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lunes, 8 de octubre de 2012

L U J U R I A II - III

Lujuria


II

- No me la vayas a jugar otra vez, por favor, no lo soportaría.
No se la iba a pegar. Iba a intentar solo buscar algo de excitación, algo de veneno a ese aburguesamiento sexual en el que había caído arrastrado por mi amor entendido a mi modo y en el que Marta al parecer se encontraba tan cómoda. Necesitaba meterme en vena una dosis de aventura en forma de mujer que me devolviese a mis años de juventud en los que cada minuto era el último porque era infinito y podía y debía exprimirse al extremo. Si quería permanecer al lado de Marta haciéndola feliz necesitaba encontrar una mujer que me despertase el instinto adormecido y primordial que me convertía en espontáneo, juvenil y fresco.
Estaba cerrando la puerta cuando sonó el teléfono otra vez.
Marta venía corriendo con el inalámbrico por el pasillo y con esa especie de excitación estupida por ser Orihuela el que volvía a llamar y que sin poderlo remediar me cabreaba. De no haber sabido cuales eran las inclinaciones sexuales del imbecil me habría mosqueado.
- Dime, ¿que quieres ahora Antonio? Contesté cansino.
- ¡Quince días! Ni uno más.
- ¿Y para eso llamas?, mamarracho – y sin esperar a su previsible contestación que podía reproducir hasta con los signos de prosodia, pulsé el botón de colgar, entregue el aparato a Marta y sin esperar a nada más, cerré la puerta de casa, no sin enfado y eché escaleras abajo.

* * *

- Marta, ¿está mi padre? – era una voz desapasionada pero tensa y fría.
- Tu padre ha salido, Ramón. ¿Qué quieres ahora de él? – la voz de Marta era aún más fría que la de su interlocutor y preñada de reproche. Necesitarás dinero, ¿no?
- Pues no, y además a ti no te interesa que puedo querer de mi padre. Tú no eres nadie, ya hemos hablado de eso. Te rogaría que le dijeses cuando vuelva que me llame, es importante…, por favor – el tono de voz cambió de desafiante a lastimero e incluso implorante.
-Se lo diré, pero no se que te he hecho yo para que me trates así. De cualquier forma soy la mujer de tu padre y de alguna manera me debes algo de respeto.
- Mira Marta, no tengo ganas de discutir ahora, lo siento si te he molestado. Sencillamente no nos caemos bien el uno al otro y eso no va a tener solución a corto plazo…, y dudo también que a largo lo tenga. Déjalo.
Ramón colgó el teléfono y recostó la cabeza en el regazo de Alicia. Estuvo durante unos minutos acurrucado sintiendo el calor de su amiga que jugueteó con los anillos que le perforaban el labio inferior, para finalmente levantar la cabeza y preguntarle.
- ¿Por qué no puedo llevarme con esa tía? – su tono de voz era sincero – es la mujer de mi padre y se supone que se quieren, pero no la soporto, de verdad Alicia – se quedó pensativo con la vista perdida entre las copas de los árboles del parque que se divisaba desde la ventana - me echó a los ocho años del lado de mi padre y no se si podré perdonárselo alguna vez. Sí, de acuerdo, con mi abuela no me faltó de nada, pero no es lo mismo, te lo aseguro. Yo quiero mucho a mi padre y he sufrido con mucho dolor su ausencia. No se cómo se tomará lo nuestro, pero de lo que estoy seguro es que para ella va a ser motivo de anatema y hasta que punto va a influir en mi padre,  no se…
- ¿Y si tu padre no lo aprueba?
- Es mi vida, Alicia, mi vida, la tuya, la nuestra. Él, que viva la suya con Marta, yo viviré la mía contigo, le gusté a él o no, aunque preferiría que él lo aceptase. Estoy casi convencido que él de alguna forma ya lo sabe. A él las mujeres le enloquecen y pierde la chaveta por unas faldas; por eso en muchas ocasiones me ha resaltado su extrañeza acerca de la ausencia de mujeres en mi vida. Ahora, esto le va a parecer extraño. Para mí que lo tiene tragado, solo le hace falta que yo se lo verbalice para que se de cuenta de cómo soy en realidad. Nunca me ha conocido relación y no se que se pensará Se que le costará colocar esta pieza que soy yo en su mundo pero estoy convencido que me encontrara el acomodo.
- Has dicho que te echó del lado de tu padre a los ocho años – preguntó con extrañeza Alicia – eso no me lo habías contado tú.
- ¡Mujer!, echar, echar, lo que se dice echar no es, me marché yo. Verás. Ya sabes lo de mi madre, yo no lo llegué a ver, cuando volvía del colegio solo vi a mucha gente rara en casa que entraba y salía y sacaba fotos y a mi padre llorando que en cuanto me vio me agarró tan fuerte y me dio tantos besos que por poco no me asfixia. Los primeros meses después de aquello,  mi abuela, la madre de mi padre, me sacó adelante, mi padre no tenía idea de cómo manejar un crío ni estaba para nada al morir mi madre. Cuando tenía dos años mi padre se hizo cargo de mí porque trabajaba y sigue trabajando en casa aún y mi madre todo el día fuera, así que casi no la veía. Yo era feliz con él. Le adoro. Pero es como es, y si no tiene un coño al lado se muere. Encontró a Marta…, o Marta le encontró a él que no lo se y quiso convertirse en mi madre. A mi eso no me importó demasiado, en realidad no había conocido a la de verdad, pero con lo que no pude es con que se metiese por medio en nuestro buen rollo. Mi padre empezó a cambiar, ya no era el mismo y las broncas menudeaban, por buenos y malos temporales. No conseguía hacer una a derechas, al parecer todo eran trastadas. Me enfrenté a ella y puse a mi padre en el disparadero, o ella o yo; estúpido de mí, hoy no lo habría planteado así, sabiendo la debilidad de mi padre no había disyuntiva, era ella sin lugar a reflexión alguna. Y me fui con mi abuela Gloria. Sé que a mi padre se le partió el corazón y hoy se además que es capaz de vivir con el corazón partido pero con la poya dura, como no sería capaz de vivir es sin sexo; un coño al lado, lo que te he dicho.
- Bueno ya está bien de hablar de tías – susurró al oído Alicia a Ramón - sabes que no me van.
Ramón rodeó con sus brazos el cuello a su amiga y le regaló un apasionado y al tiempo sereno y prolongado beso de seda en los labios haciéndose entrechocar sus anillos labiales.
- No se que haría sin ti, Alicia, de verdad, creo que terminaría mis días de la forma mas rápida e indolora – le miraba ahora a los ojos verdes como escarabajos, brillantes como malaquitas, muy cerca.
Alicia se limitó a sonreír y enamorar un poco más a Ramón con su sonrisa de otoño para volver a besarle en silencio. Ramón cerró los ojos y se dejó llevar.

* * *

En el fondo me jodía bastante tener que ir a la otra punta de la ciudad a recoger no se que historia de traje para una maldita fiesta pero no era mal alcahuete para mi búsqueda. Tenía cobertura al menos para tres horas.
Decidí coger el metro para ahorrar minutos llegando cuanto antes y poder utilizar el resto del tiempo para mis manejos. Solo el pensar que iba a ser libre para buscar lo desconocido hacía que sintiese como mi bajo vientre despertaba y se desperezaba con un buen estirón que abultase el pantalón groseramente lo que no intentaría ocultar; me satisfacía todavía más que todo el mundo viese mi excitación, era como si llevase un luminoso reclamando atención y si esa atención era correspondida por algún moscón inconveniente ya sabría yo como ahuyentarle. Solo me interesaban las mosquitas cosquillosas y de pensarlo no podía dejar de tragar saliva y sentir como se me aceleraba el corazón.
