CIRCUNSTANCIAS
- Tome usted nota antes de que
ocurra lo inevitable, de la verdad que se disfraza de mentira engalanándose de
harapos de circunstancias antojadizas. Nada me haría descansar mejor que el que
la verdad germinase entre tanta impostura como una azucena entre estiércol.
No se como pudo pasar, nunca
fui violento; rudo y varonil, de acuerdo pero iracundo..., y sin embargo las
circunstancias..., siempre las circunstancias. Me repugna la sangre, su olor,
es viscosa y molesta a la vista y sin embargo me tuvo que suceder a mi
haciéndome incluso perder mi asquerosa vida.
Sally no era más que una putilla
de tres al cuarto como correspondía a su trabajo de pajillera de tapia de
cementerio que nunca consiguió en su corta vida quitarse esa obsesión enfermiza
por pajear a la gente en lugar de abrirse de patas como dios manda a cualquier
mujer que se precie de ser una puta decente. La conocía de hacía algún tiempo y
alguna que otra macoca, que casi por nada, me hizo, aunque no llegué a
conseguir trajinármela como un hombre a una mujer que ya me hubiera gustado
pues buen cuerpo si tenía. Me lo repetía mi madre a gritos desesperados
mientras yo le daba la espalda agobiado de sus sermones, “acabarás mal, pedazo
de hijo de perra, acabarás mal”. Y efectivamente así ha sido, tenía razón, he
acabado rematadamente mal, pero nunca quise derramar sangre; me da nauseas.
Me crucé con Sally una noche y no
la vi al pronto. Una desgraciada noche, aquella de la maldita tormenta de los
demonios que desbordó el río y anegó la parte baja de la ciudad dejando sin
casa, si aquello que se llevó la riada podía dársele esa denominación, a la
legión de los mas desgraciados que no tiene mas ocupación que reproducirse como
ratas de cloaca. Sally con la pintura de los ojos corrida como si fuesen
lagrimas de carbón derramadas por propia conmiseración y las greñas, que ella
llamaba cabellos, color ceniza sucia decorándole la cara corría descalza
protegiendo bajo una vieja pelerina agujereada una cajita de música a la que,
después me confesó, tenía en alto aprecio. Verla con los harapos empapados y el
barro poniéndole calcetines a las desnudas piernas me produjo lastima. En aquella calle,
precariamente iluminada por el farol de gas, era un espectro surgido del
infierno caminando a trompicones, resbalando con el barrizal de la calle y con
la cabeza gacha para intentar guarecerse de la lluvia torrencial. Mi caballo si
la vio y se detuvo para no arrollarla yendo ella a toparse contra su cruz. De
la colisión se le resbaló la cajita de música que fue a naufragar en medio del
charco del suelo no sin antes dar su último concierto, unas pocas notas de “El
Lago de los Cisnes” para luego detenerse definitivamente. Sally se quedó como
la mujer de Lot, salificada, (se rió mucho luego, en la casa con esta broma
mía, que jugaba con su nombre) y rompió a llorar. Cayó de rodillas en medio del
barro recogiendo con la ternura que una madre recoge a su hijo herido, la
cajita estropeada definitivamente por el agua espesa de lodo y miseria. Era la
imagen de la menesterosidad y no se explicar que clase de debilidad hizo presa
en mí pero eché pie a tierra y la socorrí. Luego, muchas veces en los últimos
días me he recriminado por ser tan blando en aquella noche de perros, si no
hubiese estado lloviendo como lo hacía..., pero las circunstancias, siempre las
malditas circunstancias.
La recogí, cajita de música
incluida y la llevé a mi casa. Una vez se hubo bañado pude comprobar que no era
tan vieja como yo suponía y que fue lo que me hizo auxiliarla en realidad,
nunca la había visto con tanta luz. No era ninguna niña tampoco, pero
conservaba aún parte de la lozanía de la juventud aunque algo ajada. Arropada
con una frazada sobre su cuerpo desnudo tenía la vista fija en su cajita de
música abriendo y cerrando la tapa que se sujetaba ya solo por una de las
bisagras, abrigando el vano deseo de que en uno de los intentos volviesen a
sonar los acordes de Tchaikovski. Las maderitas de la taracea se habían
hinchado y poco a poco la filigrana se deshacía soltando las teselas, pedacitos
de madera de colores desteñidos. Sally derramaba lágrimas mientras se afanaba
en su inútil abrir y cerrar. Me irritaba con tanta lágrima por lo que ya no
tenía solución y así se lo hice saber con un pescozón que no quiso hacer daño,
aunque todo hay que decirlo, con algo de torpeza y brusquedad. Se me revolvió
como una rata acorralada, de alguna forma lo que ella era. Comenzó a sangrar
por la nariz y mientras se limpiaba con el dorso de la mano se serenó lo
suficiente como para contarme lo de la cajita. La jodida cajita de música, otra
circunstancia, fue la causante de todo y por esa razón me encuentro yo ahora
como me encuentro. ¡Bah!, las asquerosas circunstancias.
La madre de Sally era cocinera en
casa del Juez Clayton. La
Sra. Clayton el día de nochebuena del ochenta y seis le
regaló la cajita y la pobre mujer llego a casa emocionada con su regalo. El
padre de Sally, un borrachín sin oficio ni beneficio pegó duro a su mujer una
vez más, por ninguna razón especial salvo la de siempre; que era su mujer y le
asistía el derecho de maltratarla. En uno de los mamporros la pobre mujer se
desnucó. Por mucho que Sally intentó reanimar a su madre a base de besos y
lagrimas de pena, la vida no volvió a animar aquellos ojos desorbitados de
dolor y muerte y Sally al cabo del rato, cuando su padre quiso pegarle a ella
también, no supo mas que hacer que agarrar la cajita de música y salir
corriendo perdiéndose en las sombras de la noche. Tenía once años y desde esa
edad hasta los veintitantos que debía tener cuando cometí la torpeza de
asistirla se había dedicado a lo único que podía dedicarse y en todo ese tiempo
su caja de música le había acompañado, era razón que estuviese tan afectada y
que defendiese los restos de su tesoro como una recién parida a su cría muerta,
sin solución pero, ¡ay de quien intentase arrebatársela!
Ese fue mi error intentar hacerla
entrar en razón y quitarle el montón de astillas sin valor que protegía entre
sus brazos. Una tempestad es algo lenitivo al lado de lo que ocurrió cuando sin
pensarlo dos veces de un tirón le quite la caja y la arroje a la chimenea. Como
una loba herida de muerte, aullando y tirando por alto la manta que le cubría
sus vergüenzas y la defendía del frío se abalanzó a las llamas para rescatar la
caja rota. Pero por más ligero que de un salto alcanzó la chimenea mas aún las
llamas hicieron presa en las frágiles maderas consumiéndolas como si de papel
se tratase. Después de quemarse las manos intentando rescatar su preciado
tesoro sin conseguirlo se revolvió hacia mi con los ojos como carbones al rojo,
ascuas enfurecidas deseando devorar todo lo que se pusiese a su alcance. Todos
los músculos de su cuerpo tensos, dispuestos para la lucha, los rasgos de la
cara endurecidos por la determinación inflexible de vengar tan gran afrenta.
Con los dedos convertidos en tenazas de acero toledano me sorprendió hasta el
punto de que hizo presa en mi cuello echando espumarajos por la boca y dando
alaridos que habrían helado la sangre al mismo Atila. Sentía la creciente
presión en mi cuello y tuve suerte de que sus pulgares no cayesen sobre mi nuez
porque de haber sido así no habría durado más que una sardina en un callejón de
gatos famélicos. Mi cuello musculoso resistía pero su furia prestaba hercúleas
fuerzas a sus manos y el aire poco a poco se resistía a entrar en mis pulmones.
Le aticé buenos mamporros en todas las partes del cuerpo que pude, ciego de
alarma ante la inmediata muerte que se me anunciaba, pero era como si diese los
golpes a sacos de grano, ella era inmune a cualquier golpe que yo o cualquiera,
aunque fuese el gigante Gargantua, pudiese darle. Reculé intentando zafarme de
la presa sin éxito hasta que las fuerzas comenzaron a fallarme y las piernas se
me doblaron cayendo hacia atrás sobre el fogón que se encontraba apagado en ese
momento. Me lastimaba la barra del fogón donde se colgaban los trapos para que
se secasen e intentaba levantarme para defenderme tanto del dolor en las
espalda como de la garra de la lunática que quería estrangularme por quitarle
su montón de astillas. Comencé a bracear intentando encontrar un punto de apoyo
para levantarme y entonces fue cuando di con él.
Las jodidas circunstancias. A
Sally no la echaría en falta nadie. ¿A quien podía importarle una pelandusca de
tres al cuarto? Las jodidas circunstancias. Pegando a mi casa vivía la comadre
que asistía a los partos de la vecindad y en la vecindad vivía el alguacil de
la ciudad. Y tenía que ser precisamente esa noche cuando tuviese que ponerse de
parto la coneja de la mujer del alguacil. La medianería de las casas era como
la de todas en aquel miserable barrio, de madera que permitían escuchar hasta
los cuchicheos del vecino cuanto más los alaridos de una posesa a la que en
medio de la furia mas desatada se la apuñala una y otra vez con una faca de veinte
centímetros de hoja.
Intentando sujetarme con los
brazos sobre la cocina, mi mano derecha tropezó con el cuchillo que, sucio aún,
del hígado de cordero cortado el día anterior para hacerme de comer, se
encontraba al lado del fogón. No me lo pensé dos veces. Lo así reuniendo todas
las fuerzas que aún me podían quedar y
comencé a asestar cuchilladas una detrás de otra por donde podía. A medida que
las puñaladas se sumaban una a otra, las fuerzas de la tenaza que quería
ahogarme iban cediendo al tiempo que la sangre de aquella desgraciada me
rociaba cara y cuerpo salpicándolo todo alrededor. Yo seguía asestando golpes
con el cuchillo y ella chillaba como un cerdo sacrificado desfalleciendo a
medida que la sangre huía de su cuerpo hasta que exangüe, aflojó del todo la
presa del cuello y cayendo sobre mi cuerpo fue resbalando, untándome aún mas si
cabía el cuerpo con su sangre, hasta que dio con sus huesos en el suelo en
medio de un piso sobre el que era peligroso incluso caminar porque chorreaba fluido
resbaladizo y viscoso. Cuando reparé en lo que acababa de suceder no pude
reprimir las arcadas y vomité encima del cadáver. En ese momento, mientras
vomitaba sobre Sally, el alguacil irrumpía en la habitación derribando la
puerta alertado por los gritos que había proferido la pobre puta.
Ni me había percatado de que
conservaba en la mano el cuchillo teñido de sangre por completo, pero el cuadro
debió ser espeluznante porque la cara de repugnancia y pavor que puso el buen
hombre no tenían parangón con nada. Con oficio se repuso al instante y me
conmino a soltar el arma. En ese momento me di cuenta de lo que había hecho.
Intenté deshacerme en explicaciones tirando lejos, con asco, el cuchillo
pero...
Las circunstancias, las jodidas
circunstancias. Reo de mi crimen soy conducido ahora al cadalso. Quedó
demostrado a base de pruebas circunstanciales que yo contraté a la puta y por
no querer pagarla una vez que ella se desnudó, preferí matarla antes que
pagarla. Según el tribunal solo era un degenerado que habría quedado impune de
no haber tenido que ir en busca de la comadre el alguacil. Rápidamente se me
asignaron las muertes de todas las putas desde hacía años. La horca en un cruce
de caminos. Si, me la merecía por imbecil. Por no saber como controlar esas
circunstancias.
- Eso es todo, esa es la realidad
y ahora después haga usted señor escribano lo posible por que la verdad
resplandezca aún cuando mi pobre cadáver permanezca colgado pasto para las
alimañas que quieran consumirlo. Usted me disculpará pero ahora el verdugo debe
cumplir con su desagradable ocupación.
6.11.12

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