¡Qué duro es saber!, ¿porqué quisiste la verdad?, cuanto
mejor no es mantenerse en la ignorancia que anestesia los sentidos y ahorra
dolores y penas. Y no me refiero al afán de saber inocente por acumular
conocimientos, es a otro tipo de interés por saber cosas de las que hablo, son
esas que interesan por morbosidad, por riesgo, que a sabiendas de que pueden
hacer daño, intrigan hasta el punto de consentir en restregarse en sus espinas agudas,
como lo es la realidad, para escandalizarse después por las heridas que infringen. ¡Y que clase
de atracción produce ese saber!, se persigue, se busca a tientas si es preciso,
hasta encontrarle, abrazarse a el y no soltarle ni cuando se hunde en el mar de
las dudas, se une tu propio destino al suyo y se cierra los ojos a cualquier
otro modo de explicación que no sea la que ahoga en pena. Da la impresión de
que se busca el vértigo de la congoja y la aflicción más que la serenidad del
placer sosegado y tranquilo, ese del niño al que solo interesa sorprenderse de
cada paso que da.
Todavía resuena en mis oídos la
pregunta aguda como un punzón, cortante como un machete, hiriente como el
desdén. “¡Dime la verdad, aunque duela, dímela!”.
¿Qué te impulsaba, Cristina, a
desgarrarte la garganta, preguntando, con miedo, temblándote la barbilla si,
pero con determinación? No guardabas ya memoria de nuestros días despejados,
cálidos, de cielo azul, de brisa bonancible porque de pronto nos encontramos en
medio de un temporal de poniente, ese que encrespa las olas y provoca el pánico por la violencia desatada,
la misma con que amenaza un mar de leva que se traga falúas y hombres sin
inmutarse, distante. Un techo de nubes negras, como los presagios que
despertaban tu pregunta, se cernía sobre mi cabeza jurándome descargar el
diluvio mesopotámico para ahogarme en explicaciones que cuanto mas farragosas,
más increíbles, más agonizantes. Llorabas, mi buena Cristina,
desconsoladamente, con los ojos como dos tajadas de asadura de tanto penar,
pero terca, no cejabas en tu pregunta al tiempo que, acabándosete el poco
tiempo que te concedía la impaciencia, levantabas los manos bien cerradas
estrangulando el aire que te envolvía y amenazando con sancionar mi silencio
con unas buenas puñadas golpeando con debilidad
mi pecho. “No te calles, ¡habla ya! Quiero la verdad”.
El gesto demudado, las lágrimas
goteándote de la nariz roja como una rosa de sangre de tanto llanto y el
corazón encogido, gimiendo, te detuviste a escasos centímetros de mi palidez,
de mi cobardía y mi vergüenza esperando mi respuesta. Te iba a hacer daño,
bastante daño, y sin embargo asumías el agravio y las seguras resultas de lo
que, con toda probabilidad, sabías que tendrías que escuchar. ¿No habría sido
más sencillo, más practico, más útil, mirar hacia otro lado?, ¿porque ese
masoquismo terco e inútil?, ¿que sacabas en limpio haciéndome sudar, destilar
dolorosamente la verdad?
Y a la postre, ¿era la verdad lo
que me exigías? ¿No estarías suplicándome que te mintiera? Era, encaramiento
desesperado con lo inevitable a buen seguro,
que solo escondía la secreta ambición de que fuese una equivocación en
tu sospecha y que todo acabase en un desgraciado malentendido. ¿Merecía la pena
decir la verdad o no?, el tiempo se acababa y no estabas dispuesta a esperar
mucho tiempo más, aquella tensa situación no podía prolongarse por los siglos.
Probablemente Cristina, como dije antes, lo que no querías era saber, por eso
exigías la verdad con tanta rabia, con tanta urgencia, para que te la negase.
Nunca habías deseado tanto equivocarte.
¡Aunque doliese!, me dijiste.
¿Más dolor? ¿Más aún? Lo se, tu no tienes la culpa, nadie la tiene, pero ¿y yo,
la tengo yo? Lo intenté pero, ni tenía vocación de mártir entonces ni la tengo
ahora. Nunca entendí esa estética del sufrimiento con la que parece que todo se
soluciona y te franquea no se qué puerta a que remota y algodonosa gloria,
mediante la purga redentora por el dolor. Me pusiste en bandeja la salida,
¿recuerdas?, y yo me lo creí a pies juntillas, cuando en realidad, ahora lo
comprendo, me suplicabas que permaneciese incólume, ¿cómo podía yo saberlo?. Y
ahora me pides la verdad. Cuál, ¿la mía, la que tu necesitas, la que te puedo
decir o la que sé que acabará contigo antes de que lo haga el perro rabioso que
te desgarra las entrañas? Si, no soy mártir, por eso no soporto verte
sufrir..., y sin embargo comprendo que lo he hecho; no quieras ahora que
confirme tus temores y no solo eso sino que los acreciente, pues quizá la
realidad que puedas escuchar supere tus más
increíbles imaginaciones.
Cristina, mi vida, aguanté todo
lo que pude hasta que deshecho en angustia, se me diluía en el magma de la
desesperación mi pena por ti. De haber sabido tu verdadera intención, entendido
tu súplica paradójica, me habría castrado con mis propias manos. No fue fácil,
de verdad, no lo fue y ahora tú me pides la verdad. Recuérdalo, tú me
empujaste, y no quiero ser cruel. Sería quizá conmiseración por mi quejido
mudo, tu instinto de protección o tu exagerada valoración de mis más carnales
necesidades, pero, cerraste los ojos, pusiste cara de heroína romántica
decidida a morir en el intento y me diste carta blanca. Resistí, Cristina,
resistí, más de lo que creí que pudiera, para finalmente sucumbir, con dolor,
debes creerme, empujado por tu salvoconducto, con remordimiento y pesar, y no
se como contarte esto ahora, porque se que te va a escocer. Comprendo que
cuando, como el que se toma una medicina amarga, me abriste la barrera, lo
hacías creyendo, ¿sabiendo?, confiando que nunca utilizaría la credencial que me brindabas, pero..., nunca sopesaste en toda
su magnitud mi debilidad. Confiaste en exceso en mi fortaleza y ahora me pides,
exiges una explicación a mi debilidad.
Aún recuerdo aquel infausto día,
¿cómo podría olvidarlo? ¿Se olvida el primer beso, la primera cita, esa primera
vez tan frustrante y al tiempo tan...mágica? Empalidecí y te miré a la cara,
estabas hierática, ausente, aquello no te concernía, aquel agorero se refería a
otra persona, solo que nosotros estábamos allí y lo escuchamos, éramos dos entrometidos
queriendo enterarse de lo que no les competía, de la desgracia ajena, como
diablos cojuelos burlones levantando techos al anochecer. Había resonado entre
aquellas cuatro paredes la palabra maldita, la palabra talismán que rebotando
en las sucias esquinas buscaba ávida nuestros corazones para abrumarlos con su
magia, hasta que impactando en nuestros oídos adquirió el poder de aislarnos de
la realidad, para que creyésemos que eso jamás te podría ocurrir a ti, ni a mi,
y ni tu ni yo quisimos enterarnos de la trascendencia de la entrevista, ni de
lo que allí se dijo. La culpa de tu dolor creo que fue mía, tu habrías pasado
de puntillas sobre el asunto, ignorándolo, siendo inocente y feliz hasta el
final en esa ignorancia que ahora quieres abandonar, ¿para qué, para que vuelva
a hacerte sufrir? En aquella ocasión, lo que te arrebató la felicidad y te
entregó a la desagradable y cruda realidad fueron mis lagrimas derramadas, por
debilidad, delante de ti, confirmandote bien a mi pesar, que la persona de la
que se habló en aquel desangelado despacho no era otra que tu.
Te lo tengo dicho, el saber
provoca dolor, es mas lenitiva la ignorancia, pero no, una vez arrastrada a la
prosaica realidad, quisiste llegar hasta el final y pudiste, pudimos, yo
contigo, degustar el final a cada día, que siempre parecía el último, la agonía
de no saber si nos iluminaría otra aurora más y el triunfo de poder
contemplarla otra vez cada día. Después del primer choque y recompuestos los
dos, de los abollones del siniestro te entregaste como nunca..., aunque siempre
teníamos que acabar con la amenaza del destino anunciado una vez devueltos a la
amarga realidad desde la más dulce de las inmortalidades. Hasta que, me cuesta
recordarlo, mi amor, me duele rememorar tu ojos implorantes de mi indulgencia,
como si yo fuese a reprocharte algo. Se que sufrías por mi, no por ti, ya lo
se, cuando tendrías que haber utilizado todas tus energías en ocuparte solo de
ti, pero no, siempre me quisiste como una loca, y a veces pensaba si aquel insulso
técnico, con menos humanidad que un nazi, no habría trabucado los nombres y en
realidad se estuviese refiriendo a mi en lugar de a ti, los dos fumábamos, tal era la despreocupación que exhibías
acerca de ti misma. Me confundías, será que nunca entendí a las mujeres, nunca
fui capaz de anticipar del todo tus reacciones, por eso llegó un momento que me
enervaste, creía que intentabas confundirme, llegué a pensar, paranoico yo, que
te habías puesto de acuerdo con el arúspice de blanco para que me asustase y
aburrido te dejase, abrumado por la responsabilidad y la crispación de la
abstinencia obligada.
Te voy a empezar a confesar algo de esa verdad que me
reclamas Cristina, comenzaré el lento desgranar de toda la crudeza que anhelas.
¿Te acuerdas de aquella última vez? Entre sollozos y sufrimientos, con el
corazón encogido, te rendiste, me obligaste a abandonar, no pudiste más y me
quedé sin poder culminar la ascensión al Monte Perdido del gozo de tu carne.
Tenía que haberme dado cuenta, y no me la di, la vida anunciaba su retirada
agostando tu voluntad secándote aquella fuente inagotable de placer, pero no me
arredré, necesitaba desahogarme y utilicé aquella crema, contrariado, la
calentura estranguló la piedad, asesinó el amor que pudiera habitar en mi...,
no me di cuenta. Cuando renunciaste, dolorida, agotada, me aguanté la
indignación de mi narcisismo, aunque lo comprendí. Estabas ya muy débil y no
debimos empezar..., pero lo hicimos. Tu amor era infinito, como mi materialismo
que no estaba dispuesto a renunciar a la excitación. Lo se, mi amor, soy
egoísta y ahora pensándolo me escandalizo de ello, pero te dejé en la cama
sumida en la desesperación por haber tenido que rechazar mi deseo, y me fui al
baño a masturbarme. No sabes cuantas veces he deseado que pudiera borrarse,
como la memoria de los muertos, aquel incidente, pero..., mi cuerpo necio y
soberbio reclamaba su parte en la bacanal de la vida y yo no pude, no supe, no
quise negársela, luego, ya sabes, frío vacío, viscosidad que se agarra más al
alma que a las manos para no dejar de recordarte que eres un ingrato que solo
te deseas a ti. Por más que te lavas..., ¡ay Cristina!, yo sufro y me quedo
peor aún, si, peor. Mientras tú te vas borrando, difuminando del mundo
sensible, emborronándose tu imagen en mi memoria yo organizo mi futuro y con ilusión
a mi pesar, que ya me dolía tenerla, pero se me imponía entreverada con el
dolor de tu ocaso. Ya se, ya se, que ningún derecho tenía a una perspectiva de
futuro, que mi futuro contigo al lado eras tu, pero..., ¿qué podía hacer?, lo
tuyo era inevitable y además, ¡tu me lo dijiste!, no tienes derecho a exigirme
la verdad, además, ¿para que lo preguntas, no sabes ya la verdad?, deja de
mirarme con esos ojos, deja de acusarme inmóvil.
Estaba muy solo amor, me
encontraba aterido, desnudo de todo sosiego, solo revestido de la aflicción de
tu partida, no sabía como enfrentar la tragedia que nos zarandeaba y necesitaba
apoyarme en alguien y ella me ayudó y me hizo sentir bien. No te dejé de amar,
nunca me olvidé de tu amor y para colmo cuando aquélla noche que creíste, y yo
lo temí también, que el transito iniciaba su cuenta atrás me pediste, me
exigiste que rehiciese mi vida, que fuese feliz, que no me quedase solo nunca.
¿Tan traidor fui por hacerte caso?, quizá no debí llevarte donde pudieran
rescatarte de las manos de la parca y si, fui culpable, de rescatarte para la
vida, unos días más. ¿Debí dejarte morir?
Aquellos ojos fueron los primeros que me ofrecieron apoyo
de verdad. Los demás, hasta los mas cercanos, tu gente, la mía, ofrecían toda
la ayuda mirando hacia otro lado para que no fuese a creérmela del todo y no
les incordiase en su acomodada y frívola vida. Ella sin conocerme, sin
conocernos, se apiadó de los dos pero supo desde siempre que el que se queda es
el que lo sufre. Nunca encontraste a nadie que te tratase con esa solicitud y
cariño, me lo dijiste sorprendida, y ese mismo cariño me lo ofreció a mi..., y
yo no pude dejar de ser hombre por mucho trago que tu estuvieses pasando. Me
estaba derrumbando al tiempo que tú te consumías. Todo estaba oscuro, mi vida
se convertía paulatinamente en un eterno ocaso, cada vez más a tientas, tu te ibas y yo me quedaba
solo, no sabía como podría encararlo y apareció Nuria. Me ayudó. Te ayudó,
reconócelo, te ayudó, y a mi..., y te traicionamos, esa es la sensación que me
quedó cuando, desorbitada, con las fuerzas al limite, me exigiste la verdad,
¡pero tu me habías franqueado!, y me lo creí. Tengo que repetírtelo hasta la
saciedad, porque me volveré loco si no lo soluciono.
¡¡ ¿Por qué no me morí yo en
lugar de tu?!!Te has muerto y me has dejado solo y te has quedado tan
tranquila, pero antes de irte me has exigido la verdad y yo no puedo dártela,
porque tan verdad es que te he querido y te sigo queriendo como que amo a Nuria
que en momentos duros me sirvió de báculo para que no me derrumbase y te trató
con toda la ternura que no sabré como agradecer aunque viva mil años. ¿Qué es
verdad entonces, que no esperé a tu último suspiro para retomar la vida, que
antes de rezarte el responso había ya rezado un Aleluya? Pues si, de eso soy
culpable, soy culpable de no poder vivir sin amar ni ser amado, culpable de la
cobardía de tener horror a quedarme solo, culpable de no haberme inmolado
contigo al morir, pero de no amarte, de no respetarte, de no tenerte siempre en
mi memoria, de eso amor mío soy inocente.
-
No te tortures más Fernando, no te culpes de nada,
recuerda que ella bendijo nuestra relación antes de morir, ahora ella descansa,
es razón que lo hagas tu también, tenemos derecho a ser felices. Tú tienes ya
la obligación de ser feliz después de todos estos meses de padecimiento, para
cumplir con sus deseos. Horas antes de morir pedía a voces la verdad, quería
saber la razón de tanto dolor y no pude dársela, luego llegaste tú y te la
pidió también y solo supiste llorar. Es duro ver a la persona más amada como se
consume de pena y de locura por no aceptar lo absurdo. Ya dejó de sufrir. Yo te
ayudaré a ti a volver a vivir otra vez, como era su voluntad, como me pidió
antes de expirar.
11.11.12

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