A mis veintiséis años no esperaba demasiados cambios de
orientación en mi vida. Cuando acabé la secundaría, no me gustaba mucho
estudiar y preferí aprender un oficio. Me hice electricista y como tonto nunca
he sido me instalé por mi cuenta y hoy joven aún, a los treinta y tres, me van
las cosas realmente bien. Me arriesgué, es cierto y me salió bien, aunque
trabajé duro, pero el riesgo siempre me ha llamado la atención, nunca he
perdido la cara a los problemas y jamás me atrajo la comodidad y la cobardía, y
hoy lo disfruto..., aunque a veces ese amor mío por el riesgo y nunca dar la
espalda a la realidad..., pues nada mas y nada menos que acabó con mi boda a
una semana de celebrarse. Se lo voy a contar despacio, porque merece la pena
tanto relatarlo, lo disfruto cada vez que lo hago, como escucharlo. Siempre me
pasa que al relatarlo me parece increíble que eso me pasase a mí, pero lo
cierto es que me pasó y le dio un vuelco a mi vida del que me enorgullezco
aunque en su momento me hiciese vivir momentos amargos. Lo desconocido provoca
temor y deseo al tiempo; temor a que se cumplan las peores previsiones en que
cada uno se coloca cada vez que se adentra en un bosque inexplorado, deseo a
que ese bosque sea el guardián de los placeres que cada vez que uno los imagina
sean fuente inagotable de energía y sensualidad.
Mi novia, la que se iba a casar
conmigo, era toda una señora hembra y supongo que lo seguirá siendo. A sus
veintidós años con las medidas perfectas 90-60-90, miss de belleza de su
provincia, uno setenta de estatura con esos cincuenta y cinco kilos de carnes
prietas y calientes era el secreto deseo de todos mis amigos, y yo su envidia
por tenerla. Ella lo sabía y de la manera más inocente, me constaba, se
contoneaba para encelarlos, yo me daba
cuenta como babeaban cuando nos reuníamos y me sentía orgulloso de ser el dueño
del cuerpo de ese monumento de mujer.
Bueno todos no babeaban, David no
parecía demostrar interés por Paula, al menos “ese interés” que mostraban los
demás, pero lo cierto es que si disfrutaba de su compañía, pero como amigo.
Sí, era cortés y educado con ella,
pero a distancia. Además le encantaba charlar de las últimas tendencias en moda
y en ocasiones en que el resto de amigos nos entregábamos a los placeres machos
del fútbol o el rugby, hacia los que él no demostraba ningún interés, se
apartaba con mi novia a platicar como si fueran buenas amigas. A Paula, todo
hay que decirlo, le encantaba el trato de alguien tan extremadamente educado y
elegante en el ademán.
David tenía fama de “raro”, pero
como en absoluto era afeminado, era muy correcto, en ocasiones excesivamente,
montaba a caballo como un consumado jinete y con esa elegancia innegable, tan
suya, a ninguno se nos hubiera pasado por la imaginación que pudiera ser gay;
ocurría que pertenecía a un tipo de persona fina y correcta, queríamos
creernos, que no le casaba a su personalidad el comportarse de manera zafia y
grosera y eso todos los compañeros lo teníamos interiorizado, por tanto nunca teníamos
una especie de pacto tácito y hablábamos de ello.
Comentando mi extrañeza un día
con Paula ella me lo confirmó.
-
Si, es gay, el me lo ha dicho sin ningún problema. Lo
que ocurre es que dice que si nadie le pregunta no tiene porque ir por ahí
pregonándolo, como tu no vas diciendo a todo bicho viviente que te cruzas que
eres electricista. Bueno, él dice que es gay aunque yo pienso que es bisexual
poco experimentado, porque le metí los dedos una vez y me confesó que con
diecinueve años tuvo una novia con la que tenía sexo satisfactorio, aunque no
tiene empacho en confesar que prefiere un hombre.
-
Ten cuidado Paula, a ver si con el viejo cuento del
mariconcito confidente lo que quiere es llevarse el gato al agua y el gato en
este caso serías tú.
-
No seas así Sebastián, ¡que retorcido!
Durante unos meses estuve dando
vueltas a la cabeza a la conversación con Paula. Cuando nos reuníamos,
procuraba no perderlos de vista y si no tenía más remedio que dejarlos juntos,
después sometía a mi pobre novia al tercer grado, intentando sacar de mentira
verdad y presionándola a veces hasta la grosería para que me dijese en que
términos se producían esos encuentros entre ellos cuando yo no podía vigilarlos.
Paula se lo tomaba todo a chacota, encantada de mis celos, que según ella solo
demostraba lo mucho que la quería. Pero yo nunca me quitaba la ansiedad de
sospechar que algo tenían entre ellos y no encontraba la forma de averiguarlo.
Se aproximaba el anuncio de la boda y ese fue el momento en que decidí coger al
toro por los cuernos, como nunca he dejado de hacerlo.
Decidí que me enteraría de
primera mano si esas inclinaciones eran ciertas o si existía algo entre ellos.
Ni corto ni perezoso me fui directamente a la fuente, a casa de David. Yo le
sacaría toda la verdad utilizando como
excusa que le iba a entregar en mano la invitación de boda como hacía con todos
mis amigos íntimos, y él lo era. De hecho yo fui testigo de los devaneos de
David con aquella chica..., ¿cómo se llamaba?, si, Berta, estaba coladísima y
parecía que él también lo estaba. No me podía creer lo que Paula me dijo, le
había visto muy acaramelado con Berta en demasiadas ocasiones para dar crédito
a esas confesiones de homosexualidad. Más bien podría pensar, como le dije a mi
prometida, que declarándose gay él se acercaba a ella impunemente; pero le iba
a sacar de su error enseguida, no iba a consentir a David con sus ambigüedades,
que me levantase la novia.
Al día siguiente, después de
comer llamé por teléfono a David para anunciarle que iría a su casa, no fuera a
marcharse. Educado, como siempre, me dijo que me esperaría por la tarde, para
tomar café.
David vivía a las afueras de la
ciudad en una villa que erigió su abuelo y fue parte de la herencia, más una considerable cantidad de
billetes, que le dejó al morir habida cuenta de la predilección que siempre
tuvo hacia su nieto.
Era una construcción colonial con
un acogedor jardín lleno de especies arbóreas ya hechas, un oasis umbroso y
fresco, un sitio en lo alto de la colina desde la que se dominaba la ciudad en
la lejanía, recostada en la falda de la
montaña y sumida en la bruma de la salvaje contaminación. Allí, en su
privilegiada atalaya, se sentía uno realmente bien y relajado, estar allí era
experimentar que se pertenecía a una elite mimada por la fortuna. Solo el hecho
de serpentear por la carreterilla privada disfrutando de la ladera arbolada y
sombría de la colina para acceder a la casa nada mas traspasar le impresionante
verja de hierro forjado, que su abuelo se hizo traer desde Francia de un
palacete del Loira, era ya un paseo digno de hacerse para aumentar la
autoestima y el convencimiento de saberse participe de algo realmente exclusivo.
David, como siempre solicito, me
recibió en batín anudado de forma calculadamente descuidada y floja a las
caderas. Eso me pareció que era una provocación sabiendo lo que me dijo Paula y
nunca quise creerme, aunque reconociendo que el conjunto estéticamente jugaba a
la perfección con su protagonista, pero me escamaba como si quisiese
convencerme de algo antes de que yo le inquiriese.
Me llevó a la terraza del salón a
cuyos pies se recostaba la ciudad como un manto de seda multicolor y sucia extendida
sobre la tierra. La tarde era templada. Los rayos de sol de esas tardes de
septiembre se filtraban por entre las copas de los árboles centenarios del parque,
tamizando la luz otoñal preparando un color de atmósfera de carácter mágico,
perfecto para la relajación y adecuado a la confidencia, templado sin ser
caluroso pero que invitaba a despojarse de ropas superfluas y ponerse cómodo. Se sentó enfrente de mí en su sillón de mimbre
y cruzó las piernas. El tejido del batín negro ribeteado de blanco muaré, de
supina lisura, resbaló por la rodilla de David dejando a medio descubrir su
sexo. Llevaba un slip de seda transparente que velaba apenas su pubis perfectamente
rasurado y tatuado en azul intenso, nunca lo hubiese imaginado. Sentí una
punzada, como un sobresalto, un respingo en el estomago y ante mi sorpresa me
puse nervioso, pero ¿porqué?
David me sonrió absolutamente
seguro de si mismo sin dejar de encantar mis ojos con los suyos con esa sonrisa
cautivadora que solo él sabía esgrimir cuando quería hacerse con una situación.
-
Bueno Sebastián, ¿me has traído la invitación, me la
vas a entregar o no?
Me sentí sorprendido. La vista se
me perdía en su entrepierna sin yo saber como remediarlo. Me estaba
impacientando, los hombres no son lo mío, me decía, ese no era mi estilo, pero
era incapaz de sujetar mi vista, su pubis tenía imán, el aspecto de su
entrepierna totalmente rasurada con el enrevesado tatuaje índigo intenso me
llamaba la atención de manera poderosa, me intrigaba desentrañar la figura que
se adivinaba; estaba irritado conmigo mismo por ese descubierto interés.
-
¡Oh!, si, es cierto. Se me había ido el santo al cielo.
Siempre me ha gustado esta casa tuya, me relaja y me hace olvidar mis
obligaciones.
-
Mi casa..., ya. Anda, dame ese sobre – esgrimía una
sonrisa encantadora y me cortaba sin poder remediarlo. Me ruboricé.
Le entregué el sobre que abrió
con despego y le estuvo observando durante un rato. De pronto se detuvo, dejó
caer el tarjetón sobre la mesa y se me quedó mirando inquisitivo. Me puse más
nervioso aún. Si quitaba la vista de sus penetrantes ojos iba a reposarlos en
su entrepierna. Me iba a tener que marchar. David fue directo.
- ¿Qué te llama tanto la atención, Sebastián?
-
No, no, nada. Bueno es que verás..., yo es que..., - me
estaba perdiendo en un mar de excusas que no venían a cuento y decidí que era
el momento de poner las cartas boca arriba - ya está, bien, voy a dejarme de
historias. He venido a preguntarte si es cierto eso que le dijiste a Paula de
que tu eres gay – me notaba absurdamente irritado, como si a mi me importase
algo su condición sexual y estaba levantando la voz, al tiempo que yo mismo
contestaba mi interrogante - ¿Pero como
vas a serlo, y Berta, qué, eh, qué?, estás intentando trajinarte a Paula,
confiésalo como un hombre, ¡joder!
Me miró entre divertido y
curioso, como si estuviese contemplando un tipo de insecto raro o una pieza de
numismática única, adoptando una actitud de superioridad natural, sin querer
ofender, condescendiente con mi ignorancia.
-
Si soy gay – contestó muy reposado al tiempo que se
quedaba mirándome fijamente, sonriendo con su fila de marfiles inmaculados en
perfecta hilera contrastando con sus carnosos labios escarlatas - En ese entonces – continuó - que tú refieres
de Berta estaba algo confuso. Me atraía esa chica eso es verdad, disfrute del sexo con ella pero me torturaba
una inclinación de la que no me sentía responsable – hizo una pausa, supuse que
para que yo terciase si lo consideraba oportuno - En los vestuarios del colegio,
¿te acuerdas de aquella pandilla de adolescentes ruidosos chorreando hormonas?,
se me iban los ojos detrás de los sexos
de todos ustedes. Me tenía que hacer violencia para apartar la vista, como te
está sucediendo a ti ahora, aunque de eso luego hablaremos, y cuando ya ustedes,
recién salidos de la ducha, desnudos, magníficos, imponentes, en todo el
esplendor de los diecinueve años, jugaban a que se cogían por detrás y se
tocaban con esa virilidad propia de camaradas el que se trempaba era yo y tenía
que salir por piernas para que no me descubriesen. Lo pase mal, como debes
estarlo pasando tú ahora intentando atisbar el dibujo que esconde esta seda y
resto de carne que enmarca. ¿me equivoco?
No me lo podía creer. Un David
tan directo e inquisitivo no le conocía yo. Había atinado en toda la diana.
Intenté organizar una defensa basada en la indignación pero él me la desmontó
con una sonrisa encantadora y cínica a la par que se ponía de pie. El batín
terminó de deshacer el lazo, voluntariamente flojo, y apartándose como las
cortinas de un escenario el día del estreno dejó en escena un cuadro del que me
prendé sin poder luchar contra ello. Sencillamente era un cuadro bellísimo y me
sorprendía el que pudiera apreciarlo
-
Mira bien y decídete ya hombre – estaba divirtiéndose
sin malicia.
Rodeó la mesa y se me acercó, al
tiempo que desabrochaba un par de anillas laterales de su slip que caía
revoloteando entre sus piernas. Temblé, y aún hoy, años después, no sabría
decir si de miedo o de excitación. Se medio sentó sobre el borde de la mesa de
forma que quedaba peligrosamente cerca de mi y no hizo ningún movimiento para
cubrirse su sexo. Efectivamente estaba rasurado, el tatuaje era el de una
serpiente enroscada en su pubis, que ascendía por el fuste de su pene para
terminar con la boca abierta simulando que tenía entre sus fauces el glande,
pero lo mas sorprendente es que el glande lo tenía anillado con un grueso aro
de oro que entraba por su orificio y salía a la altura de donde debería estar
el frenillo porque se encontraba operado de fimosis con tal exquisito cuidado
que la cicatriz no se apreciaba. El cuadro era realmente magnifico en cuanto a
estética. A alguien como David le cuadraba ese tipo de adorno. Como si el
anillo fuese imantado y mi mirada de hierro dulce se me pegó a la vista y no
era capaz de retirarla, la serpiente enroscada en su pene me tenía paralizado.
Me complacía esa visión tanto que para mi sorpresa noté como mi pene dentro de
mi pantalón se erguía hasta molestarme con su dureza, y eso si que ya no podía consentirlo,
era como admitir lo inadmisible. La boca se me secó y me reproché en lo más
hondo haber querido jugar con fuego, un fuego que yo sabía bien que terminaría
por quemarme, aunque no sabía bien si la quemadura sería dolorosa, pero me
resistía a aceptarlo. David continuó con demoledora exposición.
-
La verdad, Sebastián, siempre pensé que tú eras un gay
que no había tenido oportunidad de manifestarse. Esos juegos del vestuario que
antes te referí siempre, siempre los iniciabas tú, de eso si me daba cuenta. ¿Que
no serías consciente de lo que hacías?, sea, pero ya demostrabas esa
inclinación maquillada de juego entre camaradas que a mi no se me pasaba por
alto.
-
Oye, no te consiento..., - intenté defender lo
indefendible, mis defensas se derrumbaban ante mis ojos, defensas levantadas
durante años para preservar de mi vista mi condición real. Me estaba quedando
más desnudo que David ante mí.
-
¡Sebastián!, - en su voz vivaqueaba un ruego aburrido,
me intentaba hacer un favor, pero le hastiaba, lo hacía por nuestra amistad - estamos
solos. A mi me da igual, pero a ti no debe dártelo. Te vas a casar con una
mujer de bandera en unas semanas. Date una oportunidad de ser sincero delante
de mí que no pienso escandalizarme ni demonizarte, para poder hacerlo sin miedo
ni dolor delante de ti mismo y reconocerte como eres, sin ese disfraz tan
bonito como ridículo, que te has ido hilvanando durante años de disimulo.
Mírate bien dentro, hombre, ¿tu crees que alguien heterosexual puro, un machote
insensible, perdería su mirada en un pene como el mío por muy anillado que
estuviese? No me lo digas a mí si no quieres. Vete y escandalízate de ti mismo
en la soledad de tu dolor pero piensa que puedes hacer infeliz a Paula si te
casas con ella, y se que la quieres y el dolor de verla sufrir te sería
insoportable dentro de unos meses. ¿Y si a los cinco o diez años de casados se
te cruza en el camino el hombre, ese hombre que sea capaz de hacerte perder la
cabeza ahora que ya sabes, porque lo sabes, que te tiran unos pantalones
bastante mas que unas faldas?.
-
Yo no..., - era el último bastión, de papel de seda por
toda fortaleza, que era capaz de articular en mi defensa, hecha ya una ruina.
-
Sigue engañándote si quieres. Allá tu. Créeme que te
quiero. Nos conocemos prácticamente desde que entramos al colegio y es cierto
que te he deseado siempre, como a Dani, a Raúl, a Juan Manuel, pero no creo que puedas decir, ni ninguno de
ellos que me haya insinuado jamás..., salvo ahora, a ti, pero como terapia de
choque, que te haga reaccionar.
Fue solo un instante en que baje
las defensas y me vi como era. Las lágrimas asomaron a mis ojos. Había cogido de la mesa donde la dejó David y tenía en mis
manos la invitación de la boda y jugueteaba con ella, manoseándola al tiempo
que se volvía borrosa a mis ojos líquidos; le había perdido todo el sentido a
su significación, no era más que un trozo de cartulina amarillenta con unas
letras inglesas serigrafiadas organizadas en guirnaldas. La solté de mis manos y
cayó al suelo como una paloma inocente muerta por el certero tiro imprudente de
un niño mal criado.
Me lleve las manos a la cara y me
puse a llorar con desconsuelo. David me quiso consolar y se levantó de donde
estaba, yendo a abrazarme la cabeza contra su regazo desnudo dándome palabras
de alivio. Su cuerpo olía a colonia muy seca y carísima mezclado todo con el
inevitable olor de su sexo que era a limpio mezclado con leve sudor viril. Yo
ya estaba bastante duro y sentí como contra mis manos que cubrían mis ojos se
estrellaba intentando abrir la barrera que formaban entre la dos, una mezcla de
carne caliente, vehemente y vital con la frialdad del metal que le perforaba el
extremo. Fue casi sin querer. Como si unas tenazas con la fortaleza del acero y
la suavidad de la seda separase las mías hasta que el sexo de David impacto en
mis labios. Me daba cuenta de lo que hacía, me escandalizaba por estar
haciéndolo, pero me sorprendía que me diese perfectamente igual el escándalo de
sentir el pene de David contra mis labios salobres ya, de las lágrimas que no
cesaban de resbalar por la cara. Los abrí con naturalidad y la carne sedosa y
cálida de mi amigo se paseó por mi boca permitiendo que mi lengua midiese su
piel tersa y suave. Aquello necesariamente, razonaba yo como espectador
imparcial, debería darme un asco cósmico, era totalmente contrario a mi ser y
tendría que haber vomitado sobre David que sin embargo me empujo la cabeza con
suavidad para sacar su sexo de mi boca. Desde su entrepierna levanté suplicante
mi cara a la suya.
-
¿No lo hago bien, verdad? – me escuchaba a mi mismo y
no podía dar crédito, era increíble, estaba temiendo que David me rechazase,
porque la realidad era que deseaba seguir hasta la consumación, fuese ella la
que fuese.
-
En absoluto Sebastián. Me quito el Príncipe Alberto,
este anillo se llama así - me aclaró - y así lo pasaremos los dos mejor.
Efectivamente, sin anillo el
placer que experimenté fue completo. Su
miembro resbalaba por mi lengua con gran sabiduría por su parte, cesando
en la penetración en el momento que estaba a punto de impactar en la garganta que
me hubiera provocado nauseas reflejas. Yo lo que deseaba era que me entrase
hasta dentro, tragarme esa parte del cuerpo de
David como alimento sagrado que me confiriese la perfección que yo le
reconocía a él. Deseaba con delirio comulgarme su cuerpo entero, sacramentado
en su pene.
Llegado un momento en que supuse
que el clímax estaba a punto de terminarlo todo, David me invitó a su alcoba
donde estuvimos dos horas gozando como yo no había sospechado que se pudiese
gozar. Siempre imaginé que una penetración anal debería ser necesariamente
dolorosa dejando por descontado la humillación que para un hombre supone que
otro le robe su honor entrando por la puerta de atrás, hasta que David me
condujo de su mano hasta alcanzar el éxtasis sin rozar ni de lejos el dolor y
no solo no me sentí desposeído de conceptos como honra u hombría sino que me
sentí como el caballero templario que descubre donde menos pudiera imaginar el
santo grial. Esa era la sensación que yo había perseguido durante años de
correrías en lechos donde lo único que había conseguido era dejarme buena parte
del dinero que ganaba. Me preguntó si deseaba recibir en mi cuerpo parte de lo
que el suyo refluyese en el momento de mas intensidad y no solo acepté, le
rogué que me hiciese el honor de vaciarse dentro de mí. Cuando terminó de
producirse dentro de mi cuerpo, con toda la delicadeza que nunca pude pensar
que cualquier humano atesorase, me hizo llegar al clímax con su boca bebiendo
mi licor y haciéndome marear de placer intenso, prolongado y desconocido.
Permanecimos tendidos en el lecho
un tiempo infinito los cuerpos desnudos, perlados de sudor sobre la piel
caliente, quizá dormimos, quizá seguimos amándonos quizá nos duchamos, no lo
sé, está el recuerdo desdibujado por el tiempo, pero lo que quedó grabado a
fuego fue la entrega y el paraíso disfrutado sin barreras ni compromisos. En
realidad fue sexo producido con entrega entre dos camaradas que se querían y
resumen en ese momento la infinitud quieta de la creación del universo en la
que el tiempo aún no es el dogal que sojuzga al ser humano y le desposee de su
dignidad haciéndolo achacoso y contingente.
Cuando salí de la casa de la
colina, ya de noche, se me saltaban las lágrimas por tener que romper mi
compromiso con Paula y por tener que aceptar que David era un pájaro libre, que
nunca, jamás se encadenaría a una relación estable. Después de besarme
dulcemente en los labios al despedirnos fue sincero conmigo, tenía que ser así.
-
Ahora has experimentado la verdad, tu propia verdad, de
ti depende, la comodidad de la cobardía, el seguir la rutina, casarte y
exponerte a la infelicidad, yo no pienso hablar de esto, si así lo deseas, ni siquiera
contigo, o por el contrario puedes y debes ser sincero con Paula sobre todo, y
deshacer lo que aún tiene remedio y encauzar tu vida de manera distinta, ni
mejor ni peor, diferente nada mas, dejándole a ella que encuentre a quien pueda
hacer tocar las estrellas desde la tersura de su piel. Pero también tengo que
anunciarte que no puedes contar conmigo, como red de seguridad o asidero “in
extremis”, es decir, como pareja. No me gustan los compromisos. Siempre que
quieras me tendrás a tu disposición pero no busques en mi persona mas que sexo
dulce y reconfortante o una conversación inteligente envuelta en efluvios de un
buen coñac. Mi corazón ya se lo di hace algunos años a un hombre y se lo llevó,
ahora no tengo, es suyo y sospecho que para siempre. No piensa devolvérmelo.
En la oscuridad apenas rota por
los farolillos del jardín, con la vista perdida en el horizonte malva, creí
adivinar una lágrima en la mejilla de David. Seguro que sufría y eso a mí, me
hacía sufrir. Me metí en mi automóvil y en la ventanilla como despedida, me dio
el último consejo, la voz decididamente rota ya.
-
Se fuerte, se valiente, se que lo eres, y haz lo que
tengas que hacer. Recuerda que yo siempre estaré para darte una palabra de
apoyo, nada más, pero nada menos.
El camino de regreso a la ciudad
fue lento necesariamente por la dificultad que entraña conducir mientras las
lágrimas no cesan de amontonarse en tus ojos. No sabía si lloraba por la
abrupta irrupción en mi vida de la verdad haciendo que toda mi trayectoria
vital se torciese con unas consecuencias totalmente imprevisibles o porque,
enamorado inexplicablemente de David le sabía inalcanzable.
Sin saber como, el coche me
condujo hasta la casa de Paula. De repente me encontré frente a la verja del
jardín, sin saber muy bien como bajarme de la nube en la que viajaba y asentar
los pies en el suelo para explicarle con el menor daño posible que nuestro
compromiso estaba roto. Tuve la tentación durante unos instantes de romper la
baraja por calzones, sin más explicaciones y dejar que la duda se le enredase
en sus meninges haciéndola sufrir por la ausencia de razón para mi
comportamiento, pero de inmediato me vi como un cobarde, algo que nunca había
sido, que no merecería otra respuesta sino su desprecio. Debía ser honesto y
comportarme como un hombre, como lo que era, porque nunca antes me había
sentido tan hombre como al comprender que mi orientación sexual estaba dirigida
hacia personas de mi mismo sexo. Estaba confuso, sí, pero una inquietud que
permanecía presente durante todo el día en mi corazón sin saber encontrarle
explicación, se había disuelto como azucarillo en agua. Quizá siempre supe de
mi condición gay pero me colocaba cada día las anteojeras del miedo al rechazo para
mirar solo en la dirección que los demás consideraban correcta.
Cuando pulsé el timbre de la
puerta supe que todo tomaba ese camino correcto que la buena sociedad me
echaría en cara y el miedo al escándalo que hasta entonces me aprisionaba, se
rompió como una burbuja grande y amenazante, pero de jabón.
Era tarde y Paula se sorprendió
de mi visita. Me conocía bien y al instante leyó en mis gestos, en mi rostro,
en mi hábito corporal que algo y grave estaba sucediendo. Me clavó los ojos en
los míos y aunque con dolor, pude sostenerle la mirada.
-
¿Quién es ella? – su cara se endureció y ensombreció.
No había sospechado que el
encuentro discurriese por esas trochas intransitables, saldríamos los dos
enfangados y doloridos, lo supe en ese instante en que me daba por supuesto que era otra mujer quien se había
interpuesto. Deseaba que aquella tortura terminase, más por ella que por mí
-
No hay nadie. Es algo más complicado. Ojala pudiese darte un nombre, pedirte
disculpas y marcharme, todo quedaría meridiano, yo como un cerdo machista y tú
como la victima, coronada de cuernos, pero que de alguna manera respondería a
un modelo aceptado como inevitable.
Dejé un silencio a propósito por
ver si ella comprendía y me ayudaba en el siguiente paso, el que me llevaba sin
remedio al desierto del anatema y la exclusión y al que tan difícil es acceder
por voluntad propia, sabiendo en que consistirá el día de después. Pero en
lugar de ello Paula puso cara de sorpresa y de no saber exactamente a que
respondía aquella conversación. Estaba fuera de todos sus esquemas el que yo
fuese otro David. Tendría que ser yo mismo el que me pusiese la cuerda al
cuello.
-
No se como decirlo pero la forma mejor y la que menos dolor produce es la que da
el hachazo de golpe. No quiero ser cruel. Soy gay.
Si se le hubiese caído el cielo
encima y le hubiese reducido a papilla los sesos su expresión habría sido de
menos extrañeza. Ladeó un poco la cabeza, el rostro inexpresivo y me observó
como si acabase de encontrar un fenómeno de la naturaleza desconocido para el
común. Después en un tono que me resultó más cómico que trágico, más que preguntarme,
me lo afirmo:
-
Y me lo dices ahora. Diría que no conocía esa faceta tuya de canalla sin
escrúpulos que disfruta haciendo daño por hacerlo, pero me parece que se te
ajusta más la definición de gilipollas – puso a continuación cara de asco cuando
yo lo que esperaba era una escenita de petición de explicaciones para
finalmente echarme de su casa con cajas destempladas – lárgate de mi casa…, ah
y no esperes que te devuelva nada, directamente lo tiraré a la basura, si lo
quieres, rebusca en los cubos cualquier día de estos, como lo que eres, un
cerdo.
Me dio la espalda y desapareció
escaleras arriba. La doncella que me había abierto la puerta me invitó, con
sequedad de gesto, a que abandonase el lugar. Detrás de mí, retumbó la puerta.
Roto el compromiso con Paula
sentí algo ambivalente, por un lado alivio por haber hecho lo que consideraba
mi obligación y por otro remordimiento por el daño infringido. Pero el tiempo
es benevolente y acaba por librarnos de las pesadas cargas de lo que a la
postre no es responsabilidad más que de la circunstancias.
Durante unos meses mis visitas a
la casa de David menudearon. No solo quería sexo, que en esa disciplina
consiguió que me doctorase, quería saber más de mí recién descubierta
condición, necesitaba saber como comportarme, necesitaba sentirme entre los
míos, pero detestaba ese comportamiento ridículo y grotesco de los que se
fuerzan a comportarse como sombras caricaturescas de mujeres descaradas. David
no solo me enseñó cual era mi sitio dentro de la sociedad sino que me enseñó
que el hecho de que me gustasen los hombres y cada vez más, no significaba que
tuviese que renunciar a mi virilidad, yo era hombre y me gustaban los hombres
por serlo y bajo ninguna circunstancia era una mujer ni deseaba perecerlo ni
transformarme en una de ellas. Me admiraba su belleza y me gustaba su compañía
pero lo que me enardecía en realidad era la compañía de un hombre, algo que
siempre me había negado a reconocer por terror a ser echado al gueto y que
David me ayudo a admitir.
Pasaron unos años y a los treinta
y tres en un viaje de negocios conocí a quien hoy es mi pareja, Raúl. Nos
queremos, hemos adoptado una niña y somos absolutamente felices, algo que nunca
podré dejar de agradecer al bueno de David.
Un año antes de encontrar a mi
pareja, David tuvo un accidente de coche. Se acababa de comprar un roadster
precioso, rojo sangre, pegado al suelo y muy potente. Se despeñó por la ladera
subiendo a su casa de la colina. Se mató, nunca sabré si por accidente o
desesperado y cansado de vivir sin corazón.
Yo le partí los morros de un buen
puñetazo a un compañero del colegio, a Dani, en el funeral, porque se atrevió a
decir que David se había suicidado harto de ser maricón. Desde entonces ninguno
de aquellos que se llamaban amigos del colegio volvió a dirigirme la palabra.
Aún hoy, me felicito por ello.
Nunca, nunca olvidaré a quien me
abrió los ojos de mi interior a la vida feliz. Descanse en paz.

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