VII
A Emilio le rondaba algo en la cabeza y no
comprendía bien que era. Como si se le hubiese olvidado algo o se le hubiese
pasado por alto un detalle que no por nimio tendría que ser más importante, no
sabía para qué ni porqué tendría que ser importante, cuando se acordase de ello
sabría en que residía su valor pero esa sensación incomoda no le dejó dormir en
toda la noche. El despertador sonó como era habitual a las cinco de la mañana
para el rezo del Breviario. El sabía que los sacerdotes seculares podían hacer
todas las horas del tirón cuando tuviesen tiempo pero a él le gustaba rezar
cada cosa a su hora por que cada hora tiene su carisma y a cada carisma
corresponde un gozo, una renuncia y una oración.
Desterrando todo atisbo de pereza se echó fuera de
la cama y corrió a la ducha en busca del agua helada que atemperase la molicie
de la cama mañanera. Eso si que era cada mañana una tentación para la que era
menester que echase mano de toda su fuerza de voluntad. La cruceta del agua
caliente estaba allí instigadora reclamándole que la abriese para poder
dispensarle sus goces y beneficios, ¿qué de malo había? Como cada mañana Emilio
con gesto certero y rápido encomendándose a La Santísima Virgen abría a tope el
agua fría y perdía la respiración por el contraste de temperaturas, recordaba
cuando de pequeño iba con sus padres a pasar los domingos a Rascafría y se
bañaba en aquel río auténticamente helado del que salía a instancias de su
madre con los labios morados y lo hacia por gusto, ¿por qué no ahora? En el
seminario ya le habían prevenido sobre estas practicas; “No se usted tan
radical, tan malo es un extremo como el otro, lo que hay que tener es dominio
de uno mismo para saber sobreponerse a las tentaciones. Dúchese usted con agua
templada que cualquier día nos dará su caridad un disgusto”. A medida que su
cuerpo se hacía al agua y se reconfortaba, la mente se le despejaba y comenzaba
a disfrutar, eso le recordaba al cura que ya estaba bien de placeres de agua,
que ya se sabe que unos llevan a otros y luego no se sabe donde detenerse. Con
la misma decisión que había abierto el grifo, lo cerró saliéndose de la ducha.
Se seco vigorosamente y se vistió recogiendo su Libro de las Horas para iniciar
Laúdes.
Terminado el rezo reposado, comprendido, asumido y
sentido se dirigió al templo a preparar su misa de las seis de la mañana.
A pesar del lenitivo que supuso el rezo preceptivo,
esa espina irritativa de no llegar a ser consciente de qué era eso que le
incomodaba por no recordado le tenía intranquilo y no le permitía mantener la
cabeza serena para comenzar la celebración. Hizo un esfuerzo por olvidarse de
todo y concentrarse en la misa. Mientras se revestía para salir al altar la
oración le distrajo y ahuyentó de su cabeza la incertidumbre. Ya en el altar al
hacer el saludo de entrada se fijó en la nave; los de siempre o debería decir
las de siempre. Estaba a punto de comenzar la lectura de La Epístola cuando vio
entrar apresuradamente una mujer joven que fue a arrodillarse casi detrás de
una columna mediado el templo. Le llamaba la atención que con la cara oculta en
sus manos se movía de la forma convulsa que lo hacen aquellos que les falta
cuerpo para tanto que tienen que llorar si no quieren escandalizar con sus
ruidosas manifestaciones de dolor. Estuvo ya toda la ceremonia sin poder perder
de vista aquella mujer alejando de forma radical de su mente el olvido que le
estuvo atormentando desde que se levantó.
Con el “Podéis ir en paz” se dirigió a la sacristía
a desvestirse. Don Telesforo, como cada día, a las seis y media, acababa de
llegar y le iba recogiendo los ornamentos litúrgicos para guardarlos en sus
respectivos cajones con meticulosidad. Emilio le dio finalmente los buenos días
y estaba a punto de marcharse a su casa desayunar cuando recordó la mujer que
con tanto sentimiento lloraba y decidió salir a ver si seguía allí. Salía al
altar para ver si quedaba alguien, seguido del sacristán que iba a recoger el
altar y prepararlo para la misa de ocho que oficiaba el párroco, dándose de
bruces con la mujer que nerviosa y deshecha entraba a la sacristía.
- ¿Dónde va usted con esas
premuras, mujer?
- Necesito confesión padre,
necesito confesarme antes de que haga una barbaridad.
No dejó de llorar mientras hablaba y parecía que
estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. El sacristán creyó conveniente
intervenir recordando a la mujer con tono funcionarial los horarios de
confesiones. Emilio no le dejó terminar y sujetando por los hombros a la mujer
la encaró de cerca y a la luz. No era tan mayor como él había supuesto, era más
bien joven y por las características y la poca experiencia que el tenía le
pareció que se encontraba ante un problema sentimental de esos irresolubles en
la cabeza de una mocita y que tanta gracia hacen después cuando ya no tan
mocita se rememoran como paradigma de la poca sabiduría de la vida que se tiene
a esas edades. Tenía los ojos entrecerrados de haber estado llorando largo
tiempo y la nariz hinchada y roja de tanto destilar lágrimas.
- Tranquilízate, hija, verás
como no es nada. Vamos, donde quieras tú, al confesionario o a pasear o donde
quieras. Desahógate y cuenta que te atormenta tanto, El Señor ya sabe que
necesitas pero quiere que entres en humildad y lo pidas.
Al escuchar estas palabras la joven recrudeció el
llanto y quiso marcharse pero Emilio la sostenía firmemente por lo hombros y la
retuvo.
- No sea usted chiquilla,
vamos al confesionario.
Don Telesforo se retiro a su sacristía meneando la
cabeza en signo de desaprobación por saltarse las normas de aquella manera tan
flagrante. Además, un cura joven y apuesto a solas en el templo con una joven
le parecía algo escandaloso pero pensó para sus adentros, “todos iguales,
Telesforo a lo tuyo y a callar”.
Emilio entró en el confesionario descolgó la estola
y mientras la besaba y se la colgaba con delicadeza del cuello volvió a
punzarle en la cabeza otra vez el recelo de querer recordar lo que se le había
pasado por alto.
- Ave María Purísima
Por toda respuesta, un sollozo. La mujer quería
contestar pero las lágrimas no la dejaban.
- Yo tengo todo el tiempo para
ti. Serénate y cuando creas que puedes hablar empiezas, yo voy a estar en
silencio rezando por ti, recuerda que es Cristo quien te escucha no un pobre
cura que no podría hacer nada sino fuese por mediación del Altísimo.
