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domingo, 30 de septiembre de 2012

E L S I L E N C I O XIII - XV

El Silencio


XIII

Rosa bajó la escalera de la casa parroquial jadeante y no precisamente por el cansancio. Al salir a la calle se fue a parar a tomar resuello en el mismo lugar que se paró aquella otra noche de humillación y desesperanza, de asco y aniquilación, y comparó la diferencia de actitud con la que se detuvo entonces y la que se detenía ahora. Se notaba húmeda y se estremecía de placer, le temblaban las piernas de excitación cuando evocaba la imagen de la toalla de abultado relieve que prometía paraísos apenas imaginados. No sabía si podría tener la suficiente fortaleza para no terminar enredada entre las sabanas del padre Emilio. ¿Y porqué no?, haber, ¿por qué los curas no tenían derecho a formar una familia?, son hombres como los demás..., e inmediatamente la toalla abultada abonando su determinación de evidencia de igualdad entre los hombre y los curas, se le presentaba en su cabeza nublándole los sentidos y diluyéndole cualquier esfuerzo de voluntad por sustraerse al pecado de imaginar que le satisfacía tanto. Era solo imaginar, no iba a hacer nada, no era su intención, y así engañaba  la conciencia que le decía que el padre Emilio era tabú, pero era tan placentero imaginar como esas nervudas manos pasaban por la seda de sus pechos demorándose en los botones rojos y turgentes haciéndola estremecer. Sentir esa adivinación emerger de la toalla buscando ávida su húmeda oscuridad.
Inmediatamente la culpa, la eterna y abigarrada culpa hundió las afiladas garras de remordimiento en su alma y sintió miedo y escalofríos de angustia. Buena parte del placer que encontraba en el encuentro, completamente fortuito, con Emilio, residía en la oscuridad de lo vedado, en el vértigo de la condena, en el salto al vació de la perdición que se espera que conduzca directamente al cielo sin pasar por el fielato de la penitencia, la culpa atemperaba el placer y le daba matices y urgencia en el apurar su cáliz. Quiso repasar los rasgos del cura, adivinar en un sugerido guiño, el esbozo de una sonrisa leve, las intenciones, los deseos, las renuncias dolorosas al placer y concluyó que un rayo luminoso cruzó con toda seguridad su faz cuando ella apareció en la puerta, no hubo más que ver como reaccionó su cuerpo ante ella. ¡Que castigo sería acreedor de su ansia!, podría asumir la condena eterna si podía conseguir aquel hombre para ella. No debía dejar pasar más tiempo y volver cuanto antes para ganarse el perderse en el regazo de Emilio que a buen seguro la estaría esperando con toda su carga de tentación y deseo que en ella era ya desmedida. Las horas se le harían años luz hasta que pudiese volver a la casa del cura.
Cuando calculó que el padre Emilio estaría ya por la tarde en su casa, sin saber que la pasaría en el hospital con su madre volvió, vibrando de excitación, haciéndose a la idea de acabar esa misma tarde o noche en los brazos y la cama del cura. Entró en la casa sacerdotal como el ladrón descuidero, intentando no hacer ruido, pasando desapercibido, cuidando de no pisar por que no sonase la pisada, casi sin rozar el pasamano hasta llegar al segundo piso, sabiendo que debería pasar por la puerta del párroco que le arrancó su dignidad a dentelladas la desgraciada noche que ya no olvidaría. Analizando lo que ocurrió la noche en que se sintió más degradada y sucia en realidad pensar en aquella tersura dura y punzante del cura la excitaba aunque modulada rápidamente la excitación por el asco y el rechazo a la imposición por la fuerza de su voluntad. No querría volver a verse a solas con el animal del cura ese que sería capaz de llegar incluso a mayores. Pudo pasar, con el corazón latiendo sin medida en su pecho, por delante de la puerta del párroco, la respiración entrecortada y el odio aguzado para detectar el menor sonido alertador antes de que se produjese. Llegó al fin al segundo piso y tuvo que esperar hasta recuperar resuello antes de llamar al timbre. Con mano temblorosa, animada por la promesa del placer entregado y recibido pulsó el timbre y esperó con el corazón en la boca, la pupila dilatada y el ansia en el alma a que la puerta girara en sus goznes y le dejase ver al otro lado al padre Emilio, espléndido, con su sonrisa acogedora y esperaba que con un inmediato y generoso bulto en la entrepierna. Pasaron los segundos que envejecieron haciéndose largos y desesperantes minutos sin que la estúpida puerta del piso del cura se moviese. Con sus expectativas defraudadas y la excitación enfriada por la espera mudó su rostro de rubor sexual a palidez de encono al saber que no saldría su plan como le había diseñado. Se volvió para descender la escalera y se detuvo. No se resignaba. Quizá estuviese durmiendo, o rezando el breviario y no se consentía interrumpirse. Pudiera ser que estuviese en el vater y no podría levantarse a abrir la puerta. Volvió a la carga y oprimió el timbre solo que esta vez con insistencia y sin ahorrar presión sobre el pulsador. Dos, tres veces y espera nerviosa sin saber que el padre Emilio no iba a pasar esa noche en su seno sino incómodamente sentado en una desvencijada butaca del Hospital velando el descanso de la única mujer que canónicamente podría llenar espacio en su corazón, aunque ese espacio doliese.
Definitivamente convencida de que aquella tarde templada de anochecida no iba a ser la suya y que debía hacerse a la idea de tener que poner a enfriar sus efervescentes impulsos por el momento. Con la incomodidad de sentir su intimidad mojada y ya fría inició el descenso de las escaleras sin poner cuidado excesivo en pasar como una pluma sobre un lienzo de seda al pasar por el descansillo del párroco.
Debido a la insistencia de los timbrazos en la casa de su coadjutor el padre Alfredo decidió salir a ver quien era el que con tanta terquedad insistía en hacerse escuchar. Tal como Rosa pisaba el descansillo del primer piso, el padre Alfredo abría su puerta. Al verle se quedó petrificada lo mismo que el párroco que con edad y experiencia superior se recobró lo suficientemente antes como para dibujar una sórdida y maliciosa sonrisa lasciva. Al ver el jaez de la reacción de su oponente Rosa no pensó en otra cosa que ganar la calle a la carrera. Inició la huida con la rapidez que da la juventud pero la veteranía le ganó por la mano y el poderoso y enfebrecido por la lujuria, brazo del padre Alfredo la sujetó por su brazo atrayéndola hacia si.
Esta vez, le cogía sobre aviso y se defendió a pesar de lo cual tuvo tiempo de notar la dureza insultante en el muslo que le imponía el despiadado hombre. Luchó y bregó y pegó hasta conseguir desembarazarse del párroco que vio como volaba su codiciada presa. Ganada la calle se detuvo como la otra vez pero en esta ocasión no tuvo que limpiarse ni llorar de asco, sino reír de alegría por haber sido lo suficientemente fuerte como para negarse a la humillación y a la violencia del depredador que acabaría por llevar su merecido, como no podía, no debía ser de otra manera.
Levantó la vista hacía la lejanía de la calle encarándola con renovado optimismo. Había conseguido salir airosa, no se había asustado y había tenido la suficiente presencia de animo para enfrentarse a su agresor y le había rechazado, pero no solo físicamente, no le había hecho daño con un sucio intento como el del otro día, le había rechazado en su corazón, no le había hecho sufrir la agresión, se sentía bien. Y todo porque la galvanizaba la ilusión de tener futuro. Imaginar una vida feliz y plena en común con el padre Emilio la ponía nerviosa de emoción, la exaltaba y como si fuese una droga la hacia inexpugnable, inmortal. Apresuró su paso para llegar a su casa a ponerle de cenar a su padre que se encontraría solo. Mañana regresaría en busca de su quimera que se basaba solidamente en la prominencia de una toalla captada al vuelo en un hombre asaltado a la salida de la ducha. Rosa necesitaba ser feliz como los presos necesitan verse libres, por eso consentía en edificar todo un palacio con dos cartones y tres latas.

XIV

Alfredo estaba furioso. No tanto con Rosa que había sabido encontrar fuerzas suficientes para enfrentarse a él como con él que había reaccionado como un adolescente rijoso ante la compañera de banca del colegio. Esa mujeruca estaba teniendo ya sobre él demasiado ascendiente y eso no lo iba a consentir. No había podido reprimirse, necesitaba volver a sentir la misma excitación que sintió en la contaduría. Y estaba seguro que iba a acabar contándoselo al coadjutor y eso terminaría por ponerle en la cuerda floja. Ese tema podía desbordarse y no podría embridarlo. Necesitaba una baza ganadora en su manga para cuando el padre Emilio viniese a negociar. Sin pensárselo dos veces cerró la puerta de su casa y se lanzó, decidido, furioso, urgido a bucear en aquellas cartas, lo único que tenía para pisarle el cuello al remilgado del padre Emilio.
Entró impetuoso y casi desesperado a su despacho. Sacó las cartas y teniéndolas a la vista se imaginó por un momento que no hubiese nada con lo que golpear. Barajó la posibilidad de falsificar una carta que incriminase a Emilio y lo desechó, no conocía a nadie con esas destrezas y le descubrirían a la primera. Hizo un gesto con la cabeza como el que quiere desembarazarse de un peso que le abruma y se enfrascó en la lectura.
“Madrugada del 10 de Abril de 1984
Esta primavera, Emilio, permite tener abierta la ventana, y a estas horas de la madrugada, el frescor del ambiente contribuye a encalmar el volcán rugiente en que se ha convertido mi corazón ésta mañana y aún a estas alturas permanece efervescente. Todo el calor de mi sangre, al helarse esta mañana en mis venas, fue directo a mantener incandescente la irritación que me produjo el verte llegar con Julia de paquete en tu moto. A partir de ese momento, mareado, nauseoso, ya no he sabido que ha ocurrido a lo largo del día. He estado ausente en clase, he estado ausente en casa y mi espíritu se...”
No podía seguir leyendo, lejos de dar soluciones a sus problemas a sus acuciantes complicaciones, ensombrecían de peor manera su horizonte vital. Tiró la carta con rabia, no solo no llevaba el agua a su molino sino que se lo quitaba. Daba fe de su relación con una chica desesperado de la falta de caso que le hacia. Eso no era, así no podría ser. Desesperado, como un toro en su chiquero, al borde del abismo de la catástrofe y sin poder quitarse de encima la imagen de Rosa desembarazándose de su presa según bajaba del segundo piso..., y de pronto reparó. ¡Venía de la casa del padre Emilio!, ¡ajajá!, de manera que el puritano Emilio se entendía con la estrecha de Rosa. Efectivamente, al putón de Rosa no le gustaba él porque era demasiado maduro para ella, pero el padre Emilio era joven y por tanto apetecible. ¡Le cazó! No tendría que bucear más en esas asquerosas cartas de un desviado. Si el se había propasado con Rosa, porque ella le había provocado, naturalmente, en un acto de irrefrenable tentación, Emilio de forma consciente la citaba en su casa. Su pecado era sin duda más reprobable que el suyo. Ya no tenía de lo que preocuparse. Se relajó en su sillón y dejó que una suave sonrisa se le pintase en la cara en un gesto de felicidad y de saboreo anticipado de victoria.
El teléfono le rescató de sus ensoñaciones de triunfo con una voz que le volvió a introducir un punto de sobresalto.
-     ¡Vicario, cuanto honor!, ¿a que se debe su llamada?
-     Padre Alfredo, déjese de falsas diplomacias florentinas. Siempre se llama al párroco para evacuar consultas sobre el nuevo coadjutor. Es la costumbre de su Eminencia, ya sabe que le gusta seguir muy de cerca sus nuevos sacerdotes.
Era el momento preciso. Parecía que las circunstancias se aliaban con él. Estaba solucionado su problema. Solo tendría que jugar sus cartas con sabiduría y el padre Emilio acabaría en alguna oscura parroquia de la sierra más apartada, por no hablar de un destino de autentico castigo en un país del tercer mundo.
-     En realidad se me hace cuesta arriba hablar de esto. Sería preciso quizá darle un poco más de tiempo. Estas vocaciones tan..., digamos fulgurantes, reactivas a situaciones estresantes acaban por diluirse si no están fundamentadas en una sólida fe. Suya no es la culpa, eso también hay que decirlo, esa muchacha frustrada..., no se supo resistir a la tentación. Pero en realidad habría que darle otra oportunidad...
-     ¡Padre!, ¿está diciendo que el padre Emilio ha violentado su voto de castidad? Eso es grave.
-     Yo, vicario, no he estado presente..., pero el hecho es que he visto como una feligresa joven salía a horas intempestivas de su casa. Quizá yo me haya sobrepasado en mis juicios y me hayan confundido mis sentidos, pero la realidad es que esa mujer salía de la casa del coadjutor a deshora. También es posible que estuviese haciendo dirección espiritual...
-     Las cosas padre Alfredo son habitualmente lo que parecen y usted no es un principiante. Tiene usted la suficiente experiencia como para dar juicios acertados. Cuando el padre Emilio aparezca comuníquele que su Eminencia quiere hablar con él. Que pase buena tarde padre Alfredo.
Dejó el auricular con sumo cuidado sobre el zócalo del aparato con la sonrisa de oreja a oreja. Lo que comenzó como una amplia sonrisa se fue convirtiendo en una franca carcajada mientras se frotaba las manos y palmoteaba alternativamente. Era feliz, sencillamente la suerte se aliaba con él.

