El sol se desplomaba de lo alto
con pereza indiferente, castigando sin culpa la tierra, que sin quejarse, se
agrietaba a medida que la humedad se escapaba de entre sus dedos de barro.
Gruesas perlas trasparentes y saladas de tersa superficie brillante reflejando
mil soles en su convexidad, rodaban por la frente evitando, a base de
voluntad los surcos que el tiempo se había entretenido en tallar sin prisas en
la piel del desesperado Set, estrellándose en los cilios de la cejas por entre
cuyos tallos se dividían en multitud de regatos que iban confluyendo al termino
del bosque piloso para volver a reencontrarse en gruesas gotas que eran
conducidas hasta la raíz de la nariz y resbalaban por su caballete hasta que
llegando a la punta, antes de despeñarse, se aferraban con fuerza negándose a
caer hasta acostumbrarse al vértigo que les producía el inminente salto al
vacío al termino del cual el reseco suelo esperaba ansioso recibir esa sola gota liquida.
Sin atreverse a mirar fijamente
el disco reluciente, del que le defendía su tosco sombrero de fibras,
entretejidas por las toscas manos de las mujeres, de reojo, le reprochaba su
contumacia en calentar, en hacer arder, en inflamar la superficie de la
doliente tierra y a todos sus habitantes. La brillante luz conseguía que en
lontananza la extensión infinita de la tierra se asemejase a un inmenso espejo
de bruñida plata que resplandecía simulando que el aire danzaba sobre su
planura figurando bailarines trasparentes de algodón.
La tierra ígnea le quemaba las
plantas de los pies traspasando las durezas callosas que tantas veces le
defendían de la crudeza del campo y le obligaba a caminar sin pausa para poder
levantar los pies del suelo y aliviar la quemazón alternativamente. No podía
quedarse quieto ni reposar unos instantes, no había mas sombra que la que
proporcionaba su cuerpo y no era para cobijarse en ella. Los labios resecos y
cuarteados ya no se suavizaban con la saliva que demasiado espesa decoraba las
comisuras que querían aparecer como si fuese el pico de un gorrión reciente.
Miraba y remiraba a lo lejos
intentando atisbar con ansiedad una imagen que sugiriese verticalidad, algo en
pie que no deseaba ver pero que buscaba sin reposo. Nada, todo era
horizontalidad, solo él era vertical y de seguir el sol castigando de esa mala
manera ni el rompería con la monotonía de la meseta. Pero la voluntad era mas
poderosa que el desanimo y la ausencia de fuerzas, y era el motor que le
empujaba una pierna detrás de la otra con la única consigna de seguir, seguir y
seguir, hasta que el postrer aliento coincidiese con el último paso.
A medida que pasaban las horas el
sol se iba ablandando en su iracundia para con la tierra dirigiéndose con paso
lento y firme hacia el horizonte, a regañadientes, roneando de poder y
alardeando de misericordia, pero marchándose sin remisión. La temperatura de la
tierra se fue moderando y el gelatinoso horizonte fue haciéndose cada vez más
nítido y violeta. La sombra, que pertinaz primero, le precedía, ahora le
perseguía demorándose más y más, alargándose y difuminándose. Donde antes
sentía calor insoportable encontraba ahora escalofríos que le aterían. El sol
se fue acostando definitivamente detrás de la raya lejana desparramando rojos y
bermellones por el cielo hasta que los trocó en azules ultramar metálico para
teñirlos por último de negro definitivo y opaco. Y el frío se enseñoreó del
aire y la carne de Set tiritó protestando por el castigo.
Por mucho que miraba a lo lejos
ya no distinguía nada. Ya no había ni horizontalidad ni verticalidad, simplemente
no había más que la conciencia de que él seguía existiendo. Le pareció que
comenzaba a caminar sobre espuma y sintió vértigo. Ni un ruido, ni una luz, ni
el vuelo de un mosquito, nada. Creyó al fin no existir de tanta quietud. “¿Así
será la muerte?”, pensó. “¿Estará ya así mi padre?”, se preguntaba.
Sin resguardo ni cobijo recordó
lo que tantas veces le habían repetido, “los hombros contra el viento, si no,
te cogerá los resuellos y se acabó”. Se acostó donde no veía, como le habían
dicho, se acurrucó y tiritando quedó dormido porque el agotamiento pudo más que
el frío. En un último pensamiento sopesó la posibilidad de morir allí aquella
noche, pero no le importó. La extenuación de todo el día, bajo el sol de hierro
le exigía cerrar los ojos y dejar que la naturaleza impusiese su ley, si había
de morir quizá tuviese que ser así como se reencontrase con su padre.
No le dio crédito y debería no
haber hecho caso nunca a su mujer, que sabía que no le tenía ley. Cuando le vio
salir con la soga agarrada con toda la furia que le permitía su decrepitud hizo
caso a su mujer y espero impaciente el momento de verle regresar abatido y
resignado. Pero su mujer se había equivocado, como en casi todas las cosas que
se referían a los asuntos de los hombres en los que la honra y la dignidad
están comprometidas; “Nunca debí prestarle oídos, ¿ella que sabe de orgullos de
hombre herido?, las mujeres son practicas, los hombres carne de honor o no son”,
se repetía una y otra vez mientras el cansancio y el sueño luchaban, venciendo,
contra la tiritona del frío de la estepa.
Aullidos muy lejanos,
entumecimiento de la carne y una sensación de nausea mas fría que el amanecer
instalada en la boca del estomago hizo abrir los ojos a Set. Estaba helado. Se
levantó y comenzó a dar patadas al suelo como si quisiese despertar a todos los
espíritus de la tierra que le ayudasen a buscar a su padre. Miró a levante y ya
el temible sol lanzaba el heraldo de su llegada mediante brochazos de azul
oscuro en lo que mas tarde se pintaría de línea de horizonte. Se echó a caminar
con el pellizco del hambre en el estomago y la turbación de divisar algo
enhiesto sobre la tierra. Tierra dura y sin concesiones, intransigente, no
quería por encima de ella más que el cielo y pugnaba desde hacía siglos con el
hombre porque se levantaba cada día hollándola sin su permiso. Desierto de
piedra y pena al que sacaba algo de leche a base de mantener cuatro cabras de
los pocos matojos que medraban en tanto baldío.
Cielo y tierra y dos jornadas de
camino. Nunca se había alejado tanto de la choza y nada en el horizonte más que
los fantasmas que le acosaban sin piedad haciéndole ver ahorcados donde no
había más que aire elevándose en columnas ligeras inducidas por el calor del
sol. Espejismos. Miró a lo alto y tanteó el odre. Un escalofrío le paseó la
espalda con descaro. No necesitaba medidas, al tanteo sabía que o regresaba ya
o no quedaría agua para la vuelta. Indeciso vaciló. La desesperación, la
angustia y el amor a su padre le aguzaron la vista. A lo lejos, muy, muy lejos
se divisaba un bulto, “no, son imaginaciones mías”, le intentaba convencer el
instinto de conservación que le halaba a su casa intentando evitar que su
terquedad le convirtiese en una huesa más de tantas que se había encontrado,
blanqueada al sol. Pero la llamada de la sangre, la obstinación o la inercia le
hicieron continuar con la vista puesta en aquel montón de algo inmóvil,
informe, desdeñable y feo pero que cómo la antorcha atraía todos los insectos
le atraía a él hipnotizándole. ¿Terminaría quemándose él también, como los
bichos?
El sol volvía, irrenunciable en
sus prerrogativas, a calcinar los huesos. Ni una nube, ni una sombra,
insolación impía como el corazón de un tirano que no le enternece la lágrima ni
el alarido del condenado. Pero el fardo seguía en el mismo sitio agrandándose a
cada paso. Primero era oscuro, luego grisáceo y ahora pardo con ciertas formas
que en la cabeza de Set se organizaban para convencerle que su padre se
encontraba en forma de paquete inerte y roto en medio de la nada.
Cuando la cercanía a lo que
irremediablemente no podía ser mas que una persona tirada en el suelo,
acurrucada como un perro miedoso le convenció que su padre había sido
encontrado, la emoción regeneró sus piernas que olvidando el agotamiento de los
días precedentes, casi sin comer y ahorrando cada gota de agua, se lanzó a la
carrera como si ya los segundos fuesen preciosos para conservar la poca vida
que se le antojaba le quedaría al padre. Finalmente llegado al lado del bulto
comprobó que una persona que se parecía tan extraordinariamente a su padre si
no fuese por el aspecto de cadáver todavía respiraba trabajosamente pero
amenazaba con dejarlo de hacer de un momento a otro. Al lado del tronco seco y
derribado de lo que tuvo que ser un gran árbol se encontraba agazapado. A un
lado, pero sujeta con fuerza, una cuerda yacía ajena a la tragedia del anciano
y la angustia del hijo que le buscaba.
Se tiró materialmente a su lado y
con la ternura del amante lo hizo reposar en su regazo acunándole y meciéndole
mientras derramaba lágrimas de dolor maldiciendo a los dioses y estremeciéndose
de miedo por hacerlo. Le cubría de besos que se estampaban en la reseca piel y
los cuarteados labios ensangrentados. Con toda la delicadeza de la que era
capaz con sus manazas, le derramó unas gotas de agua sobre la boca entreabierta
lo que tuvo la virtud de hacer que el viejo entreabriese los ojos.
Estuvo durante largo tiempo
taladrando con su seca mirada la húmeda mirada del hijo dándole cuenta de su
drama. Lamentaba no haber encontrado el árbol vivo; sabía que no había ningún
árbol donde echarse la soga al cuello por los alrededores pero confiaba que
existiese uno que vio cuando de pequeño se extravió y su abuelo le encontró
explicándole que aquel gran árbol era el único que quedaba después de que la
locura de los hombres acabase con todos y dejase paso al reino de la sed y el
calor. Fue en su busca para poder poner fin a sus días con dignidad y no pudo.
Ahora ya ni eso, ni árbol que acogiese la dignidad del hombre que decide su
final. El hijo lo entendió y amó a su padre hasta el punto más trágico. Tanteó
el odre y sopeso las posibilidades de volver con su padre donde sus hijos
pudieran algún día rendirle el servicio que él, con el mayor dolor, con toda la
ternura y la responsabilidad del hijo amante iba a rendir a su padre.
Abrazó al viejo con todas sus
fuerzas y le pidió perdón. El viejo abrió sus ojos otra vez pero está ocasión
saltaban de alegría. Con un gesto indicó a su hijo que se acercase y al hacerlo
le dio el beso más cálido que jamás hijo alguno pudiera recibir perdonándole de
esta forma, liberándole del tabú y agradeciéndole el gesto.
Con dolor, amor, decisión y
ternura rodeó con sus fuertes manos el enjuto cuello del anciano que con un
parpadeo suave dio a entender que estaba preparado. Fue un movimiento rápido y
vigoroso. Set apretó el cuello de su padre hasta que este emitió un ruido sordo
y desfalleció. Con el cuidado con que se trata a la esposa recién poseída dejó
reposar el cuerpo glorioso del padre en el sitio donde su abuelo años atrás le
encontró. Al lado del último árbol, el que se fue a buscar para que le ayudase
a terminar sus días. El le velaría con su esqueleto de madera seca.
Ya no volvería la vista atrás.
Ahora él era el jefe del clan. Haberse dejado llevar de sentimientos de
debilidad y haber cargado con él habría supuesto la muerte para los dos, algo
que el grupo no habría podido soportar. Estaba orgulloso, su padre había muerto
de su mano, no a dentelladas de cualquier alimaña. Había recibido la muerte de
quien recibió la vida de él, de su hijo. Su padre estaría, donde estuviese,
orgulloso de él.
11.11.12

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