse de razón, supongo, para justificar su lío.
-
Al marido, si a ti te trató de esa manera, le habrá masacrado.
-
¡Es cierto!, ni lo había pensado. Pobre Roberto, tiene que estar
destrozado, porque María cuando quiere hacer daño no se para en barras, lo hace, que me lo
pregunten a mi, y Roberto es un noblote incapaz de hacer daño por mucho que se
lo hagan a él.
-
¿No le has llamado?
Miró su reloj.
-
No es momento, pero en cuanto dé la hora le llamaré a la consulta.
El silencio volvió a invadir aquel frío e impersonal
cuartucho con sus flores contrahechas llenas de polvo, acartonadas y tristes,
los ceniceros desportillados y llenos de colillas y el crucifijo colgado,
anacrónico, entre láminas de paisajes planos de colores desvaídos, enmarcados
de saldo. La luz fluorescente de los plafones contribuía a alejar cualquier
noción de intimidad con lo que la sensación de vaciedad de los dolientes se
acrecentaba.
Blanca volvió a sentir el aguijonazo del dolor
transformándosele en lágrimas que inundaban impetuosas sus ojos. Esther
comprendía por lo que estaba pasando y la abrazó consolándola. Le faltaban
palabras de ánimo, no sabía como aliviarla por lo que se limitaba a envolverla
en sus brazos para hacerla sentir proximidad humana.
-
Es preciso que hagas el duelo por tu madre. Llora, no hay otra salida,
el tiempo se encargara de dejarte una profunda cicatriz que solo dolerá cuando
cambie el tiempo del corazón, pero esto pasará. Siempre me tendrás a tu lado.
Esther sabía que eso no era verdad, con el tiempo
ella olvidaría y hasta se cansaría de la pena expresada de Blanca pero era
momento de las mentiras piadosas que la situación demandaba.
-
No lloro solo por mi madre. Me acuerdo de Larry. Creo que le he cogido
cariño. Soñaba con que este momento se viese aliviado con la sensación que
previsiblemente debería producirme el que ya no tuviese que entregarme a Larry
por obligación, pero en lugar de eso de quien me acuerdo es de él. Debo estar
peor de lo que yo creía.
Se limpió nerviosamente los ojos con un pañuelo de
papel que tirado a una papelera fue a reposar inerte en su entorno haciendo
compañía otra multitud de ellos que camino del mismo sitio vieron culminado su
destino.
-
Siempre pensé que cuando esto sucediera me olvidaría con gozo de él,
pero ahora me estoy dando cuenta que ya hay algo más. No se si es
agradecimiento, cariño o conciencia de deuda impagable, el caso es que no sé,
ahora mismo, si seré capaz de seguir sin él. Le voy a llamar, le echo de menos.
¿Tu crees que soy una zorra?
-
No Blanca, no lo eres. Tu único pecado es haber querido a tu madre como
es difícil que una hija, tal como hoy están las cosas, quiera a una madre. No
te atormentes mas, llama a Larry, seguro que él también tiene por ti algo más
que la atracción sexual.
Se dejó caer en uno de los módulos tapizado en
plástico con ínfulas de cuero e intentó relajarse. Pasados unos segundos se
incorporó y rebusco en su bolso hasta dar con el móvil.
Dos, tres, cuatro señales de llamada. Colgó.
-
No lo coge.
-
Insiste, Blanca, insiste. No dudes que agradecerá que le llames en un
momento así.
Volvió a marcar. A la sexta llamada se descolgó el
auricular. La voz de Larry malhumorada por la hora contestó.
-
¿Quién es?
-
Larry, soy Blanca. Perdona que te despierte.
-
¿Qué quieres a esta hora?, ¿te ha pasado algo?, ¿dónde estás?
Comenzó a llorar.
-
Tranquilízate Blanca, dime que te ocurre.
Blanca no conseguía serenarse por lo que Esther le
quitó el teléfono.
-
Larry, soy Esther. Nos conocimos en el club el sábado cuando tu te
ibas. Estamos en el Tanatorio de la Soledad. La madre de Blanca ha fallecido
esta noche. He animado a Blanca a llamarte, he pensado que debías saberlo.
-
Naturalmente. Ahora mismo voy para allá.
-
¿Pero dónde va usted?
-
Señorita, les estoy muy agradecido por todas sus atenciones, han sido
muy amables, son ustedes todos unos enormes profesionales, pero mis
obligaciones me reclaman.
-
¡Que obligaciones ni que obligaciones, venga a la cama!
-
Tengo que insistir, estoy determinado a irme, llevo tres días gozando
de su hospitalidad y creo que es suficiente. Estoy muy recuperado gracias a sus
atenciones. Mi madre me enseño que los huéspedes, como el pescado al tercer día
hieden, de forma que me voy.
-
Sin el alta no te vas a marchar, es responsabilidad mía y si sigues
insistiendo Francisco, tendré que llamar al “segurata”. Si te quieres marchar
te esperas al medico y le pides el alta voluntaria.
-
No quiero representar ningún inconveniente para usted, esperaré al
medico como usted dice.
Francisco de Borja Álvarez-Montano Ponciano de
Chívite, terminó de vestirse y se dispuso estoicamente a esperar la llegada del
medico sentado en la cama. Se encontraba bien en el hospital pero aquella
tranquilidad le sacaba de sus casillas. Había comido estupendamente, había
descansado y no tenía ya fiebre ni prácticamente tos. La calle le reclamaba.
Necesitaba ese tipo de vida airada que fue la que dio con sus huesos en el
hospital y le sumió en esa especie de soledad que tanto le estimulaba, pero era
superior a su voluntad, necesitaba esa libertad que no eran sino unas cadenas
que le esclavizaban porque era incapaz de sustraerse a su embrujo.
El medico acaba de entrar en la habitación y se
dirige confianzudo a su paciente que, ya vestido, aguarda nerviosamente sentado
en el borde de la cama. Golpea rítmicamente con la puntera del zapato la pata
de la cama, síntoma de que no esta dispuesto a esperar mucho mas. El aire
fresco de la mañana le reclama ya como una sirena al navegante.
-
Francisco, que me dicen, ¿qué te vas? Pero hombre, que se te ha perdido
a ti en la calle, espera a recuperarte del todo, luego podrás volar.
-
Nunca pudieron mis padres hacer carrera de mi, siempre fui un zagal
indómito, indisciplinado, alegre y despreocupado no existía para mi más futuro
que el que me deparaban los siguientes
tres minutos. Todo era en mi compulsión sin meditar ni una sola consecuencia de
mis actos. Mientras fui miembro de la ilustre familia en cuyo seno nací tuve
cobertura para mis correrías, amparado por mi madre, Doña Manuela, abnegada y
prudente, una santa dama de la alta sociedad riojana, siempre presta a
disculpar mis dislates. Ahora estoy recogiendo toda la cosecha de mi temeraria
siembra. Solo me ha quedado esa necesidad casi patológica de hacer siempre mi
voluntad, habito para el que mientras fui pequeño, recibí adecuada cobertura de
mi madre que procuraba ocultar todos mis devaneos al General, Don Salustiano,
mi padre, que estaba convencido de estar dando la mejor educación de austeridad
y contención a su prole. Y de hecho, el resto de sus nueve hijos respondió
adecuadamente a esos desvelos conformándose como miembros perfectamente
amaestrados para poder ser señalados como ejemplo de seres socialmente educados
que daban y siguen dando lustre al apellido que orgullosamente llevan.
Ya estoy bien
de explicaciones, Doctor, mis
obligaciones me reclaman.
-
¿Qué obligaciones?, vamos a ver, ¿qué obligaciones tienes tu?
-
Eso es cosa mía. Le ruego que me extienda el alta voluntaria. Le
reitero que me encuentro perfectamente.
-
Si insistes, tú serás responsable de lo que te pueda ocurrir. Al menos
cuando vayas a tu medico que te recete
lo que te voy a prescribir.
-
¿Por qué no me lo receta usted?, me evitaría ir a la consulta de Don
Roberto a molestarle.
-
Tu, Francisco, ve a tu medico que es el que te tiene que llevar a
partir de ahora. Nosotros no tenemos recetas, eso es para los ambulatorios, que
no saben hacer otra cosa. Ahora viene la enfermera con el alta, la firmas y te
vas.
-
No desearía que se enojase usted conmigo, le tengo en alto concepto.
El medico se dio media vuelta realmente enojado y
haciendo un gesto de desprecio con la mano demostró toda la calidad humana de
la que era capaz y el respeto que podía llegar a sentir por sus pacientes.
Nada mas firmar el alta se lanzó como un preso al
que dan la libertad en busca de la salida. No hizo mas que alcanzar la calle
con su sentencia de excarcelación en la mano se detuvo para llenar los pulmones
de libertad aspirando como si se fuese a terminar el aire. Sonrió a la mañana,
se regocijó una vez más por ser como era y se encaminó a la parada de autobús más
próxima. Esperó menos de diez minutos la llegada y nada mas subirse se acomodó
en uno de los asientos posteriores y se quedó profundamente dormido.
-
¡Venga tu!, hemos llegado.
El conductor del autobús le despertó de un puntapié
de forma destemplada. En aquel barrio esa era la manera mas adecuada de
dirigirse a alguien, algo de mejores modos podría interpretarse como signo de
debilidad y deparar alguna sorpresa.
-
Vale, vale, no hay porqué ser tan cortés.
Saltó a la calle justo en el sitio donde dos metros más
allá terminaba el acerado. Unos cien metros mas lejos un montón informe de
chabolas señalaba la dirección en la que debía caminar entre escombros y
desperdicios Francisco para llegar a su casa. Diferente aquel camino de acceso
de aquel otro que siempre imaginó recorrer entre setos primorosamente
recortados y arriates de flores que los soldados de aquel padre mantenían en
perfecto estado cuando, de muchacho regresase a su magnifica casa de general en
la población militar después de organizar cualquiera de las suyas. Aquello era
sueño de una noche de verano ya y no merecía la pena repensarlo.
Descorrió la cortina de saco que daba acceso a su
cubículo. Entró y se tumbó en la desvencijada yacija. Se levantó y buscó en el
cajón de la miserable mesa que en tiempos fue lo último en mesa de formica para
cocina. Encontró lo que quería, una china de costo. Se lió un canuto y lo paladeó
tumbado en su catre. Se llenaba los pulmones del empalagoso humo y sentía la
sensación vertiginosa que le hacia cerrar los ojos. Los músculos se le
aflojaron y voló flotando en la chabola. Se sintió a gusto, eso era lo que le
gustaba a él, ¡que mas daba si aquello era mas o menos estético!, lo importante
era volar muy alto, lo que pasaba es que cada cual lo hacia a su aire; a él ese
era el modo que mas le gustaba de volar, a otros les hacia volar joder a los
demás robándoles hasta la vida, el no hacia daño a nadie mas que a él y como a
nadie le importaba un bledo, ¿qué mas daba?.
Mediado el cigarrito de la risa le sobrevino un
acceso de tos. Se congestionó, no podía respirar y las venas del cuello le iban
a estallar, finalmente pudo hacer una incursión respiratoria y le ardió el
pecho. Volvió a toser convulso y escupió sangre. Se asusto y dijo a nadie:
-
Me voy a morir. ¡Ya era hora!
Poco a poco la tos fue cediendo hasta desaparecer.
Apagó el resto del porro y lo guardó en el mismo cajón del que sacó la china,
el único que había.
El efecto del cáñamo fue pasando y Francisco volvió
a tomar conciencia de que su estado de salud no era el mejor. Durante unos
largos minutos hizo acopio de fuerzas para, domeñando el miedo a la soledad,
durante sus postreros momentos, poder levantarse y salir de su casamata. Volvió
a recorrer el tramo de descampado estercolero que le separaba de aquella parada
de autobús y se dispuso a esperar.
Se levantó con dolor de cabeza. El despertador aún
no había sonado y señalaba las seis de la mañana. No tenía sueño, solo la
resaca del disgusto que sorprendentemente no se había resuelto por el hecho de
dormir. La vaciedad del estomago junto a las nauseas le recordó que debería
lidiar de aquí en adelante con aquella extraña compañía que era su soledad, la
frialdad de la ausencia de la palabra que calienta el alma, el olvidarse de no
tener que hacer ruido porque nadie puede despertarse con tu presencia porque a
nadie le importa. En eso consiste estar solo, en no tener que preocuparte del otro
y es lo que provocaba el vértigo y la nausea más desazonadora. Se dirigió dando
tumbos a la ducha, se afeitó de mala gana y se dejó remojar por un chorro
cálido y fuerte que terminó de despertarle. De vuelta al vestidor por vez
primera echó en falta aquel: “cámbiate de zapatos, haber que corbata te pones,
desastre”, y frases de cariño inverso por el estilo. En medio de tanta ropa era
incapaz de elegir, hasta que la necesidad le obligó a ponerse lo que más a mano
tenía.
Cuando se iba, echó una ojeada a la habitación.
Faltaba lo principal, aquella cama estaba anormalmente desecha y el espacio se
había vuelto enorme, vacío, desangelado. Con la cabeza gacha y meneándola de un
lado a otro se dirigió a la puerta.
Llegó a su trabajo antes de tiempo, aún los celadores
no habían abierto. Aparcó el coche y se dispuso a esperar mientras escuchaba
las primeras noticias de la mañana, las de siempre, solo variaba la fecha.
Transcurrió la consulta cómo todas las de lunes,
entre pretendidas bajas por el malestar del exceso de fin de semana y las
angustias de los hipocondríacos por estar dos días sin medico. Su propia
ansiedad por sus propios problemas se vio algo aliviada por el trajín. Estuvo
algo apático y en varias ocasiones los incondicionales que le conocían de años
se interesaban por su estado. Intentaba aparentar normalidad pero su cara le
delataba.
Estaba recogiendo la consulta y se encontraba de
espaldas a la puerta cuando alguien le habló.
-
Perdone Doctor...
Sin volverse siquiera le cortó.
-
Ya he terminado, pida su cita para mañana, hoy no le puedo atender.
-
Usted disculpe, estuvo visitándome en el hospital y pensé que querría
verme cuando saliese. Pero si ha terminado..., volveré otro día.
Se giró en redondo sin dar crédito a lo que
escuchaba. Era imposible...
-
¡¿Le han dado el alta?! Como han podido ser tan..., tan...,
inconscientes.
-
No, no, he pedido el alta voluntaria yo mismo esta mañana, temprano,
tanto que ni he desayunado; no soportaba
más tanta comodidad, corría el peligro de acostumbrarme.
-
¡Pero hombre de dios!, ¡en que cabeza cabe...!, ¿la ha perdido, no es
eso?
-
Estaba bien, ¡de verdad!, pero al llegar a mi chabola encendí una china
que guardaba para una ocasión y me sentó fatal, me puse a toser y escupí
sangre. Me he asustado, de verdad, no es que me importe morir pero la sangre es
tan escandalosa..., cuando salí del Hospital me dieron un papel con una
medicina para que me la recetase usted. Al medico aquel le ha sentado fatal que
me viniese, pero me encontraba bien, se lo aseguro.
-
Y desde esta mañana temprano solo has tenido tiempo de fumarte una
porquería de esas, en lugar de venir aquí.
-
No he podido venir antes, no
vivo lo que se dice en el centro y el bus pasa nada más de hora en hora por
allí.
-
Como siempre. Haber, trae el alta.
Leyó atentamente el contenido del documento.
-
Lo que suponía. De acuerdo.
Definitivamente debes estar loco; haber si sales de estas. Con el diagnostico
que traes tenías por lo menos para una semana ingresado.
Mientras le extendía las recetas, miró su reloj.
Eran ya más de la una del mediodía.
No tenía malditas las ganas de irse solo. ¿a dónde?.
¿A casa, a ver si María se ablandaba, se arrepentía y le llamaba?. ¿Al club a
comer algo?, y tener que dar explicaciones de su presencia en un día entre
semana. Levantó la vista se quedó observando a su paciente y sintió curiosidad.
¿Y porque no?.
-
Francisco, una pregunta, ¿me permites?
-
A sus ordenes siempre Don Roberto, lo que usted quiera.
Acompañó esta muestra de acatamiento con un suave
entrechocar de tacones, en nada forzado y cierta adopción de postura
lejanamente marcial en un acto que recordaba aquellas estereotipias fuertemente
aprendidas por estar cargadas de contenido emocional fuese por temor al castigo
o al ardor de guerrero nada mercenario.
-
Me intriga, el contraste entre tu forma actual de estar, esas ropas,
esa menesterosidad y el lenguaje utilizado que más bien debería pertenecer a
otra persona encastrada en otro estrato social. No quiero ofenderte, pero tus
apellidos no parecen ser de un cualquiera y tus modos y hábil uso del idioma y
la corrección en el trato no casan con tu situación actual.
-
Don Roberto, sería largo de contar, ya le dije el viernes que lo que
tengo no es más que el resultado de una vida mal llevada y desperdiciada. Yo
soy, efectivamente el causante de mi estado. Sería difícil, mi padre era
General de Sevilla, mi madre segunda hija del Marques de las Cepas, de la
Rioja. Son muchas cosas, no quisiera importunarle con mis...
-
¡No, que va!, me interesa, de verdad. ¿Has comido algo?
-
La verdad es que no, como le dije me fui del hospital antes del
desayuno y..., pero eso me ha pasado siempre en la vida, soy incapaz de medir
las consecuencias de lo que hago, luego me arrepiento, o no, bueno no se si me
arrepiento, al fin y al cabo..., en fin que desde anoche que dieron la cena a
las ocho en el hospital no he probado bocado. ¡Claro!, por eso me ha sentado
tan mal el canutito, joder. Perdón.
-
Te invito a comer. ¿Qué te apetece?
-
¿Lo dice en serio?
-
Claro, hombre, lo digo en serio, decide que te apetece comer. Eso si, a
cambio me tienes que contar que extraña mezcla de sucesos han dado contigo en
el arroyo.
Francisco de Borja Álvarez-Montano Ponciano de Chívite,
entornó los ojos y aspiró los efluvios de un chuletón a la brasa, un cordero
asado, un besugo al horno, un bacalao a la vizcaína. ¿Cuánto tiempo hacía que
no comía en lugar de alimentarse?, ni lo recordaba.
-
Vamos decídete. Mira, vente conmigo al mesón de aquí al lado, te tomas
una caña con unas tapas y mientras yo despacho a los visitadores, te lo
piensas.
-
Don Roberto, mi aspecto no es el más adecuado para acceder a
determinados lugares.
-
En el Mesón desde luego vas a pasar desapercibido y a comer al club de
golf te aseguro que no te voy a llevar. Pero hay sitios en los que no
desentonarás y se come pero que muy bien. Te sorprendería la cantidad de snobs
que hay que visten incluso peor que tu solo por el hecho de darles vergüenza
tener todo lo que tienen. Hay quien se arrepiente hasta de haber triunfado en
la vida, tan extraño puede llegar a ser el comportamiento de algunos.
Entraron al Mesón de Pan donde inmediatamente fue
saludado por el personal.
-
Don Roberto y la compaña, buenos días, ¿qué van a tomar?
-
Sírvanle aquí a mi amigo lo que pida, ahora vengo yo. ¡Ah!, buenos días
que no había dicho nada.
-
Como usted mande Don Roberto.
Francisco quedó solo en la barra hipnotizado por las
innumerables bandejas llenas de alimentos ricamente cocinados dispuestos a ser
consumidos solo con solicitarlos. Le pusieron una jarra de cerveza delante.
¡Dios!, le estaban tratando como a una persona, le reconocían como una persona,
le atendían como si fuese alguien. Se imaginó echando de menos una legión de
reposteros atendiéndole en la casa palaciega, la casa del General.
¿Por qué había llegado hasta aquí? Nunca debió matar
aquel hombre, pero, aún hoy le ocurría, cuando se le sube la sangre a la cabeza
solo se sacia con más sangre, luego se arrepiente e inmediatamente lo olvida
todo, no debió matarle, pero lo hizo y de la manera que lo hizo, se lo merecía,
por cerdo, por robarle el reloj y hecho está. No estaba muy seguro de querer
contárselo a su medico, ¿y si se chivaba?, no aguantaría estar encerrado, otra
vez no, bastante tuvo con aquellos dos años enterrado vivo a pan y agua por
montar aquella especie de motín.
En ese momento entró Roberto en el Mesón.
-
Pon una caña. Una tapa de queso. Francisco, ¿no tomas nada de tapa?. Te
veo muy reservón. ¿Te gusta la ensaladilla?, aquí la ponen muy buena.
-
Una de ensaladilla para mi amigo.
Mientras tomaban la tapa, Roberto se interesó por la
razón de no haber pedido antes de llegar él.
-
Estaba fascinado por la cantidad de cosas a mi alcance. Bueno yo las
miro de vez en cuando pero como esos niños que miran los escaparates de
juguetes sabiendo que nunca los tendrán; ahora sabiendo que los podía poseer
solo con pedirlos quería no romper la magia de desearlos con expectativa de
conseguirlos a una indicación mía. En cuanto los pidiese acabaría con esa
satisfacción interior de saberlos a mi merced. Estaba disfrutando de ese
momento por eso no quería pedir nada. no hay sensación superior a saberse
dueño, dominador, creador de tu propio destino, después, el tener, es accesorio
lo importante es saberse dueño de la posibilidad. Lo mas frustrante de todo
para un ser humano es saberse a merced de lo imposible, sujeto a los vaivenes
del destino que no se controla, y cuando se llega a la conclusión de que solo
se tiene decisión sobre si vivir o no se resiste uno a quitarse de en medio en
la posibilidad de que un golpe de suerte le haga dueño de sus posibilidades, pero
eso es un engaño, ¿sabe Don Roberto?, la suerte no existe, solo las decisiones
adecuadas en los momentos justos y para eso hace falta instinto, lo que yo no
tengo, yo solo tengo deseos y la impaciencia por su cumplimiento sin pararme a
pensar si eso en lo mas adecuado en cada momento. Por eso no quería elegir
nada. Por una vez tome una decisión, venir a verle, en el momento adecuado,
cuando usted ya se iba; por eso me encontré con la potencialidad de satisfacer
mis deseos y quería que me durase siempre.
-
Estas hecho todo un filosofo. Acaba con la tapa y cerveza. Ya se donde
vamos a ir a comer. Hay un argentino que frecuentan bohemios de diseño que te
va a encantar. Tiene unos reservados donde podremos hablar con tranquilidad.
Mientras se desplazaban por la ciudad camino del
restaurante a bordo del flamante BMW Francisco intentaba absorber cada detalle,
grabar a fuego en su memoria cada olor, cada color, cada textura, mientras el
aire del mediodía de la ciudad le acariciaba la cara como la sedosa mano de una
mujer. Cerró los ojos y se dejó llevar en aquella nube de tecnología y
exclusivismo que ni por asomo habría pensado él en poder abordar alguna vez.
Volvió a abrir los ojos para reposar la vista en los viandantes que a esa hora
se apresuraban por llegar a sus casas para recargar las pilas.
-
¿El gaucho loco? Si. Roberto Noblejas. Se que es algo tarde. Podría
reservarme un comedor. Para dos. Haga un poder, estamos llegando. De acuerdo,
le estoy agradecido. En cinco minutos estamos ahí.
Estaba impresionado por la seguridad de Roberto,
¡como mandaba!, Ea, un comedor privado, así, sobre la marcha, ¡que poderío!.
Gozaba como no recordaba haberlo hecho nunca.
Deseaba poder
cruzarse con algún conocido del lumpen que le viese de aquella guisa, para
luego poder demostrar que su cuna era su cuna y le daba acceso, siempre que el
lo desease, a estratos sociales que los otros ni podían imaginar. Echaba de
menos un banderín en la aleta del coche con sus tres topos negros que anunciase
a todos que quien iba dentro era alguien principal, y el a veces les contaba a
sus colegas que iba dentro, con su padre, cuando era chico, orgulloso,
importante, jurándose con candidez de infante que algún día él también iría
como su padre en un coche con banderín y todo. Luego las cosas tomaron otra
derrota y su singladura dio en otros puertos. Pero ahora lo importante era
disfrutar, paladear cada minuto, que no volvería a repetirse.
Llegaron a la zona de ensanche de la ciudad donde en
la acera de una amplia calle se prolongaba una marquesina de toldo que señalaba
junto con su alfombra rojo carruaje la entrada a un restaurante. Un empleado
rápidamente abrió la portezuela del coche y tratando a Francisco de “señor” le
invitó a descender. Auténticamente satisfecho bajo del coche sintiéndose importante.
Otro empleado ocupo el puesto de Roberto llevándose el coche, se suponía que a
aparcar.
Francisco se mostraba cortado, desde hacia muchos
años le cohibían aquellas situaciones sabiéndose gallina en corral ajeno. No
sabía si entrar, buscar a su mentor o salir corriendo. Estaba absolutamente
fuera de lugar y Roberto se dio cuenta.
