- ¿Tan difícil es Claudio? – en su tono de voz había
decepción.
- Desde que estoy al servicio del
señor, que yo recuerde, solo una vez las cosas transcurrieron por los cauces
esperables – en la voz de Claudio había desapasionamiento trufado de un punto
de ironía.
- Sinceramente no creo que sea
tan difícil; es solo un fin de semana y las condiciones de trabajo son
sencillas, claras y la remuneración acorde con el desempeño – hizo un silencio
y continuó sin dejar de hojear el diario - ¿has vuelto a poner el anuncio?, a
ver si el próximo fin de semana hay más suerte.
- En los medios habituales señor.
- Esperemos que esta vez haya más
suerte.
- ¿Puedo traerle ya el desayuno?
- Gracias Claudio, te y una sola
tostada con mermelada de naranja.
- Como siempre señor. Uno o dos
terrones.
- Uno, Claudio.
- Como siempre.
La vida de Don Fernando
transcurría minutada desde que a los treinta y cinco quedó viudo sin hijos. El
pensaba que sin orden el mundo sería irrespirable, de modo que todo en su
microcosmos debía ser tan exacto como la precesión de las estaciones; y además
él era soberano de ese espacio, donde su voz era la ley y era inexcusable ser
obedecido.
Don Fernando ayuntaba con su
difunta cada dos días en la habitación de la segunda planta acondicionada al
uso para el que había sido pensada, que se comunicaba a derecha e izquierda por
sendas puertas con las habitaciones de los esposos. En la mente de Don Fernando
no cabía que se pudiese hacer otra cosa que fornicar si se hacia a cualquier
hora del día o de la noche salvo que estuviese perfectamente estipulado. Por
eso cada cuarenta y ocho horas Don Fernando a las nueve en punto de la noche se
colocaba su justillo rojo, su liguero y sus medias de red negras, junto con las
pinzas chinas, llamadas japonesas por otros, en sus pezones y entraba en la
habitación de ayuntar donde casi con precisión suiza ya estaba entrando Doña
Cristina ataviada exclusivamente con un body de tafilete negro abierto por la
parte de atrás y con una portañuela por la parte de delante, con un látigo de
siete colas en la mano. El orden imponía que cada siete veces que había
encuentro sexual la penetración era delantera y el resto era con derramamiento
“in vaso impropio” como definía la moral a la sodomía, palabra que a Don
Fernando no agradaba en absoluto. Previa a la penetración, fuese por delante o
por detrás, Doña Cristina debía azotar a su marido en las nalgas lo que le
provocaba una soberbia erección que permitía que se derramase ora detrás ora
delante según el calendario de encuentros.
En la cosmología de Don Fernando
esa era la manera mas civilizada y única de mantener una relación ya de por sí
sucia por la emisión de emuntorios desagradables dentro del cuerpo de la mujer,
y la remota posibilidad de que fuese su mujer la que emitiese emuntorios sobre
él. Utilizaba el ano de Doña Cristina siete veces de cada ocho pero sabiendo
que antes su doncella le había aplicado un enema de limpieza. Haber manchado su
pene de heces durante el acto le habría supuesto según confesó a Claudio la
separación inmediata. Por eso Doña Cristina se cuidaba mucho en ese aspecto. De
todas formas tras unos diez latigazos la erección de Don Fernando era tan
explosiva que solo rozar el introito del cuerpo de su mujer provocaba la
efusión seminal.
Esperando al desayuno Don Fernando
recordaba su admonición a la última candidata. “Desde que cruza este umbral ya
no se habla, salvo expresa indicación mía, puede gemir y dolerse sin despegar
los labios, nunca despegarlos mientras yo no se lo ordene con la intención que
a mi me apetezca, comer, beber o lo que tenga que ser”, pero salvo una chica
flacucha y de mala pinta que siguió escrupulosamente sus indicaciones pero
nunca quiso volver, todas antes o después se creían con derecho a violar sus
ordenes.
Desde que su amada esposa falleciese
hacía ahora de esto diez años, Claudio que estaba a su servicio desde que se
casaron y se trasladaron a la vivienda que ahora ocupaban era el encargado del
alivio fisiológico del señor. Después de una dura negociación al final se llegó
al compromiso de una masturbación cada cuatro días utilizando guante de vinilo,
porque Don Fernando era alérgico al látex, luego de diez zurriagazos perfectamente
profesionales sin el menos atisbo de lubricidad, con vara de avellano en las
nalgas, sin vestir corpiño, porque a Don Fernando utilizar el látigo de siete
colas con la prenda erótica que usaba con su querida mujer le parecía un
sacrilegio. En su lugar usaba un pantalón creado al efecto por su sastre con
una ventana que se sujetaba con automáticos y que al abrirse dejaba expuesto
todo el trasero. Los diez varazos cumplían el objetivo de provocar la erección
necesaria para la masturbación y Claudio tampoco tenía mucho que aplicarse pues
en unos cuantos y vigorosos movimientos Don Fernando eyaculaba sobre una toallita
con la que Claudio cubría el pene, tanto
para no contemplar el espectáculo de la efusión viscosa, como para no verse
salpicado con semejante fluido. Luego la toallita era escrupulosamente arrojada
al incinerador, no fuese a utilizar su precioso licor, según temía Don
Fernando, cualquier desaprensivo que luego viniese reclamando filiaciones
indeseables.
Estaba desayunando cuando Claudio
le trajo el teléfono.
- Una candidata, señor – le
ofreció el auricular mientras tapaba con su mano enguantada en blanquísimo
algodón el micrófono.
- Dígame.
- Llamo por lo del anuncio. Un
fin de semana ¿no?
- Durmiendo o sin dormir, según
se necesite.
- ¿En que consiste el trabajo?,
limpieza, cuidar un enfermo, custodia…
- En la casa si decide venir se
le darán las indicaciones y podrá libremente aceptar o no. Por cierto su edad
por favor.
- Treinta y uno
- El anuncio decía treinta como
mucho.
- Ya, pero en realidad aparento veintidós
o veintitrés, y en cualquier caso cuando me vea también será libre de aceptarme
o no.
A Don Fernando el desparpajo al
contestar por una parte le picó la curiosidad y por otro le produjo
incomodidad, irritación de clase que le provocaban cierta sensación de perder
control.
- Naturalmente, señorita –
reflejó a propósito para que su interlocutora lo sintiese, cierta indignación
Don Fernando – faltaría más, yo soy el que paga y el que exige. Puede usted
venir a la calle sesenta y seis con Lexinton, el ciento diez y…, bueno
reconocerá el magnifico edificio de piedra blanca de tres alturas con un pequeño
antejardín bajo. San Vicente Ferrer la flanquea, no tiene perdida. El viernes a
las diecinueve horas en punto.
- Al final no me ha dado ninguna
pista sobre la naturaleza del trabajo, ni me ha terminado de decir el número.
- Reconocerá la casa, no lo dude,
el balcón con la cristalera de la primera planta es inconfundible. Le repito
que el viernes se le dirán las condiciones y en ese momento deberá decidir.
También tengo que decirle que solo por la molestia de venir será generosamente
recompensada.
Don Fernando colgó el teléfono y
entornando los ojos rememoró a su Cristina azotándole. Se arrellanó en su
chester para sentir el dolor de los últimos varetazos de avellano con los que
le obsequió Claudio y sintió como se endurecía. Sin abrir los ojos esbozó una
sonrisa.
- Le deseo al señor que pueda
haber encontrado justo premio a su búsqueda de tantos años – le susurró Claudio
al verle gozarse rememorando imágenes agradables por la sonrisa expresada.
- Ya veremos Claudio, ya veremos.
Y mientras, pensativo acariciaba
la cabeza de su mastín que le acompañaba desde hacía diez años, cuando Doña
Cristina abandonó este mundo. El perro empezó a sacudir la cola olfateando la
hora a la que su dueño le sacaba de paseo cada día.
- Ya Jenofonte, ya, en cuanto
termine mi taza de te.
Terminada su taza de te, Claudio
recogió la correa con la que sujetar a Jenofonte enganchó el mosquetón a su
collar y se lo entregó a Don Fernando, luego siguió los pasos de su señor en el
paseo que daba al perro a una distancia prudencial. Como era su costumbre, y el
perrazo lo sabía, al salir de la casa giro a la derecha, atravesó la avenida
Lexinton, luego Park Avenúe, la avenida Madison hasta alcanzar la archiconocida
quinta avenida en cuya acera de enfrente se abría como un oasis de verdor Central
Park. Jenofonte sabía el recorrido y en cuanto alcanzaron la acera del parque,
Don Fernando le liberó de su correa y le dejó campar, olisquear, volver a
correr y volver a pararse hasta encontrar el lugar donde hacer sus
deposiciones, justo siempre al lado del zoo de los niños y antes de la entrada
al túnel que discurría bajo The Mall justo debajo del antiguo auditorio
Naumburg Band. Cuando el perro termino sus deposiciones, Claudio con evidente
cara de asco recogió con su bolsa de plástico llevada al efecto los emuntorios
del perro y los soltó en el depósito de los que por todo el parque se
encontraban distribuidos al efecto. Un policía a caballo desde The Mall
observaba severo la acción desde que vio como el perro se disponía a hacer sus
necesidades. Comprobado que se cumplía con los bandos del alcalde en cuanto al
manejo de excrementos de animales continuó su camino, al paso, en dirección al
Bethesda Terrace.
