V
Don José estaba serio con sus
azules ojillos fríos como el acero templado observándome como me acercaba a su
mesa de despacho con una sonrisa radiante. El no modificó el gesto y me
pregunté que qué asuntos serían tan graves que le hacían abandonar su talante
bonachón y contemporizador, al menos en apariencia. Llegué hasta el borde de la
magnifica alfombra isabelina que daba aún más lustre si ello podía ser a la
mesa Luis XVI y me detuve como era preceptivo en espera de que él me invitase a
entrar en aquel reducto de intimidad y me ofreciese asiento. Nada de eso
sucedió; el señor Obispo quería mantener la distancia y dejar de manifiesto
quien era el tributario de lealtad y quien el que debería ser leal. Tampoco me
sorprendió en exceso, a veces debido a elevadísimos asuntos de estado tanto del
Vaticano como del civil en sus relaciones con la Iglesia se le producían
terroríficos dolores de cabeza, tanto metafóricos como reales que le obligaban
a comportarse como una autentico príncipe florentino de la Organización, un
perfecto hombre de estado, un peligroso animal político cuya única y absoluta
moralidad residía en llevar a buen puerto la tarea encomendada por la
superioridad fuesen cuales fueses los medios que se empleasen para ello. Don
José acostumbraba a decir que la organización está por encima de los individuos
y si no que se lo preguntasen a Padre Dios que finalmente para salvar su
creación no le quedó mas remedio que sacrificar a su propio Hijo; quien
apostaría hoy día, solía afirmar, por utilizar un medio como aquel aunque fuese
para obtener un fin como el que se obtuvo, con presteza se elevarían voces de ilustrada
hipocresía que se horrorizarían de que un padre diese por bien usado un hijo
mandándole a morir con tal de salvar la obra de su existencia. Seguramente
aquel era un día de esos en el que el cargo estaba muy por encima de los deseos
del hombre y no le quedaba más remedio que frisar a la altura que se le exigía.
Pensé en lo diversa que es la vida que al tiempo que propone felicidad sin límite
para algunos, elabora complicados protocolos de angustia y dolor para otros. Me
felicité de pertenecer, al menos ese día, al grupo de los que gozan sin medida.
Mientras estaba en estas
disquisiciones mentales no me di cuenta que el señor Obispo me estaba
fulminando en frío con su mirada de hielo porque yo no me ponía a su
disposición hasta que caí en el error y lo enmendé, pies muy juntos, las manos
entrelazadas en el regazo, la mirada humillada, el gesto de sometimiento, era
la imagen perfeccionada del servilismo.
-
¿Qué deseaba su Ilustrísima?
Quise ver en su rostro una
relajación sutil cuando me contestó y ya si, pude levantar la vista para hablar
y contestar a sus requerimientos, pero no fue mas que una pasajera impresión
porque esos pequeñísimos ojos azules seguían avisando del peligro que se cernía
sobre cualquiera que se acercase sin permiso mas de la cuenta, como el cascabel
de la serpiente en el desierto que no quiere que se la moleste y avisa con la
amenaza tintineante.
-
Le vi preocupado en exceso esta mañana cuando hablamos
del desagradable incidente de su hermana. Supongo que no habrá hecho ningún
tipo de reserva mental sobre este asunto. Imagínese el escándalo y como podrían
utilizarlo para debilitarnos nuestros adversarios, que sabe que los tenemos,
dentro y fuera de la Iglesia, si un hijo suyo, por mucho sobrino que se
empeñase en afirmar que fuese suyo, corretease por estos claustros poniendo una
nota de alegría familiar en el edificio. Espero de su lealtad que no haya
pensado en llevar a término ese embarazo y si así se le ha pasado por la cabeza
sepa que me defraudaría enormemente y en cualquier caso su hermana no podría
volver a poner un pie en esta casa. Sabe que lo primero, a costa de lo que sea,
es la virtud de nuestra organización y no consentiré ni una habladuría.
Se quedó callado después de
esto desviando la mirada por la ventana tras de la cual el viento agitaba las
hojas palmeadas de los castaños de indias desprendiendo algunas de ellas que
revoloteaban delante de los cristales, como si quisiesen hacer el último pase
por el escenario de la vida antes del definitivo mutis lo que contribuía a
crear esa atmósfera de otoño que siempre me había puesto melancólico y al
tiempo optimista. Tras unos buenos minutos en silencio con la azul mirada
clavada en el exterior y las manos regordetas entrelazadas a la espalda, retomó
la conversación como el que despierta de un prolongado sueño y no se ha dado
cuenta que ha dormido.
-
Siempre le aprecié, Pedro. Su coraje buscando a su
hermana, su menesterosidad por no poder luchar contra la carne, su tenacidad a
pesar de todo ello, del pecado y los inconvenientes para querer seguir al
servicio de Dios. Me recordaba usted a mí cuando tenía su edad. Le considero un
poco como un hijo mío y me desagradaría tener que tomar decisiones que le
perjudicasen..., pero ya sabe, lo primero es lo primero y lo menos que
necesitamos llegados cierto punto son emociones y afectos estériles que
entorpecen nuestra misión. No me traicione usted Pedro, sea bueno conmigo, no
permita que tenga que cerrar la mano con firmeza cuando solo deseo tenerla
abierta y tendida para favorecer, y usted sabe que puedo hacerlo.
Había en su ultima frase algo
de suplica envuelta en la lija de la amenaza. Daba la impresión que el hombre
hubiera deseado estar en otro lugar porque se maliciaba ya que tendría que
tomar decisiones que le iban a resultar muy desagradables. Yo no tuve valor ni
deseo de comunicarle mis intenciones en lo que se refería a mi hijo que se
gestaba en el vientre de mi hermana.
-
Su Ilustrísima siempre podrá contar conmigo y no dude
que mi comportamiento será siempre con arreglo a conciencia. Nunca pondría en
peligro el buen nombre ni de la Iglesia ni de esta Diócesis ni de su persona a
la que sabe que admiro y tantísimas cosas debo. Y ahora si no tiene nada más
que encargarme me retiraré a mis habitaciones. Mañana será un día realmente
complicado.
Don José se levantó, algo que
no acostumbraba a hacer y rodeando la mesa se acercó a mi con la mano extendida
exhibiendo el anillo pastoral color sangre para que lo besase y de esa forma
sellase en forma sacramental el compromiso que se suponía que había contraído.
En genuflexión delante de él, al rozar la fría piedra con mis enfebrecidos
labios por la pasión pensé que si tuviese que pasar por encima de aquel hombre
para salvaguardar la vida de mi hijo así lo haría y por primera vez en mi vida
me sentí responsable y orgulloso de tener algo legitimo por lo que luchar
comprobando como me importaba menos que nada poder defraudar a aquel hombre que
no se equivocaba cuando me pedía por última vez tendiendo su anillo, la lealtad
que yo no estaba dispuesto a dispensarle. Ahora si, ahora tenía un absoluto, en
esto no existían relatividades, la vida de mi hijo no podía ponerse en
relación, para valorar su importancia, con nada más que con ella misma, eso era
lo que sentía y por esa sensación me dejaría conducir, aunque ello me supusiera
perder la propia vida.
Llegamos temprano al médico.
Pura estaba algo más que nerviosa. Las mujeres en este estado desarrollan un
finísimo sentido del peligro para así poder proteger mejor el tesoro que anida
en sus entrañas y antes de entrar me hizo jurarle que no consentiría en que perdiese
a su hijo. Yo no tuve ningún inconveniente en jurar y perjurar que así sería.
Cuando la ranita después de la
asquerosa inyección de orina comenzó a hincharse, Don Blas levantó la vista con
el orgullo propio del que ve corroborada su opinión de una forma irrefutable,
sonrió de forma profesional e invitó con un gesto a Pura a que pasase a la
habitación de al lado para que la enfermera le ayudara a desnudarse y
prepararse para el aborto. Pura me miró aterrorizada e interrogante. Comenzó a
llorar. Al tiempo yo miré al médico y comencé a agitar la cabeza de un lado al
otro lentamente.
-
No Don Blas, no, no va a haber ningún aborto.
-
Pero habíamos quedado con su Ilustrísima...
-
Se en lo que habían quedado ustedes, pero mi hermana
digo yo que tendrá que dar su opinión. Pura, ¿tú quieres abortar?
-
¡No, no!, el niño es mío y tendrá que matarme para
sacarme a mi hijo. No voy a abortar.
-
Ya lo ve. Ella no quiere. Yo comprendo la gravedad del
asunto y que Don José piensa que lo mejor para todos, incluso para mi hermana,
es que se aborte, pero no. Ya está todo arbitrado para que mi hermana vaya en
casa de una vieja amiga donde llevará término su gestación. Al Obispado, máxima
preocupación del señor Obispo como es natural, ni se le va a rozar siquiera.
Solo le rogaría que no le comunicase al señor Obispo este cambio de planes. No
le pido que mienta, pero si él no le pregunta le agradecería que no lo
mencionase, a nadie beneficiaría. El nunca lo sabrá y el asunto se olvidará
convenientemente.
El médico quedó absorto unos
momentos para finalmente dar por acabada la consulta con un cortante: “De
acuerdo”.
-
Lo que si le ruego es que si no tiene inconveniente le
prescriba algo a Pura para que se le alivien los vómitos y pueda comer algo, si
no, en sus actuales circunstancias se debilitaría en exceso de continuar así
Don Blas sin rechistar extendió
una formula magistral en un receta con su membrete y nos la entregó.
Volvimos al Obispado después de
pasar por una farmacia en la que no nos conociesen para encargar la pócima
prescrita. Estábamos los dos en vilo porque el médico tuviese un ataque de
sinceridad y le comunicase al señor Obispo que nada había sido como se quiso
planear y que la historia tomaba otros derroteros.
