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miércoles, 13 de mayo de 2020

CRUCE DE CAMINOS

El Dolor es el Motor de la Felicidad.

A mi edad. Nunca habría imaginado un cataclismo así, después de no se que cuantos hijos, varios y ya zagalones nietos y una vida de moderado éxito, profesional y personal. Y ahora...
Nada de lo que hacemos o en lo que participamos es inocuo o no tiene repercusiones solo hace falta el dispositivo de arranque adecuado para que un motor, que ni sabíamos que existía se ponga en marcha y sin saber donde tiene el pedal de freno nos haga estrellarnos contra el muro de una realidad que negamos y a la que nos negamos a aceptar.
Por partes. Coqueteo ya con la octava década de mi vida y sospecho que mucho más allá no alcanzaré a llegar. Se entretiene uno con actividades inocentes, como twitter. Pero no, no nos engañemos, nada es inocente; y leí: "que peligroso que me besaran en mis mejillas una tez suave y en la otra una barba mullida..." seguía más el tweet pero ya no alcancé a leerlo, porque como si de un viaje en el tiempo se tratara me encontré en el Aula Juan de la Encina dando saltos escuchando música celta con mis amigos Asun (ya andábamos nosotros tonteando) y Andrés que también le hacía tilín.
Asun era una mujer excepcional, rotundez en las carnes, una sonrisa franca y una voz de ángel. Escucharla Alfonsina y el mar, era llorar a moco tendido y desear consolarla a ella que con su guitarra a cuestas se la cantaba a quien se lo pidiese. Asun era así, y si te decía que quería tener sexo oral contigo ("solo me interesa de ti el sexo oral,  Pedro") no podías tomártelo a mal, porque no había más morbosidad en ello que el mismo hecho sexual. Como si te decía que había quedado con una amiga para acariciarse mutuamente y por eso no podía ese día salir contigo,  y lo decía sin el menor asomo de sonrojo. Pero si le decías que bonito llevaba el pelo, o lo bien que le sentaba el poncho se ruborizaba y hasta lloraba de apuro. Diría que mi amiga Asun era tan libre e inocente como una Eva en el paraíso.
Andrés, de familia de abolengo (no voy a decir de donde, que se sabría de quien hablo) era un larguirucho, rompetechos desgarbado, muy inteligente y volcado en sus estudios. Le presionaba mucho tener que dar la talla ante toda una saga de profesionales de éxito, desde el  bisabuelo hasta él que era en ese momento al que le tocaba tomar el estandarte de la familia. Por eso quizá andaba siempre como despistado y ensimismado en su mundo.
De mi ¿Qué decir? Vida de balarasa, con cara de monaguillo del Vaticano pero con más peligro que un chimpancé con metralleta, hasta que, ya mayorcito me di cuenta que ese no era camino y me  centré en estudiar. Por ser unos años mayor que los demás y una experiencia de vida (mala vida) a años luz llamaba la atención, de unas y de otros, que llevaba yo un bagage que me permitía darme cuenta de lo que pasaba y no pasaba a mi alrededor (cuando dije lo de balarasa incluye, las palizas de mi padre, las lagrimas de mi madre y las peleas del colegio y lo sucedido tras la expulsión, pero eso es ya otra historia, que decía Kipling)
En esa época de mi vida, sin embargo yo era ejemplar.
Pero volvamos a aquella noche en Juan de la Encina. Se acercaba fin de curso, Andrés y yo sabíamos ya hasta el numero de matriculas que nos iban a dar, y Asun el numero de suspensos (Asun era así, sabía que en ello le iba la beca con la que poder seguir estudiando, pero su sonrisa no se le caía de la cara) teníamos suficiente cerveza en el cuerpo como para estar desinhibidos y el grupo irlandés que tocaba música celta se lució. Estábamos todos eufóricos.
Hubo un momento en que Andrés por un lado y yo por el otro besamos las mejillas de Asun lo mas cerca que pudimos cada uno de sus  comisuras. Y hubo un instante, un parpadear de ángel, un aleteo de mariposa que Asun nos dijo con su sempiterna sonrisa: "Ahora vosotros, que los hombres también se quieren y nos empujó las cabezas suavemente hasta que nuestros labios, los de Andrés flanqueados por su rala barba y los míos solo por el bigote que en aquellas fechas llevaba, se fundieron en un beso. Pero no fue un beso robado, fugaz, huidizo, no. Fue un beso consentido, en el que me vi sorprendido porque Andrés me sostuvo con sus manos la cabeza. Nunca lo habría imaginado, la verdad. Fueron quince segundos, no más, se insinuaron las lenguas y cuando parecía que la cosa iba a mayores, Asún dijo  "Bueno, chicos, que yo también quiero" y soltó una de sus carcajadas limpias y espontaneas. Andrés se separó de mi boca sin soltarme la cabeza, a muy corta distancia me horadó los ojos  con una mirada intensa, lo noté y se separó. Ya no volvió ni a mirarme a mi ni a Asun, ya no saltó ni palmoteó más y en cuanto acabo el concierto se disculpó y se fue.
Desde aquella noche Andrés tomo otro camino; quedaba un curso para acabar la carrera y su hermano mayor le había insistido en empezar a preparar las oposiciones antes de terminar. Asun se quedó retrasada de curso y desapareció unos meses. Se fue con otro bardo, al que yo conocía de lejos, a cantar por ahí. Yo acabé mi carrera y me fui a ejercer lejos.
Ese tweet me trajo a la memoria aquel beso dado con conocimiento de causa a otro hombre. Ya con la edad, puedo tomarme la libertad de desechar el alcohol o la euforia como justificante de aquello. Yo se lo que sentí en ese instante, como se que Andrés también lo sintió. Supongo que en la década de los setenta, dejarse llevar por según que sensaciones, podía ser complicado y la sensatez se impuso ayudada por continuar un camino ya desbrozado por decenas de generaciones en lugar de querer meterse en un jardín espantoso de ausencia de senderos y plagado de carnívoras.
Hoy, no me arrepiento de la vida que he llevado ni del camino ¿fácil? y no me queda ya mucho tiempo para dolerme del giro que pudo haber tomado mi vida con fondo de música de flauta y violín.

