El agua resbalaba, dócil y
cansina, por los cristales empañados, despeñándose sobre el alfeizar de la
ventana a través de los que Almudena observaba, melancólica y triste, el
distante mar que rompía furioso contra el acantilado. El coraje y la rabia de Almudena eran mas poderosos que
la desatada fuerza del mar y sus lagrimas competían con las gotas de la lluvia
precipitándose al vacío. A ratos el viento estrellaba contra los cristales las
gotas de la lluvia y obligaba a retirarse instintivamente a la niña.
Ese mar, ese despiadado y
generoso mar, tronchaba otra vez su corazón tierno y espléndido. Lo de su
hermano mayor pasó por su vida de la forma mas extraña. Quería a su hermano,
jugaba con ella y le admiraba. Guapo, fuerte, simpático y espontáneo, no podía
haber alguien parecido. Era incomprensible aquel cambio de la noche a la
mañana; ¿a que se debía ese dolor, desconsuelo y desesperación de su madre?, ¿y
el color verdoso pintado en el rostro de muerto que paseaba por la vida su
padre?, ¿y sus vómitos?, comiese o no, y, sobre todo, ¿porqué Paco, su hermano
mayor, su querido hermano, no había vuelto a aparecer desde aquel día por
casa?, nunca entendió porque Paquito tuvo que dejar de venir provocando tanta
pena a mama, ¿es que no la quería ya?. Se iba a enterar quien era ella, en el
momento que apareciese, como otros días que regresaba, ya de amanecida, de
tomar unos chiquitos con la cuadrilla. No había derecho a dar ese disgusto a
sus padres, sobre todo a su madre. No lo había.
Pasaron días, semanas y meses con
la ausencia inexplicable e inexplicada de su hermano como protagonista mudo e
hiriente de la casa. Todo giraba en torno a la no presencia de Paco. Todo en aquella
casa se contemplaba en clave negativa, cualquier cosa era en función de la no
presencia de su hermano. Cuando fue algo mas mayor, se empeñó, y al fin
consiguió, acompañar a su madre, aquel nuevo uno de Noviembre.
Era la primera vez que entraba en el
cementerio..., para ir al cementerio. Siempre pasaba por allí, cada domingo,
cuando iba a misa, con sus padres, pero
ir para ver las tumbas..., no lo entendía. ¿Qué tendría que verse, que de
interesante podría tener aquel sitio tan misterioso, inhóspito y quieto?. No
tuvo que esperar la respuesta a la pregunta de porqué el nombre de Paquito
estaba grabado en esa piedra en el suelo debajo de su fotografía antigua,
borrosa y triste. La angustia, junto al gemido ahogado, como de animal, que su
madre le trasmitió al abrazarla le empapó como un buen txirimiri y le hizo
crecer de repente, al comprender que Paco, su hermano mayor, el que siempre
jugaba con ella, al que ella tanto quería, no se iba a llevar jamás su
rapapolvo por la aplastante razón de que Paco estaba muerto, allí metido,
debajo de esa espantosa piedra. Entendió con un escalofrió que la desgajó en lo
mas profundo, que la muerte significaba la ausencia total, orfandad eterna; que
su hermano querido existiese dentro de ella, su sonrisa, su juventud reales, no
casaba con esa experiencia de
aniquilación que acababa de experimentar. Y eso significaba que no había
espacio a la esperanza, mejor olvidarlo,
arrancarlo a base de lagrimas de su corazón, porque cada vez que se
recordase iba a suponer sumirse en la desesperación de lo irremediable.
Abandonar aquel bonito ramillete de flores sobre aquella piedra fría y herida
del nombre herido, el de su hermano, no dejaba lugar a dudas; en su casa la
desgracia, como en la de su amiga Laurita, como en la de tantas compañeras de
colegio, formaría ya para siempre parte de la decoración del alma familiar.
Esas miradas ausentes, muertas, perdidas, de las madres, tenían ya
justificación. Querría haberse arrancado esa pena del centro de su pecho,
dolía, dolía mucho y sus ojos reflejados en el espejo de su cuarto habían
perdido la inocencia que le permitía contemplar la vida con alegría cuando aún
no sabía, no entendía que era un cementerio.
Habían pasado unos pocos años,
los ojos no habían recobrado la lozanía y no la recobrarían ya. La tempestad
embestía, una vez mas y siempre, aquella bendita y crudelísima costa, como
tantas veces. El tiempo pasado, como era obligación suya, había cubierto con
bálsamo de suavidad, la aspereza de la perdida de Paquito y su madre recuperaba
una sonrisa, que preñada de melancolía, permitía olvidar, con algo de buena
voluntad, que la vida, el vivir, es la actividad mas cruel y que no merece la
pena seguir viviendo si es a expensas del olvido.
La lluvia arreciaba y Almudena no
quitaba la vista de la ventana. El sol obediente a los dictados del padre
tiempo se hundía en el horizonte dejando que las tinieblas añadiesen dramatismo
ornamental al que ya presidía su hogar. A sus espaldas, en la casa había
trasiego. Mujeres que entraban y salían, vestidas de negro, como su madre; se
respiraba nerviosismo y se escuchaban ayes medio reprimidos y suspiros
abortados por la consiguiente jaculatoria. Escuchaba la estéril discusión sobre
la conveniencia de ir al muelle con la que estaba cayendo, aquel temporal ya no
lo era, se había travestido de tempestad, y a pesar de ello su madre estaba
firmemente decidida incluso a disolverse en la lluvia, si con ello conseguía
ser la primera en avistar las luces de “La Gaviota”. Si aparecía en lontananza,
ella sería quien diese la voz de alarma, esa era su misión, su obligación, su
consuelo. Solo las mujeres con maridos o hijos en aquel falucho de poético
nombre se iban a quedar al sereno, aunque les ahogasen las lagrimas mas que las
aguas del inclemente cielo, al fin y al cabo que mejor destino para ellas que
ahogarse, como sus deudos en aquel lanchón, que a buen seguro reposaba ya
destrozado entre los escollos de aquella ribera asesina.
Ella no, ella ya había decidido
permanecer detrás de aquella ventana, dejando que las lagrimas le resbalasen
por la mejillas haciéndole gustar lo salobre del dolor, tan salado como la mar,
aquel celoso monstruo liquido que maldecía una y otra vez por no haber
consentido devolver a su hermano, ni siquiera después de alimentar su egoísmo
de amante exclusivo con su abierta sonrisa, con su juventud rebosante, con su
arrogancia de fuerte pescador curtido en las lides de la mar a pesar de sus
pocos años. ¡A su padre no!, a su padre no se lo iba a quedar, porque no
quería, porque ella ya lo había decidido así y no habría fuerza en la
naturaleza, ni la de la mar, que fuese capaz de oponerse a su voluntad. Por
eso, solo por eso se iba a quedar detrás de aquella ventana, esperando a su
padre, que iba a regresar, porque era lo justo, porque ella así lo había
decidido. No podía ser de otra forma.
Escuchó como el silencio se
enseñoreaba de su casa. Su madre y el resto de recias, enlutadas mujeres,
debían estar ya en el muelle, calándose del agua de la lluvia por fuera y del
agua del miedo y de la muerte por dentro; presintiendo lo inevitable pero
plantándole cara, con coraje, con dolor irreducible. Ahora comprendía aquello
que escuchaba gritar a su madre tantas y tantas noches, asustada bajo las
mantas, rezando torpemente las oraciones de la escuela: “Te lo llevaste, pero
es mío y lo será siempre, aunque creas que ya es tuyo por no devolvérmelo, lo
llevo aquí, te enteras, aquí, muy dentro, mi hijo”, y sonaban los ciclópeos
golpes propinados contra su propio pecho con la fuerza que da la rabia de saberse
poseedora de la verdad, como si la intensidad de los golpes estuviese en
proporción con el grado de posesión. Aquellos golpes de pecho, graves, le
retumbaban en su cabeza y le obligaban a esconder su cabecita de niña inocente
bajo la almohada, pero el sonido era mas cruel en su determinación de
alcanzarla que su decisión de no escucharlo. Y a la mañana siguiente, nada mas
despertarse, corría a abrazar a su madre que con unas ojeras negras enmarcando
unos ojos sin vida apartaba delicadamente a la niña para no herirla inútilmente
con su asumida desesperación.
Un terrorífico golpe de viento
del norte consiguió abrir la ventana tras de la cual Almudena se convertía en
el único espectador cualificado de aquella tormenta. Con el agua golpeando su
cara y el cabello alborotado por el torbellino de aire que se colaba en su
habitación consiguió volver a cerrar las dos hojas de la ventana. Cuando la
hubo cerrado, el terror la estremeció. Ese viento era capaz de abrir su ventana
y estaba en su casa, a salvo. ¿Qué no haría a la intemperie de la mar?. La
olas, de mas de siete metros, dijo la radio, convertían cualquier embarcación,
por segura que fuese, en un frágil esquife. Su padre, no era preciso que nadie
se lo confirmase, era el mejor patrón de pesca de bajura de toda la costa, pero
esa mar..., ¡no!, no iba a rendirse; ¡su padre no!. No existía razón para irse
al muelle, solo había que quedarse tranquila en casa y esperar que papa entrase
por la puerta preguntando poderoso y vocinglero por su sardinita. Esperaba anhelante
ese abrazo fuerte y cálido con penetrante olor a pescado mezclado con gasoil
que en su cabeza se convertía en el perfume mas sugerente y tierno que nunca
volvería a sentir. Era solo cuestión de tiempo, papa, acabaría entrando por su
puerta echándole los brazos y preguntando por ella.
Se acercó a la ventana y limpió
el vaho con sus manos. El vidrio estaba frío y mojado, resbaloso y
desagradable. Las gotas del agua condensada corrían cristal abajo compitiendo
entre ellas por llegar cuanto antes al junquillo formando un charquito en el
cerco. Almudena comprendió que hasta su ventana lloraba por el incierto destino
de su padre. Fuera, era ya de noche, ya
no se veía el rompiente pero por la intensidad del fragor que llegaba hasta su
casa se adivinaba que la mar estaba todavía mas enfurecida que antes. Las
ráfagas de lluvia se veían gracias a los haces de luz que salían de las farolas
parpadeantes a impulsos del viento y hacían suponer un autentico diluvio. Un
escalofrío cruel le atravesó el cuerpo partiéndole el alma. El temporal no
cedía, arreciaba. Sin darle tiempo a recomponerse, los pucheros se le
apoderaron y las lagrimas le arrasaron los ojos. Comenzó muy bajo a decir que
no, hasta que en un grito desgarrado, en la seguridad de que nadie la escucharía,
se desgañitó, vociferó hasta rajarse la garganta, que no, que se negaba,
intentando ofender, enardecer, provocar a los dioses y su capricho; la galerna
inconsciente, irreverente y despectiva para con el hombre, para con su padre.
Sin saber cómo, se despertó.
Seguía allí, junto a la ventana, sentada en el suelo, bajo ella ajena al
estruendo del agua estrellándose contra los cristales, hasta que tomó
conciencia del porqué se encontraba donde se encontraba. Si, seguía diluviando y por el horizonte ya se
adivinaban los malvas, azules y rojos oscuros que anunciaban que el gran disco
incandescente advertía su aparición por mucho que las nubes le negasen su
presencia. No entendía como pudo quedarse dormida allí, apoyada contra la
pared. Prestó oídos a la casa. Nada, solo el batir de la lluvia contra las
ventanas, no se escuchaba nada más. Sintió el escalofrío de la madrugada y la
soledad desamparada en sus carnes, le dolía el estomago y creía que iba a
vomitar. Se quedó mirando su cama, tan hecha como se la dejó su madre el día
anterior. “Un ratito nada más”, se dijo, rota de cansancio, en voz alta para
convencerse de que el acto de descansar en semejantes circunstancias era
moralmente disculpable siempre que el tiempo invertido no fuera excesivo y se
acurrucó tal como estaba, vestida, sobre la cama.
De inmediato vio como su padre
le tendía los brazos. De momento se regocijó. Estaba sonriente y gozoso y le
reclamaba cerca de él. Pero Almudena se fijó bien y ahora le veía pálido y
demacrado y a pesar de la sonrisa su aspecto le producía estremecimiento. Salía
como por ensalmo de las profundidades del mar intentando atraerla hacia él con
palabras que solo él sabía decir. Finalmente ella, confianzuda, se acercó y su
padre la agarró fuertemente por los hombros, le clavaba los dedos y le hacia
daño, tirando de ella a las profundidades, ella se negaba e intentaba encontrar
algún apoyo en la olas para zafarse. Su padre la zarandeaba cada vez mas
fuertemente intentando arrastrarla hasta que abrió los ojos y contempló a su tía
Angustias que la sacudía sujetándola por los hombros conminándola a despertar
para dar por terminada su terrible pesadilla y disponerse a ir a la escuela. La
hora del colegio era sagrada y salvo confirmación cruel y amenazadora de
desaparición efectiva del padre, al colegio había que ir. Si cada vez que un
barco no hacía arribada hubiese que dejar de ir al colegio no se iría nunca.
Estaba asumido, además del peso de la mochila, hoy, había que cargar con el
peso de la ausencia de papa, tragarse las lagrimas y hacer como que los otros
niños no te miraban y callaban reverentes al pasar delante de ellos, respirando
aliviados porque no eran ellos el blanco de las miradas conmiserativas de
todos, asumir que la maestra hoy no se atrevería a preguntarte nada, aunque se
te saliese el brazo a fuerza de levantarlo para poder salir del pozo en el que
te sume la pena negra que te calcina el corazón, respondiendo a cual es el
imperativo del verbo ir, que era lo que la señorita Candelaria preguntaba
siempre, cuando quería coger en falta a la clase entera, para distraer la
atención. ¿Idos o Iros?.
El tiempo de escuela transcurría
como todos los días. La mente de Almudena volaba a otros mundos por obra y
gracia de su inocencia y el saber hacer de la maestra. De súbito la puerta del
aula se abrió. Entró el conserje que se dirigió a la tarima y tras decir algo
muy bajito a la señorita se marchó cerrando la puerta tras él muy, muy
despacito.
Cuando la maestra se dirigió a
Almudena para decirle que le esperaban en conserjería, que se podía marchar por
hoy a su casa, se mareó. Tuvo unas postreras fuerzas para reprimir el escape de
orina que inició una loca carrera pierna abajo hasta el calcetín. No, no señor,
eso no era nada bueno, no se le consiente a nadie que se vaya de clase si no es
por una razón de peso. Temblándole las manos recogió sus cosas y tambaleante se
dirigió a la puerta. La señorita, con muchas tablas, cortó de raíz el
comentario de su compañero de banca que ya se disponía a publicar que había
orines en el suelo que había estado pisando Almudena.
Salió del aula y no tuvo cabeza
para volver a cerrar la puerta. A medida que se acercaba a la puerta del
colegio el corazón se le iba acelerando hasta el punto de obligarla a jadear de
ansia. Al doblar la esquina del pasillo vio a la tía Angustias plantada, seria,
seca, con su cara de enjuta severidad inasequible, insobornable. Al llegar a su
altura ni una palabra, ni una explicación, se limitó a sujetarla firmemente de
la mano como si ella fuese a escapar. Parecía que intentaba trasmitirle la
fuerza y la seguridad que era incapaz de vocalizarle por su parquedad en las
palabras, como si con cada frase aventada al aire se le fuese a escapar la vida
por la boca.
Caminaron bajo la lluvia que no
cesaba y que ahora era mansa, como lagrimas serenas de resignación. Pasaron por
delante del cementerio y Almudena miró hacia dentro como si ya tuviese la
seguridad de que su padre se encontraba allí y ella pudiera verle y rescatarla de lo inevitable. Le inundó la paz. Estaba segura, acababa de perder a su
padre. Empezó a llorar como lo hacía la lluvia, despacio, calmada, plácida
podría llegar a pensarse. A pesar de que la mano de la tía Angustias era recia
y apretaba ella apretó aún más a su tía intentando encontrar apoyo a su
desfallecer al sentirse huérfana del cariño de papa.
Al pasar por el muelle no quiso
mirar al lugar de atraque de “La Gaviota” y giró la cabeza. En ese momento dejó
de llover y las nubes a rasgarse a jirones para dejar que unos rayos de sol
llegasen a su pueblo. La tía Angustias miró al cielo y masculló una jaculatoria de acción de gracias. Almudena se
sorprendió de la quebradura del proverbial mutismo de la tía y se le quedó
mirando interrogante haciendo intención de pararse. Angustias se detuvo y se le
quedó mirando y ocurrió lo impensable. La tía Angustias esbozó lo que se podía
interpretar como una sonrisa y se limitó a tirar de ella para que reiniciase la
marcha.
Al llegar a la puerta de su casa
otra vez el puño que le golpeaba duro en la boca del estomago, la sensación de
nausea y el mareo que le hacia tambalear. No se escuchaba nada, ni un sollozo,
ni un ay, ni un suspiro, nada. La tía sacó la llave y abrió la puerta.
-
Ve a cambiarte de ropa y ponte la de los domingos.
¿Dónde habría que ir a penar
ahora?. Ropa de domingo era, una de dos, o un funeral o una fiesta y para
fiestas no estaba la cosa. Se reafirmó en sus sospecha. Entró en su cuarto y se
tiró en la cama desconsolada llorando sin alivio posible. Pasado un rato volvió
a entrar tía Angustias.
-
¿Qué haces?. Vístete o perderemos el coche de línea.
Almudena se volvió aún con los
ojos anegados mirando con sorpresa a su tía. ¿Coche de línea?, ¿Para qué?.
-
¿Dónde tenemos que ir tía?. Por lo de papa, ¿no?.
-
¿Porqué habría de ser, niña?. Vamos, menos cháchara y a
arreglarse.
Almudena no estaba dispuesta a
seguir siendo un espectador pasivo de lo que en realidad ella era la
protagonista. No se movería de su habitación hasta que no le dijesen que
pasaba.
-
Tía, soy ya mayor. Dímelo, papa se ha ido a pique con
“La Gaviota”, ¿verdad?, ya se ha muerto, ¿no es eso?, ¡¡dime, dime!!.
-
Tienes razón “La Gaviota” se ha ido a pique...
La vista se le enturbió, el mareo
se hizo torbellino y la nausea, vomito, sintió que la cara se le ponía fría y
los dedos de las manos se le acorchaban. La cama sobre la que se encontraba fue
indulgente con su perdida de conciencia y la acunó.
Cuando volvió a abrir los ojos
estaba en brazos de la tía que la miraba llorosa con los surcos de la cara aún
mas profundos de lo que eran por el susto que se acababa de llevar. La tía la
apretaba contra su pecho alternativamente con la contemplación de su rostro
para comprobar si volvía en si o no. Entre brumas, como quien escucha una
canción lejana de la que uno no esta muy seguro si será real o fruto de un
sueño escuchaba como la tía Angustias hablaba de su padre.
-
Mi niña, mi querida niña, si, “La Gaviota”, la maldita
“Gaviota” se fue a pique pero tu padre está bien, está bien, mi niña. Se han
salvado todos, no como con tu hermano Paquito, mi hermano, tu padre, se ha salvado
esta vez, gracias a Dios.
Adornaba este discurso con un
balanceo sincopado como de acompañamiento de nana meciendo el leve cuerpo de la
niña.
-
¿Entonces papa, no va estar debajo de una piedra como
Paquito?.
La tía, llorando ruidosamente, y
meciendo aun con mas fuerza a su sobrina negaba con la cabeza, con
desesperación, ante la imposibilidad de hacerlo con la boca porque los jipidos
se lo impedían.
Cogieron el autocar a la capital
con el tiempo justo. Su padre esperaba en el hospital recuperándose de la
peligrosa aventura de ganarse la vida. Ella sabía que había sido su
determinación, su negativa a rendirse la que le había devuelto a su padre. No
se lo diría nunca a nadie pero ella sabía la verdad, la única verdad y es que
el amor, la fuerza de su amor fue lo que salvo a su padre de tener que quedarse
debajo de una piedra en la que grabarían su nombre debajo de su foto, como le
pasó a Paquito por haber sido ella demasiado pequeña y no haber querido
enterarla de nada.
13.12.13

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