La luz de otoño, dorada
como las manzanas maduradas en su árbol, se filtraba por los vidrios antiguos
de la ventana de su dormitorio, estrellándose sobre la mesa camilla y
derramando su agonía de mieles rubias y espesas como las de sus desayunos
infantiles en casa de la abuela. Las ventanas, nevadas del polvo de meses
hacían de tamiz, un reto para los rayos del sol que se proponían
atravesarlos desde el horizonte, tras el que se disponía ya a dormirse, allá en
poniente, por donde se deja caer agotado al cabo del día. Esas saetas ambarinas
y sesgadas hacían del ambiente un ballet de motas diminutas de polvo demorado
en el aire que al verse sorprendido por la mano vacía de interés, agitado en su
danza, se escapaba a regiones más discretas.
La mano vacilante, desesperada y sola, jugueteaba sin
finalidad con los postreros rayos, fríos ya por el aburrimiento de la lejanía,
mientras decidía si acercarse a la copa dulce y amiga que escribiese el
epilogo. Una mano vellosa y nervuda, de piel manchada y seca, tan distinta de
aquella otra tersa y ágil, despreocupada e inocente, que gozaba resbalando por
entre los pechos de su reina, se acercó despacio y acarició apenas con las
yemas de sus dedos la superficie lisa del vaso. Separando la mano con
premeditada lentitud se la acercó a sus ojos y se entretuvo observando los
dedos consumidos con fingida curiosidad, las uñas crecían ahora más deprisa que
hacía años o el tiempo era el que corría deprisa para darle alcance a él. Pero
se topó, maldita enfermedad, con ella y debió conformarse, llevándosela. De los
cansados, húmedos y entrecerrados ojos se deslizaron unas cuantas lágrimas, que
rodaron mejilla abajo, hasta rendir viaje en las comisuras de la boca, mientras
el grueso del pelotón elegía el camino de la nariz para buscar su ansiada
libertad. De la punta justo, se despeñó hasta la mesa una gota de liquido
trasparente y filante reflejando en su caída el angulado rayo de sol que se
resistía a dejar de iluminar la escena.
Con la mirada perdida en el vacío, lleno del sueño del
sol, arrastró sin mucha convicción la gota desprendida de su nariz terminando
de secarse la mano en las faldas de la camilla. Del vacío al vaso,
alternativamente, y a la tela de la camilla, levemente húmeda de su lágrima de
dolor, iba su mirada, acariciando cada detalle, cada textura. Sin motivo
aparente, cómo suelen ser las razones de más peso, se cubrió el rostro con las
manos y se abandonó al sollozo fácil y blando.
El sol terminó finalmente por perderse en la lejanía
haciendo el guiño de reflejo malva en las nubes del cielo de atardecida y la
habitación fue sumiéndose en las sombras que hiciesen juego con las que
cruzaban el semblante al anciano. La mano temblorosa buscó a tientas el
interruptor de línea en el cable de la lamparita de pie que le regaló a ella,
ya ni se acordaba cuando, para que pudiese bordar en las largas y tediosas
noches de invierno mientras él apuraba el tiempo observándola con la misma
ilusión de cincuenta años atrás, cuando era incapaz de dejarle dar tres
puntadas seguidas sin cubrirle la cara y las manos de besos. La bombilla con
sus meses de polvo y desesperación encima, iluminaba con un denso color sucio
parte de la mesa camilla dejando en penumbra el resto de la habitación. La
mortecina luz se hundía en el liquido trasparente del vaso levantando reflejos
iridiscentes que herían la pupila del hipnotizado espectador. Estaba absorto en
la contemplación del líquido, como si de su observación dependiese su vida y
pasaban los minutos sin que moviese ni un solo músculo. Finalmente con gesto
vacilante acercó las manos al vaso, tomándolo con las dos al tiempo, sin dejar
de observarlo. Lo levantó despacio, recreándose en la acción hasta dejarlo a la
altura de los ojos y sin dejar de mirarlo esbozó una mueca parecida a una
triste sonrisa para volver a derramar lágrimas pacificas y agónicas, más de
impotencia que de dolor.
Otra vez dejó reposar, con cuidado de amante, el vaso
sobre la mesa y rebuscó en sus bolsillos hasta dar con el pañuelo que le secase
las lágrimas. Quedó agotado, rendido y entregado, después de limpiarse los ojos
casi sin vida ya, reposando la cabeza en una de la orejas del sillón. Cerró
lentamente los párpados y se durmió al instante con una respiración agitada que
reflejaba sufrimiento. El vaso sobre la mesa veló el sueño inquieto del
anciano, como lo hizo el día anterior y el otro y el otro. Y así aburridamente
desde hacía cuatro meses.
Era de ella el sillón y no consintió moverse de él desde
que cuatro meses atrás tomó la determinación de reunir fuerzas para poder
iniciar el viaje que le llevase a su lado. Sosegadamente, con alegría, se había
preparado el vaso de viático que le condujera de la forma más certera junto a
su amada, pero la cobardía es la divisa del débil y a su edad solo cabía
dolerse, nunca rebelarse. No cesaba de pensar y angustiarse porque ella, que
era su fortaleza, ya no le acompañaba. Iba a ser la primera vez en la vida que
tuviese que llevar a cabo algo trascendente sin que ella estuviese a su lado,
dándole calor, galvanizando sus miedos, disipando sus temores al error. Y así,
en la angustia del amor anhelado e imposible de alcanzar, porque ella se había
alejado de su lado, transcurrieron los cuatro meses en que a nadie consintió
que moviese un dedo en la habitación desde la que ella se marchó a esperarle del otro lado.
Cada día quedaba absorto y magnetizado por el vaso lleno
del agua mágica que le conduciría, de beberla, hasta su cielo. Y cada día se
quedaba dormido con la pena de no tener el valor de traspasar su cobardía, su
egoísmo, aún sabiendo que ella le esperaba con los brazos abiertos y la sonrisa
angelical en su boca, con solo que él se atreviese a comulgar del cáliz que
aguardaba paciente sobre la mesa.
Y cada vez que él se quedaba dormido una amorosa y
condescendiente mano sustituía el líquido, agua mineral, por más agua mineral
nueva y fresca sin que él lo supiese, desde que le quitaron el primero que él
con tanta dedicación y amor se preparó para poder viajar al jardín del edén
junto a su novia eterna.
De madrugada se desvelaba, como siempre, y agradecía a la
sonda el no tener que levantarse, abandonar el sitial que ella ocupó primero y
sentirla cerca. Poder quedarse mirando el vaso con los ojos rasos de lágrimas y
como los niños pequeños quedarse dormido una vez más, acunado por la lágrimas
de la pena y la impotencia.
Otra mañana. Vuelta a fijar los ojos esperanzados en
poder reunir el valor suficiente para poder acercarse el vaso a los labios y
alcanzar al fin la ansiada unión. Y como siempre el sol volvía a derramar su
fluido amarillo, espeso como bilis, sobre la mesa y el vaso de sus anhelos,
antes de dejar la habitación sumida en la desesperación de las expectativas no
colmadas.
Ésa tarde fue diferente. Algo comenzó a moverse en su
interior. El corazón cansado y remolón, comenzó a saltar en su pecho. Tuvo la
certeza de que algo importante iba a suceder. Observó el vaso; era ya distinto. No pesaba toneladas en su
cabeza, se le antojaba liviano y atrayente. Respiró hondo y comprendió que la
vida volvía a correr por sus venas. ¿Cómo podía él renunciar a lo que no tenía?
¡Lo acababa de descubrir en medio de gran excitación! Estaba muerto, en el
limbo de la muerte, por eso no era capaz de beber su fin. Pero ahora se sentía
lleno de vitalidad, si quisiese podría salir corriendo, pero lo que venía
esperando desde que lo decidió hacia cuatro meses, era la prioridad. El corazón
cada vez cabalgaba más deprisa y de tanto que corría, casi le faltaba el aire y
se le nublaba la vista y le zumbaban los oídos, volvía a ser joven, se lo
notaba; cómo cuando la conoció en el jardín del pozo, que casi pierde el conocimiento al rozarle
sus dedos con los suyos..., clavadito a lo que ahora notaba y era porque ella
venía a buscarle y solo hacía falta que bebiese de la copa del amor para vivir
con ella eternamente.
El sudor empezó a humedecer primero y mojar francamente
después la piel de su frente y reclutando gota a gota, correr hasta encontrar
la barrera de sus cejas que pronto fue rebasada para producir el escozor en los
ojos que le obligaba a entrecerrarlos.
Y así, a medio tientas, sus manos dieron con el vaso de
la mesa. Lo aferró como el alpinista su piolet y con franco temblor se lo
acercó a la boca. Tuvo una última vacilación que hizo que detuviese la mano
cuando el vaso llegaba a su destino y parte del preciado líquido se derramó en
sus piernas. Se sobresaltó y con decisión, que incluso a él extrañó, terminó de
acercar el brebaje a su boca. Su nariz estaba preparada para recibir el aroma
sutil del bebedizo y el no percibir olor alguno fue achacado a la perdida de
facultades que en pocos segundos ya no sería problema.
Nada más sentir el líquido en los labios, el corazón le
dio un salto en su pecho e intentó salírsele
por la boca. ¡Efectivamente era el amor que hacía de él otro hombre, el
que siempre fue, el que ella conoció!. La luz del sol se ausentó de sopetón de
sus ojos y los brazos le desfallecieron, seguramente de amor.
El vaso se precipitó sobre su regazo, empapándole, pero
ya no se daba cuenta, rebotó y cayó al suelo con el estrépito del vidrió roto,
pero ya no se daba cuenta. Al ruido seco y urgente acudieron los que aguardaban
lo peor y exclamaron de dolor, pero ya no se daba cuenta.
El feliz anciano no se podía dar cuenta. Estaba ya a
millones de kilómetros de emoción, cogido de la mano de su amada, recorriendo
ambos, plenos de ternura, el jardín del pozo, aquel en el que por poco se
desmaya al rozarle sus dedos con los suyos.
30.11.12

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