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domingo, 14 de octubre de 2012

ANA Y LAS CIGÜEÑAS II

Ana y las Cigüeñas II


-Mamá, mamá, mamá.
-Ya, ya voy. ¿Qué pasa ahora?, has vuelto a tener otra pesadilla. Ya es hora de levantarse, contra la pereza, diligencia, ala, a lavarse la cara y a vestirse que ya te pongo el desayuno. Y lávate bien las orejas.
Apartando la ropa de cama, se quedó un rato sentada en el filo sopesando si aquello tan bonito y real era un sueño o de verdad había volado con las cigüeñas. Ella preferiría que el sueño fuese este,  tener que lavarse y vestirse para ir al colegio, pero el escalofrío que le recorrió el cuerpo cuando el agua  le acarició sus mejillas era desagradablemente real, como la frialdad de la ropa cuando se estaba vistiendo. Rendida a la realidad entró en la cocina dónde ya humeaba un tazón de leche caliente y una pila de galletas “María” montaba guardia a su lado. Todo el camino que le separaba del colegio estuvo esperando inútilmente que de repente Ue o Cig se plantasen a su lado para invitarle a dar una vuelta. Se le ocurrían infinidad de sitios dónde llevarles y multitud de historias que contar e igualmente ávida ella de experiencias narradas de sitios lejanos, dónde les hubiesen llevado sus viajes de migración a sus amigas. No conseguía borrarse de la memoria aquel vuelo tan placido en el que se sentía en perfecta comunión con la naturaleza a través del vuelo experto y seguro con que la habían obsequiado.
Estuvo toda la mañana ausente, sin enterarse de lo que los maestros enseñaban. Don Antonio no fue ajeno a esta circunstancia y en el recreo se le acercó.
-¿Qué te pasa Ana?, te he visto toda la mañana muy despistadilla, tu no eres así habitualmente, era como si estuvieses en otra galaxia. ¿Has tenido problemas en casa?, ¿qué te ha sucedido?, cuéntame, tu sabes que yo te escucho.
-He tenido un sueño esta noche que no se me quita de la cabeza. A lomos de una cigüeña sobrevolando Chiclana, he entrado en San Telmo, me he caído al vacío y otra cigüeña me ha rescatado en el aire. He estado en una plaza gigante delante de la Iglesia Mayor con árboles, flores y fuentes dónde me han recogido las cigüeñas para llevarme volando, mientras el resto de niños parecía no vernos,  y era tan real aquello que ya no sé si el sueño es esta conversación o lo de esta noche. Hasta a usted mentaba en el sueño, sobre todo eso que nos dice siempre de que todos somos iguales seamos como seamos, ¡y es que las cigüeñas decían lo mismo!. He sido tan feliz esta noche que me gustaría vivir para siempre en un sueño interminable. Por eso me habrá notado usted rara porque no puedo dejar de pensar en ello.
-Anita, hija, el que tengas imaginación y la desbordes en un sueño no es malo, pero no vayas a confundir lo imaginado, lo deseado, lo vivido, si quieres, porque lo soñado es vivido también, con lo cotidiano, real y obligatorio. Todo lo que me has contado es bonito, pero Anita, desconfía de todo aquello que se consigue sin esfuerzo, sin lucha, como por arte de magia. La única magia que hay en este mundo es el trabajo constante y sereno que te abrirá todas las puertas a cosas y hechos que ni en sueños podrás imaginar. O es que piensas que incluso esas cigüeñas de tu sueño no han tenido que trabajar para hacer su nido o no han tenido que sufrir hasta llegar aquí después de un largo y penoso viaje. Es estupendo que hayas tenido esa experiencia, ahora te toca sacar algún provecho de ella para que no se te vaya a olvidar nunca. Y recuerda esto siempre, si no necesita esfuerzo, es irreal, y vivir fuera de la realidad sólo te hará sufrir porque estarás desconectada del mundo que te rodea, nadie te entenderá y no entenderás a nadie; pero imagina una situación, un mundo, un algo muy deseable, imposible, inimaginable para cualquiera y aplícate con denuedo a conseguirlo, aunque solo te quedes a medio camino ya habrás conseguido el doble de lo que te proponías y serás reconocida por todos. Pero no te quedes ensimismada en tu sueño, lamentándote de que no vuelve o preguntándote si es o no es real porque nunca saldrás de ahí y ya sabes que si no te mueves nunca alcanzas ninguna meta por cercana que esté. Solo se hará real aquel sueño que tu hagas real. No existe sueño o realidad, solo existe trabajo callado y humilde hasta alcanzar tu sueño y la felicidad la encontrarás, no al llegar, sino durante el camino recorrido, sabiendo que lo haces porque es lo que quieres hacer, que nadie te obliga, serás feliz porque serás libre. Dependiendo para tu felicidad, de un sueño, que tú no decides cuándo viene o cuándo se va, serás siempre rehén de ese sueño y la felicidad que te reporte no será tal, tan sólo será gratitud miedosa a quien te proporciona el sueño, que para colmo, nunca sabrás quien es, ni siquiera si existe. ¿Me has entendido?.
Si Don Antonio, gracias.
Anita no había entendido nada de nada, pero sí había sacado algo en claro, que había que atender en clase y hacer la tarea si quería aprobar el curso. Ese era su trabajo y Don Antonio había dicho que sin trabajo no se aprobaba, o algo así. A lo mejor de mayor lo entendía. De todas formás ya tenía decidido que en cuanto saliese de clase se iba a ir al Arquillo del Reloj.
Con el desagradable sonido del timbre se dieron por concluidas las clases por ese día  atropellándose los niños en su afán por alcanzar la calle. Unos  quedaban aún en el patio, castigando un pobre balón a punterazos, corriendo alocados todos en pos de la pobre victima que se intentaba escapar del suplicio chocando una y mil veces con todos los obstáculos encontrados a su paso, para finalmente ser ajusticiado de forma colectiva y abandonado a su suerte cuando el bedel, dando palmadas, desalojaba el colegio para irse a comer, otros, los más, enfilaban la verja  dónde muchas madres esperaban pacientemente charlando la salida de sus retoños.
Anita sabía que iba a tener que correr si quería pasar por la Iglesia Mayor a ver el Arquillo y sus inquilinos. No se iba a su casa a comer, sin antes comprobar que las cigüeñas se acordaban de ella. Por mucho que Don Antonio dijese, su sueño era realmente agradable y tenía que haber sido obligatoriamente fruto de un acontecimiento sucedido, no ensoñado. A medida que se acercaba a la plaza de la Iglesia miraba en lontananza intentando atisbar la torre del Arquillo. Ya iba viendo el nido pero nadie había en él; una gran desazón le inundó y dos lagrimás se auparon a sus párpados para lanzarse cara abajo exteriorizando su pena por la ausencia de sus amigas y  el vértigo de la perdida que quizá fuese irrevocable. Pero no se arredró, continuó hasta llegar al pie de la torre echando la cabeza exageradamente hacia atrás. Solo se veían las ramitas que sobresalían de la cornisa pero ni rastro de su amigas.
-¿Qué miras?
-Al nido, ¿no lo ves?
-¿Y qué tiene de interesante el nido?, aún no hay pollos y además como te los pillen cogiendo te las has cargado.
-Yo no los quiero coger, Juanito, sólo los quiero mirar, son mis amigos, pero no están. Además los conozco muy bien, es una familia con un hijo y su novia.
-Sí claro, y te habrán invitado a la boda y todo.
-No, pero me han llevado volando y he visto Chiclana desde el aire. Y las cigüeñas no se casan, son pájaros, no personas. Y déjame en paz ya.
-Vale, vale, ya me voy.
Juanito se marchó corriendo pensando que algo le habría pasado a Anita para decir tantas tonterías, aunque bien pensado siempre fue muy soñadora, “bah, mañana se le habrá olvidado”, pensó. La niña continuó un buen rato mirando al cielo sin que nadie hiciese acto de presencia, tendría finalmente que hacer caso de Don Antonio y centrarse en sus estudios olvidándose de lo que, por muy bonito que fuese, no parecía realmente más que un sueño. Aún así y todo, se resistía a la evidencia, aunque el entorno no fuese el de aquella magnífica plaza, exuberante de agua y colorido, de su sueño, sino un solar más o menos delimitado que permitía, eso sí, imaginar un espacio que ordenado realzase lo que le circundaba.
Y las cigüeñas sin aparecer. Rendida a la evidencia y al reloj del Arquillo Anita volvió sus pasos camino a casa. Una última mirada atrás, para certificar que no se equivocaba, que las cigüeñas, sus amigas, no estaban, y con la cabeza hundida entre los hombros fue acelerando el paso para que no se notase el retraso, dirigiéndose a casa, dónde su madre se estaría afanando ya con la comida, e impacientándose porque ella no llegaba.
-¿Dónde te habías metido?. Juanito hace rato que ha llegado a su casa.
-Es que he venido despacito.

