El pollino es terco, padre,
pero más lo soy yo, ya me conoce usted, con mi empeño en que avance por entre
estas piedras requemadas, ascendiendo mal que bien, hasta que lleguemos a aquel
apartado sitio, ¿se acuerda?, me lo
enseñó usted, escondido, al abrigo de todos esos cotillos, ¿les llamaba así?,
cuya única meta en la vida es fisgonear en la de los demás. Aún tardaremos en
llegar y lamento que no quiera usted hablar, podría seguir enseñándome cosas,
aunque bien enseñado estoy, no se crea, que ya tengo los veinte y en cuanto
sirva y termine de poner el techo a la choza
estoy con la Maruja de collera. Madre me dijo que ustedes os
rejuntasteis cuando ella iba para los quince, la niña bonita, debía ser
preciosa madre, ¿eh padre? Y lo hicisteis con bastante menos de lo que tenemos
la Maruja y yo ahora, pero es que los tiempos cambian. Madre siempre decía que
ella se contentaba con dos jaramagos en la puerta y el chocho abierto y a
continuación se mondaba de risa, como una niña inocente que comete una
travesura, ¡no se le puede haber olvidado a usted!, esa risa fácil y contagiosa
que ha heredado la Soledad y que a mi siempre me aflojaba los nervios, y usted
cortaba de raíz a guantazos. Usted no se reía nunca en casa y no me consentía a
mi que lo hiciese, ¿porqué?, nunca me lo aclaró usted, padre, porque buenas
risotadas echaba usted en la taberna con sus amigos, ¿y en casa, no? Estuvieron
ustedes en la capital de viaje de novios. De eso no hemos hablado nunca, ¿por
qué en las largas tardes de invernada no me explicó nunca como fue?, ¡que
tiempo había!, todo lo echábamos en trenzar palma y hacer toniza para amarrar
luego las haces de leña, las lechugas y
las cosas del campo y la huerta, y todo en silencio; me hubiese gustado hablar
con usted..., pero bueno, no importa, ahora tenemos tiempo. Madre algo me contó
de su viaje. Me dijo que usted era muy fuerte y rijoso y que no salieron en
tres días de la habitación de la pensión, agotadita debía usted de tenerla, y
satisfecha por descontado. Así quiero ser yo padre, como usted, que no me agote
la Maruja a mí, que soy muy hombre, por mucha
brasa que le eche a la candela, y sea yo el que la deje derrengadita y
con esa sonrisa de ángel bueno mientras duerme.
Si, padre, si, lo hemos
probado, ya se, ya se que no está bien, pero los tiempos no son los de ustedes,
y además pusimos nuestras precauciones, que no vea el dolor de huevos que se me
quedó después, al retirarme y verterme sobre el rastrojo, pero lo di por bien
empleado, solo por ver esa cara de satisfacción en la Maruja.
Padre, vamos a tener que dejar
la derechura y coger por la quebrada,
tardaremos más, pero, ¿no ve usted?, en lontananza, que sabe que siempre
tuve buena vista, veo a la pareja a caballo y no me gustaría que se pusiesen a
preguntar por lo que a mi no me gustaría tener que responder. Nunca se me podrá
olvidar aquella vez, siendo yo un zagal, ¿se acuerda, verdad?, que traía usted
orgulloso aquellos dos conejos, frotándose las manos pensando en que aquella
noche y al día siguiente estaba asegurado el condumio, y no había dado tiempo
ni a destriparlos cuando ya estaba derribando la puerta de la choza la pareja y
se lo llevó a usted y a los conejos y de madrugada ya, le devolvió a usted con
medio litro de sangre menos y unas cuantas trompadas de más, pero con los
conejos se quedaron ellos, ¡cabronazos!. Desde entonces, no les tengo yo mucha
ley que digamos. Usted después me explico eso de que ellos están para que a los
señoritos no le falte de nada y que ellos son tan desgraciados como nosotros y
que cuando hacen esas cosas solo piensan en el pan de sus hijos aunque les
sangre el alma, pero yo creo padre que algunos gozan cuando apalean, más que
ayuntando con una hembra; que aquella noche no se me podrá olvidar el brillo de
los ojos de aquel rubiasco grandullón, ¡si hombre!, “ricino” le llamaban, por
que en cuanto se le veía se cagaba uno por las patas abajo. Bueno, que más da
ahora, el caso es que mejor no ponerse en su camino que son capaces estos de
separarnos cada uno por nuestro lado y usted sabe que eso es lo último que yo
iba a consentir; usted padre, viene
conmigo hasta el final.
¡Cago en dios!, rucio, por la
leche que mame que te parto la vara de avellano en las ancas como no te muevas,
y mira que le tengo ley a la vara, que perdida llevo la cuenta de las veces que
me midió las costillas en mano de mi padre, ¿se acuerda usted?. Pero como este
asno no le eche cojones y baje hasta el fondo de la quebrada para abrigarnos de
la pareja, le mato a palos, que solo faltaba que ahora se nos cortase el camino
empeñado. Si ya lo decía usted padre, que este cabrón acabaría por darnos un
disgusto y ya, ya me guardo de sus coces que el muy hideputa está a la que
salta, como aquella vez que le mandó a usted al jergón dos meses con la pata
rota, que yo creía ya que me quedaba sin padre, pero entonces le salió caro,
conmigo no se juega, le dejé deslomado a palos, y me la tiene jurada. Sabe más
de lo que le han enseñado. Nunca se me olvidará que siempre le traía de vuelta
a casa, y no se equivocaba, por mucho tablón que se hubiese cogido usted, que
madre sufría lo indecible esperando a ver con que careto volvía. Yo era chico y
aún duele la hostia que me pegó porque quise meter baza y defender a madre, ¡¿también
se le ha olvidado eso?! Me reventó el oído y la nariz. Madre, que estaba
amamantando a la Soledad, aunque ya iba para los tres años, me echaba gotas de
leche en el oído directamente de la teta y me calmaba una enormidad.
Madre es muy buena, no debe
usted pegarle de esa manera, aunque me zurrase a mi en aquella ocasión, por
meterme en corral ajeno, me hago cargo de lo hombre que es usted. Padre, pero
ella es mi madre y mi deber es defenderla. ¿Por qué bebía, porqué sigue
bebiendo usted tanto? Sabía perfectamente que cuando se emborrachaba acababa
siempre machacando a madre, como si ella fuese culpable de sus penas o de sus
enconos, porque no era eso lo malo sino que luego encima se empeñaba en echarle
un polvo, ¡si no podía!, como el mollate le lastraba el rijo y no empalmaba, le
pegaba una y otra vez, como si de ella fuese la culpa. A mi me encorajinaba,
¿sabe usted?, aunque pensaba que cuando lo hacía, buenas razones tenían que
existir y así y todo, algo muy dentro, que me quemaba, me decía que lo que
usted hacia no estaba bien, aunque para todo el pueblo que eso era lo que tenía
que ser porque siempre había sido así. Y todavía hoy me hierve la sangre cuando
escucho los golpes, aunque..., luego hablaremos, me da no se qué decírselo.
¡Me voy a cagar en todos
los muertos del rey faraón!, otra vez los
picos, la madre que los parió a todos ellos, que parece que te huelen. No se
vaya usted a mover padre, detrás de aquel acebuche nos vamos a esconder, si
este tozudo quiere moverse, que como tenga el mal antojo de comenzar a rebuznar
le retuerzo el pescuezo.
Aquí nos vamos a quedar hasta
que se alejen y luego iremos a pasar la noche a la guarida del bandolero, que
me malicio yo que no llegamos ya con las luces del día y de noche sabe usted
padre que a mi no me gusta trochar, yo no conozco estos pagos tan bien como
usted y capaz soy de hacer que nos perdamos.
No vaya usted ni a respirar
padre, que ya pasan de largo, que ahora que se lo he dicho paro en mientes de
lo escandaloso que se le ponía el resuello cada vez que se llevaba al establo a
la Soledad..., y lo que lloraba la niña. Nunca me atreví a espiarle padre,
porque si la vara era dura, la hebilla del cinto era peor, pero no quise nunca
ni imaginar cual era la razón de aquel imploro temeroso de mi hermana y la
llantina en el regazo de madre cuando usted se iba a dormir según la traía de
la troja. Cuando le preguntaba a madre con los ojos abiertos de alarma e
intriga y ella agachaba la vista y resignada le justificaba, “es tu padre”, a
mi me quemaba la cara de la indignación y quería salir corriendo, porque lo que
me pedía el cuerpo era machacarle la cabeza con la azada mientras dormía, pero
nunca lo hice, porque como bien decía madre, es usted mi padre, y eso merece un
respeto.
