X
Alfredo terminó de comer y comunicó a su ama que no
se echaría la siesta, porque tenía mucho trabajo en la parroquia. Maria Jesús,
su ama de llaves se extrañó del anuncio, nunca el Padre Alfredo había
justificado sus ausencias o no; sencillamente hacía lo que tenía por
conveniente sin dar explicaciones a nadie, por eso ante la cara de incredulidad
de la mucama Alfredo reaccionó de una forma que a Maria Jesús le pareció fuera
de lugar.
- ¿Le parece usted bien que me
vaya a trabajar o es que me va a pedir la mano? ¿De que se extraña con esa cara?
Venga a sus obligaciones.
- ¡Don Alfredo, por los clavos
de Cristo!, ¿cómo ha podido pensarse usted...?
- Venga, venga, menos cháchara.
Alfredo se marchó dejando perpleja a su ama de
llaves. Tenía prisa por llegar al despacho. No consiguió quitarse aquellas
cartas de la imaginación en toda la comida. Esperaba que en alguna de ellas
encontrase el arma que le sirviese para neutralizar la que le amenazaba en
manos de su coadjutor. De la zorrita esa estrecha ya se ocuparía más tarde.
Nada más entrar en su despacho se lanzó al cajón
donde había colocado el mazo de cartas. Las puso encima de la mesa y las
acarició con fruición relamiéndose por anticipado con el regalo que se acababa
de comprar.
Escogió la siguiente carta, la hojeó sin leerla
y se fijó en unos versos que comenzó a
leer, para rápidamente dejarlo y empezar a leer la carta entera.
Tarde del 5 de Octubre de 1983
Querido y entrañable amigo Emilio: hoy habría
matado. No he podido esperar a la noche, en que el silencio provoca magia y
magnifica los sentidos ciegos que son los más potentes, los más severos, los más
fecundos.
La irritación que he sentido ante el trato al que te
ha sometido el cabrón de filosofía me ha provocado tal dolor de estomago que no
me ha dejado ni comer, y en su lugar me he tenido que zambullir en la hoja en
blanco. La exclusiva forma de aliviarme es escribiéndote otra vez, manifestarte mi incondicional amor, desearte
con vehemencia, respirar tu aire y apurar el amargo vaso del ridículo, la
humillación a la que te han querido reducir esta mañana.
Habría sido el ser más realizado si hubiera podido
cambiarme por ti. He vivido esos minutos de zozobra con angustia. Habría
deseado acunarte, abrazarte, protegerte y cubrirte de besos. He llorado secas lágrimas
de rabia y de dolor que me han anegado el alma ahogando todo sentimiento de
indulgencia hacia cualquiera que quisiera ni siquiera rozarte con mala
intención, mi amor.
Pero has salido triunfante, has sabido plegarte como
un junco y no te han podido violentar, has resistido todos los embates y al
final has dejado en evidencia al inútil que intentaba cubrir su incompetencia
con la descalificación. Esa respuesta sobre lo que él suponía que tú no podrías
saber nunca de la navaja de Guillermo de Ockam le ha descolocado. He gozado con
tu triunfo. No solo te quiero Emilio, te admiro, te respeto. La belleza que
tienes brota como una fuente inagotable del manantial de tu inteligencia, eres
bello porque eres inteligente, te amo.
Cuando caminábamos de regreso a casa me he sentido
orgulloso de poder marchar a tu lado. Tu no reparabas, pero nos miraba todo el
que se cruzaba con nosotros, a ti, sorprendidos de tu belleza y tu prestancia,
a mi de envidia por ser tu acompañante, por poder tenerte tan cerca. ¡Ay!, no
tan cerca como yo quisiera, pero al menos puedo estarlo tanto que puedo oler tu
colonia por las mañanas y tu sudor fresco cuando regresamos y eso me
tranquiliza, me sosiega.
Es tanta la ternura que me inspiras que solo puedo
plasmarla en cuatro medio versos deslavazados, pero estate seguro que sinceros
y llenos de ilusión.
Aspiro
tu perfume y me embeleso,
Oigo
tu voz, que se avecina recia,
Hablando
fiera de sus viriles cosas
Y
el alma brincando se me extasía
Sin
atreverse siquiera a interrumpir
Ni
contestar, para del momento
No
romper el ensalmo de magia
Que
me trasporta a otro mundo
En
el que la muerte no existe
En
el que tú eres el Dios
En
el que yo, tu amante esclavo
Solo
la felicidad encuentra
Si
te sirve hasta la muerte.
Algún día, quiero creerme, me miento constantemente
en este miércoles, que pueda hacerte llegar estos míseros papeles para que
sepas que hay alguien que estaría dispuesto a entregar su vida si eso, aunque
de forma minúscula, te satisficiese.
Escribirte estas líneas mal engarzadas me ha servido
para tranquilizarme y solo sospechar que alguna vez las puedas leer me ruboriza
y me entra vértigo si fabulo que te tocan el corazón y por lo menos no me
desprecias.
Te querré para siempre, aún después de muerto, te
querré.
Bonifacio.
Se quedó pensativo, con la mirada perdida en el
vacío y la carta sostenida apenas en sus manos. Una cosa era incontrovertible:
ese degenerado estaba enamorado como una damisela de Emilio, desde luego un ser
así lo mejor que podía hacer era pegarse un tiro o colgarse como al parecer
hizo. Pero había algo que le rondaba la cabeza después de leer aquellas dos
cartas. Para que un chaval como aquel se prendase de aquella manera ¿no era
preciso recibir un pie del otro?, ¿no sería que Emilio sencillamente no le
correspondía y de ahí la melancolía que destilaban las cartas?, eso es que
estaba liado por otro lado con otro y por eso no atendía a las solicitudes de
éste.
El párroco, frotándose las manos se dispuso a leer
otra carta, esperando encontrar en ella la revelación que le diese el argumento
definitivo.
Nochevieja de 1983/1984. Madrugada triste
Muero de tristeza y celos amor mío. Y me recrimino
por sentir celos. Se que estás con Julia en el cotillón y a pesar de llevar
preparándome para esta catástrofe desde que me enteré, no por eso la puñalada
es menos dolorosa. Se que no tengo derecho a ti, se que nunca podrás
comprenderme ni aceptarme como amante, ni siquiera como esclavo, porque
¿sabes?, me conformaría con estar a toda hora cerca de ti, tu mera
contemplación colma mis expectativas, solo deseo permanecer a tu sombra,
olerte, verte, sentirte, intuirte y servirte. Pero no, me recrimino porque
sentir celos de ti, es alguna manera de rechazo, porque encrespa mi anima en
contra tuya y cualquier sentimiento por muy tenue que sea, por muy justo que
sea, que te cuestione, no me lo consiento, porque todo lo que tu hagas, bien
hecho está y yo no soy quien para afeártelo.
¿Llegará el día en que pueda confesarte todo esto
cara a cara? Me atenaza la posibilidad de tu rechazo, de tu burla, de tu
desprecio. No lo soportaría. Preferiría acabar mis tediosos días de una manera
rápida aunque trágica, a tener que arrastrar mi desengaño en la seguridad que
no existirá consuelo de ningún tipo en este valle de lágrimas. ¿Te das cuenta
que eres mi Dios? ¿que fuera de ti no existe la felicidad para mi?, por eso, el
no poder encontrar la forma de vinculo contigo, troncha cualquier salida digna
y honrosa a mi existencia. ¿Comprendes, mi amor, que mi mundo acabará cuando de
tu boca salga el temido “no”? No te merezco, ¿ves?, me rindo antes de empezar a
luchar.
