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domingo, 7 de octubre de 2012

L U J U R I A I

Lujuria


I

Enfrentado con el tiempo que apremia. Responsabilidades, compromisos. Siempre la misma cantinela, el acecho del deber y la cuartilla en blanco acusando con su inmaculada pulcritud. Nunca llegué a creer que esto pudiera sucederme, pero así, sin ningún tipo de preámbulo ni cualidad especial de la vida todo fue fluyendo entre la desesperanza y la apatía, la rutina y la nausea. Aún no he sido capaz de desentrañar el misterio, el porqué a unos sí y a otros, a mí más certeramente, se nos niega casi todo. Y quiero suponer que se me niega lo que yo considero que me corresponde en justicia, aunque quizá se me haya dado más de lo que merezco, por cobarde.
Desde que empecé los estudios serios y colaboraba en la revista del Instituto, todo eran parabienes y promesas de un futuro de luz y color. ¿Qué pasó?
- Cariño, es Orihuela al teléfono – mi mujer presa de no se qué tipo de excitación estupida (¿porqué era así, si al principio era una rompedora inteligente que me estimulaba con su oposición razonada?) me traía el inalámbrico a la mesa, tapando con decidido interés el micro, para que el tal Orihuela, no se enterase que se me avisaba que el muy imbecil quería hablar conmigo.
El imbecil y engolado Orihuela. ¿Fama? Lo suyo hacia tiempo que había dejado de ser fama para entronizarse directo y por derecho en el parnaso de las celebridades internacionales. ¿Qué había sucedido para que fuese él el icono del triunfo y no yo, cuando en realidad el muy creído, nunca habría escrito una línea si no lo hubiese hecho yo por él? Sabía que quería, la razón de su llamada. ¿Cómo podría ser yo su amigo, cómo soportarle tanta gilipollez? Celoso de que nadie conociese su secreto estaba ya metido por derecho en la autopista de la paranoia. Si se había decidido a marcar mi número es que algo grave le pasaba, se arriesgaba a “un escándalo de proporciones cósmicas”, acostumbraba a decir fuera de toda cordura con su impostada y chillona voz de prima dona decadente.
Estuve un buen rato con el teléfono en la mano saboreando el ataque de nervios que como que era de noche, el imbecil de Orihuela estaba sufriendo. Si decidía seguir sin contestarle deleitándome con el dulzor de su impaciencia,  la siguiente llamada sería a su psiquiatra. Me invadían vaharadas de esa sensación malsana de bienestar que se tiene sabiendo ser el dueño de la situación; estaría sufriendo y eso era magnifica remuneración a mi sentido innato de la justicia. ¡Que se jodiese!, amigo de toda la vida y todo, pero que se jodiese. Finalmente se apoderó de mí esa estupida vena de condescendencia y misericordia, lástima por el sufriente, causante de muchos, si no de todos mis dolores de cabeza, recuerdo de buenos ratos de farra y contesté.
- ¡Antonio Ramón!, querido mío, que de bueno tienes que contarme – mi tono era forzadamente festivo y despreocupado, no me lo quería reconocer pero de alguna manera le quería, a mi manera, una que ni yo mismo entendía, pero le quería.
- ¡No! por lo que más quieras, nada de nombres por teléfono – su tono de voz exageradamente bajo y chuchicheante, alarmado, histérico, vanamente engolado.
Cerré los ojos y lo vi como si estuviese delante de mí: la bata rosa de raso ribeteada de marabú, la cara llena de cremas y la redecilla sobre sus escasos cabellos brillantes de potingues contra la desesperante alopecia. Su secretario de turno, nunca de más de veinticinco años sujetándole la mano, dándole consuelo escasito de ropa, como a él le gustaba. No pude evitar una sonrisa de sarcasmo entreverada de cierto asco y conmiseración. Y no por su condición gay, no, sino por su deprimente actitud ante el envejecimiento. Siempre fue igual de maricona, pero con altivez, orgullo de clase, ahora su descendimiento al ridículo era penoso.
- No te asustes, hombre. Tú tienes decodificador y yo también, el mejor, tú me lo regalaste. ¿Quién va a querer espiarte?
- Bueno, ya está bien – impaciencia no era calificativo para lo que trasmitían sus palabras. ¿Cómo va eso?
Estaba disfrutando con su ansiedad. La venganza, esa justicia primaria que se aplica donde no alcanza el imperio de la ley era mía y la saboreaba con delectación.
- ¿Eso? A que te refieres – estaba decidido a seguir disfrutando con su desesperación.
- ¡Por favor!, ya está bien – le escuchaba jadear de angustia al otro lado del hilo – sabes perfectamente a que me refiero.
- De acuerdo, AR., de acuerdo, solo era una de esas bromas mías que tanta gracia te hacían antes, nada más – decidí terminar con su sufrimiento – va en fechas. Lo tendrás cuando acordamos – mentí deliberadamente lo que me provocó un plus de placer por hacérselo a él y a la vez una incomodidad interior difícil de definir, la que viene determinada por el engaño propio, que solo sirve para encanallarse en el vicio y la molicie de la pereza.
- El editor me apremia y quiere los primeros capítulos para ver como se va a orientar la promoción. Por lo menos me podrías haber dicho el resumen del argumento. Estoy ciego y ya no se que excusas darle. Me parece que te estás tomando demasiadas confianzas – intentaba ponerse severo – y me voy a pensar si no…
- AR., en quince días lo tendrás – le corté lo que sabía que iba a decir y que no quería ni escuchar - y le dices a esa rata tuya que tienes por editor que se joda, que el que le hace ganar el dinero soy yo, aunque él no lo sepa y que he dicho que quince días.
- Mira, negro. Si no fuese por mí, no podrías escribir ni en la hoja parroquial. Da gracias que te publican tus ripios en revistillas de provincias por mi benevolencia. ¿De qué ibas a vivir tú sin “mis” novelas? – estaba ridículamente indignado.
- Me llamo Cesar, ¿recuerdas? – intenté dar dureza y negar cualquier atisbo de debilidad a mi respuesta – y piensa que éste negro podría irse de la lengua.
- Ya está bien – conciliador – en quince días, ni uno más.
- Ni uno menos – colgué sin dejarle opción a prolongar la conversación.
Solté el auricular como si estuviese al rojo vivo, deseaba alejar de mí aquella conversación tanto como pudiera. Soy un peligro, para mí el primero. ¿Porqué tuve que decirle dos semanas?, estaba a más de la mitad de la novela y la verdad, no encontraba momento ni en el día ni la noche para rematarla de una puñetera vez. Tenía que reconocer que todo lo que le había escrito al imbecil paranoico era basura comparado con lo que estaba haciendo salir de aquellas cuartillas blancas, pero…, aquella inquietud mía, ese sin vivir, siempre se hacía presente, siempre, cuando ya tenía en la cabeza el escrito completo y solo quedaba darle forma en frases y párrafos, pero me bloqueaba por completo y mi mente se llenaba de escenas y cuadros de sexo desaforado que no me dejaban escribir nada que no fuese esa deriva. Ahora me encontraba en una de esas tesituras y si dentro de quince días quería tener lista la novela de Orihuela tenía que practicar sexo, anónimo, rápido e impersonal, como fuese.
- ¿Qué quería Orihuela? – preguntó con coquetería y curiosidad Marta.
Tenía que reconocer que no estaba nada mal. A sus cuarenta su figura podría pasar por cualquiera de una de treinta bien conservada. Era, además guapa, de cabellera intensamente negra y ensortijada en un bucle amplio que daba a su pelo un volumen y una movilidad muy sensual. Una piel canela clara con unos rasgos de cara definidos, abdomen plano como la palma de la mano y una simpatía natural hacían de ella un sujeto de deseo para cualquiera que no fuese Orihuela. Solo tenía un pequeñísimo defecto; solo entendía el sexo como la culminación del hecho de amar y desde ese punto de vista cualquier cosa que de lejos se arrimase a lo que pudiera definirse como fantasía sexual en la que no apareciesen dos amantes entregados y fuésemos nosotros encima le hacía botar de indignación y amor atropellado. Al principio de nuestra relación, su sexo era para mi fogoso, inacabable y entregado; me conquistó, pasó el tiempo inexorable y el asunto empezó a aburrir. Éramos dos jóvenes ardorosos, a veces un empezar sin acabar y otras un contenerse adrede para cogernos después con mayor ímpetu. Marta me quiere, seguramente como nadie ha podido querer jamás a nadie y yo la quiero a ella, a mi modo, lo daría todo por y para ella y jamás me separaría de su lado pero…, hacía ya tiempo que era incapaz de excitarme. Podría haber hecho sexo con ella dormido, el guión era siempre el mismo. Ella me echaba su pierna por encima de la mía y empezaba el galanteo a base de caricias y pequeños pellizcos suaves por las zonas erógenas.  Ella enseguida se mojaba y empezaba a gemir solo con que la rozase el sexo con mis dedos. Cuando se acordaba que yo poseía un apéndice que servía para algo más que para servirle de consolador a ella me lo acariciaba olvidándose sin embargo que debajo hay unas bolsas que pueden provocar y de hecho provocan gran placer cuando se acarician con cuidado. El siguiente paso era un leve empujoncito de mi cabeza a su entrepierna para que le chupase, lamiese, mordiese y penetrase con la lengua su sexo, dedicándole finalmente mayor atención al clítoris, duro como el pedernal. Cuando gracias a mi estimulación ella alcanzaba el clímax, me retiraba la cabeza de un empujón sin contemplaciones y reclamaba la penetración y ahí es donde últimamente tenía yo mis problemas, porque todo aquel conjunto de actividades que acabo de describir se habían convertido para mí en un acto protocolizado desprovisto de la más pequeña dosis de sensualidad. Me veía como un obrero del sexo que sabía al dedillo cuales eran los manejos que mejor satisfacían a su patrón pero manejos en los que no me sentía en absoluto involucrado. Resultado: gatillazo una y otra vez, llanto, reproches y una semana de morros que sencillamente era incapaz de soportar.
- ¿Qué iba a querer?,  está de los nervios porque su editor le reclama la novela y lo peor de todo es que a mi me falta aún mas de la mitad para acabarla. Le he dicho que en quince días la tengo…, a ver…
- Bueno, no importa, tu tienes capacidad para eso y mucho más – quiso quitar hierro al asunto y me abrazó por detrás, y en plan cómplice continuó susurrante – un buen polvo y se te despejarán las ideas, como siempre.
Esa era la solución y el problema. Ella lo sabía, yo lo sabía, pero era incapaz de enredarme con ella si antes…, digamos que debía prepararme.
Mis mejores escritos surgían siempre en épocas de mi vida en que mi actividad sexual era desenfrenada. Es más, agotado, exhausto, hastiado de sexo lo único que me apetecía después de, no era un cigarrillo como a todo el mundo, era ponerme a escribir y las ideas fluían con una facilidad que a veces me asombraba. Ahora Marta quería ayudarme y seguramente haría de tripas corazón para darme sexo y empujarme a escribir sin pausa. El problema era que no me apetecía nada su sexo, es más, saber que tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano por darle sexo sin humillarla con otra defección me ocasionaba más bloqueo aún.
Antes de unir mi destino al suyo, nunca tuve problemas para practicar sexo cuando lo necesitaba, sexo ocasional, sin enredos ni compromisos, nada de lazos ni números de teléfono para volverse a ver. Sexo era sexo, físico y ya, sin repeticiones, eso queda para las jugadas comprometidas al borde del área. No alardeo de Casanova, ni de conquistador, siempre ha sido así y no me planteé nunca que fuese excepcional o no. Además en sexo ocasional mi arco es amplio, entre los veinte y los cincuenta y cinco, cualquier cosa que se mueva y carezca de pene me hace babear, por lo que era raro el día que cuando me lo proponía no salía a la calle  y encontraba sexo y me importaba tan poco su estado civil como el lugar donde practicarlo, con cama o sin ella, por lo que queda claro que pegas a una relación nunca puse. Cuando no podía encontrar nada, una prostituta, cuanto más tirada mejor, servía a mis propósitos, de forma que si quería escribir solo tenía que arreglármelas para tener un par de horas. 
- Cesar, mi amor. Tengo un problema – estaba mimosa y entregada – tendría que ir por un traje que dejé para arreglar al modisto y no tengo ganas.
- ¿Un traje? – pregunté extrañado.
- Claro, tonto, para la fiesta del sábado en casa de Martín.
- ¡Joder!, es cierto – puse cara de autentica sorpresa por que la realidad es que se me había olvidado por completo lo de la fiestecita de marras - ¿y que quieres, que vaya yo, no?
- Anda, a ti no te cuesta anda –más mimosa aún – cuando vuelvas…, ya sabes, te estaré esperando como siempre.
- Eso está al otro lado de la ciudad y sabes todo lo que tengo que escribir – me hice de rogar viendo a la vez el cielo abierto. Hacer de la necesidad virtud es mi especialidad.
- Venga cariño, en dos horitas, si el tráfico no está muy embrollado lo haces. Mientras tanto me preparo, ésta noche será gloriosa. ¡Ah!, se me olvidaba. Pásate por la droguería y compra el insecticida ese que tiene un número, están las plantas del balcón minaditas.
- De acuerdo, te refieres al Chas 48 – condescendí, sintiéndome aliviado de que ella insistiese. Estaba salvado – pero iré en el Metro o el bus, ya veré, no me apetece coger el coche a estas horas.
- Ese, sí, que se van a echar a perder todas las plantas.
Inmediatamente sentí como se tensaba mi calzoncillo. Había vida allí y quería demostrarlo. Al salir me acerqué a ella a despedirme y le roce con mi dureza. Ella se restregó.
- Uy, uy, como está el patio, no se yo si dejar que te vayas por ahí solito. Venga, vete y vuelve pronto, te esperaré ansiosa – se separó de mi unos centímetros y le cambió el rostro y el tono de voz – no me la vayas a jugar otra vez, por favor, no lo soportaría.

Habían pasado ya tres años y no olvidaba.
Una mujer tratándose de estos menesteres no es que no pudiera, es que no sabría como olvidar. No dejaba pasar ocasión sin recordármelo cuando por la razón que fuese tuviera que alejarme de ella más de dos horas. Siempre salía conmigo, donde fuese, me marcaba estrechamente.
Yo había descubierto hacía tiempo que necesitaba esa forma de sexo entendido como depredación, aventura, caza, para excitarme, cargar mis baterías eróticas con desconocidas que revistiesen cierto peligro, controlado en gran parte por mí, dejando un poso de incertidumbre al azar para conferir al acto un plus de juventud inmortal. Después poder descargar esas energías adquiridas en el lance, con ella, porqué era a quien quería, a quien amaba, que para mi significaba querer pasar los días a su lado hasta el fin, sin que ello significase más que eso, querer permanecer con ella como pareja, el sexo no era un ingrediente indispensable en la receta del matrimonio en mi imaginario, para Marta el sexo era el corolario del amor, practicarlo con quien no fuese ella demostraba la inexistencia de mi amor.
Fue una de esas casualidades estúpidas que dan al devenir  picante y evitan que el vivir sea mortalmente aburrido. Sufrir, en medio de las más rotundas adversidades también, un mucho de aventura, no deja de ser una forma de vivir, diferente a aquella en la que todo nos sonríe y es fácil y en la que se aprende de la vida más que cuando todo transcurre sin sobresaltos. La adversidad hace pensar al hombre, a mí al menos, le hace detenerse en su atolondrado y autocomplaciente existir y le abre nuevas formas de enfrentar la vida, hasta que la pierde en uno de los intentos.
Nunca había entrado en aquella cafetería, se encontraba lejos de cualquier parte que yo pudiera frecuentar, pero cediendo a las presiones y ruegos de Orihuela, siempre Orihuela, omnipresente Orihuela, fui al apartado hotel del que dependía el establecimiento donde ocurrió el sucedido, para hacerle entrega en una de sus habitaciones, de la forma mas sigilosa posible, un manuscrito que su jodido editor le estaba reclamando hacía meses y yo, como casi siempre, me había retrasado en entregar.
- No pueden vernos juntos jamás, así que ahora te vas por donde has venido y me dejas en paz que me hojee el manuscrito – me dijo de la forma más desagradable y desdeñosa  que pudo el imbecil. Hoy pasados ya tres años de aquello no solo es desagradable y desdeñoso, es un divo histérico que solo encuentra justificación a su existencia en la predestinación a la fama
- No tenía intención de quedarme Antoñito – sabía que le irritaba en grado superlativo que le llamase como lo hacían en el colegio y le devolvía su desprecio.
- ¡Fuera!
Bajé las escaleras en lugar de tomar el ascensor, me encontraba relajado y tranquilo tras entregarle mi último best-seller; lo sería, eso era seguro. No tenía intención de nada, la verdad es que lo único que quería era marcharme a casa para salir, libre de compromisos de momento, a cenar con Marta y luego a tomar unas copas a cualquier lugar de moda, pero al salir por el vestíbulo una mirada verde y venenosa se me clavó en mi cabeza como si yo fuese un gusano en manos de un entomólogo al que amorosamente cataloga. Para alguien no avisado, no entrenado en el manejo de esas ingrávidas saetas  del galanteo no pasaría de ser una mirada de alguien que, equivocado, mira intentando reconocer una cara largamente olvidada por el paso del tiempo, pero no para mí que tenía y aún sigo teniendo siempre sintonizada esa frecuencia de comunicación barriendo mi entorno por si encontrase algún naufrago sediento en medio del desierto de comunicación en que se acaban convirtiendo nuestras vidas.
Podría tener la edad de Marta y no fue necesario que se detuviese para horadarme el cerebro con su láser verde, simplemente se cruzó en mi camino por el vestíbulo camino de la cafetería con el tiempo justo para taladrarme los ojos enviándome el mensaje de que éramos el uno para el otro, allí en ese momento y lugar, que nuestra vida en común duraría la eternidad que podría durar un orgasmo intenso y rápido amparado en el anonimato. No volvió luego la vista atrás, ella sabía que no era necesario, que el arpón lanzado se había fijado solidamente en la presa y no tenía más que arrastrar con su cuerpo el sutil cable enganchado. Llevaba una falda que me pareció de organza, vaporosa, estampada en diferentes tonos de verde agua y una blusa de gasa color vainilla bajo la que se podía ver, mas que apreciar, que no le hacía falta sujetador  Me dejó exhausto y embarcado en el bamboleo de sus caderas al punto de producir esa sensación, vieja amiga conocida, de vacío en la boca del estomago que podría confundirse con la nausea pero que en realidad solo significa que una pieza esta al alcance, que la caza había comenzado, solo era preciso seguir el rastro adrede dejado y cumplir con el protocolo cuyo fin es el sexo desnudo, descarnado e inocente.
Se sentó en la barra del bar y pidió algo, no me enteré el qué, estaba toda mi atención al lenguaje no verbal de aquella diosa. Me acomodé en la otra punta de la barra y esperé a que me atendiesen sin quitarle los ojos de encima. Ahora era yo el que abrasaba con la mirada su cuerpo, intentando acariciarla, lamerla, devorarla e intentando no disimularlo. Un par de veces hizo intención de mirar donde yo me encontraba pero abortó el gesto nada más iniciarlo, me cebaba como si fuese un gran pez espada al que hay que cobrar y yo lo sabía, enardeciéndome en la refriega a cada minuto que pasaba. Sin poder hacer otra cosa tuve que recolocarme en el taburete porque la erección me estaba incomodando y me quitaba intensidad en el empeño de la caza. Fue solo una centésima de segundo pero se la cacé, un sutil, imperceptible balanceo de cabeza con el pretexto de colocarse la cabellera y poder lanzarme una furtiva mirada al tiempo que esbozaba una sonrisa que nadie, mas que yo, podría habérsela definido, pero que yo sabía que era solo para mí. Estaba hecho, me dije, y tuve que tragar saliva cuando la vi que se levantaba del asiento. Era toda una artista, no era la primera vez que se entregaba a esta peculiar variante del arte de la cinegética. Con un caminar lento y meditado comprobé que se dirigía hacía donde yo estaba. Eso no está en los manuales, pensé, y me puse nervioso. Si se acercaba y entablaba una conversación adiós al encanto del sexo brutal y descarnado, adiós al misterio del encuentro anónimo y animal. Me desilusioné al instante, no estaba yo para paliques, intimismos sentimentaloides ni perdidas de tiempo. Pero no, pasó delante de mí dirigiéndose a los servicios que hasta en ese engaño se demostraba maestra. Al llegar a mi altura hizo ademán de detenerse mirando de soslayo y disimulando luego, pretextando leve tropezón. Respiré aliviado, efectivamente estaba hecho, no me fallaba el instinto.
Lo que pasó después fue tórrido, peligroso y temerariamente gratificante, porque yo no podía saberlo, fue como dije mas arriba una de esas casualidades que pasan constantemente y que en mi caso por poco no me cuesta todo lo que soy.
Me tiré prácticamente de la banqueta de la barra y le seguí los pasos hasta que entré al pequeño vestíbulo que da acceso al servicio de señoras y al de caballeros. La puerta del de señoras se estaba cerrando en ese momento y me quedé expectante, lo suficiente para darme cuenta que una señora pasada la cincuentena perfectamente uniformada esperaba detrás de un pequeño mostrador, atenta a cualquier necesidad de los clientes. No pasó ni un segundo cuando la puerta volvió a abrirse sin que nadie saliese, la mujer dirigió una mirada de extrañeza primero a la puerta, luego a mí. El recuperador hizo que la puerta se volviese a cerrar morosamente. ¡Si señora!, así era como se hacía, me dije alborozado para mis adentros y sin pensármelo entré en el servicio de caballeros para pasados ni treinta segundos volver a salir comentando a la señora de la puerta que no quedaba papel higiénico, no sin antes deshacerme del que quedaba tirándole a la papelera. Hice intención de marcharme a punto de ver por el rabillo del ojo que la mujer se perdía con un par de rollos de papel por donde yo acababa de salir. Sin pensarlo dos veces y con rápido  gesto me introduje en el servicio de señoras con el corazón al galope y la bragadura a punto de explotar. Había tres excusados, dos con las puertas abiertas y uno, el cielo, que tenía la puerta casi cerrada, la empujé con cuidado, el corazón a punto de descarrilar, la saliva en huelga, las manos como témpanos, el pulso de adolescente primerizo y entré. La promesa de lo que esperaba detrás de aquella puerta superaba con creces cualquier peligro que mi arrinconado sentido común intentaba ponerme delante de los ojos para hacerme desistir de la locura, en ese momento, el mundo para mí, era una puerta del servicio de señoras de un hotel del que ni del nombre me acordaba y en ese instante se resumía toda mi vida enfocada en mi entrepierna que estaba ya a punto de la deflagración.
Estaba apoyada contra la pared de detrás de la puerta con la blusa a medio desabrochar y uno de los pezones haciéndome un guiño desde su erección descarada saliéndose de la camisa. Me miró, sonrió, y rozó sus labios con los míos al tiempo que palpaba mi paquete para valorar con lo que se enfrentaba. Yo para ese momento me encontraba ya fuera de toda lógica razonada, arrebatado de un mareo que hacia fluir sangre a mi cabeza como si de una riada se tratase nublándome la vista, solo deseaba culminar, penetrar, acabar y salir. No quería que durase más que lo justo, corría peligro de enredarme como un quinceañero a la vista de lo que se me presentaba y no iba a consentirlo. Con habilidad desarrollada en más de uno y de dos lances del estilo me desabrochó el pantalón que cayó al suelo con estrépito de llaves y hebilla de cinturón. No se molestó ni en bajarme los calzoncillos, sencillamente me sacó por una de las perneras del slip, el pene con sus acompañantes que saltó hacía delante reclamando protagonismo con la brillantez de su tersa piel congestionada de bellota limpia y reluciente. Yo tenía su pezón preso de mis dientes al que mordisqueaba sin recato lo que le provocaba gemidos casi inaudibles muy excitantes. Subí del pezón a sus labios para poder acercar mi cuerpo al suyo propiciando una penetración rápida pero me rechazó con un gesto suave pero firme. Ella misma se levantó la falda y comprobé que su sexo a excepción de una estrecha franja vertical de vello negro estaba lampiño y entre sus ninfas, perforándolas, había un minúsculo candado, que parecía de oro, ocluyendo la entrada al paraíso del pecado más dulce. Fijó sus ojos en los míos disfrutando con la perplejidad que se pintaba en mi cara e hizo un mohín encantador con los labios al tiempo que entrecerraba los parpados y movía la cabeza suavemente de un lado al otro haciéndome saber que no había problema. Pensé que sacaría de algún lado una pequeñísima llave para abrir su particular caja fuerte pero en lugar de eso se agachó delante de mí iniciando una felación. No voy a decir que no me guste una felación pero no es la mejor manera en mi opinión de alcanzar un orgasmo por mucho derramamiento que se produzca en la boca, no se controlan los tempos ni las cadencias, no es la boca una vagina mordiente. Pero no, no era esa su intención.
Había comenzado su trabajo, excelente por otra parte, lengua serpentina habilidosa y contorsionista que sabe llegar hasta los lugares más recónditos del frenillo haciendo alcanzar cimas antes no exploradas pero no por ello inexistentes, cuando la puerta del servicio se abrió. Pensé de inmediato en la mujer que custodiaba y daba cobertura logística a los servicios cuando sabiendo que había otras dos cabinas libres, quien quiera que fuese golpeó precisamente en la que nos encontrábamos. No me equivoqué.
- ¿Se encuentra usted bien señora? – una voz femenina, algo cascada, que sugería una mediana edad heredera de otra anterior algo más airada se interesaba por mi acompañante al parecer.
Yo le puse cara de agobio y urgencia a mi compañera de escarceo. Ella mandando y con gran aplomo sin levantarse siquiera de donde se afanaba en mi sexo con su boca me hizo señas que no me preocupase.
- Divinamente, querida, divinamente, no lo sabes tu muy bien – la voz era de quien está al cabo de la calle en peripecias de ese jaez.
- Usted perdone, pero como hace ya un rato que la vi entrar, pensé… - se disculpaba la señora de los servicios desde fuera al tiempo que se dejaba caer.
- Gracias por el interés y ahora sería tan amable de dejarnos en paz – sin duda era una buena pieza mi compañera, ese plural empleado no lo fue, de ningún modo un descuido, estaba provocando y disfrutando con ello.
- ¿Dejarnos, ha dicho usted? – preguntó alarmada la voz. Mi compañera encendió su cara de satisfacción por el escándalo provocado
- ¿Se va a marchar o le gustaría acompañarme en mis necesidades? – le contestó desafiante.
- Perdone, señora, ya la dejo.
Cuando se escuchó cerrarse la puerta del servicio, me quedé mirándola sorprendido de su aplomo y sangre fría, ella con cara de suficiencia, dominadora de cualquier situación por engorrosa que fuera, se limitó a levantarse, sellarme los labios con sus dedos y a agacharse a continuar con la felación. El incidente había hecho algo de mella en mi posibilidades pero en menos de medio segundo estaba otra vez al cien por cien espoleado por el excitante episodio de la sorpresa y la lengua juguetona y hábil de mi pareja.
Cuando creí que todo iba a terminar ella, sabia como nadie, lo dejó, se levantó y con la cara de viciosa más recalcitrante se dio la vuelta ofreciéndome su trasero agachándose y apoyando sus manos en el tabloncillo del inodoro. Entonces, en voz susurrante, con la cabeza vuelta hacia mi cara me dijo “No te apures, siempre que salgo de caza lo llevo limpio”. Me dejo algo apurado por el inciso que parecía romper la magia del acto, pero tenía razón al avisarme.
- ¿Llevas condón? - me atreví a preguntarle.
- ¿No deberías llevarlo tú? – me reprochó a medias en broma y a medias en serio y sin dejarme reaccionar sacó de su bolso uno - ¿te lo pongo o sabrás tu solito? – cada vez me provocaba más y ella se daba cuenta de cómo marcaba los tiempos y cómo yo no era más que un perrito amaestrado en sus garras.
Con un gesto de rabia se lo quité de la mano y me lo puse. Estaba cabreado por la guasita mostrada así que sin preámbulos le palpé el ano con una mano, apunte con la otra mi verga y de un certero golpe de cadera se la hundí en su cuerpo, la perforé como un hierro al rojo entra en un bloque de tocino. Le dolió, lo supe al instante, echó la cabeza atrás en un gesto inequívoco de rechazó reflejo  intentando desembarazarse de mi presa pero no la dejé, se debatía de dolor mientras yo le susurraba que había cosas que yo sabía hacer solito y que lo estaba comprobando en ese momento; yo estaba eufórico de ser ahora el que avasallaba. Poco a poco se fue dominando y aceptando el castigo como parte del juego, el dolor fue cediendo su espacio al placer y lo que eran convulsos intentos de desembarazarse de mi presa y mi hierro ardiente se convirtieron en espasmos de placer con invitaciones de una voz lasciva y ronca a que llegase mas profundo, que la rajase hasta lo mas hondo, que la atravesase, que la destrozase. Mis mano que antes sujetaban sus caderas para que no se escapase la presa bajaron hasta su clítoris, que era duro como el corindón y comencé a masajearlo con una mientras con la otra introducía mis dedos en su vagina, lo que unido al masaje interno de mi miembro por su ano desencadenó un orgasmo en ella que la dejó exhausta. Yo deseaba derramarme cuanto antes, pero no lo hice, simule que lo hacía lo mejor que pude y me retire de su cuerpo. Pensé que esa noche Marta se merecía que yo le premiase con el ímpetu sexual acumulado en aquel episodio. Hacía tiempo que me costaba alcanzar un orgasmo de calidad con ella y reservándome de aquella magnifica aventura podría entregarle a Marta lo mejor de mí en lugar de regalárselo a aquella desconocida. Incluso la fenomenal aventura experimentada con todo su peligro de escándalo, me suministraría suficiente material de fantasía para unas cuantas noches gloriosas con mi mujer, ella se lo merecía sin culpa alguna porque hubiese dejado de provocarme sexualmente, la culpa seguramente era mía por ser como era. Me quite el preservativo y con maestría le hice un nudo y lo arrojé al servicio. Tiré de la cadena y mi mentira se escapó inodoro abajo por el manguetón.
No cruzamos palabra. Me arreglé la ropa mientras ella de terminaba de colocar la suya. Con un gesto de cabeza me indicó que saliese fuera, yo quise replicar pero me calló con un dedo en mis labios. La obedecí.
La cara de entre “lo sabia” y “que poquísima vergüenza” que puso la mujer de los servicios, los brazos, desafiante, en jarras, al verme salir del de señoras tenía la misma raíz que le dejó sin habla para imprecarme mientras salía de allí a escape. La puerta del vestíbulo se estaba cerrando cuando escuché como la mujer entraba al servicio al grito de “señora”, supongo que para poner a caldo a mi colega de manejos.
Salía con la sonrisa de oreja a oreja, satisfecho de la travesura cometida y encantado por llevar una fuerza sexual dentro de un calibre tal que haría que Marta gozase esa noche como nunca, cuando me la encontré delante de mí. Estaba en la barra hablando con el camarero y no había forma de que yo pasase desapercibido, tendría que ser ella ciega. Pensé enseguida que porqué tendría que pasar desapercibido. Estuve bloqueado durante unos instantes antes de dirigirme a ella para preguntarle la razón de su presencia. Yo le había dicho que iba a entregarle a Orihuela un manuscrito, pero no le había llegado a decir donde era la entrega, por tanto su presencia allí debería responder a otra causa. Cuando a la voz de sorpresa que le di reclamándole la atención Marta reparó en mí, ya mi compañera de juegos de retrete público se había deshecho de la cuidadora de los meaderos y venía triunfante detrás de mí. Antes de que pudiésemos más que darnos un beso sin decirnos ni media palabra mi mujer y yo para explicarnos el uno al otro la razón de nuestro encuentro en lugar tan poco común para nuestras costumbres escuché un grito entusiasta y desinhibido.
- ¡¡Martita!!
Me quedé sin sangre en las venas y por poco me desmayo. Mi reciente compañera de sodomía se echaba en brazos de mi mujer sin dejar de darle besos. Después de los beneplácitos de rigor y aspavientos varios llegó la hecatombe.
- Tunantilla, como has cambiado – le dijo sujetándole la cara entre sus manos con unos chispeantes ojos de complicidad – siempre diciendo que tú si no había amor por medio nada de nada y te encuentro ligándote a éste, ¡como se entere tu marido! Pues que sepas que yo lo vi primero – me miraba guiñándome un ojo - y no ha  estado nada mal,  ¿verdad cabroncete?
Dicen los físicos que el aire es transparente, ligero e incoloro, pero para mí en ese momento el aire era de consistencia de gel de una tonalidad pardusca y no era apto para respirar. El mundo se volvió borroso en torno a mí, el suelo dejó de existir y todo era impreciso salvo el rostro de mi mujer a la que veía abrir y cerrar la boca a cámara lenta sin que de su boca saliese palabra alguna. Mi reciente compañera de sexo no se movía, envuelta en otra nube y cara de bobalicona cogida en un renuncio. No podía yo verme pero estaba a punto de estallarme la cara de roja que me la sentía; toda la sangre de mi cuerpo se reclutó por no se que designio mágico, para que se presentase de inmediato y al galope en mis mejillas. Empecé a marearme, creo que por la falta de respiración o la sensación de nausea ingrávida en la que me encontraba a punto del vomito, algo de lo que me sentía incapaz y me rescató de una muerte segura por ahogamiento en mis propias bilis, boca como el rejalgar, el mayestático bofetón que con toda su mala leche me soltó Marta. Luego transcurrió un par de docenas de siglos en los que se me quedó mirando fijamente a los ojos y fría como un cadáver, con los labios finos y lívidos de una arpía me espetó un “CERDO”, muy bajito, mascullado, más que dicho, que restalló en mis oídos, como propalado por un altavoz de dos mil vatios de potencia. A continuación y sin bajar aún de la nube en la que me encontraba observé como si fuese un espectador ajeno y un punto divertido por el entremés de cuernos que estábamos representando, como se volvía a la, hasta hacía cinco segundos, su amiga de la infancia.
- Siempre fuiste una guarra, pero nunca pude imaginar que fueses tan arrastrada como para hacértelo con el primer gilipollas que te pudieras encontrar en una cafetería.
A los dos días, cuando se le calmaron los ímpetus a Marta y me dejo que volviese a casa, pude enterarme de que mi compañera de vater y ella eran antiguas compañeras de colegio y lo que yo interrumpí de aquella manera fue un reencuentro después de mas de veinte años en el que ninguna de las dos sabía cual había sido la vida de la otra. Me tuvo que pasar a mí. También es cierto que pasada la semana de mosqueo de rigor pude hacer el amor con ella deshaciéndome en disculpas previamente y el rédito de aquel no tan malhadado encuentro en los dominios del señor Roca fue a la cuenta erótica de ella que disfrutó como una posesa del ímpetu que yo había acumulado con aquella ex amiga suya y a mi me liberó de la pesada carga de tener que echar a volar la imaginación para poder culminar el acto que tenía que demostrar, en su imaginario, todo lo que la quería. Tuve que mentir como un felón cuando después del alivio fisiológico me preguntó muy seria y con los ojos a punto de llanto si la mujer con la que acababa de hacer el amor había sido ella o la guarra de su amiga. He de decir en honor a la verdad que ningún remordimiento me asaltó, ni me asalta ahora cuando le contesté que no, que solo ella estaba en mi imaginación. Creo que ella nunca lo creyó, aunque intentó que yo creyese que ella me creía.
Desde entonces Marta me ha avisado en cada ocasión, de que no soportaría una infidelidad más y sin embargo yo no he tenido más remedio que serla infiel, en su escala de valores, que no en la mía, para poder seguir manteniendo ese vinculo físico que para ella es la piedra de toque de nuestro amor. Probablemente es que yo no la quiero, me digo a veces, pero luego concluyo que lo que debe ocurrir es que no quiero a nadie, porque por más que busco en los rincones mas perdidos y polvorientos de mi conciencia no consigo encontrar, ni aún roto y desvencijado, ni un atisbo de remordimiento, lo que por otra parte es un alivio. “Eres un cínico”, me suelo decir constantemente, pero me regodea saber que lo soy.

7.10.12

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