II
- No me la vayas a jugar otra
vez, por favor, no lo soportaría.
No se la iba a pegar. Iba a
intentar solo buscar algo de excitación, algo de veneno a ese aburguesamiento
sexual en el que había caído arrastrado por mi amor entendido a mi modo y en el
que Marta al parecer se encontraba tan cómoda. Necesitaba meterme en vena una
dosis de aventura en forma de mujer que me devolviese a mis años de juventud en
los que cada minuto era el último porque era infinito y podía y debía
exprimirse al extremo. Si quería permanecer al lado de Marta haciéndola feliz
necesitaba encontrar una mujer que me despertase el instinto adormecido y
primordial que me convertía en espontáneo, juvenil y fresco.
Estaba cerrando la puerta cuando
sonó el teléfono otra vez.
Marta venía corriendo con el
inalámbrico por el pasillo y con esa especie de excitación estupida por ser
Orihuela el que volvía a llamar y que sin poderlo remediar me cabreaba. De no
haber sabido cuales eran las inclinaciones sexuales del imbecil me habría mosqueado.
- Dime, ¿que quieres ahora
Antonio? Contesté cansino.
- ¡Quince días! Ni uno más.
- ¿Y para eso llamas?, mamarracho
– y sin esperar a su previsible contestación que podía reproducir hasta con los
signos de prosodia, pulsé el botón de colgar, entregue el aparato a Marta y sin
esperar a nada más, cerré la puerta de casa, no sin enfado y eché escaleras
abajo.
* * *
- Marta, ¿está mi padre? – era
una voz desapasionada pero tensa y fría.
- Tu padre ha salido, Ramón. ¿Qué
quieres ahora de él? – la voz de Marta era aún más fría que la de su
interlocutor y preñada de reproche. Necesitarás dinero, ¿no?
- Pues no, y además a ti no te
interesa que puedo querer de mi padre. Tú no eres nadie, ya hemos hablado de
eso. Te rogaría que le dijeses cuando vuelva que me llame, es importante…, por
favor – el tono de voz cambió de desafiante a lastimero e incluso implorante.
-Se lo diré, pero no se que te he
hecho yo para que me trates así. De cualquier forma soy la mujer de tu padre y
de alguna manera me debes algo de respeto.
- Mira Marta, no tengo ganas de
discutir ahora, lo siento si te he molestado. Sencillamente no nos caemos bien
el uno al otro y eso no va a tener solución a corto plazo…, y dudo también que
a largo lo tenga. Déjalo.
Ramón colgó el teléfono y recostó
la cabeza en el regazo de Alicia. Estuvo durante unos minutos acurrucado
sintiendo el calor de su amiga que jugueteó con los anillos que le perforaban
el labio inferior, para finalmente levantar la cabeza y preguntarle.
- ¿Por qué no puedo llevarme con
esa tía? – su tono de voz era sincero – es la mujer de mi padre y se supone que
se quieren, pero no la soporto, de verdad Alicia – se quedó pensativo con la
vista perdida entre las copas de los árboles del parque que se divisaba desde
la ventana - me echó a los ocho años del lado de mi padre y no se si podré
perdonárselo alguna vez. Sí, de acuerdo, con mi abuela no me faltó de nada,
pero no es lo mismo, te lo aseguro. Yo quiero mucho a mi padre y he sufrido con
mucho dolor su ausencia. No se cómo se tomará lo nuestro, pero de lo que estoy
seguro es que para ella va a ser motivo de anatema y hasta que punto va a influir
en mi padre, no se…
- ¿Y si tu padre no lo aprueba?
- Es mi vida, Alicia, mi vida, la
tuya, la nuestra. Él, que viva la suya con Marta, yo viviré la mía contigo, le
gusté a él o no, aunque preferiría que él lo aceptase. Estoy casi convencido
que él de alguna forma ya lo sabe. A él las mujeres le enloquecen y pierde la
chaveta por unas faldas; por eso en muchas ocasiones me ha resaltado su extrañeza
acerca de la ausencia de mujeres en mi vida. Ahora, esto le va a parecer
extraño. Para mí que lo tiene tragado, solo le hace falta que yo se lo
verbalice para que se de cuenta de cómo soy en realidad. Nunca me ha conocido
relación y no se que se pensará Se que le costará colocar esta pieza que soy yo
en su mundo pero estoy convencido que me encontrara el acomodo.
- Has dicho que te echó del lado
de tu padre a los ocho años – preguntó con extrañeza Alicia – eso no me lo
habías contado tú.
- ¡Mujer!, echar, echar, lo que
se dice echar no es, me marché yo. Verás. Ya sabes lo de mi madre, yo no lo
llegué a ver, cuando volvía del colegio solo vi a mucha gente rara en casa que
entraba y salía y sacaba fotos y a mi padre llorando que en cuanto me vio me
agarró tan fuerte y me dio tantos besos que por poco no me asfixia. Los
primeros meses después de aquello, mi
abuela, la madre de mi padre, me sacó adelante, mi padre no tenía idea de cómo
manejar un crío ni estaba para nada al morir mi madre. Cuando tenía dos años mi
padre se hizo cargo de mí porque trabajaba y sigue trabajando en casa aún y mi
madre todo el día fuera, así que casi no la veía. Yo era feliz con él. Le
adoro. Pero es como es, y si no tiene un coño al lado se muere. Encontró a
Marta…, o Marta le encontró a él que no lo se y quiso convertirse en mi madre.
A mi eso no me importó demasiado, en realidad no había conocido a la de verdad,
pero con lo que no pude es con que se metiese por medio en nuestro buen rollo.
Mi padre empezó a cambiar, ya no era el mismo y las broncas menudeaban, por
buenos y malos temporales. No conseguía hacer una a derechas, al parecer todo
eran trastadas. Me enfrenté a ella y puse a mi padre en el disparadero, o ella
o yo; estúpido de mí, hoy no lo habría planteado así, sabiendo la debilidad de
mi padre no había disyuntiva, era ella sin lugar a reflexión alguna. Y me fui
con mi abuela Gloria. Sé que a mi padre se le partió el corazón y hoy se además
que es capaz de vivir con el corazón partido pero con la poya dura, como no sería
capaz de vivir es sin sexo; un coño al lado, lo que te he dicho.
- Bueno ya está bien de hablar de
tías – susurró al oído Alicia a Ramón - sabes que no me van.
Ramón rodeó con sus brazos el
cuello a su amiga y le regaló un apasionado y al tiempo sereno y prolongado
beso de seda en los labios haciéndose entrechocar sus anillos labiales.
- No se que haría sin ti, Alicia,
de verdad, creo que terminaría mis días de la forma mas rápida e indolora – le
miraba ahora a los ojos verdes como escarabajos, brillantes como malaquitas,
muy cerca.
Alicia se limitó a sonreír y
enamorar un poco más a Ramón con su sonrisa de otoño para volver a besarle en
silencio. Ramón cerró los ojos y se dejó llevar.
* * *
En el fondo me jodía bastante
tener que ir a la otra punta de la ciudad a recoger no se que historia de traje
para una maldita fiesta pero no era mal alcahuete para mi búsqueda. Tenía
cobertura al menos para tres horas.
Decidí coger el metro para
ahorrar minutos llegando cuanto antes y poder utilizar el resto del tiempo para
mis manejos. Solo el pensar que iba a ser libre para buscar lo desconocido
hacía que sintiese como mi bajo vientre despertaba y se desperezaba con un buen
estirón que abultase el pantalón groseramente lo que no intentaría ocultar; me
satisfacía todavía más que todo el mundo viese mi excitación, era como si
llevase un luminoso reclamando atención y si esa atención era correspondida por
algún moscón inconveniente ya sabría yo como ahuyentarle. Solo me interesaban
las mosquitas cosquillosas y de pensarlo no podía dejar de tragar saliva y
sentir como se me aceleraba el corazón.
