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domingo, 30 de septiembre de 2012

E L S I L E N C I O XIII - XV

El Silencio


XIII

Rosa bajó la escalera de la casa parroquial jadeante y no precisamente por el cansancio. Al salir a la calle se fue a parar a tomar resuello en el mismo lugar que se paró aquella otra noche de humillación y desesperanza, de asco y aniquilación, y comparó la diferencia de actitud con la que se detuvo entonces y la que se detenía ahora. Se notaba húmeda y se estremecía de placer, le temblaban las piernas de excitación cuando evocaba la imagen de la toalla de abultado relieve que prometía paraísos apenas imaginados. No sabía si podría tener la suficiente fortaleza para no terminar enredada entre las sabanas del padre Emilio. ¿Y porqué no?, haber, ¿por qué los curas no tenían derecho a formar una familia?, son hombres como los demás..., e inmediatamente la toalla abultada abonando su determinación de evidencia de igualdad entre los hombre y los curas, se le presentaba en su cabeza nublándole los sentidos y diluyéndole cualquier esfuerzo de voluntad por sustraerse al pecado de imaginar que le satisfacía tanto. Era solo imaginar, no iba a hacer nada, no era su intención, y así engañaba  la conciencia que le decía que el padre Emilio era tabú, pero era tan placentero imaginar como esas nervudas manos pasaban por la seda de sus pechos demorándose en los botones rojos y turgentes haciéndola estremecer. Sentir esa adivinación emerger de la toalla buscando ávida su húmeda oscuridad.
Inmediatamente la culpa, la eterna y abigarrada culpa hundió las afiladas garras de remordimiento en su alma y sintió miedo y escalofríos de angustia. Buena parte del placer que encontraba en el encuentro, completamente fortuito, con Emilio, residía en la oscuridad de lo vedado, en el vértigo de la condena, en el salto al vació de la perdición que se espera que conduzca directamente al cielo sin pasar por el fielato de la penitencia, la culpa atemperaba el placer y le daba matices y urgencia en el apurar su cáliz. Quiso repasar los rasgos del cura, adivinar en un sugerido guiño, el esbozo de una sonrisa leve, las intenciones, los deseos, las renuncias dolorosas al placer y concluyó que un rayo luminoso cruzó con toda seguridad su faz cuando ella apareció en la puerta, no hubo más que ver como reaccionó su cuerpo ante ella. ¡Que castigo sería acreedor de su ansia!, podría asumir la condena eterna si podía conseguir aquel hombre para ella. No debía dejar pasar más tiempo y volver cuanto antes para ganarse el perderse en el regazo de Emilio que a buen seguro la estaría esperando con toda su carga de tentación y deseo que en ella era ya desmedida. Las horas se le harían años luz hasta que pudiese volver a la casa del cura.
Cuando calculó que el padre Emilio estaría ya por la tarde en su casa, sin saber que la pasaría en el hospital con su madre volvió, vibrando de excitación, haciéndose a la idea de acabar esa misma tarde o noche en los brazos y la cama del cura. Entró en la casa sacerdotal como el ladrón descuidero, intentando no hacer ruido, pasando desapercibido, cuidando de no pisar por que no sonase la pisada, casi sin rozar el pasamano hasta llegar al segundo piso, sabiendo que debería pasar por la puerta del párroco que le arrancó su dignidad a dentelladas la desgraciada noche que ya no olvidaría. Analizando lo que ocurrió la noche en que se sintió más degradada y sucia en realidad pensar en aquella tersura dura y punzante del cura la excitaba aunque modulada rápidamente la excitación por el asco y el rechazo a la imposición por la fuerza de su voluntad. No querría volver a verse a solas con el animal del cura ese que sería capaz de llegar incluso a mayores. Pudo pasar, con el corazón latiendo sin medida en su pecho, por delante de la puerta del párroco, la respiración entrecortada y el odio aguzado para detectar el menor sonido alertador antes de que se produjese. Llegó al fin al segundo piso y tuvo que esperar hasta recuperar resuello antes de llamar al timbre. Con mano temblorosa, animada por la promesa del placer entregado y recibido pulsó el timbre y esperó con el corazón en la boca, la pupila dilatada y el ansia en el alma a que la puerta girara en sus goznes y le dejase ver al otro lado al padre Emilio, espléndido, con su sonrisa acogedora y esperaba que con un inmediato y generoso bulto en la entrepierna. Pasaron los segundos que envejecieron haciéndose largos y desesperantes minutos sin que la estúpida puerta del piso del cura se moviese. Con sus expectativas defraudadas y la excitación enfriada por la espera mudó su rostro de rubor sexual a palidez de encono al saber que no saldría su plan como le había diseñado. Se volvió para descender la escalera y se detuvo. No se resignaba. Quizá estuviese durmiendo, o rezando el breviario y no se consentía interrumpirse. Pudiera ser que estuviese en el vater y no podría levantarse a abrir la puerta. Volvió a la carga y oprimió el timbre solo que esta vez con insistencia y sin ahorrar presión sobre el pulsador. Dos, tres veces y espera nerviosa sin saber que el padre Emilio no iba a pasar esa noche en su seno sino incómodamente sentado en una desvencijada butaca del Hospital velando el descanso de la única mujer que canónicamente podría llenar espacio en su corazón, aunque ese espacio doliese.
Definitivamente convencida de que aquella tarde templada de anochecida no iba a ser la suya y que debía hacerse a la idea de tener que poner a enfriar sus efervescentes impulsos por el momento. Con la incomodidad de sentir su intimidad mojada y ya fría inició el descenso de las escaleras sin poner cuidado excesivo en pasar como una pluma sobre un lienzo de seda al pasar por el descansillo del párroco.
Debido a la insistencia de los timbrazos en la casa de su coadjutor el padre Alfredo decidió salir a ver quien era el que con tanta terquedad insistía en hacerse escuchar. Tal como Rosa pisaba el descansillo del primer piso, el padre Alfredo abría su puerta. Al verle se quedó petrificada lo mismo que el párroco que con edad y experiencia superior se recobró lo suficientemente antes como para dibujar una sórdida y maliciosa sonrisa lasciva. Al ver el jaez de la reacción de su oponente Rosa no pensó en otra cosa que ganar la calle a la carrera. Inició la huida con la rapidez que da la juventud pero la veteranía le ganó por la mano y el poderoso y enfebrecido por la lujuria, brazo del padre Alfredo la sujetó por su brazo atrayéndola hacia si.
Esta vez, le cogía sobre aviso y se defendió a pesar de lo cual tuvo tiempo de notar la dureza insultante en el muslo que le imponía el despiadado hombre. Luchó y bregó y pegó hasta conseguir desembarazarse del párroco que vio como volaba su codiciada presa. Ganada la calle se detuvo como la otra vez pero en esta ocasión no tuvo que limpiarse ni llorar de asco, sino reír de alegría por haber sido lo suficientemente fuerte como para negarse a la humillación y a la violencia del depredador que acabaría por llevar su merecido, como no podía, no debía ser de otra manera.
Levantó la vista hacía la lejanía de la calle encarándola con renovado optimismo. Había conseguido salir airosa, no se había asustado y había tenido la suficiente presencia de animo para enfrentarse a su agresor y le había rechazado, pero no solo físicamente, no le había hecho daño con un sucio intento como el del otro día, le había rechazado en su corazón, no le había hecho sufrir la agresión, se sentía bien. Y todo porque la galvanizaba la ilusión de tener futuro. Imaginar una vida feliz y plena en común con el padre Emilio la ponía nerviosa de emoción, la exaltaba y como si fuese una droga la hacia inexpugnable, inmortal. Apresuró su paso para llegar a su casa a ponerle de cenar a su padre que se encontraría solo. Mañana regresaría en busca de su quimera que se basaba solidamente en la prominencia de una toalla captada al vuelo en un hombre asaltado a la salida de la ducha. Rosa necesitaba ser feliz como los presos necesitan verse libres, por eso consentía en edificar todo un palacio con dos cartones y tres latas.

