Tuve seis hermanas, todas mayores
que yo. Nací siendo el varoncito deseado por toda una institución matriarcal,
en la que mi padre no era sino un monigote sin voz ni voto que terminó
muriendo, siendo niño aún yo, de una cirrosis, ahíto de alcohol en el que
intentaba encontrar la razón de esa sinrazón que consistía en que siendo el
sostén de la familia, o eso se creía él, fuese despreciado por todos o mejor
todas, dependientes de él para su subsistencia, aunque mi madre era la
autentica propietaria del patrimonio, heredado de su padre, el boticario del
pueblo.
Crecí en un autentico gineceo,
sin mas referente de virilidad que la que me ofrecía mi hermana Eutímia, un
perfecto macho con tremendas tetas y bigotón de guardia civil.
Mis hermanas se me disputaron
para llevarme a su cama desde que me destetaron y me acunaban, acurrucaban y
acogían en sus senos cubriéndome de besos, instinto maternal sería. Esto hasta
que con nueve años en uno de esos episodios inocentes para mí y lujuriosos para
ellas, mi hermana Pura, la que al parecer más me quería, abrazándome y
estrechándome contra ella con movimientos bastantes agradables para mi cuerpo,
consiguió que se me despertase de una forma prodigiosa mi colita lo que me
asustó por la dureza que adquirió y los movimientos, tan extraños y acompasados
como los de Pura, que le obligaba a efectuar a mis caderas. De repente Pura
gimió como si tuviese un mal dolor, dio un gritito y se desfalleció.
Inmediatamente, como si saliese de un sueño me rechazó lejos de ella, cuando más
gozaba yo, y saltó de la cama dando gritos.
Yo no entendía nada de lo que
pasaba, y me quedé encogido y cariacontecido por tenerme que dejar ayuno del
placer que estaba descubriendo. En esas estaba cuando una vociferante madre
irrumpió en la habitación y a pescozones me sacó de la cama de mi hermana y sin
darme razón alguna me llevó hasta la mía a ratos de la oreja y a ratos a
collejas mientras me gritaba cosas incomprensibles:
-
Rijoso, sinvergüenza, que calladito lo tenías. Un
guarro como todos los hombres. ¡¿Para que creceréis?!
A pesar de todo, unas cuantas
veces mas, Pura se vino, callandito, a mi cama deslizándose entre las sabanas y
mientras con el dedo llevado a sus labios me suplicaba silencio se me
apretujaba contra mi entrepierna provocándome mareo y tirantez que me volvía
loco y obligaba al acompasamiento con el mecer de Pura.
Una de esas noches mi hermana no
solo se contentó con frotarse contra mi dureza, que cada vez se hacía mas
grande y me daba mas placer, sino que me hurgó en la bragueta del pijama hasta
dar con mi miembro. La noche se iluminó y el techo del dormitorio, donde mi
madre me desterró desde aquel incidente del que no me sentí responsable,
estalló en mil colores haciendo que la punta de la colita se hinchase tanto,
que en uno de los convulsos movimientos a los que la sometía mi hermana, el
pellejo se bajase de tal forma que se quedó atrapado bajo la gordura del
extremo carnoso y enrojecido que al sentirse estrangulado cada vez se engordaba
mas y mas, hasta que donde sentía placer, comencé a experimentar un dolor tan
agudo que a Pura le fue imposible callarme.
A mis gritos acudió todo el
gineceo y entre ayees, chillidos histéricos y miradas envidiosas, que yo las vi
de mas de una de mis hermanas, mi madre me cogió de un puñado y me llevó
corriendo hasta el hospital, que así le llamaban, pero no era mas que un
dispensario de las Hermanas de la
Caridad , donde urgentemente me metieron en la sala de curas y
Sor Clara con bastante destreza y desparpajo me hizo una fimosis de
circunstancias que tuve que agradecer años mas tarde, porque me permitió gozar
a base de bien, aunque el aspecto del pellejo suelto y redundante que años
después tuve que eliminar también dio para toda una aventura, de muy triste
recuerdo para mi. No recuerdo dolor de aquel incidente, solo que sangraba tanto
que llegue a pensar que ahí y de esa forma tan miserable acababan mis días.
Pero no, Sor Clara estaba tan puesta en asuntos de esta calaña que rápidamente
aplicó compresión sin compasión y en cinco minutos la pérdida de sangre no fue más
que un mal recuerdo.
Después de aquello mi madre me
metió en su dormitorio, que no en su cama, y hasta que decidí dar un giro a mi
vida destrocé mis riñones en una cama turca en la que mi madre se empeño que
durmiese para preservarme de la lascivia de las salidas de mis hermanas.
Cuando me cicatrizó la
intervención, me quedó un miembro espantoso, con unos colgajos de pellejo que
me dejaron al aire esa parte tan sensible, que me resultaba difícil hasta caminar
y a las primeras de cambio me crecía el cuerpo por la parte esa que mi madre se
empeñaba en que no era posible enseñar. Cuando a base de enconos y molestias se
me fue insensibilizando la zona y conseguí dejar de sentir dolor, el placer se
comenzó a abrir paso como un niño consigue abrirse a la vida desde el vientre
de su madre, con tremenda dificultad, pero con terca determinación, para
conseguir finalmente triunfar y dar el primer grito de bienvenida a la vida.
Ese grito se tradujo referido a la zona innombrable en un chorreón de fluido
semilíquido que me asustó tanto que corrí a refugiarme en el regazo de mi
madre. A los diez años aún se es muy chico y el susto fue tan grande y la
ausencia de hermanos mayores a los que confiarse tan absoluta, que a sabiendas
que me iba a ganar una soberana guantada no tuve mas remedio que buscar
consuelo en alguien cercano ante lo que consideraba la antesala de mi muerte
por dilución del cerebro tal y como vociferaba el cura en las catequesis de
comunión. El cerebro escurriéndose como meaos por semejante parte;
escalofriante.
Los mayores son raros, pensé,
después de que mi madre me abrazase, me cubriese de besos y me mojase con sus
lagrimones mientras decía entrecortada.
-
Mi niño, mi niño, ya es un hombre, mi hombrecito.
Para a continuación cambiar la
entonación de emocionada a severa, como si hubiese tenido una mala tentación de
humanidad y ser fiel a ella misma y a la imagen que teníamos todos de ella.
-
Pero no hagas más
porquerías de esas, ¿eh?
A continuación me llevó al patio
y en un barreño de zinc en el que vertió agua caliente me fregoteó con cara de
asco hasta dejarme como una patena. Mientras me lavaba y frotaba la entrepierna
mi colita volvía a revivir de forma instantánea. Con ella muy tiesa y la
vergüenza contenida sin saber cual sería la reacción, mi madre no perdió la compostura, fue a la
cocina, volvió con una cuchara de palo de mango largo y sin mediar mas palabra
ni reconvención me atizó un golpe seco en toda la dureza y se obró el milagro
de que se me bajase de repente y de paso me provocó un dolor que me dejó sin
respiración. Nunca volvió mi madre a hacer mención ni a mi se me volvió a
ocurrir comentar ningún pormenor de mis descubrimientos con ella, y así
creciendo en experiencia fui cumpliendo años.