XV

Pasar la noche en una incomoda butaca de hospital en la mejor prueba de amor que cualquiera pueda dispensar. Primero intentó conciliar el sueño, pero con la relajación el cuerpo se resbalaba y acababa por flexionarle la cabeza hundiéndole el mentón en el pecho y cortándole la respiración lo que le hacia despertar sobresaltado y dolorido para volver a intentar retreparse en el fastidioso asiento haciéndole meditar irritado en la mala sangre del que diseño esas formas con la única intención de que nadie pudiese dormir. Finalmente entre atender los quejidos de la incomodidad de su madre que se removía en la cama mientras dormitaba fruto de los tranquilizantes y la necesidad de mantener la postura en su acomodo torturante, en los periodos de sueño profundo de la enferma no pudo dormir en toda la noche. Hacia eso de las cuatro de la madrugada decidió dejar para mejor ocasión el conciliar algo de sueño y lo dedico a pensar en lo que se había convertido su vida desde que encontró, aquel maldito día, a Bonifacio, tieso, colgado de una cuerda. Y al final, pensaba, ¿por qué tomó la decisión de hacerse cura? La mirada inteligente y maliciosilla de Julia se le hizo presente en su cabeza y sonrió con placentera melancolía. Le seguía gustando aquella muchacha alegre y despreocupada, seria y divertida a un tiempo, seductora y altiva. Si, podría, debería haber sido feliz con ella y sin embargo tuvo que torcer su destino por causa de aquel maldito suicidio y ella..., con ese David, mejor no recordarlo. ¡Las cartas!, ahora caía. Lo primero que haría, nada más salir del hospital, sería ir a casa de Bonifacio a preguntar por esas cartas a su madre que debería vivir todavía allí, no era tan mayor como para haberse muerto, total habían pasado si acaso cinco, quizás seis años desde la muerte de Boni. Lo que no entendía bien era porque si esas cartas iban dirigidas a él no se las hicieron llegar en su momento. Es más, y un escalofrío de pánico le recorrió la espina dorsal, pudiera haber ocurrido que leyendo las cartas, si es que existían de verdad, su vida hubiese cambiado por completo. Le atravesó la urgencia el sentido, al barajar esta posibilidad, no queriendo ir más allá en las elucubraciones por no irritarse más de lo que suponía que iba a hacerlo cuando cayesen en sus manos las dichosas cartas. Se las imaginaba del estilo de la leída con ese médico, ¿cómo era?, si, Julio, pero algo más subidas de tono. Las quemaría, pero antes tendría que leerlas.
Miró el reloj, nervioso, una y otra vez hasta que dadas las siete de la mañana un huracán irrumpió en la habitación con un meditado estruendo, encendiendo luces y armando ruido con la mayor de las exquisiteces animando a los enfermos a espabilarse o a morirse si ese iba a ser su destino. Con el mayor desparpajo se dirigió la revoltosa auxiliar a Emilio instándole a abandonar la habitación para someter a los enfermos a la protocolaria higiene de hospital, abundante en desinfectantes y escasita en agua y jabón, como Dios manda.
Emilio aprovechó el salto para bajar a desayunar a la cafetería del hospital. Como todas pensó al entrar. Mismos olores, mismas sugerencias y misma nausea de alimentos catalogados clónicos, con suciedad disimulada convenientemente a base de detergentes muy perfumados y rimeros de grasas y polvo por los rincones. Optó finalmente por un café cargado para espabilarse. Alguien le tocó el hombro.
-     ¿Cómo está tu madre?
Nunca  habría sospechado que pudiera encontrarse al médico amigo de Boni allí, cuando en realidad era el mejor sitio para encontrárselo, pero por alguna razón, aquella persona, Julio era, le asociaba a otro escenario, pertenecía a otro mundo, nunca al del hospital, por más que se le hubiese encontrado en una consulta de urgencias.
-     Ha pasado la noche inquieta. ¿Cómo estás Julio, que vas a tomar?
-     Un cafelito, entro ya. Ya desayunaré después. ¿Has pensado en lo que te dije ayer?
-     Ahora, en cuanto llegue mi padre y se quede con mi madre voy a buscar a la de Boni. Quiero terminar ya con esta historia. Desde que descubrí a Boni ahorcado no ha dejado de martillearme la imagen y una pregunta, ¿por qué? Solo espero que esas cartas me aclaren la causa de que truncase mi destino. No es que sea infeliz ahora, me gusta ser lo que soy, no soporto ver sufrir a nadie y ser cura me brinda la oportunidad de entregarme a todo aquel que reclame mi auxilio, pero, sabida la existencia de esas cartas ya nada me satisfará como no sea leerlas.
Julio apuró su café de dos tragos y se despidió
-     Emilio, hasta luego. Me gustaría que me dijeras lo que piensas de las cartas. Te quería mucho, de verdad.
-     El que me quisiese no me compromete a mí a nada. Ese es un sentimiento desordenado que va en contra de las enseñanzas de Nuestra Santa Madre Iglesia.
Con una amistosa palmada en la espalda Julio se alejó camino de su destino. Emilio se sorprendió de aquel signo de afectuosa confianza pero en contra de lo que hubiese querido sentir le confortó aquel gesto de amistad, como si le dijese que le acompañaba en aquella aventura hacia el pasado que iba a emprender y que le prestaba su apoyo.
Cuando llegó a la habitación ya estaba su padre allí y Celia estaba plenamente recuperada, indignada por tener que esperar a pasar la visita de planta para recibir el alta. Entre Emiliano y él mismo la apaciguaron, comprometiéndose a ir a comer al día siguiente para dar cumplimiento al compromiso adquirido el día anterior.
La brisa fresca de la mañana le acarició las mejillas y le proporcionó una reconfortante sensación de bienestar. Se detuvo un momento antes de descender las escaleras que desembarcaban en la acera e inhaló el aire que a esas horas ya estaba suficientemente contaminado de gases de combustión como hacerle experimentar la sensación de estar en casa después de estar respirando toda la noche los humores de desinfectante de hospital que tanto le desagradaban.
Una vez en la acera titubeo entre el transporte publico y coger un taxi. Finalmente se decidió por el taxi, quería llegar cuanto antes y acabar con aquel engorroso asunto de una buena vez.
El taxi se detuvo a la puerta de la casa de Boni. Pagó lo que el taxista le pidió pensando que hacia demasiado tiempo que no usaba ese servicio ya que la impresión era la de que le acababan de atracar. Se detuvo delante de la puerta como si una barrera infranqueable e invisible le impidiese entrar. Se le hizo vigorosa y real la imagen de su amigo balanceándose sujeto por el cuello con la cabeza espantosamente torcida y la lengua llegándole al pecho. Recitó una jaculatoria y se sumió en la frescura del oscuro portal.
Golpeó la puerta una, dos, tres veces y nadie respondía a su requisitoria. Ya se había convencido que nadie le abriría cuando la que si se abrió fue una  puerta del piso de arriba y alguien le llamó.
-     Eh, oiga, ¿busca usted a alguien?
-     Aquí vivía un compañero mío, Bonifacio, Boni le llamábamos, que murió...
-     Ya, ya sabemos. Si. Y doña Pura la madre que hasta que murió vivió aquí, que fíjese usted, no es que a mi me importe, la encontró su hermana, bueno, los bomberos que echaron la puerta abajo..., o no, bueno, lo cierto es que a mi me lo contaron, yo estaba en la plaza. Estaba abrazada a un sobre, dicen que lleno de dinero, que se llevó su hermana, la muy aprovechada, aunque bien mirado para quien iba a ser porque...
-     Perdone que la interrumpa, ¿y sabe esa hermana donde vive?
-     Pues mire, por casualidad la se. Porque a hace tiempo que Pura, bueno, la difunta me la apuntó en un papel.
Entró en la casa y volvió al punto con una hoja amarillenta, del tiempo pasado, con la dirección anotada con letra picuda de mujer con las oportunidades justitas.
-     Tome, yo la tenía por si la pasaba algo a ella para que  avisase a la hermana, ahora que si después ella se ha mudado eso ya no se lo puedo decir porque la verdad es que me la dio al poco de morir su hijo, qué que lastima de muchacho con lo bueno que era aunque un poco..., ya sabe usted, que estaba en boca del toda la escalera...
Irritado por sugerencia morbosa tan maliciosa, dio un frío gracias que trasmitiese su desagrado por el cotilleo y dejando a la vecina con la palabra en la boca se marchó.
Mientras bajaba la escalera se dolió de que se hubiese muerto la persona que hubiera podido despejarle alguna incógnita y por no poder disculparse por su reacción de pánico el día que se encontró a su hijo muerto y salió huyendo.
En el portal se quedó mirando el papel con la dirección anotada como si las letras le produjesen efecto hipnótico. Leía sin enterarse lo que ponía. Todo su cabeza estaba dedicada en ese momento a rezar por la madre de Boni que suponía sufriendo eternamente incapaz de recuperase de la pérdida de su hijo. Cuando acabó el Padre Nuestro regresó a la realidad y pudo tomar conciencia de donde tendría que ir a continuación. Detuvo un taxi, una vez más y le dio al taxista la dirección anotada en el papel.
Mientras atravesaba la ciudad sin hacer en absoluto caso de las acotaciones que el conductor hacia sobre lo dificultoso que se encontraba el trafico a todas horas, permitió que su mente navegase por diferentes mundos. Intentó imaginarse a él mismo emparejado a Boni con todas sus consecuencias y las nauseas reclamaron inmediatamente su protagonismo. Vio a su padre degollando a su madre con autentica delectación y el corazón se le aceleró amenazándole con salirse por la boca. Imaginó a Julia entre sus brazos gozando encontrándoles en semejante actitud su marido David que descerrajaba inmediatamente dos disparos con su escopeta de caza matándola a ella dejándole a él vivo para que se pudriese de remordimientos. De sus espantosas ensoñaciones le rescató el taxista.
-     ¡Eh, eh, oiga, aterrice! Ya hemos llegado.
-     ¿Cómo?, ah, perdón, estaba en otro lado...
Descendió del taxi con bastante prevención. Aquel barrio estaba bastante alejado, en una zona de la ciudad muy poco recomendable. Se veían grupitos de chavales con aspecto de formar agrupaciones pandilleras fumando porros descaradamente  e inmediatamente comprendió la necesidad de acercar la pastoral de jóvenes hasta esos barrios extremos. Se prometió que no acabaría el mes sin que se presentase un programa de acercamiento a esos muchachos en el Obispado.
Llegó hasta la puerta del piso que señalaba el papel y pulsó el timbre. Se escuchó el roce quedo de la mirilla al abrirse y casi se percibía una respiración acelerada detrás de la puerta. Esta vez en lugar del timbre golpeó la puerta con suavidad pero con firmeza. Se escucharon unos pasos amortiguados que se alejaban y volvían. Finalmente la cadenilla de seguridad que se engarzaba y a renglón seguido la puerta que se entreabría. Por la rendija se dejaba ver parte de una cara con aspecto de amoratada pero al ser el hueco de contemplación tan escaso y la iluminación tan pobre era difícil sacar conclusiones sobre si sería una cara machacada o sencillamente una cara de ojeras constitucionales. La voz que desde el otro lado preguntaba tenía acentos de temor y recelo.
-     Que desea. Si vende algo no tengo de nada, por eso, porque no compro de nada.
-     Usted me perdonará que la moleste a estas horas. Se que es temprano. Me llamo Emilio Pedrosa de la Barca. Era compañero de su sobrino Boni. Ya me he enterado de la muerte de su hermana..., en el caso de que sea usted la hermana de Doña Pura.
-     Si, si, soy Elvira, la hermana de Pura
-     No he sabido lo de su muerte hasta hoy mismo. Lo he sentido mucho, sobre todo porque le debía una explicación. Yo encontré el cuerpo de Boni...
-     ¡Ah!, perdone, voy a abrir.
Se cerró la puerta, se escuchó el descorrer de la cadenilla y la hoja se abrió de par en par.
-     Pase, pase. Entre.
Le franqueó el paso y le condujo Elvira hasta la sala. Una vez allí pudo apreciar que lo que parecía un moratón en un ojo, efectivamente era un moratón en el ojo que se veía a través de la rendija de la puerta. El aspecto de aquella mujer era deplorable. Su semblante destilaba tristeza como pus destila una herida infecta. Los ojos de mirada esquiva podían interpretarse como de humildad pero una revista más atenta descubría que aquella esquivez era de temor inconfesable. Además estaba nerviosa, queriendo ser complaciente pero reservona.
-     Usted me dirá. ¿Qué se le ofrece, en que se le puede ayudar?
-     Por una casualidad de esas que ocurren a veces en la vida o por la providencia divina, depende de lo que se crea, he sido enterado de que su sobrino cuando murió dejo unos documentos, más específicamente unas cartas personales dirigidas a mí. Se que esas cartas deberían haber sido entregadas a su muerte y no solo no se me entregaron sino que ni si quiera se me comunicó su existencia. No es que yo tenga excesivo interés en ellas pero ya que eran para mi, me gustaría tenerlas. Por eso me dirigí a casa de su hermana pero una vecina me informó de su muerte y me dio su paradero. Y aquí estoy para ver si usted tendría alguna información que pudiera ayudarme a encontrar esas cartas.
Elvira se le quedó mirando muda de emoción y los ojos fueron embalsando lágrimas hasta que desbordaron los párpados y cayeron libres como torrente resbalando por sus mejillas goteando hasta la mesa, pero no apartó la vista de los ojos de Emilio que comenzaron a humedecerse por solidaridad con ella. Pasado un tiempo en que los dos se comunicaron el dolor tácitamente, Emilio rompió el silencio.
-     ¿Qué ha pasado? Llora por la muerte de su hermana o por la de su sobrino, porque por las cartas no va a llorar. ¿Sabe algo que yo debería saber y le abruma confesarme?, recuerde, si no lo sabe ya, que soy sacerdote y aunque solo sea por mi fe estoy obligado a no escandalizarme por muy aberrante que sea lo que tenga que decirme. Vamos, serénese, nada, como no sea su vida eterna, merece la pena llorar por ella.
Durante unos momentos más, Elvira siguió llorando, conteniendo su pena como podía hasta secar sus ojos y acompasar su respiración para que la dejase hablar con la serenidad suficiente para poder explicarse.
-     Hace menos de dos años en un Púb un hombre me invitó a una copa. Yo salía en ese momento de una relación absurda y decepcionante. Nada más verle me cautivó su sonrisa con la misma intensidad que una alarma en mi cabeza me notificaba que aquel hombre me daría problemas pero fui incapaz de resistirme, me rendí ante aquel sinvergüenza. Y cobarde. Mire, esto es de anoche. Me pegó porque le reproché que se llevase sus cartas. Quinientos euros, sacó por ellas.
-     Espere, espere, espere. Quiere decirme que su..., bueno, ese bestia que le ha pegado, robó mis cartas y las ha vendido, ¿a quien?
-     No, espere. Yo fui a casa de mi hermana hace unos días, ahora ya no se, han pasado tantas cosas. Hacía tiempo que no me llamaba. Es cierto que desde la muerte de Boni, Pura no fue ya la misma. Se encerró en si misma y nadie volvió a entrar en su casa que convirtió en un santuario en memoria de  su hijo. Pero me llamaba todos los días. Cuando se pasaron unos días sin llamar me alarmé. Fui a su casa y harta de quemar el timbre o eso me pareció a mi, porque el tiempo se hacia irritante, largo, eterno, saqué la llave que yo conservaba de la casa y entré. La encontré sentada enfrente de una foto de su hijo abrazada a un sobre manoseado mil veces. Cuando se avisó a la policía un señor muy amable me dejó que me llevase el sobre, al fin  y al cabo yo soy la única heredera y antes o después iba a ser de mi propiedad y ¿a quien perjudicaba que me llevase esas cartas?
Cuando llegué a casa destrozada por tener que consentir que se llevasen el cuerpo al Anatómico para la autopsia no tuve fuerzas para abrirlo y lo dejé sobre la mesa. Cuando llegó Carmelo, Carmelo es la prenda que me tiene el seso sorbido, y me pregunto tuve la indiscreción de decirle que era aquello. Abrió las cartas las leyó y enseguida vio un negocio redondo. Yo he leído algunas y la verdad es que no dicen nada del otro mundo y además a usted no le comprometen a nada pero a Carmelo le pareció haber encontrado el diamante azul y se empeñó en negociar con ellas. Quería llevarlas al Obispado, pensaba sacarles millones, aunque finalmente creo que las llevó a su parroquia donde un sacerdote se las compró por esos quinientos euros que le dije. Cuando volvió a casa anoche borracho alardeando del buen negocio que había hecho le eché en cara lo hecho y por toda respuesta me pegó, por eso este ojo, que es lo que se ve...
-     ¿Me quiere decir que las cartas están entonces ahora en mi parroquia y que las ha comprado el padre Alfredo?
-     No se el nombre del que las compró, pero que están allí, es seguro.
-     Le estoy muy agradecido. Elvira, ¿Elvira, no?
-     Si.
-     Elvira, no debe usted soportar los malos golpes ni los insultos de ese hombre que por lo que se ve para lo que la quiere es para sobrepasarse con usted. Denúnciele y acabe con esta situación. Ese hombre es un chulo, por lo que me cuenta de su comportamiento. Pida ayuda o cualquier día acabará con usted.
-     Lo se, padre Emilio, lo se..., pero..., que quiere, son cosas entre hombres y mujeres que usted no entendería. Le quiero, a  mi manera, y el sabiéndole llevar no es malo. Solo es como un niño caprichoso que se enfada cuando se le lleva la contraria pero más pronto se le olvida todo y te cubre de regalos y besos...
-     No dude en llamarme si necesita ayuda, del tipo que sea. De verdad. Aunque solo sea por la amistad que me unía a su sobrino, déjeme que la ayude.
Acompañó esta última frase de un apretón de las manos de ella entre la suyas. Finalmente la atrajo a si y la estampó un inocente beso en la mejilla. La separó y sin mediar más palabra se encaminó a la puerta y se fue.
De manera que el padre Alfredo estaba en posesión de sus cartas. Claro que si le habían vendido las cartas el día de ayer..., él no veía al padre Alfredo desde el día anterior en la mañana por lo que...Se dirigiría a la parroquia inmediatamente a recuperar lo que era suyo. Lo que no acababa de entender es como el padre Alfredo se prestó a comprar unos documentos que eran suyos. Lo que tendría que haber hecho era llamar a la policía y denunciar el hecho, pero sin embargo pagó. ¿No pretendería utilizarlas en su contra? No era tonto, sabía que la correspondencia privada es delito violentarla.
Cada vez, a medida que pasaban los minutos e iba sacando más conclusiones y cada vez más alarmantes se iba poniendo más nervioso. Dios mío, que cartas serían esas dignas de ser adquiridas a ese precio. Una cosa estaba clara, él no tenía absolutamente nada que ver en todo aquello. ¿Qué responsabilidad podría tener él en la elaboración secreta de unas cartas destinadas a entregarse una vez muerto el remitente? Pero conociendo al manipulador de Alfredo cualquier cosa podía suceder. Era capaz de tergiversar los sentidos de los escritos para incriminarle Dios sabe en que turbios y sucios asuntos.
Caminó durante diez minutos antes de encontrar un taxi. Finalmente uno que dejaba un servicio en una esquina le recogió  para llevarle raudo a su parroquia.

30.9.12

sábado, 29 de septiembre de 2012

E L S I L E N C I O X - XII

El Silencio


X

Alfredo terminó de comer y comunicó a su ama que no se echaría la siesta, porque tenía mucho trabajo en la parroquia. Maria Jesús, su ama de llaves se extrañó del anuncio, nunca el Padre Alfredo había justificado sus ausencias o no; sencillamente hacía lo que tenía por conveniente sin dar explicaciones a nadie, por eso ante la cara de incredulidad de la mucama Alfredo reaccionó de una forma que a Maria Jesús le pareció fuera de lugar.
-     ¿Le parece usted bien que me vaya a trabajar o es que me va a pedir la mano? ¿De que se extraña con esa cara? Venga a sus obligaciones.
-     ¡Don Alfredo, por los clavos de Cristo!, ¿cómo ha podido pensarse usted...?
-     Venga, venga, menos cháchara.
Alfredo se marchó dejando perpleja a su ama de llaves. Tenía prisa por llegar al despacho. No consiguió quitarse aquellas cartas de la imaginación en toda la comida. Esperaba que en alguna de ellas encontrase el arma que le sirviese para neutralizar la que le amenazaba en manos de su coadjutor. De la zorrita esa estrecha ya se ocuparía más tarde.
Nada más entrar en su despacho se lanzó al cajón donde había colocado el mazo de cartas. Las puso encima de la mesa y las acarició con fruición relamiéndose por anticipado con el regalo que se acababa de comprar.
Escogió la siguiente carta, la hojeó sin leerla y  se fijó en unos versos que comenzó a leer, para rápidamente dejarlo y empezar a leer la carta entera.
Tarde del 5 de Octubre de 1983
Querido y entrañable amigo Emilio: hoy habría matado. No he podido esperar a la noche, en que el silencio provoca magia y magnifica los sentidos ciegos que son los más potentes, los más severos, los más fecundos.
La irritación que he sentido ante el trato al que te ha sometido el cabrón de filosofía me ha provocado tal dolor de estomago que no me ha dejado ni comer, y en su lugar me he tenido que zambullir en la hoja en blanco. La exclusiva forma de aliviarme es escribiéndote otra vez,  manifestarte mi incondicional amor, desearte con vehemencia, respirar tu aire y apurar el amargo vaso del ridículo, la humillación a la que te han querido reducir esta mañana.
Habría sido el ser más realizado si hubiera podido cambiarme por ti. He vivido esos minutos de zozobra con angustia. Habría deseado acunarte, abrazarte, protegerte y cubrirte de besos. He llorado secas lágrimas de rabia y de dolor que me han anegado el alma ahogando todo sentimiento de indulgencia hacia cualquiera que quisiera ni siquiera rozarte con mala intención, mi amor.
Pero has salido triunfante, has sabido plegarte como un junco y no te han podido violentar, has resistido todos los embates y al final has dejado en evidencia al inútil que intentaba cubrir su incompetencia con la descalificación. Esa respuesta sobre lo que él suponía que tú no podrías saber nunca de la navaja de Guillermo de Ockam le ha descolocado. He gozado con tu triunfo. No solo te quiero Emilio, te admiro, te respeto. La belleza que tienes brota como una fuente inagotable del manantial de tu inteligencia, eres bello porque eres inteligente, te amo.
Cuando caminábamos de regreso a casa me he sentido orgulloso de poder marchar a tu lado. Tu no reparabas, pero nos miraba todo el que se cruzaba con nosotros, a ti, sorprendidos de tu belleza y tu prestancia, a mi de envidia por ser tu acompañante, por poder tenerte tan cerca. ¡Ay!, no tan cerca como yo quisiera, pero al menos puedo estarlo tanto que puedo oler tu colonia por las mañanas y tu sudor fresco cuando regresamos y eso me tranquiliza, me sosiega.
Es tanta la ternura que me inspiras que solo puedo plasmarla en cuatro medio versos deslavazados, pero estate seguro que sinceros y llenos de ilusión.
            Aspiro tu perfume y me embeleso,
            Oigo tu voz, que se avecina recia,
            Hablando fiera de sus viriles cosas
            Y el alma brincando se me extasía
            Sin atreverse siquiera a interrumpir
            Ni contestar, para del momento
            No romper el ensalmo de magia
            Que me trasporta a otro mundo
            En el que la muerte no existe
            En el que tú eres el Dios
            En el que yo, tu amante esclavo
            Solo la felicidad encuentra
            Si te sirve hasta la muerte.
Algún día, quiero creerme, me miento constantemente en este miércoles, que pueda hacerte llegar estos míseros papeles para que sepas que hay alguien que estaría dispuesto a entregar su vida si eso, aunque de forma minúscula, te satisficiese.
Escribirte estas líneas mal engarzadas me ha servido para tranquilizarme y solo sospechar que alguna vez las puedas leer me ruboriza y me entra vértigo si fabulo que te tocan el corazón y por lo menos no me desprecias.
Te querré para siempre, aún después de muerto, te querré.
Bonifacio.
Se quedó pensativo, con la mirada perdida en el vacío y la carta sostenida apenas en sus manos. Una cosa era incontrovertible: ese degenerado estaba enamorado como una damisela de Emilio, desde luego un ser así lo mejor que podía hacer era pegarse un tiro o colgarse como al parecer hizo. Pero había algo que le rondaba la cabeza después de leer aquellas dos cartas. Para que un chaval como aquel se prendase de aquella manera ¿no era preciso recibir un pie del otro?, ¿no sería que Emilio sencillamente no le correspondía y de ahí la melancolía que destilaban las cartas?, eso es que estaba liado por otro lado con otro y por eso no atendía a las solicitudes de éste.
El párroco, frotándose las manos se dispuso a leer otra carta, esperando encontrar en ella la revelación que le diese el argumento definitivo.
Nochevieja de 1983/1984. Madrugada triste
Muero de tristeza y celos amor mío. Y me recrimino por sentir celos. Se que estás con Julia en el cotillón y a pesar de llevar preparándome para esta catástrofe desde que me enteré, no por eso la puñalada es menos dolorosa. Se que no tengo derecho a ti, se que nunca podrás comprenderme ni aceptarme como amante, ni siquiera como esclavo, porque ¿sabes?, me conformaría con estar a toda hora cerca de ti, tu mera contemplación colma mis expectativas, solo deseo permanecer a tu sombra, olerte, verte, sentirte, intuirte y servirte. Pero no, me recrimino porque sentir celos de ti, es alguna manera de rechazo, porque encrespa mi anima en contra tuya y cualquier sentimiento por muy tenue que sea, por muy justo que sea, que te cuestione, no me lo consiento, porque todo lo que tu hagas, bien hecho está y yo no soy quien para afeártelo.
¿Llegará el día en que pueda confesarte todo esto cara a cara? Me atenaza la posibilidad de tu rechazo, de tu burla, de tu desprecio. No lo soportaría. Preferiría acabar mis tediosos días de una manera rápida aunque trágica, a tener que arrastrar mi desengaño en la seguridad que no existirá consuelo de ningún tipo en este valle de lágrimas. ¿Te das cuenta que eres mi Dios? ¿que fuera de ti no existe la felicidad para mi?, por eso, el no poder encontrar la forma de vinculo contigo, troncha cualquier salida digna y honrosa a mi existencia. ¿Comprendes, mi amor, que mi mundo acabará cuando de tu boca salga el temido “no”? No te merezco, ¿ves?, me rindo antes de empezar a luchar.
He cenado con mis padres y tía Elvira, ¿te acuerdas?, la solterona que me hacia felaciones cuando yo era pequeño. “¡Que suerte, cabrón!”, me decías. Ella cree que yo no me acuerdo, pero el asco, la repugnancia, el rechazo que sentía en aquellos momentos se grabó indeleble en mi memoria. He aguantado hasta después de las uvas, luego no he podido más que venir a mi cuarto a intentar que el aire entrase en mis pulmones, a intentar que mi corazón no estallase en pedacitos deleznables. Necesitaba la soledad para construir tu imagen dentro de mi sin que le faltase un detalle y poderte poseer mío, solo para mi y sentirte y derramar lágrimas de alegría al engañarme, cerrando los ojos, viéndote a mi lado. Odio tener que dar explicaciones absurdas y traicioneras de las lágrimas que derramo cuando pienso en ti soportando  a duras penas las muestras de apoyo de mis padres que creen que pueden aliviarme las penas. Y yo solo puedo disimular, travestirme de adolescente ingrávido y caprichoso que llene y dé sentido a los planteamientos paternalistas y encasillados de los dos seres que más quiero y más lejos quisiera ver en esos momentos. Porque cuando mi madre me pregunta por las lágrimas y tengo que mentirle estoy pecando contra ti, me hago indigno de ti y me desespero porque me aleja.
Cuento los días, amado Emilio, que aún faltan para que comience el curso de nuevo, para poder volver a caminar a tu lado, rozarte por descuido, sujetarte por la cintura cuando nos atascamos en la puerta del aula o demorarme cuando voy delante de ti para que tu cuerpo empuje el mío.
Quisiera escribirte un poema esta noche, obligatoriamente mágica, que no lo es para mí si tú no estás y esta soledad cruel me seca el alma y me devasta el espíritu no dejándome más que palabras de desconsuelo y desamor sabiendo que te embelesa a estas horas la cercanía, el calor, la humedad de Julia.
Pero no voy a cejar, seré quien soy a pesar de todo. Si intentase ser otro te perdería definitivamente, no porque tú me rechazases, sino porque yo no tendría vergüenza de mirarte a la cara. Te lo digo mejor con estos versos. No voy a venderme a emociones y afectos, mi amor no es moneda de nada.
Perdido, abatido, desazonado y débil
Me voy ahogando, resignado,
En un mar de dudas, exhausto, febril,
Como castigo. Indultado por la vida,
Atenazado, esposado y preso,
De mis propios miedos y emociones
Transito, cadáver bello, entre muertos
Y carroña dulce, que me hiere y me tortura
Por no querer gustar su hedor, dócil.
Numantina resistencia a diluirme,
La aterida desnudez es preferida
A, de uniforme de orbe indumentado
Confundirme, en deseos, anhelos y votos
Con el común de vacíos fantasmas
Que aíslan, excluyen y escupen
Todo disconforme con seguir viviendo.
Y para mí, seguir viviendo solo se concibe si es a tu lado. Te quiero mi amor. Te querré aún después de dejar este miserable y desnudo cuerpo aquí.
Boni.
Alfredo estaba escandalizado de lo que leía. Le provocaba rechazo y estupefacción la declaración de amor del desgraciado, pero si algo le contrariaba era que no había nada que pudiese comprometer a Emilio. Ni una sola referencia a una contrapartida por parte de él. Por otra parte las poesías eran penosas fruto más bien de una mente desviada que de una persona medio normal. Parecían aquellas tres cartas leídas la plasmación de una obsesión. Un vicioso nacido tarado que se encapricha de un muchacho sano y alegre, nada más. Pero quedaban cartas. Parecía imposible que esa pulsión tan intensa no encontrase respuesta antes o después. Se prometió no ponerse nervioso hasta leer la última palabra de la última carta.

XI

Emilio permanecía en la sala de espera mientras su madre era atendida de su herida que resultó ser, como las heridas de la cabeza, más escandalosa que importante. La mirada, perdida en el vacío, realmente apenado por la imagen de su madre, inerte en el suelo. Pensó que estaba muerta y el escalofrío le recorrió la espina dorsal otra vez más instalándosele en la boca del estomago y pugnando por vaciar su contenido. Se tuvo que contener e intentar pensar en otra cosa. No, su madre estaba viva. En el viaje hasta el hospital Celia no fue capaz de hilar un razonamiento y la sospecha de que su padre estuviese detrás de aquel accidente le torturaba. Ella solo era capaz de decir llorando “tu padre, tu padre” y no fue capaz de sacarle nada más. No estaba preparado para imaginar a su padre comportándose violentamente; no, su padre no era ese. Solo de pensar que Emiliano ejerciese violencia con su madre, por muy irritante que fuese Celia, le hacía hervir la sangre sin poder evitar sentir deseo de venganza, revancha, justicia primaria y cualquier sentimiento que supusiese castigar horrorosamente a su padre. Y saberse poseedor de esa capacidad de maldad le dolía quizá más que la herida y la contingencia de su madre. Sin saber cómo, la mente se le fue al  territorio en el que habitan los seres débiles de los que se alimentan los demonios del egoísmo, de la rapiña y el desprecio y Rosa apareció ante sus ojos, menesterosa, a merced de quien supiese aprovecharse de su indigencia y vulnerabilidad. La deriva del pensamiento puso rumbo al párroco. “¿Cómo, Dios mío?”. La frase dicha en alta voz hizo que varias cabezas girasen hacia su sitio intentando averiguar la razón de la demanda al Sumo Hacedor poniendo todos cara de comprensión y solidaridad con algún que otro suspiro atravesado de afectación exhalado por alguna Doña María Guerrero frustrada. La mujer mayor que más cerca tenía le instó desde la experiencia de años en urgencias a resignarse dentro de la más estricta observancia religiosa cristiana. Emilio no pudo por menos que corregirle explicándole que si algo es poco cristiano es precisamente la resignación. La pobre mujer poniendo cara de incomprensión y disculpa hacia quien tanto desbarraba fruto sin duda del dolor, se levantó con toda la dificultad que le prestaban sus muchos kilos de más y se dirigió balanceando de lado a lado su oronda figura vestida del luto inevitable con las manos en la espalda para aliviarse del esfuerzo y haciendo aspavientos de dolor hacia la ventanilla de admisión para preguntar por su deudo. Emilio la observó alejarse maravillado y envidioso de esa simplicidad que le permitía responder a cualquier pregunta, por enrevesada que fuese, sobre su existencia y el dolor que comporta. ¡Ojala, tuviese él esa clave!, podría resolver rápidamente el tremendo problema que se le planteaba entre la lealtad a su Iglesia, manteniendo el desliz de su párroco en los limites de la obediencia debida, (¿quién era él para juzgar un superior?), y su conciencia que reclamaba una satisfacción que sanase las heridas de Rosa. Las palabras Jerarquía y Obediencia le resonaban en su cabeza como si fuesen las dos baquetas del tambor que utilizaban su cabeza como caja de resonancia poniendo su formación académica y su conciencia en pie de guerra. Y encima ahora este problema de su madre. En ese momento Emiliano entró con la cara pálida y fría, los ojos de pupila dilatada buscando una cara conocida, pero miraba a diestra y siniestra sin ver, hasta que Emilio reparó en aquel hombre que irrumpía en la desvencijada y abandonada sala de espera con aspecto desesperado y reconoció en él a su padre. De un salto se levantó del desfondado sillón que había ocupado y fue a su encuentro.
-     ¡Papá!
-     Hijo, ¿qué ha pasado?
-     Eso me lo tendrás que decir tú a mí. Mamá no paraba de decir por el camino, “tu padre, tu padre”, y yo ya no se si es que estaba desvariando o es que directamente te acusaba del golpe en la cabeza. Me cuesta trabajo creer que tu hayas tenido que ver en esto, pero los últimos días estoy aprendiendo que todo es posible y que se me caiga alguien más de mi organización mental no sería de extrañar.
Emiliano comenzó a llenar sus ojos de lágrimas y fue incapaz de reprimir los pucheros que cada vez y a su pesar, aumentaban en volumen. Que su hijo dudase de él era la gota del vaso de la desesperación que hacía que se desbordase en fuente de dolor. Incapaz de articular palabras solo sabía llorar. Emilio le condujo por el brazo hasta un rincón, donde como privilegiados testigos presenciaron la conversación la maquina del impresentable café y del dispensador de bocadillos y dulces prefabricados.
Emilio con palabras de consuelo, que para algo había de servirle el oficio, consiguió que su padre se tranquilizase y fue entonces cuando le contó todo lo sucedido. Su hijo con la cabeza hundida entre los hombros y los pelos alborotados de mesárselos más por la pena de haber dudado de su padre que por la desesperación se abrazó a su padre y no pudo reprimir el llanto.
Celia apareció con un vendaje aparatoso en la cabeza y un sobre grande con las radiografías practicadas. Al ver a su marido y al hijo abrazados se irritó creyendo que hacían causa común contra ella y sin ningún recato y a gritos exclamó, “Encima, ¿no?, encima”.
Padre e hijo interrumpieron de instantáneo el sollozo y deshicieron el abrazo volviéndose hacia donde el grito intentaba llenar el espacio que les separaba. Todo lo más ligero que pudieron se precipitaron hacía donde Celia ya daba media vuelta abalanzándose a la salida, indignada, irritada, determinada a desaparecer hasta de si misma. Emilio alcanzó a su madre sosteniéndola por el codo, ella de un tirón se desembarazó de la mano de su hijo que reincidió en volver otra vez a sujetar, y esta vez con más firmeza, para que, aunque Celia volvió a hacer el intento, si bien con menos energía, no consiguiese soltarse. Emiliano llegó a la altura de su mujer encarándose con ella.
-     ¡Ya está bien, creo yo, ya está bien! Te parece que has envenenado poco nuestra vida que pretendes fulminarla del todo. ¿Qué le has dicho a nuestro hijo?
-     No papá. Ella no te ha acusado explícitamente, eso lo colegí yo. Te he creído. Os estáis haciendo demasiado daño, ¡por Dios!, os creo, os quiero a los dos, no sigáis por ese camino.
-     ¿Aún no te has dado cuenta, eh?, claro, eres como él. No sabes que me hace la vida imposible, que desde que te fuiste de casa mi vida es un infierno, pero no, tu le haces caso a él, a tu padre del alma, yo soy la mala porque no quería que arruinases tu vida metiéndote en esa cueva de sinvergüenzas y maricones.
El volumen de la voz de Celia iba en aumento a medida que se le calentaba la boca y en una incontinencia que le remuneraba su indignación decía todo y más lo que a la mente se le venía, encontrando gratificante saberse centro de las miradas en la idea de que todos los que con vergüenza ajena escuchaban su filípica le apoyaban. La gente que abarrotaban la destartalada sala de espera, miraban a hurtadillas y cuchicheaban en voz baja haciendo como que no se enteraban. Padre e hijo abochornados intentaban por todos los medios llevar a Celia hasta la puerta para minimizar los efectos del escándalo pero ella quería seguir y aventar su dolor que nacía de la injusticia de verse maltratada por las dos personas en las que ella había depositado sus esperanzas y habían sido objeto de sus desvelos.
-     ¿Queréis que me vaya, os da coraje que se entere todo el mundo de cómo me tratáis?,  pues se van a enterar.
Ya francamente, a voz en cuello, comenzó a desbarrar, congestionándose y con grave riesgo de volver a caerse y lesionarse. Al verla de esa manera Emilio comprendió que es lo que podía haber ocurrido en su casa aquella mañana, pero con su madre en ese momento no había forma de razonar ni tan siquiera de reducir físicamente porque había llegado al punto de braceo y de brega que impedía controlarla. A la algarabía montada acudió el guardia de seguridad que ante la imposibilidad de reducir a la paciente sin hacer daño optó por pedir auxilio a los celadores. Entre todos pudieron sujetar a Celia que ya en pleno ataque de histeria había dejado este mundo real para navegar sin tino por el suyo particular en el que la jerga utilizada estaba transida de quejidos y alaridos que encogían el corazón de todo el que presenciaba la escena. Apareció un médico y un enfermero, que administraron un sedante a la paciente que poco a poco fue calmándose hasta quedar inerte dejándola reposar en una camilla.
-     ¿Ustedes son familiares?
-     Si, si. Yo soy su hijo y este es mi padre. ¿Qué le ha pasado?, nunca la había visto así. Si, es cierto...
-     Espere, si le parece pasamos a la consulta y allí hablamos. Aquí no me parece...
Con las piernas temblándole y chorreando adrenalina, Emilio siguió al médico mientras sujetaba a su padre que a duras penas se sostenía de pie. Con todo el cariño de que era capaz, con la barbilla tiritando y la voz temblona animaba a su padre que era incapaz de articular palabra. Llegó un punto en que Emilio ya solo fue capaz de empezar a llorar sin consuelo. Entraron a la consulta del médico.
-     Me estaba usted diciendo que en alguna otra ocasión le había sucedido algo similar, ¿no es eso?