Emilio comenzó a recitar pausadamente el Padre
Nuestro y el Yo, Pecador esperando que la mujer al fin se decidiese a comenzar.
Llegó un instante en que la repetición de las oraciones como mantras le llevó a
Emilio a espacios mentales ajenos a su voluntad y sin dejar de orar se vio
rodeado de Julia, de Boni y del Padre Alfredo, los tres le miraban con ojos
acusadores pero él se sentía cómodo en aquella situación y cuando comenzaron
los tres al unísono a reprocharle su actitud en la vida se echó a llorar. Entre
las lágrimas y la congestión de los ojos se fueron desdibujando las figuras de
los tres y fundiéndose en una sola para finalmente aclararse la imagen a pesar
de que las lágrimas no habían cesado y ver que como resultado de aquella fusión
era su propia imagen la que se le presentaba reprochándole igualmente y de
forma machacona: “Hipócrita, ¿a que engañarse?, ¿porque te empeñas en negar la
realidad?, hipócrita, sal del refugio cómodo y afronta tus responsabilidades,
se un hombre y no un muñeco en manos de tu madre, ¿porque sigues ahí?”.
- ¿Padre?, ¿sigue ahí?
Incapaz de distinguir ensoñación de realidad
contestó en voz alta.
- Porque este es mi sitio
- ¿Cómo dice?
Comprendió en ese instante donde se encontraba. Se
azoró y echó una ojeada al reloj; prácticamente no se habían movido las
manecillas y pensaba que debía haber pasado una eternidad. Aún resonaban en su
cabeza las palabras que el había dicho, destemplado, en alta voz, “por que este
es mi sitio” y se acordó de que una mujer joven necesitaba de su ayuda. ¿No se
estaría equivocando de sitio?
- Perdona hija, estaba en otro
mundo. ¿Ya estas preparada para hablar?
- ¿En confesión?
- Naturalmente, estamos en la
casa de Dios, yo soy su ministro y tu una penitente en busca de perdón. Esto es
por tanto una confesión.
- No se si podré continuar sin
que se me haga un nudo en la garganta. Espero que siga siendo indulgente
conmigo. Yo pertenezco a un grupo de la parroquia que dirige el Padre
Alfredo...
- ¿Tu eres Rosa?
- ¿Cómo sabe mi nombre?
En la pregunta de Rosa había temor e incredulidad,
sorpresa e irritación. Imaginó en un instante al Padre Alfredo poniendo en
antecedentes a todos en la parroquia acerca de su liviandad. Su primer impulso
fue levantarse y alejarse, correr, correr hasta desfallecer para deshacerse en
rabia y estupor en cualquier rincón oscuro donde encontrar la paz de la muerte.
Pero algo en la voz del cura que estaba al otro lado de la celosía, no en sus
palabras, en la entonación la retuvo atornillada de rodillas en el
confesionario y le permitió escuchar la explicación de Emilio.
- Al presentarme a tu grupo el
padre Alfredo un compañero, Gilbert, me puso sobre aviso de que faltabas desde
hacia más de una semana. He estado por ir a tu casa a visitarte por si estabas
enferma pero unos días con otros lo he ido posponiendo..., bien, deshecho el
enigma, cuéntame que es eso que tanto te atribula.
Rosa se relajó de la tensión y comenzó a sollozar
una vez más, pero en esta ocasión llevada por un espíritu de agradecimiento a
no encontrarse en un laberinto en que la hubiese metido el sinvergüenza del
párroco. Consiguió hacerse dueña de si misma y ya serena pudo contestar a la
introducción, sintiéndose obligada a dar una explicación anexa.
- En gracia concebida. Yo
siempre respondo así porque me parece que tratándose de La Virgen María la
palabra pecado no debe figurar a su lado ni por necesidad sintáctica.
- Me parece bien. Ahora
empieza.
Al verse en la necesidad de rememorar todo lo que
paso aquella infausta noche el corazón volvió a encogérsele pero crecida al
saberse escuchada por una persona en principio amiga pudo sobreponerse.
- Hace unos días el padre
Alfredo, al término de una celebración me pidió que le acompañase a la
sacristía para ayudarle en unas cuentas...
Rosa fue desgranando con profundo asco y dolor lo
sucedido aquella noche sin ahorrar ningún detalle escabroso. De cuando en vez
se detenía porque la angustia y las lágrimas se daban codazos por ver cual de
ellas salía a relucir antes embargándola la voz y quebrándosela en los momentos
más repugnantes. El padre Emilio escuchaba sin interrumpir ni animar a
explicaciones que eran ociosas, guardando respetuoso silencio cuando Rosa
callaba para reunir fuerzas y continuar, escandalizándose para sus adentros del
comportamiento de su párroco. Recordó las explicaciones, cínicas explicaciones
acerca de la gerencia de La Iglesia para su sostenimiento en el mundo mientras
llegaba el santo advenimiento de la segunda venida del Cristo. Su primera
intención fue desestimar, por paranoicas, las acusaciones de Rosa pero a medida
que la chica desarrollaba su explicación más se convencía Emilio que la verdad
era lo único que salía por su boca. Deseó salir corriendo en busca del padre
Alfredo para zamarrearle y pedirle explicaciones, increparle para que no
perdiese tiempo y se colgase ya la piedra de molino al cuello y se tirase al
pozo más cercano por el escándalo que había procurado a esa pobre inocente,
pero se felicitó que estuviese en medio de la dispensación de un Sacramento que
le exigía respeto y mesura. Era más preciso en ese instante confortar y
consolar a aquella persona que tanto sufría por la impiedad de un sacerdote que
buscar a ese mismo sacerdote y demandarle por su bajeza. Pero el degenerado del
padre Alfredo no iba a salirse en este caso con la suya. No iba a permitirle que
le enredase en juegos de palabras florentinos propios de intrigas vaticanas más
que de un hombre de Dios que lo que debe es dar la vida por sus hermanos en
lugar de sorbérsela a impulsos de la más baja lascivia. Cuando hubo terminado
sus explicaciones la chica, Emilio no se sentía con fuerzas para ser ecuánime y
quitar hierro donde lo que existía era acero templado. Hizo de tripas corazón y
comenzó.
- Rosa, tú no has sido
culpable de nada. La concupiscencia es un cáncer, que como hija del pecado,
hunde sus garras en la carne de los más débiles. No te creas que los sacerdotes
lo somos porque somos buenos, todo lo contrario, somos los más expuestos a
sufrir los embates del maligno y los más pecadores de todos. Debes lo primero
de todo, para poder ser perdonada, perdonar tú en tu corazón. No te digo con
esto que tengas que ser amiga del padre Alfredo y ponerte a su alcance otra vez
para ponerle a él en trance de tentación. Debes perdonarle en tu corazón y
mantenerte a distancia para ni hacerte daño ni hacérselo a él sin querer. Por
lo que me has contado nunca consentiste en ese comercio, fue arrebatado sin el
concurso de tu voluntad lo que te quita cualquier atisbo de responsabilidad y
por eso no tengo, en conciencia, obligación de ponerte penitencia alguna. Quiero
que quede claro que tu en ningún caso tuviste nada que ver en el desarrollo de
ese pecado tan horrible del que el único responsable fue el padre Alfredo que
tendrá que responder ante el Altísimo de su felonía. Ahora vete en paz y
recuerda que lo que te hace ser Iglesia es participar de la vida eclesial. Si
no asistes a las celebraciones el signo de hermandad que ellas representan se
diluirá y no olvides que somos una comunidad peregrina, siempre extranjera, que
se marchita sin tener tus signos a la vista. No cierres los ojos a la cruz y no
te perderás por mucha tormenta de arena que arrecie en este desierto que
transitamos como hijos de Dios elegidos para la vida eterna.
- ¿Entonces, no me va a poner
penitencia?
- Ya te he dicho que no. Vete
en paz y te espero a la celebración del Sábado. Y no me faltes.
Emilio escuchó el crujir de las tablas del viejo
mueble de administrar perdón y supo que Rosa se levantaba y se iba, esperaba
que confortada y nueva.
El se quedó un rato con los ojos cerrados rumiando lo
que acababa de escuchar. Ganas tenía de denunciar, pero el sigilo de confesión
se lo impedía. Pero lo que no le iba a impedir era ponerle las cartas sobre la
mesa al párroco, no ya como sacerdote, de hombre a hombre. Estaba indignado y
necesitaba dar salida a la efervescencia que le ahogaba. Su sentido innato de
la justicia clamaba venganza. Toda la moderación de la que hizo gala en la
confesión con Rosa era toda de la que era capaz. Ahora estaba furioso y tenía
que desahogarse.
Se deshizo de la estola que dejo colgada de la
percha y salió fuera. En ese momento se le iluminó la mente. ¡Ya está!, eso
era, lo que le martilleaba, algo que se echaba de menos o de más en una imagen
que se ha visto cientos de veces y no se acaba de caer en que es. El desmedido interés
del padre Alfredo por desviar la conversación o restarle importancia si el tema
era Rosa. Eso era lo que le escamaba y no sabía porque. Ahora estaba todo
diáfano. La malicia del cura era todavía más perversa de lo que parecía. Eso
quería decir que no se arrepentía sino que quería echar tierra al asunto para
que se pudriese y si era a costa de perder un alma para Cristo, pues ¡que más
daba!, lo importante era preservar su imagen de párroco ejemplar con carrera
impoluta hacia el sillón de Obispo. Era despreciable. Estaba dispuesto hasta a
pedir licencia al obispado para quebrantar el sigilo y poner en antecedentes a
Don José.
Miró el reloj, era tarde, debería subir a desayunar.
Posiblemente se encontraría al padre Alfredo en la sacristía revistiéndose para
la misa de ocho. Efectivamente allí estaba. Le dirigió una mirada fría,
nauseosa y retadora sin dirigirle la palabra.
- Buenos días padre Emilio,
¿qué tal ha descansado?
Bajando la voz para que Telesforo no se enterase se
acercó al párroco y le susurró al oído:
- Usted y yo tendríamos que
hablar de una feligresa, ¿no cree?
- ¿A que se refiere?
Insensato.
- Ahora no es el momento, pero
creo que me debe usted una explicación de lo que sucedió en la contaduría una
noche de estas.
Alfredo sintió como la cara se le petrificaba de
terror y el frío de la muerte se instalaba en sus dedos. Intentó articular unas
palabras pero no le salían de los labios, balbuceó tan solo silabas inconexas.
- Déjelo, padre, ya hablaremos
de ello. Aunque será usted el que me tenga que hablar a mí para salvaguardar mi
sigilo de confesión. Porque esto no puede quedarse así. Cuando acabe la misa
hablaremos.
El sacerdote que terminaba de revestirse respiró
hondo. Si estaba bajo secreto de confesión no iba a ser el que descubriese nada
de nada. Estaba a salvo, que se pudriese el curita escrupuloso ese con su
zorra.
Emilio salió de la sacristía rumbo a su casa. Don
Telesforo con todos los años de experiencia a su espalda se quedó mirando a
hurtadillas al párroco pudiendo apreciar un temblor fino en sus manos que nunca
antes había observado. Luego se volvió y advirtió el paso decidido y firme del
nuevo alejándose. “Te han pillado en falta, caporal, esperemos que no me
salpique a mi”, y siguió colocando corporales limpios en sus cajones.
Terminaba de desayunar sin quitarse de a cabeza la
imagen de desesperación de Rosa en un rincón llorando sin consuelo asfixiada
por una culpa que no solo no era suya sino que siendo de otro, encargado de
quitársela, se la echaba como carga insoportable, para eludirla él. Consultó la
hora en el reloj de pared del comedor y se levantó de la mesa para bajar a
enfrentarse al párroco. En ese momento el timbre del teléfono le sacó de la
concentración que tenía, como si tuviese que enfrentarse al último examen de
unas oposiciones a Notaría.
- Dígame
- Hijo, soy tu padre.
- Hola papa, qué temprano,
¿no?, ¿y mama?
- No se hijo, no se. Esta
noche no ha venido a dormir. Me tiene en ascuas, cada día está más
insoportable. Creo que si pudiera se separaría de mí. Tú no sabes la que me
montó a cuenta de tu almuerzo con el párroco. Nos dijimos cosas que por lo
menos en lo que a mi respecta no sentía, pero tiene tu madre la capacidad de
sacar de mi lo peor que llevo dentro. Pero me puse fuera de mi cuando apuntó la
posibilidad de que tu hubieses tenido un asunto con aquel compañero tuyo que
encontraste ahorcado, fíjate, hasta ahí llegó la cosa. Naturalmente no se lo
consentí y le puse de vuelta y media. Y ahora esto de tenerme toda la noche en
vela esperándola, porque si le hubiese ocurrido algo ya me habría enterado, las
malas noticias vuelan, ya sabes. Espera, me parece que está entrando, no
cuelgues.
