La Muerte es Sueño
Sentado entre las cucarachas
que correteaban a sus asuntos ignorándole, apoyado contra la pared, no quitaba
la vista del cuadro de impoluto y transparente azul que cambiaba de tono a
medida que sus ideas volaban mas allá del marco cuando cerraba los ojos y se
veía flotar libre.
Los vencejos trazaban raudas
líneas en el lienzo que ocupaba la parte alta de la pared empujando las velas
del deseo de Martín llevándole a mundos de algodón donde el respirar es
mullido, el sueño mece el alma y las puertas son del color de la voluntad.
Los chillidos de las aves
llenaban de ecos de libertad el cuarto haciendo que Martín entornase satisfecho
los ojos y bosquejase en su rostro un gesto de felicidad en el que se imaginaba
radiante y dueño de si.
Poco a poco las aves fueron
abandonando el cuadro, espaciando sus visajes mientras el azul de fondo viraba
a un negro alfilereado de puntas de diamante y el silencio mas clamoroso
planeaba sobre el patio al que se abría la ventana del cuarto desde el que
Martín navegaba por mil puertos y participaba en otras tantas aventuras.
Silencio, tan espeso como el dolor de la muerte, traía de lo lejos el canto
rumoroso del rompiente bravío de las olas contra el acantilado. Como cada
noche. Desde hacía, ¿Cuánto tiempo ya? Perdida la cuenta, escuchaba el murmullo
de las espumosas olas del mar que en su cabeza, él trasformaba en estruendo
vigoroso que le hacía sentir en su cara el frescor del borbotón de agua salada al
salpicar el malecón. Sin mover la espalda de aquella fría pared, sin abrir los
ojos, podía relatar cuantos pasos había que dar sin caerse a la escollera para
poder sentir la frescura marina en la cara salpicada del agua, furiosa por no
poder vencer las cortapisas que le impone el hombre.
En su viaje de libertad por el
muelle no reparó en Marta que sentada sobre un noray le sonreía con indulgencia
por su despiste. Gozaba tanto de su vuelo que creía ser el único ser sobre la
tierra. No necesitaba nada. La sensación de gélida y desagradable pared que le
contenía desapareció para transformarse en lo que realmente era, el poniente que
por aquellas fechas era fresco, estimulante y le empujaba con firmeza y
determinación. La mirada de Marta clavada en su nuca hizo que un
estremecimiento le hiciese volver la cara sorprendido de la sensación.
Era bonita, tenía el pelo negro y
ensortijado, largo y enmarañado por el viento que la acariciaba sin pudor. Los
pies descalzos y las rodillas sugeridas bajo la falda de popelín barato que
formaba al tener las piernas bien separadas una suerte de cuenco que ella se
ocupaba descaradamente de profundizar con sus manos para simular que evitaba
que el viento la levantase y descubriese sus secretos mejor guardados, los mas
deseados e imposibles. Le sonreía pícaramente haciéndose la interesante.
Se acercó a ella con la punzada
tirante conduciendo su alma decidido a derribar esa farsa de muralla que ella
pretendía edificar solo para excitar el ansía conquistadora del depredador.
Presa de la tela de araña tejida con sabiduría de raza estaba dispuesto a
dejarse envolver y a ser aprisionado con tal de depositar su ser en aquel valle
fértil para no dejar de ser nunca.
La incomoda tiesura le hizo abrir
los ojos y sumergirse en la pegajosa y desagradable realidad. Con los ojos
abiertos, aun quedaba la imagen colorida de Marta sonriéndole maliciosa. Imagen
que paulatinamente fue difuminándose en el entorno gris sucio de las paredes
arañadas de rabia y falsas esperanzas con días soñados y alegrías frustradas.
El ruido de la llave le hirió los
oídos y le hizo dar un salto ágil, nervudo como era, poniéndole en guardia ante
la violación de su intimidad. No era suficiente privarle de la libre
disposición de su cuerpo sino que se le entrometían en sus sueños impúdicamente
y le cercenaban sus mas nobles ensoñaciones. Quiso recuperar los últimos
fotogramas de su memoria pero el gruñido de la puerta se lo impidió,
amenazante, intimidatorio. Se puso a la defensiva, endureció las facciones y se
dispuso a recibir la rutina que le calcinaba la vida que disolvía el alma en el
magma ardiente del castigo que nadie consentía que olvidase. Ese era el
castigo, no la privación física de libertad, sino el recuerdo constante de que
hubo un antes que era mejor. Preso no se podía vivir el presente, era preciso
que uno permaneciese anclado al pasado del que se le arranca al reo para que
sopese de la forma más dolorosa posible, que compare, que se duela. ¿No poder
pasear por aquí o acullá?, ¡bah!, la imaginación es lo suficientemente potente
como para saltarse la realidad y olvidándola, viajar mas allá de cualquier
posibilidad física. La rutina, el horario frío, ciego e inasequible que te
recuerda constantemente que fuera no existe esa rigidez, ¿¡para que castigar!?
No es cruel; es inhumano.
La puerta crujió por falta de
lubricación y el portillo abierto a media altura dejó pasar la luz del corredor
por el orificio por el que le metieron a Martín la bandeja con la cena de los
miércoles, que era la misma del jueves y del domingo y de todos los
exasperantes días desde que hacía dos meses estaba en aislamiento. Volvió a los
veinte metros cúbicos en los que le habían envasado por negarse a pasar por la
ducha con agua fría. Aquella plancha de acero inoxidable estampado para formar
huecos que contuviesen bazofia fue el talismán que le devolvió la memoria, el
instrumento mágico que estrelló una vez mas, contra el muro insoportable de la
realidad su vida, destripándola. La rabia fue en esta ocasión la que dio
fuerzas a la pierna para propinar un puntapié injustificable a la inocente
bandeja haciendo decorar las paredes de colores apagados y viscosos.
De pie frente al ventanuco de la
celda, con las manos en los bolsillos del mono naranja de uniformidad perdió la
vista en la inmensidad aterciopelada y negra del cielo, mientras los tercos
latidos del corazón le zumbaban en los oídos. Flotando en aquélla soledad
oscura de la noche no sabía para donde tirar. La irritación le impedía
trasportarse a otros mundos y volvía cada minuto a estrellarse contra el suelo
de la celda amargándole la boca y envenenándole el corazón.
La nariz comenzó a cosquillearle
y los ojos a congestionarse hasta que las lagrimas le desbordaron los párpados
y en caída libre alcanzaron el cemento bruñido y sucio del suelo salpicando el
negro mate de los zapatos de Martín.
A pesar del desagradable hedor de
la grasa fría de la comida esparcida por el suelo y las paredes consiguió ir
serenándose y el corazón ceso en su alocado latir dentro de su cabeza.
Cerró los ojos y al abrirlos ya
estaba en el malecón. Marta le sonreía pícara y sus pequeños pies descalzos
jugueteaban entre redes y nasas. Los rizos negros se enmarañaban entre las
fibras de su corazón y le dejaban sin respiración al tiempo que los dardos
certeros de su mirada le horadaban el sentido y le derribaban sus defensas dejándole
a su merced. No fue capaz de acercarse a ella. Cuando las yemas de sus dedos
casi rozaban los zainos bucles, la oscuridad de la noche, de la mano de la
irritante sirena le sacó de su realidad para echarle a patadas al mal sueño que
vivía desde hacía nueve años. Ya devuelto a la pesadilla de imposible
despertar, la total oscuridad fue despacito volviéndose lechosa a expensas de
la luz cósmica que por la tronera impúdica entraba, apiadándose de Martín y de
otros que como Martín vivían entre aquellas paredes.
Cerró los ojos y solo vio
oscuridad. Marta, el viento marino, el malecón y los inconcebibles rizos negros
no estaban ya. No conseguía volar al mundo real estaba encadenado por
invisibles ligaduras que manejaban diablos que se divertían de su desgracia.
Abrió los ojos otra vez clavándolos en el ventanuco. Las lejanas estrellas
parpadeaban y cambiaban de color en sus ojos, simulando que se movían en viajes
erráticos por el cielo, negro como su esperanza.
Cada día a esas horas, a pesar de
los más firmes propósitos juramentados consigo mismo cada mañana, no podía
evitar derramar amargas lágrimas de dolor y desesperación. Vivir esa pesadilla
travestida de asquerosa realidad se le iba antojando ya insoportable. “¡Esta no
es la realidad!”, se desgañitaba cada noche, lo que ocasionaba por parte del
funcionario de guardia la amenaza de no terminar nunca con el aislamiento.
Después, dócil, se echaba en el camastro, con la firme intención de no dormir
para contemplar solo el firmamento rectangular que era de su propiedad y velaba
por él. Pero se dormía, como cada día, y el último pensamiento antes de que el
sopor profundo le arrebatase de la vida dura de la prisión era para su Marta.
Pero siempre, fuese invierno o
verano, se despertaba sobresaltado, mediada la noche, empapado de sudor
pegajoso y maloliente y con el corazón encogido de la angustia..., sin saber
porqué. Ya no podía volver a conciliar el sueño y la ansiedad le impedía
respirar teniendo la sensación más acuciante de que el aire se negaba a entrar
en sus pulmones. Se acercaba a la pared en cuya mas alta parte se abría al
mundo mas estrecho su celda, en forma de ventana rudimentaria, intentando
atrapar el aire que se zafaba de su nariz, de su boca y de su pecho intentando
ajusticiarle por asfixia, sin saber porqué. Tanta angustia acababa por romper
en llanto rabioso que lo era más por no saber su razón de ser. Y así aguardaba
la rasgadura del velo negro de la noche por las tijeras violetas del alba para
incendiarse finalmente el encaje de aire cuando los rayos del sol, intratables,
herían la tierra con su pujanza de recién nacido.
La luz. Esa luz limpia, cargada
de esperanzas, proyectos e ilusiones envolviendo la brisa fresca de la mañana,
barría los malos humores nocturnos de Martín permitiéndole entrar aire en los
pulmones con facilidad y encarar el nuevo día como aquel en que despertaría del
mal sueño en el que un mal conjuro le había confinado.
Antes de que se diese cuenta la
puerta de la celda se había abierto para los diez minutos de aseo y ducha.
Solo, sin cruzar palabra con nadie, ni carcelero ni encarcelado, que ese es el
meollo del aislamiento, no recibir noticia mas que de tu más intimo interior
para que tomes conciencia de tu inanidad de tu pequeñez, de tu
prescindibilidad. Luego otra vez la celda y el desayuno que era la comida del
día que mas le gustaba porque suponía inaugurar el primer día de una nueva
vida, la que empezaba ese día, porque el anterior, con sus angustias y
misterios, ya no existía gracias a Dios.
De haber sabido alguien en el penal
que el lejano parentesco del olor de aquel tazón con el del café con leche que
su abuela le preparaba cuando pasaba las semanas del verano en el campo, le
habrían dado leche sola que tanto asco le daba para añadir injuria al castigo.
En su cerebro ese aroma, como el áspero
de la lejía de la ropa limpia que cada semana le llevaban era lo que impedía,
hasta ese momento, el poner fin a sus días. A cada cucharada del migote que
hacía con el chusco que acompañaba cada mañana el tazón evocaba un fotograma,
un cacareo, un mugido o un entrechocar de cubos de zinc en los que abuelo preparaba la leche para cuando
pasase la cisterna con su alegre bocina mañanera a recogerla. Parecía oler la
calidez de los besos de la abuela, a limpio, a ropa con olor a alhucema recién
quemada para dar el punto final de limpidez a su vestimenta recién planchada.
Resonaba en su cabeza el bisbiseo de la oración que la abuela rezaba mientras
le vestía y que ella decía que eran cosas de vieja. No habría sabido repetir lo
que decía pero en su yo mas íntimo le apoyaba aquello que sin lugar a dudas era
un rezo para que a él no le pasase nada. Esos minutos plagados de olores y
recuerdos le permitían continuar la jornada sin desfallecer hasta que la imagen
de Marta le sacaba de aquel infierno de pesadilla y le reingresaba en su
realidad mas querida la que le hacia sentir la brisa marina alborotando el pelo
ensortijado de Marta en el malecón el día que la conoció.