Con mi hija pequeña en el mundo, Asun se hizo con mi dirección y me mando una carta sencillamente pornográfica, haciendo memoria de nuestros encuentros y como podrían ser en un futuro. Se la enseñé a mi mujer, antes de que la tentación  (Asun era tremenda en la cama) hiciese presa en mi aún juventud treintañera. Mi mujer se encargó de contestarla, no sin antes montarme un dos de Mayo y Asun desapareció para siempre. Tampoco me arrepiento de eso.

viernes, 25 de abril de 2014

GUADIANA


GUADIANA

Como un Guadiana moroso
Unas veces lento y grande
Otras urgente y precioso,
Tímido y arrogante a la vez
Que se esconde de sí mismo,
Bajo la tierra que alienta,
Para salir cuando exulta
En unos ojos que miran
Y ven los cielos; remansos
De vida, paz y belleza,
Escondiéndose otra vez,
Porque el dolor de ser grande
Da pesar por no creer en sí,
En el valor del que mira y no ve,
Cree que su río se fue;
Como se van los poetas
Encadenados a su verso vil
Por denunciar imposturas
Y nadie quiere escuchar
Que la verdad es del que fluye
Como el río en realidad,
Que como ese poeta maldito
Está trabajando a destajo
Sin que pueda adivinársele,
Ningún trabajo,
Que es el de dar vida a la tierra
Como el poeta da vida a las almas
Con los versos callados
Como las aguas ignotas
Serenas, silenciosas y tercas
Que terminan por salir
Y fecundar esas tierras
Que se creían yermas
Como yermas parecen las almas
Hasta que las riegan los versos
Del poeta que denuncia
Que la verdad está muerta
Pero va a resucitar
Por milagro de palabras
Que se escriben sin cadenas
Como el Guadiana fecunda
Esas tierras secas que florecen
Al llegar la primavera
Y visten de blanco los valles
Porque un agua fresca y clara fue recia
Y no se rindió subterránea,
Como no se rinde el poeta
Que clama a los hombres, aún sordos
Porque la justicia no muera.
Y mientras haya una pluma
Que engarce letra con letra
Y no se deje comprar
Por honores y gabelas
La justicia existirá,
Por mucho que haya sinvergüenzas
Que calienten las orejas
De los que por obligación
Se han impuesto
Que triunfe la razón, la verdad y la ilusión.