XIV

Alfredo estaba furioso. No tanto con Rosa que había sabido encontrar fuerzas suficientes para enfrentarse a él como con él que había reaccionado como un adolescente rijoso ante la compañera de banca del colegio. Esa mujeruca estaba teniendo ya sobre él demasiado ascendiente y eso no lo iba a consentir. No había podido reprimirse, necesitaba volver a sentir la misma excitación que sintió en la contaduría. Y estaba seguro que iba a acabar contándoselo al coadjutor y eso terminaría por ponerle en la cuerda floja. Ese tema podía desbordarse y no podría embridarlo. Necesitaba una baza ganadora en su manga para cuando el padre Emilio viniese a negociar. Sin pensárselo dos veces cerró la puerta de su casa y se lanzó, decidido, furioso, urgido a bucear en aquellas cartas, lo único que tenía para pisarle el cuello al remilgado del padre Emilio.
Entró impetuoso y casi desesperado a su despacho. Sacó las cartas y teniéndolas a la vista se imaginó por un momento que no hubiese nada con lo que golpear. Barajó la posibilidad de falsificar una carta que incriminase a Emilio y lo desechó, no conocía a nadie con esas destrezas y le descubrirían a la primera. Hizo un gesto con la cabeza como el que quiere desembarazarse de un peso que le abruma y se enfrascó en la lectura.
“Madrugada del 10 de Abril de 1984
Esta primavera, Emilio, permite tener abierta la ventana, y a estas horas de la madrugada, el frescor del ambiente contribuye a encalmar el volcán rugiente en que se ha convertido mi corazón ésta mañana y aún a estas alturas permanece efervescente. Todo el calor de mi sangre, al helarse esta mañana en mis venas, fue directo a mantener incandescente la irritación que me produjo el verte llegar con Julia de paquete en tu moto. A partir de ese momento, mareado, nauseoso, ya no he sabido que ha ocurrido a lo largo del día. He estado ausente en clase, he estado ausente en casa y mi espíritu se...”
No podía seguir leyendo, lejos de dar soluciones a sus problemas a sus acuciantes complicaciones, ensombrecían de peor manera su horizonte vital. Tiró la carta con rabia, no solo no llevaba el agua a su molino sino que se lo quitaba. Daba fe de su relación con una chica desesperado de la falta de caso que le hacia. Eso no era, así no podría ser. Desesperado, como un toro en su chiquero, al borde del abismo de la catástrofe y sin poder quitarse de encima la imagen de Rosa desembarazándose de su presa según bajaba del segundo piso..., y de pronto reparó. ¡Venía de la casa del padre Emilio!, ¡ajajá!, de manera que el puritano Emilio se entendía con la estrecha de Rosa. Efectivamente, al putón de Rosa no le gustaba él porque era demasiado maduro para ella, pero el padre Emilio era joven y por tanto apetecible. ¡Le cazó! No tendría que bucear más en esas asquerosas cartas de un desviado. Si el se había propasado con Rosa, porque ella le había provocado, naturalmente, en un acto de irrefrenable tentación, Emilio de forma consciente la citaba en su casa. Su pecado era sin duda más reprobable que el suyo. Ya no tenía de lo que preocuparse. Se relajó en su sillón y dejó que una suave sonrisa se le pintase en la cara en un gesto de felicidad y de saboreo anticipado de victoria.
El teléfono le rescató de sus ensoñaciones de triunfo con una voz que le volvió a introducir un punto de sobresalto.
-     ¡Vicario, cuanto honor!, ¿a que se debe su llamada?
-     Padre Alfredo, déjese de falsas diplomacias florentinas. Siempre se llama al párroco para evacuar consultas sobre el nuevo coadjutor. Es la costumbre de su Eminencia, ya sabe que le gusta seguir muy de cerca sus nuevos sacerdotes.
Era el momento preciso. Parecía que las circunstancias se aliaban con él. Estaba solucionado su problema. Solo tendría que jugar sus cartas con sabiduría y el padre Emilio acabaría en alguna oscura parroquia de la sierra más apartada, por no hablar de un destino de autentico castigo en un país del tercer mundo.
-     En realidad se me hace cuesta arriba hablar de esto. Sería preciso quizá darle un poco más de tiempo. Estas vocaciones tan..., digamos fulgurantes, reactivas a situaciones estresantes acaban por diluirse si no están fundamentadas en una sólida fe. Suya no es la culpa, eso también hay que decirlo, esa muchacha frustrada..., no se supo resistir a la tentación. Pero en realidad habría que darle otra oportunidad...
