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martes, 16 de octubre de 2012

L A P E R F E C C I O N I

La Perfección. I



Tuve seis hermanas, todas mayores que yo. Nací siendo el varoncito deseado por toda una institución matriarcal, en la que mi padre no era sino un monigote sin voz ni voto que terminó muriendo, siendo niño aún yo, de una cirrosis, ahíto de alcohol en el que intentaba encontrar la razón de esa sinrazón que consistía en que siendo el sostén de la familia, o eso se creía él, fuese despreciado por todos o mejor todas, dependientes de él para su subsistencia, aunque mi madre era la autentica propietaria del patrimonio, heredado de su padre, el boticario del pueblo.
Crecí en un autentico gineceo, sin mas referente de virilidad que la que me ofrecía mi hermana Eutímia, un perfecto macho con tremendas tetas y bigotón de guardia civil.
Mis hermanas se me disputaron para llevarme a su cama desde que me destetaron y me acunaban, acurrucaban y acogían en sus senos cubriéndome de besos, instinto maternal sería. Esto hasta que con nueve años en uno de esos episodios inocentes para mí y lujuriosos para ellas, mi hermana Pura, la que al parecer más me quería, abrazándome y estrechándome contra ella con movimientos bastantes agradables para mi cuerpo, consiguió que se me despertase de una forma prodigiosa mi colita lo que me asustó por la dureza que adquirió y los movimientos, tan extraños y acompasados como los de Pura, que le obligaba a efectuar a mis caderas. De repente Pura gimió como si tuviese un mal dolor, dio un gritito y se desfalleció. Inmediatamente, como si saliese de un sueño me rechazó lejos de ella, cuando más gozaba yo, y saltó de la cama dando gritos.
Yo no entendía nada de lo que pasaba, y me quedé encogido y cariacontecido por tenerme que dejar ayuno del placer que estaba descubriendo. En esas estaba cuando una vociferante madre irrumpió en la habitación y a pescozones me sacó de la cama de mi hermana y sin darme razón alguna me llevó hasta la mía a ratos de la oreja y a ratos a collejas mientras me gritaba cosas incomprensibles:
-          Rijoso, sinvergüenza, que calladito lo tenías. Un guarro como todos los hombres. ¡¿Para que creceréis?!
A pesar de todo, unas cuantas veces mas, Pura se vino, callandito, a mi cama deslizándose entre las sabanas y mientras con el dedo llevado a sus labios me suplicaba silencio se me apretujaba contra mi entrepierna provocándome mareo y tirantez que me volvía loco y obligaba al acompasamiento con el mecer de Pura.
Una de esas noches mi hermana no solo se contentó con frotarse contra mi dureza, que cada vez se hacía mas grande y me daba mas placer, sino que me hurgó en la bragueta del pijama hasta dar con mi miembro. La noche se iluminó y el techo del dormitorio, donde mi madre me desterró desde aquel incidente del que no me sentí responsable, estalló en mil colores haciendo que la punta de la colita se hinchase tanto, que en uno de los convulsos movimientos a los que la sometía mi hermana, el pellejo se bajase de tal forma que se quedó atrapado bajo la gordura del extremo carnoso y enrojecido que al sentirse estrangulado cada vez se engordaba mas y mas, hasta que donde sentía placer, comencé a experimentar un dolor tan agudo que a Pura le fue imposible callarme.
A mis gritos acudió todo el gineceo y entre ayees, chillidos histéricos y miradas envidiosas, que yo las vi de mas de una de mis hermanas, mi madre me cogió de un puñado y me llevó corriendo hasta el hospital, que así le llamaban, pero no era mas que un dispensario de las Hermanas de la Caridad, donde urgentemente me metieron en la sala de curas y Sor Clara con bastante destreza y desparpajo me hizo una fimosis de circunstancias que tuve que agradecer años mas tarde, porque me permitió gozar a base de bien, aunque el aspecto del pellejo suelto y redundante que años después tuve que eliminar también dio para toda una aventura, de muy triste recuerdo para mi. No recuerdo dolor de aquel incidente, solo que sangraba tanto que llegue a pensar que ahí y de esa forma tan miserable acababan mis días. Pero no, Sor Clara estaba tan puesta en asuntos de esta calaña que rápidamente aplicó compresión sin compasión y en cinco minutos la pérdida de sangre no fue más que un mal recuerdo.
Después de aquello mi madre me metió en su dormitorio, que no en su cama, y hasta que decidí dar un giro a mi vida destrocé mis riñones en una cama turca en la que mi madre se empeño que durmiese para preservarme de la lascivia de las salidas de mis hermanas.
Cuando me cicatrizó la intervención, me quedó un miembro espantoso, con unos colgajos de pellejo que me dejaron al aire esa parte tan sensible, que me resultaba difícil hasta caminar y a las primeras de cambio me crecía el cuerpo por la parte esa que mi madre se empeñaba en que no era posible enseñar. Cuando a base de enconos y molestias se me fue insensibilizando la zona y conseguí dejar de sentir dolor, el placer se comenzó a abrir paso como un niño consigue abrirse a la vida desde el vientre de su madre, con tremenda dificultad, pero con terca determinación, para conseguir finalmente triunfar y dar el primer grito de bienvenida a la vida. Ese grito se tradujo referido a la zona innombrable en un chorreón de fluido semilíquido que me asustó tanto que corrí a refugiarme en el regazo de mi madre. A los diez años aún se es muy chico y el susto fue tan grande y la ausencia de hermanos mayores a los que confiarse tan absoluta, que a sabiendas que me iba a ganar una soberana guantada no tuve mas remedio que buscar consuelo en alguien cercano ante lo que consideraba la antesala de mi muerte por dilución del cerebro tal y como vociferaba el cura en las catequesis de comunión. El cerebro escurriéndose como meaos por semejante parte; escalofriante.
Los mayores son raros, pensé, después de que mi madre me abrazase, me cubriese de besos y me mojase con sus lagrimones mientras decía entrecortada.
-          Mi niño, mi niño, ya es un hombre, mi hombrecito.
Para a continuación cambiar la entonación de emocionada a severa, como si hubiese tenido una mala tentación de humanidad y ser fiel a ella misma y a la imagen que teníamos todos de ella.
-           Pero no hagas más porquerías de esas, ¿eh?
A continuación me llevó al patio y en un barreño de zinc en el que vertió agua caliente me fregoteó con cara de asco hasta dejarme como una patena. Mientras me lavaba y frotaba la entrepierna mi colita volvía a revivir de forma instantánea. Con ella muy tiesa y la vergüenza contenida sin saber cual sería la reacción,  mi madre no perdió la compostura, fue a la cocina, volvió con una cuchara de palo de mango largo y sin mediar mas palabra ni reconvención me atizó un golpe seco en toda la dureza y se obró el milagro de que se me bajase de repente y de paso me provocó un dolor que me dejó sin respiración. Nunca volvió mi madre a hacer mención ni a mi se me volvió a ocurrir comentar ningún pormenor de mis descubrimientos con ella, y así creciendo en experiencia fui cumpliendo años.
A los catorce años descubrí, por casualidad, el ingenio de mis hermanas para estar lo mas cerca posible de sus novios y siempre que podía les espiaba acariciándome cada vez con mas frecuencia y, ya prevenido, con un pañuelo a mano, pare evitar dejar huellas de mi virilidad y siempre deseando estar yo en el lugar de los novios. Pero poco a poco un cambió se fue obrando en mi que no sabría explicar. Cada vez con más frecuencia observando a las parejas trajinar deseaba verme en el puesto de mis hermanas porque esa situación me provocaba un escalofrío y un estremecimiento más profundo que si lo imaginaba al contrario, que también. Era como si me sintiese aliviado sintiéndome sometido a los dictados de otro hombre, humillado y vejado que tenía como virtud además que me procuraba un placer más hecho, más contundente. El asco que me sobrevenía al imaginarme objeto de los embates de los novios de mis hermanas me relajaba al tiempo, cómo si pagase de esa manera por un pecado que hubiese cometido del que no tenía noticia. De hecho llegó un momento que imaginándome ayuntando con cualquiera de mis hermanas sencillamente se me bajaba y ahí se acababa toda la historia, pero si cambiaba los papeles y me imaginaba siendo  penetrado por cualquiera de los novios me excitaba al punto de necesitar meterme algún dedo por atrás, provocándome unos orgasmos de medalla de oro. Todo esto, excuso decir que me ponía bastante triste, porque algo me decía en mi interior que la metamorfosis que estaba sufriendo era cuando menos ocultable y detestable si llegase a ser conocida. Pero no sabía como defenderme de esa tendencia que cada vez era más fuerte. Llegué a asumirlo como una extravagancia mía que dejaría para siempre en la sentina de mi memoria y jamás comunicaría a nadie.
Siguieron pasando los meses y yo continué abonando generosamente con mi líquido suelo y paños, agotándome cumplidamente  con las imágenes de las parejitas haciendo cada vez mas cosas. Cuando vi a mi hermana Teresa hacerle una felación a su novio, se me abrieron un montón de posibilidades. Era algo que alguna vez había fabulado pero no había tomado en serio. En el colegio de curas al que iba nadie me había comentado nunca esa posibilidad, porque creo que nadie conocía tanto de sexo como yo, aunque se presumiese permanentemente de ello. Si tocarse con intenciones libidinosas era ya un pecado horroroso decir siquiera que pudiera meterse una verga en la boca ocasionaría directamente la excomunión.
Estaba entusiasmado y al tiempo escandalizado de que mi cuerpo se enorgulleciera de si mismo cuando mi cabeza le ofrecía el alimento de las imágenes mas descarriadas. Pero llegó el momento en que, si bien el roce de una chica me atraía enormemente, mi cuerpo era incapaz de reaccionar fuese cual fuese el estimulo. Una muchacha de mi calle, Rogelia se llamaba, de cuyo origen nadie conocía nada pues fue sacada del posito, reposaba sus ojos en mí de una especial forma que me hacia desearla con todas mis fuerzas. Acabamos por pasearnos Alameda arriba, Alameda abajo, hasta que en un alarde de intrepidez y después de rozarle su mano con la mía como el que en un descuido se come la croqueta del vecino le entrelacé sus dedos lo que no pasó desapercibido para ningún paseante, y desde ese instante, de esa peculiar manera quedó consagrada nuestra unión y compromiso a los ojos de la comunidad. Fue comentado entre mis hermanas que la Rogelia tuvo la poquísima vergüenza de aceptar mi mano sin ni siquiera propinarme un solo cachetón. De allí en adelante quedó para los anales en mi casa que esa no era mas que un zorrón de marca que lo que pretendía era la herencia del niño.
Cada noche, a solas en la cama, intentaba ejercitar mi imaginación construyendo escenarios en los que Rogelia y yo nos encontrábamos desnudos haciendo de todo como mis hermanas con sus respectivos, pero no había forma de conseguir que mi cuerpo saliese de esa especie de estupor en el que estaba sumido. Una vez que sufría enormemente por no poder dar justa replica a las ansias de la pobre novia me vi en la tesitura de pedirle perdón por mi poca hombría dejándola abandonada. En esas estaba cuando, siempre en mi imaginación, ella se enfureció como un toro con banderillas negras y me asestó la bofetada más grande que yo hubiera imaginado, al tiempo que me cargaba con el calificativo de maricon. Y dicho y hecho; mi cuerpo pegó un brinco, la tirantez fue inmediata y tremenda al punto que me derramé sin tan siquiera tocarme y con un placer que nunca hasta entonces había conseguido. Quedé exhausto y temeroso. ¿Qué había ocurrido?, no quería ni aventurar una explicación de manera que me refugié bajo la cobija y con los ojos como platos y la respiración entrecortada me di cuenta que volvía a resucitar después del vaciamiento con solo recordar la sonora cachetada de la Rogelia. Y no pude más que volver a provocarme el placer mas intenso con la consiguiente polución. El temor se afianzó en mí y me prometí que al día siguiente sin pasar un minuto hablaría con el cura en confesión y le pediría consejo.
Primero la mirada anhelada a los novios y ahora la excitación al humillarme. Era un monstruo y algo tendría que hacer. Si a mis diecisiete años iba por estos andurriales ¿que no sería de mi a los veintisiete o los treinta, en que clase de aberración ni imaginada me vería envuelto?
Iba para la Iglesia, aquella mañana, pasados ya tres meses largos de la primera vez de la osadía de la mano de Rogelia, muy enfrascado en la manera mas suave en que podría exponer al cura, Don Mariano, en que consistían mis desviaciones y que solución podría darles, cuando Rogelia, que no tenía idea de donde pudo haber salido, me toco el hombro. Di un respigo, sobresaltado y nada mas verla me puse pálido y sudoroso. Balbuceé alguna disculpa totalmente azorado a lo que ella contestó con esa sonrisilla pícara que como nadie sabía poner.
-          ¿Te ha asustado mi presencia Pedro?
-          No, verás, es que...
-          Es que qué, ¿te ha molestado que te parase?
-          No, que va... Rogelia, tú sabes que me gustas...
Al tiempo que le cogía las manos y la empujaba a un portal oscuro ella puso expresión cómplice y se dejó llevar. En realidad, no quería que nadie que pudiese pasar nos viese juntos, no había otro propósito, pero se lo tomó como una declaración definitiva de intenciones, por lo que no solo se dejo hacer sino que harta de tanta dilación por mi parte, supongo, pasó a la acción ofensiva que concentró en mis partes mas intimas. Me dejó estupefacto esa decisión pero pensé que quizá de esa manera se me aclararán muchas ideas y desterraría obsesiones que ya estaban marcándome.
Rogelia ponía todo el interés del mundo masajeando a través de los pantalones sin que percibiese ninguna modificación en cuanto a tamaños o consistencias. Yo intentaba con todas mis fuerzas que Rogelia encontrase justa correspondencia a sus desvelos pero cuanto mas lo intentaba, menos resultado conseguía. Finalmente, desesperada hurgó en mi bragueta hasta dar con el trocito de carne floja y misérrima sacándomela de su acomodo y arrodillándose y sin mas explicación, metiéndosela en la boca continuando con su arrebato pero sin modificar en sentido alguno la situación. Dejó esa actividad y levantándose la falda se aplicó a restregar su velloso y ensortijado sexo contra mi flaccidez, mas desmedrada cada vez, hasta que jadeante de anhelo comenzó a golpearme con sus puños exigiéndome entrecortadamente que entrase a sus dominios a depositarle el presente que yo atesoraba. En vista de que mi cuerpo hacia caso omiso de la invitación para entrar en el suyo por incapacidad manifiesta para acceder, dada la parálisis que enarbolaba, llegó un momento en que ella se detuvo y con la cara de rasgos mas duros y el coraje mas manifiesto me escupió a la cara, para abofetearme a continuación y espetarme un sonoro maricón y darse la vuelta inmediatamente lo que le privó de la visión de lo que era un miembro rígido como seguramente nunca volvería a ver.
Lo que no había sido mas que un sueño se trasformó en la mas odiosa realidad nunca soñada. ¿Qué me estaba pasando? Estaba desorientado pero la erección no decaía, y allí mismo, en el portal dejé la firma del lujurioso. Una vez me hube aliviado me percaté del peligro al que me había expuesto. Alguien podía haberme descubierto en mis manejos y el escándalo habría sido mayúsculo, el único nieto varón del boticario haciendo cochinadas en un portal, la comidilla del pueblo para una buena temporada. Comprobé que mi bajeza no había sido observada y avergonzado de mi mismo me encaminé a la Iglesia en busca de Don Mariano.
Entré en el umbroso templo, una edificación sin merito ni pretensiones en la que Don Mariano ejercía sus ministerio desde antes que mis padres se casasen. Era bastante mayor y no tenía idea de por donde iba a salirme cuando le refiriese mis menudas aberraciones.
Estaba el cura acabando las confesiones y dudaba entre confesarme directamente o hablar de forma más distendida y cara a cara. Mientras me decidía y no Don Mariano se había levantado del confesionario y ya marchaba a la sacristía a poner sus libros al día para hacer después su ronda de enfermos cuando reparó en mi persona. Dado que no era muy frecuente mi presencia en la Iglesia desde que hice la comunión se dirigió a mí para preguntarme por esa repentina conversión. Algo había de ocurrirme.
-          Pedrito, ¿que te trae por el seno de la Iglesia? Contadas ocasiones has venido por aquí desde que hicieras la primera comunión y me cansé de decirle a tu madre que te trajese a confirmación, pero nada. ¿Qué se supone que debo interpretar? Que has superado las herejías del librepensador de tu abuelo.
La primera intención que tuve fue salir corriendo. Si aún no había abierto la boca y ya me estaba tirando de las orejas no quería ni imaginar que ocurriría cuando le dijese a lo que iba. Eché de menos a mi padre, borracho y todo, o un hermano mayor al que poder confesarme de manera cómplice, me daba igual que luego de sabidas mis inclinaciones me rechazasen o apalearan, pero esos eran unos trapos que tal y como estaban de sucios, o eso creía yo, deberían lavarse de puertas adentro y sin embargo, debido a las circunstancias, me encontraba abocado a cantarle la traviata con toda la confusión del mundo a aquel hombre que ya tenía dicho que el hecho de masturbarse llevaba aparejada la pena de dilución de los sesos sin perjuicio de los fuegos y tizonazos eternos a cargo del diablo. Pero que le iba a tener que contar mis penas y angustias de muerte, porque el pensar, desde lo sucedido hacia escasos minutos con Rogelia, que pudiera pasar otra noche con la incertidumbre de saberme el monstruo mas grande la creación me provocaría, a buen seguro, la perdida de la razón.
El cura estaba esperando mi respuesta que desde el asiento que ocupaba miraba demudado el rostro, intentando articular palabra con la boca mas seca que una plantación de tunas. Finalmente haciendo acopio de fuerzas alcancé a mascullar algo con tan mala fortuna que hizo que el tal Don Mariano se enfadase.
-          Creo..., que,  que tengo...,  pecados...
-          Habla mas claro, muchacho. No tengo toda la mañana para ti, tengo cosas que hacer, lo cual parece que no es tu caso y solo piensas en perder el tiempo farfullando estupideces y haciendo perder el tiempo a la gente de bien.
-          Que..., tengo que hablar con usted. Es que..., me parece que tengo un problema y al no tener a ningún hombre en casa...
-          No serán cosas de porquerías pecaminosas..., no estoy dispuesto a prestar oídos a tus lubricidades.
-          Por favor, Don Mariano, escúcheme.
Aquel debió ser el día tonto del cura porque después de cómo había empezado la conversación el que el tal Don Mariano se aviniese a escucharme era todo un milagro.
Fuimos al huerto trasero de la casa del cura y allí, entre almendros y morales, nísperos y limoneros le fui disecando, de la mejor forma posible todo aquello que me ocurría. A cada frase que avanzaba en el relato me parecía mas mentira que aquel hombre, que tratándose de cosas relacionadas con el sexo era un basilisco, se mantuviera tan callado y reservado, escuchando con inusitada atención todo lo que yo quería contarle. Me fui animando y deje de lado un poco el tono medido y reservón para aventurarme con alguna palabra que sonaba mas a lenguaje de calle que aquel otro que se emplea en los confesionarios y ante eso me paró en seco.
-          ¡Alto ahí perillan! Que yo te esté escuchando haciendo acopio de toda la misericordia y caridad que es preciso tener para con los pecadores no te vaya a confundir y hacer creer que acepto y comparto tus marranadas. Nada de eso. Mi ministerio me obliga a escuchar de labios de los pecadores los más horrendos pecados pero a lo que no estoy obligado es a soportar encima groserías para dar más énfasis a esas…, esas golferías.
-          No era mi intención...
-          Continúa pues.
Termine de exponer mis problemas para con las mujeres que se resolvían con sevicias de hombre y el párroco quedó durante buen rato pensativo sin detenerse y sin musitar ni una sola palabra. Finalmente se detuvo con los brazos cruzados en la espalda, se volvió a mí, levantó la cabeza y con mirada severa pontificó.
-          Solo tienes una salida, Pedro.
Quedé expectante esperando la solución a mis problemas. Al parecer el cura había dado con ella lo que justificaba tan largo silencio después de mi parlamento. Le interrogaba con la vista esperando, a lo que él, en lugar de responderme me enarcaba las cejas como diciéndome que cómo no se me ocurría la respuesta, que estaba clarísimo. Permanecimos así durante unos segundos, yo interrogando y él esperando a que yo diese con el bálsamo de Fierabrás. Finalmente algo incomodado por mi estolidez saltó.
-          ¿No se te ocurre cual será la solución?, es sencillísimo.
-          La verdad es que no se me ocurre el que...
-          ¡El Seminario!, claro hombre, el Seminario. Vamos a ver, ¿en que sitio vas tu a estar mejor sin tener que preocuparte de si te enamoras  o no, de si cumples como lo que ellas esperan de ti o no?, ¡allí hombre!, además como tendrás que ser casto por voto no encontrarás dificultad alguna, solo tendrás que obedecer y en eso has de estar entrenado sin lugar a dudas viviendo entre tantas mujeres que tan bien saben mandar. Dímelo a mí si no que tengo una hermana que los tiene bien puestos..., ejem, bueno, olvida eso, ha sido una picardía incalificable. El caso es que la solución a tus cuitas está en el Seminario. En el siglo solo conseguirás ser un depravado que acabará derruido moralmente y entregado a todo tipo de vicios nefandos que darán con tu alma en el infierno para regocijo del diablo y entristecimiento de tu Madre la Virgen María.
La solución que planteaba el cura me dejó con la boca abierta. Es decir, que debería hacer de la negación de mi sexualidad, profesión, como el que renuncia al azúcar porque es diabético, no se puede evitar serlo, es consustancial a uno mismo, se admite que se lleva esa tara para siempre y se compromete a determinada renuncia para así prologar la vida un tiempo aceptable. En la lógica de Don Mariano, con estos pensares en realidad no tenía otra salida, porque mi naturaleza, vino a decir, era intrínsecamente mala y debía poner barreras a su expresión. Y yo pensaba; si se supone que estoy hecho a imagen y semejanza de Dios, esta tara que me acompañará hasta el último suspiro, ¿a quien se la adjudico?, porque Dios no tendrá esta inclinación entre otras muchas que deba tener. Yo no tenía vocación de cura y desde luego no me iba a meter en un Seminario para esconder la cabeza en un hoyo y no ver mi manera de ser, disfrazándola de negro hasta el suelo. No me sedujo la idea, así de sopetón.
Olvidé aquel absurdo consejo del cura y me recriminé el haber perdido los nervios y la compostura buscando un parecer donde debería haberme imaginado que no iba a encontrarlo. Pero, me dije, si he de ser de esta hechura, así seré. Ni imaginaba hasta que punto iba a ser difícil mantenerme en mis trece y la razón que acabaría por darle al cura en su peregrina idea del sacerdocio.
Intenté volver a hablar con Rogelia pero no conseguí más que desprecio e insultos lo que me ponía por una parte muy caldeado y con ganas de jarana pero sin poder pasar de ahí y por la otra triste de no poder continuar una relación que ella no entendería jamás.
Aquel verano mis días transcurrían a mis diecisiete años en medio de aquella algarabía de mujeres que se peleaban y reconciliaban varias veces al día y mi madre que las vigilaba de lejos con ojo severo para que la sangre no llegara al río.
Aquella tarde tórrida de agosto en que me encontraba acostado en la cama haciendo siesta se coló en mi habitación colocándose en contraluz perfecto mi hermana Pura. Ella no lo sabía, o quizá porque lo sabía, pero con la ventana traspasada de rayos de sol tamizados por los visillos de fino lino, se le recortaba su figura desnuda bajo el traje camisero, fresco, de hilo, que ella llevaba sin cinturón, “fresquito mama, no es provocativo, es fresquito, estamos en Agosto”, le respondía a mi madre cuando la reconvenía por ligera poniéndose esas trasparencias.
Hacía tiempo que Pura no entraba en mi cuarto y me sobresaltó. La contemplación de su figura desnuda despertó deseos que mi cuerpo no compartía al parecer, porque la calentura de la cabeza no suponía ni un solo cambio en el cuerpo, al menos de cintura para abajo. Sin embargo estaba hipnotizado contemplando las formas redondeadas de mi hermana. No comprendía como se entregaba a esa provocación pero yo la estaba disfrutando y sufriendo a un tiempo. Cuando se cansó de estar delante de la cama a contraluz hizo algo que no me esperaba. Se desabrochó el traje despacio dejando salir primero sus pechos. Yo empecé agitando la respiración impresionado de la osadía y sin sentir el más leve movimiento en mí. La miraba muy fijo a los ojos y ella me sonreía al tiempo que dejaba deslizar la totalidad del traje al suelo quedándose desnuda al completo para mi exclusivo placer. La boca se me inundó de saliva y un hilillo de la misma me corrió por la comisura derecha al tener la boca entreabierta de hipnosis por el cuadro que contemplaba. Me llevé las manos a mis partes e inicié la ceremonia de amasarme mis genitales por ver si despertaban de ese horrible sueño, en el que sumidos, me impedían a mi soñar en otra cosa que no fuese querer que la tierra me tragase.
Después de estar un rato contoneándose desnuda se acercó a mi cama y se echó a mi lado. Me besaba por todas partes y me decía que qué mayor estaba y lo mucho que me había echado de menos todos estos años. Se refregaba con ansía contra mi cuerpo y sobre todo contra ciertas partes de mi cuerpo que no resucitaban ni así se las llamase Lázaro. Al cabo de un cuarto de hora de contoneos, refregones y lascivias, Pura se detuvo, levantó la cabeza y se me quedó mirando muy sería.
-          A que va a ser verdad lo que dice la gente de ti.
Lo decía adusta y desagradable, con mala sangre, queriendo hacer daño.
-          ¿Y que dice la gente de mi?
No lo pudo remediar y levantó la voz irritada al comprender que no encontraría en mi la replica que aplacase su calentura.
-          ¡¡Que eres maricon, ¿te enteras?, maricón!!
Acompañó el último epíteto con una sonora bofetada. La mano es la extensión del cerebro. Lo que éste es incapaz de expresar con palabras lo expresan las manos con gestos y la irritación contra mi por dejarla ansiosa de desahogo no podía despacharse con una palabra mas o menos hiriente, era preciso ejemplarizar el insulto dotándole del movimiento que mi cuerpo se negaba a darle a ella. No se había inventado aún la palabra que pudiera hacerme mas daño que la mano. Nada mas abofetearme fuerte e insultarme se levantó de la cama, recogió su traje del suelo y se marchó sin darme tiempo a decirle, ni a ella espacio para ver, que mi pene se endurecía hasta doler y explicarle que necesitaba vapuleo y humillación para poder desarrollar la dureza necesaria de la que ella pudiera servirse a gusto.
A los gritos desesperados e insultantes de Pura coincidiendo con su portazo que ilustraba el desencanto y la rabia, apareció mi madre, Mas rabiosa y enconada que la hija. Cómo primera providencia le arreó un mojicón que la tiró contra la pared al tiempo que le hacía la pregunta retórica.
-          ¿A tu hermano vas a llamar maricón?, ¿a tu hermano? Porque una pelandusca sin honra ni cuna, que no nos llega a ni a la altura del tacón quiera vengarse porque él no quiere verla.
Sin parar de darle sopapos por donde podía no cesaba de preguntar.
-          ¿A quien vas a hacer mas caso, eh, a quien, a tu hermano o a la guarra esa?
Pura era incapaz de articular palabra y menos para que su madre sospechase lo que había querido cocer con su hermano. Con un último bofetón dado en los brazos que protegían la cara escupió la advertencia.
-          ¡Que sea la última vez! ¡Que sea la última vez, que dudas de la hombría de tu hermano!
Entre la bofetada y el insulto por un lado y los golpes violentos propinados por mi madre a mi hermana, mi excitación llegó a ser tan insostenible que fueron necesarios escasos gestos de caricia suave sobre mi miembro para derramarme profusamente sobre mi mismo. Recuperada la cordura, una vez pasado el enloquecimiento mareante del sexo degustado, me transpasó el corazón el pánico. Rogelia iba diciendo por ahí que yo era maricon por no levantárseme aquella mañana en la oscuridad de aquel portal. Mi madre, incondicional, como no podía ser menos, me defendería hasta la muerte, pero ya había escuchado el calificativo de Pura, ¿cuántos mas tendría que soportar?; y para colmo no me consideraba así; yo sabía que no era así. Ni me gustaba vestirme de mujer, ni jamás quisiera renunciar a mi pene, ni, ¡que asco!, me apetecería verme en manos de otro hombre. Solo pensar que otro hombre me pudiera acariciar me levantaba el estomago aunque me excitaba si me veía maltratado, pero al sustituir en el imaginario a ese hombre nauseabundo por una mujer no se me mejoraba el tema de la erección si bien gozaba experimentando imaginativamente el roce de la piel de una mujer sobre mi. Me ruboricé en la soledad de mi dormitorio nada mas pensar que al salir a la sala o al comedor, una de mis hermanas o de los conocidos me mirase torcidamente o cuchichease tras mi paso.
Al aparecer en el comedor sentía las orejas encendidas como dos carbones al rojo. Sin atreverme a mirar a ninguna de las que allí se encontraban me dirigí a mi silla y tomé asiento. Poco a poco fui mirando una por una a cada hermana sorprendiendo en todas algo que me hacía sospechar que se divertían a mi costa. Las caras de desparpajo, presunción y rechazo eran evidentes, hasta que Eutímia decidió abrir la veda, que era la que mas plantaba cara a madre y a la que madre mas temía.
-          Pedro, ¿qué es lo que te ha pasado con la Rogelia, que no para de levantarte los pies mas altos que la cabeza? ¿Le has hecho algo o es que has dejado de hacérselo?
La carcajada que todas estaban deseando soltar se desbordó de una sola vez y recorrió la mesa como una bola de fuego que me incendió las mejillas. Mi madre, roja pero de furia, al ver la forma de tratar a su hijo, se puso de pie como impulsada por un resorte y empujando su silla de brazos hacia atrás con tanta violencia como sus palabras escupieron insultos por la boca. La silla dio en el  suelo con tremendo estrépito acompañándolo de un hercúleo puñetazo en la mesa que hizo brincar a la vajilla entera.
-          ¡¡La última vez, ¿os enteráis?, la última vez!! No voy a consentir que nadie, nadie, dude de mi hijo. Y si tengo que poneros a todas de patas en la calle así será, y no me dolerán prendas, ¿habéis escuchado bien, zorras, lo habéis escuchado? ¡¡Y no voy a consentir ni una palabra más en la mesa!! Y va por ti también Eutímia, que eres la que más tiene por donde callar.
Se quedó de pie con la cara demudada de ira esperando impaciente, que una de las hijas le recogiese la silla del suelo. Fue Pura la que se apresuró a colocarle la silla a su madre y finalmente pudo sentarse. Se me quedó mirando fijamente con las mandíbulas encajadas de coraje y en vista de que no le devolvía la mirada se me encaró.
-          ¡Y tu!, defiéndete. Con esa actitud lo que haces es darle la razón a este hatajo de maledicientes, que solo necesitan un tema para despellejar al que sea mas inocente. Levanta la cara con orgullo y demuéstrales todo lo hombre que eres para taparles su sucia boca.
Levanté temeroso la cara iluminada, encendida de dos chapetas rojas como el carmín y miré con ojos sumisos los altivos de mi madre.
-          ¡Endurece esos ojos, que parecen de mazapán! Al final terminaré por creer lo que se viene diciendo por la calle. Como pille a esa zorra asquerosa de Rogelia la voy a dejar sin moño.
Intentaba hacer lo que mi madre decía pero no sabía como hacer para poner esa mirada que ella pretendía que no fuese blandita. Mis largas pestañas enmarcando los almendrados ojos verdes eran lo menos adecuado para trasmitir fiereza. Tenía ojos lánguidos, como los de mi padre, que reflejaban melancolía y decadencia, los labios, encarnados y carnosos, siempre brillantes de tersura, herencia de mi madre, que reflejaban la sensualidad que tanto enamoró a mi padre y los pómulos marcados que nadie se explicó nunca de donde los saqué. Las mejillas ayunas de toda barba no contribuían en nada a dar el aspecto que mi madre quería que adoptase. No, realmente mi aspecto no se podía decir que fuese muy arrogante y varonil.
Miraba a Pura que me clavaba sus ojos en los míos supurando rencor y destilando venganza, y yo era incapaz de responder a la provocación necesitando bajar la vista para ahogarla en el plato del potaje que madre acababa de servirme. Las mejillas se me encendían y a medida que iba sintiendo la presión de la violenta mirada, mas excitado me encontraba y mas agitada y desasosegada la respiración. Volví a levantar de forma huidiza la mirada intentando sorprender la de Pura en un descuido y lo que encontré fue la mirada cínica y la sonrisa esbozada de suficiencia de quien desprecia, mirada de asco y rechazo. Mi cuerpo reaccionó aún mas contundentemente a tal punto que me fue imposible soportar la tirantez de la entrepierna que se revelaba contra la cárcel en la que se le confinaba y me removí inquieto en el asiento, como si la silla tuviese alfileres. Tal circunstancia no se le paso por alto a madre que saltó como liebre acosada por perdiguero.
-          ¡¿Y a ti que te pasa ahora?! estate quieto ya de una vez, que parece que tienes el baile de San Vito.
Me era imposible mantenerme quieto. La pujante mata de pelo azabachado del pubis se me enroscaba entre la erección y el prepucio y me cortaba la tierna y sensible carne obligándome a mantener posturas cambiantes. La requisitoria de mi madre no era de fácil cumplimiento por lo que opté por levantarme de la mesa y marcharme, a pesar de las invectivas de  madre.
-          ¡¿Dónde vas ahora?, ¡Pedro!, vuelve aquí si no quieres...
Y Pedro ya estaba en el patio enfilando la calle llorando por la humillación sufrida mientras el cuerpo disminuía a medida que se alejaba en el tiempo y el espacio de la colección de hembras que me sometían y me cercenaban mi capacidad de respuesta como la de cualquier muchacho de mi misma edad.
Corría por la calle empedrada de chinos gordos entre los que crecía hierba y alojaba las bostas de los borricos encorajinado de desear una mujer y no poder excitarme si no era a golpe de humillación. Imaginaba que era atado y sometido por una mujer exigente que me insultaba y cuando la miraba a la cara invariablemente veía a mi madre, a Pura o sencillamente no había cara a la que mirar. Cuando la faz de severidad pasmosa era la de madre, la excitación me llevaba casi al límite y me mareaba de deseo para enseguida escandalizarme de las ensoñaciones y culparme por la villanía. Estaba absolutamente convencido de que era un monstruo y que acabaría consumiéndome en las llamas del infierno tal y como machacaba Don Mariano cuando nos ilustraba en las homilías dominicales prometiendo los mas acervos dolores y pesares a todos aquellos que usasen de esa bendición que Dios había otorgado al hombre para rendirle el servicio de la creación, de forma torticera y extraviada.
Al final el cura iba a tener razón, tendría que renunciar a los placeres de la carne consagrándome al servicio de Dios y su Iglesia. Hacia años que había salido del colegio donde aprendí a escribir, leer y las cuatro reglas hasta que madre decidió que ya estaba bien de pamplinas y que donde mejor estaría que en su casa; al fin y al cabo, era el hombre de la familia y esa figura añorada se dejaba notar en aquel caserón repleto de mujeres a la greña cada minuto del día y de la noche. Recordé al Eufrasio cuando regresó aquel verano del Seminario, que qué lastima de muchacho, tener que ir a morirse de garrotillo, contando la cantidad de libros que era menester estudiar y la vida tan austera que se llevaba allí, si bien no faltaba de nada, aunque se pasaba frío entre aquellas paredes tan vetustas y aquellos techos altos como el cielo.
Poco a poco empecé a tomar posesión de una nueva imagen de mi mismo que empezaba a formarse en mi cabeza. Elegante, de negro con el fajín de raso, sin una arruga, la elegante dulleta de solapas de terciopelo y el bonete perfecto. Me enamoré de la figura y me sentí importante de aquella guisa. Después de todo, tener que llegar a declararse a una mujer que necesitaba ser dominado y vejado para poder excitarme era muy humillante y una novia decente no se prestaría a eso nunca. Caería en manos de las tunantas y rabizas mas degeneradas hasta que fuese rechazado por la sociedad toda. Ya me veía tirado en medio de mi vomito al fondo de un oscuro callejón, muriendo aterido de frío solo, como un perro y olvidado de toda persona querida o no. Lo decisión fue tomada en un momento. Si, entraría al Seminario.
Sin dejar pasar más tiempo volví sobre mis pasos y entré en casa. Estaban terminando la comida en medio de un silencio imponente, solo roto por el entrechocar de los cubiertos contra la loza de la vajilla de la Cartuja. Me planté en medio de la puerta y fijé la mirada en la cara de madre, que con el rostro impenetrable fue levantando la vista poco a poco con la lentitud y la solemnidad que esgrime una serpiente antes del ataque final.
-          Ya se te ha acabado la aventura, ¿no? Vamos, siéntate y come. Después mantendré yo contigo una conversación.
El tono imperativo me hizo resucitar el cuerpo, pero no me abandoné al placer que me provocaba el sometimiento a la voluntad femenina. Me quedé donde estaba, tocándome levemente la bragueta para consolar de manera alguna el anhelo despertado y levantando la cabeza dije lo que tenía que decir, con firmeza y determinación.
-          Ya lo he decidido.
La pequeña oración, así enunciada, tuvo la virtud de detener cualquier ruido de cacharros al congelar el gesto de mis hermanas esperando el resultado de la decisión del niño. Todas, estaba seguro, como si fuesen partes de un mismo organismo pensaron lo mismo a la vez. “¿Pero el niño es capaz de decidir algo por si solo?”. Todas las caras se volvieron expectantes en mi dirección. La cara de madre era a la vez de sorpresa y de irritación extrema. ¿Tenía derecho el niño a decidir algo por si mismo?, de cualquier forma era una insolencia la forma de declarar mis intenciones. Los escasos segundos transcurridos se estiraron hasta hacerse horas en la percepción de los presentes hasta que madre, sin dejar pasar una décima de segundo más, chilló desgañitada y fuera de si.
-          ¡Venga, arranca!, ¡has decidido, ¿qué?
De pronto, me di cuenta de que era capaz de provocar interés. Por primera vez me daba cuenta que no era un mueble mas, que contaba como uno mas entre todas aquellas mujeres. Degusté la morosidad con que me encontré mandando los “tempos” y dominando la situación.
La sonrisa que esgrimí, mas pensada que gesticulada, solo fue notada por mi madre a la que se le transformaron los ojos en dos carbones encendidos de ira en estado neto instándome de forma tácita y terminante a terminar aquella absurda situación.
-          He hablado con Don Mariano y me voy al Seminario. Voy a ser cura. Es mi vocación.
Mis hermanas se miraron unas a otras con gestos de estupor, en aquellas que no profanaron mi cuerpo nunca y de celos negros en las que añoraban mis prietas y lampiñas carnes tantas veces consumidas con avidez de alcohólico.
Madre relajó el gesto y entristeció el semblante. Bajó los ojos y de forma distraída jugueteó con las natillas del postre. Las miradas de todas las comensales finalmente convergieron en ella interrogándole sobre el dictamen del atrevimiento del niño de hacer algo tan radical como convertirse en eunuco por el Reino.
Dejó con meditada delicadeza la cuchara de las natillas sobre el plato, se secó la boca con la servilleta, la dobló con cuidado y se levantó clavando una mirada gélida y despiadada en su hijo, o sea en mi.
-          Espero que lo hayas meditado bien. Sabrás que no hay vuelta atrás. Si empiezas este camino, cada paso que des, te adentrará en un infierno con promesa de paraíso, lleno de fieras que te despedazarán en cuanto bajes la guardia. No es más fácil la vida dentro que fuera. Responde, por última vez. Jamás volveré a preguntarlo. ¿Lo has pensado bien?
En la pregunta de mi madre había cierta vibración fina y tenue que denotaba el temor a escuchar lo que no quería. Todas mis hermanas esperaron con la respiración contenida la contestación alanceándome con sus ojos.
-          Está pensado, madre, ya soy mayor. Quiero ser cura.
Mi madre se quedó durante un instante mirando fijamente a su hijo en la intención de que cambiase de opinión. Cuando comprendió que no cambiaria en mi empecinamiento, bajó la mirada, suspiró profundamente y con diferente cara volvió a dirigirse a mí.
-          Sea. Cuando recojamos el comedor iremos a ver a Don Mariano, que nos ilustre sobre los pasos que hay que dar. Espérame en la sala, en cuanto me peine y me vista de limpio nos vamos.
Me fui a la sala como mi madre me había ordenado, a esperarla. Me senté en una silla frente al espejo del aparador y me contemplé. Un escalofrío me recorrió toda la espalda de arriba abajo. La decisión que había tomado y había enunciado nada tenía que ver con vocaciones divinas ni nada por el estilo, era solo una huida hacia delante, una mas entre todas las que tendría que llevar a cabo a lo largo de mi vida. Pero prefería no adelantar acontecimientos, era mejor esperar y ver. Quizá no fuese aceptado, y en cualquier caso, de serlo, si la vida del Seminario se me hacia muy cuesta arriba siempre podría tirar la toalla y regresar, con las orejas gachas pero, ¿no vivía ya con la humillación adherida a mi alma, sometido a tantas mujeres?, que mas me podría dar terminar mis días de alfombra, de eunuco de un harén hosco y antipático. De momento lo principal era ocultar mi condición sexual que cada vez se volvía más chocante, más irritante y excitante también. Quién sabe, ¿y si me probaba ese tipo de vida?, podría arrinconar mis pulsiones hasta olvidarlas y ser feliz y con un poco de suerte a lo mejor hasta conseguía hacer carrera en la Iglesia llegando a vicario, o a obispo, ¿por qué no?, madre tenía posibles para postularme y tener un príncipe en la casa, aunque fuese de la Iglesia, nunca fue un baldón para nadie por muy librepensador que se fuese.
La puerta de la sala se abrió a mis espaldas. Me levante de inmediato suponiendo que madre llegaba para marcharnos a casa de Don Mariano. Pero no, era Pura la que entraba. Me puse a la defensiva.
-          Ni se te ocurra insultarme. ¿Tu que sabes?
-          De manera que ahora curita. A lo mejor cuando te tanteen en el Seminario te pones a tono, niño. A buen seguro entre tanto hombre te sentirás a tus anchas, no te vayas a privar.
Acababa de soltar su mordacidad cuando apareció madre en la puerta. Pura se puso muy nerviosa y sintió la necesidad de disculparse.
-          Había venido a despedirme, no te creas...
-          ¿Qué es lo que no me tengo que creer?, yo no te he pedido explicaciones, de forma que algo tendrás que ocultar. Anda, sal de aquí. Vamos Pedro.
Todo el camino por las desiertas calles del pueblo a esas horas de la sobremesa no intercambiamos una sola palabra. Mi madre, Soledad, que no había dicho como se llamaba, caminaba muy tiesa y yo la seguía a duras penas el paso de largo tranco que llevaba. Iba, como era natural, vestida de negro de arriba abajo, con un velo, que aunque ya no se usaba, ella se empeñaba en lucir con su alfiler de perla negra australiana que heredó de mi abuela. Temía esa actitud que invariablemente suponía tormenta de las gordas, aunque no comprendía en que podía justificar armar un dos de Mayo cuando había sido ella la que había decidido ir a hablar con Don Mariano.
Al llegar a la casa del cura se detuvo antes de tocar el llamador, se quedó con los labios firmemente sellados y las mandíbulas apretadas esperando que el tiempo se detuviese o que un milagro le evitase tener que pasar por apurar aquel cáliz. Transcurrió un corto lapso de tiempo. Volvió la cara, me miró con ojos tiernos de dolor, suspiró y golpeó la puerta con el llamador.
Nadie contestaba a los golpes del llamador y mi madre se impacientaba. Golpeó una vez más pero con la insistencia insolente del que no tiene espera y sin aguardar mas se volvió a mí.
-          Don Mariano ha debido salir. No contesta. Mañana volveremos..., y a lo mejor esta noche se te quitan esas ideas de la cabeza.
Coincidiendo con la última palabra, la puerta gruñó sobre sus goznes y Don Mariano apareció en el umbral. La cara era de intenso desagrado por la hora a la que le importunaban que debía ser la de su siesta. En cuanto vio que la que le incomodaba era la hija del boticario, le cambió el semblante, y aunque con rostro serio le varió el gesto.
-          Muy perentorio ha de ser lo que le trae hasta aquí para no poder esperar al horario de despacho.
-          Perdone Don Mariano, más que perentorio. Es incomprensible. No quisiera pensar que usted ha tenido que ver en la decisión de mi hijo. De la noche a la mañana ha decidido que tiene que ser cura. Usted dirá que pasos son los que hay dar.
-          El muchacho estuvo consultándome asuntos de conciencia por la mañana y le aconsejé, como podría haberlo hecho su padre, lo mejor para su salud espiritual sobre todo. Yo no le obligue, solo le mostré un camino entre otros que podría elegir avisándole cual sería el mas beneficioso teniendo en cuenta las tentaciones con las que le torturaría el maligno. En cuanto a los pasos son muy claros. Le redactaré una nota para el Rector del Diocesano, compañero mío de estudios, recomendando a Pedro; eso, mas la partida de bautismo y su certificado de estudios primarios. En la capital encontrará sastre donde le confeccionarán las sotanas y demás ropa. El resto dependerá de él.
No será fácil Pedro, pero con la ayuda del Espíritu Santo y la de Nuestra Madre María Santísima podrás conseguirlo.
Mi madre se me quedó mirando como se miraría a un traidor que ha defraudado la palabra dada.
-          Entonces..., ¿estás decidido? Mira bien todo lo que hay que preparar y que no estamos para caprichos.
Le contesté afirmativamente y ella con un gesto de impotencia se rindió.
-          Mañana prepararemos para ir a la capital, pasado a encargarte la ropa y si Don Mariano nos da esa carta de presentación junto con la partida de bautismo nos llegamos al Seminario a entregar los papeles y a hacer la solicitud de ingreso.
Volvió la cara a Don Mariano que humedeció los ojos al ver como con su concurso un alma se consagraba al Altísimo, y le agradeció sus atenciones.
-          Mañana enviaré a Pedro para recoger esos papeles si tiene usted a bien redactarlos. Gracias por anticipado Don Mariano.
-          Vayas ustedes con Dios. Pedro, tendrás que confirmarte antes de ingresar. Lo tendrás que hacer en la capital, aquí se ha pasado la oportunidad. Y tendrás que confesarte, además no creas que con lo de esta mañana has cumplido con la confesión general de vida. Para esa necesitarás algo más de tiempo. Mañana por la tarde te espero para la confesión, no se te vaya a olvidar. ¡Ah!, y tendrás que empezar a venir por aquí para ayudar y oír misa.
Me abrumó el sentirme presionado por Don Mariano. De pronto me vi de obligaciones hasta las cejas cuando hasta ese momento mi única obligación se reducía a procurar no llevar la contraria a  ninguna de las mujeres que me circundaban como el agua rodea a los peces, de forma exhaustiva. Pero por otra parte el haber declarado mis intenciones me hacia rehén de mi decisión y me obligaba así a salir del circulo vicioso de querer y no poder conseguir el amor de una mujer si antes la mujer no me vejaba, insultaba y despreciaba. Dado que de esta manera había renunciado a la carne, ese problema, creía yo, quedaba resuelto. Tenía una ventaja añadida, si mi cuerpo no me acompañaba en mis concupiscencias, llevaba un trecho del camino de la castidad recorrido, a saber: el cuerpo nunca me exigiría con urgencia la satisfacción de sus más bajos instintos y arrancar de la cabeza los malos pensamientos sería harto más sencillo que si sintiese el aguijón de la carne. Mientras regresábamos a la frescura de los muros de la casa solariega se me fue pintando una sonrisa de satisfacción en la cara. Don Mariano era sabio, le había aconsejado muy bien; no solo conocía las almas, también los cuerpos.
Ese resto de verano transcurrió más deprisa que otros años. Entre ir a diario a misa, leer vidas de santos que Don Mariano me prestaba y hacer obras de misericordia según las indicaciones del cura, los días pasaban fluidos y aburridos salvo por algunas visitas a mi cama por la noche de alguna de mis hermanas que nunca se lo habían hecho conmigo. Yo esperaba que tratándose de carne fresca y diferente mi cuerpo reaccionaría sin mas problemas..., ¡iluso de mi! Se levantaron de mi cama con algo más caliente que la cabeza, sobre todo la cara encendida de ira por haberse entregado a su lascivia sin haber podido apagar el fuego que la animaba. Cada vez me miraban con mas inquina y mi madre que ya estaba de vuelta de casi todo no era ajena a las miradas airadas con que todas mis hermanas, salvo la Eutímia, por lo que era ya sabido, me insultaban siempre que tenían oportunidad.
Faltaban dos semanas para que ingresase definitivamente en el Seminario. Yo había hecho varios viajes con mi madre a la capital para las pruebas de la sotana, las camisas y los pantalones y recoger el resto de ropa encargada del ajuar que yo debería llevar para mi nueva vida. Mi madre había salido a un velatorio con mi hermana Pura y Eutímia porque Soledad y Pilar ya estaban en la casa del difunto, padre de una amiga. Me quedé con Belén y Remedios, las dos mas pequeñas.
Fue un asalto en toda regla y yo me dejé hacer sabiendo que no conseguirían nada. Se afanaron con dedicación de egiptólogo sin conseguir nada más que calentarse las dos como si se tratase de las pinzas del herrero. Poco a poco, y yo creo que ni ellas se dieron cuenta, fueron abandonando mi inútil cuerpo a sus necesidades para centrarse en los suyos. Cuando se dieron cuenta que estaban a brazo partido, conmigo de espectador involuntario ya habían llegado demasiado lejos y no había forma de disimular las lubricidades a las que estaban entregadas. Detuvieron sus manejos, se miraron, me miraron y se zambulleron en sus cuerpos sin recato alguno sabiéndose observadas por mi lo que al parecer redobló sus ímpetus de entrega erótica.
Viéndolas gozar sin freno de sus cuerpos, escuchando sus gemidos de placer y aceptación del goce sin ambages me sorprendí despertando mi cuerpo. Mi cuerpo salía de su sopor y reclamaba atención. Un vértigo me estrujó el estomago y me nubló la vista haciendo que mi miembro creciese hasta arrancarme gemidos que competían con los de mis hermanas. Empecé a masturbarme y alargué mi mano izquierda para tocar piel caliente que satisficiese mi lujuria. Cayó mi mano en la nalga de Belén que fue como si le hubiese arrimado un tizón candente; dio un grito de desagrado y se revolvió como una cobra estampándome una sonora bofetada que en lugar de hacerme enfriar mis deseos consiguió que alcanzase de forma instantánea un orgasmo realmente remunerador de mi sexo. Mi semen las salpicó a las dos lo que las interrumpió en sus manejos. Se separaron, me miraron en silencio con expresión de asco y se marcharon de mi cuarto.
Me quedé atónito por lo sucedido. Solo me había excitado la contemplación de la voluptuosidad entre dos mujeres y el orgasmo alcanzado debía su intensidad al castigo recibido. Estaba meridiano que era un desviado, un degenerado, un pecador sin posible salvación como no fuera que abrazase la castidad que me iba a exigir mi próxima condición de Seminarista. Estaba asustado y quería que pasasen los días deprisa para abandonar aquella casa que acabaría por dar con mis huesos en el infierno de seguir así. Estaba tan aterrorizado que no sabía si me confesaría con Don Mariano al día siguiente o esperaría hasta llegar al Seminario donde pudiera hacerlo realmente de forma anónima. No estaba muy seguro que Don Mariano me dejase ir al Seminario si se enteraba de lo que acababa de ocurrir. Pero por otra parte no me encajaba mucho el que yo hiciese reserva de conciencia en este asunto tan grave y continuase mi relación con Don Mariano como si mi corazón fuese una luna de escaparate tan trasparente como la del refino de la Cuca. Mal comienzo iba a tener si empezaba a guardarme cosas. Tendría que confesar al día siguiente con el párroco, pasase lo que pasase.
A la mañana siguiente ayudé a misa de siete, como todos los días y al terminar de desvestirse, con la última oración, Don Mariano se quedó mirándome de forma severa.
-          No has comulgado y encima te has mostrado ausente y nervioso durante toda la celebración. ¿Se puede saber que te está pasando hoy?
-          Estoy en pecado, padre Mariano.
-          ¿Tendrás que confesarte?
-          Si padre. Yo..., no se si podré ingresar..., creo que soy un degenerado...
-          Bueno, antes de nada, hagamos las cosas bien. Ave María Purísima. ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas? Ya estamos en confesión. Continúa.
Aún hoy día en que he pasado por tantos sucesos de carácter más veces negativo que positivo y que me precio de poseer un apreciable caudal de experiencia me siguen sorprendiendo los comportamientos de las personas, máxime cuando a mis diecisiete años era cualquier cosa, menos experimentado. Yo esperaba que Don Mariano nada mas contarle, mil veces avergonzado, pero impotente ante la realidad, los devaneos a medias deseados y a medias impuestos con mis hermanas y la forma tan extravagante de excitarme, me anatematizaría y cortaría de raíz cualquier vinculo con mi futuro ingreso en el Seminario. Pero no. Me contempló con cara condescendiente, sonrió con benevolencia y humedeció los ojos para seguidamente disculparme, justificarme y animarme a perseverar. Jamás podré comprender como se puede llegar a cultivar ese grado de hipocresía que permite decir radicalmente lo contrario de lo que se está determinado a hacer sin ahogarse en los vómitos biliosos mas amargos.
-          Hijo mío. Parece que eres un elegido de la Sabiduría divina por eso el Maligno te tortura con esas desviaciones. No te dejes confundir, no es que esas taras te aparten de la vida religiosa y santa si no que renunciando a ellas con espíritu heroico y confesándolas al Santo Espíritu cuando la carne desfallece refuerzas aún más tu voluntad de perseverancia en la fe y la vocación que Dios en su inmensa misericordia ha querido obsequiarte. Reza con unción y recogimiento, meditándolos con humildad, los quince misterios del Santo Rosario y a partir de ahora abstente de carne que abona la concupiscencia en la que se basa todo pecado y toda perdición. No dejes nunca de confesar tus faltas y el Señor no te abandonará a ti.
Me dirigí por tanto, después de recibir la absolución al templo y allí arrodillado en el segundo banco comencé a rezar el Santo Rosario comenzando por los Misterios Gozosos, para seguir con los Dolorosos y terminar con lo Gloriosos.
El hecho de utilizar la técnica de la repetición machacona a la hora de la oración, al estilo de los mantras tiene por finalidad el liberar la mente de cualquier sombra de idea y dejar que el espíritu fluya libre hacía esferas de vida y conciencia superiores donde poder conocerse en la verdadera dimensión, desprovistos de la parafernalia que proporciona la sociedad hedonista y aterciopelada, que engaña y esclaviza para hacer de cada uno de nosotros, un engranaje dócil y fiel al servicio de la maquina completa, sin tener ni arte ni parte en la utilidad que esa maquina tenga.
Repitiendo avemaría tras avemaría se me fue quedando en blanco la mente fijando la mirada en la imagen del Cristo que presidía el retablo del presbiterio. Contemplar la sangre, el castigo y la postura de huida del dolor tuvo el efecto contrario al deseado. Sentí la tirantez extrema en la entrepierna al tiempo que una oleada de placer extremo me invadía empezando desde el estomago hasta estallarme en la boca haciéndome jadear de gozo físico al que era incapaz de oponerme. Hipnotizado y sin dejar de recitar la machacona oración comencé a frotarme la dureza de mi cuerpo experimentando vaharadas de placer imposible de rechazar. Cada vez me acariciaba con mayor cadencia y sin dejar de rezar pasando cuentas del rosario. Sin poder apartar los ojos de ese cuerpo castigado y lacerado llegó un momento en que el clímax me hizo detener la oración y cerrar los ojos por el placer, sintiéndome empapado de pecado y lujuria. Me sentí asquerosamente sucio.
Estaba desolado.  La contemplación del Salvador sometido a tortura por mis propios pecados provocaba en mí, por mi degeneración, un pecado aún más repulsivo. Me daba placer ver aquella representación del crudelísimo suplicio y solo la palabra suplicio hacía que mi cuerpo se recrease hasta límites de lascivia incomprensibles.
No tenía solución. El pecado tenía en mis carnes hundidas sus aceradas garras y no tenía yo la impresión de que fuese a soltar la presa fácilmente. Pero no había marcha atrás, Don Mariano, que sobradas muestras de sabiduría me tenía dadas, estaba convencido de que mi camino era el Seminario y ¿quien era yo para ponerlo en duda? Y por otra parte, ¿jamás podría volver a contemplar la imagen de un crucificado, sin acabar experimentando mas placer carnal del que nunca hubiera podido imaginar?  Sentí en aquella iglesia que mi paso por el Seminario no solo no iba a ser un camino de rosas sino que sería para mi fuente inagotable de congojas y sufrimientos, lo que por otra parte producía en mi cierto cosquilleo desasosegante. La pornografía estaba en mis ojos que contemplaban e interpretaban, llevaba el pecado adosado a mí como una lapa.
Sin terminar la penitencia impuesta, me levanté acongojado con la conciencia doblemente sucia por el aguijonazo del pecado en la carne viva y por no poder cumplir con la sanción impuesta directamente por el Señor por boca del confesor. Estaba condenado al infierno, eso era definitivo. Y puesto que eso era así, ¿a qué preocuparse?
Me levanté del banco, salí al pasillo central e hice la correspondiente genuflexión de reverencia al Santísimo mientras pensaba en la inutilidad del gesto si mi alma estaba condenada sin piedad y por toda la eternidad.
Caminando hacia mi casa se me ocurrió que no sería, a buen seguro, el primer hombre al que aquello pasase y tampoco el primer sacerdote que cumpliese de forma hueca y herética con su ministerio. Estaba visto que no era suficiente con la voluntad de ser autentico y sincero, a veces las circunstancias se confabulaban para ponerte a prueba y comprobar hasta donde llega la determinación de hacer algo. Me rendí a la evidencia. Entre quedarme en casa con tanta mujer disputándoseme la entrepierna y el Seminario en el que lo único que era menester hacer era aparentar ser bueno y por dentro ser tan podrido como el estomago me permitiese sin vomitar, tenía que elegir y no era menester dilatar mas la disyuntiva, me iba al Seminario. Sabía donde encontrar el placer mas extremo y me estimulaba mucho mas que otra cosa el dejarme a merced de esa tendencia.

16.10.12

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