La semana anterior a la
ordenación a Pedro le citaron en la Diócesis sin previo aviso y con la
perentoria de que se presentase lo antes posible a su Ilustrísima.
-
¿Qué ha hecho usted para que le cite nada menos que su
Ilustrísima?
Pedro tenía una ligera idea de
porqué el Obispo quería verle, lo que no tenía ni idea era de porqué
precisamente antes de la ordenación. Desde luego no se le ocurriría negarle la
ordenación porque podría jugar sus cartas con lo que sabía, aunque ¿quién le
iba a hacer caso a él? La madame de la casa de tratos jamás cometería la
torpeza de delatar a uno de sus mejores clientes, pues el resto de clientes que
lo que querían era la máxima discreción dejaría de inmediato de confiar en ella
y el negocio se le arruinaría. Una casa de tolerancia era como un banco, se
basaba en la confidencialidad y la discreción, después de todo, sexo y dinero
tampoco se diferenciaban tanto, uno y otro es de quien lo posee en el instante.
Mientras se tiene se goza de él, cuando no se tiene se añora y siempre, uno y
otro termina por darnos buenos dolores de cabeza, tanto por poco como por
mucho. Habría de ir con cuidado y doblarse como un junco. Con los poderosos no
cabían resistencias numantinas, tienen tiempo y poder para doblegarnos, es
mejor hacerles creer que nos sometemos y que dejen de pensar en nosotros como
potenciales enemigos.
-
No tengo ni la menor idea Padre. Es más, es que yo no conozco
al señor Obispo. A mi me ha pillado tan de sorpresa como a todos.
-
Es que solo se le ha citado a usted, ¿se da cuenta de
su significado?
-
No, no se cual es el significado.
Los años, los reveses, el
conocimiento de lo que representaban las interrelaciones, la justa medida de
las cosas y la pérdida de la inocencia que es la que hace reconocer los pecados
había conseguido un perfecto espécimen adaptado al medio en el que tenía que
desenvolverse, una selva intrincada llena de fieras dispuestas a arrancarte
pedazos sin quitarte la vida para que supieras que desenvolverse en ese mundo
no es gratis. Antes o después o te dotas de afiladas garras y acerados dientes
o te conviertes en pasto de los otros. Si, el Seminario había cumplido con su
objetivo: crear un sacerdote, rara especie de humano capaz de comer mierda con
una sonrisa en los labios convenciéndote mientras tanto que saboreas gloria. Si
el Obispo quería verlo, sin lugar a dudas estaba en relación con su encuentro
en el lupanar de hacia unos meses, pero le intrigaba que se hubiesen permitido
dejar pasar los meses y elegir este momento precisamente. De haber querido
neutralizarle ya había tenido tiempo, ¿por qué ahora...?:
Después del desayuno se
despidió de Pura y le dejó el encargo de ir recogiéndole las pertenencias.
Dentro de pocas horas tendría que salir de viaje, Dios sabe donde sería
destinado. Quizá de eso se tratase la entrevista, aunque a ningún otro de sus
compañeros le habían citado.
En el edificio de la diócesis
estaba el secretario de su Ilustrísima en la portería esperando a Pedro. Esa
era una circunstancia de excepción.
Se me quería significar que se
me dispensaba un trato de privilegio y máxime cuando el secretario era un
sacerdote que todos sabíamos que en el siguiente consistorio el Papa ordenaría
Obispo. Algo más grave o importante de lo que yo pudiera imaginar estaba
sucediendo en mi entorno sin que yo supiese de qué se trataba, pero ¿qué
pintaba yo en todo aquello?
El secretario del Obispo me dio
afectuosamente la mano y me aduló el oído a cuenta de la fama que me precedía,
de ascetismo y piedad. Me ruboricé pensando en cuan diferentes son las imágenes
que damos a los otros de lo que en realidad rebulle dentro, muy dentro. ¿Quién
podía imaginar que mis cicatrices y marcas no tenían un origen piadoso, sino
lubrico? Subimos al piso superior y el secretario abrió una puerta de dos hojas
tras la que se encontraba el despacho del Señor Obispo. Estaba vacío pero me
hizo entrar y sentarme. Con evidente apuro tome asiento en una silla de brazos
de respaldo recto y tapicería de terciopelo rojo.
-
Espere usted un momento, su Ilustrísima vendrá al
punto.
No me dio tiempo ni a mirar en
torno a mí para hacerme una idea de la austera magnificencia que imperaba en
aquella amplia sala de tan altos techos. En menos de quince segundos de detrás
de un tapiz que colgaba por detrás del sillón de la mesa del señor Obispo
apareció con su atuendo talar. Vestido de aquella guisa (con su ropa de trabajo
diría mi abuelo, “¿qué tiene eso de extraordinario?”) imponía. No era el señor
de provincias de clase acomodada que echaba una canita al aire aprovechando
cualquier subterfugio real o ideado, tenía porte aristocrático, hasta parecía
mas alto. Me dedicó una sonrisa de condescendencia cuando atropelladamente me
levanté al percatarme de su presencia y con un gesto económico, nada
premeditado, de oficio, me indicó que volviese a tomar asiento. Esperé, a pesar
de la invitación, a que Don José, ese era el nombre del Obispo, se sentase para
hacerlo yo. Finalmente los dos acomodados, me interrogó.
-
Ya he recibido las nuevas de los ordenandos. Ha
terminado usted su carrera con éxito. Enhorabuena.
-
Muchas gracias, Ilustrísima. Ya tengo ganas de empezar
a ejercer mi ministerio, solo me intranquiliza el no saber donde voy a ir a
parar, pero donde sea lo haré con obediencia y alegría porque esa será la
voluntad de Dios.
-
¿Qué diría usted, si le dijese que tengo para usted
otros proyectos? Entre esos proyectos ha de saber que no está el de verle de
cura de pueblo o coadjutor de una parroquia obrera en un barrio extremo.
Empecé a temblar como un
pajarillo herido en manos de un niño. El mundo se me cayó encima. Eso quería
decir que no había ordenación. La cara demudada no debió pasársele por alto a
Don José que manejando los tempos para permitir que me cocinase en mi salsa a
fuego lento, esbozó una meliflua sonrisa viendo como yo me hundía en las arenas
movedizas de mi desesperación.
-
¿Le sucede a usted algo?, ¿le he sorprendido?
-
Ilustrísima, espera empezar a trabajar por las almas...
-
Déjese de demagogias y lugares comunes. Se
perfectamente cual ha sido su trayectoria en el Seminario, sobre todo este
último curso.
Calló para sopesar el efecto
del torpedo que acababa de lanzar en toda mi línea de flotación. Sentí como la
palidez se adueñaba de mi rostro debido a la frialdad que se apoderaba de mis
mejillas, que se me quedaron acorchadas. Me agarré con firmeza a los brazos de
la silla en la que me sentaron y junté las rodillas para evitar que se me
disparasen los pies de temblor. Empecé a sentirme mal, a tener nauseas, y
gruesos goterones de sudor orlaron mi frente. No consintió aliviar mi
desasosiego, me dejó a solas con mi desconsuelo, sin borrar un solo instante su
cínica sonrisa de los labios ni dejar de perforarme con sus pequeños ojillos azules
cobijados bajo unas espesas cejas negras que contrastaban con el níveo y escaso cabello.
-
¿Se ha sentido amenazado? Que sea una lección. Aún ha
de aprender usted mucho, sobre todo discreción. Que no se haya dado cuenta de
que cualquiera con un mínimo interés se pudiese percatar del galanteo que
mantiene con su hermana es toda una torpeza. Pero la parte positiva es que ha
sabido independizar esa relación, reprobable por supuesto, de sus obligaciones
como futuro sacerdote. Eso me ha decidido a convocarle hoy. Posee usted la
suficiente frialdad como para negarle a su mano derecha el conocimiento de lo
que hace la izquierda, condición indispensable para hacer carrera en esta
institución donde a veces es necesario aguantar el olor a podrido de los
cadáveres que a veces es preciso esconder
mientras se crean condiciones necesarias para enterrarlos sin poner en
peligro la organización.
La cara de perfecta
estupefacción que puse al escuchar aquel discurso produjo en Don José hilaridad
que no fue capaz de reprimir por lo que soltó una carcajada que tuvo la virtud
de devolver el color a mis mejillas. Me azoré.
-
No ponga esa cara hombre. ¿Qué como he podido enterarme
de todas esas cosas?, sencillo, dígale a su hermana que no sea tan expresiva ni
elija de confidente a quien no conoce mas que de días.
-
Isabel..., no puede ser...
-
Si Pedro si. A Isabel la saqué yo de la casa donde nos
conocimos. Por cierto lo que mas peso ha tenido en esta mi decisión de
reclamarle para trabajar en este Obispado ha sido su prudencia y sensatez para
no participar a nadie, ni a su hermana, que me sorprendió en aquel lugar. Nada
habría pasado pero me habría cercenado el camino al capelo cardenalicio, para
el que ya me queda poco, todo hay que decirlo. Si, Pedro tiene usted facultades
y virtudes que le hacen muy útil para el servicio de la Iglesia. Estuve
enamorado de Isabel durante mucho tiempo pero mis obligaciones, mi palabra
dada, el hombre solo tiene una, apréndaselo bien, me hicieron tenerla cerca de
mi, pero no tan cerca que ella se creyese
que podría dominarme. La coloqué de cocinera en el Seminario y desde allí me ha
servido y me sirve aún hoy, como has podido comprobar.
-
Pero ella parecía tan..., tan.
-
Tan maternal, ¿no? Y lo es, pero su lealtad hacia mi
está por encima de todo. Esa lealtad me la he ganado porque nunca le fallé y le
saqué de aquel infierno cuando era poco menos que una niña y yo un sacerdote
recién ordenado en quien el Ordinario del momento puso su confianza, con alguna
debilidad imperdonable, que con el tiempo, como ha podido comprobar, lejos de
apaciguarse, se ha recrudecido. Por esto le necesito a mi lado, usted conoce mi
debilidad y la pasa por alto, no le escandaliza mi pecado y no será más que un
confidente y confesor, que si quiere, me acompañará a Roma cuando vaya a ser
investido príncipe de la Iglesia, a pesar de mi pecado, o precisamente por
ello. Será, que duda cabe, una oportunidad para usted de hacer carrera.
Naturalmente su hermana, debido al parentesco, podrá mantenerse a su lado como
ama hasta que decida prescindir de ella, o ella decida tomar su senda en la
vida, independiente de usted, manteniendo la discreción adecuada. En la
intimidad de su casa, es a su conciencia a quien tendrán que rendir cuentas.
No era capaz de dar crédito a
lo que estaba viviendo. Ese ataque de cruda, ruda, aplastante sinceridad en
boca del Obispo hacia reposar sobre mis hombros una apabullante
responsabilidad. Por una parte me convertía en el cortafuegos de su Ilustrísima
ante cualquier agresión externa que quisiera asaltar su lado oscuro y por otras
parte se me daba carta blanca en las relaciones que yo decidiese tener con mi
hermana con la condición de que jamás se supiese; la perfecta obscenidad, la
desvergüenza absoluta. ¡Y estaba escandalizado de mi impudicia!, yo, a punto de
ser ordenado, estaba a merced de la carne a la que me era imposible poner coto,
porque las herramientas que me dieron para hacerles frente eran gasolina, en
lugar de agua, para apagar ese fuego que me abrasaba. Y me avergonzaba de ello,
asumiendo que finalmente me consumiría en el fuego eterno. Pero lo
intrínsecamente perverso de lo que me proponía el Obispo es que daba como
cotidiano lo que no eran más que pecados sin ambages. Se asumía el pecado como
consustancial e imposible de eliminar; es decir, se rendía un personaje
importante de la Iglesia, ante la lucha con el Maligno. El Eterno Otro estaba
ganando la batalla, pero yo, ¿qué podría hacer?, nadar a favor de la corriente
porque de otra manera solo me quedaría ahogarme en las aguas turbias de la
hipocresía que eran las que mayor fuerza tenían..., ¿y la Verdad?, esa, por lo
que iba teniendo visto, llevaba bastante tiempo perdida y nadie se tomaba la
molestia de buscarla, es más, empezaba a sospechar que se la tenía aherrojada
bajo dos docenas de llaves para que nunca saliese a la luz y desmontase el
tingladillo levantado desde hacia diecisiete siglos cuando Constantino lo
encenegó todo.
-
Bueno, ¿qué me dice?, se ha quedado mudo. Aceptará,
¿supongo?
La pregunta de todo punto
retórica me rescató de mi ensoñación estúpida y me lanzó con fuerza a la
realidad. Allí estaba el Ordinario de la diócesis con cara de interrogación
esperando que aceptase hacerle de colchón para que sus debilidades no le
pusieran en evidencia. Solo cabía una respuesta, la pragmática, la de siempre,
la inevitable, la de la derrota.
-
Por supuesto Ilustrísima, será todo un honor estar al
servicio del que sin duda se convertirá en Príncipe de la Iglesia en poco
tiempo.
-
No esperaba menos de usted. Vaya, vaya usted al
Seminario. En cuanto le ordene el domingo, se tendrá que venir a vivir al
apartamento al que tiene derecho el secretario del Obispo..., si usted quiere
naturalmente. Si usted o su familia posee una vivienda, entonces..., donde
quiera..., pero, vamos, lo suyo es que resida en este edificio, nunca se sabe
cuando tendré que echar mano de usted.
-
Mi hermana, como mi ama, y servidor mismo residiremos
en el apartamento que se nos indique en esta sede para poder estar a
disposición de su Ilustrísima cuando sea menester.
Guardé un silencio interrogativo
mirando a los pequeñitos ojos glaucos de Don José que quedó expectante
esperando a ver que clase de inconveniente le proponía. Era solo una cuestión
intrascendente pero que me asaltó en ese instante y me intranquilizo.
-
Me va a perdonar su Ilustrísima, pero el secretario que
usted tiene, el que me ha franqueado la entrada a este despacho, ¿también
quedará a su servicio como..., qué?
-
El padre Abundio va destinado a secretario del cardenal
Boticcelli, que le ha reclamado desde Roma. Se conocen desde unas jornadas de
estudio de Cristología en Wutzburg y conectaron bastante bien, tienen la misma
concepción de la salvación: es imposible sin el martirio. Yo, ejem, soy algo
mas elástico, bueno usted ya sabe...
-
¿No tiene nada mas que añadir su Ilustrísima?
-
Por favor, cuando estemos a solas se dirige a mi con el
respeto debido a un superior, nada mas, sin dispensarme el trato protocolario,
siempre me han agobiado esos oropeles, se quien soy y se que no merezco el
honor que se me hace, pero las enseñanzas del Señor están hasta en el pecado,
debo soportar los encumbramientos del siglo a sabiendas de que no soy mas que
un pecador que no los merece, pero al parecer esa es su voluntad. Bien, puede
usted irse.
Se levantó pesadamente,
cansado, abrumado por su responsabilidad de pastor que es consciente de que no
sabe conducir rebaño alguno si su amo no le dispensa sus favores. Le había
visto en varias ocasiones de lejos, en los ceremoniales y me había parecido
distante y pretencioso, sabiendo de sus debilidades, eso no me parecía bien y
le juzgaba. Hoy, a la vista de sus confesiones de hombre acongojado por su
culpa se me antojaba tremendamente humano, humilde, deshecho por saberse
pecador e inútil sin el concurso de la gracia divina. Vi a un hombre de fe que
constantemente tenía que acordarse de su pecado como penitencia por cometerlo,
para no creerse lo que en realidad era, un pilar de la Iglesia. Un autentico
príncipe con obligaciones de tal y responsabilidades.
Todos sabíamos que Don José era
una persona aguda como un estilete, mordaz cuando le obligaban e inteligente en
sus conversaciones. A nadie se le escapaba que detrás de aquella famosa Gaudium
et Spes estaban muchas horas de trabajo de Don José a las ordenes del cardenal
Montini, Giusepino, como gustaba llamarle el cardenal, tan poco dado a las
bromas, como todos sabían, pero al que tenía ley por la rigurosidad con que
abordaba los temas mas espinosos encontrando siempre la conciliación entre las
partes mas encastilladas en sus posiciones. Era ya mayor y no había sido capaz
de rebelarse contra su concupiscencia, es más, llegaría a decirme que deseaba
ser anciano para que se aplacasen en su corazón las ansias de mujer que le
atormentaban observando con terror que no solo no se aminoraban sus deseos
lujuriosos sino que se hacían mas finos y enrevesados. Había tirado la toalla y
se había resignado a seguir siendo de esa forma que en mi opinión era la manera
que tenía el Altísimo de recordarle constantemente que su inteligencia no era
nada más que hojarasca sin sentido al lado de esas pasiones violentas que le
atormentaban. La lujuria era lo que le anclaba a la tierra y le impedía caer en
el peor pecado de todos, la soberbia, el que llevó directamente a Luzbel al
infierno.
Salí de aquel despacho no sin
antes besar respetuosamente el anillo de roja piedra del Obispo. Con un “Vaya
en paz” dicho con mansedumbre cerró la puerta de su despacho.
Cuando llegué al Seminario
antes de que yo pudiese ni siquiera abrir la boca la señora Isabel,
acostumbrada a coger el toro por los cuernos, me hizo un aparte.
-
Ven para acá, niño. Me ha llamado Don José, lo se todo.
Se la notaba agitada, nerviosa,
pero determinada a decirme lo que tenía que decirme. Yo ardía en deseos de
dejarla hablar para luego hacerlo yo.
-
No te creas que
te estaba perjudicando. Solo estaba vigilante para que nada pasase, para que ni
a ti ni a tu hermana se os cayese el mundo encima. Tu hermana Pura es muy
inocente y lo dice todo, he tenido que llamarle la atención porque es demasiado
entusiasta..., por decirlo de alguna manera. Me ha costado trabajo meterle en
la cabeza que tu eres cura..., bueno lo vas a ser en días y que su euforia era
menester encauzarla, es difícil entender como se suman los amores de mujer y
hermana y dan como resultado una locura que le hace desvariar a Pura. A mi no
me escandaliza ya nada en esta vida. Y porqué no, ¿porque tu eres cura y ella
tu hermana?, ¡bah¡ bobadas, el que se escandaliza de esas cosas es porque no
sabe nada de la vida pero se cree que la ha inventado él a base de mentiras e hipocresías.
Yo te quiero muchacho. Desde aquel día que te corte la sangre que el bruto ese,
menos mal que se fue, te produjo del balonazo, te cogí ley, me pareciste tan
indefenso, tan vulnerable y mis instintos maternales, esos que nunca puede yo
desarrollar, se me vinieron de golpe todos encima y el corazón se me abrió y te
hice mi hijo, sin que tu lo supieras. Nunca te perjudicaría. Ahora ya lo sabes.
Cuando te vayas de aquí, quiero que sepas que siempre me tendrás a tu lado,
como si fuera esa madre, que sus buenas razones tendrá, pero te ha mantenido
huérfano de cariño tanto tiempo.
La señora Isabel no pudo
continuar, se le quebró la voz y se abrazó a mi cuello, hipando. Así permaneció
hasta que se serenó y pude hablarle.
-
Vamos señora Isabel, serénese. No es preciso
disculparse. He de confesarle que cuando Don José me lo dijo sentí como la
sangre se me incendiaba y solo deseaba poder llegar hasta aquí para desollarla
viva por la traición, pero a medida que el señor Obispo iba desgranando sus
razones el espíritu se me iba aquietando y abriéndose paso en mi interior la
certeza de que usted no tendría corazón para hacerme una jugada de esas. Estaba
seguro finalmente que cuando usted me diese sus explicaciones, las razones
serían de tanto peso que iba a ser imposible sustraerse a sus argumentos. De
todas formas incluso tengo que agradecerle sus desvelos. Tendré que reconvenir
a Pura muy seriamente. En mi nuevo destino de secretario del señor Obispo la
discreción es la virtud mas considerada. La concupiscencia se puede llegar a
disculpar porque el Maligno nos tienta la carne a veces de manera insuperable y
se cae una y otra vez para que nos demos cuenta de nuestra fragilidad y
reposemos en el Señor, ¡bien lo se yo!, pero lo que no se puede consentir es la
imprudencia que es hija espuria de la soberbia y por ella Satanás se vio
abocado a las llamas eternas de la ausencia de la faz del Señor. Ese pecado, el
de la soberbia, me es el más desagradable. Hablando con su Ilustrísima me he
dado cuenta de hasta donde puede llegar la humildad de un hombre, como Don
José, que reconoce su culpa y solo fía en el Señor. Estoy contento de que usted
le haya puesto al día de mis debilidades y que ello me haya permitido conocer
las suyas. Señora Isabel siempre la llevaré en mi corazón, no como si fuese mi
madre, que, lástima, eso no puede ser, pero si como la forma de ser que eché
siempre en falta en mi madre y que me ha hecho penar y me lo seguirá haciendo
hasta que entregué mi alma al Altísimo.
Nos abrazamos estrechamente los
dos derramando las lágrimas de la despedida y del agradecimiento. Pasado un
emotivo espacio de tiempo en que la calidez de sus besos me remuneraba por
todos aquellos que nunca recibí de mi madre, nos separamos cogidos de los
hombros aún y mirándonos a los ojos en ese instante infinito en el que queremos
engullir al otro amado para que nunca se separe de nuestro corazón.
-
Espero que venga a visitarnos al Obispado alguna vez.
La señora Isabel se recompuso y
adoptando su aire de matrona inflexible que siempre daba al exterior replicó:
-
Y que tú te acerques de vez en cuando por esta tu casa
a ver a los viejos.
Le dediqué la mejor de mis
sonrisas y sin abrir la boca para no romper a llorar por la despedida me fui en
busca de Pura.
Pura se encontraba en el templo
mayor, limpiando a fondo para la ceremonia de ordenación. En eso era única,
había retirado todos los bancos y se afanaba arrodillada restregando las losas
de mármol con estropajo y jabón verde para que no quedase rastro de suciedad y
que la ceremonia transcurriese oliendo a limpio. A pesar de todo la vi
demasiado insistente en la frotación del suelo, como si le tuviese rabia a esa
losa en especial en la que se afanaba en ese momento. Estaba murmurando entre
dientes algo que no acertaba a entender. No se percató de mi presencia y siguió
en su ocupación. Yo me detuve a cierta distancia de ella observándola divertido
en su lucha particular con el mármol, hasta que llegó un momento en que el tono
de su disputa iba subiendo de tono y lanzando el estropajo contra el suelo le
dio una patada al cubo y grito en medio del silencio de aquel anchuroso
espacio. “Pues no, no me da la gana, ¿qué te has creído?, que tu puedes venir e
ir a tu antojo. ¡No!. ¿Qué te has preocupado de él, todo este tiempo, eh, que
te has preocupado? ¡Yo le he cuidado, yo le quiero a él, no tu!, y ahora cómo
va a tener una dignidad, aunque te repugne que
esa dignidad sea la eclesiástica vas a venir a presidir, como en la mesa
de casa. ¡Que cara mas dura!, y querrás venir a darme un besito encima de todo.”
Se detuvo en su discurso y se
remangó el delantal. Desde detrás notaba como las venas del cuello se le
engordaban a causa de la irritación. Levantó el dedo índice de forma
admonitoria y continuó amenazante.
“Nadie te va a negar la entrada
porque la ordenación es publica y si quieres venir lo harás, pero ni se te vaya
a ocurrir acercarte a él, y a mi ni mucho menos, pero a él..., ¡es mío!, es mi
hermano y mi, mi..., le quiero solo para mi y no consentiré que con tus malas
artes de arpía lo apartes de mi vida.”
Cayó de rodillas llorando
compulsivamente golpeando el suelo, con los puños como solo lo saben hacer los
desesperados que de antemano saben que tiene la partida perdida pero no pueden
evitar tener que jugarla. Me acerqué y la sujeté por los hombros para ayudar a
levantarla y en ese momento se sobresaltó y se volvió espantada al sentirse
sorprendida en su monologo y su desesperación. Al verme cohibió el grito de
temor que había iniciado y levantándose más por su impulso que por mi ayuda se
me abrazó al cuello besándome con avidez de amante desesperada. Me mordía los
labios y me hacía daño lo que fue la señal del despertar instantáneo de mi
sexo. Ella si sabía como hacerme reaccionar. La erección fue instantánea,
furiosa y anhelante de su carne húmeda y caliente. Ella lo notó y sin soltar la
presa de mis labios se levanto la falda para dejar el paso libre a sus
entrañas. La boca empezó a tener el sabor a sangre, a mi sangre que ella me
hacia fluir con su mordisco feroz pero en lugar de amainarme la calentura me
provocó mas furia. Me desabroché la bragueta y el pene buscó la libertad para
elegir su prisión oscura y umbrosa, como refugio seguro. En cuanto entró en
contacto con la calidez del cuerpo de Pura que chillaba que la poseyese con
cada contoneo de caderas se me desató el torrente de semilla. Allí en medio del
templo donde iba a ser ordenado sacerdote de Dios, allí precisamente poseía a
mi propia hermana y además con la
conciencia de depositarla mi semilla. No como en otras ocasiones que me había
guardado de ello para evitar disgustos. Me proporcionaba mas placer si cabe que
el bocado en mis labios, saber el sacrilegio que cometía, era como afirmar mi
autonomía frente al Dios que se erigía como único dueño y dispensador de
bondades o maldades, el mismo Dios que consentía que me quedase sin padre, el
que no me quiso hacer como a otros compañeros del pueblo, el que con su
capricho había impedido que pudiese mantener una relación normal con Rogelia.
Vacié todo mi semen en su cuerpo en el momento que sentí como se estremecía de
placer. Eso era el cielo y no el que tendría yo que predicar de ahora en
adelante. Ahí estaba la eternidad, en ese instante supremo y rompiendo tabúes y
monsergas de vieja, afirmando mi libertad de ser humano frente a las mentiras
de otros seres humanos pretendiendo adueñarse para ellos solos del conocimiento
supremo, compendiando el amor total de hermano y amante al tiempo y con el
Santísimo como testigo, esa era mi boda, ya estaba casado ante Dios.
Cuando ayuno de fuerzas y
sangrando por la boca del mordisco de Pura me pude rehacer le pregunte radiante
de orgullo y calma.
-
¿Qué te pasaba que peleabas con el aire, que querías
comerte al fantasma que debías tener delante, que era eso que te hacía
encocorarte hasta el punto de chillar aquí en el Templo sagrado?
Se me quedó mirando muy fijo a
los ojos y poco a poco fue pintando en su cara una sonrisa de sorpresa, una
mueca de incredulidad por lo que salía de mi boca. Se la tapó con sus manos y
cohibió una risotada que no podía reprimir. Así, entre risas y con las piernas
cruzadas para impedir que mi licor creador se le saliese piernas abajo me
contestó.
-
Qué después de lo que acaba de pasar aquí entre tu y
yo, tu me digas que chillar aquí es una irreverencia no puede mas que hacerme
reír, Pedro.
La carcajada se abrió paso una
vez más en su pecho y tuve que ser yo esta vez la que le tapase la boca con la
mía. Me empujó con delicadeza y se me quedó muy fija mirando.
-
Madre. Tu madre, ha avisado que viene a la ceremonia de
tu ordenación. Quiere recoger velas porque ha dicho que quiere que vuelva a
casa con ella y las demás. Pero no voy a volver, ¿qué se habrá creído? Si tú
quieres que vuelva al pueblo me iré de tu lado pero no al pueblo, no te reprocharé que escuches las órdenes de
madre, es difícil sustraerse a sus dictados. Pero Pedro, yo quiero vivir
contigo, se que es un pecado espantoso, pero hago más caso de mi corazón que
del catecismo. El corazón no me engaña y el catecismo lo han escrito hombres
que a saber...
-
No hables más Pura. Está decidido, tú te vienes al
Obispado conmigo...
Trocó la cara de diversión por
la de extrañeza preñada de juicio de locura por mi contestación.
-
Al Obispado, ¿a qué?
Volvió a mirarme divertida con
esa boca entreabierta y carnosa que me hacia enloquecer y sonrió como una
Madonna feliz.
-
Creía que te ibas a ordenar cura, no Obispo, porque
ordeñarte acabo yo de hacerlo.
-
No te diviertas de mi, Pura. El señor Obispo me ha
llamado para ofrecerme ser su secretario personal y poder ir ascendiendo en el
escalafón eclesial. Pronto será cardenal y me ha prometido que le acompañare a
Roma. Y tú conmigo. Y para eso venía precisamente. Don José, el Obispo, sabe
todo lo nuestro.
Pura dio un paso atrás y se
volvió a tapar la boca con una sola mano, pero esta vez de sobresalto, de consternación.
Enrojeció hasta ponerse de color violáceo y pasar a continuación a exhibir el
color del papel. Empezó a llorar.
-
Has sido demasiado sincera y abierta con la señora
Isabel. Tenemos que ser cautelosos por una doble razón. Yo soy cura y tú no
eres solo una mujer sino que encima eres mi hermana. Don José tiene el
suficiente ascendiente con la señora Isabel para que ésta le tenga al corriente
de todos los secretos y entre ellos están los que tú le contaste.
-
Pero, ¿entonces, porque en lugar de expulsarte de forma
fulminante del Seminario te acoge para un puesto de tanta confianza?
-
El día de la ordenación fíjate bien en el señor Obispo,
por muy bien revestido que esté, esos ojillos bajo esas pobladas cejas no se te
pasaran por alto. Entonces comprenderás porque ha tomado esta decisión. Yo no
te lo voy a decir; en algún momento tendré que empezar a comportarme como lo
que voy a ser y secretario viene de guardar secretos. Si después de lo dicho en
la ordenación no eres capaz de responderte a esa pregunta, no seré yo el que lo
haga. En cuanto a lo de madre..., Pura yo ya no soy el niño asustado que estaba
a merced de la voluntad de Doña Soledad. Agradeceré que venga porque quiera o
no es mi madre pero no le prestaré oídos a sus ocurrencias. De ti Pura no me separaré,
tendrían que matarme.
Se me acercó una vez mas y me
beso suavemente en mis labios lamiendo la herida que ella misma me produjo. Me
miró a los ojos con intención de acunarme, de meterme en sus entresijos para
que no me separase jamás. Comprendí hasta que punto, estaba enamorada de mí más
allá de cualquier lujuria. Ese sentimiento expresado a través de esos ojos
sinceros y valientes me dio espanto. A lo largo de mis años de Seminario había
aprendido que no hay nada mas peligroso y revolucionario que una persona sin
doblez, segura de lo que hace y entregada a ello. Pero yo también la quería no
iba a renunciar a ella.
El día grande de la ordenación
transcurrió para mí en una nube. Intentaba conservar el dominio sobre mí y las
circunstancias que me atañían, para recordar esos momentos para los restos,
pero era como si fuese un observador ajeno que contempla los sucesos a través
de un cristal deslustrado y tiene una conciencia borrosa de lo que se va
desarrollando. Me sentía en ese momento confirmado por el Señor en mi vocación.
Sabía de la manera que había llegado al Seminario, las razones que me
impulsaron a huir refugiándome en él, los obstáculos que solventó mi madre con
su proverbial dote de mando cuando se me hizo la jugada para rechazarme, y así y
todo sabía que esas eran las mañas de las que se había servido el Señor para
consagrarme a El. De alguna manera me quería a su servicio y tuve la constancia
mientras estaba humillado en el suelo de que mis intentos de sacrilegio a
conciencia no eran tomados en cuenta. Sabía que para el Señor, eran como las
gracias del niño cuando comienza a balbucear y trabuca los sentidos de las
palabras y tanta fascinación provoca en los padres. Estaba como en una nube y
me sentía bien. Cuando llegó el momento en que el señor Obispo pronunció las
palabras del ritual que me consagraban como sacerdote y anudó mis manos con la
estola me miró fijamente a los ojos estrellando su cerebro contra el mío. Se me
coló dentro diciéndome que me quería y que él mejor que nadie entendía mi
tragedia que no era diferente de la suya, que no me arredrase ni me dejase
engañar que estaba en el buen camino, el del pecador que a pesar de serlo y ser
consciente de ello se empecina en no abdicar de la filiación divina. Al
enlazarme las manos con el ornamento sagrado me estrechó dulcemente sus manos
con las mías y una pequeña, imperceptible lagrima le hizo brillar sus pequeños
y saltarines ojos azules. Me sentí el ser más feliz de la creación en ese
momento sin olvidar mis inmundicias pero agradeciendo el que no se
escandalizase nadie de ellas, me supe amado y acogido, comprendido y perdonado.
Eso también era el paraíso.
Se me había olvidado que mi
madre estaría en la ceremonia y no sabía a ciencia cierta si alguna de mis
otras hermanas estaría.
Volví a la realidad mas vulgar
y dolorosa cuando en el besamanos final en el que se reconoce el carácter
sagrado de las manos que se acaban de consagrar y van a transubstanciar el pan
y el vino en cuerpo y sangre de Cristo besándolas, le tocó el turno a mi madre.
Levanté la vista humillada a causa del recogimiento porque la cola se había
interrumpido y yo esperaba el siguiente beso en mis palmas. Alcé los ojos, como
dije y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Mi madre, gesto severo y adusto
me miraba desdeñosa sin mover un solo músculo de la cara. Estaba ahí, inmóvil,
entorpeciendo voluntariamente la ceremonia y atrayendo sobre nosotros todas las
miradas. Llevaba su velo de guipur negro que había heredado de la abuela,
largo, elegante y soberbio a la vez, sujeto por un alfiler rematado por su
perla australiana negra. El traje era el de los jueves santos. No era baja, de
manera que el cuadro era digno de ser contemplado, hierática y amenazante, ni
el Greco habría sabido retratar una imagen tan escurialense. El concepto
inquietante se le ajustaba a la perfección.
Cuando transcurrió lo que yo
creí que había sido una eternidad se movió con aires nobles y medidos, como
solo ella sabía hacerlo cuando quería demostrar el abolengo de su cuna y se me
acercó. Privilegio de madre me besó primero en las mejillas pero no era esa su
intención. Mi madre, nunca derrochaba gestos si no era preciso. Se demoró en mi
cara para poder susurrarme en los oídos las palabras que mas daño sabía que
podrían hacerme. Vino a la celebración para hacerme sufrir y lo consiguió.
-
Sacerdote o no, eres un degenerado como la perdida de
Pura. Me dais asco los dos. Pero, descuida, algo llegará a oídos del Obispo.
Se apartó distante y fría y mas
gélida aún me besó las manos que ya me chorreaban sudor del estado en el que me
había dejado con su amenaza y el calificativo. Me tranquilizó el que pensase
que me hacía daño denunciándome en la diócesis; ¡vaya sorpresa se iba a llevar!
Ella que siempre creía que controlaba a todo el mundo con sus hilos sutiles ni
se podía llegar a imaginar que esta vez le había ganado por la mano.
Verdaderamente los senderos del Señor son misteriosos y El mismo me protegía
con el pecado que me atormentaba a ratos.
Unas cuantas personas después
se acercó Pura y me beso las manos con dedicación, con el cariño inmenso que me
profesaba y me humedeció con sus lagrimas, que pudieran ser las de una
arrepentida Magdalena o las de una novia frustrada por haber perdido a su amado
para siempre en beneficio de un partido mejor. Nada mas separar sus labios
carnosos y suaves de las manos levantó sus párpados y enfrentó mi mirada. Me
interrogó acerca del incidente con mi madre y le respondí con toda la angustia
que me salía por los poros resumida en los ojos dolientes. Me entendió a la
perfección y un rayo de iracundia y venganza contenida le nubló la vista. No
hicieron falta palabras. Al comprender que a renglón seguido iría en busca de
madre para retarla y provocar un combate sin cuartel sin que yo pudiera
abandonar mi sitial para contenerla, se me anegaron de lágrimas los ojos
suplicándole que se dominase. Instantáneo fue el cambió de gesto con el que me
aseguró que se tendría, antes de afrentar a madre. Me tranquilicé y así se lo
hice saber cerrando en gesto de agradecimiento los párpados y esbozando una
imperceptible sonrisa.
Cuando acabó la ceremonia y me
desvestí de los ornamentos salí a buscar a mi madre para demandarle el porqué
de esa conducta para con su hijo que nada le había hecho, pero no la encontré.
El padre Severino me confirmó que la vio irse antes de acabar la ceremonia
porque, según se disculpó, perdía el coche de línea si se quedaba y no tenía
donde pasar la noche en la capital.
No volví a ver a mi madre,
nunca más. Tuve noticia a través de Don José, que le había comunicado a Don
Mariano sus temores de que entre Pura y yo hubiese algo más que una relación
filial. Al parecer, tomando ocasión de mi sacramento, mi madre dio en
frecuentar la Iglesia, algo que sorprendió gratamente al cura por lo que dio
crédito a esos temores y no dudó en solicitar audiencia a su Eminencia para
trasladarle su zozobra. El señor Obispo acogió como era debida obligación de
pastor la confidencia y aseguró a Don Mariano que haría las averiguaciones
debidas e impondría la penitencia a que hubiera lugar a quien hubiese
mancillado el honor de la Iglesia dejando al párroco del pueblo contento y
satisfecha a mi madre cuando se enteró de que terminaría por ser severamente
castigado y a buen seguro expulsado de las mieles de mi secretaría privada a
las tinieblas exteriores cual Adán trasgresor.
A los dos años de estar al
servicio de Don José me hicieron llegar la noticia de que madre había fallecido
a consecuencia de una fiebres sin que el médico del pueblo primero, ni el
Hospital de la capital después pudiesen hacer nada por recuperarla por lo que,
desahuciada, fue trasladada al pueblo por voluntad suya donde entregó el alma
al Creador. Mi hermana Eutímia fue la que nos avisó a Pura y a mí con tan mala
fortuna que fue precisamente en pleno sínodo y nos encontrábamos en Roma, de
manera que para cuando regresamos a España madre era ya pasto de los gusanos.
No pudimos hacer nada más que acercarnos al pueblo a orar ante su lápida cuando
regresamos. Nos citó el notario para asuntos de la testamentaría y mediante
carta autentificada ante notario también delegamos en él todo aquello
concerniente a nuestros derechos. Ni Pura ni yo teníamos ganas de
enfrentamientos con mis otras hermanas. El día que fuimos al cementerio a orar
ante los restos de madre pasamos la noche en la casa y habría sido mejor que
nos hubiésemos ido a pie hasta la capital porque lo sucedido esa noche habría
escandalizado al mas depravado de los hombres.
La cena transcurrió en el más
pétreo de los silencios. Se me cedió el sitial de madre, dada mi condición de
único varón y sacerdote. Decliné ante mis hermanas el honor y rogué a Eutímia
que fuese ella, la mayor, la que ocupase el puesto. Eutímia se negó a sentarse
en sede de matriarca y el sillón quedó vacío. No se cruzaron más palabras que
las necesarias para que la cena trascurriese en orden, pero las miradas
llevaban fuego, veneno, rencor y saña dependiendo a quien iban dirigidas.
Acabada cada quien se retiró a sus habitaciones. Pura me clavó los ojos
anunciándome que se pasaría por mi cuarto en cuanto pudiese. Esa mirada no fue
inadvertida por sus hermanas a pesar de haber sido fugaz y obligadamente
disimulada.
Salvo Eutímia, que hacía tiempo
que había renunciado a su identidad sexual y se había convertido en un
verdadero eunuco a fuer de sujeción de madre, las demás como fieras sedientas
esperaron el momento en que Pura se deslizó a mi dormitorio.
Pura me había reservado una
agradable sorpresa. Con evidente habilidad había confeccionado un cilicio de
pene y testículos que se apresuró a colocarme en cuanto nos quedamos a solas en
la habitación. Una zona tan sensible de mi cuerpo nunca había recibido tan duro
castigo y la respuesta fue explosiva, la erección brutal lo que consiguió que
la mordedura de las puyas en la carne se hiciese insoportable de dolor y no por
eso, sino precisamente por eso, la erección se mantuviese incólume haciendo de
la verga un tallo de acero. El notar la sangre resbalar por las piernas me
excitaba aun más y me supe a punto del orgasmo pero aún no había ni empezado la
noche. Pura me ató diestramente las muñecas y los tobillos a los cuatro
extremos de la cama y me dejo inerme en cruz de San Andrés sangrando por la
entrepierna y deseando que me castigase la carne de cualquier manera posible.
El placer recluye en la locura que nubla los sentidos e impide la asunción de
la supervivencia como faro de comportamiento. Todo queda como subordinado a la
consecución del placer incluso si esa subordinación lleva aparejada el dolor más
desesperante o la muerte más dolorosa. En mi cerebro se fundían las dos
sensaciones, la del deseo de mayor placer al precio que fuese y la del deseo de
que todo terminase cuanto antes porque el vértigo de la ausencia de limite me
hacia temer y desear a un tiempo le peor. Pero ahí estaba Pura midiendo y
saboreando, disfrutando los tempos y administrando los placeres con maestría de
profesional. En la parte mas oscura y nebulosa de mi mente se albergaba la
certeza de que ella no consentiría en hacerme llegar al limite de la extinción
por obtener el mas desmedido placer pues sabía, con su mejor virtud de mujer
practica, que eso liquidaría por los restos su juguete que era yo. Cerré los
ojos y me dejé llevar. Sin deshacerse de su camisón se encaramó a horcajadas
sobre mi erección salvaje y se hizo penetrar sin remilgos. El peso de su cuerpo
contra la raíz torturada de cilicio de mi miembro me desgarraba la carne y más
vaharadas de dolor placentero me inundaban. La presencia de esos alambres
dolorosos ávidos de carne temblorosa también hacían sentir dolor a Pura que
cuando se dejaba caer sobre mi sexo con el peso de su cuerpo sentía el castigo
impío sobre sus delicados tejidos de suave y sensible carne pero que por la
cadencia de sus gemidos y quejumbrosa respiración me llevaban a pensar que ella
estaba aprendiendo a gozar del dolor tanto como yo. A medida que los suspiros y
quejidos se aceleraban y subían de tono yo sentía que estaba a un milímetro del
precipicio del placer en el que lo que deseas es ver tus entrañas saliendo a
borbotones de tu pene, cuando todo tu ser pugna por hacerse presente en la
eyaculación entregándose en forma de liquido espeso, traslucido y milagroso
para jugar a ser Dios Creador en ese infinito instante en que los seres humanos
recibimos la confidencia indemostrable de que somos dioses premiados con la
carne por nuestro buen comportamiento. Ese momento en que dolor y placer se
funden en un mágico instante es en el que yo sabía que era inmortal. La
inmortalidad no era mas que eso, poder vivir el instante infinito y por eso en
esos momentos yo, con los ojos cerrados a la contingencia sensible y burda de
la realidad supe que la razón de negarnos a los religiosos la sexualidad no
tenía mas finalidad que impedirnos el conocimiento de lo infinito, del mayor
atributo divino, aquello que nos permite mirarle a Dios por unos instantes a
los ojos y decirle ¡gracias por crearme y permitirme crear a mi!
Pura exhausta, agotada tras la
experimentación de la omnipotencia se dejó caer sobre mi pecho y experimenté el
gozo de la calidez de su leve y empapado camisón sobre mi pecho, y abrí los
ojos y deseé haber muerto.
Las cinco, menos Eutímia
estaban a los pies de la cama con las caras emborronadas de lujuria y los ojos
inyectados de depravación luego de haber estado observando nuestras
actividades. ¿Cuánto tiempo llevarían allí?, que más daba; lo que estaba seguro
era que el tiempo suficiente como para revestirse de hipocresía y Dios sabe la
sarta de insensateces que íbamos a tener que escuchar tanto Pura como yo.
Teresa, Soledad y Pilar nos miraban con expresión de triunfo y sus ojos
traslucían que no iban a parar hasta dejar bien afiladas sus lenguas para
masacrarnos de la forma más humillante posible. Belén y Remedios que desde
aquella vez que me intentaron seducir y de alguna manera yo le eché a una en
brazos de la otra y ahora vivían como novios nos miraban con envidia pero sin
rencor dando la impresión de que se solidarizaban con nosotros al llevar un
comportamiento que no se ajustaba, como el suyo a lo que dictaban los cánones
sociales, pero que no por ello iban a desistir de hacer leña del árbol caído,
pillados en falta, en desagravio de la muerte de la matriarca en cuya
responsabilidad nosotros teníamos mucho que ver.
-
Madre tenía toda la razón. Sois unos degenerados que
solo merecéis los fuegos del infierno. Nos habéis escandalizado con vuestro
comportamiento y falta de respeto a la casa de la madre.
Era Teresa la que hablaba
destilando por su boca todo el veneno que podía soltar. Soledad terció sin
darnos lugar a defensa.
-
Y no solo el asqueroso incesto, ¡es que tu, eres cura!,
¿te das cuenta del pecado tan horroroso que cometes? Nos has escandalizado a
nosotras tus hermanas y ya sabes lo que dice el Señor de aquellos que
escandalizan a inocentes...
Y no pude soportarlo más. Tuve
que saltar y enfrentarme. Ya estaba bien de hipocresía y ocultación. El cuadro
debía ser frisando el ridículo. Del salto que pegué el cilicio de pene que me
había confeccionado Pura me mordió una vez mas pero ésta vez con el orgasmo
recién experimentado solo me produjo una tremenda incomodidad. Allí, desnudo,
delante de las cinco arpías de mis hermanas refocilándose de lo contemplado
tuve que aplicarme a con el mayor cuidado retirarme el adminículo sin
conseguirlo teniendo que recabar el auxilio de Pura para que ella lo
desenganchase. Mas que dolor al retirarlo me producía quemazón, porque las
garras del instrumento estaban firmemente clavadas en mi sexo y bolsas y me
provocaban una sensación urente una vez cohibida la sangre por efecto del
tiempo transcurrido. Mi zona pudenda estaba convertida en un amasijo de sangre
y pelo repugnante del que sobresalía colgante un pene rematado por un glande
violáceo y goteante. Deseaba irme cuanto a antes a lavarme y aplicarme algún
ungüento que me calmase la molestia que si bien dolía me permitía tener bien presente
lo que acababa de suceder y el placer proporcionado haciendo degustar los
placeres mas intelectuales del sexo, a saber, la rememoración de lo que fue, no
fue y pudo ser pero tampoco se quiso que fuera. La cinco me fusilaban con las
brasas que tenían por ojos observando alternativamente mi cara y mi sexo
hipnotizadas por la fiereza de la escena ya contemplada y la que estaban
viviendo en el instante. Belén y Remedios a modo de sobrecogimiento estaban
abrazadas y se acariciaban sus nalgas con los labios babeantes de sordidez e
impudicia. Les excitaba la escena y no se recataban en demostrarlo. Las otras
tres esperaban parapetadas en su hipocresía esperando lo que yo tuviera que
decirles en mi defensa para saltarme de inmediato a la yugular y destrozarme
sin piedad. Una vez liberado por Pura de la presa que tan dulcemente me había
torturado y seguro de mi mismo y de que
Pura abonaría cualquier cosa que yo afirmase abrí la boca.
-
Sois las cinco otros tantos sepulcros podridos bien
encalados para despistar a aquel que quiera arrimarse creyendo que lo que
albergáis por dentro es gloria bendita. Pero no, os creéis que sois mejores que
nosotros que nos entregamos a la pasión humana de amarnos sin límite y sin
importarnos que sin solicitarlo nos parió la misma hembra. Pues enteraros bien
basura inmunda, ésta será la última vez que nos veamos, reniego de vosotras
como Pura renegó hace tiempo. Y por si os interesa saberlo, si, os lo confirmo,
soy cura y amo a Pura y deseo su sexo y lo tendré tantas veces como quiera, no
os vayáis a pensar que las uñas del remordimiento me van a desgarrar el alma,
antes bien, estoy orgulloso de amarla y si no me caso con ella es por la
hipocresía y la contingencia de las sociedades humanas que necesariamente están
preñadas de imperfecciones. Ahora ya tenéis de qué escandalizaros. ¡Ah!, y
podéis pregonarlo a los cuatro vientos, me da igual..., nos da igual, ¿verdad
Pura?
-
No solo me da igual, es que si pudiera sería yo la que
lo pregonaría a todas horas, que te amo y que quisiera llevar un hijo tuyo
dentro de mi, para sentir como tu vida crece en mi y me hace cambiar y me
incomoda y me deforma la figura y no me deja descansar y todo eso me daría
tanto placer como el que me da cuando me tomas y me haces tuya. No voy a
buscarlo desde luego pero si ha de suceder es que será la voluntad del Altísimo
y lo llevaré a término.
A estas alturas del discurso
las cinco hermanas estaban mudas de impresión. Nunca se hubieran sospechado que
la reacción fuese a ser la que tuvieron los incestuosos. Soledad fue la que
haciendo de tripas corazón pudo abrir la boca y haciéndose la portavoz de las
demás expreso su repugnancia por lo que estaba escuchando.
-
Ahora no me cabe duda. Madre tenía razón, como siempre.
Lleváis el demonio dentro, sois la encarnación del infierno en la tierra.
¡Ojalá existiese aún la Inquisición, gozaríamos viéndoos arder lentamente,
entre esos dolores que tanto os gustan, degenerados. En menos que se reza un
credo que es algo que seguro que os atormentaría si pudieseis rezarlo, estaríais
atados en la plaza sobre un montón de gavillas de leña húmeda ardiendo despacio
para que vuestra alma, si es que la poseéis aún, se pudiese purificar algo
antes de hundirse para siempre en el infierno, porque hasta eso seríais capaces
de corromper, hasta el infierno, ¡Satanás!, que no eres mas que un demonio,
siempre lo fuiste y conseguiste corromper a Pura, desde chico que nos espiabas
mientras pelábamos la pava con nuestros novios apuntabas a lo que ahora ya no
puedes disimular. ¡Fuera de esta casa, la ensucias con tu presencia!, y llévate
contigo a tu barragana, porque eso es en lo que has convertido a nuestra
hermana que está ya muerta para nosotras.
Salieron la cinco, una detrás
de la otra, con Soledad a la cabeza dejándonos en la alcoba a los dos. Pura
quiso recoger para irse inmediatamente pero la retuve. Era de madrugada, ¿dónde
iríamos a esas horas?, eso si sería un escándalo ir en busca de una casa de
huéspedes, sabiendo todos quienes éramos en el pueblo. La convencí y nos
quedamos el resto de la noche en mi cama los dos. Ella tenía miedo de salir a
solas por que sus hermanas la agrediesen vista la reacción anterior y dormimos
como matrimonio. Con las claras del día recogimos nuestras cosas y abandonamos
la casa donde nos criamos no sin congoja pues sabíamos que salvo imponderable
no volveríamos a pisar por allí. Pura me miro acuosa la mirada y yo tuve que
desviársela porque corría serio peligro de echarme a llorar desconsoladamente.
Tres días después hubo que
llamar al medico porque Pura se encontraba muy decaída y no paraba de vomitar,
no se le antojaba nada de lo que le ofrecía para comer y palidecía a ojos
vistas. El médico, Don Blas que habitualmente se encargaba de salud de los
habitantes de la casa, palpó, percutió, masajeó, escrutó y miraba a un lado y
otro suspirando preocupado. No hubo forma de sacarle prenda al galeno que se
empeñaba en que era preciso hacer otro tipo de pruebas y citó a Pura en su
consulta para la semana siguiente.
Don José me llamó, nada más
marcharse el médico del Obispado, muy alarmado. Estaba alarmado, molesto y
confuso. No sabía por donde empezar pero con muchas tablas ya por el cargo
cogió el toro por los cuernos y me espetó a la cara lo que jamás se me habría
ocurrido a mí.
-
Pedro, ¡hombre de Dios!, las debilidades humanas son
una cosa y las estupideces humanas además de indisculpables desmerecen del
concepto que teníamos de ti. ¿Cómo has podido dejar preñada a tu hermana? ¿Es
que no sabes que existen métodos? Habrá que ir pensando en una solución
satisfactoria para todos. No me gustaría perderte, ahora, después de dos años
en los que me has demostrado lo alto que podrías llegar. Sería una autentica
pena que truncases la carrera que has iniciado. Tú no lo sabes, pero ya estás
en determinadas listas y gente bien importante sigue de cerca tu ejecutoria.
Comprendo que a las mujeres les deshaga el ser madres y más si el fruto de la
concepción es del ser amado, pero deberás convencer a Pura de que esto no puede
seguir adelante. Cuando vayáis a la consulta de Don Blas, él después de
cerciorarse lo tendrá todo preparado; él es un buen creyente y fidelísimo hijo,
sabedor que a veces no queda mas remedio que saltarse la linde si no quiere uno
perderse definitivamente por vericuetos que prometen y no conducen más que a la
perdición, pero Pura debe llegar a su consulta con el trago pasado, por mucho
que le duela..., y que te duela a ti.
Sentí como mis mejillas se
acartonaban y perdían todo rastro de vitalidad. La cara entera se me enfrió y
la boca del estomago comenzó a reclamar atención en forma de dolor agudo que
iba en aumento. No tuve presencia de ánimo más que para asentir con la cabeza a
todo lo que me decía el señor Obispo porque después de escuchar que había
dejado embarazada a Pura fui incapaz de articular pensamiento o palabra alguna.
Salí con recogimiento con la cabeza agachada en señal de sometimiento y me tuve
que recostar sobre la pared de lado de la puerta en cuanto me vi en el pasillo.
Me faltaba aire que llevar a mis pulmones y boqueaba como un pez fuera del
agua. A medida que fui haciéndome cargo de lo que el Obispo había dicho un nudo
en la garganta fue estrangulándome hasta necesitar romper en un llanto amargo
que duró breves instantes pues no deseaba que alguien, Obispo incluido, me
sorprendiese en actitud tan vulnerable. En los dos años que llevaba ya al
servicio de Don José si algo había interiorizado a la perfección es que los
sentimientos son aquellas armas que los demás mejor utilizan para nuestra
destrucción, por lo que si no se exteriorizaban mejor que mejor. Estaba entre
la espada y la pared, el tiempo corría y era menester pensar con celeridad algo
que conciliase y satisficiese a todas las partes. Estaba seguro que no habría
manera alguna de convencer a Pura de que le practicasen un aborto y por otra
parte la promesa deslizada de que mi nombre ya se movía en altas esferas no
podía por menos que halagarme y hacerme cavilar cual sería el mejor método de
convencer a Pura. Me odié a mi mismo; estaba tan degenerado que era capaz de
sacrificar a mi propio hijo con tal de medrar en mi profesión, al fin y al
cabo, me intentaba convencer, habría tiempo de tenerlos, y la parte sana que
aún se mantenía incólume dentro de mi sin saber por cuanto tiempo, me respondía
que nunca sería ese hijo de Pura a la que defraudaría por siglos. La cabeza
comenzaba a hervir como una marmita a presión, los ojos se me iban a salir de
tanto como intentaban encontrar un asidero y una salida. Me encontraba preso.
Cuando de repente todo se me aclaró en la mente. Si, resultaría y además todo quedaría
en casa. Si Don Blas tenía tantas reservas de conciencia que se saltaba por mor
de su obediencia al Ordinario en lo que a practicar abortos se refería, se
mostraría encantado cuando le dijésemos que el embarazo llegaría a termino y
él, con la mayor discreción, si quería, atendería un parto en lugar de
practicar un aborto. Pero antes debería hacer una visita.
EL Seminario estaba como
acostumbraba, un enjambre de muchachos correteando por entre los campos de
juego y resguardados de los ardores del mediodía tras los arriates de setos y
flores que en los años que el faltaba de allí les había dado tiempo a medrar y
engalanarse de porte y belleza. Hubiera preferido no ver a nadie pero eso
habría sido imposible. La noticia de que del Seminario iba directamente a la
Secretaría particular del señor Obispo causó admiración en todos. Al verlo
aparecer después de casi tres años fue objeto de toda clase de parabienes y
palmaditas en la espalda, no fuese a ser que el día menos pensado el destino de
mas de uno de ellos, aunque el sabía que le odiaban, estuviese en manos de
Pedro, aquel muchacho amedrentado y enclenque que decidió tomar a su pupilaje
la cocinera señora Isabel, ¡que qué barbaridad pensar cualquier cosa, podría
ser, no su madre, sino su abuela!
-
Pues si vengo a visitar a la señora Isabel, está ya
mayor y no quisiera que por causa de las
obligaciones de mi cargo cualquier día rindiese cuentas al Supremo Hacedor y me
quedase sin verla. Debía llegarme aquí cerca, de ver a una benefactora y decidí
quedarme a comer con ustedes y de paso charlar con esta santa mujer.
La señora, mermada por los
años, venía ya, tambaleante de dolores y de edad una vez recibida la noticia de
que su niño acababa de llegar a la casa.
-
¿Dónde está, donde está, lo mas bonito que ha parido
madre?, el cura más guapo de toda la Diócesis, por no decir de la cristiandad
toda.
Al abrirse el círculo que
rodeaba a Pedro se quedó de frente a la Señora Isabel que ya meditaba las
primeras lágrimas de emoción entre sus párpados. Abrió sus maternales brazos lo
más que pudo y se acercó con lentitud llorando ya abiertamente. Se abrazó a él
con toda la fuerza que pudo sin dejar de decirle lo desmejorado que se
encontraba.
-
Cómo se nota que no estoy yo allí cerca para ocuparme
de ti, tesoro. ¿Pero que le pasa a la Pura que se ha olvidado de ti?, ¡vamos,
vamos, vamos!, pero si tienes menos carne que un jilguero. Anda vente conmigo a
la cocina, tengo muchas cosas de las que hablar contigo mientras te preparo
algo de lo que mas te guste, a ver si recuperas algo del lustre con el que
saliste de aquí.
Salimos de entre el círculo de
congregados, camino del reino de Isabel, la cocina, en la que ella se sentía a
sus anchas.
-
Cuéntame, que te trae por aquí. Tienes que cuidar más
de ti, que estas muy dejado. Te tengo dicho que eres como una flor de
invernadero, necesitas cuido, si no te enfermas. Pero ya basta de charlotear.
Tu habla mientras yo trajino y te preparo el bocadillo de morrón y melva que
tanto te ha gustado siempre y no te admito una negativa, te lo vas a comer
delante de mí.
-
No se si tendré tiempo...
-
¿Cómo que no?, al señor Obispo que le vayan dando y si
no me lo dejas a mi que ligero le pongo yo en su sitio. Tú te comes aquí el
bocadillo mientras hablamos de nuestras
cosas, como me llamo Isabel.
Se me quedó mirando
condescendiente y con una sonrisa apacible y bonachona que me enterneció y supe
en ese instante que tendría en ella el apoyo que le había supuesto.
-
Ya soy mayor Pedro. ¿Sabes?, me jubilo..., o mejor
sería decir que me jubilan a la fuerza que ahora están las cosas de la Iglesia
muy tiesas y más pronto le acusan al Obispado de explotación. Dentro de tres
meses cumplo sesenta y cinco. Ya tengo preparada mi casita, no lejos de aquí.
No sabría vivir ya sin mis chavales, los adoro..., bueno, a unos mas que a
otros, pero los echaría de menos a todos, así me podré dar mi vueltecita a
echar una mano de vez en cuando. Pero, ya está bien, no paro de hablar de mi
sola cuando eres tu el que has venido a hablar conmigo con lo ocupado que
tienes que estar, ya me callo.
Se quedó expectante con una
pieza de pan en la mano y el cuchillo en la otra esperando a que empezase con
mi relación. Sin saber porqué me puse colorado cuando tuve que ordenar el
discurso en mi cabeza para empezar. A pesar de que la señora Isabel estaba al
cabo de la calle de mis relaciones con Pura, el decirle que la había dejado
preñada me azoraba lo suficiente como para hacerme enrojecer las mejillas. Ella
se dio cuenta y me facilitó la tarea.
-
Se trata de Pura, ¿verdad?, habéis hecho un desavío, ¿a
que si? Venga no seas mas tonto y cuéntamelo que la vieja Isabel no se va a
escandalizar de nada.
-
Es cierto.
Tuve que humillar la mirada
porque sin saber porqué no podía sostener la suya que por raro que me pareciese
era limpia y acogedora.
-
Es cierto. La he dejado embarazada, no me explico como,
porque tomamos nuestras precauciones pero..., siempre hay imponderables. Estoy
preocupado Isabel. El señor Obispo quiere que Don Blas, el médico del Obispado
le malogre el embarazo ahora que está la cosa cuajando y habrá menos peligro
para ella, pero a mi..., ¿qué quiere?, me da grima que se lo hagan. Además, me
hace ilusión tener un hijo, que finalmente será mi sobrino del alma, pero yo
sabré que es mi hijo, aunque me llame tío y con eso me bastará. Yo había pensado...
-
No me digas más, quieres que se venga conmigo, como si
fuese mi familia y que tenga el niño en casa. Me parece bien. A mayor
abundamiento, como en tres meses yo voy a comenzar a vivir en la barriada y voy
a ser desconocida, a nadie extrañará que aparezca con una muchacha con una
barriga, será mi nieta que me he traído del pueblo porque ha quedado viuda
de..., un minero..., eso, una viuda joven de un minero que ha quedado sepultado
en una galería en León y no se ha podido rescatar el cadáver.
Si se me hubiese aparecido
Padre Dios en ese momento no habría podido ser más feliz. Sentí como se me
diluía la angustia y una hormiguilla de placer se me paseaba por el estomago.
Habría dado botes de alegría. Se me abrió el apetito y me comí el bocadillo que
me había preparado en dos segundos y hasta me sentó bien. Estaba deseando salir
de allí para llegar a mi casa y poder contárselo todo a la pobre Pura que se
temía lo peor.
La despedida de Isabel fue mas
cordial y afectuosa que a la llegada. Mis muchas obligaciones no me permitían
quedarme a comer y eso fue razón justificada para las autoridades del
Seminario. La última voz que escuché fue la de la señora Isabel.
-
Descuida, déjalo en mis manos. Todo irá bien. Y cuídate
tú.
Si en aquel momento lo hubiera
sabido habrían sido otras la determinaciones pero las cosas no son como uno
quiere sino como las circunstancias mandan y yo me fui de allí feliz e
ignorante, aunque debería haber sabido donde tenía puestas sus servidumbres la
señora Isabel.
El teléfono del despacho de Don
José sonó con el campanilleo característico. Pedro no estaba en la casa, para
solicito, levantar el auricular y filtrar la llamada que se le hacía al Obispo,
aunque siendo una llamada directa debería ser alguien del círculo íntimo al que
él como secretario personal pertenecía, pero Pedro había ido al Seminario para
girar una visita de cortesía. Fue el mismo Don José el que levantó impetuoso el
aparato.
-
¿Don José?
-
Al aparato. Dime Isabel, ¿que ha ocurrido?
La señora Isabel pasó a relatar
con pelos y señales lo que había hablado con Pedro. El señor Obispo escuchó sin
interrumpir hasta que ella termino el parlamento.
-
Sabía que no me equivocaba amiga mía. El intentaría
hacer lo posible y lo imposible también para salvar esa vida espuria. Ese niño
convenientemente no debería vivir. Es ya un alma santa que irá directamente al
seno del Padre, espero que tú estés pendiente y te ocupes de todo, tanto si es
antes como si hay que esperar al parto por su vía natural, pero por causa de
fuerza mayor ese niño o lo que sea no puede sobrevivir. No hay nada que cercene
mas el raciocinio de un hombre que el sentirse padre; en seguida se cree que ha
culminado la obra de la creación y le entran todas las ansias de pureza del
mundo y de imbecilidad crónica y es capaz de tirar por tierra toda la obra de
años no solo de él sino de todo el que se encuentre a su alrededor. A su pesar
hay que enmendarle el error cometido. En cuanto al niño, es un inocente que no
conocerá, para su ventura, la maldad que reina en el mundo por obra del pecado.
-
Usted descuide Ilustrísima, sabe que me tiene a su
servicio hasta el último aliento y que para fallarle tendría que morir y mira
que me duele tener que traicionar a mi niño..., pero la obligación es la
obligación.
Llegué exultante al Obispado y
me dirigí sin más demora a mis habitaciones donde Pura se encontraba tendida en
la cama luchando con sus nauseas que no la dejaban moverse.
-
¿Dónde has estado?, tengo miedo cuando me quedo sola.
Creo que me estoy muriendo. En cuanto intento moverme me pongo a vomitar y como
no tengo nada en el estomago me parece que se me van a salir las entrañas por
la boca.
-
No te vas a morir, Pura, cariño, no te vas a morir, vas
a ser madre, de un hijo mío. Me vas a dar un hijo, ¿te das cuenta de lo que eso
significa?
-
Pero...
-
Ya está todo arreglado. Don Blas ha estado hablando con
el señor Obispo y le ha comunicado sus sospechas. A la consulta iremos para
hacer la prueba de la ranita y confirmar, pero vamos..., que es prácticamente
fijo que estás embarazada, el médico tiene bastante experiencia y no suele
equivocarse. Estoy emocionadísimo, ¡voy a ser padre!, y yo que creía que al ser
cura esa posibilidad se me vedaba.
-
Déjame hablar. ¿Cómo voy a disimular la barriga hasta
el parto?, no voy a poder quedarme en el Obispado, sería un escándalo, ¿qué
haremos?
-
Te he dicho que está todo arreglado. He ido a hablar
con la señora Isabel. Se jubila en tres meses y se va a vivir a una casita que
ya tiene lista. Te irás a vivir con ella, parirás allí como nieta suya viuda de
un minero joven fallecido en la mina. Cuando el niño deje de ser de mantillas
volverás conmigo y con un sobrino hijo de una hermana fallecida del parto. Eso
salvará la cara de todos. Luego habrá hablillas pero esas las habrá siempre,
unas son con razón y otras sin ella pero nadie se libra de ellas, lo importante
es que nuestro sobrinito querido vivirá con nosotros. Seremos una familia. ¿No
estás feliz?
-
Lo estoy amor mío, lo estoy. No sabría que hacer sin
ti.
Se me echó al cuello y me
estrechó fuertemente con lágrimas en los ojos y entre arcada y jipido me decía
que me querría siempre y que si yo quería tendría todos los hijos que ella me
pudiera dar, que sin mi no tenía justificación seguir respirando porque su aire
era yo. Estábamos abrazados en el silencio mas remunerador de nuestro amor, ese
silencio que grita que no hay amor posible sin físico que lo sustente y así lo
abonaban nuestros cuerpos que poco a poco acompasaban sus ritmos haciéndolos
endurecer por mi parte y llorar por la suya con lagrimas de suavidad excitante,
cuando tintineó urgente, como siempre, el timbre que avisaba que el señor
Obispo me reclamaba en su despacho.
22.10.12

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