La jornada transcurrió agitada como siempre.
Federico por su lado y María por el suyo atendiendo clientes, enseñando fincas
y acudiendo a notaría a estar presentes en las firmas para cobrar cumplidamente
sus corretajes allí donde el dinero cambiaba de manos.
María estaba exultante. El iniciar una nueva vida le
estimulaba y se encontraba expansiva y feliz. Se mostró con sus clientes más
persuasiva, si cabe, que nunca y manejó sus asuntos con una soltura y
desenvolvimiento dignos de todo un profesional seguro de si mismo y con un ego
de proporciones colosales. Quedó a comer con Federico para organizar la tarde y
ver si podrían acabar pronto para poder estar un rato, juntos sin trabajo por
medio.
Cuando llegó al restaurante Federico estaba ya en la
mesa esperándola. Levantó el brazo para llamarle la atención y ella desplegó
una amplia sonrisa de satisfacción al verle. Le dio un cálido y ardiente beso
sin dejar siquiera que se levantase y se sentó enfrente de él.
-
¿Cómo has pasado la mañana?
-
Horrible, bueno horrible de ajetreo pero magnifica de negocio. ¡Ah!, he
dejado prácticamente dejado cerrado el trato del apartamento del centro.
-
¿El imposible?
-
El mismo. Un pintor que dice que lo necesita para aislarse a
reconsiderar su relación estamental. No se que es lo que quiere decir con eso.
Me ha sonado a doble vida, pero creo que se lo queda. Me ha parecido que si me
dejo caer me hace una proposición indecente, pero se ha mantenido en su sitio.
-
¡Con lo caro que es!, y sin ascensor además.
Llegó el camarero en ese momento con las cartas del
menú en la mano. Federico con un gesto las rechazó.
-
No Gaspar, gracias, tomaremos..., bueno, perdona María, he decidido por
ti, no se si tu querrás consultar la carta. Yo con un revuelto de ajetes voy
servido.
-
Va bien un revuelto de ajetes. Hay que seguir trabajando.
Gaspar les preguntó por un vino y lo rechazaron
también.
-
Gracias, ¿agua con gas está bien?
María asintió con la cabeza sin dejar de mirar a los
ojos a Federico. Le excitaba su seguridad, su saber estar, su dominio de la
situación. Le habría asaltado allí mismo para hacer el amor de la forma mas
desaforada.
-
Y tu, ¿cómo has tenido la mañana?. ¿Llamaste a los Antúnez?
-
Para esta tarde he quedado con ellos en el piso. No le he dicho que nos
lo vamos a quedar nosotros. He dejado caer que un cliente va a intentar ir a
verlo y que quieren que el dueño esté presente porque quieren un trato rápido,
resolverlo esta tarde mismo. ¿Tu tienes que ir al abogado?
-
Si, voy a ir. Quiero ver la cara que pone Roberto. En el fondo me da
cosa hacerle esta faena, pero la vida es muy dura y si no le plantas cara de
perro te comen por los pies. Supongo que no peleará, aceptará resignadamente lo
que se le exija y punto. Lo de Esther, la verdad me ha sentado como un tiro en
la nuca.
-
Bueno, tú también le has hecho una jugadita a él.
-
Pero es distinto. Había una razón. La relación estaba muerta cuando
empezamos lo nuestro, aunque Roberto no quisiese darse cuenta, si no hubiese
sido contigo habría sido con otro, y de no poder haber nadie, me habría
convertido en una amargada arrastrando el culo por todos los bingos de la
ciudad, pero de cualquier forma el matrimonio estaba muerto solo pendiente de
enterrar, por eso apestaba ya. Pero lo suyo con esa guarra de Esther, fue en
todo nuestro mejor momento, cuando empezábamos y los proyectos eran tantos que
éramos incapaces de abarcarlos. Me he sentido muy dolida, me he sentido
ridícula, porque todas aquellas aspiraciones en común no fueron mas que
añagazas suyas para ocultarme sus devaneos. No tenía otra salida. Y te voy a
decir una cosa, si me llego a enterar no teniendo yo ningún tipo de relación le
habría despachado igual. No es el hecho de que se follase a Esther, un mal
momento y una urgencia surge y surge, es que en esos días estábamos intentando
la mayor aventura en común que finalmente no se vio culminada; tener un hijo.
Me traicionó y no le perdono. Aquella traición no tiene caducidad, es
intemporal, porque atentó contra mis sentimientos más profundos. Y lo que no se
es cuantas aventuras más ha tenido, porque me pongo en lo peor. El gremio ese
de la sanidad es de poco fiar, te lo digo yo.
Llegó el camarero con los platos de revuelto y los
sirvió. Comieron en silencio mirándose a hurtadillas y cruzándose sonrisas de
enamorado.
-
¿A que hora saldrás del abogado?
-
Ni idea. Hemos quedado creo que a las seis. Pon que entre unas cosas y
otras nos den las ocho. Antes me parece imposible.
-
¿Te paso a recoger o te vienes tu al apartamento?
-
Yo me llego al apartamento cuando salga.
-
Llámame antes por si no he terminado yo con los Antúnez y nos vemos
para tomar algo antes de llegar.
-
¿Van a tomar algo de postre los señores?
-
Yo quiero un café solo. ¿Tu María, quieres algo de postre?
-
No gracias, otro café nada más. Solo también.
Salían del restaurante cogidos del brazo como dos
recién casados.
-
Yo voy para la oficina, ¿vienes tu también?
-
Voy al apartamento a descansar algo, a ducharme y a cambiarme para ir
al abogado.
Se dieron un beso y se separaron yéndose cada cual a
su destino.
La consulta transcurrió con normalidad. Una consulta
de martes. A las diez de la mañana se acordó de que a esa hora era el entierro
de la madre de Blanca. Lamentó no poder estar allí pero no tenía opción. A
ratos de acordaba de que esa tarde tenía una cita ineludible, dolorosamente
ineludible y se le levantaba el estomago, se le erizaban los vellos y tenía
necesidad de salir corriendo al servicio. A medida que avanzaba la mañana cada
vez se tranquilizaba mas asumiendo que lo peor que podría sucederle es que se
quedase sin nada; al menos le quedaría su trabajo y si hiciese falta se
acomodaría a vivir mas modestamente, pobremente si hiciese falta, pero sin
ínfulas de riqueza, una casa como la que había conocido ayer le daba vértigo.
Ya vencido el mediodía sonó el teléfono de la
consulta. Le sobresaltó y le fastidió, como siempre. Lo cogió de mala gana.
-
Dr. Noblejas aquí hay un señor, por llamarle de alguna forma que se
empeña en subir a su consulta y sin cita.
-
Que venga mañana, yo estoy terminando ya.
-
Insiste que es amigo suyo y que tiene que hablar con usted.
-
¿Su nombre?
-
Uno muy raro, a ver, si, Francisco de Borja Álvarez no se qué y unas
cuantas cosas mas.
-
Ya, ya se quien es. Hoy no estoy para bobadas. Ese no es amigo mío, ni
leches. Si quiere que venga mañana.
Colgó el teléfono y se congestionó de irritación,
más con él mismo que con el cara dura que seguramente venía a comer otra vez a
su costa. Pero, en fin, no es que el otro fuese un cara, es que él era un
solemne imbécil haciendo cosas que no debería haber hecho jamás. Volvió a sonar
el teléfono. Más que coger el auricular, lo arrancó del zócalo.
-
¿Qué pasa ahora?, ¿Me vais a dejar terminar la consulta en paz?
-
Perdone Dr. Noblejas, este caballero está ya escandalizando.
-
¡Pues llama a la policía, coño, llama a la policía!
-
Yo no quería..., como estaba tan seguro diciendo que le conocía.
-
Que no, joder, que no, que no le conozco de nada. Llama a la policía y
que se lo lleven.
Colgó el teléfono con rabia. De haber tenido cerca
al de recepción le habría dado con el auricular en la cabeza. Estaba a harto de
esa historia. Solo esperaba que la poli no se demorase mucho y se llevasen al
tipejo ese.
Al cabo de los diez minutos, el ingenioso aparato de
Bell, volvió a interrumpir la paz de la consulta de Roberto.
-
¡Otra vez!, no, hombre no, no. Te he dicho que llames a la policía.
-
Perdón, ¿Dr. Noblejas? Soy el agente Álvarez. ¿Sería usted tan amable
de bajar un momento? Éste señor insiste en que es usted su colega y hay que
aclararlo.
-
¡Ah!, que es la policía. Vale, ya bajo.
¿En que líos se metía por su estupidez? No sabía que
podía pintar él en todo aquello. ¿Qué le había invitado a comer y a una copa?,
bien, pero hasta ahí, nada más. A ver si todo esto no le traía más problemas de
los que ya no sabía como manejar.
Cuando llegó al vestíbulo vio a su invitado del día
anterior, con los grilletes puestos en sus muñecas y sentado con la cabeza
baja, como el niño que ha hecho una travesura y solo espera que su padre decida
que castigo aplicar.
-
¿Conoce usted a este hombre?
-
Si, claro, es paciente mío.
-
¿Es cierto que usted le invito ayer a comer y a unas copas después?
-
Si, lo es. Pero de amigo mío nada de nada. llegó a mi consulta ayer
sobre esta hora, que había pedido el alta voluntaria del hospital y me dio pena
su situación menesterosa y decidí que darle de comer decentemente no estaría de
más. Y para que engañarnos, me intrigaba que ese pedazo de nombre se asociase a
ese aspecto tan deleznable.
-
¿Qué nombre?
-
¿Cuál va a ser?, el suyo, Francisco de Borja, Álvarez-Montano Ponciano
de Chívite.
El policía no pudo reprimir una sonora carcajada.
Dirigiéndose al detenido le empujó suavemente por el hombro, ante lo que él
volvió la cara con aspecto de abrumado.
-
Coño “Muerto”, ¿ahora eres todo eso que ha dicho el doctor?, ¿ya no
eres Michelangello Manuele, de Bonffanti y Pico de la Mirándola ?
Roberto quedó perplejo, ahora era él quien no
entendía el giro que había tomado la situación.
-
Hombre, si se refieren ustedes a que está enfermo, bien, pero tanto
como para tildarle ya de muerto, pues no, de ésta ya no se muere.
-
¡Que va, señor!, es “Muerto” de apodo, ¿no ve que parece que está mas
para allá que para acá? Este prenda se llama José Expósito Expósito. Suponemos
que hijo de una mercenaria que dejo abandonado en la inclusa donde estuvo hasta
la mayoría de edad, porque tuvo la fortuna, o la mala fortuna, de no ser
adoptado, y a los dieciocho, las monjas le pusieron el hatillo debajo del brazo
y lo echaron a la calle. Como no tuvo mala crianza, parece que es alguien, pero
desde que salió de la inclusa no ha dejado de entrar y salir de la cárcel por
pequeños trapicheos de poca monta. ¿A usted que película le ha colocado, la del Gran Duque Ruso, la del hijo bastardo
de un príncipe italiano, o cual? Ese nombrecito que ha dicho usted no le
conocíamos.
El pobre Roberto solo pudo balbucear unas excusas
sin sentido, azorado, rojo incandescente, no sabía si de ira o de vergüenza por
haberse dejado embaucar.
-
La del general y la legión donde degolló a un cabo.
A medida que lo iba diciendo y se escuchaba a si
mismo mas corrido se sentía de lo absurdo. ¿Cómo se lo podía haber tragado?
-
Pero lo de la espalda cruzada de latigazos, entonces...
-
Ya ve usted, en aquellos tiempos las monjas a veces sabían ser muy
persuasivas para enderezar un arbolito cuando crece, pero a éste no había quien
le enderezase por lo que se ha podido ver. ¿A que si Muerto?
-
Las muy hijas de puta gozaban como perras azotándome, yo creo que hasta
se corrían las muy guarras, su dios las confunda y se pudran en su infierno.
Roberto se quedó con la boca abierta, esa entonación
y ese lenguaje si se ajustaban a la perfección con el modelo a la vista. Esa
sentencia desgarradora, amarga y desengañada de todo, si salía con sinceridad
de un corazón roto y desahuciado
-
Es un pobre desgraciado, pero listo como el hambre. Lástima que no haya
aplicado su listeza para ganarse la vida honradamente. Anda, “Muerto”, vamos
para comisaría a tomarte declaración. ¿A usted le ha faltado algo?
-
Que yo sepa no, salvo mi orgullo que me ha dejado hecho migas. Hombre,
eso de que le metiesen en la legión, como antaño, sin preguntar de donde venía
siquiera me pareció raro en estos tiempos pero era tan convincente y tan
coherente en todo que me lo tragué, además con un padre general, no me
imaginé... Me la has pegado Francisco, o José o como dios quiera que te llames.
-
No hay que ser tan crédulo, Doctor.
Les vio alejarse camino de la puerta, sintiendo
rabia de si mismo, consumido en vergüenza iracunda, esperaba que aquel
delincuente muriese de la forma más cruel. Había quedado delante de todos como
un gilipollas. El celador que lo había presenciado todo le dio una palmada en
la espalda.
-
No se apure Dr. Noblejas, es usted un buen hombre y de todas formas se
la habría pegado a cualquiera. Menos mal que ha montado este escandalito y se
ha podido esclarecer todo sino, me parece que le saca a usted hasta los
hígados.
Se quedó allí meditabundo mientras el de administración
se iba a su mostrador, agigantándosele la sospecha de que todo lo que le
ocurría tenía una raíz que se hundía profundamente en su bisoñez casi de
estulto desavisado. Hombre no está mal ser buena persona pero hasta el punto de
tener todos los puentes levadizos de la parte mas sensible del ser, bajados
para que transitasen a su antojo por ellos todos aquellos que quisieran entrar
a saco era demasiado. Lamentablemente era ya tarde para cambiar. Razón tenía
Esther, que bobos somos los hombres, ¡que fuertes y potentes!, pero que
cantidad de gateras por donde colarnos una detrás de otra. ¡Esther!. Miro su
reloj, era ya tarde, casi la hora de comer, el entierro de Gloria debía
haber terminado casi ya, porque incinerar
un cadáver lleva sus buenas cuatro horas, y habrían comenzado después de los gorigori
religiosos a eso de las nueve y media. Buscó el móvil en su funda y rescató de
la agenda el número.
Esther estaba sentada en el mismo sofá que Larry y
Blanca. Al oír la señal miró en la pantalla quien llamaba y al ver que era
Roberto se levantó para ir a guardar intimidad de conversación al extremo mas
alejado de la habitación.
-
Dime, Roberto.
-
¿Habéis terminado ya? ¿Cómo pasasteis la noche?
