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domingo, 28 de octubre de 2012

CINCO DÍAS DE... SABADO



Cinco días. Sábado


La enésima vez que sonaba el DVD en los cascos, un portazo le rescató de su estado inconsciente, sobresaltándole. No tenía clara conciencia de donde estaba ni que pasaba. Paulatinamente fue recordando los pormenores de la noche anterior, su desazón, sus dudas y rencores y finalmente el estado de beatitud que le embargó con la contemplación de la madrugada. Buscó el vaso sin encontrarlo, se quitó los cascos y apagó el aparato de música.
-          ¿María?, ¿estás ahí?
Escaló los peldaños de dos en dos plantándose en un verbo en el dormitorio. Nadie. Buscó en el despacho y tampoco. Entonces cayó en lo que le había despertado: el portazo. Buscó su móvil y marcó el número.
-          ¿Qué quieres?
Fue una respuesta seca y dura, como un martillazo. Aparentó no darse por aludido de la violencia en la voz que sabía que iba dirigida expresamente contra él.
-          Hoy es sábado, has salido muy pronto, ¿no?
La  replica de María estaba dotada del filo de una katana.
-          ¿Todavía sigues con el numerito de los celos? Yo trabajo, ¿sabes?, no eres tu el único que lo hace. Tengo una cita para una venta importante, y además, si te pusiese los cuernos ¿qué?, no te necesito, sabes que gano mas dinero que tu.
El tono de Roberto quería ser conciliador. No se sentía con ganas de romper baraja alguna.
-          Maria, por dios, ¿quieres calmarte?, solo quería saber si íbamos a desayunar juntos y si comeremos en casa o en el club.
En ese momento se abrió la puerta de la casa. Rita empezaba su jornada laboral. Como cada vez que entraba, primero tocaba el timbre y luego sin solución de continuidad abría la puerta preguntando con la rutina propia de los cientos de veces repetido.
-          ¿Hay alguien en casa?
-          Si, estoy yo. No, no Maria, no es contigo, acaba de llegar Rita. Bueno quedamos a desayunar o desayunas tú y luego quedamos en el club, si te parece, para almorzar.
-          No creo que pueda ir a comer, la venta es difícil y cara. Tendré que comer con el cliente y con Federico, a ver si conseguimos entre los dos cerrar el trato.
María intentaba ahora ser convincente.
-          Entonces llámame tú cuando termines. Me iré al club, jugaré unos hoyos y almorzaré allí. Otra cosa. Perdona por lo de anoche, no se lo que me embargó, pero me pasé cuatro pueblos, perdona una vez más.
María ignoró deliberadamente la disculpa.
-          Ya hablaremos esta noche. Yo te llamaré cuando acabe.
Al volante de su SLK sonrió satisfecha. Una vez mas recogía velas. Le tenía comiendo en su mano, estaba dispuesta a no dirigirle la palabra más hasta que se disculpase y aún así todavía tenía que machacarle un poquito más esa noche, que se enterase quien llevaba las riendas, con ella no iba a jugar a los maridos ultrajados.
La mañana por las serpenteantes carreterillas de la sierra era agradable. La primavera vestía de vida el campo y comunicaba al que se dejaba penetrar por ella el ansía de vivir. Estaba feliz, se alejaban las nubes de tormenta y lucía brillante el sol de su voluntad. Seguiría con sus devaneos, con algo mas de cuidado, pero seguiría. La musiquilla del móvil la sacó de sus consideraciones mentales.
-          ¿Otra vez?, ¿Qué quieres ahora, pelmazo?
-          ¿María?, soy Esther, ¿con quien te creías que hablabas?
-          ¡Esther!, dichosos los oídos. Perdona, es que mi jefe no me deja en paz. Por cierto, ¿cómo sabes este número?
-          Ayer vi a Roberto en el Hospital y quedé con él que te llamaría para salir un día de estos. He llamado a tu casa y no estabas, Roberto me ha dado tu móvil. ¿Dónde estás?
-          Voy conduciendo camino de una finca que espero vender hoy, en la sierra.
-          Tu marido me ha dicho que estabas trabajando pero no me ha dicho donde.
-          Como que él no lo sabía.
-          Ya me he enterado que estás hecha toda una ejecutiva de éxito. ¿Cuando vas a tener un huequecito en tu agenda para una pobre asalariada?
Al pasar un cambio de rasante que iniciaba una larga recta, vio en lontananza un coche con lo que parecía un luminoso de policía. Instintivamente levantó el pie del acelerador y tiro el móvil al asiento del acompañante.
-          María, ¿María?, ¿estás ahí, María? Se habrá perdido cobertura.
Un coche de tráfico se cruzó con el suyo. Cuando en el retrovisor el coche patrulla desapareció engullido por el cambio de rasante volvió a coger el teléfono.
-          Perdona Esther, es que venía un coche de tráfico y he tenido que dejar el móvil. ¿Esther? Joder, ¡ha colgado!
Buscó en llamadas recibidas y pulso el ok.
-          ¿Esther?. Ah, perdona, tuve que interrumpir la conversación, venía la poli y no tengo manos libres.
-          María, por favor, ¡con tu nivel! Y sin manos libres en el coche.
-          Nunca tengo un minuto para llevar a ponérselo. El coche que llevo es de hace dos años cuando aún no todos los coches lo incorporaban.
-          Bueno, a lo nuestro. Estábamos en que a ver cuando podemos echar un rato, juntos para comer o cenar o lo que sea.
-          Hoy almuerzo con mi jefe y el cliente, pero si quieres quedamos esta noche, ¿En el club te parece bien?
-          Estamos a fin de mes.
-          Invito yo, no te apures, ¿en el club, entonces?
-          ¿A las ocho? ¿Voy muy arreglada?, aquello es muy elegante.
-          A las ocho, y viste como tu quieras, no va a ser nada de etiqueta. Además, vas ver algunas pintas que llevan apellidos de relumbrón que te vas a quedar muerta. Estoy llegando. Llama tú a Roberto y confírmaselo.
-          Hasta la noche. Suerte con el negocio.
-          Gracias, hasta la noche.
Quedó Esther pensativa con el auricular en la mano, sin colgarlo. Recordaba aquella María, tímida y huidiza, siempre sonrojada por lo mas mínimo. ¡Cuantas veces tuvo que dar la cara por ella en el colegio!. Cualquiera la conocía ahora, hecha todo un tiburón de los negocios.


-          Diga.
-          Roberto, soy Esther otra vez. Ya he quedado con María. a las ocho en el club.
-          Caramba, solo va a faltar que me pongan una cama.
-          ¿Porqué?
-          Voy a almorzar allí, no se si con mi mujer o no, y por lo que se ve ahora a cenar también.
-          Con María no va ser, me ha dicho que come con su jefe y un cliente, por eso hemos quedado para la cena. Bueno Roberto, tengo cosas que hacer, hasta la noche.
-          Me tocará comer solo entonces. ¿No?
-          Bueno, hasta la noche. Tengo una pila de cosas que hacer, Roberto.
-          Hasta luego.
Terminó de cambiarse, cogió los palos, los zapatos y se despidió de Rita que se afanaba en la limpieza del salón.
-          No comemos aquí Rita. Hasta el lunes.
-          ¿Qué ha pasado aquí esta noche, Señor?, la alfombra de su sillón está manchada y había un vaso debajo del sofá.
-          Se me cayó a mi anoche Rita, y no lo encontré. Hasta el lunes.
Descendió hasta el garaje. Metió los palos y los zapatos en el maletero. Se sentó en coche y quedó meditabundo con la llave de contacto en la mano. Ya no era la misma, su trabajo la estaba cambiando, se volvía áspera por días. Cómo pudo ser así de dura con él. Quien era la de verdad, ¿la de antes o ésta que le zurró fuerte anoche?. Un ataque de celos lo tiene cualquiera, ¡joder!, un mal momento. No tenía ningunas ganas de jugar al golf, pero ¿qué iba a hacer?, ¿quedarse en casa con Rita?, la indirecta a Esther había hecho un ridículo estrepitoso, ni siquiera le concedió un disculpa misericordiosa, directamente la ignoró. Se sonrojó al sentirse tan grotesco, mendigando compañía. La profesión suya era ya frustrante como para fracasar igualmente en el campo privado y sentimental. Algo a su alrededor estaba pasando y tenía la escalofriante impresión de que iba a ser el último en enterarse.



Llegó a la puerta de la finca “Las Chimeneas”. Federico Arenas estaba allí, recostado sobre la portezuela de su Z4. No hubo forma de convencer a Roberto de que se comprase ese deportivo. Siempre tan convencional, un Serie 5 y ni hablar mas del asunto. Odiaba ese conservadurismo suyo, se había vuelto viejo antes de tiempo. Federico nació el mismo día, el mismo año y parecía su hijo, siempre dinámico, alegre, cordial y nunca le faltaban ganas de juerga. Roberto había envejecido prematuramente, no le reconocía en aquel médico que le enamoró con su ímpetu juvenil, su optimismo su negativa a mirar atrás, ahora parecía tener los ojos en el cogote.
-          Hola Fede, aún no ha llegado el cliente ¿no?
-          He llegado hace cinco minutos y no había nadie.
Le introdujo la mano a la altura de la cintura, por debajo de su chaqueta de napa y atrayéndola hacia él la beso en los labios. Notó su invariable palpitar siempre que se producía así.
-          Federico, por favor, aquí no, el cliente puede llegar en cualquier momento.
-          ¿Cuándo se lo vas a decir?, sabes que si no la haces tu, se lo diré yo. En mi amigo pero no me duelen prendas.
Miraba a lo lejos, como sopesando lo que decía, seguro de sus intenciones, determinado como siempre. Ella sabía que iba en serio y el tiempo se agotaba. Se había separado de ella y encendía un cigarrillo negro cuando un Silver Shadow se detuvo a su lado.
-          Buenos días Don Silvestre.
La ventanilla trasera del Rolls se abrió y un hombre elegantemente vestido de seda con su sempiterna chalina saludó con un leve movimiento de mano.
-          Abriré la cancela. Síganos hasta la casa. Allí, en el todo terreno recorreremos la finca, si le parece.
El tal Don Silvestre con la voz del que está acostumbrado solo a mandar se dirigió al chofer.
-          Manolo, siga a los coches.
La ventanilla volvió a cerrarse mientras Federico abría el candado de la cancela y María entraba en su vehículo.
Por un estrecho camino asfaltado a poca velocidad y tras diez minutos de relajada marcha, desembocaron en una amplia explanada con árboles y parterres de plantas algo descuidadas. En un extremo se alzaba un sólido edificio de granito y ladrillo visto con techo de pizarra de gran inclinación. Diez chimeneas, así mismo de granito adornaban la techumbre. De una de ellas se elevaba un penacho de humo blanco. Cada quien salió del coche. Don Silvestre no lo hizo hasta que el chofer, Manolo, no le franqueo la salida abriéndole la portezuela.
-          Me dijeron que la finca estaba deshabitada. Hay humo en una de las chimeneas.
-          Y lo está. Avisé a los caseros que veníamos y han debido encenderla, en estas fechas aún hace fresco en la sierra.
En ese momento la doble puerta de maciza madera en arco de medio punto de la entrada se abrió y una sonriente y rotunda mujer les dio la bienvenida.



Detuvo el coche a la entrada de la casa del club dejándolo en marcha. El empleado después de dar los buenos días esperó a que Roberto sacase su bolsa de palos y los zapatos para llevarse el BMW a la cochera.