Emilio con el auricular en la mano y la lividez
tintándole el rostro olvidó momentáneamente que tenía que bajar a charlar con
el párroco. ¿Cómo podía ser que en poco tiempo dos personas tan dispares
dudasen de su honorabilidad y su identidad y una de ellas nada menos que su
madre? en un instante hizo repaso mental a las veces que había estado con Boni
para intentar averiguar si de alguna manera su comportamiento pudiera haberse
prestado a equivoco, porque aunque de él si se hubiese podido sospechar que era
al menos opinable nada tenía eso que ver con el suyo, el pecado está en los
ojos del que mira no en la cosa mirada que puede ser lo más santo. Pero se
reafirmaba en que había sido muy incauto, debía haberse percatado antes de que
su compañero Boni estaba por él. Todo era extraño, como si una mano invisible
se empeñase en entrelazar su destino al de ese pobre desgraciado que a saber que
clase de conflicto le tergiversó las ideas para hacerle llevar a la práctica
algo tan horrendo de lo que sin embargo salió algo tan esplendoroso como su
vocación sacerdotal. Había hasta olvidado que su padre estaba al otro lado del
hilo telefónico cuando su voz le saco
del ensimismamiento.
- Hijo, ¿sigues ahí?, tu madre
está aquí y quiere hablar contigo, hijo...
- Perdona papa, estaba en otro
sitio ahora mismo.
- Soy tu madre Emilio...
- Donde has estado toda la
noche, mama, tenías a papa preocupadísimo y no te digo a mi desde que hace un
momento me lo ha dicho.
- Ya te lo contaré, pero a ti
solo. Hijo, tengo que pedirte disculpas, pero es que tu padre me saca de mi y
me irrita hasta el punto de hacerme ser como yo nunca he sido. Quiero que sepas
que eres lo que yo más quiero en este mundo y que por nada en el mundo te haría
daño y si te lo he hecho perdona. Si tu quieres ser cura de esos y en eso
encuentras tu felicidad, a mi no me gusta pero adelante, es tu vida. Y si dije
eso de tu amigo, ese...
- Boni, mama, Boni. Y no,
nunca me he acostado con él y quiero que sepas que con nadie, ni con él ni con
nadie y queda zanjado el asunto, no quiero que tu sufras con esto. Yo no se ese
interés que tenéis los dos por haceros daño el uno al otro, cuando ahora es cuando
podíais ser felices apoyándoos y viviendo los años que os queden en paz.
Le dolía en lo más profundo, si tuviese que
establecer un parangón lo haría con el desconsolado dolor que produce el
dentista con su torno al tocar el nervio de una pieza. Dolor que se antoja
insufrible y que deja memoria de dolor al punto de no saber donde refugiarse
porque se siente uno a la intemperie de todo consuelo. Que su propia madre
llegase a pensar eso de él no entraba en la medida de lo que el pensaba que era
el desamor.
- No hijo, de verdad que no...
La disculpa encima sonaba a falsa, a excusa del que
sabe que ha sido pillado en falta y no tiene más salida pero aún así la
soberbia le impide aceptar el fallo y pedir perdón por ello.
- Mama, ya está bien. Lo que
te pongo como penitencia por tu salida de tono es que te lleves bien con papa,
que te quiere mucho...
- A mi no me vengas con
historias esas de beatas y leches de iglesia, ¿qué es eso de penitencia?
Celia volvía a sacar las uñas de mujer intransigente
y dura. Estaba dispuesta a adoptar un papel más razonable con su hijo pero
abdicar de ciertos compromisos, aunque fuese para la galería, no estaba
dispuesta a tolerarlo.
- Mama, por favor que era una
broma, que eres muy brava, no empecemos otra vez. ¡Que os llevéis bien y nada más!
Y ahora me vas a perdonar pero tengo que bajar a hablar con mi jefe, el
párroco, ya sabes. Y otra cosa. A ver que me pones de comer que hoy me invito a
casa.
- Bueno hijo, te voy a poner
todo lo que te gusta. ¿A que hora vas a venir?
- A las dos mama.
- Hasta luego hijo.
Emilio colgó el teléfono con premura y se le cayó el
auricular al suelo para cuando ya estaba en la puerta. Tuvo que volver casi a
la carrera a colgar. Sabía que podía perder de vista al padre Alfredo y por
nada del mundo quería que se le escapase para darle tiempo a urdir una
estratagema que le zafase de su presa. Llegó apresurado a la sacristía. Solo se
encontraba Telesforo con su pausado trajinar entre ornamentos y material
sagrado. Sin preguntarle se acercó a la puerta que comunicaba con el templo. El
altar estaba vacío. Regresó a la sacristía.
- ¿Y el padre Alfredo?, ¿ya ha
terminado la misa?
- Hace cosa de cinco minutos.
- Pues si que se ha dado
prisa. ¿Ha dejado dicho donde iba a estar?
- Si que tenía prisa si.
Parecía que le perseguía el diablo, prácticamente se ha desvestido como un
adolescente al que le falta tiempo para vivir y ha salido corriendo. Desde la
puerta me ha dicho sin detenerse que estaría fuera toda la mañana, en el
Obispado, digo yo. ¿Quiere que le de algún recado si vuelve por aquí?
- No, nada, déjelo Don
Telesforo, ya hablaré yo con él en otro momento.
Miró su reloj e hizo un gesto de contrariedad.
- Ya es tarde. Es que me he
retrasado. Voy a repartir la comunión a los enfermos y luego tengo que ir al convento
de Las Severinas a decir misa. Haga usted el favor de llamarlas y anunciar que
llegaré unos minutos tarde.
- Descuide usted padre Emilio,
que yo me encargo.
Don Telesforo le había ya sacado de su armarito, el portacorporal con su cordón de oro, una
primorosa pieza del diecinueve de un orfebre de Córdoba regalado a la parroquia
por la familia de un prócer agradecido. Emilio extrajo el cordón de oro que
devolvió al sacristán rogándole le diera el de algodón que le parecía menos
ostentoso. Fue directamente al sagrario donde se abasteció de formas
consagradas. Recogió del sacristán el cordón trenzado blanco y azul del
recipiente y se dispuso a salir a la calle.
En ese momento entraba Rosa en la sacristía.
- Perdone, ¿Padre Emilio?
- Perdona pero ahora no te
puedo atender tengo que ir a dar la comunión a los enfermos.
- ¿Le puedo acompañar?
- Naturalmente y si quieres
luego me acompañas a las monjas que tengo que decir misa y como son de clausura
nunca tengo nadie que me ayude.
