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domingo, 23 de septiembre de 2012

C O B A R D I A

Cobardía


Aquella mañana me levanté aburrida del todo, y molida. Había pasado la noche fatal y ni con somníferos conseguí pegar ojo. Con mi hijo en Irlanda, en una familia, que yo no quería que se fuese y el imbecil de su padre dando por saco con los mensajitos del móvil, cómo si nuestro naufragio fuese reversible o quisiese que fuese imposible la reflotación; dependía del numero de aguardientes ingeridos, estaba atacada de los nervios. Se empeñó el hijo de puta en que se fuese el niño al extranjero, le engatusó y lo consiguió. El niño, todo hay que decirlo, tiene diecisiete años y más cuerpo que un armario de tres puertas, pero es mi niño y no puedo remediar el preocuparme de él, aunque cada día que pasa se parece más al cerdo del padre. Me tiré prácticamente de la cama y me lancé al cuarto de baño buscando un analgésico, la cabeza me iba a explotar. Solo encontré un algo efervescente lo que me obligó a desplazarme a la cocina a buscar un vaso con agua, me tropecé por el pasillo y por poco me mato. En fin, había empezado la semana como Dios manda. En la ducha decidí mojarme la cabeza a ver si así me despejaba un poco y la verdad es que me sirvió para aclarar las ideas, al menos. Con el niño fuera y la casa entera para mi..., a lo mejor daba el salto al vacío, estaba harta ya de ser la naufraga, más sola que la una; un tío, aunque solo sea para la cama, hace falta de vez en cuando. Al salir de la ducha me miré al espejo con ojos críticos. Las tetas aún no estaban muy colgonas, nunca tuve mucho pecho y eso ayuda; quizá dentro de cinco años tuviera que echar mano de la cirugía. El vientre plano, sin pasarse, con alguna redondez, que qué caramba, había parido una vez y el aborto, que no llegó a nada pero estuvo ahí dentro, dando que hacer. La mata de pelo del triangulo de las delicias, a estas alturas de la vida, el de los sinsabores más bien, aún se mantenía frondosa, con alguna cana, pero eso lo sabía yo y no pensaba decirlo, había que buscarla. El culo, la verdad es que no era el de hacía diez años, pero se mantenía respingón, algo flanero, de acuerdo, pero daba el pego aún, y para cuando consintiese que lo tocaran no habría vuelta atrás. A los cuarenta aún me encontraba de buen ver y constatarlo con gozo, ayudó a que se fuese pasando el dolor de cabeza. Decidí que iría a la peluquería a cambiar de aspecto, que el corte iba estando ya un tanto retro y de esa forma no había quien ligase, aunque no tenía muy claro todavía si quería volver a enredarme con un hombre otra vez, no todos tenían porque ser como el sinvergüenza de Manolo, pero me permitía una reserva mental.
Era temprano cuando salí a la calle, no tenía porque echarme a la calle a esas horas, pero lo hice, se me iba a derrumbar la casa en la cocorota. El ambiente era fresco sin que hiciese un frío imposible y estimulaba sentir en la cara esa brisa que baja de la sierra y de momento parece que te corta la respiración pero luego agradeces que te mantenga viva y despierta. Tenía turno de tarde así que en lugar de tomar café donde siempre, en el Cafetal, caminé dos manzanas más allá recreándome en el colorido de la gente que se cruzaba a toda prisa camino de sus asuntos, mientras yo lo hacía despacio, sorbiéndoles su escenificación involuntaria y grotesca, gozando con ella, me sentía a gusto en esos instantes y para colmo se me había quitado el dolor de cabeza. El Lagarto de Piedra era, y es, una recoleta y coqueta cafetería en la que no solo el café era bueno, los churros eran buenos, la limpieza exquisita y el servicio lo mejor.
Jose Manuel era un muchacho guapetón, atento y servicial, joven, sin ser imberbe y desde luego siempre en su sitio, que era lo que más me molestaba, porque por más tejos, es un decir, que intentaba echarle, siempre se mantenía en su sitio sin rozar siquiera el desdén o la mala educación. Alguna vez se me pasó por la cabeza que pudiera ser gay. Y no es que intentase tener con él nada más que un flirteo, porque podría haber sido mi hijo, pero era como un peluche de entrañable, no había vez que no fuese al Lagarto de Piedra que no sintiese ganas de estrecharle maternalmente entre mis brazos, acunarle y liberarle de sus cuitas y sinsabores, sin bien, es preciso no engañarse, la curvita de la felicidad de su incipiente barriga, que exhibía sin complejo alguno para ser tan joven, el rostro lampiño poblado de algunas motas como de hollín en torno a la boca que querían escenificar a modo de perilla, y esa sonrisa rematadamente encantadora que jamás se le caía de la boca por mucha gente que se le acumulase en la barra pidiendo todos a la vez, me provocaban más que un poco de humedad y me provocaban amnesia sobre todo del daño que es capaz de hacerle un hombre a una mujer sin ni siquiera proponérselo.
Cuando llegué al bar no había demasiada gente y Jose Manuel estaba como siempre atento tanto a su trabajo como a los parroquianos que le preguntaban cualquier cosa, desde el parte meteorológico hasta los resultados de la Liga de Baloncesto, nada le era ajeno si sabía que podía complacer a su clientela. Al verme entrar me indicó como siempre en que parte de la barra había sitio: “Aquí al fondo hay sitio Doña Elena”. Y mira que había insistido veces que no me diese el tratamiento, que con un Elena era más que suficiente y era una forma de acortar distancias, pero él no, se empeñaba, era listo y no cejaba en anteponer el Doña siempre. Pero todo es susceptible de cambio y ese día... Había desistido hacía tiempo de que me apease el Doña y prefería ni escucharlo, yo le tuteaba, como desde el principio, porque él se prestaba a la confianza que se tomaba el cliente, aunque no se la tomase nunca.
-          Está esto muy vacío hoy, ¿no Jose?
-          Hoy es un poco más tarde Doña Elena, pero a pesar de todo es que últimamente están fallando los clientes de siempre y la verdad, no se cual será la razón, el servicio es el mismo y la calidad también.
Era retórica la explicación, todos sabíamos que habían abierto en los últimos seis meses dos establecimientos de comida rápida y los negocios de toda la vida se habían resentido.
-          Me pones un zumito, como tú sabes que me gusta, un café doble y una tostada bastante hecha. Con miel.
A medida que se alejaba, laborioso, hacía la maquina del café y observaba la diligencia con que se conducía se me venían a la cabeza las imágenes del padre de mi hijo siempre viviendo a mi costa. ¡Que contraste! ¿Cómo pude ser tan ciega?, siempre con sus proyectos estúpidos y grandilocuentes, ¡me tuvo deslumbrada tanto tiempo! Un hombre que solo tenía expectativas, nunca realidades, me engañó durante quince años, ¡que imbecil puede llegar a ser una mujer enamorada! Jose debería tener ahora la edad de Manolo cuando se casó conmigo, que me convenció de que estaba a punto de montar una red franquicias para distribución de comida para animales que iba a barrer con todo lo que existía hasta entonces, y yo me lo creí a pies juntillas y me casé ilusionadísima. ¡Que equivocada estaba, cómo me engañó! Ojalá hubiese sido aquel Manolo como este muchacho que se ganaba la vida honradamente. Yo no quería un triunfador o un millonario, solo quería un marido que me quisiese y con el que pudiera poner en marcha un proyecto común como fue nuestro hijo. Menos mal que me negué a tener más, no quiero ni imaginarme como habría podido sacar la casa adelante con ese vago de marido y encima más niños aún.
-          Doña Elena su café.
Jose Manuel me sacó de mi amargura tantas veces recordada, y rebotada contra mi rabia por lo que nunca asumí del todo y que remuneraba esa parte masoquista aberrante mía, que fue la causante de que durásemos tanto. Me fastidiaba haber perdido una importante parte de la vida con el zángano embaucador que me casé, pero debía reconocer que una buena parte de la culpa había sido mía. Extravié la mirada aguada, perdiéndola entre las hileras de botellas de licor que adornaban las estanterías de la contrabarra.
-          ¿Le pasa a usted algo?
Me volvió a sacar del ensimismamiento y la pocilga de recuerdos en las que, porque no aceptarlo, me encantaba rebozarme para darme lastima a mi misma. Me miraba Jose, desde esas gotas sensuales y mágicas de miel traslucida enmarcadas en el negro terciopelo de las pestañas que acariciaban mi imagen, preocupadas por mi rostro de fastidio, aburrimiento y dolor. Me fijé por primera vez en lo que había en la sima de esas negras pupilas que me clavaban en mi banqueta. Había interés sincero, preocupación por mi bienestar, ganas de agradar, ¿deseo?, ¡ojalá!
-          ¿Hoy no trabaja Doña Elena?, es tarde ya..., perdón por el atrevimiento, no era mi intención
-          No pasa nada Jose, estoy en el turno de tarde por eso estoy aquí a estas horas, no me has ofendido.
Se le vistieron las mejillas de amapola y balbuceó otra excusa ininteligible retirándose salvado por el reclamo de un cliente que le pedía la cuenta. Había sucedido un cambio cualitativo en su actitud hacia mí. Se había interesado por algo personal, había abandonado la trinchera de la pulcra y educada indiferencia, quizá se había obligado a tragarse la vergüenza, acicateado por el deseo. Me gocé en lo mas hondo de mi ser, había espacio a la esperanza, no le era indiferente al muchacho y eso me puso optimista, todavía era capaz de despertar algo más que indiferencia en un hombre y éste no era como Manolo, se suponía que con su edad podría aspirar a algo más que a una cuarentona como yo y sin embargo lo leído en sus ojos no dejaba lugar a dudas, Jose estaba por mi. Otra cosa a lo mejor si, pero eso no se le puede hurtar a una mujer.
Termine mi desayuno con satisfacción y pedí la cuenta, el chaval no quería que me fuera, me ofreció la prensa de la mañana y me invitó a otro café. Le sonreí agradeciéndole su gentileza de tal manera que supiese que me encantaba su estrategia de acercamiento pero que los tiempos los marcaría yo, cuando yo quisiera. Una cosa es que me sintiese halagada por su cortesía y otra que fuese a entregarme con armas e impedimenta al primer intercambio de golpes. No le iba a consentir que me utilizase como una muñeca de plástico, con vagina calentada por agua, para producir ilusión de autenticidad, en todo caso le utilizaría yo a él como consolador de lujo que lleva adosado un cuerpo de hombre para dar realismo a la fantasía de que se está siendo penetrada. Se cortó cuando rechacé su ofrecimiento pero supe como encandilarle haciéndole saber que volvería esa misma mañana, a tomar algo, antes de irme al trabajo.
No es que no hubiese disfrutado de su invitación mojando un poco la banqueta de la barra, gozando por anticipado lo que sucedería si me decidía a dejarme llevar por su juvenil ímpetu, pero era ya una hora en la que si no me daba prisa no llegaría a la peluquería con tiempo suficiente para estar a punto para llegar al trabajo.
Caminé apresuradamente esquivando los viandantes que a esa hora ya empezaban a escasear por la acera, al tiempo que sacaba el móvil y llamaba a la Pelu anunciando que llegaba en unos minutos.
-          ¡Ah, Elena, eres tú! Chica, ¿cómo no has llamado antes?, la verdad es que estamos fatal, me han faltado dos oficialas y yo estoy que no doy abasto, con tanto tinte y tanto corte..., pero bueno, venga, vale, vente para acá que enseguidita te cogemos. ¿Qué te vas a hacer?, bueno da igual, en cuanto llegues me lo cuentas, no tardes ¿eh?, que estamos hasta la corcha de gente, no vaya a ser...
-          ¡¡Lucho!!, ya está bien de monsergas, en treinta segundos entro en tu Peluquería pero como sigas con esas mariconadas me voy a la competencia, y no me vayas a rechistar.
Elena sabía como tratar a la gente, a todos salvo a su ex Manolo y de eso se dolía que fuese una hábil sirena en cualquier mar salvo en el océano del vago en el que cometió la torpeza de embarrancar.
-          Elena, cariño, me flipan las mujeres con carácter, como mi madre. Te espero.
Coincidiendo con la guarda del teléfono en el bolso empujaba la puerta de la Peluquería de Lucho. Después de ser recibida de la forma mas superficial y barroca y hacerle callar de manera imperativa le explique en que consistía el cambio de aspecto que quería darle a mi cabellera, tras lo cual le conmino a dejar de molestarme con su frívola cháchara y poner manos a la obra porque no tenía toda la mañana para perderla escuchando sandeces.
-          Lo que más aprecio de ti Elena es tu rabiosa sinceridad. Me encanta, oye.
-          ¡Que te calles y trabajes, plomazo!
-          ¡Que mujer!
Me daba pena tener que tratar a Lucho de esa forma tan desabrida, era una buena persona, incapaz de hacer daño a nadie, pero era feliz en su trabajo y lo demostraba de esa guisa..., que a mi me revienta hasta lo mas profundo, pero capta al vuelo la idea que llevas en la cabeza y encima, peina y corta como nadie.
Cuando salí del Salón de Belleza de Lucho aún me quedaba hora y media para entrar a trabajar. Decidí hacer honor a la palabra dada y volver al Lagarto de Piedra a tomar algo y así matar dos pájaros de un tiro, no hacerme nada de comida, que no tenía malditas las ganas, y continuar con el galanteo que inicié esa mañana con Jose Manuel y que me llevaría donde me tuviese que llevar.
A esas horas de la media mañana avanzada, el bar semejaba un día a orillas del Támesis en el XIX. Todo el mundo fumando, como si en ello les fuese la vida, creaba una atmósfera densa y nebulosa que se podría masticar si ello fuese apetecible. Tenía su explicación y es que era el único establecimiento que permitía fumar entre sus cuatro paredes y así lo anunciaba en la puerta: “SI NO FUMA, MEJOR NO ENTRE”. De todos los parroquianos no creo que hubiese uno que le arredrasen las bonitas imágenes que decoraban desde hacía semanas las cajetillas de tabaco, es más, despertaban entre ellos chanzas y chascarrillos sobre los dueños de semejantes órganos pútridos llegando alguno a postularse como donante de órganos fotografiables cuando el tabaco consiguiese su meta de llevarle al patio de los callados. Supongo que todo no era más que una forma de exorcización de miedos y envalentonamiento ante lo que sería, de seguir así, un destino seguro. El caso era que hasta que una se acostumbraba al ambientillo se tosía y costaba algo respirar.
Nada más verme entrar Jose Manuel dejó todo lo que tenía entre manos y se lanzó donde yo me apalanqué en la barra. Se encendió como un carbón al rojo y le brillaron las púpilas, diamantes recién tallados, en busca de su objetivo. Al llegar a mi altura abrió los ojos desmesuradamente, más incluso de lo que habría correspondido para demostrar sorpresa o extrañeza, pero se acompaño de una franca y distendida sonrisa que permitió que apareciesen detrás de sus húmedos y carnosos labios una hilera perfecta de joyas de marfil blanquísimo solamente interrumpida por una muesca que exhibía una de las paletas, lo que deshizo o distrajo de la afectación que producía, la apertura excesiva de ojos. No podía negar, que se alegraba de verme en el bar y que quería que yo me diese cuenta de que se alegraba. Me enterneció su inexperiencia y falta de doblez, era muy joven y se comprendía que no conocía ni los más mínimos rudimentos del arte de la seducción, intentaba jugar al poker ciego conmigo pero me enseñaba las cartas según se las iban sirviendo; encantador, no me iba a aprovechar, le iba a dar carrete a ver hasta donde era capaz de llegar, me agradaba jugar, me hacia sentir joven y saber que dominaba la situación me daba seguridad en mi misma, esa seguridad que el cabrón de mi ex me socavó día a día y que tanto trabajo me estaba costando recuperar. Sí, me sentía bien.
-          ¡Vaya cambiazo!, parece usted una chiquilla, está guapísima, de verdad.
