Cinco días. Sábado
La enésima vez que sonaba el DVD en los cascos, un
portazo le rescató de su estado inconsciente, sobresaltándole. No tenía clara
conciencia de donde estaba ni que pasaba. Paulatinamente fue recordando los
pormenores de la noche anterior, su desazón, sus dudas y rencores y finalmente
el estado de beatitud que le embargó con la contemplación de la madrugada.
Buscó el vaso sin encontrarlo, se quitó los cascos y apagó el aparato de
música.
-
¿María?, ¿estás ahí?
Escaló los peldaños de dos en dos plantándose en un
verbo en el dormitorio. Nadie. Buscó en el despacho y tampoco. Entonces cayó en
lo que le había despertado: el portazo. Buscó su móvil y marcó el número.
-
¿Qué quieres?
Fue una respuesta seca y dura, como un martillazo.
Aparentó no darse por aludido de la violencia en la voz que sabía que iba dirigida
expresamente contra él.
-
Hoy es sábado, has salido muy pronto, ¿no?
La replica de
María estaba dotada del filo de una katana.
-
¿Todavía sigues con el numerito de los celos? Yo trabajo, ¿sabes?, no
eres tu el único que lo hace. Tengo una cita para una venta importante, y
además, si te pusiese los cuernos ¿qué?, no te necesito, sabes que gano mas
dinero que tu.
El tono de Roberto quería ser conciliador. No se
sentía con ganas de romper baraja alguna.
-
Maria, por dios, ¿quieres calmarte?, solo quería saber si íbamos a
desayunar juntos y si comeremos en casa o en el club.
En ese momento se abrió la puerta de la casa. Rita
empezaba su jornada laboral. Como cada vez que entraba, primero tocaba el
timbre y luego sin solución de continuidad abría la puerta preguntando con la
rutina propia de los cientos de veces repetido.
-
¿Hay alguien en casa?
-
Si, estoy yo. No, no Maria, no es contigo, acaba de llegar Rita. Bueno
quedamos a desayunar o desayunas tú y luego quedamos en el club, si te parece,
para almorzar.
-
No creo que pueda ir a comer, la venta es difícil y cara. Tendré que
comer con el cliente y con Federico, a ver si conseguimos entre los dos cerrar
el trato.
María intentaba ahora ser convincente.
-
Entonces llámame tú cuando termines. Me iré al club, jugaré unos hoyos
y almorzaré allí. Otra cosa. Perdona por lo de anoche, no se lo que me embargó,
pero me pasé cuatro pueblos, perdona una vez más.
María ignoró deliberadamente la disculpa.
-
Ya hablaremos esta noche. Yo te llamaré cuando acabe.
Al volante de su SLK sonrió satisfecha. Una vez mas
recogía velas. Le tenía comiendo en su mano, estaba dispuesta a no dirigirle la
palabra más hasta que se disculpase y aún así todavía tenía que machacarle un
poquito más esa noche, que se enterase quien llevaba las riendas, con ella no
iba a jugar a los maridos ultrajados.
La mañana por las serpenteantes carreterillas de la
sierra era agradable. La primavera vestía de vida el campo y comunicaba al que
se dejaba penetrar por ella el ansía de vivir. Estaba feliz, se alejaban las
nubes de tormenta y lucía brillante el sol de su voluntad. Seguiría con sus
devaneos, con algo mas de cuidado, pero seguiría. La musiquilla del móvil la
sacó de sus consideraciones mentales.
-
¿Otra vez?, ¿Qué quieres ahora, pelmazo?
-
¿María?, soy Esther, ¿con quien te creías que hablabas?
-
¡Esther!, dichosos los oídos. Perdona, es que mi jefe no me deja en
paz. Por cierto, ¿cómo sabes este número?
-
Ayer vi a Roberto en el Hospital y quedé con él que te llamaría para
salir un día de estos. He llamado a tu casa y no estabas, Roberto me ha dado tu
móvil. ¿Dónde estás?
-
Voy conduciendo camino de una finca que espero vender hoy, en la
sierra.
-
Tu marido me ha dicho que estabas trabajando pero no me ha dicho donde.
-
Como que él no lo sabía.
-
Ya me he enterado que estás hecha toda una ejecutiva de éxito. ¿Cuando
vas a tener un huequecito en tu agenda para una pobre asalariada?
Al pasar un cambio de rasante que iniciaba una larga
recta, vio en lontananza un coche con lo que parecía un luminoso de policía.
Instintivamente levantó el pie del acelerador y tiro el móvil al asiento del
acompañante.
-
María, ¿María?, ¿estás ahí, María? Se habrá perdido cobertura.
Un coche de tráfico se cruzó con el suyo. Cuando en
el retrovisor el coche patrulla desapareció engullido por el cambio de rasante
volvió a coger el teléfono.
-
Perdona Esther, es que venía un coche de tráfico y he tenido que dejar
el móvil. ¿Esther? Joder, ¡ha colgado!
Buscó en llamadas recibidas y pulso el ok.
-
¿Esther?. Ah, perdona, tuve que interrumpir la conversación, venía la
poli y no tengo manos libres.
-
María, por favor, ¡con tu nivel! Y sin manos libres en el coche.
-
Nunca tengo un minuto para llevar a ponérselo. El coche que llevo es de
hace dos años cuando aún no todos los coches lo incorporaban.
-
Bueno, a lo nuestro. Estábamos en que a ver cuando podemos echar un
rato, juntos para comer o cenar o lo que sea.
-
Hoy almuerzo con mi jefe y el cliente, pero si quieres quedamos esta
noche, ¿En el club te parece bien?
-
Estamos a fin de mes.
-
Invito yo, no te apures, ¿en el club, entonces?
-
¿A las ocho? ¿Voy muy arreglada?, aquello es muy elegante.
-
A las ocho, y viste como tu quieras, no va a ser nada de etiqueta.
Además, vas ver algunas pintas que llevan apellidos de relumbrón que te vas a
quedar muerta. Estoy llegando. Llama tú a Roberto y confírmaselo.
-
Hasta la noche. Suerte con el negocio.
-
Gracias, hasta la noche.
Quedó Esther pensativa con el auricular en la mano,
sin colgarlo. Recordaba aquella María, tímida y huidiza, siempre sonrojada por
lo mas mínimo. ¡Cuantas veces tuvo que dar la cara por ella en el colegio!.
Cualquiera la conocía ahora, hecha todo un tiburón de los negocios.
-
Diga.
-
Roberto, soy Esther otra vez. Ya he quedado con María. a las ocho en el
club.
-
Caramba, solo va a faltar que me pongan una cama.
-
¿Porqué?
-
Voy a almorzar allí, no se si con mi mujer o no, y por lo que se ve
ahora a cenar también.
-
Con María no va ser, me ha dicho que come con su jefe y un cliente, por
eso hemos quedado para la cena. Bueno Roberto, tengo cosas que hacer, hasta la
noche.
-
Me tocará comer solo entonces. ¿No?
-
Bueno, hasta la noche. Tengo una pila de cosas que hacer, Roberto.
-
Hasta luego.
Terminó de cambiarse, cogió los palos, los zapatos y
se despidió de Rita que se afanaba en la limpieza del salón.
-
No comemos aquí Rita. Hasta el lunes.
-
¿Qué ha pasado aquí esta noche, Señor?, la alfombra de su sillón está
manchada y había un vaso debajo del sofá.
-
Se me cayó a mi anoche Rita, y no lo encontré. Hasta el lunes.
Descendió hasta el garaje. Metió los palos y los
zapatos en el maletero. Se sentó en coche y quedó meditabundo con la llave de
contacto en la mano. Ya no era la misma, su trabajo la estaba cambiando, se
volvía áspera por días. Cómo pudo ser así de dura con él. Quien era la de
verdad, ¿la de antes o ésta que le zurró fuerte anoche?. Un ataque de celos lo
tiene cualquiera, ¡joder!, un mal momento. No tenía ningunas ganas de jugar al
golf, pero ¿qué iba a hacer?, ¿quedarse en casa con Rita?, la indirecta a
Esther había hecho un ridículo estrepitoso, ni siquiera le concedió un disculpa
misericordiosa, directamente la ignoró. Se sonrojó al sentirse tan grotesco,
mendigando compañía. La profesión suya era ya frustrante como para fracasar
igualmente en el campo privado y sentimental. Algo a su alrededor estaba
pasando y tenía la escalofriante impresión de que iba a ser el último en
enterarse.
Llegó a la puerta de la finca “Las Chimeneas”.
Federico Arenas estaba allí, recostado sobre la portezuela de su Z4. No hubo
forma de convencer a Roberto de que se comprase ese deportivo. Siempre tan
convencional, un Serie 5 y ni hablar mas del asunto. Odiaba ese conservadurismo
suyo, se había vuelto viejo antes de tiempo. Federico nació el mismo día, el
mismo año y parecía su hijo, siempre dinámico, alegre, cordial y nunca le
faltaban ganas de juerga. Roberto había envejecido prematuramente, no le
reconocía en aquel médico que le enamoró con su ímpetu juvenil, su optimismo su
negativa a mirar atrás, ahora parecía tener los ojos en el cogote.
-
Hola Fede, aún no ha llegado el cliente ¿no?
-
He llegado hace cinco minutos y no había nadie.
Le introdujo la mano a la altura de la cintura, por
debajo de su chaqueta de napa y atrayéndola hacia él la beso en los labios.
Notó su invariable palpitar siempre que se producía así.
-
Federico, por favor, aquí no, el cliente puede llegar en cualquier
momento.
-
¿Cuándo se lo vas a decir?, sabes que si no la haces tu, se lo diré yo.
En mi amigo pero no me duelen prendas.
Miraba a lo lejos, como sopesando lo que decía,
seguro de sus intenciones, determinado como siempre. Ella sabía que iba en
serio y el tiempo se agotaba. Se había separado de ella y encendía un
cigarrillo negro cuando un Silver Shadow se detuvo a su lado.
-
Buenos días Don Silvestre.
La ventanilla trasera del Rolls se abrió y un hombre
elegantemente vestido de seda con su sempiterna chalina saludó con un leve
movimiento de mano.
-
Abriré la cancela. Síganos hasta la casa. Allí, en el todo terreno
recorreremos la finca, si le parece.
El tal Don Silvestre con la voz del que está
acostumbrado solo a mandar se dirigió al chofer.
-
Manolo, siga a los coches.
La ventanilla volvió a cerrarse mientras Federico
abría el candado de la cancela y María entraba en su vehículo.
Por un estrecho camino asfaltado a poca velocidad y
tras diez minutos de relajada marcha, desembocaron en una amplia explanada con
árboles y parterres de plantas algo descuidadas. En un extremo se alzaba un
sólido edificio de granito y ladrillo visto con techo de pizarra de gran
inclinación. Diez chimeneas, así mismo de granito adornaban la techumbre. De
una de ellas se elevaba un penacho de humo blanco. Cada quien salió del coche.
Don Silvestre no lo hizo hasta que el chofer, Manolo, no le franqueo la salida
abriéndole la portezuela.
-
Me dijeron que la finca estaba deshabitada. Hay humo en una de las
chimeneas.
-
Y lo está. Avisé a los caseros que veníamos y han debido encenderla, en
estas fechas aún hace fresco en la sierra.
En ese momento la doble puerta de maciza madera en
arco de medio punto de la entrada se abrió y una sonriente y rotunda mujer les
dio la bienvenida.
Detuvo el coche a la entrada de la casa del club
dejándolo en marcha. El empleado después de dar los buenos días esperó a que
Roberto sacase su bolsa de palos y los zapatos para llevarse el BMW a la
cochera.
Con paso cansino, arrastrándose sin mucha convicción
entro a la casa. Saludó mecánicamente al recepcionista recibiendo una repuesta
igualmente mecánica. Quedó un momento detenido considerando si dirigirse
directamente a los vestuarios o pasarse por el bar primero. Era pronto para un
aperitivo y tarde para encontrar alguien que tuviese su hándicap.
-
¿Se le ofrece a usted algo Don Roberto?
-
No, no, gracias Paco, decidía que hacer primero. Gracias.
Fue el empujón que necesitaba para salir del bloqueo
que le impedía moverse. Decidió irse al bar a tomar un café y leer la prensa.
-
Buenos días, Laura. Ponme un café con leche pero cárgamelo bien.
-
Cuanto tiempo sin verle por aquí, Don Roberto. ¿Y su señora?
-
Bien, bien, luego vendrá por aquí, los negocios no perdonan ni en
sábado.
-
¿Lo va tomar aquí en la barra o se lo sirvo en una mesa?
-
Llévemelo a la mesa Laura, haga el favor, voy a hojear la prensa.
-
¿La de siempre?
-
Si gracias, “El Universal”
Dejó caer la bolsa de los palos sobre uno de los
sillones de mimbre que rodeaban la mesa y se acomodó en otro. Reposó la cabeza
y entornó los ojos. No podía apartar del pensamiento las duras palabras que le
escupió en su cara María. El nudo en el estomago que le apretó inmisericorde
con aquel acerado “ya hablaremos mañana” aún no había conseguido aflojarlo. No
solo eso, se había apretado más con la maldita y breve conversación de teléfono
de aquella mañana. El pensamiento le voló a Esther. ¿Quién era él para dejarse
llevar por el diablo de los celos?, él, que había sido el único infiel de
aquella historia, ¡y con su mejor amiga!. Y sin embargo Esther regresaba a su
pensamiento cada vez que se daba una situación limite como aquella, que se le
escurría entre los dedos, inasible, escapándosele sin saber que hacer con ella,
porque intentar manejarla de la manera que fuese le infringía dolor y dolor era
lo que no quería, la angustia del enfrentamiento, como no fuese a muerte, le aniquilaba. Y sin embargo tampoco se le
borraba de la cabeza aquella comunicación de su anónima comunicante, ¿o sería
anónimo?. Sin saber cómo, había interpretado que fat&ugly se traducía por
gorda y fea pero eso no quería decir que detrás de esa estúpida dirección
hubiese una mujer y tampoco necesariamente tenía que ser gorda y fea.
Como impulsado por un resorte se puso en pie en el
momento que Laura le traía el café y el diario.
-
¿Le ocurre algo Don Roberto?
-
No, nada, deje el café ahí, ahora mismo vuelvo.
Se acercó a recepción en busca de Paco.
-
Paco, por favor, la sala de Internet, ¿Está abierta? Acabo de recordar
que tengo que poner un e-mail.
-
Ahora mismo se la abro Don Roberto. Firme el libro de registro si me
hace el favor.
Roberto le dispensó una cara de escepticismo y
molestia a la vez al recepcionista.
-
¿Y eso de firmar ahora?
-
Me pone en un compromiso Don Roberto. Es que verá..., se estaba
utilizando este terminal para acceder a determinadas páginas de pornochild y ha
habido problemas con la policía. La directiva decidió entonces que era
necesario un registro de usuarios y los horarios de conexión.
-
¡Ah!, me parece muy bien.
Firmó en el libro al lado de la hora exacta y el día
y siguió al recepcionista que abrió el despacho desde el que los socios podían
mantener o continuar negocios o trabajo en la red.
-
Gracias, Paco.
-
Cuando acabe, si no le importa me avisa para que vuelva a cerrar.
-
Descuide, será solo un momento.
Entro en su propia cuenta de correo y comenzó a
escribir una nota para su anonim@ comunicante.
“Estimad@
fat&ugly, perdona que te llame así pero por no saber, no se si serás hombre
o mujer aunque no se porqué te hago mujer. Quisiera preguntarte el porqué de tu
seguridad. ¿Sabes?, cuando te leí en el foro fue como si todo se hiciese
sencillo y trasparente. Intenté poner las cosas en claro con mi mujer y la
bronca fue apocalíptica, se mostró indignadísima y yo creo que de haber estado
en un juzgado en ese mismo momento pide la separación. Creo que me equivoqué
haciéndote caso por eso te ruego me digas que te llevó, de todo lo que dije, a
afirmar tan categóricamente que había cuernos de por medio.
Un saludo. Roberto.
PD: Yo si le había puesto los cuernos a ella hace
unos años y nunca se enteró.”
Pulso la tecla de enviar, apago el ordenador y fue,
inexplicablemente más sosegado a tomarse su café. Al pasar por recepción avisó
que había acabado.
-
Firme la salida Don Roberto, haga el favor.
Volvió a firmar al lado de fecha y hora y fue a
sentarse para hojear la prensa.
Al llegar, solicita, Laura, le pregunto si quería
que le calentase el café lo que declinó.
Dio un sorbo al café y se dispuso a hojear el diario.
-
¡Roberto!, cuanto tiempo sin verte. ¿Cuánto tiempo sin venir por aquí?,
dos, tres meses. He preguntado infinidad de veces por ti.
Larry un americano grandote y dueño de una empresa
de suministros sanitarios vivía prácticamente en el club. Llegado a la ciudad
hacía ya mas de veinte años como representante para Europa de una prestigiosa
firma de suministros médicos americana, pronto se dio cuenta que instalándose
por su cuenta obtendría bastantes más beneficios que los que conseguía solo con
las comisiones, siendo éstas a pesar de todo, sustanciosas. Algún rifirrafe
tuvo con su empresa matriz cuando decidió iniciar la aventura, pero su talante
negociador y los buenos oficios de alguna que otra personalidad política,
hábilmente convencida, bastaron para que todo se quedase en fuegos artificiales
y exhibición de vistosas plumas para intimidación de la parte contraria. Ahora,
absolutamente rico, se dedicaba al sesteo, el golf y a varias señoritas que
hacían sus delicias.
-
¡Larry!, no te creas que no me he acordado de ti. He estado por
llamarte, pero sabes lo desastre que soy para los teléfonos. Además yo tengo
que trabajar, no como otros.
-
No me seas sarcástico. ¿Qué se te ha perdido hoy por aquí?
-
Mi mujer, María, ¿la conoces?, si coño, claro que la conoces. Bueno
pues tiene una venta, por lo que se ve muy importante, y me ha dejado solo
hasta esta noche que vendrá a cenar con una amiga suya, y antigua compañera mía
de trabajo. Esther, ¿te acuerdas?
-
Joder, Roberto, que valor tienes, juntarlas a las dos después de
aquello, ¿no se lo habrás contado a tu mujer?, te avisé que sería un error.
-
No, no sabe nada. es que por una de esas carambolas de la vida me
encontré a Esther y le dije que quedara con mi mujer un día. Eso fue ayer y le
ha faltado tiempo. Así que esta noche cenamos aquí los tres.
-
Yo también he quedado aquí pero a comer con una niña deliciosa, una
autentica gatita con garras y todo, me trae loco. La conocí en la cafetería del
Hospital General hace dos meses y desde entonces he perdido diez años por lo
menos. Soy consciente que no soy ningún Keanu, pero hay algo que me hace pensar
que no está conmigo, solo, por mi dinero. Ahora tengo que mandar al chofer a
recogerla. Hombre ya se que el dinero a mi edad es parte importantísima de
todo, pero yo lo sé y quiero creerme que al menos un veinte por ciento de la atracción
es por mi persona, sabes que soy realista.
-
Tu ex, sigue en Estados Unidos, ¿no?
-
Si, y déjala ahí, bastante infierno me hizo pasar con los dichosos
celos. Ahora con el dinero que le paso puede dedicarse a lo que mas le gusta:
el joder a todo el mundo, sin consentir que nadie la joda a ella. Bueno, ya
está bien de hablar de penas, ¿te hacen unos hoyitos antes de comer?. Por cierto,
¿con quien vas a comer?
-
Pensaba comer solo, María come con su jefe y el cliente.
-
¡Vamos!, faltaría más, comes con mi gatita y conmigo, y de paso me das
tu opinión. Pero es mía, ni se te ocurra..., que te conozco, bribón.
De un sorbo se tomo el café ya frío y con una mueca
de asco por el bebedizo congelado, cogió su bolsa y los zapatos de jugar y
siguió a Larry hasta el vestuario. Mientras se colocaban el calzado y guardaban
sus pertenencias en la taquilla quedaron en lo que se jugaban. Larry no
consintió en que se jugasen la comida, “viene mi gatita, y estaría feo”.
-
Las copas de la tarde mientras jugamos unas manitas de descubierto.
-
De acuerdo.
Con un apretón de manos accedieron al tee
dirigiéndose al primer hoyo.
El campo, diseñado por Teddy Lawson, estaba pensado
para disfrutar del juego, sin tener que ser un profesional para hacer par en
cada hoyo, solamente estar algo entrenado y tener asomo de técnica, era
suficiente para pasar un buen rato en compañía de buenos amigos.
Pensaban jugar nueve hoyos y se quedaron en cinco
porque la animada conversación que mantuvieron les demoraba de golpe a golpe.
Eso sumado a que ninguno de los dos consiguió ningún eagle y sí bastantes
boogies les hicieron desistir y emprender al camino de la casa club para
almorzar.
-
Estamos envejeciendo, Larry, no hemos tenido huevos de acabar los nueve
hoyos.
-
¡Si no has parado de hablar, joder!, demasiado que hemos completado
cinco.
Se detuvo y con cara de nostalgia, con esa tristeza
dulzona que los años decantan en los ojos miró a lo lejos. Se cepilló con su
manaza la cabeza y continuó hablando a un Roberto que se había detenido dos
pasos delante al ver a su amigo quedarse quieto.
-
¿Sabes Roberto?, me estoy
cansando, echo de menos la Gran Manzana. Nací en Queens, echo de menos las
calles.
-
No Larry, no, echas de menos tu
juventud, no las calles. He podido comprobar ya que las calles de Queen’s no
son aquellas de las que te has cansado de hablarme. Echas de menos tu ímpetu,
tu potencia, tu ilusión y tus sueños. Ahora que esos sueños están ya colmados,
te has quedado sin proyecto, eres solamente asquerosamente rico y acabas de
comprobar que no es suficiente para ser feliz.
-
No, no acabo de comprobarlo. Fue hace tiempo, justo el día que me di
cuenta que sacaba dinero del banco sin preocuparme si quedaría o no. Ahora me
gustaría ir a New York con mi gatita y empezar de otra manera, no de cero, sino
del infinito para alcanzar el todo.
-
Lo tuyo es ya preocupante Larry, me parece que en el fondo te gustaría
arruinarte para poder volver a empezar; eres un luchador impenitente y tanta
calma a tu alrededor te está enturbiando el entendimiento. Anda vamos a tomar
un Martíni antes de comer. Tu gatita hace tiempo que estará por aquí. Desde que
le enviaste el coche ha tenido tiempo de aburrirse.
-
No es de las que se aburre fácilmente, alguna fruslería se habrá
comprado mientras esperaba, a mi cuenta naturalmente. Me vuelve loco que se
gaste mi dinero.
Entraron en la casa club por la nave de utillaje
para dirigirse al vestuario directamente donde cambiarse los zapatos y dejar
sus palos mientras comían. Subieron los escalones de dos en dos, como dos
chavales, felices de estar juntos, hasta alcanzar la planta baja. Se dirigieron
al bar.
Sentada tras un velador, con sus perfectas piernas
cruzadas, insinuaba un muslo izquierdo sublime a través de la abertura lateral
de un ceñido traje blanco. Se parapetaba tras una revista del corazón. Una copa
de coctel reposaba mediada sobre la mesa. A medida que se acercaban la sonrisa
de Larry se hacia mas amplia y bobalicona.
-
¡Gatita!.
La muchacha que hurtaba su faz tras la revista, la
dejó caer sobre la mesa, cuando escuchó la voz de su amante mostrando su
cara a medio camino entre la sorpresa y
la diversión. A Roberto no. A Roberto la cara se le mudó de color. La cara de
satisfacción que traía después de una mañana en la agradable compañía de un
viejo amigo se le descolgó, se le tornó inexpresiva y dura. Fue un mínimo
instante, pero suficiente para que Blanca se percatase de ello. Con presteza
recompuso su vis intentando mantener una actitud neutra. ¿Por qué le afectaba
tanto comprobar que la gatita de su amigo Larry era Blanca, la compañera de
turno de Esther?. Se sentía como si le hubiesen pillado en falta. ¿Pero que
falta?. Quizá la actitud descarada de la
muchacha que sostuvo la noche pasada que le hizo sentir ridículo, cómo si le
pillase en un renuncio. Se sentía superior no como afirmación de una categoría
que era preciso defender, sino como algo natural, como el orden, o el ritmo
circadiano y ella le había descabalgado haciéndole saber que no solo en los
conocimientos profesionales o la posesión de cosas está la capacidad de
nivelarse a cualquiera. Le había descabalgado de su prejuicio, de su cliché.
Por eso se sintió corrido entonces y se encontraba inseguro ahora. Quizá temía
que aquella gatita le revelase a Larry su lado más vulnerable, ese que por nada
del mundo consentiría que nadie descubriese, su inseguridad para enfrentar
situaciones complicadas.
-
Roberto, te presento a Blanca, mi gatita.
-
Nos conocemos hace bastante tiempo, ¿verdad? Anoche, sin ir más lejos
nos vimos.
-
¡Roberto!. ¡Blanca!. ¡Me debéis una explicación!
Larry había cambiado la expresión. Volvían a actuar
sus músculos mímicos de la ira tantos años en reposo. No podía disimular que a
duras penas podía contener la indignación. El enrojecimiento de su cara se le
iba tornando en morado, a punto de la congestión. La expresión de la cara de
Roberto no ayudaba a quitar hierro a la situación, sino más bien a agravarla
porque se interpretaba de su vacilación y palidez extrema que algo se ocultaba,
inconfesable, aterrador. Si Larry no se lanzó a la yugular de su amigo fue
porque la cara de su gatita era todo lo contrario, divertida, relajada,
dominadora de la situación. Era imposible deducir de su aspecto que tuviese
algo de lo que arrepentirse.
-
Vaya, vaya, el cumplidor otra vez en menos de un día. Larry, no te
mosquees. Roberto trabaja en el Centro donde yo trabajaba de auxiliar. Anoche
fue al hospital a ver un paciente y Esther que también le conoce me lo volvió a
presentar. Eso es todo.
Larry bufó como un toro acorralado y se fue, a duras
penas, dominando, al tiempo que miraba alternativamente a uno y a otro
intentando desentrañar el supuesto engaño. Finalmente convencido de su error de
apreciación continuó.
-
Menos mal, por un instante me he sentido muy ridículo. Porque es
Roberto, que le conozco de años, si llega a ser otro no me contengo.
-
Larry, lamento el mal rato chico, pero después de estar escuchando toda
la mañana hablar de Blanca sin saber quien era y verla ahora aquí me ha dejado
sin habla. Tamaña casualidad era casi imposible. Lo siento de verdad.
-
Venga, ya está, no ha pasado nada. voy a preguntar si tienen ya nuestra
mesa preparada. ¿Vas a tomar algo antes de comer, Roberto?
-
Martini seco, gracias.
Larry se alejó de la mesa donde Roberto tomó acomodo
en uno de los cómodos sillones de mimbre. Blanca con todo el descaro del mundo
acosó a Roberto sin dejarle ni respirar.
-
Entre tu y Esther, hay algo ¿verdad? Ella lo niega pero solo hay que
ver como te mira..., y cómo la miras tu a ella, que no te creas que se me ha
pasado por alto. Conste que a mi me da igual pero creo que deberíais tener mas
cuidado, ¡es tan evidente!
-
No se cómo se te a podido ocurrir...
-
Niégalo, me da lo mismo, no pienso ir con el cuento a nadie, no me van
los chismes, eso queda para vosotros que os regodeáis en la trasgresión ajena
que encubre la vuestra. Me dais pena, ¿sabes?, sois una ruina de libertad, no
sois capaces de ser sinceros ni con vosotros mismos.
Roberto se sintió en extremo irritado por el ataque,
a su parecer injustificado, y se gratificó haciendo inasequible a la
condescendencia su discurso.
-
Mira niña, porque tengas encoñado a un viejo podrido de millones no
tienes patente de libre. Te permites producirte así por el respaldo del dinero
de Larry, encanto.
El rostro de Blanca se endureció al escuchar la
forma en que Roberto le llamaba mantenida. Ella no se consideraba eso. Claro
que la pasta del viejo ayudaba, pero también le gustaba de él la forma en que
encaraba la vida, se sentía cómoda con el, aunque nunca se había planteado si
sería de igual manera si no tuviese esa cartera en el bolsillo. Necesitaba esa
cartera para sus fines. Y además, le daba todos los caprichos y eso siempre era
de agradecer. ¿Y qué?
-
¿De que hablabais?
-
De nada especial osito mío. Solo esperábamos que regresases.
-
Me llama osito en la intimidad. Me encanta, ¡es tan dulce! Ya podemos
pasar al comedor. Tenemos la mesa preparada.
En el comedor sobriamente decorado con motivos
golfisticos de tiempos antañones sonaba muy quedamente el Concierto nº 21 de
Mozart para piano y orquesta. El ambiente invitaba a la relajación y las buenas
maneras. El genio del compositor era un bálsamo para Roberto que se fue
calmando paulatinamente a medida que se alejaba en el tiempo el singular
combate con Blanca. El almuerzo transcurrió sin incidentes reseñables como no
fuese un contraste de opiniones entre Larry y el maître sobre la conveniencia
de un tinto o un rosado para la avutarda con salsa de chocolate que recomendó
el anfitrión.
En la sobremesa Blanca recibió una llamada en su
teléfono reclamándola para ir de compras con una amiga.
-
Cómprate lo que quieras gatita. Usa la tarjeta que te di. Me hace
ilusión que te regales de mi parte lo que quieras. Y recuerda que no tiene
límite.
-
Muchas gracias Larry, ya sabes que si no es necesario no la usaré. Yo
trabajo para darme mis caprichos. Prefiero que seas tú el que me sorprendas.
Estas palabras las recalcó con rabia mientras miraba
fijamente a Roberto que no supo para donde mirar. Optó por no hacerse el
aludido.
-
Quedamos en el apartamento esta noche osito.
-
Se me hará eterno gatita mía.
Las palabras de Blanca a medida que se alejaba
sonaban mas a vacío, las de Larry estaban repletas de emoción y transidas de
entrega. A Roberto le dio pena su amigo, estaba en manos de una manipuladora
que iba a sacarle los hígados y encima
con su consentimiento. Y cualquiera le sacaba de su error. Es más, parecía que
incluso reconociendo su error estaba encantado de errar, se veía que le
compensaba de la vaciedad que le proporcionaba su dinero. Después de lo de su mujer, quedó roto, y cada
pedazo esparcido por una parte del mundo donde tenía sus intereses económicos;
nada, ni negocio, ni juergas, ni poder, nada conseguía sacarle de aquel estado
depresivo que le condujo, en lugar de a meterse en un rincón, a desarrollar una
actividad frenética, de locura, que le hacia vivir en las salas VIP de los
aeropuertos, entre vuelo y vuelo, aumentando su fortuna cada día, cuando en
realidad lo que el deseaba a toda costa era perderlo todo, sentirse anonadado,
arruinado, muerto en definitiva. El siempre confió en su mujer y ella le arreó
tal zarpazo, sin olerlo siquiera, que le partió por el eje. Ahora era otro
hombre, no comprendía cómo no se daba cuenta de que aquella pelandusca era una
aprovechada sin escrúpulos, porque lo de su madre no había dios que se lo
tragase, pero al menos él se veía feliz.
Fue de una forma natural, sin meditarlo, él, que era
tan cerebral, pero Larry era muy amigo suyo y tenía que decírselo y se lo dijo.
-
Larry, lo siento, de veras, pero te lo tengo que decir y si quieres te
peleas conmigo y me mandas al carajo. Eres mi amigo, te quiero, y te lo voy a
decir.
-
No Roberto, te lo voy a decir yo. Se perfectamente lo que me quieres
decir. Cualquiera medianamente avisado se daría cuenta. Blanca se cree que me
tiene en un puño, eso se cree ella, pero dime tu que me conoces ¿realmente
piensas que yo he dejado de pensar con la cabeza de arriba para empezar, a mi edad,
a pensar con la de abajo?
-
Se te ve tan colado Larry, que no se que pensar...
Larry no quería que quedase clara y meridiana su
entrega a Blanca. Sentía algo parecido a la culpa por haberse colgado por una
mujer así. No quería aparecer vulnerable y blando, se debía a su fama de duro e
intratable.
-
Jamás, amigo mío, y te repito, jamás, perdería la cabeza por un pendón
de esa categoría. Pero me gusta que ella se crea que me tiene cogido por los
huevos. Me gusta verla con esa actitud arisca y envalentonada y sexualmente es
una fiera, me satisface plenamente. Ella se cree que estoy ciego y que no se
que utiliza mi tarjeta, que sí tiene limite, pero el limite que tiene es un sin
limite para ella que es incapaz de pensar a lo grande. Saca dinero efectivo
regularmente, todos los meses. Ella cree que no llevo mis cuentas y no se que
pasa con mis activos, pero las llevo al céntimo, sino de qué iba yo a poder
financiar tanta ONG sin quedarme en la ruina. No es más que un capricho que
acabará, lo se, porque no es lo suficientemente inteligente para darse cuenta,
es lista y cree que eso le da ventaja cuando en realidad es su hándicap. Si
fuese inteligente vería sobre todo los contras, como es lista, solo ve los pros
despreciando sus debilidades, se cree dueña de todas las fortalezas y eso
acabará de perderla. Pero mientras tanto yo soy moderadamente feliz. Ah¡ si yo
encontrase una mujer como María, ¡qué suerte tienes maricón!
-
No es oro todo lo que reluce Larry. Me estoy temiendo que hay cuernos.
-
¡Queeeee!, ahora si que te tengo que mandar al carajo. Los únicos
cuernos que puede haber, fueron los que
tu le pusiste con su amiga, de María, ni pensarlo. ¿Cómo se te puede haber
ocurrido algo así?, estas chalado.
-
Joder Larry, últimamente siempre está cansada, le duele algo, esta
preocupada o tiene ansiedad, pero de sexo nada, coño ya estoy mosqueándome.
Anoche tuvimos una bronca medio regular, yo he dormido en el sofá y ésta mañana
se ha ido a ese negocio tan importante sin tan ni siquiera decirme por ahí te
pudras. Anoche, después de la bronca entré en un foro de internet para
desesperados de amor y me confesé allí. En el anonimato, me contesto alguien
diciéndome de la forma mas cruda posible que tenía mas cuernos que un canasto
de caracoles, que si no me daba cuenta. ¡Joder!, me lo creí y encima no le
encuentro mas explicación que esa a todo lo que nos está pasando desde hace
meses. Es como si desde que ella gana bastante mas dinero que yo, me
despreciase, o yo me siento despreciado, no se. Anoche que dijo que no me
necesitaba para nada. si me la hubiese encontrado con un maromo en la cama no
me habría hecho tanto daño. Te das cuenta, que cifra la necesidad en el dinero
nada más, yo no soy nadie para ella, se siente suficientemente plena con “su”
dinero.
-
Roberto, caramba, si no conociese a tu mujer diría que es una
superficial frívola pero María no es así. María es algo más que una cuenta
corriente ambulante. Vigílala. Yo tengo una empresa de seguridad, si tu
quieres, la sometemos a un seguimiento top y que sea lo que tenga que ser.
Saldrías de dudas amigo.
A Roberto un escalofrío le recorrió la cara
dejándosela fría como la superficie de un espejo. Solo la idea de espiar a su
mujer le producía nauseas. Sería mas honesto escupirle a la cara que era una
zorra y desde luego él no era el más indicado para reprocharle nada, empezó
primero y tendría que confesar antes que acusar. No se sentía capaz, era un
asador muy grande para tan poca carne y podía terminar por encontrarse él
encima de la parrilla cociéndose en su propio jugo.
-
Bueno, ya está bien, vamos al Salón de trofeos, nos tomamos un buen
balón de Courvoisier, nos relajamos y luego te desplumo al póker.
-
¿Eso habrá que verlo yanqui de los cojones!
Después de firmar la cuenta con su magnifico Shaffer
de platino, Larry, cogió por el hombro a su amigo y se dirigieron al Salón de
Trofeos, una silenciosa y recoleta sala en semipenumbra decorada al estilo de
los salones de los exclusivos clubes británicos. Se sentaron en dos amplios
sillones tapizados en boxcalf rojo carruaje frente a una chimenea estilo
imperio que dada la estación del año se encontraba apagada.
-
Lástima que no sea invierno, Roberto, me pone optimista el ver arder un
buen fuego.
-
Pues es lo que nos hacia falta colega, achicharrarnos con la
temperatura que hace. Bastante quemado estoy ya como para más brasas.
Se acercó un camarero sigiloso que con una
imperceptible reverencia preguntó por lo que iban a tomar.
-
Dos Courvoisier, en balón grande y sin calentar, ya las calentaremos
nosotros como dios manda. ¿Verdad, Roberto?
-
Of course. Con las manos.
Mientras recorrían la casona de aspecto rustico de
espacios enormes y altos techos Federico no perdía ocasión de pellizcar, manosear
e incordiar a María que se escabullía cómo podía mientras hacía el articulo de
la mejor forma posible al ricachón de Don Silvestre que podría comprarla. María
hablaba y hablaba de las ventajas de la vida en el campo y lo bien comunicada
que estaba la finca, con lo cerca que iba a pasar la nueva autovía que le iba a
dejar a solo treinta minutos de la ciudad. Don Silvestre escuchaba, o parecía
que escuchaba mirando a un lado y otro pareciendo que hacía algún tipo de
cálculo mental. Terminaron la visita a todas las dependencias regresando al
vestíbulo momento en el cual Federico invitó al comprador a dar una vuelta en
el todo terreno por la propiedad.
-
Bueno Don Silvestre, ahora si le parece nos damos un paseíto en el todo
terreno de la finca para que compruebe lo bonito que es el arroyuelo que la
atraviesa por la quebrada.
-
Déjese de paseos ahora, no me interesa. Ya he visto todo lo que quería
ver. Perdone un momento.
Se apartó dos pasos y sacó su móvil del bolsillo
interior de su americana. María y Federico se miraron atónitos. La voz de Don
Silvestre dejó de ser la amable que había exhibido durante la visita y se tornó
viva, dura e inflexible.
-
Dentro de una hora. Aquí le esperará la guardesa. Ella tendrá
instrucciones. Mañana a las nueve quiero los bocetos de la remodelación en mi
despacho. No me diga que no tiene tiempo. Trabaje toda la noche si es preciso,
para eso le pago. Mañana hablaremos.
-
Bien, señores. ¿precio?
-
Hombre, Don Silvestre no le parece mejor que vayamos a comer y allí
hablamos, los detalles, las comisiones y todas esas cosas se discuten mejor en
torno a una mesa.
-
Vamos a ver si nos entendemos, caballero. Es mi costumbre comer solo.
No me gusta, por principio compartir mesa con nadie y menos cuando de negocios
se trata. Dígame el precio ahora, tengo prisa.
-
Nuestro cliente quiere tres millones.
-
Eso son mal contados quinientos millones. Caro, amigo, caro. Le voy a contra
ofertar y no pienso bajarme de ahí. Le oferto un veinte por ciento más de lo
que debe valer. Las comisiones se las arregla con el vendedor, bastante hago yo
con comprar y correr con los gastos, no se crea que no se que vender una finca
de estas, que es de recreo puro le va resultar difícil. Dos millones y medio ni
un céntimo más. La pelota está en su tejado.
-
Eso supone rebajar el precio un diecisiete por ciento, es bastante,
piénselo.
-
No me gusta perder el tiempo. Le he dicho que dos y medio y es la
última vez que lo digo.
El duro negociador con aspecto de bondadoso abuelito
se dio media vuelta en busca de la rotunda guardesa cómo si la casa fuese ya
suya. Federico se quedó mirando pálido cómo el papel a María que sin
descomponer el gesto sacó su móvil y marco el número del cliente.
-
Don Fernando, hola buenos días soy Maria de la agencia de Don Federico
Arenas. Estamos en su finca de El Espinoso con un comprador. Ha contra ofertado
dos y medio, no, no, espere. No es mala oferta, considérelo. Esta finca está
dentro de un parque reserva de la biosfera. Usted sabe que no hay forma de
hacer nada como no sea montar a caballo y cazar en la estación permitida. Cómo
mucho, construir una piscina y un campo de tenis en los escasos diez mil metros
de espacio acotado para vivienda según las normas subsidiarias del ayuntamiento
al que pertenece. Sinceramente creo que debería aceptar. Sabe usted perfectamente
que es la tercera agencia a la que acude para intentar vender lo invendible.
Esas cosas se saben Don Fernando, este es un mundillo muy pequeño y una finca
de tres millones no se vende todos los días. No soy quien para hablar aquí de
necesidades perentorias pero, en serio, esta oportunidad no se va a volver a presentar.
Don Silvestre se acercaba otra vez interrogando con
el gesto sobre el resultado de la negociación. María al observarlo se dio media
vuelta y se apartó unos pasos.
-
Le voy a hacer una confidencia. Si este cliente va a comprar es para
tener un sitio apartado para sus fiestecillas, alejadas de toda mirada
indiscreta. Le da igual que sea ésta u otra. Propiedades como estas las hay a
centenares. No me extrañaría que si le decimos que no, tenga otra finca
comprada ésta misma tarde. Hágame caso, acepte. Ah. Otra cosa, la comisión
corre de su cuenta, ya sabe setenta y cinco mil, el tres. El comprador no
quiere saber nada de compartir comisiones. Bien Don Fernando, usted, dirá.
-
María, si..., bueno..., espere un momento.
Mientras María esperaba la contestación, Don
Silvestre charlaba ya relajadamente de caza y caballos con Federico sacándose
su antiguo reloj Patek de la relojera de su chaleco a pequeños intervalos
reflejándose en su cara por momentos la impaciencia.
María escuchaba por su auricular una charla tensa
sin entender las palabras, con el tono era suficiente. Observaba a hurtadillas
a Don Silvestre y estaba ya atacada de los nervios.
-
¿Don Fernando?, ¿está usted ahí?
-
¿Qué señal va a dar?
-
¿Entonces de acuerdo?
-
Si, si, pero pregunte por la señal.
-
Don Silvestre, que señal va a dar. El cliente está de acuerdo en el
precio.
-
Deje de hablar de señales, no estamos en el ejercito, y dígale a ese
señor que esta tarde en la oficina de mi notario a las seis. Que le dé su
dirección que le envío un empleado por las escrituras o si quiere que las lleve
él mismo a Marques de los Castillejos 143 Entresuelo, la Notaría de Don Avelino
Matute. A las seis firmamos y allí le daré un talón conformado. Señores, a las
seis en la Notaría.
Se dio media vuelta y salió fuera. El chofer ya
estaba con la portezuela abierta esperando a su jefe. Entró en su coche, la
puerta se cerró firme pero suavemente y montando en la parte del conductor el
imponente Rolls puso rumbo a la carretera.
-
¡Joder, con el Silvestre del carajo! ¿Cómo has convencido al estirado
del dueño?, porqué había dejado claro que menos de los tres kilos, ni un
céntimo.
-
Tuve que jugar fuerte, estaba en juego mi diez por ciento. Siete mil
quinientos, recuerda.
-
No se me olvida. Negocio hecho. Hasta las seis tenemos tiempo de comer
o de lo que tú quieras.
-
Para comer siempre hay tiempo, para “lo que tu quieras”... ¿Dónde?
Tengo las llaves de los Serrano.
-
Pues vamos, ¿A que esperamos?
Cada uno arrancó su coche y se lanzaron carretera
adelante en busca de la pasión.
Sobre la cama, con la piel brillante por el trabajo
desarrollado, escuchaba encantado el canto cristalino del agua del bidé
sopesando, por el tiempo que tardaba, la cantidad de licor inyectado. La incipiente
barriga le recordó que la cerveza era demasiada y el squash escaso; se prometió
solucionarlo, cómo cada vez que se veía en esas circunstancias y temblaba solo
de pensar que llegase el momento que no se la viese tras la montaña de grasa.
Sostenía un cigarrillo en la mano entre los dedos pulgar e índice fumando con
fruición satisfecho después del desarrollo de sus habilidades que sabía volvía
locas a las mujeres, quizá, después de todo la barriguita no fuese tan inútil.
Las volutas de azulado humo se elevaban morosas hacía el techo extendiéndose
como una mancha de aceite sin que la mínima corriente de aire las deshiciese en
el ambiente. Éste era ya tan espeso por la cantidad de oxigeno consumido que
invitaba a dejar entrar algo de aire. Reunía fuerzas para llegar hasta la
falleba de la ventana y abrir una rendija cuando apareció en la puerta del baño
recortada contra la luz halógena el cuerpo maduro y jugoso de María. piel aún
fresca y tersa a pesar de la edad, modeladas caderas y estrecha cintura excitaban
en Federico el impulso de volver a reeditar los minutos antecedidos. Federico
le tendió la mano con la que sostenía el cigarrillo invitándola a zambullirse
de nuevo en su cuerpo.
María cogió la mano de Federico que respondió con
otra poderosa erección. Con la otra mano recogió el reloj de la mesilla.
-
Fede, son las cinco y media ya. Bussines
is Bussines. A
la Notaría. Vamos conserva fría la cabeza. Ya habrá tiempo.
-
¿Cuándo se lo vas a decir?
-
No me presiones Federico Arenas. Se lo voy a decir, cuando llegue el
momento. No hay porque hacer daño por hacerlo. Le va a doler pero voy a
intentar que sea lo más leve que pueda. Se lo diré, a su tiempo, cuando esté en
condiciones de asumirlo..., y yo también.
-
¡Estoy harto de escondernos! Quiero estar en público contigo,
acariciando tu piel, besando tus labios, dando envidia a todo el mundo. No se
hasta donde voy a poder aguantar.
-
Pues aguántate. Llevamos así un año. Si has esperado un año podrás
esperar algo mas. Vamos, levanta y vístete que no llegamos y hay un dineral por
medio. El no estar presente en la firma, prácticamente es renunciar a la
comisión, que se terminará por cobrar, con leguleyos de por medio. Ya sabes mas
vale un mal arreglo que un buen pleito, al final no nos dan ni la mitad de lo
que corresponde. No seas vago, vamos.
María estaba que se salía de su camisa. Llevaba en
el bolso un talón que Federico le extendió por los siete mil quinientos euros,
después de recibir él uno de setenta y cinco mil de Don Fernando.
-
Las ocho menos cuarto, Fede. He quedado con Roberto y Esther a las ocho
en el club para cenar. Me voy. Hasta el lunes.
-
Espera. Llama y di que esto se alarga. Di que no puedes ir. Pasemos la
noche juntos.
-
No Federico. Ya te dije esta tarde que tiempo habrá. Hasta el lunes.
