VI
Pulsé el timbre y esperé. Esperé
un tiempo más que prudencial y volví a llamar. Desde dentro y al cabo de un
desesperante rato salió una voz de apuro y urgencia instándome a tener
paciencia. Era una voz que no era de mi hijo, una voz entre femenina y
autoritaria. No sabía porqué pero mi pene pasó de su estado de relativo reposo
a comenzar a endurecerse otra vez, solo al escuchar una voz lejana incitándome
a tener paciencia.
No paso mucho tiempo y la puerta
se abrió.
- Usted perdone. Busco a mi hijo.
He debido equivocarme.
Y realmente sentía haberme
equivocado porque lo que se me presentaba delante de mi era como la diosa de
ojos avellana pero en carne y hueso y mejorada, a mi alcance, y cubierta
únicamente por un suave albornoz de algodón, que remarcaba unos pechos
provistos de unos pezones nada recatados que lanzaban adelante la fina tela de
fibra egipcia. Estaba sin palabras. Después de la disculpa por la equivocación
no supe como arreglármelas para entrar en aquella vivienda. Se me iba a escapar
viva aquella pieza que para colmo me miraba como si me conociese y me sonreía
en actitud provocativa. Pero yo estaba bloqueado. Alternativamente miraba a su
escote y a sus ojos con una cara de bobalicón que yo mismo reconozco que se me
pone en estas circunstancias pero era incapaz de modificarla; seguramente la
sonrisilla provocativa era a causa de mi semblante de asno.
- Pues…, pues usted perdone – me
daba la vuelta, cariacontecido por perder aquella oportunidad para la que me
sentía tan dotado cuando me detuvo.
- No, no. ¿Es usted el padre de
Ramón? – Sin esperar siquiera a que contestase continuó – pase, pase. Él no
está aquí, en casa, pero vendrá enseguida.
¿“Aquí en casa”? luego esa era la
casa de aquel monumento y por tanto…, no, no podía ser que Ramón...
Inmediatamente me invadió una vaharada de orgullo de padre. Me reconocí
inmediatamente en mi hijo y me reproche a un tiempo no haber tenido confianza
en él llegando incluso a dudar de su hombría. Pero no había duda, era hijo mío,
aquel monumento lo atestiguaba sin sombra de duda. Y de alguna manera sentí que
aquella mujer era también un poco mía. La erección terminó por hacerse
explosiva y a mi hacerme jadear sin proponérmelo.
- Ha tenido que salir. Le han
llamado de una galería donde tenía el proyecto de una exposición de fotos
colectiva. Le llamaban para decirle que la exposición va a ser de él solo y
necesitan más material. Imagínese su primera exposición como artista único.
Está muy ilusionado. Le llamaron esta mañana temprano y se fue corriendo. Me
dijo que usted vendría, que le esperase. Pase – me pasó a una salita llena de
cojines en el suelo y con muchos espejos por las paredes – espere mientras me
pongo algo decente.
- Como estás, estas la mar de
bien, – me salió de forma automática, no lo pude reprimir – bueno, perdona el tuteo, pero te veo tan joven…
Ya salía de la salita cuando
escuchó mi impertinencia proferida por mi entrepierna más que por mi boca y sin
volver su cuerpo, ofreciéndome su perfecta espalda a medias cubierta, a medias
desnuda, lo hizo su cabeza esbozando una sonrisa maliciosa. Estuvo una
eternidad mirándome, fundiéndome con sus pupilas como abismos oscuros e
insondables, encadenándome con sus parpados aleteantes, para al final
sentenciarme.
- Con lo que me voy a poner
estaré infinitamente mejor, ya verás – remarcó el tuteo haciendo de esta manera
un punto de inflexión en nuestra incipiente relación. Estaba a punto de
estallarme el sexo y la garganta como el esparto – espero que no te moleste que
te devuelva el tuteo.
- ¡Oh, no!, en absoluto.
Desapareció por un pasillo y me
quedé yo en la salita, nervioso, ensalivando mas de la cuenta a base de esa
saliva dulzona y liquida que se produce cuando se tiene la expectativa de algo
muy placentero, y restregándome las manos nervioso por lo que deseaba que
sucediese en breves instantes. Estaba seguro que la muchacha que me había
abierto la puerta volvería dispuesta a todo y por otra parte me parecía mas que
poco ético, una marranada hablando en plata levantarle la hembra a mi propio
hijo, pero que coño, yo no iba a forzarla, era ella la que con su actitud se me
ponía a tiro y yo era un hombre de los pies a la cabeza, Ramón lo entendería,
si era como yo acababa de descubrir, jamás le habría imaginado siendo capaz de
hacerse con una mujer como aquella. El corazón disparado al galope desbocado,
me ahogaba la garganta con sus latidos tensos como mi pene, tributario de sus
bombeos y que estaba a punto de la congestión de ingurgitado que lo tenía, me
dolía incluso, tanta erección. Pensé por un momento que lo mejor sería
masturbarme y así si la chica se ponía definitivamente a tiro el juego duraría
más y más disfrutaríamos los dos. Estaba en estos pensamientos y dispuesto ya a
acariciarme a través del bolsillo del pantalón para provocarme la efusión
cuando me llegó desde el fondo del pasillo una voz.
- Ahí tienes unas botellas y en
la cocina refrescos, si quieres, sírvete tu lo que quieras, enseguida salgo.
Miré en derredor mío hasta dar
con la vista en una mesita baja con algunas botellas. Desde donde me encontraba
levanté la voz para que me escuchase ella.
- Es pronto para beber ahora.
Beberé agua - aunque tengo otro tipo de sed, pensé para mí.
Una puerta de la salita se
comunicaba con lo que no podía ser más que la cocina. Efectivamente empuje la
puerta de vaivén y una cocina chiquita pero ordenada, luminosa y sin olor tenía
un frigorífico panelado al lado de la lavadora. Tomé una jarra de agua y me
serví un vaso. Pensé que no sería malo enfriarme un poco los ánimos no fuese
que me hubiese adelantado a los acontecimientos a base de entusiasmo y de
lecturas equivocadas entre líneas de los discursos de los demás, especialmente
de la muchacha a la que esperaba anhelante.
Al fin regresó a la salita a la
que acababa de volver yo de la cocina con el vaso de agua fría. Estaba
impresionante, el cabello suelto, brillante y despeinado le caía sobre los
hombros y se medio recogía en la parte de atrás en un moño alborotado que le
daban aire de frescura y espontaneidad despejándole unas facciones que no eran
tan jóvenes como en un principio se podía interpretar y un bozo perfecto aunque
sombreado seguramente por no utilizar protección para tomar el sol y bien
maquillado para disimularlo. A mi no se me podía engañar en ese aspecto pues a
mi mujer le ocurría lo mismo y mi ojo estaba entrenado en esos menesteres.
Llevaba un kimono de algodón
espeso, de los que se utilizan en judo, anudado a la cintura con un cinturón
multicolor que rompía con el blanco inmaculado del kimono. Lo llevaba
intencionadamente abierto en el escote dejando asomar una convexidad de hombro
sugerente de otras curvas mas intimas rubricado por una clavícula recta y
tentadora. Se insinuaba a continuación unas redondeces que nublaban la vista,
la razón, la educación y sentido común.
El sofá en el que estábamos
sentados era uno de los de tres plazas, de familia bien avenida. Cada uno
ocupaba un extremo del mismo y así y todo faltaba poco para que nos rozásemos
las rodillas, cosa que yo deseaba que se materializase a cualquier precio,
porque al sentarse ella levantó una pierna sobre el sofá resbalando una de las
solapas del kimono permitiendo que se viese un muslo de aspecto firme y tenso,
musculado diría, sobre el que daban ganas de lanzarse a muerte porque insinuaba
a pocos centímetros algodón adentro una oscuridad en la que era obligatorio
zambullirse y enmarañarse en su vegetación hasta quedar exhausto. Estaba
hipnotizado delante de aquella mujer que se antojaba ya una tortura sin saber
como salir del agarrotamiento en el que me encontraba y que tanto, al parecer,
le divertía a ella, por la sonrisa que no se le caía de la boca contemplándome
con la curiosidad que un arqueólogo contempla un hueso apolillado en medio del
desierto, encantado de haberlo encontrado pero sospechando que no le va a
servir de nada. Tenía que romper el silencio que se había instalado en mi
garganta y me estaba dejando en el peor de los ridículos.
- Bueno, me vas a perdonar, me
llamo Cesar – le tendí la mano temblorosa y húmeda – debí haberme presentado,
soy un grosero.
- Yo soy Alicia. Tu hijo no te ha
hablado de mí – me tendió la mano y me sujetó con firmeza pero sin
estrujármela, me sorprendió – estamos saliendo desde hace unos seis meses en
serio. De eso es lo que quería hablarte. Tienes un hijo que tiene al menos
tanto encanto como el padre…
Se detuvo frunciendo un poco los
labios y entornando los ojos. Le caracoleo una sonrisa encantadora en sus
mejillas como quien va a cometer una travesura y continuó.
- Y si está la mitad de dotado
que él desde luego será el perfecto amante.
Debería haberme entusiasmado esa
declaración, pero me dejó helado. Pensaba que tendría que hacer acopio de
arrojo y lanzarme en plancha esperando que no me sopapease allí mismo y en
lugar de eso, se me ofrece en bandeja. No, sin embargo, por esto mi erección
remitió. Sentía mi pene pujante y endurecido como un rubí escarlata luchando
por abrirse paso y Alicia miraba una y otra vez a mi entrepierna entre sonrisa
y sonrisa.
- Y para colmo, eres tan tímido
como él – y diciendo esto con la mayor naturalidad del mundo se puso a mi lado
dejando reposar su mano en mi muslo – me costó un triunfo llevármelo al huerto,
no se decidía.
La mano de Alicia era calida y
carnosa, fuerte y segura masajeando muy imperceptiblemente el muslo sin ni
siquiera insinuarse hacia zona incandescente, pero dejando sospechar de que un
momento a otro el asalto a la zona de conjunción de las piernas era inminente.
- Con tu hijo tuve que lanzarme
sin paracaídas – su mano en mi muslo me iba a taladrar la carne y corría el
riesgo de hacerme resquebrajar la boca de sequedad – después de dos semanas de
acosarle no me quedó más remedio que ir a lo practico, estaba harta de copas y
de chistes fáciles, le deseaba como nunca había deseado y él no se decidía.
Tuve que poner todo lo que tenía a rojo y salió rojo, porque resulta que no
había negro. El también deseaba lanzarse pero no se atrevía por cortedad, ya
sabes, la eterna historia de los hombres. Mi sorpresa fue mayúscula cuando le
puse la mano en semejante parte.
Lo deseaba desde que abrió la
puerta, pero en ese momento, precisamente en ese momento no lo esperaba; estaba
interesado en la historia de cómo se había conseguido ligar a mi hijo y no
esperaba que fuese a colocar su mano en mi muslo, cerca de la ingle con tanta resolución y que sin cambiar el
semblante continuase la historia sin sacar la mano de mi cercanía mas
comprometida.
- Le agarré con fuerza y noté
como de forma instantánea, como se hincha un air-bag, se me llenaba la mano de
una dureza elástica prometedora. No tuve necesidad de más, de inmediato él me
agarró por semejante parte y me invitó a venir a este piso. Desde entonces
vivimos juntos.
Yo ya no escuchaba lo que me
decía, estaba solamente pendiente de aquella mano que era como si tuviese vida
propia, independiente del cuerpo del que participaba, me obsesionaba la mano
inmóvil como la de un muerto que no se movía como yo habría suplicado si
hubiera tenido garganta; me abrigaba su mano con calor húmedo, pero no
acariciaba, no sacudía, era desesperante. Mi cuerpo entero era nada más que
pene y el suyo solo mano, no me interesaba el resto ya, era su extremidad en
peligrosa cercanía de la mía.
Al mismo tiempo, otra parte de mi
cerebro se maravillaba que mi cuerpo se prestase a este comercio con la persona
que compartía vida con mi hijo. A mi Ramón no le habría hecho daño por nada,
antes me habría pegado un tiro, pero esto era diferente, porque no era yo el
que traicionaba, era solo mi verga, la que enardecida, deseaba que la abarcase
en toda su anchura la mano de Alicia que sin embargo seguía parloteando sin
animar su extremidad en beneficio de mi sexo. En realidad no estaba sucediendo
nada que no transcurriese en el etéreo espacio de mis fantasías y deseos aunque
con bastantes visos de hacerse realidad dada la cercanía que teníamos. No me
daba cuenta que solo quería justificarme delante de mi mismo por querer
traicionar a mi hijo.
Estaba, finalmente, tan pendiente
de que Alicia no remataba la faena, sufría tanto con el deseo y gozaba
sufriendo en la espera de la culminación que no terminaba de alcanzar cuando
calladamente, de forma tan humilde y lenta que no lo alcancé a apreciar, la
muchacha me abrió con extrema delicadeza la bragueta del pantalón y cual espíritu
serpentino se deslizó dentro rozando mi piel suave de pene enérgico. Era tal el
grado de excitación que alcanzaba ya después de todo el prolegómeno
magistralmente conducido por su sabiduría, que en cuanto la seda de sus yemas
me rozó levemente la suavidad de mi glande explosioné en una efusión de semen
que ella acepto en su mano con toda naturalidad continuando con un delicado
masaje sin arrancar de mis pupilas el dardo de su mirada, hasta que terminé la
eyaculación completa. No guardo en mi memoria mayor goce que aquel. ¡Eran solo
las yemas de sus dedos extremadamente dulces apenas rozando la superficie de mi
capullo de una tersura extrema por la excitación de tanto tiempo!, nada más, yo
no toque, no lamí, no olisqueé, solo su mano apenas rozando y mi verga
orgullosa de serlo delante de una mujer deseosa.
Había terminado todo. En ese
instante pensé que después de todo no había habido engaño a mi hijo. Nuestros
cuerpos apenas se habían acariciado y durante escasos segundos, todo lo
sucedido había trascurrido en mi mente de forma principal. Quizá parte o un
todo del placer conseguido radicaba precisamente en lo sugerido e imaginado en
el total casi y una mínima parte en lo sensorial. Como siempre supe, no hay
órgano sexual que de más placer que el cerebro con un solo periférico
conectado: el pene.
Había terminado todo…, o eso
creía yo, porque la realidad es que sin saberlo lo que yo acababa de
experimentar era solamente el principio de algo que jamás pude haber imaginado.
Alicia sacó su mano embadurnada de
semen de mi pantalón y sin dejar de mirarme a los ojos sonriendo como una
perversa inocencia se llevó la mano a la boca lamiendo sus dedos y
demostrándome que eso era precisamente lo que quería, lamer el semen. Cuando
hubo terminado con sus dedos, se me quedó muy fijamente mirando
alternativamente a los ojos y a la bragueta y con la cabeza sin emitir ya ni
una sola palabra me dijo que terminaría de comer los restos de la corrida que
quedasen en mis muslos. Estaba hipnotizado. Mi pene apenas había iniciado la
detumescencia propia del periodo refractario cuando aquella mueca que
solicitaba por favor permiso para limpiarme de mi mismo la entrepierna obró el
milagro de recomponer la erección con la misma calidad que la anterior. Sin
dejar de mirarme a los ojos, me desabrochó el cinturón y el pantalón haciendo
saltar (¡al fin!) el pene como un fleje de acero hacia delante. No me tocó,
aunque yo volvía a desearlo. Me obligó casi sin indicármelo a que levantase el
trasero del asiento para poder bajar los pantalones del todo y poder exponer de
esta manera toda mi zona pudenda y dejarla a su merced. Ahora sí, era mi pene
tenso y mis bolsas hinchadas y rojas las que estaban descaradas enseñando los
chorretones del semen emitido momentos antes. Alicia con la mayor naturalidad
se inclinó ante mi sexo y comenzó a lamer, no con la finalidad de darme placer
a mi sino de dárselo ella mediante el consumo del semen adherido a todas las
partes, no solo del sexo, sino bajo vientre, muslos y cualquier otro pliegue en
el encontrase una gota del blanco liquido espeso que poco a poco iba licuándose.
Yo no podía aguantar más. Me
obsesionaba desentrañar la forma, el color el olor de su sexo y poseerlo.
Estaba a su merced lamido y recorrido con sus labios por donde más placer y
daño podía hacer. En un momento de arrebato le agarre la cabeza con las manos e
intenté que acogiese en su boca mi sexo. No pensaba que fuese a reaccionar así,
sinceramente y me dejo cortado y avergonzado, notaba que las mejillas me
ardían, me hizo sentir como un gañan torpe y sucio que busca la oveja o la
cabra donde desahogar sus instintos.
- Deberías tomar unas cuantas
lecciones de Ramón – levantó sin vacilación la cabeza de mi entrepierna
negándose a mis deseos. Me miraba despreciativa y ofendida de cómo intentaba
tratarla – efectivamente eres como él me había dicho; incapaz de subsistir sin
un coño en el que poder mear tu semen, porque tu no eyaculas, meas semen.
Se levantó con autentica
indignación del sofá en busca de un paquete de tabaco. Estaba indignada y yo no
sabía que había hecho para soliviantarla de esa manera.
- En el nombre de Dios, das asco
– me hablaba ahora de espaldas, negándome la mirada, repudiándome – no eres mas
que un adolescente rijoso que solo desea aventar semilla sin sentido, empujado
por el instinto que le susurra que se reproduzca al precio que sea.
Se volvió entonces hacia mí con
el rictus de los labios duro y reprochón señalándome con los dedos con los que
sostenía el cigarro que aún no había encendido.
- No entiendes nada de sexo. Todo
se reduce para ti a meter y terminar cuanto antes. Tienes alma de conejo. Como
te dije antes, tu hijo debería darte algunas nociones.
- Perdona si te he ofendido – me
puse de pie para estar a su altura – no entiendo esa cascada de insultos que te
ha salido a borbotones de la boca. Si no te gustaba mamarla haberlo dicho y en
cualquier caso no haberme calentado, porque te recuerdo que has sido tu la que
me ha puesto la mano en la ingle para tentarme.
- Hasta que no tengas tu verga en
mi boca no comprenderás hasta que punto me gusta y lo equivocado que habrás
estado hasta ese momento creyendo que sabías lo que era una felación – me
sonreía ahora cínicamente con el cigarrillo encendido sostenido sensualmente
por sus labios haciendo que su rostro de envolviese en volutas azuladas que le
hacían entrecerrar los ojos en un gesto canalla y adorable a un tiempo.
Solo esa forma de mirarme, turbia
y prometedora, obró el milagro de volverme
a excitar sintiendo una punzada seca en la base del pene que me
esclavizaba y me llevaba como aherrojado de cadenas hasta poseerla.
- Ni se te ocurra – perdió la
sonrisa, endureció la frase y se quitó el cigarrillo de la boca – conozco esa
mirada de cerdo salido – y regresó a su tono anterior, ciertamente seductor,
acaramelado y dominante - yo marcaré los tiempos y cuando a mi me de la gana,
ya que tu no estas lo suficientemente educado en estos menesteres…, y de
cualquier forma, que quieres que te diga…, eres el padre de mi hombre, el que
yo he elegido, el que sabe hacerme llegar, conducirme hasta la parte mas oscura
de los placeres, allí donde se entremezcla un poco todo y todo puede llegar a
parecer un poco desagradable, aunque solo sea una apariencia…, quizá cuando él
venga quieras…, no se, a ver que se nos ocurre entre todos…
- ¿Qué estás insinuando? Porque
si es lo que yo desde mi mas palmaria ignorancia, según tú, estoy creyendo, no
se como me controlo y no entiendo como mi hijo puede compartir su vida con
alguien tan, tan…, degenerado.
- Quizá precisamente por eso… -
se empezó a desanudar lentamente la bata que vestía y a adoptar un hábito
corporal que habría sido capaz de desarmar a cualquiera por muy templado que
hubiese sido – por mi degeneración, tu
hijo…, tú sabes – seguía desnudándose en mi presencia.
Por un lado aquella mujer estaba
haciendo que encontrase dentro de mi, intensidades en mis pulsiones sexuales
que nunca antes había conocido por no haber consentido llegar jamás hasta estos
límites de excitación sin darle justa replica y por otro deseaba abofetearla
por la insinuación de que con ella y mi niño pudiera llegar a formar algún tipo
de relación, algo que hacía que me produjese una nausea que sumada a la pulsión
sexual que tenía instalada en mis tripas hacía que compusiesen un extraño
cuadro de sensaciones que no era capaz de interpretar o no quería hacerlo por
temor a encontrar muy dentro de mí, deseos y tendencias de las que no quería
tener noticia y de las que me escandalizaba solo con sospecharlas. Finalmente y
sin saber bien cómo fui capaz de tomar la decisión, mi mano derecha cobró vida
independiente de mi cerebro y fue a volar justo hasta estrellarse en la cara de
Alicia. Yo fui el primer sorprendido e inmediatamente me preparé para recibir
el chaparrón lógico de la reacción a la agresión. En el infinito instante de
sorpresa, sobre todo mía, por lo que acababa de hacer, no era capaz de analizar
correctamente la imagen, la reacción de Alicia delante de mi. Ni un gesto de
lucha o huida, ni una postura de defensa o ataque. Nada. Únicamente la cabeza
ladeada en el sentido en el que la bofetada le había obligado a girarse y los
mechones de pelo cubriendo la mejilla y sus manos que no cejaban en su empeño
de manipular el cíngulo de la bata para desabrocharlo. La bofetada y la
ausencia de reacción en la agredida obraron en mi cuerpo una reacción curiosa,
otra vez desconocida en mí. En los últimos diez minutos estaba aprendiendo más
sobre mí que en los pasados cuarenta años y eso me desorientaba a la vez que me
hacía sentir pleno de juventud y exultante de felicidad sin causa reconocida.
Llevaba una vida cartesiana en la que todo respondía a los principios de la
termodinámica, todo muy serio y normal y de repente aquella chica había
conseguido desordenar todo el universo en el que me movía con sorprendente palanca que representa una negación a mis
pretensiones más sálicas.
Despacio, de una manera que se me
antojaba a cámara lenta, Alicia comenzó a rotar la cabeza apartándose el
cabello sugerentemente sedoso de la cara dejando ver el enrojecimiento con
forma de mano que yo le había tatuado con mi frustración y deseo. De la
comisura izada de su boca manaba un hilillo de sangre que ella se aliviaba con
la punta de la lengua, pero lo hacía de la forma más sensual posible y sin
dejar de mirarme con intención cómplice.
- Vaya, vaya – hablaba en un
susurro quejumbroso y sarcástico – el hombrecito va aprendiendo que no todo en
una relación se puede expresar con palabras. ¡Con que facilidad pierdes tu los
nervios!, para tu hijo que eras mas templado, pero veo que…- por fin había conseguido
desanudarse el batín que caía ahora desfallecido dejando una abertura mínima
por la que se adivinaba una ropa interior oscura – has conseguido despertar mi
interés. A que a la postre no vas a ser tan primitivo como yo creía. ¿No te ha
dolido la mano?, se puede castigar el descaro de gente como yo con otras cosas
que hasta pueden provocar mas dolor y por tanto mas corrección y sometimiento,
¿me vas entendiendo? No te vayas, por favor, en seguida vengo.
Se quedó, a pesar de que daba a
entender que se iba delante de mí abriendo de manera imperceptible la bata y
que pudiese atisbar lo que tenía debajo. Tuve intención de abalanzarme pero su
anterior reacción ante mi virilidad, que yo suponía perfecta, me retrajo.
Finalmente, cuando creía que me iba a mostrar sus secretos lo que hizo fue
cruzarse la bata para taparse del todo. Debí poner cara de desengaño porque
cuando ya se daba la vuelta para marcharse me dedicó una sonrisilla picarona.
- Llegará, ya verás como llega y
no sabes en que medida. Podrás emborracharte de mi cuerpo entero y te
sorprenderás del sabor del licor.
Observaba como se alejaba de mí
obligadamente morosa y permitiendo que me empapase de unas nalgas acariciadas
por el algodón del kimono y moviéndose a un lado y otro sensuales como piel de
melocotón.
Miré el reloj deseando que se
parasen las saetas de la esfera y me permitiesen completar lo que estaba
suponiendo ya que iba a ser la experiencia más excitante de mi vida. No solo
por lo que se avecinaba, que no me atrevía ni a imaginar, sino por parte de
quien lo hacia; era la mujer de mi hijo lo que sumaba trasgresión, pecado, tabú
en suma, al acto y le hacía rompedor. Nada, a partir de aquel momento en mi
vida podría volver a ser igual, porque yo en aquel momento me juramenté a
llegar hasta la meta que Alicia quisiese llevarme sin pretextos ni prejuicios,
solo el placer que sabía que ella sería capaz de proporcionarme; ¿porqué
métodos? No lo sabía aún y ahí residía precisamente la excitación máxima. Lo
que no quería ni imaginar es que Ramón llegase en plena faena y nos
sorprendiese: perdería la confianza de mi hijo para siempre, pero no me
importaba, en aquel momento solo existía el placer prometido y el mundo
empezaba y acababa en aquella habitación con aquella mujer haciéndome no solo
tocar, sino agarrar el cielo y permitiéndome traerlo a la tierra para ya no
abandonarlo jamás. Una parte de mí se asustaba de lo que la otra parte iba a
ser capaz de hacer con mi cuerpo y para colmo mi cuerpo me anunciaba que estaba
encantado de ser tratado de esta manera y de ser entregado a cualesquiera de
los manejos que Alicia considerase que tenía que someterme. Cuando me di cuenta
estaba temblando como una hoja, como un recién nacido abandonado sobre un
nevero y no era capaz de controlar la tiritona. Así y todo la erección que
presentaba era de tal magnitud que me estaba doliendo de la misma manera que
duele un miembro cuando se le aplica un torniquete, era un priapismo exagerado
que necesitaba de alivio inmediato. Allí parado sin quitar la vista de la nada por
la que había desaparecido Alicia no paraba de acariciarme la bragueta, algo en
lo que encontraba algún consuelo. Si no hubiese tenido el orgasmo suave y
reposado que tuve hacía solo unos minutos, me habría derramado allí mismo al
mínimo roce de mi mano con el pantalón, pero en este caso era menester un
estimulo algo mayor.
Soñaba con ver aparecer a Alicia
por el lugar en el que fijaba la vista como si de un perdiguero fuese haciendo
muestra cuando me rescató de mi estado de hipnosis un ruido que hasta se me
antojó desagradable porque interrumpía la magia del momento. Era la llave que
franqueaba la puerta de entrada. Volví la cabeza hacia la puerta y vi que mi
hijo, mi querido hijo entraba en su casa.
- ¡Hombre, papa, no te hacia tan temprano aquí! Supuse que
llegarías algo más tarde – y estableciendo una perfecta solución de continuidad
alzó la voz – Alicia, ya estoy aquí.
La erección que tenía era muy
evidente e intenté que mi hijo no la percibiese, me avergonzaba, pero una
ráfaga instantánea, imperceptible, un giro de ojos, un leve parpadeo en la cara
de Ramón, me anunció que se había dado cuenta de mi disposición física y me
azoró. Ramón no hizo el menor comentario pero un silencio espeso se instaló en
la habitación hasta que el chico lo rompió con un lugar común.
- Bueno, y que te trae por aquí –
se dio cuenta de la tontería que acababa de decir, pues me había invitado él, y
rectificó nervioso – claro, que bobo soy, ¿que te va a traer?, si te he
invitado yo, quería decir, que si llevabas mucho tiempo aquí, - algo estaba
barruntando y le ponía cada vez mas nervioso, volvió a llamar a su pareja -
¡Alicia, ¿donde te has metido?!, siéntate, papa, no te quedes ahí de pie. ¿Hace
mucho que has llegado?
- Pues ya ves – dije, al tiempo
que me sentaba en el sofá del que me acababa de levantar cuando se marchó
Alicia – el tiempo de conocer a tu amiga Alicia.
- Que, que te, te ha parecido –
Ramón estaba cada vez mas nervioso – porque empezaba a tartamudear y frotarse
un dedo de la mano izquierda sobre la palma de la derecha sin darse cuenta.
- Una chica…, bien, tampoco he
tenido mucho tiempo yo…, verás, que poco más que tiempo de presentarnos. Pero
bueno dejemos eso para luego, querías hablar conmigo, aparte de invitarme a
comer, pensé que sería una cosa seria. Te escucho.
En ese momento entró Alicia en la
habitación vestida con unos pantalones cortos bastante ajustados y una blusa
anudada bajo el busto. Al fijarme en ella di un respingo en el asiento; se
apreciaba a la perfección que portaba una anilla en cada pezón. Un escalofrío
me recorrió la espalda y me juré que tendría que volver a terminar lo iniciado
cuando mi hijo no estuviese. La erección que con la presencia de Ramón se había
domeñado algo, repuntó volviendo a hacerse dolorosa por explosiva. Solo pensar
en las argollas perforando los pezones rojos y el dolor que podría provocarle a
Alicia tirando de ellas me hacia marear de placer a mi. El color de la cara
debió de mudárseme porque mi hijo me lo notó.
- ¿Te pasa algo, papa? Ni que
hubieses visto una aparición y no creo que Alicia tenga pinta de eso.
- No, nada, todo lo contrario.
¿Sabes? Me he peleado con Marta y me afecta y me ausenta y me mete en un
callejón sin salida del que no se o no puedo salir. Y dejarla no es una
elección que yo pueda tomar en consideración, no se que es mas, la necesidad de
tener una mujer a mi lado o el amor que pueda tenerla. El caso es que me he
peleado y mi cara no me deja negarlo
- Por lo de siempre, por mí, ¿no?
- Si, bueno, ya sabes – no quería
entrar en detalles con mi hijo – no me dijo que me llamaste y me agobié
pensando que te pasaba algo y que ella no me quería decir de que se trataba por
ser tú precisamente. Pero mejor no hablar de ello.
Me había propuesto no tocar el
tema de Marta con Ramón porque sabía que a él le incomodaba y a mí me afectaba
porque a pesar de los pesares, Marta era mi mujer y la quería, o la necesitaba,
que nunca he sabido cual es la diferencia. No me gustaba que nadie me diese las
quejas de ella y menos que nadie mi hijo, pero tuve que agarrarme a ese clavo
ardiendo para salvar la cara por la impresión que me causó Alicia.
- Vale ya. Tenías que hablar
conmigo con premura. Empieza.
- ¿Por qué no comemos algo
primero y luego ya…? – Volvía a ponerse nervioso – Alicia, ¿que tenemos de
comer?
- El teléfono para pedir comida
china o pizza o lo que queráis.
- Unas pizzas, ¿no?
- Ramón hijo, te veo nervioso,
¿qué te ocurre? – se lo preguntaba a él pero me encontraba más nervioso yo por
mi excitación que no cesaba porque no era capaz de quitarme de la memoria las
argollas que se insinuaban tras la blusa.
- Nada, papa, nada.
Ramón era incapaz de dejar de mirar a hurtadillas a
Alicia, no sabría decir si para pedirla permiso o para disculparse por no
pedírselo. El rostro de Alicia era pétreo, no trasmitía ninguna sensación lo
que al parecer ponía aún más nervioso a mi hijo que hundía la cabeza entre las
agujas como el toro que humilla en la suerte suprema para recibir el estoconazo
que acaba dignamente con su vida regalada. Daba la impresión de estar abatido y
no quise empujar más; lo que tuviera que decirme o no, iba a tener que esperar
mejor momento.
En ese impasse y para quitar
hierro a la situación que por momentos se volvía espesa y dulzona como puré de
manzanas, eché una ojeada en derredor mío para calibrar la decoración de la
sala. Quise hacer una alabanza del buen gusto con que todo estaba arreglado,
desde las telas de las cortinas a la tapicería de las sillas y el color de las
alfombras para cambiar el tercio y que se aliviase el mal rato que sin dudar
estaba pasando mi hijo.
- Todo es responsabilidad de
Alicia, tiene un gusto exquisito y lo decora y lo elige todo ella – Alicia
abandonó el hieratismo en el gesto y volvió a sonreír entreabriendo los labios
gritándome en silencio y sin asomo de sospecha que iba a trabajarme con su boca
como nadie sabría hacerlo.
- Entonces llamo a la pizzería –
se levantó morosa y sensual la muchacha sin dejar de sonreírme.
- Es un encanto tu novia – le di
una palmada cariñosa en la rodilla a mi hijo intentando aliviarle de su agobio.
- Es más que eso. Por eso quería
hablar contigo, no sabía como iba a caerte que yo…, con una chica así…
- ¿Qué como iba a caerme? –
Sobreactué a base de carcajadas impostadas - ¿Cómo crees que puede caerme que
mi hijo tenga un pedazo de pibón como Alicia? Pues como me va a sentar Ramón,
con muchísima envidia. Ya sabes mi debilidad por las mujeres y la que te has
buscado no tiene por donde buscarle un defecto.
- Quizá si, aunque no sé si
podría ser eso un defecto, para mí no lo es.
- Yo no le veo ninguno. A ver,
dime que defecto es ese que pueda hacérmela más humana porque en lo tocante a
mí es una autentica diosa…, con esas argollitas en los pezones – no pude evitar
decírselo y al hacerlo sentí como mi miembro se volvía mas rotundo y soberbio
intentando tomar protagonismo. Hijo, te envidio.
- He encargado tres grandes –
venía por el pasillo moviendo las caderas y acariciando la seda de la blusa con
las argollas – cerveza tenemos en casa. Han dicho que en diez minutos las
tenemos aquí. De la pizzería de aquí abajo, no son malas.
Con la conversación de la pizza y
la comodidad que suponía tenerla tan cerca para no tener que tocar la cocina,
se abortó la explicación de los defectos de Alicia. A mi se me olvido seguir
esa senda y a Ramón pareció aliviarle que la chica llegase para cortarle,
cambiando de conversa.
Había pasado muy poco tiempo
cuando toco el timbre de la puerta, llegaron las pizzas, comimos aquello con
forma y cierto olor que recordaba comida italiana y como quien tiene que acudir
a apagar un incendio Ramón se excusó diciendo que no podía quedarse por más
tiempo. Tenía que volver al trabajo. Se me estremeció el cuerpo. Volverme a
quedar a solas con Alicia era toda una oportunidad de terminar lo que casi ni
había comenzado. La erección se me había aliviado algo durante el consumo de
aquella masa con queso y ahora volvía otra vez a pugnar por tomar lugar en la
plática.
- Bueno papa, me tengo que ir ya
– se levantó presuroso.
- Bien. Yo me quedare un rato más
a tomarme un café con Alicia y charlar de ti para ponerte verde y oro - reí
forzado al percatarme del mensaje subliminal que sin querer trasmitía
- Lo dudo Cesar. De verdad que lo
siento. Bueno si tu quieres te quedas, faltaría más, eres el padre de Ramón –
Alicia se disculpaba, parecía que de corazón – pero tengo que salir
inexcusablemente. Voy al medico.
- Estás enferma. Si necesitas…
- No papa, no es eso…, cosas de
mujeres, tu sabes – Ramón terció antes que su chica se explicase. Alicia le
barrenó con su mirada endureciendo sus rasgos, no le había sentado nada bien
que Ramón hiciese aquella apreciación – bah, son cosas de poca entidad, pero de
vez en cuando tiene que ir a revisión.
- En ese caso me voy contigo,
hijo. Alicia, encantado – me acerqué a ella y deposité un beso cargado de
humedad en su mejilla, lo más cerca que pude de su oreja - encantado de
conocerte. Espero que no sea la última vez.
- Puede estar seguro, que no lo
será. El gusto ha sido mío.
Nos acompañó hasta la puerta
depositando la palma de su manaza en mi espalda haciendo al tiempo un sugerente
como imperceptible masaje que terminó por hacerme tropezar.
- Papa, que te caes, mira por
donde pisas – se volvió a Alicia y con un beso la despidió. Ella cerró la
puerta dejándonos en el descansillo.
- Yo no comprendo hijo donde le
encuentras tú defectos a esa chica – tuve que incidir otra vez mientras
bajábamos la escalera.
- A ver si otro día te hablo de
ella ahora que ya la conoces un poco y tú me dirás si es defecto o no lo que
tiene de particular.
Llegamos a la puerta de la calle.
Ramón me dio un beso apresurado como con vergüenza, una despedida del que
siente aliviado que suceda y se despide con remordimientos y con el despido
corriendo camino del autobús que acababa de detenerse en su parada. No me dio
tiempo a nada más y me quedé con la intriga de cual sería ese particular para
en seguida volver a pintar en mi imaginación aquella especie de ninfa que lamía
como nadie y que prometía paraísos deseados y temidos al tiempo. Me quedé
parado en el umbral del portal vuelto hacia la escalera calibrando la osadía de
volver a subir otra vez y zambullirme en una travesura juvenil. Finalmente me
retuve pensando que el deseo no cumplido obraría como estimulo renovado para
cuando existiese una segunda ocasión. Pensaba en mi hijo además y no podía sin
embargo abortar mi deseo ciego de terminar por poseer a Alicia. Me dolía en lo
más hondo hacer daño a mi hijo, pero me engañaba diciendo que qué coño, él
terminaría por hacer lo mismo cuando se le presentara la ocasión y para colmo,
no es que yo fuese a forzar a su novia es que era su novia la que casi, casi me
forzó a mí.
Eché a andar calle adelante rumbo
a casa. El mosqueo de la mañana se había disuelto como un azucarillo en café
hirviente y ya ni me acordaba de los agravios infringidos, ni de los recibidos
ni de los inferidos. Me sentía optimista. Había estado con mi hijo, había
estado a punto de holgar con su novia, lo que no me provocaba ningún
remordimiento, y para colmo no cesaba de cruzarme por la calle con monumentos
dignos de figurar en la galería de los Uficci. “Que buenas están las tías”, no
paraba de repetirme para mí, mirando esos ojos verdes y negros, profundos y
sugestivos que taladraban las conciencias de quien sabía observarlos y extraer
de ellos el mensaje de deseo y entrega que portaban. Esas caderas suaves y
convexas con las cinturas estrechas anunciando los pechos plenos de redondez y
turgencia. Imaginar sus sexos agazapados entre sus muslos y protegidos por un
bosque de vello recio y negro conseguía que mi propio sexo se engallase deseando
salir a pasear el palmito por humedades sin final. Era imposible que se me
enseñorease el mal humor de mi alma rodeado de tanta belleza al alcance. A
veces era solo una mirada al cruzarse la que levantaba toda una tramoya que
servía de escenario para un encuentro fugaz e imaginario en el primer portal
oscuro que acontecía y suficiente para mantener mi erección en todo su
esplendor. Las deseaba a todas deseando solo a mi Marta. No me lo sabía
explicar y menos aún sería capaz de explicárselo a ella que no entendería como
se puede desear y poseer a cualquiera que se pudiese cruzar por la calle para
después no guardar memoria de ella, eso para ella era infidelidad en grado de
consumación, para mi solo era oportunidad de goce y cumplimiento del mismo, sin
más mención a compromisos o contratos. Pero no, para ella dar y recibir placer
era como un contrato firmado con sangre que derogaba todos los anteriores, como
si no se pudiese tener más de una casa o de un traje, con un solo cuerpo que no
es capaz de disfrutar mas que de uno cada vez, lo que no significa de se
reniegue de los demás. Pero ella no era un traje o una cosa, me vociferaba
siempre, ella tenía corazón y sufría porque me quería a mí en exclusividad.
- ¡Que desperdicio, ¿verdad
señora?! – le dije al paso a una señora metidita en años y de bastante buen ver
que me dedico una sonrisa picarona y cómplice sin detenerse tampoco.
Con bastante optimismo y buen
humor me fui acercando a casa.
VII
Al meter la llave en la cerradura
supe que Marta no iba a estar. Fue un escalofrío, un pálpito, que más da, lo
supe. La casa estaba fría por vacía. La presencia de Marta llenaba todas las
habitaciones aunque ella solo estuviera en una y de no estar, el silencio y la
ausencia eran las amas del ambiente que se volvía inhóspito. Sabiendo y todo
que ella no iba a estar para darme aunque solo fuese una reprimenda, vagué de
cuarto en cuarto esperando el milagro de la broma a que sabía que ella no solo
no era aficionada sino que odiaba, pero el deseo de no sentirme desamparado y
solo me hacía albergar esa ilusión de encontrarme con mi mujer en cualquier
rincón. Después de la inspección de todas las habitaciones – hasta debajo de
las camas no pude resistirme a mirar – empujado por mi optimismo patológico me
derrumbé en mi sillón a degustar lentamente la melancolía que me invadía al
sentir la soledad absurda y estéril que me abrasaba el corazón y me arrasaba el
alma.
Intenté marcar el número de
teléfono de Marta y me quedé con el auricular pegado a la oreja esperando
inútilmente a que me contestase. El vértigo de terror se instaló entre mis
costillas cuando en el visor del aparato apareció el mensaje frío, contundente
y cruel que comunicaba que la llamada era rechazada, no fuera de cobertura, ni
por terminal apagado, no, llamada rechazada. No rechazaba la llamada, me
rechazaba a mí. Yo era el rechazado, realmente tenía que estar muy enfadada
conmigo y solo la posibilidad de que no quisiera ni verme me destruía, me
aniquilaba. Nada sabía yo hacer nada sin ella, aunque ella fuese la rémora que
me impedía las mas de las ocasiones producirme como a mi me reclamaba mi
naturaleza, pero sin ella estaba irremediablemente tirado en el arroyo, algo
que por otra parte me atraía hasta el punto de que al sentirme solo y
abandonado, sin norte ni destino, dueño sin responsabilidad ante nadie de todos
mis vicios, mi cuerpo me remuneró por la indigencia emocional en forma de
erección templada que sabe que su final es producir mas placer del que nunca
jamás pudo haber deseado su propietario. Cerré los ojos deleitándome en mi
cuerpo y sin molestarme en sacarme nada de ropa acaricié suavemente, sin
atropellos, urgencias ni torpezas de adolescente el sexo que reposaba grueso y
a punto de alcanzar la velocidad de la luz sobre mi vientre contenido a duras
penas por el pantalón. Una sensación calida y templada me invadió el cuerpo y
en ese instante supe que me daba igual que Marta no contestase porque sentía
que la inmortalidad hacía presa en mi a través de mi capacidad de gozar, goce
que se expresa en una punzada suave, agradablemente dolorosa que partiendo de mi
ano recorría el fuste de la columna del mundo y explotaba en el capitel
reclamando la consumación instantánea. Pero ese instante de goce
espléndidamente doloroso era en el que se experimentaba la eternidad de los
dioses y dependía de mí el que durase para siempre o se rompiese en mil pedazos
como un delicado cristal de Bohemia en manos del niño que no sabe que se trae
entre manos.
Con los ojos cerrados, pintando
una sonrisa imperceptible en mi labios, de autentico placer, acariciando con la
tersura de un marabú la tela del pantalón sobre mi deseo escuché el campanilleo
de mi celular. Le dejé sonar. No era capaz de dar por terminada aquella
experiencia casi mística de saber que estaba experimentando mas placer del que
mi cuerpo era capaz de producir y soportar; estaba en un equilibrio perfecto
entre la materia que reclamaba para ella sola todo el protagonismo y mi
espíritu que era capaz de sujetar esa materia para que no se desbordase en una
orgía de placer que se consume en si mismo y provoca finalmente la muerte, la
muerte de ese estado de divinidad que el sexo mantenido sin consumación es
capaz de proporcionar.
El teléfono ceso de sonar y yo
seguí gozando hasta límites infinitos sin necesidad de nadie más. Era yo solo
conmigo mismo en un acto brutal y delicado de egoísmo que de tanto consumirse
en si mismo se abría como una granada madura y ofrecía a todo el que quisiera
su fruto rojo y dulce de placer.
En ese momento comprendí que mi
sexo dejaba de tener sexo para convertirse únicamente en goce total. Yo era a
la vez macho y hembra. Dejé de acariciarme el sexo que estaba a punto de
estallar y paulatinamente todo mi cuerpo fue poniéndose en tensión. Todo mi
cuerpo era sexo en erección, cada músculo de mi cuerpo estaba en erección y
proporcionaba placer al conjunto, un placer que provocaba mareo y que de seguir
terminaría por dejarme sin conocimiento. Reposada la cabeza en el respaldo del
sillón me abandoné a lo que sin duda era la muerte dulce del goce absoluto y
estaba a punto ya de eyacularme el cuerpo entero fruto de tanto placer
concentrado cuando me sacó de mi estado de trance otra vez el teléfono,
insistiendo.
No abrí los ojos. Otra parte de
mi fue la que descolgó el teléfono porque la parte mas importante seguía
navegando entre las brumas del espacio infinito del placer. Ni siquiera
pregunté, me limité a descolgar y escuchar, era incapaz de articular palabra,
sabía que de hacerlo se haría añicos la magia y todo terminaría.
- ¿Papá?, no se que pasó antes,
pero se cortó la llamada…, bueno, estoy un poco nervioso y no quiero que me
interrumpas porque no se si podría terminar lo que quería decirte y que fui
incapaz de hacer en mi casa. Además estay convencido de que cara a cara no
podría hacerlo, no soportaría ver los gestos de tu cara al hacerlo, por eso he
querido que fuese así. Es difícil decir lo que voy ha decir…
Yo escuchaba a mi hijo y
analizaba el temblor de sus palabras que casi ni eran capaces de ser
articuladas pero no por eso dejaba de seguir gozando de mi cuerpo que cada vez
era mas todo él un enorme órgano de placer y cada parte producía placer que se
añadía al que ya suministraba la región genital sin necesidad de ser estimulada.
Sabía y entendía que Ramón quería comunicarme algo grave, pero un estado de
conciencia superior mantenía mi ser por encima, como sobrevolando las minucias
de la vida cotidiana. El placer que experimentaba eclipsaba cualquier otra
consideración por grave que fuese.
- Se trata de Alicia – como si me
hubiesen dado un mazazo todo mi cuerpo se conmocionó y el placer que infinito
emanaba de cada poro de mi cuerpo se concentró de golpe en mi genitalidad
originándome un dolor que ya si, me resultaba difícil soportar – tú, papa, la
viste como un mujer muy guapa y deseable, sé lo que te gustan las mujeres y que
pierdes la cabeza por unas faldas, pero…, hay un pero. Bajo ese cuerpo de mujer
magnifica y apetecible Alicia…, en realidad es Fernando esperando a ver cuando
puede operarse.
Se me abrieron los ojos como
platos y un resorte oculto en alguna parte de mi cuerpo me puso de pie de un
soberano salto. Todo mi cuerpo temblaba. En un momento se hicieron presentes en
mi cabeza las imágenes del metro en el que gocé con un hombre sin saber que lo
era. ¿Qué estaba pasando? Me perseguía ese vicio asqueroso que no quería
reconocer que a mi me procuraba placer. Gocé con las maniobras expertas de
Alicia y con las humedades oscuras del degenerado del metro pero porque no
sabía a quien estaba prestando mis servicios…, pero Alicia, era tan, tan…,
mujer que me costaba experimentar asco al recordar lo que me hizo.
Inmediatamente se me vinieron a la cabeza cuestiones prácticas que me hurgaban
en la curiosidad y la excitaban al punto de no tener empacho en preguntarlas.
Naturalmente delante de mi hijo debía dejar bien claro cual era mi postura con
respecto a él sin llegar a expresarle mi rechazo de tal modo que la
reconciliación fuese imposible cuando tuviera que llegar.
- O sea, que Fernando. Pues si
que…, pero Ramón por todos los santos como se te ha ocurrido… ¿tu sabías al
conocerle o conocerla o lo que sea ello con quien te estabas jugando los
cuartos o eso surgió después? Imagino por tu bien y él mío que te enterases de
su engaño una vez mediado un buen espacio de tiempo en el que te enamoraste de
la mujer que parecía, eso le ocurriría a cualquiera. No me vayas a decir que
sabías que era..., era..., un degenerado de esos y precisamente eso fue lo que
te animó a entablar relación.
- …
- Venga, habla, di algo. He de
reconocer que Ali…, perdón Fernandina, es toda una hembra de no saber que lleva
el macho entre las piernas pero Ramón, joder, deberías haberla mandado lejos en
cuanto supiste cual era el secreto que guardaba. Bueno, venga, vamos, cuéntame
como la conociste.
- Por la calle. Así de sencillo. Nos
cruzamos por la calle, nos miramos de lejos y a medida que nos acercábamos por
la acera íbamos ralentizando el paso hasta quedar uno delante del otro,
sonriéndonos, sin saber que decirnos. Ella, porque es ella papa, aunque a ti te
suene extraño, ella me preguntó que de qué me conocía, le dije que no me
acordaba pero que seguro que de algo y ella me dijo a mi lo mismo, que seguro
que me conocía pero era incapaz de recordar. No metimos en el primer bar que
vimos y nos presentamos. Me invitó a ir a su casa y no lo dudé, era como si la
conociese de toda la vida., me sentía a gusto con ella y ella conmigo. Tenemos
gustos parecidos en casi todo, nos llevamos a las mil maravillas y a los dos
nos gusta el sexo sin tabúes ni apriorismos. Alicia, se siente mujer y se
operará en cuanto la llamen, estamos esperando, y es muy caro el cambio de
sexo.
- Vale, de acuerdo. Si me la
llegases a presentar con la cirugía hecha y no me hubieseis querido decir nada
la habría deseado como un burro, he de reconocértelo. Pero hijo, hay algo que
me intriga…
- Dime, ¿que te intriga?
