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miércoles, 31 de octubre de 2012

CINCO DÍAS DE ..., LUNES II

Cinco días. Lunes II


Hicieron el amor sin reservas, cómo si fuese esa la última vez. Federico alargó la mano para coger de la mesilla de noche un preservativo.
-          Conmigo no hace falta, estoy seca, ¿no lo sabías?
-          ¿Estas segura?, mira que no quiero amores con sobresaltos y la marcha atrás no me gusta ni para los coches.
-          Sin problemas, te lo aseguro. Abrázame ya, estoy ansiosa de ti.
Finalmente se quedaron dulcemente dormidos con sus piernas entrelazadas y las mejillas juntas. Cuando María despertó, Federico se estaba duchando.
-          ¿Cariño?
-          Vente conmigo a la ducha, no seas remolona
-          Tengo hambre. Solo hambre, no ganas de ducharme.
Transcurridos unos minutos Federico apareció en la alcoba secándose el cabello con fuerza.
-          No seas tan enérgico, te vas a arrancar el pellejo.
-          Sécame tu.
Se acercó a la cama y se inclinó sobre ella comenzando a besarla desde el cuello hasta los muslos.
-          ¿No me vas a secar?, anda, sécame, pero un poco mas abajo de la cabeza.
-          ¡¿Otra vez?! eres infatigable. Tú estás muy falto. Venga no seas rijoso, me ducho y salimos a comer algo.
-          No tengo ganas de salir. ¿Pedimos una pizza? Nos quedamos en casa y hacemos el amor, hoy no lo hemos hecho todavía...
-          ¡Serás sinvergüenza!
Acompañó la frase con un golpe de su almohada. El cogió la otra y rechazó la dulce agresión. Intercambiaron algunos golpes más hasta que se encontraron entrelazados en un abrazo sin fin. Volvieron a hacer el amor hasta quedar extenuados. Boca arriba en la cama uno al lado del otro permanecieron en silencio un buen rato hasta que María rompió el mutismo.
-          ¿Pedimos la pizza?
-          Tu eres una tramposa..., y una juguetona, solo querías juerga, eh.
Y comenzó a hacerle cosquillas por todo su cuerpo sudoroso y brillante de piel fresca y lozana. Ella reía como nunca pensó que volvería a hacerlo, con una risa suelta y libre, risa joven y despreocupada. El también disfrutaba ofreciéndola esa oportunidad de relajarse a cuerpo completo. Era feliz viéndola feliz. Finalmente ella se rindió y entre risa y risa le rogó una tregua.
-          Creía que esto era cosa de adolescentes, habría sido impensable con Roberto. La verdad es que estaba resignada a envejecer, perdido el hábito de la risa, nunca pensé que se pudiera recuperar con tanta facilidad y placer.
-          Pues ya lo ves, solo es cuestión de no creerte nunca lo que te cuentan. A medida que pasan los años nadie deja de recordarte que debes abandonar saludables hábitos como el de la risa y cambiarlos por la seriedad y la responsabilidad que es lo que juega con los años. Y es mentira, son solo mentiras de gente dogmática y aburrida que odia el disfrute, porque ellos nunca supieron hacerlo centro de su vida y no solo no disfrutan ellos, sino que les molesta que lo hagan los demás, que por hacerlo son automáticamente demonizados y tachados de irresponsables. Yo no me he dejado convencer y por eso soy tan divertido, ¿ves?
Acompañó su retórica interrogación con una mueca histriónica y un gesto irreverente de sus brazos.
-          ¿De que la quieres? ¡La pizza!, espabila, ¿de que la quieres?
-          Perdona, me quedé pensando en lo que me dijiste. Pídela de lo que quieras menos con champiñones, en la pizza no me gustan.
Mientras Federico llamaba, María quedó en la cama pensando en todo el tiempo desperdiciado. Durante todo el tiempo que estuvo manteniendo la relación oculta la sensación de estar traicionando a su marido le impedía disfrutar del todo de la misma. Ahora era la primera vez que gozaba de verdad. Los escrúpulos que sintió después de ver a Roberto tan ridículo como menesteroso ahí plantado, descalzo con ese aspecto de perro apaleado y abandonado se diluyeron como el azucarillo en el café. Estaba satisfecha de haber podido dar el paso, no creía tener que arrepentirse.
-          Vamos a vestirnos, me han dicho que tardarán como veinte minutos, salvo que quieras probar con un tercero...
-          ¡Serás degenerado! Además, ¿no era con el del butano?, no estás tu muy ducho en esas desviaciones.
Terminada la pizza se quedaron callados frente a frente, contemplándose, recreándose cada uno en el otro.
-          Me gustaste desde que nos presentó Roberto. Éramos muy jóvenes, ¿te acuerdas?
-          A mi, me pareciste superficial y algo creidillo. Hombre, no estabas mal, la verdad, pero te faltaba un hervor, estabas algo crudito aún. Un poco ganso. Has ganado mucho. Cuando Roberto me propuso trabajar para ti, me pareció una idea horrible pero estaba tan harta de ser una inútil, dócil y domesticada ama de casa que cualquier cosa iba a ser mejor que quedarse presa a esperar que mi marido regresase y soportar el humor que se trajese del trabajo. Hice bien aceptando. Pero que muy bien.
-          Cuando me pidió el favor tu marido estuve a punto de besarle, deseé decirle que si a la primera, pero disimulé y me hice de rogar. Temí que se echase para atrás, porque mis negativas fueron incluso convincentes. Pero en su favor he de decir que como te tiene en tan alta estima, insistió e insistió hasta que me deje convencer, entre comillas.
Se sintió halagada de saberse deseada desde siempre y dolida al enterarse de la buena opinión que Roberto tenía de ella. Enseguida desechó la mala conciencia; si la tenía en tanta estima era porque ella valía mucho y el saberse apreciada no necesitaba ninguna reciprocidad por su parte. No estaba obligada a nada, pero le dejó mal regusto de boca conocer aquel detalle, hubiera preferido que Federico se callase ese pasaje del relato.
De repente toda la tensión vivida en las horas previas se le vino encima y se sintió agotada, el sueño le arrebataba como en su adolescencia cuando era capaz de pasar de la vigilia al sueño en segundos. Estaba, se reconocía, optimista y juguetona, a pesar de los pesares. En pocos días se le pasaría.
-          Estoy cansada, es tarde y mañana, aunque parezca que no, hay que trabajar y encima tengo un jefe que es odioso y no me pasa ni una.
-          Pues acuéstate con él.
-          No me parece mala idea, mañana mismo se lo propondré. Hala, vamos a la cama, pero a dormir, nada de esas guarrerías tan divertidas, no echaría un polvo ahora por nada.



Cuando recogió el coche reparó mientras se incorporaba al trafico que iba donde no sabía. Detuvo el coche a un lado y llamó a Esther.
-          ¿Esther?, oye, que voy para allá, ¿dónde es?
