IV
Mi Ramón. Mi debilidad. Nació
bastante endeble, no daban mucho por él, pero parecía tener un carácter fuerte
que se oponía, que suplementaba su medrosidad de físico. Durante días y semanas
se aferró a la vida negándose a la naturaleza que quería plegarle a su voluntad
haciéndole pasar por Estigia hasta que venció después de ser dado por muerto en
varias ocasiones. Nunca me cupo duda de que el calor y el amor desvelado de su
madre unido a la leche que ella se sacaba con dolores desgarradores y le hacia
gotear en su boca a espaldas de los médicos fue lo que le atornilló a la vida y
le afianzó en su voluntad de seguir viviendo. Todos los pediatras insistían en
que con el suero que le entraba por la vena era suficiente para mantenerle y
que la leche materna solo podría complicar las cosas porque al ser tan chico
tenía un aparato digestivo inmaduro. Las madres saben de sus hijos, con los que
han convivido nueve meses, más que todos los pediatras y neonatólogos del
mundo. Ramón a veces desde su incubadora entreabría unos ojos que parecían
vacíos de vida pero que se clavaban en los de su madre que nunca cesó de
mirarle, como si su contemplación fuese el hilo que le sujetaba a él a la vida
y ella sostenía con la mirada. La madre lloraba de alegría porque sabía que su
hijo abría los ojos para decirle que resistiría si ella se mantenía cerca, que
no se fuese, porque de mirar y no encontrarla ya no tendría fuerzas para seguir
respirando.
Si los niños mantienen siempre el
cordón umbilical con sus madres por mucho que se alejen de mayores, lo que les
hace dependientes de ella tengan la edad que tengan, en el caso de mi hijo el
vinculo fue aún más fuerte. Durante semanas aquella incubadora se convirtió en
un útero vicario de la madre que ella mantenía calido, acogedor y amoroso con
su presencia como si Ramón aún permaneciese dentro de ella calentito y
confortable ajeno a todas las agresiones del exterior, protegido, dependiente.
Perder a su madre fue algo
inimaginable, estremecedor. Aún tengo clavado en las meninges el aullido
desgarrador de Ramón un pobrecito niño desamparado de tres años que por las
noches no sabía dormirse sin el calor de su madre y la llamaba con la
insistencia y el desconsuelo del cachorro que ha perdido en la selva a su madre
y se sabe, de forma instintiva, a merced de todo aquel que se cruce con él.
Cuando cinco años después se fue con su abuela a vivir, todavía me despertaba
algunas noches su llanto cansino y meditadamente discreto que intentaba que yo no
me enterase que aún lloraba a su madre porque yo le machacaba siempre que el
tenía que seguir con su vida, que lo de mama era ya irreversible y solo quedaba
recordar y contentarse con lo que se tenía.
Poco a poco Marta y el trabajo me
fueron absorbiendo y la vida de Ramón con su abuela se fue organizando
distanciándose las visitas y espaciándose las llamadas. Yo lo aceptaba
resignadamente abandonado a un nihilismo estupido que abonaba mi necesidad de
tener una mujer, Marta, a mi lado, incompatible con mi hijo; celosa como un
Caid de su harén siempre imaginé que con el niño cerca pensaría ella que la
imagen de su madre no abandonaría mi corazón y ella nunca llegaría a reinar del
todo en él. En el fondo yo no era mejor que aquel padre que vendía a su hijo
por una suma de dinero, en mi caso, mi hijo también tuvo su precio y aunque él
jamás me lo reprochó verbalizándolo de alguna forma, su actitud hacia mí desde
que fue tomando cuerpo su formación me lo denunciaba constantemente, yo me
sentía miserable por ello, pero incapaz
de renunciar a mi Marta, supongo que egoísmo de macho esparcidor de semilla sin
más meta que perpetuar mi raza, presa de los instintos mas primarios que
sustentaban mis hormonas. Por eso, que me necesitase y yo no estuviese raudo
junto a él, presto a darle mi apoyo me desesperaba y más cuando hacía ya no se
cuantos meses que no sabía nada de él.
Precisamente las últimas noticias
suyas las recibí, como no podía ser menos del imbecil de Orihuela. Fue al
recibir el encargo de la novela con la que ahora me encontraba enredado y
apremiado por él. Como siempre que necesitaba que yo le escribiese algo que
superase lo anterior, intentaba congraciarse conmigo de cualquier manera
posible; ora recordándome viejos tiempos de la Facultad en los que yo
era un ídolo rodeado siempre de muchachas preciosas y él no más que un
acomplejado incapaz de abordar al muchacho por el que bebía los vientos; ora
rememorando el exitazo de la primera novela a la que él estampó su firma y fue
record de ventas aquel año, adulando mi ego de una forma que solo él sabía como
hacer. He de reconocer que me envolvía una sensación confortable y espumosa, de
roce de seda virgen por el pene cuando el me calentaba los oídos con sus
halagos y era incapaz de negarme a nada, salvo a eso que él sabía perfectamente
que nunca habría manera que aceptase por mucho que el pusiese toda la carne en
el asador; solo pensarlo me producía urticaria y profundo asco además de
desprecio por su forma de entender el sexo y eso no me gustaba, nunca me
pareció bien discriminar a nadie por esa cualidad.
En aquella ocasión el señuelo fue
Ramón. Cuando escuché en sus labios su nombre se me erizaron los vellos de la
nuca y desee machacarlo pero me contuve a ver por donde me salía. No habrían
pasado seis meses de aquello y hacía dos más que yo no veía a mi hijo ni
hablaba con él.
- A propósito, ¿a que no sabes
con quien estuve tomando un cóctel ayer? – su entonación era entusiasta, como
si fuese a revelarme el secreto del Santo Grial.
- No. A ver, a quien estuviste
enredando ayer en tus manejos – le contesté yo medio aburrido, esperando
cualquier salida suya estupida y vacía pero llena de afectada superficialidad.
- ¡A tu niño, a Monchete!
- Repite, repite. ¿A Ramón? – Estaba
indignado solo con rozar de pasada lo que no quería ni imaginarme - ¿y tu que
coño tienes que tomar copas con mi hijo?, mira tú, como se te ocurra ni
siquiera…
- Para hombre, para – no me dejó
terminar y yo me alegré de que así fuera porque estaba embalado y en el fondo,
no podía remediar apreciar al muy imbecil de Orihuela, un ser bastante
desgraciado en manos de su propia frivolidad incapaz de parar a mirarse por
dentro para descubrir su indigencia y ponerle remedio – le vi en el Museo de
Arte Futurista, iba con un pedazo de mujer que ya quisieran muchas con caches
millonarios. ¿Qué te habías imaginado, petarda? – cuando se encontraba relajado
y con ases guardados en la manga me llamaba amistosamente así, yo lo sabía y lo
toleraba.
- Nada Antonio, nada, pero es que
todo lo que tenga que ver con mi hijo si toca, nada más que de refilón la
ambigüedad, me hace fundir los plomos y me pongo ciego. Perdona chico, perdona.
Bueno venga, dime, sigue hablándome de ese monumento que acompañaba mi hijo.
¿Cómo estaba él?, y la exposición, ¿Qué tal? A mi me fui imposible pasarme a
echarle una ojeada y eso que uno de los que exponía es amigo mío, bueno y tuyo
también, Javierin.
- Si, estuve con él un buen rato
y me preguntó por ti que te había invitado y le extrañaba que no te hubieses
presentado. Te disculpé, le dije que ya sabía como eras, un poco descastado, de
haberse llamado Javierita habrías estado como un clavo, ¿a que no me equivoco?
– le encantaba ese tipo de mamoneo y a mi me sacaba de mis casillas si duraba
más de dos segundos.
- Bueno venga ya, ¿que fue de
Ramón y su amiga? – estaba impaciente ya.
- Tu hijo, encantador como
siempre. Como de pequeño, pero anillado como una paloma mensajera. Le conté al
menos…, a ver…, unas diez perforaciones en la cabeza. Y cuando se lo hice ver,
me dijo que porque no veía las que estaban ocultas…
- Antonio, Antonio, hazme el
favor y no me cabrees – le advertí.
- Que no chico, que no, que así
me lo dijo. Me sorprendió, la verdad, tanta perforación. Sin embargo su
acompañante, Alicia creo que me dijo que se llamaba, solo tenía dos aritos de
oro muy juntitos en el labio inferior y un par de ellos en una oreja nada más y
la verdad le daban un aire exótico y medio misterioso que fíjate que a mi, como
tu ya sabes estas cosas no…, pero mira me dio una especie de escalofrío raro.
De todas formas tu hijo Ramón siempre tan educado, es un encanto.
- Bueno venga dispara – me estaba
impacientando y aburriendo con sus descripciones – tu no me has llamado solo
para contarme esto.
Como es de suponer quería que
escribiese la novela que le estaba escribiendo y que me había comprometido a
entregarle en dos semanas.
* * *
Los días siguientes quise hacer
por llamar a Ramón para quedar a tomar algo pero las cosas que se tuercen y
complican, Marta que reclamaba más atención de la que habitualmente me reclama,
quizá alertada por esa intuición femenina de que se avecinaba peligro si me
reunía con mi hijo y un par de veces que marqué su número y me saltó el buzón
de voz, total que hasta que Marta me comunicó que él quería hablar conmigo, y
urgente, no había vuelto a acordarme y eso me dolía también.
Me tuvo que despertar un
inmisericorde dolor de cabeza que me hacía botar en la almohada. Se me pasó la
noche en un suspiro y no recordaba haber soñado nada. Solo el dolor de cabeza
que me machacaba. Una ducha rápida fría sin pasarse y un paseo en ropa de
deporte por la calle a esas horas me tendrían que sentar bien. Así fue. Vuelta
a casa a eso de la nueve, otra ducha y Marta ya estaba preparando café. No tuve
más espera, marqué el número de Ramón.
- He quedado a comer con mi hijo,
supongo que no querrás venir – no era una pregunta, la entonación revelaba
incluso al oído más inútil que le estaba rogando que no fuese a decidir
incorporarse a la reunión.
- No, déjalo amor. Ya sabes.
Tendréis que hablar de mil y una cosas, hace siglos que no os veis. Me dedicaré
el día a mí, iré a darme un masaje relajante
y luego a la pelu. Comeré con Claudia o con Gloria, ya veré. Lo mismo me
quedo en casa tranquila… - Cesar conocía ese tono de reproche aderezado de una
baja reactividad contenida.
- No me gustaría que te lo
tomases a mal…
- Lo que me voy a tomar a mal es
que sigas intentando disculparte por lo que no hay necesidad de hacerlo – a
duras penas conseguía contener la irritación - No hay culpables, recuerda, solo
personas inseguras que nunca están convencidas de haber obrado correctamente –
enarcó las cejas en signo de obviedad y aclaró – es lo que dice un personaje
tuyo, ¿no?
- Yo no me siento culpable de
nada
- Entonces no me des más
explicaciones. Vas a comer con tu hijo, ya está y se acabó la conversación.
Comprendí que no había que
continuar con la escaramuza si no quería terminar descalabrado. Marta puso una
cara de descaro y convicción que daba por zanjado cualquier apostrofo al
dialogo. La misma cara relajada, fresca y segura que me enamoró nada más verla.
Me acerqué, la envolví en mis brazos y la empapé el pijama con mi sudadera.
Intentó desembarazarse pero sabía lo que yo quería y ella deseaba siempre. Terminamos en la cama.
Estaba sorprendido. Aquella
especie de frente de firmeza que me presentó, me excitaba como lo hacia en los
primeros momentos con su promesa de conquista y derribo de murallas una vez
más. Me permitía prescindir de mi catalogo de aventuras para culminar el
encuentro. Pero a medida que iba avanzando el desarrollo del juego la sombra
grisácea del hastío y la abulia iban
enfangando la pureza de las caricias y empequeñeciendo la parte de la anatomía
que mas protagonismo debería tener, mientras mi cerebro se adormecía llevado de
la rutina de sexo automático. No me quedó otro remedio que abrir el cajón de
las imágenes para echar mano de alguna de ellas con que poder continuar. Meter
la mano en el cajón y sacar la imagen del Metro todo fue uno. Me rebelé y
aparte de mi cabeza al degenerado que me enredó en mi ignorancia y en mi
estupidez, pero cuanto más rebuscaba mas imágenes iguales salían. Quería sacar
si acaso la de la amiga de Marta la que sodomicé de forma tan gloriosa en los
servicios del hotel, pero nada. Finalmente me rendí porqué la deriva de mi
erección era ya alarmante y temía que ella reclamase una penetración sin
encontrarme preparado. Pero estando lamiendo, sorbiendo el sexo de Marta pensé
en algo que me recuperó; si pudiera penetrarla por detrás… cerré los ojos y le
contemple la cara, vuelta hacia mí,
contraída por el dolor lancinante del desflore posterior intentando
desembarazarse de mi presa, bregando como un galeote bajo los azotes del
verdugo, insultándome, rindiéndose al fin al placer de Sodoma y animándome a
penetrar con más violencia aún. Sentí que la sangre entraba a presión en mi pene
y lo ponía a estallar, tenía que decírselo y no sabía como se lo tomaría. Con
el deseo de penetrarla por detrás impeliendo mis acciones me coloqué encima de
ella sin penetrarla, hurgando en la herida de su deseo por ser penetrada, pero
mi cuerpo buscaba otro camino, pensar en penetrar por donde siempre me
entristecía, pensar en que en breve, entraría en ella por donde no se debería
me espoleaba. Volví entonces a bajarme a su sexo, escuchando su queja por la
ausencia de mi cuerpo dentro de ella, para mordisquearla el clítoris como yo
sabía que a ella le ponía fuera de sí. Al tiempo le pellizqué los pezones con
firmeza haciéndole gemir de dolor y retorcerse bajo mi boca. Fue entonces
cuando introduje un dedo en su vagina para lubricarlo con sus secreciones y
después comencé a estimular su ano frotando primero con suavidad, insinuando
después la yema hacia dentro y haciendo presión hasta que el dedo se perdió en
la profundidad. Y ahí acabó todo.
- ¿Qué haces? – se incorporó en
la cama de un salto como si un resorte en su espalda se hubiese soltado.
- Nada - levante la cabeza si
apartar mi mano de su ano – solo intento dar un poco de picante a lo de
siempre.
- Nunca me han gustado esas
marranadas, lo sabes muy bien – estaba indignada y sorprendida.
- Marta – me senté en la cama
delante de ella con mi sexo fláccido de repente - Marta, no son marranadas, es
otra forma de gozar. Nunca te he pedido nada y he pensado que si lo probases…
- ¡Marranadas! Te repito. Eso lo
habrás visto tu en películas de esas que te gustan a ti o lo habrás hecho con
tus putas, pero a mí me debes un respeto – estaba más indignada de lo que yo
hubiera podido imaginar en un principio.
De un salto se levantó de la cama
y a la carrera se metió en el baño, sentí como echaba el cerrojillo a la puerta
cuando ella nunca lo cerraba, la cosa al parecer había sido más grave de lo que
pensé. La fiesta había dado a su fin. Me tendí en la cama desilusionado e
irritado a un tiempo y sin proponérmelo comencé a juguetear con mis atributos.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Volví al Metro una vez más pero esta vez con
todas mis defensas abatidas me dije que qué podía importar. De inmediato mi
cuerpo revivió y comprobé con gozo que tenía una erección explosiva. ¿Cuánto
tiempo hacia que no me masturbaba?, había perdido la cuenta, quizá quince años,
al poco de morir la madre de Moncho, una noche en que sumido en la más negra de
las desesperaciones me encontré aliviando mi pena con el pene entre los dedos,
recuerdo que no fue gran cosa pero al menos me permitió conciliar unas horas de
sueño, algo que no había conseguido desde semanas antes.
