La única bombilla que
iluminaba, triste y melancólica aquella esquina, asistía día a día, como la
esfinge, perenne e impávida, al paso de los que presurosos, pasaban bajo su
manto amarillo sucio para alejarse cuanto antes de aquellos dominios inhóspitos
y desangelados.
Aquel pequeño callejón en forma
de L mal parida, comunicaba de forma anómala dos grandes y céntricas calles pero estaba sin adoquinar, sin un mal encachado siquiera de cantos rodados.
Cuando llovía se convertía en un barrizal impracticable. Cuando no hacía muchos
años aquellos andurriales no eran sino descampados yermos del extrarradio
ajenos a cualquier cultivo o urbanización, lo que ahora era un sucio callejón
fue motivo de un pleito por lindes entre familias, haciendo de ellas enemigas irreconciliables
por un problema de servidumbre de paso. Aquellos escasos metros cuadrados fueron estigmatizados por ambos clanes, de uno por tener que plegarse a los dictados
de un juez que les obligaba a dar franqueo a la otra, y ésta que vio como su
hijo mas preclaro moría a manos de quien nunca se pudo demostrar que pertenecía
a la familia contraría.
Fue la ciudad engullendo campo y
más campo, criando feos edificios enfermos de aluminosis, hasta que estuvo en
su punto de especulación la zona que contenía aquel paso forzado de lustros y
lustros. Se vendieron las parcelas de unos ruinosos edificios en lastimoso
estado de conservación y a ninguna de las dos familias dueñas se le olvidó decir en la
notaría que sobre aquel sendero en forma de ángulo obtuso no se podía edificar
por tener servidumbre de paso quedando huérfano de atenciones desde entonces.
La solitaria bombilla enganchada al palo que la sostenía quedó allí como lujo
que se olvidó de recoger el operario de una de las obras que la colocó mientras
se edificaban los imponentes falos amenazando al cielo y que albergarían
innumerables oficinas, quedando conectada la humilde bombilla nadie sabe en qué
cuadro de luces. Se apagaba cuando se apagaban las luces de los edificios y se
encendía cuando lo hacían aquellos. El consistorio, una vez edificados los
rascacielos que no abrían ni un solo hueco, ventana o puerta al callejón, no
reconocía la municipalidad de aquel paso y nadie se mostró interesado en
demostrárselo por lo que se etiquetó de calle particular quedando al arbitrio e
intemperie del destino en todos los sentidos. Cuando la pequeña bombilla se
fundiese nadie daría un ardite por reintegrar la débil iluminación a la
callejuela, con lo que el desamparado y condenado paso encajonado entre los
interminables edificios no sería más que un trozo de pasado salvaje en medio
del deslumbrante presente de la gran ciudad y de no más de una vara de anchura.
En contraste con la altura de los edificios que le escoltaban, el escaso metro
de ancho de la calleja resultaba aún más estrecho con lo que atravesar por ella
se convertía en una experiencia opresiva y umbrosa en la que, hasta que se daba
la vuelta a la esquina y se volvía a divisar la luz de la otra calle con la que
se comunicaba, daba la impresión de ir a ser emparedado sin remedio.
Elvira había llegado a la
ciudad desde una localidad cercana bien pertrechada de su master en recursos
humanos por una Universidad extrajera de esas de nombre complicado e
impronunciable. La empresa para la que trabajaba se ubicaba en la deshumanizada
planta cuarenta y dos de uno de los dos rascacielos hermanados por el
desfiladero sin nombre. Tenía su plaza de aparcamiento en los bajos del
edificio contrario en el que se ubicaba su oficina, por haber sido la última en
llegar y no haber otra plaza disponible en su edificio. Para llegar desde su
plaza de garaje hasta la entrada de su lugar de trabajo se tardaba, rodeando la
torre donde dejaba el coche, unos diez minutos, tales eran las proporciones de
las construcciones y la vuelta que era preciso dar, pero si se atajaba por el
callejón de la sucia y triste bombilla el tiempo quedaba reducido a tres
minutos. Elvira nunca dudaba al llegar o regresar del trabajo en tomar el
camino mas largo; le daba pavor entrar por esa ratonera en la que lo más fácil
era acorralar a alguien, pero cuando el trafico estaba imposible o se le
pegaban las sabanas, los minutos eran como pepitas de oro y no quedaba otro
remedio que atrochar para llegar a fichar a tiempo.
Aquella mañana de Enero fue de
esas en que la lluvia hacía de la conducción un ejercicio de paciencia hasta que la desesperación hacia presa en uno
y le iba enfureciendo, llegando a trasmutarle en el mas violento de todos los
energúmenos. Elvira, ese día veía con horror que las manecillas del reloj mordían
ya la hora máxima a la que si no encaraba el ascensor que la llevase a su
planta cuarenta y dos no llegaría a tiempo de fichar.
Aparcó su utilitario en la plaza
de garaje y a la carrera se dirigió a la calle. No vaciló, sin pensárselo dos
veces, casi despavorida, por el miedo a pasar casi a oscuras y por no llegar a
tiempo a fichar, enfiló el callejón que a esas horas tan tempranas aún mantenía
encendida su mortecina bombilla y con trote vivo se dispuso a sortear charcos
para alcanzar con el menor numero posible de salpicones de barro la entrada de
su edificio.
No lo vio, la bombilla, no sería
de más de veinticinco vatios y la decoraba el polvo de años y encima con la
claridad del día encapotado que se atareaba en despuntar no servía para mucho
más que para enceguecer. Era un bulto informe cubierto por un ajado plástico,
inmóvil, confundido con la basura que en rimero maloliente y empapado se
adosaba a la pared junto a la que caminaba ligero, casi corriendo, Elvira. Y
sucedió lo imposible.
Intentó utilizar la pared para
apoyarse, se raspó la mano, chilló de dolor y sorpresa, se torció la muñeca,
dio tres, cuatro pasos trastabillando y chapoteando en los charcos que tan
escrupulosa intentaba esquivar y fue a zambullirse en el más grande de todos
bien repleto de resbaladizo y fino barro. Levantó la cara para no morir
asfixiada. Con una mano se apoyaba en el fondo de la laguna de barro pugnando
por no perder apoyo al escurrirse y con la otra se limpiaba los ojos y apartaba
el pelo embadurnado que le caía sobre la cara. Los zapatos se habían perdido
por el camino y las medias lucían unos bonitos agujeros por los que se colaba el légamo más sutil.
Resoplando para escupir el barro
que había sorbido, y no para enjuagarse, se puso a cuatro patas con la
intención de recuperar la verticalidad.
En postura tan airada con las
faldas levantadas hasta la cintura, el tanga travestido en braga de barro y la
lluvia lavando su carne rotunda del terso y canela trasero sintió un fugaz y
repentino deseo. Era una fantasía que siempre había acariciado y nunca se
atrevió a susurrar a ningún oído ni en las circunstancias más favorables. Se
veía luchando en barro con otra hembra de las de bandera y justo cuando era
derrotada con la cerviz doblada y la vencedora pisando su espalda derrotada, el
árbitro tomaba ocasión de la disposición de sus muslos entreabiertos
poseyéndola ante el regocijo de los espectadores. Fue solo un flash pero
suficiente para diluir en la gratificación que le proporcionaba, la
contrariedad por el tropezón. Este instantáneo pensamiento le llevó justo a
pensar en que cosa habría sido la que le
había hecho tropezar y dar en tierra.
No hizo falta pensar más. Sintió
como sus secretos e inconfesables deseos comenzaban a hacerse realidad.
¿Estaría soñando? Una poderosa y sarmentosa mano se le apoyaba en la espalda al
tiempo que una garra que le rasgaba la piel de las nalgas le arrancaba el
tanga. Una sensación poderosa de vértigo se le instaló en el estomago
haciéndole levantar las caderas de forma instintiva para exponer su sexo a la
brutalidad del que le arrancaba su ropa interior. Se felicitó de haberse
tropezado, le importaba poco la causa de la caída, todas las mañanas pasaría
por el callejón, se lo juraba. Empezaba a sentir un calambre que partiéndole de
su entrepierna más intima le estallaba en las entrañas levantándola en nubes de
algodón suave y perfumado. Emitió un gemido de impaciencia y el dolor del tirón
de los cabellos empapados de barro le hizo chillar de sorpresa y dolor. La
cabeza se extendió exageradamente a instancias de los tirones que le daban
cuando sintió la brutal irrupción en sus entrañas. El embate era bestial, ella
estaba empapada por dentro y fuera y así y todo notaba como la reventaban a
empujones de un descomunal objeto de un carnoso acero, duro y vigoroso.
Se estaba cumpliendo su
fantasía y superándola. El gozo era ya inenarrable, estallando en estrellas de
color cuando algo raro, en lo que nunca había podido pensar se produjo. Un
cosquilleo en la garganta, un hormigueo frío y ligeramente inquietante y luego
un río extrañamente caliente y consolador que le bañaba el pecho. Estaba
mareándose, del éxtasis sin duda. Quiso chillar de placer y solo alcanzó a
escuchar un gorgoteo que salía de su cuerpo pero que no podía reconocer como su
voz, las fuerzas comenzaron a abandonarle, pero no dejaba de gozar a pesar de
todo. La vista se le nubló y el chapoteo de las gotas de lluvia en los charcos
comenzó a alejarse como si fuese ella la que se elevase y dejase el suelo de
ser su apoyo. No podía, ni en sus mejores sueños, sospechar que se pudiera
experimentar tanto placer, tanto, que hiciese llegar a perder el conocimiento.
Lo que le extrañó fue el que estando a punto de caer sumida en el más dulce de
los sueños quiso creer escuchar una desagradable voz que le gritaba al oído:
-
Pedazo de guarra, a ver si tienes coño de despertarme
mañana con la garganta rebanada.
En el punto que perdía el
conocimiento del todo quiso creer que lo escuchado pertenecía a parte de una
pesadilla que se iniciaba al coger el relajante y placentero sueño producido
por el más dulce de los orgasmos. Elvira cerró los ojos y se abandonó a la
muerte dulce.
El vagabundo se levantó del suelo
propinando un despectivo empujón al cuerpo inerte de Elvira que se llegó a
confundir medio sumergido con el fango del charco. Limpiando la hoja de su
navaja cabritera en los harapos empapados que le cubrían el desarrapado ganó la
calle atestada a esas horas de coches que pugnaban por llegar a su destino. No
había llegado a gozar como con las ovejas, cuando era pastor, pero al menos le
había dado una lección a aquella imbécil por importunarle.
16.11.12

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