Emilio con los ojos rojos de dolor y la garganta estrangulada por la pena miraba al médico que pacientemente, al no recibir respuesta, se creyó en la obligación de consolar, algo que pertenecía a su modo especial de entender la medicina, aunque no fuese algo al uso en aquellos días de frustración, encono y protocolización
-     Yo no tengo prisa. Tómese el tiempo que crea conveniente. La situación es lo suficientemente tensa y dura como para derramar todo un océano de lágrimas.
Escuchar aquellas palabras de solidaridad obró el milagro de serenar a Emiliano antes que a su hijo que no era capaz de quitar de su cabeza la imagen de su madre, a modo de poseída por un espíritu maligno, provocándole una suerte de retroalimentación a su dolor.
-     Mi hijo decía que su madre alguna vez había tenido una salida de tono. Es irascible, es verdad, pero al punto de convertirse en la posesa que ha dado el espectáculo, nunca.
-     La herida de la cabeza...
-     Mi hijo se la encontró tirada en la cocina. Debió tropezar o bien tuvo otro ataque como el de ahora, porque es cierto que esta mañana tuve unas palabras con ella algo fuertes y me fui de casa para no provocarla más. Yo sabía que era temible peleando, pero hasta este punto..., estoy consternado. Luego hay otra cosa. Mi hijo después de una brillante carrera de Físicas decidió entrar en el Seminario y eso terminó de arruinarle los nervios. Ella se crió en un ambiente absolutamente anticlerical y odia todo lo que signifique religión y para colmo su hijo, el único, en quien tenía puestas tantas esperanzas se le mete cura, lo último que ella hubiera podido imaginar. Si es cierto, desde que Emilio ingresó en el Seminario no ha sido la misma.
El médico, además de para rebajar la temperatura emocional, quiso recabar más datos. No era muy normal que alguien que hace una carrera tan alejada de las humanidades decida a continuación hacerse cura, paradigma, en principio, de lo científicamente cuestionable.
-     Me van a permitir que me interese. Por supuesto, si no quiere no tiene porque responder, pero, ¿cómo es que terminada una carrera..., tan digamos de ciencias, se decide uno a ingresar en un Seminario? Perdone la pregunta pero, lo cierto es que si a raíz de ese episodio su madre empeoró quizá tenga claves para desentrañar lo que aquí a pasado.
A Emilio, la pregunta parece que tuvo la virtud del agua sobre las brasas, enfriarlas. Dejo el compungimiento y experimentó algo parecido a la presunción, al halago que le produjo bienestar y goce. Se seco los ojos entrecerrados por el continuo llanto y aclarándose la garganta se explicó.
-     Fue, digamos, una zona gatillo en mi cerebro. Asistí en primera fila al suicidio de un compañero y no pude hacer nada por ayudarle. Eso hizo que me replantease...
-     Un momento.
El médico de aproximadamente la edad de Emilio lució un brillo extraño en los ojos y las lágrimas asaltaron sus párpados, pero se contuvo aunque no pudo evitar que sus interlocutores acusaran la reacción.
-     Usted, tendrá más o menos mi edad. ¿Ese incidente que usted dice sucedería hace unos cinco o seis años?
-     Cinco años bien pasados, si.
-     Su amigo, ¿no se llamaría Bonifacio?, bueno Boni, le llamábamos en el grupo.
Emilio se mareó. Otra vez se hacia presente en su vida Boni. En las circunstancias que fuesen, siempre Boni se le hacia presente. Le perseguía. Otra vez el cuerpo suspendido y bamboleante, el olor a heces y la lengua, aquella espantosa lengua amoratada se impresionaban en su memoria borrando cualquier otra imagen. ¿Qué especie de poder tenía ese hombre y ese nombre en su vida? Evocó otra vez la risa estentórea la noche anterior a su ahorcamiento que fue el resultado de una tristeza sombría y contagiosa como una peste que hacía presagiar lo peor. La palidez extrema de la cara de Emilio no pasó inadvertida para el médico, la lividez de los labios que se resecaron al momento y la voz ronca que contrastaba con la húmeda y aguda del cercano llanto hicieron comprender a su interlocutor que si, que hablaban de la misma persona y que deberían mantener una conversación privada fuera del entorno y los condicionantes en los que se encontraban ahora.
-     Si, Boni era. Yo le encontré y le sujeté por las piernas intentando rescatarle de su horrible decisión, pero ya no había nada que hacer. Me horrorice y me fui corriendo. Aún me duele el haber salido huyendo dejándole allí colgado como una res, aún me duele, pero en lugar de eso vomité encima de él.
Y se echó a llorar sin consuelo una vez más, pero en esta ocasión el llanto tenía otras connotaciones culposas que no eran las de minutos antes cuando lloraba de amor dolido por una madre.
-     ¡Vaya casualidad! Fíjate Emilio, quien te iba a decir a ti que ibas a encontrar a este señor aquí que conocía al Boni. Bueno doctor, y de mi mujer qué.
-     La vamos a pasar a planta de psiquiatría. Mañana la verán en consulta le pondrán tratamiento y no creo que esté aquí más de dos días. Vayan ahora a admisión para dar los datos y a recoger los pases de visitante.
Se levantaron los tres y el médico le acompañó hasta la puerta. Cuando comenzaban a alejarse por el pasillo de urgencias, sorteando camillas y sillas de ruedas, angustias y gritos de dolor, Emilio sintió que le llamaban y se volvió.
-     Espera un momento papá.
El medico con el que acababan de hablar le esperaba en la puerta de la consulta.
-     Perdona que te moleste. Salgo a las cuatro y me gustaría hablar contigo a solas en un sitio que no sea este. Aquí al lado hay una cafetería, ¿podemos quedar a eso de las cinco?, que me de tiempo de cambiarme y comer algo.
-     Vale. Yo tendré que ir a la parroquia y regresar a quedarme con mi madre. De acuerdo, a las cinco en la cafetería. ¿Es una que he visto tipo principios de siglo, años veinte o así?
-     Correcto, a las cinco nos vemos. Gracias.
Después de cumplimentar los consabidos formularios de admisión, Emiliano se fue a la habitación donde habían dejado a su mujer en la planta octava de psiquiatría. Emilio se disculpó con su padre, porque tenía que regresar a la parroquia. Había quedado después a las cinco con el médico que les había atendido, “querrá hablar del pobre de Boni”, y luego subiría a planta.
Lo primero que le sorprendió a Emiliano cuando subió en busca de la habitación de Celia fue la pareja uniformada de la policía a la puerta del corredor que aislaba esa sección del resto y el timbre para acceder. Los policías le preguntaron por su destino y al exhibir su pase de visitante le franquearon el paso, tras de lo cual tuvo que pulsar el timbre para que un celador ésta vez le abriese no sin antes solicitarle el pase de acompañante. Al entrar en aquel corredor le pareció acceder a un mundo irreal o surrealista mejor. El pasillo cargado del humo que todos, inexcusablemente todos los enfermos, exhalaban constantemente de los cigarrillos que fumaban de forma compulsiva. Un mechero colgado de una cadena y firmemente anclado a la pared a mitad de pasillo, hacia presumir la ingente cantidad de veces que se habría molestado al personal de aquella sección pidiendo fuego para encender el tabaco. Al ver el espectáculo Emiliano se echó un poco para atrás a lo que el celador le tranquilizó de forma aburrida.
-     No se asuste, no hacen nada. Mientras que no les falte el tabaco son felices. Los peligrosos de verdad están fuertemente sedados y en cuanto al humo, ¿qué le vamos a hacer?, las cosas son como son y por mucha medicación que se les ponga no hay huevos de quitarles a estos el tabaco.
-     Pero mi mujer...
-     No se apure, ¿ha sido un ataque agudo de pánico..., o que ha sido?, de cualquier forma no creo que esté aquí más allá de mañana en la mañana. No se asuste, la hemos puesto en una habitación con una señora muy pacifica cuya única manía es la de bordarse el ajuar porque espera a que su novio venga a buscarla para casarse. Tiene noventa y dos años y pasa temporadas aquí no porque haga nada especial pero cuando se descontrola, cualquier hombre que a ella le parezca es su novio y le intenta seducir de la forma más explicita posible, es decir quiere hacerle felaciones a cualquiera. Ahora está bien, no les molestará, solo se harta de dar puntadas a unas telas que nosotros le damos porque eso la consuela.
Llegaron a la habitación 824 donde Celia ya estaba en la cama y continuaba dormida con una vía cogida que le suministraba medicación para mantenerla sedada supuso su marido. Una encantadora viejecita daba puntada a una tela de sabana sin mirar siquiera y le saludó nada más entrar con muchísima educación.
-     Lo siento Monsieur, estoy ahora muy ocupada en mi ajuar, pero venga después de la boda y atenderé cualquier encargo.
El celador le susurró al oído la explicación. Al parecer había sido una magnifica costurera y en su juventud había trabajado en un taller de alta costura en Paris. De hecho de vez en cuando entremetía palabras en francés, como pudo comprobar Emiliano.
Celia tenía aspecto de serenidad inexpresiva que podía interpretarse por hieratismo o altivez. Su marido se sentó en el sillón al efecto y sin remediarlo se entregó al llanto. Su vecina de cama le miró con piedad.
-     Lo siento muchacho, ya lo se, es muy duro, pero estoy comprometida.

XII

Alfredo continuaba en sus trece de seguir leyendo las cartas que no se habían escrito para sus ojos violando cualquier principio moral por básico que fuese. Buscó por fecha la siguiente carta y se enfrascó en ella.
Tarde del día de Reyes de 1984
Amor mío tu llamada de ésta mañana ha sido no solo mi mejor regalo de Reyes, ha sido “el regalo de Reyes”. Y no únicamente porque te hayas acordado de mi sino porque a partir del lunes voy a poder fundir mi pecho en tu espalda y reposar mi mejilla en tu hombro cada día, al ir al Instituto, y mi pena es que éste año hayan caído los Reyes en Viernes y tendré que esperar aún dos eternos, inacabables días, antes de poder tocarte.
Tu voz. Mi corazón se me ha querido salir del pecho cuando al descolgar el auricular he oído ese “¡macho, Boni, que me han traído la moto!”, tan varonil, tan ilusionadamente brusco, tan sencillamente básico. En mi cerebro ese timbre bronco de tu voz ya hecha, de hombre, en tu cuerpo de aún adolescente, ha tenido el balsámico efecto del árnica. Mi madre se ha alegrado sorprendida cuando al colgar el teléfono, me he abalanzado sobre ella y la he comido a besos. Eran para ti, ¿sabes?, reventaba de gozo, era preciso que se los diese a alguien y ese alguien era mi madre que ha tenido justo consuelo al disgusto de la mañana cuando no he hecho demasiados aspavientos al ver mis regalos, ya sabes, lo de siempre, cassettes, libros, alguna camisa y una chupa de cuero, que me parece que te habría ido mejor a ti, realzando tu espléndida figura de atleta, a mi se me antoja demasiado dura, muy ariscota para mi estilo.
Te tengo que pedir perdón Emilio. Al recibir la gozosa noticia de que te habían comprado la moto y al sentir que tú contabas conmigo para llevarme a clase cada día, he imaginado mi cuerpo muy cercano al tuyo y la erección que he tenido, aunque placentera, me ha disgustado porque me ha parecido que prostituía mi amor hacia ti. He sentido que te ofendía, que te afrentaba, pero enseguida me he disculpado, he purgado mi falta al negarme a dar satisfacción a mi cuerpo por más que me haya estado importunando toda la mañana impidiéndome que se cayese de mi imaginación mi pecho contra tu espalda, tu calor fecundando mi ilusión en un viaje que se me imaginaba interminable alejándose el Instituto cada metro que tu flamante moto nos acercaba a él. No he tenido valor para volverte a llamar después de comer para quedar a que me enseñases la moto y poder verte. Temía descubrirme y no estoy preparado para tu rechazo, prefiero vivir en la incertidumbre, prolongar el suspenso hasta donde sea posible y cuando ya sea materialmente imposible ocultar mi condición de secreto amante, obrar en consecuencia. Se que mi final es morir porque no concibo ningún tipo de proyecto de vida en la que tu no presidas cada acto, cada movimiento de mi vida. Si no pudiera ser así, ¿qué sentido tendría seguir arrastrando una existencia insulsa y rutinaria sin saber qué final me reservaba el destino?, prefiero ser yo el dueño de mi destino si no puedes serlo tú y decidir cuando se ha de poner el punto y final.
            El futuro se viste de nada sin ti,
            Mi vida oscurece su gozo, llora
            Cuando tu sonrisa, seria, se hiela
            Y se clava impía en el frenesí
            De mi adoración por tu piel
            Y castiga con un desprecio de rictus
            De asco y rechazo por el temblor
            Que tu presencia me provoca.
            No es tu culpa, mío el pecado
            De quererte sin derecho alguno
            A esperar que tu alma se evapore
            Con el ardiente calor de mi mirada.
Quedo tranquilo. Espero anhelante este lunes que me pueda dar el oxigeno del alma sin el que moriría, tenlo por seguro.
Espero que no tengas que leer nunca estas cartas que necesito como el aire, o el alimento, para poder seguir sobrellevando esta melancólica existencia. Si llegas a leerlas, ten por seguro que te estaré hablando desde la otra parte del amor, esa a la que es preciso llegar renunciando hasta a la vida y en la que nada puede dañarte salvo la existencia.
Nada en este mundo o en el otro conseguirá coartar mi amor, eso, el amor que siento yo por ti, nadie, ni tú, amor, podrá quitármelo y para mí ya es suficiente.
Bonifacio.
Alfredo quedó serio y disgustado. No podía ser. No comprendía cómo alguien podía expresar un sentimiento tan repugnante de esa manera. Y lo peor del caso es que le reconocía una sensibilidad de espíritu que ya la quisieran para sí muchos normales que eran incapaces hasta de decir a sus amadas un “te quiero”. Y para colmo, nada de implicación por parte de Emilio, porque el mariconazo este, pensaba Alfredo, encima de todo era estúpido; si tanto quería a Emilio, porque no le asaltaba de una buena vez y se dejaba de novelas rosas. Quedaban cartas por leer y esperaba que en alguna se apuntase aunque solo fuese una sospecha fundada, algo que le sirviese para la extorsión. Continuaría hasta el final leyendo aquel material aunque le daba nauseas.
Se disponía ya a buscar la quinta carta cuando llamaron a su puerta.
-     Pase.
La puerta se abrió y dejó paso al padre Emilio. El párroco se sintió como si le hubiese pillado desnudo o cometiendo una felonía. Intento recoger las cartas que se desparramaban por encima de la mesa. Emilio observó que una serie de hojas algo amarillentas y escritas a mano eran como ordenadas para recogerlas por el padre Alfredo.
-     De lo que hablamos padre Emilio...
-     No vengo ahora por eso...
-     ¿Ha recapacitado usted entonces?
Alfredo comenzó a respirar. Quizá había pensado que luchar contra él era hacerlo en contra de la Jerarquía y ahí tenía la lucha perdida, por mucha verdad que enarbolase, como si la verdad o la mentira tuviese que ver algo con la organización a la que el servía con lealtad y dedicación.
-     No, aguarde. Cada cosa a su tiempo. Mi madre está ingresada en el Provincial, se ha puesto muy mala de un golpe que se ha dado. Esta noche la pasaré en el hospital velándola. Se lo digo porque mañana no podré decir la misa de primera hora. Del asunto de Rosa tendremos que hablar con serenidad y sobre todo desde la caridad más absoluta. Soy consciente que la mejor expresión de la caridad entre hermanos es la corrección fraterna. No se crea que voy a intentar hacer sangre ni daño, recuerde que soy sacerdote..., y usted, padre, debería recordar que también lo es. Y ahora si no tiene nada más que decirme me ausento.
Emilio se dio media vuelta y salió del despacho del párroco cerrando la puerta con sumo cuidado de que su superior no interpretase que le daba un portazo, expresión de encono o rabieta para con él.
Emilio subió a su casa para ducharse y cambiarse. Con todo lo pasado en el hospital había sudado se sentía incomodo.
Estaba secándose después de una tonificante ducha de agua fría cuando sonó el timbre de la puerta. Pensó que el padre Alfredo quería hablar con él. Se cubrió a modo de pareo con la toalla y abrió la puerta. Inmediatamente se dio cuenta del error cometido pero ya estaba hecho y solo cabía aguantar el tipo.
-     Perdone padre. No esperaba..., volveré en otro momento.
-     Rosa, bueno, la verdad es que me estaba terminando de secar porque me tengo que ir...
Se dio perfecta cuenta de la forma de mirarle su feligresa. Y del rubor que le coloreó las mejillas. Hacía intención de marcharse pero no acababa de irse.
-     Bueno, ¿quieres pasar?
La respiración de Rosa se estaba acelerando y eso amenazaba tormenta. Volvía a sentir en pocas horas la voluptuosa sensación de halago solo que esta ocasión quien le provocaba ese sentimiento era una mujer y a una satisfacción se le añadió como si estuviesen adosadas la otra. Su cuerpo de hombre joven y vigoroso dio franca respuesta al estimulo que le provocaba la mujer y comenzó a variar de tamaño en determinados aspectos de su anatomía. Se dio cuenta Emilio de la evidencia de su excitación y llegó casi a ser palpable para Rosa que tuvo que reprimirse. Estuvieron unos interminables segundos mirándose a los ojos en los que cada uno escribió todo un tratado de excusas para entregarse al refocile galante sin que saliesen muy dañadas sus respectivas convicciones morales. Finalmente fue Rosa la que musitando un “hasta otro día Padre”, se dio media vuelta se tropezó y casi rueda las escaleras. Emilio cerró la puerta y al dejarse caer sobre ella la toalla resbaló de su cintura hasta dejarle desnudo con su virilidad reprochándole no haber dado justa replica a la alegría con ella le saludaba. Farfulló una jaculatoria. “al fin y al cabo una eyaculación”, se dijo y se dirigió decidido al dormitorio a vestirse, sin ningún remordimiento, pero sopesando la trascendencia de aquel encuentro, ¿casual? Arrinconó, empero, en su cabeza el incidente porque otros asuntos le recamaban mayor atención. Le tenía en ascuas la cita con el médico aquel, del que no sabía ni el nombre. No tenía ni idea de que querría hablarle. Seguramente de algún aspecto de la enfermedad de su madre que no quería comentar delante de su padre. Temía que le espetase algo como que todo era consecuencia de algo malo en la cabeza o Dios sabe qué, aunque por otra parte para eso no se cita a alguien en una cafetería. Quizá iba a darle algún tipo de clave que le permitiese comprender la trágica decisión de Boni que no pasaba día que no se acordase de él y eran ya más de cinco años los que habían pasado desde que se lo encontró bailando al extremo de una cuerda. Terminó de vestirse y decidió no volver a conjeturar nada hasta que no viese al médico. Miro el reloj y comprendió que llegaría algo tarde de manera que se apresuró y en cuanto estuvo en la calle cogió un taxi y salió zumbando.
La cafetería efectivamente era muy discreta. Los ventanales que se abrían a la calle estaban velados por unas cortinas cómo de macramé que dejaban pasar la luz pero ocultaban al curioso viandante quien pudiera encontrase dentro. Por si eso no fuese suficiente unos reservados a modo de departamentos de tren presentaban en sus separaciones cristales de espejo que impedían ver quien se acomodaba en ellos pero al acomodado se le permitía ver quien estaba al otro lado fisgoneando.
El médico en cuestión estaba acodado en la barra consultando su reloj cuando entró Emilio en el local. Le dedicó una sonrisa y le tendió la mano. Vestía en estilo casual, moderno acercándose al diseño, de completo negro y así, sin pijama ni bata de uniforme, aparecía bastante delgado, incluso atractivo, con el pelo recogido en una coleta, algo en lo que no se fijó en el hospital. Era lo que se llamaría un varón metrosexual. Aunque en principio no se lo quiso creer, comprobó, ya cerca de él, cuando le estrecho la mano que llevaba los ojos pintados levemente realzando su mirada. Un escalofrío irracional le recorrió la espalda. Le dio un apretón de manos y le invitó a sentarse en uno de los reservados para tener más intimidad. Se presentó.
-     Julio Espinosa, que antes no me presenté, con las cosas de urgencias y eso. Tú eres Emilio o eso creí escuchar a tu padre.
-     Efectivamente, Emilio Pedrosa de la Barca. Bueno supongo que querrías decirme algo sobre mi madre que no podías decirme delante de mi padre.
-     No, no. Tu madre está bien. Ha tenido una reacción de rechazó excesiva pero se le pasará. Quería hablarte de otra cosa. De Boni. Siempre quise conocerte. Boni no paraba de hablarme de ti y mira por donde...
-     ¿De mi? Pero si yo a Boni le deje de ver cuando empezamos cada uno las carreras y luego una vez que coincidimos en un concierto que al día siguiente fue cuando..., bueno, cuando me lo encontré.
-     Boni, amigo mío, te llevaba en el corazón, no quería a nadie más y siempre estaba diciéndome lo mismo: o el, Julio, o nadie, la nada, extinción total, ausencia de existencia. El es mi existencia, decía. Tuvo un asuntillo con un profesor pero le salió el tiro por la culata y mira que se lo advertí, Boni que ese fulano no es trigo limpio, pero estaba ilusionadísimo. Bueno tu lo tienes que saber, en una de sus cartas te lo contaba todo, y en el resto de las cartas todo lo demás. A mi me mandó una por correo y me llegó tres días después de su muerte; la echó el mismo día fatídico.
-     ¿Pero de qué cartas me estás hablando? Yo no se nada de Boni más que era un buen compañero de instituto, algo raro, por eso a nadie extrañó que hiciese filosofía, y que me lo tuve que ir a encontrar el día antes de su muerte que me citó para que fuese testigo de ella, al parecer con un macabro sentido de la camaradería. En una ocasión me escribió una poesía que yo achaqué a los malos ratos que pasamos cuando adolescentes que no tenemos muy claro donde tenemos el norte o el sur y deambulamos náufragos por la vida hasta que encontramos escollera donde estamparnos o abrigo donde recalar. Por lo que me dices y yo he visto, Boni encontró una escollera de tamaño natural y se hizo una vía de agua de la que no se repuso nunca.
-     Boni te escribió a lo largo de años unas cartas, que me enseñó, y yo leí algunas a instancia suya, cuando más depresivo se encontraba. Siempre me dijo que lo tenía todo preparado para que las recibieses en cuanto él dejase de existir. Yo supuse...
-     Yo no tengo nada de nada ni nadie me ha mandado nada ni me parece que quiera saber más nada.
Emilio visiblemente irritado hizo intención de levantarse pero Julio le sujetó por la muñeca. El se dejó sujetar porque en el fondo quería saber que historia era esa de la que era protagonista y nadie le había revelado el día del estreno. Se le quedó mirando fijamente a los ojos color miel de Julio. En ellos encontró comprensión, lástima, dolor y ganas de ayudar.
-     Por favor Emilio, por favor.
Emilio quiso hacer el papel de firme y condescendiente pero su cara y el tono de voz no le acompañaban.
-     Suéltame la mano. Vamos, cuenta que es eso de esas cartas y de mi papel central como convidado de piedra. Y otra cosa, ¿de que conocías tú a Boni?
Julio se quedó mirando fijamente a Emilio con cara de asombro, de incredulidad y algo divertido.
-     Espera, espera. Entonces tu, ¿es que no...?
-     Joder ya está bien de acertijos, o me hablas claro o me voy. Aún no tengo claro si me tengo que quedar.
-     Tú no eres gay. Siempre creí, cuando Boni me hablaba de ti, que tú sencillamente no le correspondías y por eso estaba frustrado. Pero...
Emilio un gesto de impotencia y desesperación.
-     Pues claro que no lo soy. No tengo en contra de esa gente nada pero no lo soy y nunca lo he sido. Es la segunda vez en poco tiempo que alguien duda de mí, esto es el colmo.
-     Voy a empezar por el principio, porque me parece que todo esto se esta embrollando demasiado. Tu ¿qué vas a tomar?, café o algo más fuerte.
Pidieron dos rones con tónica y Julio comenzó la historia.
-     De siempre me ha gustado el teatro y mi gran frustración es ser no haber podido ser actor. Cuando yo estaba en segundo o tercero de carrera vi un reclamo en el tablón de anuncios del rectorado que se había formado un grupo de teatro amateur y que se podía apuntar el que estuviese interesado. Llamé al número de teléfono que ponía y resultó ser el de Boni. El grupo inició su andadura y al poco se disolvió por falta de lo de siempre, de medios y apoyo. Pero conservé la amistad de Boni que en una noche de esas de primavera en las que a la madrugada, cerca del alba, la conciencia baja las defensas y la lengua se afloja para abrazar en un gesto fraternal con mil confidencias a todo el que te acompañe, Boni me contó que era gay y que estaba absolutamente enamorado, perdidamente enamorado de un hombre..., que eras tu. Confidencia por confidencia yo le hice la mía. Tenía novia a la que quería pero de vez en cuando me gustaba la recia compañía de un hombre para satisfacer mis pulsiones más primarias. Me dijo que si algún día encartaba bien, sexo como sexo y punto y final pero que su corazón estaba en ti y de ahí no habría fuerza humana o no que le moviese. Creo que finalmente se obsesionó contigo. Con aquel profesor de la Facultad pudo zafarse de tu memoria pero como se aprovechó de él, le terminó de convencer de que fuera de ti no había nada. Aquello le hundió y luego el destino que le tenía puesta fecha de caducidad a su vida haciéndole encontradizo en aquel concierto contigo. He traído la carta que me escribió y quiero que la leas, de verdad, léela, me la escribió a mí pero en realidad, para ser honestos, es tuya.
Mientras decía esto se sacó un sobre de color crema, ajado por el manoseo, del bolsillo y la depositó sobre la mesa.
-     Léela y luego investiga en casa de su madre que ha sido de las otras que te tenía escritas. Son las cartas más tristes y más bonitas que yo he visto nunca, algunas con poesías llenas de sentimiento y dolor por el amor imposible de ser correspondido.
Emilio cogió con mano trémula el sobre y lo observó con detenimiento. Le daba miedo abrirlo, algo le decía en su interior que saliese corriendo, que abandonase y no se dejase llevar de la curiosidad. Pero una mezcla de narcisismo al saberse blanco de un amor tan radical y de curiosidad morbosa por saber que decía de él, fue lo que le derrumbó las barreras que se interponían entre su intuición y su innata curiosidad. Mientras abría el sobre y desplegaba el folio en que estaba escrita a mano la carta por las dos caras con letra apretada pensó en leerla por encima, devolverla, disculparse educadamente y marcharse a ver como estaba su madre y eso sería todo. No había ninguna razón para concederle a aquel papel propiedades ni virtudes tautológicas que le hiciesen a él variar ni un ápice sus convicciones. Cuando definitivamente posó su vista en la letra fijándose de verdad reconoció el trazo de su amigo Boni. Efectivamente era autógrafa de él. Y comenzó a leer.
“Queridísimo amigo Julio, cuando recibas ésta carta yo no estaré aquí para aclarártela, porque hoy, al fin, dejo este mundo tan anguloso e hiriente en el que no he conseguido adaptarme, creo que desde que nací, a las convulsiones y embates que propina a cada vuelta. Quiero que sepas que te he querido, mucho, por eso sabes todo lo que concierne a mi gran amor. Tu eres el culpable de que haya tardado tanto tiempo es dar por finalizada mi aventura en esta selva. Hoy me entrego a las fieras que aquí medran y descansaré, estoy agotado y ni siquiera tú podrías darme el ánimo que me haría falta para desistir de mi decisión.
¿Sabes?, he pasado la noche con Emilio. No, no, no como te estarás imaginando. Me he limitado a charlar, chancear y huronear en su corazón por ver si en el último instante atisbaba un rayo de luz que me hiciese concebir una lejana esperanza de que al final podría encontrar reciprocidad a mis sentimientos. Y no. ¡Es puro! Ni un doblez, ni el menor recoveco en el alma donde pudiera anidar una pulsión, si quiera dormida, espuria, que puestos a porfiar fuese un resquicio por el que intentar corromper su entereza. Esta noche ha terminado de enamorarme al tiempo que me cerraba las puertas a la vida con él, que es lo mismo que si me cerrase a la vida a secas y sin saberlo.
Está enamorado de Julia y yo debería haberme hecho a la idea desde que tonteaba con ella en el instituto, pero este enamoramiento no es ya fogonazo de adolescente, fulgor de nova, la quiere serenamente, burguesmente, para formar una familia con ella, absolutamente convencional, está domesticado Julio, me lo han arrebatado. ¿Qué podría dar yo para impedirlo? Y a la cabeza solo se me viene, machaconamente una idea, la única, voy a quitarme de en medio, no veo otra manera de salir de este laberinto  porqué se que antes o después cuando la desesperación del amor frustrado me enojase el alma envenenaría esa relación hasta hacerla naufragar y antes que ver sufrir a mi amado sería capaz de cualquier cosa. Justo lo que voy a hacer, porque, ya ves, de una forma o de otra el final para mi está escrito. Prefiero irme sin hacerle daño a él.
Pero soy débil, yo no me puedo ir del reino de los vivos sin que Emilio sepa que le quiero más que a nadie en el mundo por eso voy ha hacer que sea el primero que me vea en toda mi dimensión de tristeza extrema por no poder tenerle para mi. Fíjate, Julio, hasta ese afán de posesión de él me parece mal, porque poseyéndole de alguna forma le cambiaría y ya no sería el que yo quiero. Estoy pasado del todo y tiendo al estatismo y a la divinidad. Debería conformarme con la contemplación del amado y sin embargo tengo que concluir que mi parte física reclama su protagonismo y desea la posesión plasmada anatómicamente mediante el tacto. Antes de perder la brizna de cordura que me queda quiero poner final a esta tragedia para que no termine siendo una comedia bufa.
A ti, amigo mío, solo me queda agradecerte todo lo intenso que seas capaz de concebir el que hayas sido mi confidente durante estos años. Desearía haber podido enamorarme de ti, pero esto es así de irracional, te quiero pero no te amo. Me fuiste gratificante en el sexo pero me llenaba más cualquier sonrisa de Emilio dirigida a mi por la circunstancia que fuese que el encuentro de sexo más intenso que haya podido tener contigo o con cualquier otro. Cuando te llegue ésta carta ya no estaré aquí para que me intentes convencer mediante la aplicación del método científico. No te apenes, más bien alégrate por mi que habiendo conseguido la inmortalidad que produce el desaparecer físico mediante la existencia en la memoria de los demás hará que permanezca dentro de mi amado hasta que él se extinga, por eso él tiene que ser el primero que reciba mi último hálito de vida para que pueda vivir en él. Seré feliz, no te quepa duda, lo seré más de lo que lo he sido desde que sufrí la herida que me hizo la luz en mis ojos al nacer y me los abrió  a la vida.
Si llegas a conocer a Emilio no se te olvide reiterarle que le amé como ser alguno pudo haber amado jamás, aunque creo, que después de leer las cartas ya lo sabrá.
Un fuerte abrazo.
Boni.”
Emilio notó que la nariz le comenzaba a cosquillear y la vista a enturbiarse por el efecto de las lágrimas al anegarle los ojos. No sabía que decir. Se quedo frío. La carta póstuma era impresionante por la frialdad con que decidía poner fin a su vida y el amor, o lo que Boni interpretaba por amor, destilaba en cada coma, en cada frase. ¿Y las cartas? Ahora quería, necesitaba, leer esas cartas. Le intrigaba que podrían poner, lo que a Boni le acuciaba decirle.
-     ¿Y esas cartas de las que habla? Yo no he recibido nada. ¿Quién se supone que debería dármelas?
-     No, se. Quizá su madre. ¿Sabes donde vive?
-     Si no de ha mudado, donde siempre, ¿no? No he vuelto por allí desde aquel fatídico día. Me pone nervioso pensarlo tan solo, pero tendré que ir. Ahora ya la intriga no me dejará en paz hasta que vea esas dichosas cartas. De momento voy a tu Hospital a ver como sigue mi madre. Gracias por todo Julio.
-     Después de escuchar hablar tanto de ti a Boni me dio un vuelco el corazón cuando te reconocí en urgencias. Me supuse que te gustaría saber algo de él, algo que te era totalmente ajeno. El se merecía que tú supieses todo lo que te quería. Vete si quieres, yo pago esto.
Emilio salió de la cafetería impresionado por lo que acababa de comprobar. En la comida con el padre Alfredo se le cayó la venda de los ojos y comprendió que la amistad con su compañero debió ser entendida de forma algo diferente por parte de cada uno, mientras que para él no era más que una relación de sana camaradería de condiscípulos que tienen los mismos problemas y se enfrentan juntos a los mismos avatares lo que estrecha los vínculos que les unen, para Boni..., para Boni debió ser un infierno, pasar muchas horas junto a él deseando que la cercanía se trasformase en fundición sin poder llegar a realizarlo nunca. Deseaba vivamente tener ya en su poder esas cartas, debía desentrañar las claves de la obsesión de Boni por él. Era inimaginable que un hombre pudiera enamorarse de otro hasta esos extremos; que el vicio les llevase a tener comunidades de intereses que les hiciesen más o menos solidarios unos de otros, podía entenderlo, pero de ahí al enamoramiento, como él lo entendía, no. Además bien lo dice la sagrada escritura, “hombre y mujer los creó”. Y sin embargo Boni dio cumplimiento a su delirio ahorcándose y maquinando de tal manera, de tal artera manera que él fuese el primero en verlo, cómo si necesitase vengarse por no corresponderle en sus asquerosos envites. ¡Caramba!, el conocía a Boni y mucho tenía que haber cambiado para convertirse en un ser tan miserable, ruin y mezquino como para castigarle de esa cruel forma. Pero es que encima no se correspondía, era supuesta mala sangre con la lógica de su comportamiento, porque si tanto le quería que llegó al extremo de arrebatarse lo que de más valor tenía, la vida,  no se comprende que en el último y supremo acto de amor le quisiese propinar el peor mal, habría sido en todo caso en correspondencia el mayor bien, salvo, claro está, que como el decía, en el colmo de la enajenación, siendo él quien le encontrase primero ya no se le podría borrar su imagen nunca, “¡y a fe que lo conseguiste!”.
Enfrascado en sus divagaciones sobre lo incomprensible de aquella situación había caminado sin saber por donde iba y se había embarcado en el ascensor del hospital momento en el que pronunció aquella exclamación en alta voz, como expresión del enojo que le suponía saber que aquella imagen que se le grabo a fuego y le llevo de cabeza al Seminario dejando sumida en la tristeza a Julia, fue toda una orquestación fruto de la mente calenturienta de un pobre desgraciado que se encapricho de él. Nunca llegaría a saber hasta que punto le torció la vida no solo a él, sino a sus padres, porque desde que dejó la carrera recién terminada para meterse a cura todo fueron peleas en su casa, y a Julia que acabo casada con el plasta de David que le persiguió desde primaria y al fin la consiguió aún a sabiendas de que no le quería, arrastrando ahora una vida triste haciendo lo que siempre le decía que era para lo único que no estaba preparada mentalmente, para terminar siendo una burguesa y convencional ama de casa, buscando ofertas por los súper y los hiper y gastando su juventud y sus días de mayor aroma y lozanía cultivando la mejor imagen de perfecta señora y dueña de su hogar, y eso por no querer pensar en el modo en que destrozó la vida de esa pobre madre que debió sufrir tal machetazo del que no se habría recuperado aún y tanta gente de la nunca tendría noticia que vio torcido su camino porque Boni quiso ponerles una trampa hecha con la soga que le quitó la vida a él. Si hubiese tenido delante a Boni en ese momento no habría hecho falta que se ahorcase, el con gusto le habría estrangulado. Estaba irritadísimo y la duda había hecho sementera en su cabeza, ¿pero se podía saber que hacía él inclinando la cerviz ante una caterva de mediocres que se creen los depositarios de las esencias florentinas de la diplomacia, de las más sibilinas facultades vaticanas? El era un físico de futuro. Y una vez más en alta voz y casi llorando exclamó: “no hay derecho”. La gente que subía con él en el ascensor o bien bajo la cabeza como para buscar desesperadamente la última moneda que les quedaba antes de volver a ver nomina o al techo intentando adivinar cuanto agujeritos debía tener aquella enrevesada rejilla. Emilio cayó en la cuenta del silencio de camposanto que se había hecho en el ascensor e iluminó a todos con su sonrojo.
Cuando entró en la habitación de su madre solo hacia falta que le arrimasen una cerilla para que explotase como un petardo.

30.9.12