A los catorce años descubrí, por
casualidad, el ingenio de mis hermanas para estar lo mas cerca posible de sus
novios y siempre que podía les espiaba acariciándome cada vez con mas
frecuencia y, ya prevenido, con un pañuelo a mano, pare evitar dejar huellas de
mi virilidad y siempre deseando estar yo en el lugar de los novios. Pero poco a
poco un cambió se fue obrando en mi que no sabría explicar. Cada vez con más
frecuencia observando a las parejas trajinar deseaba verme en el puesto de mis
hermanas porque esa situación me provocaba un escalofrío y un estremecimiento más
profundo que si lo imaginaba al contrario, que también. Era como si me sintiese
aliviado sintiéndome sometido a los dictados de otro hombre, humillado y vejado
que tenía como virtud además que me procuraba un placer más hecho, más
contundente. El asco que me sobrevenía al imaginarme objeto de los embates de
los novios de mis hermanas me relajaba al tiempo, cómo si pagase de esa manera
por un pecado que hubiese cometido del que no tenía noticia. De hecho llegó un
momento que imaginándome ayuntando con cualquiera de mis hermanas sencillamente
se me bajaba y ahí se acababa toda la historia, pero si cambiaba los papeles y
me imaginaba siendo penetrado por cualquiera
de los novios me excitaba al punto de necesitar meterme algún dedo por atrás,
provocándome unos orgasmos de medalla de oro. Todo esto, excuso decir que me
ponía bastante triste, porque algo me decía en mi interior que la metamorfosis
que estaba sufriendo era cuando menos ocultable y detestable si llegase a ser
conocida. Pero no sabía como defenderme de esa tendencia que cada vez era más
fuerte. Llegué a asumirlo como una extravagancia mía que dejaría para siempre
en la sentina de mi memoria y jamás comunicaría a nadie.
Siguieron pasando los meses y yo
continué abonando generosamente con mi líquido suelo y paños, agotándome
cumplidamente con las imágenes de las
parejitas haciendo cada vez mas cosas. Cuando vi a mi hermana Teresa hacerle
una felación a su novio, se me abrieron un montón de posibilidades. Era algo
que alguna vez había fabulado pero no había tomado en serio. En el colegio de
curas al que iba nadie me había comentado nunca esa posibilidad, porque creo
que nadie conocía tanto de sexo como yo, aunque se presumiese permanentemente
de ello. Si tocarse con intenciones libidinosas era ya un pecado horroroso
decir siquiera que pudiera meterse una verga en la boca ocasionaría
directamente la excomunión.
Estaba entusiasmado y al tiempo
escandalizado de que mi cuerpo se enorgulleciera de si mismo cuando mi cabeza
le ofrecía el alimento de las imágenes mas descarriadas. Pero llegó el momento
en que, si bien el roce de una chica me atraía enormemente, mi cuerpo era
incapaz de reaccionar fuese cual fuese el estimulo. Una muchacha de mi calle,
Rogelia se llamaba, de cuyo origen nadie conocía nada pues fue sacada del
posito, reposaba sus ojos en mí de una especial forma que me hacia desearla con
todas mis fuerzas. Acabamos por pasearnos Alameda arriba, Alameda abajo, hasta
que en un alarde de intrepidez y después de rozarle su mano con la mía como el
que en un descuido se come la croqueta del vecino le entrelacé sus dedos lo que
no pasó desapercibido para ningún paseante, y desde ese instante, de esa
peculiar manera quedó consagrada nuestra unión y compromiso a los ojos de la
comunidad. Fue comentado entre mis hermanas que la Rogelia tuvo la poquísima
vergüenza de aceptar mi mano sin ni siquiera propinarme un solo cachetón. De
allí en adelante quedó para los anales en mi casa que esa no era mas que un
zorrón de marca que lo que pretendía era la herencia del niño.
Cada noche, a solas en la cama,
intentaba ejercitar mi imaginación construyendo escenarios en los que Rogelia y
yo nos encontrábamos desnudos haciendo de todo como mis hermanas con sus respectivos,
pero no había forma de conseguir que mi cuerpo saliese de esa especie de
estupor en el que estaba sumido. Una vez que sufría enormemente por no poder
dar justa replica a las ansias de la pobre novia me vi en la tesitura de
pedirle perdón por mi poca hombría dejándola abandonada. En esas estaba cuando,
siempre en mi imaginación, ella se enfureció como un toro con banderillas
negras y me asestó la bofetada más grande que yo hubiera imaginado, al tiempo
que me cargaba con el calificativo de maricon. Y dicho y hecho; mi cuerpo pegó
un brinco, la tirantez fue inmediata y tremenda al punto que me derramé sin tan
siquiera tocarme y con un placer que nunca hasta entonces había conseguido.
Quedé exhausto y temeroso. ¿Qué había ocurrido?, no quería ni aventurar una
explicación de manera que me refugié bajo la cobija y con los ojos como platos
y la respiración entrecortada me di cuenta que volvía a resucitar después del
vaciamiento con solo recordar la sonora cachetada de la Rogelia. Y no pude más
que volver a provocarme el placer mas intenso con la consiguiente polución. El
temor se afianzó en mí y me prometí que al día siguiente sin pasar un minuto
hablaría con el cura en confesión y le pediría consejo.
Primero la mirada anhelada a los
novios y ahora la excitación al humillarme. Era un monstruo y algo tendría que
hacer. Si a mis diecisiete años iba por estos andurriales ¿que no sería de mi a
los veintisiete o los treinta, en que clase de aberración ni imaginada me vería
envuelto?
Iba para la Iglesia, aquella mañana,
pasados ya tres meses largos de la primera vez de la osadía de la mano de
Rogelia, muy enfrascado en la manera mas suave en que podría exponer al cura,
Don Mariano, en que consistían mis desviaciones y que solución podría darles,
cuando Rogelia, que no tenía idea de donde pudo haber salido, me toco el
hombro. Di un respigo, sobresaltado y nada mas verla me puse pálido y sudoroso.
Balbuceé alguna disculpa totalmente azorado a lo que ella contestó con esa
sonrisilla pícara que como nadie sabía poner.
-
¿Te ha asustado mi presencia Pedro?
-
No, verás, es que...
-
Es que qué, ¿te ha molestado que te parase?
-
No, que va... Rogelia, tú sabes que me gustas...
Al tiempo que le cogía las manos
y la empujaba a un portal oscuro ella puso expresión cómplice y se dejó llevar.
En realidad, no quería que nadie que pudiese pasar nos viese juntos, no había
otro propósito, pero se lo tomó como una declaración definitiva de intenciones,
por lo que no solo se dejo hacer sino que harta de tanta dilación por mi parte,
supongo, pasó a la acción ofensiva que concentró en mis partes mas intimas. Me
dejó estupefacto esa decisión pero pensé que quizá de esa manera se me
aclararán muchas ideas y desterraría obsesiones que ya estaban marcándome.
Rogelia ponía todo el interés del
mundo masajeando a través de los pantalones sin que percibiese ninguna
modificación en cuanto a tamaños o consistencias. Yo intentaba con todas mis
fuerzas que Rogelia encontrase justa correspondencia a sus desvelos pero cuanto
mas lo intentaba, menos resultado conseguía. Finalmente, desesperada hurgó en
mi bragueta hasta dar con el trocito de carne floja y misérrima sacándomela de
su acomodo y arrodillándose y sin mas explicación, metiéndosela en la boca
continuando con su arrebato pero sin modificar en sentido alguno la situación.
Dejó esa actividad y levantándose la falda se aplicó a restregar su velloso y
ensortijado sexo contra mi flaccidez, mas desmedrada cada vez, hasta que
jadeante de anhelo comenzó a golpearme con sus puños exigiéndome
entrecortadamente que entrase a sus dominios a depositarle el presente que yo
atesoraba. En vista de que mi cuerpo hacia caso omiso de la invitación para
entrar en el suyo por incapacidad manifiesta para acceder, dada la parálisis
que enarbolaba, llegó un momento en que ella se detuvo y con la cara de rasgos
mas duros y el coraje mas manifiesto me escupió a la cara, para abofetearme a
continuación y espetarme un sonoro maricón y darse la vuelta inmediatamente lo
que le privó de la visión de lo que era un miembro rígido como seguramente
nunca volvería a ver.
