El timbre del teléfono era insistente, tanto, que
consiguió su objetivo. Sin saber donde se encontraba se despertó sobresaltada y
tuvo primero que recordar que hacía en aquella horrorosa habitación. Cuando se
hizo cargo de la situación comprendió que debía coger el teléfono.
-
¿Quién es?
-
Señorita, son las nueve de la mañana, dijo usted anoche que la
despertase.
-
Ah, si, gracias.
Se levantó con premura, se duchó y con gran
aprensión tuvo que ponerse la misma ropa sudada con la que se dio la caminata
de marras. Se olió las axilas y no le gustó. Con un gesto de impotencia
resignado salió de aquélla indigna covacha.
-
¿Se puede llamar a un taxi?
-
¿Dónde va usted?
-
A la ciudad.
-
Le va a salir por un ojo de la cara, estamos a más de veinte
kilómetros.
-
Da igual, por favor, llame un taxi, tengo que llegar a casa. Necesito
llegar a casa.
-
¿Y con su coche, que va a hacer usted?
-
No me preocupa ahora eso, solo quiero llegar a casa. Llamaré al seguro
cuando llegue.
-
Voy a llamar a un cuñado mío que le hará un buen precio.
-
¿Tardará mucho?
-
Lo que tarde usted en desayunar ahí en la cafetería. Cuando esté aquí
yo le avisaré, no se apure.
-
De acuerdo. Dígame que le debo.
-
Le cobro el mínimo, una hora, compréndame, si esto fuera mío de qué iba
a pagar usted, pero uno es solo un mandado. Le cobró la horita y nadie tiene
porque enterarse de que ha estado toda la noche sola. Comprenda que el
establecimiento tiene un nombre.
-
Gracias.
Le dispensó su mejor y considerada sonrisa y salió
en busca de la cafetería. Después de todo, pensó, no había terminado tan mal.
Bien está lo que bien acaba.
Ella no era rencorosa y lo pasado, pasado. Sería menester que los acontecimientos
se enfriasen, entonces podría hablar con María, quería poder comprender que le
sucedería en su cabeza para comportarse de aquélla cochina manera. Cuando las
aguas sedimentasen le cantaría las cuarenta, como solo ella sabía cantarlas y
de paso se reconciliarían como no podía ser por menos. No estaba dispuesta a
que un mal asunto de sexo se interpusiese entre ellas, máxime cuando aquello
fue totalmente coyuntural y para colmo no debió suceder jamás.
Con el último sorbo de reconfortante café el
empleado de la casa de lenocinio le avisó de que su cuñado estaba dispuesto
para la carrera.
Durante el viaje el conductor intentaba entablar
algún tipo de conversación. Esther respondía con monosílabos hasta que el
chofer se dio por aludido y dejo de hablar. Estaba intrigado por delegación del
recepcionista sobre las circunstancias que habían rodeado a la odisea de su
viajera. Esther no estaba dispuesta a soltar prenda.
A medida que se acercaban a la ciudad se iba
encontrando mas relajada, más segura. Lo de la demencial noche pasada quedaba
para ser convenientemente archivado en la
zona muerta de la memoria pero no olvidado nunca para no permitir que se
repitiese.
Lo cierto es que María ya tenía un lío antes de
enterarse de su estupidez con Roberto, porque se enteró allí mismo, como ella
se enteró del acierto de la sospecha del marido. ¿A que venía entonces el
numerito de la mujer enloquecida al enterarse de la infidelidad? Ese cinismo no
formaba parte del acervo psicológico que conocía de su amiga. No lo entendía. Y
por lo visto Roberto por muchas sospechas que tuviese no tenía ni idea de la
realidad. ¿Qué estaba pasando?
Poco a poco el paisaje fue sustituyendo los arces,
los quejigos, los álamos y las retamas por las arizonicas y las adelfas de los
setos de las urbanizaciones del suburbio de la ciudad. La naturaleza
reinterpretada en clave de especulación de altos vuelos. La autovía fue sumando
carriles a medida que se acercaba al amontonamiento de la civilización y las
salidas de la general comenzaron a menudear.
-
Tome por la salida de Dehesilla y siga sin desviarse, que le avisaré
cuando lleguemos al semáforo donde hay que girar.
Finalmente el vehículo se detuvo frente a su casa.
Efectivamente fue algo caro, pero todo lo daba por bien empleado con tal de
llegar a su casa.
Nada mas cerrar la puerta detrás de si comenzó a
desnudarse hasta quedarse como su madre la parió. Entró a la ducha y abrió el
agua caliente. Se dio cuenta que el calentador había que encenderlo y volvió a
cerrar el agua. Se echó el albornoz encima para salir a la terraza a
encenderlo. La lavadora, allí muda, le recordó que mientras se relajaba en la
ducha podía irse lavando la ropa que traía sudada de su odisea. Recogió la ropa
que estaba regada por toda la casa y puso su lavadora. Inmediatamente se metió
en la ducha.
Mientras experimentaba el suave y reparador roce
cálido del agua en su piel se felicitaba de su independencia, de la capacidad
de modelar su futuro a su antojo, de su opción a la soledad como mejor forma de
compañía, la que nunca ocasionará problemas, ninguna, de su sabio, maduro
enfrentamiento de las adversidades. Le importaba poco que María estuviese tan
desequilibrada como para ponerle los cuernos al pedazo de pan de Roberto y
encima hacerle la cochinada que le hizo a ella. Durante unos instantes se
detuvo en su incesante frotar de cuerpo;
acababan de encajarle las piezas. Comprendió inmediatamente que los dos hechos
no eran independientes, solo dos caras de una misma moneda, María convertida en
un Jano capaz de hacer de la necesidad virtud. Mientras volvía a su higiénica
actividad se permitió una condescendiente sonrisa; la hija de su madre era
lista, siempre lo fue. Tuvo que montárselo todo en el corto espacio de tiempo
que duró la cena, porque no podía tenerlo premeditado, las dos se dieron cuenta
mutuamente de sus inconfesables secretos en el mismo momento. De repente se dio
cuenta que Roberto existía, no reparó en él hasta ese instante y estaba ajeno a
todo. Si María montó el numerito que le montó a ella, que no habría pasado esa
mañana en su casa, a Roberto se le tenía que haber hundido el mundo bajo los
pies, su amiga sabía como golpear duro donde mas dolía, era dura, y ella sabía
que su marido no iba a saber defenderse si para ello debía hacerle daño a ella.
Apresuradamente se enjuagó y secándose la cabeza aún, marcó el número de móvil
de su amigo.
Saltaba el buzón de voz. Pensó en llamar a su fijo
pero tampoco quería que María fuese la que cogiese el teléfono y se complicase
aún más el asunto dándole armas adicionales para la batalla. Llamaría mas
tarde, quizá tuviese más suerte, de cualquier forma al día siguiente podría
llamarle a la consulta si hoy no le localizaba.
Decidió olvidarse, lo que tuviese que pasar
seguramente ya estaba concluido y ella solo podría conseguir embarullarlo más.
Lo que quedaba de día se lo iba a dedicar a ella con toda la calma de la que
fuese capaz. Necesitaba que se le remansase el alma, que se acallase el tumulto
de sus sentimientos encontrados y poder encontrar sosiego a la indignación que
aunque se empeñaba en desoír, no cejaba en abrirse paso hasta su conciencia.
Decidió leer un libro. Echada en el sofá y con un
libro de poesía triste y relajada comenzó la lectura que poco a poco tuvo la
virtud de sumirla en un relajante sueño.
Cuando despertó el libro reposaba abierto a sus pies
y la luz de yodo de la calle iluminaba la habitación. Miró el reloj de la mesa,
las nueve y media. Sintió hambre. Fue a la cocina, abrió el frigorífico, miró
sin ver, y volvió a cerrarlo. Sintió necesidad de sentir el frescor de la tarde
noche en la cara. Se vistió con un traje camisero cómodo y se fue a la calle.
Caminó tres manzanas hasta un italiano que servía comida rápida. Tomó unos
canelones rossinni y se volvió a casa despacio degustando el paseo por su
barrio. Todo lo sucedido parecía irreal o sucedido en otra vida, en sueños, una
mala pesadilla, no se sentía afectada en absoluto. A pesar de haber dormido
todo el día, la paz que le inundaba, la ausencia de remordimiento le inducía
relajación y necesidad de descansar. Fue deliberadamente despacio hasta su
casa, disfrutando de su paseo, degustando por anticipado el relax que le
dispensaría el acostarse en cuanto llegase.
El contacto del algodón de las sabanas sobre la piel
le produjo la sensación de bienestar de siempre. Apagó la luz de la mesilla de
noche y se quedó profundamente dormida.
El sonido del teléfono le sobresaltó creyendo estar
aún en la habitación espantosa de aquel cubículo de carretera. Palpó a tientas
intentando encontrar la llave de la luz. Finalmente un interruptor familiar le
hizo bajar al mundo real. Estaba en su casa y era de madrugada. Prendió la luz.
Las cuatro de la madrugada no eran horas de recibir llamadas. Debía ser
Roberto, habría de estar desesperado para llamarla a esas horas, ¿qué tragedia
habría padecido para hacerle llamar a esas intempestivas horas? Levantó el
auricular.
-
Esther, Perdona las horas.
Una voz con ecos conocidos le hablaba nerviosa. No
sabía distinguirla, era familiar, pero sometida a tensión, sin duda,
desvirtuada, no la reconocía.
-
Perdone, ¿que desea usted? Es muy tarde.
-
Soy Blanca...
Nada mas decirlo, un gemido animal, primitivo, de
dolor infinito, se le coló en su cabeza a través del auricular. Reconoció la
voz y sintió un escalofrió y lagrimas de solidaridad acudieron a sus ojos. Algo
realmente grave debía sucederle a su compañera Blanca para que la molestase de
madrugada.