La puerta de la celda volvió a
chirriar para reclamar la bandeja que minutos antes le habían dejado con el tazón
y el pan. Sabía el ritual al uso. La hora de rigor en el cajón sin tapa que era
el minúsculo patio en el que los aislados se oreaban una vez al día y vuelta a
la celda. En absoluta soledad..., con sus recuerdos que él se había empeñado en
que fuesen la única realidad. Todo lo demás no era más que una pesadilla que a
duras penas soportaba. Ya despertaría.
El cuadrilátero de cielo que
hacía de techo del patio también era suyo, como el de la celda. Una pantalla de
televisión en el que se daba siempre el mismo programa con variaciones
estaciónales, pero era suyo y era lo mejor. Cada paso era conocido, cada
piedra, cada palmo de suelo de cemento que a cualquiera se le habría antojado
indistinguible, pero él lo conocía tanto, le era tan familiar, que ya era capaz
al cabo de los dos meses de circundarlo con los ojos cerrados viviendo el
circuito como otro que hacía años atrás de la mano de Marta por la alameda del
pueblo, paseo arriba, paseo abajo ufano de llevar a su lado la mejor chica de
toda la costa. Tan real era la ensoñación que hasta sentía la humedad de la
palma de la mano de Marta en la suya, como el día maravilloso que la condujo
hasta el altar y la hizo suya. Clavaba sus seductores ojos verdes, con
arrogancia, en los ojos de todos los que, con envidia, miraban a la que acababa
de convertirse en su mujer, la muchacha mas codiciada de los alrededores y
ahora era solo para él. El pecho se le llenaba de orgullo y esbozaba una
sonrisa que en ojos de los vigilantes de la cárcel no era más que el exponente
de que su salud mental comenzaba a flojear. El, ajeno a cualquier cábala,
seguía ampliando la sonrisa hasta hacerla romper en franca carcajada que
inevitablemente terminaba en sollozo desgarrado que todos interpretaban como
arrepentimiento hasta que cómo cada día estrellaba la bandeja de la cena contra
la pared. Su desconsolado llanto coincidía matemáticamente con el final de la
hora de paseo. En cuanto abría los ojos para volver a la celda la fuente se
secaba y la pena se extinguía como si cerrasen la llave del gas que alimenta el
mechero. Se sentaba entonces bien en su camastro, bien en suelo, la espalda
contra la pared y consumía el resto de las horas en la contemplación del cielo.
Cuando la cancela volvía a cantar
anunciando la comida, de la que escasamente probaba algo, el cansancio de la
noche, pasada casi velando, se le echaba encima haciéndole cerrar los ojos a la
fuerza sumiéndole en el sueño del que invariablemente despertaba vomitando. Iba
a formar parte de la disciplina de aislamiento, a partir de su estancia allí,
el vomitar cada día a media tarde. El pesado sueño en que se hundía le
traspasaba a un mundo abrumador y opresivo en que el color era a base de tonos
de rojo, y la atmósfera era irrespirable. Intentaba evadirse del sueño y cuanto
más se agitaba mas se enmarañaba en sus propias emociones y mas difícil era
despertar. Al mirarse las manos las tenía empapadas de algo que el no quería
que pudiese ser sangre, pero olía a sangre, como la sangre, era viscosa y se
cuajaba entre los dedos, como la sangre. Despertaba jadeante intentando
limpiarse las manos y aun cuando se convencía de que manos y brazos estaban
limpios y secos notaba su presencia, la sentía en su piel obligándole a
frotarse compulsivamente. Cuando recobraba el resuello un llanto suave y
emocionado le reconciliaba consigo mismo. Y con la misma desesperante
regularidad que se desvelaba angustiado de madrugada lo hacia en la hora de la
siesta con la sensación de estar bañado en sangre, ¿de quien, de qué?, esa pregunta
le martilleaba y le hacía derramar lagrimas de desamparo e impotencia cada
tarde.
