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jueves, 4 de octubre de 2012

E L S I L E N C I O XXI - XXIII

El Silencio


XXI

El Obispado tenía una entrada discreta y un vestíbulo austero. Un portero con chaqueta de galones de oro en bocamanga saludó al padre Alfredo indicándole que el señor vicario les esperaba en la biblioteca, en el primer piso.
En lenguaje de gestos y signos eclesiales el recibir a sus visitantes en la biblioteca en lugar de su despacho privado significaba que se quería acabar con presteza el asunto y poner distancia entre la dignidad de uno y los otros.
Pasando una puerta de vaivén con cristales mateados y el escudo del obispado grabado al ácido se accedía al patio central en torno al que se articulaba un claustro con un complicado artesonado en madera noble. Los suelos de mármol blanquísimo, pulido, se mantenían como un espejo gracias a los desvelos de la comunidad de religiosas al servicio del ordinario de la diócesis. Girando a la derecha al entrar al claustro, engalanado de plantas ornamentales, se llegaba a la escalera amplia y magnifica que comunicaba con el piso superior. Los escalones de granito en una sola pieza se encontraban desgastados por el uso, en los cuatro siglos que el edificio se mantenía en pie, desde que los mandase construir el Duque de los Amaneceres para destinarlo a convento de clausura que pudiese encerrar, como religiosa, a una hija bastarda como mejor método de expiar su pecado, en unas condiciones que correspondiesen a su altura en el escalafón social.
La escalera construida en tres tramos desembarcaba en otro claustro elevado de las mismas características pero con suelo de tarima, estando los huecos entre columnas cerrados por ventanales de cristales que hacían juego con los de la puerta que comunicaba el vestíbulo con el patio interior.
Volviendo esta vez a la izquierda, se llegaba a los pocos pasos, a una puerta trabajosamente labrada y cerrada. El padre Alfredo tocó con los nudillos la puerta y apoyándose en el picaporte empujo la pesada puerta que se resistía a abrirse. Cedió al tirar de ella abriéndose hacia fuera. Una cortina de terciopelo escarlata colgando tras la puerta impedía ver el interior de la sala. Al apartarla con la mano una voz se escuchó desde el interior.
-     Llegan con retraso padre. Pasen, no tengo toda la mañana.
-     Con su permiso. Adelante padre Emilio.
Al vicario ya le conocía Emilio. Acostumbraba a pasar por el Seminario para galvanizar la fe de los aspirantes a sacerdote con sus sermones integristas. Pertenecía al ala más conservador de la Iglesia y no era propenso a escuchar. Si se había formado una opinión no habría forma de apearle de ella. Nunca había cruzado una palabra con él y tenía el mal pálpito de que esa sería la primera y la última.
Dejando la elegante y carísima pluma estilográfica en oro, después de enroscarle el capuchón, sobre la mesa, cruzó sus dedos sobre los papeles que tenía delante y miró severamente al padre Emilio.
-     Se ordenó usted hace escasas semanas y ya está dando que hacer. ¿Cómo no se lo pensó antes? Si tenía esa incapacidad para contener su concupiscencia, ¿por qué no se quedó en el mundo?
El padre Alfredo terció antes de que el padre Emilio pudiese contestar.
-     Estamos esperando también una feligresa que fue el sujeto de ésta...
-     Despreocúpese, padre, el portero ya está avisado. En cuanto llegue tiene instrucciones de traerla hasta aquí.
Bien, estoy esperando su explicación. Hable.
-     Tengo la impresión, padre, que de nada va a valer lo que yo tenga que decir porque la decisión sobre mi, por lo que estoy viendo está ya tomada. Pero por si le sirve de algo, le tengo que declarar humildemente que soy inocente de esta acusación.
-     Es decir, ¿acusa al padre Alfredo de mentir?
Sonó el teléfono de la biblioteca en ese momento y el vicario lo descolgó. Estuvo un momento escuchando hasta que cortó a su interlocutor.
-     Que se queden ahí, y si esa señora insiste en insultar y gritar llame a la policía. No estoy dispuesto a consentir escándalos en esta casa. ¿Usted citó a sus padres también?
-     Insistieron en acompañarme. Yo no soy quien para negarles su solidaridad. ¿Es que usted no conoce a sus padres?
La última pregunta era más retadora que retórica. No estaba dispuesto a dejarse pisar ni intimidar. Sabía que su destino estaba ya escrito y el documento había sido confeccionado por aquel desagradable señor. El vicario hizo como que no escuchaba y continuó.
-     Repito, y piénseselo antes de contestar. ¿Acusa al padre Alfredo de mentir?
Emilio se volvió hacia el párroco estrellándole su mirada limpia en sus turbios ojos que no fue capaz de sostener y tuvo que bajarlos ante la insistencia acusadora de la mirada inocente. Conseguido el objetivo de hacer desviar la mirada abrumada del padre Alfredo volvió la cara para clavarla en los ojos del vicario que le observaba sobre sus impertinentes con mirada despectiva y suficiente. Con voz suave y melodiosa de entonación serena y pausada contestó a la ineducada requisitoria del vicario.
-     Bien sabe Dios Nuestro Señor que nunca ha sido mi intención tildar de mentiroso al padre Alfredo o a cualquiera. Lo que si puedo asegurarle sin temor a equivocarme es que se perfectamente cuales son mis pecados, que son muchos, pero entre ellos no está el de mantener ningún tipo de relación pecaminosa con ninguna feligresa. Es posible que el padre Alfredo haya evaluado equivocadamente algunos indicios y eso le haya llevado a error. Si las premisas son erróneas la conclusión también lo es aunque el razonamiento sea impecable. No digo que haya mentido, digo que sus sentidos, llevados de excesivo celo, le han debido engañar.
-     No se atreva usted a darme lecciones de lógica, joven. Antes de que usted naciera ya estaba yo celebrando la eucaristía con cinco localidades a mi cargo. No vuelva a ser tan impertinente.
En ese preciso instante la puerta se abrió y de detrás de la cortina apareció el portero anunciando la presencia de Rosa.
-     La señorita que estaba esperando se encuentra aquí.
-     Que pase, venga, acabemos de una vez.
El portero se hizo a un lado y entró en la sala una Rosa vestida muy discretamente con un vestido camisero gris, cerrado de arriba abajo, con cuello de solapa, abierto por delante con una hilera de botones y una trabilla en la cintura. Al verla entrar de esa guisa el padre Emilio sabía que ahí se acababa todo.
-     Diga usted señorita. ¿Es cierto, como afirma el padre Alfredo, que cometió usted pecado contra la castidad con el padre Emilio, aquí presente?
Rosa miró alternativamente al padre Alfredo y al padre Emilio. Al padre Alfredo con asco y repulsión, al padre Emilio con despecho y revancha. Por un instante al percibir la mirada trasparente y clara del padre Emilio Rosa vaciló, pero de inmediato recordó cómo se quedó la tarde anterior con tres palmos de narices al ser rechazada habiéndose entregado sin reservas. El desaire era demasiado inconveniente como para dejarlo en el olvido. Era menester que supiese lo que era sentir la desazón en su corazón, como ella la había sentido en su carne.
-     Fui a casa del padre Emilio para consultarle un grave problema de conciencia que por pertenecer al ámbito de la confesión no puedo, ni quiero comentar aquí. El, aprovechándose de que confiaba plenamente en su ministerio intentó propasarse conmigo. Le recriminé su actitud y me pidió perdón rogándome que olvidase su debilidad. Le perdoné en mi corazón pero el daño estaba ya hecho. Cuando salí escandalizada de su casa, el padre Alfredo alertado, al parecer por mis voces, me abordó en la escalera y me preguntó que qué me pasaba, le dije que había sucedido presa de desesperación y entonces el padre Alfredo me rogó que viniese hoy para decir la verdad y así lo he hecho.
Miró a la cara al padre Emilio con ojos muertos de engaño y satisfacción revanchista y continuó.
-     Decir solo la verdad.
Emilio dejó escapar lágrimas lentas y amargas sin expresar en su gesto ni una fracción de deseo de revancha. Solo destilaba su rostro pena, dolor, decepción, estupefacción.
-     Ha sido usted de gran ayuda señorita. Puede usted marcharse y no deje de rezar por el alma del padre Emilio..., y por la suya.
El vicario esperó a que Rosa saliese de la biblioteca y entonces se levantó con premiosidad de príncipe lo que permitió apreciar en su justa medida el aspecto aristocrático de prócer que aparentaba. Con sus anteojos, de exclusiva montura, de oro en la mano se plantó arrogante delante de Emilio y mirándole con severidad pronunció las palabras que significaban la sentencia que produciría un giro en su vida que él mismo sería incapaz de imaginar.
-     La muchacha que acaba de salir ha aliviado su conciencia al declarar a medias, su pecado. No me cabe duda que cayó en las redes de su deshonesta concupiscencia, pero no era a ella a quien se juzgaba. Mujeres y pecado todo uno. La gran defección ha sido la suya, pero no por dejarse llevar de la carne, al fin y al cabo es difícil rebelarse contra la tentación que nos acompaña hasta la muerte y es preciso tocar varias veces al día. Su gran pecado ha sido el pretender confundir a su superior, engañar a quien le da legitimidad. ¿Qué pretendía usted, insensato? ¿No le enseñaron que la obediencia es la piedra de toque de la Iglesia?, mentir a sus superiores es la peor forma de desobediencia, ¡merece..., merece usted...!
El vicario congestionado de la indignación y con los puños apretados hasta dejar sus nudillos como el hielo respiró profundamente y recuperó la compostura en pocos segundos. Se volvió a su sitial en la mesa y tomó asiento.
-     Vamos a intentar que todo quede en casa. Es usted un hijo díscolo, pero la Santa Madre Iglesia le ama como la más solicita madre y quiere que vuelva a la senda de la virtud. Necesitará reflexionar y replantarse su vocación. ¿Quién sabe si esa vocación sería una añagaza del Maligno para buscarle la perdición? La Cartuja será su salvación, le permitirá enfrentarse a su corazón sin afeites ni distracciones del mundo; es usted bastante impresionable, se deja llevar con facilidad de las tentaciones del mundo, y ni siquiera sabe disimular. Hasta que se le comunique convenientemente, de forma oficial y por escrito permanecerá usted en la casa rectoral de la parroquia donde se encuentra ahora, después se presentará al abad de la Cartuja donde pasará, al menos, el siguiente año. Pasado éste, el abad pasará nota a su Eminencia de su conversión para volverle a traer, si eso es lo conveniente, a la vida pastoral de una parroquia donde pueda cultivar la humildad, la paciencia y la debida obediencia a sus superiores.
Emilio temblaba tanto de pena como de indignación por la trapacería a la que se había visto sometido por aquellos dos sinvergüenzas dotados de buenas maneras. Los ojos le centelleaban y tuvo que hacer un ejercicio extraordinario de autodominio para no tirarse a la yugular del vicario y rasgársela a dentelladas. Se quedó mirando desafiante y frío alternativamente a los dos truhanes que su vida deshilachaban. Quiso responder con contundencia pero prefirió callar. Estaba afectado y herido por la mentira tan bien urdida por Rosa, despechada por su negativa y por la falsa acusación del padre Alfredo intimidado por su adoración de la verdad y asustado al verse sorprendido en su desorden libidinoso. Se levantó y por única respuesta pidió permiso para irse.
-     ¿No tiene usted, padre, nada que alegar, nada que responder? El que calla otorga. Queda claro que todo era verdad.
-     No señor vicario, el que calla lo que hace es no decir nada. Estaba todo decidido de antemano y acato su decisión, como sea. Cuando una mosca cae en la artimaña de hilos pegajosos de la araña cuanto más se intenta defender más se inmoviliza y enreda. No, no pienso defenderme de esta comedia, eso solo serviría para legitimarla, no cuenten conmigo para eso.
Tanto el vicario como el padre Alfredo se quedaron mudos ante semejante declaración de autenticidad y honestidad. El padre Emilio se dirigió tranquilo y desenvuelto a la puerta y salió de la sala.
Al llegar al vestíbulo sus padres estaban discutiendo en voz baja pero no por ello menos acaloradamente.
-     ¡Que vergüenza, si mi padre me viese como un mendigo a la puerta de esta casa de explotación y mentira!
-     Celia, contente. Estamos aquí porque tu hijo está en un trance en el que necesita apoyo y eso es todo. ¡No dramatices! Mira ahí baja tu hijo. ¿Qué ha pasado?
-     Todo ha sido un engaño. Me han tendido una trampa y he caído en ella, pero eso da lo mismo. Me castigan a pasar un año en clausura y oración, en la Cartuja, es la penitencia por haber sido un estúpido y creer que todo el mundo es como yo, sincero hasta el aburrimiento cuando la realidad es que estoy en el sitio donde más cara es la verdad, donde más cuesta llevarla como estandarte, pero no quiero hablar ahora más, acabaré por decir aquello que no quiero y de lo que luego me tendría que arrepentir.
-     ¿Lo ves?, para que aprendas con quien te estas jugando los cuartos. Todo este atajo de cuervos lo único que saben es joder al que no es un marrajo como ellos.
