Powered By Blogger

miércoles, 10 de octubre de 2012

L U J U R I A IV - V

Lujuria


IV

Mi Ramón. Mi debilidad. Nació bastante endeble, no daban mucho por él, pero parecía tener un carácter fuerte que se oponía, que suplementaba su medrosidad de físico. Durante días y semanas se aferró a la vida negándose a la naturaleza que quería plegarle a su voluntad haciéndole pasar por Estigia hasta que venció después de ser dado por muerto en varias ocasiones. Nunca me cupo duda de que el calor y el amor desvelado de su madre unido a la leche que ella se sacaba con dolores desgarradores y le hacia gotear en su boca a espaldas de los médicos fue lo que le atornilló a la vida y le afianzó en su voluntad de seguir viviendo. Todos los pediatras insistían en que con el suero que le entraba por la vena era suficiente para mantenerle y que la leche materna solo podría complicar las cosas porque al ser tan chico tenía un aparato digestivo inmaduro. Las madres saben de sus hijos, con los que han convivido nueve meses, más que todos los pediatras y neonatólogos del mundo. Ramón a veces desde su incubadora entreabría unos ojos que parecían vacíos de vida pero que se clavaban en los de su madre que nunca cesó de mirarle, como si su contemplación fuese el hilo que le sujetaba a él a la vida y ella sostenía con la mirada. La madre lloraba de alegría porque sabía que su hijo abría los ojos para decirle que resistiría si ella se mantenía cerca, que no se fuese, porque de mirar y no encontrarla ya no tendría fuerzas para seguir respirando.
Si los niños mantienen siempre el cordón umbilical con sus madres por mucho que se alejen de mayores, lo que les hace dependientes de ella tengan la edad que tengan, en el caso de mi hijo el vinculo fue aún más fuerte. Durante semanas aquella incubadora se convirtió en un útero vicario de la madre que ella mantenía calido, acogedor y amoroso con su presencia como si Ramón aún permaneciese dentro de ella calentito y confortable ajeno a todas las agresiones del exterior, protegido, dependiente.
Perder a su madre fue algo inimaginable, estremecedor. Aún tengo clavado en las meninges el aullido desgarrador de Ramón un pobrecito niño desamparado de tres años que por las noches no sabía dormirse sin el calor de su madre y la llamaba con la insistencia y el desconsuelo del cachorro que ha perdido en la selva a su madre y se sabe, de forma instintiva, a merced de todo aquel que se cruce con él. Cuando cinco años después se fue con su abuela a vivir, todavía me despertaba algunas noches su llanto cansino y meditadamente discreto que intentaba que yo no me enterase que aún lloraba a su madre porque yo le machacaba siempre que el tenía que seguir con su vida, que lo de mama era ya irreversible y solo quedaba recordar y contentarse con lo que se tenía.
Poco a poco Marta y el trabajo me fueron absorbiendo y la vida de Ramón con su abuela se fue organizando distanciándose las visitas y espaciándose las llamadas. Yo lo aceptaba resignadamente abandonado a un nihilismo estupido que abonaba mi necesidad de tener una mujer, Marta, a mi lado, incompatible con mi hijo; celosa como un Caid de su harén siempre imaginé que con el niño cerca pensaría ella que la imagen de su madre no abandonaría mi corazón y ella nunca llegaría a reinar del todo en él. En el fondo yo no era mejor que aquel padre que vendía a su hijo por una suma de dinero, en mi caso, mi hijo también tuvo su precio y aunque él jamás me lo reprochó verbalizándolo de alguna forma, su actitud hacia mí desde que fue tomando cuerpo su formación me lo denunciaba constantemente, yo me sentía  miserable por ello, pero incapaz de renunciar a mi Marta, supongo que egoísmo de macho esparcidor de semilla sin más meta que perpetuar mi raza, presa de los instintos mas primarios que sustentaban mis hormonas. Por eso, que me necesitase y yo no estuviese raudo junto a él, presto a darle mi apoyo me desesperaba y más cuando hacía ya no se cuantos meses que no sabía nada de él.
Precisamente las últimas noticias suyas las recibí, como no podía ser menos del imbecil de Orihuela. Fue al recibir el encargo de la novela con la que ahora me encontraba enredado y apremiado por él. Como siempre que necesitaba que yo le escribiese algo que superase lo anterior, intentaba congraciarse conmigo de cualquier manera posible; ora recordándome viejos tiempos de la Facultad en los que yo era un ídolo rodeado siempre de muchachas preciosas y él no más que un acomplejado incapaz de abordar al muchacho por el que bebía los vientos; ora rememorando el exitazo de la primera novela a la que él estampó su firma y fue record de ventas aquel año, adulando mi ego de una forma que solo él sabía como hacer. He de reconocer que me envolvía una sensación confortable y espumosa, de roce de seda virgen por el pene cuando el me calentaba los oídos con sus halagos y era incapaz de negarme a nada, salvo a eso que él sabía perfectamente que nunca habría manera que aceptase por mucho que el pusiese toda la carne en el asador; solo pensarlo me producía urticaria y profundo asco además de desprecio por su forma de entender el sexo y eso no me gustaba, nunca me pareció bien discriminar a nadie por esa cualidad.
En aquella ocasión el señuelo fue Ramón. Cuando escuché en sus labios su nombre se me erizaron los vellos de la nuca y desee machacarlo pero me contuve a ver por donde me salía. No habrían pasado seis meses de aquello y hacía dos más que yo no veía a mi hijo ni hablaba con él.
- A propósito, ¿a que no sabes con quien estuve tomando un cóctel ayer? – su entonación era entusiasta, como si fuese a revelarme el secreto del Santo Grial.
- No. A ver, a quien estuviste enredando ayer en tus manejos – le contesté yo medio aburrido, esperando cualquier salida suya estupida y vacía pero llena de afectada superficialidad.
- ¡A tu niño, a Monchete!
- Repite, repite. ¿A Ramón? – Estaba indignado solo con rozar de pasada lo que no quería ni imaginarme - ¿y tu que coño tienes que tomar copas con mi hijo?, mira tú, como se te ocurra ni siquiera…
- Para hombre, para – no me dejó terminar y yo me alegré de que así fuera porque estaba embalado y en el fondo, no podía remediar apreciar al muy imbecil de Orihuela, un ser bastante desgraciado en manos de su propia frivolidad incapaz de parar a mirarse por dentro para descubrir su indigencia y ponerle remedio – le vi en el Museo de Arte Futurista, iba con un pedazo de mujer que ya quisieran muchas con caches millonarios. ¿Qué te habías imaginado, petarda? – cuando se encontraba relajado y con ases guardados en la manga me llamaba amistosamente así, yo lo sabía y lo toleraba.
- Nada Antonio, nada, pero es que todo lo que tenga que ver con mi hijo si toca, nada más que de refilón la ambigüedad, me hace fundir los plomos y me pongo ciego. Perdona chico, perdona. Bueno venga, dime, sigue hablándome de ese monumento que acompañaba mi hijo. ¿Cómo estaba él?, y la exposición, ¿Qué tal? A mi me fui imposible pasarme a echarle una ojeada y eso que uno de los que exponía es amigo mío, bueno y tuyo también, Javierin.
- Si, estuve con él un buen rato y me preguntó por ti que te había invitado y le extrañaba que no te hubieses presentado. Te disculpé, le dije que ya sabía como eras, un poco descastado, de haberse llamado Javierita habrías estado como un clavo, ¿a que no me equivoco? – le encantaba ese tipo de mamoneo y a mi me sacaba de mis casillas si duraba más de dos segundos.
- Bueno venga ya, ¿que fue de Ramón y su amiga? – estaba impaciente ya.
- Tu hijo, encantador como siempre. Como de pequeño, pero anillado como una paloma mensajera. Le conté al menos…, a ver…, unas diez perforaciones en la cabeza. Y cuando se lo hice ver, me dijo que porque no veía las que estaban ocultas…
- Antonio, Antonio, hazme el favor y no me cabrees – le advertí.
