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miércoles, 3 de octubre de 2012

E L S I L E N C I O XIX - XX

El Silencio


XIX

Llegó el padre Emilio a su casa sin ganas de mirarse. Había mantenido el tipo en casa de sus padres por no agobiarlos pero la realidad es que estaba destrozado. Dependía de que Rosa fuese al día siguiente y desmontase la falsa acusación del padre Alfredo pero tal y como la había escuchado hablar no estaba convencido de que fuese. Fue a sentarse a la sala a distraerse leyendo algo. Fue entonces cuando reparó en las cartas de Boni otra vez. Cogió una al azar y leyó. Después de lo que le iba a tocar experimentar al día siguiente lo que un pobre adolescente escribiese presa de una emoción equivocada no iban a afectarle.

15 de Agosto de 1985. Madrugada del día de la Virgen.
No pensaba amor mío volver a tener que dirigirme a ti pero el remordimiento me consume, me hierven las entrañas y no tengo idea de lo que hacer para secar la fuente inagotable de lágrimas. ¿Qué he hecho?, ¿qué te he hecho? Me cuesta trabajo confesarlo pero de no hacerlo creo que jamás podría volver a evocar tu imagen sin que furiosos anhelos de consumir mi existencia se hiciesen realidad. No tengo ganas de vivir más.
Esta noche, amor mío, esta noche. ¡Oh Dios, Dios!, ¿cómo pude?
Era fiesta en el pueblo. Estamos en la sierra, ya sabes, el pueblo de la abuela. El día grande, como en tantos pueblos en el que todos se tiran a la calle y se festeja de la forma más étnica posible: bebiendo hasta caer de culo. Y yo me he dejado llevar. ¿Qué otra cosa se puede hacer en este sitio horrible, falsamente sencillo, alegremente acartonado, en el que todo aquello que no sea previsible está condenado al frío exterior de la exclusión y a la ordenada murmuración que despelleja pulcramente al que se atreve a vulnerar el orden establecido. Se puede ser depravado, delincuente incluso, pero guardando las formas, ¡faltaría más! Pues eso, que he bebido y se me ha relajado la guardia, las defensas han caído y he sido pasto de mis más desastrosas y programadas inclinaciones. El cuerpo dejado a su dominio, la carne sin cabeza ni sensibilidad.
El alcohol crea un mundo de mentira en el que se antoja vivir libre y feliz, en el que el alma se esponja como si fuese de pompas de jabón y le hace creer a uno que es lo que no es y da la sensación de que todo está solucionado, incluso lo que no representa ningún problema que solucionar. No es fácil ser como yo soy, mi amor. Cansa el mantener la dignidad y la autoestima mientras se rema a contracorriente. Hay que mantener la cabeza muy serena para no abandonarse al “¿y porque no?”, y porque no ser uno más, confundirse con la masa y colocarse la careta inexpresiva de la comodidad, de la ruindad y la miseria. Y eso es lo que me ha pasado a mí, me rendí a la morosidad de lo rutinario y bebí, y bebí. Al parecer no paso tan desapercibido como yo creo y estaba en el punto de mira de alguien. Al tener ojos solo para ti no me fijo en nada más y no me puse en guardia y sucedió. Otra veraneante, mayor que yo, no mucho más mayor, me abordó, me envolvió y acabé en su cama.
No quiero ser mentiroso, no contigo. No voy a decir que no experimenté el goce físico, que lo sentí, pero puedo jurar por lo más sagrado, por el amor que te tengo, que ha sido un placer deshuesado, contrahecho, artificial y cuando acabó todo, me he sentido vacío, asfixiado, sofocado, animalizado. Esto que me ha sucedido me ha ensuciado y no se como limpiarme. Ya no soy virgen para ti. Me reservaba para darme entero. Ha sido la primera vez, Emilio, que otra persona me ha tocado ¡y no has sido tu!, ni siquiera otro hombre, y me ha hecho sentir inmensamente desgraciado. No lo habría imaginado nunca así.  Soy de esta manera y no puedo ser de otra forma. Al menos esto que me ha ocurrido ha servido para tomar conciencia cierta de lo que significa ser homosexual. Ser así, es algo muy serio, no es una opción que se toma libremente, se es y no hay que buscarle más explicaciones. No se es gay como el que se hace socio de un club de fútbol y sufre con sus constantes derrotas, no se parte el carné de homosexual cuando se harta uno de rechazo y pérdidas. Hay que ser muy hombre para poder soportar la homosexualidad sin perder la dignidad de serlo.
Me gustas por el hecho de que eres tú. No se si existirá una mujer que sea como tu, con tu forma de ser, si existiese a lo mejor me enamoraba de ella, pero lo dudo, creo que me he enamorado de ti, primero por tu forma de ser y estar y luego porque eres hombre, reaccionas como hombre y como hombre me has ignorado bien a mi pesar.
Todo esto ha sido doloroso para mí. No creo que vuelva a tomar alcohol nunca más, no quiero otro mundo artificial que me haga ser débil y creer que se puede vivir otra vida con el cuerpo de uno. Ya no soy virgen, Emilio, pero mi amor esta inalterado y así va a continuar siempre, contigo o sin ti, y así permanecerá, incluso cuando yo no exista. El amor es independiente del que lo goza o lo sufre, tiene vida propia y lo sentirás en tu carne, te lo exprese yo o no y te acompañará allá donde te encuentres. Quiera el cielo que cuando sientas ese amor en tu carne sea yo el que se encuentre cerca, si no es de esta manera, solo deseo que seas el más feliz del mundo.
Siempre te amare, Emilio, de hombre a hombre. No quiero ser “como una mujer”, quiero ser un hombre que te ama porque eres hombre y estoy orgulloso de poder sentirlo.
Boni.
¿Amor de hombre a hombre?, ¿qué era eso? Parecía imposible confundirle más de los que ya lo estaba. Los acontecimientos se desarrollaban a gran velocidad, se sentía desbordado y necesita quietud para reflexionar y solo se le ocurría a él ponerse a leer  esos papeles que le sorprendían aún más. No le cabía en la cabeza eso de que un maricon no quisiera ser una mujer. Estaba definitivamente descolocado. Entonces, ¿qué era Boni?, ¿un hombre que se siente muy hombre pero necesita hombres en lugar de mujeres?
A Emilio se le derrumbaban todos sus clichés. Esto era algo en lo que nunca había meditado, aunque tampoco tenía por que haber meditado en ello. Los..., por así decirlo, desviados, deberían ajustarse a unos cánones y no saltarse a la torera todos dictados de la moral estatuida. Era radicalmente inmoral declararse hombre, estar encantado de serlo y pretender amar a otro hombre. Claro, que él también amaba a los hombres, como Cristo mandó en su momento, pero de forma asexuada, porque el sexo estaba al servicio de la reproducción en tanto animales a los que Dios concedía el don de la inteligencia, pero animales en fin. ¡Era una desviación radical e intolerable pretender hacer uso del sexo sin finalidad de procreación y encima entre hombres! Pero es que entre Boni y él no hubo sexo, entonces, ¿de que se escandalizaba él?, ¿de que le declarase amor sin poner como coartada interpuesta a Cristo? ¿No se podía amar a nadie sino era por la intercesión de Cristo?, y el que no creyese, ¿cómo se calificaba? ¿Dónde estaba el escándalo del amor declarado desde ultratumba por un pobre loco que quiso ahorcarse en su presencia? Quedó con la boca abierta de estupor.
Acababa de entender que no era libre. No rechazaba el amor de Boni por él de forma racional sino en aras de un pensamiento único que informaba toda su existencia. El creía que actuaba en virtud del libre albedrío cuando en realidad no se le dejaba razonar obligándosele  a actuar y reaccionar según criterios preestablecidos. ¡No era libre!, y se suponía que el mayor tesoro que concedía su fe era la libertad. ¡Todo era una puñetera mentira! El realmente libre, el que había tenido la capacidad de remontar prejuicios y falsedades y había decidido sobre su vida de forma asumida y adulta era el que el consideraba, el que todos consideraban rarito; Boni. La figura de su condiscípulo se iba agigantando ante sus ojos y comenzaba a apreciar el amor que le dispensaba. No significaba eso que desease haber tenido con él más trato que el de amigos pero se sentía libre para dejarse amar por un ser que sabía que sentía de forma diferente. Homologó el amor que él sentía por Julia con el que Boni debió sentir por él y la pena le ascendió desde los más profundo hasta estallarle en lágrimas que arrasaron sus ojos. Deseó haber conocido mejor a Boni. Esa era la clave. El universo acababa de demostrársele en canal. Para ayudar a los demás primero hay que conocerlos. Intentamos ayudar constantemente a la imagen que de las personas tenemos y le suponemos necesidades que nosotros nos vemos en la obligación de cubrir y cuando el resultado de nuestro esfuerzo es vano nos sentimos heridos por la falta de agradecimiento cuando lo humano habría sido intentar saber que solicitaban para procurar dárselo. De haber sido menos prepotente se habría fijado en que su amigo de colegio tenía unas necesidades que podría haber colmado o podía haber ayudado a desmontar sin ira y eso le habría salvado. Luego al verle balancearse colgado del cuello pensó que lo suyo era hacerse cura con lo que añadió estupidez al error. ¡Cura!, el profesional de la caridad, el trabajador por el desvalido. Todo absurdo y equivocado. La respuesta no era hacerse cura, la respuesta estaba en destaparse los oídos, abrir los ojos y dejarse tocar por el mundo para comprenderlo y poder llegar hasta él. No era más que un burgués con la tarea institucionalizada de ayudar al desvalido y para eso, según unos esquemas y leyes que dejaban fuera de la ayudas a aquellos que no cumplían determinados requisitos. ¡Era un sepulcro blanqueado, un fariseo! Deseó tener cerca de Boni en ese momento para sentir un soplo de honestidad y consecuencia en su alma atormentada por el descubrimiento de que era solo un hipócrita más, que para colmo estaba convencido de ser autentico.
Quiso conocer mejor aún al ser que vio en la muerte la salida más adecuada a la falta de correspondencia a su amor. ¿Cuánto se ha de amar para entregar la vida? Estaba harto de escuchar que Jesús entrego su vida por todos nosotros, pero eso, de por todos, dejaba las cosas como muy en el aire, como casi una obligación que tenía por ser Dios, ¿si no la hubiese dado El, quien podría haberla dado? Pero que un ser humano, no divino, ni mucho menos, se decidiese a morir por otro debido al gran amor que le tenía, era para dar escalofríos y planteaba varias interrogantes. Sabía lo que diría su profesor de moral en un caso como este: “usted no está preparado aún para comprender las cosas importantes y se deja guiar solo por sus afectos y emociones. Confunde lo sensible con lo necesario y suele creer que lo necesario es sentir emoción ante la miseria humana, cuando lo que hay que sentir es caridad y sin la misericordia divina es imposible sentir caridad por nadie. No se deje confundir por el Maligno que le hará creer que todos son dignos de su amor, cuando la realidad es que hay que ser prudente para dispensar nuestro amor que puede ser confundido. No es fácil ser sacerdote y usted piensa que para serlo solo hay que ir a pecho descubierto. Tenga cuidado hijo, le van a hacer mucho daño”.
Algo le decía en el rincón más escondido de su corazón que en esta ocasión su profesor estaba equivocado. El estaba en lo cierto. Sabía lo que sentía y sabía que Boni, lo sabía ahora, era aún mejor muchacho de lo que nunca hubiese sospechado jamás.
Revolvió despreocupadamente entre las cartas y cogió otra al azar. Con renovado espíritu, con autentico interés por desentrañar los misterios que pudiesen encerrar esas líneas, comenzó a leer.
Tarde del lunes 7 de Octubre de 1985.
Querido Emilio, pensé que no podría volver a escribirte, abochornado por mi infidelidad y veo con desolación y alegría al tiempo que estoy más cerca de ti de lo que yo creía. La fiesta que hacía mi cuerpo cuando te veía o sabía que te iba a ver al día siguiente en clase yo la quería disfrazar de amor intemporal, para satisfacer mis ansias de pureza, cuando en realidad solo ansiaba beberme tu cuerpo de un sorbo, y eso me escandalizaba. Llegué a pensar que más hombres, o menos hombres, entrarían en mi vida o quizá tendría que meterlos yo a fuerza de voluntad, y vendrían a suplir tu presencia, acabando, a buen seguro, por olvidarte. Pero, ¡ay!, al contrario, cuanto más busco menos encuentro, cuanto más miro menos veo y me imagino ciego porque al ser tu mi universo y  no estar cerca de mi, el resto me es indiferente, puede no existir el mundo sensible y si es que existe, a mi no me importa.
Después del episodio de aquella mujer engolfada en mi cuerpo, (¡¿como pude?!) me entregué al placer, al que me estimulaba, a la busca del cuerpo recio de hombre que eres tu en todos y es ninguno por mucho que me empeñe.
Parece mentira lo que es capaz de decir una mirada si el que la recibe está dispuesto, motivado para ello. Me atiborré, hasta la corcha, sin recato, que descampados había y aunque apestando a oveja, apriscos vacíos, que el ganado lo pasa en verano al sereno, convirtiéndolos en improvisadas habitaciones de alquiler por horas donde entregarse al desenfreno y el sexo más horrendo y radical, pero excitante. Borrarte, esa era mi misión y lo iba a conseguir, estúpido de mi, a base de acumular piel sobre mi piel, ensuciando mi cuerpo con el de otros que solo pretendían, ¡que dolor!, arrebatarme la vida prostituyendo mi entrega, mi sinceridad. Pero he aprendido, ¿de que se trata, de sexo?, pues puro, de los de mil milésimas, marginalidad carnal, exquisita casquería de emuntorios, mera trasmisión nerviosa. ¡Pues no! Me niego a reconocer la bajeza de Rilke, ¡No, no, no es eso, hostias, no! Me niego, voy a seguir negándome y no se si podré resistirme y si no puedo, quizá sea menester que acabe todo, esta vida errabunda y estéril sin poder compartir contigo. Amor mío, el sexo si no es contigo, no me remunera, al contrario me gasta la vida, se la come.
Esta mañana ha comenzado el curso en mi facultad y no he podido  borrar esa imagen tuya, tallada con dolor en mi corazón, llegando a recogerme en tu flamante moto. Esa cara angelical, de satisfacción total, de plenitud, no habrá forma humana de borrarla de mi memoria como no sea matándome. Y el temblor que me embargó al acomodarme a horcajadas detrás de ti. “Agarra fuerte  mi cintura, Boni, no te vayas a caer”, esa frase todavía me saca lágrimas de emoción, me recupera para la dignidad que pierdo a pequeños sorbos con cada nuevo escalón que desciendo por la escalera de la degeneración más absurda entregado a la más amarga genitalidad.
Es así mi amor, si no es contigo terminaré por diluirme en el vomito de la insensibilidad brutal del sexo anónimo, sin finalidad, sin esperanza.
Avanzará el curso y espero que la aridez de los razonamientos lógicos me abstraiga de tu memoria. Seguiré existiendo, moroso y aburrido, esperando que llegue el día en que aparezcas radiante, con tu abierta sonrisa, agitando tu brazo, entusiasmado por el reencuentro. Aunque siendo realista lo que me queda será esperar que el tiempo tire inmisericorde de las riendas, me haga sentir el bocado y me obligue a la derrota que el destino me tenga preparada. Pero mientras me quede aliento yo seguiré pugnando por llevar el timón a la vía, a mi rumbo, reemprender la singladura que arribe al puerto que yo tengo en ordenes desde siempre, habrás comprendido ya, que ese puerto eres tu.
El corazón me pide entonar una canción exaltando mi amor por ti, como otras que ya te tengo escritas, pero la desazón en lo suficientemente intensa como para hacer sentir que la angustia que me produce me imposibilita para cualquier actividad que no sea dolerme de tu ausencia y por nada quisiera entristecerte por lo que no quiero que una vez más esta carta rezume más rejalgar que el preciso.
Te sigo queriendo y así seguirá siendo.
Boni.
Cada nueva carta era un nuevo aldabonazo. En este mundo, efectivamente, el amor era inseparable de la materialidad. Necesitamos, como tierra que somos, ejemplarizar en gestos y actitudes lo que de forma impalpable se nos impone como más grande que nuestro corazón y no habría sido humano Boni si no hubiese sentido la pulsión extrema hacía otro cuerpo.
De alguna manera Emilio, al haber abierto los ojos a la verdad sin lastres de creencias ciegas se vio especulando sobre el hecho de contactar con la piel de Boni con intencionalidad amorosa y sin expectativa de descendencia. Cuando él sentía la tentación del cuerpo de Julia siempre se adosaba a la imagen un perfil abombado presto a la eclosión de un niño, ¡su niño! Haciendo un esfuerzo de imaginación y viéndose en actitud sexual con Boni no podía ver resultado alguno de aquella repugnante actividad. No le repugnaba el sexo por ser con otro hombre le repugnaba por ser estéril, consumido en si mismo, sin más finalidad que el placer. En el fondo del todo era el placer lo que le escandalizaba. Le habían educado desde siempre en el no placer. No creía que pudiese ser recuperable. Boni había sido bastante mejor persona que él, al menos más hombre por más libre.
Descuidadamente dejó sobre la mesa la carta y cogió otra. Cada vez estaba más intrigado por esa fijación. ¿No podría ser que estuviese demente su amigo?, por lo menos acabó el asunto en suicidio.
Cogió otra carta al azar y empezó a leerla con más interés aún.
Semana Santa de 1986. Madrugada de Jueves Santo.
Querido Emilio, escucho a los lejos los solemnes tambores que escoltan al Nazareno y me viene a la cabeza tu imagen, no se porqué, o quizá si. Nada tiene que ver la procesión de este Jueves Santo, es que tu imagen representa para mí la pasión y de cualquier forma se me pinta indeleble por nimia que sea la causa.
Mis padres están en la procesión, yo no he querido ir, nunca me hicieron demasiada gracia este tipo de cosas, ni frío ni calor, ya sabes, y desde luego con la disposición actual que tengo nada de eso me motiva. No tengo ganas de nada, Emilio. Cuando tu imagen invade mi cerebro y lo impregna todo siento tu ausencia y hasta respirar se me hace tedioso. Todo está de más.
No se ni porque te escribo, no se siquiera si te escribo a ti. Casi con toda seguridad escribo para sentir que sigo vivo, para poder leer aquello que soy capaz de imaginar porque la manera de que llegue a ti éste y otros escritos solo ha de ser una y me estremece barajar esa posibilidad. Ya no soy capaz de deslindar lo que es amor verdadero de lo que es empecinamiento. ¿Pues no tengo ya suficientes muestras de que nunca conseguiré tenerte a mi lado? Lo se. Lo se demasiado bien, pero no puedo renunciar. Solo pensar en renunciar a ti me ahoga en espuma amarga de angustia.
Huele el ambiente a incienso y a nardo absurdo, no es otoño, la madrugada es indulgente esta primavera y la brisa de Abril acaricia la piel con ternura, la sensualidad que despierta incita a abandonarse al placer de vivir. ¡Si!, me gustaría poder olvidar, y vivir y gozar de estos veinte años recién estrenados que me empujan a apurar el cáliz de la vida con avaricia, pero la nausea se me instala en la garganta cuando constato que ese vaso repleto es intragable si no lo ofreces tú de tu mano. ¿Qué hacer?, dime como evitar el deseo de ver esta casi estrenada existencia consumida en el fuego de la desesperación al experimentar la helada sensación de que tu te alejas y me dejas a la intemperie de tu presencia.
No te lo voy a ocultar más tiempo, mi amor, que cada vez estoy más vacío. A medida que lleno mis espacios de cuerpos desnudos enardecidos por el sexo más me siento una cáscara  hueca, una marioneta desfallecida sin amo que la gobierne a merced de lo que cada quien quiera hacer conmigo. Cada vez me entrego más y más al descarnado placer de cuerpo bestial, desalmado, en una espiral desmembrante que cada vez me deshace más en trozos de carne que se entrega como carroña a toda fiera que quiera consumirla a dentelladas de placer arrebatado. Siento que se me acaba el tiempo si mi gran relojero no me da cuerda. Me agoto en mi propio desprecio, porque a medida que me voy dando cuenta de lo que estoy haciendo con mi vida menos me gusta lo que veo y más deseo tener la determinación final de descansar en el frío y deshumanizado mármol de un mortuorio.
Ya te dejo mi amor. Me confortan las lágrimas que ruedan alegremente mejilla abajo cuando abro mi corazón a ti, porque te siento cerca, pero la trampa se cierra porque es lejana esa cercanía y el saber que no conseguiré nunca sentir la calidez de tu piel junto a la mía me desespera.
Hoy estoy especialmente tenebroso en mi animo pero no me puedo reprimir enhebrar unas cuantas frases que puedan aliviar la negra angustia que se apodera de mi pecho y estruja mi corazón, hasta dejarlo exhausto.
            Dime amor, te estoy gritando
            Y tú la espalda me vuelves
            Aun sabiendo que me duele
            Que lo que yo hablando
            Te grito, es solo que te quiero
            Y alzando la voz espero
            Que escuches mi corazón
            Que se rompe de dolor
            Porque sigues siendo sordo
            A mi anhelo que te pide:
            ¡Escucha solo un momento!
            Y no te olvides que yo
            A pesar de tus olvidos
            Siempre, siempre te esperaré.
Ya lo dejo. Voy a salir a la noche de este Jueves Santo, solo, a perderme entre la gente que abarrota las calles, a olvidarme de que una vez te vi y quede eternamente encadenado. A sentir en mi cabeza el nevero de la soledad acompañada y en mi corazón el puñal de tu falta, de tu ignoro. Beberé y beberé hasta desfallecer y posiblemente me hundiré un poco más aún en la inhumanidad del sexo anónimo hasta que se me insensibilice el corazón y deje de añorarte. Tarea hercúlea, prácticamente imposible pero ¿qué quieres?, la felicidad es un paraíso al que tengo vedado el paso. Te amo.
Boni.
Desde el otro mundo Boni le respondía a su interrogante. Si, el conocía a la perfección su cuerpo y la manera en que necesitaba del sexo, era joven. Y desfallecía practicándolo en un intento de recrear su cuerpo en cada cuerpo al que se entrega sin pausa, no encontrándolo y agotándose en la búsqueda cada día más amargado y desesperado de buscar y no encontrar. Finalmente llegó el punto en  que se hizo viejo. Si, viejo, porqué perdió toda esperanza y cualquier tipo de curiosidad y anhelo de futuro. Boni se mató por comprenderse ya viejo y agotado a sus veintipocos años. Se le acabó el mundo porque el mundo era él y él no estaba a su alcance.
Emilio se quedó pensativo planteándose la disyuntiva más nuclear de todo lo que le estaba sucediendo desde que se quedó anonadado ante el cadáver de su amigo. ¿De haber sabido que él era alfa y omega para Boni se habría plegado a sus requerimientos? No creía que hubiese podido hacer ninguna actividad sexual, ¡valiente perífrasis!, por no atreverse a decir lo que le pedía su rechazo visceral al cuerpo de otro hombre, pero quizá podría haber razonado con él, haberle desengañado. Emilio fue desesperándose a medida que iba desarrollando el pensamiento. ¿Por qué estaba tan seguro de haber podido convencer a Boni en lugar de haber sido al revés? En el fondo seguía considerando a Boni un anormal, un desviado y eso le dolía en lo más profundo, porque leyendo esas cartas no podía por menos de apreciar aquel ser humano que sufría por un amor tan puro, tan autentico que incluso reconocía que el cuerpo reclamaba su parte del pastel. Si un ser era capaz de sentir de esa manera, ¿que no hubiese argumentado para conseguir sus favores? Pero no, el sabía que no iba a rendirse a sus encantos, en el caso de que tuviese, a sus ojos, alguno.
Estaba absorto en estos pensamientos cuando sonó su teléfono. Se sobresaltó y pensó inmediatamente en su madre. Se levantó como impulsado por un resorte y se lanzó a descolgar.
-     Dígame. ¿Mamá, pasa algo?
-     Padre Emilio, soy el padre Alfredo. He hablado con el vicario y me ha dado instrucciones claras y concisas. Hasta que no se resuelva este conflicto queda usted relevado de su ministerio en relación con los feligreses. Podrá usted celebrar la eucaristía en privado. ¿Esta tarde tenía usted una reunión de uno de los grupos?
-     Pues si, además era una reunión importante...
-     No, no, no, de ninguna manera. Ya me haré cargo yo. Usted está relevado hasta que el vicario en comunión con su eminencia decidan que hacer.
-     Pero bueno, está usted dando por hecho que yo he sido un relapso. Sabe perfectamente que eso es incierto y lo demostraré.
-     Cuanto menos se debata, menos se enredará y más fácil será desembarazarse del embrollo y cuanto más humilde sea más misericordia despertará en sus superiores. No se deje llevar de la soberbia, padre. Hágame caso y crecerá usted. Recuerde que la Iglesia es una Madre que perdona si se le reconocen  los errores.
-     Lo he entendido, no hay más que hablar.
Emilio colgó con rabia ante la hipocresía que desplegaba ese cura tan degenerado tan deshonesto como deshonrado, a los dos calificativos podía apuntarse su conducta, que se permitía el dar consejos de santidad, él, señera figura de la lascivia y la lubricidad. Radicalmente derrotado, llorando como un chiquillo de impotencia y pena profunda por no poder atender a su grupo, que le necesitaba, en el que había vertido tanta ilusión y entrega, se volvió a sentar en la silla apoyando la cabeza en la mesa sobre la que reposaban las cartas que le dejó su amigo. Cuando se serenó, cogió una carta más y secándose los ojos con el dorso de la mano comenzó a leerla.
29 de Junio de 1988
Querido Emilio, hacía mucho tiempo que no te escribía y hoy acabando el curso, ya el paso del Ecuador, fíjate cómo pasa el tiempo, pues eso, que acabando el curso se ha hecho primavera en mi tediosa y macilenta vida. Te lo tengo que contar a ti, mi amor porque creo que se ha acabado, para mí, la mala racha. Me he hartado de escribirte con problemas y penas, era razón que alguna vez te participase algo feliz. Siempre, siempre ocuparás en mi corazón un lugar de privilegio pero yo no puedo seguir arrastrando mi desencanto, que más antes que después terminará por hacerme saltar la tapa de los sesos.
Habrá sido hace cosa de un mes. No tenía idea de quien era. Un seminario sobre Kierkegaard me resultó interesante y me inscribí, daba bastantes créditos y el existencialismo siempre me llamó la atención, aunque lo impartía el Sánchez. Estábamos esperando a que apareciera el coñazo de marca, pero tardaba y ya hablábamos de marcharnos. En eso que se coló un profesor nuevo, muy apresurado. Nos miramos unos a otros extrañados y festivos. ¿Quién es éste? Se presentó; resulta que se acababa de incorporar al departamento recién llegado de una estancia de tres años como lector de español en Viena. Los ojos penetrantes, negros como el pozo sin fondo que era mi futuro hasta ese instante y el pelo largo y ensortijado como el de un bailaor de raza, como el transito de mi vida a través del desierto del dolor. Cuando abrió la boca y sus palabras se me enredaron en los entresijos de mi cabeza supe que acababan de terminar mis penalidades. Mientras se presentaba, Ángel Maria nos dijo, un nombre dulce como la miel de jara, le intenté encontrar el fondo a sus pupilas despreocupándome de todo lo demás. Cuando cruzó en una de sus pasadas por el aula su mirada con la daga de mis ojos ya no pudo mirar hacia otro lado, le atenacé con mis pupilas. Los cuarenta minutos que duró el seminario fueron para mi, a mi se dirigía, a mi miraba, a mi sonreía. Yo creía, Emilio amigo, que tu sonrisa era irrepetible, que no existían perlas más blancas en una boca más húmeda y aterciopelada, que jamás volvería a degustar la sensación de desleírme en tu alegría. Me quedé petrificado cuando me miró sonriendo y reconocí en el gesto, tu gesto. Le devolví la sonrisa y entornó los ojos de la forma más sensual que nunca hubiera sospechado que pudiera apuntarse. Me parece imposible que no se dieran cuenta mis compañeros de lo que en aquel seminario se estaba fraguando.
Terminó la disertación y recogiendo los folios y las carpetas fue desfilando la gente camino de la puerta comentando los pormenores del lance. Me quedé descaradamente quieto, sin moverme de la silla, observando divertido, feliz como aquel ángel ordenaba pausadamente sus notas y las guardaba en su cartera, sintiéndose observado, me parecía que le gustaba sentirse observado. Cuando acabó de recoger sus cosas se volvió, se apoyó sobre la mesa y me prestó su mirada sin parpadear para después de dejar un lapso de silencio revelador, preguntarme si no tenía mejor cosa que hacer que quedarme allí escudriñando cada movimiento suyo, clavándole como a una mariposa de vivos colores, “esto no es una clase de entomología”, terminó por decirme. Como no le contesté, -solo sabía sonreírle, estaba excitadísimo sabiéndome a solas con él-, terminó por decirme, condescendiente y confianzudo, como si me conociese de toda la vida: “anda, vamos a tomarnos unas cañas..., ¿cómo te llamas?”.
Emilio, amor, si era lindo en clase no te puedes ni imaginar como se conducía en privado, ¡que treinta y cinco años más bien aprovechados!
Lo que siguió va a quedarse para pasto de imaginación, no es necesario ser explicito porque lo realmente importante ya te lo he contado líneas arriba. Pase la noche en su casa. No sabía yo que se pudiese ser tan dichoso. Imaginé esa misma situación contigo de protagonista  alguna vez, pero nunca como fue en realidad y además la expectativa contigo era de imposibilidad por lo que nunca le concedí demasiado crédito, necesitaba un gran esfuerzo de imaginación para mantener tu imagen adherida a la mía.
Espero volver a escribirte para contarte con se desarrolla todo. Me habría gustado decirte todo esto en persona, pero bueno, me consuelo manchando hojas en blanco aún sabiendo que nunca leerás estas líneas. Antes pensaba que cuando me quitase de en medio te llegarían estos papeles, ahora no quiero que los leas jamás. Porque lo que más deseo en el mundo es vivir y que no se acabe esta borrachera de felicidad que me guía el bolígrafo. Creo que he encontrado el reposo y el sosiego que tantas veces y años se me ha negado y ya era razonable que alcanzase.
Pero a ti, por encima de quien sea y como sea  te querré siempre, para siempre. Tú serás especial para mi en cualquier circunstancia. Mi corazón será siempre tuyo.
Boni.
Emilio se quedó exhausto, perplejo. Entonces, ¿porqué el suicidio?, ¿que pasó? Se puso a repasar entre las cartas esperando encontrar la respuesta a este interrogante intentando leerlas todas al tiempo sin encontrar nada. Se dio cuenta que estaba excitadísimo al saber que había encontrado su amor. Estaba encantado de saber que dos hombres se amaban. ¿Qué le estaba pasando?, se suponía que aquello debería resultarle execrable y además debería censurarlo y sin embargo estaba emocionado y frustrado al tiempo por saber que aquel amor no llegó a buen destino.
“¿Qué pasó Boni, porque no alcanzaste esa felicidad, ese gozo que con tanto ahínco perseguiste, si lo tenías todo a tu alcance?”. Emilio se lamentó de no tener a Boni a su lado para consolarle. Se arrepintió de no haber podido ser el clavo ardiendo al que se agarrase antes de decidirse a volar. Se desesperaba de no haber estado más atento a su amigo. Que cierto es aquello que no hay peor ciego que el que no quiere ver y el quiso ser ciego a esas insinuaciones de las que fue consciente comiendo con el padre Alfredo. Si se hubiese dado cuenta y, aunque fuese de forma grosera, de adolescente, le hubiese parado los pies, quizá se habría desengañado y la cosa no habría llegado tan lejos. No podía culpar, como hizo el día anterior a Boni de su elección de destino. Fue él mismo quien se metió en ese sendero por no estar atento a quien te rodea. Por la misma razón tampoco se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo con Rosa que se creyó lo que no estaba en su mente por un equivoco absurdo, debido a su ligereza, como siempre, y ya le estaba dando quebraderos de cabeza y hartazgo de buena voluntad. Esperaba que fuese al día siguiente, llegando al Obispado cuando se aclarase todo, se lo debía por como se portó él con ella. No quería remuneración por lo que solo era su obligación pero si, al menos reconocimiento en forma de verdad en su declaración que le beneficiase y dejase al padre Alfredo a la intemperie. Estaba también más seguro por la necesidad visceral que tenía Rosa de vengarse por lo que el padre Alfredo le había hecho.
En esos pensamientos sus ojos recayeron en una carta con las letras desteñidas, como si se hubiesen mojado. La sostuvo delante de los ojos y se le aclararon las dudas sobre el destino de la relación en la que Boni había puesto tantas ilusiones.
29 de Agosto de 1988, noche de lunes amargo a martes de rabia y guerra.
Solo se me ha ocurrido escribirte a ti, la desesperación del fraude me enceguece, la escarcha del desconsuelo congela cualquier emoción positiva en mi alma. Hoy soy peor persona. La maldad es contagiosa, solo deseo perjudicar y no me reconozco, por eso me acuerdo de ti cuando solo tu presencia, incluso tu recuerdo, me reconciliaba con la humanidad. Cada día estoy más convencido que fuera de ti, para mí no hay vida posible. Estoy sobrepasado. Voy por un camino a pie enjuto y cómodo y de repente ha caído una espesa niebla que no me deja ver donde doy el siguiente paso, por donde vago. No hay más salida para mi y antes de dar el postrer paso, el definitivo, quiero contarlo, que alguien sepa, que tu sepas.
¿Pero cómo puede una cara así coexistir en el mismo cuerpo con un corazón podrido? Ángel, ¡ay Dios!, creí haber encontrado el puerto seguro donde descansar despreocupadamente, en el que producirme, bajas las murallas, indefenso fiado en el amor. ¡¿Pero como se puede ser tan degenerado?! Yo fui radicalmente leal y el se estuvo divirtiendo de mi desde que me invitó a tomar aquella caña.
Nos tomamos más de dos cervezas y sucedió lo que era obligado. Me dijo así, de sopetón, que desde que entró en el aula tuvo la impresión de que un foco me iluminaba, que era como si fuese el único alumno en el aula. Si tenía alguna reserva se diluyó como un grano de sal en una olla de agua hirviendo, me conquistó y me entregué.
Se que causé un gran dolor a mi madre pero era preciso que se lo contase. Me sorprendió que aparentase no inmutarse. Se sonrió al tiempo que una lagrima daba brillo a su mirada de amor, me acarició la cabeza y me dijo que me quería, que ella quería a su hijo, al que tuvo hacia veintitrés años, como fuese, que nunca hizo reserva de conciencia, “no llevaba en mi vientre un ingeniero guapo y triunfador, llevaba algo más; un hijo mío”. Apostilló que si yo era feliz siendo como era, adelante, pero que le hiciera un favor enorme, que fuese siempre feliz, no soportaría que no lo fuese, se moriría de pena. Me abrazó y me dio el beso más tierno y más cálido que jamás nadie pudiera recibir. Moriría antes que defraudar a mi madre. Después de aquello quedé relajado y pletórico. Fui en busca de mi amado a darle la gran noticia, era doblemente libre y dichoso, amaba a un hombre que me amaba y mi madre, lo que yo más quería, daba su consentimiento y se congratulaba conmigo.
Ocurrió hace tres días, el viernes. Había quedado con él en su casa, que compartíamos, después de recoger ropa limpia en casa de mi madre. Iba gozando de antemano del fin de semana que me había dicho que iba a ser de fábula. ¡Y vaya si lo fue! Aún hoy sigo preguntándome que clase de persona hay que ser para poder mantener una mentira tanto tiempo sin echar el bofe de asco.
Abrí la puerta con la llave que Ángel me había dado desde el primer día y nada más entrar me quedé sorprendido. Me di la vuelta para comprobar que la puerta que franqueé era la puerta, mire la llave, desconcertado y los muebles, que eran los de siempre. No, no me había equivocado, pero el niñato de gimnasio y dieta con una tableta de chocolate por barriga, que estaba sentado medio desnudo en el sofá de la sala estaba fuera de lugar, no formaba parte del cuadro. Cuando iba a preguntarle que qué hacía allí apareció el cerdo de Ángel y me saco de dudas. El chaval era el que, al parecer, él necesitaba. Cuando vio mi cara se le cayó la careta y apareció el verdadero rostro sardónico, inmisericorde. ¡Por todos los santos como se pueden decir esas cosas sin sentirlas!, ¿qué retorcida mente es capaz de engañar de tamaña manera? Pero lo mejor estaba por venir, el chavalote descarado del sofá, no era un tercero en discordia, ¡era su pareja!, estaba de vacaciones con su familia y mientras tanto yo no fui más que un divertimento, el sustituto. Y no voy a continuar porque las lágrimas de indignación y pena me nublan la vista y mojan el papel.
Estoy desfallecido Emilio, he tirado la toalla. Solo me queda recuperar fuerzas para poder dejar de sufrir.
A ti hace tiempo que te perdí, a mi pesar, por mi cobardía, porque, qué se yo como habrías reaccionado de haberte hablado claro, de haberte presionado con mi amor. Cuando estaba todo perdido creí que los hados se habían apiadado de mi y que al fin los años de dolor encontraban justa compensación.
Me ha pasado lo peor que le puede ocurrir a cualquier ser humano, perder la esperanza y estar aburrido. Me he hecho viejo de sopetón. Ya he experimentado que en mi vida el amor no prenderá jamás llamas de ardorosa pasión y así no merece la pena seguir viviendo, me niego a ser un espectro arrastrando su tragedia pasto de compasión, envejeciendo y amargando la vida de todo el que me rodeé que culpa tendrá ninguna de mi avatar.
Y te seguiré amando, cuando muera, cuando ya no exista más que en la mente de los dioses que se regocijan de mi desgracia. Se feliz mi amado, mi deseado, mi imposible amor.
Boni.
Llanto desconsolado de rabia, incontenible, nubló la vista de Emilio. Estaba furioso, no sabía quien sería el individuo ese llamado Ángel, pero le odiaba aunque sabía que debería amarle, pero el sentimiento que más complaciente encontraba en su alma era el de verle despedazado entre inenarrables dolores, entre sus manos ensangrentadas que daban justa venganza por el daño infringido a su amigo, ahora ya si, del alma. No sentía arrepentimiento por desear tanto mal, al contrario, al abandonarse a la venganza encontraba descanso y llevaba a plenitud su sentido innato de la justicia más primitiva, aquella que demanda el ojo por ojo. Estaba en el punto en que no soportaba saber que su amigo hubiese sufrido tanto y tenía remordimiento por haber sido él tan feliz hasta ese momento habiendo sufrido su amigo tanto. De alguna forma le tranquilizaba que de forma injusta, quisiese el padre Alfredo acabar con él, porque de esa manera, se solidarizaba con Boni por los injustos y malos ratos pasados. No lo entendía pero deseaba abrazar a su amigo y consolarle, sentirle cerca de él. Sabía que no iba a llegar más allá, porque a él eso no le gustaba pero ya no le repugnaba que le gustase a él. Por vez primera en su vida experimentaba que era el amor. Y tenía que ser así por otro hombre y consciente de que era sin sexo. Había dejado de tener miedo a sentir deseo por otro hombre porque ahora sabía que no le importaba decir que amaba a otro hombre porque no había más que eso, amor. Si Boni viviese, habría respetado su decisión porque le quería y le dolía no poder decírselo y darle la oportunidad de que supiese que el también le amaba desde su concepción de amor sin sexo porque esa forma de comunicarse de relacionarse con otros, no le gustaba a él. La forma de relación sexual le gustaba a él con mujeres, pero no le repugnaba que existiese entre dos hombres, era tan respetable como a la que él había renunciado por amor a Cristo, otro hombre al que amaba y con el que tampoco iba a tener ensoñaciones eróticas nunca.
Boni le había revelado la verdadera dimensión del amor. Lamentaba no haberle podido conocer mejor. Ahora rescataría de su memoria tantos y tantos episodios transcurridos juntos y los analizaría a la nueva luz que le prestaba el tener la mente más abierta y libre. Era más libre ahora porque se había desembarazado de un cliché. Nunca más se referiría a esos otros, ni siquiera mentalmente, como maricones o tortilleras; eran personas que amaban y sentían, y sobre todo sufrían, porque eran diferentes y vivían esa diferencia con valentía y honradez.
El teléfono volvió a campanillear una vez más.
-     Hijo. Soy papá. Mañana no vayas a ir solo al Obispado. Yo estaré en la puerta cuando llegues. Tu madre si no esta muy dolorida también estará.
-     No hace falta papá. Todo estará bien. Rosa ha dicho que declarará a mi favor..., vamos que dirá la verdad y todo quedará ahí. Fíjate, lo lamento, después de todo por el padre Alfredo, va a quedar, por su empecinamiento en perjudicarme muy mal parado.
-     Eso digo yo, hijo. ¿A que viene esa inquina para contigo? Le has preparado tu a él alguna faenita o yo que se. Mira que tú a veces sin darte cuenta haces cosas y sin querer a lo peor haces daño. Calla Celia. Si, ahora te lo digo. Espera Celia. Si.
-     No puedo hablar de eso papá. No puedo. ¿Qué quería mamá? Bah, déjalo,  ya me lo imagino. Bueno, pues si vais a estar allí mañana os lo agradezco. A las diez. Allí nos veremos. Mañana hablamos.
-     Hasta mañana hijo y no estés preocupado, al final la verdad resplandecerá. Tu madre, nada, ya sabes, que esas cosas no te pasarían si estuvieses trabajando en lo tuyo en lugar de arruinar tu vida enredado entre sotanas.
-     Nunca lo entenderá, ¡que terca es! Bueno, gracias papá, gracias de verdad. Hasta mañana. Y dile a mamá que no se preocupe más, no tiene sentido vivir permanentemente arrepintiéndose de lo que se hizo o se dejó de hacer. Eso es lo que le tiene amargada la vida.
Después de colgar el teléfono se quedó más relajado. Se sentía apoyado por sus padres y eso le tranquilizaba. Decidió que no tenía caso seguir leyendo cartas en ese momento. Las recogió todas y las guardó en el sobre en el que el padre Alfredo se las había entregado.

XX

El padre Alfredo siempre se había jactado de no dejar muchos cabos sueltos, ser bastante ordenado y metódico y controlar hasta donde eran humanamente posibles los imponderables. No en vano tenía cierta consideración en la Sede Episcopal debido a sus contactos y conocimientos de determinadas peculiaridades que afectaban desde el Obispo al último secretario.
Tenía la sana costumbre de recopilar datos y compendiarlos en fichas de aquellas personas que en un momento cualquiera pudieran ser objeto de sus requerimientos ya fuese en sentido negativo o positivo. Saber determinadas cosas, aficiones, debilidades e incluso virtudes de algunas personas le habían sacado de no pocos apuros. Era todo un monseñor  vaticano dotado de las mejores habilidades florentinas siempre dispuesto a apuñalarte por la espalda, con estilete, nada de orgías de sangre que eran de mal tono, sin perder la sonrisa más pérfida de los labios y convenciéndote encima que era por tu bien.
En esta línea guardaba ficha de todos y cada uno de los feligreses que se distinguían de alguna manera en la vida parroquial. Cómo no, tenía la ficha de Rosa en la que había anotaciones en perfecta letra inglesa tales como “abordable, influenciable, llegado el punto violable: es de las que le gusta” u otras como “no tiene valor alguno, prescindible”. Naturalmente poseía su dirección y teléfono y una sucinta biografía extraída de las veces que se había confesado con él. Sabía de las veces que su padre abusaba de ella, de las que aunque con asco había cedido por nobleza (estupidez pensaba él) a alguna amiga y todas las que utilizando cualquier adminículo se autosatisfacía tanto por delante como por “vaso impropio”. Eran cosas que dejadas caer en el momento apropiado podían tener un gran poder. Ahora era el momento de utilizar ese poder.
Descolgó el auricular de su teléfono de despacho y marcó su número.
-     ¿Rosa? Soy el padre Alfredo.
Al otro lado de la línea el padre Alfredo escuchó un grito ahogado y luego silencio denso y tenso. Rosa estaba a punto de colgar cuando el padre Alfredo se anticipó a sus impulsos.
-     Ni se te ocurra colgar. Escucha lo que tengo que decirte y luego obras en consecuencia. ¿El padre Emilio te habrá llamado?
Rosa para entonces tenía ya el vientre descompuesto, comenzó a sudar goterones por la frente que rebasando las cejas se le empezaban a meter en los ojos. El corazón se le aceleró, los dedos empezaron a temblarle y la voz se le rebelaba negándose a salir. Solo quería salir corriendo pero la advertencia la tenía paralizada.
-     Rosa, ¿has escuchado mi pregunta? O prefieres quizá que determinadas personas puedan llegar a enterarse de lo de tu aventurilla con esa amiguita del colegio..., posiblemente te apetezca que los de tu grupo se enteren de esas aficiones extravagantes de tu padre que tanto te molestan.
Comenzó a llorar sin poder dominarse.
-     De acuerdo, llora. Desahógate. Muchos son tus pecados y un poco de arrepentimiento no te vendrá nada mal. Pero date prisa, tengo otras cosas que hacer.
-     Si..., si, me ha llamado...
-     Para que vayas mañana al Obispado, ¿no es eso?
-     Si, si.
-     Sabrás entonces que tendrás que decir cuando te pregunte el señor vicario..., si es que vas a ir, naturalmente. Aunque sería recomendable que fueras para abonar determinadas afirmaciones mías en relación con el padre Emilio. Este sacerdote es una buena persona, aunque ande algo desorientado por eso hay que ayudarle y te me vas..., le vas a ayudar diciendo lo que será de mayor provecho a su alma. Porque él quiso comercio carnal contigo, hay que comprender que es joven y el Maligno tienta con más fuerza a los más tocados de la gracia divina, para probarlos...
-     Pero él no me ha tocado. Al contrario, me rechazó.
-     Esa sería tu impresión, llevada de tus expectativas para con él que esperabas más, pero no hay duda de que te desea. Más de uno te desearía..., sea como sea mañana estarás en el Obispado y apoyaras lo que yo diga. Es por el bien del padre Emilio, bien que el no entenderá, pero ya lo entenderá, cuando se le quiten esas fantasías que tiene de lo que es el mundo producidas por un alma sensiblera que necesita de reflexión y maduración fomentada por el silencio, la oración y el ayuno, exactamente lo que tendrá que hacer cuando el vicario le imponga la penitencia que necesita para su conversión. Tú no lo entenderás tampoco, pero debes aprender que muchas veces la verdad más bella florece en un campo repugnante bien abonado de interpretaciones de la realidad diferentes.
-     Mentiras asquerosas querrá decir.
-     Vosotros, estúpidos, lo llamáis mentiras pero las cosas no son tan simples, los sentidos os engañan constantemente.
-     ¡No, no!, mentiras y solo mentiras
-     Así les llamas tu, querida pero con el tiempo aprenderás que lo que hoy parece una abyecta mentira, mañana no es sino una bondadosa verdad. Lo entiendas o no, niña, mañana me apoyarás delante del vicario o sentirás hasta donde puede llegar mi irritación cuando se desborda y pierde las bridas de mi caridad. Hasta mañana Rosa.
Cuando el padre Alfredo colgó, Rosa se quedó sobrecogida del cinismo frío y viscoso con el que se conducía el párroco. Soltó el teléfono y apoyada en la pared lloraba abatida y escandalizada cuando su padre apareció en la sala.
-     ¿Qué ha ocurrido, porqué lloras, hija?
Rosa al verse sorprendida se secó las lágrimas sobreponiéndose a duras penas a la angustia. No quería que su padre supiese nada de lo que le estaba sucediendo. Recogió el auricular del suelo interrumpiendo el sonido monótono y gélido de comunicar, al colgarlo. Se limpió las últimas lágrimas con las manos y los puños de la camisa y con la cabeza baja intentó escabullirse del cerco al que le sometía su padre.
-     ¡Nada papá, cosas de mujeres! Tú no lo entenderías. Son bobadas en realidad.
-     Hija, si necesitas algo ya sabes que me tienes a mi a tu lado. Ojalá estuviese tu madre aquí, ¡maldita sea mi estampa!
Al tiempo que decía esto se acercaba y la rodeaba con sus brazos estrechándola y haciéndola sentir su virilidad más procáz y pringosa. Ella le empujó a un lado llorando ahora de rabia y desesperación.
-     ¡Ya está bien, eso pasó, ya está bien! No te lo voy a volver a consentir, ¿entiendes?, no lo voy a volver a consentir.
Su padre observó como ella se perdía camino de su dormitorio, pálido el rostro y lívidos los labios. El portazo que dio al cerrar su cuarto le rescató del estupor en que le sumió la reacción de su hija. Nunca pudo explicarse cómo pudo ocurrir. Su niña, su Rosa, era preciosa y él, viudo joven, sumido en la frialdad del lecho se debatía cada noche contra si mismo. Amaba a su mujer pero ella le había abandonado enamorada de la lógica de la muerte y se quedó solo y desamparado para cuidar una niña cuando necesitaba que le cuidasen a él. Aquella noche de relámpagos tejiendo encajes en el éter y truenos ensordeciendo los clamores del alma tuvo que ser la bastarda que llevó a su niña, presa de pánico, al amor de su lecho para acurrucarse contra una carne aún joven y anhelante de humedad. La inocencia de la niña impidió reconocer aquella tirantez que daba aún más calor a sus piernas y para cuando comprendió que ese cuerpo de grotesca anatomía no era exactamente el padre que ella conocía ya estaba empapada de viscosidades calientes que rápidamente enfriaban el camisón empapado y elevaban hasta su  naricilla un olor dulzón y nauseabundo.
Nunca supo como la niña vivió aquel episodio. Si hubiese comprendido que desde aquella noche la niña comenzó a sentir en lo hondo de su conciencia la suciedad de la sentina del pecado sin saber que ese sentimiento pudiera tener nombre hasta que en una iglesia un hombre le puso nombre a aquella desagradable experiencia. Y suya debía ser la culpa, porque su padre, cómo padre tenía que estar al abrigo de toda sospecha. Si hubiese podido comprender que aquel primer olor liquido suyo ya nunca pudo volver a olvidarlo y fue causa de que sus ojos, noches enteras, no se secasen. Habría acabado violentamente con sus días si hubiese podido entrar en el alma de su hija y comprender la angustia enorme que le suponía, ya más mayor, ser tocada por un hombre que le enardecía su carne y al tiempo le desataba el estomago y le hacía vomitar sin remedio estropeando cualquier tipo de relación iniciada recluyéndola cada vez más en sus interiores haciendo de su alma un reducto huraño a cualquiera que quisiera acercarse.
Ahora, al verla sufrir sin saber la razón, quería ayudarla pero se sabía incapaz de hacerlo porque aquella infausta noche se invalidó para ser sostén de su hija. Sin consuelo posible tras escuchar el portazo empezó a llorar primero con mansedumbre para paulatinamente ir aumentando la angustia obligándole a expresar la pena en forma de sollozos compulsivos que le cortaban la respiración. Tuvo que tomar asiento porque corría el peligro de dar con su huesa en el suelo a consecuencia de las convulsiones que le provocaba el jipido.
Cuando Rosa salió al fin de su habitación, ya algo más serena, y tomada la decisión de cual iba a ser su comportamiento al día siguiente, su padre aún permanecía sentado en la cercanía del teléfono en las estribaciones de su disgusto. Se le quedó mirando con gesto de desprecio.
-     ¡Habértelo pensado antes de abusar de una niña! Nunca podrás ni imaginarte el daño que aún me haces y me seguirás haciendo, aunque mueras. Solo te mereces mi desprecio.
-     ¡Hija!..
Pero Rosa ya no le escuchaba. La puerta de la calle se cerraba detrás de ella dejando a su padre con el alma destrozada y la desesperación instalada en su corazón. No existía vuelta atrás. El quería a su hija y nunca podría hacerla entender que tras aquella noche ya no supo como decirle que la quería porque tenía la asquerosa impresión que la demostración de cariño iría preñada de lubricidad. ¡Y, si, la quería, como padre!, pero hasta él tenía dudas de si ese amor era todo lo puro que el hubiera deseado. Ya no tenía por tan seguro que hubiese querido de forma cristalina a nadie. Estaba confuso. Deseaba que aquella tortura terminase. No sabía que su hija, Rosa, al otro lado de la puerta, incapaz de llorar ya, hacía denodados esfuerzos por no vomitar con la cara verde de angustia y asco. Lo había afrontado y si, era incapaz de querer a su padre, acababa de descubrir que no podía y sospechaba que no podría ya nunca.

*  *  *

Emilio abatido revolvía las cartas de Boni sin finalidad alguna. ¿Que significado tenía todo aquello?, no lo sabía. Dentro del plan de Salvación que al parecer, ya no se creía nada, tenía Dios para él, ¿por qué le estaban pasando todas estas cosas y además en tan corto espacio de tiempo? Al parecer, todos lo que más cerca tenía y que se suponía que le querían tanto tenían una finalidad espuria; sus padres le utilizaban como arma para castigarse el uno al otro, Julia se casó con la persona más inadecuada para hacerle sentir la culpa de haberla abandonado por el Seminario y el que más lejano estaba, aquel que parecía que nada significaba en su vida, era el más desinteresado y el que profesaba el amor más fiel al punto de no querer ningún tipo de vida si no era a su lado. Esto, era lo que más le impresionaba, le erizaba los vellos el saber que alguien tomase esa suprema decisión pensando en él.
¿Qué hacer con esas cartas?, tirarlas a la basura le parecía algo despreciable sabiendo con la intención tan pura con la que se las habían escrito, ¿quemarlas?, posiblemente sería lo más apropiado, ¿por qué conservarlas...,?, pero ¿a qué conservarlas? Boni no era su novio, ni su hermano ni nadie en realidad, era solo un espectro que desde el pasado saltaba como una fiera hambrienta sobre su cabeza para atormentarle y para colmo sin conocer la finalidad con la que lo hizo. Cabría dentro de lo posible que en el colmo de la desesperación al saberse desamado trazase un minucioso plan encaminado a vengarse de él. ¿Pero cómo?
Emilio sintió que estaba desarrollando pensamientos paranoicos y de un manotazo desparramó los papeles por el suelo, comenzó a pasearse pasillo arriba y abajo mesándose los cabellos acelerando la respiración sin saber que decisión tomar. Cuando la angustia comenzó a provocar mareo e inestabilidad en Emilio se detuvo en seco en su alocado paseo y cayendo de rodillas comenzó a rezar el Padre Nuestro. Estaba ya bastante sereno después de repetir varias veces la misma oración cuando sonó el timbre de la puerta. Se sobresaltó y con la agilidad que le daba su juventud y buena forma se puso en pie de un salto y tras quedar en tensión unos segundos, la respiración contenida, intentando descubrir quien pudiera ser el que se encontraba al otro lado se dirigió a la puerta y la abrió. La cara de sorpresa que sin querer tuvo que poner provocó la respuesta automática de quien había tocado el timbre.
-     Conste que he venido en son de paz. Ahora que si quiere, me voy y ya se enterará mañana de lo que tenga que saber.
-     Perdona, de verdad. Era la última persona que podía esperar ver en mi casa. Pasa, por favor, Rosa, pasa. Ya sabes mi postura, que no tiene necesariamente porqué coincidir con mis deseos. Pero mi decisión es firme.
-     Me ha llamado el padre Alfredo. El cerdo ese me quiere chantajear y me amenaza con divulgar determinadas debilidades mías e inclusive de mí padre conocidas en confesión, si mañana se me ocurre decir la verdad de nuestra desafortunadamente inexistente relación. El muy degenerado no tiene inconveniente en violar el secreto de confesión si con eso te hunde. Es peor que el demonio, por lo menos éste es quien es y uno se puede poner en guardia, pero este..., no tengo epítetos para denominarle.
-     Supongo que tu decisión será la que me imagino.
-     Desde luego, aunque con algún matiz.
-     Cuando se condiciona algún color al matiz que tenga es que desde el principio el color en cuestión esta desechado. Explícate.
-     Me imagino que lo que más desearás será seguir siendo cura y en ésta parroquia...
Emilio miraba con los ojos penetrantes la cara de Rosa en la que ya creía adivinar una aviesa intención en la que no quería ni pensar aunque una vocecilla interior le anunciaba con irritante seguridad cual era la intención de Rosa. Ésta era incapaz de soportar los agudos cuchillos de las pupilas de Emilio que la escrutaban como el juez al reo.
-     ¿Dónde quieres llegar?, abrevia, no quiero ni imaginar en lo que estás pensando, pero si es lo que estoy suponiendo te habrás convertido en el discípulo aventajado de la encarnación del mal.
-     Es muy fácil y después de todo no va a ser desagradable. Unos minutos y ya está. ¿Para que es la confesión, si no?, se arrepiente de lo gran pecador que es y a empezar otra vez. Yo desapareceré si Dios quiere con lo que me lleve y usted seguirá en su ministerio que es su vocación y lo que más quiere en este mundo.
Emilio abrió los ojos sin quitar la vista de Rosa, incapaz de creer lo que el ya sabía de sobra. Pero le parecía mentira que lo que estaba escuchando fuese cierto. No es que el fuese un mal pensado es que cuando la tierra huele a ozono amenaza lluvia. Los ojos se le humedecieron pero supo contenerse. Los rasgos de la cara se le endurecieron súbitamente. La mirada de escrutadora y ávida pasó a retadora y de desprecio.
-     Mal camino has escogido hermana. ¿Pero realmente te has creído que iba a comprar mi capricho al precio de mi perdición? ¿Crees que esa confesión de la que hablas no iba a ser en mi conciencia un fraude de ley que la invalidase automáticamente? Te has encaprichado de mí sin conocerme. Si me hubieses dado tiempo, si me hubieses querido de verdad me habrías conseguido sin esfuerzo, porque no se como negarme a quien me pide sin exigir, al que sufre sin quejarse, al que llora sin gritar. Prefiero renunciar a mí sagrado sacerdocio, aun a sabiendas de la injusticia que representaría, antes que rendirme a una torpe y sucio chantaje. Me das lástima y ahora me dejas en la duda. Ya no se pensar si fue el párroco el que te abordó y se aprovechó de ti o fuiste tu la que le llevó hasta el punto de hacerle renunciar a su dignidad de sacerdote. Has conseguido violar mi inocencia. Serás piedra de escándalo. Te compadezco.
No estaba en los cálculos de Rosa el que Emilio reaccionase de esa manera por lo que se quedó con la cara ayuna de sangre, fría como el mármol y la boca entreabierta de estupor, los ojos incrédulos y la sensación de haber hecho el más clamoroso de los ridículos. Donde antes las mejillas no eran sino dos chapetas cenicientas de repente se trasformaron en dos placas rojas de vergüenza. Los ojos empezaron a centellear de ira y rabia y la boca se cerró como una caja de caudales marcando en sus mandíbulas dos potentes maseteros que amenazaban con reducir las muelas a escombros al apretarlas con una hercúlea fuerza animada por la irritación que le producía el fraude que ella misma se había buscado. Sin responder, porque no había respuesta posible como no fuera la petición de clemencia, se dio la vuelta y salió de la casa sin hacer el mínimo ruido, ni tan siquiera para cerrar la puerta que se quedo abierta de par en par. Emilio, con un gran sosiego en el corazón, como si se le hubiese despejado una gran incógnita se dirigió a la puerta y más despacio aún la cerró.
Le había dejado tranquilo y alegre. Con esa alegría que surge de lo más profundo y como el árnica alivia y reconforta. Le estaba agradecido a Rosa por haberle dado la oportunidad de reconciliarse consigo mismo y lo había hecho. No le importaba tener que dejar la sotana si eso se le exigía, era más importante sentir esa magnifica sensación de haber hecho lo correcto. Comprendía en ese momento a todos los que murieron en el cadalso por defender sus convicciones, fuesen o no equivocadas, y además, ¿equivocadas en función de qué? Cuando alguien toma decisiones que suponen un serio perjuicio para su persona o integridad nunca está equivocada.
Era ya tarde. Lo mejor sería acostarse para poderse levantar temprano, celebrar la eucaristía en la intimidad y llegar descansado a la cita con su sacrificio. Se tumbó en la cama y se quedó plácidamente dormido.

*  *  *

Rosa comenzó a caminar sin perder los rasgos de dureza que se le habían instalado en su rostro y sin atisbo de lágrima en los ojos, como el gesto ausente de una cariátide. A medida que se acercaba a su casa y a la felonía que iba a cometer el día siguiente más sulfurada se iba encontrando. El enfriamiento de la calentura que sentía por el cura le había dejado regusto amargo en su alma y eso le iba amargando la vida. Iba imaginando como poder hacerle más daño del que le iba a hacer solo con decir un si o un no.

*  *  *

Emilio dormía profundamente cuando le despertó una mano suave y temblorosa que le acariciaba la entrepierna y le provocaba cosquillas muy agradables. Poco a poco la erección se completó y el deseo aumentó hasta desaforarle y desear corresponder al placer que le estaban procurando pero no podía mover las manos. Debería tener unas ligaduras sutiles que le inmovilizaban, para así multiplicar el placer, pensó. El éxtasis que le proporcionaban las manos se estaba volviendo denso y mareante y ya quiso saber a quien pertenecían las manos que le daban tanto y tanto placer. Levantó la cabeza y comprobó que no veía nada porque una venda, ¿era una venda?, le tapaba los ojos. Quiso hablar y con angustia, que multiplicó su placer, comprobó que le habían puesto una bola en la boca atada con correas que le asfixiaba haciéndole asumir la cercanía de la muerte y permitiéndole degustar cada instante de goce como si fuese a ser el último. Y mientras, las expertas manos manipulaban con tanta habilidad que deseaba que aquello no acabase jamás, aunque por la cadencia de las caricias el fin estaba próximo a llegar. Cuando estaba a punto de alcanzar el clímax alguien le quitó la venda de los ojos, el bocado que le estaba ahogando y depositaba un dulce beso en sus labios mientras que la eyaculación culminaba en un potente chorro y le dejaba en estado crepuscular, al bode del desmayo.
Despertó sobresaltado y mojado de semen. Comprobó que no estaba atado y nadie había en su cuarto. Recordaba la suavidad del beso y la dulzura del placer extenso y benéfico pero era incapaz de visualizar el rostro de la mujer que le besaba. ¿Julia, Rosa, quien? Recordando el placer alcanzado, inmediatamente se sobresaltó. Se estaba regocijando en el alcance de tanto goce y sin embargo estaba violentando la pureza que se le exigía, se entregaba a la carne cuando debía mortificarla, no porque el placer obtenido fuese ilícito, el no consintió, estaba dormido, sino porque pasado el estado de inconsciencia continuaba degustando los postreros jirones de su aventura ensoñada  y él por voto, por compromiso, había voluntariamente renunciado a todo eso. Disfrutando de ese episodio se traicionaba a si mismo. Pero no podía dejar de pensar en la cara anónima que le estimuló de forma tan experta, que daba la impresión que le conocía mejor que él mismo. Lo curioso es que sabía de quien era la cara pero era incapaz de ponerle nombre, no encontraba el enlace en su cabeza entre el rostro que tan familiar le era y el nexo que le unía a él. Como le desasosegaba ese “lo tengo en la punta de la lengua”, hizo un esfuerzo por no obsesionarse y lo dejó. Miró el despertador. Aún las cuatro de la mañana. Estaba pringoso del semen, ya frió, que empezaba a licuarse y corría barriga abajo formando regueros que rendían viaje en  las sabanas. Se levantó de un salto, estaba inexplicablemente desnudo, no recordaba haberse quitado ninguna prenda. Se metió en la ducha y abrió el agua fría. El chorro se confundió rápidamente con las lágrimas que comenzó a derramar arrepentido de haberse concedido la licencia de haber disfrutado de lo que no debía. ¿Cómo pudo colarse en su sueño esa mano sin rostro que conocía pero no podía nombrar?
Acabada la ducha, se vistió y sin demora organizó un pequeño altar en la sala y se dispuso a celebrar la eucaristía, que le serenase el alma y le preparase el corazón para lo que se le avecinaba. Terminada una morosa celebración en la que se recreó en cada rezo, en cada imprecación, en cada pausa hizo el rezo de laúdes y reconfortado por los salmos recitados se fue a la calle a respirar el amanecer, a esperar la hora de acompañar a su verdugo al Obispado.

3.10.12

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