Tome el metro en Centro y me
dirigí en dirección sur. A esas horas el entramado de túneles conformaban un
perfecto hormiguero, tanto por la aglomeración de especimenes clónicos hasta la
hilaridad, que parecían conducidos todos por una extraña señal emitida por un
ojo que todo lo ve, como por el nauseabundo olor a sudor espeso y acido que
supongo debe haber en un hormiguero. Como si de un aparato de alta precisión se
tratara todos mis sentidos se aplicaron a detectar posibles dianas que
satisficiesen mis intenciones. Y había muchas de todas las edades. Me deshacía
de escalofríos pensando en lo que sería estar a disposición de todas ellas a la
vez, exultaba de gozo al saberme dueño de mí y a mis anchas sin cortapisa
alguna. Una vez en mi andén y después de sentir que de un momento a otro se me
saltarían las costuras de la cremallera opté por intentar pensar en otra cosa
porque empezaba a marearme a impulsos de bombeos desatados de sangre en mi
cabeza por la excitación de la caza y a sentir que de un momento a otro me iba a vaciar allí mismo; en
el fondo deseaba hacerlo, allí delante de todos para que viesen cual era mi
calidad de erección y eyacule, pero era lo suficiente ser social como para
reprimir el impulso y añadirlo a la actividad que presumía para después. Leí
todo tipo de anuncios, carteles pegados toscamente en cualquier lado reclamando
clientes u ofreciéndose como clientes, dietas milagrosas para adelgazar o
consultas discretas para curar enfermedades vergonzantes y alargar miembros de
melindroso tamaño. Me hizo sonreír condescendientemente toda aquella ingenuidad
travestida de oportunismo y la calentura se me aminoró. Llegó el tren frenando
en medio de chirridos y rebufos. Salió una buena parte de toda la humanidad que
parecía confabulada para concentrarse en aquel punto del universo y otra buena
parte, entre la que me encontraba, entró o mejor dicho fue entrada a empujones.
Me esperaba por delante una docena de estaciones. No era preciso agarrarse a
ningún sitio, sujeto por los que me circundaban como si fuese diputado de un
partido que pierde su libertad de elección por serlo, para que no me moviese,
me sentía prensado y amasado sin posibilidad de huida, obligado, preso. Me
regocijaba con los ojos cerrados en mi detumescencia que me permitía notar
presencia de órgano bajo mi pantalón sin la molestia del priapismo y con la
humedad de la excitación que resbalaba fría ya por mi pierna. Parece mentira
como en tales circunstancias de aprisionamiento nadie, salvo voluntad expresa,
roce siquiera el sexo del colindante. Cuando llegamos a la primera parada y
salieron los que tenían que hacerlo y alguno que no tenía intención de ello
propulsados por los demás, entró carne fresca.
No tendría mas de treinta y cinco
años, vestía una gabardina cruzada por debajo de la rodilla muy amartelada y
calzaba unas botas altas que se perdían bajo la trinchera. Nada más pisar el
vagón y dirigirme la mirada durante una décima de segundo lo supe. Hizo como
que la riada humana la empujaba contra mí, cuando yo sabía que su voluntad de
adosarse a mi cuerpo era inflexible y lo consiguió. Sonreí satisfecho, tanto
por el acierto en mi suposición como por la caza que se consumaba una vez más,
el espíritu del cazador al acecho se ensanchaba al verse recompensado tanto en
su espera como en el olfato de saber como hay que esperar y ver donde los demás
no son capaces de hacerlo; sin dudarlo, era un genio para estos menesteres.
Me colisionó con su cuerpo como
si fuésemos dos bolas de billar y me pidió disculpas de inmediato con una voz
recia y dulce al tiempo. Me relamí para mis adentros. Yo aguante la embestida y
mi miembro endurecido y lleno con la celeridad de un airbag, se hundió en la
blandura de su muslo mientras su otro muslo se introducía entre mis piernas. Volví
a felicitarme de mi sabiduría y en mi cabeza grité un “LO SABÍA” que me
ruborizó. Me miraba a hurtadillas a los ojos y yo le mantenía la mirada,
dominando, mandando, me sonreía débilmente intentando confirmar lo que era más
que evidente, pero yo no mudaba el gesto que sin ser serio no se vendía
fácilmente, castigando, provocando el anhelo. Al arrancar el convoy aprovechó y
me estrujó su muslo todavía más contra mi bragueta que estaba ya a reventar,
quería un esclarecimiento rápido y se lo di. Creo que la hice daño con mi
dureza en su pierna por un gesto de desagrado sorprendido que hizo, a buen
seguro del tamaño que sintió, reprochando mi virilidad aunque felicitándose por
ella y ofendida un punto al sentirse rendida de antemano.
Otra estación y mas presión aún
por varios zombis que entraron sin que llegase a salir ninguno, nunca sabré si
porque no les dejaron o porque aquella estación no era de la frecuentadas. Fue
admirable la forma en la que aquella mujer consiguió girar sobre su eje en
medio de tal presión para ofrecerme su espalda. Aquello me descolocó, he de
confesarlo. ¿Me rechazaba?, ¿no le parecía adecuada mi anatomía en esas
latitudes del cuerpo?, ¿había hecho un avistamiento de superior calado? Fue
solo un instante, el preciso para que sintiese como una experta mano de largas
uñas hurgaba en mi potrina, desabrochándome los botones – y aquí he de hacer un
excursus a favor de los botones de la bragueta por encima de las antiestéticas
y amenazadoras cremalleras que siempre penden cual espada punzante sobre las
partes sensibles intimidándolas con un pellizco a destiempo que destemple toda
situación de alta temperatura.