-
No te asustes hombre, esto es como todo, fachada, solo fachada. Muchos
de los que ves aquí no son mas que sinvergüenzas como tú..., perdón, perdón, no
quería ofenderte, de veras, ha sido totalmente retórico.
-
No, que va, no me ofendo, si lo soy, por eso ahora me encuentro
viviendo esta fantasía como una cenicienta, espero que no den las doce
demasiado temprano y todo se me derrumbe.
El maître les hizo pasar al comedor que Roberto
había reservado minutos antes, acomodándoles en sus respectivas sillas. Una vez
instalados les preguntó solícito que aperitivo tomarían. Roberto declino por
los dos y solicitó la carta.
-
Aquí estaremos muy tranquilos al abrigo de miradas indiscretas. Podremos
hablar a nuestras anchas sin temor a ser escuchados.
Cuando les llevaron la carta, Roberto ni la abrió,
no tenía muchas ganas de comer, le interesaba sobre todo la historia que
Francisco tuviera que contarle.
Francisco abrió la carta con veneración, como si
tuviese en sus manos el incunable perdido con la vida de Santo Domingo. Fue
repasando detenidamente la relación de suculencias desde la primera página.
Pasaba la vista del nombre del plato al precio quedándose extasiado tanto con
la promesa de la palabra como con el dineral que costaba.
-
Don Roberto, todo es muy caro, no se...
-
No es caro, la relación calidad-precio es muy buena. Elige lo que mas
te apetezca y no mires la columna de los números.
-
Usted, ¿qué va a tomar?
-
Espárragos gratinados con salsa de eneldo, aquí los hacen exquisitos, y
luego delicias de cordero al natural. Pero tú come lo que te apetezca, a no
todo el mundo le gusta la salsa de eneldo.
-
A mi me apetece una sopa castellana con su jamoncito y eso, calentita.
En casa se hacia la mar de bien y luego un churrasco con patatas al horno, si
no es mucho.
-
¿Quieres unas gambas para picar antes?
-
A mi padre le enloquecían, nunca faltaban en casa.
-
¿Algo más?
-
No, de verdad, estoy un poco cortado con todo esto.
Vino el maître por la comanda.
-
¿Van a tomar algún vino?
-
Tráenos un rioja alavesa tinto
buenecito.
-
¿Un noventa y ocho, estaría bien?
-
Ese mismo. Ah y trae unas gambas para entretener la espera.
Cuando se quedaron solos, Roberto miro fijamente a
Francisco cuyos ojos se humedecieron.
-
¿Qué te ocurre?
Mientras se secaba los ojos con la servilleta de
lino exquisitamente bordada con las iniciales del dueño “PL”, bajo la cabeza
negando con ella porque el nudo en la garganta le impedía hablar. Finalmente se
serenó y pudo articular palabra.
-
Este debería ser mi sitio, el de mis hermanos, ahora de golpe se me ha
venido todo encima. Estoy agotado de engañarme diciéndome un día tras otro que
yo soy libre y no ellos atenazados por las convenciones sociales y el temor a
la perdida de privilegios, y no..., soy yo el equivocado. Torcí mi vida al poco
de estrenarla. No se si fui yo el culpable o mi padre con su disciplina
cuartelera, ¿sabe?, se arrestaba a si mismo cuando se saltaba el reglamento.
Quizá tuvo la culpa mi madre con sus disculpas y encubrimientos, ella decía
siempre que las madres debían tener una capa muy grande para tapar a los hijos,
pero es que yo necesitaba la capa entera para mí. Siempre fui rebelde, pero no
por serlo, sino que era caprichoso, si se me metía algo en la cabeza no cejaba
hasta conseguirlo y si me negaba a algo no había fuerza humana que me
convenciese de lo contrario. No le digo más que en el colegio finalmente
tomaron la decisión de colocarme un pupitre en el pasillo para que hiciese lo
que me viniese en gana, porque no tuvieron capacidad para sujetarme, de ninguna
de las maneras.
Entró el camarero con las gambas y a continuación
otro más con el vino. Después de la ceremonia del descorche y la prueba a cargo
de Roberto que con un leve asentimiento de cabeza dio su visto bueno sirvió las
enormes copas de balón y dejando la botella en una cubeta sin hielo se
excusaron los dos no sin antes desear buen provecho.
-
¿Ningún hermano tuyo ha sido tan rebelde, solo tú?
-
Solo yo. El quinto hijo del Excelentísimo Señor Don Salustiano Álvarez
Montano, General de Caballería y de Doña Elvira Ponciano de Chívite Asargurena
y Sánchez. A mi padre le pareció regular nada más que lo de Montano se perdiese
y decidió que un guión sería suficiente para dar algo de rumbo al apellido a
legar y que no quedase en minoría frente al de su santa esposa. En el colegio
siempre se hacían un lío con mis apellidos y siempre también, había rechifla,
porque esa es otra, mi padre, maniático, se negó siempre a que asistiésemos a
colegios privados, las hembras si, ellas a las Damas Negras. Esos apellidos se
salían siempre por la derecha del listado y eran causa de mofa hasta de los
profesores. Al principio, yo era muy pequeño aún, no entendía el motivo de
aquel revuelo, pero cuando comprendí la maldad que huroneaba detrás de todo
aquello reaccioné violentamente. Mi primera intención era matar a cualquiera
que se burlase. La paliza que le di a aquel compañero le costó tres días en la
cama y a mí una semana expulsado. Cuando yo vi la primera sangre después del
primer puñetazo en la nariz, la felicidad me hizo rugir de placer, me animé, me
excite, necesitaba mas sangre, sentado sobre él gozaba destrozándole a puñadas
los labios y ver su sangre en mis puños. Hicieron falta dos maestros para que
no le matase. Desde aquel día todos me respetaron pero me huían. Mi padre me
reconvino de forma oficial haciéndome comprender que la solución encontrada a
mis problemas debería haber sido la última, sin comprender, o comprendiéndolo,
que esa era, en un niño de mi edad, la única, no había gama donde elegir. Mi
madre solo lloraba en silencio. No se consiguió en el colegio que pidiese
disculpas. Cada vez que me cruzaba con aquel imbécil solo quería volver a
destrozarlo, el pensarlo me hacía gozar. Desde entonces nunca he tolerado a
nadie una agresión, del tipo que sea. Me trasformo y me hace gozar muchísimo
viendo sufrir a mi victima. No se crea usted que yo busco esa violencia, es
nada más que un fulminante que se dispara en mi cabeza, me ciega, me hace
disfrutar y me anula cualquier remordimiento. Aún hoy, cuando recuerdo aquel
niño debajo de mi, con los ojos enloquecidos de terror, sangrando como un cerdo
me congratulo de haberlo hecho y solo lamento que me hubiesen separado, mi meta
era matarlo, entonces no lo comprendía, hoy lo se.
Hacia pausas en su relato, que en sus labios parecía
algo natural y disculpable, para meterse una gamba en la boca o beber un sorbo
de aquel soberbio tinto riojano. No existía el más tenue atisbo de dolor en su
entonación, lo contaba como el que recuerda cómo le dieron un premio por haber
sacado buenas notas. Roberto estaba fascinado por la naturalidad con que
contaba aquel asesinato frustrado. Le miraba a los ojos, gris lobo, un color
ceniza sucia de profundidad abismal que irradiaban frialdad e indiferencia. No,
no le afectaba en absoluto su confesión lo que hacia suponer que lo que
estuviese por venir sería de órdago a la grande.
Entró el camarero al comedor con los platos. La
achicharrante sopa castellana y los exquisitos espárragos de Roberto. Después
de interesarse por si les faltaba algo con el deseo de buen provecho la puerta
cerrada volvió a dejarlos en la intimidad de aquel comedor de relajado, aunque
impersonal gusto, con la firma de un gran profesional en el arte de hacerte
sentir como en tu casa, que acabases de estrenar, por lo que te extraña como
ajena.
La sopa de Francisco conservaba el calor extremo
gracias a su continente de refractario por lo que los intentos de ingestión se producían infructuosos so
pena de despellejarse la lengua. Sin embargo los vapores etílicos del buen vino
le reclamaban una boca a punto para
explayarse. Se encontraba a gusto en aquel ambiente. Rescataba de su memoria
olores, texturas, sintaxis escuchadas, dirigidas a él, que creía definitivamente
perdidas. Deseaba compensar a aquel hombre por aquellas horas que estaba
sorbiendo por cada poro de su piel y estaba gozando como no recordaba desde
hacia siglos.
