Powered By Blogger

sábado, 13 de octubre de 2012

E L P O L I G L O T A

El Poliglota


A medida que pasaban los días, las semanas y los meses, más pereza mental me daba esperar la llamada de la Oficina de Empleo informándome de quince días de trabajo basura en cualquier empresa de mensajería. Era cierto que me agobiaba el trabajo de la casa, siempre igual, “esto es el velo de Penélope, joder”, le vociferaba a mi mujer cuando se me llenaba el cesto de coles, pero al fin y al cabo, pensaba en la soledad de la casa, tampoco es para herniar a nadie, por muy monótono que fuese el trabajo; el día que querías dejarte venir, te rascabas la barriga y con hacer la cama y poco más era suficiente. Un telefonazo a la tienda de pizzas y solucionada la comida. “Cariño lo que tu me pongas hoy, he tenido un trabajo en el bufete de locos y lo único de lo que tengo ganas es de dormir”. ¡Ea!, otro día sin mujer, otra paja seca aderezada del roce de su muslo como máxima cima de lujuria a la que, al parecer, era a lo que tenía derecho. Y así noche tras noche, cuando no era por el exceso de trabajo, era por la regla y si no porque, “Paco, yo ahora no puedo quedarme y a ti, como siempre, se te han olvidado los condones, que ya estoy yo mosqueándome de tanto olvido”, el caso es que cuando ella estaba receptiva yo estaba harto de pajas o mosqueado porque el niño tenía fiebre y me había tirado tres horas en el pediatra para que al final me dijese que no era nada que con un poquito de jarabe de la fiebre era suficiente. Total, que se me pasaban los meses a dieta y mi mujer no parecía muy afectada por ello, “¿Me estará poniendo los cuernos?”, me preguntaba en la soledad de mi dialogo con la tabla de la plancha.
Lo que más me gustaba de todo era el paseito de la mañana con el niño, salvo cuando había pasado mala noche y estaba insoportable llorando por la calle llamando la atención y atrayendo hacia mi persona las iras del personal viandante que me juzgaba y ajusticiaba todo a la vez como padre, o lo que fuese, de una pobrecita criatura que seguro, seguro, era maltratada con fineza sádica.
El recorrido era siempre más o menos el mismo. Calle Larga adelante, mirando distraídamente los escaparates sin intención alguna, disfrutando muy burgués yo, de la brisa mañanera con la mente en blanco. De vez en cuando se me venían a la cabeza los primeros versos de la Ilíada, en griego. Me gratificaba recitarlos con su adecuada entonación, en voz baja para que no me tildaran de chiflado; me recordaba que era un universitario con brillante carrera de Clásicas que me sirvió para ser políglota, aunque hoy día como me decía mi mujer, “a quien coño, le interesa eso, siempre fuiste poco practico, no se como se me ocurrió enamorarme de ti”. Luego doblaba por Marqués de las Torres Verdes y llegaba al parque donde la mayoría de padres recalábamos a echar el cigarro, leer el periódico y dejar que los niños se empachasen de tierra en la piscina de arena con tal de que nos dejasen un ratito tranquilos, sin quitarles ojo de encima naturalmente, no les fuese a suceder algo desagradable.
Aquel día como todos los días del año que se podía, fui a ocupar mi sitio en el banco de siempre, era como el rincón de mi intimidad, donde me encontraba a gusto y sentía como si fuese de mi propiedad. Me detuve en seco delante del banco. Me sentí agredido, ofuscado, herido y robado. Alguien me había quitado el sitio. Intolerable. Me quedé delante de él con cara a medio camino entre mosqueo cósmico y sorpresa. Estaba leyendo el periódico lo que me obligó a mirar debajo de mi brazo; tuve la sensación de que también eso me había robado, era el mismo que yo leía. Levantó la vista del diario y se me quedó mirando. Me sorprendió el extraño color entre turquesa y violeta de los ojos. Le miré despreciativamente y su respuesta fue inmediata.
-          Perdón. ¿Le ocurre algo?.
-          No, nada especial. Es que desde hace meses en ese sitio me pongo yo y me ha sorprendido encontrármelo ocupado, pero claro, es publico y...
-          No, no por Dios, a mi me da igual, es que yo..., es el primer día que vengo a este parque y no sabía.
El hombre, de mi edad aproximadamente, se levantó precipitadamente para cederme el banco y yo, ¡faltaría más!, no lo consentí. Forcejeamos de tal y tan educada manera que los niños de los cochecitos comenzaron a llorar alarmados de nuestra porfía.
Cada uno dejo su particular empeño y se dedicó a consolar a su bebé.
-          ¿El tuyo que edad tiene?.
-          Este catorce meses pero es muy flojo, no quiere caminar. Y come fatal, que yo creo que es para llevarme la contraria, y luego mi mujer cuando llega como no le ve en todo el día le da todos los caprichos y yo soy el malo, claro. ¡Estoy más harto!.
El de los ojos de color confuso me miraba con expresión entre divertida y sorprendida, con los ojos muy abiertos.
-          ¿Te sorprende lo que te digo o es que eres tonto?.
Comenzó a reírse de forma floja, distendida y graciosa. Me gustó esa forma de reír, frunciendo los ojos. No parecía tan estúpido, a lo mejor podía convertirse en un buen confidente.
-          ¿De que te ríes?.
-          Te va a sorprender, pero me parecía que me estaba escuchando a mi mismo murmurando por lo bajini cuando mi mujer, muertecita como viene del trabajo, ¡que lástima!, solo sabe decirme que me quejo de vicio, que lo que daría ella por quedarse en casa en lugar de tener que aguantar a su jefe del estudio, “con lo pavo real que es desde que firmó el aeropuerto de Toronto, que lo proyecté yo, todo sea dicho”. Y yo a callar y a matarme a pajas porque desde que...
-          No me digas más. Yo no tengo un traje de distinto color.
Se le afligió el rostro y bajó la vista momento en que aprecié la espesura y longitud de sus pestañas. Me sentí en la obligación de animarle. Me sentí solidario con su desesperación y murmure al tiempo que le daba un golpecito en el hombro.
-          Alia jacta est.
Levantó la cabeza de golpe y me miró sorprendido agradablemente. Los ojos se le iluminaron y con expresión gozosa y temerosa al tiempo me dijo.
-          ¿Eso es una expresión aprendida...,?, o..., no me digas que sabes latín.
-          Se me da mejor el griego, es más musical, pero con el latín me manejo bastante bien. Hice Clásicas.
-          Yo hice filología Hispánica. Por favor ¿podríamos charlar en latín?, un poquito nada más,  para poder sentirme algo más que un canguro genético, hoy día ni los curas lo saben hablar..
Me pareció adivinar que se le humedecían los ojos de emoción, rojos y congestionados se le pusieron pero al humillar la mirada no pude apreciar si llegó a llorar o no.
-          Desde hace dos meses que me quedé sin trabajo de traductor en una editorial he ido de mal en peor. A nadie le interesa ya leer a los clásicos y a los editores menos que se hagan traducciones más comprometidas, más acordes con la intención del autor. Al parecer personas como yo no tienen sitio en nuestra sociedad. Al principio mi mujer, es arquitecto, ya sabes, me decía que no me apurase, que ya encontraría algo, pero pasan los días y por más curriculos que envío no consigo más que respuestas en formato de negación, aquellas de “Muy Sr/a mío/a”, muy personalizado todo. Y encima tengo la impresión de que pierdo la consideración y el respeto de mi mujer. Cada vez que le tengo que decir que no tengo dinero se me encoge el estomago, traspiro como si estuviese en una sauna y me empalidece la cara. Para colmo ésta mañana se lo he dicho y  habrá sido porque estoy paranoico, no lo niego, pero cuando me ha preguntado, “¿y los quinientos euros que deje en el bote del café hace tres días?”, es cierto que a renglón seguido me aclaró que no era ningún tipo de fiscalización pero el vuelco del corazón ya me había dado y tocar los billetes de cien euros que dejó sobre la cómoda del dormitorio me ha producido urticaria. Pero bueno, perdona, nada de esto tiene porque interesarte..., y a proposito ¿porqué he acabado hablando de esto?.
Estaba a punto de echarse sobre mi hombro y llorar y yo estaba la mar de violento por la situación así que inicié una conversación sencilla en latín lo que pareció tranquilizarle. Entablamos la conversación, hablando de los clásicos e intercambiando opiniones sobre los estilos y las vidas de los autores y sus repercusiones en autores contemporáneos.
Llegó un momento en que entusiasmado, aceleró su manera de hablar y empecé a tener lagunas en la comprensión de las frases, cada vez más enrevesadas, que construía. Hablaba latín como si fuese español, con la misma naturalidad y los rasgos se le relajaron. Me alegré de verle más tranquilo y confianzudo pero tuve que pararle.
-          Con esa fluidez yo hablaría en griego..., perdona no se como llamarte.
-          Es cierto no nos hemos presentado y ya somos viejos amigos. Me llamo Luis Fernando.
Estuve a punto de soltar la carcajada lo que no se le paso por alto.
-           Ya, ya, es nombre de telenovela, pero mi madre estaba enamorada de un actor colombiano que se llamaba así y ya ves. Tengo treinta y cinco y yo debería estar trabajando en lugar de hablar contigo aquí a las once de la mañana en un parque haciendo de marmota por muy padre que sea.
-          Vamos hombre, no te pongas así. Ten fe, llevas solo dos meses, cuando lleves dos años como yo, entonces vienes y me lo cuentas. Por cierto, Carlos.
Le tendí la mano y me la cogió entre las suyas y me la estrecho con firmeza y calor. Me impresionó como sincero, con necesidad de amistad y de entrega. El estrecharme la mano entre las dos suyas me decía más de lo que parecía. Quería que yo le cayese bien, necesitaba agradarme. Y no me la soltaba mientras se mostraba sorprendido.
-          ¡¡Dos años!!, yo me muero. ¡Pues vaya esperanzas me das!. ¿Y no has encontrado nada en todo este tiempo?.
-          Si, claro hombre. Me han ofrecido de camarero, un curso básico de alemán para recepcionista de un hotel en la costa, de peón de albañil, de repartidor de pizza, que me rechazaron por la edad, y de buzonero de un super. Me negué a todo. No se, quizá dentro de cinco años, cuando haya tocado fondo de autoestima posiblemente me tire al metro antes que repartir pollos a domicilio. Mi mujer es abogado y le va muy bien en el bufete en el que trabaja y se cansa de decirme que con lo que ella gana sobra de lejos, que no hace falta que yo trabaje, pero eso no es así, me parece que me separaría. Será machismo, será orgullo mal entendido o un rol sexual mal asumido pero mi naturaleza no me permite vivir de pan de coño, con perdón por la expresión.
-          Me has retratado tío, de verdad.
Miró el reloj de pulsera de un ojeada como hurtada, no queriendo dar la impresión de que estaba preocupado por la hora, que yo me sintiese incomodo porque pensase que le estaba aburriendo. Pero sin embargo la hora no debía ser la adecuada y no pudo disimular.
-          Lo siento Carlos, es la hora del Pediatra, se me echa el tiempo encima y en esa consulta son muy estrictos con  las citas.
-          ¿Qué le pasa al niño?.
-          Nada especial, un poco de fiebre, un poco de tos, como si estuviese acatarrado, yo no creo que sea para tanto pero su madre debe tener mala conciencia y me casi exige que le lleve al pediatra en cuanto estornuda un par de veces. Bueno, hasta otro día, Carlos.
-          Ya nos veremos por aquí Luis Fer, ¿no te importa que te llame así?.
-          En absoluto, Charly.
Nos reímos los dos de las ocurrencias y él continuó riendo empujando el carro del niño hasta que se perdió de vista.
Quedé pensativo meditando en que mi pequeña tragedia personal no era única. Había más gente, estúpida, al parecer, como yo, que pensaba que la cultura y el mantenimiento y estudio de sus fuentes eran importantes, al punto de dedicar la vida a eso. Éramos personas que no pensábamos en la vida en clave utilitaria. ¿Bohemios, inadaptados, parásitos?, no sabría como definirlo, yo no me consideraba nada de eso y sin embargo todo en la sociedad apuntaba a encasillarme en una de esas categorías o cualquiera de muchas otras de definición igualmente peyorativa.
Se iba haciendo tarde y era preciso ir preparando la comida del enano que se afanaba en ducharse con la arena de la piscina donde le dejé en cuanto Luis Fer se fue. Habría que bañarle antes de darle la comida y no se podía uno descuidar o se te quedaba dormido, y luego a ver quien aguantaba a mi mujer, que si el niño sin comer, que en que estaba pensando, que si enganchado en la red, que si el fútbol; total que por no escucharla cualquier cosa, así que en marcha y a casa.
En los días posteriores tenía la ilusión de encontrarme con Luis Fer para poder charlar amigablemente de nuestras cuitas, ya que intentar hacerlo con mi mujer era inútil, pues o estaba cansada y “bastantes problemas escucho al cabo del día en el despacho para que vengas ahora tu a plantearme otro que para colmo no es sino una paranoia tuya”, o tenía que atender el teléfono que jamás dejaba de sonar. Pero ni la semana siguiente ni la otra apareció por el parque. Había ya perdido la esperanza de volver a verle y casi se me había olvidado. Pensaría que lo menos que necesitaba era escuchar más problemas como el suyo para deprimirse y por eso dejaría de venir. Quizá encontró trabajo; eso sería magnifico y prefería pensar que eso era lo que había sucedido.
Aquel día, como otro cualquiera llegué al parque y allí estaba Luis Fer. Desde lejos me vio y se levantó impulsado como por un resorte con los brazos abiertos en señal de acogimiento y bienvenida.
-          ¡Que alegría Charly!, pensaba que ya no vendrías.
Me sorprendió su efusión de alegría y le obsequié con una amplia sonrisa de aceptación del encuentro con al menos la misma felicidad que el mostraba.
-          Creí que ya no volverías. ¿Qué ha ocurrido?.
-          ¿Te acuerdas del catarrillo del crío?. Varicela. Era varicela. Cuando llevé al pediatra al niño le miró la garganta y luego le rebuscó en la cabeza y detrás de las orejas. “Varicela, sin duda”, dijo. Y dos semanitas en casa sin salir porque a mi mujer le tenía dicho su madre eso de “La varicela, en casa, como la abuela”, y de nada sirvió que el pediatra dijese que podía sacarle a los cuatro días de la erupción. En casa por cojones. ¡Estoy más harto!. A buenas horas, si yo fuese el que llevase el dinero a casa, me iba a hacer algo parecido.
-          No te enfades hombre, son cosas de mujeres..., yo comprendo que es una faena, pero las cosas están de esta manera...
-          No hace falta que te esfuerces. Necesitaba desahogarme con alguien, nada más. Tonto no soy, se como están las cosas y que me tendré que joder salvo que quiera tirar la espita al callejón y mandarlo todo a la mierda.
-          ¿Tirar el qué donde?.
-          La espita al callejón. Es una expresión del pueblo de mi padre, quiere decir que se rompe algo sin solución posible y se acabó del todo sin prestar oídos a ninguna consideración por muy sensata que fuere. Pero a ese punto no he llegado aunque..., te puedes creer, y no se porqué te lo confieso, te conozco de verte dos veces, que me estoy planteando ponerle los cuernos a mi mujer, pero ¡¡coño!!, no tengo ni tiempo de ponérselos. Bueno, ya está, me desahogué yo, hablemos de otra cosa. ¿Alguna novedad laboral?.
-          Todo aburridamente aburrido, como siempre. Mi mujer con más trabajo que nunca, más cansada que nunca y yo más mosqueado aún. Esta última semana no, algo ha debido ocurrir que le ha laminado el cansancio. Tienen un cliente importante, belga, que ha clausurado su cuenta con el bufete de París que le llevaba sus negocios y se la ha dado al bufete en el que trabaja mi mujer y según he creído entender, porque muchos datos no me da, se creerá que soy tonto o yo que sé, bueno, total que el cliente quiere que sea mi mujer la que lleve personalmente sus asuntos en Europa. Estoy más mosqueado que un pavo en navidad. Ahora tiene que pasar dos días a la semana en Brujas, que es donde tiene el fulano su central, y encima, yo, imbécil de mi, la consuelo porque se me hace la mártir diciendo que no va a ver al niño, que el pobrecito se va a criar sin madre, pero claro, es por su bien, por prepararle un futuro, para que no le falte de nada.
-          Carlos, yo no quisiera ser agorero pero..., eso de pasar dos días fuera de casa, mira a ver..., mi mujer lleva diciéndome dos meses que probablemente tenga que irse a Finlandia a supervisar la obra de ampliación del aeropuerto de Helsinki, dos semanas cada dos meses, y gracias, porque el Jefe quería que se tirase allí los seis meses de la obra, pero se van a turnar todos los arquitectos del estudio. Y yo, chico, ¿qué quieres que te diga?, ella será muy santa y muy fiel, pero los tíos ya sabes como somos, cuando vemos un pedazo de tía sola y triunfadora vamos a matar y ellas no son de piedra..., y están lejos de casa.
-          Pues estamos listos. Nos vamos a tener que sacar brillo a los cuernos el uno al otro.
En ese momento pasó delante de nosotros una mujer de las de bandera de gala empujando, como no, el carrito consabido. Se detuvo al lado de la piscina de arena donde nuestros respectivos se entretenían y deposito a su niño dentro. Rápidamente los tres críos intimaron y se dedicaron entre palabras entrecortadas y grititos de alegría a enarenarse convenientemente. Se quedó de pie, daba la impresión que consciente de su palmito, podía y quería exhibirse. Nosotros no salíamos del asombro ante esas piernas torneadas largas y perfectas que se perdían bajo una minifalda en lo que debía ser un paraíso de humedad y oscuridad deleitosa. Teníamos la boca entreabierta y no se nos caía la baba porque aún nos faltaban unos años para esas demostraciones de decadencia física. La mujer, no bella de cara, pero si atractiva y resultona, rebuscó en su bolso, sacó un cigarrillo y volvió a buscar. Finalmente desistió de seguir buceando en ese agujero negro, que todo lo traga, que es un bolso de mujer y mirando en derredor de forma despistada reparó en nosotros dos, o simuló que antes no nos había visto. Se vino resuelta al banco en el que sentados, flotábamos y con una sonrisa encantadora nos pidió fuego en perfecto español con un sugerente acento italiano. Me recriminé no fumar. Me eché manos a los bolsillos del vaquero y con un gesto de impotencia y disculpa al tiempo le hice saber que no podía servirle en eso. Pero para entonces, Luis Fer ya estaba de pie con el BIC en la mano. Encendió su tabaco de forma sensual dando unas profundas caladas y expulsando el humo por entre los labios que colocaba en posición de silbar de la forma más sugerente. ¿Lo estaría haciendo adrede, pretendería algo?. Era evidente que estaba muy salido porque veía incitaciones al sexo en cualquier gesto, pero mientras yo hacia cábalas Luis Fer no paraba de dar palique a la maciza, de manera que me levanté yo también y me incorporé a la conversación. Fue justo en el momento que Luis Fer poniendo cara de asombro exclamaba un “¡No me lo puedo creer!”.
-          Pues así es, aunque parezca mentira.
-          ¿Qué es lo que tiene que parecer mentira?, perdón, yo soy Carlos.
Le tendí la mano a la mujer que de cerca era aún más bonita de lo que parecía de lejos.
-          Sofía, soy italiana pero llevó en España desde..., bueno prácticamente toda la vida, aunque el acento no lo haya perdido.
-          Estaba diciendo Sofía que está en tramite de separación...
-          Lo siento, de verás. Pero ¿quién puede ser tan tonto para separase de una mujer tan bella como usted, por otra más bella aún?, lo veo difícil.
-          No Carlos, por otra mujer no, por otro hombre. Eso es lo que más me ha sorprendido y lo que me ha dejado inerme. Contra una mujer sabría como luchar para defender lo que considero mío, pero contra otro hombre, ¿cómo se lucha?.
Se me debió quedar cara de subnormal, incrédulo, descolocado o de sujeto de una broma pesada porque Sofía hizo un mohín gracioso y continuó.
-          No te lo crees. Es lo normal, nadie se lo cree, yo tampoco me lo creí cuando hace cuatro meses, después de llevarme a cenar a nuestro restaurante favorito, a los postres me dio el hachazo. “Sofía me he enamorado de mi chofer, como si fuese un adolescente”. Mi marido..., bueno exmarido, tiene ahora cincuenta años y su chofer, que para mayor sarcasmo le recomendé yo, la mitad, veinticinco. Pero lo que más me fastidia es que le está tomando el pelo, ¿cómo no se da cuenta de que ese indeseable solo está con él por su dinero?, cuando le saque todo lo que pueda le dará la patada.
-          Pero tu, o perdón..., usted Sofía es más joven que él.
-          Tutéame Carlos, seremos de la misma edad aproximadamente, yo tengo ahora treinta y dos.
-          Yo treinta y cinco como Luis Fer. Y tu no aparentas ni veintisiete.
-          El primer mes lo pasé entero llorando hasta que me di cuenta que tengo un niño pequeño que no tiene culpa de los mariconeos de su padre y entonces me volqué en él. Vivo para él. Hoy los pasos sin rumbo me han traído hasta aquí de lo que me alegro, sois muy simpáticos.
Me pareció que en el simpático último había un deje de deseo. Era lo normal. Una mujer de bandera en algo más que la flor de la vida, a dieta, suponía yo, desde hacia cuatro meses debía tener sus necesidades, sus deseos, sus anhelos y sus frustraciones. Por eso en el “simpáticos”, creí entender una segunda intención. Era preciso tener las antenas bien alerta porque podía tener delante una buena oportunidad.
Después de una media hora hablando de cosas intrascendentes Sofía se despidió educadamente y empujando la sillita se perdió detrás de los parterres de glicinias.
-          Luis Fer, tío, ¿te has dado cuenta?.
-          ¿Qué si me he dado cuenta?, me he puesto malo. ¡Que pedazo de tía!, y está falta de todo. Charly si nos lo montamos bien podemos cortar oreja y rabo..., los dos a la vez.
-          ¿Tu crees?. ¿Te atreverías a follar con ella a la par mía?, si ella quisiera por supuesto, aunque me parece que le hemos caído bien y volverá. Si vuelve mañana, será solo cuestión de cómo manejemos el caso, el tacto que apliquemos. Que se le ocurra a ella.
Al tiempo me frotaba las manos en un gesto inequívoco de disfrutar del asunto aún antes de que se consumase. Le palmee la espalda con fuerza al tiempo que le chillaba.
-          ¡Es pan comido, joder, es pan comido!.
-          Tranquilízate, Charly, si ha de llegar, llegará, pero no vendas la piel del oso antes de cazarlo, no sea que te lleves un chasco.
Se señaló el reloj con el dedo y me instó a marcharnos.
-          Ya es tarde. ¿Mañana vas a venir?.
-          No me lo perdería por nada del mundo.
Estuve esperando con autentica delectación que llegase el día siguiente para poder volver a ver a Sofía. Ese monumento de mujer no se iba a acercar a nosotros por casualidad y menos a pedirnos fuego. Estaba todo premeditado. Nos habría visto a los dos, de buen ver, apuestos e inofensivos, cochecito de niño mediante, y no se lo pensó. Me la imaginaba pensando con cual de los dos desearía montárselo..., o quizá con los dos, ¿porqué no?, una mujer de esas características no le habría faltado nunca quien la solazase y si ahora con el disgusto de la mariconada del marido no tenía ganas de nada, sería al principio, porque seguro que tenía que estar tensa como la cuerda de un arco y caliente como un semáforo en Agosto. Le daba los últimos vaivenes de mecimiento al crío con la sonrisa esa boba que se nos pone a los hombres cuando avistamos hembra posiblemente receptiva a nuestros encantos cuando escuché la puerta de la calle. Mi mujer acababa de llegar del bufete. Mire el reloj y me sorprendí de la hora. El niño dormía ya y le dejé en la penumbra de su dormitorio. Fui a recibir a mi mujer. después de la sesión imaginativa; yo si que estaba que echaba humo sin fumar. Con entonación lastimera y al tiempo escrutadora de oráculos de galerna, con habito postural de rendición y reconocimiento de supremacía, (lo que más me jodía, porque no era calculado, me salía ya de forma espontánea) fui a recibirla.
-          ¡Cariño!, cada vez llegas más tarde, esto no puede ser. Vas a caer enferma. No te creas que vas a heredar el bufete, que en el momento que les hagas sombra te dan la patada en el culo y a correr.
-          Joder, Carlos, déjame ya en paz. Bastante tengo yo con lo que tengo. Mañana me voy a Bruselas temprano.
-          ¿Pero no era a Brujas?.
-          Pero en Bruselas, enteradillo, están las centrales de las compañías de seguros y hay que negociar uno impresionante, que o mucho me equivoco o me va a tener en Bélgica una semana.
Hizo un mohín de desagrado y me miró suplicante.
-          Una semana sin verte, ni a ti ni al niño. No te creas que esto no es duro.
Me animó esta declaración de debilidad y aprovechando su última frase intenté el asalto a la fortaleza. Me llevé de la forma más procaz posible, la mano a mi bragueta haciendo resaltar mi pene bajo el pantalón que se mantenía erguido aún de mis ensoñaciones con Sofía.
-          Lo que yo tengo aquí si que está duro. Ven toca, verás como se te pasan todos los males y recuperas la vitalidad.
-          ¡Coño, Joder!, tu solo sabes arreglar las cosas a base de sexo. Eres un obseso, siempre igual.
Me indigné. Hacía dos semanas que si no hubiese sido por las pajas me rebosaría el semen por las orejas. Y le grité, reconozco que le grité.
-          Soy tu marido, te enteras, tu marido. Y tengo aún ciertos derechos, tu mejor que nadie debería saberlo. Que ya tengo yo la mosca detrás de la oreja con tanto cansancio y tanto cliente importante.
Me echó una oejada de arriba abajo, despreciativa, despectiva, sonrió al modo de los vaqueros de vuelta de todo de las pelis de Sam Peckimpah y me contestó como si me hiciera un favor.
-          Además de paranoico, eres un zafio impresentable. No se porqué tuve yo que casarme con un perdedor. Cuando vuelva de Bélgica hablaremos tu y yo de nuestro futuro en común.
Meneó la cabeza de un lado al otro, que esa suficiencia era ya lo que me rajaba, y se metió en la alcoba. Me quedé ahí plantado como un pasmarote y a pesar de todo aún pude gritarle sin convicción.
-          ¿Y la cena, que?, te había hecho lasagna que tanto te gusta..., o te gustaba al menos.
Desde el otro lado de la puerta alcancé a escuchar una frase que terminó de rematarme, como el descabello al toro.
-          ¡Metétela donde te quepa!, yo ya he cenado.
Sabía que significaba eso de que contestase sin abrir la puerta. Esa noche la pasaría en el sofá. No era la primera vez que me lo hacía, siempre cuando la irritación le alcanzaba cotas de irracionalidad. Tenía la certeza de que le había dado en toda la línea de flotación y lo acusaba de esa manera. Ya no había duda, efectivamente, tenía más cuernos que una convención de vikingos.
No pude pegar un ojo en toda la noche. Por un lado el niño, bueno eso era lo de menos, la criaturita debería tener pesadillas y de vez en cuando daba un grito y era menester ir a consolarle y que continuase la conciliación del sueño. A esto estaba más o menos acostumbrado, porque mi mujer, ya se sabía; “cariño, no voy a levantarme yo. Tu si quieres, mañana te levantas a la hora que se te antoje y si no se hacen las camas ese día no pasa nada, pero yo, me debo al trabajo, yo no puedo llegar al bufete con unas ojeras que me lleguen a los pies”.
Por una parte, en cuanto cerraba los ojos me excitaba con solo la visión de Sofía y me costaba no echarme la mano para masturbarme. Por otra, la imagen de mi mujer en manos de otro tío me hacía hervir la sangre hasta provocarme dolor de cabeza que se acentuaba cuando reflexionaba, aún sin querer hacerlo sobre la injusticia que representaba el trato dispensado por ella. Me torturaba yo mismo pensando si las cosas serían de otra manera si yo estuviese trabajando en algo, al menos igual de importante de lo que hacia ella, si me respetaría al punto de resistirse a los encantos de otro hombre o quizá no esgrimiría los suyos para conquistar a otro. La clave debía estar en que sin darse cuenta me consideraba un inútil sin dignidad ni valor para que ella me dedicase su tiempo, por eso se iba con otro. Y me echaba la culpa de lo que sucedía a mi mismo, no haber sabido retener junto a mi lo que más quería por incapacidad manifiesta para la supervivencia, no era carnívoro, me sentía un herbívoro cuyo destino estaba en el estomago de un gran felino que era más importante que yo en la escala trófica, eso, un herbívoro, con sus cuernos y todo. Y lo que me laceraba el alma por una parte me lo reparaba por otra. Mi mujer agrediendo, Sofía acariciando con su mirada, con su aterciopelada voz, con su sonrisa de seda, y así toda la noche hasta que con el amanecer me rindió el cansancio y me quedé dormido del todo.
No me di cuenta pero cuando desperté con el cuerpo molido del sofá y la tiritona de la resaca de la mala noche mi mujer ya se había ido. Mi reloj marcaba cerca de las diez de la mañana. En la mesita de la sala había dejado una nota escrita con peor leche que la que había esgrimido la noche pasada: “Ahí tienes mil euros para la semana que como eres un inútil seguro que te encuentras sin dinero. No te preocupes por mi, no me hace falta, volveré cuando acabe lo que he ido a hacer”.
Y ni besos, ni un te quiero, ni siquiera un te odio, nada. Grité en voz alta: “A saber lo que habrás ido a hacer tu a Bruselas, pedazo de putón verbenero”. Y se despertó el niño.
Entre consolar al crío del susto del despertar a voces y darle el biberón y arreglarlo se me fue media mañana. Cuado me puse en camino del parque y sin desayunar, aceleré el paso, no quería pararme bajo ninguna circunstancia. Por nada del mundo quería que se me pasase la hora de coincidencia con Sofía. Llegué con los ojos desorbitados mirando a todos lados a la vez, sin ver nada. Otras mamas, otros papas, otras chachas, pero ni Sofía, ni Luis Fer. Sentí que las mejillas se me incendiaban de irritación. Ese cabrón de Luis Fer seguro que se había trajinado a Sofía y me dejaba fuera. A esas horas me lo imaginaba enredado entre esas piernas largas hundiendo su cabeza entre ellas, dedicado morosamente a degustar el sabor de una diosa del placer. No me di ni cuenta que el niño seguía en el carrito, que no le había sacado para que jugase con la arena. El crío se quejó tímidamente para atraer mi atención, instante en que me di cuenta que no estaba solo, que era padre y mi hijo me necesitaba, pero Sofía no se me caía de la mente ni el cerdo de Luis Fer, tampoco pero por causas ligeramente diferentes. Sin darme cuenta estaba hablando en voz alta sin dejar de repetir lo mismo: “Traidor, traidor, traidor”.
Cuando más ofuscado me encontraba sin saber como desfogar me tocaron el hombro.
-          Te veo irritado, ¿te ha ocurrido algo?.
-          ¡¡Ah!!..., pero tu..., ella..., entonces tu no..., perdona, es que...
-          Carlos, ¿estás bien?. ¿Te puedo ayudar en algo?.
-          No, no, nada, nada. Verás, es que tuve anoche un broncazo con mi mujer y aún no..., bueno, eso es lo de menos.
Luis Fer me estaba mirando con cara de asombro sin entender absolutamente nada de lo que intentaba decirle.
-          Que no, que no. No te preocupes, nada, no me pasa nada. Y tu, ¿acabas de llegar, o vuelves?.
-          Volver, ¿de donde?. Acabo de llegar ahora mismo, a la hora de todos los días, ¿no?.
-          No se..., pensaba que tu..., y Sofía, quizá..., pero déjalo es una tontería. Estoy paranoico.
La cara de ahora era ya de incredulidad y sorpresa sin que diese la impresión de que se había sentido ofendido. Más bien parecía encontrar divertida la situación
-          ¡Hombre, Carlos!, yo jamás te haría una cosa así. Además, no se porqué pero me da el pálpito de que ella está por ti, no por mi.
-          ¿Ah, si?, pues yo pensaba exactamente lo contrario y al llegar y no ver a ninguno de los dos..., pues tu verás, me he puesto en lo peor.
-          ¡Estás hecho polvo, eh, Charly!. Venga cuenta, que te ha pasado con tu mujer.
-          ¡Que es gilipollas!, nada más...
Le relaté de la forma más imparcial que pude o supe el incidente de la noche pasada y la forma tan perra en que pasé la noche, a medias deseando abofetear a mi mujer, a medias anhelando encamarme con Sofía y de la forma en que me quedé dormido y como encontré la ofensiva notita con el dinero, “que mi primera intención fue tirarle a la basura, aunque luego se impuso mi lado más practico prefiriendo tirar mi orgullo a la basura y meter el dinero en la cartera”.
Me consoló de la mejor manera que supo y me plegué al consuelo porque otra cosa no podía hacer.
-          Y ahora una semana más solo que la una temiéndome..., bueno temiendo, estoy más que seguro que a la vuelta me pone por delante los papeles de la separación. Estoy por llevar el niño a casa de mi hermana, que está loca por que se lo deje y la madre no se fía de ella porque es..., tu sabes, de esto moderno de ahora, que vive con una amiga y tienen papeles del ayuntamiento como si fuesen matrimonio.
-          Lesbianas, Charly, se dice lesbianas. Y tu mujer, ¿por qué no se fía?.
-          ¡Y yo que se!. Bueno que a lo mejor se lo llevo y yo me lo monto en plan guarro con la pasta que me ha dejado la letrada de los cojones esta semanita..
-          Calla, tío que por ahí viene la maciza.
-          ¡Hostias!, cómo está, madre mía de mi alma, yo me voy a poner malo a este paso.
-          Hola, buenos días. Siempre los dos juntitos. Espero que no haya algo más que una coincidencia de padres en el parque.
Luis Fer y yo nos miramos sorprendidos de lo directo de la insinuación. Por la cara que puso al decirlo, definitivamente es que estaba buscando guerra. Y la iba a encontrar, ¡vaya que si la iba a encontrar!. Me dirigí a mi ocasional amigo con bastante retranca.
-          Luis Fer a ver si ahora resulta que..., y nosotros sin saberlo. Sofía, ¿de verdad, que has podido pensarte algo así de nosotros?
Acompañé la pregunta de un leve roce al bulto más que regular que se acababa de formar en mi bragueta, algo a lo que ella no fue ajena.
Luis Fer demostró mejor cintura que yo y ser más incisivo.
-          Pues nada Sofía, elige, ¿con cual de los dos primero?..., ¿o con los dos?. Caramba Sofía, nos conocemos de ayer, ¿era preciso ser tan ofensiva?.
La mujer se nos quedo mirando con la vista fijada alternativamente en los dos y nuestros respectivos paquetes y gesto de saber por donde iba dominando absolutamente la situación. Comenzó a reírse y sin dejar de hacerlo nos contesto muy divertida
-          ¡Hombre!, si no os da apuro a ninguno de los dos, a mi no me importaría probar un trío.
Nos dejó con la boca abierta y sin capacidad de respuesta. Mientras ella saboreaba el tremendo golpe asestado con cara de satisfacción, nosotros éramos incapaces de articular, no ya una respuesta coordinada de asentimiento entusiasta o de desistimiento vergonzoso, sino de articular ni una palabra medianamente con sentido.
-          Ya veo que no estáis mucho por la labor. ¡Ay estos hombres españoles inexpertos, todo se os va en fuegos artificiales!, sois todos unos eternos adolescentes, buenas raciones de vista, mucho empacho de cacareo y magnificas sesiones de pajeo solitario.
Fui yo el que salí al paso. Esta oportunidad no iba a dejarla pasar. Se acabó el sentirse inferior porque no tenía trabajo remunerado. Estaba recuperando la autoestima a pasos agigantados.
-          Sofía, me vas a perdonar, pero con esas cosas no es posible jugar sin esperar que te den una respuesta afirmativa. Imagina que te dijésemos que de acuerdo, que nos va bien un trío, ¿por donde ibas tu a salir?, nos conocemos de horas, ¿tu que sabes de nuestra vida?, ten en  cuenta que podríamos, efectivamente, ser gay y entonces, ¿cómo ibas a quedar tu?. Me parece que te has pasado un poquito con nosotros dos. Hombre, de acuerdo que nos has gustado desde que te vimos, ¡y a quien no!, pero el respeto es el respeto...
-          Déjate de historias, Carlos. Lo que he dicho lo mantengo. Me precio de conocer a los hombres bastante bien, y digo a los hombres, no a los gay que me sorprenden siempre. Mira la que me ha jugado mi marido. Si vosotros no tenéis inconveniente en engañar a vuestras mujeres, yo estaría encantada de hacer un trío con vosotros. Y os puedo asegurar que lo pasaríais estupendamente. Tener en cuenta que al fin he comprendido ese afán de mi marido por sodomizarme,  y tanto y tanto lo hizo, que finalmente le cogí el gustillo.
Luis Fer no pudo reprimirse más y se me anticipó.
-          Mi mujer se va esta noche a Finlandia, la de Carlos ya está en Bélgica. Mi niño se lo puedo colocar a mi madre, ella encantada de quedarse con el nieto y la hermana de Carlos se muere por tener a su sobrino. Me parece que esto se parece bastante a un si, y por casas no será, están las nuestras y la tuya. Donde tu quieras.
-          Entonces, ¿aceptáis?. ¿Estáis de acuerdo, no os importa hacer un trío?, y, ¿os importaría que filmara el encuentro?, para uso personal naturalmente. Y por supuesto en mi casa, es grande y acondicionada para estos menesteres. A mi marido le gustaba hacer las cosas bien.
Una vez más consiguió sorprendernos. No nos habíamos repuesto de la sorpresa de verla  producirse de forma tan directa, cuando volvía a sorprendernos con otra vuelta de tuerca, para aherrojarnos bien en nuestra trampa. Estábamos ya consentidos en hacernos dueños de ese cuerpo glorioso y por una minucia de ese estilo no íbamos a dejarnos intimidar.
-          A mi desde luego no me importa, a ti Luis Fer, ¿te importa?. Yo he de confesaros que siempre me atrajo un poquito el exhibicionismo, no estará mal del todo dar rienda suelta a la imaginación.
-          A mi que me va a importar. Alguna vez nos hemos tomado con la cámara de video mi mujer  y yo pero el resultado siempre ha sido decepcionante y al verlo después, en lugar de excitarnos nos ha dado ganas de reír.
-          Tenéis que saber que se filmará a cargo de un cámara desde detrás de un espejo para que no os de apuro. Es que si no, como dice Luis Fer, el resultado es más que decepcionante.
-          ¿Entonces, es que teníais la sala bien acondicionada para las filmaciones?.
-          ¡Ah!, es que creo que no os lo había dicho. Mi marido era, y lo seguirá siendo, espero, productor de cine porno, por eso la estancia esa está tan bien dotada. Espero que no os importe.
Los dos al unísono, consentidos y babeantes como nos encontrábamos,  negamos con la cabeza poniendo especial énfasis en que se notase que lo que queríamos era ya vernos en la cama con ella, y lo demás era música de baile.
-          Si os parece venís esta tarde a mi casa. Así tenéis tiempo de colocar a las criaturas y a eso de las seis nos vemos. Con unas cuatro o cinco horas será suficiente.
Dicho lo cual se largó sin dar más explicaciones que dejarme una tarjeta con la dirección.
Luis Fer y yo nos miramos con expresión triunfante. No nos creíamos que nos hubiese podido pasar a nosotros algo parecido. De repente caímos en la cuenta de que íbamos a estar desnudos en la cama en situación de excitación sexual sin conocernos prácticamente. Me le quedé mirando y le planteé la pregunta.
-          ¿Alguna vez has estado en la cama con otro tío?.
Abrió mucho los ojos, como si me hubiese vuelto loco de remate y me gritó prácticamente.
-          ¿A que viene esa pregunta ahora, tengo yo pinta de maricon?. A ti la tía ésta te ha trastornado.
-          No hombre, entiéndeme. Quería decir que si te das cuenta de que vas a estar conmigo en la misma cama, con otro tío, vamos, por mucha tía que haya entre los dos. Yo no se si me cortaré y pincharé, ¡que patinazo!. Va a ser inevitable que nos rocemos e incluso que nos toquemos. Yo no tengo experiencia de eso. Te preguntaba que si tu has hecho más tríos de estos o has hecho sexo en grupo para que me ilustrases. Ahora que lo pienso, yo de verdad, no se..., y encima sabiendo que me están grabando...
-          Ahora te vas a rajar por una bobada de esas. Ahí tenemos tía para los dos. Además me da a mi que es una fiera. No vamos a dar abasto, por delante y por detrás, que lo ha dicho, que le gusta. Te vas a preocupar porque nos podamos tocar el culo o los huevos. A mi desde luego no me preocupa, de verdad. Y ni se te vaya a ocurrir dar un gatillazo que la monto..., mírate una porno antes de llegar o lo que tu quieras, pero no me vayas a hacer una jugarreta.
-          Bueno, si, pero, ¿tienes experiencia en tríos y eso?.
-          ¡Que va, hombre, yo que voy a tener!, lo que tengo son unas ganas de echar un polvo con la tía, que ésta de impresión.
Miró el reloj y se fue en busca de su niño mientras me decía que ya era hora de marcharse.
-          Se hace tarde para la comida de los críos, Charly. Y luego entre que los dejamos con mi madre y con tu hermana el tuyo y eso, se nos echa la hora encima y no quisiera retrasarme. Ha dicho a las seis, pues a las seis hay que estar en esa dirección. Dame la tuya que te paso a recoger.
-          La de casa de mi hermana, allí en el portal estaré esperando cuando deje a Carlitos con su tía.
Le escribí en el reverso de un ticket del hiper la dirección de mi hermana y cada uno cogió su camino.
Durante el trayecto de vuelta a casa no paraba de pensar en la locura que era meterme en una casa desconocida con un mujer tan desenvuelta que a las primeras de cambio se ofrece a follar con dos desconocidos y encima avisa que va a filmar el encuentro para su solaz. Eso era inconcebible. Por un lado estaba caliente y con ganas de revancha de mi mujer y por otro miraba a Carlitos y pensaba si ese sería el padre que a mi hijo le gustaría tener, aunque por otro lado yo también tenía mi vida y lo que me había dejado claro la otra antes de irse a Bélgica era que a la vuelta se separaba de mi, y si así era, yo no me iba a poner de luto como una viuda bíblica a echarme puñados de tierra por la cabeza y dar alaridos de dolor. A mi ex mujer tendría que demostrarle que conservaba dignidad aunque no empleo y encima me tendría que pasar la manutención. Tampoco iba a estar tan mal después de todo. Desde ese ángulo lo que me proponía hacer esa tarde con Luis Fer, (¡otro desconocido!, ¿estarían compinchados él y Sofía, para trajinarme dios sabe con que oscuras intenciones?) entraba dentro de la lógica de empezar a vivir sin ataduras ni compromisos. Lo que estaba de verdad era hecho un autentico lío.
Le di la comida al niño y se quedó dormido. Yo me había quedado desganado del todo, demasiado quebradero de cabeza, a tal extremo que por más que intentaba excitarme pensando en lo de la tarde para despejar dudas más pequeño se me ponía el pene, más asustado, por lo que se ve, que yo. Tenía el teléfono en la mano dudando de si llamaba a mi hermana o no para dejarle el niño cuando sonó para sacarme de dudas.
-          Diga.
-          Carlos, soy tu hermana, ¿te acuerdas?. ¿Estas vivo aún?. Tu te has percatado que hace dos semanas que no me traéis al niño. Soy su tía, y me gusta verle de vez en cuando, aunque no tenga una pareja convencional.
-          Si, Nuria, precisamente pensaba ir a llevarte el niño esta tarde. Su madre está en Bruselas y yo tengo que ir a una entrevista para un trabajo, a ver...
-          Huy, Carlos no sabes lo que te lo agradezco, ya tenía ganas de estar un ratito con mi sobrino, y a Paloma no sabes la ilusión que le va a hacer. A eso de las cinco y media me lo traes, déjanos que acabemos la cocina, recojamos y nos echemos un ratito.
-          Vale Nuria a las cinco y media estoy allí.
-          Un beso, y hasta la tarde.
-          Hasta la tarde Nuria. Recuerdos a Paloma.
Sin haberlo pensado, mi hermana, sin querer, me daba el empujón definitivo. Parecía que todo se confabulaba para que yo no faltase a la cita.
Estuve la tarde inquieto, dando vueltas por la casa sin encontrar asiento. Intenté llamar a mi mujer a su móvil pero no estaba disponible, no se si apagado, fuera de cobertura o ella a propósito había bloqueado mis llamadas. Intentaba por todos los medios que alguien o algo me impidiese asistir a la reunión pero parecía que era lo contrario lo que obtenía era como una constante incitación a la consumación del acto. El tiempo pasaba despacio como para hacerme menos llevadero el dilema. Por fin di un grito de ¡basta ya!..., y desperté al niño. El tener que consolarle del despertar tan brusco me dio ocasión de olvidarme del asunto hasta que sentí hambre y miré el reloj de la cocina, eran las cuatro y media, el niño se había vuelto a dormir de manera que me prepare un bocadillo y preparé la bolsa para llevarle con mi hermana. entre unas cosas y otras era la hora de irse. Con autentico pánico agarrado al estomago llegué hasta la casa de Nuria. Entre las preguntas de rigor y los parabienes al niño dio la hora y me despedí.
En la acera, frente al portal, paseaba arriba y abajo esperando a Luis Fer. Deseaba que le hubiese ocurrido un percance, sin que le pasase nada pero una circunstancia que le impidiese acudir. Se me pasaba por la cabeza de todo y cada vez estaba más nervioso. Me disponía a desistir cuando desde la calle escuche mi nombre.
-          ¡Carlos, vamos!
Me quedé como petrificado. No se si pasó una diezmillonesima de segundo o cinco millones de años. Veía a Luis Fer reclamarme desde su coche pero no sabía que debía hacer. Hasta que la interjección que escuché a continuación me hizo salir de mi sueño
-          ¡Joder, hostias, que cojones te pasa!, ¿quieres venir?.
-          ¡Ah, si perdona!, no me había dado cuenta.
Me acomode en el coche sin saber muy bien si hacia lo correcto. Pensaba, “joder, ¿hasta el último minuto voy a estar dudando?”.
-          Vamos hombre, alegra esa cara, que no vamos de velatorio. Nos vamos a follar una tía de revista. ¿Cuándo íbamos a soñar nosotros con un ligue como éste. ¿No estás emocionado?.
-          Estoy cagado Luis Fer. Que no, coño, que no. Que algo muy dentro me dice que no es lo que parece, que nos vamos a meter en un buen lío, vamos a ver por donde nos sale la aventurita.
-          No seas gafe Charly, deja tu cabeza en blanco y la de la abajo ponla en alerta que va a tener trabajo.
Llegamos a las seis menos cinco. La dirección resultó ser la de un chalet en una urbanización de lujo en pleno centro de la ciudad. Entre espeso arbolado, fruto de largos años de cuidados esmerados, la casa se veía desde la calle con dificultad y eso que no estaba tan alejada de la verja. Dejamos el coche aparcado y nos acercamos a la puerta. Antes de que nos diese tiempo a pulsar el timbre, la puerta se abrió con un chasquido al tiempo que una voz impersonal y fría nos invitaba a pasar. La puerta principal se abrió de la misma manera que la verja y franqueamos la entrada. Vino a recibirnos una especie de gorila como de dos metros de alto y no mucho menos de ancho, vestido de smoking impoluto, impecable, con una sonrisa de circunstancias que daba miedo y nos invitó a pasar a una sala absolutamente impersonal. No daba la impresión que formase parte de aquella mansión. En un mueble bajo, en el centro de la sala, un televisor y un DVD con unos doscientos discos, todos porno de todos los estilos esperaba que alguien los quisiese ver. Luis Fer se dedicó a repasarlos y de vez en cuando exclamaba, como el que ha visto una aparición, “¡Ludmilla Goering!”, para a renglón seguido redoblar la exclamación, “¡Glory Lecter, la de las mamadas imposibles!”. Todo lo que provocaba excitación en Luis Fer me provocaba a mi congoja y apocamiento, ¿dónde nos habíamos metido?, sabía que el dueño de la casa era productor de porno, pero ¿eso quería decir que hubiese que tener toda la producción en su domicilio particular?. Cada vez me gustaba menos todo aquello. Luis Fer estaba entregado del todo, y sin forma de hacerle razonar, no hacía más que restregarse su sexo sin conciencia de estar haciéndolo. Se secaba de vez en cuando la baba que se le caía de las comisuras.
-          ¡Mira!, una de Lillian Verstenhorff y Claude Babui, ¿la ponemos?. Estos dos son unos bestias, yo vi una vez una de estos y no me morí de milagro.
-          Luis Fer, ¡por dios!, recapacita, esto no es ni medio normal. Vamos a ver, escucha..., ¡ESCUCHA!.
Tuve que levantarme de la silla y zarandearle para sacarle del estado de estupidez lúbrica en la que se encontraba. En ese momento tuve que acercármele tanto que me roce con él y tomé conciencia del tamaño de su erección y lo que abultaba en su pantalón. Estaba muy duro. Realmente debía tener un tamaño considerable. Me sorprendí deseando que llegase el momento de desnudarnos en el lecho de Sofía para ver en todo su esplendor esa demostración de virilidad, me intrigaba.
-          ¡Escucha!, escucha ya de una vez. Recapacita, ¿se parece esta sala a una habitación de una vivienda normal?, no es más bien la sala de espera de una casa de citas de alto standing?.