Con la imagen del Metro
abarrotado y aprisionado entre el gentío sintiendo la calidez del cuerpo del
embustero que me había utilizado comencé a acariciar con suavidad asedada el
frenillo con la punta de los dedos. Aquello no era una masturbación al uso pero
daba infinitamente más placer que el sacudimiento furioso tan frecuente en los
muchachos, un placer que sumado al agridulce de la imagen que no se desdibujaba
de mi memoria conseguía hacerme temblar las piernas como cuando adolescente me
la pelaba como un mono y me quedaba exhausto.
Sentía que la punta de mi pene
estaba cada vez más congestionada y el líquido de la excitación comenzaba a
fluir manso contribuyendo a que el roce de mis dedos contra el frenillo fuese
aún mas lubrico aumentando la sensación deliciosa. Transcurrieron unos morosos
minutos de placer interminable. Cuando estaba al borde de un orgasmo que no
terminaba de alcanzar, con regocijo por mi parte, el degenerado del Metro del
que gozaba volvió la cabeza y me miró a los ojos con una sonrisa viciosa. No
era sin embargo la cara de aquel mentiroso sino la de Marta que me decía a voz
en cuello que la follase con más violencia y que si no sabía hacerlo mejor que
dejase a cualquier otro. Inmediatamente mi pecho recibió la calidez blanca y
viscosa de mi propio cuerpo proyectada como si de sangre de una arteria rota se
tratase, con fuerza inusitada,
acompañada de la sorpresa por la cara de Marta colada en mi ensueño, que
me hizo sentarme en la cama abortándome todo placer, sustituyéndolo, mientras
mi semen se seguía derramando, pero esta vez sin fuerza, por un calambre que me
recorría el fuste del miembro desde el ano hasta la punta, algo desagradable
que consiguió que saltase de la cama y aporrease la puerta del baño exigiendo a
mi mujer que saliese de una vez.
- ¡Déjame en paz, marrano!, acabo
de empezar nada más.
- ¡No me insultes! – le grite
fuera de mí.
- Pues no quieras que sea yo una
de tus fulanas.
Enfurecido aún no se muy bien
porqué me fui al aseo donde después de limpiarme los restos de semen y lavarme
como pude me vestí y alcancé la calle sin despedirme siquiera de Marta.
Era temprano aún. Estaba muy
irritado tanto con mi mujer y su estupida manera de entender la cama como
conmigo por mi ingenuidad que conociéndola nunca debería haberle ni insinuado
un cambio en el guión aburrido de nuestros escarceos sexuales. Me sentía
infeliz, hondamente infeliz. Caí en la cuenta de mi desolación y se me saltaron
las lágrimas. “Eres muy incauto, te la pegaran siempre”, era la frase que nunca
se le caía de la boca a mi madre y que nunca terminé de entender del todo,
porque a cada nuevo episodio en que me sentía maltratado y mi memoria la
rescataba para la actualidad le encontraba un matiz diferente, le descubría una
nota de color distinta, arrojaba una luz de mayor o menor brillo sobre mi
existencia y siempre, siempre contribuía a sentirme perdido e injustamente
tratado. Mi madre tenía razón y que madre no la ha tenido siempre cuando se
trata de analizar y de enjuiciar la conducta de sus hijos. Efectivamente no
tengo mucha cautela cuando trato de relacionarme con los demás y es porque
jamás he tenido la preocupación por guardarme una carta en la manga por lo que
pudiera ocurrir, porque la vida en mi, el devenir del día a día no deja de ser
una extensión lúdica del disfrute de estar vivo, sin necesidad de ofender, solo
eso, quizá por eso me sentía tan extrañamente infeliz, una infelicidad gélida y
espantosa que me hacia tiritar. Hacia frío esa mañana y los viandantes me
observaban con cara de extrañeza, no sabía porqué hasta que caí en la cuenta de
todo lo abrigado que ellos iban y lo ligerito de ropa que iba yo. Naturalmente
que tiritaba, pero no era de mi irritación o no al menos solo de eso, es que
tenía frío y empezaba a sentirme mal.
El café de más adelante se
ofrecía a mis intereses. La atmósfera del local se encontraba cargada por la
acumulación de humanidad que a esas horas apuraba con prisas el último sorbo de
café espeso y caliente antes de entrar a la oficina y por el humo de los
cigarrillos que se apuraban con avaricia para entonarse antes de entregarse al
tajo. La barra de un espantoso diseño en acero inoxidable y azulejos se
encontraba a tope y al irme acercando un parroquiano terminaba su consumición
con un sonoro, buenos días y me dejaba un trozo libre.
- Un café largo de café
- ¿Algo para comer, bollería, pan
tostado? – el tono impersonal y afectadamente familiar me repateaba así que no
le deje terminar.
- Solo quiero café, estoy helado
– y mi tono tuvo intención de zanjar cualquier otra consideración lo que el
camarero supo interpretar a la perfección.
Mientras el empleado atendía la
maquina, la plancha y a tres de sus clientes a la vez contestando y preguntando
por comandas con la mejor disposición me pregunté si yo sería capaz de
desarrollar un trabajo así. Para mí aquello era peor que el castigo de Prometeo
encadenado a la roca, aquel hombre nunca podría ser feliz y no pude más que
hacerme la pregunta por pasiva. Me estremecí.
Nunca antes me lo había planteado
tan descarnadamente, siempre había esquivado la pregunta, siempre me había
conseguido distraer del meollo de la cuestión, la pregunta lanzada como el
guante del desafío a la cara, a mi propia cara. Me imaginé feliz, intenté
rebuscar, escudriñar hasta en el repliegue mas perdido del alma, como en esas
costuras que se llenan de migas y polvo en las faldas de las mesas camilla de
la casa de un pobre, por ver si tenía allí postrado, arrumbado o roto algún
recuerdo luminoso y ya casi perdido de mi persona en estado de felicidad.
Encontraba a base de ahínco recuerdos más o menos blandos, de esos que te hacen
esbozar una sonrisa condescendiente contigo mismo por lo tonto o inocente que
uno pudo llegar a ser. Pero felicidad, esa sensación que todo el mundo describe
como de inundación de alegría que todo lo desborda, que anega con su torrente
toda desdicha, que detiene el tiempo y te hace inmortal, eso no. Otro
escalofrío, otro maldito escalofrío de terror esta vez, de constatación de no
haber sabido lo que era la felicidad nunca y sin embargo haber creído que de
una forma u otra debí ser feliz en alguna ocasión.
- Su cafelito bien caliente –
cantó con alegría que le desbordaba.
Mire al camarero con desprecio.
No comprendía tanta osadía que incluso le permitía estar alegre en tamaño estado de menester,
detrás de una espantosa barra sirviendo a todo el que se lo dijese por unas
míseras monedas.
- ¿Le falta algo? – preguntó
solicito al leer la expresión de mi cara y no entender el reproche pintado en
ella como un luminoso de neón.
- Nada – dije mirando hacia otro
lado incapaz de sostenerle la mirada cuya limpieza y honestidad me condenaban a
la vergüenza de haberle despreciado.
¿Porqué nunca pude ser feliz?
Quizá porque nunca me esforcé en serlo. Aquel hermano de La Salle , Federico se llamaba,
lo decía siempre, esfuerzo, esfuerzo y esfuerzo, hasta para llegar al cielo
hace falta esfuerzo, no se olviden. Y yo me olvidé al parecer porque me molesta
el dolor que produce ese forzamiento, solo deseo placer y cuanto más lo busco y
en él la felicidad, peor me encuentro. Me limito a pasar por esta cochina vida
de la que me iré sin dejar maldito rastro.
Al pensar, con el café caliente
en la mano que me reconfortaba del frío, en mi rastro sentí la punzada del
reproche que desde lo más profundo de mis entrañas me golpeaba con
desesperación: Moncho era mi rastro. El sí me hacia feliz, pero cuanto dolor me
ha procurado el quererlo; ¿de esa manera merece la pena desear la felicidad?,
tuve que renunciar a él por el placer de vivir con Marta y ahora pago cada día
el salario de querer ser feliz sin serlo por estar al lado de la mujer a la que
quiero.
En algún lugar leí una vez que la
felicidad es la delicada y perfumada flor que hunde sus raíces y se alimenta en
lo más profundo del humus del dolor, sin dolor nunca existiría la felicidad
pero no es preciso que exista la felicidad para que el dolor permanezca. El
dolor es siempre eterno, la felicidad contingente.
Apuré el café, pagué y volví a la
calle. En los minutos que estuve en el local la decoración de la calle había
variado, los figurantes eran ya otros, mas coloreados, menos grises y
enfundados en uniformes de muertos sin alma, la luz daba respirabilidad al aire
que era ligero y fresco y apetecía comerse la mañana. Como siempre a esas horas
en que por la razón que fuese me encontraba en la calle me arrasó el optimismo,
que más daba si era o dejaba de ser feliz, ¿no iba a comer con mi hijo?, pues
nada más era necesario. La felicidad para mí era poder estar con Moncho y si no
era así y me engañaba, bendito engaño.
Faltaban aún muchas horas, sin
embargo para la cita y navegando sin rumbo se me ocurrió que ir a casa de
Antonio Ramón Orihuela no sería mala idea y de paso podría charlar sobre mis
honorarios, la novela que estaba por terminar iba a ser un bombazo editorial y
a AR le iba a reportar enormes beneficios sin haber dado ni un golpe.
V
- Déjame descansar un poco, por
favor Antonio, déjame, que ayer nos acostamos tardísimo.
El muchacho de color bronce y
cabello alborotado permanecía boca abajo sobre la cama a duras penas tapado por
una sabana de seda marrón chocolate quejándose del inoportuno que se empeñaba
en medirle su tersa y musculosa figura con sus finos y temblorosos dedos de
lujuria.
- Tu eres fuerte, mi dios griego,
ya dormirás luego – le respondía tembloroso el barrigón de piel lechosa y
temblona como flan – da gustito a tu osito de peluche.
- ¡Antonio, joder!, ya está bien.
- ¿Con quien estuviste anoche?,
dímelo sinvergüenza. Vives a mi costa y te debes a mí, no a esas pelanduscas
que tanto te gustan. ¡Que asco de tías! – reprochaba y al tiempo expresaba en
su cara todo el asco que le producían las mujeres. Dejó pasar unos instantes
esperando una contestación - ¡Rony!, joder, te estoy suplicando, estoy salido
como una perra arrastrada, necesito que me ates, que pegues, que me domines,
que hagas tu puta, Rony – ya por último lastimosamente suplicante, pero
esperando el ablandamiento del muchacho - ¿No, verdad?, pues venga, largo de mi
casa y de mi vida – brazos en jarras como una vecindona cualquiera de corrala.
Rony se incorporó poco a poco
apartando el sedoso lienzo marrón dejando al descubierto su cuerpo al completo.
Orihuela contuvo la respiración sin saber donde posar su ojos, si en los
zarcillos que atravesaban los pezones de Rony o en el más grande que atravesaba
el glande desde el frenillo saliendo por el orificio de la punta. Saltó el
galán de la cama y encaró a su patrón de casa, con una sonrisa pérfida en la
cara lamiéndose el carnoso labio inferior atravesado por otro anillo más.
Antonio Ramón ya sabía que ese momento había de llegar y allí estaba.
Comenzaron a temblarle las piernas y a balbucear disculpas de corazón.
- Tu que me vas, ¿a echar?, pero
tu solito o con cuantos más – el tono rufianesco y de chulo de barrio chino a
Orihuela terminaba por desarmarle de cualquier cosa menos de su sexo que se
endurecía como un menhir de granito – mes vas a echar, ¿verdad?, verdad,
contesta maricona de mierda – y acompañó la interjección maleducada de una
sonora bofetada que lanzó a Antonio contra la cama.
Para entonces ya Rony presentaba
una figura que no habría servido de modelo para cualquier escultor griego entre
los que la moderación en el tamaño de los genitales era norma no escrita. Antonio
quedó boca arriba en la cama con las piernas abiertas y su sexo expuesto
esperando el castigo que tanto temía pero que también tanto le hacia gozar.
Rony se le acercó y le propinó un buen golpe con la palma de la mano a los
testículos que hizo aullar de dolor a Antonio.
- Mas, cabrón, más fuerte. Me vas
a matar – en la voz ronca de lujuria de Antonio había miedo real y deseo mas
real aún de sufrir mas dolor.
Rony le puso entonces un pie en
su entrepierna y pisó como lo haría con una colilla.
- Ahora si, verdad Antoñito,
ahora si, le susurraba muy quedo el muchacho.
- Me los vas a arrancar, déjame
ya – suplicaba sin convicción al tiempo que Rony seguía aplastándole sus
genitales.
Finalmente Rony levantó su pie y
saltó sobre Antonio colocándose a horcajadas sobre su pecho dejándole muy cerca
de su cara la verga morena brillante propulsada hacia delante como si quisiera
alcanzar cuanto antes la boca de Orihuela.
- ¡Escúchame bien, putita mía! Yo
me lo haré con tías cada vez que me dé la real gana y tú no vas a prohibirme
estar aquí o echarme, porque te mato, ¿te enteras?, te mato. Te atraganto como
voy a hacer ahora que te voy a tapar tu boca con la parte de mi cuerpo que mas
añoras y yo mas te niego y me a vas a beber porque es lo que mas deseas y nunca
te consiento.
Orihuela sin poderse contener ni
articular palabra hizo movimientos de asentimiento y sometimiento con la cabeza,
temblando de emoción y deseo. Rony le exhibió la mejor de sus sonrisas de
triunfo y se inclinó sobre él a la altura de su boca. Antonio Ramón Orihuela,
comenzó su viaje a las estrellas a través de la vía Láctea más dulce.
Rony se estaba duchando y Antonio
aún deleitándose con el episodio de violación consentida y brutal a la que le
había sometido el chulo cuando sonó el timbre de la puerta principal.
Antonio tenía por costumbre
hacerse de rogar cuando le tocaban a la puerta porque tenía la peregrina idea
de que todo aquel que llamaba a su puerta es porque necesitaba algo de él o
solo quería molestar, por lo que aunque esperase a alguien, siempre dejaba que
los nervios del que pulsaba el timbre se alterasen porque de esa manera el
resultado era casi siempre la renuncia a entrar en su casa. Si seguían
insistiendo no cabía duda de que alguien le necesitaba tanto que sería capaz de
cualquier cosa con tal de verle y ese era el que se merecía ser recibido, quien
ofrendaba su temple en el altar de su persona. Orihuela no podía estar más
pagado de si mismo y yo lo sabía de sobra.
- Venga pedazo de locaza, abre de
una puta vez – musité entre dientes – y no esperes a la tercera. ¡Este
mariconazo es incorregible!
Apreté con evidente molestia e
impaciencia el timbre un par de veces más y esperé realmente irritado. Estaba a
punto de marcharme cuando se abrió la hoja derecha de la puerta y el muy imbecil
asomó su cabeza medio calva con la pintura de ojos corrida, un aspecto que
movía a risa y a conmiseración cuando no a asco definitivamente.
- ¡Cesare!, - intentaba ser
encantador y refinado pero solo hacia el ridículo - ¿que bueno te trae por
aquí? – Cambió de entonación y me cosquilleo con un revoleo de su pluma - Si
llegas a venir hace diez minutos además de que no te abro te mato, maricón.
- Déjate de gilipolleces,
Antonio, sabes que no me hace ninguna gracia que te dirijas a mi de esa manera
– Orihuela seguía con la puerta entornada sin apartarse para dejar paso franco
– Bueno ¿me vas a dejar pasar o me largo con el manuscrito y todo a hacer
gárgaras?
- ¡Manuscrito!, pasa, pasa –
abrió la puerta de par en par dejando paso al tiempo que hacia una aparatosa y
absurda reverencia – pero… ¿Dónde está el manuscrito? – detuvo su inclinación
de lomo hablando de forma normal, como si se hubiera descuidado en su
afectación.
- No hay manuscrito – seguí
pasillo adelante, triunfal, regodeándome en el artificio sin mirar siquiera
hacia atrás – pero tenía que conseguir que me dejases entrar, necesito un café.
AR se quedo petrificado, sin
comprender aún muy bien que acababa de ocurrir con la boca medio abierta.
Cuando comprendió lo que le acababa de hacer dio un tremendo portazo y salió
corriendo detrás de mí. Me alcanzó llegando casi al salón sujetándome fuerte
del brazo izquierdo haciendo que me volviese para mirarle.
- Tu eres un sinvergüenza, ¿te
enteras? Esto no vuelves a hacérmelo a mí, engañarme de esa manera… - intentaba
aparentar el escándalo y la defraudación que podrían haber provocado en un alma
inocente.
- A mi no me engañas Antoñito,
déjate de poses y prepárame un café. Nos conocemos hace una pila de años y a mi
no me la pegas. Te dije que el manuscrito en quince días y lo tendrás…, si no
te pones muy borde – enarqué las cejas y puse cara de burla inocente – Tu
editor, esa rata sucia de alcantarilla, te sacaría las amígdalas por lo talones
si no le entregas lo que le prometiste, así que por favor…
- Vale – dejó pasar un momento
como de duda y reflexión para volver a adoptar su sempiterna postura frívola y
superficial – has ganado, por ahora. Pero no vuelvas a gastarme bromitas de ese
jaez, simpático – y antes de que pudiera darme cuenta me había plantado un sonoro
ósculo en la mejilla dejándome la cara tiznada de un rosa pálido – te voy a
preparar el café. Cuando venga Rony, no se te ocurra ni mirarle.
- Para ti enterito ese chulo
bajuno tuyo. Antonio, por lo que más quieras, sabes que a mi no es que no me vayan
esas cosas, es que me dan asco.
- Tu te lo pierdes – y con una
maliciosa sonrisilla pintada en su boca se escabulló dando volatines hacia la
cocina.
- No tengo ganas de bobadas, anda,
ve y prepara el café, estoy hecho polvo.
Me dejé caer el sofá de suave
piel color lechoso indefinible hundiéndome en su mullida pluma, reposé la
cabeza en un cojín y cerré los ojos. No sabría decir el tiempo que transcurrió
hasta que una voz grave y melodiosa me hizo abrir los ojos.
- ¿Dónde está Antonio? – un
musculoso y definido muchacho de no mas de veinticinco años recién salido de la
ducha y tapado su pubis únicamente con una toalla de lavabo preguntaba en
realidad que hacia yo allí.
- ¡Ah!, hola, si. Estará en la
cocina preparando un café – abrí los ojos medio desorientado – tu debes ser
Rony.
- Si, ¿y tú? – había en el
pronombre un mucho de desafío, de reproche y petición de explicaciones de quien
era yo y que pintaba en su sofá.
Me le quedé mirando entre
irritado, curioso y divertido. Estaba plantado delante de mí con la toalla cada
vez más caída amenazando con darme a conocer sus facultades y aptitudes y yo
dudaba entre mandarle a la mierda o contestarle educadamente. Finalmente opté
por no darme por aludido ante su descaro y descortesía y le repuse.
- Soy su alter ego.
Rony enarcó las cejas en actitud
interrogativa. Era más que evidente que no sabía ni a lo que me refería ni
siquiera el significado de las dos palabras.
- Está bien hombre, para que te
hagas una idea. Si yo no existiese tu no estarías ahora mismo aquí intentando
seducirme con esa caída controlada de toalla. Pero no te esfuerces, no soy de
vuestra cuerda.
Estaba intentando hilvanar una
respuesta medianamente creíble a mi alegato un poco descarado, he de reconocer,
cuando apareció Antonio con una bandeja con dos tazas de café humeante en las
manos.
- ¡Ah!, mira ya os habéis
presentado vosotros solitos. Rony amor, no sabía que fueses a acabar tan
pronto, ponte tú el café si haces el favor mientras yo charlo un poco con
Cesar.
El adonis nos perdonó la vida a
cada uno de nosotros, a cada cual por una razón y ajustándose la toalla a sus
caderas y con un bamboleo de caderas de suficiencia estupida y pastosa se alejo
pasillo adelante a la cocina, supuse.
Antonio dejó reposar la bandeja
sobre la mesita baja que tenía el sofá delante y se acomodó a mi lado.
- Tú sin azúcar, como siempre.
Siempre fuiste soso y amargo, así te ha ido en la vida. Bueno, me vas a contar
que haces casi de madrugada en mi casa. ¿Te has vuelto a pelear con tu…, como
decírtelo sin que te moleste demasiado?, calientacamas.
- Antonio, Antonio, que no estoy
para bromas – le estaba hablando relajado porque sabía que en el era poco menos
que inviable referirse a Marta siquiera de forma neutra y en lo tocante a
mujeres solo sabía ser superficial – deja a Marta a parte de esto.
Sencillamente he quedado con mi hijo a comer y he salido algo pronto de casa.
He pensado que no estaría de más pasar a verte ya que compartimos tantas cosas
un visiteo de vez en cuando no nos vendría mal a ninguno de los dos.
- Vale lo de Marta. Pero que tu
has tenido juerga por bulerías con trastos tirados a la cabeza, eso no me lo
niegas tú ni muerta.
- Que no te dirijas a mi en esos
términos, joder Antonio – levanté la voz para que comprendiese que no estaba de
humor – vale, de acuerdo, he tenido una bronca pero eso a ti ni te va ni te
viene.
- Esa mujer no te conviene –
adoptó tono confidencial como de tía solterona aconsejando a su pupila – que
desde que estás con ella estas muy levantisco conmigo…, y hace ya la pila de años
– era ahora su entonación lastimera y mimosa al tiempo – antes nos llevábamos
mejor, sin embargo…
- ¡Ya está bien! – me di cuenta
que me encocoraba así que respiré hondo para serenarme porque notaba como me
efervescía el corazón de indignación y ya sabía como acababan aquellas
reacciones nucleares mías. No quería herir más a Antonio, siempre fue amigo mío
aunque se aprovechase de mí porque de alguna manera yo también lo hacía de él,
era mi coartada para justificar mi falta de empuje para hacer valer mi valía –
Antonio, eres mi amigo, tu lo sabes, desde aquella vez…, que te lo dejé
meridiano de claro…
- Calla ya, ni me lo recuerdes,
que aún me arde la cara del sofoco. No sé porqué siempre pensé que…, aún no sé
ni como me pude atrever…
- Quizá porque siempre me
llamaste la atención – estaba realmente apurado y quería aliviarle de su cuita
- y me caías bien, porque los demás te hacían de menos. Siempre me admiró tu
valentía para mantener tus convicciones a costa del desprecio…, no sé.
Se me quedó mirando pensativo. La
cara, la arquitectura de la cara le mudó, se le relajaron los músculos de la
expresión y dejó de parecerse a la loca histriónica que tanto le gustaba
representar, o que quizá se sentía obligado a representar. Me fijé en esa cara
rebosante de inocencia, bella, muy joven, y me retrotrajo a otros años, a otros
lares, otras patrias universales en las que solo reside la juventud, cuando aún
no nos peleábamos por estupideces como la fama o el dinero y hacíamos las
digestiones sin gases ni malos humores. Sus ojos verdosos tirando a grisáceos
se aclararon repentinamente volviéndose trasparentes como un estanque impoluto
de sedimentos. Me taladró con la mirada. Supe que me comprendía en ese instante
y me felicité por haber acudido a su casa. No se puede reposar mejor que con
quien no se mantienen secretos, ante quien somos niños inocentes sin doblez. El
mantener permanente impostura es fatigoso y termina por agriar el carácter. En
ese momento Antonio y yo éramos como dos adolescentes crecidos en su ignorancia
y libres, pero sencillos y sobre todo amigos.
- Hacia siglos, por no decir
eones, que no volvía a verte como aquel Cesar de nuestros primeros tiempos – no
había en su voz atisbo alguno de afectación. En ese momento entró en la sala su
efebo y escuchándole se le descolgó la mandíbula de asombro – el que era capaz
de enfrentarse a su propia sombra por defender sus ideales.
- Antonio, cariño, ¿no te
reconozco? – el efebo estaba impactado por la forma de reprochar, de sorprenderse
ante el discurso de su amante.
- Cállate Rony, calla. Anda chaval, coge la tarjeta y vete a comprar
algún trapito de esos que tanto te gusta después lucir con tus putitas, y si no
te apetece, al menos vete a otra habitación y deja que dos buenos amigos se
laman sus heridas – era la perfecta imagen del hermano mayor aconsejando al
pequeño desde la condescendencia que dan los años y la mayoría de edad.
Rony miraba desorbitado, era otra
persona la que se encontraba ante sus ojos, Antonio se lo aclaró.
- No entiendes nada, ya lo se. Ni
falta que te hace. Eres un cuerpo, un sexo perfecto, pero deberías dedicar algo
del tiempo libre que te financio a buscar un poco de cabeza en lugar de ir por
ahí esparciendo semillas sobre piedra infértil.
El efébico ramero dejó caer los
hombros abatido por el rapapolvo de Antonio, que sin entender, comprendió que
se trataba de una reprimenda y del que jamás habría sospechado que pudiera ser
otra cosa que una maricona degradada y repulsiva a la que le hacia el favor de
prestarle su cuerpo cuando le apetecía a cambio de un sustancioso dinero.
Comprendió hasta que punto era él, el que se convertía en juguete en manos de
Antonio.
- Mírale – Antonio agitó la
cabeza de lado a lado viendo como se alejaba un Rony desconcertado – es un
perfecto trabajador del sexo y me deja satisfechísimo, pero, ya ves, no vale
para mucho más. Que lástima que tu…, aunque quizá haya sido así mejor. Bueno, a
lo nuestro. Cuéntame, que te pasa.
- Perdona que antes de explicarte
nada te diga que…
- No seas plomazo, ya se que
tienes ese defecto de ser un hetero puro – volvía a hacer gala de su pluma mas
exquisita - pero chico, te entiendo, no se puede ser perfecto y yo si quiero
puedo soñar imposibles. Sigue con lo de tu problema que al final, es lo que has
venido a colocarme, porque reconocerás que no tienes donde ir a explayarte mas
que con tu amigo AR.
- Es mi hijo – hice una pausa
porque no sabía si realmente quería hablar de mi hijo o de Marta o de los dos,
pero no sabía por donde empezar.
- Ya me has dicho que vas a comer
con él - se me quedó mirando fijamente a los ojos, penetrándome por las pupilas
con su aguzada mirada y haciéndome sentir feliz de ser de esa forma poseído por
él, me hacia sentir seguro, le tenía a mi lado y me apoyaría, aunque me
enervase con alguna de sus salidas de tono, luego continuó moroso, remarcando
las palabras, para no dejar lugar a dudas de lo que me iba a decir – pero tu no
me quieres hablar de tu hijo. Te conozco desde hace… ¿Cuántos años?, todos.
Vamos Cesar, por todos los santos esos en los que no creo, séte sincero contigo
mismo.
Se levantó del sofá y se dirigió
al ventanal del salón desde el que se observaban los techos y las chimeneas de
la ciudad, que a esas horas se esforzaban en escupir humo de las calderas de
las calefacciones extendiendo sobre las cabezas de los habitantes una manta
espesa y sutil de veneno. Me levanté pesadamente y le seguí hasta quedar a su
altura delante de la ventana, quieto, dejando que la vista se perdiese por
entre las terrazas y las antenas de los edificios, las agujas de las torres y
las espadañas de los campanarios de las iglesias. Antonio, me echó su brazo por
el hombro y me acercó a él con reciedumbre, como solo lo hace un hombre con
otro hombre al que quiere y del que no busca nada más que darle su amistad,
prestarle su espalda como dique de sus amarguras y partirse la cara por él si
hiciese falta. Yo eso lo sabía, eso se nota. En ese instante no era la maricona
loca que busca un encuentro fugaz para coleccionar un pene más en su imaginario
de sexo total, era solo un buen amigo que me expresaba todo su apoyo aunque no
compartiese mis objetivos. Me arrepentí en ese momento de referirme siempre a
él como el imbecil y de hacerle sufrir con las novelas. Me daba envidia de su
libertad, de su espontaneidad y de su triunfo, yo me encontraba encadenado a mi
forma de vida, sin capacidad de inventarme otra diferente y más gratificante.
Le envidiaba, si, pero con seguridad que en el paquete iba de forma inseparable
esa forma de entender el sexo, yo concebía otra que no fuese aquella, en la que
el otro pueda mostrar orgulloso su excitación. En ese momento supe que hacía en
casa de mi amigo.
- Tienes razón, no se trata de mi
hijo, pero de Marta tampoco…, o sí, no lo sé, pero tenía que hablarlo con
alguien, porque lo que me pasa de verdad es que estoy muerto de miedo,
seguramente quiero hablar de mí pero me da terror decirme a la cara la verdad,
oficiar que todo en mi entorno es un farsa trágica.
Antonio retiró su brazo de mi
cuello, se volvió hacía mí y me sujeto firme y tenso de los brazos, mirándome
con limpieza a los ojos, esperando recibir aquello que tanto miedo daba, a
aliviarme del peso que supuestamente llevaba sobre los hombros. Era mi amigo,
aunque la envidia de su éxito a veces me llevase a desearle todo lo malo que
creía recaer sobre mi cabeza y le insultaba.
- Cuéntame, seguro que tiene
explicación y solución.
- No te puedes ni imaginar la
vergüenza, la humillación que supone decirte esto, pero eres la única persona a
la que podría decírselo. Ni yo me atrevo a escuchármelo de mis labios, me
escandaliza. Me escandalizo de mi animalidad, no quiero ser esta fiera que
desde dentro de mi reclama el manjar que ha descubierto y mi ser persona, en
que se encuentra enjaulada la fiera, repugna hasta la nausea. Y, ¿Quién soy yo
de verdad?, la fiera que ruge exigiendo su ración sangrante de vísceras, dentro
de la jaula o la jaula misma que resiste como puede los embates de la fiera que
quiere salir a desgarrar con sus caninos lo que me rodea destrozándolo.
- Deja ya los circunloquios que solo
pretenden hacerte creer que vas a escapar de ti mismo, eres los dos, fiera y
jaula y no son desligables, esa fiera sin jaula no es más que un disfraz de
carnaval que mueve a risión, lo que le da fiereza es estar enjaulada, sácala de
esa jaula y no será tan fiera, tu eres el que cree que es una fiera.
Nunca fuiste humilde Cesar, ni
humilde, ni dúctil. Siempre fuiste un cabezota, un cabezota encantador, pero
inamovible – me miró entre divertido y sarcástico – en tus convicciones. Al
final no eres mas que un conservador, un gris miembro de la comunidad mas
atento a gozar de los beneficios ralos que el grupo te ofrece a cambio de la
seguridad de hacerte saber quien eres, siempre que escondas esa fiera que es la
que te da tu carácter único, pero te escandaliza ser como eres. Prefieres la
seguridad de no estar en la soliptud de la desorientación, que un rompedor
pionero al que le importa poco poner en solfa las migajas seguras que le da su
grupo a cambio de una hipotética promesa de grandes tesoros cuya importancia y
grandeza reside en que son seguros, pero míralos bien, son míseros. Te
aterroriza pensar que puedas morir de hambre en el camino de búsqueda, en el
fondo, como todos un poco, eres cobarde, todos terminamos por serlo. Y ahora,
después de la trascendencia a lo practico. En Román paladino, sin afeites ni
escondites, cuéntamelo todo, a mi puedes, no solo no me voy a escandalizar de
lo que sea, sino que a buen seguro voy a disfrutar como un enano con tus
torturas. Como verás también sé ser superficial y a mi personalmente me sienta
mejor que las trascendencias filosóficas.
- Eres un cínico – sonreí
débilmente – un cínico redomado pero me haces ver la vida de otro color. A tu
lado nada parece tener importancia. Me haces sonreír y como vislumbrar el mundo
que seguramente se encuentra un poco más allá de mis temores y que en lugar de
lóbrego y lúgubre, es colorido y lúdico.
- Deja ya de cuentos y empieza,
que no tengo todo el día – ya volvía a ser la reinona, papel en el que Antonio,
mi buen amigo, se interpretaba a la perfección, esa era su fiera a la que él
sabía cómo domesticar para que asustase a su favor.
Desgrané, no sin ponerme de todos
los colores el lance del Metro y lo que consiguió hacerme sentir aquel
degenerado. Se encocoró conmigo defendiendo al supuesto degenerado. Le conté
como pude, avergonzado como un adolescente en su primera cita, como busqué la
puerta de emergencia de mi mujer por donde colarme a un mundo que al parecer a mí,
me estaba vedado por mi conciencia y educación y como ella hizo sonar todas las
alarmas, portazo al baño incluido, dejándome perplejo ante mi propia
incapacidad.
- El problema es que mi cuerpo
brutal, desgarrado y exigente, busca y me empuja al vicio del degenerado de el Metro
y no se como manejar esto, me escandalizo de mi – me quedé pensando en lo que
acababa de decir zambulléndome en los ojos de revancha que asomaban a la cara
de Antonio, una cara que adoptaba rictus melifluo de un “…lo sabía” e
inmediatamente tuve que atajarle - ¡pero no soy maricón!
La cara de raspa vecindona que se
le había pintado en la cara, fruncimiento de labios incluido- al que solo le
faltaba el trapo de cocina a modo de muleta con el que ajustarse la mano a la
cadera- se le trasmutó en enarcamiento de cejas condescendiente y comprensivo.
Sombra de rostro de padre tolerante con los pequeños vicios del hijo que acaba
de abismarse a los secretos más execrables de la vida, zambullirse en las
sentinas del alma y se escandaliza de lo que acaba de ocurrírsele porque le
excita y lo desea. Cara de estar de vuelta de casi todo y conmiseración ante el
que acaba de descubrir las desdichas de la vida y lo que es peor, necesitar
deleitarse con ellas, a su pesar.
- ¿Y ese es todo tu desconsuelo,
el enorme problema que te consume las entrañas? Vamos a ver imbecil – ahora su
tono de voz era estupendamente firme y seguro, era un Antonio al que había
visto en escasas ocasiones, el que sin lugar a dudas podría no necesitar de mis
servicios como negro. Hasta su cara parecía la de otra persona, con un rictus
de despego, de desengaño en los labios para dar énfasis a su discurso - ¿A
quien quieres mentir? A mi no, desde luego. Si no te quisiese como amigo de
verdad, de los que hacen daño para curar, te prepararía ahora un numerito de
amigo desconsolado por el trance por el que está pasando un buen amigo, falso
de toda falsedad, y con buenas palabras y peores intenciones te echaría a la
calle con el pretexto de que tu acontecer me ha sumido en la peor de las
depresiones. Pero como te quiero, aunque tu siempre hayas creído que te deseaba
nada más – que también, pensé yo, porque a mi tampoco me la daba con su
verborrea, ¡le conocería yo! - te tengo que escupir a la cara que no eres mas
que un sacerdote de tu propio dios; el egoísmo, revestido y entregado a la más
detestable de las liturgias, hacer creer a los que te rodean, a base de
movimientos y palabras bien medidas, que eres un San Sebastián muriendo por la
causa mas elevada, asaeteado por la flechas del vicio al que los demás te
quieren arrastrar, cuando la realidad es que ese propio vicio es el que te
empuja y estimula pero al que odias reconocer como fuente de tus placeres – se
quedó mirándome fijamente con una sonrisilla de suficiencia para finalmente
terminar sentenciando - Eres un cínico,
querido – y volvía, con esta frase a ser el Antonio frívolo y afectado de
siempre.
Me había dejado pegado a la pared
y sin razones para seguir con mi discurso. Sabía que tenía razón aunque me
doliese reconocerlo, el muy cabrón me conocía mejor que yo mismo aunque nunca
me hubiese acostado con él. Por lo que podía comprobar con toda seguridad que si
le propusiese eso mismo me rechazaría de plano a sabiendas de que yo no iba ser
sincero en esa relación. Solo pensarlo, por otra parte me levantaba el
estomago.
En ese momento entró en la sala
Rony con un pantalón de talle muy bajo dejando ver parte del vello púbico por
la rendija que dejaba libre una camiseta excesivamente corta que no alcanzaba
el pantalón.
- ¿Aún no te habías ido, amor?
Al tiempo que hacia la pregunta
retórica, se levantó lo más femenino que pudo del sofá donde minutos antes me
había estado vapuleando con todo el sentido común y la perspicacia del mundo y
llegó al lado de su chulo. Sin ningún recato comenzó a acariciarle el pecho
metiendo la mano por dentro de la camiseta mientras el gigoló se mantenía
erguido y quieto como un atlante que tuviese que sostener con sus espaldas un
mundo entero de vicio y depravación a capricho de su comprador.
- Me apetece otra vez, pequeño –
ronroneaba ahora como una gata en febrero llamando a todo macho que pasase por
sus cercanías – ¿me vas a dejar?
Rony por toda respuesta agarró
por el cabello de la nuca a Antonio y le separó con violencia de él. Le acercó
su cara hasta casi rozársela con un gesto de fiereza mal contenida y le
insultó.
- Te he dicho putita, que será
cuando yo diga
Yo no entendía nada. Estaba
petrificado en el sofá presenciando la escena. La displicencia con que acababa
de tratar a su chulo minutos antes se trasformaba en suplica quejumbrosa de su
cuerpo rechazada sin contemplaciones por el chico.
- No seas malo conmigo, por
favor…
Se interrumpió el ruego con una
sonora bofetada que dio con mi amigo en el suelo. Me levanté dispuesto a
defenderlo pero Rony, levantó la mano instándome a no intervenir al tiempo que
con su cara me hacía señas de que todo iba por el sendero previsto.
- Chulo, maricón. ¿Qué te has
creído, que eres muy macho? Pues ya sabes la ley esa de que tan maricón es el
que da como el que toma…
Ahí no pude reprimirme más e
intervení.
- Por favor, AR, es vergonzoso.
¿Qué te pasa, que es esto?
Se levantó con una sonrisa
despreciativa en la boca y me encaró. Ya era el Antonio de antes, el que yo
creía que era el de verdad, aunque no sabía si existirían más.
- No, niñato, no. No es
vergonzoso. Es mi juego, me gusta jugarlo y no me da miedo ni vergüenza ajena o
de mi mismo hacerlo. Obtengo placer con ello y no paso de ahí, pero tu, señor
pomposo, has de encontrar trascendencia hasta en un polvo. Pues bien entérate
de una vez por todas. Esto no es más que lo que es, una forma, una técnica
depurada de obtener placer sin perjudicar a nadie, de mutuo acuerdo, nada más.
No hay degradaciones ni zarandajas de infiernos morales y preceptos
quebrantados que merecerían tormentas de fuego y azufre hirviendo. Aquí no
existe la podredumbre de los sepulcros blanqueados que intentan ocultar lo que
no es mas que materia maravillosa de placer que de tanto encerrarla hiede y
molesta la nariz estrecha de los bien pensantes.
¡Saca a la luz de una vez tus
inclinaciones! ¿Perjudicaste a alguien clavándosela en el culo a ese tío en el
Metro?, a nadie. ¿A tu mujer?, en que le dolió a ella que tu obtuvieses placer,
¿en la envidia que le suscitó que no pudiese ser ella el receptor de tus
jugos?, eso, envidia nada más, de que los otros puedan gozar y uno mismo
aherrojado en una moralina caduca y anaftalinada, no pueda hacerlo aún
queriendo y sabiendo que con ello podría alcanzar cotas de placer nunca
sospechadas.
No he hecho más que, aprovechando
que éste – señaló con la cabeza a Rony - no se había ido aún, ejemplarizarte en
que consiste ser libre; en sacar, sin cadena de la jaula la fiera esa tan
peligrosa que tú dices tener dentro y dejarla que actúe como mejor crea.
Comprenderás cuando la veas en su salsa que ni tiene tantos dientes ni tan
afilados ni tan aviesas intenciones. Pero claro, para eso hay que tener el
talante lo suficientemente abierto como para acallar las voces de los que te
dicen a cada paso que como saques a la fiera de su jaula te volverán la espalda
para siempre y te quedarás solo. Eso es mentira. Ellos son los que están solos
en la oscuridad de sus prejuicios metidos en una cárcel estrecha con la puerta
abierta al alcance de su mano pero sin saberlo porque su ceguera les impide
verla. Y ahí siguen de por vida, por no querer abrir los ojos, en esa jaula que
libere la fiera, que no es mas que la libertad que te lleva en volandas a la
felicidad de saberte el dueño de tu destino. Envidia una vez más, es lo que
sienten, envidia que les roe las entrañas, envidia del que se atreve a dar el
paso y escaparse de su cárcel de moral pecaminosa que le tiene asfixiados en su
jaula.
Y ahora, anda, déjanos solos a
éste y a mí, salvo que a tu fiera le guste ver como ayuntamos – sonrió de forma
descarada y provocativa - y vete en busca de tu hijo. Pero acuérdate de todo lo
que te he dicho.
Se volvió a acercar a Rony, que
le cogió con su manaza de acero las mandíbulas y le acercó la cara a la suya estrellándose
las dos cara en un beso profundo y salvaje.
Cuando abría la puerta de la casa
para irme cariacontecido y escaldado escuché al imbecil, una vez mas gritar.
- ¡Recuerda, quince días, el
manuscrito en quince días o te vas a enterar, negrazo!
Cerré dando un portazo subrayando
mi enojo y me lancé escaleras abajo; no habría soportado la espera del ascensor
con su metódica morosidad. Necesitaba correr, gritar, llorar, desfogar, todo a
un tiempo. Mire el reloj. Había pasado en casa del cabronazo de Antonio más de
lo que habría supuesto. Ya podía dirigirme a casa de mi hijo y así lo hice.
Pensé que le etiquetaba de imbecil porque yo jamás podría actuar con la
naturalidad que actuaba él, quizá por eso el triunfaba y yo no.
Caminaba por la acera con la
mente puesta en llegar a casa de Ramón pero sin fijarme por donde pasaba. Los
rayos del sol que se filtraban por entre nubarrones de cuenca minera irisaban
el ambiente y cada poco me hería los ojos haciéndome estornudar. Me gustaba la
sensación del sol puro hincándose en mi cara y despertándome movimientos
respiratorios convulsos, me despejaba la mente y me hacia olvidar la
conversación en casa de Antonio. Por un momento estuve casi tentado de dejarme
seducir por sus explicaciones de encantador de serpientes y ver el mundo a
través de su cristal, pero que va. Antonio siempre tuvo la habilidad de
llevarme a su terreno y venderme la moto las veces que hiciese falta, pero en
cuanto me apartaba de él recobraba la cordura, como si se tratase de un Gerión
al que Hércules levanta de su tierra para vencerle y en cuanto vuelve a tomar
contacto con su terruño recobra fuerzas y contraataca. Me atraía Antonio y todo
su entorno pero jamás me deje encandilar por su canto de sirena. Que se quedase
esa supuesta fiera en su jaula que ahí se la dominaba a conciencia. ¿Qué
necesidad iba a tener yo de replantearme toda una vida que yo había elegido
como la mejor para ser vivida? No, no había necesidad de soltar la bestia,
estaba dormida y así iba a seguir estándolo.
De frente a mi flotando en el
éter, con el cabello envidiosamente acariciado por la brisa de la mañana e
iluminado por los rayos avariciosos del sol que se enredaban en sus guedejas
intentando apropiarse de ellos, venía la diosa de la tranquilidad. Tuve que
detenerme en medio de la acera y quedar absorto en la contemplación de aquella
aparición que avanzaba hacia mí como si no existiese nadie más en el mundo. El
sol enmarcando su figura, borrachera de curvas suaves y dóciles agitándose con
suavidad a cada paso que le acercaba a mí, le confería una realidad exclusiva;
había nacido para mi, toda la vida de aquella mujer se había desarrollado para
aquel instante que se dedicaba a mí, era mío y así lo interpretaba yo. A medida
que se acercaba podía definir sus rasgos de rostro, diluirme en el color
avellana tostada de sus ojos, refrescarme en la dulzura de sus níveos dientes que
asomaban entre dos gruesas y carnosas tajadas de fresa fresca. Estaba
hipnotizado y ella me sonreía, estaba a punto de deshacerme en un charquito de
babas a punto de llegar a mi altura cuando por la derecha me rebasó un
personajillo, más bien bajito y regordete con los dedos cargados de gruesos anillos
de oro del peor gusto y dando unos saltitos cortos de emoción porque mi diosa,
la que yo ya estaba convencido de que era mía, abría los brazos embargada de
gozo al encontrarse con quien daba lo mismo quien fuera, su padre, su amante o
su chulo, el caso es que no era mía como yo ya había dado por sentado.
Estaba justo al lado de una
tienda de discos y presenciando una orgía de abrazos desnivelados por que la
diosa que presuponía mía se agachaba de forma grotesca para poder ponerse al
alcance del enanito gordinflón y remilgado que no paraba de dar besos de abuelo
chocho a una nieta largamente ausentada. Sin razón, lo sabía, pero me estaban
clavando alfileres en los ojos y pisando los callos que no tenía. Para que no
faltase nada de la tienda empezó a salir una serpiente venenosa de notas
lastimeras que me mordieron inmediatamente el corazón y acabaron por
destrozarme. Menos mal, me dije, cuando comencé a caminar como un autómata, que
esas notas lúgubres de Tchaikovsky han podido hacerme mover, de otro modo
habría pasado a convertirme en mobiliario urbano. A pesar de todo, las notas
intensamente melancólicas de ese cuarto movimiento de la sexta del compositor
ruso me continuaron golpeando en mis oídos aún cuando me había alejado tanto de la tienda de música
que ya ni era capaz de alcanzar a atisbarla aunque hiciese un esfuerzo de
agudeza visual. No podía deshacerme de ellas y me zarandeaban el espíritu
haciéndome derramar amargas lágrimas de las que me avergonzaba, porque eso de
demostrar los sentimientos en publico es inasumible y además aquel odioso “los
hombres no lloran” que me remachaba mi padre muy irritado siempre en
circunstancias de dolor, como si le ofendiese en lo más sagrado que yo diese
rienda suelta a mis frustraciones, con parecerme absurdo e injusto, no había
podido desprenderme de él. Formaba esa sentencia masa con mi carne y me daba
mucho coraje el que me viesen llorar, que supiesen que podía ser débil y
demostrarlo. Pero mas rabia me daba aún el no poder ser libre para
desembarazarme de esa lacra.
Cuando conseguí que mis ojos
dejasen de llorar a orden de un alma sobrecogida por las notas, suaves palabras
de los dioses que penetran lo más profundo del ser, y me sequé bien los ojos
aún me quedó un desconsuelo profundo y parecía que sin razón. Esa vaciedad de
alma, la aridez del corazón que reclama el agua de las lágrimas para ser
ubérrimo en sentimientos e ideas me llevó a donde solía siempre. Solo me
rescataba de estos estados el sexo. Volví a pensar en la mujer de andares acariciantes,
aislando de la imagen al enano gordinflón que la secuestraba, para sentir
inmediatamente una vigorosa erección que me abultaba la entrepierna del
pantalón. Gozaba exhibiendo la masa dura
que descomponía la línea de la pernera. Eran mis poderes y deseaba enseñárselos
a las que se cruzaban conmigo. A cada “guarro” o “cerdo” que escuchaba de las
mujeres que se cruzaban conmigo más me reconfortaba pensando en que no me
insultarían si no les llamase la atención mi colosal abultamiento. Cuantas más
cosas me decían mas me excitaba. Efectivamente soy un exhibicionista. No lo voy
a negar aunque jamás se me pasaría por la cabeza ir un centímetro más allá de
dejar ver al que quiera mirar, la libertad de los otros y sobre todo de las
otras me es algo muy querido.
Estaba llegando a casa de mi
Ramón. No había sido consciente del tiempo transcurrido entretenido con mis
exhibicionismos. Al entrar en el portal mi miembro se relajó y con cierta
consistencia reposó sobre mi pierna derramando algo de líquido lubricante que
sentía resbalar por el muslo no sin orgullo de éxito.
10.10.12

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