Se percató de inmediato que había sido demasiado oriental, excesivo, haciéndose lenguas de mi aspecto y al enrojecimiento de las mejillas le siguió una cadavérica palidez que le borró de paso la sonrisa de la boca y le hizo balbucear una disculpa ininteligible.
-          No sufras hombre, no has dicho nada de más, te lo aseguro. Me ha encantado que te parezca guapa. Antes de llegar aquí me he cruzado con una conocida y me ha dicho todo lo contrario que tu, de manera que el que hayas expresado una opinión tan positiva me ha tranquilizado. Además me fío más de tu sentido de la belleza que de la de la estúpida que me lo ha dicho; envidiosa ella.
Mentía a propósito, pero no podía por menos que quitar, de alguna manera aunque fuese burda, hierro al asunto, porque el muchacho estaba pasándolo mal por su imprudencia y era incapaz de reaccionar. Al fin mi confidencia le hizo salir de su estado de sorpresa y volviendo a sonreír, como solo saben hacerlo los niños inocentes. Cambió de tercio para olvidarlo todo rápido.
-          ¿Va a tomar alguna tapa?, ahora están saliendo recientitas y están todas para chuparse los dedos.
Le pedí una jarra de cerveza y una tapa de paella y otra de tortilla, sabía que eran buenas. Le vi alejarse presuroso ignorando las demandas de los parroquianos que querían mas bebida o pagar o las dos cosas a la vez, pero el estaba a lo que estaba, y en ese momento yo era el único cliente en el bar. Se le notaba flotar entre los botelleros. Una vez hizo la petición en el ventanuco que le comunicaba con la humeante cocina se volvió cara al publico extasiado sin saber que hacer hasta que un cliente le dio una voz que le rescató para el mundo consciente de los vivos.
Le observé caminar moviendo el culo respingón y prieto y sin proponérmelo noté como me resbalaban mis labios por efecto de la humedad que me provocaba aquella lujuriosa visión. Hasta ese momento todo era más o menos un juego teórico pero a partir de entonces comprendí que no era la primera vez que el muchacho se conducía así. Era yo la que, agobiada por mis problemas y callejones cerrados, no le había visto. El muchacho no era sino una parte más de aquel bar, sin carne, ni alma; un autómata como la fuente de cerveza, que era eficaz, que se desconectaba al terminar la jornada y que no sentía ni dolor, ni remordimiento ni placer. Pero recordando..., esas chapetas coloradas, los balbuceos que me hicieron pensar en alguna ocasión que el chaval no era muy normal, y ser atendida, siempre, estuviese como estuviese de lleno el bar, nada más entrar, era la norma. Y así desde hacia meses.
Lo cierto es que la separación de Manolo había sido cualquier cosa menos feliz. Si una separación, de por si ya es traumática y desagradable, hacerlo de mi ex era toda una tesis de cómo hay que hacer para experimentar el mayor dolor con el mínimo numero de gestos. Ahora estaba feliz viéndole el culete a Jose Manuel y me regocijaba sabiendo que en cuanto quisiera podría acariciarlo, besarlo e incluso azotarlo, ¿porque no?, solo tenía que hacer un mohín y le tendría en mis brazos dispuesto a todo.
En ese mundo de leche y miel me encontraba cuando el móvil anunció que había un mensaje entrante. Me precipite al bolso, pozo sin fondo de toda mujer que se precie, en la que todo lo que hay dentro es útil, se lo crean los tíos o no, para encontrar el aparato. Esperaba que fuese mi hijo comunicándome que todo estaba bien, pero no, era el papa que me molestaba una vez más dios sabe con que incordio. Parecía que desde hacía casi un año esa era la misión de su vida, jorobarme y cuanto más, mejor. Anduve dudando en si abrir el mensaje o borrarlo directamente hasta que Jose Manuel me trajo la jarra de cerveza y decidí que en ese momento era más fuerte porque sabía que alguien estaba por mi y me importaba un bledo que un gilipollas como mi ex, intentase hacer de mi vida un infierno porque era capaz de negarme a ello plantándole cara sabiendo que emocionalmente estaba siendo apuntalada por otro hombre que me miraba bien.
El mensajito de marras rezaba con el mejor de los venenos de la siguiente manera:
“Vete haciendo a la idea de que el niño se viene a vivir conmigo en cuanto cumpla los 18. Sin rencor, ¿eh?”.
El muy cerdo sabía donde apuntar para que doliese. El rostro se me debió afilar y endurecer. Me quedé mirando la jarra de cerveza helada que goteaba lagrimas vicariando las que yo no podía derramar. Jose Manuel se dio cuenta y raudo se plantó delante de mí.
-          ¿Algún problema Doña Elena? ¿Está mal la cerveza?, le pongo otra, venga.
Sujeté la jarra delante de mis ojos al tiempo que sin despegar los labios movía la cabeza de derecha a izquierda. Era incapaz de abrir la boca porque sabía que de hacerlo me echaría a llorar y eso habría sido lo último en desear. La cara de Jose era todo un tratado de angustia sin posible satisfacción. Le leía en los ojos el dolor que él sabía que estaba sufriendo yo y eso me distrajo del mío propio.
-          No es nada, Jose, de verdad, que no es nada. Un mensaje con mala baba del imbecil de mi ex, nada más. No tiene más importancia que un poco de esta espuma derramada. Me ha pillado por sorpresa, sin estar avisada y ya ves, me ha afectado, pero ya se pasó.
Se quedó parado, inmóvil, sin saber como reaccionar, con la mirada clavada en mi rostro, hipnotizado. Iba a abrir la boca para decir algo cuando un parroquiano le sacó del ensimismamiento con un berrido que habría resucitado a un faraón en su sarcófago.
Mientras se alejaba una vez más de mi en busca de la solicitud del cliente se me desbordó una lagrima y apuré una sonrisa blanda, más de sufrimiento por ser tan vulnerable a cualquier estupidez de Manolo, que por la pena de pensar que mi hijo se iba a separar de mi. ¡Que tontísima!,  Jose Manuel podría incluso ser hijo mío, ¿dónde iba yo navegando por mundos prohibidos? Apuré apenas las tapas y media jarra de cerveza y resignada a ser infeliz hasta el fin de los tiempos saqué dinero del monedero y llamé al muchacho para que cobrase.
No he comprendido aún de donde sacó las fuerzas o los redaños Jose Manuel para el atrevimiento que tuvo en ese momento. Supongo que los niveles de hormonas a esas edades son definitivos para condicionar la conducta y ni el mismo se creyó lo que estaba haciendo. Le entregué un billete para pagar y he de admitir que la cara que puse fue de absoluto desistimiento, de despedida total, un adiós definitivo para siempre y la realidad es que mi intención era no volver nunca más y Jose captó el mensaje al vuelo y no lo dudó. Me sujetó la mano que contenía el billete y la estrechó acercando la otra. Con mi mano entre las suyas, que quemaban de cálidas y dedicadas, una vaharada de deseo me recorrió el cuerpo, fue un rayo que desgaja un roble centenario, incontenible de vigor, haciendo que las mejillas se me encendiesen con más intensidad de lo que se le encendieron a él no mucho antes. Sentí que perdía la iniciativa y que encima estaba encantada de perderla en beneficio suyo. Desee encontrarme en sus brazos, acariciar esos vellos que se le insinuaban por el cuello de la camisa, acariciar la incipiente barriga pasando las uñas muy suavemente por sus ingles para provocarle todo el placer del mundo como mejor camino para obtener el mío. Sus ojos se volvieron magníficos y atrevidos clavándose fieros en los míos haciéndome estremecer; volví a ser la adolescente inexperta y tierna a la que un desaprensivo engañaba a sabiendas que tragaría cualquier trola porque el enamoramiento era inapelable e incontestable y no se recataba en demostrarlo de todas las formas posibles.
Pasó una eternidad instantánea en la que el tiempo se detuvo para recrearse en nuestro romance intenso, imposible y perfecto, con  nuestros rostros cerca y anhelantes del roce leve y trémulo del miedo a no ser correspondido, a perder la gloria de la inmortalidad que presta el amor reciproco,  anudando las miradas como mas elaborada forma de no perderse de vista nunca jamás, respirando nuestros respectivos alientos saboreando por anticipado el sabor dulce y cálido del otro cuando se entrega sin reservas.
De repente se hizo la luz hiriente, de encontrarnos envueltos en un halo mágico de penumbra en la que los únicos seres vivos en la naturaleza éramos nosotros pasamos a estar iluminados por los focos de varias docenas de ojos que se escandalizaban de nuestra proximidad tan inmoral para todos. Al darse cuenta de nuestra posición en la que ninguno de los dos sabía cuanto tiempo habíamos permanecido se sintió en evidencia y soltó mis manos como si le diesen calambre. Bajó los ojos, carraspeó y se secó las manos en los pantalones. Miro en derredor suyo desafiando con una mirada irritada y decidida a los clientes que exhibían cierta indignación por no ser atendidos al instante y balbuceando, pero decidido a decir lo que quería decir, me hizo la declaración de amor más tierna e inocente.
-          Desde que empecé a trabajar aquí, hace ahora dos años, no ha pasado un día sin que me acordase de ti. Cada vez que te veía entrar me temblaban las piernas y se me disparaba el corazón. Había veces que hasta me costaba respirar de tanto como me galopaba. He resistido tanto tiempo aquí porque no soportaba la idea de dejar de verte y día que pasaba sin que entrases por la puerta día que suponía para mi un duelo y se cernía sobre mi mente el terror de creer que no volvería a verte nunca más. He leído ahora en tus ojos un adiós definitivo y por eso, desesperado, me he atrevido a tocarte y hecho esto, ya no puedo resignarme a cualquier cosa que no sea sentir el calor de tu piel, la suavidad de tu carne firme y rotunda, oler de cerca tu fragancia y saborear el bouquet de tus besos. No voy a permitir que te vayas sin más, ahora ya no, de alguna forma me perteneces y te pertenezco, no lo quieras ignorar, sabes que no puedes sin mentirte a ti misma. La edad no es obstáculo, el amor iguala los amantes y nos hace intemporales. No voy a consentir que te vayas sin más.
Conmovía ver la desesperación y determinación que mostraba, era enternecedora su candidez. Tan joven,  no podía comprender que las cosas son tercamente prosaicas, duras y ajustadas a precio, que el romanticismo bebe y se nutre de la sangre de corazones inocentes y entregados como el suyo y que, el de personas de mi edad solo destila ya veneno que emponzoña la entrega sin reservas de enamorados como él. Decirle todas esas cosas solo serviría para apuñalarle de forma gratuita, escandalizarle sin necesidad y estrangularle a sangre fría sus ilusiones. Preferí dedicarle mi mejor sonrisa, guardar un prudente e incomodo silencio que enfriase su ánimo y le fuese colando en su alma la posibilidad de rechazo para finalmente, escogiendo el menor número de palabras, declinar su ofrecimiento de amor eterno.
-          Jose Manuel, ¡ojalá fuese sencillo! No lo es. Retomaremos esta conversación en cuanto haya sentencia de divorcio, cuando podamos actuar mas libremente, mientras tanto, compréndelo, cualquier decisión podría condicionar el resultado y hacernos daño, mucho daño a los dos. De momento..., no te puedo decir nada en un sentido u otro. Lo siento.
Se quedó sin palabras, empalideció y su labio inferior empezó a temblar, signo inequívoco de los pucheros de niño defraudado que estaba a punto de hacer. Los ojos empezaron a disolver en lágrimas la miel de su iris y los párpados se mostraron incapaces de contener la desmesura de líquido que, en tromba, quería hacer acto de presencia y dar su opinión elocuentemente muda. Pero no ocultó su pesar, dejó que las gotas saladas resbalasen mansas por sus mejillas sin hacer intención de secarlas intentando, pensé yo, moverme a piedad y que variase mi decisión que no se prestaba a creer que era inapelable. Y entusiasta, como solo puede serlo la juventud, aún hizo un último y desesperado esfuerzo:
-          ¿Por qué no te das una oportunidad? Elena, no seas cruel contigo misma. No me importa perder a mi, que sea yo el que sufra, pero no soportaría saber que tu sufrías solo porque no te consideras a mi altura, por edad, por prejuicios o lo que sea y te niegas una ocasión de felicidad que, porqué no, podría ser tu futuro de gozo y reposo. Descansa ya de tanta pesadumbre y abandónate a tus sentimientos, el que hayas fracasado una vez no quiere decir que tengas que volver a hacerlo...
-          Jose Manuel, de verdad, déjalo.
Verle así suplicar con el orgullo perdido, arrastrando su amor propio a mis pies le hizo perder a mis ojos todo el encanto, el misterio, la atracción de hombre del que se espera más presencia de ánimo, más don de mando, mas temple. Le vi como un chiquillo al que de un momento a otro le van a dejar sin postre porque se ha portado mal o que le niegan la bicicleta por sacar dos cates en la escuela. Creí ver en él un hombre y no era más que una variante de mi hijo. ¿Dónde iba yo cargando con otro casi adolescente?
Le mantuve la mirada unos segundos haciendo que comprendiese que la puerta se cerraba definitivamente y fuesen los esfuerzos que hiciese no se iba a abrir. Sin despegar más los labios hice una mueca de pésame, mire el reloj para significarle que aunque fuese de otra forma también tendría que irme a trabajar y así darle una salida honrosa al desconsuelo de quedarse solo sin mi presencia, me di media vuelta y me marché. Me dolía hacerlo, sabía que se quedaba a mis espaldas un ser inocente sufriendo lo indecible, pero no podía hacer más que lo que hice.
Caminando por la acera, enfilando ya el de la oficina, pensaba en el daño que, sin proponérselo, se puede infringir a un alma cándida que interpreta gestos, sonrisas o actitudes según sus propias conveniencias, sus propios miedos o anhelos. Y después de todo tenía razón Jose Manuel, eran prejuicios lo que me impedía dar el salto al vació y hacer una locura con él, sería porque la imagen que de mi misma tenía no casaba con la que tenía de él. Si, me estaba volviendo vieja, en eso se notaba, en que era incapaz de adaptarme de súbito a una nueva situación, de alguna forma era feliz a mi manera soportando los mensajitos y las faenitas de mi ex, porque era lo que conocía, y a lo que una estaba acostumbrada, me molestaba, pero no me daba miedo. Este miedo era, me parecía, lo que me había hecho darle el portazo en las narices al muchacho y ese miedo era el que me encadenaba a mi existencia fría, dolorosa, estúpida y gris. Y lo peor de todo es que sabía, por muchas mentiras que me dijese, que eso no iba a cambiar, que iba a ser peor cada día porque cada día el miedo iba a estar mas hecho, más cotidiano, mas familiar, más amigo. Prefería este miedo al que me provocaba el vértigo del salto al vacío, de una nueva vida, nuevos horarios, otras costumbres, diferentes rutinas para las que ya no tenía ni humor ni edad. Las faenas de mi ex eran todas previsibles y mi vida absolutamente aburguesada, cómodamente aburguesada y a eso es difícil renunciar. Me recordaba esta situación a aquella otra, poco antes de separarnos, que para intentar arreglarlo quisimos rememorar una de aquellas excursiones que hacíamos de estudiantes, nunca se me olvidará como mi espalda me reprochaba el que la sometiese a ese correctivo sin  haberme ella dado razones para el castigo. Cada cosa tiene su edad.
Al llegar al trabajo Eloisa mi compañera se sorprendió.
-          Hija, por favor, tienes una cara rara, como de felicidad, que contagia. Hacia meses que no te la veía. ¿No me digas que has vuelto con Manolo?
Me quedé mirándola con media sonrisa de la que está de vuelta de todo y después de sopesar si me explicaba o no, decidí decirle la verdad.
-          Que va Elo, que va, es que me he dado cuenta que soy feliz, a mi manera, pero feliz y no tengo nada más que desear que lo tengo, Manolo incluido. Lo demás son locuras de descabezado. Hala, a lo nuestro, a lo de todos los días, el trabajo que nos ata dulcemente a la rutina que aunque no nos hace felices, impide que seamos infelices del todo. Eso es todo lo que hay, el resto fantasías de adolescente cociéndose en sus propias hormonas.

23.9.12

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