-     ¡Padre!, ¿está diciendo que el padre Emilio ha violentado su voto de castidad? Eso es grave.
-     Yo, vicario, no he estado presente..., pero el hecho es que he visto como una feligresa joven salía a horas intempestivas de su casa. Quizá yo me haya sobrepasado en mis juicios y me hayan confundido mis sentidos, pero la realidad es que esa mujer salía de la casa del coadjutor a deshora. También es posible que estuviese haciendo dirección espiritual...
-     Las cosas padre Alfredo son habitualmente lo que parecen y usted no es un principiante. Tiene usted la suficiente experiencia como para dar juicios acertados. Cuando el padre Emilio aparezca comuníquele que su Eminencia quiere hablar con él. Que pase buena tarde padre Alfredo.
Dejó el auricular con sumo cuidado sobre el zócalo del aparato con la sonrisa de oreja a oreja. Lo que comenzó como una amplia sonrisa se fue convirtiendo en una franca carcajada mientras se frotaba las manos y palmoteaba alternativamente. Era feliz, sencillamente la suerte se aliaba con él.

XV

Pasar la noche en una incomoda butaca de hospital en la mejor prueba de amor que cualquiera pueda dispensar. Primero intentó conciliar el sueño, pero con la relajación el cuerpo se resbalaba y acababa por flexionarle la cabeza hundiéndole el mentón en el pecho y cortándole la respiración lo que le hacia despertar sobresaltado y dolorido para volver a intentar retreparse en el fastidioso asiento haciéndole meditar irritado en la mala sangre del que diseño esas formas con la única intención de que nadie pudiese dormir. Finalmente entre atender los quejidos de la incomodidad de su madre que se removía en la cama mientras dormitaba fruto de los tranquilizantes y la necesidad de mantener la postura en su acomodo torturante, en los periodos de sueño profundo de la enferma no pudo dormir en toda la noche. Hacia eso de las cuatro de la madrugada decidió dejar para mejor ocasión el conciliar algo de sueño y lo dedico a pensar en lo que se había convertido su vida desde que encontró, aquel maldito día, a Bonifacio, tieso, colgado de una cuerda. Y al final, pensaba, ¿por qué tomó la decisión de hacerse cura? La mirada inteligente y maliciosilla de Julia se le hizo presente en su cabeza y sonrió con placentera melancolía. Le seguía gustando aquella muchacha alegre y despreocupada, seria y divertida a un tiempo, seductora y altiva. Si, podría, debería haber sido feliz con ella y sin embargo tuvo que torcer su destino por causa de aquel maldito suicidio y ella..., con ese David, mejor no recordarlo. ¡Las cartas!, ahora caía. Lo primero que haría, nada más salir del hospital, sería ir a casa de Bonifacio a preguntar por esas cartas a su madre que debería vivir todavía allí, no era tan mayor como para haberse muerto, total habían pasado si acaso cinco, quizás seis años desde la muerte de Boni. Lo que no entendía bien era porque si esas cartas iban dirigidas a él no se las hicieron llegar en su momento. Es más, y un escalofrío de pánico le recorrió la espina dorsal, pudiera haber ocurrido que leyendo las cartas, si es que existían de verdad, su vida hubiese cambiado por completo. Le atravesó la urgencia el sentido, al barajar esta posibilidad, no queriendo ir más allá en las elucubraciones por no irritarse más de lo que suponía que iba a hacerlo cuando cayesen en sus manos las dichosas cartas. Se las imaginaba del estilo de la leída con ese médico, ¿cómo era?, si, Julio, pero algo más subidas de tono. Las quemaría, pero antes tendría que leerlas.
Miró el reloj, nervioso, una y otra vez hasta que dadas las siete de la mañana un huracán irrumpió en la habitación con un meditado estruendo, encendiendo luces y armando ruido con la mayor de las exquisiteces animando a los enfermos a espabilarse o a morirse si ese iba a ser su destino. Con el mayor desparpajo se dirigió la revoltosa auxiliar a Emilio instándole a abandonar la habitación para someter a los enfermos a la protocolaria higiene de hospital, abundante en desinfectantes y escasita en agua y jabón, como Dios manda.