26.4.14

domingo, 6 de abril de 2014

LA MUERTE ES SUEÑO


La Muerte es Sueño


Sentado entre las cucarachas que correteaban a sus asuntos ignorándole, apoyado contra la pared, no quitaba la vista del cuadro de impoluto y transparente azul que cambiaba de tono a medida que sus ideas volaban mas allá del marco cuando cerraba los ojos y se veía flotar libre.
Los vencejos trazaban raudas líneas en el lienzo que ocupaba la parte alta de la pared empujando las velas del deseo de Martín llevándole a mundos de algodón donde el respirar es mullido, el sueño mece el alma y las puertas son del color de la voluntad.
Los chillidos de las aves llenaban de ecos de libertad el cuarto haciendo que Martín entornase satisfecho los ojos y bosquejase en su rostro un gesto de felicidad en el que se imaginaba radiante y dueño de si.
Poco a poco las aves fueron abandonando el cuadro, espaciando sus visajes mientras el azul de fondo viraba a un negro alfilereado de puntas de diamante y el silencio mas clamoroso planeaba sobre el patio al que se abría la ventana del cuarto desde el que Martín navegaba por mil puertos y participaba en otras tantas aventuras. Silencio, tan espeso como el dolor de la muerte, traía de lo lejos el canto rumoroso del rompiente bravío de las olas contra el acantilado. Como cada noche. Desde hacía, ¿Cuánto tiempo ya? Perdida la cuenta, escuchaba el murmullo de las espumosas olas del mar que en su cabeza, él trasformaba en estruendo vigoroso que le hacía sentir en su cara el frescor del borbotón de agua salada al salpicar el malecón. Sin mover la espalda de aquella fría pared, sin abrir los ojos, podía relatar cuantos pasos había que dar sin caerse a la escollera para poder sentir la frescura marina en la cara salpicada del agua, furiosa por no poder vencer las cortapisas que le impone el hombre.
En su viaje de libertad por el muelle no reparó en Marta que sentada sobre un noray le sonreía con indulgencia por su despiste. Gozaba tanto de su vuelo que creía ser el único ser sobre la tierra. No necesitaba nada. La sensación de gélida y desagradable pared que le contenía desapareció para transformarse en lo que realmente era, el poniente que por aquellas fechas era fresco, estimulante y le empujaba con firmeza y determinación. La mirada de Marta clavada en su nuca hizo que un estremecimiento le hiciese volver la cara sorprendido de la sensación.
Era bonita, tenía el pelo negro y ensortijado, largo y enmarañado por el viento que la acariciaba sin pudor. Los pies descalzos y las rodillas sugeridas bajo la falda de popelín barato que formaba al tener las piernas bien separadas una suerte de cuenco que ella se ocupaba descaradamente de profundizar con sus manos para simular que evitaba que el viento la levantase y descubriese sus secretos mejor guardados, los mas deseados e imposibles. Le sonreía pícaramente haciéndose la interesante.
Se acercó a ella con la punzada tirante conduciendo su alma decidido a derribar esa farsa de muralla que ella pretendía edificar solo para excitar el ansía conquistadora del depredador. Presa de la tela de araña tejida con sabiduría de raza estaba dispuesto a dejarse envolver y a ser aprisionado con tal de depositar su ser en aquel valle fértil para no dejar de ser nunca.
La incomoda tiesura le hizo abrir los ojos y sumergirse en la pegajosa y desagradable realidad. Con los ojos abiertos, aun quedaba la imagen colorida de Marta sonriéndole maliciosa. Imagen que paulatinamente fue difuminándose en el entorno gris sucio de las paredes arañadas de rabia y falsas esperanzas con días soñados y alegrías frustradas.
El ruido de la llave le hirió los oídos y le hizo dar un salto ágil, nervudo como era, poniéndole en guardia ante la violación de su intimidad. No era suficiente privarle de la libre disposición de su cuerpo sino que se le entrometían en sus sueños impúdicamente y le cercenaban sus mas nobles ensoñaciones. Quiso recuperar los últimos fotogramas de su memoria pero el gruñido de la puerta se lo impidió, amenazante, intimidatorio. Se puso a la defensiva, endureció las facciones y se dispuso a recibir la rutina que le calcinaba la vida que disolvía el alma en el magma ardiente del castigo que nadie consentía que olvidase. Ese era el castigo, no la privación física de libertad, sino el recuerdo constante de que hubo un antes que era mejor. Preso no se podía vivir el presente, era preciso que uno permaneciese anclado al pasado del que se le arranca al reo para que sopese de la forma más dolorosa posible, que compare, que se duela. ¿No poder pasear por aquí o acullá?, ¡bah!, la imaginación es lo suficientemente potente como para saltarse la realidad y olvidándola, viajar mas allá de cualquier posibilidad física. La rutina, el horario frío, ciego e inasequible que te recuerda constantemente que fuera no existe esa rigidez, ¿¡para que castigar!? No es cruel; es inhumano.
La puerta crujió por falta de lubricación y el portillo abierto a media altura dejó pasar la luz del corredor por el orificio por el que le metieron a Martín la bandeja con la cena de los miércoles, que era la misma del jueves y del domingo y de todos los exasperantes días desde que hacía dos meses estaba en aislamiento. Volvió a los veinte metros cúbicos en los que le habían envasado por negarse a pasar por la ducha con agua fría. Aquella plancha de acero inoxidable estampado para formar huecos que contuviesen bazofia fue el talismán que le devolvió la memoria, el instrumento mágico que estrelló una vez mas, contra el muro insoportable de la realidad su vida, destripándola. La rabia fue en esta ocasión la que dio fuerzas a la pierna para propinar un puntapié injustificable a la inocente bandeja haciendo decorar las paredes de colores apagados y viscosos.
De pie frente al ventanuco de la celda, con las manos en los bolsillos del mono naranja de uniformidad perdió la vista en la inmensidad aterciopelada y negra del cielo, mientras los tercos latidos del corazón le zumbaban en los oídos. Flotando en aquélla soledad oscura de la noche no sabía para donde tirar. La irritación le impedía trasportarse a otros mundos y volvía cada minuto a estrellarse contra el suelo de la celda amargándole la boca y envenenándole el corazón.
La nariz comenzó a cosquillearle y los ojos a congestionarse hasta que las lagrimas le desbordaron los párpados y en caída libre alcanzaron el cemento bruñido y sucio del suelo salpicando el negro mate de los zapatos de Martín.
A pesar del desagradable hedor de la grasa fría de la comida esparcida por el suelo y las paredes consiguió ir serenándose y el corazón ceso en su alocado latir dentro de su cabeza.
Cerró los ojos y al abrirlos ya estaba en el malecón. Marta le sonreía pícara y sus pequeños pies descalzos jugueteaban entre redes y nasas. Los rizos negros se enmarañaban entre las fibras de su corazón y le dejaban sin respiración al tiempo que los dardos certeros de su mirada le horadaban el sentido y le derribaban sus defensas dejándole a su merced. No fue capaz de acercarse a ella. Cuando las yemas de sus dedos casi rozaban los zainos bucles, la oscuridad de la noche, de la mano de la irritante sirena le sacó de su realidad para echarle a patadas al mal sueño que vivía desde hacía nueve años. Ya devuelto a la pesadilla de imposible despertar, la total oscuridad fue despacito volviéndose lechosa a expensas de la luz cósmica que por la tronera impúdica entraba, apiadándose de Martín y de otros que como Martín vivían entre aquellas paredes.
Cerró los ojos y solo vio oscuridad. Marta, el viento marino, el malecón y los inconcebibles rizos negros no estaban ya. No conseguía volar al mundo real estaba encadenado por invisibles ligaduras que manejaban diablos que se divertían de su desgracia. Abrió los ojos otra vez clavándolos en el ventanuco. Las lejanas estrellas parpadeaban y cambiaban de color en sus ojos, simulando que se movían en viajes erráticos por el cielo, negro como su esperanza.