---o---

Dejándose llevar por las corrientes, las alas perfectamente desplegadas, navegando plácidas y tranquilas, Ue y Gog volvían con parsimonia la cabeza a derecha e izquierda buscando con su aguda mirada algo por el suelo que llevarse al pico. Se sentían felices, deslizándose juntas, deseosas de que la familia aumentase cuanto antes, para lo que convenía alimentarse muy bien y que la salud no fuese un obstáculo a la reproducción. Hacía ya unos días que Ue no iba al nido de sus padres, nunca lo hubiera imaginado, él, que no concebía la vida sin Cig y Ña se acordaba que eran días los que faltaba de aquel que consideraba que iba a ser su vida para siempre. Y sin embargo ni le daba remordimiento, ni miedo, es más, una honda alegría recién experimentada, nueva, le henchía la pechuga y miraba a Gog que bogaba a su lado haciéndole sentir feliz; quería volver a ver a sus padres pero no para sentirse seguro, sino para que ellos viesen lo bien que se manejaba sin su apoyo, por su cuenta, una manera de afirmar su independencia. A medida que desgranaba estos cigüeñiles pensamientos, más orgulloso se sentía expresándoselo a Gog.
-¡Qué feliz soy contigo, amor mío!
-Me gusta que me lo digas, Ue, cuando te lo escucho es como si me creciesen las alas un metro más. Tengo que decirte algo Ue.
-Lo que tú quieras.
-Llevo dentro de mí un huevo. Vamos a tener un pollito, espero que se parezca a ti.
-¡No!. ¿Desde cuándo lo sabes, Gog?.
-Desde hace dos días pero quería estar segura antes de decírtelo para no desilusionarte si no era cierto.
-Vamos a decírselo a mis padres, mi madre se va a desmayar de alegría.
-Espera un poco Ue, antes vamos a comer algo, ahora necesito estar bien alimentada. Luego se lo diremos, además es posible que ellos estén también buscando comida y no les encontremos.
-Ue hizo una pirueta de alegría en el aire.
-Ue, ¡no seas loco!, ¿quieres dejar a nuestro cigüeñino sin padre?. Serénate, ya tendremos tiempo de celebrarlo.
Sobre un alto pino de la Huerta Alta, la pareja de enamorados parecía que posaban para un meticuloso artista que no les consintiese ni el menor movimiento para que el retrato fuera minucioso; únicamente la suave brisa, heraldo de la inminente primavera, agitaba el plumón y las remeras más extremas de ambas aves. Sus perfiles se recortaban contra un cielo que trocaba imperceptiblemente el azul más intenso en los malvas más decadentes  provocando en los ojos de los que, con la mínima sensibilidad lo observaban, la vibración del alma, haciendo manar lágrimas de emoción. Ue y Gog, como miembros perfectamente incardinados en la madre naturaleza veían aquel espectáculo con la mayor naturalidad, ellas mismas eran bellas y no tenían que derramar lágrimas ante el espectáculo contemplado porque no tenían de lo que arrepentirse, ni lamentarse de nada, con existir cada día, era suficiente y de ahí manaba su felicidad, se tenían el uno al otro y todo lo que necesitaban estaba a su alcance, sólo tomarlo era suficiente. Su excepcionalidad radicaba precisamente en su espontaneidad.
-¿Te parece que vayamos levantando el vuelo al nido ya?.
-Soy muy feliz Ue. Nunca pensé que pudiera ser así.
-Tampoco  llegué yo ni a soñarlo. Vámonos.

---o---

Anita llevaba varios días pasando, mientras podía, por la plaza, pero no divisaba más que el nido vacío. Se sentía entristecida pensando que las cigüeñas definitivamente habían encontrado otro lugar para vivir, o peor, algún gamberro les habría hecho daño y  presas de terror habían escapado a otras latitudes. Cada noche se acostaba con la ilusión de volver a volar con Ue y su familia, poder acompañarles a sobrevolar su pueblo y volver a sentir el vértigo, las mariposas en el estomago al sentirse ingrávida sobre su amiga. Pero no, no había vuelto a suceder el milagro y cada mañana cuando su madre le despertaba para ir al colegio sentía el vacío, la sensación de haber perdido otro día más inútilmente y no encontrar por más que rebuscase, fuerzas para ir a clase.
-¡Vamos, niña!, eres más floja que un muelle de guita, espabila, que vas a dejar para cuando tengas mi edad. ¿Es que no duermes bien?.
-Nada mami, es que no sueño, bueno, a lo mejor sí sueño, pero no me acuerdo y yo me quiero acordar.
-¡Que cosas más raras dices!, me parece a mí que tú te estás preparando ya para la regla. Ya se te pasará, ala, tómate la leche y a trabajar. ¡Hija por dios!, ¿qué llevas en la mochila, ladrillos?, que exageración.
La mañana transcurrió sin mayor contratiempo. Cuando salió dudó si volver a pasar por el Arquillo del Reloj, ante la experiencia de frustración de los días pasados en los que con toda su ilusión llegaba corriendo y se volvía desencantada cabeza gacha y lágrima meditada. Decidió que se iba a casa, aquello fue bonito pero todo sucedió en su imaginación y ya no quería volver a llevarse otro desengaño.
-Anita, ¿hoy no vas ver tu nido?.
-No es mi nido, además ya no me interesa. Aquello fue una tontería. Y déjame en paz Juanito, después llego tarde a casa y mi madre me riñe.
-Es que como hoy hay cigüeñas en el nido, que hacía tiempo que yo no las veía, me pareció que te gustaría saberlo. Pero ya es tarde  y a mí también me riñe mi madre. Hasta mañana Anita.
El corazón le dio un vuelco. Las palabras de Juanito produjeron en el interior de la niña un terremoto que no iba a dejar ella en modo alguno que se trasluciese en su cara. Comprobó que la sangre huía de sus mejillas y el corazón inició una alocada carrera preludio de la que ella iba correr en cuanto su compañero se perdiese de vista. Le daba lo mismo la regañina de su madre. La calle Bailen recién tomada al bajar por la arboleda Pipí se alargó interminablemente pareciendo que el Santo Crísto quedaba a kilómetros, y alcanzarlo supondría horas. En un santiamén, que a ella le resultó eterno, alcanzó la plaza. Por la acera de la casa Briones refrenó su carrera sin perder de vista la torre del Arquillo. La boca abierta, los ojos desorbitados y los sentidos alerta, algo parecido al respeto reverencial, le impedía acercarse más allá de aquella acera. Se dejó caer en la fachada del magnifico edificio, sin apartar su mirada de aquel nido en el que dos cigüeñas, una en pie y otra agachada parecían dos estatuas de escayola. Permaneció unos minutos en esa tesitura hasta que sin proponérselo y despacito fue echando un paso, luego otro, y otro más acercándose hasta la puerta de la Iglesia Mayor, dónde sin dejar de mirar a lo alto, comenzó a susurrar los nombres de las cigüeñas. Lentamente las cabezas de ambas aves se fueron inclinando hacia el suelo en la dirección de Anita. El corazón de la niña dio saltos de alegría convencida de que las cigüeñas le estaban contestando a su súplica. De repente, la cigüeña que estaba en pie se lanzó al vacío, yendo a posarse, en medio del estupor de Anita, junto a ella. ¡Era cierto, no fue un sueño!, tenía que ser Ue la que se acercaba a ella, había sido una estúpida prestando oídos a los que le intentaban convencer que aquello era una tontería, una ensoñación de niña con la cabeza a pájaros. El hecho, y podía verlo todo el mundo, es que aquel pájaro había echado a volar desde su nido para aterrizar junto a ella. No cabía la más mínima duda, ¿quién podía dudarlo?. Anita no se percató que un hombre de mediana edad había observado desde la acera de enfrente todo el espectáculo y alarmado ya, cruzaba la calle, convencido de que la cigüeña iba a atacar a la niña y el era la única persona capaz en ese instante de defenderla.
-¡Niña, aparta, corre!, ¡corre, que te va a atacar!.
Enfrascada en la escena de la que estaba siendo protagonista, el grito que escucho le hizo descender bruscamente a la realidad desde la nube dónde blándamente flotaba. Se volvió hacía el sitio de dónde procedía el grito al tiempo que pudo escuchar el batir poderoso de unas alas a su espalda. Ue asustado por la alarma de aquel hombre se batía en retirada derecho a su nido en el que sentirse seguro, a salvo de eventuales ataques. Anita contrariada y asustada levanto sus brazos en un gesto inútil por detener al hombre que a toda costa iba a en defensa de ella.
-¡Qué no, qué es mi amiga!, no me quiere hacer daño. ¡Si sé hasta como se llama!.
-No digas más tonterías niña, te iba a atacar, lo he visto todo claramente y si no llega a ser porque yo te aviso, a estas horas estarías camino del instituto para coserte una buena herida. ¡Encima que te aviso!, desagradecida.
Un último vistazo al nido en el que Gog empollaba cuatro saludables huevos y Ue observaba atentamente a su pareja, para volverse con los ojos rasos de lágrimas camino de su casa, recriminándose por no haber sido capaz de mantener a su lado a la cigüeña y odiando al entrometido del hombre por espantársela.
-¿Dónde te has metido, niña?. Ya verás tu padre, hemos tenido que empezar a comer sin ti, vamos, di, ¿dónde has estado?. ¿Tu te crees...?.

---o---

Cuando Gog sintió que llegaba la hora se acomodo lo mejor que supo y pudo en su nido y se dispuso a esperar. Esa mañana Ue le instaba a salir a gozar del buen tiempo que como un toldo refrescante lo envolvía todo e invitaba a disfrutar de él. Ella declinó la invitación y él no alcanzó a comprender el porqué de su negativa.
-Te traeré algo para que comas. ¿No estarás enferma?.
-No, no estoy enferma. Anda, vete ya y déjame tranquila.
Gog estaba últimamente muy rara, irritable y le contestaba de malos modos. Ue no lo entendía y recordaba vagamente haber oído hablar a su padre de algo parecido en lo referente al carácter de Ña. De todas formas la mañana invitaba al vuelo y a eso se entregaba él. Tenía alas para volar, por eso volaba, le hacia feliz cumplir con los designios de la naturaleza para con su especie. Remontó muy alto para tener una panorámica de toda la zona. Los rayos del sol al incidir sobre la superficie del agua con la angulación de los primeros compases del día la convertían en plata bruñida en la que se podría uno mirar como en el mejor espejo veneciano. El rocío aterciopelaba la tierra dándole apariencia fresca y jugosa. Ue anduvo toda la mañana dibujando amplios círculos en el cielo yendo y viniendo del mar de agua al mar verde de los pinares que se acercaban hasta la orilla misma.
Mediado el día decidió regresar al nido a ver como seguía su Gog. Se le había olvidado ya el mal talante con que le había despachado por la mañana  y solo anhelaba regresar para volver a verla. La encontró muy acurrucada ocupando todo el espacio libre que tenían. Aleteando en la vertical de Gog le pidió que le hiciese hueco.
-Gog, cariño, hazme sitio.
-No puedo. Pósate ahí arriba en lo alto.
-Venga, aparta, que me canso.
-Ue, ¿no ves que no puedo?, pareces humano, no te has dado cuenta aún que estoy empollando.
-¡Ya!. ¡Has puesto un huevo!.
-No, cuatro.
-¡Cuatro!. ¡Por todas las cigüeñas fundadoras!, eso es imposible, cuando se entere mi padre se va a caer de cola.
-Anda, baja, que te hago un sitito, ven a ver a tus huevos, mira que bonitos son. Ahora te quedas un ratito tú y yo voy a comer algo, estoy desfallecida; ¿dónde has estado toda la mañana?.
¡Cuatro huevos!, eso era más de lo que a él se le hubiera ocurrido jamás. Pensaba en un cigüeñino y se enternecía, pero cuatro ya le preocupaban, habría que hacer horas extraordinarias para procurar alimento y cuidado a tantos; pero estaba contento y Cig cuando se enterase no digamos. Gog se levantó lentamente sobre sus finas patas, equilibrándose para no caerse, con las alas extendidas haciendo sitio a Ue que se aprestaba a colocar bajo su caliente pechuga emplumonada sus cuatro vástagos. Al tiempo que Gog desentumecía sus alas agitándolas al viento sin despegar del nido aún. Ue escondió su largo y anaranjado pico entre el espeso plumón de la quilla,  dispuesto a seguir la labor que Gog había comenzado en la mañana: empollar los huevos. Se sentía feliz y quería y no quería que regresase su hembra. Quería, por poder volar raudo hasta la torre dónde sus padres habitaban, a comunicar la buena nueva y poder compartir su regocijo, y no quería, porque quisiera que el tiempo se detuviese, tal era la sensación de inmensa ternura y emoción que le embargaba sintiendo bajo su cuerpo a sus hijos desarrollarse. Sí, estaba nervioso y eso no era bueno porque se movía inquieto sin quererlo y entrechocaban bajo su cuerpo los huevos. Decidió tener paciencia, para todo habría tiempo y como siempre escuchó decir a su padre, “...lo único que hay que hacer es no desperdiciarlo y sobra para todo lo que se te antoje”, cuando él se quejaba de que nunca aprendería a volar como las fundadoras mandan. Ensoñaba viendo a sus cuatro hijos aprendiendo sus primeras lecciones de vuelo y sentía un escalofrío que le recorría el cuerpo desde las timoneras hasta el pico; era completamente feliz.

-Hace mucho tiempo que Ue no viene por aquí, ¿estará bien, no?.
-Está comenzando una nueva vida, Ña, hay que ser pacientes, ya verás como pronto le tendremos aquí, nosotros  estamos empollando dos preciosos huevos, estamos en plena temporada, no te quepa la menor duda de que Gog y Ue estarán  haciendo lo mismo y que en cuanto pasen por la fase de deslumbramiento, por la nueva vida que van a dar a la luz, vendrán a darnos la noticia de la vida que cuidan y atesoran. Vendrá Ña, vendrá.
-Cig, ¿te acuerdas de nuestra primera empollada?, lo nerviosa que estaba y lo impaciente que tu te mostrabas; no te estabas quieto empollando y nunca me querías dejar a mi, nunca tenías hambre y te tenía que obligar a levantar el vuelo para que buscases tu comida. Seguro que a Ue le está pasando lo mismo. A mí me parece que Gog es una cigüeña templada y sabrá como tranquilizar a nuestro hijo, espero que no saque las patas del nido y de una espantada de las de su casta.
-No seas mala Ña, la muchacha ha dado muestras de valentía y coraje abandonando su clan y siguiéndonos a nosotros, no creo que a estas alturas vaya a darnos un disgusto de tamaño jaez. Todo saldrá bien, quiere mucho a nuestro hijo.
-No me lo tomes en cuenta Cig, es que estoy muy preocupada.
-Vamos a dedicarnos a los que tenemos ahora y dejemos que los acontecimientos se desarrollen como tenga que ser, ten confianza, de cualquier manera el ya no es responsabilidad nuestra, aunque nos duela.

Gog encontró dos ratones y una culebra y se dio por satisfecha, hubiera tenido hambre para algo más pero quería regresar cuanto antes con sus huevos, no se había quedado tranquila al marcharse dejando a Ue tan nervioso. El sol comenzaba ya la senda de huida a su refugio pero aún le quedaban varias horas de camino cuando Gog avistó la torre del Arquillo y a medida que se acercaba, la imagen de un Ue quieto como una roca, se hacía más nítida. El pico oculto totalmente entre el plumón y el cuerpo absolutamente recogido más parecía un almohadón blanco y negro, que un ave absorto en una misión crucial.
-Ya estoy aquí cariño, ahora me toca a mí.
-¡Qué pronto!, ¿no?. No te habrá dado tiempo a probar bocado.
-Venga, déjame. Levanta.
Ue, se incorporó perezosamente, a regañadientes, mientras Gog nerviosa le empujaba para tomar su sitio. De un salto, finalmente se colocó en el filo de la cornisa, mientras observaba envidioso como Gog se acomodaba  cuidadosamente sobre sus huevos.
-Ue, ¿te has fijado en ese humano pequeño que no nos quita la vista de encima?. Cuando llegaba yo ya estaba ahí y no se ha movido en todo este tiempo sin pestañear.
-Ah, ya, sí es cierto, no nos quita los ojos de encima.
-¿No estará ahí para hacernos daño?, tu sabes que los humanos a veces son muy crueles. Todos hemos oído casos de nidos devastados por humanos y aunque tu dices que en esta colonia se nos respeta, yo no me fío, nosotros podremos salir volando y ponernos a salvo pero estos cuatro que ni han salido del cascarón estarán a su merced.
-Voy a defenderos, bajaré y me enfrentaré al peligro. Tu cuida de los huevos.
Lanzándose al vacío, Ue no se anduvo con remilgos y se precipitó derecho dónde la pequeña se encontraba. Esperaba que al verle aterrizar majestuosamente orgulloso, se amilanase y huyese alejando así la amenaza, pero en lugar de ello, comprobó con estupor que la humana se alegraba inusitadamente de su presencia. Un humano grande desde lejos llegó dando grandes gritos de forma inesperada, la humana pequeña se volvió sorprendida y Ue se asustó y de un salto se encontró de nuevo en el aire dirigiéndose sin tardanza junto a Gog.
-¿Qué ha pasado Ue?
-Vaya, susto, amor mío. La humana pequeña no dio la impresión de acobardarse por mi súbita presencia, al contrario, yo creo que se alegró de que llegase junto a ella, pero un humano más grande se abalanzó contra mí para atacarme, creo, por las grandes voces que daba, mientras que se acercaba corriendo y braceando, como si quisiese volar, y me asuste y tuve que marcharme.
-Mira, el humano más pequeño se marcha.
-Y el grande también.
-¡Qué alivio!.

---o---

-Mamá, ¿me puedo quedar un poco más hoy?.
-Es muy tarde Anita, a la cama.
-Pero ya estoy de vacaciones, mami, mañana no hay cole.
-Bueno, pero media hora nada más y luego a la cama.
Hacía sólo dos días que les habían dado las vacaciones y en ese tiempo su madre no le dejo salir hasta que sus cosas y su habitación estuviesen en perfecto orden. Ella soñaba con emplear esas vacaciones en estar cerca de sus amigas las cigüeñas, y se encontró con un armario desarmado y una estantería vacía que recolocar y ordenar. Esa noche el programa de la tele le gustaba, y quería quedarse a verlo, pero su madre era inflexible. Siempre estaba escuchando que era por su bien y que sería más fácil no educarla, pero ella ni entendía dónde estaba el provecho de no dejarla ver la tele, ni porqué su madre no se dejaba de complicar la vida haciendo cosas que tanto le costaban y a ella tanto le mortificaban. Prefirió fingir  que el programa de la televisión no le interesaba mucho y después de dar besos de buenas noches a su madre y a su padre se despidió y se fue a dormir. Ya estaba en la cama cuando se volvió a levantar.
-Mamá, ¿vamos a ir mañana a ver el Medinacelli?
-Sí, Ana, vamos a ir; vete a la cama.
-¿Y el jueves vamos a ver recogerse el Nazareno?
-La que va a recogerse ahora mismo eres tú. No digas más insensateces y vete a la cama.
-Bueno, pero iremos a ver la salida, por lo menos. Además mi amiga Loli va a salir en penitencia con su abuela y yo quiero ir.
-O te vas a la cama ahora mismo o no sales a ver ni el Resucitado!.
Anita se fue rápidamente a la cama a la vista de lo crudos que se ponían los acontecimientos.