Estaba en que me desabrochaba los
botones con maestría permitiendo que mi pene saltase hacia delante con lujuria
urgente, jadeante. Supuse que su intención era la que era, pero estaba sorprendido,
no me daba el tipo de pajillera de metro, entonces para qué diablos me la
sacaba. Y me sorprendió. Haciendo gala de una maestría soberana me calzó un
preservativo, no podía ser otra cosa la que provoca esa sensación de
estiramiento de la piel en dirección al cuerpo. Con la soltura de quien lo ha
hecho unas cuantas miles de veces se apartó la gabardina por su apertura
trasera con una mano mientras que con la otra manejaba, más bien manporreaba,
mi verga enfundada de látex, dirigiéndola a la cueva que escondía su trasero.
Sentí en la punta de mi glande la hospitalidad templada de su ano y no tuve que
efectuar ningún movimiento, lo hizo ella, imperceptible movimiento de adelante
atrás con las caderas y quedé calzado en ella con evidente gozo en mi cara. Eso
nunca lo había hecho en tal lugar y era ahora pieza codiciada de mi colección
de rarezas. En esa postura y haciéndome navegar por los espacios siderales del
placer mas exquisito ella volvió la cabeza sin mover el cuerpo y con una
sonrisa malévola y de triunfadora en la guerra de las Galias como un Cesar
invicto sobre un bárbaro crecido en su orgullo y humillado en el fondo de su
corazón me pregunto con la voz ronca del vicio mas placentero.
- ¿No le estaré molestando?
Solo pude tragar saliva y sentir
como mi cuerpo crecía aún más dentro de ella deseoso de arremeter furiosamente
y vaciar mi esencia más bestial dentro de su cuerpo. Pero no hacía falta, ella
estaba entrenada en esa especie de tailandés trasero, deseable y oscuro,
esclavizante y ocultable. A ese sabio masajear de su cuerpo sobre el mío se
sumaba el propio del traqueteo del tren a cada cambio de agujas o desnivel de
raíles con lo que el clímax parecía acercarse implacable aunque muy lentamente.
En medio del placer espeso y mareante que me estaba proporcionando, pensaba que
si yo pudiese efectuar los pertinentes movimientos con la cadencia y tensión
adecuados en décimas de segundo todo estaría terminado, pero su maestría me
tenía preso de aquella dulzura que me privaba de toda libertad; me hubiese
pedido que me tirase a la vía del metro y lo habría hecho gustoso, estaba
entregado, rendido.
El orgasmo avanzaba moroso por el
astil del mi pene partiendo de muy cerca de mi ano, una sensación desconocida
para mí hasta ese momento, queriendo llegar a la punta del glande donde supuse
que podía estallar en supernova, cuando mi desconocida amiga alcanzó mi mano
derecha con la suya en la oscuridad del bosque de piernas y brazos caídos del
vagón. Me condujo su mano bordeando su soberana cadera hasta la remota y oscura
humedad y…, pienso yo que unos cincuenta mil voltios descargados de una sola
vez en mis pezones no me hubieran provocada una sensación mas chocante y
desagradable. Donde esperé encontrar refugio tibio y acogedor y empujón final
con el que culminar un orgasmo sin par solo noté carne como roca, enhiesta,
amenazante y caliente hasta la quemazón y si cabe de mayores dimensiones que
las mías, de las que yo estaba tan orgulloso.
Retiré a un tiempo mano y cuerpo
de su mano y de su cuerpo huyendo despavorido con mi mente de aquel entorno ya
que con mi cuerpo era imposible. Con su cabeza vuelta sin variar un ápice su
sonrisa salvo para preñarla de sarcasmo me susurró en un tono triunfante y a la
vez reprochón.
- ¿Y donde está la diferencia,
imbecil?, ¿no estabas disfrutando? No eres más que un esclavo de la convención,
¡abre tu mente!
En ese instante el convoy se
detuvo y aquella estación pareció ejercer un reclamo para casi todo el personal
porque el vagón se quedó casi vacío. La mujer o el hombre con pinta de mujer
con el que estuve a punto de consumar un orgasmo de lo más lucido también se
bajaba en la estación o se quiso bajar temiendo alguna reacción extemporánea
mía pero me dio tiempo a contestarle serio y contrariado.
- Yo tengo la mente más abierta
de lo que tú te crees, pero no me gusta que me engañen. Me gusta decidir a mi,
que nadie lo haga en mi nombre. Quizá si…, bah.
Ella o él, me dirigió una mirada
socarrona y despreciativa, y triunfante o así se creía que era y espetó al
tiempo que se alejaba.
- Eso decís siempre todos. Pero
vosotros os lo perdéis, no sois más que cabestros en rebaño, temerosos de
saliros de manada, no sea que os señalen.
Me quedé perplejo viendo alejarse
la gabardina con botas que a punto estuvo de tomarme el pelo sin darme
cuenta que los botones de mi pantalón
estaban de par en par aún, si bien esa parte de mi cuerpo encogida tan deprisa
como se estiró yacía defraudada por dentro del pantalón aunque a mi, cuando me
di cuenta me pareció que era como una barra luminosa por fuera de la que estaba
pendiente todo el vagón. Rojo como un libro de Mao miré a diestro y siniestro
con cuidado intentando ver el reproche asqueado pintado en la cara de mis
compañeros de viaje pero sin éxito. Nadie está pendiente de nadie, ¿a quien le
importaba mi historia con un quien sabe qué? nos hubiésemos puesto a fornicar
allí en medio y todos hubiesen mirado hacia otro lado como si nada pasara; la
privacidad como categórico universal. A nadie le importa nadie.
Cuando volvió a arrancar el metro
ya mas ligero de personal me agarré a la barra fría, viscosa de sudor y húmeda,
para no caerme con las bruscas arrancadas y frenadas, dejándome llevar por la
hipnosis que produce el pasar veloz de la pared del túnel por las ventanillas
del vagón cerradas a cal y canto.
Estaba asombrado. La había tenido
metida en caliente en el culo de un tío, lo que me estaba provocando ya
nauseas, pero sin embargo no podía sustraerme al recuerdo de la sensación
placentera cercanísima al orgasmo que estaba experimentando cuando a aquel
tipejo no se le ocurrió más que comunicarme a que genero pertenecía aquel vaso
impropio suyo donde yo me solazaba. Por mucho asco que sentía, y quería sentir
aún más, para perdonarme haber sido protagonista de aquel incidente, no podía
borrar de mi memoria intelectual y sensorial la magnifica sensación que
percibía en ese preciso instante. Estaba empezando a ponerme nervioso sumido en
las agitadas aguas de la ambigüedad, ¿seré yo maricón?, me interrogaba una y
otra vez al comprobar que el recuerdo del placer conseguido no se desvanecía
sino que se mostraba apetecible, estaba en esas digo cuando escuché por los
altavoces del convoy que la siguiente estación era en la que tenía que apearme.
Paseando camino del traje que tenía que recoger me despeje e hice todos los
esfuerzos por olvidar. Lo conseguí en aquel momento.
III
- Que pronto has vuelto, no han
pasado ni dos horas – exclamó sorprendida Marta al escuchar la puerta de casa.
- Ya ves, se me dieron bien las
combinaciones de trenes y no ha habido
retrasos – me expliqué – voy a escribir un rato, a ver si termino de una puta
vez lo del imbecil de Orihuela. Te he dejado el traje en la cómoda de la
entrada.
Al referirme a Orihuela no pude
dejar de trasladarme otra vez al vagón del Metro. Podía haber sido el culo del
imbecil ese, ¡que asco!, ahora si era que asco, sentía autentico rechazo por el
placer que podría haber sido de haber pertenecido a mi antiguo compañero el agujero
donde estuve residenciado unos deliciosos minutos. Me reconforté al instante
comprobando que efectivamente no era ningún maricon de esos, me daba pavor
poder llegar a serlo y me llegué a preguntar si eso se podría llegar a ser con
mas o menos esfuerzo y en resumidas cuentas, que era, ¿en que consistía ser
maricón? era incapaz de responderme y además no tenía necesidad ni intención de
responderme a preguntas que no me iban a llevar a ningún lado. Me sorprendí en
estas disquisiciones delante del folio en blanco cuando Marta se acercó por
detrás, me abrazó con dulzura y me besó en el cuello. La humedad de su lengua
junto al roce suave de la seda de sus labios y el aroma a especias del perfume
que se ponía para intentar excitarme consiguió el efecto adecuado y con mas
presteza que pereza sentí que mi pene despertaba.
