X
Escuché la puerta cerrase y la
casa se quedó tan silenciosa como un panteón después de marcharse la comitiva del
duelo. Me sentía como un cadáver al que dejan solo a su destino que es pudrirse
y desaparecer. Me faltaban fuerzas para seguir viviendo. Nada cobraba sentido
ni a nada tenía disposición de dárselo. Sin moverme de la silla donde se había
desarrollado todo lo antecedente comencé a llorar con ganas, dándome cuenta de
que tenía ganas de llorar y eso podría por si solo tener la fuerza de darme la
absolución de mis faltas o supuestas faltas si es que existían; ¡cuanto echaba
de menos aquellas maratónicas sesiones de confesión en el colegio!, en las que en la intimidad del sigilo no
quedaba más remedio que escuchar la regañina del padre Salmerón o el padre
Jaime, cuando uno, en medio del mayor apuro, se acusaba de haber tenido
pensamientos impuros con la vecina del
piso de abajo, pero con que alivio se
recibía la penitencia que cumplida, hacia borrón y cuenta nueva. Ahora era
distinto, toda la responsabilidad era de uno mismo y uno mismo era el que tenía
que perdonarse y eso, ¡era tan difícil!, como que no hay peor juez de uno mismo,
que uno mismo. Por eso al sentir que lloraba con ganas tenía la impresión de
que el arrepentimiento era sincero y por consiguiente eficaz para borrar esos
pecados de los que tanto había que lamentar.
Estuve un rato muy largo
meditando las lágrimas mas amargas hasta que sequé la fuente del dolor y el
debe de la culpa fue aminorándose. Respiré hondo, enjugué los ojos y me sentí
mejor, todo parecía haber pasado. Al final, recapitulando, ¿Qué es lo que había
pasado?, nada, que Marta había decidido dar un giro a su vida, un salto al
vacío sin excesiva reflexión, que en cuanto se le pasase el vértigo de la
aventura que le recordaba su juventud y le hacía sentir lozana y fresca, como
cuando era inmortal, regresaría a la cordura y volvería a su ser natural en el
que yo la perdonaría y olvidaría el sinsentido en el que ella había querido
experimentar el ser libre sin saber exactamente en que consistía el poder ejercer
eso tan manoseado y difícil de definir llamado libertad.
Luego, el libertino de su hijo
había querido llevarle al terreno de su desviación para justificarse ante si
mismo y ante él y había sucumbido a la tentación, pero había sabido finalmente
resistirse y aguantar la tendencia natural al vicio destructor. Nada había
pasado y solo restaba esperar a que cada pieza volviese a su sitio, que cada
rueda recuperase su ritmo de giro y para esperar, nada mejor que dedicarse en
cuerpo y alma al trabajo que haría que las horas pasasen cual Aquiles de pies
ligeros y de paso él cumpliría para con sus compromisos con Orihuela que a la
postre era lo único que a él le daba estabilidad, le daba de comer y pagaba sus
caprichos. Acaba de decidir que todo seguía igual y por lo tanto no había que
tomar ninguna decisión, ni drástica ni flexible, ninguna, dejar correr la vida
como se deja correr un río que siempre, siempre, acaba por encontrar por donde
fluir por mucho que se le quiera represar. Yo no quería que la rambla de la
vida, impetuosa en su furia, al intentar contenerla o desviarla de su destino
decidido, me arrastrase allá donde nunca habría querido ir.
Me acerqué a mi mesa de trabajo ordene y releí los
papeles que había escrito horas antes y continué trabajando.
Cuando sentí un pellizco en el
estomago, que creí que se debía a hambre, dejé de escribir y tome conciencia de
que no estaba Marta en casa. Era mi hora, la hora a la que siempre ella se
acercaba a mi mesa de trabajo con el aperitivo y con dulzura me invitaba a
descansar. El pellizco se transformó en vértigo y la nausea amenazó con
ensuciar de vomito los folios escritos. Me levanté de la silla sobrecogido por
la sensación y me recogí en mi mismo abrazándome, envolviéndome con los brazos,
protegiéndome de la orfandad en la que me encontraba. Sentí una punzada al
oprimir sobre mi pecho. Los dos pezones recordaban lo que Alicia acaba de hacer
horas antes. Me sorprendió que siguiesen doliendo y tuve que mirármelos en el
espejo. Me desabotoné la camisa y me dejé el tórax al aire. El espejo devolvía
una imagen que me provocaba curiosidad, excitación y sorpresa. Los pezones
estaban amoratados y gruesos, más grandes de lo que yo consideraba que era el
tamaño que tenían siempre, aunque no era una parte de mi cuerpo en la que me
hubiese fijado alguna vez especialmente. Se parecían a unos pezones pequeños de
mujer pero esponjosos, escarlatas y apetecibles de tocar. Y caí en la tentación
de acariciármelos sensualmente, por puro narcisismo. El escalofrío me recorrió
el cuerpo entero y mi miembro reaccionó como si tuviese un resorte conectado
endureciéndose en breves segundos. Se me entrecortó la respiración y lancé un
gemido de placer involuntario y complaciente. Me hacía gozar el pellizco suave
sobre los pezones; apreté un poco más y un dolor lancinante provocó en el
espejo la imagen de mi rostro contraído por el castigo, pero no solté la presa,
me rehice de la sorpresa primera y continué con el rehén de mi tortura, gozando
del dolor. Me producía doloroso placer pero deseaba más a cualquier precio. Se
había abierto ante mis sentidos un mundo desconocido que de forma ansiosa
deseaba explorar hasta el limite porque solo aquella introducción conseguía ya
proporcionarme más placer del que había conseguido antes en conjunto aplicándome
a meter allá donde estuviese caliente y húmedo y no apestase a varón. Deseaba
verme atado y violentado, vejado y sometido a disciplinas nunca imaginadas y
cuanto mas bestial era el tormento que imaginaba mayor era el estremecimiento
de placer que experimentaba. Cerré los ojos y dejé que se rasgasen todos los
velos y se rompieran todas las ataduras de mis prejuicios para ensanchar el
campo de aprovechamiento del placer. De inmediato apareció Alicia desnuda con
sus pechos firmes y deseables amarrándome sin piedad a un plinto sobre el que
había colocado un cojín que dejaba mi trasero en alto. Los tobillos a los lados
eran atados con cuerda áspera que hería la piel y mis genitales salían por un
orificio expresamente ideado a tal fin para que colgasen sueltos. La imagen
consiguió que la respiración se me acelerase y la presión de mis pinzas sobre
los pezones se acentuase. Alicia en la ensoñación primero se aplicó a
castigarme mis partes con un latiguillo de innumerables colas hecho de crines
lo que en mi imaginario me provocaba más doloroso placer de una superior
intensidad. Después ella se despojó de su tanga y enarbolando una enorme verga
me sodomizaba sin piedad, yo gritaba de dolor, congestionado y abrí los ojos en
ese momento asustado de lo que era capaz de imaginar justo en el instante en
que eyaculaba sin mediación de la voluntad o tocamiento dentro del pantalón.
Solté asustado los pezones y me
desabroché para ver el estropicio. Estaba pringado de semen pero conservaba
sensación de querer expulsar más. Con supino asco por el fotograma de mi
sodomía aún fresco en mi retina me exprimí el fuste del pene y el semen
restante salió a borbotones en una cantidad que me pareció excesiva acompañado
de algún que otro calambre bastante desagradable. Me limpié con disgusto por lo
que acababa de suceder y con los pantalones arrugados en los tobillos de la
forma más ridícula y charlotiana imaginable me acerqué hasta el dormitorio para
cambiarme la ropa interior. En medio de mi tragedia estupida, tuve que
sonreírme al verme caminar a pasitos cortos camino del dormitorio con los
pantalones caídos como si fuese un adolescente salido, pillado en falta en su
primera cita.
Mientras me cambiaba mirándome al
espejo me decía una y otra vez que aquello no podía ser. Estaba escandalizado.
Sin concurso de mi voluntad y guiado únicamente de mis instintos dejados como
garañón desbocado, a su antojo, había llegado a correrme con la imagen de un
tío con tetas violándome sin piedad. ¿Qué era eso?, ¿hacía que precipicios de
alienación o simas de iniquidad me estaba deslizando? Sería con seguridad nada
más que el castigo a mi vida de engaño y falta de sinceridad para con Marta. La
imagen que el espejo reflejaba era la mía, la de siempre, nada diferente, Marta
me dejaba y punto y eso era lo que me hacía comportarme de esa manera.
¡Por todos los santos!, estaba
desvariando. Me había corrido, solo eso, una eyaculación más y para ello había utilizado unas imágenes
absolutamente irreales que no tenían, ¡faltaría más!, porqué corresponderse con
la realidad. Echaba mano de la imagen de Alicia porque la tenía cercana y me
había proporcionado algún momento de placer exótico, diferente y nada más que
eso. Me propuse en ese instante no volver a plantearme ningún otro problema con
lo sucedido. Me estaba empezando a doler la cabeza.
Era ya de noche, estaba solo y
echaba de menos a mi mujer, de acuerdo, pero podía mirarse por el envés, como a
todo. Echaba de menos a Marta y eso significaba que estaba solo y podía usar de
mi libertad a mi antojo. Pero la realidad es que podía, pero no quería, no
tenía humor, ni fuerzas. ¿Para que quería por lo tanto esa supuesta libertad?,
¿Era libertad porque no tenía que defender lo que yo quería hacer?, ¿Era
esclavitud, entonces lo que yo tenía viviendo con Marta?
Decidí meterme en la cama y dejar
que el manto de la noche y la cobija del sueño permitiesen a mi mente reposar y
poder determinar que era lo que me estaba sucediendo y cual tendría que ser mi
postura en todo aquel embrollo. Había llegado un momento en el que ya no estaba
en disposición de determinar si había estado casado con Marta por amor, sexo,
convención o equivocación. Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza y me
deje caer en la cama.
Me desperté bañado en sudor
pegajoso y maloliente, con el corazón acelerado al punto del colapso, sin
aliento y con una erección dolorosa. Recordaba la imagen del sueño
inmediatamente anterior a la vigilia provocada por el mismo, a sabiendas de que
todo el tramo anterior tenía el mismo tema, que yo sin embargo iba a ser incapaz
de rememorar.
Marta estaba lubrica y
desinhibida a brazo partido con Alicia mientras yo miraba y le reconvenía
avisándole de que lo que ella quería que fuese una mujer era en realidad un
hombre y de un momento a otro sacaría su atributo y la poseería como macho que
era en realidad. En medio de mi explicación académica, otra parte de mí se
encontraba excitadísima solo por ver a las dos figuras femeninas componiendo
estampas de sexo ritual hindú que tenían tanto de excitantes como de irreales. En
un momento de aparente extatismo de la pareja Alicia hizo exhibición de su
masculinidad y Marta sin inmutarse le ofreció su ano mientras me miraba y me
afirmaba y confirmaba que aquello era realmente sexo placentero y no lo que yo
había practicado con ella durante mas de veinte aburridísimos años de
matrimonio. Después de un buen rato de sodomizarla, las dos se dirigieron a mí
reclamándome en su tálamo para enseñarme lo que era el gozo divino. Me tuve que
dejar llevar por la inminencia de la culminación del momento y comprobé como
Alicia entraba en mí con absoluta facilidad y Marta ofrecía su sexo a mi boca y
que crecía a medida que lo lamía de tal manera que me llenaba la boca como si
fuese un pene que me atragantaba con su grosor y pujanza. En ese momento me
desperté mojado del sudor viscoso y con el corazón en la boca. Me lancé a la
ventana abriéndola de par en par para coger aliento. El horizonte formado por
la silueta de edificios de color negro noche se recortaba contra un fondo de
malva oscuro que me reconfortó. Estaba amaneciendo y el terror que me suscitó
el sueño se aplacó. Aquel color tenue y vigoroso a un tiempo, me tranquilizaba.
Respiré el aire fresco de la mañana y la sensación de humedad pegajosa fue
desapareciendo. Cuando recuperé el ritmo del corazón y la respiración volví a
la cama.
Me desperté placido y feliz como
un lactante recién cambiado. Me quedé recostado, boca arriba, saboreando la
cama para mi solo, degustando el placer dulce y sencillo del roce de las
sabanas contra la piel, la sensación del sexo libre deslizándose entre los
pliegues del algodón, magnifica sensación erótica en algunas ocasionas más
deleitosa que el sexo mismo…
E inmediatamente se me hizo
presente el sueño de Alicia y Marta. De un salto me levanté, pero el daño estaba
ya hecho; la punzada dulcísima en la entrepierna, puñalada en mi orgullo de
hombre, recordando como se me llenaba la boca del sexo de Marta reduplicado en
tamaño y a rebufo me invadía otro, el de Alicia, y todo remunerado con una
esplendida erección. Empezaba a estar confuso. Quise desbaratar aquellas
malditas imágenes en mi cerebro y traje a primera línea, el recuerdo de la casi
violación de la desconocida en el
parque, pero se desdibujaba como una mala caricatura sobre la arena de la playa
y por mas que me esforzaba en encontrar en aquellos zafios esfuerzos sexuales del
forzamiento de una pobre mujer anónima y sola, una excitación de mediana
calidad, más frialdad recibía como compensación a mis esfuerzos. Sin embargo la
colorida imagen de las dos mujeres enzarzadas en una coreografía majestuosa y
electrizante con sus cuerpos relucientes de sudor y esfuerzo resbalándose las
pieles una sobre la otra y comiéndose materialmente con verdadera entrega, no
hacían más que provocarme escalofríos de placer que me recorrían la espalda de
nuca a rabadilla y me hacían desear, a mi pesar, que los fotogramas recordados
del sueño se materializasen de inmediato en una orgía de posesión bestial y
despiadada. Estaba sudando otra vez con el cuerpo saturado de angustia que
generaba las disparidad de deseos, lo que mi cuerpo deseaba ciegamente y lo que
mi mente me advertía que era repugnante, y era doloroso comprobar como iba
venciendo por goleada mi instinto más primario de hozar placer allá donde se
encontrase, fuese entre sedas o entre
espinas; mi ser social se batía en retirada y la vergüenza de mi mismo me
recordaba mediante el enrojecimiento de las mejillas que lo que deseaba no era,
según mis categóricos, lo más encomiable, lo que yo podría contar a alguien,
por mucha confianza que tuviese. Me daba cuenta que me deslizaba por la espiral
del vicio mas oscuro, cuando yo creí que esas praderas arrasadas de degradación
ya habían sido holladas por mi y no tenía ni idea de hasta que profundidades
iba a ser posible caer, pues comprendí amargamente que por mucho que se baje
siempre hay un escalón más, que incita a descenderlo. Sentí vértigo, al medio
vislumbrar, en que podría acabar todo aquello y quise remontar con un grito de
¡¡SE ACABO!! que me sorprendió por la violencia con que lo proferí.
Metí en la ducha otra vez mi
cuerpo queriendo que el agua se llevase de la piel toda aquella porquería soñada
que sentía adosada muy dentro y me hacia derramar baba de gusto sin que yo
quisiese tener intervención en ello. Dejé que resbalase el agua caliente sobre
los hombros y que me hiciese una túnica liquida con la que revestido, pudiera
oficiar el exorcismo que expulsase los demonios causantes de semejantes deseos.
¡Con lo feliz que era yo con mis pequeños asuntos, deslices sin importancia,
travesuras en fin, sin mayor trascendencia que cualquier mota de polvo que uno
se arrastra de la chaqueta en un ademán automático!, una mujer anónima, un
polvo rápido y excitante, por lo que de trasgresión burguesa tenía, dentro de
un orden perfectamente asumible, como
esos pequeños desperfectos o irregularidades que puede tener un hermoso yérsey
de lana tejido a mano que le dan
personalidad y frescura, son únicos; pues así era yo, único en mis pequeños
devaneos y ocupando un lugar en el entramado de la sociedad en el que me movía
con deleite y satisfacción, y ahora sin saber cómo, en menos de dos días todo
se había vuelto del revés y estaba teniendo hasta ensoñaciones de maricones.
¡Que desastre era este!, quizá queriendo jugar a transgredir, por no resignarme
a perder la petulancia del joven, que ya no era, me veía enredado en un juego
de trasgresión real que me conducía por caminos que nunca, de forma consciente,
hubiese querido hollar; efectivamente hay determinados juguetes que es mejor
contemplarlos de lejos por que se aprende, demasiado tarde, que son letales
solo cuando han estallado en nuestras narices. Yo no me di cuenta a tiempo.
Era temprano cuando pise la
acera. Desayuné en la cafetería de siempre con el periódico de siempre, pero
tuve que reconocer, después de leer cincuenta veces el mismo articulo sin
enterarme de nada, que yo no era el de siempre. El problema había que encararlo
sin demora. Me iba a demostrar a mi mismo que todo lo sucedido, soñado,
imaginado y creía que deseado, no era más que una consecuencia del terremoto
que me había sacudido como una hoja cuando Marta me salió por donde me salió,
había sido un incauto y estaba pagándolo. Iba a ir a casa de mi hijo a poner
cada cosa en su sitio. No me iba a negar a nada; ¿Quién dijo miedo? Estaba
seguro que en cuanto me zambullese en ese barro pestilente de una cama con un
tío, por mucho que Alicia no lo pareciera, la nausea me iba a rescatar del
trance y estaba seguro que no iba a dejar de vomitar en una semana. Demostrado
ante mí, quien era yo y qué mi cuerpo, todo volvería a encajar como si de una
complicada taracea se tratara.