-     Mama, yo también soy uno de esos cuervos. Vamos a la calle que todavía nos vemos en comisaría.
Consultó el reloj y se sorprendió del tiempo que había pasado. Era ya la una, sentía hambre. Debería estar abrumado y en lugar de eso se sentía aliviado y ligero de equipaje. Le apetecía pasar una temporada en silencio, no tenía experiencia de castigo; habían querido someterle a obediencia recluyéndole y no lo habían conseguido. Estaba relajado y feliz. Con una amplia sonrisa que le satisfizo poder esbozar miro a su madre y a su padre.
-     ¿Nos vamos a comer a esa casa de comidas que íbamos cuando yo era un enano?
-     ¿Qué te parece Celia, vamos?
-     Yo por mí, encantada, se come de maravilla. A ver si comiendo como Dios manda sientas la cabeza y dejas todo este tinglado absurdo. Así, así es como te pagan tus desvelos. ¡Mándalos a todos lejos, hijo!, haz caso a tu madre que solo quiere lo mejor para ti. Si quieres ayudar a los demás, ¡anda que no hay sitios y gentes que necesitarían de tu ayuda!, y no hace falta que te comprometas con ninguna organización mafiosa.
Emilio sonrió de forma indulgente, se acercó a su madre y la besó con ternura. Celia no acostumbrada a estas efusiones de su hijo humedeció los ojos. Emilio en respuesta dispensó un cálido abrazo a su madre que a su vez estrechó a su hijo. Emiliano entonces se abrazó a los dos y prorrumpió en llanto sincero.
-     Déjalo hijo, haz caso a tu madre. Sabes que siempre te he apoyado, hijo, pero tu no tienes necesidad de todo esto, de tales humillaciones. Tú vales cien mil veces más que ellos durmiendo. Con tu currículo, que aún tiene vigencia, podrías trabajar en lo tuyo donde quisieras. Es tu vocación, tu autentica vocación, hazte un favor, renuncia, aquí ni te quieren ni te van a entender nunca.
-     No te lo tomo en cuenta, papá, lo dices desde la angustia que produce ver a un hijo sufrir. Ala, a comer.
-     No, espera un momento. ¿Vas a consentir en encarcelarte voluntariamente? Solo porque a esos tipejos se les ha antojado. Estoy indignada y me duele la cabeza otra vez. Como me los encuentre les cruzo la cara a esos impresentables.
-     Por favor, ya. Soy mayorcito para tomar mis decisiones, como vosotros tomasteis las vuestras en su momento. Voy a hacer lo que mi conciencia  me dicte y o dejáis el tema o me tendré que marchar.
-     De acuerdo hijo.
Celia intentó volver a la carga otra vez, terca y correosa como solo ella sabía ser, momento en el que Emiliano con voz recia y cortante la calló.
-     ¡Celia, se acabó! Vamos a comer los tres en paz y que el chico haga lo que tenga por conveniente.
La comida transcurrió sin incidentes reseñables. Celia con su proverbial intransigencia, a regañadientes pero a disposición de lo que su hijo decidiera, Emiliano emocionado de la entereza de aquel niño algo endeble al que todo el mundo apreciaba en el colegio primero y en el instituto después por no mencionar su paso por la facultad. Estaba orgulloso de su hijo, hecho un hombre, con las riendas de su vida tomada controlando cada aspecto y asumiendo sus errores. Estaba seguro que pasado un tiempo su hijo se descorazonaría de todo ese mundo oscuro disfrazado de luminoso y abandonaría, por una vida fecunda, casándose y teniendo hijos que serían como él.
Una vez terminada la comida sus padres se despidieron de su hijo yéndose a su casa discutiendo sobre el medio de trasporte a falta de mejor tema de discusión mientras que Emilio se decidió por el Metro. Aposentado en el vagón de cabecera se dedicó a observar las personas que viajaban; caras serias, inexpresivas, agotadas y en ningún caso felices. Todos evitaban cruzar las miradas humillando la vista enterrándola ora en un libro, ora en la prensa deportiva ora escrutando las costuras de los zapatos, pero en ningún caso mirando a la cara de los demás. ¿Que clase de dolor encierran esos corazones que no permiten que sus ventanas, los ojos, se abran al mundo? Las estaciones se sucedían y nuevos fantasmas entraban y otros salían intercambiándose los cuerpos pero sin cambiar las almas que seguían siendo las mismas inertes almas sin vida que arrastran los cuerpos que animan en un juego de inercia sin ilusión, sin entusiasmo. Era mucho el trabajo que hacer, demasiada gente necesitaba el mensaje que el conocía, mensaje que sanaba las almas e iluminaba de gloria los cuerpos, mensaje que daba vida a los ojos y les permitía tener confianza, esperanza y saber que era la libertad, la libertad de los hijos de Dios.
Salió de la estación con renovado entusiasmo, con ilusión evangélica por llevar el mensaje a todos los pobres de espíritu, cómo los que viajaban con él. Estaba decidido a soportar con paciencia y obediencia debida el año de reclusión ascética que le imponían injustamente. Merecía la pena pasar por eso por poder anunciar la buena nueva a todas las gentes. Se acordó entonces de Rosa, “pobre Rosa”, pensó. Abandonándose a la venganza que le susurraban los celos se convertía en la persona más infeliz del mundo y también ella era digna de ser auxiliada, sacada del error en que su soberbia la había metido.
Entró en su casa y se quedó parado al cerrar la puerta observando alrededor. Le parecía haber entrado en un sitio extraño, ajeno a él, quería salir ya de aquel espacio, ya no se identificaba con él. Esperaba recibir la notificación del Obispado cuanto antes, su presencia allí solo podía provocarle desasosiego. Deseaba purgar su estupidez, su estúpida candidez. Se acercó a la sala donde todavía reposaban en el suelo las cartas de su amigo que el había desparramado en un arranque de furia. Se agachó y con parsimonia, casi con delectación las recogió del suelo, las ordenó y guardó en el sobre en el que se las entregaron. Inmediatamente fue a su dormitorio, sacó la maleta del armario y la colocó sobre la cama. Eran pocas las cuatro prendas que tenía, en concordancia con su idea de pobreza. Tardó poco en encerrarlas todas en su maleta. Cuando estaba todo dentro de la maleta, cogió el sobre con las cartas de Boni y estuvo dudando si meterlas o no. Finalmente decidió en un instante que esas cartas formaban parte de él, como sus recuerdos, y las echó dentro.