Al escuchar la candidez con la
que Ramón me preguntaba por mi intriga me avergoncé de mi mismo y no supe que
decir ni como salir del paso. Se instaló en lugar de línea telefónica entre lo
dos una suerte de telaraña pegajosa de incertidumbre que impedía que nos
comunicásemos o mas bien que me pudiera yo dirigir a él.
- ¿Papa, te encuentras ahí?
- Si, si, hijo…, verás…
- Vamos, dime que es eso que
tanto te intriga – permaneció en silencio, no se si para que yo le contestase o
para coger impulso y poder continuar después esgrimiendo el orgullo mancillado
por la duda que yo le planteaba tácitamente - No mejor te lo digo yo a ti,
porque estoy seguro que es lo de siempre, la morbosidad del sexo, siempre eso,
la morbosidad. Nosotros hacemos sexo en grupo, ¿sabes? Si era eso lo que te
interesaba saber, pero nunca, te enteras, nunca, con la vileza y el
encanallamiento que tu me estas demostrando. ¿Qué quieres saber? Si Alicia me
toma a mí en lugar de yo a ella, y eso ¿que más daría? Eso, papa, es lo de
menos, lo importante, lo realmente importante es que nos queremos y nos
compenetramos y nos perdonamos nuestras pequeñas rencillas y nuestros porqués
miserables, que todos los tenemos. Pero no, en lugar que querer saber si somos
felices te interesa mas saber si Alicia me penetra y si yo disfruto con ello.
Pues no te lo voy a decir; así te va a quedar la incógnita y conociéndote como
te conozco se que eso te va a excitar hasta el infinito, pero nunca lo sabrás.
- Ramón, por Dios, que no iba por
ahí… - estaba realmente azorado por el rapapolvo que sabía razonable de mi
hijo, pero no era capaz de conseguir que mi erección se debilitase – la intriga
era que si cuando operasen a Fernán…, perdón a Alicia, la vagina que quedase
dependería del tamaño del pene que tenga ahora, porque por lo que recuerdo tu
estás bastante dotado por la naturaleza y la genética y si no le ponen una
vagina profunda tu lo sufrirías al no poder hacer penetraciones…
El móvil emitió un sonido sordo y
al observar la pantalla comprendí que Ramón me había colgado. No fui capaz de
colocarle la razón quirúrgica de mi intriga, mi hijo además de conocer a su
padre no era mucho de tragarse cualquier argumento a la primera. Tenía razón el chico, mi intriga era
saber si Alicia se trajinaba por popa a Ramón o si las hormonas causantes de
tan exuberante delantera habrían impedido que sus arma mas impetuosa fuese
ineficaz para tamaños menesteres. Solo imaginar a mi hijo navegando de empopada
con Alicia-Fernando al abordaje arremetiendo con denuedo mientras Ramón gemía
de dolor y placer esperado, me invitaba
a culminar mi estado de excitación. Era un espanto, yo lo sabía, estando en la
situación que me encontraba que no sabía si Marta volvería o no, embarrancado en
la playa de la resaca de sexo y desencanto, con el tesoro del vicio haciendo de
reclamo desde la espesura de la degeneración más tirada solo tenía cabeza para
desahogarme. Deseaba furia y sexo muy duro, no me conformaba ya con el sexo
sublimado en comunión con el universo. Ahora, después del escándalo que me
produjo la conversación con Ramón, deseaba algo más fuerte, algo así como la
absenta del sexo; sabía de su toxicidad y la adicción que provocaba, que podría
llevarme incluso a la muerte, pero eso es lo que le hacía aún más atrayente que
fuera el omega de todo, que se consume en si mismo, en un orgasmo eterno que
engulle la eternidad.
No quería acabar con aquel tesoro
de excitación que guardaba en mi cuerpo consumiéndolo conmigo mismo, necesitaba
que fuese arrancado de mi piel con fuerza por otras manos, por otros sexos,
necesitaba parir con dolor todo aquel placer que me mareaba y me nublaba la
razón. Conocía el peligro de aquella disposición que presentaba, pero no solo
la asumía sino que la deseaba con ansiedad. Decidí tirarme a la calle en busca
de compañía, de rompeolas donde poder estrellar la furia que me efervescía
desde dentro y amenazaba con ahogarme en placer sin satisfacer. Comencé a
caminar acera adelante sin rumbo cierto.
En ese momento volvió a sonar el
teléfono.
- Papa, vuelvo a ser yo. Perdona
por haberte colgado – en su voz había autentica lastima por despreciar a su
padre.
- No importa, de verdad, Ramón,
hijo. Fui demasiado indiscreto. La verdad es que si no es porque me lo dices tu
nunca habría imaginado…
- He estado hablando con Alicia –
hizo un prolongado silencio que pretendía ser elocuente, esperando que yo
continuase – nosotros no tenemos secretos…
- Te lo ha contado – me dio un
vuelco el corazón, me sentí pillado en falta.
- Sí
Cayó el telón de silencio denso y
tupido entre nosotros. Yo no me atrevía a decir nada, a añadir una disculpa, a
esgrimir una justificación, principalmente porque me dolía el haberle hecho la
faena a mi propio hijo y porqué sabía de buena tinta que no había por donde
salir de aquel embrollo como no fuera agachando las orejas y entonando un mea
culpa bien humilde y nada afectado. Pareció haber pasado una vida entera de
reproche sordo, de desprecio indignado uncido a un auricular en medio de la
nada, por la afrenta sufrida y Ramón no estaba, al parecer, dispuesto a darme
una salida airosa, o eso creía yo.
- Y bien papa, estoy esperando
una disculpa, si es que la tienes. ¿Qué es más escándalo, papa? Que Alicia sea
anatomía de hombre y alma de mujer, algo que no se puede elegir, y yo la quiera
como es, con lo que le falta y lo que le sobra, o que tú creyendo estar ante la
mujer del año intentes arrebatármela. ¿De donde sacas el asombro? Por lo que se
ve no te avergüenza el fascinarte de una forma tan cínica de algo tan sencillo
como puede ser estar enamorado – volvió a dejar que el silencio entonase su mas
armonioso sinfónico para darme espacio a responder - ¡di algo, coño! – me gritó
finalmente irritado, dolido y defraudado.
- De acuerdo, Ramón, no he sabido
soportar la tentación, pero eso te permite saber hasta que punto te puede ser
fiel ese…, o esa mujer. A las primeras de cambio te va a decorar la cabeza y de
que manera…
- Te vuelves a equivocar, papa.
Alicia no me engaña ni contigo ni con nadie; de hecho me lo ha contado. El
engaño estaría en ocultármelo, pero en el momento que me lo dice lo único que
hace es confiar ciegamente en mi misericordia y en el amor que siento por ella,
como yo confío en la suya cuando tengo mis aventuras, que las tengo. ¿Por qué
tendéis a crear un sexo posesivo? El sexo es para disfrutarlo con naturalidad,
sin exclusivismos, allá donde se pueda encontrar placer mediante el sexo, allá
se puede ir y he dicho se puede, no es obligatorio ir corriendo a todos los
sitios donde gozar, se puede pasar delante de cien zapaterías y no comprarse ni
unas alpargatas o dejarse el sueldo en Manolos. Cuando el sexo se comparte con
la persona a la que amas es el no va más de placer completo y creador. Yo no le
he reprochado a Alicia nada, es más he gozado con su relato de cómo te hizo
gozar y lamento haber llegado en mal momento, porque te aseguro que aunque
hubieses descubierto que poseía lo inimaginable habrías sido el hombre más
feliz con ella, te habría hecho alcanzar profundidades y deleitarte con registros
de goce que no hubieses podido imaginar que existieran.
Bueno, ya lo sabes. En tu
imaginario tienes un hijo degenerado que va a compartir su vida con otro tío
mas degenerado que él porque se ha disfrazado el cuerpo como de mujer. ¿Ese
sería tu resumen, verdad?
El cuerpo me pedía decir
abiertamente que sí, que se fuese con sus demagogias y sofismas sobre el sexo
libre y universal donde quisiese, pero que la ética de las relaciones iba por
otro lado. En lugar de eso decidí seguirle en su razonamiento; no quería que se
alejase de mi vida, era lo que me quedaba realmente mío y me angustiaba la idea
de que pudiera perderlo.
- No hijo, Ramón, no, déjame que
me explique. Compréndeme, es un choque del que no se recupera uno en un
instante. Pero tienes que reconocer que cuando yo me dejé, digamos, manipular
por tu amigo, en realidad con quien me relacionaba era con una mujer que no
existía. Mi pecado no fue que fuese un hombre, por ahí estoy a salvo…
- ¿A salvo de qué, papa? O es que
el hecho del goce que aún conservas en tu memoria ya ha dejado de serlo por
saber que entre las piernas Alicia se parece extraordinariamente a ti.
- Te decía – no quise escuchar su
razonamiento que era demoledor, ponía en evidencia el grado de excitación que
yo conservaba, que Alicia me despertó y que estaba dispuesto a llevar al límite
de una forma desaforada - que mi pecado en realidad fue haberte engañado a ti.
Alicia pudo no engañarte si así es como vosotros lo tenéis acordado, pero yo
sí, porque debí confesarte que había intentado hacerme a tu chica.
- Te estas yendo por la ramas,
papa – hizo un silencio, no se si para tragarse las lagrimas o para coger
resuello para poder seguir - Se que para ti es difícil. He sido un poco duro al
querer forzar en ti un declaración de degeneración sobre mi; se de sobra que me
quieres y solo el pensar que yo sea un arrastrado tiene que dolerte. Tu
educación tiene que tirarte mucho, pero quiero que veas esto con naturalidad y
que no dejes de mirarme porque yo me haya enamorado de una persona en lugar de
un género. Te voy a proponer algo para lo que no quiero que me contestes ahora.
Piénsatelo bien y contéstame con tranquilidad en el sentido que sea.
Hizo un silencio, otro más.
Escuchaba a través del auricular su respiración excitada, de tensión. Imaginé
lo que iba a decirme y rogaba a todos los santos del cielo que me equivocase en
mi presunción. Tendría que callarme y consumirme en mi indignación sin que me
lo notase.
- En que consiste esa proposición
– adopte un tono despreocupado y festivo como queriendo desactivar la espoleta
de la bomba que se me venía encima con todos sus kilotones – vamos no seas
tímido, pero recuerda que el fútbol no me hace demasiadas gracia.
- Vamos papa, no seas chufla. Lo
que te propongo en que gocemos los tres, tú, Alicia y yo un día de estos,
cuando tú te decidas, si es que lo aceptas, y si no lo comprenderé.
Se había cumplido la amenaza.
Entró la sencilla frase por mis oídos y estalló en mis meninges provocando
dentro de mi cerebro algo así como un puré de sesos que hizo que todos mis
jugos gástricos se conjurasen para visitar mi boca al tiempo. Fue inaplazable,
allí mismo, en medio de la calle, apoyado contra una pared sucia y garabateada por
torpe mano, con el móvil destripado en el suelo eché hasta la primera papilla.
Creí que era mi imaginación calenturienta la que ponía en boca de mi hijo la
proposición y nunca perdí la esperanza de torturarme después yo mismo por mi
mala baba adjudicando felonías a otros, pero no, había escuchado bien, mi
propio hijo me proponía un sexo a tres con incesto homosexual incluido. Estuve
vomitando un buen rato hasta que me ardía de acido la garganta y la tos que
provocaba me permitió volver a la realidad. Recogí los trozos de teléfono en
los que se había desarmado cuando cayó al suelo y me los metí en el bolsillo;
no iba a armarlo en ese momento, no quería volver a escuchar la voz de Ramón en
una buena temporada. La boca del estomago me recordaría por mucho tiempo el
cataclismo. Me limpie las babas como pude y a trompicones anduve unos metros
hasta recuperar la dignidad de la marcha normal. Cada vez que recordaba la
proposición el estomago se me levantaba. No podía, sin embargo, barrer de mi
memoria la imagen de aquella mujer, después malhadado hombre, produciéndome el
placer mas dulce que jamás hube yo sentido y enlazarla con la de mi hijo en
procáz postura ayuntandose mientras yo miraba perplejo y la nausea se repetía.
En pleno disgusto por la debacle
producida, sin embargo el cuerpo reclamaba su alícuota parte de presencia. Era
innegable que me encontraba excitadísimo y salvado el paréntesis del choque
brutal, el sexo se hacia urgente e inevitable, pero mi otra parte de yo, no se consentía
en dirigir mis pasos a otro sitio que no fuese mi casa en busca de Marta,
necesitaba un refugio, la seguridad de la rutina, escapar del espanto del
descubrimiento, huir de la alucinación de la novedad que se impone y subyuga,
pero asquea por extraña e impropia, comprendí que me estaba faltando ya la
curiosidad de la juventud que no tiene ataduras ni prejuicios que le impidan
probar lo nuevo y rechazar con inocencia lo que no gusta, aceptando lo que
produce placer venga este de donde venga.
Abrí la puerta de la casa y llame
con ansiedad.
- Marta, Martita, ¿estas en casa?
– me quedé parado en el umbral sin cerrar la puerta esperando la respuesta.
Necesitaba que estuviese en casa mi mujer, que aquel oscuro lugar estuviese
santificado con su presencia, de lo contrario no sería para mi, más que una
trampa sin salida.
El corazón empezó su progresivo
aceleramiento a medida que el silencio era la única respuesta a mi
requerimiento de presencia. Las piernas empezaron a temblarme. No podía ser que
estuviese solo sin saber en quien depositar mi miedo y mi rabia. No era capaz
de racionalizar todo lo que me estaba pasando sin un cuerpo de mujer en el que
encontrar cobijo y humedad, esa humedad que resguarda dentro de la madre desde
que se produce la concepción, esa humedad con la que se nace compartiendo dolor
y humedad con una mujer, esa humedad en la que se encuentra reposo dentro de la
mujer otra vez, durante toda la vida. Necesitaba esa humedad, la de Marta si
era posible, sino, tendría que ser la de otra que me permitiese sentir la
felicidad de sentirme una vez más nuevo y renacido.
Volví a llamarla una vez más y
esperé temblando de pánico inútilmente la respuesta. Estaba solo, lo sabía, se
me saltaron las lágrimas de dolor. Sin haber llegado a entrar en mi casa me volví
y ni cerré la puerta. Me daba igual que entrasen a robar, la realidad es que me
sentía vacío de todo, nada tenía, así que, ¿qué podrían robarme? Todo era ya
diferente. Estaba perdido del todo. Solo me volvería a dar seguridad en mis
convicciones un poco de sexo ya que no era capaz de encontrar amor; Marta me
había abandonado, al menos se había ido sin avisar y mi hijo me salía con
aquella proposición que me desarbolaba y me dejaba a la deriva, sin capacidad
de maniobra ni rumbo que tomar.
Comencé a caminar sin destino,
con las manos sin función, recogidas en los bolsillos. Allí estaban los trozos
del teléfono; carcasa, batería, botonera. Los cogí casi de forma mecánica y me
los puse a la vista observándolos como el que acaba de descubrir algo diferente
y curioso. Automático como un robot, los monté otra vez e introduje el número
clave. Me sorprendió recibir al instante unos cuantos tonos de mensaje y
llamadas que no pude contestar porque había tenido el aparato descuajeringado.
Tenía llamadas de Marta, dos, y otras dos de Ramón, más un mensaje. No tenía
capacidad suficiente para decidir que hacer, estaba noqueado y en ese momento
cualquiera podría haber hecho conmigo lo que en gana le hubiese venido. Leí el
mensaje de Ramón primero: “Spero haya sdo prdida cbrtura. No t veo
scandalizandote. Pnsatelo bien, lo gozremos, ers cmptente cnfio n ti y t quiero.”
Tuve que pararme en medio de la
calle, me sobrepasaba. Yo era capaz de hacer cualquier cosa en sexo pero
siempre que el sexo fuese de orden, incluso los cuernos tenían que someterse a
unas reglas de civilización, no podía uno saltarse las normas de la sociedad
así como así, todo el sistema saltaría por los aires. Cuanto más pensaba en
ello mas malo me iba poniendo. Marqué el número de Marta, tenía que
reconciliarme con mi sistema de valores, pútridos, pero mis valores; Marta era
la referencia para no desorientarme por completo, aunque me mandase a la
mierda, eso también formaría parte de esa arquitectura que yo reconocía y en la
que me sentía seguro. Contestó conciliadora.
- Cariño, ¿tenías apagado el
móvil? Tenía que avisarte que no llegaría a casa hasta la noche porque…
- Marta – respiré aliviado y los ojos
se me volvieron a inundar – creí que te había perdido. He llegado a casa y no
estabas y después de lo de esta mañana…
- Nada, hombre, nada. Me
sorprendió esa actitud tuya y como se que eres viciosillo y siempre me tienes
con la mosca, me sacaste las cabras del corral, pero en cuanto me enfrié en la
ducha, bueno, pues que nada, cuando salí ya te habías ido. ¿Y tu teléfono? Que
le pasaba.
- Ya sabes lo desastre que soy,
me quedé sin batería… – odiaba tener que dar explicaciones banales y estupidas
cuando lo que estaba en juego era toda mi vida, mi vida tal y como yo la
entendía, con sus engaños, perdonables en mi opinión, y sus manías - y te quiero Marta y te echo de menos.
- Y yo a ti. Nos vemos esta noche
cariño, voy con unas amigas a ver una obra de teatro. Me lo estoy pasando hoy como
nunca. Diviértete tú. Por cierto, me ha llamado tu hijo hace un momento que si
sabía donde estabas, porque estabais hablando y se ha cortado…, ya, ya, lo de
la batería. Bueno llámale, le he notado preocupado y no estaba tan guerrero
conmigo como de costumbre.
- Le llamaré. ¿Te espero a dormir
entonces?
- Claro – soltó una carcajada
desinhibida – donde iba yo a dormir sino contigo en nuestra cama. Pero llegaré
tarde, porque después del teatro estas petardas que están armando jaleo – se
escuchaban risas entrecortadas de ambiente – quieren tomar algo por ahí para
hacer completo el día. Hacía años que no nos lo pasábamos tan bien, desde…, yo
que sé. Bueno ahora si que me despido.
Solo se escuchó a partir de ese
momento el pitido de la línea vacía de vida. Quedé un rato con el auricular
pegado a la oreja por si alguna palabra suya se hubiese quedado entretenida y
fuese a decirme lo último encadenándome a ella y a mi realidad y no quería
perdérmelo. Pulsé el botón de apagar y me guardé el terminal. Mi caminar
después de la conversa con Marta ya era otro. Estaba contento, como el niño que
supone que ha hecho una barrabasada y espera la regañina de su madre y cuando
ya seguro de que le cae todo el peso del castigo encima solo escucha parabienes
y excusas por parte de su madre. Era feliz y no tenía cargo de conciencia alguno.
El hecho de que Marta no tuviese nada que reprochar por el incidente de la
mañana me exoneraba automáticamente del desliz con Alicia, esa era mi manera de
entender las relaciones. Volvía a estar tranquilo, con la confianza recobrada y
dispuesto a correr aventuras otra vez y además tenía hasta la noche para lo que
me diese la gana, volvía otra vez a mi vida, recuperaba mi sentido. No me lo
podía creer.
Volvió a sonar el teléfono. El
corazón me dio un vuelco. Metí la mano en el bolsillo y acaricie el móvil
mientras sonaba y me hacía cosquillas en la palma con sus vibraciones. Lo saqué
con temor y anhelo al tiempo. En la pantalla se pintaba el nombre de Ramón y un
icono de teléfono se volvía loco dando brincos, como si mi hijo se estuviese
desgañitando al otro lado de la línea rogándome que hablase con él.
- Dime hijo.
- ¿Qué pasó antes? Hasta he
tenido que llamar a Marta, por si te había pasado algo – el tono de su voz era
sincero y preocupado.
- La verdad es que hablando
contigo escuchando esas cosas, se me cayó al suelo y se me desengualdramilló.
Sabes lo negado que soy para estas cosas. Intenté montarlo un par de veces y no
me salía, así que me vine a casa y aquí ya… - no tenía idea de porqué le
mentía. Nada de malo tenía estar o no estar en mi casa, pero haciéndolo parecía
que acusaba menos todo lo que él me proponía.
- Ah, ya. Bueno, ¿pensaste lo que
te dije antes? Yo se que es un poco rompedor y tiene que chocarte con todo, tu
formación, tus fantasmas, tabúes, en fin, con todo, pero papa, si no abres tu
mente y amplias el horizonte acabas por convertirte en un autómata pobremente
programado para hacer cuatro cosas y repetirlas día a día, o sea viejo, acabado
y eso no lo eres tú. Piénsalo – en su voz había entusiasmo, convencimiento, en
mi corazón pena y desesperanza – y comprenderás que no eres más que un muñeco
que repite y repite gestos y posturas sin pararse a pensar si lo que hace tiene
fundamento alguno. Haz algo de una vez por ti mismo, violenta tu condición y
lánzate al vacío, se libre de verdad, con capacidad de elección efectiva,
después de todo siempre puedes decir hasta aquí hemos llegado y todos tan
amigos, pero experimenta o te morirás a avanzada edad de viejo, cuando lo
realmente bonito sería morir a avanzada edad en la plenitud de la juventud. No
te resignes a dejar de ser joven y ven con nosotros. Además y metidos en
harina, bajando a la arena de lo cotidiano te diré que ni te voy a tocar si tu
no quieres ni vas a hacer nada que no te apetezca, pero vas a poder disfrutar
de Alicia a tope y me vas a dar a mi la oportunidad de gozar viendo como tu
eres realmente feliz.
- ¡Pero Alicia es un tío, joder
Ramón! – la espuma efervescente de la indignación me ascendía desde las
entrañas y amenazaba con ahogarme si no me desahogaba yo primero - cómo coño
voy a acostarme con un tío, ¿estás loco?
En ese momento me acordé del
degenerado del Metro - y pensé en la posibilidad de que fuese Alicia, pero no,
seguro que no era ella – y lo que me hizo gozar siendo yo ajeno a su condición.
No sabía si sería capaz de sentir algún tipo de placer sabiendo que lo que
había delante era de la misma naturaleza que lo que yo empujaba detrás.
- Si tú no quieres, no vas a ver
nada que no quieras ver, ya lo he hablado con Alicia, y te aseguro que es
experta en dejar a los hombres mas experimentados en la inopia en cuanto a su
realidad anatómica. Salvo por ese pequeño detalle – aunque te aseguro que
pequeño no es – es la tía desnuda mas sexy que te puedas imaginar. Anímate
papa, de veras, vente a casa y si ni empezamos, pues nada, pero date la
oportunidad, aligera tu maleta de prejuicios, que ya solo te falta vestir de
mil rayas y flexible.
- Ramón, hijo, de verás, esto me
supera, es demasiado. Prefiero ser un viejo convencional, incluso un viejo
verde que se conforma con ver pantorrillas a un moderno de estos que pasa de
todo, hasta de si mismo. Lo siento. Y que conste que esto no afecta para nada a
nuestra relación. Si, si…, vamos, que si haces a pelo y a lana, bisexual que se
dice ahora, lo respetaré, pero yo hijo, he sido heterosexual toda mi puñetera
vida y no voy a cambiar ahora, no podría, aunque quisiera.
- Papa, bisexuales somos todos,
entérate de una vez – hizo un silencio, decidiendo si continuaba con su
argumentación o no, finalmente continuó a tumba abierta - y en cuanto al otro
tabú, el del incesto, eso no es más que una palabra. ¿Que pierdes tu o yo
porque nos procuremos un poco de placer el uno al otro?, no comprendes que esa
prohibición lo que pretende es perpetuar la sociedad como es, sin dar ocasión a
la imaginación y al cambio, que atenta a las raíces misma de la dominación de
los mas poderosos sobre los débiles. Se poderoso tú mismo y sáltate la norma,
verás inmediatamente que lo que a ti te parece la perversión de las
perversiones no es más que un ogro de papel que arde en cuanto le inflamas con
el ardor de tu deseo en infinidad de pavesas sin valor.
- Ya está bien, Ramón. Ni una
palabra más, ahora voy a colgar, no voy a seguir escuchando más aberraciones de
boca de mi hijo.
Sin esperar a la contestación me
alejé el auricular de la cara y pulsé el botón de desconectar, después apagué
el móvil. La sensación de bienestar que me dejó Marta después de la
conversación que tuvimos había saltado en pedazos. Las palabras de mi hijo me
habían descolocado los elementos de mi cabeza que yo creía tan bien ordenados.
De acuerdo, pensaba, que en mis tramas novelescas yo había imaginado cosas depravadas,
viciosas, y las había llevado al papel, pero no eran más que imaginaciones y de
alguna manera no eran mías, eran de Antoñito lo que me ponía a mí al margen,
pero aquello…
Me eché el teléfono al bolsillo y
comencé a caminar sin poderme quitar de la cabeza la imagen del trío y del
estomago la sensación de nausea, de pellizco que hacía que las tripas se me
revolviesen. Caminaba sin rumbo intentando asirme a una idea fuerza que me
condujese por otros derroteros y me salvase de la obsesión de aquel trío del
que nunca llegaría a formar parte. Me cruzaba con gentes de todo tipo pero era
como si yo estuviese solo, hasta que llegó el momento de la mas negra
desesperación por no poder erradicar la imagen pútrida de mi cabeza en que
pensé que la forma de sacarme de encima la tortura no podía ser mas que la
búsqueda y encuentro de una de esas mujeres que a todas horas en cualquier
ciudad están dispuestas a lo que sea por infinidad de razones que a mi me
importaban una higa, lo importante era volver a reencontrarme con la sexualidad
ordenada a mi vida y olvidar lo escuchado como si de una mala pesadilla se
tratase. Puse en acción todos mis sensores y antenas dispuestas a recibir
cualquier indicación que me pusiese en la senda archiconocida del sexo anónimo
y ocasional. Inmediatamente me tranquilicé, volvía a ser yo, volvía al redil
del quehacer general comúnmente aceptado y enfáticamente negado universalmente
que ponía a salvo la organización general del desatino. Salirse de la senda de
lo establecido sería perderse en la selva del ser libre a lo que me encontraba,
a mi pesar, tan poco acostumbrado. Era verdad, no era capaz de pensar de otra
manera a como la corriente general pensaba, no era capaz, como me decía mi
hijo, de saltar al vacío y sentir el vértigo de la libertad, no tenía coraje,
no tenía la suficiente valentía, aunque yo estuviese convencido que de lo que
se trataba era de gustos. No era libre ni de seguir pensando de esta manera,
pero no estaba dispuesto a dolerme de ello, yo no podía cambiar nada, solo
quería sacarme de encima el problema y estando en estos vericuetos mentales
absurdos sorprendí entre la multitud que llenaba la calle una mirada que
llevaba trilita. Fue un instante fugaz, rubio y verde que se me clavo en el
sentido, pero para cuando quise devolver la carga de profundidad y comunicar
que efectivamente era receptivo a aquella mirada aquellos ojos apenas
entrevistos se habían diluido en la marea humana que, gris, actuaba de comparsa
inconsciente de nuestra complicidad. Como un destello volví a ver el cabello
rubio moverse y volver a desaparecer. Se me salían los ojos buscando sin saber
en que ojos depositar la mirada. Solo veía cuencas vacías, inanimadas que eran
conducidas por cabezas sin adorno teledirigidas por un organismo superior, sin color
ni forma que al parecer no me veían a mi.
Había desesperado por ultimo de
reencontrar aquellas pupilas enmarcadas de malaquita cuando alguien me toco el
hombro.
- Estoy aquí – escuche una voz
tensa, anhelante, algo cohibida a mi espalda.
¡Al fin, pensé!, no podía
fallarme mi técnica, mi don o como quisiera que se quisiese llamar a esa forma
mía de encontrar donde nadie fuese capaz de hacerlo. En ese momento, de forma
instantánea, como si poseedor de un resorte fuese, el pene se me tensó y
endureció. Sentí una punzada agradable y familiar y me recreé de antemano en lo
que se avecinaba, el gozo previo de la búsqueda del sitio, el peligro
controlado del lugar atestado, la culminación del acto casi con brutalidad y la
despedida sin palabras, sin haber abierto la boca, porque en estos casos la
boca no sirve para hablar, solo para gozar. Me volví y por un instante no
comprendí lo que sucedía, algo estaba fallando. Me fije en los ojos verdes
oscuro brillantes y sonrientes de una juventud afrentosa, una boca carnosa y
húmeda que escondía un mosaico perfecto nacarado en blanco y un bozo que
denotaba una barba incipiente. Fueron décimas de segundo en las que mi miembro
se desinfló, la sonrisa con la que me di la vuelta saboreando el cobro de la
pieza se me congeló en una mueca de asco que provocó en el efebo que tenía
delante una mueca de sorpresa y terror por lo que podría venírsele encima al
haberme abordado. Se me pasó todo por la cabeza, otra vez, y tuve que hacer
redoblados esfuerzos para no echar las bilis allí mismo. Ramón se me instaló en
la cabeza carcajeándose de mí mientras me decía “¿Lo ves?” y el muchacho hizo
arder sus mejillas, resaltando aun más sus guedejas rubias, asustado mientras
susurraba una excusa.
- Perdón, le confundí con otra
persona
- No me has confundido con otra
persona – casi le grité haciendo excusa por si alguien se había percatado del
lance y confundía mi identidad sexual - te has confundido tú pedazo de… - me
mordí la lengua porqué comprendí que él pobre chico no tenía mas culpa que yo
que buscaba lo que él pero de otra forma.
El rubiales se volvió
precipitadamente y se perdió en la turbamulta de gente que atestaba la calle.
Me quedé yo plantado en medio de
la acera sin mover un músculo mientras los transeúntes se tropezaban con mi cuerpo
como si yo fuese una farola que acababa de aparecer en medio y de la que nadie
tenía razón. Me puse en marcha una vez más, desolado, siguiendo el curso de la
corriente de humanos que se dirigían a cualquiera sabía donde. Volví a tomar el
teléfono en mis manos dispuesto a llamar a Marta. Quería sacarla de su
fiestecita de amigas de toda la vida para que me ayudase a recomponer mi
estima. Nada más poner en marcha en teléfono volvió a sonar. La pantalla
parpadeaba con un número que yo no conocía. Descolgué.
- ¿Cesar? – una cálida voz de
mujer se me introdujo en la cabeza como una morena en su guarida; me mordió los
sesos. Y se me volvió a tensar el sexo.
- Si, soy yo, ¿te conozco? – sin
saber quien exactamente sabía que detrás de aquella voz de néctar dulce había
algo excitante.
- ¿Cómo no?, soy Alicia, Cesar.
Se me quedó en suspenso el mundo.
Alicia era para mí la mujer que me hizo gozar en casa de mi hijo - porque como
mujer la conocí - pero también era el
hombre con pinta de mujer con el que mi hijo holgaba. Lo primero que me llamó
la atención era que a pesar de saber que Alicia era la que preguntaba por mi no
por eso la erección cedía sino que por el contrario pugnaba por hacerse un
sitio en el escenario como protagonista y lo segundo fue constatar que a pesar
de saber que tras aquella melosa voz se encontraba un tío, no por eso no
deseaba que aquella boca volviese a recrearse y dar placer a mi cuerpo. No
comprendía como podía suceder eso pero tenía que rendirme a lo que era más que
evidente y es que deseaba volver a aquel sofá para volver a dejarme hacer por aquel
cuerpo que mi animal interpretaba como una mujer de bandera aunque mi
conciencia supiese que se trataba de un hombre. Los sentidos se imponían a la
consciencia, una vez más, las razones del deseo eran más poderosas que el deseo
de razonar.
- ¡Ah!, Alicia, no se como no te
he conocido. Dime, ¿qué quieres?
- Te he estado llamando y tenías
el teléfono apagado, pero bueno da igual. Tengo que hablar contigo, creo que te
mereces alguna explicación, Ramón es demasiado directo, desde que ha conocido
la erótica de la sinceridad hay que tener cuidado con él, ya no teme ni a su
padre, nunca mejor dicho. Le he reñido por la proposición…
- Eso ya está olvidado –
intentaba quitarle hierro, no estaba olvidado, de hecho por alguna misteriosa
razón me inquietaba demasiado el no poder quitarme de la cabeza aquella
proposición.
- Ramón se ha ido. Te importaría
venir a casa, solo quiero hablar, nada más.
- Es un poco tarde, Marta me
estará esperando en casa – sabía que mentía fatal y que iba a sonar a excusa
artificial – y no sé…
- Será un minuto, por favor… - su
voz era piel de gato acariciando mis bolsas y tensaba aún más el miembro.
No solo no sabía como resistirme,
sino que no quería resistirme. Bajé todas las defensas y me rendí al impulso
asfixiante y nocivo de mi sexo que me pedía que corriese en su busca, sería
solo para hablar, me engañaba dentro del engaño para imaginar, deseándolo, que
conseguía convencerme una vez en su presencia. Imaginar que tironeaba de los
anillos que perforaban sus pezones hacía que me marease de lujuria.
- De acuerdo, me has convencido –
me temblaba la voz, no era capaz de controlarme, el orgasmo me acechaba y
sentía la dulzura de su dentellada en cada célula de mi cuerpo – ahora me paso
por ahí, pero solo unos minutos, ¿eh? – temblaba de excitación y mis carnes
tiritaban como si me hubiesen metido en un congelador, chorreaba adrenalina.
Comencé a desandar el camino de
vuelta a casa de mi hijo. Me faltaba calle para volar y todo el mundo me
estorbaba en mi carrera jadeante en busca de Alicia. Mientras corría en la
cabeza me comenzó a rondar la idea de que Ramón me había embromado con lo de
Alicia. No, no podía ser, Alicia era una mujer como la copa de un pino y al
enterarse de mi engaño con ella quiso escarmentarme haciéndome creer lo que no
era, y a fe que lo consiguió. Me inundó el pecho de inmediato una oleada de
calor y de euforia; si tenía alguna reserva mental sobre la identidad sexual de
Alicia se acababa de derrumbar y tenía todo el camino libre. Estaba sola y
estaba claro que me llamaba para lo que me llamaba, habiéndose quedado prendada
de mi sexo turgente y punitivo deseaba terminar lo comenzado. Con la carrera y
el roce del pantalón contra mi glande explosivo, más el descubrimiento de que
iba a reunirme con una autentica mujer se hizo el milagro de procurarme en
medio de la calle un orgasmo que por poco no da conmigo en el suelo. Tuve que
refugiarme en un portal y hacer como que miraba los buzones mientras se
producía una eyaculación intensa acompañada de un placer mas intenso aún,
convulsionante. Inmediatamente una mancha en el pantalón delató lo que acababa
de ocurrir, pero me felicité por lo sucedido. Lo que iba a desarrollarse en
casa de Alicia iba a ser mucho más pausado y delicioso al haber perdido ese
primer impulso bestial que habría conseguido que me corriese nada más tocarla
su cuerpo.
Estaba ya cerca de la casa de
Ramón y algunas personas se fijaban en la humedad del pantalón mirándome con
conmiseración por la servidumbre a la que, al parecer, me tenía sometida la
próstata, no aparentando yo una edad tan avanzada para semejante contingencia.
Cuando alcancé el portal de Ramón respiré aliviado de poderme refugiar de las
miradas de los viandantes.
- ¿Qué te ha pasado? – Fue lo
primero que dijo por ser lo primero en lo que se fijó nada más abrir la puerta
– ya está, no encontrabas un baño, eso ha sido.
- No ha sido precisamente orina
lo que ha mojado el pantalón.
- Que conste, que yo solo te he
pedido venir para hablar de lo de Ramón, de ahí a que te vayas masturbando por
la calle…
- No lo he podido remediar
Alicia, de verdad, ha sido un accidente, no me explico cómo…, quizá un pantalón
de Ramón me venga bien, mira a ver, no voy a salir con esta mancha por ahí.
Se me fue la vista a su pecho. El
pezón izquierdo se quería salir del batín que llevaba, dejando que parte del
anillo que lo perforaba despidiese destellos dorados que electrizaban mi vista.
- Mira Cesar, - me levantó la
barbilla con un suave y leve movimiento de sus dedos desviando la vista de sus
pezones - por mucho que te empeñes no tienes la talla de tu hijo, que tiene un
cuerpazo, pero en una horita tienes el pantalón lavado y seco que para algo
está la tecnología. Venga, pasa y quítatelo, que te lo voy a lavar.
- No llevo calzoncillos, tú lo
sabes.
- Por favor Cesar, a estas
alturas no me voy a escandalizar. Te voy a traer un albornoz de tu hijo si es
que te da corte quedarte desnudo.
- Si, mejor algo para cubrirme,
voy a estar mas cómodo.
Me desembaracé de los pantalones
y deje al descubierto un pene de su largo máximo pero fláccido a causa de la
reciente eyaculación. Alicia, me lo acarició levemente y se manchó la mano de
semen.
- ¡Ah!, vaya, ha sido hace poco -
y se relamió los dedos de la forma mas sensual y provocativa posible – sabes
que me encanta esto. Dame el pantalón, ahora te traigo el albornoz.
No pude evitar, ni tampoco lo
quería, que el pene se disparase ante esa demostración de lubricidad. Trague
saliva sin poder articular palabra, fijando la vista en el techo, muerto de vergüenza.
- Tranquilo, hombre, te dije que
era solo para hablar, pero, vamos, si surge algo…, no sé, a lo mejor…, - le
salió una risa fácil y sincera que me sofocó.
Y se fue camino del interior de
la casa con el pantalón en la mano. Hasta entonces no me había fijado que bajo
su batín de seda se trasparentaba un tanga mínimo. Los dos carrillos de las
nalgas se movían al compás de su cadereo mientras se alejaba haciéndome
imaginar como se resbalaban sus labios con el movimiento, haciendo que su
clítoris se endureciese como el pedernal y su vagina rezumase viscosa y
resbaladiza. Mi pene volvía a estar como una estaca de empalar dispuesto a
castigarle el sexo en cuanto volviese.
Alicia regresó con un albornoz
negro en la mano y una sonrisa en los labios dejando caer la prenda sobre mi
sexo.
- Seguro que es una buena percha.
Venga póntelo y siéntate. Hablemos.
- ¿Y porqué en lugar de hablar no
pasamos directamente a lo que los dos queremos sin más preámbulos? – estaba
lanzado con la vergüenza perdida, mi voz temblaba de excitación, deseaba como
nunca dejar resbalar mi verga dentro del cuerpo de aquella mujer que horas
antes tanto me había hecho gozar ya. Me temblaba la barbilla y era incapaz de
sujetarla. Un hilillo de saliva me resbalaba por la comisura de la boca.
Se me quedó mirando a los ojos
sin despegar los labios. Su rostro era inexpresivo aunque si hubiese querido
buscarle una descripción a lo que trasmitía la palabra era desprecio, un
desprecio condescendiente, preñado de curiosidad de entomólogo que siempre se
sorprende de la variante fenotípica de un ejemplar nuevo aunque ciertamente
repugnante. Después de un buen rato de observarme sin ninguna pasión entrecerró
sus ojos para enfatizar lo que me iba a decir.
- No le llegas ni a la suela a tu
hijo. Das pena, Cesar. ¿Es que tu solo buscas…? no, mejor, tu solo encuentras
sexo porque en tu egoísmo eres incapaz de dar absolutamente nada que no sea tu
esperma, como un garañón – había en sus palabras decepción y cierta amargura –
el sexo no lo es todo, la persona lo es todo, por eso tu eres incapaz de
aceptar otra forma de expresión sexual que no consista en un buen par de tetas
y un gran culo adiposo. Lamentable, créeme.
Me sentí ridículo, en evidencia
delante de aquel monumento de mujer que me reconvenía por no usar la cabeza
como correspondería a un adulto formado y que se comportaba como yo suponía que
debería hacerlo una mujer como ella. Intenté contraatacar herido en mi orgullo.
- ¿Por qué vosotros, el tipo de
gente como tú, - no quería llamarle abiertamente maricón, porque eso habría
insultado a mi hijo también - cuando quiere hablar de alguien de su mismo sexo
le llama siempre persona? Os avergonzáis
de vuestra condición, no es para menos – y con la cara congestionada de ira
continué el contraataque - pues tú bien que me trasteaste en cuanto llegué a
este mismo sofá no hace muchas horas. Entonces, ¿quien daba pena a quien?; no
te lo pensaste mucho para adornarle la cabeza a mi hijo y cuando se lo contaste
no tenías inconveniente en hacer un trío con los dos.
- Realmente no entiendes nada de
nada – contrastaba su absoluta tranquilidad con mi irritación - no se puede ser
más básico. Jamás entenderás el sexo como la expresión material de una
disposición interior que hace que entres dentro de alguien a través de las
ideas antes de hacerlo a través de la carne y sea esta la forma litúrgica en
que ejemplarizas lo bien compenetrado que estás con él, y ahí el ser hombre o
mujer no es lo más importante siempre que sepas que el sexo vale para algo más
que para procrear.
- Pues tu bien que te zambulliste
en la liturgia conmigo antes que cualquier otra cosa – le espeté cargándome de
razón.
- No era más que una expresión
hospitalaria del acogimiento en mi casa y la de tu hijo, de los dos. No era
sexo como tú lo interpretas, como un acto avaricioso en el que intentas robar
placer a la carne del otro para consumírtela tú en ti mismo, una masturbación
asistida ni más ni menos. No, era un acto de donación en el que yo te ofrecía
placer para que te sintieses bien. Cuando tu hijo te ofreció hacer sexo con los
dos te estaba expresando todo el amor que te tiene y que vieses cuanto es el
amor que nos une a nosotros; poder hacer una celebración entre los tres de lo
mucho que nos quiere a los dos tu hijo, hacerte participe de nuestro amor, el
que hace que nos comprometamos cada día sin hipotecas de futuro. Por eso el
sexo por si solo no tiene importancia para nosotros. Para ti es algo forzado y
hasta trabajoso, un triunfo las mas de las veces sobre la voluntad de tu pareja,
de ocasión para hacer y que te hagan lo que más satisfacción te de. Para
nosotros lo que mas satisfacción nos da es aquello que mas satisfacción le
proporciona al otro – hizo un gesto de desistimiento con la mano - ¡bah!,
déjalo, no creo que puedas entenderlo nunca, porque nunca te has visto obligado
a reflexionar sobre lo que significa el sexo en tu vida, quizá solo en
determinadas ocasiones, algo que hace más sufrir por no poder desarrollarlo todo lo egoístamente
que a ti hubiera gustado, que gozar.
Me quedé mirándola fijamente,
intentando desentrañar lo que intentaba decirme, si detrás de aquel discurso
tan correcto y liberal había algo más que intentaba decirme y que yo no
alcanzaba a entender. Me vi de pronto algo ridículo con aquel albornoz negro
que más bien parecía sacado de un atrezo de una película porno que de un baño
de un hijo mío, delante de la carrocería de una mujer bastante apetecible que podría
esconder dentro un motor de pega que en lo que a mi concernía no me serviría
mas que para deprimirme. Efectivamente mirando los pezones torturados por las
argollas se me ponían los vellos erizados de deseo sin que pudiese remediarlo
pero ahora, después de la perorata no podía comprender como mi cuerpo era capaz
de reaccionar de aquella manera.
De repente me sorprendí a mi
mismo como si de un autómata primitivo se tratase alargando la mano hasta los
pechos de Alicia. Mi cuerpo reaccionaba independiente de mi voluntad y
conocimiento y deseaba por encima de todo tocar los anillos de oro que adornaban
los pezones. Con autentica destreza metí la mano por el batín y me hice con la
argolla del pecho izándolo, metiendo el dedo por el anillo y tirando con alguna
fuerza hacia mí; habría gozado arrancándoselo. Alicia hizo un gesto de dolor
acompañado de un gemido de placer encogiéndose pero sin rechazar el castigo.
Inmediatamente le alcancé el otro pezón con mi otra mano y repetí la operación
provocándole aún más dolor ante el que Alicia se entregó ahora ya gimiendo
abiertamente de placer.
- Eres un animal, me vas a
arrancar los pezones, ¡cabrón! – consiguió decirme de forma entrecortada y
susurrante, esbozando una sonrisa de complacencia en la que me pareció
descubrir un intento de rogarme que continuase el castigo.
Tironeé un poco más de las
argollas haciéndola estremecerse de dolor al tiempo que hacía caer de sus
hombros el batín dejando al descubierto dos hermosos pechos duros con los
pezones enrojecidos por el castigo. Lejos de encogerse para aliviar la agresión
sacó pecho para exponer aún más a mi antojo su cuerpo. Yo estaba a punto de
reventar de deseo y excitación más por la contemplación del rostro de goce
morboso que me ofrecía la mujer que por el acto mismo de poder tocar sus senos.
Llegó un momento en que Alicia comenzó a contonearse en el sofá de forma
lubrica acariciándose a través del batín su pubis abriendo las piernas cuanto
podía. En ese momento abandoné las argollas para, con las manos bien abiertas
abarcarle toda la superficie de sus pechos estrujándolos al tiempo que acercaba
mi boca para morderle los pezones. Sin saber porqué ella dejó de retorcerse
sobre si misma dándome la extraña impresión de que se había quedado sin
batería. Con parsimonia que parecía premeditada dejo de tocarse y se llevó sus
manos a las mías apartándolas de sus senos. Le miré a la cara y se le había
transformado, ya no era la cara de vicio dispuesta a dejarse partir en pedazos
por conseguir un placer extremo era una cara inexpresiva de hastío y casi de
asco. Al tomar sus manos las mías comprobé la fuerza que eran capaces de
desarrollar y no me opuse a su designio de que las apartase de su cuerpo. Se
cubrió a continuación con el batín que yacía desmayado sobre su cintura y de un
salto ágil se levantó del sofá. Sin mediar palabra se encaminó al pasillo para
perderse dentro de la vivienda. Había caminado tres pasos cuando se volvió y
sin la menor afectación con la entonación de un funcionario de ayuntamiento
detrás de la ventanilla diciendo que era la hora del bocadillo me recordó que los
pantalones estarían ya secos.
- Estas lavadoras-secadoras son
un prodigio. Les daré un planchadito a los pantalones, te los pones y te vas.
No quiero que te creas que te llamé para nada más que para hablar de lo que te
dije antes, lo que pasa es que una tiene alguna que otra debilidad pero nunca
lo suficientemente esclavizante como para hacerme perder la cabeza. Enseguida
vuelvo.
Debió de quedarme una cara de
panoli sorprendido en falta de tal envergadura que al volverse para irse quise
verle una sonrisa de triunfo y revancha en la boca. A pesar del desaire, mi
sexo no quería saber nada de orgullos heridos ni de autoestimas pisoteadas,
quería desahogo y el pene no cejaba en su erección. Cuanto más quería que
desapareciese tamaña inflamación más conseguía el efecto contrario. Notaba como
el esmegma resbalaba enfriándose por el glande y el fuste de la verga camino de
las bolsas y aún más me excitaba.
No pasó mucho tiempo hasta que
llegó Alicia con los pantalones que me tendió.
- Póntelos y vete ya. Otro día,
si quieres, seguiremos hablando, pero tendrá que ser con tu hijo delante.
Rojo tanto de vergüenza como de
ira tuve que ponerme de pie con mi arma bien erguida para calzarme los
pantalones ante lo que Alicia no perdió oportunidad de hacer algo de sangre.
- Vaya, vaya, no pierdes
facultades ni en las ocasiones mas extremas – decía sin dejar de mirarme el
sexo con gesto divertido.
Mientras terminaba de intentar de
acomodar el intratable apéndice dentro del pantalón terminó de darme la
puntilla. No sabía si se trataba de un espantoso sentido del humor o de lo que
en realidad pensaba
- No veas lo que iba a disfrutar
tu hijo si pudiese…, en fin ya sabes…
- Eres…, sois…, dos degenerados
asquerosos – sin dejarle terminar la frase encendido de justa ira termine de de
abrocharme los pantalones y me lance sobre la puerta abriéndola y salí dando un
buen portazo. Sentí que me había faltado en la composición de la figura
levantar la mano en actitud amenazadora, intimidante, pero si lo hacia, el
pantalón habría caído al suelo y el cuadro entonces habría quedado ridículo,
estupido y propio de película guarra años setenta. Penoso.
Mientras descendía apresurado,
intentando escapar de aquella desagradable situación y posiblemente de mi mismo
por mi secular inclinación a gozar de una mujer por poco que se pusiese a tiro,
se me ocurrió que quizá lo que pretendía Alicia no era más que seguir el juego
que yo había iniciado infringiéndola dolor tan agudo como el que debe ocasionar
un fuerte tirón de pezones. Me detuve en seco antes de irrumpir en la calle
sopesando la posibilidad de volver escaleras arriba y apostar fuerte para
meterme otra vez en la partida, con toda seguridad ella lo aceptaría e incluso
es posible que estuviese detrás de la puerta esperando impaciente mi regreso.
Hice intención de volverme pero se me pintó el gesto de sarcasmo que alcancé a
ver en un ultimo vistazo mientras terminaba de abrocharme los pantalones en su
cara y comprendí que no eran mas que divagaciones mías y en el fondo, el deseo
que tenía, irrefrenable, de terminar con ella lo comenzado y con aquella mueca
presente cualquier tipo de especulación solo estaba destinada al fracaso y al
ridículo y para esto, con lo que acababa de pasar ya tenía bastante. Terminé de
colocarme el miembro aún grande pero ya no totalmente duro en el hueco que le
correspondía para no ir dando un espectáculo por la calle y salí a la acera.
10.10.12

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