Luego el perro abría la marcha
atravesando paso subterráneo tras paso por la sesenta y cinco St, Trasverse
hasta dar al archifamoso Tavern on The Green donde para Don Fernando era
costumbre tomar el aperitivo los sábados y en el que tenía reservada su mesa de
forma anual. En un lugar tan emblemático de Manhatan en Central Park habría sido imposible obtener
una mesa y menos un sábado.
El perro salió a Central Park
Oeste dio la vuelta como era su costumbre a la Iglesia Luterana
de la Trinidad
y regresaron por el mismo camino sin que Claudio se separase más de tres pasos
de su señor y Jenofonte hasta llegar a la casa momento en el que Claudio se
adelantó para abrir la puerta a perro y amo.
Los días para Don Fernando
pasaron sin variar un ápice sus costumbres de tal forma que ninguno de los
miembros de su club pudiera sospechar ni minimamente la nueva aventura que Don
Fernando se forjaba.
El viernes a las cinco de la
tarde comenzó para Don Fernando y Claudio la preparación de la entrevista. Don
Fernando se bañó, perfumó y se vistió
con su pijama de gasa natural de algodón egipcio, blanca prácticamente
transparente que le dejaba desnudo sino fuera por el batín de seda natural china,
blanco así mismo, bordado de dragones multicolores que se ponía encima. Claudio
como cada viernes que había entrevista cambiaba su pantalón del chaqué por otro
con la parte trasera abierta que dejaba al aire sus nalgas que se cubrían con
la parte de la librea que colgaba por detrás, de tal forma que si Claudio no se
agachaba no se podía saber que llevaba sus nalgas al aire.
Sentado en su chester favorito
Don Fernando a sus cuarenta y siete años y vestido todo de blanco impoluto era
la imagen misma de la pureza, con un punto de perversidad y sostenía
calculadamente entre sus manos una edición casi de culto de Alfredo de Musset
de “Gamiani o dos noches de placer”, que cuando la visitante llegase a la casa
depositaría con la tapa hacia arriba sobre la mesita auxiliar para que ella
pudiera fijarse. Al lado dos pequeñísimas copas llenas de absenta esperaban a
ser consumidas y un abrecartas de empuñadura de plata de agudísima punta, acero
toledano y largo como un estilete sobre una bandeja de plata repujada recoge
correo, heredada de un familiar mexicano del siglo XVIII.
Cuando el Girard Perregaux familiar,
heredado de siglos, de la chimenea, dio las siete de la tarde tocó el timbre de
la puerta.
- ¡Bien!, me gusta – musitó con
entusiasmo contenido, casi sin inmutarse Don Fernando.
- Tiene razón el señor –
apostilló, de pie, al lado del señor, Claudio, con una mueca imperceptible de
asco que solo él sabía adoptar y que podría interpretarse como muestra de
sumisión al amo – es un buen comienzo.
Y se dirigió a la puerta para
abrir.
Una muchachita rubia, delgada, de
melena caída y enormes y asustados ojos azules de talla mediana se dibujó en el
umbral contra la luz del atardecer de la calle que le servía de fondo. Tenía
poco pecho, los labios carnosos y rojos, pálida y morbosa toda ella, casi transparente,
vestida con una tela de vichy, pobre, cortada al talle, cuello de solapa y
abotonado atrás con un cinturoncito imitación de piel y unas bailarinas en los
pies de piel sintética. De toda su figura llamaba la atención la enormidad de
sus ojos y su carnosa y roja boca, imposible superarla en sensualidad. “Al
cerdo le va a volver loco” pensó Claudio, “porque yo utilizaría esa boca aquí
mismo”.
- Sígame, si es tan amable. Su
nombre por favor para anunciarla.
- María de la Pureza.
El escuchar el nombre fue como si
por un resorte el sexo de Claudio se hubiese puesto en pie. Pero sin aparentar
que las mariposas ya revoloteaban en su estomago se dio la vuelta para conducir
a Maria de la Pureza
a presencia de Don Fernando.
- Señor, la señorita María de la Pureza.
Don Fernando se levantó de su
sillón y tendió su mano a una mano blanca muy delgada surcada de líneas azules
de largos y afilados dedos que parecían pudieran romperse con tal de estrechar
con firmeza. Don Fernando se inclinó un poco y acercó la mano a sus labios que
rozó sintiendo una piel más fina que la seda de su batín. Se excitó y no pudo
evitar delatarse a través del velo inconsútil caído de la seda.
María de la Pureza lo miró con una
sonrisa angelical y de la forma mas natural le cogió con delicadeza el pene a
Don Fernando a través de las telas. Don Fernando y Claudio se quedaron
consternados mirándose el uno al otro y sin saber cómo reaccionar, si con
indignación por el atrevimiento o con complacencia por su desenvoltura. Ella se
dio cuenta del efecto provocado y se explicó.
- Le pasa a usted como a mi padre
cuando vivía, en cuanto se acercaba a mí le crecía su sexo, se ponía muy
nervioso y solo le calmaba que se lo acariciase con mis labios hasta que se
derramaba.
Don Fernando y Claudio se miraron
interrogándose.
- Mi padre perdió la cabeza
después del accidente que tuvo en las obras del metro en que todos sus
compañeros murieron. Le internaron y a la única que recibía era a mí. Yo tenía
entonces trece años y me dio pena la primera vez que lo hice, por él. Murió
cuando yo tenía veintitrés y hasta entonces cada semana en cuanto me veía
aparecer se le iluminaba la cara se endurecía su cuerpo y yo le aliviaba de esa
manera. Las enfermeras me dijeron que se iba poniendo agresivo a medida que se
acercaba mi visita y que cuando salía se quedaba dormido y desaparecía la
agresividad.
- Pero…, en alguna ocasión, hubo
algo…,
- Alguna vez me levantaba el
vestido y me hurgaba la ropa interior hasta encontrar mi humedad y entonces me
metía los dedos. La primera vez me dolió y me hizo sangre, luego supe que me
desvirgó, pero no me importaba, después cuando me metía los dedos a mí también
me resultaba agradable. Desde entonces ya nunca jamás volví a llevar ropa
interior. Perdone si he sido atrevida. Lo se, lo he sido, pero ha sido como si
todo el pasado regresase, y he visto a mi padre feliz con mi presencia y mis
labios y he sentido sus dedos dentro de mi…, lo siento, de veras. Ya me voy.
- No, no se vaya… ¿como era…?
- María de la Pureza – apuntó Claudio.
- Maria de la Pureza. Espere a escuchar mi
oferta de trabajo. Nada ha cambiado. Me ha tomado usted el pene entre sus
bonitos dedos con desacostumbrada delicadeza y no me ha desagradado, lo ha
hecho con una exquisitez inusual. Y el
trabajo de alguna manera se trata de algo parecido.
- No soy ninguna prostituta.
- Si lo fuera ya no estaría aquí.
No me gusta ese tipo de mujer.
- Quiero tener una esclava que le
guste serlo y me lo demuestre estando a mi disposición todo un fin de semana –
María de la Pureza
intentó replicar, pero Claudio la cayó tocándole el hombro – en el que
necesariamente, obligatoriamente, no ha de pasar nada. Si acepta recibirá el
lunes cuando se vaya tres mil dólares y la condición es que no hable y acepte
todas las ordenes que se le den. Puede, quejarse, gemir de dolor o de placer o
berrear si así lo desea pero sin abrir los labios salvo cuando yo expresamente
se lo pida y con el fin que a mí me apetezca, comer, beber, felar o succionar
lo que entre en el elenco de mis apetencias. Si acepta afirme con la cabeza y a
partir de este instante empezará su cometido. No me vale que diga si hablando
porque eso ya sería violentar mis normas y quedaría descalificada.
María de la Pureza afirmó con la cabeza
y se quedó sentada donde la habían colocado esperando ordenes. Claudio en ese
instante tomo una bandejita donde colocó los vasitos de absenta y se inclinó
cara a Don Fernando para ofrecerle su copa momento en el que las dos colas de
la levita del chaqué se separaron dejando al descubierto y cara a María de la Pureza las nalgas del
mayordomo. María de la Pureza
no movió ni un músculo de la cara ni su habito postural denotó que aquello
hubiera hecho mella en ella.
- María de la Pureza- ordenó Don
Fernando - desnúdate y no vuelvas a vestirte, luego bésale las nalgas a
Claudio, búscale sus bolsas con la boca y chúpaselas. No utilices las manos
hasta que yo lo diga. Claudio, usted abra las piernas para facilitarle la labor
a Pureza.
