Rebuscaba las llaves del apartamento que Federico le
había dado cuando le pareció haber escuchado grititos que se escuchaban del
otro lado de la puerta que ella pretendía abrir. Quedó en silencio conteniendo
la respiración con toda su atención concentrada en los oídos, los párpados
entornados. Nada, ni el vuelo de una mosca. Habría sido una imaginación suya.
Se disponía ya a introducir la llave en la cerradura cuando desde dentro le
llegó un grito perfectamente audible de una voz masculina de alguna forma
familiar.
-
¡Maricón!. Ni se te ocurra.
María se quedó petrificada. Lo primero que hizo fue
comprobar que el piso en el que estaba era el indicado; efectivamente no se
había equivocado, era el piso y la puerta era la puerta. Introdujo con suavidad
la llave en la cerradura, como un guante. No había duda, alguien, dos tíos
tenían que ser, se habían colado en el apartamento. Volvió a sacar la llave de
la cerradura con exquisito cuidado y volvió sobre sus pasos.
Bajo hasta la portería alarmada. Encontró al portero
repartiendo las cartas en los diferentes buzones.
-
Perdone usted.
-
Diga, señora.
El portero se volvió sorprendido quedándose mirando
con cara de extrañeza.
-
En el piso de Don Federico tiene que haber entrado alguien, he
escuchado voces que salían de la casa y hasta donde yo sé a estas horas no
debería haber nadie, porque Don Federico..., ¿no le habrá visto usted subir,
verdad?
-
¿Es usted familia?
María se sintió azorada, no tenía muy claro que
contestar. Sintió que se ruborizaba y aún se apocó más. Vaciló mientras
contestaba.
-
Bueno, verá, pues..., no soy de la familia, pero vamos, nos une una
amistad muy estrecha.
Se quedó el hombre observándola fijamente hasta que
puso cara de alivio, relajó el gesto y de forma cordial y cómplice respondió.
-
¡Ah!, ya, perdone usted señora. Yo la he visto subir unas cuantas veces
con Don Federico. Pero yo soy muy discreto, no me meto en nada, allá cada cual
con su vida, yo no estoy para inmiscuirme en la vida de los vecinos, si yo
quisiese..., pero bueno, yo no soy de esos. Don Federico subió con una señorita
hace como dos horas, yo los vi por casualidad, ¿sabe?
-
Gracias, ha sido usted muy amable, no necesito saber nada más.
El rubor de sus mejillas se tornó sin solución de
continuidad y la palidez de un cadáver se instaló en su rostro. El tono de su
voz pasó de dubitativo a frío y desapasionado. Estos radicales cambios no
pasaron desapercibidos al portero que se sintió en la necesidad de quitar
hierro al asunto.
-
No se disguste, señora, Don Federico siempre ha sido así, un poco viva
la virgen, no se toma nada de verdad en serio, pero no es mala persona, a mi no
me falta mi cestita por Navidad...
-
No le he pedido su opinión.
Se dio media vuelta y se dirigió a la calle. Estaba
a punto de salir, seguida por la sorprendida mirada del portero, cuando se
detuvo en seco. Estaba irritada, a punto de ebullición. Estaba dolida, no hacía
ni cuatro horas le declaraba su amor más incondicional y en cuanto se daba
media vuelta se la pegaba con la primera que encontraba. No iba a quedarse con
la callada por respuesta, ese cerdo se iba a enterar quien era ella. Si se
creía que había dado el paso de abandonar a su marido por él porque estaba
estúpidamente colada, ¡menuda sorpresa se iba a llevar! Se dio media vuelta y
con paso decidido se encaminó al ascensor. Tan boquiabierto estaba el portero
que tuvo que hacerse a un lado para que María no le arrollase.
Les iba a sorprender en plena faena. Se quitó los
zapatos al llegar al piso. Abrió la puerta con el mayor cuidado que supo y
cerró con cuidado. Se encaminó al dormitorio intentando no hacer ningún ruido.
La puerta de la habitación estaba abierta. Se plantó en el umbral. La pareja
estaba en pleno fragor de la batalla y no se percataron de su presencia. Con
los brazos en jarras e intentando que su tono de voz no trasparentase la
irritación que le hacía hervir habló sin
levantar la voz.
-
¿Molesto?
Estaban tan concentrados en labor que ni se
enteraron. Subió el tono una octava.
-
He dicho que si molesto, cerdo.
Ahora si, ahora si se enteraron. Pararon en sus
lúbricos movimientos. Durante unos interminables instantes se convirtieron en
una foto fija todos ellos. Parecían una escultura del museo de cera recién
plantada. Finalmente Federico se hizo a un lado de un salto dejando bien a la
vista su procáz excitación que se trasformó en cuestión de décimas de segundos
en ridícula detumescencia. Al tiempo, su pareja, con un rápido y diestro
movimiento, se cubrió con la sabana.
-
Esto, Federico, ¿tiene explicación?, ¿se trata de la venta de un piso
algo enrevesada?, ¿o es tu hermana que hacía años que no veías?
Federico estaba pálido, después se puso verde y sin
dejar de tragar saliva abría la boca sin emitir ni un solo sonido. Finalmente
se recuperó algo y pudo articular algo que el creyó convincente.
-
No te vayas a creer..., espera, deja que te explique, no vayas a sacar
conclusiones precipitadas.
Y volvió a quedar callado. Pensaba a toda velocidad,
no tenía idea de cómo salir de aquel atolladero. No tenía mucha defensa y no le
iba a quedar mas remedio que salir a toda carrera dejando la plaza al antojo
del enemigo. Tenía pocas opciones, y el enemigo apremiaba. La mejor defensa es
un buen ataque, quizá no le quedase otro remedio
-
Estoy esperando. No voy a tener más remedio que sacar conclusiones
precipitadas.
La cara de Federico dejo de ser verde para ponerse
roja y finalmente relajarse, quedarse pensativo, al modo del jugador de poker
abierto que destapa finalmente su carta oculta desvelando su juego. Mientras su
acompañante seguía muda con los ojos muy abiertos y tirando de la sabana
intentando taparse sus orondos senos, sin creerse lo que estaba sucediendo.
-
Bueno si, ya está. ¿Qué creías?, ¿que me iba a convertir en un monje
solo porque una madurita harta de una oscura, gris y aburrida vida sexual
quisiese echar una canita al aire?. Me encontraste precisamente porque yo soy
así, ¿qué persona le haría algo así a su mejor amigo, si no alguien como yo?
Todo en esta vida tiene sus luces y sus sombras y si aceptas las luces tienes
que asumir que cuando lleguen las sombras también las tendrás que sobrellevar.
No va a ser para ti las maduras y las duras todas para mi a base de
machacármela por los rincones.
Su acompañante de cama abrió la boca de forma
instintiva para contestar el exabrupto de su amante. No se dio cuenta que su
timbre de voz iba a añadir un factor más a la batalla que se estaba librando.
-
¡Que borde eres!, te han pillado en falta y ya está, no hace falta que
te pongas grosero con la mujer, por favor! Y tu reina, no hace falta que seas
tan sarcástica, con que montes el numerito de celos es suficiente.
La indignación de María quedó yugulada ante la
sorpresa de lo que acababa de escuchar y adoptando un aire entre divertido e
inquisitivo se dirigió a un Federico que había vuelto a palidecer al escuchar a
Silvia.
-
¿Es lo que me parece?, ¿además de promiscuo, bi?, ¿hasta estos niveles
has descendido? ¿Redondito, no? ¡Valiente degenerado estas hecho! ¿Cuál de los
dos fue el que dijo eso de “Maricón, ni se te ocurra”?.
Al tiempo que encadenaba esta sucesión de interrogantes
se acercaba a la cama despacio con una clara intención; comprobar la certeza de
sus sospechas. Mientras planteaba la última pregunta agarró con firmeza la
sabana que cubría a Silvia y con todas sus fuerzas tiró de ella.
Quedó al descubierto el imponente cuerpo de Silvia
adornada por alguna ligera imperfección. Hacía todo lo posible por ocultar sus
vergüenzas pero no lo conseguía ya que la naturaleza le había dotado con
generosidad de lo que ella intentaba escamotear con ahínco.
A pesar de saber casi con toda seguridad que es lo
que se iba a encontrar, la visión de tamaño adminículo en contraste con el
magnifico cuerpo que lo portaba le provocó un ataque de risa nerviosa imposible
de cohibir. La risa convulsa poco a poco se fue trasformando en llanto, en
rabioso llanto, desesperado llanto que le permitió sacar toda la inquina que
llevaba dentro hacia quien le había derrumbado todo el mundo que ella comenzó a
edificar desde que dio el salto al vacío abandonando a su marido y no solo eso,
sino que le hizo recrearse en su desamparo, sin dejarle opción a la
recuperación, no solo a él sino a ella misma, dinamitando todos los puentes que
podrían haber servido para una eventual vuelta atrás. Quedaba ahora
absolutamente sola. Acababa de comprender de la forma mas brutal que era lo que
sentía Roberto, la inanidad de saberse, no únicamente sola, sino irrelevante
para cualquiera, para todos. Se sentía maltratada, usada como un objeto,
engañada y al tiempo, irritada con ella misma por haberse dejado llevar por una
pasión, que se diluía ahora en el caldo sucio y pringoso de la lujuria de aquel
cerdo que la había utilizado.
Sin poder dejar de llorar, se sobrepuso para poder
agredirle de palabra, en forma que a ella siempre le parecería poco para lo que
le había hecho.
-
No solo eres la peor especie de sinvergüenza, eres cínico hasta rozar
el autismo, un psicótico peligroso cuyo principal merito es haber nacido,
porque desde aquel instante te dedicaste con denodada pasión a fastidiar a todo
lo que te rodea, a molestar, a estropear. Vales menos que una basura. Solo
deseo que alguna vez se te conceda tener corazón para que alguien te lo rompa y
sufras eternamente el dolor de sentirse despreciado. ¿Alguna vez fuiste
mínimamente sincero?, lo dudo. ¡Como debiste disfrutar contando tus hazañas de
conquista de maduritas con tus amigotes!, ¿Por qué no les contabas que también
te gusta enseñar la espalda, volverte?, eres cínico hasta contigo mismo,
despreciable espécimen que se engaña a si mismo, que se desprecia a si mismo para
no aceptar que lo que le gustan son los hombres...
-
Eso no te lo consiento...
-
¡Si, hombres!, ¿Te crees que porque tenga dos tetas, un pelucón
ridículo y mas pintura que El Prado se extingue el hecho principal de que está
mas dotado que tu?
Dejo que sus palabras cayesen sobre aquella reunión
esperpéntica como una bomba H. Había dejado de llorar y ahora sonreía
amargamente, sintiéndose crecida, moralmente gigante ante aquella pareja.
-
Se leal al menos contigo mismo y sal del armario de una vez, por lo
menos no engañaras a nadie y dejarás de hacer daño a todo el que tiene la mala
fortuna de rodearte.
Das pena..., y asco.
Lenta, abatida, desencantada y muerta se volvió para
salir de aquella casa en la que vio tanto horizonte, tanto futuro, la ilusión
que en Roberto no encontraría. Ahora
comprendía el engaño, su propio engaño. No se puede truncar una vida entera sin
pagar un precio, ella lo había pagado y se había quedado en números rojos, no
tenía idea si algún día podría volver a poner su cuenta de vida en superávit.
-
Espera, María, espera...
Se volvió como salta una liebre acosada por un
podenco y con la mirada fría y el gesto duro le cortó.
-
¡Ni me hables, me ensucias, no existo para ti!
Salía por el portal meditando su conseguida
desgracia cuando la abordó el portero.
-
Todo arreglado, ¿no?
-
¿Y a usted que coño le importa? ¡Cotilla!.
Salió a la calle y se puso a caminar sin rumbo. Las
piernas la llevaban un paso detrás de otro a ningún lado, porque no había lado
al que ir. Se había desahogado con Federico, y a pesar de todo estaba cada vez
mas vacía, porque el desahogo no servía de moneda de cambio para recuperar la
dignidad empeñada. Estaba dolida por lo que le hizo a Roberto y desorientada
por no saber si era su femenino sentido practico que le iba preparando el terreno
para volver con él o porque comparaba inconscientemente a aquel cerdo de
Federico con el aburrido, sensato y estable Roberto y llegaba a la conclusión
de que se había comportado injustamente con su marido que además era el puerto
seguro en el que debería poder encontrar abrigo. Despertaba de aquella mala
pesadilla gracias a haber sufrido en su carne un choque de trenes y padecía una
monumental resaca de la que no sabía como acabaría. La imagen de su marido se
agigantaba cada vez mas en su cabeza y su propia imagen se hacia cada vez mas
pequeña. Comenzó a llorar otra vez. Esta vez su llanto era de rabia, de pena,
de arrepentimiento y de soledad. ¿Con que cara se presentaba ella en casa de su
marido, cuando ella se la quiso arrebatar no hacía ni cuatro horas?, ¿Qué le
había ocurrido para ser tan cruel con él? El cabrón de Federico sabía como
hacerla sentir y ahora podría dar toda la vida por no haberlo sentido. ¿La
edad?, y que mas daba lo que fuese, el hecho era incontestable; había derruido
un bonito, aburrido y sólido edificio de un maldito, caprichoso y contundente
golpe; con esos escombros ahora dudaba que se pudiera volver a edificar nada.
Asumió que si quizá la pasión desapareció hacía tiempo entre ella y Roberto le
quería, de otra manera, pero le quería. Después de todo lo ocurrido él no
podría volver a mirarla igual, ella no le miraría igual. Lo de Esther no fue
más que un alcahuete para salirse con la suya, capricho de niña malcriada. Y
luego la putada que se permitió hacerle, con toda la frialdad a su amiga. ¡Joder,
era su verdadera amiga! Lo que más recordaba era a aquellas dos niñas de
pañales abrazadas, llorando al sentirse abandonadas, por el único referente que
tenían a esa edad, sus madres. Ella, Esther, podría ser la persona que quizá le
podría echar un cable en tales circunstancias, pero hasta ese barco había sido
tan estúpida de quemar.
Deseaba desaparecer, buscar un refugio en el que dar
rienda suelta a su amargura, llorar a gritos y poder desahogarse sin ser vista,
donde nadie, nadie, la conociese. Se sentía como un animal herido que busca
cobijo para saberse seguro, una madriguera donde no se le adivinara la
vulnerabilidad que la convertía en victima fácil, pero era incapaz de pensar
con claridad, embotada por la desazón. Estaba irremisiblemente perdida. Una
casualidad como casi siempre la sacó de su estatismo y le obligó a buscar la
salida.
Una persona de edad se apiadó al ver una mujer de
mediana edad llorando desconsolada caminando vacilante, abatida y no pudo
reprimirse.
-
¿Le ocurre a usted algo, señora? ¿Le puedo ayudar en algo?
Se giró para ocultar sus lágrimas y en ese momento
vio en la acera de enfrente un cartel que con antiguos y toscos caracteres
anunciaba una pensión.
-
No, gracias, es usted muy amable, no me pasa nada, algo me ha debido
entrar en el ojo. Estaba..., buscando aquella pensión.
Mientras levantaba su mano derecha para señalar el
cartel que acababa de leer comenzó a cruzar la calle.
Subió hasta el segundo piso de una vetusta casa con
un amplio y decadente portal. El cartel de No Funciona en la reja modernista
del ascensor le obligó a ascender penosamente haciendo crujir los gastados
escalones de madera infinitas veces fregado con cepillo de raíces y lejía. Un
sonido desagradable de vieja campanilla oxidada hizo abrir la mirilla de
filigrana de bronce a una mujer entrada en años. Una vez se percató del aspecto
de quien quería entrar volvió a cerrar la mirilla y transcurridos unos
instantes un descorrer de cerrojo precedió al chirriar de los goznes de la
puerta.
-
Buenas tardes, perdone usted por las suspicacias pero hoy en día son
pocas las precauciones tal como están las cosas. ¿Qué desea?
-
Lo comprendo. He tenido un contratiempo y voy a tener que pasar la
noche en esta ciudad, he visto ésta pensión y no me ha parecido mal sitio, si
tiene habitación, claro.
La señora le miró despacio, descaradamente educada,
de arriba abajo. La indumentaria elegante e informal al tiempo, ligeramente
atrevida, de diseñador italiano, no dejaba lugar a dudas de la extracción
social de su portadora. Aquella vestimenta casaba mejor con un hotel de al
menos cuatro estrellas pensado para altos ejecutivos en transito que con la
pensión que regentaba aquella vieja mercenaria.
-
Habitación si tengo, desde luego, pero me va a permitir que le pregunte
porqué esta vieja pensión en lugar del Marqués de los Rodales que está nada más
que dos calles más arriba y en el que usted, por las pintas, se encontraría más
a sus anchas. Yo aquí solo le puedo ofrecer la cama y un lavabo, el servicio es
común, al final del pasillo. Yo no soy quien para entrometerme pero es normal
que me escame. ¿No estará huyendo de la bofia?
-
Bueno..., en realidad he tenido un pequeño disgustillo en casa y aquí
estoy segura de que no me encontrarán. Necesito estar sola para ordenar mis
ideas. Ni siquiera se muy bien que hago aquí, perdone, ya me voy.
-
¡Acabáramos!, hombres, como siempre, el mejor colgao, se lo digo yo,
que de esa gente sé algo. Aquí estará a salvo del cabrón que le haya hecho daño
y si se le ocurre aparecer por aquí, me lo como. Pase, pase. Vamos entre. Ahora
mismo le preparo un carajillo para que se entone y luego me lo cuenta todo,
¿eh, querida? Venga por aquí, le enseñaré su habitación. Ahora vengo a buscarla
cuando lo tenga todo preparado, y si después quiere se va, pero en ese estado,
ni hablar o no me llamo Esmeralda.
Ante la determinación de la mujer era imposible
negarse y menos en el estado en que se encontraba María. Cerró tras de si la
puerta de la habitación desangelada. Tuvo que empujar con firmeza porque no
ajustaba bien al cerco, tantos eran los años que atesoraba en sus vetas
descoloridas.
El sonido de los muelles del somier le trajo a la
memoria recuerdos antiguos de su infancia, cuando saltaba sobre la cama hasta
caer rendida y luego su madre le castigaba por desordenarla. Palpó
mecánicamente el colchón comprobando lo que se le antojaba irreal. ¡Un colchón
de lana! No tenía muy seguro que pudiese dormir allí, ni estaba acostumbrada al
“hoyo”, ni al sonido de los muelles al moverse, pero tampoco estaba muy segura
ni de querer quedarse, ni de dormir esa noche. Echó una ojeada a la habitación,
era grande, desaprovechada, con un balcón a la calle que velaba la luz con
contraventanas de madera que se ajustaban con fallebas. Unos visillos con algún
boquete toscamente remendado decoraban de alguna manera las amplias hojas que
daban paso al balcón. Paredes desconchadas, un lavabo del tamaño de la toca
antigua de una hija de la caridad, en una esquina, con un solo grifo de cruceta
asomando de la pared, una antigualla de aquellos tiempos en que no tener que
usarlo era toda una bendición. El suelo dameado de losetas desportilladas en su
mayoría, autentico objeto de arqueólogo, un cabecero de latón y un enorme
armario de dos cuerpos con un espejo de luna desazogado completaban todo el
decorado de aquel escenario de tragedia de desheredado. Cutre, a ese plano
había descendido por su mala cabeza. ¡Cuánto echaba de menos su exquisito
duplex!, pero eso era ya un sueño imposible. No tenía ni ganas de llorar, solo
de dormir para no despertar jamás. Estaba alcanzando los abismos más negros de
la desesperación cuando llamaron a la puerta.
-
Señora, ya tengo eso preparado, ande, acompáñeme a la cocina.
Se levantó sin ganas, más por educación, por no
desairar a la mujer que le ofrecía desinteresadamente su apoyo.
Tuvo que hacer un sobreesfuerzo para desencajar la
puerta y salió. La mujer se sintió obligada a explicarse.
-
Se hinchó este invierno y luego no ha vuelto a su ser, y no hay quien
encuentre un carpintero que le pase el cepillo; todos quieren poner una puerta
nueva, estando esta como en el primer día. Unos sin vergüenzas, nada más. Ala,
vamos a la cocina.
Echó a andar pasillo adelante con María en pos. Era
una mujer grande, de esqueleto rotundo. En tiempos debió ser todo un monumento
y aún se le adivinaban las formas curvas más sensuales. A pesar de su peso, las
caderas se bamboleaban con gracia y meneaba el trasero sin intención de
provocar, en un gesto tan repetido durante décadas que le sería imposible de
modificar. A ojos vistas se comprendía que la coquetería formaba parte de su
personalidad y no se comprendía a ella misma sin su toque de glamour domestico
resto de otros tiempos en que haría estragos en el planeta de los hombres.
Al llegar a la cocina se fijó bien en su cara. ¿Cómo
no se había dado cuenta del revoco de la cara?. No estaba pintada, estaba
revocada, los ojos aparecían emborronados como con dos carbones y el colorete,
parecía extendido por su mejor enemigo. Los labios excesivamente delgados por
razón de la edad ampliaban horizontes mediante el sencillo método de pintarlos,
al parecer con una mortadela por pintalabios. Su aspecto bizarro no se le
escapó en esta ocasión a María metida a observadora imparcial. El pasado de
aquella mujer no podía ser otro que turbulento; a sus setenta y muchos años se
resistía a tener mas de cincuenta y a ello se entregaba con ahínco y firmeza de
voluntad con un resultado mas bien hilarante y vagamente tierno. Producía
condescendencia y ternura aquella ingenuidad. No podía sospechar María el corazón
de tigresa sempiternamente joven que guardaba aquel generoso busto que ella se
empeñaba en enseñar con orgullo.
-
Venga, siéntate, hija. Perdona que te llame así, pero, ¿sabes?, podías
ser mi hija.
El rostro se le contrajo en una mueca de dolor, de
pena profunda y aceptada pero no por ello menos viva.
-
Un hideputa se la llevó al otro barrio de una paliza, tu edad tendría
ahora. Por ahí está todavía él y mi niña en el hoyo, fría como un bacalao. Si
tuviera un hombre en lugar de un calzonazos ya le habría yo ajustado las
cuentas, pero...
Se enjugó una solitaria lágrima que valía por la
entereza con que se derramaba, como si hubiese sido una catarata y cambió la
entonación.
-
Pero bueno, no voy a hablar de lo mío que ya no tiene más salida que la
desdentada. Cuenta, que te ha pasado hija. ¿Qué te han hecho? ¿Cómo has dado en
mi casa?
Sin ganas, por gratitud, comenzó a revivir para
aquella compasiva mujer todo lo pasado en los últimos cuatro días como
culminación a su infidelidad de más de un año. Mientras escuchaba de si misma
el relato, verbalizaba las emociones, intentaba componer una historia algo
coherente, que respondiese a una lógica interna, se iba dando cuenta de sus
inconsistencias, de sus mentiras de conveniencia e iba colocando en su mente
cada cosa en su sitio, tomando conciencia de su error. Esmeralda, la patrona de
la pensión, la escuchaba en silencio comprendiendo sus motivaciones,
disculpándola con compasión la irracionalidad de la pasión que tan bien conocía
ella, dándole espacio para que se perdonase a si misma, que aceptase su
actuación. Finalmente, cuando comprendió que no seguiría más allá de sus
propios miedos a la soledad la tranquilizó.
-
Hija, no te culpes, los hombres se merecen eso y más. Ellos te lo harán
a ti sin el más mínimo remordimiento, no porque sean malos, es que son así,
unos marrajos todos ellos. Hay que aprovecharse de sus debilidades sin
revelarles las nuestras; nosotras estamos dotadas por la naturaleza para
engañarlos a ellos que a su vez son incapaces de hacerlo con nosotras, que no
nos tragamos ni una de sus trapacerías. El hombre es como su sexo, ¿no te has
dado cuenta?, evidente, explicito, explosivo y poco duradero, los hombres son
lo que se ve, no busques más, porque no hay más cera que la que arde, cuando se
les agota su potencia valen poco más que para incordiarnos. Son simples y
desamparados y porque quieren dárselas de todo lo contrario se quieren
comportar a todas horas como es su sexo, duros, fuertes y desafiantes,
haciéndonos daño, no tienen espera. Nos envidian, créeme, y los he conocido de
todas las hechuras, da igual que sean ricos o pobres, cuando se trata de
intentar llevársenos al huerto son todos iguales. Pero lo hacen porque son
incapaces de vivir sin nosotras, nos necesitan, y a nosotras, que somos más inteligentes,
nos desarma esa indigencia de compañía y nos entregamos como estúpidas,
creyéndose ellos que tiene todos los triunfos, confundiendo, en su ignorancia,
nuestra ternura ante su desvalimiento con una absoluta debilidad, cuando lo
único que ellos tienen es una patética
ausencia de seguridad que rellenan con nuestra compañía.
No tengas dudas, mujer.
Vuelve con tu marido, te recibirá con los brazos abiertos y en menos de dos
meses se le habrá olvidado todo. Ellos solo recuerdan los buenos momentos, no tienen
presencia de ánimo para guardar los malos, no saben como enfrentarlos. Los
hombres son como esos cachorros indefensos que tanta ternura despiertan aunque
se vayan cagando y meando por todos los rincones de la casa, apetece
achucharlos y eso recompensa, las mierdas se limpian. No te culpes por lo que
has hecho, sea como sea él, seguro que alguna razón habrás tenido para hacerlo.
María escuchaba a Esmeralda enhebrar sus
razonamientos que le parecían irrebatiblemente maniqueos; pobres y ricos,
buenos y malos; pensamientos atrayentes por su simplicidad con la semilla de la
violencia en su ser y que ponían palabras a sentimientos que ella había tenido
en alguna ocasión sin saber como darles forma adecuada. La experiencia de
aquella mujer hablaba por su boca, utilizaba una filosofía de vida de
emergencia, era una interpretación de hospital de sangre; la mejor forma de
curar, amputar y sin amputar a enterrar. Era menester cortar por lo sano si se
quería tirar para adelante. El cielo de sus dudas se fue despejando a medida
que escuchaba aquella boca hablar y se iba agigantando en su mente la idea de
regresar y olvidar la pesadilla que había comenzado hacia escasas dos horas en
lo que creía su lecho de amor. ¿Qué para eso era debido cercenar su orgullo
recientemente adquirido?, mejor era eso que pudrirse en soledad y miseria con
toda su dotación de dignidad en orden.
Miró a su alrededor; los azulejos hasta altura de la
cabeza en su mayoría cuarteados por el paso de los años y los techos
chorreantes de grasa rancia de mas años aún. Los fogones antañones y en desuso
prostituidos en sostén de cocina de butano con la porcelana saltada en casi
todos los puntos. No, efectivamente no era ese el final que quería para ella.
No se consideraba una puta para terminar en ese estado, aunque Esmeralda
seguramente tampoco y era menester mirar en que había acabado por llevar una
vida tan airada como la que a ella se le presentaba por delante si no
reconducía los acontecimientos a aguas tranquilas aunque aburridas.
En ese momento, como una aparición sucia y
desgarrada se plantó en la puerta un hombrecillo pequeño, encorvado y
enclenque, con barba de varios días, cana, ataviado con una remendada camiseta
de asas, un pantalón apenas sujeto con unos tirantes y unas zapatillas de
orillo en chancla. De su boca colgaba una colilla humeante amenazando apagarse
de un momento a otro. La patrona volvió la cabeza a la puerta y en el tono de
voz que usualmente se usa con las bestezuelas domesticas se dirigió al
espectro.
-
¡¿Qué haces aquí?! Venga, ahueca el ala, que siempre tienes que estar
en todas las comidillas. Esto son cosas de mujeres y a ti no te interesan.
El hombre quedó vacilante, momento en el que la
ceniza de la colilla se precipitó al suelo lo que tuvo la virtud de provocar
aún mas irritación en la mujer.
-
¡Siempre igual de puerco!, ¡que te vayas te he dicho! Si haces maldita
la falta ya te llamaré. Y no hagas que me levante que estoy muy a gusto.
El hombre volvió grupas y de la misma silenciosa
forma que apareció en la puerta de la cocina despareció tristemente, sin dejar
siquiera memoria de su presencia.
-
Mi Lázaro. El es así de calladito, es muy bueno, pero a veces necesita
mano dura, porque más pronto se te sube a las barbas.
Al tiempo que hacía esa demorada
presentación-justificación, Esmeralda se levantó con extraña agilidad y sacó de
una alacena una botella de aguardiente.
-
Me lo trae de Galicia un señor, jubilado de viajante de comercio, que
aún está por mis huesos. Es del bueno. Un chorrito en el café despeja mucho las
ideas y da optimismo.
-
No, de verdad, yo no...
-
Pamplinas. Tú te tomas un buen carajillo y coges fuerzas para ir a tu
casa a recuperar lo que te pertenece. Ese hombre tuyo que tu dices ya tiene que
estar buscándose otra. Por lo que has contado, es de los que es incapaz de
respirar un aire si sabe que no lo respira también una mujer.
Se tomó de un trago el café alcoholizado sin tomarle
el gusto para no vomitar. No quería desairar a la mujer, pero el escalofrío que
le recorrió el cuerpo no lo pudo reprimir. Esmeralda soltó una descarada
risotada.
-
¡Ah!, ahí está. Ya te ha removido todo por dentro. Venga, a tu casa
niña, no te dejo aquí ni un minuto más. Y no se te ocurra dejar de llamarme
para contármelo todo.
Abrió el cajón de la mesa de la cocina y después de
rebuscar un rato extrajo una tarjeta grasienta con el nombre de la pensión y el
teléfono. Se la entregó y le acompaño a la puerta. Cuando se despidió en el
descansillo, la estrechó en su inmensa humanidad pudiendo apreciar netamente
María el sutil aroma a polvos de talco, mezclado con Maderas de Oriente y sudor
del día.
-
¡Que tengas suerte hija!
Se separó de ella y se le quedó mirando a los ojos
con los suyos líquidos de lagrimas de sentimiento y memoria.
-
Podías ser mi hija, ¿sabes?, podrías haber sido ella.
A María se le hizo un nudo en la garganta y antes de
que las lágrimas asomasen a sus ojos se dio media vuelta e inició el descenso
de las escaleras. Según bajaba escuchó la última sentencia de aquella mujer de
sincera humanidad.
-
Una última cosa, niña. Recuerda que nosotras también necesitamos de
ellos, mal que nos pese, pero nosotras lo sabemos y ellos se creen que no.
Suerte cariño.
Al salir a la calle era ya una calle diferente
porque ella era ya diferente, la charla de aquella mujerona la había
galvanizado, se sentía más segura y encima estaba segura de poder recuperar a
su marido. Rebuscó en el bolso en busca de las llaves del Mercedes y en ese
momento recordó, contrariada, donde lo dejó aparcado. Salió a la calzada y
levantó la mano alzando la voz.
-
¡Taxi!.
Regresó a su casa nervioso, lo que faltaba es que
Esther hubiese ido y él no estuviese. Bastante mal sabor de boca le había
dejado el violento enfrentamiento en el despacho del imbécil de Antoñito como
para que ahora tuviese que volver a pasar una tarde y noche otra vez rumiando
su soledad.
Sin salir del coche comenzó a meditar una vez más en
lo que ya no admitía mas cavilaciones. ¿Pero que le había hecho él a María para
que le vapulease con esa mala leche? Por más que rebuscaba en sus archivos de
agravios no conseguía encontrar ninguno de la suficiente entidad que
justificase ese encono, ese ensañamiento, porque lo que no le colaba, ya a
estas alturas del desencuentro, era la martingala del lío antiguo y casi
inocente con Esther. Su delito al parecer era no haber sido el típico marido
abusón y golfante, tópico de sábado, sabadéte, después del partido de la tele
con cubata incluido, que se encanalla con los amigotes de fin de semana y
mantiene el chorro de dinero reducido a goteo para que la capacidad de maniobra
de la mujer sea la justa.
Recordaba ahora el consejo de su padre perteneciente
a la media aristocracia rural: “Marca el bocado y aprieta lo justo para que no
escape la presa, pero ten cuidado, si aprietas poco se te zafará y revolverá y si aprietas mucho te quedarás con
el trozo en la boca y la pieza escapará despavorida para no volver a ponerse a
tu alcance y si puede, te empitonará a la menor oportunidad”, y eso era lo que
le había ocurrido a él con su mujer, fue demasiado blando. Tampoco habría sabido
ser de otra manera se tuvo que reconocer y a esas alturas de su vida no iba a
poder cambiar. Tendría que cerrar ese capitulo, reconocía que iba a querer a
María toda la vida, pero el mismo sentido practico que le servía para ejercer
su profesión con brillantez le hacía mirar adelante una vez comprobado y
experimentado que nada había que hacer, que nada se podía ya recuperar. Habría
que iniciar nueva andadura, acorazar el alma, tragarse las lágrimas y aceptar
los hechos consumados, todo lo demás era escupir al cielo. Acababa de pasar a
María a pasivo, no la borraba de su memoria, porque era parte de la vida que
acababa de clausurar, pero no podía permitir que interfiriese a partir de ese
momento en el diseño de su siguiente vida.
Con renovados ímpetus salió del coche e ilusionado
se dirigió al ascensor. Se iba a duchar, ponerse cómodo y esperar a Esther.
Había una posibilidad, aunque fuese remota, de que se pudiese retomar la
relación con su ex compañera de trabajo. Todo lo que le dijo el sábado en el
club sonaba más a mosqueo de irritación por no haberla llamado en tanto tiempo
que a lo que pareció. Las mujeres eran tan raras que solían decir justo lo
contrario de lo que estaban pensando por no se sabía que diablos. Mejor no
intentar entenderlas, porque sus entresijos eran como una cinta de Moebius,
cuando te crees que estas dentro te encuentras fuera y ya hecho a sus
peculiaridades de mareo de pronto se abren y te dejan salir despedidos de su
vida. Con Esther no intentaría más que vivir cada instante sin más horizonte
que el día siguiente, intentar hacer más proyectos era condenarse al
sufrimiento.
Estaba marcando la clave en el teclado de la puerta
cuando sonó el teléfono. Se precipitó con ansiedad dentro y descolgó.
-
Diga.
-
Ah, ya veo que has llegado. ¿Todavía te apetece que vaya a tu casa, o
habéis hecho las paces?
-
No seas mala Esther. Si estoy un poco más en aquel despacho salgo sin
una gota de sangre. Pero ya estoy recuperado..., tú me entiendes, abatido pero
no pensaba yo que iba a salir tan bien parado. Desde luego si no llega a ser
por Larry firmo allí mismo mi sentencia de muerte con la sonrisa en los labios.
Se lo tendré que agradecer siempre.
Hizo un deliberado silencio para neutralizar la
conversación que tomaba derroteros que no le interesaban. No quería hablar más
de aquello.
-
Esther.
-
¿Qué?
-
Me apetece que vengas. Por favor.
-
En media hora estoy allí.
-
Te espero.
Depositó con exquisito cuidado el auricular en el
zócalo y esbozó una amplia sonrisa de satisfacción. Estaba eufórico. Introdujo
en el equipo el disco de Carmina Burana y mientras se servía un trago largo de
Bourbon elevó su espíritu con el “Oh Fortuna”, la obertura mas explosiva y
salvaje que en aquel momento hubiera podido escuchar. Cuando la intensidad de
las voces del coro fue incrementándose tuvo que bajar el volumen no fuera a no
escuchar el timbre de la puerta. Estaba saboreando la solemne aria del bajo
cuando el campanilleo del timbre le hizo acelerar el ritmo del corazón. Apagó
la música sin contemplaciones y subió la escalera de tres en tres. Abrió.
Era una diosa descendida. Nunca la había visto tan
espléndida. El pelo suelto, casi ninguna pintura, el gesto sereno y la mirada
cercana. Los labios brillaban entreabiertos dejando adivinar unos dientes
blanquísimos; una promesa de sensualidad asedada. Una corriente eléctrica le
erizó los vellos y le derritió el corazón. Sin percatarse siquiera abrió una
amplia sonrisa y comenzó a jadear pasándose la lengua por los labios resecos de
deseo. Esther no necesitó de más explicaciones y de la forma mas natural
derramó sobre la calentura de Roberto todo un depósito de agua fría.
-
Nunca cambiaréis. ¡Cómo sois! No he venido a eso. Se suponía que
estabas abatido y yo te tenía que animar, pero ya veo que tú te animas solo. En
este plan me voy.
-
No, espera. No te vayas. Perdona. Me has impresionado, estas preciosa,
no he podido controlarme, después de todo estamos los dos libres y...
-
Pero eso no es motivo para que me acoses sin dejarme respirar. Que yo
te impresione bien, me halaga y que hace
años tuviésemos una relación no te da derecho.
-
Esther, ¡por dios que no te he tocado!
-
¡Hasta ahí podíamos haber llegado! Pero solo el asqueroso jadeo nada
más abrir la puerta ofende. No me atrevo a entrar, si esto es en el umbral,
como dé un paso dentro de tu casa me haces tu esclava sexual.
-
Por favor, Esther, no te pongas así. Pasa, ¿no? Te juro que no volveré
a...
Se interrumpió al entrar Esther en la casa. Cerró la
puerta tras ella y la invitó a bajar al salón.
-
¡Ah!, es un duplex.
-
¿No lo sabías? Pero, tú si habías estado aquí, conocías la casa, ¿no?
-
No, os comprasteis la casa un poco antes de marcharme al hospital y
luego ya, bueno, pues nos fuimos distanciando...
El deje de voz translucía añoranza, melancolía,
resignación tristemente aceptada, decepción de vida. Roberto la acompañó,
detrás de ella, hasta llegar a la luminosa estancia. Esther se acercó al
ventanal y no pudo por menos de soltar una exclamación de asombro por la vista
de la catedral que desde allí se divisaba. Tras los obligados comentarios de lo
perfecto del emplazamiento de la casa se sentaron en el sofá que daba la
espalda a la terraza.
-
Lo del distanciamiento se puede arreglar ahora. Me gustaría que esto no
se acabase aquí, si tú quieres naturalmente, pero deberías pensar en dar un
giro a tu vida incorporándome a mí al proyecto.
-
Ahora no es buen momento, Roberto. Espera a que termine todo el proceso
este, tan desagradable, y luego veremos. Y cambiando de tema, cuenta. ¿Que pasó
en el abogado?
-
¡El Abogado! Para más sarcasmo un antiguo compañero de colegio con el
que nunca me llevé bien, dicho así no da idea de la inquina que me profesaba.
Me odiaba. El muy cerdo ha disfrutado de lo lindo y María no ha podido estar
mas hiriente. Larry, siempre en su sitio, el único que ha puesto sensatez y
cordura en todo aquel circo. María exhibiendo esas ansias de revancha que me
resultan incomprensibles, de verdad, no entiendo ese coraje que me tiene, que
según dice tiene su raíz en aquel asunto nuestro, pero no me lo creo. Para mí
que no es más que el pretexto para justificar su infidelidad con Federico, que
por otra parte también tiene narices con quien ha ido a montárselo.
Roberto se encontraba crecido. Hablaba de la ruptura
con María como el que charla amigablemente sobre la última defección de
cualquier politiquillo de tercera. La suficiencia con que trataba el asunto le
permitía de paso a él exorcizar sus propios demonios de separación,
convenciéndose de lo acertado de su postura, contemporizando hasta el último
instante, sin dar la replica de odio, y desechando cualquier punto de
responsabilidad en todo aquel enojoso asunto.
-
Ahora, también te digo que ya sabrá quien es. Ella se cree que conoce a
Federico, pero para cuando se de cuenta a quien se ha entregado será demasiado
tarde. Solo espero que no le duela ni la mitad de lo que me ha dolido a mi su
devaneo.
Quedó en silencio pero su rostro era expresivo de
que continuaba el dialogo, una vez más con ella. Finalmente lanzó la pregunta
que le torturaba al aire, para no ser respondida porque el no sabía responderla
y no necesitaba explicaciones de nadie, necesitaba la respuesta vivenciada, no
explicada.
-
¿Cómo no me di cuenta antes de su aventura?, ¿en que coño estaría
pensando yo? ¡Pero si estaba cantado su abandono!, se la veía aburrida..., en
fin, que ya no caben vueltas atrás, es más, ya no las quiero.
Y hablando de
otra cosa, la jugadita que te hizo a ti también se las trae de calle...
-
Si, lo cierto es que su abandono en medio de la autopista me pareció
excesivo, daba la impresión que sobreactuaba a propósito. Me hizo una buena
faena..., pero nada que no se pudiese solventar con un poco de paciencia y
espíritu deportivo. Yo que creo que la conozco bien, mucho antes que tú, casi
te aseguraría que me inmoló en el altar de los celos para conseguir el favor de
los dioses de la justificación. Pero también te digo que antes o después se
caerá del guindo y tendrá que recoger velas. La estaré esperando.
Recompuso la figura, se estiró, echó los hombros
hacia atrás y produciendo otra entonación mas decidida continuó.
-
Cambio de tercio, porque no he venido para hacer el psicoanálisis de
María. A ti, por lo que he podido comprobar, no te ha herido mucho y en
cualquier caso tienes una buena encarnadura de alma. A rey muerto rey puesto,
¿a que si?
-
No es exactamente eso, no soy un fenómeno de la psiquiatría sin
enganche emocional alguno, pero en estos cuatro días he hecho de todo lo que me
han permitido hacer para conseguir que
las aguas volviesen a su cauce pero el empecinamiento del torrente por arrasarlo
todo era muy grande, así que con los lomos bien medidos con la vara de la
intransigencia de mi mujer he preferido pasar pagina y empezar otro capitulo.
No la voy a olvidar, decir eso sería mentir, han sido muchos años juntos
pero no la voy a consentir que
condicione el resto de mi vida. Lo que quede de ella será exclusivamente de mi
responsabilidad. Que me equivocaré otra vez, fijo, pero lo anotaré a mi debe.
Me ha dado con la puerta en las narices y me ha echado fuera; pasada la primera
impresión del rechazo me he dado cuenta que ese fuera no es la nada, era más
nada lo que había dentro. Puede que llegue hasta a agradecerle que me obligase
a conocer el exterior de ella y de mi. Solamente el temor a lo desconocido
pudiera hacerme quedar gimoteando a su puerta pero ya conoces mi temperamento
de frontera; me estimula el otro lado, pasada la primera impresión, no me
arredra, al contrario me da la vida.
¿Y tu qué? Desde la
perspectiva que da el tiempo, te fuiste huyendo ¿de mi, de ti, o de los dos? Te
has negado la felicidad. No te das cuenta que tienes derecho a ser feliz. Mira
Blanca. De lo que parecía un pozo seco de hondura desesperante ha sacado más
agua del pudiera necesitar para apagar su sed de felicidad. Date, dame una
oportunidad. Recuerda nuestros momentos gloriosos, que no lo fueron más porque
yo no tuve la suficiente valentía para cortar con María. Ahora no hay
obstáculos. ¿Qué me dices?
-
A lo largo de estos años he tenido algunos encuentros, unos
ilusionantes, otros no tanto y otros definitivamente desastrosos. Pero de todos
he sacado una conclusión, que te parecerá una estupidez nihilista, pero a mi me
ha servido para ir tirando sin demasiados desequilibrios. A la vida no se le
puede pedir felicidad, esperarla es un albur. Yo elijo la tristeza como opción.
Todo bicho viviente persigue la felicidad, la busca, mata y muere por ella si
es preciso y cuanto más se necesita más lejos se encuentra del anhelo. Si por
esos avatares del destino, la encuentras te pasas la vida temiendo perderla o
que te la arrebaten, lo que antes o después sucede y te sume en la apatía y la
desesperación. Si eliges, como yo, la opción “triste”, ten por seguro que nadie
te la intentará quitar. La tristeza elegida, es la felicidad, es garantía de
permanencia, no te frustrará perderla porque te la arrebaten porque el
espejismo humano más grande es perseguir la felicidad, no la melancolía.
¿Te acuerdas de Feliciano?
-
¿Qué Feliciano?, ¿Gálvez? ¿El gilipollas ese?
-
El mismo. Al poco de llegar al hospital coincidimos en una guardia,
dije de donde venía y te sacó a colación a ti. Me dijo que era tu íntimo y
comenzamos a salir. Jamás me he sentido más culpable de existir. No hacía una a
derechas..., y mira que me esforzaba.
Las lágrimas afloraron a los ojos de Esther y tuvo
que detenerse en su explicación. Roberto se acercó a ella pasándole el brazo
por los hombros atrayéndola hacia si. La consoló.
-
Vale, ya, déjalo. Tampoco me interesa la vida y milagros de ese pavo
real. Como persona es peor que el paradigma del egoísmo. Es un imbécil pagado
de si mismo.
Esther se serenó, retirándose prudentemente de su
acompañante. Sacó un pañuelo de su bolso y se enjugó.
-
No. Te lo quiero contar. No creas que he llegado a esta conclusión de
vida por frivolidad, que es pose para hacerme la interesante. Me juré
solemnemente que nunca más nadie me haría daño.
Se le endurecieron las facciones. Una Esther
distinta se personó en aquella habitación, una voz sin eco, vacía, la mirada
perdida, muerta, la respiración trabajosa, casi agónica. Contar todo aquello la
mataba. Aquella herida seguía abierta después de tanto tiempo y ella no había
sabido aún como cicatrizarla.
-
Tampoco hay mucho que contar. No esperes grandes cosas, ni lances
dignos de sangre. Fueron nueve meses, toda una preñez, que tuvo como fruto un
gran desengaño. Fue un día a día de pequeños pellizcos, dolorosos pero
soportables, no para gritar pero si para sufrir, sin cicatrices, pero con
memoria. Detalles sin aparente importancia, culpabilizaciones banales, medias
palabras indeterminadas dejadas caer como por azar, sarcasmos jocosos y recalques
de despistes cotidianos que terminaban por hacerte creer que eras una inútil
sin redención posible. Naturalmente con la disculpa condescendiente mediante,
para que resaltase como debiera el defecto a poner de relieve y todo en tono
monocorde, sin una palabra más alta que la otra, que tiene la virtud de añadir
aún más culpabilidad al propio defecto. Llega un momento, te lo aseguro, que
llegas a odiarte por lo imperfecta que puedes llegar a ser y por supuesto
indigna del otro. Más. No te puedes explicar como ese otro ha podido dejar caer
su privilegiada vista en ti, ser tan deleznable. El siempre tan perfecto,
imposible la equivocación y siempre seguro de gesto y determinación. Por
supuesto los juicios de cama eran inmisericordes, barnizados de comprensión, yo
siempre la sosa, insulsa, estatua de mármol..., pero claro, sin responsabilidad
mía, ¡por dios!, ¿qué culpa podía tener yo de una educación castrante y monjil?
pero ahí estaba él para rescatarme de mi indigencia y yo para agradecérselo
eternamente.
-
Tu, ¿estatua de mármol?, pero si eras un carbón incandescente. ¿Cómo se
lo consentiste? ¿En que pensabas, tonta?
Acompañó su última pregunta con otro achuchón cálido
e intencionado. Desplazó la mano que rebosaba, espumosa y chispeante de su
hombro, hacía su seno, acariciándoselo. Sintió un pequeño estremecimiento bajo
su palma lo que le animó a seguir en sus manejos. Esther fue contundente.
-
Por favor Roberto, así no vamos bien. Déjame
que termine.
-
Perdona, es que tu proximidad me estimula demasiado, compréndelo, estás
espléndida y tengo la sensación de que el tiempo no ha pasado. Hacia tiempo que
no me encontraba tan confortable. Me siento joven a tu lado.
-
De acuerdo, me alegro, es el mejor requiebro que he escuchado estos
días, pero quizá más adelante.
Se quedo silenciosa, con la mirada perdida, como
sopesando la conveniencia o la pertinencia de seguir, sin estar muy convencida
si le importaría a nadie y menos a Roberto. No quería darle lastima. Estaba
harta de dar y darse lastima. Ya no, eso era un lujo que ella no podía
permitirse sin agotar todo su crédito de autoestima. Pero reuniendo fuerzas
siguió.
-
El caso es que cómo según él, yo no le servía para casi nada en sexo,
cómo para todo, un día quedamos en que cuando saliese de mi turno me esperaría
en su casa con toda una sorpresa que conseguiría sacarme del ensimismamiento en
que yo, sexualmente, me encontraba. Aquello fue la guinda. Después de todo
tengo que agradecérselo, fue lo que me abrió los ojos. El señorito me esperaba
con otro amigo para jugar al bocadillo. Me sentí tan despreciada, degradada,
cosificada, tan nada amada que solo pude escupirle un “cerdo” en su cara y
marcharme. Estuve llorando todo el día. Decidí entonces que dejaría de intentar
ser feliz y así nadie me volvería a hacer daño. Por eso mi elección de tristeza
y te puedo asegurar que me ha funcionado, no es gran cosa vivir de esta manera
pero al menos nadie te roba tu estado de ánimo, a nadie le interesa la no
felicidad.
-
Pero yo si podría hacerte feliz. Te comprendo, has sufrido y no quieres
seguir haciéndolo, pero lo que yo te ofrezco es distinto. También es que
tuviste un acuerdo cojonudo, ¡el
Gálvez!, nada menos que el pavo ese. El fulano mas superficial y frívolo y
narciso y todos los calificativos que le quieras poner a un gilipollas de marca
mayor.
-
Tiene labia, es galante y enredaría a la mismísima virgen. Entra
suavito, como el mal moscatel y para salir te pasa la factura de un tremendo
dolor de cabeza, cuando quieres acordar estas, tan embriagada que no sabes como
quitártelo de encima y la solución es seguir bebiendo para que ya que te duele
la cabeza al menos que no se te baje el punto. ¡Es tan artificial el muy
cabrón!
No pudo seguir sin tener la seguridad de no estallar
en llanto, la cara tintada de rabia no tanto por lo recibido sino por lo
consentido.
-
Era como ser el adepto único de una secta destructiva. Poco a poco
quitándote la estima, convenciéndote de tu nadería hasta dejarte a merced del
dueño soberano de tu vida. Le mataría, Roberto, le mataría.
Ya no pudo reprimir más las lágrimas ni resistir el
embate del sitiador rindiéndose en los brazos que hacía ya tiempo que pugnaban
por expresar la posesión perfecta mediante el abrazo más estrecho. Se entregó a
la comodidad del pecho que se le ofrecía y al calor del cuerpo que le acogía.
Roberto sintió las lagrimas de Esther mojar su camisa y la humedad traspasada a
su piel le excitó como si hubiese retrocedido a sus quince años. Tanto la
rapidez de crecimiento de su carne como su pétrea dureza le regocijaron
haciéndole perder la compostura. Su sexo aprisionado quería reventar las
costuras del pantalón y su deseo las de la lujuria más ciega. Le apretó la
cabeza contra su pecho mientras le acariciaba el cabello y sin poder
remediarlo, a sabiendas que podía estropearlo todo, fue haciendo resbalar su
cara hacía su bragueta al tiempo que el se arrellanaba en el sofá para quedar
en posición perfecta a la felación, paso previo a mas ambiciosos planes.
Cuando Esther comprendió los fines de aquellos
extraños movimientos, ajenos por completo al consuelo que ella necesitaba se
revolvió morada de ira y violencia.
-
¡¿Es lo único que sabes pensar?! ¿Estas ciego? ¡Te estaba pidiendo
ayuda! No eres mejor que Feliciano. ¿En
que eres mejor tu, eh?, ¿en que? Solo querías aprovecharte de mí, te importa
una mierda si sufro o muero, para ti soy solo un boquete rodeado de carne caliente.
¡Pues no, cabrón, no!
Las mejillas se le volvieron de parafina blanda y
alguna otra parte de su anatomía también. Roberto sintió el pellizco del
vértigo y el terror pánico en su estomago. Había metido la pata hasta el
corvejón y si hubiera podido abofetearse lo habría hecho. ¿Cómo había podido perder
su dominio de esa forma? Demasiadas emociones en tan poco tiempo, se dijo, para
disculparse, pero en lo más profundo de su ser comprendía que el dulce abandono
al impulso vital de un sexo recuperado, tan pujante y joven, que se creía
perdido, era mas difícil de controlar que a una bandada de tiburones en medio
de una almadraba.
Esther se levantó nerviosa, llorosa de rabia y determinada
a marcharse cuanto antes. Se seco los ojos con el pañuelo que aún conservaba en
la mano, se recompuso la ropa desarmada por la prolongada estancia en el
asiento y recogiendo el bolso de un puñado se encaminó a la escalera. Roberto
aún alcanzó en un postrer intento a sujetar por una mano a su amiga intentando
retenerla. Ella se desprendió de la presa con inusitada violencia, si hubiese
tenido que arrancarse el brazo lo habría hecho, pero se quedó parada, vuelta de
espaldas a Roberto. Viendo que aún queriendo desaparecer, deseaba quedarse
intentó una disculpa.
-
Perdona, de verdad, perdona, soy una acémila. Vete si quieres, no me
merezco tu compañía. Te juro que ha sido pura animalidad, ni me he dado cuenta,
solo quería alcanzar fusión contigo, quería consolarte, acogerte, demostrarte
mi solidaridad y no he sabido. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?
-
¡No bruto!, no quiero que me lleves a ningún lado.
Se volvió hacía él encarándole y acercándose,
llorando rabiosamente, se confesó.
-
¡No entiendes nada!, ¿para que quieres tanta inteligencia si eres polla
nada mas? Ni conoces a las mujeres ni nunca las conocerás, ¡como todos! Eso que
tu quieres que sea primero, eso que tu te crees que me hace a mi el gran favor,
eso que vosotros, todos los hombres, creéis que es la razón de nuestra
existencia, me importa un bledo, nos importa menos que nada, es lo último. Un
beso dado con ternura, con sinceridad, sin prepotencia de macho, con amor,
¿sabes que es eso?, con amor, vale para una mujer y te la entrega absoluta, mas
que todas las pollas por grandes y duras que sean..., que haces que me ponga
ordinaria, estúpido.
Cambió su actitud de fiereza desbordada a otra mas
desengañada, desilusionada, hundió la cabeza entre los hombros dejando caer
desfallecidos los brazos a lo largo de su cuerpo y continuó.
-
Nunca viste más allá de mis tetas. Detrás está el corazón, tú tendrías
que saberlo. Siempre te quise. Me he odiado todos estos años por presentarte a
María. Te quería para mi, ahora ya me da igual confesártelo, lo nuestro no tiene
ningún futuro, no nos entenderíamos, estamos en ondas distintas..., y lo mas
doloroso es que no se como dejar de quererte. Me voy, no te guardo rencor, en
materia de mujeres eres incapaz de pensar con tu cabeza más grande, siempre lo
harás con la más pequeña que manda en ti. Ya nos veremos.
Roberto se levantó de un salto sujetando a Esther
que no se resistió. La abrazó con necesidad, intentando fundirse con ella y
susurrándole al oído.
-
No te vayas Esther, no me abandones. Intentaré cambiar, no podría vivir
sabiendo que te he herido y que estas lejos de mi. Se que te mereces algo
mejor, pero si tu me quieres, yo también te quiero. Déjame que te quiera, dame
la oportunidad de resarcirte de mi error.
Los brazos de Esther antes inertes, iniciaron un
viaje acariciador por la espalda de Roberto dando la replica al abrazo que la
sujetaba con dulzura. Alzó su cabeza poco a poco buscando la de Roberto, los
ojos cerrados tanteando la cara con los labios hasta alcanzar los de él
fundiéndose en un largo, amoroso y encendido beso lleno de sentimiento. Las
caderas de Esther bascularon hacia delante buscando sin rebozo el bajo vientre
de Roberto que ya palpitaba ansioso, recuperada la confianza. Sentir aquella
parte del cuerpo de su amante tensa
contra ella la enloqueció entregándose.
Sin levantar el tono de voz, conservando el cómplice
utilizado hasta el momento y pensando que ya la tenía en el bote se frotó,
cínico constitucional, unas imaginarias manos.
-
¿Quieres que subamos al dormitorio?
-
Si, te quiero, si, llévame a la cama.
Sin dejar de sujetarla por la cintura iniciaron los
dos muy juntos la ascensión que les llevaría al dormitorio. Al comenzar a subir
un peculiar ruido de timbre agudo llamó la atención de Esther.
-
¿Qué sonido es ese?
Sentada a bordo de su SLK, con la llave de contacto
en la mano, vacilaba ahora. Las palabras de la desconocida mujer iban perdiendo
fuerza de convicción a medida que pasaban los minutos. ¿Qué sabía ella de sus
relaciones? A todas luces una mercenaria reconvertida a la fuerza a patrona de
casa de citas cutre, destilaba acíbar por cada poro contra los hombres.
Poseedora de secretos de hombres de instintos primarios posiblemente sin ningún
punto en común con Roberto no era sostenible que sirviesen para su caso. Aunque
lo último que le dijo mientras bajaba la escalera era lo mas sensato que le
había escuchado. Era cierto, necesitaba un hombre a su lado, pero era
importante que el no lo supiese, ahí residía su fuerza. Por otra parte la
complicidad, la confianza que le había dado y el cariño primorosamente puesto
en cada consejo, aún equivocado le animaban a hacerle caso. Al fin y al cabo,
el mundo se le estaba hundiéndose a su alrededor, nada perdía por intentarlo.
Tampoco le había ido tan mal. Intentar recuperar una juventud loca nunca vivida
se le indigestó y no era capaz de discernir por donde rompería el cólico.
Un coche se le puso a su altura y le tocó la bocina
reclamado su atención. Salió de su estado de introspección y giró la cabeza. Se
le quedó mirando mientras el conductor hacía gestos incomprensibles para
finalmente accionar la ventanilla del acompañante y poder hablar.
-
¿Qué quiere?
-
Que si va a salir o piensa quedarse a vivir ahí.
Tomó conciencia entonces de que llevaba un buen rato
sentada en el coche con la llave en la mano sin meter en el contacto. Se sintió
apurada de repente y contestó atropelladamente.
-
¡Ah!, si, perdón, ya me iba, no me daba..., lo siento.
Arrancó a toda prisa y salió quemando goma, irritada
por haber sido pillada en falta. Recordó entonces el sarcasmo del conductor y
más se enfadó por no haberle respondido adecuadamente, pero se disculpó a sí
misma teniendo en cuenta su estado psíquico. No estaba fina, no. Se relajó en
medio del tráfago de coches y decidió no apresurarse en llegar. Tenía que
ordenar un poco las ideas, ya decidido que se presentaría en su casa a reclamar
su sitio intentando no perder muchas plumas en la pelea y desde luego
aparentando no haber perdido ni una.
Le sorprendió que el mando a distancia del garaje
siguiese funcionando. Habían pasado a penas dos días y la impresión de
extrañamiento era total. De forma automática entró y se dirigió a su plaza de
garaje. Verla vacía, esperándola, el BMW de Roberto al lado, como siempre. Le
parecía imposible, era como haber viajado en el tiempo o estar sometida a un
jet-lag espantoso que le desorientaba y le hacía ser un mero espectador de los
acontecimientos sin implicación alguna. Recordó al detener el coche los buenos
momentos vividos. La ilusión desbordada cuando entraron por vez primera en la
casa, aún vacía de muebles, la manera de hacer el amor sobre el suelo, ansiosa,
urgente, como si el mundo se acabase, para inaugurarla con buenos augurios. Y
ahora se enfrentaba a una de las peores páginas de su vida. Debía recoger velas
sin que se notase que lo hacía, tenía que preservar su orgullo, dando la
sensación de que se humillaba. Confiaba en su instinto, su natural intuición
para manejar la peor de las situaciones posibles; que Roberto, indignado y
cargado de razón la despachase con cajas destempladas, y encima se creciese con
su desgracia.
Descendió del coche y de forma automática pulsó el
mando para cerrar. Se sorprendió de haber dado por sentado que Roberto
estuviese en la casa, nunca barajó la posibilidad de que se hubiese marchado a
olvidar después del episodio del bufete. Tan bien le conocía que lo natural era
que tras el disgusto se refugiase en su casa, máxime cuando la vería ya
perdida. Tocó el capó del coche y lo sintió frío. Llevaba tiempo ya allí.
Respiró hondo y se dirigió al ascensor.
Encaró la puerta de entrada sintiendo toda una
bandada de mariposas en su estomago. Intentó serenarse y compuso la clave de
acceso. La puerta cedió y María la empujó con respeto y prevención.
La sangre en las venas se le heló. Se vio estúpida y
grotesca. De manos a boca se topó con su marido y su mejor amiga amartelados
subiendo la escalera. Las caras de sorpresa de ambos solo podían tener parangón
con la que suponía que a ella se le debía haber puesto. Transcurrió una
eternidad, el tiempo se detuvo, los gestos congelados, el ambiente se espesó y
las respiraciones se contuvieron. Cuando recobraron todos, el aliento fue
Roberto el que rompió el hielo.
-
Hola, ¿qué haces tu por aquí? Pasa, pasa.
María asumió la situación, la digirió en un instante
y calibró las oportunidades que le confería, el fortalecimiento que le acaban
de brindar a su inestable circunstancia y el estado de debilidad en que
quedaban sus dos oponentes. Les acababa de pillar con las manos en la masa; no
estaba ella tan descaminada en su explosión de irritación fingida y podría
seguir en ese camino para alcanzar su objetivo.
-
No es que me interese mucho, pero esto, ¿tiene explicación? Ya, ya, a
mi no tendría porque importarme, pero no me casan tus gimoteos de cornudo
herido con lo que estoy viendo. Una de dos, o estabas haciendo papeles en el
bufete de Antonio o los estás haciendo ahora. En cuanto a ti, querida, ya veo
que tus protestas de trato injusto sobre lo que no fue más que un escarceo de
juventud eran dignas de un Oscar a la mejor actriz secundaria, ¿entiendes?,
secundaria, ¿lo coges? Visto lo visto me quede corta dejándote salir del coche,
debí tirarte en marcha. Me parece mentira que haya podido ser amiga
incondicional tuya.
De su boca salían improperios tras improperios con
la sana intención de hacer el mayor daño posible pero su mente trabajaba más
deprisa que su lengua reprochándose el haber hecho caso a la tunanta vieja que
la convenció. Se sentía efectivamente necia representando el rol de mujer de
vuelta de casi todo que pilla en falta a un patoso mientras mete el dedo en la
tarta. ¿Qué hacer a continuación, darse media vuelta, dejando el campo libre a
la otra? ¿Cómo reharía su vida?, ¿sola?, no se sentía con fuerzas, antes o más
tarde necesitaría alguien al lado que le apoyase, que le consolase, en quien
reposar, donde abandonarse y mostrarse débil en la seguridad de que nadie
aprovecharía esa debilidad para dañarla sino para amarla aún más. No iba a
consentir que aquella escena fuese la última del drama en la que todo queda al
albur del capricho o las preferencias de los espectadores haciendo que
continuase en la imaginación de cada uno una vez caído el telón. Esta era vida
real, cruda y sin reescrituras, sin vuelta atrás, su vida de ahí en adelante
dependería de lo que se desarrollase en aquel rellano-hall del que partía la
escalera al piso de abajo..., de su casa. Tenía que defender que era su casa y
su marido sin que se notase que claudicaba, y si de paso, podía conservar a su
amiga, miel sobre hojuelas; todo habría sido una mala pesadilla de unas cuantas
horas presta a ser olvidada.
Roberto, pasada la primera impresión, tomó
conciencia de que no tenía nada de lo que esconderse, aunque íntimamente le
pareciese que cometía un acto reprobable, la realidad es que ella hacia escasos
dos días le dejó tirado como un trapo. ¿A cuento de que venía entonces esa
socarronería? Se rehizo y contestó.
-
¿A que has venido?, se te olvidó algo, ¿no? ¿No habré sido yo, el
olvidado? Deberías haber llamado antes. No creo que deba recordarte que fuiste
tu la que te largaste a vivir con otro tío, yo no te eché. Que vengas ahora e
intentes que me sienta culpable en mi propia casa no me parece muy honesto.
Para entrar en esta casa, tu, ya tienes que llamar al timbre.
-
Eso tendrá que decidirlo un juez. No te extrañe que el que tenga que
tocar el timbre tengas que ser tu.
-
¡Ah!, ¿pero habrá juez? ¿No quedamos que un trato privado sería mejor
para todos? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
María creyó llegado el momento de licuar el ambiente
que cada vez se iba poniendo más irrespirable, con consistencia de puré. Rebajó
el tono, adoptó una postura corporal mas relajada y domestica como la que
adopta la madre al reñir al hijo que ha hecho una travesura, sin dejar escapar
la oportunidad de dejar claro quien es el que manda
-
La verdad es que lo de esta tarde no se ha desarrollado como yo había
imaginado. Estuvo más violento de lo que hubiera apetecido pero como parece que
entre Antonio y tu la relación no es lo que pudiera llamarse fluida...
-
Pues lo cierto es que tú no estuviste muy conciliadora que digamos.
La natural disposición a la avenencia antes que a la
confrontación de Roberto era de sobra conocida por María que detectó al vuelo
ese sutil giro en la orientación que al principio tomó la conversación. Su
estrategia comenzaba a rendir fruto. Esther permanecía en silencio esperando la
menor oportunidad para poder salir volando de allí sin mirar atrás. Su ordenada
y monótona vida perfectamente acomodada a sus desengaños se había visto
abruptamente alterada por causas totalmente ajenas a su devenir programado para
no sufrir. Nunca se debió prestar a la tentación de recuperar un pasado
rematadamente perdido yendo a aquella cena. Pero ya no era cuestión de
arrepentirse, es trampa juzgar los acontecimientos “a posteriori”.
-
Estaba muy nerviosa, compréndelo, es difícil compendiar toda una vida
en común, incluso feliz, se podría llegar a decir, en un gélido documento lleno
de tecnicismos de código civil. Acaba por sonar todo a revancha cuando en
realidad son los matices los que es imposible mensurar y plasmar en un papel
siendo los que dan la justa medida de una relación. Si te he de ser sincera yo
salí de allí también con muy mal sabor de boca. Y se lo hice saber a Antonio.
No puedo culparte por intentar un consuelo con los medios a tu alcance; no soy
tan monstruosa, aunque a ti te lo parezca, como para no hacerme cargo de tu
sufrimiento.
-
No fue esa la impresión que yo me llevé.
-
Comprende que uno se debe también al papel que interpreta que
generalmente no se elige. Cada acto, cada suceso, no es más que el resumen de
todos los anteriores que a su vez son el resultado de unos más antiguos y llega
un momento que ni tu puedes reconocerte en el papel que las circunstancias te
han asignado. Cuando se echa la vista atrás y ve una en lo que ha parado no
sabe si arrepentirse o empecinarse en el camino emprendido, aunque se sepa
equivocado.
Me pasa eso contigo Esther.
No te creas que no me dolió dejarte tirada en medio de la noche, pero estaba
tan furiosa al enterarme de lo vuestro que no pude reprimirme y encima...
-
No te esfuerces, María, conmigo no. Conozco de ti hasta el sonido del
roce que hace la sangre al pasar por tus venas. A Roberto no me cabe duda que
le envolverás, a mi no. No me molestó tanto aquel rastrero abandono como que
ahora me tomes por lo que no soy. ¡Por favor!, no me desesperes. ¿Qué ocurre?,
¿que tu amante te ha dado con la puerta en las narices?, ¿se cansó de ti? Ya
metidos en harina, ¿no era lo que tú habías imaginado? ¿Por cuánto en el mundo
ibas tu a venir aquí?, ¿a que? Es solo curiosidad, ya me voy, te dejo el campo
libre. Os dejo solos. No pienso ni quiero hacerte sombra, ¿qué te ha hecho ese
tío para que te tengas que tragar ese orgullo tan enhiesto que has exhibido
últimamente y volver? El causante de
perder a mi mejor amiga tiene que habértela jugado mortal.
La había desenmascarado. A ella no podía engañarla.
Lastima perderla de amiga. A María se le acababa el tiempo y si seguía empeñada
en su línea de actuación corría el riesgo de perderle a él también. Solo
quedaba el desnudo. Cuando ya no te quedan armas ni siquiera defensivas lo más
sensato es apelar al instinto de inhibición que todos tenemos exponiéndose
voluntariamente al sacrificio, entregándose, y esperar que a su vez ese
instinto ritualizado de la entrega para morir no esté inhibido por el deseo de
venganza, tan humano, en el adversario Si se mostraba en toda su contingencia
posiblemente Roberto se compadecería. Estaba segura que la quería aún, a pesar
de todo y era la última baza a jugar, y de paso ajustaría cuentas con Federico.
-
Es cierto, es inútil seguir fingiendo. El cerdo de Federico no solo
jugaba con cartas marcadas sino que encima las barajas eran de diferentes
juegos. Si le hubiese cogido con otra mujer las reacciones habrían sido
automáticas, las normales de los celos de una mujer engañada pero..., así...,
para ese guión, con esos actores, yo no tenía entrada prevista. me dejó muda.
Me sacó del escenario...
Roberto abrió desmesuradamente los ojos mientras
dibujaba una amplia sonrisa en una cara expectante por lo que, ineluctablemente
iba a revelar a continuación María.
-
¿Y?..., venga, continúa, estoy en ascuas, no me puedo creer que..., ¿Federico?, ¿el
crápula de mi Federico?, eso no, ¡increíble!
Cohibió una carcajada al ir a contar el
descubrimiento, intentando mantenerse sería adecuándose a las circunstancias,
pero no pudo borrar la relajación que le producía en la cara el rememorar aquel
cuerpo impresionante de mujer adornado con los aún más impresionantes atributos
masculinos.
-
En mi vida había visto yo un pedazo tan enorme, aunque en realidad yo
no he visto tantos. De verdad, Roberto, el que aquel cuerpo tuviese dos enormes
tetas y estuviese revocado de maquillaje no le eximía de su condición de macho.
¡Federico estaba follando en la cama con un tío!, con aspecto de monumento de
mujer, pero con lo que hay que tener muy bien puesto.
-
¡Federico, maricón! Sorpresas te da la vida, que decía la canción. ¿Y
que dijo cuando le sorprendiste?, porque el muy cabrón tiene cara para eso y
para más aún.
-
¿Qué iba a decir?, lo típico, que no me precipitase en mis juicios, que
no era lo que parecía...
Al llegar a este punto, María pulsando ya la
relajación y la recobrada liviandad del ambiente no pudo reprimir la risa.
-
¡Claro que no era lo que parecía!, parecía que era muy macho y no era
más que un bujarrón y ella parecía muy mujer y no era mas que un macho. Me
sentó mal he de reconocerlo.
Volvió a ponerse seria y grave. Dejó que el silencio
se enseñorease de la situación para crear la expectación necesaria que le diese
la iniciativa.
Me acorde de ti, Roberto. He
sido una temeraria. Tenía oro en polvo y lo cambié por plomo derretido. Me he
quemado y he perdido. He vuelto herida a buscar algo de consuelo que se que no
merezco. No te voy a culpar si rehaces tu vida con Esther, es cien mil veces
mejor que yo y tú mereces alguien que te haga feliz.
En ese momento Esther comprendió que por segunda vez
en una sola vida, que ya eran veces, había perdido a su amor.
María esperó durante un prudencial tiempo a ver por
donde respiraba Roberto que con la cara inexpresiva y la boca abierta no se
quería creer lo que allí estaba sucediendo. Cuando le vio realmente sonado
asestó la contra definitiva a la mandíbula.
-
Ya veo que no contestas. Olvida el documento del abogado. Dile a Larry
que redacte uno mas sencillo; si te parece tu te quedas con esta casa que tanto
te gusta y yo con el chalet de la playa, con lo que saque por él, colocándolo
en condiciones tendré para llevar una vida medio decente.
Roberto se desprendió de Esther que permanecía
lívida, de pena, de rabia, de terror. Terminó de subir la escalera en dos
zancadas y alcanzó a María que al ver el movimiento de Roberto no pudo más que
respirar profundamente de satisfacción. Cayó en sus redes de mujer otra vez.
¡Que fácil es engatusar a un hombre!, que inexpertos y que cándidos, y se
pretenden postular como reyes de la creación. Una vez más se convenció de que
los hombres no tienen opción si las mujeres no quieren dársela. Se felicitó de
no tener ningún hijo y aún menos, varón.
Cerca de su mujer que el creyó entregada y
desarmada, sumisa como jamás la había conocido, olvidó que Esther había quedado
atrás, resignada, abatida, derrotada.
-
Amor mío, no digas eso. Yo te quiero. Comprendo que no me he portado
bien últimamente, te he tenido muy dejada y no me daba cuenta de tus
necesidades; que tu te buscases una salida a esta vida que yo te daba era
cuestión de tiempo. La culpa es mía. Me he culpado todos estos días por eso y
ya tenía asumido mi castigo: perderte. No tendré como agradecer a Federico la
frivolidad con que usa el sexo, que te devuelve a mí. No hay reproches, no hay
explicaciones. Todo olvidado. Te juro que a partir de ahora todo será distinto.
Quiero vivir en esta casa, pero contigo. Esta casa sin ti no tiene ningún valor
para mí.
María no dejó traslucir la satisfacción de su
triunfo en su cara que obligó a mantener compungida y sombría, de
arrepentimiento sincero. Se acordó de Esmeralda. ¡Que razón tenía la vieja puta!
¡Que fuerza!, de no ser porque su excesiva pintura que delataba su viejo oficio
no dejaba lugar a dudas, habría sido un magnifico virago. Se alegró entonces de
haberla hecho caso. Ese conocimiento de los hombres solo podía adquirirse a
fuerza de fajarse durante toda una vida con ellos. Tendría que volver a verla y
hacerla un buen regalo, se lo había ganado.
-
¿Podrás perdonarme alguna vez el daño que te he hecho? Eres demasiado
bueno para mí. No me merezco tu benevolencia. Tú me perdonarás, yo jamás me lo
perdonaré. Me he comportado como...
Roberto depositó su dedo en los labios de María
impidiéndole continuar. Esther miraba la escena con una sonrisa desencantada y
de suficiencia que no dejaba espacio a la duda. Veía meridiana la tupida y
pegajosa red de araña con la que María envolvía a Roberto y cómo éste estaba
encantado viéndose inmovilizado por su mujer. La añagaza era tan burda que
hasta un niño la vería, pero la ceguera de Roberto no era tan grande como su
ego que le susurraba que María volvía porque estaba perdidamente enamorada una
vez desecho el encantamiento al que la tenía sometido su viejo amigo. Se le
veía pletórico..., y estúpido.
Terminó de subir los escalones que le separaban de
la pareja y lenta pero determinada se dirigió a la puerta. Roberto reparó
entonces en que Esther aún estaba allí.
-
¡Esther!, espera..., lo siento, perdona, de verdad, pero..., las cosas
han cambiado, de verdad, lo siento.
Esther hizo caso omiso de la torpe disculpa y se
encaró, dignificada de resignada desesperación, con María.
-
Una vez más me lo quitas. Ya lo se. La batalla está perdida. Siempre me
quedará la tristeza.
María ensayó una respuesta que fuera más o menos
coherente ya que sabía que convincente con su amiga iba a ser imposible, pero
no pudo más que balbucear unas palabras sin sentido para interesarse finalmente
acerca de lo que significaba eso de la tristeza.
Sin volverse siquiera, con los hombros como
toboganes y sin detener el andar cansino respondió muy calma.
-
Tu marido te explicará lo de la tristeza, yo se lo acabo de contar
creyendo que había encontrado oasis después de tanta arena seca.
Acababa de cruzar el umbral cuando se detuvo bajo la
expectante mirada de los dos. Se volvió y con lo que María interpretó como
apunte de sonrisa sardónica y su recuperado marido como mueca de chiste negro
se dirigió a Roberto.
-
Ni se te ocurra montarte de acompañante en su coche, nunca sabrás donde
tendrás que ir a quedarte a dormir.
Salió por la puerta cerrándola con exquisito
cuidado, hubiera querido diluirse en el olvido. Roberto y María se quedaron
mirando la puerta cerrada tras de la cual se alejaba de sus vidas, quizá para
siempre, aquella mujer que tanto había representado para ellos en momentos
cruciales y a la que las circunstancias la había situado siempre en el sitio
mas inadecuado cuando no se debía estar allí. Quizá la vida la trató con la
contundencia acorde con el nihilismo que ella había decidido que era más cómodo
para vivir.
Pasado un instante tenso y denso en el que ninguno
de los dos supo que decir se fundieron en un beso de reconciliación que sellaba
para siempre la grieta abierta en sus vidas por desafortunados avatares en los
que a duras penas tenían algo de lo que responder.
-
Necesitamos estar a solas. No ahora, aquí, que también. ¿Qué te parece
si nos vamos de viaje?, donde no nos conozca nadie, donde refundar nuestra
relación, donde podamos rescatar de nuestras memorias aquellos dos tontos
enamorados que no tenían mas ojos que para ver al otro. Donde empezar de cero.
-
A partir de este momento lo que tu digas cariño, solo lo que tu digas.
¿Ironía? Roberto se lamentó de dejarse llevar por su
paranoia, pero no debía dormirse en los laureles, habría que estar atento a
todo. Acababan de reconciliarse y ya andaba de esa guisa. No iba a
consentírselo, él no valía para tener dos caras, no era Jano.
Se encaminaron al dormitorio, el mismo al que
entusiasmado llevaba hacía menos de media hora a otra mujer, y se entregaron al
ejercicio de sexo mas desinhibido que sus imaginaciones le permitieron. No duró
mucho pero fue el más intenso que habían experimentado. Recuperado el aliento y
sin dar tiempo a la ducha María se sentó en la cama y quiso desentrañar una
duda.
-
¿Te puedo preguntar algo? Es una bobada, pero me corroe la curiosidad.
-
¡Cómo no!, lo que tu quieras amor.
María sintió la necesidad de remarcar la banalidad
de su interés porque de alguna forma le parecía frívolo interesarse por eso,
antes que por el estado de ánimo que había padecido por su causa durante esos
días
-
Puede parecerte una estupidez pero me ha tenido intrigada todos estos
días. ¿Qué hacías descalzo el domingo en el vestíbulo?, ¿Por qué estabas
descalzo? ¿Pretendías conmoverme?
Roberto relajó el gesto y le pasó la mano por la
espalda. Rememoró con dolor las sensaciones de angustia opresiva que le
impedían respirar y la impresión de aniquilamiento que no le dejo reaccionar
cuando aquel viejo le pidió los zapatos. Las lágrimas asomaron a sus ojos.
María le dejó que llorase; le daba lástima su debilidad que contrastaba con la
fortaleza de soberbia egoísta que ella había desarrollado.
-
Si no quieres no me lo cuentes. Debió ser muy duro, por lo que veo. No
quiero que sufras más. Bastante te he hecho sufrir yo.
Roberto se tragó las lágrimas y de un salto se bajo
de la cama.
-
Vamos, a la ducha. Aún hay luz. Te voy a contar lo de los zapatos sobre
el terreno. ¡Venga, no seas floja!
Acompañó el imperativo jocoso con un intento de
cosquillas del que ella se defendió abandonándose a relajadas carcajadas,
manoteando, eludiendo el ataque como podía. Mientras su marido se alejaba hacía
la ducha, María se quedó observándole. ¡Con que poco se convencía a los
hombres!, era cierto que la mejor forma de llevarlos era encadenados a una
hebra de lana, les inmoviliza, ya lo decía su abuela. No era malo, solo era
aburrido, pero ¿quien dijo que el matrimonio debía ser divertido?, solo es practico.
Tendría que irse acostumbrando a que era mejor la estabilidad con su Roberto,
aburguesado, como ella misma ¿no?, que con un ser divertidamente inestable como
Federico que te la puede jugar en cuanto le das la espalda, con una cínica
sonrisa en los labios. Es estimulante la vida sin suelo conocido, donde cada
paso es una aventura, en la que no sabes si te vas a hundir definitivamente, la
excitación de que vives el último segundo de tu vida, pero antes o después ese
suelo se te hunde de verdad y sientes el pánico de convertirte en nada, la
nada. Había degustado esa vorágine y por poco no se la engulle. Si, volvería a
ver a Esmeralda para darle las gracias.
Roberto había terminado de ducharse y se le plantó
delante pasándole la mano por delante de una cara ausente e inexpresiva.
-
¡Eh!, ¿hay alguien ahí? Dúchate, que se nos hace de noche
-
Ah, perdona, me he quedado como traspuesta. Ya voy.
-
¿En que pensabas?
-
No, nada. Me felicitaba de haber vuelto y me congratulaba de que seas
como eres, nada rencoroso y con largueza de corazón. Te quiero, ¿sabes?
-
Y yo a ti, mi amor. Me alegro que hayas vuelto.
Ella se levantó le beso suavemente en los labios y
se fue al cuarto de baño. El le dio una cariñosa palmada en las nalgas y le
animó a ducharse deprisa.
-
¡Aligera, vaga!
Salieron de la casa para llegarse hasta el parque
fluvial donde Roberto perdió sus zapatos. Al pasar delante de la catedral,
María se interesó por la distancia que aún les quedaba por recorrer.
-
Como media hora o así. El atardecer esta precioso. Nada tenemos que
hacer. Disfrutemos de nuestra recuperada relación, el paseo es bonito. Me
apetece caminar a tu lado. La verdad es que cuando te enteres de cómo perdí los
zapatos, difuminadas las circunstancias dramáticas por el desenlace feliz te
vas a caer de risa.
-
¿Te descalzaste y luego no supiste encontrarlos?, porque..., ¿no los
perderías al tirarte al agua? No
quisiera pensar que se te pasase por la cabeza...
-
No tendría valor. Sería muy romántico decirte que si, pero no, sabes
que no soy tan radical.
-
Bueno pues entonces, ¿cómo?
-
Estaba, eso si, abatidísimo, imagínate cómo me quedé. Ese sinvergüenza
de Federico sabe como camelarse a una mujer..., aunque esté armada.
Comenzó a reír de su propia ocurrencia de una forma
franca y desenfadada como hacía tiempo que no reía. María quedó sorprendida de
aquellas carcajadas de recuperada juventud, realmente su marido era un niño
grande del que enamorarse. Este Roberto que reía de una bobada tan simple si se
parecía al Roberto del que ella se quedó prendada cuando se lo presentó Esther.
-
No me hables más de ese cerdo. No quiero ni acordarme de él. Me enseñó
la cara golfa de la vida, pero resulta que esa cara no era más que afeite y
mentira, llama mucho la atención, pero cuando te acercas bien apesta. Ya está
bien no quiero seguir hablando de esto.
-
Bueno, pues estaba en que me encontraba fatal y me senté en el suelo
apoyado contra el pretil del río. Apareció entonces un vagabundo empujando un
carrito de súper lleno de cachivaches y le conté mis cuitas, porque necesitaba
hablar, convencerme que lo que me sucedía no era más que una mala pesadilla,
pero la pesadilla estaba por llegar. Como te puedes imaginar no me hizo ni caso
pero se fijo en mis zapatos y me los pidió, le dije que no y me sacó un
cuchillo rudimentario con el que me amenazó. Era un viejo con media hostia pero
yo no tenía ganas de nada. me quité los zapatos y se los di. Entonces quiso el
reloj también y a eso me negué y se fue. Me dijo que quizá otro día se lo
tendría que dar.
María se sintió conmovida por el relato de su
marido. Apoyó la cabeza en su hombro y comenzó a llorar.
-
Nunca podré perdonarme el daño que te he hecho.
-
No digas más eso. La culpa fue mía, llegué a verte como un mueble más
de la casa. No te valoré como debía. Si tú me hiciste algún daño, antes te lo
hice yo a ti.
Continuaron caminando en silencio muy cerca uno del
otro, sintiéndose, buscándose, buceándose el alma que respiraba por sus cuerpos
para enlazarse en un abrazo que no tuviera fin. La noche fue haciéndose dueña
del ambiente. Las farolas rompían la penumbra de la ciudad mientras ellos
caminaban ajenos a lo que les rodeaba. Existía la ciudad porque ellos existían,
todas las calles y el río al que llegaban les pertenecía.
-
Mira, aquí me senté a rumiar mi aviesa suerte. Ahí, precisamente ahí,
el viejo aquel me quitó los zapatos.
-
Le abofetearía si le tuviese delante.
Permanecieron apoyados en la balaustrada mirando al
río que recibía unos perdidos rayos de la luz ambarina de los focos del jardín
ribereño. El agua mas allá del alcance de la luz se escuchaba antes que verse,
rumoreando una canción que era de amor
en los oídos de los dos. Estaban embelesados y acariciados por la suave
temperatura de la cálida noche de primavera cuando sintieron un ruido a sus
espaldas que les sobresaltó. Se volvieron al unísono y a Roberto le dio un
vuelco el corazón.
Plantado con su carrito fuertemente agarrado el
viejo sucio y andrajoso miraba a la pareja con curiosidad. María percibió en su
marido el temblor que se adueño de él cuando al volverse se vio frente a frente
a aquel individuo. No tuvo más que mirarle a los pies para saber que se
encontraba ante el desarrapado que había despojado a su marido. Su primera
intención fue abalanzarse sobre él pero Roberto se anticipó sujetándola
fuertemente.
-
Tú eres el de los zapatos. ¿Has venido a darme el reloj?, todo un
detalle. ¿Esta es la que me contaste o una nueva? Bueno, a mi no me importa. Y
del peluco, ¿qué?
Roberto se acerco al viejo, que apestaba, y
agarrándole por las raídas solapas del abrigo que llevaba estuvo a punto de golpearle.
Finalmente tras unos segundos zarandeándole le empujo lejos de si haciendo que
rodase por los suelos.
-
Ni se te ocurra acercarte a nosotros viejo puerco. Y no te quito los
zapatos porque me dan asco ya. Lárgate de aquí si no quieres que llame ahora
mismo a la policía.
-
Vamos cariño, déjale. No merece la pena. Es para olvidar nada más.
Sin mirar hacia atrás iniciaron el camino de vuelta
a su casa. Deseaban estar solos. No observaron como el viejo se incorporaba con
dificultad maldiciendo y amenazando entre dientes con una venganza desmesurada.
Ya levantado se tentó todo el cuerpo y solo cuando se cercioró de que estaba de
una pieza recuperó su carrito y apoyándose en el se estiró para recuperar de
alguna manera su forma. Sin parar de murmurar maldiciones mientras recobraba el
aliento inició finalmente su camino tras los pasos de Roberto y María. Aceleró
el paso sin dejar de empujar el carrito para acercarse a la pareja que le había
afrentado. A medida que se acortaba el espacio que les separaba el viejo iba
preparando el pincho una vez esgrimido ante Roberto.
La pareja caminaba plácida y feliz, ajena ya al
incidente que para ellos estaba cerrado desde el mismo instante en que le
dieron la espalda al vagabundo. Ni se podían imaginar las arteras intenciones
de aquel desagradable ser, por eso, porque solo estaban pendientes el uno del
otro no escucharon los pasos ni el sordo chirrido de las ruedas del carro.
Al rebasarlos por el lado de Roberto de la forma más
natural, casi sin violencia en un movimiento imperceptiblemente lento y suave
hincó y retiro el pincho en la espalda a la altura del riñón derecho de
Roberto.
Roberto se sobresalto por el golpecito que le había
propinado aquel personaje que a renglón seguido le rebasó a la carrera
empujando el carro. El toque no fue lo suficientemente violento como para
desatar una airada respuesta del agredido que no tuvo más tiempo que para
vituperarle.
-
Si corre, cerdo, corre, que como te pille se te van a quitar las ganas
de volver ni a respirar el aire que yo respiro.
María, al ver al viejo correr y a su marido
reaccionar de esa manera se sobresaltó.
-
¿Qué ha pasado?
-
El cabrón ese, que me ha dado un puñetazo en la espalda, y ni siquiera
tiene fuerza para hacer daño.
Continuaron su relajado paseo alterado por el pequeño
incidente. Pasado un rato Roberto comenzó a jadear de cansancio. El cambio de
ritmo respiratorio, trabajoso y ruidoso de su marido no le fue ajeno a María.
-
¿Qué te pasa?, ¿Estás cansado? ¡No hemos caminado tanto!
-
Me estoy agotando aceleradamente. Además me estoy mareando. Se me nubla
la vista.
Las piernas de Roberto le flaquearon y se le
doblaron. Sin poderlo remediar se tuvo que dejar caer en el suelo. La
respiración se le iba acelerando. María le sujetó por la espalda mientras caía
notando que un líquido viscoso le mojaba sus manos. Le dejo reposar en el suelo
y se miro las manos que teñidas de rojo denunciaban que lo que había parecido
un inocente golpe representaba en realidad el final de su retomada relación.
Dejó su marido en el suelo alejándose
para buscar ayuda sin pensar siquiera que el teléfono reposaba en el fondo de
su bolso. Gritaba desesperada pronunciando el nombre de su marido sin que nadie
a esas horas se hiciese eco de su aullido desgarrado de dolor.
Roberto permanecía mirando la bóveda celeste
maravillándose de la cantidad de estrellas que podía haber. Le molestaba la
espalda pero no era para tanto. A medida que la vista se le fue nublando no
entendía porque su mujer se alejaba de él y además pronunciaba su nombre. Un
sueño cálido y reparador se le fue apoderando y aunque no quería dormirse hasta
que volviese su mujer, para que no se alarmase creyendo que estaba muerto, no
era suficiente la voluntad que ponía en ello. Daba igual, dormiría un rato
arrullado por el rumor del agua del río y cuando volviese María, estaría
recuperado.
El sueño profundo y gratificador fue empapando todo
su ser haciendo que Roberto sintiese la más maravillosa sensación que nadie
pudiera experimentar jamás. Comenzó, sin saber porque a rememorar todo lo
ocurrido los últimos días. Sintió que su cuerpo se hacía ingrávido y creyó que
comenzaba a levitar, lo que consideró algo muy enriquecedor. La respiración se
fue amortiguando hasta desaparecer al tiempo que el corazón, sin sangre que
bombear, hacia lo propio, se detenía. Se maravilló de que sin necesidad de
respirar ni latir el corazón pudiese experimentar todo el gozo que jamás había
sentido en toda su vida. Deseaba que María regresase para poder contarle el
maravilloso sueño que estaba teniendo.
A pocos metros María de rodillas con la cabeza
apoyada en el albero del parque, deshecha en lágrimas pronunciaba el nombre de
su marido sin poder llegar a gritarlo.
4.11.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario