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sábado, 27 de octubre de 2012

CINCO DÍAS DE PRIMAVERA

Cinco días de Primavera



Tumbado boca arriba observaba con detenimiento, relajado, la cúpula celeste. La estrella polar estaba especialmente brillante esa noche de primavera y le titilaba a él; pensó que si estuviese en las antípodas vería la estrella del sur, pero tan bonita como la polar, seguro. Roberto sabía que era a él al que hacían guiños. Sin saber cómo, entendía el lenguaje de las estrellas, que sin palabras, le hablaban al corazón y le decían lo afortunado que era al sentirse tan feliz, en paz y cerca de ellas. Porque era cierto, estaba traspasado de profunda paz. Las estrellas hablaban todas al tiempo y él las oía a todas a la vez, pero una a una, sin explicarse como podía ser aquello, sin inquietarse por esa extraña capacidad que acababa de descubrirse.
La espalda le molestaba algo. No era dolor, solo una incomodidad que atribuía a algún pequeño guijarro que le hacía daño, pero era tal la sensación de bienestar que le iba invadiendo que no hizo intención siquiera de moverse para acomodarse mejor. Escuchaba el rumor sordo del agua y se preguntaba porque su mujer se había alejado de él. Le llamaba insistentemente, adivinando en su entonación incluso un deje de molestia porque no le respondía; estaba extrañamente agitada. Quería responder pero el reparador sueño que le invadía era mas fuerte que su voluntad de contestar, y lo que era mas curioso, le daba igual que se enfadase. Tampoco se explicaba porque María no dejaba de desgañitarse y se acercaba de una buena vez donde el se encontraba  a decirle lo que fuese. Entre los secretos que le musitaban las estrellas y el arrullo de las aguas del río se fue dejando llevar mecido por el sueño dulce y pegajoso.
El cielo tachonado de estrellas de pronto se rasgó por el centro y lo que antes no era sino un manto de terciopelo azul ultramar alfilerado de brillantes fue desvaneciéndose, deshilachándose y abriéndose dejando pasar una luz cegadora que le invitaba a fundirse con ella. El sueño se deshizo como por ensalmo, la espalda dejo de molestarle y mientras sin saber como, se elevaba hasta aquel foco cegador se le vinieron a la memoria las cosas que le habían sucedido unos pocos días atrás. Le resultó doloroso y regenerador recordarlo. Recordaba incluso cosas que solo le habían sido relatadas. No entendía porque recordaba las cosas que no había vivido pero las recordaba como si él fuese el único protagonista. Y mientras recordaba las cosas hasta en los más pequeños detalles continuaba su vuelo que tenía la virtud de contrarrestar el dolor de sus recuerdos.


V I E R N E S


-          Pase.
-          Con su permiso.
-          Dígame, que se le ofrece.
-          Estoy mal, tengo escalofríos y mucha tos, sobre todo de noche. Me encuentro mal.
Con aspecto desaliñado que intentaba, a pesar de todo, mantener cierta dignidad en la indumentaria que o bien era muy grande o excesivamente parca, el hombre al que por vez primera veía, no daba el cliché de vagabundo, aunque sí de sin techo de circunstancias. Barba de un par de días, pelos ralos pero revueltos y tristeza infinita en unos ojos  inteligentes y horadadores. De pie, en posición aproximadamente marcial, los pantalones exageradamente grandes, amarrados por un correa vetusta y una camisa  muy pequeña para aquella humanidad que asomaba por el cuello antiguo de pico de su jersey. Unos zapatones con aspecto de haber sido recogidos en algún vertedero, sin calcetines, completaban la puesta en escena de este personaje que me intrigaba, tanto por su porte altanero como por su decencia vergonzante preñada de altivez.
A mi instancia y sin dilación se remangó el remendado jersey y la camisa, elegante en su tiempo, para que le auscultase. El aspecto de aquel tórax era lastimoso. Toda la piel se marcaba como si un velo sucio y ajado por el mal uso se extendiese sobre la pérgola de sus costillas creando profundas depresiones entre los huesos que impedían que la campana del fonendoscopio se acoplase a la superficie del tórax. En la espalda unas cicatrices en diagonal me dieron mala espina, alguien debió azotarle con saña. Eran antiguas.
-          Estas cicatrices, ¿son de azotes, brutales azotes, no?, ¿cómo se las hizo?
Dejó la mirada larga y desenfocada, en el vacío, adoptando un aire de misterio interesante. Transcurrido un prudencial tiempo con la pregunta colgada del aire, contestó con suficiencia, sabiendo que el interrogante permanecería, cual jeroglífico, martilleando a instancias de la curiosidad al preguntador que finalmente, de una forma u otra, acabaría por rendirse y solicitar el desenlace del misterio.
-          Algún día con calma, quizá se lo cuente, en realidad no tiene mucha importancia, es mas el escándalo de la cicatriz que lo que la produjo.
La consulta, escasa de tiempo no era el sitio mas adecuado para interesarse por historias y continuó con su trabajo. Quizá otro día averiguaría el porque de aquellas marcas.
-          Usted no come mucho últimamente.
Vaciló algo antes de contestar. No contaba con que el médico cortase el interés por sus marcas de forma tan radical. Decidió olvidarlo. Asumió el error de apreciación.
-          Mire, la verdad es que hay días que solo abro la boca para bostezar. Estoy pasando por un autentico marasmo. Vivo en un chamizo, carísimo, para lo que es y del salario social que percibo lo que me queda para comer es nada. Sobrevivo a salto mata, dando sablazos a amigos..., bueno a conocidos que en su día fueron amigos. Yo, ahora estoy en el infierno, y de vez en cuando me dejan caer alguna gota de agua fresca, por los viejos tiempos.
-          No tiene familia, entonces.
-          Si, señor. La tengo. Hermanos y hermanas, y en buena posición. No vale la pena hablar de ellos. Me han negado la filiación y  les comprendo, les he hecho sufrir y de alguna forma me merezco lo que estoy pasando. Aunque a veces una pizca de compasión no les vendría nada mal.
-          ¿Ha pedido ayuda a servicios sociales, o al trabajador social o algún estamento oficial?
-          He tocado todas las puertas que he podido. No se preocupe usted de mi, de verdad, solo tengo el justo castigo a una vida disipada y de juerga. Lo he dilapidado todo, familia, hijos, fortuna. Déjelo. Hasta Dios hace tiempo que se olvidó de mí.
Le tendió un documento en el que había garabateado unas frases y había rematado con su firma y sello. El hombre lo recogió con respeto.
-          Hágase esta placa y tráigamela. Quizá tenga usted algo mas que un simple resfriado.
Al verlo despedirse, tan educado, con un “a sus ordenes”, quizá forzadamente castrense y afectado, me dejo en la intriga. ¿qué se escondía detrás de aquel marginal, acabado y tambaleante personaje? Me plantee seriamente averiguarlo. Pero sería otro día.
Acabé la consulta diaria como siempre, exasperado por la ineptitud de la organización para darnos respuestas a todos, profesionales y pacientes, y recogía mis bártulos de trabajo cuando entró Noelia en mi consulta. Noelia era la trabajadora social del Centro, con la que no se podría decir que me llevase bien pero tampoco nadie podría decir jamás que me hubiese peleado con ella. Daba igual, cada quien defendía vehementemente sus posiciones y eso pudiera significar para el observador a distancia que peleábamos cada vez que intercambiábamos puntos de vista..
-          ¿Ha venido esta mañana un paciente con un nombre raro?
-          Coño, Noelia, raros los hay a docenas. ¿Sabes el nombre?
-          Si, espera, lo tengo por aquí apuntado.
Mientras se rebuscaba en los bolsillo la observaba libidinoso. Yo sabía perfectamente a quien se estaba refiriendo, al paciente que había estado unas horas antes, al que mandé a hacer una radiografía, pero quería que se esforzase y me dijese el largo y aristocrático nombre y de paso me diese oportunidad de mirarla. No era mujer que se le pudiese echar una visual equivoca, dándose ella cuenta, porque lo del machismo irredento te caía encima con exactitud de un misil, de los inteligentes. Pero aprovechaba que no se encontraba el papelito en cuestión, para admirar sus rasgos de cara duros, sus pechos firmes y unas piernas largas y torneadas que me producían un perturbador efecto.
-          Aquí está. Francisco de Borja Álvarez-Montano Ponciano de Chivíte.
-          Ah, si, si ha estado esta mañana aquí. Como se me podía olvidar tamaño nombre. Le he mandado hacer una radiografía  pero no ha vuelto.
-          Ni va a volver; al menos en unos días. Se ha desmayado en medio de la calle y como llevaba un volante tuyo y es indigente me han llamado a mí que soy la trabajadora social del centro. Tu siempre dándome que hacer. Esta en el hospital. Tiene una neumonía doble, esta desnutrido y deshidratado, el hígado hecho polvo y algo de vejiga que no le acaban de diagnosticar, unos pólipos o algo, porque cuando le recogieron sangraba por el pene. Vamos, que esta listo.
-          Que pena. Te lo mande a ti también esta mañana, porque me daba lastima su estado menesteroso, es alguien que salta a la vista que no siempre la vida le ha tratado con la misma dureza. Me impresionó como uno de esos pobres vergonzantes que prefieren morirse en un rincón antes que confesar su indigencia. Iré a visitarle. Gracias Noelia.
-          De nada.
Pase toda la tarde leyendo las revistas que había recogido del correo. A eso de las siete me acorde de Francisco y decidí ir a verlo. Quedé con mi mujer a las diez en el restaurante griego donde tan a gusto nos encontrábamos, allí nos presentaron, y me encamine al hospital.
Cuando llegué estaban repartiendo la cena. Francisco devoraba la comida de su bandeja sin un solo remilgo y no tenía tan mal aspecto como por la mañana. Aparte de su neumonía parecía que lo que necesitaba por encima de todo era comer. Movía sus brazos con cuidado porque desde una percha goteaba un envase de medicación hasta su vena.
-          ¿Cómo te encuentras, hombre? Ya podía estar yo esperando a que me llevases las radiografías. Pero el apetito no lo has perdido.
-          Usted perdone Doctor, me indispuse y me trajeron aquí. Me han tratado como si fuese una personalidad. Trasmita usted mi agradecimiento a los mandos de esta institución, la comida es excelente aunque poco condimentada, me hago cargo del sitio donde me encuentro.
-          Te desmayaste en la calle. ¿Cuántos días llevabas sin comer?, ¿porque no me lo dijiste? Además tienes pulmonía doble, estás grave. Menos mal que hoy los antibióticos hacen milagros.
En ese momento entró en la habitación la enfermera pidiéndome cortésmente que abandonase la planta porque no eran horas.
-          ¿Ya no te acuerdas de mi?, que desmemoriada se vuelve la gente en las instituciones cerradas.
-          ¡Roberto!, eres Roberto, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo?, cinco, seis años.
-          Siete, Esther, siete ya, desde que dejaste Primaria y te viniste aquí, con los listos.
-          Ni me hables, salvo tres o cuatro, no hay quien pueda con esta pandilla de creídos, pavos reales desplumados, Marañones de vía estrecha. Ya quisieran llegarte a ti a la suela de los zapatos. Aun me acuerdo lo gratificante que era trabajar contigo. Si no te hubiese presentado a María, tu María, muy linda la muchacha, eh, que yo la quiero mucho, no te me escapas. En serio ahora, me alegra volver a verte. Y bien, ¿que se te ha perdido por aquí?
Había engordado, pero todavía estaba pero que de muy buen ver. Desde que dejó primaria por el hospital siempre se acordaba de ella cada vez que hacía guardia, y no era para menos. Fue tras aquel infarto que sacaron de tres paradas hasta que llego la UCI móvil. Se salvó el hombre, pero ellos lo pasaron fatal. Cuando la ambulancia con su ulular urgente y anónimo se alejó, la tensión se deshizo y se abrazaron de forma instintiva. Fueron cuarenta y cinco minutos en los que debieron perder cuatro kilos cada uno, porque el celador, que era un sustituto, en cuanto se vio la crudeza del cuadro no se le ocurrió mas que perder el conocimiento y hubo que dedicarle un ratito a él también. Luego, claro, se le acostó, estaba hecho trizas, liberándole de cualquier responsabilidad esa noche y se quedó como un tronco. Nosotros diluimos la tensión acumulada durante esos tres cuartos de hora, en semen, mío por supuesto. Ocurrió esa vez de forma espontánea y liberadora y las siguientes intentando encontrar la magia de la primera vez. Yo creo que el marcharse a hospital fue por eso. Era amiga de mi mujer y cada vez que la veía se cortaba y no sabía por donde salir. Prefirió moverse ella por su voluntad antes que saltásemos por los aires todos.
-          Me ha traído Francisco. Estuvo esta mañana en mi consulta y se desmayó al salir cuando iba camino de hacerse una radiografía. Me he enterado de carambola que estaba aquí y he venido a interesarme.
-          Don Roberto es todo un caballero señorita enfermera, a la vista está.
-          No tiene que decirme nada, le conozco perfectamente; y sí, es todo un caballero.
-          Venga, ya está bien de halagos. Me alegro de verte bueno Francisco. No creo que estés mucho tiempo aquí, pero en cuanto salgas, quiero verte en mi consulta. Te pondré en contacto con Noelia que verás como te arregla algo, es muy eficiente. Hasta otro día.
Depositando levemente la palma de la mano sobre la espalda de Esther sentí un imperceptible estremecimiento que me satisfizo en lo mas hondo de mi ser provocándome una reacción física rotunda. Mi ego de hombre se engrandeció y prestó suficiente atrevimiento para imaginar, que como fuese,  habría que reeditar antiguas y gozosas glorias.
Tras la primera conmoción y repuesta de los mil voltios que sintió al suave roce de aquella añorada palma fue incapaz de resistirse a la vaharada de placer que le atravesó de parte a parte. Imposible resistirse, habían sido siete años que se disolvieron como un azucarillo en la boca de un goloso y todo aquel tiempo pareció haber transcurrido en un suspiro. Mientras avanzaba hacía la puerta de la habitación suspendida de la nube de emoción que la guiaba, se recostó sobre aquella mano cálida y potente que parecía querer contenerla lo que confirmó a Roberto en su convicción de que todo seguía igual, de que nada estaba perdido, de que aquellos siete años de seguridad sin emoción podían tocar a su fin, no por abandono de la seguridad sino por el hallazgo, otra vez, del desasosiego mareante de la aventura, de lo prohibido, lo trasgresor.
-          Anda, acompáñame al control a tomar un café. Si quieres, claro.
-          He quedado a la diez con Maria en Cristo’s, ¿te acuerdas? aquel griego...
-          Roberto, joder, ¿no me voy a acordar?, te la presenté yo..., en mala hora. Bueno, aún tienes tiempo, vamos. ¿A que no sabes quien está de guardia conmigo hoy?
-          ¿Quién?
-          Blanca, aquella auxiliar gordita, chatunguilla, tan trabajadora.
-          ¡Ah, sí!, una muy calladita que se ponía colorada en cuanto la mirabas. Era muy cortada la pobre. Déjalo, no quiero jorobarle la guardia. Me voy.
-          Como quieras, pero ya no es ni cortada, ni gordita, ni chatunguilla. Sigue estando igual de bajita, que eso no tiene vuelta de hoja, pero está hecha toda una modelo. Venga, vamos a saludarla.
El control de Medicina Interna era como todos los controles, la cafetera, que no podía faltar, el microondas, la nevera y los casilleros para las notificaciones, las historias, las radiografías y demás. Las vitrinas con la medicación y algunos instrumentos de exploración. Un sofá medio desvencijado, dos sillones extraordinariamente sucios y alguna silla. El televisor y el video encima de una mesita antigua y descolorida. En un rincón, apagado, reposaba un ordenador esperando que alguien quisiera darle alguna utilidad.
Medio tumbada y fumando descaradamente, aquello era un centro hospitalario, viendo una película, estaba Blanca, esbelta, atrayente, incluso provocativa.
-          Blanquita, mira quien ha venido a vernos.
Sin levantarse, ni tan siquiera variar la postura, apartó los ojos del televisor con mirada entre interrogativa y fastidiosa.
-          No recuerdo, ¿quién es?
-          ¿No te acuerdas?, si mujer, Roberto. Roberto, el medico del Centro de Salud aquel en el que tu trabajabas de Auxiliar antes de hacer Enfermería. Ah, no te lo había dicho, Roberto, Blanca hizo Enfermería estando en el Centro y cuando acabó entró en este Hospital, por eso se fue.
-          Ya, ya, el cumplidor. Ya me acuerdo. Hola Roberto.
-          ¿Cumplidor? ¿Qué es eso, un mote? ¡Desde luego el cabrón es el último en enterarse! Explícate.
-          No hombre, es que cada uno de vosotros tenía un, digamos, pseudónimo, nada malicioso. Tú eras el cumplidor, Venancio, el salido, Leo, el loco, Manolo, el gordo, como no podía ser  menos y así todos. Algunos se me han olvidado.
Entre divertido y sorprendido por el descubrimiento se quedó un instante pensativo. Entornando los ojos queriendo significar una bondadosa reprobación se dirigió a Blanca que ante su mirada recompuso su postura.
-          Vaya, vaya, con lo calladita que era la muchacha. ¡Pues no encierras nada tu!
-          Siempre me considerasteis una tontita acomplejada porque era fea y gorda, sin ninguna cualidad. Al fin y cabo era una Auxiliar perfectamente prescindible. Pues de tonta nada, eh.
-          ¿Sorprendido, Roberto?
-          ¡Joder, Esther, vaya sorpresa!
Nervioso, cortado, sin saber como reaccionar, se echó mano maquinalmente a su muñeca mirando al reloj salvador.
-          Bueno, me tengo que marchar ya, otro día tomaremos el café. Me alegro de haberte vuelto a ver Blanca. Hasta otro día Esther.
-          Te acompaño.
Salieron al pasillo. Se le quitaron las ganas de volver a rozarle la espalda con su mano, se limitó a cederle el paso para salir. Le dejó una desagradable sensación la escueta conversación en el control. Se sentía estúpido y ridículo. Llegaron a la puerta del ascensor y Esther pulsó el botón de bajada.
-          Deberíamos vernos de vez en cuando.
-          Estoy un poco cogido de tiempo últimamente, estoy preparando una publicación y no me deja mucho espacio para nada más.
Mentía y se daba cuenta que sonaba a hueco y falso.
-          Un día de estos llamare a Maria para quedar.
Las puertas del ascensor se abrieron y de la forma mas natural Esther se acercó y le dio un suave beso en la mejilla que tuvo la facultad de agudizar aún más su desazón. Mientras descendía cayó en la cuenta de lo que había escuchado. ¡Iba a llamar a su mujer!, que descaro. Y lo malo es que no era la primera vez que su mujer le recordaba que hacía ya mucho tiempo que no se veían
-          ¿Qué sabes de Esther? Desde que se fue al Hospital no he vuelto a saber de ella, es como si se le hubiese tragado la tierra.
-          No se absolutamente nada. Cuando se fue quedó que continuaríamos el contacto, pero ya sabes como son estas cosas, se mete cada uno en su mundo y poco a poco todo se distancia.
Cuando salía del ascensor se cruzó con un antiguo colega, Gálvez, (¡Dr. Gálvez, por favor!)  De cuando estaban haciendo la especialidad. Recordaron viejos tiempos durante unos momentos y con una amplia y cínica sonrisa se despidieron. Saliendo a la calle rememoró lo gilipollas que era el colega y lo pagado de si mismo pudiendo constatar que como el buen vino se había superado con los años.
Antes de meter la llave en el contacto de su flamante BMW, echo un vistazo al reloj. No iba a llegar a tiempo al restaurante, el tráfico estaba fatal a aquellas horas y ni haciendo el loco lo iba a conseguir. Sacó su móvil del bolsillo y marco el de María.
-          Cariño, me he entretenido un poco en el Hospital, salgo para Cristo’s ahora, vete tu para allá y espérame, no quiero perder la reserva. Coge un taxi no me gusta tener que volver en dos coches.
-          Tu y tus entretenimientos. Vale, me voy para el restaurante.
-          Ah, ¿a que no sabes a quien he visto?
-          No se, ¿a quien?
-          A Esther. Me ha dicho que un día de estos te llamará para quedar.
-          Bueno, luego hablamos.
Tenía la impresión de que su voz le había traicionado. Era la conciencia la que le traicionaba y la placentera sensación de tocar el cuerpo de Esther con la intención que lo hizo era inevitable que se tradujese en su voz. Aquella primera vez fue mágica, sin poder atribuir lo sorprendente del encuentro a las circunstancias que le rodearon, la tensión, la adrenalina, la realidad de la lucha con la muerte o a una larga relación laboral en la que parecía existir química pero nunca llegaba a cuajar por el acogimiento cómodo a los convencionalismos por su parte. El que el celador enfermase fue el último empujoncito que necesitaban, sobre todo Roberto, para desnudarse de miedos a estabilidades supuestas y aburguesamientos infelices. Fue todo fluido, sencillo, natural. No tuvieron necesidad de violentar la situación con palabras, el lenguaje de los ojos les gritaba que debían consumar de una vez lo que tantas veces habían imaginado cada uno por su parte. Sucedió y fue romántico y fogoso, casi de adolescente, sintiendo que la vida se consumaba en el instante y que el mundo entero exultaba por el triunfo del amor carnal mas puro. Fue una comunión con el Cosmos. El resto de encuentros no fueron sino intentos vanos de reeditar aquel momento infinito. Roberto necesitaba volver a sentir aquello. Su espíritu se asfixiaba y necesitaba el oxigeno de aquel sexo fluido. Era sentirse libre lo que ansiaba.
Efectivamente el trafico estaba infernal, caravanas, frenazos, mosqueos y dedos en la nariz para aliviar la espera.
Se detuvo en la puerta de Cristo’s y prestamente el aparcacoches recogió la llaves y se llevó el BMW.
-          Doctor Noblejas, su señora vino hace un rato. La he colocado en su mesa.
-          No es preciso que me acompañe. Gracias Raúl.
El local a pesar de ser de lujo, estaba decorado para ambientarlo en un pequeño puerto pesquero de cualquiera de la multitud de islas del mar Egeo. Redes, escenas de pesca, arcos toscos de mampostería enjalbegada y diferentes niveles sabiamente separados por dos o tres peldaños daban intimidad a pequeños grupos de no más de tres mesas en cada altura. Cuadros de escenas mediterráneas de playas recoletas colgaban de tanzas, lo que les daba sensación de ingravidez y un techo con un magistral trampantojo del cielo en primavera, conformaban un local que agradaba y hacia sentirse cómodo. Un músico ataviado de media etiqueta se encargaba con su violín de crear atmósfera de relajación un punto melancólico, justificando la estrella en la guía Michelin de la que tan orgulloso se mostraba Raúl. La cocina daba justa replica al buen gusto del decorador en lo que a paladar, olfato y vista se refería. El conjunto se completaba con una pequeña pero selecta bodega que atesoraba los mejores caldos.
Mientras se dirigía a su mesa por entre el resto de clientes observó como María hablaba por teléfono dando la impresión de que se peleaba con alguien. Al llegar solo pudo escuchar una pregunta de tono recriminatorio: “pero, ¿como se te ocurre pensar eso de mi?” porque en cuanto retiro su silla para acomodarse un seco “ya hablaremos” fue el punto final a la conversación.
-          ¿Con quien hablabas? Por tu tono no me hubiera gustado estar al otro lado.
-          Bah, nadie, un cliente.
-          Pues así le vas a vender mucho tú.
-          No me importa, es un cretino. He pedido “Musaka” y Dorada con salsa de yogur. Es lo que mas te gusta, ¿no?
Roberto se sintió satisfecho y halagado, la compenetración con su mujer era tal que no era preciso hablar para saber que es lo quería él aunque no abriese la boca.
-          Ni mi madre me conoce como tu. No se que haría sin ti. La Musaka ni en Estambul la hemos tomado igual.
Cuando pasados siete años de matrimonio se convencieron los dos que no aumentaría la familia, pasaron una mala racha, pero a medias entre el cariño que se tenían y la comodidad de la situación, unido a unos ingresos más que regulares les hicieron reorganizar su vida desterrando la ilusión de los niños. La fiebre viajera hizo presa en ellos. Conocían medio mundo y no siguieron con el otro medio porque Maria se aburrió. Llegaron, entonces, a tantear la adopción, pero las complicaciones, papeleo y  ocupaciones, asuntos y pequeños egoísmos compartidos, pudieron más. Fue cuando María se planteó trabajar, desdeñando todo lo que fuese domestico, cocina, ropa y demás menesteres, llegó a aborrecer la casa; la Sra. Rita fue todo un hallazgo lo que terminó de animarle a salir a la calle.
Federico Arenas, compañero de colegio de Roberto, amigo de los de toda la vida, continuó y desarrolló la Agencia Inmobiliaria de su padre y encontró acomodo a María en su empresa, cómo un favor a su amigo, “hasta que se canse, Fede, ya la conoces”. Nada más lejos de la realidad, Maria se reveló como un genio de las ventas. Colocaba aquello que nadie era capaz de vender lo que le proporcionaba algunos meses, en comisiones, mas dinero del que ganaba su marido en medio año. Trabajo duro, pocos gastos y una buena gestión inversora, les había proporcionado un patrimonio muy decente que incluía el BMW de Roberto, el Mercedes SLK de María, el magnifico dúplex en pleno centro rehabilitado de la ciudad y un chalé en la playa de los de cortar la respiración. Por descontado que la pertenencia a dos clubes de golf, uno en su ciudad y otro en el litoral eran obligados.
-          Me decías antes que habías visto a Esther. ¿Cómo está?
-          Estupendamente. Un día de estos me ha dicho que te va a llamar para quedar.
-          Ya. ¿Y como ha sido? ¿Qué hacías en ese Hospital?
-          Un paciente mío, raro de cojones, fue a la consulta esta mañana y al salir se desmayó en la calle. Cómo llevaba un volante mío y a nadie más a quien localizar, pues me tocó la china. He ido a verle y como era tarde una enfermera ha venido a la habitación a echarme y resulta que era Esther. Por cierto, ¿llegaste tu a conocer una auxiliar gordita y feúcha?, Blanca se llamaba.
-          No, no se. ¿Porqué?
-          Es que estaba allí, se ha hecho Enfermera, ha adelgazado y se ha hecho la estética y no veas que cambiazo.
-          Roberto, espabila, que estas conmigo. Se te encienden los ojillos, con la niña esa. ¿Te ha gustado eh?
-          María por favor, tengo algo mas de gusto, además la tía es una borde descarada.
Acabaron la cena con la muselina de queso, acompañada de unas exquisitas tejas, que tanto les gustaba a los dos y decidieron ir a escuchar algo de blues a “Morrison”. En todo el tiempo que estuvieron escuchando buena y relajante música se dirigieron la palabra, cada cual absorto en sus propios pensamientos utilizando la música como coartada para no tener que dirigirse la palabra.  Roberto no conseguía espantar de su memoria la foto fija de Esther rozando sus labios con voluptuosidad, utilizando sus pezones como herramienta. Su cuerpo exigía desahogo. María le seguía estimulando, se sabía conservar y deseó llegar a casa para aliviarse con ella. Fantaseó con todo lo que haría al llegar a casa. Le apetecía echar un polvo en la escalera, en su misma puerta, antes de entrar y continuar luego en el baño rodeados de velas. Hasta en eso era burgués, era incapaz de imaginar nada que no hubiese sido alimentado previamente con imágenes enlatadas, algo que no le sucedió en aquella ocasión con Esther, por eso deseaba rehacerlo.
A Maria no se le caía del pensamiento la interrumpida conversación telefónica. Aquel pavo se imaginaba que ella estaba por sus huesos cuando no era más que un imbécil solo pendiente de su ombligo, egoísta insensato sin dos dedos de frente que pensaba que el culmen del buen amante era echar tres polvos en media hora, nadie podía estar mas pagado de si mismo y sin embargo la estimulaba su trato casi violento y barriobajero en la cama. Se sorprendió a si misma de aquel orgasmo tan intenso, a medio vestir, debajo de aquel olivo, como dos perros, nunca había sentido nada igual, ni Roberto en sus momentos mas inspirados le había conseguido arrancar esos registros. Desde aquella vez, casi una violación, le resultó mas cuesta arriba, cada vez, ayuntar con su marido. Sabía lo que significaba aquella cena en Cristo’s y luego el blues en Morrison; acabaría con un polvo descafeinado de Roberto, y le quería, pero no estaba en voz para apuntarse a una ONG de ayuda a maridos simplones, no esa noche, ya reuniría fuerzas para otro día. Con una frase echó por tierra todas las elucubraciones eróticas de Roberto.
-          Vámonos ya Roberto, cariño, tengo un jaquecazo de órdago. Y ha sido este coctel de champan. Con lo mal que me sienta el espumoso éste no se como me empeño en tomarlo.
-          Ahora te doy algo en casa y verás como te mejoras. Vamos.



-          ¿Cómo se te ocurre llamarme ahora? Menos mal que Roberto se ha retrasado, si llega a estar aquí, me habría visto en un apuro. 
Venga ya hombre, recuerda que el marido es  él, y el que lleva los cuernos es él, no me jodas ahora con celos, porque no te lo consiento. No te debo nada, en todo caso, tú me debes a mi más.
¿Pero que derecho tienes tu a estar celoso?, tu eres idiota. Si te vas a poner así no me vas a dejar más remedio que colgarte. Yo puedo vivir y ganarme la vida sin ti, ¿pero tu que te habías creído?, ¿que soy tu propiedad privada?, si a alguien me debo será a Roberto no a ti.
Pero, ¿como se te ocurre pensar eso de mi?
Ya hablaremos.



El BMW frenó en su plaza de aparcamiento al lado del SLK.
-          Ya tiene dos añitos tu coche, es menester ir cambiándolo.
-          Roberto, por favor, no es momento, te he dicho que me duele la cabeza, además estoy muy contenta con él, no seas más snob, por favor.
Roberto estaba contrariado, sabía que significaba aquello del dolor de cabeza. Sus planes de lujuria matrimonial desenfrenada tan desinflados como su sexo. Últimamente tenía frecuentes jaquecas. Tendría que tomárselo en serio, no fuese que detrás de eso hubiese algo más.
Ni en el mas lúcido de sus momentos podría pasársele por la imaginación a Roberto que María, la dulce María le ponía los cuernos; y era el aburrimiento mas mortal lo que le levantaba esos “tremendos” dolores de cabeza.
Roberto introdujo su llave en el panel del ascensor y pulsó el cuarto. Mientras ascendía suavemente le pasó la mano por su espalda y le acarició con cariño.
-          Mañana te voy a gestionar una RNM.
-          ¿A mi, para que?, no pienso meterme en el tubo ese.
-          Vengo observando que los últimos meses las jaquecas menudean. No quisiera que por una negligencia se me fuese a escapar algo realmente grave.
El elevador frenó delicadamente abriendo su puerta a un amplio vestíbulo que en realidad formaba parte de la casa, en el que había dos puertas, una, la de las escaleras, la otra la de su dúplex. Roberto acercó su llave magnética a la puerta y marcó en un teclado numérico una combinación de cinco dígitos  lo que hizo descandar la puerta como por arte de magia. Antes de entrar, Roberto intentó una última ofensiva acariciando el pecho cómo sabía que más ponía a su mujer. Cómo toda respuesta recibió un manotazo y un desaire.
-          Joder Roberto, ¡que coñazo eres!, ¿no te he dicho ya que  me duele la cabeza?, ¿eres tonto?, de manera que hace un segundo me quieres poco menos que llevar a Rochester y ahora solo te interesa desahogarte, a lo hombres no hay quien os entienda, solo buscáis vuestro gusto.
-          Mujer, solo quería animarte.
-          No me hace falta que tu me animes, ya soy mayorcita, se animarme  sola, ¡que asco de paternalismos deslucidos!
Con este hiriente exabrupto María empujo la puerta entrando al amplio vestíbulo del que partían las escaleras al piso de abajo. Tiró sobre el sofá de la entrada su chal y se quitó los zapatos como era su costumbre. Por la puerta disimulada en los paneles de madera de la pared de la derecha se dirigió a su dormitorio. Roberto noqueado, injustamente noqueado, creía él, le preguntó desfallecido mientras ella sin volverse se perdía pasillo adelante contestando:
-          Voy a bajar a la cocina, ¿te subo algo?
-          Un vaso de leche tibia y una aspirina.
-          ¿No prefieres que te inyecte algún analgésico?, será más rápido.
María ni contestó. Cariacontecido comenzó a descender las escaleras en hélice hasta el piso inferior. Bajaba sin ganas, conducido por la rutina y la obligación, desconsolado y desilusionado. No entendía esa actitud de su mujer. El la quería y daba la impresión que ella se limitaba a tolerarle a él. Antes de trabajar, que si no se realizaba, y ahora porque de tanto realizada estaba casi de derribo, porque no había quien la soportase. Atrás quedaron los comienzos. Echaba en falta aquella carestía de medios..., con amor, solidaridad cómplice, dosis de inconsciencia y temeraria juventud. Ahora, eran triunfadores, lo tenían todo, pero con la amarga impresión de haber utilizado como moneda de cambio el amor. Por más vueltas que le daba a la cabeza no conseguía entender que había ocurrido.
Entró en la cocina y el detector de volumen encendió, obediente, la luz. La pantalla del frigorífico le anunció que había cursado la orden al hipermercado para que les enviasen el pedido mensual. Ahora echaba en falta aquellas salidas urgentes para comprar tal cosa o tal otra que se había acabado, cuando vivían en el adosado de las afueras y se mosqueaban los dos de la cantidad de kilómetros que era preciso recorrer para comprar siquiera un litro de leche. Todo controlado, todo perfecto, sin resquicio a la improvisación se suponía que iba a ser el desiderátum del confort y lo era, pero estaba faltando algo, un termino de la ecuación se había perdido y lo peor es que no sabía ni cual era ni donde buscarlo.
Metió el vaso en el microondas y pulso el botón de templado. Saco del armarito de las medicinas un analgésico y lo depositó en la bandeja. Un sonido suave de carillón anunció que la leche estaba a su temperatura. Metió la bandeja en el montaplatos y lo envió al dormitorio.
Mientras se demoraba a conciencia por la escalera esperando que María sacase su bandeja en una especie de revancha por el trato recibido se dolía de lo aburrido, de lo cansado y atosigado que estaba. Se hizo presente Esther e inmediatamente su cuerpo reaccionó con el empuje de los treinta años. Su cuerpo reclamaba sexo, libertad, alegría y su mujer no se lo iba a proporcionar. Mientras se dirigía al dormitorio pensó en la etimología del nombre, “cementerio”, exactamente eso era, un cementerio precioso para dos cadáveres vivientes.
Al entrar en la habitación, su mujer estaba acostada con el antifaz puesto. La doble puerta corredera que comunicada con el saloncito donde moría el montaplatos estaba cerrada.
-          ¿No has cogido la bandeja del montaplatos?
-          Esperaba que me la dieses tu, ¿para eso has bajado, no?
Una vuelta de tuerca más. Era incapaz de la más mínima cortesía, ni por educación.
-          Te la voy a traer.
-          No la derrames, que te conozco.
Depositó la bandeja en la mesilla de noche y se sentó en la cama.
-          Venga, toma la pastilla y bébete la leche a ver si descansas un poco.
No pudo evitar tomarse el analgésico a pesar de que el dolor brillaba por su ausencia, pero su marido estaba pendiente y no había forma de escamotearlo. Se bebió el vaso entero y se quejó de, como siempre, se le olvidase una servilleta.
-          Que desastre eres, hijo, siempre se te olvida algo. Anda dame un beso y acuéstate.
Roberto creyó, inocente, que era una invitación a la coyunda y se lanzó a la piscina. Esbozó un apasionado beso faltándole manos para abarcar toda la piel de su mujer. La reacción fue instantánea y escalofriante de acerada e impía.
-          ¡Ya está bien! No se cómo hay que decirte las cosas. Me duele la cabeza, no quiero sexo y menos ahora, ¿o es que pretendes violarme? Te lo aviso, déjame en paz. Mañana hablaremos. ¡Haz el favor, haz el favor!
Un escalofrío de muerte recorrió la espalda de Roberto de la rabadilla a la cara dejándosela anestesiada. Sentía que una palidez extrema le anunciaba como sería su semblante cuando fuese un cadáver. Le entraron ganas de vomitar y fue al cuarto de baño. Mientras, María se había vuelto y apagando la luz de la mesilla se refugió entre el algodón de las sabanas. No sentía ni remordimiento ni conmiseración de su marido. Estaba en Babia, ¿cómo era posible que no se diese cuenta?
Después de dar un par de arcadas en seco y soltar unas cuantas babas se limpió la boca de éstas y los ojos de lagrimas no sabía si provocadas por el esfuerzo del vomito o por el castigo infringido, pero la pena de su corazón era sin lugar a dudas, real y no se justificaba por su aparato digestivo. Se sentía incapaz de acostarse, no en ese estado, chorreaba angustia y frustración, estaba bloqueado sin saber que camino tomar, que senda recorrer. ¿Qué estaba pasando?
Salió del dormitorio y cruzando el vestíbulo entró en su despacho. Iba arrastrando los pies por la mullida moqueta, perfectamente derrotado. Comprendió en un instante que estaba enamorado de su mujer y que le dolía su desdén. Se sentía incapaz de acostarse a su lado, la amaba pero no quería ni rozarla, les gustaría haber podido cantarle las cuarenta en bastos pero deploraba poder hacerle daño. Se sentía necesitado de una válvula de escape, debía poder hablar con alguien, desahogarse, llorar en silencio en la complicidad del anonimato, ser escuchado de  forma indiferente, sin ser respondido ni consolado. Encendió el ordenador.
Abrió un foro de desengañados del amor dispuesto a vaciarse, a leerse a si mismo, tenía necesidad de verbalizar lo que sentía, sabiendo que alguien podía leerlo también. Escribía y escribía y cada párrafo quejoso era mas amargo que el anterior. Al segundo mensaje insertado sin nick, alguien de nick “fat”, le contestó. La curiosidad, innata, una y mil veces redentora, hizo que abriese la respuesta.
            “amigo anónimo, déjame que te consuele, si es que es eso lo que quieres, porque me esta dando la impresión que te lo estas pasando de miedo sufriendo tanto. Noto en el fondo de tu dolor, que parece sincero, un deje de masoquismo. ¿De verdad que no te gusta que tu mujer sea como es?, y por otra parte no seas imbécil, tío, ¿no te das cuenta que se ha buscado otro maromo y tu le estorbas?. Esta cantado. Mi consejo es que no la atosigues, déjala, búscate tu la vida y ser buenos amigos nada más y te aseguro que antes de un mes te estará buscando las cosquillas intrigada del porqué ya no eres tan plomazo. Saludos tío y si quieres alguna opinión mas mi e-mail es fat&ugly@mixmail.com”.
Se quedo sin aliento delante del cristal líquido multicolor. Cómo si hubiese encontrado la piedra filosofal, de repente un rayo de blanquísima luz se hizo paso entre las negras tinieblas de su desengaño.
“¿pero, cómo se te ocurre pensar eso de mi?”, ¿es esa una pregunta de las que se hace a un cliente?. ¡Que ciego estaba! Aunque, también pudiera tratarse de un argumento fuerte en una venta comprometida. El cliente podía estar pensando que intentaban engañarle y se indignó, llamándola tramposa o algún borderio del estilo lo que provocó en María esa interrogante tan emocionalmente ambigua. No podía esperar hasta el día siguiente para despejar esa incógnita.
Con paso decidido, cómo si fuese directo a una urgencia vital, se plantó en el dormitorio y con la voz  que era la utilizada en su ambiente profesional, con la que dejaba claro quien llevaba la batuta de las situaciones despertó a su mujer.
-          ¡Maria!
Despertada con sobresalto, echó mano a la mesilla de noche, tiró el teléfono intentando buscar el interruptor de la luz que finalmente se encendió. Mientras, con la otra mano se levantaba el antifaz y entornando el ojo libre del hiriente rayo de luz contestó.
-          ¿Qué pasa?, Roberto, ¿pasa algo? ¡Mi madre!, ya voy, me levanto ya.
-          No es tu madre, es peor. ¿Con quien hablabas cuando llegué al restaurante?
-          Con un cliente, ¿con quien iba a ser?, y para eso me despiertas, ¡¿pero has perdido la cabeza?! Con lo que me cuesta coger el sueño, me despiertas para una chorrada de estas. Mira Roberto esto se pasa ya de castaño oscuro. A cuento de qué viene esto ahora. ¿toca montar una de celos? Vete a la mierda Roberto, ya hablaremos mañana.
Con inusitada violencia apago la lámpara de la mesilla y prácticamente se sumergió entre las sabanas volviéndose a colocar otra vez el antifaz.
Inmóvil como una momia, le resultaba imposible comprender que su marido no se percatase de los saltos que le daba el cuerpo a impulsos del desbocado galope de su corazón. ¡Se había dado cuenta!, pero, ¿cómo? Tenía que haber transigido y haberle dejado que se corriese en ella para que pudiese sentirse pleno y feliz, habría simulado su orgasmo como tantas veces últimamente y él se habría quedado satisfecho; lo que había conseguido negándose era que se pusiese a cavilar y aunque los hombres son todos unos  insulsos que solo buscan alimentar su ego, Roberto no es tan gilipollas como para no echar a volar su imaginación y dar explicaciones a situaciones que se le pudieran antojar extrañas. Tendría que andarse con ojo a partir de ahora, ya tenía el escame encima y engañarle no iba a ser nada fácil.
Roberto volvió a su despacho abrumado y avergonzado. Se derrumbó en el sillón. Se comportó como un cretino, los celos le habían obcecado el entendimiento. El, que siempre se glorió de ser inmune a los celos, eso eran pasiones de gente visceral, de poco cociente, nada que ver con su temperamento racional y cartesiano. Los celos suponían considerar a María una posesión personal sin capacidad de elección, presumían que su mujer era un objeto sobre el que se ejercía dominio sin posibilidad de expresar opinión y sobre todo, lo peor de todo es que dudaba de su amor por él. Y sin embargo, a pesar de todos los razonamientos, por mucho que intentaba ajustar a las leyes de la lógica sus sentimientos, éstos era como un garañón indomable que por mas lazos que se le echasen al cuello mas se saltaba todos los cercados del frío análisis. Algo, justo en el centro de su pecho, le ardía y le abrasaba haciéndole gemir de dolor. Por más que quería convencerse, la reacción de su mujer era más acusadora que el silencio. Se había revuelto como una liebre, como si le hubiese dado en la diana..., y sin embargo no tenía ninguna prueba, era solo la impresión causada por el juicio de un ser que para colmo se autodenominaba gorda y fea y que juzgaba nada más que utilizando los mimbres que él ofrecía en un momento de melancolía absoluta; el cesto que se podía construir con esos materiales a la vista estaba, sin pies ni cabeza.
Mas tranquilo, apagó el ordenador, no sin antes apuntar aquella dirección de correo electrónico, “por si acaso”, dijo en voz alta. Se había desvelado y se encontraba fresco. Miró el elegante “Flahship” que le legó su padre, marcaba las tres de la mañana, ya era sábado. Descendió lentamente las escaleras. En medio del salón se quedó parado mirando por la ventana de la pequeña terraza. Salió fuera, extasiándose ante la bruma ámbar que iluminaba la fachada de la catedral ofrecida por los reflectores de yodo. Esos días de la primavera eran propicios a la niebla que daba a la noche un magia especial envolviéndolo todo como en papel de seda y liberando el alma de la percepción nítida de las cosas que da rigidez a los juicios. Contemplando ese espectáculo único se sintió libre y optimista, el aire era fresco, la temperatura condescendiente, la bruma de ensueño, flotaba. Volvió al salón, se sirvió un Burbon, sin hielo, como a él le gustaba, prendió el DVD, puso Nocturnos de Chopin, se colocó los cascos inalámbricos y se arrellanó en su sillón. Con el vaso en la mano, los ojos entornados, iluminado solo por la luz prestada de la catedral, se sintió el rey del mundo. La melancolía y el romanticismo del piano fue un lenitivo para el alma de Roberto que poco a poco se vio invadido por un sueño reposado. El vaso se le resbaló de la mano botando un par de veces sobre la alfombra rodando debajo de uno de los sofás sin romperse y sin alterar el plácido estado de su dueño.

4.11.12

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