Cada día a esas horas, a pesar de los más firmes propósitos juramentados consigo mismo cada mañana, no podía evitar derramar amargas lágrimas de dolor y desesperación. Vivir esa pesadilla travestida de asquerosa realidad se le iba antojando ya insoportable. “¡Esta no es la realidad!”, se desgañitaba cada noche, lo que ocasionaba por parte del funcionario de guardia la amenaza de no terminar nunca con el aislamiento. Después, dócil, se echaba en el camastro, con la firme intención de no dormir para contemplar solo el firmamento rectangular que era de su propiedad y velaba por él. Pero se dormía, como cada día, y el último pensamiento antes de que el sopor profundo le arrebatase de la vida dura de la prisión era para su Marta.
Pero siempre, fuese invierno o verano, se despertaba sobresaltado, mediada la noche, empapado de sudor pegajoso y maloliente y con el corazón encogido de la angustia..., sin saber porqué. Ya no podía volver a conciliar el sueño y la ansiedad le impedía respirar teniendo la sensación más acuciante de que el aire se negaba a entrar en sus pulmones. Se acercaba a la pared en cuya mas alta parte se abría al mundo mas estrecho su celda, en forma de ventana rudimentaria, intentando atrapar el aire que se zafaba de su nariz, de su boca y de su pecho intentando ajusticiarle por asfixia, sin saber porqué. Tanta angustia acababa por romper en llanto rabioso que lo era más por no saber su razón de ser. Y así aguardaba la rasgadura del velo negro de la noche por las tijeras violetas del alba para incendiarse finalmente el encaje de aire cuando los rayos del sol, intratables, herían la tierra con su pujanza de recién nacido.
La luz. Esa luz limpia, cargada de esperanzas, proyectos e ilusiones envolviendo la brisa fresca de la mañana, barría los malos humores nocturnos de Martín permitiéndole entrar aire en los pulmones con facilidad y encarar el nuevo día como aquel en que despertaría del mal sueño en el que un mal conjuro le había confinado.
Antes de que se diese cuenta la puerta de la celda se había abierto para los diez minutos de aseo y ducha. Solo, sin cruzar palabra con nadie, ni carcelero ni encarcelado, que ese es el meollo del aislamiento, no recibir noticia mas que de tu más intimo interior para que tomes conciencia de tu inanidad de tu pequeñez, de tu prescindibilidad. Luego otra vez la celda y el desayuno que era la comida del día que mas le gustaba porque suponía inaugurar el primer día de una nueva vida, la que empezaba ese día, porque el anterior, con sus angustias y misterios, ya no existía gracias a Dios.
De haber sabido alguien en el penal que el lejano parentesco del olor de aquel tazón con el del café con leche que su abuela le preparaba cuando pasaba las semanas del verano en el campo, le habrían dado leche sola que tanto asco le daba para añadir injuria al castigo. En su cerebro ese aroma, como el  áspero de la lejía de la ropa limpia que cada semana le llevaban era lo que impedía, hasta ese momento, el poner fin a sus días. A cada cucharada del migote que hacía con el chusco que acompañaba cada mañana el tazón evocaba un fotograma, un cacareo, un mugido o un entrechocar de cubos de zinc en  los que abuelo preparaba la leche para cuando pasase la cisterna con su alegre bocina mañanera a recogerla. Parecía oler la calidez de los besos de la abuela, a limpio, a ropa con olor a alhucema recién quemada para dar el punto final de limpidez a su vestimenta recién planchada. Resonaba en su cabeza el bisbiseo de la oración que la abuela rezaba mientras le vestía y que ella decía que eran cosas de vieja. No habría sabido repetir lo que decía pero en su yo mas íntimo le apoyaba aquello que sin lugar a dudas era un rezo para que a él no le pasase nada. Esos minutos plagados de olores y recuerdos le permitían continuar la jornada sin desfallecer hasta que la imagen de Marta le sacaba de aquel infierno de pesadilla y le reingresaba en su realidad mas querida la que le hacia sentir la brisa marina alborotando el pelo ensortijado de Marta en el malecón el día que la conoció.
La puerta de la celda volvió a chirriar para reclamar la bandeja que minutos antes le habían dejado con el tazón y el pan. Sabía el ritual al uso. La hora de rigor en el cajón sin tapa que era el minúsculo patio en el que los aislados se oreaban una vez al día y vuelta a la celda. En absoluta soledad..., con sus recuerdos que él se había empeñado en que fuesen la única realidad. Todo lo demás no era más que una pesadilla que a duras penas soportaba. Ya despertaría.
El cuadrilátero de cielo que hacía de techo del patio también era suyo, como el de la celda. Una pantalla de televisión en el que se daba siempre el mismo programa con variaciones estaciónales, pero era suyo y era lo mejor. Cada paso era conocido, cada piedra, cada palmo de suelo de cemento que a cualquiera se le habría antojado indistinguible, pero él lo conocía tanto, le era tan familiar, que ya era capaz al cabo de los dos meses de circundarlo con los ojos cerrados viviendo el circuito como otro que hacía años atrás de la mano de Marta por la alameda del pueblo, paseo arriba, paseo abajo ufano de llevar a su lado la mejor chica de toda la costa. Tan real era la ensoñación que hasta sentía la humedad de la palma de la mano de Marta en la suya, como el día maravilloso que la condujo hasta el altar y la hizo suya. Clavaba sus seductores ojos verdes, con arrogancia, en los ojos de todos los que, con envidia, miraban a la que acababa de convertirse en su mujer, la muchacha mas codiciada de los alrededores y ahora era solo para él. El pecho se le llenaba de orgullo y esbozaba una sonrisa que en ojos de los vigilantes de la cárcel no era más que el exponente de que su salud mental comenzaba a flojear. El, ajeno a cualquier cábala, seguía ampliando la sonrisa hasta hacerla romper en franca carcajada que inevitablemente terminaba en sollozo desgarrado que todos interpretaban como arrepentimiento hasta que cómo cada día estrellaba la bandeja de la cena contra la pared. Su desconsolado llanto coincidía matemáticamente con el final de la hora de paseo. En cuanto abría los ojos para volver a la celda la fuente se secaba y la pena se extinguía como si cerrasen la llave del gas que alimenta el mechero. Se sentaba entonces bien en su camastro, bien en suelo, la espalda contra la pared y consumía el resto de las horas en la contemplación del cielo.
Cuando la cancela volvía a cantar anunciando la comida, de la que escasamente probaba algo, el cansancio de la noche, pasada casi velando, se le echaba encima haciéndole cerrar los ojos a la fuerza sumiéndole en el sueño del que invariablemente despertaba vomitando. Iba a formar parte de la disciplina de aislamiento, a partir de su estancia allí, el vomitar cada día a media tarde. El pesado sueño en que se hundía le traspasaba a un mundo abrumador y opresivo en que el color era a base de tonos de rojo, y la atmósfera era irrespirable. Intentaba evadirse del sueño y cuanto más se agitaba mas se enmarañaba en sus propias emociones y mas difícil era despertar. Al mirarse las manos las tenía empapadas de algo que el no quería que pudiese ser sangre, pero olía a sangre, como la sangre, era viscosa y se cuajaba entre los dedos, como la sangre. Despertaba jadeante intentando limpiarse las manos y aun cuando se convencía de que manos y brazos estaban limpios y secos notaba su presencia, la sentía en su piel obligándole a frotarse compulsivamente. Cuando recobraba el resuello un llanto suave y emocionado le reconciliaba consigo mismo. Y con la misma desesperante regularidad que se desvelaba angustiado de madrugada lo hacia en la hora de la siesta con la sensación de estar bañado en sangre, ¿de quien, de qué?, esa pregunta le martilleaba y le hacía derramar lagrimas de desamparo e impotencia cada tarde.
Cuando la anochecida se venía encima con el frescor del atardecer que ahogaba el sol en un horizonte que solo existía mas allá de los muros del penal, la irritación le iba subiendo desde la boca del estomago como la espuma sube en el vaso al escanciar la cerveza hasta que  le explotaba coincidiendo con la llegada de la cena. Y no había nadie desde hacía ya dos meses en quien diluir su angustia y la indignación al saberse injustamente tratado. No sabía aún, nueve años después, porqué estaba encerrado y lo que era peor, no tenía ni idea cuanto tiempo tendría que esperar para saber porque estaba allí y cuanto tiempo le quedaría. Ser ajeno por completo a los plazos del castigo llevaba la condena al infinito, no tenía límite y eso ya era suficientemente desasosegante para además, no tener ni idea de lo que causaba tanto suplicio.
El sueño repetitivo y escalofriante en el que sus manos y brazos aparecían empapados de sangre debería tener algo que ver, si no ¿a que esa pesadilla reiterativa? Cada tarde desde que estaba en aislamiento el mismo devaneo de sesos, la misma inquietud que le estrangulaba el alma y le sorbía la vida. El crepúsculo de esa tarde fue de primavera con el cielo incendiado de jirones de nubes de fuego y reflejos de sangre que adoptaban formas de mujer. Y los ojos, con horror se le abrieron a la verdad. La piel se le lleno de un sarpullido rojo al querer salir a la vez todo el sudor por los poros, el estomago se rebelo en masa poniéndose en pie y provocando un vomito irrefrenable. La respiración se le cortó y se echó las manos al cuello al sentir que la asfixia se hacia dueña de su vida. La piernas le temblaron y empapó el pantalón de orina que rápidamente se quedó fría en su piel. La sangre huyó de sus mejillas y todos los músculos del cuerpo se confabularon para hacerle temblar hasta dar con él en el suelo. Acurrucado en el helado suelo de la celda, en posición fetal, fue tomando conciencia de su pecado. Ahora lo veía todo claro. Mirando más allá de si mismo y de sus manos teñidas de sangre estaba el cuerpo del que había salido la sangre que le acusaba. Como un polichinela reventado, yacía con la mirada extraviada y congelada de estupor y horror en la cama deshecha y profanada de su sangre, Marta, su Marta, la de los rizos negros, la de los pies descalzos y la sonrisa de melocotón. Permaneció en el suelo incapaz de moverse, quería morirse o mejor aún, estar muerto ya. Estaba asustado y escandalizado de si mismo, ¡que no le habría llegado a hacer hasta llegar al punto de destriparla! No, no se merecía seguir viviendo, aunque le condenasen a vivir eternamente y a eternamente permanecer en la peor de las cárceles. No tendría vidas suficientes para purgar la muerte de su amada.
Volvió a vomitar acurrucado en el suelo y terminó por desmayarse de dolor y desesperación.
Se despertó zarandeado por unas manos que le urgían a despertar, a salir del estado en el que se encontraba y a levantarse. Estaba confuso y en cuanto recobró la conciencia se echó mano a su entrepierna. En medio de una situación tan trágica para él le abrumaba que le viesen orinado en los pantalones. Al tocarse pensó que debía haber estado muchas horas así porque estaba seco y no solo eso sino que no tenía el pantalón del mono acartonado de la orina seca sino que sencillamente no tenía mono ni pantalón ni nada. Debieron trasladarle a la enfermería cuando le encontraron tirado en el suelo y le despertaban ahora, zamarreándole, después de haberle desnudado.
Abrió lentamente los ojos y creyó entonces que estaba muerto porque la voz que escuchaba era la de su Marta que le gritaba angustiada que despertase. Marta estaba muerta, la había asesinado él, no sabía cómo, pero era culpable, ¿cómo le instaba con tanta vehemencia y de una forma tan real? Pero no, efectivamente, era Marta la que le chillaba fuera de si y le abrazaba y le agitaba invitándole a despertar. Se encaró con ella cubriéndole de besos y abrazándola hasta la extenuación.
Marta le contó entre sollozos espantados que no conseguía hacerle volver en si, que decía entre gritos cosas espantosas de sangre y cárceles y llegó hasta a vomitar, que casi se ahoga en sus arcadas. ¡Que pesadilla más mala debió haber tenido! Le cubrió de caricias y besos y se serenó su amor al tiempo que él respiraba aliviado de haber podido ser rescatado de semejante quimera. Todo había terminado. ¿A que se debería ese sueño tan machacón y tan real?, acaso el temor a perder a su mujer, quizá el temor a su naturaleza absorbente y celosa que frecuentemente le teñía de sangre la vista nublándosela de ira cuando otro hombre depositaba sus ojos en Marta. Antes se pegaba un tiro que hacer daño a su mujer. A la primera mala idea se despeñaba por la escollera.
Consolándose el uno al otro fueron caldeándose hasta acabar por hacer el amor apasionadamente para conjurar los demonios que les atormentaban por el mal sueño que uno padecía y del que Marta no podía rescatar a su amado.
Relajados después del alivio que supuso el amarse sin cortapisa entregados del todo en un acto eterno quedaron dormidos sosegadamente los dos, las piernas entrelazadas y las caras tan juntas que sus respiraciones se confundían. Sin motivo aparente se despertó Martín asustado y tembloroso. “¿Otra vez?”, se preguntó desesperado.
-          ¡Arriba!, se acabó. La apelación de tu abogado de oficio ha sido rechazada. La sentencia ha de cumplirse. Prepárate. ¿Vas a seguir sin abrir la boca?
Martín se sentó en el jergón con los ojos desencajados y temblando de frío y miedo miraba al alguacil que le acababa de comunicar su destino sin entender nada de lo que estaba sucediendo.
-          Eso ya no te va a ayudar. De nada ha servido eso de hacerse el loco y dejar de hablar. Ya se acabo todo.
Dos lágrimas gruesas, turbias y espesas le surgieron de los ojos súbitamente congestionados. No abrió la boca, como cada día desde que le encontraron, mudo de dolor por la forma tan cruel en que terminó con la vida de su amada.
El funcionario que acompañaba al alguacil a comunicar el resultado de la apelación preguntó la razón de aquella pena máxima que no se aplicaba desde hacía más de veinte años.
-          Fue muy cruel. Un crimen no se entiende nunca; se puede matizar si hay unos celos terribles por medio pero la forma en que la mató rebasa todas las categorías de salvajismo y saña que imaginarse pueda.
-          ¿Cómo fue?
-          ¡Ah!, ¿no se enteró usted? Hubo hasta desmayos en el juicio cuando el forense relato el “modus operandi”. Se me hiela la sangre en las venas al recordarlo. La arrancó el corazón, latiendo, viva aún. La abrió en canal con una hoz, le metió las manos por la herida y le arrancó literalmente el corazón cuando aún latía. Esa es la conclusión a la que llegó el forense, que para eso estudian. Se lo encontraron horas después cuando ya clareaba, bañado en sangre con el corazón de su mujer aún en la mano vagando vacilante y ausente por el malecón. Desde entonces nadie ha sido capaz de arrancarle una palabra.
-          ¿Se volvió loco y la mató?
-          El psiquiatra forense dijo en el juicio que se volvería loco a consecuencia de lo que hizo y cuando ya lo hizo, pero antes de hacerlo era plenamente consciente. De hecho fue a la capital a buscar la hoz con la que la destripó. Era todo premeditado, créame. ¡Con lo bonita que era la muchacha, no había otra como ella, menudo cabrón!
-          ¿Y que se gana con matarle, no tiene suficiente castigo ya?
-          Yo no hago las leyes, me limito a cumplirlas y vigilar que se cumplan. Lo que yo opine o no sobre el tema, ¿a quien le puede importar?
Sentado en la silla del garrote sintió como el tornillo se apretaba en su nuca y se detenía en espera de la orden al verdugo para dar la última vuelta a la manivela. Escuchó la lectura de la sentencia a muerte mientras se orinaba de miedo para finalmente alcanzar a oír la fractura de su propia columna cervical.
Coincidiendo con el chasquido del hueso, se sentó en la cama como impulsado por un resorte, con el corazón desbocado y tiritando de terror. Se llevó las manos a la cara y se desgañitó: “¿Cuál es el sueño?”.

6.4.14

sábado, 5 de abril de 2014

EPISTOLA DEL AIRE


Epístola del Aire



Dime amor, es un decir, compréndelo, se que no me dirás nada ni querrás hacerlo nunca. Debería haber dicho escucha..., aunque tampoco me escuchas ya. ¿Me escuchaste alguna vez?, ya, ¡que más da!, de todas formas tampoco habría podido decirte lo que te quiero decir, no me lo habrías consentido y cuando me revestí, alguna vez, animado por Baco, del valor necesario para poner las cosas en claro, me tomaste a guasa, te reíste impúdica de mis ocurrencias, en mi cara, despreciativa, humillante, como solías, para no dar por recibido lo confesado, te gustaba más ignorado, calladito.
Se que es retórico, pero dime, ¿me quisiste alguna vez?, siquiera al principio, cuando me enardecía tu olor, tu presencia y te sentías halagada por mis arremetidas fieras y torpes al tiempo que rechazabas con tus sonoras y famosas bofetadas; otros tiempos. Con sinceridad, creo que entonces tampoco me querías. Bueno, si me querías, pero no me amabas. Me querías porque era codiciado por otras mujeres y algún que otro hombre, eso nunca lo supiste, ¿qué te creías, que yo no era insondable como tu? Siempre creíste que me conocías y ya ves. Hasta yo estaba convencido de que era transparente, tal era tu poder de convicción, pero con el tiempo aprendí a cerrar los ojos para poder alcanzar a ver más dentro de mi y descubrir que tenía algo más de profundidad de la que tu querías que tuviese, y de verdad, aún no he llegado al fondo de la sima de mi desesperación.
No he sido una persona, alguien tan ambicioso como tú, sino otra posesión más, algo tuyo sobre lo que poder disponer a tu antojo. Nunca conté para ti más que para adornarte. No, nunca me amaste. Yo si, al principio yo si te amé y diría que hasta el final también, más que quererte, anhelarte, desearte, te amaba. No necesitaba comer, ni respirar, ni dormir porque tú eras mi alimento, mi aire, y mi sueño y todos mis sueños se resumían en tu idea, en tu imagen, en ti; qué vulgar, ¿verdad? Renuncié a mi vida porque no la necesitaba, tú eras mi vida y en tus brazos me abandoné. Ahora..., ¿qué hago? Hace tiempo que entendí tus mensajes y me resigne a no ser correspondido. Aprendí a conformarme con tenerte físicamente cerca, verte, olerte, estar pendiente de tus deseos, de las manos de mi señora, como dice el salmo, mi diosa, mi dueña. Me conformaba con ser una dependencia tuya.
Y a pesar de todo, a pesar de los desaires, de los castigos, a pesar de tus desprecios seguí a tu lado. Llegó un momento, ¿sabes?, que tuve la impresión de ser transparente, llegué a creer que te olvidaste de que existía y no te producía el menor desconsuelo mi ausencia; eso me hacía gemir de dolor, gemido que tu interpretabas con tu habitual despego y displicencia, como el intento de hacerme el débil para, de esa forma, despertar tu compasión. ¡Compasión!, ¿supiste alguna vez el significado de esa palabra?, mi amor.
Miro a mí alrededor y te veo en cada objeto, en cada detalle. Tu personalidad era como el aire espeso y húmedo del verano de la costa al mediodía, lo llenaba todo hasta asfixiarte, por eso cualquier cosa de las pocas que hay en esta habitación se me antoja una parte de ti y me entristece y me compunge el corazón saber que nunca más volveré a verte, pero me alegra también saber que  nunca jamás otro ser humano me esclavizará. He recuperado mi libertad al desmedido precio de la soledad, de tu ausencia, del abandono. Me resulta tan extraño aspirar un aire que previamente no haya sido  santificado con tu hálito.
Pero seamos sinceros, creo que a tu manera, tú lo fuiste conmigo y me parece ahora que yo no lo he sido, al menos todo lo sincero que hubiera deseado ser. Pero, ¡es tan difícil relatar la verdad!, es más cómoda y redonda la que se pergeña día a día a base de mentiras menudas, más entendible, más aceptable y duradera. Es una verdad maleable y acomodaticia a nuestro devenir y que procura no desairar. Pero la verdad de verdad, ¿cómo formularla? Es cierto que siempre te amé pero también lo es que te odiaba a cada minuto que pasabas a mi lado y me hacías de menos y..., ¿como te acerco a mi sinceridad?, ¿diciendo que te odio a fuerza de amarte o que te amo tanto porque soy capaz de odiarte si no me correspondes? Te odiaba con ira desatada cada vez que mi cuerpo te deseaba inducido por el amor que te tenía y tú me rechazabas escandalizada de mi lujuria, y eso era tan a menudo que creo que me he pasado más vida odiándote que amándote. Y ahora que ya no estás para odiarte, por no dejarte amar, no puedo más que amarte por haberte perdido sin remisión. Pero en suma, te he amado siempre, porque solo un instante de ese amor que me inflamaba el pecho incluso cuando el cuerpo, procáz,  reclamaba su parte alícuota, es infinitamente más grande que esos pequeños instantes, que en realidad yo llamaría de contrariedad, más que de odio. Aunque te confesaría que de no haber sido por el amor que detenía mi mano, te habría estrangulado en cada uno de esos momentos de desengaño, de fraude con desdén. El amor siempre salva, tanto al verdugo como a la victima..., pero eso tú no lo sabes, ni creo que lo puedas aprender nunca, ya no estás a mi lado, te fuiste, me abandonaste. ¿No derramaste ni una lagrima?
Me queda una duda. ¿Te fuiste por amor o por aburrimiento? Hubiese preferido que un amor te halase como un imán antes de que el fastidio te hubiese escupido de mi lado asqueada de mi compañía. Hice todo lo que estaba en mi mano por hacerte la vida feliz y relajada pero siempre tuve la sospecha de que nada de lo que yo hacía o decía,  no solo no te satisfacía, sino que te desagradaba  hondamente. De todas formas me sorprendió tu marcha, no supe leer los signos, incapaz de interpretar tus gestos e incomodidades, me dejó perplejo tu defección. No, no me lo esperaba, aunque ¿sabes qué?, hubo una ocasión en que poco faltó para ser yo el que te abandonase, pero no solo a ti, a todos, porque sin ti, el resto del mundo no tenía, ni tiene ahora que te he perdido definitivamente, demasiada importancia. Tu seguramente ni te darías cuenta, para mi fue un cataclismo, la hecatombe de mil, pero como nunca me hiciste excesivo caso..., te pasaría desapercibido. Tome la decisión equivocada, quizá, si en aquella ocasión yo hubiese tenido redaños..., a lo mejor se te habría movido el corazón y se te habría ocurrido amarme por un instante, con eso me hubiera conformado, un solo abrir y cerrar de ojos, pero ni eso tuve en toda la vida, ¡y mira que te lo mendigué! Ese sería mi error con seguridad, no haber sido como tu, altivo y desdeñoso.
Aquella noche tu olor, no era tu olor, tu aliento, no era tu aliento, el rictus de satisfacción que descaradamente exhibías no estaba entre los que yo te conocía. Eras…, cómo decirlo, me eras una extraña. Nunca me lo dijiste, nunca te lo pregunté tampoco, siempre fui cobarde, tu lo sabes, pero no hizo falta, mi estomago me lo confirmó, los perfumes de especias siempre me dieron nauseas y ese olor impregnado en tus cabellos... Se me hundió el mundo, me estalló el engaño en las entrañas, aquella fragancia me batió los sesos y me paró el corazón. Nada te dije, enrojecí hasta la congestión bajo las sabanas, en la penumbra de nuestra alcoba y me empapé en el sudor que me producía el vomito ahogado en mi garganta para que no te enterases de mi descubrimiento. A la mañana siguiente te mostraste más dura y sarcástica que de costumbre, por las pesadillas, que me hacían gritar y sollozar en sueños y no te dejaban dormir. Nunca un remordimiento, ni atisbo de culpa, tenías la habilidad de hacerme sentir culpable, ¡a mí!, por tener que ser como eras. Creo que amándote hasta el extremo de consentir mi humillación te perjudiqué, porque te confundí, haciéndote creer que todo lo que hacías estaba justificado en mi complacencia.
En aquel episodio debí tener la valentía de descerrajarme un tiro en la boca pero me pareció que pudieras interpretarlo como un castigo que yo te imponía, el arrastrar la responsabilidad de mi muerte hasta la consumación de tu existencia, no, ese castigo no te podía infringir, aún a costa de seguir viviendo en la perpetua angustia de saber que no solo no eras mía sino que jamás podrías volver a serlo.
Aquella mañana, ¡ay!, aún me ahoga la pena al recordarlo, me tiré materialmente a la calle, todavía no se si para ahogarme en su tráfago o para escapar de mi vergüenza. Iba ciego de ira, quería mi revancha por el daño recibido pero a medida que el fuego del desquite me abrasaba las entrañas, un témpano gélido me sobrecogía el corazón por todo el daño que me proponía hacerte. La vista se me nublaba a cada paso que daba. Fue ella la que me descubrió a mí dando trompicones mientras tu imagen se agigantaba en mi memoria haciéndome perder las ganas de vengarme, perdonándote, haciendo uso del árnica del amor sobre la herida del engaño. Fue ella la que me preguntó desde sus borrosos y turbios ojos verdes que no pude evitar comparar con los tuyos, tan fríos y acerados, pero tan cautivadores. Era solicita y quería ayudar…, por un módico precio; me sentí morir de asco. Sí, era verdad, por mucho que me doliese, era propiedad tuya, es más, deseaba serlo y sabía que lo sería hasta el fin, un fin que deseaba a un tiempo que fuera eterno y que llegase de inmediato. La rechacé con una mueca de nausea que sé que la ofendió, pero me dio igual, su ofensa era mi juramento, que te formulé eterno, tu lo sabes, quizá por eso me eras de esa manera.
Debí saberlo desde el primer día. Aquel primer día, ¿te acuerdas?, me taladraste con tus ojos y me hipnotizaste con tu desden, fui tu presa entregada y confié que mi amor, ingenuo de mi, fuese el fuego que derritiese ese bastión de hielo que era tu corazón. Tiempo más tarde llegué a pensar si habría corazón que derretir, hoy, ya ves, queriéndote como te quiero  sé que no hay corazón, solo una maquina dedicada a hacerte cada vez mas grande, mas pérfida, mas inmisericorde. Pero no me hagas caso, quizá sea este ojo que me ha enfermado el que no me deja vivir  el que hace que vierta esta bilis que no te hace justicia. Te perdoné, creo que desde antes de conocerte, desde antes de que existiésemos, porque te ame desde la eternidad.
Ya no puedo seguir, me duele el ojo, tu no lo sabes, pero... Sabe que nunca fui ajeno a tu desamor pero que a pesar de todo creo que siempre te quise hasta el último extremo y que me he conformado siempre con haber permanecido a tu lado, comprendo que nunca fui hombre para ti, me quedaba muy por debajo de tus expectativas pero he sido feliz a pesar de todo, he sido feliz a la manera que tu me has dejado que lo fuera. Me duele tanto el ojo...