El sueño le fue invadiendo misteriosamente, provocando una inefable sensación de bienestar en la niña. No había hecho más que cerrar los ojos cuando la despertó un ruido seco en el cristal de su ventana. Sobresaltada se levantó y descorrió las cortinas. Al otro lado de la ventana, sobre el alfeizar estaba Ue, (le habría reconocido entre un millón) que festivamente repiqueteaba sobre el cristal con su pico y al ver aparecer en la ventana a la niña con el ala le hacía señas para que saliese. Algo le extrañaba y es que luciese el sol cuando se acababa de acostar y era noche cerrada, pero le pareció de lo más natural a pesar de todo.
-¡Vamos Ani, vamos!. Vamos a volar.
Sin pensárselo dos veces Anita abrió la ventana y arrimando la mesilla de noche se encaramó saltando fuera, acomodándose inmediatamente en el dorso de la cigüeña, que sin mediar más palabras que un amistoso “¡Hola!” se lanzó al aire aleteando con fuerza.
-Vamos a ver a tus padres, Ue.
-De acuerdo. ¡Rumbo a la torre de Cig!.
Sobrevolando el Mayorazgo Alto dónde vivía Anita, Ue se encaminó a Santa Ana dónde después de dar una vuelta a la cúpula de la Ermita se lanzó en línea recta hacía la torre de las monjas dónde sus padres ocupaban el nido. Desde lejos Cig y Ña vieron acercarse a Ue con la niña a bordo y rápidamente  salieron al encuentro. Volando junto a su hijo saludaron con la cabeza a la niña que les correspondió con una amplia sonrisa.
-Vamos a por Gog, papá, que se ha quedado en el nido mientras yo iba a por Ani.
Siguiendo por el aire la calle Larga, en un periquete alcanzaron el Arquillo. Gog que se encontraba acurrucada se levantó y extendiendo un ala saludó a los visitantes.
-Vuela ya Gog, amor, que te esperamos planeando.
-Ue, ¿ya no te acuerdas que estamos empollando?. Yo no puedo salir dejando que se enfríen los huevos para que les pase algo.
Abriendo desmesuradamente el pico y con cara de sorpresa, Ña, se dio la vuelta rumbo a su nido.
-¿Dónde vas, Ña?
-¡Se me habían olvidado nuestros huevos cariño!, Gog tiene razón, van a perder temperatura. Acuérdate del año de Ue, solo eclosionó él por nuestro entusiasmo en  ayudar a aquella familia de flamencos que se desorientó caminó del norte. Ve tu con tu hijo a pasear a nuestra amiga, yo me quedaré empollando, como Gog.
-Eso, idos ustedes que Ña y yo nos quedamos cada una con nuestra puesta.
Estuvieron todo el día planeando a gran altura buscando térmicas que les ahorrasen esfuerzo para obtener grandes panorámicas a las que Anita nunca podría acceder si no fuese de esa manera. La temperatura era cada día más templada y la ausencia tanto de levante como de poniente hacían de aquel rincón del planeta el lugar paradisíaco que hacia volver a todo el que gustaba de sus deleites. Ue volvió su cabeza y preguntó a su amiga:
-¿Porqué te fuiste corriendo el otro día?, yo bajé de mi nido para llevarte a ver los cuatro preciosos huevos que puso Gog. Y luego ese hombre tan desagradable que nos asustó. Yo esperaba que cuando el hombre desapareciese volvieses, estuve esperando hasta que las sombras nos envolvieron. Por eso he ido hoy a tu casa a buscarte.
-El hombre decía que tú venías para hacerme daño y quería defenderme, por eso vociferaba y agitaba los brazos, quería espantarte.
-Pues lo consiguió. Bueno, dejémoslo ya y disfrutemos del vuelo y lo que nos proporciona.
Desde aquella respetable altura se veía a lo lejos la línea de plata de la mar, calma como un plato, reflejando los ya cálidos rayos primaverales que deslumbraban como oro. Como una aparición mágica irrumpiendo de las olas se alzaba un milagro de la historia; con soberbia imponente, orgullosa de las heridas infringidas por el tiempo y desdeñosa de la desidia de los hombres, la fortaleza, centinela de toda la belleza encerrada en aquel rincón, resistía impertérrita y distante, majestuosa y paciente, el paso de los años en la seguridad de que la estupidez humana cesaría durante un instante y se haría cargo de lo que ella representaba para la memoria de todos.
-Anita, siempre me ha intrigado, desde que venimos aquí. ¿Qué es esa especie de isla, como un nido enorme, tan cerca de la costa y en tal estado de abandono?.
-Es el Castillo de Sancti-Petri, Cig. Era un templo antiguo, muy viejo, por eso está así de estropeado. Y lo que está al otro lado, esas casitas y todos esos barquitos es Sancti-Petri; mi abuela trabajó allí haciendo latitas de atún.
-¿Qué es atún?
-Un pescado muy grande que se mete en latas para echárselo a las ensaladas.
-Lo siento Anita, no entiendo nada, no sé que es una lata, ni una ensalada ni nada.
-Pues verás...
-No, déjalo, no te esfuerces, serán cosas de humanos, complicadas como casi todo lo que se refiere a vosotros.
-¿Y allí a lo lejos, esa cantidad de torres altas que  mueven el único brazo que tienen como si estuviesen locas dando vueltas sin moverse del sitio.
-¡Son grúas!. Son para hacer los hoteles.
-¿Y qué son hoteles?
-Son como casas dónde la gente va a pasar unos días para bañarse en el mar.
-Pero, ¿si van a bañarse en el mar para qué quieren ese..., hoteles?. ¡Ah!, ya, es que no tienen cueva, o como vosotros le llamáis, casa de esas.
-Ja, ja, ja, ¡qué noooo!. No lo vais a entender. Ya va haciéndose tarde, ¿por qué no vamos volviendo?.
El sol,  rindiéndose, se iba acercando a la línea que confunde cielo y agua, para permitir que las sombras dejaran descansar a las criaturas, que después de todo un día de esfuerzo por la supervivencia, debían recobrar fuerzas para enfrentar una nueva jornada. Con él a cola tomaron rumbo a la torre, dónde Ña debía estar ya intranquila por la tardanza. A medida que se acercaban, ya oscurecido, a Cig le sorprendió el que la plaza dónde estaba su nido estuviese tan iluminada. Ya más cerca, pudieron comprobar más cantidad de personas de lo común. No se movían como era habitual sino que estaban quietos de cara  a la torre. Cig se impacientó.
-Anita, ¿tu sabes qué puede estar pasando?. Hay demasiada gente en esa plaza, y lo que no me gusta, pero que nada, es que estén todos vueltos para mi nido.
-Es que hoy es Jueves Santo, y toda esa gente que abarrota la Alameda Lora no miran para tu nido; están esperando la salida del Nazareno.
-Tiene que ser alguien muy importante para que se hayan congregado tantas personas. Que pasa, ¿qué hacía mucho tiempo que no salía de su casa?.
-Noooo, sale todos los años tal día como hoy, bueno, le sacan.
-¿Qué el no quiere, y le obligan?.
Con esta pregunta llegaron al nido dónde Ña se removía inquieta y asustada por la gran cantidad de gente que se agolpaba sin saber qué estaba pasando. Anita se sentó en la cornisa, al ladito del nido, tenía muy poco espacio pero no le daba miedo, ni vértigo. Estaba encantada de tener este alcor privilegiado, desde dónde presenciar la salida de su Nazareno.
-¿Dónde os habíais metido?, estaba muy asustada, tantos humanos juntos no pueden significar nada bueno.
-No Ña, es que según dice Anita, ahora van a sacar a un humano de ahí dentro que por lo que se ve no quiere salir, y todos los años le obligan.
-¡Qué no!, ja, ja, ja. Os acordáis de esas estatuas que vimos el otro día dónde yo me resbalé de Ue y me caí, en San Telmo, bueno pues es lo mismo, es la imagen de un hombre que hace mucho tiempo se dejó matar para que nosotros nos salvásemos y en agradecimiento le sacamos todos los años y le paseamos por el pueblo. Era de un sitio que se llama Nazaret y por eso él es el Nazareno. Es lo más bonito y emocionante que se puede presenciar. Estad atentos y seguro que  vibrareis con la experiencia.
Cada vez se apiñaba más y más gente de toda edad y condición hasta el punto de que desde dónde Anita se encontraba ya no se podía ver ni un palmo de plaza, todo eran cabezas oscilantes intentando encontrar la postura más cómoda de espera.
La puerta con sus dos generosas hojas de par en par dejando el justo espacio a la expectación de los que llenaban la plaza. Puerta  pacientemente vacía esperando que el Nazareno la llenase con su majestuosa penitencia. El silencio, reverencial, fue abriéndose paso paulatinamente entre la algarabía multicolor presintiendo que el supremo instante se avecinaba, hasta que el mutismo más respetuoso, imponiendo su soberanía, se enseñoreo de todos los presentes.
-¿Qué pasa ahora, Anita?. Con el escándalo que tenían ahí debajo de repente todo el mundo se ha callado.
-Estad atentos, ya va a salir, no os perdáis ni un detalle. Se calla la gente porque va a salir el Nazareno. Es por respeto.
Precedido por los miembros más importantes de la cofradía se adivinaba ya entre la penumbra del interior una sombra grande, débilmente iluminada, que elegantemente morosa se abría paso al exterior. De forma sorpresiva un seco y firme redoble de tambor galvanizó en unos y sobresaltó en otros el espíritu de los que allí se encontraban, anunciando que la aparición del Nazareno era ya un hecho.
El redoble de tambor cogió por sorpresa a Ue, que en ese momento se encontraba al lado de Anita, y le hizo de forma refleja aletear para mantener el equilibrio. Dada la estrechez de la cornisa el aletazo de Ue hizo precipitarse al vacío a Anita que mientras caía chillaba de miedo.
-¡Qué me mato, ayudadme!, Ue, mamá, mamá.

