Ya estaba otra vez allí. Que alegría y que sudores. Era el
90-60-90 perfecto, cercanos los cuarenta, uf, que barbaridad. ¿Y el trajecito
de marras?, se lo ponía adrede para provocar, eso era seguro. Que manera de
ajustarse esa tela, ¡que escote!, ese canalillo insinuante perdiéndose en las
profundidades de toda fantasía. ¡Hasta el infinito y mas allá!. Pasado el
primer sobresalto se imponía la profesionalidad. Estaba dispuesto a sacarle
toda la zapatería si fuese necesario.
Sentada, se dispone a probarse todo,
y yo a probarle todo..., ejem, bueno todo lo que se pueda poner en los pies,
vamos, zapatos, sandalias, babuchas, lo que haya. Los lametones a esos dedos
desnudos los dejaremos para mejor momento.
Y ahora, lo peor, de hinojos,
postrado, tocando, acariciando, sintiendo sus pies en mis manos. ¿Sudados?,
mejor, le pondré unos pinkis, se los ajustare con mimo, alargaré el momento, lo
saboreare mientras me embargo con ese perfume que se me clava en el sentido y
me hace temblar los dedos trémulos de sensualidad. Se me escapa la mirada, no
lo voy a resistir, no quiero, pero lo voy a hacer. ¡Esta mujer es la diosa de
la crueldad!, no podía haberse puesto la falda por debajo de las rodillas, ¡no!
Tenía que llevarla exactamente hasta justo encima de las rodillas. Que esa es
otra, ¿rodillas?, Dios ¡que rodillas!, convexidad perfecta, tersura de piel
tensa y suave, quien se resistiría a caerse, accidentalmente, por supuesto, al
levantarse para ir por mas zapatos. Era a propósito, seguro, estaba estudiada
esa minúscula, suficiente, precisa apertura de piernas para que la vista se
perdiese hacia otros mundos. No lo aguanto más y levanto durante medio segundo
la vista. No puede ser, no, no, no es real, me he equivocado. ¡¡Auxilio!!,
Aggg. No las lleva, no las lleva, sudo, tiemblo, ¡NO LLEVA BRAGAS! Y ahora
¿quien se levanta?, esto no hay quien lo
disimule, esta entrepierna mía en un escándalo, un compendio de pornografía.
Lo juro, no lo hice a propósito,
me caí de verdad, estaba nervioso y corrido de vergüenza por mi evidencia
anatómica. Fue un instante, solo un contacto con esa rodilla izquierda y el
mundo adquirió colores de caleidoscopio. En ese minúsculo momento recogí toda
la información de aquella piel que se habría necesitado siglos de otra manera
en recopilar, calor, tersura, firmeza; imposible sustraerse a todo aquel
universo de sensualidad. Llegué levitando al almacén y dude entre volar al váter
o darle gusto al cuerpo directamente allí mismo, vaciándome junto a la
estantería, aunque lo mismo a mi jefe le sentaba mal, que era el hombre seriote
y muy picajoso, y no era cuestión. Me prometí que en cuanto llegase a casa
estuviese haciendo lo que estuviese haciendo la parienta, le iba a echar un
polvo cósmico, ¡vaya que si se lo echaba!
Que ilusión, ¿cuánto tiempo haría
que no hacían su mujer y él una locura de estas?; desde que nació el pequeñajo.
Pero hoy, iba a ser diferente y se lo tendría que agradecer a la diosa de los
zapatos. Recompuesto, dignificado en el quehacer de hortera zapateril regreso
con una pila de cajas de zapatos de tacón de aguja. Pero, ¿si estaba probándose
zapatitos de mañaneo, porque ahora los de tacón de aguja? ¡Ea! Los mas altos de
todos y ahora se pondrá de pie y yo de rodillas, ¿a qué altura me quedo? ¡Ya
estoy perdiendo los papeles otra vez! ¡Digo!, de pie y ahí estoy yo, me separa
del paraíso oscuro una tenue tela de magnifica
caída y ajuste, huelo su triangulo de las Bermudas y estoy a punto de
perderme. Decido, pase lo que pase, ponerme en pie, no soporto esa cercanía,
sabiendo lo que no debería saber y si se me nota pues mejor. ¿Porque suceden
las cosas?, seguro que hay alguien empeñado en fastidiarnos aprovechándose de
lo que nosotros etiquetamos de casualidades. Justo en el momento que me levanto
ella se da la vuelta y se agacha a coger el tabaco del bolso. Esta tía, además
de estar como un queso debe ser tonta, es que no sabe que no se puede fumar en
los lugares públicos, ¿por qué tuvo que hacer ese gesto, y en ese preciso
momento? Un choque de trenes, un terremoto, el Armagedón o algo parecido fue el
choque de mi yo mas intimo y enardecido contra su ella mas redondo y firme. Fue
todo rápido como el rayo y lento como el dolor de jaqueca que nunca se acaba.
Esperé incólume la bofetada y el revuelo posterior, me lo tenía merecido por
estúpido, ¿quién me mandaba a mi tener imaginación? El pelo suelto bailó en el
aire al volver la cabeza y estrellar su ojos en los míos. Ahora, ahora me la
pega. Espera tensa y esbozo de excusas mecánicas. Oh ¡Dios! no podía ser, ¿qué
era esa media sonrisa?, y ¿ese mohín con los labios?, los párpados acariciando
el aire que yo respiraba con las pestañas largas, suaves, sedosas,
aterciopeladas, cálidas. He debido perder el juicio o me he desmayado, la
hostia vendrá ahora.
¿Qué problema, ni que problema? Mi
jefe es carajote, ¿qué problema iba a haber?, que no quería mas zapato ni mas
horma que la que yo pudiera proporcionarle. Con un volveré mañana y una mano tendida en plan saludo inocente que
no era cuestión de empezar allí mismo, se me despide y oh sorpresa esa mano
fina, blanca, cuidada, pequeña, albergaba el mejor de los secretos. Quedó en la
mía, grande tosca y sudosa un pequeño trozo de cartulina, nívea, inmaculada,
guardando el tesoro de los Mayas, número de teléfono y una dirección, sin
nombre. Trague saliva mientras la veía alejarse hasta la puerta, suficiente,
segura, sobrada.
Toda la mañana pensando ¿cuándo?, ¿qué excusa?,
¿cómo sería? Inundó mi mente como un virus destructor, como una
alienígena lejana con malas intenciones: la imagen de mi mujer. Era buena y
estaba buena, coño, yo no podía hacerle eso y menos con cinco años de vida en
común nada mas, ¡si estaban casi en la luna de miel! ¡No soy cabrón!,
joder, esa cochinada no se la puedo hacer yo a mi pequeña. El
arrepentimiento de lo imaginado golpea duro. Hago mil pedazos la tarjeta y la
tiro a la calle; los coches que pasan, levantan una nube de papelitos que se
pierde en el tráfago del transito, y vuelvo a ser yo, amante marido y padre de
familia. ¡Que polvo vamos a echar! Hoy ni comida ni leches, hoy vamos a estar
holgando hasta que me tenga que volver a abrir la puñetera tienda y como
estemos bien, ni abro, ¡al jefe que le den y a la zapatería..., ni te digo! Es
que estoy enamorado como un borrico, se me fue la olla, y no era para menos,
que la tía estaba de bandera, pero ya he recuperado la cordura o a lo peor la
he perdido definitivamente.
No van a pasar las horas hasta
que llegue a casa, se me hará interminable. Pero no hay plazo que no se cumpla
ni letra que no venza.
Quiero sorprenderla. La llave, en
la cerradura, despacito, que no me oiga. Entro, cocina vacía, recogida; es que
es una joya, como ella nadie. Huele a gloria, ¡mira que guisa bien la joia!,
salita vacía, perfecta, en penumbra y la varita de incienso a punto, que sabe
que me gusta el sahumerio, pero, ¿donde coño está? Camino con pasos lentos,
mullidos y quedos hasta el dormitorio. ¡Ahí está! De espaldas, me acerco y le
hago sentir mi presencia inmensa, intensa, explosiva y dura. Ella se va volver
loca de pasión, me voy a desmayar de excitación y ella de lujuria.
-
¿Qué haces, imbécil? No ves que estoy dando el pecho al
niño, que estás muy salido. Es en lo único que sabes pensar, en lugar de
ayudarme, que estoy yo sola para todo, tu con decir que estás muy cansado es
suficiente. Pues tú no eres el único que trabaja, te enteras. ¿Y la niña?, ¡ay
dios mío! ¡Se te ha olvidado recogerla de la guardería! se te ha olvidado, ¿es
que no sabes que tienes que recogerla?, ¡inútil!, que no vales ni para hacer
puñetas, ¡mi niña!, tiene que estar hecha una magdalena, ¡venga, vete a
buscarla ya y déjame en paz!. Si ya me lo decía mi madre, que no eras hombre
para mí.
Camino de la guardería no
encontraba epítetos que aplicarme. Y la tarjeta perdida, tirada a la calle en
un ataque de honradez. ¡Gilipollas!, la próxima vez no iba a comportarse tan
legal, a ver la cara que ponía su mujer cuando la pusiese los puntos.
¡Estúpido!, no habría mas tarjetas, ese tranvía era único en la línea de su
vida y ya había pasado.
La niña estaba sentada en el
bordillo jugando con las piedrecitas del suelo. Se le humedecieron los ojos al
verla. El, por mucho que se empeñase, ya no estaba para aventurillas. Su mujer,
como siempre, tenía razón, no era más que un salido que siempre estaba pensando
en lo mismo. Efectivamente estaba hecho ya todo un adulto.
7.11.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario