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miércoles, 27 de febrero de 2013

LA VENTANA DEL HOSPITAL

La Ventana del Hospital




Poco a poco fue abriendo los ojos, pudiendo comprobar, que aunque no tenía idea de donde se encontraba, el sitio no era del todo desagradable. No sabía la razón, pero no se podía mover, aunque por otro lado, tampoco tenía muchas ganas de cambiar de postura, nada le molestaba; tan no le molestaba, que no se sentía nada.
Le llamó la atención la brillante, densa, espesa luz que le golpeaba y le obligaba a entrecerrar los ojos. Le molestaba en la cara y a un tiempo le producía alegría, optimismo, ese derroche de claridad luminosa y saltarina que le calentaba las mejillas. Se le antojó en ese momento que la temperatura de su cara era sofocante y decidió bajar la persiana de aquella ventana por la que se colaba sol y rumor del exterior en forma de voces y murmullo de tráfico. La orden salió de su cerebro, presta y confiada en busca de sus piernas, de sus brazos, de su cuerpo que sordos a sus voces de orden se negaron a moverse. Cuando él se hacia ya de pie cerca de la ventana, aún permanecía como una estatua de alabastro anclada a la cama. Una desagradable sensación de vértigo le partió de algún sitio que fue incapaz de determinar y rindió viaje en su cabeza donde le provocó una reacción de terror como la que provocaba Pan al tocar su siringa para atemorizar a los invasores del bosque. Intentó no perder los nervios. Se serenó a duras penas, bregando con la impaciencia. Se negó a admitir lo que su raciocinio ya le susurraba al oído del alma. Volvió a intentarlo. Nada. El quería, el mandaba, pero era como un general sin ejercito; conocía perfectamente cual era la estrategia, que táctica había que llevar a practica para llegar a conseguir su fin, pero no había tropa para ponerlo en practica..., o la tropa había fenecido en anterior combate. También podría suceder que el general hubiese quedado mudo y fuera incapaz de trasmitir ninguna orden; desazonador, desesperanzador, aterrador. Rápidamente tomó conciencia de lo que estaba pasando y porqué estaba pasando. Ahogó un quejido.
Efectivamente, aquella habitación tan despejada, tan blanca, tan devastadamente vacía, tan inhóspitamente acogedora, solo podía ser la habitación de un hospital y él era protagonista pasivo de ese cuadro. Tuvo que recapitular. ¿Por qué? ¿Cómo había llegado hasta esa situación? No recordaba nada más que vaguedades, fugaces trazos de luz en la oscuridad de una conciencia embotada. Hizo un esfuerzo, pero no rescataba de su memoria más que fotogramas amontonados sin orden a los que era incapaz de dar coherente interpretación. Quizá estuviese sometido a algún tipo de tratamiento que le mantenía inmóvil o estaba dormido y creía que había despertado. Decidió demorar ulteriores decisiones sobre su estado hasta que no pasase algo más de tiempo y llegase alguien que pudiera ayudarle a aclarar la situación. Volvió la cabeza y alcanzó a ver como un macarrón de plástico se perdía en su brazo, pero no le molestaba, no lo sentía. El susto volvió a hundir sus garras en él y lagrimas se le asomaron a los ojos a ver que estaba pasando.
Volviendo la cara a la ventana, como intentando escapar de aquella situación que por momentos se volvía mas violenta para él, reparó en la copa del árbol que ornaba el lienzo de cielo enmarcado por la ventana que se veía desde su cama. No habría sabido que clase, de que especie arbórea se trataba. Su madre, de estar allí, ¿por qué no estaba su madre allí?, le habría sacado de dudas, sabía de plantas más que nadie. Pero daba igual, aquellas hojas, de irreal verde intenso, brillante, de textura recia, tan abundantes eran, que ocultaban los troncos de las ramas que las sostenían, hacían que se disparase la fantasía de que las hojas levitaban y se mantenían juntas como una bandada de estorninos que detuviesen su vuelo para entretenerle a él. Un suave viento, brisa primaveral, las agitaba, terminando de componer la quimera de que cada hoja era un pajarillo. Escuchaba retazos de conversaciones de gente apresurada que pasaban debajo de la ventana y algunas frases enteras de quienes buscando refugio cabe la sombra del árbol, de su árbol, reposaban haciendo un alto en su camino. Frases de amor, frases de desengaño, frases de esperanza, miserables o de reproche.
Un gorrión, el golfo de los pájaros, fue a posarse en una supuesta rama, de las mas cercanas a su ventana. Parecía que miraba hacia dentro del cuarto. Se quedó allí quieto durante unos interminables segundos mirando a los ojos de Javier. Nunca habría imaginado que una ser tan menudo pudiera tener una mirada tan inteligente. Parecía que quería trasmitirle algo; esperanza, alegría, futuro, determinación.
El gorrión sin mas preámbulos dio un salto y se plantó en el alfeizar de la ventana comenzando a piar, alegre y optimista. A saltitos fue recorriendo todo el vierteaguas hasta quedar lo mas cerca de la cama que se podía.
Javier estaba hipnotizado por aquel comportamiento. Se le había olvidado que había intentado, por dos veces, moverse y no lo había conseguido, lo que estuvo a punto de sumirle en la histeria, y sin embargo ahora, contemplando el pajarillo se sentía alegre.
De repente, aquel ser libre y despreocupado, se irguió sobre sus patas, estiró su cuellecillo mirando a todos los lados y antes de que Javier pudiese imaginar que es lo que pudiera ir a pasar, el gorrión dio un salto y en un cortísimo vuelo fue a aterrizar en los pies de la cama fascinando aquel cuerpo muerto, desfallecido, que presidía una cabeza con todas las ganas de vivir intactas.
Javier estaba hipnotizado. Nadie se lo iba a creer, porque era increíble. El gorrión comenzó a dar saltitos por encima de la colcha bajo la que se encontraba el cuerpo muerto. A cada pocos saltos, se detenía, miraba, insolente, a todos los lados y continuaba en su trayecto que culminó en el mismo embozo, blanquísimo, de la cama, cerca, cerca de la cara del encamado. Pero si lo que estaba sucediendo le parecía extraordinario a Javier lo mas fuerte estaba por llegar. El muchacho comenzó a inquietarse temiendo, que igual que aquel descarado pajarillo se había plantado en su embozo podía en cualquier momento lanzarse a su cara a picotearle y ¡no tenía defensa!. Por más que intentaba mover una de las manos, un dedo siquiera, estaba incapacitado. A punto de perder los nervios del todo surgió lo impensable.
-          Tranquilízate Javi, que no te voy a comer, ¿no ves lo chico que soy? Solo he venido a ver como estabas. Me ha costado encontrarte, pero ya veo que estas descansando. ¡Ah!, ya veo que no me conoces. Soy tu gorrión de la guarda.
Javier no daba crédito a lo que estaba pasando. ¡Caramba!, los gorriones no hablan y menos guardan a nadie. ¡Ya estaba!, estaba dormido y estaba teniendo un mal sueño, de ahí ese sentirse inmóvil, paralítico, solo la palabra le producía escalofríos. El hecho de que ahora el pajarillo aquel perorase, tan suelto de pluma, corroboraba su sospecha.
-          ¿Qué es eso de gorrión de la guarda? ¿Tú no sabes que lo que suele guardar en estos lares es un ángel? Y además eso es una antigualla. No pienso hacerte caso, porque esto no es más que un mal sueño, así que desaparece ya porque no te creo.
El gorrión se quedó con el pico abierto. Entorno sus ojillos y meneó la cabeza de lado a lado, dejo caer sus alas desfallecidas a ambos lados del cuerpecito y suspiro aburridamente.
-          Ya veo, ya veo. Otro que no me cree. ¿Qué he de hacer para que me creas?
Se quedo pensativo y comenzó a saltar de izquierda a derecha de la cama. De repente se detuvo y de un corto vuelo se volvió a colocar frente a frente a Javier.
-          Vamos ver, listillo. ¿A que no sabes que es lo que haces aquí y porqué por mas que lo intentas no consigues mover ni un dedo chico?
-          Si lo sé. Esto es un sueño, mas bien una pesadilla. De un momento a otro mi madre me despertará para ir al Instituto y ahí habrá acabado todo.
-          ¿Tu tienes moto, verdad?, ah, ah, no me contestes todavía, déjame terminar. ¿Y tienes un casco precioso, a que sí? De los caros. Y también es verdad que no te lo pones porque, o bien es que se ríen de ti, o, “total voy dos calles mas allá”, o peor..., “a que no tienes narices de no ponértelo”. Tu amiguita Elena, ¿no es verdad que se lo dejas a ella cuando la llevas de paquete?, gesto que te honra por otra parte pero que te lleva precisamente donde ahora te encuentras.
De repente, como si un espíritu organizador se hubiese puesto a trabajar a destajo, los fotogramas descabalados que se le amontonaban en la memoria se colocaron prodigiosamente coherentes y le contaron en una décima de segundo la razón de su presencia en aquella habitación:
“Yo te llevo Elena, no es mas que un trecho corto pero amenaza lluvia, venga, con mi moto es cuestión de segundos pero, toma, ponte el casco. A mi no me hace falta, yo controlo, además ya te he dicho que no tardamos nada. ¿El trafico?, con la moto no hay atascos que valgan”.
A continuación todos los fotogramas estaban en negro hasta que se iluminaban unos que le hacían a el en aquella habitación.
-          ¿Ya vas recordando, verdad?. ¿Hasta donde llegas, antes o después del semáforo que se te abrió en verde para que pudieras pasar? ¿Recuerdas el “¡cuidado!” de Elena?
Javier empezó a tener miedo de verdad. Ahora que se lo recordaba el absurdo gorrión parlante, si, aquel “cuidado” fue un grito lleno de terror y angustia de Elena y luego aquella mancha roja que se le echó encima a gran velocidad. Luego negro, todo negro, nada.
-          No te apures hombre, a Elena no le ha pasado nada de nada. El casco le ha salvado la vida. Si tu lo hubieses llevado..., quizá ahora no estuviese yo aquí interesándome por ti, pero como soy tu gorrión de la guarda...
-          Bueno, hombre, o gorrión, ya vale, con la bromita. Si tanto sabes me podrás decir que es lo que me pasa a mi. ¿Por qué no me puedo mover?
-          Allí mismo un señor muy listo, vestido de azul, que llegó en una furgoneta pintarrajeada de luces y colores y haciendo mucho ruido y con malos modos, que todo hay que decirlo, se puso a decir que tu ya estabas listo, que si paralítico para siempre y eso con suerte y la pobre Elena que lo escuchó no veas el disgusto que se llevó. Todos se creen que te has roto el cuello. Pero no. Te lo digo yo. Se te ha asustado la medula para que te asustes tú a ver si la vez siguiente te pones el casco. Si, estas paralizado de cuello para abajo pero en cuanto el medicamento ese que te están metiendo por el brazo haga de las suyas podrás empezarte a mover, no va a ser fácil, pero en quince días como nuevo. Te lo digo yo que como gorrión de la guarda me encargué que el cuello no se llegase a romper. La moto, eso si, para el arrastre, no tiene solución, pero bueno cuando recuperes tus piernas te va a dar tanta alegría que no querrás ir ningún sitio si no es andando. Ahora me tengo que ir porque tus padres están a punto de llegar y no estaría bien que me viesen aquí. A un colega mío que se retrasó un poco le echaron una sabana por encima y le cogieron y si no llega a ser por uno de nuestros guardianes honorarios, un celador, allí le cantan el gorigori. Ahora descansa tranquilo y no te preocupes de nada más. Eres un buen chaval pero el casco, ¡ay el casco!, bueno ya está todo terminado.
Javier vio como el gorrión de un certero salto echaba a volar y salía por la ventana sin detenerse siquiera en la rama del árbol. De repente se dio cuenta que no le había preguntado el nombre.
-          ¡Eh, eh!, ¿como te llamas?, no me has dicho como te llamas.
-          Ya hijo, ya. Estoy aquí, mama está aquí.
La madre de Javier entraba en la habitación acompañada del padre y el médico encargado de su caso. Al escuchar a su hijo preguntar por su nombre se alarmó sobremanera y se abalanzó a consolarle mientras le revestía de besos empapados de lagrimas.
-          No se inquiete señora eso es normal, esta muy agitado, el traumatismo cerrado ha sido brutal. Hasta que no pasen unos días no sabremos las secuelas reales aunque no quiero darles esperanzas. De momento está tetrapléjico y esa situación será difícilmente solventable. Una fractura de cuello con la lesión medular que eso conlleva hoy por hoy...
-          Pero es que es muy joven, son quince años solo. Mi niño no puede quedarse paralitico, no puede. Hagan algo, la medicina está muy avanzada, díganme cuanto cuesta, lo que sea, donde hay que llevarle...
-          No señora, tranquilícese. Vamos a dejar descansar a su hijo, vamos a mi despacho, allí hablaremos.
-          ¡Mama!, espera. No te vayas. Papa, ven tengo que deciros algo.
Rápidamente el medico de acercó a controlar las constantes del enfermo y a tranquilizarle.
-          Descansa Javier, todo está controlado, no pasa nada.
-          Si que pasa. Pero no es lo que usted se cree. Déjeme que hable con mis padres, a solas por favor.
El medico respetó la decisión del paciente. Miró de forma conmiserativa a los destrozados padres y haciendo un gesto de impotencia salió de la habitación.
-          Solo quiero que mientras os digo lo que tengo que deciros no me interrumpáis ni me toméis por loco. Como yo lo he vivido así os lo voy a contar y como yo me le he creído así lo habéis de creer vosotros. Y aunque no me creáis respetar mi visión. Si no es cierta, al menos los próximos quince días podré vivir sujeto a una esperanza, la que luego no volveré a tener si estoy equivocado.
Javier contó punto por punto todo lo que le había dicho su gorrión, sin ahorrarse ni una coma y aunque por las expresiones de las caras de sus padres comprendía que le escuchaban por deferencia el quiso continuar hasta el final.
Cuando hubo terminado ni su padre ni su madre podían contener el torrente de amargura que se desbordaba por sus ojos. En ese momento, tan agitado como los papeles que traía el medico en la mano entraba bruscamente en la habitación visiblemente emocionado.
-          ¡Que no, que no! No señores, no era eso. No saben lo que me alegro. Estaba equivocado, estábamos equivocados todos. Se va a recuperar, no se cuantos días tardará en empezar a verse la mejoría pero se va a recuperar.
La madre de Javier, ya mas serena y aún con lagrimas en los ojos, le contestó.
-          Ya, ya lo sabemos, unos quince días, que a él se lo ha dicho su gorrión de la guarda.
-          ¿Cómo dice señora?, ¿que dice de un gorrión de qué? Llamaré al psicólogo del centro, ahora que parece que esto se encarrila no quisiera que esto se me fuese de las manos otra vez.
El padre de Javier secándose sus glaucos ojos de las postreras lágrimas, de alegría que endulzaron las últimas de amargor, terció en la conversación.
-          No hace falta ningún psicólogo, créame, son cosas del acervo propio de las relaciones materno filiales. No es más que una forma de hablar. Estamos muy agradecidos a todos ustedes por sus desvelos, ahora, déjenos solos para poder disfrutar de la buena noticia en familia.
El medico salió de la habitación confundido por la falta de respuesta ante la magna noticia que él creía honradamente que iba a dar. Tan de perplejidad se le quedó la cara al medico que una enfermera que pasaba por allí tuvo que preguntarle.
-          ¿Le ocurre algo doctor?
-          Pues no sabría que decirle si me han agradecido o me han reprochado que les dijese que su hijo no se iba a quedar tetrapléjico. La gente es cada vez más rara.
Al cabo de un buen rato los padres de Javier fueron reclamados a administración para papeleos y el padre fue a solventarlos mientras la madre se quedaba con el hijo. En eso un gorrión se posó en el alfeizar.
-          Mira, mama, ahí está mi gorrión de la guarda.
Cuando la madre volvió la cara el gorrión emprendió la marcha a la misma velocidad con la que había llegado hasta la ventana.
-          ¿Tu me creíste, verdad, mama?
-          Es nuestro oficio de madres, hijo, ¿no lo sabes?, creer a nuestros hijos hasta en los disparates mas enloquecidos, incluso en los disparates ciertos como el tuyo.

27.2.13

domingo, 17 de febrero de 2013

LA NINFULA

La Nínfula


Como cada tarde Sebastián recorría el trecho que le separaba de casa de su hija para recoger a su nieto Guillermo de cinco años y llevarlo al parque, mientras su hijo, el padre del niño echaba horas y hasta que la madre saliese del trabajo que a eso de las siete pasaba por el parque a recogerlo. Cuando los rigores climatológicos lo impedía Sebastián se quedaba en casa de su hijo cuidando al niño, pero en cuanto el tiempo daba tregua salía al aire libre y como el parque no estaba lejos de la casa aprovechaba. Hacía ya un año que se había quedado viudo, de repente como suelen suceder las cosas importantes en la vida de una persona. Regresó del trabajo como cada día y se la encontró sentada en la mesa camilla con la costura entre las manos y la cabeza dócilmente apoyada en la oreja del sillón. “Una cabezadita”, pensó, pero la falta de movimientos del tórax hizo que de pronto se le descompusiese la barriga. Se acercó y estaba fría, como el beso de la muerte. Muerte súbita diagnosticaron y Sebastián anduvo llorando quince días hasta que la realidad se impuso. “Papá, ya no sabemos que hacer con el niño, y Nuria y yo tenemos que trabajar, por favor, échanos una mano y quédate tú con Wily por la tarde, sabemos lo que representa para ti, pero…”
Sebastián hizo de tripas corazón y con su pena a cuestas llevaba todas las tardes a Wily al parque a que jugase mientras él meditaba sus lágrimas sin poder resistirse a derramarlas de vez en cuando. Pero pasaban los meses y no hay dolor por muy acervo que sea que no se mitigue, así que con el hondo pesar de su ausencia en el corazón fue rehaciendo el día a día a base de rutina.
“Papá estás adelgazando mucho le decía su hijo Guillermo, no estás comiendo como debes, te vas a venir a casa a comer todos los días, por lo menos una comida al día como dios manda harás”, Sebastián miraba con ojos vacíos a su hijo, se le saltaban las lágrimas y callaba. Sumisamente cada día iba a casa de su hijo a comer. Comía las más de las veces obligado, pero lo hacía, luego sacaba a Wily al parque hasta que Nuria le recogía unas veces a las siete otras a las ocho dependiendo de la faena y camino de regreso a casa, solo, temiendo meter la llave en la cerradura para encontrarse la frialdad de la tumba, pero no le importaba porque sabía que su Joaquina pasaba el mismo frío encerrada en su nicho pudriéndose mientras él podía arroparse cada noche y llorar de pena profunda, cada noche y soñar cada noche con su cara deshaciéndose en jirones que eran devorados por gusanos repulsivos, haciendo que se despertase sobresaltado empapado en sudor frío que añadía más dramatismo al que él de por sí ya estaba sufriendo.
La mañana, se había obligado a salir a desayunar a la calle, porque si no, no lo habría hecho. Siempre un café manchado, que nunca fue de sabores muy intensos y una hojeada al periódico del bar para luego dar una vuelta hasta el parque donde llevaba a su nieto por la tarde a dar de comer a las palomas para lo cual compraba una bolsita de migas que una pobre mujer vendía en la puerta del parque.
Una tarde, ya calurosa de primavera avanzada Wily, al que no quitaba ojo de encima nunca, vio que trabaja conversación con una niña de coletas rubias de unos once años. Se acercó, porque no era el tipo de amiguita que esperaba en un crío de cinco años. “Hola guapa, como te llamas” y como el rayo una mujer se acercó a él. “Que desea usted”, y había en el educado y encorsetado “Que desea usted” un mucho de violencia que a Sebastián le sonó fuera de lugar. “He visto a mi nieto Wily hablar con esta niña y me he acercado, porque las edades no parecían muy parejas”. La mujer aparentó relajarse, “Perdone usted, pero es que en estos días, hay que estar con mil ojos”, “Si señora tiene usted razón, que edad tiene su niña”, “once añitos, es Marisa. Marisa saluda a este señor que es el abuelo de este niño”, “Wily” , le acotó Sebastián , “que guapo es”. “También su hija señora”
Estaban los niños agachados jugando con unos guijarros de colores en la piscina de arena cuando la niña volvió unos ojos gatunos, grandes y del color del sol de otoño que se le clavaron a Sebastián en los suyos para recorrerle despacio el cuerpo e ir a depositarlos a media altura; luego esbozó una sonrisa imperceptible y se pasó la lengua rosada y carnosa por los labios tan rojos que parecían pintados, tal era el contraste con la blancura de su piel. A Sebastián le recorrió un escalofrío la espina dorsal. Fue una sensación como de ultratumba, pero aquella mirada plantada firme en aquella parte de su anatomía le inquietó.
“Anda Wily vámonos ya, que tu madre tiene que estar al llegar”; no podía seguir en aquel lugar sometido al taladro de los ojos de la niña rubia celestial con su vestido de punto inglés y sus calcetines de encaje.
El niño se resistió lo suficiente como para que Sebastián imprimiese a la orden un tono mas desagradable e imperioso, “He dicho que nos vamos, otro día jugarás”. Wily puso morros pero de la mano siguió a su abuelo. Anduvieron dando vueltas por el parque esperando a Nuria hasta que volvieron a toparse con la madre y Marisa. “Aún no ha venido su madre, hoy se retrasa”, se disculpó Sebastián pero la niña sin mediar más palabra se le acercó le cogió dulcemente de la mano y le dijo “Quieres ser mi abuelito también”. Sebastián tembló de excitación nerviosa encorajinado con él mismo porque no se explicaba que estaba pasando. En ese momento llegó corriendo Nuria a buscar a Wily. “Fui a la piscina de arena y no os vi, me alarmé, la verdad”, la madre cogió a su niño le plantó dos besos y se despidió. Sebastián le dijo que le acompañaba y se despidió atropelladamente de la niña de las coletas rubias y de su madre.
“Les conoces de algo”. La pregunta hizo que el abuelo se ruborizase y se despachó con un farfullo incomprensible para terminar diciendo que la mujer era una grosera que se había pensado que él había intentado hacerle algo a su hija, “Estoy indignado Nuria, pensar eso de mí, si llega a estar tu suegra delante se habría enterado esa mujer”.
“Vas a subir a cenar” y Sebastián se disculpó diciendo que tenía unos sellos que acababa de comprar que tenía que catalogar y dar acomodo en los álbumes, mintiendo y preguntándose a si mismo que porqué mentía, pero tenía necesidad de llegar a su casa y sentirse solo para poder indignarse consigo mismo por el cataclismo que aquella única mirada de una niña inocente había provocado en él. Se tildó de degenerado, de asqueroso pederasta por no poderse sacar de la cabeza esas trenzas rubias y esos ojos miel oscuro que le miraban donde más le dolía y donde más placer experimentaba y además donde más asco se daba a si mismo.
Sebastián no cenó ese día. Por primera vez en muchos años no estaba pensando en su mujer, porque su cabeza solo la ocupaba una obsesión esa mirada clavada en su entrepierna y lo que es peor, cada nueva vez que traía, sin voluntad, esa imagen a su cabeza con más ímpetu despertaba esa parte de la anatomía.
Fue al armario de las medicinas y cogió una de las pastillas que su mujer tomaba para dormir y se la tragó, para poder conciliar un sueño que se le adivinaba imposible.
Intentó dormir, pero ni la pastilla podía conseguir que conciliase el sueño, haciéndole dar mil y una vueltas hasta que de repente era de día y la noche había pasado. Esa noche no hubo pesadilla, ni su mujer congelada de frío en el nicho ni su carne podrida: nada.
Se levantó felicitándose de haber tomado la decisión adecuada, tomarse la pastilla. De ese día en adelante haría lo propio y sus problemas comenzarían a diluirse. La niña del pelo de oro dejo de ser la obsesión y él se fue a su desayuno descansado.
Sebastián se sentaba en una mesa del café donde habitualmente iba al lado de un ventanal para poder leer con más claridad el periódico. Enfrascado en un artículo de crítica literaria vio de reojo una figura a través del cristal. No quiso que le distrajese y no reconoció la figura pero de forma tan insistente estaba parada allí al otro lado del ventanal, que finalmente atendió a quien con tanta insistencia reclamaba su atención con su pertinaz presencia.
El corazón le dio un vuelco, el café que tenía en la mano se le resbaló y empapó el papel prensa y el buche de café que estaba intentando tragar se le fue por mal camino. La niña de las trenzas rubias como de valkiria, y de ojos color de ocaso estaba muy sería mirándole. Cuando él se comportó de forma tan torpe ella dejó su gesto adusto y enseñó una hilera de dientes ligeramente separados y de una blancura de creta dibujando en su cara angelical una sonrisa cautivadora en la que unos hoyitos graciosos le aparecían en cada mejilla. La niña desapareció de la cristalera justo cuando Sebastián miraba al camarero de la barra para pedir una disculpa tácita por su torpeza. Se levantó, miro por la cristalera a derecha e izquierda pero nada y cuando fue a sentarse otra vez la tenía a su lado. Inmediatamente el camarero se acercó: “¿La niña va a tomar algo?, un batidito, de que lo quieres, ¿de vainilla?”. Sebastián intentó argüir que esa niña nada tenía que ver con él pero las palabras se le atropellaban en la garganta y para colmo de males la niña se le agarró de la mano acariciándosela suavemente lo que tuvo como respuesta en él, algo que terminó por escandalizarle. Su sexo respondía a la caricia de la mano de la niña de forma contundente. Se soltó de la mano de la niña como si de un hierro al rojo se tratase y con cara angustiada le dijo al camarero, que le conocía de años, que esa niña nada tenía que ver con él. Como respuesta la niña se abrazó a su pierna rozando peligrosamente partes sensibles y mirando con faz de suplica a Sebastián. “Pues para no conocerla de nada es bastante familiar Don Sebastián”. Sebastián cada vez estaba más nervioso, hasta que por la puerta entró la madre de Marisa. “Hija no me des estos sustos, donde te metes…, ah es usted, perdónela, es muy niña pequeña, por eso juega con niños como su nieto”. Cuando la niña fue recogida de la mano por su madre dejó resbalar la otra mano por la cruz de los pantalones de Sebastián provocándole un calambre que le hizo dar un respingo. El hombre miró a la niña que le dedico lo que Sebastián solo pudo interpretar como una sonrisa perversa. A medida que la niña se alejaba volvía la cabeza y sin borrar esa sonrisa decía adiós con la manita.
Pagó la cuenta y salió rumbo a su casa, donde llegó y tuvo que cambiarse de ropa interior. Hacía más de un año de lo de su mujer y en todo ese tiempo había tenido pulsión sexual alguna pero ese único roce de la mano inocente por sus pantalones en una zona tan equivoca había provocado una eyaculación acompañada de calambre mas que de placer y le había empapado los calzoncillos.
Cuando llegó a casa de su hijo su nuera le noto ausente. “Sebastián, te pasa algo, ahora parecía que ibas mejor”, el hombre contestó con evasivas y se adjudico un poco de catarro y malestar general para justificar su cambio de actitud. Pero no conseguía apartar de su cabeza la sonrisa maleva de la niña de su cabeza y cuanto mas intentaba apartársela mas sentía que su miembro le crecía dentro de su ropa interior y eso le angustiaba, porque él no era un pederasta, era la niña la que le provocaba, estaba seguro, o quizá todo fueran imaginaciones suyas, ya no sabía que pensar.
Después de comer Nuria se fue al trabajo y Sebastián una vez el niño hubo dormido su siesta y él leído a sus clásicos, como era costumbre, salieron al parque. Iba temblando porque sabía que iba a encontrarse con Marisa y le provocaba una sensación ambivalente, de rechazo por una parte pero de deseo de verla, de dejarse absorber por esa mirada inocentemente perversa y sin remediarlo imaginar como sería la niña sin ropa, si tendría ya algo de pecho, si las areolas habrían empezado a aflorar y los pezones comenzar a colorearse y sin remedio descendía a los infiernos en los que encontrar una piel lampiña aún pero ya empezando a insinuar su destino final con ese vientre plano adornado por un ombliguillo perfecto y el hueso del pubis, siendo una niña delgada, como cordillera que separa el abdomen del valle de la felicidad, con unos muslos blancos y torneados y sin poder dejar de imaginar los veía como servían de cauce a los fluidos que resbalaban de los labios de la niña que al frotarse unos contra otros al caminar le provocaban una turgencia no correspondida con la edad que la niña tenía. Y sin querer su erección era ya dolorosa pensando en aquellas lascivias. Intentó hacer volar la imaginación a los mundos de Virgilio descendiendo de la mano de Dante hasta el noveno circulo del infierno y no se veía en el segundo de los lascivos sino en la sexta fosa del octavo circulo el de los hipócritas sumergidos en plomo dorado para suplicio eterno, porque a la vista de todos el era un hombre intachable, durante toda su vida y sin embargo estaba encenagado en el deseo de una niña, ¡una niña! Si tuviera redaños se pegaría un tiro, pero miraba a Wily que tenía locura con el abuelo y se le caían lagrimas amargas de dolor porque de la misma manera que el tenía esos ojos rastreros para la niña que ya le tenía encelado, quizá hubieran otros ojos que lo estuviesen de su nieto.
Iba mirando descaradamente a todo el que se cruzaba a ver si miraba a su nieto y de que forma lo hacía, dispuesto a perder la cara por defenderlo de un degenerado, como el mismo se consideraba.
Llegados al parque Sebastián fue incapaz de sentarse, primero porque no tenía ojos para vigilar a Wily y segundo porque no terminaba de ver a Marisa de lo que se felicitaba y al tiempo le hacia sufrir; la ambivalencia persistente que de alguna manera le quitaba la suficiente dosis de responsabilidad en lo que consideraba una aberración como para no abrirse las venas. Algo muy en lo hondo le hacía sufrir por no poder ver esos hilos de oro enmarcando una cara de querubín con mirada de lava ardiente. Pensar en esa mirada, el roce sutil de la manita por su entrepierna y la candidez equivoca con que le observaba detrás de la cristalera le reprochaban su deseo de…, no quería ni permitirse seguir dejando que la imaginación volase. Esa tarde la niña no apareció y Sebastián respiró tranquilo y se contrarió, porque no viéndola poco a poco los recuerdos se irían desvaneciendo hasta olvidarlos por completo y él podría volver a ser el de siempre, pero ese fuego que le achicharraba por dentro cuando la tenía cerca y le hacía sentirse joven, arrollador y potente otra vez, los echaría de menos. Pero las cosas, pensó, están bien como están. Nuria llegó a recoger a su niño y él se fue a su casa poniendo el achaque de los sellos como hacia siempre.
Pero cada noche la imagen de su Joaquina fue sustituida por la de una niña de trenzas rubias que cada día que pasaba sin verla más perdía los contornos de sus facciones y no era más que un cuerpo de niña-mujer sin cara pero con ojos que miraban con intenciones aviesas y hacían que Sebastián tuviese poluciones placenteras de las que se reprochaba por la mañana. Hasta que llegó un día, en que pensó, que qué malo podía tener el que tuviese unas píldoras de placer en su aterradora y estéril vida, cuando ocurrían en el mundo de Morfeo sobre la que él no tenía ningún dominio. Hasta que una noche de forma consciente, la imagen de Marisa sin rasgos muy definidos y cuerpo que se parecía escandalosamente al de su Joaquina se le hizo contundentemente presente en ese espacio de la noche en que aún no estás dormido pero la voluntad se relaja y uno se abandona a la molicie del placer del sueño que sobreviene. La erección fue explosiva y no fue capaz de desechar de su imaginación una estampa de un sexo lampiño, como si su Joaquina se hubiese depilado, pero con las ninfas puestas a buen recaudo entre dos perfectas protuberancias convexas y asedadas paralelas insinuando entre ellas una hendidura turbadora. A su Joaquina se le salían las ninfas por fuera, ese sexo él sabía a quién debería pertenecer y sin embargo continuó con su masajeo lento y moroso de su miembro que en pocos y suaves roces más entró en efusión como un volcán rugiente permitiéndole que la cabeza le hiciese sentir mareo y recordar ese mismo sentimiento como aquel, allá por su adolescencia, cuando una compañera de Facultad le dejó acercarse en un “agarrao” y rozarse descaradamente con ella. Inmediatamente terminada la soberana eyaculación se echó fuera de la cama y se metió en la ducha, haciendo que el agua saliese fría para congelar y a ser posible eliminar rápidamente esas imágenes que él era ya incapaz ni siquiera de nombrar.

Los días y los meses fueron pasando y aquella niña dejó de aparecer por el parque. Los sueños del abuelo dejaron de ser tan insistentes hasta que llegó un momento en que desaparecieron del todo sin que los aterradores de su Joaquina volvieran a hacer acto de presencia. La vida del jubilado se estabilizó y la imagen de aquella niña de trenzas rubias se deshizo como un azucarillo en agua caliente.
Sebastián siguió llevando al parque al nieto cada día, salvo sábados y domingos en que salía con sus padres que estaban libres.

Pasaron siete meses más y el pasado fue eso, pasado y Sebastián olvidó como quería.
Su nieto ya más mayorcito cuando iban por el parque campaba más por sus respetos con nuevos amigos, bicicleta sin ruedecitas y necesidad de sentirse mayor. Wily iba y venía para tener tranquilo al abuelo que se dedicaba a leer, su gran afición desde siempre.
Como todas las catástrofes tienen sus prolegómenos, de pronto el sol que calentaba a Sebastián mientras estaba zambullido en su historia, se apagó y los trinos de los pajarillos de alrededor dejaron de escucharse. Sebastián levantó la cabeza y comprendió el porqué el sol ya no le calentaba y los pajarillos a los que él echaba migas de pan habían levantado el vuelo. Iluminada por la espalda por el sol durmiente de la tarde le nimbaba de un velo dorado que le daba a la cabeza un aspecto angelical, puro, de inocencia primigenia. “Hola, ¿te acuerdas de mí?”. La voz de Marisa era menos aniñada aunque más melodiosa que meses atrás. En ese “Te acuerdas de mí” había registros que solo era preciso saberlos leer para comprender que llevaban un mensaje de perversidad, de deseo impropio. Al tiempo la niña se llevó las manos al centro de su cuerpo, allí donde las piernas se unen en un pozo de sensualidad y las intentó esconder dentro con el popelín fresquito que le servía de vestido. Sebastián no pudo evitar observar el torneado de los muslos y la marca casi insinuada del sexo de la niña entre sus manos.
El hombre intentó dominar la situación. “Si, niña, claro que me acuerdo. ¿Y tu mamá? Le dijo Sebastián mirando a derecha e izquierda intentando averiguar dónde se encontraba esa mujer tan irresponsable que dejaba una niña tan pequeña sola hablar con un extraño. “En casa, ya soy mayor, dentro de nada cumpliré trece años, me deja venir sola” y sin mediar más explicación la niña se sentó en el banco al lado de Sebastián, muy cerca de él, tanto que su muslo rozaba débilmente con el del hombre. Sin poder controlarse y sin explicárselo, la erección fue no solo explosiva e instantánea sino que se hizo evidentísima a pesar de los pliegues del pantalón. Sebastián quería levantarse y marcharse, pero un calambre deleitoso que le partía de la parte del ano y le ascendía por el fuste de su miembro, pero por dentro del cuerpo le estallaba en una sensación tan placentera que no era capaz de mover un musculo para cambiar de posición.
“¿Qué le ha pasado, señor, ese bulto que le ha salido en el pantalón?” Y eso fue la gota que colmó el vaso. De un brinco se puso en pie y sin volver la vista atrás saltó hacia adelante llamando a voces a su nieto dejándose el libro que estaba leyendo sobre el banco.
Tan fuera de lugar estaba su forma de conducirse que el guarda del parque le preguntó si se le había perdido un niño, cuando en ese momento divisó a su nieto Wily pedaleando por detrás de unos setos de boj; “No gracias, está allí, ya sabe usted, los niños con las bicis que se pierden de vista”. Llegó a la altura del niño y le obligó a descabalgar y a sentarse con la excusa de que estaba ya sudoroso del ejercicio y era preciso que descansase. La madre llegó al poco y el niño se fue con ella. “Yo me voy a quedar un rato más” dijo Sebastián, porque en ese momento echó en falta el libro y quiso dar tiempo a que la niña desapareciese para ir a recogerlo. Y pensaba en la niña apoyándole de forma inocente (¿Cómo podría ser de otra forma en una niña tan pequeña?) su mano en el pantalón y preguntándole por la erección y no conseguía que esta decreciese, antes bien la tensión en el glande crecía y ya notaba como empezaba a destilar fluidos propios de la excitación, lo que contribuía aún más a enervarle. Fue entonces cuando se le acercó alguien que desde lejos le hizo muchas fiestas y en quien reconoció a un antiguo compañero de trabajo. Charlaron de sus cosas de jubilado rememorando viejas glorias de cuando no eran tan estúpidos como ahora, como le decía el conocido, pero tuvo la virtud de distraerle de su obsesión por la niña de las guedejas rubias y serenarle lo suficiente para que al cabo del rato él se pudiera despedir alegando que se había olvidado un libro en otro banco y debía ir a ver si continuaba allí.
Efectivamente se dirigió con cierta prevención al banco y de lejos y medio emboscado en unos jazmines grandes pudo observar que la niña ya no estaba. Se acercó pero el libro tampoco. Buscó al guarda del parque por si algún alma caritativa le hubiese podido entregar su libro, pero no, nadie había entregado nada. Finalmente se resignó a perder su libro y lo consideró una especie de penitencia por su lascivia para con aquella niña. Ya tenía pensado no regresar mas a ese parque y dirigirse con su nieto a otro un poco más alejado pero en el que a buen seguro la niña de pelo de oro no se iba a encontrar.
Ya se iba para su casa cuando el guarda vino buscándole. “Se me olvidó decirle que una señora preguntó por usted, si sabía donde usted vivía, pues tenía algo que entregarle, yo le di su dirección, a lo mejor hice mal, pero la mujer no parecía de mal aspecto y era muy educada. ¿Usted sigue viviendo donde toda la vida no?”. Sebastián le contestó que sí y se marchó para su casa meditando quien podría ser y que querría de él una señora educada, aunque a buen seguro, no tardaría en enterarse.
El sábado siguiente, estaba Sebastián después de su siesta escuchando las Vísperas de Monteverdi que le elevaban hasta cotas de espiritualidad que le provocaban paz y sosiego cuando sonó el timbre. Salió de su estado de medio éxtasis y fue a abrir la puerta sin tomar la precaución de pensar quien pudiera ser.
El corazón se le detuvo al ver en la puerta a Marisa de los rizos dorados y a su señora madre.
“Perdone usted, pero como se dejó usted el libro el otro día en el parque…”
“Pasen, pasen”. Sebastián se sintió obligado a hacerlas entrar dentro del marco de las estrictas normas de buena educación.
“Anda dale un beso a este señor, Marisa, que eres muy arisca” Sebastián tembló, agachó la cabeza y la niña le rozó sus labios contra la comisura de los suyos haciéndole sentir que estaban humedecidos y ligeramente entreabiertos. La respuesta de su cuerpo no se hizo esperar y en esta ocasión el se encontraba en pijama pues se acaba de levantar de la siesta, pero se dio la vuelta rápidamente haciendo la indicación de por donde deberían entrar a su casa. Con disimulo indicó los asientos y él se sentó en su sofá intentando disimular lo que pudo la erección, pero no quitaba ojo a hurtadillas de la cara de la niña que sin perder su sonrisa falsamente inocente, ahora ya estaba convencido, no quitaba ojo de su entrepierna. La madre de la niña le entregó el libro a su hija, “Anda Marisilla, devuélvele el libro a este señor, nos dijo donde vivía usted el guarda del parque que es muy amable”.
La niña se acercó a Sebastián con el libro en la mano y cuando éste fue a cogerlo, la niña le dijo que si quería ver lo bien que leía ella ya. Sebastián no pudo negarse y la niña se fue a sentar en el regazo del hombre que no pudo disimular ya la erección contra la nalga de la pequeña perversa. “Sentada aquí estoy muy a gusto, mama”. La madre sonrió satisfecha, “Es que ella no tiene abuelos, sabe usted y claro, no sabe lo que es sentarse sobre las piernas de un abuelito”. La niña movía las nalgas acomodándose de tal forma que el miembro de Sebastián quedase entre sus dos carrillos. Comenzó a leer con bastante desenvoltura y en un momento la madre se puso en pie alarmada. “Hay por dios”, Sebastián quiso ponerse de pie pero la niña no estaba dispuesta a abandonar su posición de ventaja, “Que le pasa a usted”; “Que tenía que recoger de misa a una tía-abuela que cuido y como no me de prisa se va a perder, porque ella sale de la iglesia y se desorienta. A usted le importaría quedarse con la niña un momentin mientras voy por mi tía” y sin dejar espacio a un “no” la mujer tomó camino del pasillo hacia la puerta. “No se apure yo sé el camino, usted siga con la niña escuchando lo bien que lee”.
En cuanto sonó la cerradura de la puerta la niña le echó los brazos al cuello al pobre hombre y le plantó un sonoro beso en las mejillas. “¿Tu eres mi abuelito, verdad? Y se descabalgó de sus piernas con lo que el alivio de Sebastián fue manifiesto. “Me estoy haciendo pis, donde está el cuarto de baño”. El hombre le acompañó hasta la puerta y la dejó allí; “No te vayas, que me da miedo, quédate ahí en la puerta”, Sebastián entornó la puerta y se quedó esperando y al rato salió la niña con sus bragas en la mano. “Me he hecho pis encima, me las he tenido que quitar, pero eso da igual, mi mama me las lavará. Vamos a seguir leyendo. Cogió al hombre de la mano y le llevó, y él mareado de lujuria, se dejo llevar hasta su sillón y la niña en esta ocasión se acabalgó sobre una de sus rodillas levantándose el vestido dejando al descubierto el sexo de niña, lampiño y cerrado como una ostra, pero congestionado y turgente. Mi papa me montaba así y jugábamos a que montaba a caballo levantando la pierna arriba y abajo, hazlo tú también, verás que divertido. Sebastián comenzó a mover la pierna sintiendo su rodilla impactar en el mullido del sexo de niña Marisa y no pudo evitar que su erección se hiciese manifiesta. La niña se transfiguró en cuanto empezó el vaivén sobre la rodilla; la cara se le alargó estiró la cabeza hacia atrás y comenzó a gemir como si fuese una mujer adulta. Los gemidos de Marisa estimularon al viejo que aceleró los movimientos de su rodilla y la niña de los gemidos pasó a los gritos de desesperación y ahora además ya no hacia vaivén, sino que se restregaba con fuerza contra la rodilla de Sebastián y en ese momento sonó el timbre de la puerta. La niña se detuvo en su meneo y volvió la cabeza hacia la dirección del pasillo con cara de asesinar a quien se le pusiese por delante y luego continuó aún con redoblado esfuerzo.
“Es tu madre niña, levanta” le urgió Sebastián a lo que la niña apretando las mandíbulas je masculló rugiendo un “No” inapelable; dio dos embates más emitió un grito ahogado y se desfalleció sobre el pecho de Sebastián como si estuviese dormida. Sebastián la recogió en brazos y la dejó sobre el sillón y fue a abrir la puerta. Con el susto, la erección había desaparecido.
Abrió la puerta con sobresalto y la disculpa a la madre ya preparada: “La niña…” y se cortó al ver a dos hombres malamente trajeados con su bolsa grande colgada al hombro y dando la paz. “Váyanse al diablo, imbéciles” y dio un portazo que desencuadernó las bisagras de la puerta. Sebastián estaba furioso, no sabía si porque le habían interrumpido en su actividad lubrica deseada pero reprimida o porque no era la madre que habría terminado con su tortura, que deseaba en ese momento como nada en el mundo.
Regresó a la sala y la niña dormía plácidamente en su sillón con la cabeza apoyada en uno de los brazos, las piernas ligeramente separadas y las manos unidas como en una oración de pureza religiosa en el centro del pecho. Se quedó delante del sillón observándola como subía y baja el pecho con las respiraciones y reparó en como los incipientes pezones se marcaban cuando tomaba aire pausadamente.
Fue una reacción automática. Con sumo cuidado sujetó el vestido de la niña por el bajo y lo levantó dejando al descubierto su sexo infantil. Ni un vello, una convexidad alargada perfecta y una hendidura insinuada rectilínea que prácticamente le obligaron a resbalar sus dedos, sin intención de más, por la hendidura. Primero acarició los muslos, delicados como piel de melocotón de Calanda y los pliegues entre los que se perdía su fruto de la pasión. Al recibir la caricia la niña sufrió un estremecimiento sin aparentar despertarse y el dedo del abuelo adquirió vida propia y se insinuó entre los montes de seda. Comprobó la humedad, la textura, la lisura y se mareó. Se arrodilló delante del sillón y si pensarlo más paso la lengua con delicadeza por entre sus labios y cuando se dio cuenta la niña gemía y colocaba sus manitas dulces en la cabeza del abuelo instándole a penetrar con la lengua hasta donde llegase.
Sebastián se asustó. Él no era un pederasta. De un bote juvenil que a él mismo sorprendió se quedó de pie delante de la niña que le miraba a los ojos desde su posición medio acostada y le preguntaba “Es que no te gusta” con cara angelical de inocencia. “Házmelo otra vez, me da una sensación que me gusta mucho, me gusta más que cuando me lo hago yo con el dedo delante del espejo”. El corazón de Sebastián iba a demasiada frecuencia, le dolía el pecho y no tenía la pastilla a mano, y los ojos no los podía apartar de la entrepierna de la niña que cada vez se abría más hasta quedarse en el sillón como una rana de laboratorio con las piernas completamente abiertas reposando las rodillas sobre el asiento y por mor de la posición su sexo de niña se abrió como un libro infantil de tan solo dos hojas dejando ver dentro otras dos hojas rosa claro y de consistencia tierna. Marisa comenzó a estimularse con sus dedos la zona con una procacidad impropia de esa edad mientras entrecerraba los ojos sacramentalizando un placer que no dejaba dudas de cuales eran las intenciones de la diabólica niña en relación al pobre viejo presa de su libido largamente olvidada y que de repente como un volcán estromboliano lanzaba sus productos mas ardientes a kilómetros de distancia de su sentido de la honestidad. Ensalivaba profusamente decidido a la lanzarse a consumir aquel sexo tierno y suave cuando el timbre de la puerta volvió a sonar. La niña sin alarmarse, como si tal cosa, recompuso su habito, se calzó las bragas supuestamente manchadas de orina y el trajecito fresco de popelín al tiempo que decía de la forma más inocente: “Es mamá”.
Sebastián se dirigió a la puerta deseando y no haciéndolo a la vez que fuese la madre de la niña y que la tortura terminase. La erección a pesar de todo se resistía a abandonar su deseo, pero pudo disimularlo lo mejor que pudo y abrió la puerta. La madre muy alarmada por la tardanza se deshizo en disculpas; la niña salió al encuentro en la puerta con la misma cara de ángel santo y se aupó para dar un beso en la mejilla a Sebastián. “Ha sido muy bueno conmigo mamá” le dijo con cara de no haber roto un plato en su vida; “si ella es muy buena” contestó orgullosa la madre. “Muchas gracias por todo y perdone por el desavío, que seguramente usted tendría sus obligaciones. Muchas gracias una vez más”, y salieron por la puerta madre e hija. Antes de cerrar la puerta definitivamente la niña volvió la cara y adoptando una cara pérfida sacó la lengua y se humedeció los labios al tiempo que decía con entonación pueril “hasta otro día, abuelito”.
Sebastián cerró su puerta y se dejó caer tras de ella agitado. La erección no había cesado aún y le satisfacía la sensación, como de adolescente de la punzada urgente, el alivió rápido en cualquier esquina, tras de cualquier tapia viniendo del colegio. Pero la naturaleza pone las cosas en su sitio, la respiración fue cesando y el corazón atemperándose, con lo que la erección no fue más que un recuerdo húmedo de esmegma pegajoso ensuciando el calzoncillo. Respiró al fin más tranquilo y se fue a su salita a sentarse en su sillón, pero la imagen de la ninfula desvergonzada abierta de piernas enseñando su sexo no se le caía de la mente hasta que cayó dormido fruto de la excitación que le consumía las fuerzas.
Cuando despertó era ya hora de cenar y se tomó un caldo como si fuera cuaresma y un trozo de fruta y dolido por lo que ya era historia antigua se fue a su cama añorando como cada noche a su amada Joaquina y avergonzado porque de haber vivido ella, se lo habría reprochado vivamente aunque lo más probable es que nunca hubiera llegado a suceder.

Las semanas se sucedieron y como suele pasar los recuerdos quedan desleídos en una memoria que ya no es lo que era y en el parque no volvió a ver a la niña aunque en lo más hondo de su ser más animal, más parafilico la deseaba, pero conseguía domeñarlo. Hasta que llego el día en que se levantó y acostó sin recordar para nada el nombre de Marisa.

Habría pasado medio año más cuando una tarde en que Sebastián placidamente releía la Iliada el campanilleo de la puerta le sacó del ensimismamiento. Dejó el libro con delectación después de señalar la página sobre la mesita auxiliar y fue a la puerta pensando en algún mormón o testigo que querrían salvarle de su propio pasado.
El corazón se le detuvo, solo supo boquear como un pez recién pescado y los vellos de la espalda se le erizaron como a los del gato que presiente un peligro inminente. Allí estaba Marisa, sería el comienzo del otoño, con una faldita tableada por encima de las rodillas, una blusita tenue sin llegar a trasparentarse pero que dejaba bien claro que lo que hacía seis meses, eran proyectos de mamas, ya lo eran con todo el derecho. Llevaba unos calcetincitos blancos con unas bailarinas de color azul marino que remataba la imagen perfecta de la adolescente estrenando su nueva condición. El cabello lo llevaba recogido en una cola con una goma adornada por un osito lo que le dejaba la cara exenta y le resaltaban aún más los ojos inocentes de angelote rodeando una Purísima.
“¿Puedo pasar?”. Y en esa única frase, simple, concisa, inocente se resumió todo un semestre de vida no vivida conscientemente y le afloró su deseo desaforado que él había conseguido reprimir a base de normas sociales de uso, de educación recibida desde siempre, de recuerdos de su Joaquina que él creía que le salvaban cuando lo que hacía entre todo era aumentar la presión de la caldera para que cuando llegase este preciso momento estallase en una deflagración que no iba a dejar títere con cabeza. Y pasó.

Sebastián intentó ser lo más neutro posible y natural, en un último esfuerzo porque aquella situación se resolviese sin bajas, pero la niña, ninfula malvada y lubrica, iba a lo que iba; a merendarse a un pobre viejo deseoso de recordar y reeditar viejas glorias pasadas y olvidadas y que con la niña se le presentaban como algo perfectamente realizable. Los instintos depredadores ganaban terreno y cada vez más se abandonaba al deseo de poseer a cualquier precio, con el raciocinio nublado y el deseo como gran almirante de la flota de sus sentidos.
Intentó coger de forma torpe una de las tiernas mamas de la niña, pero no contaba con que desde siempre la que llevaba la voz cantante era ella que desde que le vio le colocó en la diana de sus deseos más sálicos y ella era la que iba a dominar los tempos. Se zafó de la presa que intentaba hacer Sebastián ya medio loco de pasión y adoptando su papel de niña hizo un puchero y amenazó con irse a su casa a decirle a su mama que él quería tocarle donde su madre expresamente le había advertido que nadie debería tocar. Sebastián se turbó y se vio de pronto esposado y en el cuartelillo expuesto al escarnio y con sus hijos y nieto avergonzados de su comportamiento. Se vino abajo, escondiendo la cara entre las manos y comenzó a sollozar pidiendo perdón a la arpía que le manejaba a su antojo. La niña le consoló al tiempo que le llevaba la mano a sus pechos: “Anda tócalos un poquito, están suaves, suaves y la bolita roja del centro cuando me la toco yo me da una especie de calambre que me gusta mucho”. Sebastián se resistió al principio, pero la niña cerró de un portazo la casa y le obligó a cogerle los pechos desabrochándose la camisa. “No llevo bragas, ¿sabes?” le anunció con la más inocente y dulce de las voces. “Porque no vamos a tu sillón y hacemos lo del caballito pero los dos sin ropa”. Sebastián estaba mareado de lujuria pero aún supo conservar algo de raciocinio y le preguntó que qué hacia sola allí. Ella explicó que iba a clase de piano pero que su profesora estaba mala y le había dado la tarde libre y como estaba cerca le pareció bien pasar a saludarle. A continuación le cogió de la mano y le condujo como el que lleva a un niño pequeño hasta su salita donde estaba el sillón. Al llegar ella con toda la naturalidad se quitó su camisita y se desabrochó la falda tableada, quedándose desnuda sin el menor pudor delante del pobre viejo al que se le salía la saliva por la comisura de los labios. Estaba impávido, sin saber como actuar y ruborizado de ver a la niña desnuda con la mayor naturalidad. “¿Quieres que te desabroche el pantalón yo?”. La pregunta de apariencia inocente encerraba todo un tratado de lujuria envasada en piel de melocotón.
Sebastián como un autómata se desabrochó la correa y luego el botón del pantalón que cayó a sus pies dejando a la vista unos calzoncillos que con su Joaquina viva jamás habría llevado, con la marca de la última gota de orina empapando el algodón como a buen prostático correspondería y que su mujer habría tenido siempre blanco como la creta, brillante como el nácar de una perla. La niña se echó la mano a la boca reprimiendo la risa por la mancha amarillenta en el calzoncillo al tiempo que le reprochaba en tono menor que se mease siendo tan mayor ya. Pero no por eso el abultamiento de su plena erección se desalojó. La niña sin pedir permiso bajó el calzoncillo a Sebastián y tomándole por su virilidad se acarició con ella sus propios genitales al tiempo que le decía que ya se veía con aquel trozo de acero caliente dentro de su cuerpo. “¿Tu quieres hacer eso en mi cuerpo, abuelito?, no te importa que te llame abuelito”, y antes de que el hombre reaccionase la niña se había arrodillado delante de él y lamía con suavidad de seda el frenillo del hombre terminando por ocupar su pequeña boca con la mayor cantidad de anatomía del hombre como pudo. Y en ese momento sintió que el orgasmo le sobrevenía sin podérselo reprimir. Sujetó de forma instintiva la cabeza de la niña para que no se retirase y se vació dentro. Cuando acabó la niña le recriminó que le sujetase la cabeza; “No pensaba retirarme eso que te ha salido me ha gustado y al tragármelo he sentido un cosquilleo así como en el estomago, un calambre que me ha llegado hasta las piernas”.
En ese momento Sebastián sintió la garra de fuego que le atenazaba el pecho. El aire de la habitación empezó a faltar y la cara a palidecer. La niña se asustó, “Que te pasa abuelito”. Sebastián pudo dejarse caer sobre el sillón. La respiración agitada hasta que se detuvo. La niña intentó zarandearle un poco para reanimarle hasta que escuchó un ronquido como de ultratumba que la espantó. La cabeza de Sebastián cayó a un lado y un hilillo de saliva rosa le resbaló por la comisura. La habitación comenzó a oler a heces frescas. Marisa no hizo nada más que vestirse con la celeridad justa y salir de la casa apresurando el paso. Antes de cerrar la puerta tras de sí dijo en voz baja “¡Que felices podríamos haber sido los dos jugando!”

17.2.13