Claudio depositó la bandeja otra
vez en la mesita auxiliar y se abrió de piernas para exponer bien su zona
pudenda y que Pureza pudiera obedecer las órdenes de Don Fernando. A los pocos
minutos ella gemía de placer por hacer lo ordenado con las manos cogidas entre
si a su espalda de rodillas detrás del mayordomo.
- ¿Lo hace bien Claudio? –
preguntó con interés de entomólogo Don Fernando.
- Maravillosamente, señor, al
punto de que si sigue no se si podré controlar la eyaculación.
- De acuerdo Pureza, deja ya a
Claudio – dijo el señor poniéndose de pie y dejando caer el batín de seda al suelo, para luego volver
a sentarse en su chester – ahora ven junto a mí y abre algo las piernas, quiero
explorarte el sexo. Tú Claudio, vuelve a vestir decentemente y tráeme la caja
de los juegos.
Con toda la suavidad de la que
fue capaz, Don Fernando pasó sus dedos entre las ninfas de Pureza que debido a
la excitación conseguida con Claudio estaban turgentes, muy lubricadas y se
salían por entre los labios con un clítoris endurecido que al menor roce de Don
Fernando produjo un gemido y un encogimiento de placer en la chica.
Efectivamente estaba gozando, estaba muy húmeda y los dedos de Don Fernando
entraron con facilidad lo que hizo que la muchacha empezase un vaivén rítmico
inconsciente al que le llevaba la excitación para alcanzar el clímax. Tenía los
ojos cerrados y los labios entreabiertos; casi no tenía pechos pero los pezones
gruesos, eran como cerezas moradas, reventonas y turgentes. La chica seguía con
las manos a la espalda como le habían ordenado hasta que Don Fernando le ordenó
con suavidad que se los pellizcase mientras él masajeaba su clítoris, pero
cuando comprendió que la chica alcanzaría el orgasmo dejó de estimularla para
ordenarla tenderse a sus pies.
- Ahora como si fueses mi perro,
échate a mis pies y lámelos hasta que yo te diga – al tiempo chascaba los dedos
y hacía venir a Jenofonte – y abre bien las piernas que Jenofonte pueda lamerte
a ti.
Pureza se abrazó a los pies de
Don Fernando y empezó besándolos con suavidad para luego poco a poco lamerlos
lentamente. El perro se tumbó junto al cuerpo de Pureza e hundió la cabeza en
su entrepierna lamiendo sin prejuicio alguno tanto sexo como ano.
- Eso esta bien – dijo para sí
Don Fernando – que te lama bien el ano para el plug que te he de poner. Pureza
contéstame con la cabeza, ¿sabes que es un plug?
La chica movió la cabeza de un
lado a otro en señal de negación.
- ¿Y una pinza china? Japonesa
llamada por otros.
En ese momento la chica empezó a
temblar de placer y dejo de lamer los pies. Jenofonte estaba provocándole con
sus lamidos un orgasmo muy intenso y era incapaz de hacer otra cosa que sentir
goce. Don Fernando dejó que terminara con los estertores y empezara a gemir de
dolor porque el perro no dejaba de lamer entusiasmado. En pocos minutos
volvería a producirse otro orgasmo y luego otro y otro hasta dejarla exhausta.
- No quiero tener que volver a
repetir, ¿sabes que es una pinza china?
La chica aún temblando negó con
la cabeza y al momento comenzó a gemir con más fuerza aún que la primera; el
segundo orgasmo le arrasaba como una ola enorme y la ahogaba en placer.
- Jenofonte, vete ya – dijo Don
Fernando y el perro obediente se levantó y se fue a su rincón.
Aún estaba tiritando por el
último orgasmo cuando llegó Claudio con la caja de los juguetes.
- Ahora Pureza, ¡que magnifico
nombre para un magnifico fin de semana! Vas a aprender un poco de todo. Dame un
plug de nueve.
Claudio rebuscó en la caja y le
entregó el juguete.
Al ver la especie de consolador
cónico con una entalladura estrecha en un extremo y rematada con una placa fina
de goma se abrió de piernas para dejarse penetrar.
- No preciosidad, no es por ahí,
es por detrás – Pureza puso cara de angustia – y habrás de llevarlo todo el
tiempo que estés aquí…, aunque primero habrá que meterlo, así que ya sabes, el
culete en pompa que hay que dilatar. Si quieres llamamos a Jenofonte que vuelva
a lamerte para aliviarte el trago mientras lo metemos, aunque nos ayudaremos de
la vaselina. La vaselina Claudio.
Claudio entregó un tarro grande
en el que Don Fernando hundió la mano sacando una buena pella de la materia
untuosa que luego depositó entre las nalgas de Pureza.
Luego poco a poco, un dedo, dos,
tres, y la chica empezó a gemir no se sabía muy bien si de placer o de miedo
por la que se le avecinaba.
- Ahora querida viene lo serio.
Apuntó el plug negro humo al ano
de Pureza y empezó a girar a derecha e izquierda sin dejar de apretar.
- Abre bien las piernas,
zorrilla, que se que te gusta. Tu Claudio, por favor ayuda separando las
nalgas.
Pureza separó todo lo que pudo
las piernas en la posición genuflexa que tenía y Claudio separó las nalgas con
todas sus fuerzas mientras Don Fernando empujaba y empujaba. La chica ya no
gemía, mugía de dolor y se mordía los puños.
- Ya está a punto de entrar,
cariño, lo tienes que notar, sobre todo en tu vagina y más después cuando me
cabalgues y sientas la estrechez que nunca has tenido en tu sexo; el clítoris
te va a reventar de gusto.
Dio un empujón final al plug y el
ano se cerró entorno a la entalladura del extremo, quedando el artilugio firmemente
empotrado en el recto de la chica.
- Ahora, zorrilla, métete los
dedos en la vagina y siente como la tienes ocupada desde detrás, desde el otro
lado de la pared.
Pureza se introdujo sus dedos y
encontró oposición a la penetración, pero la venció apretando un poco y al
hacerlo suspiró de placer.
- Lo ves como lo hago por tu
bien. El plug lleva un orificio muy pequeño en su punta para que evacues los
gases, así que no te preocupes y acostúmbrate a él. Claudio acércame la silla
sin brazos y la pastilla.
Claudio le arrimó una silla
robusta sin brazos, de respaldo más inclinado de lo normal y una bandeja de
plata con una pastilla azul de forma romboidal y un vaso de agua.
- ¿El señor está seguro de
necesitarla?
- Quiero necesitarla. Esta Pureza
es un mirlo blanco y la voy a aprovechar hasta convertirla en un muñeco de
papel ensartado en mi palo. Cuando me canse, te la dejaré, si tú quieres claro.
- Señor…, no me atrevería…,
- Porque eres tonto como todos
los sirvientes – la cara de Claudio era de palo pero adquirió un tono un poco
subido de color por la irritación que le suponía el insulto de Don Fernando -
Si te he dicho que si me canso la puedes usar tú es porque puedes hacerlo, así
que calienta motores, ella no va a dormir, está aquí para ser mi esclava y ella
lo sabe y además le gusta. Conozco a las personas, está disfrutando más que yo
con esta representación al punto de que casi ella debería pagarme a mí. Mírale
la cara de beatitud que tiene ahí sentada sobre el plug con los dedos entrando
y saliendo de su vagina. Estoy seguro que si pudiera hablar como las personas
me pediría otro plug para delante, pero ella ahora ya no es mas que Jenofonte, es
otro animal de mi propiedad, como tú Claudio, más o menos, hace lo que le diga
y nada más, en estas horas ha dejado de ser persona para ser orificios
calientes en mi beneficio y si de paso disfruta con ello, eso no lo puedo
evitar. Veremos que tal le sientan las pinzas chinas. Acércamelas.
Claudio le acercó unas pinzas
extrañas unidas por una cadenilla. Cuando las prensaba dejaban abrirse unas
placas redondas que se juntaban al soltar la presa.
- Acércate, Pureza.
La chica se levantó y Don
Fernando le colocó las pinzas chinas delante de los ojos.
- ¿Ves?, cada una de estas va a
un pezón y la cadenilla pasa por el cuello como un dogal. Estas pinzas tiene la
propiedad que cuanto más tires de la cadenilla más se aprietan con que si en el
espasmo del placer, como solemos hacer todos extiendes tu cabecita hacia atrás
solo conseguirás provocarte más dolor en los pezones, aunque claro, si eso te
estimula, cuando quieras alcanzar un orgasmo rápido solo tienes que tirar de la
cadenita para aumentar el dolor.
Cuando Don Fernando puso la
primera pinza Pureza lanzó un gemido de dolor y comenzó a jadear, llevándose
las manos a su sexo para estimulárselo. Cuando colocó la segunda y dio un
pequeño tirón de la cadena Pureza lanzó un profundo gemido de placer que le
hizo desfallecer y si no es porque Claudio estaba al quite se habría derrumbado
como un fardo. La sujetó por debajo de los brazos y pudo comprobar su delgadez
extrema, la finura de su piel y su escaso peso. Con sus manos libres le
acarició los pechos y acercó su dureza a las nalgas de la chica. El suspiro de
placer que no pudo reprimir Claudio no se le escapó a Don Fernando que le
reprobó su conducta.
- Anda, sinvergüenza, déjamela
caer sobre mi regazo – y diciéndolo se bajaba el pantalón transparente de gasa
dejando al descubierto un pene erecto.
Claudio levantó en peso a Pureza
y con las manos le separó las piernas. Cuando la chica sintió la dureza del
pene de Don Fernando en su sexo se despertó y gimió al sentir la pujanza dura
dentro de su cuerpo. Las ninfas abrazando el glande congestionado del señor
simulaban las cortinas nuevas de una ventana y la visión de ellas con el
capullo semioculto ya en el sexo de Pureza provocaban un placer añadido a Don
Fernando. Le gustaba sentir la oposición a la penetración por mor del plug que
ocupaba el ano y parte de la vagina pero su naturaleza le impelía a irrumpir
dentro de la hetaira joven y morbosa y empujó con un golpe de cadera. Pureza
abrió desmesuradamente los ojos y se tapó con sus manos la boca para evitar el
grito por la súbita dilatación, que no era más que placer que era preciso
reconocer como tal y no como dolor, en cuanto lo hizo se dejo caer de golpe y
Don Fernando entró profundamente en su cuerpo. Ella comenzó un baile moroso y
continuo pivotando como sobre un fulcro, ya las manos libres de la boca que
solo sabía deleitarse con el movimiento. El baile circular acompasado lo fue
acelerando hasta que se llevó las manos a la cadena de las pinzas y con un
movimiento brusco que sorprendió a los dos hombres, se haló con fuerza lo que le
hizo desorbitar los ojos por el dolor y el placer y emitir un sonido gutural
agudo con la boca abierta. Eso era más de lo que Don Fernando esperaba de
cualquier mercenaria dispuesta a ganarse unos dólares.
- Esta zorra está gozando
demasiado y aprende deprisa o se las daba de inocente y venía muy aprendida.
Ahora que tiene la boca abierta Claudio, dale lluvia dorada que sepa como nos
las gastamos – y mientras lo decía comprendía como a veces la consecución del
placer va de la mano de la animalidad y la falta de formas, pero le hacia
temblar de gusto el verbalizarlo.
Claudio se bajó los pantalones
del chaqué y se encaramó al escabel del sillón de su señor, apuntó directamente
a la boca de Pureza, que lejos de asustarse o sentir repugnancia por lo que
sabía que iba a suceder, giro la cabeza hacia la posición de Claudio y acercó
la boca a su pene que al comenzar a orinar empezó a recibir la lluvia del
mayordomo. A medida que tragaba y se atragantaba con la hez del criado comenzó
el escalofrío del siguiente orgasmo lo que llevó a Don Fernando a tener el suyo
acompasado.
El espectáculo del criado
perfectamente uniformado y pulcro orinando en la boca de la chica sin perder la
compostura era a la vez ridículo y extemporáneo sin pizca de erotismo en el
conjunto. Don Fernando comprendió la situación estupida a la perfección y
reaccionó de inmediato.
- Sácamela de encima Claudio – y
dirigiéndose a ella, continuó – y tú límpiame mis atributos con la boca.
Claudio obediente como siempre,
se bajo del escabel, se abrochó su pantalón y la cogió por debajo de los brazos
y la sacó de donde se encontraba ensartada depositándola en el suelo a los pies
de su señor. Inmediatamente ella introdujo en su boca el pene entero y lo
relamió hasta dejarlo limpio de todo rastro de secreción del hombre o de ella
misma.
- Sígueme, me voy a duchar y tú
me vas a secar y adecentar como mi esclava que eres. Luego me saciaré aún más
azotándote con una vara esas nalgas tan blancas y perfectas que tienes. Claudio
súbeme al dormitorio algo de comer. Para la esclava nada, que ayune. Dormirá a
los pies de mi cama, por si se me antoja algo esta noche. Mañana ya veremos.
Mientras Don Fernando se sumergía
en el baño preparado a cuarenta grados como era su norma, Pureza permanecía de
rodillas a los pies de la bañera dispuesta a obedecer lo que se le ordenase.
- Pureza. Entra en la bañera y
enjabóname utilizando tu propio cuerpo. Se especialmente escrupulosa en la
limpieza de la entrepierna y el ano, házmelo con suavidad.
Pureza se introdujo en la bañera
que desbordó con su cuerpo lo que no pareció importarle a Don Fernando. Ella se
restregaba voluptuosamente sobre el cuerpo de su amo e introduciendo la cabeza
bajo el agua repasaba bien con sus labios y lengua pene, bolsas y ano de su
señor. Sacaba la cabeza para tomar aire y regresaba a continuar con la lamida
del señor que se gozaba cada vez más del acierto al haber aceptado a Pureza
como esclava.
Una de las veces que ella sacó la
cabeza le indicó que se cambiase de posición para que su sexo cayese sobre su
boca mientras ella con la cabeza bajo el agua lamía el suyo. Don Fernando se
aplicó con fruición a lamer las ninfas y pudo apreciar también el sabor del
semen que el había derramado minutos antes dentro de ella, lo que le repugnó al
tiempo que le excitó y sintió como volvía a eyacular en la boca de la chica y
sintiendo el orgasmo mordió con saña su clítoris lo que hizo que ella volviera
a correrse y tragase agua atragantándose, sacando la cabeza del agua tosiendo y
echando agua por la nariz y la boca.
- Espero que te hayas tragado mi
semen, no hay nada que mas asco me de que verme el semen sobre mi cuerpo.
Ella afirmo con la cabeza.
- Vamos, sal de la bañera y
sécame bien para poder cenar.
Pureza se aplicó con delicadeza a
enjugar el cuerpo aún joven de Don Fernando con las toallas de lino que
reposaban en el anaquel del baño. Luego le puso un albornoz grueso de rizo
doble que llegaba hasta casi el suelo y le perfumó la cabeza con agua de
colonia. Cuando terminó ya estaba Claudio con la bandeja de la cena de su
señor; salmón ahumado con unas huevas de caviar y una ensalada ligera de
palmitos y col en juliana.
- Pureza, mientras ceno me
gustaría ver como le haces una felación a Claudio. Claudio me desagradaría que
demostrases cualquier emoción mientras Pureza cumple con mis deseos. Se lo
ordeno porque me satisface ver como hace una felación, no con el objeto de que
a ti te de placer; si luego te da placer y eyaculas en su boca preferiría que
se enterase ella no yo, tú debes mantenerte hierático y respetar que soy el
señor de la casa, no un compañero de orgía en una casa de tolerancia de Harlem
donde una negra por dos dólares te hace lo que le mandes.
- Como ordene su señoría –
contestó correcto como siempre Claudio, sin que se le notase en ningún momento
el asco que le revolvía las tripas solo saber que la chica le iba a hacer una
felación como si él fuese un dildo adosado a un cuerpo..
Pureza desabrochó la bragueta del
pantalón del mayordomo que se mantenía firme como si esperase para retirar el
plato de sopa recién consumido, pero para cuando los ágiles dedos de la chica
llegaron a su carne, ésta estaba ya dura y dispuesta a ser trabajada. Claudio
tenía hecha una fimosis muy correcta, sin mamelones inesteticos de piel
redundante por una mala técnica de cosido de piel y ésta era continuación suave
de la del glande que era, en su caso grueso y algo plano. Con la punta de la
lengua pureza recorrió primero toda la corona del glande y luego aplicó los
labios hasta perder la mitad del pene dentro de su boca. La frente de Claudio
empezó a perlarse de sudor pero ni una emoción se traslució en su cara, ni su
brazo izado se movió del ángulo recto sobre el que reposaba su paño de
servicio, mientras Don Fernando comía salmón sin quitar un ojo de la escena.
- Por dios, Claudio llega con tu
pene hasta la garganta de Pureza, quiero ver como hace arcadas y se le saltan
las lagrimas de ahogo, eso me enloquece, además provoca una saliva muy filante
y lubricante que te hará gozar aún más y a ella le rebosará de la boca y
babeará lo que prestará a la estampa aún más lubricidad. Espero que las cámaras
estén filmando.
- Sin duda señor, sabe que es lo
primero que hago en estas circunstancias, sería un error irreparable el olvido.
Claudio forzó la penetración y
Pureza al sentir el golpeo contra su garganta hizo una arcada, pero el
mayordomo le sujeto la cabeza y continuó empujando para provocar más nausea. La
chica, como había dicho Don Fernando empezó a babear, a llorarle los ojos que
se le congestionaron, hasta que consiguió que vomitase el lago mucoso del
estomago, ya que lo tenía vacío, pero el vomito fue sin sacar el pene de la
boca, le salía por la nariz y las comisuras. Se ahogaba en sus secreciones y se
congestionaba, aunque no parecía importarle demasiado.
- Que se enjuague la boca con
agua – dijo desapasionadamente Don Fernando – que te va a escaldar el capullo
con el acido del estomago y que siga hasta que se acostumbre a dominar el
vomito.
Ella hizo entonces un gesto con
la mano como de dilación mientras se recuperaba y mirando a los ojos a Don
Fernando pidió permiso para echarse en la cama. Don Fernando extrañado con su
punto de curiosidad interrumpió su cena para contemplar la maniobra de la
chica. Ésta se tumbó sobre la cama boca arriba con la cabeza fuera dejándola
caer en hiperextensión luego abrió desmesuradamente la boca y entornó los ojos.
Claudio comprendió al instante, podría introducir todo el largo de su miembro
por la boca de Pureza que en esa postura colocaba en línea la boca con el
esófago. Claudio entró en la chica y después de una ligera oposición al
atravesar el istmo de las fauces, ella hizo el gesto de tragar y el pene entró
profundamente en el cuerpo de Pureza llegando a entrar en esófago que de forma
refleja con su peristaltismo masajeó de tal forma el glande de Claudio que no
pudo reprimir la eyaculación.
- Señor, no voy a poder
reprimirme el orgasmo, esta forma de felación es de un malicioso que raya en…
¡Ah¡ señor, no puedo…
- Córrase con tranquilidad
Claudio, disfrute usted de esta ninfa que la diosa fortuna ha querido traernos.
Ahora cuando acabe de cenar lo probaré yo. O quizá no, a lo mejor mañana, ya
veremos.
Cuando acabó de cenar Don
Fernando ordenó a Pureza que se metiese en la cama para calentársela, pero
dentro, a los pies.
Claudio, por hoy está bien puede
usted ir a sus habitaciones o salir si eso le satisface, no le voy a necesitar
más esta noche. Claudio, ya se había abrochado los pantalones y adecentado como
correspondía a la dignidad que tenía que mantener por su trabajo. Con una
ligera reverencia salió del dormitorio.
Don Fernando se metió en la cama
encontrando con sus pies el cuerpo desnudo de Pureza, la abrazó con sus piernas
y la atrajo hacia la entrepierna donde sus genitales estaban ingurgitados por
la presencia de la muchacha entre sus carnes.
- Ahora, hija – dijo susurrante
con voz lujuriosa el hombre - lamele a
tu papa donde más le gusta para que pueda dormir plácidamente. Cuando me haya
dormido sal de la cama y duerme en el suelo, sobre la alfombra, como mi perrita
que eres.
Pureza parecía conocer el oficio
y escudriñó con su lengua todos los rincones de la anatomía de la encrucijada
de las piernas y zona pudenda, dejando excluida a propósito de su exploración
el glande de Don Fernando que destilaba líquido preseminal en cantidades considerables y
suplicaba que pasase la lengua por el frenillo para poder alcanzar el orgasmo
que nunca terminaba de llegar a pesar de parecer estar al borde del abismo
profundo al que hubiera querido caer mejor antes que después. Pero en lugar de
eso cuando mas excitado estaba el amo, Pureza se aupó sobre el tórax de Don
Fernando y a pulso se limitó a rozar su clítoris duro y tenso sobre el frenillo
a punto de estallar del amo. Éste quiso, porque así lo pedía su naturaleza
penetrar para que el contacto fuese más intimo pero Pureza rechazaba la
penetración y limitaba el contacto al clítoris hasta que en un gesto de
condescendencia permitió que el glande conociese el beso de las ninfas gruesas
y húmedas sin llegar a la penetración y en ese momento Don Fernando emitió un
grito ahogado y el semen desbordó por las piernas de ambos. Cuando terminó de
experimentar el orgasmo más agónico que nunca había experimentado quedó
exhausto sobre las sabanas de lino manchadas del liquido pegajoso y entonces
Pureza subió hasta el cuello del señor y a horcajadas sobre el, con su sexo muy
cerca de su boca comenzó la danza de la masturbación femenina hasta que llegó a
su clímax en que dejó reposar sus ninfas sobre la boca del hombre que lamió con
suavidad hasta que Pureza comenzó a espasmar de puro placer.
- Ahora sal de la cama, perra sádica
y duerme como se espera de ti – le ordenó con frialdad Don Fernando, irritado
al comprobar como era ella la que dominaba la situación y no él como
correspondería a su papel de amo, que al tiempo tocaba una campanilla.
A los pocos minutos aparecía
Claudio en pijama con un batín.
- Cámbiame la ropa de cama.
Nuestra perrita tiene habilidades que no habría ni imaginado y he puesto las
sabanas perdidas.
Claudio salió y regreso al poco
con sabanas limpias. Con maestría y oficio hizo la cama de nuevo y pidió
permiso a su señor con la mirada para acariciar a Pureza y quizá hacer algo
más. Don Fernando dio permiso y Claudio puso en postura genuflexa a Pureza, le
sacó el plug y la sodomizó mientras Don Fernando contemplaba el espectáculo
fascinado.
- Eres un degenerado de la peor
especie, ya sabes a que me refiero, prefieres siempre la puerta de atrás,
claro, como criado que eres Claudio, sabía desde que la vi llegar que deseabas
sodomizarla antes que cualquier cosa. Gózala maricón.
Y diciendo esto último Claudio se
vació dentro de ella. Luego le volvió a poner el plug y salió.
- Vete al servicio – dijo Don
Fernando, en cuanto se fue Claudio – sácate el plug, defeca el semen de Claudio
y coge de la caja de los juguetes uno de once y me lo traes para que te lo
inserte. Ese es el que llevarás mañana, hasta que se te ordene otra cosa.
Mañana es sábado e iremos a tomar el aperitivo a la Tavern on The green, bueno
tomaré el aperitivo yo, tu debes ayunar, me complace saber que sufres de hambre
también.
Pureza sufrió cuando Don Fernando
le insertó el plug más grande pero en cuanto lo tuvo insertado pudo relajarse y
se quedó dormida hecha un ovillo a los pies de la cama del señor. Una patada en
el culo suave la despertó por la mañana. Claudio le decía de esa manera que ya
era el momento de su comida. La llevó a la cocina y en un plato de comida para
perros vertió leche y unos cereales. La colocaron unos grilletes a la espalda y
le dijo que comiese si quería como una perrita. Mientras Pureza comía, Claudio
hacia fotografías. Luego se le acercó y al oído le explicó que Don Fernando
estaba mirando como comía y que los grilletes a la espalda eran orden suya.
- ¡Y no vayas a derramar ni una
gota! – exclamó para ser oído por quien debía y cubrir la confidencia que le
había hecho a Pureza.
Pureza lo comió todo y lamió el
plato hasta no dejar ni gota de leche, luego la subió a la habitación de Don
Fernando donde le tenía preparado un traje para salir.
- Quítale los grilletes y que se
vista – ordenó Don Fernando.
Desprovista de ropa interior se
puso una camisa de seda crema que dejaba transparentar sus senos con los pezones
gruesos y encendidos. Una falda cortada al bies, de gasa gris oscuro con forro
y una abertura en el lado izquierdo hasta medio muslo se remataba con unos zapatos de tacón de
aguja de diez centímetros, “Es la mañana querida” le había dicho cargado de
razón su amo. Se remató la puesta en escena con un collar ancho de cuero negro
remachado con cristales de Swarosky y una ancha hebilla.
Salieron paseando por la calle
sesenta y seis hasta el parque y atravesándolo por los pasos subterráneos
llegaron al Tavern on The Green donde se acomodaron en una mesa en la terraza,
la que tenía reservaba a perpetuidad. Don Fernando saludaba a sus amigos y
presentaba a Pureza como su nueva esclava a lo que los demás respondían a la
ocurrencia de Fernando con una sonrisa que se les congelaba cuando él
introducía la mano a través de la abertura de la falda y sobaba descaradamente
el sexo de la chica sin que ella se inmutase.
- Siempre fuiste un excéntrico –
le reprochó muy enfadado su agente de bolsa – que tomaba un Martini en la mesa
de al lado.
- No dirías eso si vieses en
acción a este delicado animalillo y como es capaz de sacar de ti lo más
lujurioso que jamás hubieses imaginado. Vente a casa esta tarde y la usaremos
los dos – le invitó muy festivo Don Fernando.
- Me tengo que plantear muy
seriamente si voy a poder seguir llevándote la cuenta – le dijo muy enfadado.
- Te da buenos dividendos, no
dejes que el deseo que te reprimes te haga perder dinero.
El agente pagó su copa que dejó
sin consumir, se levantó y se fue sin contestar, aunque a Pureza no le fue
ajeno el inestético bulto que le hacía el pantalón de magnifico corte a la
altura de la bragueta.
- No parece que te importe que te
trate como una cualquiera ni lo que los demás opinen de ti. Puedes responder,
te doy permiso.
- La opinión – se tuvo que
aclarar la voz carraspeando después de tantas horas sin hablar- de los demás
nunca me ha dado de comer, ni me ha proporcionado techo, al contrario me ha
perjudicado. En una ocasión una enfermera descubrió de pura suerte como mi
padre se aliviaba de sus demonios con mi cuerpo y me tuvo sin poder verle mas
de dos meses hasta que comprendí que su precio era satisfacerla a ella antes que
a mi padre. La opinión de los otros siempre lleva escondida una tasa que hay
que pagar para hacerla pivotar a un lado a otro según nos interese en cada
momento. Cuando murió mi padre hice creer a aquella zorra que me tenía encandilada
y fui a satisfacerla a su despacho como venía haciendo desde hacia años, pero
en esta ocasión me aseguré que el director del centro apareciese por allí como por
casualidad. Cuando la despidieron quedé con ella para retomar nuestros manejos
en el túnel que pasa bajo The Mall del parque por el que acabamos de pasar.
Cuando le arranque el clítoris de un mordisco y lo escupí lejos, creo que su
opinión sobre mí varió radicalmente, si me denunció o no, nunca me enteré, a mi
nadie me volvió a molestar. Yo hago tratos de buena fe, pero no me gusta que me
chantajeen y aunque parezca endeble y de poca naturaleza mi voluntad es más
dura que el diamante. Y si me permite, le diré algo.
- Lo permito y nada más.
- Me ha gustado su pacto, ha sido
claro, leal y aceptable. Nunca había sido esclava, pero esta siendo
estimulante. Yo no lo voy a romper, ahora bien, y esto es una advertencia, no
lo rompa usted nunca, lo de la enfermera no era un farol.
- Pero va a durar este fin de
semana y no más. Se corre el riesgo de tomar confianzas que a la larga son
perjudiciales tanto para unos como para otros. Me pasa con Claudio, a veces me
cuesta contenerle en su sitio de sirviente, son tantos años que a veces se cree
con determinados derechos que nunca se le han dado, aunque de alguna manera sea
la única familia que tengo, pero eso no le quita la marcha indeleble del
criado. Y una cosa más, no vuelvas a hacerme más advertencias. A mí no. Por
cierto, ¿llevarás colocado el plug?
Pureza afirmó con la cabeza si
abrir la boca.
- Perfecto, no has caído en el
error. Eres inteligente y sabes cual es tu sitio, lástima que no pueda volver a
disfrutarte después de este fin de semana.
Pureza esbozó una sonrisa
imperceptible y se movió en la silla con lo que el plug le masajeó la vagina y
provocó un placer que ella no conocía. Pero la faz de beatitud no le fue ajena
a Don Fernando.
- Te estás corriendo – afirmó-
pues déjalo ya, y no culmines el orgasmo, eres mi esclava y te correrás cuando
yo te diga y no cuando a ti te apetezca. Volvamos a la casa dando un paseo por
el parque. Quiero ver el sitio exacto donde le arrancaste a esa zorra su
clítoris, porque en ese sitio precisamente voy a sodomizarte.
Pureza cerró los ojos y suspiró
muy débilmente indicando el placer que le proporcionaba saber que iba a ser
violentada en público y por el ano.
- No camines a mi lado – le dijo
cuando salieron de la terraza de la
Tavern – ve un paso detrás de mi y con la mirada humillada,
no mires a nadie.
Don Fernando saludaba a unos y a
otros de los conocidos hombres de negocios que a esas horas atestaban la
terraza del establecimiento hasta que cruzaron al parque. Se dirigieron morosos
hasta el túnel y allí la hizo ponerse de espaldas, cara a la pared.
- Sácate el plug y consérvalo en
la mano. Luego levántate la falda, que se te vea bien el culo.
Pureza obedeció. Así permaneció
un rato mientras Don Fernando le acariciaba con delicadeza su sexo desde detrás
incidiendo sobre todo en su clítoris hasta que lo sintió duro y la vagina
comenzó a destilar fluidos en abundancia.
- ¿Estás muy caliente?
Ella respondió afirmando con la
cabeza.
- Ahora te follará alguien. Un
joven venía con su bicicleta enfilando el túnel y al ver la escena se detuvo en
la embocadura, sin saber si volver grupas o continuar temiéndose una encerrona,
pero la hipnosis de la escena de una especie de diosa de culo perfecto,
blanquísimo y en disposición de ser usado tenía más fuerza que todos sus
temores.
- No tengas miedo muchacho –
levantó la voz Don Fernando – ven si te apetece desahogarte con esta diosa del
sexo que quiero regalarte por unos minutos.
El muchacho que no pasaría los
veinticinco años aún estaba con la bicicleta entre las piernas sin saber que
hacer, hasta que al final la observación de aquellas nalgas de nácar, forma de
pera perfecta y un giro de cabeza de Pureza mordiéndose el labio terminaron por
diluir cualquier prevención que el muchacho pudiera tener. Se acercó despacio
respirando cada vez mas agitadamente fruto de la excitación hasta llegar a su
altura. Pureza respingó un poco las nalgas y abrió aún más las piernas con las
faldas sobre la cintura.
- Por el ano muchacho, es todo
tuyo, vacíate dentro.
El muchacho mulato de color,
afloró de la bragueta al menos diez pulgadas de pene grueso y duro que sin
pensárselo embocó en el ano de Pureza que lo absorbió como un niño hace con el
helado que le acaban de regalar. No transcurrieron ni diez segundos cuando el
chico de color emitió un grito de placer y empujó con todas sus fuerzas hasta
que se detuvo en sus embestidas. Se retiró con la misma presteza con la que
había accedido al cuerpo de Pureza en el momento justo que por el otro lado del
túnel aparecía una pareja mayor que venía paseando su perro. El chico cogió la
bicicleta y parecía que estaba terminando
al sprint del tour de Francia
- Ponte el plug de inmediato y a
casa – dijo en tono bajo Don Fernando.
Pureza se endosó con facilidad el
plug lo que le obligó a conservar el semen del chico que la había sodomizado.
Se incorporó y la falda cayó cubriendo la desnudez. El matrimonio que venía
paseando su perro vio algo raro pero se limitó a dar los buenos días a Don
Fernando y a Pureza y seguir su camino.
Nada más entrar en la casa Don
Fernando dirigiéndose a Claudio le dio las instrucciones pertinentes:
- Que se desnude, que suelte el
lastre y que se lave. La ha sodomizado un negro y quiero sodomizarla yo ahora. Llévala
a la sala, que se ponga un enema de tres litros, no quiero sorpresas. Lava bien
el plug y que se lo ponga por vagina nada más acabar con el enema. Estaré en la
biblioteca.
Claudio llevó a la sala de enemas
a Pureza.
- Desnúdate – le dijo de forma
casi inaudible Claudio y con un deje de apuro en el tono.
En el sótano, en una habitación
totalmente alicatada y muy iluminada con un husillo en un extremo hacia donde
tenía una leve caída el suelo para recoger las aguas sucias si se caían, con
una mesa de paritorio en el centro y una serie de ganchos colgando del techo.
En un extremo había una ducha. Claudio indicó a Pureza que se colocase en
posición de parto, las piernas apoyando en sus apoya pies y le ató con las
correas para que no se moviese. Dejó de esta manera expuesto su sexo y su ano
que empezó a rezumar semen lentamente. El ano estaba bastante dilatado. Claudio
pasó sus dedos con delicadeza por los bordes del ano y entre las ninfas y los
insinuó dentro en algún momento dentro de la vagina. Luego se desnudó el mismo.
- Me desnudo porque a veces la
administración de un enema puede llegar a ser algo engorroso.
Pureza, fiel a su compromiso no
dijo nada, solo respiraba de forma agitada.
- Nunca te han puesto un enema de
tres litros, ¿verdad?
María de la Pureza negó moviendo la
cabeza de un lado al otro y al mirar al techo pudo ver un objetivo pequeño que
se movía a un lado y otro. Claudio se dio cuenta de que ella se había dado cuenta.
- Es el jefe, le gusta ver las
aplicaciones de enemas, pero no soporta los olores. El sabe que a mi me pasa lo
contrario y se, además como excitarle.
El mayordomo preparó la bolsa con
el agua templada con los tres litros y la goma con la cánula y su llave
reguladora. Pero antes de introducir por el ano la cánula hizo algo que dejo
estupefacta a Pureza y a Don Fernando en su biblioteca regocijó.
Claudio se arrodilló delante de
la chica y acercó su cabeza a su sexo. Comenzó a lamer sus partes intimas y clítoris
hasta que la supo excitada y entonces se movió al ano por el que estaba
destilando el semen ya licuado del mulato que la había sodomizado y lamió con
dulzura primero y luego con desesperación metiendo la lengua dentro del ano
todo lo que su anatomía le permitía. De vez en cuando paraba y preguntaba con
voz entrecortada de pasión contenida por las dimensiones del pene que la
sodomizó para volver otra vez a chuparle el ano y luego el sexo hasta quedar
agotado. Cuando terminó de satisfacer sus fantasías lubricas más extravagantes
se levantó miró a la cámara y sonrió. Se escuchó una voz en off: “No ha estado
nada mal, te superas, hacia tiempo que no disfrutaba tanto con tus cochinadas,
mariconazo”. Claudio contestó con otra mirada a cámara y una sonrisa de
satisfacción.
- Ahora voy a aplicarte el enema.
Tres litros, son muchos litros, relájate, va a entrar muy despacio y te vas a
ir sintiendo llena y con ganas de apretar. No lo hagas o tendremos que empezar
de nuevo. Deja que el liquido caliente inunde tus entrañas y cuando lo tengas
todo dentro aprieta el ano para intentar mantenerlo dentro todo el tiempo que
puedas, así la limpieza será completa y mi placer total.
Pureza levantó la cabeza con
gesto interrogativo, no podía comprender que placer podría encontrar en que
ella se pusiese el enema. Pronto lo descubriría.
La chica miraba el depósito
transparente del agua colgado del techo y como muy lentamente se iba vaciando y
ella se iba sintiendo llena con una sensación de confort que nunca hubiera
imaginado. Cuando quedaba por entrar algo menos de un tercio empezó a sentir
urgencia defecatoria y necesitó de toda la calma que pudo reunir para no
estropear el proceso. Pero la urgencia fue cesando hasta que el depósito se
vació por completo.
Claudio cerró la llave de la
cánula y la extrajo despacio al tiempo que le daba instrucciones de que
apretase el ano para retener el líquido el mayor tiempo posible. Así lo hizo y
para su sorpresa el líquido no se salía, estaba dentro de su intestino y la
relajaba saberlo ahí. Al cabo de unos diez minutos sintió otra vez la urgencia
defecatoria y levantó la cabeza de la camilla con los ojos muy abiertos en
señal de alarma y sucedió lo que Pureza nunca hubiera imaginado; Claudio se
colocó delante de su ano y le dijo:
- Suéltalo todo que yo lo recibo
– al tiempo que cerraba los ojos esperando el chorro que habría de salir por el
ano de muchacha
Pureza se dejó llevar de la
naturaleza y le empezó a salir un chorro a presión de líquido caliente y ligeramente amarillento que
impactó de lleno en la cara de Claudio que lo estaba esperando al tiempo que se
masturbaba con morosa delectación. La voz en off habló: “Esta es la mejor parte
Claudio, muy bien mariconazo”.
Cuando Pureza terminó de soltar
todo el liquido, Claudio soltó un surtidor de semen que le dejó tan exhausto
que cayó sobre el suelo manchado del agua sucia recién salida del ano de la
chica, que poco a poco fue buscando su sumidero hasta dejar el suelo húmedo
pero sin charcos. Claudio se dirigió a la ducha, se fregó compulsivamente todo
el cuerpo con jabón verde y un estropajo de fibra como si quisiese que se
olvidase que el contenido de un intestino le había impactado en cara y cuerpo.
Luego, desató de su postura a la chica y le ordenó que se duchase también y que
una vez seca subiese a la biblioteca con el plug insertado en vagina.
Con el plug enorme en la vagina
que le dificultaba en cierta medida el caminar y le provocaba vaharadas de
placer al rozar el clítoris Pureza subió hasta la biblioteca donde esperaba Don
Fernando con una bata damasquinada roja sentado en un sillón de orejas tapizado
en verde carruaje. Al poco apareció Claudio con una bandeja con la comida de su
señor consistente en un emparedado de pollo con salsa armoricana, una copa de
vino y otra, grande, llena de fruta picada.
- Échate a mis pies mientras,
como otra perra. Jenofonte – llamó al perro – aquí.
El perro se echó al otro lado de
Pureza.
- Pureza, mientras me deleito con
esta frugal comida dale a mi pobre Jenofonte alguna satisfacción. El es muy
dócil y con poco se va a conformar, pero que no te toque el sexo, ese va a ser
mío después, más bien se tu la que hagas feliz al perro con tu boca. Y poneros
por este lado que yo pueda ver como va el desarrollo de la jugada. Jenofonte –
ordeno su amo - échate por este lado – y el perro como si tuviese conocimiento
se tumbó a todo lo largo al lado de Pureza dejando sus hijares a la altura de
su cabeza, luego levantó la pata y expuso su sexo al arbitrio de la muchacha.
La chica miró hacia arriba a su
temporal amo que con un movimiento de cabeza le indicó que comenzase la
felación a su perro.
Pureza hundió su cabeza entra las
patas del perro y empezó por acariciar con su cara toda su anatomía pudenda
hasta que por el pene del perro empezó a aparecer un botón húmedo y escarlata,
en punta y goteante que cada vez se hacía más largo. Jenofonte gimió.
- Venga, perra – grito Don
Fernando – mámasela ya, no hagas sufrir más a mi Jenofonte. El te dio placer
ayer sin rechistar, es justo que lo hagas tú ahora.
Pureza empezó por lamer la punta
del pene al perro y percibió un sabor salado y complejo, en absoluto repulsivo
y abrió la boca permitiendo que todo el pene del perro hasta la piel peluda se
hundiese en su boca. Con la lengua estimulaba el pene del perro y éste gemía de
placer, hasta que de repente el gimoteo se detuvo, el pene le creció
desmesuradamente dentro de la boca a Pureza al punto de no podérselo sacar e
impedirle respirar con facilidad. Transcurrieron unos interminables minutos
hasta que de repente el pene del perro escupió con fuerza el semen que
atragantó a la chica y el pene perdió volumen con lo que ella pudo
desembarazarse del mismo y toser y vomitar desahogándose del trance.
Don Fernando para entonces reía
como un poseso encantado de ver los apuros de su esclava de oportunidad.
- Se ve que no sabías de que se
trataba. Ahora cuando te metas la polla de un perro en la boca estarás atenta a
sus gemidos, porque en cuanto estos se interrumpan es cuestión de segundos que
sobrevenga la tragedia – y todo esto lo decía de forma entrecortada y sin dejar
de reír.
Luego puso en el suelo el plato con las sobras de su
emparedado.
- Anda come algo que se te quite
el sabor a leche de perro – y volvió a estallar en carcajadas.
Apenas había comido los restos de
la comida de Don Fernando éste ya la estaba reclamando.
- Sabes, cariño, veo que se te
dan bien estas cochinadas y eres muy disciplinada. Por otra parte te voy a
pagar muy bien y me merezco gozar de todas mis fantasías y esta de Jenofonte
nunca había conseguido llevarla a buen puerto, lo que me ha puesto bastante,
digamos, excitado – tocó una campanilla – y como una cosa lleva a la otra, se
que eres capaz de más – apareció Claudio – Claudio llévate la bandeja con los
restos y limpia estos vómitos y el semen del perro de la alfombra y recuerda
que el lunes hay que mandarla a limpiar.
- Como mande el señor – miró
Claudio a Pureza con conmiseración al ver como había transcurrido la nueva
fantasía de Don Fernando y sintió pena por ella.
- Ahora he de vaciar yo el
intestino. Pureza, acompaña a tu amo al trono, deseo que veas como cago, que
grosero soy en mi lenguaje, verdad – y reía divertido de su ocurrencia – luego
tú me limpiarás, yo suelo mancharme y me da bastante asco.
Llegaron al cuarto de baño y Don
Fernando se quitó su bata de Damasco quedando desnudo. Se sentó en la taza del
vater pero dejó el pene fuera.
- No vamos a desperdiciar mis
orines, digo yo, ese es tuyo, así que ya sabes, arrodíllate delante de mi y
bebe, que tendrás sed - volvió a tocar
la campanilla – yo te daré de beber.
Apareció al punto Claudio en el
baño.
- Claudio, quédate, quiero que
veas como ésta perra se bebe mi pis para apagarse la sed – y soltó otra
risotada.
- Señor, yo creo que después de
lo de Jenofonte…
- Que te pasa Claudio, te da pena
este desperdicio, esta guarra perdida a la que se follaba su padre y a ella le
encantaba, porque es precisamente eso, una puta perra de la calle, o crees que
si no lo fuese iba a consentir algo así. Que clase de dignidad se tiene para
pasar por esto…
- Señor yo…
- Pues calla y mira, que aún no
has visto ni la mitad. Mariconazo miserable – masculló.
Pureza se metió el pene enhiesto
de Don Fernando en la boca que comenzó a orinar al tiempo que el olor delataba
que defecaba al tiempo. Pureza tragaba orines y reprimía arcadas hasta que
finalmente Don Fernando dejó de orinar. Ella se retiro hacia un lado tosiendo y
congestionada con los ojos inyectados de sangre. Claudio estaba rojo de
indignación, había algo en aquella muchacha que le estaba llegando muy hondo.
- Ya está, ahora a limpiarme.
Pureza fue a recoger papel del
portarrollos al tiempo que Claudio preparaba el bidé para el lavado posterior.
- No, no, no, estáis equivocados
los dos.
Don Fernando se puso en pie sin
limpiarse y se dirigió a la biblioteca otra vez. Se tumbó boca abajo con las
piernas muy abiertas sobre el escabel que utilizaba con su sillón y se colocó
un cojín mullido bajo su pubis para dejar el ano expuesto.
- Me vas a limpiar tu con la
lengua, guarrilla. No disimules. Sabes que te va a gustar y además recuerda si
no quieres hacerlo, se acaba el contrato y ahí tienes la puerta.
Claudio la miró con gesto
indignado pero ella le detuvo con otro gesto suyo de la mano. Se arrodilló
entre sus piernas y metió la cabeza entre sus nalgas lamiendo las heces sobrantes
de su defecación.
- No sabes el gusto que me estas
dando guarrilla. Y a ti te gusta también no lo niegues, se nota con el deseo
que metes la lengua por todos los rincones. Ahora me arrepiento de no haberte
cagado en la boca directamente – y volvió a soltar otra risotada.
Claudio apretó los puños
dispuesto a terminar con aquello, pero Pureza de un salto se levantó, terminada
su faena y viéndole su actitud, le sujetó por la muñeca sin que el amo se
percatase y le esbozó una sonrisa cómplice, enseñando los dientes color ocre de
las heces recién rebañadas.
Don Fernando se dio la vuelta y
mostró su erección más soberbia.
- Ahora siéntate sobre mi mástil
de araucaria, que notes como te entra por el ano con toda la dificultad que le
opone el plug que llevas en el coño – y volvió a reír de forma grosera y
despreciable.
Pureza abrió las piernas para
abarcar el escabel donde estaba tumbado el señor se separó las nalgas con las
manos y apuntó el pene duro y a punto de estallar de Don Fernando a su ano. Se
dejó caer de golpe y la presión hizo que el plug insertado en la vagina,
saliera despedido yendo a impactar con gran violencia contra la cara del señor provocándole
una hemorragia nasal importante. Claudio no pudo reprimir una risotada y Pureza
se quedó clavada por el pene durante un instante, el que duró la erección que
por mor del dolor del impacto desapareció como por ensalmo. El pene se salio
del ano de Pureza que de un salto se colocó al lado de Claudio. Don Fernando se
incorporó enfurecido tocándose la nariz y tomando conciencia de su epixtasis.
- ¿Te ha hecho mucha gracia, no,
maricón de mierda? ve inmediatamente a buscarme algo para parar este sangrado
¿o es que vas a esperar a que muera por exanguinación?, y tu puta, lo has hecho
a propósito para vengarte de mí. Se acabó el juego, lárgate de aquí ahora mismo
y no esperes de mí ni un dólar, guarra.
Claudio salió para ir en busca de
un remedio para la hemorragia.
- Ese no fue el trato – dijo muy
seria y serena Maria de la
Pureza – me puede usted echar si quiere, pero me tiene que
pagar lo pactado, yo no he roto ni una sola cláusula, hasta me he comido su
mierda y eso no se había hablado, el dinero me lo tiene que dar.
- Y si no, ¿Qué? vas a ir a
denunciarme a la policía. Zorra, tu sabes con quien estás hablando.
- Si, perfectamente – a Don
Fernando el aplomo de Pureza le produjo un escalofrío que le recorrió toda la
espina dorsal - con un cerdo maleducado que no tiene palabra y que no se merece
que se vaya a la policía. A María de la Pureza , gilipollas – y remarco el insulto silaba
a silaba - para la calle Margaret “La fiera”, ni tú ni ningún petimetre la va a
tomar el pelo.
Tenía al lado la mesita auxiliar
donde reposaba el abrecartas mexicano heredado por el dueño de la casa.
- Perfecto imbecil, nadie sabe
que estoy aquí. Que esta mañana te vieron con una putita probablemente menor y
eso seguramente afirmará tu agente de bolsa, pues claro. Un corte de pelo, un
tinte y un pintarrajeo de cara y ¿quien conoce a una tal María de la Pureza ?, pero a Margaret
“La fiera”, ahora mismo puedo reunir a mas de cien personas que afirmen que
estaba follando con ellas estos dos días.
Don Fernando se levantó por el
teléfono en el momento que Claudio entraba en la biblioteca con el material de
cura. Fue el relampaguear de un rayo, un pestañear de ojos, la expiración de un
enfermo. En menos de una décima de segundo ya tenía Margaret el abrecartas en
la mano y ya le salía a Don Fernando por la nuca la punta afilada del estilete
que le acababa de entrar con certera puntería por la nuez.
Cayó hacia atrás entre gorgoteos
de sangre sin encontrar agarradero al que asirse. Miró con ojos desorbitados a
Claudio que hierático contemplaba la escena desde la media estancia, pidiéndole
ayuda.
- Solo lamento una cosa señor –
alcanzó a escuchar Don Fernando antes de perder el conocimiento previo a la
muerte por ahogamiento en su propia sangre – no haberlo hecho yo hace muchos
años, pero nunca tuve redaños. Hoy bajaré a la bodega a descorchar ese champaña
que usted reservaba para alguna gran ocasión, y esta era la gran ocasión.
En un último estertor de sangre
borboteando Don Fernando dejó de existir con el abrecartas firmemente ensartado
en su cuello.
- ¿Cómo has tenido el valor? –
preguntó Claudio a la chica
- Que más da. Habría sido antes o
después o tú te crees que lo de la mierda yo lo iba a dejar así. Desde que mi
lengua probó el sabor acre a hígado podrido de este cabrón ya había tomado yo
la decisión. Quizá si se hubiese descolgado con diez mil dólares le habría
perdonado la vida, pero ¿esto? – y escupió sobre el cadáver.
- Vete Margaret o Pureza o como
te llames pero antes espera, esto no puede quedar así. Conozco la combinación
de la caja de este cerdo desde hace años, aunque nunca he tenido valor para
tocarla, me da pavor verme entre rejas y entre hombres, no lo soportaría.
Se dirigió a una hilera de libros
de la estantería e hizo intención de sacar uno tirando del lomo hacia fuera, lo
que ocasionó que se levantase toda la hilera que no era más que un trampantojo
que ocultaba una caja fuerte. La manipuló con destreza con sus inmaculados
guantes de algodón y la manivela cedió al punto.
- Nadie sabe lo que esconde, ni
la cantidad de dinero que atesora en esta caja.
- ¿Ni tú? – preguntó extrañada
Margaret.
- Ni yo. Ya te he dicho que tengo
pavor a la cárcel, aunque esto es ya diferente. Veamos. ¡Dios de la verdad! –
Exclamó Claudio – sacando un fajo grande de billetes. Son fajos de diez mil en
billetes de cien, toma diez, son cien mil dólares, con esto podrás empezar una
vida nueva donde quieras.
- ¡Quita estupido!, a ver – le
dio un empujón sin contemplaciones a Claudio - Aquí hay mas de dos millones, lo
que hay que hacer es vaciar la caja y cerrarla cuidadosamente después. Si nadie
sabía de su existencia, que va a hacer ese dinero ahí. Yo me lo llevo en cuanto
anochezca y tú haces como que vienes de la calle de tu día libre, te encuentras
el pastel y llamas a la poli. Tus huellas van a estar por toda la casa y las
mías no tienen problemas, no estoy
fichada, nunca me han pillado. Supondrán que aprovechando tu ausencia el
contrató una puta, ¿no ves como está? En pelotas y que ella se lo cepilló, y
ahora que busquen. Tú no le has tocado así que no tienes que ponerte nervioso.
Cuando se levante el cadáver te marcharás pues con el cabrón éste muerto ya no
tienes trabajo. Pon un anuncio solicitando trabajo cuando pase una semana en el
New York Times sección de cuerpo de casa que diga que sin referencias porque tu
jefe murió sin dártelas, sabré que eres tú y me pondré en contacto contigo.
- Pero ¿Cómo se que no te vas a
largar con todo el dinero y me vas a dejar tirado?
- No lo sabes. Pero yo soy
Margaret “La fiera” cualquiera en esta ciudad te podría dar norte de mí, además
yo seré una puta arrastrada, pero tengo lo que el cabrón ese – y volvió a
escupir sobre el cadáver – no tenía: palabra.
Margaret volvió a ponerse la ropa
con la que llegó a la casa y se sentó con la bolsa llena de dinero al lado a
esperar que anocheciese.
- Margaret – preguntó intrigado
Claudio – era cierto lo que contaste del hospital y lo de tu padre.
- Tío, eres más lila de lo que
pensaba. ¡Venga ya!, el cabronazo de mi padre me la metió por el culo cuando yo
tenia siete años y por no gritar me dio después un cobre, y eso me abrió los
ojos. Con ocho años ya me ganaba yo el pan para mí y para mis hermanos. Tu que
sabrás lo que es la vida real en la calle. Ahora tengo diecinueve, pero de
tanto follar de todas maneras, tantas veces al día y de cualquier forma estoy
muy estropeada, por eso digo que tengo más de treinta, para que parezca que
tengo veintitantos.
El tiempo corrió deprisa y con la
anochecida, Margaret salió de la casa señorial cruzó a la carrera la calle
sesenta y seis giró a la izquierda y con la cabeza gacha cruzó tercera y segunda avenidas hasta la sesenta donde enfilo
el puente de Queensboro y tras diez minutos se perdió por las callejuelas de
Queens.
Claudio marcó en ese momento el
112.
- Policía, dígame.
- Ha habido un crimen en la calle sesenta y seis este –contestó una voz
temblorosa.10.9.12

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