Lo que no había sido mas que un
sueño se trasformó en la mas odiosa realidad nunca soñada. ¿Qué me estaba
pasando? Estaba desorientado pero la erección no decaía, y allí mismo, en el
portal dejé la firma del lujurioso. Una vez me hube aliviado me percaté del
peligro al que me había expuesto. Alguien podía haberme descubierto en mis
manejos y el escándalo habría sido mayúsculo, el único nieto varón del
boticario haciendo cochinadas en un portal, la comidilla del pueblo para una buena
temporada. Comprobé que mi bajeza no había sido observada y avergonzado de mi
mismo me encaminé a la Iglesia en busca de Don Mariano.
Entré en el umbroso templo, una
edificación sin merito ni pretensiones en la que Don Mariano ejercía sus
ministerio desde antes que mis padres se casasen. Era bastante mayor y no tenía
idea de por donde iba a salirme cuando le refiriese mis menudas aberraciones.
Estaba el cura acabando las
confesiones y dudaba entre confesarme directamente o hablar de forma más
distendida y cara a cara. Mientras me decidía y no Don Mariano se había
levantado del confesionario y ya marchaba a la sacristía a poner sus libros al
día para hacer después su ronda de enfermos cuando reparó en mi persona. Dado
que no era muy frecuente mi presencia en la Iglesia desde que hice la comunión
se dirigió a mí para preguntarme por esa repentina conversión. Algo había de
ocurrirme.
-
Pedrito, ¿que te trae por el seno de la Iglesia?
Contadas ocasiones has venido por aquí desde que hicieras la primera comunión y
me cansé de decirle a tu madre que te trajese a confirmación, pero nada. ¿Qué
se supone que debo interpretar? Que has superado las herejías del librepensador
de tu abuelo.
La primera intención que tuve fue
salir corriendo. Si aún no había abierto la boca y ya me estaba tirando de las
orejas no quería ni imaginar que ocurriría cuando le dijese a lo que iba. Eché
de menos a mi padre, borracho y todo, o un hermano mayor al que poder
confesarme de manera cómplice, me daba igual que luego de sabidas mis inclinaciones
me rechazasen o apalearan, pero esos eran unos trapos que tal y como estaban de
sucios, o eso creía yo, deberían lavarse de puertas adentro y sin embargo,
debido a las circunstancias, me encontraba abocado a cantarle la traviata con
toda la confusión del mundo a aquel hombre que ya tenía dicho que el hecho de
masturbarse llevaba aparejada la pena de dilución de los sesos sin perjuicio de
los fuegos y tizonazos eternos a cargo del diablo. Pero que le iba a tener que
contar mis penas y angustias de muerte, porque el pensar, desde lo sucedido
hacia escasos minutos con Rogelia, que pudiera pasar otra noche con la
incertidumbre de saberme el monstruo mas grande la creación me provocaría, a
buen seguro, la perdida de la razón.
El cura estaba esperando mi
respuesta que desde el asiento que ocupaba miraba demudado el rostro,
intentando articular palabra con la boca mas seca que una plantación de tunas.
Finalmente haciendo acopio de fuerzas alcancé a mascullar algo con tan mala
fortuna que hizo que el tal Don Mariano se enfadase.
-
Creo..., que,
que tengo..., pecados...
-
Habla mas claro, muchacho. No tengo toda la mañana para
ti, tengo cosas que hacer, lo cual parece que no es tu caso y solo piensas en
perder el tiempo farfullando estupideces y haciendo perder el tiempo a la gente
de bien.
-
Que..., tengo que hablar con usted. Es que..., me
parece que tengo un problema y al no tener a ningún hombre en casa...
-
No serán cosas de porquerías pecaminosas..., no estoy
dispuesto a prestar oídos a tus lubricidades.
-
Por favor, Don Mariano, escúcheme.
Aquel debió ser el día tonto del
cura porque después de cómo había empezado la conversación el que el tal Don
Mariano se aviniese a escucharme era todo un milagro.
Fuimos al huerto trasero de la
casa del cura y allí, entre almendros y morales, nísperos y limoneros le fui
disecando, de la mejor forma posible todo aquello que me ocurría. A cada frase
que avanzaba en el relato me parecía mas mentira que aquel hombre, que
tratándose de cosas relacionadas con el sexo era un basilisco, se mantuviera
tan callado y reservado, escuchando con inusitada atención todo lo que yo
quería contarle. Me fui animando y deje de lado un poco el tono medido y
reservón para aventurarme con alguna palabra que sonaba mas a lenguaje de calle
que aquel otro que se emplea en los confesionarios y ante eso me paró en seco.
-
¡Alto ahí perillan! Que yo te esté escuchando haciendo
acopio de toda la misericordia y caridad que es preciso tener para con los
pecadores no te vaya a confundir y hacer creer que acepto y comparto tus
marranadas. Nada de eso. Mi ministerio me obliga a escuchar de labios de los
pecadores los más horrendos pecados pero a lo que no estoy obligado es a
soportar encima groserías para dar más énfasis a esas…, esas golferías.
-
No era mi intención...
-
Continúa pues.
Termine de exponer mis problemas
para con las mujeres que se resolvían con sevicias de hombre y el párroco quedó
durante buen rato pensativo sin detenerse y sin musitar ni una sola palabra.
Finalmente se detuvo con los brazos cruzados en la espalda, se volvió a mí,
levantó la cabeza y con mirada severa pontificó.
-
Solo tienes una salida, Pedro.
Quedé expectante esperando la
solución a mis problemas. Al parecer el cura había dado con ella lo que
justificaba tan largo silencio después de mi parlamento. Le interrogaba con la
vista esperando, a lo que él, en lugar de responderme me enarcaba las cejas
como diciéndome que cómo no se me ocurría la respuesta, que estaba clarísimo.
Permanecimos así durante unos segundos, yo interrogando y él esperando a que yo
diese con el bálsamo de Fierabrás. Finalmente algo incomodado por mi estolidez
saltó.
-
¿No se te ocurre cual será la solución?, es
sencillísimo.
-
La verdad es que no se me ocurre el que...
-
¡El Seminario!, claro hombre, el Seminario. Vamos a
ver, ¿en que sitio vas tu a estar mejor sin tener que preocuparte de si te
enamoras o no, de si cumples como lo que
ellas esperan de ti o no?, ¡allí hombre!, además como tendrás que ser casto por
voto no encontrarás dificultad alguna, solo tendrás que obedecer y en eso has
de estar entrenado sin lugar a dudas viviendo entre tantas mujeres que tan bien
saben mandar. Dímelo a mí si no que tengo una hermana que los tiene bien
puestos..., ejem, bueno, olvida eso, ha sido una picardía incalificable. El
caso es que la solución a tus cuitas está en el Seminario. En el siglo solo
conseguirás ser un depravado que acabará derruido moralmente y entregado a todo
tipo de vicios nefandos que darán con tu alma en el infierno para regocijo del
diablo y entristecimiento de tu Madre la Virgen María.
La solución que planteaba el cura
me dejó con la boca abierta. Es decir, que debería hacer de la negación de mi
sexualidad, profesión, como el que renuncia al azúcar porque es diabético, no
se puede evitar serlo, es consustancial a uno mismo, se admite que se lleva esa
tara para siempre y se compromete a determinada renuncia para así prologar la
vida un tiempo aceptable. En la lógica de Don Mariano, con estos pensares en
realidad no tenía otra salida, porque mi naturaleza, vino a decir, era
intrínsecamente mala y debía poner barreras a su expresión. Y yo pensaba; si se
supone que estoy hecho a imagen y semejanza de Dios, esta tara que me
acompañará hasta el último suspiro, ¿a quien se la adjudico?, porque Dios no
tendrá esta inclinación entre otras muchas que deba tener. Yo no tenía vocación
de cura y desde luego no me iba a meter en un Seminario para esconder la cabeza
en un hoyo y no ver mi manera de ser, disfrazándola de negro hasta el suelo. No
me sedujo la idea, así de sopetón.