Ya podemos marchar, padre, la
pareja se pierde con ese trote cansino que parece que todo le da lo mismo,
aunque usted y yo sabemos que eso es solo la mala baba que les anima y les
impide andar sueltos de cuerpo. No queda
ni media hora de luz y calculo que en algo más estaremos en la cueva de
Escarbatunas; pasaremos la noche bien aunque no se si podremos encender
candela..., pero una noche se pasa de cualquier manera, eso decía madre
siempre, y ya mañana podrá usted descansar como merece.
Muévete Cocero, ¡aaarre, coño!
A este le mato yo padre. Si es que lo único que entiende son los palos. ¿Lo ve
usted?, a palos, no hay otra y con cuidado que aun recuerdo su cara de usted
cuando Don Liborio le curó el mordisco que el muy cabrón le dio recién
comprado; por poco no le arranca el muslo del bocado, pero a él le quedó el
recuerdo también, cuando acabadito de curar se fue usted padre para el establo
y madre no paraba de decir muy alarmada que le iba a matar y así habría sido de
no aparecer “ricino”, recuérdelo, que le encañonó con el naranjero.
Siempre fue usted muy bruto, ya
comprendo que por muy hombre, pero es que a veces no parecía usted ser humano y
cuando se emborrachaba, peor aún, que ya se antojaba difícil, ya. Manía le
tengo yo al alpiste, que con solo olerlo me entran arcadas. Eso si se lo tengo
que agradecer, ¡no todo va a ser malo!, no se si cuando entre en quintas me
aficionaré al mollate; acuérdese del Eufrasio que en medio de la peor melopea
cayó a la acequia y ahí dejo de fumar por los siglos, y antes de ir al cuartel
ni lo había probado, pero para mi que caeré antes en otros vicios de hombre que
en el del alcohol. ¡Ea!, allá se ve ya la boca de la cueva, ya estamos aquí, ya
hemos llegado. ¡So, borrico!, ¡soooo, cabronazo, que vas a tirar a padre, ¡cagondios!,
que te atizo Cocero. Yo no se padre, que clase de bestia le compraste al señor
alcalde, o quizá el bestia era usted que no se dio cuenta que el alcalde le
estaba timando. No se encocore que era solo una broma, ya se que no ha nacido
hombre que tenga los cojones de timarle, ¡pero es que hay que ver el negocio
redondo que cerró usted!
Aquí estaremos bien, hasta que
pase la rociada de la noche, pero es mejor que se quede montado sobre Cocero,
el suelo éste es lóbrego y húmedo y su reuma se iba a resentir. No quisiera que
se pusiese malo, más de lo que está. Yo la pasaré en vela, que soy nuevo y
aguanto lo que se eche y así vigilaré, no sea que a la pareja de a caballo le
de por guiar sus pasos hasta aquí. ¿Esta cómodo ahí?, si se cansa lo dice y le
pongo de otra manera y si no quiere dormir charlamos de nuestras cosas, que nunca
tenemos tiempo para estos menesteres y ya sabe, no hay migas sin digas, y yo no
quiero alejarme de usted por falta de hablar entre nosotros.
Desde el cachetazo que me
reventó el oído y me cureteó la madre con su leche no quise volver a meter baza
y no sabe usted bien como me sangraban los nudillos de morderlos de rabia e
impotencia escuchando sus torpes insultos y los gemidos de pena y dolor de la
madre, que ya más mayor, hasta llegué a entender que madre hiciese la vista
gorda con sus manejos con la Soledad, me imagino que para que se desahogase con
la chica y la dejase a ella en paz, aunque a mi me daba asco la cochinada que
consentía madre; asco de usted por hacérselo a la dulce Soledad, ¡que era
pequeña joder!, muy pequeña; de la madre también me daba, por dejarlo pasar,
quizá, quiero pensar en el mejor de los casos, que para ahorrarse golpes y lo
que es peor de todo, asco de mi. Si padre, porque se lo tengo que confesar, al
escuchar, el año pasado, sin ir mas lejos, sus resoplidos y gimoteos asquerosos
y los quejidos de ya no se si de dolor o de placer, que cercanos caminan por la
senda de la vida y hasta creo que no se puede conseguir uno sin llevarse la
parte correspondiente del otro como con el jamón del bueno, que al fin no se
que da mas gusto si la carne o el tocino. Pues eso, padre, que al escuchar
aquellos ayes de la niña, y los bufidos y gruñidos de usted, no podía evitar
sentir la punzada más guarra pero más gustosa que había podido sentir nunca. Ni
con la Maruja cuando llevamos dos semanas sin hacerlo he sentido más placer,
más mareo. Era yo el que deseaba estar allí, donde usted, padre, y la angustia
me mataba de pena y de repugnancia y de vergüenza. No quería aquella tirantez,
pero cuanto más me desesperaba y más intentaba que desapareciese, mejor gusto
encontraba. Me tapaba los oídos para no escuchar, pero el quejido lo llevaba ya
grabado a fuego en la memoria y luego todo el día, a toda hora me martilleaba y
me reclamaba, me empujaba a ir a la casa a coger a la Soledad, mi niña, y poseerla
con fuerza, destrozarla a lo bruto, como un animal. Y no he sabido nunca si no
lo hacía por temor a su represalia o por que me quedaba un resto de dignidad y
hombría. ¿Me está escuchando? ¡Padre!. Se ha quedado dormido, no le interesa.
Ya llegará, ya, el momento en que no le quede más remedio que atender a mis
palabras, porque me tiene que escuchar antes o después. Mañana veremos.
Padre, arriba, despierte, ya
alborea. Espere un momento aquí, voy a ojear por si ronda la pareja, aunque lo
dudo. A estas horas estarán en el Ventorro de Las Tetas, trasegando de gañote
aguardiente de Ojén, del caro, que esta gente paga con el color del capote y
luego no conocen ni a la madre que los parió; son muy sanguinos. Pero hay que
calentarse; de madrugada el frío cala los huesos y esta gente lo pasa al sereno
de verdad, sin cuentos. En el momento que lleguemos se queda usted allí al
fuego que encenderé, y yo iré a buscar algo de vino y queso para comer. Y
hablaremos
Lo que yo le decía, no hay
moros en las costa, seguro que están al aguardiente. ¡Arre, Cocero!
Ha dormido usted bien, padre,
ni se le escuchaba respirar, yo en cambio no he podido pegar ojo, la maldita
cueva esta chorreando de humedad y he estado tiritando como un gorrión en manos
de un niño. Me recordaba aquella vez cuando yo tenía diez años, ¿o eran nueve?,
que de tanto tiritar de miedo me oriné encima esperando que llegase usted del
campo a pegarme porque había hechos pellas del colegio. Aquel día, padre, no
estaba usted borracho y sin embargo pegaba fuerte y duro mi carne tierna como
si fuesen los lomos del Cocero. No me dolió tanto el tener que estar cuatro
días sin poder moverme del jergón, ni los verdugones que me duraron quince días
y que yo ocultaba de todos como podía. Me dolió más el que usted se olvidase de
que yo existía, le habría dado igual que muriese. ¿Y madre?, vendría a verme,
que no lo pongo en duda, pero yo no lo recuerdo. Bueno, que más da ya, se acabó
de recordar, no me tire más de la lengua que me salgo de las casillas y no
quiero, me recuerdo a usted mismo cuando enfurece.
Ya va calentando el sol padre y
después de que se cuelgue de lo más alto del cielo habremos llegado. Antes de
llegar quiero decirle algo que no se si podré decirle estando cara a cara. Yo
le quiero a usted, a pesar de todo padre, aunque más de una vez le habría
sacado las entrañas, como cada vez que usted le sentaba la mano a madre y ya
siendo más mayor me clavaba las uñas en las palmas de las manos de apretar los
puños para no coger la escopeta y descerrajarle los dos cañones en toda la
cabeza y desparramarle los sesos por la casa, porque ya no es lo mismo, ya soy
un hombre y el que pegue usted a madre me escuece como si me echase vinagre en
los ojos, y a pesar de todo me aguanto porque a un padre hay que guardarle un
respeto; es lo que decía siempre madre: “es tu padre, hijo”, y eso lo tenía que
justificar todo, hasta los palizones que ella se llevaba. Pero madre tiene
razón, es usted mi padre y le quiero.
El mal golpe que le di ayer,
créamelo de verdad, padre, no fue con mala intención, pero cuando vi a madre en
medio de la cocina con esa cara de espanto, con los ojos tan abiertos, en medio
del charco de sangre, que por más que la zarandeaba no consentía en levantarse
a ponerme de comer, se me nubló la vista. Era culpa suya, de usted, el que yo
me fuese a quedar en ayunas, que no es uno un monje precisamente para
penitencias, con lo hambriento que venía del campo. Era culpa suya. Comprendo
que el mal golpe que le hizo sangrar tanto y la dejo a madre tan quieta, que no
fue ni para ponerme de comer, no fue con intención, como también fue sin
intención el azadonazo que yo le asesté a usted en el morrillo cuando no me
veía. Frente a frente, como me pasa ahora, no habría podido soportar la saeta
de su mirada clavada en la mía, pero yo quería castigarle, que sintiese usted
de alguna manera el rugido indignado de mis tripas maltratadas y se me pasó la
mano, me parece. Sangró algo pero no tanto como madre, pero se quedó enseguida
frío, pero claro, como aquella casa es tan fría no me extrañaba nada. Ahora en
cuanto lleguemos a la choza y encienda un buen fuego verá como se calienta y se
repone, que está más que pálido, con un color que me estremece. Mientras yo
vaya en busca de algo de comer usted se calienta, luego podremos volver a casa
a ver si madre ya ha querido levantarse del suelo, lavarse y preparar de comer.
Pero me tiene que prometer que no va a volver a tocarla, porque no voy a tener más
remedio que hacer una barbaridad con usted. Vale que sea usted mi padre, que
eso merece un respeto, pero la que me parió me duele mucho y verla tan quieta,
allí en el suelo, como si yo no existiese, sin importarle si yo había trabajado
todo el día, eso no voy a soportarlo.
Ya hemos llegado, padre. Vamos,
ayúdeme usted algo a bajar del Cocero, que pesa como un muerto. Comprendo que
esté usted molesto conmigo por el golpazo del morrillo, pero no sea rencoroso y
écheme una mano aunque sea al cuello. Ya veo que no. No me importa, yo estoy
fuerte, padre, yo le llevo, pero no deje caer la cabeza así que se va a
lastimar, que parece usted un conejo desnucado.
Le enciendo el fuego y en un
salto estoy aquí. Espero no cruzarme con la pareja. Si viene por aquí mientras
estoy yo fuera no diga nada, que esperen a que yo venga. La escopeta me la
llevo por si se me cruza un conejito o una liebre en el camino. No se acerque
mucho al fuego, se vaya usted a quemar.
Padre, padre, me vienen
siguiendo. Me he escapado en un descuido pero me siguen de cerca. Dicen que yo
le he matado a usted. ¿De donde se lo han podido sacar? ¡Yo matarle a usted!,
con lo que le quiero, además llevo hablando sin parar con usted desde ayer,
menos el tiempo que durmió anoche. Me querían detener. Dicen que madre esta
muerta también y de la Soledad dicen que les diga donde está, ¡y yo que sé!
Padre, usted muerto, ja, ja,
ja. Padre salga usted afuera y dígales cuando vengan que no está muerto, que se
convenzan, ¡padre, venga!, muévase, aunque no les hable, que le vean, no sea
más flojo, ¡salga ya! ¡Padre, padre! Ya estoy harto de esto, nadie me hace
caso, ninguno de los que quiero me echa cuenta, solo me la echan los que me
malquieren para zaherirme. Está usted conmigo como madre; como si no existiese.
¡No me quieren!, ¿verdad? Es eso, no me quieren, nunca me quisieron, ya lo se,
siempre lo supe. Estorbaba cuando nací y estorbaba después, si no a cuenta de
que las palizas y los continuos pescozones con razón o sin ella. Y yo pensando
que es que era malo cuando la razón verdadera era que no me querían, no me
soportaban. ¿Por qué no me ahogaron como a los gatitos de la Pelusa cuando
paría?, se habrían ahorrado disgustos. Pero no se preocupen ya se acabó todo.
Dígale a madre, cuando se quiera levantar del suelo, que aunque ella no me
quisiera, yo si que la quería, aunque seguramente no sabía como demostrárselo.
Y a la Soledad le diga que es mi niña, que es la única personita que me ha
enternecido de verdad aunque algo muy malo dentro me incitase a abusar de ella.
A la Maruja, que se busque otro, ella es buena y lo encontrará ligero, no le
costará trabajo olvidarse de mi. ¿Y a usted que le voy a decir, padre?, que a
lo mejor no medí las fuerzas al darle en toda la cruz, soy un zagalón fuerte,
como usted lo sería a mi edad, pero no lo hice con mala leche.
Este cañón doble es ancho y me
va a entrar con dificultad en la boca pero así habrá de ser, me descoyuntaré
las quijadas si es preciso, pero no quiero que me desfigure la cara el tiro,
por si mi niña Soledad tiene que identificarme, no quiero que se asuste, porque
ya veo que ustedes dos no quieren saber
nada de mi en vida y menos querrán saber en la muerte, así que tendrá
que encargarse ella.
El ruido sordo de un disparo
del doce reverberó por el valle hasta llegar a oídos de una pareja a caballo
que volvió grupas en dirección a donde parecía que venía el tiro.
8.11.,12

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