Me gustaba esa forma de iniciar
el galanteo previo al sexo, abrazándome por detrás y mordisqueándome cuello y
pulpejos de orejas.
- ¿Es que no me vas a dejar
escribir?, mira que Orihuela…
- Deja al mariquita ese y vente a
la cama conmigo, te deseo mucho mi amor, deseo que me hagas tuya y yo
entregarme, sentirte dentro, agasajarte en mi cuerpo y que seamos solo uno.
Me levante de la silla al tiempo
que me daba la vuelta hasta encontrar sus labios con mi boca. Fue un beso
deseado y oportuno con el que me sentía plenamente reconciliado conmigo. Pensar
solo que pudiera haber besado a aquel tío me levantaba el estomago, sin embargo
besar con aquella intensidad a mi mujer me trasportaba y le daba vigorosas alas
de acero a mi impulso, a mi deseo, si, deseaba hacer el amor con ella como
hacía tiempo que no lo deseaba.
No sabía cuanto hacia que no
disfrutaba de su piel, de su especial olor entremezclado con el mío, de su
entrega y falta de destreza en la manipulación de mi sexo. Era muy brusca, pero
ella creía que me trasportaba a paraísos ignorados de placer impar y no era
capaz de desengañarla; resistía como siempre, sus embestidas de manos torpes y
entregadísimas a mi servicio, con esas uñas asesinas que rasgaban la fina piel
de mis bolsas y cuando ya era inevitable el derrumbe de mi virilidad por causa
de la molestia que ella me procuraba, me escabullía en busca de su intimidad
donde poder abrevar con delectación y avidez la sed de sexo que traía de la
calle.
A medida que tomaba las medidas de
su mas secreto escondite con la punta de mi lengua ansiosa de lubricidad, mas
me era imposible quitarme de la cabeza la foto fija de mi persona entre muchas
mas, ajenas a todo metiéndola en caliente en el trasero de aquel que me engañó
con ser aquella, trasgrediendo, poniéndome en peligro, saltándome las normas,
pero me daba cuenta a medida que más gemía Marta con mis caricias, que lo que
mas me excitaba en realidad era la suprema trasgresión de haberlo hecho con un
tío, y me daba un asco supremo, pero quien es capaz de distinguir la sensación
de nausea en la boca del estomago por profunda repugnancia de esa otra
sensación de vértigo que la vecindad del peligro instala en el centro de las
entrañas, nubla la vista y acelera el corazón. Yo mantenía a salvo mi hombría
puesto que fui engañado, sorprendido en mi buena fe (¿buena?) y en cuanto tomé
cuenta de la celada me retiré asqueado de cuerpo y espíritu. Abandoné el
caramelo escondido de mi mujer para refugiar mi cuerpo en el calor del de ella
y olvidar así el episodio maldito del metro, pero ¡ay de mí!, no conseguía
suplantar la memoria de aquel placer vicioso y espeso del vagón por el
convencional, legal, aburrido y dulcísimo, todo había que reconocerlo, que me
proporcionaba mi mujer. Finalmente como el que se tira a una piscina helada
sabiendo que se va a ahogar o a morir de frío intenté y conseguí dejar la mente en blanco,
apartando de mi el recuerdo maligno y morboso del episodio del Metro y me dejé
llevar por la tibieza de la piel y los susurros enamorados y entrecortados de
Marta hasta alcanzar el mejor orgasmo de mi vida vaciándome en el cuerpo de mi
mujer pero sin sentirla, como yo sabía que ella me sentía a mí, placer
puramente físico, aunque eso sí, aderezado del cariño, amor o como quisiera
llamarse a eso que sentía yo al verla a ella disfrutar de su enamoramiento. Era
una muñeca hinflable en mis brazos y me dolía que así fuese porque estaba
convencido de que la quería, a mi manera, quizá cínica, pero era la que conocía.
Pero el sexo, ¡ah! el sexo, eso eran palabras mayores que en mi opinión nada
tenían que ver con el amor, aunque a veces, en función de determinadas
circunstancias se diese la coincidencia en el tiempo de amor y sexo, que eso si
que era una bomba como la que hacia a Marta terminar desecha en lagrimas de
alegría fundida en un abrazo conmigo que, he de ser sincero, terminaba por
molestarme a fuer de no entender que significado tenía seguir abrazados si el
sexo había sido consumado.
Estábamos tumbados sobre la cama,
uno junto al otro muy acurrucada ella en el hueco de mi piel intentando
penetrar mis más ocultos sentimientos, husmeando como un sabueso los rincones
más oscuros de alma para averiguar donde estaba el truco. Marta sabía que mi
amor no era el que ella destilaba y no lo entendía, porque para ella el amor
solo podía ser de la forma que ella lo sentía, más que entenderlo y por eso
estaba convencida que la engañaba. No había forma de hacerla comprender, ni se
me hubiera ocurrido intentarlo, que mis escarceos eventuales no eran nada, no
tenían valor, eran solo el cohete impulsor, que se desecha, porque solo vale
para eso, y se olvida en cuanto pierde utilidad, que me pusiese en su orbita
para hacerla alcanzar el brillo de la supernova mas deslumbrante. Marta quería
a superman cuando yo no era más que un vulgar sancho atornillado a la tierra
sin posibilidad de explorar otros mundos de su mano como no tuviese una energía
extra que me indujese.
- Cesar. ¿Tú me quieres de
verdad? – en su voz había valentía y temor a una respuesta no por indeseada,
imposible.
- Marta, cariño, no se puede
querer de mentira. El amor es o no es – contesté cínico intentando
escabullirme.
- No te escapes, que pareces una
anguila. Yo no soy tan inteligente como tu pero se lo mismo que tú que es lo
que estoy preguntando.
Me quedé mirando la lámpara del
techo unos momentos intentando dar una respuesta aceptable para los dos. No la
quería como ella hubiese querido y tampoco quería empeñar mi palabra de forma que
ella se engañase creyendo que tenía su mismo sentir.
- Hay que cambiar la pantalla de
la lámpara, esta hecha una mierda – intenté cambiar de conversación.
- No me has contestado, cariño –
estuvo unos instantes callada y a continuación se separó lentamente del refugio
de mi regazo – debo entender que no me quieres; me lo imaginaba – le cambio el
ritmo de la respiración y supe que empezaba a anegársele el alma de lagrimas de
dentro.
- Espera, no te vayas. Tu sabes
que te quiero como a nadie he querido – lo decía con el corazón en canal, aun
sabiendo que el amor que le declaraba no era el que ella se imaginaba,
hablábamos dos idiomas diferentes, los dos lo sabíamos y los dos queríamos
mirar hacia otro lado, ella porque sabía que no podría vivir sin tenerme a su
lado y yo porque no soportaba la idea de verla sufrir y menos si el daño era
infringido por mi causa.
La atraje suavemente otra vez a
mi lado fundiéndola con mi piel desnuda y estrechándola suavemente mientras
ella se desangraba en llanto lento y sentido humedeciéndome el pecho, algo que
por otra parte siempre me desagradó, pero no era el momento de ejercer de
melindroso y aguanté el sentirme el pecho mojado porque ella estaba a gusto
cerca de mi bautizándome con sus lagrimas para salvarme de mi original pecado
de libertad por encima de cualquiera y a costa aún de mí mismo.
- ¿Me lo juras? – había ya en su
palabra, ronroneo de credulidad, engatusamiento de aceptación, fe ciega de
adepto que solo espera de su dios que le confirme con un leve coscorrón de
cariño su atolondramiento por la duda.
Me limite a apretar más el abrazo
y a plantarle un sonoro beso en la mejilla que fue poco a poco buscando el
chispeo brillante de sus labios y la humedad de su boca hasta confundir las
salivas en un beso tierno y profesional. Quedo ella contenta y serena durante
un rato al cabo del cual cambiando de tono y hasta de hábito corporal me contó
la llamada de mi hijo.
- Ha llamado Ramón. Se me había
olvidado decírtelo.
- ¿Qué quería? – me extrañé yo
mismo al escucharme de mi propia boca un tono de desconcierto y sobresalto.
- No me lo ha querido decir. Tú
sabes que mis relaciones con tu hijo no son lo que podríamos decir muy fluidas.
Solo me ha dicho que te lo dijese, que tenía que hablar contigo. Parecía
urgido…, no se. Dijo que era importante.
Me volví en la cama buscando el
reloj en la mesilla de noche.
- Me lo tenías que haber dicho
antes, Marta – estaba realmente contrariado, me preocupaba que podría ser eso
tan urgente que necesitaba decirme Ramón – ahora ya no son horas. Mañana a
primera hora le llamaré.
Me aparté voluntariamente del
contacto físico con Marta en una especie de liturgia, escenificación del gesto
para significarle que estaba disgustado con ella. No era algo que quisiera
verbalizarle porque en ese terreno ella era capaz de envolverme y destrozarme.