Tomada la decisión, la prensa del
día dejó de estar escrita en tágalo para ser perfectamente comprensible y
gozable, como cada mañana lo era para mí. Una parroquiana de bastante buen ver,
de las de a diario, me saludó, como solía, y quise ver en su saludo un algo
más. Me regocijé al comprobar que mis antenas estaban sintonizadas en la buena
frecuencia y funcionaban a la perfección. Se habían terminado las dilaciones y
los titubeos. ¿Cómo había podido yo llegar a pensar…? me pareció increíble todo
lo sufrido el día anterior y sobre todo la noche, pero estaba ya claro que
había sido debido a la ausencia traumática de Marta. Todo se arreglaría.
Reconfortado por el desayuno y reconciliado
con las rutinas que hacían de mí quien yo sabía que tenía que ser, regresé a
casa. Estuve trabajando un poco en el encargo de Orihuela hasta que se acercaba
la hora en la que yo sabía que tendría que enfrentarme a los demonios
conjurados para tergiversar mi ser.
Marqué decidido el número de
Ramón, que no contestó, ni una, ni dos, ni tres veces. Me inquieté, no era
posible que no cogiese su teléfono, en algún momento tendría que estar cerca de
él y desde luego de una forma u otra terminaría por ver las llamadas perdidas
de su padre y acabaría llamando, aunque solo fuese por la curiosidad de saber
que quería. Me tranquilicé, sin embargo, con mi propia conciencia puesto que
por mí no había existido impedimento para enfrentarme al problema que me aquejaba
y que exigía resolución cuanto antes. De manera que continué trabajando hasta
mediada la tarde en que caí en la cuenta que no había comido nada desde el
desayuno. Con Marta en casa, ella era la que establecía los ritmos y marcaba
los tempos de la vida cotidiana; ella decía “a comer” y se comía, nada más y
nada menos. Ahora estaba sin ese referente y si mi estomago no avisaba, a mi no
se me pasaba por la imaginación que era la hora de comer o de cenar.
Decidí salir a merendar algo y me
pasaría luego en persona por la casa de Alicia y Ramón. Ahí no habría excusa,
me tendrían que abrir y solventar el asunto.
Llegué a la puerta de la casa de
mi hijo y llamé al timbre sin recibir respuesta. Llamé insistente hasta que
pasé del timbre a los nudillos aumentando a cada poco la intensidad del golpeo
de la puerta. Estaba a punto de perder la paciencia cuando otra puerta del
rellano se abrió y un hombre malencarado, con una colilla colgando del labio
inferior, ataviado con una camiseta de asas, raída y sucia, con unos
calzoncillos amarillentos de meadas entrecortadas.
- Deje ya de hacer ruido. No
están. Se han ido en buena hora aunque por la maletita que llevaban no creo que
estén mucho fuera, ese par de degenerados, que a mi no se me engaña fácilmente.
- Podría usted – no quise entrar
al trapo de su mala educación, ni hacerme eco de su juicio pero me escoció que
se hubiese percatado de la realidad – decirles cuando les vea…
- No podría – dijo abruptamente sin
dejarme terminar la frase y cerró con malas pulgas la puerta.
Me quedé helado. Se habían ido.
Pero ¿Dónde? Ramón tendría que haberme dado razón de su ausencia. Estaba
perplejo.
Cabizbajo regresé a casa a
continuar trabajando, única patria y refugio que me quedaba ya que mi mujer y
mi hijo me habían dejado abandonado a mis propias contradicciones. Me di cuenta
entonces que sin Marta, los devaneos que mantenía de vez en cuando no tenían
sentido. ¿Qué razón podría tener yo para saltarme cualquier linde si no había
tal linde? Sin Marta la vida se volvía gris y monótona, la necesitaba a ella
para poder jugar a engañarla, la quería como referencia que me orientase en
medio del trafago del mundo que en el fondo me asustaba y me recordaba que solo,
no era nadie, la necesitaba cada día para restaurar el orden que tanto me
estimulaba transgredir. Sin Ramón del que poder acordarme como alguien mío
donde poder ir a descansar como espejo de mi mismo, no acababa de saber cual
era la razón de existir si encima no estaba Marta que era la razón que
explicaba a mi conciencia el abandono de mi hijo y la calmaba. Solo me quedaba
un referente y era Orihuela. Tenía que ser Antoñito, precisamente Antoñito, el
imbecil al que detestaba pero del que no podía desentenderme sin perder algo
mío, necesitaba verle, escucharle sus banalidades, sus frivolidades y a veces
su perfecto sentido común de persona muy centrada para saberme yo y no perderme
en la locura de olvidarme quien era.
Sin pensarlo dos veces me dirigí
a casa de Antonio rogando a todos los dioses y a los demonios también que
estuviese en su casa.
XI
Estaba vestido de manera informal
para salir. Me sorprendió que no llevase nada puesto que le destacase. Estaba
vestido para pasar desapercibido, algo inusual en él. Tenía la cara seria. Yo
conocía esa cara, no estaba para bromas y si se le pinchaba lo que podía
escupir por la herida era solo veneno, concentrado y mortal. Al verme en el
umbral no cambió el gesto. Áspero como una lija.
- Y tú, ¿Qué coño quieres ahora?
– No pestañeaba, quería herir con su afilada lengua – si necesitas consuelo
búscate una de esas tías que tu te jactas de tirarte cuando te sale de los
cojones y que ella te enjugue las lagrimas de cocodrilo esas que vas
derramando.
- Espera, Antonio, ¡joder! Deja
que tome resuello, te diga a que vengo y luego si quieres me muerdes la nuez –
intenté dar a mi entonación galibo de injusto trato.
- No puedo quedarme en casa, así
que si quieres decirme algo por el camino – noté que había acusado el golpe de
mi reproche, porque volvía a su discurso de siempre, afectado y falsamente vacío
– porque lo que podría hacerme no salir era recogerte el manuscrito, pero como
veo que no lo tienes, pues eso, que nos vamos.
Y con la última palabra me dio un
empujón y cerró la puerta tras de si.
Caminaba deprisa y yo le seguía a
duras penas manteniendo su ritmo, no porque no pudiera hacerlo, estaba en
bastante buena forma, sino porque no entendía aquella premura y quería
detenerme para comprender aquel pasillo de comedia caminando como de cine
cómico antiguo. No cesaba de preguntarle sin que me respondiese que donde iba
con aquellos agobios, que a qué venía aquella prisa, pero no se dignaba
responderme. Finalmente, le sujete por el brazo con firmeza, a sabiendas del
mal humor que le provocaba que le detuviesen tocándole, y le obligué a mirarme
a los ojos.
- ¿Dónde vas con tanta
diligencia, llegas tarde a algún sitio? Es que no lo entiendo; voy a tu casa a
desahogarme contigo por que eres mi amigo y me conduces en una alocada carrera
a ningún lado. ¿Dónde vamos, te repito?
Me clavó los ojos con aspecto
cansado y se le arrasaron de lágrimas.
- Tenía que irme. No podía
soportar estar entre aquellas paredes – miraba ahora al suelo, como azorado por
mi presencia, exhibiendo un pudor por la confidencia que nunca le hubiera
imaginado a él – testigos de la felicidad que ahora, ya, no tengo – levantó la
vista y me traspasaron sus ojos plenos de sinceridad sin decir ni una palabra
más. El color marrón chocolate habitual se trocaba en un color miel, sucio
sombrío.
- Bueno, ¿Qué ha pasado? – le
pregunte cargado de razón, con impúdica ingenuidad.
- ¿No lo sabes, no eres lo
suficiente inteligente para deducirlo? – Me sonrió condescendiente echándome
sus manos por la nuca atrayéndome a su hombro para poder llorar mientras
hablaba y que yo no lo viese – siempre serás encantadoramente básico. Rony, se
ha ido, me ha abandonado por una bruja con titulo que le dobla la edad, más
rica que yo y más recauchutada que una actriz porno. ¿Te das cuenta? – me
separó bruscamente de su hombro y me clavó sus ojos escandalizados por lo que
me iba a decir - me ha dejado por una
tía decrepita, el muy cerdo, a mí, un artista, una gloria de las letras…
- Conmigo no, Antonio, conmigo no
– le retiré con ternura sus manos de mi nuca, ya tenía yo bastante preocupación
con mis sueños como para que en carne y hueso un hombre me echase los brazos al
cuello - Eso tan cursi de gloria de las
letras será para los suplementos dominicales de algún diario de provincias,
pero a mí no me vengas con esas, porque no. Tú a lo más que llegas es a cambiar
algún tiempo verbal o una sintaxis que es perfecta para dejar lo que yo hago en
mal lugar – trufé mi contestación de una veta de indignación. Tu gloria es mía
y esa será siempre tu espina que jamás podrás desclavar de tu ego.
- No te has dado cuenta aún que
yo soy un artista de las letras, una gloria como te he dicho, y mi privilegio
es la imperfección, que es única, tu no pasas de buen artesano y tu obligación
es hacer las cosas perfectas, de lo contrario en lugar de obras de arte que son
las que yo remato harías bazofias indigeribles. ¿Por qué crees que me publican
a mí y no a ti, encanto?
- Tienes un ego mas grande que tu
lujuria por los hombres, algún día alguien te va a parar los pies y entonces…,
pero a lo que estábamos Antoñito – le apliqué el diminutivo a conciencia, para
herirle - Que estabas hecho a Rony y creías que él se había hecho a ti, pase,
pero que te escandalices de que se haya ido por una tarjeta mejor dotada es
imperdonable – intentaba seguir profundizando el dolor - Has perdido el sentido
de la medida y la realidad. Rony era un cuerpo digno de haber salido del cincel
de Praxisteles, pero si tu te llegaste a creer que estaba contigo por algo mas
que dinero, permite que te diga que tienes perdidos los papeles, con esos
atributos, el estar a tu lado no era más que una dulce espera en la sala VIP de
la estación en lugar de expuesto a la intemperie en los andenes, a que llegase
el tren de lujo que le llevase en clase tipo Oriente Express, donde él sabía
que se merecía llegar.
- ¿Cómo te atreves…? – intentó
indignarse
- Conmigo no finjas Antonio.
Además eres más listo de lo que tú quieres hacer creer que eres. Sabías que
esto llegaría a suceder y Rony no era más que un profesional que te cogió la
medida.
- Me hacia tan feliz, entendía a
la perfección mis necesidades y ahora una guarra empingorotada se lo lleva –
intentaba otra vez volver a hurgar en las heridas para hacerse el afrentado –
Que puede tener esa tía que no tenga yo ¿eh? Dime, qué.
- Está clarísimo, pero formulado
al revés. Qué no tiene que a Rony le sobra de ti.
- Pues me sobraría, que de eso
nunca sobra – me regaló una mirada picara y cómplice - pero buenas mamadas que
hacía el muy maricón.
- Sabes perfectamente que es un
profesional y estoy seguro que le daba tanto asco meterse en la boca tu sexo
como tiene que dárselo el comerse esa especie de carne fláccida y caída rodeada
de escasas canas que le puede ofrecer, además de los dineros, esa vieja.
- Es un cerdo. Ojala acabe de
chapero tirado de valla de cementerio por lo que le den que espero que sea por
el culo.
Antonio dio de esta manera
zanjada la discusión y yo me sorprendí de repente despejado de problemas y
dudas. Me encontraba más fresco; Antonio había actuado sobre mí como un
extractor de humos de una freiduría, había conseguido despejarme el ambiente y
me encontraba bien.
- Pues yo creo más bien que
terminará con una buena cuenta corriente y pasando los días más felices de su
vida en compañía de una muchacha que le pueda dar la replica en belleza y
cuerpo.
- ¿Tu crees? – se detuvo y me
miró a los ojos con sinceridad – Bueno pues sí, porque la verdad que el tiempo
que ha pasado conmigo me ha hecho feliz, que eso ya es difícil teniéndote a ti
de colaborador, y no ha sido abusón conmigo, aunque una buena pasta si que se
ha tenido que llevar.
- La que tú le hayas dado.
Conociéndote, te habría faltado acera para correr a comisaría a denunciarlo si
pensases que te ha robado un chavo.
- Bah. Bueno y ahora tú. Yo ya
estoy dispuesto a buscarme un chaperito de buen ver, pero a ti que tripa se te
ha roto ahora, que es que llevas una temporadita que no se cuando coño vas a
terminar el manuscrito, pero te pasas la vida en mi casa.
Fue decidido en un instante. No
tenía la menor intención de comentarlo pero me salió de esa manera y al
escucharme mis primeras palabras, no me pareció mal seguir con el dicterio.
- Marta me ha dejado – intentó
mediar en la conversación de inmediato pero le contuve con un gesto autoritario
de mi mano extendida en un irrenunciable “pare”- pero no solo me ha dejado. Es
como si me persiguiese la desgracia y la incuria, la ambigüedad y el vicio mas
sucio; me ha dejado, pero por otra mujer. Ahora ya sabes porque de mi
insistencia en estar con alguien que se exactamente quien es y se que puedo
esperar de él. De ti se perfectamente por donde va tu vereda y yo lo que
necesito en este momento es una referencia de estabilidad aunque esa
estabilidad sea la tuya.
Antonio se quedó con la boca
abierta y sin poder de replica. Abría los ojos y me miraba atónito con un
rictus de sorpresa y sarcasmo a la vez. Los ojos le comenzaron a lagrimear y
poco a poco se le fue imponiendo una risa que le convulsionaba el cuerpo y
hasta le impedía respirar con normalidad. Terminó por atragantarse y tener que
toser para aliviarse.
- Me estás mintiendo. Dime que no
es mentira – y vuelta a reírse de manera nerviosa - ¡Tú, entortillado! A mi me
va a dar algo.
- En realidad antes que buscarte
intenté que me consolase mi hijo y fue un fiasco porque se presentó en casa con
Alicia, normal por otra parte, es su novia, y la cosa no acabo como debiera.,
les tuve que echar y cuando he ido a buscarles a su casa han desaparecido y no
contestan al teléfono.
- ¿Porque no acabó como debiera?
que dices eufemísticamente, hubo más que palabras, ¿a que sí?
- No merece la pena ni hablarlo,
fue una travesura de Alicia, que no llegó a nada. La chica quiso alegrarme el
disgusto a base de caricias y no era el momento, además en presencia de mi
hijo, tú verás…
- Bueno, pero cuéntame lo de
Marta.
- Fue una especie de encerrona –
no paraba de mascullar entre dientes haciéndose lenguas del incidente – aunque
ella dice que fue sin meditar y surgió así. No me ha dado detalles, ni yo se
los he pedido, pero fue después de una noche con unas amigas de siempre en la
que al parecer – pienso yo que tuvo que ser así - el alcohol y las tontunas
hizo que le viese la punta al sexo de compañerismo y acabo viéndose envuelta en
una sesión publica de sado que le ha debido trastornar. Yo supongo que algo
como cuando cuatro púberes descubren el valor de un orgasmo con eyaculación y
exploran el masturbarse mutuamente a ver que tal, si mejor o peor, solo que
ella ya peina canas, joder, y no es momento de experimentos.
- ¿Qué sabes de la vida de Marta,
antes de que tu la conocieras? – su voz le cambió y era ahora sería y académica
– porque yo te aseguro que una mujer rondando la cincuentena si no tiene en su
armario algún cadáver con faldas escondido no es probable que empiece una
singladura de la que no conoce el puerto de destino. ¿Sabes realmente algo de
ella de su vida anterior?
Tenía razón. Después de la
primera sorpresa y risas por la impresión, Antonio, que de tonto no tenía nada,
ponía las cosas en su sitio. Nadie descubre sus inclinaciones sexuales
verdaderas de la noche a la mañana mediados cincuenta años desde su
alumbramiento y si las descubre, las sepulta en la sentina mas secreta y
profunda de su conciencia porque hasta a uno mismo se escandaliza de sus
pulsiones, ¿me estaba pasando a mí? La tal Sebas solo tuvo que tocar el resorte
adecuado para que tuviese que saltar al primer plano sus verdaderas tendencias
largos años aparcadas por falta de arrojo o de oportunidad y que llegan a ser
tan intensas y necesitadas de luz y color que saltan sin posible contención
como se revienta una presa cuando acumula agua que ha llegado a lo largo de
años mansamente pero se desborda con violencia incontrolada en un solo momento.
De Marta solo llegué a saber que
venía de una relación que le hizo mucho daño y que estaba escarmentada de todo.
Es verdad que la primera vez que la encamé, estaba tensa como cuerda de piano y
poco imaginativa, más bien fue un bloque de mármol, pero entre mi rijo habitual
y que supuse que los nervios de la primera vez conmigo no la dejaban tampoco
producirse espontáneamente, no le di demasiada importancia. Pues parece que si
la tenía.
- ¡Eh! Que yo sigo aquí – delante
de mi ojos agitaba sus manos Antonio – que si sabes algo de Marta de antes de
conocerla.
- Perdona. Estaba pensando
precisamente en eso. Lo cierto es que no, salvo que ella venía de una relación
que le hizo daño y nada más.
- Y no sabes si esa relación era
una o uno.
- Pues no. Supuse que era un
hombre, ¿por qué habría tenido que pensar que era una mujer? ¡Es que hay que
ver que retorcidos sois!
