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sábado, 13 de octubre de 2012

L U J U R I A X - Final

Lujuria


X

Escuché la puerta cerrase y la casa se quedó tan silenciosa como un panteón después de marcharse la comitiva del duelo. Me sentía como un cadáver al que dejan solo a su destino que es pudrirse y desaparecer. Me faltaban fuerzas para seguir viviendo. Nada cobraba sentido ni a nada tenía disposición de dárselo. Sin moverme de la silla donde se había desarrollado todo lo antecedente comencé a llorar con ganas, dándome cuenta de que tenía ganas de llorar y eso podría por si solo tener la fuerza de darme la absolución de mis faltas o supuestas faltas si es que existían; ¡cuanto echaba de menos aquellas maratónicas sesiones de confesión en el colegio!,  en las que en la intimidad del sigilo no quedaba más remedio que escuchar la regañina del padre Salmerón o el padre Jaime, cuando uno, en medio del mayor apuro, se acusaba de haber tenido pensamientos impuros con  la vecina del piso de  abajo, pero con que alivio se recibía la penitencia que cumplida, hacia borrón y cuenta nueva. Ahora era distinto, toda la responsabilidad era de uno mismo y uno mismo era el que tenía que perdonarse y eso, ¡era tan difícil!, como que no hay peor juez de uno mismo, que uno mismo. Por eso al sentir que lloraba con ganas tenía la impresión de que el arrepentimiento era sincero y por consiguiente eficaz para borrar esos pecados de los que tanto había que lamentar.
Estuve un rato muy largo meditando las lágrimas mas amargas hasta que sequé la fuente del dolor y el debe de la culpa fue aminorándose. Respiré hondo, enjugué los ojos y me sentí mejor, todo parecía haber pasado. Al final, recapitulando, ¿Qué es lo que había pasado?, nada, que Marta había decidido dar un giro a su vida, un salto al vacío sin excesiva reflexión, que en cuanto se le pasase el vértigo de la aventura que le recordaba su juventud y le hacía sentir lozana y fresca, como cuando era inmortal, regresaría a la cordura y volvería a su ser natural en el que yo la perdonaría y olvidaría el sinsentido en el que ella había querido experimentar el ser libre sin saber exactamente en que consistía el poder ejercer eso tan manoseado y difícil de definir llamado libertad.
Luego, el libertino de su hijo había querido llevarle al terreno de su desviación para justificarse ante si mismo y ante él y había sucumbido a la tentación, pero había sabido finalmente resistirse y aguantar la tendencia natural al vicio destructor. Nada había pasado y solo restaba esperar a que cada pieza volviese a su sitio, que cada rueda recuperase su ritmo de giro y para esperar, nada mejor que dedicarse en cuerpo y alma al trabajo que haría que las horas pasasen cual Aquiles de pies ligeros y de paso él cumpliría para con sus compromisos con Orihuela que a la postre era lo único que a él le daba estabilidad, le daba de comer y pagaba sus caprichos. Acaba de decidir que todo seguía igual y por lo tanto no había que tomar ninguna decisión, ni drástica ni flexible, ninguna, dejar correr la vida como se deja correr un río que siempre, siempre, acaba por encontrar por donde fluir por mucho que se le quiera represar. Yo no quería que la rambla de la vida, impetuosa en su furia, al intentar contenerla o desviarla de su destino decidido, me arrastrase allá donde nunca habría querido ir.
Me acerqué  a mi mesa de trabajo ordene y releí los papeles que había escrito horas antes y continué trabajando.
Cuando sentí un pellizco en el estomago, que creí que se debía a hambre, dejé de escribir y tome conciencia de que no estaba Marta en casa. Era mi hora, la hora a la que siempre ella se acercaba a mi mesa de trabajo con el aperitivo y con dulzura me invitaba a descansar. El pellizco se transformó en vértigo y la nausea amenazó con ensuciar de vomito los folios escritos. Me levanté de la silla sobrecogido por la sensación y me recogí en mi mismo abrazándome, envolviéndome con los brazos, protegiéndome de la orfandad en la que me encontraba. Sentí una punzada al oprimir sobre mi pecho. Los dos pezones recordaban lo que Alicia acaba de hacer horas antes. Me sorprendió que siguiesen doliendo y tuve que mirármelos en el espejo. Me desabotoné la camisa y me dejé el tórax al aire. El espejo devolvía una imagen que me provocaba curiosidad, excitación y sorpresa. Los pezones estaban amoratados y gruesos, más grandes de lo que yo consideraba que era el tamaño que tenían siempre, aunque no era una parte de mi cuerpo en la que me hubiese fijado alguna vez especialmente. Se parecían a unos pezones pequeños de mujer pero esponjosos, escarlatas y apetecibles de tocar. Y caí en la tentación de acariciármelos sensualmente, por puro narcisismo. El escalofrío me recorrió el cuerpo entero y mi miembro reaccionó como si tuviese un resorte conectado endureciéndose en breves segundos. Se me entrecortó la respiración y lancé un gemido de placer involuntario y complaciente. Me hacía gozar el pellizco suave sobre los pezones; apreté un poco más y un dolor lancinante provocó en el espejo la imagen de mi rostro contraído por el castigo, pero no solté la presa, me rehice de la sorpresa primera y continué con el rehén de mi tortura, gozando del dolor. Me producía doloroso placer pero deseaba más a cualquier precio. Se había abierto ante mis sentidos un mundo desconocido que de forma ansiosa deseaba explorar hasta el limite porque solo aquella introducción conseguía ya proporcionarme más placer del que había conseguido antes en conjunto aplicándome a meter allá donde estuviese caliente y húmedo y no apestase a varón. Deseaba verme atado y violentado, vejado y sometido a disciplinas nunca imaginadas y cuanto mas bestial era el tormento que imaginaba mayor era el estremecimiento de placer que experimentaba. Cerré los ojos y dejé que se rasgasen todos los velos y se rompieran todas las ataduras de mis prejuicios para ensanchar el campo de aprovechamiento del placer. De inmediato apareció Alicia desnuda con sus pechos firmes y deseables amarrándome sin piedad a un plinto sobre el que había colocado un cojín que dejaba mi trasero en alto. Los tobillos a los lados eran atados con cuerda áspera que hería la piel y mis genitales salían por un orificio expresamente ideado a tal fin para que colgasen sueltos. La imagen consiguió que la respiración se me acelerase y la presión de mis pinzas sobre los pezones se acentuase. Alicia en la ensoñación primero se aplicó a castigarme mis partes con un latiguillo de innumerables colas hecho de crines lo que en mi imaginario me provocaba más doloroso placer de una superior intensidad. Después ella se despojó de su tanga y enarbolando una enorme verga me sodomizaba sin piedad, yo gritaba de dolor, congestionado y abrí los ojos en ese momento asustado de lo que era capaz de imaginar justo en el instante en que eyaculaba sin mediación de la voluntad o tocamiento dentro del pantalón.
Solté asustado los pezones y me desabroché para ver el estropicio. Estaba pringado de semen pero conservaba sensación de querer expulsar más. Con supino asco por el fotograma de mi sodomía aún fresco en mi retina me exprimí el fuste del pene y el semen restante salió a borbotones en una cantidad que me pareció excesiva acompañado de algún que otro calambre bastante desagradable. Me limpié con disgusto por lo que acababa de suceder y con los pantalones arrugados en los tobillos de la forma más ridícula y charlotiana imaginable me acerqué hasta el dormitorio para cambiarme la ropa interior. En medio de mi tragedia estupida, tuve que sonreírme al verme caminar a pasitos cortos camino del dormitorio con los pantalones caídos como si fuese un adolescente salido, pillado en falta en su primera cita.
Mientras me cambiaba mirándome al espejo me decía una y otra vez que aquello no podía ser. Estaba escandalizado. Sin concurso de mi voluntad y guiado únicamente de mis instintos dejados como garañón desbocado, a su antojo, había llegado a correrme con la imagen de un tío con tetas violándome sin piedad. ¿Qué era eso?, ¿hacía que precipicios de alienación o simas de iniquidad me estaba deslizando? Sería con seguridad nada más que el castigo a mi vida de engaño y falta de sinceridad para con Marta. La imagen que el espejo reflejaba era la mía, la de siempre, nada diferente, Marta me dejaba y punto y eso era lo que me hacía comportarme de esa manera.
¡Por todos los santos!, estaba desvariando. Me había corrido, solo eso, una eyaculación más  y para ello había utilizado unas imágenes absolutamente irreales que no tenían, ¡faltaría más!, porqué corresponderse con la realidad. Echaba mano de la imagen de Alicia porque la tenía cercana y me había proporcionado algún momento de placer exótico, diferente y nada más que eso. Me propuse en ese instante no volver a plantearme ningún otro problema con lo sucedido. Me estaba empezando a doler la cabeza.
Era ya de noche, estaba solo y echaba de menos a mi mujer, de acuerdo, pero podía mirarse por el envés, como a todo. Echaba de menos a Marta y eso significaba que estaba solo y podía usar de mi libertad a mi antojo. Pero la realidad es que podía, pero no quería, no tenía humor, ni fuerzas. ¿Para que quería por lo tanto esa supuesta libertad?, ¿Era libertad porque no tenía que defender lo que yo quería hacer?, ¿Era esclavitud, entonces lo que yo tenía viviendo con Marta?
Decidí meterme en la cama y dejar que el manto de la noche y la cobija del sueño permitiesen a mi mente reposar y poder determinar que era lo que me estaba sucediendo y cual tendría que ser mi postura en todo aquel embrollo. Había llegado un momento en el que ya no estaba en disposición de determinar si había estado casado con Marta por amor, sexo, convención o equivocación. Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza y me deje caer en la cama.
Me desperté bañado en sudor pegajoso y maloliente, con el corazón acelerado al punto del colapso, sin aliento y con una erección dolorosa. Recordaba la imagen del sueño inmediatamente anterior a la vigilia provocada por el mismo, a sabiendas de que todo el tramo anterior tenía el mismo tema, que yo sin embargo iba a ser incapaz de rememorar.
Marta estaba lubrica y desinhibida a brazo partido con Alicia mientras yo miraba y le reconvenía avisándole de que lo que ella quería que fuese una mujer era en realidad un hombre y de un momento a otro sacaría su atributo y la poseería como macho que era en realidad. En medio de mi explicación académica, otra parte de mí se encontraba excitadísima solo por ver a las dos figuras femeninas componiendo estampas de sexo ritual hindú que tenían tanto de excitantes como de irreales. En un momento de aparente extatismo de la pareja Alicia hizo exhibición de su masculinidad y Marta sin inmutarse le ofreció su ano mientras me miraba y me afirmaba y confirmaba que aquello era realmente sexo placentero y no lo que yo había practicado con ella durante mas de veinte aburridísimos años de matrimonio. Después de un buen rato de sodomizarla, las dos se dirigieron a mí reclamándome en su tálamo para enseñarme lo que era el gozo divino. Me tuve que dejar llevar por la inminencia de la culminación del momento y comprobé como Alicia entraba en mí con absoluta facilidad y Marta ofrecía su sexo a mi boca y que crecía a medida que lo lamía de tal manera que me llenaba la boca como si fuese un pene que me atragantaba con su grosor y pujanza. En ese momento me desperté mojado del sudor viscoso y con el corazón en la boca. Me lancé a la ventana abriéndola de par en par para coger aliento. El horizonte formado por la silueta de edificios de color negro noche se recortaba contra un fondo de malva oscuro que me reconfortó. Estaba amaneciendo y el terror que me suscitó el sueño se aplacó. Aquel color tenue y vigoroso a un tiempo, me tranquilizaba. Respiré el aire fresco de la mañana y la sensación de humedad pegajosa fue desapareciendo. Cuando recuperé el ritmo del corazón y la respiración volví a la cama.
Me desperté placido y feliz como un lactante recién cambiado. Me quedé recostado, boca arriba, saboreando la cama para mi solo, degustando el placer dulce y sencillo del roce de las sabanas contra la piel, la sensación del sexo libre deslizándose entre los pliegues del algodón, magnifica sensación erótica en algunas ocasionas más deleitosa que el sexo mismo…
E inmediatamente se me hizo presente el sueño de Alicia y Marta. De un salto me levanté, pero el daño estaba ya hecho; la punzada dulcísima en la entrepierna, puñalada en mi orgullo de hombre, recordando como se me llenaba la boca del sexo de Marta reduplicado en tamaño y a rebufo me invadía otro, el de Alicia, y todo remunerado con una esplendida erección. Empezaba a estar confuso. Quise desbaratar aquellas malditas imágenes en mi cerebro y traje a primera línea, el recuerdo de la casi violación  de la desconocida en el parque, pero se desdibujaba como una mala caricatura sobre la arena de la playa y por mas que me esforzaba en encontrar en aquellos zafios esfuerzos sexuales del forzamiento de una pobre mujer anónima y sola, una excitación de mediana calidad, más frialdad recibía como compensación a mis esfuerzos. Sin embargo la colorida imagen de las dos mujeres enzarzadas en una coreografía majestuosa y electrizante con sus cuerpos relucientes de sudor y esfuerzo resbalándose las pieles una sobre la otra y comiéndose materialmente con verdadera entrega, no hacían más que provocarme escalofríos de placer que me recorrían la espalda de nuca a rabadilla y me hacían desear, a mi pesar, que los fotogramas recordados del sueño se materializasen de inmediato en una orgía de posesión bestial y despiadada. Estaba sudando otra vez con el cuerpo saturado de angustia que generaba las disparidad de deseos, lo que mi cuerpo deseaba ciegamente y lo que mi mente me advertía que era repugnante, y era doloroso comprobar como iba venciendo por goleada mi instinto más primario de hozar placer allá donde se encontrase,  fuese entre sedas o entre espinas; mi ser social se batía en retirada y la vergüenza de mi mismo me recordaba mediante el enrojecimiento de las mejillas que lo que deseaba no era, según mis categóricos, lo más encomiable, lo que yo podría contar a alguien, por mucha confianza que tuviese. Me daba cuenta que me deslizaba por la espiral del vicio mas oscuro, cuando yo creí que esas praderas arrasadas de degradación ya habían sido holladas por mi y no tenía ni idea de hasta que profundidades iba a ser posible caer, pues comprendí amargamente que por mucho que se baje siempre hay un escalón más, que incita a descenderlo. Sentí vértigo, al medio vislumbrar, en que podría acabar todo aquello y quise remontar con un grito de ¡¡SE ACABO!! que me sorprendió por la violencia con que lo proferí.
Metí en la ducha otra vez mi cuerpo queriendo que el agua se llevase de la piel toda aquella porquería soñada que sentía adosada muy dentro y me hacia derramar baba de gusto sin que yo quisiese tener intervención en ello. Dejé que resbalase el agua caliente sobre los hombros y que me hiciese una túnica liquida con la que revestido, pudiera oficiar el exorcismo que expulsase los demonios causantes de semejantes deseos. ¡Con lo feliz que era yo con mis pequeños asuntos, deslices sin importancia, travesuras en fin, sin mayor trascendencia que cualquier mota de polvo que uno se arrastra de la chaqueta en un ademán automático!, una mujer anónima, un polvo rápido y excitante, por lo que de trasgresión burguesa tenía, dentro de un  orden perfectamente asumible, como esos pequeños desperfectos o irregularidades que puede tener un hermoso yérsey de lana tejido a mano  que le dan personalidad y frescura, son únicos; pues así era yo, único en mis pequeños devaneos y ocupando un lugar en el entramado de la sociedad en el que me movía con deleite y satisfacción, y ahora sin saber cómo, en menos de dos días todo se había vuelto del revés y estaba teniendo hasta ensoñaciones de maricones. ¡Que desastre era este!, quizá queriendo jugar a transgredir, por no resignarme a perder la petulancia del joven, que ya no era, me veía enredado en un juego de trasgresión real que me conducía por caminos que nunca, de forma consciente, hubiese querido hollar; efectivamente hay determinados juguetes que es mejor contemplarlos de lejos por que se aprende, demasiado tarde, que son letales solo cuando han estallado en nuestras narices. Yo no me di cuenta a tiempo.
Era temprano cuando pise la acera. Desayuné en la cafetería de siempre con el periódico de siempre, pero tuve que reconocer, después de leer cincuenta veces el mismo articulo sin enterarme de nada, que yo no era el de siempre. El problema había que encararlo sin demora. Me iba a demostrar a mi mismo que todo lo sucedido, soñado, imaginado y creía que deseado, no era más que una consecuencia del terremoto que me había sacudido como una hoja cuando Marta me salió por donde me salió, había sido un incauto y estaba pagándolo. Iba a ir a casa de mi hijo a poner cada cosa en su sitio. No me iba a negar a nada; ¿Quién dijo miedo? Estaba seguro que en cuanto me zambullese en ese barro pestilente de una cama con un tío, por mucho que Alicia no lo pareciera, la nausea me iba a rescatar del trance y estaba seguro que no iba a dejar de vomitar en una semana. Demostrado ante mí, quien era yo y qué mi cuerpo, todo volvería a encajar como si de una complicada taracea se tratara.
Tomada la decisión, la prensa del día dejó de estar escrita en tágalo para ser perfectamente comprensible y gozable, como cada mañana lo era para mí. Una parroquiana de bastante buen ver, de las de a diario, me saludó, como solía, y quise ver en su saludo un algo más. Me regocijé al comprobar que mis antenas estaban sintonizadas en la buena frecuencia y funcionaban a la perfección. Se habían terminado las dilaciones y los titubeos. ¿Cómo había podido yo llegar a pensar…? me pareció increíble todo lo sufrido el día anterior y sobre todo la noche, pero estaba ya claro que había sido debido a la ausencia traumática de Marta. Todo se arreglaría.
Reconfortado por el desayuno y reconciliado con las rutinas que hacían de mí quien yo sabía que tenía que ser, regresé a casa. Estuve trabajando un poco en el encargo de Orihuela hasta que se acercaba la hora en la que yo sabía que tendría que enfrentarme a los demonios conjurados para tergiversar mi ser.
Marqué decidido el número de Ramón, que no contestó, ni una, ni dos, ni tres veces. Me inquieté, no era posible que no cogiese su teléfono, en algún momento tendría que estar cerca de él y desde luego de una forma u otra terminaría por ver las llamadas perdidas de su padre y acabaría llamando, aunque solo fuese por la curiosidad de saber que quería. Me tranquilicé, sin embargo, con mi propia conciencia puesto que por mí no había existido impedimento para enfrentarme al problema que me aquejaba y que exigía resolución cuanto antes. De manera que continué trabajando hasta mediada la tarde en que caí en la cuenta que no había comido nada desde el desayuno. Con Marta en casa, ella era la que establecía los ritmos y marcaba los tempos de la vida cotidiana; ella decía “a comer” y se comía, nada más y nada menos. Ahora estaba sin ese referente y si mi estomago no avisaba, a mi no se me pasaba por la imaginación que era la hora de comer o de cenar.
Decidí salir a merendar algo y me pasaría luego en persona por la casa de Alicia y Ramón. Ahí no habría excusa, me tendrían que abrir y solventar el asunto.
Llegué a la puerta de la casa de mi hijo y llamé al timbre sin recibir respuesta. Llamé insistente hasta que pasé del timbre a los nudillos aumentando a cada poco la intensidad del golpeo de la puerta. Estaba a punto de perder la paciencia cuando otra puerta del rellano se abrió y un hombre malencarado, con una colilla colgando del labio inferior, ataviado con una camiseta de asas, raída y sucia, con unos calzoncillos amarillentos de meadas entrecortadas.
- Deje ya de hacer ruido. No están. Se han ido en buena hora aunque por la maletita que llevaban no creo que estén mucho fuera, ese par de degenerados, que a mi no se me engaña fácilmente.
- Podría usted – no quise entrar al trapo de su mala educación, ni hacerme eco de su juicio pero me escoció que se hubiese percatado de la realidad – decirles cuando les vea…
- No podría – dijo abruptamente sin dejarme terminar la frase y cerró con malas pulgas la puerta.
Me quedé helado. Se habían ido. Pero ¿Dónde? Ramón tendría que haberme dado razón de su ausencia. Estaba perplejo.
Cabizbajo regresé a casa a continuar trabajando, única patria y refugio que me quedaba ya que mi mujer y mi hijo me habían dejado abandonado a mis propias contradicciones. Me di cuenta entonces que sin Marta, los devaneos que mantenía de vez en cuando no tenían sentido. ¿Qué razón podría tener yo para saltarme cualquier linde si no había tal linde? Sin Marta la vida se volvía gris y monótona, la necesitaba a ella para poder jugar a engañarla, la quería como referencia que me orientase en medio del trafago del mundo que en el fondo me asustaba y me recordaba que solo, no era nadie, la necesitaba cada día para restaurar el orden que tanto me estimulaba transgredir. Sin Ramón del que poder acordarme como alguien mío donde poder ir a descansar como espejo de mi mismo, no acababa de saber cual era la razón de existir si encima no estaba Marta que era la razón que explicaba a mi conciencia el abandono de mi hijo y la calmaba. Solo me quedaba un referente y era Orihuela. Tenía que ser Antoñito, precisamente Antoñito, el imbecil al que detestaba pero del que no podía desentenderme sin perder algo mío, necesitaba verle, escucharle sus banalidades, sus frivolidades y a veces su perfecto sentido común de persona muy centrada para saberme yo y no perderme en la locura de olvidarme quien era.
Sin pensarlo dos veces me dirigí a casa de Antonio rogando a todos los dioses y a los demonios también que estuviese en su casa.

XI

Estaba vestido de manera informal para salir. Me sorprendió que no llevase nada puesto que le destacase. Estaba vestido para pasar desapercibido, algo inusual en él. Tenía la cara seria. Yo conocía esa cara, no estaba para bromas y si se le pinchaba lo que podía escupir por la herida era solo veneno, concentrado y mortal. Al verme en el umbral no cambió el gesto. Áspero como una lija.
- Y tú, ¿Qué coño quieres ahora? – No pestañeaba, quería herir con su afilada lengua – si necesitas consuelo búscate una de esas tías que tu te jactas de tirarte cuando te sale de los cojones y que ella te enjugue las lagrimas de cocodrilo esas que vas derramando.
- Espera, Antonio, ¡joder! Deja que tome resuello, te diga a que vengo y luego si quieres me muerdes la nuez – intenté dar a mi entonación galibo de injusto trato.
- No puedo quedarme en casa, así que si quieres decirme algo por el camino – noté que había acusado el golpe de mi reproche, porque volvía a su discurso de siempre, afectado y falsamente vacío – porque lo que podría hacerme no salir era recogerte el manuscrito, pero como veo que no lo tienes, pues eso, que nos vamos.
Y con la última palabra me dio un empujón y cerró la puerta tras de si.
Caminaba deprisa y yo le seguía a duras penas manteniendo su ritmo, no porque no pudiera hacerlo, estaba en bastante buena forma, sino porque no entendía aquella premura y quería detenerme para comprender aquel pasillo de comedia caminando como de cine cómico antiguo. No cesaba de preguntarle sin que me respondiese que donde iba con aquellos agobios, que a qué venía aquella prisa, pero no se dignaba responderme. Finalmente, le sujete por el brazo con firmeza, a sabiendas del mal humor que le provocaba que le detuviesen tocándole, y le obligué a mirarme a los ojos.
- ¿Dónde vas con tanta diligencia, llegas tarde a algún sitio? Es que no lo entiendo; voy a tu casa a desahogarme contigo por que eres mi amigo y me conduces en una alocada carrera a ningún lado. ¿Dónde vamos, te repito?
Me clavó los ojos con aspecto cansado y se le arrasaron de lágrimas.
- Tenía que irme. No podía soportar estar entre aquellas paredes – miraba ahora al suelo, como azorado por mi presencia, exhibiendo un pudor por la confidencia que nunca le hubiera imaginado a él – testigos de la felicidad que ahora, ya, no tengo – levantó la vista y me traspasaron sus ojos plenos de sinceridad sin decir ni una palabra más. El color marrón chocolate habitual se trocaba en un color miel, sucio sombrío.
- Bueno, ¿Qué ha pasado? – le pregunte cargado de razón, con impúdica ingenuidad.
- ¿No lo sabes, no eres lo suficiente inteligente para deducirlo? – Me sonrió condescendiente echándome sus manos por la nuca atrayéndome a su hombro para poder llorar mientras hablaba y que yo no lo viese – siempre serás encantadoramente básico. Rony, se ha ido, me ha abandonado por una bruja con titulo que le dobla la edad, más rica que yo y más recauchutada que una actriz porno. ¿Te das cuenta? – me separó bruscamente de su hombro y me clavó sus ojos escandalizados por lo que me iba a decir -  me ha dejado por una tía decrepita, el muy cerdo, a mí, un artista, una gloria de las letras…
- Conmigo no, Antonio, conmigo no – le retiré con ternura sus manos de mi nuca, ya tenía yo bastante preocupación con mis sueños como para que en carne y hueso un hombre me echase los brazos al cuello -  Eso tan cursi de gloria de las letras será para los suplementos dominicales de algún diario de provincias, pero a mí no me vengas con esas, porque no. Tú a lo más que llegas es a cambiar algún tiempo verbal o una sintaxis que es perfecta para dejar lo que yo hago en mal lugar – trufé mi contestación de una veta de indignación. Tu gloria es mía y esa será siempre tu espina que jamás podrás desclavar de tu ego.
- No te has dado cuenta aún que yo soy un artista de las letras, una gloria como te he dicho, y mi privilegio es la imperfección, que es única, tu no pasas de buen artesano y tu obligación es hacer las cosas perfectas, de lo contrario en lugar de obras de arte que son las que yo remato harías bazofias indigeribles. ¿Por qué crees que me publican a mí y no a ti, encanto?
- Tienes un ego mas grande que tu lujuria por los hombres, algún día alguien te va a parar los pies y entonces…, pero a lo que estábamos Antoñito – le apliqué el diminutivo a conciencia, para herirle - Que estabas hecho a Rony y creías que él se había hecho a ti, pase, pero que te escandalices de que se haya ido por una tarjeta mejor dotada es imperdonable – intentaba seguir profundizando el dolor - Has perdido el sentido de la medida y la realidad. Rony era un cuerpo digno de haber salido del cincel de Praxisteles, pero si tu te llegaste a creer que estaba contigo por algo mas que dinero, permite que te diga que tienes perdidos los papeles, con esos atributos, el estar a tu lado no era más que una dulce espera en la sala VIP de la estación en lugar de expuesto a la intemperie en los andenes, a que llegase el tren de lujo que le llevase en clase tipo Oriente Express, donde él sabía que se merecía llegar.
- ¿Cómo te atreves…? – intentó indignarse
- Conmigo no finjas Antonio. Además eres más listo de lo que tú quieres hacer creer que eres. Sabías que esto llegaría a suceder y Rony no era más que un profesional que te cogió la medida.
- Me hacia tan feliz, entendía a la perfección mis necesidades y ahora una guarra empingorotada se lo lleva – intentaba otra vez volver a hurgar en las heridas para hacerse el afrentado – Que puede tener esa tía que no tenga yo ¿eh? Dime, qué.
- Está clarísimo, pero formulado al revés. Qué no tiene que a Rony le sobra de ti.
- Pues me sobraría, que de eso nunca sobra – me regaló una mirada picara y cómplice - pero buenas mamadas que hacía el muy maricón.
- Sabes perfectamente que es un profesional y estoy seguro que le daba tanto asco meterse en la boca tu sexo como tiene que dárselo el comerse esa especie de carne fláccida y caída rodeada de escasas canas que le puede ofrecer, además de los dineros, esa vieja.
- Es un cerdo. Ojala acabe de chapero tirado de valla de cementerio por lo que le den que espero que sea por el culo.
Antonio dio de esta manera zanjada la discusión y yo me sorprendí de repente despejado de problemas y dudas. Me encontraba más fresco; Antonio había actuado sobre mí como un extractor de humos de una freiduría, había conseguido despejarme el ambiente y me encontraba bien.
- Pues yo creo más bien que terminará con una buena cuenta corriente y pasando los días más felices de su vida en compañía de una muchacha que le pueda dar la replica en belleza y cuerpo.
- ¿Tu crees? – se detuvo y me miró a los ojos con sinceridad – Bueno pues sí, porque la verdad que el tiempo que ha pasado conmigo me ha hecho feliz, que eso ya es difícil teniéndote a ti de colaborador, y no ha sido abusón conmigo, aunque una buena pasta si que se ha tenido que llevar.
- La que tú le hayas dado. Conociéndote, te habría faltado acera para correr a comisaría a denunciarlo si pensases que te ha robado un chavo.
- Bah. Bueno y ahora tú. Yo ya estoy dispuesto a buscarme un chaperito de buen ver, pero a ti que tripa se te ha roto ahora, que es que llevas una temporadita que no se cuando coño vas a terminar el manuscrito, pero te pasas la vida en mi casa.
Fue decidido en un instante. No tenía la menor intención de comentarlo pero me salió de esa manera y al escucharme mis primeras palabras, no me pareció mal seguir con el dicterio.
- Marta me ha dejado – intentó mediar en la conversación de inmediato pero le contuve con un gesto autoritario de mi mano extendida en un irrenunciable “pare”- pero no solo me ha dejado. Es como si me persiguiese la desgracia y la incuria, la ambigüedad y el vicio mas sucio; me ha dejado, pero por otra mujer. Ahora ya sabes porque de mi insistencia en estar con alguien que se exactamente quien es y se que puedo esperar de él. De ti se perfectamente por donde va tu vereda y yo lo que necesito en este momento es una referencia de estabilidad aunque esa estabilidad sea la tuya.
Antonio se quedó con la boca abierta y sin poder de replica. Abría los ojos y me miraba atónito con un rictus de sorpresa y sarcasmo a la vez. Los ojos le comenzaron a lagrimear y poco a poco se le fue imponiendo una risa que le convulsionaba el cuerpo y hasta le impedía respirar con normalidad. Terminó por atragantarse y tener que toser para aliviarse.
- Me estás mintiendo. Dime que no es mentira – y vuelta a reírse de manera nerviosa - ¡Tú, entortillado! A mi me va a dar algo.
- En realidad antes que buscarte intenté que me consolase mi hijo y fue un fiasco porque se presentó en casa con Alicia, normal por otra parte, es su novia, y la cosa no acabo como debiera., les tuve que echar y cuando he ido a buscarles a su casa han desaparecido y no contestan al teléfono.
- ¿Porque no acabó como debiera? que dices eufemísticamente, hubo más que palabras, ¿a que sí?
- No merece la pena ni hablarlo, fue una travesura de Alicia, que no llegó a nada. La chica quiso alegrarme el disgusto a base de caricias y no era el momento, además en presencia de mi hijo, tú verás…
- Bueno, pero cuéntame lo de Marta.
- Fue una especie de encerrona – no paraba de mascullar entre dientes haciéndose lenguas del incidente – aunque ella dice que fue sin meditar y surgió así. No me ha dado detalles, ni yo se los he pedido, pero fue después de una noche con unas amigas de siempre en la que al parecer – pienso yo que tuvo que ser así - el alcohol y las tontunas hizo que le viese la punta al sexo de compañerismo y acabo viéndose envuelta en una sesión publica de sado que le ha debido trastornar. Yo supongo que algo como cuando cuatro púberes descubren el valor de un orgasmo con eyaculación y exploran el masturbarse mutuamente a ver que tal, si mejor o peor, solo que ella ya peina canas, joder, y no es momento de experimentos.
- ¿Qué sabes de la vida de Marta, antes de que tu la conocieras? – su voz le cambió y era ahora sería y académica – porque yo te aseguro que una mujer rondando la cincuentena si no tiene en su armario algún cadáver con faldas escondido no es probable que empiece una singladura de la que no conoce el puerto de destino. ¿Sabes realmente algo de ella de su vida anterior?
Tenía razón. Después de la primera sorpresa y risas por la impresión, Antonio, que de tonto no tenía nada, ponía las cosas en su sitio. Nadie descubre sus inclinaciones sexuales verdaderas de la noche a la mañana mediados cincuenta años desde su alumbramiento y si las descubre, las sepulta en la sentina mas secreta y profunda de su conciencia porque hasta a uno mismo se escandaliza de sus pulsiones, ¿me estaba pasando a mí? La tal Sebas solo tuvo que tocar el resorte adecuado para que tuviese que saltar al primer plano sus verdaderas tendencias largos años aparcadas por falta de arrojo o de oportunidad y que llegan a ser tan intensas y necesitadas de luz y color que saltan sin posible contención como se revienta una presa cuando acumula agua que ha llegado a lo largo de años mansamente pero se desborda con violencia incontrolada en un solo momento.
De Marta solo llegué a saber que venía de una relación que le hizo mucho daño y que estaba escarmentada de todo. Es verdad que la primera vez que la encamé, estaba tensa como cuerda de piano y poco imaginativa, más bien fue un bloque de mármol, pero entre mi rijo habitual y que supuse que los nervios de la primera vez conmigo no la dejaban tampoco producirse espontáneamente, no le di demasiada importancia. Pues parece que si la tenía.
- ¡Eh! Que yo sigo aquí – delante de mi ojos agitaba sus manos Antonio – que si sabes algo de Marta de antes de conocerla.
- Perdona. Estaba pensando precisamente en eso. Lo cierto es que no, salvo que ella venía de una relación que le hizo daño y nada más.
- Y no sabes si esa relación era una o uno.
- Pues no. Supuse que era un hombre, ¿por qué habría tenido que pensar que era una mujer? ¡Es que hay que ver que retorcidos sois!
- Pues mal hecho, maricón, por que era una tía.
- ¡Joder, Antonio! Que no me vuelvas a decir eso – intento disculparse pero ni le dejé – ni en broma. Te he dicho muchas veces que yo no soy maricón, ni a mi edad ya creo que vaya a serlo por mucha ilusión que a ti te haga.
- Pero un poquito gay si que eres, lo de tu Alicia…
Le fulminé con la mirada. La sangre se me subió a la cabeza y regresó incontinente hasta los puños que reclamaban expresarse violentamente. Antonio lo comprendió y se disculpó.
- Era una broma nada más, hijo, no te pongas así, cualquiera sabe que tu eres muy macho, que se lo pregunten a la promoción femenina de la facultad, yo creo que no dejaste ni una sin picar, aunque alguna te dio una buena manga de hostias y no me vayas a decir que es mentira – dejo un espacio de silencio para darme la oportunidad de defenderme - Vaya, vaya con Martita – cambió de tercio y yo se lo agradecí – con lo morigerada que era; te he de confesar que a mi me la pegó, lo llevaba la mar de bien y mira que a mi no se me pasa una bollera, que las huelo de lejos, pero Marta debía ser de la secreta, ¡joder con Martita! Después de todo, me has alegrado el día y me has hecho olvidar lo de Rony que, ¿sabes que estoy pensando? Que ya cerca de los treinta estaba reclamando sustituto, uno así como mas chulazo, menos sofisticado, más canalla, que este Rony empezó bien, pero fue refinándose y a lo último ya no era lo que fue cuando lo recogí del arroyo, que se notaba por ultimo que le gustaban ya las colitas cuando al principio le daban asco. Ahora voy a ir por uno chulazo de verdad, algo excitante, que se note que no le gusta mas que el dinero y las tías y que cuando me siente la mano no se ande con remilgos, ni se deje tocar. Uno serbio o de esos violentos del éste.
- Ten cuidado a ver si te buscas un problema en lugar de un chapero.
- A mi edad lo más excitante son ya los problemas, el resto se compra con dinero. Necesito un chaval de unos veintidós, violento, ladrón y despreciativo, insobornable en sexo y que pase el trago de violarme por la pasta. Da gusto después ver como poco a poco el dinero, el lujo y la posición les va corrompiendo hasta que caen en las redes del vicio y acaban por ponerte el culo – y en este punto se echó a reír nervioso como pillado en falta – bueno no debiera decírtelo, pero ya que se ha ido con la viejarranca esa de los millones, que se joda. Rony me trajo hace unos meses un dildo medianito para que lo usase con él y poder después zumbarme por hacerlo, pero la realidad es que cuando le clavaba el artilugio se empalmaba y sin sacárselo me obligaba a felaciones largas y que si eran placenteras para mí él las disfrutaba más que yo. Me decía que si alguien se enteraba me iba a matar, ahora ya da igual, a ver quien le mete ahora el consolador al maricón. Por eso te decía que antes o después todos se corrompen y acaban gustando de los placeres del sexo allá donde aparezca cualquiera de sus manifestaciones. Todos somos las dos cosas, desengáñate.
- No generalices. Tú eres un vicioso y lo que tocas lo vicias, pero no todos somos así. Y ahora tengo que dejarte – en mi bolsillo vibraba el móvil.
- Espera, hombre, espera – me gritaba mientras me alejaba en dirección contraria con celeridad para poder recibir la llamada, que en lo más profundo de mi ser deseaba que fuera de Marta. Doble una esquina y descolgué.
- ¿Sí? - Dije temeroso de quien pudiera ser.
- Papa, soy Ramón. El vecino ese tan simpático que tengo me ha dicho que estuvo un hombre preguntando, él dijo aporreando de forma maleducada, la puerta, y supuse que solo podrías haber sido tú.
- Si, Ramón, que alegría escucharte. He llamado varias veces a tu casa…
- Hemos ido al hospital…
- ¿Te ha pasado algo, te encuentras bien?
- No, no es por mí, es por Alicia. Le van a hacer las pruebas preliminares para la operación y la he acompañado. ¿Por qué no te vienes a casa y comemos aquí? Alicia va a pasar la noche en el hospital y como no está mala ni nada, no necesita que haya nadie de noche y además tú estás igualmente solo.
- Si te parece, tengo alguna cosa que hacer, me paso esta noche y ya cenamos y podemos hablar y tomarnos algo.
- Venga papa, estupendo, y si quieres te quedas a dormir, que solo en tu casa tienes que estar peor.
- Bueno, eso lo discutiremos tú y yo luego.
No sabía porqué tuve que demorarle la cita, quizá me relajé al saber que no le pasaba nada, fue impulsivo. En realidad no tenía nada que hacer, pero quería meditar en soledad sobre lo que acababa de descubrir gracias a que Antoñito me había abierto los ojos. Marta siempre fue, como poco, bisexual y tuve la mala ventura de que se topará en mala hora con una lesbiana con ganas de enredar. Quizá ella tenía ese carácter y esa forma de sexo porque le asqueaban los hombres y conmigo solo tenía un modo de vida al que se había hecho, como el condenado a cadena perpetua a su celda. Continué camino sin rumbo pero unas caderas meciéndose al compás de mi mirada me sacaron del ensimismamiento y me devolvieron a mi identidad. Era yo otra vez. Seguí las caderas sin importarme a que mujer pertenecían, edad, cara, condición; eran nada más que un objeto animado que tenía la virtud de despertar en mi, pulsiones casi olvidadas e incluso temiendo a veces que desarraigadas en vista de ulteriores acontecimientos. La falda de un tejido parecido al raso, que se ajustaba a las rendondeces de las nalgas y resbalaba sobre ellas con el acompasamiento de la marcha me hacía imaginar que era mi glande el que resbalaba por entre semejante lisura y eso despertaba una erección impaciente y reveladora de mis intenciones. El paseo del que perdí la noción del tiempo que estaba durando, termino en el vomitorio del suburbano. Un estremecimiento y una alegría interna me hicieron brincar el alma. Una vez más el Metropolitano como marco a mi lujuria, como base de todas mis lubricidades, las normales y sanas, no todas aquellas morbosas y anormales que me habían estado acechando durante las últimas horas. Todo se recolocaba otra vez.
No podía quitar la vista de aquella falda danzando ante mis ojos que me llevó hasta un anden repleto de gente que iba o regresaba donde fuese y que sin quererlo se iban a convertir en cómplices míos. Cuando el convoy llegó entre resoplidos y aullidos metálicos supe colocarme a su espalda y fue ese primer instante en que aquellas caderas que me tenían hipnotizado revelaron que llevaban una cabeza con una hermosa cabellera roja fuego que se giró para lanzarme una mirada de reconocimiento y lo que creí que se trataba de una  sutil sonrisa de aceptación de mi envite. Una vez vaciado el vagón de viajeros, entramos los que esperábamos; ella delante, yo, incontinente, detrás de ella, intentando no rozarme, esperando que fuese la estrechez propia del vagón la que diese coartada a la presentación de mi sexo más turgente ante su nalga firme y cercana. Efectivamente y como yo suponía, al desbordarse la marea de carne sudosa, empujó y empujó hasta que no tuve más remedio que estrechar mi cuerpo contra la espalda de la pelirroja y hacerla sentir cuan dura tenía mi  entrepierna. Me dio la impresión que en un principio ella intentaba retirarse para de forma inmediata saber que ella hacía presión sobre mí lo que me obligó casi a intensificar, ahora si de forma voluntaria, la presión sobre su nalga que era dura al tacto. Volvió a girar la cabeza mirando sobre su hombro y al hacerlo entreabrió los labios carnosos sin decorar, pero rojos de vida y deseo tras de los cuales se apreciaba una hilera de marfil regular y  blanquísimo. Estaba a punto de estallar y fue cuando ella comenzó a hacer movimientos imperceptibles a un lado y otro masajeando aquel objeto duro que impactaba en su cuerpo y no pude aguantar más; acerqué la mano a la carne e hice presa en ella. Casi de forma simultanea ella bajo su mano y retiro la mía para desplazar la suya esta vez hacia mi cuerpo y rozar el glande a través del pantalón que ya gritaba por compasión poder salir y culminar. Fueron dos suaves roces y comencé a eyacular intentando contener los espasmos. Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación aún estaba saliendo semen de mi pene y la mujer se volvió para mirarme a los ojos y decirme al oído antes de irse definitivamente de mi vida.
- No eres más que un conejo que no vales más que para pajearte.
Las puertas del vagón volvieron a cerrarse después que se volviera  a llenar de viajeros y me vi embutido entre trabajadores que volvían o iban, con una mancha respetable en el pantalón y el deseo no solo intacto, sino más intenso aún, con la honrilla mancillada y la furia pintada en los ojos. Me había corrido, sí, pero el deseo se había nutrido de la afrenta y solo bramaba por dentro ahora por poder metérsela a aquella zorra para que supiese que clase de hombre era yo.
En la siguiente estación salí mezclado entre la gente y como pude me fui cubriendo para disimular el desaguisado. No estaba lejos de la casa de mi hijo y otra vez en la misma situación. Era como si una maldición hubiese hecho de mi cuerpo su aposento, la segunda vez en pocos días que llegaba a casa de mi hijo emporcado de semen, menos mal que no estaría Alicia.
Todo lo que estaba sucediendo en los días que estaban pasando era muy raro, todo se enredaba y complicaba sobre todo sin que yo me buscase problemas. Es que ya ni mi especialidad, que era los contactos furtivos sacados del Metro que tantas y tan buenas jornadas cinegéticas de sexo me habían reportado servían para poco más que para hacerme sentir como un paleto zafio y torpe, grosero hasta la nausea, que no era capaz ni de terminar de forma correcta un contacto.
Estaba cerca ya de la casa de Ramón cuando tintineó el móvil. Supuse que era mi hijo y al sacar el aparato, como estaba medio enmendado con papel adhesivo y yo estaba irritado y nervioso por lo que acababa de sucederme se me escapó, cayó al suelo, se desengualdramilló y dejo de existir. Si era Ramón cuando llegase a su casa en unos minutos me enteraría. Retiré la tarjeta SIM del cadáver de teléfono y deposite sus restos en una papelera no sin cierto remordimiento ecológico por lo de la batería, que encima era nueva, pero estaba yo como para delicadezas al uso; el mundo entero se me derrumbaba y cuando lo creía medio enderezado un vendaval pelirrojo de un papirotazo, que podría tildarse de hasta rumboso y ocurrente, me lo dejaba para el arrastre.
Llegué a casa de Ramón agotado de tanta incidencia y derribo. Me abrió la puerta, contento y acogedor. Al menos por ahí las cosas discurrían por su cauce.
- Pasa papa – me dio dos besos.
- Me tengo que cambiar, ¿tienes un pantalón por ahí? – estaba incomodo y no podía seguir como estaba.
- ¿Qué te ha pasado, te has meado encima? – Se me quedó mirando un instante a la bragueta y continuó con una sonrisa considerada y entrañable - ¡papa! Eres incorregible, pareces un adolescente, ¡otra vez!, ¿como ha sido?
- De gilipollas. Una tía muy buena que me ha dado cancha en el Metro y luego se ha cachondeado de mí, pero no he podido dejar de correrme como un chiquillo.
- Venga, ven por aquí, te duchas y te pones un pijama y ya te quedas a dormir aquí. Tu solo, yo solo, qué mejor compañía podemos tener.
Me duché tranquilo y al salir me sentí limpio y feliz de poder pasar la noche con Ramón. El pijama era de pata corta y amplia como correspondía a una prenda que debía ser cómoda. La parte de arriba camisera, fresca y agradable al tacto. Me resultaba confortable porque los genitales quedaban sueltos y libres para moverse dentro de la tela porque el pantalón carecía de cualquier malla para contener esos órganos; esto a mí, que era tan sensual, me resultaba estimulante. Noté como el miembro adoptaba un tamaño acorde con su nuevo acomodo pero sin erección en absoluto, era agradable en una palabra sentir las bolsas y el pene colgar libres rozando a cada paso los muslos.
Cenamos en la sala donde horas antes yo había tenido mis más y mis menos con Alicia. Sentados los dos en el sofá tomamos unas cervezas con algo de queso y fiambre. Después Ramón me sirvió un güisqui y para él vodka.
- Nunca me ha gustado el güisqui, papa, muy dulzón para mi paladar. El vodka sin embargo es como más recio, más sincero, no te engaña con el paladar, es seco y sabe a alcohol, sabes que si sigues te emborrachará, con el güisqui hasta que no estás a gatas, no te das cuenta de su potencial emborrachador.
- Nunca te gustaron los engaños, lo se – asentí al tiempo que bebía de mi vaso – pero a veces no está de más una mentirijilla que otra, digamos que como enlace entre dos verdades, para dar coherencia al relato.
Se me quedó callado sin apartar su vista de mis ojos, sonriéndome como solo él sabía hacerlo. A mi me derretía esa sonrisa, era la misma desde que cumplió los seis meses de vida y jugueteaba en la cama con el vello de mi pecho. Al cabo me sirvió un vaso más.
- Y me siguen sin gustar los engaños y procuro no solo ya no engañar, sino que dé la impresión de que no quiero engañar a nadie – lo decía mientras se servia otro vaso él también – Me gusta estar contigo a solas papa, me resulta entrañable. Te eché mucho de menos siempre; la abuela, bien, se ocupaba de mí, pero tu olor, tu presencia, tu voz, tus cosquillas… ¿Sabes? Dejé de tenerlas al poco de dejar de verte. Hasta te odié por no preferirme a Marta, luego soñaba contigo y lloraba tu ausencia, se me hizo duro renunciar al tacto sedoso del vello de tu pecho, a tu estampa saliendo empapado de la ducha. Te quiero, papa.
La mirada que me dirigió a continuación a mi entrepierna sin mudar el gesto, sin mala intención, inocente, solo bajando los ojos hasta impactar en mi cuerpo me dejó sin respiración. Yo no me había dado cuenta, pero en la posición en la que me encontraba con una pierna flexionada y apoyada de lado sobre el sofá, los genitales se salían por la pernera y reposaban mansamente en todo su esplendor ingenuo sobre la tapicería del asiento.
- ¿Que pasa? – le pregunté escamado de tanta insistencia en la mirada, al tiempo que miraba yo para interesarme por la razón que le impulsaba a no quitarme ojo del pantalón.
- Nada – y en ese momento caí en la cuenta de su interés por lo que me coloqué en una postura más discreta – me estaba fijando bien en tu pene y en tus bolsas que con las diferencias de edad son un calco de las mías. Yo tengo quizá el pene algo mas grande, quizá cosas de la edad o la alimentación, y el vello más espeso y negro pero…
Y con la mayor naturalidad se bajó su pantalón de pijama para enseñarme sus genitales.
- Ramón, por favor, te los he visto muchas veces, ya está bien, soy tu padre, ten un poco de respeto.
- ¿Qué respeto?, yo no te lo estoy faltando, es solo mi cuerpo, que soy yo mismo.
Terminó de sacarse los pantalones y se quedó desnudo de medio cuerpo, a pesar de mi recriminación, apurando su vaso de vodka sentado frente a mí sin el más mínimo asomo de pudor. Yo no podía evitar sentirme incomodo delante de su descaro pero sin embargo me escandalizaba más la sensación de vértigo que me inundaba el pecho, el gusano ebrio que se retorcía en mi estomago y se estrellaba contra mi bajo vientre haciendo que iniciase una erección lenta pero inexorable. No entendía el porqué de aquella respuesta de mi cuerpo, pero estaba alarmado, la boca se me secaba y apuré mi vaso de güisqui de un trago. Me tranquilizó el trago, pero la erección no se detuvo al punto de que el glande comenzó a asomar por fuera de la pernera del pijama, levantándola. No se escapó el detalle a Ramón que dibujo en su cara una amplísima sonrisa echando mano de la botella de vodka para escanciarme en  el vaso.
- Quiero que pruebes el vodka ahora y sientas la sinceridad de un alcohol sin doblez, es lo que necesitas en este instante para hacerte pasar el mal trago por el que estas pasando. Tu cuerpo es sincero como un niño y solo expresa sus deseos con candidez pero contundencia.
No sabía que contestar y tampoco tuve los redaños suficientes para oponerme, cuanto más deseaba que desapareciese de mi cuerpo el pene, más grande y turgente se tornaba. Tome el vaso y bebí. Quemaba la garganta y caía en el estomago como fuego ardiente arrasándome el alma, pero reconfortando el cuerpo. La cabeza empezó a ponérseme espesa y ligera a un tiempo; sentía mi pene pesar cada vez más y observé como el de mi hijo engordaba por momentos también. No podía estar pasando, no podía sentir el deseo que estaba sintiendo, pero era lo que estaba sucediendo y lo que era peor no era capaz de oponerme, lo deseaba sin más, la voluntad se deshacía en la sopa de alcohol consumida. Las palabras empezaron a fluir de mi boca con plena autonomía sin control de mi mente, hablaba un Cesar al que yo no conocía pero que me era muy familiar.
- ¿Soy gay, Ramón? Me apetece tocarte y acariciarte y yo no soy, o no sabía que podía ser así – mi pene se hacía más duro por momentos y reclamaba silencio y pasar a la acción – ya se que soy un degenerado, pero, ser gay es mi mayor preocupación. ¿Soy maricón? no me lo puedo creer.
- Serás gay si antes me defines que es serlo – se acariciaba su pene sin recato haciendo resbalar lentamente la piel sobre el capullo sin dejar de hablar - ¿Qué es ser gay, papa, tu me lo puedes decir ahora que estas sintiendo esta pulsión? Me deseas, ya lo sé, pero hasta donde me deseas, tocarme solo, masturbarme, hacerme una felación, quizá penetrarme. Además de todo tendrás que asumir el incesto, aunque eso será otra cuestión. ¿Dónde pones el límite para etiquetarte de gay? Ser gay no es más que ser ingeniero o médico, ¿se puede dejar de serlo?, podrás dejar de ejercerlo o no haberlo ejercido nunca, pero solo eso. El que tú hayas estado toda tu vida haciendo sexo con toda mujer que se te haya puesto a tiro no quiere decir nada más que hasta hoy no se han dado las circunstancias adecuadas para que puedas expresarte como gay. No se es o se es, sencillamente se conduce uno guiado por aquello que uno supone que va a proporcionar placer y satisfacción sin reparar en que pueda ser aprobado o no por la mayoría. Si no perjudica a nadie, ¿a quien le puede importar? No seas más rehén de los prejuicios de una sociedad que le horroriza cualquier cambio en el paso de su marcha, no sea que se le desorganice el desfile y se acabe el espectáculo que, felices, cuatro aprovechados contemplan mientras se dedican a practicar todo aquello que en ti denigran.
Estaba mareado y sin saber cómo me puse en pie y me quité el pantalón y la chaqueta del pijama yo también para volver a sentarme en el sofá frente a Ramón. Estaba entregado y deseaba quedarme desnudo delante de Ramón, quemarme en aquella hoguera que, sin querer, acababa de encender, pero no podía entregar la plaza sin más, la honrilla había que salvarla,  aunque desease el cuerpo de mi hijo como el naufrago desea el agua dulce.
- No se contestar, hijo, solo sé que deseo el contacto de tu piel, el roce de tu pene con el mío y pienso que hace solo minutos estuve rozando ese mismo pene contra las nalgas de una mujer de bandera y me corrí sin poder controlarlo y ahora deseo lo contrario.
- ¿Lo contrario? No es más que otro roce lo que deseas, solo que antes era una nalga y ahora un pene, ¿donde está la contrariedad? – Se quedó muy serio mirándome como él que va a reprender a otro por alguna mala acción – bésame el pene y acaba con las contradicciones, disfruta de tus deseos en lugar de luchar contra ellos, paladea el sabor de la libertad.
Al escuchar su voz segura y firme imperando en mi cabeza supe que no podría oponerme a sus deseos, ni yo a mis designios. Deseaba besar a mi hijo el pene y no me iba a reprimir. Mejilla, pene, ¿Qué los hacía diferentes?, los dos eran de Ramón. Suponía que debería darme asco o nauseas, pero en cambio me producía el pensar en ello, deseo de realizarlo y consumarlo hasta las heces.
A cámara lenta me veía yo como si fuera un observador neutro desde fuera, echarme hacia delante bajando la cabeza con los ojos semicerrados buscando más con el olfato que con la vista el sexo de Ramón; éste, recostado en el sofá, basculó las caderas hacia delante para facilitarme la labor. En el momento que mis labios tomaron contacto con la seda del glande de mi hijo creí que mi cabeza y mi pene iban a explotar. De forma espontánea, sin proponérmelo ni tenerlo premeditado asomé la lengua entre los labios y la rocé suavemente por el orificio del glande humedeciéndolo de saliva, tuve la impresión de haberlo estado haciendo toda la vida, luego mis labios se abrieron como una flor de loto y abarqué entre ellos la punta del pene de Ramón que soltó un gemido de placer que hizo que el goce mas dulce, como jamás había sentido, se resumiese en la punta de mi verga lo que me llevó a seguir perseverando en la introducción del fuste del miembro de mi hijo hasta donde pudo penetrar sin provocarme una nausea. Sentí las manos de Ramón sobre mi cabeza acariciándome los cabellos y un suave balanceo de sus caderas que hacía que su pene fuese una especie de biela dentro de mi boca. Me sentía feliz, estaba entregado, mareado y entregado y deseaba cualquier cosa que él desease. Después de unos momentos excelsos de placer para los dos, Ramón hizo intención de salirse de mi boca, se detuvo en su vaivén y me dijo que si seguía terminaría por correrse y eso iba a ser demasiado para la primera vez.
Solté mi presa que quedó a unos centímetros de la boca y en ese momento me acordé de que no hacía ni un día que había bebido mi propio semen de la fuente de la vagina de Marta. ¿No era el semen de mi hijo como si fuera el mío?
- ¿Tú quieres derramarte en mi boca Ramón? Estoy dispuesto y lo deseo si tu lo deseas – me salía una voz ronca de la lascivia y el deseo que me embargaba y sorprendía a la vez.
- Estaría encantado de correrme en tu boca papa, pero no crees…
No le dejé terminar. Volví a introducirme el pene en mi boca y como si de un experto se tratase comencé a disfrutar con todo mi cuerpo. Al poco sentí como la pelvis de Ramón se apretaba contra mi boca, sus manos oprimían mi cabeza y comencé a saborear un líquido algo salado, muy parecido en sabor al mío que de repente comenzó a salir con más fuerza hasta llegar a impactar en mi garganta. Lo tragué al principio con prevención y finalmente completamente entregado, con avaricia hasta que él dejó de hacer presión y yo de succionar. Quedó exhausto con los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre el respaldo. Yo lamiendo el fuste de su pene deseando que aquello no se hubiese acabado nunca.
Transcurrieron unos interminables minutos en los que yo continuaba lamiendo delicadamente el glande de Ramón a lo que el respondía con suaves estremecimientos para finalmente sujetarme la cabeza y apartármela de su sexo.
- Ya no puedo más, papa, está bien. He gozado como hacía tiempo que nadie me hacia gozar Bueno, no te enfades, pero Alicia lo hace un poco, pero solo un poco mejor que tu. Me ha dado la impresión de que lo has hecho toda la vida.
- Esa impresión he tenido yo – le contesté sonriendo, taladrándole los ojos con los míos.
Me miraba sonriendo él también al tiempo que me hablaba y jugueteaba con mis cabellos. Me halagó que me dijese aquello y apoyé enternecido la cabeza en su regazo y continué besándole el pubis, entre el vello azabache brillante y espeso que olía a hierba luisa y a canela. Estuvimos en esa posición bastante tiempo sin hablarnos; creo que el se llegó a dormir abandonado a mis caricias y a la relajación del orgasmo reparador, yo no cese en explorarle su bajo vientre y su miembro que ahora ya fláccido reposaba rendido sobre su muslo derecho. Me veía ahí con mi cara entre las piernas de mi hijo y me parecía la situación mas normal y liberadora del mundo, me sentía feliz y libre, mi corazón me decía que era eso lo que debía hacer y gozaba con ello. El pene de Ramón reposando en su pierna era la metáfora de la tranquilidad y la quietud. Comencé a besarlo impulsado por mi propio sexo que aún no se había consumado. No tenía idea del tiempo transcurrido desde su eyaculación pero él parecía dormido y yo disfrutaba besando y lamiendo ese trozo de la anatomía de mi hijo que a impulsos del roce de mi legua y labios volvió a cobrar vida y a crecer hasta volver a alcanzar el tamaño anterior. Estuve lamiendo y ensalivando su glande mucho tiempo con exquisita suavidad sin sentirme apremiado por obtener de él otro orgasmo, es más, no deseaba que se despertase, prefería tenerlo para mi entero así, desnudo, para mi goce, mi juguete.
Sin saber bien de que manera y sin abandonar mi presa empecé a rozar mi propio sexo entre mis muslos y no trascurrió ni un minuto antes de que sintiese que alcanzaba, de seguir así, el orgasmo. Preferí retenerme y seguir gozando, no quería que terminase todo por venderme a un placer efímero; era infinitamente más placentero seguir acariciando a mi hijo que experimentar un clímax que se consumía en si mismo acabando con la magia que habría deseado que se prolongase al infinito.
- Creo que me he dormido – me habló Ramón sin levantar la cabeza de donde la tenía reposada ni variar su postura – me has dejado tan bien que ya ves. ¿Tú has llegado a correrte también?
- No, yo no he querido. He preferido que se mantuviese el milagro de tu cuerpo entre mis brazos, la magia de tu piel entre mis dedos, que se prolongase el pecado del incesto, del sexo con mi hijo, que deseaba sin saberlo, que he estado buscando desde siempre entregándome, ciego, a todo tipo de lujuria para poder encontrar este paraíso de dulzura, libertad y trasgresión real. Soy un apestado para los demás y para mí mismo por haberlo hecho, pero me hace feliz haberlo hecho y si tú quieres, volveremos a repetirlo.
- La característica primera de esta sociedad nuestra es la hipocresía. Tu has descubierto hoy que el tabú del incesto no tenía detrás más que humo, como esas mascaras horribles y esos muñecos nauseabundos que se colocan para asustar a las gentes y que no pasen de esa linde. Has gozado conmigo y yo lo he hecho contigo, porque los dos somos mayorcitos y a los dos nos ha apetecido y repítetelo, no eres un apestado, no hay detrás de lo que hemos hecho nada más que el placer que hemos querido libremente darnos. Ahora papa eres más libre y yo también. Y ya verás, en cuanto Alicia esté recuperada haremos lo que ya te propuse, los tres, disfrutaremos de lo lindo.
- Pero, ¿se lo vas a decir a Alicia? Ramón, hijo, esto me sobrepasa, es humillante, no se, estoy confundido…
- Lo comprendo, es un choque tremendo, pero acéptalo, lo has hecho, lo hemos hecho y hecho queda, has disfrutado y me has hecho disfrutar, lo demás no es otra cosa que abuso del grupo sobre el individuo que le corta las alas para que sea consciente de su limitación y convencerle de que fuera del grupo, la vida, la existencia misma, es imposible. Te has saltado la norma, felicítate por el arrojo, tienes la marca de Caín, de la juventud, el empuje, el espíritu de frontera, has derribado un muro espeso y alto, eres joven papa, lo serás siempre, errante por un mundo que ya siempre será tuyo aunque lo renuncies. Ya eres inmortal.
No tenía idea de cómo convencerle de que lo que habíamos hecho era intrínsecamente malo, porque quizá yo no podía demostrármelo. Era una ley no escrita y en algunos sitios hasta demasiado bien escrita con la sangre de los sorprendidos en el acto, pero algo muy profundo me decía en mi interior que no, que no era así. Pasaba que yo fuese un adultero y mentiroso, entraba dentro de las normas que estaban hechas para ser saltadas y dar coherencia al sistema que por otro lado era capaz de defenderse, pero esto era demasiado serio. ¡Con mi propio hijo!
A medida que pasaban los minutos mi excitación disminuía hasta que encontré rechazo en la cercanía de Ramón. Con la fuerza de un viento de levante se me derribaron todos los endebles sombrajos que había puesto a mi corazón para que la luz de la verdad intuida más que razonada, no iluminase y me permitiese ver la aberración cometida. Sentí vergüenza de pronto de estar delante de mi hijo y de mi mismo al verme desnudo frente a él. Ramón sin embargo me miraba divertido, con el descaro y la ingenuidad con que solo sabe mirar la juventud desde el pretil de su inexperiencia, desde la atalaya de su inmortalidad. Yo ya era perro viejo y no necesitaba de demostraciones académicas ni explicaciones sociológicas para saber qué estaba bien y que no. En mi, habitaba ya el tiempo del corazón que empuja la lagrima fácil, tiempo ha, la mente había dejado de serme útil para juzgar mis actos. Por mucho que yo quisiera hacerme el recién llegado y mirar hacia un lado conveniente, había caído en la trampa de mi vicio del que siempre pensé que era un buen garañon desbocado que me haría correr mil y una aventuras sin trascendencia, pero al que sujetaba fuertemente las riendas, cuando la realidad, ahora lo comprendía, era que me acababa de derribar en medio de un desierto de arenas movedizas y poco a poco, de forma angustiosa me estaba hundiendo. Con el corazón aterido de miedo me levante de un salto del sofá y me vestí con el pijama.
- Me tengo que marchar, Ramón, mi ropa…
- ¡Papa! No seas tan carca, que pareces tridentino – el no se cubría, parecía gozar enseñándome su desnudez – no seas…, quédate con mi cama, yo me quedo en el sofá.
- Ramón, por lo que más quieras, dame mi ropa – intenté adoptar una entonación firme y severa, quería marcharme.
- Como tu quieras, pero no creo… - en su voz había desconcierto, no entendía que había sucedido – no se que mosca te…
- Ya está bien con lo que esta bien – no quise dejarle que banalizase lo que para mi se convertía ya en tragedia insondable - no te culpo de nada, hijo, toda la culpa ha sido mía – descubrí que era incapaz de mirarle a los ojos - porque mía era la obligación como padre de hacerte entrar en razón, pero la lujuria no conoce de sexo, ni de educación, ni de macho o hembra, es lujuria y cuando se desboca ensucia hasta lo más sagrado y salpica hasta altura de convicciones o de moral – callé un momento porque hasta escucharme a mi mismo me daba vergüenza - es lo que pienso y en lo que me crié, estoy tan avergonzado de todo que no se si podré volver a ponerme delante de ti.
- ¿Pero no estabas tan feliz? – hizo un último intento de hacerme razonar a su manera buscándome, él si, mis ojos, que esquivaban los suyos.
- Basta – me volví de espaldas, no soportaba ya su presencia -  Mi ropa.
Se levantó sin recato alguno ante mí, exhibiendo su sexo rotundo y desinhibido, queriendo forzar que el instinto me volviese irracional y me lanzase por la senda del deseo más lubrico y antinatural. Le di la espalda en todo momento con la mirada humillada que era necesario violentar, porque mi querencia era volverme hacia él y estrecharlo contra mi cuerpo, pero me contuve, él debió caer en la cuenta de que mi decisión era irrevocable y fue en busca de mi ropa que esperaba ser lavada. La traía hecha un rebujo.
- Mira como está. ¿Así vas a salir a la calle?
- Ya sabes lo del color de los gatos y la noche – le dije mientras le quitaba la ropa de las manos – me voy a cambiar al dormitorio, si no te importa.
No dijo nada, solo un gesto de impotencia con los brazos, al tiempo que se dejaba caer en el sofá con las piernas abiertas. En un último rasgo de debilidad miré hacia él y en una ráfaga instantánea, casi robada la ojeada, quedó grabada en mi memoria la estampa magnifica de su bajo vientre fresco, enmarañado en antracita y descarado con unas bolsas prietas, vestidas de suave vello y adosadas firmemente a un miembro al que solo le faltaba un leve empujón para adquirir todo su esplendor eréctil.
Salí de la casa de Ramón con la imagen del centro del cuerpo de mi hijo hiriéndome la retina. No veía sus piernas o su cabeza, solo la parte que al parecer le importaba a mi lujuria, la que me obsesionaba. Pensé en Marta y me dije que yo no era mucho mejor que ella. La juzgué muy rápidamente por haberse ido con otra mujer cuando a mi solo me falto tiempo para enredarme no solo con un hombre sino que ese hombre era mi hijo. No sabía si podría soportarlo, había saltado la linde de las normas de la especie o de la cultura o de lo que fuese y la sombra del castigo me iba a perseguir y a torturarme hasta que expiase esa horrorosa culpa que se hacía carne en mi.
De repente me detuve en medio de la noche, sobre la acera, con las lágrimas amargas quemándome las mejillas y abriendo surcos en mi alma para que la semilla del dolor enraizase y no me dejase vivir nunca más en paz. Y en medio de tanto dolor, de tanta desesperación aún me planteaba en otro trozo de mí si no debería volver sobre mis pasos, tirarlo todo por la borda y ahogarme en mi propio asco hasta consumirme de vicio. Era tal la intensidad del deseo que ni el ansia de morirme como única manera de expiación era capaz de hacerme arriar el deseo expresado en forma abultamiento del pantalón. Me estaba volviendo loco y ya me veía sobre mis pasos dispuestos a entregarme a lo que mis instintos me pedían.
La calle estaba desierta, era una hora avanzada sin que aún fuese de madrugada. A lo lejos se escuchaban los trajines de los servicios de limpieza y el canto grosero de las mangueras baldeando las calles. Caí en la cuenta de que quizá aquel querer volver se debía a que no me había desahogado aún, y ni me lo pensé. Miré a un lado y otro, más como forma de convencerme a mí mismo de que tomaba precauciones que de constatar que nadie iba a percatarse de lo que ya, estaba decidido a hacer. Me acerqué a un árbol, me recordé a un perro marcando territorio y me desabroché la bragueta. Fui rápido, solo una docena de frotaciones, y el semen impactó contra el tronco del árbol resbalando al alcorque en forma de gruesos goterones. Me sorprendió que aquella eyaculación no se acompañase de placer sino de dolor, los calambres incómodos y dolorosos que acompañan siempre a la masturbación cuando se la fuerza a manifestarse sin estimulo plausible. Pero fue, a pesar de ello un lenitivo. Sentí como si me abriesen la válvula de seguridad y la presión desapareciese de dentro de mi alma, conservando el poso sucio de la culpa. Miré otra vez en derredor de mí, esta vez sí, con el temor de haber tenido publico que hubiese podido contemplar mi triste espectáculo cerciorándome de que seguía solo, como lo había estado siempre, comprendía ahora, por mi egoísmo. Mi vida había sido solo eso una perpetua masturbación en publico, deseando que lo hubiese, pero temiendo que lo hubiera, sintiéndome solo y reclamando atención de los demás sobre mi soledad, una vida triste y solitaria. Me calcé mi sexo goteando aún fluidos y me abroché.
Tenía razón, se me desinfló la lujuria y sin pensármelo inicié la andadura hacia casa. Vi pasar un taxi libre y de forma instintiva eché mano a la cartera, comprobé que tenía dinero y salí a la calzada esperando que pasase otro más. No pasó ni medio minuto hasta que apareció la lucecita verde en lontananza.
El taxista se sentía solo y quería entablar conversación. Yo no me sentía solo, estaba solo y no tenía ganas ni animo para hacerme próximo a nadie. Deseaba sentirme egoísta, ya que era carne de soledad.
- Perdone, pero no me encuentro muy bien.
- No me irás a potar, ¿eh? – y comenzó a reírse de una forma estupida y floja. No le hizo ninguna gracia que no le siguiese su chanza porque se cayó y no volvió a abrir la boca hasta que se detuvo frente al portal de mi casa y me cantó un importe de malos modos.
Ni me molesté en contestar. Pagué lo que me pidió, sin saber si era o no correcto y procuré dar un buen portazo al salir. Me vengué, de él, de mí y del mundo en aquella pobre puerta. Necesitaba sentirme desalmado y mala persona ya que me había comportado como alguien sin escrúpulos, vendido a sus pasiones nada más y sin importarme si hacia daño o no a la persona que más quería del mundo. Y al pensar en que quería a mi hijo no podía por menos que volverme a sonrojar delante de mi conciencia, porque aquella pequeña palabra encerraba unos actos perpetrados contra él, aunque a él le agradasen, que la desvirtuaban en mi boca. Nunca podría volver a decir que quería a mi hijo sin pensar si lo decía haciendo participe al sexo o lo expresaba de una forma limpia y desinteresada.
El taxista protestó a mis espaldas y sin hacerle el menor caso me sepulte en la oscuridad del portal sin pulsar la luz, en la penumbra como si se tratase de la liturgia del desconsuelo y el desconcierto. No deseaba luz a mí alrededor; la luz era trasunto de limpieza y verdad y yo era todo lo contrario. Los círculos del infierno del Dante se me quedaban pequeños en promesas de sufrimiento y pavor, yo me había hecho acreedor a suplicios infinitos.
No tomé el ascensor. Encaré la escalera tropezando y dando tumbos al tiempo que comenzaba a llorar otra vez. Pero llorar me aliviaba la presión que sentía en el pecho y no me dejaba respirar. Alcancé la puerta del piso a tientas; no quería prender la luz de la escalera, necesitaba encontrarme a oscuras, era la ejemplarización de mi corazón y de mi mente. Con más dificultad que sin ella conseguí abrir la puerta. La cerré detrás de mí sin importarme si molestaba con el ruido o no a los vecinos y me desplomé en el sillón de la entrada. Allí en tinieblas y con los ojos abiertos como los de una lechuza, viendo sombras nada más, me di cuenta de todo lo cansado que estaba, pero el sueño era para mí en ese momento un lujo; deseaba dormir, olvidarme, no despertar, pero no acudía a mis ojos ese peso en los parpados que nos conduce, cuando la conciencia esta impoluta, al más dulce abandono. Se cruzaban en mi memoria las imágenes del torso de Ramón y del tronco del árbol que recogió mi polución sin que pudiese fijar cualquiera de ellas para racionalizarla y poderla eliminar. Tan pronto se presentaba en mi cabeza Marta, como su amiga me reprochaba mi estolidez por no darme cuenta con quien había estado conviviendo veinte años y volvía el triangulo negro y ensortijado de mi hijo y el tronco del árbol y la tía del vagón del metro, que resultó ser un tío y tanto me torturaba y estimulaba, para mi disgusto. Todo hecho como un collage que amenazaba con volverme loco.
No supe que me quedé finalmente dormido sobre el sillón del recibidor, pero tuve que despertar sobresaltado para saberlo. Escuchaba mi nombre ser repetido muchas veces sin saber si se refería a mí o a otro hasta que finalmente pude dar luz a mis ojos que creía abiertos como ojos de buey incapaces de cerrarse para dormir.
- Cesar, Cesar, Cesar cariño, despierta. ¿Qué haces aquí, en el sillón? ¡Oh, Dios, lo siento, cariño, lo siento.
Delante de mí fue reconstruyéndose una imagen que me era familiar aunque no acababa de catalogarla ni ponerla nombre. Era una mujer desde luego y eso me agradó. Olía de una forma familiar y me zarandeaba suavemente. Cuando finalmente pude asociar aquellos rasgos que veía con un nombre y este con una persona di un respingo en la butaca y me pude a gritar como un poseso.
- ¡No, no, lo siento, lo sé, me lo merezco, soy un cerdo, pero basta ya, por Dios, por caridad, basta!
- Cesar, cariño, soy yo Marta, despierta, estás aún dormido. Cuéntame, ¿Qué te ha pasado para que estés aquí? – En su entonación había solicitud, preocupación, remordimiento – he sido muy drástica, pero sigo creyendo que te lo merecías – dudó un momento y siguió – aunque quizá me pasé. Vamos levanta y vamos al dormitorio.
Me dejé llevar. Me agradaba que me ayudase precisamente ella. Me colgué de su cuerpo y me arrastré tras ella hasta el dormitorio. Me dejó caer sobre la cama aún revuelta del día anterior. Nada más caer rendido sobre ella, sabiendo que Marta era la que me llevaba como se lleva a un recién nacido indefenso para cambiarle, me vino a la cabeza la sensación que experimente al masturbarme placidamente mientras Marta se duchaba y no pude por menos que reprochármelo comenzando a llorar otra vez pero con rabia, deseando que los recuerdos fuesen como prendas de lycra ajustada que si se pone el debido interés acaba uno por arrancárselas de la piel arrojándolas lejos para que dejen de incomodar con su apretura. Pero esas imágenes y las que venían detrás arrastradas como cerezas de una cesta, no eran desmontables y habiendo llegado para quedarse amenazaban con torturarme por los restos.
Marta comenzó a desnudarme en silencio, yo me dejaba hacer. Era dulcísimo ser desnudado con dedicación y mimo por la persona a la que no solo amas sino que sabes que es la que forma parte tan inseparable de ti que si se separa de tu cuerpo te deja inválido, amputado de uno de tus miembros más importantes. Al despojarme de la ropa interior, mi Eros sobrevoló mi conciencia y la nubló. Saberme el sexo expuesto a Marta que era la que me lo dejaba a la vista, no sabía si con intención o sin ella borró de un golpe todo lo sucedido, lo diluyó; ya no existía en mi historia ni en mi vida entera más que aquel excelso momento en el que Marta me desnudaba. Tuvo que ser el mudar de mi gesto, el brillo de mis ojos o la luminosidad de mi rostro, pero el semblante de Marta de ser sombrío y doliente pasó a ser reluciente y joven; las arrugas parecían deshechas y pasó de ser una mujer madura sufriendo, a trasformarse en la casi adolescente que yo conocí y en la que me zambullí sin pensármelo.
Sus manos suaves y delicadas de uñas cuidadas y sin pintar danzaron sobre mis genitales como solo una primera figura lo haría sobre las tablas del Bolshoi consiguiendo que experimentase sensaciones que no conocía. El miembro se tensó como hacia años que no lo hacia y sus uñas me arañaron el glande con la sabiduría de la hetaira núbil enseñada en esas artes desde niña. Sentí el impulso de abalanzarme sobre Marta, deseaba penetrar, taladrar, atravesar con mi carne su carne, cualquier carne en realidad, por mucho que me doliese, pero preferí sentir la punzada dolorosa-placentera del no hacerlo, la angustia dulce del desear culminar sin alcanzarlo nunca, la necesidad al final, de sentir dolor ya que el placer no terminaba de cumplir mis expectativas de goce. La uña de Marta (pero las hijas de Safo, ¿no llevan las uñas rapadas?, pensé en ese momento y al punto lo olvide) se deslizaba afilada por el frenillo provocando la sensación de corte sobre la piel tensa como el parche del tambor, al punto de tener que mirar que efectivamente la sangre no corría pene abajo tiñendo de pasión las sabanas enmarañadas debajo de mi cuerpo. Me salió sin voluntad, fue una necesidad imperiosa de penetrar un mundo velado tras el que se adivinaban nuevos y desconocidos frutos de dulzura y olor mareante. Marta se conducía como en veinte años lo había hecho y me estaba haciendo alcanzar el delirio de la locura; eso era el placer.
- ¡Necesito dolor!, rómpeme, hiéreme, que corra la sangre, lacérame la carne, castígame, hazme purgar mis pecados, que goce con mi expiación en un dolor que me humille y me entregue a ti.
Solo escucharme decirlo provocó en mí una reacción que fui incapaz de controlar. Imaginar la tortura, mi propia carne hecha despojos, la sangre enmarañando los vellos canosos de mi pubis, y mi pene explotó como una traca de fuegos artificiales, el semen brotó ajeno a todo control y sentí que el cuerpo entero se me convulsionaba. Todo iba a terminar en forma de orgasmo magnifico y lo mejor de todo provocado por el roce de Marta que para colmo ni se había desnudado. Pero no por eso debía estar más excitada.
- Ni te creas que con esta demostración das por terminado este episodio, aún te falta lo mejor – me miraba como nunca lo había hecho, me taladraba los ojos hasta hacer que su vista me barrenase el cerebro como un berbiquí un taladra un trozo de madera de balsa. Yo sabía que en las mejores condiciones mi periodo refractario era de no menos de quince minutos, pero no contaba con aquella sorpresa.
- ¿Querías dolor? – Su cara era la plasmación de la malevolencia - vas a tenerlo y del refinado. No vayas a creer que porque te hayas corrido aquí se ha terminado todo. Ahora empieza.
Primero fueron pequeños golpes, que para que negarlo, eran desagradables con un acorde lejanísimo de placer, pero la insistencia consiguió que la molestia que provocaban terminase por conseguir que el acorde se transformase en sinfonía haciendo deseable el dolor que conducía al placer y que éste aumentase en intensidad.
Había cogido un calzador de pala de cuero semirigido, con mango de marfil cónico, que ella misma me había regalado y yo nunca utilicé. Con él me aporreaba suavemente los testes provocándome una sensación de nausea muy parecida a aquella otra que se me presentaba cuando estaba en vistas de conseguir sexo esporádico donde se me presentase; era el vértigo del peligro que tanto me estimulaba siempre que lo experimentaba y que perseguía sin saberlo. Le insté con voz ronca de lujuria a que siguiese castigándome la entrepierna. Marta aceleró en cadencia y en intensidad los golpes. Mi primera intención fue la de cerrar las piernas para proteger aquel tesoro de la naturaleza pero en lugar de ello las abrí aún más para exponer bien la delicadeza de las bolsas a la rudeza de los golpes. Ella se animaba al ver como yo lanzaba gritos en los que el placer salvaje y el dolor irremediable se maridaban para componer unos registros de dolor deseado que solo podían excitar al que los escuchase. Para entonces ya estaba otra vez a punto de saltar todos los plomos de mi sistema nervioso a fuerza de excitación.
En menos de una semana estaba accediendo a mundos inimaginables y a cual más decididamente adictivo. Deseaba aquello como nada en el mundo, lo deseaba y no quería que se fuese a acabar, como hacia horas, en medio de otra locura, desee que no se hubiese acabado aquella felación.
Fue también algo instintivo, no tenía idea de porqué, pero levante las piernas al cielo para exponer mejor toda la zona pudenda para que Marta la castigase. No tuve que hacerle ninguna admonición acerca de cuales eran mis deseos, porque ella comenzó a azotarme con fuerza, sin recato alguno la parte de nalgas que ofertaba a su furia libidinosa. Golpeaba y golpeaba y yo gritaba y gritaba de dolor que no deseaba que cesase hasta que de repente acabaron los golpes. Sentía la piel escocerme y me pase las manos por las bolsas; estaban calientes e inflamadas, dolorosas dulcemente al tacto, lo mismo que los aledaños de los muslos y las nalgas. Levanté la cabeza y comprobé el porqué de la parada. Marta estaba desnudándose de cintura para abajo. Quise moverme para tomarla pero de un latigazo dolorosísimo me hizo regresar a mi posición de piernas en alto abiertas en canal. Relamiéndose de deseo se montó en la cama y se sentó sobre mi pene que penetró su cuerpo con la facilidad de un hierro al rojo en un bloque de manteca. Me invito a cruzar mis piernas sobre su espalda mientras manejaba con sus brazos la improvisada fusta golpeando aún la piel escarnecida del escroto, provocando un placer diferente. Yo quería moverme para vaciarme de una vez en ella pero con sus rodillas me oprimía las costillas acuciándome a que me estuviese quieto.
- Aun mi amor, falta lo mejor de todo, créeme.
Dejó de golpear y empezó a pasearme el pomo del calzador por la zona inmediata a las bolsas y el ano. De ahí se lo llevaba a la boca y lo chupaba como si se tratase de una verga erecta y volvía a pasearlo por la zona más peligrosa. Supe lo que quería y le rogué que por lo que más quisiera  no lo hiciese, y que no me hiciese caso; quería y temía lo que ella estaba dispuesta a hacer. Cuanta mayor angustia leía en mis ojos, con más lubricidad ensalivaba el instrumento. Yo estaba aterrado y excitado a un tiempo y en mi cabeza empezó a rondar la imagen del pene de Ramón palpitando dentro de mi boca y a atronarme la cabeza la interrogante ¿y porque una cosa sí y la otra no? No fue meditado ni pasado por ninguna consideración de ningún tipo solo lo dije.
- Hazlo Marta, quiero saber…, hazlo, por favor - la voz me la escuché extraña, vacilante, entrecortada, temerosa y anhelante.
Marta me sonrió viciosa.
- Tú me lo has pedido, piensa que puede abrirse un mundo diferente ante ti que no sabes si vas a controlar – me avisaba, pero deseaba hacerlo.
- Hazlo ya, sin consideración – jadeaba de deseo.
Echó las manos atrás con el calzador en la mano, tanteó con los dedos mi ano y apuntó el pomo.
El cuerpo entero se me rajó. El dolor hizo que el pene dentro de Marta se desinflase pero con ella encima no podía moverme y no se salió. Le rogué, le supliqué, le amenacé para que me soltase, pero de su cara el vicio no se despintaba y apretaba con el mango y por mucho que apretaba yo mi esfínter no conseguía impedir que la resolución de Marta se impusiese hasta que la parte mas gruesa del cono penetró y el esfínter se cerró en torno al cuello del mango. El dolor fue cediendo y apareciendo una sensación rara de ocupación del cuerpo que se prolongaba hasta el pene que poco a poco fue recuperando su consistencia. Cada vez que apretaba el esfínter del ano se producía una descarga de placer intenso, raro y diferente que me alcanzaba el glande. Cuando cesé de debatirme por el dolor, Marta comenzó a manejar el instrumento adentro y afuera de tal forma que llegó un momento que sentí que se me salía el semen provocándome un placer que no era el de un orgasmo normal. Pensé que como antes ya había tenido uno intensísimo este otro no podía ser de la misma manera, pero el placer de aquel orgasmo similar no cesaba ni se agotaba. El trayecto desde dentro de mis entrañas hasta la punta del glande era como el del látigo de la feria que cuando llega a las curvas se acelera para sosegarse en las rectas y volvía otra vez en intensidad sin terminar de agotarse. Cuando Marta decidió que estaba bien de violarme con el mango del calzador cesó la sensación placentera, pero dejó dentro el improvisado dildo y entonces sí, ella comenzó a moverse como una mujer de la calle, una experta ninfula que sabe como ella sola dar y encontrar placer de un hombre. Nunca se había movido, conmigo al menos, así, todo voluptuosidad y sentí que mi pene estaba a punto del orgasmo, al igual que ella, que aceleraba sus quejidos y daba profundidad a sus idas y venidas sobre mi eje. Cuando ella alcanzó su clímax, yo hice lo propio con el mío que debido al cuerpo extraño que tenía en el recto fue intenso, placentero y doloroso, todo a la vez. Coincidiendo con el fin de la eyaculación, mi cuerpo expulsó el dildo con fuerza y me produjo una relajación desconocida con una sensación anal de alivió gustosa. Marta cayó sobre mi cuerpo aún dando espasmos y respirando entrecortadamente. Sin saber porqué, eché mano a mi ano para comprobar el destrozo. Aparentemente no lo había, solo palpaba una abertura por la que entraba con facilidad un dedo lo que sorprendentemente proporcionaba un placer reposado. De forma inmediata el esfínter se contrajo y expulsó el dedo explorador que había introducido. Volví a tocarlo y ya estaba más cerrado aunque dolorido por los bordes. Marta giró sobre si misma y quedó tumbada a mi lado en la cama, semidormida. Picado por la curiosidad me levanté al cuarto de baño. Necesitaba ver los resultados de aquella orgía improvisada.
La imagen que me devolvió el espejo daba tanto miedo como intriga y algo de grima. Con una pie apoyado  en el lavabo y girado el cuerpo para poder ver mi zona pudenda, el ano era como la boca de un drag-queen pasada de silicona, rojo sangre e imitando los labios de una mujer. Apreté el esfínter y se cerró ocultando casi por completo la fresa en la que se había convertido, relajé y los labios volvieron a aparecer. Marta continuaba en la cama, relajada, quizá dormida. Tuve entonces una fantasía. Por el espejo se veía en el suelo de la habitación el calzador que yo había disparado de mi cuerpo después del orgasmo. Quise saber, si sería sencillo volver a introducirlo, me intrigaba si volvería a sentir tanto dolor, no sabía cómo ni porqué, pero quería volver a sentir ese desagradable dolor. Una vez más, como venía siendo ya habitual, ni me lo pensé. Alcancé el calzador y adoptando la postura en la que me veía el ano hice intención de penetrarme, despacio, con miedo y deseo a un tiempo de sufrimiento. Me sorprendió la facilidad con la que entró en esta ocasión; empujé hasta que sentí como un calambre me recorría el pene ya fláccido, y expulsaba inmediatamente una considerable cantidad de líquido transparente como el agua limpia y de la consistencia de la clara cruda. No tenía erección pero el placer era considerable, no como la llama del soplete, sino como el rescoldo de la hoguera. Continué dentro y fuera hasta que comenzó a endurecerse el pene y se me vino a la cabeza la pregunta que le hice a Ramón: ¿Qué es ser gay? De inmediato me saqué el dildo y lo lancé lejos de mí. Me prometí no volver a experimentar con esas cosas, aunque en mi fuero interno no estaba muy seguro de que lo pudiese conseguir. De momento tenía que esperar a que Marta se despertase y tuviésemos una conversación. Ya sereno, me di cuenta de lo sucedido y no sabía a que había venido aquella demostración por su parte. ¿A qué volvía a casa?
La dejé reposando en la cama en la misma postura en la que ella se quedó y con el albornoz que me puse después de la ducha me fui a mi gabinete a escribir. Tenía ganas de hacerlo, terminar lo que tenía entre manos para Antonio y no volver nunca más a escribirle ni una postal. Tenía ganas y me sentía con fuerza para enfrentarme al mundo como novel, escribir con mi firma y luchar por ver cumplido mi anhelo. Sentía la mente despejada y recordando lo ocurrido la noche anterior en casa de mi hijo y la mañana en mi casa solo me inundaba una paz que no había experimentado jamás. Era la serenidad del que ya sabe cual es su camino y lo escoge a pesar de las dificultades que entraña, la firme determinación del que sabe que se encuentra en el sendero de la paz interior. No me estragaba el alma ya el hecho de haber tenido comercio carnal incestuoso, ¿Qué era eso?, solo una palabra, que tendría su sentido y utilidad en determinados contextos pero no en el que yo estaba viviendo. No me atormentaba ya el que mi mujer se hubiese ido con otra mujer, yo no era nadie para orquestar los sentimientos y tendencias de nadie, la seguía queriendo, como estaba seguro que ella seguía queriéndome a mí, y en cuanto a los universos que últimamente había visitado no podía más que rendirme a la evidencia de que había disfrutado más, porque no podía disimularlo ante mi mismo, siendo sodomizado por mi mujer mientras ella me cabalgaba (nuevo placer el de ser sujeto pasivo dejándose hacer placer) que violando tristemente a una pobre mujer detrás de unos matojos solo porqué la soledad entrega el precio que sea con tal de dejar de serlo. Aceptaba de pronto que el fulano del metro fuese eso, un hombre y no negaba ya que aquello que sentí fuera placer. Me encontraba bien, seguía sin saber quien era yo en los términos que yo me lo quería plantear desde mi posición, pero no me torturaba el no saberlo, solo aceptaba humildemente lo que me gustaba y lo que no, sin enjuiciar a nadie, ni tan siquiera a mí mismo.
Al sentarme noté la presencia de mi popa con una mezcla de sorpresa y contento; no me dolía, ocupaba lugar donde antes no se notaba nada, me hacía recordar que había sido feliz con mi mujer aunque ya no fuese su marido y la había correspondido porque ella había disfrutado, al menos tanto como yo.
Escribí, entregado, concentrado en lo que hacia hasta el mediodía. Se me olvido que había que desayunar y que había que salir por la prensa, me sentía nuevo con mi recién estrenada identidad. Siempre imaginé que una cosa tan cataclísmica como la que me acababa de suceder en tan pocos días debería ir aparejada de una serie de cambios externos, como sucede tras un terremoto; limpiar escombros, enterrar muertos, curar heridos y reconstruir, pero nada de eso había sucedido, aunque de forma interna, si había surgido un movimiento sísmico que se había limitado a poner a la luz aquello que yo me empeñaba en mantener en penumbra porque me asombraba y avergonzaba conocérmelo y había derrumbado toda una serie de bambalinas sin valor que yo reputaba magnificas edificaciones, dignas de un Fidias, y eso sin alharacas, ni tragedias ni golpes de pecho con arrepentimientos públicos, todo en la intimidad de mi corazón sometido eso sí a los vaivenes mas violentos que yo hubiera podido imaginar en poco menos que cuatro días.
Tenía la novela de Antonio prácticamente rematada cuando Marta llegó por detrás y me besó el cuello. Me dejé hacer hasta que ella violó el silencio cómplice y sereno que estaba instalado entre los dos.
- Nunca imagine que pudiera suceder lo que nos ha sucedido. He sido feliz – su voz rezumaba sinceridad – como creo que nunca desde que nos casamos – quiso decir algo más pero se cortó.
- ¿Porqué, Marta? Después de los despueses, cuando el sexo para mí contigo era ya pura rutina – intentó terciar y la callé con un gesto de autoridad de la mano – y el tuyo para conmigo una dolorosa obligación, no me lo vayas a negar ahora que ya no tenemos nada que perder, te me descuelgas con esto. ¿Te das cuenta que de haber sido los dos tan auténticos y sinceros con nuestras emociones y deseos hace un rato, no estaríamos ahora en esta tesitura?
- No lo se. No hubo nada premeditado. En realidad me dolía haberte dejado como te dejé cuando nos encontramos en el descansillo de la escalera. Fui dura contigo y…, bueno, han sido muchos años que no se pueden despachar así, de pie, en una faena de aliño y salir corriendo para la siguiente plaza. No soy ese tipo de monstruo. Te llamé ayer tarde, pero me rechazaste la llamada. – Hizo un gesto con la mano como el que yo acababa de hacer – no me cortes por favor. Cuando te vi esta mañana en el recibidor tirado sobre la butaca se me anudo el corazón, me entró ternura por ti, hizo carne en mí lo que ya sabía de antemano, que te quiero, aunque los deseos hayan tomado ya otras trochas quizá añoradas hace tiempo, posiblemente temidas por aquello del salto al vacío, aunque no exista eso del vacío, créeme. El resto fue un fluir entre uno y otro sin guión previo, salió así; no creo que en esto haya existido amor, solo camaradería, compañerismo y naturalidad un dejarse llevar del deseo sin colorear por el convencionalismo. Nunca imaginé que fueses a aceptar lo del calzador, ¿lo habías hecho más veces con otras, no? Me apeteció intentarlo y me sorprendió gratamente que me lo aceptases tan bien.
- Siempre serás la misma, Marta. No, nunca lo había hecho, y antes de seguir, yo no te rechacé la llamada; me puso nervioso el que pudieses ser tú y se me cayó el teléfono destrozándose – Marta hizo un gesto aceptando la disculpa.
 En realidad en estos días me he dado cuenta que me limitaba a violar mujeres con su consentimiento, me buscaba a mí en su sexo y lamentablemente no me encontraba porque mi sexo está solo en mí, pero me daba miedo reconocerlo, era más de lo mismo, entrar, salir, correrse y marcharse. Lo de hace un rato ha sido realmente revelador junto con lo que sucedió anoche en casa de Ramón.
Puso gesto interrogativo, casi cómico y algo fiscalizador.
- Cuenta, cuenta. Luego te cuento yo a ti lo de Sebas.
- ¿Sabes? En el dolor de esa violación de mi cuerpo con el mango del calzador – ignoré sin proponérmelo su intriga por la relación con mi hijo, porque en ese mismo momento supe que se lo contaría con pelos y señales y encima disfrutaría haciéndolo en lugar de avergonzarme con ello como pensaba que habría tenido que ser – se me abrió la mente, además del culo – reímos sinceramente los dos – y vi diáfano, no me preguntes sustentado en que, hasta donde estaba equivocado el psiquiatra ese Freud. No es que la mujer envidie el pene del hombre, es que es el hombre el que sueña con la vagina de la mujer y proyecta sobre ella sus carencias, porque no tener vagina es una carencia y no la ausencia de pene, que no es tal. La mujer ha reelaborado su sexo endurecible en forma de clítoris y ninfas, le proporciona un goce mas elaborado y no tan explosivo porque se sustenta no solo en un forma sino en varias y encima atesora ese abrazo húmedo y caliente que proporciona el hombre el placer que consigue retenerle a su lado. Vosotras las mujeres tenéis casa donde acoger, los hombres somos perpetuos errantes mendigando sitio donde descansar. Eso envidiamos, que poseéis jardín de reposo en el que acogéis a quien vosotras queréis y colmáis de regalos y bienestar. Nosotros en cambio tenemos que andar suplicando el favor aunque lo revistamos de exigencia y abuso para que no se nos note la debilidad extrema de tener que permanecer a la intemperie de la afectividad que provoca vuestra ausencia o rechazo. Demasiadas ocasiones entramos a saco en ese jardín fresco y umbroso y hollamos y destrozamos las flores más bellas, las plantas mas perfumadas.
Cuando me has violentado por detrás, en un supremo instante de iluminación de la conciencia, es todo esto lo que he sentido, y me ha gustado, asumiendo el dolor que me provocabas sin saber que detrás, aunque algo lejos, llegaba el consuelo del placer; pero ¿qué sabiduría de la vida, de la que encarna en ti mismo, como el duelo, el desengaño o la muerte, se adquieren sin dolor? Me temo Marta que has abierto la caja de los truenos, aunque supongo, que de forma instintiva, yo deseaba que se abriera hacía mucho tiempo – hice un premeditado silencio a la espera de que ella me contestase. Estaba con la cara de la absoluta sorpresa del que acaba de ver una aparición - Y ahora te refiero lo de mi hijo, si tú quieres.
Continuó aún algún rato mirándome con extrañeza, poniendo esa cara para la que no hace falta verbalizar el adjetivo de loco y sin necesidad de llevarse el dedo índice a la sien.
- Me has dejado de una pieza de alabastro. ¿Se puede saber donde has leído toda esa sarta de estupideces? Cuando te he metido el calzador por el culo solo pretendía humillarte, que te sintieras tan ridículo y preso de dominación como yo me he sentido durante tantos años, como todas las mujeres que son violadas institucionalmente cada día por sus bestias aunque se llamen maridos utilizando como prenda para la violación, los hijos, el sustento o la propia vida. Me he sentido triunfante sometiéndote a férula y sabiéndome dueña de tu cuerpo con capacidad de dañarte a mi antojo; toda esa bobería que tu te has organizado porque te he dado por el culo no es más que otra muestra más de tu soberbia de macho que no admite que ha sido cogido en falta y se tiene que justificar ante si mismo primero y después antes los demás, si se llegasen a enterar, por caer en lo que tanto se denuesta como grupo de caza.
Bueno, ya vale de patetismo. Venga dime lo de tu hijo que me tengo que ir – adopto un tono de hastío, casi de “no me cuentes más cuentos y abrevia”.
Me la quede mirando con una gran tranquilidad. En otras circunstancias me habría hecho mella todo lo que me había dicho con intención de insultar (¡la conocería yo!) pero sabía que era yo ahora el que tenía la sartén por el mango. No entendía Marta que yo asumiese y aceptase mi sodomización y la irritaba. Saboreé de antemano el efecto de mi confesión. Por obra y gracia de la sinceridad mas cruel estaba en posesión de armas de las que ella jamás habría sospechado que yo pudiera esgrimir; y le iban a hacer daño, el mismo daño que ella sabía que podía hacerme a mi, el daño que el débil puede hacerle al fuerte solo porque el fuerte se cree que nadie puede ofenderle, el triunfo de la humildad sobre la soberbia.
- Nada especial ahora que tú me has introducido en el mundo del reposo y la paciencia rescatándome de la impostura del engreimiento. Te lo voy a decir en pocas palabras y para que no se preste a error. Se la he mamado a mi hijo y me he bebido su semen – abrió los ojos escandalizada sin articular palabra pero con la boca abierta como un pez al que sacan del agua y gesto de nausea profunda – y me ha encantado, tanto que ardo en deseos de saber como será cuando él me sodomice.
Cuando me escuché de mis labios la última frase me asusté un poco. Había ido demasiado lejos en hacer sangre con Marta, las venganzas saboreadas en caliente acaban por producir flatulencia en el alma que expele eructos muy malsonantes para la sensibilidad del espíritu. No me veía yo poseído por Ramón y me escalofriaba solo el pensarlo, pero ver el efecto provocado en Marta que se había manifestado tan rudamente conmigo me remuneró y compensó de la decepción que me había provocado la salida de tono suya. Pensé que mi explicación iba a ejercer en ella una especie de fascinación por lo novedoso del planteamiento, que hasta a mí mientras lo desarrollaba me sorprendía, y sin embargo solo provocó rechazo y asco.
- Si lo que acabas de vomitar es cierto, acabas de cercenar de un golpe cualquier tipo de relación conmigo, puerco incestuoso. Si lo has dicho solo por hacerme daño, lo has conseguido, puedes sentirte orgulloso, pero no esperes que vuelva nunca a tu lado con la expectativa de que puedas volver a herirme con la falta de conmiseración que has demostrado. ¡Joder, Cesar! Aunque solo haya sido por todos los años que hemos estado casados, ¿no crees que te  hayas saltado la linde para ir a dar en el precipicio? – se me quedó mirando muy seria, disgustada, apesadumbrada y pálida como un pliego de papel barba – mírame a los ojos y dime que solo lo has dicho para hacerme daño – comenzaba a llorar – que me has mentido como represalia por haberme ido a vivir con Sebas, lo entenderé, aunque creo que no podré perdonártelo nunca – se detuvo para llorar abiertamente al tiempo que sacaba un pañuelo para enjugarse – pero dime que no es cierto.
De repente comprendí que el incesto cometido con Ramón y del que tanto me arrepentí nada más terminarlo y luego fruto de mi euforia al estar con Marta asumí, era en realidad una aberración, me colocaba fuera de los limites de lo que se puede considerar sociedad civilizada. Un yo desvinculado del resto del mundo podía hacer lo que le viniese en gana pero yo era un ser incluso en el magma social y el hecho de mi comportamiento justificaba el escándalo de Marta y me colocaba de hoz y coz en los márgenes de la aceptación por los demás. Estaba claro que no podía ir aventando por ahí mis holganzas con mi hijo; sí, tenía de lo que arrepentirme aunque en los mas hondo de mi podrida alma (¿tendría yo de eso?) en realidad desease volver a reproducirlo hasta las heces, sodomización incluida.
Y de repente, lo mismo que en un segundo comprendí las consecuencias e implicaciones de mi sodomización instrumental, pasé a avergonzarme ante Marta y me vi cogido en falta, pero ya no podía volver atrás sin caer en contradicciones y renuncias a mis mismos argumentos. Tenía que ir hasta el final, aunque ese final supusiese el mío también.
- Absolutamente cierto. Lo siento – me di cuenta que pedía disculpas y me dio coraje tener que hacerlo, pero me salió con la facilidad con la que un niño te mea la cara al cambiarle, no hace ninguna gracia pero se celebra como una ocurrencia y se le quita responsabilidad.
- Por mí puedes sentirlo toda la vida, pero más te valdría perderte. Me das más asco del que me dabas cuando me follabas. Nunca sabrás hasta que punto me arrepiento de haber tenido que servirte de boquete en el que derramar tu asqueroso semen – quería hacerme daño hasta donde mas doliese y lo estaba consiguiendo. Estaba estremecido escucharla decir todo aquello con la más pavorosa frialdad.
Y sí – hizo una pausa para dar rotundidad al último y certero golpe – ahora ya te lo puedo decir, para estar a tu altura moral, guarro. Me casé contigo huyendo de una mujer que me atormentaba porque no me correspondía hasta donde yo quería serlo. Ella quería seguir una relación oculta tras el velo protector del matrimonio para no dar que hablar y yo deseaba sorberla su sexo a todas horas del día. Solo pensar que podía ser tocada por un tío con su verga me daba nauseas y la dejé. Luego te encontré a ti, el tipo de hombre simple que creí que eras, luego me lo confirmaste, que el concepto que tiene de hacer el amor es poder masturbarse a cualquier hora dentro de algo caliente. La rutina hizo lo demás. Incluso llegue a algo parecido a quererte, pero tuviste que joderlo todo con tu puta manía de tener que meterla en cualquier lado para finalmente, ya ves, meterla en tu propio hijo – me miraba con desprecio, escupirme era lo siguiente – pero en el fondo me alegro; tu ego lo necesitaba, arrastrado por la mierda. Rúmiatelo ahora tú solo, haber por donde acabas.
Con un lento y desesperante meneo de cabeza desaprobador, se compuso la ropa, algo el pelo y dando media vuelta abandonó lo que hasta entonces había sido su dormitorio. Escuché cerrarse la puerta de la casa sin un adiós, sin un hasta nunca, nada, solo el vacío. La casa se me antojó fría, vacía y muerta. Mi vida entera se acaba de desmoronar. No sabía que clase de espejismo me había hecho comportarme de semejante manera, como si una fuerte droga alucinógena me hubiese hecho ver lo que no existía, deformando lo que discurría a mi lado.
Y en medio de todo el despeño por la pendiente de la desesperación, sabiendo que de seguir así no podía terminar más que descalabrado en el fondo del desfiladero de la muerte la sensación medio dolorosa, medio placentera de mi ano me obligaba a desear volver a ser castigado de aquella indigna manera. Tenía que ser violentado una vez más, por degenerado. Me engañaba, mi cuerpo me lo desmentía. En cuanto desee volver a ser penetrado mi pene despertó de su sorpresa por la defección de Marta y adquirió dureza. Volví a ver el calzador en el suelo donde yo lo había lanzado y lo recogí. Me lo clave con fuerza sin mas preámbulos, deseaba odiarlo, desdeñarlo para siempre, pero en lugar de eso con el dolor lancinante sentido apareció el placer de un glande a punto de estallar y una sensación casi más placentera que dolorosa que me recorría el miembro hasta la punta. Empecé a sacar y meter el mango del calzador hasta que unas gotas de sangre en el suelo me hicieron desistir. Me saqué el dildo improvisado y me miré con ayuda del espejo. El ano estaba abierto y sangraba algo. Me debería haber sobrecogido pero una vez más volvió a excitarme. Me detuve en mi locura que iba terminar por dañarme de verdad y me lave lo mejor que pude. Me coloqué una gasa que se empapaba poco a poco para tener que volver a cambiarla. Estaba asustado. Me puse varias gasas, me vestí rápidamente y me tiré a la calle.
Caminé confuso entre la gente que de mañana se afanaba en sus asuntos. Yo ya no tenía asunto del que ocuparme, en ese momento mi preocupación era que se detuviese la hemorragia de mi ano. Tenía la desagradable impresión de que empapaba el bloque de gasas que me había puesto y que traspasaba los pantalones. Pensé que lo más sensato sería presentarme en un servicio de urgencias y engañarles de alguna manera, quizá contando la verdad descarnada que es la menos creíble de las verdades, pero solo pensarlo hacia que me ruborizase y se me encogiese el estomago conformando la sensación más desagradable que sentirse pudiera. En ese momento prefería morir desangrado en medio de la calle que tener que colocarme en posición y enseñar a todo el que de pijama clínico quisiese, el estado en que me había dejado mi puerta de atrás a base de desenfreno teniendo que soportar a buen seguro algún sarcasmo que no estaba dispuesto a tolerar. Humillación a lo que yo sentía, era designar con benevolencia mi situación.
Me dirigí a casa de Ramón, ¿Dónde sino? Mi rostro debía presentar un aspecto lamentable porque en cuanto me abrió la puerta mi hijo se me arrojó a los brazos ayudándome a entrar.
- Tienes la cara de color ceniza papa, ¿Qué te ha pasado?
No tenía ganas de ocultar nada, no tenía fuerzas para edificar alguna historia creíble con la que dulcificar mi amargura, deseaba que todo acabase. Relaté lo sucedido con Marta y mi ocurrencia de violarme con un trozo de marfil sin tener piedad de mí. Ramón meneaba la cabeza de lado a lado, no dando pábulo a lo que le contaba.
- ¿Tanto te gustó o tantas ganas tenías de morirte sin que te pareciese que te suicidabas? Has podido quedar desangrado en cualquier lado. Enséñame eso y deja que te cure, si hace falta llamaré a un amigo cirujano que me ha echado alguna mano en otra ocasión.
Al colocarme en posición de rodillas con los codos en el suelo, como oran los musulmanes, un calambre me recorrió las bolsas, un calambre placentero. Deseé en medio de mi horror que en lugar de explorarme mi hijo se limitase a sodomizarme sin piedad, la misma idea me horrorizó pero no dije nada y me dejé hacer. No era capaz de reconocerme en esas pulsiones intensas y extrañas, pero no tenía fuerzas para siquiera ignorarlas. Ramón me separó las nalgas y alumbró con una luz. Retiró la masa de gasas y me anunció que había dejado de sangrar.
- Te has desgarrado un poco y creo que, no se, posiblemente habrá que darte un punto, aunque no creo que sea nada preocupante. Anda levántate que yo voy a llamar a mi amigo por si puede el darte ese punto.
Al decirme esto me dio un azote cariñoso en la nalga con la palma plana de forma que sonó a palmetazo. Me escoció al tiempo que obró de tal forma en mí que comencé a empalmar de forma ajena totalmente a mi voluntad. Al levantarme y verme Ramón ni se sorprendió.
- ¡Ah! a ti también te pasa. No voy a poder negar ser hijo tuyo.
- ¿Qué me pasa? – pregunté sin saber en realidad a que se estaba refiriendo.
- Que cuando te azotan el culete te empalmas. A mi me pone fuera de mí, y es adictivo, te lo aseguro. Al final va a resultar que tenemos más cosas en común de las que yo creía. Me gusta. Bueno, vístete hasta que venga Julio.
- ¿Quién es Julio?
- ¡El cirujano, papa!, el cirujano del que te he hablado. Un buen amigo de bastante buen ver, muy moreno de tez…, bueno, mulato, que aún no se como no se dedica al mundo del espectáculo, es un perfecto David de Miguel Ángel en carne y hueso. Vive no muy lejos, si está libre vendrá en seguida.
Al cuarto de hora sonó el timbre y un treintañero de color azúcar moreno con reflejos dorados, atlético de poco más de uno ochenta se presentó sonriente en la habitación.
- Hola, me llamo Julio – me dijo tendiéndome la mano derecha mientras que con la izquierda depositaba un maletín de medico sobre la mesa - Me ha dicho Ramón que has tenido un percance con ocasión de un encuentro sexual – no se le caía esa sonrisa encantadora de los labios, carnosos y brillantes.
- Bueno, un encuentro, lo que se dice un encuentro…, sí, un encuentro un poco raro porque – me detuve para coger fuerzas y no morirme de la vergüenza allí mismo – fue con el mango de un calzador.
- ¡Caramba, que fiebre!, no tenías una poya que llevarte al culo – se rió el solo de su propia ocurrencia, pero al ver que yo no me lo tomaba de la misma forma se disculpó – perdona he sido un grosero. Enséñame ese destrozo que te has hecho.
Volví a adoptar la postura. Julio primero me iluminó con una linterna de luz blanquísima, se calzó unos guantes de látex y palpó, tanteó insinuando su dedo en mi orificio. Se lubricó a continuación los dedos y me introdujo uno de ellos. No sentí nada de nada. En un momento de la exploración sentí un calambre justo en el orificio del pene y sentí como salían unas gotitas de semen al tiempo que emitía un quejido de molestia.
- ¡Vaya!, si que has tenido una sesión de excitación. Tienes la próstata congestionadísima. Y ese calambre que te ha dado justo en la punta ha sido por que te la he apretado para comprobar su consistencia. Ahora te voy a introducir un anuscopio para verte por dentro, a ver las heridas y desgarros de las válvulas de Morgagni, que las habrá, aunque ésta del esfínter es la que puede que necesite de algún punto, según.
- ¿Según qué? – pregunte asustado.
- Según el calibre del desgarro y tú deseo de mantenerte abierto o no – hizo un silencio esperando a que yo contestase, pero yo no sabía a que se estaba refiriendo y preferí callar – no alcanzó a adivinar cuales eran los propósitos de tu furia penetradora, aunque lo lógico sería pensar en un preparación a fondo para encarar cualquier tipo de relación con cualquier tipo de calibre.
Comprendí a qué se estaba refiriendo y me ruboricé. Agradecí tener la cabeza metida entre los brazos y que ni Ramón ni Julio viesen en que lugar se colocaba mi pudor en todo aquel embrollo. Me introdujo el anuscopio con un poco de lubricante. No sentí molestia alguna y al cabo de pocos segundos lo retiró.
- Ya puedes vestirte – se dirigió a Ramón – dale a tu padre algo para limpiarse – luego volvió a dirigirse a mí – tienes un desgarro no muy grande en esfínter externo que va a cicatrizar bien, manteniendo una dieta para que las deposiciones no sean muy duras y te dañen al defecar; pero si quieres voy por sutura apropiada y te doy un par de puntos y te dejo el ano como al principio. Puedes quedarte, no obstante, así y en diez días tendrás el ojete más complaciente de la localidad, si es que a eso es a lo que vas a dedicarlo.
Me quedé mirándole muy serio, intentando trasmitir indignación, se le esfumó la sonrisa de los labios y pasó a aparentar rápidamente su verdadera edad. La sonrisa la tenía utilizada a modo de maquillaje rejuvenecedor. Así y todo seguía siendo un mulato atractivo.
- ¿Qué te has pensado? Que soy un arrastrado de esos para los que su vida empieza y se acaba en el cruising, que consumo mi vida en los esquineos, que adelgazo a base de sesiones de sauna promiscua. No sé la idea que has podido hacerte de mí, pero hasta hace escasas horas yo era una persona normal, felizmente casado, que tenía escarceos normales, con mujeres normales y al que de repente se le ha hundido el mundo debajo de los pies, está cayendo todavía, y sin saber si al final de la caída, habrá un colchón de plumas o el fondo de una tumba erizada de palitroques afilados para empalar al incauto que se haya dejado caer.
Me miraba desde el pozo oscuro de sus ojos negros muy serio sin mover un músculo de la cara. Mi respuesta le había hecho mella y no sabía por donde salir. Parecía que el mundo se acababa de detener y el tiempo se hizo eterno, el aire gelatinoso y yo acababa de arrepentirme de haber reaccionado de aquella manera. El me hacía el favor de venir a solucionarme el caso que tanto me avergonzaba y yo le despedía de aquella mala manera. Una vez más Ramón vino en mi ayuda recordándome cual era mi posición.
- ¡Que pasote, papa!, que pasada. ¿Tu te crees que Julio ha venido para que tu le insultes de esa manera?, joder, tío – me estaba tratando como a un colega de su edad y eso me gustaba – creo que lo menos que puedes hacer es disculparte…
Estaba cerca de Julio y le miraba casi en horizontal a los ojos, era algo más alto que yo. Apreté los labios en signo de disculpa y ladee la cabeza pidiendo indulgencia, me acerque más a él y le sujeté los dos brazos, duros como granito y calientes como tizones.
- Perdona, Julio, he sido un grosero – a cada frase le apretaba su acero para dar énfasis a mi petición de perdón – has sido muy amable y te pido perdón.
La sonrisa volvió a germinar con fuerza en las mejillas de Julio y explotó en una risa sincera y abierta, exhibiendo una flor de pétalos blancos enmarcados por dos sépalos rojo carmín. Sin decir media palabra acercó su cara a la mía y ofició la absolución de mi pecado mediante un suave roce de sus labios sobre los míos, luego se separó de mí me cogió él a mí por los hombros con inusitada fuerza y se puso serio otra vez.
- Estas perdonado, pero antes de descargar sobre los demás la ira por descubrir en tu parcela algo desconocido del que no tenías ni idea que pudiera existir, siéntate a meditar y a cavilar si no existen más tesoros que los que tu conoces. Si pudieran existir tesoros al margen de tu experiencia que solo precisan para ser identificados de ausencia de prejuicios y altura de miras. Ponte delante de ti mismo y no te escandalices de ti. Cada uno es como es y se disfruta de la vida en la medida que somos nuestros mejores amigos, es decir, que nos perdonamos todas nuestras afrentas por muy canallescas que sean.
- Aún voy a necesitar unos días para rumiar todo lo que me acabas de decir. Para empezar tengo que decirte, agradecido o no, no lo sé, que es la primera vez en mi vida que un tío me besa la boca. Todavía tengo que decidir si vomitó o no vomito o si quiero que se repita o no.
- Clichés – Ramón intervino en la conversación
- ¿Cómo, hijo?
- Ideas preconcebidas papa. Vamos a ver, resulta que te rajas el culo sodomizándote salvajemente con un calzador y luego le haces asco a que alguien te bese en la boca. Estamos en lo de siempre, si te hubiese besado Alicia, como tiene aspecto de mujer, perfecto, pero como el aspecto Julio es de hombre eso te obligaría a vomitar. ¿Por qué?, para poner a salvaguarda tu hombría. ¿Y si te dijese que Julio es en realidad Julia que está a la espera del cambio de sexo aunque ya hormonada y operada de mamas?
- ¿Pero que clase de locura aberrante es ésta?, aquí nada es lo que parece, es imposible construir cualquier relación porque no sabes si vas a equivocarte.
- A equivocarte, ¿en qué? - me hizo la pregunta intrigado y medio molesto Julio.
- ¡Joder!, ¿en que va a ser? Que no sabes nunca si a quien te acercas es la persona correcta.
- Correctas son todas, papa, si te limitas a disfrutar de lo que tienes en cada momento como si fueras un niño cuya mayor ilusión es ir descubriendo el mundo que le rodea y sorbiéndole todo el goce que éste sea capaz de ofrecer, sin apriorismos ni preceptos que solo valen para que te encasilles y ordenes a un fin mas alto que es el de preservar el clan. Eso estaba muy bien para hace diez o veinte mil años cuando la prioridad era la supervivencia de la especie y de la prole dependía la existencia de la tribu. No había mayor castigo que la esterilidad y no te digo el desperdicio de semilla. Eso pasó hacia tiempo. Nuestro tiempo tiene el problema contrario, ahora no es que seamos pocos y necesitemos más, ahora somos más y no es ya una prioridad reproducirnos, ahora la prioridad es producirnos a nosotros mismos, cultivarnos y manifestarnos como nuestra cuerpo nos pida, disfrutar sin trabas de las ventajas que nos otorgado la organización social que hemos construido como especie dominante que su coste ha conllevado.
Papa, no me seas de Atapuerca. Eres un hombre cultivado, que vive del arte, rompe moldes, rasga velos, sal de tu jaula, que tiene la puerta abierta y solo tienes que traspasarla para ver lo que se te ofrece al otro lado, no te de miedo.
- Eso mismo ya lo había escuchado yo en otro lado, un lado del que me podía esperar razonamientos sofistas del mismo jaez, pero de ti…, por la misma razón que te orientas a un cualquier tipo de sexo, da igual el que sea, podías ver los cadáveres como carne que es, para subsistir, y sin embargo eso es algo que te repugna. Ese es un logro de la cultura, la abolición del canibalismo y otro lo es el reconocimiento y la comprensión, de que hay machos y hembras por algo, y ese algo es para que se acoplen…
- Lo que no quiere decir – me interrumpió como el rayo – que un macho pueda rozarse con otro o una hembra acoplarse a otra hembra sin abominar de que machos y hembras se acoplen cuando lo deseen…, con fin reproductivo o no, que esa es una característica exclusivamente humana y si se acepta que el sexo no tiene porque llevar engarzada la reproducción no tiene porqué ser necesario que este se practique exclusivamente entre macho y hembra.
- Basta ya, Ramón – ahora era yo el que le cortaba a él – el ano lo tiene el ser humano para lo que lo tiene y una vagina es para acoger el pene y nada más…
- ¿Y por qué?- la pregunta llevaba dentro la inocencia del niño que pregunta porque no sabe, no la retórica del que lo hace para poner en un brete.
El porqué era la clave. Mi razón última no era más que un sin sentido. “Porque sí” podría haberle chillado  encima de la cara, pero además de que a mi hijo no me apetecía hacérselo me habría quitado toda la razón solo el haber intentado imponerla por la fuerza de los decibelios.
En un instante, que fue en el que Ramón me penetraba las pupilas con una mirada limpia que me chocaba con la suciedad de sus opiniones, se me pasaron por la mente mis enseñanzas, las creencias, mis experiencias, mis sensibilidades, dolores y placeres y no pude ni responderme a mi mismo. ¿Dónde estaba la verdad, entonces?, ¿Todo inevitablemente había de ser relativo?, nada importaba realmente nada, porque las preguntas más simples no encontraban respuestas adecuadas, ya que la sencillez era preciso para responderlas, y yo hacía tiempo que había dejado de serlo.
- No se porqué, hijo, no se porqué, pero en lo más intimo de mi ser se que eso no es lo correcto – intenté ser lo más solemne y serio posible para dar consistencia a mi declaración de impotencia.
- Te comprendo papa de Ramón – Julio hablaba pausadamente como de vuelta de todo, con cierto punto de hastío – te comprendo, yo me he hecho las mismas preguntas y solo he podido sacar en claro algo prosaico pero a lo único que he podido agarrarme para no perder la cabeza; se me pone dura cuando me acerco a un tío o una tía que me guste; y que conste que no he hecho una broma con el juego de palabras. Me tengo que ir. ¿Te vas a coser o te vas a quedar con el esfínter dilatado?
- Ya lo pensaré, ahora no puedo decidir nada.
- Por si te interesa, si te lo dejas así, no te va a interferir para nada con la contención de heces, aún te queda el esfínter interno y ese lo tienes en perfectas condiciones. Decídete en dos o tres horas, después será más difícil reconstruir, habría que refrescar la herida…, en fin... Ahora he de irme.
Se volvió a la puerta y al agarrar el picaporte se detuvo un instante, se volvió sin soltarlo dirigiéndose a mí.
- ¡Ah!, y soy Julio, nada de hormonas ni bobadas de esas, ha sido solo un divertimento de tu hijo para ponerte delante de tus contradicciones y yo le he seguido la corriente, me gustan este tipo de charadas – miró en dirección a Ramón buscando su asentimiento.
- Ha sido algo sucio, papa, pero ¿a que ha dado resultado? Ahora te preguntas cosas que antes ni te imaginabas que pudieras llegar a plantearte – se dirigió a Julio levantando la mano – hasta luego Julio, esta noche te veo en el Paradise.
- A ver si puedo ir – le contesto cerrando tras de sí la puerta.
- Entonces, en qué quedamos, ¿es Julio o es Julia? – estaba molesto con el equivoco en el que me habían envuelto los dos.
- Te lo ha dicho él; Julio. Es un tío con todas las de la ley y lo que menos tiene pensado es cambiarse de sexo, pero es, como la mayoría, bisexual, aunque no lo quiera reconocer esa misma mayoría, o no lo sepa.
- Todo esto me sobrepasa, estoy agotado de intentar seguiros en vuestros juegos de palabras. Al final voy a terminar por no saber exactamente ni quien soy ni a que me debo – miré a Ramón que me observaba con un rostro angelical, el mismo que tenía cuando con cuatro años me consolaba porque mama ya no estaba a nuestro lado, tuve necesidad de quitarle gravedad a todo lo sucedido y chancear un poco -  y para colmo ahora con el ojete de profesional.
- Anda, déjate de bromas estupidas, termina de vestirte y acompáñame al hospital a ver a Alicia, esta tarde entra en quirófano y me gustaría estar cerca de ella.
- No Ramón, ve tu solo. Necesitáis intimidad en un momento como este. Yo me vuelvo a casa, he de terminar el trabajo que tengo entre manos – me quedé mirándole orgulloso de ser su padre – Sabes, intento pensar en Alicia como un hombre que se va a operar para dejar de serlo y no lo consigo. Para mí es una mujer perfecta, al no verle los atributos nunca, nunca me la imaginaré como otra cosa que no sea una mujer. Si tu dices que nació hombre, es como si me hubieses dicho que nació italiana y se va a nacionalizar – me estaba mirando estupendo, con sus ojos chispeantes de sorpresa y los labios entreabiertos en una sonrisa encantadora – Y una última cosa que nunca te he dicho, pero ahora tengo mas confianza o quizá mejor, más libertad para decírtelo; no me gusta que te hayas hecho tantas perforaciones en los labios…, pero si es tu opción…
Por toda respuesta, sacó la lengua y me enseñó la perforación que le atravesaba de lado a lado.
- A mi me gusta y a Alicia, más todavía. Yo solo echaré de menos la anilla que llevaba ella en el pene atravesándole el glande, pero ya me ha prometido que se perforará el clítoris reconstruido en cuanto le cicatrice.
- Debo estar muriéndome despacito y no pertenecer ya este mundo, a vuestro mundo, que ya es vuestro del todo, solo que nos permitís vegetar aún en él, no entiendo nada. ¡Cuánto más feliz no era yo ligándome cada día a una distinta sin más quebraderos de cabeza!
- Siempre era la misma – le miré con desconcierto – por eso necesitabas cambiar a menudo buscando una diferente, porque siempre le echabas el polvo a la misma. Para ti todas las mujeres son la misma, por eso necesitas cambiar constantemente a ver si algún día encuentras algo diferente y resulta que cuando lo encuentras, Alicia, por poner un ejemplo, empiezas a plantearte problemas metafísicos, en lugar de aceptar la realidad. ¿A que se te han quitado las ganas de tirarte a la calle a buscar un agujero en el que  vaciarte?, claro papa, porque has terminado las pesquisas y tu búsqueda ha surtido efecto, solo que tenías una idea de lo que tendrías que haber encontrado y tienes entre manos algo, podríamos decir que diferente, a lo que habías imaginado, lo que, una de dos, o te hace creer que te has equivocado, o en modo alguno estás dispuesto a seguir en la senda que tu instinto te traza. Ya sabes aquello de que hay que tener cuidado con lo que se busca, no sea que se encuentre.
- No tengo más ganas de seguir con tus filosofías, me voy a casa. Llámame al fijo, el móvil se desengualdramilló, necesito soledad para ordenar mi cabeza y mis sentimientos.
Anduve por la calle si rumbo definido, ni tiempo controlado de manera que cuando comenzó a oscurecer comprendí que había pasado mas tiempo del que hubiese querido y menos del que necesitaba para encarar con la valentía que aún no tenía el hogar que ya no era compartido con Marta. De tener un hogar, había pasado de la forma más traumática posible a tener solo un domicilio, una dirección donde recibir cartas del banco y de Hacienda.
Entrar en aquel portal se me antojaba el acceso insensato a una gruta inclemente y hostil; me daba miedo traspasar el umbral, las dos hojas de la puerta hechas de cerezo macizas me amenazaban como dos gigantes guardianes del tesoro. Con el escalofrió haciéndome tiritar el corazón di el paso y conseguí llegar al ascensor. Pude comprobar que no había monstruo al que evitar, ni Gorgona a la que no mirar y que el peor de los monstruos, la más artera de la furias la llevaba yo en mi corazón; a él tendría yo que temer no a las paredes que evocaban en mi cabeza escenas ya pasadas y que creía olvidadas, precisamente las que mas alimentaban el terror que me estaba consumiendo.
Recordaba el rostro de Ramón, ¡que guapo era mi hijo! Y que orgulloso estaba de él. Era un fotógrafo de vanguardia del que, en nada, estaba seguro, se hablaría en todas las revistas especializadas, pero de la misma forma que su cara se abalanzaba sobre mi corazón, el comercio carnal que tuve con él se abalanzaba sobre mi conciencia atizándome mordiscos dolorosísimos que me hacían penar sin tener la expectativa de que ese dolor fuese a cesar, antes bien, parecía que semejante dolor terminaría por consumirme en aullidos de angustia.
Entré la llave en la cerradura de la casa con autentica pereza, con rechazo, habría preferido que detrás hubiese el abismo, un precipicio insondable con la nada al fondo. Abrí la puerta y me reconocí cansado y abatido, sin fuerzas para entrar y cerrar detrás de mí. La impresión que tenía era de que llevaba varias semanas sin dormir, sin ducharme ni cambiarme de ropa que se me pegaba al cuerpo, en una sensación viscosa que me daba nauseas. Imaginaba el semblante que me arrojaría un espejo si tuviese arrojo para mirarme y vería un ser abatido, derrotado, acabado. No tuve la suerte de transformarme en estatua de sal al traspasar el umbral por mucho que quise mirar atrás y tuve que, en gesto cansino, prender la luz que coloreó de tono mortecino la entrada. En el sillón de la entrada aún permanecía la forma que mi cuerpo prestó al plumón del cojín la noche anterior cuando me quedé tirado, desmadejado y dormido posteriormente y donde me encontró mi Marta. ¡Cómo la echaba de menos!, pero como echaba de menos así mismo el olor púbico de mi hijo que inmediatamente me provocaba rechazo y deseo con nausea y dolor. Deseaba hasta lo que me dañaba con toda la vergüenza y todo el remordimiento, pero era débil e incapaz de resistirme a los recuerdos. Cada vez estaba más ingrávido, cayendo sin asidero, sin ver suelo y sin saber si la caída tendría final. El infierno tendría que ser eso, una caída sin fin, temiendo que acabase y deseando al tiempo tocar fondo y destriparme para terminar la tortura de la incertidumbre.
Como un polichinela al que manejan a base de hilos sutiles me dirigí a mi gabinete. A cada paso iba a caer y sin razón conocida era capaz de dar un siguiente paso sabiendo que sería al siguiente cuando ya las piernas no me sostendrían La voluntad me la había dejado en el trayecto entre la sodomización instrumental de por la mañana y la vejación de la tarde a cargo de ese Julio o Julia o quien quiera que fuese, los cielos lo tuvieran confundido por toda la eternidad.
No era nadie ya, solo un montón organizado de nervios y tendones, una maravilla de la evolución filogenética, una máquina de ajustado funcionamiento, pero sin alma, sin miras ni futuro, solo con responsabilidades que añadían un plus de dolor y menesterosidad a mi existencia.
Tenía que acabar el manuscrito de Antonio. De repente AR, se me antojó alguien digno y moralmente recto. Se atenía a una norma, la suya, la dictada por él, de acuerdo, pero no cambiaba las normas según las circunstancias, era como era y no solo lo aceptaba, estaba encantado con ser de esa manera. Lo que siempre pensé de él, que era una presa y producto a la vez del relativismo más abyecto se me deshacía entre los dedos; se me aparecía como un gigante de la moralidad más estricta, guiado siempre por una ética, la suya, pero categórica para él, no podría servir para nadie más por que él era un ser especial y la necesitaba, pero no se consentía apartarse de ella y eso le daba la dignidad que le rebosaba los poros; eso era lo que tanto me atraía del él, no su vida, creía yo que libertina y frívola, que no era más que la cáscara, el ropaje con el que él engalanaba su proceder.
Me senté a la mesa, con los folios delante y lo comprendí. Yo escribía para él, pero él era el que regaba con su personalidad lo escrito por mí, fecundaba con sus excesos y actos mis letras y engendraba obras maestras. Tenía razón en lo que me decía siempre; sin su encanto social y sus puestas en escena, fruto de su forma ética de vivir, mis folios escritos no pasarían de eso, de ser folios técnicamente bien escritos, irreprochables. Debía terminar lo comenzado, ignorar mi tragedia, mí bajada al séptimo círculo, olvidar mi degeneración  y en un último acto de generosidad entregar mi puesta de letras y folios emborronados, dócilmente, para que AR le diese el hálito de vida. Después..., que más daba lo que ocurriese después, a nadie podía importarle y al que menos a mí.
Estuve toda la noche escribiendo, febril, entregado, esclavo de mis propias letras. Cuanto más escribía, más ideas se me agolpaban en la cabeza a las que daba salida sin una vacilación, sin una consulta sintáctica, sin una duda filológica. Escribía y escribía ajeno a mi tragedia; la cabeza por un lado indicándome el camino de las palabras para terminar el manuscrito y por otro indicándome el camino que debería tomar mi existencia para que al menos el ultimo acto, la ultima ejecutoria tuviese algo de dignidad y no fuese un jirón desgarrado más de mi alma en mi haber, que añadir a la ruina moral en que estaba convirtiéndome. Las palabras salían de mi mano con una soltura y una facilidad como hacía tiempo, quizá años, que no recordaba y al mismo tiempo las ideas sobre como tendría que ser el siguiente capitulo de mi vida sin Marta y sin Ramón se iban volviendo calidas y dulces, suaves y aterciopeladas, apetitosas y reparadoras. Tenía mi cabeza dividida en dos y era incapaz de continuar con el trabajo de escritura sin tener que quebrar el hilo del pensamiento de mi vida futura.
Rizándose el horizonte de malvas y grises puse el punto y final a la obra. Me sentí plenamente satisfecho. Acabado el trabajo, del que me sentía colmadamente orgulloso me invadió una sensación de paz que me produjo un placer mas intenso que todos los orgasmos que hubiera tenido juntos, pero de mayor calidad, algo contemplativo, iluminativo y no solo por haber cumplido mi obligación sino por haber al tiempo encontrado el faro que me iba a orientar en medio de la terrible noche en que me encontraba después de los hechos acaecidos.
Con absoluta serenidad, incluso con ilusión y empuje de converso, empaqueté los folios que componían el manuscrito y lo deposité sobre la mesa del gabinete, con la leyenda “Propiedad de Antonio Orihuela”.
Pensé escribirle una nota pero luego creí que mejor dejarlo así. Saqué un sobre de un cajón y le puse la dirección de mi buen amigo, introduje dentro la llave de la puerta de la casa y una tarjeta indicándole que fuese a mi casa a recoger el manuscrito ya que yo me habría ido lejos, quizá muy lejos, para cuando recibiese la misiva y no deseaba que nadie supiese donde, porque en realidad yo iba a iniciar un viaje del que solo sabía el destino pero no el itinerario a recorrer. Fui al cuarto de baño y me enjuague la cara. Me pude mirar entonces al espejo; estaba radiante de felicidad aunque con el rostro agotado por toda la noche de trabajo febril antecedida de tantos acontecimientos que me habían minado la resistencia. Me atuse, cogí el sobre y salí a la calle en busca del buzón de correos.
Regresé al poco después de haber degustado un excelente café que tuvo la virtud de despejarme y terminar de ayudarme a ver que lo mejor que podría haber hecho es lo que tenía la determinación de hacer. Estaba contento conmigo; al fin tomaba una decisión ética, posiblemente la primera en toda mi vida.
Me dirigí a la despensa y recogí el tarro de elixir de la felicidad y lo limpié cuidadosamente de cualquier traza de mancha o impureza.
Finalmente decidí que AR se merecía una nota de despedida.
“Querido amigo, al fin está terminada tu novela, porque aunque lo haya escrito yo, se que es tuya nada más, aquí la tienes. Será un éxito. Eso, sí, te ruego que te encargues tu de los papeleos, por los viejos tiempos. Calculo que en tres días habrá llegado el sobre con la llave a tu casa, lamento el mal olor.
¡Ah, no se te ocurra tocar el tarro de ‘Chas 48’!, solo debe tener mis huellas, por aquello de las sospechas estupidas. Siempre te he querido y admirado, aunque te llamase ‘el imbecil’ cuando me refiriese a ti, pero era cariñoso.
Ahora ya me voy. Cuando llegué donde tenga que llegar intentaré comunicarte que todo acabó bien, y si no llego a ningún lado es que todo salió como yo me temía y ya no tendré conciencia de nada, lo cual será un alivio, sin remordimientos, ni culpas, sin obligaciones ni frustraciones”.

13.10.12

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