VIII
Esta anocheciendo ya, y las luces
de mercurio que iluminaban la ciudad, daban a todo el conjunto un aspecto un
poco irreal desgarrando las tinieblas, que como una metáfora mentirosa
acariciaban mi piel escondiéndome de las miradas ajenas, pero hundían sus
afiladas garras en mi alma dejándome sin resuello ante lo que acababa de
acontecerme. Las caras de los viandantes - ¡cómo sería la mía! - parecían sacadas de una película de Hitchkock
y me hizo gracia pensar el que aquella calle quizá no fuese más que parte de un
set de grabación en uno de cuyos platós se rodase una película porno de la que
yo acababa de salir escaldado y sin cobrar por no haber podido correrme. Era
incapaz de pensar en otra cosa porque mi estado de enervación era tal que sabía
que si me rozaba dos veces seguidas volvería a derramarme en soledad, como me
ocurrió antes de llegar a casa de mi hijo, en busca de Alicia. Intenté pensar
en otra cosa para enfriar mis ánimos caminando lentamente entre aquella gente
sin alma hasta que con concentración y tiempo mi entrepierna dejó de ser el
foco de atención de mi interés principal y mi alma voló al limbo lejano donde
se hallaban refugiadas todas las demás de los viandantes anónimos.
Decidí que lo mejor era volver a
casa y esperar a Marta, que al final de los finales era la única que me daba
seguridad y sentido a mi existencia. Era aún temprano aunque fuese de noche
para que Marta hubiese regresado y no sería capaz de aguantar solo tanto tiempo
en casa, se derrumbaría sobre mí y no sabía que tipo de locura sería capaz si
me llegase a ver sin ella. Se me cruzó un bingo en mi camino y no me pareció
mala la opción de esperar allí dentro gastando algo de dinero de una forma inocente
mientras comía algo y daba la prudencial hora en la que regresar con Marta.
Era un bingo de barrio lleno a
esas horas de gente trabajadora normal cargada de las cadenas de la adicción, y
la penitencia del remordimiento por estar gastándose lo que no tenían, febril,
intentando cazar el último cartón que se vendía pensando que la diosa fortuna
era a él o ella quien había tenido a bien tocar.
Elegí una mesa solitaria y esperé
la venta de cartones. Vino un camarero al que encargué una cerveza y un bocadillo.
Me puse a mirar el local que solo podía definirse como espantoso a base de
moquetas y muraldones combinados en tonos de fucsia por el enemigo y unas
sillas mas propias de la sala de juntas de un consejo de administración cutre, junto
a las mesas redondas sucias de grasa y restos de comida de anteriores clientes
desde donde poder observar los enormes marcadores con los números afortunados
parpadeantes señalando como si fuera un ciego, al azar, a quien había
correspondido el premio. El sitio no estaba mal para esperar y poder aislarse
al tiempo. Se me vino a la cabeza una vez más último que me dijo Alicia
“…cuanto disfrutaría…”, ¡Dios!, era desesperante, cuanto más lo recordaba mas
profundizaba el clavo del escándalo en mis convicciones. Intenté razonarlo,
comprenderlo, pero chocaba siempre con la muralla de la nausea que me prohibía
seguir desentrañando el razonamiento para poder entenderlo. No podía con ello,
tenía que admitirlo, cuanto más quería salvar a mi hijo y sus peculiaridades
mas me sentía trasluchando contra un viento de proa que me impedía avanzar; no
había forma de barloventear en ese mar. Cuando uno pierde las herramientas
conseguidas a base de estudio o experiencia de la vida para poder enfrentarse a
una galerna de estas proporciones solo resta echar mano de la sabiduría del
grupo, llega un momento en que hay que olvidarse de convicciones personales
conseguidas después de mucho esfuerzo y pedir prestadas las que han tenido
éxito a lo largo de siglos y han mantenido al grupo vivo y con capacidad de
prosperar aunque sus planteamientos choquen frontalmente con nuestras
convicciones que ya no sirven para enfrentarse a este nuevo problema. Si el
grupo dice que hay que cerrar filas frente a esto o lo otro, se cierran, aunque
no lo entiendas, aunque te acusen de excluyente, de carca, de racista, aunque
tengas que violentarte porque no lo entiendes; pero el terror de estar fuera,
de ser rechazado por defender algo a expensas de lo desconocido, da fuerzas
para soportar los inconvenientes de cerrar filas; estar fuera, es estar muerto.
No podía entender la vida de mi hijo y si me empeñaba y me hacía violencia para
meterme en ella y entenderla acabaría engullido por esa forma de existencia y
el grupo acabaría rechazándome como extraño a él, era preciso aceptar la
liturgia que la sociedad me presentaba sin rechistar, con obediencia, la
liturgia es lo que queda cuando ya no queda nada, la cáscara es la que define
al todo porque ese todo que esta detrás de esa cáscara es tan etéreo, tan sutil,
a veces tan inexistente, que solo mirando la cáscara, la liturgia, lo puedes
entender.
- ¡La liturgia es la clave! –
afirme en voz bastante alta convencido de la conclusión del razonamiento al que
acababa de llegar.
- ¿Alguien ha cantado bingo? – se
escuchó a través de los altavoces de la sala una vez se hubo detenido el
rosario de números cantados con profesional monotonía.
Salí cómo de un sueño y todo el
mundo me miraba como el que descubre un lagarto en su bañera, con extrañeza,
estupefacción y algo de repulsión. Miré a lado y lado y comprendí que acababa
de dar la nota, me puse como una bombilla de cien vatios incandescente y me
zambullí en mi cartón que curiosamente no tenía ni un número tachado. No había
pasado ni media eternidad aún cuando alguien cantó bingo y el silencio acusador
que caía sobre mí como la cuchilla de la guillotina aflojó la presión y pude
empezar a dejar de sudar por el agobio de saberse centro de las miradas. Así,
centro de las miradas iba a sentirme yo por salirme de lo estatuido, de la
grisura de la norma si me rendía a mis instintos de padre y disculpaba y caía
en las redes de mi hijo.
Aún no me habían traído la
cerveza ni el bocadillo, me habría marchado si no. Decidí esperar y jugar otro
cartón esperando el refrigerio.
- ¿Eres cura? – lo preguntaba una
agradable voz, algo ronca, pero inequívocamente femenina.
Se había acercado por mi espalda
y con el apuro de no querer mirar a nadie por no sentir el dardo recriminatorio
al haber interrumpido la ceremonia del juego anterior, no me di cuenta hasta que
la tuve delante.
- ¿Estás solo, puedo sentarme? –
sin dejarme contestar ya se había acomodado en mi mesa, a mi lado.
- Adelante, sírvase – le contesté
yo con cierto tono de sorna para significar que ella había hecho ya lo que le
había venido en gana. Ella lo cogió sin dudar.
- Perdona, si te he molestado, me
voy – e hizo ademán de levantarse de la silla de ejecutivo, incómodamente
giratoria, pero sin intención real de marcharse.
- Por favor…, - fui yo el que me
levanté como empujado por un resorte para hacer acto de acogimiento en la mesa
– no me lo tome en cuenta, me sentiría muy honrado si permaneciese usted en mi
mesa.
En ese momento llegó el camarero
con la comanda.
- ¿La señora, va a tomar alguna
cosa?
- No, muchas gracias – se dirigió
de una forma algo titubeante al camarero.
- Si, por favor, insisto. No me
vas a dejar comer aquí yo solo mientras miras nada más, no se, un refresco, un
café…
- De acuerdo, Amaretto con hielo,
por favor – y despidió con una bella sonrisa al camarero – me encanta el sabor
de la almendra amarga – me explico como disculpándose por pedir una bebida
alcohólica.
- A mi no me hace mucha gracia –
y sentí que se me acababa el tema como no fuesen los malditos numeritos, para
seguir charlando con - ¿Me dijiste tu nombre?
- No, no te lo dije. Berta.
- Yo Cesar – le tendí la mano de
cortesía tras la presentación a lo que ella reaccionó de una forma que me
encandiló.
- La mano es algo frío, un beso,
que aún somos hombre y mujer, o eso parece, que hoy en día no se sabe con quien
se juega uno los cuartos – y alargando la cabeza me dio dos besos sensuales en
las mejillas – pero aún, Cesar, no me has contestado a mi pregunta.
- ¿Qué pregunta? – ya se me había
olvidado que me entró preguntándome si era cura.
- ¿Eres cura? – la pregunta me la
lanzó con bastante socarronería como si estuviese triunfante por haberme cogido
en falta – que conste que los curas sois tan hombre y a veces más hombres que
muchos que van por ahí presumiendo.
- Estas dando por hecho que lo
soy y no, no lo soy. Soy escritor.
- ¿Y eso de la liturgia?, suena a
curita de pueblo.
- Una liturgia no es más que una
sucesión tasada de gestos que en conjunto conforman una función, una
celebración y tienen por misión ofrecer una explicación material simbólica de
algo que es imposible de ejemplarizar de otra forma. Estaba diciendo, cuando
exclame en voz alta y di la nota, que cuando falla todo lo demás, la repetición
de esos gestos aunque no respondan ya a nada que los represente, es la única
forma de continuar existiendo de una manera civilizada haciendo ver a los otros
que se es como ellos y que se pertenece a su grupo al tiempo que uno mismo se
siente perteneciente a ese grupo y toma seguridad para si mismo, la que le
presta el grupo que le arropara siempre al reconocerle como integrante.
- Jesús que galimatías. Entonces
eres profesor o algo así – preguntaba entre aburrida e intrigada.
- Escritor, te he dicho que soy
escritor, no doy clase de nada. Estoy casado y tengo un hijo.
No se porqué en algunas ocasiones
los seres humanos nos sinceramos con otros seres humanos como si no tuviese
importancia lo que le revelamos cuando nos moriríamos de vergüenza si
quisiésemos ser así de sinceros con otras personas. Con Berta decidí que le
contaría todo lo sucedido por la sencilla razón de que no volvería a verla y yo
necesitaba que alguien me jalease por la decisión tomada. Vino en ese momento
el vendedor de cartones y le rechazamos la compra.
- Desde luego eres más
interesante tú que una línea en este bingo cutre – me dijo cargadísima de razón
- Te parece que acabemos con la consumición y vayamos a otro sitio mas
tranquilo donde poder charlar a nuestras anchas.
- Yo por mi, encantado.
Hablábamos bajito durante aquella
jugada en la que no teníamos cartones que jugar y éramos acribillamos a bisbiseos
de los vecinos instándonos a callar en momento tan crucial para sus vidas.
Nosotros nos mirábamos y reíamos por lo bajini en una actitud cómplice que
prometía bastante.
En cuanto terminó la jugada
salimos de la sala dispuestos a buscar donde poder hablar. Caminamos por la
calle buscando un local adecuado. Los que tenían donde poder permanecer
sentados tenían la música tan alta que iba a ser difícil entenderse y en los
que se podía mantener una conversación en un ambiente relajado y proclive a la
confidencia estaban atestados. Acabamos sentados en un banco delante de unos
arbustos de boj bastante crecidos, en un parquecillo de barrio, recoleto, de
esos a los que las madres impiden ir a sus hijos pasada determinada hora, iluminados
por una farola de sucios cristales que nos sumergía en una luz amarillenta,
irreal y escasa.
Berta vista de perfil, como yo la
veía, iluminada de estudio de fotógrafo con pretensiones, por la farola, con sus cabellos castaños
recortando la luz que le nimbaba la cabeza estaba magnifica. Hasta ese momento
no pensé en ella como sujeto sexual. Tendría no más allá de los cuarenta y
cinco y sin estar gorda aparecía rellenita, mullida, con una delantera que
dejaba ver a través de su escote una piel asedada y apetitosa para ser acariciada.