Terminado el gesto que le reconcilió con sus espíritu de extranjero, del que no tiene más tierra que la prometida por el Señor cogió con cariño y consuelo el libro de las Horas para ponerse a orar. Recitó los salmos con pausado ánimo, empapándose de la palabra de Dios que llegaba a él en forma de letra impresa y asumiéndola como impagable para su salvación.
Con el corazón confortado y sereno terminó la lectura de sus oraciones y se sintió satisfecho. Estaba cansado, agotado, necesitaba descanso de cuerpo, el día había dado mucho de si. Necesitaba descansar. Puso la maleta en el suelo y se acostó.
Se despertó sobresaltado, bañado en sudor y angustiado por el sueño. Otra vez el sueño se repetía y esta vez estaba seguro de saber de quien era la cara pero no podía ponerle nombre y por eso se despertaba angustiado y sudaba y le hacia trotar alocadamente el corazón. Algo en ese sueño no cuadraba y lo primero en no cuadrar era que se repitiese dos días seguidos. En esta ocasión sin efusión, pero eso daba lo mismo, el hecho estaba ahí, para atormentarle.
Transcurrieron tres días, tres interminables días en los que la oración fue su respaldo para no caer al pozo de la desesperación y la aflicción. Pero sus plegarias obtuvieron recompensa y el documento firmado por su Eminencia y entregado cínicamente por el padre Alfredo le destinaba a realizar ejercicios espirituales “sine díe” a la Cartuja. La duración estaría en función de los progresos de crecimiento de la vida espiritual y arrepentimiento de su pecado de la carne, de los que informase el abad. Junto con el escrito, un billete de tren, de ida solo, que le llevaría hasta el convento de clausura. Leyó y releyó el día y la hora del billete de tren, para cerciorarse de que no formaba parte de un macabro y cruel sueño, que era real aquel destino que el papel proponía. Efectivamente, esa tarde a las cuatro y media salía de la estación de poniente su tren y allí estaría él para marcharse. Llamó por teléfono a sus padres para despedirse, no quería verlos en persona, no se fiaba que el Maligno le tentase con fuerza a la vista de los suyos y le hiciese desistir de su decisión. Su madre rezongó para no variar y su padre se mostró resignado, algo a lo que su esposa le tenía acostumbrado.

XXII

Había transcurrido apenas un mes desde que el padre Emilio salió de la parroquia rumbo a su penitencia cuando Rosa se acercó a la contaduría de la sacristía para verse con el padre Alfredo.
Lo había decidido aquella misma mañana en la que condenó al padre Emilio llevada de su despecho por rechazarla cuando ella ya tenía organizada su vida en torno a esa relación. Nada más llegar a su casa atormentada por los remordimientos, recordar la cara de cordero llevado al matadero del padre Emilio y su frialdad fabulando la mentira más grosera enunciada de la forma más sutil la hizo dirigirse a su dormitorio y llorar hasta desesperarse. Era una perra y no tenía perdón, pero no era ella sola la culpable, la mano que meció la cuna era del cerdo de Alfredo, así sin el tratamiento. Ese cabrón no era ni padre ni nada. El padre de Rosa alertado por el portazo al entrar en la casa y los sollozos convulsos que venían del cuarto decidió entrar a ver que pasaba. Rosa sentada en la cama lloraba sin consuelo su amarga culpa. Levantó la cabeza y ver a su padre allí delante la enterneció. Se levantó y se abrazó a él sin dejar de llorar. Se entremezclaba ahora la culpa de haber mentido con la de haber sido tan dura con su padre. La cercanía de su padre la tranquilizó, el olor a masaje de afeitado mezclado con esa colonia añeja de toda la vida y cierto tufo a vejez apenas estrenada le estalló en la cabeza provocándole placer de estrechar en sus brazos al hombre que era su padre. Recordó aquella primera vez y tuvo que reconocer que junto al asco provocado por el atávico y desconocido tabú, se abrió en su corazón una excitación que le asustó y fue la que provocó el rechazo violento al movimiento del cuerpo paterno.
Ahora, otra vez pugnaban en su cabeza el asco suscitado por el tabú y la excitación que le provocaba el calor y cercanía del hombre. Se abandonó al mareo del gozo y su padre lo comprendió al instante reaccionando con notas de juventud ya olvidada. Beso a su hija en la frente y fue descendiendo por la cara sin dejar de acariciar con sus labios hasta encontrar los de su hija que se abrieron al abracadabra del aliento y ambas lenguas se entrelazaron.
La culpa, otra vez la culpa. Toda su vida escapando de aquel primer contacto que siempre tuvo la convicción de haber provocado ella y como la cruz gamada, siempre volviendo al principio en un eterno resucitar. Todo, siempre girando entorno a ese sexo que ella, para huir de él, se empeñaba en negar una y otra vez y una y otra vez se le hacia presente en su vida para ponerla frente a si misma, una imagen que detestaba y la desesperaba cada vez.
Pero la culpa no era de ella. Esa era su seguridad, pero el saberlo no la eximia del sufrimiento que le procuraba la emoción de sentirse atraída por su padre.
Desde hacia un mes lo único que hacia era pasarlo en casa dedicada a gozar y cuanto más feliz hacia a su padre peor se encontraba ella. Su vida era plana y anodina pero era mejor que lo que tenía desde que el padre Alfredo la violentó en la sacristía. Por eso había concertado la cita con él. Iba a solventar el asunto cogiendo al toro por los cuernos, para que no la empitonaran más.
Era ya de anochecida, casi la misma hora a la que hacia unas semanas el padre Alfredo la llevó con engaños a la contaduría. Allí estaba el padre Alfredo, esperándola. Al verle un escalofrío le recorrió la espina dorsal, tuvo la tentación de darse la vuelta y correr, pero ya estaba decidido que haría lo que se había juramentado a si misma hacer.
-     Ardo en deseos de saber a que es debido este deseo tan vehemente de verme Rosa. Espero que no sea ninguna estupidez de las tuyas, ni cualquier escrúpulo de conciencia tonto, estoy muy ocupado para majaderías.
-     Desde aquel día, en que me porté como una tonta pazguata no he podido dejar de pensar. He soñado muchas veces desde entonces con ese momento y tengo que confesarle que siempre con anhelo de reeditarlo. Tiene que ser cierto, también lo dice mi padre, que soy ligerilla. Supongo que no se podrá evitar ser como se es, solo que unas veces se acepta y otras se siente incomoda una con su lacra. Después del episodio del padre Emilio he tomado conciencia al fin de mi catadura moral. Soy como soy y pretendo entregarme a mi condición y disfrutar mientras pueda de la cara agradable de esta forma de ser, de la cara desagradable ya llevo demasiados años sufriendo. Si, lo admito, me gustó su embestida. Me he masturbado pensando en ella varias veces y deseo poder entregarme por completo al placer de la carne y deseo que sea con usted. Pensar en su fogosidad y su ímpetu me hace empaparme.
Declarar de esa forma tan descarnada sus intenciones hizo al padre Alfredo ponerse en guardia. Nada más escuchar de la boca de Rosa que le deseaba no pudo evitar sentir una gloriosa y dura respuesta de su cuerpo pero se reservó hasta poder comprobar que no estaba siendo sometido a una más o menos burda trampa.
-     No te da vergüenza venir aquí, a la casa de Dios a tentar, como si fueras un demonio, a un ministro de Jesús. No tendrá días tu vida para poder hacer penitencia por lo que estas haciendo, ¡perdida, que eres una perdida!
Rosa no estaba dispuesta a dejarse intimidar por las falsas protestas de santidad del cura, por lo que adoptando una voz y postura de lo más sugerente que ella suponía que podía ser sugerente intentó convencer a un padre Alfredo que para entonces deseaba ardientemente ser convencido.
-     ¿Perdida, cualquiera?, bah, subterfugios. ¿Por qué no dice abiertamente puta y acabamos antes? No me importa, se lo que soy y lo que deseo que es exactamente sentirme poseída por ti. Quiero tener su duro miembro entre mis manos, en mi boca...
-     ¡Basta, por el amor de Dios, aquí no, basta!
Miró nerviosamente el reloj de pared de la contaduría y continuó.
-     A estas horas la señora que me guisa ya tiene que haberse marchado a su casa. Voy a llamar para comprobarlo.
Marcó el teléfono de su casa y esperó un buen rato hasta convencerse de que nadie lo cogería. Dejó el auricular con exquisito cuidado en el zócalo como si temiese ser sorprendido en falta. Con la cara demudada a medias por el nerviosismo que le provocaba la situación y a medias por el vértigo del placer en ciernes le señaló a Rosa el camino de la salida con su mano mientras que el salía detrás de ella. Con la tiritona que le provocaba la excitación se recordó a sus quince años, el verano en que entró en el seminario, cuando se llevó a su amiga detrás de una dunas y se derramó antes de poderse quitar ni los pantalones.
Empezó a marearse, se le nublaba la vista y encontraba dificultades para introducir la llave en la cerradura de su casa, tanto era el temblor de la mano, como si se encontrase desnudo a la intemperie en medio de una ventisca. Finalmente abrió y dejó paso a Rosa a su casa. Entró él después y cerró la puerta. Se abalanzó inmediatamente sobre ella sobándola con fuerza y estrechándola con torpeza ante lo que Rosa se hacía de trapo y se dejaba hacer sin oponerse a la lascivia desatada del clérigo. Le arrancó la ropa del cuerpo dejándola desnuda. Rosa le miraba con desprecio sin intentar velar su cuerpo mientras él, nervioso, se desnudaba sin darse cuenta del profundo asco que reflejaba Rosa en su cara.
Desnudos los dos en el pasillo, el hombre hecho bestia por mor del ansia sexual y ella impávida ante el acoso tremendo que le imponía el celo del cura. Sin dejar de amasarle los pechos y ensalivarla por toda la cara en un envite loco por comérsela la fue empujado hasta su dormitorio. Continuamente la llamaba puta asquerosa mientras la empujaba y ella respondía asintiendo a su insulto mintiendo sobre su supuesta excitación al escucharle. Con la lubricidad de los insultos y la cercanía de un sexo contra otro hizo que el cura se vaciase antes de tiempo embadurnando el vientre y las piernas de Rosa. Pero no por eso cejó. Quería más. La empujó a la cama y con más violencia todavía la separó las piernas hundiendo la cabeza en su sexo arrancando de ella gritos ahogados de dolor por las dentelladas de furia con que quería comérsela por esa parte de su cuerpo. Cuando se hartó de beberse el cuerpo de Rosa se aupó hasta dejar su bajo vientre sobre la cabeza de la mujer obligándola a una felación de un miembro fláccido y casi inerte. Con profundo asco y haciendo arcadas siguió lamiendo y chupando hasta que el miembro recupero su turgencia y dureza. Entonces con extrema suavidad para trasmitir a su depredador su nula intención de escapar se escabulló de debajo de él obligándole a reposar boca arriba. El fue dócil a sus dictados y reposó con su miembro enhiesto, orgulloso de su resistencia mientras ella se dispuso sobre su bajo vientre dispuesta a la felación perfecta. El la sujetaba la cabeza con fuerza para asegurarse que no se retiraría antes de la eyaculación.
“Guarra, puta perra asquerosa, cométela, cométela y traga”, resonaba en los oídos de Rosa como si le clavasen un estilete en cada rincón de su cabeza.
Había llegado el momento. En medio de la desesperación de saberse incestuosa, en la frialdad de su cuarto lo decidió, fuesen cuales fuesen las consecuencias, eso le daba igual.
Instantes antes de cerrar sus mandíbulas con toda la fuerza de la que era capaz para arrancar aquel asqueroso miembro al lascivo que se empeñaba en ahogarla con él sintió una inmensa paz, una inexplicable alegría que no sabía de donde pudiera venirle, lo que le dio aún más fuerzas y determinación.
Apretó con todas sus fuerzas y el sabor de la sangre en su boca le hizo saber que estaba en el buen camino. El padre Alfredo empezó a propinarle golpes por donde podía mientras bramaba de dolor y miedo por lo que ya sabía que era la determinación de Rosa, pero eso no impedía que ella soltase la presa y que ya la sangre le entrase a borbotones en la boca y saliese chorreando y empapando la entrepierna del cura y el mentón y el pecho de la chica. Llegó un momento en que lo que antes era duro y fibroso paso a ser viscoso y de textura grasienta llenándole la boca. Supo en ese momento que lo había conseguido. Levantó la cabeza de ensangrentada cara y le escupió al hombre su miembro arrancado a la cara. Como un resorte y al ver la cara de triunfo y satisfacción de Rosa, Alfredo se volvió loco y con la sangre saliéndole a borbotones de su bajo vientre se abalanzó al cuello de la chica y con las dos manos inició el estrangulamiento de venganza ciega.
Todo estaba transcurriendo según sus cálculos, por eso en lugar de poner cara de sorpresa o dolor ante el manifiesto intento de matarla sonrió con felicidad que sorprendió al cura que no por eso cejó en su presa en torno al cuello. La congestión de la cara de Rosa se camuflaba por la sangre que le había empapado al emascular a su contrincante. En un momento, un ruido sordo indicó que el cartílago tiroides se acaba de partir, Rosa emitió un gorgoteo extraño y su cuerpo entero se desfalleció.
El cura se dio cuenta de lo que acababa de suceder y se horrorizó. Empujó lejos de si el cuerpo sin vida de Rosa que aún convulsionó unos instantes antes de quedarse inerte en el suelo como una marioneta desamparada. Se puso a dar vueltas por toda la casa, como si estuviese poseído de un diablo triunfante, manchando de sangre por allí por donde paseaba su culpa. Finalmente agobiado por lo que se le iba a venir encima no pudo soportar más presión y saliendo a la escalera, como estaba, desnudo y capado, chorreando sangre echó a correr escaleras arriba hasta alcanzar la puerta de la azotea del edificio, abrió la puerta y sin pensárselo se arrojó al vacío por la parte trasera del edificio que lindaba con la calle de la que se separaba por una reja acabada en lanzas agudas.
El cuerpo del padre Alfredo quedó ensartado, boca abajo en una posición grotesca, como son las muertes absurdas. No había muerto, no sentía dolor. Estaba extrañamente sereno. Se acordó en un instante de su vida entera. No se sentía ni ridículo ni vergonzante ni estúpido. Le parecía hasta normal estar allí empalado cruelmente, era justo. Comenzó a dolerle su zona pudenda de forma leve y simultáneamente se mareó, se le nubló la vista y aún alcanzó a escuchar. “Dios mío, que horror, ¿no es el padre Alfredo?”.


XXIII

Le estaban esperando en el apeadero. Un religioso callado, de humillada mirada estaba esperando la llegada del tren. Fue el singular pasajero que se apeó. El religioso sin mediar palabra cogió su escueto equipaje y se dirigió al vehículo que esperaba detrás del sencillo edificio donde se guardaban aperos y utensilios de uso en la red ferroviaria. El vehículo, una destartalada furgoneta, les condujo por un camino de tierra muy bacheada hasta alcanzar la muralla que circundaba el magnifico y antiguo edificio donde los religiosos llevaban una vida austera y de oración.
El religioso que le condujo hasta el convento le dejó en la puerta del abad y con una indicación de cabeza le quiso decir que esperase. Se llevó el equipaje, supuso que a su celda y él quedó a la espera.
Al poco la puerta se abrió y apareció en la puerta un hombre de noble presencia y larga barba gris vistiendo un elegante habito. No habría sabido decir el padre Emilio si el elegante era el hábito o el que lo portaba con esa prestancia. Con una voz pausada y aterciopelada le dio paso.
-     Padre Emilio, entre, haga el favor.
Le indicó con un medido gesto donde debería tomar asiento y continuó con la absoluta seguridad que solo concede el dominio absoluto de la situación.
-     Me he informado de usted.
Hizo una meditada pausa que solo pretendía impresionar a su interlocutor clavándole sus ojos de celeste lechoso en los de Emilio. Éste soportó sin azararse la mirada y en ese momento supo el Abad que aquel hombre era un libro abierto, no había doblez en su corazón. Pero como uno más en la Jerarquía debía ajustarse al rol asignado. Y así lo hizo.
-     La obediencia es la espina dorsal de la Iglesia, el músculo que le da fuerza y la sostiene. Por eso está usted aquí. Todos aquellos que he pulsado para que me diesen su opinión de usted para poderme hacer un bosquejo de ante quien iba a estar han sido de la misma opinión. No se explican que le ha podido suceder para verse enredado en un lío de faldas. Pero ya le digo, la obediencia es consustancial a la Iglesia y la Jerarquía me ordena que le tenga “in vigilando” el mayor tiempo posible hasta que muestre signos de arrepentimiento. Si tiene algo que decir dígalo ahora, porque en cuanto salga de este despacho no podrá volver a hablar si no es por expreso permiso mío o de un superior mío.
-     No voy a decir más que lo que, no me cabe duda, usted sabe de sobra. Que todo ha sido fruto de una añagaza urdida para llevarme a la situación en la que me encuentro. Pero como usted dice la santa obediencia es la que me hace estar aquí. Espero poder vivir mi fe entre estas paredes con el máximo amor y sin rencor a los que me han hecho daño.
-     Puede usted retirarse a su celda. Durante la primera semana un hermano será su tutor hasta que se haga a la vida monacal y sus horarios tan extraños a los de la vida a la que estaba acostumbrado. Salga ya.
En la puerta había un monje esperándole. Le acompañó hasta la celda donde su maleta yacía sobre el catre. La puerta se cerró y quedó en la celda de cal blanquísima solo con sus demonios, sus rencores y sus esperanzas. La luz entraba por un ventanuco alto a través del que solo se veía una parcelita de cielo atravesada de vez en cuando por un solitario vencejo. Un reclinatorio de tosca madera cabe un crucifijo de madera también fue el pie que necesitaba para encontrar el sosiego que pudiera faltarle ante una situación de cambio tan rotundo. Se arrodilló y pausado y resuelto comenzó a musitar un Padre Nuestro. Comenzó a meditar en el retiro de Jesús en desierto y las tentaciones del Diablo cuando un suave toque en la puerta le rescató a la realidad. Abrió la puerta y allí estaba el monje piloto que le acompañaría toda la semana.
Era pronto, muy pronto pero la comunidad descansaba ya. El sol se escondía por el horizonte y el jergón le reclamaba. Un humilde tablero cubierto de una endeble colchoneta le invitaban a descansar. Un hábito le esperaba ahora colgado detrás de la puerta. Miró en su derredor y no halló frazada, ni manta ni cobija con la que taparse de noche. Un detalle así le sorprendió. Iban para el buen tiempo, esperaba que llegando el frío tuviesen el buen sentido de poner una manta al menos. El hábito de gruesa estameña podría cumplir la función. Se lo vistió encima de su ropa y se tendió en el camastro. Cerró los ojos para intentar dormir acostado boca arriba empezó a rezar mentalmente una jaculatoria que le diese firmeza y serenidad de espíritu y de repente la imagen sin rostro se le hizo presente, durante un instante y abrió los ojos, con el corazón desbocado y el aliento sobrecogido. ¿Quién era?, ¿A quien pertenecía ese rostro? Temía volver a cerrar los ojos, no quería que apareciese otra vez esa persona en su sueño, le desasosegaba. Consiguió quedarse dormido sin que le molestase el extraño visitante cuando ya estaban tocando su puerta otra vez. Prima. Acabados los rezos de maravillosa factura polifónica, vuelta a la celda a terminar el sueño interrumpido.
La primera semana en la que su monje piloto no le abandonaba ni a sol ni a sombra transcurrió deprisa. Pasada esa semana el prior le asignó su pareja para ir a trabajar al campo.
Era su pareja un monje regordete, bajito y maloliente con cara coloradota y de pocos amigos. Sin abrir la boca le supo dar a entender que no le gustaba su presencia humillándole porque los primeros días le salieron ampollas sangrantes y dolorosas producidas por el astil de la azada. La sonrisa de desprecio y suficiencia era tan sutil, se conoce que ensayada durante tan largo tiempo, que era prácticamente imperceptible. Cuando se carece de algo se aguza el ingenio para suplir las carencias. Eso había hecho el frailecillo desarrollar un sistema mímico tan perfecto y afinado que podía trasmitir emociones imposibles para los demás. Le estuvo molestando con su actitud hasta que cansado de tanto desprecio decidió que pediría permiso para hablar y que le cambiasen la pareja.
Se le concedió permiso en un recreó después de la refección de mediodía. Y no le dejaron hablar.
-     No hace falta que abra la boca. Yo le diré lo que en su soberbia usted me quiere decir a mí. Quiere quejarse de su pareja porque le humilla y le hace constantemente de menos. ¿Qué cree que es casualidad que se le haya asignado a él? Tiene que limar esa soberbia que es la raíz de todos sus pecados sin eso su salvación es imposible, por eso se le asigno a ese monje. De gracias a Dios Nuestro Señor por ponerle a su alcance ese medio para su salvación. Ahora voy comprendiendo porqué le mandaron a usted aquí a convertirse. Vuelva a sus obligaciones.
Decidió ignorar al monjecillo impertinente y dedicarse a pasar el tiempo a pensar en que haría cuando regresase a la parroquia que le encomendasen. En vista del poco caso que le dejo de hacer, el regordete monje redobló esfuerzos para hacerse notar pero Emilio no se dejó intimidar hasta que pasados dos meses se le cambió de pareja de trabajo sin más explicaciones. El mismo día que le cambiaron de compañero de trabajo el abad en persona, el que le recibió le hizo ir a su despacho.
-     Le he hecho venir porque creo que se merece saber que ha ocurrido. El padre Alfredo ha fallecido en circunstancias lamentables. Cayó desde la terraza de la casa rectoral y se ensartó en las lanzas de la verja que le separaba de la calle. Hay otros detalles que no viene al caso y de las que ya tendrá usted noticia. He creído que debía saberlo.
Al no tener permiso explicito para hablar, cuando el abad hubo terminado el padre Emilio se dio la vuelta y salió del despacho.
Ya no pudo quitarse de la cabeza la imagen del padre Alfredo ensartado, con la sotana ensangrentada y agonizante mientras las buenas gentes se escandalizaban viendo al párroco muriendo ante sus ojos sin poderlo remediar. ¿Que le haría saltar desde la azotea? Quizás se caería, pero a la terraza  no se subía ni para tender, que eso se hacía en el patio de atrás, ¿qué hacía en la azotea? Preguntas sin respuesta. Le entró el prurito de saber más acerca de ese desagradable accidente. “Dios castiga sin piedra ni palo”, le había dicho de siempre su padre. ¿Se habría tomado venganza de la urdimbre de esa horrenda mentira el Supremo Hacedor? No era ese el Dios que él conocía. Su Dios no era un Dios de venganza, pero muy grave tuvo que ser lo sucedido para que condujese a tan trágico desenlace. En cualquier caso, nadie se merecía morir de esa manera, por muy degenerado que fuese. No sabía si esa noche podría dormir después de saber lo que sabía. Y llegó la noche y recostó sus doloridos huesos en la tabla del jergón y volvió a aparecer ante sus ojos la sombra sin rostro que le acariciaba con infinita ternura. Y si antes se azoraba y se despertaba ahora agradecía esos gestos y esas caricias, le reconfortaban en medio de tanto ascetismo. Esa noche las caricias le resultaron más acogedoras que otras noches pero el rostro seguía sin desvelarse, ya se había acostumbrado a no saber quien le acariciaba y le había dejado de desasosegar. La campana llamando a Prima le despertó de su ensueño con una gran excitación de cuerpo. Estaba gozando de su repetitivo sueño y aún seguía gozando. Se escandalizó de su goce.
Necesitaba confesar, tenía conciencia de haber pecado contra la pureza por haber consentido y dejarse llevar de la concupiscencia.
El silencio ese gran ausente de la vida. Es preciso llegar a la situación en que se encontraba Emilio para darse cuenta que no es suficiente con retirarse de vez en cuando al amor de tu soledad para meditar sobre ¿qué?, siempre lugares comunes y reiteración de remoquetes secularmente repetidos y trasmitidos de generación en generación. No, hace falta silencio absoluto que pueda ser roto por notas cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos y que más que diluir el silencio, le realzan por contraste. El silencio se oye con claridad cuando entra por los oídos el Canto Gregoriano asedando el alma y haciendo vibrar el sentimiento de ser humano totalmente contingente.
Emilio aprendió a saborear ese silencio que poco a poco, imperceptible como las capas sedimentarias, iban calmando las revueltas aguas de su existencia hasta dejar que los lodos reposasen en el fondo y ya transparente a los ojos de Dios y de él mismo, pudiese llegar a verse dentro y evaluar donde había estado su corazón cuando él quiso y creyó que en otro lugar lo tenía puesto. Y ahí empezó la conversión al ser consciente que el silencio le atronaba los oídos que él tenía taponados de tanto ruido que él creía melodiosa música. Se vio desnudo y se escandalizó. Comprendió entonces el apuro de Adán, el hombre, al saberse observado en toda su crudeza por Dios. Era terrible verse como era en realidad, pero no porque la imagen fuese repulsiva sino porque era diametralmente opuesta a lo que él creía que él era. Derramó lágrimas de dolor por su vida pasada y futura. Ya no tenía marcha atrás, ahora se conocía y no tendría excusa el día de la ira divina.
Tomó conciencia de ello cuando llevaba ya seis meses en el monasterio, después de confesarse con el abad, Reverendo Padre Martín. El fue el que le descubrió el poder del silencio, la razón de su existencia, pero no como ausencia de sonido, no, todo lo contrario, como resumen y culminación del Sonido, es decir el idioma de Dios. “Escucha el Silencio y en ese momento escucharás a Dios manifestando su amorosa voluntad”. El que se desasosegase con sus sueños de adolescente imberbe no tenían la menor importancia, “¿Es que acaso Dios no rodeó todo lo relacionado con el sexo de placer?”, le dijo con la máxima sencillez. Ese no era el meollo de la cuestión. Soñaba con fantasmas atormentadores porque era incapaz de mirar al fondo de su corazón y ver, sin escandalizarse, mirar sin cerrar los ojos de espanto. “Para ver dentro de ti antes tienes que dejar de oír al mundo y escuchar el Verbo”. Y ese verbo se manifestaba en el silencio, santo silencio, que era la Palabra.
Y como la escorrentía acaba por resumir sus furias en el río para acabar en el mar así Emilio regresó sobre las cartas de su amigo. El abad se lo anticipó, “No las has tirado porque te son necesarias a tu salvación, son la llave que te abrirá el paraíso, que es el negarte a ti para que vivan los demás”
Las leyó y las releyó, una y otra vez, hasta que se las supo de memoria. Ese muchacho le amaba y no quería más contrapartida que la que su naturaleza de carne le exigiese y para eso ni siquiera lo quería, también renunciaría a ello si fuese preciso. Su postura estaba clara, pero ¿y él?
Le costó lágrimas y ayunos extraordinarios para los que tuvo el preceptivo permiso del abad del monasterio. Las aguas de su alma estaban ya en calma, podía mirar a su través y ver y verse pero el miedo a lo desconocido le impedía abrir los ojos. Finalmente el silencio obró el milagro y pudo verse y escucharse. Fuera afectos de si mismo, fuera escándalos y cuentos de camino buenos para catequesis de niños de primera comunión. Ese que veía era él y milagrosamente no estaba mal. Si hubiera llegado a verse con los ojos antiguos y ensordecido por el silencio absurdamente atontador del mundo quizá hubiese seguido los pasos de Boni, pero no, la misericordia divina le había querido conducir por el vericueto más complejo hasta conocer la verdad, que siempre estuvo ahí, a su disposición, lo sospechaba, pero la falta de hombría le impedía asumir.
Ahora ya podía reinterpretar aquellos contactos fortuitos con Boni al entrar en clase o al llevarlo de paquete en la moto. Comprender su escándalo y agobio durante la conversación la noche antes del suicidio. La desesperación del ver al ser amado colgando de una cuerda sin poder reconocer la pérdida como algo propio. El no hacer el duelo finalmente que le llevó a vestir luto de por vida haciéndose sacerdote. Efectivamente ya se había convencido de que él quería a Boni tanto o más que Boni le quería a él, por eso se sentía tan a gusto en su presencia, aunque nunca se lo quiso reconocer. Le daba un miedo cerval reconocer que estaba a gusto con su amigo y que no le habría importado vivir con él, eso no estaba bien, no era lo socialmente adecuado y no habría soportado verse señalado como lo era Boni en las conversaciones del patio del Instituto.
Ya lo entendía. No, no tenía vocación de cura. Estaba refugiando su cobardía detrás de los hábitos, pero algo tremendo había ocurrido. Ahora tenía Conocimiento, así con mayúsculas, podía entender el lenguaje de Dios que le repetía alto y claro, “Ahí están tus hermanos, los hay por todos lados, donde tu quieras, ayúdalos. No te pido que seas ministro ni nada, esos son interpretaciones casuísticas de hombres. Tu eres hombre, ayuda a otros hombres y llevarás el Silencio donde tu vayas”.
La noche que pudo llegar a estas conclusiones se acostó reconfortado de saber toda la verdad, de saberse verdadero y no una marioneta, un muñeco en manos de los convencionalismos sociales. En cuanto cerró los ojos se quedó dormido por efecto del cansancio físico proporcionado por el duro trabajo en las tierras. Y el fantasma volvió a aparecer una vez más, pero esta ocasión en lugar de acariciarle la entrepierna y excitarle le acarició la cara y entonces él le acarició la suya y eso fue el gesto que arrastro un como a modo de velo que era lo que ocultaba el rostro a su ya antiguo compañero de sueños. Era Boni el que a su lado envuelto en una extraña luz negra le sonreía con esos grandes ojos. “Quiero que sepas que yo también te he querido siempre, pero la cobardía me impidió demostrártelo”. Su voz sonaba hueca y metálica en el sueño pero tuvo el efecto de trasformar la luz de apariencia negra que iluminaba a Boni en otra blanquísima y brillante. La sonrisa de Boni se amplió y le respondió: “Solo necesitaba que me dijeses esas palabras, ya puede mi espíritu volar a círculos superiores, allí te estaré esperando toda la eternidad”.
La campana de Prima le hizo despertar como al que sale de un coma profundo. Se vio distinto y gozoso, recordaba exactamente las palabras suyas y las de Boni y no existía ya desasosiego. Lo que jornadas atrás  no era más que angustia y sufrimiento se trastocaba ahora en gozo y gloria. En cuanto acabó de celebrar su Eucaristía fue en busca del abad. Su presencia en el monasterio estaba ya de más. Tenía que despedirse de quien le había descubierto el secreto de la Vida con mayúsculas.
El abad le recibió con una sonrisa de satisfacción en los labios, con los brazos abiertos en señal de acogimiento y amor fraterno.
-     No hace falta que me diga nada. Se va ya ¿verdad? No pensé que llegase al final tan pronto. Me alegro. ¿Seguirá de sacerdote, es ese su camino?
Emilio agachó la cabeza; emocionado de la sabiduría del abad.
-     No Reverendo Padre, no. He visto claro. Murió la persona a la que yo tendría que haber ayudado. Ahora todos en el mundo son Boni. Mi vida será entregarme a ellos desde la cercanía, no desde la Jerarquía. No se aún como explicarlo pero se, con absoluta certeza que el Señor me guiará allá donde pueda entregarme a los otros de la mejor manera.
-     No se caerá usted nunca de mis oraciones. Allí donde usted esté estarán mis oraciones para confortarle. Que Dios le acompañe.
Emilio lleno de gozo fue a su celda a recoger sus escasas pertenencias, se quitó el hábito que le había acompañado tantos meses y lo dejó colgado de donde lo recogió. Llevó su maleta a la portería donde el hermano portero, probablemente el más anciano de la comunidad, le esperaba y por vez primera escuchó su voz:
-     Esta vida es muy dura, ya sabía yo que no lo aguantaría, pero no se apure padre, es preciso haberlo mamado de joven para poder llevarlo con resignación.
Emilio le miró con amor sincero y comprensión.
-     Resignación es lo último que se me ocurriría tener y no se crea que me voy con el rabo entre las piernas, me voy muy contento de haber compartido su comida, su trabajo y sobre todo, su tesoro más preciado, El Silencio.
-     Si, eso fue a lo que más trabajo me costó acostumbrarme, pero a todo se hace uno. Ahora no sabría vivir fuera de aquí.

4.10.12

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