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viernes, 28 de septiembre de 2012

E L S I L E N C I O I - VI

El Silencio


I

De rodillas, en la primera banca de la capilla del Seminario, pegado al pasillo central, como era su costumbre, Emilio meditaba angustiado, como siempre desde que tomó la decisión de entrar al trapo de su supuesta vocación al acabar su licenciatura en Físicas y antes de despedirse de aquellos muros que le habían acogido durante cuatro años.
Esperaba que después de la ordenación se diluyesen, se dispersasen en el magma ardiente del Sacramento del Orden sus dudas, las que le habían acompañado desde el día en que, acabados sus estudios de Física Nuclear, sintió, como una puya aguda y caliente, la necesidad de responderse a alguna pregunta sin enunciado que le martilleaba desde que su mejor amigo del Bachillerato no encontró mejor salida a la falta de respuestas que el ahorcamiento después de ponerse de drogas y alcohol, supuso siempre, hasta las cejas. ¿Porqué Bonifacio y no él? Eran iguales, misma edad, mismos gustos, aunque quizá no tan mismos los gustos, pero mismas notas…, estudiaron juntos el bachillerato, codo con codo, entonces, ¿qué fue lo que le puso a salvo a él y dio con los huesos de Boni en el agujero? Además se sentía diferente y a medida que avanzaba en la carrera necesitaba algo más que una ingente cantidad de evidencia científica que a pesar de ser cogida al vuelo no satisfacía las preguntas que le atormentaban.
Pero la ceremonia de ordenación, con ser emotiva y balsámica, no fue capaz de apagar su sed de seguridad. ¿No estaría huyendo de la realidad echándose en manos de sus propios demonios? Cuando se encontraba boca abajo en el frío mármol a los pies del altar tuvo durante unos instantes la sensación de que sus dudas habían terminado, de que sus súplicas habían encontrado eco en los oídos de ese Dios, ante el que se postraba. Allí, desfallecido en lo físico como signo de una humildad de alma, virtud anhelada que no conseguida, tuvo la seguridad, por un instante, solo por un instante, de que estaba haciendo lo correcto, que no se había equivocado de senda; ese era el camino. Pero solo fue un instante, un suspiro, un sueño, un roce de ala de ángel. Luego las dudas otra vez. Tercas dudas, desesperantes dudas, regeneradoras dudas.
Ahora estaba ahí, acosado por las mismas incertidumbres preguntándose porque se encontraba en aquella actitud, de rodillas y angustiado, en lugar de delante del panel de mandos de un acelerador de partículas intentando desentrañar los misterios de la creación o al frente de una central nuclear. Bueno, al fin y al cabo, ¿no estaba ahora en ese mismo negocio, pero con otras técnicas?, domeñar las energías de la naturaleza para producir bienestar. Bienestar..., pero no para todos. La imagen de Boni se hacia presente otra vez, colgado, eternamente pendiendo del cable, como él le encontró, la lengua morada, enorme, extrañamente grande, asomándole de entre los labios resecos, como burlándose del mundo en un gesto obsceno, triunfante, que hacia juego con la rijosa erección tras el pantalón de chándal empapado de orina y semen. Olía a heces y a muerte. La nausea volvía a ser protagonista. Comenzó a sollozar compulsivo. No pudo hacer nada por él salvo quedarse allí delante del cadáver, hipnotizado ante la imagen rota de su amigo. Cuando le vino el incontenible vomito, no se lo pudo reprimir y al hacerlo, parte de él, incontrolado, fue a ensuciar aún más, los pies de su infortunado Bonifacio. En ese momento comenzó a vislumbrar, a medio entender el significado de esos versos que Boni se empeñaba en que guardase él y solo él. No se consintió en deshacerse de ellos. Los conservaba y los releía de vez en cuando y cada vez que lo hacía, más culpable se encontraba, más responsable. En lugar de rezar, comenzó a recitar aquel primero que un día, terminando el Instituto, que le encontró especialmente raro y melancólico, más de lo que habitualmente estaba, le hizo entrega de un folio con el encargo de que lo leyese, estando solo, al llegar a su casa. Lo pudo memorizar por el impacto y el gran desasosiego que le provocó; se le quedó casi sin querer. Aquel amor del que se hablaba se le antojó algo desordenado por asexuado o cuando menos voluntariamente indefinido, pero en absoluto se lo aplicó a él desde su compañero.
 Mi corazón ingrávido, vuela
Sorbiendo el aire denso
Que en torno a ti espera
La mirada de amor intenso,
Que de tu alma fuera
Lanzada, cual dardo inmenso
Que de lado a lado hiera
Mi corazón, que ingrávido vuela.
No supo en su momento interpretar aquel desorden, que no podía ser más que lo que parecía, aunque no le encajaba. Siempre se resistió a abonar las murmuraciones que en el instituto se cocían sobre su amigo, creía conocerle bien. Posiblemente Boni, llegado el momento, no lo soportó. Una vez más, otra más, la penúltima, el llanto se reía de su preparación y le dejaba desnudo frente a sus preguntas, preguntas para las que tenía adecuadas respuestas, las mismas que él era incapaz de asumir.
El llanto de Emilio resonaba en el templo silencioso y  hueco, umbroso y relajante, como la oración angustiada del que sabe que no va a ser perdonado de nada que pueda definirse; no sabes de que arrepentirte y por tanto de qué pedir el perdón. Y ahí estaba el problema, necesitaba perdón pero no sabría decir de qué. La mala conciencia indefinida le impedía la purga, por eso el llanto era tan amargo, tan impío, tan hastiado. El murmullo de dolor y miedo, de justa desesperanza llamó la atención de Don Hortensio, su director espiritual hasta ese mismo día, en que se despedía ya, de su casa matriz donde se gestó como sacerdote. El viejo cura se limitó a arrodillarse a su lado y ofrecerle su apoyo, su cercanía, su solidaridad fraterna.
Hortensio se veía en aquel joven curita, las mismas dudas expresadas de la misma manera. Que duda cabía que eran otros tiempos, la Iglesia había cambiado, pero las dudas, las tentaciones y el pecado eran los de siempre, desde que el mundo era mundo. Las formas cambiaban pero las dudas permanecían; siempre había una mujer dejada al borde de la vocación cuyo recuerdo el Señor dejaba que torturase el alma para que la opción tomada se renovase a cada minuto, que la elección fuese un monumento al dolor que se supone provoca el libre albedrío, el elegir. Las certezas en el mundo de la fe solo sirven para relajar el pulso que se ha de mantener con el Enemigo, condición inexcusable para que venza en el eterno enfrentamiento, desde que Luzbel cayó en desgracia. Don Hortensio se vio inundado de una intensa ternura  e hizo lo mismo que hizo con él, recién ordenado, su director espiritual; rezar un credo, compendio y resumen de todo aquello que justificaba tanto sus dudas como sus certezas. Finalmente, acabada la oración y tras unos minutos de silencio Don Hortensio se levantó renqueante, sostenido por su cachava y se aprestó a abandonar la capilla, sin una palabra de más, sin un silencio de menos. Su pupilo, habría entendido, lo mismo que entendió él en aquel entonces. En el último momento se volvió sobre sus vacilantes pasos y se colocó de pie, cara a la linterna roja que titilaba en el altar avisando que allí tenía asentados sus reales el Creador, prisionero por amor, e inclinándose todo lo que pudo, en queda voz, le susurró un consejo postrero a su discípulo.
-     Felicítese usted y de humildes gracias a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo por darle las infinitas muestras de amor paternal permitiéndole demostrar su confianza en El, resistiendo con santa heroicidad las dudas con las que el Señor permite que el Maligno le castigue.  Ahora usted no lo entenderá y seguramente nunca lo entienda en toda su esplendorosa sabiduría, pero el Señor le prepara un camino de santidad.
-     Gracias Padre.
Don Hortensio no estaba seguro de haber obrado con rectitud. El silencio fue el recipiente en el que su maestro, Don Sinforoso, le dispensó su apoyo recién ordenado. Pero eran otros tiempos los suyos, aquellos en los que la mera contemplación de la propia desnudez para el baño se consideraba lascivia. Aún conservaba de aquel  entonces la incapacidad de lavarse si no era con la túnica de aseo para no tocar su propia carne con las manos. Otros tiempos. La educación que ahora recibían los seminaristas estaba, le parecía a él, un puntito relajada, pero él estaba ya un poco antiguo y era preciso hacerse a los tiempos, como tuvo que hacerse a celebrar cara a la feligresía. De cualquier forma el consejo estaba aventado con sus mejores deseos y si se hubiera equivocado, el Señor en su infinita misericordia no se lo demandaría. Conocía al ya Padre Emilio, tenía un buen concepto de él. Mientras abandonaba la capilla con su acompasado traqueteo de bastón se le iluminó una sonrisa de satisfacción por tener casi por seguro haber estado acertado al aconsejarle.
Emilio pasados unos pocos segundos se levantó con agilidad y confortado por la actitud de su maestro se encaminó resuelto a recoger sus pertenencias para llegar cuanto antes al destino que el obispo de su diócesis le tuvo a bien encomendar. Las palabras de su mentor, a pesar de sonarle a huecas, por antiguas, lugares comunes trasnochados de una religiosidad antipática y en algunos casos hasta herética, le hicieron sonreír por la ingenuidad. Don Hortensio, era meridiano, él ya solo tenía una duda, la duda perfecta, ¿soportaría el martirio cuando llegase?
Mientras recogía en su celda sus escasas pertenencias, libros y recuerdos de los últimos cuatro años de vida encerrado, y los embalaba en varias cajas se acercaron sus condiscípulos, unos, compañeros de ordenación, otros, los más, que según el director del Seminario deberían esperar algunos meses aún. Se despidieron con cariño y confianza prometiéndose permanecer en contacto, aún sabiendo muchos, que probablemente no volverían a verse, salvo en el descanso de los justos. Cada uno de ellos con sus anhelos y esperanzas, destellaban en sus ojos la ilusión del proyecto por culminar. Era, les decía el profesor de Moral, muy sencillo, “Obediencia, ese es el secreto, siempre que estén ustedes en comunión con su Ordinario y sigan al pie de la letra sus indicaciones, aunque les parezcan absurdas, estarán en la senda de la santidad. La obediencia es la clave de la supervivencia de La Iglesia como organización, y recuerden, ustedes pertenecen a esta organización. La Iglesia como cuerpo místico de Cristo existirá por los siglos, donde se reúnan dos en su nombre, allí habrá Iglesia, pero, como la organización que nosotros conocemos, depende de que estemos en comunión a través de la jerarquía mediante la obediencia.” Siempre le pareció este discurso cuando menos cínico, pero como se acostumbraba a decir entre los seminaristas de la asignatura de Moral, era la más inmoral de las asignaturas, por cínica. Lo que si estaba meridianamente claro es que sin obedecer no se llegaba en la Iglesia más que a coger la puerta y cerrarla por fuera. Lo de la castidad, “bueno, verán ustedes”, decía el mismo profesor, “aunque moralmente punible, es disculpable, tengan en cuenta que el sustrato de ese pecado se lleva a todos lados, no se puede abandonar, por muy detestable que se nos antoje, y la naturaleza ha dispuesto que se toque con la mano varias veces al día, sin remedio. Por esa razón es por la que se insiste en la mortificación de la carne. La clave está en negarse a cualquier tipo de sensualidad, antesala de la sexualidad fuente de tanto pecado y desdicha”. En ese momento adoptaba un tono confianzudo y cómplice, bajando deliberadamente la voz y continuaba “No se lo digan a nadie, pero en mi opinión es el más disculpable de los pecados, si es que alguno puede llegar a serlo. No tomen nota de esto último”.
Animado por el hecho de la partida, comprendió que parte de sus dudas no eran sino el miedo al cambio. Después de cuatro años de adaptarse a la rutina diaria, perfectamente diseñada por la experiencia de siglos, para suscitar paz y sosiego, el tener que salir de la calidez protectora del seminario le provocaba vértigo. ¿Se adaptaría al destino en la coadjutoría que le había deparado el obispo?, porque una cosa era el siglo visto desde la disciplina de una institución cerrada como su Seminario y otra el mundo con todas sus tentaciones,  tan a mano, tan excitantes. La parroquia que le había tocado en suerte, por otra parte, no era mala, gente de orden y dinero, le habían confesado los que la conocían. El hubiera preferido una parroquia marginal, donde pudiera entregarse a los más pobres a los desheredados, pero tendría que hacerse a una parroquia de un barrio de clase media alta en el que las misas de doce los domingos era lo más excitante que se les podía ofrecer a los fieles. Se lo planteó como un reto, sacar a sus parroquianos de su cristianismo aburguesado, en el que la misa de precepto ocupaba en su escala de valores la misma magnitud que la docenita de pasteles para la merienda o la ineludible paella dominical. Era un cristianismo más cercano a la idolatría que a la religiosidad  natural incluso, siendo su misión abrirles los ojos. Las dudas amainaron al teorizar sobre esos puntos, esperaba poder entregarse de igual forma que si hubiese sido destinado en medio del chabolismo más marginal. Emilio se había hecho un cliché de lo que sería su vida como cura renunciando a todo,  haciéndose pobre con los más pobres, sufrir con los que más sufren, llorar con los que solo saben llorar. Ahora que tendría que hacer, ¿hacerse rico con los más ricos? Esperaba que tuviese la suficiente clarividencia para ver a través de los oropeles del siglo las miserias de los que se afanaban porque no aflorasen a su piel. Quizá esos fuesen los más menesterosos y por eso a él le había tocado ejercer su ministerio allí.
Las varias cajas con sus enseres, reposaban en el vestíbulo del Seminario junto a un Emilio, que nervioso, paseaba arriba y abajo mirando cada segundo el reloj. El amplio claustro que hacia las veces de recibidor le trajo a su memoria el día en que flanqueado por sus padres y su párroco, el padre Cesáreo se presentó para ingresar después del preceptivo placet del Obispado. Le pareció inmenso a pesar de estar acostumbrado al anfiteatro de su Facultad, que ya era enorme; le abrumaban las pinturas de vetustos monseñores de mirada severa que vigilaban desde lo alto de las paredes. Llegar el director de Seminario y entrarle tal pánico que deseó salir corriendo fue todo uno, solo el miedo que le paralizaba las piernas le hizo permanecer allí. El padre Cesáreo fue el que se dio cuenta de su terror y echándole el brazo por encima de los hombros le presento al padre Melchor. Sonrió condescendiente consigo mismo y se enterneció al recordar el puro espíritu de entrega con el que llegó allí, que de haberle solicitado que fregase los suelos con la lengua lo habría hecho gustoso. Luego fue la vida real la encargada de retocarle conceptos como entrega, caridad, desprendimiento, humildad. Volvió a mirar su reloj. Sus padres se retrasaban ya. Hacía un cuarto de hora que tenían que haber estado allí. Su madre en el último momento seguro que tuvo que desarrollar alguna actividad inexcusable que solo podía llevarse a cabo en ese preciso momento. Es como si la estuviese viendo, “Emiliano, es que tu no tienes espera, siempre tiene que ser lo que tu digas, ¡que hombre!, como tu lo tienes siempre todo hecho”, siempre era igual, la misma cantinela desde que el sentido común se le hizo presente en su vida. Su padre con una paciencia a prueba de esposas insoportables siempre contemporizaba, “Celia, cariño, no te lo tomes así, ¡es que llegamos tarde!, ¿no te das cuenta?, procura aligerar”. Si a tiempo hubiese puesto las cosas en su sitio..., pues probablemente él no habría nacido. En alguna ocasión tuvo vistas broncas apocalípticas porque su padre quiso ponerse en su sitio y no le duró ni medio asalto a su madre. Solo había una forma de discrepar con ella y era laminarla con una prensa hidráulica. Con ella o se utilizaba la artillería pesada o no se discutía, por la propia seguridad de cada uno; el instinto depredador que tenía su madre, ajeno a cualquier potencia humana, exigía para enfrentarse a ella ninguna forma de inhibición, no se le podía dar ni el más pequeño respiro o se corría el riesgo de dejar de respirar a perpetuidad.
-     ¡Emiliano, por todos los clavos de Cristo!, muévete, que vamos a llegar tarde. ¿A que esperas?
-     ¡Celia por favor! ¿Ahora resulta que voy a tener la culpa yo del retraso? Llevo esperándote media hora, ¡claro que llegamos tarde! El chico tiene que estar ya desesperado.
-     Siempre tienes que protestar por todo. Estas hecho un viejo gruñón. ¡Arranca ya, plomazo!
A medida que se dirigían a los suburbios donde se erigía el nuevo Seminario edificado aprovechando restos de un antiguo claustro de Jerónimos el martillo pilón de Celia no cejaba en su tortura. Una y otra vez martilleaba los sesos de su marido con sus reproches y quejas haciendo gala de una portentosa memoria para las afrentas reales o imaginadas. Emiliano como siempre que esto sucedía, que era cada día unas cuantas docenas de veces, callaba reverente para evitar un nuevo conflicto del que sabía que iba a salir trasquilado y al tiempo se culpaba por no haber hecho saltar por los aires el matrimonio hacía lustros. Ahora era ya tarde y solo le quedaba apurar el vaso de la amargura por no haber sabido rechazar a tiempo el de la seguridad, el del aburguesamiento más cobarde. Al menos su hijo había reaccionado adecuadamente. De cura podría tener todas las amigas que quisiese pero no estaría obligado a soportar a ninguna. Bien que al principio llevase su celibato a rajatabla pero cuando se le pasase la furia del converso se haría más práctico y disfrutaría de la vida, no como él, soportando el chaparrón de aquella bruja que llevaba adherida a su alma como una condena. Sin poder reprimirse masculló en voz alta sin casi darse cuenta.
-     Si se pudiese dar marcha atrás...
-     ¿Qué?, ¿qué si pudieses dar marcha atrás? ¿Estas harto de mi, no?, pues ya sabes lo que tienes que hacer, coger tus cuatro trastos y puerta.
-     Cariño, por Dios, yo no he dicho nada más que si se pudiese quitar con aguarrás..., y no he podido terminar.
-     Ya, tú tienes más salidas que el metro. Pues ya sabes lo que te he dicho, así que vete tomando nota.
Para colmo tenía mejor oído que un tísico. ¿Para que porfiar?, con Celia solo era posible hacerlo con un AK-47 en las manos y cuatro cargadores al menos.
-     ¡Espabila, que te pasas! ¡¿En que vas pensando?!
-     Ya cariño, ya me había percatado. No me iba a pasar.
Enfilada la entrada, dos enormes menhires prismáticos de cuatro metros de altura, de granito que flanqueaban el espacio que hacía de puerta recorrieron el sendero de tierra apisonada que moría en la amplia escalinata, atrio de la inmensa puerta de dos hojas de madera de caoba, una de las cuales se encontraba abierta. Bajo el dintel se encontraba Emilio con la boca en expresión de fastidio por la espera.
-     ¿Y este niño?, que le pasará ahora, con esa cara, a mi que no venga con pamplinas. Nunca me gustó que perdiese los mejores años de su vida metido en asuntos de curas, es la mejor forma de desperdiciar todo el dinero que nos costó su carrera, ¿y de que le ha servido?; de nada, ¡tantos desvelos y tantos dineros!, desagradecido. Es clavadito a ti, con menos sentido que una almeja, pero ¡que le vamos a hacer!, no le voy a matar, es mi hijo. Y tú, ¿quieres aparcar ya de una vez? ¡Que hombre!
-     No vayas a venir ahora con una salida de las tuyas. Hemos llegado media hora tarde y seguro que está con cuidado. ¿No ves que la cara que tiene es de preocupación?
Emilio bajó en dos zancadas hasta donde se encontraban sus padres. Abrió la portezuela de su madre y le ayudo a salir.
-     ¿Habéis tenido algún contratiempo? Llegáis con media hora de retraso.
-     Hijo, por favor, estas tu como tu padre con las puntualidades, ni que fuésemos a apagar un fuego. ¿Qué más da media hora más o menos?, ¡no hay que coger un tren!
-     Celia, el chico lo dice porque estaría preocupado, ya te lo he dicho.
-     Si, eso, siempre haciendo los dos frente común en contra mía, debería haberme muerto aquella vez.
-     Venga, mamá, no te disgustes, ya vale. Y aquella vez no fue más que una apendicitis y la gente no se muere de eso hoy día. Vamos a despedirnos de Don Hortensio. El director está en Roma, creo que le van a dar un cargo en el Angélico.
-     Tiene narices el nombrecito..., Hortensio.
-     Mamá,  por favor, ya está bien.
A regañadientes, Celia permaneció con la boca cerrada, y se encaminó, acompañada de Emilio, hasta el vestíbulo donde después de dejar sentada a su madre en un incomodo banco, del que se quejó cumplidamente, se dirigió al Seminarista de primer año que hacia las veces de recepcionista.
-     Llame al Padre Hortensio y dígale que mis padres están aquí, le esperamos para despedirnos, que nos vamos ya.
El Seminarista que aquel domingo se ocupaba de la centralita, marcó el número de la celda del Maestro de Teólogos y le comunicó lo que Emilio le había indicado.
-     Don Emilio, dice Don Hortensio que ahora mismo baja.
Emilio se sentó al lado de su madre y le cogió la mano, ella intentó retirarla, pero Emilio insistió hasta que Celia se avino a la caricia. Su padre llegó en ese momento y se aposentó al otro lado de su hijo.
-     ¿Por qué te tuviste que meter en esta cueva de meapilas y aprovechados camástrones. Tú no eres así. Tenías un futuro..., pero no, te empeñaste en darme un disgusto de muerte y no paraste hasta conseguirlo, con lo que yo me he esforzado por darte los estudios, ¡desagradecido!, tanto tú como tu padre, los dos no habéis echado en cuenta nunca mis desvelos, mis noches en blanco uncida a esa máquina de coser...
Inició en ese momento un sollozo, lo que tanto padre como hijo sabían de sobra que era un teatro para tenerles a los dos cogidos por donde más dolía.
-     ¡Ya está bien mamá! Tomé mi decisión y tú más que nadie deberías comprenderme. Se supone que los desvelos de los padres no son reembolsables por los hijos, si lo que querías era invertir haber jugado en Bolsa. Yo desde luego no me siento en deuda en absoluto. No hicisteis más que lo que era vuestra obligación. Yo no pedí nacer.
-     Que si hijo, que si. Lo que pasa es que a tu madre la historia esta de los curas nunca le ha hecho tilín, siempre ha sido muy anticlerical, es por tradición. Si tu abuelo te viese..., jo, jo, jo, ¡que chasco!
Se notaba, aún para el que no estuviese en la conversación, que Emiliano gozaba con la ocurrencia. Emilio sabía que la gozada era debida a que era la forma que tenía su padre de meter el dedo en el ojo a su madre, meterse con su suegro, y no lo afeaba. A veces su madre se merecía esos minúsculos varapalos y más. Celia estaba a punto de saltar como una liebre ante la aparente inocencia de la salida de tono de su marido cuando apareció la renqueante y bonachona figura de Don Hortensio en la puerta acristalada que separaba el vestíbulo de la galería.
-     Ustedes perdonen que haya tardado tanto. Hasta que no vaya a tomar los baños este año cada vez estoy más torpón. Ya nos conocemos, me acuerdo de la ordenación. Tienen ustedes un gran hijo, llegará lejos. Estarán ustedes orgullosos. Nosotros estamos felices de haberle tenido como alumno. Además de buen estudiante tiene un corazón de oro.
-     Papá, mamá,  Don Hortensio, ya le conocéis.
-     Si. Cómo ya nos conocemos, nos podemos marchar, que aquí nadie nos va a dar nada.
-     ¡Celia, por favor! Disculpe usted, es que hoy no tiene su mejor día.
-     ¡Mamá! Don Hortensio..., no lo tome en cuenta.
-     No se apuren ustedes, un desliz lo tiene cualquiera, no siempre le coge el cuerpo a uno igual. Bueno, me alegro de haberles vuelto a ver. Y ya sabes, Emilio, lo que necesites, sabe que siempre tendrás un amigo que te quiere.
El viejo cura se dio la vuelta para abandonar el lugar con el corazón partido de dolor por el injusto desprecio recibido. Ninguno de los tres puedo escuchar como musitaba el Yo, Pecador para defenderse de la irritación que arrancándole de las tripas le subía hasta la cabeza para explotarle en un rubor de indignación que reclamaba una satisfacción a la afrenta recibida. A medida que se alejaba claustro adelante camino de su celda, más cuenta se daba de cuan equivocados estaban los que le tildaban de humilde siervo de Dios; la soberbia le roía las entrañas ocasionándole más dolor que el provocado por la madre de su pupilo.
-     Mamá, ¡joder!, que me haces ser hasta maleducado, que daño te habrá hecho el pobre hombre. ¿Qué placer encuentras en herir a la gente?, ¿es que nunca cambiarás? ¿Siempre tienes que estar en guerra abierta con el resto de humanidad?
Celia no se molestó en contestar, se limitó a poner cara altiva de orgullo y se dirigió a la puerta. Emilio se quedó mirándola impotente mientras se dirigía a su padre.
-     Papá, de verdad, no se como la puedes aguantar.
Emiliano, acostumbrado a la tortura de las peculiaridades de su esposa se encogió de hombros y poniendo cara de resignación, comenzó el acarreo de cajas al coche para marcharse. Celia esperaba ya dentro, ofendida por los reproches de su hijo y el mutismo acusador del marido. El maletero del coche quedó completamente repleto de bultos. Entraron en el coche y Emiliano arrancó camino de la parroquia de Santa Domitila. Durante todo el trayecto nadie se permitió abrir la boca, el espacio dentro del coche era demasiado escaso como para iniciar una guerra y menos con Doña Celia como contrincante; era capaz de llegar a las manos, no sería la primera vez.
La parroquia de Santa Domitila se encontraba en la zona noble de la ciudad ocupando casi toda la manzana de una de las calles más cotizadas cuyo nombre no se sabía bien si bautizaba La Parroquia, o era ésta la que daba nombre a la calle. Emiliano encaró el coche en la verja de entrada por la parte lateral, calle particular de la parroquia y se detuvo frente a ella. A través de la ventanilla pulsó el botón del telefonillo. La puerta se abrió y el padre de Emilio condujo el coche hasta la puerta de la casa rectoral. En el momento de bajarse del coche apareció el párroco, el padre Alfredo, que con una amplia sonrisa y los brazos abiertos en señal de acogida se dirigió a Emilio dándole un afectuoso y fraternal abrazo. Después de los preceptivos ósculos de paz entre los dos sacerdotes el padre Alfredo se presentó a sus padres. Tendió la mano a Emiliano. Celia no se había apeado.
-     ¿Le ocurre algo a su señora?
-     No, no. Sabe usted..., es que..., ha tenido todo el día una jaqueca que no la ha dejado vivir.
Al tiempo Emilio se acercaba, visiblemente irritado y abría la portezuela, dirigiéndose a su madre entre dientes.
-     Mamá, por favor, no me hagas esto. No pierdas también la educación, hazme el favor de salir y saludar al Padre Alfredo.
-     ¿No soy tan mala?, ¿para que quieres que salga, para dejarte en evidencia?
Dejó que un  espeso silencio planease sobre sus retóricas interrogantes. Y continuó con una amenaza.
-     Vale, saldré, pero no esperes que sea amable.
Salió visiblemente airada, permaneciendo de espaldas al coche mirando a la calle. El párroco se dirigió a ella, tendiéndole la mano.
-     Señora, encantado de conocerla.
-     Yo no puedo decirle lo mismo. Sepa usted que nunca estuve conforme con la decisión de Emilio. No se de donde pudo sacar estas inclinaciones que a mi me parecen aberrantes. Un hombre lo que debe hacer es fundar una familia y educar hijos, lo demás es todo pura mentira y embuste. Nunca me gustaron todas estas monsergas de curas y monjas, toda una pandilla de vagos que viven del cuento. Lo siento señor, suelo ser muy clara, si le he ofendido, lo lamento.
-     Mamá, ¡ya está bien! Ya has conseguido amargarme el primer día de ejercicio. Lo mejor es que te metas en el coche y te vayas. Aquí no tiene sentido que te quedes. Papá ayúdame a llevar las cosas a mi celda.
-     A tu celda no Padre Emilio, a tu casa. Estas son las llaves, en la segunda planta. Y este es el mando a distancia de la puerta de la cochera.
Mientras Celia volvía a entrar en el coche satisfecha de su hazaña, Emiliano y su hijo subían hasta la segunda planta, en cuya puerta letra B, estaba la que iba a ser su casa durante los meses que el Obispo considerase necesarios. La casa era espaciosa con salón y dos habitaciones, más una pequeña área de servicio independiente con su dormitorio y baño a los que se accedía desde la cocina.
-     Hijo, es una casa preciosa. Ya mañana, o cuando tu quieras, me llamas para ayudarte a instalar, si hay que colocar algo o colgar algún cuadro, lo que sea. Venga, vamos a subir las cajas. Cuanto menos tiempo estemos aquí menos posibilidad de que tu madre inicie la tercera desamortización. Además tendrás ganas de descansar de un día tan ajetreado.
Se le quedó mirando, consternado por el disgusto que se acababa de llevar su Emilio. La tristeza casi no le dejaba hablar.
-     No sufras hijo. Ya la conoces, no es mala, pero es muy soberbia, en cuanto se le pase el encono ya verás como viene; luego se arrepiente y se harta de llorar. Vamos.
Emilio inició el descenso de la escalera siguiendo a su padre mientras que con la manga de la camisa se limpiaba las lágrimas que no se sentía capaz de refrenar. Acompañado del párroco observó como sus padres se alejaban. Lo sentía de verdad por su padre. Sabía, estaba seguro, que toda la irritación que hacia hervir de ira a su madre iba a encontrar escollera donde romper en su padre y le entristecía.
-     Tu madre es todo un carácter
Emilio no respondió pero no pudo por menos que pensar que su madre lo que era no se podía nombrar. Tendría que confesarse por haber tildado en su corazón a su madre de hija de puta.


II


Doña Pura, como todos los días, regresaba de misa de ocho. Traía el pan y la leche que acostumbraba a comprar a diario para obligarse a salir. Como cada día se detenía frente al aparador del comedor en el que una foto de su hijo estaba débilmente iluminada por una mariposa y le reclamaba desde la profundidad de la sonrisa de un muchacho lleno de vida. Pura se quedaba fijamente mirando emborronándosele la imagen a medida que las lágrimas anegaban sus ojos. Habían pasado seis años y era como si acabasen de comunicarle que el cuerpo de su hijo se encontraba en el Anatómico-forense listo para su reconocimiento, porque nada más verle colgado del techo del trastero, cayó como fulminada y hubo que llevarla al hospital. No se recuperó nunca. Y después de lo de su hijo, su marido. Se fue apagando, agotando, extinguiendo, hasta que ahíto de vida, hastiado de vivir prefirió dejar que esa vida se le escapase entre sus últimos suspiros y se marchó con su hijo.
Bonifacio, era la alegría no solo de su familia, de todos los vecinos, con su vitalidad, sus proyectos, su inmortalidad. Su padre, no supo resistirlo y dejo viuda a Doña Pura que no deseaba morir para regodearse en su sufrimiento. Si muriese dejaría de sufrir y ella quería sufrir porque lo consideraba un justo castigo a su responsabilidad por haber estado en la raíz del suicidio del hijo y de rebote de la muerte por consunción del marido. No hubo psicólogo que la apease de su convencimiento de responsabilidad; si hubiese estado más pendiente..., si se hubiese preocupado más... El último curso de su carrera, el carácter de Boni había variado y ella le intentó buscar las más variadas explicaciones pero jamás, jamás podría haber imaginado que se estaba gestando en su propia casa el nacimiento del monstruo de la desgracia más absoluta, la muerte no solo del hijo y el marido, sino de la muerte absoluta que empapa la vida y la prostituye dejándola viva encastrada en la muerte. Hace de la vida una propiedad de la muerte sin ocasión alguna de alegría o redención.
Después de besar repetidas veces la foto y depositarla otra vez tras la lamparilla de aceite, se santiguó y se fue a la cocina a prepararse el desayuno. Como cada día, apurado el rito del desayuno, iniciaba el de la llamada a su hermana Elvira.
Elvira, quince años más pequeña que Pura era la única familia que le quedaba. Único vinculo de Pura con el mundo real,  tenía ritualizada la llamada con el objeto de seguir viva y poder arrastrar su culpa por las horas de cada día. Elvira era a su entender una superficial y algo escasa de entendederas, pero no le quedaba nadie más. Y con nadie más se consentía trato. Su casa era su panteón y allí vivía ella, un muerto más, que respiraba, pero muerto. Solo la voz de Elvira, a quien tenía también prohibida la entrada, “ya entraras cuando me consuma de pena, que muerta ya estoy”, mantenía con cierta dosis de cordura  la delirante existencia de Pura.
Aquel día, Elvira, a pesar de su frivolidad, apreció un matiz distinto en la voz de su hermana.
-     ¿Te pasa algo, Pura? No te noto como otros días.
-     ¿Y que quieres que me pase? Ya ves. He estado recordando la primera comunión de mi niño. ¿Te acuerdas?, ¡que guapo iba!, con su uniforme de almirante, ¡que bien lo llevaba!..
Se le quebró la voz es un grito desgarrador.
-     ¡¿Porqué, Señor, porqué?!
-     Pura, hermana, tranquilízate. Han pasado muchos años ya. ¿No te cansas siempre de lo mismo?
Como casi siempre, Elvira, imprudente, en su cortedad de entendimiento había pisado zona prohibida apretando el gatillo del arma que su hermana tenía preparada de forma perenne. Se dio cuenta cuando ya no tenía remedio. Solo le quedaba aguantar el chaparrón y colgar después.
-     ¡¡No zorra, no!! no me canso, no me puedo cansar, ¡tu que sabes lo que duele un hijo!, a ti te sobra con tu chulo, ese delincuente con el que estás amancebada. No me voy a cansar mientras tenga un suspiro de aliento, ¡te enteras, nunca me voy a cansar!
El llanto ya no la dejo continuar, con el auricular en las manos se golpeaba contra la pared en la que estaba anclado el aparato negro, de los de la antigua usanza, como negra era la pena que le pudría el corazón y le hería la piel a cada golpe. Finalmente como cada vez que sucedía este particular, Pura caía desfallecida al suelo, mientras el auricular colgaba dolorido y exhausto, golpeando la pared, para finalmente con su tono de comunicando sacar a Pura de su ensimismamiento y devolverla a la tortura, merecida, según ella, de seguir respirando.
Se levantó a duras penas, secándose las lágrimas y atusándose el desmelene canoso de la desesperación, cogió pasillo adelante hasta llegar a la sala donde desde el aparador el observador impenitente presidía toda la muerte de aquella casa transida de panteón, en la que la foto era lo que más vida tenía.
Se dejó caer como un peso muerto sobre la silla, que inamovible, permanecía frente a la foto de Boni, como un reclinatorio, frente a un Dios donde inclinarse a rendir pleitesía. Y es que eso era su hijo para ella, un Dios, el Dios, único digno, ante el que inmolarse.
Allí frente al hijo perdido esbozó una beatifica sonrisa. Recordaba aquel día en que pleno de transparencia e ilusión, rebosante de confianza e ingenuidad le llevó a casa a un indigente para darle techo y mesa. En esos ojos de color verde, transparentes, se podía leer el dolor autentico ante el sufrimiento ajeno y la súplica sincera de un perfecto paladín ante la desgracia del prójimo. Boni era muy bueno, siempre lo fue.
Nunca, nunca, ni se le pasó por la imaginación, violentar el sello con el que su hijo había querido lacrar el sobre, que dirigido a su amigo del alma, Emilio, le había encomendado la mañana de su despedida. “Mamá, no me preguntes nada. Toma este sobre, es para Emilio. Si me llegase a pasar algo, quiero que se lo entregues a él y solo a él, nadie debe leer su contenido, salvo Emilio”. “Hijo por Dios, no mientes ruina, ¿qué te habría de pasar?” Aquel día el brillo de los ojos de su hijo estaba como deslustrado pero muy sereno y ella se asustó, pero no pudo ni sospechar lo que su Boni tenía ya decidido, o quizá si, pero el horror le impidió admitirlo. De todas formas a ella no le hacía falta entregarse a la lectura de aquel mazo de hojas para saber que querían trasmitir. Una madre lo sabe todo siempre y los hijos, sin embargo, nunca podrán saber hasta donde llega el amor de una madre que es capaz de disculpar hasta el crimen más abyecto. Se levantó y abrió el primer cajón del aparador, recogió el sobre y abrazándolo se volvió a sentar en la silla. Siempre acababa con el sobre, ya ajado por el manoseo, pegado muy fuerte a su pecho. Nunca llegó a entregarlo a su destinatario tanto porque le consideraba, de alguna forma, causante de su desgracia, como porque era una parte de su hijo muy, muy suya, y teniéndole abrazado era como si acunase a su hijito que de esta hechura no estaba del todo muerto, vivía entre ese taco de folios que tan amorosamente él había dejado preparados para su amigo. Por mucho que se había determinado en  multitud de ocasiones a entregarlo a su dueño siempre flaqueaba en el último momento. Para ella era como desprenderse de un miembro propio, el más importante, más que su propia vida.
Estaba una vez más, la enésima, acunando su legado y pidiendo perdón a su hijo por no haber podido cumplir su postrera voluntad cuando un ahogo fatal le anunció que su añorada cita había llegado, comenzaba el final tanto tiempo esperado. Un dolor como una espada incandescente le traspasaba de delante hacia atrás, le cortaba el resuello y la vida. El dolor le hizo pensar que de un momento a otro el brazo izquierdo se le iba a desprender. Apretó aún con más fuerza el sobre de su hijo y sintió que la vida efectivamente se le escapaba, pero esta vez acompañada de la sensación real de muerte, de una muerte inminente que no por más deseada a lo largo de esos seis años, no le provocaba el terror pánico con el que reacciona la naturaleza humana ante la aniquilación real y absoluta. Se sobrepuso a ese miedo animal, irreverente para con la memoria de su hijo y le embargó la paz.
Mirando fijamente la foto de su Boni, con los ojos espantados de la muerte, observó que la foto comenzaba a sonreír de veras, no era su imaginación, el retrato cobraba vida y con ese aliento vital su hijo se salía del cartón en el que había estado aprisionado tantos años. Finalmente, fuera ya del todo de la foto, Boni, su Boni le tendió la mano. Pura, incrédula, se abalanzó sobre él, estrechándole y cubriéndole de besos. El, sin soltarla, la condujo hasta la foto en la que finalmente la introdujo junto a él.

*  *  *

Al tercer día de estar sin recibir la llamada preceptiva de su hermana Pura, Elvira se alarmó. Desde que se quedó viuda y sola, lo más que había estado sin llamarla era un solo día, y eso después de un disgusto telefónico del jaez del que tuvieron la última vez. No era muy normal. Algo debió haber ocurrido. Esperó a que Carmelo llegase para que la pudiese acompañar a casa de su hermana, pero ese día Carmelo tenía otros planes y no apareció, estaba mejor ocupado en un fiestorro de coca y sexo baboso que le mantenía inhabilitado para cualquier actividad que no fuese seguir consumiendo droga y engolfándose con todo lo que pudiese asimilarse a sexo en cualquier manifestación, por atípica que resultase, tal era la espiral demencial de degeneración en la que estaba sumido. Aquello seguiría sin parar mientras hubiese cocaína y en aquella ocasión la dotación era generosa.
Al día siguiente, Elvira, comprendiendo que su Carmelo no tenía visos de aparecer se decidió ella a ir sola a casa de su hermana. Estuvo hasta las dos de la tarde esperando a ver si en un último instante se producía el milagro y el teléfono sonaba, con una Pura desgarrada al otro lado, imprecándola por su falta de cordura o de sensibilidad o sencillamente por seguir existiendo no pudiéndolo hacer su sobrino Boni. Finalmente quedando clara la mudez del aparato y la ausencia, confirmada por la experiencia de otras ocasiones de Carmelo, decidió ir sola a casa de su hermana.
Temblando cómo una hoja subió hasta el tercer piso en el que vivía su hermana. Llamó tímidamente a la puerta sin encontrar respuesta. Esperó aún el prodigio que no terminó de llegar y finalmente sacó del bolso la llave introduciéndola en la cerradura. Dócil la puerta al dictado de la llave cedió, exhalando un hedor el interior que provocó nauseas a Elvira. Antes de dejarse convencer de lo que no tenía otra explicación, hizo multitud de cábalas, y todas encaminadas a hurtar la verdad a su entendimiento. Petrificada, no podía quedarse allí eternamente, pero tampoco podía irse sin más, su hermana podría necesitar ayuda; marcharse sin más no era una opción a elegir, solo cabía entrar. Y así lo hizo. Muerta de miedo, pero lo hizo. A medida que avanzaba por la casa, más insoportable se hacía la peste. Con toda la prevención del mundo y un pañuelo sobre la nariz se acercó a la sala, donde sabía que su hermana consumía aquello que se podía llamar vida. La visión de lo que allí había le hizo marearse y solo con el flash que tuvo fue suficiente para salir corriendo pidiendo auxilio, despavorida y haciendo arcadas.
Pura reposaba sobre la silla, con los brazos sobre el pecho abrazando algo. Estaba horriblemente hinchada y amoratada, casi negra, con un charco de algo viscoso bajo la silla, era la personificación del horror.
A sus gritos los vecinos acudieron. Era la hora de la comida y las casas estaban al completo, de manera que la convocatoria de Elvira fue todo un éxito. Cada uno daba su opinión de lo que estaba pasando sin saber exactamente a que era debido que todo el edificio se encontrase en la escalera. El vecino de puerta fue el primero en percatarse de que algo grave sucedía. Aquella mujer que daba tantos gritos histéricos  y se deshacía en lágrimas no estaba haciendo papeles, respondía a algo real y amenazador. Entró en la casa haciendo muecas de desagrado por el mal olor que despedía la casa. Al poco regresó a la escalera tosiendo y en medio de nauseas.
-     Señora, ¿sabe usted quien es el cadáver? Llevará ahí por lo menos una semana.
-     Es mi hermana. Hacía cuatro días que no me llamaba, me temí lo peor y vine a ver.
-     Nunca la he visto por aquí.
-     Vine por última vez, hace más o menos seis años, cuando falleció mi cuñado, luego, pues bueno, mi hermana se cogió un poquito de depresión y no consentía que nadie apareciese por aquí. Dios mío que desgracia, era mi única familia, ahora si que estoy sola.
-     Habrá que llamar a la policía, señora..., ¿cuál es su nombre?
-     Elvira, me llamo Elvira Gomes Fernández, Pura era mi hermana, solo me quedaba ella, ahora me he quedado sola.
Los comentarios de la vecindad eran de todo color y condición. Cada quien interpretaba lo sucedido según sus propios fantasmas, fantasías o carencias. Ya habían visto salir alguien de madrugada del piso de Pura, no se paraba de escuchar ruidos raros que venían de dentro. Muchos “esto ya sabía yo que tenía que pasar, no era normal ese mutismo rayano en la mala educación, que era muy mal educada, no daba ni los buenos días, y no es porque a mi me moleste, a mi como si...”. Mientras sus buenos vecinos se dedicaban a levantar a la muerta más altos los pies que la cabeza el vecino de puerta llamaba a la policía para dar parte.
No tardaron mucho en hacer acto de presencia, policía y bomberos y SAMUR y hasta un cerrajero que se encontraba montando un cerrojo en el bajo se acercó por ver si él podía descerrajar la cerradura con su destreza y se ahorraban los bomberos tirar de ariete y echarla abajo. Chasco fue para todos el encontrarse la puerta abierta. Los guripas en guardia ante ese inusual hecho y la frustración de bomberos y cerrajero al ver la puerta de par en par repartiendo efluvios mareantes de cadáver en descomposición encontraron justificación cuando dejaron explicarse a Elvira que pudo poner en antecedentes a todas aquellas fuerzas vivas congregadas por el acontecimiento.
Una vez tomadas posiciones, despedidos bomberos, cerrajero, servicios de urgencia y vecinos varios, la policía llamó al juez para proceder al levantamiento del cadáver y a la funeraria para que se hiciese cargo de Pura a medio descomponer. El Sr. Juez no tardo mucho en hacer acto de presencia y delegar en el forense, tan solo cinco horas después, para dar media vuelta y marcharse como había venido. Mientras tanto, con el ajetreo, los acercamientos de todo bicho viviente a comprobar lo obvio y las corrientes de aire resultantes de abrir todas las ventanas posibles para ventilar la escena dieron con Pura en el suelo, lo que añadió dramatismo no exento de cierto macabro humor al incidente. Al caer, con cierto estrépito, se le soltó el sobre que con tanto ahínco se empeñaba en conservar la muerta. Lo recogió con evidente prevención un cabo que al leer el nombre le preguntó a Elvira.
-     ¿Conoce usted a un tal Emilio Pedrosa de la Barca?
Elvira estaba más horrorizada aún por el desplazamiento del fiambre de su hermana que por su muerte en si. Aquella caída se le antojaba el colmo de la falta de respeto y más el no poderla tocar hasta que aquel señor no se le antojase llegar.
-     ¿Cómo..., como dice?
El cabo, mostrándole el sobre le hizo leer la leyenda.
-     Este nombre, ¿conoce usted a alguien con este nombre?
-     No se..., espere. El niño tenía un amigo íntimo que creo que se llamaba Emilio, ahora estoy algo confundida..., perdone.
Quedó como pensativa, con la mirada perdida en el vacío hasta que se le hizo la luz.
-     ¡Si, si, claro, si! Ese es el amigo del niño.
-     ¿Qué niño, señora?, ¿de quien me habla?
-     ¡Ah, claro, perdone, usted, claro, no sabe. Yo tenía un sobrino, Bonifacio, el Boni, se suicidó colgándose con veintitrés o veinticuatro años, ahora no se bien, hace ahora seis años, ¿o siete?, no se, bueno. El hijo único de mi hermana. Ese del sobre era su mejor amigo, lo se por lo de la Barca, como lo de Calderón, por eso me he acordado. Y esa es la letra de mi sobrino, pobre. ¡Fíjese!, tan joven, en la flor de la vida, era un niño raro de todas formas, eh, pero era muy bueno. Mi hermana no lo superó nunca. Para ella morirse ha sido una liberación.
-     Y no sabe usted porque nunca llegó a manos de este señor. El sobre lleva un sello de lacre y no esta roto. O sea que no se ha podido leer el contenido. ¿Qué razón podía tener su hermana para no hacérselo llegar? Aquí está muy claro: “Para entregar a Emilio Pedrosa de la Barca”.
-     No se, mire usted. Mi hermana perdió a su marido dos años después de lo del Boni, se negó a vivir y se murió. La pobre Pura se quedó mal, se echaba la culpa de la muerte de su marido y de su hijo, dejó de relacionarse. Yo no pisaba aquí desde que murió el Saturnino, mi cuñado. Pura no estaba normal, no me extrañaría que unos días con otros se le pasase entregarlo.
-     ¿Unos días con otros?.., ¡seis años!, son muchos años. Si que debía estar malamente.
No creo que el sobre añada o quite nada a esta investigación, que por otra parte parece estar muy clara. La desgraciada murió abrazada al sobre de su hijo y eso es todo, aunque habrá que esperar la autopsia, pero vamos. ¿Se encargará usted de entregar el sobre? Después de seis años, ya es razón que le llegue la misiva al hombre
En cuanto llegó el forense con su ayudante, hablando relajadamente del handicap de golf de cada uno el puño oloroso de la casa invadida de muerte les impactó en pleno cerebro devolviéndoles a la pútrida realidad de un cadáver hinchado y deforme que despedía humores por sus orificios. Elvira solicitó entonces permiso para retirarse. El policía comprobó que estaba localizada convenientemente y le permitió abandonar la casa.
Elvira hizo ademán de marcharse ya de allí, cuando a medio camino se detuvo adoptando una actitud entre perpleja e interrogativa. Volvió sobre sus pasos y volvió  entrar en la casa. El guardia de la puerta le impidió pasar.
-     Lo siento señora, esta prohibido. Investigación policial.
-     Pero..., es que..., soy...., soy la hermana de la fallecida y tengo que hablar con el señor que está dentro.
El guardia de la puerta se la quedó mirando de arriba abajo evaluando que clase de peligro podría representar aquella mujer para las pesquisas que se estaban llevando a cabo. Con cara de fastidio volvió la cara hacia dentro de la casa.
-     ¡Cabo!, le buscan aquí fuera.
Al poco el cabo se presentó.
-     Ah, es usted. ¿Qué desea ahora?, se le ha olvidado decirme algo, ¿no es eso?
-     No usted. Es que pensándolo bien, ¿yo como voy a saber donde vive este..., si, Emilio Pedrosa de la Barca? Me ha parecido que quizá en la agenda de mi hermana podría estar el número de teléfono de los padres y por ahí podría localizarle. Si no lo mejor sería que se ocupasen ustedes.
-     No señora, bastante tenemos nosotros con lo nuestro como para hacer también de albaceas testamentarios de hace seis años. Vamos a buscar esa agenda.
-     Mi cuñado, el Saturnino la tenía colgada de una guitita al lado del teléfono, a lo mejor sigue ahí, después de su muerte no creo que la pobre Pura estuviese para hacer muchos cambios.
Se acercaron hasta el pasillo en el que estaba la antigualla de aparato. Efectivamente justo al lado colgaba una sobada agendita de tapas de hule con el abecedario grasiento de tanto consultarse. El cabo la abrió y buscó en la “E” de Emilio sin éxito. Se le quedó mirando a Elvira enarcando las cejas en un gesto que quiso ser de disculpa.
-     Busque usted por la “P” de padres de Emilio, a lo mejor...
-     Pues si señor, tenía usted razón. Aquí está. Apunte.
-     Déjeme un lápiz.
Le tendió un bolígrafo de los de propaganda de un partido político.
-     De Huelva, eh, señora. Es broma mujer.
Elvira anotó el número en el mismo sobre y se despidió educadamente. Al volver a pasar por delante de la sala donde aún permanecían, en una posición grotesca, los restos de su hermana, volvió a suspirar.
-     ¡Que solita se va a quedar!
-     No señora, su hermana no está sola, sencillamente no está. Y no hay más vuelta de hoja.