Miraba al frente mientras hablaba conmigo haciéndose la interesante, pensaba,
pero la realidad era que le acharaba mirarme a los ojos como pude comprobar
después. La línea de cuello que se perdía entre los cabellos alcanzando el
escote reclamaba una mano que la abarcase y esa mano no podía ser más que la
mía. De inmediato, solo pensar en como mi mano resbalaba por su cuello hasta
acariciar el hombro y el precipicio de su pecho hizo que volviese a sentir
palpitar mi sexo bajo el pantalón deseoso de juego y caricias. Todo uno,
hablando ella de la alienación que supone el perder tiempo y dinero escuchando
como una voz tediosa va cantando números, a mi se me escapó la mano que fue a
contener su cuello y a acariciar la raíz de sus cabellos en la nuca. Sentí como
todo su cuerpo se estremecía y comenzaba la cabeza un movimiento de rotación
como si mi mano fuese el eje del mundo y de su movimiento dependiese la
existencia. Al tiempo su mano izquierda me rodeó la cintura apretando con tesón
buscando la entrepierna a sabiendas de que su brazo nunca llegaría a ella por
aquel camino. Abarcando con toda la mano, estirando los dedos al limite sujete
con firmeza el cuello de Berta y lo giré hacia mi para besarle la boca y ver
hasta donde era capaz de llegar aquella desconocida. Al enfrentarla, bajó los
ojos y tuve casi hacer ejercicio de contorsionismo para poder alcanzar sus
labios con los míos.
- ¿Porqué no me miras a los ojos?
– le susurré a unos centímetros de su cara intrigado por ese interés en no
mirarme.
- Me corta, de verdad, mirarte a
los ojos.
- Inténtalo, verás como ni queman,
ni te hielas – le dije entre risas.
Alzó sus ojos, de un negro tan
espeso que confundía con el color de la noche y me clavó la mirada. En ese
momento supe que haría lo que le pidiese, eran ojos de entrega, ojos de
rendición y suplica a un tiempo, ojos de soledad, ojos vacíos que necesitaban
llenarse de los ojos de alguien que los mirase, los llenase de promesas y los
terminase de vaciar. Y en ese mismo momento me asaltó la idea de si estaría
ante un cuerpo de mujer que escondía un tío o sería una mujer en toda regla.
Aún a riesgo de parecer grosero y sin dejar de vaciar en sus ojos mi deseo
alcancé con mi mano su entrepierna e hice concha con la mano. En un instante
ella, porque era una ella, abrió las piernas cuanto pudo y yo comprobé que
estaba entregando mi cuerpo a una mujer. Con sus ágiles y esbeltos dedos
alcanzó en un instante mi bragueta y la poseyó hurgando por entre las telas del
pantalón sorprendiéndose gratamente de que no hubiera mas tejido de algodón
blanco debajo. Acarició con suavidad mis bolsas y deslizó con elegancia sus
dedos por el frenillo haciendo que la respiración se me entrecortase de placer
exquisito y dulce. Sentí una punzada muy violenta del tipo del vértigo pero mas
densa partiendo de la boca del estomago que me recorría el cuerpo entero y me
lanzaba, ciego de toda razón, contra el cuerpo de Berta con una única misión;
poseerla cuanto antes. De una certera mirada evalué el tamaño del arbusto que
teníamos delante y después de sopesar los peligros asumibles, deleitándome al
tiempo en la posibilidad de ser descubiertos, me levante halándola de la mano
hasta colocarnos detrás del boj. Ella no opuso la menor objeción ni de palabra
ni de obra; sumisa como una esclava de la que se usa y disfruta me siguió y
nada más colocarnos al precario abrigo de las miradas que pudieran caer sobre
nosotros se arrodilló y buscó con avidez de naufragó mi sexo para sorberlo y
saciarse de él. Estuve a punto de vaciarme en su boca pero supe retenerme a
tiempo empujándola con alguna violencia para hacerla comprender que debía
soltar la presa. Cayó de espaldas y lejos de defenderse de mi torpeza se limitó
a levantarse la falda y abrirse desmesuradamente de piernas ofreciéndome su
mansión más húmeda para que la visitase sin tardanza. Sin bajarme siquiera los
pantalones, como un adolescente que teme que se le acabe la oportunidad, caí
sobre ella y nada más entrar en su cuerpo no pude sostener la explosión de mil
colores, de mil certezas, de mil verdades con las que la mente se me iluminó al
sentirme creador entregando mi semilla a una tierra que la necesitaba,
avariciosa, mientras mi cuerpo entero se estremecía con el elenco de
sensaciones mas intensas y placenteras que jamás un ser humano podría sentir.
Vaciado y sin fuerzas la
tentación pasaba por quedarse dormido allí mismo encima de aquella mujer que me
había prestado su cuerpo para que yo pudiera salir de mi y entregar a la
naturaleza lo que ella me legaba. Antes de consentir que los parpados cayeran,
de un salto me puse en pie.
- Por favor – me exclamó ella
suplicante
- Por favor, ¿qué?
En la semipenumbra que nos
inundaba pude observarle sus ojos que de entregados y sumisos pasaban a
expresar irritación, dolor y venganza.
- ¿Qué?, has dicho, ¿qué?
¿Piensas que soy una muñeca que ni siento ni padezco?, tú te has desahogado,
pero ¿y yo? – En su voz había rabia y pena, desengaño y desesperación – Yo no
soy una puta, ¿te enteras, cabrón? – me habría matado allí mismo si hubiera
podido y de hecho lo intentaba con la intensidad ígnea de su furibunda mirada.
- Bueno, ¿qué quieres? Ya tienes
lo que buscabas, que te follase un tío, pues espabílate que pareces más bien
frígida, porque tiempo has tenido, no voy a estar yo ahí como un gilipollas
dale que te pego sin sacar nada, además tengo prisa Berta.
- ¡Cabrón! – me grito llorando ya
abiertamente.
- ¡No seas escandalosa!, joder. Adiós,
que te lo pases bien. Búscate a otro que te lo haga – le contesté mientras me
alejaba de allí satisfecho de mi desahogo.
- ¿Podré verte otra vez? –
suplicaba ahora entre sollozos
- ¿No era tan cabrón? – Volví la
cabeza deteniendo mi marcha un momento – no lo creo. Nunca dije que esto iba a
ser una relación seria, no creo que volvamos a vernos, pero tía, si ocurre y
encarta echarlo, pues ya ves, siempre dispuesto.
Me alejé dejándola sentada en el
suelo enjugándose las lagrimas con el harapo de la camisa pensando que las
mujeres siempre tienen que ir un paso por delante haciéndose ilusiones donde no
hay materia para hacérsela, después se sienten traicionadas cuando la realidad
es que quien las traiciona no es más que su deseo de poseernos.
Estaba feliz, había tratado a
Berta como a un trapo pero me reconciliaba con mi sexo de hombre de verdad,
nada de medias tintas ni atajos, ni explicaciones alambicadas de lo que no eran
mas que mariconadas. ¿Cómo podía mi hijo haber caído en aquello?, no me lo
conseguía explicar.
Ufano de mi hazaña, -¡al fin un
polvo depredador y anónimo de verdad! - (lástima de darnos nuestros nombres,
sin nombre es mas brutal, excitante y animal) me vi caminando con paso elástico
como hacia años que no lo experimentaba. Sentía mi sexo animoso y dispuesto a
nuevas conquistas a sangre y fuego, sentía como él me guiaba y nublaba mi mente,
pero me gustaba, me reconfortaba ser feliz sabiendo que no era necesario
racionalizar nada, solo disfrutar según las inclinaciones de mi entrepierna.
Fuera complicaciones y metafísicas.
No contaba con la memoria, esa maldita
memoria, que solo sirve para alimentar los remordimientos al desposeer los
actos de los adornos gratificantes de la inmediatez y dejarlos reducidos al
esqueleto frío e indestructible de la realidad sin suavizaciones onanistas.
Solo era necesaria aquella cara con expresión de rabia, dolor, indignación y
menesterosidad que cada vez se me hacia más nítida en mi cabeza para que
comenzase a sentir nauseas y a dejar de sentir la sensación detumescente
agradable de mi pene rozándome la pierna sobre la que reposaba a cada paso que
daba. Comencé a enlentecer la marcha, a perder la elasticidad joven en mis
músculos y a sentir y sufrir el paso pesado y cansino del viejo al que le recae
sobre los hombros toda la responsabilidad de sus malos actos cometidos a lo
largo de su vida. Mi memoria se vengaba de haber querido quitarme el
impermeable de los años y haber querido comportarme con un crió irresponsable y nuevo al que todo le parece
correcto con tal de ir acumulando experiencias diferentes y siempre
gratificantes que le habiliten para enfrentarse a los avatares de la vida. Solo
que yo, ya no era ningún adolescente al que se le perdona todo en aras de su
inexperiencia y juventud. Algo dentro de mi prendió la hoguera del
remordimiento utilizando como yesca aquella cara desencajada después de la
ignominia y como pedernal la memoria que machaconamente golpeaba una y otra vez
hasta hacer saltar la chispa de la culpabilidad y provocar el incendio de la
vergüenza. Me habría dado de bofetadas por lo que hice, pero hecho estaba y no
había solución. Pensé en volver sobre mis pasos y buscar a Berta para pedirle
disculpas y árnica para lenitivo de mi dolorida alma, pero hasta pensarlo me
daba calor y notaba la camisa pegárseme al cuerpo del sudor pegajoso de la
culpabilidad que manaba por mis poros como testigo de mi crimen.
Nada de esto habría sucedido si
no hubiese ido a casa de mi hijo. Que necesidad tenía yo de saber si mi hijo
era maricón o no lo era o estaba liado con una tía que era un tío o… dios o la
santa compaña los confunda a todos ellos por no ser normales como cualquier persona
decente. Estaba realmente irritado o confundido pero tampoco era capaz de
apartar de mi cabeza las sensaciones obtenidas de la primera felación de Alicia
aunque rechazadas de inmediato al saber que eran frutos que salían de un árbol
podrido y eran por tanto inaceptables, pero inaceptables en la esfera del
conocimiento no la de las sensaciones y esas se abrían paso a empujones y
codazos por entre todas las objeciones que mentalmente intentaba ponerles
delante para que dejasen de alancearme con sus suaves cantos de sirena que
sabía que antes o después me atraerían a los escollos del deseo ciego y me
harían caer en la tentación de aquellos pechos duros y asedados aunque por
debajo cohabitasen con un vergajo húmedo y apestoso.
Estaba a punto de estallar de
irritación conmigo mismo y con el mundo entero que no me dejaba en mi paz. Miré
el reloj. Las once de la noche y aún demasiado pronto para regresar a una casa
vacía en la que me ahogaría de angustia como si me metiese sin equipo en una
cisterna de agua pestilente y hermética. Un púb al otro lado de la calle con su
neón color fucsia y un sugerente nombre, “soft”, me llamó la atención.
Seguramente habría un piano y un propio aporreándolo flojito para dar ambiente
de intimidad y al tiempo cortar el silencio violento que se produce siempre que
se reúnen en un mismo lugar varios solitarios buscando compañía, incapaces de
relacionarse si no es con Príapo mediante que es el que parla cuando le dejan,
evitando a la mente tener que molestarse en buscarse una excusa que justifique
su soledad. Era mí caso que duda podría caber.
Al entrar en el local tuve la
sensación de que estrenaba algo y a la cabeza se me vino una frase que era el
lema de mi hipotético escudo de armas: “De frente hasta la muerte que de
espaldas se va la vida”. Me dirigí a la barra resuelto como si nada me hubiese
pasado. Pedí alcohol de alta graduación dispuesto a entregarme a sus vapores y
poder enfrentar la soledad de mi casa hasta que llegase Marta.
Me sirvieron la primera copa que
olisqueé y probé para envalentonarme y poder seguir hasta perder la conciencia
que era el vehiculo de mis remordimientos. Otros como yo, se apalancaban en la
barra con sus vasos en la mano y sus ojos vidriosos intentando aparentar que la
vida transcurría sin tener que ver con ellos. Había alguna pareja acaramelada
en algún velador y de fondo música de ambiente porque el piano que suponía allí,
estaba almacenando polvo ya que no había nadie que le diese utilidad.
Cuando llevaba el tercer vaso y
ya mi mente sobrevolaba los mundos de verdad me hablé bajito sin dejar de mirar
los hielos medio derretidos danzando en los restos de vodka del vaso: “Soy un
mierda. En realidad, menos que un mierda. ¿Que hombre soy para violar a una
mujer, por mucho que ella se dejase, que se encandila conmigo y no me pide nada
mas que algo del calor que yo necesito ahora y la desprecio y abuso de ella? A
medida que el alcohol se enseñoreaba de mi cuerpo peor me iba sintiendo y la
nausea que sentía por mi comportamiento macarra y abusivo hundía más y más sus
garras en la delicada piel de mi alma de artista. Estaba a punto de romper a
llorar, ahogado en mi propia miseria y necesitado de purgar mis pecados, de
sentir que se me perdonaba por mi mala acción para poder liberarme del
remordimiento que acabaría por hacerme pedazos. Pagué como pude y ni siquiera
me acuerdo de lo que pagué, si fue mucho o poco y salí a la calle a que me
diese el aire en la cara. Un reloj de los del mobiliario urbano me recordó la
hora que era. Una hora, había estado una hora, en aquel tugurio y en esa hora
había descendido por obra y gracia del vodka, al infierno de culpa en la que
incluso encontraba placer, pues algún placer me había reportado el padecerla.
Empezaba a rebozarme en mi propia hez y eso comenzó a preocuparme.
No lo dudé. Iba a aclarar las
cosas, iba a descargar mi conciencia sobre otro para sentirme liberado y a
imputar mis pecados a quien realmente era el causante de ellos.
El teléfono sonaba en mi oído
avisándome de que Ramón o no lo escuchaba o no quería responderme, pero no se
si el alcohol tergiversándome los conceptos de espacio y tiempo o la necesidad
de hablar con mi hijo y echarle las culpas hizo que insistiese hasta que al
otro lado del teléfono alguien descolgó.
- ¿Ramón? – intentaba dar fluidez
a mi discurso para enmascarar la pastosidad con la que el alcohol encadenaba mi
lengua.
- Alicia, soy Alicia. Y tú,
¿Quién eres? – en la entonación supe al instante que ella sabía quien era yo.
- Cesar, el padre de Ramón.
Puedes decirle que se ponga por favor – en mi entonación había frialdad
meditada y tambaleante, deseo de distancia.
- Primero que no está, segundo
que no me parecen horas y tercero, con esa tajada que tienes y quieres
disimular tan malamente tampoco te pasaría con él, aunque estuviese.
- ¿Qué no está?, y donde está a
estas horas, si no en su casa con su pareja.
- Se que te va a sonar a música
de baile pero ese es tu problema de dinosaurio en vías de extinción. Tenía una
cita y le hacía falta algo de oxigeno…, tu me entiendes.
- ¿Me estás tomando el pelo? Mi
hijo poniéndote los cuernos y tu tan ancha – la borrachera se disipó en un
instante como si no hubiese bebido nunca.
- Te dijimos que nuestra relación
se basaba en la honestidad. No hay engaño si hay aviso. Y al parecer esta era
una oportunidad única para Ramón. Yo conozco a la chica y estoy de acuerdo que
la cita no se podía desperdiciar. Recuerda que engaña el que no cuenta, el que
calla, el que tiene conciencia de culpa y el corazón sucio y tu hijo
precisamente no es nada de eso, tu hijo es una virgen de sinceridad y
transparencia, de otro tipo de virginidad tendríamos que hablar mas despacio.
Yo no podía creerme lo que estaba
escuchando, todos los clichés asumidos o creados por mí a lo largo de mi vida
entera saltaban hechos trizas.
- Mi hijo es un degenerado…, y tu
otro – no fui capaz de resistirme a la tentación y quedarme tan ancho, el
alcohol tenía algo que ver en ello.
- Tú eres el degenerado, que das
el careto de buenecito, gente de orden y amantísimo esposo cuando la realidad
es que eres capaz de meterla en cualquier sitio con tal de que este
medianamente caliente y tenga forma de no hombre. ¿Tú te has llegado a plantear
si en realidad lo que hay detrás de esa forma de pensar no es una
homosexualidad pujante de la que te escandalizas y necesitas exorcizarla
denigrándola?
No me sentía con fuerza de seguir
escuchando sandeces y psicología taruga de calendario zaragozano. Era lo último
que me quedaba por escuchar aquella noche. Apagué el teléfono del todo y por si
existía alguna duda o para ponerme a cubierto de cualquiera otra debilidad le
saqué la batería y sin tener en cuenta mas consideraciones ecológicas la lancé
lejos de mi todo lo que pude para no poder encontrarla por mucho que me
esforzase. No estaba dispuesto a nada más. Me detuve en medio de la calle, el
alcohol regresó desde algún lugar remoto de mi fisiología a hacer de las suyas
incitándome a vomitar de forma inminente. Como pude me contuve hasta llegar a
un alcorque donde eché hasta lo que no había ingerido y me sentí mejor. Me limpié
la boca con la bocamanga, respiré hondo el frescor de la madrugada y me dirigí
a casa. Estaba agotado de un día tan intenso y solo quería dormir. Vi acercarse
una lucecilla verde rodando despacio cerca de la acera y de manera refleja
levanté el brazo. El taxi se detuvo junto a mí, entré, di mi dirección y creo
que me dormí nada más entrar al coche.
No recuerdo como pague, ni como
subí a mi casa ni como me metí en la cama. Lo siguiente que recuerdo es que
Marta se acercaba a mí con una taza de café hirviendo sin azúcar, como a mi me gustaba mientras me
reconvenía en tono menor por la fiesta que me había corrido en su ausencia.
- Después de todo yo tampoco me
quedé atrás. Estuvimos en un “Boy”, ¿Qué creías que yo no iba a ser capaz? – Y
diciendo esto me alargaba la taza del café – anda tómatelo. Te despejará. Ha
llamado Orihuela preguntando por ti. Le he dicho que estabas aún en la cama,
que te dolía la cabeza. Que le llames en cuento puedas.
- No ibas descaminaba, la cabeza
me va a estallar.
- Bueno, que tal con tu hijo. ¿Que
era eso que requería tanta urgencia?, si se puede contar, tu sabes que a mi
esas cosas… Esas son cosas entre tu hijo y tú y no seré yo quien me meta, pero
vamos que estoy intrigada – se volvió como para irse y se detuvo a los dos pasos
para volver la cabeza y anunciarme que iba por unas pastillas para mi jaqueca
resacosa.
Volvió con dos pastillas.
- ¿Me lo vas a contar o voy a
tener que enterarme de otra manera?, tu sabes que si quiero me entero – estaba
sobrada, se la notaba segura, parecía que la noche pasada con las amigas le
había recargado las baterías de autoestima. Amenazaba tormenta.
- No, nada, era para presentarme
a su novia – intenté ser lo más trivial posible
- ¿Solo eso?, para ese viaje no
hacían falta tantas alforjas. ¿Seguro que solo era para eso?, tanta premura,
tanta necesidad de verte…
Marta me conocía mejor que mi
madre. Me miraba fijamente a los ojos y solo le faltaban los acentos para
averiguar que es lo que pensaba.
- Hay más, a mi no me lo puedes
negar – me sonreía maliciosamente, encantada del juego en el que ella sabía de
antemano que llevaba la carta ganadora.
- ¿Qué tal te lo pasaste en el
Boy ese?, por cambiar de conversación.
- No te vayas por la tangente. Yo
te cuento lo de los boys y sus supuestas durezas pero antes estás tú.
- Tú le has llegado a tocar a
alguno de esos…, no me lo puedo creer, Marta, con lo que me has afeado siempre
a mi aquello de tu compañera…
- Alto ahí, no vayas a confundir
lo que es un cachondeo entre amigas una noche de bromas compartidas y un polvo
en toda regla con una guarra a la que te ligas en la barra de un bar. Y si, le
cogí los huevos a un tío de esos…, y me tuve que lavar la mano después por lo
menos tres veces, del asco que me dio. Y ahora, deja de hacerte el remolón; ya
es por honrilla, dime, qué quería tu hijo y no me vengas con eso de que solo
presentarte a su novia.
- Pues si, eso era – la cara de
Marta se tensó en signo inequívoco de exasperación a punto de estallar en ira
desatada – más un pequeño detalle.
Permanecí en silencio esperando a
que ella preguntase o sencillamente abandonase el interés por ese detalle, pero
no. Cuando una mujer muerde presa no la suelta a no ser que quiera morder otra
mas mollar en su opinión.
- Vamos, dime, ¿que detalle es
ese?, es una vieja rica invalida, una emigrante irregular o una china
perteneciente a la mafia rusa. ¡Joder, suéltalo ya!
- Esta bien – me mostré todo lo
resignado que podía trasmitir – ella no es una ella, aunque lo parece, pero en
realidad es un él que nadie diría que es un él y cualquiera diría que no puede
ser mas que una ella.
- De todo ese galimatías tengo
que deducir que tu hijo Ramón, tu estupendo e inigualable hijo Ramón no es más
que un mariquita liado con un travestón – en su boca se pintaba el triunfo de
la revancha, estaba disfrutando con ello y le encantaba demostrármelo y a mi me
rajaba haber tenido que concederla ese triunfo.
- Mi hijo no es ningún mariquita,
como tú dices con tanta mala baba, y tú lo sabes. Si conocieras a Alicia te
darías cuenta. Es una mujer de bandera – estaba dolido, irritado y dolido por
el insulto a mi hijo y quería hacer daño – y ya quisieras tú llegarle a...
Y no me dejó terminar.
- ¿Adonde?, donde le sobra lo que
le debería faltar para tener lo que no va a poder tener por mucho que se opere
y se hormone. Me río yo de esas mujeres de bandera que no son más que tíos
frustrados disfrazados.
- Alicia es una mujer en un
cuerpo de hombre, más mujer que tú – le grité todo lo que pude, porque no podía
comérmela cruda.
Se me quedó mirando, meneando la
cabeza de un lado a otro aparentando desengaño y asombro a un tiempo por lo
escuchado. Sonrió de forma bastante mordaz y ni siquiera encajó lo que le dije,
como si ella estuviese en otra dimensión y yo hablase a otros que ella no
veía. No pensaba lo que decía pero me
dolió en lo más hondo que al mariconazo de mi hijo me lo tildasen de
mariconazo. Maricón podía llamarle yo que era su padre y se lo llamaba desde el
amor de un padre que quiere lo mejor para su hijo y le perdona hasta el crimen
más abyecto, nunca desde el insulto, que era desde donde Marta disparaba para
hacerme daño, a mi, que no a él, que le importaba absolutamente nada. Se
vengaba así ella de mí, de tantos años en los que nunca le di cuartel en lo
referente a los enfrentamientos que ella tuvo con Ramón y en los que jamás le
di la razón, aunque haciendo gala de mi mano izquierda tampoco nunca se la
quité. Ahora eso era diferente.
- Pues que sepas que en cuanto se
opere nadie podrá afirmar que no sea una mujer en toda regla.
- No te engañes, querido, siempre
será un tío arreglado y por mucho que se quieran confundir los sentidos
con apariencias, lo que pulule por
debajo de sus afeites será un hombre porque así lo determinó la naturaleza en
su momento, todo lo demás no son mas que quimeras y ganas del hombre de torcer
lo que es la voluntad del azar de la vida cuando decide esto, lo otro o lo de
más allá. Pero verás, amor mío, no quiero que te disgustes. Comprendo que es tu
hijo y tu obligación es disculparle y…
- Y tu asignatura pendiente es vengarte
de él como fuera y he tenido que ser yo el que diera las armas para hacerlo,
que es lo que más me duele.
- Ramón es así – hizo un mohín
gracioso que ella utilizaba como bandera blanca y yo no tuve otro remedio que
aceptarlo – y si va a ser feliz con ese…o esa chica o como podamos llegar a
llamarle y a ti te hace feliz, adelante. Te prometo que no ve voy a entrometer
ni a hacer sangre.
- Me ha molestado mucho que lo
tratases de maricón – tenía que sacarme esa espina a pesar del fin de las
hostilidades, era un bastión inaceptable como botín para el enemigo, debía
recuperarlo – como mucho será bisexual o como sea que se llame esa forma de
ser, que conste que a mi tampoco me hace maldita la gracia, pero…
- Lo siento, mi amor – se me
acercó ronroneando, me quitó la taza de café de las manos y me obsequió con un
beso dulcísimo – te juro que lo ultimo que yo quería era hacerte daño.
Con el beso suave, denso y
sincero de Marta mi cuerpo revivió y sentí recorrer un calambre mis carnes
hasta condensarse en mi ombligo. Sentí entonces necesidad urgente de su cuerpo
y atenacé sus pechos con mis manos
buscando los pezones con impaciencia. Marta se retorció de placer-dolor
y se entregó sin poner objeción. Fue un acto de reconciliación y amor sincero
en el que yo no me salí de mi guión como amante esposo convencional que penetra
y se vacía donde debe mientras su abnegada esposa aguanta las embestidas que el
placer reclama para su culminación obteniendo a cambio un orgasmo que la deja
exhausta y sin más ganas que las de llorar de alegría por haberse reencontrado
con ella misma y el marido que siempre quiso tener.
Después de la aventura de detrás
de los arbustos de la noche pasada, con toda la excitación de la cacería y el
peligro asumido de poder ser sorprendido en falta. Después de la postfelación
de Alicia y todo el vicio que llevaba en su envoltorio de ambigüedad con el
recuerdo entreverado en el placer de que quien me había llevado al éxtasis no
había sido una mujer sino un hombre, aquel encuentro mañanero tuvo la virtud de
quitarme el dolor de cabeza pero muy poco más, como no fuesen unas ganas
irreprimibles de quedarme a solas para masturbarme pensando en cómo habría
podido llegar a ser el sexo con Alicia, sabiendo, porque me lo desveló Ramón,
que ni los machos mas expertos habían sido capaces de descubrir que era un
hombre si no era ella la que, al final, ponía la guinda de la sorpresa, para
rematar la faena y dar una lección a los machos heterosexuales tan puros, tan
puros, que no se tocaban ni a ellos mismos porque tenían sexo de varón.
Marta remoloneaba con mi cuerpo
temiendo que se acabase o se consumiese en cualquier instante dejándola sola.
Se abrazaba y se restregaba a pesar del reciente encontronazo buscando una
segunda vez. Entre mi imaginación que volaba a los territorios de lo ambiguo
provocando vértigo de prohibido y el olor de sexo reciente sumido en mezclas de
humores y licores humanos, volví a sentir un deseo irrefrenable de sexo
trasgresor, aquel que en mi imaginario siempre acababa fuera de las normas de
la convención social, el que iba siempre un paso más allá de lo que la realidad
parecía ofrecer. Pensar en mi boca consumiendo el cuerpo de Marta aderezado de
mi propio cuerpo hizo que el calambre que sentí en la punta de mi pene me
hiciera estremecer de placer y no me permitiese pensar si lo que deseaba hacer
a continuación no podría presentarse como el fulminante de una nueva batalla
con ella. Con decidida determinación, sin una vacilación comencé a gustar el
sabor salado del sudor en el pecho de Marta que se retorcía de placer y
braceaba empujando mi cabeza mas abajo. Deseando como yo lo deseaba llegar al
límite de mis ensoñaciones eróticas, aquella invitación me sorprendió, pero no
me detuve a analizar el cambio, se derribó así la última y endeble barrera que
me separaba de mi objetivo. Haciendo escala en el ombligo y luego en el monte
de Venus que exploré hasta el ultimo rincón con la lengua sentí sus manos
empujarme un poco más abajo y ya no tuve espera. Como el desesperado naufrago
de las arenas que se lanza a la charca mas hedionda después de días de garganta
abrasada de sed, deseando saciarse aunque en ello le vaya la vida, así me lance
yo sobre su sexo que destilaba mi propia eyaculación anterior sabiendo que el
semen impactaría en mi boca proponiendo un summun de asco que bien podría
provocarme el vomito. Pero no. Clavé la lengua hasta donde era capaz de hacerla
llegar dentro de ella y gusté el licor viscoso de sabor neutro que destilaba.
Yo mismo saliendo de ella que volvía a mí en una orgía egoísta de placer Me
volví loco. Abrí la boca y con mis labios bese los suyos del sexo con furia de
animal en celo, en un beso húmedo y violento en el que ella me entregaba mi
semen que yo antes le había dado. Sus quejidos fueron aumentando en intensidad
a medida que yo, avaricioso de su ser, succionaba más y más sobre los labios y
ninfas y el clítoris que tornaba en dureza elástica y excitaba a mordisquearlo
casi hasta la sangría.
Escuchando sus gritos de goce
salvaje sentí que no era necesario más que el roce de la sabana con mi sexo
para vaciarme una vez más y me dejé llevar. Alcanzamos el clímax a la vez, yo
ensuciando la cama y ella entrechocando su sexo contra mi boca a impulsos de
las caderas, que espasmadas se estremecían como un resorte por el orgasmo.
Terminado, ella se engatilló como
si le quemase el sexo ahora que la pasión dejaba paso a la relajación y yo giré
sobre mí, quedando exhausto sobre la cama saboreando aún el semen que me inundaba
los belfos después de habérmelos rebozado con ella.
No sentí asco, solo perplejidad.
De una forma u otra lo había hecho, me había gustado y no había sentido asco.
Dándome cuenta de que tenía la boca embadurnada de una mezcla de lubricante de
Marta y de mi semen quise llegar más allá y experimentar el asco. Me relamí con
morosidad y detenimiento saboreando lo que mi lengua recogía pero solo obtuve
una nueva pulsión en forma de erección que se recuperaba sin haber llegado a la
detumescencia de la anterior. Inmediatamente di en pensar en Alicia y desee
quedarme a solas con mi imaginación para poder satisfacerme dejando que la
fantasía volase donde quisiese volar sin ponerle cortapisa alguna, saber hasta
donde podía llegar por el tobogán por el que me estaba deslizando era algo que
me aguijoneaba la curiosidad y me excitaba al tiempo. ¿Dónde iba a poner yo el
límite?
- ¿Aún sigues tú así? – Me sacó
de mis ensoñaciones Marta que se levantaba para ir al baño y observaba curiosa
mi erección – lo que has hecho es una autentica cochinada pero, que quieres que
te diga, me ha puesto a mas de mil, nunca imagine que pudieras llegar a tanto,
¿tan salido te dejó tu Alicia?
No me dejó contestar, entre risas
por lo que ella quería como broma y yo temía y deseaba, se metió en el baño
anunciándome desde el otro lado de la puerta que me fuese al otro que ella iba
a tardar un buen rato. Le agradecí que me dejase a solas ese buen rato. Cerré
los ojos y me dejé llevar. Me acariciaba las bolsas con extrema suavidad
dejando resbalar por entre los dedos los testículos, descendiendo hasta las cercanías
del ano circulándolo con los dedos húmedos y ascendiendo luego con los dedos
por el fuste del miembro hasta la punta donde con sedoso cuidado le acariciaba
el orificio aún lubricado por el semen que se empezaba a secar. Me llevé los
dedos a la boca y los ensalive para poder disfrutar de la caricia sobre la
frágil piel del pene y comencé a estremecerme de placer una vez más. En mi
imaginación Alicia era la que me acariciaba sin descanso y con maestría,
llegando a límites de sensibilidad y sensaciones extremas, pero que no eran
capaces de hacerme alcanzar un nuevo clímax, siempre al borde del precipicio
sin conseguir llegar a caer en él. En medio de mis imágenes y sobamientos
pensaba que no podría llegar otra vez al orgasmo porque acababa de correrme dos
veces prácticamente seguidas e iba a ser casi imposible hacerlo una tercera,
aunque sentía necesidad de hacerlo a solas, obtener placer de otra manera,
explorando otros mundos, por remotos o repulsivos que pareciesen ser,
exprimiendo mi cuerpo hasta extenuarlo por el salario del placer que nunca es
suficiente. Alicia en mi mente trabajaba sin descanso por medio de mi mano y si
intentaba levantar el pico de su falda para ver su sexo solo el sospechar lo
que podía aparecer hacia que se me enfriasen las ganas. Era la Alicia mujer la que me
satisfacía, no el sexo de esa mujer que me daría un buen disgusto si llegase a
verlo en su esplendor.
No tengo idea por que atajos,
caminos o veredas discurre la necesidad de placer que finalmente conduce de
forma instintiva a la fuente donde apagar ese fuego de carne embravecida que
arrasa con todo y reseca la garganta. No fue voluntario en absoluto. Voluntario
era traer a mi imaginación a Alicia porque de ella tenía recuerdo del día
anterior con su trabajo de boca, que fue excelente. Nunca llegaré a comprender
porqué tuve que meter en aquel juego a Ramón. Mi hijo era punto y aparte en
todo esto, pero consiguió colarse en la escena sin saber cómo, ya dije que las
veredas que conducen al templo del placer son infinitas. De pronto se plantó
delante de Alicia y de mí, desnudo como le parió su madre, haciendo gala de
unos atributos que pude reconocer al instante porque eran idénticos a los míos,
mas tersos, más lozanos, masturbándose lenta y maliciosamente, descaradamente,
de cuya imagen no fui capaz de desvincularme, mis ojos clavados en su/mi pene, y
en ese momento me hizo señas de que él ya se venía que lo hiciese yo al unísono
con él, me sonreía angelical e inocente, malévolo y tentador. Alicia le miró
sin dejar de tocarme y en ese momento sentí la efusión que ya no fue de semen,
sino de nada, pues nada quedaba por eyacular, que llevó aparejado un severo
calambre y luego otro y otro más que se trasformaron en dolor inmenso que me
dejó sin respiración. La película que se había desarrollado en mi mente se
oscureció y quedé desfallecido sobre la cama. Estaba aún dolorido hecho un
ovillo sobre la cama cuando apareció Marta.
- ¿Aún sigues ahí? venga, entra a
ducharte, ahora termino yo. Eres como los niños de teta que en cuanto se hartan
se quedan fritos.
Me levanté de la cama intentando
ocultarle el estado de mi pene. No lo conseguí.
- Todavía tiene ganas de juerga,
pues conmigo no cuentes que por hoy estoy servida. ¡Ah!, no se te olvide llamar
a Orihuela – terminó de decir mientras yo me metía en la ducha y ella comenzaba
a maquillarse.
IX
- Antoñito, ¿Qué querías? – me
hacía gracia escucharle enfadado una vez más. Me daba una especie de ternura
buscarle las cosquillas al imbecil de Orihuela.
- ¡Joder!, AR, coño, AR.
- Venga, vale, AR. ¿No te dije
ayer que en quince días?, dame un respirito y de paso dátelo tú.
- Que no es eso, tonto – cambió a
tono meloso y confidente – es para preguntarte por tu niño, y por ti claro. Me
dejaste preocupado. Somos amigos. Cualquier día te va a salir humo por las
orejas de tanto como le das al magín. Cuéntame.
- Nada, bien…, no me convenció tu
perorata con esas tonterías de la jaula y la fiera porque yo soy un tío y no me
gustan los tíos, creo que no tengo que pedir perdón por eso, faltaría más. Y Ramón
pues bien también. Quería presentarme a su pareja.
- Cómo es, cuenta, cuenta.
Esa actitud de Antonio Ramón en
plan comadre chismosa me sacaba de mí. El sabía que no me gustaba chafardear de
la vida de nadie y menos si ese nadie era mi hijo, a pesar de lo cual insistía
en enterarse. Intenté contenerme y no entrarle al trapo.
- Pues como quieres que sea. Es
mona…, bueno mona no…, es guapa, una tía de bandera con un cuerpazo que porque
no te gustan las mujeres…, unos veinte años, como mi hijo, o quizá menos.
Me detuve impresionado por la
retahíla que había conseguido enhebrar. Había saltado sin querer mi sincera
opinión de Alicia y era que me gustaba porque era una mujer de impresión, pero
yo sabía que era un hombre y eso me confundía. Me gustaba pero no debía
gustarme, no debía consentirme que me gustase. De no tener palabras, de no
tener que utilizar un lenguaje que constriñese mis sentimientos y sensaciones,
de no existir el lenguaje hablado que etiqueta las cosas para poderlas
conceptuar y adscribir una significación en el mosaico de mis creencias, Alicia
me gustaría y me dedicaría a conseguirla para disfrutar de y con ella. El
lenguaje, medio con el que me ganaba la vida escribiendo para el imbecil de
Orihuela, me sometía a servidumbre. Parecía que los dioses o quien quiera que
fuese se hubiesen cansado de vernos llevar una vida dura pero coherente con
nuestras inclinaciones e instintos y se hubiesen conjurado para darnos una
forma de expresión hablada que nos diese la oportunidad de engañarnos a nosotros
mismos y a los demás, porque permite el disimulo y con ello impedirnos la
felicidad, haciendo de ella un patrimonio que como celestial, es inalcanzable.
Un absurdo, una desmesura de esclavitud. El hablar permite modular los
instintos y los coarta haciéndonos tomar un camino que no sería el que el
instinto natural eligiese como el más adecuado, nos permite elegir pero
dándonos esa libertad nos sume en la mas abyecta de las desesperaciones porque
hace recaer sobre nosotros todo el peso de las desgracias sobrevenidas por las
supuestas equivocaciones que no son sino las desviaciones de la pauta que la
mayoría decide mediante definiciones de lo que debería ser el camino correcto.
- Te gusta ¿eh? Sinvergüenza, no
has podido reprimirte, te la llevarías a la cama sin pensártelo, pasando por
encima de los cuernos de tu hijo. ¡Que cabrito!
- ¡Ni hablar! – salte, esta vez
si, de forma automática – ¿por quien me tomas?
- Bueno chico no te pongas así,
no es para tanto, pero como te gustan tanto las tías…, perdona, joder.
No podía engañar a Orihuela. Si
no se lo decía a él, ¿a quien? Y el secreto me escocía en las meninges. Estaba
nervioso por lo que podía desencadenar en semejante persona mi revelación y
caminaba pasillo arriba y abajo hasta llegar a detenerme en el vestíbulo, como
si quisiese que Marta no se enterase otra vez de lo mismo a ver si con suerte
llegaba a olvidarse. Hubiese querido que nadie llegase a enterarse del baldón y
al tiempo quería poder comunicarlo para no sentirme tan solo en mi desolación.
Necesitaba que alguien me pasase la mano por el lomo y me consolase.
- Perdona tú, de verdad AR – hice
una pausa para coger carrerilla y largar del tirón – pero es que no solo es una
tía muy buena.
- Es una carrozona, me has
mentido en la edad – me interrumpió intentando adelantarse a mi explicación –
venga, dime, no me tengas mas en ascuas, es una vieja podrida de millones.
- No. Es un tío.
Al otro lado de la línea se hizo
el silencio. Orihuela acababa de quedarse mudo y eso era difícil poderlo
conseguir con alguien como él.
- Repite, por favor – respondió
pasado un buen rato – dime que he escuchado que es un tío.
- Sí.
Al otro lado del auricular
escuche un grito agudo, de los que sabía él proferir cuando algo le sorprendía
o le dejaba fuera de juego, pero le encantaba.
- Muerta, muerta en la bañera. Me
has dejado muerta. Tu niño Ramón con un travestón, no me lo puedo creer. Así
estabas tú ayer que parecía que te había pasado un trolebús por encima – en sus
palabras se le notaba la excitación de la aventura.
- Ayer mañana, no sabía aún nada,
solo estaba amargado por el incidente del tío aquel del Metro…, y si me
perdonas voy a colgar, no tengo ganas de seguir hablando de esto.
- Pero te gusta, reconócelo y te
gusta a pesar de que sabes que es un tío y eso te tortura. La poya te dice
venga y la cabeza te dice ni hablar y como no te decidas pronto tu te vas a
volver loca y yo me voy a quedar sin novela, así que, decídete de una puñetera
vez porque a lo que no estoy dispuesto es a quedarme sin novela – empezaba a
ponerse histérico.
- Loco, por favor, me volveré
loco, no loca. ¡Y te repito que basta ya!, en quince días te entregaré el
manuscrito y hasta entonces haz el favor de no volver a llamarme – colgué el
teléfono sin darle mas opción y tal como colgué lo volví a descolgar para no
tener que oír el repiqueteo del timbre ante la repetición de la llamada.
Lo había resumido el muy maricón
con la sobriedad y la certeza de un cínico. La poya, con el cuerpo detrás, a
modo de dedo de Colón, me señalaban la dirección a tomar, pero mi cabeza me
argumentaba que no era eso lo que me gustaba y que además esa dirección me
llevaba directamente a la exclusión. Pero me preguntaba ¿si no me gusta a que
vienen esas erecciones, esas palpitaciones, esa sequedad de lengua, ese deseo
bestial de salir corriendo y tomarla donde la encontrase?
¿A quien dar la razón?, ¿existía
acaso alguna razón?
- ¿Qué quería tu Orihuela? – se
acercó hasta el vestíbulo donde me encontraba con el auricular en la mano
vestida como para salir.
- Lo de siempre, el manuscrito.
Le he mandado a la mierda, me tiene harto – yo mismo me sorprendí de la crudeza
con la que lo dije.
- Si que te tiene harto, con esa
dureza hacía tiempo que no te escuchaba referirte a él – se miraba al espejo de
la entrada atusándose el pelo mientras me hacia la observación con el bolso
colgado del hombro – tengo que salir, volveré a la hora de comer.
- Ah, vale – respondí con
sorpresa mirando el reloj de forma instintiva.
- ¿Algo que objetar? – se quedó
sujetando el picaporte vuelta hacia mí con una cierta sombra de desafío en el
rostro.
- Nada, ¿Qué podría yo objetar?,
me sentaré a escribir, a ver si le doy un empujón a la novela y me quito de
encima al imbecil de Orihuela.
Se acercó a mí, me beso en la
mejilla y se despidió de forma mecánica. Escuché el golpe seco de la puerta al
cerrarse. Había algo que no me cuadraba en aquella escena, lo que se decía nada,
pero era incapaz de determinar él qué. La interrogación última “¿algo que
objetar?” era innecesariamente belicosa, desafiante, me acordé de lo de
siempre: excusatio non petita…
Regresé a mi estudio para ponerme
a trabajar en el silencio fértil y al tiempo remunerador de la casa. Esto
también era gozar y me apliqué con dedicación y entusiasmo.
Sin saber cómo, me pasó por la
memoria como un flash, la imagen de la batería del móvil volando lanzada de
coraje lejos de mí. Dejé la escritura recién iniciada y bajé a la calle a
comprar otra. No podía quedarme sin teléfono, me urgía volver a poner el
terminal en funcionamiento; mi hijo podía llamarme y yo tenía que estar ahí
para responderle. Nada más colocar la batería y escuchar el tono de activo del
teléfono me relajé y me dirigí presto a volver a escribir.
Estuve todo lo que restaba de
mañana sin parar de escribir. Las frases salían fluidas y correctas y la trama
se desenvolvía con, a mi parecer, maestría; yo mismo estaba entusiasmado con lo
que imaginaba y plasmaba en palabras, solo lamentaba que nunca llegase a
saberse que era yo el dueño de aquel genio y le fuese adjudicado todo a
Orihuela, pero las cosas no son mas que como son y no como creemos que sería
justo que fuesen; yo solo sabía escribir y con eso no es suficiente para
triunfar en ese mundillo cainita y envidioso de las letras. De todas formas, me
decía, y era mi único consuelo, antes o después algún estudioso terminaría por
descubrir la verdad, dentro de años o siglos, pero terminaría por descubrirse y
solo eso me confortaba de la frustración.
Más o menos a la hora de comer me
volví a acordar del teléfono fijo y fui en su busca hasta el aparador donde lo
dejé y lo volví a conectar. No pasó ni un segundo y su repiqueteo me irritó
hasta el enfurecimiento. El imbecil no habría parado de llamar hasta
conseguirlo.
- Será cabrón – me dije en voz
alta antes de contestar de mala manera - ¿Qué quieres ahora?
- ¿Qué te pasa? – escuche la voz
de Marta desde el otro lado.
- Perdona cariño, creía que era
otra vez Orihuela. Dime, ¿te ha ocurrido algo?, suponía que no ibas a tardar
tanto y a mi, escribiendo, se me ha pasado la hora.
- Nada, nada. Estoy aquí, en
Alexis, con una amiga y me gustaría que vinieses a comer con nosotras.
- ¿Una amiga?, quien, ¿la
conozco?
- No, no la conoces. En realidad
la conocí ayer, que vino con una de las compañeras, a la cena, pero hemos
congeniado. ¿Vas a venir?
Un escalofrío me recorrió toda la
espalda y las mejillas se me congelaron. Una señal de alerta se encendió en
algún lugar muy, muy dentro de mí, de una forma absurda e instintiva. Algo
pasaba y era algo que el día anterior no existía. Empezó por sorprenderme de
buena mañana que Marta se dejase comer rebozada de mí sin escandalizarse ni
hacer ascos y que encima disfrutase y continuó con su salida muy emperifollada
por la mañana cuando no era esa su costumbre. No sabía como casar las cosas.
Iría a ver.
- Si, claro, cariño, en diez
minutos estoy ahí, está aquí al lado.
Llegué al Alexis enseguida. Desde
la entrada observé la mesa en la que Marta departía con su amiga. Estaban muy
festivas y desinhibidas las dos. La amiga apoyaba su mano sobre la de mi mujer
y reía distendida. Tenía un aspecto descorazonador; el pelo cortado teñido de
un espantoso color rojizo, como para empezar el cuartel de instrucción, ni una
pizca de maquillaje, las manos como palas rematadas por unos dedos comidos
materialmente en sus yemas, sin asomo de uñas, gestos duros, acerados, que
contrastaban con los delicados y femeninos de Marta. Llevaba puesto un suéter
de punto sin sujetador por lo que las tetas se le caían y se notaba demasiado
el descolgamiento. El corazón me dio un vuelco. Me repuse y avancé.
- ¡Hola!, que divertidas estáis,
¿no? – no pude reprimir cierto tono reprobatorio, la irritación por lo evidente
me rebosaba por los poros.
- Estamos…, bueno, somos felices,
eso es todo – la cara de Marta se tensó como un bastidor en manos de la bordadora
- ¿te molesta?
- Porqué había de molestarme-
tragué saliva y continué. No quería enterarme de lo que era un clamor ya. Debí
haber terminado allí mismo mi comparecencia, pero no quería ser el responsable,
quería escucharlo de sus labios, no me lo creía, el estomago se me venía a la
boca – preséntame a tu amiga, ¿no? – pude decir en un hilo de voz.
- Sebastiana, pero te agradecería
que le llamases Sebas.
No podía escapar ya de la
evidencia. Estaba cazado. Las dos mujeres clavaron sus ojos en los míos y reclamaban
postura, había que tomar partido, aquello era una encerrona en regla. No podía
evitar el hacerme eco de la declaración. Lo di por sabido y me limité a pedir
una escueta explicación. La voz casi no me salía. El camarero vino a sacarme
del apuro.
- Y… ¿cómo ha ocurrido?, desde
cuando…
- ¿El señor va a comer? – el
camarero era como si supiese por el trago que estaba pasando y quisiese echarme
una mano. Mi mujer no me dejó contestar.
- El señor va a estar un momento
solo, ya se iba – y lo dijo asestando puñaladas con su mirada en mis ojos y
haciéndome notar que disfrutaba con ello. Dejó que el camarero se alejase y
continuó dirigiéndose a mí – Creías que tus devaneos iban a quedar impunes, que
yo era una tonta a tu servicio. Siempre fuiste un rijoso estupido y que para
colmo solo sabías usar mi cuerpo para pajearte. Sebas me demostró anoche, en un
momento, lo que se puede llegar a disfrutar del sexo sin pene por medio – y lo
dijo sin dejar de mirar a su amiga de una ambigua forma que parecía estudiada para
confundirse con un deseo lujurioso que a nadie medianamente avisado se le podía
escapar, pero que a mi me confundía por la dureza de los rasgos al mirarla
intentando aparecer dulce.
- Así, sin más, así se rompen
veinte años, se despachan con esta faena de aliño y pelillos a la mar – me
estaba irritando por momentos - Y lo del Boy que me dijiste, ¿fue una mentira?
- Como las tuyas, ¿o no? – fue
rápida y cortante, una bala en la recamara y el percutor amartillado, tenía la
respuesta preparada de antemano para llegar al corazón y perjudicar.
Me temblaban las piernas y no
sabía que determinación tomar. El mundo se derrumbaba sobre mí y no era capaz
de salir corriendo. Quizá deseaba que el mundo me sepultase bajo sus escombros.
Tuve que decir algo para recuperarme de aquella situación ridícula y desairada
en la que me encontraba, tampoco quería dar un escándalo, algo que al parecer a
ellas no les importaba.
- Puesto que aquí y de esta forma
tan fría, cruel y civilizada acaba todo, creo que al menos me podría merecer
una exposición pormenorizada…, os conocíais de antes, ¿me equivoco? – intentaba
mantener la calma, sobre el encrespamiento de mi irritación, pero me temblaba
el mentón al hacer la pregunta. Ellas sonreían triunfantes.
- No conozco a tu mujer de nada.
Nos conocimos ayer – Sebas se arrogó el derecho a la explicación. A mi me
quedaron redaños e indignación aún para impedírselo.
- A usted no le conozco de nada.
Le estoy preguntado a la mujer con la que he compartido años de mi vida y por
la que renuncié al cariño de mi hijo. Creo que tengo aún el derecho a que sea
ella la que me explique – tuve que parar y tragarme las lágrimas - el porqué de
esta locura. Por que sí, de acuerdo, yo he cometido muchas barbaridades y si he
podido me he encamado con todo lo que se movía con tal de que tuviese la
entrepierna sin estorbos, pero jamás me he involucrado emocionalmente con nadie
que no fuese Marta. El sexo para mi no era mas que un dulce que llama la atención
en un expositor y que ni siquiera quita el hambre para la comida cuando se
llega a casa, al contrario, abre el apetito de verdadera comida casera.
- ¿Y el amor, imbecil, y el amor?
– Me interrumpió y se levantó de la silla ejemplarizando su indignación, sin
importarle el numerito que comenzaba a interpretar – eso era yo para ti, una
satisfacción fisiológica más – el resto del restaurante se quedó mudo
escuchando.
- Por favor Marta, no
escandalices – ensayé la contención.
- Vámonos cariño – su amiga se
levantó como Marta, la cogió del brazo y la empujó fuera al tiempo que me
fulminaba con la mirada y me insultaba - ¡Cerdo!
Se fueron las dos del local e
inmediatamente se acercó el camarero a interesarse por la cuestión.
- ¿Las señoras van a volver o se
hace cargo usted de la comanda?, ya está todo en marcha y alguien ha de pagarlo…
Me quedé mirándolo estupefacto.
Que alguien pudiera pensar en el dinero a perder o ganar cuando el mundo entero
estaba derrumbándose arrastrando con él mi vida y mis proyectos e ilusiones era
estupido. Mantuve el silencio durante un rato sin dejar de mirarle como si
fuera transparente, me levante de la mesa sin decir una palabra y arrojé sobre
la misma un billete de cincuenta euros. Di dos pasos en dirección a la puerta y
me volví.
- Con eso debería ser suficiente
para pagar el destrozo de toda una vida, aunque me temo que terminará por
costarme algo más.
Salí a la calle y miré a derecha
e izquierda buscando a Marta y su ligue. Era como si se las hubiese tragado la
tierra, o como si yo estuviese en otra dimensión. Estaba al lado de mi casa,
pero no tenía muy claro que hacer. Empecé a marearme y me apoyé contra el muro
de la calle. Me dejé deslizar hasta quedar sentado en el suelo. Hundí la cabeza
entre los hombros y sin saber de que manera, sin escozor de ojos previo,
comencé a sollozar blandamente dejando que las lagrimas resbalasen hasta
empapar la camisa.
Nadie se interesó por mi
tragedia, ni tan siquiera nadie me echó unas monedas, tal aspecto de indigente
ofrecía y seguramente eso es lo que era, un indigente. Pensé en tirarme de la
azotea, pero lo deseché porque siempre supe que la valentía no era una mis
virtudes y además, porqué iba a tirarme, siempre fui practico, pero perder a
Marta era algo que no sabía como iba a poder digerirlo. Vivir solo nunca fue mi
fuerte. Solo me quedaba volverme a casa a lamerme las heridas y a dejar que el
tiempo las sanase o poder reunir fuerzas para acabarlo todo. Por otra parte
tenía un compromiso con Orihuela y él no tenía la culpa de nada, aunque no
estaría mal que tuviese parte de ella, pero no iba a poder adjudicársela.
Caminé como un autómata sin darme cuenta por donde pasaba pero sabía que iba a
llegar a mi casa. Efectivamente llegué, entré en el ascensor y al salir de él
me di de narices con Marta que salía del piso con un neceser y un fin de semana.
- ¿Que ha pasado? – dije
desapasionadamente, como el que informa que esta lloviendo o que ventea.
- No quiero hacerte mas daño del
que te mereces – no era la misma del restaurante, estaba más conciliadora e
indulgente, aunque firme, incluso podría decir que un punto arrepentida – pasa
que estaba harta sin saberlo, hastiada y aburrida y Sebas me ha abierto los
ojos a la vida. Creía que era una vieja amortizada y me enteré anoche de que
ahí fuera hay una vida esperándome para regalarme gozo y ahorrarme dolor que no
hay porque sufrir y eso es lo que pienso hacer. No voy a quedarme en casa
esperándote a que vengas de otra cama o de otro portal, porque eres un salido
que no deja escapar ninguna oportunidad, a encontrar en mi cuerpo la bendición
de la estabilidad, el reconocimiento de tu estatus de hombre de orden. Mira por
donde ha tenido que ser una mujer, lo último que se me hubiera ocurrido la que
me ha hecho salir del túnel de ignominia y postración en el que me mantenías
para tu uso y disfrute exclusivo como si fuera una de esas piezas de colección
que tanto te gusta enseñar a todo el que se deja. ¿Sabes una cosa?, anoche
conocí lo que es la tensión de un sexo estimulante, emocionante, sin amenazas
de penetraciones abusivas, pero no te creas que todo fue suave como el visón.
Mira.
Se levantó la falda y me enseñó
la nalga, estaba amoratada y enrojecida. El pene se me tensó al instante y ello
me dio remordimiento. Me odié pero disfrutándolo.
- Esta mañana no te diste ni
cuenta, te limitaste a meter y correrte. Yo me corrí sintiendo el dolor del
castigo y recordando como Sebas me lo infringía manteniéndome atada mientras
otras mujeres jaleaban los golpes y se entregaban al placer. He descubierto el
placer, Cesar y ya nadie me lo va a arrebatar.
- Pero entonces, la segunda vez –
atiné a balbucear – me dejaste que te comiese el sexo después de haberme
vaciado dentro…
- Cuando vi tus intenciones me
refocilé pensando que tú, el gran macho follador, se iba a hartar de semen
aunque ese semen fuese tuyo y de paso hacerte pensar en que el semen es semen y
antes o después…, será el de otro
- ¡Ni hablar!, que tu seas una
tortillera y lo hayas descubierto a la postre no quiere decir que yo…
No pude continuar, de inmediato
se me vino a la cabeza la ensoñación de Alicia y mi hijo desnudo, masturbándose
a escasos centímetros de mi boca. Abrí desmesuradamente los ojos, moví la
cabeza de un lado a otro y esforzándome por parecer muy escandalizado me dirigí
a la puerta de la casa.
- No eres mas que una... Pero
esto no es de ahora, ¿verdad?, tu de joven tuviste que tener tus mas y tus
menos y no me equivoco, lo se – hice una pausa para darle oportunidad de
hablar, de reaccionar y romper aquella locura, pero solo me miraba dura y
decidida – cuando vayas a venir por tus cosas avisa para no estar yo aquí o
mejor deja la nueva dirección y te mandaré tus cosas. No quiero volver a tener
que verte.
- Yo tampoco, Cesar, yo tampoco,
demasiada vida te he dedicado, que ahora sé que ha sido perdida e inútil. Fíjate
que es ahora, al cabo de veinte años, cuando empiezo a conocerte y no me está
gustando lo que veo. Espero que esto sea lo más civilizado. Con un abogado
tendríamos que tener suficiente, porque ya sabes que la mitad es mía y hay
bastante mitad…
- Cómo si lo quieres todo, yo con
mis papeles para escribir tengo de sobra, tú me acabas de quitar la vida.
- Deja ya de dramatizar. Te va a
faltar tiempo para ir en busca de una putita que te sirva de vaso caliente en
el que poder escurrir tu lascivia. Adiós.
Entré en la casa y cerré de un
portazo con la intención de que se cayese la casa entera; solo conseguí hacer
vibrar los adornos de la consola de la entrada. De un manotazo derribe un
jarrón de porcelana decorada que hice añicos contra el suelo. Estaba entre
furioso y dolorido. Me puse a deambular por el piso sin saber en que habitación
quedarme, parecía que estaba intentando buscar una salida y eso era lo que
estaba haciendo, pero no de la casa sino de mi mismo. Todo echado por el bordo.
- ¡A la mierda!, ¡a la mierda!,
¡a la mierda! – grite con todas mis fuerzas al tiempo que apuñaba las paredes
por las que iba pasando.
Cuando la sangre empezó a manar
lenta y calida por los nudillos estimé que ya me había demostrado a mi mismo
con suficiencia lo contrariado y vejado que estaba y corrí al lavabo a curarme.
El efecto del alcohol sobre las heridas tuvo la virtud de relajarme al desviar
la atención del dolor desde mis entrañas hasta las manos que se amorataban por
momentos. Cuando tuve perfectamente alicatados los nudillos de tiritas fui al
gabinete a sentarme y pensar cual tendría que ser el siguiente movimiento.
No había en el mundo más que dos
personas a las que podría hacer depositarias de mi desgracia, Antoñito y mi
hijo. Podía imaginar cual iba a ser la reacción del imbecil de Orihuela cuando
se enterase que Marta me abandonaba por otra mujer: “está superclaro, Cesar, no
te queda más salida que echarte en brazos de otro hombre, de esa manera podrás
comprender a Marta y quizá hasta podáis llegar a un acuerdo” y malditas las
ganas que tenía de escuchar semejante sandez. En cuanto a Ramón, me resultaba
complicado decidirme, no por lo que de revancha podía ofrecer, sin querer, a mi
hijo respecto a Marta sino por las implicaciones respecto a Alicia de la que
era imposible que olvidase sus caricias y su lengua sobre mis muslos.
También tenía la opción de llamar
al abogado pero estaba todo demasiado en caliente como para empezar a escuchar
tecnicismos de leguleyo y prefería que fuese ella la que explicase al legista
cuales eran las razones para la defección. A mi me resultaba vergonzoso tener
que explicar detalles escabrosos.
Estuve con la mirada perdida,
anestesiado de alma, sin poder sentir ya nada en ninguna manera durante unas
horas, o minutos interminables. Hubiese querido llorar y desahogarme, pero no
podía. Cuanto más quería dar carpetazo al asunto con una llantina más frío me
quedaba, insensible, vacío. No era posible imaginar una vida sin Marta. Llegue
incluso a barajar la posibilidad de que ella y su Sebas viviesen a su aire,
pero en casa, que yo pudiese verla a diario, aunque me odiase, aunque me
despreciase y me ignorase, pero la necesitaba y entonces sí. Cuando comprendí
lo que me estaba proponiendo a mi mismo, la degradación e indignidad moral a la
que estaba dispuesto a prestarme con tal de verla comprendí que todo estaba
terminado y las lagrimas fluyeron solas y el corazón comenzó a compungirse y la
respiración a entrecortarse, el cuerpo entero a convulsionar de dolor. Habría
vendido mi alma para que la vida diese marcha atrás y pudiese corregir errores
en mi conducta que solo se explicaban por mi lujuria, mi incontenible deseo de
sexo cambiante, mi locura de concupiscencia, de lubricidad sin medida. Pero ya
no había solución, el causante de la perdida de cordura de Marta era yo y solo
yo. Yo la había empujado por la pendiente en la que se encontraba despeñándose
hasta que su vida diese al traste. Todo lo hacia para escarmentarme. ¡Eso era!,
nada más que un escarmiento, intentaba ser real para no ofrecer duda alguna de
su pedagogía, contundente, eficaz, ilustrativa y definitiva. La llamaría y me
daría por escarmentado, pediría perdón por todo y todo volvería a su cauce.
Alcancé el móvil y marqué su número. La desagradable y metálica voz grabada
informaba, impávida, sin asomo de emoción, que el teléfono se encontraba fuera
de servicio o cobertura.
- ¡No puede ser! – le grité al
aparato que nada de culpa tenía para estrellarlo después contra la pared de
enfrente, haciéndolo desarmarse, una vez más, en varias piezas.
Me tranquilizó hacerlo pero inmediatamente
pensé que quizá ella me llamase a mí y entonces el que estaría fuera de
servicio sería el mío. Con afán me entregué a recuperar las piezas esparcidas
por el suelo y debajo de los muebles hasta que conseguí recomponer la máquina,
teniendo que utilizar papel adhesivo para que se mantuviese compuesta.
Introduje el número que me exigía y volvió a recobrar la vida artificial que le
daba la nueva batería. Lo dejé con cuidado encima de la mesa y cerré los ojos
esperando el milagro.
- ¡Marta! – el tintineo del
aparato recompuesto me sacó de un letargo en que me sumí esperando que el
teléfono sonase y, claro, no podía ser más que Marta.
- Papa, soy yo, tu hijo, no soy
Marta. ¿Te pasa algo?
- No, no, estaba algo despistado,
quizá somnoliento y esperaba una llamada de Marta, que ha salido y…
- A ti te pasa algo. Papa, tienes
la voz, no sé, que es como si fuese prestada de ultratumba o hubieses visto un
espectro y aún no hubieses salido del asombro.
- Bueno, he tenido unas palabras
con Marta, nada de importancia, pero sabes como me afectan estas cosas a mí –
intenté que mis palabras destilasen una inmensa naturalidad, incluso hastío –
pero se nos olvida que has llamado tú. ¿Se te ofrecía algo?
- Papa – hizo un silencio para
dar solemnidad y pompa a lo que venía a continuación – creo que no fuiste justo
con Alicia anoche por teléfono. Cada uno organiza su vida como le da la gana,
con arreglo a sus propios criterios morales cuyo único límite es la piel del
otro, sí, si, ya se que eso no es más que un asqueroso relativismo, pero
hostias, eso me da un poco igual. Que a ti no te guste el chocolate no es para
que se lo prohíbas a los demás. Yo podría escandalizarme de tú vida, digamos
opaca, pero es tu vida, papa, y tú sabrás hasta donde puedes apretar. A mi
siempre me pareció una inmoralidad que aprovechases cualquier ocasión para
engañar a Marta, no contándole tus aventuras, que estoy seguro que nunca
llegaron más allá del instante después de abrocharte el pantalón, pero Marta es
tu pareja y se merecía una explicación, dejarla decidir al menos si ella quería
seguir contigo en ese plan o era mejor que cada cual tomara su derrotero.
- Bueno, Ramón, no es lo mismo…
- Ah, ¿no?, porqué. Claro tu eres
un machote que solo cumple con su obligación de esparcir semilla allá por donde
pasa. Ni que fueses un salmón yendo a desovar. Venga ya, papa, a mi no intentes
engañarme.
En ese momento me vi desnudo y
sin argumentos. Creí siempre que llevaba una vida opaca al mundo, a mi mundo, y
me sorprendía mi hijo poniéndome delante de mi mismo permitiendo que me viera
reflejado en el espejo de la realidad mas cruda, la que me ofrecía la imagen de
mi yo más detestable y grotesca, la del viejo verde siempre rijoso detrás de
una mujer, ese era yo.
La realidad es que había
fracasado en todo, en mi profesión, en la que jamás tendría nombre propio, con
mi hijo al que dejé escapar y de criar por tener una cama tibia y confortable por las noches y finalmente en el
matrimonio del que me veía apartado no por otro hombre con el que podría
competir, sino por una mujer que para colmo ni me daba la oportunidad de pensar
en ella como sujeto de mis ensoñaciones. El famoso Sebas era para mí un
completo hombre, algo que me costaba mucho asumir de Alicia. Estaba hecho un
gran lío, una mujer me dejaba tan frío como cualquier hombre, cosa nunca
imaginada en mí y un hombre me quitaba el sueño, menos imaginado aún. Me sentí
tan desarmado y vulnerable que me confesé a mi hijo.
- Marta me ha dejado.
- ¿Así, sin más?, estas cosas
nunca son de esa forma, papa; me ha dejado, me ha dejado y ya está. Esto ha de
venir de lejos. Cuéntame, ¿Qué ha pasado?, o mejor aún, vente a casa y en
persona es mejor…, o incluso mejor, quédate donde estás que ahora mismo vamos
para allá Alicia y yo.
- Hijo…, - intenté inútilmente
convencerle de que me dejase tranquilo en este momento pero ni yo mismo estaba
convencido de si quería estar solo.
- Te callas. En un rato estamos
en tu casa.
El teléfono se quedó mudo y aún
me costó un buen rato el pulsar la tecla de colgar mirando al infinito sin
saber que decir, como explicar lo inexplicable y peor aún sin saber si quería
explicar nada a nadie, pero como si se tratase de una broma pesadísima del
humor más negro a mi mente solo acudía la imagen de la nalga de Marta
ennegrecida por el castigo de una mano que había dejado la impronta de unos
dedos que azotaban con fuerza su piel blanca y delicada y una vez más aquella
imagen enseñada con malicia por mi mujer me despertaban el deseo lascivo más
violento. Deseaba haber sido yo el que hubiese ocasionado aquellos golpes y me
imaginaba chorreando semen sobre su piel después de golpearla convenientemente
atada en una posición humillante y humillada pero no por ello menos deseada. Me
notaba mi sexo orgulloso y violento deseando descollar sobre aquel océano de
dolor insensible a mis sentimientos y dolores. Pero no pude resistirme. La
imagen de Marta en el descansillo levantándose la falda debajo de la cual no
había ropa interior - ¿Cuándo había dejado de llevar bragas mi mujer? – para
enseñarme los moratones me excitaban cada vez más y deseaba que apareciese por
la puerta para poder demostrarle que lo que le daba su nueva amiga o amigo yo
podría mejorarlo con diferencia si lo que le gustaba era el castigo. Poco a
poco el dolor por el abandono fue dejando sitio al placer que mi sexo me
proporcionaba ayudado de las imágenes que suministraba mi fantasía y me
sorprendí con el pene en la mano masturbándome lenta, morosamente, degustando
cada roce de la piel sobre el glande, estremeciéndome a cada segundo que pasaba
y sintiendo como un dulce escalofrío recorría el miembro desde la punta hasta
las inmediaciones del ano consiguiendo que los testículos se levantasen y se
adhiriesen a los laterales de la raíz del pene endureciendo las bolsas. Cerré
los ojos y dejé volar la imaginación y entonces no era ya Marta, era Alicia con
la que mantenía un coito intercrural para el que su pene no me suponía ningún
estorbo. Ella gemía de placer ante mis embestidas y Ramón la azotaba mientras
tanto con una fusta. Yo intentaba demorar al máximo el clímax porque el placer
era un bálsamo para mi pena por lo de Marta y no deseaba que aquello se
terminase, de manera que cada vez ralentizaba más las sacudidas sobre mi verga
hasta prácticamente tener que detenerlas so pena de terminar en un orgasmo que
si bien era muy deseado sabía que iba a sumirme en una pena aún mayor.
Finalmente, jadeando de placer tuve que soltar el miembro y dejarle libre de
cualquier roce y ni tan siquiera hacer contracciones de la musculatura
pubo-coccígea pues solo eso, habría desencadenado la eyaculación.
Así, sentado en el borde de una
silla, los ojos cerrados, con las piernas formando un ángulo de noventa grados
y el pantalón desabrochado para que el pene emergiese como el periscopio de un
submarino me sorprendió el timbre de la puerta.
De un salto me puse en pie.
Embutí como pude el pene dentro de la potrina, me atusé no se bien para qué y
me lance con desproporcionada rapidez a la puerta a la vez que iba pregonando
que ya llegaba.
Al abrir, me sorprendió que
fuesen Ramón y Alicia los que se encontraban en el umbral aún conociendo que
eran ellos los que previsiblemente iban a llamar. A Alicia no se le pasó por
alto el abultamiento del pantalón.
- Estás solo, ¿no? – me preguntó
entre extrañada y curiosa.
- Sí, sí, claro, Marta se ha
largado con un neceser y cuatro cosas. Me ha dicho que volverá por el resto,
pero no sé cuando será eso. Pero pasar, no os quedéis ahí. ¿Por qué has
preguntado eso? – Le respondí a Alicia al tiempo que me daba la vuelta e
iniciaba el camino hacia el interior de la casa - ¿con quien podría estar con
lo que estoy pasando?
- Yo lo decía – escuché a mis
espaldas – por lo evidente de tu anatomía.
Me detuve en medio del pasillo
sin volverme y ésta vez fue mi hijo el que se explicó.
- Papa, por favor, no te hagas de
nuevas que el empalme que tienes es medio regular.
Me volví entonces y me miré la
bragueta. Efectivamente aún mantenía el pene de un tamaño que ofrecía un
aspecto de la parte superior del pantalón bastante deformada. Sin ningún
recato, que a mi mismo me sorprendió, me coloqué bien mis atributos para
mirarles a continuación a los dos a los ojos.
- Tengo una poya grande, eso no
lo puedo evitar, y sabéis que cuando uno se queda medio dormitando suele crecer
que es lo que me ha sucedido a mi justo antes de que tocaseis el timbre. Pero
de ahí a pensar…
- Papa, conociéndote a ti, en
temas de sexo cualquier cosa puede suceder. Venga vamos a sentarnos a tu
gabinete – y volviéndose a Alicia – es realmente acogedor con todas la paredes
cubiertas de estanterías llenas de libros y el suelo lleno de rimeros de
papeles, es la mejor habitación de la casa, donde él trabaja.
Según entrábamos en el gabinete y
antes de que pudiésemos sentarnos Ramón ya había lanzado la pregunta que le
acuciaba la mente.
- Bueno, papa, cuenta como ha
sido ello. Que es eso de que Marta te ha dejado – y sin dejar que le contestase
siquiera, él mismo lo hizo – te ha vuelto a pillar con uno de tus devaneos. Si
es que no puede ser papa, es que eres un salido y eres incapaz de tenerla quieta
dentro de la bragueta. A ver cuando maduras un poco porque desde luego en ese
ámbito sigues siendo un adolescente salido.
- No, no me ha pillado en nada,
se ha dejado pillar ella que es peor. Marta me ha dejado – dejé hacerse un
silencio tenso para dar mas énfasis a mi declaración y finalmente lo apostillé
cargando la frase de una pizca de escándalo; no podía resistirme a mi sentido
de la teatralidad que me estaba haciendo disfrutar de la declaración sin
menoscabo del mal trago por el que estaba pasando, pero era tan gordo a mi modo
de ver lo que me había sucedido que ardía en ascuas por dar el notición - pero
por otra mujer.