-          Bueno ¿y que más da?, a nosotros no nos van a cobrar, nosotros solo tenemos que follar y gozar y..., despreocúpate hombre, y sobre todo no me vayas a amargar la tarde. Si quieres te vas, te dejo mi coche, pero no vayas a meter la pata. ¡¡Joder Charly, no me vayas a ser un rajao ahora!!.
-          Yo no me voy, Luis Fer, pero no vayas a dejarte dominar por los instintos y sobre todo estáte alerta, por lo que pudiera pasar, me huele a encerrona.
-          ¿Y que podría pasar?.
Ninguno de nosotros nos dimos cuenta de que varias microcamaras nos estaban filmando y grabando nuestra discusión.
Luis Fer estaba decidido y lo hizo, puso el DVD en su lector y se retrepó en el sofá a mi lado dispuesto a beberse, a no perder ni una gota de todo fotograma que apareciese en la pantalla. Lo cierto es que la película no era el típico producto de aburrido y hasta grotesco mete-saca, estaba bien filmada, bien iluminada, conseguido el equilibrio en cada encuadre de forma que satisfacía tanto al cuerpo como a la sensibilidad artística. No sabría decir que era lo más excitante, si su erotismo insinuante o lo explícitamente pornografico, que llevaba su carga de bien hacer igualmente. Era en su conjunto como un ballet bien dirigido y mejor ejecutado cargado de la pimienta mejor administrada.
Cuando mi eventual amigo llevaba diez minutos tragando sexo en estado puro no pudo más y se desabrochó el pantalón, liberando de su cárcel la intensidad de su deseo. Me le quedé mirando descarado, incrédulo y él ni se dio cuenta. A mi la película no consiguió moverme ni un milímetro, estaba más preocupado por nuestro destino en aquella casa, que por los manejos lascivos de los protagonistas.
Cuando me enteré de que nos habían estado filmando comprendí porqué no habían pasado ni quince segundos desde que Luis Fer dejó al aire su sexo para satisfacer su ansía de metérse en la pantalla cuando apareció el gigante de etiqueta que sin inmutarse por la evidencia de Luis Fer, que ya se había bajado el pantalón del todo y se masturbaba abiertamente, nos anuncio que la señora nos esperaba.
Atropelladamente, porque no había forma de volver a encajar aquel tremendo trozo de carne trempada, en el pantalón vaquero que llevaba, nos dirigimos a la puerta siguiendo al tremendo mayordomo. Luis Fer a pesar de todo no perdía el humor y mientras acompañábamos al gigante por la casa me susurro entre risas que porque no jugábamos al tenis en la espalda del guardaespaldas. El gigante lo escuchó, se detuvo en seco y se volvió. Muy sereno sin mudar el gesto se acercó a Luis Fer y con la rapidez del aspid al marcar el bocado, con su manaza recogió todo lo que mi amigo atesoraba entre sus piernas mientras le decía:
-          Podríais utilizar de pelotas las que yo tengo entre las manos, ¿te parece bien, simaticote estúpido?.
Me quedé tan pálido como congestionado. Luis Fer que no se atrevía a moverse. La presa era tan certera y abarcaba toda su propiedad con tanta sabiduría que no habría tenido más que aplicar un punto más a la presión ejercida para que el otro pobre se desmayase. Los ojos de Luis Fer eran toda una tesis de cómo se debe pedir perdón y disculpas en el universal idioma de los gestos. Si en ese momento el gigante, (se llamaba Caín, nos enteramos después)le da a elegir entre ser sodomizado por una docena de negros con botellas de cocacola de a litro por rabo, o que el siga apretando, ahora, en lugar de un amigo padre de un niño como el mío tendría un entusiasta del sexo anal, dedicado a los placeres de Epaminondas, fijo. Por fin, el mayordomo o lo que fuese, soltó su presa dejando un guiñapo de hombre a sus pies retorciéndose con las manos protegiendo sus partes nobles en posición fetal.
-          No me cabe la menor duda de que ahora te cabrá en el pantalón. Te tiene que haber dejado listo. Venga levanta que nos vamos, aquí ya no tenemos nada que hacer.
Caín, que ya se había vuelto, para seguir con su misión de conducirnos a presencia de la maciza volvió a detenerse. Se dio la vuelta y sin mover un músculo de la cara, como antes, pero con cierta sonrisilla sardónica pintada en sus labios me dijo.
-          Los señores no querrán hacerle ese feo a la señora, ¿me equivoco?.
Antes de terminar la pregunta ya había respondido yo.
-          No, no, por favor, nosotros somos unos caballeros, faltaría más, una dama de esta categoría..., que va, que va.
-          No esperaba menos de los señores. Síganme, ya debe estar impaciente con la espera.
Luis Fer se levantó, intentó adoptar la mejor postura de dignidad que le pudo salir de su cuerpo maltrecho y me cogió de la mano. Eso me sorprendió. Debía sentirse desamparado para establecer ese contacto tan íntimo con un desconocido y yo lo era. Hacía horas que nos habíamos visto y ya nos encontrábamos viviendo una aventura un poco surrealista cogiditos de la mano. Genial.
Estábamos llegando al final de un anchuroso corredor magníficamente alfombrado cuando en el extremo se abrieron las dos hojas de una generosa puerta, como si desde el otro lado supiesen que nosotros estábamos llegando.
La visión le hizo olvidar a Luis Fer el mal trago. El cachas al ver a su ama en el umbral de la puerta se apartó a un lado y nos dejo pasar. Y sucedió.
Según pasábamos por delante del gorila con la mayor naturalidad le dio un pellizco en el culo a Luis Fer y le dijo en voz alta:
-          Sin rencores. Ya te compensaré de otra manera, te haré tocar el cielo, corazón.
Suponíamos que Sofía al escuchar aquella declaración pondría orden de inmediato pero en lugar de eso, hizo un gracioso mohín y le dijo al gorila:
-          Anda Caín, déjanos. ¿Tu que te crees que a todos les gustan las mismas cosas que a ti?.
-          Después de conocerme en profundidad si, antes, ¿quien puede conocer el futuro? Vamos, ¿qué hacéis ahí parados como dos bobos?, entrad de una vez sino queréis que me lance yo.
Con el incidente de Caín se nos despistó la estampa de la diosa. Yo ya no sabía que pensar. Siendo imparcial y manteniendo la calma el análisis de lo que allí ocurría podría definirse como un secuestro. Habíamos expresado la intención de irnos y el armario de tres cuerpos nos había amenazado con el diluvio universal. Teníamos que quedarnos y a ver por donde salíamos. Y ya ni con el entusiasmo de Luis Fer podía contar, porque después de lo sucedido el pobre no estaba en condiciones de desarrollar ninguna actividad del tipo que fuese.
El aspecto de Sofía por otra parte era para quitar el resuello al más ceporro. Vestida con una túnica de lino finísima que dejaba un hombro al aire y el resto del cuerpo al albur de la imaginación porque se trasparentaba según el pliegue que hiciese o no la tela al caer. Y si, efectivamente, estaba desnuda. Los pezones se marcaban soberbios en el lienzo poniendo una nota de color fresa suave en el lago blanco inmaculado de la túnica. El otro punto de color, esta vez intuido negro, dando una deliciosa sombra estaba en el punto de confluencia de esas piernas largas y esbeltas que dejaba ver cuando se ponía la minifalda exigua que tanto nos hizo delirar y tomar, al parecer, una decisión equivocada.
Su cara era toda una incitación al goce. Abrió los brazos en señal de acogimiento y nos dijo que cerrásemos la puerta. Sin bajar sus brazos se giró sobre si misma como si hiciese de cicerone y sintiéndose feliz, o esa era la impresión que nos dio.
-          ¿Os gusta mi dormitorio?.
Luis Fer me miró con cara de susto.
-          ¿Esto es un dormitorio?, Charly, yo me quiero ir ya. Esto me empieza a oler fatal. ¿En que lío nos hemos metido?.
Sofía se había vuelto y nos miraba con expresión de satisfacción y con los ojos entrecerrados daba aspecto de malévola degenerada dispuesta a todo. Y eso era precisamente lo que me asustaba que en ese todo, mi imaginación metía todo aquello que la parte más calenturienta de mi mente era capaz de fabular. Sin inmutarse, con un gesto imperceptible,(¿qué se desabrocharía?)la túnica resbaló del hombro donde se sustentaba y dejó al descubierto la desnudez más bella que Fidias imaginar pudiera.
En cada pezón un minúsculo aro de oro remarcaba la armonía de dos pechos perfectos (¿silicona?), y del triangulo de la humedad oscura y perfecta, por entre sus sombras, se adivinaba, según que postura, un destello iridiscente que mantenía la mirada sujeta como por un ardid hipnótico fija en sus promesas de infinitud y eternidad de placer.
-          ¿No os dije que nos filmarían?. Mirad.
Nos hizo mirar al techo que había sobre una enorme plataforma circular como de cuatro metros de diámetro de aspecto mullido y brillante de seda, escoltada en los cuatro puntos cardinales por cuatro columnas salomónicas que daban por autenticas de un tabernáculo barroco sustraídas. Por supuesto no nos fijamos en los múltiples orificios camuflados entre los racimos de uvas que eran otros tantos objetivos de cámaras para filmar sin que se advirtiese.  Justo encima un espejo permitiría al que estuviese tumbado observar y observarse. Un punto hortera, nos hizo mirarnos incrédulos. Yo no pude reprimirme y a medias indignado y a medias sorprendido le pregunté o acusé.
-          ¿Y pretendes convencernos de que esto es tu dormitorio?, por favor, ¿que te crees, que somos imbeciles?.
-          Carlos, ¿no te apetece disfrutar de este cuerpo que se te ofrece?. Has venido libremente y si quieres puedes marcharte. Ya se que Caín es un poco radical, pero se muere por tocar un buen atributo masculino y el que Luis Fer ha enseñado al ver el DVD le ha sacado de sus casillas. Pero es inofensivo, si no queréis no os hará nada. Aunque no lo parezca tiene un corazón de oro.
-          ¿Y tu como sabes eso?.
-          Mira.
Tomó un mando a distancia pequeño que se encontraba dentro de una caja de nácar  sobre un velador y apunto a una pared que ocultaba un biombo chino, lacado en negro con escenas que podrían ser del Ananga-Ranga, el Kamasutra o cualquiera de todos los escritos orientales sobre sabiduría sexual que se conocen. El biombo se plegó, y un panel tapizado en seda roja se escamoteó apareciendo una pantalla plana enorme. Otro botón pulsado y los protagonistas aparecieron en pantalla. Tanto a mi como a Luis Fernando nos dio un vuelco el corazón.
-          ¿Nos has grabado, ¡para qué!?.
-          Por seguridad..., ves ahí, ¡dios que pedazo de atributo!.
Tal como lo dijo se dirigió a Luis Fer al que ya  temblaban las piernas abiertamente. Estaba petrificado, asustado, incapaz de defensa alguna. Sofía se le acercó melosa exhibiendo unos labios rojos brillantes y seductores, disfrutando de su fascinante desnudez. Le depositó  levemente los labios sobre los suyos, un amistad entre bocas que comenzaba su andadura. Luis Fer se derritió. La blanca mano de largas uñas de porcelana busco impenitente la abertura de su pantalón y mi amigo resucitó al instante. Se le disolvieron las dudas, se le esfumaron los temores, desapareció el pasado, se fugó el futuro, no existía más que la infinitud del presente y a ella se aplicó guiado exclusivamente por sus instintos. Intentando devorar decididamente a Sofía con una mano se despojaba, zafio, de su ropa. Deseaba estrellar su carne contra la de la mujer y ella le ponía trabas para enardecerle aún más. Ya desnudo del todo con su virilidad orgullosa buscando, ciega de pasión, el cuerpo amable que la recibiese, Sofía me miró de la manera más lubrica posible. De ninguna otra forma se podría haber dicho, tanto y tan caliente como lo que me hizo saber con esa mirada ardiente. Al tiempo me hizo un gesto gracioso con el dedo de la mano derecha para que me incorporase a la collera.
Imposible resistirme. No supe explicar después de que forma me desnudé, el caso fue que me encontré haciendo un conjunto de trío con Sofía y Luis Fernando. Me doblegó con su mirada, me esclavizó con su promesa tácita de placeres difícilmente imaginables. Luis Fer no se daba ni cuenta de que yo me incorporaba a su goce; se la comía y ella le rechazaba con suavidad al tiempo que me besaba con tanto erotismo que mi propio cuerpo revivió como hacía, quizá años, que no gritaba, “estoy vivo”. Me acariciaba la lengua con la suavidad de la suya promesa de la penetración con la que me obsequiaría más adelante. Con la misma dulzura y delicadeza que lo estaba haciendo todo, me tomó una mano y me la llevó con extremo esmero a la nalga de Luis Fer. Intenté resistirme pero ella con firmeza y determinación insistió sin dejar de juguetear con mi lengua utilizando la suya. Finalmente me abandoné a sus requerimientos y sin darme cuenta comencé a acariciarle la nalga a Luis Fer. El no se percató de que era yo quien acariciaba comenzando a contonearse aceptando el galanteo de mi mano. Me sorprendí disfrutando tanto del roce de la piel de mi amigo como de que éste respondiese positivamente a mi caricia. Pensé durante un pequeño instante que si supiese que la caricia era mía se revolvería como una rata arrinconada. Craso error. La excitación sexual hábilmente conducida por aquella experta mujer consiguió algo inimaginable. De la misma forma que había conducido mi mano a la nalga de Luis Fer, condujo la mano de mi amigo a mi nalga. Intentó protestar, pero no quería soltar el pezón al que se aplicaba chupando con fruición. De la misma forma que yo cedí a su capricho cedió él y ¡como cedió! Acariciaba mi culo con franca dedicación y la verdad es que la caricia torpe y ruda me excitaba, no se si porque la boca de Sofía era capaz de ocultar cualquier incomodidad o porque esa manera de aplicarme una caricia acababa de descubrir que me excitaba enormemente. Recuerdo que pensé en ese momento, “bueno, que más da, vamos a disfrutar de este momento, que no se volverá a repetir, y como de aquí no va a salir, entreguémonos a todo el placer que esta mujer sea capaz de sacar de nosotros, de las simas donde ni nosotros somos capaces de averiguar que hay”.
Y esa claudicación fue mi perdición. De la misma forma que no se puede estar un poco embarazada, no se puede acariciar a otro hombre y salir indemne, por más que sea en presencia de la diosa del amor, sin que se te planteen antes o después unas cuantas interrogantes.
Cuando ella consideró que estábamos ya suficientemente cómodos, hechos, entregados a nuestras caricias, nos arrastró a base de zalameras incitaciones y sonrisas lubricas a la grandísima cama. La seguíamos como los niños al flautista de Hammelin, seducidos, magnetizados, con nuestras manos entrelazadas por la espalda sin dejar de sobarnos nuestros respectivos culos, y en ese momento, a mi al menos no me parecía mal, el estar pendientes de esa mujer quitaba culpabilidad al hecho de acariciarnos entre nosotros.  Hechos a esa excepción y dado que no parecía que a ninguno nos desagradase debimos decidir que para qué soltarnos, si a ella, por lo visto, le satisfacía y el primer objetivo era satisfacerla como mejor camino para obtener el máximo placer para cada uno.
Se tendió en la cama en obscena e incitante postura y nosotros hicimos lo propio a cada lado. Nos deshicimos de nuestras caricias y nos dedicamos cada uno a un pecho, mordisqueando la argollita perforante y tirando del pezón suavemente lo que provocaba leves suspiros de placer, entrecortadas exclamaciones de dolor consentido y movimientos de pelvis voluptuosos. Extendí mi mano hacía su parte más golosa y enredé mis dedos en sus rizos azabache y se me enganchó un dedo en un objeto que le hizo dar un respingo haciéndola emitir un grito como de animal herido y abandonado al destino. Comprendí entonces a que se debía el reflejo que llegue a ver entre sus piernas cuando se desnudó; el clítoris estaba atravesado por otro anillito rematado por un brillante que era el que provocaba el reflejo que intrigaba con su pequeño resplandor. Después de provocarle algo parecido a un éxtasis por el tironeo sin intención, de su clítoris, Sofía me empujó suavemente la cabeza hacia abajo hasta hacerla llegar al punto álgido. Me apliqué con fruición y gozo a lamer, mordisquear y desplazar con la lengua el pequeño piercing y ella a emitir sonidos cada vez más rítmicos y elevados de tono. Me agarraba la cabeza y me la apretaba contra su sexo deseosa de que me metiese dentro de ella. Cuando más excitada estaba me agarraba por los cabellos y me retiraba la cabeza, para luego volver a hundírmela en sus profundidades. Yo sabía el grado de excitación en que se encontraba porque sus ninfas cada vez estaban más jugosas y enteras, más duras y turgentes y la lubricación iba en aumento. Al parecer estábamos entre los dos consiguiendo hacerla perder los estribos, Luis Fer aplicado a sus pezones y yo a su clítoris. Cuando más fuera de si se encontraba y yo más entusiasmado con esa carne tensa y suave entre mis labios Sofía con toda la delicadeza del mundo me tomo la mano que le acariciaba su vientre y me la llevó directamente al sexo de Luis Fer. Cuando noté la carne palpitante de mi amigo en mis dedos el respingo fue automático y la fortaleza y determinación, aplicadas con firmeza por Sofía para evitar que me retirase no me dio opción. Lentamente me dejé convencer y abracé con mis dedos el trozo de carne excitado de Luis Fer que no se había percatado de que era mi mano la que le acariciaba sin mucha convicción. Continué aplicado a la succión del sexo de Sofía y sin darme casi cuenta acompasé la caricia rítmica del pene con la cadencia del lamido. Al poco, Luis Fer me frenó en seco porque corría peligro de acabar con la fiesta por obra y gracia de al parecer una mano, la mía, bastante experta. Al tocar mi mano, que ni era delicada, ni fina, ni tenía uñas de porcelana, se sobresaltó y abandonó el pezón al que se aplicaba con tanta delectación exclamando sorprendido.