Cuando la anochecida se venía
encima con el frescor del atardecer que ahogaba el sol en un horizonte que solo
existía mas allá de los muros del penal, la irritación le iba subiendo desde la
boca del estomago como la espuma sube en el vaso al escanciar la cerveza hasta
que le explotaba coincidiendo con la
llegada de la cena. Y no había nadie desde hacía ya dos meses en quien diluir
su angustia y la indignación al saberse injustamente tratado. No sabía aún,
nueve años después, porqué estaba encerrado y lo que era peor, no tenía ni idea
cuanto tiempo tendría que esperar para saber porque estaba allí y cuanto tiempo
le quedaría. Ser ajeno por completo a los plazos del castigo llevaba la condena
al infinito, no tenía límite y eso ya era suficientemente desasosegante para
además, no tener ni idea de lo que causaba tanto suplicio.
El sueño repetitivo y
escalofriante en el que sus manos y brazos aparecían empapados de sangre debería
tener algo que ver, si no ¿a que esa pesadilla reiterativa? Cada tarde desde
que estaba en aislamiento el mismo devaneo de sesos, la misma inquietud que le
estrangulaba el alma y le sorbía la vida. El crepúsculo de esa tarde fue de
primavera con el cielo incendiado de jirones de nubes de fuego y reflejos de
sangre que adoptaban formas de mujer. Y los ojos, con horror se le abrieron a
la verdad. La piel se le lleno de un sarpullido rojo al querer salir a la vez
todo el sudor por los poros, el estomago se rebelo en masa poniéndose en pie y
provocando un vomito irrefrenable. La respiración se le cortó y se echó las
manos al cuello al sentir que la asfixia se hacia dueña de su vida. La piernas
le temblaron y empapó el pantalón de orina que rápidamente se quedó fría en su
piel. La sangre huyó de sus mejillas y todos los músculos del cuerpo se
confabularon para hacerle temblar hasta dar con él en el suelo. Acurrucado en
el helado suelo de la celda, en posición fetal, fue tomando conciencia de su
pecado. Ahora lo veía todo claro. Mirando más allá de si mismo y de sus manos
teñidas de sangre estaba el cuerpo del que había salido la sangre que le
acusaba. Como un polichinela reventado, yacía con la mirada extraviada y
congelada de estupor y horror en la cama deshecha y profanada de su sangre,
Marta, su Marta, la de los rizos negros, la de los pies descalzos y la sonrisa
de melocotón. Permaneció en el suelo incapaz de moverse, quería morirse o mejor
aún, estar muerto ya. Estaba asustado y escandalizado de si mismo, ¡que no le
habría llegado a hacer hasta llegar al punto de destriparla! No, no se merecía
seguir viviendo, aunque le condenasen a vivir eternamente y a eternamente
permanecer en la peor de las cárceles. No tendría vidas suficientes para purgar
la muerte de su amada.
Volvió a vomitar acurrucado en el
suelo y terminó por desmayarse de dolor y desesperación.
Se despertó zarandeado por unas
manos que le urgían a despertar, a salir del estado en el que se encontraba y a
levantarse. Estaba confuso y en cuanto recobró la conciencia se echó mano a su
entrepierna. En medio de una situación tan trágica para él le abrumaba que le
viesen orinado en los pantalones. Al tocarse pensó que debía haber estado
muchas horas así porque estaba seco y no solo eso sino que no tenía el pantalón
del mono acartonado de la orina seca sino que sencillamente no tenía mono ni
pantalón ni nada. Debieron trasladarle a la enfermería cuando le encontraron
tirado en el suelo y le despertaban ahora, zamarreándole, después de haberle
desnudado.
Abrió lentamente los ojos y creyó
entonces que estaba muerto porque la voz que escuchaba era la de su Marta que
le gritaba angustiada que despertase. Marta estaba muerta, la había asesinado
él, no sabía cómo, pero era culpable, ¿cómo le instaba con tanta vehemencia y
de una forma tan real? Pero no, efectivamente, era Marta la que le chillaba
fuera de si y le abrazaba y le agitaba invitándole a despertar. Se encaró con
ella cubriéndole de besos y abrazándola hasta la extenuación.
Marta le contó entre sollozos
espantados que no conseguía hacerle volver en si, que decía entre gritos cosas
espantosas de sangre y cárceles y llegó hasta a vomitar, que casi se ahoga en
sus arcadas. ¡Que pesadilla más mala debió haber tenido! Le cubrió de caricias
y besos y se serenó su amor al tiempo que él respiraba aliviado de haber podido
ser rescatado de semejante quimera. Todo había terminado. ¿A que se debería ese
sueño tan machacón y tan real?, acaso el temor a perder a su mujer, quizá el
temor a su naturaleza absorbente y celosa que frecuentemente le teñía de sangre
la vista nublándosela de ira cuando otro hombre depositaba sus ojos en Marta.
Antes se pegaba un tiro que hacer daño a su mujer. A la primera mala idea se
despeñaba por la escollera.
Consolándose el uno al otro fueron
caldeándose hasta acabar por hacer el amor apasionadamente para conjurar los
demonios que les atormentaban por el mal sueño que uno padecía y del que Marta
no podía rescatar a su amado.
Relajados después del alivio que
supuso el amarse sin cortapisa entregados del todo en un acto eterno quedaron
dormidos sosegadamente los dos, las piernas entrelazadas y las caras tan juntas
que sus respiraciones se confundían. Sin motivo aparente se despertó Martín
asustado y tembloroso. “¿Otra vez?”, se preguntó desesperado.
-
¡Arriba!, se acabó. La apelación de tu abogado de
oficio ha sido rechazada. La sentencia ha de cumplirse. Prepárate. ¿Vas a
seguir sin abrir la boca?
Martín se sentó en el jergón con
los ojos desencajados y temblando de frío y miedo miraba al alguacil que le
acababa de comunicar su destino sin entender nada de lo que estaba sucediendo.
-
Eso ya no te va a ayudar. De nada ha servido eso de
hacerse el loco y dejar de hablar. Ya se acabo todo.
Dos lágrimas gruesas, turbias y
espesas le surgieron de los ojos súbitamente congestionados. No abrió la boca,
como cada día desde que le encontraron, mudo de dolor por la forma tan cruel en
que terminó con la vida de su amada.
El funcionario que acompañaba al
alguacil a comunicar el resultado de la apelación preguntó la razón de aquella
pena máxima que no se aplicaba desde hacía más de veinte años.
-
Fue muy cruel. Un crimen no se entiende nunca; se puede
matizar si hay unos celos terribles por medio pero la forma en que la mató
rebasa todas las categorías de salvajismo y saña que imaginarse pueda.
-
¿Cómo fue?
-
¡Ah!, ¿no se enteró usted? Hubo hasta desmayos en el
juicio cuando el forense relato el “modus operandi”. Se me hiela la sangre en
las venas al recordarlo. La arrancó el corazón, latiendo, viva aún. La abrió en
canal con una hoz, le metió las manos por la herida y le arrancó literalmente
el corazón cuando aún latía. Esa es la conclusión a la que llegó el forense, que
para eso estudian. Se lo encontraron horas después cuando ya clareaba, bañado
en sangre con el corazón de su mujer aún en la mano vagando vacilante y ausente
por el malecón. Desde entonces nadie ha sido capaz de arrancarle una palabra.
-
¿Se volvió loco y la mató?
-
El psiquiatra forense dijo en el juicio que se volvería
loco a consecuencia de lo que hizo y cuando ya lo hizo, pero antes de hacerlo
era plenamente consciente. De hecho fue a la capital a buscar la hoz con la que
la destripó. Era todo premeditado, créame. ¡Con lo bonita que era la muchacha,
no había otra como ella, menudo cabrón!
-
¿Y que se gana con matarle, no tiene suficiente castigo
ya?
-
Yo no hago las leyes, me limito a cumplirlas y vigilar
que se cumplan. Lo que yo opine o no sobre el tema, ¿a quien le puede importar?
Sentado en la silla del garrote
sintió como el tornillo se apretaba en su nuca y se detenía en espera de la
orden al verdugo para dar la última vuelta a la manivela. Escuchó la lectura de
la sentencia a muerte mientras se orinaba de miedo para finalmente alcanzar a
oír la fractura de su propia columna cervical.
Coincidiendo con el chasquido del
hueso, se sentó en la cama como impulsado por un resorte, con el corazón
desbocado y tiritando de terror. Se llevó las manos a la cara y se desgañitó:
“¿Cuál es el sueño?”.
6.4.14