*  *  *

Elvira supo en cuanto metió la llave en la cerradura que Carmelo había vuelto. Ella había echado las dos vueltas a la cerradura y ahora solo estaba echado el resbalón. Se supuso que estaría durmiendo que era lo que solía cuando festejado el cuerpo durante tanto día seguido llegaba a gatas a su casa. Habría que andarse con ojo, si se le molestaba acostumbraba a reaccionar demasiado violentamente. Entró en el pequeño vestíbulo y dejo caer el sobre en la silla que hacía las veces de perchero. Se acercó con paso de gato hasta la alcoba y efectivamente allí estaba Carmelo, desnudo, como acostumbraba, sobre la cama. Le recorrió desde la puerta con su lujuriosa mirada de arriba abajo y notó el agradable cosquilleo que desde la boca del estomago le alcanzaba la garganta, inundándosela de saliva, y le rebotaba hasta su entrepierna mojándola como si le hubiesen echado un vaso de almíbar pringoso. Hacia ya cinco días que su hombre no la poseía y verlo así, con esa preciosa verga fláccida le hacía perder cualquier clase de compostura y le diluía todo tipo de dolor por el fallecimiento de su hermana Pura en tan extravagantes circunstancias. Se acercó a la cama y de rodillas ante ella comenzó la felación. Carmelo se desperezó sin saber muy bien que le estaba ocurriendo. Para cuando se dio cuenta que Elvira se había apoderado de su sexo estaba en la mejor de sus erecciones. Carmelo se incorporó en la cama y la agarró fuertemente de los pelos y después de obligarla a llegar con sus labios hasta el pubis provocando el atragantamiento la retiró violentamente.
-     ¿Te gusta, eh zorra?
Acompañó esa pregunta con una contundente bofetada que dio con ella en el suelo. Desde esa humillada situación Elvira llevándose su mano a la mejilla maltratada le contesta con la mirada preñada de vicio y lascivia.
-     Me lo merezco cariño, soy una puta asquerosa.
Carmelo ya sabía que significaba eso. Le gustaba ese tipo de desahogo en cualquier sitio y con cualquiera, pero con Elvira tenía una morbosidad especial, disfrutaba viendo como gozaba recibiendo castigo. Otras mujeres, e incluso hombres, en alguna ocasión puntualmente más pasada de rosca, hacían ver que disfrutaban del correctivo pero estaban preñados de incomodidad, de falta de voluntariedad en el recibimiento de las palizas. Elvira estaba naturalmente dotada para gozar sinceramente con el sufrimiento y eso se notaba.
Por los pelos la izó hasta la cama donde la tiró boca abajo. La ató fuertemente poniéndola en aspa. La arrancó, haciendo jirones, las ropas, hasta dejarla desnuda.
Elvira gemía de placer sabiendo lo que se le venía encima.
Carmelo se detuvo, relamiéndose, a recrearse en aquel cuerpo que presentaba múltiples cicatrices de latigazos y quemaduras de cigarro, testigos de anteriores sesiones de placer.

III

Aquel día la reunión de la comunidad le había dado paz. Hacía ya muchas semanas que no se sentía a gusto. El padre Alfredo, que presidía había estado brillante. Se trataba de meditar y dar la experiencia de cada uno sobre el perdón.
Rosa había comenzado a sentir lo que significaba perdonar desde el corazón y no solo de boquilla. El tener que cruzarse a diario con el que después de consentirla en el matrimonio había tenido la mala idea de casarse con una amiga, bueno, supuesta amiga, no era la mejor base sobre la que construir el olvido. A diario le martilleaba la presencia de aquel hombre que tras cuatro años de relación la dejó tirada y desairada. Hoy había comprendido, después de escuchárselo de su propia boca, de verbalizarlo, algo que nunca había podido hacer, que el odio solo consigue pudrir el corazón propio y provoca en el odiado la satisfacción de su maldad realizada. Efectivamente como San Pablo decía en una Epístola, hacer el bien al que te hace mal acumula brasas sobre su cabeza. Comprendía que la mejor manera de vengarse era haciendo el bien, el bien como arma de poder. Al escucharse de si misma todo lo que tenía en contra de su fallido marido se percató de lo endeble de sus argumentos y la inconsistencia de su obcecación. En todos los años que se había estado lamiendo unas heridas que no lo eran, había dejado de vivir, no era más que un cadáver con una monomanía; hacer daño olvidándose de que su obligación era ser feliz, no buscar la infelicidad de otro, porque ese no es el camino a la propia felicidad.
Después de aquella reunión de meditación en la que se había atrevido a echar todo el veneno que llevaba dentro respiraba aire fresco, veía futuro, empezaba a tener proyecto de vida. No se extrañaba ahora que después de todos esos años intentando hacer el mal como mejor medio de buscar su bien, todas las sendas, nada fáciles, por cierto, morían en un tubo de pastillas, una sórdida noche de soledad fría y viscosa. Aún no se explicaba porqué su madre tuvo la ocurrencia, ¡bendita ocurrencia!, de entrar a ver. “Esta niña, no se..., pero algo le pasa” Las madres desde luego no terminan de romper el cordón, un cordón que por muy lejos que se vayan los hijos no acaba de deshacerse y pone en comunicación cierta e inconsciente a hijos y madre en circunstancias realmente vitales, para gritar desgarradores lamentos de socorro.
Rosa había experimentado que lo peor de sumirse en la más densa oscuridad cercana a la muerte es que el sufrimiento no se termina de diluir en la venganza, no se descansa como uno creé al morir, o al menos mientras se muere, se sufre más al comprobar que la raíz del sufrimiento es eterna porque sin sufrimiento no existe la vida y si pisando la raya del no ser aún se sufre, cabe la posibilidad de que haya vida después de la vida, que la muerte no sea más que otra de las mentiras con la que se nos tiene sojuzgados, amaestrados, intentando esquivarla, haciendo ímprobos esfuerzos para que no sea muy celosa de nosotros y se presente antes de tiempo.
El lavado de estomago lo consideró un justo castigo a su mala cabeza y equivocada decisión, pero aún peor fue el psiquiatra que con menos delicadeza que un orangután le espetó que la próxima vez fuese más sería y si estaba decidida, él le podía poner al tanto de algunos procedimientos infalibles, pero que pamplinas las precisas y que no hiciese perder el tiempo a los profesionales que bastante tenían ya con lo que la administración les importunaban con sus bobadas. Desde luego si alguien estaba medianamente decidido a quitarse de en medio después de la entrevista no iba a estar dispuestos a fallar una segunda vez con tal de no pasar por el suplicio de tener que soportar a tamaño imbécil.
A Rosa se le hacía cuesta arriba comprender como alguien que por profesión trata con menesterosos, puede ser tan distante de ellos. Por su profesión, Trabajadora Social, tenía que bregar con personas de baja extracción, por lo menos económica y no había una vez, ni siquiera cuando intentaban engañarla para conseguir una prestación que no les correspondía, que no les diese pena. Por eso cuando aquel psiquiatra la trató de forma tan desconsiderada se sintió doblemente humillada; como profesional que comparaba y sabía que no era forma de entrarle a alguien que sufría y como persona que se sentía agredida con esa actitud.
Ahora todo era pasado, estaba empezando a ser pasado, después de tantos años y gracias a este grupo de la parroquia que le devolvía la autoestima, por fin se enteraba que alguien la quería sin necesidad de cambiar, siendo como era, con lo bueno y lo malo, por muy malo que a ella le pareciese, daba igual, se sentía aceptada, querida.
Estaba disolviéndose el grupo, después de recoger los signos utilizados para la celebración cuando el padre Alfredo les llamo la atención para dar una noticia de última hora.
-     Esperen un momento, no se vayan. Acérquense, vengan para acá. Silencio, un momento.
Bueno. Mañana viene un coadjutor nuevo, espero que le reciban con los brazos abiertos. Le voy a encomendar este grupo. Mis obligaciones como párroco no me permiten a mi seguir siendo el presidente de estas asambleas de creyentes. No me cabe ninguna duda que el padre Emilio, un sacerdote nuevo, recién llegado del seminario sabrá llevar con mano segura y firme el transito de este grupo por la senda del Evangelio. No se a qué hora llegará, si es por la mañana, en cuanto esté instalado si puede ser, avisaré al responsable para convocar una reunión por la tarde para hacer las presentaciones y el traspaso de responsabilidades. Si llegase tarde, ya pasado mañana se formalizará la cita para hacer los honores. Espero que le reciban con toda la caridad de la que sean capaces y sepan disculpar su previsible falta de tablas. Es de suponer que esté nerviosillo al principio.
Nada más. Vayan con Dios. Rosa por favor quédate un momento, tengo que hablar contigo.
Rosa se estremeció. El padre Alfredo la miraba de forma extraviada siempre y si podía, evitaba tener que quedarse a solas con él. Su padre siempre le decía que estuviese avisada, que las cosas son habitualmente lo que parecen y que se fiase de su intuición más que de su razón. “La razón, hija, se puede manipular, siempre hay alguien más listo que tu, pero la intuición, no se manipula porque es única, no se puede disecar, es o no es, no tiene partes que se puedan prestar a confusión descolocándolas y haciendo aparentar el todo diferente para confundir. Aunque se te antoje irracional, fíate de tu intuición”.
Y la intuición le decía esa noche que saliese corriendo. Un triangulo luminoso de peligro de tamaño desproporcionado se le aparecía ante los ojos y no le iba a hacer caso, porque no tenía sentido.
Mientras que los últimos miembros del grupo abandonaban el local parroquial ella se decía en voz baja: “Rosa, ya está bien, estas volviéndote paranoica”.
-     Vamos a la sacristía Rosa. Allí tengo lo que te voy a enseñar.
Rosa se dirigió a la sacristía seguida por el párroco que la conducía suavemente apoyándole su mano sobre el hombro. Esa mano no era inocente. No, no lo era. Esa forma de controlada presión, innecesaria, llevaba consigo todo un mensaje cifrado dentro, mensaje que Rosa creía haber descifrado desde antes de empezar. El estremecimiento se le recrudeció.
-     ¿Qué es eso que tenía que enseñarme?
-     Preguntarte. Algo que preguntarte. Y desde luego debía ser a solas. ¿Qué ocultas, Rosa? ¿No se te olvido algo el sábado al confesarte?
-     ¿A que se refiere, padre?, no se...,
El párroco levantó la voz envalentonado por la soledad de la estancia y el dominio del espacio, su terreno. Tenía la presa donde él quería. A Rosa le sorprendió la salida de tono. ¿Qué estaba pasando? ¿A que venía esa especie de bronca sin ninguna justificación? Ni en la peor pesadilla podría haber organizado lo que se le venía encima.
-     ¿No es cierto que con tu actitud descarada de rabiza viciosa estás provocando y haciendo pecar a los hombres, sean o no casados, del grupo? ¿Con cuantos te has acostado ya, eh, con cuantos? Di que es mentira que me miras cuando estoy en el ejercicio de mi sagrado ministerio con ojos de deseo.
A Rosa se le atropellaron las lágrimas, todas a la vez en sus ojos, haciéndole perder la visión clara de lo que iba a suceder. La tropelía que estaba cometiendo aquel hombre con ella la dejaba sin palabras. No contestó porque sencillamente comenzó a preguntarse si no sería cierto todo aquello de lo que le acusaba el cura.
-     Menos mal que derramas lágrimas de arrepentimiento. Menos mal que estoy yo aquí para velar por la salud del alma de todos, incluida la tuya. Menos mal que me tienes a mí. Yo te consolaré y te guiaré por la senda de la verdad. Ven.
Y diciendo esto la atrajo hacia su regazo abrazándola con la fuerza de sus potentes brazos. Las manos que abarcaban toda su espalda fueron desplazándose paulatinamente hacia sus nalgas hasta alcanzarlas y poseerlas con sus dedos gruesos y avariciosos que además la apretaban contra él haciéndole comprobar la dureza de sus razonamientos a media altura. Al tiempo comenzó a besar su cuello con avidez y desenfreno impidiendo que ella se retirase. Cada vez la aprisionaba más y le dejaba menos margen de maniobra. Estaba aterrada porque no sabía en que punto pararía aquel asalto, solo quería que acabase cuanto antes para irse lejos de allí. Impresionaba la fortaleza del cura y se sentía en peligro si llegado el caso, aquel energúmeno se decidía a emplearla con contundencia.
Antes de que se diese cuenta estaba sin bragas y la verga orgullosa, saliendo de la potrina, buscando inquisitiva su oscuridad húmeda que encontró antes de que ella tuviese tiempo de darse cuenta que se estaba consumando su violación, allí, en sagrado, dentro de aquel templo. Fue visto y no visto, el verraco se vacío antes de introducirla del todo y el semen corrió piernas abajo haciendo vomitar a Rosa. Rápido, como se había desarrollado todo, el cura se recompuso dándose la vuelta como si la exhibición de pudor paliase lo que acababa de hacer y le quitase responsabilidad. Se arranco entonces indignado gritando como un loco.
-     ¿Ves lo que has hecho? Me has provocado con tu actitud y yo soy un hombre, débil para mayor escarnio y no me has dejado más opción, ¿ya lo has conseguido, no? Y en mi caso tienes más pecado porque yo soy sacerdote. Me has hecho caer en un acto nefando. Tendrás que purgar convenientemente este pecado, ¿A ver donde encuentras el perdón?
Rosa solo supo salir corriendo mientras lloraba de manera compulsiva. Ya en la calle se recostó en la pared de la parroquia y se deshizo, desesperada, en gritos ahogados. Sacó del bolso los pañuelos de papel y con saña, con rabia, quería arrancarse hasta la piel sobre la que corrió el semen del cura. Recordaba ahora la pujanza inmisericorde de aquel palo de carne que la hería y mancillaba, que la anulaba su voluntad que hacía de ella una muñeca que se utiliza a voluntad para volver a desinflar una vez usada, sin siquiera lavarla. Se sentía cosa, se sentía nada. Menos que nada. Cuando acabó con los pañuelos de papel, miró en torno a si. Pañuelos aplastados y acera, nada más, eso es todo  lo que quedaba de aquella tragedia que acababa de apagar la llama de esperanza que hacia menos de una hora se había encendido en su corazón por palabra de un cura que de obra acababa de apagarla, quizá para siempre. “No vayas a esos sitios hija”, le repetía su padre cada vez que la miraba cuando se disponía a ir a una celebración, “No te fíes de los curas, alguien que se niega a si mismo el placer que la naturaleza ha consentido en mantener por millones de años, no puede ser de fiar, es al menos de prevenir”. Que razón tenía su padre y que nulo caso le hizo; ahora recogía el fruto de su terquedad.
Lentamente se separó de la pared que le sirvió de refugio, de precario refugio tras la agresión, como si temiese abandonar el sitio en el que se había encontrado segura. Derrotada, encaminó sus pasos a casa.
Alfredo se guardó su arma innoble bajo la sotana otra vez y sintió como aun goteaba semen en su pierna. Se irritó al comprobar como había podido perder las riendas de su persona de esa manera e increpó brusco e inmisericorde a la mujer que se escapaba presa de una crisis de nervios. “Huye, como el criminal que se siente descubierto en su felonía”, pensaba el cura mientras recobraba el aliento y la compostura. El que no llevase ni pantalón ni ropa interior esa tarde, solo el talar traje, cuando bajó a la celebración del grupo no tenía para él más valor que el de haberlo hecho porque era su santa voluntad. No había en principio nada censurable en estar cómodo aquel día, el que coincidiese esa inocente circunstancia con que aquella desaprensiva quisiera estar toda la celebración provocándole hasta hacerle perder el tino y su proverbial mesura no era más que las malas artes de que se vale el diablo para la perdición de los hijos de Dios, que cómo él solo viven para ser santos. Salió de la sacristía preocupado porque aquella estúpida pudiera intentar irse de la lengua, aunque no lo creía. La aplastaría como a una cucaracha si se le pasaba por la imaginación hacerle cualquier jugada; él, el Padre Alfredo, estaba bien agarrado, tenía buenos contactos en todos los estamentos. ¿A quien iban a creer?, a él, un reputado miembro de la Iglesia de virtudes acendradas y contrastadas o a una medio tunanta desesperada porque la dejó su novio en el altar, como aquel que dice, que a saber a que se debió aquella defección. Siempre encontraría alguien dispuesto a declarar que la escuchó decir que lo que más le costaba de mantener era la castidad. Si, la aplastaría. No se le iba a ocurrir.
Según entraba en su casa, del edificio rectoral, se hizo el propósito de salir, de paisano, en cuanto dijese la misa de siete, a confesar, para poder celebrar, no sin antes hacer un acto de contrición personal que le permitiese decir la misa y comulgar. Por supuesto habría de ser con un sacerdote que no le conociese, desde el Seminario ya sabía él que eso del sigilo de confesión era de las reglas más quebrantadas cuando se trataba de pecados que pudieran afectar al buen nombre y organización de la Iglesia, así que la confesión tendría que ser anónima del todo.
Estaba disgustado con el incidente, algo de penitencia tenía que hacer como signo de adecuado arrepentimiento y dio orden de que no le sirvieran la cena. Se fue directamente a la cama, no sin antes arrodillarse ante el crucifijo que presidía su dormitorio y recitar Completas. Ya acostado, la imagen de Rosa no se le caía de la mente y cuantos más esfuerzos hacia para arrancársela, más viva e indeleble se manifestaba, consiguiendo hacer que su entrepierna sufriese esa tirantez tan deleitosa y fuente de remordimientos desde que era un chaval que quería ser cura. Le levantaba la misma corriente de temblor y le recorría desde la boca del estomago hasta los testículos donde le rebotaba, hasta llegar a la misma punta del pene y estallarle en un agudo calambre que amenazaba con derramar su fluido como antaño, como siempre, haciendo que perdiese toda voluntad y se masturbase rabiosamente hasta caer rendido y enfangado en la más sucia concupiscencia. “Ella, ella, es la culpable, Señor, tu lo sabes, que yo no quiero, pero ella es el diablo y me arrastra al pecado”. Con el espeso y viscoso liquido enfriado sobre su abdomen, y el pensamiento de que como suya no era la intención suya, no era la culpa, la culpa era de la ramera que le provocó. Se tranquilizó y acalló su conciencia, lo que permitió conciliar el sueño.

IV

A lo largo de toda la semana el Padre Emilio fue poniéndose al día del funcionamiento de la Parroquia. Qué enfermos encamados necesitaban ser confortados, que pobres vergonzantes mal llevaban su existencia, incapaces, humillados por pedir auxilio, escandalizados de su misma indigencia. También los grupos de parroquia, qué pastoral de juventud estaba organizada y como se articulaba Caritas en la vida parroquial.
El sacristán, Don Telesforo, se encargó de desvelar esos pequeños secretos que toda sacristía que se precie esconde, materiales e impalpables, apenas sospechados. Los ornamentos de diario, los que por su riqueza se encontraban bajo llave y donde se guardaba ésta. Emilio, por su parte, le hizo entrega de su cáliz y patena, regalo de su padre para el misa canta  y que su madre se encargaría de reprocharle a su padre todos y cada uno de los días que les quedasen de vida, por el dineral gastado. Después de guardar con autentica unción los objetos sagrados en el armario al efecto y puesto que el Padre Emilio se prestaba, el sacristán, cómodo en su espacio, se explayó en la explicación pormenorizada de todo la artesanía que atesoraban aquellas cuatro paredes. En determinado momento de la explicación los ojos se le humedecieron y la voz le flaneó, justo cuando se gloriaba de tener unos ornamentos impolutos gracias a las buenas manos de su difunta Vicenta. Emilio no pudo por menos que interesarse, algo hacía vibrar la fibra emocional de aquel hombre mayor.
-     ¿Le ocurre a usted algo Telesforo?
-     Nada Padre, nada. Es que ¿sabe usted?, mi Vicenta no consentía que nadie tocase los ornamentos como no fuese ella, siempre decía que ni de las monjas se podía uno ya fiar, enseguidita iba a ella a maltratar una prenda y fíjese, fíjese, las blondas y tiras bordadas que llevan los albas, los encajes de Flandes de los roquetes y los bordados en oro de las casullas; ella le daba con amoniaco y ni la mejor tintorería. Como ella nadie. Ahora ya ve usted, me he quedado más solo que la una. Cada vez que toco una casulla no puedo evitar que se me inunden los ojos.
Emilio quiso rebajar la temperatura emocional cambiando de tema.
-     Aquí hay tallas de imágenes de gran calidad. ¿No hay cofradías en esta parroquia?
Ninguna de las imágenes, a pesar de ser de mérito, procesionaba en Semana Santa. No había cofradías que las sacasen. Telesforo le puso al día de los dimes y diretes de la vida subterránea de la parroquia. La intrahistoria real de lo que allí se cocía.
-     ¿Ha conocido ya a la Iluminada?
-     ¿Iluminada?, no, ¿quién es?
-     La señora que viene a limpiar. Una vergüenza.
Bajo la voz en plan confidente.
-     La Iluminada limpia aquí la escalera de la casa Rectoral y la sacristía y le pasa la fregona a la iglesia una vez a la semana, que la escoba se la paso yo a diario para quitar lo gordo. Le pagan a la pobre una miseria. Es viuda ¿sabe? Y tiene un hijo subnormal profundo, que la calienta en cuanto se descuida, quien sabe que va a ser de él cuando ella falte. Ella pasa con lo que le da el Padre Alfredo y su pensión de viudedad, pero una vergüenza oiga. No hay derecho usted, ni el salario mínimo.
-     Ah, hablaré con el Padre Alfredo de Iluminada. Precisamente en sitios como este es donde no se pueden consentir injusticias del tipo que sea, por mucho que haya que defender los intereses seculares de la institución.
-     Tenga usted cuidado Padre. Llevo aquí cuarenta años y lo que he podido llegar a ver con este Párroco yo no lo había visto nunca. Esta plaza es muy rica, aquí se sacan unos cepillos increíbles y los sobres más o menos anónimos suelen menudear, pero luego no hay dinero para nada. Además..., en fin, uno no quisiera ver ciertas cosas, pero son demasiadas cosas. No voy a hablar más, ya se enterará usted. Yo he cumplido con mi deber de advertirle. No se fíe del Párroco, no es oro todo...
Pensó que el sacristán sacaba conclusiones precipitadas y hacia juicios temerarios, rayanos en lo paranoico, pero le disculpó por la evidente buena fe con que se producía y el halago que le producía cosquillas en su ego por sentirse digno de ser apreciado así, a bote pronto. De todas maneras albergó en lo más profundo de su ser una salvaguarda; estaría atento a ver que pudiera pasar.
En suma, fue incardinándose en la vida de la comunidad a la que había sido destinado, comprendiendo con decepción que el mundo quizá sería más correoso enemigo que la carne y el demonio juntos. En el seminario se preparó para luchar contra la carne y el demonio sabiendo identificarle en sus múltiples disfraces, pero el mundo..., nadie le había puesto al corriente de sus añagazas y tendría que inventar las defensas sobre la marcha.
Aquella semana transcurrió amena conociendo gente, recibiendo invitaciones de próceres a sus casas para llevarle al terreno que ellos querían, haciéndole ver que sin ellos todo su trabajo sería para nada. El sábado el Padre Alfredo le presentó al grupo que él mismo presidía con el objeto de traspasarle los poderes mediante la concelebración.
Al final de la ceremonia, Alfredo, antes de despedir la asamblea quiso que cada miembro del grupo se presentase al nuevo coadjutor.
-     Antes de que nos podamos marchar quiero que conozcáis todos al Padre Emilio. Algunos ya sabéis quien es, pero él no os conoce a todos, así que de forma ordenada os vais levantando de vuestro sitio y os vais presentando.
Acabada la ronda Emilio les dirigió la palabra agradeciéndoles la acogida poniéndose a su disposición para lo que fuese menester fuese la hora que fuese ya que el no se consideraba un funcionario de Cristo S.A. sino un sacerdote que había libremente comprometido su vida todas las horas del día.
-     Dios no usa reloj. En cualquier momento toca el corazón del creyente o no creyente y excuso decir que en ese momento sus vicarios en la tierra tenemos que estar a su disposición para ser su palabra viva y tangible, hacer presente a Cristo en todo instante. El perdón, el hombro para consolarse, el oído para escuchar, Cristo mismo, amigos míos, no tiene horario de asistencia al público, como los grandes almacenes y yo, por ejemplo, soy el último mono de La Iglesia pero con la capacidad, inmerecida, de perdonar en nombre del Altísimo. Este carisma que se me ha concedido ojala lo hubiese tenido hace algunos años, quizá habría evitado una desgraciada muerte de la que nunca he estado convencido del todo que fuese mía algo de responsabilidad,  por eso estoy a vuestra disposición las veinticuatro horas, no quisiera que por mi omisión volviese a ocurrir algo similar. Y no tengo que decir nada más. Si alguien quiere añadir alguna otra cosa este es el momento.
Alfredo estaba a punto de estallar. Si hubiera durado su discurso unos minutos más le habría callado la boca. Iba a saltar ya, cuando el sucedido de la muerte que no pudo evitar y prefirió dejarle, a ver por donde salía. La  bisoña capacidad de entrega, la innecesaria sinceridad no pedida le hicieron comprender que estaba un poco crudo aún, más de lo que por ley natural era esperable, el Seminario no le había moldeado lo suficiente, habría que tener paciencia con él y ya se desengañaría. A la gente, por muy cura que seas, no se le puede ofertar todo y gratis, porque siempre será poco. Ya aprendería que era menester hacerse de rogar un poco, hacer valorar, mediante la sabia restricción medida, su labor en bien de todos. Pero se había callado a tiempo y se ahorró la intemperancia, y el coste, frente a su rebaño de tener que interrumpirle.
Se levantó un miembro del grupo y pidió permiso al presidente de la asamblea para hablar.
-     Falta un hermano del grupo Padre. Es una chica, Rosa se llama. Lleva una semana sin venir y cómo este tiempo atrás lo ha estado pasando mal tememos que se pierda, porque parecía que iba mejor. Hemos intentado ponernos en contacto con ella pero en su casa, siempre dicen lo mismo; que está indispuesta. Si a usted le parece bien podríamos ir a su casa, a lo mejor si ven un cura llegar se deciden a dejar que nos vea.
-     Bueno es ya tarde. El Padre Emilio está ya cansado. No os preocupéis por Rosa, yo he hablado con ella, no le pasa nada. Crisis de fe las tenemos todos, confiemos en la Divina Providencia que la traerá de vuelta al redil.
Se levantó la asamblea. Mientras entre todos recogían los signos el padre Emilio se acercó al que había dado la voz de alarma sobre la ausencia de Rosa. No le terminó de gustar el tono con que el Padre Alfredo intentaba despachar el asunto de aquella Rosa y después de tener martilleándole toda la semana en la cabeza las advertencias de Telesforo estaba decidido a ahondar en aquel asunto. Alfredo vio con cierta preocupación como Emilio se dirigía a Gilbert, seguramente para interesarse por Rosa. Tendría que desmontar ese interés y quizá el desentrañar el caso del muerto al que hizo referencia le ayudaría. Capacidad diplomática no le faltaba, no en vano pasó dos años en Roma de secretario de un Monseñor fallecido prematuramente. Podría haber llegado lejos, pero...
-     Hola. ¿Qué crees que le ha pasado a Rosa? Perdona, ¿tú eras...?
-     Gilbert. Es que soy de Tarragona, Padre.
-     ¡Ah!, vale. No hay de que disculparse, yo soy de Cuenca. Bueno Gilbert, eso, ¿que crees que le pasa a Rosa?
-     No se padre, pero si quiere, yo tengo su numero de teléfono y puede ponerse en contacto con ella. O ir a su casa.

*  *  *

El domingo después de la misa de una que el Padre Alfredo se reservaba para él con el fin de tener bien pastoreado el rebaño de las mejores cuentas corrientes que asistían a esa hora al precepto dominical (“la sangría de practicantes es alarmante, al menos habrá que cuidar a aquellos que sostienen con sus donativos La Iglesia”), invitó a comer a la residencia sacerdotal a Emilio.
-     Las monjas que la llevan tiene manos de eso, de monja y guisan como si ya fueran ángeles, aunque algunas, créame Padre, parecen sacadas del mismísimo infierno, por el mal encare y la intransigencia que tienen.
Desde el día anterior el Párroco había quedado intrigado por aquello que dijo en la asamblea de que podría haber evitado una muerte de haber sido sacerdote. Iba a llegar hasta el fondo de aquella cuestión, aquello podría ser una debilidad en la historia de su coadjutor que llegado el momento podría ser convenientemente utilizada si averiguaba algo de la ramera Rosa.
-     Tendré que llamar a mis padres, habían quedado en venir a casa para ayudarme a terminar la instalación. Les diré que vengan más tarde, no creo que les importe.
Emilio llamó a su casa y tuvo que agotar sus reservas de “si, mama”, “lo comprendo mama”, mientras mama vociferaba, como posesa al otro lado de la línea bramando como un cerdo en la mesa de sacrificio su oposición a la profesión elegida de segundas por su hijo, y este hijo hacer gala de humildad y paciencia con la intransigente Celia.
-     Sin problemas, ¿no Padre?
-     Sin problemas Padre. Mi madre se hace cargo. Podemos irnos.
-     ¿Se le pasó a su señora madre el incomodo del otro día?
-     Si, si Padre, se le pasó, ya sabe, los nervios nos traicionan a menudo...
-     No es preciso que la disculpe, quedó todo perfectamente diáfano.
El cinismo era una de las mejores virtudes de Alfredo.
La residencia sacerdotal tenía un comedor para visitas que solían usar los cargos de la diócesis cuando querían agasajar a alguien al abrigo de miradas indiscretas, donde se comía el menú del día, sabroso, variado y sencillo, o dentro de la cortedad propia de la frugalidad del lugar donde se encontraban, existía una carta nada extensa pero igualmente apetitosa. La proverbial limpieza y eficiencia de las monjas eran siempre aliciente para todos aquellos a los que, queriendo doblegar la voluntad, para imponer la suya, llevaba La Jerarquía, entre la que se encontraba el Padre Alfredo, hasta allí.
La estancia arquitectónicamente ya era acogedora. La residencia se encontraba en un antiguo convento de Jerónimos que Roma decidió cerrar por causas nunca reveladas pero por todos sabidas. El edificio construido en el siglo XVII se sustentaba a base de muros maestros y bóvedas que se organizaban en torno a un patio central circundado por un claustro sin más valor que el meramente secular, pero que daban atmósfera de recogimiento y paz. El comedor privado tenía el techo en bóveda de cañón de altura considerable con esbeltas ventanas que en origen engalanaban de luces el refectorio al dejar pasar la luz por los vitrales elaborados en talleres de artesanos alemanes. Aquellos irrepetibles ventanales desaparecieron irremediablemente llevados por la barbarie de una de tantas revueltas que cada cierto tiempo asolaban la ciudad. Los suelos de tarima antigua fregada concienzudamente con lejía remataban el estilo de elegante austeridad que se respiraba nada más entrar allí. Era difícil, para cualquiera, por muy acostumbrado que estuviese a no dejarse intimidar por puestas en escena a propósito para convencer el no impresionarse ante tanta y tan apabullante sencillez. En una estancia de tantos metros la existencia de tan solo seis mesas, aunque generosas, daba solemnidad y cortaba la respiración, sobreponía, provocaba conmoción en el alma. Hacía sentir a cualquiera, por muy encumbrado que estuviese, por muy alta que fuese su posición o acostumbrado a fastos y honores en su precisa dimensión humana. Todo aquel que se prestase a permanecer en aquel lugar, alimentarse bajo aquellos techos, debería saber que solo contaba con las armas que le prestaba su inteligencia y su fuste, nada más vendría en su ayuda.
Tomaron asiento un frente al otro después de que sor Florentina les acompañase a la mesa que se encontraba al fondo. Sillas de brazos, amplias, de alto e incomodo respaldar, del que existe para ser admirado no para sostener un cuerpo que sabe que debe contener el gesto y jamás rendirse a la molicie del descanso sensual. Silla pensada para no poder perder nunca el dominio propio. Asiento tapizado en terciopelo rojo, no como concesión al relajo sino como reconocimiento de que horas sentado sobre dura tabla invita al cambio de postura que puede delatar en el que cambia que esta suficientemente cansado como para poder atacarle con visos de poder entrar a saco en su voluntad y conquistarla.
A pesar de pertenecer a aquel ambiente, de conocer esa estética Emilio se sentía impresionado por aquel refectorio de blanquísimas paredes presidido por un púlpito de caoba finamente tallada desde el que, en su momento, un religioso recitaba la regla de San Jerónimo mientras, en riguroso silencio el resto de hermanos comía su parva ración. Ahora, aquel estrado, era el único e imprescindible motivo decorativo de la sala.
Los manteles solo eran comparables a los del altar. Como aquellos, estos, de lino finamente almidonados sin rastro de pliegue, de estría, de arruga alguna, orlados por una primorosa vainica doble con una hilera de finísimos bodoques en todo el perímetro en el mismo color del lino crudo del mantel. La cristalería de una finura imposible; una tulipa grande, sostenida por un fuste alto, de una esbeltez  próxima a la fractura que sin poder remediarlo llevaba a especular qué milagro de técnica de la limpieza poseerían aquellas religiosas para poder llevar aquel cristal a poseer la transparencia inmaculada que tenía sin quedarse con los añicos del cristal en la mano cada vez que se intentase fregar. La cubertería inexcusablemente de plata, “regalo a las monjas de La Marquesa Viuda de La Quebrada Bermeja”, posiblemente pieza única del arte orfebre del virreinato de Perú, daba aprensión utilizarla con la sensación de estar cometiendo sacrilegio histórico ya que su sitio debería ser una urna protegida con infinitas alarmas. La vajilla no le iba a la zaga; exclusivas piezas de “La Cartuja” del XIX, elaboradas por encargo para la diócesis, llevaba grabado en policromía su escudo sobre una porcelana blanquísima enmarcada por una delgadísima línea de oro.
El Padre Alfredo se percató al instante de que toda la puesta en escena hacía estar incomodo a su colega. Cogió un tenedor y mientras lo pasaba delante de sus ojos observando su fina, trabajosa, artesana talla en frío preguntó al Padre Emilio.
-     ¿Se escandaliza usted, Padre? No me decepcione. Usted no viene del Seminario Menor, no se ha gestado para La Iglesia entre algodones, ha vivido en el siglo el suficiente tiempo como para comprender con ojos modernos ciertas cosas. A veces por La Iglesia, es preciso hacer cosas que quizá se nos aparezcan repugnantes, ¡que sabemos nosotros de los designios divinos!, solo nos queda obedecer Padre; yo también me formé en el mismo Seminario que usted. ¿Este cubierto? Quizá piense que con este único tenedor podría aliviarse el hambre de unos cuantos. ¡Por favor!, no se deje llevar por la fácil demagogia. No sería..., no es la solución, La Iglesia mira más allá, no se queda en la unidad de medida de los humanos. Nuestra unidad de medida no es la vida del hombre, es la historia misma, por eso el tiempo no cuenta y las cosas se consiguen cuando Dios quiere o a su Iglesia le conviene; pero todo esto ya lo debiera usted saber padre.
Se acercó Sor Secundina en ese momento, interrumpiendo la conversación, a punto para impedir que Emilio estallase indignado de irritación por la rotundidad del cinismo del párroco. Sor Secundina, una monja entrada en años, acostumbrada a ver y olvidar demasiados acontecimientos que como ella decía, “a mi no me corresponde el juicio, el juicio solo es del Altísimo”, se acercó sin ser llamada haciendo uso de toda su sabiduría y destreza en apagar incendios.
-     Sor, ¿que tenemos hoy para almorzar?
Emilio dejó correr el asunto y prefirió callar en espera de mejor ocasión para ponerle al párroco las cosas en su sitio.
-     Estamos esperando al Señor Obispo y algo especial hay.
-     ¿Va a venir Don José hoy?, ¿y eso?
-     Viene con unos señores principales, es lo más que le puedo decir Don Alfredo. Ya deberían haber llegado, no sé que puede haber pasado.
Echó mano a su muñeca para, desde su mirada de miope gastada en leer tanto papel Biblia, consultar su reloj de pulsera para apoyar la valoración del tiempo que tardaba el ordinario en llegar. Hizo un gesto de condescendiente amonestación meneando la cabeza y continuó.
-     Vamos a ver. De primero tenemos una menestra de verduritas de nuestra huerta con una crema ligera de nueces, casi una muselina, que es una delicia. A Sor le sale divinamente. Hay también unos espárragos de Aranjuéz, con una salsa bearnesa sobre una base de hojaldre y gratinados con queso de Villaluenga. La ensalada es también de nuestra huerta, muy rica y fresca. La Sor hace, cuando hay, unas tagarninas esparragadas, que aprendió cuando estuvo de novicia en Cádiz, que no tienen rival; al Señor Obispo le enloquecen. El consomé de buey con sus gotitas de Viña 25, es un buen comienzo igualmente. De segundo, el salmón, ya saben, de granja de esas, al papillote, no está mal. El bacalao al pil pil, como Sor Edurne es vasca, pues verán, muy rico, y lo hace con la piel del revés, que ella dice que es como se debe hacer. Como la merluza a la vasca, de pincho, nos la trae un camionero a diario que trae electrodomésticos de la ría. Aquí no se encuentra de otra manera, digan lo que digan, que de donde viene es de Chile. De carnes, hay un corderito lechal de Roa, lechal, lechal de verdad, ni un gramo más de sus cuatro kilitos, cómo la ternera de Ávila, a la plancha y asada en su jugo es un autentico pecado para el paladar, y no debería decirlo yo. Las croquetitas de jamón, pollo y huevo de la Sor no se encuentra la manera de dejar de comerlas, son un vicio. En plan pobre, las patatas fritas revueltas con huevo y longaniza de Frades son un prodigio de sencillez y gusto.
Y de postre, ¡ay!, Sor Federica ha hecho “Angelorum”, como estuvo cinco años en Antequera..., y le sale. Al venir el Señor Obispo con gente principal quieren que quede bien y la hemos convencido para que la haga.
-     Usted dirá, padre Emilio.
-     Elija usted, está más puesto en estos menesteres, yo, la verdad, no entiendo mucho de gastronomía.
-     Pues nada, una menestra de verduras con esa cremita que dice usted y luego un corderito de Roa; ¿traerá una patatas panaderas?
-     Desde luego, Don Alfredo. ¿Les traigo un vinito?
-     Uno del año, Sor, algo ligerito. De postre “Angelorum”, sin duda.
Sor Secundina se alejaba orgullosa de las tablas que demostraba en su trabajo al tiempo que se iba convencida de haber cortado de raíz una buena discusión.
-     Padre Alfredo, no quisiera ser descortés ni parecer desagradecido pero, ¡en el nombre de Dios!, ¿no es todo esto una afrenta a la pobreza que debería exhibir la Iglesia? Este despliegue de saber gastronómico es una burla a nuestra fe.
-     No parece haber entendido nada. Es usted más peligroso de lo que me había parecido. Es de esos imbeciles que se creen que no hay más verdad que la que ellos interpretan de la realidad que les rodea y se sienten imbuidos de la cólera divina para juzgar y ajusticiar. No Padre Emilio, no, la vida es algo más que dos y dos. Que fácil sería vivir como en los principios, ¿eh?, en las catacumbas Pero a su pesar han pasado dos mil años y desde entonces han pasado tres o cuatro cosas en el mundo. Ya, ya lo se, no me lo recuerde, Cristo Nuestro Señor dijo que su reino no es de este mundo.
Alfredo, calló y moduló el tono de voz a uno más conciliador, comprensivo con el discípulo torpe al que cuesta asimilar las enseñanzas del maestro. Le dio unas palmaditas bonachonas en el antebrazo y continuó.
-     Efectivamente su reino no es de este mundo, éste tendrá que desaparecer para que se instaure el suyo, pero lo tiene que instaurar Él y solo Él. No podemos ser tan soberbios o tan estúpidos como para creernos que hemos de instaurarlo nosotros. Nosotros, Padre, nos limitamos a anunciar que ha de venir y para poder anunciarlo hemos de estar aquí, dentro, involucrados y hemos de tener los saberes y aprovecharnos de las oportunidades que se nos prestan para que ese mensaje llegue al último rincón y al decir último no me refiero a un recóndito y umbroso paraíso de la edad de piedra en lo más profundo de la selva amazónica, que también, pero ha de entenderse que esos inaccesibles rincones también se encuentran en las plantas nobles de los rascacielos y en los salones donde se cocinan las decisiones de las que depende la marcha del mundo en el que nosotros vivimos como los demás.
Como coadjutor de mi parroquia ha de estar usted al tanto de varios delicados temas que le iré ilustrando a medida que le vea la predisposición suficiente para no caer fulminado por el rayo del escándalo. La raíz de La Iglesia es indestructible, las puertas del infierno no prevalecerán..., ya sabe. Pero el edificio hay que mantenerlo y para eso, ya que vivimos aquí, no queda más remedio que ser cuidadoso con las finanzas y determinadas prácticas le van a parecer..., digamos poco ortodoxas, para un alma “pura”, como la suya.
A propósito, ya que hablamos de la pureza de su alma.
Emilio adoptó voluntariamente un tono de voz seco y cortante para dejar bien claro a su párroco que lo que le acababa de decirle no le hacia ninguna gracia y no comulgaba ni comulgaría con ello nunca.
-     Para nada yo he pretendido que mi alma es pura, ni siquiera he apuntado la posibilidad de que yo pudiera llegar a serlo. Es usted el que me ha tildado así.
-     No se moleste, hombre, que no es más que una expresión retórica. Era la manera que me ha parecido menos traumática de sacar a colación un tema que rozó usted anoche y me ha intrigado.
-     Usted dirá. Creo que entre nosotros no debería existir doblez y  el abordaje directo de los temas es la mejor forma de no dejarse llevar por el demonio de los malentendidos.
-     Cuando se presentó anoche al grupúsculo ese de la parroquia, de pobres tarados y frustrados (pero que conviene que existan, no se crea; mejor en la casa del Padre que en otras confesiones que vienen pegando fuerte), dijo algo de un suicidio que me dejó un amargo sabor de boca. Tendría usted la caridad de ilustrarme sobre ese incidente. Convendrá conmigo que un problema de conciencia de ese calado, en este oficio, puede llegar a informar de manera radical su ejecutoria de pastoreo de almas.
Emilio no se percató del peligro que se cernía sobre sus hombros con la pregunta del párroco.
-     Es algo que siempre me ha atormentado y en honor a la verdad la causa de mi vocación. El Señor se vale de cualquier cosa para conducirnos a su redil.
En el instituto, los últimos cursos, hice migas con un compañero, Bonifacio, como los papas, un chaval misterioso y algo huraño pero que conmigo se llevaba bien. Ahora que lo pienso, era raro, solitario... ¿Sabe una cosa?, es la primera vez que verbalizo ésta historia y que la escucho en voz alta y me doy cuenta que yo era en realidad su único amigo, no se relacionaba con nadie más; es más, rehuía a todos y se enfadaba cuando me veía con otros..., ¡claro!, ¿cómo no pude haberme dado cuenta? Dios mío, ahora lo entiendo todo.
-     ¿Qué es lo que entiende ahora, Padre?
Emilio se quedó mirando al vacío, hipnotizado por su descubrimiento. Siempre había estado allí y él nunca se había dado cuenta. De pronto todo se aclaraba, los interrogantes quedaban en parte aclarados, el final de la nota que encontró al lado de su amigo colgado cobraba nueva dimensión. Tanto le había impresionado que sin proponérselo la memorizó. “He querido que seas tu el primero en ver lo que queda de mí. Nunca te culpes. La culpa solo es mía que no supe resignarme. Pero quiero que sepas que siempre te querré”. Ese “siempre te querré” jamás hubiese imaginado que tuviese tanta literalidad. Los amigos se quieren  y es normal, pero interpretado a la nueva luz la carga sexual era toda una bomba. No eran entonces bromas de dudoso gusto, en las que él nunca entraba, aquellas puestas de rabo cuando iban al instituto en la moto. No eran tampoco coyunturales esas paradas en la puerta del aula cuando el iba directamente detrás, ni esas peligrosas cercanías que llegaban a rozar las manos cuando marchaban juntos camino de clase. Entonces, aquellas semanas, tan tirante, pasadas por el tamiz de la verdad, solo podrían interpretarse ahora como celos de Julia, que por aquellos entonces le seguía desesperadamente.
-     En el quinto año de carrera, ya sabe, Físicas, que hice antes de entrar en el seminario, me reencontré con Bonifacio por casualidad..., o quizá no fue tanta casualidad, ahora que lo pienso. Por aquel entonces yo llevaba ya para cuatro años con Julia, mi novia, y la cosa iba en serio, habíamos decidido casarnos en cuanto uno de los dos encontrase trabajo; Julia hacía químicas.
Sor Secundina apareció llevando una botella de vino sin marbete en una mano y una cesta con pan en la otra.
-     El vino nos lo mandan de Badarán de una cosecha privada, por eso va sin identificar, pero les aseguro que es un Rioja muy bueno que no tiene nada que envidiarle a los de más ringo rango.
-     Nos fiamos Sor, nos fiamos.
Con un gesto de humildad cientos de veces repetida la monja se retiró dejando a los dos curas con su conversación.
-     Continúe Padre, me tiene en ascuas.
Emilio clavó sus ojos en los del Padre Alfredo intentando averiguar si lo que acaba de decir iba con retranca o realmente estaba interesado en la historia que él acababa de descubrir y aún no tenía decidido si desvelaría en su totalidad.
-     Se organizaba un concierto de música de Juan de la Encina, medieval y así. A Julia no le gusta ese tipo de conciertos y fui yo solo. Antes de empezar, me tocaron en el hombro. Era Bonifacio. Me dio alegría, pero no pudimos escenificar el reencuentro porque el concierto empezaba y se imponía el silencio; solo unas palabras para citarnos en la puerta para cuando acabase aquello.
Al acabar estuve esperando unos cinco minutos y me iba ya cuando apareció Boni. Le llamábamos Boni en el instituto. Hablamos de los viejos tiempos, y de lo que cada quien había hecho. El había hecho filosofía pura, la verdad es que le pegaba bastante, era un ser extraño. Seguía solo o más bien solitario y no tenía novia. Su vida era la carrera, el departamento de lógica y su casa. Yo le hablé de mis intenciones de casarme con Julia y me calló. Me dijo que eso eran cosas mías y que no le interesaban, no eran de su incumbencia y que allá cada cual. Me dio la impresión de que se irritaba, se puso rojo y los ojos le brillaron extrañamente. A continuación se relajó y empezó incluso a estar suelto y gracioso, ocurrente. Nos fuimos de copas. En medio de la borrachera me confesó que ya podía morir tranquilo, porque me había vuelto a ver y seguidamente casi se ahoga de la risa que le entró. Me impresionaba todo aquel montaje como artificial, falso, acartonado, algo me decía que allí fallaba algo pero era incapaz de determinar el qué. Cuando nos despedimos mudó el vis gracioso por un rictus amargo y como de desesperación por un acontecer que sobreviene y no puede ni evitar ni controlar. Me dijo que conservaba algo mío en el trastero de su casa y que me lo tenía que devolver. Me dijo que fuese a su casa a las seis de la tarde y que no subiese a su casa sino que fuese directamente al trastero. Me pareció algo raro, pero como Boni tampoco era muy usual, lo acepté. Insistió que fuese a las seis de la tarde en punto, nunca antes, porque no estaría y no quería que subiese a su casa. Me dio un abrazo, yo tacharía que de tierno, que me sorprendió y sin mediar más palabra se volvió y en silencio se alejó.
La Sor se presentó con los platos de menestra de verduras que dejó primorosamente colocados, con oficio, en sus lugares correspondientes.
-     Cómanse cuanto antes esas verduras, están muy bien confitadas, no dejen que se enfríen; hablar no alimenta, y el silencio es una estupenda virtud.
-     Sor, no se ponga moralizante, ¿no ve que estamos relajadamente distendidos, charlando amigablemente?
Sor Secundina se retiró prudentemente después de comprobar que con  el Padre Alfredo era bien difícil propasarse en aquello que el consideraba que era su territorio y no consentía que se invadiese.
-     Continúe, Padre. Sor Secundina, ya ve, tenemos tanta confianza que a veces se empeña en demostrarlo en las situaciones más inoportunas. A veces pienso que se considera una especie de abuela severa y amorosa.
-     Estábamos en que me citó a las seis en punto en el trastero de su casa.
A Emilio le aparecieron a modo de unas gafas rojas en torno a los ojos, producto de la congestión que le procuraban las incontenibles ganas de llorar.
-     Caramba, se me hace un nudo en la garganta ahora que lo rememoro. El día anterior se le veía tan vivo, tan feliz y despreocupado que lo menos que me iba yo a imaginar..., de haber conocido mejor el alma humana me habría dado cuenta, sin duda de la tragedia que iba a protagonizar.
Alguna vez, mientras estábamos en el Instituto había ido a casa de Boni, al trastero, para coger la tienda de campaña o el saco para irnos de acampada. Llamé al telefonillo para que me abriesen el portal. Su madre me dijo que Boni acababa de bajar al trastero, que allí me esperaba. Me dirigí allí y encontré la puerta cerrada. Yo esperaba encontrar la puerta abierta, si Boni estaba allí, no había razón para tener la puerta cerrada. Pero había luz que se filtraba por el respiradero. Empujé la puerta llamando a Boni en voz alta. Lo que vi entonces no se me podrá olvidar. Boni colgaba de un gancho del techo con los ojos fuera de las orbitas, una lengua morada y enorme, extraordinariamente grande y larga. Yo no podía imaginar que una lengua fuese tan grande. Había una nota para mí, Emilio. Olía a heces frescas y tenía el pantalón empapado con una grotesca erección que se adivinaba detrás del abombamiento del pantalón. Me tuve que apoyar en la puerta, me maree temblando sin saber que hacer. Vomité. No se el tiempo que pasó, serían minutos. Lo más que se me ocurrió fue volver al portal y llamar al telefonillo y decirle a la madre que bajase al trastero, desecho en lágrimas. Fui incapaz de quedarme. Siempre me culpé de aquello. La certeza de que Boni quiso que fuese yo el que le encontrase para castigarme de alguna manera por algo que le hice..., o no le hice, me alejó de aquel trastero, pero me hizo reflexionar sobre lo oportuno de vivir o no vivir y porqué hacerlo. Quise poder ayudar a aquellos que sufrían, como a buen seguro, por razón que ignoro, sufrió hasta límites insospechados mi compañero. Esa es la razón de querer estar a disposición de todos todo el tiempo. Por nada del mundo consentiría que por entregarme a la molicie del cuerpo alguien se perdiese en la desesperación de verse necesitado de palabra amiga y se encontrase en la más absoluta de las soledades.
-     Comprendo su angustia. Ha de ser dramático ver a un compañero o amigo balancearse sin vida, sufriendo una, no por elegida, menos grotesca muerte. Depende de la ligazón emocional con ese hombre los efectos que surtieron en usted. No quiero ser escéptico, pero déjeme actuar de abogado del diablo. Si su vocación está cimentada en la impresión que le produjo la muerte de un ser ¿querido?.., déjese aconsejar de mi experiencia y replantéese esa llamada del altísimo. ¿Fue llamada o refugio del horror? Y perdóneme si le tengo que plantear la siguiente pregunta.
Sor Secundina interrumpió misericordiosamente al Padre Alfredo al traer los segundos platos.
-     ¡No se han terminado las verduritas! ¿No estarían malas, saladas, sosas? Me dan ustedes un disgusto, me dan ustedes un disgusto. Entonces que hago, ¿dejo el segundo o me lo llevo?, total, si no se lo van a comer.
-     Sor, no sea usted sarcástica. Las verduritas estaban de campeonato, felicite a Sor Edurne. La materia de nuestra conversación se ha ido espesando hasta precisar de toda nuestra atención para evitar que se desbordase y nos ha hecho olvidar lo demás. Descuide que ese cordero no se va a quedar aquí.
-     Pues como no se lo coman no habrá “Angelorum”, ¡ea!, ya está.
La Sor se marchó a la cocina, inflamada de dignidad herida, en la seguridad de que después de la reprimenda no se les iba a ocurrir dejarse ni una brizna de carne.
-     Bien, pregunte usted, Padre, que es eso que necesita de ser perdonado para poder ser inquirido.
-     ¡No, por todos los santos del cielo!, deleitémonos primero con éste lechal y a los postres podremos hablar, no sea que se nos enfade la Sor y nos deje sin “Angelorum”.
Emilio comió su cordero, exquisito tanto en su calidad natural como en su elaboración, sin tomarle el sabor. No conseguía quitarse de la cabeza esa pregunta que su párroco debía, estaba obligado a hacerle.
-     Padre, dispare ya. Creo que se de que se trata y no.
-     No se crea que disfruto con esto. Pero es mi obligación jerárquica, porque en caso de ser su respuesta afirmativa tendría que ponerlo en conocimiento del Obispado. ¿Mantuvo usted algún tipo de comercio carnal, de hecho o de pensamiento con ese desgraciado?
-     Lo sabía. No, no Padre, es con su pregunta la primera vez que se me hace plausible la posibilidad y la simple duda ofende. Como si esa pregunta me hubiese reducido a cenizas la inocencia. Nunca, ni como juego erótico, ni como broma ni como nada, nunca, me entiende, nunca se me pasó por la cabeza nada de esas cosas. Hacía casi seis años que no veía a Bonifacio cuando se suicidó y aún hoy desconozco las motivaciones que pudieron atormentar a mi pobre amigo para conducirse así. No voy a negarle que en más de una ocasión bromeáramos en el instituto con la identidad sexual de Bonifacio, pero no paso de ahí. Todos le apreciábamos y jamás se permitió el muchacho ofendernos a alguno con proposiciones indecentes. El descubrimiento de ese cadáver me puso frente a frente a la gélida realidad de mi bienestar burgués. ¿Qué hacía yo por los demás, en que desperdiciaba mi existencia? Sufrí una crisis importante y el sacerdocio me pareció la mejor respuesta a mis dudas. Pensé en entregarme a una ONG, pero no me parecía suficiente, aspiraba y aspiro aún a algo más, a llegar a la raíz, a alimentar esperanzas, no estómagos, que también. ¿Le ha quedado suficientemente respondida la pregunta? A pesar de todo, no se de que forma, pero no consigo quitarme de encima el peso de la muerte de Boni, no se por que vericuetos de mi culpa, me hago responsable de que mi amigo se desesperase hasta el punto de llevarse a la muerte.
-     Ha quedado magníficamente respondida, no esperaba otra cosa, la verdad. En cuanto a lo de su culpa, sería cuestión de ponerse en manos de un psiquiatra que pudiese rebuscar en los sótanos de su alma hasta dar con el nexo que le une al suicida y le responsabiliza de su muerte.
-     Con todos mis respetos, Padre, yo no necesito un psiquiatra. Yo lo que necesito es dedicarme a los pobres, a los desvalidos, a los desheredados de la tierra para darles el mensaje de amor de quien les quiere sin acepción de personas. Para eso y no por otra cosa me hice sacerdote.
-     Las cosas Padre Emilio no son tan simples. En nuestro negocio lo simple es el mensaje, que necesariamente ha de serlo para llegar a todos. El resto es de gran complejidad, usted debería haberlo aprendido en el Seminario. La Iglesia es una gran organización que ha soportado avatares y exterminios a los largo de dos mil años porque la sencillez de su mensaje se apoya en la complejidad de la organización casi perfecta que hemos desarrollado entre todos, basándonos en la experiencia de los que se dejaron la piel por ella, y pasando por alto los pecados, necesarios, de otros que no entendían otra forma de servirla. Hasta de los pecados, el Señor se aprovecha para que resplandezca su gloria.
Y aprovecho esta ocasión para participarle que estos próximos meses, yo quizá tenga que ausentarme y usted se tendrá que hacer cargo de la administración de la Parroquia. Eso conllevará mantener, digamos, ciertos ajustes en los libros, que son absolutamente necesarios al mantenimiento de nuestra Parroquia tal y como la conocemos. Usted se limitará a seguir como va, sin hacer juicios, ya sabe que eso lleva la semilla del juicio propio a cargo del más severo y amante de los jueces.
-     Pero, entonces, ¿dónde queda la verdad? ¿Qué ejemplo de honradez daremos?
-     Querido Padre Emilio, ¿y que es la verdad, fuera de lo que mantenemos y proclamamos diariamente en el Credo? Ah, viene el “Angelorum”.
La religiosa venía con una bandeja con los dos platos del postre ufana de lo que iba a servirles, en la seguridad de que salvo que se fueran a Antequera, no iban a poder degustar aquella delicia.
-     Así me gusta. Todo. Estaba bueno el corderito ¿eh? Pues aquí tienen este placer de los Ángeles. A disfrutarlo.
Se retiro tan orgullosa como había llegado, segura del trabajo bien hecho dispensando el trato familiar, desde el respeto, que tan apreciado era por los señores de La Iglesia, que tenían la puerta abierta de aquel comedor.
Entró en ese momento el Señor Obispo, flanqueado por dos personas entradas en años y con las sienes cargadas de responsabilidad. Los Padres Alfredo y Emilio, se levantaron inmediatamente yendo a inclinarse ante el pastor besando su anillo de ensangrentada piedra. Sin mediar más protocolo se retiraron los dos a su mesa.
-     ¿Sabe, Padre, quienes son los que acompañan a Don José?
-     No, Padre, yo no conozco a nadie, sabe usted que acabo de aterrizar en este ambiente y ya me va pareciendo que me falta el aire.
-     Padre, padre. Tiene usted un concepto del mundo de tebeo de Hazañas Bélicas.
-     ¿Qué?
-     Ya. No sabe usted que es eso. El mundo no es maniqueo amigo mío, dividido en buenos y malos, hay escala de grises y no solo blanco y negro. El más alto que acompaña al Señor Obispo es el presidente de la Patronal del trasporte por carretera. Tiene abiertos tres procesos por trata de blancas, de drogas y de armas. El otro, es el dueño de la cadena de sex-shop más importante de Europa. ¿Lo ve? ¿Usted cree que Don José se prestaría a compartir mesa y mantel con personajes de esa ralea si no fuese porque busca un beneficio para la Diócesis? El que el Señor Obispo quiera tener los asuntos del Cesar bien enjaretados no quiere decir que tenga desatendidos los de Dios. ¿Qué tendrá, quizá, que hacer determinadas concesiones?, a su pesar, pero la supervivencia de La Iglesia esta por encima incluso de su alma. Somos extranjeros en este perro mundo, pero aquí estamos, vivimos en él y a sus artes y manejos hemos de acostumbrarnos. Por eso. Vea lo que vea. No juzgue, calle, obedezca y practique la mejor virtud de todas: la humildad. No crea usted que esa inflamación de alma puede algo más allá de consumirse en el fogonazo de una llamarada, que deslumbra, pero se apaga. Es mejor la llamita de fe, medrosa, vacilante, que aunque ilumine poco, no se gaste y dure toda la vida hasta que sea el Altísimo el que decida que uso se haya hecho de ella; prudencia y humildad, hermano.
-     ¿Y que beneficios puede necesitar la Iglesia de dos delincuentes como esos?
-     Ya está juzgando. ¿Usted que sabe? Padre. Cuando llegue a Obispo que Dios le pille confesado a usted o a su Diócesis, aunque por los derroteros que se conduce no se yo...
La Sor se acercó otra vez a retirar los platos.
-     ¿Van a tomar café?
-     No Sor. Dejemos a los comensales principales en la intimidad de las confidencias que a buen seguro tendrán que hacerse. Nosotros nos volvemos a nuestro destino que algo se podrá hacer. La factura, como siempre, se la pasa a la cuenta de la Parroquia, que esto, aunque a Don Emilio le sorprenda, no era más que una comida de trabajo.
-     Vayan ustedes con Dios.
-     Con usted se quede, Sor.
-     Padre Alfredo, por todos los santos. ¿Esta comida la paga la Parroquia?, es un despropósito.
-     ¿Lo ve, Don Emilio?, no se entera usted de nada. Tenemos un largo camino por recorrer. Con razón el informe confidencial del Seminario hablaba de un místico idealista y espiritual cercano al integrismo sobre el que era preciso mantener férreo control. Ah, otra cosa, aunque habremos de hablar “in extenso” del tema. No se entregue tanto a los grupos de la parroquia, ya los irá usted conociendo, no pasan  de ser unos tarados en el filo de la navaja de la locura que necesitan desesperadamente algo que les ofrezca seguridad porque se hunden en cuanto el leve soplo de la vida le agita un poco. Se trata de ir sosteniéndolos, no de rescatarlos, no saben que es eso, les encanta ser como son, les parece que ser así, es el colmo de la autenticidad. En fin..., ya les conocerá. Acerca de esa..., como era, ah, si Rosa, no le de más importancia, aparecerá cuando se le pase la neura que la entontece ahora.

V

Celia, la madre del Padre Emilio no paraba de despotricar de su hijo. Con el teléfono en la mano, incapaz de mantenerlo pegado a su oreja por el desafuero provocado por el anuncio de su hijo chillaba rotunda y cruel, mientras su marido, Emiliano, permanecía a su lado, hermético, con cara inexpresiva para evitar la lluvia de lava incandescente que saliendo de la boca de su mujer podía rociarle a la más mínima expresión de disentimiento con su conducta.
-     ¡No tienes vergüenza!, ¿sabes?, ni has sabido lo que es en la vida. ¡Que engañados nos tenías a tu padre y a mi! Ya te veo. Te han dado la vuelta como a un calcetín en ese Seminario, criadero de degenerados maricones, que eso es lo que sois todos vosotros. ¿Qué pasa, que estás más a gusto con ese cura de mierda que con tus padres?, nosotros somos ya muy poca cosa para ti. Ya me lo decía mi padre, que me fiase de los curas cuando pudiera hacerlo de un cocodrilo metido en mi bañera, o sea, nunca. Pues vale, si, vete con ese estúpido, pero no esperes que tu padre o yo vayamos nunca por ahí, no te creas que te vayamos a avergonzar con nuestra presencia en un sitio de tanta pompa y circunstancia, ¡que deprisa te has hecho a tu nuevo estatus social! Si alguna vez te acuerdas que tienes una familia, que es la que te quiere de verdad, ya sabes donde estamos, si es que no pasa tanto tiempo que se te olvida.
Desgañitada, encendida y congestionada por la retahíla gritada casi sin respiración, aplastó el auricular contra el zócalo con serio peligro para la integridad del aparato. Emiliano abrumado tanto por el broncazo como por la evidente injusticia del trato dispensado por la madre al hijo, saltó con todas las precauciones.
-     Celia, cariño, has colgado, ¡porqué no me has dejado hablar con el niño!
-     ¿Hablar, hablar, para que? no, si ya me lo se. Tu con tu hijo y en contra mía. No hace falta que pongas esa cara de gilipollas, te tengo calado hace mucho tiempo, como a tu hijo. Tal para cual. ¡Que desgracia, joder, que desgracia más grande! Con lo que prometía mi niño con su carrera. Aún guardo los papeles de la solicitud de beca que no llegó ni a rellenar para el MIT, donde podría haber brillado con toda la luz de la que yo, que soy su madre y le conozco, se que podría haber brillado. Pero no, se tuvo que cruzar en su camino ese niñato de Bonifacio o como quiera que se llame, que se tenga que estar consumiendo en el fuego del infierno ese con el que tanto miedo meten los curas al que los quiere escuchar. Nunca me gustó, no, no señor, nunca me gustó. Ese muchacho era raro, ¡como me alegré cuando le perdimos de vista! Tú no te darías cuenta, bueno, tú no te das cuenta de nada, pero desde que nuestro niño empezó en la Universidad y dejo de rozarse con ese..., como se llame, ya no fue el mismo, mejoró, vaya si mejoró. Cuajó con Julia, que qué niña más linda, más agradable y educada y de buena familia, menudo partido, que mi Emilio no la desmerecía, pero le dio sosiego y le quitó de malas compañías. Porque recordarás que en el ultimo curso del instituto Julita iba detrás de Emilio pero el estúpido suicida ese estaba por medio siempre y no dejaba a nuestro niño reconocer cual era el camino correcto, que estaba..., que si no acaba pronto el bachillerato ya habría metido baza yo, ¡vaya que si la hubiera metido!
-     Pero bueno, Celia, a todo esto, ¿que es lo quería decir Emilio? Porque no has parado de despotricar contra el mundo entero y todavía no se que ha pasado.
-     ¿Qué ha pasado?, ¿aún no lo sabes, no?, coño, con lo listo que eres para lo que te da la gana. Pues que se va a comer con el otro cura ese, el párroco, o como se llame y nos deja a nosotros plantados como una mata de hierbabuena. Ahora, que se ha llevado lo suyo, si se creía que me iba a resignar como una abnegada madre, ya me quemé las pestañas cosiendo para que estudiase una carrera, y ¿para qué?, ya ves, para nada, todo perdido por la mala fortuna de tener que toparse al cabo de los años con el degenerado ese. A mi desde luego nunca me pareció trigo limpio, y se lo decía al niño, pero como es un pedazo de pan, el solo le veía las virtudes, las que el quería verle porque para mi que no tenía ni una, porque por no ser no era ni guapo, con esa cara de caballo llena de granos.
-     Déjalo ya Celia, que luego te pones mala, que te vas acelerando y al final acabamos en urgencias con la crisis de la tensión.
-     Ya, eso es lo que tú quisieras, verme con el traje de madera, pero no os vais a salir con la vuestra, que no me voy a morir, me voy a quedar aquí, aunque solo sea para daros por el culo a los dos. Maldita sea mi estampa, ¿quién me mandaría casarme con un fracasado como tu?
-     Celia, ¡qué cosas dices!, ¿es que no te vale de nada lo que yo te quiero, ya no te acuerdas de nuestros tiempos en que no podíamos pasar el uno sin el otro?
-     Bah, fuegos artificiales, hormonas a la carrera peleándose a ver cual era más loca. Pura animalidad.
-     No era eso lo que decías cuando te ponías melosa al volver del trabajo y nos faltaban manos para abarcarnos el cuerpo. Ya veo que se te ha olvidado todo. Tu estarás decepcionada, pero no te creas que yo tengo mucho más entusiasmo que tu.
-     No hace falta que lo jures. ¿Cuánto tiempo hace que no me tocas?, que ya estoy escamada de tanta abstinencia. Claro que a lo mejor resulta que también has hecho tú el voto ese de castidad, que para lo que les vale a los curas no es más que para darle morbo a los polvos que echan con toda la que pueden..., o todo, que me parece a mí que tu niño, en fin para que seguir hablando. Ya se que lo nuestro está muerto y enterrado, pero no me importa estaba ya un poco harta de aguantar un tío siempre encima haciendo cochinadas y tener que pasar el asco de limpiar la porquería esa pegajosa de la que siempre estáis llenos los hombres.
-     ¿No te da pena dudar de la hombría de tu hijo?, ¿qué clase de madre eres tu?, ya no te acuerdas de sus desvelos, esas interminables semanas en las que para lo más que te levantabas de la cama era para poner faltas a la forma de limpiar la casa o el poco tiempo que el pobre te dedicaba. Desde que fue un adolescente solo vivía para ti y porque salía con sus amigos cuando yo volvía de trabajar se lo reprochabas sin misericordia. Eres una desagradecida.
-     ¿Y lo que yo me he sacrificado por él?, las noches hechas día cosiendo pantalones como una esclava y todo porque a ti no te daba la gana echar deshoras, empeñado en que entrase a la fabrica de peón. Nunca creíste en él, yo fui la que me preocupe de que tuviese un futuro y no fuese un fracasado como tu, y ¿cómo me lo paga, eh?, ¿cómo?, entrando en el Seminario sabiendo que era lo que más me molestaba, que era lo más detestable para mi. Y además yo no he dudado de nada, es la irritación que me hace decir cosas que no siento. ¿Cómo voy a pensar yo esas barbaridades horribles de mi niño?, yo le conozco bien, y cuando le he registrado sus cosas, solo he encontrado revistas de esas, de mujeres desnudas, que bien escondidas que las tenía, pero el que me la de a mi está por nacer.
-     Cada día me sorprendes un poco más. Eres ruin y miserable. Y hasta le habrás abierto cartas. No solo eres una mala madre, eres una delincuente sinvergüenza, pues no sabes que eso es delito, pero no se hace por que lo sea, se respeta la confidencia por educación, pero, claro, tú nunca lo has sido. Deberías ir en busca de tu hijo y tirarte a sus pies en busca de perdón. Das asco. ¿Qué esperabas, que te devolviese lo invertido?, ¿para eso te pasabas las noches en vela?, esperando los réditos. Pues si esperabas obtener plusvalías de tu hijo mejor habías comprado acciones de Telefónica.
-     No hablemos de miserias, no hablemos de miserias. No me hagas hablar, porque no me dejas más opción. A ver si me tengo que acordar de aquella pelandusca con la que te encoñaste cuando nuestro hijo estaba muriéndose en el hospital con aquella meningitis, que para mi que fue allí donde empezó a ser otro. ¿Quién se pasaba las noches en la UCI? ¿Dónde estabas tu?, en los brazos de aquélla guarra. Si, si, no pongas esa cara, me enteré de todo, que siempre hay algún alma caritativa cargada de mala leche. Siempre me tomaste por tonta, pero no lo soy, que me lo haga es otra cosa, para que nuestro hijo no sufriese con tus devaneos era yo la que empapaba los pantalones que cosía con mis lágrimas mientras tu dormías a pierna suelta harto de coles. Que ya va a ser siendo hora de que tu hijo se entere de quien es su padre, no es el angelote mártir de una hideputa como yo que tu le haces ver. Y de esa tunanta es de la que yo tengo noticia que seguro que ha habido más. ¡Anda niégalo! ¡Y borra ya de esa cara de sinvergüenza la expresión de sorpresa, de no haber roto un plato!
-     No tendrás el valor de decirle nada al niño. ¿Qué ibas a ganar tu, eh?, ¿qué ibas a sacar tu de esa porquería si no hacerme daño?, pero es que también se lo vas a hacer a él. Emilio no va a beneficiarse de saber esas debilidades de su padre.
-     ¿Cómo que no?,  va saber quien es su padre, a quien apoya en contra mía, de quien se ha estado fiando durante todos estos años. Que se entere, que ya es mayorcito, que yo no soy la única mala de la película, que soy como soy por alguna razón.
-     Perfecto. Puestos a recordar, recordemos todos. Quizá a tu niño le conviniese saber lo que hiciste y lo que dejaste de hacer para abortarle. Lo que pregonaste que odiabas al parásito que llevabas dentro y que a ti no te pegaba preñarte, que eso era para burguesas fascistas, que una luchadora por la libertad no podía ser rehén de un meón que le iba a condicionar la lucha. Debería saber cómo te provocaste aquella hemorragia y de paso me enteraría yo cual fue tu felonía para que la terrorífica sangría te asustase tanto que consentiste en ir al hospital. El medico solo pudo decirme que el niño estaba perdido y al día siguiente se hacía cruces de la manera que se había agarrado, negándose a ser abortado. O sea un niño querido desde la concepción, seguro, seguro que Emilio estaría encantado de saberlo, bastante más que enterarse de unas aventuras que en mi caso sabrá disculpar después de saber a la mujer que he tenido que soportar tantos años.
-     Cuando yo le diga que al enterarte de que estaba embarazada quisiste quitarte de en medio, comprenderá todo lo demás.
Emiliano dispensó a su mujer una mirada gélida de desprecio. Tuvo que reprimir el impulso de soltar la mano para cruzar la cara de Celia. Pero no quería complicar las cosas. Aquella pequeña bronca, una más, le daba en bandeja la excusa perfecta para dar media vuelta y salir con su dignidad herida en busca de satisfacción a su amiguita que a buen seguro le estaría esperando.
Celia, roja de cólera, quiso callar pero estalló.
-     ¡Anda, si lárgate ya de aquí y haber si no vuelves a aparecer!, vete con tu zorrita, que acabará por sacarte hasta la cera de los oídos. Cuando se acabe la pasta a ver que hace la guarra.
-     ¿Guarra, no?, estarías pensando en ti, claro. ¿Que piensas, que no se lo de tu pequeño secreto?, por mucho que ocultas los moratones del culo, los he visto. ¿Te atiza duro, no? Debes gozar como una posesa.
Celia no se esperaba aquello y con la boca semiabierta y pálida ahora como una sabana de seda no pudo responder y lanzando una mirada de fuego a su marido, que sin esperar respuesta se alejaba ya ufano de haber pegado el ultimo, se prometió devolverle aquel golpe bajo.


VI


Sentada sobre una silla y los brazos reposados sobre la mesa de la sala donde generalmente esperaba inútilmente a que Carmelo quisiese llegar a comer o cenar, Elvira lloraba serenamente recordando.
Su hermana mayor siempre la cobijó, la defendió y la salvó de más de una tunda de su padre echándose las culpas aún a riesgo de sufrir en sus carnes la brutalidad del hombre que parecía no tener suficiente con aporrear a su madre por buenos y malos temporales a intervalos regulares.
La forma en que perdió la alegría su hermana Pura, cuando su sobrino Boni se quitó la vida era lógica. La disposición trágica y absurda de abandonar la vida cuando la vida solo promete lo mejor a un muchacho brillante como su sobrino era un buen motivo para desesperarse y querer que la sangre abandonase las venas. Pero el paso del tiempo era menester que impusiese cordura y calmase las encrespadas aguas de un corazón deshecho en lágrimas en lugar de agravar los síntomas y sumir a personas como su hermana en la depresión. El final grotesco de Pura sentada delante del retrato de su hijo abrazando un sobre manoseado era injusto. Era posible incluso que llevada de la desesperación hubiese tomado algún veneno, aunque lo dudaba. La autopsia lo aclararía todo. Su hermana Pura nunca fue feliz, a pesar de lo que ella dijese. Ella era muy pequeña y ya se daba cuenta de cómo se hacia dique que contuviese las iras de padre con su madre como diana, ya más mayor, las lágrimas vertidas a hurtadillas para no hacer sufrir a nadie por las faenitas que le hacia su novio de toda la vida, el mismo que, según le confesó a ella, no la había tocado más que la noche de bodas que la preño de Boni. Una vida entera de sufrimiento sabiéndose engañada por su marido y sin rechistar, “al menos este no pega, y otra cosa no, pero trabajador, como el que más”, le decía siempre comparándolo con su padre.
Se quedó mirando lánguida, el sobre y lo cogió, sopesándolo, fijándose en el sello de lacre que impedía acceder a su contenido. Estaba lleno de papeles, eso era seguro y la letra del sobre era la de su sobrino, dirigido a Emilio. Se preguntó el porqué su hermana Pura se abrazaba al sobre si no era para ella. Alguna razón debía tener para estrechar esos papeles contra su pecho. ¿Y si lo abriese?, nadie sabía de su existencia, el policía que la dejo llevárselo, ya ni se acordaría, aunque eso sería mancillar la memoria tanto de su sobrino como de su pobre hermana.
Dejó el sobre otra vez sobre la mesa quedándose mirando las manchas de grasa que lo adornaban, las marcas de los sucesivos manoseos y las arrugas, de haber rodado por toda la casa a lo largo de aquellos seis años, por lo menos, desde que muriese su sobrino.
La puerta de la calle dio un portazo anunciando la llegada de su Carmelo. El corazón se le desbocó en una carrera loca.
-     ¿Dónde está mi putilla?
Sabía que era un degenerado y que la chuleaba el dinero que ella ganaba trabajosamente, que se iba con la primera que se le cruzase por delante y que si rechistaba le sentaba la mano,  pero cuando escuchaba su entonación chulesca y sus cariñosos insultos todo se le olvidaba, hasta sus promesas solemnes de no volver a satisfacerle y cerrarle su puerta para siempre. Le irritaba experimentar esa mareante sensación, pero no era mujer para luchar con ella y siempre acababa en brazos de esa esclavitud canalla a la que la sometía Carmelo. Una y mil veces, cada vez que el desaparecía dejándola sola con la frialdad de su ausencia se juramentaba para abandonarle y cada vez se sentía más incapaz de hacerlo. Estaba convencida de que él la quería, solo que esa era su forma de demostrárselo, no daba para más.
-     No te esperaba tan pronto, mi amor.
Se levantó nerviosa y húmeda y corrió a su encuentro. Se abrazó desesperadamente al cuello de su hombre cubriéndole de besos, buscándole la boca para fundirse en un beso húmedo con él. Carmelo la rechazó bruscamente.
-     ¡Siempre tienes que estar tan salida!, ¿no te saturas siempre de lo mismo? Ahora lo que yo tengo es hambre, así que, ¡venga!, espabila y ponme de comer, y si te portas como una mujer a lo mejor después te doy un repasillo, de esos que a ti te encandilan.
Entró en la sala sobre cuya mesa reposaba el sobre dirigido a Emilio. Se dejó caer con evidentes síntomas de cansancio en la silla más cercana que encontró. Sacó su paquete de winston y el mechero. Los tiró en la mesa yendo a impactar con el sobre que reclamó inmediatamente su atención. Elvira se encontraba trajinando en la cocina afanada en la preparación del almuerzo de Carmelo. Este alzó la voz para hacerse escuchar.
-     ¿Qué es este sobre, niña?, ¿quién es..., este..., Emilio? ¿No se te estará ocurriendo ponerme los cuernos?, porque te mato, ¿eh guarra?, ¡te mato!
Con los últimos berridos de Carmelo el corazón de Elvira quiso salirse por su boca. Sintió un escalofrió que le recorrió la espalda dejándole la cara más que fría, anestesiada. Simultanea a esta sensación, una nausea le pateó la boca del estomago y una urgencia por orinar le punzó en su bajo vientre. Ella sabía que ese tono de voz, la violencia mal contenida que rezumaba, acababa en golpes casi con exactitud de relojero suizo. Temía por una parte que Carmelo se llegase a la cocina a abofetearla, volver a sentir el escozor seguido de calor consecuencia del golpe asestado con fuerza y no se atrevía a reconocer que casi lo deseaba porque después, con sus lágrimas, venía la posesión animal del rapto, la violación exigente, cuya sola rememoración le hacía frotar los muslos y chorrear de humedad. Se quedó apoyada en la mesa de la cocina con el paño estampado con el gallo comprado en Portugal aún en la mano y la cabeza baja, hundida, desesperada, sintiendo el mareo del placer, tan deseado como temido. Se odiaba por experimentar ese tipo de sensación. En un instante decidió que su dignidad debía estar por encima de cualquier placer por muy vertiginoso que fuese, por mucho que le temblasen las piernas y se lanzó a la sala para apagar el fuego de su chulo y evitar que se levantase y  desencadenase el río de acontecimientos que ella conocía tan bien. Se detuvo en el umbral de la puerta de la habitación en la que Carmelo con la cara congestionada de ira meditaba con la mano apoyada ya en el respaldo de la silla para levantarse dejándose llevar de sus impulsos a castigar como él sabía que su hembra necesitaba que la castigasen de vez en cuando; “anda, zorrón, si te vuelve loca que te siente la mano, no me lo niegues”, levantando la mano amenazante, culminada la violación, era la frase obligada.
-     Amor mío, el sobre lo he traído de casa de mi hermana. Lo tenía ella abrazado como si fuese un tesoro.
-     ¿Y ese Emilio, quien es?
-     Un amigo de mi sobrino, ya sabes, el que se ahorcó, el único que tenía.
-     ¡Ah!, el maricón. ¿Y que hay dentro?, dinero, no será. Vamos a abrirlo a ver que es lo que hay.
-     Carmelo, por Dios, ¡hay que ver!, desde que le conociste se te metió en la cabeza esa locura. Boni era un muchacho, raro, sensible, especial..., pero de ahí a tildarle de maricón...
-     Pues lo era y ese Emilio seguro que es otro igual.
-     Este Emilio es una buena persona, fue el que le encontró colgando del techo del trastero, que luego de la impresión se metió a cura y tenía su novia y todo para casarse, así que no creo yo...
-     ¡Y encima cura!, maricón fijo. Vamos a ver que hay dentro, verás como son fotos de esas guarras de tíos.
-     ¡Carmelo!, por favor, aunque solo sea por respetar la memoria de mi hermana que debía tener en enorme aprecio el sobre, como para quedarse muerta con él entre los brazos, vamos a devolvérselo a su dueño. ¿No pone que se le entregue a Emilio?, pues vamos a dárselo y nos quitamos de complicaciones.
-     ¿Complicaciones? Vamos a ver, ¿quién sabe de este sobre?, nadie, ¿que más te da a ti? Y además, lo voy a abrir porque me sale de los cojones y tú te vas a callar o te hostio.
Elvira había cogido el sobre intentando preservarlo de la rapiña de Carmelo y lo abrazaba de la misma manera que hizo su hermana Pura. El chulo se levantó con la paciencia perdida, tiró la silla para dar consistencia a su determinación de obtener el sobre  y de un manotazo se lo arrebató a Elvira. Con un movimiento decidido y despreocupado rasgó el sobre y los papeles que se encontraban dentro protegidos por unas cubiertas de cartón grueso se desparramaron por el suelo de la estancia. Elvira se apresuró a recogerlos de forma desordenada y ávida, mientras recriminaba a su hombre lo que había hecho.
-     ¿Ves como no eran fotos ni nada malo?, ¡son cartas, solo cartas!
-     ¡A mi no te atrevas a gritarme, zorra!, ya sabes que más pronto te caliento...
Acompañó la frase de una contundente bofetada que hizo que los papeles de Boni cayesen al suelo una vez más. Los recogió él mismo y se fijó en uno de ellos que le reclamó la atención, y leyó en alta voz.
“15 de Agosto de 1985. Madrugada del día de la Virgen.
No pensaba amor mío volver a tener que dirigirme a ti pero el remordimiento me consume, me hierven las entrañas y no tengo idea de lo que hacer para secar la fuente inagotable de lágrimas. ¿Qué he hecho?, ¿qué te he hecho? Me cuesta trabajo confesarlo pero de no hacerlo creo que jamás podría volver a evocar tu imagen sin que furiosos anhelos de consumir mi existencia se hiciesen realidad. No tengo ganas de vivir...”
-     Escucha, escucha esta otra:
“Parece mentira lo que es capaz de decir una mirada si el que la recibe está dispuesto, motivado para ello. Me atiborré, hasta la corcha, sin recato, que descampados había y aunque apestando a oveja, apriscos vacíos, que el ganado lo pasa en verano al sereno, convirtiéndolos en improvisadas habitaciones de alquiler por horas donde entregarse al desenfreno y el sexo más horrendo y radical, pero excitante. Borrarte, esa era mi misión y lo iba a conseguir, estúpido de mi, a base de acumular piel sobre mi piel, ensuciando mi cuerpo con el de otros que solo pretendían, ¡que dolor!, arrebatarme la vida prostituyendo mi entrega, mi sinceridad. Pero he aprendido, ¿de que se trata, de sexo?, pues puro, de los de mil milésimas, marginalidad carnal, exquisita casquería de emuntorios, mera transmisión nerviosa. ¡Pues no! Me niego a reconocer la bajeza de...”
-     Este mariconazo, encima era un cursi
-     ¡Carmelo!, no leas más, por favor, hazlo por mi.
-     ¡Aja!, que no lea más, ¿eh?, mira, anda mira. ¿Lo ves? Son las cartas de un enamorado a otro. ¡Estaban liados!, el curita, ja, ¿con que se iba a casar el bujarrón? ¡Vaya par de maricones! Y tu sobrino se colgaría porque este le pondría los cuernos..., ahora que lo pienso..., esto es oro molido. Si estas cartas se hiciesen publicas..., no creo yo que el Obispado quisiera, que con la que está cayendo de curas maricones y niños, surgiese ahora un escandalito como el de estas cartas con un cura implicado.
-     ¡Por Dios, Carmelo, no te atreverás...!, mi sobrino está muerto.
-     ¿Qué no me atreveré?, léeme los labios pequeña: nos vamos ha forrar con estas cartas. Y si tu sobrinito pierde-aceite esta fiambre mejor para él, no se enterará. Lo dicho, nos vamos a forrar.

29.9.12
           

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