- Pues mal hecho, maricón, por
que era una tía.
- ¡Joder, Antonio! Que no me
vuelvas a decir eso – intento disculparse pero ni le dejé – ni en broma. Te he
dicho muchas veces que yo no soy maricón, ni a mi edad ya creo que vaya a serlo
por mucha ilusión que a ti te haga.
- Pero un poquito gay si que
eres, lo de tu Alicia…
Le fulminé con la mirada. La
sangre se me subió a la cabeza y regresó incontinente hasta los puños que
reclamaban expresarse violentamente. Antonio lo comprendió y se disculpó.
- Era una broma nada más, hijo,
no te pongas así, cualquiera sabe que tu eres muy macho, que se lo pregunten a
la promoción femenina de la facultad, yo creo que no dejaste ni una sin picar,
aunque alguna te dio una buena manga de hostias y no me vayas a decir que es
mentira – dejo un espacio de silencio para darme la oportunidad de defenderme -
Vaya, vaya con Martita – cambió de tercio y yo se lo agradecí – con lo
morigerada que era; te he de confesar que a mi me la pegó, lo llevaba la mar de
bien y mira que a mi no se me pasa una bollera, que las huelo de lejos, pero
Marta debía ser de la secreta, ¡joder con Martita! Después de todo, me has
alegrado el día y me has hecho olvidar lo de Rony que, ¿sabes que estoy
pensando? Que ya cerca de los treinta estaba reclamando sustituto, uno así como
mas chulazo, menos sofisticado, más canalla, que este Rony empezó bien, pero
fue refinándose y a lo último ya no era lo que fue cuando lo recogí del arroyo,
que se notaba por ultimo que le gustaban ya las colitas cuando al principio le
daban asco. Ahora voy a ir por uno chulazo de verdad, algo excitante, que se
note que no le gusta mas que el dinero y las tías y que cuando me siente la
mano no se ande con remilgos, ni se deje tocar. Uno serbio o de esos violentos
del éste.
- Ten cuidado a ver si te buscas
un problema en lugar de un chapero.
- A mi edad lo más excitante son
ya los problemas, el resto se compra con dinero. Necesito un chaval de unos
veintidós, violento, ladrón y despreciativo, insobornable en sexo y que pase el
trago de violarme por la pasta. Da gusto después ver como poco a poco el
dinero, el lujo y la posición les va corrompiendo hasta que caen en las redes
del vicio y acaban por ponerte el culo – y en este punto se echó a reír
nervioso como pillado en falta – bueno no debiera decírtelo, pero ya que se ha
ido con la viejarranca esa de los millones, que se joda. Rony me trajo hace
unos meses un dildo medianito para que lo usase con él y poder después zumbarme
por hacerlo, pero la realidad es que cuando le clavaba el artilugio se
empalmaba y sin sacárselo me obligaba a felaciones largas y que si eran
placenteras para mí él las disfrutaba más que yo. Me decía que si alguien se
enteraba me iba a matar, ahora ya da igual, a ver quien le mete ahora el
consolador al maricón. Por eso te decía que antes o después todos se corrompen
y acaban gustando de los placeres del sexo allá donde aparezca cualquiera de
sus manifestaciones. Todos somos las dos cosas, desengáñate.
- No generalices. Tú eres un
vicioso y lo que tocas lo vicias, pero no todos somos así. Y ahora tengo que
dejarte – en mi bolsillo vibraba el móvil.
- Espera, hombre, espera – me
gritaba mientras me alejaba en dirección contraria con celeridad para poder
recibir la llamada, que en lo más profundo de mi ser deseaba que fuera de
Marta. Doble una esquina y descolgué.
- ¿Sí? - Dije temeroso de quien
pudiera ser.
- Papa, soy Ramón. El vecino ese
tan simpático que tengo me ha dicho que estuvo un hombre preguntando, él dijo
aporreando de forma maleducada, la puerta, y supuse que solo podrías haber sido
tú.
- Si, Ramón, que alegría
escucharte. He llamado varias veces a tu casa…
- Hemos ido al hospital…
- ¿Te ha pasado algo, te
encuentras bien?
- No, no es por mí, es por
Alicia. Le van a hacer las pruebas preliminares para la operación y la he
acompañado. ¿Por qué no te vienes a casa y comemos aquí? Alicia va a pasar la
noche en el hospital y como no está mala ni nada, no necesita que haya nadie de
noche y además tú estás igualmente solo.
- Si te parece, tengo alguna cosa
que hacer, me paso esta noche y ya cenamos y podemos hablar y tomarnos algo.
- Venga papa, estupendo, y si
quieres te quedas a dormir, que solo en tu casa tienes que estar peor.
- Bueno, eso lo discutiremos tú y
yo luego.
No sabía porqué tuve que
demorarle la cita, quizá me relajé al saber que no le pasaba nada, fue
impulsivo. En realidad no tenía nada que hacer, pero quería meditar en soledad
sobre lo que acababa de descubrir gracias a que Antoñito me había abierto los
ojos. Marta siempre fue, como poco, bisexual y tuve la mala ventura de que se
topará en mala hora con una lesbiana con ganas de enredar. Quizá ella tenía ese
carácter y esa forma de sexo porque le asqueaban los hombres y conmigo solo
tenía un modo de vida al que se había hecho, como el condenado a cadena
perpetua a su celda. Continué camino sin rumbo pero unas caderas meciéndose al
compás de mi mirada me sacaron del ensimismamiento y me devolvieron a mi identidad.
Era yo otra vez. Seguí las caderas sin importarme a que mujer pertenecían,
edad, cara, condición; eran nada más que un objeto animado que tenía la virtud
de despertar en mi, pulsiones casi olvidadas e incluso temiendo a veces que
desarraigadas en vista de ulteriores acontecimientos. La falda de un tejido
parecido al raso, que se ajustaba a las rendondeces de las nalgas y resbalaba
sobre ellas con el acompasamiento de la marcha me hacía imaginar que era mi
glande el que resbalaba por entre semejante lisura y eso despertaba una
erección impaciente y reveladora de mis intenciones. El paseo del que perdí la
noción del tiempo que estaba durando, termino en el vomitorio del suburbano. Un
estremecimiento y una alegría interna me hicieron brincar el alma. Una vez más
el Metropolitano como marco a mi lujuria, como base de todas mis lubricidades,
las normales y sanas, no todas aquellas morbosas y anormales que me habían
estado acechando durante las últimas horas. Todo se recolocaba otra vez.
No podía quitar la vista de
aquella falda danzando ante mis ojos que me llevó hasta un anden repleto de
gente que iba o regresaba donde fuese y que sin quererlo se iban a convertir en
cómplices míos. Cuando el convoy llegó entre resoplidos y aullidos metálicos
supe colocarme a su espalda y fue ese primer instante en que aquellas caderas
que me tenían hipnotizado revelaron que llevaban una cabeza con una hermosa
cabellera roja fuego que se giró para lanzarme una mirada de reconocimiento y
lo que creí que se trataba de una sutil
sonrisa de aceptación de mi envite. Una vez vaciado el vagón de viajeros,
entramos los que esperábamos; ella delante, yo, incontinente, detrás de ella,
intentando no rozarme, esperando que fuese la estrechez propia del vagón la que
diese coartada a la presentación de mi sexo más turgente ante su nalga firme y
cercana. Efectivamente y como yo suponía, al desbordarse la marea de carne sudosa,
empujó y empujó hasta que no tuve más remedio que estrechar mi cuerpo contra la
espalda de la pelirroja y hacerla sentir cuan dura tenía mi entrepierna. Me dio la impresión que en un
principio ella intentaba retirarse para de forma inmediata saber que ella hacía
presión sobre mí lo que me obligó casi a intensificar, ahora si de forma
voluntaria, la presión sobre su nalga que era dura al tacto. Volvió a girar la
cabeza mirando sobre su hombro y al hacerlo entreabrió los labios carnosos sin
decorar, pero rojos de vida y deseo tras de los cuales se apreciaba una hilera
de marfil regular y blanquísimo. Estaba
a punto de estallar y fue cuando ella comenzó a hacer movimientos
imperceptibles a un lado y otro masajeando aquel objeto duro que impactaba en
su cuerpo y no pude aguantar más; acerqué la mano a la carne e hice presa en
ella. Casi de forma simultanea ella bajo su mano y retiro la mía para desplazar
la suya esta vez hacia mi cuerpo y rozar el glande a través del pantalón que ya
gritaba por compasión poder salir y culminar. Fueron dos suaves roces y comencé
a eyacular intentando contener los espasmos. Cuando el tren se detuvo en la
siguiente estación aún estaba saliendo semen de mi pene y la mujer se volvió
para mirarme a los ojos y decirme al oído antes de irse definitivamente de mi
vida.
- No eres más que un conejo que
no vales más que para pajearte.
Las puertas del vagón volvieron a
cerrarse después que se volviera a
llenar de viajeros y me vi embutido entre trabajadores que volvían o iban, con
una mancha respetable en el pantalón y el deseo no solo intacto, sino más
intenso aún, con la honrilla mancillada y la furia pintada en los ojos. Me
había corrido, sí, pero el deseo se había nutrido de la afrenta y solo bramaba
por dentro ahora por poder metérsela a aquella zorra para que supiese que clase
de hombre era yo.
En la siguiente estación salí
mezclado entre la gente y como pude me fui cubriendo para disimular el
desaguisado. No estaba lejos de la casa de mi hijo y otra vez en la misma
situación. Era como si una maldición hubiese hecho de mi cuerpo su aposento, la
segunda vez en pocos días que llegaba a casa de mi hijo emporcado de semen,
menos mal que no estaría Alicia.
Todo lo que estaba sucediendo en
los días que estaban pasando era muy raro, todo se enredaba y complicaba sobre
todo sin que yo me buscase problemas. Es que ya ni mi especialidad, que era los
contactos furtivos sacados del Metro que tantas y tan buenas jornadas
cinegéticas de sexo me habían reportado servían para poco más que para hacerme
sentir como un paleto zafio y torpe, grosero hasta la nausea, que no era capaz
ni de terminar de forma correcta un contacto.
Estaba cerca ya de la casa de
Ramón cuando tintineó el móvil. Supuse que era mi hijo y al sacar el aparato,
como estaba medio enmendado con papel adhesivo y yo estaba irritado y nervioso
por lo que acababa de sucederme se me escapó, cayó al suelo, se
desengualdramilló y dejo de existir. Si era Ramón cuando llegase a su casa en
unos minutos me enteraría. Retiré la tarjeta SIM del cadáver de teléfono y
deposite sus restos en una papelera no sin cierto remordimiento ecológico por
lo de la batería, que encima era nueva, pero estaba yo como para delicadezas al
uso; el mundo entero se me derrumbaba y cuando lo creía medio enderezado un vendaval
pelirrojo de un papirotazo, que podría tildarse de hasta rumboso y ocurrente,
me lo dejaba para el arrastre.
Llegué a casa de Ramón agotado de
tanta incidencia y derribo. Me abrió la puerta, contento y acogedor. Al menos
por ahí las cosas discurrían por su cauce.
- Pasa papa – me dio dos besos.
- Me tengo que cambiar, ¿tienes
un pantalón por ahí? – estaba incomodo y no podía seguir como estaba.
- ¿Qué te ha pasado, te has meado
encima? – Se me quedó mirando un instante a la bragueta y continuó con una
sonrisa considerada y entrañable - ¡papa! Eres incorregible, pareces un
adolescente, ¡otra vez!, ¿como ha sido?
- De gilipollas. Una tía muy
buena que me ha dado cancha en el Metro y luego se ha cachondeado de mí, pero
no he podido dejar de correrme como un chiquillo.
- Venga, ven por aquí, te duchas
y te pones un pijama y ya te quedas a dormir aquí. Tu solo, yo solo, qué mejor
compañía podemos tener.
Me duché tranquilo y al salir me
sentí limpio y feliz de poder pasar la noche con Ramón. El pijama era de pata
corta y amplia como correspondía a una prenda que debía ser cómoda. La parte de
arriba camisera, fresca y agradable al tacto. Me resultaba confortable porque
los genitales quedaban sueltos y libres para moverse dentro de la tela porque
el pantalón carecía de cualquier malla para contener esos órganos; esto a mí,
que era tan sensual, me resultaba estimulante. Noté como el miembro adoptaba un
tamaño acorde con su nuevo acomodo pero sin erección en absoluto, era agradable
en una palabra sentir las bolsas y el pene colgar libres rozando a cada paso
los muslos.
Cenamos en la sala donde horas
antes yo había tenido mis más y mis menos con Alicia. Sentados los dos en el
sofá tomamos unas cervezas con algo de queso y fiambre. Después Ramón me sirvió
un güisqui y para él vodka.
- Nunca me ha gustado el güisqui,
papa, muy dulzón para mi paladar. El vodka sin embargo es como más recio, más
sincero, no te engaña con el paladar, es seco y sabe a alcohol, sabes que si
sigues te emborrachará, con el güisqui hasta que no estás a gatas, no te das
cuenta de su potencial emborrachador.
- Nunca te gustaron los engaños,
lo se – asentí al tiempo que bebía de mi vaso – pero a veces no está de más una
mentirijilla que otra, digamos que como enlace entre dos verdades, para dar coherencia
al relato.
Se me quedó callado sin apartar
su vista de mis ojos, sonriéndome como solo él sabía hacerlo. A mi me derretía
esa sonrisa, era la misma desde que cumplió los seis meses de vida y jugueteaba
en la cama con el vello de mi pecho. Al cabo me sirvió un vaso más.
- Y me siguen sin gustar los
engaños y procuro no solo ya no engañar, sino que dé la impresión de que no
quiero engañar a nadie – lo decía mientras se servia otro vaso él también – Me
gusta estar contigo a solas papa, me resulta entrañable. Te eché mucho de menos
siempre; la abuela, bien, se ocupaba de mí, pero tu olor, tu presencia, tu voz,
tus cosquillas… ¿Sabes? Dejé de tenerlas al poco de dejar de verte. Hasta te
odié por no preferirme a Marta, luego soñaba contigo y lloraba tu ausencia, se
me hizo duro renunciar al tacto sedoso del vello de tu pecho, a tu estampa
saliendo empapado de la ducha. Te quiero, papa.
La mirada que me dirigió a
continuación a mi entrepierna sin mudar el gesto, sin mala intención, inocente,
solo bajando los ojos hasta impactar en mi cuerpo me dejó sin respiración. Yo
no me había dado cuenta, pero en la posición en la que me encontraba con una
pierna flexionada y apoyada de lado sobre el sofá, los genitales se salían por
la pernera y reposaban mansamente en todo su esplendor ingenuo sobre la
tapicería del asiento.
- ¿Que pasa? – le pregunté
escamado de tanta insistencia en la mirada, al tiempo que miraba yo para
interesarme por la razón que le impulsaba a no quitarme ojo del pantalón.
- Nada – y en ese momento caí en
la cuenta de su interés por lo que me coloqué en una postura más discreta – me estaba
fijando bien en tu pene y en tus bolsas que con las diferencias de edad son un
calco de las mías. Yo tengo quizá el pene algo mas grande, quizá cosas de la
edad o la alimentación, y el vello más espeso y negro pero…
Y con la mayor naturalidad se
bajó su pantalón de pijama para enseñarme sus genitales.
- Ramón, por favor, te los he
visto muchas veces, ya está bien, soy tu padre, ten un poco de respeto.
- ¿Qué respeto?, yo no te lo
estoy faltando, es solo mi cuerpo, que soy yo mismo.
Terminó de sacarse los pantalones
y se quedó desnudo de medio cuerpo, a pesar de mi recriminación, apurando su
vaso de vodka sentado frente a mí sin el más mínimo asomo de pudor. Yo no podía
evitar sentirme incomodo delante de su descaro pero sin embargo me
escandalizaba más la sensación de vértigo que me inundaba el pecho, el gusano
ebrio que se retorcía en mi estomago y se estrellaba contra mi bajo vientre
haciendo que iniciase una erección lenta pero inexorable. No entendía el porqué
de aquella respuesta de mi cuerpo, pero estaba alarmado, la boca se me secaba y
apuré mi vaso de güisqui de un trago. Me tranquilizó el trago, pero la erección
no se detuvo al punto de que el glande comenzó a asomar por fuera de la pernera
del pijama, levantándola. No se escapó el detalle a Ramón que dibujo en su cara
una amplísima sonrisa echando mano de la botella de vodka para escanciarme
en el vaso.
- Quiero que pruebes el vodka
ahora y sientas la sinceridad de un alcohol sin doblez, es lo que necesitas en
este instante para hacerte pasar el mal trago por el que estas pasando. Tu
cuerpo es sincero como un niño y solo expresa sus deseos con candidez pero
contundencia.
No sabía que contestar y tampoco
tuve los redaños suficientes para oponerme, cuanto más deseaba que
desapareciese de mi cuerpo el pene, más grande y turgente se tornaba. Tome el
vaso y bebí. Quemaba la garganta y caía en el estomago como fuego ardiente arrasándome
el alma, pero reconfortando el cuerpo. La cabeza empezó a ponérseme espesa y
ligera a un tiempo; sentía mi pene pesar cada vez más y observé como el de mi
hijo engordaba por momentos también. No podía estar pasando, no podía sentir el
deseo que estaba sintiendo, pero era lo que estaba sucediendo y lo que era peor
no era capaz de oponerme, lo deseaba sin más, la voluntad se deshacía en la
sopa de alcohol consumida. Las palabras empezaron a fluir de mi boca con plena
autonomía sin control de mi mente, hablaba un Cesar al que yo no conocía pero que
me era muy familiar.
- ¿Soy gay, Ramón? Me apetece
tocarte y acariciarte y yo no soy, o no sabía que podía ser así – mi pene se
hacía más duro por momentos y reclamaba silencio y pasar a la acción – ya se
que soy un degenerado, pero, ser gay es mi mayor preocupación. ¿Soy maricón? no
me lo puedo creer.
- Serás gay si antes me defines
que es serlo – se acariciaba su pene sin recato haciendo resbalar lentamente la
piel sobre el capullo sin dejar de hablar - ¿Qué es ser gay, papa, tu me lo
puedes decir ahora que estas sintiendo esta pulsión? Me deseas, ya lo sé, pero
hasta donde me deseas, tocarme solo, masturbarme, hacerme una felación, quizá
penetrarme. Además de todo tendrás que asumir el incesto, aunque eso será otra
cuestión. ¿Dónde pones el límite para etiquetarte de gay? Ser gay no es más que
ser ingeniero o médico, ¿se puede dejar de serlo?, podrás dejar de ejercerlo o
no haberlo ejercido nunca, pero solo eso. El que tú hayas estado toda tu vida
haciendo sexo con toda mujer que se te haya puesto a tiro no quiere decir nada
más que hasta hoy no se han dado las circunstancias adecuadas para que puedas
expresarte como gay. No se es o se es, sencillamente se conduce uno guiado por
aquello que uno supone que va a proporcionar placer y satisfacción sin reparar
en que pueda ser aprobado o no por la mayoría. Si no perjudica a nadie, ¿a
quien le puede importar? No seas más rehén de los prejuicios de una sociedad
que le horroriza cualquier cambio en el paso de su marcha, no sea que se le
desorganice el desfile y se acabe el espectáculo que, felices, cuatro
aprovechados contemplan mientras se dedican a practicar todo aquello que en ti
denigran.
Estaba mareado y sin saber cómo
me puse en pie y me quité el pantalón y la chaqueta del pijama yo también para
volver a sentarme en el sofá frente a Ramón. Estaba entregado y deseaba
quedarme desnudo delante de Ramón, quemarme en aquella hoguera que, sin querer,
acababa de encender, pero no podía entregar la plaza sin más, la honrilla había
que salvarla, aunque desease el cuerpo
de mi hijo como el naufrago desea el agua dulce.
- No se contestar, hijo, solo sé
que deseo el contacto de tu piel, el roce de tu pene con el mío y pienso que
hace solo minutos estuve rozando ese mismo pene contra las nalgas de una mujer
de bandera y me corrí sin poder controlarlo y ahora deseo lo contrario.
- ¿Lo contrario? No es más que
otro roce lo que deseas, solo que antes era una nalga y ahora un pene, ¿donde
está la contrariedad? – Se quedó muy serio mirándome como él que va a reprender
a otro por alguna mala acción – bésame el pene y acaba con las contradicciones,
disfruta de tus deseos en lugar de luchar contra ellos, paladea el sabor de la
libertad.
Al escuchar su voz segura y firme
imperando en mi cabeza supe que no podría oponerme a sus deseos, ni yo a mis
designios. Deseaba besar a mi hijo el pene y no me iba a reprimir. Mejilla,
pene, ¿Qué los hacía diferentes?, los dos eran de Ramón. Suponía que debería
darme asco o nauseas, pero en cambio me producía el pensar en ello, deseo de realizarlo
y consumarlo hasta las heces.
A cámara lenta me veía yo como si
fuera un observador neutro desde fuera, echarme hacia delante bajando la cabeza
con los ojos semicerrados buscando más con el olfato que con la vista el sexo
de Ramón; éste, recostado en el sofá, basculó las caderas hacia delante para
facilitarme la labor. En el momento que mis labios tomaron contacto con la seda
del glande de mi hijo creí que mi cabeza y mi pene iban a explotar. De forma
espontánea, sin proponérmelo ni tenerlo premeditado asomé la lengua entre los
labios y la rocé suavemente por el orificio del glande humedeciéndolo de
saliva, tuve la impresión de haberlo estado haciendo toda la vida, luego mis
labios se abrieron como una flor de loto y abarqué entre ellos la punta del
pene de Ramón que soltó un gemido de placer que hizo que el goce mas dulce,
como jamás había sentido, se resumiese en la punta de mi verga lo que me llevó
a seguir perseverando en la introducción del fuste del miembro de mi hijo hasta
donde pudo penetrar sin provocarme una nausea. Sentí las manos de Ramón sobre
mi cabeza acariciándome los cabellos y un suave balanceo de sus caderas que
hacía que su pene fuese una especie de biela dentro de mi boca. Me sentía
feliz, estaba entregado, mareado y entregado y deseaba cualquier cosa que él
desease. Después de unos momentos excelsos de placer para los dos, Ramón hizo
intención de salirse de mi boca, se detuvo en su vaivén y me dijo que si seguía
terminaría por correrse y eso iba a ser demasiado para la primera vez.
Solté mi presa que quedó a unos
centímetros de la boca y en ese momento me acordé de que no hacía ni un día que
había bebido mi propio semen de la fuente de la vagina de Marta. ¿No era el
semen de mi hijo como si fuera el mío?
- ¿Tú quieres derramarte en mi
boca Ramón? Estoy dispuesto y lo deseo si tu lo deseas – me salía una voz ronca
de la lascivia y el deseo que me embargaba y sorprendía a la vez.
- Estaría encantado de correrme
en tu boca papa, pero no crees…
No le dejé terminar. Volví a
introducirme el pene en mi boca y como si de un experto se tratase comencé a
disfrutar con todo mi cuerpo. Al poco sentí como la pelvis de Ramón se apretaba
contra mi boca, sus manos oprimían mi cabeza y comencé a saborear un líquido algo
salado, muy parecido en sabor al mío que de repente comenzó a salir con más
fuerza hasta llegar a impactar en mi garganta. Lo tragué al principio con
prevención y finalmente completamente entregado, con avaricia hasta que él dejó
de hacer presión y yo de succionar. Quedó exhausto con los ojos cerrados y la
cabeza apoyada sobre el respaldo. Yo lamiendo el fuste de su pene deseando que
aquello no se hubiese acabado nunca.
Transcurrieron unos interminables
minutos en los que yo continuaba lamiendo delicadamente el glande de Ramón a lo
que el respondía con suaves estremecimientos para finalmente sujetarme la
cabeza y apartármela de su sexo.
- Ya no puedo más, papa, está
bien. He gozado como hacía tiempo que nadie me hacia gozar Bueno, no te
enfades, pero Alicia lo hace un poco, pero solo un poco mejor que tu. Me ha
dado la impresión de que lo has hecho toda la vida.
- Esa impresión he tenido yo – le
contesté sonriendo, taladrándole los ojos con los míos.
Me miraba sonriendo él también al
tiempo que me hablaba y jugueteaba con mis cabellos. Me halagó que me dijese
aquello y apoyé enternecido la cabeza en su regazo y continué besándole el
pubis, entre el vello azabache brillante y espeso que olía a hierba luisa y a
canela. Estuvimos en esa posición bastante tiempo sin hablarnos; creo que el se
llegó a dormir abandonado a mis caricias y a la relajación del orgasmo
reparador, yo no cese en explorarle su bajo vientre y su miembro que ahora ya
fláccido reposaba rendido sobre su muslo derecho. Me veía ahí con mi cara entre
las piernas de mi hijo y me parecía la situación mas normal y liberadora del
mundo, me sentía feliz y libre, mi corazón me decía que era eso lo que debía
hacer y gozaba con ello. El pene de Ramón reposando en su pierna era la
metáfora de la tranquilidad y la quietud. Comencé a besarlo impulsado por mi
propio sexo que aún no se había consumado. No tenía idea del tiempo
transcurrido desde su eyaculación pero él parecía dormido y yo disfrutaba
besando y lamiendo ese trozo de la anatomía de mi hijo que a impulsos del roce
de mi legua y labios volvió a cobrar vida y a crecer hasta volver a alcanzar el
tamaño anterior. Estuve lamiendo y ensalivando su glande mucho tiempo con
exquisita suavidad sin sentirme apremiado por obtener de él otro orgasmo, es
más, no deseaba que se despertase, prefería tenerlo para mi entero así,
desnudo, para mi goce, mi juguete.
Sin saber bien de que manera y
sin abandonar mi presa empecé a rozar mi propio sexo entre mis muslos y no
trascurrió ni un minuto antes de que sintiese que alcanzaba, de seguir así, el
orgasmo. Preferí retenerme y seguir gozando, no quería que terminase todo por
venderme a un placer efímero; era infinitamente más placentero seguir
acariciando a mi hijo que experimentar un clímax que se consumía en si mismo
acabando con la magia que habría deseado que se prolongase al infinito.
- Creo que me he dormido – me
habló Ramón sin levantar la cabeza de donde la tenía reposada ni variar su
postura – me has dejado tan bien que ya ves. ¿Tú has llegado a correrte
también?
- No, yo no he querido. He preferido
que se mantuviese el milagro de tu cuerpo entre mis brazos, la magia de tu piel
entre mis dedos, que se prolongase el pecado del incesto, del sexo con mi hijo,
que deseaba sin saberlo, que he estado buscando desde siempre entregándome,
ciego, a todo tipo de lujuria para poder encontrar este paraíso de dulzura,
libertad y trasgresión real. Soy un apestado para los demás y para mí mismo por
haberlo hecho, pero me hace feliz haberlo hecho y si tú quieres, volveremos a
repetirlo.
- La característica primera de
esta sociedad nuestra es la hipocresía. Tu has descubierto hoy que el tabú del
incesto no tenía detrás más que humo, como esas mascaras horribles y esos
muñecos nauseabundos que se colocan para asustar a las gentes y que no pasen de
esa linde. Has gozado conmigo y yo lo he hecho contigo, porque los dos somos
mayorcitos y a los dos nos ha apetecido y repítetelo, no eres un apestado, no
hay detrás de lo que hemos hecho nada más que el placer que hemos querido
libremente darnos. Ahora papa eres más libre y yo también. Y ya verás, en
cuanto Alicia esté recuperada haremos lo que ya te propuse, los tres,
disfrutaremos de lo lindo.
- Pero, ¿se lo vas a decir a
Alicia? Ramón, hijo, esto me sobrepasa, es humillante, no se, estoy confundido…
- Lo comprendo, es un choque
tremendo, pero acéptalo, lo has hecho, lo hemos hecho y hecho queda, has
disfrutado y me has hecho disfrutar, lo demás no es otra cosa que abuso del
grupo sobre el individuo que le corta las alas para que sea consciente de su
limitación y convencerle de que fuera del grupo, la vida, la existencia misma,
es imposible. Te has saltado la norma, felicítate por el arrojo, tienes la
marca de Caín, de la juventud, el empuje, el espíritu de frontera, has
derribado un muro espeso y alto, eres joven papa, lo serás siempre, errante por
un mundo que ya siempre será tuyo aunque lo renuncies. Ya eres inmortal.
No tenía idea de cómo convencerle
de que lo que habíamos hecho era intrínsecamente malo, porque quizá yo no podía
demostrármelo. Era una ley no escrita y en algunos sitios hasta demasiado bien
escrita con la sangre de los sorprendidos en el acto, pero algo muy profundo me
decía en mi interior que no, que no era así. Pasaba que yo fuese un adultero y
mentiroso, entraba dentro de las normas que estaban hechas para ser saltadas y
dar coherencia al sistema que por otro lado era capaz de defenderse, pero esto
era demasiado serio. ¡Con mi propio hijo!
A medida que pasaban los minutos
mi excitación disminuía hasta que encontré rechazo en la cercanía de Ramón. Con
la fuerza de un viento de levante se me derribaron todos los endebles sombrajos
que había puesto a mi corazón para que la luz de la verdad intuida más que
razonada, no iluminase y me permitiese ver la aberración cometida. Sentí
vergüenza de pronto de estar delante de mi hijo y de mi mismo al verme desnudo
frente a él. Ramón sin embargo me miraba divertido, con el descaro y la
ingenuidad con que solo sabe mirar la juventud desde el pretil de su
inexperiencia, desde la atalaya de su inmortalidad. Yo ya era perro viejo y no
necesitaba de demostraciones académicas ni explicaciones sociológicas para
saber qué estaba bien y que no. En mi, habitaba ya el tiempo del corazón que
empuja la lagrima fácil, tiempo ha, la mente había dejado de serme útil para
juzgar mis actos. Por mucho que yo quisiera hacerme el recién llegado y mirar
hacia un lado conveniente, había caído en la trampa de mi vicio del que siempre
pensé que era un buen garañon desbocado que me haría correr mil y una aventuras
sin trascendencia, pero al que sujetaba fuertemente las riendas, cuando la
realidad, ahora lo comprendía, era que me acababa de derribar en medio de un
desierto de arenas movedizas y poco a poco, de forma angustiosa me estaba
hundiendo. Con el corazón aterido de miedo me levante de un salto del sofá y me
vestí con el pijama.
- Me tengo que marchar, Ramón, mi
ropa…
- ¡Papa! No seas tan carca, que
pareces tridentino – el no se cubría, parecía gozar enseñándome su desnudez –
no seas…, quédate con mi cama, yo me quedo en el sofá.
- Ramón, por lo que más quieras,
dame mi ropa – intenté adoptar una entonación firme y severa, quería marcharme.
- Como tu quieras, pero no creo…
- en su voz había desconcierto, no entendía que había sucedido – no se que
mosca te…
- Ya está bien con lo que esta
bien – no quise dejarle que banalizase lo que para mi se convertía ya en
tragedia insondable - no te culpo de nada, hijo, toda la culpa ha sido mía –
descubrí que era incapaz de mirarle a los ojos - porque mía era la obligación
como padre de hacerte entrar en razón, pero la lujuria no conoce de sexo, ni de
educación, ni de macho o hembra, es lujuria y cuando se desboca ensucia hasta
lo más sagrado y salpica hasta altura de convicciones o de moral – callé un
momento porque hasta escucharme a mi mismo me daba vergüenza - es lo que pienso
y en lo que me crié, estoy tan avergonzado de todo que no se si podré volver a
ponerme delante de ti.
- ¿Pero no estabas tan feliz? –
hizo un último intento de hacerme razonar a su manera buscándome, él si, mis
ojos, que esquivaban los suyos.
- Basta – me volví de espaldas,
no soportaba ya su presencia - Mi ropa.
Se levantó sin recato alguno ante
mí, exhibiendo su sexo rotundo y desinhibido, queriendo forzar que el instinto
me volviese irracional y me lanzase por la senda del deseo más lubrico y
antinatural. Le di la espalda en todo momento con la mirada humillada que era
necesario violentar, porque mi querencia era volverme hacia él y estrecharlo
contra mi cuerpo, pero me contuve, él debió caer en la cuenta de que mi
decisión era irrevocable y fue en busca de mi ropa que esperaba ser lavada. La
traía hecha un rebujo.
- Mira como está. ¿Así vas a
salir a la calle?
- Ya sabes lo del color de los
gatos y la noche – le dije mientras le quitaba la ropa de las manos – me voy a
cambiar al dormitorio, si no te importa.
No dijo nada, solo un gesto de
impotencia con los brazos, al tiempo que se dejaba caer en el sofá con las
piernas abiertas. En un último rasgo de debilidad miré hacia él y en una ráfaga
instantánea, casi robada la ojeada, quedó grabada en mi memoria la estampa
magnifica de su bajo vientre fresco, enmarañado en antracita y descarado con
unas bolsas prietas, vestidas de suave vello y adosadas firmemente a un miembro
al que solo le faltaba un leve empujón para adquirir todo su esplendor eréctil.
Salí de la casa de Ramón con la
imagen del centro del cuerpo de mi hijo hiriéndome la retina. No veía sus
piernas o su cabeza, solo la parte que al parecer le importaba a mi lujuria, la
que me obsesionaba. Pensé en Marta y me dije que yo no era mucho mejor que
ella. La juzgué muy rápidamente por haberse ido con otra mujer cuando a mi solo
me falto tiempo para enredarme no solo con un hombre sino que ese hombre era mi
hijo. No sabía si podría soportarlo, había saltado la linde de las normas de la
especie o de la cultura o de lo que fuese y la sombra del castigo me iba a
perseguir y a torturarme hasta que expiase esa horrorosa culpa que se hacía
carne en mi.
De repente me detuve en medio de
la noche, sobre la acera, con las lágrimas amargas quemándome las mejillas y
abriendo surcos en mi alma para que la semilla del dolor enraizase y no me
dejase vivir nunca más en paz. Y en medio de tanto dolor, de tanta
desesperación aún me planteaba en otro trozo de mí si no debería volver sobre
mis pasos, tirarlo todo por la borda y ahogarme en mi propio asco hasta
consumirme de vicio. Era tal la intensidad del deseo que ni el ansia de morirme
como única manera de expiación era capaz de hacerme arriar el deseo expresado
en forma abultamiento del pantalón. Me estaba volviendo loco y ya me veía sobre
mis pasos dispuestos a entregarme a lo que mis instintos me pedían.
La calle estaba desierta, era una
hora avanzada sin que aún fuese de madrugada. A lo lejos se escuchaban los
trajines de los servicios de limpieza y el canto grosero de las mangueras
baldeando las calles. Caí en la cuenta de que quizá aquel querer volver se
debía a que no me había desahogado aún, y ni me lo pensé. Miré a un lado y
otro, más como forma de convencerme a mí mismo de que tomaba precauciones que
de constatar que nadie iba a percatarse de lo que ya, estaba decidido a hacer.
Me acerqué a un árbol, me recordé a un perro marcando territorio y me
desabroché la bragueta. Fui rápido, solo una docena de frotaciones, y el semen
impactó contra el tronco del árbol resbalando al alcorque en forma de gruesos
goterones. Me sorprendió que aquella eyaculación no se acompañase de placer
sino de dolor, los calambres incómodos y dolorosos que acompañan siempre a la
masturbación cuando se la fuerza a manifestarse sin estimulo plausible. Pero
fue, a pesar de ello un lenitivo. Sentí como si me abriesen la válvula de
seguridad y la presión desapareciese de dentro de mi alma, conservando el poso
sucio de la culpa. Miré otra vez en derredor de mí, esta vez sí, con el temor
de haber tenido publico que hubiese podido contemplar mi triste espectáculo
cerciorándome de que seguía solo, como lo había estado siempre, comprendía
ahora, por mi egoísmo. Mi vida había sido solo eso una perpetua masturbación en
publico, deseando que lo hubiese, pero temiendo que lo hubiera, sintiéndome solo
y reclamando atención de los demás sobre mi soledad, una vida triste y
solitaria. Me calcé mi sexo goteando aún fluidos y me abroché.
Tenía razón, se me desinfló la
lujuria y sin pensármelo inicié la andadura hacia casa. Vi pasar un taxi libre
y de forma instintiva eché mano a la cartera, comprobé que tenía dinero y salí
a la calzada esperando que pasase otro más. No pasó ni medio minuto hasta que
apareció la lucecita verde en lontananza.
El taxista se sentía solo y
quería entablar conversación. Yo no me sentía solo, estaba solo y no tenía
ganas ni animo para hacerme próximo a nadie. Deseaba sentirme egoísta, ya que
era carne de soledad.
- Perdone, pero no me encuentro
muy bien.
- No me irás a potar, ¿eh? – y
comenzó a reírse de una forma estupida y floja. No le hizo ninguna gracia que
no le siguiese su chanza porque se cayó y no volvió a abrir la boca hasta que
se detuvo frente al portal de mi casa y me cantó un importe de malos modos.
Ni me molesté en contestar. Pagué
lo que me pidió, sin saber si era o no correcto y procuré dar un buen portazo
al salir. Me vengué, de él, de mí y del mundo en aquella pobre puerta.
Necesitaba sentirme desalmado y mala persona ya que me había comportado como
alguien sin escrúpulos, vendido a sus pasiones nada más y sin importarme si
hacia daño o no a la persona que más quería del mundo. Y al pensar en que
quería a mi hijo no podía por menos que volverme a sonrojar delante de mi
conciencia, porque aquella pequeña palabra encerraba unos actos perpetrados
contra él, aunque a él le agradasen, que la desvirtuaban en mi boca. Nunca
podría volver a decir que quería a mi hijo sin pensar si lo decía haciendo
participe al sexo o lo expresaba de una forma limpia y desinteresada.
El taxista protestó a mis
espaldas y sin hacerle el menor caso me sepulte en la oscuridad del portal sin
pulsar la luz, en la penumbra como si se tratase de la liturgia del desconsuelo
y el desconcierto. No deseaba luz a mí alrededor; la luz era trasunto de
limpieza y verdad y yo era todo lo contrario. Los círculos del infierno del
Dante se me quedaban pequeños en promesas de sufrimiento y pavor, yo me había
hecho acreedor a suplicios infinitos.
No tomé el ascensor. Encaré la
escalera tropezando y dando tumbos al tiempo que comenzaba a llorar otra vez.
Pero llorar me aliviaba la presión que sentía en el pecho y no me dejaba
respirar. Alcancé la puerta del piso a tientas; no quería prender la luz de la
escalera, necesitaba encontrarme a oscuras, era la ejemplarización de mi
corazón y de mi mente. Con más dificultad que sin ella conseguí abrir la
puerta. La cerré detrás de mí sin importarme si molestaba con el ruido o no a
los vecinos y me desplomé en el sillón de la entrada. Allí en tinieblas y con
los ojos abiertos como los de una lechuza, viendo sombras nada más, me di
cuenta de todo lo cansado que estaba, pero el sueño era para mí en ese momento
un lujo; deseaba dormir, olvidarme, no despertar, pero no acudía a mis ojos ese
peso en los parpados que nos conduce, cuando la conciencia esta impoluta, al
más dulce abandono. Se cruzaban en mi memoria las imágenes del torso de Ramón y
del tronco del árbol que recogió mi polución sin que pudiese fijar cualquiera
de ellas para racionalizarla y poderla eliminar. Tan pronto se presentaba en mi
cabeza Marta, como su amiga me reprochaba mi estolidez por no darme cuenta con
quien había estado conviviendo veinte años y volvía el triangulo negro y
ensortijado de mi hijo y el tronco del árbol y la tía del vagón del metro, que
resultó ser un tío y tanto me torturaba y estimulaba, para mi disgusto. Todo
hecho como un collage que amenazaba con volverme loco.
No supe que me quedé finalmente
dormido sobre el sillón del recibidor, pero tuve que despertar sobresaltado
para saberlo. Escuchaba mi nombre ser repetido muchas veces sin saber si se
refería a mí o a otro hasta que finalmente pude dar luz a mis ojos que creía
abiertos como ojos de buey incapaces de cerrarse para dormir.
- Cesar, Cesar, Cesar cariño,
despierta. ¿Qué haces aquí, en el sillón? ¡Oh, Dios, lo siento, cariño, lo
siento.
Delante de mí fue
reconstruyéndose una imagen que me era familiar aunque no acababa de
catalogarla ni ponerla nombre. Era una mujer desde luego y eso me agradó. Olía
de una forma familiar y me zarandeaba suavemente. Cuando finalmente pude
asociar aquellos rasgos que veía con un nombre y este con una persona di un
respingo en la butaca y me pude a gritar como un poseso.
- ¡No, no, lo siento, lo sé, me
lo merezco, soy un cerdo, pero basta ya, por Dios, por caridad, basta!
- Cesar, cariño, soy yo Marta,
despierta, estás aún dormido. Cuéntame, ¿Qué te ha pasado para que estés aquí?
– En su entonación había solicitud, preocupación, remordimiento – he sido muy
drástica, pero sigo creyendo que te lo merecías – dudó un momento y siguió –
aunque quizá me pasé. Vamos levanta y vamos al dormitorio.
Me dejé llevar. Me agradaba que
me ayudase precisamente ella. Me colgué de su cuerpo y me arrastré tras ella
hasta el dormitorio. Me dejó caer sobre la cama aún revuelta del día anterior.
Nada más caer rendido sobre ella, sabiendo que Marta era la que me llevaba como
se lleva a un recién nacido indefenso para cambiarle, me vino a la cabeza la
sensación que experimente al masturbarme placidamente mientras Marta se duchaba
y no pude por menos que reprochármelo comenzando a llorar otra vez pero con
rabia, deseando que los recuerdos fuesen como prendas de lycra ajustada que si
se pone el debido interés acaba uno por arrancárselas de la piel arrojándolas
lejos para que dejen de incomodar con su apretura. Pero esas imágenes y las que
venían detrás arrastradas como cerezas de una cesta, no eran desmontables y
habiendo llegado para quedarse amenazaban con torturarme por los restos.
Marta comenzó a desnudarme en
silencio, yo me dejaba hacer. Era dulcísimo ser desnudado con dedicación y mimo
por la persona a la que no solo amas sino que sabes que es la que forma parte
tan inseparable de ti que si se separa de tu cuerpo te deja inválido, amputado
de uno de tus miembros más importantes. Al despojarme de la ropa interior, mi
Eros sobrevoló mi conciencia y la nubló. Saberme el sexo expuesto a Marta que
era la que me lo dejaba a la vista, no sabía si con intención o sin ella borró
de un golpe todo lo sucedido, lo diluyó; ya no existía en mi historia ni en mi
vida entera más que aquel excelso momento en el que Marta me desnudaba. Tuvo
que ser el mudar de mi gesto, el brillo de mis ojos o la luminosidad de mi
rostro, pero el semblante de Marta de ser sombrío y doliente pasó a ser
reluciente y joven; las arrugas parecían deshechas y pasó de ser una mujer
madura sufriendo, a trasformarse en la casi adolescente que yo conocí y en la
que me zambullí sin pensármelo.
Sus manos suaves y delicadas de
uñas cuidadas y sin pintar danzaron sobre mis genitales como solo una primera
figura lo haría sobre las tablas del Bolshoi consiguiendo que experimentase
sensaciones que no conocía. El miembro se tensó como hacia años que no lo hacia
y sus uñas me arañaron el glande con la sabiduría de la hetaira núbil enseñada
en esas artes desde niña. Sentí el impulso de abalanzarme sobre Marta, deseaba
penetrar, taladrar, atravesar con mi carne su carne, cualquier carne en
realidad, por mucho que me doliese, pero preferí sentir la punzada
dolorosa-placentera del no hacerlo, la angustia dulce del desear culminar sin
alcanzarlo nunca, la necesidad al final, de sentir dolor ya que el placer no
terminaba de cumplir mis expectativas de goce. La uña de Marta (pero las hijas
de Safo, ¿no llevan las uñas rapadas?, pensé en ese momento y al punto lo
olvide) se deslizaba afilada por el frenillo provocando la sensación de corte sobre
la piel tensa como el parche del tambor, al punto de tener que mirar que
efectivamente la sangre no corría pene abajo tiñendo de pasión las sabanas enmarañadas
debajo de mi cuerpo. Me salió sin voluntad, fue una necesidad imperiosa de
penetrar un mundo velado tras el que se adivinaban nuevos y desconocidos frutos
de dulzura y olor mareante. Marta se conducía como en veinte años lo había
hecho y me estaba haciendo alcanzar el delirio de la locura; eso era el placer.
- ¡Necesito dolor!, rómpeme,
hiéreme, que corra la sangre, lacérame la carne, castígame, hazme purgar mis
pecados, que goce con mi expiación en un dolor que me humille y me entregue a ti.
Solo escucharme decirlo provocó
en mí una reacción que fui incapaz de controlar. Imaginar la tortura, mi propia
carne hecha despojos, la sangre enmarañando los vellos canosos de mi pubis, y
mi pene explotó como una traca de fuegos artificiales, el semen brotó ajeno a
todo control y sentí que el cuerpo entero se me convulsionaba. Todo iba a
terminar en forma de orgasmo magnifico y lo mejor de todo provocado por el roce
de Marta que para colmo ni se había desnudado. Pero no por eso debía estar más
excitada.
- Ni te creas que con esta demostración
das por terminado este episodio, aún te falta lo mejor – me miraba como nunca
lo había hecho, me taladraba los ojos hasta hacer que su vista me barrenase el
cerebro como un berbiquí un taladra un trozo de madera de balsa. Yo sabía que
en las mejores condiciones mi periodo refractario era de no menos de quince
minutos, pero no contaba con aquella sorpresa.
- ¿Querías dolor? – Su cara era
la plasmación de la malevolencia - vas a tenerlo y del refinado. No vayas a
creer que porque te hayas corrido aquí se ha terminado todo. Ahora empieza.
Primero fueron pequeños golpes,
que para que negarlo, eran desagradables con un acorde lejanísimo de placer,
pero la insistencia consiguió que la molestia que provocaban terminase por conseguir
que el acorde se transformase en sinfonía haciendo deseable el dolor que
conducía al placer y que éste aumentase en intensidad.
Había cogido un calzador de pala
de cuero semirigido, con mango de marfil cónico, que ella misma me había
regalado y yo nunca utilicé. Con él me aporreaba suavemente los testes
provocándome una sensación de nausea muy parecida a aquella otra que se me
presentaba cuando estaba en vistas de conseguir sexo esporádico donde se me
presentase; era el vértigo del peligro que tanto me estimulaba siempre que lo
experimentaba y que perseguía sin saberlo. Le insté con voz ronca de lujuria a
que siguiese castigándome la entrepierna. Marta aceleró en cadencia y en
intensidad los golpes. Mi primera intención fue la de cerrar las piernas para
proteger aquel tesoro de la naturaleza pero en lugar de ello las abrí aún más
para exponer bien la delicadeza de las bolsas a la rudeza de los golpes. Ella
se animaba al ver como yo lanzaba gritos en los que el placer salvaje y el
dolor irremediable se maridaban para componer unos registros de dolor deseado que
solo podían excitar al que los escuchase. Para entonces ya estaba otra vez a
punto de saltar todos los plomos de mi sistema nervioso a fuerza de excitación.
En menos de una semana estaba
accediendo a mundos inimaginables y a cual más decididamente adictivo. Deseaba
aquello como nada en el mundo, lo deseaba y no quería que se fuese a acabar,
como hacia horas, en medio de otra locura, desee que no se hubiese acabado
aquella felación.
Fue también algo instintivo, no
tenía idea de porqué, pero levante las piernas al cielo para exponer mejor toda
la zona pudenda para que Marta la castigase. No tuve que hacerle ninguna
admonición acerca de cuales eran mis deseos, porque ella comenzó a azotarme con
fuerza, sin recato alguno la parte de nalgas que ofertaba a su furia
libidinosa. Golpeaba y golpeaba y yo gritaba y gritaba de dolor que no deseaba
que cesase hasta que de repente acabaron los golpes. Sentía la piel escocerme y
me pase las manos por las bolsas; estaban calientes e inflamadas, dolorosas
dulcemente al tacto, lo mismo que los aledaños de los muslos y las nalgas.
Levanté la cabeza y comprobé el porqué de la parada. Marta estaba desnudándose
de cintura para abajo. Quise moverme para tomarla pero de un latigazo
dolorosísimo me hizo regresar a mi posición de piernas en alto abiertas en
canal. Relamiéndose de deseo se montó en la cama y se sentó sobre mi pene que
penetró su cuerpo con la facilidad de un hierro al rojo en un bloque de
manteca. Me invito a cruzar mis piernas sobre su espalda mientras manejaba con
sus brazos la improvisada fusta golpeando aún la piel escarnecida del escroto,
provocando un placer diferente. Yo quería moverme para vaciarme de una vez en
ella pero con sus rodillas me oprimía las costillas acuciándome a que me
estuviese quieto.
- Aun mi amor, falta lo mejor de
todo, créeme.
Dejó de golpear y empezó a
pasearme el pomo del calzador por la zona inmediata a las bolsas y el ano. De
ahí se lo llevaba a la boca y lo chupaba como si se tratase de una verga erecta
y volvía a pasearlo por la zona más peligrosa. Supe lo que quería y le rogué
que por lo que más quisiera no lo
hiciese, y que no me hiciese caso; quería y temía lo que ella estaba dispuesta
a hacer. Cuanta mayor angustia leía en mis ojos, con más lubricidad ensalivaba
el instrumento. Yo estaba aterrado y excitado a un tiempo y en mi cabeza empezó
a rondar la imagen del pene de Ramón palpitando dentro de mi boca y a atronarme
la cabeza la interrogante ¿y porque una cosa sí y la otra no? No fue meditado
ni pasado por ninguna consideración de ningún tipo solo lo dije.
- Hazlo Marta, quiero saber…,
hazlo, por favor - la voz me la escuché extraña, vacilante, entrecortada,
temerosa y anhelante.
Marta me sonrió viciosa.
- Tú me lo has pedido, piensa que
puede abrirse un mundo diferente ante ti que no sabes si vas a controlar – me
avisaba, pero deseaba hacerlo.
- Hazlo ya, sin consideración –
jadeaba de deseo.
Echó las manos atrás con el
calzador en la mano, tanteó con los dedos mi ano y apuntó el pomo.
El cuerpo entero se me rajó. El
dolor hizo que el pene dentro de Marta se desinflase pero con ella encima no
podía moverme y no se salió. Le rogué, le supliqué, le amenacé para que me
soltase, pero de su cara el vicio no se despintaba y apretaba con el mango y
por mucho que apretaba yo mi esfínter no conseguía impedir que la resolución de
Marta se impusiese hasta que la parte mas gruesa del cono penetró y el esfínter
se cerró en torno al cuello del mango. El dolor fue cediendo y apareciendo una
sensación rara de ocupación del cuerpo que se prolongaba hasta el pene que poco
a poco fue recuperando su consistencia. Cada vez que apretaba el esfínter del
ano se producía una descarga de placer intenso, raro y diferente que me
alcanzaba el glande. Cuando cesé de debatirme por el dolor, Marta comenzó a
manejar el instrumento adentro y afuera de tal forma que llegó un momento que
sentí que se me salía el semen provocándome un placer que no era el de un
orgasmo normal. Pensé que como antes ya había tenido uno intensísimo este otro
no podía ser de la misma manera, pero el placer de aquel orgasmo similar no
cesaba ni se agotaba. El trayecto desde dentro de mis entrañas hasta la punta
del glande era como el del látigo de la feria que cuando llega a las curvas se
acelera para sosegarse en las rectas y volvía otra vez en intensidad sin
terminar de agotarse. Cuando Marta decidió que estaba bien de violarme con el
mango del calzador cesó la sensación placentera, pero dejó dentro el
improvisado dildo y entonces sí, ella comenzó a moverse como una mujer de la
calle, una experta ninfula que sabe como ella sola dar y encontrar placer de un
hombre. Nunca se había movido, conmigo al menos, así, todo voluptuosidad y
sentí que mi pene estaba a punto del orgasmo, al igual que ella, que aceleraba
sus quejidos y daba profundidad a sus idas y venidas sobre mi eje. Cuando ella
alcanzó su clímax, yo hice lo propio con el mío que debido al cuerpo extraño
que tenía en el recto fue intenso, placentero y doloroso, todo a la vez.
Coincidiendo con el fin de la eyaculación, mi cuerpo expulsó el dildo con
fuerza y me produjo una relajación desconocida con una sensación anal de alivió
gustosa. Marta cayó sobre mi cuerpo aún dando espasmos y respirando
entrecortadamente. Sin saber porqué, eché mano a mi ano para comprobar el
destrozo. Aparentemente no lo había, solo palpaba una abertura por la que
entraba con facilidad un dedo lo que sorprendentemente proporcionaba un placer
reposado. De forma inmediata el esfínter se contrajo y expulsó el dedo explorador
que había introducido. Volví a tocarlo y ya estaba más cerrado aunque dolorido
por los bordes. Marta giró sobre si misma y quedó tumbada a mi lado en la cama,
semidormida. Picado por la curiosidad me levanté al cuarto de baño. Necesitaba
ver los resultados de aquella orgía improvisada.
La imagen que me devolvió el
espejo daba tanto miedo como intriga y algo de grima. Con una pie apoyado en el lavabo y girado el cuerpo para poder
ver mi zona pudenda, el ano era como la boca de un drag-queen pasada de
silicona, rojo sangre e imitando los labios de una mujer. Apreté el esfínter y
se cerró ocultando casi por completo la fresa en la que se había convertido,
relajé y los labios volvieron a aparecer. Marta continuaba en la cama,
relajada, quizá dormida. Tuve entonces una fantasía. Por el espejo se veía en
el suelo de la habitación el calzador que yo había disparado de mi cuerpo
después del orgasmo. Quise saber, si sería sencillo volver a introducirlo, me
intrigaba si volvería a sentir tanto dolor, no sabía cómo ni porqué, pero
quería volver a sentir ese desagradable dolor. Una vez más, como venía siendo
ya habitual, ni me lo pensé. Alcancé el calzador y adoptando la postura en la
que me veía el ano hice intención de penetrarme, despacio, con miedo y deseo a
un tiempo de sufrimiento. Me sorprendió la facilidad con la que entró en esta
ocasión; empujé hasta que sentí como un calambre me recorría el pene ya
fláccido, y expulsaba inmediatamente una considerable cantidad de líquido
transparente como el agua limpia y de la consistencia de la clara cruda. No
tenía erección pero el placer era considerable, no como la llama del soplete,
sino como el rescoldo de la hoguera. Continué dentro y fuera hasta que comenzó
a endurecerse el pene y se me vino a la cabeza la pregunta que le hice a Ramón:
¿Qué es ser gay? De inmediato me saqué el dildo y lo lancé lejos de mí. Me
prometí no volver a experimentar con esas cosas, aunque en mi fuero interno no
estaba muy seguro de que lo pudiese conseguir. De momento tenía que esperar a
que Marta se despertase y tuviésemos una conversación. Ya sereno, me di cuenta
de lo sucedido y no sabía a que había venido aquella demostración por su parte.
¿A qué volvía a casa?
La dejé reposando en la cama en
la misma postura en la que ella se quedó y con el albornoz que me puse después
de la ducha me fui a mi gabinete a escribir. Tenía ganas de hacerlo, terminar
lo que tenía entre manos para Antonio y no volver nunca más a escribirle ni una
postal. Tenía ganas y me sentía con fuerza para enfrentarme al mundo como
novel, escribir con mi firma y luchar por ver cumplido mi anhelo. Sentía la
mente despejada y recordando lo ocurrido la noche anterior en casa de mi hijo y
la mañana en mi casa solo me inundaba una paz que no había experimentado jamás.
Era la serenidad del que ya sabe cual es su camino y lo escoge a pesar de las
dificultades que entraña, la firme determinación del que sabe que se encuentra
en el sendero de la paz interior. No me estragaba el alma ya el hecho de haber
tenido comercio carnal incestuoso, ¿Qué era eso?, solo una palabra, que tendría
su sentido y utilidad en determinados contextos pero no en el que yo estaba
viviendo. No me atormentaba ya el que mi mujer se hubiese ido con otra mujer,
yo no era nadie para orquestar los sentimientos y tendencias de nadie, la
seguía queriendo, como estaba seguro que ella seguía queriéndome a mí, y en
cuanto a los universos que últimamente había visitado no podía más que rendirme
a la evidencia de que había disfrutado más, porque no podía disimularlo ante mi
mismo, siendo sodomizado por mi mujer mientras ella me cabalgaba (nuevo placer
el de ser sujeto pasivo dejándose hacer placer) que violando tristemente a una
pobre mujer detrás de unos matojos solo porqué la soledad entrega el precio que
sea con tal de dejar de serlo. Aceptaba de pronto que el fulano del metro fuese
eso, un hombre y no negaba ya que aquello que sentí fuera placer. Me encontraba
bien, seguía sin saber quien era yo en los términos que yo me lo quería
plantear desde mi posición, pero no me torturaba el no saberlo, solo aceptaba
humildemente lo que me gustaba y lo que no, sin enjuiciar a nadie, ni tan
siquiera a mí mismo.
Al sentarme noté la presencia de
mi popa con una mezcla de sorpresa y contento; no me dolía, ocupaba lugar donde
antes no se notaba nada, me hacía recordar que había sido feliz con mi mujer
aunque ya no fuese su marido y la había correspondido porque ella había
disfrutado, al menos tanto como yo.
Escribí, entregado, concentrado
en lo que hacia hasta el mediodía. Se me olvido que había que desayunar y que
había que salir por la prensa, me sentía nuevo con mi recién estrenada
identidad. Siempre imaginé que una cosa tan cataclísmica como la que me acababa
de suceder en tan pocos días debería ir aparejada de una serie de cambios
externos, como sucede tras un terremoto; limpiar escombros, enterrar muertos,
curar heridos y reconstruir, pero nada de eso había sucedido, aunque de forma
interna, si había surgido un movimiento sísmico que se había limitado a poner a
la luz aquello que yo me empeñaba en mantener en penumbra porque me asombraba y
avergonzaba conocérmelo y había derrumbado toda una serie de bambalinas sin
valor que yo reputaba magnificas edificaciones, dignas de un Fidias, y eso sin
alharacas, ni tragedias ni golpes de pecho con arrepentimientos públicos, todo
en la intimidad de mi corazón sometido eso sí a los vaivenes mas violentos que
yo hubiera podido imaginar en poco menos que cuatro días.
Tenía la novela de Antonio
prácticamente rematada cuando Marta llegó por detrás y me besó el cuello. Me
dejé hacer hasta que ella violó el silencio cómplice y sereno que estaba
instalado entre los dos.
- Nunca imagine que pudiera
suceder lo que nos ha sucedido. He sido feliz – su voz rezumaba sinceridad –
como creo que nunca desde que nos casamos – quiso decir algo más pero se cortó.
- ¿Porqué, Marta? Después de los
despueses, cuando el sexo para mí contigo era ya pura rutina – intentó terciar
y la callé con un gesto de autoridad de la mano – y el tuyo para conmigo una
dolorosa obligación, no me lo vayas a negar ahora que ya no tenemos nada que
perder, te me descuelgas con esto. ¿Te das cuenta que de haber sido los dos tan
auténticos y sinceros con nuestras emociones y deseos hace un rato, no
estaríamos ahora en esta tesitura?
- No lo se. No hubo nada
premeditado. En realidad me dolía haberte dejado como te dejé cuando nos
encontramos en el descansillo de la escalera. Fui dura contigo y…, bueno, han
sido muchos años que no se pueden despachar así, de pie, en una faena de aliño
y salir corriendo para la siguiente plaza. No soy ese tipo de monstruo. Te
llamé ayer tarde, pero me rechazaste la llamada. – Hizo un gesto con la mano
como el que yo acababa de hacer – no me cortes por favor. Cuando te vi esta
mañana en el recibidor tirado sobre la butaca se me anudo el corazón, me entró
ternura por ti, hizo carne en mí lo que ya sabía de antemano, que te quiero,
aunque los deseos hayan tomado ya otras trochas quizá añoradas hace tiempo,
posiblemente temidas por aquello del salto al vacío, aunque no exista eso del
vacío, créeme. El resto fue un fluir entre uno y otro sin guión previo, salió
así; no creo que en esto haya existido amor, solo camaradería, compañerismo y
naturalidad un dejarse llevar del deseo sin colorear por el convencionalismo.
Nunca imaginé que fueses a aceptar lo del calzador, ¿lo habías hecho más veces
con otras, no? Me apeteció intentarlo y me sorprendió gratamente que me lo
aceptases tan bien.
- Siempre serás la misma, Marta.
No, nunca lo había hecho, y antes de seguir, yo no te rechacé la llamada; me
puso nervioso el que pudieses ser tú y se me cayó el teléfono destrozándose –
Marta hizo un gesto aceptando la disculpa.
En realidad en estos días me he dado cuenta
que me limitaba a violar mujeres con su consentimiento, me buscaba a mí en su
sexo y lamentablemente no me encontraba porque mi sexo está solo en mí, pero me
daba miedo reconocerlo, era más de lo mismo, entrar, salir, correrse y
marcharse. Lo de hace un rato ha sido realmente revelador junto con lo que
sucedió anoche en casa de Ramón.
Puso gesto interrogativo, casi
cómico y algo fiscalizador.
- Cuenta, cuenta. Luego te cuento
yo a ti lo de Sebas.
- ¿Sabes? En el dolor de esa
violación de mi cuerpo con el mango del calzador – ignoré sin proponérmelo su
intriga por la relación con mi hijo, porque en ese mismo momento supe que se lo
contaría con pelos y señales y encima disfrutaría haciéndolo en lugar de
avergonzarme con ello como pensaba que habría tenido que ser – se me abrió la
mente, además del culo – reímos sinceramente los dos – y vi diáfano, no me
preguntes sustentado en que, hasta donde estaba equivocado el psiquiatra ese
Freud. No es que la mujer envidie el pene del hombre, es que es el hombre el
que sueña con la vagina de la mujer y proyecta sobre ella sus carencias, porque
no tener vagina es una carencia y no la ausencia de pene, que no es tal. La
mujer ha reelaborado su sexo endurecible en forma de clítoris y ninfas, le
proporciona un goce mas elaborado y no tan explosivo porque se sustenta no solo
en un forma sino en varias y encima atesora ese abrazo húmedo y caliente que
proporciona el hombre el placer que consigue retenerle a su lado. Vosotras las
mujeres tenéis casa donde acoger, los hombres somos perpetuos errantes
mendigando sitio donde descansar. Eso envidiamos, que poseéis jardín de reposo
en el que acogéis a quien vosotras queréis y colmáis de regalos y bienestar.
Nosotros en cambio tenemos que andar suplicando el favor aunque lo revistamos
de exigencia y abuso para que no se nos note la debilidad extrema de tener que
permanecer a la intemperie de la afectividad que provoca vuestra ausencia o
rechazo. Demasiadas ocasiones entramos a saco en ese jardín fresco y umbroso y
hollamos y destrozamos las flores más bellas, las plantas mas perfumadas.
Cuando me has violentado por
detrás, en un supremo instante de iluminación de la conciencia, es todo esto lo
que he sentido, y me ha gustado, asumiendo el dolor que me provocabas sin saber
que detrás, aunque algo lejos, llegaba el consuelo del placer; pero ¿qué
sabiduría de la vida, de la que encarna en ti mismo, como el duelo, el
desengaño o la muerte, se adquieren sin dolor? Me temo Marta que has abierto la
caja de los truenos, aunque supongo, que de forma instintiva, yo deseaba que se
abriera hacía mucho tiempo – hice un premeditado silencio a la espera de que
ella me contestase. Estaba con la cara de la absoluta sorpresa del que acaba de
ver una aparición - Y ahora te refiero lo de mi hijo, si tú quieres.
Continuó aún algún rato mirándome
con extrañeza, poniendo esa cara para la que no hace falta verbalizar el
adjetivo de loco y sin necesidad de llevarse el dedo índice a la sien.
- Me has dejado de una pieza de
alabastro. ¿Se puede saber donde has leído toda esa sarta de estupideces?
Cuando te he metido el calzador por el culo solo pretendía humillarte, que te
sintieras tan ridículo y preso de dominación como yo me he sentido durante
tantos años, como todas las mujeres que son violadas institucionalmente cada
día por sus bestias aunque se llamen maridos utilizando como prenda para la
violación, los hijos, el sustento o la propia vida. Me he sentido triunfante
sometiéndote a férula y sabiéndome dueña de tu cuerpo con capacidad de dañarte
a mi antojo; toda esa bobería que tu te has organizado porque te he dado por el
culo no es más que otra muestra más de tu soberbia de macho que no admite que
ha sido cogido en falta y se tiene que justificar ante si mismo primero y
después antes los demás, si se llegasen a enterar, por caer en lo que tanto se
denuesta como grupo de caza.
Bueno, ya vale de patetismo.
Venga dime lo de tu hijo que me tengo que ir – adopto un tono de hastío, casi
de “no me cuentes más cuentos y abrevia”.
Me la quede mirando con una gran
tranquilidad. En otras circunstancias me habría hecho mella todo lo que me había
dicho con intención de insultar (¡la conocería yo!) pero sabía que era yo ahora
el que tenía la sartén por el mango. No entendía Marta que yo asumiese y
aceptase mi sodomización y la irritaba. Saboreé de antemano el efecto de mi
confesión. Por obra y gracia de la sinceridad mas cruel estaba en posesión de
armas de las que ella jamás habría sospechado que yo pudiera esgrimir; y le
iban a hacer daño, el mismo daño que ella sabía que podía hacerme a mi, el daño
que el débil puede hacerle al fuerte solo porque el fuerte se cree que nadie
puede ofenderle, el triunfo de la humildad sobre la soberbia.
- Nada especial ahora que tú me
has introducido en el mundo del reposo y la paciencia rescatándome de la
impostura del engreimiento. Te lo voy a decir en pocas palabras y para que no
se preste a error. Se la he mamado a mi hijo y me he bebido su semen – abrió
los ojos escandalizada sin articular palabra pero con la boca abierta como un
pez al que sacan del agua y gesto de nausea profunda – y me ha encantado, tanto
que ardo en deseos de saber como será cuando él me sodomice.
Cuando me escuché de mis labios
la última frase me asusté un poco. Había ido demasiado lejos en hacer sangre
con Marta, las venganzas saboreadas en caliente acaban por producir flatulencia
en el alma que expele eructos muy malsonantes para la sensibilidad del espíritu.
No me veía yo poseído por Ramón y me escalofriaba solo el pensarlo, pero ver el
efecto provocado en Marta que se había manifestado tan rudamente conmigo me
remuneró y compensó de la decepción que me había provocado la salida de tono
suya. Pensé que mi explicación iba a ejercer en ella una especie de fascinación
por lo novedoso del planteamiento, que hasta a mí mientras lo desarrollaba me
sorprendía, y sin embargo solo provocó rechazo y asco.
- Si lo que acabas de vomitar es
cierto, acabas de cercenar de un golpe cualquier tipo de relación conmigo,
puerco incestuoso. Si lo has dicho solo por hacerme daño, lo has conseguido,
puedes sentirte orgulloso, pero no esperes que vuelva nunca a tu lado con la
expectativa de que puedas volver a herirme con la falta de conmiseración que
has demostrado. ¡Joder, Cesar! Aunque solo haya sido por todos los años que
hemos estado casados, ¿no crees que te hayas
saltado la linde para ir a dar en el precipicio? – se me quedó mirando muy
seria, disgustada, apesadumbrada y pálida como un pliego de papel barba –
mírame a los ojos y dime que solo lo has dicho para hacerme daño – comenzaba a
llorar – que me has mentido como represalia por haberme ido a vivir con Sebas,
lo entenderé, aunque creo que no podré perdonártelo nunca – se detuvo para
llorar abiertamente al tiempo que sacaba un pañuelo para enjugarse – pero dime
que no es cierto.
De repente comprendí que el
incesto cometido con Ramón y del que tanto me arrepentí nada más terminarlo y
luego fruto de mi euforia al estar con Marta asumí, era en realidad una
aberración, me colocaba fuera de los limites de lo que se puede considerar
sociedad civilizada. Un yo desvinculado del resto del mundo podía hacer lo que
le viniese en gana pero yo era un ser incluso en el magma social y el hecho de
mi comportamiento justificaba el escándalo de Marta y me colocaba de hoz y coz
en los márgenes de la aceptación por los demás. Estaba claro que no podía ir
aventando por ahí mis holganzas con mi hijo; sí, tenía de lo que arrepentirme
aunque en los mas hondo de mi podrida alma (¿tendría yo de eso?) en realidad
desease volver a reproducirlo hasta las heces, sodomización incluida.
