Queridísima Rosa, me he
enterado por la calle y no he podido reprimir le tentación de escribirte al
fin, ya que no tengo valor para ponerme delante de ti sin que pueda derrumbarme
al verte tan cerca otra vez o al comprobar que no me recuerdas.
¿Cuanto tiempo ha pasado?, ¡que
más da ya el tiempo!. Aún conservo el olor a lavanda, a espliego, a gloria, de
tus cabellos enredados en mis manos que solo querían arrullar tu cabeza con sus
caricias, ese cabello castaño, fuerte y ensortijado con ese bucle grande que tanta
rabia te daba, ¿te acuerdas?: “O lacio o rizado, pero esto...”, y me mostrabas
la melena entre tus dedos, la que yo volvía a besar una y mil veces haciéndola
resbalar por mi mejilla imaginando que desparramada en el tálamo la acariciaba
sin pausa ni cansancio.
Ha sido un suspiro de eternidad
que ora me enloquecía, ora me irritaba o me desesperaba hasta desear la muerte.
Hoy agradezco a los dioses que me hayan condenado a vivir porque puedo estar
emborronando de amor este papel para que lanzado como dardo te alcance el
corazón otra vez como aquella en el río. ¡Que niños éramos y cómo crecimos de
repente!. Te asustaste de tus mismos deseos y al verte la expresión me asusté
de mi mismo porque tus deseos eran los míos, pero pudo mas la pujanza del amor...,
si, era amor Rosa, ahora podrás reconocerlo al fin. Aún sueño con aquella
orilla, entre juncos y papiros donde nos convertimos en dioses por una
eternidad entera empapados de sol, enardecidos de agua fresca y limpia. ¿Has
vuelto por allí?, seguro que si, aunque no hayas podido compartirlo con nadie
porque era solo nuestro. Yo no pude volver, ya sabes..., mi padre se puso como
loco, creyó una vez más, que en lugar de un hijo no era mas que un paquete de
acciones que debían producirle rendimientos. Pudieron desterrarme y no se lo
pensaron, pudieron castigarme y vaya si lo hicieron, pudieron hacerme
barbaridades y aún hoy sufro las consecuencias, pero no consiguieron arrancar
de mi corazón ese dulce veneno que me inoculaste aquella tarde, que nos
inoculamos, porque nadie pudo hacerme creer las mentiras, las calumnias que te
levantaron, cuanto mas inverosímiles, más bizarras, más me convencían de que
seguías viviendo solo para mi.
Pero, por Dios, que importancia
podía tener que mi padre fuese..., o el tuyo..., ya no tiene relevancia, nos
separaron los cuerpos y a mi me convirtieron en un autómata sin alma, ese alma
que se quedó junto a ti, para siempre, como yo me llevé el tuyo.
Se me quedó grabado en el sentido
tu risa grácil y fresca cuando aquella infausta tarde de nuestra separación me
viste llegar cojeando y renqueante a tu casa. Me dijiste que estaba gracioso
con el contoneo que le daba a la marcha. Aún me duele cuando cambia el tiempo
el tobillo que me torcí al saltar del balcón de mi habitación para ir en tu
busca. Siempre desee desde entonces que hubiese nublado, ¡con lo que me gustaba
el sol!, ¿recuerdas?, porque la molestia me traía a la memoria aquella última
tarde en que nos vimos. Nunca te lo dije, pero me volví loco cuando mi padre,
revestido de toda la razón que le daban sus dineros a espuertas pontificó
aquella tarde que me iba a Londres a estudiar. Te dije que no tenía importancia
para que no sufrieras pero... Tu imagen se me deshizo en la cabeza, se me
congeló el corazón y la garganta fue el vertedero de la arena del desierto. Se
me aflojo la vida y me orine de miedo. Se me confinó en mi dormitorio hasta la salida a la estación.
No me lo pensé, me lancé por la ventana sin sopesar que nuestra casa era de estilo
colonial y un primero valía por cualquier tercero. Se me torció el tobillo y
aún hoy me hace cojear, pero no me importa, eso ha mantenido viva la imagen de
aquel postrer encuentro. Lo recuerdo con todo detalle, aún permanece en mi
cerebro la sensación de olor a jabón y almidón fresco, el reverberar de los
rayos del sol filtrándose por los visillos de tu cuarto en el turquesa de tus
ojos, el vibrar de tu risa con el encanto y delicadeza de la celesta, la
suavidad de melocotón de tu piel limpia y morena y el arrebolamiento de las
mejillas firmes, cálidas y sinceras.
La delicadeza con que tus manos
acariciaron las mías no se me ha olvidado en todo este tiempo y los vellos se
ponen en pie cuando rememoró el roce de tus labios en los míos aquella
despedida cruel a la que nos forzaron. No creas que la distancia pudo con mi
amor. Se que te visitaron para hacerte perder cualquier esperanza. Mi padre
cometió la felonía. No se que te dirían pero tus cartas se interrumpieron. Se
que no creíste nada aunque te viste obligada a suspender la espera. Nunca, ni
en los momentos de mayor desesperación te culpé de nada. Las tres cartas que
recibí las memoricé y eran el estimulo que me permitía arrastrar mi árida
existencia en el Reino Unido.
Ha pasado el tiempo ya lo se. Te
casaste, ¿que otra cosa podías hacer?. Me casé..., fui débil, no debí rendirme,
no yo..., pero nunca te olvidé. Se casó mi cuerpo, con el que consumé el
contrato, porque solo fue eso, un contrato; mi alma siguió siendo tuya y aún
hoy es tuya por eso nunca perdí noticia de tu vida, ¿cómo se podía olvidar la
razón de la existencia?. De haber olvidado tu calor, la entrega en aquella
bendita orilla emboscados entre los juncos, tus besos, tu orgasmo que no
acababa, habría muerto de asfixia por falta del aire de tus suspiros, de
inanición a falta de la comida de tus labios, el descanso de tu sexo me
permitía dormir cada noche. Sin ti mi amor yo no soy nada.
Y como me era imposible continuar
existiendo sin ti, sin verte, te espié. Fue un viaje tedioso y largo desde
Londres, pero mereció la pena. Perdóname, pero me aposté entre las flores de la
plaza del mercado y esperé hasta que apareciste con tu cesta pero sin valor
para darme a ver, sabía que estabas casada ya y no quería añadir a tu
sacrificio más dolor, sabiendo que tu honestidad te impediría seguirme pero te
desgarraría el corazón y a mi me llevaría definitivamente a la desesperación
del suicidio. Estabas magnifica con tu uniforme negro y tu delantal blanquísimo
llevando de la mano aquel niño, que por su conducta caprichosa y detestable no
podía ser mas que un niño de la casa consentido y maleducado, que con lo buena
que tu eres seguro que te esclavizaba y te hacía penar y me sangraba el corazón
viéndote intentar convencerle de que no se soltase de la mano y te acompañase.
Seguías con tu misma cintura de avispa, tu seno generoso y las caderas
acogedoras que temblaban bajo mi mano cuando conseguían medirlas con la firmeza
del gesto cariñoso que palpaba la dureza de tu carne. Y alcanzaba a ver el
bronceo de tus torneadas piernas que imaginaba como ascendían cual columnas de
un templo dedicado al amor mas enloquecedor juntándose en el cielo del placer,
aquel, que imposible de imaginar, experimenté mientras era cosquilleado por los
juncos doblegados bajo el peso de nuestro amor. Tuve que reprimir el ímpetu juvenil
que me empujaba a salir del escondite tras los nardos y raptarte en un
arrebato, para perdernos en lo mas profundo del olvido del dolor que suponía la
separación que nos acongojaba en la ignorancia de la infelicidad mutua.
Siempre creí en ti pero..., no
hay nada peor que la murmuración. Nadie me dijo directamente nada de ti, les
habría partido el alma pero dejaban caer frases sueltas cuando sabían que yo
escuchaba y consiguieron sembrar la cizaña en mi confianza. Tenía que verte,
mirar a tus ojos y ver si ese color turquesa se había enturbiado con el fango
del tunanterio en que todos parecían coincidir que te habías engolfado. No tuve
mas que mirarte entre aquellas varas en flor para saber que todo era una
asquerosa mentira urdida para apartarnos. ¿Qué clase de aversión podía tener mi
padre por ti?. Es mi padre, si, pero se merece mi maldición por eso.
Cuando aquel tiranuelo te dio esa
patada en la espinilla porque te negabas a soltarle de la mano, se me subió la
sangre a la cabeza, se me tiñó la vista de rojo y quise abalanzarme. Sentí yo
el dolor en lo mas profundo de mis entrañas, quise vomitar de rabia y salí de
mi encelada pero al tropezar con una maceta me enfrié en mis ansias de venganza
y no debí enfriarme, quizá si..., ya no tiene solución. Yo ya tenía novia, una
inglesa colorada y de pelo color panocha, no era mala, resultó borracha al
final, como todas estas y me abandonó por uno de su calaña, yo no trasegaba lo
suficiente para su gusto al parecer y tu tenías al Antonio, buen chaval, aunque
un poco brutote, pero de haber salido de mi escondite y haberte abordado
habríamos terminado juntos para siempre y hoy no estaría escribiéndote estas
líneas.
Para cuando me había disculpado
con la dueña de los nardos tu habías desaparecido en el tráfago de la plaza y
no volví a verte ya.
Todavía es hoy, ¡ha llovido, Dios
mío!, y no me explico como nada mas verte, en lugar de irme para ti, llenarme
de tu vida, beberte con mis ojos y arrebatarte de esa vida de macuma uniformada
que me hería el alma, decidí emboscarme para espiarte de lejos. Caí en la
depresión mas inmisericorde. No era hombre para arrancar de mi memoria esa
imagen de caderas basculantes sostenidas por dos pantorrillas perfectas con ese
bamboleo de las faldas que incitaba a especular con el roce de los muslos cerca
la humedad mas dulce, de la oscuridad rasgada a orilla de aquel río ya
imposible.
Me negué a comer. Aceptaba
hacerlo si eras tu la que me daba la comida de tu mano..., y tu estabas lejos,
en otro mundo, en otra vida. Había ya decidido morir si no podía vivir contigo,
dejarme llevar de la nostalgia para apurarla como una fruta pasada y
desagradable como tu ausencia, pero dulce como la promesa de la muerte que me
liberaría dolor de no poder tenerte, de no poder ser en ti, entrar en ti, ser
solo uno contigo, mi Rosa. Y una vez mas mi padre con el dinero, que es capaz
de corromper hasta la misma muerte, que para él es la sangre que vivifica su
corazón quiso solventarlo todo, como si quisiese rescatar una joya pignorada, o
levantar el embargo de una propiedad, que a la postre era lo que yo era para
él, su propiedad y por eso me llevó a aquella clínica carísima donde me
tendrían que curar de mi tristeza maligna, que para eso invertía su peculio en
ello.
A la primera descarga el universo
entero estalló en miles de estrellas en mi cerebro y cada una de ellas llevaba
tu cara. Cagué, meé y eyaculé todo a la vez, me sentí sucio y desgraciado y
esa, decían, era la forma de rescatarme del laberinto del minotauro de la
tristeza. Me dejó maltrecho para días y cuando me recuperaba a fuerza de
recordar tu risa, de cegarme con el fuego de tus ojos y la dulzura de tus
labios me desgarraron con mas descargas eléctricas y luego mas y mas hasta que
me hicieron olvidar quien era yo, pero no consiguieron hacerme olvidarte a ti,
pero le hice creer que si, para que dejasen de torturarme. Al cabo de trece
meses mi padre dio por recuperada en forma de salud de su hijo la inversión
efectuada y volví a mi casa. La británica había decidido abandonarme por su
compatriota, mas borracho que ella y me alegré. Creo que eso fue lo que me
rescató de la profunda depresión, porque en contra de lo que suponía mi padre
las libras esterlinas de la muchacha no consiguieron ocultar a mis ojos su
afición a la ginebra. Casi sin querer aunque no sin dolor, la situación se
había reconducido al lugar que nunca debió abandonar: mi soledad, que
consagrase mi vida a tu devoción, a no olvidarte jamás.
Corrieron los días, pasaron las
estaciones; una persiguiendo a la otra, porfiando por adelantarse, y lejos de
diluirse mi amor en el océano de lagrimas y soledad en el que me vi arrojado se
recreció hasta tomar proporciones de rambla presidiendo cada acto, cada
resuello, cada segundo de mi detestable vida.
Me había resignado. Había
desistido ya de poder volver a verte, olerte, emocionarme con tu leve parpadeo
y saborear el aleteo de todas las mariposas primaverales en el estomago al
estimulo de tu mirada cuando sentí el galope del corazón al escuchar tu nombre
como protagonista de la desdicha, el infortunio de verse abocada a la perdida y
la soledad. Experimenté sentimientos encontrados. Sufrí por ti que debiste
saborear la amargura de la muerte de tu marido sin que nadie estuviese a tu
lado para aliviarte de la carga; también se que no llegaste a tener hijos, el
primero se te malogró y te dejaron hueca, ya sabes que te he seguido a pesar de
todo y siempre he sabido informarme de todos tus avatares. Pero además de la
punzada del dolor porque tu sufrías, mi corazón brincó de gozo sabiendo que
estabas libre y que quizá pudiéramos..., y se me viene a la memoria aquel día
en la ribera. ¿Sabes?, tengo en la nariz, como si los años no hubiesen pasado,
en realidad para mi amor no ha pasado, el olor a tierra húmeda, la tibieza de
la primavera besándonos a los dos en la piel, haciéndonos añadir gozo a nuestra
sensualidad y la frescura del agua lamiéndonos los pies mientras nuestros
cuerpos ayuntaban enardecidos de fiesta.
No he vuelto a verte desde aquel
día en el mercado y no se que pasaría si me pusiese delante de ti. ¿Me
reconocerías?. Has estado existiendo dentro de mi todo este tiempo y no se si
tu has pasado por el mismo calvario de añoranza y nostalgia que yo. Quizá todo
esté en mi cabeza y no sepas, no te acuerdes, te produzca indiferencia o temor,
mi presencia.
Creo que no soportaría que no te
acordases de mi, por eso aun no se si esta carta llegará a su destino. Cada vez
se me agiganta mas el terror pánico sobre mi cabeza por que puedas desechar la
carta con un “chalado de atar”, y revolees la carta donde no sea mas que un
papel viejo inservible. El sonido de la siringa mágica del fauno me enloquece y
prefiero hacer oídos sordos a palpitos inconvenientes y pesadillas espesas. Es
impensable, no barajable siquiera en mi imaginación mas desbordada la posibilidad
de que hayas olvidado mis ojos en los tuyos, mis manos adorando tus caderas,
nuestros labios provocando la energía del rayo cuando se rozaban, no es posible
que tu cuerpo haya olvidado el peso del mío, ni su ardor, ni su amor, en mi es
tan presente que me niego a pensar que en ti no quede ni rastro de nuestra vida
eterna, porque eterno era el amor que nos jurábamos y eterno sigue siendo en
mi.
No ha pasado un día, una noche,
un minuto en que tu semblante no haya iluminado mi existencia, haya guiado mi
camino. No tengo un solo retrato tuyo pero no me ha hecho falta, tu imagen en
mi cabeza es mas real y nítida que cualquier pintura así la hubiese realizado
un Velázquez o un Goya, porque en esa imagen que bulle viva en mi cabeza no
solo están tus rasgos, está tu risa limpia y franca, tu aroma a limpio y añil,
tu pelo, ese cabello de bucle grande ondeando cuando corrías a mis brazos al
encontrarnos en esa siempre omnipresente y siempre nueva orilla del río donde
nos consagramos el uno al otro sin mas oficiante que el aire terso y ligero del
levante ni mas testigos que los pececillos, que los papiros y los juncos
doblados bajo nuestro levísimo peso, porque era tal el amor que allí se
destilaba que flotábamos mientras nos amábamos sin reservas ni limites.
Cuando me dijeron que habías
enviudado algo saltó en mi corazón. Nunca habría imaginado que se te fuese a
morir el bueno de Antonio, tan sano que parecía, pero es como si la parca se
hubiera apiadado de nuestro lejanía y quisiese allanar obstáculos para nuestro reencuentro.
No se hasta que punto estarás con ganas de retomar nuestra relación donde nos
la robaron sin misericordia alguna; eres tan buena que seguro te gustará
guardar el luto oficial, pero a pesar de ello te escribo esta carta, no tan
larga como hubiera querido yo, que interminable tendría que haber sido, pero
suficiente para que sepas que no estás sola, que sigo aquí para ti, como
siempre. Todo el tiempo transcurrido no es nada ya, el sufrimiento de tu
ausencia se borró. Palpo, huelo tu presencia, cierro los ojos y hasta soy capaz
de tocar el terciopelo de tu piel con mis dedos. Cuando leas esta carta se que
se te erizarán todos los vellos del cuerpo y quiero que te olvides de esos
ochenta y dos años que has cumplido para que yo pueda hablarte ahora que vuelves
a ser libre. Desde mis ochenta y cuatro algo achacosos te digo que estarás tan
bella y lozana como siempre, quizá el pelo algo mas plateado como signo de que
has ganado en valía a lo largo de estos pocos años en que hemos estado
separados a mi pesar..., ¿al tuyo también, amor mío?.
Solo de pensar que voy, en breve,
a volver a tomar tus manos, finas y delicadas entre las mías me hace temblar
como aquel adolescente que en la Alameda del Río se llevó la primera bofetada
de su vida cuando se acercó a la muchacha mas bella que paseaba el cuerpo mas
gentil de todo el pueblo. El roce de tu mano en mi mejilla por mucha fuerza que
llevase esa mano al bosquejar la caricia, me dejó tan a tus pies como ahora me
hallo, que veo cerca el encuentro para poder dar cumplimiento a la tendencia de
mi corazón que es el mandato de, sin dilación, unirme a ti.
Quizá pienses que ya no tenemos
edad. Hablar de la edad querida mía es como hablar de la verdad, ¿quién puede
decir lo que es?. Lo mismo que lo que nos esforzamos por llamar verdad no es
mas que otra forma de mentira, la edad no es sino otra forma de medir nuestra
impaciencia por saber si realmente seremos inmortales o acabaremos rendidos a
esa mentira que es la gran verdad de la vida: la muerte. Dirás que han pasado años
y años pero medítalo bien, porque para mi esos años y años que tanto te
aplastan, que terminan por dejarte inmóvil como se quedan los muertos, esos
años para mi, repito, solo han sido sufrimientos y angustias que me han ayudado
a continuar avizorando el horizonte por si se hacía la luz, esa luz que es tu
mirada y tu sonrisa amplia y sincera; y ya ves, ese momento ha llegado y me
alegro por lo que he pasado porque ahora puedo por contraste saber que lo
pasado se justifica solo por este momento en que intuyo como una posibilidad
real el que puedas volver a acariciarme y susurrarme al oído como aquella
gloriosa tarde, que me quieres. Nada tiene que ver el amor con las hojas del
almanaque que inexorables caducan día a día. El amor nace de la inmortalidad del
ser y por tanto inmune a su contingencia. Mi amor, Rosa sigue siendo el mismo
amor de adolescente que nunca pudo llegar a desarrollarse porque a fuerza de
oro le detuvieron, como se detiene a un subversivo, con alevosía, casi con
nocturnidad, con escalo, el mío, arrojándome del balcón para reunirme contigo,
sin darle tiempo ni a coger la camisa y así han mantenido ese amor insolente,
irrefrenable, insobornable, durante toda una vida, pero no han conseguido
matarle, porque yo me he encargado de alimentarle, mimarle y no dejarle caer en
el olvido.
Como si fuese el imberbe que te
robó el corazón junto al río hace unos minutos aunque a ti te hubiesen parecido
años, te esperaré en la acera de enfrente de tu casa. Cuando hayas leído estas
letras descorre los visillos y mira al otro lado de la calle, quizá el que veas
esté algo cambiado y no reconozcas en él al muchacho cojitranco que llegó
jadeante a contarte la tropelía que su padre iba a cometer con los dos, conmigo
sobre todo pero contigo también. Pero no te quedes en la piel, que si, puede
cambiar algo; mira mas dentro, utiliza los ojos de tu corazón y penetra esa
piel ajada a través de mis ojos y te sorprenderá ver que sigo dentro de esos
ochenta y cuatro años y que aún podemos vivir una eternidad de felicidad,
porque un segundo de mirada intensa de deseo total del otro vale por todo un
universo infinito que nunca tendrá fin, aunque se acabe por trasformar en
cenizas.
Ya acabo estas mal hiladas frases
con las que he querido refrescar de mi memoria imágenes de las que he podido
sobrevivir en esta tumba negra que ha sido mi absurda vida sin ti. Vuelo a tu
casa a esperar que se mueva ese visillo y al descorrerse se inaugure una nueva
era. No quiero ni imaginar que nunca desvelarás la cortinilla dejándome en la
incertidumbre de saber si es que ya no te acuerdas de mi y piensas que un loco
está haciendo de las suyas o es que acordándote no quieres saber ya nada de mi
porque nunca fui para ti mas que una aventura de primavera bajo la luz cegadora
del levante. Y así y todo quiero que sepas que siempre, siempre te querré como
nadie jamás pudo pensar siquiera en quererte.
14.11.12

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