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lunes, 22 de octubre de 2012

LA PERFECCION IV LA CARRERA ECLESIASTICA. CONDENACION

La Perfección IV. Condenación



La semana anterior a la ordenación a Pedro le citaron en la Diócesis sin previo aviso y con la perentoria de que se presentase lo antes posible a su Ilustrísima.
-          ¿Qué ha hecho usted para que le cite nada menos que su Ilustrísima?
Pedro tenía una ligera idea de porqué el Obispo quería verle, lo que no tenía ni idea era de porqué precisamente antes de la ordenación. Desde luego no se le ocurriría negarle la ordenación porque podría jugar sus cartas con lo que sabía, aunque ¿quién le iba a hacer caso a él? La madame de la casa de tratos jamás cometería la torpeza de delatar a uno de sus mejores clientes, pues el resto de clientes que lo que querían era la máxima discreción dejaría de inmediato de confiar en ella y el negocio se le arruinaría. Una casa de tolerancia era como un banco, se basaba en la confidencialidad y la discreción, después de todo, sexo y dinero tampoco se diferenciaban tanto, uno y otro es de quien lo posee en el instante. Mientras se tiene se goza de él, cuando no se tiene se añora y siempre, uno y otro termina por darnos buenos dolores de cabeza, tanto por poco como por mucho. Habría de ir con cuidado y doblarse como un junco. Con los poderosos no cabían resistencias numantinas, tienen tiempo y poder para doblegarnos, es mejor hacerles creer que nos sometemos y que dejen de pensar en nosotros como potenciales enemigos.
-          No tengo ni la menor idea Padre. Es más, es que yo no conozco al señor Obispo. A mi me ha pillado tan de sorpresa como a todos.
-          Es que solo se le ha citado a usted, ¿se da cuenta de su significado?
-          No, no se cual es el significado.
Los años, los reveses, el conocimiento de lo que representaban las interrelaciones, la justa medida de las cosas y la pérdida de la inocencia que es la que hace reconocer los pecados había conseguido un perfecto espécimen adaptado al medio en el que tenía que desenvolverse, una selva intrincada llena de fieras dispuestas a arrancarte pedazos sin quitarte la vida para que supieras que desenvolverse en ese mundo no es gratis. Antes o después o te dotas de afiladas garras y acerados dientes o te conviertes en pasto de los otros. Si, el Seminario había cumplido con su objetivo: crear un sacerdote, rara especie de humano capaz de comer mierda con una sonrisa en los labios convenciéndote mientras tanto que saboreas gloria. Si el Obispo quería verlo, sin lugar a dudas estaba en relación con su encuentro en el lupanar de hacia unos meses, pero le intrigaba que se hubiesen permitido dejar pasar los meses y elegir este momento precisamente. De haber querido neutralizarle ya había tenido tiempo, ¿por qué ahora...?:
Después del desayuno se despidió de Pura y le dejó el encargo de ir recogiéndole las pertenencias. Dentro de pocas horas tendría que salir de viaje, Dios sabe donde sería destinado. Quizá de eso se tratase la entrevista, aunque a ningún otro de sus compañeros le habían citado.
En el edificio de la diócesis estaba el secretario de su Ilustrísima en la portería esperando a Pedro. Esa era una circunstancia de excepción.

Se me quería significar que se me dispensaba un trato de privilegio y máxime cuando el secretario era un sacerdote que todos sabíamos que en el siguiente consistorio el Papa ordenaría Obispo. Algo más grave o importante de lo que yo pudiera imaginar estaba sucediendo en mi entorno sin que yo supiese de qué se trataba, pero ¿qué pintaba yo en todo aquello?
El secretario del Obispo me dio afectuosamente la mano y me aduló el oído a cuenta de la fama que me precedía, de ascetismo y piedad. Me ruboricé pensando en cuan diferentes son las imágenes que damos a los otros de lo que en realidad rebulle dentro, muy dentro. ¿Quién podía imaginar que mis cicatrices y marcas no tenían un origen piadoso, sino lubrico? Subimos al piso superior y el secretario abrió una puerta de dos hojas tras la que se encontraba el despacho del Señor Obispo. Estaba vacío pero me hizo entrar y sentarme. Con evidente apuro tome asiento en una silla de brazos de respaldo recto y tapicería de terciopelo rojo.
-          Espere usted un momento, su Ilustrísima vendrá al punto.
No me dio tiempo ni a mirar en torno a mí para hacerme una idea de la austera magnificencia que imperaba en aquella amplia sala de tan altos techos. En menos de quince segundos de detrás de un tapiz que colgaba por detrás del sillón de la mesa del señor Obispo apareció con su atuendo talar. Vestido de aquella guisa (con su ropa de trabajo diría mi abuelo, “¿qué tiene eso de extraordinario?”) imponía. No era el señor de provincias de clase acomodada que echaba una canita al aire aprovechando cualquier subterfugio real o ideado, tenía porte aristocrático, hasta parecía mas alto. Me dedicó una sonrisa de condescendencia cuando atropelladamente me levanté al percatarme de su presencia y con un gesto económico, nada premeditado, de oficio, me indicó que volviese a tomar asiento. Esperé, a pesar de la invitación, a que Don José, ese era el nombre del Obispo, se sentase para hacerlo yo. Finalmente los dos acomodados, me interrogó.
-          Ya he recibido las nuevas de los ordenandos. Ha terminado usted su carrera con éxito. Enhorabuena.
-          Muchas gracias, Ilustrísima. Ya tengo ganas de empezar a ejercer mi ministerio, solo me intranquiliza el no saber donde voy a ir a parar, pero donde sea lo haré con obediencia y alegría porque esa será la voluntad de Dios.
-          ¿Qué diría usted, si le dijese que tengo para usted otros proyectos? Entre esos proyectos ha de saber que no está el de verle de cura de pueblo o coadjutor de una parroquia obrera en un barrio extremo.
Empecé a temblar como un pajarillo herido en manos de un niño. El mundo se me cayó encima. Eso quería decir que no había ordenación. La cara demudada no debió pasársele por alto a Don José que manejando los tempos para permitir que me cocinase en mi salsa a fuego lento, esbozó una meliflua sonrisa viendo como yo me hundía en las arenas movedizas de mi desesperación.
-          ¿Le sucede a usted algo?, ¿le he sorprendido?
-          Ilustrísima, espera empezar a trabajar por las almas...
-          Déjese de demagogias y lugares comunes. Se perfectamente cual ha sido su trayectoria en el Seminario, sobre todo este último curso.
Calló para sopesar el efecto del torpedo que acababa de lanzar en toda mi línea de flotación. Sentí como la palidez se adueñaba de mi rostro debido a la frialdad que se apoderaba de mis mejillas, que se me quedaron acorchadas. Me agarré con firmeza a los brazos de la silla en la que me sentaron y junté las rodillas para evitar que se me disparasen los pies de temblor. Empecé a sentirme mal, a tener nauseas, y gruesos goterones de sudor orlaron mi frente. No consintió aliviar mi desasosiego, me dejó a solas con mi desconsuelo, sin borrar un solo instante su cínica sonrisa de los labios ni dejar de perforarme con sus pequeños ojillos azules cobijados bajo unas espesas cejas negras que contrastaban con el níveo  y escaso cabello.
-          ¿Se ha sentido amenazado? Que sea una lección. Aún ha de aprender usted mucho, sobre todo discreción. Que no se haya dado cuenta de que cualquiera con un mínimo interés se pudiese percatar del galanteo que mantiene con su hermana es toda una torpeza. Pero la parte positiva es que ha sabido independizar esa relación, reprobable por supuesto, de sus obligaciones como futuro sacerdote. Eso me ha decidido a convocarle hoy. Posee usted la suficiente frialdad como para negarle a su mano derecha el conocimiento de lo que hace la izquierda, condición indispensable para hacer carrera en esta institución donde a veces es necesario aguantar el olor a podrido de los cadáveres que a veces es preciso esconder  mientras se crean condiciones necesarias para enterrarlos sin poner en peligro la organización.
La cara de perfecta estupefacción que puse al escuchar aquel discurso produjo en Don José hilaridad que no fue capaz de reprimir por lo que soltó una carcajada que tuvo la virtud de devolver el color a mis mejillas. Me azoré.
-          No ponga esa cara hombre. ¿Qué como he podido enterarme de todas esas cosas?, sencillo, dígale a su hermana que no sea tan expresiva ni elija de confidente a quien no conoce mas que de días.
-          Isabel..., no puede ser...
-          Si Pedro si. A Isabel la saqué yo de la casa donde nos conocimos. Por cierto lo que mas peso ha tenido en esta mi decisión de reclamarle para trabajar en este Obispado ha sido su prudencia y sensatez para no participar a nadie, ni a su hermana, que me sorprendió en aquel lugar. Nada habría pasado pero me habría cercenado el camino al capelo cardenalicio, para el que ya me queda poco, todo hay que decirlo. Si, Pedro tiene usted facultades y virtudes que le hacen muy útil para el servicio de la Iglesia. Estuve enamorado de Isabel durante mucho tiempo pero mis obligaciones, mi palabra dada, el hombre solo tiene una, apréndaselo bien, me hicieron tenerla cerca de mi,  pero no tan cerca que ella se creyese que podría dominarme. La coloqué de cocinera en el Seminario y desde allí me ha servido y me sirve aún hoy, como has podido comprobar.
-          Pero ella parecía tan..., tan.
-          Tan maternal, ¿no? Y lo es, pero su lealtad hacia mi está por encima de todo. Esa lealtad me la he ganado porque nunca le fallé y le saqué de aquel infierno cuando era poco menos que una niña y yo un sacerdote recién ordenado en quien el Ordinario del momento puso su confianza, con alguna debilidad imperdonable, que con el tiempo, como ha podido comprobar, lejos de apaciguarse, se ha recrudecido. Por esto le necesito a mi lado, usted conoce mi debilidad y la pasa por alto, no le escandaliza mi pecado y no será más que un confidente y confesor, que si quiere, me acompañará a Roma cuando vaya a ser investido príncipe de la Iglesia, a pesar de mi pecado, o precisamente por ello. Será, que duda cabe, una oportunidad para usted de hacer carrera. Naturalmente su hermana, debido al parentesco, podrá mantenerse a su lado como ama hasta que decida prescindir de ella, o ella decida tomar su senda en la vida, independiente de usted, manteniendo la discreción adecuada. En la intimidad de su casa, es a su conciencia a quien tendrán que rendir cuentas.
No era capaz de dar crédito a lo que estaba viviendo. Ese ataque de cruda, ruda, aplastante sinceridad en boca del Obispo hacia reposar sobre mis hombros una apabullante responsabilidad. Por una parte me convertía en el cortafuegos de su Ilustrísima ante cualquier agresión externa que quisiera asaltar su lado oscuro y por otras parte se me daba carta blanca en las relaciones que yo decidiese tener con mi hermana con la condición de que jamás se supiese; la perfecta obscenidad, la desvergüenza absoluta. ¡Y estaba escandalizado de mi impudicia!, yo, a punto de ser ordenado, estaba a merced de la carne a la que me era imposible poner coto, porque las herramientas que me dieron para hacerles frente eran gasolina, en lugar de agua, para apagar ese fuego que me abrasaba. Y me avergonzaba de ello, asumiendo que finalmente me consumiría en el fuego eterno. Pero lo intrínsecamente perverso de lo que me proponía el Obispo es que daba como cotidiano lo que no eran más que pecados sin ambages. Se asumía el pecado como consustancial e imposible de eliminar; es decir, se rendía un personaje importante de la Iglesia, ante la lucha con el Maligno. El Eterno Otro estaba ganando la batalla, pero yo, ¿qué podría hacer?, nadar a favor de la corriente porque de otra manera solo me quedaría ahogarme en las aguas turbias de la hipocresía que eran las que mayor fuerza tenían..., ¿y la Verdad?, esa, por lo que iba teniendo visto, llevaba bastante tiempo perdida y nadie se tomaba la molestia de buscarla, es más, empezaba a sospechar que se la tenía aherrojada bajo dos docenas de llaves para que nunca saliese a la luz y desmontase el tingladillo levantado desde hacia diecisiete siglos cuando Constantino lo encenegó todo.
-          Bueno, ¿qué me dice?, se ha quedado mudo. Aceptará, ¿supongo?
La pregunta de todo punto retórica me rescató de mi ensoñación estúpida y me lanzó con fuerza a la realidad. Allí estaba el Ordinario de la diócesis con cara de interrogación esperando que aceptase hacerle de colchón para que sus debilidades no le pusieran en evidencia. Solo cabía una respuesta, la pragmática, la de siempre, la inevitable, la de la derrota.
-          Por supuesto Ilustrísima, será todo un honor estar al servicio del que sin duda se convertirá en Príncipe de la Iglesia en poco tiempo.
-          No esperaba menos de usted. Vaya, vaya usted al Seminario. En cuanto le ordene el domingo, se tendrá que venir a vivir al apartamento al que tiene derecho el secretario del Obispo..., si usted quiere naturalmente. Si usted o su familia posee una vivienda, entonces..., donde quiera..., pero, vamos, lo suyo es que resida en este edificio, nunca se sabe cuando tendré que echar mano de usted.
-          Mi hermana, como mi ama, y servidor mismo residiremos en el apartamento que se nos indique en esta sede para poder estar a disposición de su Ilustrísima cuando sea menester.
Guardé un silencio interrogativo mirando a los pequeñitos ojos glaucos de Don José que quedó expectante esperando a ver que clase de inconveniente le proponía. Era solo una cuestión intrascendente pero que me asaltó en ese instante y me intranquilizo.
-          Me va a perdonar su Ilustrísima, pero el secretario que usted tiene, el que me ha franqueado la entrada a este despacho, ¿también quedará a su servicio como..., qué?
-          El padre Abundio va destinado a secretario del cardenal Boticcelli, que le ha reclamado desde Roma. Se conocen desde unas jornadas de estudio de Cristología en Wutzburg y conectaron bastante bien, tienen la misma concepción de la salvación: es imposible sin el martirio. Yo, ejem, soy algo mas elástico, bueno usted ya sabe...
-          ¿No tiene nada mas que añadir su Ilustrísima?
-          Por favor, cuando estemos a solas se dirige a mi con el respeto debido a un superior, nada mas, sin dispensarme el trato protocolario, siempre me han agobiado esos oropeles, se quien soy y se que no merezco el honor que se me hace, pero las enseñanzas del Señor están hasta en el pecado, debo soportar los encumbramientos del siglo a sabiendas de que no soy mas que un pecador que no los merece, pero al parecer esa es su voluntad. Bien, puede usted irse.
Se levantó pesadamente, cansado, abrumado por su responsabilidad de pastor que es consciente de que no sabe conducir rebaño alguno si su amo no le dispensa sus favores. Le había visto en varias ocasiones de lejos, en los ceremoniales y me había parecido distante y pretencioso, sabiendo de sus debilidades, eso no me parecía bien y le juzgaba. Hoy, a la vista de sus confesiones de hombre acongojado por su culpa se me antojaba tremendamente humano, humilde, deshecho por saberse pecador e inútil sin el concurso de la gracia divina. Vi a un hombre de fe que constantemente tenía que acordarse de su pecado como penitencia por cometerlo, para no creerse lo que en realidad era, un pilar de la Iglesia. Un autentico príncipe con obligaciones de tal y responsabilidades.
Todos sabíamos que Don José era una persona aguda como un estilete, mordaz cuando le obligaban e inteligente en sus conversaciones. A nadie se le escapaba que detrás de aquella famosa Gaudium et Spes estaban muchas horas de trabajo de Don José a las ordenes del cardenal Montini, Giusepino, como gustaba llamarle el cardenal, tan poco dado a las bromas, como todos sabían, pero al que tenía ley por la rigurosidad con que abordaba los temas mas espinosos encontrando siempre la conciliación entre las partes mas encastilladas en sus posiciones. Era ya mayor y no había sido capaz de rebelarse contra su concupiscencia, es más, llegaría a decirme que deseaba ser anciano para que se aplacasen en su corazón las ansias de mujer que le atormentaban observando con terror que no solo no se aminoraban sus deseos lujuriosos sino que se hacían mas finos y enrevesados. Había tirado la toalla y se había resignado a seguir siendo de esa forma que en mi opinión era la manera que tenía el Altísimo de recordarle constantemente que su inteligencia no era nada más que hojarasca sin sentido al lado de esas pasiones violentas que le atormentaban. La lujuria era lo que le anclaba a la tierra y le impedía caer en el peor pecado de todos, la soberbia, el que llevó directamente a Luzbel al infierno.
Salí de aquel despacho no sin antes besar respetuosamente el anillo de roja piedra del Obispo. Con un “Vaya en paz” dicho con mansedumbre cerró la puerta de su despacho.
Cuando llegué al Seminario antes de que yo pudiese ni siquiera abrir la boca la señora Isabel, acostumbrada a coger el toro por los cuernos, me hizo un aparte.
-          Ven para acá, niño. Me ha llamado Don José, lo se todo.
Se la notaba agitada, nerviosa, pero determinada a decirme lo que tenía que decirme. Yo ardía en deseos de dejarla hablar para luego hacerlo yo.
-           No te creas que te estaba perjudicando. Solo estaba vigilante para que nada pasase, para que ni a ti ni a tu hermana se os cayese el mundo encima. Tu hermana Pura es muy inocente y lo dice todo, he tenido que llamarle la atención porque es demasiado entusiasta..., por decirlo de alguna manera. Me ha costado trabajo meterle en la cabeza que tu eres cura..., bueno lo vas a ser en días y que su euforia era menester encauzarla, es difícil entender como se suman los amores de mujer y hermana y dan como resultado una locura que le hace desvariar a Pura. A mi no me escandaliza ya nada en esta vida. Y porqué no, ¿porque tu eres cura y ella tu hermana?, ¡bah¡ bobadas, el que se escandaliza de esas cosas es porque no sabe nada de la vida pero se cree que la ha inventado él a base de mentiras e hipocresías. Yo te quiero muchacho. Desde aquel día que te corte la sangre que el bruto ese, menos mal que se fue, te produjo del balonazo, te cogí ley, me pareciste tan indefenso, tan vulnerable y mis instintos maternales, esos que nunca puede yo desarrollar, se me vinieron de golpe todos encima y el corazón se me abrió y te hice mi hijo, sin que tu lo supieras. Nunca te perjudicaría. Ahora ya lo sabes. Cuando te vayas de aquí, quiero que sepas que siempre me tendrás a tu lado, como si fuera esa madre, que sus buenas razones tendrá, pero te ha mantenido huérfano de cariño tanto tiempo.
La señora Isabel no pudo continuar, se le quebró la voz y se abrazó a mi cuello, hipando. Así permaneció hasta que se serenó y pude hablarle.
-          Vamos señora Isabel, serénese. No es preciso disculparse. He de confesarle que cuando Don José me lo dijo sentí como la sangre se me incendiaba y solo deseaba poder llegar hasta aquí para desollarla viva por la traición, pero a medida que el señor Obispo iba desgranando sus razones el espíritu se me iba aquietando y abriéndose paso en mi interior la certeza de que usted no tendría corazón para hacerme una jugada de esas. Estaba seguro finalmente que cuando usted me diese sus explicaciones, las razones serían de tanto peso que iba a ser imposible sustraerse a sus argumentos. De todas formas incluso tengo que agradecerle sus desvelos. Tendré que reconvenir a Pura muy seriamente. En mi nuevo destino de secretario del señor Obispo la discreción es la virtud mas considerada. La concupiscencia se puede llegar a disculpar porque el Maligno nos tienta la carne a veces de manera insuperable y se cae una y otra vez para que nos demos cuenta de nuestra fragilidad y reposemos en el Señor, ¡bien lo se yo!, pero lo que no se puede consentir es la imprudencia que es hija espuria de la soberbia y por ella Satanás se vio abocado a las llamas eternas de la ausencia de la faz del Señor. Ese pecado, el de la soberbia, me es el más desagradable. Hablando con su Ilustrísima me he dado cuenta de hasta donde puede llegar la humildad de un hombre, como Don José, que reconoce su culpa y solo fía en el Señor. Estoy contento de que usted le haya puesto al día de mis debilidades y que ello me haya permitido conocer las suyas. Señora Isabel siempre la llevaré en mi corazón, no como si fuese mi madre, que, lástima, eso no puede ser, pero si como la forma de ser que eché siempre en falta en mi madre y que me ha hecho penar y me lo seguirá haciendo hasta que entregué mi alma al Altísimo.
Nos abrazamos estrechamente los dos derramando las lágrimas de la despedida y del agradecimiento. Pasado un emotivo espacio de tiempo en que la calidez de sus besos me remuneraba por todos aquellos que nunca recibí de mi madre, nos separamos cogidos de los hombros aún y mirándonos a los ojos en ese instante infinito en el que queremos engullir al otro amado para que nunca se separe de nuestro corazón.
-          Espero que venga a visitarnos al Obispado alguna vez.
La señora Isabel se recompuso y adoptando su aire de matrona inflexible que siempre daba al exterior replicó:
-          Y que tú te acerques de vez en cuando por esta tu casa a ver a los viejos.
Le dediqué la mejor de mis sonrisas y sin abrir la boca para no romper a llorar por la despedida me fui en busca de Pura.
Pura se encontraba en el templo mayor, limpiando a fondo para la ceremonia de ordenación. En eso era única, había retirado todos los bancos y se afanaba arrodillada restregando las losas de mármol con estropajo y jabón verde para que no quedase rastro de suciedad y que la ceremonia transcurriese oliendo a limpio. A pesar de todo la vi demasiado insistente en la frotación del suelo, como si le tuviese rabia a esa losa en especial en la que se afanaba en ese momento. Estaba murmurando entre dientes algo que no acertaba a entender. No se percató de mi presencia y siguió en su ocupación. Yo me detuve a cierta distancia de ella observándola divertido en su lucha particular con el mármol, hasta que llegó un momento en que el tono de su disputa iba subiendo de tono y lanzando el estropajo contra el suelo le dio una patada al cubo y grito en medio del silencio de aquel anchuroso espacio. “Pues no, no me da la gana, ¿qué te has creído?, que tu puedes venir e ir a tu antojo. ¡No!. ¿Qué te has preocupado de él, todo este tiempo, eh, que te has preocupado? ¡Yo le he cuidado, yo le quiero a él, no tu!, y ahora cómo va a tener una dignidad, aunque te repugne que  esa dignidad sea la eclesiástica vas a venir a presidir, como en la mesa de casa. ¡Que cara mas dura!, y querrás venir a darme un besito encima de todo.”
Se detuvo en su discurso y se remangó el delantal. Desde detrás notaba como las venas del cuello se le engordaban a causa de la irritación. Levantó el dedo índice de forma admonitoria y continuó amenazante.
“Nadie te va a negar la entrada porque la ordenación es publica y si quieres venir lo harás, pero ni se te vaya a ocurrir acercarte a él, y a mi ni mucho menos, pero a él..., ¡es mío!, es mi hermano y mi, mi..., le quiero solo para mi y no consentiré que con tus malas artes de arpía lo apartes de mi vida.”
Cayó de rodillas llorando compulsivamente golpeando el suelo, con los puños como solo lo saben hacer los desesperados que de antemano saben que tiene la partida perdida pero no pueden evitar tener que jugarla. Me acerqué y la sujeté por los hombros para ayudar a levantarla y en ese momento se sobresaltó y se volvió espantada al sentirse sorprendida en su monologo y su desesperación. Al verme cohibió el grito de temor que había iniciado y levantándose más por su impulso que por mi ayuda se me abrazó al cuello besándome con avidez de amante desesperada. Me mordía los labios y me hacía daño lo que fue la señal del despertar instantáneo de mi sexo. Ella si sabía como hacerme reaccionar. La erección fue instantánea, furiosa y anhelante de su carne húmeda y caliente. Ella lo notó y sin soltar la presa de mis labios se levanto la falda para dejar el paso libre a sus entrañas. La boca empezó a tener el sabor a sangre, a mi sangre que ella me hacia fluir con su mordisco feroz pero en lugar de amainarme la calentura me provocó mas furia. Me desabroché la bragueta y el pene buscó la libertad para elegir su prisión oscura y umbrosa, como refugio seguro. En cuanto entró en contacto con la calidez del cuerpo de Pura que chillaba que la poseyese con cada contoneo de caderas se me desató el torrente de semilla. Allí en medio del templo donde iba a ser ordenado sacerdote de Dios, allí precisamente poseía a mi propia hermana y además con  la conciencia de depositarla mi semilla. No como en otras ocasiones que me había guardado de ello para evitar disgustos. Me proporcionaba mas placer si cabe que el bocado en mis labios, saber el sacrilegio que cometía, era como afirmar mi autonomía frente al Dios que se erigía como único dueño y dispensador de bondades o maldades, el mismo Dios que consentía que me quedase sin padre, el que no me quiso hacer como a otros compañeros del pueblo, el que con su capricho había impedido que pudiese mantener una relación normal con Rogelia. Vacié todo mi semen en su cuerpo en el momento que sentí como se estremecía de placer. Eso era el cielo y no el que tendría yo que predicar de ahora en adelante. Ahí estaba la eternidad, en ese instante supremo y rompiendo tabúes y monsergas de vieja, afirmando mi libertad de ser humano frente a las mentiras de otros seres humanos pretendiendo adueñarse para ellos solos del conocimiento supremo, compendiando el amor total de hermano y amante al tiempo y con el Santísimo como testigo, esa era mi boda, ya estaba casado ante Dios.
Cuando ayuno de fuerzas y sangrando por la boca del mordisco de Pura me pude rehacer le pregunte radiante de orgullo y calma.
-          ¿Qué te pasaba que peleabas con el aire, que querías comerte al fantasma que debías tener delante, que era eso que te hacía encocorarte hasta el punto de chillar aquí en el Templo sagrado?
Se me quedó mirando muy fijo a los ojos y poco a poco fue pintando en su cara una sonrisa de sorpresa, una mueca de incredulidad por lo que salía de mi boca. Se la tapó con sus manos y cohibió una risotada que no podía reprimir. Así, entre risas y con las piernas cruzadas para impedir que mi licor creador se le saliese piernas abajo me contestó.
-          Qué después de lo que acaba de pasar aquí entre tu y yo, tu me digas que chillar aquí es una irreverencia no puede mas que hacerme reír, Pedro.
La carcajada se abrió paso una vez más en su pecho y tuve que ser yo esta vez la que le tapase la boca con la mía. Me empujó con delicadeza y se me quedó muy fija mirando.
-          Madre. Tu madre, ha avisado que viene a la ceremonia de tu ordenación. Quiere recoger velas porque ha dicho que quiere que vuelva a casa con ella y las demás. Pero no voy a volver, ¿qué se habrá creído? Si tú quieres que vuelva al pueblo me iré de tu lado pero no al pueblo,  no te reprocharé que escuches las órdenes de madre, es difícil sustraerse a sus dictados. Pero Pedro, yo quiero vivir contigo, se que es un pecado espantoso, pero hago más caso de mi corazón que del catecismo. El corazón no me engaña y el catecismo lo han escrito hombres que a saber...
-          No hables más Pura. Está decidido, tú te vienes al Obispado conmigo...
Trocó la cara de diversión por la de extrañeza preñada de juicio de locura por mi contestación.
-          Al Obispado, ¿a qué?
Volvió a mirarme divertida con esa boca entreabierta y carnosa que me hacia enloquecer y sonrió como una Madonna feliz.
-          Creía que te ibas a ordenar cura, no Obispo, porque ordeñarte acabo yo de hacerlo.
-          No te diviertas de mi, Pura. El señor Obispo me ha llamado para ofrecerme ser su secretario personal y poder ir ascendiendo en el escalafón eclesial. Pronto será cardenal y me ha prometido que le acompañare a Roma. Y tú conmigo. Y para eso venía precisamente. Don José, el Obispo, sabe todo lo nuestro.
Pura dio un paso atrás y se volvió a tapar la boca con una sola mano, pero esta vez de sobresalto, de consternación. Enrojeció hasta ponerse de color violáceo y pasar a continuación a exhibir el color del papel. Empezó a llorar.
-          Has sido demasiado sincera y abierta con la señora Isabel. Tenemos que ser cautelosos por una doble razón. Yo soy cura y tú no eres solo una mujer sino que encima eres mi hermana. Don José tiene el suficiente ascendiente con la señora Isabel para que ésta le tenga al corriente de todos los secretos y entre ellos están los que tú le contaste.
-          Pero, ¿entonces, porque en lugar de expulsarte de forma fulminante del Seminario te acoge para un puesto de tanta confianza?
-          El día de la ordenación fíjate bien en el señor Obispo, por muy bien revestido que esté, esos ojillos bajo esas pobladas cejas no se te pasaran por alto. Entonces comprenderás porque ha tomado esta decisión. Yo no te lo voy a decir; en algún momento tendré que empezar a comportarme como lo que voy a ser y secretario viene de guardar secretos. Si después de lo dicho en la ordenación no eres capaz de responderte a esa pregunta, no seré yo el que lo haga. En cuanto a lo de madre..., Pura yo ya no soy el niño asustado que estaba a merced de la voluntad de Doña Soledad. Agradeceré que venga porque quiera o no es mi madre pero no le prestaré oídos a sus ocurrencias. De ti Pura no me separaré, tendrían que matarme.
Se me acercó una vez mas y me beso suavemente en mis labios lamiendo la herida que ella misma me produjo. Me miró a los ojos con intención de acunarme, de meterme en sus entresijos para que no me separase jamás. Comprendí hasta que punto, estaba enamorada de mí más allá de cualquier lujuria. Ese sentimiento expresado a través de esos ojos sinceros y valientes me dio espanto. A lo largo de mis años de Seminario había aprendido que no hay nada mas peligroso y revolucionario que una persona sin doblez, segura de lo que hace y entregada a ello. Pero yo también la quería no iba a renunciar a ella.

El día grande de la ordenación transcurrió para mí en una nube. Intentaba conservar el dominio sobre mí y las circunstancias que me atañían, para recordar esos momentos para los restos, pero era como si fuese un observador ajeno que contempla los sucesos a través de un cristal deslustrado y tiene una conciencia borrosa de lo que se va desarrollando. Me sentía en ese momento confirmado por el Señor en mi vocación. Sabía de la manera que había llegado al Seminario, las razones que me impulsaron a huir refugiándome en él, los obstáculos que solventó mi madre con su proverbial dote de mando cuando se me hizo la jugada para rechazarme, y así y todo sabía que esas eran las mañas de las que se había servido el Señor para consagrarme a El. De alguna manera me quería a su servicio y tuve la constancia mientras estaba humillado en el suelo de que mis intentos de sacrilegio a conciencia no eran tomados en cuenta. Sabía que para el Señor, eran como las gracias del niño cuando comienza a balbucear y trabuca los sentidos de las palabras y tanta fascinación provoca en los padres. Estaba como en una nube y me sentía bien. Cuando llegó el momento en que el señor Obispo pronunció las palabras del ritual que me consagraban como sacerdote y anudó mis manos con la estola me miró fijamente a los ojos estrellando su cerebro contra el mío. Se me coló dentro diciéndome que me quería y que él mejor que nadie entendía mi tragedia que no era diferente de la suya, que no me arredrase ni me dejase engañar que estaba en el buen camino, el del pecador que a pesar de serlo y ser consciente de ello se empecina en no abdicar de la filiación divina. Al enlazarme las manos con el ornamento sagrado me estrechó dulcemente sus manos con las mías y una pequeña, imperceptible lagrima le hizo brillar sus pequeños y saltarines ojos azules. Me sentí el ser más feliz de la creación en ese momento sin olvidar mis inmundicias pero agradeciendo el que no se escandalizase nadie de ellas, me supe amado y acogido, comprendido y perdonado. Eso también era el paraíso.
Se me había olvidado que mi madre estaría en la ceremonia y no sabía a ciencia cierta si alguna de mis otras hermanas estaría.
Volví a la realidad mas vulgar y dolorosa cuando en el besamanos final en el que se reconoce el carácter sagrado de las manos que se acaban de consagrar y van a transubstanciar el pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo besándolas, le tocó el turno a mi madre. Levanté la vista humillada a causa del recogimiento porque la cola se había interrumpido y yo esperaba el siguiente beso en mis palmas. Alcé los ojos, como dije y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Mi madre, gesto severo y adusto me miraba desdeñosa sin mover un solo músculo de la cara. Estaba ahí, inmóvil, entorpeciendo voluntariamente la ceremonia y atrayendo sobre nosotros todas las miradas. Llevaba su velo de guipur negro que había heredado de la abuela, largo, elegante y soberbio a la vez, sujeto por un alfiler rematado por su perla australiana negra. El traje era el de los jueves santos. No era baja, de manera que el cuadro era digno de ser contemplado, hierática y amenazante, ni el Greco habría sabido retratar una imagen tan escurialense. El concepto inquietante se le ajustaba a la perfección.
Cuando transcurrió lo que yo creí que había sido una eternidad se movió con aires nobles y medidos, como solo ella sabía hacerlo cuando quería demostrar el abolengo de su cuna y se me acercó. Privilegio de madre me besó primero en las mejillas pero no era esa su intención. Mi madre, nunca derrochaba gestos si no era preciso. Se demoró en mi cara para poder susurrarme en los oídos las palabras que mas daño sabía que podrían hacerme. Vino a la celebración para hacerme sufrir y lo consiguió.
-          Sacerdote o no, eres un degenerado como la perdida de Pura. Me dais asco los dos. Pero, descuida, algo llegará a oídos del Obispo.
Se apartó distante y fría y mas gélida aún me besó las manos que ya me chorreaban sudor del estado en el que me había dejado con su amenaza y el calificativo. Me tranquilizó el que pensase que me hacía daño denunciándome en la diócesis; ¡vaya sorpresa se iba a llevar! Ella que siempre creía que controlaba a todo el mundo con sus hilos sutiles ni se podía llegar a imaginar que esta vez le había ganado por la mano. Verdaderamente los senderos del Señor son misteriosos y El mismo me protegía con el pecado que me atormentaba a ratos.
Unas cuantas personas después se acercó Pura y me beso las manos con dedicación, con el cariño inmenso que me profesaba y me humedeció con sus lagrimas, que pudieran ser las de una arrepentida Magdalena o las de una novia frustrada por haber perdido a su amado para siempre en beneficio de un partido mejor. Nada mas separar sus labios carnosos y suaves de las manos levantó sus párpados y enfrentó mi mirada. Me interrogó acerca del incidente con mi madre y le respondí con toda la angustia que me salía por los poros resumida en los ojos dolientes. Me entendió a la perfección y un rayo de iracundia y venganza contenida le nubló la vista. No hicieron falta palabras. Al comprender que a renglón seguido iría en busca de madre para retarla y provocar un combate sin cuartel sin que yo pudiera abandonar mi sitial para contenerla, se me anegaron de lágrimas los ojos suplicándole que se dominase. Instantáneo fue el cambió de gesto con el que me aseguró que se tendría, antes de afrentar a madre. Me tranquilicé y así se lo hice saber cerrando en gesto de agradecimiento los párpados y esbozando una imperceptible sonrisa.
Cuando acabó la ceremonia y me desvestí de los ornamentos salí a buscar a mi madre para demandarle el porqué de esa conducta para con su hijo que nada le había hecho, pero no la encontré. El padre Severino me confirmó que la vio irse antes de acabar la ceremonia porque, según se disculpó, perdía el coche de línea si se quedaba y no tenía donde pasar la noche en la capital.
No volví a ver a mi madre, nunca más. Tuve noticia a través de Don José, que le había comunicado a Don Mariano sus temores de que entre Pura y yo hubiese algo más que una relación filial. Al parecer, tomando ocasión de mi sacramento, mi madre dio en frecuentar la Iglesia, algo que sorprendió gratamente al cura por lo que dio crédito a esos temores y no dudó en solicitar audiencia a su Eminencia para trasladarle su zozobra. El señor Obispo acogió como era debida obligación de pastor la confidencia y aseguró a Don Mariano que haría las averiguaciones debidas e impondría la penitencia a que hubiera lugar a quien hubiese mancillado el honor de la Iglesia dejando al párroco del pueblo contento y satisfecha a mi madre cuando se enteró de que terminaría por ser severamente castigado y a buen seguro expulsado de las mieles de mi secretaría privada a las tinieblas exteriores cual Adán trasgresor.
A los dos años de estar al servicio de Don José me hicieron llegar la noticia de que madre había fallecido a consecuencia de una fiebres sin que el médico del pueblo primero, ni el Hospital de la capital después pudiesen hacer nada por recuperarla por lo que, desahuciada, fue trasladada al pueblo por voluntad suya donde entregó el alma al Creador. Mi hermana Eutímia fue la que nos avisó a Pura y a mí con tan mala fortuna que fue precisamente en pleno sínodo y nos encontrábamos en Roma, de manera que para cuando regresamos a España madre era ya pasto de los gusanos. No pudimos hacer nada más que acercarnos al pueblo a orar ante su lápida cuando regresamos. Nos citó el notario para asuntos de la testamentaría y mediante carta autentificada ante notario también delegamos en él todo aquello concerniente a nuestros derechos. Ni Pura ni yo teníamos ganas de enfrentamientos con mis otras hermanas. El día que fuimos al cementerio a orar ante los restos de madre pasamos la noche en la casa y habría sido mejor que nos hubiésemos ido a pie hasta la capital porque lo sucedido esa noche habría escandalizado al mas depravado de los hombres.
La cena transcurrió en el más pétreo de los silencios. Se me cedió el sitial de madre, dada mi condición de único varón y sacerdote. Decliné ante mis hermanas el honor y rogué a Eutímia que fuese ella, la mayor, la que ocupase el puesto. Eutímia se negó a sentarse en sede de matriarca y el sillón quedó vacío. No se cruzaron más palabras que las necesarias para que la cena trascurriese en orden, pero las miradas llevaban fuego, veneno, rencor y saña dependiendo a quien iban dirigidas. Acabada cada quien se retiró a sus habitaciones. Pura me clavó los ojos anunciándome que se pasaría por mi cuarto en cuanto pudiese. Esa mirada no fue inadvertida por sus hermanas a pesar de haber sido fugaz y obligadamente disimulada.
Salvo Eutímia, que hacía tiempo que había renunciado a su identidad sexual y se había convertido en un verdadero eunuco a fuer de sujeción de madre, las demás como fieras sedientas esperaron el momento en que Pura se deslizó a mi dormitorio.
Pura me había reservado una agradable sorpresa. Con evidente habilidad había confeccionado un cilicio de pene y testículos que se apresuró a colocarme en cuanto nos quedamos a solas en la habitación. Una zona tan sensible de mi cuerpo nunca había recibido tan duro castigo y la respuesta fue explosiva, la erección brutal lo que consiguió que la mordedura de las puyas en la carne se hiciese insoportable de dolor y no por eso, sino precisamente por eso, la erección se mantuviese incólume haciendo de la verga un tallo de acero. El notar la sangre resbalar por las piernas me excitaba aun más y me supe a punto del orgasmo pero aún no había ni empezado la noche. Pura me ató diestramente las muñecas y los tobillos a los cuatro extremos de la cama y me dejo inerme en cruz de San Andrés sangrando por la entrepierna y deseando que me castigase la carne de cualquier manera posible. El placer recluye en la locura que nubla los sentidos e impide la asunción de la supervivencia como faro de comportamiento. Todo queda como subordinado a la consecución del placer incluso si esa subordinación lleva aparejada el dolor más desesperante o la muerte más dolorosa. En mi cerebro se fundían las dos sensaciones, la del deseo de mayor placer al precio que fuese y la del deseo de que todo terminase cuanto antes porque el vértigo de la ausencia de limite me hacia temer y desear a un tiempo le peor. Pero ahí estaba Pura midiendo y saboreando, disfrutando los tempos y administrando los placeres con maestría de profesional. En la parte mas oscura y nebulosa de mi mente se albergaba la certeza de que ella no consentiría en hacerme llegar al limite de la extinción por obtener el mas desmedido placer pues sabía, con su mejor virtud de mujer practica, que eso liquidaría por los restos su juguete que era yo. Cerré los ojos y me dejé llevar. Sin deshacerse de su camisón se encaramó a horcajadas sobre mi erección salvaje y se hizo penetrar sin remilgos. El peso de su cuerpo contra la raíz torturada de cilicio de mi miembro me desgarraba la carne y más vaharadas de dolor placentero me inundaban. La presencia de esos alambres dolorosos ávidos de carne temblorosa también hacían sentir dolor a Pura que cuando se dejaba caer sobre mi sexo con el peso de su cuerpo sentía el castigo impío sobre sus delicados tejidos de suave y sensible carne pero que por la cadencia de sus gemidos y quejumbrosa respiración me llevaban a pensar que ella estaba aprendiendo a gozar del dolor tanto como yo. A medida que los suspiros y quejidos se aceleraban y subían de tono yo sentía que estaba a un milímetro del precipicio del placer en el que lo que deseas es ver tus entrañas saliendo a borbotones de tu pene, cuando todo tu ser pugna por hacerse presente en la eyaculación entregándose en forma de liquido espeso, traslucido y milagroso para jugar a ser Dios Creador en ese infinito instante en que los seres humanos recibimos la confidencia indemostrable de que somos dioses premiados con la carne por nuestro buen comportamiento. Ese momento en que dolor y placer se funden en un mágico instante es en el que yo sabía que era inmortal. La inmortalidad no era mas que eso, poder vivir el instante infinito y por eso en esos momentos yo, con los ojos cerrados a la contingencia sensible y burda de la realidad supe que la razón de negarnos a los religiosos la sexualidad no tenía mas finalidad que impedirnos el conocimiento de lo infinito, del mayor atributo divino, aquello que nos permite mirarle a Dios por unos instantes a los ojos y decirle ¡gracias por crearme y permitirme crear a mi!
Pura exhausta, agotada tras la experimentación de la omnipotencia se dejó caer sobre mi pecho y experimenté el gozo de la calidez de su leve y empapado camisón sobre mi pecho, y abrí los ojos y deseé haber muerto.
Las cinco, menos Eutímia estaban a los pies de la cama con las caras emborronadas de lujuria y los ojos inyectados de depravación luego de haber estado observando nuestras actividades. ¿Cuánto tiempo llevarían allí?, que más daba; lo que estaba seguro era que el tiempo suficiente como para revestirse de hipocresía y Dios sabe la sarta de insensateces que íbamos a tener que escuchar tanto Pura como yo. Teresa, Soledad y Pilar nos miraban con expresión de triunfo y sus ojos traslucían que no iban a parar hasta dejar bien afiladas sus lenguas para masacrarnos de la forma más humillante posible. Belén y Remedios que desde aquella vez que me intentaron seducir y de alguna manera yo le eché a una en brazos de la otra y ahora vivían como novios nos miraban con envidia pero sin rencor dando la impresión de que se solidarizaban con nosotros al llevar un comportamiento que no se ajustaba, como el suyo a lo que dictaban los cánones sociales, pero que no por ello iban a desistir de hacer leña del árbol caído, pillados en falta, en desagravio de la muerte de la matriarca en cuya responsabilidad nosotros teníamos mucho que ver.
-          Madre tenía toda la razón. Sois unos degenerados que solo merecéis los fuegos del infierno. Nos habéis escandalizado con vuestro comportamiento y falta de respeto a la casa de la madre.
Era Teresa la que hablaba destilando por su boca todo el veneno que podía soltar. Soledad terció sin darnos lugar a defensa.
-          Y no solo el asqueroso incesto, ¡es que tu, eres cura!, ¿te das cuenta del pecado tan horroroso que cometes? Nos has escandalizado a nosotras tus hermanas y ya sabes lo que dice el Señor de aquellos que escandalizan a inocentes...
Y no pude soportarlo más. Tuve que saltar y enfrentarme. Ya estaba bien de hipocresía y ocultación. El cuadro debía ser frisando el ridículo. Del salto que pegué el cilicio de pene que me había confeccionado Pura me mordió una vez mas pero ésta vez con el orgasmo recién experimentado solo me produjo una tremenda incomodidad. Allí, desnudo, delante de las cinco arpías de mis hermanas refocilándose de lo contemplado tuve que aplicarme a con el mayor cuidado retirarme el adminículo sin conseguirlo teniendo que recabar el auxilio de Pura para que ella lo desenganchase. Mas que dolor al retirarlo me producía quemazón, porque las garras del instrumento estaban firmemente clavadas en mi sexo y bolsas y me provocaban una sensación urente una vez cohibida la sangre por efecto del tiempo transcurrido. Mi zona pudenda estaba convertida en un amasijo de sangre y pelo repugnante del que sobresalía colgante un pene rematado por un glande violáceo y goteante. Deseaba irme cuanto a antes a lavarme y aplicarme algún ungüento que me calmase la molestia que si bien dolía me permitía tener bien presente lo que acababa de suceder y el placer proporcionado haciendo degustar los placeres mas intelectuales del sexo, a saber, la rememoración de lo que fue, no fue y pudo ser pero tampoco se quiso que fuera. La cinco me fusilaban con las brasas que tenían por ojos observando alternativamente mi cara y mi sexo hipnotizadas por la fiereza de la escena ya contemplada y la que estaban viviendo en el instante. Belén y Remedios a modo de sobrecogimiento estaban abrazadas y se acariciaban sus nalgas con los labios babeantes de sordidez e impudicia. Les excitaba la escena y no se recataban en demostrarlo. Las otras tres esperaban parapetadas en su hipocresía esperando lo que yo tuviera que decirles en mi defensa para saltarme de inmediato a la yugular y destrozarme sin piedad. Una vez liberado por Pura de la presa que tan dulcemente me había torturado y  seguro de mi mismo y de que Pura abonaría cualquier cosa que yo afirmase abrí la boca.
-          Sois las cinco otros tantos sepulcros podridos bien encalados para despistar a aquel que quiera arrimarse creyendo que lo que albergáis por dentro es gloria bendita. Pero no, os creéis que sois mejores que nosotros que nos entregamos a la pasión humana de amarnos sin límite y sin importarnos que sin solicitarlo nos parió la misma hembra. Pues enteraros bien basura inmunda, ésta será la última vez que nos veamos, reniego de vosotras como Pura renegó hace tiempo. Y por si os interesa saberlo, si, os lo confirmo, soy cura y amo a Pura y deseo su sexo y lo tendré tantas veces como quiera, no os vayáis a pensar que las uñas del remordimiento me van a desgarrar el alma, antes bien, estoy orgulloso de amarla y si no me caso con ella es por la hipocresía y la contingencia de las sociedades humanas que necesariamente están preñadas de imperfecciones. Ahora ya tenéis de qué escandalizaros. ¡Ah!, y podéis pregonarlo a los cuatro vientos, me da igual..., nos da igual, ¿verdad Pura?
-          No solo me da igual, es que si pudiera sería yo la que lo pregonaría a todas horas, que te amo y que quisiera llevar un hijo tuyo dentro de mi, para sentir como tu vida crece en mi y me hace cambiar y me incomoda y me deforma la figura y no me deja descansar y todo eso me daría tanto placer como el que me da cuando me tomas y me haces tuya. No voy a buscarlo desde luego pero si ha de suceder es que será la voluntad del Altísimo y lo llevaré a término.
A estas alturas del discurso las cinco hermanas estaban mudas de impresión. Nunca se hubieran sospechado que la reacción fuese a ser la que tuvieron los incestuosos. Soledad fue la que haciendo de tripas corazón pudo abrir la boca y haciéndose la portavoz de las demás expreso su repugnancia por lo que estaba escuchando.
-          Ahora no me cabe duda. Madre tenía razón, como siempre. Lleváis el demonio dentro, sois la encarnación del infierno en la tierra. ¡Ojalá existiese aún la Inquisición, gozaríamos viéndoos arder lentamente, entre esos dolores que tanto os gustan, degenerados. En menos que se reza un credo que es algo que seguro que os atormentaría si pudieseis rezarlo, estaríais atados en la plaza sobre un montón de gavillas de leña húmeda ardiendo despacio para que vuestra alma, si es que la poseéis aún, se pudiese purificar algo antes de hundirse para siempre en el infierno, porque hasta eso seríais capaces de corromper, hasta el infierno, ¡Satanás!, que no eres mas que un demonio, siempre lo fuiste y conseguiste corromper a Pura, desde chico que nos espiabas mientras pelábamos la pava con nuestros novios apuntabas a lo que ahora ya no puedes disimular. ¡Fuera de esta casa, la ensucias con tu presencia!, y llévate contigo a tu barragana, porque eso es en lo que has convertido a nuestra hermana que está ya muerta para nosotras.
Salieron la cinco, una detrás de la otra, con Soledad a la cabeza dejándonos en la alcoba a los dos. Pura quiso recoger para irse inmediatamente pero la retuve. Era de madrugada, ¿dónde iríamos a esas horas?, eso si sería un escándalo ir en busca de una casa de huéspedes, sabiendo todos quienes éramos en el pueblo. La convencí y nos quedamos el resto de la noche en mi cama los dos. Ella tenía miedo de salir a solas por que sus hermanas la agrediesen vista la reacción anterior y dormimos como matrimonio. Con las claras del día recogimos nuestras cosas y abandonamos la casa donde nos criamos no sin congoja pues sabíamos que salvo imponderable no volveríamos a pisar por allí. Pura me miro acuosa la mirada y yo tuve que desviársela porque corría serio peligro de echarme a llorar desconsoladamente.
Tres días después hubo que llamar al medico porque Pura se encontraba muy decaída y no paraba de vomitar, no se le antojaba nada de lo que le ofrecía para comer y palidecía a ojos vistas. El médico, Don Blas que habitualmente se encargaba de salud de los habitantes de la casa, palpó, percutió, masajeó, escrutó y miraba a un lado y otro suspirando preocupado. No hubo forma de sacarle prenda al galeno que se empeñaba en que era preciso hacer otro tipo de pruebas y citó a Pura en su consulta para la semana siguiente.
Don José me llamó, nada más marcharse el médico del Obispado, muy alarmado. Estaba alarmado, molesto y confuso. No sabía por donde empezar pero con muchas tablas ya por el cargo cogió el toro por los cuernos y me espetó a la cara lo que jamás se me habría ocurrido a mí.
-          Pedro, ¡hombre de Dios!, las debilidades humanas son una cosa y las estupideces humanas además de indisculpables desmerecen del concepto que teníamos de ti. ¿Cómo has podido dejar preñada a tu hermana? ¿Es que no sabes que existen métodos? Habrá que ir pensando en una solución satisfactoria para todos. No me gustaría perderte, ahora, después de dos años en los que me has demostrado lo alto que podrías llegar. Sería una autentica pena que truncases la carrera que has iniciado. Tú no lo sabes, pero ya estás en determinadas listas y gente bien importante sigue de cerca tu ejecutoria. Comprendo que a las mujeres les deshaga el ser madres y más si el fruto de la concepción es del ser amado, pero deberás convencer a Pura de que esto no puede seguir adelante. Cuando vayáis a la consulta de Don Blas, él después de cerciorarse lo tendrá todo preparado; él es un buen creyente y fidelísimo hijo, sabedor que a veces no queda mas remedio que saltarse la linde si no quiere uno perderse definitivamente por vericuetos que prometen y no conducen más que a la perdición, pero Pura debe llegar a su consulta con el trago pasado, por mucho que le duela..., y que te duela a ti.
Sentí como mis mejillas se acartonaban y perdían todo rastro de vitalidad. La cara entera se me enfrió y la boca del estomago comenzó a reclamar atención en forma de dolor agudo que iba en aumento. No tuve presencia de ánimo más que para asentir con la cabeza a todo lo que me decía el señor Obispo porque después de escuchar que había dejado embarazada a Pura fui incapaz de articular pensamiento o palabra alguna. Salí con recogimiento con la cabeza agachada en señal de sometimiento y me tuve que recostar sobre la pared de lado de la puerta en cuanto me vi en el pasillo. Me faltaba aire que llevar a mis pulmones y boqueaba como un pez fuera del agua. A medida que fui haciéndome cargo de lo que el Obispo había dicho un nudo en la garganta fue estrangulándome hasta necesitar romper en un llanto amargo que duró breves instantes pues no deseaba que alguien, Obispo incluido, me sorprendiese en actitud tan vulnerable. En los dos años que llevaba ya al servicio de Don José si algo había interiorizado a la perfección es que los sentimientos son aquellas armas que los demás mejor utilizan para nuestra destrucción, por lo que si no se exteriorizaban mejor que mejor. Estaba entre la espada y la pared, el tiempo corría y era menester pensar con celeridad algo que conciliase y satisficiese a todas las partes. Estaba seguro que no habría manera alguna de convencer a Pura de que le practicasen un aborto y por otra parte la promesa deslizada de que mi nombre ya se movía en altas esferas no podía por menos que halagarme y hacerme cavilar cual sería el mejor método de convencer a Pura. Me odié a mi mismo; estaba tan degenerado que era capaz de sacrificar a mi propio hijo con tal de medrar en mi profesión, al fin y al cabo, me intentaba convencer, habría tiempo de tenerlos, y la parte sana que aún se mantenía incólume dentro de mi sin saber por cuanto tiempo, me respondía que nunca sería ese hijo de Pura a la que defraudaría por siglos. La cabeza comenzaba a hervir como una marmita a presión, los ojos se me iban a salir de tanto como intentaban encontrar un asidero y una salida. Me encontraba preso. Cuando de repente todo se me aclaró en la mente. Si, resultaría y además todo quedaría en casa. Si Don Blas tenía tantas reservas de conciencia que se saltaba por mor de su obediencia al Ordinario en lo que a practicar abortos se refería, se mostraría encantado cuando le dijésemos que el embarazo llegaría a termino y él, con la mayor discreción, si quería, atendería un parto en lugar de practicar un aborto. Pero antes debería hacer una visita.
EL Seminario estaba como acostumbraba, un enjambre de muchachos correteando por entre los campos de juego y resguardados de los ardores del mediodía tras los arriates de setos y flores que en los años que el faltaba de allí les había dado tiempo a medrar y engalanarse de porte y belleza. Hubiera preferido no ver a nadie pero eso habría sido imposible. La noticia de que del Seminario iba directamente a la Secretaría particular del señor Obispo causó admiración en todos. Al verlo aparecer después de casi tres años fue objeto de toda clase de parabienes y palmaditas en la espalda, no fuese a ser que el día menos pensado el destino de mas de uno de ellos, aunque el sabía que le odiaban, estuviese en manos de Pedro, aquel muchacho amedrentado y enclenque que decidió tomar a su pupilaje la cocinera señora Isabel, ¡que qué barbaridad pensar cualquier cosa, podría ser, no su madre, sino su abuela!
-          Pues si vengo a visitar a la señora Isabel, está ya mayor y  no quisiera que por causa de las obligaciones de mi cargo cualquier día rindiese cuentas al Supremo Hacedor y me quedase sin verla. Debía llegarme aquí cerca, de ver a una benefactora y decidí quedarme a comer con ustedes y de paso charlar con esta santa mujer.
La señora, mermada por los años, venía ya, tambaleante de dolores y de edad una vez recibida la noticia de que su niño acababa de llegar a la casa.
-          ¿Dónde está, donde está, lo mas bonito que ha parido madre?, el cura más guapo de toda la Diócesis, por no decir de la cristiandad toda.
Al abrirse el círculo que rodeaba a Pedro se quedó de frente a la Señora Isabel que ya meditaba las primeras lágrimas de emoción entre sus párpados. Abrió sus maternales brazos lo más que pudo y se acercó con lentitud llorando ya abiertamente. Se abrazó a él con toda la fuerza que pudo sin dejar de decirle lo desmejorado que se encontraba.
-          Cómo se nota que no estoy yo allí cerca para ocuparme de ti, tesoro. ¿Pero que le pasa a la Pura que se ha olvidado de ti?, ¡vamos, vamos, vamos!, pero si tienes menos carne que un jilguero. Anda vente conmigo a la cocina, tengo muchas cosas de las que hablar contigo mientras te preparo algo de lo que mas te guste, a ver si recuperas algo del lustre con el que saliste de aquí.
Salimos de entre el círculo de congregados, camino del reino de Isabel, la cocina, en la que ella se sentía a sus anchas.
-          Cuéntame, que te trae por aquí. Tienes que cuidar más de ti, que estas muy dejado. Te tengo dicho que eres como una flor de invernadero, necesitas cuido, si no te enfermas. Pero ya basta de charlotear. Tu habla mientras yo trajino y te preparo el bocadillo de morrón y melva que tanto te ha gustado siempre y no te admito una negativa, te lo vas a comer delante de mí.
-          No se si tendré tiempo...
-          ¿Cómo que no?, al señor Obispo que le vayan dando y si no me lo dejas a mi que ligero le pongo yo en su sitio. Tú te comes aquí el bocadillo mientras hablamos de  nuestras cosas, como me llamo Isabel.
Se me quedó mirando condescendiente y con una sonrisa apacible y bonachona que me enterneció y supe en ese instante que tendría en ella el apoyo que le había supuesto.
-          Ya soy mayor Pedro. ¿Sabes?, me jubilo..., o mejor sería decir que me jubilan a la fuerza que ahora están las cosas de la Iglesia muy tiesas y más pronto le acusan al Obispado de explotación. Dentro de tres meses cumplo sesenta y cinco. Ya tengo preparada mi casita, no lejos de aquí. No sabría vivir ya sin mis chavales, los adoro..., bueno, a unos mas que a otros, pero los echaría de menos a todos, así me podré dar mi vueltecita a echar una mano de vez en cuando. Pero, ya está bien, no paro de hablar de mi sola cuando eres tu el que has venido a hablar conmigo con lo ocupado que tienes que estar, ya me callo.
Se quedó expectante con una pieza de pan en la mano y el cuchillo en la otra esperando a que empezase con mi relación. Sin saber porqué me puse colorado cuando tuve que ordenar el discurso en mi cabeza para empezar. A pesar de que la señora Isabel estaba al cabo de la calle de mis relaciones con Pura, el decirle que la había dejado preñada me azoraba lo suficiente como para hacerme enrojecer las mejillas. Ella se dio cuenta y me facilitó la tarea.
-          Se trata de Pura, ¿verdad?, habéis hecho un desavío, ¿a que si? Venga no seas mas tonto y cuéntamelo que la vieja Isabel no se va a escandalizar de nada.
-          Es cierto.
Tuve que humillar la mirada porque sin saber porqué no podía sostener la suya que por raro que me pareciese era limpia y acogedora.
-          Es cierto. La he dejado embarazada, no me explico como, porque tomamos nuestras precauciones pero..., siempre hay imponderables. Estoy preocupado Isabel. El señor Obispo quiere que Don Blas, el médico del Obispado le malogre el embarazo ahora que está la cosa cuajando y habrá menos peligro para ella, pero a mi..., ¿qué quiere?, me da grima que se lo hagan. Además, me hace ilusión tener un hijo, que finalmente será mi sobrino del alma, pero yo sabré que es mi hijo, aunque me llame tío y con eso me bastará. Yo había pensado...
-          No me digas más, quieres que se venga conmigo, como si fuese mi familia y que tenga el niño en casa. Me parece bien. A mayor abundamiento, como en tres meses yo voy a comenzar a vivir en la barriada y voy a ser desconocida, a nadie extrañará que aparezca con una muchacha con una barriga, será mi nieta que me he traído del pueblo porque ha quedado viuda de..., un minero..., eso, una viuda joven de un minero que ha quedado sepultado en una galería en León y no se ha podido rescatar el cadáver.
Si se me hubiese aparecido Padre Dios en ese momento no habría podido ser más feliz. Sentí como se me diluía la angustia y una hormiguilla de placer se me paseaba por el estomago. Habría dado botes de alegría. Se me abrió el apetito y me comí el bocadillo que me había preparado en dos segundos y hasta me sentó bien. Estaba deseando salir de allí para llegar a mi casa y poder contárselo todo a la pobre Pura que se temía lo peor.
La despedida de Isabel fue mas cordial y afectuosa que a la llegada. Mis muchas obligaciones no me permitían quedarme a comer y eso fue razón justificada para las autoridades del Seminario. La última voz que escuché fue la de la señora Isabel.
-          Descuida, déjalo en mis manos. Todo irá bien. Y cuídate tú.
Si en aquel momento lo hubiera sabido habrían sido otras la determinaciones pero las cosas no son como uno quiere sino como las circunstancias mandan y yo me fui de allí feliz e ignorante, aunque debería haber sabido donde tenía puestas sus servidumbres la señora Isabel.

El teléfono del despacho de Don José sonó con el campanilleo característico. Pedro no estaba en la casa, para solicito, levantar el auricular y filtrar la llamada que se le hacía al Obispo, aunque siendo una llamada directa debería ser alguien del círculo íntimo al que él como secretario personal pertenecía, pero Pedro había ido al Seminario para girar una visita de cortesía. Fue el mismo Don José el que levantó impetuoso el aparato.
-          ¿Don José?
-          Al aparato. Dime Isabel, ¿que ha ocurrido?
La señora Isabel pasó a relatar con pelos y señales lo que había hablado con Pedro. El señor Obispo escuchó sin interrumpir hasta que ella termino el parlamento.
-          Sabía que no me equivocaba amiga mía. El intentaría hacer lo posible y lo imposible también para salvar esa vida espuria. Ese niño convenientemente no debería vivir. Es ya un alma santa que irá directamente al seno del Padre, espero que tú estés pendiente y te ocupes de todo, tanto si es antes como si hay que esperar al parto por su vía natural, pero por causa de fuerza mayor ese niño o lo que sea no puede sobrevivir. No hay nada que cercene mas el raciocinio de un hombre que el sentirse padre; en seguida se cree que ha culminado la obra de la creación y le entran todas las ansias de pureza del mundo y de imbecilidad crónica y es capaz de tirar por tierra toda la obra de años no solo de él sino de todo el que se encuentre a su alrededor. A su pesar hay que enmendarle el error cometido. En cuanto al niño, es un inocente que no conocerá, para su ventura, la maldad que reina en el mundo por obra del pecado.
-          Usted descuide Ilustrísima, sabe que me tiene a su servicio hasta el último aliento y que para fallarle tendría que morir y mira que me duele tener que traicionar a mi niño..., pero la obligación es la obligación.

Llegué exultante al Obispado y me dirigí sin más demora a mis habitaciones donde Pura se encontraba tendida en la cama luchando con sus nauseas que no la dejaban moverse.
-          ¿Dónde has estado?, tengo miedo cuando me quedo sola. Creo que me estoy muriendo. En cuanto intento moverme me pongo a vomitar y como no tengo nada en el estomago me parece que se me van a salir las entrañas por la boca.
-          No te vas a morir, Pura, cariño, no te vas a morir, vas a ser madre, de un hijo mío. Me vas a dar un hijo, ¿te das cuenta de lo que eso significa?
-          Pero...
-          Ya está todo arreglado. Don Blas ha estado hablando con el señor Obispo y le ha comunicado sus sospechas. A la consulta iremos para hacer la prueba de la ranita y confirmar, pero vamos..., que es prácticamente fijo que estás embarazada, el médico tiene bastante experiencia y no suele equivocarse. Estoy emocionadísimo, ¡voy a ser padre!, y yo que creía que al ser cura esa posibilidad se me vedaba.
-          Déjame hablar. ¿Cómo voy a disimular la barriga hasta el parto?, no voy a poder quedarme en el Obispado, sería un escándalo, ¿qué haremos?
-          Te he dicho que está todo arreglado. He ido a hablar con la señora Isabel. Se jubila en tres meses y se va a vivir a una casita que ya tiene lista. Te irás a vivir con ella, parirás allí como nieta suya viuda de un minero joven fallecido en la mina. Cuando el niño deje de ser de mantillas volverás conmigo y con un sobrino hijo de una hermana fallecida del parto. Eso salvará la cara de todos. Luego habrá hablillas pero esas las habrá siempre, unas son con razón y otras sin ella pero nadie se libra de ellas, lo importante es que nuestro sobrinito querido vivirá con nosotros. Seremos una familia. ¿No estás feliz?
-          Lo estoy amor mío, lo estoy. No sabría que hacer sin ti.
Se me echó al cuello y me estrechó fuertemente con lágrimas en los ojos y entre arcada y jipido me decía que me querría siempre y que si yo quería tendría todos los hijos que ella me pudiera dar, que sin mi no tenía justificación seguir respirando porque su aire era yo. Estábamos abrazados en el silencio mas remunerador de nuestro amor, ese silencio que grita que no hay amor posible sin físico que lo sustente y así lo abonaban nuestros cuerpos que poco a poco acompasaban sus ritmos haciéndolos endurecer por mi parte y llorar por la suya con lagrimas de suavidad excitante, cuando tintineó urgente, como siempre, el timbre que avisaba que el señor Obispo me reclamaba en su despacho.

22.10.12

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