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sábado, 29 de septiembre de 2012

E L S I L E N C I O VII - IX

El Silencio


VII

A Emilio le rondaba algo en la cabeza y no comprendía bien que era. Como si se le hubiese olvidado algo o se le hubiese pasado por alto un detalle que no por nimio tendría que ser más importante, no sabía para qué ni porqué tendría que ser importante, cuando se acordase de ello sabría en que residía su valor pero esa sensación incomoda no le dejó dormir en toda la noche. El despertador sonó como era habitual a las cinco de la mañana para el rezo del Breviario. El sabía que los sacerdotes seculares podían hacer todas las horas del tirón cuando tuviesen tiempo pero a él le gustaba rezar cada cosa a su hora por que cada hora tiene su carisma y a cada carisma corresponde un gozo, una renuncia y una oración.
Desterrando todo atisbo de pereza se echó fuera de la cama y corrió a la ducha en busca del agua helada que atemperase la molicie de la cama mañanera. Eso si que era cada mañana una tentación para la que era menester que echase mano de toda su fuerza de voluntad. La cruceta del agua caliente estaba allí instigadora reclamándole que la abriese para poder dispensarle sus goces y beneficios, ¿qué de malo había? Como cada mañana Emilio con gesto certero y rápido encomendándose a La Santísima Virgen abría a tope el agua fría y perdía la respiración por el contraste de temperaturas, recordaba cuando de pequeño iba con sus padres a pasar los domingos a Rascafría y se bañaba en aquel río auténticamente helado del que salía a instancias de su madre con los labios morados y lo hacia por gusto, ¿por qué no ahora? En el seminario ya le habían prevenido sobre estas practicas; “No se usted tan radical, tan malo es un extremo como el otro, lo que hay que tener es dominio de uno mismo para saber sobreponerse a las tentaciones. Dúchese usted con agua templada que cualquier día nos dará su caridad un disgusto”. A medida que su cuerpo se hacía al agua y se reconfortaba, la mente se le despejaba y comenzaba a disfrutar, eso le recordaba al cura que ya estaba bien de placeres de agua, que ya se sabe que unos llevan a otros y luego no se sabe donde detenerse. Con la misma decisión que había abierto el grifo, lo cerró saliéndose de la ducha. Se seco vigorosamente y se vistió recogiendo su Libro de las Horas para iniciar Laúdes.
Terminado el rezo reposado, comprendido, asumido y sentido se dirigió al templo a preparar su misa de las seis de la mañana.
A pesar del lenitivo que supuso el rezo preceptivo, esa espina irritativa de no llegar a ser consciente de qué era eso que le incomodaba por no recordado le tenía intranquilo y no le permitía mantener la cabeza serena para comenzar la celebración. Hizo un esfuerzo por olvidarse de todo y concentrarse en la misa. Mientras se revestía para salir al altar la oración le distrajo y ahuyentó de su cabeza la incertidumbre. Ya en el altar al hacer el saludo de entrada se fijó en la nave; los de siempre o debería decir las de siempre. Estaba a punto de comenzar la lectura de La Epístola cuando vio entrar apresuradamente una mujer joven que fue a arrodillarse casi detrás de una columna mediado el templo. Le llamaba la atención que con la cara oculta en sus manos se movía de la forma convulsa que lo hacen aquellos que les falta cuerpo para tanto que tienen que llorar si no quieren escandalizar con sus ruidosas manifestaciones de dolor. Estuvo ya toda la ceremonia sin poder perder de vista aquella mujer alejando de forma radical de su mente el olvido que le estuvo atormentando desde que se levantó.
Con el “Podéis ir en paz” se dirigió a la sacristía a desvestirse. Don Telesforo, como cada día, a las seis y media, acababa de llegar y le iba recogiendo los ornamentos litúrgicos para guardarlos en sus respectivos cajones con meticulosidad. Emilio le dio finalmente los buenos días y estaba a punto de marcharse a su casa desayunar cuando recordó la mujer que con tanto sentimiento lloraba y decidió salir a ver si seguía allí. Salía al altar para ver si quedaba alguien, seguido del sacristán que iba a recoger el altar y prepararlo para la misa de ocho que oficiaba el párroco, dándose de bruces con la mujer que nerviosa y deshecha entraba a la sacristía.
-     ¿Dónde va usted con esas premuras, mujer?
-     Necesito confesión padre, necesito confesarme antes de que haga una barbaridad.
No dejó de llorar mientras hablaba y parecía que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. El sacristán creyó conveniente intervenir recordando a la mujer con tono funcionarial los horarios de confesiones. Emilio no le dejó terminar y sujetando por los hombros a la mujer la encaró de cerca y a la luz. No era tan mayor como él había supuesto, era más bien joven y por las características y la poca experiencia que el tenía le pareció que se encontraba ante un problema sentimental de esos irresolubles en la cabeza de una mocita y que tanta gracia hacen después cuando ya no tan mocita se rememoran como paradigma de la poca sabiduría de la vida que se tiene a esas edades. Tenía los ojos entrecerrados de haber estado llorando largo tiempo y la nariz hinchada y roja de tanto destilar lágrimas.
-     Tranquilízate, hija, verás como no es nada. Vamos, donde quieras tú, al confesionario o a pasear o donde quieras. Desahógate y cuenta que te atormenta tanto, El Señor ya sabe que necesitas pero quiere que entres en humildad y lo pidas.
Al escuchar estas palabras la joven recrudeció el llanto y quiso marcharse pero Emilio la sostenía firmemente por lo hombros y la retuvo.
-     No sea usted chiquilla, vamos al confesionario.
Don Telesforo se retiro a su sacristía meneando la cabeza en signo de desaprobación por saltarse las normas de aquella manera tan flagrante. Además, un cura joven y apuesto a solas en el templo con una joven le parecía algo escandaloso pero pensó para sus adentros, “todos iguales, Telesforo a lo tuyo y a callar”.
Emilio entró en el confesionario descolgó la estola y mientras la besaba y se la colgaba con delicadeza del cuello volvió a punzarle en la cabeza otra vez el recelo de querer recordar lo que se le había pasado por alto.
-     Ave María Purísima
Por toda respuesta, un sollozo. La mujer quería contestar pero las lágrimas no la dejaban.
-     Yo tengo todo el tiempo para ti. Serénate y cuando creas que puedes hablar empiezas, yo voy a estar en silencio rezando por ti, recuerda que es Cristo quien te escucha no un pobre cura que no podría hacer nada sino fuese por mediación del Altísimo.
Emilio comenzó a recitar pausadamente el Padre Nuestro y el Yo, Pecador esperando que la mujer al fin se decidiese a comenzar. Llegó un instante en que la repetición de las oraciones como mantras le llevó a Emilio a espacios mentales ajenos a su voluntad y sin dejar de orar se vio rodeado de Julia, de Boni y del Padre Alfredo, los tres le miraban con ojos acusadores pero él se sentía cómodo en aquella situación y cuando comenzaron los tres al unísono a reprocharle su actitud en la vida se echó a llorar. Entre las lágrimas y la congestión de los ojos se fueron desdibujando las figuras de los tres y fundiéndose en una sola para finalmente aclararse la imagen a pesar de que las lágrimas no habían cesado y ver que como resultado de aquella fusión era su propia imagen la que se le presentaba reprochándole igualmente y de forma machacona: “Hipócrita, ¿a que engañarse?, ¿porque te empeñas en negar la realidad?, hipócrita, sal del refugio cómodo y afronta tus responsabilidades, se un hombre y no un muñeco en manos de tu madre, ¿porque sigues ahí?”.
-     ¿Padre?, ¿sigue ahí?
Incapaz de distinguir ensoñación de realidad contestó en voz alta.
-     Porque este es mi sitio
-     ¿Cómo dice?
Comprendió en ese instante donde se encontraba. Se azoró y echó una ojeada al reloj; prácticamente no se habían movido las manecillas y pensaba que debía haber pasado una eternidad. Aún resonaban en su cabeza las palabras que el había dicho, destemplado, en alta voz, “por que este es mi sitio” y se acordó de que una mujer joven necesitaba de su ayuda. ¿No se estaría equivocando de sitio?
-     Perdona hija, estaba en otro mundo. ¿Ya estas preparada para hablar?
-     ¿En confesión?
-     Naturalmente, estamos en la casa de Dios, yo soy su ministro y tu una penitente en busca de perdón. Esto es por tanto una confesión.
-     No se si podré continuar sin que se me haga un nudo en la garganta. Espero que siga siendo indulgente conmigo. Yo pertenezco a un grupo de la parroquia que dirige el Padre Alfredo...
-     ¿Tu eres Rosa?
-     ¿Cómo sabe mi nombre?
En la pregunta de Rosa había temor e incredulidad, sorpresa e irritación. Imaginó en un instante al Padre Alfredo poniendo en antecedentes a todos en la parroquia acerca de su liviandad. Su primer impulso fue levantarse y alejarse, correr, correr hasta desfallecer para deshacerse en rabia y estupor en cualquier rincón oscuro donde encontrar la paz de la muerte. Pero algo en la voz del cura que estaba al otro lado de la celosía, no en sus palabras, en la entonación la retuvo atornillada de rodillas en el confesionario y le permitió escuchar la explicación de Emilio.
-     Al presentarme a tu grupo el padre Alfredo un compañero, Gilbert, me puso sobre aviso de que faltabas desde hacia más de una semana. He estado por ir a tu casa a visitarte por si estabas enferma pero unos días con otros lo he ido posponiendo..., bien, deshecho el enigma, cuéntame que es eso que tanto te atribula.
Rosa se relajó de la tensión y comenzó a sollozar una vez más, pero en esta ocasión llevada por un espíritu de agradecimiento a no encontrarse en un laberinto en que la hubiese metido el sinvergüenza del párroco. Consiguió hacerse dueña de si misma y ya serena pudo contestar a la introducción, sintiéndose obligada a dar una explicación anexa.
-     En gracia concebida. Yo siempre respondo así porque me parece que tratándose de La Virgen María la palabra pecado no debe figurar a su lado ni por necesidad sintáctica.
-     Me parece bien. Ahora empieza.
Al verse en la necesidad de rememorar todo lo que paso aquella infausta noche el corazón volvió a encogérsele pero crecida al saberse escuchada por una persona en principio amiga pudo sobreponerse.
-     Hace unos días el padre Alfredo, al término de una celebración me pidió que le acompañase a la sacristía para ayudarle en unas cuentas...
Rosa fue desgranando con profundo asco y dolor lo sucedido aquella noche sin ahorrar ningún detalle escabroso. De cuando en vez se detenía porque la angustia y las lágrimas se daban codazos por ver cual de ellas salía a relucir antes embargándola la voz y quebrándosela en los momentos más repugnantes. El padre Emilio escuchaba sin interrumpir ni animar a explicaciones que eran ociosas, guardando respetuoso silencio cuando Rosa callaba para reunir fuerzas y continuar, escandalizándose para sus adentros del comportamiento de su párroco. Recordó las explicaciones, cínicas explicaciones acerca de la gerencia de La Iglesia para su sostenimiento en el mundo mientras llegaba el santo advenimiento de la segunda venida del Cristo. Su primera intención fue desestimar, por paranoicas, las acusaciones de Rosa pero a medida que la chica desarrollaba su explicación más se convencía Emilio que la verdad era lo único que salía por su boca. Deseó salir corriendo en busca del padre Alfredo para zamarrearle y pedirle explicaciones, increparle para que no perdiese tiempo y se colgase ya la piedra de molino al cuello y se tirase al pozo más cercano por el escándalo que había procurado a esa pobre inocente, pero se felicitó que estuviese en medio de la dispensación de un Sacramento que le exigía respeto y mesura. Era más preciso en ese instante confortar y consolar a aquella persona que tanto sufría por la impiedad de un sacerdote que buscar a ese mismo sacerdote y demandarle por su bajeza. Pero el degenerado del padre Alfredo no iba a salirse en este caso con la suya. No iba a permitirle que le enredase en juegos de palabras florentinos propios de intrigas vaticanas más que de un hombre de Dios que lo que debe es dar la vida por sus hermanos en lugar de sorbérsela a impulsos de la más baja lascivia. Cuando hubo terminado sus explicaciones la chica, Emilio no se sentía con fuerzas para ser ecuánime y quitar hierro donde lo que existía era acero templado. Hizo de tripas corazón y comenzó.