---o---

-Anita, despierta, hija, Anita. ¡Que de pesadillas, Dios mío!.
-Mami, mamá, ha sido sin querer, Ue me ha empujado sin querer.
-¿Qué dices cariño?, estabas soñando, no pasa nada, estás sudando, ya, ya.
-¿Qué día es hoy?. Anoche salió el Nazareno, ¿verdad?
-No, amor mío, hoy es Miércoles, íbamos a ver el Medinacelli hoy, ¿no te acuerdas?.
-Pero yo estaba viendo el Nazareno cuando me caí de la torre.
-Estabas soñando. Recuerda que querías ver la recogida anoche y como te dije que no, has soñado con eso.
Venga, levántate, lávate la cara y a desayunar. Y no te olvides de las orejas.
¡Era todo tan real!, ¿cómo podía ser todo un sueño?, aún recordaba perfectamente el olor a incienso y a nardos que envolvía todo el ambiente, la luz, la gente y el silencio que se impuso en la plaza justo antes de caerse, pero era Miércoles, no le iba a mentir su madre. El alto vuelo, las preguntas de Cig, la cálida y suave brisa en la cara, el sol reflejándose en el mar, juraría que todo había sido real. Daba igual, aunque hubiese sido sólo un sueño lo había disfrutado como si lo fuese y era feliz por ello.
-Mamá, ¿puedo ir con mis amigas a jugar?.
-¿Dónde vais a ir?
-Al mercadito.
-Primero, arregla tu habitación. Cuando yo baje a la plaza por el pescado te subes a casa conmigo.
Hizo su cama, más bien la estiró, recogió la ropa y la encerró en el armario, se cepilló el pelo, se puso la pasada y con un beso a su madre salió corriendo. No podía pasar ni un minuto más, iba a comprobar que lo de la noche pasada era un sueño..., o no. Iría al Arquillo del Reloj y a las mojas. Bajó a la carrera la avenida del Mayorazgo, cruzó como una exhalación el parque de Santa Ana y por la calle del Instituto llegó hasta la Alameda Lora. En la cornisa de la torre de las monjas había dos cigüeñas. Paso un buen rato observándolas y llamándolas.
-¡Cig!, ¡Ue!, ¡Ña!, eh, Ue, contestad.
No encontraba respuesta, por mucho que vociferaba, sólo encontraba el volver de cabeza de los que pasaban, se extrañaban de las voces que daba aquella niña gritando cigüeña de forma sincopada, mientras miraba a lo alto de la torre. Producía en todos ellos sonrisas de ternura por la candidez  demostrada, intentando reclamar la atención de aquellas aves que en modo alguno se hacían eco de las requisitorias.
Estaba cansándose ya de llamar a sus amigas cuando la puerta de la iglesia se abrió reconociendo a quien de allí salía. Efectivamente, si no lo sabía Paco el”Chicharo”, ¿quién lo iba a saber?.
-Paco, ¿es verdad que anoche no salió el Nazareno?
-¿Tú eres la niña de Remedios?
-Sí.
-Qué dices, ¿si salió anoche el Nazareno?, ¿tú estas chalá?. Saldremos, mañana, si el Señor lo permite. ¿No sabes que salimos en estación de Penitencia la noche del jueves?.
-¿Seguro?.
-Anda, no me desesperes, ven conmigo, vamos dentro.
Agarrándole de la mano, la condujo dentro del templo. Estaba todo un poco desarmado, los bancos arrumbados a un lado y ocupando el espacio libre, los dos pasos que sacaba la cofradía, el Nazareno con su cruz de verdad a cuestas sujetada por el Cireneo, tenía puestos los fanales y los candeleros y los jarrones con sus innumerables varas de nardos que embriagaban de olor todo el templo. El suelo del paso se encontraba tapizado de claveles con composiciones de rosas y gladiolos en todas las esquinas dando al paso un aspecto impresionante y solemne. El paso de la Virgen de los Dolores de igual hechura se encontraba así mismo engalanado de flores dispuestas con un exquisito gusto. La imagen elegantemente austera reflejaba la profunda pena, la inmensa amargura de la madre que ve como su hijo es injustamente vilipendiado y vejado.
-Lo ves, están aquí, preparados para procesionarlos. Las flores se las acabo de colocar, que me ha costado la propia vida, como todos los años, pero me ha quedado muy bonito, ¿verdad?. Todo lo que haga por el Señor y su Santa Madre será poco.
-Está precioso. Es que yo esta noche he soñado que veía salir el Nazareno, pero desde la torre, yo estaba sentada al lado justo del nido de las cigüeñas, viéndolo todo. En realidad no llegué a ver el paso, porque me caí antes, cuando estaba a puntito de salir. Fue tan real que esta mañana cuando me he despertado creía que era de verdad, por eso le he preguntado.
-¡Ah!. Ya ves que no. De todas formas no vayas a faltar mañana, el paso está de dulce, el Señor con su cordón nuevo, su túnica nueva bordada, que estrena. Mañana va salir como nunca, como corresponde a la celebración grande que es y este año más aún, con lo del VII Centenario.
No tuvo más remedio que convencerse y la realidad le entristeció. Deseaba con todas sus fuerzas que fuese cierto, y no lo era. Salió con el “Chicharo” otra vez a la Alameda dónde se despidió de él con una sonrisa encastada de desengaño. De forma casi automática cogió calle Larga arriba buscando con la vista la Iglesia Mayor. A mitad de calle apareció Iglesia y Torre en la que se veía el nido y dos cigüeñas en él. Antes de llegar a lo que debiera ser la magnifica Plaza Mayor de Chiclana, cuando estuviese hecha, observó cómo una de las dos que había en el nido salió volando, rauda, pasándole por encima, dirigiéndose a la torre de las monjas. Llegada a la base del Arquillo no conseguía ver nada, ya que la que quedaba en el nido, estaba acurrucada. Se fue separando hasta que atisbó la cabecita de la cigüeña que parecía esconderse de sus miradas. Estuvo un rato largo esperando que se levantase o que volviese la otra que salió volando, sin éxito. Finalmente se fijó en la hora que marcaba la misma torre. Salió corriendo, era tardísimo, entre unas cosas y otras se le fue volando el tiempo y su madre estaría a punto de llegar al “Merca” y no la iba a encontrar, ¡menuda le esperaba si no llegaba a tiempo!.
Entrando en la Alameda observó cómo su madre subía cargada con las bolsas de la plaza por la calle del Ayuntamiento en dirección a dónde ella estaba.
-¿Y tus amigas?
-No ha venido ninguna.
-¿Has estado con el “Chicharo?. Me lo ha dicho.
-Sí, me ha enseñado los pasos que van a salir mañana. ¿Vamos a venir, verdad?
-Claro que vamos a venir Anita, ¿cómo íbamos a faltar?, ¡con lo que soy yo del Nazareno!. Y de la Virgen también, eh.

---o---

-Ue, Ue, ya ha empezado. El primero ha roto el cascarón, y los otros se mueven ya. Mira.
Gog se levantó dejando al descubierto el fondo del nido. Tres huevos se movían imperceptiblemente, como animados por una fuerza misteriosa que los hiciese oscilar. El otro presentaba una solución de continuidad en su tersa superficie, de la que asomaba el extremo de un pico, lejanamente anaranjado, que se movía nerviosamente, intentando agrandar el hueco abierto. Ue y Gog observaban con el aliento contenido cómo la vida de sus hijos pugnaba por abrirse paso con toda la fuerza que el instinto de conservación les prestaba, expectantes, sin querer hacer nada; ayudar a uno sin la fuerza suficiente para salir de su obligada cárcel supondría prolongar, sin misericordia, la vida de un vástago irremisiblemente condenado a no sobrevivir. La naturaleza en esto se mantenía incólume, la manera de preservar la vida de la mayoría, pasaba por consentir en la perdida de unos pocos, y Gog y Ue lo sabían, por eso con el corazón encogido y el pico entreabierto no se perdían detalle del milagro que ante sus ojos se estaba produciendo, querían que eclosionasen todos sin problema, pero aceptaban de antemano lo que la madre naturaleza quisiera otorgarles, sabían que era garantía de permanencia y salud para todos. Poco a poco, uno detrás de otro fueron desembarazándose de su cascarón encontrándose en un mundo de momento oscuro en el que la presencia de sus padres era perfectamente supuesta y sin fuerzas para mantenerse en pie, ya abrían desmesuradamente sus picos como espantados de no recibir en sus gargantas el alimento que esperaban con una fe ciega.
-Ahora, vamos a tener que emplearnos a fondo, son muchos picos los que alimentar, pero no me importa, si hace falta buscaré comida hasta que no pueda levantar las alas, como mis padres hicieron conmigo.
-Anda, acércate al nido de tus padres a decírselo; además, ellos tienen que estar a punto también, de ver a sus polluelos respirar su primer aire.
-Es cierto, voy a tener dos hermanitos. Alegría sobre alegría.
Sin perder un minuto Ue se lanzó al aire, camino del nido de Cig y Ña. Volaba bajo para no desperdiciar tiempo y llegar cuanto antes. A mitad de camino se fijo en una humana pequeña que a paso vivo se dirigía en sentido contrario al suyo, le pareció familiar, como si la hubiese visto antes y no le dio más importancia.
Llego al nido de sus padres en el momento de máxima expectación, los huevos comenzaban a moverse y Cig y Ña los observaban con el mismo alborozo que minutos antes habían sentido él y Gog.
-Mira Ue, nuestros dos huevos están eclosionando, ¡que nervios!. No se me quita de la cabeza cuando tu rompiste tu cascarón y te quedaste solo.
-No pienses más en aquello Ña, volver la vista atrás solo sirve para desorientarse, aquello ya no existe, se fue, ahora hay que centrarse en el momento que vivimos.
-¿Has venido para este momento?.
-También. Quería además comunicaros que hemos tenido cuatro preciosos cigüeñinos.
-Qué alegría hijo. ¿Y Gog, está contenta?
-Imagínate. Ahora se nos viene una buena encima. ¡Cuatro!.
-Saldréis adelante. Tu madre te lo puede decir, con fatigas y preocupaciones, pero antes de que lo pienses estaréis volando todos rumbo al sur y te sentirás absolutamente remunerado en tus desvelos.
-Me voy ya con Gog, no quiero dejarla mucho tiempo sola, por lo menos al principio, hasta que los cuatro puedan mantenerse en pie.
-¿Cómo le vais a llamar?.
-Aún no les hemos puesto nombre, acabamos de conocerlos. Cuando les nombremos vendré a decíroslo.
Mientras volaba de regreso a su nido se sintió definitivamente despegado de Cig y Ña. Era él solo responsable de sus polluelos, y nadie le iba a alimentar a sus hijos si no fuese él o Gog. De ahora en adelante tendría que perder menos tiempo en rememorar tiempos pasados; Cig tenía razón, volver la vista atrás solo sirve para pasarse o no llegar a dónde se quiere  ir. Antes de posarse en el nido ya estaba Gog en el aire.
-Voy a buscar comida para esta gente, quédate tú al cuidado, cuando yo vuelva tú sales.
-No tardes.

---o---

-Anita, a cenar, que no quiero perderme la salida y quiero dejar la cocina recogida antes de marcharnos.
-Ya voy mami.
Anita estaba intrigada, aunque ya le habían dejado claro que la noche del Nazareno era la que estaba viviendo, era tan diáfano lo que ella vivió, que un gusanillo de incertidumbre se le movía por sus entrañas. Cenó deprisa, tanto por la bulla que le metía su madre, como por el interés de llegar cuanto antes a la Alameda Lora y cerciorarse de la realidad. Recogida la cocina y ataviados de Jueves Santo, la niña y sus padres iniciaron el descenso del Mayorazgo Alto hacia el centro.
-No corras tanto Anita, ¿qué prisa tenemos?, es buena hora y además siempre se retrasan algo.
-Sí, pero luego llegamos a lo justo y no veo nada, encima ya soy muy mayor para que papá me ponga sobre sus hombros como cuando era chica. Venga, vamos.
-No te preocupes, hija, si hace falta te cogeré un ratito en mis hombros, descuida que verás la salida de la cofradía.
Ya había mucha gente congregada en la plaza de la monjas cuando llegaron. El ambiente era pleno de Jueves Santo. Todos vestidos con sus mejores galas. Muchas corbatas extrañaban el cuello alrededor del que se encontraban anudadas, recordando a duras penas la última vez que remataron las impolutas camisas estrenadas o recién planchadas para el evento. A pesar de que el tiempo amenazaba lluvia, como casi todos los años, el viento faltaba a su cita y presagiaba un noche calma para la estación de penitencia. Confabulada con estas circunstancias, la temperatura era agradable, pero no lo suficientemente cálida como para impedir lucir a las señoras su abrigo, reservado para el acontecimiento. Vistos en conjunto parecían los invitados a una boda de rumbo, esperando la llegada de la novia para entrar al templo. Charlaban animadamente en grupos, comentando los últimos aconteceres del pueblo mientras que los adolescentes en edad de pollear se reunían en pandillas de muchachos y muchachas, muy nutridas, para así diluir en la agrupación, la ansiedad que en unos y otros producía la cercanía del amigo o amiga que más hacía tremolar el corazón. No faltaban, por mucha aglomeración que existiese, las madres con sus cochecitos de capota, perfectamente preparados para la ocasión, con sus bebés elegantemente ataviados,  vestidos de estreno, con   colchas de piqué con encajes y bolillos, eran el perfecto complemento a la elegancia de las madres, que orgullosas, enseñaban a las amistades los bajos de sus hijos para que comprobasen lo rollizos que tenían los muslitos  y lo bien que se les criaban.
El ambiente en la escueta portada barroca era de nerviosa animación. Penitentes ataviados con su túnica y capirote y hermanos principales con el terno perfecto y la medalla votiva iban de un lado a otro dando las penúltimás instrucciones y ordenando a las personas que iban a formar la comitiva, la mejor forma de colocarse. Las pisadas en la gran tarima que salvaba el bordillo de la calle, retumbaban en el aire, dando solemnidad a los prolegómenos de la procesión. Algún costalero rezagado avanzaba con la “morcilla” colgada del brazo por entre los presentes, azorado por la tardanza, camino de su puesto bajo el paso.
Dentro del templo un sonido metálico y seco anunció a los que más cerca estaban y a los que, nerviosos, esperaban bajo el paso, que la función acababa de comenzar. El Nazareno, majestuoso y humilde, elegante en su sencillez, experimentó un empuje perfecto que le hizo levitar y mantenerse flotando dispuesto a deslizarse con pausado misterio hasta alcanzar el umbral, momento en el que la Banda Municipal se arrancó con el Himno Nacional electrizando a los presentes y deteniendo el tiempo en un instante infinito, en el que los corazones de todos los devotos se fundieron en una oración de fe y respeto a quien consideraban su redentor.
-Mamá, mamá, mira.
-¿Que quieres que mire?, hija. Estoy mirando el paso, está saliendo, ¡calla!.
-No, no, arriba en el campanario, las cigüeñas, ellas también miran la salida del paso.
-Uy, Anita, hija, deja esa manía de las cigüeñas. ¿Que van a mirar?, es que les ha asustado la banda de música y estarán alteradas.
Anita quedó perpleja. ¡Naturalmente que estaban interesadas las cigüeñas en la salida del Nazareno!. Su madre es que no entendía nada. Los mayores tenían intereses rarísimos, siempre preocupados por cosas inconcebibles y siempre relacionadas con el dinero, ¡como si no existiesen cosas mucho más importantes!, como por ejemplo su amistad con  Cig y Ña que todo el mundo, incluso Juanito, consideraban una bobada. Pues no, no era una bobada, y aunque a ella le pareciese que todo se desarrollaba en un sueño, era eso, “parecía”, pero era tan real, como que ahora estaban pendientes de la salida del paso de la Iglesia de la Monjas. ¿Pero cómo no se daban cuenta?, estaban las dos descaradamente inclinadas mirando hacia abajo y ella era la única que se percataba de la circunstancia. Seguro, seguro, que cuando el paso se perdiese por las calles para completar su carrera oficial las dos iniciarían el vuelo,  les había celebrado tanto esa cofradía que no querrían perdérsela por nada.
En esas estaba Anita, mientras los músculos de los cargadores se tensaban para casi en cuclillas, permitir que el extremo superior del patibulum de la cruz que la imagen llevaba a cuestas salvase el dintel de la puerta del templo. Un instante de aliento contenido viendo cómo el paso podía rozar con su cruz la puerta y arruinar los esfuerzos de todo un año de mucha gente y un suspiro de relajación, a continuación, al ver el obstáculo salvado. Las piernas  de los costaleros se destensan y las primeras gotas de sudor perlan las frentes de los que con infinita fe tenían por prometido la penitencia de cargar al padre celestial en su paseo mágico por el pueblo. Al día siguiente, por muchos relevos y más mullida que fuese la “molía”, los moratones de su promesa permanecerían indelebles en sus hombros durante muchas jornadas.
Viendo volar a ras de suelo al Señor, saliendo, de milagro, por la puerta, la madre de Anita no pudo reprimir la emoción en forma de perlas desbordadas que resbalando mansamente por sus mejillas producían en la niña un estremecimiento. No comprendía el porqué le daba tanta pena a su madre aquel espectáculo tan bonito. El olor a incienso y nardos era el mismo que en el sueño, penetrante y dulzón, intrigante y misterioso, complemento perfecto de aquella puesta en escena sencillamente impresionante y reverencial.
El paso, imperceptiblemente, fue girando hasta enfilar la cuesta Hormaza y dando la espalda  a los que, en la Alameda Lora, esperaron pacientemente su salida, comenzó la ascensión, escoltado, por los que prefirieron flanquear la carrera a ambos lados de la calle, y seguido por las interminables colas de penitencia, que cirio en mano, todos y alguno descalzo, cumplían su promesa por el favor recibido o esperado. En una ceñida imposible, el Nazareno se perdió por la calle, antaño Almendral, mientras que de manera simultanea, la Virgen de los Dolores,  repetía la hazaña de salir, bajo palio, a cielo abierto a impulso de los voluntariosos cargadores  y seguir los pasos de su Hijo por la noche penitencial chiclanera.

---o---

-¡Por todas las cigüeñas!, ¿qué ha sido eso, Cig?
-Los humanos, cariño, están todos reunidos, como esperando el gran viaje o quizá alguien de su consejo importante. Todos miran hacía aquí.
-Van a despertar a los polluelos.
-Mira, mira, Ña esta saliendo alguien, ¡con un árbol a cuestas! Va como en alto y todos le miran.
-A ver.
Las dos aves se inclinaron para mirar aquel colorido espectáculo que a varios metros por debajo se estaba desarrollando ajeno a la vida paralela que arriba se producía. La Banda Municipal, solemnemente, interpretaba la Marcha Real cómo homenaje al Hombre Dios que hacía acto de presencia en la calle abandonando la seguridad del altar en que era cuidado y venerado, como testigo de las oraciones de aquella colección de santas mujeres enclaustradas por amor al divino esposo, que ahora, las abandonaba durante algún tiempo, toda una noche de santa infidelidad.

---o---

-Venga, ya está la Virgen en la calle. Vamos a la esquina de Obispo Rancés.
-Sebastián, hijo, ¿todos los años tenemos que ir ahí?. Aquello es muy estrecho y no se cabe. Sabes que me dan miedo las aglomeraciones.
-Precisamente por eso, cuando dobla esa esquina, es impresionante.