Aunque yo era el que escribía, Marta era más rápida de argumento que yo y no
tenía empacho en utilizar las armas más dañinas y miserables en la refriega si
con eso se salía con la suya. Pero en el arte de la afrenta sin palabras yo era
y sigo siendo un maestro. Ella sin resquicio a la duda captaría mi desagrado
por haber sido informado ¿adrede?, tarde de la llamada de mi hijo y le
supondría una sanción moral con la que yo me sentía resarcido por el daño
injustamente infringido.
Clavé los ojos en el techo y
efectivamente la lámpara tenía la pantalla llena de manchas. Me sorprendió esta
frívola apreciación que si antes me había servido inútilmente como elemento de
distracción ahora no estaba justificada porque ya solo estaba preocupado por la
razón de la llamada de Ramón. ¿En que nuevo lío se habría metido este chico?
- ¿Te has enfadado? – preguntó
lastimera
- No, no me he enfadado, estoy
solo contrariado – mi boca intentó mentir pero mi aliento gritaba que estaba muy
irritado y a cada segundo que pasaba mas irritado aún pensando que mi hijo
pudiera estar pasando por un mal trago del que yo hubiera podido sacarle de
haber sido avisado a tiempo.
- Si, si lo estás. Perdóname…
- Joder, Marta, ya se que Ramón
no es tu ídolo pero de ahí a que le niegues el hablar con su padre – tenía
ganas de masticármela.
- ¡Yo no tengo nada en contra de
Ramón! Acuérdate bien… - estaba ya al punto del llanto desconsolado-
- Bueno, se acabó – me levanté de
un salto de la cama y me metí en el baño dejándola a ella desconsolada y
llorosa en la cama.
Después de ejercer de león
enjaulado en el cuarto de baño sin decidirme a nada, me metí finalmente en la
ducha, me sequé a la carrera y sin dar opción a que Marta traspasase mi barrera
de orgullo y soberbia me vestí y me fui a la calle. Estaba irritadísimo y me
era imposible dejar de pensar en Ramón. A los diez minutos de caminar sin rumbo
por las calles desiertas y húmedas del centro me vine abajo, como siempre, y
empecé la dura senda que asciende hasta lo más elevado de las razones de los
demás, haciéndolas mías. Todo entonces se viene abajo y me acometen los
remordimientos y las desesperanzas por ser siempre el último; así no se puede
llegar nunca a ningún lado, siempre seré el cordero, nunca el león; aunque el
cordero haya aprendido a rugir antes o después acaba por versele la lana sobre
la piel y venirse abajo. Ese era yo. Volví sobre mis pasos aliviado por haberme
quitado la razón a mi mismo una vez más y por imaginar lo contenta que iba a
ponerse Marta cuando le pidiese perdón por una salida de tono más. Incalificable,
que es con lo que le salía siempre a Orihuela cuando estábamos en la Facultad , y lo malo es que llevaba razón y lo peor es que yo
estaba encantado siendo así aunque me lo reprochase en tono jocoso para mis
adentros y eso pienso es lo que me salvaba siempre de tirarme al tren.
El paso que era de tranco largo y
apresurado cuando salía ciego de casa por la ira, se volvía al regresar, moroso
y lúdico, corto, dulzón y relajado. Volví a pensar en Ramón, Monchete como le
llamaba mi madre, pero ya no urgente y preocupado. Estaba calmado y lo que
antes era todo negativo se volvió positivo por arte de la asunción del error de
la iracundia. Si hubiese sido algo de verdad urgente habría vuelto a llamar o
si fuese algo peor que urgente alguien se hubiera puesto oficialmente en
contacto conmigo y al pensarlo se me erizaron de terror los pelos de la espalda,
recorriéndomela el acero frío del dolor por lo posible. No sería nada, cosas de
la edad, seguro. Llegué a casa, abrí la puerta y me dirigí al dormitorio donde
Marta hacia el padre Simón en la cama tapada hasta las cejas. Le pedí perdón
como siempre, se dejó querer como siempre también, aduje preocupación por mi
hijo para no hacer el amor y ella me comprendió animándome a dormir y descansar
asegurándome que no sería nada. Me callé cualquier tipo de respuesta, apagué la
luz y deje volar mi mente a territorio de mi hijo donde poder refugiarme y
estar a salvo entre sus recuerdos.
8.10.12

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