-
Serénate Blanca. Dime que te sucede. ¿En que puedo ayudarte?. ¿Dónde
estás?
-
Mi madre, Esther, mi madre...
Otra vez el sollozo que impedía articular palabra.
-
¿Qué pasa con tu madre? Blanca, por dios, ¿qué pasa?
Con grande dificultad consiguió serenarse a medias y
entrecortando las palabras pudo poner en antecedentes a Esther.
-
Ha muerto, mi madre ha muerto. No se qué hacer ni a quien acudir. Me
acaban de llamar de la residencia donde estaba. Yo he estado hoy con ella,
Esther, le he dado de comer, estaba bien, la he dejado bien y me han llamado que ha muerto.
-
Pero Blanca no entiendo nada, ¿qué residencia?, que es eso de que le
has dado de comer, ¿estaba invalida?
-
Tenía Alzheimer, estaba en la residencia del Dr. Goya, la mejor que
pude conseguir..., y me han llamado que ha muerto.
Una vez mas los sollozos irrefrenables y los
balbuceos incomprensibles.
-
Bueno, Blanca, vale, voy para tu casa. ¿Sigues viviendo donde siempre?
-
Si, donde siempre, pero sola, me he quedado muy sola. Se ha ido.
-
Espérame. En media hora estoy allí.
Nada mas colgar el teléfono, volvió a descolgarlo
para llamar un taxi e inmediatamente se vistió y bajó a la calle a esperarlo.
No recordaba haber escuchado nunca a Blanca hablar
de su madre explícitamente. Se daba por hecho que cuando hablaba en las
guardias de la comida que podía estar degustando en su casa en lugar de la
bazofia del hospital era porque alguien en retaguardia se ocupada de ella y como
no tenía pareja alguna conocida, todos daban por hecho que sería un familiar
cercano: su madre, ¿quién si no?. Enterarse ahora que esa madre estaba
internada por una enfermedad tan cruel confirmó lo que era un secreto a voces
en el Hospital y aún así la descolocó. No le cuadraba en una persona como
Blanca el tener esa vida impensada que necesitaba para mantenerse de ternura y
sentimientos que ella se empeñaba en demostrar que no tenía. La residencia del
Dr. Goya, ¡que nivel!, ni de coña le daba el sueldo de enfermera, por muchas
guardias que hiciese para pagar esos honorarios. ¿De donde sacaría el dinero?
Cómo podía ser tan tonta. Encajaba todo ahora: Larry, su caballo blanco. Estaba
devanándose los sesos con la confirmación de sus descubrimientos cuando el taxi
apareció y se detuvo a su altura. Con un “Buenas Noches” y la dirección de su
compañera se dejo llevar sin plantearse mas preguntas que sin duda alguna
encontrarían adecuada respuesta en su momento.
La vista de una pata zambulléndose en las límpidas
aguas del río seguida a corta distancia por un reguero de pollos en prefecta
fila india obró en Roberto el milagro de arrancarle una sonrisa. ¡Que poca
importancia tenían sus problemas al lado de una demostración de sencilla
pujanza de vitalidad como la que estaba contemplando! Aquella sonrisa se quebró
en serio gesto cuando repensó los hijos que no tuvo. Lo diferente que habría
sido su vida con hijos a los que dedicarse. Aquel animal solo encontraba
justificación a su existencia por poner grande a la pollada que iba en su pos,
en eso consistía su felicidad, hacer lo que la naturaleza le tenía encomendado.
¿Porqué no era feliz él?, ¿acaso no lo era por no ajustarse a las leyes de la
naturaleza? De haber tenido prole, su mujer y él, ¿habrían sido tan “libres”
para deshacer su vinculo y sumirse en ese estado de pronunciada independencia
en que afirmar su orgullosa superioridad de elaborado civismo? ¿Cuántos de esos
matrimonios supuestamente felices no son reos de su incapacidad emocional o
económica para rehacer sus vidas de otra manera? ¿O es que la libertad es un
estado que se decide en un momento del devenir vital y sus consecuencias, por
muy desagradables que sean, forman parte de ese acto libre al elegir?
Algo en su interior le avisaba que esa ruptura no
habría sucedido con niños. No, sentía que la libertad no consiste en decidir
constantemente que hacer, según los caprichos de cada momento, la libertad era
algo más serio, es comprometerse con una elección y mantenerla, lo demás son
caprichos de niño malcriado. Capricho fue el engatusarse con Esther y capricho
era Federico para María. Dos muestras de inmadurez e insatisfacción,
conseguidas a fuerza de tenerlo todo, que iban a condicionar sus vidas.
Necesitaría perdonar y que le perdonasen. Estaba dispuesto a pedir perdón y a
perdonar. Necesitaba hacerlo..., pero ¿y María?, estaba muy dolida. Se cansaría
de su amigo, pero quizá se encaprichase de otro. Su mujer había triunfado, en
la sociedad que vivía era todo un ejemplo a seguir y eso le había desquiciado.
¿Alguna vez le quiso? Cierto que él mismo le buscó esa salida a su tedio y
desencanto cotidiano pero ella, al sentirse regenerada en su estima y
económicamente independiente, capaz de grandes retos, cosa que él nunca dudó,
llegó a la desgraciada conclusión que lo único que hace falta para vivir es el
dinero, se sintió independiente y con el timón de su vida para si sola creyó
llegado el momento de ser libre y tomar su opción acorde con su nueva
situación. El solo era un lastre ya en su vida. “Una vida tiene muchas vidas”,
le repetía constantemente, y él no leyó nunca entrelíneas el mensaje de que de
un momento a otro iba a abandonar la formación de combate para hacer la guerra
por su cuenta, dejándole indefenso. Suya era mucha culpa. Instalado en la cómoda
rutina del día a día y liberado de la tortura diaria de escuchar las constantes
quejas, con más espacio para él, se dejó llevar del bienestar de no sentirse
presionado. El sufrimiento es difícil de asumir y sobrellevar, y las tediosas
quejas diarias de María por no soportar el aburrimiento le hacían sufrir mucho
porque no sabía que respuesta darle. La solución de su amigo Federico le supuso
un alivio, estaría ocupada, sin darse cuenta que ese arreglo llevaba en si
mismo la semilla del problema. Si, el también tenía mucha culpa, si es que no
toda.
El ordenar sus pensamientos de esta manera le
tranquilizó algo en el plano intelectual, pero todas sus vísceras se
revolvieron para reprocharle la frialdad del análisis. Los remordimientos
hipertrofiaban su culpa al punto de casi ser incapaz de apreciar la parte
correspondiente a su mujer en el entuerto, lo que cerraba el círculo de la
angustia que cada minuto que pasaba le arrebataba más vida. El saber la génesis
del problema no le ayudaba en absoluto, al contrario, le estrechaba el catalogo
de posibles soluciones porque aquellas que transitaban por el abandono de toda
esperanza de relanzar la relación con su mujer eran abortadas en su gestación.
Era incapaz de repensarse sin María. No quería, no necesitaba la libertad a ese
precio. Eso no era la libertad.
Sin saber cómo, se vio teorizando sobre el
sufrimiento de los dioses. ¿Tendrán derecho a sufrir los dioses, o el
sufrimiento es solo un privilegio humano? ¿O una condena? ¿Sabrán esos mismos
dioses gozar sin tener la contrapartida del dolor?. Lo terminó de comprender.
El estaba sufriendo tanto porque antes lo había gozado. Era justo. A otros les
toca primero sufrir. Los dioses no saben que es la felicidad porque jamás
podrán comprender que es la tristeza que es lo que hace de ellos dioses. Pero
no podía admitir sin más el dolor que le rajaba el corazón, ¿por qué debía sufrir
el sin que lo hiciese ella? Ella debería sentir ese fuego abrasador que le
consumía como lo estaba sufriendo él. Pero la quería y no consentiría ver el
dolor pintado en su boca, en sus ojos.
Iba de un
pensamiento en otro desorganizando cada vez más su cartesianismo. Gritó
con toda la fuerza de que se sintió capaz.
-
¡¡Me estoy volviendo loco!!
Salvo los patitos con su emplumada madre nadie más recogió
aquel mensaje de auxilio. Un domingo a la supuesta hora de comer, a la orilla
del río, ¿quién podría haber?
Sentado contra el pretil no era persona para
contener su dolor manifestado en llanto. Las rodillas dobladas y abrazadas
fuertemente, la cabeza escondida entre los brazos, solo se apreciaba, desde
lejos, un bulto que temblaba y emitía sonidos de primitiva angustia. Su
indumentaria, una vez cerca, despejaba cualquier duda sobre la causa del
desconsuelo; no podía ser económico el motivo, salvo catástrofe financiera
internacional, solo con el valor de los zapatos, aún de diferente color, se
podría alimentar a una familia quince días.
-
¿A ti también te han dado puerta?, que les jodan, nadie se merece
derramar una sola lágrima. A los cabrones de mis hijos les repartí en vida lo
poco que me quedaba. Les faltó tiempo para echarme a la calle. Vivía en una
casa de renta antigua, unos tipos me ofrecían buen dinero por largarme y mis
hijos me convencieron. Lo vendí y antes de darme cuenta era un estorbo para todos.
Les hice un corte de mangas y me abrí. Con la pensión de hambre que tengo me
manejo bastante bien y seguro que el colesterol lo tengo por los suelos. Bueno
te dejo a tu aire. No se porqué te he tenido que contar mis cosas.
El hombre vestido de andrajos empujando un carrito
de dios sabe que súper, cargado de sus tesoros inició su perezosa marcha otra
vez.
-
¡No, espere!
Sintió necesidad de hablar con ese alguien
aparentemente pasado de rosca que se perdería por el tráfago de la ciudad y
olvidaría lo escuchado todo antes de terminar de contarlo. El vagabundo se
detuvo sin volverse, solo girando la cabeza.
-
Espero que sea importante lo que tienes que decirme, tengo una prisa
horrorosa, el tiempo es oro amigo. Je,je,je.
-
Mi mujer me ha dejado por mi mejor amigo.
-
Ah, je.je.je, estas de suerte. El que está jodido es tu amigo. Créeme,
nadie se merece derramar ni una sola lagrima, ni un hijo. ¿Tienes hijos?, da
igual, no merece la pena.
Aquel miserable montón de andrajos se fijó en los
zapatos de Roberto y se volvió del todo acercándose a él.
-
Esos... zapatos tienen que ser
cómodos. ¿Es la moda ahora llevarlos de dos colores? Tu seguro que tienes
dinero para comprarte más. Ya que me has molestado en mi pacifico paseo
deberías tener ese detallito conmigo, además es bonito que sea cada uno de un
color, ¿qué es eso, la moda entre los ricos? Anda, venga, no hagas que me
enfade de verdad y dame los zapatos.
Sin terminar la frase se metió la mano derecha en su
bocamanga izquierda y extrajo un rudimentario cuchillo estrecho, casi un
pincho, hecho de una oxidada hoja y cuerdas arrolladas enseñándoselo para dar
argumentos sólidos a su petición.
-
No soy ambicioso, podría pedirte la cartera también. Un poco de dinero
no me vendría mal, claro, las tarjetas esas no las quiero solo algo de dinero,
si quieres naturalmente. El peluco que llevas también es de categoría.
Acompañaba su cínico discurso balanceando el
rudimentario estilete de un lado al otro.
Roberto, aturdido y roto se desabrochó los zapatos y
se sacó la cartera de la que extrajo los pocos billetes que tenía. Metió el
dinero en uno de los zapatos y no hizo ni intención de quitarse el reloj, se
levantó y sin decir palabra se dio media vuelta y se fue.
-
Muchas gracias, caballero, ha sido usted muy amable, vuelva por aquí
cuando quiera, je, je, je. Otro día hablaremos del peluco.
Las piedrecitas del camino se le clavaban en los
pies lo que añadía un plus de sufrimiento físico al moral que le hacía temblar
de pies a cabeza. ¡Le habían atracado!, un viejo desarrapado sin media hostia,
le había atracado. Hasta que punto estaba indefenso y sin ganas de
conservación, que se había dejado robar por un indigente. Los pies le estaban
matando, los tenía muy sensibles y algo tendría que calzarse, no iba a tener más
remedio que volver a casa. Debería darse prisa si no quería encontrarse con
María y Federico.
Agradeció que a esas horas estuviesen las calles
vacías, vestido de esas hechuras en calcetines nada más, llamaba aún más la
atención que con un zapato de cada color. Apresurado, pasó delante de la
catedral y se dirigió a su portal. El ascensor estaba ocupado y por no esperar
se encaminó a las escaleras, que subió de dos en dos. Nada mas abrir la puerta
que daba acceso al vestíbulo donde se encontraba el portón de su casa, la
puerta del ascensor se abrió para dejar salir a María y Federico. Tanto uno
como los otros se quedaron petrificados. Parecía que Roberto lo había
milimetrado para forzar el
enfrentamiento.
A esas horas de la madrugada las calles vacías y
algún que otro noctámbulo despistado formaban un escenario en el que Esther se
sentía fuera de cuadro. El taxi se detuvo frente al número que le dijo y tras
pagar lo que marcaba el taxímetro más la tasa de nocturnidad se encontró en la
acera sintiendo el relente en su cara lo que le hizo estremecer de frío. Pulsó
el botón del telefonillo y como toda respuesta el relé de la cerradura de la
puerta le franqueó el paso. Subió las escaleras con el sigilo del caco que
entra a robar la plata y al llegar al rellano del piso de Blanca encontró la
puerta abierta.
-
¿Blanca?
-
Pasa Esther, te estaba esperando.
Encontró una Blanca que hacía honor a su nombre por
el color de la cara, mas que blanco, ceniciento, con unas ojeras violáceas que
confinaban los ojos, siempre tan duros y penetrantes, en el fondo de las
cuencas. El semblante inexpresivo con la mirada perdida en el infinito de la
nada. Se sentó a su lado y le pasó la mano por el hombro atrayéndola hacía si,
lo que ocasionó que la fuente se le desbordase una vez mas. Esa Blanca no era
la que ella conocía siempre altiva y desafiante. Era una mujer que parecía más
pequeña de lo que era en realidad, absolutamente indefensa y abandonada al
dolor.
-
Tranquilízate. Ya, ya. Cuéntame, que ha pasado.
El sollozo compulsivo le impedía hablar. Había
conseguido calmarse después de llamar a su compañera y ahora, al comprobar la
solidaridad tan cerca fue incapaz de aguantar el tipo.
Las caricias y los arrullos dispensados obraron el
milagro de ir calmando a Blanca que finalmente consiguió articular palabra.
-
Mi madre lo es todo para mí..., lo fue. Mi padre murió siendo yo
pequeña y me crió ella, a base de desvelos y noches en blanco, quemándose las
pestañas cosiendo para la calle. No se si lo superaré. Cuando noté los primeros
despistes, pequeñas pérdidas de orientación y olvidos flagrantes, no quise
darme cuenta. Llegó un momento que se convirtió en un peligro para ella y los
demás y no me quedó más remedio que internarla. Estos últimos cuatro años, en
la clínica del Dr. Goya, ha estado perfectamente atendida, pero cada vez me era
mas difícil aceptarla tan deteriorada, tan extraña, tan ausente. Sabía que
sucedería pero alimentaba la fantasía de que moriría yo antes, de una
enfermedad rara, o de un accidente inoportuno, para no pasar por esto, pero,
tenía que suceder y ha sucedido.
-
Pero esa residencia es muy cara, ¿tu madre tenía dinero? Nunca me
dijiste nada de tu madre, eras tan reservada.
-
Tenía un seguro que alcanzó para los primeros pagos, después...
Comenzó a llorar otra vez. Pero en esta ocasión el
llanto era diferente, no tenía los acentos de dolor inconsolable de antes, era
más una pena de arrepentimiento, de penitencia incumplida, de desolación
obligada y necesaria por las circunstancias. Era el lamento sereno del
veredicto de la sentencia que se sabe merecida. Estaba harta ya de su doble
vida, necesitaba abrirse, comprenderse explicándole a alguien el porqué de las
cosas como mejor forma de entenderlo ella. Si, de acuerdo, a su madre no le
faltó de nada, pero, ¿de que le sirvió?, mucho lujo, mucha señora por aquí,
señora por allá, que a su madre le importaba un ardite, mucha vajilla rotulada
y mucha música ambiental y al final, el final, como todos, frío, sórdido y
desesperante. ¿Se compensaba todo aquello con los tarros de Primperan
consumidos para soportar las nauseas de cohabitar con aquel viejo? El
encanallamiento de acallar sus conciencia que le repetía quedo pero machacona
que no era nada mas que una entretenida, una guarra pretextada, una rabiza sin
consuelo por misericordia.
-
Tengo que contarte algo Esther. No sé si será el mejor momento, seguro
que no es este el mejor, pero necesito
hablar con alguien.
-
Antes de decir nada piensa si quieres decirlo. Si te parece vamos ahora
a la Residencia a ultimar detalles. Mientras tanto te piensas despacio lo que
tengas que decirme, no vaya a ser que tengas que arrepentirte. Por nada del
mundo quisiera perder tu amistad, esa amistad que ha hecho que te acordases de mí
en un momento como éste.
Blanca hundió aún más su cara en el regazo de Esther
como forma de agradecer su ofrecimiento de sincero apoyo, por no querer
cotillear a costa de su dolor. Aceptó la recomendación de su amiga y
enjugándose los últimas lágrimas recompuso como pudo su semblante. Busco un
pañuelo de papel entre la multitud de bibelots que hacían inútil la mesita y
cuando lo encontró se termino de secar los ojos, se sonó la nariz y contestó a
Esther.
-
Tienes razón. Vamos a velar a mi madre. Por el camino ordenaré mis
ideas, no quisiera que sacases mala impresión de lo que quiero decirte.
Salieron a la refrescante madrugada sin dirigirse la
palabra. Esther solo podía pensar en que en unas horas debería estar trabajando
y que la jornada de trabajo por delante iba a ser dura. Llevaba dos diítas que
para ella se quedaban, la noche anterior en un cuarto polvera y ésta de
velatorio; arrebatador. No deseaba tener que escuchar de Blanca lo que ella ya sabía. Probablemente
habría detalles truculentos, situaciones degradantes, escenarios agobiantes que
pensaba no le iban a hacer ningún bien. Aún necesitaba sus fuerzas para
mantenerse ecuánime frente al desengaño de María y no le quedarían para apoyar
a Blanca en su vergonzosa confesión. De todas formas intentaría ayudarla
aplanando el camino, facilitándole el arranque.
Blanca caminaba camino del garaje a recoger su coche
al lado de Esther pensando en la mejor forma de exponer su historia, la
necesidad que tuvo de venderse sin que sonase a prostitución encubierta de
obligación, a excusa con sabor a culebrón de sobremesa. Ni ella sabía donde
terminaba su servidumbre y empezaba la vida fácil que proporcionaba el dinero
de Larry. A medida que pensaba en cómo empezar a explicar su calvario mas
difícil le resultaba hilar una historia que no le dejase demasiado en
evidencia. Se estaba dando cuenta, ahora que estaba obligada a meditar, que su
vida se parecía mas a la de una tunanta de altos vuelos que a la de una
abnegada hija obligada por las circunstancias. Parecía mentira que a ella le
importase la opinión de Esther cuando nadie le merecía el suficiente respeto
como para tenerle en cuenta. No podía imaginar que tuviese necesidad de
retorcer su historia para quedar bien delante de alguien, ¡con lo independiente
que era ella!. Y no estaba muy segura de querer maquillarla, para consumo
rápido, o ser definitivamente descarnada y hacer tabla rasa para poder empezar
de nuevo sin mentiras ni subterfugios. Al imaginar el escenario de una Blanca
desnuda, sin afeites, a cara descubierta, sin nada que esconder a nadie, se
sintió en paz. Si, no iba ser benévola con ella, cuanto mas severa mejor,
necesitaba una catarsis, un baño de sinceridad que le arrancase hasta la ultima
engañifa, la ultima falsedad.