-          Yo estoy ahora en mi casa, si quieres pásate por aquí y vamos juntos, si tu quieres, claro. Además tenemos que hablar de tu mujer.
-          Dirás mi ex...
-          Me lo temía. Deseaba haberlo soñado pero no. Vale, vente para mi casa ya.
Cuando pronunció la palabra ex comprendió de forma visceral lo que tanto dolor le provocó conscientemente. Se había quedado solo. Absolutamente. Era consciente de ello y era lo que aportaba maldad al hecho. Estar solo y no saberlo deshace el dolor. La locura de estarlo era lo que le hacía comportarse de forma irracional. ¡Por dios!, invitar a ese psicópata a comer, ¿en que estaba pensando? Y ahora en busca del pasado que tanto le había trastornado el presente y condicionaba su futuro. Si su mujer se enteraba de esto y aún quedaba alguna posibilidad de dar marcha atrás, ésta, quedaría hecha añicos. Le agradaba y le daba escalofríos volver a encontrarse a solas con Esther. Después del rapapolvo que le había dado en el club no sabía por donde iría a salir, si seguiría en sus trece despiadadas o por el contrario se habría ablandado y reconsiderado su comportamiento hacia a él. Hombre, el hecho de invitarle a su casa era un principio prometedor pero no arriesgaría ninguna conclusión. La calma y la ecuanimidad era lo que no podía permitirse perder. No estaba dispuesto a comportarse ni una vez más como lo había hecho hasta ese momento, si había acabado, había acabado, nada de mirar atrás, garantía de tropiezo seguro, aunque costase, miraría adelante, y caminaría con cuidado, estaba solo pero no iba a consentir que le dejase ciego.
Le abrió la puerta y se quedó mirándole desafiante. Tenía el semblante entre serio y divertido. Se sabía dominadora de la situación.
-          Pasa. ¿A que venía esa llamada?
-          Estaba haciendo el gilipollas y por poco no me veo metido en un lío. ¿Te acuerdas del paciente que fui a ver al hospital?, pues no se me ha ocurrido otra cosa que invitarle a comer. ¿Qué te parece?
-          Pero si estaba en el hospital.
-          ¡Que va!, pidió el alta esta mañana y, claro, se puso peor. Vino a la consulta cuando estaba recogiendo para irme y cómo me intrigaba tanto y no tenía donde ir, ni yo tampoco, María me ha dado el boleto, se me ocurrió llevarle a comer al argentino. Se animó y me perdió el respeto. Comenzó a tratarme de igual a igual, ¡figúrate!
-          ¡Ay!, Roberto, siempre confundiendo las cosas. ¿Cuándo aprenderás a separar tu vida privada de la profesional?. Solo a ti se te ocurre. Aunque no se porque hablo, estoy yo también lista. Tu mujercita, o tu ex, vaya faenita me hizo el sábado.
-          ¿Qué pasó?, allí en el club todo transcurrió de la forma mas distendida, sería cuándo te traía a tu casa.
-          Eso hubiera querido yo, que me hubiese traído, pero no, me dejó tirada en medio de la carretera y del golpazo que dio el bolso en el suelo cuando me lo arrojó con toda la mala leche del mundo, me dejó sin móvil encima. Total que hasta que encontré lo que yo creí un hostal de carretera y no era mas que un puti-club no me desparecieron las ganas de estrangularla. De todas formas estoy deseando echármela a la cara para cantarle las cuarenta; se le ha subido a la cabeza su éxito profesional.
-          ¿Por qué hizo eso?, se tiene que haber vuelto loca, ¿eso tiene que ver con que me la haya pegado con Federico?.
-          Me temo que ha utilizado nuestra aventura de “in illo tempore”para justificar la ruptura contigo y prefiere hacerme la cochinada esa para escenificar bien su indignación y que sea de alguna forma disculpable su rabia, pero creo sinceramente que se pasó. ¿A ti te montó el numerito de celos?.
-          ¡No, que va!. Llegó a casa en la mañana del domingo. Estaba ya histérico, pensaba que os había pasado algo, tu teléfono no contestaba y el de ella tampoco, cuando estaba al borde del colapso nervioso apareció y sin dejarme opción se acostó. Cuando se levantó, me restregó lo nuestro por las narices y después me disparó lo de Federico. Me dejo helado, sin respuesta, porque se añadía la sensación de traición de un amigo, a la caída al vacío que supone una cosa de estas. Pensé que podría llegar a arreglarse y por toda respuesta me dijo que me quería y a consecuencia de mi veleidad ya no podría ser. Me lo tragué. Para colmo si te digo lo que me paso luego ya me echas de tu casa por débil mental.
-          De ti, cualquier cosa.
Se quedaron cara a cara, sin hablar, mirándose directamente a los ojos. La mirada de Roberto era de imploro, de ruego lastimero, la del que sabe que esta ante el último asidero tras el cual solo existe el vacío, la caída libre, la nada. La mirada de Esther era de hastío, la de quien está harta de soportar siempre las quejas y cuitas de los demás para que nunca pueda ella descansar en nadie vomitando las suyas. No tenía excesivas ganas de que le colocasen otra película pero no iba a tener mas remedio que escucharlo, era incapaz de cortarle. Si no le dejaba vaciarse ahora, en otro momento lo haría y quizá de forma más inconveniente.
-          Vamos, habla, ¿qué te pasó?
Esther estaba ya impaciente, si le colocaba la historia que se la colocase cuanto antes pero que acabase aquello. Se arrepentía ahora de haberle dicho que viniese a su casa. Se daba cuenta que después del lamento de perro apaleado vendría el ruego lastimero de que le acogiese, aunque solo fuese por los viejos tiempos.
-          Estaba tan abatido que me dejé robar por un viejo vagabundo que me amenazaba, temeroso y no muy convencido, con un cuchillo. Me robó los zapatos; el dinero me daba igual, pero me robó los zapatos. Habrá algo más humillante que te roben los zapatos, que te dejen descalzo en medio de la calle. Quería el reloj, pero eso no se lo consentí.
Esther se le quedó mirando sin responder mientras meneaba la cabeza de un lado al otro.
-          Nunca aprenderás.
-          Pero lo peor fue después. Al llegar a casa me encontré de manos a boca con María y Federico. Ya nada puede ser mas violento. María se comportó fría y acerada. No conocía ese rasgo de crueldad de mi mujer, metió la aguja de su tacón en mi herida y se recreó haciendo daño...
-          Ya vale, estoy hasta mas arriba. De María solo quiero echármela a la cara para arrancarla el moño y de ti, de verdad, Roberto, estoy cansada de tantos problemas que tu te buscas.
-          Pues porque no te he contado los de los viejos bromistas de internet, que si no.
-          ¿Internet también, no?, vaya. Pues no, no me lo cuentes. Tengo suficiente, eres una matrioska rusa de esas; ocultas muchas más dentro para sorpresa de nadie que ya sabe que se va a encontrar cuando las va abriendo. Es suma, predecible y aburrido, pero no por eso sencillo de tratar; te lo dije el sábado y te lo digo ahora. En el fondo no me extraña que te haya dejado.
La conversación se vio interrumpida por el sonido del móvil de Roberto. Miró la pantalla poniendo cara de sorpresa y extrañeza, no era un número conocido. Pulsó la tecla de descolgar y se lo puso al oído. Esther, intrigada, entrecejo fruncido, por la primera cara de extrañeza, fue testigo del cambio de color y rasgos del rostro de Roberto. Solo sabía balbucear monosílabos de afirmación. Cada vez más pálido, los goterones de sudor le resbalaban por la frente yendo a estrellarse en sus cejas que las derivaban a ambos lados. Finalmente dejó caer la mano que sostenía el teléfono, desfallecida, a lo largo de su costado con la mirada perdida en el vació, vidriosa, húmeda y desesperada. Durante un tiempo Esther esperó a que reaccionase y le trasmitiese la causa de tan gran conmoción, pero en vista de que el tiempo estaba congelado en la mirada de Roberto le interrogó.
-          Bueno, ¿qué pasa?, ¿quién era?
En vista de que Roberto no reaccionaba Esther le zarandeo.
-          ¡Despierta, dime, vamos dime quien era! ¿Tan grave es?
-          ¿Porqué?, ¿porqué?, ¿tan grande ha sido el daño infringido para que se porte así?, ¿no podía habérmelo dicho?, se lo habría dado todo, ¡pero así!, ¿por qué así?
-          ¡¡El qué!!.
-          Era un abogado. Me citaba mañana en su despacho para trasmitirme las exigencias de María para la separación. Quiere que vendamos todo y nos repartamos el dinero según no se qué formula. Me ha dicho que sería conveniente que fuese con mi abogado.
-          ¿La casa de la playa también?
-          ¡También, todo! ¡Me quiere echar de mi casa!. Sabe lo que me gusta y me quiere echar. Yo no quiero dinero, que se lo quede todo, pero echarme de mi propia casa es ya ensañamiento. Yo no la eché, ella se marchó porque quiso con el otro cabrón y la muy zorra no quiere que la disfrute si no la puede disfrutar ella. Ni eso respeta, ni la casa. Pues si me busca me va a encontrar, ella qué quiere, ¿hacerme daño?, bien, vamos a ver quien es capaz de hacer mas daño a quien, ¿quiere guerra?, la tendrá.
-          No vayas a hacer ninguna tontería, que te conozco. Eres un mete patas enredador que al final se ve enmarañado en su propia trama. Además, por si no te acuerdas, siempre fuiste herbívoro, no carnicero, naciste para ser cazado, no tienes instintos asesinos, aunque ahora mismo fueses capaz de comértela cruda si la tuvieses delante, y al primer mordisco estarías de rodillas pidiendo perdón por el daño ocasionado. No te tortures mas, la suerte está echada, si María ha decidido que te quedas en la calle es que te quedas. Y te digo una cosa y no me lo interpretes como defensa de tu mujer, yo también le pegaría unos bocaditos si la tuviese delante ahora mismo. A pesar de todo no creo que lo haga para fastidiarte, mas bien creo que necesita el dinero para algo. ¿Por qué tu amigo, bueno Federico, tiene casa, no?
-          Tu sabes, no es una casa, casa. Mas bien un picadero para los ligues y un sitio donde meditar los tablones que se agarra. Es un apartamento de soltero y pequeño. Y puerco.
-          Entonces ya está. Conociendo a María, en cuanto se haya visto allí acostumbrada a tu casa se tiene que haber muerto. Ahora necesitan una casa nueva para los dos y por eso quieren vender las casas para comprarse otra. Se que va a ser difícil Roberto, pero no te vuelvas paranoico y quieras ver mas allá de lo que en realidad hay. ¿Qué ha pasado?, que se ha hartado de ti porque ha encontrado otro o viceversa, ¿y que mas da? Míralo por otro lado, estás libre, todas las posibilidades son tuyas. Véndelo todo, si, hazlo, tómalo como un favor, fuera ataduras, comienza otra vez, todo a estrenar, todo por descubrir otra vez, ¿acaso no es eso la juventud?, un eterno descubrir y sorprenderse de todo. Piensa en ello.
Bueno, Roberto, me tengo que marchar a pasar la noche con Blanca al tanatorio, ¡ah, no te lo había dicho!, está allí Larry.
-          ¿Dónde?
-          En casa de Blanca. Le llamé yo desde el tanatorio cuando llegamos y apareció como por ensalmo. Ahora está con Blanca, no se quiere separar de ella ni para respirar. Yo creía que lo suyo era pura transacción comercial, por lo que me contaste, pero al parecer, por lo que he visto, él, al menos, está colado como un adolescente. De ella no se, está sometida al estrés de la perdida de su madre y no se puede juzgar hasta donde responden a sentimientos reales sus abrazos y carantoñas.
-          Te acompaño, si no tienes inconveniente. Quisiera hablar con Larry. Cuando el sábado le plantee mis dudas sobre la fidelidad de María por poco me abofetea. A ver que dice ahora. Además es abogado, a ver si me quiere acompañar mañana.
Esther fue al cuarto de baño a retocarse algo antes de salir y coger, para rellenar el bolso de todas esas cosas que las mujeres necesitan para que éste se convierta en un laberinto inextricable donde no se encuentre de nada. Mientras Roberto se dejó caer en una silla para esperar a Esther justo cuando desde dentro ésta le avisaba
-          No te vayas a sentar en la silla tapizada de gris. Está rota.
Coincidiendo con la palabra “rota”, un sonido seco y pesado unido a una interjección y un grito cohibido de dolor hicieron que Esther saliese del cuarto de baño. Se encontró a Roberto que eligiendo la silla equivocada había dado con sus huesos en el suelo con tan mala fortuna que un pico de la mesa le asestó una inocente puñalada en la cabeza. Manaba sangre de forma abundante y al tiempo que se intentaba levantar del suelo se llevaba la mano a la cabeza. Tambaleante se dejo caer en el sofá y se miró la mano teñida de rojo.
-          ¡Hombre, ya está bien!, ¿que mas me queda por pasar?
-          No seas quejica y ponte esto que voy por el botiquín.
Le tendió la toalla que traía en la mano y se volvió al cuarto de baño a coger el botiquín donde tenía casi de todo.
-          Déjame que te vea. Estate quieto, hombre, a ver. ¡Que barbaridad!
-          ¿Mucho, no?
-          Tres puntitos nada más. Lo siento.
-          Infíltrame, eh.
-          Es de lo único que no tengo, anestesia local. Vamos, no seas miedoso, son tres puntitos solo. Venga, quietecito que enseguida acabo.



Antonio Sánchez Cabezuelo, estudió con Roberto y Federico. Amigo de correrías de Federico nunca hizo migas con Roberto, es más, se odiaban cordialmente. Se encontraba saliendo de la ducha cuando le sonó el teléfono. Poniéndose el albornoz salió atropelladamente del cuarto de baño hasta  alcanzar el auricular. No lo consiguió.
-          ¡Coño!, mira que te tengo dicho que, aquí, no cojas el teléfono. ¿Quién era?
-          Ha colgado, cascarrabias.
Nada mas levantarse de la cama María espabiló a Federico para confiarle el fruto de sus pensamientos recién despierta.
-          Necesitamos un abogado de confianza.
-          ¿Y eso?
-          La casa que me dijiste ayer, va a ser cara de cualquier forma. No hay porqué entramparse. La mitad de la casa de aquí y la de la playa será por lo bajo cerca del millón. Tendremos que gastarnos una pasta es reformar el piso. Roberto por las buenas no va a consentir venderlas; la única manera es asustarle con un abogado que de forma muy oficial le inste a deshacerse de las casas. ¡Hombre yo no quiero malbaratarlas!, pero cuanto antes se inicien estos trámites mejor. Por eso, un abogado de confianza.
-          Antoñito. Además conoce a Roberto, somos condiscípulos y para colmo, ¡joder!  se llevan a matar.
-          Llámale. Ahora.
Le tendió el inalámbrico sin dejarle opción a rechistar.
-          Diga.
Una voz ronca y melosa respondió al otro lado de la línea. No, no era la voz de su amigo.
-          Perdón, me he equivocado.
-          Estas perdonado, amor.
Se quedó con el auricular apoyado en el pecho pensando con cara divertida extrañeza. ¿Era Silvia?, ¡No!, Antonio no...,
-          ¿Dónde habré llamado yo? Me ha salido una especie de camionero con entonación de mujer fatal.
-          Estás dormido. Vuelve a marcar.
Esta vez la voz que contestó al otro lado era familiar y entre el archivo de voces que tenía en la cabeza pudo identificarla sin lugar a dudas.
-          ¡Antoñito!, que caro te vendes, canalla.
-          ¡Coño Federico!, ¿qué horas son estas? Me has pillado en la ducha. ¿Dónde te metes? Hace un siglo que no te dejas ver el pelo.
-          ¿Estás solo?
Federico creyó leer en el tono de voz de su amigo una sutil vacilación pero no le prestó atención.
-          Si, claro, ¿con quién iba a estar?
-          Con quien a ti te de la gana, no me interesa en absoluto. Es que he llamado antes y me ha salido una especie de estibador de muelles sonrosado con una entonación arrebatadora. Me debí equivocar al marcar uno de los números. Bueno al grano.
De forma sucinta le hizo un bosquejo de la situación.
-          ¿Roberto?, ¿el gili empollón del cole?
-          Venga tío, no seas así, no es mala gente, un poco pavo,  estudiosillo el chaval, pero no es malote.
-          Si es para darle caña al tonto ese, me apunto. Dame su teléfono, en cuanto tenga un rato esta tarde le pongo bien. Es que tengo juicios hoy por la mañana. Te agradezco la oportunidad Fede. Voy a disfrutar.
Rebuscó en su chaqueta, sacó la agenda y le cantó el número del móvil de Roberto. Pulsó el botón de desconectar y tiró el aparato sobre la cama. Se quedó mirando divertido a María que con expresión intrigada le interrogó de forma tácita. Se abalanzó sobre ella cubriéndole sus labios con los suyos y prolongando el entrelazado de lenguas hasta que su tirantez comenzó a exigir algo de más enjundia.
-          Otra vez ahora, no. Hay que ganar dinero. ¿Me vas a decir que te ha dicho?
María empujaba suavemente a Federico, pero firmemente, negando mas con su determinación de gesto que con sus palabras y con una media sonrisa de quien sabe que domina a su antojo ya cualquier situación.
-          Está encantado, sencillamente le he dado el alegrón del día.
-          ¿Por?
-          Siempre se ha llevado fatal con Roberto. Nunca consiguió ponerse por delante de él en el colegio y aún no se lo ha perdonado. Lo más lindo que dice de él es que es un gilipollas empollón. Ahora ha visto la oportunidad de tomarse la revancha. Ha dicho que esta tarde en cuanto tenga un rato le llama para darle la sorpresa.
-          No me parece mal que la gente disfrute un poco. A Roberto le va a dar algo malo. Así es de dura la vida, unas veces se gana y otras se pierde. Y con el piso de los Antúnez los que vamos a ganar vamos a ser nosotros. Con el dinerito fresco en la mano le sacamos a ese mejor precio aún.
Levantó la cabeza y la voz dirigiéndose al vacío para continuar la frase con distinto y ausente interlocutor.
-          Lo siento cariñito, en esta ocasión el que va a perder eres tu. En demasiadas ocasiones la pagana fui yo.



Colgó el teléfono y se le quedo mirando. Tenía un cuerpazo, dos buenos, firmes y rotundos senos, vientre plano, caderas aceptables, piernas largas y modeladas y entre ellas una buena y gruesa dotación de más de dieciocho centímetros. Le miraba a él con los ojos entornados pasándose la lengua por unos suculentos labios siliconados con la intención de provocar. Se acarició la entrepierna con sus largos dedos coronados por unas bien esculpidas uñas de porcelana, ascendiendo hasta los pechos pellizcándose con delicadeza los pequeños pezones.
-          Ahora no Silvia. Tengo el primer juicio a las diez.
-          ¿Quién era?
-          Quien era, ¿quién?
-          El de la llamada. El que me ha colgado.
-          Te tengo repetido hasta la saciedad que no contestes el teléfono. Lo último que necesito ahora es un..., cambio de concepto de mis amigos.
-          ¿Está tan bueno como tú?
-          Ya, Silvia. Déjalo. Venga, vístete que nos vamos.
-          Cuando me vas a llamar. Te echo de menos. ¿Cuándo me opere, voy a poder salir contigo?
-          Te repito que no quiero que te operes. Lo que más me gusta de ti es..., digamos tu peculiaridad. Si no fueras tan puta y tuvieses que ir provocando a todo bicho viviente, si fueras más discreta, te podría presentar a mis amistades, ¡pero es que das un cante! Hala, a vestirse, que nos vamos, aquí no puedes quedarte.
-          Bueno, vale, pero ¿quien era?. Tenía una voz muy sexy.
-          Que pesadita eres. Un amigo del colegio. Nada más.
Con su ajustadísimo y escotado traje de lycra negro estaba realmente de llamar la atención. No conseguía entender donde se metía sus dieciocho centímetros, pero no se le notaban. Caminaba como si hiciese la pasarela, contoneándose exageradamente. Antonio agradecía no tener que salir a la calle para coger el coche, no le agradaba demasiado que le viesen con aquel travestido, pero le excitaba tanto en la cama que era incapaz de alejarse de él. Le dejó en la puerta de su apartamento y se relamió viéndole entrar, con su cadencioso paso, en el portal. Se sonrió maliciosamente pensando en la cantidad de equivocados que depositarían sus ojos en ese culo bamboleante, como le sucedió a él mismo. Acentuó la sonrisa cuando evocó la morrocotuda sorpresa que se llevó al descender a territorio prohibido y se le lleno la mano de carne tensa y palpitante. La chispeante mirada de aquel monumento de mujer templando y mandando, sosteniendo su desafiante y reprochadora mirada le cautivó y lo que era, hasta ese momento, obstáculo insalvable, se convirtió en el punto picante y transgresor que le permitió continuar aquella relación y aprender mas adelante a disfrutar de ella sin determinados tabúes.
Un claxon le sacó del ensimismamiento. Silvia había desaparecido dentro de su edificio y él seguía pasmado dentro del coche. Despertó de su ensoñación, arrancó y tomo el camino del Palacio de Justicia.



Con la cabeza dolorida por la sutura se dirigieron a casa de Blanca
-          ¡Ya lo que me faltaba hoy!, menudo fin y comienzo de semana. ¡Cuatro puntos!, ¿qué me he hecho?, maldita silla, podías haberme avisado antes.
-          Calla y conduce. No te quejes más que todavía nos damos un golpe. ¿Te duele la cabeza?
-          Me duele mas mi orgullo herido, lo de María, el absurdo robo, los viejos estúpidos con sus batallitas y consejitos, el fulano ese raro y ahora esto, ¿qué mas me puede pasar?
La pregunta, retórica,  quedó flotando en el ambiente del coche. Estaba preñada de complacencia por tener interlocutor de confianza en quien poder descansar. A pesar de todo se empezaba a sentir a gusto instalado ya en su nueva vida, absolutamente  desorganizada y plena de sorpresas. Esther tenía razón, era una forma de sentirse joven, hacía tiempo que no vivía sin saber que es lo que pasaría en la siguiente hora. No estaba mal del todo a pesar de la punzada de angustia instalada en su estomago por la forma tan traumática de ruptura. Condujo tranquilo siguiendo las instrucciones de Esther y no volvieron a cambiar palabra del tema.
Tuvieron que insistir en el timbre porque Larry se resistía a abandonar a Blanca en su lecho. Finalmente ante la perseverancia abrió la puerta.
-          ¡Roberto, ¿qué haces tu por aquí? ¡Que desgracia!, mi Blanca, está destrozada, ahora esta dormida. Pasar, pasar.
-          Llame a Esther y como venía para acá, he querido llegarme. Tengo que hablar contigo, Larry.
-          Ya, ya, en cuanto acabemos con esto. Ahora no estoy para nada.
-          Larry, hay que despertar a Blanca, tendremos que comer algo, luego la noche se hace muy larga.
-          Yo la despertaré, Esther, yo la despertaré. Perdonadme.
Con cierta aprensión Roberto se sentó en el sofá sobre el que Blanca vertió las primeras amargas lágrimas por su madre. Echó una mirada alrededor. Desolador. Cortinas de percal estampadas del peor gusto. Floreros de plástico imitando torpemente cristal tallado que albergaban horrendas flores de tela, en chillones colores desvaídos por el tiempo, adornadas de polvo coleccionado durante meses. Pañitos de encaje fino que no era preciso ser un lince para descubrirle su origen artificial, comprados en cualquier baratillo de moro enriquecido. Muebles pasados de moda que algún día fueron anacrónicamente modernos y cuadros de santos, alguna muñeca vestida de gitana y ceniceros de lata rotulados con una conocida marca de vermú. La estancia se coronaba a modo de imposible diadema, con una lámpara pretendidamente moderna con tres globos de diferentes colores en alturas dispares. Incomprensible poder llevar una existencia medianamente digna en un lugar como aquel. Recordó su relajante casa y no pudo por menos de reprimir un gemido de angustia. Se veía viviendo en una cueva como aquella, después de que María le esquilmase. No se imaginaba, probablemente se daría a la bebida o se abandonaría al nihilismo más morboso. No, no se resignaba a vivir sin estar rodeado de belleza y armonía. Sentado en el borde del cojín, como si temiese contagiarse de aquel feísmo, hundió la cabeza entre los hombros, exhausta, hasta rozar con la barbilla su pecho. ¿Qué había pasado? No entendía que hacía él una tarde de lunes en aquel pisito de barrió proletario, y solo porque aquella mujer le había dicho, ¡que te ondulen! Su mujer. La había pensado como “aquella mujer”. La sintió de pronto extraña, le dolía ese  destierro de las partes mas intimas de su mente, la parte mas pura de él estaba huérfana, un vació de insondable vértigo se le manifestó en forma de nauseas. Tuvo que correr en busca del cuarto de baño. Sintiendo el malestar físico que le hacia llorar y sentir que moría por asfixia, le parecía que purgaba culpas desconocidas. Se resistía a cargar la responsabilidad de la ruptura en María, todo era por causa suya. Se merecía lo que le sucedía aunque no habría desdeñado un poco de misericordia en los peores momentos.
-          ¿Qué te pasa, estás enfermo? ¿Qué te ha pasado en la cabeza?
Escuchó la pregunta de Larry mientras se secaba la boca con una toalla que encontró colgada al lado del lavabo. Estaba pálido y demacrado. Su estado era deplorable lo que justificaba la pregunta de su amigo.
-          No, no es nada, gracias Larry. Es el disgusto. Ha sido muy fuerte. Lo de la cabeza, lo único que me faltaba para el duro, me he caído de una silla en casa de Esther, pero, vamos, eso es lo de menos.
-          ¿Entonces estas así por la muerte de la madre de Blanca...?. ¡No!
-          No hombre, no. Blanca nada tiene que ver. ¿Te acuerdas que por poco me matas por dudar de la fidelidad de mi mujer? Pues bien.
Tomó aliento, agachó la cabeza y levantó los brazos en un gesto de impotencia. Cohibiendo el puchero que pugnaba con él por tomar protagonismo continuó.
-          Me ha dejado. Me ha dejado Larry, yo tenía razón...
Rompió a llorar de forma manifiesta abrazándose al amigo. Larry le dejó desahogarse durante un rato hasta que le pareció que había llegado el momento de imponer algo de calma.
-          Ya está bien. Deja de llorar como un crío y cuéntamelo todo.
Roberto completamente abandonado al desconsuelo era incapaz de serenarse.
-          ¡Roberto!, ¡Roberto!, reacciona, ¡ya vale!
Larry zarandeaba sin miramientos a su amigo que poco a poco recobraba la calma a medida que el vapuleo se intensificaba. Finalmente la respiración se le fue acompasando hasta conseguir hacerse de si mismo.
-          Después de la cena del sábado se empeñó en llevar a Esther a su casa y en medio del camino le recriminó la aventura que tuve con ella hace años y la abandonó en la carretera. No apareció por casa hasta la mañana siguiente; la pasaría con el otro, supongo, y cuando llego no quiso darme ninguna explicación y se acostó. Al levantarse me dio el mazazo, me dijo que se iba a vivir con Federico.
-          ¿Tu amigo del colegio?, ¿el Federico que yo conozco?
-          El mismo. Si. Me la ha quitado. Se ha ido con él.
-          Me la pegó, lo reconozco. De María nunca lo hubiera ni sospechado. ¿Y desde cuando?
-          No lo se. Ahora pensándolo y repensándolo, que es lo único que hago desde ayer por la mañana, atando cabos y juzgando esas largas sesiones de trabajo y esos clientes citados a esas horas y en esos días, con mala fe, pues si, deben llevar como mínimo un año. Desde hace más o menos ese tiempo no era la misma en la cama, comenzó a estar siempre cansada y huidiza. No se entregaba y yo siempre disculpándola sin acordarme de aquello que tu siempre dices que las cosas son las más de las veces, lo que parecen, que los hechos son cómo niños, nunca te engañan, solo es preciso prestarles atención. La mentira como forma de edificar la convivencia. No comprendo como ha podido ser capaz de llevar esa doble vida, no lo entiendo.
-          No te tortures mas Roberto, es un hecho consumado. No vale intentar componendas. Hay una realidad y es que te ha dejado. Bien, ese el punto de arranque. Comencemos desde ahí.
-          Hay más, no solo me ha dejado, quiere echarme de mi casa.
-          ¿Qué?
-          Mañana estoy citado con el abogado de María para trasmitirme sus condiciones de divorcio. Quiere vender mi casa y el chalé de la playa y quien sabe que cosas mas querrá. Me quiere arruinar Larry, no solo me abandona sino que quiere verme hundido. Quiero que me acompañes tu mañana.
-          Roberto, hace años que no ejerzo. Yo no puedo...
-          No me dejes ahora Larry, voy a perder los nervios si tú no me acompañas, estoy aterrado, solo se me ocurren cosas horribles.
-          De acuerdo, pero nos acompañará mi abogado, no estará muy puesto en derecho de familia, él es de mercantil, como te puedes imaginar, pero más que yo si sabrá. Yo, de verdad, Roberto, lo tengo todo olvidado, aunque no soy fácil de engañar. Le llamaré.
Mientras Larry daba instrucciones a su abogado de donde quedarían al día siguiente para ir a las seis de la tarde al abogado, Blanca terminaba de arreglarse y salía del cuarto.
-          Ah, Roberto, gracias por venir, no suponía..., después de nuestro encuentro del sábado no creía yo..., en fin, gracias.
-          Lo siento Blanca, la realidad es que llamé a Esther para otra cosa y me lo contó y entonces decidí que no estaría de más venir.
Blanca se aupó un poco hasta alcanzar la mejilla de Roberto con sus labios mientras que con sus manos le estrechaba los brazos en un signo de reconocimiento y de cariño.
-          Gracias.
Terminada la conversación, Larry abrazó a Blanca en un gesto de consuelo. Roberto regresó a la salita kitsch a esperar la partida. Esther apareció en la puerta recostándose en el quicio.
-          ¿Cómo estás? Te he escuchado, los nervios perdidos, desahogarte con Larry, ¿te ha calmado algo?
-          Poco.
Con paso cansino, lento y ausente se acercó hasta Roberto y le cogió su mano. Apretándosela intentaba trasmitirle su solidaridad y apoyo. Le producía conmiseración el sufrimiento de su amigo y no sabía como aliviarle en su decaimiento. Sabía de su incapacidad para ser un compañero ilusionante, enamorador, rejuvenecedor, por el contrario era más bien aburrido, previsible y convencional, todo aquello que termina por obligar a una mujer a especular con su vida. Pero era también sobre otra con sideración, buena persona y no se merecía, en su opinión, el trato dispensado por su mujer. Aunque tampoco se merecía ella ser dejada tirada de madrugada y lo hizo. Nunca habría sospechado ese tinte cruel en María.
-          ¿Nos vas a acompañar al Tanatorio?
-          Un rato. Toda la noche no voy a quedarme. Mañana trabajo. El trabajo es lo que me rescata un poco de este naufragio que amenaza con ahogarme como no encuentre, y ligero, un asidero, un salvavidas que me permita descansar en medio de esta tempestad en la que me debato. Por la tarde tenemos que ir al abogado y veremos.
Cuando Larry terminó con el teléfono, acostumbrado como estaba a controlar las situaciones dio la voz de partida.
-          Nos vamos.
Nadie rechistó. Cogió por el hombro a Blanca, cobijándola, protegiéndola, llevándola en volandas sobre el cenagoso terreno de la perdida de su madre que amenazaba con tragarla y les siguieron Roberto y Esther.
Ya en el tanatorio se quedaron parados, estupefactos. La sala donde habían pasado la noche estaba repleta de gente desconocida.
-          ¿Vosotros habéis avisado a toda esta gente?
Mientras formulaba la pregunta, Blanca se dirigió con el corazón en un puño hacía la pecera donde reposaba su madre. Pedía paso, porque estaba lleno y los dolientes la miraban con extrañeza y cierto incomodo pero dejándola paso. Al llegar al cristal Blanca dejó escapar un grito apagado, se tambaleó prorrumpiendo en llanto y si no llega a ser por Larry que la seguía de cerca se habría desplomado. Blanca gritó francamente.
-          ¿Qué han hecho con mi madre?, ¿Dónde está?
Las personas, ajenas a aquel dolor, que no al dolor que allí se negociaba, respetaron el grito desgarrador de un ser destrozado por la pena, por la ausencia sin retorno, por la perdida, en este caso doble perdida, la irreparable que confiere la muerte y la coyuntural que proporcionaba la ausencia del cadáver de donde se le había dejado horas antes.
Un funcionario del tanatorio se acercaba apresuradamente alertado por un pariente del finado que en aquel momento ocupaba la sala donde Blanca creía que esperaba, pacientísima, su madre. Con gran agobio e intentando que no se escandalizase más allá de lo exigido por las muestras de dolor obligadas en aquellos espacios se dirigió a Blanca en términos conciliadores.
-          Señorita, lo siento, de verdad, al no verles a ustedes pensé que ya no harían uso de la sala. Ha sido una torpeza, le ruego me disculpe. Con lo del accidente, sabe, tenemos overbooking.
Blanca no dejaba de llorar desconsolada con la cara aplastada contra el cristal de la pecera. Aquello era ya demasiado, ya tenía asumido que su madre se encontraba tiesa, fría, encerrada en aquella espantosa caja y no encontrarla la desequilibró. Venía ansiosa pensando en ver a su madre por última vez, su cuerpo sin vida, si, pero postrer vinculo con la persona que bullía aún en su interior, cuidándola, preocupándose por su comida, su descanso, su salud. El cristal de aquella urna era el nexo que le quedaba por eso se apegaba sin consuelo a él. Larry tomó la palabra ante la imposibilidad de hacerlo su Blanca.
-          Todo lo que usted quiera argumentar, pero el hecho es que ésta cabina estaba comprometida con este duelo y ustedes cobran por ella y encima cobran por el duelo que ha metido aquí. Recibirán noticias de mi abogado.
-          Perdone, caballero, pero ¿usted es de la familia?
La inocente pregunta sin quererlo llevaba una tremenda carga emocional. ¿Qué decir?, el no era más que el amante pagano de aquella mujer y no representaba un entronque muy sólido para presentarse como adalid de la situación. De repente, sin pensárselo, tal como le vino a la cabeza lo soltó. Fue una intuición, algo irreflexivo de lo que de pronto se sintió absolutamente seguro, como el que esta buscando la solución a un intrincado problema y después de mucho devanarse los sesos la respuesta surge fácil y diáfana como por ensalmo sorprendiéndose de no haber sido capaz de encontrarla antes.
-          Soy su prometido, nos vamos a casar.
Blanca dejó de llorar como si le hubiesen cerrado el grifo de las lágrimas. Muy despacio se separó del cristal al que parecía que le hubiesen pegado de forma indesligable. Con cara de asombro, incluso divertida, fue girando la cabeza hasta quedar frente a Larry mirándole interrogativa hasta que él fue consciente de lo que acababa de decir. Posó sus ojos en ella, se sonrió le hizo un guiño y sin dejar de mirarla continuó con tal firmeza su discurso que el funcionario fue incapaz de argumentarle en contra.
-          Teníamos ya fecha, ¿verdad cariño?, solo que ahora con esta desgracia tendremos que retrasarla algo. Precisamente estos buenos amigos que nos acompañan serán nuestros padrinos.
Roberto y Esther, se miraron confundidos. Roberto agarró por el brazo a Esther e hizo un apartado con ella.
-          ¿Tu sabías algo de esto?
-          Lo mismo que tú, o sea, nada.
El funcionario del tanatorio no sabía ya por donde salir y se humilló.
-          Perdonen, de verdad, lo siento, me estoy jugando el puesto, entiéndanme, estoy muy presionado. Una demanda ahora daría con mis huesos en la calle. Ahora mismo les busco una sala. Le acomodaré en la sala VIP.
Larry hizo como el que recogía velas. Estaba encantado de la salida tan airosa que había tenido y más encantado aún con la cara que le había visto a Blanca. El dolor pintado en su rostro, sin desparecer, coexistía con una expresión de felicidad rotunda, sincera, distinta a aquella que ella forzaba para complacerle cuando quedaban en el apartamento.
-          Sea. Por esta vez nos conformaremos. Ponernos en la sala VIP es lo menos que podría hacer.
-          Acompáñenme, por favor.
El sepulturero de oficina se había vuelto servil por aliviado del embrollo en que se había metido por intentar agradar a todos. De no haberlo hecho así habría tenido que derivar algún sepelio a otro tanatorio de la competencia lo que no habría hecho muy felices a sus jefes.
Abriéndoles camino por entre los corrillos de cumplidores que hacían bulto en los pasillos y contaban chistes de muertos graciosísimos, les condujo hasta una puerta que abrió con una de sus llaves.
Aquella sala no tenía nada que ver con las que utilizaba el común de los mortales, se veía que estaba pensada para personas de más rumbo social y reconocimiento. Era amplia y los asientos consistían en tres sofás chéster, sillones Basili y cuadros con láminas de buena calidad con escenas de bailarinas de Degas. En el puesto de honor una acuarela deliciosa de firma ilegible representaba la Place du Têrtre en otoño. En el suelo mullidas alfombras de lana amortiguaban los pasos dando al conjunto un ambiente relajante y distinguido. Una de las paredes se encontraba cubierta por una cortina de terciopelo color hueso que como a impulsos de un sortilegio comenzaron a descorrerse.
-          Con este mando pueden ustedes volver a cerrar las cortinas cuando lo deseen.
-          Ya nos hemos dado cuenta. Retírese. Le avisaremos si es preciso.
Larry había tomado definitivamente las riendas de la situación. El funcionario se retiró aliviado de terminar con aquel asunto que había dejado su orgullo moderadamente maltrecho, como todo en su vida gris, todo moderado.
La mampara de cristal dejaba ver al otro lado una sala vacía. A los pocos minutos se abrió una puerta y por ella entraron, empujándola en su ataúd, a la madre de Blanca. Ésta comenzó a llorar otra vez al verla y Larry se apresuró a abrazarla, acariciarla y ampararla. Ella refugió la cabeza en su seno y si dejar de llorar le interrogó.
-          ¿Lo tenias pensado o ha sido otra de tus salidas airosas a una situación embarazosa en la que temes perder?
Larry calló durante un momento, cómo rumiando la pregunta, acusando el golpe, porque él si sabía que ella tenía parte de razón, no le gustaba perder ni al parchís y para ganar era capaz de vender su alma al diablo.
-          Yo te quiero. Te quiero Blanca. Se perfectamente que estabas conmigo por el dinero que ahora se que te hacia falta para tu madre, eso te ennoblece, pero te he ido cogiendo cariño. Cada vez pensaba más en ti, aún a pesar mío. Quería convencerme que era solo una transacción comercial y me dolía forzarme a ello cada día más. Cada vez que te daba dinero por los servicios prestados me sentía sucio, aprovechado, corruptor. No se si tú me podrás querer alguna vez, podría ser tu padre y si me apuras tu abuelo, pero te prometo que si vienes conmigo no vas a hacer nada que tu no quieras hacer y tampoco te a faltar de nada. no se si sabría ya vivir sin ti. ¿Qué me dices?
Blanca dejó de llorar, rebuscó en su bolso hasta encontrar un pañuelo y se enjugó los ojos. Se sonó la nariz se apartó lo suficiente para mirar a los ojos a Larry y contestó.
-          Me gustaría decirte que si, que yo también te quiero pero te mentiría y lo que es peor me mentiría a mi misma. No te voy a negar que siento algo por ti, ha sido mucho tiempo, pero nuestra relación no puede tener ese cimiento. Siempre estaría temiendo que en medio de una bronca me lo echases en cara. Tendríamos que hacer borrón y cuenta nueva y empezar de cero y eso no se si tu estarías dispuesto a soportarlo. No hablo de un noviazgo en regla pero si intentar comenzar otro tipo de relación, basada en la igualdad, en la que yo sea libre de estar contigo por propia voluntad y no por necesidad. Necesito verte no como un negocio sino como una persona. No me imagino contigo en la cama sin dinero por medio. Lo siento. Se que te hago daño, pero es preciso comenzar sobre la base de la sinceridad, si es que quieres que comencemos.
A medida que Blanca iba desgranando sus razonamientos Larry, el duro Larry iba palideciendo. Toda el agua del polo le caía sobre su cabeza. Dos lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. ¿Cuánto hacía que no lloraba?, ni lo recordaba. Lo que le decía su Blanca era razonable y él, aunque su ego fuerte y ganador le exigía una respuesta adecuada, no se iba a entregar a la satisfacción fácil.
-          Yo te creo. No llores Larry, cariño. Se que me quieres, pero compréndeme. Se también que me comprendes. No me gusta verte llorar.