Y de repente, lo mismo que en un
segundo comprendí las consecuencias e implicaciones de mi sodomización
instrumental, pasé a avergonzarme ante Marta y me vi cogido en falta, pero ya
no podía volver atrás sin caer en contradicciones y renuncias a mis mismos
argumentos. Tenía que ir hasta el final, aunque ese final supusiese el mío
también.
- Absolutamente cierto. Lo siento
– me di cuenta que pedía disculpas y me dio coraje tener que hacerlo, pero me
salió con la facilidad con la que un niño te mea la cara al cambiarle, no hace
ninguna gracia pero se celebra como una ocurrencia y se le quita
responsabilidad.
- Por mí puedes sentirlo toda la
vida, pero más te valdría perderte. Me das más asco del que me dabas cuando me
follabas. Nunca sabrás hasta que punto me arrepiento de haber tenido que
servirte de boquete en el que derramar tu asqueroso semen – quería hacerme daño
hasta donde mas doliese y lo estaba consiguiendo. Estaba estremecido escucharla
decir todo aquello con la más pavorosa frialdad.
Y sí – hizo una pausa para dar
rotundidad al último y certero golpe – ahora ya te lo puedo decir, para estar a
tu altura moral, guarro. Me casé contigo huyendo de una mujer que me
atormentaba porque no me correspondía hasta donde yo quería serlo. Ella quería
seguir una relación oculta tras el velo protector del matrimonio para no dar
que hablar y yo deseaba sorberla su sexo a todas horas del día. Solo pensar que
podía ser tocada por un tío con su verga me daba nauseas y la dejé. Luego te
encontré a ti, el tipo de hombre simple que creí que eras, luego me lo
confirmaste, que el concepto que tiene de hacer el amor es poder masturbarse a
cualquier hora dentro de algo caliente. La rutina hizo lo demás. Incluso llegue
a algo parecido a quererte, pero tuviste que joderlo todo con tu puta manía de
tener que meterla en cualquier lado para finalmente, ya ves, meterla en tu
propio hijo – me miraba con desprecio, escupirme era lo siguiente – pero en el
fondo me alegro; tu ego lo necesitaba, arrastrado por la mierda. Rúmiatelo
ahora tú solo, haber por donde acabas.
Con un lento y desesperante meneo
de cabeza desaprobador, se compuso la ropa, algo el pelo y dando media vuelta
abandonó lo que hasta entonces había sido su dormitorio. Escuché cerrarse la
puerta de la casa sin un adiós, sin un hasta nunca, nada, solo el vacío. La
casa se me antojó fría, vacía y muerta. Mi vida entera se acaba de desmoronar.
No sabía que clase de espejismo me había hecho comportarme de semejante manera,
como si una fuerte droga alucinógena me hubiese hecho ver lo que no existía,
deformando lo que discurría a mi lado.
Y en medio de todo el despeño por
la pendiente de la desesperación, sabiendo que de seguir así no podía terminar
más que descalabrado en el fondo del desfiladero de la muerte la sensación
medio dolorosa, medio placentera de mi ano me obligaba a desear volver a ser
castigado de aquella indigna manera. Tenía que ser violentado una vez más, por
degenerado. Me engañaba, mi cuerpo me lo desmentía. En cuanto desee volver a
ser penetrado mi pene despertó de su sorpresa por la defección de Marta y
adquirió dureza. Volví a ver el calzador en el suelo donde yo lo había lanzado
y lo recogí. Me lo clave con fuerza sin mas preámbulos, deseaba odiarlo,
desdeñarlo para siempre, pero en lugar de eso con el dolor lancinante sentido
apareció el placer de un glande a punto de estallar y una sensación casi más
placentera que dolorosa que me recorría el miembro hasta la punta. Empecé a
sacar y meter el mango del calzador hasta que unas gotas de sangre en el suelo
me hicieron desistir. Me saqué el dildo improvisado y me miré con ayuda del
espejo. El ano estaba abierto y sangraba algo. Me debería haber sobrecogido
pero una vez más volvió a excitarme. Me detuve en mi locura que iba terminar
por dañarme de verdad y me lave lo mejor que pude. Me coloqué una gasa que se
empapaba poco a poco para tener que volver a cambiarla. Estaba asustado. Me
puse varias gasas, me vestí rápidamente y me tiré a la calle.
Caminé confuso entre la gente que
de mañana se afanaba en sus asuntos. Yo ya no tenía asunto del que ocuparme, en
ese momento mi preocupación era que se detuviese la hemorragia de mi ano. Tenía
la desagradable impresión de que empapaba el bloque de gasas que me había
puesto y que traspasaba los pantalones. Pensé que lo más sensato sería
presentarme en un servicio de urgencias y engañarles de alguna manera, quizá
contando la verdad descarnada que es la menos creíble de las verdades, pero
solo pensarlo hacia que me ruborizase y se me encogiese el estomago conformando
la sensación más desagradable que sentirse pudiera. En ese momento prefería
morir desangrado en medio de la calle que tener que colocarme en posición y
enseñar a todo el que de pijama clínico quisiese, el estado en que me había
dejado mi puerta de atrás a base de desenfreno teniendo que soportar a buen
seguro algún sarcasmo que no estaba dispuesto a tolerar. Humillación a lo que
yo sentía, era designar con benevolencia mi situación.
Me dirigí a casa de Ramón, ¿Dónde
sino? Mi rostro debía presentar un aspecto lamentable porque en cuanto me abrió
la puerta mi hijo se me arrojó a los brazos ayudándome a entrar.
- Tienes la cara de color ceniza
papa, ¿Qué te ha pasado?
No tenía ganas de ocultar nada,
no tenía fuerzas para edificar alguna historia creíble con la que dulcificar mi
amargura, deseaba que todo acabase. Relaté lo sucedido con Marta y mi
ocurrencia de violarme con un trozo de marfil sin tener piedad de mí. Ramón
meneaba la cabeza de lado a lado, no dando pábulo a lo que le contaba.
- ¿Tanto te gustó o tantas ganas
tenías de morirte sin que te pareciese que te suicidabas? Has podido quedar
desangrado en cualquier lado. Enséñame eso y deja que te cure, si hace falta
llamaré a un amigo cirujano que me ha echado alguna mano en otra ocasión.
Al colocarme en posición de
rodillas con los codos en el suelo, como oran los musulmanes, un calambre me
recorrió las bolsas, un calambre placentero. Deseé en medio de mi horror que en
lugar de explorarme mi hijo se limitase a sodomizarme sin piedad, la misma idea
me horrorizó pero no dije nada y me dejé hacer. No era capaz de reconocerme en
esas pulsiones intensas y extrañas, pero no tenía fuerzas para siquiera
ignorarlas. Ramón me separó las nalgas y alumbró con una luz. Retiró la masa de
gasas y me anunció que había dejado de sangrar.
- Te has desgarrado un poco y
creo que, no se, posiblemente habrá que darte un punto, aunque no creo que sea
nada preocupante. Anda levántate que yo voy a llamar a mi amigo por si puede el
darte ese punto.
Al decirme esto me dio un azote
cariñoso en la nalga con la palma plana de forma que sonó a palmetazo. Me
escoció al tiempo que obró de tal forma en mí que comencé a empalmar de forma
ajena totalmente a mi voluntad. Al levantarme y verme Ramón ni se sorprendió.
- ¡Ah! a ti también te pasa. No
voy a poder negar ser hijo tuyo.
- ¿Qué me pasa? – pregunté sin
saber en realidad a que se estaba refiriendo.
- Que cuando te azotan el culete
te empalmas. A mi me pone fuera de mí, y es adictivo, te lo aseguro. Al final
va a resultar que tenemos más cosas en común de las que yo creía. Me gusta.
Bueno, vístete hasta que venga Julio.
- ¿Quién es Julio?
- ¡El cirujano, papa!, el
cirujano del que te he hablado. Un buen amigo de bastante buen ver, muy moreno
de tez…, bueno, mulato, que aún no se como no se dedica al mundo del
espectáculo, es un perfecto David de Miguel Ángel en carne y hueso. Vive no muy
lejos, si está libre vendrá en seguida.
Al cuarto de hora sonó el timbre
y un treintañero de color azúcar moreno con reflejos dorados, atlético de poco más
de uno ochenta se presentó sonriente en la habitación.
- Hola, me llamo Julio – me dijo
tendiéndome la mano derecha mientras que con la izquierda depositaba un maletín
de medico sobre la mesa - Me ha dicho Ramón que has tenido un percance con
ocasión de un encuentro sexual – no se le caía esa sonrisa encantadora de los
labios, carnosos y brillantes.
- Bueno, un encuentro, lo que se
dice un encuentro…, sí, un encuentro un poco raro porque – me detuve para coger
fuerzas y no morirme de la vergüenza allí mismo – fue con el mango de un
calzador.
- ¡Caramba, que fiebre!, no tenías
una poya que llevarte al culo – se rió el solo de su propia ocurrencia, pero al
ver que yo no me lo tomaba de la misma forma se disculpó – perdona he sido un
grosero. Enséñame ese destrozo que te has hecho.
Volví a adoptar la postura. Julio
primero me iluminó con una linterna de luz blanquísima, se calzó unos guantes
de látex y palpó, tanteó insinuando su dedo en mi orificio. Se lubricó a
continuación los dedos y me introdujo uno de ellos. No sentí nada de nada. En
un momento de la exploración sentí un calambre justo en el orificio del pene y
sentí como salían unas gotitas de semen al tiempo que emitía un quejido de
molestia.
- ¡Vaya!, si que has tenido una
sesión de excitación. Tienes la próstata congestionadísima. Y ese calambre que
te ha dado justo en la punta ha sido por que te la he apretado para comprobar
su consistencia. Ahora te voy a introducir un anuscopio para verte por dentro,
a ver las heridas y desgarros de las válvulas de Morgagni, que las habrá,
aunque ésta del esfínter es la que puede que necesite de algún punto, según.
- ¿Según qué? – pregunte
asustado.
- Según el calibre del desgarro y
tú deseo de mantenerte abierto o no – hizo un silencio esperando a que yo
contestase, pero yo no sabía a que se estaba refiriendo y preferí callar – no
alcanzó a adivinar cuales eran los propósitos de tu furia penetradora, aunque
lo lógico sería pensar en un preparación a fondo para encarar cualquier tipo de
relación con cualquier tipo de calibre.
Comprendí a qué se estaba
refiriendo y me ruboricé. Agradecí tener la cabeza metida entre los brazos y
que ni Ramón ni Julio viesen en que lugar se colocaba mi pudor en todo aquel
embrollo. Me introdujo el anuscopio con un poco de lubricante. No sentí
molestia alguna y al cabo de pocos segundos lo retiró.
- Ya puedes vestirte – se dirigió
a Ramón – dale a tu padre algo para limpiarse – luego volvió a dirigirse a mí –
tienes un desgarro no muy grande en esfínter externo que va a cicatrizar bien,
manteniendo una dieta para que las deposiciones no sean muy duras y te dañen al
defecar; pero si quieres voy por sutura apropiada y te doy un par de puntos y
te dejo el ano como al principio. Puedes quedarte, no obstante, así y en diez días
tendrás el ojete más complaciente de la localidad, si es que a eso es a lo que
vas a dedicarlo.
Me quedé mirándole muy serio,
intentando trasmitir indignación, se le esfumó la sonrisa de los labios y pasó
a aparentar rápidamente su verdadera edad. La sonrisa la tenía utilizada a modo
de maquillaje rejuvenecedor. Así y todo seguía siendo un mulato atractivo.
- ¿Qué te has pensado? Que soy un
arrastrado de esos para los que su vida empieza y se acaba en el cruising, que
consumo mi vida en los esquineos, que adelgazo a base de sesiones de sauna
promiscua. No sé la idea que has podido hacerte de mí, pero hasta hace escasas
horas yo era una persona normal, felizmente casado, que tenía escarceos
normales, con mujeres normales y al que de repente se le ha hundido el mundo
debajo de los pies, está cayendo todavía, y sin saber si al final de la caída, habrá
un colchón de plumas o el fondo de una tumba erizada de palitroques afilados
para empalar al incauto que se haya dejado caer.
Me miraba desde el pozo oscuro de
sus ojos negros muy serio sin mover un músculo de la cara. Mi respuesta le
había hecho mella y no sabía por donde salir. Parecía que el mundo se acababa
de detener y el tiempo se hizo eterno, el aire gelatinoso y yo acababa de
arrepentirme de haber reaccionado de aquella manera. El me hacía el favor de
venir a solucionarme el caso que tanto me avergonzaba y yo le despedía de
aquella mala manera. Una vez más Ramón vino en mi ayuda recordándome cual era
mi posición.
- ¡Que pasote, papa!, que pasada.
¿Tu te crees que Julio ha venido para que tu le insultes de esa manera?, joder,
tío – me estaba tratando como a un colega de su edad y eso me gustaba – creo
que lo menos que puedes hacer es disculparte…
Estaba cerca de Julio y le miraba
casi en horizontal a los ojos, era algo más alto que yo. Apreté los labios en
signo de disculpa y ladee la cabeza pidiendo indulgencia, me acerque más a él y
le sujeté los dos brazos, duros como granito y calientes como tizones.
- Perdona, Julio, he sido un
grosero – a cada frase le apretaba su acero para dar énfasis a mi petición de
perdón – has sido muy amable y te pido perdón.
La sonrisa volvió a germinar con
fuerza en las mejillas de Julio y explotó en una risa sincera y abierta,
exhibiendo una flor de pétalos blancos enmarcados por dos sépalos rojo carmín.
Sin decir media palabra acercó su cara a la mía y ofició la absolución de mi
pecado mediante un suave roce de sus labios sobre los míos, luego se separó de
mí me cogió él a mí por los hombros con inusitada fuerza y se puso serio otra
vez.
- Estas perdonado, pero antes de
descargar sobre los demás la ira por descubrir en tu parcela algo desconocido
del que no tenías ni idea que pudiera existir, siéntate a meditar y a cavilar
si no existen más tesoros que los que tu conoces. Si pudieran existir tesoros
al margen de tu experiencia que solo precisan para ser identificados de
ausencia de prejuicios y altura de miras. Ponte delante de ti mismo y no te
escandalices de ti. Cada uno es como es y se disfruta de la vida en la medida
que somos nuestros mejores amigos, es decir, que nos perdonamos todas nuestras
afrentas por muy canallescas que sean.
- Aún voy a necesitar unos días
para rumiar todo lo que me acabas de decir. Para empezar tengo que decirte,
agradecido o no, no lo sé, que es la primera vez en mi vida que un tío me besa
la boca. Todavía tengo que decidir si vomitó o no vomito o si quiero que se
repita o no.
- Clichés – Ramón intervino en la
conversación
- ¿Cómo, hijo?
- Ideas preconcebidas papa. Vamos
a ver, resulta que te rajas el culo sodomizándote salvajemente con un calzador
y luego le haces asco a que alguien te bese en la boca. Estamos en lo de
siempre, si te hubiese besado Alicia, como tiene aspecto de mujer, perfecto,
pero como el aspecto Julio es de hombre eso te obligaría a vomitar. ¿Por qué?,
para poner a salvaguarda tu hombría. ¿Y si te dijese que Julio es en realidad
Julia que está a la espera del cambio de sexo aunque ya hormonada y operada de
mamas?
- ¿Pero que clase de locura
aberrante es ésta?, aquí nada es lo que parece, es imposible construir
cualquier relación porque no sabes si vas a equivocarte.
- A equivocarte, ¿en qué? - me
hizo la pregunta intrigado y medio molesto Julio.
- ¡Joder!, ¿en que va a ser? Que
no sabes nunca si a quien te acercas es la persona correcta.
- Correctas son todas, papa, si
te limitas a disfrutar de lo que tienes en cada momento como si fueras un niño
cuya mayor ilusión es ir descubriendo el mundo que le rodea y sorbiéndole todo
el goce que éste sea capaz de ofrecer, sin apriorismos ni preceptos que solo
valen para que te encasilles y ordenes a un fin mas alto que es el de preservar
el clan. Eso estaba muy bien para hace diez o veinte mil años cuando la
prioridad era la supervivencia de la especie y de la prole dependía la
existencia de la tribu. No había mayor castigo que la esterilidad y no te digo
el desperdicio de semilla. Eso pasó hacia tiempo. Nuestro tiempo tiene el
problema contrario, ahora no es que seamos pocos y necesitemos más, ahora somos
más y no es ya una prioridad reproducirnos, ahora la prioridad es producirnos a
nosotros mismos, cultivarnos y manifestarnos como nuestra cuerpo nos pida,
disfrutar sin trabas de las ventajas que nos otorgado la organización social
que hemos construido como especie dominante que su coste ha conllevado.
Papa, no me seas de Atapuerca.
Eres un hombre cultivado, que vive del arte, rompe moldes, rasga velos, sal de
tu jaula, que tiene la puerta abierta y solo tienes que traspasarla para ver lo
que se te ofrece al otro lado, no te de miedo.
- Eso mismo ya lo había escuchado
yo en otro lado, un lado del que me podía esperar razonamientos sofistas del
mismo jaez, pero de ti…, por la misma razón que te orientas a un cualquier tipo
de sexo, da igual el que sea, podías ver los cadáveres como carne que es, para
subsistir, y sin embargo eso es algo que te repugna. Ese es un logro de la
cultura, la abolición del canibalismo y otro lo es el reconocimiento y la
comprensión, de que hay machos y hembras por algo, y ese algo es para que se
acoplen…
- Lo que no quiere decir – me
interrumpió como el rayo – que un macho pueda rozarse con otro o una hembra acoplarse
a otra hembra sin abominar de que machos y hembras se acoplen cuando lo deseen…,
con fin reproductivo o no, que esa es una característica exclusivamente humana
y si se acepta que el sexo no tiene porque llevar engarzada la reproducción no
tiene porqué ser necesario que este se practique exclusivamente entre macho y
hembra.
- Basta ya, Ramón – ahora era yo
el que le cortaba a él – el ano lo tiene el ser humano para lo que lo tiene y
una vagina es para acoger el pene y nada más…
- ¿Y por qué?- la pregunta
llevaba dentro la inocencia del niño que pregunta porque no sabe, no la
retórica del que lo hace para poner en un brete.
El porqué era la clave. Mi razón
última no era más que un sin sentido. “Porque sí” podría haberle chillado encima de la cara, pero además de que a mi
hijo no me apetecía hacérselo me habría quitado toda la razón solo el haber
intentado imponerla por la fuerza de los decibelios.
En un instante, que fue en el que
Ramón me penetraba las pupilas con una mirada limpia que me chocaba con la
suciedad de sus opiniones, se me pasaron por la mente mis enseñanzas, las
creencias, mis experiencias, mis sensibilidades, dolores y placeres y no pude
ni responderme a mi mismo. ¿Dónde estaba la verdad, entonces?, ¿Todo
inevitablemente había de ser relativo?, nada importaba realmente nada, porque
las preguntas más simples no encontraban respuestas adecuadas, ya que la
sencillez era preciso para responderlas, y yo hacía tiempo que había dejado de
serlo.
- No se porqué, hijo, no se
porqué, pero en lo más intimo de mi ser se que eso no es lo correcto – intenté
ser lo más solemne y serio posible para dar consistencia a mi declaración de
impotencia.
- Te comprendo papa de Ramón –
Julio hablaba pausadamente como de vuelta de todo, con cierto punto de hastío –
te comprendo, yo me he hecho las mismas preguntas y solo he podido sacar en
claro algo prosaico pero a lo único que he podido agarrarme para no perder la
cabeza; se me pone dura cuando me acerco a un tío o una tía que me guste; y que
conste que no he hecho una broma con el juego de palabras. Me tengo que ir. ¿Te
vas a coser o te vas a quedar con el esfínter dilatado?
- Ya lo pensaré, ahora no puedo
decidir nada.
- Por si te interesa, si te lo
dejas así, no te va a interferir para nada con la contención de heces, aún te
queda el esfínter interno y ese lo tienes en perfectas condiciones. Decídete en
dos o tres horas, después será más difícil reconstruir, habría que refrescar la
herida…, en fin... Ahora he de irme.
Se volvió a la puerta y al
agarrar el picaporte se detuvo un instante, se volvió sin soltarlo dirigiéndose
a mí.
- ¡Ah!, y soy Julio, nada de
hormonas ni bobadas de esas, ha sido solo un divertimento de tu hijo para
ponerte delante de tus contradicciones y yo le he seguido la corriente, me
gustan este tipo de charadas – miró en dirección a Ramón buscando su asentimiento.
- Ha sido algo sucio, papa, pero
¿a que ha dado resultado? Ahora te preguntas cosas que antes ni te imaginabas
que pudieras llegar a plantearte – se dirigió a Julio levantando la mano –
hasta luego Julio, esta noche te veo en el Paradise.
- A ver si puedo ir – le contesto
cerrando tras de sí la puerta.
- Entonces, en qué quedamos, ¿es
Julio o es Julia? – estaba molesto con el equivoco en el que me habían envuelto
los dos.
- Te lo ha dicho él; Julio. Es un
tío con todas las de la ley y lo que menos tiene pensado es cambiarse de sexo,
pero es, como la mayoría, bisexual, aunque no lo quiera reconocer esa misma
mayoría, o no lo sepa.
- Todo esto me sobrepasa, estoy
agotado de intentar seguiros en vuestros juegos de palabras. Al final voy a
terminar por no saber exactamente ni quien soy ni a que me debo – miré a Ramón
que me observaba con un rostro angelical, el mismo que tenía cuando con cuatro
años me consolaba porque mama ya no estaba a nuestro lado, tuve necesidad de
quitarle gravedad a todo lo sucedido y chancear un poco - y para colmo ahora con el ojete de
profesional.
- Anda, déjate de bromas
estupidas, termina de vestirte y acompáñame al hospital a ver a Alicia, esta
tarde entra en quirófano y me gustaría estar cerca de ella.
- No Ramón, ve tu solo.
Necesitáis intimidad en un momento como este. Yo me vuelvo a casa, he de
terminar el trabajo que tengo entre manos – me quedé mirándole orgulloso de ser
su padre – Sabes, intento pensar en Alicia como un hombre que se va a operar
para dejar de serlo y no lo consigo. Para mí es una mujer perfecta, al no verle
los atributos nunca, nunca me la imaginaré como otra cosa que no sea una mujer.
Si tu dices que nació hombre, es como si me hubieses dicho que nació italiana y
se va a nacionalizar – me estaba mirando estupendo, con sus ojos chispeantes de
sorpresa y los labios entreabiertos en una sonrisa encantadora – Y una última
cosa que nunca te he dicho, pero ahora tengo mas confianza o quizá mejor, más
libertad para decírtelo; no me gusta que te hayas hecho tantas perforaciones en
los labios…, pero si es tu opción…
Por toda respuesta, sacó la
lengua y me enseñó la perforación que le atravesaba de lado a lado.
- A mi me gusta y a Alicia, más
todavía. Yo solo echaré de menos la anilla que llevaba ella en el pene
atravesándole el glande, pero ya me ha prometido que se perforará el clítoris
reconstruido en cuanto le cicatrice.
- Debo estar muriéndome despacito
y no pertenecer ya este mundo, a vuestro mundo, que ya es vuestro del todo,
solo que nos permitís vegetar aún en él, no entiendo nada. ¡Cuánto más feliz no
era yo ligándome cada día a una distinta sin más quebraderos de cabeza!
- Siempre era la misma – le miré
con desconcierto – por eso necesitabas cambiar a menudo buscando una diferente,
porque siempre le echabas el polvo a la misma. Para ti todas las mujeres son la
misma, por eso necesitas cambiar constantemente a ver si algún día encuentras
algo diferente y resulta que cuando lo encuentras, Alicia, por poner un
ejemplo, empiezas a plantearte problemas metafísicos, en lugar de aceptar la
realidad. ¿A que se te han quitado las ganas de tirarte a la calle a buscar un
agujero en el que vaciarte?, claro papa,
porque has terminado las pesquisas y tu búsqueda ha surtido efecto, solo que
tenías una idea de lo que tendrías que haber encontrado y tienes entre manos
algo, podríamos decir que diferente, a lo que habías imaginado, lo que, una de
dos, o te hace creer que te has equivocado, o en modo alguno estás dispuesto a
seguir en la senda que tu instinto te traza. Ya sabes aquello de que hay que
tener cuidado con lo que se busca, no sea que se encuentre.
- No tengo más ganas de seguir
con tus filosofías, me voy a casa. Llámame al fijo, el móvil se desengualdramilló,
necesito soledad para ordenar mi cabeza y mis sentimientos.
Anduve por la calle si rumbo
definido, ni tiempo controlado de manera que cuando comenzó a oscurecer
comprendí que había pasado mas tiempo del que hubiese querido y menos del que
necesitaba para encarar con la valentía que aún no tenía el hogar que ya no era
compartido con Marta. De tener un hogar, había pasado de la forma más
traumática posible a tener solo un domicilio, una dirección donde recibir
cartas del banco y de Hacienda.
Entrar en aquel portal se me
antojaba el acceso insensato a una gruta inclemente y hostil; me daba miedo
traspasar el umbral, las dos hojas de la puerta hechas de cerezo macizas me
amenazaban como dos gigantes guardianes del tesoro. Con el escalofrió
haciéndome tiritar el corazón di el paso y conseguí llegar al ascensor. Pude
comprobar que no había monstruo al que evitar, ni Gorgona a la que no mirar y
que el peor de los monstruos, la más artera de la furias la llevaba yo en mi
corazón; a él tendría yo que temer no a las paredes que evocaban en mi cabeza
escenas ya pasadas y que creía olvidadas, precisamente las que mas alimentaban
el terror que me estaba consumiendo.
Recordaba el rostro de Ramón,
¡que guapo era mi hijo! Y que orgulloso estaba de él. Era un fotógrafo de
vanguardia del que, en nada, estaba seguro, se hablaría en todas las revistas
especializadas, pero de la misma forma que su cara se abalanzaba sobre mi
corazón, el comercio carnal que tuve con él se abalanzaba sobre mi conciencia
atizándome mordiscos dolorosísimos que me hacían penar sin tener la expectativa
de que ese dolor fuese a cesar, antes bien, parecía que semejante dolor
terminaría por consumirme en aullidos de angustia.
Entré la llave en la cerradura de
la casa con autentica pereza, con rechazo, habría preferido que detrás hubiese
el abismo, un precipicio insondable con la nada al fondo. Abrí la puerta y me
reconocí cansado y abatido, sin fuerzas para entrar y cerrar detrás de mí. La
impresión que tenía era de que llevaba varias semanas sin dormir, sin ducharme
ni cambiarme de ropa que se me pegaba al cuerpo, en una sensación viscosa que
me daba nauseas. Imaginaba el semblante que me arrojaría un espejo si tuviese
arrojo para mirarme y vería un ser abatido, derrotado, acabado. No tuve la
suerte de transformarme en estatua de sal al traspasar el umbral por mucho que
quise mirar atrás y tuve que, en gesto cansino, prender la luz que coloreó de
tono mortecino la entrada. En el sillón de la entrada aún permanecía la forma
que mi cuerpo prestó al plumón del cojín la noche anterior cuando me quedé
tirado, desmadejado y dormido posteriormente y donde me encontró mi Marta.
¡Cómo la echaba de menos!, pero como echaba de menos así mismo el olor púbico
de mi hijo que inmediatamente me provocaba rechazo y deseo con nausea y dolor.
Deseaba hasta lo que me dañaba con toda la vergüenza y todo el remordimiento,
pero era débil e incapaz de resistirme a los recuerdos. Cada vez estaba más
ingrávido, cayendo sin asidero, sin ver suelo y sin saber si la caída tendría final.
El infierno tendría que ser eso, una caída sin fin, temiendo que acabase y
deseando al tiempo tocar fondo y destriparme para terminar la tortura de la
incertidumbre.
Como un polichinela al que
manejan a base de hilos sutiles me dirigí a mi gabinete. A cada paso iba a caer
y sin razón conocida era capaz de dar un siguiente paso sabiendo que sería al
siguiente cuando ya las piernas no me sostendrían La voluntad me la había
dejado en el trayecto entre la sodomización instrumental de por la mañana y la
vejación de la tarde a cargo de ese Julio o Julia o quien quiera que fuese, los
cielos lo tuvieran confundido por toda la eternidad.
No era nadie ya, solo un montón
organizado de nervios y tendones, una maravilla de la evolución filogenética,
una máquina de ajustado funcionamiento, pero sin alma, sin miras ni futuro,
solo con responsabilidades que añadían un plus de dolor y menesterosidad a mi
existencia.
Tenía que acabar el manuscrito de
Antonio. De repente AR, se me antojó alguien digno y moralmente recto. Se
atenía a una norma, la suya, la dictada por él, de acuerdo, pero no cambiaba
las normas según las circunstancias, era como era y no solo lo aceptaba, estaba
encantado con ser de esa manera. Lo que siempre pensé de él, que era una presa
y producto a la vez del relativismo más abyecto se me deshacía entre los dedos;
se me aparecía como un gigante de la moralidad más estricta, guiado siempre por
una ética, la suya, pero categórica para él, no podría servir para nadie más
por que él era un ser especial y la necesitaba, pero no se consentía apartarse
de ella y eso le daba la dignidad que le rebosaba los poros; eso era lo que
tanto me atraía del él, no su vida, creía yo que libertina y frívola, que no
era más que la cáscara, el ropaje con el que él engalanaba su proceder.
Me senté a la mesa, con los
folios delante y lo comprendí. Yo escribía para él, pero él era el que regaba
con su personalidad lo escrito por mí, fecundaba con sus excesos y actos mis
letras y engendraba obras maestras. Tenía razón en lo que me decía siempre; sin
su encanto social y sus puestas en escena, fruto de su forma ética de vivir,
mis folios escritos no pasarían de eso, de ser folios técnicamente bien escritos,
irreprochables. Debía terminar lo comenzado, ignorar mi tragedia, mí bajada al
séptimo círculo, olvidar mi degeneración
y en un último acto de generosidad entregar mi puesta de letras y folios
emborronados, dócilmente, para que AR le diese el hálito de vida. Después...,
que más daba lo que ocurriese después, a nadie podía importarle y al que menos
a mí.
Estuve toda la noche escribiendo,
febril, entregado, esclavo de mis propias letras. Cuanto más escribía, más
ideas se me agolpaban en la cabeza a las que daba salida sin una vacilación,
sin una consulta sintáctica, sin una duda filológica. Escribía y escribía ajeno
a mi tragedia; la cabeza por un lado indicándome el camino de las palabras para
terminar el manuscrito y por otro indicándome el camino que debería tomar mi
existencia para que al menos el ultimo acto, la ultima ejecutoria tuviese algo
de dignidad y no fuese un jirón desgarrado más de mi alma en mi haber, que
añadir a la ruina moral en que estaba convirtiéndome. Las palabras salían de mi
mano con una soltura y una facilidad como hacía tiempo, quizá años, que no
recordaba y al mismo tiempo las ideas sobre como tendría que ser el siguiente
capitulo de mi vida sin Marta y sin Ramón se iban volviendo calidas y dulces,
suaves y aterciopeladas, apetitosas y reparadoras. Tenía mi cabeza dividida en
dos y era incapaz de continuar con el trabajo de escritura sin tener que
quebrar el hilo del pensamiento de mi vida futura.
Rizándose el horizonte de malvas
y grises puse el punto y final a la obra. Me sentí plenamente satisfecho.
Acabado el trabajo, del que me sentía colmadamente orgulloso me invadió una
sensación de paz que me produjo un placer mas intenso que todos los orgasmos
que hubiera tenido juntos, pero de mayor calidad, algo contemplativo,
iluminativo y no solo por haber cumplido mi obligación sino por haber al tiempo
encontrado el faro que me iba a orientar en medio de la terrible noche en que
me encontraba después de los hechos acaecidos.
Con absoluta serenidad, incluso
con ilusión y empuje de converso, empaqueté los folios que componían el
manuscrito y lo deposité sobre la mesa del gabinete, con la leyenda “Propiedad
de Antonio Orihuela”.
Pensé escribirle una nota pero
luego creí que mejor dejarlo así. Saqué un sobre de un cajón y le puse la
dirección de mi buen amigo, introduje dentro la llave de la puerta de la casa y
una tarjeta indicándole que fuese a mi casa a recoger el manuscrito ya que yo
me habría ido lejos, quizá muy lejos, para cuando recibiese la misiva y no
deseaba que nadie supiese donde, porque en realidad yo iba a iniciar un viaje
del que solo sabía el destino pero no el itinerario a recorrer. Fui al cuarto
de baño y me enjuague la cara. Me pude mirar entonces al espejo; estaba
radiante de felicidad aunque con el rostro agotado por toda la noche de trabajo
febril antecedida de tantos acontecimientos que me habían minado la
resistencia. Me atuse, cogí el sobre y salí a la calle en busca del buzón de
correos.
Regresé al poco después de haber
degustado un excelente café que tuvo la virtud de despejarme y terminar de
ayudarme a ver que lo mejor que podría haber hecho es lo que tenía la
determinación de hacer. Estaba contento conmigo; al fin tomaba una decisión
ética, posiblemente la primera en toda mi vida.
Me dirigí a la despensa y recogí
el tarro de elixir de la felicidad y lo limpié cuidadosamente de cualquier
traza de mancha o impureza.
Finalmente decidí que AR se
merecía una nota de despedida.
“Querido amigo, al fin está
terminada tu novela, porque aunque lo haya escrito yo, se que es tuya nada más,
aquí la tienes. Será un éxito. Eso, sí, te ruego que te encargues tu de los
papeleos, por los viejos tiempos. Calculo que en tres días habrá llegado el
sobre con la llave a tu casa, lamento el mal olor.
¡Ah, no se te ocurra tocar el
tarro de ‘Chas 48’ !,
solo debe tener mis huellas, por aquello de las sospechas estupidas. Siempre te
he querido y admirado, aunque te llamase ‘el imbecil’ cuando me refiriese a ti,
pero era cariñoso.
Ahora ya me voy. Cuando llegué
donde tenga que llegar intentaré comunicarte que todo acabó bien, y si no llego
a ningún lado es que todo salió como yo me temía y ya no tendré conciencia de
nada, lo cual será un alivio, sin remordimientos, ni culpas, sin obligaciones
ni frustraciones”.
13.10.12

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