Transitando por las calles vacías de la ciudad
camino de las afueras abrió por completo la ventanilla del coche. Se sentía
feliz sintiendo el viento fresco en la cara. Decidida ya a ser cruda e
imparcial con Esther le pareció ser una persona nueva. Pensó en su madre y
aunque transido de pena, el sentimiento era ahora de aceptación y libertad.
Sencillamente no necesitaba a Larry y todo el sufrimiento por su madre
encontraba su culminación ahora, en aquellos instantes, que terminarían a buen
seguro, antes o después, para que el tiempo actuase como bálsamo y fuese
difuminando en el tiempo el dolor, dejando finalmente el regusto añejo de esa extraña
satisfacción por haber podido convivir con aquella persona que se aposentaba
para toda la eternidad en su corazón sin que nada ni nadie se la pudiera
arrebatar.
Poco a poco la serenidad le inundó el espíritu. La
decisión estaba tomada. Iba a poder enfrentarse al cadáver que esperaba en una
fría sala sabiendo que aquel cuerpo no era su madre, al menos no toda su madre;
no era más que una efigie que le recordaría que su madre era parecida a aquella
estatua gélida y rígida y serviría para escenificar el último adiós en publico
de forma que quedase patente que a partir de ese momento con aquella persona
tan semejante a aquel cuerpo no se iba a poder contar. Todos terminarían por
olvidarla menos los que tuvieran el privilegio de llevarla en su corazón: ella sola,
finalmente su madre iba a ser para ella sola.
Aún faltaban unos kilómetros de autovía para llegar
a la residencia cuando Esther se vio en la necesidad de romper aquel silencio
que por segundos se hacía más y más espeso, viscoso, pegajoso. En ese momento
decidió que iba a dar el pistoletazo de salida de la confidencia de Blanca, si
es que no se había arrepentido durante el trayecto.
-
Ayer cené en el club de Golf con Roberto. Me dijo que tu estuviste
comiendo con él. Menuda sorpresa se llevó cuando te vio. Eras la ultima persona
que el se esperaría encontrar en un
sitio así y más habiéndote conocido la noche anterior.
-
Ya lo sabes, ¿no?
-
Dímelo tú. Roberto algo me dijo, pero como las noticias de primera
mano, nada.
-
Conocí a Larry al poco de llegar al hospital. Una mañana en la
cafetería, de bote en bote como siempre, vi llegar a Berta, ¿sabes quién es?
-
La directora económica del hospital.
-
Eso, la administradora. Pues eso. Vi que llegaba Berta con su café,
acompañada de un tipo madurito, alto y algo barrigón. Siempre me ha llamado la
atención la gente metidita en años. Buscaron con la mirada alguna mesa libre,
pero nada. Yo estaba sola porque Maica y Noli, llegaron antes que yo y se acababan de marchar. Se acercaron cuando
estaba terminando y muy educadamente el tipo alto, sonriente, me pidió permiso
para hacer uso de la mesa. Se sentaron y yo, a lo mío, continué desayunando.
Ellos hablaban de sus cosas de suministros, pedidos y plazos que a mí ni me
iban ni venían. Estaba a punto de irme cuando sonó el busca de Berta que se
marchó atropelladamente sin despedirse de su compañía. El puso una cara de
sorpresa cínica muy graciosa que me arrancó una sonrisa. Yo estaba por aquellas
fechas buscando residencia para mi madre, todas caras, y ésta, a la que vamos,
la mejor, carísima. Mi madre tenía un seguro que convencí para que me
traspasase, convencida de que más antes que después lo iba a necesitar para
atenderla a ella. Cuando ejecuté el seguro hubo dinero para empezar. Me enamoró
la residencia del Dr. Goya y me lancé al vacío.
-
¿Pero tu sabías que no la podrías pagar?
-
Confiaba en matarme a guardias si hiciese falta. Todo para que a mi
madre no le faltase gloria bendita. Pero estaba angustiada, imagínate que caía
enferma y tenía que dejar las guardias y no podía mantener a mi madre. En
resumen que mi cara debía cantar preocupación. Aquel señor alto y educadísimo,
ya que nos quedamos solos, y a falta, imagino, de otro entretenimiento, se
interesó por mis problemas. Nunca se me pasó por la cabeza que yo le gustase.
Me preguntó cuando acababa mi turno y se ofreció a escuchar mis cuitas, sin
ningún compromiso, mientras comíamos en un sitio más agradable que aquél
impersonal y desangelado comedor comunitario. Estaba sometida a tanta presión,
no quiero disculparme, conste, que me pareció refrescante conversar con alguien
radicalmente distinto, que me airease un poco las ideas. Quedé con él a la
salida. Me estaba esperando con un pedazo de deportivo de esos que quitan el
hipo. A primera vista pensé que no era el tipo de coche que le pegaba a un
hombre de su edad. Tomamos unas copas, luego otras y yo cada vez con la lengua
mas suelta. Acabé contándole lo de mi madre, la residencia y todo lo demás. Me
consoló diciendo que porque me preocupaba si no era mas que dinero. Siempre pasa
lo mismo el que tiene algo nunca le da importancia, claro como para el no
representa problema, lo desdeña. Pero me daba confianza y comprendí que le
gustaba. Comencé a sopesar la posibilidad de sacarle pasta para lo de mi madre;
era una buena causa, me repetía para mis adentros. No tuvo que insistir mucho,
acabamos en su apartamento. Lo demás te lo puedes imaginar.
El cartel que anunciaba que faltaban mil metros para
la desviación interrumpió la conversación. Esther no quiso inquirir mas,
prefería que Blanca sedimentase lo dicho y continuase después, u otro día. El
coche hizo por última vez su lenta ascensión flanqueado por los hieráticos y
distantes cipreses hasta alcanzar la explanada de la puerta principal. Antes de
dar oportunidad a que pulsasen la campanilla de la puerta, ésta se abrió. El
vigilante nocturno salió, indicándoles que rodeasen la casa hasta la puerta del
mortuorio.
Esther no pudo por menos de apreciar aquel gesto.
Siempre estos lugares se encontraban en sitios excusados, hurtados a la vista
general, como si la muerte fuese una actividad inconfesable que hiciese
enrojecer a las buenas costumbres. El dolor no debía mostrarse, era algo para
degustar a solas como los vicios nefandos. La muerte estaba definitivamente
desterrada de la realidad, era algo menos que virtual, era asqueroso, por eso
se escondía, se confabulaba la sociedad para negarla y maquillarla de transito
a otra vida mejor cuando ella estaba harta de ver la crudeza de la fisiología
rota, degenerada, corrupta.
Llegaron a una escalera de cinco peldaños que se
hundían en las entrañas del edificio. Traspasaron una puerta de vaivén y se
sumergieron en una atmósfera irreal. Una luz fluorescente mortecina iluminaba
débilmente un oscuro pasillo al fondo del cual una amenazadora puerta metálica
dejaba ver a través de su ojo de buey una estancia alicatada.
Con la respiración contenida, Blanca empujó la
puerta encontrándose de manos a boca una mesa central donde reposaba el cuerpo
encamisonado de su madre. Toda la fortaleza que había intentado atesorar
durante el viaje haciendo como que no pasaba nada, hablando de sus intimidades
para exorcizar el miedo, el terror pánico a encontrarse en esa situación se le diluyó
como un grano de sal en la mar. Se volvió horrorizada encontrándose con Esther que
la escoltaba cerca en previsión de algo de ese jaez. Con las manos tratando de
ocultar su cara se fundió en el regazo de su acompañante comenzando a sollozar.
Esther la abrazó consolándola, calmándola y conduciéndola a pasitos cortos
hasta la altura del cuerpo de su madre.
-
Tienes que ser fuerte, Blanca, debes mirarla, decirle adiós. No la
toques si crees que no vas a poder, pero mírala.
Blanca, sin poder dominarse gritaba desgañitándose.
-
No puedo Esther, no me obligues, no puedo.
En ese preciso instante en que Blanca estaba a punto
de pisar el umbral de la histeria incontrolada se abrió la puerta y dos hombres
vestidos de un gris tétrico arrastrando una camilla con ruedas sobre la que
reposaba una, brillante de laca, caja de madera rematada por un crucifijo en la
tapa irrumpieron en la sala. Con una voz desapasionada y neutra pronunciaron la
frase de rigor cientos de veces repetida.
-
Ustedes son las dolientes, ¿no?
Esther y Blanca quedaron sorprendidas no solo
la irrupción irrespetuosa en aquel
espacio de dolor sino por la pregunta exenta de emoción con la que se
presentaron ineducadamente en medio de la tragedia que se estaba desarrollando.
Al no recibir respuesta a su pregunta que era más bien una afirmación obvia se
aprestaron a enfundar a Gloria cadáver en la bolsa de plástico.
-
Nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo, ustedes compréndanos,
viniendo para acá nos han avisado de otro servicio de una hostia en la
carretera con dos fiambres de manera que no podemos entretenernos.
Como quien se dedica a envolver muebles desplegaron
una bolsa con cremallera y con admirable habilidad tardaron menos de un minuto
en enfundar el cadáver en la bolsa. Colocaron la caja al lado de la mesa y con
un experto movimiento pasaron el paquete hasta dejarlo caer con un sonido sordo
y desconsiderado dentro de la caja. Taparon la caja sin dar más opción a
despedidas ni reposiciones y mientras empujaban el carrito a la salida donde
esperaba el coche fúnebre dijeron donde se dirigían.
-
Esta caja va a la Soledad, donde nos han indicado. ¿estarán de acuerdo?
-
¿Cómo a la Soledad?
La voz de Blanca era trémula, entrecortada y
gimoteante.
-
Al Cementerio de la Soledad, eso es lo que ponen los papeles de su
seguro. Si tiene que ser a otro sitio deben ponerse en contacto con la compañía
antes de arrancar el coche.
-
No, no, a ese Cementerio está bien.
Esther ante el shock en que comprendió que se
encontraba Blanca tomo la iniciativa. ¡Que mas daba donde fuese inhumada! El
caso era acabar con aquellos instantes cruciales antes que su amiga se derrumbase
definitivamente.
-
Lleva dos coronas por contrato, si quieren alguna más allí en el
Cementerio pueden encargarla si quieren y si luego quieren algo mas especial
tomen esta tarjeta de una floristería especializada donde les atenderán
estupendamente si dicen que van de mi parte. Yo soy Benigno.
-
Así está bien. Les seguimos en nuestro coche.
Mientras empujaban la caja hasta la salida las dos
mujeres seguían la procesión abrazadas, Blanca sostenida por Esther que a duras
penas podía echar un paso detrás del otro caminaban detrás de aquel improvisado
cortejo fúnebre hasta llegar a los escalones que separaban el nivel del suelo
del de la calle. Mientras el chofer reculaba el coche fúnebre hasta dejarlo al
borde del primer escalón Blanca lloraba ya descaradamente sin recato alguno.
-
¡Que sola se queda, Esther, que solita, que frío tiene, arroparla,
tiene frío, esta sola, que solita se queda!
Blanca deshecha de dolor observó como la inmensa
boca del coche fúnebre sacaba una inoxidable y rígida lengua que se tragó la
caja hasta hacerla desaparecer dentro de su barriga.
El funcionario haciendo honor a su nombre de la
forma mas desenvuelta le instó a seguirlos y a no perderse, tenían prisa por el
servicio que le esperaba. Todo con el tono del que se va de excursión al campo
de fin de semana para estar seguro de no perderse por la carretera y fastidiar
las risas de merecido descanso después de una dura semana de trabajo.
Blanca sacó de su bolso la llave del coche
ofreciéndosela a Esther en un gesto desmayado y con un esfuerzo sobrehumano
para alcanzársela.
-
Conduce tu Esther, yo no tengo ánimo. Yo no puedo.
-
Blanca, yo no se conducir. No tengo coche. No tengo ni carné.
La declaración de Esther tuvo la virtud de sacar a
Blanca de su pozo ensimismado. Era tan absurdo que en esos momentos alguien no
supiese conducir que fue un golpe demasiado fuerte como para no hacerla
reaccionar.
-
¿Qué no sabes conducir?
Ahora daba la impresión que Blanca estaba en otro
lugar, físico y emocional. El tono de voz, el timbre, la extrañeza incrédula
tiñendo cada palabra podían hacer creer que aquel furgón que se comenzaba a
alejar colina abajo nada tenía que ver con ellas, que pasaban por allí.
-
No, no se. ¿Es malo? Me negué a aprender. Cuando mis dieciocho me
empujaban a obtenerlo no pude, y cuando ya cumplidos los treinta pude, medité
un poco. Es una esclavitud mas a la que nos somete esta sociedad, esa llave que
me tiendes no es para arrancar el coche, es la llave que cierra el candado de
tu libertad. Si conduces te hacen creer que eres mas libre para ir y venir
llevándote a su terreno de convencerte que la libertad es moverse deprisa, sin
contar con nadie, como si fuésemos únicos en el mundo, cuando la realidad es
que moviéndote solo te embarullas mas en las ligaduras que ellos te emboscan, que
no son sino que gastes, que consumas y que lo hagas deprisa. Si realmente
quieres ir o venir donde te de la gana solo tienes que hacerlo, medios hay de
sobra y el tiempo que tardes no forma parte de la libertad de moverte, solo
forma parte de su engaño para llegar cuanto antes a un sitio perdiendo el
sentido del viaje que es donde expresas tu libertad. Y además te permite
relacionarte que es lo que ellos no quieren, que intercambies experiencias de
libertad, es kryptonita para ellos, les debilita.
-
Déjalo, Esther, ahora no estoy para filosofía. Yo conduciré, me
despejaré de paso. ¿Por cierto quienes son ellos?
-
Otro día hablaremos de ellos. Ahora vamos ligero que el coche fúnebre
se escapa.
-
Eso que es, ¿penitencia por los pecados cometidos? No, es que te has
vuelto rematadamente patético. ¿Qué quieres, un enfrentamiento?, esperándonos,
y en calcetines, ¡habrá que ser retorcido en el mundo!
-
No, espera María, no es lo que parece, ha sido una coincidencia, me han
robado los zapatos, ya se que suena estúpido, pero es así y venía a ponerme
algo de calzado. Ha sido una desafortunada casualidad, no quiero ningún tipo de
enfrentamiento.
-
Los zapatos..., ya...
Mientras hablaba con su mujer cayó en la cuenta que
Federico estaba allí al lado de María quieto como una vela, y por lo colorado,
parecía que ardiendo como ella. Al mirarlo se le endureció el rasgo del rostro,
afiló la quijadas y elevó la vista repasándolo de arriba abajo con la
suficiente expresión de asco para que no le quedase lugar a dudas cual era el
sentimiento que le despertaba su presencia. No había término medio, no podía
permitirse que lo hubiera. Era, ignorarlo despreciativamente o liarse a
mamporros para lo que no estaba preparado ni se iba a consentir rebajarse hasta
ese umbral y darle la satisfacción a su amada mujer de verle desairado por los
suelos, vejado y escarnecido mas aún de lo que el se sentía sin necesidad de
que nadie le diese una tunda, y Federico tenía preparación y fortaleza y
cinismo para dársela.
-
Roberto, tenemos que hablar...
-
Yo con usted no tengo nada que hablar o le parece poco lo dicho ya sin
abrir la boca. Solo el venir a “mi” casa, con “mi” mujer demuestra su
sensibilidad y ganas de solucionar lo insoluble. No vuelva a dirigirme la
palabra.
María con gesto de aburrida impaciencia se volvió
hacia la puerta mientras le contestaba.
-
Bueno, ahí te quedas envuelto en toda tu ridícula dignidad, nosotros
vamos por mis cosas. Acompáñame Federico.
-
¡Es mi casa!, entraré si me da la gana.
-
¡Pues entra o quédate, o muérete si quieres! No me impresionan tus
hinchamientos de buche, es solo aire. No seas más estúpido y compórtate como si
estuvieses civilizado, tú que tanto llevas a gala tu educación y donosura.
Se dirigieron a la puerta que se abrió al impulso
del tecleo de la clave. Roberto se quedó quieto, rabioso, indignado y apaleado.
Sus pies querían iniciar la marcha para entrar en su casa pero el cerebro no
tenía ganas de dar la orden. Deseó morir en aquel instante pero él sabía, que
cómo mejor manera de llamar la atención de su mujer que a buen seguro no le
haría ni caso. El no quería morir, su infinita curiosidad le empujaba a seguir
viviendo solo con la intención de ver en que paraba todo aquel embrollo. De
alguna manera se lo estaba pasando bien. ¡Al fin algo en su vida se movía!,
algo diferente ocurría. El hastío rutinario le había limado todas las aristas
que hacían de él alguien brillante y que tanto echaba de menos. Aquellas
salidas de tono, aquellos altibajos que tanta pimienta ponían en su relación ya
no existían. Dejó de ser radicalmente joven para ser un civilizado adulto que
era precisamente lo que le demandaba su mujer que fuese cuando eso era lo que
había acabado con su interés por él y le había hecho un ser plano y aburrido.
Pero la pereza era mucha, demasiados intereses..., su seguridad, el poder
dormir de noche. ¡Joder, si ahora tampoco dormiría! Los problemas no se
solucionan, se cambian de traje, les cambiamos de traje. Pensó que los
problemas son la vida, que constantemente intentamos sacudirnos, sin percatarnos que es la vida misma lo
arrancado, que no es susceptible de arrancarse, abandonando la vida que más nos
conviene por sucesivas interpretaciones de vidas que nos son postizas y nos
hacen infelices. Vestimos nuestro vivir de disfraces para intentar quitarles
virulencia y que no nos molesten cuando vivir es, en si, una perpetua y
milagrosa molestia que nos estimula a gozar del fluir vital.
Transcurrido lo que le pareció menos de medio
segundo, María flanqueada de Federico salió sin molestarse en cerrar la puerta.
Al ver a Roberto todavía parado donde le dejaron al entrar abrió los ojos de
sorpresa.
-
¿Aún sigues ahí? No estés mucho mas o te saldrán raíces, aunque después
de todo no te desentonarían, eres lo mas parecido a un geranio, vistoso pero
absolutamente prescindible, los hay por donde vayas.
Se puso más pálido todavía de lo que lo estaba
intentando articular alguna palabra que expresase su tremenda desazón. Abrió la
boca dos o tres veces sin conseguirlo. ¿De donde sacaba esa crueldad?, ¿no
tenía respeto siquiera por su dolor, aunque fuese por lo bien pasado?
-
Ahora pareces un pez ahogándote. ¡Que te vaya bien cariño!
Pulsando el botón de llamada de ascensor, éste,
dócil al mandato abrió sus puertas tras las que se perdieron los dos cuando se
cerraron dejando solo, absoluto, a Roberto que sin saber porqué comenzó a
dibujar una sonrisa nerviosa que se fue volviendo convulsa y termino por
trasformarse en un grito fuerte y amargo que le rasgó la garganta. La piernas
le flaquearon y cayó al suelo como a cámara lenta quedando sentado como un
indio, con la piernas cruzadas, mientras la lagrimas humedecían su camisa.