Nada mas llegar, como si se
tuviesen instrucciones precisas de esperarme para informarme al punto se me
comunicó que Don José había salido precipitadamente para la Nunciatura tras
haber sido llamado de forma urgente. No regresaría hasta pasados unos días. Los
dos respiramos, eso enfriaría el asunto y cuando regresase, con la cabeza, a
buen seguro, ocupada en mil asuntos de estado no estaría para minucias
domesticas. Todo, gracias a la Divina Providencia, se desarrollaba bajo los
mejores augurios.
En cuanto Pedro y su hermana
salieron para el medico, Don José llamó a su chofer y le comunicó que salían
para la capital de inmediato. Iba a la Nunciatura y allí se quedaría unos días
por asuntos de estado. Le encargaba al chofer que comunicase a su familia que
él pasaría esos días con él por si le fuese de necesidad y que confiaba en que
en menos de una semana volverían a su
sede provincial.
Todo el viaje por carretera Don
José estuvo haciendo votos porque en el último instante a Pedro le arrebatase
un rapto de cordura y convenciese a su hermana de abortar. No le hacía ninguna
gracia saber que es lo que tendría que ocurrir en las siguientes semanas pero
lo que si estaba seguro es que sería preciso ser muy prudente para evitar a
toda costa el escándalo que pudiera ocasionarse si aquel desagradable asunto no
se llevaba con la máxima discreción y pulcritud. Menos mal que no todos eran
como su secretario, desleal e infiel, Don Blas y la señora Isabel eran de fiar
y harían lo que él le encomendase sin
rechistar. Lo iba a sentir por Pedro, ¡había depositado en él tantas
esperanzas!, no se pudo conformar con el sexo, como cualquiera, él quiso llegar
más lejos. Al parecer no había comprendido donde se encuentra el límite en
asuntos de Iglesia.
Llegados a la capital del
estado y aposentado en la Nunciatura en las habitaciones dispuestas para él, le
faltó tiempo para llamar a Don Blas.
-
Me lo temía doctor. Estaba avisado y todo está
dispuesto. Muchas gracias. Si se le requiere para atender la gestación hágalo
sin rechistar y si ha de atender parto o complicación de embarazo igualmente no
dude usted en atenderlo que yo no me importunaré.
-
Yo, Ilustrísima he intentado hacer las cosas según sus
deseos pero...
-
Ya se, ya se. Cuando alguien entra en estado de
enajenación transitoria o no, no hay manera de hacerle razonar como si fuese
normal. Siempre tendré que estar agradecido a sus desvelos y la Iglesia nunca
olvidará sus esfuerzos. A partir de ahora todo correrá de mi cuenta. Si le
necesito no dude que me pondré en contacto con usted.
Toda la semana que el señor
Obispo estuvo en la Nunciatura salvo un par de llamadas de rutina, típicas del
mayoral preocupado por el ganado de su dehesa, estuvimos los dos, Pura y yo,
dedicados el uno al otro. Fuimos a visitar a la señora Isabel que acogió como
no podría haber esperado menos a Pura despejándole las dudas que ella pudiera
albergar sobre el futuro que le esperaba en su compañía hasta el parto. La
señora Isabel se reveló como una madre solicita dispuesta a lo que fuera
menester con tal de llevar a buen puerto el embarazo de Pura. Ésta por su parte
despejó toda sombra de duda que pudiera albergar referente a su estancia en
casa de la mujer.
La medicina que Don Blas
prescribió para yugular los vómitos y nauseas fue efectiva y consiguió que Pura
recuperase no solo el color sino la confianza en si y en su embarazo. Cada día
que pasaba se mostraba mas encantada con su creciente barriga. En ocasiones la
sorprendía hablando de forma queda y susurrante a su inquilino derramando
lágrimas a veces, riendo otras con un eco de regato de cristalina agua en el
bosque fresco de otoño. Cada día que pasaba la encontraba más guapa y reposada,
de belleza sosegada y radiante. De no haber sido mi hermana no habría dudado un
instante en colgar los hábitos y me habría casado con ella, pero no había caso,
ni la Iglesia ni la sociedad civil admitirían un matrimonio de esas
características, por no hablar de las posibilidades de las que nos informó el
médico a su tiempo, de que el niño saliese tonto o tarado por la
consanguinidad. Pero yo no quería pensar en ello ni hacía nada que de lejos
hiciese a Pura tener que meditar en ello, bastante tenía con llevar adelante el
embarazo.
Pasados los tres meses que
restaban a la señora Isabel para su jubilación tuvo que dejar su trabajo en la
cocina del Seminario y comenzó a vivir en su casita. Inmediatamente me reclamó
la presencia de Pura para que pudiese continuar su estado de buena esperanza
sin necesidad de que nadie en el Obispado le tuviese que echar en cara el
evidente aumento de circunferencia con las consiguientes risitas de través, cargadas
de maldad.
No me percaté, tan ciego
estaba, solo pendiente de mi hijo y la
mujer que me lo daría de que Don José no me mencionó a mi hermana hasta
que ésta dejo el Obispado. En todo el tiempo que tuvo que permanecer bajo aquel
techo hasta que se fue a casa de la señora Isabel no cese de amonestarle
constantemente sobre la conveniencia de que no se hiciese visible para evitar
preguntas comprometidas. No fue hasta que desapareció que el Obispo me preguntó
por ella. Y ni por casualidad entendí aquel desliz que sin duda me avisaba,
como la serpiente de cascabel, del peligro que acechaba.
Estaba pasando correspondencia
con su Ilustrísima cuando sin venir a cuento, o eso creí yo en ese momento y me
felicité de lo bien que estaba manejando el asunto, me preguntó.
-
Pedro, hace tiempo que no veo a tu hermana por aquí. No
te pregunté porque coincidió que por esas fechas tuve que salir
precipitadamente para conferenciar con el Nuncio, pero espero que todo saliese
correctamente. ¿Me equivoco?
Creí descubrir en ese “¿me
equivoco?”, un acento de malicia, de trampa, de señuelo que morder, pero lo
desterré de inmediato, no había razón y pensé que me estaba volviendo
paranoico. De haberse ido de la lengua el médico hacia tiempo que el Obispo
hubiera resollado y por parte de la señora Isabel, estaba seguro que no había
filtración.
-
Todo salió a pedir de boca, según su Ilustrísima había
determinado. Pura después del triste episodio se quedó muy afectada y prefirió
marchar al pueblo, las mujeres al final son mujeres y ante casos como este no
saben sino solidarizarse olvidando rencillas antiguas por muy dolorosas que
hubiesen podido ser. Se arregló con sus hermanas y como si nada hubiese pasado,
aunque si le digo la verdad, no me lo creo del todo. En fin, el tiempo se
encargara de quitarme la razón o de dármela
-
Me alegro hijo, me alegro. Tengo que confesarle que
aquel día por un momento pensé que tomaría usted decisiones de las que tuviera
que arrepentirse cuando ya no hubiese solución.
Hubo un largo lapso de tiempo
espeso y asfixiante en el que los ojillos glaucos y penetrantes de su Eminencia
se clavaban como alfileres de vudú en los míos siendo incapaz de sostener
aquella mirada. No tuve más remedio que romper aquel impasse exponiendo una
disculpa atropellada e inconveniente.
-
Ilustrísima, no se cómo..., en fin..., yo nunca osaría
desobedecer..., las cosas se, se..., en fin que todo se hizo como su
Ilustrísima dictó.
Pedro no pudo evitar que la
cara se le encendiese como una luminaria siendo plenamente consciente de que su
mentira había sido pillada. Recordó de inmediato aquello que el Maestro de los
Filósofos les repetía de continuo: “Excusatio non petita...”. Don José aflojó
la presión de su mirada sobre Pedro dejándole, al apartarla y fijarla en unos
papeles, que se recompusiese de su embargo, y encontrase, de momento al menos,
una salida airosa. A partir de ese acontecimiento tendría que tomar las medidas
necesarias para que aquel traidor dejase su servicio sin que, según era
costumbre en la Iglesia, se pudiese llegar a establecer una relación causa
efecto entre la felonía y el castigo. Solo el castigado y el castigador
deberían estar al tanto del correctivo, eso sería lo más caritativo y
contundente al tiempo; alejaba cualquier posibilidad de encontrar algún tipo de
aliado en la desgracia que tuviese algún contencioso con quien castigaba con esa frialdad.
-
Nunca me cupo ninguna duda, te reitero mi satisfacción
porque así fuese. Ahora volvamos al trabajo. Redácteme una carta para el
Arcipreste de San Telesforo en la que se le comunica que se le releva de su
cargo a la espera de su nuevo destino.
-
Pero Don José, el padre Fermín...
-
No rechiste usted y aprenda que la obediencia en la
Iglesia es la base de cualquier medro.
Pedro salió del despacho del
Obispo convencido que había firmado su sentencia. No sabía de qué manera, pero
el Obispo estaba al tanto de su desobediencia y antes o después se la haría
pagar caro. De momento, pensó, es preciso ser estrictamente discreto, su
hermana no debería ponerse en contacto con él salvo circunstancia extrema.
Termino de redactar la carta
para el Arcipreste, según las indicaciones del señor Obispo y se la pasó a la
firma. Don José la leyó y releyó con parsimonia de lego, dejándola con cuidado
sobre su mesa, para después de pasados unos minutos en silencio y como el que
cumple con una penosa obligación, dirigirse a Pedro que ya visiblemente
nervioso, esperaba la venia para pasarla a limpio.
-
Es perfecta.
Le clavó sus agudos ojos de
lince curtido en mil lances esperando a ver la reacción de Pedro que fue
incapaz, una vez más, de sostenerle la mirada. Solo entonces, cuando consideró
que estaba a su merced y receptivo a lo que le iba a decir continuó
-
Sería una tremenda lástima que se desperdiciase su
talento por cualquier fruslería emocional. Hágame caso y créame; dejarse llevar
del corazón, no siempre es la mejor receta, casi le diría que nunca es la mejor
opción
-
Don José, no se porque dice usted eso..., no tengo
intención de...
El Obispo consideró que lo que
tenía que ser dicho lo había sido y no quiso hacer más sangre que la precisa.
El mensaje había sido claro y casi brutal para lo que se habría estilado en el
Vaticano, ahora la pelota estaba definitivamente en el tejado de su secretario.
Todo estaba en manos de Dios y de Pedro y sus fantasmas.
-
Bueno, está bien, no haga usted caso a un pobre viejo
que debe estar ya chocheando. Ande, vaya a poner en limpio la carta para que la
firme y se pueda enviar cuanto antes.
Ahora estaba claro y no quedaba
mas duda en su mente que la que surgía de la necesidad de creer que su ardid no
tenía posible fallo..., porque la señora Isabel..., no, no, imposible, ¿qué
interés podría tener una mujer ya jubilada en producir un dolor así a tanta
gente?; al Obispo que le incomodaría inútilmente con un chisme de comadre y
tanto a él como a Pura que solo se verían perjudicados por una indiscreción sin
finalidad. Pero a pesar de todo el Obispo nunca malgastaba una palabra de más
si no era con alguna intencionalidad y ese comentario doliéndose de lo que se
desperdiciaría si su carrera se malograse no tenía posible comprensión salvo
que fuese un aviso solapado, como los brillantes colores que adornan la
coralillo avisando de su peligrosidad.
Las semanas siguientes
transcurrieron en un escrutinio silencioso, secreto y constante de cada gesto,
de cada palabra, de cada actitud del Obispo intentando descubrir una pista
inequívoca que le confirmase en la idea de que la que él se había formado aquel
día de la carta para el Arcipreste no era equivocada. Pero nada, Don José no
volvió a tocar el tema de la lealtad ni la traición que perfectamente
apreciados por Pedro en el discurso de su Obispo, constantemente le
atormentaban aunque no quisiera rendirse a la evidencia de su juicio.
Con los días, a medida que la
barriga de Pura crecía, menguaban los temores y escrúpulos de Pedro. Llegó a
convencerse que todo no había sido mas que un edificio construido a base de
temores infundados, mala conciencia y remordimientos por la quebradura de las
ordenes recibidas y decidió dejar de sufrir dedicando todos sus esfuerzos a
concentrarse en el fruto de la concepción de su hermana que le enardecía pensar
que llevaba su sello y además concebido en franca rebeldía a la norma. Y encima
empezaba a notar un cambio en él. Desde su adolescencia solo le excitaba lo doloroso
y humillante y cuanto mas mejor, llegando a necesitar ver sangre para alcanzar
el clímax, sin embargo ahora cada vez que se llegaba a casa de la señora Isabel
para visitar a su hermana, el ver su redondez de vientre le excitaba hasta el
punto de marearlo, necesitando de la requerida intimidad para poder desahogarse
con su hermana, que por otra parte sufría lo indecible porque estaba segura que
su niño saldría con alguna tara a consecuencia de esa relación que se le
antojaba pecaminosa, ya que últimamente era preciso que su hermano la cogiese
desde detrás porque por delante como siempre lo habían hecho, la oronda barriga
se lo impedía. Pedro se excitaba mordiendo la frontera de lo imposible, cuando
Pura intentaba zafarse aduciendo cualquier excusa, entonces la parte mas animal
que llevaba dentro le hacía arremeter con mas fuerza que nunca imaginando que
la punta de su miembro empujaba el cuerpo del niño que así tomaba conciencia de
la fuerza de su padre. La señora Isabel le reconvenía por esos accesos de lujuria
en sus encuentros pero procuraba ausentarse de la casa cuando leía en los ojos
del cura la determinación con la que llegaba a su casa para tomar en uso a su
hermana, llegando a temer que llegado el caso ella misma sería objeto de sus
lascivias y como siempre decía, “lo corrido, corrido está y no hay vuelta de
hoja, pero a mi edad ya va siendo conveniente sosegarse e ir pensando en otros
menesteres”.
El último mes de preñez Pura
estaba ya demasiado gorda, e incapaz incluso para la jocundia desde detrás por
lo que se veía obligada por la locura
lúbrica de su hermano a rematarle la faena con la boca. Pura no estaba
para muchas alegrías y desde luego ganas en su situación no tenía ninguna, de
manera que cuando en el culmen de la voluptuosidad su hermano le sujetaba
fuerte la cabeza impidiendo que se retirase para derramarse dentro de su boca a
ella le embargaban tales ganas de vomitar que era incapaz de reprimírselas
echando no solo el semen emitido sino los alimentos ingeridos a lo largo del
día. Con el esfuerzo que le ocasionaban los vómitos se tenía que sujetar la
barriga temiendo que en una de esas se le adelantase el parto y le peligrase la
vida de su niño por nacer antes de tiempo.
Y eso sucedió una noche en que
Pedro se empeño en quedarse con ella a dormir en casa de la señora Isabel.
Verla tan gorda, tan agotada e incapaz le excitaba cada vez más siéndole del
todo imposible controlar sus tremendas erecciones que le uncían, como un
galeote al remo, a su deseo irrefrenable de satisfacer su salacidad. Esa noche
Pedro obligó a su hermana a felarle de forma profunda y en la profundidad de su
garganta fue donde el depositó su liquido espeso y abundante, tanto que
atragantó a Pura haciendo que tosiera de forma convulsa, congestionándose de
tal forma que llegó un momento en que con la cara de horror y sorpresa se llevó
las manos a su bajo vientre y a duras penas pudo hacer comprender a Pedro, que
se recuperaba del placer robado de la boca de su hermana, que algo grave estaba
a punto de suceder. No sin dificultad Pura se levantó de su posición de
rodillas haciendo cada vez más aspavientos mientras que un charco de agua clara
se iba ensanchando a sus pies. Pedro no quería entender bien que estaba pasando
aunque la realidad se venía a imponer. Efectivamente el parto estaba en marcha.
-
¡Pedro, por Dios, avisa a la señora Isabel!, yo creo
que me estoy rajando por dentro y de lo que tengo ganas es de apretar, pero me
duele horrorosamente.
Pedro hizo intención de salir
de la habitación para avisar a la dueña de la casa pero Pura le retuvo.
-
¡Hay Dios!, no te vayas, no me dejes sola. Yo creo que
me voy a morir.
En ese momento emitió un grito
desgarrador con los ojos desorbitados y la frente perlada de sudor. A ese grito
le siguió una sucesión de resoplidos que se extinguieron con otro grito más
dramático aún. Al poco la señora Isabel entró en la alcoba, haciéndose cargo de
la situación al instante. Ayudó a la parturienta a tumbarse en la cama mientras
la tranquilizaba. Al cura le sacó de la habitación.
-
¡Venga, tu a la cocina!, vete calentando agua, nos va a
hacer falta. A ésta aun le falta un poco. Yo iré llamando a la comadre que algo
más que yo si que sabrá. ¡Ay Jesús, Jesús!, si ya sabía yo que esto de no
respetar a las preñadas hasta el final iba a traer consecuencias. Vamos niña,
no seas quejica que mientras que hacías el muchacho no dabas voces, así que
ahora a aguantarse tocan. Y no des tantos gritos, déjate venir, que vas a
despertar a todo el vecindario.
Después de tantas semanas en
compañía estrecha de aquella mujer, por no hablar de los años pasados a su lado
en la cocina del Seminario, esa forma de expresarse para dirigirse a ella le
sorprendió a Pura. ¿Dónde estaba la solicitud de la señora Isabel para con
ella, sus atenciones, y cuidados? Se dirigía a ella con despego, casi con
desprecio, pero la situación en la que se encontraba no era la mas apropiada
para divagar sobre la gentileza de aquella mujer. También era verdad que la
habían sobresaltado en la noche y con bastante certeza eso le habría sacado lo
mas ácido que llevaba dentro, no se podía perder de vista el lugar de origen de
la mujer, antes o después era natural que sacase las uñas para ejemplarizar su
descontento.
Pedro se afanaba en la cocina
encendiendo los fuegos para calentar las ollas más grandes llenas de agua. En
la salita escuchaba como la señora Isabel marcaba un número en el teléfono y
deliberadamente bajaba la voz para hablar. Se le antojó que hablaba demasiado
para dar un recado tan conciso como el que había una mujer de parto y se
necesitaba la presencia de la matrona. No cuadraba que para avisar a la comadre
se tuviese que charlar tanto tiempo y mas con la impresión que daba de que se
discutía; ¿de que podría discutirse con una comadre?, de que quisiese venir o
no, pero eso era impensable en una mujer que sabía que era necesaria para otra
mujer, por lo que intrigado cesó en hacer ruidos en la cocina y se aplicó a
intentar escuchar algo. Con sigilo se apostó en el quicio de la puerta de la
salita y aguzó el oído.
-
...no me diga que eso iba en serio, ¡por todos los
santos!, sabe que siempre le he obedecido en todo, pero esto... Se dará cuenta,
como usted dice, tonto no es, por no hablar de la hermana, ¿qué le digo yo?...
No me obligue...
Comenzó a sollozar
desconsoladamente sin soltar el auricular, suspiraba y continuaba respondiendo
con monosílabos para finalmente claudicar.
-
Como usted quiera Don José, lo haré, pero será la
última vez. Esto es asesinar, que lo sepa usted. Si llego a saber que algún día
habría de pagar a precio tan alto mi libertad me habría colgado de un árbol.
Si, si, se lo digo de verdad, después de este servicio habré muerto para usted,
ya no tendrá autoridad ninguna para pedirme ni que le rece un Ave María por su
alma.
Con rabia colgó el teléfono y
Pedro se escabulló con presteza a la cocina impidiendo que la señora Isabel se
enterase de que él había estado al tanto de la conversación.
De manera que la muy traidora,
desde el primer momento estuvo informando al Obispo de su defección. ¡Ahora se
aclaraba todo! Por ahí venían los tiros certeros que le disparaba su Obispo
cuando se dolía de lo que se perdería si por una emoción consentida se
malograse su carrera. De repente se vio estúpido y expuesto al escarnio. Se
sonrojó de verse a si mismo como un pardillo que cree que puede manejar a la
gente cuando en realidad no es más que un polichinela en manos de gente mucho
mas astuta que él y con bastante menos escrúpulos. Estaba además estupefacto,
porque por lo oído obligaba a aquella desgraciada a quitar la vida al niño o
quien sabe si a la madre también. De súbito le asestó el terror una cornada en
el alma, al comprender en toda su magnitud la intención de quitarle la vida al
que iba a casi ni estrenarla. ¿Pero como se podía ser tan retorcido y con unas
entrañas tan podridas?, ¡y él, que había confiado en el Obispo hasta lo mas
profundo!, como era cierto que no se puede jugar a ver quien tiene el aguijón
más venenoso con un escorpión, que encima, tiene la intención desde que te
conoce de matarte, porque disfruta con ello.
Pero no lo iba a consentir, en
cuanto el niño naciese, antes de cortar el cordón siquiera protegería con su
vida la del hijo y a ver si la guarra esa era capaz de enfrentarse a un padre
furioso defendiendo algo más precioso que su propia vida.
Resuelto, Pedro se dirigió
presto a la alcoba donde Pura se debatía sudorosa y tensa con los dolores de
parto. Al sentirlo entrar la señora Isabel comunicó al padre que la matrona
vendría enseguida.
-
¿No habrá puesto problemas para venir a ayudar al
parto?, me dio la impresión desde la cocina que discutían.
-
No, no..., es que..., le tuve que explicar la dirección
que no sabía muy bien... Está el agua calentándose ya ¿verdad?
-
Si, si. La verdad es que me pareció que no podría venir
por el tiempo que estuvo usted hablando.
-
No, no, ella vendrá. Mucho te interesa a ti la
conversación que he tenido me parece a mi. ¿Te preocupa algo?
Pedro pudo apreciar en la
entonación de la mujer un desafío y prefirió no provocar enfrentamiento alguno
hasta que el niño no estuviese en el mundo en que necesitaría de todas sus
fuerzas para defenderlo. ¿Y si ocurría algún percance durante el trabajo de
parto?, era mejor no tener en mala disposición a la mujer.
Pasaban los minutos que se
estiraban como leguas, desperezándose cansinamente. Pura a cada vez menos intervalo
gritaba y se desgarraba la garganta enrojeciéndosele el rostro pareciendo que
iba a estallar como una sandía atravesada por un pistoletazo. La matrona no
terminaba de llegar y Pedro se ponía cada vez más nervioso. Pura se agarraba
con fuerzas a los barrotes del cabecero sudando como un forzado con las piernas
abiertas suplicando a todos los santos del cielo que le hiciesen pasar el trago
de la mejor forma posible. Pero no se veía progreso alguno. Su entrepierna
seguía más cerrada que cuando él le arremetía ahogado de rijo voluptuoso, pero
los apretones de la barriga, eran cada vez más intensos a juzgar por la manera
de quejarse de la parturienta. Un hilillo de sangre le resbalaba por la
comisura posterior yendo a perderse en las márgenes del ano. En un momento dado
Pura rebuznó más que gritó y el ano se abrió como una flor para dejar salir un
zurullo enorme que la señora Isabel con un gesto de asco cotidiano recogió con
sus manos y deposito en el suelo ordenando a Pedro que se lo llevase al retrete
y lo tirase.
-
¡Anda cochina, que podías haber cagado antes!, hay que
ver como has puesto la cama. Pues ahora a joderse que así se va a quedar, no
hay tiempo para gollerías.
Trascurridos unos instantes
después de la deposición los labios de la boca del cuerpo de Pura se abrieron
dejando ver un objeto peludo, negro y húmedo. La señora Isabel hizo un gesto de
satisfacción.
-
¡Ahora, si señor, ya corona!
Efectivamente la cabeza del
naciente se abría paso a fuerza de empujones de la madre, dos pasos adelante y
uno atrás. Cuando Pura se agotaba y dejaba de empujar la cabeza del niño
parecía que era absorbida hacia dentro, halada por una mano artera y celosa que
quisiese reservar ese cuerpo dentro del que le había gestado, para
inmediatamente volver a apretar Pura de forma heroica para hacer avanzar al
niño hacía la salida completa. Fue en un instante solo pero de repente apareció
en la vulva de la madre una pelota peluda y mojada; la cabeza acababa de salir
al espacio exterior y quedaba bloqueada por el tamaño de los hombros, que más
anchos, no podían salir en la posición que se encontraban. Al verlo de esta
guisa Pedro se vio apoderado de un terror insuperable. Le daba la impresión,
que ahí terminaba todo, la muerte para la madre y el hijo, incapaz de resolver
el enigma que se planteaba, aparentemente irresoluble.
-
¡¡ ¿Y la comadre?!!
Pedro se acercó a la señora
Isabel y la zarandeó con violencia.
-
¿Dónde está la matrona? Usted no la ha llamado. ¿Que
pretende hacer con mi hijo y mi hermana?, responda.
La mujer se desembarazó de un
empellón de Pedro y de forma desdeñosa le reclamo serenidad.
-
Compórtate, sinvergüenza. Si la comadre no ha venido
aún será por alguna razón, pero yo se llevar esto de igual forma. Además todo
se está desarrollando de una manera natural. Ahora el crío girará la cabeza el
solito y verás que sucede. Venga, apártate un poco y no se te vuelva a ocurrir
volver a zamarrearme o te vas a enterar tu quien soy yo.
Efectivamente el niño giró la
cabeza a la derecha ante los atónitos ojos de Pedro, mientras Pura no dejaba de
empujar como una desesperada quejándose de que se quedaba ya sin fuerzas para
seguir. Pedro observaba de distancia prudencial y no pudo observar como cuando
la mujer agarró la cabeza del naciente le coloco los dedos pulgares en su
cuello y de un apretón hundió su garganta pudiendo sentir ella el crujir de
algo extraordinariamente delicado. Con un poco de tirón el niño sacó un hombro
y luego el otro y de repente como un pescado se escurre de las manos del captor
si no le sujeta bien por la agallas, así salió disparado el niño que fue a dar
sobre la cama, seguido de un chorro sanguinolento que fue a empapar mas de lo
que estaban las sabanas de la cama.
-
Un chico sanote, con todo lo que tiene que tener. ¿Lo
ves?, ni matrona ni nada, me he bastado yo sola para llevarlo todo a buen fin.
Acércame las tijeras y el perlé, que hay que cortar el cordón y anudar bien, no
se vaya a desangrar ninguno de los dos.
Una vez seccionado el cordón la
mujer cogió con cierta habilidad al recién nacido por los tobillos y le golpeó
las nalgas y las plantas de los pies. El niño se estremeció un par de veces y
se quedó lacio y desmadejado. La señora Isabel miró a hurtadillas al padre y
con un gesto de contrariedad, volvió a repetir la operación. Un estremecimiento
más y otra vez la quietud mas tremenda. Deposito al niño sobre la cama y
mirando al padre meneó la cabeza a derecha e izquierda.
-
Debía venir malamente. No ha querido respirar..., o no
ha podido. Bautícele usted cuanto antes para que no se quede morito y pueda ir
al cielo, que eso de quedarse en el limbo debe ser una cosa muy desagradable.
Pedro con los ojos desorbitados
no quería darse por enterado de lo que le estaban diciendo. El niño estaba allí
y no se movía. Con insuperable pena se acerco al niño que yacía inmóvil entre
las piernas de la madre que había quedado dormida después del esfuerzo y le
tocó la cabecita que se giró de forma extraña. De forma mecánica cogió agua de la preparada para lavarle y
echándosela por encima pronunció al formula del bautismo llamándole Ángel,
porque un ángel es el que sin haber vivido, muere, ya está resucitado según sus
creencias. Sin saber que hacer a continuación recogió el cuerpo de su hijo y lo
estrechó contra su pecho iniciando un mecimiento desgarrador sin dejar de
llorar mansamente. Estuvo así bastante rato hasta que se detuvo de golpe, como
si alguien le hubiese comunicado la clave para entender el jeroglífico y vuelto
hacia la mujer le hundió la mirada en sus entrañas. Después depositó el
cuerpecito de Ángel junto al de su madre durmiente y con frialdad propia de un
forense se acercó a la señora Isabel.
-
Has sido tú, tú lo has hecho. Reconócelo Isabel. Has
sido lo suficientemente estúpida como para obedecer a tu amante purpurado.
¿Porqué?, ¿Cómo lo has hecho?, ¿tan malos hemos sido para ti, nosotros? ¿Tan
enorme es el daño procurado?
Hacía las retóricas preguntas
desapasionadamente. Tenía la certeza, ya no existía la zozobra de la
incertidumbre. Todo estaba diáfano como el mediodía del sur. La cuota de lógica
que le exigía su entendimiento estaba satisfecha, solo quedaba dar ajustada
respuesta a la afrenta sufrida.
-
Responde, perra. ¿Qué venía a continuación?, matar a
Pura, ¿a mi? No lo intentes negar. Escuché toda la conversación con ese
degenerado. ¡Y pensar que yo creía que estaba podrido por no poder
reprimir mi sexualidad desviada!
Borró de súbito el rictus de
ira y esbozó una sonrisa tenue, la del que sabe que va a experimentar un placer
inenarrable y comienza ya a relamerse del goce por venir. Levantó sus manos
consagradas a la altura de los hombros con las palmas hacia arriba, como si
fuese a iniciar una suplica ritual sin cesar de acercarse a Isabel que
petrificada por el giro que habían tomado los acontecimientos no sabía que
salida tomar. Era imposible que se hubiese dado cuenta de cómo le hundía con
sus dedos la garganta al niño para que no pudiese comenzar la respiración
cuando el cordón fuese cortado, ¿qué había hecho mal, en que se había
equivocado? Pedro se le acercaba cada vez más con esa sonrisa extraña, cautivadora
y escalofriante pintada en sus labios. Al llegar junto a ella le depositó sus
manos en sus hombros doliéndose de lo sucedido.
-
¡Isabel, Isabel! Conozco los ardides del señor Obispo y
su peculiar y rotunda manera de manejar las voluntades de las personas, de las
buenas personas. Si se me preguntase si tú has tenido que ver en este
infanticidio respondería con absoluta seguridad que no, solo has sido el
instrumento. ¿Qué culpa tiene el mosquetón de que un soldado le apriete el
gatillo? Pero querida Isabel, algo muy dentro de mi pecho que me achicharra y
grita y se debate, me pide sangre, me pide vida por vida, exige una
satisfacción. Debiste cortarte las manos antes de pensar en ponerlas sobre mi
hijo. No es mi intención que sufras, solo que pagues con la misma moneda, ya
ves que no es mucho, no te pido réditos por lo prestado, me conformo con lo
mismo que te has llevado, que me has llevado.
Al tiempo que le hablaba, sin
apasionamiento alguno, de lo que le iba a suceder iba deslizando sus manos
hacía el cuello de la anciana que paralizada de terror era incapaz de
defenderse. Finalmente las manos rodearon el cuello y comenzaron su trabajo
compresivo. Los ojos de la señora Isabel se salían de sus orbitas no tanto del
estrangulamiento como del terror por lo que estaba viviendo en primera persona.
Intentaba hablar para hacer desistir a su verdugo de sus intenciones pero ya no
era posible articular palabra alguna. Los brazos de la mujer intentaban
deshacerse de la presa pero lo hacían sin ningún éxito, mientras que el
enrojecimiento de la cara iba en aumento.
Ante esa situación de extrema
violencia el sexo de Pedro comenzó a despertar sintiendo una erección explosiva
que al contacto con el cuerpo que se retorcía por la inminencia de la muerte le
exigía una satisfacción rápida. Soltó su presa del cuello y la mujer al poder
entrar aire en sus pulmones otra vez comenzó a toser, vomitó del esfuerzo y
cayó al suelo. Esa visión satisfizo a Pedro de tal forma que remangándose la
sotana se deshizo rápidamente de los pantalones dejando que su pene se irguiese
orgulloso, amenazante ante el cuerpo deshecho de la vieja destartalada. Se
arrodilló delante de ella y de un tirón violento le arrebató las bragas
penetrándola a continuación sin contemplaciones. La señora Isabel estaba
petrificada de pavor. Penetración y eyaculación fue todo uno y tal como
terminaba su efusión en el cuerpo de su vieja mentora la envolvió el cuello una
vez más con sus manos y con los pulgares le apretó la nuez hasta que sonó el
chasquido de fractura.
-
¿Así fue como lo hiciste con mi hijo? Pues siente lo
que el pobre angelito debió sentir y dame a mí el placer de ver como se te va
la vida entre mis dedos.
Cuando el cuerpo de la señora
Isabel convulsionó a consecuencia del estrangulamiento soltó el cuello roto de
la mujer y con un gesto triunfante sin haber sacado aún el pene del ya cadáver
elevó el brazo izquierdo a lo alto con el puño apretado.
-
Y esta no va a ser la última. Aún me queda tu ministro.
¿Qué clase de Dios eres tú que consientes estas cosas, que clase de Dios?
Se levantó del cadáver, se
limpió en sus vestiduras, se vistió y entonces reparó en que su hermana yacía
con el niño muerto al lado. Se acercó hasta los dos y acarició el cabello
empapado de su hermana. Esta despertó al punto mirando a su hermano con
expresión beatifica.
-
¿Y mi niño? ¿Dónde está mi niño?, ¡Pedro, el niño,
¿donde está?!
Notó el cuerpecito a su lado y
un escalofrío le recorrió el cuerpo hasta estallarle en la garganta en forma de
grito inhumano, de alimaña herida. El desmedrado revoltijo de carne tierna y
muerta y ropas empapadas de líquido y sangre estaba frío como el desengaño de
amor. Pedro le ahogó el berrido animal amordazándola con la mano. Era imposible
que después de tamaño alarido ningún vecino se interesase por si ocurría algo
irreparable; ¿quien no querría ayudar antes esa llamada de alarma que hacia
resonar los desasosiegos de la mente primitiva del animal que cada uno lleva
dentro? Pura se debatía para liberarse de la presa que le impedía no solo
chillar sino hasta respirar. Los ojos se le iban a salir de las orbitas tanto
por la angustia de verse en trance de asfixia como por el terror provocado por
la certeza de que su hijo recién nacido estaba muerto a su lado. Se debatía
braceando con las escasas fuerzas que le habían dejado el trabajo de parto.
Morada de asfixia Pedro le hizo prometer que no gritaría más.
-
¿Qué ha pasado Pedro, por todos los santos, que ha
pasado, donde está la señora Isabel?
Interrogaba con palabras pero
sus ojos preguntaban más intensamente, con angustia, con la certeza de lo
sospechado, con la seguridad de lo presentido. Pedro bajó los ojos y comenzó a
llorar. Se abrazó a su hermana sollozando compulsivamente sin ensayar siquiera
la represión, abandonado al desconsuelo. Pasado el tiempo en que las lágrimas
se agotan para que la culpa no vaya a ser disuelta en el amargo líquido
derramado pudo, sin mirar de frente a Pura, confesarse.
-
La he matado Pura, la he matado. La he estrangulado
y..., y...
Volvió a romper a llorar pero
esta vez quiso reprimir el sentimiento para continuar y acabar de una vez con
la confesión que le rajaba el alma y avergonzaba su ministerio. No le importaba
tanto matar a una persona como el aprovecharse después de su cadáver para
obtener un placer que para su escándalo no solo le había satisfecho plenamente
sino que no experimentaba el menor remordimiento. El sabía de lo degenerado de
su acción pero estaba convencido de que en similares condiciones no podría
remediar el volver a hacer lo mismo, tal era el placer obtenido del cadáver.
Pura se impacientaba.
-
¿Y qué, responde, y qué?
Ya sentada en la cama con el
despojo de su hijo a su lado vapuleaba a su hermano que por momentos daba la
impresión de que iba a perder la razón.
-
No solo la he matado sino que después la he violado. Solo
me merezco la muerte, será la única forma de que deje producir dolor a los que
me rodean.
-
¿Por qué la mataste, asesino, porqué?
Pura estaba desesperada, se
mesaba los cabellos enmarañados del reciente parto y miraba hacia todos los
lados intentando encontrar una explicación a lo que no la tenía en su cabeza.
-
Ella mató a nuestro hijo antes de que naciese siquiera.
Lo estranguló en cuanto sacó la cabeza, me lo confesó antes de que la
estrangulase. No pude hacer mas que eso..., lo de la violación..., no se que me
pasó, me excitó ver como se le extinguía la vida, el saberme dueño de su
existencia me satisfizo de tal forma que mi sexo exigió su parte en el triunfo.
Soy un monstruo.
Pura volvió a gritar espantada,
incrédula de lo que sus oídos le estaban diciendo que su hermano decía.
-
¡¡Eso es mentira, mentira!! qué razón iba a tener esa
pobre mujer para querer matar a mi hijo, ¡¡dímelo!! ¿qué razón? ¡¡Y además, la
has violado, degenerado, maldito degenerado!!
-
Seguía instrucciones del Obispo.
-
¡¡ ¿Qué?!!. Es cierto, te has vuelto rematadamente
loco.
Pura hundió los ojos en los de
su hermano con el gesto congelado, sin respirar, estática, marmórea, fría y
escalofriante. Esa mirada fue perdiendo poco a poco vida hasta quedar vacía,
perdida, atravesando el cuerpo de Pedro que acababa de hacerse trasparente para
ella. No por eso la intensidad de aquella gélida contemplación se aplacó, al
contrario fue haciéndose cada vez más acusadora e hiriente hasta que obligó a
Pedro a moverse de la cama alejándose. Sin deshacer la mirada perdida Pura
llamó a su hermano con un timbre de voz plano, desmotivado, ajeno al cataclismo
ocasionado a su alrededor.
-
Pedro, dile a la señora Isabel que me traiga agua
caliente para lavar al niño, y ¡ah, si!, que me traiga la canastilla, al niño habrá
que vestirle. Venga, aligera, que el niño no puede quedarse desnudito toda la
vida.
Pedro se quedó mirando perplejo
a la cara a su hermana, espantado de lo que acababa de escuchar. No sería fuera
de lo común que hubiese perdido la razón, pero nunca hubiera podido imaginar
que fuese de esa forma tan brusca. Siempre había gustado imaginar que ese era
un proceso paulatino en el que día a día se van perdiendo facultades hasta que
de forma imperceptible al principio y alarmante al final se cae en la cuenta de
que quien tu dabas por cuerdo no es sino un orate redomado.
-
Pura, por Dios bendito, acabo de decirte que he matado
a la señora Isabel y que ella mató a nuestro niñito, no seas más sarcástica.
-
Déjate de bobadas y haz lo que te he dicho, siempre con
tus guasas, venga, trae eso y dile a la señora que se espabile. No ves que el
niño está moradito de frío.
Al tiempo que, ajena a
cualquier realidad, se manifestaba absolutamente alucinada cogía el cadáver del
niño y llevándoselo a su pecho intentaba darle de mamar al tiempo que le
acunaba entre sus amorosos brazos cubriéndole de besos.
-
¡¡Pura, ya está bien!! el niño está muerto.
-
Ya lo se, muerto, pero de hambre y el apoyo que no me
acaba de llegar, pero verás como en cuanto me coja el pezón y chupe empieza a
coger colorcito y se recupera divinamente.
Pedro perdió los pocos nervios
que los acontecimientos vividos le habían dejado y fuera de si se abalanzó
sobre su hermana arrebatándole el cadáver del niño de los brazos. Agitándolo
como un pelele, cogido por una pierna, el cuerpecito se bamboleaba inerte a los
impulsos locos del padre que vociferaba sin recato ya a su hermana que saliese
de la nube, que reaccionase. Quería ejemplarizar la muerte en esa danza macabra
del cadáver agitado delante de sus ojos. Pura fuera de si, iracunda por lo que
estaba presenciando saltó de la cama intentando arrebatar el cuerpo a su
hermano. El se zafó de la arremetida de su hermana y lanzo el cuerpo muerto del
niño sobre la cama que fue a caer en una postura grotesca y difícil. Pura horrorizada
recogió el despojo y lo acunó en su regazo mientras miraba a su hermano con
contrariedad.
-
Hay que ver como eres. No vuelvas a hacerle eso al niño
o tendrás que vértelas conmigo. Menos mal que no le ha pasado nada, aunque...,
Se entretuvo repasando con sus
nerviosas manos los miembros del muerto para ver si tenía algún hueso roto o
descoyuntado. Cuando estuvo conforme con la exploración continuó con su
dicterio.
-
Bueno, pero no llora mi niño, eso es buena señal de que
no tiene ningún huesecito roto. Bruto, que eres un bruto. Si tu no quieres
avisar a la señora Isabel me lo dices, ya la aviso yo, pero vamos que estoy
recién parida y creo que merezco una consideración. ¡Lastima que no esté mi
madre aquí conmigo!, porque a la tuya no quiero ni verla, el niño es mío y nada
más que mío y como esa bruja de tu madre quiera ponerle una mano encima se las
tendrá muy tiesas conmigo
Después de lo contemplado y
escuchado, a Pedro no le quedaba ni un solo resquicio a la esperanza en su
cabeza. Pura, su Pura se había vuelto loca, sin, por lo que podía alcanzar,
hubiera remedio alguno. Y todo, culpa del hombre más malvado que conocerse
pudiera jamás y que lo pagaría con su vida. Pero moriría despacio para que
degustase el dolor como viático a la nada, porque ahora estaba convencido de
que estaba solo, sin asidero, ni consuelo posible. No era posible que un
Arquitecto superior que no consiente que se mueva una hoja sin su concurso,
según sus propias palabras, permitiese que se pudiera llegar a tan tremendos
extremos de perversidad, frialdad y degeneración. Todo era una pura mentira,
una monumental organización humana encaminada a satisfacerse a si misma en
primera instancia y a esclavizar a todos, y al resto de humanos, a los que
consigue engañar aprovechándose de sus temores y debilidades. Aquellos de entre
los sostenedores principales de la estructura que fuesen capaces de
beneficiarse de ella eran los que escalaban a puestos cada vez mas altos y las
virtudes necesarias para ese menester no eran otras que la ocultación, el
disimulo, la venganza ruin, la hipocresía, el doblez, la falsedad para obtener
solo el objetivo de sus propios fines por encima de cualquier dolor humano,
ajenos a las miserias que pretendían consolar. Lo sentiría, ese enano de azules
ojos desearía mil veces las penas de su infierno y no habría de pasar mucho
tiempo para que se materializase la venganza.
-
¿Me vas a ayudar
o no? ¿No ves como estoy?, o es que voy a tener que desangrarme para que se te
mueva el corazón. ¡Venga, que se me va a morir el muchacho de frío!, muévete.
La voz de Pura seguía siendo
despreocupada, monótona, casi lúdica, ajena a la tragedia vivida. Pedro empezó
a llorar de desesperación viendo a su hermana con el sentido perdido. Le empezó
a subir un fuego desde el estomago que le estalló en la cabeza inyectándole los
ojos de sangre y violencia. Se dio media vuelta y sin mediar mínima explicación
dejó tras de si a su hermana en su delirio con el cadáver de su esperanza entre
los brazos.
Caminó por la calles
enfebrecido, con una única idea en la cabeza, hacer sufrir al perverso que le
acababa de destruir su existencia para finalmente arrebatarle la vida
haciéndole plenamente consciente de cual iba a ser su destino. A cada paso,
vacilante pero decidido que daba, mas determinado estaba a cumplir con su
voluntad, a tomar venganza para que se
hiciese justicia, la justicia como él la entendía, como el sentido común le
exigía que se hiciese.
A medida que se acercaba al
Palacio Episcopal envuelto en a modo de nebulosa, como flotando, más se
templaba, se le afelpaba el alma, más empezaba a disfrutar del correctivo que
imaginaba iba a aplicar al Obispo, se le congelaba el contenido de su corazón y
todos los interruptores de comunicación con su cerebro se apagaban uno a uno,
de forma que cada decisión tomada con el corazón no encontraría adecuado
contrapeso en la razón. No quería ser razonable, detestaba ser razonable.
Quizá, de serlo, en el último momento sopesaría los pro y contra pudiéndose
arrepentir de su resolución y en ese particular no estaba dispuesto a variar en
sus ideas, era mucho el daño infringido y mucha la hipocresía desarrollada de
la forma mas sibilina. Eso merecía castigo y si no lo aplicaba él, el
correctivo se quedaría huérfano en el limbo de las injusticias, porque lo que estaba
diáfano era que esperar la muerte para poner las cosas en su sitio es además de
estúpido, negligente.
Cada vez más cerca de su
objetivo, saboreando de antemano la mirada aterrorizada y vidriosa del
energúmeno que osó, vicariante, poner las manos sobre su hijo, se le hacia
presente la imagen de su queridísima Pura que con la cordura perdida
definitivamente acunaba de forma trágica el cadáver de su vástago. Sabía que
nunca podría recuperarse de su estado y que para arrancarle el niño muerto de
su lado sería preciso amarrarla o matarla. Evocaba la imagen enloquecida de su
hermana en el momento de ser abducida y no podía por menos que inflamarse en
ira hacia Don José que en aquel momento y ajeno a la forma de desarrollarse los
acontecimientos, dormiría placidamente en su lecho episcopal seguro de haber
solucionado otro problema de la forma mas limpia.
Pedro conocía el Palacio, ya,
mejor que su alma y por su condición de Secretario del ordinario con llaves
para franquear cualquier puerta. Sudoroso, desgalichado y ciego abrió la puerta
excusada que se encontraba en la calle lateral, la que le separaba de la
Colegiata de cuyo complejo formaba parte. Esa puerta era precisamente por la
que el portero entraba y salía por ser la que se encontraba mas cerca de sus habitaciones
en el piso bajo. Al entrar no pudo reprimir una interjección que le servía para
animarse a consumar lo que estaba juramentado a hacer.
“Viejo cabrón, ahora vas a
pagar por todas tus intrigas”. Esta frase dicha entre dientes pero en el
silencio de la noche resonó potente en el viejo caserón y alertó al portero que
llegó a tiempo de ver como el Secretario traspasaba la puerta que comunicaba
con el patio de la casa. No eran horas de que el Secretario del Obispo entrase
al edificio y de esa extraña forma tan desairada. Algo debió observar fuera de
lo común como para decidirse a llamar a los aposentos del Obispo e informarle
de que algo debía estar sucediendo. En condiciones normales habría puesto en
conocimiento del Secretario la novedad pero siendo el protagonista de la
anormalidad el mismo solo podía ya informar al Obispo directamente.
Don José se encontraba
despierto, leyendo memorandos confidenciales recién llegados en la valija del
vaticano a la Nunciatura y remitidos de forma urgente por el Nuncio. Se
sobresaltó al escuchar el campanilleo. Miró al reloj de pared y a continuación
hizo lo propio con el suyo de pulsera para corroborar que efectivamente era de
madrugada y el teléfono estaba sonando. Descolgó, escuchó y se limitó a
quitarle importancia al hecho de que Pedro llegase tarde a la casa. Después de
tranquilizar a su portero dejó los papeles cuidadosamente en la cartera de la
que los extrajo y se preparó para la tempestad que estaba seguro acababa de
desatarse.
Se quedó detrás de su mesa de
despacho desgranando maquinalmente jaculatorias que a modo de mantras le
encalmaría el espíritu mientras esperaba el primer embate de la furia
incontenible del padre enfurecido. De forma cuidadosa sacó de su relojera una
llave que abría el último cajón de la derecha de su mesa. Abrió el cajón y se
quedó observando la treinta y ocho que reposaba siempre ahí por lo que pudiera
suceder que no fuese solucionable a base de fe y palabras melifluas y
mentirosas. La levantó con delicadeza y comprobó que tenía el tambor al
completo de munición, le quitó el seguro y volvió a depositarla en el cajón que
entornó sin llegar a cerrar del todo esperando que sucediese lo que tuviese que
suceder.
Pedro irrumpió en las
habitaciones del Obispo esperando que se encontrase en su dormitorio y se quedó
helado al comprobar que se encontraba al fondo de la sala detrás de su mesa de
trabajo en actitud de sosegada espera. Llevaba en la cabeza la trayectoria a
seguir hasta la alcoba y de repente se vio sorprendido, como si alguien le llevase
siempre un paso de ventaja. El Obispo eligió un tono medio conciliador y reprochador a un tiempo.
-
Un poco tarde para irrumpir en mis aposentos privados
sin pedir permiso, ¿no le parece a usted?
Pedro no estaba dispuesto, a
pesar de todo, a dejarse impresionar ni intimidar por la actitud magnánima.
-
Déjese de simular sorpresa y desconocimiento. Sabe
usted perfectamente porque me encuentro aquí.
Se detuvo en su discurso y
apretó los puños y las mandíbulas hasta hacer rechinar los dientes, no deseaba
perder la compostura y que lo que debía parecer una justa ira desbordada, fría
y cortante, se fuese a convertir en una discusión de patio de vecinos.
-
Téngase usted en sus conclusiones y no quiera
convertirse en juez y verdugo. Escuche
primero las alegaciones, incluso las confesiones y las súplicas de
misericordia, no olvide nunca que lleva usted en su alma la impronta de un
Sacramento que imprime carácter sean cuales sean los pecados que aquejen su
conciencia.
Mientras hablaba con
parsimonia, midiendo y dominando los tiempos, templando como un buen diestro,
mirando fijamente a los ojos a Pedro sopesando si aquel morlaco pudiera
colársele, acariciaba el tirador del cajón donde guardaba el revolver que
acababa de poner a punto de disparar. Leía limpiamente las intenciones en la
mirada de su secretario y no sabía hasta que punto éste venía determinado a
tomarse la justicia por su mano sin dar cuartel a la piedad o al menos a la
duda, en ningún momento.
Pedro avanzaba paso a paso
lentamente pero sin vacilaciones hacia la mesa detrás de la que esperaba
aparentemente relajado el Obispo.
-
¿Es usted aún de los que piensa que las cosas son
negras o blancas?, pensaba que era usted algo mas agudo, pero veo que calculé
mal sus posibilidades..., y las mías. ¡Que peligro representa usted!; siempre
con la verdad por delante solo se consigue achicharrarse con su excesiva luz.
Los seres humanos no estamos preparados para mirarla a los ojos, eso está
reservado a los bienaventurados que están en la presencia divina, allá en el
paraíso y usted pretende que en este valle de lagrimas resplandezca esa luz a
la mayor brevedad. No hijo no, eso no va a ser posible, al menos en el siglo.
Usted no se dará cuenta, pero le estaba defendiendo de usted mismo. Un niño más
o menos, ¡por favor!, no sea usted sensiblero, tal como es este mundo, que el
pecado ha fabricado, quizá hasta le hayamos hecho un favor. En el conjunto del
plan divino global una vida más o menos no es más que un suspiro, un soplo
prescindible. Tiene importancia no
perder la presencia divina una vez salgamos de esta prisión en que la carne nos
retiene, pero todo lo que no sea eso..., no es mas que farfolla, oropel,
confusión de sentidos. ¿Porqué le parece tan importante que un infante deje de
existir aún antes de dar el grito de dolor que inaugura la vida?, ¿es que usted
tenía conocimiento de la duración de la vida de ese niño?, ¿no sería que en la
mente divina la duración de la vida de ese niño era esa porque la ofrecía,
complaciente con su creador, para probarle a usted la obediencia a su
superior?, probar su fe, solo eso. No sea más estúpido y repare en su vida, no
en otra vida que además no existe ya y es irrecuperable. Todo es voluntad de
Dios, piénselo, todo es voluntad de Dios, sea inteligente y lea entre líneas
hombre, no se quede en la superficie de las cosas, que generalmente no son lo
que parecen, trascienda lo material y eché la vista más lejos de la punta de
sus zapatos. ¿No se da cuenta que un hijo a sus expensas no sería mas que una
rémora, una carga insoportable para llevar a buen fin su carrera? Capaz incluso
de pensar incluso en colgar los hábitos y echar por tierra una trayectoria
intachable. ¿Con una hermana, no?, veo que el sexo con una hembra le ha
embrutecido sus sentidos, lástima. Era usted mas fino cuando se satisfacía con
disciplinas y cilicios. ¿Sorprendido? Lo se todo. En todo momento, desde que se
empezó a comentar su santidad de forma tan abrumadora le sometí a una
vigilancia exhaustiva. No fue difícil hacerse con todo un álbum de fotografías,
mas que comprometedoras. Lo tengo todo a buen recaudo en la caja de seguridad
que el Obispado tiene en el Banco. Un secretario siempre representa un problema
y más cuando lo es de una actividad tan sensible y peculiar como esta. Si no se
tiene cuidado se termina por estar en sus manos, por eso es preciso tener bien
sujeta esa figura por si algún día le da por desmandarse..., como ahora mi
queridísimo hijo. Todos tenemos un pasado pero el suyo es edítable, publicable
y demoledor y eso le desactiva con facilidad en el caso de que quiera levantar
la voz.
Ande, vaya
a sus habitaciones y olvidémoslo todo. La señora Isabel se ocupará de todo. El
medico de la casa ya tiene sus instrucciones para certificar la muerte. Es
tarde ya, mañana continuaremos la conversación.
-
Las cosas no son tan fáciles. Se cree usted que lo
controla todo, ¿no es eso?
En ese momento, un solo
instante solamente, Pedro cayó en la cuenta de que había hecho algo fuera de
los presupuestos del Obispo, matar a su barragana. No era todo tan controlable
ni tan previsible. Le hizo gracia haber ganado por la mano a Don José. De
repente se percató de que no tenía ya ninguna importancia haber matado a la
señora Isabel, ni que su hermana hubiese enloquecido, quizá para los restos, ni
que su hijo hubiese muerto..., porque el siguiente sería él, después de
llevarse por delante al degenerado hipócrita que creía que con su discurso
había conseguido neutralizarle. Gozaría mientras le estrangulaba y le picaba la
curiosidad saber si en ese supremo instante en que se convertía en señor de la
vida se excitaría sexualmente igual que le sucedió con la pobre desgraciada de
la cocinera. Sería doblemente remunerador el matarle y además violarle, añadir
a la felonía, la humillación. Se lo merecía y le parecería que se quedaba escaso.
Dibujó una amplia sonrisa en la
crispada cara y eso le relajó. El Obispo interpretó que el peligro estaba
conjurado y sonrió así mismo creyendo que para rematar la faena solo quedaba
ofrecer el anillo episcopal para besar y todo zanjado. Se levantó de su mesa
tendiendo la mano hacia delante mostrando su anillo.
-
Todo solucionado ¿no? Al pardillo del curita se le
envuelve en cuatro sofismas y a otra cosa, se presenta el anillo rojo sangre y
a la cama. Faena de aliño. Pues no amigo mío, no. Las cosas no son tan fáciles.
Para empezar su furcia ya no existe, se llevó su merecido y ya duerme el sueño
de la muerte.
El Obispo abrió
desmesuradamente los ojos, incrédulo de lo que escuchaba. Le sorprendía tanto
la revelación como la calma con que su secretario le daba la noticia habida
cuenta de que afirmaba que el mismo la había asesinado. Intuyó que las cosas no
estaban tan calmas como él había imaginado, volvió a sentarse y abrió el cajón
donde guardaba el revolver.
-
Usted dice que la muerte de un niño a nadie importa,
¿cómo dijo?, un suspiro, ¿cómo se puede llegar a tal alto grado de cinismo,
como perder la última brizna de humanidad? ¿Hasta donde se puede llegar en el
hundimiento en los abismos de la insensibilidad? Me sorprende que alguna vez yo
haya sido capaz de rendirme a sus pies en lo profundo de mi abatimiento
agradecido por su magnanimidad. Ya veo que no era más que el sostenimiento de
lo que usted consideraba un monstruo en ciernes para alimentar y que pudiese
continuar convenientemente su obra. Obra de maldad e hipocresía, obra de
consunción del bien y la verdad, prostitución de la alegría y encumbramiento
del mal. En usted, veo finalmente, se compendian todas las virtudes de un buen
príncipe de esta supuesta Iglesia que no es más que una asociación de malhechores
que usan de la regularidad en sus ordenes para sucederse a si mismos socavando
las raíces de todo lo bueno y bello que pudiera existir.
Pero sin
habérselo propuesto me ha dado usted la solución a un tremendo problema moral
al que me enfrentaba. ¿Cómo dijo usted, un soplo, un suspiro?, ese es el valor
de la vida de un ser humano que aún no ha comenzado ni a respirar, ¿no?;
entonces, la vida de un Obispo hipocritón y resabiado ¿cuánto podrá valer?,
quizá suspiro y medio o dos suspiros pequeños. Eso es prácticamente nada y no
creo que el plan divino del que tanto se
habla se resentirá porque expire un Obispo más o menos, o no
será que la muerte de un Ordinario salaz y criminal forma parte de ese plan
divino para ir preparando el famoso juicio final separando ya la cizaña de la
espiga.
A cada nueva interrogante
cargada de sarcasmo y deleite por saber que se iba a dar cumplimiento a su
determinación, Pedro avanzaba un paso más hacia la mesa del Obispo que
permanecía sentado con la mano reposando sobre el revolver dispuesto para lo
que pudiera suceder.
-
Vaya, el discípulo me ha salido respondón. Tenga
cuidado con lo que hace, recuerde quien soy yo, no solo el que le ha encumbrado
donde se encuentra y puede aún encumbrarle mas alto y a mayor abundamiento, su
superior. No ose levantar su mano contra mi, sería como si la levantase contra
su padre y ese pecado es de difícil asunción y perdón. ¿Cómo explicaría su
conducta? ¿Sabe lo que es la vida en la cárcel?, no duraría usted ni un turno
antes de que le violasen y martirizasen, por no considerar que acabasen con
usted lentamente. Repare que entre rejas viven buenos cristianos que no verían
con buenos ojos que un sacerdote hiciese daño a su Obispo.
En la voz de Don José se
apreciaba, y Pedro ya lo había hecho, temor a lo que pudiera suceder. Había
comenzado a sudar copiosamente y se le quebraba la voz a pesar de los denodados
intentos de aparentar calma. Se aflojó el cuello de la camisa para poder
desahogarse y continuó intentando convencer de lo incontestable a su
secretario. Pedro, a cada nuevo intento de hacerle desistir de su determinación
más se relamía con el manjar con el que iba a satisfacer su hambre de venganza.
Olía ya el miedo que despedía aquel menudo y rechoncho hombrecillo y por
primera vez le vio con diferentes ojos a los que hasta entonces le había
contemplado. Era un anciano de aspecto bondadoso e inofensivo que bien podría
haber sido un abuelito de merengue que se derrite en la contemplación de sus
nietos. Pero no, no se iba a confundir, porque de haber tenido uno de esos
nietos le habría mandado ahogar, como hizo con su hijo.
Había llegado al borde de la
mesa sin apartar la vista de los ojillos azules y aterrorizados del hombre que
se perdía en el sillón de terciopelo y oro en el que se hundía.
-
Van a terminar sus días en breves instantes. Rece usted
las oraciones que quiera a Dios o al Diablo, que no se a quien querrá
encomendarse o no rece, me parece que usted no cree ya en nada. Yo si creo,
creo en mi corazón. Por vez primera en mi vida voy a hacer lo que tengo que hacer sin sopesar si
está bien, si hago daño a quien o si eso traerá consecuencias para alguien.
Toda la vida he ido dando bandazos sin ser más que un monigote en manos de unos
y otros. Hoy por fin seré un hombre que hace lo que le dicta su conciencia y
eso es en este momento que dictada sentencia en los mas hondo de mi alma he
decidido que usted es culpable del delito mas horrendo que pudiera existir,
quitarle la alegría a un hombre y sumirle en la desesperación arrebatándole lo
mas sagrado que existe, un hijo. No está el alma del hombre preparada para
sobrevivir a los hijos, usted me lo ha hecho saber. No solo asesinó a mi hijo
sino que me arrebató el alma a mí. Soy un cadáver ambulante, ya nada tiene
realmente interés ni importancia.
El Obispo vio la decisión
tomada en el brillo de los ojos de su pupilo y comprendió que no había solución
más que la que pasaba por usar el arma. Aún así intentó un postrer argumento.
-
No vaya a cometer una tontería de la que no pueda
arrepentirse después. Piense en su hermana. Con ella podrá tener más hijos si
quiere. Se conseguirá la dispensa, yo puedo conseguir lo que me proponga de la
curia, podrá vivir feliz con ella para siempre y tendrá todos esos hijos que
tanto desea, pero cuente hasta diez antes de cometer un desafuero.
-
Mi hermana ¿verdad? Mi hermana. ¡¡Loca, se ha vuelto
loca!! Allí la he dejado, imposible de convencer de que el despojo que acuna,
abriga e intenta dar de mamar no es más que un amasijo de carne que se pudre
por momentos. Cuando hieda y se le deshaga entre sus manos, quizá entonces se
de cuenta y abandone su idea, pero la cordura, esa, ya no la recuperará. Yo doy
gracias al cielo que no la he perdido y me ha quedado suficiente lucidez para
llegar hasta aquí a poner las cosas en su sitio..., y no me quedaré tranquilo.
Desearía que fuese usted Prometeo y cada noche pudiera yo hacerle pasar un
calvario como el que está pasando ahora mismo y ni así se compensaría el horror
de ver como asesinan a un hijo.
Don José comprendió en ese
momento que estaba todo perdido, ya no había más solución que la violenta.
Pedro quedó en silencio e
inició el rodeo de la mesa para quedar cerca del Obispo y poder coger el cuello
con sus dedos para estrangularle. Como si fuese a cámara lenta, Don José
recogió el arma del cajón, amartillo el percutor, tal como le habían enseñado y
apuntó al pecho de Pedro. Este comprendió que había subestimado al criminal,
supo que iba a morir pero no le importó, al contrario, sintió la paz y
tranquilidad del que sabe que ya no va a tener que llevar a cabo una penosa
tarea.
-
Es lo mejor que puede hacer, matarme y cuanto antes
porque de no hacerlo va a ser usted el muerto. Si me mata, también me hace un
favor, terminar con mis penas y dolores, si no, tendría que hacerlo yo mejor
antes que después. Pero no creo que tenga valor para hacerlo. Las personas como
usted son cobardes por naturaleza que se esconden detrás de otros desgraciados
a los que manipulan para que cumplan con sus designios, pero son pusilánimes
cuando se trata de actuar por si mismos, siempre en la sombra. Ahora se hace la
luz y le enfoca directamente, es el protagonista, a ver si está a la altura de
las exigencias. Lo dudo.
Estaba a escasa distancia del
sillón del Obispo cuando escuchó un ruido sordo, metálico y seco. Un levísimo
resplandor cerca del cuerpo de su oponente y un tenue hilo de humo ascendente
que olía desagradablemente a pólvora. Parecía que efectivamente el Obispo había
disparado pero debió errar a pesar de la corta distancia. Pedro no sentía el
más pequeño de los dolores, ni siquiera una mínima molestia. La detonación le
había detenido en la progresión a su fin por el sobresalto pero ahora al
intentar dar otro paso su pierna no aceptaba la orden dada por su voluntad e
inmediatamente sintió como si en su pecho le hubiesen vertido una jarra de
chocolate templado. Estaba mojado y no comprendía porqué. Se miró al pecho y
horrorizado lo vio todo claro como el amanecer en el mar. Si le había hecho
blanco pero no había notado nada, el esperaba que eso doliese, pero no. En ese
instante sintió que en su espalda un chorreón de algo caliente le resbalaba
hasta la cintura. Le había atravesado con la bala dada la corta distancia que
mediaba entre ellos. Las piernas le comenzaron a flaquear y cayo de rodillas
intentando agarrar de forma instintiva aún el cuello de Don José que sin
dificultad controló el embate del que se podía considerar ya un cadáver animado
de una voluntad mas fuerte que la de la vida; la venganza.
-
Todo se ha terminado Pedro, todo esta concluso. Descansa
en paz, ya se han acabado tus sufrimientos. Fuiste estúpido. Lo que sembraste
has recogido.
Le hizo reposar la cabeza en su
regazo y sin más, sintiendo como Pedro comenzaba a vomitar sangre sobre sus
piernas comenzó el recitado del ritual del sacramento de los moribundos. Le
absolvió de sus pecados, incluso del que aún, con un hilo de vida, se resistía
a dejar de cometer y rezó por su alma un Padre Nuestro. En cuanto Pedro expiró
con un leve borboteo de sangre en la garganta, como si el espíritu le abandonase
con un sedoso aleteo, le dejó reposar suavemente en el suelo. Sin molestarse en
limpiarse de la sangre de su secretario levantó el teléfono y en cuanto el
portero descolgó le avisó que debería llamar a la policía porque había tenido
que matar al Padre Pedro que al parecer se había vuelto loco y quería matarle a
él.
En cuanto se quedó a solas con
el cadáver esperando a la policía, se quedó mirando fijamente el cuerpo y
musitó despectivamente: “estúpido imbecil, lo tenías todo y te vendiste por un
afecto, por una emoción, espero que si hay algo al otro lado seas más feliz de
lo que quisiste serlo aquí. Habrase visto querer ganarme a mi por la mano,
pobre diablo loco. Olvidaste que en la guerra que libramos con el mal no hay
mejor arma que la obediencia, como en cualquier ejercito, y te rebelaste, no
era otro tu merecido mas que la muerte”.
Cuando llegó la brigada de
investigación comunicó al Obispo que habían encontrado en las inmediaciones del
Palacio Arzobispal una mujer fuera de sus cabales con el cadáver de un recién
nacido en sus brazos que insistía que el Obispo era el que le había matado a su
hijo nada más nacer. Don José se interesó por la suerte de la desgraciada y se
le informó que había sido internada en el manicomio municipal sin nombre ya que
no llevaba encima documentación alguna y era incapaz de saber quien era.
-
Costó la propia vida arrebatarle el cadáver para
enterrarlo, Ilustrísima.
-
Ya ve usted, señor comisario cuanta miseria hay en el
mundo, como mi secretario, que el Señor tenga en su gloria, que insistía en que
yo era el mismísimo Diablo y era preciso eliminarme. Gracias al revolver que
tengo, por obediencia naturalmente, en mi mesa, si no a estas horas el muerto
sería yo y la sede episcopal estaría vacante. Le aplicaré una misa semanal por
su alma hasta el día que me muera, espero que de esa forma pueda quedar limpio
del horrendo pecado que supone querer matar a su Ordinario y Superior.
-
Ilustrísima, no le vamos a molestar mas, las cosas
están bastante claras, ya nos ha contado el portero como observó entrar de
madrugada en el Palacio a su secretario fuera de si y dirigirse hacía el piso
de arriba. Mañana en cuanto redacte el informe de declaración se lo traeré para
que, si lo considera oportuno, pueda firmarlo, nada más que una formalidad,
compréndalo.
-
Muchas gracias por todo inspector. Voy ahora a lavarme
y a descansar un poco, si puedo, mañana me queda un día realmente ajetreado y
encima sin secretario. Vaya usted con Dios.
El Obispo le tendió la mano con
el anillo pastoral al inspector que sumisamente besó haciendo una genuflexión
al tiempo. Don José se dio media vuelta de camino a su alcoba mientras esbozaba
una meliflua sonrisa y respiraba plácidamente. “Lo que queda de noche realmente
descansaré a pierna suelta, se acabaron los problemas más a la vista”, pensó
para si, al tiempo que escuchaba cerrarse la puerta de su despacho dejándole a
solas con su triunfo.
23.10.12

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