Emilio aprovechó el salto para bajar a desayunar a la cafetería del hospital. Como todas pensó al entrar. Mismos olores, mismas sugerencias y misma nausea de alimentos catalogados clónicos, con suciedad disimulada convenientemente a base de detergentes muy perfumados y rimeros de grasas y polvo por los rincones. Optó finalmente por un café cargado para espabilarse. Alguien le tocó el hombro.
-     ¿Cómo está tu madre?
Nunca  habría sospechado que pudiera encontrarse al médico amigo de Boni allí, cuando en realidad era el mejor sitio para encontrárselo, pero por alguna razón, aquella persona, Julio era, le asociaba a otro escenario, pertenecía a otro mundo, nunca al del hospital, por más que se le hubiese encontrado en una consulta de urgencias.
-     Ha pasado la noche inquieta. ¿Cómo estás Julio, que vas a tomar?
-     Un cafelito, entro ya. Ya desayunaré después. ¿Has pensado en lo que te dije ayer?
-     Ahora, en cuanto llegue mi padre y se quede con mi madre voy a buscar a la de Boni. Quiero terminar ya con esta historia. Desde que descubrí a Boni ahorcado no ha dejado de martillearme la imagen y una pregunta, ¿por qué? Solo espero que esas cartas me aclaren la causa de que truncase mi destino. No es que sea infeliz ahora, me gusta ser lo que soy, no soporto ver sufrir a nadie y ser cura me brinda la oportunidad de entregarme a todo aquel que reclame mi auxilio, pero, sabida la existencia de esas cartas ya nada me satisfará como no sea leerlas.
Julio apuró su café de dos tragos y se despidió
-     Emilio, hasta luego. Me gustaría que me dijeras lo que piensas de las cartas. Te quería mucho, de verdad.
-     El que me quisiese no me compromete a mí a nada. Ese es un sentimiento desordenado que va en contra de las enseñanzas de Nuestra Santa Madre Iglesia.
Con una amistosa palmada en la espalda Julio se alejó camino de su destino. Emilio se sorprendió de aquel signo de afectuosa confianza pero en contra de lo que hubiese querido sentir le confortó aquel gesto de amistad, como si le dijese que le acompañaba en aquella aventura hacia el pasado que iba a emprender y que le prestaba su apoyo.
Cuando llegó a la habitación ya estaba su padre allí y Celia estaba plenamente recuperada, indignada por tener que esperar a pasar la visita de planta para recibir el alta. Entre Emiliano y él mismo la apaciguaron, comprometiéndose a ir a comer al día siguiente para dar cumplimiento al compromiso adquirido el día anterior.
La brisa fresca de la mañana le acarició las mejillas y le proporcionó una reconfortante sensación de bienestar. Se detuvo un momento antes de descender las escaleras que desembarcaban en la acera e inhaló el aire que a esas horas ya estaba suficientemente contaminado de gases de combustión como hacerle experimentar la sensación de estar en casa después de estar respirando toda la noche los humores de desinfectante de hospital que tanto le desagradaban.
Una vez en la acera titubeo entre el transporte publico y coger un taxi. Finalmente se decidió por el taxi, quería llegar cuanto antes y acabar con aquel engorroso asunto de una buena vez.
El taxi se detuvo a la puerta de la casa de Boni. Pagó lo que el taxista le pidió pensando que hacia demasiado tiempo que no usaba ese servicio ya que la impresión era la de que le acababan de atracar. Se detuvo delante de la puerta como si una barrera infranqueable e invisible le impidiese entrar. Se le hizo vigorosa y real la imagen de su amigo balanceándose sujeto por el cuello con la cabeza espantosamente torcida y la lengua llegándole al pecho. Recitó una jaculatoria y se sumió en la frescura del oscuro portal.
Golpeó la puerta una, dos, tres veces y nadie respondía a su requisitoria. Ya se había convencido que nadie le abriría cuando la que si se abrió fue una  puerta del piso de arriba y alguien le llamó.
-     Eh, oiga, ¿busca usted a alguien?
-     Aquí vivía un compañero mío, Bonifacio, Boni le llamábamos, que murió...
-     Ya, ya sabemos. Si. Y doña Pura la madre que hasta que murió vivió aquí, que fíjese usted, no es que a mi me importe, la encontró su hermana, bueno, los bomberos que echaron la puerta abajo..., o no, bueno, lo cierto es que a mi me lo contaron, yo estaba en la plaza. Estaba abrazada a un sobre, dicen que lleno de dinero, que se llevó su hermana, la muy aprovechada, aunque bien mirado para quien iba a ser porque...
-     Perdone que la interrumpa, ¿y sabe esa hermana donde vive?
-     Pues mire, por casualidad la se. Porque a hace tiempo que Pura, bueno, la difunta me la apuntó en un papel.
Entró en la casa y volvió al punto con una hoja amarillenta, del tiempo pasado, con la dirección anotada con letra picuda de mujer con las oportunidades justitas.
-     Tome, yo la tenía por si la pasaba algo a ella para que  avisase a la hermana, ahora que si después ella se ha mudado eso ya no se lo puedo decir porque la verdad es que me la dio al poco de morir su hijo, qué que lastima de muchacho con lo bueno que era aunque un poco..., ya sabe usted, que estaba en boca del toda la escalera...
Irritado por sugerencia morbosa tan maliciosa, dio un frío gracias que trasmitiese su desagrado por el cotilleo y dejando a la vecina con la palabra en la boca se marchó.
Mientras bajaba la escalera se dolió de que se hubiese muerto la persona que hubiera podido despejarle alguna incógnita y por no poder disculparse por su reacción de pánico el día que se encontró a su hijo muerto y salió huyendo.
En el portal se quedó mirando el papel con la dirección anotada como si las letras le produjesen efecto hipnótico. Leía sin enterarse lo que ponía. Todo su cabeza estaba dedicada en ese momento a rezar por la madre de Boni que suponía sufriendo eternamente incapaz de recuperase de la pérdida de su hijo. Cuando acabó el Padre Nuestro regresó a la realidad y pudo tomar conciencia de donde tendría que ir a continuación. Detuvo un taxi, una vez más y le dio al taxista la dirección anotada en el papel.
Mientras atravesaba la ciudad sin hacer en absoluto caso de las acotaciones que el conductor hacia sobre lo dificultoso que se encontraba el trafico a todas horas, permitió que su mente navegase por diferentes mundos. Intentó imaginarse a él mismo emparejado a Boni con todas sus consecuencias y las nauseas reclamaron inmediatamente su protagonismo. Vio a su padre degollando a su madre con autentica delectación y el corazón se le aceleró amenazándole con salirse por la boca. Imaginó a Julia entre sus brazos gozando encontrándoles en semejante actitud su marido David que descerrajaba inmediatamente dos disparos con su escopeta de caza matándola a ella dejándole a él vivo para que se pudriese de remordimientos. De sus espantosas ensoñaciones le rescató el taxista.
-     ¡Eh, eh, oiga, aterrice! Ya hemos llegado.
-     ¿Cómo?, ah, perdón, estaba en otro lado...
Descendió del taxi con bastante prevención. Aquel barrio estaba bastante alejado, en una zona de la ciudad muy poco recomendable. Se veían grupitos de chavales con aspecto de formar agrupaciones pandilleras fumando porros descaradamente  e inmediatamente comprendió la necesidad de acercar la pastoral de jóvenes hasta esos barrios extremos. Se prometió que no acabaría el mes sin que se presentase un programa de acercamiento a esos muchachos en el Obispado.
Llegó hasta la puerta del piso que señalaba el papel y pulsó el timbre. Se escuchó el roce quedo de la mirilla al abrirse y casi se percibía una respiración acelerada detrás de la puerta. Esta vez en lugar del timbre golpeó la puerta con suavidad pero con firmeza. Se escucharon unos pasos amortiguados que se alejaban y volvían. Finalmente la cadenilla de seguridad que se engarzaba y a renglón seguido la puerta que se entreabría. Por la rendija se dejaba ver parte de una cara con aspecto de amoratada pero al ser el hueco de contemplación tan escaso y la iluminación tan pobre era difícil sacar conclusiones sobre si sería una cara machacada o sencillamente una cara de ojeras constitucionales. La voz que desde el otro lado preguntaba tenía acentos de temor y recelo.
-     Que desea. Si vende algo no tengo de nada, por eso, porque no compro de nada.