-
A la primera pregunta, casi, nos acaban de llamar para elegir el columbario
de las cenizas, que no estaba decidido. A la segunda, charlando
distendidamente. De vez en cuando nos pasaban canapés, que esto de velar en la
sala VIP es todo un hallazgo. Blanca finalmente cedió.
-
¿Qué?, ¿Cómo que cedió?, ceder ¿qué?
-
Uff Roberto, pareces vivir en otra dimensión, estoy molida, no estoy
para muchas explicaciones.
-
¿Por qué no te recojo después de lo del abogado y me lo cuentas?, y así
de paso me pones el hombro para llorar, porque lo de esta tarde me da
escalofríos, y voy necesitar alguien que se preste a comprenderme.
No permitió la lógica argumentación de Esther, se
adelantó a su pregunta y se la respondió sin dejarla opción a especular. Quería
verse con ella sin que se notase su necesidad de verla y no iba a permitir
ninguna objeción.
-
Larry no me vale para estos menesteres y además bastante tendrá él con
Blanca. Por cierto, pregúntale que a que hora quedamos.
Esther se acercó a Larry que permanecía abrazado a
su Blanca y le tendió el teléfono.
-
Toma, es Roberto, para quedar en lo del abogado.
-
¿Roberto?
-
Larry, ¿donde quedamos esta tarde para lo del abogado?
-
En la puerta del bufete he quedado yo con el mío. ¿Te parece?
-
De acuerdo, a las seis.
-
A las seis. Pásame a Esther.
Esther esperaba pacientemente al lado de Larry que
terminasen de hablar. Recogió el aparato de manos de Larry, que volvió a su
tarea de dar protección entre sus brazos a Blanca, mientras ella se volvía a
alejar para encontrar la tan deseada intimidad con Roberto.
-
Dime Roberto.
-
Cuando salga del abogado, te recojo en tu casa, ¿vale?
-
Vale, pero si es muy pronto no, que estoy hecha trizas, déjame
descansar un rato. No se, Roberto, si tengo humor quizá me acerque yo.
-
Hasta la tarde.
Recogió la consulta con parsimonia, queriendo que en
la morosidad, el tiempo se alargase hasta el infinito para que no llegase nunca
el momento de enfrentar la realidad pastosa y prosaica de los números y las
pequeñas y miserables puñaladas traperas de una relación que se deshace a
golpes de reproche. Pensando en el interés demostrado por ver esa tarde a
Esther, se hacía cruces; después de la que le había caído encima, lo de su
mujer, el varapalo mismo que Esther le dio en el club, que le dejó hecho
papilla, el trato recibido de prácticamente una desconocida, Blanca, minutos
antes del baño de Esther y así y todo insistía en acompañarse de una mujer, no
era racional., pero necesitaba esa presencia a su lado. Solo, estaba eso: solo.
Parecía una perogrullada, pero en su más íntimo ser lo entendía con sus
emociones, no con su raciocinio. Iba a cometer una vez más el mismo error.
¿Error?, no era un error querer tener una mujer a su lado, no ya por sexo, que
también, inexplicablemente le producía seguridad, su ausencia le producía
horror vacui, quedarse solo, por muy tranquilo que se sintiese así, llevaba en
si la semilla del miedo a estar solo como germen de vida estéril, sin sentido.
Recordó aquello que su madre le decía siempre y que más que una sentencia era
una condena; “donde ibas a ir tu sin mi, que más valgas”, y el lo entendía en
clave materno-filial, protectora, cuando en realidad la clave había que
buscarla en el sentido posesivo que ilustraba su madre con aquel desprecio
implícito que suponía el reconocerle ningún valor si ella no estaba a su lado,
eso le había dejado un complejo de inanidad sin tener figura femenina que si no
tenía una al lado se sentía inútil, necesitaba ser poseído por una mujer para
sentirse seguro. Todo el valor que el pudiera tener lo era por tener pareja
femenina al lado. Luego, poseerla sexualmente no era más que la revancha por
saberse sojuzgado, por eso nunca se sabría relacionar con las mujeres en pie de
igualdad, por eso estaba ahora como estaba.
Estaba en estas disquisiciones cuando apareció en el
umbral Noelia que tuvo oportunidad de escuchar como Roberto verbalizaba su escándalo
por lo pensado sin que se diese cuenta.
-
¡Me debo estar volviendo loco!, ¿qué clase de bobadas se me ocurren?
Noelia se sorprendió de aquella salida de tono.
-
¿Te pasa algo?
Roberto se volvió estupefacto al verse escuchado
creyéndose solo.
-
Ah, Noelia, ¿estabas ahí? No nada, no hagas caso, son cosas mías. No he
tenido mi mejor mañana.
-
Verás, he estado investigando. El paciente ese tuyo del nombre tan
largo, pues no es tan largo.
-
Ya, ya, no sigas, se llama José Expósito. Ya me he enterado. ¿No has
escuchado el escándalo que ha montado?
-
No, he estado fuera. ¿Qué ha pasado?
-
Pregúntalo por ahí, no tengo humor para contar humillaciones.
Noelia iba a saltar, no estaba acostumbrada a esas
intemperancias y estaba dispuesta a dejar las cosas en su sitio. Roberto
comprendió que había tocado zona peligrosa y se adelantó urgente.
-
Lo siento, lo siento, Noelia, no era mi intención. Es que el cabrónazo
ese me ha levantado la camisa como a un pardillo y estoy que ardo.
-
De acuerdo pero yo no tengo la culpa de tus carencias, aprende a tratar
a la gente que no tiene porque soportar tus frustraciones.
Se volvió sin esperar respuesta y se alejó mientras
Roberto dejaba resbalar lúbricamente su mirada por las curvas de sus caderas
extasiándose en aquellas largas y torneadas piernas que tanto le excitaban.
-
¡Incorregible, joder, soy incorregible!
Con esta exclamación apenas mascullada terminó de
cerrar el último cajón del archivador, se arrancó con rabia la bata, cogió su
maletín y salió.
Llegó al apartamento dispuesta a prepararse para
estar, no estupenda, magnifica. Quería que esa tarde Roberto la desease, que se
percatase de lo que había perdido. Si había podido ir haciéndose a la idea de
la separación, quería derrumbar cualquier escenario apenas diseñado por él de
una imposible reconciliación. Iba a huronear en la herida que sabía que había
abierto hasta hacerle gemir de dolor y remordimiento. Ansiaba verle sudar de
angustia, desearla sin expectativa alguna de conseguirla para que finalmente,
desarmado del todo, asestarle el golpe definitivo del expolio de lo material
que más quería, su casa.
Tenía cerca de cuatro horas para quedar perfecta y
las iba a aprovechar. Comenzó por un relajante baño de sales de fruta de la
pasión. Cuando más a gusto se encontraba el teléfono campanilleó. Le dejó
sonar, pero insistía. Salió del baño y secándose aún alcanzó el auricular,
momento en el cual dejó de sonar. Maldijo de todas las formas posibles y volvió
a su estimulante baño, no sin antes llevarse el auricular inalámbrico con ella.
Estaba a punto de volver a sumergirse cuando volvió
a sonar. Visiblemente irritada pulsó el botón de descolgar ladrando la
pregunta.
-
¡¿Quién es?!
Al otro lado una voz reciamente femenina contestó en
un tono de disgustada sorpresa
-
Bueno, yo soy Silvia, pero me parece que me he equivocado...
María no tuvo ocasión de oír terminar la frase, “...
ahí debería vivir Federico”, porque ya definitivamente enfadada colgó sin dar
ocasión a escuchar lo que tantos disgustos le habría evitado si la iracundia no
se hubiese apoderado de ella.
Volvió al reparador y aromático baño que poco a poco
fue diluyendo la irritación que le había provocado aquella fastidiosa
equivocación. Permaneció media hora más en remojo y el resto del tiempo, una
vez consideró que su cuerpo estaba relajado, hasta que salió a la calle hecha
una modelo, lo dedicó con minuciosidad, a que no le faltase detalle, tanto de
afeites, cremas, sombras, pinturas y
maquillajes varios como de indumentaria. Eligió para la ocasión un traje de
gran escote de espalda y de barco por delante que dejaba insinuar, nada más y
nada menos, sus senos. Sabía que aquel largo, justo por encima de las rodillas,
en combinación con las medias de redecilla poco tupida, pondría a Roberto a sus
pies pasase lo que pasase. Degustaba la venganza a cada nuevo gesto ensayado
ante el espejo, imaginando el rostro contraído de frustración cuando la viese
llegar como una diosa inaccesible. Se sentía segura cómo jamás se había
sentido, capaz de navegar en solitario sin necesidad de nadie al lado que la
protegiese y amparase. Estaba con Federico por que quería estar, no había
contrapartida, no como con Roberto; él trabajaba y de alguna forma, ella,
estaba obligada a permanecer a su lado. Con éste, no; era un acto de libérrima
voluntad y eso le agradaba, se daba porque era dueña de si misma, no era
poseída en justicia. Tomar conciencia de no pertenencia a nadie la
ensoberbeció. Tanta era la autosatisfacción al ser consciente de su
independencia que se sintió húmeda, el sentirse poderosa le excitaba sexualmente.
Algo que jamás había hecho se le antojó en aquel momento la mejor forma de dar
culminación a ese sentimiento expansivo que experimentaba; comenzó a
acariciarse sintiendo la elevación de placer que alcanzándole la cabeza le
explotó en un haz de luces que recorriéndole el cuerpo se le concentró en cada
átomo del ser haciéndole gemir de gozo. Quedó definitivamente relajada y
después de unos minutos pudo incorporarse para mirarse, desnuda, al espejo,
contemplando la imagen radiante de una diosa. Efectivamente el placer
conscientemente proporcionado y aceptado igualaba los humanos a los dioses.
Saboreó por anticipado su triunfo.
Roberto paseaba la acera arriba y abajo como si
fuese un guripa rural de guardia en la puerta del Ayuntamiento del pueblo.
Nervioso, notaba las manos húmedas y constantemente se las secaba utilizando
los forros de sus bolsillos. La temperatura emocional iba subiendo a medida que
se acercaba la hora de entrar al despacho de aquel abogado. Se le pasaba por la
mente todo tipo de escenario, desde María que llegaba llorando pidiendo perdón
y solicitando compasión hasta Larry apenado diciendo que no iba a poder
ayudarle en aquel trance, pasando por verse muerto en aquella transitada acera
del centro, victima de un atraco con arma blanca.
Cada vez que pasaba por la puerta se fijaba en la
placa que anunciaba la existencia del bufete e intentaba hacer memoria de qué
le sonaba aquel nombre de abogado. Antonio López Cabezuelo.
Le despertaba acentos de intranquilidad aquel
nombre, pero era lo suficientemente vulgar como para que fuese algún factor de
confusión estuviese haciendo de las suyas en su cabeza y más en la situación
estresante en la que se encontraba. A cada minuto que pasaba mas botes daba en
seco. Estaba a punto ya del colapso nervioso cuando la humanidad rotunda de
Larry hizo su aparición acompañado de un ser enclenque y menudo.
-
¿Llevas mucho tiempo aquí? Aún es pronto. Mira te presento a Cástor mi
abogado de cabecera. Tiene un hermano gemelo que se llama Pólux.
Soltó una sonora carcajada, riendo su ocurrencia,
mientras palmeaba el hombro de Roberto.
-
Es broma hombre, es broma. El nombre este siempre me ha llamado la
atención. ¿En que pensaban tus padres cuando te bautizaron?
-
Mi padre era un enamorado de la cultura latina, ya ve.
-
Cástor no va a poder quedarse mucho tiempo.
-
Dr. Noblejas, haré acto de presencia para intimidar algo, pero no se
asuste. Lo que este colega le tenga que proponer se lo habrá de dar por escrito
y entonces ya con más tranquilidad lo estudiaremos para hacer la contrapropuesta.
-
Si, pero entonces, ¿para que todo este movidón? Me hubiese mandado por
correo la propuesta y listo.
-
Por la misma razón que Castor está aquí. En todos estos asuntos las
puestas en escena son imprescindibles. En un momento de intimidación firmas lo
que no debes y todo al garete, ¿verdad Cástor?
-
Hay que cortarse las manos varias veces antes de firmar cualquier cosa.
Le digan lo que le digan y le exijan lo
que le exijan no se asuste. Usted, todo por escrito y en sus trece de que hay
que estudiarlo, nada de dejarlo todo zanjado para abreviar. Las abreviaturas
son solo para confundir.
-
¿Estará mi mujer?
-
Si María viene a esta reunión no te quepa la menor duda que lo habrán
organizado como una encerrona. ¿No es eso Cástor?
-
Da igual, esté quien esté. Le repito otra vez que usted viene aquí a
que le den unos papeles, nada más. Ah, y cuanto menos hable mejor, que seguro
que habrá algún testigo ajeno dispuesto a escuchar todo lo que se diga y a
ratificarlo donde sea si eso le perjudica.
-
Aún hay tiempo. ¿Tomamos café aquí al lado, mientras da la hora?, no
conviene tampoco ser muy puntuales. Del manejo de los tiempos y los nervios que
provocan las esperas te puede dar una disertación completa Cástor, es todo un
artista.
Cástor se sonrió, coqueto, sin abrir la boca,
halagado por la puntualización de Larry. Aquel ser diminuto y poquita cosa
debía ser mas peligroso de lo que aparentaba. Como todas estas personas menudas
debía suplir su tamaño con un ego excesivo y aderezado con una buena dosis de
mala leche.
Se sentaron en la cafetería al lado del escaparate y
pidieron los cafés. Estaba Roberto bebiendo el suyo cuando se atragantó
escupiendo café en todas direcciones. El rostro se le demudó, la sangre huyó de
las mejillas y las ojeras, ennegrecidas,
se le marcaron de forma automática. Si le hubiesen asestado una puñalada
no le habría sentado peor.
-
¿Qué te ha pasado, hombre?
Roberto no podía hablar. Con la boca semiabierta
señalaba la calle sin poder articular palabra. Cástor se afanaba en limpiarse
las gafas de gotas de café y Larry miraba interesado a la calle intentando
averiguar que podía haber provocado esa reacción en su amigo.
-
Vamos, Roberto, tranquilízate. Toma un poco de agua y dinos. ¿Qué ha
pasado?
Balbuceante no salía de su boca una palabra
entrecortada.
-
Ella, ella.
-
¿Quién?, ¿Quién es ella?
Tomó aliento, bebió agua y mas sereno continuó.
-
María, era María. Va a estar, va a estar. No se si lo podré soportar.