-     Rosa, tú no has sido culpable de nada. La concupiscencia es un cáncer, que como hija del pecado, hunde sus garras en la carne de los más débiles. No te creas que los sacerdotes lo somos porque somos buenos, todo lo contrario, somos los más expuestos a sufrir los embates del maligno y los más pecadores de todos. Debes lo primero de todo, para poder ser perdonada, perdonar tú en tu corazón. No te digo con esto que tengas que ser amiga del padre Alfredo y ponerte a su alcance otra vez para ponerle a él en trance de tentación. Debes perdonarle en tu corazón y mantenerte a distancia para ni hacerte daño ni hacérselo a él sin querer. Por lo que me has contado nunca consentiste en ese comercio, fue arrebatado sin el concurso de tu voluntad lo que te quita cualquier atisbo de responsabilidad y por eso no tengo, en conciencia, obligación de ponerte penitencia alguna. Quiero que quede claro que tu en ningún caso tuviste nada que ver en el desarrollo de ese pecado tan horrible del que el único responsable fue el padre Alfredo que tendrá que responder ante el Altísimo de su felonía. Ahora vete en paz y recuerda que lo que te hace ser Iglesia es participar de la vida eclesial. Si no asistes a las celebraciones el signo de hermandad que ellas representan se diluirá y no olvides que somos una comunidad peregrina, siempre extranjera, que se marchita sin tener tus signos a la vista. No cierres los ojos a la cruz y no te perderás por mucha tormenta de arena que arrecie en este desierto que transitamos como hijos de Dios elegidos para la vida eterna.
-     ¿Entonces, no me va a poner penitencia?
-     Ya te he dicho que no. Vete en paz y te espero a la celebración del Sábado. Y no me faltes.
Emilio escuchó el crujir de las tablas del viejo mueble de administrar perdón y supo que Rosa se levantaba y se iba, esperaba que confortada y nueva.
El se quedó un rato con los ojos cerrados rumiando lo que acababa de escuchar. Ganas tenía de denunciar, pero el sigilo de confesión se lo impedía. Pero lo que no le iba a impedir era ponerle las cartas sobre la mesa al párroco, no ya como sacerdote, de hombre a hombre. Estaba indignado y necesitaba dar salida a la efervescencia que le ahogaba. Su sentido innato de la justicia clamaba venganza. Toda la moderación de la que hizo gala en la confesión con Rosa era toda de la que era capaz. Ahora estaba furioso y tenía que desahogarse.
Se deshizo de la estola que dejo colgada de la percha y salió fuera. En ese momento se le iluminó la mente. ¡Ya está!, eso era, lo que le martilleaba, algo que se echaba de menos o de más en una imagen que se ha visto cientos de veces y no se acaba de caer en que es. El desmedido interés del padre Alfredo por desviar la conversación o restarle importancia si el tema era Rosa. Eso era lo que le escamaba y no sabía porque. Ahora estaba todo diáfano. La malicia del cura era todavía más perversa de lo que parecía. Eso quería decir que no se arrepentía sino que quería echar tierra al asunto para que se pudriese y si era a costa de perder un alma para Cristo, pues ¡que más daba!, lo importante era preservar su imagen de párroco ejemplar con carrera impoluta hacia el sillón de Obispo. Era despreciable. Estaba dispuesto hasta a pedir licencia al obispado para quebrantar el sigilo y poner en antecedentes a Don José.
Miró el reloj, era tarde, debería subir a desayunar. Posiblemente se encontraría al padre Alfredo en la sacristía revistiéndose para la misa de ocho. Efectivamente allí estaba. Le dirigió una mirada fría, nauseosa y retadora sin dirigirle la palabra.
-     Buenos días padre Emilio, ¿qué tal ha descansado?
Bajando la voz para que Telesforo no se enterase se acercó al párroco y le susurró al oído:
-     Usted y yo tendríamos que hablar de una feligresa, ¿no cree?
-     ¿A que se refiere? Insensato.
-     Ahora no es el momento, pero creo que me debe usted una explicación de lo que sucedió en la contaduría una noche de estas.
Alfredo sintió como la cara se le petrificaba de terror y el frío de la muerte se instalaba en sus dedos. Intentó articular unas palabras pero no le salían de los labios, balbuceó tan solo silabas inconexas.
-     Déjelo, padre, ya hablaremos de ello. Aunque será usted el que me tenga que hablar a mí para salvaguardar mi sigilo de confesión. Porque esto no puede quedarse así. Cuando acabe la misa hablaremos.
El sacerdote que terminaba de revestirse respiró hondo. Si estaba bajo secreto de confesión no iba a ser el que descubriese nada de nada. Estaba a salvo, que se pudriese el curita escrupuloso ese con su zorra.
Emilio salió de la sacristía rumbo a su casa. Don Telesforo con todos los años de experiencia a su espalda se quedó mirando a hurtadillas al párroco pudiendo apreciar un temblor fino en sus manos que nunca antes había observado. Luego se volvió y advirtió el paso decidido y firme del nuevo alejándose. “Te han pillado en falta, caporal, esperemos que no me salpique a mi”, y siguió colocando corporales limpios en sus cajones.
Terminaba de desayunar sin quitarse de a cabeza la imagen de desesperación de Rosa en un rincón llorando sin consuelo asfixiada por una culpa que no solo no era suya sino que siendo de otro, encargado de quitársela, se la echaba como carga insoportable, para eludirla él. Consultó la hora en el reloj de pared del comedor y se levantó de la mesa para bajar a enfrentarse al párroco. En ese momento el timbre del teléfono le sacó de la concentración que tenía, como si tuviese que enfrentarse al último examen de unas oposiciones a Notaría.
-     Dígame
-     Hijo, soy tu padre.
-     Hola papa, qué temprano, ¿no?, ¿y mama?
-     No se hijo, no se. Esta noche no ha venido a dormir. Me tiene en ascuas, cada día está más insoportable. Creo que si pudiera se separaría de mí. Tú no sabes la que me montó a cuenta de tu almuerzo con el párroco. Nos dijimos cosas que por lo menos en lo que a mi respecta no sentía, pero tiene tu madre la capacidad de sacar de mi lo peor que llevo dentro. Pero me puse fuera de mi cuando apuntó la posibilidad de que tu hubieses tenido un asunto con aquel compañero tuyo que encontraste ahorcado, fíjate, hasta ahí llegó la cosa. Naturalmente no se lo consentí y le puse de vuelta y media. Y ahora esto de tenerme toda la noche en vela esperándola, porque si le hubiese ocurrido algo ya me habría enterado, las malas noticias vuelan, ya sabes. Espera, me parece que está entrando, no cuelgues.
Emilio con el auricular en la mano y la lividez tintándole el rostro olvidó momentáneamente que tenía que bajar a charlar con el párroco. ¿Cómo podía ser que en poco tiempo dos personas tan dispares dudasen de su honorabilidad y su identidad y una de ellas nada menos que su madre? en un instante hizo repaso mental a las veces que había estado con Boni para intentar averiguar si de alguna manera su comportamiento pudiera haberse prestado a equivoco, porque aunque de él si se hubiese podido sospechar que era al menos opinable nada tenía eso que ver con el suyo, el pecado está en los ojos del que mira no en la cosa mirada que puede ser lo más santo. Pero se reafirmaba en que había sido muy incauto, debía haberse percatado antes de que su compañero Boni estaba por él. Todo era extraño, como si una mano invisible se empeñase en entrelazar su destino al de ese pobre desgraciado que a saber que clase de conflicto le tergiversó las ideas para hacerle llevar a la práctica algo tan horrendo de lo que sin embargo salió algo tan esplendoroso como su vocación sacerdotal. Había hasta olvidado que su padre estaba al otro lado del hilo telefónico  cuando su voz le saco del ensimismamiento.
-     Hijo, ¿sigues ahí?, tu madre está aquí y quiere hablar contigo, hijo...
-     Perdona papa, estaba en otro sitio ahora mismo.
-     Soy tu madre Emilio...
-     Donde has estado toda la noche, mama, tenías a papa preocupadísimo y no te digo a mi desde que hace un momento me lo ha dicho.
-     Ya te lo contaré, pero a ti solo. Hijo, tengo que pedirte disculpas, pero es que tu padre me saca de mi y me irrita hasta el punto de hacerme ser como yo nunca he sido. Quiero que sepas que eres lo que yo más quiero en este mundo y que por nada en el mundo te haría daño y si te lo he hecho perdona. Si tu quieres ser cura de esos y en eso encuentras tu felicidad, a mi no me gusta pero adelante, es tu vida. Y si dije eso de tu amigo, ese...
-     Boni, mama, Boni. Y no, nunca me he acostado con él y quiero que sepas que con nadie, ni con él ni con nadie y queda zanjado el asunto, no quiero que tu sufras con esto. Yo no se ese interés que tenéis los dos por haceros daño el uno al otro, cuando ahora es cuando podíais ser felices apoyándoos y viviendo los años que os queden en paz.
Le dolía en lo más profundo, si tuviese que establecer un parangón lo haría con el desconsolado dolor que produce el dentista con su torno al tocar el nervio de una pieza. Dolor que se antoja insufrible y que deja memoria de dolor al punto de no saber donde refugiarse porque se siente uno a la intemperie de todo consuelo. Que su propia madre llegase a pensar eso de él no entraba en la medida de lo que el pensaba que era el desamor.
-     No hijo, de verdad que no...
La disculpa encima sonaba a falsa, a excusa del que sabe que ha sido pillado en falta y no tiene más salida pero aún así la soberbia le impide aceptar el fallo y pedir perdón por ello.
-     Mama, ya está bien. Lo que te pongo como penitencia por tu salida de tono es que te lleves bien con papa, que te quiere mucho...
-     A mi no me vengas con historias esas de beatas y leches de iglesia, ¿qué es eso de penitencia?
Celia volvía a sacar las uñas de mujer intransigente y dura. Estaba dispuesta a adoptar un papel más razonable con su hijo pero abdicar de ciertos compromisos, aunque fuese para la galería, no estaba dispuesta a tolerarlo.
-     Mama, por favor que era una broma, que eres muy brava, no empecemos otra vez. ¡Que os llevéis bien y nada más! Y ahora me vas a perdonar pero tengo que bajar a hablar con mi jefe, el párroco, ya sabes. Y otra cosa. A ver que me pones de comer que hoy me invito a casa.
-     Bueno hijo, te voy a poner todo lo que te gusta. ¿A que hora vas a venir?
-     A las dos mama.
-     Hasta luego hijo.
Emilio colgó el teléfono con premura y se le cayó el auricular al suelo para cuando ya estaba en la puerta. Tuvo que volver casi a la carrera a colgar. Sabía que podía perder de vista al padre Alfredo y por nada del mundo quería que se le escapase para darle tiempo a urdir una estratagema que le zafase de su presa. Llegó apresurado a la sacristía. Solo se encontraba Telesforo con su pausado trajinar entre ornamentos y material sagrado. Sin preguntarle se acercó a la puerta que comunicaba con el templo. El altar estaba vacío. Regresó a la sacristía.
-     ¿Y el padre Alfredo?, ¿ya ha terminado la misa?
-     Hace cosa de cinco minutos.
-     Pues si que se ha dado prisa. ¿Ha dejado dicho donde iba a estar?
-     Si que tenía prisa si. Parecía que le perseguía el diablo, prácticamente se ha desvestido como un adolescente al que le falta tiempo para vivir y ha salido corriendo. Desde la puerta me ha dicho sin detenerse que estaría fuera toda la mañana, en el Obispado, digo yo. ¿Quiere que le de algún recado si vuelve por aquí?
-     No, nada, déjelo Don Telesforo, ya hablaré yo con él en otro momento.
Miró su reloj e hizo un gesto de contrariedad.
-     Ya es tarde. Es que me he retrasado. Voy a repartir la comunión a los enfermos y luego tengo que ir al convento de Las Severinas a decir misa. Haga usted el favor de llamarlas y anunciar que llegaré unos minutos tarde.
-     Descuide usted padre Emilio, que yo me encargo.
Don Telesforo le había ya sacado de su armarito, el  portacorporal con su cordón de oro, una primorosa pieza del diecinueve de un orfebre de Córdoba regalado a la parroquia por la familia de un prócer agradecido. Emilio extrajo el cordón de oro que devolvió al sacristán rogándole le diera el de algodón que le parecía menos ostentoso. Fue directamente al sagrario donde se abasteció de formas consagradas. Recogió del sacristán el cordón trenzado blanco y azul del recipiente y se dispuso a salir a la calle.
En ese momento entraba Rosa en la sacristía.
-     Perdone, ¿Padre Emilio?
-     Perdona pero ahora no te puedo atender tengo que ir a dar la comunión a los enfermos.
-     ¿Le puedo acompañar?
-     Naturalmente y si quieres luego me acompañas a las monjas que tengo que decir misa y como son de clausura nunca tengo nadie que me ayude.
Echo a andar Rosa delante del Padre Emilio y sin saber como, llevando cerca de su corazón el cuerpo de Cristo las redondeces en forma de perfecta pera del trasero de Rosa se le clavaron en el sentido al cura. Emilio se escandalizó. Llevaba Cristo a los enfermos en función de su sagrado ministerio y a el solo se le ocurría fijarse en las formas que se adivinaban tras unas ropas no excesivamente ajustadas pero que tenían en él, el efecto de producir deliciosas sensaciones físicas que hacía ya tiempo que no experimentaba. Luchaba contra su naturaleza y cuanto más se debatía más se enmarañaba en los hilos de la sensualidad. Llegó un momento en que no sabía hasta que punto estaba consintiendo y gozando por tanto del trance y pecando abiertamente. Se sintió escarmentado en su furiosa ira contra el padre Alfredo. El era igual, un libidinoso presto a vender su alma al más fugaz de los placeres, quizá de los más ilusorios pero más potentes a los que se puede someter un ser humano. Se rebeló en su interior mientras seguía hipnotizado por el bamboleo de aquellas carnes que imaginaba de prieta seda, dispensadora de los más húmedos y escondidos placeres; ¡era joven!, no había cumplido los treinta y estaba donde quería estar, ¡¿por qué entonces ésta tortura?! Voluntariamente había renunciado a la carne y lo tenía asumido, o eso creía él, ¿por qué, Dios, porqué?
Rosa volvió la cabeza y con la sonrisa más angelical que contemplarse pudiera le habló
-     ¿Después, podremos hablar, pero ya sin secreto de confesión?
Una contestación seca, escueta y que una vez pronunciada se le antojó algo forzada en su severidad  cortó cualquier tipo de conversación. La cara radiante de felicidad de su feligresa agravó aún más el palpitar de su cuerpo contra el que sus defensas eran inútiles desde el primer momento.
-     Si, y ahora calla y reza que llevamos a Cristo Redentor.
El hábito de marcha de la chica fue desde ese momento de recogimiento y los mundos a los que la carne había asomado a Emilio se sumergieron de momento en las sombras permitiéndole descansar de su tortura. No recordaba, ni de adolescente una pasión tan impetuosa ni tan intensa.

VIII

Carmelo pensó que hablar con un Obispo no iba a ser nada fácil para él. Fue rápidamente consciente de que alguien de esa posición social no debía estar muy a mano del primero que quisiera abordarle. No se le ocurrió otra cosa que llamar al obispado y preguntar por el Obispo. Con muy buena educación le remitieron a la oficina de prensa del Obispado para cualquier comunicación en relación con asuntos diocesanos. Con el auricular en la mano meditaba de qué manera podía hacer dinero de aquellos papeles que después de leerlos unas veces le producían risa y otras envidia a su pesar de ver que alguien es capaz de ser querido de esa manera tan bestial. Bien, si no podía acceder al Obispo cogería al toro por los cuernos y se iría directamente a hablar con el Emilio ese, quizá le intimidase y le sacase algo.
Otra llamada, ahora si, a la oficina de prensa del Obispado a preguntar por el destino de un viejo compañero de colegio, Emilio Pedrosa de la Barca. ¡Sencillo, sencillísimo! Parroquia de Santa Domitila. Una breve mirada al callejero de la ciudad y localizado. Echó una ojeada al reloj de pared de la sala, las doce y media. Quizá si salía ahora le pillase al curita ese y podía redondear el trato esa misma tarde. Elvira estaba trabajando y no le incordiaría con sus escrúpulos y para cuando llegase ya tendría dinerito fresco en el bolsillo que le resolvería a ella cualquier duda, con lo que le gustaba que él tuviese detalles de esos que tienen los calzonazos con sus hembras, le compraría cualquier chuchería barata y con el resto a gozar.
La fachada de la parroquia en pleno corazón de un barrio tan elegante tuvo el efecto en Carmelo de ponerle en guardia ante lo desconocido que te sobrepasa y abruma y la admiración inconsciente del que siempre quiso pertenecer al círculo que más rechazaba precisamente por inalcanzable. Solo el tener que pasar por el jardincillo tan bien cuidado, hasta llegar al imponente atrio ya le inspiraba respeto. Entró en el templo que olía a incienso y cera virgen con pinceladas de azucena que le recordaron vagamente un día en que vestido de marinero él entró también en un edificio parecido y le proporcionó la sensación de bienestar placentero más grande que nunca pudo volver a experimentar. La penumbra del espacio amplio en el que acababa de entrar hizo que se tuviese que detener hasta acostumbrar los ojos a la escasa luminosidad. Recorrió por el lateral la eterna hilera de bancos de perfecta madera barnizada y limpia hasta llegar a una escalera que desembarcaba en el altar. Allí se encontraba un hombre de edad cercana a la jubilación del que sospechó que no podría ser el cura que él buscaba.
-     Ya vamos a cerrar, vuelva a partir de las cinco.
-     Usted perdone, estoy buscando a un cura que se llama Emilio.
-     ¿El padre Emilio, el coadjutor?
-     No, el es cura nada más.
El sacristán desde la altura que le concedían los escalones que separaban la nave del templo del presbiterio miro despectivamente a aquel intruso y dudo de si contestarle o ignorarle directamente. ¿Qué podría querer un tipejo así de alguien tan exquisito y cultivado como el padre Emilio?
-     ¿Para que le busca?
-     Tengo unos papeles que van dirigidos a él y me gustaría entregárselos.
-     Démelos a mí y yo se los haré llegar.
-     No, lo siento, ha de ser en persona.
A la hora, que era más de la una, el Padre Alfredo acababa de regresar del Seminario de hablar de su coadjutor con el director del mismo. El, acostumbrado a embrollar cualquier asunto que pudiera salpicarle había comenzado ya su estrategia de distracción con vistas a neutralizar la artillería de un “puro”, como acostumbraba a llamarlos, que iba a intentar ametrallarle. Escuchó voces en el templo cuando no debía escucharse más que el ocasional chisporroteo de las palomitas de aceite que encienden los fieles para agradecer o pedir que es a lo que solía ir la gente a su parroquia. Salió al presbiterio desde la sacristía en el momento que alguien hablaba de unos papeles personales para el padre Emilio.
-     ¿Buscaba usted al padre Emilio?
La intuición del que está acostumbrado a navegar por aguas turbulentas siempre en el filo de la navaja le aconsejo entrevistarse con aquel personaje que por aspecto nada podía tener que ver con alguien como Emilio, o quizá si y era una gatera por la que se desinflaría la invectiva justiciera de su coadjutor y se le podría mantener a raya. No podía ser de otra manera, todos, absolutamente todos tenemos porque callar y o mucho se equivocaba o acababa de descubrir el gatillo que hábilmente manejado acabaría por silenciar al padre Emilio.