-     Usted me perdonará que la moleste a estas horas. Se que es temprano. Me llamo Emilio Pedrosa de la Barca. Era compañero de su sobrino Boni. Ya me he enterado de la muerte de su hermana..., en el caso de que sea usted la hermana de Doña Pura.
-     Si, si, soy Elvira, la hermana de Pura
-     No he sabido lo de su muerte hasta hoy mismo. Lo he sentido mucho, sobre todo porque le debía una explicación. Yo encontré el cuerpo de Boni...
-     ¡Ah!, perdone, voy a abrir.
Se cerró la puerta, se escuchó el descorrer de la cadenilla y la hoja se abrió de par en par.
-     Pase, pase. Entre.
Le franqueó el paso y le condujo Elvira hasta la sala. Una vez allí pudo apreciar que lo que parecía un moratón en un ojo, efectivamente era un moratón en el ojo que se veía a través de la rendija de la puerta. El aspecto de aquella mujer era deplorable. Su semblante destilaba tristeza como pus destila una herida infecta. Los ojos de mirada esquiva podían interpretarse como de humildad pero una revista más atenta descubría que aquella esquivez era de temor inconfesable. Además estaba nerviosa, queriendo ser complaciente pero reservona.
-     Usted me dirá. ¿Qué se le ofrece, en que se le puede ayudar?
-     Por una casualidad de esas que ocurren a veces en la vida o por la providencia divina, depende de lo que se crea, he sido enterado de que su sobrino cuando murió dejo unos documentos, más específicamente unas cartas personales dirigidas a mí. Se que esas cartas deberían haber sido entregadas a su muerte y no solo no se me entregaron sino que ni si quiera se me comunicó su existencia. No es que yo tenga excesivo interés en ellas pero ya que eran para mi, me gustaría tenerlas. Por eso me dirigí a casa de su hermana pero una vecina me informó de su muerte y me dio su paradero. Y aquí estoy para ver si usted tendría alguna información que pudiera ayudarme a encontrar esas cartas.
Elvira se le quedó mirando muda de emoción y los ojos fueron embalsando lágrimas hasta que desbordaron los párpados y cayeron libres como torrente resbalando por sus mejillas goteando hasta la mesa, pero no apartó la vista de los ojos de Emilio que comenzaron a humedecerse por solidaridad con ella. Pasado un tiempo en que los dos se comunicaron el dolor tácitamente, Emilio rompió el silencio.
-     ¿Qué ha pasado? Llora por la muerte de su hermana o por la de su sobrino, porque por las cartas no va a llorar. ¿Sabe algo que yo debería saber y le abruma confesarme?, recuerde, si no lo sabe ya, que soy sacerdote y aunque solo sea por mi fe estoy obligado a no escandalizarme por muy aberrante que sea lo que tenga que decirme. Vamos, serénese, nada, como no sea su vida eterna, merece la pena llorar por ella.
Durante unos momentos más, Elvira siguió llorando, conteniendo su pena como podía hasta secar sus ojos y acompasar su respiración para que la dejase hablar con la serenidad suficiente para poder explicarse.
-     Hace menos de dos años en un Púb un hombre me invitó a una copa. Yo salía en ese momento de una relación absurda y decepcionante. Nada más verle me cautivó su sonrisa con la misma intensidad que una alarma en mi cabeza me notificaba que aquel hombre me daría problemas pero fui incapaz de resistirme, me rendí ante aquel sinvergüenza. Y cobarde. Mire, esto es de anoche. Me pegó porque le reproché que se llevase sus cartas. Quinientos euros, sacó por ellas.
-     Espere, espere, espere. Quiere decirme que su..., bueno, ese bestia que le ha pegado, robó mis cartas y las ha vendido, ¿a quien?
-     No, espere. Yo fui a casa de mi hermana hace unos días, ahora ya no se, han pasado tantas cosas. Hacía tiempo que no me llamaba. Es cierto que desde la muerte de Boni, Pura no fue ya la misma. Se encerró en si misma y nadie volvió a entrar en su casa que convirtió en un santuario en memoria de  su hijo. Pero me llamaba todos los días. Cuando se pasaron unos días sin llamar me alarmé. Fui a su casa y harta de quemar el timbre o eso me pareció a mi, porque el tiempo se hacia irritante, largo, eterno, saqué la llave que yo conservaba de la casa y entré. La encontré sentada enfrente de una foto de su hijo abrazada a un sobre manoseado mil veces. Cuando se avisó a la policía un señor muy amable me dejó que me llevase el sobre, al fin  y al cabo yo soy la única heredera y antes o después iba a ser de mi propiedad y ¿a quien perjudicaba que me llevase esas cartas?
Cuando llegué a casa destrozada por tener que consentir que se llevasen el cuerpo al Anatómico para la autopsia no tuve fuerzas para abrirlo y lo dejé sobre la mesa. Cuando llegó Carmelo, Carmelo es la prenda que me tiene el seso sorbido, y me pregunto tuve la indiscreción de decirle que era aquello. Abrió las cartas las leyó y enseguida vio un negocio redondo. Yo he leído algunas y la verdad es que no dicen nada del otro mundo y además a usted no le comprometen a nada pero a Carmelo le pareció haber encontrado el diamante azul y se empeñó en negociar con ellas. Quería llevarlas al Obispado, pensaba sacarles millones, aunque finalmente creo que las llevó a su parroquia donde un sacerdote se las compró por esos quinientos euros que le dije. Cuando volvió a casa anoche borracho alardeando del buen negocio que había hecho le eché en cara lo hecho y por toda respuesta me pegó, por eso este ojo, que es lo que se ve...
-     ¿Me quiere decir que las cartas están entonces ahora en mi parroquia y que las ha comprado el padre Alfredo?
-     No se el nombre del que las compró, pero que están allí, es seguro.
-     Le estoy muy agradecido. Elvira, ¿Elvira, no?
-     Si.
-     Elvira, no debe usted soportar los malos golpes ni los insultos de ese hombre que por lo que se ve para lo que la quiere es para sobrepasarse con usted. Denúnciele y acabe con esta situación. Ese hombre es un chulo, por lo que me cuenta de su comportamiento. Pida ayuda o cualquier día acabará con usted.
-     Lo se, padre Emilio, lo se..., pero..., que quiere, son cosas entre hombres y mujeres que usted no entendería. Le quiero, a  mi manera, y el sabiéndole llevar no es malo. Solo es como un niño caprichoso que se enfada cuando se le lleva la contraria pero más pronto se le olvida todo y te cubre de regalos y besos...
-     No dude en llamarme si necesita ayuda, del tipo que sea. De verdad. Aunque solo sea por la amistad que me unía a su sobrino, déjeme que la ayude.
Acompañó esta última frase de un apretón de las manos de ella entre la suyas. Finalmente la atrajo a si y la estampó un inocente beso en la mejilla. La separó y sin mediar más palabra se encaminó a la puerta y se fue.
De manera que el padre Alfredo estaba en posesión de sus cartas. Claro que si le habían vendido las cartas el día de ayer..., él no veía al padre Alfredo desde el día anterior en la mañana por lo que...Se dirigiría a la parroquia inmediatamente a recuperar lo que era suyo. Lo que no acababa de entender es como el padre Alfredo se prestó a comprar unos documentos que eran suyos. Lo que tendría que haber hecho era llamar a la policía y denunciar el hecho, pero sin embargo pagó. ¿No pretendería utilizarlas en su contra? No era tonto, sabía que la correspondencia privada es delito violentarla.
Cada vez, a medida que pasaban los minutos e iba sacando más conclusiones y cada vez más alarmantes se iba poniendo más nervioso. Dios mío, que cartas serían esas dignas de ser adquiridas a ese precio. Una cosa estaba clara, él no tenía absolutamente nada que ver en todo aquello. ¿Qué responsabilidad podría tener él en la elaboración secreta de unas cartas destinadas a entregarse una vez muerto el remitente? Pero conociendo al manipulador de Alfredo cualquier cosa podía suceder. Era capaz de tergiversar los sentidos de los escritos para incriminarle Dios sabe en que turbios y sucios asuntos.
Caminó durante diez minutos antes de encontrar un taxi. Finalmente uno que dejaba un servicio en una esquina le recogió  para llevarle raudo a su parroquia.

30.9.12

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