La Semana Santa pasó como un AVE por la vida de Anita. Antes de darse cuenta estaba mediado el tercer trimestre y los días volaban rápidos como golondrinas. Hacía ya semanas que no tenía la oportunidad de visitar a sus amigas en la torre del Arquillo. Unos días por unas cosas y otros por otras, el caso es que se tenía que contentar con subirse a la azotea de su casa y allí, entre sabanas blanquísimas tendidas y la pajarera de su padre con los palomos, miraba al cielo viendo pasar cigüeñas y más cigüeñas sin poder identificar a sus queridos Ue, Gog, Ña y Cig. Cada día se prometía que al día siguiente, sin falta, se llegaría a la Plaza Mayor y cada noche soñaba, antes de quedarse dormida, con vivir despierta su sueño más real, abriendo los ojos cada mañana, apenada por no haber podido conseguir ni lo uno ni lo otro.
Aquella mañana, finales de Mayo, con el curso dando las últimas boqueadas, Anita se levantó firmemente resuelta a irse al Arquillo. Era mucho tiempo ya, y la inquietud por la suerte de sus amigas no la dejaba vivir. Estaba la Feria cerca y con el espectáculo de los fuegos artificiales, su marcha a pasar el veraneo al campo, con la familia, suponía no volver a ver a sus cigüeñas. De aquel día no podía pasar.
El desagradable sonido del timbre anunciando el final de la jornada escolar fue música celestial para los oídos de Anita. Recogió aprisa sus libros y emprendió carrera hacia la puerta.
-Anita, ¿dónde vas tan corriendo?
-Tengo bulla Juanito, me están esperando
-Espera, te acompaño.
-No, déjalo, prefiero ir sola
-Bueno, vale. Adiós.
La riada de chiquillerío se esparcía alegre y ruidosamente por las calles con las madres llevando de la mano a los más pequeños y los más mayores camino de su casa comentando las incidencias de la mañana. Anita caminaba nerviosa y viva camino de la torre. Llegando a la entrada de la plaza, le extrañó ver tan poblada la torre. En el nido asomaban cuatro cabezas más pequeñas de lo normal y dos cigüeñas de tamaño más terciado estaban posadas en la cúpula. Al principio, confundida, fue acercándose más, y muy poco a poco la luz se fue abriendo paso entre las tinieblas de la duda. ¡Eran los hijos!, ¡sí!. Tenían hijos, cuatro nada menos, parecía imposible, y, claro, las de la cúpula tenían que ser Ue y Gog que ya no cabían en el nido.
Absolutamente fascinada, el tiempo se le contrajo de tal guisa que cuando quiso acordar era demasiado tarde para urdir cualquier excusa creíble para su madre. Se le había caído el pelo, y su madre encima atacada de los nervios era capaz de cualquier castigo..., pero eran tan bonitas, no les quitaban el ojo de encima a sus crías y ni siquiera se fijaron en ella. Estaba un poco cariacontecida por serles tan indiferente pero, resignada a ser solo espectadora, se sentía feliz de considerarse un poco como de la familia al estar en el secreto de conocer sus nombres. Y a propósito de nombres, ¿cómo se llamarían los hijos?. De pronto reaccionó, la realidad se le hizo presente, antipática, pero ineludible, y echó a correr como poseída por el espíritu de un loco. Era muy tarde, la estarían buscando y además muy preocupados. Sin resuello alcanzó su casa. Su madre en la puerta, con la cara desencajada y un pañuelo tapándole la boca, intentando abarcar con la mirada el mundo visible y el invisible también, no se percató de su hija hasta que con la cara congestionada por el esfuerzo y los ojos humillados le tocó el brazo que sostenía el pañuelo.
-¿Dónde te habías metido?, vamos di, sinvergüenza, ¿que has estado haciendo?. Te parecerá bonito, hemos llamado a la Policía y a los hospitales.
-He ido a verlas y se me ha hecho tarde.
-¿Tarde?, ¿tarde?, tú sabes la hora que es, ¿eh?, ¿lo sabes?. -Son las cuatro de la tarde. Creíamos que te habían llevado.
Con la última frase su madre se abrazó a ella con tal fuerza que le costaba trabajo respirar. Lloraba por el susto de la que se había montado, por su culpa, y de pena, al ver a su madre desecha por la angustia que parecería que quería que regresase dentro de ella otra vez, en un intento supremo de protegerla de cualquier peligro. Sin dejar de llorar con hipo, su madre no dejaba de hablarle.
-Hija mía, Anita, hija mía, ¿por qué nos haces esto?. No vuelvas a hacerlo nunca más, cariño, nunca más.
-No, mamá, no llores más. Tengo miedo, no llores, no lo volveré a hacer, te lo prometo, mamá, pero es que tenía que verlas, son mis amigas, mamá, de verdad, me conocen.
-¡No me ataques más los nervios y deja ya esas fantasías!.
-Vamos Remedios, ya está bien, no ha pasado nada y la niña está más asustada que nosotros. No lo vas a repetir más ¿a que no?.
-No papá, de verdad que no.
Poco a poco la tormenta fue encalmando y los ánimos serenándose. Entraron en casa.
-Vamos, ¿tendrás que comer?, digo yo.
-No tengo ganas ya.
-No me digas eso, después de la que has hecho. Un poquito de puchero tienes que comer, algo calentito. Además, ahora que caigo, nosotros tampoco hemos comido. Venga a la mesa todos.
Su madre se secaba las postreras lágrimas y se sonaba las narices mientras Anita se abrazaba a su padre que le consolaba intentando desdramatizar la travesura. Sonó el timbre de la puerta.
-Muchas gracias por todo y buen servicio.
-¿Quién era?
-La policía local a informar que no habían encontrado a la niña. Ya les he dicho que gracias a Dios ha aparecido. Un disgusto.
Pasó toda la tarde en casa, no se le habría ocurrido ni siquiera plantear la posibilidad de ir a comprar chucherías a la tienda de la esquina. Estudió algo, jugó a la play y vio algo de tele. Pero no podía quitarse de la cabeza aquellos cuatro polluelos tan simpáticos asomando, curiosos, su pico por el borde del nido y lo atentos que estaban sus padres a ellos, no se fuesen a aventurar fuera del nido y cayesen sin saber aún volar. Sólo este recuerdo le servía de lenitivo a su contrito corazón por haber disgustado a su madre. A pesar de que era viernes y su madre le dejaba quedarse más tarde, al no tener que madrugar para ir al colegio, prefirió irse a la cama, quizá leyese algún cuento a ver si se podía dormir, porque sueño, lo que se dice sueño, no tenía. A medida que leía renglones del libro iba cayendo en la cuenta de que no se enteraba de nada. No se le caía del pensamiento la cara de sufrimiento de su madre angustiada por su desaparición, ni el semblante serio y la faz verdosa de su padre, que siempre templado, quitaba hierro al asunto al ver que aquella aventura terminaba felizmente y no tenía ningún sentido añadir drama al disgusto. Casi sin darse cuenta, los párpados se le fueron cayendo, como la baraja eléctrica que montara su padre en la tienda la pasada semana. Le rescató de su descanso unos golpecitos en los pies. Al principio, de forma instintiva retiró los pies unas cuantas veces sin abrir los ojos, pero ante la insistencia, se incorporó en la cama y restregándose los ojos con sus puños se sobresaltó al ver a los pies de su cama al responsable de los toques.
-¿Qué pasa?, ¿cómo has entrado?
-Por la ventana, te las has dejado abierta. Vamos, levanta, que te voy a presentar a mis hijos.
-No, Ue. Tú no sabes la que he liado. Además, cuando estuve esta tarde allí, no me hicísteis ni caso.
-Te vimos y nos dio coraje no poder atenderte, pero los cigüeñinos querían salir a volar y tuvimos que darles una lección, nos posamos en la cúpula y les hicimos creer que nos habíamos marchado. Se asustaron, pero no nos quedó otro remedio que escarmentarlos, que se diesen cuenta que aún no están suficientemente preparados. Se creen que ya son muy mayores y aunque podrían volar, no tienen los músculos suficientemente desarrollados y habrían terminado por caerse, con el peligro que es eso. Nos daba pena verlos temblorosos y perdidos sin nosotros pero hay que educarlos, por su bien. Vamos, móntate, hace un día esplendoroso, nos vamos a divertir.
-No me atrevo.
Diciendo esto la puerta de la habitación se abrió y entró su madre.
-¡Hola Ue!, ¿cómo estás?, ¿vais a dar una vuelta, no?. No volváis tarde. Levanta Anita, mientras te das una vuelta con Ue yo arreglo el dormitorio.
-Mamá, ¿tu conocías a Ue?
-Claro, cariño, como tú.
La puerta del dormitorio se cerró tras su madre y la niña se quedó perpleja. Vaya, vaya, de manera que su madre estaba en el secreto, ¡qué calladito se lo tenía!.
-Nos vamos, pues.
Anita no tuvo necesidad ni de cambiarse de pijama, el que llevaba parecía un chándal y el día reinaba caluroso. Se acomodó en la espalda de Ue y rodeando su cuello con sus brazos le demostró lo mucho que le quería. Salieron por la ventana y tomaron altura para sobrevolar Santa Ana, Ue ya sabía lo que le gustaba a la niña la Ermita y se complacía en pasearla por su cielo. De allí fueron directamente al nido del Arquillo, junto a la gran Plaza, llena de gente sentada en sus terrazas y los niños jugando alegremente, correteando por entre los parterres de flores al cobijo de frondosos árboles que regalaban sombra fresca. Llegando a la torre, los cuatro pequeñines se levantaron entrechocando alegremente su largos picos, mientras Gog se elevaba para dejar sitio a la niña en el nido. Ue se detuvo en el aire batiendo con fuerza sus alas para permitir que Anita se bajase, después se fue a posar en la cúpula. Desde allí fue presentando a sus hijos.
-A tu lado tienes a Nec, más allá está Qui, en el extremo, Pec y a su lado Nim. Saludad a nuestra amiga, niños.
-¡Hola Anita!, nuestros padres nos han hablado mucho de ti, de todo lo que les han enseñado de vosotros los humanos y de lo mucho que nos quieres. Mi hermana Qui dice que cuando sea mayor quiere ser como tú.
-No digas más tonterías Pec, yo no he dicho eso.
Todos rieron las bromas de Pec mientras los padres desde arriba henchían la pechuga orgullosos de la familia que tenían y felices de contar con la amistad de la niña.
-¿Aún no sabéis volar?
-¿Cómo que no?, mira, ¿ves?.
-Vale, vale, Pec, deja de batir las alas que me despeinas, tienes unas alas muy bonitas y estás fuerte.
-Ya, pero mis padres aún no nos dejan, dicen que hasta dentro de dos semanas, nada, que tenemos que comer bien. ¡Anda, tu no tienes alas!, ¿es que no comes?.
-¡Qué va, Pec!, es que nosotros tenemos brazos, no alas, y sí como, mi madre hace un puchero buenísimo.
-Ya está bien chicos, nos vamos a ver a los abuelos, que hace tiempo que no ven a Anita.
Ue descendió, suspendiéndose sobre el nido mientras la niña se encaramaba sobre él y volviéndose a elevar incorporaron a su vuelo a Gog y enfilaron calle Larga abajo hasta el campanario de la Monjas.
-¡Cuánto tiempo, Ani!, ¿como te va?. ¿conoces a nuestros hijos?.
-No, no los conocía. Son preciosos. Un poco más pequeños que los de Ue.
-Son Ñi y Cag. Saludad a nuestra amiga.
-Hola, hola.
-Bueno Ue, yo me tengo que ir ya, no quiero llegar tarde y que mi madre se disguste como ayer. Hasta otro día, tenéis unos cigüeñinos muy graciosos. Y unos nietos muy traviesos, sobre todo Pec.
-A mi me recuerda a Ue, ¿verdad Cig.?
-Es verdad Ña, que Ue era igual de travieso y rebelde.
-Ala, Anita, monta, que te llevo a casa.
Surcando el límpido cielo chiclanero, en una mañana clara y ligera, sin apenas viento y el calor del casi verano haciéndose sentir en todos los poros del cuerpo, Anita a bordo de su amiga entró la por ventana de su cuarto. Ue se detuvo en el alfeizar, y la niña saltó dentro, con un “hasta otro día” se despidieron, emprendiendo el vuelo Ue, y quedándose Anita en su dormitorio, dónde se sorprendió de que su madre no hubiese la arreglado, como había dicho. Como aún estaba la cama sin hacer decidió echarse un ratito.
-Anita, ¿sabes la hora que es?, ¿a que hora vas a desayunar?.
-¿Mamá?, acabo de llegar de dar una vuelta con Ue. Yo no sabía que tú la conocías.
-¿Quién es Ue, Ani?.
-Mi amiga la cigüeña, mami, Ue, tú le has saludado, y me has dado permiso para salir a dar una vuelta con ella.
-Ya está bien, Ana, yo creo que con lo de ayer ya tuvimos bastante. No vuelvas con eso de las cigüeñas otra vez.
-Pero...
-Ni pero ni nada, vamos levanta y ven a la cocina a desayunar.
Mientras se tomaba su Cola Cao con galletas intentaba reordenar sus ideas. Si, su madre entró en la habitación cuando Ue estaba allí, y ella no estaba tonta, había saludado a Ue, e incluso les animó a salir a dar un paseo; por eso que ahora se irritase con solo nombrárselo, la descolocaba. ¿Habría estado soñando, después de todo?, pero no podía ser, era todo absolutamente real, incluso estaba cansada, como si no hubiera dormido en toda la noche..., ¿noche?, recordaba perfectamente el luminoso y agradable día mientras se desplazaban por el cielo de nido en nido, pero era de noche, porque se acababa de despertar..., entonces..., fue todo un sueño. Se le cayó la cuchara en el tazón de Cola Cao salpicándolo todo, con la mirada perdida y la cara pálida, la boca entreabierta, como el que ha visto una aparición.
-¿Qué te pasa hija?, ¿qué te ha asustado?.
-Nada mami, de repente he caído en la cuenta de algo. Se me olvidó por completo que Don Antonio puso tarea para este fin de semana y vale para la nota final. Menos mal que me he acordado.
-Pues, venga, en cuanto termines te pones a tu obligación. Cuando yo termine, si quieres, vamos a buscar a tu padre a la tienda y luego nos vamos a la playa a comer.
Llevaría media hora estudiando cuando tocó el timbre de la puerta.
-¡Anita!, sal, es Juanito.
¿Qué querría ahora?. Nunca antes había ido a su casa y eso que vivían cerca. A lo mejor tenía que ver con su firme negativa a que le acompañase el día anterior. No sin cierto incomodo, salió de su cuarto.
-Hola, ¿qué haces tu aquí?.
-¿Vas a venir a la exposición de los mayores?
-¿Qué dices?, ¿qué exposición?.
-No te has enterado. Últimamente estás muy rara, estás en las nubes. Los mayores del cole montan hoy, organizado por la APA, una exposición de poster sobre Chiclana, y dicen que está muy bien. ¿Te vienes?.
-No sé. ¡Mamá!, puedo ir al cole con Juanito a ver una exposición.
-¡No me entero, ven a la cocina y repítelo!.
Finalmente su madre consintió, con las consabidas admoniciones a su amigo, de que no la dejase sola ni un minuto.
-No se te olvide que a la una vamos a buscar a tu padre. No te retrases. No, mejor, no te muevas del colegio, yo te iré a buscar allí.
Cuando salieron a la calle, Anita intentó convencer a su compañero de que diesen un rodeo pasando por la Plaza Mayor para ir a ver la torre del Arquillo, pero el niño se mostró inflexible, no se fuesen a retrasar, que ya se conocía el paño, y era capaz de llegar al colegio la madre de Anita no estando ellos allí, y se podía armar la marimorena.
Pasó aquel fin de semana con el regusto agridulce del recuerdo de aquellas pequeñas crías de cigüeña, alborotando por su presencia, y preguntándole cosas divertidas, entremezclado con la constatación de que todo, desde siempre, fue un sueño, un magnifico sueño, pero sueño al fin. No pudo sin embargo, en todo aquel tiempo, hasta que paso aquella feria, y acabó el curso,  evitar mirar inquisitivamente hacia las torres, con sus nidos habitados, dando una oportunidad a la equivocación, conservando con avaricia de prestamista la duda de si el sueño no sería todo lo demás, menos el tiempo que, rendida al cansancio del día, cerraba los ojos y podía volar con sus amigas siendo feliz por ella misma, sin necesidad de nada más que su ilusión y su sensación de libertad. No volvió a hablar con nadie de aquellos recuerdos por temor a que se le tergiversasen, debía conservarlos tal y como habían sucedido. Aceptaba que eran producto de sus sueños pero reales en ella y sólo para ella; intentar compartirlos sólo serviría para que se desvaneciesen en el mundo de los cuentos y no entraba en sus prioridades desprenderse de aquel tesoro.
Con las últimás y efímeras pinceladas multicolores en el lienzo de la noche pintadas por los inevitables fuegos artificiales, la Feria de San Antonio, se daba por terminada. Atrás quedaron las inacabables negociaciones diarias sobre cuántos cacharros podían ser visitados y en cuantas ocasiones se podían utilizar. Las prolijas y manidas explicaciones de lo caros que eran y lo peligrosos. La pelea diaria del ruido que hacía en la calle del infierno y el cuidado que había que tener, porque en una ocasión se perdió una niña, y es que se la llevaron unos feriantes, no podían faltar en toda feria que se preciase.
Al día siguiente, como un mecanismo automático animado de vida propia, se iniciaba la emigración veraniega al campo. Las calles del pueblo quedaban huérfanas de gente de la de toda la vida, que pasaba a engrosar las filas de los habitantes de los campos hasta que como en un mecanismo de relojería y coincidiendo con la Novena de la Virgen de los Remedios todos regresaban para volver a dar el pulso monótono y cotidiano a la vida del pueblo.
Y así un año tras otro.