-
María, ¿era ella? Bueno hombre, no te apures, ya has oído lo que ha
dicho Cástor. Tu, ni pío. Ver oír y callar y luego recoger los papeles.
En ese momento Castor dirigió una rápida mirada a su
magnifico TAG y se levantó.
-
Me tengo que ir. Larry, lo siento. Tu sabes que ésta reunión, a la que
ya llego tarde como no me vaya ya, requiere mi presencia, salvo que..., tú
mandas.
-
No, no, vete, sabremos arreglarnos. Paga tú, anda, con lo que me sacas
creo que tendrás para invitarnos.
-
Ala, también nosotros nos vamos. Cuanto antes acabemos con esto mejor.
Roberto se levantó temblándole las piernas, la cara
pálida y desencajada. No se sentía con fuerzas para ponerse frente a María en
esas circunstancias. Lo del domingo pasó sin sentir, sin esperarlo, sucedió, le
dejó hecho polvo y listo. Lo malo era saber que iba a ocurrir en líneas
generales y adornar los detalles a base de temores y mucha imaginación
calenturienta. Veía a María dura como el corindón sin inmutarse ante aquella
tragedia, disfrutándola y él sin ser capaz de afrontar la situación con un
mínimo de dignidad. Se sabía perdedor antes de empezar a disputar el partido,
esos eran todos sus temores, iba a ser incapaz de esgrimir argumentos a su
favor, que los tenía, si ello suponía agredirla de alguna manera. No sabría
hacerla daño y menos si ella estaba delante.
A medida que se acercaban al bufete, Larry con su apoyo
y su aplomo de muchas batallas libradas
con bien, conseguía tranquilizar a Roberto que paulatinamente se hacía dueño
otra vez de si. Por fin llegaron al
bufete y ante la noble madera de la puerta, Roberto estaba ya moderadamente
sereno.
Les abrió la puerta un pasante joven, seguramente
recién terminado, en prácticas que hacía el trabajo pesado a cambió de las
migajas que el titular le quisiese tirar.
-
¿Tiene cita?
-
Si, si, a las seis y media.
-
Ah, señor Noblejas, ¿verdad?
Les acomodó
en una vetusta sala de espera repleta de muebles oscurísimos con unos
cortinones de pesado terciopelo que velaban del todo la luz de la ventana. El
ambiente de aquella espera era tétrico y no permitía augurar nada bueno.
-
Enseguida les recibirá Don Antonio.
Pasaron escasos cinco minutos cuando se abrió la
puerta y como si de una aparición mágica se tratara, Roberto se traslado en una
décima de segundo al patio del colegio. ¡De manera que éste era Cabezuelo!,
claro, así le sonaba aquella placa, pero le conocía por “el cabezuelo”, lo de
Don Antonio López delante de “el cabezuelo” le despistaba. Le seguía cayendo
tan mal como hacia treinta años.
-
Caramba Roberto, que viejo estás.
-
¿Tú? Esto me parece ya demasiada casualidad.
-
Bueno, me llamó Fede, ¿te acuerdas?, Federico, el compañero del
colegio, y me pidió este favor. No se lo podía negar, era lo menos que...
-
Ya, ya, con tal de joderme a mi cualquier cosa ¿verdad Cabezuelo?
Larry terció.
-
¿Os conocíais? Entonces todo será más fácil, creo...
-
Yo creo que al contrario. Este cabroncete siempre intentó hacerme la
vida imposible porque yo era mejor que él y nunca, ni una vez, consiguió
adelantarme.
-
En fin, ya que hemos recordado buenos viejos tiempos podemos empezar a
trabajar. Si no les importa, síganme al despacho.
Roberto saltó como una liebre y en gesto agresivo,
que ni el mismo se reconocía, alzando la voz, desgañitándose, increpó a un
Antonio López Cabezuelo que sin inmutarse continuaba pasillo adelante.
-
Me niego, no voy a participar en esta mascarada. Esto es una encerrona,
encima que me pone los cuernos con mi mujer se cachondea de mi poniéndome en
manos de mi peor enemigo, a ese cabrón en cuanto le ponga las manos encima le
mato. Te enteras, le mato.
Lo que le pedía el cuerpo era arrojarse tras su ex
compañero y encanallarse a mamporros hasta deshacerle la cara a golpes. Comenzó
a dar pasos impulsados por la ira en pos de aquel personaje que ufano
continuaba su camino impertérrito. Larry salió al quite, pulsando el tinte
violento que la situación adquiría, sujetando a Roberto por el hombro.
-
Recupera el sentido Roberto. Las cosas son como son. Hay que saber
cuando se está en posición dominante y se pueden poner condiciones y cuando se
está en situación de debilidad. Doblarse como un junco, es mejor que ser la
típica encima centenaria que se arranca de patilla cuando el huracán arrecia.
Mantén la cabeza fría, ya tendrás tu tiempo, nunca se sabe, quizá cuando menos
te lo esperes te resarcirás con creces.
-
¿Y voy a tener que pasar por esto?, ¡joder no quiero!
Larry entonó la voz como solo el sabía, imperativo,
sin dejar lugar a dudas de cual iba a ser el resultado de su orden.
-
Ya está bien de chiquilladas. Acabemos de una vez. Te vas a comportar
como lo que eres, un adulto equilibrado.
Le agarró por el codo y le empujó materialmente por
el pasillo que el abogado ya había abandonado introduciéndose en una habitación
al fondo. Por la misma puerta entraron al despacho.
A la derecha de la amplia puerta de doble hoja se
encontraba la vasta mesa de cristal suspendida del techo por cuatro varillas gruesas
de metacrilato. En un sillón Luis XVI Antonio mantenía una susurrante charla
con una mujer de las de llamar la atención. Al entrar, Antonio levantó la
cabeza esgrimiendo la más cínica de las sonrisas. Se levantó del sillón
invitando a sentarse a los dos recién llegados.
-
Adelante, caballeros, tomen asiento.
Roberto se
quedó parado detrás de Larry que había comenzado el acercamiento a la silla al
lado de María. Meneando la cabeza de un
lado al otro con el mayor sarcasmo del que fue capaz se dirigió a
Cabezuelo.
-
Siempre fuiste un hortera. ¿Abrase visto peor gusto esnob?
-
Nunca he dejado de admirar tu elegancia, pero como tú dijiste antes,
tampoco nunca he conseguido ganarte a nada..., aunque quizá esa racha se pueda
quebrar ahora. Siéntate, haz el favor.
No había reconocido a María en aquella mujer de
espaldas que en ningún momento hizo el menor intento de volverse a ver quien
hablaba con ese desprecio. Cuando se fue acercando por fin a su silla al otro
lado de donde su mujer se encontraba cayó en la cuenta y deteniéndose, sintió
un estremecimiento.
Estaba rutilante, jamás la había visto así. A través
de la cristalera de la cafetería fue la impresión tan dura que no reparó en su
porte, en su esplendor, solo se impresionó con su presencia, su materialidad
plasmada precisamente allí, en el sitio donde él no deseaba encontrarla. Ahora
tan cerca, tan bella, tan sofisticada, tan serenamente distante le desarmó, le
diluyó su nerviosismo y le entregó rendido y desarmado sin contrapartida.
-
Está bien, María, lo que tu quieras. Lamento mucho tu disgusto por la
ruptura. A mí, como ves, me da igual, ni siento, como sabes; soy de alcanfor,
nunca tuve demasiados sentimientos. Venga tu, Cabezuelo, ¿dónde hay que firmar?
-
No cariño, no, vas a escuchar lo que te van a leer, no quiero que al
final digas ante un juez que se te engañó. Luego firmas si quieres o nos
peleamos en los tribunales, pero vamos, ya te digo que no te va a merecer la
pena, siempre se nos da la razón a nosotras.
Era hiriente, sobrada de soberbia y seguridad. Solo
su actitud afrentaba. Roberto era ya incapaz de controlar su irritación, el
violento cinismo contenido dejó paso a la agresión verbal.
-
¡Eres una adultera!
Con la mayor serenidad y su mejor y más estudiada
dulzura, lo que irritaba más aún a Roberto, le contestó sin dignarse dedicarle
una mirada
-
¡A la fuerza ahorcan!, me tenías abandonada.
No pudo evitar gritar atropellándosele la angustia
en su garganta.
-
¿Me vas a acusar de eso?, eras tu, que harta de follar con mi mejor
amigo no me dejabas tocarte.
Antonio viendo el cariz que tomaba la reunión
decidió intervenir para cortar aquel conato de incendio que amenazaba con
convertirse en un autentico infierno.
-
Señores, por favor. Dejemos los detalles escabrosos a un lado y vayamos
a lo práctico. Yo tengo otros asuntos que atender, mi tiempo vale dinero.
Siéntense por favor, voy a proceder a leer el documento y luego, si quieren, se
pelean, pero fuera de aquí.
-
No he sido yo la que ha empezado, me ha llamado adultera.
El escuchar aquella imprecación que él había
proferido, en boca de una María dolida le rebajó la temperatura de su
efervescente ánimo. Intento conciliar, rebajarse, humillarse para en un último
intento salvar lo imprescindible.
-
¿Por qué me haces esto?, Maria, por dios, ven a casa conmigo.
Roberto destrozado de pena no pudo evitar comenzar a
llorar. María, lejos de apiadarse se burló de él intentando que tardase en
cerrar la herida abierta.
-
Eres patético, no me explico cómo te he soportado todos estos años. Das
lástima, pero a mi no me engañas, te conozco a ti y a tus artimañas de perro
apaleado, ponte los disfraces que quieras, han sido muchos años de convivencia,
no me vas a convencer.
Ante la dureza, cruel e inmisericorde dureza, Larry
no pudo por menos que terciar. Se había propuesto no intervenir si no era para
proteger los intereses dinerarios de la ruptura de su amigo, pero esta actitud,
ya tan desairada, le hizo saltar.
-
Nunca lo habría pensado de ti. Me habría partido la cara con cualquiera
por defender tu bondad de corazón, ¿qué te ha pasado?, ¿no te da lástima?, ¿no
es suficiente con destrozarle el corazón, que además quieres verle desecho como
hombre?
-
¡Vaya!, mira quien tenemos aquí, el abogado de pleitos pobres. Larry
por favor, tu eres el menos indicado para hablar de bondades de corazón. ¿A
cuantas personas has destruido tu solo por dos miserables dólares? No me vengas
a hora con lecciones de moralidad. Mira, te voy a dar un consejo...
Larry irritado la interrumpió, no estaba dispuesto a
que nadie le diese consejos.
-
Consejos no pedidos, afrentan, así que guárdate las conclusiones
ilusorias de tus malditas experiencias para quien las necesite. Yo soy muy
viejo ya para aguantar intemperancias de una irreducible caprichosa que no sabe
guardar la mas mínima continencia si de colmar sus deseos se trata.
Las palabras de Larry dejaron muda a María que
cogida en falta por las aceradas y certeras palabras del amigo de su marido
optó por adoptar un aire digno y esperar a que el abogado comenzase la lectura
de sus exigencias, visiblemente azorada.
El abogado comenzó a desgranar con el inevitable
argot leguleyo toda una prolija explicación de antecedentes de derecho que
justificaban lo que allí estaba sucediendo para dejar lo que era toda una
tragedia de naufragio de relación reducida a palabras vacías que hacían pensar
que lo que se negociaba en aquel despacho no era más que un contrato de
suspensión de arrendamiento de servicios sin alma. Roberto no entendía el
porqué la justificación legal del abandono de su casa por parte de su mujer
debido a no se cuantos agravios que se podían enumerar según el código del que
se tratase en cada momento. Según lo entendía él, era el culpable de todo lo
que sucedía y por tanto el que iba a pagar los platos rotos; estaba dispuesto a
todo con tal de salir de allí cuanto antes, quería que todo acabase de una vez.
Se imaginaba atado a un somier metálico mientras se le aplicaba con delectación
la cruel picana a cada nuevo punto del contrato que su rencoroso compañero del
colegio leía. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo y le daba igual
quedarse en cueros con tal de escapar de aquel suplicio.
-
¿Cómo puedes reducir toda una vida, una vida feliz, a números y
cantidades? Todo lo que yo tengo es tuyo, no hacen falta abogados, pídemelo, yo
te lo doy, pero no me hagas pasar por esto, es indigno e inhumano.
-
Si te crees que te vas a ir de rositas a base de blandenguerías
intentando tocarme la fibra sensible, estas alucinando.
Antonio López quiso cortar radicalmente otro conato
de enfrentamiento visceral que en nada tenía que ver con lo que él estaba
negociando.
-
¡Por favor!, seamos civilizados. Continuemos. Roberto te ruego que no
vuelvas a interrumpir, mí tiempo, te reitero, vale dinero y al final ese dinero
saldrá de tu bolsillo, así que no vuelvas a interrumpir.
La monótona voz de Antonio López volvió al ataque
dispuesta a terminar hasta el punto final el documento de varias hojas que
sostenía en sus manos. Cuando la misericordia divina quiso que terminase la
tortura, dejó el documento sobre el cristal de la mesa y con una estúpida y
sosa sonrisa quedó mirando satisfecho a sus espectadores, satisfecho por un
trabajo, que en su opinión, estaba inmejorablemente hecho.
-
Bueno, ustedes tienen la palabra. Podemos acabar todo esto aquí mismo
mediante un acuerdo amistoso firmando este contrato o podemos dilatarlo, con el
consiguiente gasto, hasta llegar hasta el magistrado del Juzgado de Familia.
Les participo que a mi lo que mas me convendría es que no llegasen a un
acuerdo, pero..., en fin, la amistad que nos une me hace recomendarles que
firmemos aquí y ahora y terminemos todo este engorroso asunto de una buena vez.
Roberto, blanco como una lechada de cal, era incapaz
de articular palabra. Era imposible que alguien hablase tan fríamente de
aquello que a él le provocaba tanta angustia. Larry, no mudo el gesto, que
serio e imperturbable ofrecía al abogado el contrapunto de la faz de Roberto
haciéndole vacilar.
-
Bueno..., ustedes deciden.
Larry, imperturbable, se levantó de la silla
lentamente sin dejar de mirar a Antonio. Dejó que un silencio espeso cayese
sobre la reunión aumentando la expectación sobre cual sería su siguiente
movimiento. Con aplomo, serenidad y una firmeza que no dejaba lugar a replicas
se dirigió primero a Roberto y después al abogado. A María la ignoró.
-
Levanta Roberto, aquí ya no tenemos nada que hacer.
¿Me suministra usted una
copia de esa bazofia de documento o se la envía a mi abogado? Aunque sea
nauseabundo habrá que estudiarlo. Se le enviará la contrapropuesta en cuanto
sea posible.
-
Yo me permitiría recomendarles...
-
Las únicas recomendaciones que aceptamos son las de nuestro letrado, y
usted, gracias a dios, no lo es. Vamos Roberto, esto hiede.
El picapleitos tendió a Larry una carpeta con la
copia de lo que se había escuchado en aquel despacho y sin mediar palabra se
marcharon del bufete.
Salieron a la calle con Roberto aún chocado por la
experiencia, apoyado en todo momento por su amigo. Lo vivido hacía tan solo
unos minutos se le antojaba una mala pesadilla, estaba nebuloso en su memoria a
pesar de haber transcurrido tan poco tiempo. Aun no conseguía explicarse qué
podía haberse pasado por la cabeza de su mujer para someterle a una tortura
parecida, aunque lo que estaba claro es que María con este movimiento rompía
para siempre cualquier puente que aún quedase en pie entre ellos.
-
¿Te apetece una copa para relajar los nervios?
-
Déjalo Larry, prefiero irme a casa. Estoy cansado, además creo que he
quedado con Esther para charlar un rato, no se. Te lo agradezco de veras.
Quiero estar solo.
Sabía perfectamente que cabía la posibilidad de que
Esther fuese a su casa, estaba casi seguro que iría, pero se aprovechaba de su
estado de aturdimiento para no decir la verdad a su amigo. Tenía, sin saber
porqué, mala conciencia por haber quedado con Esther. De una manera que el no
comprendía se responsabilizaba de la ruptura y por eso intentaba ocultar su
cita, temía que Larry se lo reprochase cuando en realidad el primero que se lo
reprochaba era él. Estaba roto por aquella puesta en escena pero otra parte de
él estaba oscuramente ilusionado con la cita en su casa. Ansiaba llegar cuanto
antes no fuese a anticiparse su amiga, creyese que el no estaba para ella y se
marchase.
-
Cuando Cástor estudie el documento ya te llamaré.
-
Gracias Larry.
Roberto fue en busca de su coche. Deseaba
estrangular a María, pero si apareciese pidiendo perdón se desharía en
disculpas. A medida que pasaban los minutos y podía analizar con ecuanimidad la
dureza de los diálogos que en el despacho se habían producido más se irritaba.
Su instinto de conservación le impelía ha juramentarse cien mil venganzas para
inmediatamente odiarse por tener esos pensamientos. Necesitaba verse con
Esther, al parecer era la única que le entendía, a pesar del varapalo asestado
en el club que le dejó noqueado y no conseguía olvidar.
Nada mas salir por la puerta Roberto y Larry, María
saltó como impulsada por un resorte en actitud amenazante a Antonio.
-
Me dijiste que hoy mismo quedaría todo solucionado. Ahora ¿qué?,
¿cuanto voy a tener que esperar?, yo necesito el dinero.
-
Hay que esperar. Yo tampoco contaba con esto. Ese tipo que acompañaba a
tu ex no es ningún tonto, se tenía su lección aprendida. No te apures, si en
una semana no recibimos notificación planteamos la demanda y como no hay niños
por medio en más o menos un mes todo solventado.
-
Espero que no sea como lo de hoy. Me voy a volver a fiar de ti, aunque
no debía. No me falles.
Aquella reunión que se suponía resolutiva para sus
intereses había acabado en fiasco. En fiasco y más pronto de lo que ella
pensaba. Federico estaría a esas horas con los Antúnez en plenas negociaciones.
Marcó su número y esperó.
Contrariada al escuchar la voz metálica e impersonal
del ordenador que le informaba que el terminal al que llamaba estaba
desconectado o fuera de servicio, arrojó su teléfono con profundo malestar al
fondo del bolso.
¡Vaya!, pensó, esta tarde no le salía una a
derechas, primero el desengaño del abogado. Ella estaba convencida de que al
día siguiente iba enseñar la casa para venderla, el chalé podía esperar algo
más. Tenía un cliente medio apalabrado y tendría que demorar la muestra. Ahora
necesitaba hablar con Federico para decírselo y avisarle que habría que
ralentizar la compra y el muy imbécil tenía desconectado el móvil, aunque casi
con toda seguridad se habría quedado sin batería, era un despistado. Parada en
medio de la acera no sabía que determinación tomar, se estaba irritando
demasiado y lo que no quería era perder los nervios; las cosas no estaban
saliendo exactamente como ella lo había diseñado pero iban en la dirección
adecuada.
En fin, se conformó con lo que tenía y decidió no
volverse paranoica con los reveses de la tarde. Decidió ponerse optimista. Todo
se solucionaría, al fin y al cabo Roberto, bien mirado, estaba completamente
entregado y si no llega a ser por Larry todo se habría resuelto a su favor;
sería cuestión de poco, como dijo Antonio. Se iría al apartamento, se relajaría
con un buen baño perfumado y se prepararía para cuando llegase Federico que la
encontraría dispuesta para una noche de locura.
Tuvo que dar un par de vueltas antes de encontrar
aparcamiento. Echaba de menos el llegar al subterráneo y coger el ascensor
directamente a casa, pero eso se solucionaría en pocas semanas y tampoco había
que ser exigente. Finalmente encontró un espacio dos calles más allá y con
cierta aprensión abandonó su Mercedes. Al dar la vuelta a la esquina se quedó
parada, sorprendida, extrañada. El coche de Federico estaba aparcado allí mismo
cuando él lo dejaba en el garaje; quizá tenía prisa. Llegó a la conclusión de
que había terminado antes de la cuenta y se había llegado a casa. Eso podía ser
bueno o malo. Bueno porque quizá el acuerdo se había cerrado rápido, o malo
porqué no se había llegado a ningún acuerdo. Fuese como fuese se ilusionó
pensando que su amor estaba esperándola.
El baño se lo darían juntos, disfrutando cada segundo como ella había
aprendido con él que se puede disfrutar. Se sintió húmeda congratulándose de
esa reacción que ya pensaba perdida. El placer que se proporcionaba al caminar
le hacía esbozar una sonrisa de satisfacción y le debía conferir un aspecto tan
radiante que los viandantes le miraban con sorpresa al cruzarse con ella.
Mientras aguardaban a que el intratable fuego
consumiese la cáscara muerta, lejana y tangible de su madre, la sala VIP puesta
a su disposición servía de seno agradable en el que dejar pasar las
interminables cuatro horas hasta que les fuese entregada la urna con las
cenizas de Gloria.
Larry, protector y amoroso, acunaba a Blanca en sus
brazos consolándola. Esther se mantenía algo alejada dejando el espacio de
intimidad necesario para que no se sintiesen incómodos ninguno de los dos.
Larry susurraba algo a Blanca que Esther entendía a retazos, pero con la
suficiente amplitud para poder recomponer el sentido de lo que hablaban.
-
¿Qué vas a hacer ahora, cariño? Vente conmigo. Te repito que se hará lo
que tú digas.
-
No se. Saldré adelante, ahora con mi sueldo, solo para mi, no me
faltará de nada. recuerda que soy enfermera, reharé mi vida sin mi madre,
aunque me costará, yo nunca he tenido suerte, primero me quedo sin mi padre y
cuando parecía que todo se empezaba a arreglar lo de mi madre. En mi vida la
suerte nunca tuvo medro.
-
Tienes coraje y arrojo y presencia de ánimo. Podrías hacer lo que te
propusieses solo necesitarás voluntad de hacerlo y esa suerte que al parecer
nunca se ha cruzado en tu senda. No siempre se encuentra la suerte. Es algo que
no se aparece como tal, para la suerte siempre es carnaval, se disfraza, te
amaga, confunde, te engaña y cuando puedes reflexionar que es lo que te ha
sucedido..., ya ha pasado y puede que no vuelvas a estar en el mismo sitio a la
misma hora que ella. No es la suerte esquiva, somos esquivos los hombres que la
desdeñamos, sin reconocerla, porque no tenemos las experiencia necesaria que da
la sabiduría de ser humilde para fijarse en lo que menos llama la atención.
-
Larry, todo eso que dices está muy bien, pero yo de momento me conformo
con poder llegar a mi casa y no derrumbarme de desesperación al saber que mi
madre no va a volver a estar. Todo lo demás me sobra.
-
Te sobra, ahora. Cuando aceptes lo que te ha sucedido se te planteará
abrirte nuevos horizontes. No te desperdicies, no te abandones al dolor, date
una oportunidad y que tu madre desde donde quiera que se quede se sienta orgullosa
de su hija.
Se que es difícil, a pesar
de todo tropezarse con la suerte, pero eso se suple con la experiencia, que a
ti, con todo, te falta; yo te la prestaré, estaré a tu lado, te apoyaré y la
suerte vendrá a ti. No me niegues la ayuda, te quiero, perdóname por
aprovecharme de ti. Perdóname por creer que tenía comprado tu corazón. Has
sacado a la superficie en mi registros que yo creía ya sepultados entre el
escombro de la infinidad de derrumbes y desengaños que generosamente te ofrece
la vida. Me has hecho de nuevo, sin querer posiblemente, pero tu elegancia de
espíritu ha conseguido darme una buena lección; y no soy yo gente predispuesta
a asumir en público mis errores, pero a ti te los confieso, ya no quiero ser
como antes, quiero ser como soy ahora contigo o no seré más.
El rico, fuerte y arrogante Larry pidiendo perdón
tocó un corazón lacerado por la perdida querida. Sintió en ese momento algo
nuevo, una extraña sensación de blandura y cercanía que solo de lejos se podría
asimilar a lo que sentía por su madre, trufada de calidez, ternura, intimidad,
comunidad de intereses, algo difícil de expresar con ideas pero muy fácil de
expresar con las manos, los ojos, los labios. Miró a los ojos de Larry y le
pasó la seda de sus dedos por las mejillas en un gesto que él no conocía de
ella y le inundó los ojos de lágrimas. Al verle emocionarse con su caricia ella
se conmocionó y le apretó en un abrazo sincero.
-
Cuando acabe todo, quiero irme de aquí, Larry. Todo me traerá
recuerdos, unos buenos, de mi madre, otros malos, esos que queremos olvidar. Si
quieres que empecemos de nuevo tendrá que ser en otro lugar.
El llanto de Larry se hacía ya convulso al escuchar
lo que le acababa de decir Blanca. Ella le fue serenando a base de caricias
hasta que volvió a recomponer su gesto y pudo articular palabra.
-
¿Te parecería bien Nueva York?, ¿lo suficientemente lejos para poder
volver a empezar?
-
Me parece bien, pe-pero, ¿tienes casa allí?
-
Se compra. ¿Para que es el dinero?, además, tu te mereces lo que tu
quieras. ¿Conoces el edificio Dakota?, frente Central Park, ya sabes donde
Lennon... Ahora mismo llamo a mi agente en NY y le digo que empiece a moverse.
Larry volvía a ser el de siempre, un torbellino de
firmeza de carácter y decisión, si tenían que hacerse las cosas se hacían, y
ya. Se levantó con la inusitada agilidad que solo le prestaba la ilusión y la
esperanza, sacó su móvil y llamó a su agente Peter Jr.
Al ver Esther que Larry se apartaba para llamar por
teléfono se acercó junto a Blanca.
-
¿Reconciliación?
-
No exactamente reconciliación. Ahora sabiendo que me van a devolver a
mi madre en una urnita, no sabría explicarlo, me he sentido muy sola y lo que
es peor sin fuerzas para dejar de estarlo. Es una extraña sensación, ganas de
estar a solas y miedo a quedarme así. Me ha hablado con el corazón y me he
sentido acompañada. Me ha despertado ternura y paz sobre esa base de amargura y
desesperación que me ha dejado la ausencia de mi madre. No suponía que
sentimientos así pudieran coexistir; no he dejado de sufrir y al tiempo una
brisa suave de serenidad y paz me ha invadido cuando su corazón ha hablado.
Cuando además ha derramado lagrimas de sentimiento verdadero no he podido
resistirlo, le he dicho que si, pero lejos de aquí. Ahí le tienes como un niño
pequeño, ilusionado, hablando con su agente en NY para que le busque un piso en
Manhattan.
-
¿Invitarás, eh sinvergüenza? Es broma, me alegro muchísimo por ti sobre
todo. Por Larry también, es un buen hombre y ha pasado mucho con lo de su
mujer. En él se da eso de que el dinero no hace la felicidad y la apostilla
cínica de que ayuda a conseguirla en absoluto se encarna en él, la capacidad
que tiene de hacer dinero sin dificultad es mas una condena que una bendición.
Nunca lo ha valorado más que para lo que vale. No es un esclavo del dinero, te
hará feliz.
-
Espero devolverle la felicidad esa que el me quiere dar al menos en la
misma medida. La verdad es que he sido algo egoísta. No me apetecía en absoluto
volver a la rutina del hospital, con sus miserias y sus intereses pequeño-burgueses
de todos, desde el pinche de cocina hasta el sinvergüenza del Gerente que se lo
lleva crudo y después no hay ni para compresas. No se si me apañaré con el
idioma, ya veremos.
-
Ni te apures, la cuarta parte de la población habla español y eso
tratándose de NY es muchísimo. ¿Irás a Tiffany?, seguro. Cuéntamelo. Hija ¡que
suerte!
En ese momento se acercó Larry que después de hacer
varias llamadas exhibía una amplia sonrisa en medio de un rostro relajado y
feliz.
-
Ya está. Un apartamento de los pequeños en el Dakota, un dúplex
chiquito que ocupó hasta su muerte una actriz de Hollywood de los años veinte
con un nombre extranjero rarísimo.
-
Espera, Larry, ¿qué es para ti pequeño? Pequeño y no mucho es el piso
de Blanca, ¿de cuantos metros estamos hablando?
-
Tratándose del Dakota, pequeño, sin sauna, ni gimnasio ni nada de eso.
No llega a quinientos metros, que en dos plantas, tampoco es para echarse las
manos a la cabeza.
Blanca abrió la boca sorprendida y no pudo más que
reprimir la carcajada, que de nerviosismo, se le vino a traición. Rápidamente
se echó las manos a la boca al tomar conciencia de donde se encontraba. Pero la
expresión de ojos, muy abiertos no hubo forma de quitársela hasta que apareció
un funcionario del tanatorio para avisar que la cenizas de Gloria esperaban
para ser recogidas. Se le contrajo en ese momento la expresión a su hija
buscando instintivamente a Larry que la escondió entre los pliegues de su alma,
acariciando con exquisita ternura su cabeza.
-
Ya ha terminado todo cariño mío, ya ha terminado todo.
4.11.12

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