Cuando comprendió que la muerte no tenía cita con él
aún por mucho que el la pidiese en su nombre, se levantó y arrastrando sus
doloridos pies se metió en su casa. Cerró la puerta despacio para que no
hiciese ruido, como si no quisiese molestar los recuerdos que conservaba de su
feliz y anodina vida en común bajo aquellos techos. Cerrada, se apoyó en ella
para seguir llorando mansamente. Nada le estimulaba a hacer nada hasta que un
pitido proveniente de su despacho le sacó de su ingobernable torbellino de
amargura. El ordenador, centinela infatigable de la casa, se encendía para
avisarle que había un mensaje entrante. Sin ganas, pero guiado por su
curiosidad, su inacabable curiosidad, entró en el despacho y abrió el correo
recién llegado.
“¿Qué
te pasa tío? No has vuelto a contarme nada, ¿qué has hecho por fin? ¿Y ella, en
sus trece? ¿Por qué no quedamos esta tarde y charlamos vis a vis?
Saludos cordiales, dime algo.
Fat&ugly.”
¿Qué pretendía esa tía, reírse de él?, pero que
ganaba con eso. ¡Que mas daba ya!, ¿porqué no? Pulso el botón de responder y se
dispuso a escribir. Pulsado el botón de “enviar”, quedó absorto en la pantalla
esperando la respuesta. Esperaba que estuviese en línea y le contestase.
Necesitaba hablar con alguien ajeno, neutro, que no le fuese nada en su dolor
ni en su historia, que pudiese ser libre de dar su opinión sin temor ni ganas
de herir.
Transcurridos pocos minutos recibió la esperada
respuesta.
“De
acuerdo, donde tu has dicho. No te me vayas a morir, tengo una gran intriga por
verte y que me cuentes de primera mano ese ultimo episodio desgraciado. Veré de
consolarte en la medida de mis posibilidades. Me conocerás en cuanto me veas,
no lo dudes, lo mismo que yo te conoceré a ti.”
Miró su reloj, salvado gracias a su coraje ante
aquel temible atracador, y comprobó que aún quedaban dos horas para la cita.
Dijo que le consolaría, quizá..., ¡qué va! Se estaba riendo de él, seguro, pero
quería que se riesen de él, su deseo autodestructivo era tan intenso que
deseaba ser castigado por haber consentido que le dejasen, por no haber sabido
defender lo que consideraba suyo. A sabiendas de que iba a ser sujeto de
escarnio iría, como el manso va al matadero, sin rechistar, era el único premio
que el merecía, el ser denigrado, y por una desconocida.
Se encaminó a la ducha. Pensó que lavándose se
encontraría mejor, el agua se comportaría a modo de instrumento bautismal que
le redimiese de su pecado, del pecado de ser alguien tristemente estúpido que
se resigna sin pelear a ser expoliado de su felicidad, pequeña y burguesa
felicidad pero suya al fin. Cuando salió del agua se encontró algo mas relajado
físicamente pero la sensación de extrañamiento que se le concentraba en la boca
del estomago le recordaba que nada, por mucha agua derramada, había cambiado.
No existían los milagros. ¿Cuánto duraría aquello? Dicen que el tiempo lo cura
todo, ¿cuánto tiempo?, ¿según que criterio? Respuestas que no dicen nada a tantas
preguntas sin sentido, la realidad era que una nueva vida, ni peor ni mejor se
le abría delante, el problema era el terror a lo nuevo, a la organización
diferente de su vida. La automatización de los pequeños detalles diarios
quedaba rota, ahora tocaba improvisar todo un guión nuevo, desde qué y cuando y
con quien desayunar, hasta acostumbrarse a no ver en su cuarto de baño los
potingues de María, que podrían ser sustituidos por otros, quizá, pero le daba
una pereza mortal tener que acostumbrarse a otros olores, a otros “tempos”. No
estaba muy seguro de querer iniciar otra relación, le resultaba mas atrayente
soportarse el a si mismo y no tener que echar la culpa a nadie de que su espuma
de afeitar no se encontrase donde habitualmente la dejaba. Se tendría que
acostumbrar a que la otra parte de la cama no se deshiciese, a que al buscar de
noche el calor humano de otras piernas bajo las sabanas solo encontrase el frío
textil de algodón. Tendría que aprender a combinarse las corbatas con el color
de las camisas. Era mejor no seguir imaginando escenarios que le provocaban
ansiedad, habría que desentrañar el día a día como si fuese un jeroglífico para
comprender el porqué de su existencia, encontrar la respuesta a la eterna
pregunta: ¿por qué?, a secas.
Terminó de vestirse con ropa cómoda y salió de la
casa. Quedó detenido a la puerta del ascensor sin decidirse si bajar al garaje
a recoger el coche o llegar andando al lugar de la cita. De pronto puso cara de
extrañeza en una mueca excesiva y exclamó en voz alta.
-
¡Pero yo debo estar loco de remate!
Estaba dilucidando cómo llegar a un lugar donde
había quedado con alguien que el presuponía que era fémina pero dejando al
albur de la intuición el reconocimiento.
¡Ya está!, debía ser alguien que le conocía y le
estaba gastando una sangrienta broma, de otra forma, ¿cómo estaba tan segur@ de
reconocerse? Dudó unos instantes pero finalmente el fondo aventurero y curioso
de su carácter le impulsó.
-
¡Pues sigamos la broma!
De repente, aquella situación pasó a tener otra finalidad
diferente, de ser estresante paso a ser estimulante, de ser ratón pasó a ser
gato disfrazado de ratón. El haber descubierto, o haber creído descubrir, la
intencionalidad de la cita le produjo regocijo. En medio de su marasmo
emocional se iba a divertir. Se iba a enterar fuese quien fuese.
Decidió ir en coche, le apetecía conducir aquella
tarde de domingo por las calles desiertas, despacio, paladeando la cita,
relamiéndose con la sorpresa y el revuelo que iba a provocar. No era el
carajote que ellos se imaginaban.
Debía llevarlo pintado en la cara, de otra forma no
era comprensible que tantos le tomasen por lo mismo.
La terraza elegida para el encuentro se hallaba a la
sombra de unos vetustos castaños de indias que a esas horas de la tarde
primaveral conferían un ambiente relajado y fresco. Era agradable permanecer
allí observando los escasos viandantes mientras se paladeaba un helado o un
buen café cremoso y aromático. No hizo más que acomodarse en el sillón de
mimbre, cómodo y relajante cuando el camarero, solicito, le tomó la comanda. No
tenía ni idea de quien pudiera ser fat&ugly. A su lado una parejita joven
se dedicaba a comerse con los ojos de entrega sin reservas, dos mesas mas allá,
un hombre de edad se afanaba, amorosamente, en dar un potito a un niño de corta
edad, su nieto, sin duda. La mesa más alejada estaba ocupada por una señora de
buen ver, a pesar de su edad, porte elegante y distinguido ademán con dos altos
y esbeltos vasos de horchata encima de la mesa. Le hizo suponer que estaría acompañada
o esperando la inminencia de compañía. Ninguno de todos aquellos personajes se
acomodaba a la idea que se había hecho de su cita.
Le traían el Cardhu con un taco de hielo con el que
se quería dar un homenaje por tener tan dominada la situación, cuando observó
que la señora distinguida se levantaba y se acercaba a su mesa.
-
¿Roberto, supongo?
La cara le palideció y todo el aplomo que el creía
que llevaba se diluyó en un instante. Descolocado del todo y con una legión de
mariposas bailando en su estomago respondió.
-
Si, ¿nos conocemos?
Aquella mujer esbozó una sonrisa tranquilizadora y
de tinte bonachón, cómo de abuela condescendiente con la travesura del nieto
preferido.
-
¿Me permite que tome asiento?
La educación no es algo que se tenga que pasar por la
voluntad. Pone en marcha resortes que provocan conductas aprendidas y vistas en
los mayores a lo largo de los años. Era una señora mayor, y encima educadísima,
lo que exigía levantarse en señal de respeto e invitar a tomar asiento.
-
Por favor, que torpeza la mía, siéntese, hágame el favor. ¿Nos
conocemos de algo?
-
No desearía equivocarme, pero el nombre fat&ugly, ¿le suena de
algo?
El güisqui se le atragantó. Tosió, congestionado
intentaba mantener hasta donde fuese posible la dignidad, por respeto a su invitada
y que de paso no pareciese que le había golpeado donde mas daño pudiera hacer.
¿Qué estaba pasando?
-
¿Cómo sabe usted...?.
-
Es evidente, cariño, yo soy Ugly.
-
Us..., usted, ¿es
fat&ugly?
-
No, no, no, yo soy Ugly, Fat vendrá ahora.
-
¿Son dos personas?, ¿fat&ugly son dos personas? Si usted es Ugly y
es evidente que a pesar de su edad todavía conserva una buena dosis de belleza,
Fat debe ser una galanura de figura, ¿por qué no será gorda?
-
Delgado, es delgado y de bastante buen ver, créame.
Con eso si que no contaba. ¡Cómo era internet! El
reino del anonimato y el disimulo, como esos cuartos oscuros que hay en algunos
locales gay, te relacionas con alguien que ni siquiera sabes si existe, todo es
tan verdad o mentira cómo uno quiera creerse y en cuanto te descuidas te la
pegan. De manera que lo que él creía que era una despampanante hembra era una
vieja de buen ver y un tipo que aún no había ni visto. ¡Valiente charada!