Tome el metro en Centro y me dirigí en dirección sur. A esas horas el entramado de túneles conformaban un perfecto hormiguero, tanto por la aglomeración de especimenes clónicos hasta la hilaridad, que parecían conducidos todos por una extraña señal emitida por un ojo que todo lo ve, como por el nauseabundo olor a sudor espeso y acido que supongo debe haber en un hormiguero. Como si de un aparato de alta precisión se tratara todos mis sentidos se aplicaron a detectar posibles dianas que satisficiesen mis intenciones. Y había muchas de todas las edades. Me deshacía de escalofríos pensando en lo que sería estar a disposición de todas ellas a la vez, exultaba de gozo al saberme dueño de mí y a mis anchas sin cortapisa alguna. Una vez en mi andén y después de sentir que de un momento a otro se me saltarían las costuras de la cremallera opté por intentar pensar en otra cosa porque empezaba a marearme a impulsos de bombeos desatados de sangre en mi cabeza por la excitación de la caza y a sentir que de un  momento a otro me iba a vaciar allí mismo; en el fondo deseaba hacerlo, allí delante de todos para que viesen cual era mi calidad de erección y eyacule, pero era lo suficiente ser social como para reprimir el impulso y añadirlo a la actividad que presumía para después. Leí todo tipo de anuncios, carteles pegados toscamente en cualquier lado reclamando clientes u ofreciéndose como clientes, dietas milagrosas para adelgazar o consultas discretas para curar enfermedades vergonzantes y alargar miembros de melindroso tamaño. Me hizo sonreír condescendientemente toda aquella ingenuidad travestida de oportunismo y la calentura se me aminoró. Llegó el tren frenando en medio de chirridos y rebufos. Salió una buena parte de toda la humanidad que parecía confabulada para concentrarse en aquel punto del universo y otra buena parte, entre la que me encontraba, entró o mejor dicho fue entrada a empujones. Me esperaba por delante una docena de estaciones. No era preciso agarrarse a ningún sitio, sujeto por los que me circundaban como si fuese diputado de un partido que pierde su libertad de elección por serlo, para que no me moviese, me sentía prensado y amasado sin posibilidad de huida, obligado, preso. Me regocijaba con los ojos cerrados en mi detumescencia que me permitía notar presencia de órgano bajo mi pantalón sin la molestia del priapismo y con la humedad de la excitación que resbalaba fría ya por mi pierna. Parece mentira como en tales circunstancias de aprisionamiento nadie, salvo voluntad expresa, roce siquiera el sexo del colindante. Cuando llegamos a la primera parada y salieron los que tenían que hacerlo y alguno que no tenía intención de ello propulsados por los demás, entró carne fresca.
No tendría mas de treinta y cinco años, vestía una gabardina cruzada por debajo de la rodilla muy amartelada y calzaba unas botas altas que se perdían bajo la trinchera. Nada más pisar el vagón y dirigirme la mirada durante una décima de segundo lo supe. Hizo como que la riada humana la empujaba contra mí, cuando yo sabía que su voluntad de adosarse a mi cuerpo era inflexible y lo consiguió. Sonreí satisfecho, tanto por el acierto en mi suposición como por la caza que se consumaba una vez más, el espíritu del cazador al acecho se ensanchaba al verse recompensado tanto en su espera como en el olfato de saber como hay que esperar y ver donde los demás no son capaces de hacerlo; sin dudarlo, era un genio para estos menesteres.
Me colisionó con su cuerpo como si fuésemos dos bolas de billar y me pidió disculpas de inmediato con una voz recia y dulce al tiempo. Me relamí para mis adentros. Yo aguante la embestida y mi miembro endurecido y lleno con la celeridad de un airbag, se hundió en la blandura de su muslo mientras su otro muslo se introducía entre mis piernas. Volví a felicitarme de mi sabiduría y en mi cabeza grité un “LO SABÍA” que me ruborizó. Me miraba a hurtadillas a los ojos y yo le mantenía la mirada, dominando, mandando, me sonreía débilmente intentando confirmar lo que era más que evidente, pero yo no mudaba el gesto que sin ser serio no se vendía fácilmente, castigando, provocando el anhelo. Al arrancar el convoy aprovechó y me estrujó su muslo todavía más contra mi bragueta que estaba ya a reventar, quería un esclarecimiento rápido y se lo di. Creo que la hice daño con mi dureza en su pierna por un gesto de desagrado sorprendido que hizo, a buen seguro del tamaño que sintió, reprochando mi virilidad aunque felicitándose por ella y ofendida un punto al sentirse rendida de antemano.
Otra estación y mas presión aún por varios zombis que entraron sin que llegase a salir ninguno, nunca sabré si porque no les dejaron o porque aquella estación no era de la frecuentadas. Fue admirable la forma en la que aquella mujer consiguió girar sobre su eje en medio de tal presión para ofrecerme su espalda. Aquello me descolocó, he de confesarlo. ¿Me rechazaba?, ¿no le parecía adecuada mi anatomía en esas latitudes del cuerpo?, ¿había hecho un avistamiento de superior calado? Fue solo un instante, el preciso para que sintiese como una experta mano de largas uñas hurgaba en mi potrina, desabrochándome los botones – y aquí he de hacer un excursus a favor de los botones de la bragueta por encima de las antiestéticas y amenazadoras cremalleras que siempre penden cual espada punzante sobre las partes sensibles intimidándolas con un pellizco a destiempo que destemple toda situación de alta temperatura.
Estaba en que me desabrochaba los botones con maestría permitiendo que mi pene saltase hacia delante con lujuria urgente, jadeante. Supuse que su intención era la que era, pero estaba sorprendido, no me daba el tipo de pajillera de metro, entonces para qué diablos me la sacaba. Y me sorprendió. Haciendo gala de una maestría soberana me calzó un preservativo, no podía ser otra cosa la que provoca esa sensación de estiramiento de la piel en dirección al cuerpo. Con la soltura de quien lo ha hecho unas cuantas miles de veces se apartó la gabardina por su apertura trasera con una mano mientras que con la otra manejaba, más bien manporreaba, mi verga enfundada de látex, dirigiéndola a la cueva que escondía su trasero. Sentí en la punta de mi glande la hospitalidad templada de su ano y no tuve que efectuar ningún movimiento, lo hizo ella, imperceptible movimiento de adelante atrás con las caderas y quedé calzado en ella con evidente gozo en mi cara. Eso nunca lo había hecho en tal lugar y era ahora pieza codiciada de mi colección de rarezas. En esa postura y haciéndome navegar por los espacios siderales del placer mas exquisito ella volvió la cabeza sin mover el cuerpo y con una sonrisa malévola y de triunfadora en la guerra de las Galias como un Cesar invicto sobre un bárbaro crecido en su orgullo y humillado en el fondo de su corazón me pregunto con la voz ronca del vicio mas placentero.
- ¿No le estaré molestando?
Solo pude tragar saliva y sentir como mi cuerpo crecía aún más dentro de ella deseoso de arremeter furiosamente y vaciar mi esencia más bestial dentro de su cuerpo. Pero no hacía falta, ella estaba entrenada en esa especie de tailandés trasero, deseable y oscuro, esclavizante y ocultable. A ese sabio masajear de su cuerpo sobre el mío se sumaba el propio del traqueteo del tren a cada cambio de agujas o desnivel de raíles con lo que el clímax parecía acercarse implacable aunque muy lentamente. En medio del placer espeso y mareante que me estaba proporcionando, pensaba que si yo pudiese efectuar los pertinentes movimientos con la cadencia y tensión adecuados en décimas de segundo todo estaría terminado, pero su maestría me tenía preso de aquella dulzura que me privaba de toda libertad; me hubiese pedido que me tirase a la vía del metro y lo habría hecho gustoso, estaba entregado, rendido.
El orgasmo avanzaba moroso por el astil del mi pene partiendo de muy cerca de mi ano, una sensación desconocida para mí hasta ese momento, queriendo llegar a la punta del glande donde supuse que podía estallar en supernova, cuando mi desconocida amiga alcanzó mi mano derecha con la suya en la oscuridad del bosque de piernas y brazos caídos del vagón. Me condujo su mano bordeando su soberana cadera hasta la remota y oscura humedad y…, pienso yo que unos cincuenta mil voltios descargados de una sola vez en mis pezones no me hubieran provocada una sensación mas chocante y desagradable. Donde esperé encontrar refugio tibio y acogedor y empujón final con el que culminar un orgasmo sin par solo noté carne como roca, enhiesta, amenazante y caliente hasta la quemazón y si cabe de mayores dimensiones que las mías, de las que yo estaba tan orgulloso.
Retiré a un tiempo mano y cuerpo de su mano y de su cuerpo huyendo despavorido con mi mente de aquel entorno ya que con mi cuerpo era imposible. Con su cabeza vuelta sin variar un ápice su sonrisa salvo para preñarla de sarcasmo me susurró en un tono triunfante y a la vez reprochón.
- ¿Y donde está la diferencia, imbecil?, ¿no estabas disfrutando? No eres más que un esclavo de la convención, ¡abre tu mente!
En ese instante el convoy se detuvo y aquella estación pareció ejercer un reclamo para casi todo el personal porque el vagón se quedó casi vacío. La mujer o el hombre con pinta de mujer con el que estuve a punto de consumar un orgasmo de lo más lucido también se bajaba en la estación o se quiso bajar temiendo alguna reacción extemporánea mía pero me dio tiempo a contestarle serio y contrariado.
- Yo tengo la mente más abierta de lo que tú te crees, pero no me gusta que me engañen. Me gusta decidir a mi, que nadie lo haga en mi nombre. Quizá si…, bah.
Ella o él, me dirigió una mirada socarrona y despreciativa, y triunfante o así se creía que era y espetó al tiempo que se alejaba.
- Eso decís siempre todos. Pero vosotros os lo perdéis, no sois más que cabestros en rebaño, temerosos de saliros de manada, no sea que os señalen.
Me quedé perplejo viendo alejarse la gabardina con botas que a punto estuvo de tomarme el pelo sin darme cuenta  que los botones de mi pantalón estaban de par en par aún, si bien esa parte de mi cuerpo encogida tan deprisa como se estiró yacía defraudada por dentro del pantalón aunque a mi, cuando me di cuenta me pareció que era como una barra luminosa por fuera de la que estaba pendiente todo el vagón. Rojo como un libro de Mao miré a diestro y siniestro con cuidado intentando ver el reproche asqueado pintado en la cara de mis compañeros de viaje pero sin éxito. Nadie está pendiente de nadie, ¿a quien le importaba mi historia con un quien sabe qué? nos hubiésemos puesto a fornicar allí en medio y todos hubiesen mirado hacia otro lado como si nada pasara; la privacidad como categórico universal. A nadie le importa nadie.
Cuando volvió a arrancar el metro ya mas ligero de personal me agarré a la barra fría, viscosa de sudor y húmeda, para no caerme con las bruscas arrancadas y frenadas, dejándome llevar por la hipnosis que produce el pasar veloz de la pared del túnel por las ventanillas del vagón cerradas a cal y canto.
Estaba asombrado. La había tenido metida en caliente en el culo de un tío, lo que me estaba provocando ya nauseas, pero sin embargo no podía sustraerme al recuerdo de la sensación placentera cercanísima al orgasmo que estaba experimentando cuando a aquel tipejo no se le ocurrió más que comunicarme a que genero pertenecía aquel vaso impropio suyo donde yo me solazaba. Por mucho asco que sentía, y quería sentir aún más, para perdonarme haber sido protagonista de aquel incidente, no podía borrar de mi memoria intelectual y sensorial la magnifica sensación que percibía en ese preciso instante. Estaba empezando a ponerme nervioso sumido en las agitadas aguas de la ambigüedad, ¿seré yo maricón?, me interrogaba una y otra vez al comprobar que el recuerdo del placer conseguido no se desvanecía sino que se mostraba apetecible, estaba en esas digo cuando escuché por los altavoces del convoy que la siguiente estación era en la que tenía que apearme. Paseando camino del traje que tenía que recoger me despeje e hice todos los esfuerzos por olvidar. Lo conseguí en aquel momento.

III

- Que pronto has vuelto, no han pasado ni dos horas – exclamó sorprendida Marta al escuchar la puerta de casa.
- Ya ves, se me dieron bien las combinaciones de trenes y  no ha habido retrasos – me expliqué – voy a escribir un rato, a ver si termino de una puta vez lo del imbecil de Orihuela. Te he dejado el traje en la cómoda de la entrada.
Al referirme a Orihuela no pude dejar de trasladarme otra vez al vagón del Metro. Podía haber sido el culo del imbecil ese, ¡que asco!, ahora si era que asco, sentía autentico rechazo por el placer que podría haber sido de haber pertenecido a mi antiguo compañero el agujero donde estuve residenciado unos deliciosos minutos. Me reconforté al instante comprobando que efectivamente no era ningún maricon de esos, me daba pavor poder llegar a serlo y me llegué a preguntar si eso se podría llegar a ser con mas o menos esfuerzo y en resumidas cuentas, que era, ¿en que consistía ser maricón? era incapaz de responderme y además no tenía necesidad ni intención de responderme a preguntas que no me iban a llevar a ningún lado. Me sorprendí en estas disquisiciones delante del folio en blanco cuando Marta se acercó por detrás, me abrazó con dulzura y me besó en el cuello. La humedad de su lengua junto al roce suave de la seda de sus labios y el aroma a especias del perfume que se ponía para intentar excitarme consiguió el efecto adecuado y con mas presteza que pereza sentí que mi pene despertaba.
Me gustaba esa forma de iniciar el galanteo previo al sexo, abrazándome por detrás y mordisqueándome cuello y pulpejos de orejas.
- ¿Es que no me vas a dejar escribir?, mira que Orihuela…
- Deja al mariquita ese y vente a la cama conmigo, te deseo mucho mi amor, deseo que me hagas tuya y yo entregarme, sentirte dentro, agasajarte en mi cuerpo y que seamos solo uno.
Me levante de la silla al tiempo que me daba la vuelta hasta encontrar sus labios con mi boca. Fue un beso deseado y oportuno con el que me sentía plenamente reconciliado conmigo. Pensar solo que pudiera haber besado a aquel tío me levantaba el estomago, sin embargo besar con aquella intensidad a mi mujer me trasportaba y le daba vigorosas alas de acero a mi impulso, a mi deseo, si, deseaba hacer el amor con ella como hacía tiempo que no lo deseaba.
No sabía cuanto hacia que no disfrutaba de su piel, de su especial olor entremezclado con el mío, de su entrega y falta de destreza en la manipulación de mi sexo. Era muy brusca, pero ella creía que me trasportaba a paraísos ignorados de placer impar y no era capaz de desengañarla; resistía como siempre, sus embestidas de manos torpes y entregadísimas a mi servicio, con esas uñas asesinas que rasgaban la fina piel de mis bolsas y cuando ya era inevitable el derrumbe de mi virilidad por causa de la molestia que ella me procuraba, me escabullía en busca de su intimidad donde poder abrevar con delectación y avidez la sed de sexo que traía de la calle.
A medida que tomaba las medidas de su mas secreto escondite con la punta de mi lengua ansiosa de lubricidad, mas me era imposible quitarme de la cabeza la foto fija de mi persona entre muchas mas, ajenas a todo metiéndola en caliente en el trasero de aquel que me engañó con ser aquella, trasgrediendo, poniéndome en peligro, saltándome las normas, pero me daba cuenta a medida que más gemía Marta con mis caricias, que lo que mas me excitaba en realidad era la suprema trasgresión de haberlo hecho con un tío, y me daba un asco supremo, pero quien es capaz de distinguir la sensación de nausea en la boca del estomago por profunda repugnancia de esa otra sensación de vértigo que la vecindad del peligro instala en el centro de las entrañas, nubla la vista y acelera el corazón. Yo mantenía a salvo mi hombría puesto que fui engañado, sorprendido en mi buena fe (¿buena?) y en cuanto tomé cuenta de la celada me retiré asqueado de cuerpo y espíritu. Abandoné el caramelo escondido de mi mujer para refugiar mi cuerpo en el calor del de ella y olvidar así el episodio maldito del metro, pero ¡ay de mí!, no conseguía suplantar la memoria de aquel placer vicioso y espeso del vagón por el convencional, legal, aburrido y dulcísimo, todo había que reconocerlo, que me proporcionaba mi mujer. Finalmente como el que se tira a una piscina helada sabiendo que se va a ahogar o a morir de frío  intenté y conseguí dejar la mente en blanco, apartando de mi el recuerdo maligno y morboso del episodio del Metro y me dejé llevar por la tibieza de la piel y los susurros enamorados y entrecortados de Marta hasta alcanzar el mejor orgasmo de mi vida vaciándome en el cuerpo de mi mujer pero sin sentirla, como yo sabía que ella me sentía a mí, placer puramente físico, aunque eso sí, aderezado del cariño, amor o como quisiera llamarse a eso que sentía yo al verla a ella disfrutar de su enamoramiento. Era una muñeca hinflable en mis brazos y me dolía que así fuese porque estaba convencido de que la quería, a mi manera, quizá cínica, pero era la que conocía. Pero el sexo, ¡ah! el sexo, eso eran palabras mayores que en mi opinión nada tenían que ver con el amor, aunque a veces, en función de determinadas circunstancias se diese la coincidencia en el tiempo de amor y sexo, que eso si que era una bomba como la que hacia a Marta terminar desecha en lagrimas de alegría fundida en un abrazo conmigo que, he de ser sincero, terminaba por molestarme a fuer de no entender que significado tenía seguir abrazados si el sexo había sido consumado.
Estábamos tumbados sobre la cama, uno junto al otro muy acurrucada ella en el hueco de mi piel intentando penetrar mis más ocultos sentimientos, husmeando como un sabueso los rincones más oscuros de alma para averiguar donde estaba el truco. Marta sabía que mi amor no era el que ella destilaba y no lo entendía, porque para ella el amor solo podía ser de la forma que ella lo sentía, más que entenderlo y por eso estaba convencida que la engañaba. No había forma de hacerla comprender, ni se me hubiera ocurrido intentarlo, que mis escarceos eventuales no eran nada, no tenían valor, eran solo el cohete impulsor, que se desecha, porque solo vale para eso, y se olvida en cuanto pierde utilidad, que me pusiese en su orbita para hacerla alcanzar el brillo de la supernova mas deslumbrante. Marta quería a superman cuando yo no era más que un vulgar sancho atornillado a la tierra sin posibilidad de explorar otros mundos de su mano como no tuviese una energía extra que me indujese.
- Cesar. ¿Tú me quieres de verdad? – en su voz había valentía y temor a una respuesta no por indeseada, imposible.
- Marta, cariño, no se puede querer de mentira. El amor es o no es – contesté cínico intentando escabullirme.
- No te escapes, que pareces una anguila. Yo no soy tan inteligente como tu pero se lo mismo que tú que es lo que estoy preguntando.
Me quedé mirando la lámpara del techo unos momentos intentando dar una respuesta aceptable para los dos. No la quería como ella hubiese querido y tampoco quería empeñar mi palabra de forma que ella se engañase creyendo que tenía su mismo sentir.
- Hay que cambiar la pantalla de la lámpara, esta hecha una mierda – intenté cambiar de conversación.
- No me has contestado, cariño – estuvo unos instantes callada y a continuación se separó lentamente del refugio de mi regazo – debo entender que no me quieres; me lo imaginaba – le cambio el ritmo de la respiración y supe que empezaba a anegársele el alma de lagrimas de dentro.
- Espera, no te vayas. Tu sabes que te quiero como a nadie he querido – lo decía con el corazón en canal, aun sabiendo que el amor que le declaraba no era el que ella se imaginaba, hablábamos dos idiomas diferentes, los dos lo sabíamos y los dos queríamos mirar hacia otro lado, ella porque sabía que no podría vivir sin tenerme a su lado y yo porque no soportaba la idea de verla sufrir y menos si el daño era infringido por mi causa.
La atraje suavemente otra vez a mi lado fundiéndola con mi piel desnuda y estrechándola suavemente mientras ella se desangraba en llanto lento y sentido humedeciéndome el pecho, algo que por otra parte siempre me desagradó, pero no era el momento de ejercer de melindroso y aguanté el sentirme el pecho mojado porque ella estaba a gusto cerca de mi bautizándome con sus lagrimas para salvarme de mi original pecado de libertad por encima de cualquiera y a costa aún de mí mismo.
- ¿Me lo juras? – había ya en su palabra, ronroneo de credulidad, engatusamiento de aceptación, fe ciega de adepto que solo espera de su dios que le confirme con un leve coscorrón de cariño su atolondramiento por la duda.
Me limite a apretar más el abrazo y a plantarle un sonoro beso en la mejilla que fue poco a poco buscando el chispeo brillante de sus labios y la humedad de su boca hasta confundir las salivas en un beso tierno y profesional. Quedo ella contenta y serena durante un rato al cabo del cual cambiando de tono y hasta de hábito corporal me contó la llamada de mi hijo.
- Ha llamado Ramón. Se me había olvidado decírtelo.
- ¿Qué quería? – me extrañé yo mismo al escucharme de mi propia boca un tono de desconcierto y sobresalto.
- No me lo ha querido decir. Tú sabes que mis relaciones con tu hijo no son lo que podríamos decir muy fluidas. Solo me ha dicho que te lo dijese, que tenía que hablar contigo. Parecía urgido…, no se. Dijo que era importante.
Me volví en la cama buscando el reloj en la mesilla de noche.
- Me lo tenías que haber dicho antes, Marta – estaba realmente contrariado, me preocupaba que podría ser eso tan urgente que necesitaba decirme Ramón – ahora ya no son horas. Mañana a primera hora le llamaré.
Me aparté voluntariamente del contacto físico con Marta en una especie de liturgia, escenificación del gesto para significarle que estaba disgustado con ella. No era algo que quisiera verbalizarle porque en ese terreno ella era capaz de envolverme y destrozarme. Aunque yo era el que escribía, Marta era más rápida de argumento que yo y no tenía empacho en utilizar las armas más dañinas y miserables en la refriega si con eso se salía con la suya. Pero en el arte de la afrenta sin palabras yo era y sigo siendo un maestro. Ella sin resquicio a la duda captaría mi desagrado por haber sido informado ¿adrede?, tarde de la llamada de mi hijo y le supondría una sanción moral con la que yo me sentía resarcido por el daño injustamente infringido.
Clavé los ojos en el techo y efectivamente la lámpara tenía la pantalla llena de manchas. Me sorprendió esta frívola apreciación que si antes me había servido inútilmente como elemento de distracción ahora no estaba justificada porque ya solo estaba preocupado por la razón de la llamada de Ramón. ¿En que nuevo lío se habría metido este chico?
- ¿Te has enfadado? – preguntó lastimera
- No, no me he enfadado, estoy solo contrariado – mi boca intentó mentir pero mi aliento gritaba que estaba muy irritado y a cada segundo que pasaba mas irritado aún pensando que mi hijo pudiera estar pasando por un mal trago del que yo hubiera podido sacarle de haber sido avisado a tiempo.
- Si, si lo estás. Perdóname…
- Joder, Marta, ya se que Ramón no es tu ídolo pero de ahí a que le niegues el hablar con su padre – tenía ganas de masticármela.
- ¡Yo no tengo nada en contra de Ramón! Acuérdate bien… - estaba ya al punto del llanto desconsolado-
- Bueno, se acabó – me levanté de un salto de la cama y me metí en el baño dejándola a ella desconsolada y llorosa en la cama.
Después de ejercer de león enjaulado en el cuarto de baño sin decidirme a nada, me metí finalmente en la ducha, me sequé a la carrera y sin dar opción a que Marta traspasase mi barrera de orgullo y soberbia me vestí y me fui a la calle. Estaba irritadísimo y me era imposible dejar de pensar en Ramón. A los diez minutos de caminar sin rumbo por las calles desiertas y húmedas del centro me vine abajo, como siempre, y empecé la dura senda que asciende hasta lo más elevado de las razones de los demás, haciéndolas mías. Todo entonces se viene abajo y me acometen los remordimientos y las desesperanzas por ser siempre el último; así no se puede llegar nunca a ningún lado, siempre seré el cordero, nunca el león; aunque el cordero haya aprendido a rugir antes o después acaba por versele la lana sobre la piel y venirse abajo. Ese era yo. Volví sobre mis pasos aliviado por haberme quitado la razón a mi mismo una vez más y por imaginar lo contenta que iba a ponerse Marta cuando le pidiese perdón por una salida de tono más. Incalificable, que es con lo que le salía siempre a Orihuela cuando estábamos en la Facultad, y lo malo  es que llevaba razón y lo peor es que yo estaba encantado siendo así aunque me lo reprochase en tono jocoso para mis adentros y eso pienso es lo que me salvaba siempre de tirarme al tren.
El paso que era de tranco largo y apresurado cuando salía ciego de casa por la ira, se volvía al regresar, moroso y lúdico, corto, dulzón y relajado. Volví a pensar en Ramón, Monchete como le llamaba mi madre, pero ya no urgente y preocupado. Estaba calmado y lo que antes era todo negativo se volvió positivo por arte de la asunción del error de la iracundia. Si hubiese sido algo de verdad urgente habría vuelto a llamar o si fuese algo peor que urgente alguien se hubiera puesto oficialmente en contacto conmigo y al pensarlo se me erizaron de terror los pelos de la espalda, recorriéndomela el acero frío del dolor por lo posible. No sería nada, cosas de la edad, seguro. Llegué a casa, abrí la puerta y me dirigí al dormitorio donde Marta hacia el padre Simón en la cama tapada hasta las cejas. Le pedí perdón como siempre, se dejó querer como siempre también, aduje preocupación por mi hijo para no hacer el amor y ella me comprendió animándome a dormir y descansar asegurándome que no sería nada. Me callé cualquier tipo de respuesta, apagué la luz y deje volar mi mente a territorio de mi hijo donde poder refugiarme y estar a salvo entre sus recuerdos.

8.10.12

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