-
¿No te provocaba conmiseración aquel pobre niño indefenso a tu merced?
-
¡¿Indefenso?!. Aquel cerdo se burló de mí y de mi apellido y solo se
plegó cuando comprendió que ese no era el camino, que no podía jugar conmigo.
Nunca he dejado que nadie jugase conmigo, y el que lo ha intentado no ha vivido
para arrepentirse.
-
¿Qué no ha vivido?, ¿A que te refieres?. No me dirás que tú..., tú...,
¿tú has matado a alguien? Habrá sido sin intención...
-
No se crea usted que voy matando a la gente por ahí. Ha ocurrido en dos
ocasiones y no me arrepiento de ninguna de ellas, en las dos se lo merecían.
-
¿Te condenaron?
-
En la segunda ocasión me costó casi la vida a mi, dos años metido en un
agujero en el desierto, pero salí de allí..., y ahora ya me ve, mientras vivió
mi madre, a escondidas de mis hermanos me fue dando para ir tirando. Y eso
hacía yo tirarlo. Sufrió mucho conmigo, me alegro que este muerta, aunque nunca
perdonaré a mis hermanos que no me avisaran. Llegué aquel miércoles como cada
semana a verla, bueno, ¿para que engañarse?, a sablearla y me encontré la casa
cerrada. La portera me dio la noticia. Me irritó sobremanera; me jodió un
trapicheo que me habría dejado buenos beneficios. Cuando se me pasó me di
cuenta que se me había muerto la última y única persona que me quería y me
disculpaba hiciese lo que hiciese. Sentí la mas asquerosa de las soledades, la
absoluta soledad. En esa ocasión lloré, no me pregunte si por la perdida del
negociete o por la de mi madre. Ya está bien de sentimentalismos, la sopa debe
estar ya comestible.
Hundió la cuchara en la cazuela y sacándola se la
llevó a la boca. Un gesto de excelencia salió de sus ojos. Intentó demorar al
máximo aquellos momentos, saboreando cada gota de sopa, cada lasca de jamón,
cada trozo de huevo, cada ajo.
-
Está buenísima, pero no le llega a la de mi casa.
Continuó sin detenerse ya, hasta ver el final. Se
retrepó en la silla cuando acabó satisfecho.
-
Esto si que es vida. ¡Esta tenía que haber sido mi vida...,! de no
haber sido por aquel cerdo depredador, pero se llevó su merecido. De no haber
sido por aquel incidente habría terminado por sentar la cabeza, bueno, no estoy
muy seguro.
En ese momento esbozó una amplia sonrisa que se fue
trasformando paulatinamente en risa para rendir viaje en una sonora carcajada
que dejó a Roberto atónito y bosquejando una media sonrisa de compromiso esperó
hasta que su interlocutor dejo de reír. La extraña violencia de la situación
hizo que Roberto se felicitase de haber reservado el comedor.
-
Hacia tiempo que no me reía tan a gusto. No debería acabarse nunca este
momento. Estoy disfrutando.
-
Qué sucedió con ese, ¿como has dicho?, cerdo depredador. ¿Por qué se te
torció la vida?
Con un gesto de su mano izquierda hizo saber a
Roberto que no podía hablar hasta que vaciase la boca que tenía llena de las
gambas que aún quedaban en el plato. Hizo un esfuerzo por terminar de tragar,
se enjugo la boca con la servilleta y continuó.
-
Fui mal pasando por los diferentes colegios siempre envuelto en broncas
que resolvía de la forma más expeditiva. A mí alrededor se formaban corifeos de
aduladores que pensaban que era mejor tenerme de amigo. Les despreciaba a
todos; si hubiese querido habría tenido una banda, pero no me gusta tener
gilipollas a mi alrededor lamiéndome el culo, me gusta ir por libre y así sigo
y así me va. Cada vez que ascendían a mi padre nos trasladábamos de ciudad y
cambiábamos de colegio. Las hembras no, siempre internas en las Damas Negras,
en el mismo sitio. Casi terminando el periodo de escolarización obligatoria
había aprendido casi a controlar mis impulsos. Se me subía la sangre a la
cabeza por cualquier minucia, pero la conciencia de mi gran fuerza esgrimida
con la mayor violencia hacía que me obligase a contar hasta diez antes de
agredir.
Aquella vez yo no tuve nada
que ver pero mi fama me precedía y me tocó, por todas las veces que me había
hurtado a la responsabilidad. Teníamos un profesor de matemáticas algo
amanerado, no era mala persona, salvo que no sabía explicar y nos aburría
mortalmente en clase. Mi compañero de al lado, mientras él profe trazaba signos
y letras en la pizarra que nadie entendía, le llamó maricón al cubo. Se volvió el
pobre desgraciado rojo de ira e impotencia, soltó la tiza cuidadosamente en la
mesa y salió del aula. Todos felicitaron al ocurrente cuando se quedó la clase
sin férula. Al poco el bedel entró en clase y pronunció mi nombre. Me estaban
esperando en el despacho del director.
Aquella citación inmediata no me sonó nada bien. Nada más entrar y sin
mediar otra palabra el director me largó una hostia que me tiró contra la
puerta. Me fue materialmente imposible contar hasta diez. No se lo esperaría
porque no supo repeler mi ataque. Le golpeé y le machaqué hasta que dos
policías hicieron acto de presencia y con todas sus tablas en reducción de
delincuentes tuvieron que emplearse a fondo para separarme de mi victima.
Quería matarle.
Me condujeron a mi casa.
Todos sabían quien era mi padre, recién ascendido a general de brigada. Cuando
mi madre me vio llegar escoltado por dos policías por poco si se muere del
susto. Poco después se presentó mi padre. Nunca le había visto tan pálido.
Gruesas gotas de sudor le caían por la frente y no hacía calor como para eso.
Sin mediar palabra me indicó con la cabeza que le siguiera. Ya en su despacho,
con toda la frialdad de la que era capaz me invitó a despojarme de la camisa.
En ese instante entró mi madre en la estancia, mi padre la despachó furibundo,
como jamás hasta entonces había visto tratarla. Desenfundó su pistola
reglamentaria y la empuñó con la izquierda mientras que con la derecha se
despojó de su cinto. Me juró que si durante la ejecución del castigo me movía
un solo centímetro me metería una bala en la cabeza. Y allí apoyado contra su
mesa de despacho el cabrón del general me azotó y me azotó hasta que caí
desmayado de dolor. Estuve diez días boca abajo en la cama mientras curaban las
heridas, que eran profundas, pero no tanto como las que dejó en mi corazón. Le
odié y aún le odio, muerto y todo le odio, no por lo que me hizo a mí sino por
la manera desconsiderada que trató a mi madre y por no haber sido capaz de
haber escuchado mi versión de los hechos. Ya sabe usted de qué son las
cicatrices de la espalda.
La puerta del comedor se abrió y entraron dos
camareros, mientras uno de ellos retiraba los platos y llenaba las copas de
vino el otro nos depositaba los segundos platos delante. Tras preguntar si
necesitábamos alguna cosa más se retiraron volviendo a dejar el comedor en la
intimidad. Francisco tenía cara de sufrimiento, rememorar otra vez aquel
acaecido no le había sentado nada bien.
-
Francisco si te resulta doloroso seguir, por favor, te rogaría que lo
dejases para mejor momento.
-
No, usted quería saber y lo va a saber.
Aquel curso lo suspendí
entero y al siguiente me encontré con el regalo de ser enviado a un colegio
interno de religiosos expertos en muchachos difíciles. No me fue difícil
adaptarme, en líneas generales todos eran mas o menos de mi cuerda y nos
limitábamos unos a otros bastante bien. La disciplina era ruda, pero como era
para todos igual se sobrellevaba bien. Lo que mi padre consideró que era un
castigo a mi sentó bien y estudiaba a gusto, la vida estaba perfectamente
regulada sin un solo minuto de ocio, sin una concesión a la molicie.
Me va a permitir que ataque
el churrasco, que se va a enfriar y está rogándome que le haga los honores.
Comenzó a consumir su plato con fruición paladeando
cada trozo de carne a la brasa y deleitándose a cada bocado. No volvió a decir
ni palabra hasta que hubo dado cuenta de toda la carne. Cuando terminó se
limpio los labios con la servilleta con autentica clase, en un gesto de esos
que tiene que ser aprendido desde la cuna y ejecutado con soltura porque sino
no pasa de ser una mueca ridícula y afectada.
-
¿Por donde íbamos?, ah si, estaba en el internado feliz de llevar una
vida ordenada y aparentemente útil, comenzaba a reconciliarme conmigo mismo y
aprendía a moderar mis impulsos por el medio de limarme las aristas contra
otras de otros compañeros más duras que las mías. Comencé a elaborar un futuro
para mí. Aquella vida me gustaba, seguramente continuar mi carrera en la
Academia Militar sería lo más adecuado, lo más parecido a lo que estaba
experimentando, y con un padre general, muchos obstáculos se allanarían. Pero
todo se fue al garete. En el tercer trimestre, faltaba un mes para acabar el
curso, el tutor me llamó a su despacho. Comenzó alabando mi evolución durante
el aquel año y el buen informe que iba a emitir de mi ejecutoria. Me sentí muy
orgulloso. Le dije que mi intención era prepararme para ingresar en la Academia
Militar y me felicitó por ello, estuvo de acuerdo que era lo mejor para
canalizar mi ardor en el encare de la vida. Hasta ese momento todo se
desarrollaba de la forma más correcta, hasta que los hados del destino se
confabularon contra mí.
Aquel hombre, no sé porque
tuvo que reaccionar así, se levanto de su silla y se encaró conmigo, me cogió
por las mejillas con sus manos y me estampó un beso en la boca. Me quedé
petrificado y mientras conseguía reaccionar me susurraba en el oído que le
tenía loco desde que llegué al colegio, que necesitaba amarme. Le empuje lejos
de mi violentamente y cambió el tono de su voz. Me amenazó con cambiar su
informe, que iba a ser de tal jaez, que me sería imposible ingresar en ningún
tipo de Academia de nada. Yo quería ingresar en esa Academia, había encontrado
al fin mi camino, se me subió la sangre a la cabeza, pero me dominé, me di la
vuelta para salir de allí pero el se lanzó contra mi abrazándome por la espalda
mientras dirigía su mano a mi entrepierna. Aquello rompió todas las amarras que
había conseguido arbitrar para mantener la cabeza serena. Me volví, lo que el
interpretó como que yo cedía a sus requerimientos; una sonrisa babosa y lubrica
le cruzo la cara, me pasó sus brazos por la cintura y me atrajo a él
relamiéndose por lo que ya suponía un glorioso episodio del sexo mas asqueroso.
Me inundó la frialdad mas relajada, me fui dejando hacer y despacio, gozando
por lo que ya había decidido hacer, le rodeé su cuello con mis manos. El pobre
diablo pensó que mis intenciones era darle la replica a sus deseos y para
cuando se dio cuenta ya tenía la nuez rota. Le clavé mis pulgares con saña, con
fría crueldad y apreté hasta que el cartílago crujió bajo mi presión. Desorbito
los ojos emitiendo sonidos guturales de bestia herida de muerte, se fue
poniendo morado hasta que con sus manos echadas a su cuello y sin parar de
pedir ayuda con sus ojos saliéndosele de las orbitas perdió el conocimiento y
empezó a convulsionar hasta que se fue quedando quieto y se detuvo del todo. No
sentí piedad un solo momento, me alegré de haber hecho justicia. ¡Cuantos antes
que yo habrían pasado por ese trago!, ya nunca nadie volvería a sufrir
agresiones de ese cerdo. Se lo merecía. Permanecí allí unos minutos mas, sin
moverme, considerando la posibilidad de que no hubiese muerto. Finalmente me
convencí de mi trabajo bien hecho y le propiné una patada con todas mis fuerzas
en el pecho. Escuche claramente el crujir de las costillas al fracturarse. Me
regocijé. Le escupí en la cara y me fui satisfecho.
Al primer compañero que me
crucé se lo dije. Me felicitó, al parecer los veteranos del colegio estaban al
tanto de los manejos de aquel cura y nadie me lo había dicho nunca. Después de
los parabienes adoptó un gesto serio y me dijo que debía marcharme, más tarde o
más temprano me descubrirían. Me llevó a ver a otro compañero un año mayor que
nosotros que me dio la idea. En la Legión no se pregunta más que la edad y el
nombre. Yo tenía dieciséis años y el mismo cuerpo que ahora con algún kilo más,
no sería difícil. Me dijo donde se encontraba el banderín de enganche y a pesar
de sentir que toda mi vida se había desecho en mil pedazos no me arrepentí.
La puerta del reservado volvió a abrirse. Entraron
el maître y un camarero que se aprestó a recoger los servicios en silencio y
con profesionalidad. Cuando se hubo retirado, el maître les preguntó si
querrían postres. Roberto pidió un sorbete de limón y Francisco se apuntó a lo
mismo.
-
¿Tomaran café?
-
Déjelo, lo tomaremos en el “Irlandés borracho”. Tráigame la cuenta.
Les volvieron a dejar solos. Roberto miró fijamente
a los ojos a Francisco, intentaba penetrar la mente de aquel hombre que había
sido capaz de asesinar a un hombre sin inmutarse y pasados los años era capaz
de relatarlo como el que ha hecho una hazaña. Empezó a inquietarse. No estaba
muy seguro que fuese muy buena idea hacerse acompañar por aquel personaje del
que no sabía más que lo que él quisiera contarle. Por otra parte le producía
conmiseración aquel ser, que desde el cielo, habíase visto descendido a los
infiernos y allí quedó confinado sin posibilidad de redención.
Francisco sostuvo la mirada de Roberto. Aquel cruce
de miradas le intrigaba. La penetrante mirada de aquel hombre, esos ojos
escrutando, sin saber bien el que, no terminaba de entenderlo. Cómo se le
ocurriese, por lo mas mínimo, intentar cualquier cosa rara le mataría. Aquella
comida, aquel interés..., le resultaba intrigante. Roberto era mas joven que
él, no parecía..., aunque el estaba harto de ver degenerados de todo tipo.
-
¿Entraste finalmente en la legión?
-
Me asusté. Lo cierto es que a medida que trascurrían los minutos y el
hecho perdía el dramatismo de lo inmediato y los compañeros me daban palmaditas
en la espalda para apartarse de inmediato con cualquier excusa, se me
comenzaron a erizar lo vellos. Estaba muerto. Me
imaginé la carcel. Un horror, tenía dieciséis años tan solo; en aquel colegio, medio reformatorio, se
comentaba que en la cárcel a chavales de mi edad les violaban hasta
desfondarlos.
A pesar del recuerdo del
duro castigo que recibí de mi padre decidí acudir a él. Algo en mi interior me
decía que no estaba mal hecho lo que había hecho, que mi padre encontraría en
la defensa de mi dignidad de hombre suficiente excusa para mi crimen.
Me escapé. Llegué a mi casa
de noche. En cuanto me vio mi madre se sobresaltó. Le conté lo ocurrido y con
cara de horror solo supo caer de rodillas y con las manos juntas rezar y rezar
sin parar mientras lloraba sin consuelo. Allí la dejé, con su pía soledad y me
dirigí al despacho de mi padre. Estaba dispuesto a que me matase y se acabase
allí todo, a mi edad me estaba empezando a cansar de tanto problema, de
verdad, no me importaba un comino morir.
Al verme entrar mi padre se
puso en pie. Amenazador me preguntó que hacía en casa. Se lo conté todo,
desapasionadamente, plano, en escala de grises mientras el escuchaba hierático,
impávido, sin quitarme la vista de encima y sin pestañear. Cuando terminé se
quedó callado un buen rato. Yo suponía que me iba a ser imposible terminar, que
a las primeras de cambio se levantaría tirando por los aires el mobiliario y me
machacaría sin piedad, pero no. Después de un buen rato en que creí adivinar
que se le humedecían los ojos levantó el auricular del teléfono. Pensé que ahí
acababa todo, seguramente iba a llamar a la policía. Me resigne a lo inevitable
y de forma cansina inicié el regreso donde se encontraba mi madre, a buscar
inútil refugio. Con una potente, seca y
cortante voz me ordenó que volviera a sentarme. Habló con su amigo Gervasio
quedando con él que esperaríamos en casa. Después de todo, pensé, mi condiscípulo
no estaba muy descaminado; el tal Gervasio, compañero de Academia de mi padre,
aún Coronel, lo era de un Regimiento con destacamento en África. Mi padre le
contó por encima lo sucedido y el estaría de acuerdo, porque mi padre, poco
dado a los parabienes, le dio las gracias de todo corazón. Cuando colgó el
teléfono me dijo que estaba orgulloso de cómo había defendido el honor del
apellido aunque había sido muy extremista. Gervasio me ha dicho que estás hecho
todo un hombre. Me confesó que el habría hecho lo mismo, los maricones eran
basura y no había que tener piedad con ellos.