Estaba con cara de panoli intentando digerir lo que
le estaba sucediendo cuando se acercó a la mesa con un vaso de horchata en cada
mano un caballero alto, de noble figura y aspecto agradable, ojos de mirada
inteligente y sonrisa desafectada. Depositó con sumo cuidado los vasos en la
mesa y tomó asiento, cruzando elegantemente las piernas. Iba deportivamente
vestido con una camiseta negra sobre la que portaba una americana de ante
ligera y fresca, unos pantalones chinos con unos náuticos sin calcetines
conformaban una imagen anacrónica de lo que se podía esperar de una persona de
su edad, que era imposible que bajase de los setenta.
-
Veo que ya conoce a Ugly. Yo soy Fat. Encantado.
Le tendió una franca mano que estrechó la suya con
firmeza pero sin violencia.
-
Bueno, ¿que pasó finalmente con su mujer? ¿Por qué sería cierto lo de
su mujer y lo de los cuernos?
Pensó en acabar todo aquello, dar media vuelta y
largarse sin despedirse, pero le intrigaban aquellos dos personajes tan raros,
por llamarlos de alguna forma.
-
¿Por qué se ríen ustedes del dolor y el sufrimiento ajeno?, es la única
forma que han encontrado de dar un poco de sentido a sus insulsas y estériles
vidas, ¿no es eso? Podrían dedicarse a programas de autoayuda o emplear esas
energías que parecen que tienen para otros más débiles, pero no, es mejor
ocultarse en el anonimato que presta la red para hurgar en el sufrimiento de
los demás y pasar unas noches de risas a costa de cuatro desgraciados.
-
No se altere, Roberto, no era esa nuestra intención, no se sienta
ofendido. Ugly y yo solo queremos ayudar, con nuestra experiencia y nuestra
visión del mundo tenemos mucho que aportar al desconcierto de tantos que, a
tientas, buscan, desorientados respuestas a lo que no tiene respuesta. Nuestro
único guiño a la red es el nick elegido, porque ni Edelmira es fea, ni nunca lo
fue, ni yo Evaristo he sido nunca gordo. De verdad, queremos ayudar, os
queremos ayudar. Tu mensaje de anteanoche destilaba dolor y nos llamó la
atención, solo podía ser real, no la invención de un aficionado a relatar
folletines con ansias de morbo, por eso
y solo por eso hemos querido quedar contigo, pero si te has sentido tan
ofendido que seas incapaz de perdonar, de momento, lo comprenderemos. Eres
noblote, Roberto, no hay mas que ver tu reacción, si así lo quieres, volveremos
a nuestra mesa y si alguna vez nos necesitas sabes nuestra dirección.
-
Roberto, Fat y yo, bueno, Evaristo y yo, no siempre hemos sido dos
carcamales, nos conocimos siendo dos críos y hemos pasado muchas vicisitudes
que observadas desde la distancia que dan los años se nos antojan chiquilladas, pero es trampa juzgar las cosas
de antes con la experiencia de después. Sin embargo creemos que podemos
orientar y templar los ánimos para dar oportunidad a la paciencia y que no se
tomen decisiones de las que tener que arrepentirse cuando ya no existe solución
aceptable. ¿Qué edad tenéis?, cuarenta y pocos, hay toda una vida por delante y
tiempo de empezar de nuevo, créenos, lo sabemos por experiencia.
¿Te acuerdas Evaristo?,
claro, ¿cómo no te vas acordar?, aquella corista que te sorbió el seso. Me
desesperé, Roberto. Le eché de casa.
-
Aquella noche dormí en el descansillo de la escalera, ni se me ocurrió
ir en busca de la pelandusca, pero no te creas que se ablandó, cuando a las
cinco de la mañana me desperté aterido y pringoso después de una noche de
perros, dolorido y entumecido me encontré con una maleta vacía a un lado y un
montón de ropa al otro. Supe entonces que aquello era serio. Hasta dos semanas
después no consintió hablar conmigo. La lóbrega habitación de aquella pensión
que tenía que compartir con cualquier transeúnte que necesitase una cama, se me
antojaba una celda de condenado por un crimen inconfesable. Muchas mañanas me
preguntaba que para que quería yo una cama si no pegaba ojo en toda la noche y
por la mañana lo que menos me apetecía era asearme, con una consigna para
guardar la ropa en la estación habría sido suficiente. Toda mi obsesión era
aguardar a Edelmira a la puerta de la casa cuando salía para su trabajo en
correos, me fulminaba cuando me miraba y lo único que se me ocurría era morir
pero aún eso me parecía poco, estaba seguro de seguir sufriendo después de
muerto.
-
Aquella noche podría haberle matado. Cuando encontré aquel billete con
ese número de teléfono, no lo dudé. Lo marqué y cuando una vocecita afectada y
mimosa me contestó con aquel: “¿Eres tú, tocinito mío?, te echo muchísimo de
menos”, no necesité más. Me subió desde las tripas un fuego que me estalló en
los ojos. Todo lo veía rojo hasta dejarme ciega, solo quería que se evaporase,
que sufriese todo lo que yo había sentido al oír aquella bobada estereotipada,
que se comprendía a la legua que no era mas que oficio. Lo único que se me
ocurrió como mejor método de perderle de vista fue echarle. No dormí en toda la
noche y a las cuatro de la mañana con toda la rabia de la que era capaz arranqué
toda su ropa del armario, una maleta, la primera que cogí, la mejor para mi
disgusto posterior, y la tiré al descansillo. Ni siquiera vi que el estaba
allí.
Cada vez que salía cada
mañana para el trabajo y le veía como un perrillo apaleado, apalancado en aquel
banco, con el aspecto de pordiosero desahuciado, se me partía el corazón,
porque le seguía queriendo, nunca le deje de querer, pero mi dignidad estaba
por encima de toda consideración, hasta que pasados los días, en un constante
sufrir, me pregunté que era mas importante, vivir saturada de dignidad sumida
en la mas absoluta de las penas o aparcar esa dignidad y disfrutar de la vida
en compañía de quien en un momento se equivocó de senda y tomó una desviación
del camino deslumbrado por las luces de una que viniendo en sentido contrario
no quiso bajar su luz larga. Fue sorprendente, cómo, cuando aquella mañana,
harta de gastar kleenex todas las noches, me acerqué a Evaristo y le dije,
“Anda, vamos a tomarnos un cafelito, sinvergüenza”, e inmediatamente se me
ensanchó el alma y creo que gane tres tallas. No comprendía como podía sentirme
tan bien con el atracón de dignidad que me acababa de dar y sin embargo me
sentía más digna y feliz que nunca, caminando en silencio, al lado de aquel
adefesio que olía a rayos y tenía mas arrugas que un traje de lino en el
trópico.
-
Cuando se me acercó aquella mañana, había estado dudando toda la noche
si ir o no una vez más. Llevaba ya dos semanas haciendo guardia. Había pedido
permiso en el trabajo, sin cobrar, claro, y el dinero..., ya no quedaba mucho.
La pereza se me arrebataba y casi gana la batalla, pero el recuerdo de Edelmira
se me agarraba a la garganta y me hacía gemir de dolor. Decidí que por ultima
vez iría a esperarla, luego arrastraría mi mala cabeza causante de mi desgracia
hasta que cualquier lance, buscado o no, me la partiese.
Vi a Edelmira, preciosa,
mucho más delgada, que en lugar de mirar fulminándome, como cada día, se
encaminaba, resuelta hacia mi banco. Cerré los ojos dispuesto, resignado, a
esperar el chaparrón, el rechazo definitivo. Cuando escuché aquella entonación
tan conocida y tan sugerente, como una regañina considerada de quien bien te
quiere, todas las lágrimas que me había tragado durante tantos días quisieron
airearse al tiempo. Tomando el café en silencio no pude por menos que
carcajearme cuando muy, muy seria, me preguntó: “¿Estaba buena la guarra esa?,
¿más que yo? ¡Evaristo!, por todos los clavos de cristo, con tu categoría,
dejar que te llamase ‘tocinito’, eso si que me dolió”.
Roberto estaba boquiabierto. Se estaba preguntando,
con la que tenía encima, que hacía escuchando batallitas de dos viejecitos de
buen porte, eso si, pero viejecitos que ni le iban ni le venían. Efectivamente
estaba afectado, este comportamiento no era ni siquiera regular, era
marcadamente patológico.
-
Yo..., verán, no quisiera que se sintiesen ofendidos por lo que voy a
decirles. Su historia estaría interesante si la hubiese escuchado en otras
circunstancias pero no solo no me añade ninguna solución a mi problema sino que
me plantea mas problemas, como son los de tener que declararles que esto es,
para mi, una pérdida de tiempo, aunque para ustedes sea emocionante conocer a
alguien en una situación tan, digamos, comprometida. Yo no estoy para juegos.
Me voy.
-
No, espere. Evaristo dile algo tú.
-
Tú se lo dirás mejor cariño.
-
Solo queríamos trasmitirle algo de esperanza. Es evidente que usted
quiere a su mujer y no está disfrutando con la separación. Lamentamos haberle
dado la enhorabuena por el abandono en el correo, ¿verdad Evaristo?, creíamos
que era retórico todo aquello, distracción lúdica de un desocupado aburrido y
solo queríamos juguetear un poco. Después ya nos dimos cuenta de que su
sufrimiento era muy real y quisimos ayudar apoyados en nuestra experiencia.
-
Les doy las gracias, pero no hay nada en que puedan ayudar, al menos a mí.
Agradezco su intención. Fue un error por mi parte publicar mis sentimientos en
la red.
Llamó al camarero, pago las consumiciones de los
tres y sin más preámbulos se dio media vuelta y se marchó.
Mientras conducía de regreso a su dúplex pensaba en
lo que le habían contado. Desde luego no veía el a María con cara mustia y
ansiosa a la puerta de casa esperando a que saliese para la consulta. Y por
supuesto no iba a ser el quien se arrastrase suplicante, no era él, el
adulterino. Aquella bobada a la que se había prestado solo había servido para
provocarle desazón sobre desazón. La aventura no existe fuera de nuestra mente,
solo es otra forma de alienarse. Cada vez se encontraba peor. No estaba seguro
de querer ir a trabajar al día siguiente, no se encontraba con fuerzas. Se
detuvo junto a la acera porque las lágrimas empañaban la visión e iba a
provocar un accidente. Se dejo caer abatido en el reposacabezas, cerró los ojos
y se entregó al desconsuelo.
-
Ha sido muy violento, María. Me ha dado pena, de veras, tan ridículo,
allí plantado descalzo, ¿por qué estaría descalzo?
-
Pues a mi no me ha dado ninguna pena. Tú no le conoces como yo. Es
patético. Lo de los zapatos una de sus infantiles tretas para ablandarme, ¡a
mi!
Mientras intentaba acomodar su ropa en el armario de
Federico, se preguntó, ahora en serio, ecuánime, el porqué de la falta de
zapatos. Se detuvo en su trajín, pensativa. No, no era el estilo de Roberto,
mal debía estar. De haber querido despertar en ella sentimientos de culpa,
conociéndole, se lo habría encontrado hundido donde le dejó, hecho una esponja
de güisqui. Estaba furiosa por lo de Esther y ahora se sentía culpable por
utilizar ese episodio para justificar su aventura.
A medida que se alejaba en el tiempo la revelación
del lío de su marido y se sedimentaba en su memoria lo sucedido según se lo
intentó explicar Esther mas se desactivaba su justificación y mas extraña se
encontraba ahora instalándose en casa ajena. Una cosa era echar un polvo
robado, una aventurilla, una travesura de adulto, como la que hace una
chiquillada y otra encontrarse ahora en medio de este desbarajuste. La
sensación fría y viscosa de arrepentimiento culpable se iba abriendo paso a
través de su seguridad de mujer independiente que hace lo que tiene por
conveniente. Si, efectivamente, era libre de hacer lo que hacia, las cosas
empiezan y acaban y con Roberto se había acabado y empezado con Federico, pero
algo irracional le susurraba a su alma que no todos los vínculos antiguos
estaban consumidos, que un hilillo fino y sutil de aspecto despreciable pero de
tenacidad poderosa permanecía es espera de ver resuelto su destino, desafiante,
diciendo: “córtame si tienes valor, acaba de una vez, nadie te lo va a
reprochar”; esa resolución estaba en sus manos. Sostenía la tijera que
representaba Federico para cercenar definitivamente ese hilo pero no se
atrevía, y debería estar encantada de cortar, pero no podía. Una vez más el
recuerdo, el imperturbable recuerdo se le plantaba entre su voluntad de
decisión y el sencillo acto de terminar. Era esa cara de mirada sencilla e
inocente que desde su memoria le suplicaba interrogante: “¿porqué?”.
Se derruyó,
agotada, en el filo de la cama, los hombros desfallecidos y una prenda
entre los dedos que intentaba desprenderse de su presa para caer inerte al
suelo. Esa alcoba, testigo de tantos momentos fogosos y gloriosos, se le
antojaba ahora vulgar, devastada, de mal gusto. Recordaba su dormitorio, una
autentica obra de arte del diseño que le relajaba nada más entrar. Aquella
habitación tenía el sello de los dos, de Roberto y de ella, que la decoraron
con mimo y cariño, se identificaba con ella y de alguna manera le enlazaba a
él. Cualquier habitación de pensión de provincias podía tener más categoría que
aquella en la que estaba.
En ese momento en que María estaba al filo del
abismo tambaleándose sin saber bien de que lado caer entró Federico.
-
¿Tienes suficiente espacio?
-
No parece...
-
¿Qué te pasa, cariño?, te ha dado un bajón, pero...,¿no te irás a echar
atrás ahora?
Desde su sitio, inerme, miró hacia arriba con cara
de súplica y compunción a Federico. No hicieron falta más palabras. Todo quedó
dicho. Sin poderlo remediar comenzó a llorar. Federico se sentó a su lado
abrazándola, ella se dejo querer y reposo la cabeza en su hombro. El le
acarició el pelo. Apoyó la mejilla en su cabeza y le habló susurrante.
-
Comprendo que se te haga difícil. Cada comienzo supone un cambio y nos
cuesta cambiar, porque cada cambio supone una pérdida..., y una ganancia, lo
que ocurre es que nos aposentamos en nuestras pequeñas posesiones y nos cuesta
apostar por lo nuevo a costa de perder lo anterior. Desatracar para una nueva
singladura siempre lleva incertidumbre, por el estado de la mar durante la
travesía, pero permanecer siempre atracado supone perderse la belleza de nuevos
puertos; la seguridad en una trampa que termina por momificarnos la ilusión de
la juventud, es lo que nos hace envejecer. Date una oportunidad, démonos una
oportunidad.
Cambió el tono de voz y más festivo, esperanzador e
ilusionado continuó.
-
Vamos a empezar por inaugurar
una nueva casa, que sea nueva, para los dos, donde tu no te sientas una extraña
ni yo me crea con derechos adquiridos. Si esto es un comienzo que lo sea de
verdad.
Hizo una pausa y completamente coloquial y
despreocupado le hizo una pregunta retórica.
-
¿Tu viste el piso que entró la
semana pasada, ese grande con esa terraza tan bonita?
-
¿El de los Antúnez?
-
¡Que memorión!, si, ese. Bueno, ¿lo viste?
-
Si.
-
¿Te gustó?
La voz de María dio la impresión que había diluido
la tensión del momento a base de conversación. La habría convencido o no, pero
le había hecho enfocar su atención en otro punto que le ilusionaba.
-
Me encantó, tiene mucho arreglo echándole unos miles encima, desde
luego. Algo caro me pareció.
-
Nos lo quedamos. Además nos ahorramos el corretaje. ¿Te parece?
-
Pero hay que sacarle mejor precio, ¿eh?
Las caricias de Federico se fueron trasformando de
consoladoras a lubricas lo que fue acusado por María con un estremecimiento,
señal inconfundible de que respondía a sus caricias. Se buscaron con avidez sus
labios preludio de la fundición de sus cuerpos.
-
¿Se encuentra usted bien, le pasa algo?
Abrió los ojos sobresaltado. Un municipal plantado
al lado de su ventanilla le miraba con
aire de preocupación.
-
Ah, no, gracias, un mareo sin importancia.
-
¿Llamo una ambulancia?, del coche nos ocupamos nosotros, se lo dejamos
en el hospital.
-
No, de verdad, soy médico, ya estoy recuperado, he dormido poco esta noche,
ya sabe usted...
-
Como usted quiera. Si se encuentra bien, tiene que retirarse de aquí,
esta prohibido aparcar.
-
Si, si, ya me voy, muchas gracias.
Arrancó el coche y cuando se incorporaba al trafico
se dio cuenta que no había puesto la intermitencia, esperó escuchar el silbato
del guardia deteniéndole pero continuó la marcha sin contratiempos.
Aparcó en su plaza de garaje de forma mecánica e
inmediatamente la vaciedad de la plaza de al lado le dolió como si le
arrancasen un miembro. Otra vez la desazón, el desconsuelo y las lagrimas.
Estaba cansado de sufrir, demasiadas sensaciones desagradables, demasiada
tensión sin poder disipar. Cuando llegó a su casa anochecía y solo le apetecía
buscar su rincón, como el toro herido de muerte las tablas, necesitaba acurrucarse
y descansar, rumiar la perdida en su propia intimidad. Entró en la casa, cerró
la puerta y se quedó plantado sin saber donde ir ni que hacer. Ya estaba en su
cueva, ya estaba refugiado, supuestamente a salvo, pero ¿de qué? Necesitaba
descansar pero no tenía ganas. Dudó entre bajar a emborracharse al salón o
acostarse. Una vez más fue su sentido de la responsabilidad y su
profesionalidad, la que decidió el final del combate. Había gente que dependía
de él, que confiaba en él, que le esperaba al día siguiente. Sus problemas no
podían interferir, eran suyos y a nadie le debían salpicar. Se dirigió
finalmente al dormitorio.
Se dejo caer encima de la cama tal como estaba.
Cerró los ojos intentando que el sueño con su manto protector le librase del sufrimiento,
pero con más crueldad que la que esgrimió María, el sueño no se presentaba a su
reclamo. Necesitaba dormir, debía estar descansado al día siguiente. Se levantó
y dirigiéndose al cuarto de baño se permitió tomar un somnífero.
Regresó a la cama, se fijó en la hora del
despertador, eran algo mas de las nueve, con razón no tenía sueño, pero se
felicitó por haber tomado la pastilla, necesitaba ese sueño mas que otra cosa.
Mientras el medicamento cumplía con su obligación de
hacerle dormir a él se le fue la memoria en busca de su amigo Larry, lo mal que
lo pasó con su separación. Romper siempre deja alguna señal y por lo que iba
sintiendo, las suyas iban a necesitar de plástica para que no fuesen demasiado
evidentes. Sin saber cómo enlazó sus pensamientos con su paciente ingresado, el
de pomposo nombre, ¿qué le tuvo que pasar hasta encontrarse en esa situación?.
Le imaginó desecho por un desengaño amoroso entregado a la autodestrucción como
irracional puerta a su callejón sin salida. Tendría que interesarse por él,
quizá hallase alguna clave a su problema que le aminorase el sufrimiento.
El sueño artificial le fue inundando la cabeza
deshaciéndole el curso de su pensamiento hasta dejarle en blanco la mente y
relajado el cuerpo. Aún tuvo tiempo para componer en su imaginación, por unos
instantes, la imagen de Esther que se difuminó hasta desaparecer. Una
respiración serena y acompasada indicaba que descansaba plácido.
4.11.12

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