-          ¡Carlos, joder, no me seas maricon!
Sofía apagó la protesta como el bombero el incendio, con presteza, elegancia y contundencia. Selló sus labios con los suyos ahogando la última protesta al tiempo que me instaba a seguir en mis caricias al miembro. Cuando hubo apaciguado la indignación de Luis Fer a base de sensualidad extrema, haciéndole, no sabría decir si olvidar o aceptar de buen grado mi caricia fue descendiendo por su tórax marcando de saliva el camino por el que se dirigía en derechura a su sexo más tenso. Al llegar a su objetivo me retiró la mano llevándomela hasta las argollitas de sus pezones con la intención de que se los tironease mientras ella se dedicaba a felar con autentica maestría a la vista de los gemidos de placer que emitía mi compañero. Luis Fer se arqueaba de placer intentando defenderse de tanta y tan intensa estimulación momento en el que Sofía se retiró del pene para buscar mi boca y besarme dulcemente. Me fue arrastrando de beso en beso hasta hacer caer nuestras cabezas en las inmediaciones de la entrepierna de mi amigo para abandonar mis labios en beneficio del glande explosivo y escarlata de Luis Fer. Me excitaba verla succionar con tanta dedicación viendo el tamaño tan descomunal que adquiría el atributo que era de tal rotundidad que no me explicaba como ella no temía el momento de la penetración. Cuando Luis Fer aceleraba sus quejidos ella soltaba el pene y me besaba con avaricia, para volver a chupar la anhelante  verga. Esta actividad la iba haciendo con cadencia más corta cada vez hasta que llegó un momento que mis labios rozaron el extremo enhiesto de Luis Fer y Sofía con la mayor suavidad y naturalidad me empujo el pene dentro de mi boca para inmediatamente volver a mostrarse incorregible en el beso y dejarme una vez más por el pene. En un momento estábamos besándonos tan cerca del sexo de Luis Fer que compartimos labios y pene. Nos besábamos con avidez hasta que ella puso la verga entre nuestros labios y ya entregado del todo, lamí con la misma necesidad de pene que de labios sin poder determinar que era lo que más me excitaba si los sedosos y turgentes labios de Sofía o la tersura y calidez del capullo de Luis Fer, que por su parte chillaba de placer y agobio al ver que la eyaculación era un hecho si seguíamos los dos aplicados a nuestra actividad con tanta perseverancia. Luis estaba a punto de culminar un orgasmo único cuando levantó la cabeza para ver que clase de labios eran los que le provocaban esa sensación. Cuando vio que era mi lengua en ese momento la que acariciaba su verga no se si de sorpresa o de excitación extrema le hizo eyacular sin más dilación. Al sentir la primera bombeada de semen en la boca di un respingo y me retiré intentando limpiarme la boca con las manos y los brazos. Al tiempo Sofía recupero el pene palpitante para no dejar escapar más precioso semen. En cuanto terminó y antes de que me diese cuenta, Sofía estampaba en mis labios los suyos horadando con su lengua mi boca hasta que compartimos los dos el liquido vital de Luis Fer. Creo que nunca sabré si sostuve el beso de semen y saliva por apuro, por educación o porque me enloquecía esa explosiva combinación de hombre y mujer empaquetada en un solo acto. Cuando me dejó ya no sentía el rechazo de ser inundado de semen. No me molestaba ya el sabor en la boca y no tenía ni idea de cómo explicarlo.
Luis Fernando estaba exhausto y feliz intentando recuperarse del goce. Cuando entre risas y suspiros de satisfacción pudo recuperar el resuello se me encaró con curiosidad y extrañeza al tiempo.
-          ¿Por qué no me lo dijiste directamente? Mira, así desnudos del todo es difícil mentir, además, mentir, ¿porqué? Bueno, yo primero, no te lo voy a negar...
-          ¿Qué vas a decir Luis Fer?, nos están filmando, recuerda.
-          Déjame hombre que estoy embalado y como se me pase la vena libertaria me enroco y a lo de siempre. Pues eso, que vaya por delante que donde esté un monumento como Sofía, y aunque sea menos monumental, que se quite lo que sea.
Acompañó este inicio de declaración solemne acariciando el vello púbico de Sofía que se enarcó gozando del roce intencionado y después de besar uno de los pezones de nuestra anfitriona continuó.
-          Pero no va a ningún lado que yo niegue ahora que he tenido mis escarceos..., digamos heterodoxos.
-          ¿Tu te has acostado con tíos?
-          ¡Pues claro!, como tu. Anda que no se te notaba la maestría en la mamada. ¡Chico, si estás hecho todo un profesional!
Me quedé mirando a Sofía pidiendo auxilio. Quería que fuese ella la que saliese en mi defensa explicando que yo había hecho eso que hice, inducido por ella, porque con la delicadeza y erotismo con que ella conducía mi mano donde yo en principio no quería, no era posible negarse y si, de acuerdo, una vez salvada la primera impresión del tabú quebrado no era desagradable tener una verga en la boca, pero que era la primera vez. Nunca, nunca jamás, ni de adolescente rijoso había tocado yo otro miembro de varón que no fuese el mío. Sofía me devolvía la mirada con aire triunfante, como si se hubiese llevado el primer premio en un certamen del que nosotros no tuviésemos conocimiento.
-          Luis Fernando, yo en mi vida he tenido contacto, sexual claro, con otro hombre, ni tan siquiera he llegado a tener una fantasía sexual de tipo homosexual.
Su ocasional amigo hizo un gesto de no creerse ni una sola palabra.
-          Joder, Carlos, no me tomes por gilipollas. Yo ya te he dicho que he mantenido alguna relación homosexual, sin importancia, conste, pero placentera, no me intentes tomar por pardillo, coño, que estamos en confianza. ¡Vamos!, que la mamada que me has hecho ha sido improvisada por ciencia infusa, ¡hombre, eso no hay quien se lo crea!
-          Tampoco tengo yo necesidad de disimular nada y poco me importa si lo crees o no. Era la primera vez en mi vida y por lo que ha sido, pero ya puedes tu decir conmigo que no es lo mío y que no habrá una segunda vez.
Me estaba enfadando de verdad. Me fastidiaba que tuviese que pasar por lo que no era y el ímpetu sexual se me diluía como la saliva en el mar. Sofía, que por lo que estaba viendo, era algo más que una proba madre de familia engañada, se percató de mi incomodidad y prácticamente me fagocitó con su cuerpo. La mayor parte posible de su piel, con autentica maestría, entró en contacto con la mía y se me disiparon al instante los malos humores. La suavidad de la piel, la temperatura tibia y los movimientos sabiamente administrados de su cuerpo hicieron el milagro de hacerme revivir de nuevo. Prácticamente si darme cuenta estaba dentro de ella, que ya comenzaba a emitir quejidos de placer. Mi miembro estaba a reventar y deseaba ya el desahogo. Con maestría se desembarazó de mí y se acercó a Luis Fernando de espaldas contoneando sus nalgas de tal forma que el otro no pudo resistirse y se le abrazó por la espalda. Echó su mano izquierda hacía atrás y con una sencillez pasmosa se introdujo el pene de Luis en su ano emitiendo un quejido de placer cuando éste arremetió con fuerza desplazándola hacia delante momento que aproveché para penetrarla otra vez. Sentía a través de la vagina de Sofía el pene de Luis Fernando que al entrar y salir me masajeaba mi propio pene produciéndome un placer inconcebible. Era como si me estuviese masturbando Luis con su propia verga utilizando la pared vaginal de condón. Al acelerar los  movimientos en el ano sintiendo cerca su culmen, la estimulación de mi miembro se intensificó con lo que alcancé el orgasmo prácticamente al tiempo que mi colega. Sofía se desprendió de nuestra presa con bastante oficio dejándonos exhaustos. Caímos en la enorme cama uno al lado del otro con la sonrisa pintada en los labios y la expresión de satisfacción por el objetivo cumplido. Nos habíamos tirado a la maciza. Sofía había desaparecido de la estancia. Nos encontrábamos solos y de repente la sala quedó en penumbra. La iluminación cayó un ochenta por ciento al menos momento en el que caímos en la cuenta de lo extrañamente iluminada que estaba aquella habitación, parecía un plató de cine...
-          Carlos, no se porqué me da la impresión...
-          Yo tengo la misma impresión que tu. ¡Joder!, nos han tomado por pardillos. Hemos sido los comparsas del lucimiento de una actriz porno. Y nos ha hecho hacer lo que ella quería y nunca se nos hubiera ocurrido a nosotros en condiciones normales.
-          Tío, pero la mamas como nadie.
-          ¡Joder!, estoy avergonzado, me cago en..., ¡pero era la primera vez! Y tu, como fue tu primera vez..., o tu segunda..., ¿cuántas veces, eh, cuantas?, porque...
-          Con la que hoy es mi mujer en una playa nudista.
-          ¿Con tu mujer delante?, tío eres un degenerado.
-          Espera, joder. Se quedó un día en el hotel con jaqueca y yo baje a la playa y un tío, un cachas,  con el que entablamos cierta amistad al cabo de una semana de estar allí, se me acercó, me pregunto por mi novia y se tendió a mi lado a tomar el sol sin dejar de charlar de cosas intrascendentes. En un momento dado se incorporó, se volvió hacia mí y me disparó a la cara si nunca me la había mamado un hombre. Me quede de una pieza sin saber que responder, debí poner cara de gili y él sin dejar pasar más tiempo se inclinó y con la mayor naturalidad se la metió en la boca. Fue cuestión de segundos el empalmarme y correrme.  Se volvió hacia el otro lado, escupió mi semen y me dijo en tono de reproche que parecía un conejo. Se levantó y se fue.
-          ¿Y así, a pelo, en frío, te dejaste?
-          Es que no sabía como reaccionar y antes de que pudiese ordenar mi perplejidad ya estaba corrido. Y me gustó, el tío la mamaba mejor de lo que hoy lo has hecho tú. Claro que como era tu primera vez..., anda confiesa de una vez..., yo no voy a decir nada, no te cortes.
Iba a saltar como una liebre, indignado con su terquedad cuando se abrió la puerta y apareció aquel Conan de smoking que tanto interés había demostrado por Luis Fernando.
-          Venga chicos, se ha acabado el rodaje, a vestirse y a la calle.
Nos sentamos en la cama redonda sorprendidos del terminó utilizado por el cachas y nos quedamos mirándole interrogante.
-          ¿Qué os sorprende, es que no sabíais que veníais a rodar una peli porno espontánea? ¡Ah!, claro, os han dejado en la inopia para que no sobreactuaseis, al marido de Sofía le gusta que los actores aficionados no se sientan presionados.
-          Pero..., Sofía..., Sofía ¿no está separada? ¿Su marido no se ha liado con el chofer?
-          ¡Ojala!, el chofer soy yo, con el pedazo de herramienta que tiene, pero no.
De repente se echó a reír de forma ridícula y compulsiva sin  poder recuperarse hasta que una voz en off le hizo recuperar la cordura. “Venga, ya está bien, limpia el set que rodamos a continuación las tomas sado”.
-          Vamos, vamos, vístanse que se enfada el jefe.
Se acercó peligrosamente a Luis Fernando y le pasó su manaza, como de casualidad por su pene que estaba ya detumescente sin apartar la vista de su cara.
-          Toma, cuando tu quieras me llamas, no te vas a arrepentir, prenda.
Y le tiró encima de la camota una tarjeta de visita con su nombre y un numero de móvil. Mi amigo de polvo hizo como que se indignaba aunque se apreciaba en su entonación de protesta que se sentía de alguna forma halagado.
-          ¡Que se te quite de la cabeza! Por muy cachas que estés...
No supo como terminar y Caín al darse la vuelta para salir le guiño un ojo de la forma más erótica posible pasándose la lengua por los labios humedeciéndolos, rematando la faena con un beso tirado al aire en su dirección. Con voz susurrante y cálida continuó terminante.
-          Venga, déjate de bobadas y vístete si no quieres actuar también en la sesión sado. Cuando quieras me buscas, canalla.
Nos vestimos a la carrera teniendo en cuenta la oferta de Caín y salimos más que deprisa de aquella casa.
Luis Fernando me dejó en casa de mi hermana para recoger el niño. Se extrañó que fuese tan pronto a recogerlo pero me excusé con que la entrevista no era lo que parecía que iba a ser y no duró lo previsto.
Ya en casa, a solas con mis recuerdos me sentí, no sabría si definirlo como mal, o como extraño. Tenía la sensación de haber hecho algo punible pero legítimo a la vista del trato dispensado por mi mujer, como si se mereciese que le hubiese engañado y eso me tuviese que justificar. Pero miraba a mi Carlitos y me entristecía, como si le hubiese fallado a él también. Deseaba ardientemente que mi mujer llamase por teléfono para escuchar su voz y de esa manera asedar la aspereza de mi alma por la salida de tono y por otra parte deseaba que llegase el día de mañana para reunirme con Luis Fer y poder comentar los pormenores de la refriega. Se me entremezclaban las imágenes de Sofía espléndida y mi orgasmo con ella junto a las de la verga de Luis Fer, no menos espléndida al metérmela en la boca y me ocasionaba además remordimientos. Estaba agobiándome porque yo no debería recordar con placer el momento en que hice la felación a mi amigo y sin embargo la imagen de Sofía se iba difuminando y reafirmándose la de Luis Fernando enhiesto y poderoso en mi boca lo que se acompañaba de una erección más que regular por mi parte. Intenté cambiar de ideas, puse la radio y empecé a escuchar música disco, que me aturdiese, pero cuanto más intentaba sacudirme la aplastante imagen más me atosigaba con su deleite. Apague la música y consolé a mi niño que lloraba porque se asustaba del volumen que le di para sustraerme al encanto del recuerdo.
Le preparé la cena al niño y se la di. Dormirlo a base de mecerlo en mis brazos me tranquilizó y me hizo olvidar. Una vez que le dejé dormidito en su dormitorio fui a la sala a ver una película de ciencia ficción que sabía que conjuraría todo fantasma que quisiera agredirme.
Me desperté desorientado, con la boca pastosa. La peli debía hacer horas que había terminado, la pantalla estaba en negro y la pantalla del video parpadeaba avisando en vano de que se debía poner fin a su encendido.
Fui a mi cama casi a gatas y sin desvestirme siquiera me encontré al día siguiente, cuando los rayos oblicuos del sol me dieron en la cara al no tener la precaución la noche anterior de cerrar la persiana. Fui lo primero a la habitación del niño, con más dosis de remordimiento por no haber pensado en él y allí seguía dormido como le dejé la noche anterior. Con los ojos entrecerrados me metí en la ducha y deje correr el agua fresca sobre mi nuca. No había bebido ni una gota de alcohol y sin embargo tenía una resaca de no se qué que conseguía procurarme un dolor de cabeza de campeonato. El chorro de agua me alivió al instante y me despejó los ojos. Estuve deleitándome un buen rato así hasta que escuché al niño protestar en su cama.
Una vez atendido al niño y desayunado yo, me dispuse como todos los días al paseo matinal. Dudaba si debía ir o no al parque. Temía encontrarme con Luis Fer y al tiempo deseaba verlo, pero todo sin que hubiese un sustrato lógico que sustentase ninguna de las posturas. La realidad es que quería verle, pero se me encogía el estomago ante la posibilidad de volver a estar delante de él, sobre todo después de la mamada que le hice. No sabría si soportaría la menor broma sobre mi conducta.