Con paso cansino, arrastrándose sin mucha convicción entro a la casa. Saludó mecánicamente al recepcionista recibiendo una repuesta igualmente mecánica. Quedó un momento detenido considerando si dirigirse directamente a los vestuarios o pasarse por el bar primero. Era pronto para un aperitivo y tarde para encontrar alguien que tuviese su hándicap.
-          ¿Se le ofrece a usted algo Don Roberto?
-          No, no, gracias Paco, decidía que hacer primero. Gracias.
Fue el empujón que necesitaba para salir del bloqueo que le impedía moverse. Decidió irse al bar a tomar un café y leer la prensa.
-          Buenos días, Laura. Ponme un café con leche pero cárgamelo bien.
-          Cuanto tiempo sin verle por aquí, Don Roberto. ¿Y su señora?
-          Bien, bien, luego vendrá por aquí, los negocios no perdonan ni en sábado.
-          ¿Lo va tomar aquí en la barra o se lo sirvo en una mesa?
-          Llévemelo a la mesa Laura, haga el favor, voy a hojear la prensa.
-          ¿La de siempre?
-          Si gracias, “El Universal”
Dejó caer la bolsa de los palos sobre uno de los sillones de mimbre que rodeaban la mesa y se acomodó en otro. Reposó la cabeza y entornó los ojos. No podía apartar del pensamiento las duras palabras que le escupió en su cara María. El nudo en el estomago que le apretó inmisericorde con aquel acerado “ya hablaremos mañana” aún no había conseguido aflojarlo. No solo eso, se había apretado más con la maldita y breve conversación de teléfono de aquella mañana. El pensamiento le voló a Esther. ¿Quién era él para dejarse llevar por el diablo de los celos?, él, que había sido el único infiel de aquella historia, ¡y con su mejor amiga!. Y sin embargo Esther regresaba a su pensamiento cada vez que se daba una situación limite como aquella, que se le escurría entre los dedos, inasible, escapándosele sin saber que hacer con ella, porque intentar manejarla de la manera que fuese le infringía dolor y dolor era lo que no quería, la angustia del enfrentamiento, como no fuese a muerte,  le aniquilaba. Y sin embargo tampoco se le borraba de la cabeza aquella comunicación de su anónima comunicante, ¿o sería anónimo?. Sin saber cómo, había interpretado que fat&ugly se traducía por gorda y fea pero eso no quería decir que detrás de esa estúpida dirección hubiese una mujer y tampoco necesariamente tenía que ser gorda y fea.
Como impulsado por un resorte se puso en pie en el momento que Laura le traía el café y el diario.
-          ¿Le ocurre algo Don Roberto?
-          No, nada, deje el café ahí, ahora mismo vuelvo.
Se acercó a recepción en busca de Paco.
-          Paco, por favor, la sala de Internet, ¿Está abierta? Acabo de recordar que tengo que poner un e-mail.
-          Ahora mismo se la abro Don Roberto. Firme el libro de registro si me hace el favor.
Roberto le dispensó una cara de escepticismo y molestia a la vez al recepcionista.
-          ¿Y eso de firmar ahora?
-          Me pone en un compromiso Don Roberto. Es que verá..., se estaba utilizando este terminal para acceder a determinadas páginas de pornochild y ha habido problemas con la policía. La directiva decidió entonces que era necesario un registro de usuarios y los horarios de conexión.
-          ¡Ah!, me parece muy bien.
Firmó en el libro al lado de la hora exacta y el día y siguió al recepcionista que abrió el despacho desde el que los socios podían mantener o continuar negocios o trabajo en la red.
-          Gracias, Paco.
-          Cuando acabe, si no le importa me avisa para que vuelva a cerrar.
-          Descuide, será solo un momento.
Entro en su propia cuenta de correo y comenzó a escribir una nota para su anonim@ comunicante.
            “Estimad@ fat&ugly, perdona que te llame así pero por no saber, no se si serás hombre o mujer aunque no se porqué te hago mujer. Quisiera preguntarte el porqué de tu seguridad. ¿Sabes?, cuando te leí en el foro fue como si todo se hiciese sencillo y trasparente. Intenté poner las cosas en claro con mi mujer y la bronca fue apocalíptica, se mostró indignadísima y yo creo que de haber estado en un juzgado en ese mismo momento pide la separación. Creo que me equivoqué haciéndote caso por eso te ruego me digas que te llevó, de todo lo que dije, a afirmar tan categóricamente que había cuernos de por medio.
Un saludo. Roberto.
PD: Yo si le había puesto los cuernos a ella hace unos años y nunca se enteró.”
Pulso la tecla de enviar, apago el ordenador y fue, inexplicablemente más sosegado a tomarse su café. Al pasar por recepción avisó que había acabado.
-          Firme la salida Don Roberto, haga el favor.
Volvió a firmar al lado de fecha y hora y fue a sentarse para hojear la prensa.
Al llegar, solicita, Laura, le pregunto si quería que le calentase el café  lo que declinó. Dio un sorbo al café y se dispuso a hojear el diario.
-          ¡Roberto!, cuanto tiempo sin verte. ¿Cuánto tiempo sin venir por aquí?, dos, tres meses. He preguntado infinidad de veces por ti.
Larry un americano grandote y dueño de una empresa de suministros sanitarios vivía prácticamente en el club. Llegado a la ciudad hacía ya mas de veinte años como representante para Europa de una prestigiosa firma de suministros médicos americana, pronto se dio cuenta que instalándose por su cuenta obtendría bastantes más beneficios que los que conseguía solo con las comisiones, siendo éstas a pesar de todo, sustanciosas. Algún rifirrafe tuvo con su empresa matriz cuando decidió iniciar la aventura, pero su talante negociador y los buenos oficios de alguna que otra personalidad política, hábilmente convencida, bastaron para que todo se quedase en fuegos artificiales y exhibición de vistosas plumas para intimidación de la parte contraria. Ahora, absolutamente rico, se dedicaba al sesteo, el golf y a varias señoritas que hacían sus delicias.
-          ¡Larry!, no te creas que no me he acordado de ti. He estado por llamarte, pero sabes lo desastre que soy para los teléfonos. Además yo tengo que trabajar, no como otros.
-          No me seas sarcástico. ¿Qué se te ha perdido hoy por aquí?
-          Mi mujer, María, ¿la conoces?, si coño, claro que la conoces. Bueno pues tiene una venta, por lo que se ve muy importante, y me ha dejado solo hasta esta noche que vendrá a cenar con una amiga suya, y antigua compañera mía de trabajo. Esther, ¿te acuerdas?
-          Joder, Roberto, que valor tienes, juntarlas a las dos después de aquello, ¿no se lo habrás contado a tu mujer?, te avisé que sería un error.
-          No, no sabe nada. es que por una de esas carambolas de la vida me encontré a Esther y le dije que quedara con mi mujer un día. Eso fue ayer y le ha faltado tiempo. Así que esta noche cenamos aquí los tres.
-          Yo también he quedado aquí pero a comer con una niña deliciosa, una autentica gatita con garras y todo, me trae loco. La conocí en la cafetería del Hospital General hace dos meses y desde entonces he perdido diez años por lo menos. Soy consciente que no soy ningún Keanu, pero hay algo que me hace pensar que no está conmigo, solo, por mi dinero. Ahora tengo que mandar al chofer a recogerla. Hombre ya se que el dinero a mi edad es parte importantísima de todo, pero yo lo sé y quiero creerme que al menos un veinte por ciento de la atracción es por mi persona, sabes que soy realista.
-          Tu ex, sigue en Estados Unidos, ¿no?
-          Si, y déjala ahí, bastante infierno me hizo pasar con los dichosos celos. Ahora con el dinero que le paso puede dedicarse a lo que mas le gusta: el joder a todo el mundo, sin consentir que nadie la joda a ella. Bueno, ya está bien de hablar de penas, ¿te hacen unos hoyitos antes de comer?. Por cierto, ¿con quien vas a comer?
-          Pensaba comer solo, María come con su jefe y el cliente.
-          ¡Vamos!, faltaría más, comes con mi gatita y conmigo, y de paso me das tu opinión. Pero es mía, ni se te ocurra..., que te conozco, bribón.
De un sorbo se tomo el café ya frío y con una mueca de asco por el bebedizo congelado, cogió su bolsa y los zapatos de jugar y siguió a Larry hasta el vestuario. Mientras se colocaban el calzado y guardaban sus pertenencias en la taquilla quedaron en lo que se jugaban. Larry no consintió en que se jugasen la comida, “viene mi gatita, y estaría feo”.
-          Las copas de la tarde mientras jugamos unas manitas de descubierto.
-          De acuerdo.
Con un apretón de manos accedieron al tee dirigiéndose al primer hoyo.
El campo, diseñado por Teddy Lawson, estaba pensado para disfrutar del juego, sin tener que ser un profesional para hacer par en cada hoyo, solamente estar algo entrenado y tener asomo de técnica, era suficiente para pasar un buen rato en compañía de buenos amigos.
Pensaban jugar nueve hoyos y se quedaron en cinco porque la animada conversación que mantuvieron les demoraba de golpe a golpe. Eso sumado a que ninguno de los dos consiguió ningún eagle y sí bastantes boogies les hicieron desistir y emprender al camino de la casa club para almorzar.
-          Estamos envejeciendo, Larry, no hemos tenido huevos de acabar los nueve hoyos.
-          ¡Si no has parado de hablar, joder!, demasiado que hemos completado cinco.
Se detuvo y con cara de nostalgia, con esa tristeza dulzona que los años decantan en los ojos miró a lo lejos. Se cepilló con su manaza la cabeza y continuó hablando a un Roberto que se había detenido dos pasos delante al ver a su amigo quedarse quieto.
-           ¿Sabes Roberto?, me estoy cansando, echo de menos la Gran Manzana. Nací en Queens, echo de menos las calles.
-          No Larry, no,  echas de menos tu juventud, no las calles. He podido comprobar ya que las calles de Queen’s no son aquellas de las que te has cansado de hablarme. Echas de menos tu ímpetu, tu potencia, tu ilusión y tus sueños. Ahora que esos sueños están ya colmados, te has quedado sin proyecto, eres solamente asquerosamente rico y acabas de comprobar que no es suficiente para ser feliz.
-          No, no acabo de comprobarlo. Fue hace tiempo, justo el día que me di cuenta que sacaba dinero del banco sin preocuparme si quedaría o no. Ahora me gustaría ir a New York con mi gatita y empezar de otra manera, no de cero, sino del infinito para alcanzar el todo.
-          Lo tuyo es ya preocupante Larry, me parece que en el fondo te gustaría arruinarte para poder volver a empezar; eres un luchador impenitente y tanta calma a tu alrededor te está enturbiando el entendimiento. Anda vamos a tomar un Martíni antes de comer. Tu gatita hace tiempo que estará por aquí. Desde que le enviaste el coche ha tenido tiempo de aburrirse.
-          No es de las que se aburre fácilmente, alguna fruslería se habrá comprado mientras esperaba, a mi cuenta naturalmente. Me vuelve loco que se gaste mi dinero.
Entraron en la casa club por la nave de utillaje para dirigirse al vestuario directamente donde cambiarse los zapatos y dejar sus palos mientras comían. Subieron los escalones de dos en dos, como dos chavales, felices de estar juntos, hasta alcanzar la planta baja. Se dirigieron al bar.
Sentada tras un velador, con sus perfectas piernas cruzadas, insinuaba un muslo izquierdo sublime a través de la abertura lateral de un ceñido traje blanco. Se parapetaba tras una revista del corazón. Una copa de coctel reposaba mediada sobre la mesa. A medida que se acercaban la sonrisa de Larry se hacia mas amplia y bobalicona.
-          ¡Gatita!.
La muchacha que hurtaba su faz tras la revista, la dejó caer sobre la mesa, cuando escuchó la voz de su amante mostrando su cara  a medio camino entre la sorpresa y la diversión. A Roberto no. A Roberto la cara se le mudó de color. La cara de satisfacción que traía después de una mañana en la agradable compañía de un viejo amigo se le descolgó, se le tornó inexpresiva y dura. Fue un mínimo instante, pero suficiente para que Blanca se percatase de ello. Con presteza recompuso su vis intentando mantener una actitud neutra. ¿Por qué le afectaba tanto comprobar que la gatita de su amigo Larry era Blanca, la compañera de turno de Esther?. Se sentía como si le hubiesen pillado en falta. ¿Pero que falta?. Quizá la actitud descarada  de la muchacha que sostuvo la noche pasada que le hizo sentir ridículo, cómo si le pillase en un renuncio. Se sentía superior no como afirmación de una categoría que era preciso defender, sino como algo natural, como el orden, o el ritmo circadiano y ella le había descabalgado haciéndole saber que no solo en los conocimientos profesionales o la posesión de cosas está la capacidad de nivelarse a cualquiera. Le había descabalgado de su prejuicio, de su cliché. Por eso se sintió corrido entonces y se encontraba inseguro ahora. Quizá temía que aquella gatita le revelase a Larry su lado más vulnerable, ese que por nada del mundo consentiría que nadie descubriese, su inseguridad para enfrentar situaciones complicadas.
-          Roberto, te presento a Blanca, mi gatita.
-          Nos conocemos hace bastante tiempo, ¿verdad? Anoche, sin ir más lejos nos vimos.
-          ¡Roberto!. ¡Blanca!. ¡Me debéis una explicación!
Larry había cambiado la expresión. Volvían a actuar sus músculos mímicos de la ira tantos años en reposo. No podía disimular que a duras penas podía contener la indignación. El enrojecimiento de su cara se le iba tornando en morado, a punto de la congestión. La expresión de la cara de Roberto no ayudaba a quitar hierro a la situación, sino más bien a agravarla porque se interpretaba de su vacilación y palidez extrema que algo se ocultaba, inconfesable, aterrador. Si Larry no se lanzó a la yugular de su amigo fue porque la cara de su gatita era todo lo contrario, divertida, relajada, dominadora de la situación. Era imposible deducir de su aspecto que tuviese algo de lo que arrepentirse.
-          Vaya, vaya, el cumplidor otra vez en menos de un día. Larry, no te mosquees. Roberto trabaja en el Centro donde yo trabajaba de auxiliar. Anoche fue al hospital a ver un paciente y Esther que también le conoce me lo volvió a presentar. Eso es todo.
Larry bufó como un toro acorralado y se fue, a duras penas, dominando, al tiempo que miraba alternativamente a uno y a otro intentando desentrañar el supuesto engaño. Finalmente convencido de su error de apreciación continuó.
-          Menos mal, por un instante me he sentido muy ridículo. Porque es Roberto, que le conozco de años, si llega a ser otro no me contengo.
-          Larry, lamento el mal rato chico, pero después de estar escuchando toda la mañana hablar de Blanca sin saber quien era y verla ahora aquí me ha dejado sin habla. Tamaña casualidad era casi imposible. Lo siento de verdad.
-          Venga, ya está, no ha pasado nada. voy a preguntar si tienen ya nuestra mesa preparada. ¿Vas a tomar algo antes de comer, Roberto?
-          Martini seco, gracias.
Larry se alejó de la mesa donde Roberto tomó acomodo en uno de los cómodos sillones de mimbre. Blanca con todo el descaro del mundo acosó a Roberto sin dejarle ni respirar.
-          Entre tu y Esther, hay algo ¿verdad? Ella lo niega pero solo hay que ver como te mira..., y cómo la miras tu a ella, que no te creas que se me ha pasado por alto. Conste que a mi me da igual pero creo que deberíais tener mas cuidado, ¡es tan evidente!
-          No se cómo se te a podido ocurrir...
-          Niégalo, me da lo mismo, no pienso ir con el cuento a nadie, no me van los chismes, eso queda para vosotros que os regodeáis en la trasgresión ajena que encubre la vuestra. Me dais pena, ¿sabes?, sois una ruina de libertad, no sois capaces de ser sinceros ni con vosotros mismos.
Roberto se sintió en extremo irritado por el ataque, a su parecer injustificado, y se gratificó haciendo inasequible a la condescendencia su discurso.
-          Mira niña, porque tengas encoñado a un viejo podrido de millones no tienes patente de libre. Te permites producirte así por el respaldo del dinero de Larry, encanto.
El rostro de Blanca se endureció al escuchar la forma en que Roberto le llamaba mantenida. Ella no se consideraba eso. Claro que la pasta del viejo ayudaba, pero también le gustaba de él la forma en que encaraba la vida, se sentía cómoda con el, aunque nunca se había planteado si sería de igual manera si no tuviese esa cartera en el bolsillo. Necesitaba esa cartera para sus fines. Y además, le daba todos los caprichos y eso siempre era de agradecer. ¿Y qué?
-          ¿De que hablabais?
-          De nada especial osito mío. Solo esperábamos que regresases.
-          Me llama osito en la intimidad. Me encanta, ¡es tan dulce! Ya podemos pasar al comedor. Tenemos la mesa preparada.
En el comedor sobriamente decorado con motivos golfisticos de tiempos antañones sonaba muy quedamente el Concierto nº 21 de Mozart para piano y orquesta. El ambiente invitaba a la relajación y las buenas maneras. El genio del compositor era un bálsamo para Roberto que se fue calmando paulatinamente a medida que se alejaba en el tiempo el singular combate con Blanca. El almuerzo transcurrió sin incidentes reseñables como no fuese un contraste de opiniones entre Larry y el maître sobre la conveniencia de un tinto o un rosado para la avutarda con salsa de chocolate que recomendó el anfitrión.
En la sobremesa Blanca recibió una llamada en su teléfono reclamándola para ir de compras con una amiga.
-          Cómprate lo que quieras gatita. Usa la tarjeta que te di. Me hace ilusión que te regales de mi parte lo que quieras. Y recuerda que no tiene límite.
-          Muchas gracias Larry, ya sabes que si no es necesario no la usaré. Yo trabajo para darme mis caprichos. Prefiero que seas tú el que me sorprendas.
Estas palabras las recalcó con rabia mientras miraba fijamente a Roberto que no supo para donde mirar. Optó por no hacerse el aludido.
-          Quedamos en el apartamento esta noche osito.
-          Se me hará eterno gatita mía.
Las palabras de Blanca a medida que se alejaba sonaban mas a vacío, las de Larry estaban repletas de emoción y transidas de entrega. A Roberto le dio pena su amigo, estaba en manos de una manipuladora que iba a sacarle los  hígados y encima con su consentimiento. Y cualquiera le sacaba de su error. Es más, parecía que incluso reconociendo su error estaba encantado de errar, se veía que le compensaba de la vaciedad que le proporcionaba su dinero.  Después de lo de su mujer, quedó roto, y cada pedazo esparcido por una parte del mundo donde tenía sus intereses económicos; nada, ni negocio, ni juergas, ni poder, nada conseguía sacarle de aquel estado depresivo que le condujo, en lugar de a meterse en un rincón, a desarrollar una actividad frenética, de locura, que le hacia vivir en las salas VIP de los aeropuertos, entre vuelo y vuelo, aumentando su fortuna cada día, cuando en realidad lo que el deseaba a toda costa era perderlo todo, sentirse anonadado, arruinado, muerto en definitiva. El siempre confió en su mujer y ella le arreó tal zarpazo, sin olerlo siquiera, que le partió por el eje. Ahora era otro hombre, no comprendía cómo no se daba cuenta de que aquella pelandusca era una aprovechada sin escrúpulos, porque lo de su madre no había dios que se lo tragase,  pero al menos él se veía feliz.
Fue de una forma natural, sin meditarlo, él, que era tan cerebral, pero Larry era muy amigo suyo y tenía que decírselo y se lo dijo.
-          Larry, lo siento, de veras, pero te lo tengo que decir y si quieres te peleas conmigo y me mandas al carajo. Eres mi amigo, te quiero, y te lo voy a decir.
-          No Roberto, te lo voy a decir yo. Se perfectamente lo que me quieres decir. Cualquiera medianamente avisado se daría cuenta. Blanca se cree que me tiene en un puño, eso se cree ella, pero dime tu que me conoces ¿realmente piensas que yo he dejado de pensar con la cabeza de arriba para empezar, a mi edad, a pensar con la de abajo?
-          Se te ve tan colado Larry, que no se que pensar...
Larry no quería que quedase clara y meridiana su entrega a Blanca. Sentía algo parecido a la culpa por haberse colgado por una mujer así. No quería aparecer vulnerable y blando, se debía a su fama de duro e intratable.
-          Jamás, amigo mío, y te repito, jamás, perdería la cabeza por un pendón de esa categoría. Pero me gusta que ella se crea que me tiene cogido por los huevos. Me gusta verla con esa actitud arisca y envalentonada y sexualmente es una fiera, me satisface plenamente. Ella se cree que estoy ciego y que no se que utiliza mi tarjeta, que sí tiene limite, pero el limite que tiene es un sin limite para ella que es incapaz de pensar a lo grande. Saca dinero efectivo regularmente, todos los meses. Ella cree que no llevo mis cuentas y no se que pasa con mis activos, pero las llevo al céntimo, sino de qué iba yo a poder financiar tanta ONG sin quedarme en la ruina. No es más que un capricho que acabará, lo se, porque no es lo suficientemente inteligente para darse cuenta, es lista y cree que eso le da ventaja cuando en realidad es su hándicap. Si fuese inteligente vería sobre todo los contras, como es lista, solo ve los pros despreciando sus debilidades, se cree dueña de todas las fortalezas y eso acabará de perderla. Pero mientras tanto yo soy moderadamente feliz. Ah¡ si yo encontrase una mujer como María, ¡qué suerte tienes maricón!
-          No es oro todo lo que reluce Larry. Me estoy temiendo que hay cuernos.
-          ¡Queeeee!, ahora si que te tengo que mandar al carajo. Los únicos cuernos que puede haber, fueron  los que tu le pusiste con su amiga, de María, ni pensarlo. ¿Cómo se te puede haber ocurrido algo así?, estas chalado.
-          Joder Larry, últimamente siempre está cansada, le duele algo, esta preocupada o tiene ansiedad, pero de sexo nada, coño ya estoy mosqueándome. Anoche tuvimos una bronca medio regular, yo he dormido en el sofá y ésta mañana se ha ido a ese negocio tan importante sin tan ni siquiera decirme por ahí te pudras. Anoche, después de la bronca entré en un foro de internet para desesperados de amor y me confesé allí. En el anonimato, me contesto alguien diciéndome de la forma mas cruda posible que tenía mas cuernos que un canasto de caracoles, que si no me daba cuenta. ¡Joder!, me lo creí y encima no le encuentro mas explicación que esa a todo lo que nos está pasando desde hace meses. Es como si desde que ella gana bastante mas dinero que yo, me despreciase, o yo me siento despreciado, no se. Anoche que dijo que no me necesitaba para nada. si me la hubiese encontrado con un maromo en la cama no me habría hecho tanto daño. Te das cuenta, que cifra la necesidad en el dinero nada más, yo no soy nadie para ella, se siente suficientemente plena con “su” dinero.
-          Roberto, caramba, si no conociese a tu mujer diría que es una superficial frívola pero María no es así. María es algo más que una cuenta corriente ambulante. Vigílala. Yo tengo una empresa de seguridad, si tu quieres, la sometemos a un seguimiento top y que sea lo que tenga que ser. Saldrías de dudas amigo.
A Roberto un escalofrío le recorrió la cara dejándosela fría como la superficie de un espejo. Solo la idea de espiar a su mujer le producía nauseas. Sería mas honesto escupirle a la cara que era una zorra y desde luego él no era el más indicado para reprocharle nada, empezó primero y tendría que confesar antes que acusar. No se sentía capaz, era un asador muy grande para tan poca carne y podía terminar por encontrarse él encima de la parrilla cociéndose en su propio jugo.
-          Bueno, ya está bien, vamos al Salón de trofeos, nos tomamos un buen balón de Courvoisier, nos relajamos y luego te desplumo al póker.
-          ¿Eso habrá que verlo yanqui de los cojones!
Después de firmar la cuenta con su magnifico Shaffer de platino, Larry, cogió por el hombro a su amigo y se dirigieron al Salón de Trofeos, una silenciosa y recoleta sala en semipenumbra decorada al estilo de los salones de los exclusivos clubes británicos. Se sentaron en dos amplios sillones tapizados en boxcalf rojo carruaje frente a una chimenea estilo imperio que dada la estación del año se encontraba apagada.
-          Lástima que no sea invierno, Roberto, me pone optimista el ver arder un buen fuego.
-          Pues es lo que nos hacia falta colega, achicharrarnos con la temperatura que hace. Bastante quemado estoy ya como para más brasas.
Se acercó un camarero sigiloso que con una imperceptible reverencia preguntó por lo que iban a tomar.
-          Dos Courvoisier, en balón grande y sin calentar, ya las calentaremos nosotros como dios manda. ¿Verdad, Roberto?
-          Of course. Con las manos.



Mientras recorrían la casona de aspecto rustico de espacios enormes y altos techos Federico no perdía ocasión de pellizcar, manosear e incordiar a María que se escabullía cómo podía mientras hacía el articulo de la mejor forma posible al ricachón de Don Silvestre que podría comprarla. María hablaba y hablaba de las ventajas de la vida en el campo y lo bien comunicada que estaba la finca, con lo cerca que iba a pasar la nueva autovía que le iba a dejar a solo treinta minutos de la ciudad. Don Silvestre escuchaba, o parecía que escuchaba mirando a un lado y otro pareciendo que hacía algún tipo de cálculo mental. Terminaron la visita a todas las dependencias regresando al vestíbulo momento en el cual Federico invitó al comprador a dar una vuelta en el todo terreno por la propiedad.
-          Bueno Don Silvestre, ahora si le parece nos damos un paseíto en el todo terreno de la finca para que compruebe lo bonito que es el arroyuelo que la atraviesa por la quebrada.
-          Déjese de paseos ahora, no me interesa. Ya he visto todo lo que quería ver. Perdone un momento.
Se apartó dos pasos y sacó su móvil del bolsillo interior de su americana. María y Federico se miraron atónitos. La voz de Don Silvestre dejó de ser la amable que había exhibido durante la visita y se tornó viva, dura e inflexible.
-          Dentro de una hora. Aquí le esperará la guardesa. Ella tendrá instrucciones. Mañana a las nueve quiero los bocetos de la remodelación en mi despacho. No me diga que no tiene tiempo. Trabaje toda la noche si es preciso, para eso le pago. Mañana hablaremos.
-          Bien, señores. ¿precio?
-          Hombre, Don Silvestre no le parece mejor que vayamos a comer y allí hablamos, los detalles, las comisiones y todas esas cosas se discuten mejor en torno a una mesa.
-          Vamos a ver si nos entendemos, caballero. Es mi costumbre comer solo. No me gusta, por principio compartir mesa con nadie y menos cuando de negocios se trata. Dígame el precio ahora, tengo prisa.
-          Nuestro cliente quiere tres millones.
-          Eso son mal contados quinientos millones. Caro, amigo, caro. Le voy a contra ofertar y no pienso bajarme de ahí. Le oferto un veinte por ciento más de lo que debe valer. Las comisiones se las arregla con el vendedor, bastante hago yo con comprar y correr con los gastos, no se crea que no se que vender una finca de estas, que es de recreo puro le va resultar difícil. Dos millones y medio ni un céntimo más. La pelota está en su tejado.
-          Eso supone rebajar el precio un diecisiete por ciento, es bastante, piénselo.
-          No me gusta perder el tiempo. Le he dicho que dos y medio y es la última vez que lo digo.
El duro negociador con aspecto de bondadoso abuelito se dio media vuelta en busca de la rotunda guardesa cómo si la casa fuese ya suya. Federico se quedó mirando pálido cómo el papel a María que sin descomponer el gesto sacó su móvil y marco el número del cliente.
-          Don Fernando, hola buenos días soy Maria de la agencia de Don Federico Arenas. Estamos en su finca de El Espinoso con un comprador. Ha contra ofertado dos y medio, no, no, espere. No es mala oferta, considérelo. Esta finca está dentro de un parque reserva de la biosfera. Usted sabe que no hay forma de hacer nada como no sea montar a caballo y cazar en la estación permitida. Cómo mucho, construir una piscina y un campo de tenis en los escasos diez mil metros de espacio acotado para vivienda según las normas subsidiarias del ayuntamiento al que pertenece. Sinceramente creo que debería aceptar. Sabe usted perfectamente que es la tercera agencia a la que acude para intentar vender lo invendible. Esas cosas se saben Don Fernando, este es un mundillo muy pequeño y una finca de tres millones no se vende todos los días. No soy quien para hablar aquí de necesidades perentorias pero, en serio, esta oportunidad no se va  a volver a presentar.
Don Silvestre se acercaba otra vez interrogando con el gesto sobre el resultado de la negociación. María al observarlo se dio media vuelta y se apartó unos pasos.
-          Le voy a hacer una confidencia. Si este cliente va a comprar es para tener un sitio apartado para sus fiestecillas, alejadas de toda mirada indiscreta. Le da igual que sea ésta u otra. Propiedades como estas las hay a centenares. No me extrañaría que si le decimos que no, tenga otra finca comprada ésta misma tarde. Hágame caso, acepte. Ah. Otra cosa, la comisión corre de su cuenta, ya sabe setenta y cinco mil, el tres. El comprador no quiere saber nada de compartir comisiones. Bien Don Fernando, usted, dirá.
-          María, si..., bueno..., espere un momento.
Mientras María esperaba la contestación, Don Silvestre charlaba ya relajadamente de caza y caballos con Federico sacándose su antiguo reloj Patek de la relojera de su chaleco a pequeños intervalos reflejándose en su cara por momentos la impaciencia.
María escuchaba por su auricular una charla tensa sin entender las palabras, con el tono era suficiente. Observaba a hurtadillas a Don Silvestre y estaba ya atacada de los nervios.
-          ¿Don Fernando?, ¿está usted ahí?
-          ¿Qué señal va a dar?
-          ¿Entonces de acuerdo?
-          Si, si, pero pregunte por la señal.
-          Don Silvestre, que señal va a dar. El cliente está de acuerdo en el precio.
-          Deje de hablar de señales, no estamos en el ejercito, y dígale a ese señor que esta tarde en la oficina de mi notario a las seis. Que le dé su dirección que le envío un empleado por las escrituras o si quiere que las lleve él mismo a Marques de los Castillejos 143 Entresuelo, la Notaría de Don Avelino Matute. A las seis firmamos y allí le daré un talón conformado. Señores, a las seis en la Notaría.
Se dio media vuelta y salió fuera. El chofer ya estaba con la portezuela abierta esperando a su jefe. Entró en su coche, la puerta se cerró firme pero suavemente y montando en la parte del conductor el imponente Rolls puso rumbo a la carretera.
-          ¡Joder, con el Silvestre del carajo! ¿Cómo has convencido al estirado del dueño?, porqué había dejado claro que menos de los tres kilos, ni un céntimo.
-          Tuve que jugar fuerte, estaba en juego mi diez por ciento. Siete mil quinientos, recuerda.
-          No se me olvida. Negocio hecho. Hasta las seis tenemos tiempo de comer o de lo que tú quieras.
-          Para comer siempre hay tiempo, para “lo que tu quieras”... ¿Dónde? Tengo las llaves de los Serrano.
-          Pues vamos, ¿A que esperamos?
Cada uno arrancó su coche y se lanzaron carretera adelante en busca de la pasión.

Sobre la cama, con la piel brillante por el trabajo desarrollado, escuchaba encantado el canto cristalino del agua del bidé sopesando, por el tiempo que tardaba, la cantidad de licor inyectado. La incipiente barriga le recordó que la cerveza era demasiada y el squash escaso; se prometió solucionarlo, cómo cada vez que se veía en esas circunstancias y temblaba solo de pensar que llegase el momento que no se la viese tras la montaña de grasa. Sostenía un cigarrillo en la mano entre los dedos pulgar e índice fumando con fruición satisfecho después del desarrollo de sus habilidades que sabía volvía locas a las mujeres, quizá, después de todo la barriguita no fuese tan inútil. Las volutas de azulado humo se elevaban morosas hacía el techo extendiéndose como una mancha de aceite sin que la mínima corriente de aire las deshiciese en el ambiente. Éste era ya tan espeso por la cantidad de oxigeno consumido que invitaba a dejar entrar algo de aire. Reunía fuerzas para llegar hasta la falleba de la ventana y abrir una rendija cuando apareció en la puerta del baño recortada contra la luz halógena el cuerpo maduro y jugoso de María. piel aún fresca y tersa a pesar de la edad, modeladas caderas y estrecha cintura excitaban en Federico el impulso de volver a reeditar los minutos antecedidos. Federico le tendió la mano con la que sostenía el cigarrillo invitándola a zambullirse de nuevo en su cuerpo.
María cogió la mano de Federico que respondió con otra poderosa erección. Con la otra mano recogió el reloj de la mesilla.
-          Fede, son las cinco y media ya. Bussines is Bussines. A la Notaría. Vamos conserva fría la cabeza. Ya habrá tiempo.
-          ¿Cuándo se lo vas a decir?
-          No me presiones Federico Arenas. Se lo voy a decir, cuando llegue el momento. No hay porque hacer daño por hacerlo. Le va a doler pero voy a intentar que sea lo más leve que pueda. Se lo diré, a su tiempo, cuando esté en condiciones de asumirlo..., y yo también.
-          ¡Estoy harto de escondernos! Quiero estar en público contigo, acariciando tu piel, besando tus labios, dando envidia a todo el mundo. No se hasta donde voy a poder aguantar.
-          Pues aguántate. Llevamos así un año. Si has esperado un año podrás esperar algo mas. Vamos, levanta y vístete que no llegamos y hay un dineral por medio. El no estar presente en la firma, prácticamente es renunciar a la comisión, que se terminará por cobrar, con leguleyos de por medio. Ya sabes mas vale un mal arreglo que un buen pleito, al final no nos dan ni la mitad de lo que corresponde. No seas vago, vamos.
María estaba que se salía de su camisa. Llevaba en el bolso un talón que Federico le extendió por los siete mil quinientos euros, después de recibir él uno de setenta y cinco mil de Don Fernando.
-          Las ocho menos cuarto, Fede. He quedado con Roberto y Esther a las ocho en el club para cenar. Me voy. Hasta el lunes.
-          Espera. Llama y di que esto se alarga. Di que no puedes ir. Pasemos la noche juntos.
-          No Federico. Ya te dije esta tarde que tiempo habrá. Hasta el lunes.
El tono de voz de María no dejaba resquicio a la ambigüedad. Federico no se atrevió a insistir. Si algo le excitaba de esa mujer era su determinación. En la edad en que el resto de las mujeres se debaten entre la conciencia del tiempo perdido, irrecuperable, y la necesidad de ser queridas apasionadamente en lugar de respetadas como señoras, la sensación de haber desaprovechado la vida en beneficio de los demás, que los demás no aprecian e incluso desprecian. En esa edad en que se sospecha que la vida está definitivamente perdida sin querer convencerse de ello, María era el icono del triunfo, sin rendija a la duda. Podría llegar a pensarse que esa actividad fría, segura y firme no era más que la sublimación de una vida privada desértica, castrante, pero no era así, conducía su vida privada con la misma segura mano en el timón que la de los negocios. De María daba la impresión que empezase su desarrollo profesional en esos momentos en lugar de pensarse que transitado el cenit de su carrera debería empezar el gozoso declive que rinde viaje en el merecido y satisfecho descanso.


Sostenía la copa de enorme balón de fino cristal en la mano derecha para comunicar al liquido contenido el calor justo que evaporase los aromas precisos que al beber a pequeños sorbos entrasen por la nariz para componer el exacto bouquet que el genial artista enólogo quiso que fuese el que diese personalidad a aquel aguardiente de la región de Coñac. Miraba fijamente el portentoso liquido que giraba en la copa a los pequeños impulsos de la muñeca mientras mantenía relajadamente apoyada la cabeza en una de las orejas del sillón.
-          Te has quedado muy callado Roberto.
Desde el otro cómodo sillón, Larry, menos diletante, hacía tiempo que había consumido su copa y reclamaba la presencia del camarero que le sirviese otra levantando su mano mientras escrutaba a su amigo.
-          Estaba pensando, Larry. Me preguntaba porque tenemos que ser tan complejos y me contestaba, resignado, es cierto, que seguramente eso nos ha permitido estar en el vértice de la pirámide. Ser tan rotundamente depredadores nos permite sobrevivir como especie, pero, entonces, que pintamos los que nos negamos a ser tan angulosos, ¿estamos aquí para ser las presas?, qué somos ¿el ganado del que los triunfadores se alimentan?, ¿se nos consiente existir porque se nos ve como despensa? Ser oveja no me hace ninguna gracia, pero no se ser otra cosa.
-          ¡Que mal te veo!, estás muy depresivo. Ese pensamiento es muy reduccionista, todos somos caza y cazador según cuando y que circunstancias. Tu estás así por lo de tu mujer, te sientes dolido, herido, agredido, injustamente tratado y, te conozco, eres incapaz de perjudicar ni a una mosca, no le has querido hacer el daño, que te crees que puedes hacerle, y estas hasta más irritado contigo que con ella. Te gustaría no tener imperativo moral alguno y hacer sangre en toda circunstancia, eso, tú crees, que te dejaría satisfecho, pero es algo que nunca  sabrás, porque nunca te podrás desprender de tu impronta  educativa, esa finura espiritual que mamaste de tus padres te incapacita para practicar la torpeza de la violencia meditada. No digo que no llegues a perder los estribos, pero preferirás caer del caballo y partirte la crisma antes de sacrificar al caballo por que lleva los estribos que tú has perdido.
De todas formas te repito lo mismo, de su infidelidad no tienes mas prueba que un delirante diagnostico de alguien que no os conoce y si tienes la certeza de tu propia infidelidad. Si ella te pagase con esa misma moneda, por demostrar aún, no podrías más que agachar la cabeza y asumir la lección.
-          No lo soportaría, Larry. Ya se que yo fui un cabrón primero, pero no lo podría aguantar. Me tendría que separar.
-          Tengo a mis espaldas el divorcio que tu ya sabes, no soy tan escrupuloso de espíritu como tu, las calles de Queens forjan otro tipo de carácter, y sin embargo lo pasé, pasamos los dos, he querido pensar, mal. ¿Cuánto tiempo anduve tomando aquellas pastillas?, tres, cuatro meses. No Roberto, no te lo recomiendo, habría de ser verdad y no.
Roberto aspiraba los tonos, aromas que desprendía su agotada copa y mientras se resignaba educadamente a lo que tuviese que venir. Observaba ese punto arrabalero, canallesco de Larry, autentico tiburón de los negocios. Con ese instinto, que probablemente obtuvo de la infantil convivencia permanente con el peligro de las calles, le había traspasado, era trasparente para él, no podría engañarle.
-          Bueno, Bob, ya está, no te creas que te vas a salvar de pagar las copas con todo ese maremagno de interrogantes vitales. La única verdad es el póker. A la sala de juegos, que te voy a desplumar.
Camino de la sala de juegos dejó nota en recepción de que vendrían a buscarle y estaría echando unas manos de póker con Mr. Morton.


El portero diligentemente abrió la puerta del taxi y una Esther juvenil y fresca salió flexible y atlética encaminando sus pasos a la recepción.
-          Buenas tardes, he quedado aquí con Don Roberto Noblejas, ¿podría avisarle?
Paco, el recepcionista salió reposado en busca de Roberto.
-          ¡Esther!, nunca pensé que nos volveríamos a ver tan pronto.
-          ¿Aún no ha venido María?
-          No, no se que le puede haber pasado, quedamos a las ocho, son y diez y no ha llamado tampoco.
En ese momento sonó el teléfono de Roberto.
-          De acuerdo, cariño, estaremos en el bar tomando una copa. Aquí te esperamos.
Se volvió hacia Esther, que le contemplaba ensimismada y a Larry que simplemente esperaba saber la causa del retardo
-          Que se ha retrasado porque el negocio se ha cerrado esta tarde mismo y aún tiene que pasar por casa a cambiarse. Vamos a tomar un aperitivo.
-          Roberto, me tengo que ir ya, he quedado con mi gatita, ya sabes. Esther, me alegro de volver a verte. Ya nos veremos Bob, me tienes que contar ¿eh?
En tono de voz quedo y cómplice Esther preguntó que era eso de la gatita, sonriendo divertida.
-          ¿Tiene una amiguita?
-          ¿No lo sabes?, veo que no lo sabes. ni te imaginas quien es la gatita. Esta mañana veníamos de hacer unos hoyos y por poco no me da algo. Me encuentro a Blanca llamando osito a Larry y al ver que yo la conocía por poco no arma el dos de mayo.
-          Espera, espera. Te refieres a Blanca, a mi Blanca de mi servicio, la auxiliar reconvertida a enfermera, la gordita moldeada a golpe de quirófano.
-          ¿Quirófano? No me vengas ahora con que su transformación...
-          Si, hijo, si. quirófano, pero vamos a dejar eso ahora. ¿Blanca la que te presenté anoche?
-          La misma, hecha una descarada tunanta que tiene sorbido el seso a Larry.
-          Ahora empiezo a entender algunas cosas. A todos en el servicio nos tenía la cabeza caliente el nivel que llevaba Blanca. Ropa mas que cara, días solicitados sin sueldo para cuidar a su madre enferma. Su madre tiene Alzheimer, pero está en una residencia especializada, y cara, pero ella no sabe que lo sabemos nosotros. Un colega tuyo fue a ver a su amigo de la facultad, Goya, el dueño, a su Residencia, y al verla por allí le preguntó si estaba por motivos profesionales o si tenía algún conocido ingresado, y así nos enteramos, pero como ella no suelta prenda, es solo un secreto a voces. Así que los días pedidos cada dos por tres, no sabía nadie a que venían, como los fines de semana relámpago en Londres. ¿De donde sacará ésta...?, ahora encaja todo. Es la mantenida de Larry. Se va a enterar, caradura, ¡no decírmelo!, que se supone que soy su amiga. Lo menos que se iba a imaginar ella es que por esta carambola todo iba a quedar claro. Siempre con esos aires, por eso trata con el desparpajo que trata a los jefes, le importa un bledo que la rescindan el contrato, porque está de contrato, no es fija.
-          Sabe lo nuestro. Se lo contaste. ¿porqué?
-          Anoche, después de irte tu. Sin morbo alguno. Se lo dije para que comprendiese la confianza que teníamos nosotros. No hubo forma de convencerla de que no había ya nada de nada, por mucho que le dije que aquello está lejos en el tiempo. Surgió porque apareciste tu, de no haber sido de esta forma ni me habría acordado. Nunca fue mi intención revelar ningún secreto. ¿Y lo ha utilizado?
-          De alguna manera lo esgrimió cuando nos quedamos solos, un instante, para colocarse en una situación de preeminencia. Se sentía amenazada por mi y  no se porqué. Le sorprendió verme con Larry. ¿Y dices que está de plástica?
-          En el Centro, cuando era auxiliar, gastaba menos que Borges en videos, lo ahorraba todo, quería perder peso en una clínica especializada. Tuvo la suerte, ahora ya, hasta lo pongo en duda, de que le tocase una lotería que fue cuando dejó el Centro, estudió enfermería y cambió el aspecto de forma radical.
Roberto quedo pensativo mirando fijamente a los ojos a Esther que por un instante se ruborizó. Pero no, no era una mirada que dejase sospechar deseo, era mas bien un grito ahogado de ayuda que no quería que se manifestase como tal, era una interrogante ausente de porqué, así a secas, planteando todas las preguntas a la vez llegando hasta la primera y primordial, ¿qué culpa tengo yo?, eso era, cara de culpa no asumida, de rencor que hiere el alma pero no se desenraíza, de déjame en paz pero escúchame.
-          Esther. Anoche tuve una bronca medio regular con María.
Se detuvo un instante, vaciló imperceptiblemente antes de continuar, como si fuese a descubrir todos sus secretos mas vergonzantes pero decidido a tirarse a la sentina de la verdad aunque las manchas le delatasen. Se confesaría con ella, sabiendo que la confesión iba a tener un alto costo, pero de alguna forma necesitaba acabar con aquella incertidumbre, con aquella paranoia que le hacía creer a pies justillas a un internauta antes que a sus sentimientos.
-          ¿Y?...
-          ¿No te dije que cenábamos en Cristo’s? A la vuelta a casa, lo que viene sucediendo desde hace una temporada, me puse cariñoso y apareció el sempiterno dolor de cabeza, imposibilidad absoluta de tocarla y todo aderezado con algún que otro reproche. Esta mañana se ha ido de casa sin despedirse siquiera. Yo creo que si no es porque la llamas hoy, tampoco la veo.
-          Roberto tu también eres muy poco flexible. María está sometida a estrés, tiene un trabajo que, de acuerdo, se lo ha buscado ella, pero depende de resultados y tu sabes lo que es tratar con la gente, no siempre es fácil y en muchas ocasiones frustrante. Deberías comprenderla mejor. Creo que no tienes razón. Acuérdate de ti mismo cuando tenías una mala guardia, al día siguiente no había quien te dijese ni bonito.
La miró duro y desafiante. Como siempre, la solidaridad del sexo hacia estragos en su estima. Concedía más crédito a su mujer y no solo por ser su amiga, sino por ser mujer. Lo sabía. Las disculpan diseñadas para ella la mayoría de las veces solo habrían sido ridículas excusas en un hombre para enmascarar una aventura. Las mujeres siempre atesoraban un beneficio de la duda, los hombres siempre se verían perjudicados por ella. Insistió, era preciso que le creyese.
-          Tiene una aventura. Estoy convencido y me muero de celos, es algo superior a toda categoría de raciocinio, cuando pienso en ello, es cómo si esa función se me sustituyese por la rabia; mataría si llegase el caso.
-          Me sorprendes con tu debilidad. ¿Dónde está el medico, seguro de si mismo, razonador y comprensivo, inteligente y moderado? Te estas comportando como el esclavo al que el amo concede la libertad. ¿Sabes?, algunos esclavos negros de plantaciones de algodón sureñas, cuando se les vino encima, como un regalo, el abolicionismo, se negaron a dejar de ser lo que eran, les aterraba la idea de tener que decidir que hacer con sus vidas después de estar toda ella sin tener que arrostrar esa decisión. Cuando se vieron en los caminos, solos y libres, algunos se dedicaron al pillaje en las plantaciones de las que habían formado parte, pero no por lo que cabría imaginar, la revancha por tantos años de sojuzgamiento al capricho del amo, sino por todo lo contrario, porque ese mismo amo les dejaba huérfanos de toda seguridad y la libertad, como tesoro precioso, no servia para llenar el estomago, solo servía para que la luciesen los mismos blancos que se la regalaban.
Agitaba su copa haciendo tintinear los cubitos de hielo mientras miraba superficial y divertida, como el que descubre un secreto evidente a un niño y disfruta al ver su cara de sorpresa. Dio un sorbo al vaso, se seco la boca con una servilleta, esperando que Roberto replicase. Ante el mutismo de su amigo, continuó.
Eso es precisamente lo que te está pasando a ti, cariño. Solo pensar que te pueda dejar María te enerva porque dejarás de tener aquello que te hace volver a casa cada día. Te obligará a reinventarte cada día, a salir de tu aburguesamiento encanallado en la rutina. No es que te moleste que otro hombre la posea, es que te deja capacidad para volver a redirigir tu vida, y eso es lo que te estas sospechando que no podrás hacer. Sentirte dueño de ti solo, ¡que escalofrío!, ¿jueguecitos, cómo el que tuvimos tu y yo?, ¡claro!; travesuras con encanto. Seriedad de relación en pie de igualdad, jamás. Roberto, cómo todos los hombres, eres un inmaduro, el eterno adolescente que ciego de hormonas, solo sabe seguir el rastro que dejan unas faldas para abandonar entre ellas una semilla (¡ah! ¿pero se deja una semilla?) de la que desentenderse convenientemente, y que sea la hembra la que peche con lo que venga; la decepción, la angustia de la inseguridad e incluso si me apuras, el niño.
Dejo el vaso con fuerza, como queriendo subrayar lo que iba a decir a continuación, el aviso inconsciente de que utilizaba artillería pesada a continuación. Su rostro mudó de divertido a serio y duro, dando la impresión de que harta de juegos florales comenzaba a hablar en serio, para no dar ni la más pequeña oportunidad a la ambigüedad.
No me vengas a mí con el numerito de los celos, que no cuela. Roberto, eres un encanto, pero para esto, no vas a encontrar en mí un cómplice, lo siento. Ahora seguro que estarás pensando aquello tan heroico de macho ultrajado, tipo: “la maté porque era mía” en un remake de los asaltos ciegos de rencor a los campos de algodón, pero piénsalo, hombre, los celos solo denuncian tu contingencia menesterosa.
Volvió a coger el vaso de la mesa y lo apuró de un sorbo. Se mostró satisfecha de lo dicho y se arrellano para cambiar de tercio. Se había dado cuenta de lo arisca que se había mostrado y quiso suavizar la situación no consiguiendo más que complicarla.
Me extrañaría mucho, de cualquier forma, que María te engañase pero si lo hace, recuerda que tu empezaste primero y que creerse que una relación es para toda la vida es verdad si asumes que una vida tiene muchas vidas, pero si como tu pontificas, que vida solo existe una, entonces tengo que comunicarte que las relaciones tienen principio y fin y me parece lastimoso tener que soportar una relación por empeñarse en verle el fin solo cuando hayas cerrado los ojos definitivamente. No llegues a desear la muerte para liberarte de un infierno, eso es estúpido y fundamentalista, propio de una sociedad basada en la explotación y ésta en la que vivimos gracias a dios, o a quien sea, ya no es así.
Sabía que Esther era librepensadora y algo atea, pero esperaba otra cosa de ella. Llevaba toda la tarde esperando que apareciese para tener hombro que mojar con sus lágrimas y se encontraba con una lija del siete que le había abierto sangrantes surcos en los párpados.
-          Podrías haber sido un pelín mas comprensiva, aunque solo fuese por lo que compartimos en su momento. Solo buscaba una pizca de solidaridad. Ya veo.
Roberto también quería con aquella frase intervenir para sacar la conversación de los derroteros que tomaba. En realidad estaba sin palabras, atónito y jamás pensó que Esther, su idealizada Esther pudiese salir por la vía de Tarifa.
-          ¡Otra vez no! No me saques a relucir aquel desahogo, que después de analizarlo, no fue más que eso, un alivio, animal, bestial, electrizante, pero desahogo para liberar aquella tensión que acumulamos en una noche jodida de guardia. Prueba de ello es que al intentar reeditarlo se quedó en gaseosa sin gas, o sea algo dulzón y totalmente prescindible llegando a ser vomitivo. No me hagas recordar aquel último polvo que te empeñaste en echar en la sala de curas, de lo único que me enteré fue de tu asqueroso aliento a tabaco y tu urgencia penetrante que tuvo la virtud de hacerme aborrecer el sexo por una temporada. No pensaba decírtelo, pero creo que ya va siendo hora que los escuches. Aquel día, cuando te fuiste tan satisfecho de la paja que te hiciste con mi vagina tuve que ir a vomitar.
Hizo un silencio para dar oportunidad a su interlocutor a terciar, al tiempo que escrutaba su rostro no encontrando en él más que desierto inerte y plano. Era evidente que no iba a encontrar replica. Incluso se sintió culpable de su rudeza. Era obligado quitar tanto hierro, o al menos forrarlo de palabras mas mullidas.
-          Lo siento, me has casi obligado. Y no te creas que cuando ayer me rozaste, con toda la intención, la espalda, no me excité, lo hice, pero yo, y creo que todas las mujeres, al no tener más que una cabeza, la de los hombros, tenemos mas seso que los hombres para renunciar a lo imposible, a lo que nos va a hacer más daño que reportarnos placer, por muy intenso que sea éste.
No había más salida que la protesta lastimera, hacerse compadecer para que se acabase el castigo.
-          ¿Qué os pasa hoy a las mujeres conmigo? Primero, María, con el pedazo de palo que me dio esta madrugada, luego esta tarde, tu queridísima compañera Blanca y ahora tu. Yo no se que voy a tener que hacer; ni siquiera me explico porque me seguís gustando tanto.
-          ¿Todavía, a tu edad, no te has dado cuenta?, estas cortito de entendederas. Sencillo Roberto, sencillo: te hacemos creer, os hacemos creer que os necesitamos para que alimentéis el ego que es lo único que os mueve. En todo el reino animal, el que hace exhibición de hermosura y plumaje es el macho, en nuestra especie a falta de plumas, y algunos las tienen, os tenemos que convencer con  nuestra actitud, que sois los reyes de la creación sino no tenemos manera de hacer carrera de vosotros, porque sois bastante torpes, os deprimís enseguida reaccionando como la bestia ciega que sois, arremetiendo contra lo que tenéis mas cerca, que para nuestra desgracia somos nosotras.
El pobre Roberto cada vez entendía menos. Cada vez le parecía mas que Esther solo quería desquitarse de no se qué y  no quería dejar pasar aquella oportunidad. Lo mismo cuando llegase María ocurría la tragedia y le escupía en su cara lo de su aventura si al parecer tanto asco le dio. Si eso sucedía con toda probabilidad quedaría allí como la mujer de Lot, fulminado como estatua de sal. Se lo merecía, por mentecato e ingenuo. De una mujer no se puede ser amigo, le decía siempre Federico y él le rebatía. Se le iba conformando nítidamente la idea de que iba a tener razón.
-          Hacia tiempo que no hablábamos. Tú no eras así en Primaria, eras más dulce, más comprensiva...
-          Si, mas pava. Estos años, te aseguro que me han enseñado que de quien menos se puede fiar una es de vosotros, porque en cuanto nos descuidamos y os entregamos nuestro corazón lo único que sabéis hacer con tan delicado tesoro es ensuciarlo para finalmente, cuando ya no os gusta como lo habéis dejado romperlo en mil pedazos. A mi me ha costado muchas lagrimas recomponer el mío, en mas de una ocasión, y si vivo muchos años, volverá a suceder, pero voy a intentar por todos los medios que no suceda y si no hay mas remedio que sea lo mas tarde posible, cuando en lugar de corazón, a fuerza de desprecio, que es el pegamento que utilizo, solo tenga una piedra para que se rompa la crisma el que intente cornearlo.
Entrando por la puerta del bar aparecía una María luminosa, elegante y desenvuelta. Agitaba en la mano un papel que esgrimía como un gallardete mientras llamaba en alta voz a Esther, a la que vio en el momento que entró en la sala. A Roberto pareció no verlo y si lo vio fingió no conocerle. Al llegar a la altura de Esther se abrazó a ella alegrándose sinceramente de volver a verla.
-          Esther, ¿dónde te metes, cariño? No sabes lo que echo de menos las parrafadas de los recreos del colegio. Cada vez las extrañaba más, hasta que comencé a trabajar,  que no tengo tiempo ni de echarme de menos yo. Bueno, cuéntame, que tal por el Hospital. Ya me dijo éste que estabas magnifica.
-          Vaya, ahora ya no soy tu marido, ahora soy “este”.
-          Contigo no estoy hablando, así que te callas que estás más mono. Cuando abres la boca solo es para meter la pata. Anda, mira.
Le puso delante de las narices el talón de siete mil quinientos euros, tan cerca, que a duras penas pudo ver que se trataba de un cheque. Y abonó su discurso de soberbia, suficiencia, e independencia.
-          Te dije anoche y te lo repito ahora que no me haces falta, yo se bandearme por la
 vida  pero que muy bien. Esta operación se ha cerrado gracias a mi, si llega a ser por tu queridísimo amigo Federico nos quedamos a dos velas.
-          Tengamos la fiesta en paz María. Vamos a entrar a cenar.
-          Espera, espera, ¿dónde vas tú con las órdenes?, me apetece antes una copa. ¿Te das cuenta que sigues intentando tratarme como una propiedad tuya, sin contar para nada conmigo?
Esther sorbió como un líquido amargo aquel ambiente de violencia que su amiga estaba empeñada en crear y quiso suavizar las cosas. No era ésta la María que ella recordaba. Algo estaba sucediendo y lo iba a averiguar.
-          Venga ya María, déjalo estar, que bastante repaso le he dado yo antes de que tu llegaras. Tómate la copa en la mesa. Hazme caso.
-          Por ti, Esther, por ti, a este hay que atarle corto, pero que muy corto. Y encima yo estoy hoy que me salgo. Cualquiera me tose a mí esta noche. ¡Y bueno, ¿tu porque has tenido que dar ningún repaso a mi marido?!
-          Anda, frénate un poco que estas demasiado excitada. Vamos a cenar de una vez. Acuérdate, yo le conocí antes que tu, hemos sido amigos y compañeros antes, eso me dará ciertos derechos, digo yo. Pero para tu información, el repaso...
-          Esther, coño, ¿no vas a poder estar callada? Lo que he hablado contigo se suponía que era personal, pero si quieres, se publica mañana en el diario.
-          Ni caso chica, cuenta, cuenta.
-          Está celoso. Dice que tienes un lío.
Esther conocía a María desde que llegaron las dos a la guardería, asustadas, llorosas y moqueantes. Desamparadas de sus respectivas madres que las abandonaron en aquel inhóspito lugar, de manera instintiva se abrazaron y consolaron. Permanecieron sin quererse despegar hasta que llegó a recogerlas tres horas después la madre de cada una. Fue un hecho muy comentado que hizo creer a la cuidadora que se conocían de fuera y mayor fue la sorpresa cuando las madres negaron cualquier conocimiento. Desde entonces sus vidas fueron paralelas hasta que Esther comenzó enfermería y María se colocó de mecanógrafa en una asesoría, pero nunca se perdieron la pista. Se conocían mejor que si fuesen gemelas, imposible engañarse.
La imperceptibilidad del gesto, la sutilidad del rasgo, el mínimo envaramiento del cuello, podía hurtarse a cualquiera, la débil mudanza de color en las aletas de la nariz era inasequible también al que no hubiese pasado por todo tipo de vicisitudes junto a María. Esther se estremeció cuando supo que María afirmaba con su cuerpo lo que su lengua negaba. La mirada de Esther, como rayo rasgante y acusador a su pesar, hizo saber a María que no la confundiría, que ni la había engañado, ni lo conseguiría. En esa mirada no había reproche, no podría haberlo, si tenía en cuenta los antecedentes pasados, pero María tampoco pudo pasar por alto algo extraño en los ojos de su amiga, precisamente que no hubiese reproche. En condiciones normales, Esther le habría abroncado con su mirada por no serle sincera, pero no, no había regaño en su rostro, éste, era mas parecido al de la amiga glotona que se ha comido el merengue del dulce sin decir ni pío y es cogida en falta. Y lo supo al instante, eso solo podía significar lo que significaba. La cara se le cambió con la misma sutilidad y Esther la leyó al instante. Las miradas se cruzaron como dos espadas antes del duelo. La suerte estaba echada. Habría que aclarar ciertas cosas. Y todo transcurriendo en menos de un segundo. Los ojos gritan lo que la lengua calla. Solo es preciso saber mirar a los ojos ignorando los labios que se mueven retorciendo la verdad.
-          ¡Y sigues con la misma de anoche!, no eres tu plomo, ni nada.
María cogió por el brazo a Esther con firmeza violenta, mientras le susurraba no queriendo que su marido lo oyese.
-          Tú y yo tendríamos que poner en claro algunas cosillas, traidora. ¿De acuerdo?
-          ¿Qué cuchicheáis las dos?, ahora me acuerdo porque dejamos de salir juntos, siempre estaba yo en minoría.
Roberto no se dio cuenta de nada. Era como si una conflagración cósmica se hubiese dado pegado a él, pero en otra dimensión, cómo si los colores chillasen o los sonidos cegasen y él no tuviese el órgano preciso para percibirlos. Estaba en el ojo de un huracán gigante y él creía que la mar no podía ser ya mas calma. Se sintió satisfecho de ver a las dos amigas del brazo contándose confidencias, eso quizá aplacase a la fiera de su mujer; el horizonte aún no se veía, pero tenía el pálpito de que pronto aparecería claro y luminoso emergiendo de la bruma. No sospechaba que la verdadera tormenta estaba por llegar.
La cena pasó en medio del más educado cinismo. María había dejado de raspar y estaba más como ella era, dulce sin  pasarse, Esther sin embargo estaba algo rígida, no tan rompedora como cuando se encontraron solos, pero lo achacó a que con su amiga adoptaba sin querer otra actitud para que no fuese a sospechar nunca lo que hubo entre ellos. Terminaron de cenar intercambiando palabras obligadas, forzadamente inofensivas y hablando de viejos recuerdos y anécdotas desprovistas de toda emotividad que pudiesen hacer saltar cualquier espoleta retardada.
-          Estoy muerta, el día ha sido difícil de verdad, los siete mil quinientos me los he ganado a pulso pero me ha dejado exhausta. Nos deberíamos ir ya, ¿os parece?
Esther agradeció que la tortura acabase. Deseaba llegar a casa y olvidar aquella mala y espantosa idea que tuvo de reencontrarse con su amiga a recordar viejos tiempos.
-          Roberto, ¿me pides un taxi?
-          ¿Un taxi? Esther, ¡ni hablar!, no voy a consentirlo, yo te llevo a tu casa.
María no iba a soltar el bocado. Esta era la parte de la velada que mas le interesaba y no estaba dispuesta a renunciar a ella. Ahora es cuando iba a empezar la fiesta y ellas eran las protagonistas, en una función sin público en la que ella iba a representar el papel de su vida y Esther solo iba de comparsa. Se dirigió a Roberto conciliadora e incluso cariñosa. Esther comprendió lo que se estaba cociendo y no le gustaba nada.
-          No, déjalo cariño, yo la llevo a su casa y así charlamos de nuestras cosas por el camino sin que estés tu para incordiar.
Esther probó, a sabiendas de que no servía de nada, a resistir.
-          Que no Maria, que estas cansada, de verdad, yo cojo un taxi.
Quería esquivar una estancia a solas en un espacio tan reducido con su amiga. Sabía que significaba esa terquedad de María por acompañarla a su casa. Hubiera preferido irse a casa andando, pero la suerte estaba echada. Sintió necesidad de ir al servicio, descompuesto el cuerpo. María recuperó su ímpetu marcial y ordenó.
-          Ni hablar. He dicho que te llevo yo y te llevo. Roberto te puedes ir cuando tú quieras, en casa me esperas. Acuéstate, a lo mejor hasta nos vamos de marcha Esther y yo.
-          Pero...
-          Ni pero ni nada. Vamos Esther.
Roberto, resignado, se despidió de Esther, que le miró en un último intento suplicante, pero no lo comprendió. Luego lo hizo de su mujer de rutinaria forma y fue por su coche. Las dos mujeres hicieron lo propio y cada uno tomo su rumbo.
Era tarde ya, el club se encontraba en una colina, a las afueras, y desde el edificio social podía aún vislumbrarse en el horizonte un tinte azul negro testigo de la morosidad, casi veraniega ya, del sol por abandonar el escenario.
Las dos mujeres abordaron el coche en silencio y así permanecieron mientras por el serpenteante camino que descendía de la colina se aproximaban a la autovía. Cuando se incorporaron al torrente circulatorio María se colocó en el carril de la derecha y deliberadamente disminuyo la marcha. Agradecía tener que ocuparse del volante porque su deseo primario era arañar a su acompañante.
Desde que se conocieron, casi en la lactancia, pasando por la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez había presidido siempre sus relaciones la máxima del bombero: nunca pisarse las mangueras. Si una de ellas hacia palpitar su corazón por un chico que interesaba a la otra, una siempre se retiraba esperando que los acontecimientos se desarrollasen por si mismos. Nunca se traicionaron, siempre se fueron leales, por eso María estaba aún más irritada, era lo último que se le hubiera pasado por la imaginación. No con Esther.
-          ¿Algo me tendrás que decir, no? Digo yo que me debes una explicación.
Esther hizo un último intento, desesperado, en la absurda esperanza de que María le siguiese el juego, que se celebrase la liturgia de la desmemoria y la ocultación sabida y tácita en el altar de tan sólida amistad. Pero su querida amiga quería hurgar en la herida viva, no iba a ser fácil zafarse de la llave moral.
-          No se a que te refieres, María, por dios, me das miedo con ese tono de voz.
-          Mira querida, si se tratase de otra me podrías colar el gol, pero tu no, te lo he leído en los ojos, son para mi el monitor de tu cerebro. Quiero que me lo cuentes todo y ahora mismo. No añadas al agravio, la burla.
Estaba justo en el punto que tantas veces temió y que creía definitivamente olvidado. Era preciso afrontarlo con un perfil bajo, intentando desactivar en la medida de los razonable lo mas truculento del asunto, llevándolo al terreno de lo anecdótico, preservar hasta donde se pudiera la amistad.
-          Maria por todos los santos eso ocurrió hace siglos y no tuvo ninguna trascendencia. Fue un fuego de artificio que surgió espontáneo como válvula de seguridad de una situación tensa que vivimos los dos y nada más, no te puedes imaginar lo que me lo he reprochado hasta que lo olvidé. ¿Porqué te crees que me marché al hospital?, no soportaba tener que cruzarme con Roberto y me producía urticaria pensar que tendría que coincidir contigo alguna vez. Yo lo he pasado muy mal, ¿sabes?, muy mal.
María no estaba dispuesta a soltar presa. Iba a hurgar en la herida hasta desangrar la pieza cobrada. Estuvo toda la cena regocijándose de su descubrimiento. Su amiga, su gran amiga, le prestaba su último servicio a un coste alto, la pérdida de la amistad, pero merecía la pena. Desde ese instante estaba legitimada, la coartada moral era perfecta, podría dejar a Roberto no ya sin remordimiento, sino arrostrándose el papel de victima encima. Estaba satisfecha, era una triunfadora, y si debía machacar a Esther, lo haría.
-          ¿Y no lo pasaste mal mientras te lo follabas? Me quieres convencer que solo fue una vez y se terminó, por favor, ¿por quien me tomas?
-          De acuerdo, sucedió un par de veces más pero no había pasión, no fue más que la inercia de aquella primera vez. Se termino antes de empezar.
No entraba al trapo, era menester echar sal gorda dentro de la herida para que escociese y aullase de dolor, que se defendiese atacando y pudiese enseñar ella su orgullo de esposa desairada, si no, la jugada quedaría incompleta
-          Creí que te conocía. No podía imaginar que tu cinismo llegase a tan altas cotas. Es demasiado para un solo día, pierdo a mi mejor amiga, o eso creía yo, y encima me entero de que es un zorrón y una cínica.
La añagaza surtió el efecto esperado, hacer perder la calma conciliadora a Esther.
-          Ya está bien. He intentado explicártelo por la buenas, pedir disculpas, pero no voy a arrastrarme más, lo hacia por nuestra amistad, pero ya veo que no hay solución, que estás dispuestas a romper por una nimiedad una amistad de toda una vida. Pues bien, y que me dices de ti, yo seré un zorrón pero tu eres una iza en toda regla. Yo tuve un desliz despreciable en todos los sentidos con tu marido, que por otra parte, tampoco vale tanto en la cama, pero, ¿y tu? ¿Desde cuando le ornas la cabeza? Me sorprende que te hagas la esposa afrentada cuando tú no eres más que una adultera en regla, porque no pretenderás convencerme que la sospecha de tu marido es vacua. De la misma manera que yo soy trasparente para ti, tu lo eres para mi y tu cara ha sido toda una tesis adulterina, y por lo que he podido ver no es cosa de antesdeayer. ¿Cuántos meses, o años, llevas engañando al pobre de Roberto?, no sería mas honesto que le dejases. Desde luego te puedo asegurar que le matas, él no se merece esto y va a necesitar de toda la ayuda para recuperarse.
¡Conseguido!. Exultaba de gozo. Se habría comido a besos a Esther por prestarle ese servicio, pero el guión exigía otro desenlace.
María de un volantazo, se metió en el arcén y gracias al ABS, el frenazo no hizo hacer el trompo al coche. Con las manos en el volante, la cabeza gacha y resoplando como un búfalo antes de embestir permaneció unos segundos hasta que echando la cabeza atrás e inspirando profundamente se volvió hacia Esther con la mirada de hielo en los ojos.
-          Esto se ha acabado aquí, guarra. Pretendes hacerte ahora la digna, echarme en cara a mi tener una aventura cuando tú, dios sabe cuantos años has estado ridiculizándome. Os hartabais de reíros de mi ¿no? ¿Te crees que puedes ahora darme lecciones de honorabilidad cuando te llamabas mi amiga mientras me robabas a mi marido? Fuera de mi coche.
Había hablado deliberadamente bajo para controlar su instinto agresor, pero aquello era el final y solo deseaba que Esther desapareciese como a instancias de un abracadabra y ella no se movía paralizada por la orden. La voz se fue alzando a medida que repetía la orden perdiendo el poco temple que le quedaba.
-          ¡¡Fuera de mi coche, he dicho, puta!!
-          María, estamos en medio de ningún lado, ¿que hago yo en la autovía?
-          ¡¡Que te vayas!! ¡¡Fuera, fuera, fuera!!
Esther salió del coche y sin terminar siquiera de cerrar la puerta, María arrancó haciendo patinar las ruedas de su Mercedes. Se dio cuenta entonces Esther que se había dejado el bolso en el coche, justo en el momento que veía como el coche frenaba en medio de una polvareda, que difuminaba el rojo vivo de la luz de pare, y la puerta se abría, un objeto era arrojado fuera para volver a arrancar y perderse en dirección a la ciudad.
Desolada, abatida, perpleja, aterida por los nervios, rompió a llorar. Acababa de perder a su mejor amiga de la manera más estúpida. No hay secreto que se pueda ocultar eternamente, antes o después, un descuido, una palabra a destiempo, un gesto inconsciente desata toda una procesión de aconteceres que cada uno por si solo nada significan pero cuando se confabulan para ir de la mano uno tras del otro es como cuando el material atómico hace masa critica, la deflagración no es humana, es aterradora. Es el fin.
Efectivamente era el fin y era incapaz de alcanzar a comprender cuales serían a partir de ese instante los sucesos, estaba demasiado aturdida para pensar en nada, ni siquiera en el modo de salir de la situación en la que se encontraba, sola, en una autovía, a varios kilómetros de su casa y si medio de trasporte.
Un coche se detuvo a su altura. La ventanilla del acompañante descendió y una voz cascada se dirigió a ella.
-          ¿Cuánto?
Al principio no comprendió que sucedía. Se felicitaba eso si, de que le hubiese parado alguien y sin ni siquiera hacer señales, pero lo de cuanto, así, en interrogativa no lo alcanzaba. Se acerco más a la ventanilla y entonces comprendió a la perfección,  lo que tuvo la virtud de sacarla de  su estado de shock.
Reaccionó encendida de indignación.
-          Maldito hijo de puta, que te folle un pez, cabrón, ¿que te has creído, cerdo?
La indignación acumulada por lo sucedido, que no encontraba salida, súbitamente descubrió una válvula de alivio. Propinó un violento plantillazo a la portezuela del coche dejando de recuerdo a su rijoso propietario un bonito abollón.



Nada mas arrancar su coche con una sonrisa de satisfacción en los labios por el objetivo cumplido, se dio cuenta que Esther se había dejado el bolso olvidado con las prisas. Una cosa era escenificar una de honor percudido y otra distinta dejar a la pobre chica sin ni siquiera dinero para pagarse un taxi, desde donde fuese, “que se vuelva andando al club, que falta le hace, se ha puesto muy fondona”.
Le dolía, relativamente, la faena que había tenido que hacerle a su amiga, pero hacia ya tiempo que la vida le enseñó que en esta jungla no hay premios de consolación, o eres tu primero o no eres, después los remordimientos, angustias, dolores de barriga e insomnios varios ya encontrarían solución por otra vía pero lo que no tenía remedio era el no salirse con la tuya, a cualquier precio. Es,  imponer tu voluntad o te la imponen y ella ya decidió hacía muchos años que toda la atención que no pudo dispensar a sus imposibles hijos se la iba a dispensar ella. Después de Esther, tocaba Federico. Gozaba con la aventura que protagonizaba dejando restos de amigas y esposos por el camino, malheridos, cuando no muertos, esperaba que no, pero si así tuviese que ser, así sería.
Después de tirar el bolso fuera del coche arrancó derrapando para evitarse el tener que reprimir un segundo de debilidad hacia su amiga. El dolor que le producía dejarla allí tirada lo ahogó rápido en el recuerdo del polvo de la tarde. “Que bien folla el cabronazo ese”. Notó que se humedecía y cogió el teléfono.
-          Federico, ¿estás en tu casa? ¡Ah!, vale. Pues entonces espera ahí, nos tomamos una copa y luego celebramos en tu apartamento que mañana doy puerta a mi marido. Te voy a devorar esta noche, bestia.
Dejó el teléfono en el asiento del acompañante, bajo el cristal de la ventanilla y aminoró la velocidad. Dejaba que el viento fresco y acariciador de la noche le hiciese sentir en su piel los dedos de su amante. El pelo ondeando le producía aún mas sensualidad y hacia desear llegar cuanto antes al lecho de Federico. Se iba a entregar como nunca lo hiciera. La sensación de libertad al saberse ya irremisiblemente desvinculada de Roberto, aunque él aún no lo supiese, le concedía un extra de goce que era mas emocional que sexual pero que quería plasmar en sexo contra sexo, labios saliva y lubricidad. Se sentía por primera vez en su vida dueña de su destino, modelaría de ahí en adelante su existencia a la medida de sus deseos y no al contrario como fue la constante, turbia constante, antes de aquel instante glorioso en que se sentía omnipotente. Tenía urgencia por ser ella misma, quería disfrutar el delicioso sabor del egoísmo sin trabas ni estorbos. No volvería a ceder más. Se entregaba a Federico porque quería, no por escapar al frustrante y acabado matrimonio con Roberto.



Roberto cuadró perfectamente su coche en la plaza de garaje y quedó durante un rato escuchando el CD de Tchaikovski que le hizo compañía desde el club. No tenía muchas ganas de moverse de allí. Nada le reclamaba en su casa. El codiciado dúplex que tanto esfuerzo y guardias le había costado se le antojaba ahora como una elegante y fría habitación de hotel sin nada especial más que sus discos y libros. Al recorrer mentalmente su despacho vio el ordenador y quiso abrir el correo a ver si su anónimo comunicante le había contestado. Apago el equipo de música, saco las llaves de contacto y se dirigió ilusionado al ascensor.
Nada mas entrar en la casa se encamino al ordenador, lo encendió y mientras éste arrancaba, fue a su dormitorio a cambiarse. Cuando regresó un mensaje parpadeante le avisaba que tenía correo. Entre una larga lista de spam encontró lo que buscaba. Impaciente lo abrió.
            “Atribulado amigo, si soy hombre o mujer, es lo mismo, ¿acaso quieres que nos conozcamos?, si así fuese, dímelo y te enterarás en el momento de vernos. Sería emocionante, ¿no?, que intriga para ti, yo sé que eres hombre, tu no y eso añade misterio a todo esto. ¿Qué me hizo afirmar rotundamente lo que dije?, ¡y que mas da, hombre! Te sirvió para que ella reaccionase tal y como dices que ya es suficiente indicio de que no me equivoqué demasiado. De no haber sido cierto lo de los cuernos habría provocado en ella la ternura y el orgullo de sentirse amada, ver a su marido celoso, y sin embargo te la montó. De cualquier manera aunque la puesta de cuernos no sea efectiva, lo que si te digo es que ese matrimonio tuyo está mas acabado que el sifón, que no hay quien lo encuentre, por cierto, con lo que me gusta. Por lo que te leí, tu si la quieres, pero por lo que se hasta ahora ella a ti no.
Bueno tío, si quieres que nos conozcamos me lo dices eh.
Saludos”.
Quedó pensativo dudando si debía contestar o no. Independientemente del problema planteado con su mujer su espíritu de curiosidad innata le estimulaba a conocer a su comunicante, ¿hombre, mujer? Bueno si fuese hombre, un nuevo amigo, agudo sin duda, si era mujer, quizá una aventura puntual podría ser excitante. Solo pensar en que podía abrírsele una posibilidad de sexo anónimo le despertó su sexualidad. Se sintió bien sintiendo la rigidez  extrema en su entrepierna. Inmediatamente pensó en que su mujer ya no podría tardar, estaría eufórica por el gran día que había rematado ganando tantísimo dinero y volver a reencontrarse con su amiga del alma después de tanto tiempo. Le haría olvidar lo de la noche pasada haciéndola tocar el cielo, los dos iban a tocarlo. Se buscó su sexo instintivamente bajo el pantalón del pijama y tuvo que dejarlo porque su excitación anunciaba un final inexcusable si persistía en su estimulación. Prefirió cerrar los ojos e imaginar una magnifica María ruborizada la piel brillante por el placer entregándose sin reservas a él hasta la extenuación. Cuando acabasen los dos rendidos de gozo y juventud reencontrada y exhausta dormirían placidos y relajados hasta que las pieles calientes les hiciesen volver a encontrarse en un abrazo fundente y único. Pasarían el domingo entero holgazaneando desnudos entregados a la sensualidad relajada del abandono al placer. Sería el principio de un nuevo matrimonio para los dos.
Miraba sin ver la pantalla del ordenador que aún mostraba el e-mail de su comunicante. En un instante volvió a verla y se sintió estúpido por hacer caso a un desconocido ocioso que no tenía mejor cosa que hacer que dar consejos sin sentido. Le contestaría poniéndole o poniéndola en su sitio.
            “Enloquecido fat&ugly, no debería ni darte las gracias por contestar mi mensaje. Creo más bien que debería castigarme por hacerte caso en algo tan personal como las relaciones con mi mujer. Tuve un momento de debilidad y quise desahogarme sin tener nadie con quien hacerlo, nada más. Mi mujer esta absolutamente enamorada de mi, fui yo quien la presioné demasiado y ella se tuvo que defender, a veces se ser muy empalagoso y canso. No necesito que me des más consejos.
PD: para nada he pensado en averiguar cual es tu sexo, me trae al fresco.
Que te vaya bien.”
Pulsó el icono de enviar y se sintió satisfecho. Durante unas horas había decidido hacer su senderismo emocional particular y se había arañado el alma. Curado y repuesto se levantó del ordenador para dirigirse al piso inferior a servirse su copa. En esta ocasión eligió un CD acorde con su estado de ánimo, la Obertura 1812 de su amado Tchaikovski. Chopin para la melancolía, Peter para la determinación serena, triunfante. Los cañonazos finales de la Obertura le despertaron. Se había quedado dormido escuchando la música y una vez mas el vaso había desparecido bajo el sofá.
-          ¿María? Cariño, ¿has vuelto ya?
No recibió respuesta. Se levantó de su sillón y subió la escalera de dos en dos. Mientras se acercaba al dormitorio iba pronunciando el nombre de su mujer sin encontrar respuesta. Miro en el vestidor, el cuarto de baño, su despacho. Nada. Recordó que le había dicho que a lo mejor, incluso, se iban de marcha las dos. No lo creyó entonces y debía rendirse a la realidad machacona, estaban de marcha. “¡Que coño!, también tienen derecho las dos amigas a estar un ratito solas recordando viejos tiempos”. Se lo repitió en voz alta como para convencerse de que no estaba desilusionado, pero lo estaba, creía que su mujer llegaría detrás de él. Era ya tarde y se le cerraban los párpados. Haría lo que ella le dijo, la esperaría durmiendo, estaba seguro que al contacto de su cuerpo se desvelaría y tendrían la noche lujuriosa que había ensoñado en el despacho.

4.11.12

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