-     Bueno, es que lo que tengo que enseñarle es absolutamente personal.
-     Puede usted confiar en mí. Yo soy su superior jerárquico, el párroco, y me compete cualquier cosa que pueda afectarle a cualquiera de mis subordinados. Si quiere puede pasar a mi despacho y hablamos del tema. Telesforo si viene Don Emilio le dice que estamos en mi despacho.
-     Don Emilio no viene hoy a comer, Don Alfredo, me ha dicho que come en casa de sus padres, que se lo debía.
-     Ah, si es cierto, lo había pasado por alto. Ya ve usted, que no va a poder hablar hoy con el padre Emilio, así que tenga la bondad de pasar al despacho y puede que demos solución a lo que le trae aquí. Desde luego puede confiar en mí, dándome a mí esos documentos puede estar seguro que Don Emilio los recibirá.
Carmelo vio cierta oportunidad de librarse de los papeles que ya le estaban molestando. No quería volver a casa con ellos porque su Elvira, capaz era en un arrebato de quemarlos si sospechaba que podían perjudicar la memoria de su sobrino, y una vez quemados darle una paliza no le iba a proporcionar a él ni una perra. Hecho este planteamiento consintió en seguir al padre Alfredo a su despacho. Entraron y Alfredo cerró la puerta tras él.
-     Acomódese y diga que negocio le insta a buscar a mi coadjutor. ¿Qué papeles son esos?
Carmelo estaba ya nervioso fuera de su entorno. Le abrumaba todo aquello, se sentía en peligro y fuera de lugar, quería acabar con todo el embrollo cuanto antes.
-     Hace poco ha muerto la hermana de la mujer con la que vivo. Esta mujer murió abrazada a un sobre escrito del puño y letra de un hijo suyo que se ahorcó dirigido a un tal Emilio Pedrosa de la Barca que creo que es el mismo que usted llama padre Emilio. Yo, verá usted, a lo mejor he pecado de cotillo pero me dio por ojear lo que había en el sobre y la verdad son cartas de ese que se ahorcó a este Emilio y lo que pone es..., no se como decirle a usted...
-     Obsceno, diría usted que es obsceno. Quizá se desprende de esas cartas que ese muchacho que se ahorcó y el padre Emilio formaban pareja...
-     Eso, lo ha dicho usted mejor que nadie. Como se nota el que ha estudiado, como uno no pudo nunca..., y además no se le dan a uno esas cosas de pluma.
-     Bien, entrégueme usted esas cartas, que podrían ser comprometedoras para la honra tanto del padre Emilio como de La Iglesia.
-     Yo, a ver si me explico, yo..., podría haber sacado en algún sitio algo por unas cartas tan, tan, tan...
-     Tan escandalosas. Quiere usted dinero. Sea. Cuanto quiere por la fama de un ministro de Dios. Piense que está usted jugando con el buen nombre de La Iglesia también y el Señor acabará demandándoselo de una forma u otra, así que no apriete usted demasiado los tornillos. Piense que, por lo que he creído entender, no está usted legalmente casado con esa mujer que dice que ha perdido a su hermana, madre del redactor de las cartas y una llamada a la comisaría denunciando el robo del material sería suficiente. Piense a quien acabaría por dar crédito un juez a usted o a mi, digno representante de La Iglesia.
El padre Alfredo abrió un cajón del escritorio, sacó una llave y abrió una pequeña caja de caudales que tenía en otro cajón. Saco cinco billetes de cien y los depositó encima de la mesa.
-     Si recoge usted esa cantidad, me da el sobre y sale sin hacer ruido, me olvidaré que una vez estuvo usted aquí y de paso lo olvidará usted también. Si decide otra cosa no hace falta que le diga cual será mi próxima llamada.
Carmelo se quedó mirando los billetes de cien, relucientes, levantando la mirada para cruzarla con la del cura a cortos lapsos como sopesando su decisión. Finalmente comprendió que era un paria que lo que de verdad se le daba bien era tratar con putas y pegarlas para sacarles el dinero porque eran más débiles que él, pero intuía que se acababa de dar un encontronazo con un gigante al que ni veía la cabeza. Todo lo que fuese luchar contra él suponía con toda seguridad ser aplastado como lo que era, una cucaracha a su lado. Finalmente agarró los billetes como el que está robando y farfullando un “Muchas Gracias” salió a escape del despacho dejando encima de la mesa el sobre dirigido a Emilio.
Una vez se quedó a solas en su sillón, no pudo por menos que dibujar una sonrisa cada vez más amplia sin quitar la vista del sobre. Era su triunfo. Estaba blindado, a salvo de las acusaciones del padre Emilio. Su intención primera fue lanzarse a leer el contenido pero prefirió reprimirse, quería regodearse en su éxito.
-     Alfredo, eres mucho Alfredo. Estás tocado por la diosa suerte. Y no debiera ser yo el que dijera esto.
Lo pronunció en voz alta y a continuación lanzó una sonora carcajada de satisfacción y triunfo. Nadie quedaba ya en la parroquia y nadie pudo escuchar el grito de desahogo y satisfacción que lanzó.
Pasados unos minutos cogió con parsimonia el manoseado sobre sacando de su interior el contenido. Estaba formado por cartas escritas a mano en una pulcra letra con su fecha cada una. Lo primero que hizo fue ordenarlas por fechas para después meterlas, sobre incluido dentro de una carpeta nueva. La carpeta la introdujo en uno de los cajones de su escritorio y lo cerró con llave. Sin levantarse del sillón miro la hora en su reloj de pulsera y luego la cotejó con el de pared del despacho. Faltaban quince minutos para que le sirvieran la comida, podía leer la primera carta con tranquilidad, para ir abriendo boca. Volvió a extraer la carpeta del cajón y recuperó la carta de fecha 30 de Septiembre de 1983, la primera de todas.
Noche del 30 de septiembre de 1983.
Queridísimo amigo mío: este viernes todavía no se si tendré el valor necesario para hacerte llegar estas letras. No se que temo más, si tu burla o tu rechazo, aunque mis sentimientos sean absolutamente legítimos, ¿qué sentimiento puro, solo por el hecho de serlo, no lo es? No debería avergonzarme de lo que me susurra el corazón pero temo perder tu cercanía, tu presencia cerca de mi.
Es madrugada y soy incapaz de pegar un ojo, solo pienso en ti, en tu cara, tu ceño cuando te enfadas y en tu hilera de dientes blancos cuando te ríes. Me da coraje, no sabes hasta que punto me enrábieto, cuando al dejar volar mis alma a los dominios de la tuya mi cuerpo responde, reclamando el protagonismo que yo no quiero darle. Desearía ser solo materia etérea para que no pudiese materializarse de ninguna manera mi anhelo, mi sed de ti.
No, amor mío, no. No es tu sexo lo que yo quiero. ¡Que paupérrimo sería mi amor si lo intentará resumir en una incomoda tirantez aliviada torpemente con una caricia más torpe aún! Es lo que yo siento por ti más profundo, más radical.  Muchas veces, como esta madrugada, no puedo reprimir las lágrimas imaginándote aquí cerca de mi, sonriendo ante mi azogue, condescendiente con mi candidez. Entonces solo puedo dar rienda suelta a mi melancolía derramando mis impaciencias sobre una hoja de papel y en muchas ocasiones solo puedo plasmar mis frustraciones en forma de mal poema.
¿Sabes?, esta mañana al salir al patio me dejaste apenado. Comprendo que te llame la atención Julia. La envidié y le deseé lo peor. Luego me arrepentí, que culpa tiene ella de que yo te quiera. Tuve que hacer denodados esfuerzos para no llorar de rabia y pena. Solo supe sentarme en el rincón de la basura, el sitio que en ese momento pensé que me correspondía, y escribirte esta poesía.
            ¿Dónde has dejado los ojos, amor?
            No eres capaz de ver, aunque mires
            No sabes entender, aunque escuches
¿Sentirás quizá, de mi alma el dolor?
¿Es que no ves de mi cara el color,
Cuando en mi cara tus ojos posas?
¿No oyes el tremolar de mi voz
Cuando es tu voz  que mi oído arrulla?
¿Hasta cuando habré de atesorar
En lo hondo de mí roto corazón
Las dulces palabras de amor
Que no me atrevo a  pronunciar?
Tristes versos, ya ves, que no son capaces, para mi desgracia, de revelar la infinitud de lo que siento por ti, amado Emilio. Es tarde ya, ¿sabes? Cuando por la mañana me preguntas por las ojeras quisiera decirte que son tuyas, que las disfruto, no las sufro, porque las he conseguido pensando solo en tu persona, pero se consume mi alma sin podértelo comunicar, que aún más profundas las daría por bien empleadas si algún día me acariciases aunque solo fuese por equivocación, ¡pero eres tan reservado!, y prefiero que así seas, eso me consuela de que nadie más es dueño de tus manos, que poseen, de tus manos, que sostienen, de tus caricias, de ti. Me he consumido de celos, amor pero como solo deseo tu felicidad callo estoico ante lo inevitable. A fuerza de carecer, de pasar pena, he aprendido a gozar con lo mínimo. El acompañarte al ir o regresar del instituto ya es para mi alcanzar el cielo.
Ya me despido de ti, amor. Sueño con que llegue el lunes y pueda volver a permanecer cerca de ti, rozándote descuidadamente mientras vamos a clase. Un prieto beso, un abrazo fundido con tu corazón.
Bonifacio.
Alfredo quedó estupefacto. No era esto lo que él imaginaba. Pensaba encontrarse con unos pringosos papeles chorreantes de lujuria y mariconadas de sal gorda, pero no, era toda una declaración del amor más puro que renegaba incluso del sexo y en la que para colmo no se hacia referencia alguna a que Emilio estuviese al tanto de los sentimientos del tal Bonifacio. Notó que la palidez pintaba sus mejillas. Creía Alfredo que estaba a salvo de todo y si efectivamente lo estaba, menos de la lealtad, la sinceridad y el amor verdadero. Le quemaba la carta en las manos, no sabía como podría utilizarla en contra de Emilio..., pero aún quedaban unas cuantas, seguro que alguna de ellas incriminaba a su coadjutor. Siempre podría obviar las que le salvaban y subrayar las que le condenasen.
Optó por seguir leyendo. Se disponía a sacar la siguiente carta cuando el teléfono de su despachó sonó apremiante.
-     ¿Quién es?
-     Don Alfredo, se le enfría su comida. No trabaje usted tanto, que vive entregado a la parroquia y terminará enfermando.
-     Ahora mismo subo.
Terminaría enfermando, si, pero de rabia, se dijo. Volvió a guardar la carpeta en el cajón y le echó la llave. Subió a comer.
No se dio cuenta ni de lo que se metía en la boca, toda su atención la tenía focalizada en las dichosas cartas. Deseaba terminar la comida para volver a la soledad cómplice de su despacho a beberse las cartas intentando encontrar el más leve resquicio que pudiera utilizar como moneda de intercambio de su secreto.
Desde que le vio la primera vez no le gustó y para mayor abundamiento su madre, descarada maleducada sin pizca de respeto. Ese habito de buen chico que aunque haya roto un plato no ha sido el más bonito de la vajilla. Denotaba cierta suficiencia que se alimentaba de esa falsa humildad que intentaba aparentar. Sabía que le proporcionaría problemas, no se puede trabajar con alguien que lleva la verdad de estandarte, eso es un peligro, no deja margen de maniobra para nada en un mundo complicado como el que le había tocado en brega a él. Cristo y su tiempo hubo uno en su momento y no era previsible que volviese en segunda instancia precisamente mientras él era párroco de Santa Domitila. Hubiera preferido mil veces un corruptor antes que ese vengador justiciero de toda lacra y vicio. Por lo menos un pecador es susceptible de ser convertido, pero un alma transparente es como un diamante; no hay quien los modele salvo que se conozcan sus ejes para hacerlo partes. Esperaba encontrar en las cartas las claves para asestar el golpe preciso en el sitio justo y una de dos, atraerle a la única causa posible, la suya y domeñarle o destruirle para siempre en mil pedazos inservibles.

IX

Celia colgó el teléfono de mal humor. No le gustaba ni que en broma le dijesen cosas de curas ni mentiras de esas.
-     ¿Ya te has vuelto a pelear con el chico? ¡Celia por favor!
-     No, no me he vuelto a pelear, parece mentira que no me conozcas aún. Va a venir a comer y le voy ha hacer el estofado que tanto le gusta y arroz con leche. No me conocéis ninguno de los dos, ¡que harta estoy de todo!.., cualquier día voy a salir corriendo y a ver quien me encuentra.