Yo no quería, pero mis piernas me conducían al sitio con la seguridad propia del que sabe lo que quiere aunque mi cabeza me decía ¡ALERTA, PELIGRO, NO VAYAS!, era una sensación rara de saber que de ir, iba a tener problemas, pero no podía evitar desear tenerlos. Me iba a meter en un callejón, que a lo peor no tenía salida pero no podía sustraerme a la curiosidad de averiguarlo en primera persona. A medida que me acercaba al parque más me temblaban las piernas y mayor era la sensación de una bandada de mariposas revoloteando en la boca de mi estomago. Sabía que me rendía a una tentación pero que era insuperable y encima gozaba cayendo en la trampa.
Al llegar al banco me lo encontré vacío. Nadie. Fue algo decepcionante pero otra parte de mi cabeza se alegró. Deseaba que no viniese Luis Fer y lo contrario a la vez. A medida que pasaban los minutos más se me salían los ojos buscando rutas de llegada alternativas a la que él tenía como habitual. Nadie. Me estaba impacientando. ¿Porque no venía de una vez? Y en realidad no sabía porque me encontraba en ese estado. ¡Joder!, estaba más impaciente que una novia el primer día de la cita con el galán de sus sueños. ¿Qué me estaba pasando?, era un padre de familia, más o menos felizmente casado que estaba en vilo porque un tío que conocía de tres días no acudía a su cita. ¡Incomprensible!. Estaba empezando a irritarme conmigo mismo. Pero a pesar de todas estas consideraciones que juzgaba acertadas no me desaparecía la inquietud instalada en el estomago y sin querer, seguía ávidamente buscando la figura esbelta del hombre de ojos color confuso.
Estaba ya desistiendo de la espera cuando apareció por el caminillo que moría en el banco el carrito que empujaba Luis Fernando. Respiré aliviado. Me levanté sin poder reprimirme y me adelanté a su encuentro. Con una sonrisa amplia en los labios y los ojos centelleantes de ilusión. Me daba cuenta de que no estaba siendo normal esa reacción pero no podía disimularla y además disfrutaba de esa demostración de alegría ante su llegada.
-          ¡Al fin!, creía que no ibas a llegar.
-          No me hables que vengo con la lengua fuera, porque me parecía que llegaba tarde y tú te habrías marchado ya. Temblaba como una hoja solo de pensar que no estuvieses. Tenía ganas de verte para comentar lo de ayer en casa..., bueno o lo que fuese, de Sofía. He estado pensándolo fríamente y fue toda una pasada de la tía. ¿Tu te has percatado que desde el mismo momento que nos pusimos desnudos todo lo que hacía esta buena mujer era intentar que nos magreásemos? ¡Joder!, hasta el punto de que prácticamente te obligó a mamármela, por cierto tío, Charly, no se me ha caído del pensamiento la mamada, ¡que cabrón!, para ser la primera vez te mereces un “cum laude”. No pongo en duda que te estrenases conmigo pero ¡que barbaridad!
Me avergonzaba que hablase de eso otra vez pero de alguna forma, por algún vericueto inconcebible de mi cerebro me sentía halagado de su apreciación. ¡Jesús!, pensaba, hasta que punto llega la vanidad del hombre que llega a vanagloriarse hasta de las cosas que le avergüenzan si es que la vergüenza está plenamente justificada.
-          Ni me lo recuerdes, porque bastante he tenido yo con no conseguir quitármelo de la cabeza en toda la noche. Y, ¡joder!, te lo tengo que decir para escuchármelo yo de mi boca, a ver si vomito de asco y me curo de esta especie de sarampión que me esta devorando.
-          ¿Qué me tienes que decir, que te gusto lo que hiciste? Claro, y a mi la primera vez que lo hice. Y suponiendo que sea verdad lo de la primera vez tampoco te habrá visitado nadie por tu retaguardia, salvo que esta noche hayas tenido visita de Caín en tu casa. Bueno pues hasta eso me gustó a mí la vez que me lo hicieron.
-          ¡¿Qué a ti te han dado por el culo?! Eres una cajita de sorpresas, yo no se si marcharme, porque a este paso de declaraciones licenciosas acabaré por creerme que te van a detener  por miembro de una red de pederastia. ¿De veras que te la han metido por el culo? ¡¡Que dolor dios mío!!
-          No voy a entrar en detalles escabrosos ni a negarte que algo dolió, pero bajo el influjo de unas ampollitas que se inhalan se hace cualquier barbaridad; la euforia de sacar un curso especialmente difícil, estar impregnado del espíritu estúpido de la fraternidad y bondad universal que teníamos en la facultad y porque no decirlo un estado de hambre sexual crónica a la que me tenía sometido mi novia, con la que finalmente no me casé porque se metió a misionera de una ONG rara y unas amistades que me picaban la curiosidad, que todo hay que decirlo, formaron el cóctel explosivo que dio conmigo con el culo en pompa y la creencia de que así se era muy moderno. Hoy día pienso que se aprovecharon de mi y me follaron y no hay más que hablar, y que parte o mucha de la culpa fue mía por meter las narices donde no debía en la creencia de que a mi no, a otro si le podría suceder cualquier cosa, pero a Luis Fernando el rompecorazones de la Facultad, ¡que va!, el tío más ligón y descarado no. Me lo merecía, de acuerdo, pero no dejo de reconocer que no estuvo tan mal. Cuesta reconocerlo pero el sexo es sexo allá donde se encuentre y una vez rotas las barreras del corsé mental que la sociedad te impone se llega libremente hasta donde uno quiere llegar.
Me dejó con la boca abierta con su explicación. ¡Ea!, reconocía que le habían desvirgado el ojete y se quedaba tan ancho y encima ni se refugiaba en una posible violación a cargo de unos desaprensivos maricones que la habían tomado con él. En verdad le admiraba y tenía que reconocer que vivía su sexo sin culpa alguna lo que sin duda le debía hacer más placentero y gratificante. Y yo sin embargo intentando negarme a mi mismo la realidad de que echaba de menos una mamada como la que le hice hacia escasas horas. Pero se lo tenía que decir.
-          Luis Fernando tengo que decirte algo seriamente y no quiero que te lo tomes a mal.
-          Dispara hombre, pero no te pongas tan grave que me asustas.
Me puse de todos los colores al tiempo, trague saliva o lo intenté, porque la lengua estaba seca como recién sacada de un paseito por el desierto del Kalahari y no conseguía moverse con la suficiente destreza como para articular sonido alguno.
-          Tranquilo hombre, no te esfuerces. De acuerdo, me puedes mamar la polla cada vez que quieras.
Se echó a reír de forma pausada, dominando la situación. ¿Cómo sabía que era lo que le iba a decir? Se me quedó mirando con sus ojos de color confuso entrecerrados lo que le daba un encanto que enamoraba.
-          Comprendo que te resulte humillante el tener que reconocerte tu lado oscuro pero macho, ya te acostumbrarás. No te vayas a creer que yo salí después de mi enculada dando saltos de alegría. Me planteé seriamente el quitarme de en medio, porque no entendía como podía haber caído tan bajo, hasta que comprendí que no se cae ni se asciende, se desplaza uno hacía los lados, que las normas de conducta social se empeñan en negarnos la existencia de lados pero que hay más camino a derecha e izquierda y es perfectamente transitable y no tiene ni más ni menos baches que el camino que constantemente nos venden como correcto para transitar.
Adoptó entonces un tono de voz más serio y relajó los músculos de la cara que se le quedó seria y grave.
-          Se que lo tienes que estar pasando mal. Se pasará, de verdad. Verás como en cuanto venga tu mujer y te la encuentres entre tus brazos se te caen de la cabeza estas fantasías orientales, te lo digo por experiencia. Pero no está de más que sepas cuales son tus limitaciones y hasta donde serías capaz de llegar si las circunstancias te lo exigiesen. No te creas que has cambiado un ápice, sigues siendo el mismo de antes de llegar a esa casa de putas en la que estuvimos, donde el capricho de un monumento hizo que te iniciases en unas practicas para las que no estabas, ni estás preparado, aunque no te hayan disgustado.
-          Me gustaría verlo tan claro, pero..., estoy hecho un lío. Bueno es tarde ya. Es preciso irse a preparar la comida del enano. ¿Vendrás mañana?
-          Si no me llaman del Ministerio de Cultura para darme una subsecretaría, aquí estaré, como un clavo.
Mientras que el lo explicaba lo veía claro como el agua de roca pero al abandonar su presencia los mismos fantasmas, las mismas dudas, los mismos ascos..., y los mismos deseos, esos de los que me escandalizaba a fuerza de hacérseme la boca agua al pensar en ellos. En realidad Luis Fernando era un cínico, lo que hacía era retorcer la realidad para escabullirse de su responsabilidad y mantener su conciencia a salvo. Yo no sabía hacer esas cosas. Sabía lo que sentía y lo que sentía me conducía irremediablemente a una definición, acababa de descubrir una nueva variante de mi sexualidad y no me hacia ninguna gracia. Reconocerme de esa condición me colocaba en un gueto junto a unas cuantas personas con las que no me gustaba que me identificasen. Estaba irritado conmigo mismo. ¡Mira que yo sabía que no tenía que ir a esa cita!
El día siguiente me negué a ir al parque. Estaba muy obcecado en mi coraje contra mi mismo y contra Luis Fer. No quería ni verle. Me dediqué a caminar errabundo por calles diferentes a las habituales, sin rumbo, consumiendo el tiempo hasta que diese la hora de la comida. Una de las calles por las que transité era de esas de doble uso, en teoría peatonal, pero en determinadas condiciones de trafico se abría al paso de vehículos. Iba ya más relajado encerrado en mis pensamientos, empujando el carrito con un Carlitos feliz por la novedad del paseo cuando el toque de un claxon me sacó de mi ensimismamiento. Me sobresalté algo, pero me retiré a un lado para dejar pasar el coche, un impresionante Lincoln. Al llegar a mi altura se detuvo y descendió la ventanilla de cristal ahumado. Una voz que me parecía familiar me hizo volver la cabeza.
-          ¿Y tu amigo?
Caín me miraba con cierta sorna encantadora. Ante mi estupefacción volvió a preguntar.
-          Luis Fernando se llamaba ¿no? ¿Habrás vuelto a verle? Dile que no se me cae del pensamiento, que quiero verle.
Hizo un mohín con los labios, como el que manda un beso, me guiñó un ojo, cerró la ventanilla y me rebasó a toda la velocidad que le permitía lo peatonal de la calle.
Me enfadé conmigo mismo por haber cogido por esa calle. ¿Por qué me tenía que suceder a mi? ¡Maldita la gracia que me hacía a mi el maricon ese de Caín!, aunque siendo justo, si por maricón se entendía lo que se entendía, yo era más maricón que el, porque sabía que se la había mamado a otro hombre y de este Caín no sabía más lo que me habían dicho. Estaba mosqueadísimo.
Me dirigí echando humo dispuesto a echarle una bronca a Luis Fernando al parque. El cuerpo me pedía darle de guantazos hasta borrar mi memoria la mamada que le hice. No quería verle, pero después del incidente iba a tirar por la calle de en medio, ahora deseaba verle y ponerle de vuelta y media.
A medida que me acercaba al parque me iba serenando, preguntándome el porqué de mi enojo. ¿Y todo porque me habían preguntado por él?, no había sido nada conmigo, entonces..., ¿a cuento de que el disgusto? Y si, el disgusto..., me dolía, me rechinaban los dientes, pero tenía que admitirlo, el disgusto se debía a que lo que me pedía el cuerpo era más Luis Fer, más cantidad de cuerpo de Luis Fer y no podía admitirlo. ¿Pero como podía yo sufrir tamaño cambio? Esto era algo que nunca había sentido, ni siquiera imaginado, ni fantaseado, ¿cómo entonces...?
Empujaba el carrito con mi niño a gran velocidad sorteando los viandantes que se apartaban cuando se percataban de mi premura y eran atropellados si se mostraban premiosos en la evitación del vehículo. Veía ya el parque que anhelaba alcanzar y me imaginaba a Luis Fer sonriendo al verme llegar. Se le iba a helar la sonrisa en los labios cuando me tirase a su yugular. Sabía que no iba a hacerlo pero le hablaría muy duro, le haría saber el daño que me había hecho..., pero, ¿me lo había hecho él? Estaba desolado, esa era la realidad, porque echaba la culpa de mi desgracia al agente pasivo de mi recién descubierta peculiaridad.
Llegué al banco de siempre y no había nadie. Nadie era un decir. Otras madres, otras abuelas con sus niños. Me quedé parado con cara de fastidio sin ocurrírseme sacar a Carlitos de la silla. Estuve así un rato interminable que me pareció un segundo hasta que una señora que podría ser mi madre me abordó.
-          ¿Es usted Charly?
Me volví con cara de extrañeza. Charly me llamaba nada más Luis Fer. ¿Y esta abuelita, a que viene...?
-          ¿La conozco de algo señora?
-          Usted perdone si le he molestado. Aquí había un muchacho como de su edad más o menos, con un niño tan guapo como el suyo, muy impaciente. Cuando se ha ido me ha encomendado que si venía un chico parecido a usted por las señas que me dio le dijese que estuvo esperando pero que se le echaba el tiempo encima. Que no faltase usted mañana que tenía que contarle algo importante. Porque, ¿usted es Charly, verdad?
-          Si señora, soy Carlos, muchas gracias por el recado, ha sido usted muy amable.
Emprendí el camino de regreso a casa. Debería haberme quedado un rato para que el niño jugase como todos los días, pero había decidido sin embargo volverme llevado de no se que tipo de melancolía. Simplemente me olvidé que la razón de estar en aquel parque no era yo, ni Luis Fer, ni nadie, era el niño y se me había olvidado. Esta situación me estaba ya comiendo la mayor parte de mi capacidad emocional y me preocupaba.
Al llegar a casa e intentar abrir la puerta me sorprendí de hasta el punto que podía haber llegado en mi obsesión con el incidente de Sofía y la tarde maldita que hasta de echar el cerrojo de seguridad de casa se me olvidaba. Al dictado de la llave únicamente el resbalón cedió y franqueó la entrada. La desesperación como la espuma de una cerveza caliente escanciada desde lo alto ascendió hasta hacerme zumbar los oídos y exclame en voz alta, algo que no estaba acostumbrado a hacer: “Ya está bien de gilipolleces, joder”. Pero más me sorprendió aún que me contestase al exabrupto mi mujer desde dentro de la casa.
-          ¡Carlos, por dios, ¿qué te pasa con el niño?, me has despertado.
No podía ser. Debía estar ya volviéndome loco de remate. Era la voz de mi mujer, desde nuestro dormitorio, o eso era lo que yo deducía, y además a esas horas durmiendo; algo estaba fallando. Con bastante prevención pregunte en voz alta:
-          ¿Cariño, eres tú?
-          Si, claro que soy yo, ¿quién podría ser si no?
Me dirigí al dormitorio empujando la sillita del niño, como si formase parte de mi cuerpo. La puerta estaba abierta. Mi mujer estaba acurrucada bajo las sabanas y se le veía el antifaz de oscuridad puesto. Me quedé en el umbral y le pregunté con voz incrédula.
-          Y tu, ¿no deberías estar en Bruselas, o en Brujas o..., por donde sea que tuvieras que estar?
-          Hemos llegado a un acuerdo. Déjame dormir, cuando me despierte te lo contaré, hay novedades, estoy muerta, llevo prácticamente sin dormir desde que me fui.
No le contesté respetando su deseo de silencio y retrocedí hasta el pasillo llevándome al niño que no paraba de preguntar por su madre. Le consolé y convencí como pude y me dediqué a prepararle la comida para dejarle harto y que durmiese la siesta. Necesitaba soledad y silencio yo también para anticipar los escenarios esos que ella me anunciaba con el “hay novedades”, y que podían terminar por arruinar mi estéril vida y dar con mis huesos en medio de la calle.
Casi con toda seguridad esas novedades se referían a que había al fin encontrado al hombre de su vida, uno que no fuese un inútil como ella me definía, algún triunfador que le despertaba cada mañana con dos docenas de rosas rojas y un brillante de media docena de kilates. Y yo ante eso, ¿qué podría hacer?, y por más que me estrujaba el magín, no era capaz de encontrarle salida al laberinto en el que me veía inmerso por obra y gracia de unas tendencias intelectuales que me llevaban a encontrar satisfacción en intereses que no producían réditos en términos monetarios.
Poco a poco y dejando soltar alguna que otra lágrima, no sabía si debida a la frustración del orgullo herido o a la perdida que sabía que se iba a producir, me fui instalando en el escenario de una ruptura que no tenía ya solución. Me quedé dormido en el sofá pensando cual sería mi futuro en adelante, ¿en que trabajaría, donde viviría, como sería mi vida?
Me despertó el roce suave de unos labios que en mi ensueño pertenecían a una muchacha morena, semidesnuda con una gran flor roja sujeta al pelo negro brillante que me acariciaba con ternura. Me sentía feliz porque yo sabía que esa mujer me quería y me lo demostraba de esa forma tan sensual. Al abrir los ojos, me sobresalté y me incorporé asustado. No era una morenaza la dueña de ese poder sensual en los labios, era mi mujer que me besaba con dedicación y entrega.
-          ¿Y eso? Cuando te fuiste ya me veía con los papeles del divorcio en la mano. ¿Qué ha pasado..., que te ha pasado?
-          En estos tres días que he estado fuera habré dormido escasamente cinco horas. Yo sabía que el mundo de los negocios era duro, pero lo sabía de refilón. Mis horas más o menos largas del bufete y mi familia. Creía que eso era el top, que trabajar más era imposible. Pensaba que el grado de absorción el trabajo era insuperable. Pues no. Ahora me enterado lo que es lo máximo. ¿Sabes?, el nuevo cliente me ha remunerado a mí, personalmente, por fuera del bufete, con más dinero del que he ganado en un año. Al parecer el acuerdo con la aseguradora le ha resultado tan sustancioso que ha decidido que tengo que irme a vivir a Brujas. Ha convencido a mi jefe para que abra una sucursal en Brujas que se ocupará prácticamente de sus asuntos con la condición de que sea yo la que la lleve. Te he echado de menos. Me he dado cuenta de lo que tú aportas a mi vida. Sosiego, silencio, tranquilidad..., me he equivocado, la vida no es solo trabajar y te necesito a mi lado...
-          Pero...
-          No, espera, aún no he terminado. Hay más. Mi cliente tiene los dedos muy largos. Cuando le objeté que mi marido tenía una profesión en la que difícilmente podría encontrar trabajo en Brujas y mano sobre mano no ibas a estar, me calló levantando una mano y marcó un número de teléfono. Duró la conversación, en flamenco, si acaso un minuto. Al terminar me dijo muy templado y sin inmutarse: “profesor de latín en Gante, no muy lejos de aquí, los trenes son muy eficaces aquí”. Estás contratado, cariño. Tienes trabajo de lo tuyo, ¿te das cuenta? Viviremos en Brujas y en escasos treinta minutos...
-          ¿Y el niño?, ¿quién se va a ocupar del niño?
-          Espera, hay más. Solo tendrás que ir a Gante tres veces en semana, cuatro horas y durante ese tiempo tenemos ya una institutriz diplomada con todas las garantías, nada de aficionadas sin titulación. Es una puericultora danesa que habla cuatro idiomas. Ya te he dicho que los dedos de mi cliente son muy largos, lo que no consiga este hombre...
-          Entonces..., no te vas a separar de mí...
Se me lanzó en ese momento al cuello besándome, cayendo los dos en el sofá. Mi cuerpo reaccionó al instante con una explosiva erección. La deseaba como nunca la había deseado. La hice sentir mi virilidad tensa y palpitante y se me adhirió como una lapa iniciando un sinuoso movimiento en torno a mi entrepierna. Aún no sabría decir como me desnudé, porque ella llevaba el camisón corto puesto y sin ropa interior, pero yo me quedé desnudo en un instante, (¿cómo me quitaría los vaqueros?), y tal como mi yo más orgulloso asomó su cabeza al aire libre se coló sin permiso donde mas oscuridad había en el cuerpo de mi mujer que me absorbía a fuerza de suavidad. Hacia tiempo que no disfrutaba tanto de aquella lisura y que no sentía un cuerpo estremecerse entre mis brazos de semejante forma. Fue explosivo, un punto doloroso y salvaje. El semen rebosaba y mojaba nuestros muslos, pero cuando esperaba que decreciese mi impulso ante mi grata sorpresa me vi deseando más y más. Seguir y seguir, esa era la consigna en mi cerebro. Deseaba entrarme entero en el cuerpo de Julia y por eso empujaba con fuerza obteniendo un placer más poderoso y suave que el anterior. Notaba como la curva del placer ascendía lentamente en busca de la línea roja del nuevo orgasmo cuando ella emitió un quejido de carácter animal, como el grito herido de una madre despojada y se desmadejó en mis brazos, relajada y jadeante. Quise parar por educación, para dejarla descansar después del trabajo realizado pero algo muy dentro de mí me empujaba a seguir. No podría haber parado aunque me lo hubiesen intentado impedir cien hombres juntos. Ante mis embates Julia resucitó abriendo exageradamente los ojos, la boca abierta, como sin respiración, intentando encontrar resuello y reunir fuerzas para lo que se le avecinaba. Me miró con salvajes ojos y ayudó a mis arremetidas utilizando con contundencia sus caderas sin parar de gritar animándome a seguir hasta el infinito. En el preciso instante que ella lanzó un grito desgarrador solicitándome por favor que parase ya, que se moría, sentí yo el orgasmo total. No fue solo mi miembro el que se electrizó, era todo mi cuerpo, mis piernas se agitaban estremecidas por una corriente eléctrica irrefrenable al tiempo que era incapaz de controlar cualquier tipo de respiración porque tenía que utilizar mis pulmones para transformarme en una bestia vociferante que diese salida a toda esa energía que había reunido mientras poseía a mi mujer hasta hacerla explotar en el orgasmo.
Nos quedamos exhaustos uno pegado al otro recuperando la conciencia de ser humano civilizado cuando de repente un llanto suavito nos alertó. Los dos al tiempo dimos un brinco y Julia con el semen formando regueros y goteando de sus piernas se plantó de dos saltos en el dormitorio de Carlitos. Me quedé viendo como desparecía por el pasillo esclava de sus instintos maternales. Yo acariciaba mi sexo, ya detumescente y embadurnado de semen con delectación observando como perdía el sentido Julia por su hijo. Estaba satisfecho con esa demostración espontánea de heterosexualidad, me acababa de reconciliar con mi mismo y estaba feliz y para colmo tenía trabajo. Volvía a ser yo mismo. Recuperaría mi autoestima, podría mirar a la cara a mi mujer de frente sin rencor, sin sentirme humillado. Sin poder reprimir, es más, sin quererme reprimir lancé un grito de triunfo al tiempo que daba un salto con los brazos en alto y los puños cerrados.
Mi mujer volvió con el niño aún lloroso en los brazos, me lo entregó al tiempo que se señalaba los muslos pringosos y ponía cara de asquito. Me hizo un mohín cómplice y se perdió en busca del baño. Yo desnudo aún tome el niño en mis brazos dándome cuenta de todo lo que le quería y lo poco que se lo había demostrado en los días pasados.
Cuando volvió de la ducha aún tenía que darme una noticia más.
Venía secándose en cabello alegremente, sonriente, satisfecha de estar donde estaba.
-          Y no te he dicho lo mejor.
-          Dispara, preciosidad.
¿Cuántos meses hacia que no me dirigía de esta forma a mi mujer, preciosidad? A ella le volvió loca la primera vez que se lo dije y eso la enamoró. Ahora se la veía con la misma luminosidad de rostro que entonces. Estaba enamorada otra vez, en realidad no creo que nunca hubiese dejado de estarlo solo que le disgustaba mi apatía producida por la frustración.
-          En vista de la marcha de los negocios el jefe me ha dado libre hasta la semana que viene que tendremos que irnos a Brujas. Voy a tener que trabajar duro allí, espero que lo comprendas. Estos días los pasaremos disfrutando de nuestra compañía, luego..., habrá que acostumbrarse.
-          Mi amor, si yo trabajo en lo que a mi me remunera, todo lo llevaré con la necesaria paciencia. Nos irá bien. Ahora lo que hace falta es que estos días los pasemos lo mejor posible con el niño.
Esa noche reeditamos la tarde una vez más, pero de forma menos apasionada, más reposada, sosegada, como si de un rito de iniciación se tratara, sin buscar la explosión orgásmica animal con ahínco, desprovisto de cualquier intencionalidad procreadora, es decir haciéndolo humano, razonado, cultural. Una noche más sensual que sexual aunque finalmente se impuso nuestra juventud, nuestra salud y nuestro instinto y nos deseamos hasta gemir de placer necesitando que nuestros cuerpos se fundieran en el calor abrasador del sexo más tórrido.
Nos quedamos relajados toda la noche descansando de nuestras actividades tanto lúdicas como cotidianas. Julia se despertó a las siete de la mañana a instancias de los quejidos del niño que reclamaba su biberón mañanero. Después de dárselo volvió a meterse en la cama obligándome a despertar a fuerza de lametones y caricias por toda mi anatomía haciendo hincapié sobre todo en determinadas zonas que tuvieron la virtud de hacerme disfrutar del despertar. Volvimos a hacer el amor como nunca. Había perdido la cuenta de cuanto tiempo hacía que no echábamos tres polvos en menos de horas veinticuatro. Me sentía enorme, satisfecho, feliz y elástico. Nada más terminar, de un salto me metí en el baño. Julia se quedó remoloneando todavía un rato entre las sabanas. Escuchaba sus ronroneos de satisfacción por la molicie del placer acaecido y la pereza de la mañana, entremezclados, confundidos, y me hacían revivir una vez más mi impulso sexual. Abrí el agua fría a tope y me templé los ímpetus. No iba yo querer ahora recuperar en un instante todos los meses pasados en barbecho.
Yo me entretuve en preparar un buen desayuno para los dos en el tiempo que Julia se acicalaba. Me dio lugar a salir a comprar brioches recién hechos y pan de arroz que a ella le gustaba tanto. Cuando al fin apareció en la cocina estaba todo listo y desayunamos completamente felices. En un momento mire al techo y se me pintó la imagen de Luis Fer con su niño en el parque. Mucho debí torcer el gesto porque a mi mujer no se le paso por alto el ensombrecimiento de mi rostro.
-          ¿Qué te ha pasado?, estabas tan bien y repente se te han caído todos los palillos.
-          Este tiempo atrás he conocido en el parque, al que llevaba al niño por la mañana, un chico con un caso parecido al mío, también con una profesión de letras que se quedó sin trabajo hace un par de meses. Su mujer es arquitecto y está ahora con una obra en Finlandia lo que le hace estar solo todo el día. Tiene un niño más o menos como Carlitos y se llevan bien los dos chavales. Pensaba en que a mi se me han acabado los problemas, al menos en principio y que lo que parecía que no tendría solución se ha clarificado como el cielo después de una tormenta de verano. El estaba más deprimido que yo.
-          ¿Nos os intercambiasteis los teléfonos o las direcciones?, aunque solo fuese por convención social se da el teléfono hombre, que para no contestarlo siempre hay tiempo.
-          Pues no, la verdad es que a ninguno de los dos se nos pasó por la imaginación que las cosas se fuesen a solucionar para cualquiera de nosotros con semejante celeridad y fortuna. Sencillamente dábamos por hecho que íbamos todos los días al parque y allí nos consolábamos de nuestras cuitas.
-          Pues si te parece, vamos al parque como todos los días, pero los dos, y así de paso me lo presentas y te despides y os dais los teléfonos y le das ánimos.
Me pareció la idea estupenda. De paso presentaría a Luis Fernando a Julia, que se diese cuenta que lo que sucedió con él no fue más que un accidente que no se merecía más que olvidarlo cuanto antes, porque yo era un heterosexual en circunstancias especiales por eso me comporté como lo hice, en absoluto porque me gustase...,  ¡Hostias!, ¿seguro que no me gustó?. ¡No joder!, lo que no podía ni debía era engañarme. Sí, había sucedido, lo había disfrutado, sería absurdo no reconocerlo, cosa diferente que pasar a concluir que ya mi comportamiento a partir de ese instante pasase a ser homosexual, porque no lo era. La sesión que tuve con mi mujer fue con mucho más gratificante que aquella sesión extraña a la que fui empujado, era preciso ser minucioso en el análisis, no elegido libremente, aunque después no rechacé la situación, sino que goce con ella. No tenía intención por tanto de relatar a Julia nada de aquello y esperaba que Luis Fer tampoco se le ocurriese meter la pata y levantar la pieza para que mi mujer la cobrase, no había necesidad. En esta vida es preciso tener un tabernáculo en lo más oscuro y recóndito de nuestro ser donde poder celebrar, en el rito de la reconciliación con uno mismo, las verdades que se manifiestan ante los demás como mentiras clamorosas o al menos como silencios acusadores cuando se sacan a la luz; tremendo error ese de la trasparencia a ultranza. De vez en cuando hay que esconderse entre las entretelas del alma para poder saber dar lo mejor de uno mismo escogiendo lo que se puede ofrecer, no lo que le gustaría a uno ofrecer,  sin necesidad de hacer daño. Hay verdades que no son entendibles por la inteligencia porque son exclusivamente emocionales y sin la absoluta armonía con el otro es imposible comunicarlas sin provocar dolor, entonces ¿para que? Ese episodio y el placer admitido eran para él solo, ni siquiera con Luis Fernando podría ya compartirlo porque eso sería como querer reeditarlo en su interpretación cuando nada más lejos de la realidad..., un momento, un momento, ¿eso era cierto?, ¡que forma más artera de querer engañarse!. Tendría que estar la vida entera recordándose que tenía esa debilidad para no volver a caer en ella. Bueno, me decía yo, ¿y porqué no caer en esa flaqueza una vez más si tan placentera había sido?, pues, me contestaba yo solo, en la intimidad de mi silencio, porque esa es una de las formas de sacar a la luz el secreto con el peligro de que la persona amada llegase a conocerlo con el consiguiente daño infligido, sin haberlo deseado. Y una voz interior me llegaba a torturar con la siguiente pregunta neutra y por tanto dolorosa, el dolor estaba en mí. ¿Cuál es la razón que te impide iniciar otra vida con esa debilidad como protagonista, acaso no serías más feliz? No era capaz de responder sin entrar en un estado de angustia que me impedía respirar con normalidad.
Como un perfecto y bien avenido, incluso enamorado matrimonio, nos dirigimos empujando la sillita de Carlitos para ganar el parque, despacio, sin premuras, disfrutando de la mañana atareada para todos, ociosa para nosotros. Yo le iba explicando los pormenores del paseo rutinario cuando, como desde hacia dos años, efectuaba el mismo recorrido. Las mismas caras, las mismas actitudes, como si el mundo, tu mundo, se redujese a dos docenas de personas que eran siempre  las que se empeñaban en cruzarse contigo. Intenté trasmitirle la angustia que suponía el sentirse en una cárcel tan estrecha de la que es imposible escapar porque no hay puertas ni rejas y cuyas cadenas no son más que las que tu mismo te impones y no eres hombre para romperlas.
Nos acercábamos al parque y a lo lejos se me figuraba la imagen de Luis Fer, excesivamente cerca de otra persona que de forma inequívoca era figura de mujer. Agradecí que mi mujer fuese disfrutando del paseo y no me estuviese mirando a la cara, me habría preguntado el porqué de ese enrojecimiento de las mejillas que traslucía la súbita irritación que me pateó las entrañas al ver que Luis Fer volvía a intimar con Sofía, porque, ¿quién podría ser? Me alenté interiormente a tranquilizarme dispuesto a enfrentar lo que tuviese que llegar, ¡joder, que poco me iba a durar la reconciliación! No era, por otra parte, momento de recoger velas y apartar el timón de la vía derrotando hacia otros destinos, habría que aguantar el tipo y que ocurriese lo que tuviese que ocurrir, estaba visto que no había nacido yo para tener suerte.
Pero a medida que nos acercábamos la silueta de la mujer no era la de Sofía, ésta era más delgada y un poco más baja, y el pelo..., que va, que va. Me tranquilicé no tanto porque la mujer no fuese la que yo creía como por haber tenido los nervios suficientes como para no haberlo echado todo a perder. Estábamos a unos cincuenta metros cuando Luis Fer, se percató de nuestra llegada y levantó los brazos agitando las manos en señal de alegría irreprimible.
-          ¿Ese es el otro padre que tu decías?
-          Si, ese Luis Fernando, pero la mujer que le acompaña no la conozco, será una de las madres que suelen venir con sus niños.
La mujer tenía un cigarrillo entre los dedos al que daba interminables y profundas caladas exhalando columnas de humo, es decir, que fumaba como un carretero, y también cuando nos acercamos más y a instancias de Luis Fer, o eso es lo que me pareció a mi, levanto el brazo saludando.
Cuando llegamos donde estaban, Luis Fer se abrazó a mi absolutamente emocionado, me estrecho firmemente y después de separase me presentó a Carmen, su mujer.
-          ¿De manera que tú eres la brillante arquitecta?
-          ¿Y tu el famoso Charly?, anda hijo que ni que fueses su novio. ¡Que manera de hablar de ti!, vamos, que si no conociese a mi marido y por donde transitan sus debilidades, hasta me escamaría.
Si antes había tocado rebato para congregar toda la sangre de mi cuerpo en las mejillas, ahora tocaban retirada general y me quedaba más pálido que una monja de clausura. Menos mal que Carmen al tiempo que decía esto, con natural impetuosidad me abrazaba y me plantaba dos besos. Pero el vuelco del corazón no se me quitó en muchos minutos. Aquellas palabras se las debió dictar ese sexto sentido que dicen que las mujeres obtienen a fuer de intuitivas. Pero recomponiéndome como mejor pude acepté el guante y le contesté con la misma chanza.
-          Tu fíate, fíate, pero si llegas a tardar un poco más en aparecer no se yo, no se yo, porque tu marido con es nombre tan arrebatador es capaz de conquistar a cualquiera.
Julia asistía con cara de circunstancias a todas aquellas demostraciones de cordialidad y confianza.
-          Mira Carmen, ésta es Julia, mi mujer. Carmen, Julia.
-          ¿Tu eres la famosa abogada, entonces? Si mi marido me ha hablado del tuyo no le ha ido a la zaga hablándome de ti, hasta el punto de barajar la idea de mosquearme en serio.
-          Pues no te quieras ni imaginar la vara que me ha dado el plasta este con el aeropuerto de Helsinki y lo apreciada que eres por  tu genialidad artística en Finlandia.
-          Os dejo a las dos que habléis de vuestras cosas, voy a poner al crío en la piscina de arena con Fernandito, su amigo.
Deje a las dos mujeres que de inmediato conectaron y a cualquiera que las observara le habría parecido que se trataba de dos viejas amigas que hacia años que no se veían, en tanto se entretenían observándonos. Yo me dirigí a la piscina de arena con el niño que finalmente se vio liberado del carrito en el que ya estaba impacientándose de tanta espera viendo al resto de los niños donde él deseaba estar.
-          Charly, te tengo que dar una notición, pero de verdad que..., no se, no te creas...
-          Venga hombre, arranca. ¿Qué pasa, que no vas a volver? Vamos, dime que pasa que tanto te azora.
-          Que me voy. A Carmen le han estado presionando para que ella esté allí, en Helsinki, los seis meses que dure la remodelación, que acabará siendo un año, ya sabes como son la obras, y ella intentó ponerme a mi como defensa y se encontró con que me metían a mi en el paquete. Contratado por la Universidad como lector de español para un semestre ampliable a otro más. Lo siento, de veras, yo llevaba solo dos meses sin trabajo y tu, dos años...
Agachó la cabeza abrumado, abochornado por, de alguna manera, traicionar la solidaridad entre iguales. Como si encontrando trabajo me hubiese hecho una mala jugada. Ante la risa floja que me inundó por el calco de lo que me había pasado a mi, Luis Fer levantó la cabeza con expresión tanto de sorpresa como con rasgos de irritación al creerse que me reía de él.
-          No, no, no te enfades, Luis Fernando, de verdad. Déjame que te explique. Es que me ha entrado la risa floja por...
No podía seguir, la risa no me dejaba.
-          Bueno, vamos, acaba.
-          Que nos ha pasado exactamente lo mismo. Que a mi mujer la quieren de fijo en Bélgica y me puso a mí como excusa y en menos que canta un gallo tenía yo trabajo en la Universidad de Gante de profesor de latín.
-          ¡¡No me lo puedo creer!! pero eso es imposible. Mi mujer ha venido para marcharnos cuanto antes. Hoy he venido con ella con la idea de verte, para despedirme. No se como no se me ocurrió, o como no se te ocurrió a ti, intercambiarnos los teléfonos o las direcciones.
-          Luis Fer, ¿te das cuentas de cuanto tiempo hace que nos conocemos?, ni un mes, aunque, si te he de sincero, me parece que te conozco de toda la vida. No era normal que nos intercambiásemos tan pronto las señas, pero como ocurrió lo que ocurrió...
Quedamos los dos en silencio, mirándonos sin abrir la boca. La cara de circunstancias de Luis Fer no era la que se esperaba Carlos.
-          Creía que te alegrarías de que yo también tuviese trabajo.
-          No, no es eso. De pronto me doy cuenta de que no volveremos a vernos, quizá nunca más. No me preguntes porqué pero ya te echo de menos. No es que no esté contento con mi trabajo o que me alegre de que lo tengas tu por no hablar de la forma en que he recuperado, y supongo que tu, la confianza en mi mismo. Estoy encantado de poder reanudar una vida en pie de igualdad con mi mujer pero...
-          Te pasa lo que a mi entonces. Y pensaba que era yo solo. No se si ponerle nombre a todo esto, me da miedo hacerlo.
-          Déjalo como está, no vayamos a complicar más este asunto. Mira Charly, estamos casados, se supone que felizmente, tenemos trabajo y no vamos a volver a vernos, buena gana de complicarnos, enredarnos, enfangarnos con bobadas del corazón, que tu y yo sabemos que no conducen más que a distorsionar la realidad y al final te dejan con dos palmos de narices. Nuestra vida, sintamos lo que sintamos, es solo la que tenemos, no hay otra, y es buena, háztelo creer. No somos adolescentes, lástima, para hacer locuras, ¡si tenemos hasta hijos! En tu caso encima fue tu primera vez y en el mío..., bueno creo que estoy mejor dotado para este tipo de debilidades que tu. Me será difícil olvidarlo todo, te será difícil, pero créeme, todo se desdibujará en la lejanía geográfica y emocional que es la más difícil de distanciar.
En ese momento nuestras mujeres se nos acercaron. Carmen nos miro divertida.
-          Lo que te digo. Menos mal que os conocéis hace menos de un mes, sino Julia nos quedamos sin maridos.
La chanza de la mujer de Luis Fernando se me clavó en el corazón. Se me reflejó en la cara y mi mujer lo acusó.
-          Carlos, por dios, es solo una broma de Carmen, que se te ha descolgado la cara.
-          ¿Se me ha puesto cara de disgusto? No se, ha sido un sarcasmo ingenioso, ¿verdad, Luis Fer?
-          Si, es que mi mujer es muy ingeniosa. Venga, que ya es hora de irse, ¿no os parece? A nosotros nos quedan menos de tres días para irnos, vosotros, ¿cuándo os vais?
-          Pues por ahí, por ahí. Mi cliente me llamará uno de estos días para que le diga el día y la hora a la que queremos que nos mande su avión para hacer el traslado, es como una mudanza.
-          ¡Caramba!, cariño eso no me lo habías dicho. ¡Qué nivel!, jet privado y todo.
-          No te hagas ilusiones, no es que nos quiera dar trato principesco. A él todos estos gastos ocasionados por el traslado le suponen una considerable merma en sus impuestos; ya se sabe, gastos de explotación.
Aquella noticia de la que yo no tenía ni idea me permitió recomponer el gesto y atusar mi mirada para no delatar los sentimientos que en aquel momento me embargaban. Con este disfraz proporcionado por mi mujer tan a mano me acerqué a Luis Fernando.
-          Bueno chico, un abrazo, quizá no volvamos a vernos.
-          No lo creo, nuestras mujeres ya se han intercambiado las tarjetas y se han dado sus móviles privados.
Me fundí en un abrazo con mi amigo de escasos días pero que sentía como si hubiese pasado con él por avatares sin cuento, de esos que establecen vínculos inquebrantables. Al estrecharnos sentí su carne palpitar como el debió sentir la mía. Sin deshacer el abrazo me susurró.
-          ¿Qué nos ha pasado Carlos?, no lo entiendo.
El abrazo duraba ya mas de la cuenta, aunque yo deseaba que no terminase nunca, me sentía cómodo entre los brazos de Luis Fernando.
Me deshice del abrazó tembloroso y amenazando llantina amarga. Me tragué las lágrimas como pude, el corazón galopando trepidante, sin dar ocasión al disimulo pensaba que se me saldría del pecho por la boca. Me recompuse en segundos, era la única opción que me quedaba, eso o tomar la senda de una vida distinta, azarosa, llena de incertidumbres y sobre la que no sabía nada, era una locura. Las mujeres se despidieron muy efusivamente también y luego nos intercambiamos para que no quedase cara alguna sin beso ajeno.
Cada pareja recogió a su vástago convenientemente rebozado de arena y nos separamos con “hasta cuando sea”. Tomamos direcciones diferentes. De forma instintiva volví la cabeza, necesitaba ver por última vez a mi amigo, alejándose, tener un postrer fotograma suyo que me lo enlazase con el futuro, en que me juramenté tendría que volver a verle. El tono frío, amenazador, despiadado de Julia me estrelló contra el suelo a la velocidad de la luz.
-          ¡Vuelve la cabeza, estúpido! Ni se, ni me importa un bledo que ha habido entre ustedes dos, es más me niego a saber que es lo que ha habido. Lo menos que yo necesito en este momento es un escándalo que suponga ruptura de matrimonio. En determinados niveles un matrimonio bien avenido y supuestamente feliz tiene más valor que un Master y no estoy dispuesta a echar por la borda todo el esfuerzo que he invertido hasta hoy para que tu me seas infiel con un..., un... Es lo último, has descendido al nivel más bajo de la escala moral. Pero da igual, yo tengo una trayectoria profesional privilegiada y tu deber ahora es apoyarla.
Intenté rechistar y más pronto me calló la boca.
-          Te acabo de decir que ni una palabra, ni una explicación, ni me hacen falta ni las necesito. Cuando llegue su momento y de la manera más discreta acabaremos con esta mentira.
Ya no supe, ni quise polemizar. Tampoco tenía ganas. Miré a mi hijo y se me saltaron las lágrimas. ¿Qué podía hacer?, estaba en sus manos, mi trabajo, la realización de mis sueños dependía de Julia y su trabajo. Esperaba que dándome a conocer, antes o después, contando con mi buen hacer me saliese otra cosa que me independizase de ella. ¿Tan evidente había sido la despedida?, tanto escándalo había sido el abrazo para que..., ¡ah!, el famoso sexto sentido de las mujeres, y la mía hacía más caso de esa sensación indefiniblemente cierta que de la experiencia confirmada de un marido amante y entregado que se vacía en la cama sin reservas ni físicas, ni mentales. En ese momento observé que se le caía un papel a Julia. Me agaché a recogerlo y ella me detuvo con una orden tajante.
-          ¡Deja eso!
-          Pero, se te ha caído un papel...
-          No se me ha caído nada, lo he tirado yo. ¿No querrás, encima del palo que nos habéis dado, conservar la dirección o el teléfono?
-          ¿Nos habéis?...
-          Si, nos habéis, que crees ¿que porque Carmen sea de ciencias es tonta?, menudo disgusto llevaba. Y ya está bien el asunto. Zanjado, hagamos como que este día no ha existido y dejemos correr el tiempo.
Pues debió ser muy evidente para que se diese cuenta todo el mundo. Repasé mentalmente todo el encuentro y era incapaz de recordar más que los ojos de Luis Fernando, bastante congestionados, clavándose en los míos como alfileres en una almohada. ¡Naturalmente!, las miradas. Era cierto, no recordaba más que la mirada de Luis Fernando y que yo no podía apartar la mía de la suya. Nos habíamos delatado sin darnos cuenta. Los ojos son la extensión del cerebro hasta la realidad y si se sabe cómo, y las mujeres al parecer lo saben, el cerebro puede llegar a ser un lago de aguas cristalinas donde nada queda oculto si se sabe como penetrarlo a través de unos inocentes, desprevenidos ojos, como los de una persona enamorada, como los nuestros. Pero la vida no es la que uno elige, sino la que le eligen día a día las circunstancias. Este episodio terminaría alguna vez. Después de todo, unas mentes analíticas como la de nuestras mujeres tendrían que terminar por rendirse a la falta de pruebas concluyentes. Una mirada sugerente pierde toda su fuerza cuando se le pasa la gamuza del recuerdo para volver a verla en su frescura inicial. Solo queda el fósil, pero se le fue la vida, la deslumbrante explosión de la vida en el instante de querer darla toda entera de una vez. Lo mejor sería seguir adelante y que el tiempo calmase las aguas encrespadas, capear la galerna como se pudiera, intentando que lo que se pierda inmediatamente antes que la vida sea el barco, pero es menester preservar éste hasta el final, sin él la vida, por mucho de amaine la tormenta, tampoco tiene sentido.
Me preciaba de conocer a las mujeres lo mismo que me preciaba de conocerme a mi mismo y en menudo berenjenal me había metido. ¿Cómo puede alguien llegar a enamorarse de esa manera tan estúpida? Ahora me conocía bastante mejor, y dolía ese aprendizaje, habría que tener cuidado en lo sucesivo con mis apriorismos en cuanto a conocimiento de nada. Miraba a la cara de mi mujer y le resbalaban gruesas gotas por la cara. Me detuve y la detuve a ella.
-          ¡Ya está bien! Dime ahora mismo que es lo que te has imaginado. No hay derecho a que sufras ni a que me hagas sufrir a mí..., o rompo la baraja, aquí mismo.
Carlitos empezó a llorar al escucharme hablar de forma tan contundente. El crío no estaba acostumbrado a esas explosiones de firmeza en su padre.
-          ¡Ya has hecho llorar al niño! Bruto.
Se me echó en los brazos llorando amargamente al tiempo que, como si de un mantra se tratase, no paraba de repetirme, “¿porqué me has hecho esto?”.
La abracé con firmeza, haciéndola sentir mi virilidad, la estrechaba para que sintiese esa seguridad que tanto le gustaba sentir cuando novios y ella se enfrentaba a un examen, “si no me abrazas antes de entrar, suspendo”. Cuando transcurrió un buen rato, en que el niño no dejaba de gimotear, la separé a escasa distancia y mirándole a los ojos con toda la intensidad de que era capaz le hable con la mayor firmeza que pude.
-          Julia, escúchame, serénate por lo que más quieras. En que te basas, dime las razones en que te fundamentas para acusarnos de..., de..., ¡que locura! Hemos pasado unos días malos Luis Fernando y yo, mismos problemas, mismas inquietudes, mismos agobios. Al final somos como dos soldados agotados en la misma trinchera pendientes de que el enemigo lance su ataque final que nos masacrará sin remedio, ¡que pueden hacer sino solidarizarse hasta el punto de convertirse en..., amigos, en hermanos! Se crea un vínculo en la adversidad que es difícil romper. Vosotros los triunfadores no lo entenderéis jamás, estáis tan pagados de vosotros mismos que no sentís la necesidad de una caricia, de un consuelo, porque eso significa admitir que sois vulnerables y claro, eso nunca, sois los campeones de la sociedad, insustituibles. Nosotros expresamos nuestros sentimientos porque somos humanos y sin embargo vosotros los  confundís con aquello que más os atormenta. Si vosotras estuvieseis seguras de lo que os queremos no habríais dado pábulo a esas interpretaciones de una despedida entre desdichados que ven al fin la luz a lo lejos en el túnel.
-          Entonces..., ¿me prometes que no hay nada de nada entre vosotros?, ¿que lo que me..., lo que nos ha parecido a las dos es pura imaginación nada más?
Y en ese momento decidí libremente, sin estar mediatizado, ni por sentimientos ni explosiones afectivas. No, no se lo contaría. La ignorancia es el mayor de los lenitivos para sanar heridas recientes. Un buen apósito de ignorancia sobre su conciencia y en pocas horas la conciencia a salvo y su dignidad de mujer herida también. Me quedé mirando a sus ojos, sabiendo que la mirada no iba a ser la misma con la que acaricié a Luis Fernando en ese instante infinito en que ninguno de los dos nos atrevimos a denominar esa relación. La mirada sin embargo podía revestir similitud con aquella.
-          Mírame bien a los ojos, Julia. Mira bien y decide si te digo mentira, si lees las más mínima sombra de sospecha me iré de tu vida para siempre, sin rechistar, sin protestar. No hay nada, ni jamás lo ha habido ni lo habrá, con nadie. Tu solo eres mi amor, el único, para siempre.
Carlitos había dejado de llorar y nos miraba con mirada limpia, no como la mía, más falsa que los euros de chocolate. Ya había obtenido el Master en cinismo, mentía como el mejor de los bandidos. Julia me miró a los ojos intentando bucear en ellos para llegar hasta el fondo y hacerse con el tesoro de la verdad pero supe engatusarla y hacerla creer que la culpa de no ver bien era suya debida a su mal pensar y no a que yo le ocultaba algo crucial. Se me abrazó llorando y pidiéndome perdón por haber dudado de mí y yo amoroso le perdoné.
Mientras volábamos en el magnifico jet del cliente de Julia me preguntaba como haría yo para encontrar, allá en Bélgica, alguien de mis mismas características que le gustase hacer un trío con otra mujer. Los buenos ratos, me decía mentalmente, no solo no se olvidan sino que se tiende a reeditarlos, como los buenos libros.

13.10.12

No hay comentarios:

Publicar un comentario