Entró en ese instante el camarero con los sorbetes
de limón, helados, y la factura. Roberto sacó una tarjeta y la deposito en la
bandeja. El camarero se la llevó dejándolos solos otra vez.
-
¿Qué ocurrió entonces?
Francisco se encogió de hombros y sin contestar se
llevó el sorbete a la boca.
-
¡Excelente!.
Hizo una pausa entornando los ojos y esbozando una
sonrisilla pícara, satisfecho de saberse escuchado, sabiéndose administrador de
silencios y dominador de esa situación.
-
¿Qué que ocurrió?, lo que no podía ser de otra manera. El Coronel con
el que habló mi padre estaba en su destino. En cuanto colgó llamó al
destacamento de nuestra cuidad y le pidió al Capitán de Cuartel que enviase a
casa un Sargento y dos legionarios a recogerme, me acababan de alistar de
corneta con destino en África. Nunca supe si me buscaron o no. A mi padre no
volví a verle. No salí de África, rotando por diferentes destinos. Cuando
cumplí los dieciocho me llamó a su despacho Don Gervasio. Me dio dos noticias;
mi padre acababa de morir y no iba a dejarme marchar y debía firmar el papel
que me puso delante que me ligaba por diez años a la Legión. Antes de
cumplirlos deserté.
-
¿Y? ¿Qué pasó en esos años? No creo que transcurriesen como una balsa
de aceite.
-
Hubo de todo. Volví a matar a sangre fría, creo que con razón. Llegué a
aquel acuartelamiento con impronta de maricón. ¡Fíjese!, yo, precisamente yo.
Al parecer por una información parcelaria y distorsionada cogida al vuelo de la
conversación del Capitán aquel que me envió al Sargento, entre ellos dos,
entendieron que mi padre me desterraba porque me habían echado del colegio por
querer trabajarme un cura. ¡Ironías!. Un cabo, desde el primer día, me cogió
entre ojos. Se dirigía a mí como nena, pero sabía que estaba bajo tutela del
Coronel y no se atrevía conmigo. Cuando al año de firmar mi contrato Gervasio
fue destinado al Cuartel General del Ejército quedé indefenso, entre comillas.
Yo, después de tres años allí, estaba lo suficientemente bragado como afrontar
embestidas de hijos de puta como aquellos. A los cinco meses de irse Gervasio
me destinaron a un destacamento avanzado en el desierto, donde estábamos
permanentemente en alerta porque los roces con supuestos miembros de
organizaciones terroristas eran continuos. No eran más que moros regulares
disfrazados que nos hostigaban constantemente para incomodarnos y tener bazas
de negociación política. La vida era allí dura, pero las extremas condiciones
de soledad y peligro hacían que fuésemos un grupo fuertemente cohesionado, si
no nos protegíamos entre nosotros acabaríamos todos a allí. Aquellos primeros
tres meses creo que los recuerdo como los mejores de mi vida. Me sentía útil y
la camaradería era total.
-
¿Total?
La pregunta de Roberto llevaba carga de profundidad.
Su rostro se tiño de duda y desconfianza a la vez que de escepticismo.
-
Si con total, se refiere a que si manteníamos relaciones sexuales, no
como usted las ha pensado. Lo único que pasó y lo acabo de recordar ahora por
su mención es lo siguiente.
Hágase cargo de las edades
de los que allí estábamos. El mas joven era yo con diecinueve y el mas mayor un
sargento con treinta y seis, casado además. En aquél desierto no había muchos
sitios en los que esconder la intimidad sexual y eso que era la única válvula
de escape a tanta tensión. Se nos relevaba cada seis meses. Dormíamos en
barracones prefabricados, de día nos asábamos y de noche nos congelábamos.
Aquel día estaba yo franco y me encontraba en el barracón, el calor, el
sudor..., y la edad. Comencé a masturbarme, lenta y placenteramente. En ese
momento entró en el barracón un compañero y yo no le escuché, al llegar a mi
altura y verme y verle yo, nos quedamos los dos quietos, serios, mirándonos a
los ojos. El hecho de encontrarme en esa situación no me arredró, sino que me
provocó aún más excitación. No conocía esa faceta mía de exhibicionista. Sin
dejar de mirarnos. El muchacho, Vicente se llamaba, muy callado siempre, allí
de todas formas no había mucho de lo que hablar, se desabrochó su pantalón y al
lado de mi catre, pero no muy cerca ¡eh!, comenzó a masturbarse también. Cuando
terminamos cada uno por nuestro lado sin quitarnos la vista de encima el uno al
otro, cada cual se vistió y sin mediar jamás ni media palabra salió fuera.
Nunca comentamos nada de aquello y nunca volvimos a hacer nada parecido. Muchas
veces me he preguntado el porqué de aquel comportamiento pero no me preocupó
demasiado. Lo mío sin discusión son las mujeres. He pensado que aquellas
condiciones tan extremas siempre en peligro de una escaramuza en la que
podríamos perder la vida permitían esos deslices. Cuando me refería a la
camaradería no incluía el sexo. Es solo su imaginación la que volado según sus
propios fantasmas. Piénseselo bien, quizá tenga un problema.
-
No Francisco, por dios, no se piense lo que no es, lo último que se me
habría ocurrido...
-
De acuerdo, disculpado.
Entró el maître con una bandeja con el recibo y la
tarjeta de Roberto. Firmo el recibo, dejó un billete pequeño de propina y se
levantó. Francisco se quedó sentado.
-
¿Ya nos vamos? ¿No le interesa saber cómo terminó todo?
-
¡Claro!. Vamos a ir al Irlandés Borracho, ponen unos irlandeses
fenomenales, los mejores, allí se está bien y podremos continuar. Si tú
quieres, naturalmente.
Levantándose de la silla y apoyando su mano en la
espalda de Roberto le cedió el paso amablemente para poder salir detrás de él y
de esa manera llevarse el billete que Roberto había dejado de propina. Pensó
que no había sido tan mala idea aceptar la invitación, la comida había sido
opípara y quizá, quizá...
-
Naturalmente que quiero, un café irlandés es lo que me hace falta a mi
ahora.
Salieron a la calle, momento en el que el portero
hizo una señal al aparcacoches que transcurridos unos instantes depositó
suavemente el BMW delante de su dueño. Roberto le entregó unas monedas y se
introdujo en el coche. Francisco hizo lo propio. Recorrieron tres manzanas para
dejar el coche en un subterráneo desde el que, tras caminar unos minutos,
entraron en el Irlandés Borracho. Tomaron asiento en una mesa apartada,
iluminada por un velador que creaba una atmósfera de intimidad proclive a la
confidencia. Se acercó un camarero ataviado con un mandil que le llegaba hasta
los pies de un blanco restallante. Llevaba en un mano una libreta de comanda y en
la otra el bolígrafo.
-
Buenas tardes. ¿Van a tomar?
-
Si, yo un irlandés, ¿y tú, Francisco?
-
Otro. Es bonito este lugar. ¿Viene mucho por aquí?
-
Solía venir bastante con mi mujer.
-
¿Solía?, ¿Viudo?, ¿Divorciado?
-
De momento separado. Desde ayer. Ayer mi mujer me abandonó por mi mejor
amigo.
-
Vaya, lo siento por usted. No soy yo el único que tiene una historia
amarga. Tiene que haber sido un palo. Lo siento otra vez.
-
No tiene ya importancia. La verdad es que con tu relato se me había
olvidado, pero ha sido todo un espejismo. Duele, ¿sabes?, duele. Yo la quiero y
la he perdido.
-
Pues lo lamento por ti, pero las cosas se pierden cuando se descuida
uno durante mucho tiempo, se te olvida que hiciste con ellas o donde las
pusiste y cuando quieres acordar son irrecuperables. Mírame a mí, abandoné mi
sentido común y aún no le he encontrado.
A Roberto no se le paso por alto el cambio de
tratamiento. Durante toda la comida le había estado dando el usted de respeto y
ahora, ya, le tuteaba. Le aproximaba a él, les igualaba. Sin saber qué, algo
comenzó a inquietarle. No conocía a Francisco de nada y le estaba dando
demasiadas confianzas. Su instinto le decía que, como fuese, debía romper esa
incipiente relación. Era menester acabar aquello cuanto antes. Y encima se
permitía darle consejos morales. Intolerable.
El camarero trajo los dos cafés y se retiró.
-
Perdona Francisco, me estoy orinando, ahora vengo.
Se levantó de su asiento y se encaminó al servicio.
Nada mas llegar sacó el móvil y marco el teléfono de Esther.
-
¡Hombre Roberto! No sabes las ganas que tenía de hablar contigo. ¿Sabes
la que me jugo tu mujer?
-
No espera. Llámame dentro de cinco minutos y dime que hago falta en el
hospital.
-
¿Qué pasa?
-
Ya te lo contaré luego. ¿Dónde estás?
-
En casa de Blanca. Anoche murió su madre y la estoy acompañando. Pero
¿qué te pasa?
-
No tengo tiempo ahora. Haz lo que te he dicho.
Se guardó el teléfono y salió camino de su mesa.
Encontró a Francisco cómodamente arrellanado, instalado, con la copa en la
mano.
-
Si que tenías ganas de mear, eh tío.
La perdida de distancia era ya total. Se encontraba
a sus anchas creyendo que de ahí en adelante su vida iba a ser esa. Roberto
vaciló un poco sorprendido de las familiaridades.
-
Pues si. Bueno Francisco, ¿qué pasó después?
-
Después de qué.
-
¿De qué va a ser? Después de lo de aquel destacamento en el desierto.
-
¡Ah!, si. Cuando nos quedaban dos meses de estar allí, ¿te acuerdas de aquel
cabo que me llamaba nena?
-
Si.
-
Pues bien, en el convoy de abastecimiento que llegó aquel mes le traía
destinado a nuestro destacamento, degradado, luego nos enteramos que en castigo
por haber violado a una niña. Se dedicó ha hacerme la vida imposible. Le maté. Le
rebané el pescuezo. Luego le corte la cabeza con el machete y la tire en medio
de la nada.
A Roberto se le erizaron los vellos. Cada vez le
gustaba menos. Otra muerte. Sádica. No mostraba ninguna emoción al contarlo,
¿cuántas mas habría? No sabía si era un fabulador quedándose con él o un
psicópata peligroso. El sonido del teléfono vino en su ayuda.
-
Me vas a tener que perdonar Francisco me llaman del hospital, acaban de
ingresar a un paciente mío con una crisis.
-
¿Te vas entonces? Déjame algo de pasta, estoy seco. Tenemos que
terminar esta conversación, eh tío.
-
De acuerdo, ya la terminaremos. Ahora me voy.
Le tendió un billete de veinte.
-
¿No has probado tu irlandés?
-
Tómatelo tú. Yo pago la cuenta.
Se dirigió a la barra pago la consumición y salió a
la calle. Caminando hacia el aparcamiento subterráneo se sintió liberado. Los
acontecimientos habían tomado un color que debiera haber previsto. Esperaba no
tener que volver a encontrarse en la misma situación.
Cuando colgó el teléfono aún tenía el corazón
acelerado por el sobresalto de la llamada. Rápidamente se hizo con el control.
De un salto se metió en la ducha, que tomó deliberadamente fría para
despejarse, se vistió a la carrera y en menos que nada estaba en su deportivo
camino del tanatorio.
Aparcó su coche y con paso firme y decidido fue
abriéndose paso por entre los grupos de dolientes con los ojos programados solo
para ver a Blanca. Cada segundo que pasaba le aumentaba la angustia de saber a
su gatita desamparada y no estar ella para consolarla. Finalmente llegó hasta
el set en el que se encontraban Esther y Blanca. Nada más entrar se abalanzó
hacía ella con tal ímpetu que casi no le dio ni tiempo a levantarse de la silla
en la que demoraba su dolor. Al
estrecharla en sus brazos grandes y fuertes se sintió cobijada y pudo relajarse
al fin, llorando mansamente lágrimas de las que curan heridas profundas. Nunca
pensó que iba a encontrar tanto apoyo en quien se recreaba en llamar a solas su
caballo blanco. Lloraba tanto de gratitud hacia él como de remordimiento por
haberse aprovechado de su dinero. Al estrecharse contra su pecho, por vez
primera sintió algo que no era el aguijón de la necesidad de mantener a su
madre. Se dio cuenta que le había tomado cariño sin darse cuenta.
-
No te merezco Larry, amor mío.
-
Calla ahora. No es el momento. Además, todo lo que tu me puedas decir
casi con seguridad lo se yo. Soy viejo pero no falto de conocimiento. Solo
esperaba que llegase este momento aunque hubiera preferido que se suscitase en
otras circunstancias. Pero bueno está. Ya hablaremos cuando todo esto termine.
Entró en ese momento un funcionario reclamando la
presencia de un familiar para la firma de los permisos de enterramiento.
-
Esther por favor ve tú.
-
¿Es usted familiar?
-
No, soy una amiga nada más.
-
Lo siento...
-
Yo te acompaño Blanca, yo te acompaño. Si tu quieres, claro.
La había llamado por su nombre. Siempre había usado
el cursi gatita para dirigirse a ella. Ahora no, ahora era ya Blanca, algo más
que un cuerpo y una experiencia de cama, era una persona que merecía todo el
respeto y tenía el derecho a decidir, ya sin dinero por medio, si quería estar
o no con el. Quedó sola Esther en aquella inhóspita sala pensando en la suerte
de aquella mujer que había podido morir conservando su cuerpo entero, aunque su
mente hiciese tiempo que había dejado de habitarle. El ser humano llega a un
callejón sin salida cuyo único escape es la muerte, intentar buscarle
sucedáneos al luminoso camino con tal de no abandonar la tierra es a cambio de
entregar trozos de si mismo llegando al punto de tener que finalmente entrar
por el aro sin reconocerse a si mismo de mutilado que se está. Y lo malo, se
dijo esbozando una escéptica sonrisa, es que esos trozos nos los cobramos
nosotros, al halar inútilmente hacía esta vida lo que ya no tiene sentido sino
en la otra, si es que hubiera otra. ¡Que ganas de encarnizarse con un pobre
despojo humano que no puede ni defenderse de nuestra prepotente soberbia! Se
levantó y echó un vistazo de cariño. No la conoció animada de vida, solo de
estatua yacente pero la imaginaba cálida y amorosa educando y sacando adelante
a su hija sin el concurso de su padre. Merecía poder descansar. Salió de la
sala de duelo y se fue a las oficinas a apoyar en esos trámites fríos y crueles
en esos trances a su compañera y desde entonces amiga. Llegó en el momento en
que el funcionario anunciaba que la inhumación debería efectuarse al día
siguiente, no esa mañana que alboreaba ya, sino la siguiente.
-
El certificado de defunción marca la hora del óbito a las doce de la
noche, al tener que respetar las veinticuatro horas que marca la ley...
-
¿Pero cómo vamos a estar otro día más aquí?
-
Cálmate cariño.
-
Yo me permitiría recomendarles que se fuesen a casa, descansasen y
regresasen mañana para el entierro. Aquí poco pueden hacer ya para ayudar a su
pariente.
-
¡No voy a dejarla sola! Pobrecita mía, se va a quedar sola.
-
Blanca por favor, estas destrozada. Vamos a tu casa te duchas, te
cambias y descansas un poco, luego si quieres volvemos. Yo también necesito
descansar y tendré que ir al hospital a disculparme, a ver quien me cubre el
turno, yo no soy familiar y no tengo derecho a días.
El último argumento pareció convencer a Blanca que
se limitó a esconder su cara en el pecho de Larry y seguir sollozando.
Cuando llegaron a su casa Larry la condujo al
dormitorio solicito como nunca lo había sido, la convenció para que se acostase
y se quedó a su lado. Sosteniéndole las manos entre las suyas la cubría de
dulces besos. Finalmente se quedó dormida. Esther anunció que se iba a duchar a
su casa para ir después al hospital y que traería algo para comer cuando
regresase.
-
Yo me quedo aquí con ella. Te esperaré aquí.
Cuando estaba llegando a la puerta sintió que Larry
la llamaba.
-
Esther.
Se detuvo en su camino sin fuerzas para volverse y
contestó.
-
Dime Larry.
Sin separarse de la cama donde Blanca dormía ya
profundamente, Larry levantó algo la voz
para que no quedase lugar a dudas de su mensaje.
-
Gracias por acompañar a Blanca. La quiero, sabes, más de lo que yo
mismo creía. Gracias otra vez.
-
No hay porqué Larry. Lo he hecho con mucho gusto. Hasta después.
Sonrió cansadamente, abrió la puerta y se marchó.
4.11.12

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