I
Enfrentado con el tiempo que
apremia. Responsabilidades, compromisos. Siempre la misma cantinela, el acecho
del deber y la cuartilla en blanco acusando con su inmaculada pulcritud. Nunca
llegué a creer que esto pudiera sucederme, pero así, sin ningún tipo de
preámbulo ni cualidad especial de la vida todo fue fluyendo entre la
desesperanza y la apatía, la rutina y la nausea. Aún no he sido capaz de
desentrañar el misterio, el porqué a unos sí y a otros, a mí más certeramente,
se nos niega casi todo. Y quiero suponer que se me niega lo que yo considero
que me corresponde en justicia, aunque quizá se me haya dado más de lo que
merezco, por cobarde.
Desde que empecé los estudios
serios y colaboraba en la revista del Instituto, todo eran parabienes y
promesas de un futuro de luz y color. ¿Qué pasó?
- Cariño, es Orihuela al teléfono
– mi mujer presa de no se qué tipo de excitación estupida (¿porqué era así, si
al principio era una rompedora inteligente que me estimulaba con su oposición
razonada?) me traía el inalámbrico a la mesa, tapando con decidido interés el
micro, para que el tal Orihuela, no se enterase que se me avisaba que el muy imbecil
quería hablar conmigo.
El imbecil y engolado Orihuela.
¿Fama? Lo suyo hacia tiempo que había dejado de ser fama para entronizarse
directo y por derecho en el parnaso de las celebridades internacionales. ¿Qué
había sucedido para que fuese él el icono del triunfo y no yo, cuando en
realidad el muy creído, nunca habría escrito una línea si no lo hubiese hecho
yo por él? Sabía que quería, la razón de su llamada. ¿Cómo podría ser yo su
amigo, cómo soportarle tanta gilipollez? Celoso de que nadie conociese su
secreto estaba ya metido por derecho en la autopista de la paranoia. Si se
había decidido a marcar mi número es que algo grave le pasaba, se arriesgaba a
“un escándalo de proporciones cósmicas”, acostumbraba a decir fuera de toda
cordura con su impostada y chillona voz de prima dona decadente.
Estuve un buen rato con el
teléfono en la mano saboreando el ataque de nervios que como que era de noche,
el imbecil de Orihuela estaba sufriendo. Si decidía seguir sin contestarle
deleitándome con el dulzor de su impaciencia,
la siguiente llamada sería a su psiquiatra. Me invadían vaharadas de esa
sensación malsana de bienestar que se tiene sabiendo ser el dueño de la
situación; estaría sufriendo y eso era magnifica remuneración a mi sentido
innato de la justicia. ¡Que se jodiese!, amigo de toda la vida y todo, pero que
se jodiese. Finalmente se apoderó de mí esa estupida vena de condescendencia y
misericordia, lástima por el sufriente, causante de muchos, si no de todos mis dolores
de cabeza, recuerdo de buenos ratos de farra y contesté.
- ¡Antonio Ramón!, querido mío,
que de bueno tienes que contarme – mi tono era forzadamente festivo y
despreocupado, no me lo quería reconocer pero de alguna manera le quería, a mi
manera, una que ni yo mismo entendía, pero le quería.
- ¡No! por lo que más quieras,
nada de nombres por teléfono – su tono de voz exageradamente bajo y
chuchicheante, alarmado, histérico, vanamente engolado.
Cerré los ojos y lo vi como si
estuviese delante de mí: la bata rosa de raso ribeteada de marabú, la cara
llena de cremas y la redecilla sobre sus escasos cabellos brillantes de
potingues contra la desesperante alopecia. Su secretario de turno, nunca de más
de veinticinco años sujetándole la mano, dándole consuelo escasito de ropa,
como a él le gustaba. No pude evitar una sonrisa de sarcasmo entreverada de
cierto asco y conmiseración. Y no por su condición gay, no, sino por su
deprimente actitud ante el envejecimiento. Siempre fue igual de maricona, pero
con altivez, orgullo de clase, ahora su descendimiento al ridículo era penoso.
- No te asustes, hombre. Tú
tienes decodificador y yo también, el mejor, tú me lo regalaste. ¿Quién va a
querer espiarte?
- Bueno, ya está bien –
impaciencia no era calificativo para lo que trasmitían sus palabras. ¿Cómo va
eso?
Estaba disfrutando con su
ansiedad. La venganza, esa justicia primaria que se aplica donde no alcanza el
imperio de la ley era mía y la saboreaba con delectación.
- ¿Eso? A que te refieres –
estaba decidido a seguir disfrutando con su desesperación.
- ¡Por favor!, ya está bien – le
escuchaba jadear de angustia al otro lado del hilo – sabes perfectamente a que
me refiero.
- De acuerdo, AR., de acuerdo,
solo era una de esas bromas mías que tanta gracia te hacían antes, nada más –
decidí terminar con su sufrimiento – va en fechas. Lo tendrás cuando acordamos
– mentí deliberadamente lo que me provocó un plus de placer por hacérselo a él
y a la vez una incomodidad interior difícil de definir, la que viene
determinada por el engaño propio, que solo sirve para encanallarse en el vicio
y la molicie de la pereza.
- El editor me apremia y quiere
los primeros capítulos para ver como se va a orientar la promoción. Por lo
menos me podrías haber dicho el resumen del argumento. Estoy ciego y ya no se
que excusas darle. Me parece que te estás tomando demasiadas confianzas –
intentaba ponerse severo – y me voy a pensar si no…
- AR., en quince días lo tendrás
– le corté lo que sabía que iba a decir y que no quería ni escuchar - y le
dices a esa rata tuya que tienes por editor que se joda, que el que le hace
ganar el dinero soy yo, aunque él no lo sepa y que he dicho que quince días.
- Mira, negro. Si no fuese por
mí, no podrías escribir ni en la hoja parroquial. Da gracias que te publican
tus ripios en revistillas de provincias por mi benevolencia. ¿De qué ibas a
vivir tú sin “mis” novelas? – estaba ridículamente indignado.
- Me llamo Cesar, ¿recuerdas? –
intenté dar dureza y negar cualquier atisbo de debilidad a mi respuesta – y
piensa que éste negro podría irse de la lengua.
- Ya está bien – conciliador – en
quince días, ni uno más.
- Ni uno menos – colgué sin
dejarle opción a prolongar la conversación.
Solté el auricular como si
estuviese al rojo vivo, deseaba alejar de mí aquella conversación tanto como
pudiera. Soy un peligro, para mí el primero. ¿Porqué tuve que decirle dos
semanas?, estaba a más de la mitad de la novela y la verdad, no encontraba
momento ni en el día ni la noche para rematarla de una puñetera vez. Tenía que
reconocer que todo lo que le había escrito al imbecil paranoico era basura
comparado con lo que estaba haciendo salir de aquellas cuartillas blancas,
pero…, aquella inquietud mía, ese sin vivir, siempre se hacía presente,
siempre, cuando ya tenía en la cabeza el escrito completo y solo quedaba darle
forma en frases y párrafos, pero me bloqueaba por completo y mi mente se
llenaba de escenas y cuadros de sexo desaforado que no me dejaban escribir nada
que no fuese esa deriva. Ahora me encontraba en una de esas tesituras y si
dentro de quince días quería tener lista la novela de Orihuela tenía que
practicar sexo, anónimo, rápido e impersonal, como fuese.
- ¿Qué quería Orihuela? –
preguntó con coquetería y curiosidad Marta.
Tenía que reconocer que no estaba
nada mal. A sus cuarenta su figura podría pasar por cualquiera de una de
treinta bien conservada. Era, además guapa, de cabellera intensamente negra y
ensortijada en un bucle amplio que daba a su pelo un volumen y una movilidad
muy sensual. Una piel canela clara con unos rasgos de cara definidos, abdomen
plano como la palma de la mano y una simpatía natural hacían de ella un sujeto
de deseo para cualquiera que no fuese Orihuela. Solo tenía un pequeñísimo
defecto; solo entendía el sexo como la culminación del hecho de amar y desde
ese punto de vista cualquier cosa que de lejos se arrimase a lo que pudiera
definirse como fantasía sexual en la que no apareciesen dos amantes entregados
y fuésemos nosotros encima le hacía botar de indignación y amor atropellado. Al
principio de nuestra relación, su sexo era para mi fogoso, inacabable y
entregado; me conquistó, pasó el tiempo inexorable y el asunto empezó a
aburrir. Éramos dos jóvenes ardorosos, a veces un empezar sin acabar y otras un
contenerse adrede para cogernos después con mayor ímpetu. Marta me quiere,
seguramente como nadie ha podido querer jamás a nadie y yo la quiero a ella, a
mi modo, lo daría todo por y para ella y jamás me separaría de su lado pero…,
hacía ya tiempo que era incapaz de excitarme. Podría haber hecho sexo con ella
dormido, el guión era siempre el mismo. Ella me echaba su pierna por encima de
la mía y empezaba el galanteo a base de caricias y pequeños pellizcos suaves
por las zonas erógenas. Ella enseguida
se mojaba y empezaba a gemir solo con que la rozase el sexo con mis dedos.
Cuando se acordaba que yo poseía un apéndice que servía para algo más que para
servirle de consolador a ella me lo acariciaba olvidándose sin embargo que
debajo hay unas bolsas que pueden provocar y de hecho provocan gran placer
cuando se acarician con cuidado. El siguiente paso era un leve empujoncito de
mi cabeza a su entrepierna para que le chupase, lamiese, mordiese y penetrase
con la lengua su sexo, dedicándole finalmente mayor atención al clítoris, duro
como el pedernal. Cuando gracias a mi estimulación ella alcanzaba el clímax, me
retiraba la cabeza de un empujón sin contemplaciones y reclamaba la penetración
y ahí es donde últimamente tenía yo mis problemas, porque todo aquel conjunto
de actividades que acabo de describir se habían convertido para mí en un acto
protocolizado desprovisto de la más pequeña dosis de sensualidad. Me veía como
un obrero del sexo que sabía al dedillo cuales eran los manejos que mejor
satisfacían a su patrón pero manejos en los que no me sentía en absoluto
involucrado. Resultado: gatillazo una y otra vez, llanto, reproches y una
semana de morros que sencillamente era incapaz de soportar.
- ¿Qué iba a querer?, está de los nervios porque su editor le
reclama la novela y lo peor de todo es que a mi me falta aún mas de la mitad
para acabarla. Le he dicho que en quince días la tengo…, a ver…
- Bueno, no importa, tu tienes
capacidad para eso y mucho más – quiso quitar hierro al asunto y me abrazó por
detrás, y en plan cómplice continuó susurrante – un buen polvo y se te
despejarán las ideas, como siempre.
Esa era la solución y el
problema. Ella lo sabía, yo lo sabía, pero era incapaz de enredarme con ella si
antes…, digamos que debía prepararme.
Mis mejores escritos surgían
siempre en épocas de mi vida en que mi actividad sexual era desenfrenada. Es
más, agotado, exhausto, hastiado de sexo lo único que me apetecía después de,
no era un cigarrillo como a todo el mundo, era ponerme a escribir y las ideas
fluían con una facilidad que a veces me asombraba. Ahora Marta quería ayudarme
y seguramente haría de tripas corazón para darme sexo y empujarme a escribir
sin pausa. El problema era que no me apetecía nada su sexo, es más, saber que
tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano por darle sexo sin humillarla con
otra defección me ocasionaba más bloqueo aún.
Antes de unir mi destino al suyo,
nunca tuve problemas para practicar sexo cuando lo necesitaba, sexo ocasional,
sin enredos ni compromisos, nada de lazos ni números de teléfono para volverse
a ver. Sexo era sexo, físico y ya, sin repeticiones, eso queda para las jugadas
comprometidas al borde del área. No alardeo de Casanova, ni de conquistador,
siempre ha sido así y no me planteé nunca que fuese excepcional o no. Además en
sexo ocasional mi arco es amplio, entre los veinte y los cincuenta y cinco,
cualquier cosa que se mueva y carezca de pene me hace babear, por lo que era
raro el día que cuando me lo proponía no salía a la calle y encontraba sexo y me importaba tan poco su
estado civil como el lugar donde practicarlo, con cama o sin ella, por lo que
queda claro que pegas a una relación nunca puse. Cuando no podía encontrar
nada, una prostituta, cuanto más tirada mejor, servía a mis propósitos, de
forma que si quería escribir solo tenía que arreglármelas para tener un par de
horas.
- Cesar, mi amor. Tengo un
problema – estaba mimosa y entregada – tendría que ir por un traje que dejé
para arreglar al modisto y no tengo ganas.
- ¿Un traje? – pregunté
extrañado.
- Claro, tonto, para la fiesta
del sábado en casa de Martín.
- ¡Joder!, es cierto – puse cara
de autentica sorpresa por que la realidad es que se me había olvidado por
completo lo de la fiestecita de marras - ¿y que quieres, que vaya yo, no?
- Anda, a ti no te cuesta anda
–más mimosa aún – cuando vuelvas…, ya sabes, te estaré esperando como siempre.
- Eso está al otro lado de la
ciudad y sabes todo lo que tengo que escribir – me hice de rogar viendo a la
vez el cielo abierto. Hacer de la necesidad virtud es mi especialidad.
- Venga cariño, en dos horitas,
si el tráfico no está muy embrollado lo haces. Mientras tanto me preparo, ésta
noche será gloriosa. ¡Ah!, se me olvidaba. Pásate por la droguería y compra el
insecticida ese que tiene un número, están las plantas del balcón minaditas.
- De acuerdo, te refieres al Chas
48 – condescendí, sintiéndome aliviado de que ella insistiese. Estaba salvado –
pero iré en el Metro o el bus, ya veré, no me apetece coger el coche a estas
horas.
- Ese, sí, que se van a echar a
perder todas las plantas.
Inmediatamente sentí como se
tensaba mi calzoncillo. Había vida allí y quería demostrarlo. Al salir me
acerqué a ella a despedirme y le roce con mi dureza. Ella se restregó.
- Uy, uy, como está el patio, no
se yo si dejar que te vayas por ahí solito. Venga, vete y vuelve pronto, te
esperaré ansiosa – se separó de mi unos centímetros y le cambió el rostro y el
tono de voz – no me la vayas a jugar otra vez, por favor, no lo soportaría.
Habían pasado ya tres años y no
olvidaba.
Una mujer tratándose de estos
menesteres no es que no pudiera, es que no sabría como olvidar. No dejaba pasar
ocasión sin recordármelo cuando por la razón que fuese tuviera que alejarme de
ella más de dos horas. Siempre salía conmigo, donde fuese, me marcaba
estrechamente.
Yo había descubierto hacía tiempo
que necesitaba esa forma de sexo entendido como depredación, aventura, caza,
para excitarme, cargar mis baterías eróticas con desconocidas que revistiesen
cierto peligro, controlado en gran parte por mí, dejando un poso de
incertidumbre al azar para conferir al acto un plus de juventud inmortal.
Después poder descargar esas energías adquiridas en el lance, con ella, porqué
era a quien quería, a quien amaba, que para mi significaba querer pasar los
días a su lado hasta el fin, sin que ello significase más que eso, querer
permanecer con ella como pareja, el sexo no era un ingrediente indispensable en
la receta del matrimonio en mi imaginario, para Marta el sexo era el corolario
del amor, practicarlo con quien no fuese ella demostraba la inexistencia de mi
amor.
Fue una de esas casualidades
estúpidas que dan al devenir picante y
evitan que el vivir sea mortalmente aburrido. Sufrir, en medio de las más
rotundas adversidades también, un mucho de aventura, no deja de ser una forma
de vivir, diferente a aquella en la que todo nos sonríe y es fácil y en la que
se aprende de la vida más que cuando todo transcurre sin sobresaltos. La
adversidad hace pensar al hombre, a mí al menos, le hace detenerse en su
atolondrado y autocomplaciente existir y le abre nuevas formas de enfrentar la
vida, hasta que la pierde en uno de los intentos.
Nunca había entrado en aquella
cafetería, se encontraba lejos de cualquier parte que yo pudiera frecuentar,
pero cediendo a las presiones y ruegos de Orihuela, siempre Orihuela,
omnipresente Orihuela, fui al apartado hotel del que dependía el
establecimiento donde ocurrió el sucedido, para hacerle entrega en una de sus
habitaciones, de la forma mas sigilosa posible, un manuscrito que su jodido
editor le estaba reclamando hacía meses y yo, como casi siempre, me había
retrasado en entregar.
- No pueden vernos juntos jamás,
así que ahora te vas por donde has venido y me dejas en paz que me hojee el
manuscrito – me dijo de la forma más desagradable y desdeñosa que pudo el imbecil. Hoy pasados ya tres años
de aquello no solo es desagradable y desdeñoso, es un divo histérico que solo
encuentra justificación a su existencia en la predestinación a la fama
- No tenía intención de quedarme
Antoñito – sabía que le irritaba en grado superlativo que le llamase como lo
hacían en el colegio y le devolvía su desprecio.
- ¡Fuera!
Bajé las escaleras en lugar de
tomar el ascensor, me encontraba relajado y tranquilo tras entregarle mi último
best-seller; lo sería, eso era seguro. No tenía intención de nada, la verdad es
que lo único que quería era marcharme a casa para salir, libre de compromisos
de momento, a cenar con Marta y luego a tomar unas copas a cualquier lugar de
moda, pero al salir por el vestíbulo una mirada verde y venenosa se me clavó en
mi cabeza como si yo fuese un gusano en manos de un entomólogo al que
amorosamente cataloga. Para alguien no avisado, no entrenado en el manejo de esas
ingrávidas saetas del galanteo no
pasaría de ser una mirada de alguien que, equivocado, mira intentando reconocer
una cara largamente olvidada por el paso del tiempo, pero no para mí que tenía y
aún sigo teniendo siempre sintonizada esa frecuencia de comunicación barriendo
mi entorno por si encontrase algún naufrago sediento en medio del desierto de
comunicación en que se acaban convirtiendo nuestras vidas.
Podría tener la edad de Marta y
no fue necesario que se detuviese para horadarme el cerebro con su láser verde,
simplemente se cruzó en mi camino por el vestíbulo camino de la cafetería con
el tiempo justo para taladrarme los ojos enviándome el mensaje de que éramos el
uno para el otro, allí en ese momento y lugar, que nuestra vida en común
duraría la eternidad que podría durar un orgasmo intenso y rápido amparado en
el anonimato. No volvió luego la vista atrás, ella sabía que no era necesario,
que el arpón lanzado se había fijado solidamente en la presa y no tenía más que
arrastrar con su cuerpo el sutil cable enganchado. Llevaba una falda que me
pareció de organza, vaporosa, estampada en diferentes tonos de verde agua y una
blusa de gasa color vainilla bajo la que se podía ver, mas que apreciar, que no
le hacía falta sujetador Me dejó
exhausto y embarcado en el bamboleo de sus caderas al punto de producir esa
sensación, vieja amiga conocida, de vacío en la boca del estomago que podría
confundirse con la nausea pero que en realidad solo significa que una pieza
esta al alcance, que la caza había comenzado, solo era preciso seguir el rastro
adrede dejado y cumplir con el protocolo cuyo fin es el sexo desnudo,
descarnado e inocente.
Se sentó en la barra del bar y
pidió algo, no me enteré el qué, estaba toda mi atención al lenguaje no verbal
de aquella diosa. Me acomodé en la otra punta de la barra y esperé a que me
atendiesen sin quitarle los ojos de encima. Ahora era yo el que abrasaba con la
mirada su cuerpo, intentando acariciarla, lamerla, devorarla e intentando no
disimularlo. Un par de veces hizo intención de mirar donde yo me encontraba
pero abortó el gesto nada más iniciarlo, me cebaba como si fuese un gran pez
espada al que hay que cobrar y yo lo sabía, enardeciéndome en la refriega a
cada minuto que pasaba. Sin poder hacer otra cosa tuve que recolocarme en el
taburete porque la erección me estaba incomodando y me quitaba intensidad en el
empeño de la caza. Fue solo una centésima de segundo pero se la cacé, un sutil,
imperceptible balanceo de cabeza con el pretexto de colocarse la cabellera y
poder lanzarme una furtiva mirada al tiempo que esbozaba una sonrisa que nadie,
mas que yo, podría habérsela definido, pero que yo sabía que era solo para mí.
Estaba hecho, me dije, y tuve que tragar saliva cuando la vi que se levantaba
del asiento. Era toda una artista, no era la primera vez que se entregaba a
esta peculiar variante del arte de la cinegética. Con un caminar lento y
meditado comprobé que se dirigía hacía donde yo estaba. Eso no está en los
manuales, pensé, y me puse nervioso. Si se acercaba y entablaba una
conversación adiós al encanto del sexo brutal y descarnado, adiós al misterio del
encuentro anónimo y animal. Me desilusioné al instante, no estaba yo para
paliques, intimismos sentimentaloides ni perdidas de tiempo. Pero no, pasó
delante de mí dirigiéndose a los servicios que hasta en ese engaño se
demostraba maestra. Al llegar a mi altura hizo ademán de detenerse mirando de
soslayo y disimulando luego, pretextando leve tropezón. Respiré aliviado, efectivamente
estaba hecho, no me fallaba el instinto.
Lo que pasó después fue tórrido,
peligroso y temerariamente gratificante, porque yo no podía saberlo, fue como
dije mas arriba una de esas casualidades que pasan constantemente y que en mi
caso por poco no me cuesta todo lo que soy.
Me tiré prácticamente de la
banqueta de la barra y le seguí los pasos hasta que entré al pequeño vestíbulo
que da acceso al servicio de señoras y al de caballeros. La puerta del de
señoras se estaba cerrando en ese momento y me quedé expectante, lo suficiente
para darme cuenta que una señora pasada la cincuentena perfectamente uniformada
esperaba detrás de un pequeño mostrador, atenta a cualquier necesidad de los
clientes. No pasó ni un segundo cuando la puerta volvió a abrirse sin que nadie
saliese, la mujer dirigió una mirada de extrañeza primero a la puerta, luego a mí.
El recuperador hizo que la puerta se volviese a cerrar morosamente. ¡Si
señora!, así era como se hacía, me dije alborozado para mis adentros y sin
pensármelo entré en el servicio de caballeros para pasados ni treinta segundos
volver a salir comentando a la señora de la puerta que no quedaba papel higiénico,
no sin antes deshacerme del que quedaba tirándole a la papelera. Hice intención
de marcharme a punto de ver por el rabillo del ojo que la mujer se perdía con
un par de rollos de papel por donde yo acababa de salir. Sin pensarlo dos veces
y con rápido gesto me introduje en el
servicio de señoras con el corazón al galope y la bragadura a punto de
explotar. Había tres excusados, dos con las puertas abiertas y uno, el cielo,
que tenía la puerta casi cerrada, la empujé con cuidado, el corazón a punto de
descarrilar, la saliva en huelga, las manos como témpanos, el pulso de adolescente
primerizo y entré. La promesa de lo que esperaba detrás de aquella puerta
superaba con creces cualquier peligro que mi arrinconado sentido común
intentaba ponerme delante de los ojos para hacerme desistir de la locura, en
ese momento, el mundo para mí, era una puerta del servicio de señoras de un
hotel del que ni del nombre me acordaba y en ese instante se resumía toda mi
vida enfocada en mi entrepierna que estaba ya a punto de la deflagración.
Estaba apoyada contra la pared de
detrás de la puerta con la blusa a medio desabrochar y uno de los pezones
haciéndome un guiño desde su erección descarada saliéndose de la camisa. Me
miró, sonrió, y rozó sus labios con los míos al tiempo que palpaba mi paquete
para valorar con lo que se enfrentaba. Yo para ese momento me encontraba ya
fuera de toda lógica razonada, arrebatado de un mareo que hacia fluir sangre a
mi cabeza como si de una riada se tratase nublándome la vista, solo deseaba
culminar, penetrar, acabar y salir. No quería que durase más que lo justo,
corría peligro de enredarme como un quinceañero a la vista de lo que se me
presentaba y no iba a consentirlo. Con habilidad desarrollada en más de uno y
de dos lances del estilo me desabrochó el pantalón que cayó al suelo con
estrépito de llaves y hebilla de cinturón. No se molestó ni en bajarme los
calzoncillos, sencillamente me sacó por una de las perneras del slip, el pene
con sus acompañantes que saltó hacía delante reclamando protagonismo con la
brillantez de su tersa piel congestionada de bellota limpia y reluciente. Yo
tenía su pezón preso de mis dientes al que mordisqueaba sin recato lo que le
provocaba gemidos casi inaudibles muy excitantes. Subí del pezón a sus labios
para poder acercar mi cuerpo al suyo propiciando una penetración rápida pero me
rechazó con un gesto suave pero firme. Ella misma se levantó la falda y
comprobé que su sexo a excepción de una estrecha franja vertical de vello negro
estaba lampiño y entre sus ninfas, perforándolas, había un minúsculo candado,
que parecía de oro, ocluyendo la entrada al paraíso del pecado más dulce. Fijó
sus ojos en los míos disfrutando con la perplejidad que se pintaba en mi cara e
hizo un mohín encantador con los labios al tiempo que entrecerraba los parpados
y movía la cabeza suavemente de un lado al otro haciéndome saber que no había
problema. Pensé que sacaría de algún lado una pequeñísima llave para abrir su
particular caja fuerte pero en lugar de eso se agachó delante de mí iniciando
una felación. No voy a decir que no me guste una felación pero no es la mejor
manera en mi opinión de alcanzar un orgasmo por mucho derramamiento que se
produzca en la boca, no se controlan los tempos ni las cadencias, no es la boca
una vagina mordiente. Pero no, no era esa su intención.
Había comenzado su trabajo,
excelente por otra parte, lengua serpentina habilidosa y contorsionista que
sabe llegar hasta los lugares más recónditos del frenillo haciendo alcanzar
cimas antes no exploradas pero no por ello inexistentes, cuando la puerta del
servicio se abrió. Pensé de inmediato en la mujer que custodiaba y daba
cobertura logística a los servicios cuando sabiendo que había otras dos cabinas
libres, quien quiera que fuese golpeó precisamente en la que nos encontrábamos.
No me equivoqué.
- ¿Se encuentra usted bien
señora? – una voz femenina, algo cascada, que sugería una mediana edad heredera
de otra anterior algo más airada se interesaba por mi acompañante al parecer.
Yo le puse cara de agobio y
urgencia a mi compañera de escarceo. Ella mandando y con gran aplomo sin
levantarse siquiera de donde se afanaba en mi sexo con su boca me hizo señas
que no me preocupase.
- Divinamente, querida,
divinamente, no lo sabes tu muy bien – la voz era de quien está al cabo de la
calle en peripecias de ese jaez.
- Usted perdone, pero como hace
ya un rato que la vi entrar, pensé… - se disculpaba la señora de los servicios
desde fuera al tiempo que se dejaba caer.
- Gracias por el interés y ahora
sería tan amable de dejarnos en paz – sin duda era una buena pieza mi compañera,
ese plural empleado no lo fue, de ningún modo un descuido, estaba provocando y
disfrutando con ello.
- ¿Dejarnos, ha dicho usted? –
preguntó alarmada la voz. Mi compañera encendió su cara de satisfacción por el
escándalo provocado
- ¿Se va a marchar o le gustaría
acompañarme en mis necesidades? – le contestó desafiante.
- Perdone, señora, ya la dejo.
Cuando se escuchó cerrarse la
puerta del servicio, me quedé mirándola sorprendido de su aplomo y sangre fría,
ella con cara de suficiencia, dominadora de cualquier situación por engorrosa
que fuera, se limitó a levantarse, sellarme los labios con sus dedos y a
agacharse a continuar con la felación. El incidente había hecho algo de mella
en mi posibilidades pero en menos de medio segundo estaba otra vez al cien por
cien espoleado por el excitante episodio de la sorpresa y la lengua juguetona y
hábil de mi pareja.
Cuando creí que todo iba a
terminar ella, sabia como nadie, lo dejó, se levantó y con la cara de viciosa más
recalcitrante se dio la vuelta ofreciéndome su trasero agachándose y apoyando
sus manos en el tabloncillo del inodoro. Entonces, en voz susurrante, con la
cabeza vuelta hacia mi cara me dijo “No te apures, siempre que salgo de caza lo
llevo limpio”. Me dejo algo apurado por el inciso que parecía romper la magia
del acto, pero tenía razón al avisarme.
- ¿Llevas condón? - me atreví a
preguntarle.
- ¿No deberías llevarlo tú? – me
reprochó a medias en broma y a medias en serio y sin dejarme reaccionar sacó de
su bolso uno - ¿te lo pongo o sabrás tu solito? – cada vez me provocaba más y
ella se daba cuenta de cómo marcaba los tiempos y cómo yo no era más que un
perrito amaestrado en sus garras.
Con un gesto de rabia se lo quité
de la mano y me lo puse. Estaba cabreado por la guasita mostrada así que sin
preámbulos le palpé el ano con una mano, apunte con la otra mi verga y de un
certero golpe de cadera se la hundí en su cuerpo, la perforé como un hierro al
rojo entra en un bloque de tocino. Le dolió, lo supe al instante, echó la
cabeza atrás en un gesto inequívoco de rechazó reflejo intentando desembarazarse de mi presa pero no
la dejé, se debatía de dolor mientras yo le susurraba que había cosas que yo
sabía hacer solito y que lo estaba comprobando en ese momento; yo estaba
eufórico de ser ahora el que avasallaba. Poco a poco se fue dominando y
aceptando el castigo como parte del juego, el dolor fue cediendo su espacio al
placer y lo que eran convulsos intentos de desembarazarse de mi presa y mi
hierro ardiente se convirtieron en espasmos de placer con invitaciones de una
voz lasciva y ronca a que llegase mas profundo, que la rajase hasta lo mas
hondo, que la atravesase, que la destrozase. Mis mano que antes sujetaban sus
caderas para que no se escapase la presa bajaron hasta su clítoris, que era
duro como el corindón y comencé a masajearlo con una mientras con la otra
introducía mis dedos en su vagina, lo que unido al masaje interno de mi miembro
por su ano desencadenó un orgasmo en ella que la dejó exhausta. Yo deseaba
derramarme cuanto antes, pero no lo hice, simule que lo hacía lo mejor que pude
y me retire de su cuerpo. Pensé que esa noche Marta se merecía que yo le
premiase con el ímpetu sexual acumulado en aquel episodio. Hacía tiempo que me
costaba alcanzar un orgasmo de calidad con ella y reservándome de aquella
magnifica aventura podría entregarle a Marta lo mejor de mí en lugar de
regalárselo a aquella desconocida. Incluso la fenomenal aventura experimentada
con todo su peligro de escándalo, me suministraría suficiente material de
fantasía para unas cuantas noches gloriosas con mi mujer, ella se lo merecía
sin culpa alguna porque hubiese dejado de provocarme sexualmente, la culpa
seguramente era mía por ser como era. Me quite el preservativo y con maestría
le hice un nudo y lo arrojé al servicio. Tiré de la cadena y mi mentira se
escapó inodoro abajo por el manguetón.
No cruzamos palabra. Me arreglé
la ropa mientras ella de terminaba de colocar la suya. Con un gesto de cabeza
me indicó que saliese fuera, yo quise replicar pero me calló con un dedo en mis
labios. La obedecí.
La cara de entre “lo sabia” y
“que poquísima vergüenza” que puso la mujer de los servicios, los brazos,
desafiante, en jarras, al verme salir del de señoras tenía la misma raíz que le
dejó sin habla para imprecarme mientras salía de allí a escape. La puerta del
vestíbulo se estaba cerrando cuando escuché como la mujer entraba al servicio
al grito de “señora”, supongo que para poner a caldo a mi colega de manejos.
Salía con la sonrisa de oreja a
oreja, satisfecho de la travesura cometida y encantado por llevar una fuerza
sexual dentro de un calibre tal que haría que Marta gozase esa noche como
nunca, cuando me la encontré delante de mí. Estaba en la barra hablando con el
camarero y no había forma de que yo pasase desapercibido, tendría que ser ella
ciega. Pensé enseguida que porqué tendría que pasar desapercibido. Estuve
bloqueado durante unos instantes antes de dirigirme a ella para preguntarle la
razón de su presencia. Yo le había dicho que iba a entregarle a Orihuela un
manuscrito, pero no le había llegado a decir donde era la entrega, por tanto su
presencia allí debería responder a otra causa. Cuando a la voz de sorpresa que
le di reclamándole la atención Marta reparó en mí, ya mi compañera de juegos de
retrete público se había deshecho de la cuidadora de los meaderos y venía
triunfante detrás de mí. Antes de que pudiésemos más que darnos un beso sin
decirnos ni media palabra mi mujer y yo para explicarnos el uno al otro la
razón de nuestro encuentro en lugar tan poco común para nuestras costumbres
escuché un grito entusiasta y desinhibido.
- ¡¡Martita!!
Me quedé sin sangre en las venas
y por poco me desmayo. Mi reciente compañera de sodomía se echaba en brazos de
mi mujer sin dejar de darle besos. Después de los beneplácitos de rigor y
aspavientos varios llegó la hecatombe.
- Tunantilla, como has cambiado –
le dijo sujetándole la cara entre sus manos con unos chispeantes ojos de
complicidad – siempre diciendo que tú si no había amor por medio nada de nada y
te encuentro ligándote a éste, ¡como se entere tu marido! Pues que sepas que yo
lo vi primero – me miraba guiñándome un ojo - y no ha estado nada mal, ¿verdad cabroncete?
Dicen los físicos que el aire es
transparente, ligero e incoloro, pero para mí en ese momento el aire era de
consistencia de gel de una tonalidad pardusca y no era apto para respirar. El
mundo se volvió borroso en torno a mí, el suelo dejó de existir y todo era
impreciso salvo el rostro de mi mujer a la que veía abrir y cerrar la boca a
cámara lenta sin que de su boca saliese palabra alguna. Mi reciente compañera
de sexo no se movía, envuelta en otra nube y cara de bobalicona cogida en un
renuncio. No podía yo verme pero estaba a punto de estallarme la cara de roja
que me la sentía; toda la sangre de mi cuerpo se reclutó por no se que designio
mágico, para que se presentase de inmediato y al galope en mis mejillas. Empecé
a marearme, creo que por la falta de respiración o la sensación de nausea
ingrávida en la que me encontraba a punto del vomito, algo de lo que me sentía
incapaz y me rescató de una muerte segura por ahogamiento en mis propias bilis,
boca como el rejalgar, el mayestático bofetón que con toda su mala leche me
soltó Marta. Luego transcurrió un par de docenas de siglos en los que se me
quedó mirando fijamente a los ojos y fría como un cadáver, con los labios finos
y lívidos de una arpía me espetó un “CERDO”, muy bajito, mascullado, más que
dicho, que restalló en mis oídos, como propalado por un altavoz de dos mil
vatios de potencia. A continuación y sin bajar aún de la nube en la que me
encontraba observé como si fuese un espectador ajeno y un punto divertido por
el entremés de cuernos que estábamos representando, como se volvía a la, hasta
hacía cinco segundos, su amiga de la infancia.
- Siempre fuiste una guarra, pero
nunca pude imaginar que fueses tan arrastrada como para hacértelo con el primer
gilipollas que te pudieras encontrar en una cafetería.
A los dos días, cuando se le
calmaron los ímpetus a Marta y me dejo que volviese a casa, pude enterarme de
que mi compañera de vater y ella eran antiguas compañeras de colegio y lo que
yo interrumpí de aquella manera fue un reencuentro después de mas de veinte
años en el que ninguna de las dos sabía cual había sido la vida de la otra. Me
tuvo que pasar a mí. También es cierto que pasada la semana de mosqueo de rigor
pude hacer el amor con ella deshaciéndome en disculpas previamente y el rédito
de aquel no tan malhadado encuentro en los dominios del señor Roca fue a la
cuenta erótica de ella que disfrutó como una posesa del ímpetu que yo había
acumulado con aquella ex amiga suya y a mi me liberó de la pesada carga de
tener que echar a volar la imaginación para poder culminar el acto que tenía
que demostrar, en su imaginario, todo lo que la quería. Tuve que mentir como un
felón cuando después del alivio fisiológico me preguntó muy seria y con los
ojos a punto de llanto si la mujer con la que acababa de hacer el amor había
sido ella o la guarra de su amiga. He de decir en honor a la verdad que ningún
remordimiento me asaltó, ni me asalta ahora cuando le contesté que no, que solo
ella estaba en mi imaginación. Creo que ella nunca lo creyó, aunque intentó que
yo creyese que ella me creía.
Desde entonces Marta me ha
avisado en cada ocasión, de que no soportaría una infidelidad más y sin embargo
yo no he tenido más remedio que serla infiel, en su escala de valores, que no
en la mía, para poder seguir manteniendo ese vinculo físico que para ella es la
piedra de toque de nuestro amor. Probablemente es que yo no la quiero, me digo
a veces, pero luego concluyo que lo que debe ocurrir es que no quiero a nadie,
porque por más que busco en los rincones mas perdidos y polvorientos de mi
conciencia no consigo encontrar, ni aún roto y desvencijado, ni un atisbo de
remordimiento, lo que por otra parte es un alivio. “Eres un cínico”, me suelo
decir constantemente, pero me regodea saber que lo soy.
7.10.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario