XIII
Rosa bajó la escalera de la casa parroquial jadeante
y no precisamente por el cansancio. Al salir a la calle se fue a parar a tomar
resuello en el mismo lugar que se paró aquella otra noche de humillación y
desesperanza, de asco y aniquilación, y comparó la diferencia de actitud con la
que se detuvo entonces y la que se detenía ahora. Se notaba húmeda y se
estremecía de placer, le temblaban las piernas de excitación cuando evocaba la
imagen de la toalla de abultado relieve que prometía paraísos apenas
imaginados. No sabía si podría tener la suficiente fortaleza para no terminar
enredada entre las sabanas del padre Emilio. ¿Y porqué no?, haber, ¿por qué los
curas no tenían derecho a formar una familia?, son hombres como los demás..., e
inmediatamente la toalla abultada abonando su determinación de evidencia de
igualdad entre los hombre y los curas, se le presentaba en su cabeza nublándole
los sentidos y diluyéndole cualquier esfuerzo de voluntad por sustraerse al
pecado de imaginar que le satisfacía tanto. Era solo imaginar, no iba a hacer
nada, no era su intención, y así engañaba
la conciencia que le decía que el padre Emilio era tabú, pero era tan
placentero imaginar como esas nervudas manos pasaban por la seda de sus pechos
demorándose en los botones rojos y turgentes haciéndola estremecer. Sentir esa
adivinación emerger de la toalla buscando ávida su húmeda oscuridad.
Inmediatamente la culpa, la eterna y abigarrada
culpa hundió las afiladas garras de remordimiento en su alma y sintió miedo y
escalofríos de angustia. Buena parte del placer que encontraba en el encuentro,
completamente fortuito, con Emilio, residía en la oscuridad de lo vedado, en el
vértigo de la condena, en el salto al vació de la perdición que se espera que conduzca
directamente al cielo sin pasar por el fielato de la penitencia, la culpa
atemperaba el placer y le daba matices y urgencia en el apurar su cáliz. Quiso
repasar los rasgos del cura, adivinar en un sugerido guiño, el esbozo de una
sonrisa leve, las intenciones, los deseos, las renuncias dolorosas al placer y
concluyó que un rayo luminoso cruzó con toda seguridad su faz cuando ella
apareció en la puerta, no hubo más que ver como reaccionó su cuerpo ante ella.
¡Que castigo sería acreedor de su ansia!, podría asumir la condena eterna si
podía conseguir aquel hombre para ella. No debía dejar pasar más tiempo y
volver cuanto antes para ganarse el perderse en el regazo de Emilio que a buen
seguro la estaría esperando con toda su carga de tentación y deseo que en ella
era ya desmedida. Las horas se le harían años luz hasta que pudiese volver a la
casa del cura.
Cuando calculó que el padre Emilio estaría ya por la
tarde en su casa, sin saber que la pasaría en el hospital con su madre volvió,
vibrando de excitación, haciéndose a la idea de acabar esa misma tarde o noche
en los brazos y la cama del cura. Entró en la casa sacerdotal como el ladrón
descuidero, intentando no hacer ruido, pasando desapercibido, cuidando de no
pisar por que no sonase la pisada, casi sin rozar el pasamano hasta llegar al
segundo piso, sabiendo que debería pasar por la puerta del párroco que le
arrancó su dignidad a dentelladas la desgraciada noche que ya no olvidaría.
Analizando lo que ocurrió la noche en que se sintió más degradada y sucia en
realidad pensar en aquella tersura dura y punzante del cura la excitaba aunque
modulada rápidamente la excitación por el asco y el rechazo a la imposición por
la fuerza de su voluntad. No querría volver a verse a solas con el animal del
cura ese que sería capaz de llegar incluso a mayores. Pudo pasar, con el
corazón latiendo sin medida en su pecho, por delante de la puerta del párroco,
la respiración entrecortada y el odio aguzado para detectar el menor sonido
alertador antes de que se produjese. Llegó al fin al segundo piso y tuvo que
esperar hasta recuperar resuello antes de llamar al timbre. Con mano
temblorosa, animada por la promesa del placer entregado y recibido pulsó el
timbre y esperó con el corazón en la boca, la pupila dilatada y el ansia en el
alma a que la puerta girara en sus goznes y le dejase ver al otro lado al padre
Emilio, espléndido, con su sonrisa acogedora y esperaba que con un inmediato y
generoso bulto en la entrepierna. Pasaron los segundos que envejecieron
haciéndose largos y desesperantes minutos sin que la estúpida puerta del piso
del cura se moviese. Con sus expectativas defraudadas y la excitación enfriada
por la espera mudó su rostro de rubor sexual a palidez de encono al saber que
no saldría su plan como le había diseñado. Se volvió para descender la escalera
y se detuvo. No se resignaba. Quizá estuviese durmiendo, o rezando el breviario
y no se consentía interrumpirse. Pudiera ser que estuviese en el vater y no
podría levantarse a abrir la puerta. Volvió a la carga y oprimió el timbre solo
que esta vez con insistencia y sin ahorrar presión sobre el pulsador. Dos, tres
veces y espera nerviosa sin saber que el padre Emilio no iba a pasar esa noche
en su seno sino incómodamente sentado en una desvencijada butaca del Hospital velando
el descanso de la única mujer que canónicamente podría llenar espacio en su
corazón, aunque ese espacio doliese.
Definitivamente convencida de que aquella tarde
templada de anochecida no iba a ser la suya y que debía hacerse a la idea de
tener que poner a enfriar sus efervescentes impulsos por el momento. Con la
incomodidad de sentir su intimidad mojada y ya fría inició el descenso de las
escaleras sin poner cuidado excesivo en pasar como una pluma sobre un lienzo de
seda al pasar por el descansillo del párroco.
Debido a la insistencia de los timbrazos en la casa
de su coadjutor el padre Alfredo decidió salir a ver quien era el que con tanta
terquedad insistía en hacerse escuchar. Tal como Rosa pisaba el descansillo del
primer piso, el padre Alfredo abría su puerta. Al verle se quedó petrificada lo
mismo que el párroco que con edad y experiencia superior se recobró lo
suficientemente antes como para dibujar una sórdida y maliciosa sonrisa
lasciva. Al ver el jaez de la reacción de su oponente Rosa no pensó en otra
cosa que ganar la calle a la carrera. Inició la huida con la rapidez que da la
juventud pero la veteranía le ganó por la mano y el poderoso y enfebrecido por
la lujuria, brazo del padre Alfredo la sujetó por su brazo atrayéndola hacia
si.
Esta vez, le cogía sobre aviso y se defendió a pesar
de lo cual tuvo tiempo de notar la dureza insultante en el muslo que le imponía
el despiadado hombre. Luchó y bregó y pegó hasta conseguir desembarazarse del
párroco que vio como volaba su codiciada presa. Ganada la calle se detuvo como
la otra vez pero en esta ocasión no tuvo que limpiarse ni llorar de asco, sino
reír de alegría por haber sido lo suficientemente fuerte como para negarse a la
humillación y a la violencia del depredador que acabaría por llevar su
merecido, como no podía, no debía ser de otra manera.
Levantó la vista hacía la lejanía de la calle
encarándola con renovado optimismo. Había conseguido salir airosa, no se había
asustado y había tenido la suficiente presencia de animo para enfrentarse a su
agresor y le había rechazado, pero no solo físicamente, no le había hecho daño
con un sucio intento como el del otro día, le había rechazado en su corazón, no
le había hecho sufrir la agresión, se sentía bien. Y todo porque la galvanizaba
la ilusión de tener futuro. Imaginar una vida feliz y plena en común con el
padre Emilio la ponía nerviosa de emoción, la exaltaba y como si fuese una
droga la hacia inexpugnable, inmortal. Apresuró su paso para llegar a su casa a
ponerle de cenar a su padre que se encontraría solo. Mañana regresaría en busca
de su quimera que se basaba solidamente en la prominencia de una toalla captada
al vuelo en un hombre asaltado a la salida de la ducha. Rosa necesitaba ser
feliz como los presos necesitan verse libres, por eso consentía en edificar
todo un palacio con dos cartones y tres latas.
XIV
Alfredo estaba furioso. No tanto con Rosa que había
sabido encontrar fuerzas suficientes para enfrentarse a él como con él que
había reaccionado como un adolescente rijoso ante la compañera de banca del
colegio. Esa mujeruca estaba teniendo ya sobre él demasiado ascendiente y eso
no lo iba a consentir. No había podido reprimirse, necesitaba volver a sentir
la misma excitación que sintió en la contaduría. Y estaba seguro que iba a
acabar contándoselo al coadjutor y eso terminaría por ponerle en la cuerda
floja. Ese tema podía desbordarse y no podría embridarlo. Necesitaba una baza
ganadora en su manga para cuando el padre Emilio viniese a negociar. Sin
pensárselo dos veces cerró la puerta de su casa y se lanzó, decidido, furioso,
urgido a bucear en aquellas cartas, lo único que tenía para pisarle el cuello
al remilgado del padre Emilio.
Entró impetuoso y casi desesperado a su despacho.
Sacó las cartas y teniéndolas a la vista se imaginó por un momento que no
hubiese nada con lo que golpear. Barajó la posibilidad de falsificar una carta
que incriminase a Emilio y lo desechó, no conocía a nadie con esas destrezas y
le descubrirían a la primera. Hizo un gesto con la cabeza como el que quiere desembarazarse
de un peso que le abruma y se enfrascó en la lectura.
“Madrugada del 10 de Abril de 1984
Esta primavera, Emilio, permite tener abierta la
ventana, y a estas horas de la madrugada, el frescor del ambiente contribuye a
encalmar el volcán rugiente en que se ha convertido mi corazón ésta mañana y
aún a estas alturas permanece efervescente. Todo el calor de mi sangre, al
helarse esta mañana en mis venas, fue directo a mantener incandescente la
irritación que me produjo el verte llegar con Julia de paquete en tu moto. A
partir de ese momento, mareado, nauseoso, ya no he sabido que ha ocurrido a lo
largo del día. He estado ausente en clase, he estado ausente en casa y mi
espíritu se...”
No podía seguir leyendo, lejos de dar soluciones a
sus problemas a sus acuciantes complicaciones, ensombrecían de peor manera su
horizonte vital. Tiró la carta con rabia, no solo no llevaba el agua a su
molino sino que se lo quitaba. Daba fe de su relación con una chica desesperado
de la falta de caso que le hacia. Eso no era, así no podría ser. Desesperado,
como un toro en su chiquero, al borde del abismo de la catástrofe y sin poder
quitarse de encima la imagen de Rosa desembarazándose de su presa según bajaba
del segundo piso..., y de pronto reparó. ¡Venía de la casa del padre Emilio!,
¡ajajá!, de manera que el puritano Emilio se entendía con la estrecha de Rosa.
Efectivamente, al putón de Rosa no le gustaba él porque era demasiado maduro
para ella, pero el padre Emilio era joven y por tanto apetecible. ¡Le cazó! No
tendría que bucear más en esas asquerosas cartas de un desviado. Si el se había
propasado con Rosa, porque ella le había provocado, naturalmente, en un acto de
irrefrenable tentación, Emilio de forma consciente la citaba en su casa. Su
pecado era sin duda más reprobable que el suyo. Ya no tenía de lo que
preocuparse. Se relajó en su sillón y dejó que una suave sonrisa se le pintase
en la cara en un gesto de felicidad y de saboreo anticipado de victoria.
El teléfono le rescató de sus ensoñaciones de
triunfo con una voz que le volvió a introducir un punto de sobresalto.
- ¡Vicario, cuanto honor!, ¿a
que se debe su llamada?
- Padre Alfredo, déjese de
falsas diplomacias florentinas. Siempre se llama al párroco para evacuar
consultas sobre el nuevo coadjutor. Es la costumbre de su Eminencia, ya sabe
que le gusta seguir muy de cerca sus nuevos sacerdotes.
Era el momento preciso. Parecía que las
circunstancias se aliaban con él. Estaba solucionado su problema. Solo tendría
que jugar sus cartas con sabiduría y el padre Emilio acabaría en alguna oscura
parroquia de la sierra más apartada, por no hablar de un destino de autentico
castigo en un país del tercer mundo.
- En realidad se me hace
cuesta arriba hablar de esto. Sería preciso quizá darle un poco más de tiempo.
Estas vocaciones tan..., digamos fulgurantes, reactivas a situaciones
estresantes acaban por diluirse si no están fundamentadas en una sólida fe.
Suya no es la culpa, eso también hay que decirlo, esa muchacha frustrada..., no
se supo resistir a la tentación. Pero en realidad habría que darle otra
oportunidad...
- ¡Padre!, ¿está diciendo que
el padre Emilio ha violentado su voto de castidad? Eso es grave.
- Yo, vicario, no he estado
presente..., pero el hecho es que he visto como una feligresa joven salía a horas
intempestivas de su casa. Quizá yo me haya sobrepasado en mis juicios y me
hayan confundido mis sentidos, pero la realidad es que esa mujer salía de la
casa del coadjutor a deshora. También es posible que estuviese haciendo
dirección espiritual...
- Las cosas padre Alfredo son
habitualmente lo que parecen y usted no es un principiante. Tiene usted la
suficiente experiencia como para dar juicios acertados. Cuando el padre Emilio
aparezca comuníquele que su Eminencia quiere hablar con él. Que pase buena tarde
padre Alfredo.
Dejó el auricular con sumo cuidado sobre el zócalo
del aparato con la sonrisa de oreja a oreja. Lo que comenzó como una amplia
sonrisa se fue convirtiendo en una franca carcajada mientras se frotaba las
manos y palmoteaba alternativamente. Era feliz, sencillamente la suerte se
aliaba con él.
XV
Pasar la noche en una incomoda butaca de hospital en
la mejor prueba de amor que cualquiera pueda dispensar. Primero intentó
conciliar el sueño, pero con la relajación el cuerpo se resbalaba y acababa por
flexionarle la cabeza hundiéndole el mentón en el pecho y cortándole la
respiración lo que le hacia despertar sobresaltado y dolorido para volver a
intentar retreparse en el fastidioso asiento haciéndole meditar irritado en la
mala sangre del que diseño esas formas con la única intención de que nadie
pudiese dormir. Finalmente entre atender los quejidos de la incomodidad de su
madre que se removía en la cama mientras dormitaba fruto de los tranquilizantes
y la necesidad de mantener la postura en su acomodo torturante, en los periodos
de sueño profundo de la enferma no pudo dormir en toda la noche. Hacia eso de
las cuatro de la madrugada decidió dejar para mejor ocasión el conciliar algo
de sueño y lo dedico a pensar en lo que se había convertido su vida desde que
encontró, aquel maldito día, a Bonifacio, tieso, colgado de una cuerda. Y al
final, pensaba, ¿por qué tomó la decisión de hacerse cura? La mirada
inteligente y maliciosilla de Julia se le hizo presente en su cabeza y sonrió
con placentera melancolía. Le seguía gustando aquella muchacha alegre y
despreocupada, seria y divertida a un tiempo, seductora y altiva. Si, podría,
debería haber sido feliz con ella y sin embargo tuvo que torcer su destino por
causa de aquel maldito suicidio y ella..., con ese David, mejor no recordarlo.
¡Las cartas!, ahora caía. Lo primero que haría, nada más salir del hospital,
sería ir a casa de Bonifacio a preguntar por esas cartas a su madre que debería
vivir todavía allí, no era tan mayor como para haberse muerto, total habían
pasado si acaso cinco, quizás seis años desde la muerte de Boni. Lo que no
entendía bien era porque si esas cartas iban dirigidas a él no se las hicieron
llegar en su momento. Es más, y un escalofrío de pánico le recorrió la espina
dorsal, pudiera haber ocurrido que leyendo las cartas, si es que existían de
verdad, su vida hubiese cambiado por completo. Le atravesó la urgencia el
sentido, al barajar esta posibilidad, no queriendo ir más allá en las
elucubraciones por no irritarse más de lo que suponía que iba a hacerlo cuando
cayesen en sus manos las dichosas cartas. Se las imaginaba del estilo de la
leída con ese médico, ¿cómo era?, si, Julio, pero algo más subidas de tono. Las
quemaría, pero antes tendría que leerlas.
Miró el reloj, nervioso, una y otra vez hasta que
dadas las siete de la mañana un huracán irrumpió en la habitación con un
meditado estruendo, encendiendo luces y armando ruido con la mayor de las
exquisiteces animando a los enfermos a espabilarse o a morirse si ese iba a ser
su destino. Con el mayor desparpajo se dirigió la revoltosa auxiliar a Emilio
instándole a abandonar la habitación para someter a los enfermos a la
protocolaria higiene de hospital, abundante en desinfectantes y escasita en
agua y jabón, como Dios manda.
Emilio aprovechó el salto para bajar a desayunar a
la cafetería del hospital. Como todas pensó al entrar. Mismos olores, mismas
sugerencias y misma nausea de alimentos catalogados clónicos, con suciedad
disimulada convenientemente a base de detergentes muy perfumados y rimeros de
grasas y polvo por los rincones. Optó finalmente por un café cargado para
espabilarse. Alguien le tocó el hombro.
- ¿Cómo está tu madre?
Nunca habría
sospechado que pudiera encontrarse al médico amigo de Boni allí, cuando en
realidad era el mejor sitio para encontrárselo, pero por alguna razón, aquella
persona, Julio era, le asociaba a otro escenario, pertenecía a otro mundo,
nunca al del hospital, por más que se le hubiese encontrado en una consulta de
urgencias.
- Ha pasado la noche inquieta.
¿Cómo estás Julio, que vas a tomar?
- Un cafelito, entro ya. Ya
desayunaré después. ¿Has pensado en lo que te dije ayer?
- Ahora, en cuanto llegue mi
padre y se quede con mi madre voy a buscar a la de Boni. Quiero terminar ya con
esta historia. Desde que descubrí a Boni ahorcado no ha dejado de martillearme
la imagen y una pregunta, ¿por qué? Solo espero que esas cartas me aclaren la
causa de que truncase mi destino. No es que sea infeliz ahora, me gusta ser lo
que soy, no soporto ver sufrir a nadie y ser cura me brinda la oportunidad de
entregarme a todo aquel que reclame mi auxilio, pero, sabida la existencia de
esas cartas ya nada me satisfará como no sea leerlas.
Julio apuró su café de dos tragos y se despidió
- Emilio, hasta luego. Me
gustaría que me dijeras lo que piensas de las cartas. Te quería mucho, de
verdad.
- El que me quisiese no me
compromete a mí a nada. Ese es un sentimiento desordenado que va en contra de
las enseñanzas de Nuestra Santa Madre Iglesia.
Con una amistosa palmada en la espalda Julio se
alejó camino de su destino. Emilio se sorprendió de aquel signo de afectuosa
confianza pero en contra de lo que hubiese querido sentir le confortó aquel
gesto de amistad, como si le dijese que le acompañaba en aquella aventura hacia
el pasado que iba a emprender y que le prestaba su apoyo.
Cuando llegó a la habitación ya estaba su padre allí
y Celia estaba plenamente recuperada, indignada por tener que esperar a pasar
la visita de planta para recibir el alta. Entre Emiliano y él mismo la apaciguaron,
comprometiéndose a ir a comer al día siguiente para dar cumplimiento al
compromiso adquirido el día anterior.
La brisa fresca de la mañana le acarició las
mejillas y le proporcionó una reconfortante sensación de bienestar. Se detuvo
un momento antes de descender las escaleras que desembarcaban en la acera e
inhaló el aire que a esas horas ya estaba suficientemente contaminado de gases
de combustión como hacerle experimentar la sensación de estar en casa después
de estar respirando toda la noche los humores de desinfectante de hospital que
tanto le desagradaban.
Una vez en la acera titubeo entre el transporte
publico y coger un taxi. Finalmente se decidió por el taxi, quería llegar
cuanto antes y acabar con aquel engorroso asunto de una buena vez.
El taxi se detuvo a la puerta de la casa de Boni.
Pagó lo que el taxista le pidió pensando que hacia demasiado tiempo que no
usaba ese servicio ya que la impresión era la de que le acababan de atracar. Se
detuvo delante de la puerta como si una barrera infranqueable e invisible le
impidiese entrar. Se le hizo vigorosa y real la imagen de su amigo
balanceándose sujeto por el cuello con la cabeza espantosamente torcida y la
lengua llegándole al pecho. Recitó una jaculatoria y se sumió en la frescura
del oscuro portal.
Golpeó la puerta una, dos, tres veces y nadie
respondía a su requisitoria. Ya se había convencido que nadie le abriría cuando
la que si se abrió fue una puerta del
piso de arriba y alguien le llamó.
- Eh, oiga, ¿busca usted a
alguien?
- Aquí vivía un compañero mío,
Bonifacio, Boni le llamábamos, que murió...
- Ya, ya sabemos. Si. Y doña
Pura la madre que hasta que murió vivió aquí, que fíjese usted, no es que a mi
me importe, la encontró su hermana, bueno, los bomberos que echaron la puerta
abajo..., o no, bueno, lo cierto es que a mi me lo contaron, yo estaba en la
plaza. Estaba abrazada a un sobre, dicen que lleno de dinero, que se llevó su
hermana, la muy aprovechada, aunque bien mirado para quien iba a ser porque...
- Perdone que la interrumpa,
¿y sabe esa hermana donde vive?
- Pues mire, por casualidad la
se. Porque a hace tiempo que Pura, bueno, la difunta me la apuntó en un papel.
Entró en la casa y volvió al punto con una hoja
amarillenta, del tiempo pasado, con la dirección anotada con letra picuda de
mujer con las oportunidades justitas.
- Tome, yo la tenía por si la
pasaba algo a ella para que avisase a la
hermana, ahora que si después ella se ha mudado eso ya no se lo puedo decir
porque la verdad es que me la dio al poco de morir su hijo, qué que lastima de
muchacho con lo bueno que era aunque un poco..., ya sabe usted, que estaba en
boca del toda la escalera...
Irritado por sugerencia morbosa tan maliciosa, dio
un frío gracias que trasmitiese su desagrado por el cotilleo y dejando a la
vecina con la palabra en la boca se marchó.
Mientras bajaba la escalera se dolió de que se
hubiese muerto la persona que hubiera podido despejarle alguna incógnita y por
no poder disculparse por su reacción de pánico el día que se encontró a su hijo
muerto y salió huyendo.
En el portal se quedó mirando el papel con la
dirección anotada como si las letras le produjesen efecto hipnótico. Leía sin
enterarse lo que ponía. Todo su cabeza estaba dedicada en ese momento a rezar
por la madre de Boni que suponía sufriendo eternamente incapaz de recuperase de
la pérdida de su hijo. Cuando acabó el Padre Nuestro regresó a la realidad y
pudo tomar conciencia de donde tendría que ir a continuación. Detuvo un taxi,
una vez más y le dio al taxista la dirección anotada en el papel.
Mientras atravesaba la ciudad sin hacer en absoluto
caso de las acotaciones que el conductor hacia sobre lo dificultoso que se
encontraba el trafico a todas horas, permitió que su mente navegase por
diferentes mundos. Intentó imaginarse a él mismo emparejado a Boni con todas
sus consecuencias y las nauseas reclamaron inmediatamente su protagonismo. Vio
a su padre degollando a su madre con autentica delectación y el corazón se le
aceleró amenazándole con salirse por la boca. Imaginó a Julia entre sus brazos
gozando encontrándoles en semejante actitud su marido David que descerrajaba
inmediatamente dos disparos con su escopeta de caza matándola a ella dejándole
a él vivo para que se pudriese de remordimientos. De sus espantosas
ensoñaciones le rescató el taxista.
- ¡Eh, eh, oiga, aterrice! Ya
hemos llegado.
- ¿Cómo?, ah, perdón, estaba
en otro lado...
Descendió del taxi con bastante prevención. Aquel
barrio estaba bastante alejado, en una zona de la ciudad muy poco recomendable.
Se veían grupitos de chavales con aspecto de formar agrupaciones pandilleras
fumando porros descaradamente e
inmediatamente comprendió la necesidad de acercar la pastoral de jóvenes hasta
esos barrios extremos. Se prometió que no acabaría el mes sin que se presentase
un programa de acercamiento a esos muchachos en el Obispado.
Llegó hasta la puerta del piso que señalaba el papel
y pulsó el timbre. Se escuchó el roce quedo de la mirilla al abrirse y casi se
percibía una respiración acelerada detrás de la puerta. Esta vez en lugar del
timbre golpeó la puerta con suavidad pero con firmeza. Se escucharon unos pasos
amortiguados que se alejaban y volvían. Finalmente la cadenilla de seguridad
que se engarzaba y a renglón seguido la puerta que se entreabría. Por la
rendija se dejaba ver parte de una cara con aspecto de amoratada pero al ser el
hueco de contemplación tan escaso y la iluminación tan pobre era difícil sacar
conclusiones sobre si sería una cara machacada o sencillamente una cara de
ojeras constitucionales. La voz que desde el otro lado preguntaba tenía acentos
de temor y recelo.
- Que desea. Si vende algo no
tengo de nada, por eso, porque no compro de nada.
- Usted me perdonará que la
moleste a estas horas. Se que es temprano. Me llamo Emilio Pedrosa de la Barca. Era compañero de
su sobrino Boni. Ya me he enterado de la muerte de su hermana..., en el caso de
que sea usted la hermana de Doña Pura.
- Si, si, soy Elvira, la
hermana de Pura
- No he sabido lo de su muerte
hasta hoy mismo. Lo he sentido mucho, sobre todo porque le debía una
explicación. Yo encontré el cuerpo de Boni...
- ¡Ah!, perdone, voy a abrir.
Se cerró la puerta, se escuchó el descorrer de la
cadenilla y la hoja se abrió de par en par.
- Pase, pase. Entre.
Le franqueó el paso y le condujo Elvira hasta la sala.
Una vez allí pudo apreciar que lo que parecía un moratón en un ojo,
efectivamente era un moratón en el ojo que se veía a través de la rendija de la
puerta. El aspecto de aquella mujer era deplorable. Su semblante destilaba
tristeza como pus destila una herida infecta. Los ojos de mirada esquiva podían
interpretarse como de humildad pero una revista más atenta descubría que
aquella esquivez era de temor inconfesable. Además estaba nerviosa, queriendo
ser complaciente pero reservona.
- Usted me dirá. ¿Qué se le
ofrece, en que se le puede ayudar?
- Por una casualidad de esas
que ocurren a veces en la vida o por la providencia divina, depende de lo que
se crea, he sido enterado de que su sobrino cuando murió dejo unos documentos, más
específicamente unas cartas personales dirigidas a mí. Se que esas cartas
deberían haber sido entregadas a su muerte y no solo no se me entregaron sino
que ni si quiera se me comunicó su existencia. No es que yo tenga excesivo
interés en ellas pero ya que eran para mi, me gustaría tenerlas. Por eso me
dirigí a casa de su hermana pero una vecina me informó de su muerte y me dio su
paradero. Y aquí estoy para ver si usted tendría alguna información que pudiera
ayudarme a encontrar esas cartas.
Elvira se le quedó mirando muda de emoción y los
ojos fueron embalsando lágrimas hasta que desbordaron los párpados y cayeron
libres como torrente resbalando por sus mejillas goteando hasta la mesa, pero
no apartó la vista de los ojos de Emilio que comenzaron a humedecerse por
solidaridad con ella. Pasado un tiempo en que los dos se comunicaron el dolor
tácitamente, Emilio rompió el silencio.
- ¿Qué ha pasado? Llora por la
muerte de su hermana o por la de su sobrino, porque por las cartas no va a
llorar. ¿Sabe algo que yo debería saber y le abruma confesarme?, recuerde, si
no lo sabe ya, que soy sacerdote y aunque solo sea por mi fe estoy obligado a
no escandalizarme por muy aberrante que sea lo que tenga que decirme. Vamos,
serénese, nada, como no sea su vida eterna, merece la pena llorar por ella.
Durante unos momentos más, Elvira siguió llorando,
conteniendo su pena como podía hasta secar sus ojos y acompasar su respiración
para que la dejase hablar con la serenidad suficiente para poder explicarse.
- Hace menos de dos años en un
Púb un hombre me invitó a una copa. Yo salía en ese momento de una relación
absurda y decepcionante. Nada más verle me cautivó su sonrisa con la misma
intensidad que una alarma en mi cabeza me notificaba que aquel hombre me daría problemas
pero fui incapaz de resistirme, me rendí ante aquel sinvergüenza. Y cobarde.
Mire, esto es de anoche. Me pegó porque le reproché que se llevase sus cartas.
Quinientos euros, sacó por ellas.
- Espere, espere, espere.
Quiere decirme que su..., bueno, ese bestia que le ha pegado, robó mis cartas y
las ha vendido, ¿a quien?
- No, espere. Yo fui a casa de
mi hermana hace unos días, ahora ya no se, han pasado tantas cosas. Hacía
tiempo que no me llamaba. Es cierto que desde la muerte de Boni, Pura no fue ya
la misma. Se encerró en si misma y nadie volvió a entrar en su casa que
convirtió en un santuario en memoria de
su hijo. Pero me llamaba todos los días. Cuando se pasaron unos días sin
llamar me alarmé. Fui a su casa y harta de quemar el timbre o eso me pareció a
mi, porque el tiempo se hacia irritante, largo, eterno, saqué la llave que yo
conservaba de la casa y entré. La encontré sentada enfrente de una foto de su
hijo abrazada a un sobre manoseado mil veces. Cuando se avisó a la policía un
señor muy amable me dejó que me llevase el sobre, al fin y al cabo yo soy la única heredera y antes o
después iba a ser de mi propiedad y ¿a quien perjudicaba que me llevase esas
cartas?
Cuando llegué a casa
destrozada por tener que consentir que se llevasen el cuerpo al Anatómico para
la autopsia no tuve fuerzas para abrirlo y lo dejé sobre la mesa. Cuando llegó
Carmelo, Carmelo es la prenda que me tiene el seso sorbido, y me pregunto tuve
la indiscreción de decirle que era aquello. Abrió las cartas las leyó y
enseguida vio un negocio redondo. Yo he leído algunas y la verdad es que no
dicen nada del otro mundo y además a usted no le comprometen a nada pero a
Carmelo le pareció haber encontrado el diamante azul y se empeñó en negociar
con ellas. Quería llevarlas al Obispado, pensaba sacarles millones, aunque
finalmente creo que las llevó a su parroquia donde un sacerdote se las compró
por esos quinientos euros que le dije. Cuando volvió a casa anoche borracho
alardeando del buen negocio que había hecho le eché en cara lo hecho y por toda
respuesta me pegó, por eso este ojo, que es lo que se ve...
- ¿Me quiere decir que las
cartas están entonces ahora en mi parroquia y que las ha comprado el padre
Alfredo?
- No se el nombre del que las
compró, pero que están allí, es seguro.
- Le estoy muy agradecido.
Elvira, ¿Elvira, no?
- Si.
- Elvira, no debe usted
soportar los malos golpes ni los insultos de ese hombre que por lo que se ve
para lo que la quiere es para sobrepasarse con usted. Denúnciele y acabe con
esta situación. Ese hombre es un chulo, por lo que me cuenta de su
comportamiento. Pida ayuda o cualquier día acabará con usted.
- Lo se, padre Emilio, lo
se..., pero..., que quiere, son cosas entre hombres y mujeres que usted no
entendería. Le quiero, a mi manera, y el
sabiéndole llevar no es malo. Solo es como un niño caprichoso que se enfada
cuando se le lleva la contraria pero más pronto se le olvida todo y te cubre de
regalos y besos...
- No dude en llamarme si
necesita ayuda, del tipo que sea. De verdad. Aunque solo sea por la amistad que
me unía a su sobrino, déjeme que la ayude.
Acompañó esta última frase de un apretón de las
manos de ella entre la suyas. Finalmente la atrajo a si y la estampó un
inocente beso en la mejilla. La separó y sin mediar más palabra se encaminó a
la puerta y se fue.
De manera que el padre Alfredo estaba en posesión de
sus cartas. Claro que si le habían vendido las cartas el día de ayer..., él no
veía al padre Alfredo desde el día anterior en la mañana por lo que...Se
dirigiría a la parroquia inmediatamente a recuperar lo que era suyo. Lo que no
acababa de entender es como el padre Alfredo se prestó a comprar unos
documentos que eran suyos. Lo que tendría que haber hecho era llamar a la
policía y denunciar el hecho, pero sin embargo pagó. ¿No pretendería
utilizarlas en su contra? No era tonto, sabía que la correspondencia privada es
delito violentarla.
Cada vez, a medida que pasaban los minutos e iba
sacando más conclusiones y cada vez más alarmantes se iba poniendo más
nervioso. Dios mío, que cartas serían esas dignas de ser adquiridas a ese
precio. Una cosa estaba clara, él no tenía absolutamente nada que ver en todo
aquello. ¿Qué responsabilidad podría tener él en la elaboración secreta de unas
cartas destinadas a entregarse una vez muerto el remitente? Pero conociendo al
manipulador de Alfredo cualquier cosa podía suceder. Era capaz de tergiversar
los sentidos de los escritos para incriminarle Dios sabe en que turbios y
sucios asuntos.
Caminó durante diez minutos antes de encontrar un
taxi. Finalmente uno que dejaba un servicio en una esquina le recogió para llevarle raudo a su parroquia.
30.9.12