Echo a andar Rosa delante del Padre Emilio y sin
saber como, llevando cerca de su corazón el cuerpo de Cristo las redondeces en
forma de perfecta pera del trasero de Rosa se le clavaron en el sentido al
cura. Emilio se escandalizó. Llevaba Cristo a los enfermos en función de su sagrado
ministerio y a el solo se le ocurría fijarse en las formas que se adivinaban
tras unas ropas no excesivamente ajustadas pero que tenían en él, el efecto de
producir deliciosas sensaciones físicas que hacía ya tiempo que no
experimentaba. Luchaba contra su naturaleza y cuanto más se debatía más se
enmarañaba en los hilos de la sensualidad. Llegó un momento en que no sabía
hasta que punto estaba consintiendo y gozando por tanto del trance y pecando
abiertamente. Se sintió escarmentado en su furiosa ira contra el padre Alfredo.
El era igual, un libidinoso presto a vender su alma al más fugaz de los
placeres, quizá de los más ilusorios pero más potentes a los que se puede
someter un ser humano. Se rebeló en su interior mientras seguía hipnotizado por
el bamboleo de aquellas carnes que imaginaba de prieta seda, dispensadora de
los más húmedos y escondidos placeres; ¡era joven!, no había cumplido los
treinta y estaba donde quería estar, ¡¿por qué entonces ésta tortura?!
Voluntariamente había renunciado a la carne y lo tenía asumido, o eso creía él,
¿por qué, Dios, porqué?
Rosa volvió la cabeza y con la sonrisa más angelical
que contemplarse pudiera le habló
- ¿Después, podremos hablar,
pero ya sin secreto de confesión?
Una contestación seca, escueta y que una vez
pronunciada se le antojó algo forzada en su severidad cortó cualquier tipo de conversación. La cara
radiante de felicidad de su feligresa agravó aún más el palpitar de su cuerpo
contra el que sus defensas eran inútiles desde el primer momento.
- Si, y ahora calla y reza que
llevamos a Cristo Redentor.
El hábito de marcha de la chica fue desde ese
momento de recogimiento y los mundos a los que la carne había asomado a Emilio
se sumergieron de momento en las sombras permitiéndole descansar de su tortura.
No recordaba, ni de adolescente una pasión tan impetuosa ni tan intensa.
VIII
Carmelo pensó que hablar con un Obispo no iba a ser
nada fácil para él. Fue rápidamente consciente de que alguien de esa posición
social no debía estar muy a mano del primero que quisiera abordarle. No se le
ocurrió otra cosa que llamar al obispado y preguntar por el Obispo. Con muy
buena educación le remitieron a la oficina de prensa del Obispado para
cualquier comunicación en relación con asuntos diocesanos. Con el auricular en
la mano meditaba de qué manera podía hacer dinero de aquellos papeles que
después de leerlos unas veces le producían risa y otras envidia a su pesar de
ver que alguien es capaz de ser querido de esa manera tan bestial. Bien, si no
podía acceder al Obispo cogería al toro por los cuernos y se iría directamente
a hablar con el Emilio ese, quizá le intimidase y le sacase algo.
Otra llamada, ahora si, a la oficina de prensa del
Obispado a preguntar por el destino de un viejo compañero de colegio, Emilio
Pedrosa de la Barca.
¡Sencillo, sencillísimo! Parroquia de Santa Domitila. Una breve mirada al
callejero de la ciudad y localizado. Echó una ojeada al reloj de pared de la
sala, las doce y media. Quizá si salía ahora le pillase al curita ese y podía
redondear el trato esa misma tarde. Elvira estaba trabajando y no le
incordiaría con sus escrúpulos y para cuando llegase ya tendría dinerito fresco
en el bolsillo que le resolvería a ella cualquier duda, con lo que le gustaba
que él tuviese detalles de esos que tienen los calzonazos con sus hembras, le
compraría cualquier chuchería barata y con el resto a gozar.
La fachada de la parroquia en pleno corazón de un
barrio tan elegante tuvo el efecto en Carmelo de ponerle en guardia ante lo
desconocido que te sobrepasa y abruma y la admiración inconsciente del que
siempre quiso pertenecer al círculo que más rechazaba precisamente por
inalcanzable. Solo el tener que pasar por el jardincillo tan bien cuidado,
hasta llegar al imponente atrio ya le inspiraba respeto. Entró en el templo que
olía a incienso y cera virgen con pinceladas de azucena que le recordaron
vagamente un día en que vestido de marinero él entró también en un edificio
parecido y le proporcionó la sensación de bienestar placentero más grande que
nunca pudo volver a experimentar. La penumbra del espacio amplio en el que
acababa de entrar hizo que se tuviese que detener hasta acostumbrar los ojos a
la escasa luminosidad. Recorrió por el lateral la eterna hilera de bancos de
perfecta madera barnizada y limpia hasta llegar a una escalera que desembarcaba
en el altar. Allí se encontraba un hombre de edad cercana a la jubilación del
que sospechó que no podría ser el cura que él buscaba.
- Ya vamos a cerrar, vuelva a
partir de las cinco.
- Usted perdone, estoy
buscando a un cura que se llama Emilio.
- ¿El padre Emilio, el
coadjutor?
- No, el es cura nada más.
El sacristán desde la altura que le concedían los
escalones que separaban la nave del templo del presbiterio miro despectivamente
a aquel intruso y dudo de si contestarle o ignorarle directamente. ¿Qué podría
querer un tipejo así de alguien tan exquisito y cultivado como el padre Emilio?
- ¿Para que le busca?
- Tengo unos papeles que van
dirigidos a él y me gustaría entregárselos.
- Démelos a mí y yo se los
haré llegar.
- No, lo siento, ha de ser en
persona.
A la hora, que era más de la una, el Padre Alfredo
acababa de regresar del Seminario de hablar de su coadjutor con el director del
mismo. El, acostumbrado a embrollar cualquier asunto que pudiera salpicarle
había comenzado ya su estrategia de distracción con vistas a neutralizar la
artillería de un “puro”, como acostumbraba a llamarlos, que iba a intentar
ametrallarle. Escuchó voces en el templo cuando no debía escucharse más que el
ocasional chisporroteo de las palomitas de aceite que encienden los fieles para
agradecer o pedir que es a lo que solía ir la gente a su parroquia. Salió al
presbiterio desde la sacristía en el momento que alguien hablaba de unos
papeles personales para el padre Emilio.
- ¿Buscaba usted al padre
Emilio?
La intuición del que está acostumbrado a navegar por
aguas turbulentas siempre en el filo de la navaja le aconsejo entrevistarse con
aquel personaje que por aspecto nada podía tener que ver con alguien como
Emilio, o quizá si y era una gatera por la que se desinflaría la invectiva
justiciera de su coadjutor y se le podría mantener a raya. No podía ser de otra
manera, todos, absolutamente todos tenemos porque callar y o mucho se
equivocaba o acababa de descubrir el gatillo que hábilmente manejado acabaría
por silenciar al padre Emilio.
- Bueno, es que lo que tengo
que enseñarle es absolutamente personal.
- Puede usted confiar en mí.
Yo soy su superior jerárquico, el párroco, y me compete cualquier cosa que
pueda afectarle a cualquiera de mis subordinados. Si quiere puede pasar a mi
despacho y hablamos del tema. Telesforo si viene Don Emilio le dice que estamos
en mi despacho.
- Don Emilio no viene hoy a
comer, Don Alfredo, me ha dicho que come en casa de sus padres, que se lo
debía.
- Ah, si es cierto, lo había
pasado por alto. Ya ve usted, que no va a poder hablar hoy con el padre Emilio,
así que tenga la bondad de pasar al despacho y puede que demos solución a lo
que le trae aquí. Desde luego puede confiar en mí, dándome a mí esos documentos
puede estar seguro que Don Emilio los recibirá.
Carmelo vio cierta oportunidad de librarse de los
papeles que ya le estaban molestando. No quería volver a casa con ellos porque
su Elvira, capaz era en un arrebato de quemarlos si sospechaba que podían perjudicar
la memoria de su sobrino, y una vez quemados darle una paliza no le iba a
proporcionar a él ni una perra. Hecho este planteamiento consintió en seguir al
padre Alfredo a su despacho. Entraron y Alfredo cerró la puerta tras él.
- Acomódese y diga que negocio
le insta a buscar a mi coadjutor. ¿Qué papeles son esos?
Carmelo estaba ya nervioso fuera de su entorno. Le
abrumaba todo aquello, se sentía en peligro y fuera de lugar, quería acabar con
todo el embrollo cuanto antes.
- Hace poco ha muerto la hermana
de la mujer con la que vivo. Esta mujer murió abrazada a un sobre escrito del
puño y letra de un hijo suyo que se ahorcó dirigido a un tal Emilio Pedrosa de la Barca que creo que es el
mismo que usted llama padre Emilio. Yo, verá usted, a lo mejor he pecado de
cotillo pero me dio por ojear lo que había en el sobre y la verdad son cartas
de ese que se ahorcó a este Emilio y lo que pone es..., no se como decirle a
usted...
- Obsceno, diría usted que es
obsceno. Quizá se desprende de esas cartas que ese muchacho que se ahorcó y el
padre Emilio formaban pareja...
- Eso, lo ha dicho usted mejor
que nadie. Como se nota el que ha estudiado, como uno no pudo nunca..., y
además no se le dan a uno esas cosas de pluma.
- Bien, entrégueme usted esas
cartas, que podrían ser comprometedoras para la honra tanto del padre Emilio
como de La Iglesia.
- Yo, a ver si me explico,
yo..., podría haber sacado en algún sitio algo por unas cartas tan, tan, tan...
- Tan escandalosas. Quiere
usted dinero. Sea. Cuanto quiere por la fama de un ministro de Dios. Piense que
está usted jugando con el buen nombre de La Iglesia también y el Señor acabará
demandándoselo de una forma u otra, así que no apriete usted demasiado los
tornillos. Piense que, por lo que he creído entender, no está usted legalmente
casado con esa mujer que dice que ha perdido a su hermana, madre del redactor
de las cartas y una llamada a la comisaría denunciando el robo del material
sería suficiente. Piense a quien acabaría por dar crédito un juez a usted o a
mi, digno representante de La
Iglesia.
El padre Alfredo abrió un cajón del escritorio, sacó
una llave y abrió una pequeña caja de caudales que tenía en otro cajón. Saco
cinco billetes de cien y los depositó encima de la mesa.
- Si recoge usted esa
cantidad, me da el sobre y sale sin hacer ruido, me olvidaré que una vez estuvo
usted aquí y de paso lo olvidará usted también. Si decide otra cosa no hace
falta que le diga cual será mi próxima llamada.
Carmelo se quedó mirando los billetes de cien,
relucientes, levantando la mirada para cruzarla con la del cura a cortos lapsos
como sopesando su decisión. Finalmente comprendió que era un paria que lo que
de verdad se le daba bien era tratar con putas y pegarlas para sacarles el
dinero porque eran más débiles que él, pero intuía que se acababa de dar un
encontronazo con un gigante al que ni veía la cabeza. Todo lo que fuese luchar
contra él suponía con toda seguridad ser aplastado como lo que era, una
cucaracha a su lado. Finalmente agarró los billetes como el que está robando y
farfullando un “Muchas Gracias” salió a escape del despacho dejando encima de
la mesa el sobre dirigido a Emilio.
Una vez se quedó a solas en su sillón, no pudo por
menos que dibujar una sonrisa cada vez más amplia sin quitar la vista del
sobre. Era su triunfo. Estaba blindado, a salvo de las acusaciones del padre
Emilio. Su intención primera fue lanzarse a leer el contenido pero prefirió
reprimirse, quería regodearse en su éxito.
- Alfredo, eres mucho Alfredo.
Estás tocado por la diosa suerte. Y no debiera ser yo el que dijera esto.
Lo pronunció en voz alta y a continuación lanzó una
sonora carcajada de satisfacción y triunfo. Nadie quedaba ya en la parroquia y
nadie pudo escuchar el grito de desahogo y satisfacción que lanzó.
Pasados unos minutos cogió con parsimonia el
manoseado sobre sacando de su interior el contenido. Estaba formado por cartas
escritas a mano en una pulcra letra con su fecha cada una. Lo primero que hizo
fue ordenarlas por fechas para después meterlas, sobre incluido dentro de una
carpeta nueva. La carpeta la introdujo en uno de los cajones de su escritorio y
lo cerró con llave. Sin levantarse del sillón miro la hora en su reloj de
pulsera y luego la cotejó con el de pared del despacho. Faltaban quince minutos
para que le sirvieran la comida, podía leer la primera carta con tranquilidad,
para ir abriendo boca. Volvió a extraer la carpeta del cajón y recuperó la
carta de fecha 30 de Septiembre de 1983, la primera de todas.
Noche del 30 de septiembre de 1983.
Queridísimo amigo mío: este viernes todavía no se si
tendré el valor necesario para hacerte llegar estas letras. No se que temo más,
si tu burla o tu rechazo, aunque mis sentimientos sean absolutamente legítimos,
¿qué sentimiento puro, solo por el hecho de serlo, no lo es? No debería
avergonzarme de lo que me susurra el corazón pero temo perder tu cercanía, tu
presencia cerca de mi.
Es madrugada y soy incapaz de pegar un ojo, solo
pienso en ti, en tu cara, tu ceño cuando te enfadas y en tu hilera de dientes
blancos cuando te ríes. Me da coraje, no sabes hasta que punto me enrábieto,
cuando al dejar volar mis alma a los dominios de la tuya mi cuerpo responde,
reclamando el protagonismo que yo no quiero darle. Desearía ser solo materia etérea
para que no pudiese materializarse de ninguna manera mi anhelo, mi sed de ti.
No, amor mío, no. No es tu sexo lo que yo quiero.
¡Que paupérrimo sería mi amor si lo intentará resumir en una incomoda tirantez
aliviada torpemente con una caricia más torpe aún! Es lo que yo siento por ti más
profundo, más radical. Muchas veces,
como esta madrugada, no puedo reprimir las lágrimas imaginándote aquí cerca de
mi, sonriendo ante mi azogue, condescendiente con mi candidez. Entonces solo
puedo dar rienda suelta a mi melancolía derramando mis impaciencias sobre una
hoja de papel y en muchas ocasiones solo puedo plasmar mis frustraciones en
forma de mal poema.
¿Sabes?, esta mañana al salir al patio me dejaste
apenado. Comprendo que te llame la atención Julia. La envidié y le deseé lo
peor. Luego me arrepentí, que culpa tiene ella de que yo te quiera. Tuve que
hacer denodados esfuerzos para no llorar de rabia y pena. Solo supe sentarme en
el rincón de la basura, el sitio que en ese momento pensé que me correspondía,
y escribirte esta poesía.
¿Dónde
has dejado los ojos, amor?
No
eres capaz de ver, aunque mires
No
sabes entender, aunque escuches
¿Sentirás quizá, de mi alma
el dolor?
¿Es que no ves de mi cara el
color,
Cuando en mi cara tus ojos
posas?
¿No oyes el tremolar de mi
voz
Cuando es tu voz que mi oído arrulla?
¿Hasta cuando habré de
atesorar
En lo hondo de mí roto
corazón
Las dulces palabras de amor
Que no me atrevo a pronunciar?
Tristes versos, ya ves, que no son capaces, para mi
desgracia, de revelar la infinitud de lo que siento por ti, amado Emilio. Es
tarde ya, ¿sabes? Cuando por la mañana me preguntas por las ojeras quisiera
decirte que son tuyas, que las disfruto, no las sufro, porque las he conseguido
pensando solo en tu persona, pero se consume mi alma sin podértelo comunicar,
que aún más profundas las daría por bien empleadas si algún día me acariciases
aunque solo fuese por equivocación, ¡pero eres tan reservado!, y prefiero que
así seas, eso me consuela de que nadie más es dueño de tus manos, que poseen,
de tus manos, que sostienen, de tus caricias, de ti. Me he consumido de celos,
amor pero como solo deseo tu felicidad callo estoico ante lo inevitable. A
fuerza de carecer, de pasar pena, he aprendido a gozar con lo mínimo. El
acompañarte al ir o regresar del instituto ya es para mi alcanzar el cielo.
Ya me despido de ti, amor. Sueño con que llegue el
lunes y pueda volver a permanecer cerca de ti, rozándote descuidadamente
mientras vamos a clase. Un prieto beso, un abrazo fundido con tu corazón.
Bonifacio.
Alfredo quedó estupefacto. No era esto lo que él
imaginaba. Pensaba encontrarse con unos pringosos papeles chorreantes de
lujuria y mariconadas de sal gorda, pero no, era toda una declaración del amor más
puro que renegaba incluso del sexo y en la que para colmo no se hacia
referencia alguna a que Emilio estuviese al tanto de los sentimientos del tal
Bonifacio. Notó que la palidez pintaba sus mejillas. Creía Alfredo que estaba a
salvo de todo y si efectivamente lo estaba, menos de la lealtad, la sinceridad
y el amor verdadero. Le quemaba la carta en las manos, no sabía como podría
utilizarla en contra de Emilio..., pero aún quedaban unas cuantas, seguro que
alguna de ellas incriminaba a su coadjutor. Siempre podría obviar las que le
salvaban y subrayar las que le condenasen.
Optó por seguir leyendo. Se disponía a sacar la
siguiente carta cuando el teléfono de su despachó sonó apremiante.
- ¿Quién es?
- Don Alfredo, se le enfría su
comida. No trabaje usted tanto, que vive entregado a la parroquia y terminará
enfermando.
- Ahora mismo subo.
Terminaría enfermando, si, pero de rabia, se dijo.
Volvió a guardar la carpeta en el cajón y le echó la llave. Subió a comer.
No se dio cuenta ni de lo que se metía en la boca,
toda su atención la tenía focalizada en las dichosas cartas. Deseaba terminar
la comida para volver a la soledad cómplice de su despacho a beberse las cartas
intentando encontrar el más leve resquicio que pudiera utilizar como moneda de
intercambio de su secreto.
Desde que le vio la primera vez no le gustó y para
mayor abundamiento su madre, descarada maleducada sin pizca de respeto. Ese
habito de buen chico que aunque haya roto un plato no ha sido el más bonito de
la vajilla. Denotaba cierta suficiencia que se alimentaba de esa falsa humildad
que intentaba aparentar. Sabía que le proporcionaría problemas, no se puede
trabajar con alguien que lleva la verdad de estandarte, eso es un peligro, no
deja margen de maniobra para nada en un mundo complicado como el que le había
tocado en brega a él. Cristo y su tiempo hubo uno en su momento y no era
previsible que volviese en segunda instancia precisamente mientras él era
párroco de Santa Domitila. Hubiera preferido mil veces un corruptor antes que
ese vengador justiciero de toda lacra y vicio. Por lo menos un pecador es
susceptible de ser convertido, pero un alma transparente es como un diamante;
no hay quien los modele salvo que se conozcan sus ejes para hacerlo partes.
Esperaba encontrar en las cartas las claves para asestar el golpe preciso en el
sitio justo y una de dos, atraerle a la única causa posible, la suya y
domeñarle o destruirle para siempre en mil pedazos inservibles.
IX
Celia colgó el teléfono de mal humor. No le gustaba
ni que en broma le dijesen cosas de curas ni mentiras de esas.
- ¿Ya te has vuelto a pelear
con el chico? ¡Celia por favor!
- No, no me he vuelto a
pelear, parece mentira que no me conozcas aún. Va a venir a comer y le voy ha
hacer el estofado que tanto le gusta y arroz con leche. No me conocéis ninguno
de los dos, ¡que harta estoy de todo!.., cualquier día voy a salir corriendo y
a ver quien me encuentra.