Olvidé aquel absurdo consejo del
cura y me recriminé el haber perdido los nervios y la compostura buscando un
parecer donde debería haberme imaginado que no iba a encontrarlo. Pero, me
dije, si he de ser de esta hechura, así seré. Ni imaginaba hasta que punto iba
a ser difícil mantenerme en mis trece y la razón que acabaría por darle al cura
en su peregrina idea del sacerdocio.
Intenté volver a hablar con
Rogelia pero no conseguí más que desprecio e insultos lo que me ponía por una
parte muy caldeado y con ganas de jarana pero sin poder pasar de ahí y por la
otra triste de no poder continuar una relación que ella no entendería jamás.
Aquel verano mis días
transcurrían a mis diecisiete años en medio de aquella algarabía de mujeres que
se peleaban y reconciliaban varias veces al día y mi madre que las vigilaba de
lejos con ojo severo para que la sangre no llegara al río.
Aquella tarde tórrida de agosto
en que me encontraba acostado en la cama haciendo siesta se coló en mi
habitación colocándose en contraluz perfecto mi hermana Pura. Ella no lo sabía,
o quizá porque lo sabía, pero con la ventana traspasada de rayos de sol
tamizados por los visillos de fino lino, se le recortaba su figura desnuda bajo
el traje camisero, fresco, de hilo, que ella llevaba sin cinturón, “fresquito
mama, no es provocativo, es fresquito, estamos en Agosto”, le respondía a mi
madre cuando la reconvenía por ligera poniéndose esas trasparencias.
Hacía tiempo que Pura no entraba
en mi cuarto y me sobresaltó. La contemplación de su figura desnuda despertó
deseos que mi cuerpo no compartía al parecer, porque la calentura de la cabeza
no suponía ni un solo cambio en el cuerpo, al menos de cintura para abajo. Sin
embargo estaba hipnotizado contemplando las formas redondeadas de mi hermana.
No comprendía como se entregaba a esa provocación pero yo la estaba disfrutando
y sufriendo a un tiempo. Cuando se cansó de estar delante de la cama a
contraluz hizo algo que no me esperaba. Se desabrochó el traje despacio dejando
salir primero sus pechos. Yo empecé agitando la respiración impresionado de la
osadía y sin sentir el más leve movimiento en mí. La miraba muy fijo a los ojos
y ella me sonreía al tiempo que dejaba deslizar la totalidad del traje al suelo
quedándose desnuda al completo para mi exclusivo placer. La boca se me inundó
de saliva y un hilillo de la misma me corrió por la comisura derecha al tener
la boca entreabierta de hipnosis por el cuadro que contemplaba. Me llevé las
manos a mis partes e inicié la ceremonia de amasarme mis genitales por ver si
despertaban de ese horrible sueño, en el que sumidos, me impedían a mi soñar en
otra cosa que no fuese querer que la tierra me tragase.
Después de estar un rato
contoneándose desnuda se acercó a mi cama y se echó a mi lado. Me besaba por
todas partes y me decía que qué mayor estaba y lo mucho que me había echado de
menos todos estos años. Se refregaba con ansía contra mi cuerpo y sobre todo
contra ciertas partes de mi cuerpo que no resucitaban ni así se las llamase
Lázaro. Al cabo de un cuarto de hora de contoneos, refregones y lascivias, Pura
se detuvo, levantó la cabeza y se me quedó mirando muy sería.
-
A que va a ser verdad lo que dice la gente de ti.
Lo decía adusta y desagradable,
con mala sangre, queriendo hacer daño.
-
¿Y que dice la gente de mi?
No lo pudo remediar y levantó la
voz irritada al comprender que no encontraría en mi la replica que aplacase su
calentura.
-
¡¡Que eres maricon, ¿te enteras?, maricón!!
Acompañó el último epíteto con
una sonora bofetada. La mano es la extensión del cerebro. Lo que éste es
incapaz de expresar con palabras lo expresan las manos con gestos y la
irritación contra mi por dejarla ansiosa de desahogo no podía despacharse con
una palabra mas o menos hiriente, era preciso ejemplarizar el insulto dotándole
del movimiento que mi cuerpo se negaba a darle a ella. No se había inventado
aún la palabra que pudiera hacerme mas daño que la mano. Nada mas abofetearme
fuerte e insultarme se levantó de la cama, recogió su traje del suelo y se
marchó sin darme tiempo a decirle, ni a ella espacio para ver, que mi pene se
endurecía hasta doler y explicarle que necesitaba vapuleo y humillación para
poder desarrollar la dureza necesaria de la que ella pudiera servirse a gusto.
A los gritos desesperados e
insultantes de Pura coincidiendo con su portazo que ilustraba el desencanto y
la rabia, apareció mi madre, Mas rabiosa y enconada que la hija. Cómo primera
providencia le arreó un mojicón que la tiró contra la pared al tiempo que le
hacía la pregunta retórica.
-
¿A tu hermano vas a llamar maricón?, ¿a tu hermano?
Porque una pelandusca sin honra ni cuna, que no nos llega a ni a la altura del
tacón quiera vengarse porque él no quiere verla.
Sin parar de darle sopapos por
donde podía no cesaba de preguntar.
-
¿A quien vas a hacer mas caso, eh, a quien, a tu
hermano o a la guarra esa?
Pura era incapaz de articular
palabra y menos para que su madre sospechase lo que había querido cocer con su
hermano. Con un último bofetón dado en los brazos que protegían la cara escupió
la advertencia.
-
¡Que sea la última vez! ¡Que sea la última vez, que
dudas de la hombría de tu hermano!
Entre la bofetada y el insulto
por un lado y los golpes violentos propinados por mi madre a mi hermana, mi
excitación llegó a ser tan insostenible que fueron necesarios escasos gestos de
caricia suave sobre mi miembro para derramarme profusamente sobre mi mismo.
Recuperada la cordura, una vez pasado el enloquecimiento mareante del sexo
degustado, me transpasó el corazón el pánico. Rogelia iba diciendo por ahí que
yo era maricon por no levantárseme aquella mañana en la oscuridad de aquel
portal. Mi madre, incondicional, como no podía ser menos, me defendería hasta
la muerte, pero ya había escuchado el calificativo de Pura, ¿cuántos mas
tendría que soportar?; y para colmo no me consideraba así; yo sabía que no era
así. Ni me gustaba vestirme de mujer, ni jamás quisiera renunciar a mi pene,
ni, ¡que asco!, me apetecería verme en manos de otro hombre. Solo pensar que
otro hombre me pudiera acariciar me levantaba el estomago aunque me excitaba si
me veía maltratado, pero al sustituir en el imaginario a ese hombre nauseabundo
por una mujer no se me mejoraba el tema de la erección si bien gozaba
experimentando imaginativamente el roce de la piel de una mujer sobre mi. Me
ruboricé en la soledad de mi dormitorio nada mas pensar que al salir a la sala
o al comedor, una de mis hermanas o de los conocidos me mirase torcidamente o
cuchichease tras mi paso.
Al aparecer en el comedor sentía
las orejas encendidas como dos carbones al rojo. Sin atreverme a mirar a
ninguna de las que allí se encontraban me dirigí a mi silla y tomé asiento.
Poco a poco fui mirando una por una a cada hermana sorprendiendo en todas algo
que me hacía sospechar que se divertían a mi costa. Las caras de desparpajo,
presunción y rechazo eran evidentes, hasta que Eutímia decidió abrir la veda,
que era la que mas plantaba cara a madre y a la que madre mas temía.
-
Pedro, ¿qué es lo que te ha pasado con la Rogelia, que
no para de levantarte los pies mas altos que la cabeza? ¿Le has hecho algo o es
que has dejado de hacérselo?
La carcajada que todas estaban
deseando soltar se desbordó de una sola vez y recorrió la mesa como una bola de
fuego que me incendió las mejillas. Mi madre, roja pero de furia, al ver la
forma de tratar a su hijo, se puso de pie como impulsada por un resorte y
empujando su silla de brazos hacia atrás con tanta violencia como sus palabras
escupieron insultos por la boca. La silla dio en el suelo con tremendo estrépito acompañándolo de
un hercúleo puñetazo en la mesa que hizo brincar a la vajilla entera.
-
¡¡La última vez, ¿os enteráis?, la última vez!! No voy
a consentir que nadie, nadie, dude de mi hijo. Y si tengo que poneros a todas
de patas en la calle así será, y no me dolerán prendas, ¿habéis escuchado bien,
zorras, lo habéis escuchado? ¡¡Y no voy a consentir ni una palabra más en la
mesa!! Y va por ti también Eutímia, que eres la que más tiene por donde callar.
Se quedó de pie con la cara
demudada de ira esperando impaciente, que una de las hijas le recogiese la silla
del suelo. Fue Pura la que se apresuró a colocarle la silla a su madre y
finalmente pudo sentarse. Se me quedó mirando fijamente con las mandíbulas
encajadas de coraje y en vista de que no le devolvía la mirada se me encaró.
-
¡Y tu!, defiéndete. Con esa actitud lo que haces es
darle la razón a este hatajo de maledicientes, que solo necesitan un tema para
despellejar al que sea mas inocente. Levanta la cara con orgullo y demuéstrales
todo lo hombre que eres para taparles su sucia boca.
Levanté temeroso la cara
iluminada, encendida de dos chapetas rojas como el carmín y miré con ojos
sumisos los altivos de mi madre.
-
¡Endurece esos ojos, que parecen de mazapán! Al final
terminaré por creer lo que se viene diciendo por la calle. Como pille a esa
zorra asquerosa de Rogelia la voy a dejar sin moño.
Intentaba hacer lo que mi madre
decía pero no sabía como hacer para poner esa mirada que ella pretendía que no
fuese blandita. Mis largas pestañas enmarcando los almendrados ojos verdes eran
lo menos adecuado para trasmitir fiereza. Tenía ojos lánguidos, como los de mi
padre, que reflejaban melancolía y decadencia, los labios, encarnados y
carnosos, siempre brillantes de tersura, herencia de mi madre, que reflejaban
la sensualidad que tanto enamoró a mi padre y los pómulos marcados que nadie se
explicó nunca de donde los saqué. Las mejillas ayunas de toda barba no
contribuían en nada a dar el aspecto que mi madre quería que adoptase. No,
realmente mi aspecto no se podía decir que fuese muy arrogante y varonil.
Miraba a Pura que me clavaba sus
ojos en los míos supurando rencor y destilando venganza, y yo era incapaz de
responder a la provocación necesitando bajar la vista para ahogarla en el plato
del potaje que madre acababa de servirme. Las mejillas se me encendían y a
medida que iba sintiendo la presión de la violenta mirada, mas excitado me
encontraba y mas agitada y desasosegada la respiración. Volví a levantar de
forma huidiza la mirada intentando sorprender la de Pura en un descuido y lo
que encontré fue la mirada cínica y la sonrisa esbozada de suficiencia de quien
desprecia, mirada de asco y rechazo. Mi cuerpo reaccionó aún mas
contundentemente a tal punto que me fue imposible soportar la tirantez de la
entrepierna que se revelaba contra la cárcel en la que se le confinaba y me
removí inquieto en el asiento, como si la silla tuviese alfileres. Tal
circunstancia no se le paso por alto a madre que saltó como liebre acosada por
perdiguero.
-
¡¿Y a ti que te pasa ahora?! estate quieto ya de una
vez, que parece que tienes el baile de San Vito.
Me era imposible mantenerme
quieto. La pujante mata de pelo azabachado del pubis se me enroscaba entre la
erección y el prepucio y me cortaba la tierna y sensible carne obligándome a
mantener posturas cambiantes. La requisitoria de mi madre no era de fácil
cumplimiento por lo que opté por levantarme de la mesa y marcharme, a pesar de
las invectivas de madre.
-
¡¿Dónde vas ahora?, ¡Pedro!, vuelve aquí si no
quieres...
Y Pedro ya estaba en el patio
enfilando la calle llorando por la humillación sufrida mientras el cuerpo
disminuía a medida que se alejaba en el tiempo y el espacio de la colección de
hembras que me sometían y me cercenaban mi capacidad de respuesta como la de
cualquier muchacho de mi misma edad.
Corría por la calle empedrada de
chinos gordos entre los que crecía hierba y alojaba las bostas de los borricos
encorajinado de desear una mujer y no poder excitarme si no era a golpe de
humillación. Imaginaba que era atado y sometido por una mujer exigente que me
insultaba y cuando la miraba a la cara invariablemente veía a mi madre, a Pura
o sencillamente no había cara a la que mirar. Cuando la faz de severidad
pasmosa era la de madre, la excitación me llevaba casi al límite y me mareaba
de deseo para enseguida escandalizarme de las ensoñaciones y culparme por la
villanía. Estaba absolutamente convencido de que era un monstruo y que acabaría
consumiéndome en las llamas del infierno tal y como machacaba Don Mariano
cuando nos ilustraba en las homilías dominicales prometiendo los mas acervos
dolores y pesares a todos aquellos que usasen de esa bendición que Dios había
otorgado al hombre para rendirle el servicio de la creación, de forma torticera
y extraviada.
Al final el cura iba a tener
razón, tendría que renunciar a los placeres de la carne consagrándome al
servicio de Dios y su Iglesia. Hacia años que había salido del colegio donde
aprendí a escribir, leer y las cuatro reglas hasta que madre decidió que ya
estaba bien de pamplinas y que donde mejor estaría que en su casa; al fin y al
cabo, era el hombre de la familia y esa figura añorada se dejaba notar en aquel
caserón repleto de mujeres a la greña cada minuto del día y de la noche.
Recordé al Eufrasio cuando regresó aquel verano del Seminario, que qué lastima
de muchacho, tener que ir a morirse de garrotillo, contando la cantidad de
libros que era menester estudiar y la vida tan austera que se llevaba allí, si
bien no faltaba de nada, aunque se pasaba frío entre aquellas paredes tan
vetustas y aquellos techos altos como el cielo.
Poco a poco empecé a tomar
posesión de una nueva imagen de mi mismo que empezaba a formarse en mi cabeza.
Elegante, de negro con el fajín de raso, sin una arruga, la elegante dulleta de
solapas de terciopelo y el bonete perfecto. Me enamoré de la figura y me sentí
importante de aquella guisa. Después de todo, tener que llegar a declararse a
una mujer que necesitaba ser dominado y vejado para poder excitarme era muy
humillante y una novia decente no se prestaría a eso nunca. Caería en manos de
las tunantas y rabizas mas degeneradas hasta que fuese rechazado por la
sociedad toda. Ya me veía tirado en medio de mi vomito al fondo de un oscuro
callejón, muriendo aterido de frío solo, como un perro y olvidado de toda
persona querida o no. Lo decisión fue tomada en un momento. Si, entraría al
Seminario.
Sin dejar pasar más tiempo volví
sobre mis pasos y entré en casa. Estaban terminando la comida en medio de un
silencio imponente, solo roto por el entrechocar de los cubiertos contra la
loza de la vajilla de la Cartuja. Me planté en medio de la puerta y fijé la
mirada en la cara de madre, que con el rostro impenetrable fue levantando la
vista poco a poco con la lentitud y la solemnidad que esgrime una serpiente
antes del ataque final.
-
Ya se te ha acabado la aventura, ¿no? Vamos, siéntate y
come. Después mantendré yo contigo una conversación.
El tono imperativo me hizo
resucitar el cuerpo, pero no me abandoné al placer que me provocaba el
sometimiento a la voluntad femenina. Me quedé donde estaba, tocándome levemente
la bragueta para consolar de manera alguna el anhelo despertado y levantando la
cabeza dije lo que tenía que decir, con firmeza y determinación.
-
Ya lo he decidido.
La pequeña oración, así
enunciada, tuvo la virtud de detener cualquier ruido de cacharros al congelar
el gesto de mis hermanas esperando el resultado de la decisión del niño. Todas,
estaba seguro, como si fuesen partes de un mismo organismo pensaron lo mismo a
la vez. “¿Pero el niño es capaz de decidir algo por si solo?”. Todas las caras
se volvieron expectantes en mi dirección. La cara de madre era a la vez de
sorpresa y de irritación extrema. ¿Tenía derecho el niño a decidir algo por si
mismo?, de cualquier forma era una insolencia la forma de declarar mis
intenciones. Los escasos segundos transcurridos se estiraron hasta hacerse
horas en la percepción de los presentes hasta que madre, sin dejar pasar una
décima de segundo más, chilló desgañitada y fuera de si.
-
¡Venga, arranca!, ¡has decidido, ¿qué?
De pronto, me di cuenta de que
era capaz de provocar interés. Por primera vez me daba cuenta que no era un
mueble mas, que contaba como uno mas entre todas aquellas mujeres. Degusté la
morosidad con que me encontré mandando los “tempos” y dominando la situación.
La sonrisa que esgrimí, mas
pensada que gesticulada, solo fue notada por mi madre a la que se le
transformaron los ojos en dos carbones encendidos de ira en estado neto
instándome de forma tácita y terminante a terminar aquella absurda situación.
-
He hablado con Don Mariano y me voy al Seminario. Voy a
ser cura. Es mi vocación.
Mis hermanas se miraron unas a
otras con gestos de estupor, en aquellas que no profanaron mi cuerpo nunca y de
celos negros en las que añoraban mis prietas y lampiñas carnes tantas veces
consumidas con avidez de alcohólico.
Madre relajó el gesto y
entristeció el semblante. Bajó los ojos y de forma distraída jugueteó con las
natillas del postre. Las miradas de todas las comensales finalmente
convergieron en ella interrogándole sobre el dictamen del atrevimiento del niño
de hacer algo tan radical como convertirse en eunuco por el Reino.
Dejó con meditada delicadeza la
cuchara de las natillas sobre el plato, se secó la boca con la servilleta, la
dobló con cuidado y se levantó clavando una mirada gélida y despiadada en su
hijo, o sea en mi.
-
Espero que lo hayas meditado bien. Sabrás que no hay
vuelta atrás. Si empiezas este camino, cada paso que des, te adentrará en un
infierno con promesa de paraíso, lleno de fieras que te despedazarán en cuanto
bajes la guardia. No es más fácil la vida dentro que fuera. Responde, por
última vez. Jamás volveré a preguntarlo. ¿Lo has pensado bien?
En la pregunta de mi madre había
cierta vibración fina y tenue que denotaba el temor a escuchar lo que no
quería. Todas mis hermanas esperaron con la respiración contenida la
contestación alanceándome con sus ojos.
-
Está pensado, madre, ya soy mayor. Quiero ser cura.
Mi madre se quedó durante un
instante mirando fijamente a su hijo en la intención de que cambiase de
opinión. Cuando comprendió que no cambiaria en mi empecinamiento, bajó la
mirada, suspiró profundamente y con diferente cara volvió a dirigirse a mí.
-
Sea. Cuando recojamos el comedor iremos a ver a Don
Mariano, que nos ilustre sobre los pasos que hay que dar. Espérame en la sala,
en cuanto me peine y me vista de limpio nos vamos.
Me fui a la sala como mi madre me
había ordenado, a esperarla. Me senté en una silla frente al espejo del
aparador y me contemplé. Un escalofrío me recorrió toda la espalda de arriba
abajo. La decisión que había tomado y había enunciado nada tenía que ver con
vocaciones divinas ni nada por el estilo, era solo una huida hacia delante, una
mas entre todas las que tendría que llevar a cabo a lo largo de mi vida. Pero
prefería no adelantar acontecimientos, era mejor esperar y ver. Quizá no fuese
aceptado, y en cualquier caso, de serlo, si la vida del Seminario se me hacia
muy cuesta arriba siempre podría tirar la toalla y regresar, con las orejas
gachas pero, ¿no vivía ya con la humillación adherida a mi alma, sometido a
tantas mujeres?, que mas me podría dar terminar mis días de alfombra, de eunuco
de un harén hosco y antipático. De momento lo principal era ocultar mi
condición sexual que cada vez se volvía más chocante, más irritante y excitante
también. Quién sabe, ¿y si me probaba ese tipo de vida?, podría arrinconar mis
pulsiones hasta olvidarlas y ser feliz y con un poco de suerte a lo mejor hasta
conseguía hacer carrera en la Iglesia llegando a vicario, o a obispo, ¿por qué
no?, madre tenía posibles para postularme y tener un príncipe en la casa,
aunque fuese de la Iglesia, nunca fue un baldón para nadie por muy
librepensador que se fuese.
La puerta de la sala se abrió a
mis espaldas. Me levante de inmediato suponiendo que madre llegaba para
marcharnos a casa de Don Mariano. Pero no, era Pura la que entraba. Me puse a
la defensiva.
-
Ni se te ocurra insultarme. ¿Tu que sabes?
-
De manera que ahora curita. A lo mejor cuando te
tanteen en el Seminario te pones a tono, niño. A buen seguro entre tanto hombre
te sentirás a tus anchas, no te vayas a privar.
Acababa de soltar su mordacidad
cuando apareció madre en la puerta. Pura se puso muy nerviosa y sintió la
necesidad de disculparse.
-
Había venido a despedirme, no te creas...
-
¿Qué es lo que no me tengo que creer?, yo no te he
pedido explicaciones, de forma que algo tendrás que ocultar. Anda, sal de aquí.
Vamos Pedro.
Todo el camino por las desiertas
calles del pueblo a esas horas de la sobremesa no intercambiamos una sola
palabra. Mi madre, Soledad, que no había dicho como se llamaba, caminaba muy
tiesa y yo la seguía a duras penas el paso de largo tranco que llevaba. Iba,
como era natural, vestida de negro de arriba abajo, con un velo, que aunque ya
no se usaba, ella se empeñaba en lucir con su alfiler de perla negra
australiana que heredó de mi abuela. Temía esa actitud que invariablemente
suponía tormenta de las gordas, aunque no comprendía en que podía justificar
armar un dos de Mayo cuando había sido ella la que había decidido ir a hablar
con Don Mariano.
Al llegar a la casa del cura se
detuvo antes de tocar el llamador, se quedó con los labios firmemente sellados
y las mandíbulas apretadas esperando que el tiempo se detuviese o que un
milagro le evitase tener que pasar por apurar aquel cáliz. Transcurrió un corto
lapso de tiempo. Volvió la cara, me miró con ojos tiernos de dolor, suspiró y
golpeó la puerta con el llamador.
Nadie contestaba a los golpes del
llamador y mi madre se impacientaba. Golpeó una vez más pero con la insistencia
insolente del que no tiene espera y sin aguardar mas se volvió a mí.
-
Don Mariano ha debido salir. No contesta. Mañana
volveremos..., y a lo mejor esta noche se te quitan esas ideas de la cabeza.
Coincidiendo con la última
palabra, la puerta gruñó sobre sus goznes y Don Mariano apareció en el umbral.
La cara era de intenso desagrado por la hora a la que le importunaban que debía
ser la de su siesta. En cuanto vio que la que le incomodaba era la hija del
boticario, le cambió el semblante, y aunque con rostro serio le varió el gesto.
-
Muy perentorio ha de ser lo que le trae hasta aquí para
no poder esperar al horario de despacho.
-
Perdone Don Mariano, más que perentorio. Es
incomprensible. No quisiera pensar que usted ha tenido que ver en la decisión
de mi hijo. De la noche a la mañana ha decidido que tiene que ser cura. Usted
dirá que pasos son los que hay dar.
-
El muchacho estuvo consultándome asuntos de conciencia
por la mañana y le aconsejé, como podría haberlo hecho su padre, lo mejor para
su salud espiritual sobre todo. Yo no le obligue, solo le mostré un camino
entre otros que podría elegir avisándole cual sería el mas beneficioso teniendo
en cuenta las tentaciones con las que le torturaría el maligno. En cuanto a los
pasos son muy claros. Le redactaré una nota para el Rector del Diocesano,
compañero mío de estudios, recomendando a Pedro; eso, mas la partida de
bautismo y su certificado de estudios primarios. En la capital encontrará
sastre donde le confeccionarán las sotanas y demás ropa. El resto dependerá de
él.
No será fácil
Pedro, pero con la ayuda del Espíritu Santo y la de Nuestra Madre María
Santísima podrás conseguirlo.
Mi madre se me quedó mirando como
se miraría a un traidor que ha defraudado la palabra dada.
-
Entonces..., ¿estás decidido? Mira bien todo lo que hay
que preparar y que no estamos para caprichos.
Le contesté afirmativamente y
ella con un gesto de impotencia se rindió.
-
Mañana prepararemos para ir a la capital, pasado a
encargarte la ropa y si Don Mariano nos da esa carta de presentación junto con
la partida de bautismo nos llegamos al Seminario a entregar los papeles y a
hacer la solicitud de ingreso.
Volvió la cara a Don Mariano que
humedeció los ojos al ver como con su concurso un alma se consagraba al
Altísimo, y le agradeció sus atenciones.
-
Mañana enviaré a Pedro para recoger esos papeles si
tiene usted a bien redactarlos. Gracias por anticipado Don Mariano.
-
Vayas ustedes con Dios. Pedro, tendrás que confirmarte
antes de ingresar. Lo tendrás que hacer en la capital, aquí se ha pasado la
oportunidad. Y tendrás que confesarte, además no creas que con lo de esta
mañana has cumplido con la confesión general de vida. Para esa necesitarás algo
más de tiempo. Mañana por la tarde te espero para la confesión, no se te vaya a
olvidar. ¡Ah!, y tendrás que empezar a venir por aquí para ayudar y oír misa.
Me abrumó el sentirme presionado
por Don Mariano. De pronto me vi de obligaciones hasta las cejas cuando hasta
ese momento mi única obligación se reducía a procurar no llevar la contraria
a ninguna de las mujeres que me
circundaban como el agua rodea a los peces, de forma exhaustiva. Pero por otra
parte el haber declarado mis intenciones me hacia rehén de mi decisión y me
obligaba así a salir del circulo vicioso de querer y no poder conseguir el amor
de una mujer si antes la mujer no me vejaba, insultaba y despreciaba. Dado que
de esta manera había renunciado a la carne, ese problema, creía yo, quedaba
resuelto. Tenía una ventaja añadida, si mi cuerpo no me acompañaba en mis
concupiscencias, llevaba un trecho del camino de la castidad recorrido, a saber:
el cuerpo nunca me exigiría con urgencia la satisfacción de sus más bajos
instintos y arrancar de la cabeza los malos pensamientos sería harto más
sencillo que si sintiese el aguijón de la carne. Mientras regresábamos a la
frescura de los muros de la casa solariega se me fue pintando una sonrisa de
satisfacción en la cara. Don Mariano era sabio, le había aconsejado muy bien;
no solo conocía las almas, también los cuerpos.
Ese resto de verano transcurrió más
deprisa que otros años. Entre ir a diario a misa, leer vidas de santos que Don
Mariano me prestaba y hacer obras de misericordia según las indicaciones del
cura, los días pasaban fluidos y aburridos salvo por algunas visitas a mi cama
por la noche de alguna de mis hermanas que nunca se lo habían hecho conmigo. Yo
esperaba que tratándose de carne fresca y diferente mi cuerpo reaccionaría sin
mas problemas..., ¡iluso de mi! Se levantaron de mi cama con algo más caliente
que la cabeza, sobre todo la cara encendida de ira por haberse entregado a su
lascivia sin haber podido apagar el fuego que la animaba. Cada vez me miraban
con mas inquina y mi madre que ya estaba de vuelta de casi todo no era ajena a
las miradas airadas con que todas mis hermanas, salvo la Eutímia , por lo que era ya
sabido, me insultaban siempre que tenían oportunidad.
Faltaban dos semanas para que
ingresase definitivamente en el Seminario. Yo había hecho varios viajes con mi
madre a la capital para las pruebas de la sotana, las camisas y los pantalones
y recoger el resto de ropa encargada del ajuar que yo debería llevar para mi
nueva vida. Mi madre había salido a un velatorio con mi hermana Pura y Eutímia
porque Soledad y Pilar ya estaban en la casa del difunto, padre de una amiga.
Me quedé con Belén y Remedios, las dos mas pequeñas.
Fue un asalto en toda regla y yo
me dejé hacer sabiendo que no conseguirían nada. Se afanaron con dedicación de
egiptólogo sin conseguir nada más que calentarse las dos como si se tratase de
las pinzas del herrero. Poco a poco, y yo creo que ni ellas se dieron cuenta,
fueron abandonando mi inútil cuerpo a sus necesidades para centrarse en los
suyos. Cuando se dieron cuenta que estaban a brazo partido, conmigo de
espectador involuntario ya habían llegado demasiado lejos y no había forma de
disimular las lubricidades a las que estaban entregadas. Detuvieron sus
manejos, se miraron, me miraron y se zambulleron en sus cuerpos sin recato
alguno sabiéndose observadas por mi lo que al parecer redobló sus ímpetus de
entrega erótica.
Viéndolas gozar sin freno de sus
cuerpos, escuchando sus gemidos de placer y aceptación del goce sin ambages me
sorprendí despertando mi cuerpo. Mi cuerpo salía de su sopor y reclamaba
atención. Un vértigo me estrujó el estomago y me nubló la vista haciendo que mi
miembro creciese hasta arrancarme gemidos que competían con los de mis
hermanas. Empecé a masturbarme y alargué mi mano izquierda para tocar piel
caliente que satisficiese mi lujuria. Cayó mi mano en la nalga de Belén que fue
como si le hubiese arrimado un tizón candente; dio un grito de desagrado y se
revolvió como una cobra estampándome una sonora bofetada que en lugar de
hacerme enfriar mis deseos consiguió que alcanzase de forma instantánea un
orgasmo realmente remunerador de mi sexo. Mi semen las salpicó a las dos lo que
las interrumpió en sus manejos. Se separaron, me miraron en silencio con
expresión de asco y se marcharon de mi cuarto.
Me quedé atónito por lo sucedido.
Solo me había excitado la contemplación de la voluptuosidad entre dos mujeres y
el orgasmo alcanzado debía su intensidad al castigo recibido. Estaba meridiano
que era un desviado, un degenerado, un pecador sin posible salvación como no
fuera que abrazase la castidad que me iba a exigir mi próxima condición de
Seminarista. Estaba asustado y quería que pasasen los días deprisa para
abandonar aquella casa que acabaría por dar con mis huesos en el infierno de
seguir así. Estaba tan aterrorizado que no sabía si me confesaría con Don
Mariano al día siguiente o esperaría hasta llegar al Seminario donde pudiera
hacerlo realmente de forma anónima. No estaba muy seguro que Don Mariano me
dejase ir al Seminario si se enteraba de lo que acababa de ocurrir. Pero por
otra parte no me encajaba mucho el que yo hiciese reserva de conciencia en este
asunto tan grave y continuase mi relación con Don Mariano como si mi corazón
fuese una luna de escaparate tan trasparente como la del refino de la Cuca. Mal
comienzo iba a tener si empezaba a guardarme cosas. Tendría que confesar al día
siguiente con el párroco, pasase lo que pasase.
A la mañana siguiente ayudé a
misa de siete, como todos los días y al terminar de desvestirse, con la última
oración, Don Mariano se quedó mirándome de forma severa.
-
No has comulgado y encima te has mostrado ausente y
nervioso durante toda la celebración. ¿Se puede saber que te está pasando hoy?
-
Estoy en pecado, padre Mariano.
-
¿Tendrás que confesarte?
-
Si padre. Yo..., no se si podré ingresar..., creo que
soy un degenerado...
-
Bueno, antes de nada, hagamos las cosas bien. Ave María
Purísima. ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas? Ya estamos en confesión.
Continúa.
Aún hoy día en que he pasado por
tantos sucesos de carácter más veces negativo que positivo y que me precio de
poseer un apreciable caudal de experiencia me siguen sorprendiendo los
comportamientos de las personas, máxime cuando a mis diecisiete años era
cualquier cosa, menos experimentado. Yo esperaba que Don Mariano nada mas
contarle, mil veces avergonzado, pero impotente ante la realidad, los devaneos
a medias deseados y a medias impuestos con mis hermanas y la forma tan
extravagante de excitarme, me anatematizaría y cortaría de raíz cualquier
vinculo con mi futuro ingreso en el Seminario. Pero no. Me contempló con cara
condescendiente, sonrió con benevolencia y humedeció los ojos para seguidamente
disculparme, justificarme y animarme a perseverar. Jamás podré comprender como
se puede llegar a cultivar ese grado de hipocresía que permite decir
radicalmente lo contrario de lo que se está determinado a hacer sin ahogarse en
los vómitos biliosos mas amargos.
-
Hijo mío. Parece que eres un elegido de la Sabiduría
divina por eso el Maligno te tortura con esas desviaciones. No te dejes
confundir, no es que esas taras te aparten de la vida religiosa y santa si no
que renunciando a ellas con espíritu heroico y confesándolas al Santo Espíritu
cuando la carne desfallece refuerzas aún más tu voluntad de perseverancia en la
fe y la vocación que Dios en su inmensa misericordia ha querido obsequiarte.
Reza con unción y recogimiento, meditándolos con humildad, los quince misterios
del Santo Rosario y a partir de ahora abstente de carne que abona la
concupiscencia en la que se basa todo pecado y toda perdición. No dejes nunca
de confesar tus faltas y el Señor no te abandonará a ti.
Me dirigí por tanto, después de
recibir la absolución al templo y allí arrodillado en el segundo banco comencé
a rezar el Santo Rosario comenzando por los Misterios Gozosos, para seguir con
los Dolorosos y terminar con lo Gloriosos.
El hecho de utilizar la técnica
de la repetición machacona a la hora de la oración, al estilo de los mantras
tiene por finalidad el liberar la mente de cualquier sombra de idea y dejar que
el espíritu fluya libre hacía esferas de vida y conciencia superiores donde
poder conocerse en la verdadera dimensión, desprovistos de la parafernalia que
proporciona la sociedad hedonista y aterciopelada, que engaña y esclaviza para
hacer de cada uno de nosotros, un engranaje dócil y fiel al servicio de la
maquina completa, sin tener ni arte ni parte en la utilidad que esa maquina
tenga.
Repitiendo avemaría tras avemaría
se me fue quedando en blanco la mente fijando la mirada en la imagen del Cristo
que presidía el retablo del presbiterio. Contemplar la sangre, el castigo y la
postura de huida del dolor tuvo el efecto contrario al deseado. Sentí la
tirantez extrema en la entrepierna al tiempo que una oleada de placer extremo
me invadía empezando desde el estomago hasta estallarme en la boca haciéndome
jadear de gozo físico al que era incapaz de oponerme. Hipnotizado y sin dejar
de recitar la machacona oración comencé a frotarme la dureza de mi cuerpo
experimentando vaharadas de placer imposible de rechazar. Cada vez me
acariciaba con mayor cadencia y sin dejar de rezar pasando cuentas del rosario.
Sin poder apartar los ojos de ese cuerpo castigado y lacerado llegó un momento
en que el clímax me hizo detener la oración y cerrar los ojos por el placer,
sintiéndome empapado de pecado y lujuria. Me sentí asquerosamente sucio.
Estaba desolado. La contemplación del Salvador sometido a
tortura por mis propios pecados provocaba en mí, por mi degeneración, un pecado
aún más repulsivo. Me daba placer ver aquella representación del crudelísimo
suplicio y solo la palabra suplicio hacía que mi cuerpo se recrease hasta límites
de lascivia incomprensibles.
No tenía solución. El pecado
tenía en mis carnes hundidas sus aceradas garras y no tenía yo la impresión de
que fuese a soltar la presa fácilmente. Pero no había marcha atrás, Don
Mariano, que sobradas muestras de sabiduría me tenía dadas, estaba convencido
de que mi camino era el Seminario y ¿quien era yo para ponerlo en duda? Y por
otra parte, ¿jamás podría volver a contemplar la imagen de un crucificado, sin
acabar experimentando mas placer carnal del que nunca hubiera podido imaginar? Sentí en aquella iglesia que mi paso por el
Seminario no solo no iba a ser un camino de rosas sino que sería para mi fuente
inagotable de congojas y sufrimientos, lo que por otra parte producía en mi
cierto cosquilleo desasosegante. La pornografía estaba en mis ojos que
contemplaban e interpretaban, llevaba el pecado adosado a mí como una lapa.
Sin terminar la penitencia
impuesta, me levanté acongojado con la conciencia doblemente sucia por el
aguijonazo del pecado en la carne viva y por no poder cumplir con la sanción impuesta
directamente por el Señor por boca del confesor. Estaba condenado al infierno,
eso era definitivo. Y puesto que eso era así, ¿a qué preocuparse?
Me levanté del banco, salí al
pasillo central e hice la correspondiente genuflexión de reverencia al Santísimo
mientras pensaba en la inutilidad del gesto si mi alma estaba condenada sin
piedad y por toda la eternidad.
Caminando hacia mi casa se me
ocurrió que no sería, a buen seguro, el primer hombre al que aquello pasase y
tampoco el primer sacerdote que cumpliese de forma hueca y herética con su
ministerio. Estaba visto que no era suficiente con la voluntad de ser autentico
y sincero, a veces las circunstancias se confabulaban para ponerte a prueba y
comprobar hasta donde llega la determinación de hacer algo. Me rendí a la
evidencia. Entre quedarme en casa con tanta mujer disputándoseme la entrepierna
y el Seminario en el que lo único que era menester hacer era aparentar ser
bueno y por dentro ser tan podrido como el estomago me permitiese sin vomitar,
tenía que elegir y no era menester dilatar mas la disyuntiva, me iba al
Seminario. Sabía donde encontrar el placer mas extremo y me estimulaba mucho
mas que otra cosa el dejarme a merced de esa tendencia.
16.10.12

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