- Que no chico, que no, que así me lo dijo. Me sorprendió, la verdad, tanta perforación. Sin embargo su acompañante, Alicia creo que me dijo que se llamaba, solo tenía dos aritos de oro muy juntitos en el labio inferior y un par de ellos en una oreja nada más y la verdad le daban un aire exótico y medio misterioso que fíjate que a mi, como tu ya sabes estas cosas no…, pero mira me dio una especie de escalofrío raro. De todas formas tu hijo Ramón siempre tan educado, es un encanto.
- Bueno venga dispara – me estaba impacientando y aburriendo con sus descripciones – tu no me has llamado solo para contarme esto.
Como es de suponer quería que escribiese la novela que le estaba escribiendo y que me había comprometido a entregarle en dos semanas.

* * *

Los días siguientes quise hacer por llamar a Ramón para quedar a tomar algo pero las cosas que se tuercen y complican, Marta que reclamaba más atención de la que habitualmente me reclama, quizá alertada por esa intuición femenina de que se avecinaba peligro si me reunía con mi hijo y un par de veces que marqué su número y me saltó el buzón de voz, total que hasta que Marta me comunicó que él quería hablar conmigo, y urgente, no había vuelto a acordarme y eso me dolía también.
Me tuvo que despertar un inmisericorde dolor de cabeza que me hacía botar en la almohada. Se me pasó la noche en un suspiro y no recordaba haber soñado nada. Solo el dolor de cabeza que me machacaba. Una ducha rápida fría sin pasarse y un paseo en ropa de deporte por la calle a esas horas me tendrían que sentar bien. Así fue. Vuelta a casa a eso de la nueve, otra ducha y Marta ya estaba preparando café. No tuve más espera, marqué el número de Ramón.
- He quedado a comer con mi hijo, supongo que no querrás venir – no era una pregunta, la entonación revelaba incluso al oído más inútil que le estaba rogando que no fuese a decidir incorporarse a la reunión.
- No, déjalo amor. Ya sabes. Tendréis que hablar de mil y una cosas, hace siglos que no os veis. Me dedicaré el día a mí, iré a darme un masaje relajante  y luego a la pelu. Comeré con Claudia o con Gloria, ya veré. Lo mismo me quedo en casa tranquila… - Cesar conocía ese tono de reproche aderezado de una baja reactividad contenida.
- No me gustaría que te lo tomases a mal…
- Lo que me voy a tomar a mal es que sigas intentando disculparte por lo que no hay necesidad de hacerlo – a duras penas conseguía contener la irritación - No hay culpables, recuerda, solo personas inseguras que nunca están convencidas de haber obrado correctamente – enarcó las cejas en signo de obviedad y aclaró – es lo que dice un personaje tuyo, ¿no?
- Yo no me siento culpable de nada
- Entonces no me des más explicaciones. Vas a comer con tu hijo, ya está y se acabó la conversación.
Comprendí que no había que continuar con la escaramuza si no quería terminar descalabrado. Marta puso una cara de descaro y convicción que daba por zanjado cualquier apostrofo al dialogo. La misma cara relajada, fresca y segura que me enamoró nada más verla. Me acerqué, la envolví en mis brazos y la empapé el pijama con mi sudadera. Intentó desembarazarse pero sabía lo que yo quería y ella deseaba siempre.  Terminamos en la cama.
Estaba sorprendido. Aquella especie de frente de firmeza que me presentó, me excitaba como lo hacia en los primeros momentos con su promesa de conquista y derribo de murallas una vez más. Me permitía prescindir de mi catalogo de aventuras para culminar el encuentro. Pero a medida que iba avanzando el desarrollo del juego la sombra grisácea  del hastío y la abulia iban enfangando la pureza de las caricias y empequeñeciendo la parte de la anatomía que mas protagonismo debería tener, mientras mi cerebro se adormecía llevado de la rutina de sexo automático. No me quedó otro remedio que abrir el cajón de las imágenes para echar mano de alguna de ellas con que poder continuar. Meter la mano en el cajón y sacar la imagen del Metro todo fue uno. Me rebelé y aparte de mi cabeza al degenerado que me enredó en mi ignorancia y en mi estupidez, pero cuanto más rebuscaba mas imágenes iguales salían. Quería sacar si acaso la de la amiga de Marta la que sodomicé de forma tan gloriosa en los servicios del hotel, pero nada. Finalmente me rendí porqué la deriva de mi erección era ya alarmante y temía que ella reclamase una penetración sin encontrarme preparado. Pero estando lamiendo, sorbiendo el sexo de Marta pensé en algo que me recuperó; si pudiera penetrarla por detrás… cerré los ojos y le contemple la cara, vuelta hacia mí,  contraída por el dolor lancinante del desflore posterior intentando desembarazarse de mi presa, bregando como un galeote bajo los azotes del verdugo, insultándome, rindiéndose al fin al placer de Sodoma y animándome a penetrar con más violencia aún. Sentí que la sangre entraba a presión en mi pene y lo ponía a estallar, tenía que decírselo y no sabía como se lo tomaría. Con el deseo de penetrarla por detrás impeliendo mis acciones me coloqué encima de ella sin penetrarla, hurgando en la herida de su deseo por ser penetrada, pero mi cuerpo buscaba otro camino, pensar en penetrar por donde siempre me entristecía, pensar en que en breve, entraría en ella por donde no se debería me espoleaba. Volví entonces a bajarme a su sexo, escuchando su queja por la ausencia de mi cuerpo dentro de ella, para mordisquearla el clítoris como yo sabía que a ella le ponía fuera de sí. Al tiempo le pellizqué los pezones con firmeza haciéndole gemir de dolor y retorcerse bajo mi boca. Fue entonces cuando introduje un dedo en su vagina para lubricarlo con sus secreciones y después comencé a estimular su ano frotando primero con suavidad, insinuando después la yema hacia dentro y haciendo presión hasta que el dedo se perdió en la profundidad. Y ahí acabó todo.
- ¿Qué haces? – se incorporó en la cama de un salto como si un resorte en su espalda se hubiese soltado.
- Nada - levante la cabeza si apartar mi mano de su ano – solo intento dar un poco de picante a lo de siempre.
- Nunca me han gustado esas marranadas, lo sabes muy bien – estaba indignada y sorprendida.
- Marta – me senté en la cama delante de ella con mi sexo fláccido de repente - Marta, no son marranadas, es otra forma de gozar. Nunca te he pedido nada y he pensado que si lo probases…
- ¡Marranadas! Te repito. Eso lo habrás visto tu en películas de esas que te gustan a ti o lo habrás hecho con tus putas, pero a mí me debes un respeto – estaba más indignada de lo que yo hubiera podido imaginar en un principio.
De un salto se levantó de la cama y a la carrera se metió en el baño, sentí como echaba el cerrojillo a la puerta cuando ella nunca lo cerraba, la cosa al parecer había sido más grave de lo que pensé. La fiesta había dado a su fin. Me tendí en la cama desilusionado e irritado a un tiempo y sin proponérmelo comencé a juguetear con mis atributos. Cerré los ojos y me dejé llevar. Volví al Metro una vez más pero esta vez con todas mis defensas abatidas me dije que qué podía importar. De inmediato mi cuerpo revivió y comprobé con gozo que tenía una erección explosiva. ¿Cuánto tiempo hacia que no me masturbaba?, había perdido la cuenta, quizá quince años, al poco de morir la madre de Moncho, una noche en que sumido en la más negra de las desesperaciones me encontré aliviando mi pena con el pene entre los dedos, recuerdo que no fue gran cosa pero al menos me permitió conciliar unas horas de sueño, algo que no había conseguido desde semanas antes.
Con la imagen del Metro abarrotado y aprisionado entre el gentío sintiendo la calidez del cuerpo del embustero que me había utilizado comencé a acariciar con suavidad asedada el frenillo con la punta de los dedos. Aquello no era una masturbación al uso pero daba infinitamente más placer que el sacudimiento furioso tan frecuente en los muchachos, un placer que sumado al agridulce de la imagen que no se desdibujaba de mi memoria conseguía hacerme temblar las piernas como cuando adolescente me la pelaba como un mono y me quedaba exhausto.
Sentía que la punta de mi pene estaba cada vez más congestionada y el líquido de la excitación comenzaba a fluir manso contribuyendo a que el roce de mis dedos contra el frenillo fuese aún mas lubrico aumentando la sensación deliciosa. Transcurrieron unos morosos minutos de placer interminable. Cuando estaba al borde de un orgasmo que no terminaba de alcanzar, con regocijo por mi parte, el degenerado del Metro del que gozaba volvió la cabeza y me miró a los ojos con una sonrisa viciosa. No era sin embargo la cara de aquel mentiroso sino la de Marta que me decía a voz en cuello que la follase con más violencia y que si no sabía hacerlo mejor que dejase a cualquier otro. Inmediatamente mi pecho recibió la calidez blanca y viscosa de mi propio cuerpo proyectada como si de sangre de una arteria rota se tratase, con fuerza inusitada,  acompañada de la sorpresa por la cara de Marta colada en mi ensueño, que me hizo sentarme en la cama abortándome todo placer, sustituyéndolo, mientras mi semen se seguía derramando, pero esta vez sin fuerza, por un calambre que me recorría el fuste del miembro desde el ano hasta la punta, algo desagradable que consiguió que saltase de la cama y aporrease la puerta del baño exigiendo a mi mujer que saliese de una vez.
- ¡Déjame en paz, marrano!, acabo de empezar nada más.
- ¡No me insultes! – le grite fuera de mí.
- Pues no quieras que sea yo una de tus fulanas.
Enfurecido aún no se muy bien porqué me fui al aseo donde después de limpiarme los restos de semen y lavarme como pude me vestí y alcancé la calle sin despedirme siquiera de Marta.
Era temprano aún. Estaba muy irritado tanto con mi mujer y su estupida manera de entender la cama como conmigo por mi ingenuidad que conociéndola nunca debería haberle ni insinuado un cambio en el guión aburrido de nuestros escarceos sexuales. Me sentía infeliz, hondamente infeliz. Caí en la cuenta de mi desolación y se me saltaron las lágrimas. “Eres muy incauto, te la pegaran siempre”, era la frase que nunca se le caía de la boca a mi madre y que nunca terminé de entender del todo, porque a cada nuevo episodio en que me sentía maltratado y mi memoria la rescataba para la actualidad le encontraba un matiz diferente, le descubría una nota de color distinta, arrojaba una luz de mayor o menor brillo sobre mi existencia y siempre, siempre contribuía a sentirme perdido e injustamente tratado. Mi madre tenía razón y que madre no la ha tenido siempre cuando se trata de analizar y de enjuiciar la conducta de sus hijos. Efectivamente no tengo mucha cautela cuando trato de relacionarme con los demás y es porque jamás he tenido la preocupación por guardarme una carta en la manga por lo que pudiera ocurrir, porque la vida en mi, el devenir del día a día no deja de ser una extensión lúdica del disfrute de estar vivo, sin necesidad de ofender, solo eso, quizá por eso me sentía tan extrañamente infeliz, una infelicidad gélida y espantosa que me hacia tiritar. Hacia frío esa mañana y los viandantes me observaban con cara de extrañeza, no sabía porqué hasta que caí en la cuenta de todo lo abrigado que ellos iban y lo ligerito de ropa que iba yo. Naturalmente que tiritaba, pero no era de mi irritación o no al menos solo de eso, es que tenía frío y empezaba a sentirme mal.
El café de más adelante se ofrecía a mis intereses. La atmósfera del local se encontraba cargada por la acumulación de humanidad que a esas horas apuraba con prisas el último sorbo de café espeso y caliente antes de entrar a la oficina y por el humo de los cigarrillos que se apuraban con avaricia para entonarse antes de entregarse al tajo. La barra de un espantoso diseño en acero inoxidable y azulejos se encontraba a tope y al irme acercando un parroquiano terminaba su consumición con un sonoro, buenos días y me dejaba un trozo libre.
- Un café largo de café
- ¿Algo para comer, bollería, pan tostado? – el tono impersonal y afectadamente familiar me repateaba así que no le deje terminar.
- Solo quiero café, estoy helado – y mi tono tuvo intención de zanjar cualquier otra consideración lo que el camarero supo interpretar a la perfección.
Mientras el empleado atendía la maquina, la plancha y a tres de sus clientes a la vez contestando y preguntando por comandas con la mejor disposición me pregunté si yo sería capaz de desarrollar un trabajo así. Para mí aquello era peor que el castigo de Prometeo encadenado a la roca, aquel hombre nunca podría ser feliz y no pude más que hacerme la pregunta por pasiva. Me estremecí.
Nunca antes me lo había planteado tan descarnadamente, siempre había esquivado la pregunta, siempre me había conseguido distraer del meollo de la cuestión, la pregunta lanzada como el guante del desafío a la cara, a mi propia cara. Me imaginé feliz, intenté rebuscar, escudriñar hasta en el repliegue mas perdido del alma, como en esas costuras que se llenan de migas y polvo en las faldas de las mesas camilla de la casa de un pobre, por ver si tenía allí postrado, arrumbado o roto algún recuerdo luminoso y ya casi perdido de mi persona en estado de felicidad. Encontraba a base de ahínco recuerdos más o menos blandos, de esos que te hacen esbozar una sonrisa condescendiente contigo mismo por lo tonto o inocente que uno pudo llegar a ser. Pero felicidad, esa sensación que todo el mundo describe como de inundación de alegría que todo lo desborda, que anega con su torrente toda desdicha, que detiene el tiempo y te hace inmortal, eso no. Otro escalofrío, otro maldito escalofrío de terror esta vez, de constatación de no haber sabido lo que era la felicidad nunca y sin embargo haber creído que de una forma u otra debí ser feliz en alguna ocasión.
- Su cafelito bien caliente – cantó con alegría que le desbordaba.
Mire al camarero con desprecio. No comprendía tanta osadía que incluso le permitía  estar alegre en tamaño estado de menester, detrás de una espantosa barra sirviendo a todo el que se lo dijese por unas míseras monedas.
- ¿Le falta algo? – preguntó solicito al leer la expresión de mi cara y no entender el reproche pintado en ella como un luminoso de neón.
- Nada – dije mirando hacia otro lado incapaz de sostenerle la mirada cuya limpieza y honestidad me condenaban a la vergüenza de haberle despreciado.
¿Porqué nunca pude ser feliz? Quizá porque nunca me esforcé en serlo. Aquel hermano de La Salle, Federico se llamaba, lo decía siempre, esfuerzo, esfuerzo y esfuerzo, hasta para llegar al cielo hace falta esfuerzo, no se olviden. Y yo me olvidé al parecer porque me molesta el dolor que produce ese forzamiento, solo deseo placer y cuanto más lo busco y en él la felicidad, peor me encuentro. Me limito a pasar por esta cochina vida de la que me iré sin dejar maldito rastro.
Al pensar, con el café caliente en la mano que me reconfortaba del frío, en mi rastro sentí la punzada del reproche que desde lo más profundo de mis entrañas me golpeaba con desesperación: Moncho era mi rastro. El sí me hacia feliz, pero cuanto dolor me ha procurado el quererlo; ¿de esa manera merece la pena desear la felicidad?, tuve que renunciar a él por el placer de vivir con Marta y ahora pago cada día el salario de querer ser feliz sin serlo por estar al lado de la mujer a la que quiero.
En algún lugar leí una vez que la felicidad es la delicada y perfumada flor que hunde sus raíces y se alimenta en lo más profundo del humus del dolor, sin dolor nunca existiría la felicidad pero no es preciso que exista la felicidad para que el dolor permanezca. El dolor es siempre eterno, la felicidad contingente.
Apuré el café, pagué y volví a la calle. En los minutos que estuve en el local la decoración de la calle había variado, los figurantes eran ya otros, mas coloreados, menos grises y enfundados en uniformes de muertos sin alma, la luz daba respirabilidad al aire que era ligero y fresco y apetecía comerse la mañana. Como siempre a esas horas en que por la razón que fuese me encontraba en la calle me arrasó el optimismo, que más daba si era o dejaba de ser feliz, ¿no iba a comer con mi hijo?, pues nada más era necesario. La felicidad para mí era poder estar con Moncho y si no era así y me engañaba, bendito engaño.
Faltaban aún muchas horas, sin embargo para la cita y navegando sin rumbo se me ocurrió que ir a casa de Antonio Ramón Orihuela no sería mala idea y de paso podría charlar sobre mis honorarios, la novela que estaba por terminar iba a ser un bombazo editorial y a AR le iba a reportar enormes beneficios sin haber dado ni un golpe.

V

- Déjame descansar un poco, por favor Antonio, déjame, que ayer nos acostamos tardísimo.
El muchacho de color bronce y cabello alborotado permanecía boca abajo sobre la cama a duras penas tapado por una sabana de seda marrón chocolate quejándose del inoportuno que se empeñaba en medirle su tersa y musculosa figura con sus finos y temblorosos dedos de lujuria.
- Tu eres fuerte, mi dios griego, ya dormirás luego – le respondía tembloroso el barrigón de piel lechosa y temblona como flan – da gustito a tu osito de peluche.
- ¡Antonio, joder!, ya está bien.
- ¿Con quien estuviste anoche?, dímelo sinvergüenza. Vives a mi costa y te debes a mí, no a esas pelanduscas que tanto te gustan. ¡Que asco de tías! – reprochaba y al tiempo expresaba en su cara todo el asco que le producían las mujeres. Dejó pasar unos instantes esperando una contestación - ¡Rony!, joder, te estoy suplicando, estoy salido como una perra arrastrada, necesito que me ates, que pegues, que me domines, que hagas tu puta, Rony – ya por último lastimosamente suplicante, pero esperando el ablandamiento del muchacho - ¿No, verdad?, pues venga, largo de mi casa y de mi vida – brazos en jarras como una vecindona cualquiera de corrala.
Rony se incorporó poco a poco apartando el sedoso lienzo marrón dejando al descubierto su cuerpo al completo. Orihuela contuvo la respiración sin saber donde posar su ojos, si en los zarcillos que atravesaban los pezones de Rony o en el más grande que atravesaba el glande desde el frenillo saliendo por el orificio de la punta. Saltó el galán de la cama y encaró a su patrón de casa, con una sonrisa pérfida en la cara lamiéndose el carnoso labio inferior atravesado por otro anillo más. Antonio Ramón ya sabía que ese momento había de llegar y allí estaba. Comenzaron a temblarle las piernas y a balbucear disculpas de corazón.
- Tu que me vas, ¿a echar?, pero tu solito o con cuantos más – el tono rufianesco y de chulo de barrio chino a Orihuela terminaba por desarmarle de cualquier cosa menos de su sexo que se endurecía como un menhir de granito – mes vas a echar, ¿verdad?, verdad, contesta maricona de mierda – y acompañó la interjección maleducada de una sonora bofetada que lanzó a Antonio contra la cama.
Para entonces ya Rony presentaba una figura que no habría servido de modelo para cualquier escultor griego entre los que la moderación en el tamaño de los genitales era norma no escrita. Antonio quedó boca arriba en la cama con las piernas abiertas y su sexo expuesto esperando el castigo que tanto temía pero que también tanto le hacia gozar. Rony se le acercó y le propinó un buen golpe con la palma de la mano a los testículos que hizo aullar de dolor a Antonio.
- Mas, cabrón, más fuerte. Me vas a matar – en la voz ronca de lujuria de Antonio había miedo real y deseo mas real aún de sufrir mas dolor.
Rony le puso entonces un pie en su entrepierna y pisó como lo haría con una colilla.
- Ahora si, verdad Antoñito, ahora si, le susurraba muy quedo el muchacho.
- Me los vas a arrancar, déjame ya – suplicaba sin convicción al tiempo que Rony seguía aplastándole sus genitales.
Finalmente Rony levantó su pie y saltó sobre Antonio colocándose a horcajadas sobre su pecho dejándole muy cerca de su cara la verga morena brillante propulsada hacia delante como si quisiera alcanzar cuanto antes la boca de Orihuela.
- ¡Escúchame bien, putita mía! Yo me lo haré con tías cada vez que me dé la real gana y tú no vas a prohibirme estar aquí o echarme, porque te mato, ¿te enteras?, te mato. Te atraganto como voy a hacer ahora que te voy a tapar tu boca con la parte de mi cuerpo que mas añoras y yo mas te niego y me a vas a beber porque es lo que mas deseas y nunca te consiento.
Orihuela sin poderse contener ni articular palabra hizo movimientos de asentimiento y sometimiento con la cabeza, temblando de emoción y deseo. Rony le exhibió la mejor de sus sonrisas de triunfo y se inclinó sobre él a la altura de su boca. Antonio Ramón Orihuela, comenzó su viaje a las estrellas a través de la vía Láctea más dulce.
Rony se estaba duchando y Antonio aún deleitándose con el episodio de violación consentida y brutal a la que le había sometido el chulo cuando sonó el timbre de la puerta principal.
Antonio tenía por costumbre hacerse de rogar cuando le tocaban a la puerta porque tenía la peregrina idea de que todo aquel que llamaba a su puerta es porque necesitaba algo de él o solo quería molestar, por lo que aunque esperase a alguien, siempre dejaba que los nervios del que pulsaba el timbre se alterasen porque de esa manera el resultado era casi siempre la renuncia a entrar en su casa. Si seguían insistiendo no cabía duda de que alguien le necesitaba tanto que sería capaz de cualquier cosa con tal de verle y ese era el que se merecía ser recibido, quien ofrendaba su temple en el altar de su persona. Orihuela no podía estar más pagado de si mismo y yo lo sabía de sobra.
- Venga pedazo de locaza, abre de una puta vez – musité entre dientes – y no esperes a la tercera. ¡Este mariconazo es incorregible!
Apreté con evidente molestia e impaciencia el timbre un par de veces más y esperé realmente irritado. Estaba a punto de marcharme cuando se abrió la hoja derecha de la puerta y el muy imbecil asomó su cabeza medio calva con la pintura de ojos corrida, un aspecto que movía a risa y a conmiseración cuando no a asco definitivamente.
- ¡Cesare!, - intentaba ser encantador y refinado pero solo hacia el ridículo - ¿que bueno te trae por aquí? – Cambió de entonación y me cosquilleo con un revoleo de su pluma - Si llegas a venir hace diez minutos además de que no te abro te mato, maricón.
- Déjate de gilipolleces, Antonio, sabes que no me hace ninguna gracia que te dirijas a mi de esa manera – Orihuela seguía con la puerta entornada sin apartarse para dejar paso franco – Bueno ¿me vas a dejar pasar o me largo con el manuscrito y todo a hacer gárgaras?
- ¡Manuscrito!, pasa, pasa – abrió la puerta de par en par dejando paso al tiempo que hacia una aparatosa y absurda reverencia – pero… ¿Dónde está el manuscrito? – detuvo su inclinación de lomo hablando de forma normal, como si se hubiera descuidado en su afectación.
- No hay manuscrito – seguí pasillo adelante, triunfal, regodeándome en el artificio sin mirar siquiera hacia atrás – pero tenía que conseguir que me dejases entrar, necesito un café.
AR se quedo petrificado, sin comprender aún muy bien que acababa de ocurrir con la boca medio abierta. Cuando comprendió lo que le acababa de hacer dio un tremendo portazo y salió corriendo detrás de mí. Me alcanzó llegando casi al salón sujetándome fuerte del brazo izquierdo haciendo que me volviese para mirarle.
- Tu eres un sinvergüenza, ¿te enteras? Esto no vuelves a hacérmelo a mí, engañarme de esa manera… - intentaba aparentar el escándalo y la defraudación que podrían haber provocado en un alma inocente.
- A mi no me engañas Antoñito, déjate de poses y prepárame un café. Nos conocemos hace una pila de años y a mi no me la pegas. Te dije que el manuscrito en quince días y lo tendrás…, si no te pones muy borde – enarqué las cejas y puse cara de burla inocente – Tu editor, esa rata sucia de alcantarilla, te sacaría las amígdalas por lo talones si no le entregas lo que le prometiste, así que por favor…
- Vale – dejó pasar un momento como de duda y reflexión para volver a adoptar su sempiterna postura frívola y superficial – has ganado, por ahora. Pero no vuelvas a gastarme bromitas de ese jaez, simpático – y antes de que pudiera darme cuenta me había plantado un sonoro ósculo en la mejilla dejándome la cara tiznada de un rosa pálido – te voy a preparar el café. Cuando venga Rony, no se te ocurra ni mirarle.
- Para ti enterito ese chulo bajuno tuyo. Antonio, por lo que más quieras, sabes que a mi no es que no me vayan esas cosas, es que me dan asco.
- Tu te lo pierdes – y con una maliciosa sonrisilla pintada en su boca se escabulló dando volatines hacia la cocina.
- No tengo ganas de bobadas, anda, ve y prepara el café, estoy hecho polvo.
Me dejé caer el sofá de suave piel color lechoso indefinible hundiéndome en su mullida pluma, reposé la cabeza en un cojín y cerré los ojos. No sabría decir el tiempo que transcurrió hasta que una voz grave y melodiosa me hizo abrir los ojos.
- ¿Dónde está Antonio? – un musculoso y definido muchacho de no mas de veinticinco años recién salido de la ducha y tapado su pubis únicamente con una toalla de lavabo preguntaba en realidad que hacia yo allí.
- ¡Ah!, hola, si. Estará en la cocina preparando un café – abrí los ojos medio desorientado – tu debes ser Rony.
- Si, ¿y tú? – había en el pronombre un mucho de desafío, de reproche y petición de explicaciones de quien era yo y que pintaba en su sofá.
Me le quedé mirando entre irritado, curioso y divertido. Estaba plantado delante de mí con la toalla cada vez más caída amenazando con darme a conocer sus facultades y aptitudes y yo dudaba entre mandarle a la mierda o contestarle educadamente. Finalmente opté por no darme por aludido ante su descaro y descortesía y le repuse.
- Soy su alter ego.
Rony enarcó las cejas en actitud interrogativa. Era más que evidente que no sabía ni a lo que me refería ni siquiera el significado de las dos palabras.
- Está bien hombre, para que te hagas una idea. Si yo no existiese tu no estarías ahora mismo aquí intentando seducirme con esa caída controlada de toalla. Pero no te esfuerces, no soy de vuestra cuerda.
Estaba intentando hilvanar una respuesta medianamente creíble a mi alegato un poco descarado, he de reconocer, cuando apareció Antonio con una bandeja con dos tazas de café humeante en las manos.
- ¡Ah!, mira ya os habéis presentado vosotros solitos. Rony amor, no sabía que fueses a acabar tan pronto, ponte tú el café si haces el favor mientras yo charlo un poco con Cesar.
El adonis nos perdonó la vida a cada uno de nosotros, a cada cual por una razón y ajustándose la toalla a sus caderas y con un bamboleo de caderas de suficiencia estupida y pastosa se alejo pasillo adelante a la cocina, supuse.
Antonio dejó reposar la bandeja sobre la mesita baja que tenía el sofá delante y se acomodó a mi lado.
- Tú sin azúcar, como siempre. Siempre fuiste soso y amargo, así te ha ido en la vida. Bueno, me vas a contar que haces casi de madrugada en mi casa. ¿Te has vuelto a pelear con tu…, como decírtelo sin que te moleste demasiado?, calientacamas.
- Antonio, Antonio, que no estoy para bromas – le estaba hablando relajado porque sabía que en el era poco menos que inviable referirse a Marta siquiera de forma neutra y en lo tocante a mujeres solo sabía ser superficial – deja a Marta a parte de esto. Sencillamente he quedado con mi hijo a comer y he salido algo pronto de casa. He pensado que no estaría de más pasar a verte ya que compartimos tantas cosas un visiteo de vez en cuando no nos vendría mal a ninguno de los dos.
- Vale lo de Marta. Pero que tu has tenido juerga por bulerías con trastos tirados a la cabeza, eso no me lo niegas tú ni muerta.
- Que no te dirijas a mi en esos términos, joder Antonio – levanté la voz para que comprendiese que no estaba de humor – vale, de acuerdo, he tenido una bronca pero eso a ti ni te va ni te viene.
- Esa mujer no te conviene – adoptó tono confidencial como de tía solterona aconsejando a su pupila – que desde que estás con ella estas muy levantisco conmigo…, y hace ya la pila de años – era ahora su entonación lastimera y mimosa al tiempo – antes nos llevábamos mejor, sin embargo…
- ¡Ya está bien! – me di cuenta que me encocoraba así que respiré hondo para serenarme porque notaba como me efervescía el corazón de indignación y ya sabía como acababan aquellas reacciones nucleares mías. No quería herir más a Antonio, siempre fue amigo mío aunque se aprovechase de mí porque de alguna manera yo también lo hacía de él, era mi coartada para justificar mi falta de empuje para hacer valer mi valía – Antonio, eres mi amigo, tu lo sabes, desde aquella vez…, que te lo dejé meridiano de claro…
- Calla ya, ni me lo recuerdes, que aún me arde la cara del sofoco. No sé porqué siempre pensé que…, aún no sé ni como me pude atrever…
- Quizá porque siempre me llamaste la atención – estaba realmente apurado y quería aliviarle de su cuita - y me caías bien, porque los demás te hacían de menos. Siempre me admiró tu valentía para mantener tus convicciones a costa del desprecio…, no sé.
Se me quedó mirando pensativo. La cara, la arquitectura de la cara le mudó, se le relajaron los músculos de la expresión y dejó de parecerse a la loca histriónica que tanto le gustaba representar, o que quizá se sentía obligado a representar. Me fijé en esa cara rebosante de inocencia, bella, muy joven, y me retrotrajo a otros años, a otros lares, otras patrias universales en las que solo reside la juventud, cuando aún no nos peleábamos por estupideces como la fama o el dinero y hacíamos las digestiones sin gases ni malos humores. Sus ojos verdosos tirando a grisáceos se aclararon repentinamente volviéndose trasparentes como un estanque impoluto de sedimentos. Me taladró con la mirada. Supe que me comprendía en ese instante y me felicité por haber acudido a su casa. No se puede reposar mejor que con quien no se mantienen secretos, ante quien somos niños inocentes sin doblez. El mantener permanente impostura es fatigoso y termina por agriar el carácter. En ese momento Antonio y yo éramos como dos adolescentes crecidos en su ignorancia y libres, pero sencillos y sobre todo amigos.
- Hacia siglos, por no decir eones, que no volvía a verte como aquel Cesar de nuestros primeros tiempos – no había en su voz atisbo alguno de afectación. En ese momento entró en la sala su efebo y escuchándole se le descolgó la mandíbula de asombro – el que era capaz de enfrentarse a su propia sombra por defender sus ideales.
- Antonio, cariño, ¿no te reconozco? – el efebo estaba impactado por la forma de reprochar, de sorprenderse ante el discurso de su amante.
- Cállate Rony, calla.  Anda chaval, coge la tarjeta y vete a comprar algún trapito de esos que tanto te gusta después lucir con tus putitas, y si no te apetece, al menos vete a otra habitación y deja que dos buenos amigos se laman sus heridas – era la perfecta imagen del hermano mayor aconsejando al pequeño desde la condescendencia que dan los años y la mayoría de edad.
Rony miraba desorbitado, era otra persona la que se encontraba ante sus ojos, Antonio se lo aclaró.
- No entiendes nada, ya lo se. Ni falta que te hace. Eres un cuerpo, un sexo perfecto, pero deberías dedicar algo del tiempo libre que te financio a buscar un poco de cabeza en lugar de ir por ahí esparciendo semillas sobre piedra infértil.
El efébico ramero dejó caer los hombros abatido por el rapapolvo de Antonio, que sin entender, comprendió que se trataba de una reprimenda y del que jamás habría sospechado que pudiera ser otra cosa que una maricona degradada y repulsiva a la que le hacia el favor de prestarle su cuerpo cuando le apetecía a cambio de un sustancioso dinero. Comprendió hasta que punto era él, el que se convertía en juguete en manos de Antonio.
- Mírale – Antonio agitó la cabeza de lado a lado viendo como se alejaba un Rony desconcertado – es un perfecto trabajador del sexo y me deja satisfechísimo, pero, ya ves, no vale para mucho más. Que lástima que tu…, aunque quizá haya sido así mejor. Bueno, a lo nuestro. Cuéntame, que te pasa.
- Perdona que antes de explicarte nada te diga que…
- No seas plomazo, ya se que tienes ese defecto de ser un hetero puro – volvía a hacer gala de su pluma mas exquisita - pero chico, te entiendo, no se puede ser perfecto y yo si quiero puedo soñar imposibles. Sigue con lo de tu problema que al final, es lo que has venido a colocarme, porque reconocerás que no tienes donde ir a explayarte mas que con tu amigo AR.
- Es mi hijo – hice una pausa porque no sabía si realmente quería hablar de mi hijo o de Marta o de los dos, pero no sabía por donde empezar.
- Ya me has dicho que vas a comer con él - se me quedó mirando fijamente a los ojos, penetrándome por las pupilas con su aguzada mirada y haciéndome sentir feliz de ser de esa forma poseído por él, me hacia sentir seguro, le tenía a mi lado y me apoyaría, aunque me enervase con alguna de sus salidas de tono, luego continuó moroso, remarcando las palabras, para no dejar lugar a dudas de lo que me iba a decir – pero tu no me quieres hablar de tu hijo. Te conozco desde hace… ¿Cuántos años?, todos. Vamos Cesar, por todos los santos esos en los que no creo, séte sincero contigo mismo.
Se levantó del sofá y se dirigió al ventanal del salón desde el que se observaban los techos y las chimeneas de la ciudad, que a esas horas se esforzaban en escupir humo de las calderas de las calefacciones extendiendo sobre las cabezas de los habitantes una manta espesa y sutil de veneno. Me levanté pesadamente y le seguí hasta quedar a su altura delante de la ventana, quieto, dejando que la vista se perdiese por entre las terrazas y las antenas de los edificios, las agujas de las torres y las espadañas de los campanarios de las iglesias. Antonio, me echó su brazo por el hombro y me acercó a él con reciedumbre, como solo lo hace un hombre con otro hombre al que quiere y del que no busca nada más que darle su amistad, prestarle su espalda como dique de sus amarguras y partirse la cara por él si hiciese falta. Yo eso lo sabía, eso se nota. En ese instante no era la maricona loca que busca un encuentro fugaz para coleccionar un pene más en su imaginario de sexo total, era solo un buen amigo que me expresaba todo su apoyo aunque no compartiese mis objetivos. Me arrepentí en ese momento de referirme siempre a él como el imbecil y de hacerle sufrir con las novelas. Me daba envidia de su libertad, de su espontaneidad y de su triunfo, yo me encontraba encadenado a mi forma de vida, sin capacidad de inventarme otra diferente y más gratificante. Le envidiaba, si, pero con seguridad que en el paquete iba de forma inseparable esa forma de entender el sexo, yo concebía otra que no fuese aquella, en la que el otro pueda mostrar orgulloso su excitación. En ese momento supe que hacía en casa de mi amigo.
- Tienes razón, no se trata de mi hijo, pero de Marta tampoco…, o sí, no lo sé, pero tenía que hablarlo con alguien, porque lo que me pasa de verdad es que estoy muerto de miedo, seguramente quiero hablar de mí pero me da terror decirme a la cara la verdad, oficiar que todo en mi entorno es un farsa trágica.
Antonio retiró su brazo de mi cuello, se volvió hacía mí y me sujeto firme y tenso de los brazos, mirándome con limpieza a los ojos, esperando recibir aquello que tanto miedo daba, a aliviarme del peso que supuestamente llevaba sobre los hombros. Era mi amigo, aunque la envidia de su éxito a veces me llevase a desearle todo lo malo que creía recaer sobre mi cabeza y le insultaba.
- Cuéntame, seguro que tiene explicación y solución.
- No te puedes ni imaginar la vergüenza, la humillación que supone decirte esto, pero eres la única persona a la que podría decírselo. Ni yo me atrevo a escuchármelo de mis labios, me escandaliza. Me escandalizo de mi animalidad, no quiero ser esta fiera que desde dentro de mi reclama el manjar que ha descubierto y mi ser persona, en que se encuentra enjaulada la fiera, repugna hasta la nausea. Y, ¿Quién soy yo de verdad?, la fiera que ruge exigiendo su ración sangrante de vísceras, dentro de la jaula o la jaula misma que resiste como puede los embates de la fiera que quiere salir a desgarrar con sus caninos lo que me rodea destrozándolo.
- Deja ya los circunloquios que solo pretenden hacerte creer que vas a escapar de ti mismo, eres los dos, fiera y jaula y no son desligables, esa fiera sin jaula no es más que un disfraz de carnaval que mueve a risión, lo que le da fiereza es estar enjaulada, sácala de esa jaula y no será tan fiera, tu eres el que cree que es una fiera.
Nunca fuiste humilde Cesar, ni humilde, ni dúctil. Siempre fuiste un cabezota, un cabezota encantador, pero inamovible – me miró entre divertido y sarcástico – en tus convicciones. Al final no eres mas que un conservador, un gris miembro de la comunidad mas atento a gozar de los beneficios ralos que el grupo te ofrece a cambio de la seguridad de hacerte saber quien eres, siempre que escondas esa fiera que es la que te da tu carácter único, pero te escandaliza ser como eres. Prefieres la seguridad de no estar en la soliptud de la desorientación, que un rompedor pionero al que le importa poco poner en solfa las migajas seguras que le da su grupo a cambio de una hipotética promesa de grandes tesoros cuya importancia y grandeza reside en que son seguros, pero míralos bien, son míseros. Te aterroriza pensar que puedas morir de hambre en el camino de búsqueda, en el fondo, como todos un poco, eres cobarde, todos terminamos por serlo. Y ahora, después de la trascendencia a lo practico. En Román paladino, sin afeites ni escondites, cuéntamelo todo, a mi puedes, no solo no me voy a escandalizar de lo que sea, sino que a buen seguro voy a disfrutar como un enano con tus torturas. Como verás también sé ser superficial y a mi personalmente me sienta mejor que las trascendencias filosóficas.
- Eres un cínico – sonreí débilmente – un cínico redomado pero me haces ver la vida de otro color. A tu lado nada parece tener importancia. Me haces sonreír y como vislumbrar el mundo que seguramente se encuentra un poco más allá de mis temores y que en lugar de lóbrego y lúgubre, es colorido y lúdico.
- Deja ya de cuentos y empieza, que no tengo todo el día – ya volvía a ser la reinona, papel en el que Antonio, mi buen amigo, se interpretaba a la perfección, esa era su fiera a la que él sabía cómo domesticar para que asustase a su favor.
Desgrané, no sin ponerme de todos los colores el lance del Metro y lo que consiguió hacerme sentir aquel degenerado. Se encocoró conmigo defendiendo al supuesto degenerado. Le conté como pude, avergonzado como un adolescente en su primera cita, como busqué la puerta de emergencia de mi mujer por donde colarme a un mundo que al parecer a mí, me estaba vedado por mi conciencia y educación y como ella hizo sonar todas las alarmas, portazo al baño incluido, dejándome perplejo ante mi propia incapacidad.
- El problema es que mi cuerpo brutal, desgarrado y exigente, busca y me empuja al vicio del degenerado de el Metro y no se como manejar esto, me escandalizo de mi – me quedé pensando en lo que acababa de decir zambulléndome en los ojos de revancha que asomaban a la cara de Antonio, una cara que adoptaba rictus melifluo de un “…lo sabía” e inmediatamente tuve que atajarle - ¡pero no soy maricón!
La cara de raspa vecindona que se le había pintado en la cara, fruncimiento de labios incluido- al que solo le faltaba el trapo de cocina a modo de muleta con el que ajustarse la mano a la cadera- se le trasmutó en enarcamiento de cejas condescendiente y comprensivo. Sombra de rostro de padre tolerante con los pequeños vicios del hijo que acaba de abismarse a los secretos más execrables de la vida, zambullirse en las sentinas del alma y se escandaliza de lo que acaba de ocurrírsele porque le excita y lo desea. Cara de estar de vuelta de casi todo y conmiseración ante el que acaba de descubrir las desdichas de la vida y lo que es peor, necesitar deleitarse con ellas, a su pesar.
- ¿Y ese es todo tu desconsuelo, el enorme problema que te consume las entrañas? Vamos a ver imbecil – ahora su tono de voz era estupendamente firme y seguro, era un Antonio al que había visto en escasas ocasiones, el que sin lugar a dudas podría no necesitar de mis servicios como negro. Hasta su cara parecía la de otra persona, con un rictus de despego, de desengaño en los labios para dar énfasis a su discurso - ¿A quien quieres mentir? A mi no, desde luego. Si no te quisiese como amigo de verdad, de los que hacen daño para curar, te prepararía ahora un numerito de amigo desconsolado por el trance por el que está pasando un buen amigo, falso de toda falsedad, y con buenas palabras y peores intenciones te echaría a la calle con el pretexto de que tu acontecer me ha sumido en la peor de las depresiones. Pero como te quiero, aunque tu siempre hayas creído que te deseaba nada más – que también, pensé yo, porque a mi tampoco me la daba con su verborrea, ¡le conocería yo! - te tengo que escupir a la cara que no eres mas que un sacerdote de tu propio dios; el egoísmo, revestido y entregado a la más detestable de las liturgias, hacer creer a los que te rodean, a base de movimientos y palabras bien medidas, que eres un San Sebastián muriendo por la causa mas elevada, asaeteado por la flechas del vicio al que los demás te quieren arrastrar, cuando la realidad es que ese propio vicio es el que te empuja y estimula pero al que odias reconocer como fuente de tus placeres – se quedó mirándome fijamente con una sonrisilla de suficiencia para finalmente terminar sentenciando -  Eres un cínico, querido – y volvía, con esta frase a ser el Antonio frívolo y afectado de siempre.
Me había dejado pegado a la pared y sin razones para seguir con mi discurso. Sabía que tenía razón aunque me doliese reconocerlo, el muy cabrón me conocía mejor que yo mismo aunque nunca me hubiese acostado con él. Por lo que podía comprobar con toda seguridad que si le propusiese eso mismo me rechazaría de plano a sabiendas de que yo no iba ser sincero en esa relación. Solo pensarlo, por otra parte me levantaba el estomago.
En ese momento entró en la sala Rony con un pantalón de talle muy bajo dejando ver parte del vello púbico por la rendija que dejaba libre una camiseta excesivamente corta que no alcanzaba el pantalón.
- ¿Aún no te habías ido, amor?
Al tiempo que hacia la pregunta retórica, se levantó lo más femenino que pudo del sofá donde minutos antes me había estado vapuleando con todo el sentido común y la perspicacia del mundo y llegó al lado de su chulo. Sin ningún recato comenzó a acariciarle el pecho metiendo la mano por dentro de la camiseta mientras el gigoló se mantenía erguido y quieto como un atlante que tuviese que sostener con sus espaldas un mundo entero de vicio y depravación a capricho de su comprador.
- Me apetece otra vez, pequeño – ronroneaba ahora como una gata en febrero llamando a todo macho que pasase por sus cercanías – ¿me vas a dejar?
Rony por toda respuesta agarró por el cabello de la nuca a Antonio y le separó con violencia de él. Le acercó su cara hasta casi rozársela con un gesto de fiereza mal contenida y le insultó.
- Te he dicho putita, que será cuando yo diga
Yo no entendía nada. Estaba petrificado en el sofá presenciando la escena. La displicencia con que acababa de tratar a su chulo minutos antes se trasformaba en suplica quejumbrosa de su cuerpo rechazada sin contemplaciones por el chico.
- No seas malo conmigo, por favor…
Se interrumpió el ruego con una sonora bofetada que dio con mi amigo en el suelo. Me levanté dispuesto a defenderlo pero Rony, levantó la mano instándome a no intervenir al tiempo que con su cara me hacía señas de que todo iba por el sendero previsto.
- Chulo, maricón. ¿Qué te has creído, que eres muy macho? Pues ya sabes la ley esa de que tan maricón es el que da como el que toma…
Ahí no pude reprimirme más e intervení.
- Por favor, AR, es vergonzoso. ¿Qué te pasa, que es esto?
Se levantó con una sonrisa despreciativa en la boca y me encaró. Ya era el Antonio de antes, el que yo creía que era el de verdad, aunque no sabía si existirían más.
- No, niñato, no. No es vergonzoso. Es mi juego, me gusta jugarlo y no me da miedo ni vergüenza ajena o de mi mismo hacerlo. Obtengo placer con ello y no paso de ahí, pero tu, señor pomposo, has de encontrar trascendencia hasta en un polvo. Pues bien entérate de una vez por todas. Esto no es más que lo que es, una forma, una técnica depurada de obtener placer sin perjudicar a nadie, de mutuo acuerdo, nada más. No hay degradaciones ni zarandajas de infiernos morales y preceptos quebrantados que merecerían tormentas de fuego y azufre hirviendo. Aquí no existe la podredumbre de los sepulcros blanqueados que intentan ocultar lo que no es mas que materia maravillosa de placer que de tanto encerrarla hiede y molesta la nariz estrecha de los bien pensantes.
¡Saca a la luz de una vez tus inclinaciones! ¿Perjudicaste a alguien clavándosela en el culo a ese tío en el Metro?, a nadie. ¿A tu mujer?, en que le dolió a ella que tu obtuvieses placer, ¿en la envidia que le suscitó que no pudiese ser ella el receptor de tus jugos?, eso, envidia nada más, de que los otros puedan gozar y uno mismo aherrojado en una moralina caduca y anaftalinada, no pueda hacerlo aún queriendo y sabiendo que con ello podría alcanzar cotas de placer nunca sospechadas.
No he hecho más que, aprovechando que éste – señaló con la cabeza a Rony - no se había ido aún, ejemplarizarte en que consiste ser libre; en sacar, sin cadena de la jaula la fiera esa tan peligrosa que tú dices tener dentro y dejarla que actúe como mejor crea. Comprenderás cuando la veas en su salsa que ni tiene tantos dientes ni tan afilados ni tan aviesas intenciones. Pero claro, para eso hay que tener el talante lo suficientemente abierto como para acallar las voces de los que te dicen a cada paso que como saques a la fiera de su jaula te volverán la espalda para siempre y te quedarás solo. Eso es mentira. Ellos son los que están solos en la oscuridad de sus prejuicios metidos en una cárcel estrecha con la puerta abierta al alcance de su mano pero sin saberlo porque su ceguera les impide verla. Y ahí siguen de por vida, por no querer abrir los ojos, en esa jaula que libere la fiera, que no es mas que la libertad que te lleva en volandas a la felicidad de saberte el dueño de tu destino. Envidia una vez más, es lo que sienten, envidia que les roe las entrañas, envidia del que se atreve a dar el paso y escaparse de su cárcel de moral pecaminosa que le tiene asfixiados en su jaula.
Y ahora, anda, déjanos solos a éste y a mí, salvo que a tu fiera le guste ver como ayuntamos – sonrió de forma descarada y provocativa - y vete en busca de tu hijo. Pero acuérdate de todo lo que te he dicho.
Se volvió a acercar a Rony, que le cogió con su manaza de acero las mandíbulas y le acercó la cara a la suya estrellándose las dos cara en un beso profundo y salvaje.
Cuando abría la puerta de la casa para irme cariacontecido y escaldado escuché al imbecil, una vez mas gritar.
- ¡Recuerda, quince días, el manuscrito en quince días o te vas a enterar, negrazo!
Cerré dando un portazo subrayando mi enojo y me lancé escaleras abajo; no habría soportado la espera del ascensor con su metódica morosidad. Necesitaba correr, gritar, llorar, desfogar, todo a un tiempo. Mire el reloj. Había pasado en casa del cabronazo de Antonio más de lo que habría supuesto. Ya podía dirigirme a casa de mi hijo y así lo hice. Pensé que le etiquetaba de imbecil porque yo jamás podría actuar con la naturalidad que actuaba él, quizá por eso el triunfaba y yo no.
Caminaba por la acera con la mente puesta en llegar a casa de Ramón pero sin fijarme por donde pasaba. Los rayos del sol que se filtraban por entre nubarrones de cuenca minera irisaban el ambiente y cada poco me hería los ojos haciéndome estornudar. Me gustaba la sensación del sol puro hincándose en mi cara y despertándome movimientos respiratorios convulsos, me despejaba la mente y me hacia olvidar la conversación en casa de Antonio. Por un momento estuve casi tentado de dejarme seducir por sus explicaciones de encantador de serpientes y ver el mundo a través de su cristal, pero que va. Antonio siempre tuvo la habilidad de llevarme a su terreno y venderme la moto las veces que hiciese falta, pero en cuanto me apartaba de él recobraba la cordura, como si se tratase de un Gerión al que Hércules levanta de su tierra para vencerle y en cuanto vuelve a tomar contacto con su terruño recobra fuerzas y contraataca. Me atraía Antonio y todo su entorno pero jamás me deje encandilar por su canto de sirena. Que se quedase esa supuesta fiera en su jaula que ahí se la dominaba a conciencia. ¿Qué necesidad iba a tener yo de replantearme toda una vida que yo había elegido como la mejor para ser vivida? No, no había necesidad de soltar la bestia, estaba dormida y así iba a seguir estándolo.
De frente a mi flotando en el éter, con el cabello envidiosamente acariciado por la brisa de la mañana e iluminado por los rayos avariciosos del sol que se enredaban en sus guedejas intentando apropiarse de ellos, venía la diosa de la tranquilidad. Tuve que detenerme en medio de la acera y quedar absorto en la contemplación de aquella aparición que avanzaba hacia mí como si no existiese nadie más en el mundo. El sol enmarcando su figura, borrachera de curvas suaves y dóciles agitándose con suavidad a cada paso que le acercaba a mí, le confería una realidad exclusiva; había nacido para mi, toda la vida de aquella mujer se había desarrollado para aquel instante que se dedicaba a mí, era mío y así lo interpretaba yo. A medida que se acercaba podía definir sus rasgos de rostro, diluirme en el color avellana tostada de sus ojos, refrescarme en la dulzura de sus níveos dientes que asomaban entre dos gruesas y carnosas tajadas de fresa fresca. Estaba hipnotizado y ella me sonreía, estaba a punto de deshacerme en un charquito de babas a punto de llegar a mi altura cuando por la derecha me rebasó un personajillo, más bien bajito y regordete con los dedos cargados de gruesos anillos de oro del peor gusto y dando unos saltitos cortos de emoción porque mi diosa, la que yo ya estaba convencido de que era mía, abría los brazos embargada de gozo al encontrarse con quien daba lo mismo quien fuera, su padre, su amante o su chulo, el caso es que no era mía como yo ya había dado por sentado.
Estaba justo al lado de una tienda de discos y presenciando una orgía de abrazos desnivelados por que la diosa que presuponía mía se agachaba de forma grotesca para poder ponerse al alcance del enanito gordinflón y remilgado que no paraba de dar besos de abuelo chocho a una nieta largamente ausentada. Sin razón, lo sabía, pero me estaban clavando alfileres en los ojos y pisando los callos que no tenía. Para que no faltase nada de la tienda empezó a salir una serpiente venenosa de notas lastimeras que me mordieron inmediatamente el corazón y acabaron por destrozarme. Menos mal, me dije, cuando comencé a caminar como un autómata, que esas notas lúgubres de Tchaikovsky han podido hacerme mover, de otro modo habría pasado a convertirme en mobiliario urbano. A pesar de todo, las notas intensamente melancólicas de ese cuarto movimiento de la sexta del compositor ruso me continuaron golpeando en mis oídos aún cuando  me había alejado tanto de la tienda de música que ya ni era capaz de alcanzar a atisbarla aunque hiciese un esfuerzo de agudeza visual. No podía deshacerme de ellas y me zarandeaban el espíritu haciéndome derramar amargas lágrimas de las que me avergonzaba, porque eso de demostrar los sentimientos en publico es inasumible y además aquel odioso “los hombres no lloran” que me remachaba mi padre muy irritado siempre en circunstancias de dolor, como si le ofendiese en lo más sagrado que yo diese rienda suelta a mis frustraciones, con parecerme absurdo e injusto, no había podido desprenderme de él. Formaba esa sentencia masa con mi carne y me daba mucho coraje el que me viesen llorar, que supiesen que podía ser débil y demostrarlo. Pero mas rabia me daba aún el no poder ser libre para desembarazarme de esa lacra.
Cuando conseguí que mis ojos dejasen de llorar a orden de un alma sobrecogida por las notas, suaves palabras de los dioses que penetran lo más profundo del ser, y me sequé bien los ojos aún me quedó un desconsuelo profundo y parecía que sin razón. Esa vaciedad de alma, la aridez del corazón que reclama el agua de las lágrimas para ser ubérrimo en sentimientos e ideas me llevó a donde solía siempre. Solo me rescataba de estos estados el sexo. Volví a pensar en la mujer de andares acariciantes, aislando de la imagen al enano gordinflón que la secuestraba, para sentir inmediatamente una vigorosa erección que me abultaba la entrepierna del pantalón. Gozaba exhibiendo  la masa dura que descomponía la línea de la pernera. Eran mis poderes y deseaba enseñárselos a las que se cruzaban conmigo. A cada “guarro” o “cerdo” que escuchaba de las mujeres que se cruzaban conmigo más me reconfortaba pensando en que no me insultarían si no les llamase la atención mi colosal abultamiento. Cuantas más cosas me decían mas me excitaba. Efectivamente soy un exhibicionista. No lo voy a negar aunque jamás se me pasaría por la cabeza ir un centímetro más allá de dejar ver al que quiera mirar, la libertad de los otros y sobre todo de las otras me es algo muy querido.
Estaba llegando a casa de mi Ramón. No había sido consciente del tiempo transcurrido entretenido con mis exhibicionismos. Al entrar en el portal mi miembro se relajó y con cierta consistencia reposó sobre mi pierna derramando algo de líquido lubricante que sentía resbalar por el muslo no sin orgullo de éxito.

10.10.12

No hay comentarios:

Publicar un comentario