A Emiliano le dio lastima ver a su mujer penar de
esa forma y se le acercó conciliador intentando acariciarla. Ella le rechazó
bruscamente de un empellón mientras iniciaba a llorar como un niño desamparado
y perdido.
- ¡No necesito de tu consuelo!
Yo no necesito que me consuele quien me odia.
- No se como dices esas cosas.
Pero si lo que quieres es que terminemos hagámoslo, pero cuanto antes.
- Lárgate con tu lío y déjame
tranquila que prepare la comida para tu hijo, ¡y no vuelvas más!
Emiliano no quiso seguir con la controversia que
además de estéril les lesionaba a los dos. Optó por callar, agachar la cabeza y
salir. Estaba en la puerta cuando se volvió.
- ¿A que hora has quedado con
el chico a comer?
- A las dos, pero cómo si no
quieres venir. Más tranquila estaría yo a solas con mi hijo.
- Ya, ya, para que lo
maltrates a discreción. A las dos como un clavo estaré aquí, te guste o no.
Sin decir ni adiós dio un portazo y echó escaleras
abajo congestionado de rabia e indignación, ¡hasta de su hijo le quería apartar!
Celia se quedo a solas con su desesperación. ¿Por
qué, por qué Emilio tuvo que meterse cura? Le educó como su padre a ella,
incluso llevaba el nombre del abuelo, ¿qué hizo mal? Al punto de la apoplejía
gritó como una viuda semita: “¡Mariconazo suicida!, porque no te ahogaste con
el cordón al nacer”, y se hundió en un llanto compulsivo que no le dejaba ni
respirar ni dejar de llorar. Cayó al suelo en franco ataque de histeria
arañándose la cara y pataleando y orinándose, con tan mala fortuna que fue a
golpear la cabeza contra la puerta del lavavajillas que estaba abierta.
Tirada en el suelo en medio de un charco de orines y
sangre la encontró Emilio cuando a las doce y media se llegó a su casa para
acompañar a su madre un rato antes de comer y charlar con ella tranquilizándola
y explicándole que no era tan diferente lo que el pretendía mediante su
ministerio de lo que ella le explicaba de pequeño de la lucha del proletariado.
Emilio entró en su casa, alegre y confiado llamando.
- Doña Celia, adivine quien
acaba de colarse en su casa.
Emilio se había quedado parado en el recibidor
esperando la respuesta intemperante de su madre del tipo, “salga de aquí si no
quiere que llame a la policía”, o “quédese y sabrá que se ha equivocado de
victima”. Pero nada. La casa estaba en silencio, demasiado. Emilio con timbre
de voz temeroso e interrogante se puso serio, temiendo.
- ¿Papá?, ¿Mamá?, ¿Hay alguien?
Con paso temeroso salió del recibidor, el corazón
acelerado, la respiración agitada, la imaginación desbocada. A cada nueva
habitación explorada seguía un respiro de alivio. Ya solo quedaba la cocina. No
había sonido alguno que viniese de la cocina, ni humos ni olores, nada,
silencio, para todos los sentidos.
El corazón se le detuvo, la respiración se le
congeló y los vellos se le erizaron, la sangre se fugó de sus mejillas y las
nauseas hicieron de su estomago una pista de patinaje. Le temblaron las
piernas, pero se pudo sobreponer al pánico. Rápidamente se agachó y levantando
la cabeza de Celia la reposó en su regazo mientras que sin poder reprimir el
llanto no cesaba de acunar la cabeza desmayada de su madre llamándola
inútilmente, “Mamá, mamá, mamá”. Creía a su madre muerta y comenzó a balbucear
en medio de su inenarrable pena un Padre Nuestro. Celia con el mecimiento al
que su hijo la sometía se despertó y fiel a su temperamento no pudo evitar
salir con cajas destempladas del desmayo.
- Por muy cura que tu seas y
muy desfallecida que yo esté ni se te ocurra decirme a mi esos gori, gori medio
mágicos.
Al ver que su madre seguía siendo su madre, las lágrimas
de dolor se transformaron en explosión de alegría sin dejar de llorar y riendo
al tiempo.
- ¿Qué te ha pasado?, Papá...,
¿no te habrá...?
- No hijo, no, aunque bien
mirado..., pero no. Me he peleado con tu padre y dando un portazo se ha
marchado. A mi me ha dado un ataque de nervios, me he caído y debido golpearme
con algo.
- Con el lavavajillas. Mira,
está manchado de sangre y tú tienes una brecha medio regular en la cabeza, que
ya ni sangra. Vamos, habrá que ir a que te cosan eso. Levanta, arriba.
- ¡Que no hijo! que no es
nada.
Se echó la mano a la cabeza y se palpo la herida
retirándose horrorizada al punto. Miro a su hijo, implorante y asustada.
- Bueno hijo, si tu crees que
tengo que ir...
- Voy a dejarle una nota a
Papá.
- Para lo que le va a
importar.
- Mamá, tengamos la fiesta en
paz. Voy a escribir una nota.
Emiliano llegó a las dos en punto a su casa. Entró
llamando a su hijo a medida que avanzaba por la casa. Le extrañó no escuchar
nada ni oler al estofado que tan bien guisaba su mujer, ni siquiera el aroma a
canela del arroz con leche, verdadera tentación de su hijo Emilio, flotaba en
el ambiente. Y eso si que era raro. Al llegar a la cocina y encontrarla desierta
de un vistazo no salía de su asombro. Una inspección más detallada le hizo
descubrir la puerta del lavaplatos aún abierta y con restos de pelo y sangre.
Se alarmó sobremanera hasta que reparó en una nota sobre la mesa. Estaban en el
Hospital Provincial. Cayó inerme sobre una silla, derrumbado. Se culpaba de lo que hubiese pasado allí, le
daba igual lo ocurrido, la culpa era suya por haber perdido los estribos. Sabía
que con su mujer había que ser paciente. El psiquiatra se lo tenía dicho, “Mire
usted, Don Emiliano, de una mujer distímica se separa uno o debe estar
dispuesto a ceder, siempre, con razón o sin ella. Las distímias son así, baja
autoestima con comportamiento paranoico, siempre creen que se les ataca, no
admiten el contraste de pareceres. A los distímicos se los soporta, no se los
entiende. Y su señora es una distímica”.
Se levantó pesadamente de la silla de la cocina, se
quedó mirando la puerta del electrodoméstico ensangrentado, movió la cabeza a
un lado y otro y con sentido abatimiento se fue hacia el Hospital.
29.9.12

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