Para animarle quiso permitirse una pequeña broma que resultó algo macabra.
-          Eh, eh, que la que tiene obligación de llorar soy yo. Tu no conocías a la finada de nada, salvo de pagarle las facturas.
Roberto y Esther sentados en uno de los sofás miraban extrañados la escena sin comprender lo que sucedía. Hablando en baja voz como lo estaban haciendo no escuchaban de lo que trataba pero lo que si estaba claro es que Larry estaba llorando y Blanca estaba ahora muy serena hablando.
-          ¿Qué pasa ahora?, Esther.
-          Los hombres estáis en Babia. ¿No te das cuenta?. Blanca le está dando calabazas y Larry está colado como un burro, ¿cuándo habrá llorado ese tiburón de los negocios?, esa niña le ha tocado el corazón de verdad.
-          Pero si me dijo a mi el sábado que para el no era mas que un divertimento, una putilla que le sacaba los cuartos y para eso no tenía ni imaginación.
-          Pues ya ves que solo quería hacerse el duro contigo cuando estaba colado como un adolescente. Los hombres sois todos iguales, simplones engreídos que se ven constantemente en la obligación de ser duros y despectivos con las mujeres cuando la realidad es que sois todos unos inseguros que añoráis a mama en cada mujer que se os presenta y para acallar los remordimientos del incesto deseado y no admitido os permitís despreciarnos. Yo creo que algún hombre debe existir que esté lo suficientemente equilibrado y seguro como para confesar su debilidad pero yo no le conozco. Debe estar por ahí, en cualquier museo, en una vitrina a prueba de ladronas exhibido como “rara avis”.
-          Joder, Esther, vale que nosotros seamos como tú dices, pero tu, eres una bestia que da la impresión que estas amargada porque ningún hombre te ha dicho por ahí te pudras.
-          ¿Te das cuenta? En cuanto una mujer no se comporta según los cánones, que vosotros los hombres, dictáis que tiene que comportarse es una amargada y menos mal que no me has metido en la nómina de las tortilleras, porque esa es otra.
-          Bueno ya está bien. Este no es el sitio mas adecuado para estas discusiones, aunque solo sea por deferencia a Blanca.
-          Si yo no estaba discutiendo, solo quería hacerte ver lo fanfarrones y estúpidos que sois.
Roberto no quería continuar por estos derroteros y se levantó del sofá para ir al encuentro de su amigo y Blanca. ¡Hay que ver!, si era cierto lo que le decía Esther, no estaban tan lejos Larry y él. A Larry le da boleto Blanca sin competidor por medio que es menos justificación, al menos él podía identificar la diana de sus iras. Blanca y Larry se miraban a los ojos sin intercambiar palabra, se sostenían la mirada que en él era de suplica de ruego y en Blanca de sereno orgullo por haberse sabido mantener pura en sus convicciones, era una mirada triunfante pero sin revancha. Su actitud le demostraba a ella, para siempre, que no era una ramera cualquiera, que si vendió su cuerpo fue por una causa que se le antojaba la mas justa del orbe, que no estaba envilecida en el dinero que le proporcionaba. Estaba en esa mirada fija y serena, magnifica, genial.
-          ¿Queréis que os traiga algo de beber?
La pregunta sacó a Larry del ensimismamiento en el que se encontraba enredado en los ojos de su querida Blanca.
-          No hace falta Roberto, esto es una sala VIP. Nos sirven aquí.
Se dirigió al teléfono y lo descolgó. Consultó el directorio y antes de marcar el número de cafetería preguntó.
-          ¿Qué os apetece, café, refrescos, alcohol? La noche va a ser larga.
-          Yo os tengo que dejar. Me voy a marchar, mañana trabajo.
Dirigiéndose a Esther le interrogó extrañado.
-          ¿Tu no va a ir a trabajar?
-          Ya lo he arreglado esta mañana. Me van a cubrir. Ya doblaré después yo, ya me tocará, ya.
-          En ese caso me voy. Blanca no voy a poder asistir al entierro.
-          No. Va a ser incineración. Ella lo hubiera preferido. Te llamaré cuando vayamos a esparcir sus cenizas.
-          Te lo voy a agradecer.
Dio dos sinceros besos a Blanca, estrechó la mano a Larry y al ir a besar a Esther, le retiró la cara.
-          ¿Estás seguro que quieres besarme? ¿No te contagiaras?
-          No seas tonta, venga, dame un beso. Tú y yo no podemos pelearnos.
Ella le dedicó una franca y amplia sonrisa y se estrechó contra su pecho dándole dos apretados y sinceros besos en las mejillas.
-          ¡Que bobo eres!, mejor, que bobos sois los hombres. Nunca os dais cuenta de nada. ¡Anda!, huye,  vete ya.
-          ¿Te llamo mañana...,?, ¿o no te llamo?, no se, tu verás, como tu quieras. Estoy solo y no estoy muy acostumbrado... Comemos juntos,  ¿si quieres?
-          Si, llámame si tienes ganas. Me lo tengo que pensar. A ver como estoy yo mañana.
Salió de la sala con cierta dosis de optimismo. Se llevaba una especie de remordimiento por no quedarse a acompañarles pero se auto justificaba con el deber que no entiende de compromisos. Sabía que debía descansar después de todo lo pasado los últimos dos días pero no le apetecía regresar a aquella casa que en breve dejaría de ser su casa.
Condujo remoloneando, tomando los caminos más largos para dilatar la llegada. El regusto agridulce, los sentimientos encontrados le tenían más que confundido. No habría sabido definir cual era su estado de animo; no podía decir que estuviese alegre aunque no estaba triste, se encontraba mas bien en esa disposición de disgusto en resolución en el que todavía quedan flecos del enfrentamiento por resolver pero ya se atisba una salida negociada al problema con satisfacción para las dos partes. Comenzaba el penoso trabajo de cerrar la relación de toda una vida y comenzar a pergeñar una nueva. Aún tenía la punzada del dolor asestado por la defección de su mujer, así de golpe, sin preparación, o quizá hubo preparación y el no la quiso interpretar como tal.
Arribó finalmente a su garaje sorprendiéndole una vez más la ausencia del Mercedes de María. Tendría que acostumbrarse aún a muchas ausencias, era labor del día a día, no se trataba de cerrar una puerta sin más y olvidarse de lo que queda del otro lado, era más bien desandar todo un camino laberíntico recogiendo restos de lo que se dejó en el trayecto para con ellos intentar recomponer toda una vida y salir al fin al punto no desde el que se partió sino al que se llegó.
Entró en la casa, se fue al baño, se dio una reconfortante ducha fría, y desnudo, bajo hasta la cocina y después de servirse un vaso leche se fue a su sillón preferido a tomárselo relajadamente. El sueño poco a poco fue reclamando protagonismo hasta que le empujó a subir a su habitación donde se acostó para abandonarse a la suave sensación de perdida de conciencia.

4.11.12

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