El silencio se instaló en la
habitación como si hubiesen sido las cortinas, las librerías o el polvo que
acumulaban las pilas de libros, con intención de no abandonar la estancia nunca.
Ramón me miraba con aire interrogativo, esperando que siguiese dando detalles
sin saber muy bien a que carta quedarse, no muy seguro de haber entendido lo
que le acababa de revelar. Alicia por su parte me miraba con los ojos abiertos
como platos de tarta, la boca bloqueada en un trismus gracioso y una vis cómica
que para sí mismo quisiera Charly Rivel. Pasados unos interminables minutos
Alicia comenzó a hipar presa de un ataque de risa sincopada sin saber para
donde mirar y anunciando entre carcajada y carcajada, doblada por la cintura
como un compás que se iba a mear de un momento a otro. Ramón por su parte me
miraba muy serio sin saber si solidarizarse con su novia y hacer un dúo de
risotadas sangrientas o reprocharle que en momentos tan trágicos para mí
saliese con una actitud como aquella. Finalmente recuperó el aliento y pudo
pedirme las aclaraciones que la situación necesitaba.
- Cuando digo que me ha dejado
por otra mujer me refiero a que anoche tuvo un encuentro erótico y algo más con
otra mujer que le ha dejado tan impactada que le ha hecho abandonarme. Es
decir, que puedes interpretar lo que te estás negando a interpretar, que se me
ha revelado lesbiana de la noche a la mañana y no necesito en este momento que
te burles de mí, bastante me estoy reprochando yo ya por lo sucedido, como si
yo tuviese la culpa…, aunque…, no sé, quizá no le di lo que ella necesitaba,
pero…, era tan convencional en la cama, misionero y poco mas. Alguna vez
intenté con ella el sexo anal y por poco no se me cae el mundo encima y sin
embargo hace nada, en el descansillo esta mañana cuando salía ella y yo entraba
después de enterarme de todo, me ha enseñado el culo amoratado de la paliza que
le ha dado su nueva amiga y que al parecer le ha hecho tocar el cielo y ya no
he sabido que responder. Nunca se me habría ocurrido emplear esos métodos con
ella, que me atraen y me erotizan, no lo voy
a negar, ese tipo de sexo duro, violento incluso y consentido por
supuesto, me provoca mareo y vértigo y me gusta pero…, con ella…, y no se
porque tengo que dar ahora tantas explicaciones como si yo fuese el causante de
todo, perdonad, estoy muy nervioso.
- No intentaste darle un poco de caña, poner algo
de pimienta en la relación. Por una razón – era Alicia la que se había puesto
seria y me amonestaba – porque solo concibes el sexo con una mujer como
penetración, sea esta por delante, por detrás o por arriba. Eres como todo
hombre que se cree que se es hombre porque violenta cavidades sin darse cuenta
que ese miembro abusivo, no es lo único que es capaz de dar placer y que a
veces es lo que menos placer da, porque lo agota en si mismo, lo fulmina, lo
acaba. El placer que proporciona el sexo es para degustarlo en un banquete que
dure horas y si es preciso días y para eso hay que olvidarse de ese miembro que
tanto estorba para el placer porque termina por achicharrarlo convirtiéndolo en
cenizas y dejándote incapacitado para seguir disfrutando – se me acercó sin
apartar su mirada de mis ojos hasta llegar donde estaba sentado y se aposentó
en mis rodillas – esas nalgas que Marta te enseñó, testigo amoratado de una
larga ceremonia de placer fue lo que hizo que estuvieses empalmado nada más
llegar nosotros, niégalo si tienes hígado. Tienes tu sexualidad tan
genitalizada que eres incapaz de disfrutar si no es con tu pene por medio – se
dirigió a Ramón sonriendo en un mohín cómplice y continuó al tiempo que metía
su mano por la embocadura de la camisa y me pinzaba con sus dedos uno de mis
pezones – vamos a tener bastante trabajo enseñando a tu papi todo el placer que
se puede absorber sin tener el pene tieso como una barra de acero. Vas a tener
que aprender que cerca del pene hay otras zonas tan dolorosas como placenteras
que son capaces de hacerte sentir más placer que el glande mismo y vas tener
que aprender que es posible experimentar una eyaculación sin necesidad de estar
empalmado ni de agotarse en un orgasmo, si tu quieres, claro – y al decir esto
me apretó con violencia el pezón hasta dejarme sin respiración.
- Alicia – me quejé casi en un
suspiro, pues el dolor era fuerte pero con una nota de placer agridulce que me
exigía que soltase la presa pero además exigía que siguiese apretando pues la
falta de respiración que provocaba, por algún vericueto inextricable conseguía
que un placer remotamente parecido al que yo conocía como orgasmo merodease por
el entorno de mis genitales.
- ¿Te gusta, verdad, viciosillo?,
yo sabía que te iba a gustar y esto no es más que el principio.
Yo miraba a Ramón en busca de
excusa que yo era incapaz de argüir pero él en lugar de mostrar algún tipo de
rechazo esbozaba una sonrisa malévola dejando los labios entreabiertos
permitiendo que se viese su borde rojo brillante por la saliva que los
barnizaba por la lengua relamiéndose con el espectáculo. Alicia no soltaba la
presa y yo deseando más, no quería que siguiese con el castigo, pero tenía otro
pezón libre que estaba reclamando atención. Mareado por las vaharadas de placer
que me estaba procurando Alicia y perdido todo respeto humano, sin importarme
que fuese mi hijo quien observaba la escena, guié con mi mano la que le quedaba
libre a Alicia para que atenazase el otro pezón y le estrujase. Yo mismo me
estaba escandalizando de lo que mi mano, actuando de forma autónoma estaba
llevando a cabo.
- Vaya, vaya, con tu papa, Ramón,
está entregado antes de lo que hubiera imaginado. Esperaba algo más de
resistencia pero ya ves – y con esta obviedad de un tirón me arrancó los
botones de la camisa dejando al descubierto el pecho en el que poder explayarse
a su gusto. Recolocó las manos en los pezones y entonces empezó lo que yo creía
que nunca jamás podría ni imaginar.
Ramón miraba la estampa,
aparentemente impávido, pero yo sabía por el hábito corporal que presentaba que
estaba realmente interesado en los manejos de su novia conmigo, disfrutando del
espectáculo con las manos metidas hasta los nudillos por la cinturilla del
pantalón empujándole hasta colocarle en las caderas. Dentro mí, en medio del
carrusel de placer que me embargaba, yo mismo me recriminaba por la escena que
consentía en protagonizar, me odiaba pero no era capaz de resistirme, quería
más y más y a cada paso, en el que deseaba consumirme en el dolor y el placer
que éste me proporcionaba peor me sentía y eso me ofrecía la posibilidad de
experimentar una especie de placer hasta entonces desconocido. En unos pocos
minutos se abría ante mí todo un abanico de posibilidades que antes era
inimaginable. Y además era cierto lo que antes me habían dicho: estaba gozando
de la situación, con Alicia encima de mí castigándome los pezones con la
lujuria pintada en su rostro de tío trasmutado en mujer, pero no estaba en
disposición de penetrar nada porque no tenía erección funcional, gozaba, eso
sí, del sexo pero no con expectativa de penetración, era algo raro, nuevo y al
tiempo desagradable porque sabía que aquello a lo que me estaba prestando me
iba a envolver en una espiral sin fin que acabaría por engullirme en un piélago
de degradación que terminaría conmigo. Me acordé, sin saber como, del profundo
asco que sentí cuando me rendí a la evidencia de que Marta estaba liada con
otra tía y me vi a mi mismo en la misma situación pero ennegrecida aún más por
el hecho de tener como espectador sin par a mi propio hijo. No tenía redención.
De un empujón eché de mis rodillas a Alicia y me puse en pie de un salto.
Indignado.
- ¡Esto es incalificable Ramón!,
cómo puedes…, para vosotros no hay mas que esto. Te llamé buscando cobijo,
consuelo y te aprovechas, os aprovecháis. Cómo podéis tener el valor…
- ¿Qué valor papa, que valor? Que
de malo tiene todo esto, ¿Qué te hace olvidar el mal trago, que te permite
gozar de algo que tu ni imaginabas que podías esconder dentro de ti?, ¡por
favor!, no entiendes nada. Esto es sexo en estado puro, para tu disfrute, no un
mero afeite, simulacro de reproducción solo porque entras a saco en el cuerpo
de una mujer. Esa es tu coartada, ¿no?, que penetras y eso te pone a salvo tu
rancia moral de varón de orden. Claro el placer es malo si no se acompaña de su
posible secuela, el hijo, aunque pongas todo tu empeño en que así no sea. Pues
no papa, el placer no es malo en si mismo, es malo intentar obtenerlo a la
fuerza, sustentando tu derecho a pisotear voluntades en que tu eres el
sembrador, violentando, sin respetar la libertad, aunque los de vuestra
generación entendéis esa palabra como la posibilidad de elegir entre una rubia
o una morena.
- No te entiendo, hijo, no lo
consigo. No debí dejarte de mi mano, pero…, no se como tu abuela…, en fin, ya
está hecho, supongo que te criaste a tu aire y has llegado a este estado de
degradación moral…
- ¡Degradación moral!, otro
cliché de los tuyos; tu hablas de degradación moral, trabajando de negro para
un imbecil orgulloso que se pavonea porque te da dinero. Esa es para ti el
concepto de moralidad. ¿Por qué no has levantado la liebre hace años?, ¡Ah!,
claro, es cómodo vivir de un buen dinero, que para más INRI y para que no se
note en ningún sitio es mas negro que tiznado, pero eso no es inmoral, eso es…
¿Cómo dirías tú?, ganarse la vida a trompazos, a golpe de heroicidades calladas,
sufriendo injusticias con honra. Pues no, entérate bien. Follar de una forma u
otra y con quien y como te de la gana no pasa del ámbito de la privacidad y a
nadie compete, pero no pagar impuestos, por ejemplo, afecta a los
desfavorecidos que son los que pueden acceder a los bienes de la sociedad de
esa única manera y eso si es una inmoralidad; ni lo que ha hecho Marta, que ha
terminado por darte una buena lección ni lo que hacemos nosotros que solo
buscamos la felicidad allá donde la podamos encontrar sin preocuparnos si la
encontramos en un estercolero o en medio tafetanes de raso.
- Marcharse, por favor, irse de
mi casa, ya he oído suficiente. No sois más que unos cínicos demagogos y
degenerados. Dejadme en paz.
- Está bien. Nos vamos cariño – Alicia se atildaba el pelo
y recomponía el traje de amplio escote que traía y que a pesar de todo actuaba
como un imán para mi vista y una tortura para mi conciencia. Pero que sepas que
a pesar de todo no hay rencor. Ya sabes donde estamos – se me plantó delante,
muy cerca de mí cara y me pasó con suavidad sus dedos por los labios – para
todo lo que se te pueda ocurrir.
Me quedé mirándola a los ojos
intentando atisbar un punto de sorna, lo que no encontré de ninguna manera y no
pude por menos que asomar dos lágrimas a mi cara. Terció mi hijo entonces.
- Es cierto. Te he dicho lo que
pienso, pero eso no quita un ápice al cariño que te tengo y además te reitero
que me gustaría que gozásemos los tres sin cortapisas y en libertad. Te quiero
mucho papa, y me gustaría sentir el roce de la piel de tu cuerpo en el mío para
sentirte más cerca y poder ejemplarizarte lo próximo que estoy a ti; no es malo
demostrar lo cerca que se está de la persona a la que se quiere y que ella se
sienta querida. Hacerte participe del amor que nos tenemos Alicia y yo y que
puedas experimentarlo, que seas feliz con nosotros creo que es el mejor regalo
y queremos que así lo entiendas – hablaba con sentimiento y seriedad, sin
afectación ni doblez - La pelota está en tu tejado, de ti depende jugarla o
pincharla definitivamente para que jamás pueda botar. Pero que quede bien claro
que mi cariño será siempre el mismo.
- Irse – y no tuve fuerzas para
articular ni una palabra más.
12.10.12

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