El tono de voz de María no dejaba resquicio a la
ambigüedad. Federico no se atrevió a insistir. Si algo le excitaba de esa mujer
era su determinación. En la edad en que el resto de las mujeres se debaten
entre la conciencia del tiempo perdido, irrecuperable, y la necesidad de ser
queridas apasionadamente en lugar de respetadas como señoras, la sensación de
haber desaprovechado la vida en beneficio de los demás, que los demás no
aprecian e incluso desprecian. En esa edad en que se sospecha que la vida está
definitivamente perdida sin querer convencerse de ello, María era el icono del
triunfo, sin rendija a la duda. Podría llegar a pensarse que esa actividad
fría, segura y firme no era más que la sublimación de una vida privada
desértica, castrante, pero no era así, conducía su vida privada con la misma
segura mano en el timón que la de los negocios. De María daba la impresión que
empezase su desarrollo profesional en esos momentos en lugar de pensarse que
transitado el cenit de su carrera debería empezar el gozoso declive que rinde
viaje en el merecido y satisfecho descanso.
Sostenía la copa de enorme balón de fino cristal en
la mano derecha para comunicar al liquido contenido el calor justo que
evaporase los aromas precisos que al beber a pequeños sorbos entrasen por la
nariz para componer el exacto bouquet que el genial artista enólogo quiso que
fuese el que diese personalidad a aquel aguardiente de la región de Coñac.
Miraba fijamente el portentoso liquido que giraba en la copa a los pequeños
impulsos de la muñeca mientras mantenía relajadamente apoyada la cabeza en una
de las orejas del sillón.
-
Te has quedado muy callado Roberto.
Desde el otro cómodo sillón, Larry, menos diletante,
hacía tiempo que había consumido su copa y reclamaba la presencia del camarero
que le sirviese otra levantando su mano mientras escrutaba a su amigo.
-
Estaba pensando, Larry. Me preguntaba porque tenemos que ser tan
complejos y me contestaba, resignado, es cierto, que seguramente eso nos ha
permitido estar en el vértice de la pirámide. Ser tan rotundamente depredadores
nos permite sobrevivir como especie, pero, entonces, que pintamos los que nos
negamos a ser tan angulosos, ¿estamos aquí para ser las presas?, qué somos ¿el
ganado del que los triunfadores se alimentan?, ¿se nos consiente existir porque
se nos ve como despensa? Ser oveja no me hace ninguna gracia, pero no se ser
otra cosa.
-
¡Que mal te veo!, estás muy depresivo. Ese pensamiento es muy
reduccionista, todos somos caza y cazador según cuando y que circunstancias. Tu
estás así por lo de tu mujer, te sientes dolido, herido, agredido, injustamente
tratado y, te conozco, eres incapaz de perjudicar ni a una mosca, no le has
querido hacer el daño, que te crees que puedes hacerle, y estas hasta más
irritado contigo que con ella. Te gustaría no tener imperativo moral alguno y
hacer sangre en toda circunstancia, eso, tú crees, que te dejaría satisfecho,
pero es algo que nunca sabrás, porque
nunca te podrás desprender de tu impronta
educativa, esa finura espiritual que mamaste de tus padres te incapacita
para practicar la torpeza de la violencia meditada. No digo que no llegues a
perder los estribos, pero preferirás caer del caballo y partirte la crisma
antes de sacrificar al caballo por que lleva los estribos que tú has perdido.
De todas formas te repito lo
mismo, de su infidelidad no tienes mas prueba que un delirante diagnostico de
alguien que no os conoce y si tienes la certeza de tu propia infidelidad. Si
ella te pagase con esa misma moneda, por demostrar aún, no podrías más que
agachar la cabeza y asumir la lección.
-
No lo soportaría, Larry. Ya se que yo fui un cabrón primero, pero no lo
podría aguantar. Me tendría que separar.
-
Tengo a mis espaldas el divorcio que tu ya sabes, no soy tan
escrupuloso de espíritu como tu, las calles de Queens forjan otro tipo de
carácter, y sin embargo lo pasé, pasamos los dos, he querido pensar, mal.
¿Cuánto tiempo anduve tomando aquellas pastillas?, tres, cuatro meses. No
Roberto, no te lo recomiendo, habría de ser verdad y no.
Roberto aspiraba los tonos, aromas que desprendía su
agotada copa y mientras se resignaba educadamente a lo que tuviese que venir.
Observaba ese punto arrabalero, canallesco de Larry, autentico tiburón de los
negocios. Con ese instinto, que probablemente obtuvo de la infantil convivencia
permanente con el peligro de las calles, le había traspasado, era trasparente
para él, no podría engañarle.
-
Bueno, Bob, ya está, no te creas que te vas a salvar de pagar las copas
con todo ese maremagno de interrogantes vitales. La única verdad es el póker. A
la sala de juegos, que te voy a desplumar.
Camino de la sala de juegos dejó nota en recepción
de que vendrían a buscarle y estaría echando unas manos de póker con Mr.
Morton.
El portero diligentemente abrió la puerta del taxi y
una Esther juvenil y fresca salió flexible y atlética encaminando sus pasos a
la recepción.
-
Buenas tardes, he quedado aquí con Don Roberto Noblejas, ¿podría
avisarle?
Paco, el recepcionista salió reposado en busca de
Roberto.
-
¡Esther!, nunca pensé que nos volveríamos a ver tan pronto.
-
¿Aún no ha venido María?
-
No, no se que le puede haber pasado, quedamos a las ocho, son y diez y
no ha llamado tampoco.
En ese momento sonó el teléfono de Roberto.
-
De acuerdo, cariño, estaremos en el bar tomando una copa. Aquí te
esperamos.
Se volvió hacia Esther, que le contemplaba
ensimismada y a Larry que simplemente esperaba saber la causa del retardo
-
Que se ha retrasado porque el negocio se ha cerrado esta tarde mismo y
aún tiene que pasar por casa a cambiarse. Vamos a tomar un aperitivo.
-
Roberto, me tengo que ir ya, he quedado con mi gatita, ya sabes.
Esther, me alegro de volver a verte. Ya nos veremos Bob, me tienes que contar
¿eh?
En tono de voz quedo y cómplice Esther preguntó que
era eso de la gatita, sonriendo divertida.
-
¿Tiene una amiguita?
-
¿No lo sabes?, veo que no lo sabes. ni te imaginas quien es la gatita.
Esta mañana veníamos de hacer unos hoyos y por poco no me da algo. Me encuentro
a Blanca llamando osito a Larry y al ver que yo la conocía por poco no arma el
dos de mayo.
-
Espera, espera. Te refieres a Blanca, a mi Blanca de mi servicio, la
auxiliar reconvertida a enfermera, la gordita moldeada a golpe de quirófano.
-
¿Quirófano? No me vengas ahora con que su transformación...
-
Si, hijo, si. quirófano, pero vamos a dejar eso ahora. ¿Blanca la que
te presenté anoche?
-
La misma, hecha una descarada tunanta que tiene sorbido el seso a
Larry.
-
Ahora empiezo a entender algunas cosas. A todos en el servicio nos
tenía la cabeza caliente el nivel que llevaba Blanca. Ropa mas que cara, días
solicitados sin sueldo para cuidar a su madre enferma. Su madre tiene
Alzheimer, pero está en una residencia especializada, y cara, pero ella no sabe
que lo sabemos nosotros. Un colega tuyo fue a ver a su amigo de la facultad,
Goya, el dueño, a su Residencia, y al verla por allí le preguntó si estaba por
motivos profesionales o si tenía algún conocido ingresado, y así nos enteramos,
pero como ella no suelta prenda, es solo un secreto a voces. Así que los días
pedidos cada dos por tres, no sabía nadie a que venían, como los fines de
semana relámpago en Londres. ¿De donde sacará ésta...?, ahora encaja todo. Es
la mantenida de Larry. Se va a enterar, caradura, ¡no decírmelo!, que se supone
que soy su amiga. Lo menos que se iba a imaginar ella es que por esta carambola
todo iba a quedar claro. Siempre con esos aires, por eso trata con el
desparpajo que trata a los jefes, le importa un bledo que la rescindan el
contrato, porque está de contrato, no es fija.
-
Sabe lo nuestro. Se lo contaste. ¿porqué?
-
Anoche, después de irte tu. Sin morbo alguno. Se lo dije para que
comprendiese la confianza que teníamos nosotros. No hubo forma de convencerla
de que no había ya nada de nada, por mucho que le dije que aquello está lejos
en el tiempo. Surgió porque apareciste tu, de no haber sido de esta forma ni me
habría acordado. Nunca fue mi intención revelar ningún secreto. ¿Y lo ha
utilizado?
-
De alguna manera lo esgrimió cuando nos quedamos solos, un instante,
para colocarse en una situación de preeminencia. Se sentía amenazada por mi y no se porqué. Le sorprendió verme con Larry.
¿Y dices que está de plástica?
-
En el Centro, cuando era auxiliar, gastaba menos que Borges en videos,
lo ahorraba todo, quería perder peso en una clínica especializada. Tuvo la
suerte, ahora ya, hasta lo pongo en duda, de que le tocase una lotería que fue
cuando dejó el Centro, estudió enfermería y cambió el aspecto de forma radical.
Roberto quedo pensativo mirando fijamente a los ojos
a Esther que por un instante se ruborizó. Pero no, no era una mirada que dejase
sospechar deseo, era mas bien un grito ahogado de ayuda que no quería que se
manifestase como tal, era una interrogante ausente de porqué, así a secas,
planteando todas las preguntas a la vez llegando hasta la primera y primordial,
¿qué culpa tengo yo?, eso era, cara de culpa no asumida, de rencor que hiere el
alma pero no se desenraíza, de déjame en paz pero escúchame.
-
Esther. Anoche tuve una bronca medio regular con María.
Se detuvo un instante, vaciló imperceptiblemente
antes de continuar, como si fuese a descubrir todos sus secretos mas
vergonzantes pero decidido a tirarse a la sentina de la verdad aunque las
manchas le delatasen. Se confesaría con ella, sabiendo que la confesión iba a
tener un alto costo, pero de alguna forma necesitaba acabar con aquella
incertidumbre, con aquella paranoia que le hacía creer a pies justillas a un
internauta antes que a sus sentimientos.
-
¿Y?...
-
¿No te dije que cenábamos en Cristo’s? A la vuelta a casa, lo que viene
sucediendo desde hace una temporada, me puse cariñoso y apareció el sempiterno
dolor de cabeza, imposibilidad absoluta de tocarla y todo aderezado con algún
que otro reproche. Esta mañana se ha ido de casa sin despedirse siquiera. Yo
creo que si no es porque la llamas hoy, tampoco la veo.
-
Roberto tu también eres muy poco flexible. María está sometida a
estrés, tiene un trabajo que, de acuerdo, se lo ha buscado ella, pero depende
de resultados y tu sabes lo que es tratar con la gente, no siempre es fácil y
en muchas ocasiones frustrante. Deberías comprenderla mejor. Creo que no tienes
razón. Acuérdate de ti mismo cuando tenías una mala guardia, al día siguiente
no había quien te dijese ni bonito.
La miró duro y desafiante. Como siempre, la
solidaridad del sexo hacia estragos en su estima. Concedía más crédito a su
mujer y no solo por ser su amiga, sino por ser mujer. Lo sabía. Las disculpan
diseñadas para ella la mayoría de las veces solo habrían sido ridículas excusas
en un hombre para enmascarar una aventura. Las mujeres siempre atesoraban un
beneficio de la duda, los hombres siempre se verían perjudicados por ella.
Insistió, era preciso que le creyese.
-
Tiene una aventura. Estoy convencido y me muero de celos, es algo
superior a toda categoría de raciocinio, cuando pienso en ello, es cómo si esa
función se me sustituyese por la rabia; mataría si llegase el caso.
-
Me sorprendes con tu debilidad. ¿Dónde está el medico, seguro de si
mismo, razonador y comprensivo, inteligente y moderado? Te estas comportando
como el esclavo al que el amo concede la libertad. ¿Sabes?, algunos esclavos
negros de plantaciones de algodón sureñas, cuando se les vino encima, como un
regalo, el abolicionismo, se negaron a dejar de ser lo que eran, les aterraba
la idea de tener que decidir que hacer con sus vidas después de estar toda ella
sin tener que arrostrar esa decisión. Cuando se vieron en los caminos, solos y
libres, algunos se dedicaron al pillaje en las plantaciones de las que habían
formado parte, pero no por lo que cabría imaginar, la revancha por tantos años
de sojuzgamiento al capricho del amo, sino por todo lo contrario, porque ese
mismo amo les dejaba huérfanos de toda seguridad y la libertad, como tesoro
precioso, no servia para llenar el estomago, solo servía para que la luciesen
los mismos blancos que se la regalaban.
Agitaba su copa haciendo tintinear los cubitos de
hielo mientras miraba superficial y divertida, como el que descubre un secreto
evidente a un niño y disfruta al ver su cara de sorpresa. Dio un sorbo al vaso,
se seco la boca con una servilleta, esperando que Roberto replicase. Ante el
mutismo de su amigo, continuó.
Eso es precisamente lo que
te está pasando a ti, cariño. Solo pensar que te pueda dejar María te enerva
porque dejarás de tener aquello que te hace volver a casa cada día. Te obligará
a reinventarte cada día, a salir de tu aburguesamiento encanallado en la
rutina. No es que te moleste que otro hombre la posea, es que te deja capacidad
para volver a redirigir tu vida, y eso es lo que te estas sospechando que no
podrás hacer. Sentirte dueño de ti solo, ¡que escalofrío!, ¿jueguecitos, cómo
el que tuvimos tu y yo?, ¡claro!; travesuras con encanto. Seriedad de relación
en pie de igualdad, jamás. Roberto, cómo todos los hombres, eres un inmaduro,
el eterno adolescente que ciego de hormonas, solo sabe seguir el rastro que
dejan unas faldas para abandonar entre ellas una semilla (¡ah! ¿pero se deja
una semilla?) de la que desentenderse convenientemente, y que sea la hembra la
que peche con lo que venga; la decepción, la angustia de la inseguridad e
incluso si me apuras, el niño.
Dejo el vaso con fuerza, como queriendo subrayar lo
que iba a decir a continuación, el aviso inconsciente de que utilizaba
artillería pesada a continuación. Su rostro mudó de divertido a serio y duro,
dando la impresión de que harta de juegos florales comenzaba a hablar en serio,
para no dar ni la más pequeña oportunidad a la ambigüedad.
No me vengas a mí con el
numerito de los celos, que no cuela. Roberto, eres un encanto, pero para esto,
no vas a encontrar en mí un cómplice, lo siento. Ahora seguro que estarás
pensando aquello tan heroico de macho ultrajado, tipo: “la maté porque era mía”
en un remake de los asaltos ciegos de rencor a los campos de algodón, pero
piénsalo, hombre, los celos solo denuncian tu contingencia menesterosa.
Volvió a coger el vaso de la mesa y lo apuró de un
sorbo. Se mostró satisfecha de lo dicho y se arrellano para cambiar de tercio.
Se había dado cuenta de lo arisca que se había mostrado y quiso suavizar la
situación no consiguiendo más que complicarla.
Me extrañaría mucho, de
cualquier forma, que María te engañase pero si lo hace, recuerda que tu
empezaste primero y que creerse que una relación es para toda la vida es verdad
si asumes que una vida tiene muchas vidas, pero si como tu pontificas, que vida
solo existe una, entonces tengo que comunicarte que las relaciones tienen
principio y fin y me parece lastimoso tener que soportar una relación por
empeñarse en verle el fin solo cuando hayas cerrado los ojos definitivamente.
No llegues a desear la muerte para liberarte de un infierno, eso es estúpido y
fundamentalista, propio de una sociedad basada en la explotación y ésta en la
que vivimos gracias a dios, o a quien sea, ya no es así.
Sabía que Esther era librepensadora y algo atea,
pero esperaba otra cosa de ella. Llevaba toda la tarde esperando que apareciese
para tener hombro que mojar con sus lágrimas y se encontraba con una lija del
siete que le había abierto sangrantes surcos en los párpados.
-
Podrías haber sido un pelín mas comprensiva, aunque solo fuese por lo
que compartimos en su momento. Solo buscaba una pizca de solidaridad. Ya veo.
Roberto también quería con aquella frase intervenir
para sacar la conversación de los derroteros que tomaba. En realidad estaba sin
palabras, atónito y jamás pensó que Esther, su idealizada Esther pudiese salir
por la vía de Tarifa.
-
¡Otra vez no! No me saques a relucir aquel desahogo, que después de
analizarlo, no fue más que eso, un alivio, animal, bestial, electrizante, pero
desahogo para liberar aquella tensión que acumulamos en una noche jodida de
guardia. Prueba de ello es que al intentar reeditarlo se quedó en gaseosa sin
gas, o sea algo dulzón y totalmente prescindible llegando a ser vomitivo. No me
hagas recordar aquel último polvo que te empeñaste en echar en la sala de
curas, de lo único que me enteré fue de tu asqueroso aliento a tabaco y tu
urgencia penetrante que tuvo la virtud de hacerme aborrecer el sexo por una
temporada. No pensaba decírtelo, pero creo que ya va siendo hora que los
escuches. Aquel día, cuando te fuiste tan satisfecho de la paja que te hiciste
con mi vagina tuve que ir a vomitar.
Hizo un silencio para dar oportunidad a su
interlocutor a terciar, al tiempo que escrutaba su rostro no encontrando en él más
que desierto inerte y plano. Era evidente que no iba a encontrar replica.
Incluso se sintió culpable de su rudeza. Era obligado quitar tanto hierro, o al
menos forrarlo de palabras mas mullidas.
-
Lo siento, me has casi obligado. Y no te creas que cuando ayer me
rozaste, con toda la intención, la espalda, no me excité, lo hice, pero yo, y
creo que todas las mujeres, al no tener más que una cabeza, la de los hombros,
tenemos mas seso que los hombres para renunciar a lo imposible, a lo que nos va
a hacer más daño que reportarnos placer, por muy intenso que sea éste.
No había más salida que la protesta lastimera,
hacerse compadecer para que se acabase el castigo.
-
¿Qué os pasa hoy a las mujeres conmigo? Primero, María, con el pedazo
de palo que me dio esta madrugada, luego esta tarde, tu queridísima compañera
Blanca y ahora tu. Yo no se que voy a tener que hacer; ni siquiera me explico
porque me seguís gustando tanto.
-
¿Todavía, a tu edad, no te has dado cuenta?, estas cortito de
entendederas. Sencillo Roberto, sencillo: te hacemos creer, os hacemos creer
que os necesitamos para que alimentéis el ego que es lo único que os mueve. En
todo el reino animal, el que hace exhibición de hermosura y plumaje es el
macho, en nuestra especie a falta de plumas, y algunos las tienen, os tenemos
que convencer con nuestra actitud, que
sois los reyes de la creación sino no tenemos manera de hacer carrera de
vosotros, porque sois bastante torpes, os deprimís enseguida reaccionando como
la bestia ciega que sois, arremetiendo contra lo que tenéis mas cerca, que para
nuestra desgracia somos nosotras.
El pobre Roberto cada vez entendía menos. Cada vez
le parecía mas que Esther solo quería desquitarse de no se qué y no quería dejar pasar aquella oportunidad. Lo
mismo cuando llegase María ocurría la tragedia y le escupía en su cara lo de su
aventura si al parecer tanto asco le dio. Si eso sucedía con toda probabilidad
quedaría allí como la mujer de Lot, fulminado como estatua de sal. Se lo
merecía, por mentecato e ingenuo. De una mujer no se puede ser amigo, le decía
siempre Federico y él le rebatía. Se le iba conformando nítidamente la idea de
que iba a tener razón.
-
Hacia tiempo que no hablábamos. Tú no eras así en Primaria, eras más
dulce, más comprensiva...
-
Si, mas pava. Estos años, te aseguro que me han enseñado que de quien menos
se puede fiar una es de vosotros, porque en cuanto nos descuidamos y os
entregamos nuestro corazón lo único que sabéis hacer con tan delicado tesoro es
ensuciarlo para finalmente, cuando ya no os gusta como lo habéis dejado
romperlo en mil pedazos. A mi me ha costado muchas lagrimas recomponer el mío,
en mas de una ocasión, y si vivo muchos años, volverá a suceder, pero voy a
intentar por todos los medios que no suceda y si no hay mas remedio que sea lo
mas tarde posible, cuando en lugar de corazón, a fuerza de desprecio, que es el
pegamento que utilizo, solo tenga una piedra para que se rompa la crisma el que
intente cornearlo.
Entrando por la puerta del bar aparecía una María
luminosa, elegante y desenvuelta. Agitaba en la mano un papel que esgrimía como
un gallardete mientras llamaba en alta voz a Esther, a la que vio en el momento
que entró en la sala. A Roberto pareció no verlo y si lo vio fingió no
conocerle. Al llegar a la altura de Esther se abrazó a ella alegrándose
sinceramente de volver a verla.
-
Esther, ¿dónde te metes, cariño? No sabes lo que echo de menos las
parrafadas de los recreos del colegio. Cada vez las extrañaba más, hasta que
comencé a trabajar, que no tengo tiempo
ni de echarme de menos yo. Bueno, cuéntame, que tal por el Hospital. Ya me dijo
éste que estabas magnifica.
-
Vaya, ahora ya no soy tu marido, ahora soy “este”.
-
Contigo no estoy hablando, así que te callas que estás más mono. Cuando
abres la boca solo es para meter la pata. Anda, mira.
Le puso delante de las narices el talón de siete mil
quinientos euros, tan cerca, que a duras penas pudo ver que se trataba de un
cheque. Y abonó su discurso de soberbia, suficiencia, e independencia.
-
Te dije anoche y te lo repito ahora que no me haces falta, yo se
bandearme por la
vida pero
que muy bien. Esta operación se ha cerrado gracias a mi, si llega a ser por tu
queridísimo amigo Federico nos quedamos a dos velas.
-
Tengamos la fiesta en paz María. Vamos a entrar a cenar.
-
Espera, espera, ¿dónde vas tú con las órdenes?, me apetece antes una
copa. ¿Te das cuenta que sigues intentando tratarme como una propiedad tuya,
sin contar para nada conmigo?
Esther sorbió como un líquido amargo aquel ambiente
de violencia que su amiga estaba empeñada en crear y quiso suavizar las cosas.
No era ésta la María que ella recordaba. Algo estaba sucediendo y lo iba a
averiguar.
-
Venga ya María, déjalo estar, que bastante repaso le he dado yo antes
de que tu llegaras. Tómate la copa en la mesa. Hazme caso.
-
Por ti, Esther, por ti, a este hay que atarle corto, pero que muy
corto. Y encima yo estoy hoy que me salgo. Cualquiera me tose a mí esta noche.
¡Y bueno, ¿tu porque has tenido que dar ningún repaso a mi marido?!
-
Anda, frénate un poco que estas demasiado excitada. Vamos a cenar de
una vez. Acuérdate, yo le conocí antes que tu, hemos sido amigos y compañeros
antes, eso me dará ciertos derechos, digo yo. Pero para tu información, el
repaso...
-
Esther, coño, ¿no vas a poder estar callada? Lo que he hablado contigo
se suponía que era personal, pero si quieres, se publica mañana en el diario.
-
Ni caso chica, cuenta, cuenta.
-
Está celoso. Dice que tienes un lío.
Esther conocía a María desde que llegaron las dos a
la guardería, asustadas, llorosas y moqueantes. Desamparadas de sus respectivas
madres que las abandonaron en aquel inhóspito lugar, de manera instintiva se
abrazaron y consolaron. Permanecieron sin quererse despegar hasta que llegó a
recogerlas tres horas después la madre de cada una. Fue un hecho muy comentado
que hizo creer a la cuidadora que se conocían de fuera y mayor fue la sorpresa
cuando las madres negaron cualquier conocimiento. Desde entonces sus vidas
fueron paralelas hasta que Esther comenzó enfermería y María se colocó de
mecanógrafa en una asesoría, pero nunca se perdieron la pista. Se conocían mejor
que si fuesen gemelas, imposible engañarse.
La imperceptibilidad del gesto, la sutilidad del
rasgo, el mínimo envaramiento del cuello, podía hurtarse a cualquiera, la débil
mudanza de color en las aletas de la nariz era inasequible también al que no hubiese
pasado por todo tipo de vicisitudes junto a María. Esther se estremeció cuando
supo que María afirmaba con su cuerpo lo que su lengua negaba. La mirada de
Esther, como rayo rasgante y acusador a su pesar, hizo saber a María que no la
confundiría, que ni la había engañado, ni lo conseguiría. En esa mirada no
había reproche, no podría haberlo, si tenía en cuenta los antecedentes pasados,
pero María tampoco pudo pasar por alto algo extraño en los ojos de su amiga,
precisamente que no hubiese reproche. En condiciones normales, Esther le habría
abroncado con su mirada por no serle sincera, pero no, no había regaño en su
rostro, éste, era mas parecido al de la amiga glotona que se ha comido el
merengue del dulce sin decir ni pío y es cogida en falta. Y lo supo al
instante, eso solo podía significar lo que significaba. La cara se le cambió
con la misma sutilidad y Esther la leyó al instante. Las miradas se cruzaron
como dos espadas antes del duelo. La suerte estaba echada. Habría que aclarar
ciertas cosas. Y todo transcurriendo en menos de un segundo. Los ojos gritan lo
que la lengua calla. Solo es preciso saber mirar a los ojos ignorando los
labios que se mueven retorciendo la verdad.
-
¡Y sigues con la misma de anoche!, no eres tu plomo, ni nada.
María cogió por el brazo a Esther con firmeza
violenta, mientras le susurraba no queriendo que su marido lo oyese.
-
Tú y yo tendríamos que poner en claro algunas cosillas, traidora. ¿De
acuerdo?
-
¿Qué cuchicheáis las dos?, ahora me acuerdo porque dejamos de salir
juntos, siempre estaba yo en minoría.
Roberto no se dio cuenta de nada. Era como si una
conflagración cósmica se hubiese dado pegado a él, pero en otra dimensión, cómo
si los colores chillasen o los sonidos cegasen y él no tuviese el órgano
preciso para percibirlos. Estaba en el ojo de un huracán gigante y él creía que
la mar no podía ser ya mas calma. Se sintió satisfecho de ver a las dos amigas
del brazo contándose confidencias, eso quizá aplacase a la fiera de su mujer;
el horizonte aún no se veía, pero tenía el pálpito de que pronto aparecería
claro y luminoso emergiendo de la bruma. No sospechaba que la verdadera
tormenta estaba por llegar.
La cena pasó en medio del más educado cinismo. María
había dejado de raspar y estaba más como ella era, dulce sin pasarse, Esther sin embargo estaba algo
rígida, no tan rompedora como cuando se encontraron solos, pero lo achacó a que
con su amiga adoptaba sin querer otra actitud para que no fuese a sospechar
nunca lo que hubo entre ellos. Terminaron de cenar intercambiando palabras
obligadas, forzadamente inofensivas y hablando de viejos recuerdos y anécdotas
desprovistas de toda emotividad que pudiesen hacer saltar cualquier espoleta
retardada.
-
Estoy muerta, el día ha sido difícil de verdad, los siete mil
quinientos me los he ganado a pulso pero me ha dejado exhausta. Nos deberíamos
ir ya, ¿os parece?
Esther agradeció que la tortura acabase. Deseaba
llegar a casa y olvidar aquella mala y espantosa idea que tuvo de reencontrarse
con su amiga a recordar viejos tiempos.
-
Roberto, ¿me pides un taxi?
-
¿Un taxi? Esther, ¡ni hablar!, no voy a consentirlo, yo te llevo a tu
casa.
María no iba a soltar el bocado. Esta era la parte
de la velada que mas le interesaba y no estaba dispuesta a renunciar a ella.
Ahora es cuando iba a empezar la fiesta y ellas eran las protagonistas, en una
función sin público en la que ella iba a representar el papel de su vida y
Esther solo iba de comparsa. Se dirigió a Roberto conciliadora e incluso
cariñosa. Esther comprendió lo que se estaba cociendo y no le gustaba nada.
-
No, déjalo cariño, yo la llevo a su casa y así charlamos de nuestras
cosas por el camino sin que estés tu para incordiar.
Esther probó, a sabiendas de que no servía de nada,
a resistir.
-
Que no Maria, que estas cansada, de verdad, yo cojo un taxi.
Quería esquivar una estancia a solas en un espacio
tan reducido con su amiga. Sabía que significaba esa terquedad de María por
acompañarla a su casa. Hubiera preferido irse a casa andando, pero la suerte
estaba echada. Sintió necesidad de ir al servicio, descompuesto el cuerpo.
María recuperó su ímpetu marcial y ordenó.
-
Ni hablar. He dicho que te llevo yo y te llevo. Roberto te puedes ir
cuando tú quieras, en casa me esperas. Acuéstate, a lo mejor hasta nos vamos de
marcha Esther y yo.
-
Pero...
-
Ni pero ni nada. Vamos Esther.
Roberto, resignado, se despidió de Esther, que le
miró en un último intento suplicante, pero no lo comprendió. Luego lo hizo de
su mujer de rutinaria forma y fue por su coche. Las dos mujeres hicieron lo
propio y cada uno tomo su rumbo.
Era tarde ya, el club se encontraba en una colina, a
las afueras, y desde el edificio social podía aún vislumbrarse en el horizonte
un tinte azul negro testigo de la morosidad, casi veraniega ya, del sol por
abandonar el escenario.
Las dos mujeres abordaron el coche en silencio y así
permanecieron mientras por el serpenteante camino que descendía de la colina se
aproximaban a la autovía. Cuando se incorporaron al torrente circulatorio María
se colocó en el carril de la derecha y deliberadamente disminuyo la marcha.
Agradecía tener que ocuparse del volante porque su deseo primario era arañar a
su acompañante.
Desde que se conocieron, casi en la lactancia,
pasando por la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez había
presidido siempre sus relaciones la máxima del bombero: nunca pisarse las
mangueras. Si una de ellas hacia palpitar su corazón por un chico que
interesaba a la otra, una siempre se retiraba esperando que los acontecimientos
se desarrollasen por si mismos. Nunca se traicionaron, siempre se fueron
leales, por eso María estaba aún más irritada, era lo último que se le hubiera
pasado por la imaginación. No con Esther.
-
¿Algo me tendrás que decir, no? Digo yo que me debes una explicación.
Esther hizo un último intento, desesperado, en la
absurda esperanza de que María le siguiese el juego, que se celebrase la
liturgia de la desmemoria y la ocultación sabida y tácita en el altar de tan
sólida amistad. Pero su querida amiga quería hurgar en la herida viva, no iba a
ser fácil zafarse de la llave moral.
-
No se a que te refieres, María, por dios, me das miedo con ese tono de
voz.
-
Mira querida, si se tratase de otra me podrías colar el gol, pero tu
no, te lo he leído en los ojos, son para mi el monitor de tu cerebro. Quiero
que me lo cuentes todo y ahora mismo. No añadas al agravio, la burla.
Estaba justo en el punto que tantas veces temió y
que creía definitivamente olvidado. Era preciso afrontarlo con un perfil bajo,
intentando desactivar en la medida de los razonable lo mas truculento del asunto,
llevándolo al terreno de lo anecdótico, preservar hasta donde se pudiera la
amistad.
-
Maria por todos los santos eso ocurrió hace siglos y no tuvo ninguna
trascendencia. Fue un fuego de artificio que surgió espontáneo como válvula de
seguridad de una situación tensa que vivimos los dos y nada más, no te puedes
imaginar lo que me lo he reprochado hasta que lo olvidé. ¿Porqué te crees que
me marché al hospital?, no soportaba tener que cruzarme con Roberto y me
producía urticaria pensar que tendría que coincidir contigo alguna vez. Yo lo
he pasado muy mal, ¿sabes?, muy mal.
María no estaba dispuesta a soltar presa. Iba a
hurgar en la herida hasta desangrar la pieza cobrada. Estuvo toda la cena
regocijándose de su descubrimiento. Su amiga, su gran amiga, le prestaba su
último servicio a un coste alto, la pérdida de la amistad, pero merecía la
pena. Desde ese instante estaba legitimada, la coartada moral era perfecta,
podría dejar a Roberto no ya sin remordimiento, sino arrostrándose el papel de
victima encima. Estaba satisfecha, era una triunfadora, y si debía machacar a
Esther, lo haría.
-
¿Y no lo pasaste mal mientras te lo follabas? Me quieres convencer que
solo fue una vez y se terminó, por favor, ¿por quien me tomas?
-
De acuerdo, sucedió un par de veces más pero no había pasión, no fue
más que la inercia de aquella primera vez. Se termino antes de empezar.
No entraba al trapo, era menester echar sal gorda
dentro de la herida para que escociese y aullase de dolor, que se defendiese
atacando y pudiese enseñar ella su orgullo de esposa desairada, si no, la
jugada quedaría incompleta
-
Creí que te conocía. No podía imaginar que tu cinismo llegase a tan
altas cotas. Es demasiado para un solo día, pierdo a mi mejor amiga, o eso
creía yo, y encima me entero de que es un zorrón y una cínica.
La añagaza surtió el efecto esperado, hacer perder
la calma conciliadora a Esther.
-
Ya está bien. He intentado explicártelo por la buenas, pedir disculpas,
pero no voy a arrastrarme más, lo hacia por nuestra amistad, pero ya veo que no
hay solución, que estás dispuestas a romper por una nimiedad una amistad de
toda una vida. Pues bien, y que me dices de ti, yo seré un zorrón pero tu eres
una iza en toda regla. Yo tuve un desliz despreciable en todos los sentidos con
tu marido, que por otra parte, tampoco vale tanto en la cama, pero, ¿y tu? ¿Desde
cuando le ornas la cabeza? Me sorprende que te hagas la esposa afrentada cuando
tú no eres más que una adultera en regla, porque no pretenderás convencerme que
la sospecha de tu marido es vacua. De la misma manera que yo soy trasparente
para ti, tu lo eres para mi y tu cara ha sido toda una tesis adulterina, y por
lo que he podido ver no es cosa de antesdeayer. ¿Cuántos meses, o años, llevas
engañando al pobre de Roberto?, no sería mas honesto que le dejases. Desde
luego te puedo asegurar que le matas, él no se merece esto y va a necesitar de
toda la ayuda para recuperarse.
¡Conseguido!. Exultaba de gozo. Se habría comido a
besos a Esther por prestarle ese servicio, pero el guión exigía otro desenlace.
María de un volantazo, se metió en el arcén y
gracias al ABS, el frenazo no hizo hacer el trompo al coche. Con las manos en
el volante, la cabeza gacha y resoplando como un búfalo antes de embestir
permaneció unos segundos hasta que echando la cabeza atrás e inspirando
profundamente se volvió hacia Esther con la mirada de hielo en los ojos.
-
Esto se ha acabado aquí, guarra. Pretendes hacerte ahora la digna,
echarme en cara a mi tener una aventura cuando tú, dios sabe cuantos años has
estado ridiculizándome. Os hartabais de reíros de mi ¿no? ¿Te crees que puedes
ahora darme lecciones de honorabilidad cuando te llamabas mi amiga mientras me
robabas a mi marido? Fuera de mi coche.
Había hablado deliberadamente bajo para controlar su
instinto agresor, pero aquello era el final y solo deseaba que Esther
desapareciese como a instancias de un abracadabra y ella no se movía paralizada
por la orden. La voz se fue alzando a medida que repetía la orden perdiendo el
poco temple que le quedaba.
-
¡¡Fuera de mi coche, he dicho, puta!!
-
María, estamos en medio de ningún lado, ¿que hago yo en la autovía?
-
¡¡Que te vayas!! ¡¡Fuera, fuera, fuera!!
Esther salió del coche y sin terminar siquiera de
cerrar la puerta, María arrancó haciendo patinar las ruedas de su Mercedes. Se
dio cuenta entonces Esther que se había dejado el bolso en el coche, justo en
el momento que veía como el coche frenaba en medio de una polvareda, que
difuminaba el rojo vivo de la luz de pare, y la puerta se abría, un objeto era
arrojado fuera para volver a arrancar y perderse en dirección a la ciudad.
Desolada, abatida, perpleja, aterida por los
nervios, rompió a llorar. Acababa de perder a su mejor amiga de la manera más
estúpida. No hay secreto que se pueda ocultar eternamente, antes o después, un
descuido, una palabra a destiempo, un gesto inconsciente desata toda una
procesión de aconteceres que cada uno por si solo nada significan pero cuando
se confabulan para ir de la mano uno tras del otro es como cuando el material
atómico hace masa critica, la deflagración no es humana, es aterradora. Es el
fin.
Efectivamente era el fin y era incapaz de alcanzar a
comprender cuales serían a partir de ese instante los sucesos, estaba demasiado
aturdida para pensar en nada, ni siquiera en el modo de salir de la situación
en la que se encontraba, sola, en una autovía, a varios kilómetros de su casa y
si medio de trasporte.
Un coche se detuvo a su altura. La ventanilla del
acompañante descendió y una voz cascada se dirigió a ella.
-
¿Cuánto?
Al principio no comprendió que sucedía. Se
felicitaba eso si, de que le hubiese parado alguien y sin ni siquiera hacer
señales, pero lo de cuanto, así, en interrogativa no lo alcanzaba. Se acerco
más a la ventanilla y entonces comprendió a la perfección, lo que tuvo la virtud de sacarla de su estado de shock.
Reaccionó encendida de indignación.
-
Maldito hijo de puta, que te folle un pez, cabrón, ¿que te has creído,
cerdo?
La indignación acumulada por lo sucedido, que no
encontraba salida, súbitamente descubrió una válvula de alivio. Propinó un
violento plantillazo a la portezuela del coche dejando de recuerdo a su rijoso
propietario un bonito abollón.
Nada mas arrancar su coche con una sonrisa de
satisfacción en los labios por el objetivo cumplido, se dio cuenta que Esther
se había dejado el bolso olvidado con las prisas. Una cosa era escenificar una
de honor percudido y otra distinta dejar a la pobre chica sin ni siquiera
dinero para pagarse un taxi, desde donde fuese, “que se vuelva andando al club,
que falta le hace, se ha puesto muy fondona”.
Le dolía, relativamente, la faena que había tenido
que hacerle a su amiga, pero hacia ya tiempo que la vida le enseñó que en esta
jungla no hay premios de consolación, o eres tu primero o no eres, después los
remordimientos, angustias, dolores de barriga e insomnios varios ya
encontrarían solución por otra vía pero lo que no tenía remedio era el no
salirse con la tuya, a cualquier precio. Es,
imponer tu voluntad o te la imponen y ella ya decidió hacía muchos años
que toda la atención que no pudo dispensar a sus imposibles hijos se la iba a
dispensar ella. Después de Esther, tocaba Federico. Gozaba con la aventura que
protagonizaba dejando restos de amigas y esposos por el camino, malheridos,
cuando no muertos, esperaba que no, pero si así tuviese que ser, así sería.
Después de tirar el bolso fuera del coche arrancó
derrapando para evitarse el tener que reprimir un segundo de debilidad hacia su
amiga. El dolor que le producía dejarla allí tirada lo ahogó rápido en el
recuerdo del polvo de la tarde. “Que bien folla el cabronazo ese”. Notó que se
humedecía y cogió el teléfono.
-
Federico, ¿estás en tu casa? ¡Ah!, vale. Pues entonces espera ahí, nos
tomamos una copa y luego celebramos en tu apartamento que mañana doy puerta a
mi marido. Te voy a devorar esta noche, bestia.
Dejó el teléfono en el asiento del acompañante, bajo
el cristal de la ventanilla y aminoró la velocidad. Dejaba que el viento fresco
y acariciador de la noche le hiciese sentir en su piel los dedos de su amante.
El pelo ondeando le producía aún mas sensualidad y hacia desear llegar cuanto
antes al lecho de Federico. Se iba a entregar como nunca lo hiciera. La
sensación de libertad al saberse ya irremisiblemente desvinculada de Roberto,
aunque él aún no lo supiese, le concedía un extra de goce que era mas emocional
que sexual pero que quería plasmar en sexo contra sexo, labios saliva y
lubricidad. Se sentía por primera vez en su vida dueña de su destino, modelaría
de ahí en adelante su existencia a la medida de sus deseos y no al contrario
como fue la constante, turbia constante, antes de aquel instante glorioso en
que se sentía omnipotente. Tenía urgencia por ser ella misma, quería disfrutar
el delicioso sabor del egoísmo sin trabas ni estorbos. No volvería a ceder más.
Se entregaba a Federico porque quería, no por escapar al frustrante y acabado
matrimonio con Roberto.
Roberto cuadró perfectamente su coche en la plaza de
garaje y quedó durante un rato escuchando el CD de Tchaikovski que le hizo
compañía desde el club. No tenía muchas ganas de moverse de allí. Nada le
reclamaba en su casa. El codiciado dúplex que tanto esfuerzo y guardias le
había costado se le antojaba ahora como una elegante y fría habitación de hotel
sin nada especial más que sus discos y libros. Al recorrer mentalmente su
despacho vio el ordenador y quiso abrir el correo a ver si su anónimo
comunicante le había contestado. Apago el equipo de música, saco las llaves de
contacto y se dirigió ilusionado al ascensor.
Nada mas entrar en la casa se encamino al ordenador,
lo encendió y mientras éste arrancaba, fue a su dormitorio a cambiarse. Cuando
regresó un mensaje parpadeante le avisaba que tenía correo. Entre una larga
lista de spam encontró lo que buscaba. Impaciente lo abrió.
“Atribulado
amigo, si soy hombre o mujer, es lo mismo, ¿acaso quieres que nos conozcamos?,
si así fuese, dímelo y te enterarás en el momento de vernos. Sería emocionante,
¿no?, que intriga para ti, yo sé que eres hombre, tu no y eso añade misterio a
todo esto. ¿Qué me hizo afirmar rotundamente lo que dije?, ¡y que mas da,
hombre! Te sirvió para que ella reaccionase tal y como dices que ya es
suficiente indicio de que no me equivoqué demasiado. De no haber sido cierto lo
de los cuernos habría provocado en ella la ternura y el orgullo de sentirse
amada, ver a su marido celoso, y sin embargo te la montó. De cualquier manera
aunque la puesta de cuernos no sea efectiva, lo que si te digo es que ese
matrimonio tuyo está mas acabado que el sifón, que no hay quien lo encuentre,
por cierto, con lo que me gusta. Por lo que te leí, tu si la quieres, pero por
lo que se hasta ahora ella a ti no.
Bueno tío, si quieres que nos conozcamos me lo dices
eh.
Saludos”.
Quedó pensativo dudando si debía contestar o no.
Independientemente del problema planteado con su mujer su espíritu de
curiosidad innata le estimulaba a conocer a su comunicante, ¿hombre, mujer?
Bueno si fuese hombre, un nuevo amigo, agudo sin duda, si era mujer, quizá una
aventura puntual podría ser excitante. Solo pensar en que podía abrírsele una
posibilidad de sexo anónimo le despertó su sexualidad. Se sintió bien sintiendo
la rigidez extrema en su entrepierna.
Inmediatamente pensó en que su mujer ya no podría tardar, estaría eufórica por
el gran día que había rematado ganando tantísimo dinero y volver a
reencontrarse con su amiga del alma después de tanto tiempo. Le haría olvidar
lo de la noche pasada haciéndola tocar el cielo, los dos iban a tocarlo. Se
buscó su sexo instintivamente bajo el pantalón del pijama y tuvo que dejarlo porque
su excitación anunciaba un final inexcusable si persistía en su estimulación.
Prefirió cerrar los ojos e imaginar una magnifica María ruborizada la piel
brillante por el placer entregándose sin reservas a él hasta la extenuación.
Cuando acabasen los dos rendidos de gozo y juventud reencontrada y exhausta
dormirían placidos y relajados hasta que las pieles calientes les hiciesen
volver a encontrarse en un abrazo fundente y único. Pasarían el domingo entero
holgazaneando desnudos entregados a la sensualidad relajada del abandono al
placer. Sería el principio de un nuevo matrimonio para los dos.
Miraba sin ver la pantalla del ordenador que aún
mostraba el e-mail de su comunicante. En un instante volvió a verla y se sintió
estúpido por hacer caso a un desconocido ocioso que no tenía mejor cosa que
hacer que dar consejos sin sentido. Le contestaría poniéndole o poniéndola en
su sitio.
“Enloquecido
fat&ugly, no debería ni darte las gracias por contestar mi mensaje. Creo
más bien que debería castigarme por hacerte caso en algo tan personal como las
relaciones con mi mujer. Tuve un momento de debilidad y quise desahogarme sin
tener nadie con quien hacerlo, nada más. Mi mujer esta absolutamente enamorada
de mi, fui yo quien la presioné demasiado y ella se tuvo que defender, a veces
se ser muy empalagoso y canso. No necesito que me des más consejos.
PD: para nada he pensado en averiguar cual es tu
sexo, me trae al fresco.
Que te vaya bien.”
Pulsó el icono de enviar y se sintió satisfecho.
Durante unas horas había decidido hacer su senderismo emocional particular y se
había arañado el alma. Curado y repuesto se levantó del ordenador para
dirigirse al piso inferior a servirse su copa. En esta ocasión eligió un CD
acorde con su estado de ánimo, la Obertura 1812 de su amado Tchaikovski. Chopin
para la melancolía, Peter para la determinación serena, triunfante. Los
cañonazos finales de la Obertura le despertaron. Se había quedado dormido
escuchando la música y una vez mas el vaso había desparecido bajo el sofá.
-
¿María? Cariño, ¿has vuelto ya?
No recibió respuesta. Se levantó de su sillón y
subió la escalera de dos en dos. Mientras se acercaba al dormitorio iba
pronunciando el nombre de su mujer sin encontrar respuesta. Miro en el
vestidor, el cuarto de baño, su despacho. Nada. Recordó que le había dicho que
a lo mejor, incluso, se iban de marcha las dos. No lo creyó entonces y debía
rendirse a la realidad machacona, estaban de marcha. “¡Que coño!, también
tienen derecho las dos amigas a estar un ratito solas recordando viejos
tiempos”. Se lo repitió en voz alta como para convencerse de que no estaba
desilusionado, pero lo estaba, creía que su mujer llegaría detrás de él. Era ya
tarde y se le cerraban los párpados. Haría lo que ella le dijo, la esperaría
durmiendo, estaba seguro que al contacto de su cuerpo se desvelaría y tendrían
la noche lujuriosa que había ensoñado en el despacho.
4.11.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario