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domingo, 11 de noviembre de 2012

LA MUERTE MAS DIGNA

La muerte mas digna


El sol se desplomaba de lo alto con pereza indiferente, castigando sin culpa la tierra, que sin quejarse, se agrietaba a medida que la humedad se escapaba de entre sus dedos de barro. Gruesas perlas trasparentes y saladas de tersa superficie brillante reflejando mil  soles en su convexidad, rodaban por la frente evitando, a base de voluntad los surcos que el tiempo se había entretenido en tallar sin prisas en la piel del desesperado Set, estrellándose en los cilios de la cejas por entre cuyos tallos se dividían en multitud de regatos que iban confluyendo al termino del bosque piloso para volver a reencontrarse en gruesas gotas que eran conducidas hasta la raíz de la nariz y resbalaban por su caballete hasta que llegando a la punta, antes de despeñarse, se aferraban con fuerza negándose a caer hasta acostumbrarse al vértigo que les producía el inminente salto al vacío al termino del cual el reseco suelo esperaba ansioso  recibir esa sola gota liquida.
Sin atreverse a mirar fijamente el disco reluciente, del que le defendía su tosco sombrero de fibras, entretejidas por las toscas manos de las mujeres, de reojo, le reprochaba su contumacia en calentar, en hacer arder, en inflamar la superficie de la doliente tierra y a todos sus habitantes. La brillante luz conseguía que en lontananza la extensión infinita de la tierra se asemejase a un inmenso espejo de bruñida plata que resplandecía simulando que el aire danzaba sobre su planura figurando bailarines trasparentes de algodón.
La tierra ígnea le quemaba las plantas de los pies traspasando las durezas callosas que tantas veces le defendían de la crudeza del campo y le obligaba a caminar sin pausa para poder levantar los pies del suelo y aliviar la quemazón alternativamente. No podía quedarse quieto ni reposar unos instantes, no había mas sombra que la que proporcionaba su cuerpo y no era para cobijarse en ella. Los labios resecos y cuarteados ya no se suavizaban con la saliva que demasiado espesa decoraba las comisuras que querían aparecer como si fuese el pico de un gorrión reciente.
Miraba y remiraba a lo lejos intentando atisbar con ansiedad una imagen que sugiriese verticalidad, algo en pie que no deseaba ver pero que buscaba sin reposo. Nada, todo era horizontalidad, solo él era vertical y de seguir el sol castigando de esa mala manera ni el rompería con la monotonía de la meseta. Pero la voluntad era mas poderosa que el desanimo y la ausencia de fuerzas, y era el motor que le empujaba una pierna detrás de la otra con la única consigna de seguir, seguir y seguir, hasta que el postrer aliento coincidiese con el último paso.
A medida que pasaban las horas el sol se iba ablandando en su iracundia para con la tierra dirigiéndose con paso lento y firme hacia el horizonte, a regañadientes, roneando de poder y alardeando de misericordia, pero marchándose sin remisión. La temperatura de la tierra se fue moderando y el gelatinoso horizonte fue haciéndose cada vez más nítido y violeta. La sombra, que pertinaz primero, le precedía, ahora le perseguía demorándose más y más, alargándose y difuminándose. Donde antes sentía calor insoportable encontraba ahora escalofríos que le aterían. El sol se fue acostando definitivamente detrás de la raya lejana desparramando rojos y bermellones por el cielo hasta que los trocó en azules ultramar metálico para teñirlos por último de negro definitivo y opaco. Y el frío se enseñoreó del aire y la carne de Set tiritó protestando por el castigo.
Por mucho que miraba a lo lejos ya no distinguía nada. Ya no había ni horizontalidad ni verticalidad, simplemente no había más que la conciencia de que él seguía existiendo. Le pareció que comenzaba a caminar sobre espuma y sintió vértigo. Ni un ruido, ni una luz, ni el vuelo de un mosquito, nada. Creyó al fin no existir de tanta quietud. “¿Así será la muerte?”, pensó. “¿Estará ya así mi padre?”, se preguntaba.
Sin resguardo ni cobijo recordó lo que tantas veces le habían repetido, “los hombros contra el viento, si no, te cogerá los resuellos y se acabó”. Se acostó donde no veía, como le habían dicho, se acurrucó y tiritando quedó dormido porque el agotamiento pudo más que el frío. En un último pensamiento sopesó la posibilidad de morir allí aquella noche, pero no le importó. La extenuación de todo el día, bajo el sol de hierro le exigía cerrar los ojos y dejar que la naturaleza impusiese su ley, si había de morir quizá tuviese que ser así como se reencontrase con su padre.
No le dio crédito y debería no haber hecho caso nunca a su mujer, que sabía que no le tenía ley. Cuando le vio salir con la soga agarrada con toda la furia que le permitía su decrepitud hizo caso a su mujer y espero impaciente el momento de verle regresar abatido y resignado. Pero su mujer se había equivocado, como en casi todas las cosas que se referían a los asuntos de los hombres en los que la honra y la dignidad están comprometidas; “Nunca debí prestarle oídos, ¿ella que sabe de orgullos de hombre herido?, las mujeres son practicas, los hombres carne de honor o no son”, se repetía una y otra vez mientras el cansancio y el sueño luchaban, venciendo, contra la tiritona del frío de la estepa.
Aullidos muy lejanos, entumecimiento de la carne y una sensación de nausea mas fría que el amanecer instalada en la boca del estomago hizo abrir los ojos a Set. Estaba helado. Se levantó y comenzó a dar patadas al suelo como si quisiese despertar a todos los espíritus de la tierra que le ayudasen a buscar a su padre. Miró a levante y ya el temible sol lanzaba el heraldo de su llegada mediante brochazos de azul oscuro en lo que mas tarde se pintaría de línea de horizonte. Se echó a caminar con el pellizco del hambre en el estomago y la turbación de divisar algo enhiesto sobre la tierra. Tierra dura y sin concesiones, intransigente, no quería por encima de ella más que el cielo y pugnaba desde hacía siglos con el hombre porque se levantaba cada día hollándola sin su permiso. Desierto de piedra y pena al que sacaba algo de leche a base de mantener cuatro cabras de los pocos matojos que medraban en tanto baldío.
Cielo y tierra y dos jornadas de camino. Nunca se había alejado tanto de la choza y nada en el horizonte más que los fantasmas que le acosaban sin piedad haciéndole ver ahorcados donde no había más que aire elevándose en columnas ligeras inducidas por el calor del sol. Espejismos. Miró a lo alto y tanteó el odre. Un escalofrío le paseó la espalda con descaro. No necesitaba medidas, al tanteo sabía que o regresaba ya o no quedaría agua para la vuelta. Indeciso vaciló. La desesperación, la angustia y el amor a su padre le aguzaron la vista. A lo lejos, muy, muy lejos se divisaba un bulto, “no, son imaginaciones mías”, le intentaba convencer el instinto de conservación que le halaba a su casa intentando evitar que su terquedad le convirtiese en una huesa más de tantas que se había encontrado, blanqueada al sol. Pero la llamada de la sangre, la obstinación o la inercia le hicieron continuar con la vista puesta en aquel montón de algo inmóvil, informe, desdeñable y feo pero que cómo la antorcha atraía todos los insectos le atraía a él hipnotizándole. ¿Terminaría quemándose él también, como los bichos?
El sol volvía, irrenunciable en sus prerrogativas, a calcinar los huesos. Ni una nube, ni una sombra, insolación impía como el corazón de un tirano que no le enternece la lágrima ni el alarido del condenado. Pero el fardo seguía en el mismo sitio agrandándose a cada paso. Primero era oscuro, luego grisáceo y ahora pardo con ciertas formas que en la cabeza de Set se organizaban para convencerle que su padre se encontraba en forma de paquete inerte y roto en medio de la nada.
Cuando la cercanía a lo que irremediablemente no podía ser mas que una persona tirada en el suelo, acurrucada como un perro miedoso le convenció que su padre había sido encontrado, la emoción regeneró sus piernas que olvidando el agotamiento de los días precedentes, casi sin comer y ahorrando cada gota de agua, se lanzó a la carrera como si ya los segundos fuesen preciosos para conservar la poca vida que se le antojaba le quedaría al padre. Finalmente llegado al lado del bulto comprobó que una persona que se parecía tan extraordinariamente a su padre si no fuese por el aspecto de cadáver todavía respiraba trabajosamente pero amenazaba con dejarlo de hacer de un momento a otro. Al lado del tronco seco y derribado de lo que tuvo que ser un gran árbol se encontraba agazapado. A un lado, pero sujeta con fuerza, una cuerda yacía ajena a la tragedia del anciano y la angustia del hijo que le buscaba.
Se tiró materialmente a su lado y con la ternura del amante lo hizo reposar en su regazo acunándole y meciéndole mientras derramaba lágrimas de dolor maldiciendo a los dioses y estremeciéndose de miedo por hacerlo. Le cubría de besos que se estampaban en la reseca piel y los cuarteados labios ensangrentados. Con toda la delicadeza de la que era capaz con sus manazas, le derramó unas gotas de agua sobre la boca entreabierta lo que tuvo la virtud de hacer que el viejo entreabriese los ojos.
Estuvo durante largo tiempo taladrando con su seca mirada la húmeda mirada del hijo dándole cuenta de su drama. Lamentaba no haber encontrado el árbol vivo; sabía que no había ningún árbol donde echarse la soga al cuello por los alrededores pero confiaba que existiese uno que vio cuando de pequeño se extravió y su abuelo le encontró explicándole que aquel gran árbol era el único que quedaba después de que la locura de los hombres acabase con todos y dejase paso al reino de la sed y el calor. Fue en su busca para poder poner fin a sus días con dignidad y no pudo. Ahora ya ni eso, ni árbol que acogiese la dignidad del hombre que decide su final. El hijo lo entendió y amó a su padre hasta el punto más trágico. Tanteó el odre y sopeso las posibilidades de volver con su padre donde sus hijos pudieran algún día rendirle el servicio que él, con el mayor dolor, con toda la ternura y la responsabilidad del hijo amante iba a rendir a su padre.
Abrazó al viejo con todas sus fuerzas y le pidió perdón. El viejo abrió sus ojos otra vez pero está ocasión saltaban de alegría. Con un gesto indicó a su hijo que se acercase y al hacerlo le dio el beso más cálido que jamás hijo alguno pudiera recibir perdonándole de esta forma, liberándole del tabú y agradeciéndole el gesto.
Con dolor, amor, decisión y ternura rodeó con sus fuertes manos el enjuto cuello del anciano que con un parpadeo suave dio a entender que estaba preparado. Fue un movimiento rápido y vigoroso. Set apretó el cuello de su padre hasta que este emitió un ruido sordo y desfalleció. Con el cuidado con que se trata a la esposa recién poseída dejó reposar el cuerpo glorioso del padre en el sitio donde su abuelo años atrás le encontró. Al lado del último árbol, el que se fue a buscar para que le ayudase a terminar sus días. El le velaría con su esqueleto de madera seca.
Ya no volvería la vista atrás. Ahora él era el jefe del clan. Haberse dejado llevar de sentimientos de debilidad y haber cargado con él habría supuesto la muerte para los dos, algo que el grupo no habría podido soportar. Estaba orgulloso, su padre había muerto de su mano, no a dentelladas de cualquier alimaña. Había recibido la muerte de quien recibió la vida de él, de su hijo. Su padre estaría, donde estuviese, orgulloso de él.

11.11.12

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