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viernes, 30 de noviembre de 2012

EL VASO DE LA ESPERANZA

El vaso de la Esperanza

La luz de otoño, dorada como las manzanas maduradas en su árbol, se filtraba por los vidrios antiguos de la ventana de su dormitorio, estrellándose sobre la mesa camilla y derramando su agonía de mieles rubias y espesas como las de sus desayunos infantiles en casa de la abuela. Las ventanas, nevadas del polvo de  meses  hacían de tamiz, un reto para los rayos del sol que se proponían atravesarlos desde el horizonte, tras el que se disponía ya a dormirse, allá en poniente, por donde se deja caer agotado al cabo del día. Esas saetas ambarinas y sesgadas hacían del ambiente un ballet de motas diminutas de polvo demorado en el aire que al verse sorprendido por la mano vacía de interés, agitado en su danza, se escapaba a regiones más discretas.
La mano vacilante, desesperada y sola, jugueteaba sin finalidad con los postreros rayos, fríos ya por el aburrimiento de la lejanía, mientras decidía si acercarse a la copa dulce y amiga que escribiese el epilogo. Una mano vellosa y nervuda, de piel manchada y seca, tan distinta de aquella otra tersa y ágil, despreocupada e inocente, que gozaba resbalando por entre los pechos de su reina, se acercó despacio y acarició apenas con las yemas de sus dedos la superficie lisa del vaso. Separando la mano con premeditada lentitud se la acercó a sus ojos y se entretuvo observando los dedos consumidos con fingida curiosidad, las uñas crecían ahora más deprisa que hacía años o el tiempo era el que corría deprisa para darle alcance a él. Pero se topó, maldita enfermedad, con ella y debió conformarse, llevándosela. De los cansados, húmedos y entrecerrados ojos se deslizaron unas cuantas lágrimas, que rodaron mejilla abajo, hasta rendir viaje en las comisuras de la boca, mientras el grueso del pelotón elegía el camino de la nariz para buscar su ansiada libertad. De la punta justo, se despeñó hasta la mesa una gota de liquido trasparente y filante reflejando en su caída el angulado rayo de sol que se resistía a dejar de iluminar la escena.
Con la mirada perdida en el vacío, lleno del sueño del sol, arrastró sin mucha convicción la gota desprendida de su nariz terminando de secarse la mano en las faldas de la camilla. Del vacío al vaso, alternativamente, y a la tela de la camilla, levemente húmeda de su lágrima de dolor, iba su mirada, acariciando cada detalle, cada textura. Sin motivo aparente, cómo suelen ser las razones de más peso, se cubrió el rostro con las manos y se abandonó al sollozo fácil y blando.
El sol terminó finalmente por perderse en la lejanía haciendo el guiño de reflejo malva en las nubes del cielo de atardecida y la habitación fue sumiéndose en las sombras que hiciesen juego con las que cruzaban el semblante al anciano. La mano temblorosa buscó a tientas el interruptor de línea en el cable de la lamparita de pie que le regaló a ella, ya ni se acordaba cuando, para que pudiese bordar en las largas y tediosas noches de invierno mientras él apuraba el tiempo observándola con la misma ilusión de cincuenta años atrás, cuando era incapaz de dejarle dar tres puntadas seguidas sin cubrirle la cara y las manos de besos. La bombilla con sus meses de polvo y desesperación encima, iluminaba con un denso color sucio parte de la mesa camilla dejando en penumbra el resto de la habitación. La mortecina luz se hundía en el liquido trasparente del vaso levantando reflejos iridiscentes que herían la pupila del hipnotizado espectador. Estaba absorto en la contemplación del líquido, como si de su observación dependiese su vida y pasaban los minutos sin que moviese ni un solo músculo. Finalmente con gesto vacilante acercó las manos al vaso, tomándolo con las dos al tiempo, sin dejar de observarlo. Lo levantó despacio, recreándose en la acción hasta dejarlo a la altura de los ojos y sin dejar de mirarlo esbozó una mueca parecida a una triste sonrisa para volver a derramar lágrimas pacificas y agónicas, más de impotencia que de dolor.
Otra vez dejó reposar, con cuidado de amante, el vaso sobre la mesa y rebuscó en sus bolsillos hasta dar con el pañuelo que le secase las lágrimas. Quedó agotado, rendido y entregado, después de limpiarse los ojos casi sin vida ya, reposando la cabeza en una de la orejas del sillón. Cerró lentamente los párpados y se durmió al instante con una respiración agitada que reflejaba sufrimiento. El vaso sobre la mesa veló el sueño inquieto del anciano, como lo hizo el día anterior y el otro y el otro. Y así aburridamente desde hacía cuatro meses.

Era de ella el sillón y no consintió moverse de él desde que cuatro meses atrás tomó la determinación de reunir fuerzas para poder iniciar el viaje que le llevase a su lado. Sosegadamente, con alegría, se había preparado el vaso de viático que le condujera de la forma más certera junto a su amada, pero la cobardía es la divisa del débil y a su edad solo cabía dolerse, nunca rebelarse. No cesaba de pensar y angustiarse porque ella, que era su fortaleza, ya no le acompañaba. Iba a ser la primera vez en la vida que tuviese que llevar a cabo algo trascendente sin que ella estuviese a su lado, dándole calor, galvanizando sus miedos, disipando sus temores al error. Y así, en la angustia del amor anhelado e imposible de alcanzar, porque ella se había alejado de su lado, transcurrieron los cuatro meses en que a nadie consintió que moviese un dedo en la habitación desde la que ella se  marchó a esperarle del otro lado.
Cada día quedaba absorto y magnetizado por el vaso lleno del agua mágica que le conduciría, de beberla, hasta su cielo. Y cada día se quedaba dormido con la pena de no tener el valor de traspasar su cobardía, su egoísmo, aún sabiendo que ella le esperaba con los brazos abiertos y la sonrisa angelical en su boca, con solo que él se atreviese a comulgar del cáliz que aguardaba paciente sobre la mesa.
Y cada vez que él se quedaba dormido una amorosa y condescendiente mano sustituía el líquido, agua mineral, por más agua mineral nueva y fresca sin que él lo supiese, desde que le quitaron el primero que él con tanta dedicación y amor se preparó para poder viajar al jardín del edén junto a su novia eterna.
De madrugada se desvelaba, como siempre, y agradecía a la sonda el no tener que levantarse, abandonar el sitial que ella ocupó primero y sentirla cerca. Poder quedarse mirando el vaso con los ojos rasos de lágrimas y como los niños pequeños quedarse dormido una vez más, acunado por la lágrimas de la pena y la impotencia.
Otra mañana. Vuelta a fijar los ojos esperanzados en poder reunir el valor suficiente para poder acercarse el vaso a los labios y alcanzar al fin la ansiada unión. Y como siempre el sol volvía a derramar su fluido amarillo, espeso como bilis, sobre la mesa y el vaso de sus anhelos, antes de dejar la habitación sumida en la desesperación de las expectativas no colmadas.
Ésa tarde fue diferente. Algo comenzó a moverse en su interior. El corazón cansado y remolón, comenzó a saltar en su pecho. Tuvo la certeza de que algo importante iba a suceder. Observó el vaso;  era ya distinto. No pesaba toneladas en su cabeza, se le antojaba liviano y atrayente. Respiró hondo y comprendió que la vida volvía a correr por sus venas. ¿Cómo podía él renunciar a lo que no tenía? ¡Lo acababa de descubrir en medio de gran excitación! Estaba muerto, en el limbo de la muerte, por eso no era capaz de beber su fin. Pero ahora se sentía lleno de vitalidad, si quisiese podría salir corriendo, pero lo que venía esperando desde que lo decidió hacia cuatro meses, era la prioridad. El corazón cada vez cabalgaba más deprisa y de tanto que corría, casi le faltaba el aire y se le nublaba la vista y le zumbaban los oídos, volvía a ser joven, se lo notaba; cómo cuando la conoció en el jardín del pozo,  que casi pierde el conocimiento al rozarle sus dedos con los suyos..., clavadito a lo que ahora notaba y era porque ella venía a buscarle y solo hacía falta que bebiese de la copa del amor para vivir con ella eternamente.
El sudor empezó a humedecer primero y mojar francamente después la piel de su frente y reclutando gota a gota, correr hasta encontrar la barrera de sus cejas que pronto fue rebasada para producir el escozor en los ojos que le obligaba a entrecerrarlos.
Y así, a medio tientas, sus manos dieron con el vaso de la mesa. Lo aferró como el alpinista su piolet y con franco temblor se lo acercó a la boca. Tuvo una última vacilación que hizo que detuviese la mano cuando el vaso llegaba a su destino y parte del preciado líquido se derramó en sus piernas. Se sobresaltó y con decisión, que incluso a él extrañó, terminó de acercar el brebaje a su boca. Su nariz estaba preparada para recibir el aroma sutil del bebedizo y el no percibir olor alguno fue achacado a la perdida de facultades que en pocos segundos ya no sería problema.
Nada más sentir el líquido en los labios, el corazón le dio un salto en su pecho e intentó salírsele  por la boca. ¡Efectivamente era el amor que hacía de él otro hombre, el que siempre fue, el que ella conoció!. La luz del sol se ausentó de sopetón de sus ojos y los brazos le desfallecieron, seguramente de amor.
El vaso se precipitó sobre su regazo, empapándole, pero ya no se daba cuenta, rebotó y cayó al suelo con el estrépito del vidrió roto, pero ya no se daba cuenta. Al ruido seco y urgente acudieron los que aguardaban lo peor y exclamaron de dolor, pero ya no se daba cuenta.
El feliz anciano no se podía dar cuenta. Estaba ya a millones de kilómetros de emoción, cogido de la mano de su amada, recorriendo ambos, plenos de ternura, el jardín del pozo, aquel en el que por poco se desmaya al rozarle sus dedos con los suyos.

30.11.12

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