A Emiliano le dio lastima ver a su mujer penar de esa forma y se le acercó conciliador intentando acariciarla. Ella le rechazó bruscamente de un empellón mientras iniciaba a llorar como un niño desamparado y perdido.
-     ¡No necesito de tu consuelo! Yo no necesito que me consuele quien me odia.
-     No se como dices esas cosas. Pero si lo que quieres es que terminemos hagámoslo, pero cuanto antes.
-     Lárgate con tu lío y déjame tranquila que prepare la comida para tu hijo, ¡y no vuelvas más!
Emiliano no quiso seguir con la controversia que además de estéril les lesionaba a los dos. Optó por callar, agachar la cabeza y salir. Estaba en la puerta cuando se volvió.
-     ¿A que hora has quedado con el chico a comer?
-     A las dos, pero cómo si no quieres venir. Más tranquila estaría yo a solas con mi hijo.
-     Ya, ya, para que lo maltrates a discreción. A las dos como un clavo estaré aquí, te guste o no.
Sin decir ni adiós dio un portazo y echó escaleras abajo congestionado de rabia e indignación, ¡hasta de su hijo le quería apartar!
Celia se quedo a solas con su desesperación. ¿Por qué, por qué Emilio tuvo que meterse cura? Le educó como su padre a ella, incluso llevaba el nombre del abuelo, ¿qué hizo mal? Al punto de la apoplejía gritó como una viuda semita: “¡Mariconazo suicida!, porque no te ahogaste con el cordón al nacer”, y se hundió en un llanto compulsivo que no le dejaba ni respirar ni dejar de llorar. Cayó al suelo en franco ataque de histeria arañándose la cara y pataleando y orinándose, con tan mala fortuna que fue a golpear la cabeza contra la puerta del lavavajillas que estaba abierta.
Tirada en el suelo en medio de un charco de orines y sangre la encontró Emilio cuando a las doce y media se llegó a su casa para acompañar a su madre un rato antes de comer y charlar con ella tranquilizándola y explicándole que no era tan diferente lo que el pretendía mediante su ministerio de lo que ella le explicaba de pequeño de la lucha del proletariado. Emilio entró en su casa, alegre y confiado llamando.
-     Doña Celia, adivine quien acaba de colarse en su casa.
Emilio se había quedado parado en el recibidor esperando la respuesta intemperante de su madre del tipo, “salga de aquí si no quiere que llame a la policía”, o “quédese y sabrá que se ha equivocado de victima”. Pero nada. La casa estaba en silencio, demasiado. Emilio con timbre de voz temeroso e interrogante se puso serio, temiendo.
-     ¿Papá?,  ¿Mamá?, ¿Hay alguien?
Con paso temeroso salió del recibidor, el corazón acelerado, la respiración agitada, la imaginación desbocada. A cada nueva habitación explorada seguía un respiro de alivio. Ya solo quedaba la cocina. No había sonido alguno que viniese de la cocina, ni humos ni olores, nada, silencio, para todos los sentidos.
El corazón se le detuvo, la respiración se le congeló y los vellos se le erizaron, la sangre se fugó de sus mejillas y las nauseas hicieron de su estomago una pista de patinaje. Le temblaron las piernas, pero se pudo sobreponer al pánico. Rápidamente se agachó y levantando la cabeza de Celia la reposó en su regazo mientras que sin poder reprimir el llanto no cesaba de acunar la cabeza desmayada de su madre llamándola inútilmente, “Mamá, mamá, mamá”. Creía a su madre muerta y comenzó a balbucear en medio de su inenarrable pena un Padre Nuestro. Celia con el mecimiento al que su hijo la sometía se despertó y fiel a su temperamento no pudo evitar salir con cajas destempladas del desmayo.
-     Por muy cura que tu seas y muy desfallecida que yo esté ni se te ocurra decirme a mi esos gori, gori medio mágicos.
Al ver que su madre seguía siendo su madre, las lágrimas de dolor se transformaron en explosión de alegría sin dejar de llorar y riendo al tiempo.
-     ¿Qué te ha pasado?, Papá..., ¿no te habrá...?
-     No hijo, no, aunque bien mirado..., pero no. Me he peleado con tu padre y dando un portazo se ha marchado. A mi me ha dado un ataque de nervios, me he caído y debido golpearme con algo.
-     Con el lavavajillas. Mira, está manchado de sangre y tú tienes una brecha medio regular en la cabeza, que ya ni sangra. Vamos, habrá que ir a que te cosan eso. Levanta, arriba.
-     ¡Que no hijo! que no es nada.
Se echó la mano a la cabeza y se palpo la herida retirándose horrorizada al punto. Miro a su hijo, implorante y asustada.
-     Bueno hijo, si tu crees que tengo que ir...
-     Voy a dejarle una nota a Papá.
-     Para lo que le va a importar.
-     Mamá, tengamos la fiesta en paz. Voy a escribir una nota.
Emiliano llegó a las dos en punto a su casa. Entró llamando a su hijo a medida que avanzaba por la casa. Le extrañó no escuchar nada ni oler al estofado que tan bien guisaba su mujer, ni siquiera el aroma a canela del arroz con leche, verdadera tentación de su hijo Emilio, flotaba en el ambiente. Y eso si que era raro. Al llegar a la cocina y encontrarla desierta de un vistazo no salía de su asombro. Una inspección más detallada le hizo descubrir la puerta del lavaplatos aún abierta y con restos de pelo y sangre. Se alarmó sobremanera hasta que reparó en una nota sobre la mesa. Estaban en el Hospital Provincial. Cayó inerme sobre una silla, derrumbado.  Se culpaba de lo que hubiese pasado allí, le daba igual lo ocurrido, la culpa era suya por haber perdido los estribos. Sabía que con su mujer había que ser paciente. El psiquiatra se lo tenía dicho, “Mire usted, Don Emiliano, de una mujer distímica se separa uno o debe estar dispuesto a ceder, siempre, con razón o sin ella. Las distímias son así, baja autoestima con comportamiento paranoico, siempre creen que se les ataca, no admiten el contraste de pareceres. A los distímicos se los soporta, no se los entiende. Y su señora es una distímica”.
Se levantó pesadamente de la silla de la cocina, se quedó mirando la puerta del electrodoméstico ensangrentado, movió la cabeza a un lado y otro y con sentido abatimiento se fue hacia el Hospital.


29.9.12

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