He cenado con mis padres y tía Elvira, ¿te
acuerdas?, la solterona que me hacia felaciones cuando yo era pequeño. “¡Que
suerte, cabrón!”, me decías. Ella cree que yo no me acuerdo, pero el asco, la
repugnancia, el rechazo que sentía en aquellos momentos se grabó indeleble en
mi memoria. He aguantado hasta después de las uvas, luego no he podido más que
venir a mi cuarto a intentar que el aire entrase en mis pulmones, a intentar
que mi corazón no estallase en pedacitos deleznables. Necesitaba la soledad
para construir tu imagen dentro de mi sin que le faltase un detalle y poderte
poseer mío, solo para mi y sentirte y derramar lágrimas de alegría al
engañarme, cerrando los ojos, viéndote a mi lado. Odio tener que dar
explicaciones absurdas y traicioneras de las lágrimas que derramo cuando pienso
en ti soportando a duras penas las
muestras de apoyo de mis padres que creen que pueden aliviarme las penas. Y yo
solo puedo disimular, travestirme de adolescente ingrávido y caprichoso que
llene y dé sentido a los planteamientos paternalistas y encasillados de los dos
seres que más quiero y más lejos quisiera ver en esos momentos. Porque cuando
mi madre me pregunta por las lágrimas y tengo que mentirle estoy pecando contra
ti, me hago indigno de ti y me desespero porque me aleja.
Cuento los días, amado Emilio, que aún faltan para
que comience el curso de nuevo, para poder volver a caminar a tu lado, rozarte
por descuido, sujetarte por la cintura cuando nos atascamos en la puerta del
aula o demorarme cuando voy delante de ti para que tu cuerpo empuje el mío.
Quisiera escribirte un poema esta noche,
obligatoriamente mágica, que no lo es para mí si tú no estás y esta soledad
cruel me seca el alma y me devasta el espíritu no dejándome más que palabras de
desconsuelo y desamor sabiendo que te embelesa a estas horas la cercanía, el
calor, la humedad de Julia.
Pero no voy a cejar, seré quien soy a pesar de todo.
Si intentase ser otro te perdería definitivamente, no porque tú me rechazases,
sino porque yo no tendría vergüenza de mirarte a la cara. Te lo digo mejor con
estos versos. No voy a venderme a emociones y afectos, mi amor no es moneda de
nada.
Perdido,
abatido, desazonado y débil
Me
voy ahogando, resignado,
En
un mar de dudas, exhausto, febril,
Como
castigo. Indultado por la vida,
Atenazado,
esposado y preso,
De
mis propios miedos y emociones
Transito,
cadáver bello, entre muertos
Y
carroña dulce, que me hiere y me tortura
Por
no querer gustar su hedor, dócil.
Numantina
resistencia a diluirme,
La
aterida desnudez es preferida
A,
de uniforme de orbe indumentado
Confundirme,
en deseos, anhelos y votos
Con
el común de vacíos fantasmas
Que
aíslan, excluyen y escupen
Todo
disconforme con seguir viviendo.
Y para mí, seguir viviendo solo se concibe si es a
tu lado. Te quiero mi amor. Te querré aún después de dejar este miserable y
desnudo cuerpo aquí.
Boni.
Alfredo estaba escandalizado de lo que leía. Le
provocaba rechazo y estupefacción la declaración de amor del desgraciado, pero
si algo le contrariaba era que no había nada que pudiese comprometer a Emilio.
Ni una sola referencia a una contrapartida por parte de él. Por otra parte las
poesías eran penosas fruto más bien de una mente desviada que de una persona
medio normal. Parecían aquellas tres cartas leídas la plasmación de una
obsesión. Un vicioso nacido tarado que se encapricha de un muchacho sano y
alegre, nada más. Pero quedaban cartas. Parecía imposible que esa pulsión tan
intensa no encontrase respuesta antes o después. Se prometió no ponerse
nervioso hasta leer la última palabra de la última carta.
XI
Emilio permanecía en la sala de espera mientras su
madre era atendida de su herida que resultó ser, como las heridas de la cabeza,
más escandalosa que importante. La mirada, perdida en el vacío, realmente
apenado por la imagen de su madre, inerte en el suelo. Pensó que estaba muerta
y el escalofrío le recorrió la espina dorsal otra vez más instalándosele en la
boca del estomago y pugnando por vaciar su contenido. Se tuvo que contener e
intentar pensar en otra cosa. No, su madre estaba viva. En el viaje hasta el
hospital Celia no fue capaz de hilar un razonamiento y la sospecha de que su
padre estuviese detrás de aquel accidente le torturaba. Ella solo era capaz de
decir llorando “tu padre, tu padre” y no fue capaz de sacarle nada más. No
estaba preparado para imaginar a su padre comportándose violentamente; no, su
padre no era ese. Solo de pensar que Emiliano ejerciese violencia con su madre,
por muy irritante que fuese Celia, le hacía hervir la sangre sin poder evitar
sentir deseo de venganza, revancha, justicia primaria y cualquier sentimiento
que supusiese castigar horrorosamente a su padre. Y saberse poseedor de esa
capacidad de maldad le dolía quizá más que la herida y la contingencia de su
madre. Sin saber cómo, la mente se le fue al
territorio en el que habitan los seres débiles de los que se alimentan
los demonios del egoísmo, de la rapiña y el desprecio y Rosa apareció ante sus
ojos, menesterosa, a merced de quien supiese aprovecharse de su indigencia y
vulnerabilidad. La deriva del pensamiento puso rumbo al párroco. “¿Cómo, Dios
mío?”. La frase dicha en alta voz hizo que varias cabezas girasen hacia su
sitio intentando averiguar la razón de la demanda al Sumo Hacedor poniendo
todos cara de comprensión y solidaridad con algún que otro suspiro atravesado
de afectación exhalado por alguna Doña María Guerrero frustrada. La mujer mayor
que más cerca tenía le instó desde la experiencia de años en urgencias a
resignarse dentro de la más estricta observancia religiosa cristiana. Emilio no
pudo por menos que corregirle explicándole que si algo es poco cristiano es
precisamente la resignación. La pobre mujer poniendo cara de incomprensión y
disculpa hacia quien tanto desbarraba fruto sin duda del dolor, se levantó con
toda la dificultad que le prestaban sus muchos kilos de más y se dirigió
balanceando de lado a lado su oronda figura vestida del luto inevitable con las
manos en la espalda para aliviarse del esfuerzo y haciendo aspavientos de dolor
hacia la ventanilla de admisión para preguntar por su deudo. Emilio la observó
alejarse maravillado y envidioso de esa simplicidad que le permitía responder a
cualquier pregunta, por enrevesada que fuese, sobre su existencia y el dolor
que comporta. ¡Ojala, tuviese él esa clave!, podría resolver rápidamente el
tremendo problema que se le planteaba entre la lealtad a su Iglesia,
manteniendo el desliz de su párroco en los limites de la obediencia debida,
(¿quién era él para juzgar un superior?), y su conciencia que reclamaba una
satisfacción que sanase las heridas de Rosa. Las palabras Jerarquía y
Obediencia le resonaban en su cabeza como si fuesen las dos baquetas del tambor
que utilizaban su cabeza como caja de resonancia poniendo su formación
académica y su conciencia en pie de guerra. Y encima ahora este problema de su
madre. En ese momento Emiliano entró con la cara pálida y fría, los ojos de
pupila dilatada buscando una cara conocida, pero miraba a diestra y siniestra
sin ver, hasta que Emilio reparó en aquel hombre que irrumpía en la
desvencijada y abandonada sala de espera con aspecto desesperado y reconoció en
él a su padre. De un salto se levantó del desfondado sillón que había ocupado y
fue a su encuentro.
- ¡Papá!
- Hijo, ¿qué ha pasado?
- Eso me lo tendrás que decir tú
a mí. Mamá no paraba de decir por el camino, “tu padre, tu padre”, y yo ya no
se si es que estaba desvariando o es que directamente te acusaba del golpe en
la cabeza. Me cuesta trabajo creer que tu hayas tenido que ver en esto, pero
los últimos días estoy aprendiendo que todo es posible y que se me caiga
alguien más de mi organización mental no sería de extrañar.
Emiliano comenzó a llenar sus ojos de lágrimas y fue
incapaz de reprimir los pucheros que cada vez y a su pesar, aumentaban en
volumen. Que su hijo dudase de él era la gota del vaso de la desesperación que hacía
que se desbordase en fuente de dolor. Incapaz de articular palabras solo sabía
llorar. Emilio le condujo por el brazo hasta un rincón, donde como
privilegiados testigos presenciaron la conversación la maquina del
impresentable café y del dispensador de bocadillos y dulces prefabricados.
Emilio con palabras de consuelo, que para algo había
de servirle el oficio, consiguió que su padre se tranquilizase y fue entonces
cuando le contó todo lo sucedido. Su hijo con la cabeza hundida entre los
hombros y los pelos alborotados de mesárselos más por la pena de haber dudado
de su padre que por la desesperación se abrazó a su padre y no pudo reprimir el
llanto.
Celia apareció con un vendaje aparatoso en la cabeza
y un sobre grande con las radiografías practicadas. Al ver a su marido y al
hijo abrazados se irritó creyendo que hacían causa común contra ella y sin
ningún recato y a gritos exclamó, “Encima, ¿no?, encima”.
Padre e hijo interrumpieron de instantáneo el
sollozo y deshicieron el abrazo volviéndose hacia donde el grito intentaba
llenar el espacio que les separaba. Todo lo más ligero que pudieron se
precipitaron hacía donde Celia ya daba media vuelta abalanzándose a la salida,
indignada, irritada, determinada a desaparecer hasta de si misma. Emilio
alcanzó a su madre sosteniéndola por el codo, ella de un tirón se desembarazó
de la mano de su hijo que reincidió en volver otra vez a sujetar, y esta vez
con más firmeza, para que, aunque Celia volvió a hacer el intento, si bien con
menos energía, no consiguiese soltarse. Emiliano llegó a la altura de su mujer
encarándose con ella.
- ¡Ya está bien, creo yo, ya
está bien! Te parece que has envenenado poco nuestra vida que pretendes
fulminarla del todo. ¿Qué le has dicho a nuestro hijo?
- No papá. Ella no te ha
acusado explícitamente, eso lo colegí yo. Te he creído. Os estáis haciendo demasiado
daño, ¡por Dios!, os creo, os quiero a los dos, no sigáis por ese camino.
- ¿Aún no te has dado cuenta,
eh?, claro, eres como él. No sabes que me hace la vida imposible, que desde que
te fuiste de casa mi vida es un infierno, pero no, tu le haces caso a él, a tu
padre del alma, yo soy la mala porque no quería que arruinases tu vida metiéndote
en esa cueva de sinvergüenzas y maricones.
El volumen de la voz de Celia iba en aumento a
medida que se le calentaba la boca y en una incontinencia que le remuneraba su
indignación decía todo y más lo que a la mente se le venía, encontrando
gratificante saberse centro de las miradas en la idea de que todos los que con
vergüenza ajena escuchaban su filípica le apoyaban. La gente que abarrotaban la
destartalada sala de espera, miraban a hurtadillas y cuchicheaban en voz baja
haciendo como que no se enteraban. Padre e hijo abochornados intentaban por
todos los medios llevar a Celia hasta la puerta para minimizar los efectos del
escándalo pero ella quería seguir y aventar su dolor que nacía de la injusticia
de verse maltratada por las dos personas en las que ella había depositado sus
esperanzas y habían sido objeto de sus desvelos.
- ¿Queréis que me vaya, os da
coraje que se entere todo el mundo de cómo me tratáis?, pues se van a enterar.
Ya francamente, a voz en cuello, comenzó a
desbarrar, congestionándose y con grave riesgo de volver a caerse y lesionarse.
Al verla de esa manera Emilio comprendió que es lo que podía haber ocurrido en
su casa aquella mañana, pero con su madre en ese momento no había forma de
razonar ni tan siquiera de reducir físicamente porque había llegado al punto de
braceo y de brega que impedía controlarla. A la algarabía montada acudió el
guardia de seguridad que ante la imposibilidad de reducir a la paciente sin
hacer daño optó por pedir auxilio a los celadores. Entre todos pudieron sujetar
a Celia que ya en pleno ataque de histeria había dejado este mundo real para
navegar sin tino por el suyo particular en el que la jerga utilizada estaba
transida de quejidos y alaridos que encogían el corazón de todo el que
presenciaba la escena. Apareció un médico y un enfermero, que administraron un
sedante a la paciente que poco a poco fue calmándose hasta quedar inerte
dejándola reposar en una camilla.
- ¿Ustedes son familiares?
- Si, si. Yo soy su hijo y
este es mi padre. ¿Qué le ha pasado?, nunca la había visto así. Si, es
cierto...
- Espere, si le parece pasamos
a la consulta y allí hablamos. Aquí no me parece...
Con las piernas temblándole y chorreando adrenalina,
Emilio siguió al médico mientras sujetaba a su padre que a duras penas se
sostenía de pie. Con todo el cariño de que era capaz, con la barbilla tiritando
y la voz temblona animaba a su padre que era incapaz de articular palabra.
Llegó un punto en que Emilio ya solo fue capaz de empezar a llorar sin
consuelo. Entraron a la consulta del médico.
- Me estaba usted diciendo que
en alguna otra ocasión le había sucedido algo similar, ¿no es eso?
Emilio con los ojos rojos de dolor y la garganta
estrangulada por la pena miraba al médico que pacientemente, al no recibir
respuesta, se creyó en la obligación de consolar, algo que pertenecía a su modo
especial de entender la medicina, aunque no fuese algo al uso en aquellos días
de frustración, encono y protocolización
- Yo no tengo prisa. Tómese el
tiempo que crea conveniente. La situación es lo suficientemente tensa y dura
como para derramar todo un océano de lágrimas.
Escuchar aquellas palabras de solidaridad obró el
milagro de serenar a Emiliano antes que a su hijo que no era capaz de quitar de
su cabeza la imagen de su madre, a modo de poseída por un espíritu maligno,
provocándole una suerte de retroalimentación a su dolor.
- Mi hijo decía que su madre
alguna vez había tenido una salida de tono. Es irascible, es verdad, pero al
punto de convertirse en la posesa que ha dado el espectáculo, nunca.
- La herida de la cabeza...
- Mi hijo se la encontró
tirada en la cocina. Debió tropezar o bien tuvo otro ataque como el de ahora,
porque es cierto que esta mañana tuve unas palabras con ella algo fuertes y me
fui de casa para no provocarla más. Yo sabía que era temible peleando, pero
hasta este punto..., estoy consternado. Luego hay otra cosa. Mi hijo después de
una brillante carrera de Físicas decidió entrar en el Seminario y eso terminó
de arruinarle los nervios. Ella se crió en un ambiente absolutamente
anticlerical y odia todo lo que signifique religión y para colmo su hijo, el
único, en quien tenía puestas tantas esperanzas se le mete cura, lo último que
ella hubiera podido imaginar. Si es cierto, desde que Emilio ingresó en el
Seminario no ha sido la misma.
El médico, además de para rebajar la temperatura
emocional, quiso recabar más datos. No era muy normal que alguien que hace una
carrera tan alejada de las humanidades decida a continuación hacerse cura,
paradigma, en principio, de lo científicamente cuestionable.
- Me van a permitir que me
interese. Por supuesto, si no quiere no tiene porque responder, pero, ¿cómo es
que terminada una carrera..., tan digamos de ciencias, se decide uno a ingresar
en un Seminario? Perdone la pregunta pero, lo cierto es que si a raíz de ese
episodio su madre empeoró quizá tenga claves para desentrañar lo que aquí a
pasado.
A Emilio, la pregunta parece que tuvo la virtud del
agua sobre las brasas, enfriarlas. Dejo el compungimiento y experimentó algo
parecido a la presunción, al halago que le produjo bienestar y goce. Se seco
los ojos entrecerrados por el continuo llanto y aclarándose la garganta se
explicó.
- Fue, digamos, una zona
gatillo en mi cerebro. Asistí en primera fila al suicidio de un compañero y no
pude hacer nada por ayudarle. Eso hizo que me replantease...
- Un momento.
El médico de aproximadamente la edad de Emilio lució
un brillo extraño en los ojos y las lágrimas asaltaron sus párpados, pero se
contuvo aunque no pudo evitar que sus interlocutores acusaran la reacción.
- Usted, tendrá más o menos mi
edad. ¿Ese incidente que usted dice sucedería hace unos cinco o seis años?
- Cinco años bien pasados, si.
- Su amigo, ¿no se llamaría
Bonifacio?, bueno Boni, le llamábamos en el grupo.
Emilio se mareó. Otra vez se hacia presente en su
vida Boni. En las circunstancias que fuesen, siempre Boni se le hacia presente.
Le perseguía. Otra vez el cuerpo suspendido y bamboleante, el olor a heces y la
lengua, aquella espantosa lengua amoratada se impresionaban en su memoria
borrando cualquier otra imagen. ¿Qué especie de poder tenía ese hombre y ese
nombre en su vida? Evocó otra vez la risa estentórea la noche anterior a su
ahorcamiento que fue el resultado de una tristeza sombría y contagiosa como una
peste que hacía presagiar lo peor. La palidez extrema de la cara de Emilio no
pasó inadvertida para el médico, la lividez de los labios que se resecaron al
momento y la voz ronca que contrastaba con la húmeda y aguda del cercano llanto
hicieron comprender a su interlocutor que si, que hablaban de la misma persona
y que deberían mantener una conversación privada fuera del entorno y los
condicionantes en los que se encontraban ahora.
- Si, Boni era. Yo le encontré
y le sujeté por las piernas intentando rescatarle de su horrible decisión, pero
ya no había nada que hacer. Me horrorice y me fui corriendo. Aún me duele el
haber salido huyendo dejándole allí colgado como una res, aún me duele, pero en
lugar de eso vomité encima de él.
Y se echó a llorar sin consuelo una vez más, pero en
esta ocasión el llanto tenía otras connotaciones culposas que no eran las de
minutos antes cuando lloraba de amor dolido por una madre.
- ¡Vaya casualidad! Fíjate
Emilio, quien te iba a decir a ti que ibas a encontrar a este señor aquí que
conocía al Boni. Bueno doctor, y de mi mujer qué.
- La vamos a pasar a planta de
psiquiatría. Mañana la verán en consulta le pondrán tratamiento y no creo que
esté aquí más de dos días. Vayan ahora a admisión para dar los datos y a
recoger los pases de visitante.
Se levantaron los tres y el médico le acompañó hasta
la puerta. Cuando comenzaban a alejarse por el pasillo de urgencias, sorteando
camillas y sillas de ruedas, angustias y gritos de dolor, Emilio sintió que le
llamaban y se volvió.
- Espera un momento papá.
El medico con el que acababan de hablar le esperaba
en la puerta de la consulta.
- Perdona que te moleste.
Salgo a las cuatro y me gustaría hablar contigo a solas en un sitio que no sea
este. Aquí al lado hay una cafetería, ¿podemos quedar a eso de las cinco?, que
me de tiempo de cambiarme y comer algo.
- Vale. Yo tendré que ir a la
parroquia y regresar a quedarme con mi madre. De acuerdo, a las cinco en la
cafetería. ¿Es una que he visto tipo principios de siglo, años veinte o así?
- Correcto, a las cinco nos
vemos. Gracias.
Después de cumplimentar los consabidos formularios
de admisión, Emiliano se fue a la habitación donde habían dejado a su mujer en
la planta octava de psiquiatría. Emilio se disculpó con su padre, porque tenía
que regresar a la parroquia. Había quedado después a las cinco con el médico
que les había atendido, “querrá hablar del pobre de Boni”, y luego subiría a
planta.
Lo primero que le sorprendió a Emiliano cuando subió
en busca de la habitación de Celia fue la pareja uniformada de la policía a la
puerta del corredor que aislaba esa sección del resto y el timbre para acceder.
Los policías le preguntaron por su destino y al exhibir su pase de visitante le
franquearon el paso, tras de lo cual tuvo que pulsar el timbre para que un
celador ésta vez le abriese no sin antes solicitarle el pase de acompañante. Al
entrar en aquel corredor le pareció acceder a un mundo irreal o surrealista
mejor. El pasillo cargado del humo que todos, inexcusablemente todos los
enfermos, exhalaban constantemente de los cigarrillos que fumaban de forma
compulsiva. Un mechero colgado de una cadena y firmemente anclado a la pared a
mitad de pasillo, hacia presumir la ingente cantidad de veces que se habría
molestado al personal de aquella sección pidiendo fuego para encender el
tabaco. Al ver el espectáculo Emiliano se echó un poco para atrás a lo que el
celador le tranquilizó de forma aburrida.
- No se asuste, no hacen nada.
Mientras que no les falte el tabaco son felices. Los peligrosos de verdad están
fuertemente sedados y en cuanto al humo, ¿qué le vamos a hacer?, las cosas son
como son y por mucha medicación que se les ponga no hay huevos de quitarles a
estos el tabaco.
- Pero mi mujer...
- No se apure, ¿ha sido un
ataque agudo de pánico..., o que ha sido?, de cualquier forma no creo que esté
aquí más allá de mañana en la mañana. No se asuste, la hemos puesto en una
habitación con una señora muy pacifica cuya única manía es la de bordarse el
ajuar porque espera a que su novio venga a buscarla para casarse. Tiene noventa
y dos años y pasa temporadas aquí no porque haga nada especial pero cuando se
descontrola, cualquier hombre que a ella le parezca es su novio y le intenta
seducir de la forma más explicita posible, es decir quiere hacerle felaciones a
cualquiera. Ahora está bien, no les molestará, solo se harta de dar puntadas a
unas telas que nosotros le damos porque eso la consuela.
Llegaron a la habitación 824 donde Celia ya estaba
en la cama y continuaba dormida con una vía cogida que le suministraba
medicación para mantenerla sedada supuso su marido. Una encantadora viejecita
daba puntada a una tela de sabana sin mirar siquiera y le saludó nada más
entrar con muchísima educación.
- Lo siento Monsieur, estoy
ahora muy ocupada en mi ajuar, pero venga después de la boda y atenderé
cualquier encargo.
El celador le susurró al oído la explicación. Al
parecer había sido una magnifica costurera y en su juventud había trabajado en
un taller de alta costura en Paris. De hecho de vez en cuando entremetía
palabras en francés, como pudo comprobar Emiliano.
Celia tenía aspecto de serenidad inexpresiva que
podía interpretarse por hieratismo o altivez. Su marido se sentó en el sillón
al efecto y sin remediarlo se entregó al llanto. Su vecina de cama le miró con
piedad.
- Lo siento muchacho, ya lo
se, es muy duro, pero estoy comprometida.
XII
Alfredo continuaba en sus trece de seguir leyendo
las cartas que no se habían escrito para sus ojos violando cualquier principio
moral por básico que fuese. Buscó por fecha la siguiente carta y se enfrascó en
ella.
Tarde del día de Reyes de 1984
Amor mío tu llamada de ésta mañana ha sido no solo
mi mejor regalo de Reyes, ha sido “el regalo de Reyes”. Y no únicamente porque
te hayas acordado de mi sino porque a partir del lunes voy a poder fundir mi
pecho en tu espalda y reposar mi mejilla en tu hombro cada día, al ir al
Instituto, y mi pena es que éste año hayan caído los Reyes en Viernes y tendré
que esperar aún dos eternos, inacabables días, antes de poder tocarte.
Tu voz. Mi corazón se me ha querido salir del pecho
cuando al descolgar el auricular he oído ese “¡macho, Boni, que me han traído
la moto!”, tan varonil, tan ilusionadamente brusco, tan sencillamente básico.
En mi cerebro ese timbre bronco de tu voz ya hecha, de hombre, en tu cuerpo de
aún adolescente, ha tenido el balsámico efecto del árnica. Mi madre se ha
alegrado sorprendida cuando al colgar el teléfono, me he abalanzado sobre ella
y la he comido a besos. Eran para ti, ¿sabes?, reventaba de gozo, era preciso
que se los diese a alguien y ese alguien era mi madre que ha tenido justo
consuelo al disgusto de la mañana cuando no he hecho demasiados aspavientos al
ver mis regalos, ya sabes, lo de siempre, cassettes, libros, alguna camisa y
una chupa de cuero, que me parece que te habría ido mejor a ti, realzando tu
espléndida figura de atleta, a mi se me antoja demasiado dura, muy ariscota
para mi estilo.
Te tengo que pedir perdón Emilio. Al recibir la
gozosa noticia de que te habían comprado la moto y al sentir que tú contabas
conmigo para llevarme a clase cada día, he imaginado mi cuerpo muy cercano al
tuyo y la erección que he tenido, aunque placentera, me ha disgustado porque me
ha parecido que prostituía mi amor hacia ti. He sentido que te ofendía, que te
afrentaba, pero enseguida me he disculpado, he purgado mi falta al negarme a
dar satisfacción a mi cuerpo por más que me haya estado importunando toda la
mañana impidiéndome que se cayese de mi imaginación mi pecho contra tu espalda,
tu calor fecundando mi ilusión en un viaje que se me imaginaba interminable
alejándose el Instituto cada metro que tu flamante moto nos acercaba a él. No
he tenido valor para volverte a llamar después de comer para quedar a que me
enseñases la moto y poder verte. Temía descubrirme y no estoy preparado para tu
rechazo, prefiero vivir en la incertidumbre, prolongar el suspenso hasta donde
sea posible y cuando ya sea materialmente imposible ocultar mi condición de
secreto amante, obrar en consecuencia. Se que mi final es morir porque no
concibo ningún tipo de proyecto de vida en la que tu no presidas cada acto,
cada movimiento de mi vida. Si no pudiera ser así, ¿qué sentido tendría seguir
arrastrando una existencia insulsa y rutinaria sin saber qué final me reservaba
el destino?, prefiero ser yo el dueño de mi destino si no puedes serlo tú y
decidir cuando se ha de poner el punto y final.
El
futuro se viste de nada sin ti,
Mi
vida oscurece su gozo, llora
Cuando
tu sonrisa, seria, se hiela
Y
se clava impía en el frenesí
De
mi adoración por tu piel
Y
castiga con un desprecio de rictus
De
asco y rechazo por el temblor
Que
tu presencia me provoca.
No
es tu culpa, mío el pecado
De
quererte sin derecho alguno
A
esperar que tu alma se evapore
Con
el ardiente calor de mi mirada.
Quedo tranquilo. Espero anhelante este lunes que me
pueda dar el oxigeno del alma sin el que moriría, tenlo por seguro.
Espero que no tengas que leer nunca estas cartas que
necesito como el aire, o el alimento, para poder seguir sobrellevando esta
melancólica existencia. Si llegas a leerlas, ten por seguro que te estaré
hablando desde la otra parte del amor, esa a la que es preciso llegar
renunciando hasta a la vida y en la que nada puede dañarte salvo la existencia.
Nada en este mundo o en el otro conseguirá coartar
mi amor, eso, el amor que siento yo por ti, nadie, ni tú, amor, podrá
quitármelo y para mí ya es suficiente.
Bonifacio.
Alfredo quedó serio y disgustado. No podía ser. No
comprendía cómo alguien podía expresar un sentimiento tan repugnante de esa
manera. Y lo peor del caso es que le reconocía una sensibilidad de espíritu que
ya la quisieran para sí muchos normales que eran incapaces hasta de decir a sus
amadas un “te quiero”. Y para colmo, nada de implicación por parte de Emilio, porque
el mariconazo este, pensaba Alfredo, encima de todo era estúpido; si tanto
quería a Emilio, porque no le asaltaba de una buena vez y se dejaba de novelas
rosas. Quedaban cartas por leer y esperaba que en alguna se apuntase aunque
solo fuese una sospecha fundada, algo que le sirviese para la extorsión.
Continuaría hasta el final leyendo aquel material aunque le daba nauseas.
Se disponía ya a buscar la quinta carta cuando
llamaron a su puerta.
- Pase.
La puerta se abrió y dejó paso al padre Emilio. El párroco
se sintió como si le hubiese pillado desnudo o cometiendo una felonía. Intento
recoger las cartas que se desparramaban por encima de la mesa. Emilio observó
que una serie de hojas algo amarillentas y escritas a mano eran como ordenadas
para recogerlas por el padre Alfredo.
- De lo que hablamos padre
Emilio...
- No vengo ahora por eso...
- ¿Ha recapacitado usted
entonces?
Alfredo comenzó a respirar. Quizá había pensado que
luchar contra él era hacerlo en contra de la Jerarquía y ahí tenía la lucha perdida, por mucha
verdad que enarbolase, como si la verdad o la mentira tuviese que ver algo con
la organización a la que el servía con lealtad y dedicación.
- No, aguarde. Cada cosa a su
tiempo. Mi madre está ingresada en el Provincial, se ha puesto muy mala de un
golpe que se ha dado. Esta noche la pasaré en el hospital velándola. Se lo digo
porque mañana no podré decir la misa de primera hora. Del asunto de Rosa
tendremos que hablar con serenidad y sobre todo desde la caridad más absoluta.
Soy consciente que la mejor expresión de la caridad entre hermanos es la
corrección fraterna. No se crea que voy a intentar hacer sangre ni daño,
recuerde que soy sacerdote..., y usted, padre, debería recordar que también lo
es. Y ahora si no tiene nada más que decirme me ausento.
Emilio se dio media vuelta y salió del despacho del
párroco cerrando la puerta con sumo cuidado de que su superior no interpretase
que le daba un portazo, expresión de encono o rabieta para con él.
Emilio subió a su casa para ducharse y cambiarse.
Con todo lo pasado en el hospital había sudado se sentía incomodo.
Estaba secándose después de una tonificante ducha de
agua fría cuando sonó el timbre de la puerta. Pensó que el padre Alfredo quería
hablar con él. Se cubrió a modo de pareo con la toalla y abrió la puerta.
Inmediatamente se dio cuenta del error cometido pero ya estaba hecho y solo
cabía aguantar el tipo.
- Perdone padre. No
esperaba..., volveré en otro momento.
- Rosa, bueno, la verdad es
que me estaba terminando de secar porque me tengo que ir...
Se dio perfecta cuenta de la forma de mirarle su
feligresa. Y del rubor que le coloreó las mejillas. Hacía intención de
marcharse pero no acababa de irse.
- Bueno, ¿quieres pasar?
La respiración de Rosa se estaba acelerando y eso
amenazaba tormenta. Volvía a sentir en pocas horas la voluptuosa sensación de
halago solo que esta ocasión quien le provocaba ese sentimiento era una mujer y
a una satisfacción se le añadió como si estuviesen adosadas la otra. Su cuerpo
de hombre joven y vigoroso dio franca respuesta al estimulo que le provocaba la
mujer y comenzó a variar de tamaño en determinados aspectos de su anatomía. Se
dio cuenta Emilio de la evidencia de su excitación y llegó casi a ser palpable
para Rosa que tuvo que reprimirse. Estuvieron unos interminables segundos
mirándose a los ojos en los que cada uno escribió todo un tratado de excusas
para entregarse al refocile galante sin que saliesen muy dañadas sus
respectivas convicciones morales. Finalmente fue Rosa la que musitando un
“hasta otro día Padre”, se dio media vuelta se tropezó y casi rueda las
escaleras. Emilio cerró la puerta y al dejarse caer sobre ella la toalla
resbaló de su cintura hasta dejarle desnudo con su virilidad reprochándole no
haber dado justa replica a la alegría con ella le saludaba. Farfulló una
jaculatoria. “al fin y al cabo una eyaculación”, se dijo y se dirigió decidido
al dormitorio a vestirse, sin ningún remordimiento, pero sopesando la
trascendencia de aquel encuentro, ¿casual? Arrinconó, empero, en su cabeza el
incidente porque otros asuntos le recamaban mayor atención. Le tenía en ascuas
la cita con el médico aquel, del que no sabía ni el nombre. No tenía ni idea de
que querría hablarle. Seguramente de algún aspecto de la enfermedad de su madre
que no quería comentar delante de su padre. Temía que le espetase algo como que
todo era consecuencia de algo malo en la cabeza o Dios sabe qué, aunque por
otra parte para eso no se cita a alguien en una cafetería. Quizá iba a darle
algún tipo de clave que le permitiese comprender la trágica decisión de Boni
que no pasaba día que no se acordase de él y eran ya más de cinco años los que
habían pasado desde que se lo encontró bailando al extremo de una cuerda.
Terminó de vestirse y decidió no volver a conjeturar nada hasta que no viese al
médico. Miro el reloj y comprendió que llegaría algo tarde de manera que se
apresuró y en cuanto estuvo en la calle cogió un taxi y salió zumbando.
La cafetería efectivamente era muy discreta. Los
ventanales que se abrían a la calle estaban velados por unas cortinas cómo de
macramé que dejaban pasar la luz pero ocultaban al curioso viandante quien
pudiera encontrase dentro. Por si eso no fuese suficiente unos reservados a
modo de departamentos de tren presentaban en sus separaciones cristales de espejo
que impedían ver quien se acomodaba en ellos pero al acomodado se le permitía
ver quien estaba al otro lado fisgoneando.
El médico en cuestión estaba acodado en la barra
consultando su reloj cuando entró Emilio en el local. Le dedicó una sonrisa y
le tendió la mano. Vestía en estilo casual, moderno acercándose al diseño, de
completo negro y así, sin pijama ni bata de uniforme, aparecía bastante
delgado, incluso atractivo, con el pelo recogido en una coleta, algo en lo que
no se fijó en el hospital. Era lo que se llamaría un varón metrosexual. Aunque
en principio no se lo quiso creer, comprobó, ya cerca de él, cuando le estrecho
la mano que llevaba los ojos pintados levemente realzando su mirada. Un
escalofrío irracional le recorrió la espalda. Le dio un apretón de manos y le
invitó a sentarse en uno de los reservados para tener más intimidad. Se
presentó.
- Julio Espinosa, que antes no
me presenté, con las cosas de urgencias y eso. Tú eres Emilio o eso creí
escuchar a tu padre.
- Efectivamente, Emilio Pedrosa
de la Barca. Bueno
supongo que querrías decirme algo sobre mi madre que no podías decirme delante
de mi padre.
- No, no. Tu madre está bien.
Ha tenido una reacción de rechazó excesiva pero se le pasará. Quería hablarte
de otra cosa. De Boni. Siempre quise conocerte. Boni no paraba de hablarme de
ti y mira por donde...
- ¿De mi? Pero si yo a Boni le
deje de ver cuando empezamos cada uno las carreras y luego una vez que
coincidimos en un concierto que al día siguiente fue cuando..., bueno, cuando
me lo encontré.
- Boni, amigo mío, te llevaba
en el corazón, no quería a nadie más y siempre estaba diciéndome lo mismo: o
el, Julio, o nadie, la nada, extinción total, ausencia de existencia. El es mi
existencia, decía. Tuvo un asuntillo con un profesor pero le salió el tiro por
la culata y mira que se lo advertí, Boni que ese fulano no es trigo limpio,
pero estaba ilusionadísimo. Bueno tu lo tienes que saber, en una de sus cartas
te lo contaba todo, y en el resto de las cartas todo lo demás. A mi me mandó una
por correo y me llegó tres días después de su muerte; la echó el mismo día
fatídico.
- ¿Pero de qué cartas me estás
hablando? Yo no se nada de Boni más que era un buen compañero de instituto,
algo raro, por eso a nadie extrañó que hiciese filosofía, y que me lo tuve que
ir a encontrar el día antes de su muerte que me citó para que fuese testigo de
ella, al parecer con un macabro sentido de la camaradería. En una ocasión me
escribió una poesía que yo achaqué a los malos ratos que pasamos cuando
adolescentes que no tenemos muy claro donde tenemos el norte o el sur y
deambulamos náufragos por la vida hasta que encontramos escollera donde
estamparnos o abrigo donde recalar. Por lo que me dices y yo he visto, Boni
encontró una escollera de tamaño natural y se hizo una vía de agua de la que no
se repuso nunca.
- Boni te escribió a lo largo
de años unas cartas, que me enseñó, y yo leí algunas a instancia suya, cuando más
depresivo se encontraba. Siempre me dijo que lo tenía todo preparado para que
las recibieses en cuanto él dejase de existir. Yo supuse...
- Yo no tengo nada de nada ni
nadie me ha mandado nada ni me parece que quiera saber más nada.
Emilio visiblemente irritado hizo intención de
levantarse pero Julio le sujetó por la muñeca. El se dejó sujetar porque en el
fondo quería saber que historia era esa de la que era protagonista y nadie le
había revelado el día del estreno. Se le quedó mirando fijamente a los ojos
color miel de Julio. En ellos encontró comprensión, lástima, dolor y ganas de
ayudar.
- Por favor Emilio, por favor.
Emilio quiso hacer el papel de firme y
condescendiente pero su cara y el tono de voz no le acompañaban.
- Suéltame la mano. Vamos,
cuenta que es eso de esas cartas y de mi papel central como convidado de
piedra. Y otra cosa, ¿de que conocías tú a Boni?
Julio se quedó mirando fijamente a Emilio con cara
de asombro, de incredulidad y algo divertido.
- Espera, espera. Entonces tu,
¿es que no...?
- Joder ya está bien de
acertijos, o me hablas claro o me voy. Aún no tengo claro si me tengo que
quedar.
- Tú no eres gay. Siempre
creí, cuando Boni me hablaba de ti, que tú sencillamente no le correspondías y
por eso estaba frustrado. Pero...
Emilio un gesto de impotencia y desesperación.
- Pues claro que no lo soy. No
tengo en contra de esa gente nada pero no lo soy y nunca lo he sido. Es la
segunda vez en poco tiempo que alguien duda de mí, esto es el colmo.
- Voy a empezar por el
principio, porque me parece que todo esto se esta embrollando demasiado. Tu
¿qué vas a tomar?, café o algo más fuerte.
Pidieron dos rones con tónica y Julio comenzó la
historia.
- De siempre me ha gustado el
teatro y mi gran frustración es ser no haber podido ser actor. Cuando yo estaba
en segundo o tercero de carrera vi un reclamo en el tablón de anuncios del
rectorado que se había formado un grupo de teatro amateur y que se podía
apuntar el que estuviese interesado. Llamé al número de teléfono que ponía y
resultó ser el de Boni. El grupo inició su andadura y al poco se disolvió por
falta de lo de siempre, de medios y apoyo. Pero conservé la amistad de Boni que
en una noche de esas de primavera en las que a la madrugada, cerca del alba, la
conciencia baja las defensas y la lengua se afloja para abrazar en un gesto
fraternal con mil confidencias a todo el que te acompañe, Boni me contó que era
gay y que estaba absolutamente enamorado, perdidamente enamorado de un
hombre..., que eras tu. Confidencia por confidencia yo le hice la mía. Tenía
novia a la que quería pero de vez en cuando me gustaba la recia compañía de un
hombre para satisfacer mis pulsiones más primarias. Me dijo que si algún día
encartaba bien, sexo como sexo y punto y final pero que su corazón estaba en ti
y de ahí no habría fuerza humana o no que le moviese. Creo que finalmente se
obsesionó contigo. Con aquel profesor de la Facultad pudo zafarse de tu memoria pero como se
aprovechó de él, le terminó de convencer de que fuera de ti no había nada.
Aquello le hundió y luego el destino que le tenía puesta fecha de caducidad a
su vida haciéndole encontradizo en aquel concierto contigo. He traído la carta
que me escribió y quiero que la leas, de verdad, léela, me la escribió a mí
pero en realidad, para ser honestos, es tuya.
Mientras decía esto se sacó un sobre de color crema,
ajado por el manoseo, del bolsillo y la depositó sobre la mesa.
- Léela y luego investiga en
casa de su madre que ha sido de las otras que te tenía escritas. Son las cartas
más tristes y más bonitas que yo he visto nunca, algunas con poesías llenas de
sentimiento y dolor por el amor imposible de ser correspondido.
Emilio cogió con mano trémula el sobre y lo observó
con detenimiento. Le daba miedo abrirlo, algo le decía en su interior que
saliese corriendo, que abandonase y no se dejase llevar de la curiosidad. Pero
una mezcla de narcisismo al saberse blanco de un amor tan radical y de
curiosidad morbosa por saber que decía de él, fue lo que le derrumbó las
barreras que se interponían entre su intuición y su innata curiosidad. Mientras
abría el sobre y desplegaba el folio en que estaba escrita a mano la carta por
las dos caras con letra apretada pensó en leerla por encima, devolverla,
disculparse educadamente y marcharse a ver como estaba su madre y eso sería
todo. No había ninguna razón para concederle a aquel papel propiedades ni
virtudes tautológicas que le hiciesen a él variar ni un ápice sus convicciones.
Cuando definitivamente posó su vista en la letra fijándose de verdad reconoció
el trazo de su amigo Boni. Efectivamente era autógrafa de él. Y comenzó a leer.
“Queridísimo amigo Julio, cuando recibas ésta carta
yo no estaré aquí para aclarártela, porque hoy, al fin, dejo este mundo tan
anguloso e hiriente en el que no he conseguido adaptarme, creo que desde que nací,
a las convulsiones y embates que propina a cada vuelta. Quiero que sepas que te
he querido, mucho, por eso sabes todo lo que concierne a mi gran amor. Tu eres
el culpable de que haya tardado tanto tiempo es dar por finalizada mi aventura
en esta selva. Hoy me entrego a las fieras que aquí medran y descansaré, estoy
agotado y ni siquiera tú podrías darme el ánimo que me haría falta para
desistir de mi decisión.
¿Sabes?, he pasado la noche con Emilio. No, no, no
como te estarás imaginando. Me he limitado a charlar, chancear y huronear en su
corazón por ver si en el último instante atisbaba un rayo de luz que me hiciese
concebir una lejana esperanza de que al final podría encontrar reciprocidad a
mis sentimientos. Y no. ¡Es puro! Ni un doblez, ni el menor recoveco en el alma
donde pudiera anidar una pulsión, si quiera dormida, espuria, que puestos a
porfiar fuese un resquicio por el que intentar corromper su entereza. Esta
noche ha terminado de enamorarme al tiempo que me cerraba las puertas a la vida
con él, que es lo mismo que si me cerrase a la vida a secas y sin saberlo.
Está enamorado de Julia y yo debería haberme hecho a
la idea desde que tonteaba con ella en el instituto, pero este enamoramiento no
es ya fogonazo de adolescente, fulgor de nova, la quiere serenamente, burguesmente,
para formar una familia con ella, absolutamente convencional, está domesticado
Julio, me lo han arrebatado. ¿Qué podría dar yo para impedirlo? Y a la cabeza
solo se me viene, machaconamente una idea, la única, voy a quitarme de en
medio, no veo otra manera de salir de este laberinto porqué se que antes o después cuando la
desesperación del amor frustrado me enojase el alma envenenaría esa relación
hasta hacerla naufragar y antes que ver sufrir a mi amado sería capaz de
cualquier cosa. Justo lo que voy a hacer, porque, ya ves, de una forma o de
otra el final para mi está escrito. Prefiero irme sin hacerle daño a él.
Pero soy débil, yo no me puedo ir del reino de los
vivos sin que Emilio sepa que le quiero más que a nadie en el mundo por eso voy
ha hacer que sea el primero que me vea en toda mi dimensión de tristeza extrema
por no poder tenerle para mi. Fíjate, Julio, hasta ese afán de posesión de él
me parece mal, porque poseyéndole de alguna forma le cambiaría y ya no sería el
que yo quiero. Estoy pasado del todo y tiendo al estatismo y a la divinidad.
Debería conformarme con la contemplación del amado y sin embargo tengo que
concluir que mi parte física reclama su protagonismo y desea la posesión
plasmada anatómicamente mediante el tacto. Antes de perder la brizna de cordura
que me queda quiero poner final a esta tragedia para que no termine siendo una
comedia bufa.
A ti, amigo mío, solo me queda agradecerte todo lo
intenso que seas capaz de concebir el que hayas sido mi confidente durante
estos años. Desearía haber podido enamorarme de ti, pero esto es así de
irracional, te quiero pero no te amo. Me fuiste gratificante en el sexo pero me
llenaba más cualquier sonrisa de Emilio dirigida a mi por la circunstancia que
fuese que el encuentro de sexo más intenso que haya podido tener contigo o con
cualquier otro. Cuando te llegue ésta carta ya no estaré aquí para que me
intentes convencer mediante la aplicación del método científico. No te apenes,
más bien alégrate por mi que habiendo conseguido la inmortalidad que produce el
desaparecer físico mediante la existencia en la memoria de los demás hará que
permanezca dentro de mi amado hasta que él se extinga, por eso él tiene que ser
el primero que reciba mi último hálito de vida para que pueda vivir en él. Seré
feliz, no te quepa duda, lo seré más de lo que lo he sido desde que sufrí la
herida que me hizo la luz en mis ojos al nacer y me los abrió a la vida.
Si llegas a conocer a Emilio no se te olvide
reiterarle que le amé como ser alguno pudo haber amado jamás, aunque creo, que
después de leer las cartas ya lo sabrá.
Un fuerte abrazo.
Boni.”
Emilio notó que la nariz le comenzaba a cosquillear
y la vista a enturbiarse por el efecto de las lágrimas al anegarle los ojos. No
sabía que decir. Se quedo frío. La carta póstuma era impresionante por la
frialdad con que decidía poner fin a su vida y el amor, o lo que Boni
interpretaba por amor, destilaba en cada coma, en cada frase. ¿Y las cartas?
Ahora quería, necesitaba, leer esas cartas. Le intrigaba que podrían poner, lo
que a Boni le acuciaba decirle.
- ¿Y esas cartas de las que
habla? Yo no he recibido nada. ¿Quién se supone que debería dármelas?
- No, se. Quizá su madre.
¿Sabes donde vive?
- Si no de ha mudado, donde
siempre, ¿no? No he vuelto por allí desde aquel fatídico día. Me pone nervioso
pensarlo tan solo, pero tendré que ir. Ahora ya la intriga no me dejará en paz
hasta que vea esas dichosas cartas. De momento voy a tu Hospital a ver como
sigue mi madre. Gracias por todo Julio.
- Después de escuchar hablar
tanto de ti a Boni me dio un vuelco el corazón cuando te reconocí en urgencias.
Me supuse que te gustaría saber algo de él, algo que te era totalmente ajeno.
El se merecía que tú supieses todo lo que te quería. Vete si quieres, yo pago
esto.
Emilio salió de la cafetería impresionado por lo que
acababa de comprobar. En la comida con el padre Alfredo se le cayó la venda de
los ojos y comprendió que la amistad con su compañero debió ser entendida de
forma algo diferente por parte de cada uno, mientras que para él no era más que
una relación de sana camaradería de condiscípulos que tienen los mismos problemas
y se enfrentan juntos a los mismos avatares lo que estrecha los vínculos que
les unen, para Boni..., para Boni debió ser un infierno, pasar muchas horas
junto a él deseando que la cercanía se trasformase en fundición sin poder
llegar a realizarlo nunca. Deseaba vivamente tener ya en su poder esas cartas,
debía desentrañar las claves de la obsesión de Boni por él. Era inimaginable
que un hombre pudiera enamorarse de otro hasta esos extremos; que el vicio les
llevase a tener comunidades de intereses que les hiciesen más o menos
solidarios unos de otros, podía entenderlo, pero de ahí al enamoramiento, como
él lo entendía, no. Además bien lo dice la sagrada escritura, “hombre y mujer
los creó”. Y sin embargo Boni dio cumplimiento a su delirio ahorcándose y
maquinando de tal manera, de tal artera manera que él fuese el primero en
verlo, cómo si necesitase vengarse por no corresponderle en sus asquerosos
envites. ¡Caramba!, el conocía a Boni y mucho tenía que haber cambiado para
convertirse en un ser tan miserable, ruin y mezquino como para castigarle de
esa cruel forma. Pero es que encima no se correspondía, era supuesta mala
sangre con la lógica de su comportamiento, porque si tanto le quería que llegó
al extremo de arrebatarse lo que de más valor tenía, la vida, no se comprende que en el último y supremo
acto de amor le quisiese propinar el peor mal, habría sido en todo caso en
correspondencia el mayor bien, salvo, claro está, que como el decía, en el
colmo de la enajenación, siendo él quien le encontrase primero ya no se le
podría borrar su imagen nunca, “¡y a fe que lo conseguiste!”.
Enfrascado en sus divagaciones sobre lo
incomprensible de aquella situación había caminado sin saber por donde iba y se
había embarcado en el ascensor del hospital momento en el que pronunció aquella
exclamación en alta voz, como expresión del enojo que le suponía saber que
aquella imagen que se le grabo a fuego y le llevo de cabeza al Seminario
dejando sumida en la tristeza a Julia, fue toda una orquestación fruto de la
mente calenturienta de un pobre desgraciado que se encapricho de él. Nunca
llegaría a saber hasta que punto le torció la vida no solo a él, sino a sus
padres, porque desde que dejó la carrera recién terminada para meterse a cura
todo fueron peleas en su casa, y a Julia que acabo casada con el plasta de
David que le persiguió desde primaria y al fin la consiguió aún a sabiendas de
que no le quería, arrastrando ahora una vida triste haciendo lo que siempre le
decía que era para lo único que no estaba preparada mentalmente, para terminar
siendo una burguesa y convencional ama de casa, buscando ofertas por los súper
y los hiper y gastando su juventud y sus días de mayor aroma y lozanía
cultivando la mejor imagen de perfecta señora y dueña de su hogar, y eso por no
querer pensar en el modo en que destrozó la vida de esa pobre madre que debió
sufrir tal machetazo del que no se habría recuperado aún y tanta gente de la
nunca tendría noticia que vio torcido su camino porque Boni quiso ponerles una
trampa hecha con la soga que le quitó la vida a él. Si hubiese tenido delante a
Boni en ese momento no habría hecho falta que se ahorcase, el con gusto le
habría estrangulado. Estaba irritadísimo y la duda había hecho sementera en su
cabeza, ¿pero se podía saber que hacía él inclinando la cerviz ante una caterva
de mediocres que se creen los depositarios de las esencias florentinas de la
diplomacia, de las más sibilinas facultades vaticanas? El era un físico de
futuro. Y una vez más en alta voz y casi llorando exclamó: “no hay derecho”. La
gente que subía con él en el ascensor o bien bajo la cabeza como para buscar
desesperadamente la última moneda que les quedaba antes de volver a ver nomina
o al techo intentando adivinar cuanto agujeritos debía tener aquella enrevesada
rejilla. Emilio cayó en la cuenta del silencio de camposanto que se había hecho
en el ascensor e iluminó a todos con su sonrojo.
Cuando entró en la habitación de su madre solo hacia
falta que le arrimasen una cerilla para que explotase como un petardo.
30.9.12

No hay comentarios:
Publicar un comentario