-          ¿Qué hace trazando garabatos en el aire?
-          Escribe, creemos que a su mujer, porque en las escasas ocasiones que habla se duele de que su amor no estuviese a la altura de ella. Le abandonó cuando empezó a dar síntomas de alucinaciones y a escuchar voces. La pobre mujer temía que le hiciese daño y se fue.
-          ¿Por qué no le dais papel y lápiz y que escriba de verdad?
-          Se le dio pero se clavó el lápiz en un ojo intentando matarse, al parecer. Desde entonces hace como que escribe sobre un imaginario papel o escribe de verdad, en su cabeza, ¡vaya usted a saber!, y por el ojo sufre tremendas neuralgias que le hacen padecer y le detienen en sus interminables epístolas de aire. Al menos parece que alucinaciones ya no tiene. Todos están de acuerdo que es irrecuperable.
-          ¿Será verdad que se puede enloquecer de amor?

Ya no te molesto más, el ojo me está matando y la gente me observa, dicen que estoy loco porque no paro de escribirte carta tras carta. Preferiría decirte todas estas cosas cara a cara, pero como se que no podría, sabes que soy un cobarde, prefiero permanecer en este extraño sitio siendo ajeno a los que me espían y te dejo así, libre, para que seas feliz que es lo que más me lo hace ser a mi.

5.4.14

viernes, 21 de marzo de 2014

DIGNIDAD

Dignidad


Con los dedos temblorosos
Saca el hombre del librillo
Su papelillo, muy diestro
Para hacerse su pitillo.
La petaca rescatada de otros tiempos
Reparte ajada la picadura
Y antes que quiera enterarse
Lo enrolla, lo pega, lo enciende
Y ya está recibiendo cura
A los nervios que torturan
Con más saña que el sol
De cuando chico en la escarpada
Apacentaba las cabras
Por los riscos del Señor,
Que era amo, dueño y dios
De las vidas de sus siervos
Y ahora en la cola del paro
Paco se ve más esclavo
Que cuando el Marqués tronaba
Porque no se le acataba
Con sus caprichos infieles
Y tenían que bailar al son que él les marcaba.
Abren al fin la baraja
Paco el corazón acelera,
La boca le sabe a sangre
Tira el cigarro al suelo
Y comienza la dura espera
Agónica espera cegado
Por el dolor del recuerdo
De los suyos que le esperan
Con el evangelio en forma
De días de peonás.
Llega por fin el turno, nervioso,
No se sabe ni sentar,
“¿Y usted que es lo que quería”?
Le pregunta con desdén
Una flacucha sería que había.
Dos lágrimas muy saladas
Que abrasan el corazón
Se despeñan de los ojos
De Francisco por la rabia y el dolor.
“¿Qué voy a querer, malage?”
Solo quiero trabajar
Sacar adelante a mis hijos
Y que mi mujer no vuelva a llorar.
Pues para usted ya no hay nada
Que en esto de trabajar
Lo primero es estudiar
Tratándose de usted además
No lo podría cobrar
Que la ayuda que recibe es generosa…, y a ver
¡Caramba con su pedido!
Tiene ya un hijo que cobra…
“Que no quisiera cobrar”
Responde muy cabreado Paco
Que está malito del parto
En la treintena está
Y nunca he podido escucharle
Ni siquiera llamarme papá.
Y ya me voy yo de aquí,
Que ni en la gañanía del amo
Se me trató como así
Despreciado como hombre,
Que a las cabras del Marqués
Más cariño daba yo
Que el que ustedes dan aquí.
Ya en la calle un Paco digno,
Digno como un Sultán,
Se lía otro cigarrillo
Da una calada profunda
Y grita al frente de todos
Los que esperando están:
Más digno es rebuscar la basura,
Que aguantar patás al alma
Cuando ahí dentro les toque llegar.
Y vuelve su espalda, ufano
Dueño de su hambre y su paz
Que a cualquier precio no vive un hombre
Uno libre de verdad.

22.3.14

domingo, 19 de enero de 2014

DONDE RESURGE LA VIDA, ESTE

Dónde resurge la vida, Este


Levante,
Nacer,
Una vez más.
Esperanza,
Un nuevo día
Nuevo amor,
Éste este
Es razón
De la alegría,
De vivir y
Ausencia del ayer.
No hay pasado;
Solo al frente
Horizonte,
De mar rizado
Azul y verde,
Brillante,
Deslumbrante,
Elevado,
Espoleante
Del deseo,
De tu piel
Tostada
Por el sol
Que se levanta,
Nos recuerda
Quienes somos,
Donde vamos,
Olvidando
Los errores,
Aprendiendo
Del mañana,
Amándonos
Sin rubor,
Con descaro,
Sin dolor.

19.1.14

miércoles, 4 de diciembre de 2013

CLONES

Clones



Como cada noche, desde hacía seis meses, a las tres de la madrugada, algo se estremeció en mi corazón otra vez y los ojos se abrieron. El dormitorio frío, inhóspito y caluroso por la calefacción me hacía sudar y sentirme pringoso, sucio y desamparado. Ya habían pasado ciento ochenta largos días desde que tuve que dejarla sola, quieta y pintarrajeada como un payaso, las cosas de los tanatorios, dentro de una caja estúpida, como si su cadáver fuese un regalo caro que luego hay que encerrar en una caja fuerte para que nadie lo robe. Aún resonaban en mis oídos el arrastre chirriante de la caja sobre el suelo sin pulir del nicho y a pesar de taparme con fuerza los oídos el ruido aquel tan desagradable me arañaba las meninges y me hacia llorar desgarradamente. Convertirla en joya para llevarla siempre conmigo me parecía una insolencia y una falta de respeto a la muerte. Quería recuperar para ella la humanidad, que ya la misma humanidad empezaba a negarnos con la posible inmortalidad. Habíamos desentrañado los misterios de la física quántica y a nadie se le había ocurrido poner unos rodamientos a los ataúdes para que no arañasen la sensibilidad de los deudos al empotrar a los seres queridos en su encierro eterno. Como cada noche, cada madrugada fría, me metí bajo la ducha helada; me quedé sin respiración, pero el chirrido cesó en mi cabeza. Con el albornoz puesto dirigí mis pasos, ya era una rutina, hacía el cuarto de costura de Carmen que si bien conservaba todas sus cosas tal y como ella las dejó yo utilicé como refugio, para estar cerca de ella, de su vida, de su amor. Instalé mi equipo de música Pionner que heredé de mi abuelo y él del suyo. Un aparato excepcional: giradiscos, ecualizador, amplificador, buffles con sub.boofer, una joya. Los vinilos los conservaba en un armario hermético, la habitación de costura la transformé en un espacio cerrado con flujo laminar a presión positiva para evitar que el maldito polvo inundase los microsurcos de los discos casi todos de la Deutch Gramophon mas una joya de La Voz de su Amo con grabaciones de Renata Tebaldi, que mi padre compró en una subasta en Londres por una fortuna. Mi padre repetía una y otra vez que de acuerdo, la música en formato digital bajada de la nube era como estar en la sala de conciertos, pero los vinilos tenían el aroma de los ágiles dedos de violinista o el pianista en grabaciones centenarias e irrepetibles. Hacia como siglo y medio que ya toda la música era perfecta, compilada y sintetizada según las bases de datos de las formas de interpretar de todos los clásicos de tres siglos atrás, pero los vinilos permitían captar el alma del interprete y eso era lo que desde hacia generaciones hacíamos en casa, escuchar música de humanos, no de artilugios.
Necesitaba animarme y el Presto a base de madera del primer movimiento de la Tempestad di mare Op. 8 nº 5 de Vivaldi en irrepetible grabación de 1961 iba a cumplir con su función a la perfección.
El vibrante arranque del oboe, el fagot y la flauta me sacó del estado de apatía y dolor y dio fuerzas para llorar la ausencia. Le había prometido que no, pero rompería la promesa. Su recuerdo me servía de coartada para mancillar cualquier compromiso, ella lo entendería. Y se me vino a la cabeza mi imagen con ocho años.

Yo de pie, en el umbral de la sala de audición de mi padre. En el mismo equipo que yo usaba ahora, se escuchaba Finlandia de Sibelius. Seguramente la rotundidad de la madera de Vivaldi en el Presto me recordó el apoteósico comienzo de percusión y metal de la obra más nacionalista jamás compuesta a principios del siglo XX, tres siglos atrás. Mi padre en su sillón de audición con los ojos cerrados percibió seguramente mi presencia y detuvo la audición.
- ¿Te gusta, hijo?
- Mucho papa.
- Cuando tengas que tomar una grave decisión en tu vida, recurre al lenguaje de los dioses. Que sea la música la que te aconseje; no dejes que una frase en apariencia inteligente, intente enseñarte el camino, te confundirá, el lenguaje hablado lo inventó el hombre para engañar sobre donde ir a cazar. Un acorde sin embargo no se presta a equivoco, lo que te sugiera eso será la realidad, un contrapunto te señalará el sentido de tu dirección.

Mi padre tenía razón el arranque del concierto nº 5 me había susurrado cual debería ser mi actuación, sin espacio a la duda o a la sospecha de equivocación. Estaba seguro. De inmediato me quedé profundamente dormido. Recuperé la calma.

Los primeros rayos entraban por el ventanal de levante cuando las persianas comenzaron a cerrarse para mantener la oscuridad, pero ya mis ojos habían percibido la luz del día.
- Que entre la luz – di la orden a las persianas que detuvieron su viaje y regresaron hacía su tambor – detente ahí – y las persianas se detuvieron.
Los rayos del sol en la cara me elevaron la moral.
Salí del cuarto de costura seguido de una suave brisa que impedía que el polvo entrase en la habitación. La puerta se cerró impenetrable tras de mí.
En la sala paseando arriba y abajo di varias órdenes:
- Haz café, lo quiero solo y con diez gramos de azúcar. Dos tostadas. Aceite de oliva virgen extra de 0,5º.
- En seis minutos y doce segundos estará preparado – contestó la casa.
- Genestore – dicté en voz alta a continuación.
El ventanal que daba a poniente se oscureció y apareció una imagen de persona joven y sonriente, no humana a todas luces aunque intentaba parecerlo.
- Genestore. Por favor su identificación.
Me acerqué al lector de cornea un segundo
- Buenos días Don Francisco, lamentamos la perdida de su señora. En que podemos ayudarle.
- Deseo clones mío y de Doña Carmen con un plan de acción para que se encuentren a los dieciocho años en la Universidad y podamos reeditar nuestra vida. No soporto su ausencia. En cuanto a mí, deseo hacer el seguimiento hasta que se conozcan.
- Sabe usted – hizo la admonición la imagen – que no podrá interferir en el desarrollo de estos clones, la ley es muy estricta en este punto. Les buscaremos familias homologas a las que ustedes tenían pero no garantizamos que su relación se reedite.
- Lo se. Únicamente quiero hacer el seguimiento hasta que lleguen a la Universidad y se conozcan como hicimos nosotros. ¿Cómo van ustedes de avanzados en la inserción de vivencias?
- Estamos en fase III y no podemos garantizarlo. Cuando usted firmó el contrato esa cláusula no formaba parte del mismo porque era solamente un proyecto.
- No importa.
- Deseará usted seguir viviendo después de los dieciocho años o le programamos también la extinción.
- Sin programación de extinción. Me moriré cuando me toque. Solo quiero saber que ellos empiezan una vida juntos.
- De acuerdo. Tengo que recordarle que cualquier tipo de interferencia, voluntaria o fortuita con los clones por su parte supondrá su extinción inmediata según el protocolo EX/67-NCR-42Y. ¿Estaba al tanto?
- Estaba al tanto.
- Pasamos a comprobar el estado de conservación de sus respectivos cordones para la obtención de células para la clonación. No se retire.
Pasaron escasos segundos.
- Conforme. Los cordones umbilicales conservados de Doña Carmen y suyos están en perfectas condiciones. ¿Cuando desea que comience el proceso?
- Inmediatamente.
- La facturación con cargo a…
- Mi seguro de clonación que contraté con ustedes.
- Paso a la comprobación. De acuerdo. Está al día. Le iremos informando de los pasos. ¿Querrá usted asistir a los partos?
- No, solo que se me informe de los destinos de los niños y del plan general de acción.
- Correcto señor. En este momento damos orden de que comience el proceso. En nueve meses sus clones estarán en el mundo en unas familias homologas a las que ustedes tuvieron. Buenos días.
El ventanal de poniente se aclaró y permitió ver como la luz se iba adueñando del cielo e inundando de luz solar la habitación. Las luces artificiales se apagaron suavemente.
Francisco se dejó caer sobre una cheslón y sonrió relajado y feliz. La voz envolvente y melodiosa de la casa le anunció que tenía el desayuno preparado.

4.12.13