-Mamá, haz el favor, no me malcríes a la niña.
-Soy su abuela Anita, y las abuelas estamos para malcriar a los nietos, que para educarlos ya estáis los padres, o es que te crees que no nos costó, a tu padre y a mi, educarte a ti. No quiero ni acordarme de la que nos hiciste pasar aquel año con la manía de la cigüeñas.
-No me llames más Anita, mamá. ¡Que acuerdo el tuyo de las pobres cigüeñas!. Anita es ahora tu nieta, yo, ya, soy Ana, a veces mal que me pese, pero así es. Nos vamos. Da un beso a tu abuelita, anda.
-¿No me la dejas, entonces?.
-No insistas más. Tiene que hacer tarea.
-Ana..., no seas terca.
-Hasta mañana, mamá.
-Adiós, abuelita, hasta mañana.
-¿No te da lástima, hija?. ¡Qué malage tienes!.
Ana nunca llegaría a acostumbrarse a que su madre la tratase como si tuviese diez años. Había llovido desde entonces y ya era ella mayorcita, además su responsabilidad ahora era Anita. ¡Qué más hubiera querido ella que dejarle la niña a la abuela Remedios!, se habría ido ella con su marido a tomar una tapa dónde Adolfo, pero no. Sabía cual era su obligación. Bajando del Mayorazgo, atravesaron el parque de Santa Ana camino del Retortillo para llegar, a través de la Alameda Lora y la calle Larga hasta la Plaza Mayor, dónde vivían.
En la puerta de Correos, Ana se paró a saludar a la mujer de Juanito, para ella, siempre sería Juanito. Mientras ellas hablaban, la pequeña se quedó mirando al campanario del convento de la Monjas.
-¡Mamá, mamá!, mira.
-Espera Anita, no seas maleducada.
-Mira, mamá, están mirándome. ¡Mamá!.
-¡Uy, por Dios, que niña!. Hasta luego Juana, ya hablaremos otro día. Me alegro, eh.
¿Qué quieres, pesada?
-Mira allá arriba, mamá, me están mirando y me sonríen.
Ana se sintió temblar las piernas, el corazón se le desbocó, le faltaba el aire y la sangre le hizo huelga en las mejillas. Tuvo que apoyarse en la pared, para no desplomarse. Todo se le hizo temerosamente presente. Aquello, que ella creía absolutamente olvidado y perdido por algún doblez de su memoria, surgió con toda la fuerza de los colores y las sensaciones vivas. Cerró los ojos y se vio volando sobre Chiclana a la espalda de Ue, el travieso de Pec, la sabiduría de Cig y la entrega amorosa de Ña. ¿Cómo podía ser?
-¡Mamá, abre los ojos!, mírales, han echado a volar. Se van. Yo no quiero que se vayan, ¿dónde se van, mamá?.
-No se van hija, volverán, siempre vuelven. Cualquier día, cuando menos lo esperes, aparecerán en tu ventana para llevarte a volar y enseñarte lo que es la amistad, sin pedir nada.
-¿De verdad?.
-Cuando duermas, en tus sueños, vendrán cualquier día. Cuando yo tenía tu edad, quizá un poco más de edad, una vez, tuve unos magníficos amigos, creía haberlos olvidado, pero no, los tenía muy, muy dentro, en la parte del alma que a todos nos queda siempre del niño que fuimos y nos empeñamos en que esté dormido, sin darnos cuenta, que debemos despertarle para poder volver a soñar.
-No te entiendo, mami.
-Cuando seas mayor lo entenderás, cariño, si es que la seriedad de ser adulto te impide recordar, menos mal, que siempre habrá una Anita para sacarte del sopor, del aburrido sopor de haber perdido la ilusión de poder confundir los sueños y las realidades. No crezcas nunca, amor mío, aunque tengas nietos, no crezcas.

15.10.12



                                  


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